El presidente francés, Emmanuel Macron (c), el presidente estadounidense, Donald Trump (i), el primer ministro japonés, Shinzo Abe (2i), el primer ministro italiano en funciones, Giuseppe Conte (3i), el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk (espaldas), el primer ministro británico, Boris Johnson (d), el primer ministro canadiense, Justin Trudeau (2d), y la canciller alemana, Angela Merkel (3d), este domingo durante la cumbre del G7 en Biarritz EFE

Con la economía mundial en plena ralentización y la amenaza de una recesión en Alemania y el Reino Unido, la cumbre tenía como objetivo buscar una tregua

Hay "enormes riesgos económicos en el mundo por las tensiones comerciales", ha reconocido claramente la canciller alemana, Angela Merkel

El acuerdo entre Estados Unidos y Japón se centrará en agroalimentación, industria y comercio digital

 

La cumbre del G7 ha subrayado este domingo su inquietud por las tensiones comerciales, que suponen una amenaza para el crecimiento económico global, una preocupación ante la que el presidente de EE.UU., Donald Trump, solo ha podido contraponer un limitado nuevo acuerdo comercial con Japón.

Con la economía mundial en plena ralentización y la amenaza de una recesión en Alemania y el Reino Unido, en parte debido al incremento de la tensión comercial del último año entre EE.UU. y China, pero también por la amenaza de un Brexit sin acuerdo, esta cumbre de Biarritz tenía como objetivo buscar alguna forma de tregua.

Ahora mismo hay "enormes riesgos económicos en el mundo por las tensiones comerciales", ha reconocido claramente la canciller alemana, Angela Merkel, en unas declaraciones.

Merkel ha recalcado que Alemania quiere en primer lugar "que haya un acuerdo lo antes posible sobre la Organización Mundial del Comercio (OMC), que debe reformarse y potenciar su papel como árbitro" de estos conflictos.

La tensión comercial, alimentada especialmente por Trump y sus sanciones y aranceles a China, pero también con amenazas a la Unión Europea y otros países, ha protagonizado la primera sesión de la cumbre de este domingo.

A pesar de que la discusión ha sido positiva, con una "maduración en los temas", como la reforma de la OMC, "sería ir muy lejos decir que hay un acuerdo" en este asunto, ha reconocido un destacado funcionario de la Unión Europea.

Conversación centrada en China

La conversación se centró en China, después de que Trump protagonizara el viernes una nueva escalada en el conflicto. En la sesión, los líderes del G7 hablaron sobre "evaluación, análisis y objetivos" del proceso, ha precisado el funcionario europeo en declaraciones a la prensa.

Han convenido en que "China es una amenaza sistémica, que supone un desafío en término de distorsión del comercio", pero "no hay acuerdo sobre cómo lidiar con China", ha añadido. Para Merkel, se trata de encontrar soluciones sobre China "en las que todos los países se beneficien. Eso es posible y ganaremos todos".

La cuestión de China está aún más en las mentes de los líderes reunidos en Biarritz tras el agravamiento del conflicto del pasado viernes, cuando Pekín dijo que aplicará aranceles de represalia contra EE.UU. y Trump replicó incrementando otros dos aranceles ya anunciados y que aún no habían entrado en vigor.

Además, el presidente estadounidense avanzó que podría invocar la Ley de Emergencia Nacional de 1977 para pedir a las empresas de su país presentes en el gigante asiático (que es también el mayor mercado del mundo en muchos sectores) que lo abandonen.

Este domingo, Trump ha asegurado que los demás miembros del G7 no le han pedido que frene la guerra comercial con China, aunque ha reconocido que tiene dudas sobre todo lo que hace.

"Nadie me ha dicho eso", ha respondido el presidente estadounidense a una pregunta acerca de si sus aliados del G7 le han presionado durante la cumbre para que ponga fin a la tensión con el gigante asiático.

Trump, en unas breves declaraciones a la prensa tras reunirse con el primer ministro británico, Boris Johnson, ha reconocido que tiene algunas "dudas" sobre sus decisiones sobre China.

Poco después, la Casa Blanca ha precisado a través de portavoces y asesores que las "únicas dudas" de Trump consisten en "si debía haber sido incluso más duro con China".

Johnson, por su parte, ha dicho este domingo sentado frente a Trump: "En general, estamos a favor de la paz comercial". Y ha señalado su oposición, en principio, a la imposición de nuevos aranceles.

Nuevo acuerdo con Japón

Mientras la tensión comercial con China oscila con los altibajos verbales del inquilino de la Casa Blanca, este ha anunciado junto con el primer ministro japonés, Shinzo Abe, el final de las negociaciones de un nuevo acuerdo comercial bilateral, aunque parece que de alcance limitado.

El acuerdo se centrará en agroalimentación, industria y comercio digital. Trump se ha esforzado en destacar la importancia en el primer capítulo, después de que buena parte de las represalias chinas contra EE.UU. se han centrado en productos agrícolas y ganaderos, especialmente el maíz.

Trump ha asegurado que el nuevo pacto comercial, que debería firmarse hacia finales de septiembre, permitirá incrementar las exportaciones estadounidenses a Japón por valor de "miles de millones de dólares". Son "muy buenas noticias para nuestros agricultores y ganaderos", ha señalado por su parte el Representante de Comercio Exterior, de EE.UU., Robert Lighthizer.

Pero el primer ministro Abe, aunque ha considerado que el acuerdo tendrá "un inmenso impacto económico" en los dos países, ha precisado que algunas compras, como las de maíz, son de "emergencia" por problemas de plagas en el campo nipón, lo que apunta a que serían únicamente temporales.

EFE

25/08/2019 - 21:45h

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 Contenedores almacenados en el puerto chino de Qingdao, en el este de China, este mes. AFP

EE UU toma la decisión tras el anuncio de Pekín de penalizar los bienes estadounidenses y lleva el debate sobre el proteccionismo al epicentro del G7 que empieza este sábado

 

El enfrentamiento entre China y Estados Unidos escaló este viernes a un nuevo nivel después de que Donald Trump anunciara una subida de los aranceles de  casi la totalidad de los bienes que la primera economía del mundo importa del gigante asiático y “ordenara” a las empresas estadounidenses —sin concretar si iba a tomar medidas legales— buscar una alternativa a China para fabricar sus productos. Esta era la respuesta al anuncio de Pekín, unas horas antes, de nuevos aranceles sobre productos estadounidenses que desató la ira presidencial. El enconamiento entre las dos potencias llega en vísperas de la reunión del G7 y lleva el debate sobre el proteccionismo comercial al epicentro de la cumbre.

El enfrentamiento comercial entre China y EE UU se desató hace casi un año y medio y, pese a que las partes estuvieron a punto de firmar las paces en mayo, la tregua fracasó y cada vez parece más lejos la posibilidad de un acuerdo que termine con esta nueva guerra fría. El anuncio de Pekín de este viernes es la respuesta a los aranceles anunciados por Washington a principios de este mes. Y, aunque esperada, ha provocado un nuevo terremoto en las Bolsas y entre la comunidad empresarial estadounidense.

No fue la única represalia del día. En una batería de tuits, Trump insistió horas después en que las multinacionales estadounidenses deben buscar “una alternativa a China, incluido traer de vuelta a CASA nuestras compañías y fabricar nuestros productos en EE UU”. En su opinión, “las vastas cantidades de dinero hecho y robado por China a EE UU, año tras año, durante décadas, deben ACABAR y acabarán”, aseguraba el mandatario. “No necesitamos a China y, la verdad, estaríamos mejor sin ellos”, apuntó. En la explosión de tuits, Trump no dudó en incluir al presidente de la Reserva Federal, Jay Powell. “Mi única pregunta es: ¿cuál es nuestro mayor enemigo, Powell o Xi [Jinping, presidente chino]?”. Trump insiste en que Powell baje los tipos de interés para abaratar el dólar.

