Para Thomas Piketty la desigualdad es ideológica y política

Las desigualdades jamás son “naturales” sino edificadas por una ideología que crea las categorías divisorias: mercado, salarios, capital, deuda, entre otras, sostiene el economista francés

 

 El liberalismo volverá a temblar sobre sus raíces teológicas y un ejército de evangelizadores liberal-populistas saldrá otra vez con capa y espada a demoler la impecable demostración sobre la semilla de las desigualdades que el economista francés Thomas Piketty publica en estos días en Francia. Se trata de Capital e Ideología, el segundo libro que Piketty publica luego del monumental éxito que tuvo su primer trabajo, El Capital en el Siglo XXI, del cual circularon en el mundo más de dos millones y medio de ejemplares. Como el anterior, el nuevo libro del economista francés no preserva espacios, sino que los extiende. Son 1.200 páginas cuyo postulado central consiste en demostrar que “la desigualdad es ideológica y política” y no “económica o tecnológica”, que las desigualdades jamás son “naturales” sino edificadas por una ideología que crea las categorías divisorias: mercado, salarios, capital, deuda, trabajadores más o menos capacitados, cotizaciones bursátiles, paraísos fiscales, ricos, pobres, clérigo, nobleza, competencia nacional o internacional. 

”Se trata de construcciones sociales e históricas que dependen íntegramente del sistema legal, fiscal, educativo y político que se elige implementar y de las categorías que se crean”. Piketty derriba dos de los mitos más arraigados de la derecha: el primero postula que las desigualdades se explican en muchos casos por causas “naturales”: el segundo recurre a la existencia histórica de supuestas “leyes fundamentales”. En ningún caso. Thomas Piketty ofrece en esta mastodóntica investigación una mirada nueva sobre el proceso de la desigualdad, así como una historia con perfil mundial de las desigualdades y las ideologías que las promueven.

El credo tan famoso como publicitado en la Argentina sobre el carácter ineluctable del sistema económico liberal (“el mundo nos apoya”) se esfuma en las páginas de Capital e ideología como arena entre los dedos. No es cierto. No existe, alega el economista, ningún determinismo, menos aún una organización social con mandato “eterno”. La permanencia o no de la cultura del capital depende de la movilización política e ideológica, de que se imaginen otras formas de gestión donde las desigualdades dejarían de existir y el capital, a su vez, ya no estaría más concentrado en un puñado de poderosos. El libro de Thomas Piketty es un elixir en tiempos de horizontes tapados y retóricas repetitivas. El economista osa incluso proponer la idea de un “nuevo socialismo participativo”, de una propiedad “social” pactada mediante la cogestión o también una “propiedad temporal”. No hay tampoco, para Piketty, ningún fatalismo histórico sino una asombrosa serie de acciones y coincidencias que autorizan los cambios. 

Nada está decidido de antemano, recuerda el autor, tanto más cuanto que las relaciones de fuerza que se establecen atañen al orden material: «son sobre todo intelectuales e ideológicas. Dicho de otra forma, las ideas y las ideologías cuentan en la historia porque permiten imaginar permanentemente y estructurar nuevos mundos y sociedades diferentes”. Piketty fustiga ese pensamiento conservador marcadamente tendencioso y siempre dispuesto a “neutralizar las desigualdades” dotándolas de “fundamentos naturales y objetivos”. O sea, como la desigualdad es un proceso natural no hay manera de erradicarla. Y si se lo intenta, es, finalmente, todo el sistema que corre peligro. Esta falacia es la que preside todas las narrativas del liberalismo contemporáneo: no hay vida fuera de este sistema. Si se sale, solo habrá hambre. Falso. Más bien, en su análisis histórico de la desigualdad, el economista francés destaca que, ”en su conjunto, las diversas rupturas y procesos revolucionarios y políticos que permitieron reducir y transformar las desigualdades del pasado fueron un inmenso éxito, al tiempo que desembocaron en la creación de nuestras instituciones más valiosas, aquellas que, precisamente, permitieron que la idea de progreso humano se volviera una realidad”.

 Con esa prueba histórica Piketty abre una ventana para mostrar otro paisaje y, de paso, quebrar una de las narrativas más extenuantes de los conservadores: aquella que tapa todos los futuros repitiendo que ningún otro modelo es posible. A este propósito, el autor escribe: «las desigualdades actuales y las instituciones presentes no son las únicas posibles, pese a lo que puedan pensar los conservadores: ambas están también llamadas a transformarse y a reinventarse permanentemente”. Una vez más, nada está jugado de antemano, nada es “un fundamento” inamovible. Esa roca indesplazable es la base sobre la que se apoya el rico para seguir siendo más…rico y el pobre siempre pobre. Es el nudo de todo el repertorio capitalista: si el rico es menos rico el pobre será más pobre. Piketty presenta la desigualdad como un objeto de gran plasticidad que es perfectamente posible modelar, y así lo han hecho justamente las ideologías: ”siguiendo los hilos de esta historia –escribe—se constata que siempre existieron y existirán alternativas. En todos los niveles de desarrollo, existen múltiples maneras de estructurar un sistema económico, social y político, de definir las relaciones de propiedad, organizar un régimen fiscal o educativo, tratar un problema de deuda pública o privada, de regular las relaciones entre las distintas comunidades humanas (…) Existen varios caminos posibles capaces de organizar una sociedad y las relaciones de poder y de propiedad dentro de ella”.

Piketty proclama que “el progreso humano existe, pero es frágil porque, a todo momento, puede chocar contra las desviaciones de la desigualdad y de la identidad del mundo (…) El progreso humano existe, pero es un combate”. Original, razonado y riguroso, con un enfoque radicalmente histórico que toma incluso en cuenta la literatura, Capital e Ideología llega en el mejor momento, justo en ese punto donde sólo parecían haber diagnósticos y pocas conjeturas para diseñar otro mundo. Nunca el liberalismo había inundado tanto el espíritu humano con su mensaje unidireccional. Como el macrismo en la Argentina, su recado es en todos lados el mismo: o se suicidan con nosotros, o morirán de hambre. Piketty desarma con una precisión de relojero esa idea destilada en el 99% de los medios de comunicación del mundo. El autor llama a esa tendencia “la ideología propietarista”. Su credo globalizado consiste en repetir que cualquier iniciativa de justicia social equivale a ir “derecho hacia la inestabilidad política y el caos permanente, lo que terminará por darse vuelta contra los más modestos. La respuesta propietarista intransigente consiste en que no hay que correr ese riesgo, y que esa caja de Pandora de la redistribución de la propiedad nunca se debe abrir”. Al contrario, argumenta Piketty, no sólo hay que abrirla, sino que la historia nos prueba que ha sido abierta en muchos momentos y que, gracias a esos momentos, se construyó el progreso humano.

 El ensayo se propone precisamente esa meta: ”convencer al lector de que podemos apoyarnos en las lecciones de la historia para definir una norma de justicia y de igualdad exigentes en materia de regulación y reparto de la propiedad más allá de la simple sacralización del pasado”. Como en El Capital en el Siglo XXI, Piketty no formula rupturas revolucionarias, sino que plantea una forma radical de reorganización. No es un libro para reforzar convicciones, ni un enésimo e indigesto adoquín pseudo progresista rebosante de diagnósticos acertados y vacío de alientos futuros. Capital e Ideología es un libro para respirar, como una ventana abierta hacia un mundo donde, de pronto, no hay un sólo modelo posible sino un infinito de posibilidades.

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Las grandes petroleras de EEUU, detrás de la lucha contra la corrupción en Brasil

La llamada "lucha contra la corrupción" fue desde siempre una práctica normal de la competencia por nuevos recursos y mercados. En el caso de Brasil, la sombra de las grandes petroleras estadounidenses está detrás de las denuncias contra Petrobras, contra el Partido de los Trabajadores y contra el expresidente Luis Inácio Lula da Silva.

 

Estas grandes empresas, decanas en la práctica de sobornar funcionarios y políticos en todo el mundo, "acostumbran a utilizar la sorprendente acusación de 'corrupción' contra todo tipo de competidores y adversarios que se interpongan en su camino", escriben los analistas geopolíticos José Luis Fiori y William Nozaki, en una pieza titulada Petróleo, guerra y corrupción: entender Curitiba.

Nozaki es profesor de sociología en Sao Paulo y director técnico del Instituto de Estudios Estratégicos del Petróleo, Gas y Biocombustibles (INEEP), creado en 2018 por la Federación de Trabajadores Petroleros, para promover la investigación académica sobre asuntos relacionados con la agenda del sector del petróleo en Brasil y el mundo.

Fiori es economista y coordinador del programa Poder global y geopolítica del capitalismo en la Universidad Federal de Río de Janeiro y también pertenece al INEEP. Publicó varios libros sobre geopolítica y es una de las voces más autorizadas sobre el tema en Brasil y en América Latina.

Curitiba es la ciudad del sur de Brasil donde residen los jueces y juzgados que promovieron la investigación conocida como Lava Jato (lavado rápido), que procesó y encarceló un centenar largo de políticos y empresarios, entre ellos al expresidente Luiz Inacio Lula da Silva.

En el trabajo mencionado comienzan a desvelar, con datos históricos y algunas proyecciones, las razones por las cuales fue posible descabalgar al Partido de los Trabajadores (PT) del gobierno, en base a acusaciones de corrupción que, más allá de algunos desvaríos, tienen visos de ser reales. Aunque realizan algunas conjeturas siempre discutibles, no caen en teorías conspirativas sino que se atienen a los hechos.

Su trabajo arranca con la formación de las Siete Hermanas, como se conoció a las grandes petroleras lideradas por Standard Oil (de John Rockefeller), que controlaban el mercado global de petróleo hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Recuerdan que el petróleo jugó un papel muy destacado en las guerras del siglo XX, lo que les permite asegurar la estrecha asociación entre la industria del petróleo y la industria de la guerra.

​En efecto, el petróleo tuvo un papel decisivo en la Guerra del Pacífico desencadenada con el ataque japonés a Pearl Harbor en 1941 y en el ataque alemán a la Unión Soviética el mismo año, hasta la guerra del Golfo (1991), la guerra de Irak (2003), la invasión a Libia (2011) y la actual guerra en Siria. El petróleo puede ser considerado una commodity geopolítica.

Luego detallan quince casos en los cuales las grandes petroleras estuvieron involucradas en corrupción comprobada, ya sean empresas privadas o estatales. Citan la investigación del cientista político Paasha Mahdavi, quien constató en base a datos del Departamento de Justicia de EEUU, que un tercio de los 141 procesos de corrupción investigados entre 1977 y 2013 estaban relacionados con el sector petróleo y gas.

Luego se focalizan en Brasil. El caso del ingeniero Pedro Barusco, gerente de Servicios de Petrobras entre 1995 y 2010, es elocuente. En sus declaraciones ante la justicia, asegura que comenzó a recibir sobornos en 1997, como otros altos cargos de la petrolera, cuando gobernaba Fernando Henrique Cardoso, y estima que el PT recibió entre 150 y 200 millones de dólares entre 2003 y 2013.

Durante el Gobierno del PT, las propinas pasaron a ser pagadas por empresas "nacionales" como Odebrecht y OAS, dos de las mayores constructoras que se beneficiaron con licitaciones para obras de infraestructura. En ese período hubo un recambio de empresas nacionales por las extranjeras como abastecedoras de Petrobras, que ocupaba el segundo lugar entre sus pares del mundo.

Fiori y Nozaki establecen que "el descubrimiento de las reservas de petróleo en el presal en 2006 fue el momento decisivo en el que Brasil cambió la agenda geopolítica de los Estados Unidos". Brasil pasa a ocupar "una posición destacada en tres de las siete prioridades estratégicas de la política energética de EEUU: como fuente de experiencia para la producción de biocombustibles; como socio clave para la exploración y producción de petróleo en aguas profundas; como territorio estratégico para la exploración del Atlántico Sur".

