Récords del 2019: Calor, maratón y el vuelo más largo

El mes más caluroso, la maratón más rápida, la multa más elevada: repasamos el año 2019 en diez récords en los ámbitos climáticos, económicos, culturales o deportivos.

Julio de 2019 es el mes más caluroso jamás registrado, con un promedio de 16,7 grados centígrados, rompiendo el récord anterior de julio de 2016, según la Agencia Estadounidense para los Océanos y la Atmósfera (NOAA).

Señal del calentamiento global acelerado, nueve de los diez meses de julio más calurosos son posteriores a 2005. En París, se batió un récord absoluto de calor el 25 de julio: 42,6 ºC.

En diciembre, fue el turno de Australia, con una sequía y fuego sin precedentes. Un récord de calor (en un promedio nacional) se batió el 19 de diciembre: 41.9 °C.

En julio, las autoridades federales de Estados Unidos impusieron una multa de 5.000 millones de dólares a Facebook por 'engañar' a sus usuarios sobre la confidencialidad de la información personal. La multa es la más alta jamás impuesta en los Estados Unidos por violación de la privacidad.

La guerra comercial con Estados Unidos y la actual desaceleración económica no socavan el éxito en China de los saldos tradicionales del 'Día de los Solteros', el 11 de noviembre: casi 35 mil millones de euros gastados en 24 horas en las plataformas de Alibaba, un gigante de comercio en línea.

Mientras en Londres se desatan debates sobre el espinoso tema del Brexit, el 'Parlamento de los monos', un lienzo de Banksy que muestra a los chimpancés sentados en la Cámara de los Comunes, se vende en octubre por 11,1 millones de euros, un récord para este 'artista callejero' británico.

Pero estamos lejos de la cumbre alcanzada en mayo por el artista plástico estadounidense Jeff Koons con su 'Conejo', una escultura de acero inoxidable que representa un conejo inflable, subastada por $ 91.1 millones. Récord absoluto para un artista vivo.

Por primera vez, un atleta corre una maratón en menos de dos horas. La hazaña es del campeón keniano Eliud Kipchoge, en Viena el 12 de octubre, durante una carrera no homologada, con un trazado y condiciones cuidadosamente preparadas: 1 hora 59 minutos y 40 segundos.

La prodigiosa atleta estadounidense Simone Biles suma a los 19 años un récord de 25 medallas, incluyendo 19 de oro, después del Mundial de Gimnasia disputado en octubre en Stuttgart (Alemania), superando la cosecha de 23 medallas obtenidas en la década de 1990 por el legendario gimnasta bielorruso Vitaly Scherbo.

Los mejores alpinistas hasta ahora han logrado escalar las 14 montañas de más de 8.000 metros del planeta en una década. Pero el nepalés Nirmal Purja tardó seis meses y seis días (de abril a octubre de 2019) en lograr su hazaña impensable. Un "éxito único", dijo el legendario italiano Reinhold Messner, el primero en escalar los 8.000 en los años 70 y 80. Le había llevado 16 años.

El vuelo sin escalas más largo de la historia se completó el 20 de octubre entre Nueva York y Sídney en 19 horas y 16 minutos. Para este vuelo experimental, llevado a cabo por la compañía australiana Qantas en un Boeing especialmente equipado, cuatro pilotos se turnaron en los controles.

Nacida antes del quinto mes de embarazo, pesaba apenas 245 gramos y tenía pocas posibilidades de sobrevivir. Saybie dejó el Hospital Sharp Mary Birch con buena salud a fines de mayo después de cinco meses de cuidados intensivos. Es el bebé prematuro más pequeño del mundo en sobrevivir, según este hospital californiano.

En Hong Kong, la desaceleración económica no parecen obstaculizar la locura inmobiliaria: en octubre se vendió un espacio de estacionamiento por casi un millón de dólares, en una ciudad en la que uno de cada cinco hongkoneses vive por debajo del umbral de la pobreza.

(Con información de AFP)

Publicado enSociedad
Viernes, 27 Diciembre 2019 06:00

Matar, negar…y objetar

Matar, negar…y objetar
 Publicamos una selección de los artículos más leídos durante el 2019. Fueron seleccionados de los periódicos desdeabajo ediciones 253-264 y Le Monde diplomatique, edición Colombia ediciones 185-196.

 

“No tenemos ojos, ni corazón ni conciencia para mirarnos en el espejo roto de la guerra. De botas, armas, viudas y huérfanos llenaron esta tierra, que muy rápido cambió de dueños. No nos conmovieron los muertos, tampoco los mutilados ni las lágrimas que inundan los caminos del destierro y el despojo de miles de familias del campo. Crecieron las ciudades, también las injusticias, y las manos manchadas de sangre”.

Jesús Abad Colorado (retratista de la guerra)

Tan sólo dos semanas después que Iván Duque anunciara la objeción de seis artículos de la Justicia Especial para la paz (JEP) –en otro intento de desestructuración de los acuerdos suscritos para poner fin al conflicto armado con las Farc–, la Cruz Roja publicó el balance del 2018 sobre derechos humanos titulado Retos humanitarios 2019, en el que afirma que “La realidad es que en Colombia no se puede hablar de posconflicto: actualmente, no hay uno, sino al menos cinco conflictos armados en el país (cuatro de ellos entre el Estado colombiano y grupos armados organizados, a saber, el ELN, el EPL, las AGC y las estructuras de las FARC-EP del antiguo Bloque Oriental que no se acogieron al proceso de paz, y el quinto, que enfrenta al ELN con el EPL). Estos conflictos armados, sumados a la violencia ejercida por grupos de distinta naturaleza en el campo y en las ciudades, siguen marcando el día a día de millones de colombianos”. Denuncia en su informe esta entidad, asimismo, que en el último año el número de desplazados pasó de 14.594 a 27.780, así como que cada cuatro días es registrado un nuevo caso de desaparición forzada.

El anuncio presidencial, en contraste con el de la organización internacional, es muestra, una vez más, de la marcada bipolaridad que padece el país entre una realidad innegable de inusitada violencia, por un lado, y la negación de su existencia o el sabotaje a los intentos de su superación, del otro, y que ha determinado la simultaneidad y, seguramente, la complementariedad, entre una formalidad de aparente estabilidad política y un amplio espectro de cruentas y sistemáticas prácticas que incluye masacres, desplazamientos, asesinatos fuera de combate y desapariciones forzadas. En el mundo imaginario de la “normalidad” viven políticos, académicos y los sectores de la población con mejores ingresos, pues escapan a los rigores directos del conflicto; en el de la realidad del atropello, los grupos subordinados que son quienes los sufren.

“Colombia asesina”

En noviembre 20 de 1986, el conocido historiador británico Eric J. Hobsbawm publicó, en New York Review of Books, un artículo titulado ‘Colombia asesina’. El escrito fue escrito al cumplirse un año de la tragedia de Armero, en la que la negligencia oficial –algunas versiones sostienen que no fue negligencia sino un hecho criminal consciente para evitar el problema social que representaba evacuar sus 25.000 habitantes– tuvo como resultado la muerte de más de 23.000 personas, y también al año de la toma del Palacio de Justicia, que tuvo un saldo cercano a los cien muertos, incluida la plana mayor de la Corte Suprema de Justicia. En ese artículo, más allá de los reparos que puedan hacérsele a muchas de sus observaciones, Hobsbawm señala que: “La cohesión de la oligarquía y su auténtica adhesión a una constitución electoral, ha garantizado que el país no haya sido víctima, prácticamente nunca, de las usuales dictaduras o juntas militares latinoamericanas; pero el precio ha sido baños de sangre endémicos y, a veces, epidémicos”; argumentando llamativamente la existencia de una relación causal entre ‘democracia formal’ y ‘baños de sangre’, que por ser tan acentuada exige, por lo menos, un esbozo de exploración.

En ese sentido, y según el informe Basta ya del Centro Nacional de Memoria Histórica, entre la década de los ochenta del siglo pasado –período de la publicación del artículo de Hobsbaum– y el 2012, la “normalidad” institucional fue acompañada de 1.962 masacres, 23.161 víctimas en asesinatos selectivos, 25.007 desapariciones forzadas (número que supera el de las dictaduras del Conos Sur), 6.433.115 desplazados, y más de 8 millones de hectáreas despojadas. De los episodios de violencia, en 588 eventos fueron contadas 1.530 personas víctimas de objeto de sevicia, sufriendo torturas tales como degollamiento, descuartizamiento, decapitación, evisceración, incineración, castración, violación, empalamiento o quemaduras, entre otras prácticas, perpetradas con el explícito propósito de aterrorizar la población. Estas cifras, aún para nuestros estándares de crueldad y de violencia endémica, son alucinantes, pese a lo cual, buena parte de la academia y los columnistas oficiosos de los periódicos las minimizan, cuando no es que recurren a la negación absoluta.

“Acá no pasa nada”

A raíz de la publicación del libro Paz en la república –editado por Margarita Garrido, Carlos Camacho y Daniel Gutiérrez–, en el que son contados catorce años de guerra en el país durante el período que va de 1932 a 1946, algunos académicos, incluidos los editores, buscan afirmar que es un mito decir que hemos vivido sumidos en un conflicto. Como eco de las reseñas hechas al libro, por ejemplo, el columnista Eduardo Posada Carbó (El Tiempo, 21-03-2019), inicialmente, y luego Santiago Montenegro (El Espectador, 25-03-2019), lamentan que nuestra historiografía haya hecho un lugar común de la idea que Colombia es un país violento. Se trataría tan sólo de un mito, según ellos, del que debemos desprendernos pues nuestro transcurrir, en ese sentido, es comparable con el resto de países hispanoamericanos.

Sin embargo, la comparación con las naciones de nuestro entorno luce demasiado forzada si miramos los argumentos del columnista Posada Carbó, quien escribe “José Gil Fortoul contó once revoluciones armadas en Venezuela tan solo entre 1830 y 1856. Apenas en un año, 1868, Argentina habría sufrido 117 revoluciones”, pues, 117 revoluciones armadas en un año (conflictos cuya duración promedio sería, entonces, de 3,1 días) no son, ni mucho menos, guerras, como es el caso de Colombia en el que, independientemente del tamaño de los ejércitos y la duración de los conflictos, a los enfrentamientos nadie ha dudado en calificarlos de eso, de guerras. Los golpes de Estado, que sirven para que la academia colombiana quiera decir que no somos ninguna excepción en el continente, no son confrontaciones entre ejércitos, con contadas excepciones y, por tanto, usarlas para negar nuestra particular situación no es otra cosa que negacionismo en el sentido más estricto de la palabra.

El hecho mismo que durante el 14 por ciento de un siglo haya habido enfrentamientos debería inquietarnos, pero el mensaje de los académicos es el de que debemos minimizar tal hecho. Sin embargo, las cifras sobre el siglo XIX dicen más, pues desde 1839, año en que estalló la primera guerra civil en la Colombia republicana hasta 1902, año de culminación de la última confrontación armada comenzada en dicho siglo, es decir, en el lapso de 63 años, los catorce contabilizados por esos mismos autores, representan casi un cuarto del período, ¿es esa una cifra para mirar con menosprecio? Ahora bien, cortar el estudio en 1946 le ahorra a los académicos toda una serie de problemas, pues ¿cómo caracterizar los 70 años posteriores? Si asumimos la acepción de “guerra civil no declarada” para el período que sigue al asesinato de Gaitán, de los 180 años que median entre 1839, inicio de la Guerra de los Supremos y 2019, tendríamos un total de 87 años de guerra, poco más del 48 por ciento del período, que no es algo equiparable con ningún país de nuestro entorno. Las únicas salidas para la academia negacionista son, entonces, obviar la última etapa de nuestro discurrir histórico o seguir los argumentos de los seguidores del llamado Centro Democrático y negar el conflicto.

De otro lado, impugnar las causas sociales de la guerra en Colombia, es también un ejercicio que busca imponerse. El mencionado columnista Montenegro escribe al respecto “Ya en los años 90, Fernando Gaitán Daza había planteado que Colombia no había sido un país tan violento como muchos decían y, además, había argumentado también que la violencia no tenía relación con la pobreza o con la distribución del ingreso”, es decir, que nuestras guerras son hechos sociales sin explicación social, en una paradoja sin sentido. Pretender negar el conflicto o su importancia con argumentos como el de que países con desmedidos niveles de pobreza y concentraciones elevadas del ingreso como el nuestro no han tenido guerras, o que cuando fueron fundadas las Farc y el Eln había también jóvenes que escuchaban rock o creaban el movimiento nadaísta, es una muestra abrumadora de la simpleza del negacionismo. Éste, en la academia, no es otra cosa que el correlato de la impunidad en los tribunales.

Enemigo interno, bandidos e identidad nacional

El sociólogo greco-francés Nicos Poulantzas, en su obra clásica Estado, poder y socialismo afirma que las fronteras y el territorio del Estado no son previos a su constitución, sino que uno y otro van conformándose en un proceso de retroalimentación y consolidación. Pues bien, que el territorio colombiano haya ido encogiéndose con el tiempo va más allá de la simple metáfora sobre la involución continuada en que ha ido convirtiéndose nuestro devenir histórico. En efecto, la delimitación fronteriza de los países latinoamericanos tuvo como base el llamado Utis Possidetis Juris, fundado en la demarcación territorial del imperio español durante la Colonia, que establecía para la Nueva Granada dos millones de kilómetros cuadrados, que con los sucesivos tratados fronterizos entreguistas fue reducido a los actuales poco más de millón cien mil, en una muestra que a diferencia del común de los Estados-Nación, Colombia no ha tenido en sus relaciones con los “otros transfronterizos”, el principio de su afirmación, no ha tenido en realidad fronteras, y por tanto ha carecido de cuerpo e identidad. De tal suerte que las ocho guerras civiles del siglo XIX y la guerra civil no declarada que comenzó a mediados del siglo XX –y que ahora pretenden ser negadas o minimizadas–, son un fuerte indicio que la constitución del Estado colombiano ha tenido lugar a través de la construcción del enemigo interno.

Giorgio Agamben, en su conocido Homo Sacer, recuerda cómo en el primitivo derecho germánico, contrariamente al derecho romano, el concepto de paz (fried) estaba construido sobre la exclusión del malhechor, el bandido (Friedlos), el sin paz, al que podía darse muerte sin cometer homicidio. Pues bien, el carácter sacrificial asumido por la violencia en Colombia da pistas que a los intereses económicos –en lo esencial sobre la propiedad de la tierra–, debemos sumarle un sentido simbólico en el que la eliminación del Otro adquiere un sentido fundante de la afirmación de lo propio. La paz de unos no puede existir, para ese marco ideológico y cultural, sin la existencia de los “sin paz”, los “bandidos”, cuya exclusión los convierte en sacrificables. En el capítulo noveno del libro de Fals Borda, Guzman Campos y Umaña Luna, La violencia en Colombia –titulado Tanatomía–, los autores enumeran prácticas como el descuartizamiento, la emasculación, los “cortes” entre los que enumeran el de ‘franela’, ‘corbata”, de ‘mica’, ‘francés’, que tenían en común la profanación del cadáver. Igualmente señalan como en el lenguaje de la violencia fueron expresiones comunes ‘Picar para tamal’, ‘bocachiquiar’ o ‘no dejar ni semilla’, esto último, testimonio de que el asesinato de infantes ha sido un hecho sistemático del terrorismo represivo sobre la población. Prácticas que no sólo fueron replicadas en la guerra iniciada en la década de los sesenta sino que fueron ampliadas por los paramilitares desde los años noventa del siglo XX con la conversión, por ejemplo, de las cabezas de los decapitados en pelotas de juego. ¿Lugar común? ¿Mito? No. Realidad documentada.

