Jueves, 28 Mayo 2020 05:48

Una humanidad distinta

Una humanidad distinta

Una percepción colectiva mayormente optimista y esperanzada tiende a suponer que cuando la pandemia del coronavirus deje de castigar al planeta construiremos un mundo mejor.

La existencia de esa inclinación (del espíritu, de la imaginación, del intelecto) me llevó a pensar en otras pandemias y en otros momentos históricos, entre ellos uno bastante significativo, como fue el de la peste que asoló Grecia unos quinientos años antes de Cristo y que terminó (entre muchísimas otras) con la vida del mismo Pericles.

Y lo cierto es que después de aquella epidemia y después de la muerte de Pericles, Atenas ya nunca más volvió a ser lo que había sido. Después de la epidemia, Atenas empezó a perder su lugar en la Tierra.

Sócrates, hijo de ese siglo, el siglo precisamente conocido como el siglo de Pericles, es la última figura proactiva del pensamiento vivo ateniense que tanto importó a Pericles, estratega, tribuno, filósofo, político y guerrero.

Pasada la peste y un poco más tardíamente, el genio de Platón pertenece ya a un espíritu melancólico. Platón añora lo irrecuperable. Cuando Platón escribe uno tiene la sensación de que escribe sobre cenizas.

En suma, la peste que empieza a quitarle la luz a Atenas ocurre en el siglo V AC, cien años que darán un contorno reconocible a la cultura occidental y no sabemos que habría pasado o cómo sería esa cultura si la peste --en este caso la fiebre tifoidea-- no hubiese interrumpido la “normalidad” de Atenas, paradójicamente democrática e imperial a la vez.

Acaso ni siquiera Roma habría llegado a ser lo que fue. A fin de cuentas, la lenta disolución de Atenas en el incontrolable fluir de la historia no tenía porqué encarnar en el poderío prepotente y jurídico de Roma.

Es muy posible --pero nos faltan testimonios-- que durante la peste y ante la muerte de Pericles muchos atenienses sintiesen que una vez superado el mal las cosas retomarían su curso habitual, otros apostarían quizás a favor de un cambio hacia lo mejor del sistema y tal vez no pocos avistaran un mundo perdido.

Me parece que hoy, salvando las obvias distancias, todos y cada uno de nosotros experimentamos sentimientos parecidos.

Ya no lloramos la ausencia de un Pericles que defienda las requebrajadas democracias liberales que el hiperconsumismo y las riquezas cada vez más concentradas, se van devorando como si fuesen termitas. Ya no es este un período de grandes líderes (más bien se trata de pobres líderes, intercambiables aunque peligrosos) y menos aun de grandes utopías; todo lo que el mundo --sobre todo el mundo occidental-- parece querer es un eterno estado de bienestar donde convivan sin roces alarmantes libertad y justicia y sean evitadas las profundas desigualdades que acarrean desdichas crecientes.

Sentimientos, si se quiere, fácilmente contradictorios y distraidamente infantiles. Nuestros pensamientos son más consignas que pensamientos, menos ideas que almacenamiento de datos. Nunca antes dispusimos de una ciencia tan vasta y mucho menos de una tecnología tan prolífera, precisa y sorprendente, no obstante frente a la pandemia no parece todavía que sirvieran de mucho. Nunca, como en estos últimos meses, hemos pensado tanto en la vida y en la muerte.

En buena medida, nuestras aspiraciones se han vuelto de una fragilidad y de una pequeñez tan notables como la corteza de un pan viejo que se parte en pedazos no bien se le apoya un dedo encima.

Hasta hace poco vivíamos en una rutina crítica (en el mejor de los casos) o conformista en su mayor parte. Nuestros “pavores” eran sobre todo intelectuales, políticos o filosóficos, pero ahora tenemos miedo.

Y ahora tenemos miedo porque el virus, portador de muerte, ha corroído el sentido de la buena vida y no sabemos si una vez pasada esta etapa seremos capaces de volvernos mejores o empeorar hasta planos irreversibles.

Ignoramos cuál será nuestro comportamiento pero si no se descubre un sentimiento tan poderoso y persistente como la codicia pero de naturaleza exactamente opuesta, se vuelve difícil apostar a favor de la humanidad. Esta pandemia nos está demostrando que confundimos acumulación con felicidad, resignación acrítica con bienestar y “autonomía” digital con libertad.

Nadie sabe qué es ser feliz, reflexionaba Jacques Lacan, a menos que la felicidad se defina “en la triste versión de ser como todo el mundo”. 

28 de mayo de 2020

Publicado enSociedad
Martes, 26 Mayo 2020 06:39

¿Una buena oportunidad?

¿Una buena oportunidad?

Cuando finalice la epidemia, nuestros gobiernos seguirán con su dinámica habitual, la de gestionar el funcionamiento de la máquina-mundo capitalista e intentar atenuar diariamente sus daños colaterales.

 

El confinamiento, se dice, es una oportunidad única para reflexionar sobre la sociedad en la que vivimos, sobre el desastre al que nos conduce y sobre los cambios radicales que se deben operar para evitarlo. Sin embargo, no parece que el mejor momento para reflexionar sobre un fenómeno mundial sea aquel en el que estamos aislados del mundo, sin saber prácticamente nada de lo que ocurre en los lugares en los que se trata la enfermedad y en los que se toman las decisiones sobre la gestión de la pandemia. De hecho, los análisis que hoy vemos surgir ya estaban completamente preparados. Es el caso de las teorías del biopoder y de la sociedad de vigilancia. No son nuevas, pero parecen encontrar su perfecta aplicación en un momento en el que el poder del Estado se propone la tarea de llevar a la práctica las recomendaciones de la autoridad sanitaria, y en el que las aplicaciones destinadas al rastreo de los portadores del virus renuevan el gran temor al Estado Big Brother, dotado ahora de herramientas digitales para vigilar nuestros cuerpos.

Sin embargo, una mirada más atenta revela que la gestión de la crisis por parte de nuestros Estados no ha obedecido exactamente al paradigma del control científico de las poblaciones. Para empezar, podríamos hablar de esos jefes de Estado que no creen en la ciencia, que han tratado el coronavirus como una gripe común y han pedido a sus ciudadanos que retomen rápidamente el trabajo. Pero, incluso allí donde el confinamiento ha sido estrictamente impuesto y controlado por el Estado, se ha puesto de manifiesto una relación muy específica y limitada del poder del Estado con las vidas individuales. Ordenar a la gente quedarse en casa no es la mejor manera de vigilarla eficazmente. En cierto modo, esta medida no hace otra cosa que prolongar esa práctica habitual de nuestros Estados cada vez más autoritarios que consiste en ordenar a la policía limpiar las calles desde el momento en que algo se mueve.

La gestión de la pandemia se ha llevado a cabo de acuerdo con esta lógica de la seguridad que abarca tanto los conflictos sociales como los atentados terroristas o las catástrofes naturales. Es posible que la autoridad de la ciencia médica haya pesado mucho en las decisiones gubernamentales. Pero no lo ha hecho con hipótesis eruditas sobre la circulación del virus, sino con simples estimaciones sobre la capacidad de los hospitales para acoger enfermos, una capacidad que, en efecto, las políticas de recortes presupuestarios han reducido significativamente.

Dicho de otra manera, la propia autoridad científica se ha ejercido en el interior de esta lógica que entrelaza el avance de las políticas de seguridad con el avance de las medidas “liberales” de destrucción de los sistemas de protección social. Intenté resumir esta lógica paradójica en un artículo de 2003 publicado en la Folha [de São Paulo] con ocasión de una letal ola de calor ocurrida en Francia: en el momento en que el Estado hacía menos por nuestra salud, decidía hacer más por nuestra vida. Sustituía los sistemas horizontales de solidaridad social por una relación directa, pero también abstracta, de cada uno de nosotros con una potencia estatal encargada de protegernos en bloque contra la inseguridad. Ha quedado perfectamente claro que esta “protección en bloque” puede venir acompañada de una ausencia total de previsión en el detalle. Esto es justo lo que se ha comprobado en la Francia de 2020: el gobierno no había previsto nada contra la epidemia; no había test disponibles y ni siquiera mascarillas suficientes para todos los sanitarios, lo cual explica que la autoridad científica haya tenido que secundar las mentiras del Estado poniendo en cuestión la utilidad de estas mascarillas de protección.

Al confinarnos, nuestro gobierno no gestionaba tanto “la vida”, sobre la que sus luces son modestas, cuanto las consecuencias de su propia falta de previsión. Pero esta falta de previsión no es fortuita. Forma parte de la lógica misma que fundamenta el paradigma de la seguridad y asegura el poder de nuestros Estados.

