Domingo, 18 Noviembre 2018 07:17

Educación crítica y movimiento social

Educación crítica y movimiento social

Hoy, cuando de nuevo se abre el debate sobre la educación en Colombia, es necesario llevar el tema un poco más allá de la coyuntura del financiamiento y el acceso a la Universidad. Y esto nos lleva a recorrer el camino ya transitado por los sectores sociales para ganar espacios dentro de la educación formal, y en los procesos formativos de cada una de las organizaciones.

Es una disputa con memoria. A finales de la década de los ochenta una de las grandes problemáticas era la cobertura en los primeros niveles de enseñanza y el bachillerato. Viejas fórmulas se veían a medio camino cuando enfrentaban la realidad de infraestructuras deficientes que no daban abasto para una población cada vez concentrada en las principales ciudades de nuestro país. La Ley 115 de 1994 dio paso a un proyecto donde la modernización, por lo menos en el discurso, necesitaba transformar los colegios públicos en receptores efectivos de quienes se acercaban a las aulas tratando de procurarse un mejor futuro. Si bien los indicadores en cobertura aumentaron de manera exponencial, lo cierto es que se logra debilitar al Movimiento Magisterial e implantar un modelo educativo propio de los países capitalistas periféricos: Educación para el trabajo, logros, competencias, estándares…una nueva vulgata tecnocrática vino a reemplazar la reflexión educativa crítica que apenas una década atrás había bebido de las fuentes de Paulo Freire, Lola Cendales, Orlando Flas Borda y Eduardo Umaña Luna, entre otros.


La Ley 30 de 1993 creaba la ilusión de un Estatuto Universitario estable para un país que entraba en el escenario internacional con una nueva Constitución. Lo cierto es que, como ahora es evidente, se desfinanciaba la universidad pública, se creaban ciclos más pensados para el trabajo que para el desarrollo tecnológico y se creaban instituciones a medio camino (universidades de garaje) que supuestamente cubrirían el déficit en cobertura de la educación superior en nuestro país. Los gobiernos de turno impusieron rectores más interesados en imponer reformas afines al capital Ante este panorama el estudiantado ha luchado y movilizado por décadas.


Por otro lado, los movimientos sociales se fortalecieron a pesar de los embates de la apertura económica de Gaviria, el neoliberalismo de Samper y Pastrana, así como el gobierno Uribe I y II, y la estigmatización de todas las formas de resistencia. En la búsqueda de una paz negociada las bases buscaron, en la educación popular y alternativa, una reflexión que definiera el cómo de la construcción de nuevos escenarios de lucha ante el gran capital. Los medios de comunicación alternativa llegaron para acompañar y aportar en el camino de la formación de nuevos líderes que entendieron que la estrategia para el cambio debe ser integral y abarcar varios frentes de construcción de lo público.


Hoy, en el centro del debate, la educación necesita ser pensada en clave de la lucha y de los movimientos sociales, y en este sentido no puede alejarse del pensamiento crítico. Su razón de ser se enmarca en claves como:


1. Una educación crítica: que dé cuenta de los problemas y retos de la actualidad. En este sentido, no puede alejarse de la coyuntura (acontecer cotidiano) y la estructura (causas de los hechos). Una educación que dé respuesta al hoy para la construcción del mañana. Siguiendo a Foucault una “Ontología del presente”. En este sentido el objetivo es crear sujetos libres, capaces de leer su entorno y transformarlo colectivamente. No una educación de contenidos con la cual prime el bien individual y el “éxito”, más bien una dinámica unida a procesos donde el bien común siempre esté en primer lugar.

2. Una educación popular: que emerja de las bases, de los movimientos sociales dando espacio para la singularidad de los mismos. En este sentido, debe ser una educación originaria, raizal, obrera, estudiantil, urbana a la vez que campesina. Debe recoger las luchas de los actores sociales subalternos, tan pacientemente olvidados por la historia oficial, para iluminar los nuevos escenarios de resistencia. De suma importancia reconstruir archivos propios, escribir la historia de los colectivos dejando un insumo invaluable para futuras luchas.

3. Una educación liberadora: Como ya lo enunciaría Paulo Freire, no basta con un discurso pedagógico bancario (con saberes acumulados) sino que es necesario una dinámica donde el sujeto se construya y transforme al mismo tiempo su entorno social. De lo contrario la Universidad seguirá siendo lo que hasta ahora la caracteriza: simple reproductora de saberes del capitalismo. No asumir la educación del opresor es también no asumir su proyecto. Una educación verdaderamente liberadora y libre es capaz de pensar por fuera del capital y construir un mundo verdaderamente humano.

4. Una educación inclusiva: que borre las barreras, construidas artificialmente entre los saberes teóricos y los prácticos. Esto que es más notorio en los procesos sociales de base, donde ha retrasado la integración de profesionales, muchos salidos de sus propias entrañas, proyectados a las dinámicas de transformación de las comunidades. Pero también una educación capaz de pensar en términos de alteridad, donde sea posible acoger los diferentes saberes originarios y ancestrales; donde la diferencia no sea un obstáculo sino un pilar sobre el cual construir.

5. Una educación en sintonía con nuestra Casa Común: Uno de los grandes temas a trabajar en nuestras comunidades es el cuidado del planeta en sintonía con una Ecología Profunda. Leonardo Boff plantea esta como una lucha más allá de los tópicos aceptados por el capitalismo. El sistema capitalista y la existencia del planeta son incompatibles, no entenderlo así solo produce reflexiones funcionales a un sistema depredador. Un nuevo paradigma debe surgir, donde el ser humano se reconoce como parte de un entramado de relaciones que lo obliga a replantear su proyecto, donde la Tierra está en el centro como un ser vivo.


Sin duda, el debate por la Educación y la Universidad se extenderá, en clave de resistencia, durante el actual gobierno. Se avecina toda una etapa de movilización, reflexión y unidad. Pero, sin duda, los hombres y mujeres que componen los diferentes movimientos sociales están dispuestos a la resistencia por un país mejor. Citando a una de mis estudiantes “[…] un lugar en el mundo donde la hogaza no se haga roca, ni los ríos sean sangre”, un país donde pensar y actuar diferente sea sinónimo de cambio.

Por Álvaro Lozano Gutiérrez
Colectivo Surgente

 

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Lunes, 05 Noviembre 2018 07:12

De regreso

De regreso

El entusiasmo que pudo haber generado la presidencia de Lula da Silva en Brasil entre 2003 y 2010 se derrumbó desde hace tiempo. Y, ahora, con él en la cárcel, con la destitución de Dilma Rousseff en 2016 y el breve mandato de Temer, que desmanteló las políticas instrumentadas por ambos, se ha elegido a Jair Bolsonaro como nuevo presidente.

Bolsonaro ha dejado en claro qué quiere hacer. Con antecedentes militares y de talante autoritario va afirmando el vuelco que pretende provocar. El ministro de finanzas que se anuncia para el gobierno a partir del primero de enero del año entrante es Paulo Guedes. Representaría, según dice el diario Financial Times, un "momento Pinochet" en la economía más grande de América Latina.

Se refiere al regreso de la escuela de Economía de Chicago, protagonista de la implantación del modelo neoliberal, empezando la década de 1980 con la dictadura de Augusto Pinochet en Chile.

Recordemos someramente los postulados del modelo económico de Chicago en Chile. Y cuando se hace referencia al modelo económico debería entenderse que este es parte constitutiva del modelo político.

