Ministros de Finanzas y gobernadores de bancos centrales aseguraron que están preparados para adoptar medidas que mitiguen riesgos.Foto tomada de la cuenta de Twitter de Arturo Herrera

Riad. Ministros de Economía y Finanzas del Grupo de los 20 (G20) resaltaron ayer que tras señales de estabilización en 2019 hay signos de un repunte del crecimiento económico mundial este 2020 y 2021, y se comprometieron a acelerar los trabajos para un acuerdo global en materia de fiscalidad internacional.

En la misma cita en Riad, Arabia Saudita, la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, consideró que "la proyectada recuperación es frágil" y el coronavirus reducirá el crecimiento mundial en torno a 0.1 por ciento este año y llevará el de China a 5.6.

En su comunicado final tras dos días de reuniones, los ministros explicaron que la recuperación proyectada está respaldada por la continuación de las condiciones financieras acomodaticias y algunas señales de alivio de las tensiones comerciales.

Admitieron, sin embargo, que todavía hay un entorno complejo, marcado por la incertidumbre derivada de dichas tensiones, el cambio climático y los efectos del nuevo virus.

"Mejoraremos la vigilancia del riesgo global, incluido el reciente brote del Covid-19", señalaron en el documento. "Estamos listos para adoptar más medidas con el fin de abordar esos riesgos".

Avanza el acuerdo sobre tributación

Respecto del acuerdo en materia de fiscalidad internacional, los ministros resaltaron los progresos en el contexto de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), con el fin de garantizar una tributación mínima de sociedades a escala mundial.

"Alentamos un mayor progreso para superar las diferencias restantes y reafirmamos nuestro compromiso de alcanzar una solución basada en el consenso con un informe final que se entregará a finales de 2020", afirmaron.

Así, los trabajos continuarán con miras a alcanzar un consenso que siente las bases para un acuerdo político en una reunión prevista para julio próximo en Berlín y la cumbre de líderes de noviembre.

El documento deberá abordar las estrategias de planificación fiscal utilizadas por las multinacionales para aprovecharse de las discrepancias de los sistemas fiscales y así trasladar sus beneficios a países de escasa o nula tributación.

El G20 representa 85 por ciento del producto interno bruto mundial y está conformado por Argentina, Australia, Brasil, Canadá, China, Francia, Alemania, India, Indonesia, Italia, Japón, México, República de Corea, Rusia, Arabia Saudita, Sudáfrica, Turquía, Reino Unido, Estados Unidos y Unión Europea.

Covid-19 impactará el crecimiento mundial: FMI

De su lado, Georgieva apuntó que si bien el crecimiento mundial estaba listo para una recuperación modesta a 3.3 por ciento este año –por arriba del 2.9 del año pasado–, “el Covid-19 ha afectado la actividad económica en China y puede ponerla en riesgo.

Arturo Herrera, secretario de Hacienda de México, afirmó en su cuenta de Twitter que una de las últimas reuniones formales del G20 trató sobre la tributación de la economía digital. "Este es uno de los temas internacionales más importantes y en el que aún no se logra consenso entre los países, pero sobre el que esperamos llegar a un acuerdo a finales de año."

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Las manos visibles del capitalismo echan un pulso por el control del 5G

El fracaso de la estrategia punitiva de Trump con China podría llevar a Estados Unidos a buscar alianzas puntuales entre sus empresas y otros gigantes europeos.

 

Como sabemos por la publicidad de operadores móviles y grandes superficies, el 5G ya está aquí. ¿Pero en qué consiste esta tecnología? A nivel técnico, el término 5G hace referencia a la quinta generación de redes sin cable que, supuestamente, tendrá 100 veces mayor velocidad que las actuales redes 4G. Su despliegue total requerirá nuevas torres de emisión y baterías para los dispositivos móviles.

No hay muchas empresas en el mundo que puedan comprometerse a construir las infraestructuras necesarias. De este pequeño número, la líder en la mayoría de países es la china Huawei. Esto es porque su tecnología está ya presente en redes de generaciones anteriores. Así, Huawei es el contratista más fiable para implementar el 5G a ojos de muchos gobiernos.

En Washington no lo ven tan claro. Las primarias demócratas se están caracterizando por los esfuerzos de los candidatos para distanciarse de Trump. Pero, en el asunto 5G, todos respaldan al presidente. Tanto la portavoz demócrata en la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, como la administración Trump, coinciden en la peligrosa “sinificación” de la tecnología 5G y de futuros sistemas en la nube. El establishment norteamericano considera que construir sistemas informáticos clave sobre infraestructura china, ya sea para agencias públicas o empresas privadas, puede ser un riesgo para la seguridad nacional de los países de la OTAN

Así, los estadounidenses han tomado medidas sin precedentes contra Huawei, arrestando a su director financiero, acusándolos de robo de propiedad intelectual y en general difundiendo noticias sobre sus supuestas relaciones con Corea del Norte y otros regímenes autoritarios

Todo ello, a pesar del impacto de las sanciones sobre empresas autóctonas, como Apple. De hecho, dentro de la administración Trump, comercio (que promueve mayores sanciones) y defensa (dependiente de la tecnología china) pugnan por llegar a un acuerdo en el grado asumible de sanciones que se pueden imponer a China.

En el exterior, la ofensiva Trump se ha caracterizado desde el inicio por su campaña para reordenar las cadenas de valor global. Todas estas negociaciones comerciales se han producido de manera progresiva y relativamente informal; el reverso de la preferencia de Obama por grandes cumbres multilaterales y tratados como el TTIP. Al principio de su mandato, algunas voces en Wall Street y el mundo empresarial mostraron preocupación cuando el presidente Trump comenzó por centrar su atención en la Unión Europea. Los países exportadores del norte del continente dependen del mercado estadounidense, particularmente en el sector del automóvil.

Sin embargo, el foco estadounidense se redirige ahora a las incursiones de Huawei en el Viejo Continente. Paradójicamente, el primer golpe ha venido del “amigo especial” de Donald Trump, Boris Johnson.

A finales de enero de 2020, el Consejo de Seguridad de Reino Unido (presidido por Johnson y otros altos funcionarios) decidió aceptar a Huawei como suministrador de redes 5G en Gran Bretaña. Al mismo tiempo, se le aplicaron condiciones especiales de seguridad. Entre otras, se le prohibió superar el 35% de cuota de mercado, u operar en infraestructuras vitales como instalaciones nucleares. Esto se considera suficiente para prevenir posibles injerencias chinas. La decisión británica fue seguida por la de la Unión Europea, que ha permitido a sus miembros decidir unilateralmente su futura relación con Huawei.

Inmediatamente, la administración Trump reaccionó con furia, amenazando con medidas punitivas contra aquellos que permitan la entrada del gigante chino. Estados Unidos también ha sugerido excluir de inteligencia vital al gobierno de coalición español si no prioriza los servicios de las europeas Ericsson o Nokia; o de la surcoreana Samsung. Sin embargo, ninguna de las tres alternativas tiene presencia suficiente en redes 3G y 4G españolas, italianas, francesas o británicas como para generar confianza a los gobiernos y operadoras de telecomunicaciones del continente.

Solo Australia y Japón, actores importantes en la contención de China en el Pacífico, han sucumbido a la presión y roto sus relaciones con la empresa china.

Para las autoridades en Bruselas, es irónico que el Presidente Trump busque la aquiescencia europea en el asunto Huawei mientras que sigue presionando por lo que considera normas europeas “injustas” en sectores como la agricultura o el automóvil

El fracaso de la estrategia punitiva podría llevar a los estadounidenses a buscar alianzas puntuales entre sus empresas y otros gigantes europeos, priorizando la zanahoria en lugar del palo.

Trump, como individuo, tiene una concepción de la política basada en su experiencia como heredero y magnate de los negocios. Su gestión del conflicto comercial con China se ha caracterizado por el énfasis en conseguir “el mejor trato posible”, como si se tratase de un intercambio inmobiliario. Incluso antes de la crisis del coronavirus, el presidente y su entorno concebían la relativa desaceleración industrial china como un síntoma de debilidad. Efectivamente, parecía el momento perfecto para lanzar un ataque agresivo.

Pero el poco entusiasmo que su visión genera en sus supuestos aliados constata la pérdida de hegemonía de los EE UU.

LA FALSA GUERRA COMERCIAL Y EL VERDADERO PROBLEMA DEL CAPITALISMO DIGITAL

La nueva directora del FMI, Kristalina Georgieva, lamentaba a principios de este año esta “guerra comercial” y sus efectos sobre la estabilidad de la economía mundial. Bajo los principios del Consenso de Washington, desarrollados durante los años 80 y 90, los aranceles o las sanciones de cualquier tipo son siempre negativas para el desarrollo económico.

Desde lo que llamaríamos “liberalismo vulgar”, además, sería hipócrita restringir a Huawei cuando técnicamente es un competidor más en un mercado global. Atendiendo a la reacción del establishment estadounidense, da la impresión que lo más flagrante es que una empresa de un país nominalmente comunista haya logrado competir y ganar a las empresas de los países capitalistas. Sería una suerte de “momento Sputnik” 2.0, cuando el liderazgo estadounidense de la postguerra se puso en jaque tras el lanzamiento del primer satélite artificial por parte de los soviéticos.