Convendría por lo tanto relativizar dos ideas muy difundidas en este tiempo de confinamiento. No está realmente comprobado que este tiempo haya provocado el triunfo del biopoder y nos haya hecho ingresar en la era de la dictadura digital. Pero tampoco está claro que nuestros Estados y el sistema económico que gestionan salgan debilitados de la demostración de impotencia que han ofrecido. Habría que relativizar igualmente los efectos radicales que algunos esperan al término de la situación presente. Pienso en todas las especulaciones que circulan hoy a propósito del “momento de después”, cuando se vuelva a poner en marcha la máquina económica actualmente en reposo. Ese momento de después se convierte cómodamente en la nueva gran esperanza: la oportunidad soñada en la que podría producirse, en un solo movimiento y sin violencia, ese vuelco radical de las cosas que en otra época se esperaba de las grandes jornadas revolucionarias. Será entonces, dicen, cuando habrá que cambiarlo todo, poner fin a los excesos de un capitalismo que sacrifica las vidas al beneficio económico, pero también cambiar de “paradigma civilizatorio”, reformar completamente nuestros modos de vida y repensar radicalmente nuestra relación con la naturaleza.

Desgraciadamente, estos grandes proyectos dejan una pregunta en suspenso: ¿quién hará todo lo que “será necesario” hacer en ese momento para cambiarlo todo? Las conmociones del orden dominante no se producen porque tal o cual circunstancia de excepción haya revelado sus perjuicios. Tampoco se producen cuando aquellos pensadores que han meditado durante mucho tiempo sobre la historia del capitalismo o del Antropoceno vienen a proporcionar las recetas adecuadas para “cambiarlo todo”. Un futuro solo se construye en la dinámica de un presente.

Cuando finalice la epidemia, nuestros gobiernos seguirán con su dinámica habitual, la de gestionar el funcionamiento de la máquina-mundo capitalista e intentar atenuar diariamente sus daños colaterales. Para aquellos que no se resignan a este curso de las cosas, el momento de después corre el riesgo de plantear el mismo problema que los momentos de antes: qué fuerzas serán capaces de conjugar el combate contra las fuerzas de la explotación y la dominación con la invención de un futuro diferente. No parece que el confinamiento nos haya permitido avanzar mucho en esa dirección.

Por 

Álvaro Minguito / Jacques Rancière

Traducido por Alfredo Sánchez Santiago

26 may 2020 06:35

N-1

Artículo publicado por n-1. Traducido por Alfredo Sánchez Santiago.

Publicado enPolítica
Lunes, 25 Mayo 2020 06:31

Covid: acelerador de cambios

Covid: acelerador de cambios

Las crisis son aceleradoras de cambios. La irrupción de los derechos sociales en las leyes laborales a nivel mundial no se entenderían sin la Primera Guerra Mundial, el Estado de bienestar y la concepción del gobierno como motor económico no sería igual sin la Segunda Guerra Mundial y la reconstrucción que devino. De manera más silenciosa, pero igual de relevante, está el listado de cambios sociales y políticos que se generaron tras la crisis financiera global de 2008: la crisis del modelo neoliberal, o del capitalismo de libre mercado, empezó con la caída de Lehman Brothers, la ruptura de la confianza, el absurdo del modelo de compra de derivados e hipotecas subprime, que le costaron al mundo el primer gran tropiezo desde la Gran Depresión. Recordar estos hitos me parece oportuno en el momento que estamos viviendo, y la pregunta parece obvia: ¿qué mundo, qué país, nos espera después del Covid-19?, ¿cuáles serán las características de esa "nueva normalidad" o modelo de convivencia social?, ¿quién gana y quién pierde en el reacomodo?

Existe un aparente consenso respecto a que nada será igual. De alguna manera, hay un relativo consenso respecto a que ese cambio será positivo. Las imágenes de la naturaleza recuperando espacios, de los animales salvajes tomando las calles, de la solidaridad y la conciencia cívica para enfrentar la pandemia animan ese espíritu positivo en la opinión pública confinada. Vayamos borrando esa impresión optimista, o la decepción será mayúscula. No tenemos derecho a engañarnos. El mundo que viene, la normalidad pospandemia, será de una profunda crisis económica global, de un replanteamiento de las cadenas de suministro, de una sutil y cotidiana sicosis, y de un desempleo sin precedente; ver la cifra de 40 millones de personas que han perdido su trabajo en Estados Unidos, la economía más poderosa del mundo, nos debe dar una idea del problema.

Hay un dato de Google que se popularizó hace tiempo, en el que pronostica que la mitad de los empleos en la próxima década aún no existen, y la mitad de los que hoy tenemos, desaparecerán. La automatización de la mano de obra, la digitalización de procesos, la "economía de la distancia" han encontrado en el Covid-19 su mejor catalizador. Pongo un ejemplo a ras de piso: cuántos changarros, pequeños restaurantes y fondas se montaron en aplicaciones como Rappi en estos días, para poder pagar las cuentas y subsistir. Esa adaptación no tiene reversa.

Sin ser un juego de suma cero, es inevitable pensar que lo que ganen algunas industrias, lo perderán otras. El turismo, el entretenimiento en vivo, las aerolíneas, las escuelas y universidades enfrentarán la mayor presión financiera de que tengan registro: ¿quién quiere y puede viajar a China, a Italia, hoy?, ¿deben –como se preguntan cientos de miles de estudiantes a nivel mundial– las colegiaturas mantenerse intactas, cuando la educación es en línea?, ¿cuántos aviones estacionados, a medio llenar, hay y habrá en los próximos años? El dato de que Air France/KLM hayan decidido dejar de utilizar el Airbus 380 –el avión de mayor capacidad– es un signo inequívoco de lo que viene.

¿Nos espera un mundo más limpio, más libre, más democrático, más próspero?, ¿nos espera uno más tenso, más paranoico, más cerrado entre pueblos y países, alérgico a la globalización y propenso a enfermar? La larga noche de las guerras del siglo XX nos dan un indicador importante. El abuso en el Tratado de Versalles al fin de la Primera Guerra, que hincó y devastó a Alemania, fue el caldo de cultivo para el crecimiento del descontento, el nacionalsocialismo, la barbarie y la Segunda Guerra. El fin de la pandemia y el establecimiento de un nuevo orden en nuestro tiempo marcarán el siglo XXI para bien –como muchos esperan– o para mal.

Por ello, como lo he escrito en otros artículos, reitero: es momento de que con humildad y sin prepotencias de grupo busquemos acuerdos ante algo tan complejo que hoy vive toda la humanidad. Es tiempo de escucharnos todos, de ponderar, sí con el conocimiento técnico, pero sin creer ser poseedores de la verdad absoluta; tampoco es tiempo de manipular verdades a través del poder; es tiempo de madurar acuerdos entre todos, por más difícil que parezca, para que en esta realidad prevalezca la cordura de que impere el bien común sin avasallar al que piensa y, por tanto, actúa diferente. Si ante un fenómeno tan desgarrador, como lo ha sido esta pandemia, no somos capaces de actuar con sensatez y prudencia, habrá ganado el egoísmo protagónico que nos coloque en una enfermedad aún más grave que la propia pandemia.

Al final de esta terrible jornada de la pandemia los países, y por tanto el mundo entero, harán real registro de los tantos cambios que hoy se pronostican hacia el futuro, y al cabo de un tiempo relativamente cercano sabremos si como generación fuimos capaces de haber aprendido la lección y si ello derivó a ser mejores o no. Así serán, ni más ni menos, nuestros hijos y nietos, quienes en un futuro cercano nos juzguen

Publicado enSociedad
La primera ministra neozelandesa, Jacinda Ardern, flanqueada por un coronel del ejército del país y el ministro del Interior David Rowland /AAP/dpa

La primera ministra Jacinda Ardern ha pedido a los empresarios valorar esta opción y continuar con la flexibilidad laboral y el teletrabajo impuesto durante la crisis del coronavirus

 

La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, ha sugerido que los trabajadores consideren una semana laboral de cuatro días y otras opciones de trabajo más flexibles para permitir la conciliación de las familias y fomentar el turismo interno en el país.

En un vídeo publicado en Facebook y recogido por The Guardian, Arden asegura que ha recogido todas las sugerencias ciudadanas, desde una semana más corta a tener más días festivos con el objetivo de estimular la economía. "Se lo he escuchado a muchas personas y en definitiva debe ser algo que tienen que debatirlo empleados y empleadores", apunta la primera ministra. "La COVID nos ha enseñado muchas cosas, entre ellas la flexibilidad laboral y el teletrabajo".

Este sistema estaría inspirado en el kurzarbeit alemán. Un modelo que permite mantener y compatibilizar el empleo con tener más tiempo libre o invertirlo en mejorar sus capacidades laborales.

Jacinda Ardern ha hecho un llamamiento a los empresarios a tener en cuenta esta posibilidad cuando en su empresa sea aplicable porque "ayudaría al turismo" en el país. El mensaje, grabado en Rotorua, uno de los puntos más turísticos de Nueva Zelanda, ha supuesto un alivio para el sector, que lleva semanas sufriendo una decaída en los ingresos por la falta de turistas extranjeros y los recortes en su economía que los propios neozelandeses están haciendo por los despidos.

