No hubo sorpresas en los mercados tras conocerse el virtual triunfo de Ollanta Humala en las presidenciales peruanas. La Bolsa de Valores de Lima se fue al suelo inmediatamente después de abrir este lunes por la mañana, con una pérdida del 8,71% en su índice general, que obligó a las autoridades bursátiles a suspender durante dos horas las transacciones para evitar mayores pérdidas. Pese al receso, la tendencia a la baja no cesó cuando volvió a abrir, lo que ha llevado a clausurar la sesión tres horas antes de lo habitual. La jornada ha concluido con unas pérdidas del 12,51%, el mayor descenso de su historia.

Pequeña y muy dependiente del precio de los metales y del comportamiento de Wall Street, la Bolsa peruana ya venía dando tumbos desde que se dieron a conocer los resultados de la primera vuelta electoral, cuando Humala, que tiene un discurso bastante crítico del modelo económico actual -al que califica de poco solidario- se colocó en primer lugar. La tendencia de fuertes caídas y alzas se mantuvo hasta la semana previa a las elecciones, siempre siguiendo la pauta marcada por las encuestas de intención de voto.

Este lunes, el desplome de la bolsa limeña se ha debido en gran medida a la fuerte caída del EPU, una canasta de valores peruanos que cotiza en Wall Street, y que por la mañana retrocedió 10,18%. El precio del bono de referencia peruano en Nueva York cayó 6.438 puntos y las acciones de Southern Copper Corporation, la principal cuprífera del país, caía por la mañana 2,9%. En las calles, el dólar, tradicional refugio de los peruanos en tiempos de crisis e incertidumbre, empezó a subir respecto al sol.

Incluso los miembros del equipo económico humalista vaticinaban semejante reacción de los mercados. Por eso, luego de conocerse los resultados preliminares de la segunda vuelta, el economista Félix Jiménez, jefe del plan de gobierno, pidió al Banco Central de Reserva que aplicara los mecanismos que tiene a disposición para controlar posibles ataques especulativos.

Los analistas y políticos le piden a Humala más que llamados a la calma. Concretamente, desde el domingo le vienen pidiendo que anuncie cuanto antes su gabinete, y en especial al presidente de su consejo de ministros y al encargado de la cartera de economía. En opinión del economista Eduardo Morón, esta debe ser la primera medida del virtual presidente de la república. "Tiene que ser un técnico respetado y reconocido dentro y fuera del país", agrega, en su blog, el economista Hans Rothgiesser, quien agrega que el elegido, además, deberá ser muy hábil. "No es suficiente poner a quien sea y luego decir 'tengan confianza, ya van a ver. Eso no funciona ahora porque la desconfianza ya está comenzando a afectar a la economía", explica.

Por JAIME CORDERO - Lima - 06/06/2011

 

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Lunes, 02 Mayo 2011 06:12

Septiembre 2008: larga sombra

La quiebra del banco de inversión Lehman Brothers en septiembre de 2008 detonó la fuerte crisis financiera y sus secuelas económicas que aún persisten. Pero además puso al descubierto la forma de operar en el terreno del dinero y del capital, y en su inevitable contraparte política.

La crisis, por supuesto, no ha sido superada. En el mejor de los casos se consiguieron mantener las formas institucionales de funcionamiento del sector financiero más agresivo.

Hoy la estructura bancaria en Estados Unidos está más concentrada que antes de la crisis. Los bancos son más grandes y tienen enormes recursos, lo que hace más difícil su control. También subsiste la velada amenaza de que esas empresas son demasiado grandes para quebrar. Así se mantiene al resto de la sociedad como rehén, pues aquellos siguen actuando a sabiendas de que el Estado intervendrá para rescatarlos.

El presidente Obama mantuvo en su campaña electoral una posición muy crítica con respecto a la operación de los bancos. Igualmente, el Senado condujo una serie de comparecencias muy críticas con altos ejecutivos de los bancos y compañías de seguros involucradas. Pero aún no se ha producido un cambio en la forma en que funciona el sistema financiero. Esto ilustra bien cómo está conformada la correlación de fuerzas.

Lo que está todavía en juego es la legislación que marque las pautas para que las agencias encargadas apliquen las reglas y supervisen las transacciones comerciales y de inversión, así como los registros contables de los bancos.