La lucha por el 5G, sin embargo, es mucho más que un momento Sputnik o una simple guerra comercial. Es obvio que, en paralelo al conflicto Huawei, existen una multitud de frentes en otros ámbitos. Tensiones marítimas en el Pacífico, restricciones a estudiantes chinos en Estados Unidos, capital chino adquiriendo infraestructuras en Europa… Hasta el testigo menos versado en política internacional puede advertir rápidamente que este asunto no es meramente un asunto de negocios.

De hecho, algunos economistas discrepan del apelativo “guerra comercial” para describir esta intensificada discusión sobre aranceles, subsidios y barreras. Desde un punto de vista pragmático, todos los países del mundo de facto intervienen de una manera u otra en el comercio global de siglo mercancías. Prueba de ello es que el mecanismo de resolución de disputas de la Organización Mundial del Comercio es una de las entidades internacionales con mayor actividad.

En efecto, la acusación de que Huawei ha alcanzado su liderazgo por el apoyo estatal chino es simplemente la constatación de una obviedad. Desde el cambio de, la estrategia industrial de inversión público-privada china se ha esforzado por penetrar en las cadenas de valor de hardware y software; mientras que Occidente ha preferido centrarse en el mayor valor añadido del software (con la notable excepción de Apple). Sin embargo, las agencias estatales de los EEUU tampoco se han atado las manos en el asunto de las 5G. Como criticaba el campeón del libre comercio The Economist, Trump por ejemplo bloqueó la adquisición de Qualcomm (fabricante de chips 5G) por una empresa de Singapur. Paradójicamente, la misma Qualcomm ha sido acusada en varias ocasiones de prácticas monopolistas en el mercado estadounidense. 

En cualquier caso, está ampliamente documentado por economistas como Mariana Mazzucato o Robyn Klingler-Vidra que la revolución digital ha sido el resultado de décadas de inversiones estatales e intervencionismo público.

El siglo XX, el siglo del auge estadounidense, habría sido imposible sin una multitud de avances desde la cadena de montaje hasta los contenedores de transporte. Por el camino, sin embargo, los Estados occidentales han olvidado su rol de “emprendedor”. Líderes como Reagan, Thatcher, y sus sucesores han preferido ceder más espacio a las finanzas. Los fondos de inversión deciden dónde conviene dirigir el capital que producimos colectivamente con nuestro trabajo, o que los grandes rentistas extraen a través de alquileres o intereses. El Estado Chino y el Partido Comunista que lo dirige han preferido ignorar estas doctrinas neoliberales. Han emulado a los estados desarrollistas del occidente previo al desmantelamiento del consenso keynesiano, y participado selectivamente en la globalización. Hoy, aun con las enormes desigualdades y crisis puntuales como la del coronavirus, han demostrado el potencial de la política industrial a un Norte Global que todavía cree que la solución a todo es “más mercado”.

Al mismo tiempo, nadie debería ver espejismos progresistas en la gran estrategia china. A finales del siglo pasado, los pensadores del llamado “sistema-mundo”, como Wallerstein y Arrighi, supieron combinar la mirada doble al régimen económico y al geopolítico. Como Adam Smith, Polanyi y, por supuesto, Marx, entendieron la relación pendular del desarrollo tecnológico, la desigualdad entre naciones y los grandes conflictos.

El antiguo imperio está recuperando su viejo lugar en el mundo y ya no recurre al lenguaje maoísta de solidaridad entre países oprimidos. Más bien al contrario, empresas como Baidu o Alibaba emulan a Google, Facebook y Amazon en sus intentos por penetrar mercados Norte y Sur y sustituir a los Estados Unidos en sus esferas de debilidad. Los sistemas de penalización social digital y otras medidas de vigilancia auguran el surgimiento de nuevos Estados-plataforma, en que las tecnológicas aumenten sus usuarios y tasas de beneficio siempre y cuando colaboren con las autoridades para modelar la conducta de los ciudadanos. De nuevo, el teorema liberal de la competición como solución a la cartelización tecnológica es una proposición peligrosa. La competición, lejos de evitar la colonización de la vida, intensificará los intentos de las empresas como Huawei por ocupar los cuellos de botella que más datos gestionen, y por tanto más información factible de ser comercializada y aplicada ofrezca. La solución solo puede ser la democratización y colectivización de estos sistemas, como ya se hiciera con los grandes monopolios como el ferrocarril o el petróleo a comienzos del siglo pasado.

En cualquier caso, es patente que el capitalismo no ha logrado salir de su “estancamiento secular” desde la última gran crisis. Globalmente, reinan los bajos retornos de inversión y una contracción de los sectores productivos de la economía. En este contexto, albergar las empresas líder en la cadena de valor tecnológico como Huawei es un gran incentivo para gobiernos y sus apoyos en la gran empresa, por su alta tasa de retorno de capital.

Pero la carrera por asegurar el máximo número de usuarios posible esconde la privatización encubierta de la vida y los recursos comunes del modelo Silicon Valley. Desde un punto de vista sistémico, quizá no son los países los que están en “guerra comercial”; sino una nueva alianza entre el capital, las tecnológicas y los estados los que están en guerra contra la mayoría del planeta.

PUBLICADO

2020-02-23 06:00

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El efecto económico del coronavirus: la globalización teme por China

China juega un papel muy importante en la economía mundial y la crisis del coronavirus puede tener consecuencias largas y profundas en todo el mundo

 

En el momento de publicar este reportaje hay más de 40.000 infectados por el Coronavirus, la mayor parte en China. Han muerto más de 900 personas y se han registrado contagios en casi 30 países. Dado el papel que China juega en la economía mundial, el efecto rebote podría ser largo y profundo.

¿Por qué juega China un papel tan importante en la economía mundial?

El extraordinario crecimiento económico chino a lo largo de los últimos 40 años ha tenido como consecuencia que se haya convertido en la segunda potencia económica mundial. Tiene un PIB de casi 13,6 billones de dólares (frente a los 20,5 de Estados Unidos) y un crecimiento interanual consolidado del 7%, muy por encima del resto de las economías desarrolladas.

China ha llegado a esta situación porque ha logrado sustituir a Estados Unidos como base del comercio mundial. China es el mayor vendedor de bienes de consumo del planeta y se acerca a Estados Unidos en servicios comerciales. Tan rápido que sólo en 2018 creció un 18%. La estrategia consolidada hace tiempo de comprar componentes y partes en China, junto con el crecimiento del inmenso mercado interno, ha servido de aliciente a miles de empresas extranjeras para abrir fábricas en China, participar en las redes de distribución locales y abrir puntos de venta en el país.

China juega un papel muy importante en las cadenas logísticas globales: gran parte de las materias primas de todo el mundo viajan a China antes de ser transformadas en producto final. La batalla de aranceles librada el año pasado con Estados Unidos ha mostrado el poder de la economía china para irrumpir en el mercado global e imponer nuevas reglas.

¿Cómo está afectando el virus a la actividad económica interna de China?

La mayor parte de las industrias en China cierran las dos semanas alrededor del año nuevo lunar. La mayor partes de las fábricas no iban a abrir en cualquier caso hasta este fin de semana y algunas ya lo han retrasado hasta el 14 de febrero por precaución. Hay decenas de millones de personas encerradas en ciudades por todo el país que no pueden regresar a sus lugares de residencia.

Los fabricantes de automóviles cierran sus plantas y los puertos registran mucha menos actividad que de costumbre. Las empresas pequeñas y medianas que funcionan a partir de contratos a corto plazo ya sienten los problemas. Quienes tienen pocas reservas financieras o de almacén ya están sufriendo. Algunas informaciones apuntan a que determinadas granjas están a pocos días de quedarse sin comida para sus animales.

Wuhan, que tiene unos 11 millones de habitantes y es el epicentro del estallido de coronavirus es un importante centro industrial que funciona como plataforma de la industria automovilística e imán para la inversión extranjera.

Es la tercera ciudad más importante de China en cuanto a educación e investigación. Tiene dos de las 10 universidades más importantes del país. Es mejor no imaginarse lo que podría suceder si la situación actual se alarga durante semanas. El impacto económico puede ser muy alto. El presidente Xi Jinping ya lo reconoció la semana pasada.

En respuesta, las autoridades redoblan sus esfuerzos por reforzar el armazón económico con medidas como una importante reducción de tarifas a las importaciones de productos estadounidenses o un abaratamiento del precio del dinero para empresas y consumidores.

¿Cuál podría ser el impacto final en China?

La economía creció un 6% en 2019, según las cifras oficiales del Gobierno chino. Es la tasa de crecimiento más baja de los últimos 30 años y supone una reducción importante respecto del 10% de crecimiento que se registraba en 2010. Se esperaba que 2020 fuera el año de una recuperación relevante una vez concluida la larga guerra comercial de 2019 con la Administración del Presidente Donald Trump.

Pero el coronavirus da al traste con esos planes. La mayor parte de los analistas aún predicen un crecimiento que podría superar el 5% incluso asumiendo la extensión del virus y su impacto en el consumo, el sistema productivo y la administración pública.

Zhang Ming, miembro de la Academia China de Ciencias Sociales, es pesimista. En declaraciones a la revista Caijing ha dicho que "el crecimiento del PIB en el primer cuatrimestre de 2020 podría ser del 5%, pero no podemos descartar la posibilidad de que caiga por debajo de esa cifra".