Tres datos adicionales. El mercado del petróleo nunca se guió por la libre competencia, como aseguran los liberales, sino como "campo de guerra entre las grandes corporaciones y las grandes potencias". La llamada "corrupción" fue desde siempre una práctica normal de la competencia por nuevos recursos y mercados. Y, por último, acusan de corrupción a los "adversarios que se interponen en su camino".

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Causas profundas y coyunturales de la devaluación del peso: El dólar espanta al peso

La devaluación del peso prosigue a ritmo continuo, y con ello el encarecimiento de muchos producto de la canasta familiar, los mismos que desde hace varias décadas ya no produce el país. ¿Por qué se está devaluando el peso? ¿Cuáles son los factores que aportan a ello? ¿Qué podría suceder en el futuro próximo? Estos y otros interrogantes son abordados en el presente artículo.

 

El precio del dólar se disparó. El 22 de julio por un dólar había que dar $3.178 pesos, y en escasas dos semanas, el 12 de agosto ya había que dar 3.426 pesos, es decir un aumento del 7,8 por ciento. De esta manera, el peso colombiano registra como una de las monedas más depreciadas en la región. 

Subida del dólar (depreciación del peso colombiano: 43% en los últimos 3 años), que tiene consecuencias, entre ellas el aumento de la deuda externa, el encarecimiento de las importaciones y la generación de presiones inflacionarias. Es decir, en relación a la vida diaria de las mayorías colombianas, cubrir sus demandas en alimentos, ropa, etcétera, será cada día más caro. 

El aumento del dólar responde a varios elementos, que en lo fundamental podrían resumirse de dos tipos: estructurales y coyunturales. Los primeros hacen referencia a características productivas de la economía colombiana, así como su vinculación histórica a los mercados internacionales; y los segundos a circunstancias propias del ciclo económico, y en el caso colombiano particularmente al ciclo internacional.

 

Característica de la estructura productiva

 

La principal característica de la estructura productiva colombiana está signada por cuatro fenómenos: 1) la reprimarización productiva, que implica, en lo fundamental, el crecimiento del sector minero energético y la concentración de capitales en tal rama de actividad; 2) la desindustrialización; 3) la destrucción del sector agrario; y 4) la financiarización de la economía, entendida como un proceso de décadas, en el que la acumulación de capital se supedita principalmente a actividades financieras y vinculadas a la especulación. 

Por todo ello, el crecimiento económico de Colombia es dependiente de las exportaciones y de la disponibilidad de liquidez internacional, es decir, la disposición de capital necesario para el financiamiento de la economía en su conjunto. El caballito de Troya para esto ha sido el petróleo, como principal vehículo para traer la Inversión Extranjera Directa (IED), así como la garantía para la inversión de portafolio.

Así pues, en el mercado regulado de divisas, lugar donde se realiza el mayor porcentaje de las transacciones con monedas extranjeras, es evidente esta condición estructural: gran parte de los dólares que allí se cambian son aportados por el sector petrolero o por la Inversión Extranjera Directa (IED) que está destinada a estos rubros. De allí la existencia hasta hace poco de una relación inversa entre el precio internacional del petróleo (el Brent, para el caso colombiano) y la cotización del dólar, pues ante un aumento de dicho precio podía obtenerse un dólar más barato, producto del incremento de los ingresos en dólares por la venta de crudo. Con una precisión: esta relación se mantenía gracias a la abundancia de capital en el escenario internacional. 

Ejemplo de ello fue lo ocurrido hasta 2014: la abundancia de capital disponible para IED en petróleo, así como para la especulación, y los elevados precios del combustible fósil a nivel internacional permitieron que el dólar se mantuviera barato; lo que cambió a partir del tercer trimestre del 2014, cuando la caída de los precios internacionales del petróleo, producto del aumento de la oferta mundial, generó que el dólar superará la barrera de los $3.000 pesos. 

Ese año resaltaron sin sombra alguna las vulnerabilidades profundas de la estructura productiva colombiana y de las finanzas públicas. Tanto el déficit de cuenta corriente de la balanza de pagos, como el déficit fiscal, crecieron, a lo que las autoridades económicas respondieron con una política de ajuste que incluyó privatizaciones, recortes al gasto público, impuestos regresivos, flexibilidad y precariedad laboral.

Pero, más allá de las medidas de austeridad, fue la entrada de capitales vía IED y crédito barato, lo que permitió que el impacto de la caída de los precios del petróleo no fuera mayor. Además, la situación internacional continuaba estable, las tasas de crecimiento de China se mantenían, y el comercio mundial no enfrentaba sobresaltos. Unos pocos años después todo era distinto, pues a partir de 2015 la política estadounidense cambió de rumbo: como medida de normalización monetaria la Reserva Federal de Estados Unidos comenzó a subir las tasas de interés, lo que implicó que el financiamiento internacional se empezará a encarecer. 

 

Cambio en el ciclo internacional

 

El aumento paulatino de las tasas de interés en USA no fue sensible para las economías emergentes en un primer momento, pero sí empezó a sentirse su impacto a partir de 2018 cuando, junto con las medidas de la guerra comercial del presidente estadounidense hacia china, se generó un proceso de retorno de capitales hacia las principales economías del mundo, en especial hacia activos seguros. Es así como se rompió la relación convencional precio del petróleo-dólar. De esta manera, contrario a lo sucedido durante todo el siglo XXI, se observó que el precio internacional del barril estaba mejorando, pero a diferencia de lo esperado el dólar se estaba encareciendo.

Para nuestro país, la explicación de la ruptura de tal relación reside, además, en los resultados de su sector externo, pues, con una situación internacional de crédito caro, y con otras economías con mejores resultados, tomó forma un período de aumento de la salida neta de capitales, es decir, salen más dólares de los que le entran a la economía. Mientras se retiran grandes montos –vía utilidades y pago de interés de deuda–, los que entran, por ejemplo, como inversión en portafolio registran los menores niveles de los últimos 3 años.

En la gráfica puede verse como, a diferencia de los años anteriores, en lo corrido del 2019 (enero-julio) lo acumulado en inversión extranjera apenas es de 797 millones de dólares, mientras que en el mismo período del año 2017 y del 2018 la cifra superaba con creces, pues era de 2.447 y 1.219 millones de dólares, respectivamente. 

Este cambio en el ciclo internacional explica el incremento continuo del precio del dólar en Colombia a partir del 2018, realidad conectada con lo que ocurre a partir de la mitad de julio. Pues, sumada a la permanente salida de capitales, se agudizó el escenario de incertidumbre internacional: los anuncios de más medidas proteccionistas por parte del gobierno Trump; la incertidumbre en Medio Oriente frente al abandono de EE.UU. al pacto nuclear con Irán; el proceso de redireccionamiento de China hacia el mercado interno y la producción industrial, así como de servicios de alto valor tecnológico, que ha implicado una desaceleración de su ritmo de crecimiento; la presión por el recorte de las tasas de interés de la FED, todo lo cual generó un incremento de la preocupación entre empresarios e inversores.

Los más afectados con la incertidumbre internacional han sido los países productores de materias primas, pues ante una caída de las expectativas económicas se han desplomado los precios de los principales bienes de exportaciones de estos países, como los latinoamericanos dependientes del petróleo, carbón, gas licuado de petróleo (Gas natural), cobre, zinc, entre otros.

 

Depreciación del peso colombiano

 

Ante esta realidad, la moneda colombiana ha sido de las que más se ha depreciado porque se han conjugado dos elementos: por un lado, como ya fue anotado, cae la entrada de capitales de portafolio y, por el otro, el precio del petróleo ha sido el más afectado en este escenario internacional, mucho más de lo que ha sufrido la cotización del cobre, producto del que dependen las exportaciones de Chile y Perú, o el gas natural del que depende Bolivia. Contrario a lo que le ha ocurrido a la soja –producto de alta importancia en la canasta exportadora tanto de Brasil y Paraguay– que incrementó su precio, lo que en parte les ha permitido amortiguar la caída de los otros productos o las bajas en las entradas de capital. 

Con la economía nacional en crisis, de nuevo, la posibilidad de controlar su ahondamiento y de recuperar indicadores, depende de lo que ocurra en el panorama internacional. La ausencia de soberanía económica es evidente. La tensión internacional permanece y el impacto sobre la economía colombiana puede aun ser más fuerte, dependiendo de lo que ocurra en las rondas de negociación comercial de septiembre entre China y EE.UU. 

Pese a todo, queda un pequeño margen para las decisiones fiscales del gobierno nacional, las que podrían jugar un papel destacado, no obstante la austeridad es una opción poco efectiva en momentos como el actual. 

 

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 Fila frente a una sucursal del BBVA este lunes antes de la apertura. AP

La inquietud ante un nuevo corralito lleva a los clientes a retirar sus ahorros en dólares y guardarlos de otras formas

"Sacá los dólares del banco". Ese mensaje empezó a circular como la pólvora de teléfono en teléfono la semana pasada en Buenos Aires. El riesgo de que Argentina vuelva a entrar en cesación de pagos ha reavivado el fantasma del corralito de 2001 y con ese miedo en el cuerpo muchos argentinos recurren al bien más preciado en las crisis: la divisa estadounidense. En los últimos 20 días de agosto, los depósitos en dólares se redujeron en 3.950 millones, según datos del Banco Central, y la sangría se aceleró este lunes, cuando debutó el control de cambios impuesto por el Gobierno de Mauricio Macri. Los bancos fueron autorizados a extender su horario hasta las cinco de la tarde para atender el aumento de demanda y a primera hora del día había filas frente a todos ellos.

Los argentinos que esperaban a que abriesen las puertas eran reacios a hablar, pero algunos aceptaron bajo condición de anonimato. "Quería sacarlos el viernes cerca del laburo [trabajo] y me dijeron que tenía que ser en mi sucursal. Si no me los dan hoy prendo fuego el banco", señaló con bronca un comerciante de 48 años. "Lamentablemente esto ya lo vivimos muchas veces en Argentina", se sumó una mujer jubilada que estaba detrás de él en medio de insultos a Macri porque "nos endeudó y volvió a entregar el país al FMI", en referencia al préstamo de 57.000 millones concedido por el organismo internacional.

Muchos de quienes retiran estos días dólares de los bancos los esconden en casa o los ponen en cajas de seguridad, que a menudo se comparten en familia por las comisiones elevadas y la escasa disponibilidad. "Quedé con mi viejo [mi padre] en el banco y después él me los guardará en su caja de seguridad", comentaba el domingo una docente de 37 años. La demanda de cofres se disparó en las últimas semanas y en muchos bancos del microcentro porteño hay lista de espera. "En casa es muy arriesgado, mirá si te afanan [roban], pero en este momento no podés dejar los dólares depositados", aseguró. En el corralito de diciembre de 2001, millones de argentinos vieron bloqueadas sus cuentas corrientes de la noche a la mañana y las heridas de esa desconfianza no se han cerrado en 18 años. Los que tienen sus dólares en el exterior suspiran aliviados.

El temor a que la devaluación del peso continúe -ha perdido un 23% de su valor desde las elecciones primarias del 11 de agosto- lleva a buscar dólares a toda costa. Algunos trabajadores han sacado sus sueldos recién depositados en la cuenta para pasarlos a dólares. Este lunes el público se encontró con una gran dispersión de valores en la apertura del mercado. "En este momento a 62", respondían en un banco del centro de Buenos Aires sobre el valor de venta del dólar cerca de las once de la mañana. En una casa de cambio situada a dos calles la divisa estadounidense se ofrecía a 65 pesos argentinos. En otra, a 61; al lado la vendían por 59 y había pizarras en blanco o en las que estaba escrito "Consultar". En la calle peatonal Florida y sus alrededores, los arbolitos (los operadores informales de cambio que ofrecen sus servicios a viva voz) comentaban que el precio era "negociable".