Aunque este anuncio informal de la primera ministra llega tras la crisis del coronavirus, algunas empresas locales ya tenían implantado este sistema desde hace varios años. Es el caso de Andrew Barnes un empresario que, desde 2018, permite la jornada laboral de cuatro días a sus 200 trabajadores y que, según Barnes, ha mejorado la productividad y beneficiado la salud mental y física de sus empleados. Dice también, que ha tenido un impacto positivo en todas sus familias, su entorno más cercano e incluso en el cambio climático.

“Necesitamos mantener todos los beneficios del teletrabajo, incluido el aire más limpio y la falta de atascos, la pérdida de productividad derivada de los desplazamientos. Además, ayuda a las empresas a mantenerse a flote", asegura Andrew Barnes al periódico británico. Tenemos que ser audaces con nuestro modelo. Esta es una oportunidad para un reinicio masivo ".

Desde que comenzó la pandemia, miles de personas han perdido su trabajo en el país y el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha previsto que la economía se contraiga un 8% y las cifras de desempleo aumenten entre un 15% y un 30%.

eldiario.es

20/05/2020 - 11:22h

Publicado enInternacional
Noam Chomsky, Yannis Varoufakis y Naomi Klein impulsan la creación de una Internacional Progresista

Una iniciativa avalada por más de 40 intelectuales 

La nueva organización nace con la vocación de "fomentar la unión, coordinación y movilización de activistas, asociaciones, sindicatos, movimientos sociales y partidos en defensa de la democracia, la solidaridad, la igualdad y la sostenibilidad".

 

DiEM25, un movimiento democrático paneuropeo transfronterizo, y el Instituto Sanders, fundado en 2017 por Jane Sanders, esposa del senador demócrata Bernie Sanders, dan a luz este lunes a la Internacional Progresista , una organización avalada por más de 40 intelectuales de todo el mundo, entre los que destacan Noam Chomsky, Naomi Klein, Yanis Varoufakis o Fernando Haddad entre otros.

El objetivo de esta iniciativa, según adelanta el diario El País, es "fomentar la unión, coordinación y movilización de activistas, asociaciones, sindicatos, movimientos sociales y partidos en defensa de la democracia, la solidaridad, la igualdad y la sostenibilidad".

DiEM25 y el Instituto Sanders, decidieron así unir fuerzas ante "el avance del autoritarismo". Los impulsores de la Internacional Progresista afirman que la crisis sanitaria provocada por el coronavirus y la subsiguiente crisis económica hacen obligatorio que las fuerzas progresistas del mundo se unan para defender y sostener un Estado de bienestar, los derechos laborales y la cooperación entre países, además de consolidar un mundo más democrático, igualitario, ecologista, pacífico y en el que prime la economía colaborativa.

El proyecto arranca este lunes con el lanzamiento de su web , donde cualquiera puede inscribirse como miembro, y cuenta con el apoyo y el soporte formado por más de 40 intelectuales de toda índole y condición, desde escritores hasta políticos.

Financiado exclusivamente con aportes individuales de sus miembros y donaciones, la Internacional Progresista tiene previsto celebrar un congreso en Reikiavik organizado por el partido de Jakobsdóttir, el Movimiento de Izquierda-Verde. En esta cita se planificará toda la actividad de la organización del próximo año.

 

Publicado enPolítica
Walden Bello es autor de numerosos libros sobre la globalización y en 2003 recibió el Premio Nobel Alternativo.

Walden Bello, autor de “Desglobalización”

El director ejecutivo de Focus on the Global South asegura que la pandemia de covid-19 surgió en un sistema económico global ya desestabilizado en el Norte y el Sur por la ira contra las elites. En ese marco, considera que solo la izquierda y la extrema derecha están en condiciones de aprovecharla. ¿Quién será capaz de dirigir toda esa ira desatada?

 

 Del Sur hacia el Sur y de allí al mundo hay pocos pensadores tan entrañablemente lúcidos y precisos como el filipino Walden Bello. Sociólogo, director ejecutivo de Focus on the Global South, profesor de Sociología yAdministración Pública de la Universidad de Filipinas e investigador asociado del Transnational Institute, Walden Bello plantó en las espaldas de Occidente la espina de un concepto que lo haría famoso en todo el planeta y que, hoy, ha recobrado toda su enérgica legitimidad: en 2002 escribió el libro “Desglobalización: ideas para una nueva economía mundial” (Icaria editorial). El libro se convirtió en uno de los manuales del movimiento antiglobalización. El oportunismo de las extremas derechas del Norte y de algunos socialdemócratas adeptos a la soberanía hizo que las ideas de esta obra fueran literalmente saqueadas con fines electorales. El ensayo contiene muchas claves que exceden el ya indigesto catálogo de libros-diagnósticos sobre el liberalismo. Bello demostraba la enfermedad genética de una globalización que pretendía curar al mundo, la forma en que esta globalización sacrificaba el desarrollo de los países del Sur y proponía una escala de medidas reactualizadas por la pandemia que paralizó a las sociedades durante 2020. Sus ideas vuelven a resonar en todas partes, muy especialmente aquella que promueve la reorientación de las economías mediante una transferencia de la producción destinada a la exportación hacia la producción concentrada en los mercados locales. Sólo para dar un ejemplo: la falta dramática de máscaras protectoras en todo el mundo (estaban producidas en China) demuestra el acierto de su enunciado.

Walden Bello es autor de numerosos libros sobre la globalización y en 2003 fue galardonado con el Premio Nobel Alternativo. Bello es igualmente profesor Adjunto de Sociología en la Universidad Estatal de Nueva York en Binghamton y fue miembro de la Cámara de Representantes de Filipinas (parlamento,2009-2015). Sus últimos libros publicado en ingles (2019) son: The Global Rise of the Far Right (El ascenso global de la extrema derecha), y Paper Dragons: China and the Next Crash (Dragones de papel: China y el próximo Crash).

En esta entrevista con Página/12, el sociólogo filipino explora ese “nuevo mundo” que casi tocamos con los dedos sin que sea aún real. Robusto en sus planteos, Bello admite las posibilidades que se ofrecen sin por ello esconder los límites de una transformación que, asegura, depende de la acción de las fuerzas progresistas y de la reconfiguración del Sur como actor renovado.

--Usted dijo muchas veces que era preciso moverse hacia un sistema post capitalista. La gente siente que ha llegado el momento. Otros dudan. ¿Usted presiente que la crisis provocada por la pandemia reúne las condiciones para reconfigurarlo todo ?

---Si, pero me explico. Creo que las posibilidades que ofrece el momento, la coyuntura, son el resultado de dos cosas: la crisis objetiva del sistema y la fuerza subjetiva que puede actuar sobre esta crisis. Mi sensación es que la crisis financiera mundial de 2008 fue una profunda crisis del capitalismo, pero el elemento subjetivo aún no había alcanzado una masa crítica. Debido al crecimiento impulsado por los gastos del consumidor y financiado con deuda, la crisis sorprendió a la gente, pero no creo que se hayan alejado tanto del sistema. Hoy es diferente. El nivel de descontento y alienación con el neoliberalismo es muy alto en el Norte global debido a la incapacidad de las élites arraigadas para enfrentar el declive, mejorar los niveles de vida y tratar la desigualdad vertiginosa en los años que siguieron a la crisis financiera. En el Sur global la crisis de legitimidad ya había afectado al neoliberalismo y la globalización y sus instituciones clave, como la Unión Europea, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio, incluso antes de la crisis de 2008. La pandemia del covid-19 surgió a través de un sistema económico global ya desestabilizado que sufría una profunda crisis de legitimidad. La gente tenía la sensación de que las cosas estaban realmente de fuera de control. La ira, la frustración y la sensación de que las elites y los poderes gobernantes perdieron el control, y que el sistema se fue al diablo está muy extendida hoy, en contraste con las secuelas inmediatas de la crisis de 2008. Es este torbellino, es precisamente este elemento subjetivo el que debe ser aprovechado por las fuerzas políticas. El sistema global, por supuesto, intentará recuperar la "vieja normalidad", como lo demuestra la infame teleconferencia de Goldman Sachs, cuyos participantes acordaron que no hubo una crisis sistémica inducida por covid-19 y que lo importante es garantizar una vuelta prolija al orden anterior al covid-19. Pero no hay que obligar al genio a que vuelva a la botella. Simplemente hay demasiada ira, demasiado resentimiento, demasiada inseguridad que se han desatado, y solo la izquierda y la extrema derecha están en condiciones de aprovechar esta tormenta subjetiva. Entonces, sí, el impulso es hacia un sistema post-capitalista o, en cualquier caso, post-neoliberal, y la pregunta clave es ¿ quién será capaz de aprovechar toda esa ira desatada y dirigirla ?

