Domingo, 23 Mayo 2021 05:11

Los nuevos amos del mundo

Sancho R. Somalo Byron Maher

Fondos de inversión

Con la ayuda de los gobiernos y los bancos centrales, los grandes fondos de inversión se han lanzado a la conquista del mundo. Hoy, los megafondos controlan casi todos los sectores de la economía: desde la vivienda a la sanidad privada, desde la banca a la gran industria, desde las tecnológicas al negocio de la deuda. El inicio de la era de los megafondos obliga a revisar todo lo que creíamos saber sobre el poder corporativo y cómo se lucha contra él.

 

La crisis del 29 arruinó a cientos de miles de campesinos en Estados Unidos. Los bancos se quedaban con sus tierras. Los desahuciados, cuenta John Steinbeck en Las uvas de la ira, increpaban y tiraban piedras al tractor que aplastaba sus casas. “No somos nosotros, es el monstruo”, les decía el vecino que conducía el tractor. “El banco es algo más que hombres, créeme. Es el monstruo. Los hombres lo crearon, pero no lo pueden controlar”. 

Ya entonces era difícil saber dónde encontrar y, más aún, cómo luchar contra ese monstruo que “respira beneficios y se alimenta de los intereses del dinero”. 80 años después de la publicación de este libro, resulta aún más complicado saber a quién culpar, hacia dónde tirar la piedra. A golpe de crisis económica, el monstruo ha cambiado de cara y de forma. Y ha conseguido multiplicar su poder, aunque no ha variado su esencia, al menos según la definición de Steinbeck: el alimento del monstruo son los beneficios y “si no se le alimenta, muere”.

El control del sistema financiero y, desde hace unos años, de buena parte de la economía real ya no lo tienen los bancos, sino una compleja red interconectada de distintos fondos de inversión y gestoras de activos. Son los nuevos dueños del planeta. 

El investigador de la Universidad de las Islas Baleares Iván Murray define lo que ha pasado en la última década como una “auténtica revolución” en las dinámicas del capitalismo global. “Ya nada es lo que era”, dice a El Salto.

No solo ha cambiado el accionariado de las empresas y de los bancos. La era de los fondos de inversión ha trastocado la forma de hacer negocios, ha cambiado las relaciones laborales, la independencia de los Estados y hasta el concepto mismo de democracia. También ha cambiado la forma de luchar contra este renovado poder corporativo. El primer paso para enfrentarse a él es conocerlo.

Conozca a los amos

BlackRock, Vanguard, State Street, Fidelity, Blackstone, Capital Group o Cerberus son algunos de los nombres de estos fondos de inversión. Captan capitales de las pensiones privadas, de inversores particulares, de otros fondos o bancos de inversión, de fondos dependientes de los Estados, incluso de dinero negro del narcotráfico, el comercio de armas y otras actividades ilegales, e invierten en todo el mundo sin apenas límites ni controles. Hay muchos tipos y a los más voraces se los conoce popularmente como fondos buitre. Pero todos se rigen por una misma regla, simple y antigua: comprar barato y vender caro. Para recuperar la inversión y asegurar las tasas de beneficio prometidas a sus inversores harán lo que sea.

No dependen de los bancos centrales ni de los Estados, ni se someten a ninguna legislación internacional bancaria. Suelen operar desde paraísos fiscales para evadir el pago de impuestos, garantizar el anonimato de sus inversores y eludir cualquier tipo de supervisión pública. Son la banca en la sombra.

Tras la crisis de 2008, el crecimiento de estos fondos ha sido espectacular. BlackRock es hoy el fondo de inversión más grande del mundo y tiene nueve billones de dólares en activos, equivalente a siete veces el PIB español, el 10% del PIB mundial, el doble que el banco más grande del mundo. Si BlackRock fuese un país, sería la tercera potencia mundial, después de Estados Unidos y China.

Y eso solo contando con sus propios activos. BlackRock dispone de un software propio de análisis de riesgos llamado Aladdin basado en el big data y la inteligencia artificial. La empresa fundada en 1988 por Larry Fink no se ha quedado para sí misma el invento, y lo ha compartido con las entidades financieras dispuestas a pagar por él. Los activos de empresas gestionadas a través de Aladdin superan los 21,6 billones de dólares, el equivalente al PIB de toda la Unión Europea o de Estados Unidos. Las empresas y países —Japón entre ellos— que utilizan Aladdin preguntan al genio de la lámpara dónde invertir y BlackRock responde. 

La caída de Lehman Brothers en 2008 arrastró a bolsas y bancos de medio mundo. Sus activos no representaban ni una décima parte de los de BlackRock. La frase “demasiado grande para caer” se inventó cuando nada parecido a esto podía siquiera imaginarse.

BlackRock comparte el altar de los megafondos con Vanguard Group, que tiene activos por el valor del PIB español, y con State Street. Se las conoce como “las tres grandes”. Poseen cerca del 20% de las mayores empresas del Dow Jones y un porcentaje parecido en buena parte de las grandes bolsas del mundo. Su cercanía con el poder político les ha permitido saltarse todas las leyes antimonopolio y los controles que limitan la voracidad y la solvencia de otros instrumentos de inversión mucho más modestos.

La era de los grandes fondos de inversión ha trastocado todo, también la forma de hacer negocios, explica a El Salto Erika González, investigadora del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL): “La financiarización supone una vuelta de tuerca más: los fondos exigen rentabilidad en el menor plazo de tiempo y han hecho saltar por los aires cualquier tipo de límite y exprimen aún más las condiciones laborales, ambientales o sociales para obtener los beneficios”. 

La supremacía de los fondos de inversión en esta nueva era económica se sustenta en una gran paradoja: nunca el mundo de las finanzas había sido tan complejo y enrevesado y, a la vez, nunca había estado en tan pocas manos. 

Desde hace años, BlackRock es el principal accionista del Ibex35. No hay una sola gran empresa española en bolsa que no cuente con financiación de esta gestora. Controla entre el 3% y el 5% de 19 de ellas. 

No hay sector estratégico que no haya sido copado por los fondos de inversión. Que gire la rueda. Hablemos de vacunas. Los tres grandes fondos controlan el 20,16% de Pfizer, que ha conseguido triplicar su cotización gracias a la vacuna contra el covid-19. En Johnson&Johnson, las ‘tres grandes’ tienen el 21,23%. En AstraZeneca, BlackRock es el principal accionista con un 7,69%. En Moderna, cinco fondos controlan el 29,9%.

Que vuelva a girar la rueda. Toca hablar de la banca. Los tres grandes fondos de inversión controlan el 19,6% del accionariado de Goldman Sachs y una cifra equivalente de JPMorgan. Lo mismo ocurre con las entidades españolas: los bancos figuran como grandes accionistas de muchas multinacionales españolas, pero, a su vez, están controlados por estos mismos fondos de inversión. 

Probemos una última vez. La deuda. BlackRock vuelve a aparecer como uno de los principales acreedores de los países del Sur. En 2020 fue uno de los interlocutores más duros en la renegociación de la deuda argentina. Poco a poco, los fondos de inversión han ido desplazando a los tradicionales dueños de la deuda, los grandes bancos de inversión, y hoy se han convertido en el principal actor de este negocio especulativo tanto en el Sur como en Norte. 

No importa dónde se mire o hacia dónde gire la rueda: ya sea la sanidad privada o las residencias de mayores, la vivienda o las grandes tecnológicas, las energéticas o la industria química, las llamadas economías de plataforma o los medios de comunicación. No se puede escapar del poder de los fondos de inversión. 

Los megafondos de inversión controlan la industria armamentística. En España, tanto el BBVA como el Santander, entre las 100 entidades financieras de la banca armada, están también controlados por estos mismos fondos. / Infografía: Centre Delás

Cómo hemos llegado hasta aquí

La metamorfosis del sistema financiero fue impulsada por los gobiernos y bancos centrales de ambos lados del océano. Décadas de políticas neoliberales —explica Gónzález—, de liberalización, de privatizaciones y desregulación de la economía financiera, de eliminación de mecanismos de control, crearon las condiciones óptimas para la financiarización de la economía y el crecimiento del poder de los fondos. 

