La posizquierda latinoamericana: gaznápiros de derecha

 

Son muchas las izquierdas, o al menos quienes se definen de ella, marxista, radical, socialista, antimperialista, anticapitalista. Tan heterogénea definición, hace ambiguo el concepto. El origen político del término lo encontramos en la Revolución Francesa; aludía a una distribución cardinal entre jacobinos y girondinos en la sala de sesiones de la asamblea. Los primeros, a la izquierda, contaban con el apoyo de las clases populares, defensores del voto universal y la república, los segundos, lo hacían a la derecha, fieles aliados de la nobleza, monárquicos y partidarios del voto censitario.

A medida que el desarrollo del capitalismo dio lugar a nuevas clases sociales, el concepto se adscribió al programa político de los partidos obreros y la clase trabajadora. Por contra, la derecha fue adjudicada a la burguesía, aglutinada en sus partidos de clase, empresarios y banqueros. Los límites eran explícitos. Podían surgir muchas izquierdas, pero con un común denominador: la lucha contra la explotación capitalista. En esta definición cabían anarquistas, anarcosindicalistas, socialistas, comunistas y los primeros socialdemócratas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la refundación de la socialdemocracia, declaradamente anticomunista, dejó sin efecto la línea divisoria entre capitalismo y socialismo. La caída de la URSS y el fin la guerra fría produjo una hecatombe. El edificio se derrumbó y el concepto de izquierda, vetusto, sometido a múltiples tensiones, se hizo añicos. Sin embargo, las discrepancias se hicieron notorias durante el estalinismo, y posteriormente con las invasiones a Hungría y Checoslovaquia. La emergencia de los países no alineados y los movimientos de liberación nacional habían fracturado el movimiento comunista internacional y la izquierda. El resultado fue la emergencia de una primera nueva izquierda. Respuesta al llamado imperialismo soviético. La polémica chino-soviética añadió más leña al fuego. Los movimientos populares se distanciaron del bloque soviético, volvieron más compleja la definición y problematizaron el significado del concepto. Aun así, ser de izquierdas suponía una concepción del mundo alternativa al capitalismo en todas sus formas. Un movimiento heterogéneo con distintas sensibilidades, muchas veces enfrentadas y, por qué no decirlo, contradictorias. Maoístas, trotskistas, leninistas, partidarios de la lucha armada, insurreccionales, foquistas, terceristas, coexistían en su seno.

¿Pero tenían algo en común la vieja y la nueva izquierda? En primer lugar, definían estrategias para la toma del poder político, y en segundo lugar mantenían el eje de lucha anticapitalista. Las distancias venían de la política de alianzas, la caracterización de las formaciones sociales, los análisis de coyuntura. Baste recordar la polémica subdesarrollo-revolución, la caracterización de las dictaduras militares o el debate sobre los modos de producción. Pero también estos acuerdos y desencuentros se fueron diluyendo con la caída del muro de Berlín. El sentimiento de derrota y la sensación de orfandad, pasó factura en los años 90 del siglo pasado. Así, apareció por segunda vez, otra nueva izquierda, esta vez condescendiente con el capitalismo, centrándose las críticas, en un rechazo al neoliberalismo. La crítica se centró en contraponer Hayek a Keynes. Esta retórica caló profundamente, hasta identificar izquierda con la adopción de políticas progresistas y en defensa del estado keynesiano. La explotación capitalista se diluyó, desapareciendo del horizonte ideológico-político hasta perderse en el limbo y con ello se introdujo un nuevo debate, el fin de la contradicción derecha-izquierda. La novísima, nueva izquierda, levó anclas, hasta romper con su apelativo de izquierda, considerándolo un lastre para ganar elecciones y disputar el poder a la sí, nueva derecha. La dualidad izquierda-derecha se trasformó en progresistas y neoliberales y la tercera vía emergió como una defensa del capitalismo con rostro humano.

Las doctrinas neoliberales y la ideología de la globalización propusieron otro escenario, modificaron la agenda, al tiempo que se difuminan las relaciones de explotación capitalista. La frustración ante el embate del neoliberalismo modificó el centro de gravedad del debate. Lentamente, el eje derecha-izquierda fue cuestionado, al tiempo que la contradicción capitalismo-socialismo se resolvía, para el bloque occidental, en un triunfo aplastante del primero. Ya no había alternativa, sólo alternancia en la gestión de lo público y las políticas sociales complementarias a la globalización. Se habló del advenimiento de la economía de mercado, no de capitalismo. El tsunami neoliberal parecía llevarse consigo la izquierda, la derecha, la explotación y sus representantes políticos. Frente al pasado, el futuro. El discurso poniendo en cuestión la existencia de las clases sociales, derivó en una renuncia a ser identificado como izquierda. Ni de derechas ni de izquierdas. Ni dominado, ni explotado, ni dominador, ni explotador, ni burgués, ni trabajador, ni campesino, ni latifundista, ni pobre ni rico, nada de nada. Eso sí, emprendedores y empoderados. El sí se puede y la idea de vivir un mundo donde la alternativa a la pobreza, el hambre y la explotación y la justicia social se traduce en convertirse en empresario de sí mismo, posibilita la emergencia de los nuevos partidos de la posizquierda, los cuales renuncian a ser izquierda, al considerar que la lucha anticapitalista ya no tiene sentido. Gaznápiros, que bien reza el diccionario, sujetos palurdos, torpes, que se quedan embobados con cualquier cosa. Es decir, con la economía de mercado y su retórica. El resto es irrelevante.

 

 

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Martes, 26 Septiembre 2017 15:03

Lo que podemos aprender de Avon

Lo que podemos aprender de Avon

Avon y su instrumentalización de la mujer, una muestra más de cómo opera hoy el patriarcado capitalista.

 

Ver televisión se ha convertido para mí, con el paso del tiempo, en una experiencia extraña, de extrañamiento. No solo porque sucede ocasionalmente, ya que vivo (o he aprendido a vivir) sin televisor, sino porque, justamente estando rara vez sometido a su influencia, siempre que me topo con una pantalla ocurre una suerte de cortocircuito. Hay que esforzarse por rehacer el propio nicho ecológico en las urbes contemporáneas para percatarse, afectivamente hablando, de hasta qué punto es modificada nuestra percepción en la dinámica de existir-con las máquinas. Uno de los choques que con mayor fuerza me impacta tiene que ver con las temáticas fitness que atraviesan innumerables comerciales. “Aclara tus axilas”, “elimina barros y espinillas”, “luce un cabello sedoso”, “enriquecido con vitaminas”, “recomendado por expertos” o “dos de cada tres médicos lo recomiendan”, “estrena sonrisa”, “toma X y mantente activo”, “toma Y para sentirte bien/mejor”, “edúcate, no te quedes atrás”, son algunas de las consignas más recurrentes. Y si son consignas es en razón de que ordenan, dan órdenes, así el efecto para el “consumidor” sea el de la libertad de elección.

 

El patriarcado

 

Quizá estemos acostumbrados a asociar lo fitness con aquello que, contribuyendo a la buena salud, nos hace “lucir bien” o “conservar la línea, la figura”. No obstante, lo fitness puede devenir en modelo o paradigma para comprender un vasto conjunto de dinámicas ligadas al trabajo sobre el cuerpo, y al “mejoramiento” mental-corporal en general. Este tema, por supuesto, no es nuevo: en los escenarios filosóficos, sociológicos y antropológicos, pero también en los de las artes y las ciencias naturales, muchas teóricas feministas, hace décadas, han puesto en circulación el concepto “patriarcado” para hacer referencia a la manera en que, en Occidente, y por ende en el mundo entero, pues vivimos en un mundo caracterizado por la hegemonía occidental, ha primado una tendencia al control y la explotación de los cuerpos, en especial del de las mujeres, pero también del gran cuerpo de la naturaleza y de todos los seres fuertemente naturalizados: niños, “locos”, indígenas, personas racializadas como negras, animales, plantas, ríos, etcétera.

 

Control y explotación de la naturaleza que ha requerido establecer la primacía de la mente sobre el cuerpo (tan apreciada por Platón y Aristóteles), de lo divino frente a lo terrenal (tan apreciada en el medioevo cristiano) y del “racional” hombre blanco (“moderno”, “civilizado”, etc.) sobre su propio cuerpo, sobre los cuerpos de las mujeres y sobre las formas de vida no occidentales y no humanas en general (incluyendo esa hermosa dimensión inorgánica de la Vida que poco se suele mencionar). Así, actualmente el patriarcado llegó a convertirse, específicamente, en uno de corte capitalista y colonial, en el que se recrudece la explotación y se refinan las técnicas de gobierno sobre la Vida. Ahora bien, ¿en qué consiste la última reconfiguración del patriarcado capitalista occidental (es decir, colonial o imperial)? Aquí entra a jugar aquello que podemos aprender de Avon, pero también de los comerciales fitness que últimamente resultan increíblemente chocantes.

 

Los ataques con ácido como técnica política patriarcal

 

Esta historia comienza con Natalia Ponce de León, reconocida activista colombiana que, tras sufrir un ataque con ácido propinado por un hombre, creó una fundación que lleva su propio nombre, cuyo objetivo es “defender, promover y proteger los derechos humanos de las personas víctimas de ataques con químicos”, según se puede leer en su página de Internet. Los ataques con ácido, en los que Colombia desafortunadamente ocupa el tercer puesto a nivel mundial, son una famosa técnica política patriarcal de control sobre los cuerpos de las mujeres. El ácido destroza los cuerpos de aquellas que se niegan a ocupar los lugares esperados por el patriarcado, o, en otras palabras, es cuando los hombres perciben su dominio menguado que ponen en funcionamiento esta técnica de control, deseando demostrar con ello, espantosa y radicalmente, que las mujeres no son “dueñas de sus vidas”. Por supuesto, es recurrente, parte del funcionamiento de tal técnica política, que cada vez que ocurre un ataque con ácido éste se reduzca a una cuestión “psicológica” o “individual”, sea a causa de los “celos”, la “locura del amor”, la “obsesión”, etcétera.

 

Natalia Ponce, a pesar de saber que la violencia del ácido está asociada a formas de violencia patriarcales mucho más imperceptibles, es decir, a otras técnicas de control, recientemente inició una campaña con la Fundación Avon para la Mujer.

 

Como parte de la campaña vemos que a lo largo y ancho de la ciudad de Bogotá se han desplegado afiches donde aparece la propia Natalia Ponce, maquillada y sonriente, junto con mensajes como: “¿Te hace sentir culpable? Es violencia” o “¿Te maltrata verbalmente? Es violencia”. Como es de esperarse, para muchas personas resulta inmediatamente chocante, aunque “conmovedor” e “inspirador”, el contraste entre el “desfigurado” rostro y el maquillaje. Y es que la historia de Natalia no puede sino despertarnos pasiones encontradas en un mundo donde la imagen y su circulación juegan un rol central. Sea como fuere, en esto coincido con parte del “sentido común”, creo que Natalia verdaderamente nos enseña cosas valiosas, pues, al contrario de lo que se espera con el despliegue de las técnicas de control patriarcales (sea el ataque con ácido, la culpa, el interrumpir al hablar o no escuchar, la violación, etc.), ella ha emprendido una ardua lucha por “reapropiarse” de su cuerpo, de su imagen, de su vida, e incentivar a otras mujeres para que lo hagan, lo cual no es nada fácil. De ella admiramos su increíble fuerza vital. Sin embargo, para nuestro pesar, parece que Avon, a su vez y de manera tremendamente refinada, ha logrado capturar parte de esa fuerza vital con la finalidad de ponerla al servicio del (reconfigurado) patriarcado capitalista occidental una vez más.

 

La biorregulación, o Avon y el patriarcado capitalista fitness

 

La Fundación Avon para la Mujer pertenece a Avon Products Inc., una empresa multinacional, con presencia en más de 120 países, dedicada al negocio de los cosméticos y otros productos como perfumes y joyas. Su mercado se instala en la zona fronteriza de la “salud” y la “belleza”. Aunque parezca baladí recordarlo, Avon es una empresa, una de tamaños colosales, cuya principal preocupación, como sucede con toda empresa colosal, es la obtención y acumulación indefinida de capital, lo cual implica, necesariamente, la explotación y el control de las energías de las trabajadoras y trabajadores, y de la naturaleza, que es de donde proceden sus productos. Avon es, igualmente, un caso paradigmático de lo que líneas atrás llamé fitness, a saber, ese vasto conjunto de dinámicas ligadas al trabajo sobre el cuerpo y al “mejoramiento” mental-corporal en general. De ahí que “salud” y “belleza” se crucen con el discurso del “empoderamiento” de las mujeres, del ser cada vez “más bellas”, “más fuertes”, “más independientes” y “más sanas”. Que la publicidad emplee los cuerpos de las mujeres, con el objetivo de incrementar las ganancias de las empresas, no es una novedad, esto sucede tanto con empresas que venden productos para las mujeres mismas como con empresas que no, lo cual, en efecto, es una de las múltiples maneras en que el patriarcado capitalista usa, vende, intercambia, expone, explota y consume los cuerpos femeninos, pero el caso de Avon va más allá.