Un ajuste del tamaño del que se hizo en Chile no hubiese sido posible sin el gobierno militar. No hay políticas económicas neutrales. Todas tienen destinatarios, unas de manera explícita y otras de modo implícito.

Los neoliberales consideran que la condición más importante de la libertad individual es, precisamente, el libre mercado. Por ello, el alcance del ejercicio del gobierno debe limitarse estrictamente; la democracia puede ser un factor deseable, pero tiene que restringirse cuando sea necesario para proteger las libertades que se despliegan en el mercado.

Las medidas económicas se orientan, pues, bajo la óptica de que el mercado, mientras más desarrollado esté, constituye el sistema económico más productivo y que, por ello, es emulado en todo el mundo. Proponen, extendiendo esta concepción de la sociedad, que en la medida en que el mercado se propaga, las fuentes de los conflictos sociales tienden a reducirse. Como se sabe, estas ideas llegaron a considerar, después de 1989 y la caída del comunismo, que en el marco de un mercado libre global la democracia y la paz se impondrían en todas partes.

La política neoliberal pretendió en Chile una reformulación radical de la economía, la sociedad y la política para sobrepasar la experiencia del anterior gobierno socialista. Se trataba de que, apoyándose en el poder militar, se allanaran los obstáculos y las distorsiones que impedían el funcionamiento eficaz de los mercados.

Menos gobierno llevaría a menores presiones de distintos sectores para conseguir concesiones especiales. El desarrollo del mercado de capitales alinearía los intereses económicos y provocaría apoyos políticos. La apertura económica alentaría la competencia y la rentabilidad disminuyendo los subsidios y los aranceles. La liberación del mercado laboral acotaría el poder de negociación de diversos grupos de presión. La finalidad en materia monetaria era reducir la muy elevada inflación y, en materia fiscal reducir el gasto y el déficit público.

El vuelco político en Brasil, conseguido con una fuerte mayoría electoral de Boslonaro, ocurre en un escenario de severo estancamiento productivo y grandes presiones fiscales y de deuda.

El producto apenas crece y eso contiene el aumento de los precios en el orden anual de 4 a 5 por ciento; la tasa de desempleo rebasa 12 por ciento, el déficit fiscal es casi 8 por ciento del producto y la deuda pública supera 74 por ciento del mismo.

El gobierno electo tiene que aplicar un ajuste; eso es lo que indicaron que quieren los electores, aunado a un clamor generalizado en toda la región en contra de la corrupción.

Todo esto se reconoce, me refiero a la reiteración de situaciones económicas críticas que imponen ajustes con costos que necesariamente se distribuyen de manera inequitativa entre la población. Argentina atraviesa de nueva cuenta por otra crisis y nuevos ajustes.

Cada uno de los episodios de crisis tiene su propia explicación y siempre hay algún experto que la proponga. El caso es que no se consigue asentar un programa de crecimiento económico y de mejoramiento del bienestar social que cierre las brechas que existen y que se sostenga.

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Lunes, 05 Noviembre 2018 06:51

Bolsonaro y el progresismo

Bolsonaro y el progresismo

El “progresismo” gusta de su programa más o menos impreciso. Le alcanza la confianza de ir para adelante intuyendo que los obstáculos de la historia se diluyen rápido. ¿Cuánto dura una pesadilla? La medida del progresismo son tiempos cortos para un mal sueño y todas las garantías de la razón para ver cómo se apartan las rémoras del camino. ¿En Brasil el progresismo no supo ver los listados que hacen los encuestadores? Ellos en general nos dicen, que tanto allá como aquí, existe una preocupación popular por la seguridad, luego por la inflación, luego –y quizás en primer lugar–, por la necesidad de “evaluar docentes”. Continuando por la corrupción, quizás no antes de las penurias económicas. Y después, a preguntas inquietantes como “qué haría si... por ejemplo, debiera juzgar al policía Chocobar, a la Gendarmería y su represión en el sur”..., la respuesta del “pensamiento popular” podría ser más bien benévola que indignada. ¿Entonces?

En los años veinte, Walter Benjamín escribió su célebre Para una crítica de la violencia, texto de absoluta actualidad, donde se constatan tanto las direcciones fundamentales de la violencia del mito y lo sagrado. Habría allí sendas violencias que bifurcan el modo de fundar sociedades, y también la propensión de un sentir amplísimo de las clases populares, dispuestas a promover la pena de muerte. El problema es de vieja data. Benjamin, en ese trabajo, estaría anunciando el nazismo. Los héroes de las estadísticas son el policía implacable antes que la maestra comprensiva, el gendarme antes que profesor universitario y el vecino que actuó por mano propia en obvia legítima defensa antes que el abogado garantista que puso en duda si era necesaria esa serie de empeñosos disparos vecinales.


Así, el progresismo que le confirió al pueblo la potestad de sujeto de la historia, titular de derechos cívicos, de decisiones igualitaristas y formas de vida emancipadas, no estaría viendo el rostro oscuro de las creencias. No habría podido interpretar una nocturna marejada de deseos informulados, ansiedades vicarias, expectativas mustias, palabras quebradas, inciertas adhesiones que abrigan secretos canjes emocionales, militarización de la fe, mitologías vitalistas en torno a la religión, el deporte y el consumo. ¿No ven que así es imposible, se les dice a los progresistas, pensar a ese pueblo que ustedes consideran depositario de un papel diáfano en la historia? Son los que no comprenderían lo terriblemente opaco de la existencia, el anuncio de una nueva reflexión sobre cómo se han diversificado los bagajes culturales, anclados en secreciones del lenguaje diario. En esoterismos imprevisibles que corren como río subterráneo bajo las vidas urbanas más previsibles, aunque rotas por dentro.


Sin exigencias reflexivas mayores, el progresismo ignoraría ese mundo anterior a los predicados políticos, constitucionales o argumentales. Se trata de un ser amorfo e inconcluso que, si por un lado es la base de la más exigente filosofía, del psicoanálisis y literatura del siglo XX, por otro lado es la materia del trabajo de las maneras predominantes con que las corporaciones informáticas crean individuos, que suponen dominar por entero en su intimidad, en su ridícula inmediatez pérfidamente feliz.


¿Es por “comprender” mejor todo eso que ganó Bolsonaro? Es cierto que el candidato del PT fue un solvente profesor de la Universidad de San Pablo y que Bolsonaro supo simbolizarse con el trípode de una cámara convertida en una ametralladora, iconografía poderosa que definía sus pertrechos: mesianismo de las imágenes, evangelismo de las armas, y mitificación de su persona. Todo eso está en su gran logro publicitario, el gigante que emerge del mar para salvar a la Ciudad, ante el asombro de la población demudada. Hay que odiarlo o amarlo. Este exigente salvador parecía brutal, pero daba y reclamaba miedo o esperanza.


¿Qué debían pensar los progresistas frente a ello? ¿Dictaminar rápidamente que estábamos ante un retoño del neofascismo, del nazismo a secas? ¿Autoritarismos militaristas de masas? De resolver bien estas cuestiones depende nuestro futuro político, en tanto política en el interior de los pueblos. Afirmamos que no se puede solo cuestionar al progresismo, sino reconocer que también él es un movimiento de masas que quiere apartarse de los mitos, de los anacronismos culturales y recrear un pueblo con pedagogías ilustradas que convivan con el carnaval, el terreiro y los sincretismos religiosos. Aún limitado, siempre aceptó la cultura brasileña que navegaba a varias aguas, lo carnavalesco, lo espiritista, la nobleza ilustrada, el estado de transe corporal, el éxtasis religioso, las clases de Félix Guattari y la crítica al “hombre cordial”.


