Miércoles, 23 Diciembre 2020 05:28

Por un Pacto Ecosocial con la desobediencia

Por un Pacto Ecosocial con la desobediencia

Por definición un pacto plantea un acuerdo entre dos o más partes, muchas veces solemne, donde se establece una obediencia a cumplir los puntos establecidos en lo que puede ser o no un contrato formal, en ocasiones conseguido incluso debajo de la mesa.

Tan agobiante definición puede generar confusiones, más cuando erradamente se mete en un mismo saco a todos los pactos nacidos en estos convulsos tiempos. Pese a ello, el Pacto Ecosocial del Sur no plantea un acuerdo formal para cumplir una hoja de ruta cerrada ni propone un listado de demandas dirigidas a los gobernantes. No es un pacto con el poder, ni para acceder al poder; este pacto enuncia ideas de cambio de las fuerzas sociales que lo impulsan.

Vivimos la peor crisis moderna de la humanidad; una crisis que rebasa al azote sanitario del coronavirus pues se descubren las fracturas multifacéticas y sistémicas de la civilización dominante. En medio de esa crisis, y pese al aislamiento físico, un grupo de personas sintonizadas desde hace tiempo elaboró un documento corto proponiendo -lo que a mi juicio es- un pacto con la desobediencia, buscando alternativas sistémicas y concertadas con diversos procesos sociales.

En clave de transiciones (en plural), sin olvidar el horizonte utópico, se plantean nueve puntos de acción:

  • una transformación tributaria solidaria donde “quién tiene más, paga más”; anular las deudas externas estatales y construir una nueva arquitectura financiera global, como primer paso de reparación histórica de la deuda ecológica y social contraída por los países centrales desde la colonia;
  • crear sistemas nacionales y locales de cuidado donde la sostenibilidad de la vida sea el centro de nuestras sociedades, entendiendo al cuidado como un derecho que exige un papel más activo del Estado en consulta y corresponsabilidad permanente con pueblos y comunidades;
  • salir de la trampa de la pobreza extrema con una renta básica universal que sustituya las transferencias condicionadas focalizadas de herencia neoliberal;
  • impulsar la soberanía alimentaria combinada con políticas que redistribuyan la tierra, el acceso al agua y una profunda reforma agraria, alejándose de la agricultura industrial de exportación y sus nefastos efectos socioambientales;
  • construir economías y sociedades postextractivistas para proteger la diversidad cultural y natural desde una transición socioecológica radical, impulsando salidas ordenadas y progresivas de la dependencia del petróleo, carbón y gas, de la minería, y de los grandes monocultivos, frenando la deforestación masiva;
  • recuperar y fortalecer espacios de información y comunicación desde la sociedad, actualmente dominados por los medios de comunicación corporativos y las redes sociales que forman parte de las corporaciones más poderosas de nuestros tiempos, para disputar los sentidos históricos de convivencia;
  • fortalecer la autonomía y sostenibilidad de las comunidades locales frente a la fragilidad de las cadenas globales de producción, para potenciar la riqueza de los esfuerzos locales y nacionales;
  • y, concluyendo este listado siempre preliminar, propiciar una integración regional y mundial soberana favoreciendo los sistemas de intercambio local, nacional y regional, con autonomía del mercado mundial globalizado y enfrentando al monopolio global corporativo.

Muchas de estas ideas aparecen en otros documentos elaborados en estos años, no solo durante la pandemia. La diferencia radica en que este Pacto Ecosocial propone acciones concretas a corto plazo sin olvidar las utopías y la imperiosa necesidad de construir imaginarios colectivos, para acordar un rumbo compartido de transformaciones radicales y una base para caminar con plataformas de lucha en los más diversos ámbitos de nuestras sociedades.

La crisis desnudada por la pandemia ha potenciado las desigualdades y muestra, quizás con más brutalidad que antes la incertidumbre y fragilidad de nuestro futuro, siempre en juego. Nos toca enfrentar un mundo desigual e inequitativo en extremo, plagado de todo tipo de violencias (patriarcales, racistas, extractivistas…) que aumentan aceleradamente con la pandemia. Pero también es una enorme oportunidad para (re)construir nuestro futuro desde principios básicos para una vida digna: el cuidado, la redistribución oel reparto, la suficiencia y la reciprocidad, desde bases comunitarias y autonómicas antes que estatales. En concreto, el campo principal de acción aparece en donde podemos actuar propiciando vidas mancomunadas, en espacios comunes: plurales y diversos, con igualdad y justicia, con horizontes construidos colectivamente, para resistir el creciente autoritarismo y construir simultáneamente todas las alternativas posibles.

En realidad este Pacto viene desde abajo, desde los movimientos sociales y la Madre Tierra (origen y base de todos los derechos); eso sin ocultar la responsabilidad de quienes lo redactaron. Este Pacto surge, en definitiva, desde múltiples luchas de resistencia y de re-existencia en nuestra región, incluso se sintoniza con la larga memoria de los pueblos originarios, algunas de cuyas más importantes organizaciones lo respaldan.

Así, desde esas luchas, reflexiones y realidades se propone este Pacto Social, Ecológico, Económico e Intercultural desde el Sur, desde América Latina, desde Abya Yala y Afro-Latinoamérica, proyectándolo a los sures del mundo, convocando a desobedecer y confrontar al poder para enterrar al mundo del capital y crear un mundo nuevo. Y para conseguirlo, caminando desde el aquí y el ahora, quienes escribimos este Pacto buscamos horizontes de transformación civilizatoria, en esencia postcapitalistas, tanto para superar el antropocentrismo, como la colonialidad, los racismos y el patriarcado. El fin es construir un mundo donde quepan muchos mundos -un pluriverso- pensados desde las perspectivas, deseos y luchas de los pueblos y sus derechos.-

NOTA: este artículo fue publicado en el Boletín 74: “Activistas por la vida” de EntrePueblos / EntrePobles, diciembre 2020. https://www.entrepueblos.org/publicaciones/boletin-74/

Por Alberto Acosta. Economista ecuatoriano. Profesor universitario. Compañero de lucha de los movimientos sociales. Juez del Tribunal Internacional de los Derechos de la Naturaleza. Ministro de Energía y Minas del Ecuador (2007). Presidente de la Asamblea Constituyente del Ecuador (2007-2008).

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La contaminación del aire ha sido reconocida en el certificado de defunción de Ella Kissi-Debrah, fallecida en 2013. — THE ELLA ROBERTA FAMILY FOUNDATION

Un tribunal de Reino Unido ha dictaminado la primera muerte por contaminación del aire en el mundo a una niña de nueve años que vivía a 25 metros de una carretera con altos niveles de polución.

 

Después de tres años de sufrir convulsiones y tras 27 visitas al hospital por problemas respiratorios, Ella Kissi-Debrah, de tan solo nueve años de edad, fallecía en 2013 por una supuesta "insuficiencia respiratoria aguda y asma grave". Su madre, Rosamund Addo-Kissi-Debrah, y la pequeña vivían en Lewisham, un municipio al sureste de Londres, a tan solo 25 metros de una carretera muy concurrida. Este miércoles, la justicia británica ha reconocido que los altos niveles de contaminación de la zona son la causa de su fallecimiento, convirtiendo el caso en el primero en el mundo que señala la contaminación atmosférica como la causa de una muerte humana.

"Este veredicto es para ella y para otros niños que podrían sufrir ataques severos de asma. Creo que su legado podría ser traer una nueva Ley de Aire Limpio y no solo estoy hablando solo del Gobierno británico sino de los gobiernos de todo el mundo, para que se tomen este asunto en serio", declaró Adoo-Kissi-Debrah a los medios tras la sentencia del tribunal. Según informa Fundación para el Clima, el juez de instrucción, Philip Barlow, comprobó que los niveles de contaminación del aire de la vivienda de la niña superaban los límites legales establecidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Tras la muerte de su hija, Rosamund Addo-Kissi-Debrah cofundó la fundación Ella Roberta Family, que lleva a cabo varias campañas para conseguir un mejor tratamiento del asma y en defensa del aire limpio, y considera este veredicto como un hecho "histórico". Finalmente, "después de siete años de lucha, la contaminación del aire ha sido reconocida en el certificado de defunción de Ella", aplaude, a su pesar, Adoo-Kissi-Debrah.

 

MADRID

16/12/2020 22:07

VIVIANA CALERO GÓMEZ

 @vivi_calero

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En primer plano, el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, en Bruselas, y en la pantalla el presidente francés Emmanuel Macron, durante la cumbre climática.Foto Ap

 A finales de siglo la temperatura del planeta podría aumentar 3 grados, alerta António Guterres, secretario general de la organización

 

Londres. El secretario general de la Organización de Naciones Unidas (ONU), António Guterres, pidió ayer a los gobiernos, cinco años después de la firma del Acuerdo de París, que declaren estado de emergencia climática y cumplan con sus objetivos de recortar las emisiones de gases de efecto invernadero, dado que las medidas tomadas hasta el momento no han contribuido a aliviar esta situación.

La cumbre sobre el clima que reunió a los firmantes del Acuerdo de París fue virtual y se llevó a cabo a distancia. Todos los oradores participaron desde sus países y sus discursos se transmitieron en esta capital y en Bruselas.

Si no cambiamos de rumbo, nos podríamos dirigir hacia un aumento catastrófico de la temperatura (media) de más de 3 grados Celsius este siglo, explicó Guterres en la cumbre telemática de este aniversario. Sorprendido, preguntó ante jefes de Estado y de gobierno conectados: ¿Puede alguien todavía negar que enfrentamos una emergencia dramática?

