Domingo, 31 Marzo 2019 06:15

Necesitamos vivir de forma diferente

Necesitamos vivir de forma diferente

Para acabar con nuestra adicción al combustible fósil necesitamos un cambio tecnológico fundamental - pero esto no puede suceder sin cambiar nuestro sistema económico y social.

Las malas noticias sobre el cambio climático siguen llegando: récord de los niveles de calor en Australia en enero, y en Reino Unido en febrero; cada vez más incendios descontrolados; saltos desconcertantes en las temperaturas en el Ártico. La peor noticia de todas es que la brecha entre lo que los científicos dicen que es necesario hacer y lo que proponen las conferencias internacionales sobre el clima sigue creciendo.


En las negociaciones de diciembre en Katowice (Polonia) -la cual, de una forma grotesca, fue patrocinada por el mayor productor de carbón, entre otros- la principal conclusión fue el acuerdo sobre las propuestas para monitorizar las acciones de los gobiernos, aunque en una versión descafeinada. Los delegados no discutieron, ni tampoco mejoraron, los objetivos voluntarios para reducir las emisiones, acordados en París en 2015; los científicos piensan que esto pone a la economía mundial en el camino de un aumento potencialmente desastroso de la temperatura media global de hasta tres grados por encima de los niveles preindustriales. La reunión incluso declinó tener en cuenta el último informe, afinado de forma diplomática, del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, por la insistencia de los Estados Unidos, Arabia Saudí y otros países productores de petróleo.


Katowice fue la última ronda de conversaciones que empezó en Río de Janeiro en 1992, donde se reconoció que el uso de combustible fósil es el principal causante del calentamiento global y que necesita ser reducido. Desde entonces, ha aumentado de forma global en más de un 60 por ciento. Los gobiernos han firmado acuerdos con una mano y han despilfarrado decenas de miles de millones de dólares al año en subsidios al consumo y producción de combustible fósil con la otra.


El primer paso para ocuparse del cambio climático es rechazar la ilusión de que los gobiernos se están ocupando del problema. La sociedad en conjunto debe actuar.


Cómo darle mayor contenido a esa generalización no es tan simple. ¿Deberíamos protestar? ¿Intentar forzar a que los gobiernos inviertan en proyectos de energía renovable? ¿Hacer algo contra las nuevas centrales eléctricas? ¿Centrarnos en la energía comunitaria? ¿Todo lo anterior?


CÓMO EL USO DE COMBUSTIBLE FÓSIL HA LLEGADO A NIVELES INSOSTENIBLES


Para resolver el qué hacer con el cambio climático, la historia es una herramienta inestimable. Un entendimiento del proceso que convirtió a los combustibles fósiles en algo primordial para la actividad económica humana nos ayudará a hacer la transición desde esos combustibles.


La fuerza física concentrada, la fuerza motriz y el calor que pueden derivarse de la quema de carbón fue primordial para la Revolución Industrial de finales del siglo XVIII, y también para la consolidación del capitalismo en el Norte global. Aprovechar la energía del carbón y disciplinar a la mano de obra iban de la mano. Las tecnologías de la así llamada segunda revolución industrial de finales del siglo XIX -turbinas de vapor, redes eléctricas y el motor de combustión interna- multiplicaron el uso de carbón de forma exponencial y produjeron una demanda de petróleo.


Pero fue necesario un cambio enorme posterior en la economía mundial, a mitad del siglo XX, para incrementar el peligro del calentamiento global hasta su nivel actual. El incremento en el uso global de combustible fósil se aceleró en el boom de post-guerra, se paró brevemente después de la crisis de los precios del petróleo de los setenta y desde entonces no ha hecho más que incrementarse. Los científicos de los sistemas terrestres que estudian el impacto de la actividad económica en el mundo natural -de la cual el calentamiento global es un aspecto fundamental- dan al período que arranca a mitad del siglo XX el nombre de "la gran aceleración".


¿Quién o qué exactamente ha consumido todos esos combustibles fósiles? Mayoritariamente, los combustibles son usados por, y a través de, grandes sistemas tecnológicos, tales como sistemas de transporte basados en automóviles, redes de electricidad, sistemas de construcción de ciudades y sistemas militares, agrícolas e industriales.


Analizar estos sistemas tecnológicos -y el modo en que están incrustados en los sistemas económicos y sociales- es la clave para entender el ascenso incesante del uso de combustible fósil, tal y como argumento en mi libro Burning Up: A Global History of Fossil Fuel Consumption (Pluto Press, 2018).


Pensemos en los coches, por ejemplo. Sin duda, el cambio tecnológico ha ayudado a catapultarlos al protagonismo: el motor de combustión interna fue una innovación fundamental. Pero fue necesario el cambio económico y social para hacer de los coches el modo predominante de transporte urbano.


En los Estados Unidos en los años 20, los fabricantes de coches fueron los primeros en automatizar las líneas de ensamblaje e hicieron que los coches pasaran de ser un lujo a un producto de consumo de masas. Inventaron la obsolescencia programada y otras técnicas de márketing y usaron el músculo político para marginar -y a veces sabotear- otras formas de competencia dentro del transporte tales como los trolebuses y las vías férreas.


En el boom de postguerra, el uso de coches en Estados Unidos ascendió a un nivel todavía más alto, gracias una inversión estatal masiva en autopistas. Los barrios periféricos proliferaron: las gentes trabajadoras se mudaron a casas unifamiliares independientes en cantidades sin precedentes, ascendiendo la construcción de casas en Estados Unidos de varios cientos de miles al año en los años 30 a más de un millón al año durante y después de la guerra. La propiedad de casas a través de hipotecas para toda la vida era parte del trato; los jardines delanteros y traseros, y los coches, otra. Otros países ricos -aunque no todos- adoptaron este patrón de desarrollo urbano.


En los 80, algunas ciudades fuera del mundo rico empezaron a sufrir de problemas de tráfico. En Estados Unidos los fabricantes organizaron una resistencia efectiva durante bastante tiempo contra los esporádicos intentos estatales de regular la eficiencia del combustible. Llegaron los coches devoradores de gasolina: en vez de animar a los conductores a usar modelos más ligeros y más pequeños, los productores de coches popularizaron vehículos familiares que fueron clasificados como camiones y, por tanto, tenían permiso por ley para recorrer menos distancia por galón. Las ventas en Estados Unidos de estos coches alcanzaron en el 2000 los 17 millones al año.


Por tanto, aquellos que ahora trabajan en crear ciudades libre de carbono no solo se enfrentan a un elemento tecnológico más inteligente (el motor de combustión interna) sino a las estructuras sociales y económicas que han creado los sistemas de transporte urbano basados en los coches, es decir, esos sillones móviles de metal que consumen mucho combustible.
Los sistemas de transporte basados en el coche son modos extremadamente ineficientes desde el punto de vista energético de llevar a la gente de un sitio a otro. Por ejemplo, Atlanta (Estados Unidos), una ciudad muy diseminada dominada por las casas en las afueras y el transporte en coche, tiene 11 veces las emisiones de gases de efecto invernadero per cápita de Barcelona, la cual tiene una cantidad similar de población, con niveles de salario similares, pero es más compacta, con mejor transporte público y un centro relativamente libre de coches.


En el mismo sentido, la agricultura industrial que consume mucho combustible es un modo ofensivamente ineficiente desde el punto de vista energético de alimentar a la gente y la mayoría de los entornos construidos de las ciudades son formas ineficientes energéticamente de alojar a la gente. Otras áreas de actividad económica -tales como la producción militar y la industria de la publicidad- son destructivas por razones más amplias, y también ineficientes en el consumo de combustible. Tal y como ocurre en el caso del transporte urbano, esos sistemas fueron determinados por relaciones de poder y riqueza, y sigue siendo así.


La magnífica investigación del Instituto de Rendición de Cuentas sobre el Clima ha mostrado que cerca de dos tercios del dióxido de carbono emitido desde la década de 1750 pueden ser rastreados hasta la producción de los 90 mayores productores de cemento y combustible fósil, la mayoría de los cuales siguen activos hoy. La lista más reciente del Instituto incluye en el top ten a Saudi Aramco, Gazprom de Rusia, la Compañía de Petróleo Nacional de Irán, ExxonMobil de Estados Unidos, Pemex de México, Royal Dutch Shell y la Corporación Nacional de Petróleo de China.


Una lista de las compañías que controlan el consumo de combustible fósil -productores de electricidad, consorcios de ingeniería y metales, fabricantes de coches, compañías de construcción, gigantes de la agricultura y la petroquímica- es mucho más larga y más compleja, porque el consumo de combustible fósil está muy integrado en todos los tipos de actividad económica. Pero las relaciones de poder son las mismas.


NO SE TRATA SÓLAMENTE DEL CONSUMO INDIVIDUAL


Ya que la mayoría de los combustibles fósiles son consumidos por y a través de esos grandes sistemas económicos, sociales y tecnológicos, los llamamientos para reducir el consumo individual solo pueden tener un efecto limitado.