 

Avon no solo pone en circulación los cuerpos de las mujeres de la manera ya mencionada, sino que, al tiempo, regula y modela los cuerpos de sus propias trabajadoras y consumidoras. Michel Foucault, el conocido intelectual francés, propuso en su curso Defender la sociedad dos conceptos que nos ayudan a comprender mejor este fenómeno. Según él, en determinados momentos del desarrollo capitalista, aparecieron un par de tecnologías políticas que permiten regular, gobernar y explotar los cuerpos y las energías, las fuerzas, de los sujetos: la biorregulación (o biopolítica) y la organodisciplina (o anatomopolítica). Mientras la organodisciplina se pone en marcha en espacios cerrados y sobre sujetos precisos (por ejemplo en la escuela, el hospital (mental), etc.), la biorregulación se ejerce sobre poblaciones enteras a través, por ejemplo, de programas de salud pública, y está relacionada con el gobierno de los grandes fenómenos vitales de cualquier viviente: nacimiento, vejez, enfermedad, muerte, etcétera. Por cierto, tanto la biorregulación como la organodisciplina son necesarias en un contexto donde se requieren trabajadores con unos mínimos vitales, o incluso con una vida cualificada, para desempeñar ciertas labores y además consumir ciertos productos. El Estado-mercado capitalista patriarcal, evidentemente, no se ocupa de la vida de la población y de la naturaleza por motivos “altruistas”. Adicionalmente, estas tecnologías presuponen una adaptación conveniente de la jerga de la biología evolutiva, en donde los problemas son los de la “adaptación del más sano y fuerte”, el “mejoramiento”, la “lucha por la supervivencia”, etcétera. Toda una competencia por la vida entre individuos y grupos que, como sabemos desde la escuela, el capitalismo no cesa de incentivar.

 

Pues bien, la novedad acá radica en que el patriarcado capitalista fitness, en el marco de un ambiente tamizado jurídica y militarmente por el Estado, promueve formas de biorregulación donde la cuestión “salud” y el “mejoramiento” mental-corporal en general las delega a las empresas privadas. Avon es una gran prueba de ello, su interés en las mujeres no es un interés feminista por echar abajo al patriarcado capitalista occidental, simplemente necesita invertir un mínimo para que existan ciertas mujeres que consuman sus propios productos y a su vez los vendan. Recordemos que Avon “emplea” a innumerables mujeres en todo el mundo.

 

En síntesis, Avon necesita con vida, e incluso con unos mínimos de vida “saludable”, a las mujeres de las que extrae todas sus energías y ganancias. Eso explica en gran medida su Fundación y sus campañas en pro del “empoderamiento”, contra el cáncer de seno y contra la “violencia doméstica”, como la campaña realizada en alianza con la Fundación Natalia Ponce de León.

 

No obstante, como es bien sabido, en la lucha capitalista por la vida no todas las mujeres pueden comprar y usar los productos de Avon, ni todas pueden si quiera tener unos mínimos vitales. ¡Pero claro! Si de ingresos se trata, Avon “empodera” a las mujeres con trabajos precarios que consisten en vender productos voz a voz y, de paso, fagocitar las capacidades relacionales y afectivas que pueden darse entre ellas. Y se atreve a llamarlas “empresarias” y “emprendedoras”. En sentido estricto, ni si quiera las reconoce como obreras. Y, ¡vaya sorpresa!, las más afectadas son siempre las mujeres que se alejan del ideal occidental: las pobres, las indígenas, las ancianas, las de los países “periféricos”, las que no cumplen con determinadas “capacidades” y estándares corporales, etcétera. Esto, aunado al uso de las imágenes de sus cuerpos para el incremento de ganancias (así se trate de “diferentes formas de ser mujer”) y al estimulado hiperconsumo que está devastando nuestro planeta, hace de Avon una muestra más de cómo opera hoy el patriarcado capitalista. Por ello, el presente texto es escrito, al tiempo, en complicidad con mujeres como Natalia y contra empresas como Avon.

Publicado enEdición Nº239
La indispensable reconstrucción de la internacional de los trabajadores y de los pueblos

1.- El sistema instaurado desde hace una treintena de años se caracteriza por la extrema centralización del poder en todas sus dimensiones, locales e internacionales, económicas, políticas y militares, sociales y culturales.


Unas cuantas miles de empresas gigantescas y algunos centenares de entidades financieras, asociados en alianzas cartelizadas, han reducido los sistemas productivos nacionales y globalizados a la condición de subcontratados.


De esta manera, las oligarquías financieras acaparan una parte creciente del producto del trabajo y de la empresa, convertido en renta para su exclusivo beneficio.
Una vez domesticados los principales partidos políticos tradicionales de “derecha” y de “izquierda”, los sindicatos y las organizaciones de la llamada sociedad civil, estas oligarquías ejercen ahora un poder político absoluto y el clero mediático a su servicio fabrica la desinformación necesaria para despolitizar las opiniones públicas.


Las oligarquías han suprimido el alcance antiguo del pluripartidismo y lo han sustituido prácticamente por un régimen de partido único del capital monopolista. Privada de sentido, la democracia representativa pierde su legitimidad.


Este sistema del capitalismo tardío contemporáneo, perfectamente cerrado, cumple los criterios del “totalitarismo” que, sin embargo, bien se cuidan muchos de aplicárselo.
Un totalitarismo que de momento todavía es “blando”, pero que siempre está dispuesto a recurrir a la violencia extrema cuando las víctimas – la mayoría de trabajadores y pueblos –, con su posible revuelta, llegan a cuestionarlo.


Las transformaciones múltiples asociadas a este llamado proceso de “modernización” deben valorarse a la luz de la evolución principal caracterizada en las líneas precedentes.
Así sucede con los grandes desafíos ecológicos (en particular la cuestión del cambio climático), a los que el capitalismo no es capaz de responder (y el acuerdo de París en torno a este problema no es más que arena lanzada a los ojos de las opiniones ingenuas), del mismo modo que los avances científicos y las innovaciones tecnológicas (la informática, entre otras) están estrictamente sometidos a las exigencias de rentabilidad financiera que deben reportar a los monopolios.


El elogio de la competitividad y de la libertad de los mercados, que los medios de comunicación sumisos califican de garantes de la expansión de las libertades y de la eficacia de las intervenciones de la sociedad civil, constituye un discurso que se halla en las antípodas de la realidad, animada por los conflictos violentos entre fracciones de las oligarquías dominantes y reducida a los efectos destructivos de su gobernanza.


2.- En su dimensión planetaria, el capitalismo contemporáneo sigue actuando con la misma lógica imperialista que ha caracterizado todas las etapas de su despliegue globalizado (la colonización del siglo XIX constituyó una forma evidente de globalización).


La “globalización” contemporánea no es ninguna excepción a esta regla: se trata de una forma nueva de globalización imperialista y no de otra cosa. Este término comodín, sin calificativo, oculta la gran realidad: el despliegue de estrategias sistemáticas desarrolladas por las potencias imperialistas históricas (Estados Unidos, países de Europa occidental y central, Japón), encaminadas al objetivo de saquear los recursos naturales del Gran Sur y explotar sus fuerzas de trabajo de acuerdo con las exigencias de la deslocalización y la subcontratación. Dichas potencias pretenden conservar su “privilegio histórico” e impedir que todas las demás naciones abandonen su condición de periferias dominadas.
La historia del siglo pasado fue precisamente la de la revuelta de los pueblos de las periferias del sistema mundial, comprometidos con la desconexión socialista o con las formas atenuadas de la liberación nacional, que actualmente se hallan en compás de espera.


De ahí que la recolonización en curso, privada de legitimidad, no deje de ser frágil. Por esta razón, las potencias imperialistas históricas de la tríada han instaurado un sistema de control militar colectivo del planeta, dirigido por Estados Unidos. La pertenencia a la OTAN, indisociable de la construcción europea, al igual que la militarización de Japón, traducen esta exigencia del nuevo imperialismo colectivo que ha tomado el relevo de los imperialismos nacionales (de Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón, Alemania, Francia y algunos más), antaño enfrentados en conflicto permanente y violento.


En estas condiciones, la construcción de un frente internacionalista de los trabajadores y de los pueblos de todo el planeta debería constituir el eje principal del combate frente al desafío que representa el despliegue capitalista imperialista contemporáneo.


3.- Frente al desafío definido en los apartados precedentes, la magnitud de las insuficiencias de las luchas protagonizadas por las víctimas del sistema es apabullante.
Los puntos débiles de estas respuestas populares son de naturaleza diversa y las clasificaré bajo las rúbricas siguientes:


(a) La extrema dispersión de las luchas, del plano local al mundial, siempre específicas, circunscritas a lugares y ámbitos particulares (ecología, derechos de las mujeres, servicios sociales, reivindicaciones comunitarias, etc.). Las escasas campañas de alcance nacional o siquiera mundial apenas han obtenido éxitos significativos que hayan comportado un cambio de las políticas aplicadas por los poderes; y muchas de estas luchas han sido absorbidas por el sistema y alimentan la ilusión de la posibilidad de reformarlo.


El periodo, sin embargo, se caracteriza por una fuerte aceleración de procesos de proletarización generalizados: casi la totalidad de las poblaciones de los centros están sujetas ya a la condición de trabajadores asalariados vendedores de su fuerza de trabajo, la industrialización de regiones del Sur ha dado pie a la constitución de proletariados obreros y de clases medias asalariadas, al tiempo que los campesinados están plenamente integrados en el sistema mercantil.


No obstante, las estrategias políticas aplicadas por los poderes han logrado dispersar a este gigantesco proletariado en fracciones diferenciadas, a menudo enfrentadas entre sí. Es preciso superar esta contradicción.


(b) Los pueblos de la tríada han renunciado a la solidaridad internacionalista antiimperialista, sustituida en el mejor de los casos por campañas “humanitarias” y programas de “ayuda” controlados por el capital monopolista.


Las fuerzas políticas europeas herederas de las tradiciones de izquierda se adhieren de este modo, en gran medida, a la visión imperialista de la globalización.


(c) Una nueva ideología de derechas ha obtenido la adhesión de los pueblos.


En el Norte se ha abandonado el tema central de la lucha de clases anticapitalista – que ha quedado reducido a su expresión más parcelaria – en beneficio de una pretendida redefinición de la “cultura social de izquierda”, comunitarista, que separa la defensa de derechos particulares del combate general contra el capitalismo.


En algunos países del Sur, la tradición de las luchas que asociaban el combate antiimperialista con el progreso social ha cedido el puesto a ilusiones retrógradas y reaccionarias de expresión pararreligiosa o pseudoétnica.


En otros países del Sur, los logros de la aceleración del crecimiento económico en el transcurso de los últimos decenios alimentan la ilusión de que es posible construir un capitalismo nacional “desarrollado”, capaz de imponer su participación activa en la configuración de la globalización.


4.- El poder de las oligarquías del imperialismo contemporáneo parece indestructible, en los países de la tríada e incluso a escala mundial (el “fin de la historia”). La opinión pública acepta su disfraz de “democracia de mercado” y lo prefiere a su adversario del pasado – el socialismo –, denigrado con los calificativos más odiosos (autocracias criminales, nacionalistas, totalitarias, etc.). Sin embargo, este sistema no es viable por muchas razones:


(a) El sistema capitalista contemporáneo se muestra “abierto” a la crítica y la reforma, inventivo y flexible. Empiezan a manifestarse voces que pretenden poner fin a los abusos de sus finanzas incontroladas y a las concomitantes políticas de austeridad permanente, para de este modo “salvar el capitalismo”.


Claro que estos llamamientos no tendrán respuesta: las prácticas actuales están al servicio de los intereses de las oligarquías de la tríada – los únicos que cuentan –, a las que garantizan el crecimiento continuo de su riqueza a pesar del estancamiento económico en que se halla la tríada.


(b) El subsistema europeo es parte integrante de la globalización imperialista. Fue concebido dentro de un espíritureaccionario, antisocialista, proimperialista, sometido a la dirección militar de Estados Unidos. Alemania ejerce en él la hegemonía, en particular en el marco de la zona del euro y en la Europa oriental anexionada como lo está América Latina por Estados Unidos. La “Europa alemana” sirve a los intereses nacionalistas de la oligarquía germana, expresados con arrogancia, como se ha visto en la crisis griega.
Esta Europa no es viable y su implosión ya ha comenzado.


(c) La paralización del crecimiento en los países de la tríada contrasta con su aceleración en las regiones del Sur que han sabido sacar provecho de la globalización. Se ha concluido con excesiva precipitación que el capitalismo está vivo, pero que su centro de gravedad se desplaza de los viejos países del Occidente atlántico hacia el Gran Sur, especialmente el asiático.


