Lunes, 28 Octubre 2019 07:08

Capitalismo atorado

Capitalismo atorado

Se equivoca quien piense que la crisis financiera de 2008 es cosa superada. Las secuelas de ésta siguen presentes y son más patentes.

A pesar de que algunos indicadores económicos de coyuntura se mantengan en rangos favorables, lo que utilizan los políticos en su favor, otros indicadores apuntan hacia menores niveles de actividad productiva, la posibilidad de una recesión y una nueva crisis.

Así se advierte en Estados Unidos y se ha debatido recientemente en la prensa. El estado general de esa economía es bueno: el total del empleo y el producto no se contraen; los precios están estables; no hay excesiva presión sobre el dólar y las tasas de interés. La tasa de crecimiento del producto es de 2 por ciento anual.

Por otro lado, el producto y el empleo en las manufacturas se ha reducido este año y la actividad agrícola se debilita; las tasas de interés de largo plazo tienen menores rendimientos que las de corto, lo que indicaría una posible recesión.

Estos elementos conforman el estado de las expectativas hacia la baja. Se enmarcan en el hecho de que hay un comportamiento cíclico en la actividad económica que, a pesar de las elucubraciones de algunos economistas, no desaparece.

En este entorno se ha introducido en el debate económico en aquel país la noción de que el capitalismo se encuentra en un "estancamiento secular"; los recursos que existen no se destinan a acrecentar la producción y generar más empleo e ingresos.

Se trata, entonces, de una carencia de demanda suficiente y que el ahorro generado se destina preferentemente a la especulación. La situación se expresa en que los grandes ahorradores, es decir, quienes tienen un exceso de recursos, admiten ahora colocar su dinero incluso a una tasa negativa de interés, como pasa en algunos grandes mercados europeos. Esto es, claramente, signo de una fuerte anomalía.

En este ambiente, en el que el horizonte de la inversión y el gasto se acortan, se agranda la presión sobre las políticas monetarias y fiscales y se tensa la cuestión social, se celebró la reunión anual del Fondo Monetario Internacional en Washington.

En medio de muchos tópicos que caracterizan los repetitivos discursos oficiales en el terreno financiero apareció el ex gobernador del Banco de Inglaterra (2003 a 2013) con un mensaje poco convencional.

Dijo Mervyn King que luego de la grave crisis de 2008 no ha habido un cuestionamiento fundamental de las ideas que la acarrearon, y sentenció que "otra crisis económica y financiera sería devastadora para la legitimidad del sistema democrático de mercado". Esto, por cierto, parece estar ya ocurriendo anticipadamente en las calles de Chile.

La puya de King se hincó en el pecho de la ortodoxia que sigue rigiendo el pensamiento económico y las políticas públicas, sobre todo en materia monetaria y fiscal. Apuntó que reafirmándose esa ortodoxia y pretendiendo que las reformas y regulaciones aplicadas después de 2009 han hecho realmente más seguro el sistema bancario global, lo que se hace, en efecto, es caminar como sonámbulos hacia la próxima crisis.

King, quien gestionó la crisis de hace una década desde el Banco de Inglaterra, ha destacado entre los profesionales de los bancos centrales. Publicó en 2013 un libro titulado El fin de la alquimia, que en el nombre lleva ya claramente el mensaje. El dinero se ha ido reforzando en las últimas tres décadas como materia de alquimistas.

Las principales operaciones financieras se siguen realizando con instrumentos denominados derivados, precisamente porque constituyen un complejo entramado de deudas montadas sobre una deuda original, como fue el caso de las hipotecas chatarra, que en gran medida provocaron la crisis. Ese tipo de transacciones "desnudas" son eminentemente especulativas y refuerzan de manera creciente el carácter rentista de buena parte del sistema económico.

Las rentas son ingresos de naturaleza muy distinta de las utilidades generadas por inversiones productivas. Las primeras no generan riqueza para la sociedad y agravan el problema de la desigualdad del ingreso y el acceso a los recursos. Estos factores son el sustrato del estancamiento de carácter secular, según el análisis que valida el propio King.

La postura del ex gobernador destaca de la que proponen, en un reciente libro sobre las lecciones de la crisis, los tres funcionarios que la gestionaron en Estados Unidos. Bernanke, en la Fed; Paulson, en el Tesoro, y Geithner, en el influyente Banco de la Reserva Federal de Nueva York. Se asumen como bomberos que apagaron un gran incendio financiero.

Entre las metáforas de la alquimia y del infierno hay muchas diferencias. El caso es que se socavó el impulso productivo, se agravó sensiblemente la precariedad social en todas partes y no se hizo sino alejar la crisis en el tiempo.