La economista jefa de Enodo, Diana Choyleva, cree que la cifra real de crecimiento en 2019 estuvo en realidad más cerca del 3,7% que de la cifra oficial. La economista es mucho más pesimista sobre el impacto del virus y cree que este año estará por debajo de esa cifra. Los hay que hablan hasta de contracción del crecimiento en el peor de los casos

Algo que jugará un papel muy importante es que los inversores que esperan un fuerte rebote decisivo una vez contenido el estallido del virus podrían verse decepcionados. Choyleva apunta a la gran cantidad de deuda de difícil cobro que sobrevuela la industria estatal, muy desactualizada y que arrastra las posibilidades de crecimiento del país desde hace tiempo.

El Banco Central de China ya está bombeando fondos a la economía para que el ritmo de endeudamiento no baje debido al virus. De ese modo creen que la inversión empresarial no decaerá. Pero Choyleva cree que ese dinero, barato y en grandes cantidades sólo sirve para que no se hundan totalmente algunas empresas que ya están muertas.

¿Cuáles son los sectores más vulnerables?

El sufrimiento económico comenzó a notarse en la industria turística y todo lo relacionado con los desplazamientos, sobre todo porque el virus estalló en una época del año en la que China se va de vacaciones. Ha habido muchas cancelaciones de vuelos y reservas hoteleras en China y por toda la región, que depende del turismo chino. Toda la red ha resultado afectada desde el centro del país hasta Hong Kong. Algunas aerolíneas han disminuido ya su oferta. Cathay Pacific ha anunciado un recorte del 30% de sus vuelos a lo largo de las próximas semanas y ha pedido a sus empleados que se vayan de vacaciones sin cobrar.

Neil Shearing, economista jefe de Capital Economics, señala: "El número de pasajeros ha caído un 55% en comparación con el año nuevo lunar de 2019. Como los turistas chinos gastan mucho en la región, el impacto se siente más allá de las fronteras chinas".

Si la crisis continúa, las consecuencias serán muy visibles. Los ciudadanos chinos realizaron 173 millones de desplazamientos el año pasado y su gasto asciende a más de un cuarto de billón de dólares. China gasta más que cualquier otro país del mundo en viajes.

Y el turismo es sólo el vértice de la pirámide. Hay cadenas de suministro en el sector automotriz, en la electrónica o en la industria pesada que ya empiezan a sentir el crujido de la economía china. Las empresas de transporte marítimo ya informan de una fuerte caída en el número de contenedores alquilados.

Por otro lado, China consume muchísimas bebidas y alimentos. Uno de los indicadores de la semana pasada y que ha caído totalmente es el del café. Starbucks tiene 4.000 cafeterías en China. La mitad están cerradas.

¿Qué sucede en las bolsas?

Los mercados asiáticos han pasado por una semana de vértigo. Comenzaron cayendo por un descenso de las ventas minoristas, los servicios de consumo y los de transporte y luego se recuperaron por la esperanza de contención del virus. Los mercados occidentales siguieron la misma tendencia.

Los precios del petróleo también han sentido la presión. Anticipan un frenazo en la demanda global, como sucede con otras materias primas. China es el mayor importador mundial de crudo y consume muchos metales como cobre y hierro. Las empresas de viajes, fabricantes de automóviles y los productos de lujo son algunos de los sectores más afectados por la volatilidad.

Antecedentes históricos de este tipo de crisis

En 2002 y 2003, el SARS se extendió por 37 países sin que nadie supiera como detenerlo ni, a veces, como darse cuenta de que estaba sucediendo. Hubo pánico, más de 8.000 personas infectadas y 750 personas fallecidas. Se cree que los daños causados por el SARS estuvieron entre los 30.000 y los 50.000 millones de dólares. Es mucho dinero, pero se trata de una gota de agua en el mar si se compara con el producto económico global de 35 billones de dólares.

El coronavirus se extiende a una velocidad seis veces mayor que el SARS, sobre todo por contagio entre personas que no muestran síntomas. China es una economía mucho más abierta ahora que en 2002 y por eso el impacto se prevé mucho mayor.

¿Qué empresas internacionales sufrirán más impacto si China entra en crisis?

Muchas empresas internacionales dependen de proveedores chinos. 290 de los 800 proveedores de Apple están en China. El país es responsable del 9% de toda la producción televisiva del mundo. Según el índice de Resiliencia DHL 360, que mide la capacidad de adaptación de las cadenas logísticas, la mitad de toda la producción de Wuhan está vinculada con la industria del automóvil y el 25% a los suministros tecnológicos.

Los ejecutivos del sector del autómovil en Europa y Estados Unidos advierten de que están a semanas de que comience la escasez. Hyundai ya ha detenido sus operaciones en Corea del Sur debido a que le faltan materiales que deben llegar de China.

Como muestra de la integración de algunas empresas extranjeras con China, Corning, una corporación estadounidense del sector del vidrio y la cerámica, ha construido 19 fábricas en China y más de 5.000 empleados chinos. La empresa tiene pensado incrementar su actividad después de invertir 1.000 millones de dólares en una fábrica puntera de vidrio negro como el que se usa en las pantallas LCD.

Apple compra a fábricas en China. Y allí cuenta con una red de 42 tiendas Apple que han cerrado durante la crisis del virus. Otras empresas estadounidenses, desde Starbucks, con más de 4.000 cafeterías, a Levi's han cerrado. Aunque Levi's solo ha cerrado la mitad de su operación en China y sólo representa el 3% de sus ventas globales.

¿En qué países?

El sudeste asiático está expuesto y las economías regionales vinculadas a lo que suceda en China, también. Merece la pena recordar que por la peor crisis financiera de la Asia de posguerra, en el 97 y 98, se culpó a la devaluación de la moneda china.

Japón puede ser una economía rica, pero está muy expuesta. China es un gran comprador de la maquinaria industrial japonesa, así como de sus coches y camiones o de productos tecnológicamente avanzados. Las partes chinas viajan en la dirección contraria, alimentando las fabricas japonesas.

Y luego están los millones de turistas chinos que visitan a su vecino del este cada año. 400.000 personas de Japón ya han cancelado viajes en el primer cuatrimestre de 2020.

La economía australiana también está muy vinculada con China. El primer Ministro Scott Morrison advirtió la semana pasada del "peso real en la economía". Incluso las universidades australianas sufren porque han regresado menos estudiantes chinos para este semestre.

Reino Unido, al igual que otros países europeos, está en una situación en la que se puede reducir el número de viajeros chinos sin demasiado impacto en la economía. El mayor impacto se sentirá si el comercio global, como se espera, comienza a ralentizarse.

¿Puede afectar la crisis en las elecciones de EEUU?

Hay muestras de que el impacto del virus comienza a pesar sobre la economía de las pequeña y mediana empresa estadounidense. Las empresas pueden encontrar mayores dificultades para acceder a los componentes necesarios para elaborar sus productos. Podrían arrastrar a la recesión a un sector, el manufacturero, que ya sufrió el año pasado.

Cierres de fábricas en la América profunda como Ohio o Pensilvania podrían generar problemas en la reelección de Trump, que ha puesto el foco en los empleos industriales que devolvería a ciertos estados.

Pero aún quedan nueve meses para la posible reelección de Trump. Queda mucho partido. Todavía es difícil aventurar posibles consecuencias. Dependerá de lo que dure el virus.

¿Entonces cuál será el impacto global en la economía?

Los economistas especulan con cuidado. Podría perderse un 0,3% de crecimiento global, aunque este permanecería en torno al 3%.

Christian Keller, responsable de investigación económica de Barclays, ha dicho que el impacto en la economía mundial podría no llegar nunca. Que la previsión del 3,3% de crecimiento para 2020 podría mantenerse. Pero los pesimistas advierten de que si el virus continúa expandiéndose y la economía china sigue sufriendo consecuencias durante meses, sería posible que haya alguna recesión global, sobre todo dada la poca munición monetaria de la zona euro en caso de emergencias.

Keller sostiene que "hay un riesgo de que el mecanismo de contagio adverso y lo limitado de la respuesta política pueda empujar a la economía global a la recesión".

 

Por Phillip Inman

10/02/2020 - 21:23h

Traducido por Alberto Arce

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Brexit: las consecuencias económicas y financieras

Reino Unido ha abandonado definitivamente la Unión Europea. El referéndum del 23 de junio de 2016 ha llegado a su culminación. Los ciudadanos de Reino Unido ya no son ciudadanos de la Unión Europea (UE). Es un acontecimiento de gran importancia tanto para el proyecto de una Europa democrática como para Reino Unido. Y las repercusiones se harán sentir en el mundo entero.

Por el momento, sin embargo, en la vida cotidiana los ciudadanos de Reino Unido no van a experimentar grandes cambios. Eso se debe a que ahora se ha abierto un periodo de transición de 11 meses para negociar los términos de la relación que mantendrán en el futuro Reino Unido y la UE. Es decir, hasta diciembre de este año Reino Unido permanecerá en el mercado integrado y la unión aduanera de la UE. Mercancías y capitales, así como personas, seguirán circulando libremente dentro de la UE y de Reino Unido, tal como sucedía anteriormente. Transcurrido este plazo el nuevo paisaje dependerá de las negociaciones entre la Comisión de la UE (con sede en Bruselas) y Londres dentro del periodo de transición.