Tomemos a los conductores de coches en Atlanta. Viven en el país más rico del mundo y conducen algunos de los coches más energéticamente ineficientes del mundo. Pero están atrapados en un sistema de transporte urbano que hace casi imposible -especialmente para los que tienen hijos- llevar a cabo las funciones más básicas como llevar a los niños al colegio o comprar comida sin un coche. Además, el combustible no solo se consume en sus desplazamientos individuales sino en la fabricación de coches, la construcción de carreteras y aparcamientos, etc.


Desde luego, el consumo atroz de combustibles fósiles y de bienes de consumo es un síntoma de una sociedad enferma. Millones de personas en el mundo rico trabajan muchas horas y gastan el dinero que ganan en bienes materiales en la creencia de que esos bienes les pueden hacer felices. Pero la arraigada alienación de la cual es parte el consumo tiene que ser desafiada por la lucha por el cambio social. Las apelaciones a la moral no son suficientes.


El destino de las recientes propuestas del gobierno francés de incrementar los impuestos sobre el combustible es una historia aleccionadora. Los planes fueron presentados como unas medidas medioambientales. Pero, a pesar de las declaraciones en contra de los comentaristas de derechas, la gente los vio por lo que eran -la última de una larga serie de medidas para imponer políticas de austeridad neoliberales. Esto produjo la revuelta de los "chalecos amarillos" y la propuesta fue retirada.


En el sur global, un enfoque en el consumo individual todavía tiene menos sentido. La mayoría del uso de combustible fósil hecho por la industria, incluyendo los procesos de energía intensiva (por ejemplo la fabricación de cemento y acero) fue trasladado desde el norte global en los años 80 y 90. Fue el boom industrial de China, que está centrado en la producción de mercancías para la exportación al norte global, la que a mitad de los 2000 hizo que el país superase a los Estados Unidos como el mayor consumidor en el mundo de combustibles suministrados comercialmente.


Una investigación en la India ha destacado el papel ínfimo del consumo individual de las personas más pobres. Del incremento en la India de las emisiones de gases de efecto invernadero en las tres décadas que van de 1981 a 2011, sólo el 3-4 por ciento fue debido a la electrificación que introdujo por primera vez a 650 millones de personas, principalmente en el campo, en la red eléctrica. Del resto, la mayoría provenía de la industria y de las poblaciones urbanas más pequeñas.


QUÉ HACER CON LA ELECTRICIDAD


Las redes eléctricas están en el centro del sistema de energía dominado por el combustible fósil. En 1950, su porción en el uso global de combustible fósil era de más o menos una décima parte; hoy, es más de un tercio.


Los sistemas eléctricos, como los coches, fueron una gran innovación de finales del siglo XIX. Su primera fase de desarrollo, que culmina en el boom de postguerra, dependía de grandes centrales de energía, normalmente alimentadas por carbón.


Las centrales son inherentemente ineficientes. Aproximadamente, para cada unidad de energía que producen en forma de electricidad, se pierden dos unidades en el proceso de producción, la mayoría como pérdidas de calor, lo que produce las nubes de vapor que todos vemos salir de las torres de refrigeración de las centrales de energía. La eficiencia media global de las centrales de energía térmicas (es decir, la proporción de la energía del combustible que sale como electricidad) ha aumentado desde principios del siglo XX desde alrededor de un 25-30% al actual 34% para el carbón y un 40% para el gas. Pero nunca podrá aumentar mucho más por razones físicas.


En los años 70, cuando las élites políticas se dieron cuenta de que los combustibles fósiles no eran ni infinitos ni baratos, los ecologistas señalaron a la pérdida de energía en los procesos de conversión como la fuente potencial clave del ahorro. Quemar carbón para producir electricidad, la cual es enviada a la calefacción eléctrica de las casas de la gente, era como “cortar mantequilla con una motosierra”, según afirmó el defensor de la energía sostenible Amory Lovins en el Congreso de los Estados Unidos.


El defendía “estrategias energéticas no invasivas” que combinarían una cultura de eficiencia energética y una transición a las renovables: casas diseñadas y construidas para necesitar el mínimo de calefacción; paneles solares y molinos de viento; atención a los flujos de energía en los sistemas.


Hace más de 40 años, Lovins describía estos como “los caminos que no han sido tomados” por los gobiernos que defendían los intereses corporativos de turno más que el uso sabio de tecnologías energéticas. A pesar de haber descubierto mientras tanto el calentamiento global, estos caminos a menudo siguen siendo ignorados. Esto ocurre con el potencial de ahorro de energía de las tecnologías más recientes, especialmente de los ordenadores conectados en red e Internet.


Estos productos de la “tercera revolución industrial” han hecho posible superar las antiguas redes centralizadas fuertemente dependientes de combustibles fósiles por sistemas descentralizados, integrados, dependientes de múltiples productores de energía. Las mejoras en tecnologías renovables (bombas solares, turbinas eólicas, bombas de calor, etc.) han ayudado.


Pero en las tres décadas que han transcurrido desde que fue descubierto el efecto del calentamiento global, la tecnología de “redes eléctricas inteligentes” apenas ha sido aplicada. En primer lugar, esas redes están gestionadas por compañías cuyo modelo de negocio es vender toda la electricidad posible. Los sistemas de generación distribuida -donde la red extrae electricidad de varias fuentes renovables y las reparte de forma eficiente- les asustan. Las empresas de electricidad descentralizadas comunitarias se ven forzadas a competir en los mismos términos con las corporaciones ya establecidas.


Un breve informe de ingenieros del Imperial College (Londres) afirmaba el año pasado que para sacar la electricidad y los sistemas de calefacción del Reino Unido fuera de los combustibles fósiles se necesitaba un “enfoque integral” coordinado por “una sola organización”. La implicación (que los investigadores no explicaron detalladamente) es que las agencias estatales tienen que coordinar la transición. ¿Qué otra “única organización” podría hacerlo? Y tal estrategia ha sido combatida ferozmente por las “seis grandes” compañías de energía de Reino Unido y sus amigos en el gobierno conservador. Este es un buen ejemplo de cómo el dominio corporativo y el dogma de la “competencia” están bloqueando las tecnologías necesarias para enfrentar el calentamiento global.


¿Y AHORA QUÉ?


No hay respuestas fáciles a la crisis histórica producida por tres décadas de inacción gubernamental en las negociaciones internacionales sobre el clima. Sugeriré tres pasos.
El primer paso es rechazar el discurso producido por estas negociaciones, que los gobiernos tienen la situación bajo control. No la tienen.


El proceso de las negociaciones ha producido y reproducido su propio discurso, desconectado del mundo, en donde 16 de los 17 años más calurosos registrados fueron en los últimos veinte años -y en donde los estudiantes, desde Australia hasta Suecia y Bélgica, hacen huelga por este motivo. Es bienvenido el hecho, en mi opinión, de que los estudiantes no solo estén instando a los gobiernos a declarar una “emergencia climática” -lo cual parece lo mínimo que podrían hacer- sino que también están buscando modos de tomar el asunto en sus manos, exigiendo aprender sobre ciencia del clima.


Los movimientos sociales, las organizaciones de trabajadores y las comunidades preocupadas por el cambio climático podrían adoptar enfoques similares: no solo exigiendo acciones del gobierno sino también adquiriendo el conocimiento para guiar la acción colectiva por nosotros mismos; no solo exigiendo “new deals verdes” legislativos sino bloqueando los proyectos corporativos de consumo intensivo de combustibles fósiles y desarrollando nuestras propias tecnologías post-combustibles fósiles. Ya existe una rica historia de estos dos tipos de acciones -desde las protestas contra el fracking o contra el oleoducto de Dakota Access a los proyectos de energía comunitaria y las iniciativas de “transición justa” en los lugares de trabajo- desde la que partir.


Un segundo paso es rechazar las soluciones técnicas falsas que oscurecen la realidad: que para abandonar los combustibles fósiles necesitamos un cambio económico y social; necesitamos vivir de forma diferente.


El enfoque actual en los coches eléctricos autónomos es un gran ejemplo de esto. La tecnología de los coches eléctricos probablemente no reducirá gran parte de las emisiones de carbono, y podría no reducirlas en absoluto, a menos que la electricidad sea generada completamente por renovables. Y mientras países como Alemania y España han dado el paso importante de aumentar la proporción de energía generada por renovables de un quinto a un cuarto, la parte realmente difícil -crear sistemas casi o completamente renovables- todavía queda por hacer.


Una posibilidad más atractiva es que las ciudades se conviertan en lugares donde la gente viva con sistemas de transporte mejores, más saludables y no dependientes de los coches. Tecnologías como los tranvías y las zonas peatonales y las infraestructuras para el uso de las bicicletas pueden ayudar. La función social principal de los coches eléctricos, por el contrario, es preservar los beneficios de los fabricantes de coches. ¿Por qué ayudarles?


Tales cambios en el transporte urbano -sustituir un sistema tecnológico por otro- significan romper la resistencia de los centros de poder y riqueza (productores de combustibles fósiles, productores de coches, constructores de carreteras, etc.) que se benefician de ellos.


