Estados Unidos: del sueño a la pesadilla americana

La igualdad de oportunidades se ha visto especialmente dañada en la mayor economía del planeta


Si un estadounidense quisiera vivir el sueño americano quizá debería viajar a España. Esta es una de las conclusiones que entre cifras y palabras se puede filtrar del informe de la OCDE ¿Un ascensor social roto? Cómo promover la movilidad social. Un español tarda unos 120 años en pasar de la pobreza a los ingresos medios, frente a los 150 de un estadounidense. La distancia que existe entre cuatro y cinco generaciones. El caso es que si analizamos la denominada curva del Gran Gatsby, que relaciona la baja movilidad con la elevada desigualdad, la tierra de las oportunidades refleja una imagen más injusta que la española.


Es el desfigurado retrato de una de las sociedades con mayor inequidad del planeta. En España, el 1% de las personas más ricas del país recibe el 8,6% de la renta nacional. El porcentaje, en la otra orilla del Atlántico, sube al 20,8%. Pero el país lo soporta porque esa desigualdad impregna la esencia de su mitología. Estados Unidos adora las buenas historias que llevan de la nada a la riqueza. La de la presentadora Oprah Winfrey, por ejemplo, ha sido mil veces contada. Su ascensión de una niñez pobre en el sur rural a multimillonaria estrella de los medios de comunicación. “El sueño americano sigue vivo, con más trabas, pero vivo”, defiende Jorge Pérez, de 69 años, uno de los empresarios latinos más ricos del mundo, quien ha forjado un imperio en el sector inmobiliario a través de su empresa, situada en Miami, The Related Group. “Yo soy un ejemplo perfecto. Nací en Cuba, viví en Colombia y fui a la universidad en Estados Unidos, sin tener un centavo, gracias a las becas. Allí abrí un negocio de la nada que hoy construye miles de millones de dólares en bienes raíces [terrenos y viviendas]”.


Sin embargo, el sueño, a veces, funde a negro. Desde la Edad Dorada (1870-1890) la mayor potencia económica del mundo no tenía unos índices de desigualdad tan elevados. El salario medio estadounidense lleva estancado casi cincuenta años y cada vez menos jóvenes piensan que les irá mejor que a sus progenitores. “Hay un ejemplo muy nítido: el 90% de los chicos nacidos en 1940 en Estados Unidos ganaba más que sus padres, pero solo el 50% de los chavales que nacieron en 1980 han sido capaces de lograr lo mismo”, advierte Ryan Rippel, director de movilidad económica de la Fundación Bill & Melinda Gates.


Este estancamiento tiene muchos culpables: el mercado laboral, la accesibilidad a la vivienda, la clase de barrio, el racismo estructural. “Cuando los niños crecen en el mismo vecindario, con padres que tienen ingresos similares, a los chicos afroamericanos les va peor en la vida que a los blancos del mismo entorno”, sostiene Ryan Rippel. Y todo puede empeorar. Aún se aguarda el impacto de la “innovación radical”. “Podemos estar acercándonos a una revolución definida por el pleno empleo, baja productividad, altos márgenes empresariales y elevada desigualdad”, prevé Christophe Donay, director de análisis macroeconómico de la gestora Pictet WM. Esta inequidad y el declive postindustrial justifican, por ejemplo, el coste humano y económico (unos 69.000 millones de euros anuales) de la epidemia del consumo opio en Estados Unidos. Un angustioso relato de cómo el analgésico más antiguo conocido por el hombre anestesia el dolor de la democracia liberal más avanzada del planeta. El mundo rota impulsado por sus propios contrasentidos.

Por Miguel Ángel García Vega
Madrid 24 MAR 2019 - 11:01 COT

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Lunes, 25 Marzo 2019 06:43

La gran mentira

La gran mentira

La semana pasada se cumplió el 16 aniversario de la guerra de Estados Unidos en Irak, algo que casi nadie en calles, universidades, cafés, antros, parques o edificios gubernamentales registró, y menos aún comentó. Ni el "comandante en jefe". Esa y las otras guerras ya se ha vuelto parte del ruido de trasfondo de este país. Una guerra más, una mentira más.

Esta mentira costó más de 190 mil civiles muertos por violencia directa de esa guerra, casi 5 mil militares estadunidenses que han perecido, cientos de miles de civiles y militares heridos, y un costo mayor de 2 billones de dólares hasta la fecha (y eso que no es la guerra activa más larga en la historia del país; esa tiene 17 años y está en Afganistán), según el informe Costos de Guerra, de la Universidad Brown.

La gran mentira implicó que miles de jóvenes estadunidenses –en su gran mayoría pobres y de clase trabajadora– fueron enviados a Irak o Afganistán a matar y herir a otros jóvenes como ellos. Los que regresaron, si es que no en un ataúd o en una camilla, sí con heridas sicológicas de largo plazo, fueron recibidos por una población que, la verdad, si es que se acuerda de ellos, prefiere no ponerle mucha atención a todo eso, más allá de rendir homenajes a "nuestros veteranos" antes de un partido de beisbol o de futbol.

Seguramente es el único país en la historia donde uno puede pasar por las calles de todas las ciudades y grandes pueblos sin darse cuenta ni acordarse que está en medio no sólo de una, sino de varias guerras.

Como toda guerra, la de Irak fue producto de una gran mentira, una mentira propagada por casi todos los principales medios (con algunas notables excepciones) y por una clase intelectual profesional vinculada al poder, y todos éstos, hasta hoy día, jamás han pagado las consecuencias y muchos menos han tenido que rendir cuentas por su complicidad.

Es una guerra en la cual se fabricó la justificación frente a todos: se declaró que Irak tenía armas de destrucción masiva, que era en parte responsable de los atentados del 11-S, que era un Estado que daba refugio a "terroristas". Todo eso fue falso. Y se sabía en esos mismos momentos; millones de personas en algunas de la movilizaciones antiguerra más grandes de la historia lo sabían, no cayeron en en el engaño.

El objetivo no tenía nada que ver con "democracia", "libertad", asistencia humanitaria ni nada de eso. Tenía el objetivo de "cambio de régimen" y, ni hablar, petróleo.

Entre los promotores más feroces de la mentira en el gobierno de George W. Bush estaban Elliott Abrams y John Bolton, junto a un amplio elenco de los mismos jefes de medios e intelectuales de tanques pensantes, tanto conservadores como liberales, que hoy día invitan a todos a creerles algunas más, incluido el caso de Venezuela.

Como señala el periodista Matt Taibbi, de Rolling Stone, "el daño que esta historia (la guerra contra Irak) causó en nuestras reputaciones colectivas aún es poco entendida en el negocio (de los medios)", y señala que esa mancha no se podrá lavar "hasta que enfrentemos qué tan mal fue, y es mucho peor de lo que estamos admitiendo, aun ahora".

¿Cuántas otras guerras repletas y justificadas con mentiras continúan hoy día? Hay una contra los inmigrantes en la frontera (con despliegue militar), otra permanente contra el narco, y ni contar las acciones bélicas activas de Washington en varias partes del mundo, incluidos por lo menos siete países que casi ningún estadunidense puede siquiera nombrar.

Según el informe Costos de Guerra, Estados Unidos conduce hoy día "actividades anti-terroristas" en 80 países (40 por ciento de los países del planeta), ha gastado más de 5.9 billones en las guerras posteriores al 11 de septiembre de 2001, han muerto un total de 480 mil personas en Irak, Afganistán y Pakistán, incluidos 244 mil civiles por violencia directa, casi todo con justificaciones engañosas.

Las mentiras oficiales cuestan muy caro, pero casi nunca para los mentirosos, sino para todos los demás. Esa es la verdad.

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Un millón de razones para no irse de Europa

Un millón de personas se manifestaron ayer en Londres y otras ciudades británicas a favor de un nuevo referendo, más de cuatro millones firmaron una petición para revocar el artículo 50 y así evitar la salida británica de la Unión Europea (UE), todo a menos de tres semanas del 12 de abril, la nueva fecha que la UE le otorgó al Reino Unido para el Brexit. 

El destino de la manifestación probablemente no sea distinto del que sufrió en 2003 la marcha más multitudinaria de la historia británica para oponerse a la guerra contra Irak: un fuerte impacto político que no cambió el curso de las cosas. En tal caso, contribuyó a la erosión que viene viviendo la democracia a nivel global en uno de sus baluartes históricos, donde en el siglo XIII se crearon la Carta Magna y el parlamento. No se puede decir que el sistema tenga fecha de vencimiento, pero habrá que chequear si no está empezando a sufrir señales de arterosclerosis.


Entre los manifestantes y en la multi-partidista participación de líderes políticos, diputados, alcaldes, concejales, ONG y grupos extra-parlamentarios había una mezcla de desafío y expectativa. En las columnas que serpenteaban por el centro de Londres, un ex ministro laborista, Lord Andrew Adonis, explicaba que la salida pasaba porque el parlamento se haga cargo del proceso. “Theresa May no tiene un derecho divino a presuponer qué pensamos y qué queremos. No queremos este acuerdo que nos dejará más pobres y aislados. No queremos este gobierno que nos ha humillado internacionalmente y nos ha debilitado a nivel doméstico. Nuestro mensaje a los parlamentarios es que llegó la hora de que se hagan cargo del proceso”, indicó Adonis.


El referendo de 2016 mostró un claro desequilibrio etario - los mayores de 60 a favor de la salida de la UE, los menores de 35 en contra. Hoy unos dos millones de británicos que no pudieron votar entonces, podrían hacerlo. Según las encuestas, tres cuartas partes se inclinarían por permanecer en la UE, suficientes para dar vuelta el resultado.


Lara Spirit, co-presidenta de “Our Future, Our Choice”, un grupo juvenil formado frente a la última consulta, opinó que estaba en juego la credibilidad democrática del Reino. “El Brexit va a dañar nuestro futuro, nos va a empobrecer. La enorme mayoría de los jóvenes se opusieron en 2016 y muchos más aún, se oponen hoy. Yo era muy joven en la época de las protestas contra la guerra en Irak. Esa manifestación no evitó la guerra, algo que marca un déficit en la dinámica democrática, pero volvió mucho más difícil la repetición de una guerra. Los políticos que ignoren esta manifestación, terminarán pagando un altísimo costo”, señaló Spirit.


El problema es que el Brexit ha desmadrado la dinámica política británica. El parlamento está fragmentado en tribus muchas veces inconciliables y May ha perdido todo control sobre su partido. El acuerdo que negoció con la UE fue derrotado dos veces en el parlamento, pero el plan gubernamental es llevarlo a una tercera votación esta semana si el presidente de la Cámara de los Comunes, John Bercow, lo autoriza y si ella misma calcula que tiene alguna chance de ganar.