--Allí se teje el horizonte futuro. El fracaso de la democracia liberal para mejorar la vida de las personas y la igualdad ha llevado a la aparición de movimientos populistas en todo el mundo. En cierto sentido, la extrema derecha secuestró la desglobalización. Esta crisis ha expuesto como nunca antes la gran fractura del mundo. ¿ El escenario posterior al virus puede ser una oportunidad mucho mejor para que la extrema derecha llegue al poder?

--Desafortunadamente, es la extrema derecha la que está mejor posicionada para aprovechar el descontento global porque, incluso antes de Covid-19, los partidos de extrema derecha ya eran elementos claves de las posiciones y programas anti neoliberales promovidas por la izquierda independiente. Por ejemplo, la crítica de la globalización, la expansión del "estado de bienestar" y una mayor intervención estatal en la economía. Lo que hizo la extrema derecha fue plantearlos como un paradigma propio. En Europa, los partidos de derecha radical abandonaron parte de los viejos programas neoliberales que abogaban por una mayor liberalización y menos impuestos que habían apoyado y se pusieron a decir que estaban a favor del Estado de bienestar y de una mayor protección de la economía nacional ante los compromisos internacionales. Pero claro, sólo en beneficio de las personas con el "color de piel correcto", la "cultura correcta", la población étnica "correcta", la "religión correcta". Esencialmente, es la vieja fórmula "nacional socialista" inclusiva de clase, pero racial y culturalmente excluyente. La extrema derecha oportunista está, desafortunadamente, por delante de la izquierda en este momento. El amplio movimiento progresivo tendrá que moverse más rápido y asegurarse de que los socialdemócratas desacreditados en Europa y los demócratas de Obama y Biden en los Estados Unidos no vuelvan a canalizar la política hacia un nuevo compromiso con un neoliberalismo moribundo. Si esto sucede, entonces esa escena escalofriante que aparece en la película Cabaret, donde la gente común que apoya a los nazis canta "El futuro nos pertenece", casi con seguridad se hará realidad.

--La izquierda tiene muchas ideas, pero no está unida. Además, si la crisis demostró la importancia de las ideas de la izquierda, no hay líderes legítimos para llevarlas a cabo. En resumen: ¿ cómo crear la base que la convertirá en una fuerza material ?

---Este es el desafío. Nosotros, en la izquierda, tenemos una gran cantidad de ideas, pero una pobreza de estrategias políticas y líderes unificadores eficaces. Y allí donde hay personalidades carismáticas estas parecen estar principalmente a la derecha. Sin embargo, estoy seguro de que estas estrategias y personas surgirán en el seno de la izquierda. La dinámica del cambio histórico inevitablemente producirá esto, y algunas veces en las circunstancias más improbables. Las únicas preguntas son quién, cómo, dónde y cuándo, y si esto surgirá en esta generación. Los progresistas tienen una serie de buenas ideas y estrategias desarrolladas en las últimas décadas sobre cómo avanzar hacia un sistema pos capitalista. La izquierda plantea paradigmas como descrecimiento, desglobalización, ecofeminismo, soberanía alimentaria y "Buen Vivir". El problema es que estas estrategias aún no han encontrado una base masiva, y una gran parte del problema radica en el hecho de que las personas asocian la izquierda con la izquierda centralizada, es decir, los socialdemócratas en Europa y, en los Estados Unidos, el Partido Demócrata. Ambos estaban implicados con el viejo sistema neoliberal al que presentaban con un "rostro humano". En el Sur global, los gobiernos democráticos liberales que suplantaron las dictaduras en la década de 1980, muchos de ellos dirigidos por coaliciones que incorporan progresistas, también han sido desacreditados debido a su adopción de medidas neoliberales, mientras que la "Marea Rosa" en América Latina se topa con sus propias contradicciones, y los estados comunistas en el este de Asia se han convertido en sistemas capitalistas de estado. Pero creo que no podemos descontar a la izquierda. La historia tiene un movimiento dialéctico complejo y a veces hay desarrollos inesperados que conducen a resultados progresivos o regresivos. Permítanme decir esto, aunque la situación no parece tan buena para los progresistas en este momento, estoy seguro de que nuestro equipo ganará al final. La Segunda Guerra Mundial no terminó en Dunkerque, aunque, en ese momento, parecía que todo apuntaba a una victoria alemana.

--Tampoco puede excluirse una nueva alianza entre las clases medias y formas más autoritarias de liberalismo, tal y como sucedió en Chile en la década de los 70, con el único propósito de no perder privilegios.

---Sí, por supuesto, esta es una posibilidad. Al mismo tiempo, el modelo chileno de una alianza de clase media-elite basada en un programa neoliberal clásico ya no podría ser una opción. Una nueva alianza autoritaria probablemente tendría que incluir a grandes sectores de las clases bajas para tener un grado significativo de legitimidad, y esta incorporación de las clases bajas podría lograrse haciendo algunas concesiones económicas paternalistas y dirigiendo las energías de la alianza contra las minorías y los migrantes. Desde India, donde el BJP (partido en el poder) está creando un estado anti musulmán hasta Filipinas, donde los consumidores de drogas son chivos expiatorios de los males de la sociedad, hasta Europa y los Estados Unidos, donde los migrantes son el foco del odio de la mayoría blanca "inclusiva solo para su clase", esto es lo que está pasando.

--Usted acuñó la palabra desglobalización en su libro, "Desglobalización: Ideas para una nueva economía mundial". ¿ Siente en este momento que las condiciones son mejores para hacer realidad esa desglobalización teorizada en el libro ?.

---Sí, por ejemplo, la locura de las cadenas de suministro mundiales demostró que era completamente inoperante durante la crisis del coronavirus. Debido a los cálculos neoliberales basados ​​en la reducción del costo unitario de producción, las élites corporativas, con el consentimiento de sus gobiernos, transfirieron gran parte de sus instalaciones industriales a China, de modo que cuando la producción china se detuvo durante la crisis de covid-19, muchos países carecían de componentes industriales claves y descubrieron que incluso producir máscaras y otros equipos de protección del personal era algo de lo que ya no eran capaces. Al mismo tiempo, la interrupción inducida por covid-19 de la cadena de suministro agrícola mundial amenaza con una hambruna generalizada. En varios países del Norte global y del Sur global se ha permitido que sus sectores agrícolas locales se marchiten. Entre el 30 y el 50 por ciento de los alimentos que se consumen en China, el sudeste asiático y América Latina ahora no se producen localmente, sino que son suministrados por cadenas de suministro agroalimentarias mundiales y regionales. Creo que habrá un movimiento hacia una mayor autosuficiencia en la producción industrial y agrícola. La pregunta es si tales estrategias serán desarrolladas por regímenes de derecha o gobiernos progresistas.

--De los quince pilares incluidos en su concepto de desglobalización, ¿ cuáles cree que son más urgentes de ahora en adelante ?.

---Creo que lo más urgente es la reorientación de la producción hacia el mercado interno y desvincular la producción local de las cadenas de suministro mundiales a través de una política comercial progresiva, una política industrial agresiva y una política agrícola que promueva la autosuficiencia alimentaria y la soberanía alimentaria. Nuevamente, es importante que tales políticas sean emprendidas por progresistas y no por nacionalistas de derecha que las utilizarán principalmente para servir a los intereses del grupo étnico y cultural dominante contra las minorías y los migrantes.

--¿ Qué podría reemplazar a la globalización como el nuevo prototipo después de la pandemia de Covid-19 ? En una entrevista reciente de Página/12 con el sociólogo francés Michel Wieviorka, el intelectual dijo: "lo peor será peor y lo mejor será mejor".

-–Se trata ahora de una carrera entre una desglobalización progresista y una regresiva, nacionalista. En el caso de la primera, "lo mejor será mejor". Si gana el segundo, estoy de acuerdo con Wieviorka en que "lo peor será peor".

 --En su idea de desglobalización, usted no propuso que los países se aparten de la comunidad internacional, sino la construcción de un modelo alternativo. ¿ Esta crisis cambia su propia perspectiva de ese modelo ?

--Incluso después de la pandemia y en un proceso de desglobalización, será importante una interacción creativa con la comunidad internacional. Como siempre he dicho, la desglobalización no se trataba de desvincularse de la economía internacional, sino de lograr una relación equilibrada entre la economía local y la economía internacional en la que la integración de la economía nacional no se sacrificara en el altar de la integración liderada por las empresas de diferentes partes del mundo. No se puede sacrificar la economía nacional por una economía globalizada. Un alto grado de autosuficiencia en la producción agrícola e industrial es una característica clave de la economía nacional. Pero este es solo un aspecto del paradigma de la desglobalización. También sería importante la promoción radical de la igualdad, que es crítica tanto por razones de justicia social como por la expansión de la demanda interna. Urge la democratización de la toma de decisiones económicas desde la cumbre del Estado hasta la fábrica y la elaboración de una relación benigna entre la economía y el medio ambiente, que a veces se llama el "nuevo acuerdo verde".