Las posturas de ambas partes para estas negociaciones se darán a conocer esta semana. El tema más urgente es el de las relaciones comerciales, y tanto para Bruselas como para Londres lo que se busca es un acuerdo comercial con cero cuotas y sin aumentos de aranceles a lo largo de toda la nomenclatura arancelaria. Pero aquí es donde comienzan las complicaciones. La Unión Europea no estará dispuesta a regalar a Reino Unido todas las ventajas de un acuerdo comercial reservadas para sus miembros. Además, la Comisión Europea, en Bruselas, buscará hacer las cosas difíciles a Londres para dejar bien claro a cualquier otro miembro de la Unión que la salida es muy costosa. Ese mensaje puede estar particularmente dirigido a países como Grecia.

Bruselas buscará un acuerdo comercial en el que Londres se comprometa a no socavar las normas sociales y ambientales para competir con la UE sobre bases desiguales. El primer ministro, Boris Johnson, ha manifestado que no piensa constreñirse por las reglas de Bruselas, lo que anuncia una confrontación con los halcones de la Comisión Europea. De no llegar a un acuerdo, el comercio entre Reino Unido y la UE tendrá que regirse por las disposiciones de la Organización Mundial de Comercio. Para muchos rubros eso se traducirá en un aumento no despreciable de aranceles.

Otros temas delicados incluyen el acceso de la flota pesquera de la UE a las aguas de la zona económica exclusiva de Reino Unido. Los temas de seguridad, política exterior e intercambios escolares también pueden hacerse muy complicados. Pero, sin duda, el más problemático está en el capítulo de los servicios financieros, porque la integración financiera entre la City y la UE es muy profunda.

Un informe encargado por la City concluyó en 2016 que 23 por ciento de ingresos de la City provenían de actividades relacionadas con la UE. El estudio reveló que la mitad de esos ingresos se podría perder con la salida de la UE (véase Informe Wyman en www.oliverwyman.com). Junto con esos recursos desaparecerían hasta 32 mil empleos. Esas proyecciones no han cambiado mucho en análisis más recientes.

Los efectos del Brexit sobre la City ya se han comenzado a sentir. En las evaluaciones más recientes (septiembre 2019) la City descendió al segundo lugar, detrás de Nueva York, en el volumen de transacciones financieras, y Hong Kong está en tercer sitio. Pero, curiosamente, la incertidumbre que se había pronosticado desde hace tres años para el sector financiero no ha tenido los efectos anunciados.

Todo cambiará, porque la UE ya ha manifestado su oposición a incluir los servicios financieros en un acuerdo comercial con Reino Unido. Y es que la UE busca promover la mudanza de empresas y bancos de la City hacia otras capitales europeas. Eso contribuiría a erosionar las economías de escala que tiene la City y que le han permitido mantener su proyección global, sobre todo en el mercado de divisas. El Brexit va a transformar todo esto y llevar al desmembramiento de una parte de la red de servicios financieros que han hecho de la City un centro financiero global. La pérdida de economías de escala sería un golpe fuerte para los negocios y la rentabilidad de los operadores de la City, porque habría otros competidores que se beneficiarían. Las autoridades negociadoras de la UE esperan obtener algo de este proceso, que podría conducir a mudar parte del complejo de operaciones y servicios prestados por la City a otras capitales europeas. París y Fráncfort se han estado relamiendo los bigotes desde el día del referéndum.

La City, en Londres, tiene su propio estatuto jurídico en Reino Unido y las grandes aventuras imperiales fueron financiadas y aseguradas por esta entidad única en su género. Los nostálgicos de aquellas épocas se verán defraudados al darse cuenta que esos tiempos no volverán con el Brexit.

Twitter: //twitter.com/@anadaloficial">@anadaloficial

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Diálogo post Brexit: Johnson descartó un acuerdo de libre comercio con la UE  

A tres días de la salida formal del Reino Unido de la Unión Europea , de los buenos deseos mutuos y las promesas de paz y cooperación, empezaron los ladridos. De cara a la negociación sobre el futuro de la relación bilateral, el primer ministro británico Boris Johnson fue enfático al decir que no habría alineamiento regulatorio con la Unión Europea cuando termine el actual período de transición el 31 de diciembre, ni libre acceso para la pesca europea en aguas británicas. 

"No hay ninguna necesidad para alcanzar un acuerdo de libre comercio que el Reino Unido acepte la política europea respecto a subsidios, competencia, la protección social o medioambiental. Tendremos nuestra propia regulación, igual o mejor que la europea", dijo Johnson.

Unos minutos antes, en una conferencia de prensa en Bruselas que terminó superpuesta con el comienzo del discurso de Johnson, el negociador europeo Michel Barnier reafirmó una posición diametralmente opuesta respecto a las reuniones que comenzarán el 3 de marzo. 

El jefe de negociadores europeos indicó que la igualdad de reglas para un futuro tratado de libre comercio estaba contemplada en la declaración política firmada por las dos partes, que esperaba que el Reino Unido respetara la tradicional pesca europea en aguas británicas y que el Peñón de Gibraltar, cuya devolución reclama España al Reino Unido, no formaría parte de las negociaciones.

La síntesis de ambas declaraciones es que el diálogo post-Brexit empezó a los gritos y con cara de perro. Suele suceder en la apertura de toda negociación comercial que las partes expresan su posición de máxima para que cualquier concesión sea valorada y debidamente reciprocada. En este caso el problema es que el principio nodal del diálogo es una dicotomía excluyente: alineamiento o divergencia regulatoria. 

La UE exige un alineamiento regulatorio dinámico que obligaría al Reino Unido a seguir el mismo esquema regulatorio a nivel laboral, social, medioambiental, de ayuda estatal y tributario, entre otros temas. La posición británica, delineada por Boris Johnson y anticipada el domingo por el canciller Dominique Raab, es que esto no va a suceder porque el Reino Unido quiere divergir de estas normas. Según el gobierno el Brexit – la separación de la UE - no tiene sentido si el Reino Unido no puede establecer sus propias reglas.

En juego están más de ocho mil productos de un intercambio que constituye la mitad del comercio británico global a nivel industrial y agrícola en una negociación que deberá también lidiar con la pesca y los servicios, en especial el sector financiero, tan central en la economía británica. Boris Johnson quiere un acuerdo que le dé pleno acceso al mercado europeo, pero que no le impida tener un marco regulatorio propio. 

La UE ha dejado en claro desde el referendo de 2016 que eso atentaría contra la unidad del mercado común europeo que se basa precisamente en que todos los miembros respetan las mismas reglas de juego: ¿qué precedente se daría si a un ex miembro se le permite exportar con los mismos derechos que a los miembros, pero con regulaciones más laxas?

Con estos puntos de partida, se dispara la posibilidad de un “hard Brexit”, es decir que el 31 de diciembre las dos partes lleguen a acuerdos sectoriales mínimos o directamente a ningún acuerdo y que los intercambios se rijan por las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Termómetro habitual, la libra esterlina reaccionó al mediodía con una caída de un punto ante las declaraciones de Johnson y Barnier. ¿Hay posibilidades de salir de este punto de partida aparentemente inconciliable?

Los especialistas consultados por Página12 coinciden en que, a menos que una de las dos partes dé marcha atrás (y ambas tienen fuertes razones para no moverse de lugar), el 31 de diciembre llegará con un acuerdo ínfimo o sin acuerdo. “Hay que recordar que los acuerdos de libre comercio toman normalmente mucho tiempo. Es cierto que acá hay un punto de partida teóricamente promisorio porque tras 47 años en que el Reino Unido formó parte de la UE hay por el momento un pleno alineamiento regulatorio. La pregunta es qué margen hay para apartarse de eso y tener un acceso similar a los mercados. Mi propia percepción es que habrá un acuerdo limitadísimo, pero que también es muy posible que haya ningún acuerdo”, indicó a este diario Richard Whitman, experto en temas europeos y comerciales de Chatham House, uno de los “think- Tanks” más antiguos del Reino Unido.

Otro experto, Thomas Sampson, de la London School of Economics, alerta sobre el impacto económico. “Un acuerdo muy elemental es possible porque hay sectores en los que la Unión Europea no tiene ni aranceles ni cuotas para la cantidad a importar, caso de los productos farmacéuticos y libros. En cambio hay sectores fuertemente regulados donde el impacto será muy fuerte como agricultura y finanzas. Y en caso de que no haya acuerdo, hay sectores como la industria automotriz que pasarían a regirse con las reglas de la OMC con aranceles de hasta el 10% mientras que con los productos agrícolas los aranceles podrían llegar a un 80%. Esto les quitaría competitividad a estos sectores y encarecería la producción interna ya que el Reino Unido importa gran parte de sus alimentos”, señaló a Página12.

Una síntesis de este dilema sería buscar una fórmula sector por sector que combine alineamiento regulatorio y divergencia. Mientras que la industria automotriz, la aeroespacial, la farmacéutica y la de productos químicos han manifestado su deseo de mantener el alineamiento regulatorio, desde el viernes surgieron voces tanto pro-europeas como pro-Brexit que reivindicaron áreas como Inteligencia Artificial o high tech en los que la divergencia regulatoria podría ser beneficiosa para el Reino Unido .

