Sábado, 18 Mayo 2019 06:04

China, en estado de urgencia

El presidente de los EEUU, Donald Trump (i), y su homólogo chino, Xi Jingping (d), ofrecen una rueda de prensa en el Gran Palacio del Pueblo en Pekín (China) el 9 de noviembre de 2017. EFE

Trump no solo quiere que China compre más productos americanos. Los halcones que le asesoran pretenden ralentizar el desarrollo tecnológico del gigante asiático


Este es el inicio de una rivalidad sistémica que va a durar décadas, y que hace que los mandarines de Pekín no solo estén pensando en si Trump va a ganar las próximas elecciones. Las autoridades chinas confían en su capacidad de resistencia


El Gobierno chino controla las palancas macroeconómicas y pueden estimular la economía por el lado fiscal o monetario. Trump se da cuenta: ha declarado que la FED debería ser súbdita al ejecutivo como lo es el banco central chino y ayudarle


Escribo estas líneas desde Shanghái. Esta semana he tenido la oportunidad de hablar con empresarios, académicos y personas cercanas al Gobierno chino y la sensación de inquietud es palpable. La intensificación de la guerra comercial entre EEUU y China es el mayor tema de debate en la televisión y en la calle. En la última semana no solo ha habido la subida de aranceles de 10% a 25% a un volumen equivalente a 200.000 millones de dólares de importaciones chinas por parte de Donald Trump, y la consecuente represalia de Pekín sobre 60.000 millones de dólares de productos americanos, sino que el presidente de los EEUU ha decidido prohibir incluso –por orden ejecutiva– el uso de equipamiento de Huawei y ZTE en suelo americano e introducir un proceso de obtención de licencias para aquellas empresas americanas que quieran vender tecnología a las compañías de telecomunicaciones chinas.

Esto es un torpedo a la línea de flotación de las empresas chinas, ya que Huawei, por ejemplo, depende del suministro de semiconductores de la estadounidense Qualcomm. Por lo tanto, el convencimiento en China es que Trump está jugando demasiado duro en las negociaciones que están librando los dos países y que su órdago le puede salir mal, ya que si una cosa no puede hacer el Gobierno chino, y eso está muy grabado en el ADN de este país, es "perder la cara", es decir, mostrar que cede al chantaje de otro, sobre todo si ese otro es la encarnación contemporánea del occidental imperialista que en el siglo XIX humilló a China y la condenó a un siglo de inestabilidad. Antes de capitular a las presiones de Trump, la población china está dispuesta a sufrir, y por eso mismo el Gobierno ya se está preparando para lo peor.


Al fin y al cabo, Trump no solo quiere que China compre más productos americanos. Eso se podría lograr en la próxima reunión bilateral entre Trump y el presidente Xi Jinping en la cumbre del G20 en Japón el próximo mes. Lo que realmente quieren los halcones que asesoran a Trump es ralentizar el desarrollo tecnológico del gigante asiático y ese no es un tema que se vaya a resolver en unas cuantas rondas de negociación, como a veces se pretende indicar. Esto es solo el inicio de una rivalidad sistémica que va a durar décadas, y que hace que los mandarines de Pekín no solo estén pensando en si Trump va a ganar las próximas elecciones o no, sino mucho más allá. El Gobierno chino es consciente que se enfrenta a un rival de un poderío enorme, pero como me ha comentado un interlocutor esta semana: "si tiramos la toalla, y cedemos, vamos a perder, así que tenemos que luchar, porque si luchamos, puede que no perdamos".


Pese a la gran preocupación que hay, y a la evidente desaceleración que se observa en la economía, la sensación que queda después de esta semana es que las autoridades chinas confían en su capacidad de resistencia. Saben que controlan las palancas macroeconómicas, y que si es necesario pueden estimular la economía por el lado fiscal o monetario, o los dos a la vez. Trump se da cuenta de eso, y ya ha declarado que la FED debería ser súbdita al ejecutivo como lo es el banco central chino y ayudarle a aguantar el pulso. El temor evidente es que, para compensar los aranceles sobre sus productos, China devalúe su moneda y se mantenga así competitiva. Relacionado con esto está el hecho de que EEUU (y también Europa) pueden bloquear la compra de tecnología por parte China, y ya lo están haciendo, pero ante eso China ya está desarrollando programas para atraer talento internacional y desarrollar la tecnología en suelo chino. Hoy en día, cualquier joven emprendedor con una patente tiene un talonario esperándole en Shanghái para desarrollar su idea y cumplir su sueño.


Finalmente, otro factor que les ofrece confianza a las autoridades chinas es la capacidad de trabajo (y de sacrificio) de su población. Cualquier extranjero que visite o viva en este país lo percibe. La ambición y el hambre por mejorar son impresionantes. Jack Ma, el presidente de Alibaba, suele comentar en sus intervenciones públicas que espera que sus empleados trabajen bajo la fórmula: 9-9-6. Es decir, empezar a las 9 de la mañana, acabar a las 9 de la noche y trabajar 6 días de la semana. Según parece, al Gobierno chino también está promoviendo esta misma fórmula entre sus empleados. Teniendo en cuenta que el Estado domina directamente cerca del 50% del PIB chino y que tiene algo o mucha influencia en el otro 50%, queda claro que EEUU se enfrenta a un hueso duro. Tanto que el Gobierno chino incluso se está planteando aumentar los días de vacaciones “obligatorios” para promover el consumo y así la actividad económica si fuese necesario.


China, luego, vive en un cierto estado de urgencia. Hace un año había dos grupos de opinión entre las élites. Los que pensaban que había que ceder ante las presiones de Trump y los que se oponían. Hoy esos dos campos están de acuerdo en que no se puede ceder, y se han dividido en otros dos grupos. Los que piensan que lo mejor para enfrentarse a EEUU es hacer reformas domésticas y estimular la innovación del mercado y el consumo interno para estar más protegidos y los que creen que la mejor defensa es apostar por el modelo chino de capitalismo de estado, reforzar el sector público y depender lo mínimo posible del exterior. Ambos están cada vez más convencidos que el mundo se va a dividir en un hemisferio norte, liderado por EEUU, y un hemisferio sur, donde China tiene cada vez más influencia. Bienvenidos al eterno retorno de la geopolítica.