Ahora, con Bolsonaro todo ese debate se ha desplomado, porque este personaje funambulesco salido de esos momentos abismales de la sociedad, evangelizó las armas y arruinó todo mesianismo. Entonces los debates más riesgosos quedan paralizados por un letargo trágico, una aceptación de la violencia que los destruye, aunque algunos patanes de la furia la ven como salvadora, y los sorprendidos progresistas extraen una conjetura antifascista a las apuradas. ¿Está bien esta caracterización? No. Hay una mitologización construida como iconografía electoral de telenovela alrededor de Bolsonaro. Este lúgubre personaje tiene la importancia de marcar un fin de época, su mito no es la madeja intrincada de una conciencia contradictoria. Es un martillazo que obnubila el ser social, intimidatorio incluso de los antecedentes que pudieran importarle de las anteriores experiencias del “fascio brasilero”.


Por ejemplo, la del escritor modernista Plinio Salgado, que en los años treinta no fue ajeno al mussolinismo, creando formaciones políticas regimentadas a través del saludo de “anaué”, un concepto indigenista con revestimiento en la simbología fascista. No va por ahí la cosa que anima Bolsonaro, que descarría todo, pone la cultura brasileña ante un juicio final sumarísmo. A todo masacra. Tanto a lo popular, lo demonológico, lo milenarista, lo progresista, lo tecnocrático, lo sociológico, lo antropológico. Tanto a la vida ilustrada clásica como a la popular perteneciente al gran océano de creencias. El evangelismo no artillado, el candomblé, el umbanda, el cristianismo clásico. Ha removido y reutilizado aviesamente la idea de mito, que el progresismo denunció, pero sin interrogarlo adecuadamente.


El mito de Bolsonaro no es aquel que como sombra indescifrada acompaña toda la historia brasileña, esos pensamientos salvajes, festivos y artísticamente paradojales –que la figura de Antonio das Mortes representa muy bien–, y cuyo secreto gozante los gobiernos petistas no habrían sabido descifrar. Aceptemos que no les prestaron suficiente atención, y que siguen siendo lenguajes populares que una pedagogía nacional interpretativa no debe abandonar a priori. Los encuestadores, casandras de los abismos en que cae el movimiento popular, consideran facilongo renegar del ingenuo progresismo percibiendo que nada saben de narcotráfico, de policías, de bandas diversamente ilegales que atraviesan las vidas populares y sus creencias sedimentadas por el bazar ingenioso de todas las teologías universales.


Sin embargo, ¿con qué vacío nos quedaríamos cuando nos cansemos de alertar sobre la superficialidad de nuestros progresistas? El bolsonarismo es la apoteosis de la sociedad entendida como criminalidad latente. Lo actúa un apócrifo superdotado inventado por la publicística de los pastores de almas armados con ametralladoras Uzi. Varitas de acero con las que se descubre ahora un mítico frenesí popular con revólveres “Bullrich-Coltsonaro calibre 32” en las manos. Alerta máxima, entonces, para el progresismo con su idea lineal, permanente y solícita de la historia. Todo esto debe ser revisado, aunque no por eso abandonado. Debe incorporar, y producir una mutación, de todo aquello que corresponda a la reflexión sobre “el mundo oracular”. No para acatarlo y someterse a él, sino para desconstruir a Bolsonaro, que sin saberlo, estaba usando groseramente las piezas magistrales de la mitografía brasileña, para degradar la vida popular.

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Lunes, 05 Noviembre 2018 06:34

Brasil incuba el huevo de la serpiente

Brasil incuba el huevo de la serpiente

La amenaza del fascismo se acrecienta en el país vecino de la mano del colapso económico y la crisis de inseguridad. El riesgo del Estado fallido. El Mercosur se debilita e impacta en la posibilidad de inserción comercial de la Argentina.

Descomposición y fascismo


En Brasil prevalecen condiciones comparables a aquellas que facilitaron el avance del fascismo durante la década de 1930. Siguiendo a Karl Polanyi en su Gran Transformación, el (neo)liberalismo se tradujo allí en un proceso de extrema privatización de la vida cotidiana, circunstancia que derivó en el desesperado llamado al orden y la disciplina en las últimas elecciones. Para Polanyi el sistema liberal colapsó en los años 30 por las características intrínsecas a la utopía liberal: la pretensión de que el mercado auto-regulado permitiría el bienestar colectivo. Para esta utopía la propia fuerza de trabajo y la naturaleza deberían reproducirse mediante relaciones de compraventa sin otra orientación que la ganancia. Pero la mercantilización lleva implícita una desagregación social contra la que permanentemente se oponen mecanismos de auto-protección: tanto en términos de organización social y productiva como a través de la reivindicación política por normas y derechos universales. El autor muestra cómo la desarticulación social provocada por el desmoronamiento del mercado generó como reacción el surgimiento de propuestas totalitarias.


Desde 2013 la mayor parte de los brasileños sufren un colapso económico. Sus efectos se sintieron especialmente en el mercado de trabajo y en las condiciones de vida de los sectores populares. Desde 2014 a 2018 la desocupación abierta alcanzó 13 por ciento, mientras que entre la población ocupada el trabajo informal supera 40 por ciento. Recuérdese que desde 2017 el trabajo formal se encuadra en la nueva reforma laboral que precariza sus condiciones. Junto al colapso económico se deterioraron las instituciones políticas y el aparato estatal. Aunque el Estado de Derecho siempre fue una formalidad para pocos, en las periferias urbanas el espacio público fue privatizado por bandas de narcotraficantes y grupos para-militares: Durante 2017 se registró una tasa de 30,8 asesinatos cada 100 mil habitantes, unos 64 mil homicidios. El desamparo y la virtual desaparición del Estado facilitan la propagación de iglesias evangélicas como exclusivos lugares de socialización en territorios carentes de servicios públicos. Una vez que la izquierda abandonó el trabajo de base, notorio en los años 80, estas iglesias y sus redes de negocios se desempeñan como equivalentes a punteros de barrio de usos múltiples: imponen disciplina y autoregulación, dan contención espiritual, ayudan en la desesperada búsqueda de empleos. Y aunque puedan parecer objetivos contrapuestos, en forma simultánea promueven la familia patriarcal y la posmoderna ideología del emprendedorismo individual.


Es en estas condiciones socioeconómicas donde debe pensarse el masivo apoyo al discurso de extrema-derecha. La restauración del orden, la disciplina y las jerarquias son hoy prioridad para la mayoría de los brasileños. “Brasil arriba de todos y Dios arriba de todo”, reza el lema y nombre oficial de la coalición electoral recientemente vencedora. ¿Las iglesias evangélicas y los movimientos políticos de extrema derecha son mecanismos de autoprotección de la sociedad en los términos de Karl Polanyi? Aunque en una escala simbólica efectivamente representan un urgente llamado al orden por encima de cualquier otro objetivo o valor, sean éstos los derechos humanos o la libertad de enseñanza, al promover políticas económicas neoliberales, como la privatización y los ajustes fiscales, y al santificar las prácticas individualistas del emprendedorismo en desmedro de la acción colectiva, agudizan la descomposición estatal y el desamparo social. De no revertirse estas tendencias, es más probable que Brasil se convierta en un Estado fallido a que devenga en un régimen fascista de tipo clásico sustentado en un Estado todopoderoso como aquellos que estremecieron al mundo en la década de 1930.


** Profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), Brasil, y la Universidad Nacional de Moreno (UNM), Argentina.
** Profesor de la Universidad Federal Fluminense (UFF), Brasil.