En realidad, los obstáculos a la continuación de este proceso correctivo de la historia están llamados a adquirir cada vez más amplitud en la violencia de su movilización, por medio, entre otras cosas, de agresiones militares. Las potencias imperialistas no están dispuestas a permitir que un país cualquiera de la periferia – grande o pequeño – se libere de su dominación.


(d) Las devastaciones ecológicas, necesariamente asociadas a la expansión capitalista, vienen a reforzar los motivos por lo que este sistema no es viable.


El momento actual es el del “otoño del capitalismo”, sin que este se vea intensificado por el advenimiento de la “primavera de los pueblos” y de la perspectiva socialista. La posibilidad de amplias reformas progresistas del capitalismo en su estadio actual no es más que una ilusión. No hay otra alternativa que la que haría posible un repunte de la izquierda radical internacionalista, capaz de implementar, y no solo de imaginar, avances socialistas.


Hay que salir del capitalismo en crisis sistémica y no intentar la imposible salida de esta crisis del capitalismo.


En una primera hipótesis, no parece que nada decisivo vaya a afectar a la adhesión de los pueblos de la tríada a su opción imperialista, particularmente en Europa.
Las víctimas del sistema seguirán siendo incapaces de concebir al abandono de los caminos trillados del “proyecto europeo”, la desconstrucción necesaria de este proyecto, indispensable paso previo a su reconstrucción posterior con una visión distinta.


Las experiencias de Syriza, de Podemos, de Francia Insumisa, las vacilaciones de Die Linke y otras formaciones son una muestra de la amplitud y la complejidad del desafío.
La acusación fácil de “nacionalismo” lanzada contra los críticos de Europa no se sostiene. El proyecto europeo se reduce cada vez más visiblemente al del nacionalismo burgués de Alemania.


No hay alternativa, en Europa ni en todas partes, a la implementación paso a paso de proyectos nacionales populares y democráticos (no burgueses, sino antiburgueses) que procedan a la desconexión de la globalización imperialista. Es preciso deconstruir la centralización a ultranza de la riqueza y del poder asociado al sistema imperante.
En esta hipótesis, lo más probable será un remake del siglo XX: avances emprendidos exclusivamente en algunas periferias del sistema.


Claro que entonces hay que ser conscientes de que estos avances serán frágiles, como lo han sido los del pasado, y por esa misma razón – a saber, la guerra permanente que los centros imperialistas han lidiado contra ellos – se caracterizarán por sus limitaciones y derivas. *En cambio, la hipótesis de una progresión de la perspectiva del internacionalismo de los trabajadores y de los pueblos abriría la vía a otras evoluciones, necesarias y posibles.*


La primera de estas vías es la de la “decadencia de la civilización”. Esta implica que nadie controla el devenir de los acontecimientos, que se abren camino por la mera “fuerza de las cosas”. En nuestra época, teniendo en cuenta el potencial destructivo de que disponen los poderes (destrucciones ecológicas y militares), el riesgo – denunciado por Marx en su momento – de que los combates destruyan a todos los bandos enfrentados es real.


La segunda vía, en cambio, exige la intervención lúcida y organizada del frente internacionalista de los trabajadores y los pueblos.


5.- La puesta en marcha de la construcción de una nueva Internacional de los trabajadores y los pueblos debería constituir el objetivo principal de la labor de los mejores militantes convencidos del carácter odioso y abocado al fracaso del sistema capitalista imperialista mundial.


La responsabilidad es enorme y la tarea exigirá años de esfuerzo antes de dar resultados tangibles. Por mi parte planteo las siguientes propuestas:


(a) El objetivo es crear una Organización (la nueva Internacional) y no simplemente un “movimiento”. Esto implica que debemos ir más allá de la concepción de un foro de debates. Implica asimismo que se calibren debidamente las insuficiencias asociadas a la idea, todavía dominante, de “movimientos” pretendidamente horizontales, hostiles a las llamadas organizaciones verticales, so pretexto de que estas últimas son por su propia naturaleza antidemocráticas. La organización nace de la acción que segrega por sí misma los círculos “dirigentes”. Estos últimos pueden aspirar a dominar e incluso manipular a los movimientos, pero también cabe protegerse frente a este peligro mediante unos estatutos apropiados. Un tema a debatir.


(b) Hay que estudiar en serio la experiencia de la historia de las Internacionales obreras, por mucho que se piense que forman parte del pasado. No para “escoger” un modelo entre ellas, sino para inventar la forma más apropiada en las condiciones actuales.


(c) La invitación debe dirigirse a un buen número de partidos y organizaciones en lucha. Conviene crear lo antes posible un comité encargado de la puesta en marcha del proyecto.


(d) No he querido sobrecargar este texto, pero me remito a textos complementarios (en francés e inglés):


i) un texto fundamental sobre la unidad y la diversidad en la historia moderna de los movimientos socialistas;


ii) un texto relativo a la implosión del proyecto europeo;


iii) varios textos relativos a la audacia requerida en la perspectiva del relanzamiento de las izquierdas radicales, a la lectura de Marx, a la nueva cuestión agraria, a las lecciones de Octubre de 1917 y la del maoísmo, así como al necesario relanzamiento de proyectos nacionales populares.


Artículo publicado en el boletín Nº 11 del Grupo de Trabajo de CLACSO “Crisis y Economía Mundial”.

Publicado enPolítica
El filósofo estadounidense David Schweickart, durante la entrevista / Carmen Madorrán

 

El filósofo David Schweickart propone como alternativa al capitalismo un modelo de 'democracia económica', basado en la democratización de los mercados de trabajo y de inversión y la eliminación del trabajo asalariado

 

NACHO VALVERDE (TRADUCCIÓN DE JAVIER FRUTOS) @javat91

 

A finales de los años sesenta, David Schweickart (Cleveland, 1942) decidía dar un giro a su carrera como matemático y trasladarse a Birmingham (Alabama) para impartir unas clases de verano universitarias, experimentando de primera mano la represión estudiantil y la violencia policial contra los afroamericanos en el sur estadounidense. “Como estudiante universitario no tenía ningún interés en política, era otro chico conservador más. Estudié matemáticas, en esa época se daba mucha importancia a las ciencias. Los patriotas debíamos estudiar matemáticas e ingeniería y ayudar con el desarrollo técnico del país”, recuerda con ahínco.

Aquel despertar político de la ciudadanía estadounidense con la marcha de Martin Luther King desde Selma (Alabama) marcó para siempre la carrera profesional de Schweickart. “¿Qué estoy haciendo como matemático?”, me preguntaba. En aquel contexto, accedió a El Capital de Karl Marx deteniéndose en cada ecuación y nada volvió a ser igual. Tras su regreso a su estado natal, David Schweickart disipa su curiosidad intelectual con un doctorado en Filosofía por la Universidad Estatal de Ohio. Disciplina en la que finalmente desarrolla gran parte de su carrera profesional, impartiendo hasta la actualidad clases en la Universidad de Loyola de Chicago.

Fruto de su interés por la obra de Marx y el descontento con el sistema económico predominante en Estados Unidos, en 1993 publica su primera obra, Contra el capitalismo. En ella, Schweickart desarrolla una alternativa al capitalismo en una época en la que –tras el colapso de la Unión Soviética- el mantra mundial giraba en torno al ‘There is no alternative’ de Margaret Thatcher. Su modelo, definido como ‘Democracia Económica’, se adentra en las variantes al modelo soviético tratando de buscar un socialismo más eficaz.

Reconociendo los logros del socialismo dirigido en Rusia, China o Cuba, como sacar de la hambruna a sus poblaciones, el filósofo y matemático estadounidense considera que es posible un socialismo de mercado basado en diversas experiencias. La autogestión de los trabajadores en Yugoslavia, el modelo cooperativo de la empresa Mondragón y las particularidades del capitalismo japonés (intervención estatal a gran escala en las decisiones de inversión, alta protección y participación de las pequeñas empresas y de sus trabajadores en la toma de decisiones), son las principales experiencias de éxito que aborda en el conjunto de su obra.

A su paso por España, dentro del curso de verano de la Universidad Autónoma de Madrid ‘Alternativas ecosociales en el Siglo de la Gran Prueba’, David Schweickart atiende en exclusiva a este medio en una cafetería céntrica de la capital.

 

¿Qué enseñanzas aprendió de Marx?

Sabía que había muchos problemas en el mundo, pero con Marx aprendí que el problema principal era el sistema económico. Ten en cuenta que en aquel momento de inicios de la década de 1970 no era tan evidente; no había tanto desempleo, los sueldos subían, los estudiantes no se endeudaban como ahora.

Me abrió los ojos al hecho de que el capitalismo es un sistema inherentemente explotador, y además se trata de una explotación invisible. Fue una revelación deslumbrante. Pero la pregunta, una vez Marx me convenció de que el capitalismo tenía problemas estructurales profundos, era cuál es la alternativa.

 

¿Qué cuestiones a las que no da respuesta Marx trata de resolver con su obra?

Marx no intentó dar una alternativa. Tenía fe en el carácter racional del ser humano y en que, llegado un punto, veríamos las contradicciones del capitalismo (en un enfoque que es clara herencia de Hegel). Marx celebra ciertos elementos del capitalismo y en el Manifiesto comunista afirma que el capitalismo ha creado más maravillas que nunca antes, pero también está lleno de contradicciones. Y fruto de ellas, ha dado lugar a un tipo de crisis completamente nueva: las crisis de superproducción.

¿Cómo puede generarse una crisis por producir demasiado? Es consecuencia de que la sociedad esté dividida entre propietarios y trabajadores: la lógica de los propietarios es mantener los sueldos lo más bajos posibles, pero entonces no se puede consumir todo lo que se produce. Esto que genera un círculo vicioso: menos beneficios, más despidos, etc. “Tiene que haber una forma de organizarnos mejor”, pensé.

 

¿Cómo surge la idea de explorar la alternativa de ‘Democracia Económica’?

Durante un tiempo parecía que había alternativa. Paul Samuelson preveía que, hacia la década de 1990, la URSS superaría a EEUU en crecimiento económico, pero empezó a decaer y mostrar serias deficiencias e ineficiencias. No podía basarme en Marx para las alternativas, porque todo se había vuelto demasiado complejo para que él lo hubiera previsto. Era claro que hacía falta pensar alternativas.

Me fijé en los experimentos cooperativistas, con introducción de mercados, en Yugoslavia y Hungría. Una idea importante es que no existe un único “Mercado”. Lo que llamamos “mercado” en realidad son tres: mercado de bienes y servicios, mercado de trabajo y mercado de capital.

Si lees a Marx, la conclusión es que hay que eliminar el mercado de trabajo y el de capital en el sentido de democratizar esos ámbitos. De ahí que hable de ‘Democracia Económica’. A la vez, conviene mantener el mercado de bienes y servicios, porque es una forma de democracia. Citando a Schumpeter, el dinero de los consumidores en el mercado de bienes y servicios opera en cierta medida como un voto: manifestamos qué queremos, qué no, y el mercado reacciona y trata de adaptarse a las preferencias. Democraticemos el trabajo.

Siempre cantamos las virtudes de la democracia, pero sorprendentemente desaparece en cuanto se trata del trabajo. Podemos elegir al presidente, pero no al jefe. Ocurre algo parecido con la inversión. Las decisiones en materia de inversión requieren planificación a largo plazo y afectan a muchísimos ámbitos y a las vidas de todos. ¿Por qué no tenemos voz al respecto? Los inversores deciden invertir o no, cuando y como quieren.

Si queremos una economía democrática de verdad, hace falta incorporar la democracia al trabajo y a la inversión. Los datos empíricos demuestran que las empresas democráticas funcionan al menos tan bien como las capitalistas y la banca pública también funciona en Japón o Corea del Sur.

 

El término ‘socialismo de mercado’ puede acarrear muchas críticas por parte de los marxistas más acérrimos.

Marx nunca dijo que no pueda haber mercados. Al inicio de El Capital -cuando lleva a cabo el análisis de las mercancías, el intercambio, el valor, etc- queda claro que el elemento fundamental, lo que lo cambia todo, es un nuevo tipo de mercancía: la fuerza de trabajo.

De repente, los seres humanos solo tienen una cosa que vender, su fuerza de trabajo. Ese es el secreto del capitalismo que desentraña Marx. Por la fuerza de trabajo se paga lo mismo que por cualquier mercancía. El problema es que la fuerza de trabajo sea una mercancía, la única que pueden ofrecer los trabajadores.

 

¿Cómo entendemos en su modelo el papel que debe jugar el mercado?

Lo que planteo es que cabe una sociedad socialista que tenga mercado siempre y cuando la fuerza de trabajo no sea una mercancía. El problema es la competencia, los trabajadores no tienen por qué competir por ver quién trabaja más por menos. Eso es consecuencia de la lógica propia del capitalismo (amenaza de despidos, etc.).