Con el paso de las horas el cambio revertió la tendencia y cerró en 57 pesos por dólar en el Banco Nación, cuatro unidades más que el viernes, lo que atrajo la llegada de más compradores. En la casa central de esta entidad, situada frente a la sede del Gobierno, hubo largas filas todo el día y a las tres de la tarde, hora habitual del cierre, quedaban cientos de personas dentro. Otros bancos cercanos mantuvieron sus puertas abiertas hasta las cinco. Mañana, martes, se espera una nueva jornada incierta. En medio del huracán, todos se aferran al dólar.

Por Mar Centenera

Buenos Aires 3 SEP 2019 - 03:50 COT

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Por qué el futuro de Reino Unido se decide esta semana

El Parlamento británico vuelve al trabajo en una semana crucial. La oposición y una veintena de ‘tories’ rebeldes intentarán sacar adelante una legislación que impida el brexit sin acuerdo y fuentes del Gobierno aseguran que, si lo consiguen, Boris Johnson convocará elecciones anticipadas para el 14 de octubre.

 

El reloj que marca los tiempos de la política británica vuelve a ponerse en marcha hoy después de las vacaciones de verano y lo primero que ha hecho ha sido activar la cuenta atrás. A 59 días para la fecha en la que debe producirse el brexit (31 de octubre) y a siete para que el Parlamento británico suspenda su actividad (si la justicia no lo impide), los diputados regresan a la Cámara de los Comunes dispuestos a todo para garantizar que Reino Unido no abandonará la Unión Europea la noche de Halloween si el Gobierno no ha alcanzado antes un nuevo acuerdo con Bruselas.

Cierto que no es lo que toda la Cámara quiere -sigue habiendo mucho ‘brexiter’ en la bancada conservadora- pero las cuentas indican que sí es lo que desea la mayoría, la denominada ‘alianza rebelde’ formada por la oposición y en torno a una veintena de diputados del Partido Conservador. Eso a pesar de que Boris Johnson les ha amenazado con expulsarlos del partido si votan contra el gobierno y con forzar unas elecciones generales. Por todo eso, ésta es una semana histórica.

¿Qué va a pasar?

Partiendo de la premisa de que nadie tiene la respuesta, sí hay certezas, rumores y pistas que permiten al menos aventurar la agenda de los próximos días. A las 15:30h. (hora española) de hoy los diputados británicos regresan a la Cámara de los Comunes y, aunque no está en la agenda del día, la oposición pondrá sobre la mesa un texto que evite un brexit sin acuerdo para que sea debatido y votado de forma urgente. Lo que plantea es que el gobierno esté obligado a pedir a Bruselas una prórroga del brexit de 3 meses, hasta el 31 de octubre. Si dicho proyecto de ley sale adelante de ahí pasará a la Cámara de los Lores para que lo ratifiquen y después a la Reina para que lo firme y lo convierta en ley. Todo en un tiempo récord porque el próximo lunes la actividad en el Parlamento quedará suspendida hasta el próximo 14 de octubre como decidió unilateralmente Boris Johnson.

¿Pero la suspensión del Parlamento es legal?

De momento, sí. Varias causas sigue abiertas en tribunales de Escocia, Irlanda del Norte e Inglaterra, esta última con el apoyo del exprimer ministro John Major. Precisamente hoy martes está previsto que se celebra una nueva vista en el juzgado de Edimburgo cuyo magistrado lo rechazó el pasado viernes en primera instancia. Aunque la convocatoria de unas elecciones generales también dejaría silenciado al Parlamento durante las cinco semanas de rigor que van desde que se convocan hasta que se celebran.

¿Entonces habrá elecciones generales?

Todo apunta a que así será, siempre y cuando la ley para evitar el brexit ‘a la bravas’ salga adelante. Lo que Johnson dijo ayer Johnson frente al 10 de Downing Street fue: “No quiero unas elecciones. Vosotros no queréis unas elecciones”, pero no que no vaya a haberlas. El primer ministro no puede convocarlas él solo así que lo que se espera que haga es que el miércoles someta el asunto a votación en ‘los comunes’. Necesita una mayoría de dos tercios de la cámara y muy raro sería que no lo lograra. El líder de la oposición, Jeremy Corbyn, ha dicho que votará a favor a pesar de que otro exprimer ministro que ha entrado en escena, Tony Blair, sostiene que no debería hacerlo.

¿Y cuando serían las elecciones?

Hasta ahora cuando se hablaba de elecciones la cuestión era saber cuándo se celebrarían: si antes o después del 31 de octubre. Pero toda vez que Johnson se vea obligado a pedir una extensión, la fecha es lo de menos. Sin dar el nombre de la fuente pero asegurando que se trata de un miembro del gobierno, los medios británicos señalan que se celebrarían el jueves 14 de octubre, cuando estaba previsto que el Parlamento retomara la actividad después de la suspensión con el discurso de la Reina. Siguiendo el procedimiento electoral, esto significaría que las cámaras se disolverían en la madrugada del lunes 9 de septiembre.

¿Por qué todo esto beneficia a Boris Johnson?

Porque se va a vender como un mártir que ha luchado por cumplir la voluntad del pueblo, que votó en mayoría por abandonar la UE en el referéndum de 2016. Dirá que lo ha intentado por todos los medios y que, como ha sostenido en su declaración del lunes: “las oportunidades de conseguir un acuerdo con Bruselas han aumentado en las últimas semanas”. Pero que el empeño de los diputados por pedir una nueva extensión hace que Bruselas no les tome en serio y convierte n las posibilidades de una negociación en algo “completamente imposible”.

Su programa electoral ya está escrito y con él no sólo buscaría conservar el respaldo de los conservadores pro-brexit sino también arañar algunos votantes a El Partido del Brexit, de Nigel Farage; con quien no se descarta que pudiera pudiera acabar llegando a algún acuerdo. La última encuesta de intención de voto confirma su jugada maestra: da la victoria a Johnson con un 34% de los votos frente al 22% para los laboristas.

Y siguen las protestas en las calles

Las organizaciones que han convocado manifestaciones durante los últimos días contra la decisión del primer ministro de suspender el Parlamento durante cinco semanas volverán a protestar hoy en Londres y otras ciudades del país. La cita en la capital británica es a las 19h. (hora española) frente al Palacio de Westminster. Ya avisaron de que tomarían las calles, bloquearían los puentes y asaltarían el Parlamento si fuera necesario.

LONDRES

03/09/2019 07:34 Actualizado: 03/09/2019 07:36

CRISTINA CASERO

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Lunes, 02 Septiembre 2019 06:03

Antineoliberalismo

Antineoliberalismo

 Ante el inaguantable torrente de ataques, asaltos, crímenes, corrupción, impunidad y las medidas descaradamente crueles del régimen estadunidense en estos últimos dos años, no es difícil perder de vista el surgimiento de otras fuerzas que, por ahora, ofrecen rayos de luz vitales con un potencial que preocupa, y mucho, a la cúpula económica y política de este país.

Durante las últimas cuatro décadas, Estados Unidos –al igual que tantos otros países del llamado Tercer Mundo– fue sometido a la receta neoliberal con muchos de los mismos efectos, aunque en diferentes escalas, y con el mismo resultado final: una concentración de la riqueza y la correspondiente desigualdad económica que hoy esta al centro de la disputa por el futuro.

Ante ello, al igual que en otros países, brotó aquí una resistencia antineoliberal que se expresó de diferentes maneras, incluida la lucha contra el TLCAN (definido entonces como "el candado de las reformas neoliberales" en los tres países) y después el movimiento altermundista; pasando por la resistencia de los inmigrantes, al estallido de Ocupa Wall Street.

Tal vez lo más sorprendente es que ahora muchos de los actores antineoliberales se identifican, abiertamente, como "socialistas", y bajo esa amplia y ambigua bandera están definiendo gran parte del debate político nacional, incluyendo en la pugna electoral presidencial a través de figuras como el senador "socialista democrático" Bernie Sanders.

Aunque algunos intentan descartar la importancia de estas expresiones, la cúpula suprema del país está cada vez más preocupada por estas fuerzas antineoliberales.

La Business Roundtable, integrada por 192 ejecutivos en jefe de las empresas más grandes del país, recién emitió una extraordinaria declaración sobre el "propósito" de las empresas, al señalar que el objetivo de generar ganancias para accionistas ya no debe ser la única meta y que ahora debería incluir servir los intereses de sus clientes, sus trabajadores y las de sus comunidades y proteger el medio ambiente, herejía absoluta de la biblia neoliberal de Milton Friedman. Reconocieron que el sueño americano no está funcionando para todos, y resaltaron la desigualdad de ingresos como un problema central, ellos han de saber, son el 1 por ciento. (opportunity.businessroundtable.org/ ourcommitment/). En los últimos meses, otras figuras empresariales han sonado alarmas de que el "sistema" podría estar enfrentando un momento "existencial".

El propio presidente ha repetido que "estamos alarmados por las llamadas por adoptar el socialismo" y reitera en sus mítines: "jamás permitiremos que Estados Unidos se vuelva un país socialista".

Este pánico empresarial y político es, en gran medida, un reconocimiento de que hay una creciente desilusión con el experimento neoliberal, y que el mensaje de políticos como Sanders contra la injusticia económica del sistema actual está resonando cada vez más un amplio apoyo entre el electorado.

Desde hace un par de años, de manera paralela con el fenómeno populista de derecha, las fuerzas autodefinidas socialistas, junto con aliados progresistas, también han captado la atención y cada vez más poder, dentro del Congreso y en puestos locales y regionales. Más aún, buena parte del debate político entre el establishment gira sobre cómo y cuándo floreció el socialismo en este país, y cómo controlarlo. Diversas encuestas registran que la mayoría de los jóvenes menores de 30 años de edad favorecen el socialismo sobre el capitalismo por primera vez; y 43 por ciento de todos los estadunidenses dicen que el socialismo sería positivo para este país.

Muchos de los movimientos progresistas más importantes y poderosos del momento –desde los dreamers inmigrantes, a Black Lives Matter, los estudiantes contra las armas, y ahora las colegas de Greta Thunberg, entre otros– de alguna manera están rechazando si no el modelo mismo, sí las consecuencias violentas del neoliberalismo.

Tal vez todo esto apunta a que el actual régimen es el último grito histérico para defender un modelo bárbaro ante estos movimientos civilizadores.

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El fantasma de una nueva quiebra acecha a Argentina

Alberto Fernández, gran favorito para ganar la presidencia argentina en octubre, rompió la baraja. “Argentina está en una suspensión de pagos virtual y oculta”, declaró en una entrevista. “No hay quien quiera comprar deuda argentina, y no hay quien pueda pagarla”, añadió. El peronista Fernández se desvinculó del plan de emergencia lanzado por el presidente Mauricio Macri, basado en un aplazamiento de pagos en la deuda pública, y opinó que los mercados “saben ya cómo va a acabar esto”. También calificó al FMI de “corresponsable” del desastre. Sin un mínimo consenso político y con una tormenta financiera que no amaina, el fantasma del colapso de 2001 sobrevuela el país.

Las medidas de emergencia de Macri no funcionan, al menos hasta ahora. El aplazamiento en el pago de las deudas públicas, dirigido a calmar el nerviosismo financiero, ha logrado más bien lo contrario. El presidente, fragilizado por su derrota en las primarias, intenta mantener una apariencia de normalidad y se había negado hasta ahora a imponer controles sobre la compraventa de divisas. Pero finalmente ha tenido que ceder. El Banco Central dispuso este viernes que las entidades financieras deberán pedirle autorización antes de enviar a sus casas matrices las ganancias en dólares que generen en el país.

Por ahora se trata de un control limitado a los bancos y no afecta a empresas o particulares que quieran depositar sus dólares fuera del país. Pero la medida es radicalmente contraria al ideario liberal del presidente argentino. Hace poco la criticó el propio Fernández, diciendo que cualquier control impedía que salieran dólares, pero también que entraran.