Publicado enEconomía
Tasas de interés, efecto riqueza y estancamiento

Desde hace más de tres décadas las tasas de interés reales en las economías desarrolladas han mantenido constante su tendencia a la baja. Eso no sólo refleja la política monetaria instrumentada por los bancos centrales de cara a la crisis financiera de 2008. Todo parece indicar que estamos frente a cambios impulsados por fuerzas de largo aliento.


Esta trayectoria declinante afecta casi todo el abanico de tasas de interés, comenzando con las de bonos soberanos a 10 años y pasando por las de corto plazo (que normalmente siempre son más bajas que las de largo plazo). Pero a pesar de que se mantienen estas tasas de interés reducidas, ni la inversión ni el crecimiento acaban de adoptar un ritmo de mayor dinamismo. Esto tiene desconcertados a los economista que abrazan la teoría ortodoxa. Hay dos grandes preguntas. Primero, ¿cuáles son las fuerzas que han provocado esa reducción en las tasas de interés? Segundo, ¿por qué no hay una mayor inversión (y crecimiento) como respuesta a esas bajas tasas de interés?


Las respuestas a estas preguntas no son fáciles si uno tiene una teoría equivocada sobre la determinación de la tasas de interés. Y la verdad es que la teoría neoclásica sobre esta variable adolece de serios problemas, porque su punto de partida es la idea de una tasa de interés natural que se permite equilibrar la oferta y demanda de capitales con una situación de pleno empleo. Esa teoría supone que cualquier economía capitalista tiende naturalmente a esa posición en el largo plazo. Según esa teoría, si la inversión es mayor que el ahorro la tasa natural crece hasta fomentar el ahorro y frenar la inversión, regresando a un equilibrio. Y cuando el ahorro es mayor que la inversión, la tasa de interés se reduciría y la inversión crecería, con lo cual se restablecería el equilibrio.


Lo que tiene hoy intrigados a los economistas de corte tradicional es que las tasas de largo plazo se conservan en niveles históricamente muy bajos y, sin embargo, la inversión se mantiene estancada. Para la teoría ortodoxa eso es un misterio y para aclararlo tiene que recurrir a las explicaciones externas a la economía. Por eso ha renacido la idea de que el flujo de innovaciones tecnológicas que abren nuevos espacios de rentabilidad se ha ido agotando. Esta idea tampoco encuentra apoyo en los datos sobre cambio técnico y tasas de innovación, pero permite conservar la idea de que la inversión depende de la tasa de interés. Y eso es lo que importa cuando uno es economista ortodoxo: proteger a toda costa el cinturón de falacias que integran el núcleo de la teoría neoclásica.


Por el otro lado, un estudio del Banco de Inglaterra (documento de trabajo 571 disponible en bankofengland.co.uk) concluye que el ahorro se ha incrementado a escala mundial debido a cambios en la estructura demográfica, la mayor desigualdad y a un exceso de ahorro por motivos de precaución en los llamados mercados emergentes. El factor más importante es la desigualdad, que se ha ido incrementando en décadas recientes porque en la medida en que aumenta la concentración del ingreso también crece el ahorro en las capas superiores. Todo esto ha contribuido, según el estudio citado, a reducir la tasa de interés. Esto recuerda las explicaciones esgrimidas por Bernanke para dar cuenta de los desequilibrios macroeconómicos internacionales.


Todo esto podría parecer una descripción interesante y creíble. Pero tiene varios problemas. El primero es que la tasa de interés no es el único y ni siquiera el principal determinante de la inversión, sobre todo en un contexto de incertidumbre. Además, a escala global la tasa de rendimiento para las inversiones productivas se encuentra en problemas y no hay manera de que las tasas de interés reducidas puedan contrarrestar el efecto de una rentabilidad a la baja.


El segundo problema es que todo el razonamiento ortodoxo se lleva a cabo como si la tasa de interés fuera el precio del capital en el mítico mercado de fondos prestables. La realidad es que la tasa de interés la determinan las autoridades monetarias/económicas y no está determinada por las veleidades de la oferta y la demanda de capitales. Para apuntalar la demanda agregada que desfallecía por los salarios estancados, la política monetaria mantuvo reducidas las tasas de interés para fomentar el endeudamiento y el incremento en los precios de ciertos activos como los bienes raíces. Eso provocó un efecto riqueza en beneficio de algunos segmentos de la población y de esta manera artificial pudieron mantener su poder de compra. Después vendrían las crisis a poner las cosas en claro (el colapso de las empresas dot.com, la recesión de 2001 y la crisis financiera de 2008). Eso es lo que explica los altibajos de la tasa de crecimiento y las crisis en decenios recientes.


El misterio de la coexistencia de bajas tasas de interés con estancamiento se puede entender cuando se eliminan las distorsiones que introduce la teoría ortodoxa del neoliberalismo.
Twitter: @anadaloficial

 

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