En el caso improbable de que el mismo parlamento que rechazó el acuerdo por 230 y 149 votos en enero y marzo cambiara de parecer este lunes o martes, el Reino Unido seguiría en el bloque europeo hasta el 22 de mayo para permitir que se apruebe toda la legislación británica necesaria para proceder con la salida de la EU. Pero si no hay votación o el acuerdo es rechazado por una tercera vez, la salida sería el 12 de abril, es decir en poco menos de tres semanas. En este período el parlamento tendría la posibilidad de realizar “votos indicativos” sobre el tipo de salida que buscaría a la actual crisis a la espera de que, si hay consenso, la misma EU extienda el período de gracia más allá del 12 de abril.


Estos “votos indicativos” tienen sabores para todos los gustos. Un nuevo referendo como el exigido en la manifestación, la derogación del artículo 50 (que dejaría al Reino Unido en la UE), petición de los independentistas escoceses, una unión aduanera que evitaría el problema fronterizo irlandés y un brutal salto tarifario comercial con Europa, propuesta laborista con cierto consenso interpartidario o la salida sin acuerdo de los euroescépticos duros.


El voto es “indicativo”, es decir, no tiene fuerza de ley. May podría negarse a adoptar esa política, aunque gatillaría una crisis constitucional que podría terminar con su mandato que, de todas maneras, tiene los días, las semanas o los meses contados. Pero además no hay mucho tiempo para el debate y existe la posibilidad de que ninguna de estas opciones comande el apoyo de una mayoría parlamentaria. Pasó hace más de una década con la negociación para reformar la Cámara de los Lores: el parlamento estaba de acuerdo en su necesidad, pero no llegó a un consenso sobre qué vía adoptar.


La negociación inter-partidaria será fundamental para evitar una repetición de este fiasco que ahora tendría consecuencias mucho más devastadoras. En medio de esta selva, es cada vez más grande el peligro de que un error, un cortocircuito, un malentendido terminen consagrando una involuntaria salida sin acuerdo de la Unión Europea, el Hard Brexit, que busca el ala dura de los conservadores.

Por Marcelo Justo
Desde Londres

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Jueves, 21 Marzo 2019 09:29

Descarnado

Descarnado

Entre bloqueos económicos, instigación de sectores de la oposición política venezolana al levantamiento e insurrección social, desinformación, estímulo a la división y alzamiento de las fuerzas armadas y con ello a una guerra civil, saboteos de diverso tipo, aislamiento regional y global, confiscación y embargo de bienes en distintos países, ataque de los poderes económicos y políticos regionales en acción múltiple y simultánea, con ello y mucho más la comunidad internacional es testigo de cómo el intervencionismo abierto y descarnado de los Estados Unidos, el golpismo, está de regreso, método de control de sus intereses más sentidos a la vez que de castigo contra quienes no le siguen de manera acrítica en sus propósitos.


Es una acción que potencia y lleva al límite algunos de los errores cometidos por la conducción del gobierno y del Estado venezolano en dos décadas de dirección chavista, como no lograr darle una orientación de largo plazo al cúmulo de divisas recibidas en momentos de bonanza petrolera, erráticas de igual manera para neutralizar los reiterados ataques sufridos por la moneda venezolana y la especulación desatada con el dólar, así como reiterados y prolongados desatinos para neutralizar la espiral inflacionaria que sufre el país y que ha terminado por empobrecer a amplias capas de su sociedad, motivo de su creciente migración y aún sin límite.


Además, es innegable la incapacidad oficial para el dominio de la economía y la cosa pública que los llevó a confundir la típica redistribución de la renta petrolera, que siempre han tenido –en este caso, ahondada–, con la reorientación del modelo económico y del modelo estatal, de manera que la propiedad pública de los bienes estratégicos del país recayeran cada vez más en la sociedad como actora del proceso de cambio que dicen impulsar y defender, estimulando a la par el surgimiento de miles de medianas o grandes empresas a través de las cuales propiciaran la iniciativa productiva de la sociedad, su eficiencia y manejo ético, superando por esta vía la dependencia alimentaria y en otras áreas que ha caracterizado a Venezuela, fuente del desangre constante de divisas y del ahorro nacional. Igualmente, disminuir el Estado debió ser propósito constante, entregando cada vez más funciones de manera directa a la comunidad y al protagonismo colectivo, que es uno de los sentidos de toda revolución que pretenda trascender el capitalismo y que en esta experiencia no ha sido propósito ni de mediano ni de largo plazo.


El cambio tampoco se alcanza a percibir en la matriz petrolera que determina la economía del país, ahora ensanchada con el proyecto que cubre toda la franja del Orinoco, motivo de desprecio de las comunidades que allí habitan, así como del medio ambiente. Una creciente deuda externa, que quiebra la autonomía y la soberanía nacional, y disminuye la cohesión de fuerzas demandada por todo proceso de cambio, junto con una militarización de la sociedad, también suman como factores que abren compuertas para la filtración de los contrarios y sus avances en la acción golpista.


Son aquellos los errores que ahora cobran su precio, como lo cobra el hecho de no haber potenciado una fractura cultural que cuestionara la mentalidad consumista allí consolidada y asimismo fortaleciera la participación comunitaria, dándole espacio al pluralismo ideológico y político, cuestionando la idea de hegemonía partidista, el culto al líder y otro cúmulo de prácticas que en décadas pasadas han cobrado su precio en otros procesos sociales con pretensiones más profundas de transformación social.
Amparados o favorecidos por una sociedad que vive una dinámica de fraccionamiento interno, producto de ver menguadas sus condiciones de vida y de no haber encontrado los canales óptimos para liderar los procesos de cambio de que se habla desde el Gobierno, el intervencionismo encuentra canales para potenciar sus propósitos.


El intervencionismo es abierto, ahora con eco en tiempo real a través de diferentes medios de comunicación adscritos a la matriz dominante en el mundo, que es el regreso de la geopolítica del garrote, vigente en años anteriores –con gobiernos de “mejores maneras”– a través de métodos menos incruentos, como también lo atestiguó la comunidad internacional en los casos de acciones intervencionistas que dieron al traste con presidentes como Manuel Zelaya en Honduras (2009) y Fernando Lugo en Paraguay (2012).


Hoy se presenta una clara imposición de intereses y de la geopolítica de la fuerza, instigada en esta oportunidad, además, por la crisis del Imperio de las 50 estrellas y el ascenso de quien se proyecta como su sucesora, China, así como de Rusia, su par en cuanto a poder nuclear, quienes le plantan base en todas las agendas globales, así como en diferentes territorios. Estamos, por tanto, ante un tinglado de la crisis global, donde ganan los imperios y los pueblos pierden.


Memoria, pasado y presente


Como es sabido, el intervencionismo en contra de Venezuela no conoció sus primeras acciones en enero del año en curso sino que propició conspiraciones desde cuando Hugo Chávez fue ungido por primera vez por la sociedad venezolana para dirigir el gobierno de su país, la más recordada de las cuales fue el intento de golpe de 2002, encabezado por el presidente de Fedecámaras, Pedro Carmona, desde entonces protegido por el gobierno colombiano. “Guarimbas” –intentos de alzamiento social– de distinto calibre tuvieron escenario a lo largo de la década en curso.


La acción intervencionista en marcha, como la de ahora, viola todos los mandatos internacionales y tratados que convivencia firmados entre los países que integran la comunidad internacional reunida en Naciones Unidas, la cual reconoce la soberanía territorial, política, económica, etcétera, de todos y cada uno de los Estados-Nación admitidos como tales. Entre las normas estipuladas por el Derecho Internacional, se cuentan el respeto de la soberanía de cada uno de los Estados y el derecho de cada pueblo a resolver sus conflictos por cuenta propia.


En esta ocasión, la intromisión también tiene como actores a diversos gobiernos de la región, todos ellos marcados por la misma matriz ideológica y política, la misma de quien ahora habita la llamada Casa Blanca, envalentonado por su mayoritario dominio regional y continental, afanado por imponer y consolidar un claro hegemonismo neoliberal, que sin duda pretende más reformas y privatizaciones –si aún existe algo por privatizar– lesivas de los intereses de quienes habitan estos países, amén del absoluto control territorial de lo que es conocido como su “patio trasero”.


La iniciativa de dominio y control, coordinada, claramente planeada, deja al desnudo la conspiración en curso apenas Juan Guaidó se autoproclamó como presidente encargado de su país, al recibir inmediato reconocimiento de parte del gobierno de Donald Trump, seguido del tinglado presidencial de la mayoría de gobiernos de esta parte del mundo.


El pronto reconocimiento, en el caso del gobierno colombiano, es patético. Animado por la afinidad ideológica que encuentra con el poder que impidió que nuestro país trazara un camino propio desde hace mucho más de un siglo, y que en las últimas décadas estimula la intensificación de diversas guerras en el territorio (la de narcóticos y la del mal llamado Plan Colombia, entre ellas), el gobierno en cabeza de Iván Duque no deja de actuar como si fuera el “matón del barrio” ni de tildar a su par venezolano como dictador, no desaprovecha ocasión para llamar a los militares de aquel país a la desobediencia y al alzamiento –es decir, a la guerra civil–, propagandea a los cuatro vientos la pobreza y la crisis ajena como ‘argumento’ que permitiría allí la intervención internacional, estimula a la oposición de aquel país, entrega recursos de diverso tipo para la guerra política y psicológica en curso, en fin, conspira de manera abierta para que el golpe de Estado sea una realidad.


Todo esto, que ya era constancia en 2018 e incluso mucho antes, durante lo corrido de 2019 resaltó con más fuerza, día tras día, y el 22 y el 23 de febrero ganó más realce, a punto de que, por voluntad y decisión del grupo en el poder, decidieron ofrecer nuestro país como cabeza de playa para provocar un conflicto armado con Venezuela. Esta acción, amparada en una supuesta “ayuda humanitaria”, llevó al gobierno colombiano a disponer asesoría y transporte, además de protección, para que Juan Guaidó saliera de su país y participara el día 25 en la reunión del “Grupo de Lima”. Por fortuna para la vida de millones de connacionales, una provocación tras otra no trascendieron en confrontación armada abierta. Todas las opciones siguen sobre la mesa, repite Mike Pence en Bogotá, con eco de Guaidó.


Y todo esto, además de coincidencia con quien los utiliza como piezas en el concierto internacional, por unos dólares, como lo expuso el propio presidente Duque en días pasados:

 

Así que quiero que ustedes vean con claridad que si retorna la democracia y la esperanza a Venezuela se abrirá un mercado de más de siete mil millones de dólares que Colombia perdió por cuenta de los estragos de la tiranía (1).