La realidad es que el peso sigue depreciándose (el viernes rebasó las 61 unidades por dólar), haciendo más difícil el pago de la deuda en dólares y agravando la inflación (estimada en un 65% anual por diversos analistas), y cada vez se alzan más voces que reclaman controles para contener la hemorragia. Argentina es un hervidero de rumores y temores.

En la Casa Rosada se esperaba algún tipo de respaldo por parte de Alberto Fernández para ganar credibilidad ante los inversores internacionales, pero lo que llegó fue una dura descalificación del dirigente peronista. Con sus declaraciones a The Wall Street Journal, Fernández cargó sobre las espaldas de Macri, y sobre el FMI, “que prestó dinero a un gastador compulsivo”, toda la responsabilidad. Afirmó que su política, si como parece resulta vencedor el 27 de octubre, se basaría en “un plan para estimular el consumo” interno y que no pediría permiso al FMI para aplicarlo. Las palabras de Fernández solo pueden, a corto plazo, agravar la crisis.

El actual mandato de Macri se aproxima a su conclusión bajo las circunstancias más sombrías. Todos los indicadores están en rojo. Se extiende la sensación de que los antiguos valedores internacionales de Macri le han abandonado. Su amigo Donald Trump guarda silencio. Y el Fondo Monetario Internacional, que hace un año concedió a Argentina el mayor préstamo en la historia de la institución, por un total de 57.000 millones de dólares, no parece dispuesto a seguir desembolsando la ayuda al menos hasta que las elecciones despejen el panorama político.

El FMI ya no es dirigido por Christine Lagarde, que respaldó rotundamente la gestión de Macri. Lagarde está en tránsito hacia el Banco Central Europeo, y la opinión en la institución de Washington sobre las perspectivas de la economía argentina tiende a lo negativo. El directorio del Fondo se reunió el viernes de forma informal para “evaluar la nueva situación”, sin dar a conocer conclusión alguna. La calificación de “default selectivo” con que la agencia Standard&Poor´s etiquetó el jueves la deuda argentina, aunque fuera provisional, contribuyó a atemorizar a los inversores grandes y pequeños.

El Banco Central tuvo que efectuar el viernes tres nuevas subastas de dólares, por un importe superior a 300 millones, y subir los tipos de interés de las Letras de Liquidez hasta el 85% anual. Pero el peso siguió flaqueando. La deuda argentina en dólares, incluyendo el bono a un siglo que logró un gran éxito cuando se emitió en 2017, se cotiza casi a precio de default. Y muchos analistas subrayan que ocurre un fenómeno nunca visto: un Gobierno, el de Macri, ha incumplido sus compromisos de pago en pesos, y no solo en dólares, por una deuda contraída por ese mismo Gobierno. Ambas cosas son novedad.

Los políticos cercanos a Macri tratan de ser prudentes. El senador radical Julio Cobos, integrado en la alianza macrista, expresó su confianza en que las reservas del Banco Central (56.000 millones de dólares, 10.000 menos que a principios de agosto y en descenso) y el aplazamiento del pago de las deudas fueran suficientes para capear el temporal. Muy duro fue, sin embargo, el empresario Claudio Belocopitt, una de las mayores fortunas de Argentina. Beolocopitt descalificó con dureza la gestión de Macri: “Baten todos los récords de locura extrema, todas las medidas que tomaron son horribles”.

El agravamiento de la crisis tiene como efecto la profundización de la “grieta” que divide al país. Unos culpan del desastre a Fernández y a su compañera de candidatura, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, con el argumento de que el posible retorno del kirchnerismo al poder atemoriza a los inversores. Olvidan que la deuda y la inflación disparada son producto de la gestión de Macri. Otros culpan de todo a Macri. Olvidan que el actual presidente heredó un país sin reservas, con una alta inflación encubierta y un tipo de cambio artificial, y que el temor al kirchnerismo es real entre los inversores.

Por Enric González

Buenos Aires 706

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Sábado, 31 Agosto 2019 06:48

¡Debacle duquista!

¡Debacle duquista!

Este artículo provee la evidencia empírica sobre la crisis silenciosa de la era duquista, cuyo gobierno atiza el conflicto armado, el atraso económico, el sufrimiento social y la ausencia de futuro, conduciendo el país a la desesperanza y la ruina.

 

La verdad es que hoy estamos inmersos en una crisis. La advenediza administración de Iván Duque Márquez (2018-2022) no ha logrado ni intentado atacar  ninguno de los heredados problemas estructurales de la economía nacional, campo en el cual sus políticas son erráticas, sólo apuntan a los asuntos de la microeconomía y desconocen los temas macro; la actividad productiva sigue sin rumbo o dirección alguna. Duque simboliza y concita la debacle, esto es, un desastre que produce mucho desorden y desconcierto, especialmente como final de un proceso.

Hablando desde el deseo, sus palabras reafirman esta realidad. En entrevista concedida al periodista Yamit Amat el pasado 10 de agosto, a propósito de cumplir su primer año como Presidente de la República, el inexperto mandatario afirma: “Nuestro balance es positivo. Propusimos un pacto nacional alrededor de la equidad, del cierre de las brechas sociales entre los colombianos, y ya está en marcha. Le prometimos al país que la economía tenía que reactivarse y crecer, y lo estamos cumpliendo de acuerdo a (sic) las más recientes estadísticas”1.

Una explicación muy exacta de esta desacertada apreciación, con fundamento en la teoría psicoanalítica, se refiere al hecho de que, en lugar de admitir honradamente muchos de sus fracasos, incompetencias e inepcia, el Presidente Duque tiende a ponerse a la defensiva y recurrir a toda clase de mecanismos de escape, como la racionalización, la proyección, la evasión, el olvido, la agresión y la mentira. Duque cree en gran medida lo que desea creer, más bien que la verdad empíricamente apoyada; piensa con el deseo.

De esta manera, viendo solamente lo que desea ver, la dinámica económica no despega y la actividad productiva se encuentra muy por debajo de su capacidad. El desempleo no para de crecer desde hace cuatro  años y la destrucción permanente de puestos de trabajo es catastrófica. El déficit comercial y fiscal permite observar a una sociedad que vive por encima de sus capacidades y que funciona mediante un endeudamiento público crónico y ascendente. Recientemente, la divisa se cotizó en $3.459, su máximo registro en la historia (el precio del dólar es la calificación de un país). El Estado está carcomido por la corrupción y la mala gestión. Las violencias generalizadas, el conflicto armado interno, la pobreza, la injusticia, el terrorismo estatal, las organizaciones criminales, el latifundismo y las actividades económicas extractivas y rentistas compiten entre sí para ver cuál puede causar más estragos entre la población. 

Economía y empleo

La economía colombiana alcanzó un crecimiento del 6,6 por ciento en el año 2011 debido al buen momento que atravesaban por aquel momento  los precios de las commodities en los mercados internacionales (materias primas y birrias de poco valor agregado, que se dividen en cuatro grupos: energía, metales, ganado y productos agrícolas). La alegría duró poco, pues pronto llegó la destorcida de los precios, provocada por la recesión de la economía mundial, la guerra comercial y de divisas y los indicios de una severa crisis financiera internacional, con lo cual el ritmo del crecimiento anual de la actividad productiva nacional descendió a 1,4 por ciento en 2017. Durante 2018-2019 el PIB no ha logrado remontar la norma de crecimiento del 3 por ciento que exige toda economía capitalista para poder funcionar con un mínimo de utilidad, acumulación, sostenibilidad y viabilidad (Gráfico 1).

 

 

Es una caída que no pasa sin consecuencias para las mayorías que habitan esta parte de mundo, el empleo una de ellas, cuya tasa durante el último medio siglo tiende a mantenerse por encima de los dos dígitos. En el año 2000 subió al máximo histórico de 19,7 por ciento. En 2015, debido al buen ritmo del crecimiento económico, tocó piso con una tasa de 8,9 por ciento. Entre 2016-2019 el flagelo de la desocupación es imparable, durante 2019 retornó a la senda crónica del 11 por ciento. De acuerdo con el Dane-Gran encuesta integrada de hogares (Geih), durante el último año (trimestres móviles abril-junio de 2018 y 2019) el número de personas desempleadas creció en 147.000 al pasar de 2.351.000 desocupados a 2.497.000 (Gráfico 1).

 

 

 

 

El desastre social y económico generado por este repunte es más agudo debido a la mayor velocidad con que se destruyen puestos de trabajo en comparación con los nuevos que se crean. Durante el último año, en cifras netas, se perdieron 363.000. Los Acuerdos de Paz dieron un respiro a las actividades ptoductivas rurales; con la intensificación de la guerra a partir de la administración Duque, a lo largo del último año se perdieron 188.108 empleos en el sector agropecuario. Por la recesión económica, la quiebra de empresas, el alza del desempleo, la caída en la demanda de consumo de los hogares, la perdida de productividad unida a los altos costos de la mano de obra y al cambio tecnológico sustitutivo de fuerza de trabajo, se destruyeron, adicionalmente, 107.838 puestos de trabajo en la industria manufacturera; 124.639 en las actividades inmobiliarias, empresariales y de alquiler; 82.940 en comercio, hoteles y restaurantes; 59.024 en transporte, almacenamiento y comunicaciones; y, 13.098 en suministro de electricidad, gas y agua. Las únicas ramas de actividad económica que generan unos pocos puestos de trabajo, caracterizados por la precariedad e inestabilidad, son la explotación de minas y canteras, la construcción, la intermediación financiera y los servicios comunales, sociales y personales (Cuadro 1). 

 

 

La tasa de desempleo sería mayor en 2019 si se mantuvieran en el mercado laboral 216.000 personas que lo abandonaron durante el último año, desalentadas al superar el año de búsqueda infructuosa de un puesto de trabajo (las personas que así proceden no son tenidas en cuenta por las encuestas del Dane como desempleadas). Además, el subempleo objetivo (por insuficiencia de horas y empleo inadecuado por competencias o por ingresos) afectó a 307.000 trabajadores adicionales en el último año, alcanzando la cifra de 2.708.000 (la tasa de subempleo objetivo pasó de 9,6 a 11%). 

Además, a mediados de agosto de 2019, el Dane entregó el boletín de Mercado laboral, informalidad y seguridad social correspondiente al trimestre móvil abril-junio, según el cual, para el total de las 23 ciudades y áreas metropolitanas del país, el indicador se ubicó en 47,9 por ciento, mientras que la proporción de ocupados informales en las 13 ciudades y áreas metropolitanas fue de 46,8 por ciento

Pese a toda esta evidencia el inquilino de la Casa de Nariño no deja de proclamar que “vamos para adelante”, sin precisar que al final de tal ruta está el despeñadero.

 

Espejito, espejito…

La economía colombiana se fundamenta en las actividades extractivas, la especulación financiera y la producción de bienes primarios de poco valor agregado y bajo coeficiente de exportación. Todos los bienes y servicios que requieren sofisticados conocimientos, complejidad en el proceso productivo y tecnologías avanzadas se importan. Esta trágica y vergonzosa situación queda al desnudo en la respuesta que dio el Presidente Duque a la pregunta hecha por el periodista Yamid Amat, ¿cómo resumiría el resultado de su visita a China? El advenedizo presidente respondió: “En China logramos más de 400 millones de dólares para el financiamiento de infraestructura, más de 40 millones de dólares por año en comercio de banano, más de 3 millones de dólares potenciales por año de exportaciones de aguacate haas, más de 2 millones de dólares en cooperación técnica y más de 400 millones de dólares en inversiones en el país”. La repuesta de Duque produce pena ajena.

 

Ante esta precariedad de la estructura productiva, desmontada en sus pocos avances a lo largo de las últimas décadas, en 2019 el déficit comercial se proyecta que alcanzará un máximo histórico cercano a los USD $9.000 millones (Gráfico 2); esto es, las importaciones superarán en un 21 por ciento el valor de las exportaciones (el promedio histórico durante las cuatro últimas décadas fue de 6,3 por ciento).