 

 

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Jueves, 01 Noviembre 2018 06:39

Las estrategias no son para siempre

Las estrategias no son para siempre

Ahora que el panorama inmediato es oscuro. Ahora que ya no podemos esperar nada sino de nuestras propias luchas, puede ser un buen momento para hacer una pausa y reflexionar sobre los caminos que venimos recorriendo en las últimas décadas.

En Brasil triunfó Jair Bolsonaro. A eso se agrega la victoria de Mauricio Macri enArgentina, del uribista Iván Duque en Colombia y el viraje derechista de Lenín Morenoen Ecuador.
En su conjunto, el mapa político ha virado fuertemente hacia posiciones antiobreras, antifeministas, en contra de los pueblos originarios y negros. El avance del racismo, el machismo y la violencia antipopular llegaron para quedarse un buen tiempo.


Aunque cambien algunos gobiernos, esas actitudes arraigaron en nuestras sociedades, incluso en el seno de algunas organizaciones populares.


Estamos ante un viraje de la sociedad, a lo que se suman los cambios negativos de gobiernos.


Por eso creo que es un buen momento para la reflexión, sin dejar de profundizar las resistencias, de mejorar las organizaciones y enfrentar los desafíos más urgentes.
Durante la primera mitad del siglo XX el núcleo de las organizaciones populares eran los sindicatos, por oficios primero, de masas cuando comenzó la industrialización en algunos países.


En todo caso, los sindicatos eran el centro de las resistencias y del cambio social. Eran el eje de la acumulación de fuerzas, de la conquista y la defensa de derechos.
En el ámbito político, la acción colectiva aspiraba a implantar una sociedad más justa a través de varios mecanismos, a veces contradictorios pero complementarios siempre.
Donde se pudo, las izquierdas y los nacionalismos populares acudieron a elecciones. Pero la comparecencia electoral no era un fin en sí mismo, sino una parte de una estrategia mucho más abarcadora que desbordaba siempre el cauce electoral.


Tiempo de revoluciones


Hubo levantamientos de masas e insurrecciones, como el célebre Bogotazo de 1948 ante el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en Colombia.


O el levantamiento obrero del 17 de octubre de 1945 en Buenos Aires, que quebró el poder de la oligarquía e impuso un gobierno popular.


En otros países, como Brasil, Chile y Perú, los movimientos y las izquierdas ocuparon desde el espacio legal electoral hasta las calles y los campos en acciones diversas, siempre dirigidas a un mismo fin: imponer la fuerza de los de abajo.


Hubo también revoluciones. En 1911 en México y en 1952 en Bolivia, que marcaron a fuego la historia de ambos países, más allá de las derivas posteriores de cada proceso.
Con la revolución cubana cambiaron los ejes. Una parte sustancial del campo popular se volcó en la lucha armada, en todos los países del continente.


En el mismo período, la segunda mitad del siglo XX, hubo también insurrecciones (15 levantamientos obreros sólo en Argentina entre 1969 y 1973), además de la histórica Asamblea Popular en 1971 en Bolivia y los potentes Cordones Industriales en el Chilede Allende, formas de poder popular desde abajo.


Todas las formas de lucha estaban combinadas: la electoral, la insurreccional y la guerrillera.


El embudo electoral


Con el neoliberalismo, luego de las dictaduras del Cono Sur, las cosas cambiaron de forma drástica.


Las guerrillas centroamericanas y colombiana dejaron las armas para adentrarse en discutibles pero necesarios procesos de paz.


En los 90, las izquierdas dejaron de prepararse para encabezar insurrecciones (como las que hubo en Ecuador, Bolivia, Venezuela, Paraguay, Perú y Argentina que derribaron una decena larga de gobiernos), para focalizarse en el terreno electoral.


En este punto veo dos problemas, derivados de apostar todo en la estrategia electoral, como única opción imaginable.


El primero es que la diversidad de formas de lucha ha sido uniformizada por la cuestión electoral, lo que debilita al campo popular.


Siempre pensamos -y yo sigo pensando- que concurrir a las elecciones es tanto como jugar en el terreno del enemigo de clase. Lo que no quiere decir que no haya que hacerlo. Pero no debemos jugar sólo en ese espacio, desarmando los poderes populares.


El segundo es que las patronales y las elites están vaciando las democracias, dejando en pie sólo un cascarón electoral.


El panorama sería así: podemos votar cada varios años, elegir presidentes, diputados y alcaldes. Pero no podemos elegir el modelo económico, social y laboral que queremos.
Eso está fuera de la discusión. Por eso digo que tenemos elecciones pero no tenemos verdadera democracia.


En este punto es cuando veo necesario hacer la pausa del debate.


Ellos están dejando de lado incluso las libertades democráticas. Es lo que se proponeBolsonaro cuando dice que va a “poner fin al activismo”, o cuando Patricia Bullrich, la ministra argentina de Seguridad, asegura que hay “connivencia entre los movimientos sociales y el narco”, dando así carta blanca a la represión.


Estamos ante un recodo de la historia que nos impone evaluar lo que hemos aprendido y lo que venimos haciendo, para encarar las insuficiencias y ver por dónde seguir.
Limitarnos sólo al terreno electoral es tanto como subordinarnos a la burguesía y al imperio, atados de pies y manos a su agenda.


¿Entonces?


Las estrategias no se inventan. Se sistematizan y generalizan, lo que ya es bastante.


En la historia de las luchas de clases, las estrategias las definía un pequeño círculo de varones, blancos ilustrados en comités centrales o direcciones de partidos de izquierda y nacionalistas.


Eso no volverá a suceder, porque se trataba de una lógica patriarcal que los movimientos de mujeres se están encargando de desmontar.


Creo que tenemos dos caminos para avanzar. Uno es recordar lo que hizo el viejo movimiento obrero y el otro lo que están haciendo los pueblos originarios y negros.


La primera consiste en recuperar, no imitar, aquel rico universo proletario que contaba con sindicatos, ateneos, cooperativas, teatro popular, universidades populares y bibliotecas, en un amplio abanico de iniciativas que incluían la defensa del trabajo, la organización del tiempo libre y del consumo, la formación y la diversión.


Todo ello por fuera de los cauces del Estado y del mercado. La clase podía hacer toda su vida, menos el horario de trabajo, en espacios auto-controlados.


La segunda es observar lo que vienen haciendo los pueblos. En comunidades indígenas y en palenques/quilombos encontramos todo lo anterior, más espacios de salud y de producción de alimentos y de reproducción de la vida.


En Argentina hay 400 fábricas recuperadas, en Colombia 12 mil acueductos comunitarios y en Brasil 25 millones de hectáreas recuperadas en una reforma agraria desde abajo.
Lo que propongo es pensar la transición al mundo del mañana desde esos espacios, no desde los Estados.


Lo que sueño es que ese mundo nuestro crezca y que pongamos en ese crecimiento lo mejor de nuestras fuerzas.


Si además de todo esto, vamos a las elecciones y las ganamos, mejor aún.


Pero sin desarmar este mundo nuestro.

Por Raúl Zibechi
31 octubre 2018 0

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Miércoles, 31 Octubre 2018 08:29

Brasil: neoliberalismo y fascismo periférico

Brasil: neoliberalismo y fascismo periférico

Durante la recta final de la campaña presidencial de 2016 en Estados Unidos, la señora Clinton preguntaba insistentemente al público que acudía a escucharla: ¿A poco no están mejor ahora que hace ocho años cuando Barack Obama acababa de ser elegido? Hillary quería hacer pensar a la gente que gracias a las políticas de Obama la economía se había recuperado de la crisis.