A la respuesta inicial, le siguió una reunión en la Casa Blanca en la que se acordó —como informó Trump también a través de Twitter— subir los aranceles ya en vigor sobre productos por 250.000 millones de dólares del 25% al 30%. Y los nuevos que entrarán en vigor en septiembre sobre los 300.000 millones restantes de su balanza comercial, del 10% al 15%. Una escalada en toda regla. La guerra está declarada.

Toda esta reacción se produjo después de que Pekín anunciara que castigará a productos estadounidenses por valor de 75.000 millones de dólares con un arancel del 10% en lugar del 5% actual. Las nuevas tasas, respuesta de Pekín a la decisión de Washington de aumentar sus aranceles sobre 300.000 millones de dólares de productos chinos, entrarán en vigor en dos tramos, el 1 de septiembre y el 15 de diciembre. Son las mismas fechas en las que está previsto que se pongan en marcha las penalizaciones estadounidenses.

Pekín, además, ha decidido recuperar los aranceles sobre vehículos y componentes estadounidenses, una decisión adoptada como gesto de buena fe tras la reunión del pasado diciembre entre los presidentes de ambos países, Donald Trump y Xi Jinping, en Argentina. Ahora el Gobierno chino ha anunciado que los automóviles estadounidenses soportarán un recargo del 25% y los recambios, un 5%, a partir del 15 de diciembre. El año pasado, EE UU vendió coches a China por unos 230.000 millones de dólares, según LMC Automotive, y, aunque no supone ni de lejos el grueso de su negocio, automotrices como Mercedes, General Motors o Ford registraban este viernes importantes pérdidas en la Bolsa.

“Las medidas de EE UU han conducido a la continua escalada de las fricciones económicas y comerciales entre China y Estados Unidos, que han perjudicado gravemente los intereses de China, EE UU y otros países, y también amenazan seriamente el sistema de comercio multilateral y el principio del libre comercio”, apuntaba este viernes el comunicado de la Comisión Arancelaria del Consejo de Estado, el Ejecutivo chino. Insiste así Pekín en su papel como adalid del libre comercio pese a las evidentes restricciones que las autoridades chinas imponen a los inversores extranjeros.

Con esta nueva ronda de sanciones, Pekín penaliza prácticamente todo lo que importa de EE UU. Entre los productos sancionados se encuentra por primera vez el petróleo, algunos tipos de avionetas —no así los Boeing—, y numerosos productos alimenticios, como diversos frutos secos, el cerdo congelado, varios tipos de pescado y marisco congelado y fresco, la ternera, la miel y la soja, de lejos el producto que más compra China a EE UU.

Trump había anunciado el 1 de agosto la imposición de nuevos aranceles sobre 300.000 millones de dólares en productos chinos. Ponía así fin a la tregua alcanzada en su reunión con Xi tras la cumbre del G20 en Osaka (Japón) el 29 de junio, en la que acordaron retomar las negociaciones comerciales. El 15 de agosto anunció un retraso de tres meses para productos como los juguetes o productos electrónicos de consumo, hasta el 15 de diciembre.

Críticas empresariales

Trump justificó entonces esa marcha atrás como un intento de no perjudicar al sector de las ventas al por menor, que en Estados Unidos logra su mayor facturación en torno a la campaña navideña. Con todo, las protestas del sector empresarial de Estados Unidos cada vez se oyen con mayor contundencia. La Cámara de Comercio estadounidense rechazó de inmediato la orden de Trump de abandonar China, donde las empresas estadounidenses acumulan importantes inversiones. “Aunque compartimos la frustración del presidente, creemos que el camino correcto es un compromiso continuo y constructivo”, declaraba este viernes Myron Brilliant, vicepresidente de la organización. “Las guerras comerciales no se ganan”, advirtió, en total oposición al “las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar” del presidente estadounidense.

Las amenazas de Trump no solo se han ceñido a las empresas de EE UU presentes en China. El mandatario ha pedido que las grandes empresas de paquetería examinen los envíos procedentes de China, y los devuelvan si lo creen necesario, en busca de fentanilo, una de las sustancias narcóticas que se encuentra detrás de la epidemia de adicción a los opioides en EE UU. Trump acusa a Pekín de tolerar la producción en su suelo y el envío de la droga a Estados Unidos.

Tanto FedEx como UPS respondieron asegurando que ya toman importantes medidas de seguridad para impedir el uso de sus redes de transporte para actividades ilegales o el envío de drogas como el fentanilo. Pero sus acciones ya se habían desplomado más de un 3% en Bolsa.  

Números rojos en las Bolsas, el petróleo y el dólar

La escalada entre China y Estados Unidos se tradujo este viernes de inmediato en considerables números rojos en las Bolsas y los valores estadounidenses. El índice Dow Jones perdió cerca de 600 puntos, cerrando con una caída del 2,3%, impulsado por los sectores más afectados por la guerra comercial, como las automovilísticas, las tecnológicas, las empresas de paquetería y las compañías agroalimentarias.

El precio del petróleo de referencia para Estados Unidos, el WTI, perdía el viernes más de un 3%, hasta rondar los 53,6 dólares por barril. No solo porque por primera vez las importaciones de crudo estadounidense se incluyen entre los productos gravados por Pekín sino porque el enfrentamiento comercial anticipa un frenazo económico que, unido a otros factores políticos, podrían acabar provocando una recesión global. Desde abril, el precio del crudo acumula una caída del 19%.

Asimismo, el dólar sufrió el viernes una notable depreciación y cayó a su nivel más bajo en tres semanas frente al euro y de una semana frente al yen. Frente a la divisa china, sin embargo, subió un 0,6%.

De momento, las negociaciones entre China y EE UU se mantienen. Desde la tregua pactada en Osaka, los equipos negociadores de los dos países, encabezados por el representante comercial, Robert Lightnizer, en el lado estadounidense y el viceprimer ministro Liu He, en el chino, han conversado por teléfono en varias ocasiones. La única reunión cara a cara ha tenido lugar en Shanghái el 30 de julio, aunque sin aparentes progresos. El próximo encuentro estaba previsto para septiembre en Washington, si los últimos pasos de uno y otro Gobierno no lo descarrilan.

Por Macarena Vidal Liy y Antonia Laborde

Pekín / Washington 23 AGO 2019 - 17:13 COT

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¿Es suficiente inyectar dinero público? La crisis del modelo alemán pone en duda las fórmulas para reactivar la economía

Las fortalezas de la economía alemana se han vuelto debilidades: las exportaciones, la industria manufacturera, y el liderazgo en el sector del automóvil están decayendo por factores externos como el Brexit o la ralentización del comercio internacional

Se debate sobre si Alemania va a entrar en recesión o puede evitarlo con una inyección de 50.000 millones de euros, pero cabe preguntarse si estamos ante una crisis más profunda del modelo económico alemán

Varios países, como Holanda, China o EEUU, preparan estímulos para frenar una posible recesión económica. Otros como Italia, y probablemente España, no tienen margen fiscal para hacerlo

 

Miguel Carrión

 

23/08/2019 - 21:40h

La economía alemana vuelve a dar signos de debilidad. Las señales que se van recibiendo sobre la marcha de la economía alemana en el tercer trimestre no son halagüeñas. La situación es lo suficientemente seria como para que Olaf Scholz, ministro de Hacienda del gobierno de gran coalición dirigido por Angela Merkel, se plantee un paquete de estímulo fiscal de unos 50 mil millones de euros. Se debate sobre si Alemania va a entrar en recesión o puede evitarlo por este medio. Pero, a la vista de las causas y características de la ralentización de la economía alemana, cabe preguntarse si estamos ante una crisis más profunda del modelo económico alemán. Si esto fuese así, el impacto sobre la economía española a largo plazo dependerá de si Alemania decide reorientar su economía, y en qué dirección.

La semana pasada Destatis, la oficina estadística del gobierno alemán, estimaba que el PIB de Alemania se contrajo un 0.1% en el segundo trimestre de este año. Esta semana el Bundesbank, en su boletín mensual, advertía del riesgo de que el país encadene dos trimestres seguidos de crecimiento negativo. La producción industrial se está reduciendo, al igual que los pedidos de la industria reflejados por el índice PMI de Markit.