--La Argentina fue el último país del mundo en sufrir el brutal asalto del híper liberalismo y la globalización entre los años 2015 y 2020. Luego, el gobierno cambió. Para países como Argentina y, en general, para los países del Sur, ¿ representa esta crisis una nueva oportunidad para recuperar su soberanía, su posición en el mundo y su identidad?

--Sí, por supuesto, pero como dije anteriormente, estas oportunidades surgirán de la dialéctica y la sinergia entre la crisis objetiva y la respuesta a la crisis proveniente de grupos e individuos progresistas. El problema es que, incluso con las mejores intenciones, no se puede forzar la aparición de lo nuevo dentro de lo viejo. Las cosas pasan. A veces uno solo tiene que ser paciente. Pero cuando las estrellas comienzan a alinearse, entonces el tiempo lo es todo. ¿ Es el covid-19 el equivalente de la Primera Guerra Mundial, o sea, ese momento histórico donde todo se desmoronó y los gobernantes ya no podían gobernar de la misma manera antigua, para usar la frase de un famoso revolucionario ?. Tal vez. Y debemos recordar que de esa crisis anterior surgieron tanto el socialismo como la barbarie, por citar a Rosa Luxemburgo.

--Hace décadas que se sueña con un New Deal interno al Sur. Ha quedado en eso, en un sueño.

---Quizás ocurra, quizás no. Una cosa que no debemos olvidar es que la crisis del neoliberalismo y la globalización, junto con el deterioro del conflicto entre China y los Estados Unidos, podría crear ese espacio de maniobra para los países del Sur que ya existía antes de 1989 debido al conflicto entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Ese conflicto fue una de las condiciones para las victorias de los movimientos de liberación en Vietnam, Cuba, Mozambique, Angola, Guinea Bissau. De allî también nació el Movimiento de Países No Alineados después de la conferencia Bandung y surgió la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) bajo la inspiración del gran economista argentino Raúl Prebisch. La solidaridad del Sur global, que siempre se ha sentido en todos los países y diferentes regímenes, nació durante ese período.

--Después de la crisis financiera de 2008-2009, la pandemia de covid-19 es la segunda gran crisis de la globalización en este Siglo. Pero ya antes de esta crisis, en Argentina, Ecuador, Chile, Francia con chalecos amarillos, Argelia, Líbano, Irán o Hong Kong, habíamos visto el renacimiento de un sujeto social globalizado. Esos movimientos de protesta global podrían ser una de las fuerzas de transformación en el mundo ?

 --Sí definitivamente. Estas son algunas de las fuerzas que me dan esperanza sobre el eventual triunfo de la izquierda. La sed de la gente por la justicia y la igualdad siempre saldrá a la superficie. Lo importante es asegurarse de que sea la izquierda la que lidere estas luchas y que la derecha no secuestre y pervierta estas energías que brotan desde abajo para su agenda autoritaria oportunista como lo ha hecho en Europa, India, Estados Unidos y Filipinas.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enSociedad
Sábado, 09 Mayo 2020 06:12

Visiones de un mundo post-Covid-19

Visiones de un mundo post-Covid-19

Mientras la mayoría de nosotros sigue en casa, el planeta continúa su proceso de calentamiento: los hielos polares se funden, los océanos se acidifican, los glaciares desaparecen y el nivel del mar aumenta. Plantas, animales y humanos continúan siendo desplazados de sus hábitats naturales. La vida sigue en nuestro invernadero climatológico, pero ahora nuestra atención se centra en una especie microbiana concreta entre un billón.

Las infecciones zoonóticas, agudizadas por un urbanismo acelerado que está acabando con las restantes tierras salvajes del planeta (y mezclando por vez primera fauna y humanidad), son un aliado sintomático del calentamiento global. La pandemia de Covid-19 es la última manifestación de “La Gran Aceleración”, la era de expansión sin precedentes de la humanidad que se inició tras la Segunda Guerra Mundial y ha continuado este siglo, propulsada por las nuevas tecnologías y una utilización tremendamente generalizada de la energía fósil. Ahora, como consecuencia de la globalización, las infecciones se propagan con rapidez a través de aerolíneas que queman queroseno y barcos de crucero y buques de mercancías que queman gasóleo potenciados por el comercio global y las rutas turísticas.

Acostumbrados a los incendios, las inundaciones, la sequía, las temperaturas extremas, las malas cosechas, la desertificación y la mayor incidencia de huracanes y tormentas, bien por experiencia directa o, más a menudo, por los informativos, la relación entre la quema de combustibles fósiles y el calentamiento global ha penetrado por fin en la conciencia humana, aunque algunos individuos continúen negando su existencia. Ahora es el momento de que esa conciencia se amplíe para incluir las conexiones entre los combustibles fósiles y las pandemias virales.

Desde que empezaron a utilizarse modelos climáticos informatizados, a mitad de la década de los 70, es científicamente irrefutable que el aumento de los niveles de CO2 está calentando el planeta de un modo que amenaza la vida. Durante ese periodo de casi cincuenta años, como individuos, comunidades, naciones y organizaciones internacionales, hemos permanecido de brazos cruzados. Las acciones para su mitigación han brillado por su ausencia, y el vacío solo se ha visto interrumpido por promesas incumplidas, traiciones, fútiles artimañas burocráticas y la negación absoluta de la necesidad de llevar a cabo dichas acciones.

Esta primavera ha tenido lugar otra vuelta de tuerca en esta saga descorazonadora y agobiante. Mientras, por necesidad, permanecemos en casa, habituados a décadas de caminar sonámbulos hacia el apocalipsis climático, los cielos se han limpiado, el precio del barril de petróleo ha caído hasta niveles negativos (ha repuntado hasta los 20 dólares cuando escribo este artículo) y se prevé una reducción global del 8 por ciento en las emisiones de carbono para este año. Como en un sueño, hemos comprobado de manera directa las consecuencias de nuestro consumo desaforado de combustibles fósiles. Desde el punto de vista del calentamiento global, nuestro aislamiento social ha sido enormemente eficaz: los perniciosos hábitos de explotación, extracción y destrucción de hábitats, necesarios para mantener el crecimiento de la economía, han quedado en suspenso. Se ha abierto la puerta a la posibilidad de un mundo menos contaminado, con menos viajes, con menos calentamiento acelerado, aunque también ha quedado de manifiesto la imperecedera vulnerabilidad humana ante las enfermedades virales.

Si bien es cierto que la pandemia global ha puesto en peligro la vida de todos nosotros, los grupos más vulnerables son los ancianos, los enfermos, los obesos, los que tienen problemas económicos, viviendas inadecuadas o carecen de vivienda, las minorías, las personas recluidas y todos aquellos que viven en tierras gobernadas por ineptos y corruptos. En todo el mundo, las comunidades de primera línea que sufren los impactos “primeros y peores” del calentamiento global son también las más devastadas por el Covid-19. Sin embargo, desde un punto de vista biológico, el virus del SARS-CoV-2 no ejerce ningún tipo de discriminación a la hora de propagarse. La riqueza y las circunstancias solo pueden ofrecer ciertos niveles de protección. Como puede comprobarse por las necrológicas diarias, ninguno de nosotros está a salvo. A pesar de todos aquellos expuestos a un nivel máximo de riesgo debido a la desigualad de sus vidas, nuestra humanidad común queda de manifiesto por la vulnerabilidad que compartimos frente a este virus mutado procedente de un murciélago.

Recapitulemos: la respuesta de la sociedad ante la pandemia ha ralentizado el ritmo frenético de la actividad económica, en gran parte impulsada por el bono energético “de un solo uso” de la biomasa fósil extraída del subsuelo iniciada a mitad el siglo XIX pero acelerada en un frenesí sin precedente desde la década de los 50. Este alivio ha moderado las consecuencias climatológicas no deseadas de una atmósfera cargada de carbono. La riqueza propiciada por el capital procedente del petróleo ha sido distribuida de un modo tremendamente desigual. Ha caído en manos de los ricos (que ya lo eran anteriormente gracias a la posesión de tierras, herencias y –en EE.UU. y socios comerciales– por la esclavitud) y ha agravado las tremendas desigualdades de poder, recursos y bienestar institucionalizadas en su origen en las sociedades feudales y posteriormente extendidas por todo el mundo mediante el proceso de colonización y conquista.

El subtexto del calentamiento global queda así en evidencia como el desfase cada vez mayor entre los obscenamente ricos y los pobres que crea como una metástasis. La presente intervención microbiana ha resultado ser un punto de inflexión tanto en el calentamiento global como en la disparidad de riqueza. Cuando todavía estamos envueltos en la crisálida del aislamiento social y pasmados por el súbito parón de la actividad económica, es momento de reflexionar sobre la forma que asumirá la sociedad cuando se recobre de estos cambios sin precedente. Jason Moore, en su libro Capitalism in the Web of Life (2015), escribe que “las civilizaciones no se crean mediante acontecimientos tipo Big Bang, sino que emergen a partir de una serie de transformaciones y bifurcaciones en cascada de la actividad humana…” Sugiere también que el capitalismo “…emergió del caos producido por la crisis histórica de la civilización feudal originada por la “peste negra” (1347-1353)”. ¿Qué nacerá tras la pandemia del Covid-19?