Lo mismo ocurre con otros sistemas tecnológicas. Rehacer la relación entre el campo y la ciudad, desplazar la infraestructura de construcción urbana del actual modelo de consumo de energía intensivo -que acabaría con la construcción de consumo intensivo de energía de casas que desperdician calor- significa romper la resistencia de los agentes inmobiliarios, de las compañías de construcción y de sus amigos en todos los niveles del gobierno. Ir hacia redes eléctricas descentralizadas, completamente integradas, significa romper la resistencia de las compañías eléctricas actuales.


Tales cambios, que combinan un cambio tecnológico, social y económico, son el tercer paso hacia el cambio. Estos cambios, por su parte, apuntan hacia transformaciones más profundas de los sistemas social y económico que respaldan los sistemas tecnológicos. Podemos imaginar formas de organización social que sustituyen el control corporativo y estatal de la economía, avanzar un control colectivo y comunitario y, lo que es crucial, en el cual el trabajo asalariado -un punto central del capitalismo centrado en el beneficio- es superado por tipos de actividad humana más valiosos.


Una transformación social semejante -una ruptura con un sistema económico basado en el beneficio y una ruptura paralela con la política basada en la falsa premisa de que el “crecimiento económico” equivale al bienestar humano- ofrecería la base más sólida para el tipo de cambios en los sistemas tecnológicos que se necesita para completar el abandono de los combustibles fósiles.


El hecho de que los movimientos obreros y sociales hayan aspirado a tales transformaciones durante dos siglos o más y que no los hayan conseguido todavía sugiere que no hay una forma sencilla de hacer esto. Y no intento ofrecer fórmulas triviales para el éxito. Pero entender que el cambio tecnológico es interdependiente del cambio social y económico, y que deberíamos resistir la tentación de pensar en ello de forma separada, es crucial.

Por Simon Pirani*
Traducción: Cristopher Morales

publicado
2019-03-30 07:00:00

*Simon Pirani es autor de Burning Up: A Global History of Fossil Fuel Consumption, y profesor visitante en el Instituto de Oxford para Estudios Energéticos.
El artículo original fue publicado en Roar Magazine.

 

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Publicado enMedio Ambiente
Sábado, 30 Marzo 2019 06:50

Greta

Greta

A Greta Thunberg le ha llegado muy temprano la hora de su estigmatización. A los 16 años. Desde que la semana pasada en más de mil ciudades del mundo una cantidad incalculable de estudiantes secundarios se pusieron sobre sus hombros la lucha para detener el cambio climático, comenzó en los grandes medios de Europa una campaña de ridiculización que puede entenderse como el primer caso de bullyng global. Su víctima es esa adolescente sueca que fue diagnosticada pasados sus diez años con el síndrome de Asperger, que según ella misma relató en una charla TED con un enorme auditorio siempre fue muy callada, muy solitaria, una persona que sólo hablaba cuando era estrictamente necesario. Con voz siempre pausada y meditando palabra por palabra, dijo en esa charla mirando a las butacas: “Por eso estoy hablando hoy aquí. Porque es estrictamente necesario”. Fue a los 14 años que en rigor consideró estrictamente necesario hablar ante multitudes, ante auditorios como el Parlamento Europeo o el Foro de Davos, porque fue entonces que hizo, digamos, su comprensión histórica: si su generación no actuaba ya, si ellos, que serán adultos cuando este planeta ya no sea viable, no salen ya a las calles, están pactando con su propia falta de futuro. 

Según todos los diagnósticos científicos, las emisiones tóxicas deben empezar a reducirse ahora, no “dentro de poco” o en “próximamente”, sino ya, porque los tiempos no dan. Esta semana 20.000 científicos de todo el mundo adhirieron al movimiento Viernes por Futuro, el que nuclea a los secundarios de más de cien países, cuyo primer gran paso fue dado el 15 de marzo. “Los jóvenes tienen razón”, fue el título del documento de adhesión. El cambio climático provocará desastres y desequilibrios de ecosistemas de una manera irreversible y sin antecedentes en miles de años. Cuando hace dos años Greta comprendió eso, decidió hacer huelga, a los 14. Empezó sola. Faltaba a clase todos los viernes, en protesta por la falta de decisiones políticas mundiales que paren el cambio climático.


Y lo que hace dos años fue apenas la actitud decidida de una niña que había comprendido que era su derecho y el de sus hijos y nietos vivir en este planeta, hoy es un fenómeno global. Los grandes medios lo acallaron, como callan todo lo que les resulta incómodo o amenazante. Pero fue en mil ciudades que bajo el liderazgo de Greta Thunberg miles y miles de adolescentes salieron a marchar para que sus gobiernos tomen medidas en relación a las emisiones tóxicas, que es lo mismo que decir que debe detenerse entre otras cosas la producción a gran escala en bosques, selvas, desiertos. Que el sistema no puede seguir acelerando la extinción de especies porque la humana también es una de ellas.


Los medios no sólo callaron. Cuando a través de las redes el movimiento Viernes por Futuro se hizo visible, comenzaron un ataque simultáneo de ridiculización y degradación de la figura de Greta. La mostraron comienzo una banana: en Suecia no hay bananas de modo que la foto era una denuncia de que Greta estaba comiendo una banana gracias al combustible usado en el transporte a su país de una fruta tropical. La mostraron con sus perros: indicaban así que si los perros comen carne, Greta tampoco es consecuente en eso. Quizá el ataque más degradante lo virtió Le Figaro, a través de un comentario no filtrado y dirigido directamente al síndrome de Asperger de Greta: alguien opinó que era “una vergüenza ver a tantos jóvenes dejarse conducir por una zombie”.


La voz de Greta no logra todavía perforar el cerco de silencio con una lógica rasante, directa y áspera, como ella, que en el Parlamento Europeo dijo “sé que no les gusta que yo esté acá. A mí tampoco me gusta que ustedes estén acá, porque no han hecho los deberes. Nosotros sí hemos hecho los deberes. Hemos leído los informes científicos. Lo que pedimos es que le hagan caso a la ciencia, porque cuando nosotros seamos adultos será tarde”.


El movimiento Viernes por Futuro encarna en una generación que hace su entrada a la política por ese costado vital y poderoso. Es con sus cuerpos que lo gritan, lo piensan, lo reclaman. Sus cuerpos tienen derecho al hábitat. Y advierten, con mucha más claridad y precisión que las otras generaciones, la gravedad límite de este momento. Ellos son una pata más de la resistencia global al modelo tanático que nos avasalla.


El poder de las finanzas, de los transgénicos, de las patentes, de los buitres, en fin, el ala más dura de la derecha que puso su pata roñosa sobre tantos territorios, niega el cambio climático. Para Trump es una mentira de la izquierda. Y es en esa clave de resistencia al efecto de irrealidad del que se vale la derecha que hay que leer este inédito movimiento liderado por esa niña de trenzas rubias que toma por literal lo literal: o se actúa ahora o no habrá lugar seguro en la Tierra para que los que hoy tienen quince años vivan sus vidas y tengan sus hijos, y continúen así con la posta de la especie.


La política de la derecha global trae la muerte en muy diversas formas, pero siempre la muerte. En guerras o en hambrunas, en catástrofes naturales, en tiros por la espalda como los que diariamente reciben líderes sociales en Perú y en Colombia. Esos hombres y mujeres, muchos de pueblos originarios, están muertos por defender los recursos naturales. Es la misma lucha que la de Greta Thunberg, pero desde otra región y otra línea histórica. El reclamo es el mismo en un fondo no demasiado profundo. Quieren vida. Vivir. Quieren lo necesario y suficiente para que la vida sea posible. Quieren el equilibrio indispensable para vivir. Este es el marco macro bajo el cual transcurren nuestras propias y asombrosas circunstancias nacionales. No cuesta mucho comprender que hay un poder feroz encaramado en la cima tan alta que nos es indescifrable, y que hacia abajo mueve los hilos para que nada detenga la muerte. Y también hay que advertir, con cierta esperanza, que hay sincronías históricas no menos asombrosas, y que la resistencia al proyecto de muerte crece y se nutre de fenómenos impensados. Greta y sus congéneres ya son un nuevo actor global que aporta su enorme grano de arena a la lucha por el proyecto de la vida. Greta es un síntoma de la regeneración de la vida.

 

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Publicado enMedio Ambiente
Las grandes petroleras gastan mil millones de dólares para bloquear medidas contra el cambio climático

ExxonMobil, Shell, Chevron, BP y Total no escatiman esfuerzos para obstruir los objetivos de los Acuerdos de París. La ONG británica InfluenceMap desvela en un informe la verdadera agenda de las grandes empresas petroleras.


Blanquean su imagen corporativa con amplios programas de responsabilidad social corporativa. O con proyectos innovadores en energías renovables inmersos en sus fundaciones. Aunque, en realidad, despliegan millones de dólares a la pervivencia de los combustibles fósiles. Es decir, a mantener o expandir el calentamiento global.