Otra debilidad que muestra la economía colombiana en su relación con el resto del mundo es el déficit en cuenta corriente. Esta mide la diferencia entre los ingresos y egresos de divisas que tiene un país producto de su actividad económica con el exterior. En nuestro caso el déficit de cuenta corriente, según el Banco de la República, se estima en 4 por ciento del PIB al finalizar 2019, un dato muy superior al considerado sostenible del 2,5 por ciento. Esto significa que son más los dólares que salen que los que entran como producto de la actividad económica nacional.

 

 

Estructura productiva y economía débil.Es así como el valor de las exportaciones del país dependen mayormente de la explotación de hidrocarburos y del precio del barril de petróleo en los mercados internacionales. La tasa de cambio está atada al valor del petróleo (Gráfico 3). Debido a la destorcida del precio de los hidrocarburos a partir de 2015, el peso colombiano es la cuarta moneda más devaluada del mundo, superada solamente por el Bolívar de Venezuela, la Lira de Turquía y el Peso de Argentina, países que vienen también en picada por la vulnerabilidad de sus economías. En agosto de 2019 el peso colombiano alcanzó su máxima devaluación frente al dólar en la historia al ubicarse en $3.459, superior a los $3.434 que alcanzó en febrero de 2016. Teniendo en cuenta el abultado déficit de cuenta corriente que registra Colombia en 2019, es inevitable que cuando sube el dólar perdemos mucho más de lo que ganamos. En un sólo día, el 14 de agosto de 2019, la fragilidad de la economía colombiana quedó en evidencia frente a la turbulencia de los mercados mundiales: el índice referencial de la bolsa de valores se deslizó en -2,5 por ciento, el petróleo cayó en más de 4 por ciento y el peso colombiano continuó su devaluación en 1,2 por ciento. Ante esta realidad, la administración Duque intenta disfrazar los hechos. El Dane sigue aumentando su pérdida de credibilidad: ahora infló el crecimiento del PIB correspondiente al primer trimestre que fue de 2,8 por ciento y arbitrariamente lo subió a 3,1. Con este truco, el Gobierno anuncia que durante el primer semestre del 2019 la economía aumentó 3,05 por ciento.

En resumen, el balance del primer año de la administración Duque es pésimo en el mercado laboral; mal en las cuentas externas y en las fiscales; flojo en crecimiento económico, y desastroso en materia de pobreza, distribución del ingreso, seguridad y violencia (Gráfico 4). Esta apreciación es compartida por los principales medios de comunicación europeos que siguen la huella a Colombia (The Economist de Inglaterra, El País de Madrid, la DW de Berlín, Le Monde de Francia y la BBC de Londres, entre otros), todos coinciden en que ha sido un año fallido, un gobierno sin rumbo, sin nada que mostrar distinto a equivocaciones una tras de otra y genuflexo a las exigencias de los gamberros criollos de la extrema derecha y las fanáticas sectas cristianas y evangélicas que lo eligieron como presidente y a los mezquinos intereses imperiales estadounidenses. Un problema de fondo del “subpresidente” (como nombran ahora a Duque gran parte de la prensa internacional) es su falta de liderazgo, ineptitud y dependencia ciega y muda a su sociopata mentor.

En el mismo plano internacional, adicionalmente, 12 congresistas estadounidenses le enviaron una dura carta a Duque por el mal manejo laboral. Con acritud, la comunicación del 27 de junio de 2019, habla de la mala calidad del empleo y de la persecución al sindicalismo, de cara a los compromisos asumidos por el país en 2012, cuando entró en vigencia el tratado de libre comercio (TLC) con Estados Unidos: “Es profundamente preocupante que Colombia esté potencialmente retrocediendo en algunos de estos temas, incluso con el Plan Nacional de Desarrollo (PND) recientemente aprobado y con respecto a las cooperativas, todo mientras que la violencia contra activistas laborales, civiles y de derechos humanos, incluso sindicalistas y sus líderes, sigue siendo un problema grave”. Insisten en que el gobierno de Duque no ha tomado acciones para corregir la grave violación de los derechos humanos que registra actualmente el país. 

Volviendo al plano interno, ni siquiera los empresarios lo califican bien en el balance de su primer año de gobierno; no obstante que con la primera reforma tributaria en el gobierno de Duque les “regaló” 21 billones de pesos mediante rebajas fiscales y exenciones de todo tipo2. En efecto, la Ley de Financiamiento aprobada por Duque en diciembre de 2018 le redujo la tasa de tributación a las empresas en diez puntos porcentuales, lo cual es inequitativo y abrió además un gran boquete fiscal. No obstante, según los empresarios, el arranque de este gobierno ha sido lento, complicado y sin agenda clara o concertada. 

Opinión refrendada de manera amplia, según el diario La República, que realiza desde hace nueve años una encuesta entre 650 empresarios de todas las regiones, de grandes, medianas y pequeñas empresas, para conocer la calificación que le dan al Presidente, a sus ministros y a algunos funcionarios clave para el desarrollo de la economía y las empresas. La primera calificación de este Gobierno se hizo a los 100 días y fue también bastante baja, máxime cuando las expectativas de cambio eran las mejores; calificación contaminada por el prematuro debate en el Congreso de una reforma tributaria y por el cuestionamiento ético y de corrupción que le hicieron al ministro de Hacienda Carrasquilla, reconocido por su odio en contra de las clases trabajadoras y populares, todo lo cual debilitó la imagen del Presidente; además, la agenda económica de todo el primer semestre de este año se desplazó por asuntos como la crisis venezolana, las objeciones de la JEP y la desgastante trama judicial del guerrillero ‘Jesús Santrich’. 

Entre tanto, los ministros del gabinete más enfocados en lo económico estaban concentrados en desarrollos micro, que poco o nada impactaban el mensaje de que las cosas mejoraban; con la llegada del estudio del PND al Congreso las cosas se decoloraron porque esa hoja de ruta fue una abigarrada colcha de retazos y un asunto de segundo plano por temas judiciales que enrarecían el ambiente en la opinión pública, situación que se ha extendido hasta terminar julio, incluso sin asimilar el impacto fundamental que tiene un trabajo como el Marco Fiscal de Mediano Plazo que traza un camino hacia una macroeconomía más sana y mejor administrada y cuyos supuestos quedaron rápidamente invalidados por la caída en el precio del petróleo, la significativa devaluación del peso colombiano y el lento crecimiento económico.

El pesimismo de los colombianos, según la más reciente encuesta de Invamer (Investigación de Mercados con Analytics y Social Media), sigue en aumento. A la pregunta: “En general, ¿cree usted que las cosas en Colombia van por buen camino o por mal camino?”, un 68 por ciento respondió que mal y solo el 25,6 por ciento, dijo que bien. Los consultados consideran que el desempleo y la corrupción son los temas más preocupantes, seguidos por la inseguridad, la calidad y el cubrimiento de la salud y los efectos para Colombia de la crisis en Venezuela. Sobre el presidente Duque, en julio de 2019, el nivel de desaprobación llegó al 56,5 por ciento y el de aprobación bajó al 37. En septiembre de 2018, el nivel de aprobación era del 53,8 por ciento y el de desaprobación, del 32,5. Esto quiere decir que, en el primer año de su gestión, el jefe de Estado ha perdido 24 puntos de confianza en su gobierno por parte de la sociedad colombiana.

 

Ante estas circunstancias, con variedad de factores y resultados en contra, para sobrevivir el Gobierno acude al incremento de la deuda pública a niveles suicidas. Tal deuda, del sector público consolidado (SPC) como proporción del PIB (incluyendo Ecopetrol y similares), escaló del 42 por ciento en 2012 al 62 por ciento en 2019. Teniendo en cuenta que gran parte de la misma es en dólares, con la devaluación el país queda más vulnerable pues está expuesto a la salida de flujo de capital y el costo de mantener la deuda aumenta, lo que afecta el bolsillo de los consumidores, quienes finalmente somos quienes la pagamos. La deuda externa suma USD $135.083 millones; a inicio de 2019, con un dólar a $3.239, esta representaba cerca de $437,5 billones; con la última alza histórica en el precio de la divisa, la deuda externa registró un incremento de $31,2 billones en lo corrido del año, quedando en $468,7 billones.

El déficit fiscal también es creciente. En 2019 los gastos del Estado superan en más del 3 por ciento del valor del PIB a los ingresos públicos, situación que no muestra variaciones de acuerdo con el Presupuesto General de la Nación (PGN) del año 2020. En efecto, el Ministerio de Hacienda radicó en el Congreso el PGN para la vigencia 2020 que contaría con recursos por 271,7 billones de pesos, es decir, 4 por ciento más que la cifra de $259 billones de 2019. Casi la totalidad del presupuesto se orienta a la amortización de la deuda pública ($59,2 billones), a los sectores de educación ($43,1 billones) y fuerza militar ($35,7 billones, aumentó 6,8% frente a 2019) y al pago de pensiones que según el proyecto sube a 43 billones de pesos, desde 38,5 billones que se ejecutan este año (ver composición del PGN 2019-2020).

De todos los sectores que hacen parte del PGN hay que señalar que 7 de ellos tienen caídas, la más estrepitosa de las cuales (entre los sectores económicos que pueden mover la economía y generar empleo) es el agro, que se reduce en un 21,6 por ciento al pasar de 2,2 billones en 2019 a 1,8 billones en 2020.

Mirado desde otra perspectiva, la meta de austeridad en el gasto de la cual viene hablando el gobierno nacional es otra quimera: el proyecto de presupuesto suma un monto de 271,7 billones de pesos, 63,3 por ciento del cual estará destinado a gastos de funcionamiento. De los restantes recursos, el segundo mayor rubro está dirigido al pago del servicio de la deuda pública, para lo cual se dispondrá de 59,2 billones de pesos, lo que representa el 21,8 por ciento de la torta presupuestal. Finalmente, para inversión se estableció el 14,9 por ciento restante, equivalente a 40,3 billones de pesos (se reduce en 14,5% frente a la vigencia 2019).

El grueso del recorte fiscal en la inversión del año 2020 va a reducir la formación de capital fijo público (carreteras, acueductos, energía) que del 2,2 por ciento del PIB en 2018 pasará al 1,4 por ciento en 2020, afectando negativamente el crecimiento económico y la generación de empleo.

Con la tasa de desempleo subiendo, la intensificación del conflicto armado interno, la migración venezolana3 y el crecimiento económico por varios años por debajo del potencial, lo natural es que la pobreza, los homicidios y la desigualdad registren aumento. Los índices de sufrimiento de la sociedad colombiana han retornado a niveles angustiantes. En efecto, a partir de 2016, tras un período de descenso, los datos de pobreza, violencia y desigualdad volvieron a incrementarse (Gráfico 4). El nuestro es uno de los pocos países que presenta una tendencia de los homicidios al alza, mientras que, en comparación con 1990, la tasa mundial ha ido en descenso. De acuerdo con las investigaciones realizadas, se identifica que no se trata solo de una lucha de narcotraficantes o de pandillas, sino que hay muchos problemas de territorio en el país, de luchas por concentración de la tierra, la expansión del latifundio ganadero, el control de los recursos naturales y la explotación de recursos minero-energéticos; pero, además, que hay un factor cultural, y es que en el país se entiende el asesinato como una forma de solucionar problemas. Colombia, al igual que en el resto de América Latina, registra un nivel superior de 90 por ciento de impunidad; el crimen no tiene castigo, entonces se termina matando simplemente porque se puede matar y resulta más “eficaz” y “rentable”.

Otro escenario preocupante es que Colombia sigue ocupando uno de los primeros puestos en desigualdad, además exhibe una pornográfica y permanente agudización hacia la concentración del ingreso y la riqueza. Colombia es un país inequitativo en la distribución de tierras, concentración de las cuentas bancarias, oportunidades de trabajo y educativas, propiedad accionaria, reparto del valor agregado y, en general, en todas las actividades económicas. Desde la constitución como república independiente, hace doscientos años, el manejo del país se ha basado en la exclusión, y nunca la desigualdad económica ha hecho parte de una política pública que comprometa al Estado o a las clases dominantes. 