Los riesgos inherentes al sistema financiero siguen prácticamente sin cambios; lo mismo ocurre con la abigarrada estructura de conflicto de intereses en esa industria. Entre ellos destaca el constante ir y venir de los más altos ejecutivos de las firmas financieras al Tesoro, o bien, la manera en que las empresas calificadoras de deudas siguen funcionando como de costumbre.

No obstante, se ha ido reconstruyendo un discurso político y técnico que asume que los efectos más graves de la crisis se han superado, y que de modo explícito admite que la organización financiera se ha recompuesto. Vaya, al final, no ha pasado nada como para cambiar las cosas. La desregulación financiera sigue su curso, tal y como fue promovida por huecas teorías económicas de famosos profesores.

La economía de Estados Unidos ha vuelto a crecer, aunque a tasas bajas y con un rasgo muy notorio que es la reducida creación de puestos de trabajo. Mientras los bancos vuelven a tener grandes ganancias, la gente que perdió su empleo no encuentra uno nuevo y menos aún los que entran al mercado de trabajo.

Del mismo modo, mucha gente perdió sus casas y siguen creciendo las ejecuciones de las hipotecas, mermando las bases no sólo de la recuperación productiva, sino de la estabilidad de una sociedad que en la última década se ha vuelto cada vez más desigual.

Una de las repercusiones más graves de la crisis financiera de finales de 2008 se ha centrado, precisamente, en el mercado laboral. La tasa de desempleo en ese país antes de la crisis era del orden de 4.5 por ciento y luego alcanzó un máximo de 10.2 por ciento en el último trimestre de 2009. Hoy, ya con la producción en crecimiento, está apenas por debajo de 9 por ciento. Ahí está la contradicción más clara de la forma en que supuestamente se ha resuelto la crisis.

Este rasgo se advierte también en Europa, donde la especulación inmobiliaria provocó un fuerte quebranto financiero y económico. La primera víctima fue Islandia y de eso ya ni se habla.

El caso de España es ilustrativo. La economía está sumida en un alto desempleo que alcanza a casi 5 millones de personas. En el primer trimestre del año se perdieron más de 213 mil empleos adicionales y el paro está por encima de 21 por ciento de la población económicamente activa. La bonanza económica de la que tanto se ufanaron, se desplomó.

Mientras el sistema económico no genere más empleos estará en crisis. No importa las vueltas que se le dé. Y este es un asunto que debe considerarse en el caso de México. Las autoridades se precian de que no se provocó una crisis en el país como había ocurrido en otras ocasiones. Argumentan que el sistema bancario es sólido y que las políticas monetarias y financieras son las adecuadas. Falta decir, cuando menos, que el crédito otorgado por los bancos, especialmente los extranjeros, cayó abruptamente y todavía no se recupera. Falta admitir que no es operativo para el desarrollo.

El crecimiento reciente de la economía no puede esconder el quebranto de 2009, con una caída del producto de más de 6 por ciento. Ese efecto adverso no se elimina con un recurso estadístico y, en cambio, se suma a la fragilidad intrínseca de las empresas y las familias desde 1982. La economía mexicana sigue padeciendo una crónica insuficiencia de crecimiento y falta de productividad.

Los datos estadísticos son en el mejor de los casos una herramienta para aproximarse a lo que sucede y no constituyen una prueba fehaciente de los procesos en cursos, ni de su complejidad. En 2008 y 2009 se perdieron empleos formales en el país e incluso con el registro positivo de 2010 persiste el gran déficit de generación de puestos de trabajo que desde 2000 es de casi 2.9 millones.

La sombra de 2008 sigue proyectándose por todas partes. Así se está labrando de nuevo el terreno para la próxima crisis.

Por León Bendesky
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Un apresurado moscovita cruza la Plaza Roja ataviado con una apocalíptica mascarilla. Moscú está cercado por el fuego provocado por el verano más tórrido de la historia. La inclemencia meterológica no sólo deja imágenes inéditas. La mayor sequía en cien años azota el continente y se lleva por delante las cosechas de trigo del sur del país. El primer ministro, Vladimir Putin, impone una excepcional medida para contener los precios: no habrá exportaciones de trigo hasta 2011.