Más claro no puede ser. No existe, por tanto, como de manera poco convincente palabrea Duque, amor ni respeto por la democracia, aquella máxima liberal que no cumplen de manera plena en casi ninguno de los países que la asumen como soporte de su régimen político, máxima que, por demás, está totalmente fracturada y ya no alcanza a soportar el edificio legal del capitalismo.


Estamos ante una convicción recubierta de intereses económicos, más que de respeto por unas ideas, lo que siempre ha orientado la política internacional de los Estados Unidos, así reafirmado en época del tristemente conocido Henry Kissinger, quien decía que “América Latina no es un problema de política exterior de Estados Unidos. Es una cuestión doméstica de nuestro país” (2), precepto fundado en la lapidaria “América para los americanos”, pronunciada en el siglo XIX, y que de nuevo repite el Imperio en los días que cursan como justificación para meterse en Venezuela, cuando dice que “el hemisferio occidental es ‘nuestra región’” (3). Propiedad, dominio y/o control que ahora, en tiempos de disminución de su poder global, es aún más imperioso y por el cual proyectan la extensión de sus estrategias de desestabilización y golpes de Estado más allá de Venezuela, incluyendo en tal agenda a Cuba, Bolivia e incluso Nicaragua –tan lejos de un proceso social alternativo– y cualquier otro país que se plantee agenda propia. No es de extrañar, por consiguiente, que, si ahora o dentro de unos pocos meses no prende la guerra en Venezuela, en poco tiempo sí la haya en otra parte de nuestra región. Son tiempos belicosos, no hay duda, más aún cuando las elecciones de 2020 obligan al sector que hoy domina en los Estados Unidos a desplegar todo tipo de estrategia para engañar incautos y multiplicar votos para su anhelada reelección.


¿Cuál democracia, entonces, defienden? La del capital, no hay duda, la de las ganancias para ellos, la del control y el sometimiento regional, la de que no hay competencia real entre empresarios sino rémoras pegadas al Estado que expide leyes de diverso tipo para beneficiarlos, la de la violencia y el sometimiento. Es obvia la instigación al golpe de Estado y el desprecio por la democracia efectiva, aquella que delega realmente en el pueblo la definición, la orientación y el control de los asuntos que hoy monopolizan el Estado y los gobiernos de turno, uno de los cuales despliega un libreto ya conocido, el de la Guerra Fría, liderada desde el alto gobierno estadounidense en su más reciente etapa por dos halcones de la más rancia estirpe: Mike Pompeo y Elliott Abrams, y que reproduce lo que se conoce por doquier como “Principios elementales de propaganda de guerra” (4):

“Nosotros no queremos la guerra” –dicen. El jefe de la diplomacia estadounidense, Mike Pompeo, nombró a Elliott Abrams como emisario para “restaurar la democracia” en Venezuela. “[…]. Hay muchas dimensiones sobre cómo podemos asistir a los venezolanos para lograr la democracia y vamos a ser responsables de liderar ese esfuerzo”, dijo Pompeo (5).
“El adversario es el único responsable de la guerra”. –En este caso y hasta ahora, de la intervención de los Estados Unidos en beneficio del pueblo venezolano, “al cual queremos librar del ‘usurpador’”.
“El enemigo tiene el rostro del demonio”. –Maduro, dictador, narcotraficante, asesino, causante de crímenes de lesa humanidad (6).
“Enmascarar los fines reales de la guerra, presentándolos como nobles causas”. –Queremos evitar la hambruna que padecen los venezolanos y la falta de medicamentos de todo tipo. Por ello llevamos “ayuda humanitaria”.
“El enemigo provoca atrocidades a propósito. Si nosotros cometemos errores, es involuntariamente”. El dictador niega lo básico a su pueblo, como la atención médica, lo que provoca la muerte de “miles” de niños y otras personas, además de que asesina a todo el que reclama democracia.
“El enemigo utiliza armas no autorizadas”. Etapa por desarrollarse.
“Nosotros sufrimos muy pocas pérdidas; las del enemigo son enormes”. Etapa por desarrollarse.
“Los artistas e intelectuales apoyan nuestra causa”. La prueba es el concierto desarrollado en la frontera con Cúcuta el pasado 22 de febrero.
“Nuestra causa tiene un carácter sagrado”. –La defensa de la democracia es prueba de ello.
“Los que ponen en duda la propaganda de guerra son unos traidores”.

 

La concreción de estos preceptos, con todas sus consecuencias, está en curso y depende de quienes reconocen que la soberanía de cada país es mandato sagrado para la paz local, regional y global, para que el despliegue de los mismos no logre sus pretensiones.

 

1. Duque, Iván. “Palabras pronunciadas en la inauguración de la 39 Feria internacional del calzado, marroquinería, insumos y tecnología”, 5 de febrero de 2019. Dijo, además, en aquella ocasión: “Y nosotros somos un país democrático que no tiene espíritu belicista pero que tiene firmeza para defender los principios. Y yo por eso, hoy les digo a ustedes que si logramos entre todos los países del continente el fin de la dictadura de Venezuela y si permitimos que Venezuela recupere las libertades y recupere la vocación empresarial y recupere el consumo, ahí tendremos también una gran oportunidad para Colombia./ Hoy me siento orgulloso como presidente de Colombia, de trabajar con otros presidentes para que retorne la libertad a Venezuela y haré todo lo que esté en mi poder para poder lograr esa transición que va a beneficiar a Colombia y al sector industrial y al sector de calzado y al sector de la industria fronteriza en nuestro país”.
2. Steinsleger, José. “Venezuela y la mafia humanitaria”, La Jornada, 20 de febrero de 2019.
3. Brooks, David, “Gobierno de EU justifica la intervención en Venezuela: es nuestra región, afirma”, La Jornada, 22 de febrero de 2019.
4. Morelli, Anne. Principios elementales de propaganda de guerra (utilizables en caso de guerra fría, caliente o tibia). Editorial Argitaletse Hiru, S.L., España, 2002”, p. 155.
5. Tele13, 25 de enero de 2019. http://www.t13.cl/noticia/mundo/ee.uu.-nombra-nuevo-emisario-restaurar-democracia-venezuela).
6. “Estados Unidos aseguró que Maduro es un ‘dictador’”, http://diariodelcauca.com.co/noticias/internacional/estados-unidos-aseguro-que-nicolas-maduro-es-un-dictador-492140.

Publicado enCrisis Venezuela
Viernes, 22 Marzo 2019 09:04

¿Tocar fondo... y seguir cavando?

Adriana Gómez,  en la serie “Asombrados” (Cortesía de la autora)

“Lo peor no ha llegado mientras pueda decirse: ‘Esto es lo peor’”. Estos días, la diplomacia francesa nos recuerda ese verso de El rey Lear. Al finalizar el quinquenio de François Hollande, creíamos haber tocado fondo (1); algunos predecían incluso un arranque de orgullo. Después de todo, ya que Estados Unidos expresaba su soberano desprecio hacia las capitales europeas, su deseo de liberarse de las obligaciones del tratado de la Alianza Atlántica, ¿por qué no aprovechar la ocasión para abandonar la OTAN, renunciar a la política de sanciones contra Moscú e imaginar la cooperación europea “del Atlántico a los Urales” con la que soñaba el general De Gaulle hace sesenta años? ¡Libres, finalmente, de la tutela estadounidense, y adultos!


Intervencionismo


Ratificando la autoproclamación de Juan Guaidó como jefe interino del Estado venezolano, con el pretexto de una vacante en la Presidencia que sólo existe en su imaginación, París se puso una vez más a disposición de la Casa Blanca y dio su aval a lo que se asemeja a un golpe de Estado. La situación en Venezuela es dramática: inflación galopante, subalimentación, prevaricación, sanciones, violencia (2). También lo es porque una solución política choca actualmente con la sensación de que cualquiera que se subleve contra el poder, o pierda el poder, corre el riesgo de terminar tras las rejas. ¿Cómo pretender que los dirigentes venezolanos no tengan en mente el caso del ex presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, inhabilitado para presentarse como candidato en una elección presidencial que probablemente habría ganado, y condenado a veinticuatro años de prisión?


La decisión de Francia infringe la regla que establece que París reconozca Estados, no regímenes. Al mismo tiempo, conduce también a Emmanuel Macron a fomentar la política incendiaria de Estados Unidos, ya que la proclamación de Guaidó fue inspirada por los hombres más peligrosos de la administración Trump, como John Bolton y Elliott Abrams (véase el artículo de Eric Alterman, página 20). Por lo demás, nadie ignora que el vicepresidente estadounidense Michael Pence informó a Guaidó que Estados Unidos lo reconocería... la víspera del día en que se proclamó jefe de Estado (3).


El 24 de enero pasado, Macron exigió “la restauración de la democracia en Venezuela”. Cuatro días más tarde, llegaba alegremente a El Cairo, muy decidido a venderle algunas armas más al presidente egipcio Abdel Fatah al-Sisi, autor de un golpe de Estado seguido inmediatamente por el encarcelamiento de 60.000 opositores políticos y la condena a muerte de su predecesor libremente elegido. En materia de política exterior que pretende ser virtuosa, ¿puede hacerse algo peor?

 

1. Véase Dominique de Villepin, “Francia gesticula… pero no dice nada”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, diciembre de 2014.
2. Véase Renaud Lambert, “Contrarrevolución en la contrarrevolución”, y Temir Porras Ponceleón, “Venezuela en un callejón sin salida”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, diciembre de 2016 y noviembre de 2018, respectivamente.
3. Véase Jessica Donati, Vivian Salama y Ian Talley, “Trump sees Maduro move as first shot in wider battle”, The Wall Street Journal, Nueva York, 30-1-19.

*Director de Le Monde diplomatique.
Traducción: Gustavo Recalde

 

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Verona, Escultura (Cortesía del autor)

Es bien conocida la anécdota que dice que Lenin bailó sobre la nieve cuando la revolución rusa superó los 70 días en el poder, igualando la marca de la Comuna de París, casi medio siglo atrás. Ahora que sabemos cómo han terminado estas historias, me refiero a las grandes revoluciones, desde la francesa hasta la china, pasando por todas las demás, podemos preguntarnos: ¿qué habría que celebrar hoy?


Sin duda, debemos celebrar que los obreros y los campesinos hayan sido capaces de vencer a fuerzas muy superiores, mostrando en medio mundo que sí se puede, que es posible incluso derrotar al ejército más poderoso del mundo, como hicieron los vietnamitas. Como le espetaron los militares del pequeño país asiático a sus pares yanquis, el triunfo no tuvo ninguna relación ni con las armas ni con la capacidad de ganar batallas, sino con algo mucho más importante: la legitimidad ante el pueblo, que es en definitiva quien despliega las energías capaces de dar al traste con los dominadores.