Estoy convencido de que Marx estaría de acuerdo en que el problema no es el mercado per se, sino la explotación de la fuerza de trabajo y la división entre propietarios de los medios producción y los trabajadores. Otra cosa relevante, aunque Marx lo planteara en términos muy abstractos, es que al hablar de capitalistas se refiere a quienes aportan el capital, pero en realidad no hacen nada. No son productivos, no fabrican las máquinas, ni los edificios, ni aportan nada; así que podemos tener un mundo sin capitalistas. Si el problema es la fuerza de trabajo como mercancía, ¿por qué no establecer fuerzas y centros de trabajo democráticos en los que se trabaje juntos y se compartan los beneficios? Ahí radica parte de la solución, en librarse del trabajo asalariado.

 

En su obra, Mondragón aparece como un ejemplo de éxito. En 2013 cerró su buque insignia Fagor y ha sido aprovechado por medios y economistas para condenar el modelo cooperativista al fracaso. ¿Ha arrastrado Mondragón los mismos males que una empresa capitalista al uso, tratando de crecer sobredimensionadamente y competir en un mundo globalizado?

Mondragón es un caso muy interesante. Es la inspiración para cualquier modelo cooperativista. Cierto, Fagor quebró, pero Mondragón opera con una lógica distinta a la de las empresas capitalistas. Prueba de ello es la reubicación de los trabajadores cooperativistas. Al participar en el capitalismo es cierto que se contagia de algunas de sus dinámicas e instituciones: hay trabajadores contratados y existe una cierta tendencia al crecimiento. Pero siempre está la diferencia interesante en su fundamento: orientación al empleo y distinta forma de afrontar crecimiento. Los trabajadores quieren proteger su trabajo, así que no se produce una deslocalización en el sentido capitalista.

Las empresas capitalistas no tienen ningún vínculo de lealtad con sus trabajadores ni con la comunidad. Para las empresas cooperativas que operan en el capitalismo, es difícil sobrevivir con éxito en la competencia encarnizada del capitalismo. Sigo pensando que Mondragón es un ejemplo histórico de éxito.

 

¿Qué instrumentos son clave para evitar que la competencia capitalista y la dinámica neoliberal afecten a las cooperativas?

No hay una solución definitiva. Es más difícil establecer cooperativas que montar una empresa capitalista. Si reforzamos la banca pública, se puede favorecer la creación de cooperativas. Lo bueno es que dan estabilidad a las comunidades, no se van, y eso es un problema esencial hoy.

Fijémonos en Detroit, al abandonar las empresas la ciudad solo queda tierra quemada. La gente creía aquello de que lo que era bueno para General Motors era bueno para EEUU, pero ahora somos mucho más escépticos sobre la lealtad o el compromiso de las empresas. Los procesos de deslocalización son ilustrativos en ese sentido. Los instrumentos clave pasarían por el control social de la inversión y un sistema de bancos públicos que canalicen los fondos de inversión.

 

¿El colapso mundial en 2008 ha sido la gran oportunidad perdida para cambiar o reformar el sistema?

Uno de los problemas de la crisis de 2008 es que no había ninguna sensación de alternativa. Ante algo así hay que rescatar a los bancos porque si no se les rescata toda la economía sufre, la gente pierde su trabajo, no hay ingresos públicos... ¿Y por qué no nacionalizar la banca? Nadie pensaba en eso, no era una posibilidad, suena a comunismo.

Pero ¿acaso hemos vuelto a la normalidad? Es sorprendente porque ahora, más que cuando empecé a escribir, existe una profunda sensación de que el sistema no funciona y está corrompido. Si no, ¿por qué se elige a Donald Trump? Si hemos elegido este presidente es porque no estamos en una situación normal.

Los datos muestran la evolución y la relación entre productividad y sueldos, y cómo los sueldos, ajustados a la inflación, son más bajos ahora que en los años 70. No tiene nada que ver con aquella época dorada del capitalismo entre 1945 y 1975. La productividad sigue subiendo y la situación empeora. Los sindicatos están diezmados, los contratos son cada vez más precarios, aumenta la acumulación de riqueza. Habrá nuevas crisis económicas y quizá entonces será el momento de hacer algo distinto, aunque nadie se atreva a formularlo rotundamente.

 

En su visita a España aborda cuestiones como la crisis ecológica. ¿Es la gran amenaza que se cierne sobre el capitalismo o cabe la posibilidad de que se produzca un “capitalismo verde” que aproveche la coyuntura climática?

El capitalismo verde no es una imposibilidad lógica, pero sí virtual. El capitalismo necesita crecer para estar sano. La plusvalía capitalista debe reinvertirse para generar más beneficio. Si no se invierte, la consecuencia es una recesión con efectos devastadores. Hace falta consumo y crecimiento constantes. Es curioso: cuando la economía no crece se dice que hay “estancamiento”; cuando las células del cuerpo no crecen lo llamamos estabilidad, y si crecen lo llamamos cáncer.

Siempre cito a Kenneth Boulding, un economista que decía que “solo un loco o un economista creerían que un crecimiento exponencial puede perpetuarse en un mundo finito”. Solo hay que hacer las cuentas. En Estados Unidos durante el siglo XX, incluso con la Gran Depresión, hubo una tasa media de crecimiento anual del 3%. Con esa tasa de crecimiento, la economía se duplica cada 24 años. En un siglo, se multiplica por 16. El PIB de Estados Unidos en el año 2000 era de 10 billones de dólares.

¿Alguien puede creer que para final de siglo la economía será 16 veces mayor?, ¿qué consumiremos 16 veces más? Te dicen que no serán cosas materiales, pero que alguien me diga cómo se puede conseguir un crecimiento así sin consumo material. Tenemos que poner freno, y es una necesidad urgente por lo que estamos haciendo con los océanos y el clima.

Si queremos parar el cambio climático hace falta la intervención decidida del Estado. En la derecha se oponen, pero no hay alternativa. Y lo interesante es que sí existe una alternativa: la Democracia Económica.

Las empresas capitalistas tienden a crecer con rendimientos constantes de escala, pero esa lógica no opera en las empresas democráticas, aunque exista competencia. No hay interés en crecer de esa forma porque eso supone repartir los ingresos entre más gente, en lugar de obtener más beneficios para unos pocos, como en las empresas capitalistas. La competencia es buena, es el motor de la innovación y es sano intentar mejorar, pero el problema es la necesidad de crecimiento constante.

 

 

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Jueves, 14 Septiembre 2017 07:55

La profecía de Marx cumple 150 años

'El Capital'

Tal día como hoy hace siglo y medio Marx ultimaba las galeradas del Tomo 1 de 'El Capital', un estudio a medio camino entre el tratado económico y la filosofía política que sigue proporcionando claves para entender el capitalismo contemporáneo.

 

Ocurrió un 14 de septiembre de hace 150 años. Karl Marx (1818-1883) ultimaba las galeradas de un mamotreto a caballo entre el tratado de economía y la filosofía política que acabaría por convertirse en una de las obras más influyentes y vigentes de la época contemporánea. Era el Tomo 1 de El Capital y lo que empezó como un intento por desarrollar una teoría económica que explicara la primera gran crisis del capitalismo (década de 1830) derivó en una lúcida herramienta para la transformación social.

Ni que decir tiene que el calado de aquel hallazgo llega hasta nuestros días. Difícil explicar problemáticas tan contemporáneas como la precarización laboral, el agotamiento de los recursos naturales o los efectos de la tecnología sin tener en cuenta el tocho profético que nos ocupa. El turbocapitalismo rampante que se dio de bruces con la última gran crisis ha terminado por resucitar de entre los muertos conceptos, como la lucha de clases, que muchos escuderos ordoliberales creían enterrados.

Como apunta el editor Constantino Bértolo, “la crisis del 2008 sería en cierta manera la gran resaca de ese capitalismo ebrio. En medio de esa resaca, en la que todavía seguimos viviendo una buena parte de la sociedad, los resentidos e indignados por los efectos de esa crisis, vuelven la mirada a Marx, no al Marx académico o al Marx beatificado por el oficialismo marxista sino al Marx revolucionario, aquel que quiere transformar el mundo y asume que esa transformación solo puede ser protagonizada por el mundo del trabajo”.

En efecto, El Capital no es sólo un marco teórico de indudable trascendencia, es también una llamada a la acción. En palabras de Eddy Sánchez, director de la Fundación de Investigaciones Marxistas, “estamos ante una obra que no trata de teoría pura, tal y como se entiende en los programas universitarios; ni tampoco como guías de acción política, tal y como lo ven la mayoría de críticos de la anterior. Lo que propone Marx es: Fundamentar y formular racionalmente un proyecto de transformación de la sociedad”.

 

“Si Marx se vende bien, es que la sociedad va mal”


La vigencia y recuperación de El Capital —la venta del primero de los tres tomos se ha triplicado desde el año 2005— tiene para Sánchez mucho que ver con el fracaso de ese viejo dogma neoliberal que entendía el sistema económico contemporáneo como un ente con aptitudes autorregulatorias. “Marx evidencia que la crisis es un elemento consustancial al propio sistema capitalista, su revitalización tiene mucho que ver con esto, con ese carácter cíclico que tienen las crisis en el capitalismo”. Algo que el historiador alemán Jörn Schütrumpf supo sintetizar a la perfección: “Si Marx se vende bien, es que la sociedad va mal”.

Así las cosas, el eterno retorno de esta obra clave responde hoy día a una búsqueda de asideros en tiempos más que revueltos. Un bálsamo para los desheredados, pero también y al mismo tiempo un manual de instrucciones para la emancipación. “Leer a Marx es una experiencia vital, subjetiva y política en la que el tiempo histórico que está teniendo lugar en el momento de la lectura debe intervenir en esa lectura, confrontando situaciones, preguntas y respuestas”, explica Bértolo.

 

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Museo a Karl Marx en Alemania.- EFE

 

Ni mantequilla, ni misiles... Plusvalor


El profesor Fernandez Liria, coautor junto al también académico Luis Alegre de El orden de ‘El Capital’ (Akal) establece una curiosa analogía con la mecánica clásica newtoniana para explicar el que es quizá el gran hallazgo de Marx. Como postulara el físico inglés, los cuerpos no han de ser tratados de forma aislada, sino conforme a una ley universal que los conecta. “Marx nos explica que, en el modo de producción capitalista que caracteriza a la sociedad moderna, la riqueza no sólo aparece como una inmensa acumulación de mercancía; esas mercancías podrán ser misiles o mantequilla, pero antes que nada, lo que hace es fabricar plusvalor”.

Abre la puerta así a lo que viene siendo la explotación del trabajador. Un concepto cuyas derivadas llegan hasta nuestros días sin necesidad de tener que pensar en fábricas victorianas o en mineros galeses. Dicho de otro modo; el impacto de la precariedad como un elemento estructural de nuestro mercado de trabajo ya lo predijo el barbas hace siglo y medio.

Una lógica la del capital que, como apunta la Doctora en Filosofía Clara Serrano, “está fundada en la violencia, pues solo puede funcionar una vez que la mayor parte de la población ha sido despojada de sus condiciones de existencia, de modo que no exista otra forma de supervivencia que acudiendo al mercado de trabajo”.

 

 

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Jueves, 14 Septiembre 2017 06:51

‘El Capital’ habla del capitalismo de hoy

‘El Capital’ habla del capitalismo de hoy

 

 

En los primeros días de septiembre de 1867, hace ahora 150 años, se publicó el primer volumen de El Capital, la que es para muchos la obra cumbre de Karl Marx (1818-1883). Fue en una modesta tirada de mil ejemplares, pero a pesar de ello contribuyó decisivamente a transformar la forma en la que personas de todo el mundo veían nuestras sociedades.

La idea original de Marx consistía en escribir un conjunto de seis libros, dedicados cada uno de ellos a los siguientes temas: el capital, la propiedad de la tierra, el trabajo asalariado, el Estado, el comercio exterior y el mercado mundial. Sin embargo, la pobreza y las enfermedades (su vida estuvo marcada por los exilios políticos y las carencias materiales y de salud) le retrasaron de tal modo que acabó optando por un proyecto editorial de tres volúmenes. Aun así, sólo publicó en vida el primero. Los volúmenes segundo y tercero, ambos inacabados, fueron editados y publicados por su amigo y camarada Friedrich Engels (1820-1895) a partir de los manuscritos que Marx había estado escribiendo durante los años previos a su muerte.

El Capital es una obra densa y difícil. Leerla y entenderla requiere la dedicación de una ingente cantidad de horas de estudio. Y aunque corre el rumor de que todo comunista dice haberla leído y entendido, es improbable que sea cierto. A su naturaleza de material incompleto hemos de añadir el estilo del autor, que en algunos pasajes es ciertamente oscuro. De hecho, es habitual que los lectores inadvertidos se encuentren decepcionados tras consultar las primeras páginas. En ellas encontramos un alto nivel de abstracción teórica que dificulta mucho la lectura. Por decirlo de una forma breve, El Capital no es el típico libro que se puede leer mientras se va en el autobús. No es el Manifiesto Comunista. En efecto, el Manifiesto, escrito con Engels en 1848, había sido un material propagandístico elaborado para animar a los trabajadores en el contexto de las revoluciones europeas que estaban teniendo lugar entonces. Por el contrario, El Capital obedece a objetivos mucho más complejos y ambiciosos. Se aspira, nada más y nada menos, que a la comprensión exacta del funcionamiento del sistema económico capitalista. Y ello, a juicio de Marx, requería una exposición mucho más justificada y rigurosa. Una exposición que se parecía mucho más a los trabajos de los primeros economistas clásicos, como Adam Smith y David Ricardo, que a los textos publicados hasta entonces por los representantes del socialismo utópico, como Robert Owen o Saint-Simon. Para Marx, El Capital era un misil contra la burguesía precisamente por su capacidad para desvelar y desnudar las formas por las que una parte de la población explotaba a la otra parte.