Pero fue la política económica de EE UU para salir de la crisis de 2008 la que terminó de abrir las puertas a la era de los megafondos. El Departamento del Tesoro realizó compras de bonos y acciones “que se estaban devaluando o que se devaluarían si no lo hacía”, explica Murray, por valor de más de tres billones de dólares hasta 2014. La política de expansión monetaria de la Reserva Federal se convirtió en una transferencia de dinero público y fresco hacia los fondos de inversión y las corporaciones “para que el casino financiero no se pare”, señala Murray. La estrategia fue copiada por el Banco Central Europeo (BCE): en marzo de 2015, lanzó su propio programa de expansión monetaria con la compra masiva de deuda pública y privada a razón de 60.000 millones de euros al mes.

La política de la Reserva Federal y el BCE aumentó “de forma espectacular” la capacidad de compra de esos fondos, argumenta Murray, una situación que aprovecharon para hacerse con acciones devaluadas en miles de empresas, gigantescos paquetes de vivienda de los bancos en bancarrota o con el control de la deuda de los países del Norte y del Sur.

“Si la década de los 2000 fue la de los ejecutivos del banco de inversión como JPMorgan o Goldman Sachs, la siguiente década fue la de los ejecutivos de los fondos de inversión”, apunta Murray. Había empezado la era de los megafondos.

La alfombra roja

En España, la entrada en la era de los megafondos no hubiera sido posible sin los esfuerzos de los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. Para salir de la crisis, hicieron todo lo posible por resucitar el negocio de la vivienda con el flujo de capital de los fondos de inversión. Según cuenta a El Salto Manuel Gabarre, autor del libro Tocando fondo (Traficantes de Sueños, 2019), España se convirtió en los años posteriores a las quiebras bancarias en un paraíso para la especulación. “A los fondos de inversión se les puso la alfombra roja”, señala.

En 2009, el Gobierno del PSOE introdujo las socimis, sociedades anónimas de inversión en el mercado inmobiliario, una figura que, tras la reforma del PP en 2013, ahorraba a los fondos de inversión el pago del impuesto de sociedades y el 95% del impuesto de transmisiones. El PP también reformó la ley de alquileres para que los propietarios pudieran subir los precios y echar a los inquilinos a discreción cada tres años. Con estos regalos y unas rentabilidades difíciles de encontrar en otros lugares del mundo, las socimis se hicieron con una parte importante del mercado de la vivienda: las 90 socimis que hay actualmente en España controlan un patrimonio de 46.000 millones de euros, según el Banco de España. Entre sus principales accionistas tienen a los grandes fondos de inversión —BlackRock, Blackstone, Cerberus— y a bancos de inversión como Goldman Sachs, que se aprovecharon de la venta a precio de saldo de cientos de miles de viviendas por parte de bancos, cajas e instituciones públicas. No importó nada al “monstruo que se alimenta de beneficios” que en las viviendas que compraban hubiera gente dentro, familias que no podían pagar la hipoteca o afrontar en plena crisis aumentos de hasta el 300% en su alquiler.

Tras el estallido de la crisis, la demanda de viviendas en alquiler se multiplicó y los fondos coparon el mercado. Actualmente conforman la primera línea de los lobbies inmobiliarios que se enfrentan a la regulación de los alquileres. 

La sombra de los megafondos

Los fondos de inversión han conseguido una mayoría accionarial en buena parte de las compañías y comienzan a ser el principal tenedor de deuda alrededor del mundo. ¿Esto supone que mueven los hilos políticos de esas empresas y de la política económica de los Gobiernos y el mundo? ¿Actúan con una sola voz?

Existen muchos tipos de fondos de inversión. Sin ir más lejos, BlackRock y BlackStone tienen un origen compartido, significan prácticamente lo mismo —piedra negra—, pero tienen modelos de negocio diferentes. Blackstone es oportunista, cortoplacista, agresivo, una “plaga para las ciudades”, tal como lo definió el teórico marxista David Harvey, un fondo buitre que compra bienes devaluados y está dispuesto a cualquier cosa para que el retorno de la inversión sea el esperado. Tan rápido como llegan se van.

BlackRock, en cambio, trabaja a largo plazo. Sus fondos provienen sobre todo de las pensiones privadas de EE UU y, al igual que Vanguard, “tiene proyectos políticos de mayor calado, su vocación es llevar la batuta del capitalismo global”, explica Murray. No tiene grandes participaciones en empresas, dice este investigador, pero está presente en prácticamente todas las grandes compañías del mundo. “Eso es algo novedoso en la historia del capitalismo”, subraya. A partir de ahí, continúa Murray, “han dado el salto y han pasado a pilotar las políticas públicas y económicas”. Son tan estrechas las relaciones entre los fondos de inversión y los Estados que cada vez resulta más difícil saber dónde empieza uno y termina otro. Hasta hace unos meses la persona con más poder económico del planeta, el secretario del Departamento del Tesoro de EE UU, era Steven Mnuchin, un millonario afín a Donald Trump que había hecho una fortuna en Goldman Sachs y, luego, en diversos fondos de inversión. El secretario del Tesoro entre 2003 y 2006, John W. Snow, es actualmente presidente de Cerberus que tiene 23.000 viviendas en venta en España.

No solo los republicanos dan la llave del tesoro a los megafondos. La trayectoria del demócrata Brian Deese es un buen ejemplo de puertas giratorias en ambos sentidos: sirvió a Barack Obama como asesor, BlackRock vio algo en él y lo contrató como ejecutivo de inversiones. Ahora, con la llegada de Biden, preside el Consejo Económico Nacional. 

Las puertas giratorias entre las más altas instituciones financieras y los negocios especulativos son la regla. Pero no son la única forma que tienen los megafondos de influir en la política. Uno de los secretos del éxito de BlackRock es, según analiza Investigate Europe, su talento para “usar varios sombreros” sin acabar en los tribunales. Este megafondo ha conseguido ser el mayor inversor del mundo y, a la vez, aconsejar a gobiernos y bancos centrales dónde invertir a través de sus servicios de consultoría.

Una de las primeras medidas del Gobierno de Trump frente a la crisis del covid-19, a finales de marzo de 2020, fue contratar a BlackRock para que comprara miles de millones de euros de deuda corporativa, un conflicto de intereses en toda regla, ya que el propio fondo controla buena parte del mercado al que iban dirigidas las compras. No era la primera vez que la Reserva Federal recurría a los servicios de consultoría del megafondo: en la crisis iniciada en 2007, la Reserva encargó la gestión de los activos de Bear Stearns y AIG. “El potencial de un conflicto de intereses es grande y es muy difícil de controlar”, dijo entonces el senador republicano Chuck Grassley, que ya señalaba la importancia que tenía en la estrategia de la empresa la información privilegiada y sensible que obtenía de su relación con las administraciones. 

En agosto de 2014, pasaba lo mismo del otro lado del océano: el BCE —en manos de Mario Draghi, otro hombre de Goldman Sachs— designaba a BlackRock como gestor de su programa de compras de activos. Dos años antes, el Banco de España seleccionó al megafondo para que le asesorara en la creación del banco malo. Las protestas de la banca española al final lo impidieron. ¿Qué pasaría ahora si volviera a pasar algo así, cuando BlackRock ya es de lejos el primer accionista de todos los bancos españoles?

Y no es necesario irse tan lejos. En abril de 2020, la Comisión Europea elegía a BlackRock como asesor principal para incorporar criterios verdes y sociales en las finanzas, una concesión que supone para la defensora del pueblo europea, Emily O’Reilly, un “conflicto de intereses” que puede “afectar negativamente a la ejecución del contrato”. Erika González señala el peligro de que la crisis generada por el coronavirus se convierta en una nueva plataforma para el crecimiento de este poder financiero global. No solo serán los principales beneficiados de los 750.000 millones de los fondos Next Generation, dice, sino también quienes se lucrarán en primera instancia cuando los Estados endeudados tengan que devolver el dinero invertido para sortear la crisis del covid-19.

Los fondos nutren de altos ejecutivos a las más grandes autoridades económicas y los fondos se nutren de ellas, los asesoran y desarrollan parte de sus decisiones. Pero el poder de estos megafondos va más allá. Para Murray, el principal poder de estos gestores de activos es la amenaza siempre latente de una retirada masiva de inversiones. “Te dicen que están aquí para asegurar el retorno de esas inversiones. Si no lo consiguen, se van. Ahí es donde ejercen la fuerza y van articulando su proyecto político”, sostiene. A través de una “estructura de tipo oligopolística”, explica Murray, están poniendo en jaque el posible desmontaje de la reforma laboral: “Los inversores o los fondos que representan quieren unos retornos rápidos y altos, no quieren los costos que podría suponer una mayor estabilidad y unas mejores condiciones de trabajo. Si cambian las cosas, amenazan con largarse y, con su huida, provocar un colapso de las cotizaciones bursátiles que arrastraría a la economía real”.