Siguen el argumentario de El Gatopardo, la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Aquel que pregona “cambiarlo todo para que nada cambie”. Un reciente estudio de InfluenceMap así lo atestigua. Las cinco grandes firmas petroleras que gobiernan el tortuoso mercado energético (de crudo y gas, esencialmente) destinaron a lo largo de 2018 casi 200 millones de dólares -el estudio habla de 153 millones de libras- a retrasar, controlar o bloquear cualquier iniciativa diseñada a combatir el cambio climático.


ExxonMobil, Shell, Chevron, British Petroleum (BP) y Total no dan puntada sin hilo. Hacen suyo el proverbio castellano de “ni un mal gesto, ni una buena acción”. Pura imagen. El informe asegura que estas petroleras se han gastado desde los Acuerdos de París de 2015 más de 1.000 millones de dólares en estrategias de lobby, que han hecho coincidir con campañas de lavado de imagen a favor de las energías limpias. Entre otras, Climate Action 100+, un programa de medidas contra el cambio climático que incorporó a las mayores firmas privadas del mundo.


Entre sus actos de influencia más reseñables, los expertos de esta institución sin ánimo de lucro británica, que enfoca sus objetivos filantrópicos a desenmascarar a las corporaciones que actúan en el sector energético y a defender la causa contra el calentamiento global, destacan el uso de las redes sociales.


Por ejemplo, emplearon 2 millones de dólares en campañas en Facebook e Instagram para promover los supuestos beneficios de que los combustibles fósiles ocupen un lugar aún más destacado en el mix energético global -en detrimento de las renovables- durante las elecciones de mitad de mandato (Midterm) de noviembre pasado en EEUU.


Su misión es de una innegable nitidez. Ganarse el favor del nuevo poder legislativo. Al fin y al cabo, cada cuatro años, en estos comicios, se renuevan los 435 escaños de la Cámara de Representantes, una tercera parte de los cien senadores y 36 de los 50 gobernadores de la Unión. Y conviene tener en perfecto estado de revista los servicios de lobby en el paraíso del poder soterrado y en el mercado más importante del mundo. Dentro de una acción global orquestada para debilitar las agendas de reformas favorecedoras de las energías renovables de los gobiernos que avanzan hacia la consecución de los Acuerdos de París.


Entre las que ocupan un lugar destacado las críticas a lo que consideran, sin complejos, un exceso regulatorio en su industria, que -aducen- les resta dinamismo, les reduce los beneficios y les ocasiona multimillonarios gastos anuales por requerimientos legales.


Inversiones multimillonarias en gas y petróleo


Los botones de muestra que ofrece el informe son más que relevantes. BP donó 13 millones a una campana, a la que también se sumó Chevron, que logró frenar la imposición de una tasa al carbón en el Estado de Washington. Un millón de los cuales se destinó a publicidad en medios. Edward Collins, uno de los autores de la investigación de esta ONG, hace hincapié en la banalidad de la estrategia de las big five.


“Sus marcas corporativas revelan claros apoyos públicos hacia el combate del cambio climático, pero sus acciones de lobby van en la dirección contraria. Abogan por soluciones de bajas emisiones de CO2 mientras aumentan sus inversiones y gastos hacia la expansión del negocio de los combustibles fósiles”. Después de los Acuerdos de París de 2015, de los que se salió EEUU por designación expresa de Donald Trump, las compañías de petróleo y gas dieron su apoyo a la paulatina supresión del carbón como fuente de energía y formalizaron la Iniciativa Climática del Petróleo y del Gas para impulsar medidas voluntarias que redujeran la polución por emisiones fósiles.


En 2019, los desembolsos presupuestados en planes de inversión para la extracción de gas y petróleo de estas cinco grandes petroleras se incrementarán hasta los 115.000 millones de dólares, de los que sólo el 3% irán a proyectos de bajas emisiones. Shell y Chevron se apresuraron a criticar el contenido de InfluenceMap.


Con argumentos como que “no hacen apología” de sus contactos con legisladores o reguladores, redoblando su respaldo a los Acuerdos de París y a sus objetivos medioambientales, o apelando a la transparencia de sus iniciativas de reducción de gases que provocan el efecto invernadero o a su compromiso con las energías limpias para lograr que el clima no rebase los 1,5 grados centígrados en 2050 en vez de los 2 grados establecidos en la capital francesa.


Los expertos de esta institución ponen como modelo de buen gobierno corporativo la decisión del fondo soberano noruego, que mueve más de un billón de dólares en activos globales a los que exige -entre otros propósitos- un demostrado compromiso con el medio ambiente. Motivo por el que ha sacado de sus carteras de inversión a compañías dedicadas a la exploración o a la extracción de petróleo.


Un proceso de desinversiones que el Ministerio de Finanzas de Noruega, dueño del fondo del que se nutren las pensiones de las personas en edad de retiro, ha instaurado también en Norges Bank, entidad que sólo financiará con las petroleras proyectos de energías renovables o que aceleren la transición hacia las energías limpias. “Tenemos 11 años para parar el caos climático.


No podemos encontrar justificación alguna en que las petroleras se opongan a regulaciones exigentes y a sanciones duras de sus negocios con elevadas emisiones de CO2 a la atmósfera”, dice Jan Erik, CEO de Storebrand Asset Management, la firma privada de activos más importante de Noruega. Y eso incluye “rechazar todo intento de la Administración Trump de diluir las avalanchas regulatorias en el sector para promover la reconversión industrial hacia las energías renovables e impedir la proliferación de iniciativas de influencia entre bambalinas el Capitolio -sede de las dos cámaras del Congreso- y en la Casa Blanca.


La industria petrolífera se acomoda con Trump


El lobby petrolífero se instaló de inmediato en el Despacho Oval tras el triunfo de Trump. Hasta lograr estabilizar el precio del barril en los más de dos años de su mandato entre los 45 y los 65 dólares por barril. En cumplimiento del complejo equilibrio de intereses geoestratégicos entre países productores y consumidores de crudo.


En detrimento de los grupos de presión de las renovables que afloraron a la vera de Barack Obama. Encabezado -el del oro negro-, por Scott Pruitt, al frente de la Agencia de Protección Medioambiental desde la andadura presidencial de Trump. Y del que han salido voces como la de Harold Hamm, el multimillonario magnate del fracking -una técnica de extracción del crudo a partir de esquistos bituminosos y a través de procesos de pirólisis, hidrogenación o disolución térmica- que nunca ha tenido reparo alguno en avisar a la OPEP, desde entonces, de que “podrían matar” a la industria petrolífera si el cártel trata de encarecer artificialmente el mercado. O, mejor dicho, de calentar sin su consentimiento los precios. En un aviso beligerante sin precedentes en la historia de la poderosa organización que lidera Arabia Saudí.


El del petróleo es un lobby que ha aterrizado de nuevo en Washington con intención de quedarse. Al menos, durante el periplo presidencial de Trump. A pesar de su promesa de “drenar la ciénaga” de grupos de presión próximos a la Casa Blanca, cuando aún se jactaba de ser la auténtica voz contra el establishment, el enemigo de los Clinton y del poder establecido. O de la salida de su gabinete del ex secretario de Estado, Rex Tillerson, antiguo consejero delegado de Exxon Mobile.


Porque, pese a su volatilidad derivada del recorte de cuotas de la OPEP, por un lado, y de la disminución de la demanda por la pérdida de fuelle de la economía global, por otro, el barril de crudo está a punto de firmar su mejor trimestre desde 2002, tras rozar los 40 dólares a mediados de diciembre. Una escalada del 32% desde el inicio de 2019 que ha catapultado su cotización, en EEUU, por encima de los 60 dólares.


Catherine Howarth, ejecutiva jefe de ShareAction, organización que promueve inversiones con responsabilidad social corporativa, pone el dedo en la llaga: “El informe de InfluenceMap deja evidencias de que la retórica de las petroleras no concuerda con su acción empresarial, que sus credenciales sobre cambio climático no pueden convivir con el ejercicio de sus lobbies ni con sus intentos de sabotaje para revertir el calentamiento global. Es un juego sucio, con dinero que no se emplea de forma legítima”.

 

Publicado enEconomía
¿Cuánto va a durar el planeta? Un experto responde a las dudas de los jóvenes sobre el cambio climático

Este 15 de marzo miles de estudiantes de 60 países hicieron huelga para exigir a los líderes mundiales que adopten medidas urgentes para luchar contra el cambio climático. En este artículo, un científico responde a las preguntas que plantean adolescentes y jóvenes sobre el cambio climático, recopiladas por el Priestley International Centre for Climate durante una protesta que tuvo lugar en febrero. 

¿Cuánto va a durar el planeta? He oído que 12 años…


El plazo de 12 años que has oído proviene de un informe especial encargado por las Naciones Unidas, en el que se estudian los efectos de un calentamiento global limitado a 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales. Actualmente, el mundo es 1 °C más caliente que a finales del siglo XIX, que es el período más antiguo del que tenemos mediciones fiables de la temperatura, justo antes de que la Revolución Industrial alcanzara su apogeo.


