La cena del medio billón de dólares: China y EEUU se reúnen en privado durante el G-20


Donald Trump y Xi Jinping se reunirán este sábado durante una cena en Buenos Aires. ¿Qué puede pasar durante el encuentro? Una marcha atrás en los aranceles

parece improbable


Si a Donald Trump y a Xi Jinping les preocupa algo el colesterol, lo mejor va a ser que no pidan carne en su cena de esta noche. Si cumplieron con todas las comidas que el Gobierno de Argentina programó para los líderes del G20, habrán pasado ya por choripanes, ojos de bife, empanadas de carne y filetes de lomo. Y aún les quedan los corderos de la Patagonia reservados para el almuerzo del sábado.


Pero tal vez el colesterol sea lo que menos preocupe a los presidentes de China y Estados Unidos en su encuentro bilateral de este sábado, el primero que celebran desde que en noviembre de 2017 se vieron en Pekín. Entre los 250 mil millones de dólares de exportaciones chinas que ya sufren un 'arancel Trump' y los 267 mil millones que podrían sumarse, la batalla de Xi Jinping esta noche es por un negocio de más de medio billón de dólares, una cantidad comparable al PIB de Suecia. Además de ampliar el número de artículos arancelados, la amenaza de Trump es incrementar en enero el gravamen que ya están pagando muchos productos chinos, haciéndolo pasar del 10% al 25%.


Más importante que el menú es el nombre de los invitados a la cumbre bilateral. La confirmación de Peter Navarro, por el lado de Trump, contribuyó en gran medida a los vaivenes que el viernes sufrió el índice bursátil Dow Jones en la Bolsa de Nueva York. Funcionario de Trump en la Casa Blanca, Navarro defiende la línea dura contra Pekín desde los días en que el magnate republicano se postulaba como presidente y dicen que fue él quien insistió en que el presidente eligiera a China como rival estratégico.


¿Qué puede pasar en el encuentro de hoy? Una marcha atrás en los aranceles ya impuestos parece descartada hasta por los funcionarios chinos. Según el periódico The Wall Street Journal, su objetivo es que las cosas queden como están y Trump no cumpla con su amenaza de incluir nuevos artículos a las barreras y de subir los aranceles existentes.


Para Ian Bremmer, de la consultora en riesgo geopolítico Eurasia Group, ese es un escenario posible debido a "la gran cantidad de tiempo que las dos partes han pasado preparando el encuentro y asegurándose de que sale algo productivo de él". "La pregunta", dijo Bremmer a eldiario.es, "es si estamos ante el primero de muchos encuentros, en cuyo caso seguiríamos con la amenaza de nuevos aranceles el 1 de enero, o si llegan a un acuerdo macro entre China y los Estados Unidos que funcione como un 'alto el fuego' en la guerra comercial".


En opinión de Bremmer, alcanzar ese acuerdo macro que evite nuevas beligerancias en enero está dentro de lo esperable. El problema con Trump es que la variable del escándalo doméstico está siempre demasiado cerca y, como dice Bremmer, en esas circunstancias el presidente "puede ser especialmente autodestructivo".
Habrá que administrar con prudencia el optimismo, entonces. Este jueves, el exabogado de Trump, Michael Cohen, confesó haber hecho declaraciones falsas en relación a la construcción de una Torre Trump en Moscú cuando el Congreso de EEUU lo investigaba por las posibles connivencias con Rusia en las presidenciales de 2016. "¡Caza de brujas!", respondió ayer Trump en un tuit desde Buenos Aires.


Pero si consigue dominar sus impulsos, a Trump también le conviene el alto el fuego. Es verdad que, en principio, las hostilidades comerciales debilitan principalmente a China porque su economía depende más de las exportaciones que la de Estados Unidos, pero dañar al crecimiento chino termina afectando siempre a las economías de Europa y de Estados Unidos.
De acuerdo con un análisis de Bloomberg, China tiene tres cosas que ofrecer para evitar el embate: relajar el requisito que obliga a los inversores extranjeros a compartir el capital de las empresas con el Estado chino; combatir de verdad el robo de propiedad intelectual; y presentar una hoja de ruta creíble en la que el déficit comercial de Estados Unidos con China se vaya reduciendo progresivamente.


La batalla de los aranceles es la más visible pero podría ser solo una excusa. Según Néstor Restivo, director de la p ublicación argentina sobre las relaciones de China con América Latina DangDai, el gran objetivo de EEUU es "frenar como sea el ascenso de China": "Lo de los aranceles es la punta del iceberg, una herramienta que tiene para impedir que China crezca tan rápidamente, pero lo que está de fondo es el tema tecnológico, el Plan Made in China 2025 es lo que de verdad preocupa, un proyecto chino de mucho avance en inteligencia artificial, biotecnología y robótica".


En opinión de Restivo, el mejor resultado del encuentro entre Trump y Xi Jinping esta noche sería "un acuerdo de partes para ordenar una transición hacia unas relaciones de fuerzas más equilibradas, un mundo más multipolar en el que se tendrían que empezar a aceptar espacios de intervención del uno y del otro, como que Estados Unidos pueda hacer negocios en Asia y que a cambio no interfiera en los negocios de China en América Latina".


Sobre el papel, suena bien. El problema es que a la potencia en ascenso le resulta más fácil aceptar la nueva multipolaridad del mundo que a la que ve amenazada su supremacía. No parece una píldora fácil de tragar por Trump aunque por otro lado, y como dice Restivo, "la rivalidad existe y China no va a dejar de crecer por estas amenazas".

Por Francisco de Zárate
30/11/2018 - 20:17h

 

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Sábado, 01 Diciembre 2018 06:20

Venezuela devalúa su moneda un 43%

Venezuela devalúa su moneda un 43%

El ajuste de la tasa de cambio en el mercado oficial llega solo un día después del aumento del 150% en el salario mínimo


Las letras pequeñas de las medidas anunciadas por el presidente Nicolás Maduro la noche del jueves fueron explicadas 24 horas después por Tareck El Aissami, vicepresidente económico y ministro de Industrias y Producción Nacional. El Gobierno venezolano devaluó este viernes su moneda en un 43,3%, con lo que un dólar pasará a cambiarse por 151,64 bolívares frente a los 85,87 que registró el jueves, tras la última subasta de divisas hecha por el Banco Central de Venezuela.


El aumento se preveía como parte de los “factores de corrección” que anunció Maduro, que incluyeron el aumento de 150% del salario mínimo, después de que la criptomoneda petro pasase de valer 3.600 a 9.000 bolívares soberanos. A esa divisa virtual está vinculado el ingreso mínimo. El petro aumentó su valor, pese a que según el Gobierno está atado al precio del petróleo, que las últimas semanas ha ido a la baja.


Los ajustes llevaron el suelo salarial a un monto equivalente a menos de 10 dólares, calculados en el mercado paralelo que rige la mayoría de las transacciones. Este viernes la tasa rozó los 500 bolívares por dólar y ya casi triplica la oficial. Desde agosto, cuando Maduro anunció su programa de recuperación económica, la moneda venezolana se ha depreciado 60% en la tasa oficial del dólar, controlado desde hace 15 años. Tras un año en hiperinflación, las correcciones en el programa económico emprendido por Maduro repiten las medidas que han llevado a picado la economía venezolana: los controles de precios, el mantenimiento del control de cambio —convertido en una máquina de corrupción millonaria— y las constantes presiones sobre el sector productivo.