Pero para muchos de los asistentes a los rally de campaña de la candidata demócrata la respuesta era claramente negativa: el desempleo seguía siendo considerable, muchos habían perdido sus casas, las deudas con los bancos seguían asfixiándolos, los salarios se mantenían bajos y hasta su pensión mensual se contraía. La forma de contestar en una manifestación, ya sea a mano alzada o con griterío, nunca es una buena opción, así que el público optó por llevar la respuesta al día de las elecciones. Muchos prefirieron no votar, otros de plano favorecieron a Trump. Gracias al Partido Demócrata y su complicidad con el neoliberalismo, triunfó quien con gran instinto oportunista había entendido el resentimiento de la gente.


El domingo pasado triunfó en Brasil el candidato del protofascismo Jair Bolsonaro. La prensa internacional se ha apresurado a llamarle el Trump tropical porque esa victoria electoral tiene varios paralelismos importantes con el ascenso del Donald a la Casa Blanca. En ambos políticos se anida un instinto perverso y sádico frente a minorías, mujeres, extranjeros y migrantes, así como un claro desprecio por el medio ambiente y la negación del cambio climático (al igual que Trump, Bolsonaro ya ha anunciado que abandonará el Acuerdo de París). Sus inclinaciones estuvieron escondidas durante los 27 años que estuvo en el Congreso, pero en la campaña se desplegaron sin frenos. Mucho se ha escrito sobre estas características de personalidad en ambos personajes, pero más allá de esto hay otro rasgo en común que tiene que ver con la evolución de la vida política en Estados Unidos y en Brasil.


Es un hecho que el éxito de Trump fue resultado del fracaso del Partido Demócrata para ofrecer alternativas al neoliberalismo. De hecho, los Clinton consolidaron el viraje del partido demócrata hacia el neoliberalismo y de esa forma le dieron la espalda a la base política de dicho instituto político. Obama fielmente siguió la misma trayectoria y frente a la crisis nombró a Timothy Geithner como secretario del Tesoro. Este personaje había sido funcionario en el Tesoro bajo la dirección de Rubin (que a su vez venía de Goldman Sachs) y también había sido presidente del banco de la Reserva Federal de Nueva York. A la hora de escoger, Obama siguió los consejos de Geithner y se inclinó por rescatar a los bancos en lugar de pensar en la gente. Así, en lo más álgido de la crisis, el Partido Demócrata optó por salvar al mundo financiero y abrirle las puertas a Trump.


Quizás a muchos les parezca una exageración decir que el triunfo de Bolsonaro en Brasil es la consecuencia de los errores estratégicos que cometió el Partido de los Trabajadores (PT). Después de todo, los golpes en contra de Dilma y Lula fueron descaradas maniobras de manipulación que carecieron de bases legales para fundamentar la destitución de la primera y el encarcelamiento del segundo. Pero si bien se cometieron varios errores serios, lo más importante es que mientras el PT estuvo en el poder nunca se planteó buscar opciones estratégicas alternas al neoliberalismo. Su programa puede describirse como un intento por administrar el neoliberalismo y darle rostro humano a las fuerzas del capitalismo salvaje. Eso lo hizo por medio de invertir en varios programas sociales que sacaron a varios millones de la pobreza. Y durante un tiempo parecía que la misión de ponerle cara humana al neoliberalismo podría cumplirse. No era necesario tocar ninguno de los pilares del modelo económico neoliberal, ni en materia de política fiscal o monetaria, ni en el renglón de la regulación para el sector financiero.


Mientras la economía brasileña pudo apoyarse en los altos precios de los productos básicos, la restricción fiscal del aumento en el gasto social pudo manejarse. Pero con los efectos de la crisis financiera global y la terminación del súper ciclo de los precios de commodities, la economía brasileña entró en recesión, los ingresos fiscales cayeron y ya no fue posible continuar con el maquillaje del modelo económico. Las fuerzas del neoliberalismo actuaron muy rápido para consolidarse: desde 2016, cuatro meses después del golpe que destituyó a Dilma, se aprobó una reforma constitucional que pasará a ser recordada como una de las más grandes locuras económicas de la historia: se impuso una reducción en el gasto primario equivalente a 5 por ciento del PIB cada año durante los siguientes 10. ¡Adiós al gasto social!


Las lecciones son claras. El neoliberalismo no perdona a quien quiera maquillar sus contradicciones, aunque se comprometa a no tocar las piezas clave del modelo económico. El odio ideológico va de la mano con la intolerancia económica.


Twitter: @anadaloficial

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Jueves, 25 Octubre 2018 06:08

EU y el éxodo centroamericano

EU y el éxodo centroamericano

El éxodo de centroamericanos, principalmente hacia Estados Unidos, ha sido visibilizado por la actual caravana que atraviesa México, pero es un fenómeno de larga data. En 2017 la Organización Internacional de Migraciones, agencia de la ONU, informó que 450 mil migrantes, predominantemente centroamericanos, cruzan anualmente México rumbo al país del norte. Este fenómeno comenzó a tomar auge en los años 80 del siglo pasado a consecuencia del masivo apoyo de Washington a los ejércitos y fuerzas represivas de El Salvador y Guatemala en su cruenta guerra contra los movimientos de liberación de esos países que, junto a Honduras, fueron muy afectados. La guerra originó, sobre todo en El Salvador, un gran flujo de refugiados, entre ellos miles de jóvenes huérfanos, rumbo a la potencia norteña.

No era la primera ni la última ocasión en que el imperialismo estadunidense intervenía en los países centroamericanos. Desde principios del siglo XX Washington envió decenas de veces los marines a imponer sus deseos a esa región de nuestra América. Es conocida la heroica gesta de Augusto César Sandino y su "pequeño ejército loco" contra la intervención militar yanqui del primer cuarto del siglo XX en Nicaragua. Décadas después, ese país y el gobierno de Frente Sandinista de Liberación sufrirían una implacable y sangrienta agresión del gobierno de Ronald Reagan. Un ejército contrarrevolucionario organizado y armado ilegalmente por Estados Unidos era abastecido por aire desde Honduras en un operativo de la CIA, el Irán-Contras, implementado desde allí por terroristas de origen cubano. Los aviones venían cargados de armas desde territorio estadunidense y regresaban con drogas a ese país. A la vez, esa agencia articuló los escuadrones de la muerte que, a costa de graves violaciones a los derechos humanos, mantuvieron a raya a los revolucionarios hondureños. En 1989, George Bush padre ordenó la artera invasión de Panamá que costó la vida de 3 mil personas.

En 2009, desde la base militar de Soto Cano, en Honduras, donde radica la fuerza de tarea Bravo, del Comando Sur de Estados Unidos, éste digitó el golpe de estado contra el presidente Manuel Zelaya. Esa acción tiene mucho que ver con los hechos que han conducido a la migración masiva de centroamericanos. Zelaya ingresó al ALBA y estableció una fluida relación de cooperación con la Venezuela chavista. Logró que la OEA levantara la exclusión de Cuba en una asamblea general del organismo celebrada en su país e intentaba organizar una asamblea constituyente para transferir al pueblo hondureño el control de su soberanía nacional y de sus recursos naturales. Nada de esto era tolerable para Washington, que no sólo ordenó el golpe, sino que hizo cuanto estuvo a su alcance para consolidarlo. Desde entonces todas las elecciones en Honduras han sido fraudulentas, incluyendo la que aupó al actual gobernante Juan Orlando Hernández. Zelaya, aliado a la Nicaragua de Daniel Ortega, habría sido un obstáculo para los planes de saqueo y expansión territorial a través de las trasnacionales mineras y las Zonas Económicas Especiales.