Según Markit, la actividad del sector servicios continúa creciendo, pero no lo suficiente para compensar la caída de la producción industrial. El resultado es la tasa de crecimiento del empleo más baja en cinco años. También se relajan las presiones inflacionarias dado a la caída de los costes del sector manufacturero.

Las causas de la desaceleración de la economía alemana, y por extensión de la europea, son varias pero generalmente externas. No se trata de una crisis de competitividad. La economía Alemana está orientada a las exportaciones, cada vez más fuera de la eurozona, y por tanto es sensible al tono del comercio internacional. Y el comercio internacional se ha ralentizado sustancialmente en los últimos años. Las guerras comerciales de Donald Trump son un factor importante de esta reducción. Trump ha amenazado con imponer aranceles sobre las importaciones a EEUU de toda clase de productos de la Unión Europea, particularmente coches alemanes. El Brexit duro que se avecina cada vez con más probabilidad también representará un duro golpe a las exportaciones Alemanas y de la eurozona.

Sin embargo la crisis del sector alemán del automóvil no se debe sólo a Trump, ni desde luego a un Brexit que aún no se ha producido. Desde el escándalo por la manipulación de las emisiones de motores diésel en 2015 la industria del automóvil alemana no levanta cabeza. En el tercer trimestre del año pasado se achacó otra caída trimestral del PIB de Alemania a problemas de la industria automovilística con la adaptación a una nueva certificación de emisiones. Pero los problemas de certificación pasaron y la crisis permanece. Los fabricantes de automóviles alemanes compiten, pero no lideran en la transición al coche eléctrico.

Así pues, la crisis de Alemania está causada por una reducción del volumen de comercio internacional. Como el país germano es una economía orientada a las exportaciones, esto repercute en una reducción de la producción industrial. Y sobre todo esto se ve en el sector del automóvil, que se enfrenta a una transformación sin precedentes. Sin embargo, el consumo doméstico y el sector servicios aún crecen y contribuyen a sostener la economía alemana.

Es decir, todas las fortalezas de la economía alemana se han vuelto debilidades: las exportaciones, la industria manufacturera, y el liderazgo en el sector del automóvil. Y esta debilidad se debe a factores externos a la economía alemana. Y son los sectores de la economía hasta ahora menos apreciados, servicios y demanda interna, los que ganan fuerza.

Por ello es posible especular con la posibilidad de que estemos no ante una recesión cíclica en Alemania sino ante una crisis de su modelo económico. De cómo reaccione Alemania a esta crisis puede depender el futuro de la economía alemana y europea -y, por ende, de la española- en el medio y largo plazo.

Si Alemania se limita a proteger sus industrias dominantes esperando capear el temporal de Trump y Brexit, dependerá de que las aguas del comercio exterior vuelvan a su cauce. Pero desde luego Trump y hasta cierto punto Brexit representan reacciones contra el libre comercio globalizado del que se han beneficiado y son dependientes Alemania y la eurozona. Si EEUU y el Reino Unido dejan de ser importadores de último recurso, difícilmente Alemania puede seguir siendo el campeón mundial de las exportaciones.

Otro tanto se puede decir de la relación entre la industria manufacturera y los servicios. Actualmente la industria Alemana está en contracción mientras los servicios crecen. Esto va en la línea de la importancia creciente de las tecnologías de la información. Si Alemania protege a su industria manufacturera sin apostar a la ver por dar impulso al sector servicios, puede perder el tren de lo que ya se da en llamar la cuarta revolución industrial.

Por eso será muy importante ver en qué dirección se orienta el estímulo fiscal aceptado a regañadientes por Scholz, un ministro de hacienda socialdemócrata que no se ha desviado un ápice hasta ahora de la senda de estabilidad presupuestaria -e incluso superávit- marcada por su predecesor democristiano Wolfgang Schäuble.

¿Y España? Está claro que, a raíz de la crisis bancaria y de deuda de principios de esta década, España se vio forzada a reorientar su economía según las líneas maestras del modelo alemán dependiente de las exportaciones. Además, la industria automovilística es muy importante para la economía española como lo es en Alemania, y está en gran parte en manos Alemanas. Entonces, tanto por la influencia de Alemania en la política económica de la eurozona como por depender parte de la industria española de decisiones que se toman en Alemania, cómo afronte Alemania su crisis actual tendrá efectos profundos sobre la economía española. Ojalá Alemania apueste por invertir en el futuro en lugar de proteger su gloria pasada, aunque las expectativas de que sea así no son excesivas.

Estímulos donde se necesita...o donde se puede

"Los gobiernos en disposición de hacerlo" deben usar "su espacio fiscal", mientras que los demás deberían tratar de "reconstruir" su margen para gastar. Este es el mensaje que ha lanzado el Banco Central Europeo (BCE) a través de las actas de una de sus últimas reuniones, difundidas este jueves. En el primer bloque se encontraría, sin duda, Alemania. En el segundo se encontraría Italia, con graves problemas de estabilidad presupuestaria en medio de una crisis política. También podría estar España en el caso de que la entidad se refiera a los países que no estén dentro de los parámetros del pacto de estabilidad y crecimiento (el déficit español es menor al 3% que se establece como límite y se espera que cierre el año en un 2% del PIB, pero la deuda pública es del 98,38% del PIB, cuando el valor de referencia es el 60%), informa Marina Estévez.

Esta es una de las recetas ante la posibilidad de que varios países de la zona euro entren en recesión, entre ellos Alemania e Italia. Situación agravada por la opción de una salida brusca de Reino Unido de la UE el 31 de octubre y con el telón de fondo de la guerra comercial entre EEUU y China. Pero antes de que lo recomendase el BCE, que por su parte prepara su propio paquete de estímulos para animar la economía y elevar la inflación, varios países ya han adelantado que se preparan sus propias medidas fiscales. Entre ellos, además de Alemania, Holanda ya ha deslizado que estudia inyectar miles de millones de euros en la economía, a través de inversiones en infraestructura y educación, debido a su alta exposición al Brexit.

Fuera de Europa, en EEUU, el presidente Donald Trump habló esta semana de un recorte de impuestos, aunque solo 24 horas después rectificó. La posibilidad de una recesión pondría en peligro su reelección en noviembre de 2020. Por su parte, China ha decidido recortar sus tipos de interés.

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Cumbre del G7: la desigualdad como leitmotiv

Los siete países más industrializados del planeta representan el 40% del PIB mundial y apenas agrupan al 12% de la población mundial. 

 

 La cumbre del Grupo de los 7 países más industrializados del planeta que se inicia este viernes en la localidad francesa de Biarritz es un abismo sin paracaídas y un concurso de groserías, burlas, narcisismos y provocaciones. 

El jefe del Estado francés, Emmanuel Macron, tendrá que remar a todo pulmón para devolverle a la cumbre del G7 el espíritu con el cual el ex presidente francés Valery Giscard d’Estaing la creó en 1975. En aquel entonces Giscard quiso construir un ámbito de concertación. Comparado con los estertores que turban a varios de sus invitados, Macron se parece a un sabio que intenta frenar la vertiginosa velocidad del ridículo. Ocasiones ya no faltan. El G7 2019 es un concierto cacofónico entre opereta y guignol (obra de títeres). 

No hay que ser muy imaginativo para escuchar la melodía cómica: Italia llega sin gobierno (el primer ministro, Giuseppe Conte, presentó su renuncia) y manchado de inhumanidad por su gestión de la crisis migratoria en el Mediterráneo (particularmente con el barco de rescate Open Arms), el presidente norteamericano, Donald Trump, acude con su idea de comprar Groenlandia bajo el brazo, una casi guerra con Irán en el Golfo Pérsico y otra guerra comercial con China, su gran aliado británico, el primer ministro Boris Johnson, viene con la firme intención de chantajear a sus socios europeos: o aceptan una renegociación de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea o habrá un Brexit duro. A su vez, la canciller alemana Angela Merkel llega a Biarritz en pleno ocaso político y el líder canadiense Justin Trudeau aterriza en Europa debilitado por un caso de corrupción. Con estos ingredientes pimentados, más el crepúsculo ecológico del planeta como aroma dominante, el tema de la cumbre elegido por París ha quedado como esfumado: ”la lucha contra la desigualdades”.