Otro aspecto señalado por los negacionistas en su supuesta “desmitificación de la violencia”, es el de afirmar que no existe ninguna línea de continuidad entre las guerras del siglo XIX, la etapa de la guerra civil inter-partidaria (liberal-conservadora) y la aparición de las guerrillas con ideología clasista. Pero, ¿es que acaso esos diferentes conflictos no han estado atravesados por los intereses sobre la propiedad de la tierra, de un lado, y del otro la tensión entre los poderes centrales y los poderes regionales? ¿no ha sido un lugar común que cómo agente de la violencia el latifundismo armado haya estado siempre presente? La acumulación de tierras como refugio seguro y valorizable de los excedentes ociosos de la acumulación y prueba inequívoca de la incapacidad de los sectores dominantes de generar inversiones productivas ha estado en la raíz de los despojos a bala de las tierras campesinas.

Entre enero de 2016 y marzo de 2019 fueron asesinados 500 líderes locales, testimoniando que los contradictores del patrimonio improductivo son los voceros de las comunidades que reclaman contra el despojo y luchan por su vida en los campos colombianos. Negar que en todos los conflictos enfrentados durante la vida republicana sí existe un hilo conductor que los une y que está representado por el latifundismo armado es la peor forma del negacionismo, pues al ocultar las raíces de los intereses que alimentan la violencia, bloquean los principios de su solución.

Los intentos de excluir a los militares de la JEP y las discusiones alrededor de los requisitos para aceptar los terceros civiles, muestran las complicaciones existentes en el país para alcanzar un esbozo de verdad sobre lo acontecido, pero también son indicio de cómo la llamada normalidad democrática no es más que la contracara del conflicto. Empresarios, Iglesia y academia buscan excluirse de cualquier responsabilidad, y recurren a la argucia de autonombrarse víctimas o agentes neutrales. En el reciente libro del escritor francés, Frédéric Martel, Sodoma: poder y escándalo en el Vaticano, son reeditados señalamientos contra el fallecido cardenal Alfonso López Trujillo, en los que a las acusaciones de pedofilia, son sumadas las de señalar a curas simpatizantes de la llamada Teología de la Liberación, para su persecución y ejecución. Estas acusaciones no son asunto nuevo, pues en 1996 el periodista Hernando Salazar Palacio en su libro La guerra secreta del cardenal López Trujillo, las reseñaba, así como tampoco son de reciente data ni aclaradas las afirmaciones de “Don Berna” sobre que el obispo Isaías Duarte Cancino fue uno de los ideólogos del paramilitarismo. Pero, el papel de la Iglesia en la violencia no es algo nuevo, y ha sido también común en la historia de los conflictos, para lo cual basta revisar el trabajo reciente de la Pacific School of Religion de Berkeley, Casos de implicación de la iglesia en la violencia en Colombia, donde puede revisarse una lista de intolerantes y de las razones de la intolerancia de esa comunidad religiosa. Ahora bien, dado que el director de la Comisión de la Verdad es un sacerdote jesuita ¿no parece aún más necesario que ante la JEP den confesión de verdad clérigos de esa religión?

Los saboteadores del proceso con las Farc han logrado que el acuerdo de paz entre contendientes haya sido, de hecho, convertido en texto de rendición, y buscan desesperadamente que sea rebajado aún más a “sometimiento a la justicia”, lo que coincide con el comportamiento felón del Estado colombiano, qué en los pactos con las guerrillas liberales de mediados del siglo XX, actuó de la misma forma. En Colombia, mantener la paz de unos pocos (fried), implica crear muchos sin paz (Friedlos), y quien mejor que el senador Alvaro Uribe para expresarlo tan claramente: “Si la autoridad, serena, firme y con criterio social implica una masacre es porque del otro lado hay violencia y terror más que protesta” (Trino de abril 7 de 2019): Masacre de civiles “terroristas” (los indígenas de la Minga en este caso), de un lado, y del otro “autoridad firme y serena” (la represión violenta del Estado). ¿Queda duda del por qué de nuestra guerra habitual? Hobsbawm no estaba desenfocado, para nuestra desgracia tiene razón, por lo que pasar de la “normalidad” formal a una sociedad verdaderamente incluyente se constituye en la urgente tarea de los “sin paz”.

Publicado enColombia
Lunes, 23 Diciembre 2019 05:34

Aguafuertes maracuchas

Aguafuertes maracuchas

Maracaibo, la capital petrolera de Venezuela, escenifica la decadencia de un modelo. A la vieja contaminación de las aguas de su lago por la industria extractiva se suman hoy las brutales consecuencias del colapso económico. Entre los apagones y el racionamiento de combustible, sus habitantes viven del recuerdo de un pasado desaparecido.

Giovanny Jaramillo Rojas

20 diciembre, 2019

Háblame de Maracaibo

tierra bendita, tierra del viejo golpe pasmero

mi patria chica, tierra del sol cuna de gaiteros

por ella canto, por ella vivo, por ella muero.

Junior Veladiago

I.

28 de septiembre. Es mediodía en Maracaibo, la ciudad caída.

Doña Dioselina Ospina me trata como a un hijo. Me abrió las puertas de su casa para alimentarme. Vive en el sector La Lago, un barrio acomodado de Maracaibo, con su esposo y su ex nuera. Sus manos blancas son un embeleso, un extraordinario embrujo de comida venezolana: arroz con pollo, mandioca frita, pabellón criollo, muchacho guisado, bollos pelones, pasteles, quesos madurados, arepas rellenas y empanadas de carne y papa hacen parte de su exquisito y casero repertorio gastronómico.

Para ella, cada plato, indefectiblemente, contiene una historia. Por ejemplo, el arroz con pollo supuso la reconstrucción de la vida de su madre colombiana, que había migrado a Barinas a principios del siglo XX. El pabellón criollo la llevó a hablar de sus épocas juveniles en Barquisimeto, Caracas y Valencia, mientras que los quesos madurados la sumergieron en la memoria de la tierra que le secuestró su identidad, según ella, para siempre: Maracaibo.

Los sabores y los olores son la razón de su vida. Doña Dioselina lo remarca una y otra vez. Su corpulencia expone una gran debilidad por la comida. Sus maneras, aunque muy propias de los 67 años que arrastra con inusitada dignidad, denotan un desgarbo muy propio de una aristocracia que, aunque disminuida, se niega a la evaporación rotunda.

Rubor para todo el rostro, cejas perfectamente delineadas, aroma a Jean Paul Gaultier y cabello intacto, prolijo, mantas de seda largas multicolores y collares y pendientes de diseño. Su postura, invariablemente recta, parece proporcionada por la precisión de una ecuación matemática. En todos nuestros encuentros nunca se le escurrió una sola gota de sudor, ni siquiera cuando la temperatura amenazaba con calcinarlo todo.

Lo primero que dijo cuando la conocí fue que, si bien podría parecer increíble o incluso mentira, Maracaibo había sido, alguna vez, la Miami de Suramérica y que por eso ella y su esposo habían decidido instalar su matrimonio, a finales de la década del 70, en la futurista capital del estado Zulia, el estado más rico y próspero de la Venezuela de entonces. Doña Dioselina relata, con macilenta voz, que hasta los primeros años de este acelerado siglo la ciudad de Maracaibo contaba con vuelos directos a muchas ciudades de Estados Unidos y Europa. Que el desfile de turistas e inversores era incesante y que toda la ciudad permanecía coloreada por un cosmopolitismo indefinible. Sus anchas avenidas ostentaban los mejores y más costosos autos, hoteles y restaurantes prestigiosos, el comercio era una fiesta que no tenía nada que envidiar al primer mundo y su arquitectura exhibía el eclecticismo de una migración que aparentemente había llegado para quedarse.

Ahora, todo esto parece un cuento triste, un relato melancólico cuya inverosimilitud lo situaría en el género de la ciencia ficción. Hoy Maracaibo es todo lo opuesto a esa urbe que recuerda Doña Dioselina: una ciudad que respira herida a la vera de una ruta infecunda, una ciudad que se extravió en su patrimonio hasta la resequedad y la ofuscación.

Basta con dar un paseo para evidenciar que es el escenario perfecto donde se compendia la declinación social y económica de Venezuela. Al caminar por el centro se puede verificar aquel imaginario que han venido construyendo por todo el planeta los varios millones de personas que decidieron abandonar el país. Una ciudad insociable, descuidada, sin sistema formal de transporte, con edificios abandonados y enormes complejos industriales al punto del colapso, ya no económico, sino directamente material. Una ciudad fantasma que se recluye temprano, en total silencio, a ejercer el derecho de soñar imposibles.

En cada almuerzo, en cada cena, hasta consejos de vida y clases informales e inconscientes de sociología se animó a darme Doña Dioselina: los hijos son lo más importante, sólo el estudio libera al ser humano de la pobreza, lo único que mantiene en pie a las sociedades actuales es el consumo, los militares son buenos si están del lado de los valores morales y no de ideologías políticas y, como para chuparse los dedos: los indios son un problema porque ni dejan de tener hijos, ni se mueren rápido. “Son vagos y no son confiables”, terminó diciendo, para después, en silencio, como dándose cuenta de su racismo, pasar a servirme un delicioso jugo de guayaba.

Doña Dioselina tiene tres hijos y todos, con sus siete nietos, viven fuera de Venezuela. Dos en Estados Unidos y uno en las Islas Caimán. Cada vez que la invitan sale del país a visitar a su descendencia y vuelve a Maracaibo con la valija llena de comida, ropa y tecnología. No se va definitivamente porque duda mucho que pueda conseguir un mejor lugar para vivir. Para ella Venezuela es el mejor país del planeta, el más bello, y por eso dice, continuamente, que la esperanza es lo último que se pierde y que el día del cambio, aquel en el que pueda volver a caminar tranquila por la calle, ir de compras sin ser molestada por la miseria circundante y ver a su familia reunida, empapada por la felicidad patria, llegará más temprano que tarde.

II.

29 de septiembre. Amanece en Maracaibo, la ciudad sin fuerzas.

De tanto ir y venir vaciamos el tanque del auto y decidimos ir a llenarlo. En Venezuela no debería representar ningún problema, ya que la gasolina es prácticamente gratis, gracias al fuerte subsidio estatal. De hecho, el procedimiento se parece a una broma. La transacción es simbólica y, aunque hay precios definidos en los tableros de las estaciones de servicio (0,0025 dólares por litro), el asunto se puede zanjar con la cantidad de bolívares que el comprador disponga. Un monto que difícilmente puede llegar a superar los 20 centavos de dólar y que el funcionario de la estación de servicio ni siquiera se toma el tiempo de contar. Hacerlo significaría perder varias horas diarias: un dólar pueden ser, depende de la denominación, hasta 400 billetes.

Pues bien, al llegar nos encontramos con una fila compuesta por cientos de autos. Unas 15 cuadras mal contadas. A simple ojo se podría improvisar una cifra: en Maracaibo, tres de cada cinco estaciones de servicio de Petróleos de Venezuela (Pdvsa) se encuentran cerradas. La buena noticia es que casi todos los despojos gasolineros sirven de habitación a la infinidad de indigentes que circulan, como sombras desterradas, por la ciudad. La mala noticia es que cuando se consigue entrar en alguna de las estaciones que tiene combustible disponible, la Guardia Nacional Bolivariana decide a qué cantidad de gasolina puedes acceder.

El tiempo no nos daba como para pasar algunas horas a la espera de un turno. Pero la sorpresa fue total cuando nuestra conductora nos dijo que en marzo pasado estuvo dos días haciendo fila, durmiendo y comiendo dentro del auto con pequeños intervalos de ausencia para ir al baño y que, incluso, conocía gente que había completado cinco días en ese trámite.

Para la mirada foránea este fenómeno no deja de ser un escándalo, pero para los maracuchos, que así se llaman los habitantes de Maracaibo, no es más que otra de las manifestaciones de la insondable hondura de la crisis. Una palabra, “crisis”, que no logra encerrar el verdadero sentido en el que avanza la realidad: en una tierra rica en petróleo escasea el combustible. Aunque Venezuela no es precisamente un país refinador (el 80 por ciento de la gasolina que consume proviene de Rusia y China), esa paradoja es una sombra del derrumbe total.

Después de esperar tres horas y no avanzar un solo metro en la delirante fila, decidimos recurrir a la otra opción: la oferta del mercado negro. Para poder llegar a la zona de la ciudad donde se podía suplir la necesidad instantáneamente, tuvimos que negociar (cinco dólares) y absorber (por medio de una manguera) el combustible del tanque de un auto amigo. Después atravesamos Maracaibo hacia una localidad marginal llamada Ciudad Lossada.

Tras dar algunas vueltas, en medio de un barrio desértico, de calles destapadas a las malas, atiborradas de basura y viviendas construidas con materiales más que precarios, conseguimos el contacto que nos suministraría el preciado líquido. Por 40 litros pagamos diez dólares. Más o menos cinco veces el salario mínimo mensual venezolano a esta fecha. El joven que nos atiende, de clara ascendencia wayú, además de cobrar, sólo dijo: “Vivir aquí es un martirio; nos están dejando morir, no se sabe si es más difícil conseguir agua o gasolina”.

La parálisis humana es evidente. En un contexto en el que no hay posibilidad de movilidad social, la espera es el hambre de cada día y el rebusque, la incontenible sed. Se estima que, desde 2017, unas 200 mil personas dejaron su vida en Maracaibo para irse a buscarla en cualquier otro lugar, lejos de esta zona cero que escenifica el verdadero desmayo venezolano, aquel que en Caracas aún no pasa de ser una migraña.

III.

30 de septiembre de 2019. Llueve en Maracaibo, la ciudad ahogada.

Maracaibo es una ciudad memoriosa y oscura. El alumbrado público y el suministro de agua son, desde hace algunos años, un par de milagros en una urbe que permanece suspendida en la evocación de lo que fue. Maracaibo también es ermitaña, sobrecogedora. El célebre y floreciente trasfondo industrial de las últimas tres décadas del siglo XX es, ahora, una hilera de ruinas, ad portas de cambiar al estatus de mito.

El fastuoso lago está contaminado. Echado a perder. Los constantes derrames de crudo, propiciados por la dejadez gubernamental y el deterioro de los pozos petroleros (que hoy en día no son más que imponentes tumbas marítimas), flotan viscosos como una manta negra por encima de las aguas. Comer frutos del lago, reiteradamente, es una carrera en contra de la intoxicación inmediata y alguna extraña enfermedad futura.

Los semáforos, si sirven, sirven mal. Titilan y titilan sin sentido. Las exorbitantes avenidas amenazan con quebrarse en cualquier momento. El famoso mercado de pulgas y su romería se parecen más a un asfixiante rebato de resistencia, en el que sólo subsiste no el más fuerte, sino el más rápido, el más informal: tráfico de divisas, venta ilegal de medicamentos, ropas, accesorios, licores y cigarrillos contrabandeados, alimentos vencidos y carnes descompuestas. Resignación: todo lo que sea, por un dólar, por un puñado de pesos colombianos, por algo de comer. Maracaibo no lucha contra ningún olvido ni contra la decadencia: Maracaibo pelea contra su propia deriva y, con nebulosa presunción, continúa erguida, dándole coletazos al concepto de naufragio.

IV.

1 de octubre de 2019. Anochece en Maracaibo, la ciudad que se niega a ser borrada.