El Ejecutivo también anunció este viernes el ajuste de precios de 29 rubros de productos, entre ellos los huevos, la mantequilla y la mortadela. El Aissami anunció, además, la ocupación de 21 mataderos públicos y privados por 180 días para garantizar el precio de la carne y que “no sea comercializado como les dé la gana”. “El sector cárnico es uno de los sectores donde más se ha perturbado el precio. Conversamos personalmente con cada dueño para que trataran de rectificar su conducta criminal”, agregó el funcionario.

Por Florantonia Singer
Caracas 1 DIC 2018 - 02:39 COT

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Viernes, 30 Noviembre 2018 09:22

Medidas de seguridad prontas

Medidas de seguridad prontas

En un Buenos Aires “militarizado”, según las palabras de la ministra de Seguridad, el presidente Mauricio Macri espera que la reunión del Grupo de los 20 (G 20) lo ayude a cumplir su promesa de “reinsertar a Argentina en el mundo”.

CON UNA INFLACIÓN galopante, una deuda externa creciente (que ya alcanza los 265.000 millones de dólares), y 36,8 por ciento de la población debajo de la línea de pobreza, la imagen del presidente argentino está muy devaluada. Este viernes 30 y sábado 1 de diciembre, con la celebración de la cumbre del G 20 en Buenos Aires Mauricio Macri espera poder mostrar algo positivo al mundo, y en cierto sentido, también hacia adentro, a su pueblo. La realización del evento constituye un logro en sí para su gobierno, en medio de la gran aspereza que enfrenta de cara a las elecciones presidenciales del año próximo.


El G 20 surgió en 1999 e incluye a 20 países de todos los continentes cuyas reuniones anuales involucran no sólo a sus mandatarios, sino a ONG, organizaciones comerciales y financieras y organizaciones feministas valoradas como tales por cada gobierno que las invita a esas reuniones. Los países que integran el G 20 representan el 66 por ciento de la población mundial y el 85 por ciento del PBI mundial, lo cual lo convierte en el principal foro de debates económicos y financieros. El grupo cuenta además con instituciones asociadas, todas vinculadas a las Naciones Unidas y al sistema multilateral de gobernanza. Algo que choca frontalmente con la doctrina del presidente Donald Trump, que descree del multilateralismo y que podrá generar debates en la cumbre en la capital argentina (véase entrevista con Jane Kelsey). Estados Unidos ha manifestado su postura en una gran serie de acciones concretas, como cuando el pasado 18 de junio Nikki Haley, su embajadora ante la ONU, anunció el retiro de su país del Consejo de Derechos Humanos por orden de Trump, quien considera que favorece a países como China, Venezuela, Congo y Cuba, y no utiliza la misma vara con Israel en su conflicto con Palestina.

DISPUTAS AGENDADAS.

Una escena registrada en una foto de la pasada cumbre del G 7, en Francia, el 9 de junio pasado, ilustra bien la posición de Trump: en primer plano figuran la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, Emmanuel Macron, con un gesto de reclamo hacia un Donald Trump sentado, con los brazos cruzados y observándolos de manera displicente. Tras debatir durante dos días temas de política exterior, acuerdos comerciales, desarme y cambio climático, los mandatarios del G 7 emitieron un comunicado conjunto, del que Trump se desvinculó mediante un twit que rechazaba todo lo que horas antes había acordado con sus pares.


En consecuencia, una furiosa Merkel planteó la necesidad de una “Europa unida junto con Canadá y Japón, para hacer frente a las políticas de Estados Unidos”, según aseguró en la televisión nacional alemana.
En Buenos Aires se reunirán, entre otros, Vladimir Putin, el presidente ruso que había sido excluido del G 8 desde 2014, cuando se anexó Crimea en medio del conflicto con Ucrania (que, dicho sea de paso, volvió a crisparse el fin de semana pasado cuando Rusia capturó tres buques ucranianos en aguas que rodean la península). Merkel ve con buenos ojos la reincorporación del gigante europeo “a su debido tiempo y en otras condiciones diplomáticas”, aseguró a la prensa alemana a mediados de este año. Este punto también marca tensiones con Trump, que prefiere no encontrarse con Putin en una reunión bilateral en Buenos Aires.
El mar de fondo no será tratado durante los dos días en los foros y reuniones, sino en los encuentros de alto nivel fuera de protocolo, donde Trump buscará frenar los avances chinos y su programa Made in China 2025, con que el gigante asiático pretende torcer el brazo de la economía estadounidense. En el medio se encuentra Europa, representada por Merkel y Macron, que buscarán sostener su discurso multilateralista.
Para Sudamérica, representada en este foro por Argentina y Brasil, resta observar y tratar de meter algunos bocados. Como presidente del país anfitrión, Mauricio Macri tiene derecho a designar dos países invitados y a fijar tres temas de discusión en la agenda. Invitó a Chile y Holanda, y propuso como temas el trabajo y empleo en el futuro; la conectividad global y el acceso a las nuevas tecnologías, y la seguridad alimentaria. Tres asuntos que Trump prefirió dejar en manos de sus técnicos, para encarar la guerra comercial con China. Las patentes son un dolor de cabeza para los empresarios estadounidenses, que ven en los chinos una amenaza real.

VISITA DEL FMI Y UN TENEBROSO PRÍNCIPE SAUDÍ.

La titular del FMI, Christine Lagarde, ya avisó que asistirá a la cumbre y que va a hacerse tiempo para una reunión a solas con el presidente Macri, para felicitarlo, porque el primer monitoreo de la comisión encargada de vigilar las cuentas nacionales aprobó las medidas tomadas por el equipo económico del gobierno argentino (capitaneado por el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, con la asistencia del titular del Banco Central, Guido Sandleris).


Otro potencial punto de conflicto durante la reunión será la presencia del príncipe Mohamed bin Salman, heredero del trono de Arabia Saudita, criticado y acusado de ser responsable del desastre humanitario en Yemen y de la muerte del periodista saudí Jamal Khashoggi, quien desapareció en el consulado saudí en Estambul.


Al llegar a Buenos Aires en la mañana del miércoles 28, el príncipe se enteró de que la justicia argentina estaba tramitando una denuncia en su contra realizada por la organización internacional de derechos humanos Human Rights Watch (HRW). El juez federal argentino Ariel Lijo y el fiscal Ramiro González lo están investigando por delitos de lesa humanidad. Tanto HRWcomo Amnistía Internacional (AI) consideran que Bin Salman es responsable de crímenes de guerra en Yemen, donde Arabia Saudita encabeza una coalición militar para terminar con los rebeldes hutíes que se alzaron contra el gobierno en 2015. Los bombardeos de la coalición de países árabes han hecho blanco en la población civil más que en las fuerzas irregulares que pretenden combatir. Además las dos organizaciones humanitarias consideran que el príncipe heredero tiene responsabilidad en la muerte del periodista saudí Jamal Khashoggi, asesinado tras ingresar al consulado saudí en Turquía, el 2 de octubre pasado. La Constitución argentina reconoce la jurisdicción universal en cuanto a delitos de lesa humanidad, y el Código Penal acepta la presentación de denuncias ante los jueces federales del país de quien se considere damnificado o tenga conocimiento de este tipo de delitos.
No obstante, según fuentes judiciales consultadas por Brecha, en los tribunales federales consideran improbable la detención del príncipe, especialmente porque para avanzar con la denuncia debiera corroborarse que se trata de uno o varios delitos de lesa humanidad y que no haya una causa similar radicada en otro país. Algo que fue confirmado ayer por el canciller argentino, Jorge Faurié, quien señaló que el príncipe saudí tiene inmunidad diplomática.