De hecho, tal vez nunca se haya visto algo tan desigual y tan cómico en las altas esferas del poder mundial. Algunos dirigentes han conservado la inspiración para el diálogo y las posturas elegantes, otros son adictos a los portazos y los caprichos. Occidente siempre ha mirado con paternalismo a los países del sur. Quizá ahora la condescendencia cambie de región. Con solo pensar en que esa gente que quiere comprar Groenlandia y desencadena con ello una crisis diplomática con Dinamarca, otra que deja un barco en altamar con gente muriendo y otros más con unas cuantas iniciativas destructoras y con su legitimidad mermada, Occidente no protagoniza su ciclo más coherente. Como referencia está la pasada cumbre del G7 que se llevó a cabo en Canadá (Quebec). Donald Trump retiró la firma de Estados Unidos del comunicado final, le tiró un caramelo a la cara a la Canciller alemana Angela Merkel y luego acusó el Primer Ministro de Canadá, Justin Trudeau, de ser “deshonesto”.

Emmanuel Macron explicó que en en esta cumbre del G7 que se realiza entre el 24 y 26 de agosto (Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Alemania, Italia, Canadá y Japón) se tratará de “recuperar la savia de los G7, la de los intercambios y el diálogo”. Con la primera potencia mundial embelesada con una locomotora que arremete contra todo, la savia del diálogo sabe a café amargo. Los reparadores del mundo han perdido sus útiles y hasta su poder. El mundo de ahora no es el de 1975. Esos siete países que componen el grupo han perdido influencias. Juntos representan el 40% del PIB mundial y apenas agrupan al 12% de la población mundial. El G7 rehusó evolucionar y abrir el juego a otras potencias emergentes para terminar siendo un retrato de la impotencia y la comicidad de las relaciones internacionales. Eso es precisamente lo que explicó Emmanuel Macron hace unos días. El jefe del Estado argumentó que, antes, ”el orden internacional reposaba sobre la hegemonía occidental desde el el Siglo XVIII: en ese caso Francia, luego, en el Siglo XIX, Gran Bretaña y en el XX Estados Unidos. Pero esa hegemonía está hoy en tela de juicio”. 

Cuando concluyó el cumbre del G7 en Quebec, Macron la calificó como “un teatro de sombras y de divisiones”. En 2019 le tocará a él ser el director de un teatro aún mas sombrío y fracturado. Macron admitió que no compartía con Donald Trump sus ideas sobre “el orden del mundo ni sus objetivos”. No obstante, no por ello servirá el juego trumpista de la confrontación permanente. Los temas no faltan: Irán y el impuesto instaurado por Francia a los gigantes de Internet, los GAFA (Google, Apple, Facebook, Amazon) son ya dos temas de ruptura. Sobre el impuesto a los GAFA, Trump habló en un twitt sobre “la estupidez de Macron”. No obstante, el presidente francés no ha renunciado a denunciar un “sistema loco” donde esas empresas evaden todos los impuestos. En cuanto a Irán, Macron se entrevistará estre viernes con el canciller iraní Mohammad Javad Zarif en busca de un acercamiento con Washington, idea que el Mister del gran Norte rehúsa tajantemente. Todas las tareas diplomáticas se esbozan con un trazo muy enredado y objetivos en tinieblas. Será difícil obtener algo. Quizá en esta modernidad trastornada el mayor logro esté en evitar el ridículo.

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El temor a un ciclo recesivo derrumba los mercados financieros de Europa y EU

China reporta los peores niveles de crecimiento de la producción industrial en 17 años

 

Los mercados financieros de Europa y Estados Unidos se fueron a pique este miércoles ante temores de que la economía mundial se acerque a un ciclo recesivo.

La contracción de la actividad en Alemania, primera economía de Europa, y el surgimiento de indicios de una recesión en Estados Unidos contribuyeron a alentar una venta masiva de acciones en Wall Street, que tuvo su peor día del año.

En Nueva York el Dow Jones, que representa a las 30 empresas más importantes en Estados Unidos, perdió 800 puntos, 3.05 por ciento, y quedó con 25 mil 497.42 unidades. El índice Standard and Poor’s (S&P) 500, que agrupa las acciones de 500 empresas y considerado el más representativo de la situación del mercado, cayó 2.9 por ciento a 2 mil 840.60 puntos, mientras el índice compuesto Nasdaq, de empresas de tecnología y electrónica, descendió 3 por ciento a 7 mil 773.94 puntos.

Las monedas y los mercados latinoamericanos fueron arrastrados por la tendencia, las más afectadas fueron las bolsas de Brasil, Colombia y Argentina, que cayeron 3, 2.5 y 1.86 por ciento, respectivamente.

La liquidación de acciones se produjo luego de que, por primera vez desde 2007, el rendimiento de los bonos del Tesoro estadunidense a 10 años se ubicó temporalmente por debajo del rendimiento del bono a dos años. Los inversores optaron por recuperar rápidamente su dinero, en lugar de obtener mayores intereses por plazos más largos, una dinámica vista como presagio de una recesión.

A esta inquietud se sumaron resultados económicos de China, donde el crecimiento de la producción industrial en julio fue de 4.8 por ciento, su nivel mínimo en 17 años, en la más reciente señal de que las presiones comerciales de Estados Unidos han golpeado la demanda en la segunda mayor economía del mundo.

En Alemania la actividad económica se contrajo 0.1 por ciento en el segundo trimestre, en momentos en que su industria automotriz, uno de los motores de la economía regional, encara nuevos estándares sobre emisiones de gases y la amenaza de aranceles por parte de Washington. Tras el reporte, las bolsas de valores de esa zona registraron pérdidas de 2 por ciento en promedio.

La intensificación de la guerra comercial de Estados Unidos con China ha sido un factor clave en las preocupaciones sobre la desaceleración de la economía mundial, pero después de la caída en Wall Street el presidente estadunidense Donald Trump, renovó sus ataques contra la Reserva Federal y su presidente, Jerome Powell, a quien él mismo designó.

Los precios del petróleo cayeron más de 3 por ciento: el Brent perdió 1.82 dólares y se cotizó en 59.48 por barril, el estadunidense West Texas Intermediate cedió 1.87 dólares y se vende a 55.23 dólares, mientras la mezcla mexicana de exportación se hundió 2.33 dólares (4.58 por ciento) a 48.53 dólares.

Al tiempo, el yen japonés, el índice dólar y el oro subieron, pues los operadores decidieron buscar activos considerados refugio seguro para las inversiones.

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Los dos grandes pelean, el mundo se resfría

 EE UU y China desenfundan la divisa como arma en un conflicto que ya no es solo comercial y para el que no hay visos de acuerdo. Se agravan así los temores a un frenazo de la economía global

 

“¿Cómo negocias con mano dura con tu banquero?”, se preguntaba en 2009 la entonces secretaria de Estado de EE UU, Hillary Clinton. Esta frase, recogida en un cable revelado por Wikileaks, resumía la complicada relación de Washington con China, que controlaba deuda pública de la mayor potencia mundial por valor de un billón de dólares. Una década después, el país asiático ha aumentado ligeramente su cartera de bonos estadounidenses. Pero eso no ha impedido que el hoy presidente Donald Trump use todas las armas contra su gran competidor global, que además sigue siendo su mayor banquero.

En el conflicto, China ha echado mano esta semana de una nueva arma: el tipo de cambio. Tras el anuncio por parte de Trump de nuevos aranceles a partir de septiembre —una tasa del 10% para productos chinos por valor de 300.000 millones de dólares—, Pekín respondió poniendo fin a lo que hasta entonces parecía un tabú: su banco central dejó traspasar la barrera psicológica del cambio de siete yuanes por dólar.