La cerrazón es una boca que se abre para tragárselo todo. Hay más oscuridad que de costumbre en una ciudad radicalmente oscura: los autos bajan la velocidad, los pocos comercios que funcionan cierran y la gente se enclaustra, con el último rayo de sol, a sobrellevar la intimidad de un apagón. Desde la terraza de mi hotel apenas se ve la luna, indómita, juntando esfuerzos para avivar las calles desoladas. El viento, calmo, patea el mutismo y trae la fresca respiración del lago. Los edificios parecen mecerse como palmeras prehistóricas y tristes.

Las zonas privilegiadas padecen la oscuridad pocos minutos. Con un chasquido de dedos encienden sus plantas, y la cerveza sigue fría,y Netflix, disponible. El gran resto entra en la noche incierta, aquella que soporta el insoportable zancudero en el que se convierte el sonido de la electricidad portátil.

El apagón dura 16 horas. Entre los maracuchos no sólo es algo pasajero, sino algo normal. En los últimos meses la ciudad ha experimentado hasta siete días consecutivos sin luz. Una locura para cualquier ciudad que se ufane de ser moderna. No obstante, el conserje del hotel dice que algo estalló en algún lado y que es cuestión de esperar el arreglo, una recepcionista asegura que, a veces, la gobernación sacrifica la luz local para no quitársela a Caracas, y un huésped, con furia, señala que es una conspiración del país del norte, aquel que huele a azufre. La gente dice cualquier cosa porque lo importante es convencerse de algo, teorizar la adversidad, justificar el infortunio, todo con el objetivo de burlar la realidad: especular para darle un sentido a la orfandad.

Cada habitante, como si se tratara de una guerra civil, pero sin un enemigo claramente definido, permanece auspiciado por una suerte de individualismo ciego y voraz, un ensimismamiento que no le permite ser consciente de los demás, porque la finalidad es clara: sobrevivir a como dé lugar. Ceder un poco, en cualquier sentido, podría significar una pequeña muerte que, de tantas sucesivas, podría convertirse en la muerte final. La gente de Maracaibo vive sujeta a la espera de que la F de fracaso se convierta en F de futuro, resiste maniatada, mientras la hirviente luz le tortura los ojos, mientras la lobreguez ahuyenta la vida y mientras el tiempo, implacable, lo pudre todo.

V.

2 de octubre de 2019. Despedirse de Maracaibo, la ciudad fantaseada.

Doña Dioselina me muestra fotos de la ciudad. En los años ochenta, ella y su marido caminan por el malecón y, enseguida, sonríen en la entrada de la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá. En los años noventa, sus hijos posan frente al teatro Baralt, y después, una panorámica del imponente puente General Rafael Urdaneta. Pasados los años dos mil, sus dos primeros nietos en una pileta del parque acuático de la ciudad y un hermoso atardecer en la laguna de Sinamaica.

Doña Dioselina me brinda una última comida. Mi preferida: pabellón criollo. Me ve comer y me dice: “Extraño a mis hijos, hijo”. Me despido y lo que no le digo, no sé por qué, es que sí, que tiene razón, que Maracaibo no sólo se parecía a Miami, sino que quizás llegó a ser mucho más interesante. Más bonita

Publicado enCrisis Venezuela
Jueves, 19 Diciembre 2019 06:27

(Neo)capitalismo y sufrimiento psíquico

(Neo)capitalismo y sufrimiento psíquico

Como anunciaba Joaquín Estefanía en Estos años bárbaros (2015) la salida de la Gran Recesión ha convertido en estructural lo que durante la gestión de la crisis financiera se vendía como secuelas transitorias: el incremento de la desigualdad, la precariedad laboral, la desregulación de los mercados, la privatización de los bienes públicos, arrasando con los antaño derechos constitucionales en educación, sanidad, pensiones, prestaciones sociales. El neoliberalismo completa la revolución conservadora iniciada con Reagan y Thatcher en los años ochenta del pasado siglo con la conquista del Estado en beneficio de unos pocos. Para el fundamentalismo neoliberal, una vez dueños del mundo tras la caída del muro de Berlín, las leyes sociales surgidas tras la crisis de 1929 y la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, son un obstáculo, un residuo a suprimir, como lo son las políticas sociales de algunos Estados latinoamericanos (Brasil, Ecuador, Bolivia, Venezuela…) iniciadas a contracorriente.

Se juega con el mito de la mejor eficacia de los mercados y el necesario adelgazamiento de las cuentas públicas, cuando la toma de los gobiernos nacionales por el capital financiero, por ese 1% de la población mundial, no supone el adelgazamiento del gasto público, supone la venta de hospitales, pensiones y universidades del erario a los fondos buitres internacionales. Supone la acumulación ilimitada del capital, como previó Marx, más la también ilimitada invasión de la vida toda. La lógica del mercado configura subjetividades, cosifica las relaciones humanas, convirtiendo todo en consumo, competencia y, en definitiva, mercancía. Estrategia totalizadora, que pretende ir más allá del control de la economía, buscando imponer una cultura y un pensamiento único a nivel mundial. Un pensamiento que borre en el imaginario colectivo los grandes relatos que configuraron el sujeto de ayer, la ilustración, el freudismo, el marxismo. Se trata de forjar un sujeto neoliberal cuya ideología esté procurada por la publicidad y su el deseo copado por el consumo.

Los dueños de los medios seducen a la población con el ideal privatizador, convirtiendo la precarización del trabajo en un aliciente emprendedor, individualismo competitivo del que depende la persona y la sitúa siempre en continuo riesgo. Empresario de uno mismo, se pierde el vínculo social. El nosotros se convierte en un pronombre peligroso, cuando no se reduce a unas pocas personas o a la comunión de los estadios de fútbol. La vida se vuelve una competición en la que ya están definidos los ganadores, los detentadores del poder patrimonial y meritocrático y también los perdedores, los nadie, los desechos poco meritorios, los excluidos, el sobrante social del sistema productivo. Los determinantes sociales lo atestiguan. Por poner unos ejemplos: la renta media de los estudiantes de la Universidad de Harvard corresponde a la renta media del 2% de los estadounidenses más ricos. En Francia las instituciones educativas más elitistas reclutan a sus miembros en grupos sociales apenas más amplios (Piketty, 2015). O las desigualdades en la esperanza de vida, entre una clase social y otra; en un barrio u otro de la misma ciudad en cualquier parte del mundo. En Barcelona, la esperanza de vida en barrios como Torre Baró, en NouBarris, es 11 años menor que en Pedralbes. En el barrio de Calton, un barrio pobre de la ciudad de Glasgow, la población tiene una esperanza de vida de 54 años, una de las más bajas del mundo; a pocos kilómetros, en la rica zona de Lenzie, la esperanza de vida es de 82 años, una de las más altas de Europa (Maestro, 2017). Según un estudio reciente (The Lancet Planetary Health, Usama Bilal y Ana Diez Roux), dependiendo de la zona de Santiago de Chile la diferencia de esperanza de vida es de 18 años. El Chile que ahora explota en las calles y que ha sido vendido como modelo de desarrollo por el neocapitalismo durante las últimas décadas.

Las consecuencias en el sufrimiento psíquico son el incremento de los problemas mentales y sobre todo un estrés generalizado que se traduce en malestar, en infantil desesperanza, frustrado un deseo que nunca fue construido, que nunca tuvo el forjado necesario para perdurar. Enfermedades del vacío o quiebra de la identidad en la ausencia de un útero social.

En este presente, ante estas circunstancias, los interrogantes se vuelven hacia la asistencia social y el sistema sanitario, recolectores de la miseria social, donde la pregunta de entrada, parafraseando al sociólogo Jesús Ibáñez, estaría en si es posible en un sistema capitalista hacer una política de gobierno no capitalista (Ibáñez, 199p. 223). Llevada a la asistencia sanitaria y social, la pregunta es ¿si es posible una sanidad universal y equitativa, una salud colectiva en el contexto neoliberal? Su viabilidades la apuesta (retórica) de la socialdemocracia una vez que aceptó como el menos malo de los sistemas el capitalista. En su discurso: la vuelta a un Estado de Bienestar actualizado por la gestión privada. Pero la cuestión es ¿cuál es el precio de esta actualización, que por lo que sabemos hoy desvirtúa completamente los principios comunitarios y salubristas en los procesos llevados a cabo en Europa? (Desviat, 2016).

En cualquier caso, en esta contradicción se encuentra la ambigüedad y la insuficiencia de los Servicios Nacionales de Salud, de las propias leyes que los crearon en tiempos del Estado del Bienestar, dejando siempre la puerta abierta a la privatización de los servicios. En realidad, aún en los años de mayor protección social, la sanidad pública estuvo siempre condicionada a una financiación que privilegiaba a las grandes empresas farmacéuticas, tecnológicas y constructoras. Los gobiernos conservadores, pero también los socialdemócratas, mantuvieron la sanidad pública en sus programas, lo que además les permitía disminuir costes y acercar los recursos a la población atendida con un claro beneficio político electoral, mas al tiempo protegieron las infraestructuras de poder de la medicina conservadora y empresarial. La reforma sanitaria, y de la salud mental comunitaria, en sus logros de mayor cobertura y universalidad, se desarrolló siempre a contracorriente del poder económico, fueran ministros conservadores o socialistas.

De hecho, las ayudas económicas del Banco Mundial se acompañaron de la exigencia a los países de la reducción de la participación del sector público en la gestión de actividades comerciales y la disminución de los servicios sociales, convirtiendo en objetivo prioritario la privatización de la sanidad y las pensiones, al estilo de EEUU. Algo que queda claro en el informe de 1989 del Banco Mundial sobre financiación de los servicios sanitarios, donde se plantea introducir las fuerzas del mercado y trasladar a los usuarios los gastos en el uso de las prestaciones (Akin, 1987). Y en la pronta asunción de esta política por los Estados, empezando por el Reino Unido, que fue durante tiempo referencia por su aseguramiento público universal, como puede verse en documentos recientemente desclasificados del Gabinete de Margaret Thatcher, donde en un informe del Banco Mundial se dice textualmente que se deberá poner fin a la provisión de atención sanitaria por el Estado para la mayoría de la población, haciendo que los servicios sanitarios sean de titularidad y gestión privada, y que las personas que necesiten atención sanitaria deberán pagar por ello. Aquellos que no tengan medios para pagar podrán recibir una ayuda del Estado a través de algún sistema de reembolso (Lamata, Oñorbe, 2014).

La filosofía es trasparente: la salud es responsabilidad de la persona, del cuidado o no cuidado que haga con su vida, por tanto deben pagar por los servicios que consume. La sanidad deja de ser un bien público al que todas las personas tienen, por tanto, derecho. La ideología salubrista basada en el estilo de vida –cuide su comida, su hábitat, haga ejercicio, no corra riesgos—ignora los determinantes sociales, las condiciones de vida y de trabajo, que la salubridad que propone exige un cierto estatus social al que buena parte de la población no tiene acceso.

El hecho es que la quiebra de la universalidad deja fuera del sistema sanitario a colectivos vulnerables (desempleados de larga duración, inmigrantes sin papeles, discapacitados, ancianos…), al tiempo que los recortes presupuestarios deterioran los servicios asistenciales públicos, reducen la cesta básica, introducen el copago en medicamentos y suprimen prestaciones de apoyo (transporte, aparatos ortopédicos…). El Estado desplaza a los mercados la decisión de quien tendrá acceso a vivir y a cómo malvivir o morir. El paciente pasa a ser un cliente que puede ser rentable o no.

Pero hay otro fenómeno que hay que considerar al referirnos al sufrimiento singular y colectivo. Otro fenómeno al que enfrentar aparte de la falta de soporte social de los Estados y de la hegemonía del discurso conservador, la sustancial medicalización de la sociedad. La existencia de un Estado privatizador, la ausencia de una doctrina de salud y servicios sociales orientada al bien común, va a posibilitar el proceso de la mercantilización de la medicina, convertida en una importante fuente de riqueza, y consecuente medicalización y psiquiatrización de la población. Un proceso que tiene tres aspectos básicos, tal como enuncian Isabel del Cura y López García: uno, referir como enfermedad cualquier situación de la vida que comporte limitación, dolor, pena, insatisfacción o frustración (lo que podríamos definir como enfermedades inventadas); otra, la equiparación de factor de riesgo con enfermedad; y, por último, la ampliación de los márgenes de enfermedades (que sí lo son) aumentando así su prevalencia. Todo ello origina intervenciones diagnósticas y/o terapéuticas de dudosa eficacia y eficiencia(del Cura, Isabel; López García Franco, 2008). Hacer medicamentos para personas sanas era un viejo deseo de los laboratorios farmacéuticos, ahora el complejo médico-técnico-farmacéutico, aliado con los medios y con el poder político va más allá, con la fabricación de enfermedades. Ahora la estrategia funciona vendiendo no sólo las excelencias del fármaco sino, sobre todo, vendiendo la enfermedad. La depresión es un buen ejemplo, convertida en una pandemia mundial gracias a los antidepresivos. La cosa es simple, buscamos o creamos un malestar (el síntoma), le otorgamos un diagnóstico (precoz) y comercializamos un medicamento o una nueva indicación para un medicamento ya en uso (un antidepresivo para la timidez o un ansiolítico para circunstancias adversas) o costosas pruebas de alta tecnología completamente innecesarias. Robert Whitaker, un estudioso del fenómeno del aumento de consumo delos de los psicofármacos en EE UU, describe rigurosamente en su libro Anatomía de una epidemia la implicación de las instituciones sanitarias, profesionales y de usuarios en la elaboración del relato que les ha convertido en el tratamiento psiquiátrico dominante tanto de trastornos mentales graves como de síntomas comunes de malestar psíquico, cuando no han servido para la creación de falsas enfermedades. Preguntándose, y ese es el origen de la investigación que da lugar al libro, ¿cómo es posible que los problemas mentales se hayan incrementado desde los años 90 del pasado siglo, cuando precisamente por esas fechas aparecen lo que se propaga por asociaciones científicas y autoridades sanitarias como el mejor, sino único, remedio para atenderlos: los nuevos, supuestamente más eficientes y mucho más caros, antidepresivos, antipsicóticos, estabilizadores del ánimo, estimulantes y ansiolíticos? (Whitaker, 2015)(Desviat, 2017).

La introducción de nuevos medicamentos, no necesariamente mejores, pero si mucho más caros en los años ochenta del pasado siglo, colonizan el discurso psiquiátrico. El fármaco, respaldado por las Clasificaciones y Protocolos Internacionales de las Asociaciones científicas (infectadas por la financiación de las empresas farmacéuticas), se convierte en la bala de plata, en la panacea de los tratamientos del malestar, un atajo acorde con la cultura de la época, pragmática, intrascendente y apresurada. La psiquiatría se introduce en la gestión biopolítica de la vida por el resquicio de la insatisfacción, del vacío, la vida liquida que describe Bauman, ofertando soluciones a los problemas de la existencia: del amor, el odio, el miedo, la tristeza, la timidez, la culpa.

Se medicaliza el sufrimiento social —desahucios, desempleo, pobreza— y se psiquiatriza el mal; así cuando leemos en la prensa un caso criminal, vandálico, y se atribuyen sus actos a un trastorno mental, experimentamos cierta tranquilidad al imputar como una cuestión médica lo que es un mal social. Convertido en una cuestión genética o de anómala personalidad, no existe la responsabilidad de la sociedad en la que convivimos de una manera u otra, sostenemos. Al fin al cabo, no hace tanto que se vinculaba científicamente la criminalidad a la degeneración orgánica, hereditaria e inscrita en el cuerpo y en la mente.