Guterres hizo hincapié, en plena crisis por el Covid-19, en que el mundo ahora es 1.2 grados más caliente que durante la época preindustrial, y que si no cambia de rumbo, podríamos alcanzar un aumento catastrófico de temperatura de 3 grados a finales de siglo.

Hace cinco años, en París, los países se comprometieron a luchar para que el incremento de la temperatura media del planeta estuviera claramente por debajo de 2 grados Celsius, y si era posible, de 1.5, en relación con la era preindustrial.

Respuesta desigual

Los países decidieron asumir el reto, aunque de forma desigual. Las decenas de representantes ofrecieron modificaciones menores a compromisos existentes o promesas de iniciativas más audaces antes de unas discusiones cruciales en Glasgow en 2021, en lugar de algún cambio mayor en las políticas para acelerar el fin de los combustibles fósiles.

Xi Jinping, presidente de China, el principal contaminador del planeta, aseguró que reducirá 65 por ciento sus emisiones de carbono respecto a su PIB, de aquí a 2030, en comparación con los niveles que lanzaba en 2005.

India, el cuarto emisor mundial, tiene previsto recurrir a fuentes de energía renovables para lograr el equivalente a 450 GW de aquí a 2030. De aquí a 2047, en el centenario de su independencia, India no solamente alcanzará sus propios objetivos, sino que sobrepasará sus expectativas, aseguró el primer ministro, Narendra Modi, en su discurso.

La Unión Europea anunció el viernes un incremento en la reducción de emisiones, que será de 55 por ciento de aquí a 2030, cuando su meta anterior era de 40 por ciento. Gran Bretaña, coanfitrión de la cumbre, se comprometió a reducir sus emisiones a 68 por ciento.

La canciller alemana, Angela Merkel, prometió casi 500 millones de euros para apoyar a los países más pobres en la protección del medio ambiente.

El presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden, aseguró en un comunicado que la representación del país se reintegrará al Acuerdo de París desde el primer día de su mandato, en enero próximo, después de que Donald Trump la sacó.

Biden aseguró que no hay tiempo que perder, por lo que el presidente francés, Emmanuel Macron, le respondió en inglés: Bienvenido de vuelta, bienvenido a casa.

El presidente argentino, Alberto Fernández, anunció una reducción de las emisiones del país a un nivel de casi 26 por ciento, mientras su par chileno, Sebastián Piñera, llamó al planeta a reducir sus emisiones a 45 puntos en los próximos 10 años.

El mandatario de Ecuador, Lenín Moreno, reveló que su país despliega planes de adaptación al cambio climático y de descarbonización para 2050, sin dar más detalles de estas iniciativas.

El impacto del cambio climático es cada vez más considerable desde que se alcanzó el Acuerdo de París, en 2015, con incendios en Australia y California, y el colapso de capas de hielo en el mundo. Cada vez es mayor la presión popular para que los líderes escuchen las advertencias de los científicos

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Cambio climático: cinco años del Acuerdo de París, y queda todo por hacer

Tres noticias en las últimas semanas pueden dar un giro a la crisis climática. Por orden cronológico, el compromiso de China de llegar a la descarbonización total en 2060, la derrota de Donald Trump en las elecciones norteamericanas que devolverá a este país al Acuerdo de París, y el compromiso de la Unión Europea de reducir sus emisiones en un 55% para 2030. Son tres razones para mirar esta década decisiva con una renovada esperanza de que las cosas pueden cambiar.

El Panel científico de Naciones Unidas advirtió que esta década es definitiva en la lucha contra el cambio climático: para evitar ese cambio climático catastrófico – por encima de 1,5 º C – es imprescindible que para el año 2030 hayamos reducido globalmente las emisiones que causan el cambio climático en un 50%. Es ahora o nunca: no hay otro camino que reducir drásticamente las emisiones. La parte buena es que sabemos que podemos hacerlo.

Las grandes corporaciones de combustibles fósiles han hecho un enorme daño al clima, evitando avances en la reducción de emisiones por la acción constante de sus lobbies, bien alimentados históricamente con fondos petroleros. Conviene no olvidar esto en los años duros que tenemos por delante.

El negacionismo climático y el lavado de imagen de la industria sucia ("greenwashing") son dos productos directos de esos fondos.

Recuerdo como si fuera hoy que en la COP22 (Cumbre de Marrakech) el ambiente era de enorme pesimismo. Un año después de la firma del Acuerdo de París, Trump había ganado las elecciones y anunció su salida del tratado. Aquello puso en riesgo la pervivencia misma del Acuerdo. Hubo que superar la depresión colectiva y se conformó un gran consenso en que la lucha por el clima debía seguir delante con o sin Estados Unidos, y afortunadamente el proceso siguió adelante aunque malherido.

Las enormes movilizaciones juveniles en todo el mundo tuvieron el efecto de volver a poner el clima en la agenda política. Millones de jóvenes unidos al grito de "No hay Planeta B" fueron capaces de despertar la conciencia global. Pero el coronavirus ha caído como una losa en las movilizaciones, cuyo impacto se ha minimizado en medio de la actual pandemia. Es imprescindible que el empuje social, liderado por la juventud, retome con fuerza sus movilizaciones porque aún queda todo por hacer.

Las soluciones al cambio climático no son fáciles. Hace falta una mezcla de concienciación global,  innovación tecnológica, cambios en el modelo económico y distintos patrones de consumo. Una auténtica revolución debe ponerse en marcha y solo estamos en sus comienzos. Pero puede hacerse: hacen falta para ello enormes dosis de activismo social y de acción política.

Desde mi punto de vista, vamos demasiado despacio.  Podemos conseguir poner en marcha esa revolución, pero hay que apretar el acelerador. En este caso no se trata tanto de heroicas acciones individuales, como de esfuerzos colectivos de cambio. El sistema capitalista ha hecho demasiado hincapié en convencernos de que podemos solucionar el cambio climático con pequeñas acciones individuales, pero obviando en ese mensaje la inmensa responsabilidad de las grandes corporaciones en este problema. Por ello hace falta voluntad política y gobiernos fuertes y firmes en la convicción de que son necesarios compromisos más fuertes que los actuales. Hay que recordarlo: si no aumenta la ambición, no lograremos evitar un cambio climático catastrófico.

Las cosas han empezado a cambiar para mejor gracias al esfuerzo de muchísima gente, pero todavía estamos muy lejos de poder respirar tranquilos. La concentración de CO2 en la atmósfera sigue aumentando, y los recortes de emisiones son demasiado cortos, pero no caigamos en el desánimo. La lucha debe continuar, porque aún estamos a tiempo de llegar.

Por Juantxo López de Uralde

12 diciembre, 2020

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Sábado, 12 Diciembre 2020 05:46

Respiramos un holocausto interminable

Respiramos un holocausto interminable

Los gases contaminados que respiramos no son los de hoy, sino el cúmulo de los execrados en el pasado más el tiempo presente. La polución esconde un misterio. Pasa desapercibida, hasta que la vista se alza sobre el horizonte donde se concentran los humos. Igual sucede con las bolsas de basura; desaparecen una vez alcanzan el contenedor. La realidad es que el dióxido de carbono sigue en la atmósfera durante siglos, al menos desde que Watt inventó la máquina de vapor.

Respiramos un holocausto interminable de la naturaleza, convertida en una furiosa abstracción. Un cúmulo de combustiones procedentes de las entrañas de la tierra formada por una masa vegetal ingente, cuya energía permite vacacionar hasta en las antípodas.

Hace décadas que millones de personas fuera de contexto colonizan los vergeles. Los combustibles fósiles permiten estos saltos fascinantes en el espacio-tiempo. Para ello es necesario prender con furia ese caldo de origen orgánico formado con infinita paciencia durante millones de años, aunque devorado en tan solo unas centurias gracias a los capos de un capitalismo depredador.

Sería fácil detenerse en el humo del carbón y el petróleo, pero la clave del desastre está en el ciudadano/a, convertido en un sujeto pasivo ante un mercado absurdo. El dejar hacer de Smith es fiar al caos unos recursos prestados.

Esta radical explotación de la naturaleza crea escepticismo. Si bien las tesis de Malthus son falsas, subsiste el pesimismo de que somos demasiados. Cuando las urbes alcanzan el paroxismo, solo queda reconstruir el pasado con fidelidad e imitar la vida rural. Respirar el aire limpio sin que dañe los pulmones su pureza. Resta entonces un mundo de perennes alternativas: medicina, monedas, educación; un espacio ruralizado sin feudos ni vasallos, en medio de una tecnología salvaje y devoradora de horas.

Georgescu Rohen ya señaló la solución. El decrecimiento económico como solución ante la ruina del medio que habitamos. Y se puede hacer de muchos modos sin volver a la caverna. Es cierto que llegar a un consenso político con el objetivo de disminuir la producción y la codicia parece imposible, porque se anunciaría como la auténtica extinción del ser-consumidor.

Una extraña sensación queda tras el tópico "salvemos el planeta". ¿No es mejor dejarlo así, que fenezca bajo el deseo irrefrenable? Seguro que hay Tierras impolutas, prístinas, parecidas a la que habitamos y dispuestas para el recreo.

No solo el dióxido de carbono permanece en el aire durante varias generaciones. También los químicos y los transgénicos se acomodan en las células humanas. Los pesticidas que sirvieron para las guerras pueblan los torrentes sanguíneos de ciudadanos cultos como los europeos. En el brillante documental ¿Cuánto ensuciamos cuando limpiamos? (Patrick D. Coheh, 2018) muestra la verdadera huella que dejan las grandes corporaciones como Monsanto (hoy parte de Bayer, la mayor agroquímica del mundo) y cómo funcionan los lobbies en Bruselas. Esa es la clave. Una guerra, una cadena de montaje, un nuevo mundo de ingenieros pretenciosos, y cuando la paz llega, solo hay que dosificar esos materiales mortíferos para domesticar la naturaleza humana y vegetal. Ahí está el cáncer.