En general, dos son las visiones más habituales. La primera sería favorable a un retorno del statu quo anterior, una restauración de los antiguos males que continúen beneficiando a una pequeña minoría confiada en su habilidad para aguantar el cataclismo climático venidero y escapar de las próximas plagas. La otra observa el potencial de las “transformaciones en cascada” que podrían posibilitar una mayor igualdad, más oportunidades y un mayor bienestar para la mayoría de personas en un mundo que renuncie a los combustibles fósiles, modere los impactos del calentamiento global y abandone su feroz destrucción de hábitats y su concomitante exposición a nuevas enfermedades zoonóticas. La historia reciente nos indica que la primera de las visiones será la que prevalezca. El momento de claridad y conciencia respecto al clima pasará y los progresistas continuarán frotándose las manos, eso sí, ahora cuidadosamente lavadas.

Probablemente Estados Unidos y otros países del primer mundo reactivarán sus economías siguiendo el modelo empleado para rescatar a la banca en 2008, tras el crack causado por el colapso de los créditos hipotecarios subprime. Se revitalizarán las viejas industrias pesadas dependientes de los combustibles fósiles, se resucitará a las aerolíneas, se dará un empujón a la agroganadería industrial, se salvará de la bancarrota al sector del automóvil, se revivificará a la industria petrolera y se alumbrará una nueva era de desregulación, todo ello con la justificación de la crisis económica.

George Monbiet, en su columna semanal sobre medio ambiente en el Guardian señala:

“Esta es nuestra segunda oportunidad para hacer las cosas de otro modo. La primera, en 2008, fue espectacularmente malgastada. Se destinó una ingente cantidad de dinero público a reconstruir la vieja y sucia economía al tiempo que se aseguraba que la riqueza siguiera en manos de los ricos. Actualmente muchos gobiernos parecen decididos a repetir el mismo error catastrófico”.

En Estados Unidos tenemos claro que Trump mantendrá a flote la economía zombi con ingentes cantidades de dinero público y celebrará el mínimo destello de vida a medida que recupere sus hábitos de crecimiento y de contaminación y continúe con la propaganda que nutre nuestra búsqueda de identidad y sentido social mediante el consumo. El Club de Roma, el distinguido grupo de expertos internacional que publicó en 1972 su informe seminal, Los límites del crecimiento, sugiere una alternativa:

“El Covid-19 nos ha enseñado que es posible realizar cambios transformativos de la noche a la mañana. De repente está naciendo un mundo diferente, una economía diferente. Se trata de una oportunidad sin precedente para abandonar el crecimiento ilimitado a cualquier coste y la vieja economía de los combustibles fósiles y lograr un equilibrio duradero entre las personas, la prosperidad y nuestros límites planetarios”.

En Países Bajos, más de setenta académicos han firmado el documento “Cinco propuestas para un modelo de desarrollo post-Covid-19”. La web de la Universidad de Leiden, donde se originó dicho documento, está de momento desconectada, puede que haya sido hackeada o que haya sufrido una sobrecarga. Su primera propuesta hacía un llamamiento para alejarnos del crecimiento centrado en el PIB agregado y sugería que debería aplicarse un decrecimiento de los sectores extractivos y publicitarios, al tiempo que se estimulaba un crecimiento en los sectores de salud, educación y energías limpias. La segunda recomendaba la implantación de una renta básica universal financiada con un sistema tributario progresivo, además de reparto del trabajo y una reducción de la semana laboral. La tercera propuesta es una transformación regenerativa de la agricultura, la producción local de alimentos y salarios justos para los obreros agrícolas. La cuarta se centra en la necesidad de reducir los viajes y el consumo despreocupado, y su quinta propuesta es el perdón de la deuda a estudiantes, trabajadores, pequeños empresarios y a las naciones empobrecidas del Sur global.

La típica lista de deseos de la agenda progresista satisfaría de hecho el llamamiento del Club de Roma a “un equilibrio duradero entre las personas, la prosperidad y nuestros límites planetarios”. El crecimiento ilimitado solo puede terminar en lágrimas, pero nuestros dirigentes son adictos a un modelo económico expansionista que sigue dependiendo de los combustibles fósiles. Las circunstancias extraordinarias de esta pausa global mientras el SARS-CoV-19-2 campa a sus anchas por el planeta nos ha proporcionado, entre las terribles realidades de la enfermedad y la muerte, la visión momentánea de un mundo más sensato, más sano y más fresco.

Por John Davies | 09/05/2020  

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Fuente: https://www.counterpunch.org/2020/05/08/visions-of-a-post-covid-19-world/

Publicado enSociedad
Elon Musk afirma que los humanos "ya son en parte un 'cyborg'" y el lenguaje hablado podría pronto ser obsoleto

En cinco o diez años la humanidad podría quedarse muda si la tecnología continúa desarrollándose a su rápido ritmo actual, dijo el empresario.

 

Al hablar allí sobre el desarrollo de las redes neuronales y la inteligencia artificial, el fundador de Tesla y SpaceX sostuvo que una tecnología 'Neuralink' –un dispositivo que funciona con baterías y que se implanta directamente en el cráneo– podría lanzarse el próximo año, y potencialmente "arreglar casi todo lo que funciona mal en el cerebro". Además subrayó que, aparte de ayudar eso a curar trastornos como la epilepsia, el lenguaje humano podría quedar obsoleto gracias a esa nueva tecnología.

"Serías capaz de comunicarte muy rápidamente y con mucha más precisión. No estoy seguro de lo que le pasaría al lenguaje", dijo, explicando que los seres humanos "ya son en parte un 'cyborg', o un 'simbionte' de la inteligencia artificial", cuyo 'hardware' solo necesita una actualización.

Musk concluyó que, en el "mejor de los casos", en cinco o diez años la humanidad podría quedarse muda, si la tecnología continúa desarrollándose a su rápido ritmo actual. Sin embargo, destacó que algunos todavía podrán elegir expresarse oralmente por "razones sentimentales", aunque los "sonidos de la boca" no sean más que un vestigio del pasado.

Publicado: 8 may 2020

Pesimismo de Agamben y América Latina
Cierra el círculo de su pesimismo al sostener que no hay modo de frenar ni revertir el moderno totalitarismo en sociedades homogéneas.
 

El filósofo italiano Giorgio Agamben es probablemente el analista que con mayor profundidad está exponiendo los mecanismos de dominación actuales, exacerbados durante la pandemia. Ha definido la forma de gobernarnos como un «estado de excepción permanente», a lo que añade que «el campo de concentración y no la ciudad es hoy el paradigma político de Occidente» [En “Estado de excepción” y “El poder soberano y la nuda vida”, respectivamente].

Llega más lejos aún cuando sostiene que «desde los campos de concentración no hay retorno posible a la política clásica», entre otras razones, porque el poder ha arrebatado los rasgos que diferenciaban al cuerpo biológico del cuerpo político. Algo que está resultando evidente durante el confinamiento global decretado por los poderosos, al reducirnos a cuerpos incapaces de hacer política, actividad que requiere del espacio público y del contacto humano.

Acuñó el concepto de «nuda vida» (vida desnuda, sin atributos) para analizar cómo el poder nos trasmuta de ciudadanos en «comatosos»: seres en coma que no hacen otra cosa que respirar, son alimentados, están «como si» vivieran, zombies como el «musulmán» en la jerga del campo de Auschwitz, nombre con el que los confinados se referían a aquellos que habían perdido la esperanza y se entregaban inertes a su destino, sin la menor resistencia [En “Lo que queda de Auschwitz”].

Encuentro el análisis de Agamben muy pertinente para describir una situación en la que toda resistencia parece, casi, imposible. Resulta, sin embargo, tan lúcido como demoledor. En la entrevista que abre la edición argentina de “Estado de excepción”, Agamben es consultado si «ante la expansión totalitaria a escala global», se puede apostar por la negatividad, el silencio y el éxodo. Su respuesta lo lleva a indagar en la historia europea, como no puede ser de otro modo, en particular en la relación entre el monaquismo (la vida en monasterios) y el imperio romano, y sus formas de resistencia a los poderes establecidos.

«El éxodo del monaquismo se fundaba de hecho sobre una radical heterogeneidad de la forma de vida cristiana», razona Agamben, para rematar: «Hoy el problema es que una forma de vida verdaderamente heterogénea no existe, al menos en los países de capitalismo avanzado». De este modo, cierra el círculo de su pesimismo, al sostener que no hay modo de frenar ni revertir el moderno totalitarismo en sociedades homogéneas.

En América Latina, luego volveré sobre Europa, las resistencias que asombran al mundo y nos llenan de esperanza, surgen y se sostienen, precisamente, en las formas de vida heterogéneas. En las hendiduras que los pueblos han abierto en la dominación, en esas rugosidades creadas por las resistencias durante cinco siglos (de los pueblos originarios y negros, de los campesinos y los pobres urbanos); fisuras dilatadas por las nuevas resistencias (protagonizadas por los feminismos y las rebeldías juveniles).