Al otro lado del mundo, un trader (intermediario) del mayor mercado de materias primas del mundo hace sus cálculos. Rusia es el tercer exportador del mundo de este cereal y Canadá, el segundo, tendrá una de sus peores cosechas en tres años. La oportunidad está servida en bandeja. En apenas dos días (4 y 5 de agosto), el trigo sube un 8,42% y los volúmenes que mueve chocan con los topes impuestos por la entidad reguladora para contener la especulación en un mercado tan delicado. En el último semestre de 2010, el alza acumulada llega al 44%. Y subiendo.





El efecto mariposa se extiende seis meses después al pequeño poblado tunecino de Sidi Bou Zid. El precio de la harina, y el de otros alimentos, se ha duplicado. Túnez, junto con Egipto e Irak, es uno de los principales importadores de trigo ruso. El joven Mohamed Bouazizi se quema a lo bonzo, angustiado porque le han quitado su negocio y no puede alimentar a su familia.

Como este ciclo, especialmente hiperbólico e intenso, se repiten cada año en el mundo secuencias de sucesos producidos por la alteración de los precios de los alimentos, inflados por la acción de los grandes inversores institucionales. El desenlace de estos capítulos es, en el mejor de los casos, una revuelta, porque en la mayoría de las ocasiones lo que se desencadena son hambrunas.

"La especulación financiera impacta en los precios". Expertos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), la FAO o el Banco Mundial concuerdan en este punto. Los expertos de estas organizaciones declinan hablar o prefieren no ser citados cuando se les pregunta por el rol de los fondos de alto riesgo (hedge funds), pero asumen que su papel es clave ya que amplifican los efectos de una mala cosecha o un inesperado repunte de la demanda.

Sin embargo, cuantificar en el precio el impacto de la especulación es casi imposible, según los expertos. El Instituto para la Agricultura y la Política Comercial de EEUU (IATP), recoge los datos de un estudio preparado por una consultora en el que se atribuye al efecto de la especulación hasta un 31% a la subida del precio del maíz en julio de 2008, la anterior burbuja de los precios de los alimentos.

Actores

El que lo tiene muy claro es el gurú financiero George Soros, que fue llamado a testificar ante una Comisión del Senado estadounidense en 2008 para explicar el papel de la especulación en la subida de los precios de materias primas. De "inestabilizador" y "dañino" tildó el magnate la entrada masiva de especuladores en las materias primas, pese a lo cual, siguen siendo sus inversiones favoritas (sobre todo oro y crudo) a día de hoy.

"Hay tres tipos de actores en el mercado financiero. Están los intermediarios de derivados, los índices que siguen a materias primas y los hedge funds. Entre un 12% y un 16% de los actores que influyen en el precio de las materias primas no comercian realmente con ellas", explica un antiguo intermediario del Chicago Board, el mayor mercado de materias primas del mundo. "El volumen de Chicago ha superado los 300.0000 millones de dólares y en tres años se ha triplicado. El 80% de los que participan en este mercado son bancos de inversión", concreta este experto.

Entre todos los participantes, el más poderoso es el indestructible (por ser uno de los pocos supervivientes de la hecatombe financiera) banco de inversión Goldman Sachs, que en 2008 logró un tercio de sus ingresos netos (alrededor de 1.500 millones de dólares) gracias a su inversión en materias primas. Su índice Goldman Sachs Commodity Index pasó de tener una inversión de apenas 8.000 millones de dólares en el año 2000 a atesorar en la actualidad 100.000 millones de dólares que invierte contra la evolución de las materias primas (incluido el petróleo). Sólo en 2010, el índice se revalorizó un 50%, con una subida cercana al 10% en diciembre. En lo que va de año, el ascenso ya roza el 14%.
Estos miles de millones fluyendo hacia la inversión en materias primas provocan una alta inestabilidad en el precio de las materias primas. "Cuanto más volumen se negocia, mayor es la volatilidad", explica el economista de la FAO Abdolreza Abbassian.