Responsabilizar a los ciudadanos es demagogia, porque los representantes políticos de la salud pública no toman decisiones valientes. El ecocidio es ya una marca sobre el conjunto de los cuerpos de los niños y las niñas nacidos o por nacer.

Las plagas clásicas eran intermitentes, pero cuando la peste perdura en la sangre, en los ríos, y flota silenciosa en el aire durante centurias, es que algo está definitivamente roto

12/12/2020

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Errata Naturae acaba de publicar 'El murciélago y el capital', el último libro de Andreas Malm. Foto: Rainer Christian Kurzeder

Investigador experto en crisis climática, escritor y activista, Andreas Malm cree tan poco en la respuesta de los gobiernos a la emergencia global que plantea la necesidad de acabar con el gran capital fósil mediante un movimiento social que presione desde abajo a los Estados usando la desobediencia civil e incluso el sabotaje. Dos de sus obras acaban de llegar al mercado de libros en castellano.

 

Se puede ser profesor de Ecología Humana de la Universidad de Lund (Suecia) y una de las voces expertas más relevantes a nivel internacional sobre crisis climática, por un lado, y escribir un libro titulado Cómo dinamitar un oleoducto —de próxima publicación por Errata Naturae, así como formar parte del grupo Klimax, partidario de la desobediencia civil y el sabotaje, por otro. De hecho, Andreas Malm (Fässberg, Suecia, 1977) plantea la necesidad de que los Estados se preparen ya para “derribar” corporaciones como ExxonMobil, BP, Shell o Total para frenar la debacle climática.

Escéptico con los gobiernos del mundo respecto a la respuesta ante esta emergencia pero ferviente creyente en un movimiento popular que, desde abajo y lejos de los Estados, obligue a estos a actuar de forma contundente contra la mayor crisis de la humanidad y del planeta desde la última glaciación, dos de sus libros acaban de llegar al mercado en castellano. En su último trabajo, El murciélago y el capital: coronavirus, cambio climático y guerra social (Errata Naturae, 2020), profundiza en los orígenes de la pandemia de covid-19, sus causas y sus consecuencias desde un punto de vista económico y medioambiental. Además, Capitán Swing acaba de editar Capital Fósil: el auge del vapor y las raíces del calentamiento global, un volumen publicado en 2017 que Naomi Klein calificó como “la historia definitiva sobre cómo nuestro sistema económico creo la crisis climática”. 

Equiparas un mundo en permanente pandemia de covid-19 con el que resultaría de una “vuelta a la normalidad” pero en un planeta con un cambio climático desbocado. ¿Hay salida? 
Hay una salida: podemos nacionalizar todas las empresas de combustibles fósiles y ordenarlas que dejen de producirlos y, en lugar de poner CO2 en la atmósfera, volver a enterrarlo. Y, por supuesto, ordenar a todas las empresas de combustibles fósiles que ya son propiedad de los Estados que hagan lo mismo. Y cambiar toda la economía mundial de esa base energética a la energía solar y eólica. También revertir la deforestación, dejar que las selvas tropicales vuelvan a crecer sobre los pastos de ganado y las plantaciones de soja y regenerar franjas de territorios desde Australia hasta Alabama. Hay una salida; la ruta es bastante conocida. Solo algunos intereses muy poderosos bloquean el camino. Ahí es donde debe emprenderse la lucha.

Llamaron locos a quienes plantearon medidas drásticas para frenar la emergencia climática pero cuando se tomaron al llegar el covid-19 nadie vio ninguna locura. ¿Una economía de guerra para fabricar paneles solares y aerogeneradores a ritmo de bombarderos en la II Guerra Mundial es posible?Por supuesto, no hay nada técnicamente inviable al respecto. De hecho, esta pandemia ha demostrado que los Estados conservan la capacidad de interrumpir los negocios, simplemente ordenando el cierre de las empresas, y cambiar los esfuerzos productivos hacia el único objetivo de supervivencia. Claramente podrían hacer lo mismo en el frente climático. Nunca más deberíamos creer la mentira de que sería demasiado incómodo, demasiado perturbador y desagradable hacer la transición de los combustibles fósiles. En ese sentido, la pandemia le ha dado al movimiento climático algo de munición propagandística. Solo necesitamos usarlo de manera efectiva. 

La mayoría de los gobiernos se ha tomado la lucha contra el covid-19 como una guerra, movilizado ingentes recursos económicos e incluso paralizando su actividad económica. Sin embargo, ningún ejecutivo se ha tomado igual una amenaza del calibre de la crisis climática. ¿Hay respuesta a la pregunta de por qué a los gobiernos del mundo no les tembló la mano para paralizar la economía con el covid-19 y, sin embargo, ni se plantea algo así frente a la amenaza global del cambio climático?
Esta es una pregunta compleja que debe responderse en varios niveles, si es que puede responderse satisfactoriamente. Es algo que no deja de desconcertarme. Primero, y quizás lo más obvio, es que las medidas tomadas para combatir el covid-19 se han anunciado como temporales. Nadie está hablando de un cambio permanente en nuestra forma de vida: es una pausa, una interrupción desafortunada, y volveremos a la normalidad tan pronto como podamos. Un alejamiento de los combustibles fósiles sería permanente. Marcaría una transición que nunca se revertirá: no vamos a dejar de quemar combustibles fósiles para salvar el clima de un colapso total y luego reiniciar unos meses o años después. Las medidas que están ahora en vigor se pueden vender a todo el mundo, incluido al capital, como un precio alto que debe pagarse solo por un corto período.

Por otro lado, una transición ecológica y un alejamiento de los combustibles fósiles no tendrían que incluir nada parecido a los inconvenientes extremos de un encierro: no aislaría a las personas en sus hogares, no prohibiría las multitudes o las pequeñas reuniones, no desconectaría la vida cultural, no destrozaría prácticamente todas las interacciones humanas. Estos aspectos cuasi totalitarios de un confinamiento no servirían para un cambio de la energía fósil a la renovable. En este sentido, debería ser mucho más fácil para los gobiernos implementar un programa de acción de emergencia climática. Incluso podría mejorar la vida de las personas, no sería necesario convertirla en tantas pesadillas solitarias. En última instancia, la diferencia parece reducirse a los intereses de clase. Abandonar los combustibles fósiles significa liquidar todo un departamento de acumulación de capital, lo que se conoce como la industria de los combustibles fósiles.

La razón por la que no se toman estas medidas tiene menos que ver con las molestias que causarían a la gente común como con la extraordinaria cantidad de poder concentrado en esta industria. El distanciamiento social y restricciones similares no amenazan a ninguna fracción de la clase capitalista con una sentencia de muerte, pasar a cero emisiones sí.

Asimismo, el contraste se evapora cuando se considera que los Estados de todo el mundo también han intentado, aunque mal, proteger a los ciudadanos de los eventos climáticos extremos recientemente. Han enviado a los bomberos a las llamas y han evacuado a las poblaciones en peligro por los huracanes. Combatir los síntomas es algo que los Estados pueden hacer —ya sea de manera pobre o eficiente—, tanto en lo que respecta al clima como al coronavirus. Pero en ninguno de los campos parecen capaces de perseguir las causas. Se ha dejado que los impulsores de las pandemias se aceleren en 2020 tanto como los del calentamiento global: lo más importante es que la deforestación se está acelerando este año como nunca antes. La devastación del Amazonas central alcanzó un nuevo pico el verano pasado, y el Gobierno indonesio acaba de abrir sus selvas tropicales a inversionistas extranjeros para una tala ilimitada. 

No existe una receta más segura para más pandemias que la deforestación; en esto, la ciencia es unánime. Es mediante la tala de bosques, y los bosques tropicales en particular, que los patógenos entran en contacto con poblaciones humanas como el SARS-CoV-2, transportado por murciélagos, cuyos bosques han sido arrasados ​​en los últimos años, particularmente en el sureste Asia, lo que los obliga a viajar con sus virus a algún otro lugar, donde se topan con humanos. Y, sin embargo, en lo más profundo de la segunda ola de la pandemia del covid-19, todavía no hemos visto una sola iniciativa en ningún lugar del mundo para frenar la destrucción de los bosques tropicales. En cambio, la tendencia es una aceleración. Visto desde este ángulo, los Estados han abordado el problema de la pandemia tan irracionalmente como lo han hecho con el clima: echando más leña al fuego, más rápido.

La del covid fue una crisis casi repentina. El cambio climático, aunque se acelera y tiene consecuencias devastadoras que aparecen de repente, lleva décadas fraguándose y es gradual. ¿Cómo se convence a la humanidad para actuar rápido ante un problema que, si bien ya está aquí, apenas notamos en el día a día?
No creo que sea el caso de que apenas lo notemos en el día a día. En todo el mundo, la experiencia de un clima cambiante se está volviendo omnipresente. Esto es particularmente cierto en gran parte del sur global, donde las personas son azotadas por un huracán, un tifón, una sequía, una inundación, una invasión de langostas y una ola de calor extrema tras otra, ¡ciertamente lo notan! Y los acontecimientos recientes en los Estados Unidos también forman un conjunto de experiencias lo suficientemente ricas para una declaración nacional de emergencia climática. 

Creo que este problema es, al menos, tan sorprendente a simple vista como el microorganismo invisible llamado SARS-CoV-2. Los Estados podrían darle el estatus oficial de una amenaza existencial y combatirla por todos los medios necesarios; no hay nada en la naturaleza perceptiva del problema climático que se interponga en el camino. Se trata de política, no de notoriedad. Eso también se aplica a las personas, muy numerosas en los Estados Unidos, que reaccionan a cada evento climático extremo negando el cambio climático en un tono aún más alto. Tal negación no tiene su origen en la dificultad de percibir los impactos climáticos, sino en los intereses, privilegios e identidades que se basan en los combustibles fósiles y las tecnologías que impulsan.