 

Por Miguel Otero Iglesias 

17/05/2019 - 21:45h

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China a EEUU: "Vamos a luchar hasta el final"

El mensaje fue lanzado al aire por Televisión Central de China (CCTV) mediante un editorial titulado: "China ha hecho la preparación integral". En él se anuncia la posición de Pekín en la guerra comercial lanzada por EEUU, durante la emisión del programa diario de noticias. El medio oficialista asegura que "no queremos esta lucha, pero no tenemos miedo y vamos a luchar si es necesario".


Para la inmensa mayoría de la población china, la guerra comercial no es una cuestión económica sino de dignidad nacional. El editorial anónimo lo explica con una metáfora histórica: "Para la nación china que ha experimentado varias tormentas en los últimos 5.000 años, ¿hay alguna situación que no hemos visto antes? En el proceso de la gran revitalización de la nación, tiene que haber dificultades e incluso olas terribles. La guerra comercial provocada por los EEUU. es sólo una barrera en el camino de desarrollo de China, y no es un gran problema en absoluto".

La referencia no es un dato menor para una nación que fue ultrajada varias veces en conflictos recientes en los siglos XIX y XX. Quizá por esa razón, en pocas horas la página del programa oficial recibió más de tres millones de visitas en twitter y dos millones de "likes".

Varios observadores destacaron que semejantes comentarios son "muy inusuales", por la severidad del tono, en los medios chinos. Algo así no se produjo siquiera después del ataque aéreo de la OTAN en 1999 a la embajada china en Belgrado y cuando la colisión de aeronaves Mar Meridional de China en 2001.


El sentido común de los chinos, tanto de la sociedad como del gobierno, indica que deben seguir su camino sin importar lo que hagan los demás. En el mismo sentido, un medio generalmente crítico de Hong Kong, el South China Morning Post, destaca que en las negociaciones con EEUU, "Pekín no podía ceder a las demandas de Washington por la dignidad nacional y cuestiones de principio".

Trump decidió elevar los aranceles a una parte considerable de las importaciones desde China, medida que fue retrucada por Pekín en lo que se considera un "ojo por ojo" que no tendría fácil solución.

El presidente de EEUU cuenta con alguna ventajas, gracias al bajo desempleo, el crecimiento de más del 3% en el primer trimestre, la baja inflación y la subida de los salarios.
Que lo anterior lo consiga a costa de un creciente endeudamiento público y un alto déficit presupuestario, no parece importarle a quien comparecerá en las urnas en poco más de un año.


El columnista de Asia Times, David P. Goldman, ensaya una mirada estratégica que implica mirar mucho más lejos: "Trump quiere restaurar un pasado en el que América dominó la producción, y su estrategia de negociación recuerda el juego de Monopoly, en el que los jugadores intentan extraer rentas. China está jugando el juego de estrategia antigua de Go, con el objetivo de supremacía tecnológica".

A mi modo ver, este es el punto central. China no pierde el rumbo y tiene mucho margen para negociar, por varias razones.

La primera es que no debe someter a su dirección política al escrutinio de las urnas, por lo que no necesita hacer nada destinado a conformar a la opinión pública que siempre es volátil y depende de los avatares de la economía, en particular en Occidente.


La segunda ventaja es la ya mencionada historia de derrotas y humillaciones, que lleva a Pekín a poner en primer lugar la soberanía de la nación, la dignidad del país y de sus habitantes, que se muestran afines al llamado nacionalista. Se trata de una actitud defensiva, mientras la de Washington es a todas luces ofensiva y guerrerista en pugna por la supremacía global.


La tercera es que China no pierde el rumbo, sabe que la guerra comercial no es tal sino una guerra por la supremacía tecnológica, como se desprende de la ofensiva contra Huawei desatada desde 2018.


Para EEUU es difícil de aceptar que la multinacional china lleve ventaja en las telecomunicaciones y sea la punta de lanza de la Ruta de Seda. Goldman nos recuerda que Huawei superó a Apple en la venta de teléfonos en el primer trimestre de 2019 pese a que no puede vender en EEUU. Por el contrario, las empresas de alta tecnología de EEUU dependen de sus ventas a China.


El núcleo de la guerra tecnológica son los semiconductores, rama en la que los chinos no son inferiores a Apple. Goldman concluye: "China espera salir de la guerra comercial con una ventaja indiscutible en la fabricación y diseño de semiconductores. Si tiene éxito, se convertirá no sólo en el poder económico dominante, sino en la potencia militar dominante".
La industria de semiconductores nació en EEUU pero migró a Asia en la etapa inicial del neoliberalismo salvaje. Ahora Asia, y China en particular, llevan la delantera. Revertir esta situación no será sencillo, por más empeño que ponga la administración Trump. Lo peor es que ni la Unión Europea ni el reino Unido, o sea sus más importantes aliados, se sumaron a la guerra contra Huawei, en lo que el analista de Asia Times considera "la peor humillación para la diplomacia estadounidense desde el final ignominioso a la guerra de Vietnam".


La guerra está servida y no tiene marcha atrás. La opinión pública estadounidense y las elites dominantes, seguirán el camino emprendido por Trump, más allá del resultado electoral. En una guerra gana el que tiene mayor voluntad, el que es capaz de aferrase al terreno, aquel pueblo que sabe lo que quiere y no teme los sacrificios. Las guerras no las ganan ni los liderazgos, ni las armas más sofisticadas, ni los discursos más encendidos. La historia de la Segunda Guerra Mundial, cuando el nazismo parecía arrollar el mundo, mostró que los pueblos pueden más.