El semanario “The Economist”, el ex primer ministro laborista Tony Blair en el campo pro-europeo y Larry Elliot, un pro-brexit de centro izquierda, editor económico del pro-europeo matutino “The Guardian, están de acuerdo sobre ese punto a pesar de que parten de premisas ideológicas muy diferentes. “El Reino Unido es uno de los líderes mundiales en Inteligencia Artificial. El primer ministro sugirió que el gobierno puede usar su libertad regulatoria para dar más ayuda estatal a este sector, algo que no estaría permitido en la regulación europea que es muy estricta respecto a la asistencia estatal. De hecho este fue en los 70 uno de los argumentos más importantes de la izquierda laborista para oponerse al ingreso a la UE. Pero además la creación del mercado común europeo no llevó a un crecimiento económico sostenido porque está muy centrado en dos obsesiones germanas: el control de la inflación y el déficit fiscal”, escribió Ellliot en su columna en el "The Guardian".

En caso de "Hard Brexit" o de acuerdos muy elementales, el modelo económico-social británico, que reformateó el Thatcherismo en los 80, podría terminar con una variante más extrema que convertirá al Reino Unido en un gigantesco paraíso fiscal con el objetivo de competir con bajos costos frente a los productos de la UE. 

La City de Londres, con su red asociada de paraísos fiscales, ya es uno de los grandes responsables de la evasión fiscal y el lavado de dinero a nivel mundial, pero ahora Boris Johnson planea la creación de 10 "freeports" que estarán en términos tributarios fuera del Reino Unido y servirán como imán para la inversión extranjera y la nacional. “El proyecto de Johnson es lo que él ha llamado un Singapur en el Támesis. Lo que quiere decir con esta frase es un lugar donde haya bajos o nulos impuestos y una degradación de la regulación laboral, medioambiental y social existente, todo lo que impactará muy fuerte en el Estado de Bienestar Social británico. Los beneficiarios serán un núcleo oligárquico nacional y extranjero. Los grandes perjudicados el resto de la población y la posibilidad de supervivencia del Estado de Bienestar. La única posibilidad que tiene Europa de evitar el impacto de esta política es adoptar una posición dura respecto al alineamiento regulatorio”, dijo a este diario John Christensen director y fundador de la organización líder de la lucha contra los paraísos fiscales Tax Justice Network.

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Un simpatizante del Brexit cruza una calle en el centro de Londres.  Imagen: AFP

Un país atravesado por el deseo de aislarse y a la vez de pertenecer

A las 11, la proyección digital sobre la fachada de 10 Downing Street de un reloj llegó al momento culmine luego de un conteo descendiente coreado en la Plaza del Parlamento como si fuera la llegada de año nuevo

 

 Desde Londres.A las 11 de la noche, el Reino Unido dejó oficialmente de pertenecer a la Unión Europea (UE). Una hora antes, en un mensaje pre-grabado en su página de Facebook, Boris Johnson exaltó la salida del bloque europeo con un llamado a la unidad nacional y al “comienzo de una nueva era en la que el futuro de cada uno no dependa del azar del lugar de nacimiento”. A unos pasos de su residencia oficial, 10 Downing Street, el ala durísima del Brexit, las huestes de Nigel Farage, no querían saber nada con este mensaje conciliador: la fiesta que congregó a miles de personas en la Plaza del Parlamento era para celebrar la "liberación de las cadenas de la Unión Europea". Al borde del Támesis en Londres y en vigilias con velas encendidas en todo el país, los pro-europeos hicieron sus postreras manifestaciones ante lo inevitable. A las 11, la proyección digital sobre la fachada de 10 Downing Street de un reloj llegó al momento culmine luego de un conteo descendiente coreado en la Plaza del Parlamento como si fuera la llegada de año nuevo: el Reino Unido ya no pertenecía al bloque europeo.

La salida es a la vez formal – hay un período de transición hasta el 31 de diciembre – e irreversible: no existe la posibilidad de marcha atrás. Si este año el Reino Unido tuviera un masivo arrepentimiento, tendría que renegociar su entrada en la UE. En la Plaza del Parlamento, la mera posibilidad causaba risa. “Nos fuimos y no volveremos. Por fin se respetó el mandato democrático. Somos libres”, aseguró eufórica una jubilada vestida con los colores de la bandera del Reino Unido.

La celebración de los pro-Brexit fue entusiasta y colorida, pero limitada porque regía la prohibición municipal de fuegos artificiales, música con altoparlantes y alcohol, aunque difícilmente en el Reino Unido baste un edicto para evitar la presencia de este último ingrediente, sea de contrabando o por consumo en los atestados pubs de la zona. En todo caso la prohibición fue funcional al gobierno que buscó un festejo moderado que no exacerbe el rencor acumulado durante la larga saga del Brexit, tan larga que es difícil medirla en años, saber si comenzó con el referendo de junio de 2016, con la insidiosa ofensiva mediática de los 90, con Margaret Thatcher en los 80 o con algún atávico instinto insular.

En horas de la tarde el gobierno buscó reforzar su mensaje de una "nueva era" con una reunión de gabinete en el National Glass Centre, un museo y centro de arte de Sunderland, el norte del país. Las reuniones de gabinete siempre se hacen en 10 Downing Street. El honor en este día trascendental le correspondió a Sunderland porque es una localidad emblemática: fue la primera en anunciar la victoria del Brexit. Pero además representa a ese norte pobre e históricamente laborista que en diciembre votó a Johnson con tal de asegurarse la salida de la UE.

La visita tenía la espectacularidad que necesitaba este mensaje de nueva aurora de Johnson, pero no pudo ocultar las profundas divisiones de un país polarizado. Un grupo de estudiantes se manifestó con carteles de “Boris you are not welcome here” y “Tory cuts not welcome here”. Una pareja de pro-europeos, James y Janet Sheetin, de 58 años, se desviaron de su viaje desde otra ciudad del norte, Newcaste, para plantarse en las puertas del National Glass Center con la bandera europea al grito de “long live Europe”. Empleado de un supermercado, James Sheetin le dijo al periódico local “Sunderland Echo” que la visita de Johnson era un golpe de efecto barato. “Su partido no hizo nunca nada en su vida por el Noreste del país”, dijo Sheetin.

Esta mezcla de escepticismo y alegría, desazón, euforia e incertidumbre es una clara muestra que el Reino Unido está hoy peligrosamente desunido como demostraron anoche las voces que llegaban de las otras dos naciones y de la provincia que constituyen el Reino. En la frontera irlandesa, el punto más álgido de las negociaciones del Brexit porque une a la República de Irlanda, miembro de la UE y a Irlanda del Norte, cuarta pata del Reino Unido, militantes de las Comunidades Fronterizas contra el Brexit, revelaron en un acto un gigantesco cartel con la consigna “fight goes on” (la lucha continúa).

En Escocia, la primer ministro Nicola Sturgeon, dijo que Escocia “es arrancada de la Unión Europea contra los deseos de la enorme mayoría” que votó en el referendo a favor de permanecer en el bloque. En Gales, que votó a favor de la salida, el primer ministro Marrk Drakeford dijo que seguirían formando parte de Europa. Un recorrido que hizo el matutino "The Guardian" por varias localidades pro-Brexit muestra la misma mezcolanza de emociones. En el norte del país, Birkenhead es uno de esos lugares que ha desafiado la comprensión de los analistas políticos: beneficiario neto de subsidios de la UE, votó a favor de la salida (lo mismo ocurrió en Gales). “Estoy aliviada. Ya estábamos hartos de tanta regulación que venía de gente que no conocíamos. El pueblo quería recobrar el control”, le señaló al matutino Hazel Harris de 78 años. En Barry Island, otra localidad pro-brexit, Emma Page, de 42 años, confesaba su incertidumbre y las divisiones familiares. “Soy la única que votó a favor de salir. Mi padre todavía me reprocha que es por gente como yo que está pasando lo que pasa. Espero haber tomado la decisión correcta y que se curen las heridas, pero va a tomar tiempo”, le dijo al diario The Guardian.

Según John Curtice, el especialista de sondeos de la BBC, que a diferencia de muchos de sus colegas alrededor del mundo viene acertando en sus predicciones, las encuestas muestran claramente que si la votación se celebrara hoy ganarían los que quieren seguir en la UE. "La última media docena de sondeos le dan a los pro-europeos un 53 por ciento y a los pro-Brexit un 47 por ciento. La mayoría de los que votaron en 2016 votarían de la misma manera. La diferencia radical es con los que no votaron. Entre este grupo los pro-europeos son el doble", señala Curtice. Entre ellos están los que no pudieron votar en 2016 por su edad: cuanto más joven, más decididamente pro-europeo el perfil del votante. La confusión en este grupo es inevitable. Un ferviente pro-europeo, Timothy Garton Ash, trataba de lidiar con el asunto exhortando ayer en una columna en el The Guardian “a desear que el Brexit sea exitoso y que la Unión Europea sea más exitosa aún”.

En medio de esta marea emocional de los tradicionalmente circunspectos británicos una cosa está clara. Sea por la historia, la geografía o la conveniencia, el Reino Unido no podrá librarse de su vecino. Hasta fin de año tendrá que negociar cómo será la relación al final de la transición. Y luego, de una manera u otra, pase lo que pase, tendrá que seguir el diálogo. El mismo Timothy Garton Ash citaba en The Guardian las palabras del historiador RW Seton-Watson en 1937 para caracterizar la ambivalente relación británica con el continente. “El deseo de aislamiento. Y la conciencia de que es imposible. La aguja del compás británico sigue oscilando entre estos dos polos” A más de 80 años nada ha cambiado ni nada cambiará.