25 MIL EFECTIVOS DE SEGURIDAD


Si pueden irse de la ciudad durante toda esa semana, sería mucho mejor”, fue el consejo que dio el 16 de noviembre la ministra de Seguridad argentina, Patricia Bullrich, a los habitantes de la capital, durante un programa de televisión. Una propuesta insólita que implicaría el traslado de 3,5 millones de ciudadanos, además del no ingreso de los casi 6 millones que cada día circulan en la capital provenientes del Gran Buenos Aires. Por este último motivo el propio gobierno decidió declarar feriado el viernes 30, primer día de la reunión, para evitar calles inundadas de transeúntes al ritmo del trabajo cotidiano. Al mismo tiempo decidió suspender el transporte público a partir de las 18 horas del jueves.


La medida no sólo reducirá la circulación de personas en la ciudad, sino también la llegada de manifestantes que se sumen a las protestas planificadas contra los líderes mundiales. “Buenos Aires va a estar militarizada y bajo control de las fuerzas de seguridad nacionales, con operativos en toda la ciudad e incluso en las afueras”, anunció Bullrich.


La ministra ya había desplegado operativos de la Policía Federal, Bonaerense y Gendarmería Nacional en las últimas semanas. Los resultados fueron motivos de burla en las redes sociales, porque por considerarlos objetos sospechosos se incautaron bolsas de compras con pollos crudos, televisores convertidos en chatarra dejados en las calles por vecinos, y un juego de sábanas que fue confundido con una bomba en el Aeroparque Jorge Newbery.


El miércoles 14 de noviembre una bomba casera le destrozó la mano a una joven en el Cementerio de La Recoleta y Bullrich encontró la excusa necesaria para volver a la carga. “Se trata de un grupo anarquista vinculado a los manifestantes antiglobalización y a los mismos que apoyan a los mapuches”, aseguró.
La bomba explotó anticipadamente en las manos de su portadora frente al mausoleo del ex jefe de policía Ramón Falcón, responsable de la represión de obreros socialistas y anarquistas durante la Semana Roja de Buenos Aires, en 1909, cuando fueron asesinados 11 trabajadores anarquistas durante un acto del Primero de Mayo. Falcón había participado en 1879 de la llamada Campaña del Desierto, al mando del general Julio Roca, que diezmó a la nación mapuche en la Patagonia. El 14 de noviembre de 1909 Falcón fue asesinado con una bomba por el anarquista ruso Simón Radovitzky.


El Comité de Seguridad encabezado por la ministra Bullrich incluye 22 mil efectivos de las fuerzas federales, es decir: Policía Federal, Gendarmería Nacional, Prefectura Naval y Policía Aeronáutica, además de otros 3 mil efectivos de la Policía de la Ciudad y la Bonaerense. Los servicios de inteligencia de los países participantes tienen contacto permanente desde fines de setiembre con la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) argentina, y las tres fuerzas armadas aportan logística en reserva para el caso excepcional de que deban intervenir a pedido del presidente.

LA CONTRACUMBRE.

Una suerte de Estado de sitio tiene en vilo a los habitantes de la ciudad, que desde el lunes 26 ven por todos lados los cortes de calles y manifestaciones de las organizaciones nucleadas en el colectivo Fuera G 20 y FMI. La propia ministra Bullrich designó al premio Nobel de la paz Adolfo Pérez Esquivel, referente del colectivo, como mediador para garantizar la seguridad y evitar disturbios durante los días previos a las reuniones oficiales y en el transcurso de la cumbre.


En los días previos a las manifestaciones previstas para hoy y mañana, Fuera G 20 y FMI organizó una Semana de Acción Global con reuniones, charlas, debates, manifestaciones y fiesta de cierre en la Plaza del Congreso. Las actividades se desarrollaron en centros culturales de la ciudad y en la sede de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, con mesas de discusión sobre políticas extractivistas en el continente, la migración producto de conflictos armados en todo el mundo, la situación de la mujer frente a la violencia machista y el cambio cultural que se inició hace tres años en Argentina; también se analizó la situación política en Centroamérica, y un capítulo especial merecieron la Nicaragua de Daniel Ortega y el Brasil de Jair Bolsonaro. En la Cumbre de los Pueblos fueron recibidas delegaciones de movimientos sociales de toda América Latina y algunos países europeos y africanos. Entre los actos complementarios de la Semana de Acción Global se destaca la conferencia del historiador francés Pierre Salama sobre la globalización en América Latina, organizada por el Instituto Argentino para el Desarrollo Económico, una de las usinas de pensamiento desarrolladas bajo el kirchnerismo.

 

Fabián Kovacic
30 noviembre, 2018

 

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Viernes, 30 Noviembre 2018 07:50

“La cumbre es el mensaje”

“La cumbre es el mensaje”

Será muy difícil alcanzar acuerdos en la cumbre del G 20 en Buenos Aires. La institucionalidad global que acompañó la ortodoxia neoliberal de las últimas tres décadas ha sido dinamitada y las instituciones como el G 20 están perdiendo peso, afirma Jane Kelsey, catedrática en derecho internacional de la Universidad de Auckland. Brecha conversó con ella sobre el interregno en que están las relaciones internacionales comerciales y cómo los movimientos sociales pueden incidir en lo que vendrá.

—Según la agenda oficial, fijada por Argentina, la cumbre del G 20 en Buenos Aires va a tratar los temas del futuro del trabajo, inversiones en infraestructura para el desarrollo, y la agricultura sostenible ¿Pero qué temas dominarán las discusiones?


—Si nos guiamos por lo que hemos visto en recientes cumbres, podemos prever que el encuentro en Buenos Aires será dominado por la relación entre Estados Unidos y China. Ambos países se encontrarán bajo un mismo techo y Trump no querrá perder esa ocasión de pavonearse, y China sentirá que tiene que responder. Eso determinará la agenda para el resto, al igual que ocurrió recientemente en la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (Apec), en Papúa Nueva Guinea.


No estamos en una situación de “business as usual”. Trump ha dinamitado la ortodoxia neoliberal de los últimos 30 o 40 años; la política exterior y las relaciones estratégicas que la acompañaban, y el marco de la institucionalidad global. Entonces, sin duda, independientemente de lo que Argentina haya fijado en la agenda formal, esto dominará el encuentro.