00:26 15.05.2019(actualizada a las 00:44 15.05.2019)

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Responde China a EU con aumento de aranceles

Tasas hasta de 25% a bienes valorados en 60 mil millones de dólares anuales

China anunció ayer que aumentará los aranceles aduaneros a la importación de productos estadunidenses por un monto de 60 mil millones de dólares anuales en represalia por las medidas comerciales adoptadas por el presidente estadunidense, Donald Trump, la semana pasada.La medida elevó el temor a que las dos mayores economías del mundo entren en una disputa sin freno, la cual podría golpear el crecimiento global y se reflejó en caídas de las bolsas a escala global.

A partir del primero de junio China impondrá aranceles de 10, 20 e incluso 25 por ciento a 5 mil 140 productos estadunidenses ya gravados, como vegetales congelados y gas natural licuado, informó la Oficina de la Comisión tarifaria del país asiático.

"El ajuste a los aranceles es respuesta al unilateralismo y proteccionismo estadunidense", subrayó el Ministerio de Finanzas chino. "Pekín espera que Washington vuelva al camino correcto del comercio bilateral y las consultas económicas", agregó.

De acuerdo con la Comisión de Aranceles Aduaneros del Consejo de Estado, China elaborará y dará a conocer una lista de productos estadunidenses importados elegibles para ser excluidos de los gravámenes extras tras evaluar las solicitudes presentadas por las partes interesadas sobre una base de prueba.

Trump confirmó a periodistas que en junio próximo se reunirá con el mandatario chino, Xi Jinping, en el contexto de la cumbre del G20, y que espera que el encuentro sea fructífero para la resolución del conflicto.

Previamente, en Twitter, Trump culpó a Xi del fracaso en las negociaciones para la firma de un acuerdo comercial, y le advirtió que si aplica represalias empeorará la relación.

"Le digo abiertamente al presidente Xi y a mis muchos amigos en China que sufrirán mucho si no llegan a un acuerdo, porque las compañías se verán obligadas a abandonar esa nación por otros países. Es demasiado caro comprar en China. ¡Tenían un gran acuerdo casi cerrado y dieron marcha atrás!", apuntó.

La más reciente ronda de negociaciones entre Estados Unidos y China terminó el pasado viernes en Washington sin que hubiera acuerdo.

En días anteriores, Estados Unidos acusó a China de no comprometerse con acuerdos previamente alcanzados.

El viernes entró en vigor un aumento de 10 a 25 por ciento de los aranceles a las compras de productos del país asiático por un monto de 200 mil millones de dólares anuales. Trump también llamó a gravar los 300 mil millones de importaciones chinas restantes.

Este lunes los mercados mundiales reaccionaron negativamente ante el incremento de la tensión comercial entre Washington y Pekín, las dos mayores economías del planeta.

En Nueva York, el índice Dow Jones bajó 2.38 por ciento, a 25 mil 324.99 unidades, mientras el Standard & Poor’s 500 cayó 2.41, a 2 mil 811.87. El Nasdaq, en tanto, descendió 3.41 por ciento, a 7 mil 647.02 puntos.

La Bolsa Mexicana de Valores perdió 0.55 por ciento, a 43 mil 142.46 puntos.

Los mercados europeos cerraron con pérdidas generalizadas. Destacaron la bolsa de Lisboa, con un retroceso de 1.81 por ciento, y la de Fráncfort, con 1.58.

En China, el índice Shezhen cayó 1.43 por ciento y el Shanghái Composite cedió 1.21.

En el continente americano, las bolsas también bajaron notablemente. En Buenos Aires el mercado perdió 3.27 por ciento y el de Sao Paulo tuvo una variación de menos 2.69.

"Un acuerdo entre Estados Unidos y China es muy valorado por el mercado", expresó el analista Sam Stovall, de la empresa CFRA Research. "¿Quién sabe qué puede pasar antes de que ese acuerdo sea alcanzado?", añadió.

Para el analista comercial William Reinsch, "en este momento pareciera que estamos en un choque de trenes en cámara lenta, en el que ambas partes se apegan a sus posturas".

 

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China se prepara para una guerra de desgaste con EE UU en su disputa comercial

Pekín exige que un acuerdo final garantice la “igualdad y la dignidad” de los dos países

 La ronda número once de conversaciones comerciales entre China y Estados Unidos terminó en Washington sin más acuerdo aparente entre las delegaciones que el desayuno: donuts, que llevaban los guardaespaldas en grandes bolsas. EE UU ya ha puesto en marcha su anunciado aumento de aranceles sobre productos chinos por valor de 200.000 millones de dólares, y no hay fecha para retomar las negociaciones. Aunque, al abandonar Washington, el jefe de la delegación china, el vice primer ministro Liu He, se declaraba “cautelosamente optimista”, también dejaba claro que las posturas están separadas por enormes diferencias de fondo.


Los canales siguen abiertos, han insistido las dos partes. “Las negociaciones no se han roto” y se retomarán en Pekín en algún momento del futuro, subrayaba Liu, el hombre de confianza del presidente chino Xi Jinping para los asuntos económicos, en una rueda de prensa con medios chinos. Pero también admitía que existen “desacuerdos sobre cuestiones de principio”. Tres cuestiones en las que, subrayó, China “no cederá bajo ningún concepto”.


Para poder llegar a un acuerdo —ha explicado—, su Gobierno considera obligatorio que Estados Unidos levante sus aranceles adicionales; que el aumento del volumen de compras de productos estadounidenses que Washington exige a China sea realista y se ciña a la demanda interna china; y —sobre todo— que el documento final del acuerdo sea “equilibrado” para garantizar la “igualdad y la dignidad” de los dos países.
En esa tercera condición, la “dignidad”, está la clave. El actual punto muerto se desató, como ha publicado la agencia Reuters, cuando Pekín eliminó del borrador de acuerdo las referencias a que cambiaría sus leyes para aceptar las demandas de EE. UU. sobre protección de la propiedad intelectual, acceso a los mercados de servicios financieros y transferencia forzosa de tecnología, entre otros. Para Washington, esos términos eran la garantía para hacer cumplir lo que -creía- se había acordado. Para Pekín representaban una injerencia intolerable en su soberanía. Y un cambio en su modelo económico que Xi Jinping no tiene ninguna intención de aceptar. Venga lo que venga.