Adicionalmente, entre 2016 y 2018 ingresaron 1,1 millones de personas a la pobreza multidimensional. En el futuro cercano no cabe esperar mayores progresos en estos índices debido a los bajos crecimientos del PIB-real, al aceleramiento de la inflación de alimentos, al aumento en los impuestos que gravan la canasta familiar, a los crónicos déficits comercial y fiscal, al aumento en el endeudamiento externo, a la mayor incidencia de la pobreza, al escalamiento del crimen organizado  y de la violencia política por el incumplimiento del Estado con los Acuerdos de Paz, a la extensión del conflicto armado interno y al acelerado crecimiento de la corrupción y las actividades ilegales.

En estas condiciones, nuestra sociedad necesita hacerse su propia introspección. Esta radiografía debe permitirnos saber dónde estamos, dónde están los problemas y los límites para solucionarlos, hacía que escenarios nos dirigimos y que sujetos sociales pueden orientar y animar el cambio. Sin respeto por la dignidad humana, bienestar, paz, justicia, igualdad, democracia, derechos humanos, armonía sociedad-naturaleza, ciencia, tecnología e innovación, ningún desarrollo es sostenible.

De acuerdo con el libro “La pobreza y la riqueza de las naciones”, del economista David Landes, si bien el clima, los recursos naturales y la geografía son elementos a tener en cuenta a la hora de explicar por qué determinados países son capaces de dar un salto al desarrollo sostenible y por qué otros no, el factor clave es, en realidad, el bagaje cultural del país, en especial el grado en que ha interiorizado el trabajo disciplinado y duro, el ahorro, la honestidad, paciencia y tenacidad, así como su grado de apertura al cambio, a la ciencia y las nuevas tecnologías y a la igualdad entre hombres y mujeres. El estancamiento o el atraso continuado de diversos países no tienen que ver simplemente con el colonialismo experimentado, con la geografía o con el legado histórico, mucho menos con la “mala suerte”, según el decir popular, es la cultura, la corrupción y una clase dirigente lumpen, violenta e inepta las que afectan el rendimiento económico y el bienestar social4. La cultura cuenta y puede cambiar; la cultura política y económica anida en las instituciones y los contextos y no en los genes. 

Ante estas evidencias, en debacle la economía nacional, y restando aún tres años de un gobierno gris, ciego, sordo e inepto, por decir lo menos, la sociedad tiene el reto de reencauzar el desastre que se avizora, a no ser que prefiera, a la estabilidad y la felicidad, las penurias, las angustias y desesperanzas ya sufridas, fruto del derrumbe económico, social y cultural.

 

1El Tiempo.https://www.eltiempo.com/politica/gobierno/ivan-duque-hace-balance-de-su-primer-ano-como-presidente-de-colombia-399468 (consulta 11 de agosto de 2019).

2Garay, Luis Jorge, Espitia Zamora, Jorge Enrique, Dinámica de las desigualdades en Colombia. En tono a la economía política de los ámbitos socio-económico, tributario y territorial, en impresión.

3El número de venezolanos que han migrado a Colombia, a febrero del 2019, sumaba 1,2 millones, cifra que podría crecer en otro millón producto de las medidas de embargo y bloqueo decididas al inicio de agosto del año en curso por los Estados Unidos.

4Thomas, Friedman. (2017, sexta reimpresión). La tierra es plana. Editorial Planeta Colombiana SA.; Bogotá, p. 340.

*Economista político y filósofo humanista. Escritor e investigador independiente. Integrante del comité editorial de los periódicos Le Monde diplomatique, edición Colombia, y desdeabajo.

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Martes, 27 Agosto 2019 11:48

¡Debacle duquista!

¡Debacle duquista!

Este artículo provee la evidencia empírica sobre la crisis silenciosa de la era duquista, cuyo gobierno atiza el conflicto armado, el atraso económico, el sufrimiento social y la ausencia de futuro, conduciendo el país a la desesperanza y la ruina.

 

La verdad es que hoy estamos inmersos en una crisis. La advenediza administración de Iván Duque Márquez (2018-2022) no ha logrado ni intentado atacar  ninguno de los heredados problemas estructurales de la economía nacional, campo en el cual sus políticas son erráticas, sólo apuntan a los asuntos de la microeconomía y desconocen los temas macro; la actividad productiva sigue sin rumbo o dirección alguna. Duque simboliza y concita la debacle, esto es, un desastre que produce mucho desorden y desconcierto, especialmente como final de un proceso.

Hablando desde el deseo, sus palabras reafirman esta realidad. En entrevista concedida al periodista Yamit Amat el pasado 10 de agosto, a propósito de cumplir su primer año como Presidente de la República, el inexperto mandatario afirma: “Nuestro balance es positivo. Propusimos un pacto nacional alrededor de la equidad, del cierre de las brechas sociales entre los colombianos, y ya está en marcha. Le prometimos al país que la economía tenía que reactivarse y crecer, y lo estamos cumpliendo de acuerdo a (sic) las más recientes estadísticas”1.

Una explicación muy exacta de esta desacertada apreciación, con fundamento en la teoría psicoanalítica, se refiere al hecho de que, en lugar de admitir honradamente muchos de sus fracasos, incompetencias e inepcia, el Presidente Duque tiende a ponerse a la defensiva y recurrir a toda clase de mecanismos de escape, como la racionalización, la proyección, la evasión, el olvido, la agresión y la mentira. Duque cree en gran medida lo que desea creer, más bien que la verdad empíricamente apoyada; piensa con el deseo.

De esta manera, viendo solamente lo que desea ver, la dinámica económica no despega y la actividad productiva se encuentra muy por debajo de su capacidad. El desempleo no para de crecer desde hace cuatro  años y la destrucción permanente de puestos de trabajo es catastrófica. El déficit comercial y fiscal permite observar a una sociedad que vive por encima de sus capacidades y que funciona mediante un endeudamiento público crónico y ascendente. Recientemente, la divisa se cotizó en $3.459, su máximo registro en la historia (el precio del dólar es la calificación de un país). El Estado está carcomido por la corrupción y la mala gestión. Las violencias generalizadas, el conflicto armado interno, la pobreza, la injusticia, el terrorismo estatal, las organizaciones criminales, el latifundismo y las actividades económicas extractivas y rentistas compiten entre sí para ver cuál puede causar más estragos entre la población. 

Economía y empleo

La economía colombiana alcanzó un crecimiento del 6,6 por ciento en el año 2011 debido al buen momento que atravesaban por aquel momento  los precios de las commodities en los mercados internacionales (materias primas y birrias de poco valor agregado, que se dividen en cuatro grupos: energía, metales, ganado y productos agrícolas). La alegría duró poco, pues pronto llegó la destorcida de los precios, provocada por la recesión de la economía mundial, la guerra comercial y de divisas y los indicios de una severa crisis financiera internacional, con lo cual el ritmo del crecimiento anual de la actividad productiva nacional descendió a 1,4 por ciento en 2017. Durante 2018-2019 el PIB no ha logrado remontar la norma de crecimiento del 3 por ciento que exige toda economía capitalista para poder funcionar con un mínimo de utilidad, acumulación, sostenibilidad y viabilidad (Gráfico 1).

 

 

Es una caída que no pasa sin consecuencias para las mayorías que habitan esta parte de mundo, el empleo una de ellas, cuya tasa durante el último medio siglo tiende a mantenerse por encima de los dos dígitos. En el año 2000 subió al máximo histórico de 19,7 por ciento. En 2015, debido al buen ritmo del crecimiento económico, tocó piso con una tasa de 8,9 por ciento. Entre 2016-2019 el flagelo de la desocupación es imparable, durante 2019 retornó a la senda crónica del 11 por ciento. De acuerdo con el Dane-Gran encuesta integrada de hogares (Geih), durante el último año (trimestres móviles abril-junio de 2018 y 2019) el número de personas desempleadas creció en 147.000 al pasar de 2.351.000 desocupados a 2.497.000 (Gráfico 1).

 

 

 

 

El desastre social y económico generado por este repunte es más agudo debido a la mayor velocidad con que se destruyen puestos de trabajo en comparación con los nuevos que se crean. Durante el último año, en cifras netas, se perdieron 363.000. Los Acuerdos de Paz dieron un respiro a las actividades ptoductivas rurales; con la intensificación de la guerra a partir de la administración Duque, a lo largo del último año se perdieron 188.108 empleos en el sector agropecuario. Por la recesión económica, la quiebra de empresas, el alza del desempleo, la caída en la demanda de consumo de los hogares, la perdida de productividad unida a los altos costos de la mano de obra y al cambio tecnológico sustitutivo de fuerza de trabajo, se destruyeron, adicionalmente, 107.838 puestos de trabajo en la industria manufacturera; 124.639 en las actividades inmobiliarias, empresariales y de alquiler; 82.940 en comercio, hoteles y restaurantes; 59.024 en transporte, almacenamiento y comunicaciones; y, 13.098 en suministro de electricidad, gas y agua. Las únicas ramas de actividad económica que generan unos pocos puestos de trabajo, caracterizados por la precariedad e inestabilidad, son la explotación de minas y canteras, la construcción, la intermediación financiera y los servicios comunales, sociales y personales (Cuadro 1). 

 

 

La tasa de desempleo sería mayor en 2019 si se mantuvieran en el mercado laboral 216.000 personas que lo abandonaron durante el último año, desalentadas al superar el año de búsqueda infructuosa de un puesto de trabajo (las personas que así proceden no son tenidas en cuenta por las encuestas del Dane como desempleadas). Además, el subempleo objetivo (por insuficiencia de horas y empleo inadecuado por competencias o por ingresos) afectó a 307.000 trabajadores adicionales en el último año, alcanzando la cifra de 2.708.000 (la tasa de subempleo objetivo pasó de 9,6 a 11%). 

Además, a mediados de agosto de 2019, el Dane entregó el boletín de Mercado laboral, informalidad y seguridad social correspondiente al trimestre móvil abril-junio, según el cual, para el total de las 23 ciudades y áreas metropolitanas del país, el indicador se ubicó en 47,9 por ciento, mientras que la proporción de ocupados informales en las 13 ciudades y áreas metropolitanas fue de 46,8 por ciento

Pese a toda esta evidencia el inquilino de la Casa de Nariño no deja de proclamar que “vamos para adelante”, sin precisar que al final de tal ruta está el despeñadero.

 

Espejito, espejito…

La economía colombiana se fundamenta en las actividades extractivas, la especulación financiera y la producción de bienes primarios de poco valor agregado y bajo coeficiente de exportación. Todos los bienes y servicios que requieren sofisticados conocimientos, complejidad en el proceso productivo y tecnologías avanzadas se importan. Esta trágica y vergonzosa situación queda al desnudo en la respuesta que dio el Presidente Duque a la pregunta hecha por el periodista Yamid Amat, ¿cómo resumiría el resultado de su visita a China? El advenedizo presidente respondió: “En China logramos más de 400 millones de dólares para el financiamiento de infraestructura, más de 40 millones de dólares por año en comercio de banano, más de 3 millones de dólares potenciales por año de exportaciones de aguacate haas, más de 2 millones de dólares en cooperación técnica y más de 400 millones de dólares en inversiones en el país”. La repuesta de Duque produce pena ajena.

 

Ante esta precariedad de la estructura productiva, desmontada en sus pocos avances a lo largo de las últimas décadas, en 2019 el déficit comercial se proyecta que alcanzará un máximo histórico cercano a los USD $9.000 millones (Gráfico 2); esto es, las importaciones superarán en un 21 por ciento el valor de las exportaciones (el promedio histórico durante las cuatro últimas décadas fue de 6,3 por ciento).