En su última reflexión sobre Venezuela, Roland Denis sostiene que se trata de una “guerra de bandas de interés”, de carácter mafioso, y que los subalternos deben salir de esa terrible dicotomía para transitar un camino propio. Sabe de qué habla, porque estuvo dentro del proceso durante algunos años y es un atento seguidor de lo que sucede en su país, siempre desde una mirada de abajo y de izquierda.


Sin embargo, la tarea que propone es harto compleja, ya que el nivel de polarización existente –desde hace ya muchos años- impide romper el binarismo que está tornando imposible el protagonismo popular. La guerra que se avecina, y que ojalá sea posible frenar, es entre milicos, entre los favorables al imperio y los que defienden sus pequeños privilegios. En suma, una guerra entre mafias como apunta Denis.


Aunque comparto las iniciativas urgentes nacidas en Venezuela para frenar la guerra, entre cuyos promotores encuentro amigos y compañeros, creo que hace falta además levantar la mirada y sacar alguna conclusión sobre este desastre llamado “socialismo del siglo XXI”. Aunque sea breve y algo esquemático, ahí van algunas razones.


La primera es cuestionar la obsesión de la inmensa mayoría de las izquierdas con el poder estatal. Un siglo de fracasos desde la cúspide del Estado deberían llevarnos a algo más serio que cuestionar “errores” de tal o cual dirigente. Lo que falla es algo de carácter estructural, que a mi modo de ver consiste en creer que el Estado puede ser un aliado en la construcción de un mundo nuevo, o sea, de relaciones sociales no capitalistas. En ningún lugar funcionó esta propuesta y, a lo sumo, el Estado habilitó el nacimiento de nuevas clases dominantes.


La segunda es que si las culturas no cambian antes de conquistar el poder, no lo harán desde arriba. Una cultura no se modifica a base de decretos, por más bien intencionados que sean. Pero las culturas, me refiero al caudillismo, al patriarcado, al consumismo y, en Venezuela, al rentismo, sólo se modifican en tiempos largos. Tomar el poder es el mejor camino para atornillar las viejas culturas, no para moverlas.


La tercera es consecuencia de las dos anteriores: los cambios en un sentido emancipador y anticapitalista se procesan abajo, en los barrios y pueblos donde viven y trabajan los sectores populares. Es ahí donde la gente común puede mover las relaciones coloniales/patriarcales/capitalistas. Para ello, además de tiempo hacen falta activistas que trabajen en relación de interioridad, como lo hace la levadura en el seno de la harina, sin pretender dirigir ni construir “bases” fieles. Todo lo contrario de lo que viene haciendo el ego patriarcal revolucionario.


Quien quiera algo más contundente, seguirá armando vanguardias que con el tiempo y el poder se convertirán en nuevas burguesías. Mientras hacemos todo esto, debemos oponernos a la intervención yanqui en Venezuela, defendiendo su soberanía, sin confiar un pelo en los ocupantes del Palacio de Miraflores.

Publicado enCrisis Venezuela
Martes, 19 Marzo 2019 11:02

¿Tocar fondo... y seguir cavando?

Adriana Gómez,  en la serie “Asombrados” (Cortesía de la autora)

“Lo peor no ha llegado mientras pueda decirse: ‘Esto es lo peor’”. Estos días, la diplomacia francesa nos recuerda ese verso de El rey Lear. Al finalizar el quinquenio de François Hollande, creíamos haber tocado fondo (1); algunos predecían incluso un arranque de orgullo. Después de todo, ya que Estados Unidos expresaba su soberano desprecio hacia las capitales europeas, su deseo de liberarse de las obligaciones del tratado de la Alianza Atlántica, ¿por qué no aprovechar la ocasión para abandonar la OTAN, renunciar a la política de sanciones contra Moscú e imaginar la cooperación europea “del Atlántico a los Urales” con la que soñaba el general De Gaulle hace sesenta años? ¡Libres, finalmente, de la tutela estadounidense, y adultos!


Intervencionismo


Ratificando la autoproclamación de Juan Guaidó como jefe interino del Estado venezolano, con el pretexto de una vacante en la Presidencia que sólo existe en su imaginación, París se puso una vez más a disposición de la Casa Blanca y dio su aval a lo que se asemeja a un golpe de Estado. La situación en Venezuela es dramática: inflación galopante, subalimentación, prevaricación, sanciones, violencia (2). También lo es porque una solución política choca actualmente con la sensación de que cualquiera que se subleve contra el poder, o pierda el poder, corre el riesgo de terminar tras las rejas. ¿Cómo pretender que los dirigentes venezolanos no tengan en mente el caso del ex presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, inhabilitado para presentarse como candidato en una elección presidencial que probablemente habría ganado, y condenado a veinticuatro años de prisión?


La decisión de Francia infringe la regla que establece que París reconozca Estados, no regímenes. Al mismo tiempo, conduce también a Emmanuel Macron a fomentar la política incendiaria de Estados Unidos, ya que la proclamación de Guaidó fue inspirada por los hombres más peligrosos de la administración Trump, como John Bolton y Elliott Abrams (véase el artículo de Eric Alterman, página 20). Por lo demás, nadie ignora que el vicepresidente estadounidense Michael Pence informó a Guaidó que Estados Unidos lo reconocería... la víspera del día en que se proclamó jefe de Estado (3).


El 24 de enero pasado, Macron exigió “la restauración de la democracia en Venezuela”. Cuatro días más tarde, llegaba alegremente a El Cairo, muy decidido a venderle algunas armas más al presidente egipcio Abdel Fatah al-Sisi, autor de un golpe de Estado seguido inmediatamente por el encarcelamiento de 60.000 opositores políticos y la condena a muerte de su predecesor libremente elegido. En materia de política exterior que pretende ser virtuosa, ¿puede hacerse algo peor?

 

1. Véase Dominique de Villepin, “Francia gesticula… pero no dice nada”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, diciembre de 2014.
2. Véase Renaud Lambert, “Contrarrevolución en la contrarrevolución”, y Temir Porras Ponceleón, “Venezuela en un callejón sin salida”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, diciembre de 2016 y noviembre de 2018, respectivamente.
3. Véase Jessica Donati, Vivian Salama y Ian Talley, “Trump sees Maduro move as first shot in wider battle”, The Wall Street Journal, Nueva York, 30-1-19.

*Director de Le Monde diplomatique.
Traducción: Gustavo Recalde

Verona, Escultura

Es bien conocida la anécdota que dice que Lenin bailó sobre la nieve cuando la revolución rusa superó los 70 días en el poder, igualando la marca de la Comuna de París, casi medio siglo atrás. Ahora que sabemos cómo han terminado estas historias, me refiero a las grandes revoluciones, desde la francesa hasta la china, pasando por todas las demás, podemos preguntarnos: ¿qué habría que celebrar hoy?


Sin duda, debemos celebrar que los obreros y los campesinos hayan sido capaces de vencer a fuerzas muy superiores, mostrando en medio mundo que sí se puede, que es posible incluso derrotar al ejército más poderoso del mundo, como hicieron los vietnamitas. Como le espetaron los militares del pequeño país asiático a sus pares yanquis, el triunfo no tuvo ninguna relación ni con las armas ni con la capacidad de ganar batallas, sino con algo mucho más importante: la legitimidad ante el pueblo, que es en definitiva quien despliega las energías capaces de dar al traste con los dominadores.


En su última reflexión sobre Venezuela, Roland Denis sostiene que se trata de una “guerra de bandas de interés”, de carácter mafioso, y que los subalternos deben salir de esa terrible dicotomía para transitar un camino propio. Sabe de qué habla, porque estuvo dentro del proceso durante algunos años y es un atento seguidor de lo que sucede en su país, siempre desde una mirada de abajo y de izquierda.


Sin embargo, la tarea que propone es harto compleja, ya que el nivel de polarización existente –desde hace ya muchos años- impide romper el binarismo que está tornando imposible el protagonismo popular. La guerra que se avecina, y que ojalá sea posible frenar, es entre milicos, entre los favorables al imperio y los que defienden sus pequeños privilegios. En suma, una guerra entre mafias como apunta Denis.


Aunque comparto las iniciativas urgentes nacidas en Venezuela para frenar la guerra, entre cuyos promotores encuentro amigos y compañeros, creo que hace falta además levantar la mirada y sacar alguna conclusión sobre este desastre llamado “socialismo del siglo XXI”. Aunque sea breve y algo esquemático, ahí van algunas razones.


La primera es cuestionar la obsesión de la inmensa mayoría de las izquierdas con el poder estatal. Un siglo de fracasos desde la cúspide del Estado deberían llevarnos a algo más serio que cuestionar “errores” de tal o cual dirigente. Lo que falla es algo de carácter estructural, que a mi modo de ver consiste en creer que el Estado puede ser un aliado en la construcción de un mundo nuevo, o sea, de relaciones sociales no capitalistas. En ningún lugar funcionó esta propuesta y, a lo sumo, el Estado habilitó el nacimiento de nuevas clases dominantes.


La segunda es que si las culturas no cambian antes de conquistar el poder, no lo harán desde arriba. Una cultura no se modifica a base de decretos, por más bien intencionados que sean. Pero las culturas, me refiero al caudillismo, al patriarcado, al consumismo y, en Venezuela, al rentismo, sólo se modifican en tiempos largos. Tomar el poder es el mejor camino para atornillar las viejas culturas, no para moverlas.


La tercera es consecuencia de las dos anteriores: los cambios en un sentido emancipador y anticapitalista se procesan abajo, en los barrios y pueblos donde viven y trabajan los sectores populares. Es ahí donde la gente común puede mover las relaciones coloniales/patriarcales/capitalistas. Para ello, además de tiempo hacen falta activistas que trabajen en relación de interioridad, como lo hace la levadura en el seno de la harina, sin pretender dirigir ni construir “bases” fieles. Todo lo contrario de lo que viene haciendo el ego patriarcal revolucionario.


Quien quiera algo más contundente, seguirá armando vanguardias que con el tiempo y el poder se convertirán en nuevas burguesías. Mientras hacemos todo esto, debemos oponernos a la intervención yanqui en Venezuela, defendiendo su soberanía, sin confiar un pelo en los ocupantes del Palacio de Miraflores.

Martes, 19 Marzo 2019 10:41

Descarnado

Descarnado

Entre bloqueos económicos, instigación de sectores de la oposición política venezolana al levantamiento e insurrección social, desinformación, estímulo a la división y alzamiento de las fuerzas armadas y con ello a una guerra civil, saboteos de diverso tipo, aislamiento regional y global, confiscación y embargo de bienes en distintos países, ataque de los poderes económicos y políticos regionales en acción múltiple y simultánea, con ello y mucho más la comunidad internacional es testigo de cómo el intervencionismo abierto y descarnado de los Estados Unidos, el golpismo, está de regreso, método de control de sus intereses más sentidos a la vez que de castigo contra quienes no le siguen de manera acrítica en sus propósitos.