“China está dispuesta a pagar un cheque, pero no a transformar su modelo económico estatal en una economía de mercado”, escribía esta semana Alicia García-Herrero, economista jefe para Asia Pacífico del banco de inversiones Natixis. “El abrupto cambio de dirección [de el presidente estadounidense, Donald Trump] en la estrategia de negociación revela desesperación, más que fuerza” al imponer los nuevos aranceles, que pasan del 10 al 25%, y amenazar con gravar de la misma manera al resto de productos importados chinos.


Y China ha llegado a la conclusión de que tiene margen de maniobra para aguantar lo que cree que puede ser una guerra de desgaste prolongada. La desconfianza de Pekín es grande, y domina la percepción de que, al final, el objetivo de EE. UU. es impedir que este país se convierta en una gran potencia. No ha ayudado que esta semana las autoridades estadounidenses denegaran una licencia de operación a la principal compañía telefónica china —China Mobile— e intensificaran su retórica contra el gigante tecnológico Huawei.


A lo largo de los meses de negociación, Pekín ha ido dando pasos para proteger su economía ante la ausencia de un acuerdo. “Los responsables políticos chinos se han centrado en estimular de modo efectivo la economía. Además, con una perspectiva a largo plazo en mente, China se ha esforzado en extender lazos amistosos con la mayor cantidad posible de países”, apunta García-Herrero. Para lo primero, recuerda la economista, se encuentran en marcha estímulos para el sector privado vía crédito. Para lo segundo, China ha sumado ya oficialmente a 130 países a su iniciativa Nuevas Rutas de la Seda.


Los últimos datos económicos avalan, a ojos de Pekín, esta estrategia. El crecimiento del PIB en el primer trimestre del año ha sido del 6,4%, por encima de lo esperado. Las exportaciones también han aumentado un 4,3% interanual en los primeros cuatro meses del año, como han resaltado los medios oficiales chinos a lo largo de esta semana. El economista jefe del banco central chino, Ma Jun, ha calculado el impacto de la guerra comercial en una pérdida de tres décimas de punto de crecimiento del PIB, “algo que está dentro de lo controlable”.


“La economía tocó suelo a finales del año pasado, ahora empieza a recuperarse”, ha subrayado Liu. “A pesar de las presiones económicas que puedan venir, creo que la economía china mantendrá su impulso y un desarrollo sano y estable”.


La cita del G20


A corto plazo, y con independencia de que las delegaciones vuelvan a reunirse antes o no, la próxima gran cita se perfila en Osaka (Japón) a finales de junio, la cumbre anual del G20. Allí se verán las caras Trump y Xi Jinping, los únicos -como ha quedado claro esta semana- que tienen la última palabra para cerrar un acuerdo.


Un acuerdo que no llegará, como venía a decir Liu, a cualquier precio. “Cuanto más necesite Xi movilizar su sistema político y su población para (…) luchar una guerra de desgaste, más difícil le será cambiar la marcha y aceptar un gesto de Estados Unidos; si es que llega”, apunta en una nota la consultora Eurasia Group.


Aunque ambos les interesa entenderse. Una guerra comercial entre las dos principales economías del mundo sería perjudicial para todos. Trump necesita réditos electorales, y un pacto con China que pueda presentar como ventajoso sería una buena carta. Xi conmemorará en octubre el 70 aniversario de la fundación de la República Popular de China, y no quiere problemas que distraigan de los preparativos. Para Pekín —recuerda García-Herrero— continuar la política de crecimiento mediante estímulos puede suponer en el futuro un aumento de la deuda.


Pero incluso si los dos jefes fuman a corto plazo la pipa de la paz —y hoy por hoy, está por ver—, no está tan claro que consigan la cuadratura del círculo: resolver sus diferencias de principio, la “dignidad” de la que hablaba Liu He. Y un acuerdo que no las solvente puede acabar siendo como los dónuts del desayuno de sus delegaciones: dulce por fuera; por dentro, vacío.

Por Macarena Vidal Liy
Pekín 11 MAY 2019 - 10:33 COT

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Sábado, 11 Mayo 2019 04:59

Trump tensa la cuerda con China

Liu He y Mnuchin se dan la mano en medio de las negociaciones en Washington. Imagen: AFP

Las conversaciones para terminar con la alarmante guerra comercial entre China y Estados Unidos fueron constructivas, dijo el viernes el secretario estadounidense del Tesoro, Steven Mnuchin, dando una señal de que ambas potencias podrían cerrar un acuerdo que evitaría riesgos para la economía mundial. Solo unas horas antes, Washington lanzó una salva de medidas comerciales contra China al aumentar de 10 por ciento a 25 por ciento los aranceles a 5000 productos de ese origen importados por 200.000 millones de dólares. A su vez, Pekín amenazó con tomar “las contramedidas necesarias”.


El atisbo de esperanza surgido de las declaraciones de Mnuchin alentó a Wall Street, que venía siendo presionada por el pesimismo en las negociaciones. El Dow Jones empezó a recortar las pérdidas sufridas desde la mañana pero seguía en rojo a media jornada. Los mercados de Europa y Asia parecían más optimistas.


“Hubo constructivas discusiones entre ambas partes. Es todo lo que vamos a decir”, dijo Mnuchin, citado por la cadena CNBC, tras dos horas de negociaciones con una misión china liderada por el vice primer ministro, Liu He. Minutos antes, ambos se saludaron con un apretón de manos ante la sede del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR) en Washington. De inmediato Mnuchin y el USTR, Robert Lighthizer, partieron hacia la Casa Blanca.


En su hotel, Liu dijo a periodistas que las negociaciones transcurrieron “bastante bien”, según la agencia de noticias Bloomberg que, sin embargo, también citó fuentes que indicaron que los progresos fueron escasos.”Esperamos que las partes puedan encontrarse en una posición intermedia y trabajar juntas para resolver los problemas existentes a través de la cooperación y la consulta”, dijo el Ministerio de Comercio chino en un comunicado.