La especulación con los alimentos es tan vieja como la propia agricultura, pero su atractivo como instrumento de lucro se disparó en la década pasada al descubrirse como una oportunidad de inversión única. La rentabilidad está asegurada porque la demanda mundial, en línea con la subida de la población y el mayor poder adquisitivo de los países emergentes, garantiza su crecimiento de forma consistente. "No hay prácticamente otro producto en el que invertir en estos momentos cuya demanda real sea tan clara, es decir, que tenga tan buenos fundamentales", apunta Francisco López Ollés, experto en materias primas y divisas. "Al final, todo esto es resultado de las operaciones de los bancos centrales para que haya más liquidez en los mercados (el conocido como quantitative easing). El dinero tiene que buscar rentabilidad en algún lado", concluye.

El director del sector financiero del IE Business School, Manuel Romera, recuerda que "de cada diez operaciones, nueve son especulativas". Sin embargo, Romera apunta a que "el derivado el producto financiero suele ser arrastrado por el subyacente el producto agrícola real". Para especular en el mercado de las materias primas no hace falta tener ni un gramo real del producto que se comercializa.
El mercado padece de los mismos defectos regulatorios que el resto de la negociación de productos financieros derivados. Las operaciones Over the Counter (sobre el mostrador) se realizan sin apunte electrónico, por lo que no se sabe quién vende o quién compra en el mercado. El control de estas operaciones es una de las principales demandas de los expertos internacionales.

Además, hay un desajuste regulatorio entre EEUU y Europa que en tiempo de un mercado global no tiene sentido. Así, en Estados Unidos, que tiene su propia Comisión para regular el mercado de las materias primas, se han puesto límites a los volúmenes y a la banda de fluctuación de los precios sobre los alimentos, para que no se pueda alterar el precio real de la mercancía. En Europa, no existen esas barreras en determinadas materias, como el azúcar, el café y el cacao. La FAO ha detectado que para aprovecharse de ello, se envían cargamentos enteros de este producto desde Nueva York, hasta Ámsterdam, Amberes o Hamburgo, para que se pueda negociar allí con ellos sin límite.

Aunque la supervisión para un mayor control está en marcha (Londres, otro de los mayores mercados del mundo, ha prometido tenerla preparada para 2012), el lobby de los bancos de inversión y de los grandes intermediarios agrícolas está presionando para retrasar, y aligerar, la posible puesta en marcha de estas nuevas normativas.

"El rol de los hedge funds es muy controvertido. Es uno de los grandes factores, pero no el único. Tanto la oferta como la demanda están muy ajustadas y eso tensa el mercado", contemporizan desde la OCDE, recordando que hay otras muchas cuestiones que engordan el precio de los alimentos. "En mi opinión, los fondos de inversión terminan siguiendo la tendencia más que creándola. La amplifican", sentencian las mismas fuentes de la organización.


Un solo fondo de inversión compró el 7% de la producción mundial en un día


Un sólo ‘hedge fund' tiene agarrado por el cuello desde hace meses a todos los productores de chocolate del mundo. El fondo Armajaro, pilotado por un conocido ejecutivo británico, Anthony Ward, apodado como ‘Chocfinger' (dedo de chocolate), compró el pasado julio hasta 240.000 toneladas de cacao, el equivalente al 7% de la producción mundial, en una sola operación. La compra, que se hizo en el mercado Euronext, donde no hay límites sobre este tipo de materia, disparó el precio del cacao hasta sus máximos desde 1977. Las miles de toneladas de cacao siguen acumuladas, según confirmaron fuentes conocedoras de la operación a este periódico, en los almacenes de Hamburgo, Amberes y Ámsterdan. Ward ha apostado por el cacao, ya que uno de sus principales productores, Costa de Marfil, está virtualmente en guerra civil, con lo que escaseará el producto en breve. Según el diario británico ‘The Daily Telegraph', George Soros invierte en este fondo de inversión.