Convencer a la humanidad de actuar es el arte de decir: todos sabemos que el peligro está aquí; podemos ver que nuestra casa está en llamas; ahora vamos a empezar a correr y a dejar atrás los combustibles fósiles lo más rápido que podamos. Creo que las mayorías en muchos países se sumarían a ese mensaje al menos con la misma facilidad con la que han aceptado las restricciones del covid-19. Pero requeriría estar preparado para enfrentar los poderes que prosperan y defienden los combustibles fósiles. Exigiría que los Estados se preparen para derribar corporaciones como ExxonMobil, BP, Shell y Total y poner fin a sus operaciones por completo.

La lucha contra el covid-19 encaja en una ideología que hoy mueve el mundo: el nacionalismo. La lucha contra la emergencia climática solo puede funcionar mediante el multilateralismo. ¿Eres optimista al respecto?¿O solo actuarán las naciones cuando sus puertos estén anegados y sus reservas de agua por los suelos? 
¡Hay pocas razones para ser optimistas sobre naciones y Estados! Nada indica que lanzarán reducciones radicales de emisiones, incluso si sufren consecuencias inmediatas como las que mencionas. Por ejemplo, Australia, que experimentó una catástrofe infernal de incendios forestales que terminó hace menos de un año, ¿ha llevado a la nación a eliminar gradualmente la producción de carbón? Al contrario: esa industria todavía se está expandiendo en el país que se incendió debido a la combustión de carbón y otros combustibles fósiles. Así que no hay razón para creer que las naciones entrarán en acción automáticamente cuando sus propios territorios sean quemados por el calor. El único actor que puede obligarlos a hacer lo necesario es un movimiento popular, ejerciendo presión desde abajo, desde fuera del Estado. Vimos los contornos de tal escenario en 2019, cuando el movimiento climático alcanzó su punto más alto de fuerza masiva hasta ahora y llevó el tema a la cima de la agenda política. Desafortunadamente, nuestro movimiento prácticamente ha desaparecido durante la pandemia. Debe ser revivido con urgencia, ya que es la única fuente de esperanza de que podamos hacer progresos en el clima antes de que sea demasiado tarde.

Para las organizaciones que conforman el movimiento por el clima, el enemigo es claro: el poderoso capital fósil. ¿No deja de ser una paradoja que el peor enemigo de la humanidad ahora mismo sea un grupo dentro de la propia humanidad?
No realmente: los peores enemigos de la humanidad siempre han sido algunos humanos, no extraterrestres u otras especies o, de hecho, la humanidad en su conjunto. Piensa en los nazis. O los amos de esclavos. O cualquier otro autor de crímenes épicos contra la humanidad. Las catástrofes inducidas por humanos tienden a ser causadas por algunos humanos en contra de otros: esta es la regla histórica más que la excepción.

La crisis climática atacará primero a los que menos tienen. El covid-19, sin embargo, se ha centrado en las naciones más ricas. ¿Los gobiernos con más recursos solo actúan si el peligro es para los de arriba?
Sí, creo que una parte de la explicación de las medidas dramáticas emprendidas para combatir el covid-19 es que este se ha cebado, y continúa cebándose, con las partes más prósperas del norte global. Este tipo de miseria suele estar reservado para el sur y los pobres, se puede permitir que se infecten. Esa ha sido durante mucho tiempo la lógica de la pasividad frente a la crisis climática. Pero esta explicación también se ve tensionada por la circunstancia de que los impactos climáticos ahora descienden regularmente sobre los países ricos, en particular los Estados Unidos o Australia, sin que se tome ninguna acción correspondiente.

Seis nombres son comunes a las listas de las diez naciones que más gases de efecto invernadero producen y los diez países con más muertes por covid-19. ¿Ironía del destino?
Sí, pero creo que esto ha cambiado a lo largo del año. Desde que escribí mi libro en abril, en la lista de los siete países con más muertes por covid-19, ahora, a fines de noviembre, encontramos a Brasil, India, México e Irán, que no se encuentran entre los principales emisores. Así que, al parecer, la ironía estaba ahí solo en la fase inicial de la pandemia.

Incendios en Australia y California, plagas en África… Dices que “ningún jinete del apocalipsis cabalga solo y las plagas no se presentan en singular”. ¿El siglo XXI será el siglo de las plagas y las anomalías climáticas?
Aparentemente, ¡pero no se detiene ahí! La crisis ecológica comprende todo un conjunto de bombas de tiempo esperando a estallar. Colapso de insectos, agotamiento del suelo, desechos plásticos, contaminación del aire... Todas estas cosas y mucho más eventualmente volverán, a menos que se aborden de inmediato, enérgicamente y de manera integral y sin respeto por los intereses de la clase capitalista. En otras palabras: el siglo XXI será el de una emergencia crónica, de un desastre tras otro derivado de cómo la economía capitalista domina y destruye la naturaleza. Pero no tiene por qué ser así. Todavía hay tiempo para dar la vuelta, pero debido a que hemos esperado tanto y debido a que ya se ha hecho tanto daño, el cambio tendrá que ser casi revolucionario en alcance y escala. Y cuanto más esperemos, más drástico todavía tendrá que ser.

Por Pablo Rivas

@PabloRCebo

28 nov 2020 04:49

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La nueva “neutralidad climática” y otras trampas

La crisis climática empeora todo el tiempo, con consecuencias catastróficas para muchas personas. Huracanes devastadores, grandes incendios e inundaciones, sequías, plagas de langosta, deslaves, aire, agua y mares contaminados. Todo empeorado por las políticas de gobiernos que eligen proteger a los más privilegiados, esos que además son los mayores causantes del cambio climático.

En medio de las crisis, los culpables del cambio climático, tanto empresas trasnacionales como super ricos avanzan con nuevas trampas para seguir emitiendo gases de efecto invernadero (GEI) pero hacer también negocios con las supuestas “soluciones”. Por ello, hay nuevos conceptos que útil entender para no caer en sus trampas. Ya existían mecanismos parecidos, pero al quedar al descubierto que solamente sirvieron para lucro de las empresas y como coartada para seguir con la devastación, muchos millonarios, sus gobiernos y ONGs que intentan limpiarles su imagen, han creado nuevos disfraces.

Neto no es cero

Las causas del cambio climático están claras y son conocidas: la gran mayoría se debe a sistemas capitalistas de producción y consumo industrial, basados en combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón). Los principales rubros que producen el calentamiento global son la producción de energía fósil, el sistema alimentario agroindustrial y la urbanización (construcción, transportes). Son muy pocos milmillonarios, en muy pocos países y muy pocas grandes empresas las que se han enriquecido brutalmente con este sistema. Según un reciente informe de Oxfam, el 10 por ciento más rico de la población mundial es responsable de la emisión de 52 por ciento de los gases de efecto invernadero (GEI).

La producción y consumo capitalista es insostenible desde el punto de vista ambiental, pero además brutalmente injusto. Según el científico Kevin Anderson, del Centro Tyndall para investigación del cambio climático (Reino Unido), si el 10 por ciento de la población más rica del mundo tuviera un nivel de vida como un ciudadano europeo medio (lo cual son muchos grados por arriba de la gran mayoría de la población mundial), bajaría 30 por ciento por año la emisión de GEI, con lo que se podría estabilizar el cambio climático, no seguir agregando más contaminación y ver cómo proceder con el exceso de gases que aún quedarían en la atmósfera.

Pero en lugar de que los gobiernos reconozcan que es urgente hacer reducciones reales de emisiones en su fuente y puntos de alto consumo, (que poco afectarían a la mayoría), en general se han sumando a las grandes empresas para promover lo que llaman “neutralidad climática”. Esto significa que mientras en alguna parte se “compensen” los gases emitidos, retirándolos de la atmósfera y supuestamente almacenándolos en alguna parte, se podría seguir emitiendo gases de efecto invernadero.

El Foro Económico Mundial (Foro de Davos) y muchas trasnacionales allí presentes, han renovado su propaganda en ese sentido, y declaran que serán “neutrales en carbono”, que llegarán a “cero emisiones netas”(incluso al absurdo de “emisiones negativas”) para el 2050 o antes. Esto quiere decir que abiertamente reconocen que seguirán contaminando y emitiendo GEI pero desplegarán medidas tecnológicas (geoingeniería) o lo que ahora llaman “soluciones basadas en la naturaleza” para supuestamente compensar el efecto.

Al observar los planes declarados de la industria de gas y petróleo queda claro que no piensan detener la extracción y quema de combustibles fósiles, sino aumentarlas exponencialmente en la próxima década, por lo que con esta sola industria se agota el llamado “presupuesto” de carbono que ONU fijó para no sobrepasar un aumento de temperatura media global de 1.5 grados hasta 2030.

Al discurso de “neutralidad climática” de empresas como BP, Exxon, Total, Repsol, se han sumando otras trasnacionales: desde agronegocios y supermercados que controlan la cadena alimentaria como Bayer, Nestlé, Danone, Unilever y Walmart hasta bancos como HSBC y grandes compañías de aviación. Todas las mega empresa digitales (que son las de mayor capitalización en el planeta) Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft (GAFAM), se sumaron entusiastamente a este discurso. Ninguna de éstas tiene nada de “virtual” en su huella ecológica y climática. Por el contrario, los millones de centros de almacenamiento y procesamiento de datos, transportes, dispositivos, etc, se estima representarán el 20 por ciento de la demanda de energía global para el año 2025.