El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dijo el viernes que no tiene apuro por cerrar un trato con Pekín por considerar que está negociando desde una posición de fuerza. Luego de semanas de proclamar su optimismo, la Casa Blanca cambió de tono el pasado fin de semana y se mostró enojada y hasta despreocupada sobre el conflicto. El sábado, Trump expreso su furia en Twitter por considerar que las negociaciones avanzaban “demasiado despacio”, acusó a China de desconocer compromisos ya pactados y anunció las medidas arancelarias que entraron a regir la pasada medianoche.


Pero Trump cambió de tono este viernes. “Las conversaciones con China siguen de manera muy cordial, no hay absolutamente ninguna necesidad de precipitarse, AHORA que China paga aranceles de 25 por ciento a Estados Unidos”, dijo. El presidente siguió en su tesitura de que los aranceles son más beneficiosos que un acuerdo. “Los derechos de aduana aportarán MUCHA MAS riqueza a nuestro país que un acuerdo fenomenal de tipo tradicional”, agregó.


Desde el año pasado, las dos mayores economías mundiales se aplicaron recíprocamente aranceles a productos por 360.000 millones de dólares, lo cual castigó a los productores agrícolas estadounidenses y a los sectores manufactureros de ambos países. Trump desató la guerra para terminar con prácticas comerciales chinas que considera desleales y a las que atribuye el abultado déficit de Estados Unidos en el comercio bilateral.


Estados Unidos quiere que China respete los derechos de propiedad intelectual y deje de subsidiar masivamente su producción local.,


Las tarifas también hicieron blanco sobre todo las exportaciones agrícolas estadounidenses a China, pero también en los sectores manufactureros de ambos países. “El riesgo de un colapso total de las conversaciones comerciales ciertamente se ha incrementado”, dijo ayer la calificadora de riesgo Moody’s en un informe citado por CNN. Las empresas estadounidenses están en contra de los aranceles, pero “apoyan la idea en el corto plazo si esto nos ayuda a lograr un acuerdo fuerte, aplicable y a largo plazo que solucione cuestiones estructurales”, dijo la Cámara de Comercio Estadounidense.


Al llegar a Washington el jueves, He dijo que las perspectivas de las conversaciones eran promisorias pero advirtió que aumentar los aranceles dañaría a ambas partes. “Espero que nos involucremos en forma racional y sincera con la parte estadounidense”, dijo a la prensa estatal china.


El aumento de aranceles impuesta desde el primer minuto de este viernes abarca numerosos productos chinos; entre ellos equipos médicos, maquinaria, autopartes y muebles. Pero los productos que ya estaban en viaje hacia Estados Unidos solo serán gravados con el 10 por ciento anterior. Ese matiz otorga un cierto período de gracia y evita un inmediato incremento de la intensidad del conflicto. “Aunque estamos decepcionados por las vallas que fueron levantadas, apoyamos los actuales esfuerzos de ambas partes por llegar a un acuerdo sólido y aplicable que resuelva los asuntos fundamentales, estructurales, que nuestros miembros enfrentan desde hace mucho con China”, dijo la agrupación comercial American Chamber of Commerce en un comunicado.


Economistas remarcan que las medidas aduaneras terminan siendo costeadas por las empresas y los consumidores debido a que incrementan el precio de los productos importados. Productores agrícolas y fabricantes de Estados Unidos se quejan porque las represalias chinas les hacen perder mercados.


“NADIE GANA UNA GUERRA COMERCIAL”, tuiteó el analista Chad Bown del Peterson Institute for International Economics. Un asesor del banco central chino estimó que las medidas de Trump y las represalias chinas, reducirán el crecimiento económico de China en 0,3 punto porcentual. Eso está “dentro de un rango controlable”, dijo el asesor Ma Jun.

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Miércoles, 06 Junio 2018 07:04

Moneda hegemónica: costos y privilegios

Moneda hegemónica: costos y privilegios

Los mensajes desde la Casa Blanca indican que los aranceles impuestos contra las importaciones de China, Unión Europea, Canadá y México tienen como objetivo corregir el gigantesco desequilibrio en las cuentas externas de Estados Unidos. Pero la paradoja es que si el presidente Donald Trump realmente quiere corregir ese desequilibrio tendría que comenzar por reconsiderar el papel de su moneda, el dólar, en el sistema de pagos internacionales.

La hegemonía de la divisa estadunidense sigue siendo innegable. Es la moneda de mayor presencia en las transacciones comerciales y financieras en todo el mundo. Y se mantiene también como la divisa más utilizada como reserva por bancos centrales y en las tesorerías de los grandes grupos corporativos.


Las ventajas que esta posición privilegiada confiere a Estados Unidos son múltiples. La más importante es que permite a ese país mantener un gigantesco déficit crónico en su balanza comercial, sin que eso le imponga una disciplina macroeconómica, como sucede con cualquier otro país. Desde esa perspectiva, el consumidor estadunidense goza de una ventaja sin paralelo. Es por esto que Estados Unidos ha podido mantener durante décadas un crecimiento económico impulsado por el consumo. En el sistema de hegemonía del dólar, el público estadunidense se ha convertido efectivamente en el consumidor de última instancia.


El emisor de la moneda hegemónica recibe un tributo del resto del mundo. Es lo que se denomina el privilegio de señoraje: imprimir un billete de 100 dólares casi no cuesta nada a la Reserva Federal, pero el resto del mundo debe dar a cambio recursos por más de ese valor para obtener ese pedazo de papel.


Pero ese privilegio exorbitante tiene un costo. Al permitir al consumidor estadunidense obtener mercancías de todo tipo a cambio de dólares, el sistema ha ido debilitando la industria en ese país. La demanda de dólares en el mundo provoca la apreciación de esa moneda y el abaratamiento de las importaciones, lo que mantiene activo al consumidor en Estados Unidos y profundiza el déficit comercial que ahora Trump quiere corregir a base de luchar con molinos de viento. En síntesis, el papel de moneda hegemónica terminó al paso de los años por promover la desindustrialización de Estados Unidos. No es el único factor, pero ha sido una fuerza tenaz que ha socavado la base competitiva del sistema industrial estadunidense.