Es una acción que potencia y lleva al límite algunos de los errores cometidos por la conducción del gobierno y del Estado venezolano en dos décadas de dirección chavista, como no lograr darle una orientación de largo plazo al cúmulo de divisas recibidas en momentos de bonanza petrolera, erráticas de igual manera para neutralizar los reiterados ataques sufridos por la moneda venezolana y la especulación desatada con el dólar, así como reiterados y prolongados desatinos para neutralizar la espiral inflacionaria que sufre el país y que ha terminado por empobrecer a amplias capas de su sociedad, motivo de su creciente migración y aún sin límite.


Además, es innegable la incapacidad oficial para el dominio de la economía y la cosa pública que los llevó a confundir la típica redistribución de la renta petrolera, que siempre han tenido –en este caso, ahondada–, con la reorientación del modelo económico y del modelo estatal, de manera que la propiedad pública de los bienes estratégicos del país recayeran cada vez más en la sociedad como actora del proceso de cambio que dicen impulsar y defender, estimulando a la par el surgimiento de miles de medianas o grandes empresas a través de las cuales propiciaran la iniciativa productiva de la sociedad, su eficiencia y manejo ético, superando por esta vía la dependencia alimentaria y en otras áreas que ha caracterizado a Venezuela, fuente del desangre constante de divisas y del ahorro nacional. Igualmente, disminuir el Estado debió ser propósito constante, entregando cada vez más funciones de manera directa a la comunidad y al protagonismo colectivo, que es uno de los sentidos de toda revolución que pretenda trascender el capitalismo y que en esta experiencia no ha sido propósito ni de mediano ni de largo plazo.


El cambio tampoco se alcanza a percibir en la matriz petrolera que determina la economía del país, ahora ensanchada con el proyecto que cubre toda la franja del Orinoco, motivo de desprecio de las comunidades que allí habitan, así como del medio ambiente. Una creciente deuda externa, que quiebra la autonomía y la soberanía nacional, y disminuye la cohesión de fuerzas demandada por todo proceso de cambio, junto con una militarización de la sociedad, también suman como factores que abren compuertas para la filtración de los contrarios y sus avances en la acción golpista.


Son aquellos los errores que ahora cobran su precio, como lo cobra el hecho de no haber potenciado una fractura cultural que cuestionara la mentalidad consumista allí consolidada y asimismo fortaleciera la participación comunitaria, dándole espacio al pluralismo ideológico y político, cuestionando la idea de hegemonía partidista, el culto al líder y otro cúmulo de prácticas que en décadas pasadas han cobrado su precio en otros procesos sociales con pretensiones más profundas de transformación social.
Amparados o favorecidos por una sociedad que vive una dinámica de fraccionamiento interno, producto de ver menguadas sus condiciones de vida y de no haber encontrado los canales óptimos para liderar los procesos de cambio de que se habla desde el Gobierno, el intervencionismo encuentra canales para potenciar sus propósitos.


El intervencionismo es abierto, ahora con eco en tiempo real a través de diferentes medios de comunicación adscritos a la matriz dominante en el mundo, que es el regreso de la geopolítica del garrote, vigente en años anteriores –con gobiernos de “mejores maneras”– a través de métodos menos incruentos, como también lo atestiguó la comunidad internacional en los casos de acciones intervencionistas que dieron al traste con presidentes como Manuel Zelaya en Honduras (2009) y Fernando Lugo en Paraguay (2012).


Hoy se presenta una clara imposición de intereses y de la geopolítica de la fuerza, instigada en esta oportunidad, además, por la crisis del Imperio de las 50 estrellas y el ascenso de quien se proyecta como su sucesora, China, así como de Rusia, su par en cuanto a poder nuclear, quienes le plantan base en todas las agendas globales, así como en diferentes territorios. Estamos, por tanto, ante un tinglado de la crisis global, donde ganan los imperios y los pueblos pierden.


Memoria, pasado y presente


Como es sabido, el intervencionismo en contra de Venezuela no conoció sus primeras acciones en enero del año en curso sino que propició conspiraciones desde cuando Hugo Chávez fue ungido por primera vez por la sociedad venezolana para dirigir el gobierno de su país, la más recordada de las cuales fue el intento de golpe de 2002, encabezado por el presidente de Fedecámaras, Pedro Carmona, desde entonces protegido por el gobierno colombiano. “Guarimbas” –intentos de alzamiento social– de distinto calibre tuvieron escenario a lo largo de la década en curso.


La acción intervencionista en marcha, como la de ahora, viola todos los mandatos internacionales y tratados que convivencia firmados entre los países que integran la comunidad internacional reunida en Naciones Unidas, la cual reconoce la soberanía territorial, política, económica, etcétera, de todos y cada uno de los Estados-Nación admitidos como tales. Entre las normas estipuladas por el Derecho Internacional, se cuentan el respeto de la soberanía de cada uno de los Estados y el derecho de cada pueblo a resolver sus conflictos por cuenta propia.


En esta ocasión, la intromisión también tiene como actores a diversos gobiernos de la región, todos ellos marcados por la misma matriz ideológica y política, la misma de quien ahora habita la llamada Casa Blanca, envalentonado por su mayoritario dominio regional y continental, afanado por imponer y consolidar un claro hegemonismo neoliberal, que sin duda pretende más reformas y privatizaciones –si aún existe algo por privatizar– lesivas de los intereses de quienes habitan estos países, amén del absoluto control territorial de lo que es conocido como su “patio trasero”.


La iniciativa de dominio y control, coordinada, claramente planeada, deja al desnudo la conspiración en curso apenas Juan Guaidó se autoproclamó como presidente encargado de su país, al recibir inmediato reconocimiento de parte del gobierno de Donald Trump, seguido del tinglado presidencial de la mayoría de gobiernos de esta parte del mundo.


El pronto reconocimiento, en el caso del gobierno colombiano, es patético. Animado por la afinidad ideológica que encuentra con el poder que impidió que nuestro país trazara un camino propio desde hace mucho más de un siglo, y que en las últimas décadas estimula la intensificación de diversas guerras en el territorio (la de narcóticos y la del mal llamado Plan Colombia, entre ellas), el gobierno en cabeza de Iván Duque no deja de actuar como si fuera el “matón del barrio” ni de tildar a su par venezolano como dictador, no desaprovecha ocasión para llamar a los militares de aquel país a la desobediencia y al alzamiento –es decir, a la guerra civil–, propagandea a los cuatro vientos la pobreza y la crisis ajena como ‘argumento’ que permitiría allí la intervención internacional, estimula a la oposición de aquel país, entrega recursos de diverso tipo para la guerra política y psicológica en curso, en fin, conspira de manera abierta para que el golpe de Estado sea una realidad.


Todo esto, que ya era constancia en 2018 e incluso mucho antes, durante lo corrido de 2019 resaltó con más fuerza, día tras día, y el 22 y el 23 de febrero ganó más realce, a punto de que, por voluntad y decisión del grupo en el poder, decidieron ofrecer nuestro país como cabeza de playa para provocar un conflicto armado con Venezuela. Esta acción, amparada en una supuesta “ayuda humanitaria”, llevó al gobierno colombiano a disponer asesoría y transporte, además de protección, para que Juan Guaidó saliera de su país y participara el día 25 en la reunión del “Grupo de Lima”. Por fortuna para la vida de millones de connacionales, una provocación tras otra no trascendieron en confrontación armada abierta. Todas las opciones siguen sobre la mesa, repite Mike Pence en Bogotá, con eco de Guaidó.


Y todo esto, además de coincidencia con quien los utiliza como piezas en el concierto internacional, por unos dólares, como lo expuso el propio presidente Duque en días pasados:

 

Así que quiero que ustedes vean con claridad que si retorna la democracia y la esperanza a Venezuela se abrirá un mercado de más de siete mil millones de dólares que Colombia perdió por cuenta de los estragos de la tiranía (1).

Más claro no puede ser. No existe, por tanto, como de manera poco convincente palabrea Duque, amor ni respeto por la democracia, aquella máxima liberal que no cumplen de manera plena en casi ninguno de los países que la asumen como soporte de su régimen político, máxima que, por demás, está totalmente fracturada y ya no alcanza a soportar el edificio legal del capitalismo.


Estamos ante una convicción recubierta de intereses económicos, más que de respeto por unas ideas, lo que siempre ha orientado la política internacional de los Estados Unidos, así reafirmado en época del tristemente conocido Henry Kissinger, quien decía que “América Latina no es un problema de política exterior de Estados Unidos. Es una cuestión doméstica de nuestro país” (2), precepto fundado en la lapidaria “América para los americanos”, pronunciada en el siglo XIX, y que de nuevo repite el Imperio en los días que cursan como justificación para meterse en Venezuela, cuando dice que “el hemisferio occidental es ‘nuestra región’” (3). Propiedad, dominio y/o control que ahora, en tiempos de disminución de su poder global, es aún más imperioso y por el cual proyectan la extensión de sus estrategias de desestabilización y golpes de Estado más allá de Venezuela, incluyendo en tal agenda a Cuba, Bolivia e incluso Nicaragua –tan lejos de un proceso social alternativo– y cualquier otro país que se plantee agenda propia. No es de extrañar, por consiguiente, que, si ahora o dentro de unos pocos meses no prende la guerra en Venezuela, en poco tiempo sí la haya en otra parte de nuestra región. Son tiempos belicosos, no hay duda, más aún cuando las elecciones de 2020 obligan al sector que hoy domina en los Estados Unidos a desplegar todo tipo de estrategia para engañar incautos y multiplicar votos para su anhelada reelección.