Para evitar que la temperatura global aumente más de 1,5 °C, la humanidad debe reducir sus emisiones de dióxido de carbono (CO ₂ ) hasta aproximadamente la mitad de los niveles actuales de aquí a 2030, y hasta cero de aquí a 2050. La fecha de 2030 —12 años desde que se publicó el informe en octubre de 2018— recibió una gran atención en los medios de comunicación .


Si se incumple la fecha límite de 2030, resultará muy difícil mantener el calentamiento global por debajo de 1,5 °C. Esa temperatura no implica necesariamente una garantía de seguridad, pero el daño causado por el cambio climático será mucho más grave si los niveles de calentamiento son más altos.


El nivel actual del calentamiento de 1 °C ya ha ocasionado un aumento de los fenómenos climatológicos extremos (como olas de calor o inundaciones), se traduce en escasez alimentaria y tiene efectos en la producción de alimentos . Ya se están extinguiendo especies enteras por razones relacionadas con el cambio climático.


Con un calentamiento de 2 °C o más, habrá una mayor elevación del nivel del mar, los fenómenos climáticos extremos serán más frecuentes y se producirán efectos perjudiciales en el suministro de alimentos y de agua, lo que hará que resulte muy difícil vivir en algunas partes del mundo.


La consecuencia previsible es que muchas personas tendrán que abandonar su país y se convertirán en refugiados climáticos , y otros muchos millones de personas de todo el mundo se verán expuestos a la pobreza. Además, se perderán muchas especies y morirán prácticamente todos los corales.


Por desgracia, no estamos haciendo lo necesario para mantener el calentamiento por debajo de 1,5 °C, ni siquiera de 2 °C. Si los países cumplen sus objetivos actuales, las temperaturas aumentarán en torno al 3 °C (o incluso más, si las emisiones siguen aumentando).


El planeta en sí sobrevivirá al cambio climático causado por el hombre. De hecho, ya ha sufrido temperaturas más altas; fue hace millones de años , aunque en esa época el mundo era muy diferente. Los seres humanos seguramente no nos extinguiremos, pero tendremos que aprender a adaptarnos a un mundo más caliente y a todos los problemas que eso conllevará. Esto significa que tendremos que cooperar y prestar ayuda y recursos a las personas vulnerables.


¿Cuál sería la política más eficaz para acabar con el cambio climático?


Ninguna política acabará, por sí sola, con el cambio climático, pero una estrategia muy eficaz sería prescindir rápidamente de los combustibles fósiles , como el carbón y la gasolina, que se usan para crear electricidad y propulsar el transporte. Hay maneras diferentes de lograr este objetivo, y es importante que los líderes adopten políticas orientadas a crear buenos empleos y a reforzar a las comunidades.


Por ejemplo, los Gobiernos deben invertir dinero en trenes y autobuses seguros, fiables, eficientes y asequibles, para que las personas puedan desplazarse sin utilizar coches. Hay que rediseñar las ciudades para facilitar el desplazamiento a pie, en bicicleta o en transporte público. Las viviendas deben tener buenas conexiones con la red de transporte, y hay que construirlas o modificarlas para que hagan un uso más eficiente de la energía, para que resulte más fácil mantenerlas frescas en verano y calientes en invierno.
Los viajes aéreos internacionales también representan una parte cada vez mayor de las emisiones globales , y los Gobiernos de todo el mundo deben colaborar para dar respuesta a ese problema.


La ganadería —en especial la producción de carne y productos lácteos— también crea una cantidad sorprendentemente alta de emisiones . Así pues, los Gobiernos deben alentar a los ganaderos a que usen métodos sostenibles . Por otra parte, la agricultura puede producir deforestación. Puesto que los árboles eliminan el dióxido de carbono de la atmósfera, es necesario proteger los bosques y plantar nuevos árboles.


¿Qué puedo hacer en mi vida diaria para ayudar al clima?


En primer lugar, puedes medir tu huella ecológica rellenando este cuestionario del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF). La encuesta ofrece asesoramiento para ayudaros a ti y a tu familia a reducir vuestro impacto ambiental. Los estudios también han puesto de relieve los cambios más importantes que puede adoptar una persona para ayudar al clima. Son los siguientes:


1. Volar menos.
2. Si tienes edad para conducir, intenta vivir sin coche o compartirlo con tu familia y tus amigos.
3. Optar por una dieta vegetariana o vegana puede reducir tu huella ecológica (aunque tal vez resultaría más eficaz evitar el desperdicio de alimentos que mantener una dieta estricta).
4. Una idea controvertida, pero cierta: en los países más ricos, tener un hijo menos es la medida de mayor impacto .

En tu vida diaria también hay acciones pequeñas que pueden ser útiles. Apagar la calefacción o el aire acondicionado en casa y calentar o enfriar solo las habitaciones que estés usando te permitirá ahorrar dinero y reducirá las emisiones de carbono. Procura comprar menos ropa, plásticos y aparatos, ya que para fabricar esos artículos se consumen recursos y energía.
Fabrica tus propios artículos, tómalos prestados, practica el trueque, cómpra de segunda mano o búsca productos gratuitos , y, en la medida de lo posible, recicla todo lo que se pueda reutilizar. Cuando tengas edad suficiente, también puedes optar por depositar tu dinero en un banco ético y obtener electricidad generada a partir de energías renovables 100%.


Los cambios individuales tienen un alcance limitado , pero recuerda que tus acciones pueden inspirar a otras personas. ¡Usa tu voz! Hablar sobre el cambio climático con tus amigos, tu familia y tus compañeros de clase contribuye de manera esencial a concienciar y a impulsar nuevas medidas.

Por Chris Smith
The Conversation
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

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Más de un millar de ciudades del mundo se suman a la revuelta generacional por el cambio climático

Las señales del impacto del cambio climático se agolpan alrededor del mundo. Y los jóvenes han dicho basta. Pertenecen a una generación que recibe como herencia un problema que ellos no han creado. Este viernes están saliendo a denunciarlo en más de un millar de ciudades del planeta (unas 50 en España). Protestan contra la inacción de los Gobiernos ante una crisis ambiental que ya no se puede revertir pero sí mitigar. La solución para que el calentamiento no tenga consecuencias tan devastadoras se conoce: eliminar los gases de efecto invernadero de la economía, según exponen la mayoría de los científicos.

"Los políticos no están haciendo lo suficiente", se lamenta desde Adelaida (Australia) Tomás Webster Arbizu, de 13 años. Este adolescente es uno de los miembros en su ciudad del movimiento Friday for Future, que se inspira en Greta Thunberg, la joven sueca que en agosto decidió parar todos los viernes como protesta por la falta de ambición de su país ante el calentamiento global.


Su gesto se fue contagiando a otros chicos a lo largo del planeta. Australia fue uno de los países en los que primero prendió la protesta. En noviembre se celebró una primera gran huelga. 15.000 personas participaron en las concentraciones, recuerda Webster por teléfono. Cuatro meses después, los organizadores esperan que se duplique la asistencia. Y ya no se trata de un movimiento de carteles cutres y lemas pintados de colores. Webster explica que tienen un listado de 30 peticiones concretas para su Gobierno. Enumera las más importantes: "Se debe impedir que se abra la mina de carbón de Carmichael, que sería la más grande del hemisferio sur. Se debe frenar la producción de combustibles fósiles en el país y en Australia en 2030 toda la energía debe ser renovable".


Mientras que en muchos países, como Australia, las protestas han sido ya masivas, en España las pocas concentraciones que se han celebrado apenas han reunido a algunos centenares de estudiantes. Y eso que, según el CIS de noviembre –que realizó varias preguntas sobre el cambio climático– parece que no hay muchas dudas sobre el problema. Hasta el 83,4% de los encuestados para ese sondeo sostuvo que existe el cambio climático y hasta un 93,4% de ellos consideró que la acción del hombre influye mucho o bastante en ese calentamiento.


La prueba de fuego para el movimiento será este viernes en España. Algunos datos parecen apuntar a la concienciación de los jóvenes. "En España, desde hace casi un año, en los estudios de opinión se ve que entre las principales preocupaciones los jóvenes figuran, además de la igualdad, el cambio climático", apunta Belén Barreiro, socióloga y directora de 40dB. Y esa preocupación disminuye cuanto mayor es la edad del encuestado, añade. Barreiro considera que este puede ser un rasgo distintivo de esa generación y que se puede achacar a que "se han socializado" en un mundo cargado de información sobre los efectos del cambio climático. "Cada vez la información es más clara sobre el cambio climático", añade Barreiro.


En los últimos años son incontables los estudios e informaciones sobre las señales del cambio climático. Y no se trata de avisos de lo que podrá ocurrir en el futuro, sino de lo que está ocurriendo ya. Por ejemplo, durante el último decenio se han dado en el planeta ocho de los 10 años más cálidos desde que hay registros fiables. Esos registros datan de finales del XIX, de la segunda Revolución Industrial, cuando se empezó a torcer la salud del planeta. En las zonas desarrolladas del mundo, gracias a los avances tecnológicos, el ser humano ha alcanzado un nivel de bienestar inédito. Pero el crecimiento se ha basado en unos combustibles fósiles –carbón, petróleo y gas natural– que al quemarse liberan los gases de efecto invernadero que guardaban en su interior.