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Boris Johnson tiene por delante mucho por negociar con la UE.   ________________________________________ Imagen: AFP

El Brexit se concreta este 31 de enero, pero el proceso llevará su tiempo y tendrá sus complejidades

El caballo de batalla de Boris Johnson es un modelo de bajos impuestos, escasa regulación laboral y enormes incentivos a la inversión extranjera. El problema es que choca con el modelo regulatorio europeo. 

 

A más de tres años del referendo, luego de dos elecciones generales, tres primer ministros y tres extensiones de los plazos de negociación, el Reino Unido saldrá de la Unión Europea este viernes 31 de enero a la medianoche hora del continente europeo, 11 británicas, que hasta en el reloj hay divergencias. Aún así la separación no sucederá de un saque. El viernes se consumará el divorcio de un matrimonio de 47 años, pero la pareja seguirá bajo el mismo techo. El Reino Unido continuará tanto en el mercado común europeo como en la unión aduanera y contribuirá al presupuesto del bloque hasta el 31 de diciembre mientras las dos partes intentan negociar un tratado de libre comercio post-Brexit.

El primer ministro Boris Johnson quiere un amplio tratado de libre comercio con el bloque europeo, pero al mismo tiempo, desea que el Reino Unido post-Brexit sea un “Singapur en el Támesis”, frase que no terminó de definir, aunque alude a un modelo de bajos impuestos, escasa regulación laboral y enormes incentivos a la inversión extranjera. La Unión Europea ha sido muy clara. Es imposible cerrar un “amplio tratado de libre comercio” en un año como desea Johnson y, además, el acuerdo se debe basar en el mantenimiento de las regulaciones y estándares europeos para la industria, el comercio, los servicios y las finanzas, algo que se da de cabeza con el “Singapur en el Támesis”.

Página12 dialogó con John Christensen, fundador y director de Tax Justice Network (TJN) la organización que el matutino británico The Guardian describe como “líder mundial de la lucha contra la evasión impositiva y las guaridas fiscales”

-- ¿Cómo definiría este concepto de Singapur en el Támesis?

– Es el caballo de batalla de Boris Johnson. La idea es un país ultra desregulado, con bajos impuestos, un paraíso fiscal en la puerta misma de la Unión Europa. Johnson quiere que el Reino Unido aproveche la ventaja comparativa que le da la geografía respecto a la UE de la misma manera que Singapur aprovecha su proximidad con las economías asiáticas, las más dinámicas del mundo. Con este modelo el Reino Unido, que ya tiene en la City de Londres a uno de los paraísos fiscales del mundo, se convertiría en un imán para oligarcas financieros, multinacionales y todas las formas posibles de lavado de dinero. El problema de este modelo es que para poder implantarlo necesita hacer a un lado toda la regulación europea en lo que concierne al intercambio automático de información, a los impuestos a multinacionales, a la publicación de información de compañías y a los fideicomisos, los Trusts, que son clave en el secreto financiero británico.

-- Como usted dice la City de Londres ya es uno de los grandes centros de secreto financiero y evasión global. ¿Qué impacto puede tener un modelo que va a extremar aún más estos rasgos en el Reino Unido, la Unión Europea y el mundo?

-- Creemos que eso es una amenaza no solo para la Unión Europea sino para el mundo, porque el objetivo es liderar una carrera a la baja en la política impositiva y en la regulación de servicios financieros. El peligro es que así se erosione la regulación en la Unión Europea, Estados Unidos y el resto del mundo precipitando una carrera des-reguladora total. Londres es el segundo centro de wealth managment (gestión patrimonial de grandes fortunas) después de Suiza. Creemos que muy pronto superará a Suiza. Estos centros de “wealth managment” sirven para que los ricos evadan dinero y también para atraer fondos del crimen organizado y la corrupción. Con un "Singapur en el Támesis" se convertirían en la principal fuente de riqueza a expensas del resto de la economía y la sociedad, en especial, del "Welfare State" (Estado de bienestar).

-- ¿Qué impacto específico tendrá sobre la Unión Europea?

-– La Unión Europea se viene moviendo hacia una armonización económica, con mayor regulación y transparencia. Lo que tendrá enfrente es un modelo que compite yendo en la dirección exactamente opuesta. Por eso pensamos que la Unión Europea tiene que adoptar una posición dura en la negociación que se hará después de este 31 de enero. Si el Reino Unido quiere tener acceso completo al mercado europeo financiero y productivo debe seguir el modelo regulatorio de la Unión Europea. Este alineamiento con las regulaciones europeas debe ser dinámico, es decir, que el Reino Unido no solo tiene que mantener el actual alineamiento con el marco regulatorio europeo, sino que tendrá que actualizarlo en caso de que el bloque apruebe nuevas normas como condición para tener pleno acceso al mercado europeo.

-– Hasta ahora Boris Johnson ha rechazado este tipo de alineamiento. ¿Le parece que el primer ministro es capaz de apostar a todo o nada con tal de cumplir este proyecto del Singapur en el Támesis? ¿O cree, por el contrario, que es una táctica para presionar a la Unión Europea?

-–A mi juicio es una postura negociadora dura inicial para obligar a la Unión Europea a flexibilizar su posición. Por su parte, la UE ha sido muy clara de que quieren un acuerdo rápido siempre que el Reino Unido acepte que tiene que estar alineado con la regulación europea para tener acceso a su mercado. Es decir, que haya reglas de juego equitativas (“level playing field”) para la competencia económica. No se ve cómo se pueden compatibilizar estas posiciones. Está claro que Johnson va a estar bajo una intensa presión de su propio partido para no mantener un alineamiento regulatorio con la Unión Europea, de manera que la negociación va a resultar muy complicada. Existe el peligro de que terminemos con un “Hard Brexit”. Al mismo tiempo Johnson sabe que esto va a ser tan perjudicial para el conjunto de la economía que no lo va a hacer. El acuerdo va a tomar mucho más que este año de negociación.

-– Pero Johnson ya aprovechó bien su mayoría absoluta en el parlamento para cambiar la ley. Y la cambió prohibiendo que haya una extensión del período de transición con la UE más allá del 31 de diciembre.

-– Las leyes las aprueba el parlamento. El parlamento puede cambiarlas. Está muy bien eso de ir a una negociación con las manos atadas, pero no creo que la UE le preste atención porque saben que a Johnson no le conviene salir de la Unión Europea sin un acuerdo. Saben también que Johnson quiere un acuerdo, pero en el que no tenga que alinearse con las regulaciones europeas. Por eso las negociaciones van a tomar mucho más tiempo. Cinco años. Quizás 10.

-– Imaginemos el escenario opuesto. Que el Reino Unido por propia voluntad de Johnson, por la presión de su propio partido o los accidentes de una negociación político-diplomático, termina saliendo de la UE sin acuerdo. ¿Qué impacto tendrá para el Reino Unido?

-– El impacto será muy fuerte en el sector industrial, el financiero, el de los servicios porque el Reino Unido no tendrá el mismo acceso al mercado europeo con el que tiene la mitad de sus intercambios comerciales. La UE es el mercado financiero más importante que tiene el Reino Unido. La industria automotriz estará terminada porque su producción está integrada a la europea y los aranceles que deberán pagar con un Hard Brexit harán que este sector sea muy poco competitivo. Las multinacionales japonesas del sector automotriz, por ejemplo, necesitan que el Reino Unido esté dentro de la UE, no afuera. Esa fue la premisa para elegir al Reino Unido como base de operaciones: su pleno acceso al mercado europeo. Es muy posible que sea también el fin del sector agrícola que se verá inundado por la producción mucho más barata de otros países, Estados Unidos por ejemplo.

-– A muchos extranjeros les asombra esta obsesión del Reino Unido con la Unión Europea que terminó en la salida del bloque. Ahora la propuesta de Johnson es la del “Singapur en el Támesis”. Pero esto también parece basarse en una idea distorsionada. En Singapur el 22 por ciento de la producción se debe a empresas estatales, más del doble del promedio internacional y mucho más todavía que lo que tiene el Reino Unido. Entre el 80 y el 85% de la vivienda es del estado. No creo que este sea el Singapur en el Támesis que están persiguiendo los conservadores.

-– Para nada. Singapur es un modelo social demócrata en lo que tiene que ver con la educación, con la vivienda, con la industria. Al mismo tiempo es un centro financiero de lavado de dinero igual que Londres. Esta es la parte que reivindica Johnson. Pero es curioso porque la primera vez que leí de este modelo del Singapur en el Támeses fue en Alemania después de una reunión entre la entonces primer ministra Theresa May y Angela Merkel. Menciono esto porque este modelo se ha discutido en Europa, pero no aquí en el Reino Unido. Los medios prácticamente no lo han cubierto. No he visto nada en la BBC. Algo en el  Financial Times. Pero el ciudadano de a pie no es lector del Financial Times. Estamos avanzando hacia un modelo que nadie conoce.

-– El modelo choca con lo que quiere la Unión Europea. Pero parecería que tampoco las élites, a las que este gobierno representa, quieren pagar el precio de este modelo que muy probablemente sería un Hard Brexit.