¿Cuál democracia, entonces, defienden? La del capital, no hay duda, la de las ganancias para ellos, la del control y el sometimiento regional, la de que no hay competencia real entre empresarios sino rémoras pegadas al Estado que expide leyes de diverso tipo para beneficiarlos, la de la violencia y el sometimiento. Es obvia la instigación al golpe de Estado y el desprecio por la democracia efectiva, aquella que delega realmente en el pueblo la definición, la orientación y el control de los asuntos que hoy monopolizan el Estado y los gobiernos de turno, uno de los cuales despliega un libreto ya conocido, el de la Guerra Fría, liderada desde el alto gobierno estadounidense en su más reciente etapa por dos halcones de la más rancia estirpe: Mike Pompeo y Elliott Abrams, y que reproduce lo que se conoce por doquier como “Principios elementales de propaganda de guerra” (4):

“Nosotros no queremos la guerra” –dicen. El jefe de la diplomacia estadounidense, Mike Pompeo, nombró a Elliott Abrams como emisario para “restaurar la democracia” en Venezuela. “[…]. Hay muchas dimensiones sobre cómo podemos asistir a los venezolanos para lograr la democracia y vamos a ser responsables de liderar ese esfuerzo”, dijo Pompeo (5).
“El adversario es el único responsable de la guerra”. –En este caso y hasta ahora, de la intervención de los Estados Unidos en beneficio del pueblo venezolano, “al cual queremos librar del ‘usurpador’”.
“El enemigo tiene el rostro del demonio”. –Maduro, dictador, narcotraficante, asesino, causante de crímenes de lesa humanidad (6).
“Enmascarar los fines reales de la guerra, presentándolos como nobles causas”. –Queremos evitar la hambruna que padecen los venezolanos y la falta de medicamentos de todo tipo. Por ello llevamos “ayuda humanitaria”.
“El enemigo provoca atrocidades a propósito. Si nosotros cometemos errores, es involuntariamente”. El dictador niega lo básico a su pueblo, como la atención médica, lo que provoca la muerte de “miles” de niños y otras personas, además de que asesina a todo el que reclama democracia.
“El enemigo utiliza armas no autorizadas”. Etapa por desarrollarse.
“Nosotros sufrimos muy pocas pérdidas; las del enemigo son enormes”. Etapa por desarrollarse.
“Los artistas e intelectuales apoyan nuestra causa”. La prueba es el concierto desarrollado en la frontera con Cúcuta el pasado 22 de febrero.
“Nuestra causa tiene un carácter sagrado”. –La defensa de la democracia es prueba de ello.
“Los que ponen en duda la propaganda de guerra son unos traidores”.

 

La concreción de estos preceptos, con todas sus consecuencias, está en curso y depende de quienes reconocen que la soberanía de cada país es mandato sagrado para la paz local, regional y global, para que el despliegue de los mismos no logre sus pretensiones.

 

1. Duque, Iván. “Palabras pronunciadas en la inauguración de la 39 Feria internacional del calzado, marroquinería, insumos y tecnología”, 5 de febrero de 2019. Dijo, además, en aquella ocasión: “Y nosotros somos un país democrático que no tiene espíritu belicista pero que tiene firmeza para defender los principios. Y yo por eso, hoy les digo a ustedes que si logramos entre todos los países del continente el fin de la dictadura de Venezuela y si permitimos que Venezuela recupere las libertades y recupere la vocación empresarial y recupere el consumo, ahí tendremos también una gran oportunidad para Colombia./ Hoy me siento orgulloso como presidente de Colombia, de trabajar con otros presidentes para que retorne la libertad a Venezuela y haré todo lo que esté en mi poder para poder lograr esa transición que va a beneficiar a Colombia y al sector industrial y al sector de calzado y al sector de la industria fronteriza en nuestro país”.
2. Steinsleger, José. “Venezuela y la mafia humanitaria”, La Jornada, 20 de febrero de 2019.
3. Brooks, David, “Gobierno de EU justifica la intervención en Venezuela: es nuestra región, afirma”, La Jornada, 22 de febrero de 2019.
4. Morelli, Anne. Principios elementales de propaganda de guerra (utilizables en caso de guerra fría, caliente o tibia). Editorial Argitaletse Hiru, S.L., España, 2002”, p. 155.
5. Tele13, 25 de enero de 2019. http://www.t13.cl/noticia/mundo/ee.uu.-nombra-nuevo-emisario-restaurar-democracia-venezuela).
6. “Estados Unidos aseguró que Maduro es un ‘dictador’”, http://diariodelcauca.com.co/noticias/internacional/estados-unidos-aseguro-que-nicolas-maduro-es-un-dictador-492140.

El rápido ascenso de China como un nuevo centro de acumulación de capital ha aumentado el conflicto con los Estados Unidos. Ashley Smith, de ISR, entrevistó al activista y académico Au Loong Yu sobre la naturaleza de la emergencia de China como un nuevo poder imperial y sobre qué significa para el sistema-mundo.

El rápido ascenso de China como un nuevo centro de acumulación de capital ha aumentado el conflicto con los Estados Unidos. Ashley Smith, de ISR, entrevistó al activista y académico Au Loong Yu sobre la naturaleza de la emergencia de China como un nuevo poder imperial y sobre qué significa para el sistema-mundo.


Uno de los más importantes desarrollos en el sistema-mundo de las últimas décadas ha sido el ascenso de China como nuevo poder en el sistema-mundo. ¿Cómo ha ocurrido esto?


El crecimiento de China es el resultado de una combinación de factores desde su reorientación en la producción dentro del capitalismo global en la década de 1980. Primero, en contraste con el bloque soviético, China encontró un camino para beneficiarse, con un giro de ironía histórica, de su legado colonial. Gran Bretaña controló Hong Kong hasta 1997, Portugal controló Macau hasta 1999 y los EE. UU. continúan usando Taiwán como un protectorado.


Estas colonias y protectorados conectaron a China con la economía-mundo incluso antes de su entrada total dentro del sistema-mundo. En la era de Mao, Hong Kong proveyó alrededor de un tercio de la moneda extranjera de China. Sin Hong Kong, China no habría sido capaz de importar tanta tecnología. Tras el final de la Guerra Fría, durante el mandato de Deng Xiaoping, Hong Kong fue muy importante para la modernización de China. Deng usó Hong Kong para conseguir mayor acceso aún a moneda extranjera, para importar todo tipo de cosas, incluyendo alta tecnología, y tomar ventaja de su fuerza de trabajo cualificada, como directivos profesionales.


China usó Macau primero como un sitio ideal para contrabando de bienes dentro de la China continental, aprovechando la notoria falta de aplicación legal de la isla. Y así China utilizó la Casino City como plataforma ideal para la importación y exportación de capital. Taiwán fue muy importante no solo en términos de inversiones de capital, sino que más significativa en la larga carrera fue su transferencia de tecnología, primera y principalmente en la industria de semiconductores. Los inversores hongkoneses y taiwaneses fueron también una de las razones clave para el rápido crecimiento de las privincias chinas de Jiangsu, Fujian y Guandong.


Segundo, China poseía lo que el revolucionario ruso Leon Trotsky llamó el «privilegio del atraso histórico». El Partido Comunista de Mao se valió de su pasado como país precapitalista, una herencia de fuerte estado absolutista que podría reutilizar y usar para su propio proyecto nacional de desarrollo económico. También se valió de un campesinado precapitalista atomizado, el cual estaba acostumbrado a un absolutismo de dos mil años, para exprimir trabajo de ellos en una así llamada acumulación primitiva desde 1949 hasta la década de 1970.

Más tarde, desde la década de los ochenta en adelante, el Estado chino movió su fuerza de trabajo del campo a las grandes ciudades para trabajar como mano de obra barata en zonas de exportación. Crearon casi 300 millones de trabajadores rurales migrantes como esclavos en fábricas altamente explotadoras. Así, el atraso del estado absolutista chino y de sus relaciones de clase ofrecieron a la clase dominante china ventajas para desarrollar un capitalismo tanto estatal como privado.


Este atraso de China también hizo posible que se saltara etapas de desarrollo reemplazando medios y métodos de desarrollo arcaicos por los capitalistas avanzados. Un buen ejemplo de esto es la adopción de China de alta tecnología en telecomunicaciones. En lugar de seguir cada paso de las sociedades capitalistas avanzadas, comenzando con el uso de líneas telefónicas para comunicación en línea, instaló cable de fibra óptica a través del país casi al mismo tiempo.


El liderazgo chino estaba muy interesado en modernizar su economía. Por un lado, por razones defensivas, buscaban asegurarse que el país no fuera invadido ni colonizado como cien años atrás. Por otro, por razones ofensivas, el Partido Comunista busca restaurar su estatus como gran potencia, reanuadando el así llamado mandato celestial. Como resultado de todos estos factores, China ha logrado la modernización capitalista que tomó cien años en otros países.


China es ahora la segunda economía más grande en el mundo. Pero esto es contradictorio. Por un lado, muchas de las multinacionales son responsables de su propio crecimiento, ya sea directamente o a través de subcontrataciones de firmas taiwanesas o chinas. Por el otro, China está desarrollando rápidamente su propia industria como campeones nacionales en el sector estatal y privado. ¿Cuáles son sus fortalezas y sus debilidades?


En mi libro China’s Rise, digo que China tiene dos dimensiones de desarrollo capitalista. Una es lo que llamo acumulación dependiente. El capital extranjero avanzado ha invertido enormes sumas de dinero a lo largo de los últimos treinta años inicialmente en industrias de trabajo intensivo y más recientemente en las de capital intensivo. Esto desarrolló a China pero la mantuvo al final de la cadena global de valor, incluida la alta tecnología, como la terrible fábrica mundial. El capital chino recaudó una pequeña parte del beneficio, yendo la mayoría a EE. UU., Europa, Japón y otras potencias capitalistas avanzadas y sus multinacionales. El mejor ejemplo de esto es el teléfono móvil de Apple. China simplemente ensambla todas las partes, las cuales son en su mayoría diseñadas y fabricadas fuera del país.


Pero hay una segunda dimensión, la acumulación autónoma. Desde el comienzo el estado ha ido concienzudamente guiando la economía, financiando investigación y desarrollo y manteniendo un control indirecto sobre el sector privado, el cual da cuenta ahora de más del 50% del PIB. En los puestos de mando de la economía, el estado mantiene el control a través de las empresas de propiedad estatal. Y el estado está realizando sistemáticamente ingeniería inversa para copiar le tecnología occidental y desarrollar así sus propias industrias.
China tiene otras ventajas que otros países no tienen; es enorme, no solo en dimensiones del territorio, sino también en poblacion. Desde la década de 1990, China ha sido capaz de tener una división del trabajo en tres partes del país. Guandong es una zona de exportaciones de trabajo intensivo. El delta Zhejiang está también orientado a la exportación, pero más de capital extensivo. Alrededor de Pekín, China ha desarrollado su industria de alta tecnología, comunicación y aviación. Esta diversificación es parte de la estrategia a conciencia del estado para desarrollarse como una potencia económica.


Al mismo tiempo, China sufre de debilidades también. Si miras su PIB, China tiene el segundo más grande en el mundo. Pero si mides su PIB per cápita, sigue siendo un país de ingresos medios. Se ven también debilidades incluso en areas donde está alcanzando a potencias capitalistas. Por ejemplo, el teléfono móvil Huawei, el cual es ahora una marca mundial, fue desarrollado no solo por propios científicos chinos, sino también contratando científicos japoneses. Esto muestra que China fue y sigue siendo dependiente de recursos humanos extranjeros para investigación y desarrollo.