La génesis de la actual e incontenible corriente migratoria fue la aplicación a rajatabla en Centroamérica de las políticas neoliberales diseñadas por el llamado Consenso de Washington, que se han hecho cada vez más cruentas e insostenibles. Los pueblos de América Latina y el Caribe están siendo sometidos a una segunda reconquista y recolonización, por medio de las grandes empresas y la militarización impulsada por Estados Unidos, que incluye la presencia de bases militares en nuestros países. Gobiernos satélites del imperialismo brindan todas las facilidades a las trasnacionales en sus planes expansionistas de acelerada depredación de los recursos naturales y superexplotación de la fuerza de trabajo. Todo ello mediante el despojo de sus tierras y aguas a comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas, reprimidas, cuando se rebelan, no sólo por los cuerpos de seguridad. También, con frecuencia, por el llamado crimen organizado, que resulta muy recompensado a cambio. Unido a esto, la ruptura de cadenas productivas que ha conducido a la desindustrialización y a la pérdida de miles de puestos de trabajo.

Esta agresión neoliberal a las formas previas de organización productiva capitalista, con el consiguiente desempleo y quiebra del tejido social es la causa mayor del creciente desplazamiento y éxodo forzado de millones de personas hacia Estados Unidos. Pero la agrava considerablemente el auge imparable de las organizaciones criminales y la brutal violencia que ejercen contra pueblos y comunidades, cuyo mapa de actuación se superpone al de los megaproyectos del neoliberalismo .

No es en Caracas, es en Washington, donde hace tiempo se viene gestando la tragedia migratoria de Centroamérica y México.

Twitter: @aguerraguerra

 

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Jueves, 25 Octubre 2018 06:04

¿Hacia una nueva carrera armamentista?

¿Hacia una nueva carrera armamentista?

El presidente de la Federación Rusa, Vladímir Putin, dijo ayer que si su homólogo estadunidense, Donald Trump, se empeña en retirar a su país del acuerdo que limita las armas nucleares de alcance intermedio, "no quedará nada en materia de restricción de armamentos", lo cual provocará una situación "extremadamente peligrosa" que dará paso a una nueva carrera armamentista entre ambas potencias atómicas.

Cabe recordar que el sábado pasado el mandatario republicano amenazó con rescindir el Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio –firmado en 1987 por Mijaíl Gorbachov y Ronald Reagan en el contexto de la política de distensión que caracterizó ese periodo– con el pretexto de que Rusia "lo ha estado violando durante muchos años". Para mayor agravio, el anuncio fue formulado en momentos en que el asesor de Seguridad Nacional de Trump se encontraba en Moscú para acordar con el canciller Sergéi Lavrov un segundo encuentro cumbre entre los jefes de Estado de ambas naciones.

Funcionarios rusos han dicho que el anuncio es uno más de los "chantajes" a los que, efectivamente, suele recurrir el presidente estadunidense, ya sea para presionar a sus interlocutores extranjeros o para desviar la atención de escenarios políticos internos que le resultan desfavorables. En este caso, es claro que Trump, a quien se atribuye el haber llegado a la Casa Blanca con ayuda de una presunta injerencia rusa en las elecciones presidenciales de 2016, necesita mostrar distancia ante Moscú. Lo grave es que el desbocado mandatario suele confundir la distancia con la beligerancia.

Por otra parte, no debe ignorarse que con la misma frecuencia el magnate pasa de las palabras provocadoras a provocaciones de hecho, extremadamente peligrosas en el contexto de los equilibrios geoestratégicos mundiales, los cuales pasan actualmente por una fase de especial fragilidad.

Ciertamente, aunque la carrera armamentista entre Washington y Moscú se redujo en forma significativa tras el derrumbe de la Unión Soviética, no ha dejado de existir, y sería erróneo culpar sólo a una de las partes por la persistencia de ese indeseable y riesgoso duelo. Pero hasta ahora los desarrollos cualitativos de tecnología bélica que han realizado ambas partes en los pasados 17 años han ocurrido aprovechando ambigüedades o límites poco claros de los acuerdos de desarme, reducción y limitación de nuevos armamentos. En este contexto, el anuncio de Trump de desconocer un tratado de limitación de armas nucleares no sólo favorece una nueva escalada armamentista, sino que representa un paso más en la violación de la legalidad internacional.

La proliferación de arsenales atómicos de alcance intermedio resultaría particularmente grave para el continente europeo, que es donde fueron desplegados en el pasado los artefactos correspondientes. Si bien un incremento de las armas atómicas es una perspectiva indeseable para todos las naciones del mundo, incluidas las superpotencias nucleares, en caso de que ese escenario llegara a concretarse, los gobiernos del viejo continente se verían casi inexorablemente obligados a participar en su despliegue y emplazamiento. Cabe preguntarse si los gobernantes europeos tendrán la prestancia requerida para exigir a su incómodo aliado estadunidense que no los embarque en semejante disparate.

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Miércoles, 24 Octubre 2018 16:42

Prisión Fantasía

Prisión Fantasía

A pesar de algunos relatos forzados, innecesarios y ‘alargados’ (en el sentido garciamarquiano), The Orange Is The New Black, en su sexta temporada, logra mantener atento al espectador gracias a sus historias dramáticas e irónicas, a sus personajes dotados de gran vitalidad y a su perfecta habilidad de dar “golpes” inesperados (en el sentido cortaciano) hasta dejarnos noqueados.

 

Quien resiste los engorrosos primeros capítulos, como quien cruza por el desierto, encontrará al final la Tierra Prometida, una que, sin duda, mana leche y miel. Sin convertirse en un documento panfletario, la serie denuncia el racismo estructural y las siniestras y deshumanizadas implicaciones de haber privatizado el sistema penitenciario en Estados Unidos. Muestra, al interior de las cárceles, la conflictiva vida cotidiana y sus dinámicas de poder y supervivencia y nos adentra al mundo íntimo, complejo e imposible de juzgar de sus fascinantes personajes.

 

Un juicio con muchos problemas

 

Luego del indignante asesinato de Poussey Washington (Samira Wiley), quien fue asfixiada por un joven guardia sin el perfil para tratar con las reclusas, y el posterior motín desatado por este hecho, reprimido por la fuerza policial antidisturbios, la trama pasa a las sentencias de las reclusas no sólo por haber liderado el motín sino por la muerte del oficial Desmond Piscatella (Brad William Henke), un hombre que, momentos antes de ser asesinado, había secuestrado y torturado a las reclusas. Aquí es donde los guionistas se suben las mangas y comienzan a lanzarles críticas a la justicia penitenciaria.

 

En una escena reveladora se muestra una pared con la palabra “murder” (asesinato) a la izquierda, a la derecha, Riot Leaders. Debajo: las fotos de Dayana Días, Cindy Hayes, Frieda, Mendoza, Flores, Nichols, María Ruiz, Pipper, Roja y Tacha. Tres oficiales tienen la difícil tarea de investigar quiénes fueron las líderes del motín y quiénes están implicadas en el asesinato. Más difícil aun cuando el Gobernador les reduce el tiempo para concluir la investigación dado que están sufriendo una crisis en “relaciones públicas”.