Se observará entonces que existía, y aún existe, una aparente contradicción. El Capital, como arma, parece de difícil acceso para los trabajadores, quienes por lo general, y por diversas razones, están menos preparados para abordar un libro de esta naturaleza. Precisamente por eso, han sido muchos los autores que han intentado resumir El Capital e incluso codificar esta obra en forma de catecismos. Así lo hizo Karl Kautsky, el primero en sintetizar en un buen libro las ideas principales de El Capital. O, por ser más precisos, lo que él consideraba que eran las principales ideas del libro de Marx.

La interpretación kautskiana se convirtió en hegemónica durante el período de vigencia de la II Internacional (1889-1914), considerándose desde entonces, no en vano, como la visión ortodoxa del marxismo. Pero el trabajo de Kautsky no consistió sólo en resumir El Capital sino que trató de sintetizar toda la obra marxista disponible hasta entonces, convertida así en doctrina. De este modo, el producto vivo e inspirador del largo trabajo de Marx fue enclaustrado bajo la fórmula cerrada de una doctrina al servicio de los principales partidos socialdemócratas de la época –como después ocurriría lo mismo con la III Internacional (1919-1943) y la Unión Soviética-. Esta interpretación ortodoxa, si bien se inspiraba en algunas de las lecturas de Marx, convirtió en mera caricatura la riqueza del trabajo original marxista. De hecho, Marx nunca habló de materialismo histórico y tampoco de materialismo dialéctico, sino que éstas fueron construcciones posteriores, hechas por Engels y otros autores, que trataron de ofrecer a la clase trabajadora un producto más compacto y accesible del trabajo de Marx.

Sin embargo, reducir la obra de Marx, entre ellas El Capital, a un producto cerrado implica ahogar gran parte de su capacidad para la investigación. La obra de Marx, como la de cualquier otro autor, está llena de elementos no del todo coherentes entre sí y que dependen, en gran medida, del contexto histórico en el que se escriben. En un ámbito bien distinto, como es el de la física, estas cuestiones también pasan. Aunque se califican de otra forma. El propio Einstein presentó su teoría de la relatividad especial en 1905, mientras que su teoría de la relatividad general tuvo que esperar a 1915, exactamente diez años después. En el período que media entre la primera y la segunda, Einstein publicó diferentes textos que pretendían resolver los problemas que enfrentaban sus planteamientos, aunque sin éxito. Nadie pretendería hoy, por ejemplo, recuperar y reivindicar aquellos intentos fallidos de Einstein. Eso es así porque en la física, a diferencia de lo que ocurre en las ciencias sociales, es posible llegar a consensos amplios sobre los resultados de una investigación. En el caso de las ciencias sociales eso es imposible; ello no quiere decir que toda opinión valga lo mismo, sino que los criterios de rigor para consignar que una explicación es cierta son distintos, más cuestionables, más abiertos. En realidad, toda la obra de Marx es un proyecto en construcción para dotar de una explicación a fenómenos sociales, cuya naturaleza es por defecto incierta, impredecible y en muchos casos incuantificable. Y el hecho de que sea un proceso en construcción, junto con la naturaleza específica de la ciencia social, hace fallido cualquier intento de crear una doctrina y, mucho menos, de elevarla al rango de ciencia.

Es verdad, por ejemplo, que en algún momento Marx sí creyó haber descubierto las leyes de la historia. En el Discurso ante la tumba de Marx, el propio Engels explicó que «de la misma forma que Darwin ha descubierto las leyes del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx ha descubierto las leyes del desarrollo de la historia humana»[1]. Y en una carta a Ferdinand Lasalle (1825-1864), el propio Marx le explicó que «la obra de Darwin es de una gran importancia y sirve a mi propósito en cuanto que proporciona una base para la lucha histórica de clases en las ciencias naturales»[2]. La influencia de los descubrimientos de Darwin, unida a la teoría de la historia heredada de Hegel, proporcionaron a Marx un esquema histórico sobre el que, en teoría, toda sociedad debería desplegarse en el tiempo. En breve, al feudalismo le seguiría el capitalismo, y a éste el socialismo. Sin embargo, el último Marx, el de la década de 1870, se había estado reuniendo con amigos y revolucionarios rusos que contribuyeron a modificar su visión sobre la situación de Rusia, en particular, y la de los países atrasados, en general. Hasta el punto de que en una carta de 1877 escribió que «sucesos notablemente análogos pero que tienen lugar en medios históricos diferentes conducen a resultados totalmente distintos. Estudiando por separado cada una de estas formas de evolución y comparándolas luego, se puede encontrar fácilmente la clave de este fenómeno, pero nunca se llegará a ello mediante el pasaporte universal de una teoría histórico-filosófica general cuya suprema virtud consiste en ser suprahistórica»[3]. Como se puede comprobar, casi una enmienda a la totalidad a su antigua concepción de la historia o, cuando menos, a la versión vulgar que Engels había sistematizado como materialismo histórico.

De ahí que, cuando la revolución rusa de 1917 tuvo lugar en un país severamente atrasado y prácticamente feudal, Antonio Gramsci (1891-1937) dijera que se trataba de una «revolución contra El Capital» y que «El Capital de Marx era, en Rusia, el libro de los burgueses más que el de los proletarios»[4] porque instaba a crear una burguesía e iniciar una era capitalista y no a que el proletariado tomara el poder en esas condiciones. Gramsci afirmó en aquel artículo que con la revolución «los bolcheviques reniegan de Carlos Marx al afirmar, con el testimonio de la acción desarrollada, de las conquistas obtenidas, que los cánones del materialismo histórico no son tan férreos como se pudiera pensar y se ha pensado»[5]. En realidad, lo que se ponía de manifiesto es que la interpretación ortodoxa del marxismo, y mucho más la interpretación del mismo que lo consideraba como ciencia pura, fallaba al enfrentarse con las cambiantes e impredecibles formas de la realidad. De ahí que no podamos considerar al marxismo más que como una, la más fértil, tradición política y de investigación.

Otro elemento ciertamente crítico, y que conforma una laguna en la obra de El Capital, es el de la clase social. Como he tratado de demostrar en un libro de próxima publicación, Por qué soy comunista (Península, 2017), la lectura que hacemos sobre la clase social y el Estado condiciona absolutamente la práctica política de los partidos socialistas. Sin embargo, Marx no llegó a escribir nada compacto sobre ninguno de esos conceptos. Y, en el caso de clase, esta es una ausencia crucial porque conforma la espina dorsal de su pensamiento político. Es más, a cualquier seguidor de la obra de Marx le sorprenderá que su táctica política fuera tan diversa en el tiempo. Por qué, por ejemplo, él y Engels consideraban necesario mantener la autonomía de los partidos socialdemócratas frente a los partidos liberales en Europa y, en cambio, ambos sugerían a esos mismos partidos socialdemócratas en Inglaterra o Estados Unidos que se incorporaran en el seno de los partidos liberales. Algo similar a la polémica de Lenin en 1905, cuando se opuso a la decisión del partido socialdemócrata ruso de no incorporarse al Soviet de San Petersburgo por ser considerado un espacio espontáneo y desideologizado. Tanto Marx y Engels, primero, como Lenin, después, no eran unos fetichistas de las organizaciones políticas sino que su práctica política dependía de cómo entendían la construcción y evolución de las clases sociales en contextos históricos. Por eso se ha dicho que lo importante es la clase social y no el partido. Y aun así, Marx nunca elaboró una explicación detallada del concepto de clase.

En el análisis del capitalismo que hace Marx en El Capital o en el Manifiesto Comunista, él detecta la existencia de dos clases fundamentales que le permiten explicar el desarrollo de la propia historia: los capitalistas y los trabajadores. Desde este punto de vista, el capitalismo genera una estructura de huecos en las relaciones de clase que luego son ocupados por personas reales. Es como si primero existiera la estructura, creada por el sistema económico, y luego las personas reales que «hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado»[6]. Estamos ante un esquema de clases típicamente polarizado donde sólo parecen existir capitalistas y trabajadores. Así, en este enfoque la clase es una realidad objetiva que varía según el desarrollo de las fuerzas productivas.

Sin embargo, en otros escritos Marx analiza la realidad social de una manera mucho más compleja, atendiendo a las particularidades de cada contexto. En este caso los escritos son de carácter más político y coyuntural, y en ellos Marx ya no trata con sólo dos clases sino que llega a diagnosticar clases, fracciones, facciones y una red mucho más compleja de grupos sociales. Un ejemplo paradigmático es el 18 Brumario, en el que Marx analiza el golpe de Estado dado por Luis Bonaparte (1808-1873) en 1851. Esta segunda opción está conectada con la visión de Lenin y, especialmente, de Edward Thompson, según la cual las clases sociales son también construcciones sociales que dependen de las prácticas políticas y no sólo huecos en las relaciones de producción.

Sea como sea, estas dos diferentes formas de analizar la clase social carecen de algún tipo de vínculo en la teoría de Marx. Es más, hay abundante material para creer que Marx «pensaba que la tendencia histórica del capitalismo apuntaba hacia una creciente polarización en lo concreto»[7], es decir, que la dinámica capitalista apuntaría a la destrucción de todas las clases sociales que no fueran la de los capitalistas y los trabajadores. En su visión, la complejidad de la vida real se estaba simplificando por el propio desarrollo del capitalismo puesto que éste creaba cada vez más proletarios y al mismo tiempo reducía el número de capitalistas –aunque los restantes vieran su poder incrementado. Esta idea, recogida después por Kautsky, se tuvo que enfrentar a las transformaciones del capitalismo a finales del siglo XIX y a la aparición de las llamadas clases medias. Este debate, como hemos insistido en otros lugares, es crucial para entender los fenómenos sociales y el desarrollo de la política hoy en día.

Por otra parte, Marx no supo o no pudo, también por diversas razones, incorporar cuestiones ecologistas y feministas en sus escritos. Marx fue un hombre de su época, y aunque hay autores como Elmar Altvater o Bellamy Foster que reivindican su temprana inclinación ecologista, no podemos dejar de advertir que tanto Marx como Engels asumieron no sólo las tesis más productivistas de la Economía Política y sus categorías sino también los prejuicios –en este caso bastante más Marx que Engels- propios de vivir en un sistema patriarcal. Para la actualización de los parámetros ecologistas y feministas desde una perspectiva marxista es necesario dejarse acompañar por autores más modernos que, aun inspirándose en Marx, despliegan su trabajo de un modo diferente.

En suma, leer a Marx es una fuente de inspiración que nos brinda la oportunidad de dar con las preguntas y respuestas adecuadas. Y 150 años después de la publicación de El Capital, a mi juicio conviene leer y estudiar con mucha atención la obra marxista. Así, además, corregiremos una deriva que ha afectado mucho a la calidad, y también utilidad, de los análisis marxistas. Me refiero, especialmente, a la tendencia a ignorar las cuestiones materiales y económicas en los análisis políticos.

Para entender esto debemos recordar que los fundadores del llamado socialismo científico y los llamados clásicos, entre los que se encuentran Marx, Engels, Lenin, Luxemburg, Kautsky, etc. pusieron su atención fundamental en cuestiones de Economía Política y de lo que se llamaría base económica. Pero a partir de los años veinte el marxismo occidental adquiere otro tono y asume otras preocupaciones. Como dice el historiador Perry Anderson (1938-), «el marxismo occidental en su conjunto, cuando fue más allá de cuestiones de método para considerar problemas de sustancia, se concentró casi totalmente en el estudio de las superestructuras»[8], especialmente las cuestiones culturales. Dicho de otra forma, el análisis cultural suplantó a la Economía Política. Pero, además, el tono fue cambiando desde un optimismo antropológico, basado en gran medida en la asunción de que la concepción de la historia era correcta, hasta convertirse en un pesimismo antropológico más que notable. Esto fue coincidente, además, con tres hechos adicionales. Por un lado, el desplazamiento del estudio y análisis marxista desde el continente europeo hacia el mundo anglosajón. Por otro lado, con el cambio de perfil de los intelectuales marxistas, que hasta los años veinte habían sido tanto dirigentes políticos como estudiosos del marxismo y a partir de entonces se produciría una profunda desconexión entre el movimiento obrero organizado y los intelectuales. Y, finalmente, el desarrollo de un Estado del Bienestar que, a partir de un compromiso entre capital y trabajo, parecía cuestionar la necesidad del socialismo para gran parte de la clase trabajadora[9].