Otro ejemplo de debilidad fue revelado cuando la compaía de telecomunicaciones china ZTE fue acusada por la administración de Trump de violar sus sanciones comerciales a Irán y Corea del Norte. Trump impuso un veto comercial a la compañía, denegando el aceso de software y componentes de alta tecnología diseñados por EE. UU., amenazando a la empresa con el colapso inmediato. Xi y Trump resolvieron un acuerdo para salvar la compaía, pero la crisis de ZTE sufrida manifiesta el problema actual de China de desarrollo dependiente.


Este es el problema que China está tratando de sobrepasar. Pero incluso en alta tecnología, donde hay un intento de ponerse al día, su tecnología de semiconductores está dos o tres generaciones detrás de los Estados Unidos. Se está tratando de sobrepasarla con un incremento enorme de inversión en investigación y desarrollo, pero si miras de cerca los grandes números de patentes chinas, estos están todavía en su mayoría no en alta tecnología sino en otras áreas. Por lo tanto, sigue sufriendo de debilidad tecnológica autóctona. Donde se está poniendo al día a gran velocidad es en inteligencia artifical, y esta es un área por la que los EE. UU. están muy preocupados, no solo en términos de competición economica, sino también militar, donde la inteligencia artificial juega un creciente rol central.


Por encima de estas debilidades económicas, China sufre de otras políticas. China no tiene un sistema gubernamental que asegure la sucesión pacífica del poder de un mandatario al siguiente. Deng Xiaping estableció un sistema de límites del liderazgo colectivo que comenzó a superar este problema de sucesión. Xi ha abolido este sistema y reinstituido el mandato de un hombre sin mandato límite. Esto podría establecer más luchas entre facciones por la sucesión, desestabilizar el régimen y potencialmente comprometer el ascenso económico.

Xi ha modificado dramáticamente la estrategia de China en el sistema-mundo fuera de la cautelosa comenzada por Deng Xiaoping y sus sucesores. ¿Por qué está Xi haciendo esto y cuál es su programa para el reconocimiento de China como una gran potencia?


La primera cosa que hay que entender es la tensión en el Partido Comunista sobre su proyecto en el mundo. El Partido Comunista Chino es una gran contradicción. Por un lado, hay una fuerza por la modernización económica. Por otro lado, ha heredado un muy fuerte elemento de cultura política premoderna. Esto ha sentado las bases de conflictos entre facciones dentro del régimen.


A comienzo de la década de los 1990 hubo un debate entre los grandes elencos de la burocracia sobre qué facción debería tener el poder. Un grupo es el así llamado sangre azul, los hijos de los burócratas que gobernaron el estado tras 1949 –la segunda generación roja de burócratas. Son fundamentalmente reaccionarios. Desde que Xi ha llegado al poder, la prensa habla sobre el retorno de «nuestra sangre», que significa que la sangre de los viejos cuadros ha sido reencarnada en la segunda generación.


El otro grupo es el de los nuevos mandarines. Sus padres y madres no fueron cuadros revolucionarios. Fueron intelectuales o gente que lo hizo bien en su educación y consiguieron un ascenso. Normalmente ascendían a través de la Liga de la Juventud Comunista de China. No es casual que el liderazgo del partido de Xi haya humillado pública y repetidamente a la Liga en los años recientes. El conflicto entre los nobles sangre-azul y los mandarines es una nueva versión de un viejo patrón; estas dos facciones han estado en tensión por dos mil años de absolutismo y mandato burocrático.


Entre los mandarines, hay algunos con orígenes humildes, como Wen Jiabao, quien gobernó China de 2003 a 2013, que era un poco más «liberal». Al final de su mandato, Wen dijo que China debería aprender de Occidente la democracia representativa, arguyendo que las ideas occidentales como los derechos humanos poseían cierta clase de universalismo. Por supuesto, esto era mayormente retórica, pero es muy diferente a Xi, quien trata la democracia y los así llamados «valores occidentales» con desprecio.


Ganó en su lucha contra los mandarines, consolidó su poder y ahora promete que los nobles de sangre azul mandarán para siempre. Su programa es fortalecer la naturaleza autocrática del estado en casa, declarar China como una potencia en el extranjero y afianzar su poder en el mundo, a veces en desafío a los Estado Unidos.


Pero tras las crisis de ZTE, Xi efectuó un poco de retirada táctica, ya que dicha crisis expuso las debilidades persistentes chinas y el peligro de declararse demasiado rápido como gran potencia. De hecho, hubo un arrebato de críticas a uno de los asesores de Xi, un economista llamado Hu Angang, quien defendió que China era ya económica y militarmente un rival para los EE. UU. y podría por tanto desafiar a Washington en el liderazgo del mundo. ZTE demostró que es simplemente falso que China esté a la par con lo EE. UU. Desde entonces, muchos liberales comenzaron a criticar a Hu. Otro bien conocido académico liberal, Zhang Weiying, cuyos escritos fueron censurados el pasado año, fue autorizado a publicar en línea sus discursos.


Existía ya un caluroso debate entre estudiosos de diplomacia. La línea fuerte argumenta a favor de una posición más dura en relación con los EE. UU. Los liberales, sin embargo, defendían que el orden internacional es un «templo» y que si pudiera acomodarse el ascenso de China, Pekín debería ayudar a construir ese templo en lugar de demolerlo y construir uno nuevo. Este ala diplomática fue marginalizada cuando Xi eligió ser más de línea dura, pero recientemente su voz ha reemergido. Desde el conflicto de ZTE y la guerra comercial, Xi ha realizado algunos ajustes tácticos y ha reculado un poco en su previa y descarada proclamación del estatus de gran potencia de China.


¿Cuánto de esto es una retirada temporal? También, ¿cómo el Plan China 2025 y la Franja y la Ruta de la Seda intervienen en el proyecto a largo plazo de Xi de lograr un estatus de gran potencia?


Déjame decir claramente que Xi es un reaccionario sangre azul. Él y el resto de su grupo están determinados a restaurar la hegemonía del pasado imperial chino y reconstruir el así llamado mandato celestial. El estado de Xi, la academia china y los medios de comunicación han producido una gran cantidad de ensayos, disertaciones y artículos que glorifican este pasado imperial como parte de la justificación de su proyecto de convertirse en una gran potencia. Su estrategia de largo plazo no será disuadida fácilmente.


La facción de Xi es también consciente de que antes de que China pueda lograr su ambición imperial debe eliminar el peso de su legado colonial, i. e., encargarse de Taiwán y cumplir la histórica tarea del PCC de la unificación nacional primero. Pero esto llevará necesariamente tanto una dimensión de defensa china (incluso los EE. UU. reconocen que Taiwán es «parte de China») como también una rivalidad interimperialista. En vistas de la «unificación con Taiwán», por no hablar de una ambicion global, Pekín debe primero tratar las debilidades persistentes de China, especialmente en su tecnología, su economía y su falta de aliados internacionales.


Esto es por lo que aparece el China 2025 y la Franja y la Ruta de la Seda. A través del China 2025 quieren desarrollar sus capacidades tecnológicas independientes y ascender en la cadena de valor mundial. Quieren usar la Franja y la Ruta de la Seda para construir infraestructuras por toda Eurasia, en línea con los intereses chinos. Al mismo tiempo, debería estar claro que la Franja y la Ruta son también un síntoma de los problemas chinos de sobreproducción y sobrecapacidad. Están usando la Franja y la Ruta para absorver todo su exceso de capacidad. No obstante, ambos proyectos son centrales en el plan imperialista chino.


Ha habido un gran debate en la izquierda internacional sobre cómo entender la emergencia de China. Algunos decían que es un modelo y aliado para el desarrollo del «tercer mundo». Otros ven a China como un estado subordinado en un imperio estadounidense informal que regula el capitalismo mundial neoliberal. Otros lo ven como una potencia imperial en crecimiento. ¿Cuál es tu punto de vista?


China no puede ser un modelo para países en desarrollo. Su ascenso es el resultado de factores muy concretos que he mencionado previamente y que otros países del tercer mundo no poseen. No creo que sea incorrecto decir que China es parte del neoliberalismo mundial, especialmente cuando ves que China dice que reemplazará a los EE. UU. como guardian del libre comercio de la globalización.


Pero el decir que China es una parte del capitalismo neoliberal no captura la imagen completa. China es una distinta potencia capitalista estatal y en expansión, la cual no desea ser un segundón de los EE. UU. China es así un componente del neoliberalismo global y también una potencia capitalista estatal, que se destaca frente al resto. Esta peculiar combinación significa simultáneamente beneficios del orden neoliberal y representa un desafio para él y para el estado estadounidense que lo supervisa.


El capital occidental es irónicamente responsable de su problema. Sus estados y capitales llegaron a entender el desafío de China demasiado tarde. Inundaron de inversiones el sector privado o iniciaron aventuras con las compañías estatales en China. Pero no eran del todo conscientes de que el estado chino está siempre detrás incluso de las corporaciones privadas. En China, incluso si una compañía es genuinamente privada, debe responder a las demandas que le pone el estado.


El estado chino ha usado esta inversion privada para desarrollar su propia capacidad estatal y privada y comenzar así su reto tanto al capital estadounidense como al japonés y al europeo. Es de todos modos naif acusar al capital público y privado chino de robar propiedad intelectual. Es lo que planearon hacer desde el principio.
Así, los estados y empresas capitalistas avanzadas permitieron la emergencia de China como ascendente potencia imperial. Su peculiar naturaleza de capitalista estatal la hace particularamente agresiva y tendencial a actualizarse y provocar a las potencias que invirtieron en ella.


En los Estados Unidos está en crecimiento un consenso entre los dos partidos capitalistas de que China es una amenaza para el poder imperial estadounidense. Y tanto China como EE. UU. están estimulando un nacionalismo contra el otro. ¿Cómo caracterizarías la rivalidad entre EE. UU. y China?


Hace algunos años, muchos analistas dijeron que había un debate entre dos bandos sobre si colaborar con China o confrontarla. Llamaron a esto una lucha de «osos panda que abrazan versus dragones asesinos». Hoy día los dragones asesinos están en el asiento del conductor de la diplomacia china.


Es cierto que hay un creciente consenso entre demócratas y republicanos contra China. Incluso prominentes liberales estadounidenses golpearon a China esos días. Pero muchos de esos políticos liberales deberían ser culpados por esta situación en primer lugar. Recordar que después de la Masacre de Tiananmén de 1989 fueron políticos liberales como Bill Clinton en los EE. UU. y Tony Blair en Gran Bretaña los que perdonaron al Partido Comunista Chino, reabrieron relaciones comerciales y fomentaron flujos de inversion dentro del país.