 

Las familias de los policías muertos quieren acusadas y la agencia de Priones necesita a cinco por cargos graves. Sin embargo, el oficial encargado tiene una solución. “Hoy acabaremos con la declaración de Dayanara Días, y de este grupo sacaremos una cadena perpetua por asesinato, y tres condenas de diez años mínimo para las líderes”. Pero aún así es mucho esfuerzo; “hagamos esto más fácil” dice y toma la foto de Tacha –mujer negra y defensora de los derechos de las reclusas– y la pega en cadena perpetua; una oficial le dice que ninguna reclusa acusa a Tacha, pero el encargado la calla diciéndole que no importa, “es la cara que la gente vio en los videos”. Pero para que no se note la injusticia y la arbitrariedad, concluye: “elijamos de todos los colores”. 

 

Así, Tacha Jefferson pasa a ser el chivo expiatorio, la cara negra que hace comprensible el asesinato del oficial. Ella lo sabe y da la pelea. Ante el jurado acepta los cargos por el motín, pero niega responsabilidad por el asesinato. No está sola. A su lado está una organización por los derechos de las reclusas negras y, pieza importante de este puzle, Joe Caputo, exalcalde de mínima seguridad en Lichfield, quien representa el papel del que quiere hacer el bien por las reclusas, pero siempre se ve impedido por el sistema corporativo. Caputo, a la vez que investiga por su cuenta quién es el verdadero responsable por la muerte de Piscatella, idea una estrategia para desviar la atención de la opinión pública sobre Tacha, gracias a su pareja Nataly, mujer ambiciosa y ahora nueva alcalde de mínima seguridad. Contacta a las reclusas a las que les han vulnerado sus derechos y les propone que demanden. Es el caso de Sophia Burset, travesti, quien durante seis meses dejó de recibir su tratamiento hormonal. Al mismo tiempo, Tacha ofrece entrevistas a medios que ejercen el periodismo de investigación. Pero comete un error. En su necesidad de denunciar lo que se vive en la cárcel, miente al decir que los oficiales de máxima seguridad la maltratan.

 

Entre tanto, como es de esperar, Gerencia y Correccionales mueve sus hilos para impedir que continúe la crisis de “relaciones públicas”. Su primera estrategia es cambiar de nombre: PolyCon se llamarán ahora. Luego, en otra muestra de originalidad, hacen un documental en el que las reclusas hablan de la buena administración de GC. “A PolyCon no le interesan las personas”, se confunde Suzanne (Uzo Aduba), uno de los personajes más impactantes, quien debía decir “no sólo le importan las personas”. Por último, comprar conciencias. Linda, presidenta de PolyCon y examante de Caputo, le ofrece 300 mil dólares y la salida anticipada a Sophia Burset. En este punto, entre otros, es donde se ve la buena mano de los escritores. Tras aceptar el dinero y la salida, el espectador sensato no puede juzgar a Sophia. ¿Cómo se dejó sobornar? ¿No importa más la lucha por los derechos de las mujeres travesti? “La única responsabilidad que tengo es con mi esposa e hijo. Este dinero podría mantenerlos como yo debí hacerlo todos estos años. Mi hijo irá a la universidad, así no terminará aquí como yo”. No es sólo el interés personal lo que guía su conducta. En eso se basa la imposibilidad de juzgarla. Está pensando no en sí misma sino en su hijo.

 

Nancy y la ley del sobreviviente

 

A quien no le gusta que le revelen los finales puede dejar de leer en este instante. Sin embargo, es necesario decirlo para que se comprenda a cabalidad la magnitud del problema. Tacha Jefferson es declarada culpable. ¿Cometió el asesinato? No. Y eso lo sabía Nancy Hayes (Adrienne C. Mooe), mujer negra de cuerpo grande y conocedora de todos los raperos importantes. Ella era la única que podía salvarla. Nancy, junto con Suzanne, presenciaron cuando la policía antimotines, luego de asesinar por error a Piscatella, puso su cuerpo en la piscina donde estaba el grupo de reclusas, entre ellas Tacha, y hacen parecer que ellas fueron quienes lo asesinaron disparándole un tiro en la frente. ¿Por qué Nancy no dijo nada? “Estuve rodeada de policías despreciables toda mi vida. Sé lo que hacen a personas como yo cuando hablamos”, responde ella.

 

Prisión Fantasía

 

Copelad y Álvarez, dos guardias de la prisión, encuentran tiradas en el piso a dos mujeres. Una, boca arriba, se desangra por la garganta. La otra, bocabajo, tiene clavada en la espalda un cuchillo improvisado. “Son puntos dobles por la asesinada y la asesina”, dice Álvarez, un hombre blanco de padres latinos al que se puede odiar con facilidad. “Ganaste Prisión Fantasía”, continúa. Copelad, mujer de cara roja rellena que disfruta de los libros de autoayuda, se congratula de su victoria ante Álvarez. “En tu cara”, le dice. Esta es la prueba máxima de la deshumanización de los guardias de prisión hacia las reclusas. Para ellos, las mujeres no son personas. “Si comienzas a ver a esos animales así, estás jodida”, le dice uno de los guardias a una colega.

 

“Prisión Fantasía” en un juego inventado por los guardias de máxima prisión. Consiste en seleccionar a reclusas y ganar puntos por lo que ellas hagan. Suman si sus reclusas tienen sexo, se pelean, suicidan o vomitan. Para ganar los puntos debe haber un tercero presenciando el comportamiento. Gana, claro, quien más tenga. Las conductas están clasificadas por un número de puntos: suicidio, 20, fuga, 40, vómito 1, así con todos. Aquí es donde comienza la historia. Para ganar, los guardias son quienes incitan y promueven la violencia entre las mujeres. En un momento, desesperada por el ambiente pacífico entre las reclusas, Copelad le dice a Chapman que le devolverá la parte del diente roto que encontró en el pasillo si ella le pegaba a María Ruiz.

 

El juego macabro no es sólo una forma de diversión producto de la deshumanización, es ante todo de carácter político. Hastiada del juego, McCullough (Emily Tarver), una guardia blanca que padece estrés post traumático por el motín, confronta a Hopper, el jefe de los guardias, y le dice que no tiene sentido el juego, que es horrible. Hopper le pregunta desafiante: “¿alguna vez oíste de un motín en máxima seguridad? ¿qué hayan atacado a un guardia? ¿recuerdas un incidente grande? Por eso hacemos Prisión Fantasía, para que se golpeen entre ellas. Porque cuando hacen eso, no nos miran a nosotros”. El que se peleen entre ellas no sólo evita que pongan el foco en los guardias y las injusticias y abusos que cometen. Evita, ante todo, que miren a Gerencia y Correccionales, que se organicen y peleen juntas por sus derechos en contra de la compañía que ahora busca meter a cuatro prisioneras en una celda hecha para una persona o dejar que la prisión sea sólo para penas largas, con ello el nivel de rentabilidad económica es más alto. Así, Prisión Fantasía es una metáfora de esos juegos, discursos, que el poder diseña para que, como ciudadanos, trabajadores, desempleados, no cuestionemos al poder.