Desde un punto de vista progresista, esto es algo bueno y malo. Es positivo en el sentido de que las disrupciones que hemos presenciado durante al menos una década, y durante más tiempo aun en términos sociales, han alcanzado un punto de no retorno. Las disrupciones ya son tan importantes que será difícil recomponer el viejo modelo. No se trata simplemente de las disrupciones de Estados Unidos, sino de los cambios que hemos visto de parte de China; su construcción de relaciones con otros países y su financiación de infraestructura como parte de su Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda.


Es algo negativo porque, en lo que suelo llamar el interregno –donde lo viejo muere y lo nuevo todavía está por nacer–, el vacío está siendo llenado, en el caso de Trump, por un autoritarismo popular que finge beneficiar al pueblo, mientras refuerza el poder de las elites y elimina la participación democrática. En otros lugares ese espacio ha sido ocupado por un autoritarismo puro y duro, como en algunas partes de América Latina o en Filipinas, en Asia.


El desafío para los movimientos progresistas o de izquierda en relación con el G 20 es saber aprovechar las transformaciones en este ámbito e influenciarlas.


—¿Cree que también se discutirá en Buenos Aires cómo reformar la Organización Mundial del Comercio (Omc), para restablecerla como el principal foro para negociar acuerdos comerciales internacionales?


—Absolutamente. Este es un claro ejemplo de la turbulencia internacional a la que me refería.


Una de las dinámicas interesantes de Trump es que –tanto con el Tpp (N de E: el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, del que se retiró Estados Unidos en 2017) y la nueva versión del Nafta, como con su enfoque de la Omc– ha dicho que el modelo que dominó durante los últimos 30 años no va a funcionar. Lo irónico del asunto es que sostiene que estas agendas –que fueron establecidas por Estados Unidos para favorecer a los intereses del capital estadounidense– no están generando suficientes beneficios para Estados Unidos, y que deberían generar más. La consecuencia ha sido que países como Argentina, y mi propio gobierno en Nueva Zelanda, están haciendo todo lo posible para volver a estabilizar ese viejo modelo, ya sea a través del Tpp-11 (N de E: así pasó a llamarse, por los 11 países que lo integran, el acuerdo transpacífico, luego de que Estados Unidos renunciara a él) o mediante la Omc.


Esto hace que se esté achicando el espacio para poder llevar adelante una discusión progresista sobre alternativas a la Omc y al viejo modelo de negociaciones multilaterales en materia económica.
En la cumbre del G 20 intentarán alcanzar compromisos para que Estados Unidos vuelva a negociar dentro de la Omc, y hacerla aun más beneficiosa para Estados Unidos. No cabe ninguna duda de que el rescate de la Omc será priorizado en Buenos Aires. Pero de ningún modo será una discusión progresista.


—¿Existe la posibilidad de que la tensión entre China y Estados Unidos, con su guerra de aranceles, se calme en Buenos Aires?


—No. Hay demasiado en juego en este momento. Y las dinámicas que impulsan a cada bando son muy diferentes.


Trump ha dejado claro que su único interés es doméstico, es decir interno. Sus posicionamientos están motivados por sus intereses políticos, alineados con los lobbies empresariales que influyen en su gobierno.
China desearía bajar los decibeles de la enardecida relación actual con Estados Unidos, pero el enfoque de China es externo. El país tiene sus propios objetivos estratégicos que son fundamentales para estabilizarlo internamente. Busca hacerlo a través de la creación de una clase media próspera y de su Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda, que no se basa en relaciones agresivas, sino en lo que China considera relaciones entre socios, aunque muy asimétricas y en las que China es la parte dominante.


En suma, se trata de dos enfoques muy diferentes. El choque entre Estados Unidos y China no es simplemente un choque de personalidades, ni impacta únicamente en aspectos limitados de la economía –como en el balance comercial–, sino que es un choque entre paradigmas.


Por eso no habrá ningún tipo de reconciliación en el G 20. Es posible que la retórica diluya un poco la ríspida relación, pero también es posible que continúe la guerra verbal que estalló en la cumbre de la Apec (N de E: el 17 y 18 de noviembre pasado) cuando el vicepresidente estadounidense, Mike Pence, hizo unas declaraciones verdaderamente asombrosas, afirmando que Estados Unidos, a diferencia de China, no acosa a países y no usa el endeudamiento para atraparlos.


—El G 20 pronto cumplirá 20 años y hoy parece muy difícil llegar a algún tipo de consenso dentro de este marco. ¿Se han vuelto obsoletos estos foros internacionales, incluso para alcanzar las metas que se proponían inicialmente?


—Trump ha dejado claro que no le gustan este tipo de encuentros. Todavía es difícil predecir qué ocurrirá una vez que deje la presidencia. Pero no convocar a cumbres como estas, abandonarlas, creo que sería un mensaje que generaría una verdadera desesperación en prácticamente todos los países, por mantener estos “circos”. Sobre todo porque son lugares en donde pueden desarrollarse discusiones, y no necesariamente aquellas que luego se ven reflejadas en los comunicados conjuntos con que concluyen estas cumbres.


El G 20 también es bastante importante desde un punto de vista simbólico, porque remplazó al G 7 y al G 8, y reconoció el papel de los Brics. Ahora resta ver cómo los Brics manejarán esta cumbre en Argentina, sobre todo cuando China, Rusia, India, Sudáfrica y Brasil tienen tan poco en común.


Es posible que el eventual documento final consensuado en Buenos Aires sea muy insulso. O puede suceder lo mismo que en la última cumbre de la Apec, donde Estados Unidos se negó a aceptar el documento final, y no lo hubo. También es posible que en el futuro las cumbres culminen con un comunicado final de sólo dos párrafos. En Buenos Aires va a ser difícil lograr un acuerdo sobre algo sustancial. Tal vez se pueda llegar a algún consenso sobre conectividad digital, algo que Argentina puso en la agenda. Pero incluso en este tema será difícil: Estados Unidos ha criticado duramente la estrategia digital de China.
Entonces creo que se seguirán organizando estas reuniones, aunque muchos seguirán cuestionando su utilidad, e incluso que sean funcionales a los intereses de los propios países poderosos.


La cumbre, en sí misma, es el mensaje.


—¿Qué pueden hacer los movimientos sociales críticos de estas instancias para influir en el nuevo rumbo que tomará la agenda de negociaciones internacionales a este nivel?


—Quisiera volver a mi noción de interregno; no cabe duda de que está habiendo un gran cambio. Un cambio impulsado por la turbulencia social y económica, con realineamientos geopolíticos y el auge del autoritarismo. En este interregno, los movimientos progresistas tienen que presentar alternativas capaces de sumar un verdadero apoyo popular. Esto requiere el tipo de compromisos y disrupciones a niveles múltiples, y que han generado cambios en el pasado.


Obviamente, en América Latina hay actualmente enormes procesos que dominarán las discusiones dentro de la izquierda y las respuestas progresistas que se den en Argentina. Pero creo que también es necesario pensar más allá de lo local para determinar qué tipo de programas alternativos queremos imponer en la agenda de los grandes poderes. Y tenemos que recordar que eso lo hemos hecho y logrado en el pasado, las disrupciones que hemos visto, por ejemplo, en el campo del comercio internacional han sido producto del trabajo que hemos llevado a cabo para deslegitimar los grandes tratados. Es preciso que llenemos ese espacio y no dejar que lo hagan los actores de siempre.