Por otra parte, ese proceso se intensifica cada vez que en medio de una crisis los agentes y gobiernos buscan obtener dólares para usarlos como moneda de reserva. Al aumentar la demanda y el precio de los activos financieros en Estados Unidos, las tasas de interés se reducen y eso incrementa el valor de activos como bienes raíces residenciales y fomenta el consumo. Pero la apreciación del dólar le resta competitividad a la industria manufacturera estadunidense en los mercados mundiales. Al paso de los años, los privilegios de mantener la moneda hegemónica comenzaron a ser dominados por los efectos negativos.


Sin embargo, las ventajas de mantener una moneda como divisa dominante en el mundo son percibidas como muy superiores a los costos. No por nada los países que a lo largo de la historia del capitalismo han gozado de este privilegio han luchado hasta con las uñas para conservar el papel de moneda hegemónica para su divisa. Por eso la historia de la posguerra puede sintetizarse como la larga serie de esfuerzos de Washington para consolidar el papel del dólar como moneda de reserva.


Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos emergió como la potencia económica número uno del planeta. Pero la consolidación del dólar estadunidense como moneda hegemónica necesitaba algo más que poderío económico y militar. Durante los primeros años de vida del nuevo sistema, Estados Unidos buscó controlar y marginalizar el papel del Fondo Monetario Internacional (FMI) al tiempo que promovía el remplazo de la libra esterlina por el dólar para cubrir las necesidades de liquidez de la economía mundial.
La crisis del canal de Suez en 1956 se presentó a Estados Unidos como una gran oportunidad para usar el FMI en su nueva estrategia geopolítica y financiera. Inglaterra seguía siendo la potencia colonial dominante en Medio Oriente, y Washington estaba deseoso de introducir cambios en la región. Para evitar que la libra esterlina fuera objeto de ataques especulativos, la City necesitaba el apoyo del FMI y Washington le pudo ofrecer las garantías necesarias, pero con la condición de que retirara sus tropas del canal y cancelara la invasión. Londres no tuvo más remedio que someterse a los designios de Washington. El dólar se consolidó, pero a la larga la disfuncionalidad del sistema monetario terminó por minar las bases de la competitividad internacional de la economía estadunidense. Hoy, ningún arancel podrá corregir las distorsiones que las fuerzas económicas del sistema monetario internacional han introducido a lo largo de las pasadas siete décadas.


Twitter: @anadaloficial

 

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Prevé EU otra estructura en el diálogo con China

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dio ayer señal de una nueva dirección en las conversaciones de comercio entre su país y China, al decir que el actual camino lucía "demasiado difícil de hacer" y que cualquier posible acuerdo necesita "una estructura diferente".

En una publicación en Twitter, Trump citó dificultades como la verificación, pero no dio otros detalles sobre lo que él o su administración busca en las actuales negociaciones.

Representantes de la Casa Blanca no respondieron inmediatamente a un pedido de más información sobre el comunicado.

"Nuestro acuerdo comercial con China avanza muy bien, pero al final probablemente tendremos que usar una estructura diferente que será demasiado difícil de hacer y verificar los resultados después de su finalización", escribió Trump en Twitter.

La declaración del mandatario se da en medio de negociaciones entre las dos mayores economías del mundo, después de que potenciales aranceles de ambas partes elevaron los temores de una guerra comercial, incluso cuando algunas tensiones se han aliviado por señales de progreso.

El martes, el presidente estadunidense indicó a periodistas que no estaba conforme con las recientes conversaciones comerciales entre los dos países, sin embargo, China importará volúmenes récord de petróleo y probablemente más soya estadunidenses, tras dar señales a refinerías y compradores de granos estatales que deben incrementar más sus adquisiciones para ayudar a aliviar las tensiones entre las dos grandes economías, divulgaron fuentes de comercio ayer.

China es el principal importador mundial de petróleo y soya, y más compras a Estados Unidos ayudarán a satisfacer el creciente consumo interno. Las importaciones también contribuirían a reducir el superávit comercial de China con Estados Unidos.

La china Sinopec, la mayor refinería de Asia, incrementará sus compras de crudo a Estados Unidos hasta máximos históricos en junio como parte de los esfuerzos de China por reducir el déficit comercial, resaltaron ayer dos fuentes con conocimiento del tema.

En el plano agrícola, el comprador estatal de granos Sinograin volvió esta semana al mercado de soya estadunidense por primera vez desde inicios de abril, revelaron dos fuentes.

Por su parte, Estados Unidos se acercó a un acuerdo el martes para levantar la prohibición a proveedores locales del fabricante chino de equipos de telecomunicaciones ZTE Corp, y Pekín anunció recortes arancelarios a las importaciones de automóviles.

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China cede ante EEUU y acepta reducir el déficit comercial


Pekín promete aumentar las importaciones de productos estadounidenses, aunque sin cuantificarlas


 Estados Unidos y China se han tomado un respiro en su pulso comercial. Con la vista puesta en las espinosas negociaciones para la desnuclearización de Corea del Norte, ambos gigantes han decidido rebajar la tensión en el frente arancelario y, tras dos días de intensas reuniones en Washington, han hecho público un comunicado conjunto en el que Pekín acepta tomar medidas para reducir el déficit comercial de EEUU, cifrado en 375.000 millones de dólares en 2017.


“Para satisfacer las crecientes necesidades de consumo del pueblo chino y su necesidad de un desarrollo económico de alta calidad, China incrementará sus compras de bienes y servicios estadounidenses. Esto ayudará al crecimiento y al empleo en Estados Unidos. Ambas partes acordaron incrementos sustanciales en exportaciones agrícolas y energéticas estadounidenses”, señala la nota.