 

Las hermanas y la guerra entre bloques

 

De forma magistral, la serie se esfuerza en resaltar una y otra vez las estrategias del poder para perpetuarse. En este caso, la estrategia que utilizan las hermanas Denning le es muy familiar al espectador colombiano. Bárbara y Carol, las hermanas, llegaron a la cárcel por asesinar a su hermana menor, de quien sentían envidia por concentrar la atención de sus padres. Unidas en la muerte, separadas en la vida, las hermanas entran en conflicto el primer día que pasan en prisión. La causa: los créditos por una historia graciosa que cada una acredita como suya. Sí, por eso. Como el conflicto se hizo tan violento, separaron a cada hermana en un bloque distinto. Carol, bloque C, Bárbara, bloque B. El bloque E está asignado para la tercera edad y las travestis, por eso se considera una región neutral. Así se conformó la guerra entre el bloque C y el D. Cada una de las hermanas buscaban conformar un ejército de reclusas en contra del bloque enemigo. Para convencerlas de unírseles, no bastaba con decirles que una le robó la historia a la otra. Era necesario construir el miedo. Hacerles creer que el bloque contrario quería hacerles daño, que si no hacían algo las iban a lastimar. El discurso funcionó. Las subordinadas se apropiaron de éste y lo vivieron como propio. Además, aspecto fundamental, su poder también se basó en el control del comercio de drogas, productos de todo tipo y los trabajos legales de la cárcel, claro, siempre aliadas con los guardias.

 

En un momento en el que el nivel de tensión llega a su clímax, Bárbara acusaba a Carol de intentarla asesinar con veneno y Carol de que su hermana le quitara los trabajos buenos, cada una se prepara para la guerra. Reclutan soldadas y construyen armas. Aprovecharía el día en que volverían a jugar KIckball, un deporte legendario en la prisión, para ejecutar el ataque. Era necesario, había que vengarse. El día llegó. Los equipos estaban conformados y ya sabían en qué momento se atacarían. Sin embargo, al salir al campo, las dos hermanas se esconden juntas en el cuarto de aseo. Confiesan su verdadero plan: hacer que las mujeres se maten entre sí para así poder ellas infiltrase en el bloque E para matar a Frieda, quien les hizo aumentar décadas a su condena.

 

¿Resulta familiar? Debería. Fernando Guillén Martínez, en El poder político en Colombia, expone cómo líderes liberales y conservadores pasaban de uno a otro bando, dependiendo de la posición de poder que ocuparan. Así, si un líder hacendado conservador quedaba derrotado por otro conservador hacendado, se pasaba a las líneas liberales y desde ahí movilizaba al pueblo para ir en contra de los sotaneros rezanderos. Con la misma lógica, en la actualidad, uribistas insultan a santistas creyendo que sus líderes son radicalmente diferentes.

 

El final de la serie es uno de los más bellos que puedan existir. Profundamente simbólico y con una clara intencionalidad política. Traicionadas por sus soldadas, quienes decidieron dirimir sus diferencias con el Kickball, en el cuarto de baño las hermanas se atacan luego de volver a discutir por los créditos de la anécdota. La una le abre el cuello a la otra al tiempo que recibe una puñalada en la espalda. El poder se acaba así mismo. Y la anécdota en realidad le sucedió a un tercero, a una compañera de trabajo. No hace falta describirla. La misma serie nos muestra la banalidad de las razones del conflicto.

Publicado enEdición Nº251
Miércoles, 24 Octubre 2018 05:43

Dinero endógeno: escondido a plena vista

Dinero endógeno: escondido a plena vista

Ya es lugar común criticar a los economistas convencionales por su incapacidad para entender la crisis de 2008. Hay muchas razones para dirigir una severa amonestación a estos economistas. Pero hay una crítica que es fundamental y que no ha recibido la atención que merece, quizá porque está relacionada con un fenómeno que se ha mantenido escondido a plena vista de todos: el dinero endógeno.

Estas palabras pueden sonar algo enigmáticas, porque van en contra de un mensaje transmitido por autoridades y académicos sin interrupción desde el nacimiento de la teoría económica. El mensaje corresponde a la pregunta: ¿De dónde viene el dinero? La respuesta tradicional tiene tres componentes centrales. Primero, no existe una fábrica de dinero, pero sí un instituto emisor que tiene el monopolio de la creación monetaria y se llama banco central. Segundo, ese organismo es independiente de las fuerzas económicas y del mercado, por lo que sus decisiones sobre la cantidad de dinero que hay que emitir son externas a la economía. A ese dinero emitido por el banco central se le denomina dinero exógeno. Tercero, los bancos son simples intermediarios entre los agentes que depositan sus ahorros en sus bóvedas y aquellos que recurren a los bancos para satisfacer su demanda de capitales para invertir.

Todo eso forma parte de una historieta que es falsa. Existe una mejor y más certera descripción del fenómeno de creación monetaria. Proviene de los trabajos de economistas que han cuestionado los dogmas oficiales. En esta visión alternativa la mayor parte del dinero es creado no por el banco central, sino por los bancos comerciales privados. Y esta creación monetaria se lleva a cabo mediante un proceso que no tiene nada que ver con el cuento de hadas de la intermediación bancaria. En síntesis, los bancos no necesitan que un agente deposite sus ahorros para poder otorgar un préstamo. El proceso es al revés: cuando un banco otorga un préstamo, en esa misma operación crea un depósito. En lugar de requerir de un depósito para poder realizar el préstamo, los depósitos son creados al otorgar el crédito.


El crédito otorgado por el banco corresponde en rigor a una creación monetaria. La creación de dinero deja de ser monopolio del banco central y responde a las necesidades de crédito de la economía. Es decir, la oferta monetaria es determinada por la demanda de crédito. A ese circulante se le denomina dinero endógeno, porque su cantidad depende de las fuerzas al interior de la economía y no de las decisiones de un instituto como el banco central. Los bancos comerciales privados pueden satisfacer esa demanda de crédito creando dinero de la nada.


Para darnos cuenta de que el cuento sobre la intermediación bancaria es falso, basta echar un vistazo a los agregados que constituyen la oferta monetaria en cualquier economía capitalista. Ese examen revelará que el dinero emitido por el banco central es sólo una pequeña parte (no más de 5 o 6 por ciento) del total de la oferta monetaria. El resto es emitido por el sistema bancario comercial privado. Lo que mueve a la economía es el dinero creado por los bancos privados mediante los préstamos que otorgan.


Pero si la creación monetaria se lleva a cabo mediante el otorgamiento de crédito, ¿cómo sabe el sistema bancario cuando detenerse? O, para decirlo de otro modo, ¿cuándo saben los bancos en su conjunto cuando ya no es prudente otorgar más crédito? La respuesta es que no lo sabe, porque no hay límites intrínsecos al otorgamiento de crédito. No existe un foco rojo que mande la señal inequívoca de que la economía se ha saturado de crédito (o, lo que es igual, de dinero endógeno). El crédito no es como un producto industrial de la economía real, en la que la sobre-producción envía la señal de que los inventarios están creciendo (la mercancía no vendida se está acumulando). En el caso de los bancos, para cuando el sistema bancario se percata que se ha rebasado el umbral de saturación, ya es demasiado tarde. Buena parte de la crisis de 2008 se debe a este fenómeno.


Las implicaciones del fenómeno de dinero endógeno son enormes y no deben evadirse. Este concepto, que la escuela postkeynesiana tanto ha contribuido a desarrollar, exige redefinir los temas centrales de la teoría y la política macroeconómicas, entre ellos las causas de la inflación, la determinación y el papel de la tasa de interés, la relación entre ahorro e inversión y, por supuesto, la regulación bancaria y del sistema financiero.


Pero mientras los economistas del sistema y la enseñanza de la teoría macroeconómica continúen perpetuando las falsedades de la ortodoxia, no se podrá avanzar en estos temas.
La creación monetaria por los bancos privados es lo que permite a la economía moverse. Está en todas partes y nos parece tan natural que por eso mismo pasa desapercibida. Decía Sherlock Holmes que no hay nada más invisible que lo que es obvio. Seguramente estaba pensando en el dinero endógeno.
Twitter: @anadaloficial

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