Martín Cúneo

@MartinCuneo78

23 may 2021 06:00


Deuda y fondos de inversión: el mundo no es suficiente

El negocio especulativo de la deuda, tradicionalmente en manos de los grandes bancos, también ha sido copado por los fondos de inversión, entre ellos, los llamados fondos buitre, especializados en litigios en tribunales internacionales que siempre les dan la razón.

Martín Cúneo

@MartinCuneo78

23 may 2021 06:00

La política monetaria expansiva de los bancos centrales que terminó regalando liquidez a los fondos de inversión para conquistar el mundo también elevó la deuda de Estados Unidos y de los países de la UE a niveles nunca vistos. ¿A que no saben a quién terminó beneficiando esa deuda? En efecto, a los fondos de inversión que en las últimas décadas han comenzado a desplazar a los bancos de inversión, los tradicionales dueños de este negocio especulativo. 

La búsqueda constante de rentabilidad —que apenas obtenían en unos mercados de deuda con intereses cercanos al cero— ha multiplicado las inversiones de estos fondos en los países empobrecidos, donde los tipos de interés llegan al 9%, en una espiral especulativa que las más grandes entidades financieras multilaterales ya han calificado de insostenible. “Estamos a las puertas de una nueva crisis de la deuda o incluso peor que la de los 80 o 90 porque en esta ocasión se puede convertir en una crisis financiera, porque el efecto contagio es mucho más fuerte ahora”, explica a El Salto Iolanda Fresnillo, investigadora de Eurodad e integrante de la Plataforma Auditoría Ciudadana de la Deuda (PACD).

Una vez más, BlackRock es uno de los mayores fondos de los mercados de deuda de los países empobrecidos. En una investigación de la ONG internacional SOMO sobre cinco países africanos —Ghana, Kenia, Nigeria, Senegal y Zambia— este megafondo aparecía como principal tenedor de bonos de todos ellos. 

“Por su tamaño e importancia, BlackRock es a menudo una voz líder en negociaciones de la deuda, como se vio en Argentina cuando, en agosto de 2020, jugó un papel fundamental en la decisión sobre la reestructuración de la deuda de este país después de negociar con el ministro de Finanzas”, señala el informe. Aunque no se lo suele considerar como tal, Blackrock actúa en ocasiones como un fondo buitre, sostiene esta investigadora, juntándose con otro fondos agresivos para afrontar una negociación conjunta.

El negocio de la deuda ha cambiado radicalmente con la entrada primero de los bancos de inversión y luego de los megafondos, cuenta Fresnillo. Ahora es mucho más complejo para un Estado saber, entre centenares de sociedades, bonistas, sociedades pantalla y fondos de inversión opacos, quiénes son sus acreedores. Y más difícil que antes conseguir renegociar mejores condiciones o una reducción de la deuda. Quienes los han intentado han salido escaldados, como cabezas colgadas en las plazas de los mercados de la deuda. 

Entre los fondos de inversión más agresivos figuran los llamados fondos buitre. Muchos de ellos se han especializado en operaciones de alto riesgo y descomunales ganancias. Cuando un país está en problemas o se plantea iniciar una renegociación aparecen ellos. Compran bonos en los mercados secundarios de deuda, es decir, en la reventa, a precios muy inferiores, relata Fresnillo. Los fondos buitre no tienen prisa, pueden esperar. Cuando el país endeudado consigue renegociar mejores condiciones con sus acreedores, estos fondos buitre piden que se les pague la totalidad del bono, en ocasiones 25 veces más de lo que han pagado por ellos, más los intereses, por supuesto. Si el país tiene el valor de no darles lo que quieren, los fondos buitre llevan el caso a los tribunales de New York o Londres, donde siempre ganan. 

Este fue el caso de Argentina y el fondo NML Capital que compró un 7% de un paquete de deuda argentina por 80 millones y consiguió sacar 2.000 millones después de que la justicia internacional obligara al país sudamericano a aceptar el fallo. No es un caso aislado, es el modus operandi de los fondos de inversión que sirve también como amenaza para que los países no intenten renegociar sus deudas. Otro mecanismo de presión sobre los países endeudados, continúa esta investigadora de la PACD, son las agencias de rating, un oligopolio de tres empresas estadounidenses —Standars&Poor’s, Moody’s y Fitch— que deciden la calificación de riesgo de los países y, con ella, la posibilidad de encontrar financiación o el tipo de interés que tendrán que pagar a los acreedores. Fresnillo habla de una línea directa entre estos fondos y bancos de inversión con las agencias de rating: “Los fondos de inversión se aprovechan de una connivencia con las agencias de rating para amenazar con una subida de la prima de riesgo a los países que quieren renegociar o cambiar los periodos de pagos o los intereses”. Razones para sospechar de esa complicidad entre las calificadoras de riesgo y los fondos de inversión no faltan: BlackRock, Vanguard y State Street copan el 17,2% de las acciones de Moody’s. Gran parte del resto está en manos de otros fondos de inversión. 

El control de la deuda es otra de las armas de estos megafondos. Les permiten hablar de tú a tú a los gobiernos. Cuenta Investigate Europe que cuando el presidente de BlackRock, Larry Flink, viajaba a Europa en su avión privado solicitó una reunión con Angela Merkel con un margen de cinco horas. En esa ocasión no pudo ser. Veremos que pasa en la siguiente ocasión.

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Las nueve personas que se hicieron millonarias con las vacunas contra el coronavirus

"Gracias a las ganancias descomunales", según Oxfam

 

La organización internacional Oxfam publicó una investigación que reveló cómo el desarrollo de las vacunas para combatir el coronavirus desencadenó en que al menos nueve personas se convirtieran en multimillonarios. Según indicó la ONG, esas nuevas fortunas surgieron "gracias a las ganancias descomunales de los grupos farmacéuticos que tienen el monopolio sobre la producción de vacunas contra el covid-19".

El informe resaltó que la fortuna acumulada de los nueve multimillonarios citados (19.300 millones de dólares, 16.000 millones de euros) "permitiría vacunar 1,3 veces al conjunto de países de ingresos bajos", los cuales "solo han recibido 0,2 por ciento de las vacunas producidas en el mundo".

Los nombres de los nuevos millonarios

Las cifras se basan en la clasificación de la revista estadounidense Forbes, y las publica la "People's Vaccine Alliance", de la cual Oxfam es parte, organización que agrupa a organizaciones y personalidades que demandan vacunas anticovid gratuitas en todo el mundo.

Las dos fortunas del grupo que sobresalen son las del presidente de Moderna, Stéphane Bancel, con 4.300 millones de dólares (3.500 millones de euros), y el presidente y cofundador de BioNTech, Ugur Sahin, con 4.000 millones (3,200 millones de euros).

La lista también incluye a dos de los inversores de Moderna, el inmunólogo Timothy Springer (2.200 millones de dólares) y el científico Robert Langer (1.600 millones de dólares), al presidente de esta compañía biotecnológica estadounidense, Noubar Afeyan (1.900 millones de dólares), así como al director general de una empresa con un acuerdo para fabricar y envasar la vacuna de Moderna, Juan López-Belmonte (1.800 millones de dólares). 

Los tres últimos multimillonarios de la tabla son cofundadores de la empresa china CanSino Biologics: se trata de Zhu Tao (1.300 millones de dólares) cofundador y director científico de la empresa, Qiu Dongxu (1.200 millones de dólares), cofundador y vicepresidente senior y Mao Huihua (1.000 millones de dólares), también cofundador y vicepresidente senior.

Asimismo, otras ocho personas que ya eran multimillonarios, con inversiones en empresas farmacéuticas, aumentaron su riqueza conjunta en 32.200 millones de dólares. Esta lista está encabezada por Jiang Rensheng, presidente de la farmacéutica Zhifei, y Cyrus Poonawalla, fundador del Serum Institute de India, el mayor fabricante de vacunas del mundo.

Ese listado lo completan: Tse Ping (Sinopharm), Wu Guanjiang (Zhifei), Thomas y Andreas Struengmann, (BioNTech de Alemania y Mega Pharma de Uruguay), Pankaj Patel (Cadila Healthcare), Patrick Soon-Shiong (ImmunityBio).