El escándalo del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es ilustrativo de la fabricación de una enfermedad que ha multiplicado por cientos de miles la venta de estimulantes en pocos años para tratar, en la inmensa mayoría de lo casos, comportamientos habituales en la infancia y adolescencia: distraerse fácilmente y olvidarse cosas con frecuencia; cambiar frecuentemente de actividad; soñar despiertos/fantasear demasiado, corretear mucho; tocar y jugar con todo lo que ven; decir co­mentarios inadecuados, pueden ser diagnosticados de TDH con el aval técnico Instituto Nacional de Salud de los Estados Unidos (NIMH). Estimaciones recogi­das por Sami Timimi (Timimi, 2015)sugieren que a aproximadamente el 10 % de los niños en las escuelas de Estados Unidos se les ha pautado o tienen pautado un estimulante. En el Reino Unido la prescripción ha aumentado de 6000 recetas al año en 1994 hasta más de 450.000 en 2004; un asombroso aumento del 7000 % en solo una década (Department of Health, 2005).

La medicina se ha convertido en una gran generadora de riqueza, en cuanto la salud y el cuerpo se convierten en un objeto de consumo. En manos de la publicidad, es decir de los mercados, la medicina es una herramienta de normalización. Entendiendo por normal aquello que dictan los intereses del capital. Qué comer, qué vestir, qué tomar, como o con quien juntarnos. Las normas estandarizadas se multiplican al tiempo que avanza el proceso que Foucault denominó de “medicalización indefinida”. La medicina se impone al individuo, enfermo o no, como acto de autoridad, y ya no hay aspecto de la vida que quede fuera de su campo de actuación. El cuerpo se convierte en un espacio de intervención política. Este tiempo donde los poderes económico-políticos se inmiscuyen y regulan cada ámbito de nuestra vida, donde la vida es cualquier cosa menos algo espontáneo.

La atención de la Salud Mental al sufrimiento psíquico

Los cambios las formas de gestión y en el pensar de la época van a repercutir en las respuestas técnicas de la comunidad psi profesional. Hay una vuelta a la enfermedad como contingencia, que reduce a lo biológico el malestar. El sujeto, su biografía, queda fuera. Protocolos y vademécums sustituyen a una clínica de la escucha, qué se pregunte por el por qué subjetivo, afectivo, social del sufrimiento psíquico; una clínica que busque en las propias defensas de la persona formas de superar el padecer. Al tiempo, la medicalización produce cambios profundos en la demanda de prestaciones, que no tienen porque corresponder con las necesidades de la población, sino a los intereses de la clase hegemónica.

En el esfuerzo por reducir la psiquiatría al hecho físico, a la medicina del signo, se establecen criterios diagnósticos con unos signos-hechos-datos escogidos por consenso o por votación de un pocos que reducen la complejidad de la persona. Uno ya no delira con lo relacionado con su propia biografía. El contenido del delirio es ruido producido por la falla neuronal. No hay lenguaje, sujeto ni deseo. Solo cuerpo, enjambre químico neuronal. Mas, y he aquí la insustancialidad de la propuesta, es que los datos por si solos, como bien saben los propios publicistas de los mercados, poco valen, hay que interpretarlos.

La estrategia es obvia, se trata de homogeneizar, en torno a unos cuantos criterios, una propedéutica y un vademécum común para diagnosticar y tratar a las personas aquejadas de problemas de salud mental, en beneficio de las empresas farmacológicas y tecnológicas. Un único sentido para el mundo. El trastorno mental sería el mismo en China que en Costa Rica, en Noruega que en Mali, lo que facilitaría el mismo tratamiento. Algo tan disparatado, premeditadamente ignorante de la antropología, de la idiosincrasia de los pueblos, que seria irrelevante sino fuera porque la credibilidad de un hecho o de una visión determinada de los hechos está condicionada al aval de universidades, centros de investigación y a publicaciones de gran impacto que suelen depender directa o indirectamente de la financiación de los mercados.

Muy alejadas, por otra parte, de la realidad de la práctica asistencial. Lo que hace decir a autores como Richard Smith y Ian Roberts: que “la forma en que las revistas médicas publican los ensayos clínicos se ha convertido en una seria amenaza para la salud pública (Smith and Roberts, 2006).

Entre la aceptación y la resistencia

La acumulación irrefrenable descrita por Marx se aceleró con el fin del capitalismo industrial y no se sabe cual va a ser el acontecimiento que precipitará el choque final pronosticado por el autor de El capital, el momento en el que las fuerzas productivas entrarían en contradicción con las relaciones de producción, ni si ese acontecimiento tendrá lugar. El derrumbe disruptivo del fracasado socialismo de Estado en 1989 parecería haber agotado, como dice Enzo Traverso(2019), la trayectoria histórica del propio socialismo, de los movimientos que lucharon por cambiar el mundo con el principio de la igualdad como programa al reducir la historia toda del comunismo al hundimiento del totalitario régimen soviético. Una caída a la que se unía además los cambios profundos en las formas de producción que estaban acabando con el capitalismo industrial, en el que la izquierda forjo su identidad. Las grandes fábricas que concentraban a la clase obrera donde surgieron los sindicatos y los partidos políticos de izquierdas estaban siendo sustituidas por los nuevos modos de producción del neoliberalismo, la deslocalización, la precarización, la fragmentación y robotización de la producción. El sistema de partidos políticos surgidos con la industrialización en la confrontación obreros empresarios perdió su esencia política, convirtiéndose en aparatos electorales. En el caso de la derecha, los empresarios, sobre todo la empresa familiar y localizada territorialmente, fueron sustituidos por los lobbies financieros, sin perder la esencia de su identidad: la defensa de sus intereses de clase. En el caso de la izquierda revolucionaria, el resultado fue la perdida de un escenario que constituía su campo de batalla y su conexión con la izquierda civil. Por otra parte, el fracaso del socialismo autoritario no supuso la construcción de un socialismo democrático, como en un principio algunos imaginaron, sino que la caída de la URSS supuso la rápida transición a regímenes de un capitalismo salvaje, con el nacionalismo como identidad y en muchas ocasiones, infiltrado por criminales mafias. Algunos de los logros sociales del socialismo de Estado, como la sanidad universal y el pleno empleo, se derrumbaron, lo que llevó en pocos años a la reducción de la esperanza de vida y la precariedad o la indigencia para buena parte de la población. En la otra orilla, un capitalismo sin trabas, desalojadas las narraciones y utopías del siglo que acababa, afianzaba un presente que se quería sin pasado y sin futuro. No es el fin de la historia como preconizaba Fukuyama, sino el fin de la política. El mercado va a sustituirla, en un presentismo, donde no cabe la utopía, y por tanto, el futuro; ni cabe el pasado, perdida la memoria, en una historia huera, vacía de sentido.

Planteaba en Cohabitar la diferencia (Desviat, 2016) que la Reforma Psiquiátrica, cuyo primer objetivo fue sacar a los pacientes mentales de los hospitales psiquiátricos, de los manicomios, y situar servicios de atención en la comunidad, creó en su devenir nuevas situaciones, nuevos sujetos, nuevos sujetos de derechos. La locura se hizo visible y con ella la intolerancia, el estigma, la exclusión de la diferencia. Hizo ver que el proceso desinstitucionalizador atravesaba toda la formación social, desvelando prejuicios y representaciones sociales que iban mucho más allá del trastorno psíquico, una reordenación asistencial, y que situaban a los alienados juntos con otros de la exclusión social. Destapó la parte oculta en nuestra sociedad por la dictadura de la Razón, de la podredumbre de la razón en palabras de Antonin Artaud, en la que los locos son las víctimas por excelencia (Artaud, 1959), un imaginario colectivo poblado de los mitos, las leyendas y los sueños que nos constituyen. Nos acerca a lo que en verdad teje el síntoma singular y social, pues el síntoma se forja en la historia colectiva, en los deseos y miedos ubicados en la trastienda de nuestra cultura. Un proceso desinstitucionalizador que enfrenta a la Reforma de la Salud Mental con la miseria social y subjetiva, en un escenario en el que no se puede ser un simple observador, un impotente teórico de la marginación, la alienación y el sufrimiento. Donde el hacer comunitario hace del profesional un militante de la resistencia al orden social que instituye la enajenación en la miseria, donde la acción terapéutica, necesariamente experta en los entresijos técnicos de la terapia y el cuidado, se colorea políticamente.

Este estar en lo común por el que se define la salud mental comunitaria supone considerar a la población no solo como potenciales usuarias de los servicios, implica adentrarse en los deseos y frustraciones de sus barrios, hacerles cómplices de la gestión de su malestar. El fracaso de la medicina social es semejante al de la política gobernante que padecemos, y la razón de este fracaso está en la ausencia de comunidad, de los intereses, anhelos, frustraciones y ensueños, de las poblaciones que se atiende o se representa. Es frecuente la existencia de políticos que no han estado nunca en las circunscripciones que representan más allá de los días de la campaña electoral y es igualmente frecuente planificaciones, programas y actividad profesional de salud mental hechos sin haber pisado el barro o las aceras de los barrios que comunitariamente se atiende.

En salud y más concretamente en salud mental hablamos de participación, de la necesidad de contar con los ciudadanos, con las comunidades y los propios usuarios a la hora de la planificación y programación, mas, sin embargo, la participación se reduce, si existe, a encuentro a nivel directivo con sindicatos para temas laborales y el trabajo comunitario a situar centros de consulta fuera de los hospitales. Luego puede extrañarnos que la población no defienda los modelos que más podrían beneficiarles, de confundir las necesidades reales en sus demandas, de dejarse llevar por engañifas electorales que propician la privatización como modelo sanitario, en contra de una salud colectiva que puedan hacer suya.

Concluyendo. El hecho es que hoy, como nunca hasta ahora en la historia parece que no hay un afuera del sistema neoliberal, donde el fascismo hace presente el planteamiento de George Kennan, en un informe secreto, hoy accesible, cuando aconsejaba que había “que dejar de hablar de objetivos vagos e irreales, como los derechos humanos, el aumento de los niveles de vida y la democratización, y operar con genuinos conceptos fuerza que no estuviesen entorpecidos por eslóganes idealistas sobre altruismo y beneficencia universal, aunque estos eslóganes queden bien, y de hecho sean obligatorios, en el discurso político” (Chomsky, 2000). Una situación que puede conducirnos al “esto es lo que hay” y al “todo vale”. Un esto es lo que hay y en esta situación todo vale al que se suma la desgana por falta de perspectivas profesionales y ciudadanos, el queme o la renuncia o la aceptación de la derrota. Un es lo que hay y todo vale que nos lleva a una permanente insensibilidad, nos lleva a eludir nuestra parte de responsabilidad, nuestra ciega complicidad en el trascurrir de los hechos, nuestra parte de culpa. Algo que según Cornelius Castoriadis, nos ha convertido en cínicos profesional, social y políticamente, pues encerrados en un nosotros, en un mundo personal privatizado, hemos perdido la capacidad de actuar críticamente (Castoriadis C, 2011). Quizás lo más frecuente, como escribía en el libro antes citado (Desviat: p. 17) es el considerar que lo que sucede es lo natural de la sociedad humana, que ha sido siempre, la iniquidad, la desigualdad, la competitividad canalla y la desatención de los más frágiles, asumiendo las funciones cosméticas y de control social que impone el orden social; en el mejor de los casos cobijando la conciencia profesional y cívica en preservar ciertas cotas de dignidad, calidad y eficacia. Pero queda otra postura, una opción partisana, militante que trata de mantener una “clínica” de la resistencia, buscando aliados en los usuarios, familiares y ciudadanos para conseguir cambios en la asistencia a contracorriente y profundizar las grietas del sistema, en pos de un horizonte donde sea posible el cuidado de la salud mental, una sociedad de bienestar.

El peso de la alienación cambia cuando se es consciente de ella. En ese descubrimiento, cuando la mirada del amo ya no fulmina al colonizado, se introduce una sacudida esencial en el mundo, toda la nueva y revolucionaria seguridad del colonizado se desprende de esto, escribe Fanon en Los condenados de la Tierra (p40).

Una sanidad diferente, una atención a la salud mental que se entienda desde lo singular a lo colectivo, no será plenamente posible sino en una sociedad diferente. No podemos saber qué nos deparará el futuro. El socialismo es tan posible como la caída en la barbarie. Pero sí estamos obligados, si queremos una salud pública universal y equitativa, a desear y trajinar por una sociedad que parta de la igualdad como eje central de su discurso y tarea; una igualdad que trascienda la explotación, sin jerarquías de clase ni de género, y donde se reconozcan y convivan todas las diferencias; donde todas las fronteras sean reconocidas, respetadas y franqueables. Sin falsas identidades societarias.

Inmersos en la distopía del neocapitalismo y el auge en su seno de un nuevo capitalfascismo, puede parecer una descomunal utopía, pero podemos consolarnos con el hecho de que las revoluciones llegan cuando nadie las espera. 

 

Por Manuel Desviat

Viento sur

  Confundimos libertad con “libre mercado”. Así desconocíamos nuestra implacable condena como mercancías. (Francisco Pereña, 2014) 

Referencias

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Artaud, A. (1959). Carta a los poderes . Buenos Aires: Mundo Nuevo.

Chomsky, N. (2000). El beneficio es lo que cuenta.Barcelona: Crítica.

del Cura, Isabel; López García Franco, A. (2008). La medicalización de la vida: una mirada desde la aención priamria. Átopos, Salud Mental, Comunidad y Cultura7, 4–12.

Desviat, M. (2016). Cohabitar la diferencia. Madrid: Grupo 5.

Desviat, M. (2017). Anatomia de uma epidemia (solapas). In Anatomia de uma epidemia.Pílulas Mágicas, Drogas Psiquiátricas eo Aumento Asobroso da Doença Mental. Rio de Janeiro: Fiocruz.

Ibáñez, J. (1997). A contracorriente.Madrid: Fundamentos.

Lamata, Fernando; Oñorbe, M. (2014). Crisis (esta crisis) y Salud (nuestra salud). Retrieved from http://www.bubok.es/libros/235021/Crisis-esta-crisis-y-Salud-nuestra-salud

Maestro, A. (2017). El grito: capitalismo y enfermedad mental. In I. Maestro, A; González Duro, E; Fernández Liria, A; De la Mata (Ed.), Salud mental y capitalismo. Madrid: CismaEnsayo.

Pereña, F. (2014). La religión capitalista y el infirno. Átopos.Salud Mental, Comunidad y Cultura, 15, 64–84.

Piketty, T. (2015). El capital en el siglo XXI. Barcelona: RBA.

Timimi, s. (2015). La McDonaldización de la infancia: La Salud Mental Infantil en las culturas neoliberalese. Atopos16, 15–34.

Traverso, E. (2019). Melancolía de izquierda. Barcelona: Galaxia Gutenberg.

Whitaker, R. (2015). Anatomia de una epidemia. MadridCapitan Swing.

Fuente: https://vientosur.info/spip.php?article15415

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Miércoles, 18 Diciembre 2019 06:34

Argentina: soberanía popular y cerco geopolítico

Argentina: soberanía popular y cerco geopolítico

Buenos Aires. En la apretujada multitud que el día de la transmisión del mando intentaba llegar a la Plaza de Mayo, alguien exclamó: "¡Hay futuro, pero no hay cómo llegar!" Pero otra voz replicó: "¡El futuro llegó y estamos acá!" Y un dato no menor tuvo lugar cuando entre forcejeos, la marea humana estuvo a punto de arrojar al articulista sobre una parrilla en la que ardían sabrosos "choripanes".