Es un negocio redondo: las contaminadoras pueden seguir tal como están o hasta aumentar sus emisiones y alegar que son “climáticamente neutrales” o incluso que usan técnicas de geoingeniería que secuestran más carbono del que emiten y entonces lo llaman “emisiones negativas” -otro absurdo idiomático ya que una vez emitidas, nunca pueden ser “negativas”.

Todo esto va mas allá del hecho que las trasnsacionales le hayan dado otra vuelta al discurso para inventarse otro negocio. Está en juego la crisis climática y ambiental, con nuevos ataques a los territorios indígenas y campesinos. Con los mercados de carbono que ya existían, se comercializó varias veces toda la capacidad de la tierra para “secuestrar” carbono, porque lo tanto (aún si éste no fuera un concepto erróneo) ya no existe en realidad nada para comercializar. Esto es un pequeño detalle que no les importa a las empresas, pero han tenido que actualizar el discurso.

[Falsas] soluciones basadas en la naturaleza

Organizaciones, movimientos sociales y científicos críticos han demostrado que la restauración de los ecosistemas, junto y desde las comunidades indígenas y campesinas, de bosques, humedales, pastizales, junto a sistemas agroecológicos, descentralizados, diversos de producción agroalimentaria, son factores fundamentales para absorber en algunas décadas el exceso actual de gases de efecto invernadero. También para no emitir más, es decir, prevenir que se sigan emitiendo. Esta restauración de ecosistemas conlleva respetar e implementar los derechos integrales de las comunidades que interactúan con ellos. Para que esto sea duradero, es preciso que no se renueven o aumenten las emisiones de GEI, porque de lo contrario, ninguna medida será suficiente para detener la crisis climática.

Las empresas, grandes ONGs y muchos gobiernos han visto su oportunidad para cooptar este planteo, llamándolo “soluciones basadas en la naturaleza”. En esto engloban todas las falsas “soluciones” que usen cualquier tipo de recursos naturales. Por ejemplo, grandes plantaciones de monocultivos de árboles o cultivos transgénicos, “pagar” para cercar bosques y suelos para absorber carbono (al estilo de los servicios ambientales que desplazan de hecho a las comunidades, a veces ofreciendo unas migajas a cambio), avanzar sobre pantanos y humedales, que son grandes depósitos naturales de carbono. Bayer está en una cruzada para demostrar que los suelos absorben carbono, lo cual hacen, pero solamente si están en un equilibrio de décadas. El planteo de Bayer y otras de agronegocios es que se contabilice por zafra, tratando de obviar que el carbono solo se retiene en forma permanente en el suelo cuando no se usan químicos y fertilizantes sintéticos, y se trabaja para restablecer la vida microbiana de éste, etc.

Muchas empresas y gobiernos quieren incluir la plantación de grandes monocultivos de árboles u otros cultivos al paquete de “soluciones basadas en la naturaleza”, cuando en realidad devastan ecosistemas naturales e invaden territorios indígenas, campesinos y áreas de biodiversidad, con lo que en su ciclo de vida completo, las plantaciones emiten más GEI de los que dicen absorber.

Geoingeniería

Los multimillonarios, sobre todo los que provienen de Silicon Valley y del sector tecnológico, como Bill Gates, avanzan también en financiar y promover “soluciones” climáticas tecnológicas, como la geoingeniería. En el último año, varios super ricos están detrás de nuevas ONG relacionadas la clima, para financiar investigación y experimentos con geoingeniería. Todo esto en el contexto del discurso de “neutralidad climática” y “cero emisiones netas”, ya que serían los medios para compensar las emisiones de GEI de las industrias.

Entre las tecnologías propuestas más nombradas están las llamadas Bioenergía con Captura y Almacenamiento de Carbono y la Captura Directa de Aire. Ambas tecnologías implican un espectro de impactos negativos ambientales y sociales. La primera implica un gigantesco despliegue de monocultivos (y luego quemarlos para “bioenergía”), que requeriría una enorme superficie a nivel global, que competirá con la producción de alimentos y los territorios de comunidades. En el segundo caso, se trata de gigantescos extractores de aire, que captan carbono y lo separan del aire con solventes químicos -pero para hacerlos funcionar se requieren grandes cantidades de energía, por lo que en ambos casos, además de otros impactos, también empeorarán el cambio climático con el aumento de gases de efecto invernadero en el proceso. Empresas petroleras como Chevron, Oxxy y BP han invertido en este tipo de tecnologías, porque avizoran que además de proveerles una coartada “verde”, serán un gran negocio si los gobiernos aprueban estos sectores para derivar créditos de carbono.

Paralelamente, la nueva ONG Oceankind, financiada “por un supermillonario anónimo” de Silicon Valley, reunió a empresarios y científicos de Estados Unidos para avanzar formas de alterar a mega escala la química de los océanos, supuestamente para disminuir su acidificación y aumentar su capacidad de absorción de carbono.

Los millonarios no sólo pretenden avanzar las tecnologías para remover carbono en mar y tierra, también están financiando y promoviendo técnicas para “Manejo de la Radiación Solar” , es decir formas de reflejar los rayos del sol, construyendo por ejemplo, nubes volcánicas artificiales o “blanqueando” las nubes con agua salada. Este tipo de tecnologías son extraordinariamente peligrosas, porque de aplicarse a gran escala, provocarían cambios en los regímenes de lluvias y vientos en otras regiones. Aún así, los geoingenieros y gobiernos como el de Estados Unidos (también China, Rusia) promueven su investigación como una forma de “bajar la temperatura”. Como esto no afecta en nada la emisión de gases GEI, sería un jugoso negocio: se sigue calentando el planeta mientras venden técnicas para enfriarlo. Hasta hace poco, este grupo de tecnologías de geoingeniería estaba considerado ciencia ficción, pero en la búsqueda de nuevas coartadas y oportunidades de negocios con el clima, se han anunciado varios experimentos y nuevos proyectos, incluso financiamiento oficial de la administración Trump, que Biden piensa sostener.

Defender la Madre Tierra

Los movimientos globales por la justicia climática conocen estas propuestas de falsas “soluciones”, sea a través de estos nuevos conceptos o de los ya más viejos de mercados de carbono y propuestas de geoingeniería. A este discurso de la neutralidad climática, se suma el de “emergencia climática”, que si bien es un hecho real, los poderosos lo exageran y desvinculan de todas las otras crisis generadas por el capitalismo, para plantear que no hay tiempo de soluciones que tomen tiempo. Plantean que se necesita actuar inmediatamente, pero como no están dispuestos a reducir emisiones de GEI ni cuestionar el modo de vida del 10 por ciento más rico del planeta, todas y todos los demás tendríamos que soportar la geoingeniería y los nuevos asaltos a la naturaleza y las comunidades que significan las llamadas “soluciones basadas en la naturaleza”.

A contrapelo de este discurso enfermo, la campaña internacional ¡No Manipulen la Madre Tierra!, integrada por 41 organizaciones internacionales (entre ellas La Vía Campesina, la Red Indígena Ambiental, Amigos de la Tierra) y mas de 150 organizaciones nacionales, plantea que justamente por la emergencia climática, no tenemos tiempo para perder en falsas soluciones ni geoingeniería. Ya conocemos las soluciones verdaderas y seguiremos construyéndolas mientras denunciamos las continuas maniobras de los que han provocado la crisis climática.

23 noviembre 2020

Publicado enMedio Ambiente
Rob Wallace es biólogo evolutivo y fitogeografo para la salud pública en los Estados Unidos.

Las universidades neoliberales crean “expertos” para servir a las necesidades del poder, ese lugar donde se definen cuáles son los problemas y el curso de las investigaciones. Lo que hay que hacer es cambiar las preguntas, plantear nuevos problemas, dice el filósofo Slavoj Žižek. Rob Wallace es uno de esos científicos que hacen preguntas molestas para el capital. Biólogo evolutivo, ecólogo e investigador en la Universidad de Minnesotta, en 2016 publicó Big Farms make big flu, donde preveía la aparición de pandemias como la actual, aceleradas por las transformaciones capitalistas de las últimas décadas. El libro acaba de ser publicado en castellano (Grandes granjas, grandes gripes, Capitán Swing, 2020). En simultaneo, se publica en inglés Dead Epidemiologists (2020), dedicado enteramente a la crisis de la covid-19.

Wallace sostiene que el abordaje de una pandemia debe ser multidisciplinar, ya que “ninguno de los factores más amplios que determinan la evolución de la gripe y la respuesta a los medicamentos se puede encontrar con el microscopio”. Es necesario levantar la mirada para visualizar una “geografía que conecte las relaciones entre los organismos vivos y la producción humana”. Asegura que los virus han encontrado “grietas en la estructura epidemiológica del mundo” y, aunque no haya ninguna conspiración secreta ‒este virus no fue diseñado en un laboratorio‒, sí existe una alianza estratégica entre las multinacionales, la agroindustria y las nuevas pandemias globales.

De su trabajo surgen cuestiones inquietantes. Si este tipo de pandemias echa raíces en las tramas de la producción capitalista, ¿cómo puede una vacuna ser la solución que todos esperamos? ¿Qué rol están jugando los Estados frente a la crisis? A comienzos de noviembre, cuando la segunda ola parece imparable en todo el mundo, Rob Wallace se hace un tiempo para conversar por zoom sobre estos temas.

En Grandes granjas, grandes gripes explicabas que la gestación de crisis pandémicas está muy relacionada con la expansión de la agricultura intensiva y los centros de la producción industrial de alimentos. ¿El poder de los agronegocios nos condena a crisis virales recurrentes?