Con esta (moderada) devaluación, China ha despertado el temor a que el choque comercial, que ya mutó en tecnológico, avance hacia una guerra de divisas. Los expertos consultados dudan que se haya llegado a este punto. China ha contenido hasta ahora la caída de su moneda, que habría sido mayor sin la intervención gubernamental. El dólar, por su parte, sí está sobrevalorado: entre el 6% y el 12%, según un informe del FMI de julio. El yuan puede ir perdiendo valor poco a poco, pero los analistas no esperan un brusco desplome, ya que, entre otros motivos, originaría una fuga de capitales que en Pekín nadie desea.

“No creo que estemos en una guerra de divisas, sino en una espiral de represalias. Al devaluar su moneda, China ha mostrado que si es preciso va a librar esta batalla con otras armas más allá de los aranceles”, responde el técnico comercial Enrique Feás. Su compañero del Real Instituto Elcano Miguel Otero coincide. “El movimiento de la divisa es un pequeño detalle en una gran partida. Lo que se juega aquí es la hegemonía geopolítica y tecnológica y la capacidad de las dos potencias de influir en todos los ámbitos. Esa es la gran partida”, añade. Como ejemplo, Otero ve más importante el que Huawei acabe de presentar su propio sistema operativo que la, por ahora, ligera oscilación del yuan.

Ya sea el inicio de una serie de devaluaciones competitivas o un mero ajuste, el movimiento del banco central chino desató una tormenta en los mercados. Al día siguiente, la Bolsa de Nueva York registró su mayor caída del año. Y la huida de los inversores a valores considerados seguros tumbó la rentabilidad de la deuda de EE UU y Alemania.

En el fondo, esta nueva disputa chino-americana —que fue acompañada de la denuncia de Washington a Pekín por manipular su divisa y del cese por parte de China de compras de productos agrícolas estadounidenses— muestra que el conflicto global está lejos de resolverse. Y que amenaza con contagiar a una economía global ya en desaceleración y sobrada de riesgos. En una encuesta publicada el viernes por Reuters, los economistas daban un 45% de probabilidades a que EE UU caiga en recesión en los dos próximos años, 10 puntos más que un mes atrás. China también encajará el golpe: Commerzbank acaba de rebajar su previsión de crecimiento para la segunda potencia mundial a causa de la batalla con la primera.

Raymond Torres, director de Coyuntura de Funcas, recuerda que tres de los cuatro motores del mundo —EE UU, China y Alemania— ya se acercaban al fin de ciclo alcista y que los últimos acontecimientos elevan la probabilidad de que este frenazo de las supereconomías sea más brusco que lo esperado. Las reverberaciones del terremoto se notarían en todo el mundo. En Europa, además, se suman los mayores riesgos por un Brexit fuera de control y la preocupante situación de Italia.

Con la tormenta asomando en el horizonte, crece la presión sobre los bancos centrales para que echen una mano en la tarea de esquivar la recesión. Estos días, países tan distantes como Nueva Zelanda, India, Tailandia o Filipinas han recortado sus tipos de interés. Todo apunta a que la Reserva Federal de EE UU —que acaba de bajar tipos por primera vez en 11 años— y el Banco Central Europeo (BCE) harán lo mismo a la vuelta del verano. “La calificación de China como manipulador de divisas es un serio aviso para la eurozona. Si el BCE aprueba en septiembre nuevos estímulos, EE UU podría incluirlo en la lista negra, aumentando la probabilidad de nuevos aranceles a los productos europeos”, recalca Carsten Brzeski, economista jefe de ING.

En el fondo, la divisa no es un elemento nuevo en un conflicto que se alarga desde 2018. Trump lleva tiempo insistiendo en lo que él considera prácticas desleales de otros países para hacer más competitivas sus exportaciones. Cuando el presidente del BCE, Mario Draghi, insinuó la aprobación de nuevas medidas de estímulo, el mandatario norteamericano le atacó por lo que consideraba una triquiñuela para devaluar el euro. Trump es el primer líder estadounidense en décadas que aboga abiertamente por un dólar débil.

A China, por su parte, no le interesan grandes fluctuaciones. El régimen comunista busca estabilidad por encima de todo. Y es consciente de que en una guerra de divisas todos saldrían perdiendo. Pero también tiene claro que si es golpeado, tendrá que responder. Cristina Varela, economista de BBVA Research, cree que por ahora China está sufriendo más los ataques que EE UU. Pero también recuerda que el gigante del este dispone de más margen para impulsar políticas que sostengan el crecimiento que su rival occidental. “Lo ocurrido esta semana sirve como recordatorio de que la guerra comercial evoluciona hacia una guerra económica hecha y derecha”, cierra Brzeski.

Madrid 11 AGO 2019 - 02:40 COT

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China gana influencia global: diez indicadores que revelan su estatus de superpotencia

¿Se puede considerar todavía a China un mercado emergente, o está en condiciones de rivalizar con EEUU por la hegemonía mundial? Esta cuestión se sigue planteando en numerosas cancillerías internacionales. Aunque, cada vez, con menos predicamento. Porque el régimen de Pekín sigue ganando peso global a marchas forzadas.

 

Desde el cambio de milenio, el salto geoestratégico de China no ofrece dudas. Pero las potencias industrializadas, sobre todo las occidentales, se resisten, por unas razones u otras, a otorgar a Pekín el estatus de superpotencia. En toda la dimensión del término. En ocasiones, porque dicen que no cumple con los parámetros de una economía de mercado, condición que le aleja de ser miembro de foros como la OCDE. Otras diplomacias comparten la visión de que un mercado en teoría aún emergente, que aún recibe fondos multilaterales al desarrollo, no debe tener plácet de entrada en organismos como el G-7. A pesar de ser, con creces, la segunda economía global.

Pero, al margen de estas disquisiciones -todas con la vitola de realistas- China se ha convertido, en especial, tras la crisis financiera de 2008, en un actor global de primer orden. Indispensable a la hora de abordar cuestiones de índole geoestratégico. De hecho, en algún think-tank se llega a advertir que la comunidad internacional confía ya más en el liderazgo chino que en el de EEUU. Es la conclusión del último informe anual del Institute for Economics and Peace (IEP), tendencia que se inició, según sus expertos, a comienzos de 2016. Coincidencia o no, con el aterrizaje de Donald Trump en la Casa Blanca.

 “La fidelidad en la influencia global estadounidense ha caído mucho más que la de Rusia, China o Alemania en los últimos cinco años, hasta el punto que el liderazgo de Pekín despierta muchos más adeptos entre los países del planeta que la imagen que despliega EEUU”, asegura sin fisuras el 2019 Global Peace Index. El índice de aprobación americano en el mundo ha caído 17 puntos desde 2008. Pero, sobre todo, su decadencia a los ojos del resto de naciones del planeta, se ha concentrado entre 2016 y 2018. Nada menos de 11,2 puntos se ha dejado en el primer trienio de la Administración Trump. Retroceso que ha sido común en casi todas las regiones del mundo.

China ocupa, sin lugar a dudas, para este centro de investigación con sede en Sídney, el puesto hegemónico en la actualidad. Steve Killelea, su fundador y presidente ejecutivo, dice a Business Insider que el repunte del peso internacional del gigante asiático “en estos últimos cuatro años” se ha producido, sobre todo, en estados autoritarios y, en menos medida, en países con la vitola de alta calidad democrática”.

Pero también en estos últimos -incide- “se ha presenciado mayor acercamiento” a los planteamientos de Pekín. La guerra comercial con la Casa Blanca, la errática diplomacia americana en asuntos geoestratégicos de alto riesgo -en Oriente Próximo, con Arabia Saudí como aliado frente a Irán, en el conflicto norcoreano, la propensión a una intervención armada en Venezuela, el abandono de los tratados de desarme, las hostilidades con Europa en el seno de la OTAN y, en especial, el acercamiento a Taiwán y el envío de contingentes al Mar del Sur de China- y la “conflictividad” dialéctica del actual inquilino de la Casa Blanca, han dado pábulo al papel estelar de China en el mundo. La expansión militar, los gastos armamentísticos, las batallas arancelarias contra rivales y aliados, han reducido la confianza global en EEUU hasta niveles desconocidos (…) desde finales del primer mandato de George W. Bush.