El sociólogo peruano Aníbal Quijano, consideró que uno de los rasgos distintivos de América Latina es la «heterogeneidad histórico-estructural de las relaciones capital-trabajo». Entiende que existen cinco formas de trabajo articuladas al capital: el salario, la esclavitud, la servidumbre personal, la reciprocidad y la pequeña producción mercantil, denominada «informalidad» por el Estado y «economía popular y solidaria» por quienes lo resistimos.

Los pueblos, sectores sociales, clases y géneros que hoy resisten y crean mundos nuevos, están enraizados en territorios diversos y heterogéneos respecto a los espacios homogéneos del agronegocio y la especulación inmobiliaria. No son pocos, ni marginales, ni secundarios.

Pongamos el caso de Brasil. Las tierras de los pueblos originarios suman 110 millones de hectáreas, a las que se deben sumar otros 100 millones de las unidades territoriales de conservación, bajo control de poblaciones tradicionales (recolectores de látex, pescadores, ribereños, quebradoras de coco, comunidades de pastoreo, entre otras). Además de 88 millones de hectáreas de asentamientos de reforma agraria, 40 millones propiedad de quilombos reconocidos por el Estado y 71 millones de hectáreas de pequeños establecimientos campesinos (con menos de 100 hectáreas).  En base a estos datos, el informe 2018 del Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica, asegura que el 40% del territorio brasileño «es usado de forma directa por grupos que escapan al control de las oligarquías latifundistas» (https://bit.ly/38xVaC7).

En las ciudades estos espacios en disputa son menores, pero en absoluto inexistentes como lo mostró el campamento del Movimiento Sin Techo, “Povo Sem Medo”: 8 mil familias acampadas siete meses, en plena ciudad, hasta conseguir tierra para construir viviendas (https://bit.ly/2y5dc1S).

Las resistencias que se visibilizan durante la pandemia se asientan en comunidades y mercados, en prácticas de trueque y rituales de armonización, en trabajos colectivos que multiplican alimentos y cuidados en torno a fogones y ollas populares. Mundos trenzados por valores de uso, en base a relaciones que mantienen a raya la acumulación y el despojo. Prácticas que engendran mundos nuevos que, a su vez, resisten creando.

Desde la crisis de 2008, en Italia, Grecia y el Estado español se multiplican huertas y espacios colectivos, haciendas y fábricas recuperadas, y hasta barrios enteros como Errekaleor en Vitoria. Inmigrantes, pobres urbanos y personas desechadas por el capital por «improductivas», enseñan que el viejo continente ya no es un mundo homogéneo, aplastado por la racionalidad capitalista.

La crisis de ayer y el colapso de hoy, nos permiten acercar y enhebrar las formas de vida que no caben en sus negocios ni en sus urnas. Si la humanidad emerge de este colapso conservando rasgos humanos no antropocéntricos, será en buena medida por las formas de vida alternas que los pueblos han sabido conservar y reproducir, como fuegos sagrados, en sus territorios de vida.

2020/05/03

Publicado enPolítica
Martes, 05 Mayo 2020 06:33

Nuestro Green New Deal

Nuestro Green New Deal

El colapso provocado por la pandemia abrió un portal para discutir el futuro en Argentina y en el mundo. Si ya no podemos pretender el “retorno a la normalidad”, ¿cómo construir una agenda capaz de poner en jaque a un capitalismo que solo propone más desigualdades y caos? En este ensayo, Maristella Svampa y Enrique Viale proponen un Gran Pacto Ecosocial y Económico con cinco puntos fundamentales para encontrar una salida alternativa a esta crisis.

Vivimos una encrucijada civilizatoria cuyo alcance y consecuencias todavía inciertas envuelven las diferentes esferas de la vida. La pandemia ha desnudado y agudizado las desigualdades sociales y económicas haciéndolas más insoportables que nunca. Hoy se vuele necesario retomar aquellas alternativas que hace solo unos meses parecían inviables para encontrarle una salida diferente a esta crisis. Como pocas veces, la pandemia nos impulsa a dejar de mirar el Estado, los mercados, la familia, la comunidad, con lagañas tradicionales. A la luz de nuestra vulnerabilidad social y nuestra condición humana, como seres inter y ecodependientes, debemos repensar en una reconfiguración integral, esto es, social, sanitaria, económica y ecológica, que tribute a la vida y a los pueblos.  

Así, la capacidad del Estado, que hoy aparece como fundamental para superar la crisis a nivel global y nacional, debe ser puesta al servicio de un gran Green New Deal o Gran Pacto Ecosocial y Económico para transformar la economía mediante un plan holístico que salve al planeta y, a la vez, persiga una sociedad más justa e igualitaria. Lo peor que podría suceder es que, en su propósito de volver a crecer económicamente, el Estado apunte a legislar contra el ambiente, acentuando la crisis ambiental y climática, así como las desigualdades Norte-Sur y entre los diferentes grupos sociales. Hay que entender de una vez por todas que las Justicias Ecológica y Social van juntas, que no sirve una sin la otra. 

Desde nuestra perspectiva, cinco son los ejes fundamentales del Pacto Ecosocial y Económico a debatir: un Ingreso Universal Ciudadano, una Reforma tributaria progresiva, la suspensión del pago de la Deuda Externa, un Sistema nacional de cuidados y una apuesta seria y radical a la Transición socioecológica. 

  1. La actual catástrofe pone en evidencia que todo ser humano debe tener garantizado un ingreso básico que le abra la posibilidad de una vida digna. Para acceder a este Ingreso universal o Renta básica, impulsado históricamente en nuestro país por el economista Rubén Lo Vuolo y ciertas organizaciones sociales, no se requiere ninguna otra condición personal que la de existir, y con ello, la de ser ciudadano. A diferencia de las políticas sociales focalizadas y fragmentarias que se han venido implementando en la región latinoamericana y en nuestro país en las últimas décadas, el Ingreso Universal Ciudadano está desvinculado del empleo asalariado, no exige contraprestación alguna, no refuerza la trampa de la pobreza (como sucede con los planes sociales focalizados) ni el clientelismo, y pretende garantizar un piso suficiente para el acceso a consumos básicos. Lejos de ser algo irrealizable, el Ingreso Universal hoy está en el centro de debate de la agenda global, así como lo está la propuesta de reducir la jornada de trabajo estableciendo un límite de, al menos, entre 30 y 36 horas semanales, sin disminución salarial. Entre otros beneficios, esto último no solo mejoraría la calidad de vida de los y las trabajadoras sino que permitiría la creación de nuevos puestos de empleos para cubrir las horas reducidas. Pero, además, una apuesta al reparto de tareas implicaría afrontar proactivamente la realidad de la automatización de los procesos de producción y el avance de la sociedad digital, sin tener que multiplicar por ello la desocupación y la precarización del empleo.
  2. La implementación del Ingreso Universal no solo pone en el centro de la escena la cuestión de la ciudadanía sino también la necesidad de contar con sistemas impositivos progresivos, como base para su factibilidad y buen funcionamiento. No hay que olvidar que nuestro país cuenta con un sistema fiscal regresivo, basado en los impuestos indirectos o al consumo (como el IVA) y un impuesto a las ganancias (incluyendo el impuesto al salario) que golpean sobre todo a los sectores medios y bajos. Los grandes patrimonios, las herencias, los daños ambientales, las rentas financieras, son todas fuentes tributarias que tienen nula o muy baja presencia en el sistema impositivo del país. Como afirma José Nun, ex secretario de Cultura, quien hace tiempo viene tallando en estos temas, “esta vía exige una reforma impositiva profunda, cuyo significado e importancia deben instalarse en la conciencia colectiva para distinguirla de los parches y remiendos que hoy reciben ese nombre”. Así, el segundo eje del Pacto Ecosocial y económico no solo apunta a un necesario impuesto a las grandes fortunas que coadyuve a afrontar el costo de la crisis. También es imprescindible una Reforma Tributaria Progresiva que reconfigure desde la base el actual sistema fiscal en todas las jurisdicciones, en un sentido equitativo, y que incluya desde el impuesto a la herencia erradicado de un plumazo por Martínez de Hoz durante la última dictadura militar, además de nuevos impuestos verdes a las actividades contaminantes. 

No podemos tolerar que, tal como ya sucedió a nivel global con la crisis financiera de 2008, el Estado salga a socorrer a los bancos y entidades financieras y terminen siendo los más vulnerables quienes financien esta crisis. La concentración de la riqueza a la que asistimos en esta fase del capitalismo globalizado y neoliberal es solo comparable con aquella propia del capitalismo desregulado de fines del siglo XIX y principios del XX. Mientras tanto, aunque la pobreza haya disminuido, según los períodos y las sociedades, las desigualdades aumentaron, tanto en el Norte como en el Sur global. Según datos de la organización Oxfam, el 1% más rico de la población mundial posee más del doble de riquezas que 6900 millones de personas: casi la mitad de la humanidad vive con menos de 5,50 dólares al día. En materia ecológica, los datos también escandalizan: solo 100 grandes empresas transnacionales son responsables del 70% de los gases de efecto invernadero a nivel global. 