Otra debilidad que muestra la economía colombiana en su relación con el resto del mundo es el déficit en cuenta corriente. Esta mide la diferencia entre los ingresos y egresos de divisas que tiene un país producto de su actividad económica con el exterior. En nuestro caso el déficit de cuenta corriente, según el Banco de la República, se estima en 4 por ciento del PIB al finalizar 2019, un dato muy superior al considerado sostenible del 2,5 por ciento. Esto significa que son más los dólares que salen que los que entran como producto de la actividad económica nacional.

 

 

Estructura productiva y economía débil.Es así como el valor de las exportaciones del país dependen mayormente de la explotación de hidrocarburos y del precio del barril de petróleo en los mercados internacionales. La tasa de cambio está atada al valor del petróleo (Gráfico 3). Debido a la destorcida del precio de los hidrocarburos a partir de 2015, el peso colombiano es la cuarta moneda más devaluada del mundo, superada solamente por el Bolívar de Venezuela, la Lira de Turquía y el Peso de Argentina, países que vienen también en picada por la vulnerabilidad de sus economías. En agosto de 2019 el peso colombiano alcanzó su máxima devaluación frente al dólar en la historia al ubicarse en $3.459, superior a los $3.434 que alcanzó en febrero de 2016. Teniendo en cuenta el abultado déficit de cuenta corriente que registra Colombia en 2019, es inevitable que cuando sube el dólar perdemos mucho más de lo que ganamos. En un sólo día, el 14 de agosto de 2019, la fragilidad de la economía colombiana quedó en evidencia frente a la turbulencia de los mercados mundiales: el índice referencial de la bolsa de valores se deslizó en -2,5 por ciento, el petróleo cayó en más de 4 por ciento y el peso colombiano continuó su devaluación en 1,2 por ciento. Ante esta realidad, la administración Duque intenta disfrazar los hechos. El Dane sigue aumentando su pérdida de credibilidad: ahora infló el crecimiento del PIB correspondiente al primer trimestre que fue de 2,8 por ciento y arbitrariamente lo subió a 3,1. Con este truco, el Gobierno anuncia que durante el primer semestre del 2019 la economía aumentó 3,05 por ciento.

En resumen, el balance del primer año de la administración Duque es pésimo en el mercado laboral; mal en las cuentas externas y en las fiscales; flojo en crecimiento económico, y desastroso en materia de pobreza, distribución del ingreso, seguridad y violencia (Gráfico 4). Esta apreciación es compartida por los principales medios de comunicación europeos que siguen la huella a Colombia (The Economist de Inglaterra, El País de Madrid, la DW de Berlín, Le Monde de Francia y la BBC de Londres, entre otros), todos coinciden en que ha sido un año fallido, un gobierno sin rumbo, sin nada que mostrar distinto a equivocaciones una tras de otra y genuflexo a las exigencias de los gamberros criollos de la extrema derecha y las fanáticas sectas cristianas y evangélicas que lo eligieron como presidente y a los mezquinos intereses imperiales estadounidenses. Un problema de fondo del “subpresidente” (como nombran ahora a Duque gran parte de la prensa internacional) es su falta de liderazgo, ineptitud y dependencia ciega y muda a su sociopata mentor.

En el mismo plano internacional, adicionalmente, 12 congresistas estadounidenses le enviaron una dura carta a Duque por el mal manejo laboral. Con acritud, la comunicación del 27 de junio de 2019, habla de la mala calidad del empleo y de la persecución al sindicalismo, de cara a los compromisos asumidos por el país en 2012, cuando entró en vigencia el tratado de libre comercio (TLC) con Estados Unidos: “Es profundamente preocupante que Colombia esté potencialmente retrocediendo en algunos de estos temas, incluso con el Plan Nacional de Desarrollo (PND) recientemente aprobado y con respecto a las cooperativas, todo mientras que la violencia contra activistas laborales, civiles y de derechos humanos, incluso sindicalistas y sus líderes, sigue siendo un problema grave”. Insisten en que el gobierno de Duque no ha tomado acciones para corregir la grave violación de los derechos humanos que registra actualmente el país. 

Volviendo al plano interno, ni siquiera los empresarios lo califican bien en el balance de su primer año de gobierno; no obstante que con la primera reforma tributaria en el gobierno de Duque les “regaló” 21 billones de pesos mediante rebajas fiscales y exenciones de todo tipo2. En efecto, la Ley de Financiamiento aprobada por Duque en diciembre de 2018 le redujo la tasa de tributación a las empresas en diez puntos porcentuales, lo cual es inequitativo y abrió además un gran boquete fiscal. No obstante, según los empresarios, el arranque de este gobierno ha sido lento, complicado y sin agenda clara o concertada. 

Opinión refrendada de manera amplia, según el diario La República, que realiza desde hace nueve años una encuesta entre 650 empresarios de todas las regiones, de grandes, medianas y pequeñas empresas, para conocer la calificación que le dan al Presidente, a sus ministros y a algunos funcionarios clave para el desarrollo de la economía y las empresas. La primera calificación de este Gobierno se hizo a los 100 días y fue también bastante baja, máxime cuando las expectativas de cambio eran las mejores; calificación contaminada por el prematuro debate en el Congreso de una reforma tributaria y por el cuestionamiento ético y de corrupción que le hicieron al ministro de Hacienda Carrasquilla, reconocido por su odio en contra de las clases trabajadoras y populares, todo lo cual debilitó la imagen del Presidente; además, la agenda económica de todo el primer semestre de este año se desplazó por asuntos como la crisis venezolana, las objeciones de la JEP y la desgastante trama judicial del guerrillero ‘Jesús Santrich’. 

Entre tanto, los ministros del gabinete más enfocados en lo económico estaban concentrados en desarrollos micro, que poco o nada impactaban el mensaje de que las cosas mejoraban; con la llegada del estudio del PND al Congreso las cosas se decoloraron porque esa hoja de ruta fue una abigarrada colcha de retazos y un asunto de segundo plano por temas judiciales que enrarecían el ambiente en la opinión pública, situación que se ha extendido hasta terminar julio, incluso sin asimilar el impacto fundamental que tiene un trabajo como el Marco Fiscal de Mediano Plazo que traza un camino hacia una macroeconomía más sana y mejor administrada y cuyos supuestos quedaron rápidamente invalidados por la caída en el precio del petróleo, la significativa devaluación del peso colombiano y el lento crecimiento económico.

El pesimismo de los colombianos, según la más reciente encuesta de Invamer (Investigación de Mercados con Analytics y Social Media), sigue en aumento. A la pregunta: “En general, ¿cree usted que las cosas en Colombia van por buen camino o por mal camino?”, un 68 por ciento respondió que mal y solo el 25,6 por ciento, dijo que bien. Los consultados consideran que el desempleo y la corrupción son los temas más preocupantes, seguidos por la inseguridad, la calidad y el cubrimiento de la salud y los efectos para Colombia de la crisis en Venezuela. Sobre el presidente Duque, en julio de 2019, el nivel de desaprobación llegó al 56,5 por ciento y el de aprobación bajó al 37. En septiembre de 2018, el nivel de aprobación era del 53,8 por ciento y el de desaprobación, del 32,5. Esto quiere decir que, en el primer año de su gestión, el jefe de Estado ha perdido 24 puntos de confianza en su gobierno por parte de la sociedad colombiana.

 

Ante estas circunstancias, con variedad de factores y resultados en contra, para sobrevivir el Gobierno acude al incremento de la deuda pública a niveles suicidas. Tal deuda, del sector público consolidado (SPC) como proporción del PIB (incluyendo Ecopetrol y similares), escaló del 42 por ciento en 2012 al 62 por ciento en 2019. Teniendo en cuenta que gran parte de la misma es en dólares, con la devaluación el país queda más vulnerable pues está expuesto a la salida de flujo de capital y el costo de mantener la deuda aumenta, lo que afecta el bolsillo de los consumidores, quienes finalmente somos quienes la pagamos. La deuda externa suma USD $135.083 millones; a inicio de 2019, con un dólar a $3.239, esta representaba cerca de $437,5 billones; con la última alza histórica en el precio de la divisa, la deuda externa registró un incremento de $31,2 billones en lo corrido del año, quedando en $468,7 billones.

El déficit fiscal también es creciente. En 2019 los gastos del Estado superan en más del 3 por ciento del valor del PIB a los ingresos públicos, situación que no muestra variaciones de acuerdo con el Presupuesto General de la Nación (PGN) del año 2020. En efecto, el Ministerio de Hacienda radicó en el Congreso el PGN para la vigencia 2020 que contaría con recursos por 271,7 billones de pesos, es decir, 4 por ciento más que la cifra de $259 billones de 2019. Casi la totalidad del presupuesto se orienta a la amortización de la deuda pública ($59,2 billones), a los sectores de educación ($43,1 billones) y fuerza militar ($35,7 billones, aumentó 6,8% frente a 2019) y al pago de pensiones que según el proyecto sube a 43 billones de pesos, desde 38,5 billones que se ejecutan este año (ver composición del PGN 2019-2020).

De todos los sectores que hacen parte del PGN hay que señalar que 7 de ellos tienen caídas, la más estrepitosa de las cuales (entre los sectores económicos que pueden mover la economía y generar empleo) es el agro, que se reduce en un 21,6 por ciento al pasar de 2,2 billones en 2019 a 1,8 billones en 2020.

Mirado desde otra perspectiva, la meta de austeridad en el gasto de la cual viene hablando el gobierno nacional es otra quimera: el proyecto de presupuesto suma un monto de 271,7 billones de pesos, 63,3 por ciento del cual estará destinado a gastos de funcionamiento. De los restantes recursos, el segundo mayor rubro está dirigido al pago del servicio de la deuda pública, para lo cual se dispondrá de 59,2 billones de pesos, lo que representa el 21,8 por ciento de la torta presupuestal. Finalmente, para inversión se estableció el 14,9 por ciento restante, equivalente a 40,3 billones de pesos (se reduce en 14,5% frente a la vigencia 2019).

El grueso del recorte fiscal en la inversión del año 2020 va a reducir la formación de capital fijo público (carreteras, acueductos, energía) que del 2,2 por ciento del PIB en 2018 pasará al 1,4 por ciento en 2020, afectando negativamente el crecimiento económico y la generación de empleo.

Con la tasa de desempleo subiendo, la intensificación del conflicto armado interno, la migración venezolana3 y el crecimiento económico por varios años por debajo del potencial, lo natural es que la pobreza, los homicidios y la desigualdad registren aumento. Los índices de sufrimiento de la sociedad colombiana han retornado a niveles angustiantes. En efecto, a partir de 2016, tras un período de descenso, los datos de pobreza, violencia y desigualdad volvieron a incrementarse (Gráfico 4). El nuestro es uno de los pocos países que presenta una tendencia de los homicidios al alza, mientras que, en comparación con 1990, la tasa mundial ha ido en descenso. De acuerdo con las investigaciones realizadas, se identifica que no se trata solo de una lucha de narcotraficantes o de pandillas, sino que hay muchos problemas de territorio en el país, de luchas por concentración de la tierra, la expansión del latifundio ganadero, el control de los recursos naturales y la explotación de recursos minero-energéticos; pero, además, que hay un factor cultural, y es que en el país se entiende el asesinato como una forma de solucionar problemas. Colombia, al igual que en el resto de América Latina, registra un nivel superior de 90 por ciento de impunidad; el crimen no tiene castigo, entonces se termina matando simplemente porque se puede matar y resulta más “eficaz” y “rentable”.

Otro escenario preocupante es que Colombia sigue ocupando uno de los primeros puestos en desigualdad, además exhibe una pornográfica y permanente agudización hacia la concentración del ingreso y la riqueza. Colombia es un país inequitativo en la distribución de tierras, concentración de las cuentas bancarias, oportunidades de trabajo y educativas, propiedad accionaria, reparto del valor agregado y, en general, en todas las actividades económicas. Desde la constitución como república independiente, hace doscientos años, el manejo del país se ha basado en la exclusión, y nunca la desigualdad económica ha hecho parte de una política pública que comprometa al Estado o a las clases dominantes. 