La industria de la alimentación está empujando las fronteras forestales y eso está incrementando la interfaz entre la fauna silvestre, que acoge algunos de los patógenos más mortales, con el ganado industrial criado en esos bordes, y también con los trabajadores que están a cargo de esos animales. Se produce un incremento del tráfico de estos nuevos patógenos desde los animales salvajes, a través del ganado y la mano de obra, hacia las ciudades locales de regiones que están conectadas con la red global.

Por eso, un brote que aparece en una cueva en el centro de China, en el plazo de semanas puede terminar propagándose en Miami. Antes esto era contenido por la complejidad de los ambientes forestales locales, pero esos bosques han sido mutilados de su complejidad en una forma que ha permitido a los patógenos extenderse hacia los seres humanos en esas regiones, sobre el ganado, y de una forma y otra, llegar al otro lado del mundo.

La agricultura capitalista juega su papel de dos maneras: en China está empujando las fronteras silvestres. Pero esto no se trata solo de China. Goldman Sachs, por ejemplo, ha invertido 3.000 millones de dólares en granjas de pollos en China

De manera que se han abierto “puertas” que los ecosistemas mantenían cerradas.


El modo en que la agricultura intensiva lleva adelante su producción, únicamente enfocada en las ganancias, ha destruido la ecología que bloqueaba y marginaba los peores patógenos. Este es el marco general, que explica también el brote de ébola en África occidental ‒previamente el ébola había aparecido en algunos poblados, matando a cientos de personas, pero en 2013 se extendió, contagiando a 35.000 personas, matando a 11.000 y dejando cadáveres tirados en las calles de grandes ciudades‒. Es un proceso que se genera con la introducción de nuevos monocultivos, como las plantaciones de aceite de palma, que destruyen el bosque forestal. Este es un extremo del circuito de la producción, en las fronteras forestales. Pero, por otro lado, tenemos las granjas industriales de pollos o cerdos, instaladas en las afueras de grandes ciudades y que pueden albergar los peores patógenos de las gripes, que se pueden contagiar a los seres humanos en las cercanías.

El virus que genera la Covid-19, también llamado SARS-CoV-2, ha aparecido en murciélagos en el sur y centro de China. Las fronteras interiores han sido empujadas allí por el desarrollo industrial y la deforestación, incrementando esa interacción de la que hablaba antes. Desde que SARS1 apareció en 2002, los científicos han sido capaces de detectar todo tipo de coronavirus, no solo en China, sino en el mundo. Y los coronavirus se han estado traspasando a todo tipo de animales: ganado industrial, animales silvestres que se venden como alimento, y también contagiando directamente a humanos. Ya hemos tenido tres grandes episodios mortales: SARS1, MERS en medio oriente, y SARS2, y todo esto ha ocurrido solo en los últimos 20 años.

Señalas que hay que reajustar la visión acerca de los procesos que están en la base de la extensión de los nuevos virus: procesos por los cuales organismos vivos se transforman en mercancías que recorren cadenas de valor en diferentes regiones. ¿Qué responsabilidad tienen las grandes multinacionales en esta crisis?


La agricultura capitalista juega su papel de dos maneras: en China está empujando las fronteras silvestres. Pero esto no se trata solo de China. Gran parte de la inversión extranjera directa proviene de otras partes del mundo. Tienes por ejemplo a Goldman Sachs, que ha invertido 3.000 millones de dólares en granjas de pollos en China. Hemos tenido también brotes de virus en las afueras de México DF producto de gripes que estaban circulando en granjas de propiedad norteamericana. En Europa tuvieron el H5NX y no nos olvidemos del Zika en Brasil. Es decir, que los patógenos están emergiendo en todo el planeta, no es solo un fenómeno chino.

Este es un fenómeno global; la anterior economía natural ha sido transformada en una agricultura industrial, un proceso en el cual los alimentos son considerados como cualquier otro insumo y los animales son tratados antes como mercancías que como animales. El problema es que, en el curso de esta industrialización de la producción de alimentos, también se industrializaron los patógenos que circulan alrededor de ellos, por lo que se volvieron más peligrosos, más mortíferos, más contagiosos y capaces de transmitirse rápidamente de una punta a la otra del planeta.

Algo inquietante que se desprende de tu análisis es la pregunta acerca de qué efectividad puede tener una vacuna. Hoy están depositadas grandes expectativas en el desarrollo de las vacunas para la Covid-19, casi como si se tratara de una cierta cura milagrosa. Pero las condiciones que posibilitan la propagación de estos virus siguen presentes…

  
Las vacunas son una parte importante de las respuestas médicas, de ningún modo me opondría a ellas, ya que forman parte de los avances para que las innovaciones médicas sean accesibles a la población. El problema es que nunca ha habido una vacuna para el coronavirus, y aun cuando ahora consigan hacerla, hay una buena posibilidad de que solo sea parcialmente protectora. Por lo que hay una gran posibilidad de que el coronavirus SARS2, el covid-19, aun siga circulando. Aun así, la vacuna puede jugar un papel importante, como una herramienta para tratar de frenar esta pandemia.

El mayor problema es que el modelo de producción de vacunas es siempre posterior a los brotes de la pandemia. Y no hace nada respecto a frenar estos brotes antes de que ocurran. Por lo tanto, en cierto sentido, son una distracción. Aunque son necesarias, también pueden ser una distracción acerca de las medidas necesarias para evitar que los patógenos continúen expandiéndose en esta magnitud y de esta forma.

¿Qué medidas?


Esto implicaría intervenir en la agricultura de una forma que se pudiera reintroducir de algún modo una diversidad de especies que pudieran actuar como un muro contra estos patógenos, para evitar su aceleración y su transformación en agentes peligrosos para todo el mundo. Y para eso sería necesario introducir diferentes razas, permitir autonomía de los granjeros, con posibilidades de elegir qué cultivan y dónde, además de contar con apoyo financiero para criar todo tipo animales diferentes, lo que introduce la diversidad no solo a nivel de la granja, sino en paisajes enteros. De tal modo que cualquier patógeno que llegue hasta allí no sea capaz de ganar velocidad ni extenderse a través de todo el territorio.

En esencia, habría que hacer lo que la mayoría de la clase política no quiere hacer, ya que los agronegocios son un poder político fuerte en casi todos los países, en términos de imponer su modelo económico, que genera muchas ganancias. Necesitamos algo diferente. E incluso cuando las vacunas quizás puedan ayudar en medio de una emergencia, otras intervenciones estructurales son necesarias para que el Covid-19 no sea seguido del covid-20, covid-21 y covid-22.

Los gobiernos estuvieron tan enfocados en que aquellos que hacían dinero tuvieran libertad para seguir haciéndolo, que ahora todo el resto está pagando el precio, en términos de su salud y sus derechos limitados

Los Estados dan respuestas parciales frente a la emergencia, pero no toman medidas estructurales, esa parece ser la tónica general. En tus trabajos señalas que la desfinanciación de los sistemas sanitarios ha sembrado el terreno para la circulación de las enfermedades pandémicas. En esta segunda ola se imponen toques de queda que restringen la movilidad, pero se mantienen abiertas industrias no esenciales, bares y otros negocios. ¿Qué opinión tienes de la gestión de la crisis en EE UU y Europa?


Al igual que Estados Unidos, Europa está organizada alrededor de un paradigma político y económico que recompensa a los ricos, haciéndolos más ricos. Por lo tanto, si tienes que empezar a lidiar con las inversiones necesarias para hacer frente a la escala de la pandemia del Covid, esto debería implicar algo distinto a eso. Lo paradójico es que, en países autocráticos como Vietnam o China, la población es ahora más libre que en los países occidentales, porque hicieron lo necesario al inicio de la crisis y su población puede ahora salir libremente a las calles. Pero los gobiernos estuvieron tan enfocados en que aquellos que hacían dinero tuvieran libertad para seguir haciéndolo, que ahora todo el resto está pagando el precio, en términos de su salud y sus derechos limitados.

Has publicado hace unos días un nuevo libro, Dead Epidemiologists. ¿Qué nos puedes adelantar?


Tomamos algunas de las lecciones que sacamos en Grandes granjas, grandes gripes y las aplicamos al Covid-19. El paso adelante importante es comprender las diferentes maneras en que diferentes virus pueden emerger dentro del mismo sistema. Te he descrito antes cómo el ébola emergió en un extremo de los circuitos de la producción, cerca de la frontera forestal; hablamos de la aparición de las gripes en otra localización, más cerca de las ciudades, entre la producción industrial de ganado. Y el covid-19 parece emerger en una zona intermedia, expandiéndose desde los murciélagos y animales silvestres hacia los stocks de ganando industrial, y transmitiéndose durante años a lo largo de China de diferentes maneras, antes de aparecer en una forma más infecciosa en Wuhan. El libro explora los recorridos del virus, desde las cuevas en China, pasando por las salas de juntas de negocios en Nueva York, hasta los mataderos de animales en el oeste de Estados Unidos.

Hablamos sobre los orígenes de la agricultura industrial y la expansión de patógenos, en relación con la emergencia del capitalismo hace cientos de años. Muestra, de una manera que hasta ahora no había sido señalada, que los patógenos aparecen no solo en esas coordenadas de GPS en las que podemos identificar más fácilmente su presencia. Lo que hay que entender es que la enfermedad emerge de una punta a la otra del globo, y en tanto el planeta está rodeado por los circuitos del capital, tal vez las ciudades más peligrosas son Nueva York, Londres y Hong Kong, porque son grandes centros del capital, que financian la deforestación y el desarrollo de la industrialización en todo el mundo.