—¿Cree que el movimiento internacional antiglobalización tiene una clara estrategia para hacerlo?


—No creo que haya todavía una estrategia clara. De cierto modo, había mucha más unidad cuando luchábamos contra algunos de los grandes acuerdos comerciales, como el Tpp, o incluso anteriormente, por ejemplo con el Alca (N de E: Área de Libre Comercio de las Américas, cuyas negociaciones fracasaron en la cumbre de Mar del Plata, en 2005). Pero esas luchas eran opositoras. Es mucho más difícil plantear alternativas, y estamos muy lejos de formular ideas sustanciales sobre cuáles serían. Incluso en los temas en los que hay consenso, como la oposición a los grandes acuerdos comerciales o al arbitraje internacional de las diferencias entre los estados y los inversores, se están desarrollando muchas alternativas diferentes. Diferentes instituciones y países están haciendo cosas distintas. En los movimientos sociales tampoco hay una línea conjunta.


Las propuestas sobre cómo debería estar organizado el mundo tendrán influencias locales y regionales. Creo, incluso, que es necesario que así sea. Por ejemplo, aquí en Nueva Zelanda el gobierno está hablando de desarrollar una estrategia comercial progresista, pero es la misma de siempre. Entonces organizamos un encuentro con paneles que discutieron los diferentes aspectos que un acuerdo progresista debería tener para este país. Y el resultado fueron propuestas, por ejemplo, con una perspectiva indígena y maorí muy fuerte. Pero necesariamente son diferentes a las que propondría la gente en Vietnam, por ejemplo.
Es necesario que haya discusiones a diferentes niveles para presionar a los gobiernos, para que no se conformen con relegitimar los modelos viejos que han fallado. Estoy segura de que se podría llegar a un acuerdo sobre principios, aunque crear un consenso sobre un programa concreto será difícil.

 

Por Florencia Rovira
30 noviembre, 2018

 

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Viernes, 30 Noviembre 2018 05:42

Trump se acerca a China, pero no tanto

Trump se acerca a China, pero no tanto

El republicano dijo que podrían lograr un acuerdo comercial, pero que él preferiría no hacerlo

En medio de la guerra comercial, el magnate neoyorquino afrimó que el mundo está abierto a hacer un trato, pero que le gusta el acuerdo que tiene ahora con China. Trump y Xi se reunirán mañana con agenda abierta y en un lugar secreto.


El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dijo ayer que un acuerdo comercial con China estaba “cerca”, pero agregó que él preferiría no llegar a uno, enfriando las esperanzas de un avance en la cumbre del G-20. Trump y el presidente chino, Xi Jinping, se reunirán durante la cumbre en Argentina, que comienza hoy. “Creo que estamos muy cerca de hacer algo con China pero no sé si quiero hacerlo”, les dijo Trump a los periodistas de la Casa Blanca antes de iniciar su viaje a Buenos Aires.


Estados Unidos inició en julio una guerra comercial con el gigante asiático al imponer un aumento de los aranceles a la importación de productos chinos por valor de 34.000 millones de dólares. En septiembre, Washington gravó además un arancel del 10 % a 200.000 millones de dólares de importaciones chinas, que subirá al 25 % en enero de 2019, y ha amenazado con sancionar bienes por otros 267.000 millones de dólares. Las autoridades estadounidenses han renovado en los últimos días sus críticas a China ante la reunión entre ambos mandatarios.


China criticó la agresiva política comercial de EE.UU. “por sus dañinas consecuencias” y aplicó medidas recíprocas a más de 60.000 millones de dólares en importaciones estadounidenses.


Los mercados esperan que se pueda llegar a un acuerdo antes de fin de año, cuando los aranceles estadounidenses aumenten significativamente.


Ayer, Trump también reiteró que los aranceles estadounidenses generaban ingresos fiscales: “Lo que tenemos ahora es que miles de millones y miles de millones de dólares ingresan a Estados Unidos en forma de impuestos”, dijo, resaltando los beneficios de la disputa comercial.


Es más, Trump recomendó a aquellas empresas que sufren los impuestos que trasladen sus fábricas a su país. “Si las empresas no quieren pagar aranceles, que produzcan en Estados Unidos”.


Los economistas y críticos de las políticas comerciales de Trump señalan que los impuestos son pagados por los importadores y, por lo tanto, constituyen un gravamen a la industria y a los consumidores de Estados Unidos que China no paga.


El magnate republicano dijo que creía que Beijing esperaba llegar a un acuerdo. “Creo que China quiere hacer un trato. Estoy abierto a hacer un trato, pero francamente me gusta el acuerdo que tenemos ahora”, dijo.


En una entrevista del diario The Wall Street Journal publicada anteayer, Trump consideró “muy improbable” una postergación de la subida de aranceles al 25 % para bienes por valor de 200.000 millones de dólares importados de China, como quiere Beijing mientras las dos partes negocian.


Señaló que si no se llega a un acuerdo con Xi Jinping para la apertura de su mercado a las exportaciones estadounidenses, proseguirá con su presión comercial sobre la segunda economía mundial gravando otros bienes sobre los que aún no ha aplicado subidas arancelarias.


Se confirmó que Trump y su par chino Xi Jinping cenarán juntos mañana, con agenda abierta y en un lugar secreto.

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Jueves, 29 Noviembre 2018 06:13

Inteligencia y revolución numérica

Inteligencia y revolución numérica

La medida de la inteligencia humana con los métodos de las estadísticas científicas, efectuadas por los mejores especialistas, lleva más a plantearnos cuestiones inquietantes y menos a ofrecernos respuestas optimistas. En la actualidad, un nuevo fenómeno se propaga en el mundo: la revolución numérica. Esta innovación representa a primera vista un incontestable progreso de la técnica, pero como sucede con otros progresos tecnológicos, conviene examinar tanto las ventajas como los inconvenientes. Es toda la ambigüedad de la palabra progreso: le ocurre poder aportar lo mejor como lo peor.

Por ejemplo, la revolución numérica, última creación de la inteligencia científica, que se instala poco a poco en todos los dominios, ha obtenido ya ciertos resultados: cada día en más estaciones de ferrocarril en Francia, las taquillas donde se vendían los boletos de tren han sido suprimidas: ninguna necesidad de ventanillas y empleados cuando es posible reservar sus boletos por Internet, aunque para hacerlo sea necesario disponer de este moderno servicio. Cuestión secundaria que no preocupa mucho a los promotores de la revolución numérica, a quienes inquietan muy poco los malaventurados que no están a la moda de los últimos descubrimientos y avances de la técnica moderna. Tanto peor para estos retrógrados si se ven condenados a vivir en un mundo cuyas nuevas reglas de comunicación escapan a su entendimiento. En ocasiones, el progreso puede ser feroz cuando no tiene en cuenta que son seres humanos quienes son los beneficiarios o las víctimas.