 -– El Partido Conservador está repleto de lobistas de los sectores financieros y multinacionales. La retórica será populista de derecha, pero la realidad es otra. La retórica es que hay que ser competitivos. Esa es la palabra clave que usan. Yo hablé con ministros, incluido el de finanzas, Sajid Javid, que dicen que quieren bajar el impuesto corporativo a un 15 y hasta un 10 %. El impuesto corporativo no es solo importante por las multinacionales. La mayoría de los multimillonarios tienen sus activos invertidos en las corporaciones. El impuesto a los ingresos no significa nada para ellos: el corporativo sí. Esto es parte de la estrategia del Singapur en el Támesis. Es la idea de atraer a los multimillonarios y élites para que vengan a Londres a disfrutar una tasa corporativa que puede ser reducida al 15, al 10%, que hasta podría ser abolida en el curso de esta década. Pero el precio será muy alto para el sector financiero y el industrial.

-- ¿Cómo afectaría este “Singapur en el Támesis” al mundo en desarrollo?

-– Va a ser desastroso no solo porque son los más afectados por el lavado de dinero, la evasión y elusión impositivas, sino porque están más expuestos a esta dinámica de la carrera a la baja para reducir impuestos a las corporaciones y desregular el mercado laboral como incentivos para atraer inversiones. Si se reducen mucho los impuestos corporativos acá, si incluso se eliminan, como algunos en el gabinete lo han discutido conmigo, la presión será muy fuerte sobre otros países del mundo desarrollado, pero aún más del mundo en desarrollo. 

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Lunes, 20 Enero 2020 06:10

¿Se avecina una crisis?

¿Se avecina una crisis?

Luego de la crisis financiera de 2008 se preguntaba recurrentemente cómo era posible que no se hubiese previsto.

Los economistas académicos y profesionales estaban en otra cosa, asentados en las respectivas conveniencias, y aún no parecen advertir del todo ni expresamente lo que ocurrió y su significado.

Los políticos y funcionarios en los ministerios de hacienda y bancos centrales aceptaban de buen modo los excesos que ocurrían en los mercados y se adaptaban a la “exuberancia irracional”, término que englobaba lo que sucedía. Pero no se impulsaba reacción alguna para frenarla y reorientar el destino de los fondos para invertir; en cambio, era como si se echara más leña al fuego.

A medida que ha pasado el tiempo, lo que se repiten son las advertencias de las derivaciones negativas de dicha crisis: las de carácter social, productivo, comercial y la fragilidad financiera que persiste en el mundo, disfrazada de distintas maneras.

Apenas hace unos días, la directora del Fondo Monetario Internacional dijo en una reunión en el Instituto Peterson de Washington DC que las tendencias económicas actuales se asemejan a las observadas en la década de 1920 y que culminaron en la Gran Depresión.

Se centró en el hecho de que la desigualdad económica al interior de los países se ha acrecentado y que, en el caso de los países de la OCDE, llega a cifras récord. Esto, predijo, junto con el cambio climático y el proteccionismo comercial agravarán la agitación social y la fragilidad financiera.

Deberán discutirse los escenarios políticos vigentes y también la visión del FMI, institución cuya propia historia y entorno político están de por medio y que no puede obviarse.

La enorme intervención que hizo la Reserva Federal, inundando con liquidez los mercados financieros, luego de la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008, llevó a una política monetaria que provocó un entorno de tasas de interés prácticamente de cero.

Este ambiente se mantuvo de diciembre de 2008 a finales de 2015, para luego irse ajustando hacia arriba, progresivamente, hasta el 1.75 por ciento actual.

Así se regresaba a lo que se considera la norma de la política monetaria. Pero está muy lejos de fincar un escenario de crecimiento sostenido, con una mejor distribución, menor volatilidad en los mercados de dinero y de capitales y menos confrontación de los intereses nacionales.

El proceso provocó distorsiones significativas en la asignación de las inversiones que buscaban mejores retornos, como es igualmente la norma. Así ocurrió en los mercados de bienes raíces, acciones y bonos, y, en general, en los precios relativos de todos los activos, en una perspectiva altamente especulativa.

La generación de valor en la producción se relegó, beneficiando los rendimientos provenientes de las rentas, con un impacto más grande en la desigualdad de los ingresos y la riqueza.

El fenómeno, iniciado en Estados Unidos, se propagó a otros países y en Europa, por ejemplo, hay casos de tasas negativas de interés para los depósitos.

El dinero disponible para la inversión de tipo financiero se coloca en mercados con mayores rendimientos, como fondos de bienes raíces; índices de inversión en las bolsas de valores; los que se colocan en mercados fuera de Estados Unidos y Canadá; los bonos de distintos tipos; el petróleo o el oro. En todos estos casos los retornos han estado por encima de la inflación promedio.

Los bancos, como los de Estados Unidos que estuvieron en el centro de la crisis financiera, se restructuraron siguiendo un patrón definido por el Tesoro y la FED, en un fuerte proceso de concentración de los activos que controlan. Sus ganancias se han recuperado con creces en el ambiente especulativo predominante. En esencia, un entorno de bajas tasas de interés favorece los márgenes que se ganan cuando se realizan las transacciones en los distintos mercados.

En este contexto es que se ha propuesto la noción de un estancamiento secular. El reducido crecimiento productivo exacerba la diferencia entre el ahorro y la inversión, y se provoca así una hipertrofia del sistema financiero. La política fiscal puede reforzar el efecto adverso cuando se reducen los impuestos a los estratos de más altos ingresos.

Lo que ha quedado fuera de foco es la necesidad de generar producción y empleo, aumentar el ingreso relativo de la gente que trabaja y ordenar la política fiscal y monetaria para aminorar las distorsiones que ocurren a partir del ámbito de las operaciones financieras.

Las advertencias sobre las condiciones de persistente inestabilidad, desigualdad, estancamiento, calentamiento global y confrontación social no pueden sino seguir creciendo, pero por lo pronto yacen en un campo poco fértil para que las políticas vigentes se transformen.

¿Qué papel juega la constante advertencia de una posible crisis?

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Sábado, 18 Enero 2020 06:41

Mucho ruido y pocas nueces

Mucho ruido y pocas nueces

El acuerdo comercial preliminar entre Estados Unidos y China.

 

El gobierno estadounidense firmó este miércoles con su par chino un documento de 86 páginas al que describe como crucial, importantísimo y de grandes consecuencias, y que ofrece una pausa en la disputa comercial entre las dos economías más grandes del mundo. Pero los insultos, las amenazas y las represalias trumpianas lograron pocas de sus metas.

 

Durante su campaña electoral de 2016 y en los primeros dos años de su presidencia, Donald Trump enardeció a sus seguidores proclamando que China robaba a Estados Unidos, y prometió a creyentes e indecisos que le asestaría a Pekín un marronazo comercial tal que los chinos vendrían gateando a firmar los términos de intercambio dictados por Washington.

Lo que por casi dos años Estados Unidos y China han intercambiado son amenazas, fanfarronerías y aranceles que han gravado el comercio por cientos de miles de millones de dólares de parte y parte.

Así hemos llegado a enero de 2020, cuando a Trump le apura la concreción de algunas de sus promesas más rimbombantes, si es que desea al menos que parezca que las cumple cuando faltan menos de trescientos días para las elecciones presidenciales. Otras promesas espectaculares han quedado por el camino, como la que alentó a los trumpistas a corear “Lock her up!”, clamando por el encarcelamiento de la candidata demócrata en 2016, Hillary Clinton. En realidad, quienes han ido ya a prisión o la tienen en su agenda anotada son varios colaboradores muy cercanos de Trump. O la promesa de construcción de una muralla que cerraría la frontera de 3.200 quilómetros con México gracias a un muro que sería impenetrable, alto, indestructible. Y por el que México pagaría. Ahora el presidente anda desviando fondos asignados por el Congreso para el Pentágono, y su gobierno ha construido apenas 150 quilómetros de muro, de los cuales 144 corresponden al reemplazo de estructuras más viejas. México, por supuesto, no ha pagado un centavo, y el gasto lo cubren los estadounidenses con sus impuestos.

Suerte parecida han tenido las promesas de reducir la deuda nacional y el déficit fiscal, situaciones que Trump en 2016 describía como catastróficas. La deuda nacional estaba en los 19 millones de millones de dólares en el último período fiscal bajo la presidencia de Barack Obama, y está ahora encima de los 22 millones de millones. El déficit del gobierno federal fue de 585.000 millones de dólares (equivalente al 3,1 por ciento del producto bruto interno) al cierre de la presidencia de Obama, y llegó a 1 millón de millones de dólares (5 por ciento del Pbi) en 2019.

Trump asimismo prometió que reduciría el déficit comercial de Estados Unidos con el mundo entero y, en particular, con China. En los primeros 11 meses del año pasado el déficit en el comercio de bienes y servicios fue de 562.965 millones de dólares, casi sin cambios comparado con los 566.872 millones de dólares en el período similar del año anterior. El déficit comercial con China fue, de enero a noviembre del año pasado, de 320.823 millones de dólares, y había sido de 379.697 millones de dólares.

De modo que mientras la segunda economía más grande del mundo y potencia global emergente, China, ha tomado todo el barullo comercial en el contexto de una estrategia que mira la historia –y calcula que, quizá, después de enero próximo Trump ya no esté en la Casa Blanca–, Estados Unidos llegó a este primer paso de un primer movimiento hacia un posible avance con gran alharaca.

LA TREGUA. 

La llamada “fase uno” de un acuerdo comercial más amplio que también sigue siendo una promesa compromete a China a comprar productos estadounidenses adicionales por unos 200.000 millones de dólares a lo largo de los próximos dos años. Esto incluye 77.700 millones de dólares en bienes manufacturados y 32.000 millones de dólares en productos agropecuarios.