"Estas vacunas fueron financiadas con fondos públicos y deberían ser, ante todo, un bien público mundial", sostuvo Sandra Lhote-Fernandes, de Oxfam Francia, quien pidió "poner fin urgentemente a estos monopolios".

A su turno, Anna Marriott, Gerente de Políticas de Salud de Oxfam, expresó: “ Creamos rápidamente nuevos multimillonarios de vacunas, pero fallamos en vacunar a los miles de millones que desesperadamente necesitan sentirse seguros".

Por su parte, la Comisión Europea aseguró este miércoles que la Unión Europea (UE) será "constructiva" en la Organización Mundial del Comercio (OMC) a la hora de evaluar un levantamiento de patentes de vacunas anticovid, pedido por Washington. Sin embargo, aclaró que primero propondrá adoptar medidas que permitan aumentar rápidamente la producción de vacunas.

Además, países africanos, europeos y de otros continentes, así como organizaciones internacionales presentes en una reunión en París sobre las economías africanas, demandaron levantar las patentes de las vacunas anticovid para permitir su producción en África.

No obstante, "miembros claves del G20, como el Reino Unido y Alemania, continúan bloqueando las iniciativas que apuntan a levantar las barreras ligadas a la propiedad intelectual sobre las vacunas", denunció Oxfam, que señaló también una "posición ambigua" de Francia sobre el tema.

Listado completo de los nuevos multimillonarios y sus fortunas

  • • Stéphane Bancel, director general de Moderna: 4.300 millones de dólares.
  • • Ugur Sahin, director general y cofundador de BioNTech: 4.000 millones de dólares.
  • • Timothy Springer, inmunólogo e inversor fundador de Moderna: 2.200 millones de dólares.
  • • Noubar Afeyan, presidente de Moderna: 1.900 millones de dólares.
  • • Juan López-Belmonte, presidente de ROVI, una empresa con un acuerdo para fabricar y envasar la vacuna de Moderna: 1.800 millones de dólares.
  • • Robert Langer, científico e inversor fundador de Moderna: 1.600 millones de dólares.
  • • Zhu Tao, cofundador y director científico de CanSino Biologics: 1.300 millones de dólares.
  • • Qiu Dongxu, cofundador y vicepresidente senior de CanSino Biologics: 1.200 millones de dólares.
  • • Mao Huihua, también cofundador y vicepresidente senior de CanSino Biologics: 1.000 millones de dólares.
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Bitcoin y ethereum, de estrellas a estrelladas

La montaña rusa de las cotizaciones de las criptomonedas

El bitcoin tuvo un desplome de más del 30 por ciento en pocas horas y se acercó a los 30 mil dólares. Su pico había sido hace unas pocas semanas cuando cotizó por encima de los 63 mil dólares. Con el correr de la tarde revirtió algo de la pérdida para posicionarse en 38 mil. 

 

Las criptomonedas dieron una nueva muestra de la volatilidad extrema. El bitcoin tuvo un desplome de más del 30 por ciento en pocas horas y se acercó a los 30 mil dólares. Su pico había sido hace unas pocas semanas cuando cotizó por encima de los 63 mil dólares. Con el correr de la tarde revirtió algo de la pérdida para posicionarse en 38 mil.

El resto de las monedas digitales como ethereum también marcaron fuertes caídas de más del 20 por ciento, que se suman a pérdidas de más del 15 por ciento en los últimos días. En el mercado empezaron a aparecer las voces que alertaban de una burbuja en el mundo de las criptomonedas y aseguran que así como valían cero volverán a valer cero.

En las últimas jornadas se sumaron distintas noticias que potenciaron el desplome de valor de estos activos digitales. Por un lado la empresa Tesla que había sido la primera firma grande en el mercado internacional que aseguró que aceptaría bitcoin para la compra de sus autos dio marcha atrás en la decisión con la excusa del daño medioambiental.

Luego se supo que en China sancionaron una nueva regulación para limitar el uso de los criptoactivos como el bitcoin. El país impulsa una moneda digital propia que se llamará yuan digital y muchos la consideran como la próxima gran alternativa al dólar a nivel global.

En el China las transacciones de criptomonedas estaban prohibidas desde 2019 para evitar la salida de capitales del país. Pero ahora se refuerza esta situación a través de un comunicado de tres entidades chinas: la Asociación Nacional de Financiamiento de Internet, la Asociación Bancaria y la Asociación de Pagos y Compensación.

Aseguraron que “los precios de las criptomonedas se han disparado y caída y las actividades de especulación rebotaron. Estas fluctuaciones violan gravemente la seguridad de los activos de las personas y alteran el orden económico y financiero normal”.

El comunicado fue difundido a través de las redes sociales por el Banco Popular de China. En la publicación se mencionó además que “las pérdidas causadas por estas transacciones de inversión son asumidas por los propios consumidores”. Con ello se reiteró que los bancos y los proveedores de pago tienen prohibido ofrecer servicios basados en criptomonedas. 

Algunos de los inversores de Wall Street más importantes de las últimas décadas vienen vaticinando hace tiempo un colapso para las criptomonedas. Por ejemplo Warren Buffet fue uno de los más críticos sobre estos activos digitales y asegura que su precio no tiene ningún fundamente. En otras palabras plantea que pueden llegar a valer "cero" luego de haber sido una gran estafa para muchos inversores minoristas.

Sin embargo no todos los economistas e inversores se muestra escépticos del valor de las criptomonedas. En Wall Street comenzó a operar un de las plataformas de intercambio de criptoactivos más grande del mundo. Se llama Coinbase y batió record en su salida al mercado. El gran interrogante es si occidente seguirá siendo igual de flexible con las regulaciones de estas monedas digitales o avanzará en una línea similar a la que tomaron países como China o incluso India. 

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Los bancos empiezan a retirar su apoyo financiero incondicional a las grandes petroleras

La pandemia está dejando otra lectura trasversal en los mercados: la banca ha reducido un 9% sus líneas financieras a las empresas petrolíferas desde el inicio de la Covid-19. Comienza a calar la advertencia de que las inversiones deben "dejar de asumir un clima relativamente estable" porque "estamos al borde de que los riesgos se conviertan en realidad".

  

El viraje de gobiernos, sociedades civiles y empresas hacia la sostenibilidad y el combate contra la catástrofe climática se emprendió antes de la crisis sanitaria del coronavirus. Pero parece que ha virado con mayor intensidad con las secuelas de la recesión global derivada de la covid-19, a juzgar por no pocos vestigios surgidos desde los mercados de capitales. Jennifer Laidlaw, analista de S&P Global Market Intelligence, ofrece uno de ellos. Los bancos han comenzado a retirar sus apoyos crediticios a las supermajors y otros grandes emporios petrolíferos. Hasta en un 9% a lo largo de 2020. Aunque matiza que este sónar, aun relevante, todavía está lejos de convertirse en una tendencia efectiva. Los 60 mayores bancos comerciales y de inversión del mundo otorgaron a la industria petrolífera 750.730 millones de dólares de financiación, por debajo de los 823.680 de 2019, pero por encima de los 709.230 de 2016; el primer ejercicio posterior a los Acuerdos de París.

Los datos parten de Bloomberg Finance, en colaboración con la consultora de investigación energética Rystad Energy y la ONG ecologista alemana Urgewald, cuyo estudio ha sido esponsorizado por una asociación de defensa medioambiental de la que forman parte entidades como Rainforest Action Network, BankTrack, The Indegenous Environmental o la Oil Change International, entre otras. En el estudio se constata que tanto inversores como instituciones reguladoras -como los bancos centrales- han elevado su preocupación por el cambio climático en sus evaluaciones de riesgos y se avanza que las empresas de combustibles fósiles empiezan a ser percibidas como obsoletas por el mercado y con unos activos encallados por parte de los bancos de inversión por sus escasas adecuaciones a las exigencias de reducción de CO2 y a sus cambios estratégicos corporativos hacia la sostenibilidad.

"Los flujos financieros hacia las firmas fósiles en los últimos cinco años han estado definitivamente enfocados en la dirección errónea, pero los bancos parecen haber reforzado su cambio de decisión en 2020, a la espera de que el actual ejercicio corrobore si vuelven al business as usual o se consolidan sus nuevas directrices, en las que priman los proyectos verdes", aclaran sus autores.