  1. En momentos extraordinarios es cuando se justifican la suspensión de las grandes deudas de los Estados. No hay que ser radical ni heterodoxo en materia política y económica para darse cuenta de ello. En las economías desarrolladas la deuda total –hogares, empresas, gobierno- representa el 383% del PBI. En las economías emergentes, es del 168%. Ningún país puede pagar colosales montos de divisas sin antes garantizar a sus habitantes una vida digna, mucho menos en un contexto de inédita recesión económica global y nacional. Y mucho menos, tampoco, en una situación de casi default provocada principalmente por los préstamos contraídos por la gestión anterior, que solo sirvieron para fugar dinero y sostener déficits fiscales que no beneficiaron a los sectores más vulnerables. Hace unas semanas, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por sus siglas en inglés) propuso un nuevo Plan Marshall que libere 2,5 billones de dólares de ayuda a los países emergentes, e implique el perdón de las deudas, un plan habitacional en servicios de salud, así como programas sociales. La necesidad de rehacer el orden económico mundial, que impulse incluso un jubileo de la deuda, hoy aparece como viable y plausible.
  2. La pandemia debe abrir paso a la construcción de sociedades ligadas al paradigma del cuidado, por la vía de la implementación y el reconocimiento de la solidaridad y la interdependencia también en las políticas públicas. Así, es necesaria la implantación de un Sistema Nacional Público de Cuidados destinado a atender las necesidades de personas mayores en situación de dependencia, niños y niñas, personas con discapacidad severa y demás individuos que no puedan atender sus necesidades básicas. Una vez superada la pandemia, tanto a nivel global como nacional, la recuperación de la economía debería priorizar tanto el fortalecimiento de un sistema nacional de salud y de cuidados, que exige un abandono de la lógica mercantilista, clasista y concentradora, generadora de ganancias para los monopolios farmacéuticos, y un redireccionamiento de las inversiones del Estado en las tareas de cuidado, así como el equilibrio y el cuidado de la Madre Tierra.

Vinculado con los problemas en la salud de la actual pandemia, recordemos que los virus más recientes–como el SARS, la gripe aviar, la gripe porcina y el Covid 19- están relacionados con la destrucción de hábitats de especies silvestres para plantar monocultivos a gran escala. Es necesario dejar el discurso bélico detrás, asumir las causas socioambientales de la pandemia y colocarlas en la agenda política-estatal para responder así a los nuevos desafíos. En esa línea, las voces y la experiencia del personal de la salud serán cada vez más necesarias para colocar en la agenda pública la inextricable relación que existe entre cuidado, salud y ambiente, de cara al colapso climático. Nos aguardan no solo otras pandemias, sino la multiplicación de enfermedades ligadas a la contaminación y a la agravación de la crisis climática. 

  1. No podemos invisibilizar más los debates sobre la crisis ecológica y el colapso climático. Es momento de que la Argentina comience una Transición Socioecológica, una salida ordenada y progresiva del modelo productivo netamente fosilista y extractivista. Transición y Transformación, pues se trata de avanzar en un cambio del sistema energético hacia una sociedad post-fósil basada en energías limpias y renovables. Algo que hasta ahora no ha sido posible ni pensable, en un contexto en el que la visión eldoradista asociada a Vaca Muerta obturó aún más la expansión de imaginarios energéticos alternativos y sustentables.

Por otro lado, la caída estrepitosa del valor del barril del petróleo pone fin a la apuesta por explotar combustibles fósiles no convencionales que se había instalado en nuestro país desde el descubrimiento del yacimiento Vaca Muerta, hace poco menos de una década. Lo cierto es que la inviabilidad económica de este proyecto se evidencia desde hace varios años en los millonarios subsidios que gozaban las compañías petroleras para sostener la producción, solventados por enormes aumentos de tarifas a los consumidores. El derrumbe histórico del precio del petróleo desbarata el “Consenso del fracking” que unía sectores del campo político y económico, y deja bajo tierra el mito eldoradista sobre este yacimiento -aquel que lo mostraba como “el salvador” de nuestro país-, al tiempo que abre también una oportunidad extraordinaria para repensar totalmente el sistema energético.

Tal vez sea utópico pensar que Argentina tenga el 100% de sus energías renovables en el año 2040, pero ésa es la dirección que el país debe encarar. Al mismo tiempo, se trata de avanzar también en términos de democratización, pues la energía es un derecho humano, y una de las principales tareas en un país como el nuestro es terminar con la pobreza energética que caracteriza a las barriadas populares. Así, la justicia social y la justicia ambiental deben ir articuladas. 

La otra cara de la transición es potenciar la Agroecología para transformar el sistema agroalimentario argentino. En este sentido, la creación y fomento de cinturones verdes de agricultura ecológica en ciudades y pueblos son claves para generar empleo y garantizar alimentos sanos, seguros y baratos. Estas iniciativas, además, promoverían la soberanía alimentaria con sistemas de producción y distribución dirigidos al desarrollo de mercados locales agroecológicos y solidarios de pequeños productores, enfocados en fomentar una cultura asociativa y comunitaria y una responsabilidad ciudadana en el consumo. Se puede comenzar con la obligatoriedad de compra por parte de los gobiernos a estos productores para escuelas, hospitales y demás organismos públicos. Esto fomentaría el arraigo en pequeñas y medianas ciudades semirurales si se complementa con acceso a la tierra, la vivienda, la salud (de calidad), la educación (en todos los niveles, desde jardines de infantes hasta la universidad) y los alimentos. 

El Antropoceno como crisis es también un Urbanoceno. Tengamos en cuenta que en Argentina el 92% de la población vive en ciudades (el promedio mundial es de 54%) concentrada en un 30,34% de nuestro territorio. Solo en el Área Metropolitana de Buenos Aires, el 0,4% de la superficie total del país, vive el 31,9% de la población total. Habitamos ciudades planificadas por y para la especulación inmobiliaria (cuya contracara es la emergencia habitacional y la insuficiencia de espacios verdes) y dominadas por la dictadura del automóvil (con transportes públicos saturados). Esta característica puso bajo la lupa a las vidas urbanas en cuarentena y evidencia la necesidad de un cambio radical en la forma en que vivimos en las metrópolis. Debemos ruralizar la urbanidad, sobre todo en las grandes ciudades donde la relación con la Naturaleza es prácticamente nula. Debemos reparar la separación que tienen los habitantes urbanos respecto de la naturaleza, así como de las fuentes de nuestra alimentación y nuestra vida. 

Por último, estamos convencidos que parte fundamental del Pacto Ecosocial y Económico es el reconocimiento legal de los Derechos de la Naturaleza. En otras palabras, los seres humanos debemos admitir a la Naturaleza como sujeto de derechos y no como un mero objeto. Debemos convivir armónicamente, respetar sus ritmos y capacidades. 

Necesitamos reconciliarnos con la naturaleza, reconstruir con ella y con nosotros mismos un vínculo de vida y no de destrucción. Nadie dice que será fácil pero tampoco es imposible. Pero no nos engañemos: el “retorno a la normalidad” es el retorno a las falsas soluciones. Tampoco “volver a crecer como antes” es la salida. Solo podría conducir a más colapso ecosistémico, a más desigualdades, a más capitalismo del caos. Con todo lo horroroso que ha traído la pandemia, es cierto también que estamos ante un portal: el debate y la instalación de una agenda de transición justa por la vía de un Gran Pacto Ecosocial y Económico puede convertirse en una bandera para combatir el pensamiento neoliberal -hoy replegado-, neutralizar las visiones colapsistas y distópicas dominantes y vencer la persistente ceguera epistémica de tantos progresismos desarrollistas, que privilegian la lógica del crecimiento económico así como la explotación y mercantilización de los bienes naturales.

La apuesta es construir una verdadera agenda nacional y global con una batería de políticas públicas, orientadas hacia la transición justa, que requieren de la participación y la imaginación popular, así como de la interseccionalidad entre nuevas y viejas luchas, sociales e interculturales, feministas y ecologistas. Esto plantea sin duda, no solo la profundización y debate sobre todos estos temas, que hemos intentado presentar de modo sumario aquí, sino también la construcción de un diálogo Norte-Sur; Centro/Periferia, sobre nuevas bases geopolíticas, con quienes están pensando en un Green New Deal, a partir de una nueva redefinición del multilateralismo en clave de solidaridad e igualdad. 

Maristella Svampa, Enrique Viale | 05/05/2020 

Fuente: http://revistaanfibia.com/ensayo/green-new-deal/

Publicado enSociedad
Página 1 de 31