Estados Unidos había buscado que China comprara productos agropecuarios por 40.000 a 50.000 millones de dólares. Hasta noviembre pasado, el Departamento de Agricultura había distribuido unos 6.700 millones de dólares entre los productores agrícolas y ganaderos estadounidenses afectados en 2019 por la caída de sus exportaciones a China como resultado de la querella comercial. Las áreas rurales y semirrurales de Estados Unidos son el territorio electoral más favorable a Trump. Por otra parte, su gobierno no divulgó todos los detalles sobre las futuras compras chinas de bienes agropecuarios, a fin de evitar aumentos abruptos de esas materias.

Muy al tono negociador del presidente, que desprecia los mecanismos multilaterales, como los utilizados por la Organización Mundial del Comercio (Omc), ambas partes se pusieron de acuerdo en que resolverán las disputas que surjan mediante un proceso de consultas directas sujeto a la amenaza de nuevos aranceles. Este mecanismo para vigilar el cumplimiento del acuerdo incluye un cronograma para el manejo de las quejas por parte de cualquiera de los gobiernos. Si los funcionarios de bajo nivel no logran resolver las disputas, estas pasan a funcionarios de más alto rango, hasta llegar al nivel del representante comercial de Estados Unidos y su contraparte en China. Si aun a este nivel la disputa no se resuelve, los presidentes de ambos países pueden tomar medidas que incluyen la imposición de tarifas o aranceles punitivos. Muy lejos han quedado los mecanismos que desde las conversaciones de la Ronda Uruguay en 1994 llevaron a la creación de la Omc, en la que Estados Unidos y más de un centenar de países habían repudiado este tipo de arreglos por la distorsión que causan en el comercio global.

El acuerdo baja al 7,5 por ciento los aranceles de 15 por ciento que habían sido impuestos sobre unos 120.000 millones de dólares en bienes, pero la mayor parte de los gravámenes más altos –que afectan otros 360.000 millones de bienes chinos y más de 100.000 millones de dólares en exportaciones estadounidenses– permanecen en pie.

Fuentes del gobierno de Trump señalaron que el acuerdo firmado este miércoles no especifica que Beijing esté comprometido a bajar los aranceles que impuso a las importaciones desde Estados Unidos, lo que deja abierta la puerta para que la disputa vuelva a calentarse en un futuro próximo. Pero China prometió que dará a las empresas estadounidenses mayor acceso en el sector de servicios financieros, que no devaluará su moneda para ayudar a los exportadores chinos y que ya no obligará a las firmas estadounidenses a que compartan su tecnología como condición para hacer negocios en el país asiático.

LA FACTURA. 

De este lado del océano Pacífico, quienes han pagado y pagan el plato son los consumidores. Varios economistas han calculado que el costo para ellos y las empresas ha sido de unos 40.000 millones de dólares tras 20 meses de disputa. La Oficina de Presupuesto del Congreso ha calculado que la incertidumbre relacionada con los aranceles ha cortado un 0,3 por ciento del crecimiento económico estimado para Estados Unidos, lo que redujo el ingreso promedio de los hogares en 580 dólares al año desde 2018.

El acuerdo ahora alcanzado, que no requiere la aprobación del Congreso, también dejó sin solución las preocupaciones de Estados Unidos acerca del impacto que tienen los subsidios industriales chinos sobre los mercados mundiales. Si bien el déficit comercial estadounidense con China disminuyó en los 12 meses transcurridos hasta noviembre pasado, el déficit estadounidense con el resto del mundo subió, lo que en la práctica borró casi el 90 por ciento de la disminución lograda en el déficit con China.

Más allá de los dos gigantes trenzados en esta disputa, se calcula que la “guerra comercial” recortará en más del 0,5 por ciento el crecimiento de la economía mundial. Sin embargo, algunos países han salido beneficiados al reencaminarse las corrientes comerciales estimadas en unos 165.000 millones de dólares. Por ejemplo, Vietnam, Taiwán y México han visto un incremento de las inversiones estadounidenses, que se han apartado de China, y la Reserva Federal calcula que el aumento de las importaciones estadounidenses desde México benefició en un 0,2 por ciento el crecimiento económico en el país vecino.

LA POSGUERRA. 

“El mayor impacto a corto plazo del acuerdo firmado esta semana es, simplemente, que quita del camino algo de la incertidumbre perniciosa creada por la disputa misma”, escribió el analista Nathaniel Taplin, en The Wall Street Journal. En tanto, “el impacto más duradero de esa disputa es un deterioro notable y rápido en las relaciones generales entre Estados Unidos y China”. Taplin señaló que “las hostilidades comerciales abiertas pueden permanecer contenidas por ahora al aproximarse la temporada electoral estadounidense, pero la competencia tecnológica, de seguridad e ideológica siempre subyacente en las relaciones chino-estadounidenses, se ha recargado con el conflicto”. “Los inversionistas seguirán lidiando con las consecuencias por muchos años”, añadió (The Wall Street Journal, 15-I-19).

Mientras tanto, el jefe de la minoría demócrata en el Senado, Charles Schumer, de Nueva York, comentó en conferencia de prensa que “el presidente se jacta de que este es ‘el acuerdo más grande de la historia’. Yo creo que la impresionante falta de reforma sustancial y de largo plazo lograda perjudicará a los trabajadores y a la industria de Estados Unidos”.

Lo cierto es que el miércoles, y en el tono de desprecio por la diplomacia que Trump ostenta como virtud, el presidente estadounidense describió como “pillaje” la política comercial de China mientras el vice primer ministro de China, Liu He, y otros funcionarios chinos de alta jerarquía aguantaban de pie la ceremonia de firma del acuerdo y la conferencia de prensa de 45 minutos. Cuando le llegó su turno, Liu leyó un mensaje del presidente Xi Jinping, quien escribió que el pacto “refleja el respeto mutuo” entre ambos países.

En la ocasión, en la Sala Este de la Casa Blanca, estuvieron miembros republicanos del Senado y de la Cámara de Representantes, junto con decenas de ejecutivos muy infatuados de grandes corporaciones como Boeing y Honeywell, y financieros de Citibank, J P Morgan y Citadel. No hubo, en cambio, representantes de los sindicatos, cuyos afiliados supuestamente se beneficiarán con este pacto.

Por Jorge A. Bañales

17 enero, 2020

Publicado enEconomía
Trump anunció la firma de un primer acuerdo con China. Principio del fin a la guerra comercial

El presidente de Estados Unidos comunicó que la rubrica de la "fase uno" del pacto con China será el 15 de enero en la Casa Blanca.

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, anunció la firma de un acuerdo comercial con China. La fase uno del pacto será rubricada el 15 de enero en la Casa Blanca, indicó el mandatario. Allí se abordan temas como la transferencia de tecnología, la propiedad intelectual, la expansión del comercio y el establecimiento de mecanismos para la resolución de disputas comerciales, entre otros. En 2019 la falta de acuerdo entre Estados Unidos y China fue uno de los elementos que generó volatilidad a nivel global. La firma del convenio terminaría formalmente con un año y medio de guerra comercial.

“Firmaré nuestro amplio y completo acuerdo comercial de fase uno con China el 15 de enero". Así lo adelantó el presidente norteamericano a través de su cuenta en Twitter. "La ceremonia tendrá lugar en la Casa Blanca. Representantes de alto nivel de China estarán presentes. En una fecha posterior, iré a Pekín, donde comenzarán las conversaciones sobre la Fase Dos", detalló Trump a través de la misma red social.

El presidente de Estados Unidos había asegurado hace una semana que estaba cerca de firmarse el acuerdo con su par chino, Xi Jinping, para poner fin a la guerra comercial entre ambas naciones. El mandatario chino señaló que el convenio bilateral se basa en el respeto mutuo y los principios de igualdad. Aseguró que uno de los principales objetivos del acuerdo es contribuir a la paz y a la prosperidad a nivel mundial.

El viceministro de Comercio chino, Wang Shouwen, confirmó que la primera fase del pacto entre ambas economías aborda temas sensibles como la transferencia de tecnología y la propiedad intelectual. La disputa por el desarrollo de las redes de transferencia de datos 5G es uno de los puntos que en los últimos meses generó mayores tensiones.

El acuerdo comercial tendrá entre sus prioridades ir retirando por etapas los aranceles de importación que en el último año y medio fueron aplicándose ambas economías para distintos productos estratégicos del comercio bilateral. El acuerdo implica, no obstante, que se mantienen aranceles estadounidenses del 25 por ciento a importaciones chinas valoradas en 250 mil millones de dólares. También se mantendrán los gravámenes del 7,5 por ciento para la importación de productos por un volumen de 120 mil millones.

En sus últimas previsiones macroeconómicas de octubre, el Fondo Monetario Interancional rebajó sus proyecciones de expansión del PIB global al 3 por ciento. Se trata de dos décimas menos que en julio y la explicación de la baja fue la disputa comercial entre China y Estados Unidos. Los activos financieros en 2019 experimentaron una fuerte volatilidad a nivel internacional ante los anuncios de aranceles a la importación y las noticias en las que se adelantaba la caída del acuerdo comercial. Estados Unidos y China representan a la primera y segunda economía del mundo. Lo que ocurre en sus relaciones bilaterales tiene un fuerte efecto para el resto de los países desarrollados y emergentes.

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