Esta cesión no implica que el conflicto haya quedado zanjado. Pese a las buenas intenciones, no se han acordado aún cifras y la petición del director del Consejo Nacional de Economía, Larry Kudlow, de que China aumente las importaciones desde EEUU en 200.000 millones tampoco ha sido aceptada. Más que un armisticio, lo que se ha pactado en Washington son las condiciones para un acuerdo. El diálogo continúa y ahora un equipo de Trump viajará a Pekín “para trabajar en los detalles”. “Ambas partes acordaron buscar la resolución de las diferencias comerciales y económicas de una forma proactiva”, indica el comunicado.


La distensión llega dos meses después de que Trump abriese la batalla. El pasado 23 de marzo, el presidente ordenó imponer al gigante asiático aranceles del 25% a importaciones por valor de 60.000 millones de dólares. El argumento de la Casa Blanca para dar comienzo a la guerra comercial es bien conocido. Trump considera que China se ha aprovechado de la apertura comercial estadounidense al tiempo que ha cerrado la puerta a sus productos. Así, mientras que China destina el 18% de sus exportaciones a EEUU (505.000 millones), el gigante asiático solo representa el 8,4% de las ventas al exterior norteamericanas (130.000 millones). El resultado es un déficit para EEUU de 375.000 millones. "El mayor de la historia", como señala Trump.


La andanada arancelaria de EEUU fue respondida en abril con otra similar por Pekín. Eran los primeros compases de lo que se esperaba un pulso a escala planetaria. Pero ambas superpotencias, visto lo acordado en Washington, han decidido evitar la sangre. Pekín ha admitido el desequilibrio y se ha mostrado dispuesto a aumentar las importaciones estadounidenses.


El jefe de la delegación china desplazada a Washington para las negociaciones, Liu He, dio a entender a los medios estatales de su país que, aunque las diferencias comerciales con Estados Unidos son profundas, se ha logrado evitar un mayor conflicto comercial a corto plazo. "Ambas partes no van a librar una guerra comercial y van a dejar de subirse los aranceles respectivos", aseguró a la agencia Xinhua, descartando por tanto la entrada en vigor de unas tarifas que hubieran afectado a un porcentaje significativo del intercambio comercial entre ambos países y que disgustaban a Pekín.


Liu dijo que China "contribuirá a los esfuerzos de Estados Unidos para reducir su déficit comercial", sin detallar cifras concretas que pudieran haber salido de las negociaciones. El alto cargo sustuvo, sin embargo, que "se necesita tiempo" para resolver los problemas estructurales de las relaciones entre ambos países en materia económica y comercial, informa Xavier Fontdeglòria.


En esta cesión ha influido la negociación abierta para lograr la desnuclearización del régimen de Pyongyang. China, que absorbe el 90% de las exportaciones de Corea del Norte, juega un papel fundamental en esta partida. Deseosa de rebajar la tensión zonal, ha contribuido a facilitar el cara a cara entre Trump y el líder norcoreano, Kim Jong-un, que se celebrará el próximo 12 de junio en Singapur. Una guerra comercial con el volátil Trump habría puesto en peligro los delicados equilibrios diplomáticos desplegados y, a la postre, agriado la negociación arancelaria.

 

Washington 20 MAY 2018 - 03:32 COT

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EE UU pide a China una reducción del déficit comercial de 200.000 millones de dólares


Las demandas por parte de Washington, prácticamente imposibles de cumplir para Pekín, muestran lo alejadas que están sus posiciones

 La negociación comercial entre Estados Unidos y China ha comenzado siguiendo el manual de Donald Trump, el magnate convertido en presidente que propugna golpear primero y luego hablar. Washington quiere reducir en 200.000 millones de dólares (168.000 millones de euros) el déficit comercial con el gigante asiático y para ello reclama cambios drásticos al régimen de Xi Jinping. El equipo estadounidense concluyó este viernes dos días de conversaciones en Pekín sin avances.

Los dos países se comprometen a “estrechar su comunicación”, pero reconocen que “en algunos asuntos existen grandes diferencias”, según informó la agencia china Xinhua. La filtración de una lista de demandas por parte de EE UU, prácticamente imposible de cumplir para China, muestra cómo de alejadas están las posiciones. La lista es extensa. La más relevante es una reducción del déficit comercial de 200.000 millones de dólares desde ahora hasta 2020. Esa cifra supone más de la mitad de todo el desequilibrio entre ambos países, es decir, la diferencia entre lo que EE UU compra a China y lo que le vende, que fue de 375.000 millones en 2017. El desfase con el gigante asiático es el grueso de todo el déficit comercial estadounidense, que asciende a 556.000 millones de dólares.


En ese documento, EE UU también exige a China que no subsidie los sectores de alta tecnología, incluidos en el plan de modernización industrial Made in China 2025; una mayor protección de la propiedad intelectual; acabar con las transferencias “forzadas” de tecnología; que retire sus denuncias contra EE UU en la Organización Mundial del Comercio (OMC) o que se comprometa a no tomar represalias si Washington decide imponer aranceles a sus productos. Otras peticiones pasan por mejorar el acceso de las empresas estadounidenses a sectores ahora protegidos por Pekín y que el país asiático reduzca, para julio de 2020, los aranceles que aplica a todos los productos estadounidenses en sectores no críticos hasta niveles que no superen los de las tarifas correspondientes que aplica Washington.


La Administración de Trump propone que ambos países se reúnan una vez al trimestre para revisar el cumplimiento del acuerdo y que, en caso de que China no lo cumpla, EE UU pueda tomar represalias vía aranceles o restringiendo su oferta de servicios. Una exigencia difícilmente aceptable. Según la agencia oficial china, las delegaciones “mantuvieron un profundo intercambio de opiniones” sobre todas estas cuestiones, aunque “ambas partes reconocieron que, dado que aún existen diferencias considerables en algunos temas, se requiere un trabajo continuo para lograr un mayor progreso”.