A los que arribaron con horas de anticipación les fue imposible entrar a la histórica plaza, que, ya sin las rejas erigidas por Mauricio Macri, desbordaba de pueblo humilde, acampando desde la noche anterior. En las 15 cuadras que distan entre el Congreso y la Casa Rosada, millares de grupos coreaban: “¡Pre-si-denteee...! ­¡Alberto presiden-teee…!”

Difícil… muy difícil de transcribir aquel clima de fervor y cívica esperanza. Porque la democracia real volvía tras cuatro años sostenidos de hambre y desnutrición en el país de los alimentos, la deliberada marginación de viejos, enfermos y discapacitados, la persecución judicial a empresarios y dirigentes políticos de la oposición, el cierre masivo de pequeños y medianas industrias (pymes), los indiscriminados y arbitrarios despidos, y el burdo desdén de los símbolos patrios ejecutado por una mafia de capitalistas salvajes y delincuentes del fuero común.

Por ende, nada de receso navideño o distracciones decembrinas. En tan sólo cinco días, el presidente Alberto Fernández (AF) congeló las tarifas de los servicios públicos; relanzó el programa de "precios cuidados"; aumentó las jubilaciones y la asignación por hijo; rebajó el precio de los medicamentos; restringió las artimañas en los balances de las empresas para eludir el pago de ganancias; duplicó la indemnización por despido durante los próximos seis meses; restructuró los servicios de cobertura médica y social, y aumentó el impuesto al sector agroexportador, a los bienes personales de los ricos, el consumo con tarjetas en el exterior, y el largo etcétera que se dispone a desmontar el modelo económico neoliberal.

Desafíos que para el gobierno de AF, cercado por regímenes hostiles y funcionales a Washington y Tel Aviv, dibujan densos nubarrones: el Brasil del desquiciado (Jair) Bolsonaro, el Chile del genocida (Sebastián) Piñera, el Paraguay neocolonial de Mario Abdo Benítez, la OEA de Luis Almagro y, por sobre todo, el agresivo grupo golpista de fascistas que en noviembre pasado dieron un golpe de Estado en Bolivia, derrocando al presidente Evo Morales.

Con excepción de Paraguay y Uruguay, pocos presidentes asistieron a la transmisión del mando. Chile, Perú, Ecuador y Colombia enviaron funcionarios de segunda línea, mientras la presencia de Jorge Rodríguez (ministro de Comunicación de la República Bolivariana de Venezuela), y del ex presidente de Ecuador Rafael Correa, fue causa suficiente para que el yankicubano Mauricio Claver-Carone (enviado de Donald Trump y asesor para del Consejo de Seguridad Nacional) se retirara del acto protocolar, poniendo en cuestión el perfil democrático de Alberto Fernández.

El periodista Horacio Verbitsky apuntó que Elliot Abrams (representante especial del Departamento de Estado para Venezuela) le habría transmitido a Fernández el desacuerdo de su jefe, Mike Pompeo, con el gesto de Claver. No obstante, el enviado de Pompeo, Michael Kozac, permaneció en el país y asistió al almuerzo previsto por el nuevo gobernante argentino. “Y en el tête à tête con Kozac –dice Verbitski– cada parte se atuvo a su propia visión. Para los estadunidenses, no le hace bien a la democracia la radicación aquí del ex presidente del Estado Plurinacional de Bolivia… Para el argentino, lo que no le hace bien a la democracia es el elogio de Trump al Ejército que forzó la renuncia del presidente” ( El cohete a la luna, 15/12/19).

En cambio, el caso del presidente de Paraguay, Mario Abdo, luce más preocupante. Habiendo sido el primero en saludar a Fernández en la Casa Rosada, Abdo se reunió tres días después con Trump. Y luego, lo hizo en una reunión ampliada con Pompeo; el jefe de gabinete, Mick Mulvaney; el asesor presidencial del Consejo Nacional de Seguridad, Robert O’Brien; el presidente de la Corporación Internacional de Finanzas para el Desarrollo Adam Boehler, y el citado Claver Carone. Según el periodista paraguayo Celso Guanipa Castro, de la declaración conjunta Trump-Abdo se desprende que Estados Unidos proveerá a Paraguay financiamiento para "entrenamiento militar y educativo" en 2020 y 2021, y que “el Comando Sur ejecutará un ejercicio de respuesta conjunta a crisis regionales en el 2021…” (sic, Nodal, 16/12/19).

Por ahora, la nueva generación de argentinos, que promete. Así, cuando en la noche del 10 de diciembre "la jefa" apareció en el templete levantado para la ocasión, 300 mil jóvenes la saludaron haciendo cimbrar la Plaza con la V de la victoria: "¡Cristina! ¡Cristina corazón! ¡Acá tenés los pibes para la liberación!"

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“La agonía de una civilización tan globalizada como excluyente”

Entrevista a Leonardo Boff, defensor de derechos humanos

 

Las señales que lanza la sociedad planetaria son preocupantes. “Estamos en medio de una crisis fundamental, ingresando en una era de barbarie, donde los derechos esenciales se desvanecen”, reflexiona Leonardo Boff. Militante social, co-iniciador de la Teología de la Liberación, uno de los impulsores de la Carta de la Tierra en el año 2000, premio Nobel alternativo en el 2001, Boff sintetiza las más variadas facetas de hombre de reflexión y acción. Aportando en esta reflexión la impronta del defensor de derechos humanos, una de los más marcantes en su Brasil natal, aunque de las menos conocidas en el exterior. Entrevista exclusiva realizada a los 40 años del nacimiento del Centro de Defensa de los Derechos Humanos de Petrópolis, en el Estado de Río de Janeiro, que Boff contribuyó a fundar en 1979 y del cual, en la actualidad, sigue siendo su presidente.

Pregunta: El Centro de Defensa de los Derechos Humanos de Petrópolis (CDDH) nació durante la última dictadura brasilera. ¿Qué significaba entonces, en concreto, defender los derechos esenciales de los brasileros?

Leonardo Boff: Nació como respuesta a la agresión sistemática de los derechos humanos de parte del gobierno militar, que consideraba como subversivos a todos los que eran opositores. En ese momento fue esencial la lucha por la democracia, ya que constituía una reivindicación esencial, prohibida por los militares. Sin embargo, desde el principio, tuvimos como lema “Servir a la vida”. Que expresaba el deseo de ir más allá de una visión meramente jurídica de los derechos, poniendo en el centro la vida amenazada. Este Centro fue esencial en la ciudad de Petrópolis, donde todavía habito, que, dada su topografía montañosa, era escenario de continuos deslizamientos de tierras que provocaban numerosas víctimas. El CDDH ayudó a mucha gente -con la cooperación entre todos-, a reconstruir sus casas o hacerlas nuevas. Pensábamos, ya entonces, en la vida como concepto integral, incorporando también la vida de la naturaleza. Desde el principio las luchas se centraron en la defensa de los derechos de los más pobres que viven en las periferias. Empezando por crear conciencia sobre sus derechos de tal forma que pudiesen ser protagonistas de sus propias reivindicaciones.

P: Es decir, la defensa de los derechos humanos desde la perspectiva y la centralidad de los actores sociales marginados…

LB: En efecto. En estos años se dio una intensa tarea de concientización y educación sobre los derechos, siempre, insisto, en la perspectiva de los pobres. Era para nosotros claro que el primer derecho es a la vida y a los medios de subsistencia. Luego, los demás, como, los de expresión, de ciudadanía etc. Siempre con la preocupación de crear comunidades, en las cuales los pobres pudieran discutir sus problemas y con nuestro apoyo, buscar ellos mismos soluciones viables. Como la ciudad de Petrópolis es política y socialmente muy conservadora –Ndr. fue la sede del Emperador Pedro II, de donde deriva su nombre– casi no existían organizaciones comprometidas con la justicia social. Con encuentros y cursos sobre derechos sociales, logramos promover una visión liberadora más crítica al sistema imperante. Priorizando desde siempre el trabajo con los jóvenes.

P: Nos podría dar un ejemplo de alguno de los proyectos emblemáticos…

LB: Para mí el proyecto más significativo fue el que denominamos “Pan y Belleza”. Se aseguraba el alimento básico de cerca de 300 personas que vivían en la calle. Podían llegar, ducharse, vestir ropas limpias - recogidas gracias a donaciones- y contar con una comida abundante y muy buena. Después, por la tarde, era el momento de la belleza. Consistía en rescatar su identidad, empezando por el uso de sus nombres, ya que la gran mayoría solo tenía apodos. Se les apoyaba en mantener su salud; se alfabetizó a muchos; se socializaban testimonios; se compartían actividades culturales; y, si era posible, tratábamos de proponerles un trabajo para promover su autonomía.

Bolsonaro se aprovechó de las debilidades del PT

P: 40 años después, Brasil vuelve a vivir una realidad compleja e incierta, incluso de la perspectiva de la defensa de los derechos humanos. ¿Cómo analiza hoy, casi un año después, la victoria de Jair Bolsonaro que reivindica, incluso, a la dictadura militar brasilera? ¿Qué falló en la pedagogía popular como para facilitar este tropezón histórico?

LB: Es una pregunta muy complicada. Hay que comenzar analizando el hecho que las oligarquías dominantes nunca han aceptado que un hijo de la pobreza, sobreviviente del hambre, llegara a ser presidente. Esos grupos de poder solo toleraron a Lula siempre y cuando respetara sus mecanismos de acumulación, la que desde siempre estuvo entre las más altas y concentrada del mundo. Lula, por su parte, en los años de Gobierno del Partido de los Trabajadores (PT), logró sacar de la miseria a cerca de 40 millones de personas. Implementando programas sociales como “Mi casa, mi vida”, que aseguró a millones una vivienda digna, o “Luz para todos”, que iluminó aun los rincones más alejados del país. Permitió, además, a jóvenes negros y empobrecidos, realizar estudios, incluso universitarios. Sin embargo, hubo un problema estratégico del PT de negociar alianzas en el parlamento -donde era minoría- con partidos sin ninguna sensibilidad social. Y perdió una parte del contacto con las bases populares que habían llevado a Lula al gobierno. También hubo corrupción que contaminó a miembros importante del equipo de Lula y de su sucesora Dilma Rousseff. Se les convirtió en chivo expiatorio de la corrupción cuando en realidad, el PT ocupaba solo el décimo lugar en el ranking entre los partidos políticos brasileros corruptos.

Hay que agregar al análisis, además, que, en los últimos años, en muchas partes del mundo, la derecha ha ganado fuerza, especialmente a partir del apoyo explícito del presidente norteamericano Donald Trump.

En Brasil, todos esos elementos, promovieron una atmósfera anti-PT. Y desde los mismos Estados Unidos se promovió una estrategia que instrumentó jueces, parlamentarios y policías, para atacar al Estado acusándole de ineficiente y descalificar a liderazgos populares como al mismo Lula. Incluso enviándole a la cárcel mediante un procedimiento jurídico totalmente irregular, condenado por “una acción indeterminada”, elemento que no existe en ningún código penal en el mundo. Lula fue un prisionero político. En la campaña electoral se difundieron millones de fakes news, de tal forma que Brasil fue contaminado por una ola de odio, rabia y disgregación social. Y en ese contexto, la consigna simplista, fue “hay que cambiar”, abriéndole la puerta a Jair Bolsonaro.

P: Con un programa elitista en lo económico, pero con promesas populistas…

LB: En efecto. Un ex militar, apoyado por los grandes grupos de poder. De extrema derecha, sin ninguna educación, buscando siempre la confrontación, alabando a los torturadores de antaño y las dictaduras militares, tanto de Brasil, como de Chile y Paraguay. Confrontando con palabras ofensivas a la canciller alemana Angela Merkel o al presidente francés Emmanuel Macron y a los candidatos del Frente de Todos de Argentina. Apoyándose en las iglesias neo pentecostales y en sus programas televisivos masivos que manipulan a millones de personas con todo tipo de mensajes mentirosos y distorsionadores. En este ambiente irrumpió Bolsonaro, quien está desmantelando aceleradamente todos los programas de inclusión social de los gobiernos de Lula y Dilma y quitando derechos esenciales a los trabajadores. Hay mucha desesperanza en el país. Incluso hay analistas que piensan que no terminará su mandato ya que las propias oligarquías que lo apoyaron ya no creen en su persona ni en el tipo de economía extremadamente neoliberal, sin ningún crecimiento y restringiendo las inversiones productivas.

“Sociedad posdemocrática, sin leyes”

P: A nivel de derechos humanos: ¿qué representa el Gobierno Bolsonaro?

LB: Es explícitamente homofóbico, se manifiesta contra la población LGBT, contra los negros e indígenas. Tiene un estilo vulgar de comunicación, “a la Trump”, vía Internet, actuando de forma autoritaria por encima de la constitución. Vivimos la realidad de una sociedad posdemocrática y sin leyes. Debido a que defiende la tortura, el acceso de la población a las armas de fuego, y la violencia, ésta ha aumentado considerablemente en el país. Solo el año pasado se registraron más de 65 mil asesinatos.

P: ¿Cuáles son las prioridades para los defensores de DDHH y organizaciones sociales?

LB: En esta coyuntura, la lucha es por la defensa de los derechos esenciales de los trabajadores, de las minorías sometidas y de los más pobres, de los cuales Bolsonaro nunca habla y a los que desprecia. En cuanto a derechos humanos, estamos volviendo al tiempo de la dictadura militar, cuando se trataba de salvar vidas secuestradas, torturadas…Ahora, la ola de violencia es animada por un presidente que en tanto candidato alabó la represión y a los torturadores. Los que usan la violencia, en particular contra los pobres y negros, se sienten respaldados por la máxima autoridad del país. Bolsonaro vive una paranoia que le lleva a ver en cualquier oposición la presencia “comunista” y que le lleva a sentirse víctima de una conspiración mundial. Ha estimulado la deforestación de la Amazonía, abierta completamente a las empresas mineras de USA y de China y promueve una visión claramente anti indígena. Los grandes incendios de extensos territorios amazónicos cuentan con el beneplácito del presidente, lo que está provocando un enorme escándalo nacional e internacional.

P: ¿Es decir, es de nuevo el momento de la defensa de los derechos humanos en su sentido más tradicional?

LB: En la etapa precedente muy diversos actores de base habían avanzado mucho en conceptualizar y promover los derechos sociales, los derechos de la naturaleza y de la Madre Tierra. Siento que ahora estos temas han perdido centralidad. Se trata hoy de salvaguardar los derechos humanos básicos, profundamente afectados. Sin embargo, se mantiene abierta la reflexión, especialmente la que se dio previa al Sínodo para la Amazonía, en torno a los derechos de la naturaleza. Brasil puede ofrecer un aporte significativo al conjunto del planeta a través de sus selvas y grandes ríos que sirven como filtros de absorción de CO2.