Con la instalación de la revolución numérica, la comunicación entre los miembros de una misma sociedad ha cambiado: si usted tiene necesidad de pedir una información cualquiera a una empresa, nacional o privada, toma usted su teléfono y ya no es un empleado quien responde, es una máquina. Para empezar, la voz grabada le pide esperar y le envía algo de música para ‘‘ayudarlo” a esperar sin perder la paciencia. Las máquinas son a la vez neutras e indiferentes, pero están siempre muy ocupadas. Esto podría hacer añorar la época cuando una verdadera persona respondía a su llamada. Si va usted de compras a un supermercado, cuando llega a la salida, después de haber cargado su carrito de compras, no se asombre si no ve ninguna cajera para registrar el precio de sus productos y darle la cuenta: una máquina registra sus mercancías y sólo necesita usted introducir en un aparato su tarjeta de crédito para pagar. Cabe observar que este sistema suprime cada vez muchos puestos donde antes trabajaban empleados ahora sustituidos por robots, sin duda menos costosos que el trabajo humano, y que así esta revolución numérica favorece el aumento de las ganancias de las más grandes empresas.

El mundo imaginado por Orwell en sus novelas de anticipación, como 1984, parece realizarse más y más cada nuevo día. La invención del personaje de Big Brother no es el menos inquietante de los hallazgos de este gran y pesimista visionario. Su obra nos recuerda que tenemos el deber de interrogarnos sobre el sentido y las consecuencias de todo progreso. Hoy, los ecologistas se preguntan sobre el porvenir del planeta, gravemente amenazado por la acción industrial de quienes sacan provecho de su explotación sin obedecer a las leyes de la naturaleza. Aquí también, conviene interrogarse sobre lo que distingue al verdadero progreso de su opuesto más radical, la carrera por el poderío, el dominio y el aumento voraz de ilimitadas ganancias.

Ante esta visión de un mundo robotizado, donde Big Brother es remplazado por un teléfono celular espía de su dueño y donde las máquinas dictan nuestros actos, no cabe asombrarse de la baja de los coeficientes intelectuales (IQ) en las naciones más industrializadas, ni de una inteligencia que parece superior en pueblos donde los hombres aún no obedecen a los programas de sofisticadas máquinas, libres de imaginar a su antojo los sueños.

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Jueves, 29 Noviembre 2018 05:22

El precio del Brexit

El precio del Brexit

Según un informe del gobierno británico, con o sin acuerdo de salida en la economía habrá un crecimiento menor al que tendría si continuara siendo parte de la Unión Europea.

La economía británica tendrá un crecimiento menor en los próximos años a raíz de su salida de la Unión Europea (UE), según un informe publicado ayer por el gobierno británico. Sin embargo, Londres defiende el acuerdo alcanzado con Bruselas como el menos costoso para el país. El documento señala que una salida brutal del bloque sin ningún tipo de acuerdo implicaría que dentro de 15 años el Producto Interno Bruto (PIB) británico sea un 9,3 por ciento inferior a la proyección de crecimiento bajo las condiciones actuales. La economía británica, reconoce el informe, también sufriría asumiendo que se establezca la futura relación comercial prevista bajo el actual acuerdo sellado con la UE y los tratados de libre comercio tan anhelados con otros países. Sin embargo, en ese caso la pérdida sería sólo de 3,9 por ciento del PIB previsto en 2034. Casi tres años después del referéndum de 2016 en que 52 por ciento de los británicos votó a favor del Brexit, el país debe salir de la UE el próximo 29 de marzo, con o sin un acuerrdo que garantice una retirada ordenada como si no.

Horas después de publicado el informe, también el Banco de Inglaterra dio a conocer una evaluación de diferentes escenarios de salida de la UE, en el que prevé que un divorcio sin acuerdo provocaría una caída del 25 por ciento de la libra esterlina. El banco central británico considera, asimismo, que en ese escenario el PIB en 2024 sería entre 7,8 y 10,5 puntos inferior a la proyección de crecimiento bajo las condiciones actuales. Advirtió igualmente de que en caso de Brexit duro el desempleo aumentaría hasta el 7,5 por ciento –actualmente es de 4,1– y la inflación a 6,5 mientras los precios de la vivienda caerían un 30 por ciento. En opinión de esta institución, si se mantienen unas estrechas relaciones con la UE, lo que se conoce como un Brexit blando, el PIB se vería amputado entre 1,2 y 3,8 por ciento en los cinco años entre 2019 a 2024.


Las previsiones económicas se dieron a conocer dos semanas antes de la fecha en la que el Parlamento debe votar sobre la ratificación del acuerdo que Londres selló el domingo con los otros 27 miembros de la UE en una cumbre extraordinaria en Bruselas. La oposición al texto es fuerte entre los diputados, incluso en las filas del Partido Conservador de la primera ministra Theresa May. Por ello, pese a los esfuerzos del gobierno la votación del 11 de diciembre se anuncia incierta.


Ayer, tras la publicación del informe gubernamental, la premier compareció ante la Cámara de los Comunes, a la que se esfuerza por convencer de que respalde el acuerdo fruto de 17 meses de negociaciones con Bruselas. “Este análisis no muestra que seremos más pobres en el futuro de lo que somos hoy”, subrayó. “Muestra que nuestra situación será mejor con este acuerdo.” O, por lo menos, menos mala, como había reconocido por la mañana el ministro de Finanzas Philip Hammond, en declaraciones a la radio BBC. “Desde un punto de vista económico, la salida de la UE tendrá un costo lo que la primera ministra está tratando de minimizar ese costo”, admitió.


Sin embargo, las críticas que el texto volvió a recibir ayer en la Cámara de los Comunes, donde euroescépticos y proeuropeos se oponen a él por motivos diferentes, dejaron en claro que la jefa de gobierno tendrá que superar muchas resistencias para lograr el voto mayoritario al que ha presentado como el único acuerdo posible de Brexit. “No es difícil que sea el mejor acuerdo si es el único acuerdo”, ironizó el líder de la oposición, el laborista Jeremy Corbyn. “Por definición, es también el peor acuerdo”, agregó, antes de afirmar que había llegado la hora de trabajar en otro plan. Sin embargo la primera ministra y sus socios europeos ya han dejado muy claro que no habrá posibilidad de negociar otras condiciones. Frente a este panorama, en un intento de ganarse el respaldo de la opinión pública, May está viajando estos días por el país, hasta Irlanda del Norte, Escocia y Gales, con la esperanza de que unos británicos cansados del interminable debate por su salida de la UE y preocupados por sus posibles consecuencias presionen a sus diputados para que ratifiquen el acuerdo.


Ayer, en territorio escocés, la primera ministra se comprometió a que el Reino Unido recupere el control total sobre sus aguas y cuotas de pesca cuando el país salga de la UE y abandone así la Política Pesquera Común, que tantas enojos produce en el sector. “Por fin, volveremos a ser un estado costero independiente. Recuperaremos el control soberano total sobre nuestras aguas y tendremos la libertad de decidir por nosotros mismos a quién permitimos pescar en nuestras aguas”, afirmó May. Sin embargo, el Partido Nacionalista Escocés, que gobierna en Escocia, ya adelantó que votará en contra del acuerdo.