Esto condujo a una paradoja. El geógrafo marxista David Harvey cuenta, por ejemplo, que durante los años de posguerra y especialmente tras la caída del muro de Berlín, pocos querían estudiar un libro como El Capital. La razón estaba en que «el hecho real era que El Capital no tenía demasiada aplicación directa a la vida diaria» porque «describía el capitalismo en su versión cruda, inalterada y bárbara típica del siglo XIX»[10]. Esta situación, sin embargo, ha cambiado en la actualidad. El marxismo ha vuelto a estar de moda. Pero aún más, la razón es que hoy El Capital parece hablarnos no del capitalismo del siglo XIX sino del actual. Las reestructuraciones empresariales, que implican despidos de miles de trabajadores, la crisis económica y sus efectos macroeconómicos, los comportamientos del capital financiero y de los diferentes tipos de capital... es como si estuviéramos volviendo poco a poco al siglo XIX. O puede ser, más probablemente, que El Capital tenga la capacidad de explicar el funcionamiento de un sistema que ha cambiado poco y cuyos principales fundamentos se mantienen invariables, con lo que su lectura y estudio, como todo el marxismo que de ahí se deriva, pueden sernos de extraordinaria utilidad para comprender el mundo que vivimos. Y para transformarlo.

El marxismo no es, por lo tanto, la llave que abre todas las puertas. El marxismo es, más bien, una herramienta para el análisis social y también para la práctica política. Y al mismo tiempo también es una concepción del mundo, inspirada por esa tradición política y de investigación, que nos anima a mirar determinadas trazas de la totalidad social. Como dice Manuel Sacristán (1925-1985), la concepción marxista de mundo «supone la concepción de lo filosófico no como un sistema superior a la ciencia, sino como un nivel del pensamiento científico: el de la inspiración del propio investigar y de la reflexión sobre su marcha y resultados»[11]. En efecto, lo que hace que un investigador de orientación marxista se centre en cuestiones como las clases y la desigualdad y no en otros campos posibles, es la creencia de que haciéndolo así se encontrarán más y mejores respuestas. En consecuencia, el marxismo tiene que ir cambiando en la medida que vamos incrementando nuestro conocimiento sobre el mundo que nos rodea y en la medida que va cambiando la sociedad a la que pertenecemos.

 

NOTAS


[1] Engels, F. (1883): “Discurso ante la tumba de Marx”, disponible en https://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/83-tumba.htm
[2] Citado en Arnal, S. (2009): “Darwin, Marx y las dedicatorias de El Capital”, disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=95700
[3] Marx, K. (1877): “Carta al director de Otieschéstvennie Zapiski”, disponible en https://www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/m1877.htm
[4] Gramsci, A. (1917): “La Revolución contra El Capital”, disponible en https://www.marxists.org/espanol/gramsci/nov1917.htm
[5] Gramsci, A. (1917): “La Revolución contra El Capital”, disponible en https://www.marxists.org/espanol/gramsci/nov1917.htm
[6] Marx, K. (1851): El 18 Brumario de Luis Bonaparte, disponible en https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum1.htm
[7] Olin Wright, E. (2015): Clases. Siglo XXI, Madrid
[8] Anderson, P. (2012): Consideraciones sobre el marxismo occidental. Siglo XXI, Madrid.
[9] Anderson, P. (2012): Consideraciones sobre el marxismo occidental. Siglo XXI, Madrid.
[10] Harvey, D. (2015): Espacios de esperanza. Akal, Madrid.
[11] Sacristán, M. (1964): “Sobre el anti-dürhing”

 

 

 

 

 

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Silvia Federici: “La violencia es una constante en la vida de la mujer bajo el capitalismo”

La escritora y activista italiana está de gira en España en un ciclo de conferencias sobre la violencia contra las mujeres, invitando a una reflexión sobre los diferentes tipos de opresiones y sus orígenes: el patriarcado y el capital.


Silvia Federici es un gran referente del movimiento feminista internacional. Demostrado ha quedado este lunes tras el rotundo éxito de la conferencia Capitalismo y violencia contra las mujeres en Madrid. El evento, organizado por Traficante de Sueños, ha tratado las opresiones hacia las mujeres en el sistema actual: el trabajo productivo y reproductivo desde una perspectiva de género y las diferentes formas de violencia pública y doméstica.

 

La nave de Terneras del Matadero, donde tuvo lugar la charla, estaba a rebosar. Y fuera, centenares de personas se quedaron a las puertas al no tener un sitio dentro de la sala. No se fueron, escucharon a través de unos altavoces a la escritora de Revolución punto cero y Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Que tantas personas hagan cola para participar en una reflexión sobre feminismo y anticapitalismo dice mucho del momento actual, señalan las organizadoras del evento.

 

“Hay que comprender de dónde viene la violencia, cuáles son sus raíces y cuáles son los procesos sociales, políticos y económicos que la mantienen para comprender que cambio social es necesario”, comienza explicando en la conferencia la autora italiana. La activista lo tiene claro: la raíz está en la estructura y en el sistema. La violencia contra las mujeres no es individual; es del estado, es policial, es represiva, es de la militarización de la vida, pero, sobre todo, es del patriarcado y del capital.

 

El trabajo productivo es el que produce materiales y herramientas, es retribuido con un salario y es el que históricamente han realizado los hombres. El trabajo reproductivo es el asignado a las mujeres y es el encargado de mantener la vida: alimenta, cuida, educa, pero no es retribuido con ningún salario. Las mujeres siempre se han encargado de él, pero como señala la escritora, ya no hacen solo este trabajo, muchas trabajan fuera de casa sin que se haya producido un cambio social por lo que no hay conciliación entre producción y reproducción. Esto forma un nuevo desarrollo del patriarcado porque se produce una situación de doble explotación de las mujeres.

 

En este sentido, la autora habla sobre los orígenes del capitalismo para explicar esta organización: es el “proceso de acumulación primitiva”, por el cual el capitalismo se desarrolla para controlar todas las fuerzas de trabajo. El trabajo reproductivo y el cuerpo de las mujeres en sí mismo es la primera fuente de riqueza porque reproducen el resto de fuerzas de trabajo. Sin él, no hay otras formas de producción, y por esto existen estas formas de opresión sobre las mujeres porque “el ataque a las mujeres es un ataque a la cohesión de la comunidad y a la reproducción social”.

 

Esta situación se manifiesta en violencias a las que se tienen que enfrentar las mujeres de todo el mundo, explica Federici. Son violencias relacionadas con el género, pero también “con la precariedad de la vida, la incertidumbre laboral, la violencia institucional y policial o la represión”. Hay violencia económica y no económica, y violencia doméstica y violencia publica, todos los tipos están conectados.

 

Por esto, agrega la autora que cuando se dice que se va a poner fin a la violencia contra las mujeres, se dice que “se va a poner fin a todo el sistema: no solo a los asesinatos o violaciones, también a las guerras, a las expulsiones, al desempleo, a los recortes... Y para enfrentarnos tenemos que articularnos a todos los niveles. Organizarnos y ver cómo vamos a luchar por la sanidad, la educación, el desempleo... Necesitamos un programa de creación de una nueva sociedad”.

 

“Si las mujeres paran, el mundo para”


“El fin de la violencia contra las mujeres debe llegar desde abajo y desde las propias mujeres. No podemos esperar a las instituciones y al Estado porque éste mismo es el máximo responsable de la violencia”. Con estas palabras, Federici hace un llamamiento a la importancia de la organización social del feminismo.

 

Cuando termina la explicación de la escritora, comienza un turno de debate en el que diferentes movimientos sociales explican sus espacios de lucha feminista y sus formas de organización en el que han salido múltiples ejes de poder, entre ellos, las opresiones a las migrantes, la precariedad de las trabajadoras del hogar o la invisibilizacion de las mujeres en la cultura e historia.

 

Resalta la organización del 8 de marzo que explica que llevan desde el pasado día de la mujer trabajadora reflexionando y organizando un 8 de marzo en el que se pare el país entero: “Queremos hacer una huelga social: Yo no soy conductora de autobús pero sí pasajera y las pasajeras también podemos parar el autobús” explican desde la organización. La escritora añade: “El trabajo reproductivo es el principio de todo lo demás y si las mujeres paran, todo para”.

 

Federici también ha incidido en la importancia de los hombres en la lucha feminista cuando ha salido el debate sobre el papel de hombres y mujeres en este proceso. Ha señalado que “la violencia contra las mujeres es un problema, sobre todo, de los hombres, y por ello los hombres tienen que responsabilizarse, movilizarse. Si no se movilizan perpetúan la violencia contra las mujeres y la infancia”.

 

Libro relacionado

La inacabada revolución feminista, de Silvia Federici

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La más grande contradicción del sistema capitalista ¿Hay vida sin trabajo?

El derecho a la pereza de Paul Lafargue (1842-1911) representó siempre un enorme desafío para las ideas liberales y capitalistas de la sociedad tanto como para los marxistas (los de Partido y los del Socialismo Real). De un lado y de otro se echó un manto de silencio y olvido sobre ese libro único en la historia de la cultura humana. Al cabo, terminó por volverse en un libro clandestino, literalmente. Un objeto de culto por parte de unos pocos.

 

Las ideas de Lafargue han sido re-elaboradas posteriormente por parte de unos pocos autores, entre los cuales cabe destacar a W. Morris (1834-1896) –El trabajo útil contra el esfuerzo inútil, a B. Black (1951- ) –La abolición del trabajo–, y a N. Srnicek (1982 - ) y A. Williams (1984 - ) con Inventando el futuro. El postcapitalismo y un mundo sin trabajo. Alguno, un autor anarquista, pero todos escritores y periodistas calificados de izquierda. Son demasiado escasos los trabajos en nuestros días acerca de la lógica, esto es, la necesidad, la realidad, las posibilidades de los sistemas de trabajo. Las ciencias sociales (economía, sociología, historia, antropología, psicología, por ejemplo) tienen aquí una deuda pendiente.

 

Dos ideas de claro cuño fascista y nazi se encuentran en la base de la idea del trabajo en el mundo contemporáneo y hasta nuestros días. De un lado, se trata de la idea: “En cuerpo sano, mente sana”, un lema que abiertamente fue promovido por el régimen nacionalsocialista de Hitler, pero cuyos orígenes se remontan al Imperio Romano. De otra parte, es la idea según la cual “La pereza es la madre de todos los vicios”, y que constituye un llamado a estar permanentemente ocupado, trabajando, laborando, haciendo faenas, a fin, presuntamente, de evitar ideas perniciosas. Trabajo, por tanto, mucho trabajo. Sin olvidar el aviso que se encontraba a la entrada de los campos de concentración nazis (retomado para las cárceles existentes en el país, todo un lema del Inpec): “El trabajo os hará libres” (Arbeit macht frei).

 

La cultura de nuestros días está claramente permeada por prácticas, idearios y valores claramente nazis y fascistas.

 

El sistema de trabajo constituye el más fuerte de los anclajes y formas de determinismo de la vida, en las sociedades actuales. Las expresiones e hilos son numerosos. Así, por ejemplo, la niñez se define en el tránsito hacia la juventud como en función del trabajo. Quienes logran acceder a la educación superior toman sus decisiones de estudio (carrera) condicionados por el sistema casa-escuela en función de lo que harán cuando se gradúen. Quienes entran a trabajar en una empresa determinada, definen su propia existencia en términos de los salarios y la estabilidad laboral: entonces se casan, se endeudan, compran y alquilan. Los adultos mayores mismos, ven con angustia en muchos casos la jubilación, como si no hubiera vida después del trabajo. Para no hablar de la crisis del sistema pensional alrededor del mundo.

 

Sin ambages, el sistema de salud está enteramente definido en términos de las políticas de trabajo y salario de los trabajadores y empleados. Como lo está, asimismo, el sistema vacacional y hotelero (temporadas altas y temporadas bajas), a partir de la díada estudio-trabajo. Y siempre, el trabajo informal, y un ejército de desempleados.

 

La verdad es que la gente se muere yendo al trabajo, se muere en el trabajo, y se muere después del trabajo. Si la salud mental es el principal problema de salud pública de las sociedades contemporáneas, el principal factor de estrés es el sistema de trabajo (acoso laboral acoso sexual, salarios de hambre, condiciones de trabajo insalubres o indignas, ausencia de sistemas de asociación y defensa de los trabajadores, etc.).

 

Las corporaciones, el sistema del mercado y el propio estado crean muchas clases de personas, pero todas están marcadas por la necesidad del trabajo. Vivir para trabajar, vivir trabajando. Lo que menos existe y se promueve, es la existencia de gentes libres.

 

Pues bien, la libertad comienza, sostenía Lafargue, por la capacidad de ocio. El mundo empresarial, el mundo de la economía, todo ese mundo que se llena la boca hablando de “emprendimiento”, es en suma, la negación del ocio. Literalmente, el neg-ocio. Eso es el capitalismo.