El reingreso de EEUU en los Acuerdos de París, los ambiciosos objetivos europeos para lograr las emisiones netas cero de CO2 a la atmósfera en 2050 -con la corregida meta intermedia de una reducción del 55% de los gases contaminantes en 2030- y la correlación de fuerzas anunciada en la misma dirección por países como China, Japón e, incluso, Rusia, añaden dosis de optimismo al desafío de recortar el periodo de transición entre las energías renovables y los combustibles fósiles. Una cohabitación que podría no ser tan pacífica como apuntaba el consenso del mercado antes de la Gran Pandemia.

Entre otras razones, porque la rápida caída de costes de las fuentes limpias, que inducen a aventurar un descenso de los precios y de los beneficios de las compañías de petróleo y gas a lo largo de esta década. Algunas de ellas, como BP, Total o Shell han revelado ya una transformación en sus líneas de negocios, en nombre de los fondos de pensiones o de las carteras de inversión que se rigen bajo criterios ESG -Environmental, Social y Governance- que sostienen sus activos bursátiles, modificando sus inversiones hacia tecnologías y proyectos con sello renovable.

Varios de los gigantes del sector -sobre todo, multinacionales europeas- se han comprometido con la era de recortes drásticos de emisiones. Incluso algunas de ellas, como la noruega Equinor, con sede en Stavanger, en los límites del Mar del Norte, se adelantó a sus rivales. Y ya a mediados de 2019, antes de la epidemia, su CEO, Eldar Saetre, lo sintetizó de esta forma tan elocuente: "La cuestión más importante para nosotros como compañía y como sector industrial, pero también para Noruega como nación es cómo mantenernos relevantes y al mismo tiempo competitivos", afirma antes de precisar: "No se trata de política, sino de negocios", y el nuevo rumbo de los mercados reclama energías conciliadoras con el medio ambiente. Equinor está convencida -enfatiza- de que la estrategia de bajas emisiones en la fase de producción es la que puede mantener a la compañía en las cotas de rivalidad y competitividad más elevadas. Tras lo cual, anunció que Equinor y sus asociadas se han propuesto invertir 5.700 millones de dólares para alcanzar el objetivo de reducir sus emisiones contaminantes en un 40% en 2030, el 70% en 2040 y el 100% en 2050. En líneas con la meta de la UE, aunque Noruega no forme parte del club comunitario.

Otro de los botones de muestra es Repsol, que recibió elogios del mercado cuando desveló, en diciembre de 2019, una táctica similar a la de Equinor, y suscitó una amplia difusión internacional con su mensaje de que focalizará su reto sobre el valor en vez de en el crecimiento productivo. La petrolera hispana también afirmó que revisaría su visión de futuro sobre la valoración de sus activos de crudo y gas en un mundo descarbonizado, lo que les supondrá un cargo en las cuentas de 4.800 millones de euros.

Los gastos, dicen en Repsol, serán redirigidos a la transición energética con inversiones en proyectos solares y eólicos que, de forma combinada, tendrán una capacidad de 1.600 mega watios, impulsando la cartera de renovables de la firma hasta el 40%. "Estamos convencidos de que debemos ser más ambiciosos en los objetivos de lucha contra el cambio climático" dijo Josu Jon Imaz, consejero delegado, porque "creemos que es ahora el momento de Repsol, en el que tenemos que demostrar toda nuestra confianza". La hoja de ruta de la cotizada hispana pasa por alcanzar una disminución de su producción contaminante del 10% en 2025 -a partir de un indicador de intensidad de carbono con base de emisiones en 2016- para alcanzar el 20% en 2030, el 40% en 2040 y emisiones netas cero en 2050. Y vinculará el 40% de las retribuciones variables de sus directivos a la consumación de los Objetivos de París.

Rémoras empresariales a las emisiones netas cero

Estas maniobras corporativas, sin embargo, no han calado en las petroleras estatales. Foreign Policy certificaba en un artículo de hace unas fechas que las National Oil Companies (NOC’s) no se han adentrado aún en las tácticas de reducción de sus exposiciones a sus negocios de petróleo y gas y de aumento de sus inversiones en tecnología para uso renovable. Y siguen contribuyendo en un 40% a los gastos de capital en combustibles fósiles. Alrededor de 1,9 billones de dólares. Pese a que una quinta parte de esta factura -más de 400.000 millones- se destinarán a proyectos de altos costes y alejados de los objetivos de París.

Pese a la depresión de la cotización del barril de crudo de 2019 y 2020 -pese a la recuperación por los recortes de la OPEP+ en la última mitad del pasado ejercicio- en un clima generalizado y arraigado de altas volatilidades a lo largo de la última década. O de que emporios como Exxon Mobil -estandarte del rechazo de la industria del petróleo estadounidense a la neutralidad energética- haya pasado de ser la compañía con mayor capitalización bursátil -en 2013- a instalarse en el furgón de cola del Dow Jones, con pérdidas milmillonarias -de más de 22.000 millones de dólares en 2019, año en el que, no obstante, valoró sus beneficios en 14.300 millones-, por el camino; en menos de un decenio. Durante la que, en gran parte, fue dirigida por Rex Tillerson, el primer secretario de Estado de Donald Trump y uno de los ejecutores de la salida de EEUU de los Acuerdos de París. Exxon, a juzgar por los análisis del mercado, "se ha adentrado en una dinámica de descensos irreversible", de drásticos ajustes en sus gastos de capital, mientras no transforme su postura en favor de los combustibles fósiles.

El resto de la industria petrolífera americana, en general, no adopta el giro que se atisba con el Green New Deal que ultima la Casa Blanca y cuyos objetivos parecen estar a la altura de las exigencias europeas. Porque en el informe de S&P Global Market Intelligence se revela el "escepticismo" por la predisposición financiera de la banca estadounidense hacia las empresas fósiles americanas, a las que bancos como JP Morgan Chase les ha provisto de los mayores fondos entre 2016 y 2020, pese a que sus líneas crediticias decrecieron un 20% en los dos últimos ejercicios.

Como JP Morgan, Citigroup, anunciaron su compromiso de sustentar sus préstamos a las metas del acuerdo parisino. Lo hizo un mes antes del triunfo electoral de Joe Biden, que anticipó en campaña su intención de unir el destino de EEUU a los objetivos de sostenibilidad. JP Morgan desembolsó 51.300 millones de dólares al sector petrolífero americano y Citigroup, segundo prestamista, otros 48.390 millones. Entre las entidades europeas con más concesiones financieras -si bien, menos condescendientes que sus rivales de EEUU y, sobre el papel, más exigentes con los avales financieros futuros a las petroleras- destacan Barclays y BNP Paribas. Ambas dentro del top-ten bancario del informe de Bloomberg Finance.

Esto en medio de un clima de suspensiones de pagos masivas de las empresas en todo el mundo, tal y como constata S&P en su último diagnóstico de 2021. Muy por encima de la del resto de áreas de actividad. El diagnóstico también augura mayores dificultades financieras -y necesidades prestamistas- de las empresas vinculadas al negocio del gas y del petróleo. Todo ello apunta a una predicción que se empieza a configurar en el ambiente inversor. Los mercados, explican en la consultora McKinsey, "deberían tomarse mucho más en serio el cambio climático" porque, aunque los inversores y los organismos reguladores permanezcan atentos y alertas sobre los daños del efecto invernadero, el aumento global de las temperaturas amenaza con crear estragos. "Asumen que el clima será relativamente estable", advierten sus expertos, "pero estamos al borde de que los riesgos se conviertan en realidad".

Quizás esta amenaza sea la que esté marcando el paso bursátil porque los fondos de inversión con criterios ESG han superado la rentabilidad del S&P 500 en el primer año de pandemia. Es decir, en los doce meses desde la proclamación oficial de la epidemia de la covid-19, Entre el 5 de marzo de 2020 y la misma fecha de 2021. También, según cálculos de S&P Global Market Intelligence, entre los 26 fondos de inversión que operan bajo parámetros ESG en este mercado, con más de 250 millones en activos, su rentabilidad osciló entre el 27,3% y el 55%, frente a la revalorización del 27,1% del índice S&P 500. Dato que corrobora que las carteras de capitales bajo estas estrategias, de marcado cariz medioambiental- lograron retornos premium de beneficios. Y que confirma la preferencia inversora por colocar sus activos en fondos ESG, que alcanzaron en EEUU, en 2020, los 51.500 millones de dólares, más del doble que en 2019 y casi diez veces más que en 2018, según Morningstar.

madrid

10/05/2021 07:08

Diego Herranz

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Miércoles, 05 Mayo 2021 06:24

Fiebre especulativa con las criptomonedas

Hace un año el precio de ethereum era exactamente de 206 dólares. Esto equivale a una suba de 17 veces en 12 meses. Imagen: AFP

Ethereum operó por encima de los 3500 dólares

Pocos de los nuevos inversores se ponen a investigar qué es lo que compran y que propone el proyecto o la tecnología detrás de cada criptomoneda. Warren Buffett dice que son “un producto financiero inventado de la nada”.