“En perspectiva, el presidente Obama fue muy popular en la arena internacional” -enfatiza Killelea- a una notable distancia de Trump, al que le atribuye la visión de global de que, con él en el Despacho Oval, “se ha elevado el grado y el número de amenazas mundiales, crecido las tensiones militares y los gastos en defensa y reducido los fondos de misiones de paz de la ONU”. A su juicio, este estado de confrontación permanente también se aprecia en la política doméstica norteamericana, con las “discusiones constantes sobre la necesidad o no de abrir un proceso de destitución a Trump”.

China encuentra su liderazgo en el mundo

Pero, aparte del aumento de la influencia internacional, ¿está China en condiciones de exhibir su rol de superpotencia? Un diagnóstico del World Economic Forum (WEF), entidad fundadora de la cumbre de Davos, realizado en el transcurso de un reciente foro, este mes de julio, de esta institución en la ciudad de Dalian, ayuda a entender el músculo actual de China. Y no sólo por la sucesión de datos irrebatibles. Por albergar la quinta parte de la población mundial, o por llevar cuarenta años de crecimiento económico próximo al 10% anual. También la esperanza de vida ha saltado hasta los 75 años en los hombres y los 78 en las mujeres, según la OMS. Aunque tiene importantes obstáculos, como el ser el mayor emisor de CO2 a la atmósfera. Sin embargo, hay diez indicadores que ayudan a entender el salto hacia la modernización del gigante asiático.

1.- Ha alunizado en la cara oculta de la luna. Su misión, Chang’e-4, analizó geológicamente esta inexplorable región lunar. La primera experiencia de “una importante estrategia para explorar el espacio”, cuyo viaje al exterior aprovechó experimentos tecnológicos de Holanda, Alemania, Suecia y Arabia Saudí. Pekín tiene previstas misiones a Marte y Júpiter, poner pie en la Luna y establecer una estación espacial permanente. La supremacía de EEUU en el espacio está puesta en entredicho.

2.- Líder en Inteligencia Artificial (IA). Las empresas chinas acapararon 473 de las 608 patentes con el sello digital en la Organización Mundial de Propiedad Intelectual (OMPI) en 2018, y la tercera parte de las certificaciones con metodología blockchain. El régimen de Pekín ha invertido miles de millones de dólares en proyectos de IA, entre los que destacan los 2.000 millones del parque tecnológico de IA en Pekín.

3.- La tercera parte de los 'unicornios' empresariales son chinos. En 2018, China contabilizó 186 start-ups con la consideración de unicornios (compañías que facturan más de 1.000 millones de dólares anuales) según Hurun List. La segunda economía del planeta fue capaz de generar 97 nuevas firmas de tal dimensión el pasado año, una cada 3,8 días, asegura South China Morning Post, publicación de la multinacional Alibaba. Además, Pekín está construyendo un enorme hub (centro) tecnológico-digital que engloba a once ciudades para rivalizar con Silicon Valley, el Pearl River Delta, que ya alberga a casi 70 millones de personas alrededor de una enorme megalópolis conocida como Greater Bay Area.

4.- Apuesta por las energías renovables. Es el gran emisor de gases de efecto invernadero. Pero, a la vez, esta implantando plantas de generación solar y eólica con capacidad de generación de electricidad sin parangón en otras nacionales. Tres de los cinco mayores parques solares están en China. También ha puesto en marcha un programa para acabar con las viejas centrales de carbón. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) asegura que, en 2040, los hogares de China duplicarán sus necesidades de energía eléctrica. Su mix energético está en plena transformación.

5.- La tercera parte de las plantaciones de vegetación mundiales están en China. Estrategia que se inició en 2000. A pesar de que tiene el 6,3% del territorio mundial. Sólo su proyecto Shandong ha conseguido plantar más de 67.000 hectáreas de árboles en espacios de alta salinidad costera y de elevada erosión en zonas montañosas del interior en el último lustro. El pasado año, declaró tres comarcas próximas a las zonas urbanas de Shenzhen, Guilin y Taiyuan como beneficiarias de planes para revigorizar con especies arbóreas, siguiendo las directrices de los objetivos de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible 2030.

6.- Dinamismo más lento, pero aún elevado. Desde finales de la década de los setenta, la media de crecimiento de su PIB roza el 10% anual. Hasta 850 millones de sus ciudadanos han salido del umbral de la pobreza desde entonces. En la actual década, se ha ralentizado ese vigor. Aunque mantiene un ritmo medio del 6,3%, tres puntos por encima del repunte global. Aun así, tiene un amplio abanico de desafíos por delante. El FMI menciona la alta desigualdad social -sobre todo, entre el ámbito urbano y rural- retos ineludibles con la preservación del medio ambiente y varios desequilibrios económicos. Entre otros, una deuda cada vez más desmesurada. Además de unas presiones demográficas crecientes por el envejecimiento de su población y notables problemas para gestionar la enorme migración laboral interna.

7.- Totaliza más de la mitad de las ventas globales de coches eléctricos. Los conductores chinos han comprado más de 1,1 millones de vehículos con propulsión eléctrica y sus grandes marcas han puesto en el mercado diez nuevos modelos este año. También fabrica más de la mitad de las baterías y dispone de una flota de 400.000 autobuses de energía limpia en funcionamiento. Shenzhen es la primera ciudad en reemplazar sus autobuses urbanos de combustibles fósiles y ahora pretende reemplazar todo su servicio de taxis.

8.- Los turistas chinos conquistan el mundo. El ritmo de ciudadanos chinos que eligen destinos vacacionales fuera de su país crece por encima del 6% en los últimos años, según la consultora McKinsey, que prevé que 160 millones salgan al extranjero en sus tiempos de ocio el próximo año. En 2017, gastaron un cuarto de billón de dólares. El Metro de Londres anuncia la llegada de trenes en mandarín.

9.- Ha decidido avanzar en igualdad de género. Los progresos son aún modestos. Pero ya se han puesto en marcha planes oficiales para suturar la brecha entre hombres y mujeres, que son marginales en la actividad parlamentaria y política, en la vida profesional, en puestos de trabajo técnicos y en la empleabilidad del sector terciario, el de servicios.

10.- El gran interlocutor global de los BRICS. Brasil, Rusia, China e India. Los grandes mercados emergentes. No sólo en asuntos geoestratégicos, donde comparte protagonismo con Rusia, sino también en índices de competitividad. El barómetro del WEF d 2018 valora el salto de China en inversión en I+D+i, infraestructuras y digitalización. Es una de las naciones punteras actualmente en la llamada Revolución Industrial 4.0, en rivalidad directa con Alemania, EEUU y Suiza. Salto que será de mayor dimensión si logra corregir las ineficiencias y rigideces de su mercado laboral y consigue inculcar mayor competencia entre sus empresas dentro de su mercado doméstico.

Alta exposición a la economía global

Jonathan Woetzel, director de McKinsey Global Institute, se adentra en las dinámicas que China ha emprendido para cambiar su relación con el mundo. A través de ocho parámetros. Y la nota final es espectacular. Se ha convertido en un catalizador global -e imprescindible- del ritmo de crecimiento. Entre otras razones, por la madurez adquirida por su industria, que demanda unos elevados flujos de bienes y servicios. El PIB chino ya era la de mayor dimensión del mundo si se mide en capacidad de poder de compra, indicador que tiene en cuenta la inflación o el valor de la moneda de uso legal, en 2014. Ahora, y en términos nominales, a precios actuales del dólar, supone el 66% de la economía estadounidense y el 16% del PIB mundial, según datos de 2018.