 

El ocio no es simple y llanamente otra cosa que la capacidad de cada quien de disfrutar el tiempo por decisión propia. El ocio coincide con el juego, la fiestas, los festivales, los carnavales, la creatividad, las artes, el vivir-conjuntamente, en fin, el comensalismo. No en última instancia, esta es la razón por la que el capitalismo tiene serios problemas con las humanidades en general. Los pueblos Andinos le han recordado al mundo entero el nombre del problema: se trata de saber vivir, o de vivir bien (suma qamaña, sumak kawsay).

 

En el mundo del negocio –neg-ocio- no hay tiempo libre y el tiempo es dinero, como se dice. En ese mundo todo se ha vuelto una mercancía (commodities), y lo que la gente vende no es en realidad su fuerza de trabajo mental o física, como creía Marx, sino, peor aún, su capacidad de tener tiempo libre. Sin ambages, la gente le vende su alma al diablo, como en la gran literatura de Goethe o Th. Mann. Mefistófeles, Fausto, o el sistema laboral y de trabajo. Con la tragedia de que al momento de su muerte no logran reversar el pacto, como sí sucede en la obra de Goethe o de Mann, por ejemplo. Mueren condenados, a saber: condenados por el sistema de trabajo.

 

El control organizacional implica planeación, estrategia, reingeniería, tiempos de control, supervisión, y permanente evaluación y re-evaluación. Con todo ello, literalmente, los empleados y trabajadores se vuelven altamente predecibles. Incluso se hace predecible el tiempo libre disponible que pudieran tener. Y ese tiempo disponible es manejado (gerenciado) mediante actividades, seminarios, retiros o convivencias de distinto tipo. El capitalismo es un sistema de control panóptico. En eso consiste su inteligencia.

 

En verdad, lo que impera en el sistema de trabajo es exactamente lo que define al sistema educativo, a las prisiones y los hospitales psiquiátricos: un sistema de disciplina. Todos, sistemas teleológicos, esto es, sistemas definidos en función de metas, tareas, planes, objetivos. El sistema capitalista del “libre mercado” es, así, el mejor producto de la racionalidad occidental que se inaugura con los griegos, los cuales introducen en la historia de la humanidad la idea de fines (telos), los cuales son traducidos en el lenguaje actual como: “Misión”, “Visión”, “Objetivos”.

 

El más alto valor, directa o implícitamente, promovido por el sistema de trabajo es la lealtad, la obediencia, la disciplina. “Ponerse la camiseta”, para decirlo coloquialmente. ¿Cabe recordar que la lealtad es el más importante valor entre la mafia? Análogamente a la mafias, se trata de cuidar ante todo “la Cosa Nostra”, y no filtrar ninguna información a la competencia. Es cuando las analogías y las metáforas son más exactas que la realidad misma.

 

El sistema laboral es exactamente igual que Chronos (el Tiempo) en la mitología griega, tal y como la narra Hesíodo. Al igual que Chronos, el sistema laboral necesita tener gente, a la cual devora, literalmente, para, el sistema de trabajo, seguir viviendo. La profunda contradicción del capitalismo consiste exactamente en eso: crea gente a la que devora (mata, asesina) para él, el sistema, poder seguir viviendo.

 

Las gentes han terminado por olvidar cómo vivir, y cómo saber vivir. Irónicamente, Hollywood ha descubierto toda una zaga de zombies: muertos vivientes. La cultura expone realidades de las cuales no termina por ser plenamente consciente.

 

Sin ambages, las razones del triunfo del sistema son exactamente las razones de su crisis y eventual desaparición. Con una observación puntual, y es que la contrafuerza del sistema laboral es hoy en día todo el sistema de bancarización, que es la mejor forma de control político de la sociedad. ¿Sistema bancario? Claro: préstamos, empréstitos, créditos, deuda pagada e impagada, deuda a corto, mediano y largo plazo.

 

Pues bien, la inteligencia del sistema capitalista no es otra cosa que inteligencia algorítmica. Esto es, la gente lleva a cabo operaciones y funciones que no les permiten desplegar plenamente su inteligencia, sus capacidades, digamos. Así, la gente no piensa sólo trabaja y obedece y lleva a cabo tareas. Punto. La gente termina siendo imbecilizada e ignorante, a lo cual coadyuvan fuertemente los sistemas masivos de comunicación, cuya función es la de idiotizar a la gente. Lo cual, se dice eufemísticamente como: entretener. Sin olvidar que en la sociedad de la información y en la sociedad del conocimiento el sector industrial más importante del capitalismo, en cualquier acepción de la palabra, es la industria del entretenimiento.

 

Entretener a la gente mientras trabaja, entretener a la gente después del trabajo, en fin, entretener a la gente antes de ir al trabajo. Y así, que sean zombies, o máquinas algorítmicas, o idiotas útiles, como afirmaba Napoleón. El adorable mundo del trabajo.

 

Miércoles, 26 Julio 2017 09:34

Hacia el postcapitalismo*

Hacia el postcapitalismo*

Es conocido, extensas y reiteradas han sido las jornadas de lucha de millones de seres humanos a lo largo y ancho del planeta para construir y avanzar hacia una sociedad diferente a la capitalista. Sus luchas no han estado centradas en un solo país, en todos y cada uno de estos son conocidas las gestas en pro de sepultar un modelo económico y político culpable del empobrecimiento de cientos de millones de seres humanos, además del planeta todo –ahora sometido a un cambio climático de impredecibles consecuencias.

 

Resistencia y lucha que siempre ha estado acompañada de la creatividad social, diseñando nuevas formas de relacionamiento –y producción– social. La solidaridad siempre ha estado presente acá, además del internacionalismo, del sueño de un mundo sin fronteras, sin muros, sin alambradas. El planeta todo, un territorio inmenso como un solo territorio para vivirlo y gozarlo como una casa común.


Sueños con altibajos. En la lucha entre cambio y continuidad, entre derechos y negaciones, el capitalismo ha aprendido a replantearse, ajustando su modelo, dinamizando procesos. Tanto en producción como en relacionamientos sociales, en economía en general como en política en particular, el capitalismo que hoy conocemos enseña matices diferentes al de hace algunas décadas.

 

Entre sus desarrollos más notables tenemos la constitución y extensión por todo el planeta de empresas que hoy son más poderosas que numerosos Estados, concentrando a su haber una inmensa masa de dinero. Los desarrollos técnicos y científicos que han apropiado, desarrollados por centros de investigación de algunos países, y financiados con dineros públicos, así lo ha propiciado. Esas empresas, en verdad entes particulares pero de interés público, son el ejemplo de que más allá de lo deseado y propiciado por el capitalismo y sus adalides, ya tenemos ante nosotros numerosas experiencias que pudiéramos anunciar como “socialistas”.

 

Bien, tales empresas, además de otros ejemplos que veremos en este aparte del suplemento, constituyen la base, la muestra fiel, de que la humanidad está preparada y cuenta con los recursos y condiciones suficientes para avanzar hacia una sociedad postcapitalista.

 

Objetivos al máximo nivel:

 

• “Un sistema energético de cero emisiones de carbono.
• La producción de máquinas, productos y servicios con costos marginales cero.
• Reducción del tiempo de trabajo necesario hasta aproximarlo a cero”.

 

“[...] estas serían las “condiciones de victoria”. Tal vez no logremos cumplirlas todas, pero como todos los gamers bien saben. Es mucho lo que se puede conseguir aun sin que llegue a ser una victoria total”.

 

Para concretar estos cuatro objetivos, a continuación un boceto de plan para realizarlos:

 

 

“Modelar primero, actuar después”

 

“Una de las medidas más radicales (y necesarias) que podríamos tomar es crear un instituto o una red global para la simulación de una transición a largo plazo que nos llevará más allá del capitalismo.

 

Su primera misión consistiría en tratar de construir una simulación fiel de las economías existentes hoy día, sus trabajos serían de código abierto. No simulará la realidad sino que la representará.

 

Trabajar efectos posibles en el conjunto social si se aplicaran ciertas medidas” (más con efecto sociológico que económico).

 

“Desde el momento en que somos capaces de captar realidades económicas de ese modo, es posible planificar grandes cambios de un modo abierto y sostenible”.

 

“Para eso, y no para la meticulosa planificación que proponen los ciberestalinistas, es para lo que un Estado postcapitalista emplearía rendimientos informáticos del orden de varios peta Flops, y así, equipados de predicciones fiables, podríamos actuar”.

 

“Un Estado wiki”

 

“En el proyecto socialista, el Estado se concebía a si mismo como la nueva forma económica. En el postcapitalismo, el Estado tiene que actuar más bien como actúa el personal de Wikipedia: incubando y nutriendo las nuevas formas económicas hasta el punto en que puedan emprender el vuelo por sí solas y funcionar de forma orgánica. Tal como se preveía en la concepción original del proyecto comunista, el Estado tiene que “desvanecerse” con el tiempo, aunque, en este caso, las que se disipen no deban ser solamente las funciones policiales y militares, sino también (y principalmente) las económicas.

 

Hay un cambio que cualquiera que esté al frente de un estado podría poner en marcha de inmediato y sin desembolso monetario alguno: apretar el botón de parada de la máquina de privatizaciones neoliberal”.

 


“Expandir el trabajo voluntario”

 

En una transición basada en las redes, los modelos de negocio colaborativos son los más importantes que podemos promover y fomentar.

 

“No bastará con que constituyen negocios sin ánimo de lucro simplemente: la versión postcapitalista de la cooperativa de toda la vida tendrá que esforzarse también por expandir la actividad no mercantil, no gestionada por una dirección central y no basada en el dinero [...]”.

 

Necesitamos un tipo de cooperativa cuya forma legal esté apoyada en una forma real y colaborativa de producción o de consumo, con resultados sociales claros.

 

“En el trabajo colaborativo hay que exigir y garantizar es que funcione de acuerdo a unas regulaciones que limiten la posibilidad de que su modo de actuar fomente la injusticia social”.

 

Y contrario a lo que sucede hoy, que el Estado fomenta los bajos salarios, la inestabilidad laboral, el temor a la sindicalización, estipular estímulos fiscales y de otro tipo para que las empresas procuren la justicia social, la estabilidad laboral, mejoren salarios, abran espacio para el sindicato...

 

Hay que tener en claro que el éxito de las grandes empresas está basado, muy notoriamente, en los bajos salarios, y que en los años 90 multiplicaron su poder porque el Estado les labró sin miramiento el suelo en el que necesitaban establecerse para prosperar.

 

“Suprimir o socializar los monopolios”

 

“Allí donde sea posible, habrá que ilegalizar los monopolios y habrá que imponer y aplicar rigurosamente reglas contra la fijación de precios”. Como se sabe, la privatización a lo largo de los últimos 30 años de infinidad de recursos públicos fue el medio que encontró el capitalismo para bombear en el sector privado la rentabilidad perdida”.

 

Así como se privatizó puede hacerse lo contrario, y en esa vía disgregar los monopolios, y donde no sea posible (suministro de agua, luz, por ejemplo) debe declararse tales monopolios como de propiedad pública.

 

Como desarrollo de esta perspectiva de la sociedad por construir, debe garantizarse la propiedad pública de: agua, energía, vivienda, transporte, sanidad, educación, telecomunicaciones, y garantizar su servicio a precio mínimo, con lo cual se avanza hacia una redistribución de la riqueza social más efectiva que la posible de realizar vía alza de salarios.

 

Para el caso de agua, luz y servicio de transporte público, su asunción como propiedad pública está determinada, además, por el cambio climático, factor que obliga a la reducción de todas las emisiones de carbono.

En esa perspectiva y para el buen uso de algunos de estos recursos públicos, deben establecerse estímulos de diverso tipo, para así hacer un mejor uso de los mismos, recomponer la eficiencia en su uso y romper las lógicas hoy imperantes.

 

“Hacia la desaparición de las fuerzas del mercado”

 

En la sociedad que hoy tenemos el mercado no es el enemigo. Es la diferencia entre un postcapitalismo basado en la infotecnología y otro fundado en la planificación centralizada. Persiste el mercado pero se abole el desequilibrio existente (oculto) en el concepto del “libre mercado”.

 

Se garantizará una renta universal para todos los habitantes de una sociedad dada.


En estas condiciones el mercado pasa a ser en realidad el gran transmisor del efecto del “costo marginal cero” que se manifestará en forma de una caída del tiempo de trabajo necesario en toda la sociedad.

 

Para así funcionar hay que enviar señales claras al sector privado, como: la ganancia se deriva del emprendimiento, no de las rentas.

 

Para estimular el emprendimiento, se dejarán unos años para que quienes creen nuevas tecnologías, productos u otro tipo de bienes que favorezcan al conjunto social –derechos de autor– gocen de los dividendos de ello derivados, En todo caso, los años así otorgados serán ostensiblemente inferiores a los que hoy les procuran por ley.

 

Al mismo tiempo, y como estímulo a lo público, se potenciará el aumento del uso de licencias de Creative Commons, por los que toda aquella persona que invente renunciará voluntariamente a algunos de sus derechos por adelantado.