La masiva quema de esos combustibles, aunque arrancó con la Revolución Industrial, no se disparó hasta los años cincuenta del siglo pasado. “La gran aceleración se produce a partir de la II Guerra Mundial, cuando se dispara el consumo de combustibles fósiles, los daños ambientales, el uso de agua”, explica Amaranta Herrero, profesora de Sociología Ambiental en la Universidad Autónoma de Barcelona. Esta docente e investigadora es una de las promotoras de un escrito de apoyo a la protesta de este viernes que han firmado unas 300 personas ligadas al mundo científico.


La alianza entre la ciencia y los jóvenes es otro de los rasgos diferenciadores de esta protesta. En Alemania –donde también se han producido nutridas manifestaciones en las últimas semanas– hasta 12.000 científicos han firmado un escrito similar. "Existe un desfase gigante entre el consenso científico sobre el cambio climático y la falta de acción de los políticos", señala la investigadora Herrero. "Desde la comunidad científica nos preguntábamos cómo no reaccionaba la sociedad. Hay un consenso científico brutal y hay que gritarlo", añade.

La ciencia señala, por ejemplo, a una concentración en la atmósfera de dióxido de carbono –el principal gas de efecto invernadero– que se ha disparado más de un 30% desde 1960. “Las pruebas del cambio climático actual son inequívocas (...) Desde 1880 la temperatura media de la superficie mundial ha aumentado entre 0,8 y 1,2 grados”, recordaba esta semana el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. La ONU advertía también del incremento en la frecuencia e intensidad de los fenómenos extremos –como inundaciones o sequías– asociados al cambio climático que ya se está produciendo.


"Estamos preocupadas por nuestro futuro. Nos hemos encontrado un mundo diferente al que se encontraron nuestras madres y abuelas", resume Gemma Barricarte, de 25 años y una de las estudiantes promotoras de las protestas en Barcelona.


La docente Amaranta Herrero, habla del concepto de "justicia intergeneracional" para referirse a este movimiento estudiantil que, como el cambio climático, es global. "Ellos no han causado el problema y se lo van a comer con patatas", añade.


"Los Gobiernos se comprometen a cosas y luego no cumplen", apunta Gemma Barricarte sobre los motivos de la protesta. Naciones Unidas ha vuelto a advertir esta semana de que los planes de recortes de emisiones de gases de efecto invernadero que han propuesto los países no son suficientes. Se necesita que aumenten mucho más esos compromisos. "No vamos a parar hasta conseguirlo", dice esta estudiante catalana.

Por Manuel Planelles
Madrid 15 MAR 2019 - 04:05 COT
L

 

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Todo preparado para la gran rebelión estudiantil por el clima

Los estudiantes de educación secundaria y superior están llamados a un paro este viernes 15 de marzo en la primera gran huelga internacional contra el cambio climático y la falta de políticas para atajarlo.

 

La juventud se planta por su futuro. Es un lema válido para prácticamente cualquier reivindicación estudiantil pero en este caso se refiere, literalmente, a la posibilidad que ese futuro exista para esos jóvenes. “La ONU ya ha dictado que en 2030 tenemos que tener ya una serie de medidas drásticas o no habrá planeta que recuperar”, señala Irene Rubiera, portavoz de Fridays for Future Madrid. “No sé cuántos años van a tener Pablo Casado, Pedro Sánchez y toda esta gente en ese momento, pero sé que serán muy mayores y les importará todo mucho menos”. A ella le va la vida en ello: tiene 19 años.


La lista de eventos globales para la gran huelga estudiantil internacional programada para este viernes 15 de marzo, que tiene el fin de exigir a los gobiernos implementar medidas inmediatas y realistas para frenar el cambio climático y dejar el aumento de temperatura global medio a un máximo de 1,5ºC respecto a los niveles preindustriales, ya supera las 1.300 convocatorias en más de cien países. A nivel estatal, son medio centenar las ciudades donde se han programado concentraciones y manifestaciones, según ha recopilado la plataforma Juventud por el Clima - Fridays for Future.


Es el colofón de un movimiento, Fridays for Future —los ‘viernes por el futuro’—, que tiene una impulsora y cara bien visible en Greta Thunberg, una adolescente sueca de 16 años que comenzó todo esto cuando decidió dejar de asistir a clase para que el gobierno sueco redujera sus emisiones, y una herramienta clara: la huelga. “Como dice Thunberg, nosotros estamos ahora en clase estudiando para un futuro que no vamos a tener, así que es una manera de simbolizar que no vamos a estudiar para un futuro que no tenemos”, explica Rubiera.
Sin precedentes en Europa


En países como Alemania, Australia, Bélgica, Francia o Suiza, los paros y protestas de los viernes están siendo masivos desde hace un mes y han cosechado un éxito sin precedentes en algunos de ellos, más si cabe resaltando que las movizaciones son impulsadas y llevadas a cabo por jóvenes de secundaria que, de esta forma, están elevando la voz contra un problema que los adultos no parece que acaben de tomar demasiado en serio.


En España la iniciativa ha tardado algo más en arrancar, “quizá porque aquí tenemos menos tradición de asociacionismo juvenil”, opina Rubiera. Aunque hace dos meses un grupo de estudiantes se plantó ante la sede de la Generalitat de Girona, el pasado 1 de marzo se producía el primer Friday for Future convocado a nivel estatal, que conseguía tímidas protestas frente al Congreso —unas 500 personas en Madrid—, y en la plaza de Sant Jaume, en Barcelona, además de en otras ciudades como Girona, Málaga o Valencia.


Quince días después, organizado en apenas tres semanas y de forma telemática —”tenemos un grupo grande de coordinación nacional, otros de gente que trabaja en los institutos y otro de diseñadores de carteles”, cuenta la activista del nodo madrileño de la organización—, el movimiento pretende llegar mucho más lejos y multiplicar las protestas tanto en número de asistentes como de ciudades. Aquí, además, las universidades se han apuntado para unir fuerzas para defender el planeta, lo que supone un potente aliado del movimiento.
Escuchen a los científicos


Quien busque un decálogo de reivindicaciones, más allá del cumplimiento de temas básicos que la comunidad internacional apoya de palabra pero no de acción —como es el caso del malogrado Acuerdo de París o no sobrepasar, como dicta el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), los 1,5 ºC— no lo encontrará. “Solo pedimos una cosa, que escuchen a los científicos. Yo tengo 19 años y no sé cuáles son las medidas concretas para abordar el problema, pero sé que hay gente que ya las tiene y nosotros pedimos que se les escuche”, indica Rubiera.


La juventud llama a hacer caso a los científicos y estos devuelven el cumplido. Más de 12.000 de Alemania, Australia y Suiza presentaron este martes en Berlín un manifiesto por el que secundan la huelga juvenil. La lista con todos los nombres se entregará este viernes a los activistas alemanes, un país que cuenta con más de 180 protestas programadas para ese día.
Políticos, sin interés


Desde el movimiento ven con preocupación la falta de interés de los dirigentes españoles. “Nos preocupa que estando en campaña electoral no hablen mucho de esto”, indica la activista, “lo ven muy lejos, no ven que es un problema muy serio que hay que abordar de manera inmediata, y eso es un problema”.


Desde el ecologismo nos les faltan apoyos, también logísticos, aunque en Fridays for Future dejan claro desde el principio que es un movimiento apartidista y que no ha surgido de ninguna organización. La Alianza por el Clima, una federación internacional formada por 400 organizaciones, que ha expresado su agradecimiento y apoyo al movimiento, recuerda que “la evidencia científica señala al cambio climático como la principal amenaza para el planeta tierra y nuestros medios de vida, y que disponemos de un plazo tan limitado para frenarlo que todas las acciones cuentan”.


En España, Ecologistas en Acción, a través de un comunicado, remarca que “el compromiso de perseguir una ruta segura de descenso de las emisiones, capaz de limitar el incremento de la temperatura global por debajo en 1,5 ºC, es la única respuesta posible a las demandas de la activista climática Greta Thunberg”. Para la confederación, la ola de movilizaciones iniciada por la adolescente sueca “denuncia con claridad cómo los actores políticos tradicionales no han estado ni están a la altura del reto que supone cambio climático”. Asimismo, reclama a los partidos políticos, sindicatos, empresas y organizaciones que han mostrado su apoyo a la huelga “que canalicen su acuerdo con las movilizaciones juveniles planteando los cambios necesarios en sus propias entidades y asuman el cumplimiento de objetivos coherentes con las indicaciones del IPCC”.


También Greenpeace se ha volcado con los jóvenes, llamando a la movilización “la revolución de las tizas de colores” y animando a toda la sociedad “a sumarse y empujar por un nuevo comienzo, una nueva oportunidad de ponernos manos a la obra para buscar soluciones. El tiempo es escaso y hay mucho trabajo que hacer”.