El repaso a los ocho indicadores no deja lugar a dudas. Es la mayor potencia comercial. Su cuota en el comercio internacional ha pasado del 1,9% en 2000 al 11,4% en 2017. Ya fue el principal exportador global en 2009. El quinto emisor de servicios al exterior (227.000 millones de dólares) y el primer demandante de ellos: un negocio de 468.000 millones en 2017. Sus empresas ya son multinacionales.

En 2018, tenía 110 firmas en el Global Fortune 500. Segundo inversor global y el primer destino de capital extranjero directo en los últimos cuatro años. Sus estudiantes están copando las aulas internacionales. Especialmente a Australia, EEUU y Reino Unido, donde acude el 60% de quienes salen a cursar sus estudios universitarios al exterior. Su gasto en innovación es escalofriante. Ha aumentado desde los 9.000 millones de dólares en 2000 hasta los 293.000 en 2018. Casi plena conectividad a Internet. El país con más usuarios, más de 800 millones de personas. Lucha contra el impacto medioambiental. Para paliar sus emisiones de CO2 que, en la actualidad, representan el 28% de los gases de efecto invernadero.

El 45% de las inversiones en energías renovables -127.000 millones de dólares- se concentran en la actualidad en China. Impulso a su industria cultura. Aperturas de Institutos Confucio, de 298 en 2010 a 548 en 2017. Alta financiación de películas: el 12% de los 50 filmes más vistos en el mundo son de producción china. Su relevancia cultural, especialmente entre sus vecinos asiáticos, difundida a través de plataformas de streaming y música, ha crecido como la espuma. El resultado final es que China es la nación más expuesta a la economía global. La mitad que el resto de países juntos.

09/08/2019 08:26 Actualizado: 09/08/2019 08:26

Por DIEGO HERRANZ.

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EE UU acusa oficialmente a China de manipular su moneda y agita la guerra de divisas

El Departamento del Tesoro llama al FMI a eliminar esta supuesta práctica anticompetitiva del país asiático con el yuan

 

La disputa comercial entre Estados Unidos y China sube de nivel y camina hacia la declaración oficial de una guerra de divisas. Estados Unidos, tras un día de tensión en los mercados porque Pekín dejó caer su moneda al mínimo en 11 años, anunció que incluye China en la lista estadounidense de países manipuladores de su moneda para obtener una ventaja competitiva. China contraatacaba ante la imposición por parte de Estados Unidos de aranceles a sus productos por valor de más de 300.000 millones la semana anterior.

El presidente de la primera potencia mundial, Donald Trump, ya había sugerido esta posibilidad en sus numerosas intervenciones públicas, al acusar directamente a Pekín de estar devaluando artificialmente el yuan. Y ahora da un paso más allá y formaliza las acusaciones. El secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, explicó en un comunicado que va a solicitar ahora al Fondo Monetario Internacional (FMI) que “proceda a eliminar la ventaja competitiva injusta creada por las últimas acciones de China”. La maniobra de Washington contra Pekín podría así detonar una crisis aún mayor entre los dos países, tener severas ramificaciones en la economía global y sacudir con fuerza las monedas latinoamericanas, muy vinculadas a la evolución del billete verde.

Las autoridades chinas respondieron poco después, anunciando "contramedidas" que no detallaron. El yen japonés, el euro y el oro, activos considerados como refugio en momentos de turbulencias, se encarecieron tras el anuncio del Departamento del Tesoro estadounidense. Las Bolsas asiáticas cerraron la sesión del martes con fuertes pérdidas, que se suman a las cosechadas el lunes en los principales parqués del mundo.

La Casa Blanca hizo el lunes por la noche efectivas sus amenazas, menos de una semana después de que decidiese dar un paso más en la escalada al anunciar que los aranceles abarcarían a todos los bienes importados del gigante asiático. Es la primera vez en un cuarto de siglo —exactamente desde 1994— en que EE UU declara a China como país manipulador de divisas.

El Tesoro había evitado hasta ahora hacer la acusación formal, aunque se venía planteado esta opción desde que el valor del yuan se desplomó durante la pasada crisis financiera. El valor de la moneda china vuelve a estar a niveles de 2008, un hecho que favorece notablemente la capacidad exportadora de Pekín: sus productos ganan competitividad de forma inmediata y sin necesidad de abaratar la producción. En un momento en el que tiene que hacer frente a las repetidas rondas de aranceles de Washington, China puede compensar así el efecto de las tarifas.

 

De batalla arancelaria a guerra de divisas

 

Horas antes de que se conociese el movimiento de la Administración estadounidense, el temor a que la batalla arancelaria detonara en una guerra de divisas había provocado ya la peor jornada del año en Wall Street. Los dos principales índices de la Bolsa de Nueva York, el Dow Jones y el S&P 500, cerraron con sendas caídas cercanas al 3%, ya en zona de mínimos de dos meses. El Nasdaq, que refleja la evolución de los valores tecnológicos —muchos de ellos con un pie en EE UU y otro en China—, se dejó un 3,5%. Los números rojos se intensificaron después de que se conociese que, como respuesta a los nuevos aranceles anunciados la semana pasada, las empresas chinas dejarían de adquirir productos agrícolas de EE UU al considerar que se violaron los términos del pacto alcanzado entre Trump y Xi Jinping en el último G20.

Que las divisas se usen como arma no haría más que prolongar el enfrentamiento. Se da además la circunstancia de que esta vez no hay un encuentro a la vista entre los dos líderes que pueda contribuir a rebajar la tensión como sucedió en mayo pasado, la última vez que el parqué neoyorquino se vio atrapado en una espiral negativa similar. Preocupa, por tanto, que la situación no se pueda reconducir. Trump también ha señalado en varias ocasiones al Banco Central Europeo (BCE), pero no ha llevado sus acusaciones al terreno de los hechos, como sí ha hecho ya con China.

Reflejo de la incertidumbre, el tipo de los bonos del Tesoro a 10 años se colocó, entretanto, por debajo del 1,75% ante las expectativas de que la retórica de confrontación de Trump fuerce a la Reserva Federal a recortar de nuevo el precio del dinero en septiembre y previsiblemente otra vez en diciembre. La acción del banco central le podría ayudar, a la vez, a rebajar el valor del billete verde.


Yuan débil, exportaciones más baratas

 

Un yuan más débil hace que los productos estadounidenses sean más caros en el mercado chino. Eso afectó especialmente a multinacionales como Apple, que se dejó más de un 5%, y a compañías industriales porque las hacen menos competitivas frente a rivales locales. La guerra comercial es, en cualquier caso, un catalizador. El litigio tiene lugar en un momento en el que el crecimiento global se modera.

El Tesoro es el guardián del dólar en EE UU, no el banco central —la Reserva Federal—. La Administración Trump, sin embargo, puede recurrir a varias herramientas para intervenir si fuera necesario en el mercado de divisas y en ese caso la Fed podría ayudarle a vender dólares y comprar divisas. Es, en todo caso, un paso extremo y EE UU podría verse en la situación de actuar en solitario.

"China dejó caer el precio de su divisa a casi un mínimo histórico. Se le llama 'manipulación de divisas'. ¿Estás escuchando, Reserva Federal?", afirmó el lunes por la mañana el presidente Donald Trump en su cuenta de Twitter. Y como viene siendo habitual desde la campaña electoral, acusó al país asiático de robar a EE UU, a sus empresas y a sus empleados. "Nunca más", sentenció antes de que el Tesoro diese el paso definitivo, temido por los inversores por su potencial detonador de una guerra global de divisas.

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En qué va la guerra comercial de Estados Unidos.

 

Las negociaciones comerciales entre Estados Unidos y China se reanudarán la primera semana de agosto en Shanghái. Hasta ahora, ninguno de los dos ha cedido a las condiciones del otro. Se recuerda que Estados Unidos busca reducir su déficit comercial, mejorar la productividad del aparato industrial interno, su competitividad en el mercado mundial y frenar el ascendente dominio comercial chino, mediante la ampliación de aranceles punitivos.