“Seres humanos que no reconocen a otros como humanos”

P: El repliegue nacionalista que promueve el gobierno brasilero coincide con proyectos xenofóbicos y con los muros antinmigrantes que se refuerzan en otras regiones del mundo, ya sea en Europa o en los mismos Estados Unidos de Norteamérica …

LB: Siento que estamos en medio de una crisis fundamental de civilización e ingresando en una era de barbarie. Donde se debilita la solidaridad entre los seres humanos y aumentan los oídos sordos hacia los gritos de la naturaleza y la Tierra. Nos estamos dando cuenta que no tenemos soluciones para los problemas que nosotros mismos hemos creado. En verdad, hemos convertido el Jardín del Edén en un matadero y el ser un humano en vez de ser su cuidador se transforma en el Satán de la Tierra. Cuando una civilización globalizada como la nuestra no logra incluir a todos, expresa que está agónica y camina rumbo a un desastre ecológico-social sin precedentes. Vivimos en una emergencia humanitaria, en la que seres humanos no reconocen a otros como humanos. Me refiero a seres que merecerían respeto y afirmación de sus derechos. Su negación constituye una especie de condena a muerte. De hecho, muchos mueren diariamente sea en las aguas del Mediterráneo, tratando de llegar a Europa, o en los senderos latinoamericanos rumbo a los Estados Unidos.

Sergio Ferrari

Rebelión

Sergio Ferrari, en colaboración con la Fundación solidaria suiza COOPERAXION, con proyectos de apoyo a los movimientos sociales en Brasil y Liberia

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¿El fenómeno de la dolarización llegó para quedarse en Venezuela?

De acuerdo a los más recientes estudios, actualmente un 53,8 % de las transacciones en el país se realizan en la divisa estadounidense.

Según algunos expertos económicos, de las más variadas ideologías políticas, Venezuela habría vivido, en las últimas semanas, cierta reactivación de la economía, una afirmación que se sustenta en el repunte de las transacciones económicas.

"Lo que estamos viviendo es una pequeña recuperación económica después de toda esa caída monstruosa que hemos tenido y, dependiendo de lo que ocurra en el ínterin de los primeros trimestres del año, esa recuperación se puede pronunciar un poquito, no estoy hablando de algo definitivo o de que se acabó la crisis, pero creo que el año que viene será un poquito mejor", aseguró el economista Daniel Lahoud.

De igual forma, el analista económico Tomás Socías López considera que en los últimos días se han dado "unos inicios de movimientos y activación de la economía".

"Se calcula que las ventas han aumentado cerca de 20%. Se nota una afluencia mayor a los establecimientos y un incremento de las ventas, sobre todo de electrodomésticos, que ha tenido más crecimiento en los últimos días", detalló Socias López.

De hecho, los comerciantes del país decidieron, por primera vez en la historia de la nación, replicar la experiencia estadounidense denominada 'Black Friday' para así incrementar las ventas. Pero no todos los economistas consideran que ese sea un síntoma de recuperación.

"Para mí, esto hace referencia al fenómeno estacional de las compras navideñas, que siempre marcan un contraste con el resto de año. El año pasado también se vivió, aunque a escala más pequeña, animado por las remesas que se enviaron justo con ese propósito navideño. Pero este año, además de las remesas, tenemos pagos de bonificaciones y algunos en dólares. A lo que hay que agregarle el hecho de que en la economía los dólares están circulando más, ya no se usan solo para atesoramiento o pagos especiales, sino que tienen cada vez más aceptación", explica a RT el sociólogo y economista político Luis Salas, quien cree que "la prueba para hablar de una recuperación no es diciembre sino el primer trimestre del año 2020".

Por su parte, el economista Luis Enrique Gavazut agrega otra arista. "Que haya un leve incremento en las ventas no refleja una recuperación económica. El proceso de dolarización de facto ha hecho que exista una presencia y utilización mayor de divisas, lo cual ha incrementado levemente las importaciones de productos de consumo final y la adquisición de los mismos. Pero no se trata de un incremento de la oferta por inversión y producción nacional, que es lo que realmente se necesita", explica en diálogo con este medio.

De la mano del dólar

Lo cierto es que un porcentaje importante de estas transacciones se realiza en dólares, pese a que en Venezuela la única moneda de curso legal es el Bolívar.

De acuerdo con la firma privada Ecoanalítica, actualmente un  53,8 % de las transacciones en Venezuela se realizan en dólares: casi todos los electrodomésticos se compran en esa divisa, así como más de la mitad de la ropa, repuestos para automóviles y alimentos, entre otros rubros. Este dato se sustenta en el estudio de 12.600 operaciones registradas, entre el 10 al 15 de octubre, en 136 locales de Venezuela.

Según ese informe, 50 % de la población venezolana está atrapada en la hiperinflación, especialmente los pensionados y empleados públicos; 35 % de los habitantes se mantiene con algunos ingresos en divisas; y otro 15 % vive de la denominada 'burbuja de los dólares', que les permite mantener altos niveles de consumo.

Desde el sector oficial no existen cifras al respecto. Sin embargo, el pasado 17 de noviembre, el presidente Nicolás Maduro, evidenció por primera vez que el gobierno se encuentra al tanto de la situación.

"Yo, quizás lo que diré será un pecado para los dueños de los dogmas, no lo veo mal. Me declaro pecador: no lo veo mal. Evaluar cómo ese proceso, que llaman de dolarización, puede servir para la recuperación y despliegue de las fuerzas productivas y el funcionamiento de la economía. Es una válvula de escape, gracias a Dios existe", indicó Maduro, en unas declaraciones que repetiría el pasado martes.

El mandatario venezolano sostiene que la dolarización surgió por la "autoregulación necesaria" de la economía venezolana para procurar la "desaceleración de la inflación criminal inducida".

"Ese proceso que llaman dolarización"

Sin embargo, ¿se encuentra Venezuela realmente en un proceso de dolarización? Analistas como el opositor Luis Vicente León, economista y presidente de Datanálisis, aseguran que en el país no existe tal proceso, de manera "formal, integral, racional y eficiente".

"Lo que hay es una masificación de facto y desordenada del uso de divisas para responder a  la pérdida de valor del bolívar", dice.

La moneda local de Venezuela es el bolívar, pero el Estado permite que se hagan operaciones en dólares. Incluso en los puestos callejeros de venta de perros calientes, célebres en el país suramericano, los vendedores se sirven de la divisa estadounidense.

"Hay restricción severa de la liquidez monetaria en bolívares. Entonces, las personas que poseen divisas, bien sea porque las han acumulado por años, las reciben por remesas o tienen alguna operación comercial de bienes o servicios, al no tener cómo cambiarlas a bolívares, pues las usan directamente, y esto ha aumentado la circulación del dólar libremente", explica Gavazut.

Pero a pesar de esta situación y de que el dólar ya es la unidad de referencia para calcular los precios, los contratos laborales y las cuentas bancarias siguen en bolívares, dos puntos claves que no permiten hablar de una dolarización sistemática. Pero, además, ¿puede realmente Venezuela avanzar hacia una dolarización formal en medio de las fuertes sanciones unilaterales del gobierno de Estados Unidos?

¿Dolarización con sanciones?

"Hay un crecimiento de las transacciones en dólares, lo que no necesariamente implica que haya muchos más dólares que antes. Hay más, sí, pero lo que más ha crecido es la liquidez o circulación de los mismos, pues no solo se usan como reserva de valor o unidad contable, sino como moneda de pago para operaciones cotidianas. Es decir, pasan más de mano en mano y producen la ilusión de que 'todo el mundo tiene dólares'. Pero, ¿que esto llegue a ser una dolarización? Eso está aún por verse", agrega Salas.

Para este experto, más que una "dolarización", hoy Venezuela vive una "desbolivarización", "una huida desordenada desde el bolívar hacia cualquier otro medio de pago".

Salas explica que la 'huida' es mayoritaria hacia los dólares "pero también, por ejemplo, el oro en Guayana o el peso colombiano en la frontera occidental. Y, en el caso del gobierno, hacia la criptomoneda el Petro, y de muchos particulares, en ciudades como Caracas, hacia las cripto en general".

Salas alerta que este proceso puede derivar en tres vertientes: un régimen multimonetario, como el de Zimbabue, donde llegaron a circular hasta nueve monedas distintas más las cripto; uno 'bimonetario', como en Cuba; o, efectivamente, a una dolarización formal tipo Ecuador. Pero, para que esto último ocurra debe reformarse la Constitución y hacerse toda la adecuación respectiva.

Por paradójico que suene, pareciera que el principal escollo operativo para una dolarización en Venezuela son las sanciones del gobierno norteamericano contra la golpeada economía del país suramericano.

Por Jessica Dos Santos

Publicado:11 dic 2019 21:00 GMT


Sociólogo Trino Márquez: La dolarización anárquica y salvaje "agudiza la brecha entre pobres y ricos"

Por: Aporrea-UR | Miércoles, 11/12/2019 04:04 PM 

 

10-12-19.-El sociólogo, Trino Márquez, doctor en Ciencias Sociales, durante una entrevista en Unión Radio consideró que la dolarización es un fenómeno con rasgos sociológicos al influir en la sociedad, por «estar agudizando la brecha entre pobres y ricos, entre el sector que tiene acceso a los dólares de manera permanente y masiva, y el resto de la población que no tiene acceso ni siquiera ocasionalmente a la divisa norteamericana».

Márquez detalló que existen diversos sectores que tienen acceso a las divisas, como los que ofrecen algún servicio, quienes reciben remesas, los que ahorraron en divisas y quienes tienen negocios lícitos e ilícitos».

No obstante, precisa que el área que tiene ese altísimo nivel de consumo debido a su acceso al dólar apenas alcanza entre 10 y 15 %, es decir un millón de personas.

«Estadísticamente no tiene ningún significado frente a 90% de la población que no tiene acceso a casi nada».

Enfatizó que estamos ante «una dolarización caótica, anárquica, a los trancazos y a lo salvaje y los más afectados son los grupos más vulnerables y está produciendo un fenómeno: tenemos más pobres que cada vez son más pobres»

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Jueves, 12 Diciembre 2019 06:55

Una reforma de pensiones que no convence

Una reforma de pensiones que no convence

Críticas de sindicatos y partidos políticos opositores en Francia 

Las centrales sindicales fijaron para el próximo 17 de diciembre una nueva jornada de huelgas y protestas en todo el país.

El proyecto para reformar el sistema de pensiones francés salió hoy de la nebulosa y, fuera del patronato, no convenció a ninguno de los actores sociales. Sindicatos y partidos políticos cuestionaron la reforma presentada por el Primer Ministro Edouard Philippe al cabo de dos años de negociaciones, varios meses de tergiversaciones y casi una semana de fuertes huelgas en los transportes públicos. El Ejecutivo introdujo algunas concesiones a los sindicatos, pero, en lo global, resguardó la arquitectura de una jubilación “universal por puntos” tal como la definió el presidente Emmanuel Macron cuando aspiraba a la presidencia en 2017. ” Injusto”, ”un engaño”, ”todos pierden”, la oposición política y los sindicatos salieron de inmediato a demoler una reforma que, lejos de ser decorativa, transforma en muchos aspectos la estructura de las pensiones. La consecuencia social era previsible: las centrales sindicales llamaron a continuar el movimiento y fijaron para el próximo 17 de diciembre una jornada de huelgas y protestas.

 

Entre el momento en que se cristalizó el conflicto y el anuncio del contenido de la reforma el Ejecutivo perdió un aliado de mucho peso. El sindicato CFDT no había participado en las huelgas, pero ahora dio vuelta su posición. Su Secretario General, Laurent Berger, declaró que “se acababa de atravesar una línea roja”. La CGT, el principal motor de la protesta, acusó al Primer Ministro de haberse “burlado de todo el mundo”. La reacción revela el trastorno profundo del equilibrio de fuerzas. En lo concreto, los sectores políticos y sindicales que tenían un perfil reformista y, por consiguiente, estaban de acuerdo con un cambio en el sistema de jubilaciones lo empiezan a cuestionar fuertemente. Según el plan presentado por el jefe del Gobierno, la edad legal de la jubilación se mantiene a los 62 años, pero con una variable que extiende “la edad del equilibrio a los 64 años”. Así, la sospecha de que la reforma conduciría a trabajar más años se confirma sin ambigüedad.

El patronato francés, agrupado en el Medef, está satisfecho. Este sector conserva todos sus privilegios. Sin embargo, más allá de los círculos patronales no hay nadie que adhiera a la línea oficialista. A la izquierda, el líder de Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon, juzgó que “Macron acaba de instaurar la jubilación a los 64 años”. Los ecologistas hablan de “fractura” del país, los socialistas de “norme injusticia”, los comunistas de un “sacrificio” y la extrema derecha de “reforma terrible”.

Envuelta en las formulaciones técnico retóricas aparece una realidad ya adelantada por el sindicalismo: habrá que trabajar más, aportar más y, en suma, ganar menos. El principio de una jubilación universal por puntos contaba, hasta ayer, con muchos adeptos. Personalidades como Thomas Piketty (autor del libro El Capital en el Siglo XX) alentaban una restructuración de las pensiones en esa dirección para que hubiera menos desigualdades entre los regímenes especiales (hay 42). Incluso la opinión pública defendía (76%) la urgencia de una reforma capaz de preservar la originalidad del sistema por reparto al mismo tiempo que introducía más equidad en los cálculos. La reforma presentada por el primer ministro asusta, no solo por la variable de los 64 años sino, también, porque amenaza con romper definitivamente con el sistema solidario que rige desde finales de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Dicho sistema ya ha sufrido muchas alteraciones justificadas por la competencia mundial, el multilateralismo o la globalización. 

En 2003 y 2010 hubo dos reformas del sistema de pensiones. En 2016 se trastornó la ley laboral con el fin de adaptarla a los imperativos de la competitividad de las empresas y en 2018 Emmanuel Macron llevó a cabo una reforma sustancial de la compañía nacional de ferrocarriles, la SNCF. En cada caso hubo huelgas y manifestaciones sin que los actores sociales lograran preservar sus derechos. El año 2019 apunta a terminar como concluyó el anterior y empezó este: manifestaciones, enfrentamientos, bloqueos y gases lacrimógenos. En 2018-2019 fueron los chalecos amarillos, en 2019-2020 serán las pensiones las que mantendrán ardiente la llama social. Pasado, presente y futuro, nuevas generaciones, ya jubilados o por venir, todo el mundo está concernido por la reforma. Ferrocarriles, educación nacional, policías, hospitales, profesiones liberales y hasta los miembros de la Opera de Paris, hoy en huelga, se preparan a pasar una navidad en pie de guerra social. El primer ministro, Edouard Philippe, se anotó un punto histórico: aspiraba a apaciguar al país y dividir a los contestatarios y a los sindicatos, pero alcanzó la meta opuesta: todos se aliaron contra él. La reforma reveló al final su auténtica naturaleza. No se trataba únicamente de “retocar” la arquitectura sino de introducir recortes y economías.

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Así es la desigualdad en Latinoamérica: hasta 18 años menos de esperanza de vida

Un grupo de científicos mapea por primera vez la "extrema" magnitud de las disparidades en varias ciudades de América Latina

 

Una mujer que reside en una de las zonas menos favorecidas de Santiago de Chile vivirá 18 años menos que otra mujer que viva en la misma ciudad, pero en un barrio más pudiente. La vida de esta mujer —y de muchas otras— será casi dos décadas más corta por culpa de las brutales desigualdades que sufre la capital chilena, que estos días protagoniza numerosas revueltas contra su gobierno con estas injusticias como principal argumento.

"Suponíamos que en Panamá y en Santiago las diferencias iban a ser importantes porque son dos países con mucha desigualdad y las grandes ciudades suelen representar la desigualdad de los países", reconoce Usama Bilal, "pero en el caso de Santiago de Chile nos sorprendió la magnitud del problema". Este epidemiólogo español, investigador de la Universidad de Drexel, es el autor principal de un estudio que publica The Lancet Planetary Health y que pone cifras por primera vez a la desigualdad social en seis grandes ciudades latinoamericanas que suman más de 50 millones de habitantes.