 

La euforia por las criptomonedas sigue en aumento. Una de las principales monedas digitales del ecosistema alcanzó este martes un nuevo record de cotización. La moneda de ethereum se operó por encima de los 3500 dólares. Hace un año su precio era exactamente de 206 dólares. Esto equivale a una suba de 17 veces en 12 meses. En otras palabras: un inversor que apostó 10 mil dólares ahora podría rescatar 170.000 dólares. El monto no dista mucho del de una propiedad de dos o tres ambientes en un barrio demandado de la ciudad de Buenos Aires.

La suba sin freno de las monedas digitales sigue provocando una fuerte polémica en el mundo de las finanzas pero también entre los economistas. Algunos plantean que ethereum tiene el potencial para reemplazar al bitcoin como la principal criptomoneda del mercado. En uno de los últimos informes del JP Morgan se argumentó en esta dirección. Esto se debe a que ethereum tiene algunas características distintas a la del bitcoin como la posibilidad de programar sobre su red. También busca en el corto plazo cambiar su tecnología para gastar menos energía. 

No todos consideran que el futuro de las criptomonedas es ascendente. Primero porque en otras oportunidades como en 2017 tuvieron saltos de precio exponenciales que luego terminaron en fuertes correcciones de precios. Llegaron a perder al menos 80 por ciento de su valor en meses y se mantuvieron en esos niveles deprimidos por dos años y medio. Segundo porque el ingreso de cada vez más minoristas a este mercado recuerda a los típicos esquemas Ponzi.

Las conversaciones en los chats de inversiones de distintas redes sociales son para un manual de ciclos financieros. Amigos que se preguntan entre ellos como comprar en las principales exchange del mercado. Buscan adquirir alguna critomoneda por primera vez.

Una vez que prueban con montos chiquitos la forma en que se envía el dinero y se puede comprar alguna moneda digital se deciden a hacer una inversión algo más grande. Cuando alguien les pregunta por qué decidieron comprar cierta moneda y no otra la respuesta es siempre la misma: “le tengo fe”. Pocos de los nuevos inversores se ponen a investigar qué es lo que compran y que propone el proyecto o la tecnología detrás de esa criptomoneda.

Por este motivo algunas leyendas de Wall Street como Warren Buffett y su mano derecha Charlie Munger aseguran que las monedas digitales empezando por el bitcoin son una gran estafa. En el planteo ni siquiera pueden compararse con las puntocom.

En los 2000 hubo un derrumbe de las empresas tecnológicas. Sólo algunas empresas lograron sobrevivir y crecer en el tiempo para liderar diferentes segmentos de mercado. Para Buffet y su socio las monedas digitales no pueden compararse con esa burbuja. Mencionan que las criptomonedas son directamente “un producto financiero inventado de la nada”. El tiempo será el encargado de sentenciar quién tenía la razón.

05 de mayo de 2021

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Comirnaty, la vacuna desarrollada por Pfizer, causa efectos secundarios y se ha mencionado que requiere una tercera dosis para que sea efectiva. Todo esto no ha evitado que ese laboratorio alcanzara un valor de 235 mil millones de dólares.Foto Afp

Acumulan ganancias de 152 mil mdd desde el inicio de la pandemia

Casos de coágulos y polémicas por su eficiencia no han afectado el valor de las firmas

 

Las gigantes farmacéuticas son inmunes a la incertidumbre que ha provocado la eficacia de algunas de sus vacunas contra Covid-19, pues según datos de mercado, su valor bursátil continúa en aumento. Desde el inicio de la pandemia a la fecha, estas empresas acumulan una ganancia de 152 mil millones de dólares, es decir, poco más de 3 billones de pesos.

Para poner en contexto, este beneficio es tres veces lo que el gobierno mexicano gasta anualmente en el pago de pensiones, que de acuerdo con la Secretaría de Hacienda y Crédito Público es de un billón de pesos.

La suma también es más de cuatro veces superior a los 660 mil millones de pesos presupuestados para el sector salud este año, y es casi la mitad de los ingresos totales que se estima tendrá el país este año, que serán 6.2 billones de pesos.

A inicios de 2020 el valor de mercado de Johnson & Johnson, Pfizer, AstraZeneca, Moderna, Novavax, BionTech y CanSino, siete de las farmacéuticas más grandes del mundo, ascendía a 686 mil 908 millones de dólares, mientras que al cierre del viernes pasado se ubicó en 838 mil 961 millones de dólares.

En las semanas recientes ha crecido la incertidumbre en torno a las vacunas contra Covid-19, pues algunas de las desarrolladas por dichas farmacéuticas han enfrentado problemas de aprobación en ciertos países, dado que los gobiernos han detectado anomalías e inclusive efectos secundarios en los pacientes que las reciben.

Lo anterior no ha detenido el impulso del valor bursátil de las empresas, pues apenas el 10 de enero pasado, según un seguimiento de este diario, la ganancia acumulada de las farmacéuticas era de 90 mil millones de dólares, mientras ahora es de 152 mil millones.

Es decir, en menos de tres meses, en medio de un ambiente de cuestionamientos, su valor se ha disparado 70 por ciento, equivalente a poco más de 60 mil millones de dólares.

Johnson & Johnson, la empresa más grande del sector, registra un valor bursátil de 426 mil 477 millones de dólares, 10 por ciento más respecto de los 384 mil 272 millones de dólares que registraba hasta antes del inicio de la pandemia.

El valor de esta farmacéutica abrió 2021 en un nivel de alrededor de 422 mil millones de dólares, mismo que siguió en aumento pese a que recientemente los reguladores federales de salud de Estados Unidos recomendaron una pausa en el uso de la vacuna por detectar casos de coágulos de sangre en mujeres de entre 18 y 48 años.

Pfizer, la segunda firma más grande tenía un valor de 217 mil millones de dólares antes del brote de la pandemia, que alcanzó un pico a finales del año pasado de 235 mil millones, el cual bajó 206 mil millones en enero de 2021, esto luego de que la farmacéutica decidió vender parte de sus acciones para materializar las ganancias.

En cuanto a la vacuna desarrollada por esta empresa, se ha revelado que causa algunos efectos secundarios e inclusive que se necesita una tercera dosis para que sea efectiva, lo cual no ha afectado su valor, pues incluso ha aumentado un poco hasta volver a alcanzar el nivel que tenía hace un año.

Un caso parecido es el de AstraZeneca, la tercera del mercado, que antes de la pandemia valía 66 mil millones de dólares, mismo nivel que mantiene hasta la fecha pese a que su vacuna ha sido una de las más controversiales al ser suspendida su aplicación por potencias de la Unión Europea y Estados Unidos tras darse muertes sospechosas en pacientes que recibieron la dosis.

Respecto a las demás, Moderna acumula una alza en su valor bursátil de 60 mil 700 millones de dólares, BionTech 27 mil 600 millones, Novavax 8 mil 600 millones y CanSino 6 mil 900 millones de dólares.

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Yellen propone un impuesto global a las corporaciones

La secretaria del Tesoro dijo que Estados Unidos va a negociarlo con el resto del G-20

La secretaria del Tesoro de los Estados Unidos, Janet Yellen, dijo que Estados Unidos va a negociar con el resto de las naciones del G-20 la coordinación de un impuesto mínimo sobre las corporaciones. "Juntos podemos usar un impuesto mínimo global para asegurarnos de que la economía prospere sobre la base de una mayor igualdad de condiciones de tributación para las empresas multinacionales y que se impulse la innovación, el crecimiento y la prosperidad", señaló.

Las declaraciones de la funcionaria norteamericana se inscriben en la reciente propuesta del presidente Joe Biden para elevar el impuesto que pagan las corporaciones sobre la renta, desde el 21 por ciento actual hasta un 28 por ciento, para recuperar parte de la baja aplicada por el anterior gobierno de Donald Trump, que redujo ese impuesto desde el 35 por ciento. En líneas más generales, Yellen dijo querer “poner fin a una carrera de 30 años a la baja en las tasas impositivas corporativas".