En Washington, Trump siguió con su juego de mano dura, la que muestra en su libro superventas El arte de la negociación. En declaraciones a la prensa, el presidente aseguró que la posición estadounidense estaba siendo suave. “Siento un gran respeto por el presidente Xi. Por eso estamos siendo tan amables”, afirmó. La negociación se produce, además, en un momento crítico en otro frente, el inicio de las negociaciones con Corea del Norte para su desnuclearización, donde Xi Jinping ha jugado un papel fundamental.
El acuerdo de mínimos en Pekín no ha ido acompañado de un pacto sobre la escalada arancelaria que han protagonizado recientemente ambos países: ni sobre los 6.000 millones de dólares ya en vigor, ni de la amenaza que pende sobre los aranceles que están teóricamente por venir, por otros 200.000 millones de dólares, según los listados provisionales anunciados tanto por Estados Unidos como China.


El acuerdo, de momento, es seguir hablando y poco más.China no ha dado pistas sobre qué está dispuesta a negociar pero advirtió, antes del encuentro, que no aceptará “demandas no razonables”. Si bien los analistas consideran que Pekín puede ceder terreno en el campo comercial —aunque no en la medida que propone Trump— aumentando las compras de productos americanos o reduciendo los aranceles que impone a estos, es virtualmente imposible que renuncie a su política industrial o tecnológica al tratarse de un objetivo estratégico de las autoridades. La amenaza de guerra comercial sigue, de momento, en pie.

 

Pekín / Washington 4 MAY 2018 - 16:48 COT

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Lunes, 16 Abril 2018 06:34

El dólar todavía

El dólar todavía

La política del dólar, se dice, está volviendo a la normalidad y con ello también el funcionamiento de la economía de Estados Unidos. Este supuesto tiene, de una u otra manera, implicaciones para el mundo.

Para administrar la crisis de 2008 la Reserva Federal mantuvo durante casi una década las tasas de interés a un nivel de prácticamente cero, una condición ciertamente inusual y que expresaba la magnitud del colapso que se provocó.

Con esto evitó el derrumbe de la actividad económica y, también, de los bancos y otras empresas financieras. El costo de esta política ha sido tan elevado que aún no se acaba. Ahora, hay que añadir las políticas económicas y sociales que impulsa el gobierno en Washington.

Por el lado fiscal, lo anterior representó la enorme inyección de dinero en la economía y con ello el aumento de la deuda pública. Hoy, el Congreso, controlado por los republicanos, está aumentando aún más el endeudamiento.

La supuesta normalidad a la que se alude no significa, sin embargo, que el periodo de crecimiento con estabilidad de precios que se registró antes de la crisis financiera de hace una década pueda recrearse. A esa etapa se le conoce como la "gran moderación".

El dólar mantiene su primacía por la permanente demanda para todo tipo de transacciones: comerciales y financieras. La forma principal de tener moneda estadunidense es mediante la compra de los bonos que emite el Tesoro, que se sostiene en la confianza que todavía tienen los inversionistas de que se pagará esa deuda.

Esto se considera como un "privilegio exorbitante" del dólar, según lo calificó el gobierno francés encabezado entonces por De Gaulle. Aunque tal privilegio persiste hay cambios en el sistema internacional que son significativos.

En 1990 el producto de Estados Unidos representó alrededor de 22 por ciento del total mundial y se calcula que en 2020 sea de 15 por ciento. Al dólar le siguen como monedas más usadas el euro, el yen, la libra esterlina y aún muy por detrás el renminbi.

Con la economía global en pleno y junto con el nuevo proteccionismo en Washington, China aparece como un mayor contrincante político y económico. Desde 2016, la moneda china es parte de la canasta de divisas de reserva –los derechos especiales de giro– que administra el Fondo Monetario Internacional (FMI). El gobierno buscará aumentar la relevancia de su moneda como una medida consistente con la influencia que pretende tener en el mundo.

El producto por habitante chino (a precios de mercado) en 2017 era 14 porciento del de Estados Unidos, pero en 2000 fue de tres por ciento. El mero tamaño de la economía china, empezando por su población, es relevante; su producto representó el año pasado 62 por ciento del estadunidense. Las tendencias indican que en 2040 será mayor que aquel, aunque el nivel de vida siga siendo más bajo.

China es ya el mercado más grande para las exportaciones de países como Australia, Rusia, Taiwán, Corea y Brasil, entre otros, lo que extiende su influencia en los mercados. Allí se destina ahora casi la misma proporción de gasto de investigación y desarrollo que en las economías más desarrolladas y tienen, además, una agresiva política en cuánto a los derechos de propiedad intelectual.

No debe perderse de vista el carácter de esa sociedad donde persisten muchos elementos de planificación estatal y un sistema de control político muy centralizado. Ambas condiciones pueden representar una ventaja en la competencia económica a escala mundial en los próximos años. A ello hay que añadir la fuerte expansión del gasto militar que está cerrando la brecha con el de Estados Unidos.

La política exterior de Washington se enfoca en distintas formas de confrontación con China en materia comercial y financiera (¿y militar?), cuyas previsiones son inciertas.

Debajo del amplio conjunto de procesos en curso existe una debilidad estructural de las economías más desarrolladas que no ha sido superada desde que surgió la crisis más reciente. Buena parte de esa fragilidad reside en el valor de las monedas. George Soros dijo hace unos años que "el dólar es la moneda más débil del mundo, exceptuando todas las demás". De ahí que todavía tenga un privilegio y, por ahora, exorbitante. Este es un asunto clave en un sistema en el que se ha ido ahondando el proceso de financiarización de la economía con una correspondiente relocalización de la actividad productora de bienes y servicios.

En el caso de Estados Unidos, su preponderancia económica sigue estrechamente ligada con el privilegio del dólar. Ya en 2011, la calificadora de deuda Standard & Poor’s apuntaba, aquella que fue la primera vez que se degradaba la calidad de la deuda del gobierno de Estados Unidos: "La efectividad, estabilidad y predictibilidad del quehacer de la política pública y de las instituciones políticas se han debilitado al mismo tiempo que aumentan los desafíos en materia fiscal y económica".

Esta afirmación sea tal vez más apropropiada hoy que hace siete años.

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