"Ahora mismo en Santiago hay protestas y en el mismo centro de esas protestas está la desigualdad social. Nosotros damos datos a la gente para que puedan probar que es real, que existe. Y que sea la sociedad la que responda si esta desigualdad es socialmente aceptable", asegura Bilal. Y añade: "Estos datos pueden empoderar a los ciudadanos para plantearle demandas a sus gobernantes".

En Santiago, dependiendo de la zona de la ciudad, las diferencias de esperanza de vida son esos dieciocho años en mujeres y nueve en hombres; en la ciudad de Panamá, de unos quince años para ambos sexos; en Ciudad de México, de once para hombres y nueve para mujeres; en Buenos Aires (Argentina) y en Belo Horizonte (Brasil), de cuatro y seis; y de cuatro y tres en San José de Costa Rica.

“Estos resultados destacan la importancia de desarrollar políticas urbanas enfocadas a reducir desigualdades sociales y mejorar condiciones sociales y ambientales en los barrios más pobres de las ciudades de Latinoamérica”, señala Ana Diez Roux, coautora del estudio e investigadora principal del proyecto SALURBAL, que estudia cómo influyen las políticas y distribuciones urbanas en la salud de los latinoamericanos.

"Viendo los mapas observamos unos patrones muy claros en algunos lugares; por ejemplo, si observas un mapa de la pobreza de Santiago, tienes prácticamente nuestro mapa de esperanza de vida de la ciudad, pero al revés", afirma Bilal. "Estos patrones que aparecen en las ciudades nos muestran que no es aleatorio ese reparto de la esperanza de vida y que ese algo determina la segregación espacial", ahonda el especialista de 33 años.

En el caso de Santiago de Chile les sorprende la magnitud de la diferencia, casi 20 años, porque son desigualdades que se suelen encontrar en unidades urbanas más pequeñas: en el ámbito del barrio y no del distrito. Sin embargo, en Madrid (España) hay diferencias de 10 años de esperanza de vida entre los barrios más privilegiados y los más desfavorecidos (solo de cuatro años entre distritos), mientras que en Buenos Aires están en torno a la mitad. "Cuando hay pocas diferencias puede deberse a que las unidades urbanas sean muy heterogéneas", avisa Bilal, de modo que la segregación no esté tan segmentada. En este estudio no pueden difundir esperanzas de vida exactas asociadas a barrios concretos por cuestiones de confidencialidad.

Brecha educativa y económica

Para analizar el impacto del nivel socioeconómico en estas diferencias, estos científicos han usado datos del nivel educativo, que les han servido de indicador claro de los recursos de cada segmento de la población, que puede explicar gran parte de esta brecha. En el caso de Santiago, la diferencia en esperanza de vida entre las áreas con mayores y menores niveles de estudios puede llegar a ser hasta ocho años para hombres y doce años en el caso de las mujeres.

“Esta es la primera vez que se mapea la magnitud extrema de las desigualdades en esperanza de vida en varias ciudades de Latinoamérica, y constituye un primer paso fundamental para poder disminuirlas o erradicarlas en un futuro”, asegura el epidemiólogo. Ha empezado con seis, pero Bilal tiene dos millones de dólares de los Institutos Nacionales de Salud de EE UU (NIH) para estudiar la salud de los habitantes de las más de 700 ciudades con más de 100.000 habitantes de EE UU y diez países latinoamericanos.

Latinoamérica es una de las regiones más desiguales del planeta, pero muchas de estas injusticias permanecen sin concretar, o desconocidas, por falta de datos concretos que los materialicen en toda su crudeza encima de la mesa. Y las ciudades son buenos laboratorios en los que estudiar estos problemas sociales que lastran la salud de la población como la peor de las epidemias. De ahí que un equipo de epidemiólogos, coordinado por Bilal, se haya decidido a poner el microscopio en la desigualdad urbana latinoamericana, donde vive el 80% de la población.

Este estudio es la prueba de concepto de que sus mediciones funcionan, por eso escogieron ciudades que tuvieran buenos datos de gran cantidad de distritos distintos (o comunas). Más adelante irán reduciendo las dimensiones de las esas células mínimas de estudio a bloques más pequeños, lo que llamaríamos una sección censal en España, por ejemplo, con datos que les permitan georreferenciar las muertes y encontrar patrones y correlaciones más claras.

Los investigadores han observado mayor diferencia dentro de las urbes que entre ellas, como explica Bilal: "Si comparamos entre las ciudades, la desigualdad es menor que dentro de ellas, por eso no suele ser muy útil cuando hablamos de la esperanza de vida de una ciudad entera, menos si hablamos de la esperanza de vida de los países".

Por JAVIER SALAS

10 DIC 2019 - 18:52 COT

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Michael R. Krätke, economista. Víctor Serri

El doctor en económicas Michael R. Krätke estuvo en Barcelona. En esta entrevista habla sobre la situación de crisis financiera, el auge de China y el estado actual de su proyecto de recopilar todos los escritos de Marx y Engels.

 

Michael R. Krätke (1949) es profesor emérito de Economía Política de la Universidad de Ámsterdam, donde reside actualmente. Colaborador habitual del semanario Der Freitag y miembro del Consejo Editorial de la revista Sin Permiso, Krätke es autor de numerosos artículos y varios libros sobre economía y la historia del socialismo. Además, forma parte del comité científico encargado de la nueva edición de las Obras Completas de Marx y Engels (MEGA, por sus siglas alemanas). Aprovechando su paso por Barcelona para participar en el posgrado de Sin Permiso, entrevistamos a Krätke sobre la situación en las principales economías del mundo, las tendencias más importantes del capitalismo global y el estado teórico de la izquierda.

¿Hay signos de una recesión? Los economistas parecen dividirse entre quienes llaman a la calma y quienes parecen llamar al pánico.


No entraría en pánico, pero hay motivos de sobra como para preocuparse. En algunas economías importantes, como Turquía o Italia, hay signos no ya de una recesión, sino de otra crisis financiera. Turquía es, en mi opinión, más frágil que Italia. La deuda pública y privada en Turquía se encuentra mayoritariamente en manos extranjeras y está denominada en dólares: si el dólar sube, lo harán las deudas, si la lira cae, al gobierno, los bancos y las empresas turcas les será más difícil pagar esas deudas.

Siguen habiendo varias crisis en marcha. En Estados Unidos hemos visto desarrollos recientes que son muy similares a los que precedieron a la crisis financiera e inmobiliaria. En esta ocasión se trata del uso de tarjetas de crédito, de la compraventa de automóviles de gama alta, financiada con créditos a consumidores que en realidad no pueden permitírselos y con frecuencia acaban perdiéndolos. Hay una deuda cada vez mayor que no es en absoluto segura. El proceso que desencadenó la crisis de deuda en EE UU está en marcha de nuevo.

Si ampliamos el foco, vemos que nos encontramos en medio de una gran transformación de la estructura de la economía capitalista mundial. No puede ignorarse la impresionante expansión de las estrategias de inversión y comercio de la República Popular China, que está registrando un enorme progreso en todo el planeta. Es un desarrollo a tomar muy seriamente. En particular la Unión Europea, si es que quiere seguir desempañando algún tipo de papel a nivel mundial, debería estudiar atentamente el caso de China y mantener buenas relaciones con ella.

Hay cambios en el mundo anglosajón. Nadie sabe qué pasará en las próximas elecciones en EEUU, quizá se acabe la pesadilla de Trump, pero tampoco es seguro. Si se termina, habrá un presidente Demócrata y es posible que muchos de los problemas causados por Trump sean corregidos. Pero no podemos estar seguros de ello. Reino Unido podría abandonar la UE. El Partido Laborista tiene un programa excelente en muchos aspectos que recoge las reformas urgentes que necesita el país, pero probablemente no ganarán estas elecciones. Si los tories consiguen una mayoría, abandonarán la UE con un plan descabellado para negociar un nuevo acuerdo de libre comercio con Bruselas en menos de un año, algo imposible. ¿Qué harán entonces? Entregarse a los EE UU de Trump y aceptar todo lo que les ofrezca. Esto puede que refuerce a ambos. Si esto termina sucediendo, terminaremos muy probablemente con una especie de Singapur gigante al otro lado del Canal de la Mancha.



Diría que Boris Johnson utilizó esa expresión exacta.


Ése es el plan de quienes apoyan y en buena parte financiaron el Brexit. Detrás de él hay grandes capitales, no solamente la frustración de los más pobres, que por otra parte es muy comprensible. El Brexit ha sido una acción política muy bien planificada por gente que dispone de fondos considerables. Quienes lo financiaron creen que la UE —y pienso que no se equivocan— es la única institución que les impide abolir los estándares de protección medioambiental, de los consumidores, laborales, etcétera, y que todavía resisten en Reino Unido incluso a pesar de todos estos años de thatcherismo y New Labour.

Económicamente hablando, Reino Unido no está en buena forma, todo lo contrario. Y está perdiendo su industria. Lo que están haciendo los partidarios del Brexit es, de hecho, completar el trabajo que comenzó Thatcher de desindustrialización. Es una tragedia: el país industrial más antiguo de Europa, que retiene todavía mucho intelecto, buenos ingenieros, trabajadores cualificados… Y lo están perdiendo todo. Temo que no quedará una industria digna de ese nombre en Reino Unido.

 

Aunque ya la ha mencionado de pasada, me gustaría preguntarle por la Unión Europea. ¿Cómo ve al bloque en esta crisis, en particular tras la llegada de Christine Lagarde al frente del Banco Central Europeo?


Ciertamente, continuará las políticas de su predecesor, que no hizo un tan mal trabajo, ampliando el margen de las normas que fueron impuestas, en particular por los alemanes, que querían convertir el BCE en un Bundesbank a gran escala. Esas normas hacían difícil al BCE actuar como un banco central real, interviniendo en la política macroeconómica en tiempos de crisis. Y eso es lo que, en efecto, Draghi hizo. Con consecuencias de varios tipos, pero al final salvó la Eurozona de un desastre completo, o, al menos, de la posibilidad de una desintegración. Esta política continuará, pero la dificultad es que el BCE no tiene reservas. No hablo en términos de dinero, sino de medios para intervenir. La tasa de interés ya está bajo cero, ¿así qué se puede hacer? El BCE impone tasas de interés negativas a cualquier banco que deposita su dinero en sus cajas fuertes. Oficialmente, todos los bancos centrales de todos los países miembro están obligados a retener un determinado porcentaje de sus reservas bajo el control del BCE. Es un castigo y tiene sus límites. En cualquier caso, no se pueden imponer más intereses negativos, es una situación completamente absurda en una economía capitalista, que es lo que seguimos siendo. No se puede continuar así, al menos no durante mucho tiempo. Así que tendrán que pensar en algo nuevo, pero no hay mucho que puedan hacer mientras no haya una acción concertada con los gobiernos europeos.



Se está hablando de extender los intereses negativos a los clientes.


Sí, y algunos bancos ya lo están haciendo, pero habrá fuertes reacciones a esa medida. No creo que sean capaces de sostenerla a largo plazo. Aunque puede que lo intenten. La UE se encuentra en una situación absurda. Tiene un presupuesto demasiado pequeño, aunque dispone de muchos instrumentos y políticas establecidas, como las políticas de cohesión territorial, que en principio han servido para llevar a cabo muchas cosas buenas. Pero las historias de éxito son muy pocas como para que tengan un efecto perdurable en la memoria de la opinión pública. Por otra parte, la UE tiene otras políticas, como las políticas agrarias, que son completamente absurdas. Todo el dinero está yendo, por los motivos equivocados, a la gente equivocada, en vez de utilizarse las políticas agrarias para apoyar objetivos medioambientales. Es una locura, carece de lógica. Se puede explicar históricamente, pero tiene que modificarse.

En política fiscal, hay una competición entre miembros, y todos sabemos que eso es en detrimento de todos los países participantes. Es un juego en el que nadie gana, aunque todo el mundo está de acuerdo en que debería ponerse fin a esta competición fiscal. Si se toma seriamente, eso significa que los países europeos han de tratar el asunto entre ellos porque hay paraísos fiscales, como Holanda, Luxemburgo, incluso Alemania.



¿Alemania?


Hasta cierto punto lo es. No sólo Reino Unido. No sé hasta qué punto lo sería también España, sería cauto aquí, pero muchos de los países participan en esta política de crear oportunidades para la inversión extranjera y evitar que las empresas pague impuestos en otro lugar. Holanda, donde vivo, es un paraíso fiscal. Si uno camina por el canal, ve un despacho de abogados tras otro, una infinidad de placas en las puertas, miles de compañías con sede en el centro de Holanda.



Quedémonos en Alemania por un momento. En la economía más importante de la eurozona hay temores de una recesión.


Los alemanes tienen miedo, por supuesto. Su economía depende de las exportaciones más que cualquier otra economía de la UE. Cuando hay una pequeña fiebre en el comercio mundial, los alemanes son los primeros en notarlo porque tienen relaciones comerciales en todo el mundo. Son una economía que exporta a todo el mundo, así que lo notan de inmediato, desde todos los rincones del mundo. Es el precio a pagar una vez te integras por completo en la economía mundial, y los alemanes son los más integrados de toda la UE.

Sin embargo, su integración es mayor con la propia UE, donde se encuentran sus principales socios comerciales. Ahí es donde la política económica alemana falla. En buena medida se trata de una política de empobrecer a tu vecino (beggar-thy-neighbour), pretenden que, aunque viven de las exportaciones, de la prosperidad de sus vecinos, no ha importarle si les va mal. Lo cierto es lo opuesto. Si las economías vecinas tienen problemas, si Francia tiene problemas, si Italia o Grecia tienen problemas, también son sus problemas. Los alemanes siguen sin aceptar eso. Sigue habiendo una esquizofrenia entre la realidad de ser un país integrado en la economía mundial y la mentalidad de la población, que sigue creyendo que es una isla. Tenemos prosperidad en Alemania, la cosa va bien y el resto del mundo no nos importa.

El pensamiento económico en Alemania es tremendamente dogmático. Tradicionalmente, desde luego desde los cincuenta y sesenta, ha sido un país en el que todo el mundo cree en la austeridad. La historia completamente errónea sobre la última crisis financiera —que esta crisis ha sido una crisis de deuda pública, soberana, algo que en absoluto fue— ha sido creída más que en ningún otro país del mundo. El crecimiento de la deuda pública fue una consecuencia. Pero los alemanes creen y siguen creyendo que lo más importante es mantener la estabilidad de las finanzas públicas para evitar la deuda pública, reducir la deuda pública. Les encanta, incluso idolatran, el famoso “cero negro” (nullschwarz), el símbolo de la austeridad por excelencia.

 


Lo mencionó Angela Merkel en su último discurso en el Bundestag con motivo de la aprobación de los presupuestos para 2020.


Así es. Ocurre algo parecido a EE UU. Allí los ingenieros, los especialistas, los economistas, llevan diciendo durante décadas que son un país en declive, que sus infraestructuras se desmoronan. Ocurre exactamente lo mismo en Alemania. Tienes edificios públicos, escuelas, calles, puentes, canales… todo en franca decadencia. No tiene por qué ser así, pero los sucesivos gobiernos del pasado han rechazado aceptar esta realidad. Dicen que debemos invertir en educación pero luego no lo hacen. No hacen lo que deberían hacer a gran escala en el sistema educativo. No sólo las universidades y centros de investigación más punteros, sino en las escuelas básicas, donde la gente obtiene su educación elemental. Las Volksschule, por ejemplo, teníamos una tradición en ello, y todo ello parece haber quedado olvidado. En este punto, en particular nuestra canciller Merkel no merece los elogios que recibe prácticamente en todas partes. No está haciendo lo que es necesario para Alemania y ciertamente no está haciendo lo que es necesario para la Unión Europea. Los alemanes no son lo suficientemente solidarios con sus vecinos en la UE. Es más una solidaridad en palabras que en hechos. Podrían hacer mucho más.