La administración demócrata busca subir el impuesto a la renta empresarial para financiar un gigantesco plan de infraestructura que asciende a unos 2,3 billones de dólares con el objetivo de crear empleo. Bajo el nuevo paraguas impositivo global, Yellen quiere evitar que las empresas eludan la mayor tributación trasladando sus actividades hacia otras jurisdicciones con menores gravámenes. Por eso abogó por un “esfuerzo internacional para terminar con una carrera para llevar este gravamen a un mínimo en busca de ganar competitividad”. Con el impuesto global, las empresas se verían impedidas de realizar las típicas acciones de elusión impositiva disfrazando operaciones en jurisdicciones de baja tributación.

"La propuesta anunciada por el presidente Biden llama a tomar acciones ambiciosas, incluyendo subir la tasa mínima de impuesto a empresas en Estados Unidos y un renovado compromiso a nivel internacional, reconociendo que es importante trabajar con otros países para terminar con la presión de la competencia fiscal y la erosión del impuesto a la renta de las empresas", indicó Yellen, quien detalló que quiere presionar a favor de un acuerdo fiscal internacional en el marco de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), con miras a establecer una serie de estándares que incluyan a las empresas tecnológicas.

Por su carácter global, la iniciativa hace recordar a la llamada "tasa Tobin", un impuesto sobre las transacciones financieras que tomó vuelo con la crisis subprime de 2008. La idea ese tributo era reducir la volatilidad de los mercados cambiarios internacionales y robustecer las finanzas de los Estados nacionales.

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El bitcóin podría ser declarado ilegal en Estados Unidos: ¿Está en peligro la moneda?

El inversor multimillonario Ray Dalio, conocido entusiasta de las criptomonedas, dijo que el bitcóin podría ser declarado ilegal en Estados Unidos, como sucedió con el oro en 1934. Sus dichos reactivaron el temor sobre la independencia y el futuro de estos activos.

En marzo el bitcóin se robó todas las miradas: la moneda virtual cotizó por encima de los 61.000 dólares y alcanzó un nuevo récord. El activo digital creado en 2009, se caracteriza por su descentralización total y su completa independencia de Estados, bancos centrales u organismos internacionales de cualquier naturaleza.

Consultado por Sputnik, el economista Juan Valerdi, experto en políticas contra el lavado de activos y colaborador de la TAX Justice Network (Red de Justicia Tributaria) apuntó que una limitación o regulación de estas monedas en el futuro "es casi una certeza" debido a que "la burbuja del bitcóin" está impulsada por la liquidez en Estados Unidos.

"El descontrol que hay de liquidez de dólares hace que muchas cosas se inflen, las acciones en particular. Y bitcóin está retroalimentado con esas acciones. El problema para EEUU es que desarmar esa burbuja (…) puede llevar a un derrumbe de las acciones de las empresas y al derrumbe generalizado de todas sus cotizaciones", indicó.

Sin embargo, el trader de criptoactivos Camilo Rodríguez, docente en CR Academia, un espacio de formación en blockchain y criptomonedas, opinó lo contrario. "Sería como intentar prohibir internet", apuntó.

Uno de los lemas más importantes de bitcóin es que se pueden realizar intercambios 'de par a par'. Esto puede ser de persona a persona, de máquina a persona, o de persona a máquina. No importa cómo sea la transacción, aquí no puede entrar nadie a intervenir en la comunicación. La única manera en que bitcóin podría desaparecer, es que alguien tenga más del 51% del poder de cómputo de toda la red", explicó.

28 marz

(Con información de Sputnik

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En marzo de 2020 la cotización del bitcoin era menor a los 5 mil dólares; ahora tocó un pico de 60 mil.

Extraordinaria burbuja especulativa en el mercado de las monedas digitales

El precio del bitcoin superó por primera vez los 60 mil dólares para luego bajar a 54 mil. La novedad en las últimas semanas fue el auge de nuevos mecanismos de inversión con las monedas digitales como los NFT.

La volatilidad de las criptomonedas continúa sorprendiendo en el mercado financiero. El precio del bitcoin superó por primera vez los 60 mil dólares para luego bajar a 54 mil. La novedad en las últimas semanas fue el auge de nuevos mecanismos de inversión con las monedas digitales como los NFT que tienen todas las condiciones de mercado de burbuja. Las críticas por el gasto excesivo de energía se siguen multiplicando.

La criptomoneda más conocida que es el bitcoin pasó de 56 a casi 62 mil dólares para luego bajar al rango de los 54 en los últimos siete días. Se trata de cambios de precio de más del 10 por ciento en pocas jornadas que son usuales al evaluar la volatilidad de este activo digital.

De todas maneras el bitcoin continúa en valores picos cuando se revisa la evolución del último año. En marzo de 2020 la cotización era menor a los 5 mil dólares. A partir de ese momento junto a los cambios que trajo la pandemia la cotización de esta moneda subió por diez.

Las criptomonedas que replican parte de la tecnología del bitcoin pero intentan sumar nuevas funcionalidades tuvieron una performance similar. Entre estas se destacó la moneda de ethereum que durante el último año pasó de menos de 200 dólares a más de 1800.

Con la tecnología de Ethereum empezaron a masificarse distintos negocios que cada vez más analistas consideran una burbuja. Principalmente en las últimas semanas empezó a ganar volumen el mercado de tokens no divisibles ni reproducibles (NFT).

Estos tokens son simplemente una forma de certificar que determinado bien o servicio (real o virtual) es original y puede subastarse en forma online. Por ejemplo los dueños de Twitter subastaron sus primeros mensajes en la plataforma a través de esta tecnología recaudando más de 2 millones de dólares.

La semana pasada se concretó también una subasta de una obra de arte por 69 millones de dólares y distintos medios como Wall Street Journal mostraron la noticia como una de los grandes cambios que vienen para el mundo de las inversiones.

Especialistas del mercado calcularon que las subastas con esta tecnología –que no requieren un intermediario- crecieron por ocho veces en febrero respecto de enero y que se movieron más de 200 millones de dólares.

Este aumento de 750 por ciento de los volúmenes operados en pocas semanas no fue el único impactante. Los usuarios que participan en este tipo de subastas subieron de 89 a 367 mil el mes pasado. Y comienzan a participar del mercado grandes marcas que van desde equipos de fútbol (que subastan videos con jugadas únicas) hasta equipos de la NBA.

Para muchos analistas este tipo de tecnología –si bien es potente porque reemplaza a los intermediarios- está generando una euforia irracional en los inversores. Multimillonarios como Elon Musk lanzaron subastas de productos absurdos y recibieron ofertas por más de 1 millón de dólares. En definitiva están las condiciones de mercado de burbuja.

Otra de las críticas que siguen apareciendo en el ecosistema de las criptomonedas se vincula con el gasto de energía que requiere la red de bitcoin.

Nuevos estudios identificaron que si continúa la tendencia de esta moneda digital el consumo de energía que necesita para funcionar equivaldría a lo mismo que gastan todos los centros de datos del mundo. O puesto en otra escala tendría la misma huella de carbono que Londres.

En la revista Nature Climate Change se estimó además que -si el uso previsto del bitcoin sigue el ritmo de adopción de otras tecnologías- podrían producirse emisiones de carbono C02 como para elevar el calentamiento por encima de los 2 grados en sólo 30 años.

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Cotización de Bitcoin el 17 de febrero de 2021. Fuente: Coindesk

Bitcoin, la primera criptomoneda creada y que usa la tecnología descentralizada de blockchain, es actualmente un oligopolio de ‘minado’ y una fuente de especulación y gasto energético sin sentido.

 

Elon Musk ya nos tiene acostumbrados a sus excentricidades, pero la última, invertir 1.500 millones de dólares en Bitcoin y comenzar a aceptarlo como método de pago es una de las más significativas, teniendo además graves consecuencias para nuestro planeta, poniendo en peligro incluso el Acuerdo de París. ¿Por qué?

¿Qué es Bitcoin?

Bitcoin es una criptomoneda que utiliza la tecnología blockchain. Las criptomonedas son monedas virtuales, es decir, que no existen físicamente. Aunque muchas veces se confunden, blockchain y Bitcoin no son lo mismo. Según palabras de Ángel Zorrilla, “el primero es una tecnología que funciona como un enorme libro de registros enlazados que posibilita hacer transacciones de forma cifrada y que elimina la necesidad de intermediarios en las transacciones. El segundo es el dinero generado dentro de esta ‘cadena’, y su existencia como criptomoneda solo es posible procesando grandes cantidades de datos, lo que se conoce como minería”, en analogía con la minería de oro, pero en vez de mover grandes máquinas pesadas, la maquinaria son grandes equipos informáticos complejos que realizan cálculos computacionales.