*

¿Optimismo o pesimismo respecto del futuro? Quizás lo importante sea comenzar por replantearnos algunos problemas. Como colofón de esta entrevista, nos quedamos con una frase que escribió Rob Wallace en la Introducción de Grandes granjas, grandes gripes: “En nombre de la población a la que dicen servir, tanto las empresas como los Gobiernos están dispuestos a poner en peligro la supervivencia de la humanidad tal como la conocemos. Y son muy capaces de hacerlo. Tal vez eso sea cosa sabida para los lectores de Herodoto, Montaigne y Melle Mel, pero las múltiples formas que adopta esta constatación deberían significar una sorpresa siempre en algún rincón de nosotros mismos. Si no es así, nuestro cinismo nos induce a la pasividad”.

 

Por Josefina L. Martínez

16 nov 2020 06:28

Publicado enMedio Ambiente
Sábado, 31 Octubre 2020 06:02

Ecosocialismo y/o decrecimiento

Ecosocialismo y/o decrecimiento

 ecosocialismo y el movimiento por el decrecimiento figuran entre las corrientes más importantes de la izquierda ecologista. Los ecosocialistas admiten que es necesario cierto grado de decrecimiento de la producción y el consumo a fin de evitar el colapso medioambiental. No obstante, mantienen una actitud crítica hacia las teorías del decrecimiento porque: a) el concepto de decrecimiento es insuficiente para definir un programa alternativo; b) no aclara si el decrecimiento puede lograrse en el marco del capitalismo o no; c) no distingue entre actividades que es preciso reducir y las que hace falta desarrollar.

Es importante tener en cuenta que la corriente decrecentista, que es particularmente influyente en Francia, no es homogénea: inspirada por críticos de la sociedad de consumo –Henri Lefebvre, Guy Debord, Jean Baudrillard– y del sistema técnico –Jacques Ellul–, comprende diferentes perspectivas políticas. Existen por lo menos dos polos que son bastante distantes, por no decir opuestos: por un lado, críticos de la cultura occidental tentados por el relativismo cultural (Serge Latouche) y, por otro, ecologistas de izquierda universalistas (Vincent Cheynet, Paul Ariés).

Serge Latouche, conocido en todo el mundo, es uno de los teóricos del decrecimiento franceses más controvertidos. Claro que algunos de sus argumentos son legítimos: desmitificación del desarrollo sostenible, crítica de la religión del crecimiento y el progreso, llamamiento a una revolución cultural. Sin embargo, su rechazo global del humanismo occidental, de la Ilustración y de la democracia representativa, así como su alabanza sin remilgos de la Edad de Piedra, son elementos claramente criticables. Pero esto no es todo. Su crítica de las propuestas de desarrollo ecosocialistas para países del Sur Global –más agua limpia, escuelas y hospitales– por considerarlas “etnocéntricas”, “oocidentalizantes” y “destructivas de los modos de vida locales”, es bastante insufrible. Sin olvidar que su argumento de que no hace falta hablar del capitalismo, puesto que esta crítica “ya ha sido realizada, y bien, por Marx”, no es serio: es como decir que no hace falta denunciar la destrucción productivista del planeta porque esto ya se ha hecho, y bien, por André Gorz (o Rachel Carson).

Más cerca de la izquierda se halla la corriente universalista, representada en Francia por el periódico La Décroissance, por mucho que se pueda criticar el republicanismo francés de algunos de sus teóricos (Vincent Cheynet, Paul Ariès). A diferencia del primero, este segundo polo del movimiento decrecentista tiene muchos puntos de convergencia –a pesar de las polémicas ocasionales– con los movimientos por la justicia global (ATTAC), los ecosocialistas y los partidos de la izquierda radical: ampliación de la gratuidad [bienes, servicios o instalaciones que se ofrecen gratuitamente], la preponderancia del valor de uso sobre el valor de cambio, la reducción de la jornada de trabajo, la lucha contra las desigualdades sociales, el desarrollo de actividades no mercantiles, la reorganización de la producción de acuerdo con las necesidades sociales y la protección del medio ambiente.

Muchos teóricos del decrecimiento parecen creer que la única alternativa al productivismo pasa por detener todo crecimiento, o sustituirlo por un crecimiento negativo, es decir, mermar drásticamente el excesivo nivel de consumo por parte de la población reduciendo a la mitad el gasto energético, renunciando a las viviendas unifamiliares, a la calefacción central, a las lavadoras, etc. Puesto que estas medidas de austeridad draconiana y otras similares pueden resultar bastante impopulares, algunas de ellas –incluido un autor tan importante como Hans Jonas, en su El principio de responsabilidad– juegan con la idea de una “especie de dictadura ecológica”.

Frente a esta visión pesimista, los socialistas optimistas creen que el progreso técnico y el uso de fuentes de energía renovables permitirán un crecimiento ilimitado y una sociedad de la abundancia, en la que cada persona pueda recibir según sus necesidades.

Creo que estas dos escuelas comparten una concepción puramente cuantitativa del crecimiento –positivo o negativo–, o del desarrollo de las fuerzas productivas. Hay una tercera posición, que me parece más apropiada: una transformación cualitativa del desarrollo. Esto supone poner fin al monstruoso despilfarro de recursos, propio del capitalismo, basado en la producción a gran escala de productos inútiles y/o dañinos: la industria de armamentos es un buen ejemplo, pero gran parte de los bienes producidos en el capitalismo, con su obsolescencia intrínseca, no tienen otra utilidad que generar beneficios para las grandes empresas.

El problema no es el consumo excesivo en abstracto, sino el tipo de consumo que prevalece, basado como está en la adquisición ostentativa, los desperdicios masivos, la alienación mercantil, la acumulación obsesiva de bienes y la compra compulsiva de supuestas novedades impuestas por la moda. Una sociedad de nuevo tipo orientaría la producción a la satisfacción de las verdaderas necesidades, empezando por las que podrían calificarse de bíblicas –agua, alimentos, ropa, viviendas–, pero incluyendo asimismo los servicios básicos: salud, educación, transporte, cultura.

¿Cómo distinguir lo auténtico de las necesidades artificiales, ficticias (creadas artificialmente) e improvisadas? Estas últimas se inducen a través de la manipulación mental, es decir, la publicidad. El sistema publicitario ha invadido todas las esferas de la vida humana en las sociedades capitalistas modernas: no solo los alimentos y la ropa, sino también el deporte, la cultura, la religión y la política se configuran de conformidad con sus reglas. Ha invadido nuestras calles, buzones, pantallas de televisión, periódicos y paisajes de una manera permanente, agresiva e insidiosa, y contribuye decisivamente a la creación de hábitos de consumo ostentativo y compulsivo. Además, malgasta cantidades enormes de petróleo, electricidad, tiempo de trabajo, papel, productos químicos y otras materias primas –todo ello pagado por los consumidores– en un sector productivo que no solo es inútil desde un punto de vista humano, sino que está directamente en contradicción con las necesidades sociales reales.

Mientras que la publicidad es una dimensión indispensable de la economía de mercado capitalista, no tendría razón de ser en una sociedad de transición al socialismo, donde sería reemplazada por la información sobre bienes y servicios facilitada por asociaciones de consumo. El criterio para diferenciar una necesidad genuina de otra artificial es su persistencia tras la supresión de la publicidad (¡Coca-Cola!). Por supuesto, durante algunos años persistirían los viejos hábitos de consumo, y nadie tiene derecho a decir a la gente cuáles son sus necesidades. El cambio de los patrones de consumo es un proceso histórico, así como un reto educacional.

Algunas mercancías, como el automóvil individual, plantean problemas más complejos. Los vehículos privados constituyen un estorbo público, matan y mutilan a cientos de miles de personas todos los años en el mundo entero, contaminan la atmósfera en las grandes ciudades con consecuencias funestas para la salud de niñas y niños y de las personas mayores y contribuyen significativamente al cambio climático. Sin embargo, responden a una necesidad real al transportar a las personas a su lugar de trabajo, a su casa o a sus espacios de ocio. Experiencias locales en algunas ciudades europeas que tienen administraciones con sensibilidad ecológica demuestran que es posible limitar progresivamente, con la aprobación de la mayoría de la población, la proporción de vehículos individuales en circulación a favor de los autobuses y tranvías.

En un proceso de transición al ecosocialismo, donde el transporte público, de superficie o subterráneo, se extendería ampliamente y sería gratuito para las usuarias y usuarios, y donde peatones y ciclistas contarían con calzadas protegidas, el coche particular desempeñaría un papel mucho menos importante que en la sociedad burguesa, en la que se ha convertido en una mercancía fetiche, promovida por una publicidad insistente y agresiva, en un símbolo de prestigio y un signo de identidad. En EE UU, el permiso de conducir constituye el documento de identidad reconocido y el centro de la vida personal, social o erótica. Será mucho más fácil, en la transición a una nueva sociedad, reducir drásticamente el transporte de mercancías por carretera –causante de terribles accidentes y altos niveles de contaminación– y sustituirlo por el ferrocarril, o por lo que en Francia se llama ferroutage (camiones transportados por trenes de una ciudad a otra): tan solo la lógica absurda de la competitividad capitalista explica el peligroso crecimiento del transporte por carretera.

Sí, responderán los pesimistas, pero las personas tienen aspiraciones y deseos infinitos, que hay que controlar, comprobar, contener y, si es preciso, reprimir, y puede que esto requiera ciertas limitaciones de la democracia. Ahora bien, el ecosocialismo se basa en una apuesta, que ya fue la de Marx: el predominio, en una sociedad sin clases y liberada de la alienación capitalista, del ser sobre el tener, es decir, del tiempo libre para la realización personal mediante actividades culturales, deportivas, lúdicas, científicas, eróticas, artísticas y políticas, por encima del deseo de posesión infinita de productos.