Pero en el debate público se señala la responsabilidad de las guerras comerciales en la situación económica de Alemania.


Desde luego. Muchos economistas se niegan a aceptar que los superávits comerciales de Alemania tienen un impacto negativo en los países vecinos, o en los países a los que exportan, aunque eso sea un conocimiento básico en economía. Gente como el señor Trump no lo sabe, pero ignorantes los hay en todas partes. No deberían estar no obstante en las facultades de Economía o los gobiernos.

Hay una historia estandarizada en Alemania. A los alemanes les gusta verse como víctimas: somos las víctimas, estamos cargando con la mayor parte del peso económico en la UE… Sí, si uno se fija en las cifras que invierte en el presupuesto comunitario, pero también son los mayores beneficiarios, en particular del euro y de las políticas de “dinero barato” de Draghi y del BCE.



No escuchan las advertencias hoy, pero tampoco escucharon las advertencias entonces. Una de las consecuencias ha sido el auge de partidos a la derecha de los conservadores en toda Europa.


Hasta muy recientemente no comenzaron a darse cuenta de la existencia de un movimiento populista de derechas. Ahora están en varios parlamentos. Es un problema político que no desaparecerá si se lo ignora.



La pregunta es hasta dónde puede crecer este partido en Alemania.


No estoy seguro. El siguiente paso será que la CDU aceptará, al menos a nivel de estado federado, cooperar con Alternativa para Alemania (AfD). Hasta la fecha, los cargos del partido se han negado de manera clara. Mantienen la vieja idea de que no debería haber ningún partido a su derecha. Y en algunas partes de Alemania, como Baviera, han conseguido mantenerlo así.



Era la frase de un conocido político bávaro: “A nuestra derecha no puede haber más que la pared”.


De Franz Jozef Strauss, concretamente, un político conocido por sus declaraciones contundentes. No sabemos qué ocurrirá. Podría pasar que AfD se escindiese. Es una posibilidad. Depende de cuánto tiempo mantenga el apoyo popular, de que su electorado siga creyendo en muchas de las cosas que dicen, promesas que no pueden satisfacerse, esperanzas que no pueden colmarse. Muchos de ellos sueñan con la Alemania de los sesenta. Existe una cultura de la negación. Durante décadas se ha negado que Alemania fuese un país de inmigración. Siempre se ha dicho que Alemania no necesita una ley de inmigración porque no es un país de inmigración, aunque hubo una inmigración constante de trabajadores de países europeos durante décadas desde finales de los cincuenta en adelante. Siempre lo han negado.



¿Habrá un giro a la izquierda de los socialdemócratas tras la elección de la nueva dirección?


Existe potencialmente. La militancia está harta de todo lo sucedido en los últimos años, la continuación de la política de coaliciones con los cristianodemócratas, en detrimento, por lo común, de los propios socialdemócratas. Se trataría de reparar el daño cometido, en parte por ellos mismos, y en hacerlo de manera gradual. La situación es particularmente difícil para el partido, que tendría que aceptar haber cometido no sólo algunos errores, sino errores muy graves. Es un cambio necesario. Sobre todo para recuperar al electorado que tradicionalmente ha apoyado al partido socialdemócrata, que en algunas regiones sigue siendo un partido de trabajadores, mientras en ciudades como Berlín es un partido de gente con educación universitaria, funcionarios, etcétera.



Como Los Verdes.


Hay similitudes, claramente. Pero con una diferencia importante: Los Verdes nunca fueron un partido de trabajadores. El partido socialdemócrata sí que lo fue. En algunas regiones, hay que decirlo, AfD se ha convertido en el partido protesta de los trabajadores que ya no creen en el partido socialdemócrata, a los que ven como parte del establishment.



¿Por qué La Izquierda no se ha convertido en el vehículo político de esa protesta?


Hay ideas muy ingenuas, por ejemplo, en materia de política de inmigración. Si se comienza a debatir una ley de inmigración de inmediato se produce un choque cultural. Porque para muchos izquierdistas eso significa establecer normas que discriminarán a personas. Una ley de inmigración supone de por si una discriminación: con ella se decide quién queremos que entre en el país —por ejemplo, a partir de su grado de educación, edad o posibilidades económicas— y quién no. Un partido socialdemócrata o de izquierdas está claro que no defenderá una ley que incluya discriminación en términos de religión, raza o género. Pero ha de haber un cierto grado de discriminación, como ocurre en la ley de inmigración de Australia o Canadá.



Irónicamente, Canadá, que es visto como un país liberal, tiene una ley de inmigración muy restrictiva que es tomada como modelo, entre otros, por la propia AfD…


Cierto, pero AfD no la ve como es, porque no discrimina en términos de país de origen, inmigración, raza o religión. Toronto es una de las ciudades más multiculturales del mundo. La cultura de aceptación de los canadienses también es mayor: a los inmigrantes los llaman ‘nuevos canadienses’. Es una cultura de acogida que funciona relativamente bien.



Pero hay otras cosas que dividen a La Izquierda, como peleas internas.


La Izquierda no tiene una idea clara de qué hacer en el momento actual. La parte más difícil para La Izquierda es encontrar al socio adecuado. Los Verdes son ahora demasiado fuertes, no les importa con quién llegar a un acuerdo, y aceptaría a La Izquierda como socio menor bajo circunstancias muy específicas. El SPD está más o menos ocupado consigo mismo. Habrá que esperar a que termine ese proceso. Mientras, La Izquierda está perdiendo pie en el Este del país, donde acostumbraba a obtener sus mejores resultados, como consecuencia del desarrollo demográfico, ya que era un partido con una elevada media de edad entre sus militantes.

 

Participa en la nueva edición de las Obras completas de Marx y Engels (OME). ¿Cuál es el estado actual del proyecto?


El proyecto continúa. Se mantiene la financiación para los próximos 16 años, lo que es bastante extraordinario. Ésta depende en gran medida de instituciones y bibliotecas. Piense que un volumen tiene un precio de alrededor de unos 200 euros, no es algo obviamente que todo el mundo pueda permitirse aunque quisiera. Las únicas concesiones que el proyecto se ha visto obligado a hacer es que algunos de los volúmenes se publiquen únicamente en versión digital.


Los últimos volúmenes aparecidos son una nueva edición de La ideología alemana en más o menos su forma original, aunque nadie puede establecer cuál era su forma original exacta, ya que los autores reescribieron el manuscrito varias veces. Engels llegó a utilizarlo como fuente hasta 40 años después de su redacción y quizá alteró el orden. En cualquier caso, esta última edición se acerca a ese original, y proporciona una buena idea de la naturaleza fragmentaria y del proceso de redacción de este libro polémico y que sirvió para alumbrar una nueva manera de entender las ciencias sociales.

También hemos publicado el borrador del libro de Marx de 1857-1858 sobre las crisis, escrito durante una de las mayores crisis mundiales, para las que preparó un estudio empírico y recolectó datos con la idea de publicar un volumen sobre el tema, pero que nunca terminó. El manuscrito, que demuestra su capacidad para llevar a cabo un trabajo empírico, está relacionado con los Grundrisse, de manera que podemos ver cómo su obra teórica se relaciona con sus estudios empíricos, cómo cambiaban sus argumentos dependiendo del estudio de las crisis. También hemos publicado un libro con los cuadernos de finales de la década de 1860 y 1870 sobre ciencias naturales y economía, en particular estudios sobre los mercados financieros, el mercado bursátil, literatura bancaria contemporánea, etcétera. Es otro estudio sobre el proceso real de investigación en Marx. Y hay otro volumen con los artículos periodísticos para The New York Herald Tribune —luego reproducidos en otros periódicos británicos— durante este mismo período, mientras escribía los Grundrisse e investigaba las crisis.

Hasta la fecha hemos publicado unos 75 volúmenes, según el plan revisado el total será de 114 volúmenes. La segunda sección, con el trabajo preliminar sobre El capital, ya ha sido completada, falta por completar el resto.



Se encuentra en Barcelona con motivo del curso de posgrado de Sin Permiso. Recientemente se ha rendido homenaje a su editor, Antoni Domènech, fallecido en 2017. ¿Qué recuerda de él?


Su muerte fue una noticia muy triste. Era un hombre de un grandísimo sentido del humor y una persona tremendamente inteligente. Lo veías en sus ojos, en el brillo, no le hacía falta decir nada. Hablamos mucho de su obra. Aún sigo buscando a un editor alemán para su último libro. También conviene destacar el papel intelectual de revistas como Sin Permiso, que fundó. Y me consta que personalmente era muy cercano a Manuel Sacristán, el traductor al español de El capital.

 

Por cierto, Domènech cultivó una duradera amistad con un personaje todavía polémico hoy en Alemania: el filósofo Wolfgang Harich.


Harich es polémico, sin duda. No me opongo a él, todo lo contrario. Han de tenerse en cuenta las condiciones especiales bajo las cuales gente como Harich tuvieron que escribir. Formó parte de los rebeldes de la RDA y pagó el precio por ello. Su vida no fue en absoluto fácil. Fue uno de los autores de la RDA exiliado más o menos en su propio país.

 

Antes ha mencionado a China. Habrá quien le sorprenda su opinión sobre este país en comparación con lo que leemos en los medios de comunicación.


Es más complicado de lo que parece, como siempre. Hay cuestiones que uno ha de evitar si quiere mantener relaciones con gente del Partido Comunista de China, de instituciones vinculadas al partido o la academia y el sistema universitario chino, como sus políticas en Tíbet y otras partes del país. Puede hablarse de ellos de prácticamente de todo, a todos los niveles, con la condición de que no se publique en un periódico del país al día siguiente. Mientras uno mantenga una cierta discreción sobre lo que sucede en China, se puede hablar de todo.
Personalmente estoy muy interesado en sus políticas económicas y medioambientales. Han sabido ver con claridad los problemas que tienen y toman medidas. Me gustaría que algunas de esas políticas fueran tenidas en cuenta en Europa.

En diez años, por ejemplo, construyeron una red de ferrocarriles de alta velocidad, con la tecnología más puntera, conectando las grandes ciudades. Nosotros no somos capaces de hacer eso en Europa, aunque geográficamente el continente es más pequeño que China. Es ridículo. Existía antes de la Primera Guerra Mundial: uno podía subirse al tren en el sur de Alemania y viajar hasta Lisboa. Ahora ya no. Los japoneses también tienen algo así, comenzaron a construirlo en los sesenta. Compárese la construcción del nuevo aeropuerto de Pekín con cómo los alemanes siguen peleándose con su nuevo aeropuerto en Berlín. Es increíble. Los chinos terminaron el proyecto en dos años y medio. Los alemanes comenzaron hace diez años, ¿y dónde están ahora? Todavía no está terminado.

También han sabido corregir errores. La destrucción de los centros históricos para construir rascacielos y otros edificios modernos, algo impensable en Europa. Ya no es así. El tráfico rodado en las ciudades es insostenible, la polución afecta a la salud de los ciudadanos. No tardaron en ver el problema y emprendieron medidas que ya están teniendo efecto en una gran ciudad como Pekín. Están mejorando. Los alemanes, por ejemplo, no actúan con la misma rapidez ni con la misma eficacia que los chinos.



Volviendo a la teoría, de unos años para acá vemos en Europa recuperarse a algunos autores olvidados de la tradición socialista. ¿Qué autores merecen ser tenidos en cuenta?


Justamente acabamos de sacar un nuevo libro para las juventudes socialistas, una antología sobre socialistas olvidados en su mayor parte, aunque no sólo. Es importante contar con una suerte de memoria histórica colectiva para evitar caer en los mismos errores y equivocaciones del pasado. El libro empieza con Marx y Engels, sigue con Karl Kautsky, Eduard Bernstein, Rosa Luxemburg, Rudolf Hilferding. La mayoría del mundo germano-parlante, pero sin duda podría extenderse. No me resulta difícil imaginar un libro así a escala europea, con autores españoles, franceses, polacos, rusos, etcétera, incluso judíos, en yiddish. Tenemos una tradición muy rica a la que no deberíamos renunciar.



En el mundo anglosajón se ha hablado mucho estos últimos años de Kautsky, de recuperar a Kautsky.


Su estilo, por decirlo abiertamente, es apagado. En estilo no tiene la fuerza que tenía Marx, que era muy agudo en alemán, o Rosa Luxemburg. Trotsky también era un muy buen escritor, aunque en mi opinión no era un gran pensador. Pero era un escritor brillante, mucho más que Lenin, que era más gris en ese aspecto.

Kautsky trató muchas cuestiones sobre las que escribieron Marx y Engels, pero sin entrar a fondo en el asunto. Piense en la creación de la revista Die Neue Zeit, que fue la revista teórica más importante para los socialistas europeos durante mucho tiempo. Todos querían publicar en esa revista, y Kautsky consiguió impulsar a nuevos autores.

De Kautsky se puede decir que era aburrido, pero intentaba decir algo, y ese algo no era baladí. Kautsky rompió con la tradición de no hablar mucho del futuro socialista. Fue muy atrevido en este aspecto e incluso escribió un libro titulado en alemán Am Tage nach der sozialen Revolution, “en los días después de la revolución social”. Un libro muy audaz. “¿Qué haremos exactamente después de tomar el poder?”, se preguntó. No veo a nadie en toda la izquierda europea capaz de atreverse a escribir algo así hoy.



Un autor del que ha quedado una imagen muy marcada por sus polémicas con Lenin.


Por supuesto. La polémica empezó en 1918, cuando Kautsky, como muchos otros, apoyó la Revolución de octubre porque pensaba, como Bauer, que los bolcheviques habían hecho lo correcto deshaciéndose del gobierno de Kerenski. En este respecto estaban de acuerdo con Lenin y Trotsky. Pero sus expectativas, como las de muchos, de que habría un gobierno de coalición de todos los partidos socialistas, con elecciones, constitución, etcétera, quedaron frustradas. Los bolcheviques hicieron lo opuesto. Comenzaron una política de terror, defendida por Lenin y Trotsky. Esto es cierto. Pensaban que era inevitable. Kautsky y muchos otros tomaron otra posición respecto a Rusia. Por eso hubo discrepancias entre Bauer y Kautsky. Bauer siguió defendiendo la revolución: para él era claro que ésa no era la dirección a tomar, menos aún en Europa occidental, y discrepó con la idea de privar de derechos políticos a la oposición y abolir, en la práctica, la democracia, incluso para la clase trabajadora. Discrepó profundamente, pero los apoyó cuando fueron atacados, una tradición de solidaridad con la URSS que no se detuvo ni con Stalin. Kautsky pensó que acabaría mal, en un desastre. Lo que hizo Gorbachov fue lo que Otto Bauer siempre esperó: que la democracia fuese reintroducida en la URSS desde arriba. Pero advirtió que cuando eso ocurriese sería el período más peligroso de la transición y podría explotar. Y eso es lo que sucedió. Bauer supo pronosticar muchas de las cosas que ocurrirían.

 

Por Àngel Ferrero

publicado
2019-12-11 06:58

Publicado enPolítica