Adicionalmente, entre 2016 y 2018 ingresaron 1,1 millones de personas a la pobreza multidimensional. En el futuro cercano no cabe esperar mayores progresos en estos índices debido a los bajos crecimientos del PIB-real, al aceleramiento de la inflación de alimentos, al aumento en los impuestos que gravan la canasta familiar, a los crónicos déficits comercial y fiscal, al aumento en el endeudamiento externo, a la mayor incidencia de la pobreza, al escalamiento del crimen organizado  y de la violencia política por el incumplimiento del Estado con los Acuerdos de Paz, a la extensión del conflicto armado interno y al acelerado crecimiento de la corrupción y las actividades ilegales.

En estas condiciones, nuestra sociedad necesita hacerse su propia introspección. Esta radiografía debe permitirnos saber dónde estamos, dónde están los problemas y los límites para solucionarlos, hacía que escenarios nos dirigimos y que sujetos sociales pueden orientar y animar el cambio. Sin respeto por la dignidad humana, bienestar, paz, justicia, igualdad, democracia, derechos humanos, armonía sociedad-naturaleza, ciencia, tecnología e innovación, ningún desarrollo es sostenible.

De acuerdo con el libro “La pobreza y la riqueza de las naciones”, del economista David Landes, si bien el clima, los recursos naturales y la geografía son elementos a tener en cuenta a la hora de explicar por qué determinados países son capaces de dar un salto al desarrollo sostenible y por qué otros no, el factor clave es, en realidad, el bagaje cultural del país, en especial el grado en que ha interiorizado el trabajo disciplinado y duro, el ahorro, la honestidad, paciencia y tenacidad, así como su grado de apertura al cambio, a la ciencia y las nuevas tecnologías y a la igualdad entre hombres y mujeres. El estancamiento o el atraso continuado de diversos países no tienen que ver simplemente con el colonialismo experimentado, con la geografía o con el legado histórico, mucho menos con la “mala suerte”, según el decir popular, es la cultura, la corrupción y una clase dirigente lumpen, violenta e inepta las que afectan el rendimiento económico y el bienestar social4. La cultura cuenta y puede cambiar; la cultura política y económica anida en las instituciones y los contextos y no en los genes. 

Ante estas evidencias, en debacle la economía nacional, y restando aún tres años de un gobierno gris, ciego, sordo e inepto, por decir lo menos, la sociedad tiene el reto de reencauzar el desastre que se avizora, a no ser que prefiera, a la estabilidad y la felicidad, las penurias, las angustias y desesperanzas ya sufridas, fruto del derrumbe económico, social y cultural.

 

1El Tiempo.https://www.eltiempo.com/politica/gobierno/ivan-duque-hace-balance-de-su-primer-ano-como-presidente-de-colombia-399468 (consulta 11 de agosto de 2019).

2Garay, Luis Jorge, Espitia Zamora, Jorge Enrique, Dinámica de las desigualdades en Colombia. En tono a la economía política de los ámbitos socio-económico, tributario y territorial, en impresión.

3El número de venezolanos que han migrado a Colombia, a febrero del 2019, sumaba 1,2 millones, cifra que podría crecer en otro millón producto de las medidas de embargo y bloqueo decididas al inicio de agosto del año en curso por los Estados Unidos.

4Thomas, Friedman. (2017, sexta reimpresión). La tierra es plana. Editorial Planeta Colombiana SA.; Bogotá, p. 340.

*Economista político y filósofo humanista. Escritor e investigador independiente. Integrante del comité editorial de los periódicos Le Monde diplomatique, edición Colombia, y desdeabajo.

Publicado enEdición Nº260
Causas profundas y coyunturales de la devaluación del peso: El dólar espanta al peso

La devaluación del peso prosigue a ritmo continuo, y con ello el encarecimiento de muchos producto de la canasta familiar, los mismos que desde hace varias décadas ya no produce el país. ¿Por qué se está devaluando el peso? ¿Cuáles son los factores que aportan a ello? ¿Qué podría suceder en el futuro próximo? Estos y otros interrogantes son abordados en el presente artículo.

 

El precio del dólar se disparó. El 22 de julio por un dólar había que dar $3.178 pesos, y en escasas dos semanas, el 12 de agosto ya había que dar 3.426 pesos, es decir un aumento del 7,8 por ciento. De esta manera, el peso colombiano registra como una de las monedas más depreciadas en la región. 

Subida del dólar (depreciación del peso colombiano: 43% en los últimos 3 años), que tiene consecuencias, entre ellas el aumento de la deuda externa, el encarecimiento de las importaciones y la generación de presiones inflacionarias. Es decir, en relación a la vida diaria de las mayorías colombianas, cubrir sus demandas en alimentos, ropa, etcétera, será cada día más caro. 

El aumento del dólar responde a varios elementos, que en lo fundamental podrían resumirse de dos tipos: estructurales y coyunturales. Los primeros hacen referencia a características productivas de la economía colombiana, así como su vinculación histórica a los mercados internacionales; y los segundos a circunstancias propias del ciclo económico, y en el caso colombiano particularmente al ciclo internacional.

 

Característica de la estructura productiva

 

La principal característica de la estructura productiva colombiana está signada por cuatro fenómenos: 1) la reprimarización productiva, que implica, en lo fundamental, el crecimiento del sector minero energético y la concentración de capitales en tal rama de actividad; 2) la desindustrialización; 3) la destrucción del sector agrario; y 4) la financiarización de la economía, entendida como un proceso de décadas, en el que la acumulación de capital se supedita principalmente a actividades financieras y vinculadas a la especulación. 

Por todo ello, el crecimiento económico de Colombia es dependiente de las exportaciones y de la disponibilidad de liquidez internacional, es decir, la disposición de capital necesario para el financiamiento de la economía en su conjunto. El caballito de Troya para esto ha sido el petróleo, como principal vehículo para traer la Inversión Extranjera Directa (IED), así como la garantía para la inversión de portafolio.

Así pues, en el mercado regulado de divisas, lugar donde se realiza el mayor porcentaje de las transacciones con monedas extranjeras, es evidente esta condición estructural: gran parte de los dólares que allí se cambian son aportados por el sector petrolero o por la Inversión Extranjera Directa (IED) que está destinada a estos rubros. De allí la existencia hasta hace poco de una relación inversa entre el precio internacional del petróleo (el Brent, para el caso colombiano) y la cotización del dólar, pues ante un aumento de dicho precio podía obtenerse un dólar más barato, producto del incremento de los ingresos en dólares por la venta de crudo. Con una precisión: esta relación se mantenía gracias a la abundancia de capital en el escenario internacional. 

Ejemplo de ello fue lo ocurrido hasta 2014: la abundancia de capital disponible para IED en petróleo, así como para la especulación, y los elevados precios del combustible fósil a nivel internacional permitieron que el dólar se mantuviera barato; lo que cambió a partir del tercer trimestre del 2014, cuando la caída de los precios internacionales del petróleo, producto del aumento de la oferta mundial, generó que el dólar superará la barrera de los $3.000 pesos. 

Ese año resaltaron sin sombra alguna las vulnerabilidades profundas de la estructura productiva colombiana y de las finanzas públicas. Tanto el déficit de cuenta corriente de la balanza de pagos, como el déficit fiscal, crecieron, a lo que las autoridades económicas respondieron con una política de ajuste que incluyó privatizaciones, recortes al gasto público, impuestos regresivos, flexibilidad y precariedad laboral.

Pero, más allá de las medidas de austeridad, fue la entrada de capitales vía IED y crédito barato, lo que permitió que el impacto de la caída de los precios del petróleo no fuera mayor. Además, la situación internacional continuaba estable, las tasas de crecimiento de China se mantenían, y el comercio mundial no enfrentaba sobresaltos. Unos pocos años después todo era distinto, pues a partir de 2015 la política estadounidense cambió de rumbo: como medida de normalización monetaria la Reserva Federal de Estados Unidos comenzó a subir las tasas de interés, lo que implicó que el financiamiento internacional se empezará a encarecer. 

 

Cambio en el ciclo internacional

 

El aumento paulatino de las tasas de interés en USA no fue sensible para las economías emergentes en un primer momento, pero sí empezó a sentirse su impacto a partir de 2018 cuando, junto con las medidas de la guerra comercial del presidente estadounidense hacia china, se generó un proceso de retorno de capitales hacia las principales economías del mundo, en especial hacia activos seguros. Es así como se rompió la relación convencional precio del petróleo-dólar. De esta manera, contrario a lo sucedido durante todo el siglo XXI, se observó que el precio internacional del barril estaba mejorando, pero a diferencia de lo esperado el dólar se estaba encareciendo.

Para nuestro país, la explicación de la ruptura de tal relación reside, además, en los resultados de su sector externo, pues, con una situación internacional de crédito caro, y con otras economías con mejores resultados, tomó forma un período de aumento de la salida neta de capitales, es decir, salen más dólares de los que le entran a la economía. Mientras se retiran grandes montos –vía utilidades y pago de interés de deuda–, los que entran, por ejemplo, como inversión en portafolio registran los menores niveles de los últimos 3 años.

En la gráfica puede verse como, a diferencia de los años anteriores, en lo corrido del 2019 (enero-julio) lo acumulado en inversión extranjera apenas es de 797 millones de dólares, mientras que en el mismo período del año 2017 y del 2018 la cifra superaba con creces, pues era de 2.447 y 1.219 millones de dólares, respectivamente. 

Este cambio en el ciclo internacional explica el incremento continuo del precio del dólar en Colombia a partir del 2018, realidad conectada con lo que ocurre a partir de la mitad de julio. Pues, sumada a la permanente salida de capitales, se agudizó el escenario de incertidumbre internacional: los anuncios de más medidas proteccionistas por parte del gobierno Trump; la incertidumbre en Medio Oriente frente al abandono de EE.UU. al pacto nuclear con Irán; el proceso de redireccionamiento de China hacia el mercado interno y la producción industrial, así como de servicios de alto valor tecnológico, que ha implicado una desaceleración de su ritmo de crecimiento; la presión por el recorte de las tasas de interés de la FED, todo lo cual generó un incremento de la preocupación entre empresarios e inversores.

Los más afectados con la incertidumbre internacional han sido los países productores de materias primas, pues ante una caída de las expectativas económicas se han desplomado los precios de los principales bienes de exportaciones de estos países, como los latinoamericanos dependientes del petróleo, carbón, gas licuado de petróleo (Gas natural), cobre, zinc, entre otros.

 

Depreciación del peso colombiano

 

Ante esta realidad, la moneda colombiana ha sido de las que más se ha depreciado porque se han conjugado dos elementos: por un lado, como ya fue anotado, cae la entrada de capitales de portafolio y, por el otro, el precio del petróleo ha sido el más afectado en este escenario internacional, mucho más de lo que ha sufrido la cotización del cobre, producto del que dependen las exportaciones de Chile y Perú, o el gas natural del que depende Bolivia. Contrario a lo que le ha ocurrido a la soja –producto de alta importancia en la canasta exportadora tanto de Brasil y Paraguay– que incrementó su precio, lo que en parte les ha permitido amortiguar la caída de los otros productos o las bajas en las entradas de capital. 

Con la economía nacional en crisis, de nuevo, la posibilidad de controlar su ahondamiento y de recuperar indicadores, depende de lo que ocurra en el panorama internacional. La ausencia de soberanía económica es evidente. La tensión internacional permanece y el impacto sobre la economía colombiana puede aun ser más fuerte, dependiendo de lo que ocurra en las rondas de negociación comercial de septiembre entre China y EE.UU. 

Pese a todo, queda un pequeño margen para las decisiones fiscales del gobierno nacional, las que podrían jugar un papel destacado, no obstante la austeridad es una opción poco efectiva en momentos como el actual. 

 

Publicado enEdición Nº260