Desde Unidos Podemos también se apoyan la movilización, tal como aseguró su secretario de Organización, Pablo Echenique este miércoles. Equo, el partido verde enmarcado en la coalición, ha llamado a secundar la huelga y ha asegurado que apoyará “cualquier acción relacionada con la lucha contra el calentamiento global”.

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El New Deal ecológico pone en peligro de extinción a los dinosaurios del Congreso

En las últimas semanas, un vórtice polar que azotó Estados Unidos causó la muerte de al menos 20 personas. Al mismo tiempo, los científicos del gobierno estadounidense informaron que 2018 fue el cuarto año más caluroso desde que se lleva registro y que los últimos cinco años han sido los más cálidos de la historia reciente.

Un enorme agujero en uno de los glaciares más grandes de la Antártida está causando un derretimiento acelerado, mientras que, en todo el continente, grandes lagos de agua de deshielo se desplazan y amenazan con hacer colapsar estas vastas capas de hielo, lo que conduce a un rápido aumento del nivel del mar en todo el mundo. El derretimiento de los glaciares del Himalaya genera riesgo de inundaciones y problemas en el suministro de agua que podría afectar a decenas de millones de personas.
A modo de prueba de que el planeta está experimentando lo que se ha llamado “la sexta gran extinción”, un análisis reciente de datos científicos concluyó que el 40% de los insectos del mundo están al borde de la extinción.


Ante todo esto, ¿cuál fue la respuesta del presidente Donald Trump? En medio de la ola de frío extremo causada por el vórtice polar, tuiteó: “¿Qué diablos está pasando con el calentamiento global? Por favor, vuelve pronto, ¡te necesitamos!”. Pero, pese a todo, hay esperanzas. Dos demócratas, la representante de Nueva York Alexandria Ocasio-Cortez y el senador de Massachusetts Ed Markey presentaron una resolución en el Congreso que establece “el deber del gobierno federal de crear un New Deal ecológico”. La Resolución 109 de la Cámara de Representantes tuvo una notable cifra de 67 copatrocinadores en esta cámara, todos demócratas, y se ha enviado a once comités distintos de la Cámara de Representantes para su consideración.


Al anunciar la presentación de la resolución, Ocasio-Cortez expresó: “Hoy es el día en que realmente nos embarcamos en una agenda integral de justicia económica, social y racial en Estados Unidos de América. El cambio climático y nuestros desafíos ambientales son una de las mayores amenazas existenciales para nuestra forma de vida; no solo a nivel nacional, sino mundial”.


El New Deal ecológico hace referencia al New Deal original, esto es, el contundente plan de gobierno implementado en Estados Unidos por el presidente Franklin Delano Roosevelt para luchar contra los efectos de la Gran Depresión de 1929. Además de imponer una serie de políticas regulatorias para restringir el poder de los grandes bancos que fueron en gran parte responsables del colapso financiero, el New Deal permitió al gobierno federal contratar directamente a millones de trabajadores para hacer todo tipo de tareas, desde construir carreteras y puentes hasta escribir poesía. También se creó el sistema de Seguridad Social para proteger a los ancianos de los estragos de la pobreza. Desde entonces, el New Deal se ha vuelto sinónimo de una intervención a gran escala del gobierno para resolver problemas grandes y aparentemente inabordables con éxito.


Las resoluciones paralelas del Senado y la Cámara de Representantes presentadas por Markey y Ocasio-Cortez —quien es conocida como “AOC” por sus partidarios— son un llamado a la acción para que el Congreso elabore leyes que implementen un auténtico New Deal ecológico, que pueda cambiar rápidamente el curso económico del país a otro que sea alimentado por energía renovable, de una manera limpia, justa y equitativa.


Anderson Cooper, presentador de la CNN, le preguntó a Alexandria Ocasio-Cortés en el programa “60 Minutos” acerca de la propuesta: “¿Se refiere a que todo el mundo tendrá que conducir un automóvil eléctrico?”. La representante respondió: “Se van a necesitar muchos cambios rápidos que ni siquiera concebimos como posibles en este momento. ¿Cuál es el problema de tratar de llevar nuestra capacidad tecnológica lo más lejos posible?”


Cooper también la interrogó sobre el costo de llevar a cabo un New Deal ecológico que, en parte, AOC propone financiar con un aumento del impuesto marginal a los súper ricos: una tasa impositiva del 70% sobre los ingresos obtenidos por encima de los diez millones de dólares, por ejemplo. Varias encuestas nacionales insinúan un fuerte apoyo a tal impuesto.
Si bien casi todos los aspirantes demócratas a la presidencia han abrazado el New Deal ecológico, la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, se burló del plan al responder la pregunta de un periodista sobre la posibilidad de que la propuesta sea tratada en el Congreso: “Será una de varias o, quizá, de muchas sugerencias que recibamos. El sueño ecológico, o como lo llamen; nadie sabe lo que es, pero están a favor, ¿no?”


Después de que el senador Markey presentara su resolución ecológica, el líder de la mayoría del Senado, el republicano Mitch McConnell, declaró a los medios: “Vamos a votar sobre la propuesta en el Senado para darles a todos la oportunidad de dejar asentadas sus declaraciones”. McConnel, junto con el Partido Republicano, están calculando que un voto a favor podría perjudicar políticamente a los demócratas que están actualmente en funciones cuando llegue el momento de su reelección.


Pero McConnell está equivocado. La mayoría de los estadounidenses cree que el cambio climático es real, que representa una amenaza para la humanidad y que hay que hacer algo al respecto. Es hora de que los dinosaurios del Congreso y la Casa Blanca se desprendan de los combustibles fósiles y apoyen el New Deal ecológico, o se enfrenten a la extinción.

Columna15 de febrero de 2019
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Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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Sábado, 16 Febrero 2019 06:12

La industria petrolera y la geoingeniería

La industria petrolera y la geoingeniería

La industria de los combustibles fósiles (petróleo, gas, carbón) ha estado siempre en la vanguardia de la negación del cambio climático: son sus principales culpables e intentan así desviar la atención sobre su responsabilidad. Un notable reporte de investigación, Combustible al fuego ( Fuel to fire), publicado esta semana por el Centro Internacional de Derecho Ambiental (CIEL, por sus siglas en inglés), muestra además que desde hace décadas impulsan la manipulación tecnológica del clima, o sea, la geoingeniería. Ésta no es, como plantean sus promotores científicos, una medida de emergencia frente a la crisis climática, sino una forma de asegurar la permanencia de los combustibles fósiles y, con ello, de empeorar el cambio climático (https://tinyurl.com/y4gjzbys).

Es conocido que las petroleras impulsan y controlan las tecnologías de captura y almacenamiento de carbono (CCS, por sus siglas en inglés). Además, también han estudiado muchas otras formas de geoingeniería, incluyendo la modificación de la radiación solar, en pos de proteger sus ganancias y seguir sus actividades con altas emisiones de dióxido de carbono, argumentando que se puede contrarrestar el calentamiento global bajando la temperatura y retirando el exceso de carbono de la atmósfera, lo cual también son negocios adicionales para la misma industria, que creó el problema.

El informe del CIEL revela que ExxonMobil, Shell, BP, Total, Chevron y otras tienen intereses, patentes e investigación en todas las formas de geoingeniería e incluso algunas han sido pioneras en investigarlas. Exxon, por ejemplo, investigaba desde la década de 1940 formas de modificación del clima, como por ejemplo cubrir áreas con asfalto para aumentar la absorción de calor con la idea de provocar lluvia en otras zonas.

James F. Black, uno de los investigadores de Exxon que participó en ese proyecto, tuvo también un papel clave en la investigación de la empresa sobre cambio climático y dióxido de carbono en las décadas siguientes.

Desde la década de 1940, las mayores petroleras han hecho investigación sobre el clima –tanto para proteger sus inversiones como para entender sus impactos–. Cuando el debate sobre cambio climático empezó a generalizarse, tenían amplia información para construir formas de negar el fenómeno y evadir su responsabilidad.

Complementariamente han investigado, promovido y cabildeado el desarrollo de una amplia gama de técnicas de manipulación del clima, tanto técnicas de remoción de dióxido de carbono, por ejemplo, plantaciones para bioenergía, captura directa de aire (ambas, combinadas con CCS), alcalinización del mar y fertilización oceánica, como técnicas de geoingeniería para alterar la radiación solar que llega a la Tierra. Entre estas últimas, crear y blanquear nubes marinas para reflejar el sol o inyectar sulfatos en la estratósfera para bloquear los rayos del Sol, imitando el efecto de las nubes volcánicas, todas con la intención de bajar la temperatura.

El informe aporta numerosos datos y nombre de científicos y cabilderos de la industria petrolera que han tenido enorme influencia en las políticas de Estados Unidos sobre energía y cambio climático para impedir el desarrollo de políticas de energías renovables y para promover la geoingeniería, tanto bajo la administración de Barack Obama como en la actual. El propio director ejecutivo de Exxon, Rex Tillerson, pasó de ese cargo a secretario de Estado con Trump hasta 2017. La existencia de opciones de geoingeniería justifica, según éstos, que no es necesario hacer recortes en las emisiones.