BELÉN CARREÑO MADRID 07/03/2011 08:30
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Miércoles, 29 Diciembre 2010 07:23

"Es preciso un Núremberg de los especuladores"

Que nadie se deje engañar por su muy oficial cargo de miembro del Comité Consultivo del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Tras sus gafas de pasta de profesor de universidad, el suizo Jean Ziegler (Thoune, 1934) es un revolucionario. Le gusta provocar y gritar lo que sus colegas diplomáticos no osan decir ni en los pasillos de las organizaciones internacionales. Un ejemplo: "Un niño que muere de hambre en la actualidad es un asesinato". Otro: "Somos democracias, pero practicamos un fascismo exterior". Ziegler es un hombre que argumenta cada frase con cifras o citas de grandes intelectuales, como ese grito de dolor del poeta anticolonialista Aimé Césaire: "Vivo en una herida sagrada / Vivo en un querer oscuro / Vivo en un largo silencio". De esa herida habla Ziegler en su último libro, El odio a Occidente (Península), un título que responsabiliza a los países desarrollados de los males del mundo. El escritor no pierde la esperanza y aspira a una "revolución para acabar con el orden caníbal del mundo". En la portada de su ensayo, la "i" de la palabra "odio" es una bomba con detonador. Queda un solo segundo para que estalle.

¿Tan mal va el mundo?

Jamás en la historia un emperador o un rey ha tenido tanto poder como el que posee la oligarquía del poder financiero en la actualidad. Son las bolsas que deciden quién vive y quién muere. Pueden comer 12.000 millones de personas, el doble de la población mundial. Pero cada cinco segundos, un niño menor de 10 años muere de hambre. ¡Es un asesinato!

¿De ahí viene el odio del que habla? ¿Por qué nos odian?

Hay que distinguir dos tipos de odio. Uno, primero, patológico, como el de Al Qaeda, que asesina a inocentes con bombas. Pero nada justifica esta violencia, ¡nada! Y de eso no trata mi libro. Me refiero a un odio meditado, que pide justicia y compensación, que llama a romper con el sistema estructural del mundo, dominado por el capitalismo.

¿De la crisis no hemos aprendido nada?

¿Lecciones? Es peor aún: esos bandidos de especuladores que provocaron la crisis y la quiebra del sistema occidental atacan ahora productos como el arroz y el trigo. Hay miles de víctimas más que antes. Hay que sentar a esos especuladores en el banquillo. ¡Hay que celebrar un Núremberg para ellos!

Usted trabaja en la ONU. ¿No cree en el papel de la comunidad internacional?

El mero hecho de que la comunidad internacional sea consciente de los problemas del mundo es positivo. Los Objetivos del Milenio no se han cumplido, pero no soy una persona escéptica.

¿No cree, sin embargo, que a Occidente sólo le interesa Occidente y que mantiene adrede al Tercer Mundo en la pobreza?

¡Es verdad! Pero no se trata de donar más, sino de robar menos. En África se pueden encontrar productos europeos más baratos que los locales, mientras que la gente se mata trabajando. ¡La hipocresía de los europeos es bestial! Nosotros generamos hambre en África, pero cuando los inmigrantes llegan a nuestras costas en pateras, los echamos. ¡Para acabar con el hambre, se necesita una revolución!

¿En Occidente? ¿Esto es posible?

La sociedad civil se ha despertado. Hay movimientos como Attac, Greanpeace y otros que hacen una crítica radical del orden mundial. En Occidente tenemos democracias, pero practicamos un fascismo exterior. Aunque en democracia no hay nada imposible. "El revolucionario debe ser capaz de oír la hierba crecer", dijo Karl Marx.

En su libro habla de la Bolivia de Evo Morales como ejemplo.

Es un caso ejemplar. Por primera vez en su historia, el pueblo boliviano eligió como presidente a uno de ellos, un indígena aimara. Y en seis meses expulsaron a las empresas privadas que se quedaban con todos los beneficios de las energías del país. El Gobierno pudo con esos millones ganados lanzar programas sociales y Bolivia es ahora un Estado floreciente y, sobre todo, soberano. Ojo, no soy un ingenuo, pero en Bolivia la memoria herida del pueblo se convirtió en una lucha política, en una insurrección identitaria.

En otros términos, Morales se merecía más el Nobel de la Paz que Obama.

¡Claro! El Nobel de Obama era ridículo, era una operación de marketing.

¿Obama no traía consigo ninguna esperanza?