Blockchain tiene muchas ventajas, la principal es que es muy segura, es prácticamente inhackeable gracias a su propia arquitectura. Sus aplicaciones no se limitan solo al Bitcoin, sino que son muy diversas: firma de contratos, votaciones en elecciones, guardar registros médicos y bancarios e incluso, lucha contra la pandemia de la covid-19.

La aplicación más conocida de blockchain es sin duda Bitcoin. Esta criptomoneda nació en 2008 por una entidad conocida como Satoshi Nakamoto. A día de hoy, la identidad de esa(s) persona(s) sigue sin conocerse. Las principales características del Bitcon son: que es una moneda descentralizada, es decir, no tiene una sede o servidor en particular; no puede ser intervenida y no es necesario revelar la identidad al hacer negocios. Además, tiene una alta volatilidad de su precio por su carácter especulativo.

¿Por qué está todavía más de moda el Bitcoin en estos momentos?

En mayo de 2018 ya se habló del alto consumo de energía de Bitcoin, en el que se mencionaba un artículo que estimaba consumiría el 0,5% de la electricidad mundial para finales de 2018 y un 1,8% para finales de 2019.

Aunque no se cumplieron las estimaciones, el Bitcoin sigue generando gran controversia en relación a su alto consumo eléctrico y más después del anuncio de que Tesla, empresa de la cual Elon Musk es director general, anunciase la inversión de 1.500 millones de dólares en Bitcoin, además de comenzar la aceptar la criptomoneda como método de pago. Esta inversión desencadenó que se realizasen más inversiones en la moneda virtual, llegando así a máximos históricos de cotización, superando los 50.000 dólares (41.400 euros) el 17 de febrero.

Dentro de lo que podemos llamar “la paradoja de Musk”, confluye un hombre que construye su fortuna alrededor de la fabricación de coches eléctricos que no emiten dióxido de carbono y que ofrece 100 millones de euros al mejor sistema que elimine CO2 del aire, y otro que es responsable de que se dispare el consumo energético de Bitcoin.

A día de hoy, toda la red de Bitcoin consume anualmente 123 TW·h, más que los Emiratos Árabes Unidos o la mitad del consumo español. Por otro lado, tiene una huella de carbono de 37 millones de toneladas de CO2, comparable con las emisiones de Dinamarca o Eslovaquia, las emisiones de cuatro millones de coches diésel al año o más de 10 veces o CO2 no emitido por los coches eléctricos de Tesla (3.7M de toneladas de CO2).

Cabe destacar que Tesla no solo invirtió en Bitcoins, sino que también comenzará a aceptarlo como método de pago. Lo que supone que si compras un Tesla Model 3 que consume 16 kW·h cada 100 km y lo pagas mediante Bitcoin, el simple hecho de hacer esa transacción, consumiría lo mismo que si anduvieses 4.700 km con ese coche.

Los Bitcoins (BTCs) consumen la misma cantidad de energía por unidad de tiempo independientemente de cuantas transacciones se realicen en ese mismo tiempo. Es decir, da igual que se haga una transacción de 4 o 43.000 BTCs. Es difícil estimar con precisión la cantidad de energía utilizada para minar BTCs porque depende de la ubicación, aun así, a estimación media de una transacción es de 741 kW·h lo que equivale al consumo medio de un hogar español durante más de 80 días (consumo medio diario 9 kW·h)

Pero esto no acaba aquí, un estudio publicado en la revista científica Nature en 2018, advertía que si Bitcoin se convirtiese en la principal forma de pago, el consumo energético y emisiones de la criptomoneda por sí solas, elevarían la temperatura media global por encima de los 2º C en menos de 20 años, imposibilitando así el cumplimiento del Acuerdo de París.

El Bitcoin es solo una de tantas criptomonedas que hay, y muchas de ellas con la misma problemática del consumo energético. Como afirmó Franck Leroy, en un artículo dónde también invitaba a los green hackers a actuar contra la criptomoneda: “Bitcoin es el peor desperdicio de recursos y energía de la historia de la humanidad”.

¿Pero por qué consume tanta energía?

Para entenderlo, hay que saber cómo funciona blockchain y que una transacción de Bitcoin no es cómo enviarle dinero a alguien mediante Bizum o cualquier tipo de envío de dinero digital. En el caso del Bitcoin, no hay un banco o bancos que verifiquen o certifiquen las transacciones, sino que es la propia red de usuarios la que se encarga de hacer este trabajo. Cuando una persona A le envía 1 Bitcoin a B, la red de usuarios comprueba que esa persona ‘A’ sea ‘A’ (hay que recordar que las transacciones son anónimas, no se registran nombres, sino ‘contraseñas’) y que A tenga más dinero del que quiere enviar. Si esto está bien, toda la comunidad de la red de Bitcoin anota que A tiene 1 Bitcoin menos y que B tiene 1 Bitcoin más. Hay que aclarar que no son personas las que hacen esta validación, no hay nadie leyendo números y letras en una pantalla, son ordenadores (muy potentes) los que realizan esta acción. Debido a que toda la información está encriptada (de ahí que sea una criptomoneda), es una tarea muy costosa.

 

Pero esto no acaba aquí, debido a la descentralidad de Bitcoin, es decir no hay una única persona que lleve las cuentas, sino que ‘toda la comunidad lleva las cuentas de toda la comunidad’, puede ocurrir que varios usuarios de la red ‘anoten’ las transacciones en diferente orden. Por lo tanto, es necesario que toda la comunidad se ponga de acuerdo para que todas las copias del libro de cuentas sean iguales. Es aquí cuando entra el concepto de blockchain o ‘cadena de bloques’, que se basa en empaquetar varias transacciones en un mismo bloque y escoger uno de esos bloques candidatos para añadirlo a la cadena de bloques que contienen las transacciones del pasado. Una vez que se une un bloque a la cadena, este es imposible de modificar.

Para escoger el bloque ganador, la “comunidad de verificadores de Bitcoin”, también llamados ‘mineros’ por la similitud con la minería, luchan por descifrar una contraseña. La primera persona en descifrarlo, gana el derecho de añadir el siguiente bloque oficial y el resto de la comunidad anota, por fin, ese bloque en el “libro de cuentas”.

¿Por qué alguien iba a perder tiempo y energía en hacer ese trabajo de verificación? A día de hoy, la recompensa por conseguir crear un bloque (‘minar’) es de 6.5 BTCs, 270.000 euros a 17 de febrero de 2021. Sin embargo, la recompensa por minar, se reduce a la mitad cada 210.000 bloques en un proceso que se llama halving, lo que hace que cada vez se ‘emitan’ menos Bitcoins, hasta alcanzar el total de 21 millones de Bitcoins.

Como vimos antes, solo la persona ganadora de la carrera por descifrar el encriptado, recibe la recompensa, lo que lleva a la gente a adquirir las tarjetas gráficas y procesadores de última generación para sus ordenadores. Como resultado tenemos a mucha gente (la red de minería) con ordenadores de última generación conectados a la red eléctrica 24 horas al día.

Es cierto que si esta gente utilizase electricidad procedente de fuentes renovables, la huella ecológica del Bitcoin se reduciría mucho. No obstante, la realidad es muy diferente, ya que los lugares donde más minan, usan fuentes de energía no renovable. Así, tenemos a China con el 65% del poder de minado, seguido de los Estados Unidos (7,24%) y Rusia (6,90%).

Además solo la región autónoma china de Xinjiang, concentra el 35% de la potencia de minado total. Esto se debe a la concentración de ‘granjas de minado’ (un espacio a semejanza de una granja, en el que se concentra un número considerable de ordenadores de alto rendimiento con la finalidad de minar criptomonedas) en lugares concretos. De hecho, las 22 ‘granjas de minado’ más grandes, controlan prácticamente el 100% del Bitcoin minado.

Bitcoin, la primera criptomoneda creada y que usa la tecnología descentralizada de blockchain, es actualmente un oligopolio de minado es una fuente de especulación y gasto energético sin sentido alguno, que ni tan siquiera existe.

Por Diego Ferraz Castiñeiras

Ambientólogo e oceanógrafo coordinador de Naturiza 

3 mar 2021 06:00

Publicado enInternacional
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