La compra compulsiva bien inducida por el fetichismo de las mercancías inherente al sistema capitalista, por la ideología dominante y por la publicidad: nada demuestra que forme parte de una eterna naturaleza humana, como pretende que creamos el discurso reaccionario. Ya lo señaló Ernest Mandel: “La continua acumulación de más y más bienes (con menguante utilidad marginal) no constituye de ningún modo un rasgo universal o siquiera predominante del comportamiento humano. El desarrollo de talentos e inclinaciones como un fin en sí mismas; la protección de la salud y de la vida; el cuidado de niños y niñas; el desarrollo de relaciones sociales enriquecedoras… todas estas se convierten en motivaciones importantes una vez se han satisfecho las necesidades materiales básicas.”

Esto no significa que no vayan a surgir conflictos, especialmente durante el proceso de transición, entre las exigencias de la protección medioambiental y las necesidades sociales, entre los imperativos ecológicos y la necesidad de desarrollar las infraestructuras básicas, particularmente en los países pobres, entre los hábitos de consumo populares y la escasez de recursos. Estas contradicciones son inevitables: resolverlas será la misión de la planificación democrática, con una perspectiva ecosocialista, liberada de los imperativos del capital y de la generación de beneficios, mediante un debate pluralista y abierto previo a la toma de decisiones por la propia sociedad. Esta democracia de base y participativa es la única manera, no de evitar equivocaciones, sino de permitir la autocorrección colectiva por parte de la sociedad de sus propios errores.

¿Cuáles podrían ser las relaciones entre el ecosocialismo y el movimiento decrecentista? ¿Puede haber una alianza, a pesar de los desacuerdos, en torno a objetivos comunes? En un libro publicado hace algunos años, La décroissance est-elle souhaitable? (¿Es deseable el decrecimiento?), el ecologista francés Stéphane Lavignotte propone dicha alianza. Reconoce que existen muchas cuestiones controvertidas entre ambos puntos de vista. ¿Habría que destacar las relaciones entre clases sociales y la lucha contra las desigualdades o bien la denuncia del crecimiento ilimitado de las fuerzas productivas? ¿Qué es más importante, las iniciativas individuales, las experiencias locales, la sencillez voluntaria, o bien el cambio del aparato productivo y la megamáquina capitalista?

Lavignotte se niega a escoger y propone asociar estas dos prácticas complementarias. El reto consiste, afirma, en combinar la lucha por el interés de clase ecológico de la mayoría, es decir, de quienes no poseen capital, con la política de minorías activas a favor de una transformación cultural radical. En otras palabras, establecer, sin ocultar los desacuerdos inevitables, un “compromiso político” de quienes han comprendido que la supervivencia de la vida en el planeta, y de la humanidad en particular, está en contradicción con el capitalismo y el productivismo y buscan por tanto la manera de salir de este sistema destructivo e inhumano.

Como ecosocialista y miembro de la Cuarta Internacional, comparto este punto de vista. La confluencia de todas las variantes de la ecología anticapitalista constituye un importante paso en el cumplimiento de la tarea urgente y necesaria de detener la dinámica suicida de la civilización actual, antes de que sea demasiado tarde…

Por Michael Lowy

30 OCTUBRE 2020 | 

Publicado enSociedad
Solo la guerra de clases puede detener el cambio climático

Un nuevo informe muestra que el 1 por ciento más rico del mundo es responsable del doble de las emisiones de toda la mitad inferior del planeta. El mensaje es claro: para luchar contra el cambio climático, tenemos que luchar contra la clase dominante.

Nuestro nuevo número, "AfterBernie", ya está disponible. Nuestras preguntas son simples: ¿qué logró Bernie, por qué fracasó, cuál es su legado y cómo debemos continuar la lucha por el socialismo democrático? 

Mientras los incendios arden en California, el permafrost se derrite en Siberia, las olas de calor azotan Europa y los huracanes y tifones se hacen cada vez más fuertes, existe una necesidad urgente de una acción climática ambiciosa. La pregunta es cómo será y quién soportará el peso de una transición hacia un mundo más sostenible.

Desde hace varias décadas, el mensaje ambiental dominante para el público ha sido la acción individual. Nos dijeron que para resolver la crisis climática, necesitábamos cambiar nuestras bombillas, cambiar a electrodomésticos de bajo consumo, comprar vehículos híbridos o eléctricos, aislar mejor nuestros hogares, dejar de usar bolsas de plástico y alterar nuestro consumo personal de otras formas.

Estas cosas son, sin duda, cambios positivos, pero no son suficientes para abordar la escala de la crisis que enfrentamos y pueden llevar a conclusiones perversas sobre dónde radica realmente la culpa de la crisis climática.

Existe un creciente argumento de que una de las fuerzas impulsoras de la crisis climática es la población mundial. El mundo está superpoblado, dicen estas personas, y por eso las emisiones son tan altas. Esta opinión la expresan con mayor frecuencia los  eco-fascistas , que creen que se necesita un genocidio para reducir la población humana. Pero la superpoblación también ha sido citada por destacadas figuras liberales como la primatóloga Jane Goodall  y el naturalista  Sir David Attenborough , lo que ha contribuido a generar conclusiones engañosas y preocupantes sobre lo que está alimentando el cambio climático.

Si bien centrarse en el consumo personal nos impone la responsabilidad a todos por igual, centrarse en el crecimiento de la población traslada la culpa a los países de África y Asia, donde la población ha seguido creciendo en las últimas décadas. Sin embargo, estas personas tienen una de las huellas de carbono más bajas del mundo, y cuando miramos qué jurisdicciones han  emitido los gases de efecto invernadero  que están calentando el planeta, la respuesta es definitiva: Estados Unidos y Europa.

Pero incluso culpar por completo a los estadounidenses y europeos es perder el panorama general. Un nuevo informe de Oxfam concluye que el 1 por ciento más rico de las personas por sí solo es responsable del doble de emisiones del 50 por ciento más pobre de la población mundial. Eso significa que incluso si la clase trabajadora del Norte global tomara todas las acciones individuales recomendadas o forzáramos a los pobres del Sur global a dejar de tener hijos, eso no resolvería el problema.

Nuestro presupuesto de carbono restante está siendo sacrificado para que la élite mundial pueda mantener su lujoso estilo de vida, mientras  llevan aviones privados a conferencias sobre el clima para dar la impresión de que les importa. El fundador de Virgin, Richard Branson, ha sido un líder en este lavado verde multimillonario, haciendo  promesas climáticas  que no cumplió mientras expandía su negocio de aerolíneas. Del mismo modo, ElonMusk  afirma preocuparse por el clima para vender más automóviles, mientras  critica el transporte público  y trata de  detener los proyectos de trenes de alta velocidad .

Pero quizás el más prominente de estos multimillonarios que lavan de verde sus actividades insostenibles es Jeff Bezos. A principios de este año, el CEO de Amazon fue elogiado en la prensa por su Bezos EarthFund de $ 10 mil millones; ¡incluso compró los derechos para  cambiar el nombre de un estadio de Seattle después de su promesa climática! Pero aún no  se han otorgado subvenciones del fondo, mientras que Amazon continúa  ayudando a las empresas de petróleo y gas a  extraer combustibles fósiles de manera más eficiente.

Estos multimillonarios afirman que el capitalismo puede resolver la crisis climática y sus inversiones están ayudando a crear una nueva forma de "capitalismo verde" que reducirá las emisiones y marcará el comienzo de un futuro sostenible. Los gobiernos también están cayendo en este mito y lo están colocando en el centro de sus planes de recuperación ante una pandemia.

En julio, el gobierno británico  anunció un plan de recuperación de 350 millones de libras esterlinas para poner al país a la vanguardia de la “innovación verde”, una gota en el océano de la inversión necesaria. Como era de esperar, no incluía ninguna sugerencia de asumir las emisiones de los ricos reduciendo su riqueza, prohibiendo los aviones privados o eliminando las industrias contaminantes de las que se benefician.

Mientras tanto, en los Estados Unidos, el presidente Donald Trump no tiene un plan climático, pero incluso JoeBiden se enfoca en las energías renovables y los autos eléctricos, mientras promete nuevas carreteras con estaciones de carga y se  niega a prohibir el fracking . Al norte, el reciente discurso en el trono del primer ministro Justin Trudeau  prometió hacer de la acción climática una “piedra angular” de la recuperación pandémica de Canadá, mientras se centra en los vehículos eléctricos, extrae más componentes para ellos e invierte más en energía hidroeléctrica. Guardó silencio sobre los  impactos ambientales   de esas iniciativas.

El capitalismo verde nunca facilitará la escala de acción necesaria para mantener el calentamiento por debajo de 1,5ºC o incluso 2ºC porque se niega a enfrentarse a las personas e industrias poderosas que están alimentando la crisis climática en primer lugar. Continúa asegurando que los beneficios fluyan hacia la cima mientras vaciando a la clase media y produciendo narrativas climáticas que transfieren la carga de la responsabilidad a aquellos que tienen poco poder para hacer los cambios necesarios: el público, si no los pobres del mundo.

El tipo de acción climática que necesitamos requiere enfrentar a los ricos y organizarnos en torno a una visión para un tipo diferente  de sociedad. Eso significa no solo hacer que los ricos paguen impuestos más altos, sino desmantelar activamente las estructuras económicas que facilitan su acumulación de riqueza, tratar al planeta como una abundancia ilimitada de materias primas gratuitas y generar todas las emisiones que calientan el planeta.

O nos enfrentamos al capitalismo y sus vencedores, o seremos incapaces de detener el cambio climático descontrolado, ayudar a los refugiados climáticos que creará o detener el mito eco-fascista de la superpoblación que surgirá como resultado. Nuestra elección es el socialismo o la barbarie, como dijo una vez Rosa Luxemburg. El capitalismo verde no nos salvará.

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