Por supuesto, se trataba de rellenar los libros de contabilidad de las multinacionales occidentales, que cosecharon grandes benedicios de la explotación del trabajo barato en las fábricas chinas. Pero también creyeron verdaderamente, si bien ingenuamente, que la creciente inversión llevaría a China a aceptar las reglas como un estado subordinado dentro del capitalismo neoliberal global y «democratizarse» a la imagen de Occidente. Esta estrategia ha fracasado, permitiendo el crecimiento de China como rival.


Los dos bandos de pandas de abrazan versus dragones asesinos encuentran a su vez sus teóricos en la academia. Hay tres escuelas principales de política exterior. En la cima de ellas, cada escuela tiene su propio panda que abraza y dragón asesino, que pueden denominarse también optimistas y pesimistas. Dentro del lado optimista, diferentes escuelas argumentan diferentes perspectivas. Mientras los internacionalistas liberales piensan que el comercio democratizaría China, por el contrario, los realistas defienden que incluso si China tiene sus propias ambiciones estatales de retar a los EE. UU., es todavía demasiado débil para ello. La tercera escuela es el constructivismo social; creen que los compromisos económicos y sociales internacionales transformarían China.


En el pasado, la mayoría de políticos compraron el discurso de los liberales optimistas. Los liberales fueron cegados por su propia creencia de que el comercio podría cambiar China hacia un estado democrático. El ascenso de China ha llevado a todas las escuelas optimistas a una crisis, ya que sus predicciones sobre China han resultado erróneas. China se ha convertido en una potencia emergente que ha comenzado a ponerse al día y a retar a los EE. UU.


Ahora es el lado pesimista de estas tres escuelas el que está tomando el terreno. Los pesimistas liberales ven ahora que el nacionalismo chino es mucho más fuerte que la influencia positiva del comercio y la inversión. Los pesimistas realistas creen que China está rápidamente reforzándose y que nunca se comprometerá con Taiwán. Los constructivistas sociales pesimistas creen que China es muy rígida en sus propios valores y rechazará el cambio.


Sin embargo, si la escuela pesimista está ahora en lo cierto, sufre también de una gran debilidad. Asume que la hegemonía estadounidense está justificada y es correcta, ignora el hecho de que los EE. UU. son actualmente un cómplice del gobierno autoritario chino y su régimen de fábricas esclavistas, y por supuesto nunca examina cómo la colaboración y rivalidad entre los EE. UU. y China ocurre dentro de un profundamente contradictorio y volátil capitalismo global, y junto a todo esto un conjunto de relaciones de clase mundiales. No hay sorpresa para nosotros; los pesimistas son ideólogos de la clase dominante estadounidense y su imperialismo.


China está moviéndose en una trayectoria imperialista. Estoy en contra de la dictadura del Partido Comunista, de su aspiración a convertirse en gran potencia y sus reclamos en el Mar de la China Meridional. Pero no pienso que sea correcto pensar que China y los EE. UU. estén en el mismo barco. China es un caso especial ahora mismo; existen dos lados de este crecimiento. Un lado es común entre estos dos países –ambos son capitalistas e imperialistas.


El otro lado es que China es el primer país imperialista que fue previamente un país semicolonial. Esta es una diferencia con los EE. UU. y cualquier otro país imperialista. Tenemos que tener esto en cuenta en nuestro análisis para entender cómo China funciona en el mundo. Para China hay siempre dos niveles de asuntos. Uno es la legítima defensa propia de un antiguo país colonial bajo el derecho internacional. No debemos olvidar que hasta la década de 1990 aviones de combate estadounidenses volaron por la frontera sur de China y derribaron un avión chino, matando al piloto. Este tipo de eventos naturalmente recuerdan al pueblo chino su penoso pasado colonial.


Gran Bretaña hasta recientemente controlaba Hong Kong y el capital internacional sigue ejerciendo enorme influencia allí. Un ejemplo de imperialismo occidental ha ocurrido recientemente. Un reportaje reveló que justo antes de retirarse Gran Bretaña de Hong Kong disolvieron su policía secreta y la reasignaron dentro de la Comisión Independiente Contra la Corrupción (ICAC). La ICAC disfrutó de gran popularidad aquí ya que hace Hong Kong un lugar menos corrupto. Pero solo la cabeza del gobierno hongkonés, elegido en su momento desde Londres y ahora elegido desde Pekín, nombra el comisionado, mientras que el pueblo no tiene en absoluto ninguna influencia sobre él.


Pekín fue muy consciente de que la ICAC podría se usada para disciplinar al estado chino y sus capitales. Por ejemplo, en 2005 la ICAC procesó a Liu Jinbao, la cabeza del Banco de China en Hong Kong. Parece que Pekín está tratando de tomar el control de la ICAC, pero el público se mantiene en la oscuridad sobre esta poderosa lucha. Por supuesto, debemos estar felices de que la ICAC vaya contra gente como Liu Jinbao, pero debemos también reconocer que puede ser utilizado por el imperialismo occidental para avanzar en su agenda. Al mismo tiempo, Pekín, afianzando su control, significaría la consolidación por parte del estado y los capitalistas chinos, algo que no sirve a los intereses de las masas trabajadoras chinas.
Existen otros vestigios coloniales del pasado. Los EE. UU. básicamente mantienen Taiwán como un protectorado. Deberíamos, por supuesto, oponernos a la amenaza china de invadir Taiwán; deberíamos defender el derecho de autodeterminación de Taiwán. Pero debemos también ver que los EE. UU. usan Taiwán como una herramienta para proteger sus intereses. Este es el lado oscuro del legado colonial que motiva al Partido Comunista a comportarse de manera defensica contra el imperialismo estadounidense.


China es un emergente país capitalista pero uno con debilidades fundamentales. Yo diría que el Partido Comunista Chino tiene por delante obstáculos fundamentales antes de poder convertirse en un país imperialista estable y sustentable. Es muy importante ver no solo las coincidencias entre los EE. UU. y China como países imperialistas, sino también las particularidades chinas.


Obviamente para los socialistas en los EE. UU., nuestro principal deber es el de oponerse al imperialismo estadounidense y contruir solidaridad con los trabajadores chinos. Esto significa que debemos oponernos a la implacable China atacando no solo a la derecha sino también a todos los liberales e incluso al movimiento laborista. Pero no deberíamos caer en la trampa de dar apoyo político al régimen chino, sino a los trabajadores del país. ¿Cómo te aproximas a esta situación?


Debemos contar con la mentira usada por la derecha estadounidense de que los trabajadores chino han robado el trabajo de los obreros estadounidenses. Esto no es cierto. La gente que realmente tiene el poder de decidir no son los trabajadores chinos sino el capital estadounidense como Apple, que elige ensamblar sus teléfonos en China. Los trabajadores chinos no tienen absolutamente nada que decir sobre tales decisiones. Actualmente, son víctimas, no gente que debería ser acusada de la pérdida de empleos en Estados Unidos.


Como he dicho, Clinton, no los gobernantes o trabajadores chinos, fue el culpable de la exportación de estos trabajos. Fue el gobierno de Clinton el que trabajó con el régimen asesino chino tras la Plaza de Tiananmén para permitir a las grandes corporaciones estadounidenses invertir en China a una escala masiva tal. Y cuando se perdieron los empleos en los EE. UU., los que aparecieron en China no eran el mismo tipo de empleos en absoluto. Los empleos estadounidenses perdidos en en automóvil y acero eran sindicalizados y tenían buenas pagas y beneficios, pero aquellos creados en China no eran otra cosa que empleos semiesclavos. A pesar de los conflictos de hoy, los grandes líderes de los EE. UU. y China, no los trabajadores de cada país, pusieron en su lugar el mísero orden mundial neoliberal que existe.


Una cosa que debemos hacer aquí en los EE. UU. es ayudar a poner en movimiento a los trabajadores chinos en huelgas para poder construir solidaridad entre trabajadores estadounidenses y chinos. ¿Existen otras ideas e iniciativas que se puedan tomar? Hay un peligro real de nacionalismo fomentado en ambos países contra los trabajadores del otro país. Parece que arreglar esto muy importante. ¿Qué piensas?


Es importante para la izquierda del resto del mundo reconocer que el capitalismo chino tiene un legado colonial y que existe todavía. Así, cuando analizamos las relaciones entre China y los Estados Unidos, debemos distinguir estas partes legítimas de «patriotismo» fomentadas por el Partido. Hay un elemento de patriotismo de sentido común en el pueblo que es el resultado del último siglo de intervención imperial de Japón, potencias europeas y de los Estados Unidos.


Esto no significa que nos acomodemos a este patriotismo, debemos distinguir esta forma del nacionalismo reaccionario del Partido Comunista. Y Xi está ciertamente tratando de estimular el nacionalismo en favor de sus grandes aspiraciones de poder, al igual que los mandatarios estadounidenses están haciendo al cultivar apoyo popular para las aspiraciones del régimen de mantener China sometida.


Dentro de la gente común el nacionalismo ha decaído en lugar de incrementarse ya que desprecian al Partido Comunista Chino y muchos de ellos no confían en su nacionalismo y odian su gobierno autocrático. Un ejemplo gracioso de esto es una reciente encuesta que preguntó al pueblo si apoyaría a China en una guerra con los Estados Unidos. La respuesta de los internautas fue realmente interesante. Uno de ellos dijo: «Sí, apoyo una guerra de China contra los EE. UU., pero primero enviando primero a los miembros del Politburó a luchar, después a los del Comité Central y después al Partido Comunista Chino entero. Y después de que ganen o pierdan, al menos seríamos libres». Los censores, por supuesto, inmediatamente eliminaron estos comentarios, pero es un indicativo de la profunda desafección con el régimen.


Esto significa que hay una base entre los trabajadores chinos para construir una solidaridad internacional con los trabajadores estadounidenses. Pero esto requiere que los trabajadores estadounidenses se opongan al imperialismo de su propio gobierno. Solo esta posición construiría confianza entre los trabajadores chinos.


Las amenazas del imperialismo estadounidense son reales y conocidas en China. La Marina estadounidense acaba de mandar dos barcos de guerra al Estrecho de Taiwán en una clara provocación a China. La izquierda estadounidense debe oponerse a este militarismo para que el pueblo chino entienda que te opones a la agenda imperialista estadounidense en la cuestión de Taiwán –aunque se debe reconocer también el derecho de Taiwán a comprar armas de los EE. UU. Si el pueblo chino escucha esta fuerte voz antiimperialista de la izquierda estadounidense, se podría ganar algo más para los intereses comunes internacionales contra los imperialismos estadounidenses y chinos.


Por Au Loong-Yu
Veterano activista, escritor y miembro de Pioneer, una organización socialista de Hong Kong.

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