 

“Toda invención con dinero público queda para uso común. De esta manera el fiel de la balanza de la propiedad intelectual en todo el mundo se desplazará rápidamente del uso privado al comunal”.

 

“Socializar el sistema financiero”

 

Como es conocido, tras cada crisis del sistema financiero su respaldo real es el Estado. “Aunque solo sea por una mera cuestión moral, si los riesgos están socializados, las recompensas también deberían estarlo. Pero no hay necesidad de abolir toda la complejidad financiera por ello. Siempre es posible domeñar los mercados limando aquellos aspectos de los mismos que conducen a la especulación y que aceleran innecesariamente la velocidad del dinero”.

 

Tres grandes medidas por implementar:

 

1. Nacionalizar el banco central de cada país, fijándole políticas claras que estimulen una forma socialmente justa de contención financiera dirigida a hacer efectiva una amortización controlada (por depreciación) de la desbordada superdeuda actual.
“Los directivos de esta banca serían elegidos y controlados a través de mecanismos democráticos”.
“La política monetaria de los bancos centrales pasaría a ser abierta, transparente y sometida a control político”.
2. “Reestructurar el sistema bancario para convertirlo en una mezcla formada por: entidades de servicio público con tasas de ganancia limitada por un techo oficialmente impuesto; bancos locales y regionales sin ánimo de lucro; cooperativas de crédito y prestadores P2P (de igual a igual); y un proveedor integral (de titularidad pública estatal) de servicios financieros. El Estado actuaría como prestador explícito de último recurso para todos esos bancos”.
3. “Dejar un espacio bien regulado para las actividades financieras complejas. La finalidad de esta medida sería garantizar que el sistema financiero global pudiera –a corto y median plazo– recuperar su función histórica, esto es, la asignación eficiente de capital entre la multiplicidad de empresas, ahorradores y prestadores, etcétera, existentes [...]. Este espacio de actividad financiera compleja estaría regido por dos principios fundamentales: recompensar la innovación y penalizar y desincentivar la conducta rentista”.

 

“Estas medidas estratégicas a corto plazo podrían desactivar la bomba de relojería a punto de estallar en que se han convertido las finanzas globales, pero no constituirían por sí solas aún un diseño global de un sistema financiero verdaderamente postcapitalista”.

 

“El objetivo más inmediato sería salvar la globalización matando el neoliberalismo”.

 

“Al término del proceso, transcurridos algunos decenios, el dinero y el crédito desempeñarán un papel mucho más reducido de la economía, pero las funciones de mecanismo contable, de cámara de compensación y de movilizador de recursos actualmente desempeñadas por los bancos y los mercados financieros tendrían que seguir siendo ejercidas por otras instancias, aunque bajo una forma institucional distinta. De hecho, ese es uno de los grandes desafíos que se le presentan al postcapitalismo.

 

[...]

 

Se trataría de mantener mercados de instrumentos negociables (unos mercados dotados de complejidad y liquidez) en los que ya no hubiera posibilidad de obtener retribuciones monetarias (dado que la ganancia y la propiedad privadas desaparecerían). Ese sería el objetivo.

 

“A medida que vayamos dejando de usar el dinero –de resultas de la progresiva sustitución del sector de mercado por la producción colaborativa–, es posible que aceptemos utilizar esa especie de “vales tecnológicos canjeables (por así llamarlos), hasta que se instaure definitivamente un sistema de pujas/ofertas por bienes y servicios administrados por el –estado [...]”.


“Una vez socializadas la energía y la banca, nuestro objetivo a medio plazo sería preservar el sector privado más extenso posible en el mundo no financiero, y mantenerlo abierto a un abanico diverso e innovador de empresas.

 

El neoliberalismo por su elevada tolerancia con los monopolios, ha ahogado en realidad la innovación y la complejidad. Si disolvemos los monopolios tecnológicos y los bancos, podremos crear un espacio activo en el que otras compañías (más pequeñas) podrían reemplazarlos y hacer realidad (por fin) el prometedor potencial de la infotecnología que todavía está por materializarse”.

 

“Pagar a todo el mundo una renta básica”

 

“La renta básica no es una política tan radical como algunos piensan. [...]. Pero, en el proyecto postcapitalista, la finalidad de la instauración de una renta básica sería ciertamente radical, pues con ella ser pretendería (a) formalizar la separación entre trabajo y salarios, y (b) subvencionar la transición hacia una semana, una jornada o una vida laborales más cortas”.

 

“[...] El costo fiscal de una renta generalizada [...] sería alto; de ahí que todos los intentos de llevarla a la práctica fuera de contexto de un proyecto de transición integral estén prácticamente condenados a fracasar [...].

 

El objetivo último de esta medida sería reducir al mínimo las horas requeridas para producir lo que la humanidad necesita. En cuanto esa reducción se hubiera materializado por fin, la base impositiva en el sector de mercado de la economía sería ya demasiado pequeña como para que de ella se pudieran extraer los recursos suficientes para sufragar la renta básica. Los salarios mismos tendrían un carácter cada vez más social (vendrían en forma de servicios de provisión colectiva, por ejemplo) o, simplemente, tenderían a desaparecer.

 

Así pues, entendida como una medida postcapitalista, la renta básica sería la primera prestación social de la historia cuyo éxito se mediría en función de que el volumen de su desembolso total se redujera finalmente a cero”.

 

La Red, desatada

 

“El infocapitalismo se basa en la asimetría. Las grandes empresas globales obtienen el poder de mercado que poseen del hecho de que saben más: más que sus clientes, más que sus proveedores y más que sus competidores más pequeños. El principio simple que subyacería al postcapitalismo sería la condena moral a la asimetría de la información, salvo en lo tocante a la privacidad, el anonimato y la seguridad personales.

 

Además, de lo que se trataría también es de introducir la información y la automatización en tipos de trabajo donde actualmente tienen vedada la entrada porque la mano de obra barata desincentiva la necesidad de innovar”.

 

“Un objetivo crucial del proceso de transición sería, pues, el desencadenar una tercera revolución gerencial, por así llamarla: despertar en los directivos, los sindicatos y los diseñadores de sistemas industriales el entusiasmo por las posibilidades inherentes a un transición hacia una forma de trabajo en equipo modular, interconectado en red y no lineal”.

 

“[...] la transición hacia el postcapitalismo estará seguramente impulsada por descubrimientos sorpresa realizados por grupos de personas que trabajen en equipo. Pero, además, esos descubrimientos estarán relacionados con lo que esos grupos sean capaces de hacer aplicando el pensamiento colaborativo y el potencial de las redes a viejos procesos ya existentes.

 

Lo que buscamos con todo esto es que tengan lugar una serie de veloces saltos tecnológicos que abaraten la producción de ls cosas y beneficien al conjunto de la sociedad”.

 

“Pero, pese a todos nuestros propósitos de actuar con la máxima racionalidad posible, este no será un proceso controlado. Y no lo será porque, precisamente, si algo valioso pueden conseguir las redes (y los individuos que las forman) es alterar todo lo anterior. [...]

 

Tenemos que ser unos utópicos sin complejos. Los emprendedores más efectivos del capitalismo temprano fueron justamente eso, como también lo han sido todos los pioneros de la liberación humana”.

 

Reto

 

Estamos a las puertas de convertir en realidad una magnífica posibilidad, la posibilidad de una transición controlada que nos lleve más allá del libre mercado, más allá de la dependencia del carbono, más allá del trabajo obligatorio.

 

¿Qué ocurrirá entonces con el Estado? Probablemente se irá haciendo menos poderosos con el paso del tiempo y, en último término, sus funciones pasarán a ser asumidas plenamente por la sociedad”. l

 

*Mason Paul, Poscapitalismo. Hacia un nuevo futuro, Paidós, 2016. Lo aquí incluido es un resumen libre del capítulo 10 –Proyecto cero– p.339 y siguientes.

 

Miles de manifestantes exigen un mundo mejor

Decenas de miles de personas se pusieron en marcha en el centro de la ciudad del norte alemán en reclamo de un mundo más justo y para hacerles llegar su mensaje a los jefes de Estado de las potencias más poderosas del planeta.

 

Hamburgo se volcó ayer a la calle para demostrar que también se puede protestar de forma pacífica contra la cumbre del Grupo de los Veinte en el tercer día de protestas contra los principales países desarrollados y emergentes del mundo.


Decenas de miles de personas se pusieron en marcha en el centro de la ciudad del norte alemán en reclamo de un mundo más justo y para hacerle llegar su mensaje a los jefes de Estado de la potencias más poderosas del planeta reunidos por tres días en la segunda ciudad en importancia de Alemania. Familias enteras, grupos de amigos de todas las edades, desde adolescentes a septuagenarios, acudieron a la convocatoria organizada por el partido político La Izquierda y agrupaciones sindicales y ecologistas, entre otras. Mientras que los organizadores hablaban de 72 mil manifestantes, la Policía calculó que se trataba de 50 mil.


Luego de dos días de protestas, algunas de las cuales derivaron en una violenta represión policial, 143 manifestantes quedaron detenidos y hubo 122 arrestos temporales, informó el Ministerio del Interior de Hamburgo, que cifró el número de policías heridos en 213 aunque no brindó información sobre los manifestantes lesionados. El responsable de Interior de la ciudad-estado, Andy Grote, recordó que para hoy hay convocadas varias marchas pacifistas y que no puede descartarse que se infiltren miembros del llamado “bloque negro” o antisistema violentos.


Sin embargo, ayer en un ambiente festivo y familiar, los manifestantes de la protesta titulada “Solidaridad sin fronteras en lugar de G-20” reclamaron el fin de la pobreza, las guerras y las causas de la migración masiva. La mayor de las concentraciones se realizó por el centro de la ciudad, mientras que hubo otras dos manifestaciones paralelas con entre mil y 1.500 personas.


“Queremos decir que otro mundo es posible, que no podemos seguir viviendo a costa de África”, dijo Brigitte, quien acudió a Hamburgo procedente de la cercana ciudad de Bremen con un hijo veinteañero. “Era el mensaje más pacífico que podía traer”, explicó Nemo, un joven trabajador de Hamburgo, integrante de un grupo que portaba grandes girasoles en alto. “Quiero enviar una señal de que se puede protestar en paz”, sostuvo Yvonne, una cuarentona con una camiseta con la inscripción “Todos debieran ser feministas”.


A su vez, se veía una foto de la legendaria dirigente comunista española Dolores Ibárruri, “La Pasionaria” con su famoso “No pasarán”. “Era una comunista de ley”, dijo el autor de la pancarta, el estudiante Hendrik, quien quedó muy impresionado por la vida de Ibárruri al ver un documental sobre ella en televisión. “A, anti, anticapitalista”, coreaba medio centenar de hinchas del club de fútbol de culto Saint Pauli, con banderas blancas y marrones (los colores del club) y una gran estrella roja. “Nos organizamos para venir porque queríamos que Hamburgo mostrara hoy presencia en contra del G-20”, contó Andreas, un estudiante de diseño urbano entusiasmado con la perspectiva de cursar en breve un año en la Universidad de Buenos Aires, Argentina, el país que asumirá la presidencia rotativa del bloque el próximo año.


A diferencia de la manifestación “Bienvenidos al infierno”, la protesta de radicales de izquierda en la que se escucharon muchos idiomas europeos, la marcha de ayer era fundamentalmente alemana y hamburguesa, si bien se vieron banderas de otros países como la brasileña. “Fora Temer”, rezaba una enseña que ondeaba Pablo, un ingeniero informático de padre brasileño en contra el presidente de Brasil, Michel Temer, quien canceló en un principio su asistencia a la cumbre, pero posteriormente decidió viajar a Hamburgo. “No sé por qué vino aquí. Temer llegó al poder a través de un golpe de Estado”, dijo Pablo mientras muy cerca una batucada brasileña animaba a la multitud. Más alejada, pero siguiendo la columna de manifestantes, marchaba Katharina con un carrito en el que dormían plácidamente pese al barullo sus hijos de tres años y de año y medio. “He venido aquí por el futuro de mis hijos”.


“Da gusto ver esta protesta colorida. Mucha gente habla con nosotros y quiere entrender qué hacemos acá y nos expresa su respaldo”, señaló el agente de policía Karsten Schröder, de una unidad dedicada a mediar y evitar escaladas de violencia. “Pero también hay un grupo muy diferente, vestido de negro y que nos ve con malos ojos y nos trata mal”, aclaró. En la protesta marcharon activistas de negro que coreaban consignas contra las fuerzas del orden.


La presencia policial era intimidante. Centenares de agentes escoltaban la columna de manifestantes y en las calles aledañas estaban apostados tanques lanzaaguas y grupos de efectivos antidisturbios listos para actuar. En Alemania está prohibido protestar con la cara cubierta.


Paralelamente se produjo otra manifestación de unas dos mil personas convocada por personalidades de la cultura de Hamburgo, partidos políticos y las iglesias católica y protestante.

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