Ver una cara negra de presidente de Estados Unidos en la portada de grandes revistas ha sido increíble, sobre todo porque el bisabuelo de la esposa de Obama era un esclavo. Pero sólo es un símbolo. El imperio americano son tres cosas: la industria del armamento, Wall Street y el lobby sionista. Obama sabe que si toca alguno de los tres está muerto. Y no lo hará. La esperanza viene de la sociedad civil. Si se consigue crear una alianza planetaria de todos los movimientos de emancipación, de Occidente y del Sur, entonces habrá una revolución mundial, una revolución capaz de acabar con el orden caníbal del mundo. 

Por GUILLAUME FOURMONT MADRID 29/12/2010 07:15 Actualizado: 29/12/2010 08:49
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Las cebollas son un ingrediente importante en la historia de la especulación con productos básicos. En 1958, luego que los productores estadunidenses se quejaron de que los especuladores provocaban fluctuaciones de precios, se aprobó una ley que prohibía el comercio de futuros de cebollas. Hoy los críticos se lanzan de nuevo contra los especuladores, gracias a los precios crecientes de todo, desde los metales hasta los granos. Tantas perturbaciones se atribuyen a los especuladores, que Nicolas Sarkozy podría aprovechar que Francia ocupa la presidencia del G-20 para impulsar reglas internacionales que restrinjan sus actividades.

Cierto, los inversionistas han adquirido un interés más que pasajero en los productos básicos en años recientes. Según Barclays Capital, cerca de 320 mil mdd de dinero institucional y minorista se dedica ahora a los productos básicos, en comparación con apenas 6 mil mdd hace 10 años. Esa suma no incluye fondos de cobertura de riesgo (hedge funds), cuya participación es significativa, pero difícil de cuantificar.

Los operadores de fondos, que hace años destinaban exiguas cantidades a los básicos, ahora colocan en ellos 5% de sus recursos. Los básicos diversifican las carteras porque, al menos en teoría, los movimientos de precios no se correlacionan con acciones y bonos. Sirven de protección contra una depreciación del dólar. Y a partir de 2005, cuando China comenzó a importar enormes volúmenes de materias primas, los productos básicos han ofrecido también exposición al encarecimiento del billete verde.

Conforme han crecido las sumas dedicadas a los productos básicos, también lo han hecho las quejas sobre los daños que causa el dinero especulativo. Los inversionistas recibieron fuertes críticas en 2008, cuando el precio del petróleo y los alimentos se disparó. En fechas más recientes han sido fustigados a causa de las alzas en el trigo y el maíz. En cambio, rara vez se habla de que los inversionistas también contribuyen a dar eficiencia a los mercados, al aportar liquidez e información sobre precios.

De hecho hay poca evidencia empírica de que los inversionistas causen más que distorsiones pasajeras en los precios de los productos básicos. La explicación más convincente de los aumentos y descensos en esos bienes es la oferta y la demanda. En 2008, cuando el mundo rico aún mostraba crecimiento y los países en desarrollo estaban en auge, la creciente demanda de petróleo y alimentos sobrepasó a la oferta. Los precios del trigo saltaron en agosto, luego que una sequía e incendios en Rusia –importante país proveedor– provocaron una veda a las exportaciones. El reciente brinco en los precios del azúcar ocurrió después de una mala cosecha, y el del maíz, luego de advertencias gubernamentales sobre una cosecha menor que la esperada.

Los inversionistas representan todavía una parte pequeña del mercado de productos básicos. El mercado global del petróleo vale por sí solo unos 1.8 billones de dólares anuales, en comparación con los 320 mil mdd invertidos por instituciones en todos los productos básicos. John Stephenson, de la administradora canadiense de fondos First Asset Investment, considera extraña la idea de que los especuladores inunden todas las señales de precios.

Los mercados de básicos siempre han sido volátiles. Las cosechas dependen del estado del tiempo, y los cambios de la demanda a corto plazo no se compaginan con las inversiones a largo plazo necesarias para elevar la oferta de metales y petróleo. Una investigación publicada en junio por la OCDE no muestra diferencia en volatilidad entre los productos agrícolas comercializados en mercados de cambios y los que no lo son (como las cebollas). De hecho, esa organización encontró que a mayores volúmenes de comercialización en fondos índices existe una tendencia consistente hacia una menor volatilidad.