Uno de los más activos proponentes científicos de la geoingeniería es David Keith, de la Universidad de Harvard. Argumenta que son medidas que deben prepararse frente a la inacción climática. En 2017 presentó el proyecto ScoPex, experimento para diseminar partículas reflejantes del Sol, a realizarse en Arizona o Nuevo México, probablemente en territorio indígena. Sería el primer experimento a cielo abierto de manejo de la radiación solar. Más que un experimento científico, ScoPex es punta de lanza para comenzar con experimentos de geoingeniería solar y posteriormente su desarrollo a gran escala.

Keith se presenta como científico, pero es simultáneamente fundador y accionista de Carbon Engineering, empresa comercial de remoción de dióxido de carbono con la técnica de captura directa de aire. El carbono es usado para hacer combustibles sintéticos. El reporte del CIEL muestra que esto no remueve el carbono de la atmósfera, sino, incluso, por su alta demanda energética, podría emitir más. En enero 2019 las petroleras Chevron y Occidental Petroleum se sumaron como inversores a esa empresa, que fue financiada inicialmente por Bill Gates, entre otros.

Es una muestra de lo que plantea el informe: hay una línea de continuidad entre la industria de combustibles fósiles, sus excusas para seguir extrayendo petróleo, gas y carbón y todas las formas de geoingeniería.

La creciente consideración de geoingeniería en informes y negociaciones internacionales sobre cambio climático debe cuestionarse radicalmente, a la luz de que en lugar de paliar los síntomas la geoingeniería es un argumento para posponer la necesaria reducción de emisiones.

Por Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC.

Sobre geoingeniería y sus impactos, ver el libro Geoingeniería: El gran fraude climático, de Grupo ETC y Fundación H. Boell, http://tinyurl.com/ycljetdf

 

Trasnacionales deforestarán vasta zona de Brasil

Brasilia. Seis grandes comerciantes de materias primas, incluidos Cargill Inc y Bunge Ltd, acordaron un mecanismo común para monitorizar las cadenas de suministro de soya en busca de deforestación en la vasta sabana de El Cerrado, según un comunicado publicado ayer.

El Cerrado cubre aproximadamente un cuarto del territorio de Brasil, el segundo bioma más grande del país después de la selva amazónica. Sus plantas hunden profundas raíces en el suelo, por lo que hace que se compare la zona con un bosque al revés, formando un importante sumidero de carbono, cuya preservación es vital para la lucha contra el calentamiento global.

Las compañías que pertenecen a la red Soft Commodities Forum, que firmaron el acuerdo para controlar sus cadenas de suministro de soya en El Cerrado, incluyen a Archer Daniels Midland, Cofco International, la unidad de agricultura Glencore y Louis Dreyfus Company.

Las empresas acordaron detallar la cantidad de soya que proviene de El Cerrado y las compras realizadas en los municipios con mayor riesgo de deforestación.

Los primeros hallazgos serán presentados en junio. La declaración no dice que las compañías hayan acordado poner fin a la deforestación en El Cerrado.

"Estamos tratando de enfrentar el desafío de alimentar a la creciente población del mundo de manera sostenible", aseveró el presidente ejecutivo de Louis Dreyfus, Ian McIntosh, según el comunicado.

"Esto significa ser conscientes de la preservación del medio ambiente, incluidas las áreas de importancia para su biodiversidad. El bioma El Cerrado es una de esas áreas, donde se debe hacer todo lo posible para garantizar que cualquier expansión agrícola ocurra de la mano con la preservación de la vegetación nativa."

Aproximadamente la mitad del bosque nativo del bioma y otra vegetación han sido destruidos en los pasados 50 años, con tierras recién despejadas que alimentan el auge de la soya en Brasil. El país es el mayor exportador global de la oleaginosa.

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La revuelta escolar calienta el debate ambiental en el corazón de Europa

Las huelgas de estudiantes llevan el cambio climático a la agenda del Gobierno belga


Bélgica está sorprendida. Sus adolescentes se han lanzado a la huelga en los institutos y en esta ocasión no piden tasas educativas más bajas ni oportunidades de empleo al salir de las aulas. Desde hace tres semanas, miles de estudiantes de secundaria y bachillerato han dejado de asistir a clase los jueves y desfilan por las calles de Bruselas escoltados por la policía con un objetivo altruista: reclamar medidas efectivas contra el cambio climático. El crecimiento de la protesta es exponencial. El 10 de enero fueron 3.000 manifestantes, luego 12.500 y la pasada semana 35.000.


En la mañana de este jueves vuelven a estar convocados, esta vez en la Estación del Norte de la capital belga, donde alumnos de todo el país se reunirán para una nueva demostración de fuerza. La cuestión climática ha aglutinado en Bélgica un descontento generacional tan poderoso como inesperado. Su potencia en la calle se ha vuelto imposible de ignorar. Y ha llevado la ecología a la agenda del primer ministro, Charles Michel, obligado a explicar en qué ha contribuido su Gobierno a frenar el deterioro del planeta. “Hemos hecho mucho, pero quizá no lo hemos sabido explicar demasiado bien”, justificó en el diario Le Soir.


Como en tantos otros movimientos, las redes sociales han sido claves en la organización de las marchas. ¿Por qué ahora? Una joven sueca tiene parte de culpa. A sus 16 años, Greta Thunberg inició en su país una protesta para apelar a los políticos a actuar contra los efectos del cambio climático. Decidió dejar de ir a clase los viernes y dedicar ese tiempo a sentarse ante el Parlamento con un cartel que rezaba “huelga escolar por el clima”. Su gesto no pasó inadvertido. Fue invitada a intervenir en la cumbre del clima de Katowice, y luego en el Foro Económico de Davos. Una frase demoledora lanzada a la cara de los líderes mundiales en la ciudad polaca terminó por convertirla en un icono para los defensores del planeta: “Estáis robando el futuro a vuestros hijos”.


Esa lúgubre advertencia impregna el movimiento en Bélgica. La flamenca Anuna de Wever, de 17 años, vio a Thunberg abochornar a los mayores y se propuso imitarla. Grabó un vídeo llamando a la huelga escolar por el clima y pronto se hizo viral en Facebook. Tras su llamamiento en redes sociales, su vida ha adquirido un ritmo frenético. El domingo intervino al término de una marcha contra el cambio climático en Bruselas en la que participaron 70.000 personas. Se ha reunido con ministros. Aparece en televisión. Está escribiendo un libro. Y ayer viajaba en tren a Bruselas desde su Flandes natal para acudir a una reunión en el Parlamento belga. Desde su asiento en el vagón, explicaba por teléfono el sentir de su generación sobre el deterioro del planeta. “Los jóvenes están muy asustados. Por eso, cuando conocí el movimiento de Greta Thunberg, me inspiró y me dije que tenía que hacer lo mismo en Bélgica. Pensé que podía ser una revolución que nuestra generación luchara en cada país”. ¿Cuándo pararán las huelgas? “Cuando el Gobierno consensúe un plan de acción contra el cambio climático con expertos”, contesta De Wever.


Para el sociólogo Johan Tirtiaux, de la Universidad de Namur, si el Ejecutivo quiere contentar a los escolares debe evitar la autocomplacencia y dar una respuesta ambiciosa y concreta, perceptible en el día a día. “El sentimiento general es que se hace poco”, alerta. Tirtiaux dirigió en 2016 un macroestudio sobre las inquietudes de los jóvenes de entre 18 y 34 años basado en 30.000 entrevistas. El medio ambiente apareció como la primera preocupación por delante del acceso al empleo y la calidad del sistema educativo. Un síntoma del malestar que hoy empuja a las calles a los hijos, sobrinos o hermanos pequeños de los que respondieron.


Descolocados ante la corta edad de los manifestantes, hay quien ve en el movimiento una mera excusa para perder clase. "No creo en la caricatura de que sean vagos que no quieren ir al colegio", rebate Tirtiaux. El sociólogo ve muy ambicioso que puedan mantener el poder de convocatoria actual cada jueves, aunque una protesta muy diferente, la de los chalecos amarillos, suma 11 sábados seguidos en las calles de París. Aún así, Tirtiaux cree que no hay que subestimar el aviso de los adolescentes. "Hay que tomar en serio ese sentimiento de declive. Esta generación ha crecido en medio de un discurso de crisis muy fuerte. Un relato de que todo se deteriora e incluso será peor para sus hijos y nietos".


Habitualmente desconectados del debate político, la fuerza con que el mensaje de la joven Greta ha conectado con adolescentes de todo el mundo tiene pocos precedentes. Sin llegar a las altas cifras de asistentes de Bélgica, ha habido marchas similares en Alemania, Australia, Canadá o Suiza. De Wever confía en que el fenómeno se vuelva global: “Quiero animar a todos los estudiantes a sumarse. Es importante que hagamos esto juntos”.

 

Por ÁLVARO SÁNCHEZ
Bruselas 30 ENE 2019 - 18:05 COT

Publicado enMedio Ambiente