 

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El día que la Unión Europea dejó de ser la que era tras aprobar el Brexit

El Consejo de Europa ha aprobado este domingo el acuerdo del Brexit para la salida del Reino Unido de la UE


El acuerdo, fruto del referéndum de junio de 2016, marca un antes y un después en el cuerpo institucional comunitario


Reino Unido nunca fue un socio comunitario como el resto. Siempre ha tenido un ojo puesto en Estados Unidos. Quizá por el idioma, por la insularidad o porque fue metrópoli de los americanos, Londres nunca terminó de entregarse en el proyecto institucional comunitario como los demás.


Londres entró en el proyecto comunitario en 1973, pero en cuanto Margaret Thatcher llegó a Downing Street estuvo mucho más interesada en fundar el nuevo liberalismo con su colega Ronald Reagan que en construir un proyecto Europeo. Reino Unido participó de la creación de la Unión Europea al albur del tratado de Maastricht, pero nunca tuvo una mínima duda de que jamás perdería la libra en favor del euro.


Los británicos estuvieron en el bando ganador en la Segunda Guerra Mundial, sufrieron los bombardeos nazis sobre Londres y son miembros del consejo de seguridad de Naciones Unidas. Pero no han compartido de la misma manera el modelo del Estado del Bienestar continental, ni siquiera el acervo antifascista constituyente de muchos países europeos.
"Por fin podremos decidir que a nuestro país se entra por las habilidades, y no por el país de donde vengas, y nuestros impuestos se gastarán en nuestro país, recuperaremos el control de nuestras fronteras y nuestras leyes, y podremos mejorar la sanidad, nuestros empleos y nuestras empresas", decía este domingo la primera ministra británica, Theresa May, tras la cumbre de jefes de Gobierno de la UE. Es decir: por fin Reino Unido podrá ponerse a sí mismo por delante del resto, por fin será "great again" sin el lastre de la UE, y no se distraerá con los problemas de sus vecinos.


Los 27 han sancionado este domingo el acuerdo de 585 páginas acordado después de año y medio de negociaciones para el divorcio "ordenado", pero eso no quiere decir que Reino Unido el lunes esté fuera de la Unión Europea.


La fecha en la que está prevista la salida de Reino Unido de la UE es el 29 de marzo de 2019, dos años después de que Theresa May pulsara el botón de desconexión comunitaria. Ahora bien, lo que se ha aprobado este domingo permite a May ir al Parlamento británico con un acuerdo respaldado por su Gabinete y por las instituciones europeas con un mensaje añadido. "Este es el mejor y el único acuerdo posible", como ha dicho el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker. Y como ha reproducido May tras el Consejo Europeo.
A partir de aquí, May llevará su acuerdo a Westminster, un acuerdo que se ha calentado aún más en la última semana por el tira y afloja de Gibraltar. Muy sentido para los españoles, pero también para los ingleses, que han recibido munición extra para disparar contra el acuerdo.


La votación en el Parlamento británico se prevé para diciembre, y a Theresa May no le salen las cuentas por el rechazo de parte de su partido, el Conservador; y también por el rechazo del líder laborista, James Corbyn, así como de los unionistas del Ulster, que le sostienen en Downing Street.


May se está fajando por defender las bondades del acuerdo y el pragmatismo de que no se puede alcanzar otro. Si con eso no le basta y pierde la votación, el acuerdo de este domingo seguramente sea papel mojado: May se verá obligada a convocar elecciones. Y, salvo que las ganara con una mayoría más amplia que la que tiene, el 29 de marzo el divorcio será sin acuerdo... A menos que el nuevo Gobierno de Downing Street eche marcha atrás y anule el Brexit o convoque otro referéndum y ganen quienes no quieren irse de la UE.


Este domingo la Unión Europea ha dejado de ser la que era: porque ha aprobado el primer divorcio de su historia, porque ha preparado la salida de uno de los suyos y porque lo que está por venir es territorio desconocido.

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El vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, habló a los medios de comunicación al final de las reuniones en la Cumbre de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) en Port Moresby.Foto AFP

Desde la fase siniestra de la narcoglobalización foxiana que celebró una estéril aunque dispendiosa Cumbre en Los Cabos en 2002, ya se había detectado el inicio de una larga y cruel agonía del Foro Económico de la Cuenca del Pacífico (APEC , por sus siglas en inglés), cuando pregunté ¿Para qué (y a quién) sirve el APEC?: un “proyecto anglosajón de integración geoeconómica. Contrapeso directo de Estados Unidos a la Unión Europea (https://bit.ly/2AfGnvV)”. Ahora, la Cumbre de Papúa Nueva Guinea, 16 años más tarde, exhibió su irrelevancia cuando arrecian sus estertores.

En la fase todavía más aciaga del canciller "aprendiz" Videgaray, la presidencia del "México neoliberal itamita" no asistió a dicha cumbre del 12 al 18 de noviembre donde tuvo una representación de bajísimo estrato (https://bit.ly/2AiwU7i).

Tampoco Trump ni el zar Vladimir Putin acudieron y fueron representados por el vicepresidente Mike Pence y el primer ministro Dimitri Medvedev, respectivamente.

El mandarín Xi Jinping brilló intensamente en la APEC y se dio el lujo de poner en evidencia la belicosidad de Pence.

Global Times sentencia que el discurso pugnaz de Pence "no aporta nada nuevo" y "repite el abordaje de línea dura de EU en sus conflictos comerciales con China", además de criticar la "ayuda foránea y cooperación de la nación asiática con otros países", en alusión a África (https://bit.ly/2zrrs2b).

El rotativo juzga que la "consideración nodal de la diplomacia de Estados Unidos es más geopolítica que de desarrollo global" cuando su ayuda está diseñada para "debilitar la influencia de los principales poderes regionales", en contraste con la propuesta china de la Ruta de la Seda que no forma parte de una "estrategia geopolítica", sino en un "plan de desarrollo de beneficios compartidos".

Para New York Times el duelo retórico de Xi y Pence prefigura lo que “probablemente será una tensa reunión entre Trump y Xi en la Cumbre de Buenos Aires del G-20 (https://nyti.ms/2znSRSS): "China ha ofrecido una lista de concesiones en días recientes" que el estadunidense ha considerado "inaceptables".

Las cosmogonías sobre "desarrollo regional" de Pence y Xi son antagónicas.

El líder chino instó al libre comercio y el sistema multilateral: "el unilateralismo y el proteccionismo no resolverán problemas, sino que agregarán incertidumbre a la economía mundial" cuando la “historia ha demostrado que la confrontación, sea en forma de "guerra fría", guerra caliente o guerra comercial no produce vencedores (https://bit.ly/2A9PcYq)”.
¡Qué cosas tiene la vida!: hoy China defiende la "globalización económica" que instauraron la ex primera ministra británica Margaret Thatcher y el presidente estadunidense Reagan y que luego fue degenerada por los presidentes demócratas Bill Clinton y Barack Obama quienes dieron rienda suelta a la desregulada "globalización financierista"–que ya de por sí colisiona (ba) con la "globalización economicista" que pregona China.

Hoy Gran Bretaña y EU han optado por el "nacionalismo económico" tanto del Brexit –salida de GB de la dislocada Unión Europea– como del trumpismo proteccionista del supremacismo racista de los WASP (blancos protestantes anglosajones).