Recientemente, el mandatario estadounidense afirmó, vía Twitter, que “los aranceles (…) están teniendo un efecto importante”, pues “las empresas desean salir de China hacia países no arancelarios”, que se están “recibiendo miles de millones de dólares en aranceles de China” y que las “tarifas son pagadas por China devaluando y bombeando, ¡no por el contribuyente estadounidense!”. Dijo que China alcanzará, en el segundo trimestre, el nivel de crecimiento más bajo desde hace 27 años como resultado de su estrategia comercial internacional.

El crecimiento de la economía de Estados Unidos en el segundo trimestre se desaceleró, mientras que China se mantiene estable en 6,2 por ciento, porque el arancel es un impuesto aplicado por el gobierno importador; es pagado por el importador y el consumidor final. La lógica es aumentar el precio de la mercancía importada para reducir su consumo y, de este modo, favorecer las mercancías locales. Salvo que los importadores sean empresas o consumidores chinos en Estados Unidos, no hay modo de que los aranceles sean transferidos a la economía china, a menos que China tenga un solo mercado, pero Estados Unidos es el mercado mayor de China (20 por ciento) cuyo comercio se reparte: 45 por ciento a países de Asia, 22 por ciento a países de la Unión Europea y 9 por ciento a América Latina y África.

De ahí que la respuesta a las medidas proteccionistas de un Estado con otro no puedan ser más que alzas arancelarias en sentido contrario, no hay otra. En esta ocasión, después de cinco rondas de subidas arancelarias, una breve tregua e incontables amenazas, la guerra no parece favorecer a nadie. Se estima que el total de las medidas impuestas ha alcanzado 250.000 millones de dólares a las importaciones chinas y 110.000 millones a las estadounidenses. De este modo, la cuestión estratégica sería cuantitativa en determinados bienes de consumo final y cualitativa para ciertas ramas industriales. El impacto, empero, está recayendo sobre el comercio internacional en su conjunto.

En un sentido limitado, es cierto que el déficit estadounidense con China ha disminuido, pero apenas a niveles previos al inicio de la guerra. El acumulado hasta mayo de 2019 disminuyó en 9,9 por ciento respecto a mayo de 2018, pero China aún corresponde al 38 por ciento del total del déficit comercial estadounidense. En cambio, el déficit total hasta mayo de 2019 alcanzó -359.579,8 millones de dólares, 25 por ciento mayor que el año anterior. Este incremento corresponde en buena parte al creciente déficit con México.

La reducción del déficit comercial con China ha sido producto de una contracción de sus importaciones. Esta situación, dadas las condiciones del aparato productivo de Estados Unidos, sólo complica aun más sus niveles de productividad y competencia internacional. La reducción de las importaciones refleja su nivel de consumo interno y la limitada capacidad de crecimiento de la economía. De ahí que también el Buró de Análisis Económico del Departamento de Comercio estadounidense anunciara que el crecimiento del Pbi cayó de 3,5 por ciento en el segundo trimestre de 2018 a 2,1 por ciento en el segundo trimestre de 2019, anticipando menos crecimiento para 2019 que para 2018.

Asimismo, una buena parte de las cadenas productivas americanas dependen de insumos chinos. En 2017, el 50 por ciento de sus compras estuvo compuesto de aparatos electrónicos, maquinaria de radiodifusión, cómputo, partes y piezas electrónicas y demás insumos industriales y de consumo final. El nivel técnico y de especialización que incorporan los productos chinos, apoyados en bajísimos costos de producción, ha desplazado a los productos estadounidenses. Esta condición del aparato productivo estadounidense no le permite sustituir las importaciones chinas sin encarecer los productos y generar inflación.

A la inversa, la matriz exportadora de Estados Unidos está compuesta, principalmente, por maquinaria (22 por ciento), equipo de transporte, mayormente automóviles (15 por ciento), productos químicos (14 por ciento) y derivados del petróleo (11 por ciento). Como lo ha mostrado la trama Huawei y la red 5G, la economía estadounidense ha perdido el liderazgo en las ramas tecnológico-industriales y no parece encontrar vías para recuperarlo. Lo que le ha quedado es asegurar su mercado interno (ampliado) vía el tratado México-Estados Unidos-Canadá (Tmec), ponerle aranceles punitivos a la Unión Europea (especialmente a Alemania) y esperar que su proteccionismo merme el crecimiento chino de 6,2 por ciento, sin afectar aun más su sufrido 2,1 por ciento.

Finalmente, si consideramos que hay una recesión autoinducida en México debido a los ajustes en el gasto fiscal, y es probable que la caída en la demanda en Estados Unidos continúe, el resultado final debería ser menos importaciones y un mayor déficit estadounidense con México para diciembre de 2019. Esto podría significar más aranceles para los bienes mexicanos, dada la peculiar visión que el equipo económico estadounidense tiene del mundo. La ley de aranceles Smoot-Hawley de 1930 debe tenerse en cuenta, así como la no ratificación del Pacto de la Sociedad de las Naciones, en 1920, fundada por el presidente Woodrow Wilson en 1919. La bancada republicana, liderada por Henry Cabot Lodge, argumentó entonces que “la Liga comprometería a Estados Unidos con una organización costosa que reduciría la capacidad de Estados Unidos para defender sus propios intereses”. Los gobiernos republicanos han sido conocidos por su aislacionismo y xenofobia en el pasado. Esto podría significar que nuevos males económicos en Estados Unidos podrían llevar a nuevas medidas aislacionistas con terribles impactos en la economía mundial, como en 1930.

Por  Por Óscar Ugartech, investigador titular del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam), Sistema Nacional de Investigadores-Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, y coordinador del Observatorio Económico Latinoamericano (obela). Economista, doctorando en estudios latinoamericanos de la Unam y miembro de obela

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Viernes, 02 Agosto 2019 05:50

Otro capítulo de la guerra comercial

Otro capítulo de la guerra comercial

Estados Unidos impondrá desde el primero de septiembre un pequeño arancel adicional del 10 por ciento a bienes y productos que llegan desde China.

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, volvió a la carga en la guerra comercial con China al anunciar la implementación de nuevos aranceles a las importaciones provenientes del país asiático. “Estados Unidos impondrá desde el primero de septiembre un pequeño arancel adicional del 10 por ciento al resto de 300 mil millones de dólares en bienes y productos que llegan a nuestro país desde China”, escribió el mandatario en su cuenta de Twitter. La medida se sumaría al arancel del 25 por ciento que rige sobre 250 mil millones de dólares en importaciones desde China, con lo cual todo el abanico de bienes y servicios que se dirigen desde el país asiático hacia la economía norteamericana quedaría sujeto a aranceles adicionales. La novedad aparece en el marco de las negociaciones bilaterales para encauzar las disputas comerciales.

En la antesala del anuncio comercial, Trump tuiteó que “creíamos que habíamos alcanzado un acuerdo –con China-- hace tres meses. Por desgracia, China decidió renegociarlo justo antes de firmarlo. Más recientemente, China acordó la compra de grandes cantidades de producción agrícola de Estados Unidos, pero no lo ha hecho”. A pesar de que aclaró que “las conversaciones siguen” y que desea “continuar un dialogo positivo con China”, Trump avanzó con nuevos aranceles. Según el Fondo Monetario Internacional, la guerra comercial entre Estados Unidos y China redujo las perspectivas de crecimiento económico a nivel global, lo cual a su vez fue uno de los factores citados por el presidente de la Reserva Federal estadounidense, Jerome Powell, para reducir los tipos de interés de referencia, por primera baja en once años.

Si bien Trump busca seducir con este tipo de medidas a una parte del electorado norteamericano que tiene una posición anti-globalización y fue perjudicado por la desindustrialización que sufren muchas ciudades estadounidenses, entre los economistas abundan las críticas. "Cuando construyes equipos para fábricas, compras acero, aluminio, productos importados. Si entonces nosotros les aplicamos aranceles, el incentivo fiscal que te dimos con una mano te lo arrebatamos con la otra”, criticó Gary Cohn, director del Consejo Económico Nacional en el gobierno de Trump entre enero de 2017 y abril de 2018.

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