La guerra comercial de EU y China coloca al borde de la sepultura al APEC –creado en sincronía a la caída del Muro de Berlín– a grado tal que no se elaboró un comunicado final por primera vez en su nada gloriosa historia de 29 años (https://bit.ly/2QbfDXJ).

No hay que darle demasiada importancia a los estertores de la Cumbre del APEC en Papúa Nueva Guinea, con la excepción del duro posicionamiento del mandarín con su discurso histórico y su disponibilidad a enfrentar a EU (https://bit.ly/2DT0h4k).

Pence agredió inútilmente a China cuando se perfila un deshielo entre los mandatarios (https://bit.ly/2S2VZdw).

A menos que haya sido deliberado, llama la atención la desarticulaciónde Pence con su presidente, cuando Trump había conversado ya con Xi a quien invitó a cenar al margen de la disfuncional Cumbre del G-20 en Buenos Aires que será eclipsada por la tripolaridad de EU/Rusia/China (https://bit.ly/2PMpmnG).

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China toma en sus manos la bandera de la globalización

La reciente cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC por sus siglas en inglés), finalizó por primera vez sin acuerdo para emitir una declaración conjunta. Las razones son sencillas: la confrontación entre Estados Unidos y China sobre comercio.


La APEC es un foro creado en 1989, integrado por 21 países para promover el crecimiento y fomentar el intercambio comercial, la cooperación y coordinación económica entre sus miembros. Su secretaría general está en Singapur y sus miembros son países del Pacífico, tanto asiáticos como americanos. México, Chile y Perú son los países latinoamericanos que integran la APEC. Entre las grandes potencias, figuran Rusia, EEUU y China.


El foro anual anterior se había realizado en Vietnam y el que recién finalizó en Papúa-Nueva Guinea. El primer ministro Peter O'Neill, en una conferencia de prensa de clausura el domingo 18, dijo que el gran obstáculo para llegar a acuerdos fue la reforma de la Organización Mundial de Comercio (OMC) y la competencia entre EEUU y China en el Pacífico.


Según la agencia Reuters, la polémica estalló cuando el principal diplomático de China, Wang Yi, se opuso a la mención de "prácticas comerciales desleales" en el comunicado final, lo que evidentemente pretendía hacer referencia al dragón. El presidente Xi Jinping avivó la polémica y la preocupación de EEUU cuando realizó una reunión con dirigentes de las islas del Pacífico para incluirlos en la Iniciativa Cinturón y Ruta de la Seda.


El vicepresidente estadounidense Mike Pence dijo que los aranceles no acabarían hasta que China cambie de actitud y atacó directamente la Iniciativa y la Ruta. En tanto, Xi atacó el proteccionismo y el unilateralismo que se ciernen sobre el crecimiento mundial.


Vale la pena detenerse en el discurso de XI Jinping, ya que muestra por dónde van las preocupaciones de ambas potencias y los objetivos de largo plazo que persiguen. El discurso fue publicado íntegramente en Global Times, el diario oficialista chino, en su edición del 17 de noviembre.


Comenzó diciendo que "el crecimiento mundial se ve ensombrecido por el proteccionismo y el unilateralismo", en clara referencia a EEUU. "Una nueva revolución en la ciencia, la tecnología y la industria está en ciernes; pero las fuerzas de conducción viejas todavía serán sustituidas por otras nuevas".


En primer lugar, China se presenta al mundo como defensora del cambio, de los más importantes avances científicos y plantea que lo viejo es una traba para el desarrollo. Se trata del mismo planteamiento que hacía EEUU un siglo atrás, cuando se erigían como la gran potencia ascendente, paladín de la libertad y la nueva economía que podía resolver los grandes problemas del mundo.


El presidente chino agregó: "La humanidad ha vuelto a alcanzar un cruce de caminos. ¿En qué dirección debemos elegir? ¿Cooperación o confrontación?". Ese cruce de caminos lo coloca el presidente chino en "las lecciones de la historia" que no conviene olvidar. Menciona la Segunda Guerra Mundial, como un momento en el cual la humanidad se "sumergió en un abismo de calamidades".


Esta es la segunda cuestión central que se debate en estos momentos en todo el mundo. El camino del proteccionismo es el camino de la guerra, que puede comenzar siendo comercial pero inevitablemente derivaría en guerra militar y, aunque Xi no lo dice, en guerra nuclear. China se presenta como abanderada de la paz frente al beliciismo de Washington.


En tercer lugar, China toma en sus manos las banderas políticas y económicas que hace muy poco tiempo defendía EEUU y todo el mundo capitalista occidental. Así, defiende la propuesta de la apertura económica y asegura que "la globalización es el camino seguro para la sociedad humana para lograr el desarrollo".


Xi aseguró que las barreras proteccionistas "trabajan en contra de las leyes de la economía y la tendencia de la historia". De ese modo coloca a EEUU como una potencia retardataria del progreso y el desarrollo que, naturalmente, anhelan los países más pobres en Asia, África y América Latina.


En mi opinión, este es uno de los puntos fuertes de la política china: ponerse del lado de la historia, del mismo modo que los Aliados hicieron durante la Segunda Guerra al combatir al nazismo, que fue visualizado como una fuerza reaccionaria. Este es su punto fuerte frente a las políticas de Trump: presentarse como lo nuevo frente a lo viejo.


Por último, Xi defendió un cambio profundo en la gobernabilidad global. "Con las lecciones dolorosas de dos guerras mundiales en mente, los países establecieron el marco de la gobernabilidad global respaldado por las Naciones Unidas y compuesto por el FMI, el Banco Mundial, la OMC y otras instituciones". Su mensaje dice que estas instituciones deben ser reformadas para asegurar un buen gobierno mundial y no deben seguir siendo utilizadas a favor del unilateralismo de EEUU.


Finalizó su discurso diciendo que la Iniciativa del Cinturón y la Ruta "es una plataforma abierta para la cooperación", que "no está diseñada para servir a cualquier agenda geopolítica oculta, que no está dirigida contra nadie y que no excluye a nadie". Es la respuesta a las acusaciones hechas por el vicepresidente de EEUU, Mike Pence.


Solo cabe agregar que la estrategia china tiene y tendrá cada vez más aliados entre los países del mundo, incluso entre los aliados estratégicos de EEUU que, como Alemania y Francia, están tomando distancias del unilateralismo trumpista.


Entre los problemas de la estrategia china, veo dos importantes.


El primero es que EEUU sigue siendo una gran potencia en el terreno de la tecnología y la ciencia, como lo demuestra la última lista de supercomputadoras Top500. En ella, EEUU retoma los dos primeros puestos de los ordenadores más veloces y suman cinco entre los diez primeros, frente a solo dos de China. De todos modos el dragón amplía su ventaja entre las 500 computadoras más potentes alcanzado el 45% del total, o sea 227 aparatos.


El segundo problema es el ambiental. EEUU tiene ventajas sobre China, ya que ha conseguido avanzar notablemente en cuanto a la sostenibilidad ambiental de sus industrias y grandes empresas. Si China no avanza en este terreno, tendrá dificultades para presentarse como lo nuevo frente a lo viejo.

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