Según Michael Widmer, de Bank of America Merrill Lynch, los metales comercializados en mercados de cambios muestran menos volatilidad de precios que los que no lo son. Eso puede deberse a que los administradores imponen límites a la proporción de activos representada por los productos básicos. Es decir, venden al elevarse los precios para mantener sus activos por debajo de ese límite, lo cual tiende a estabilizar los precios.

Los escépticos señalan la conducta de los precios del cobre en la parte final del año pasado. Lo normal es que los precios y los inventarios no se eleven al mismo tiempo, puesto que, al ser más altas las existencias, los precios deben ir a la baja. El hecho de que ambos se elevaran al mismo tiempo en el mercado del cobre hizo que muchos se preocuparan de que los especuladores estuviesen comprando y acumulando el metal. De hecho sí había especuladores en acción, pero no hay evidencia de acumulación.

Según Kevin Norrish, de Barclays Capital, el rápido descenso de precios de 2008, cuando cayeron a los niveles de la depresión (pero en cinco meses en vez de en cinco años), fue una reacción exagerada. Conforme los compradores fijaron los precios al nivel de una recesión, y no de una depresión, éstos se recuperaron, a la vez que se elevaban las acciones. El fuerte incremento que han tenido los precios del cobre de entonces a la fecha ha probado que la apuesta fue buena.

De hecho, los inversionistas sí tienen efecto sobre los precios. Investigaciones de Goldman Sachs sugieren que los especuladores exacerbaron la escalada de precios del petróleo en 2008, y agregaron quizá 9.50 dólares en promedio al precio del barril. En 2009, cuando los precios del crudo se recuperaban de un punto bajo de 33 dólares, los fondos de cobertura de riesgo que vendían el combustible a corto plazo aprovechando las dudas sobre la recuperación estadunidense, sin duda contribuyeron a reducir los precios. Pero pronto otros inversionistas, más optimistas, comenzaron a comprar. Los especuladores pierden a menudo grandes sumas en apuestas sobre productos básicos, lo cual lesiona su reputación de que ellos mueven los mercados. El colapso del mercado de productos básicos en 2008 golpeó gravemente a muchos fondos de cobertura.

Dicho esto, una nueva versión de un instrumento financiero de moda podría ir demasiado lejos. Los órganos reguladores estadunidenses están a punto de aprobar fondos inscritos en mercados de valores para el comercio del cobre con respaldo físico, vehículos de inversión que han alcanzado enorme popularidad. Varias instituciones planean ofrecerlos, y más tarde podrían aprobarse también para otros metales.

Casi toda la actividad actual de los inversionistas se da en mercados de futuros. Es raro que los inversionistas opten por la entrega física de productos básicos, lo cual evita que se retiren materias primas de la cadena de suministros (otra razón por la cual no es probable que afecten los precios en el mercado real). En cambio, el propósito específico de estos nuevos instrumentos es retirar el cobre de un mercado de por sí restringido, lo cual pone a inversionistas y consumidores industriales en competencia directa por los productos. No todos coinciden en que esto sea un problema; para algunos es sólo otra señal de precios. Sin embargo, tiene el potencial de causar fluctuaciones de precios que harían ver el pleito de las cebollas como un juego de niños.

Fuente: EIU
Traducción de texto: Jorge Anaya
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El belga Olivier de Schutter, relator de la ONU para el derecho a la alimentación, pelea por una moratoria de la compra de tierras con fines especulativos, sobre la que la Asamblea General de la ONU deberá decidir en septiembre.

Han pasado menos de dos años desde los disturbios del hambre ¿No tiene la impresión de ocuparse de una misión que interesa poco a los Estados?
En cuanto los precios agrícolas bajan en los mercados internacionales, el público tiene la impresión de que el hambre ya no es problema. Pero el pequeño campesino de Mali no vende su producción en la bolsa de Chicago, y los pobres de los países en desarrollo no compran su tonelada de arroz a los intermediarios bursátiles. De hecho, el hambre sigue creciendo desde julio de 2008.

En la conferencia de la ONU en Dublín de esta semana ¿logró hacer avanzar su proyecto de garantizar el acceso a la tierra para el pequeño campesinado?
Hemos logrado que todas las cuestiones políticas de la seguridad alimentaria estén mejor integradas, y el Plan de Acción Global ha perdido el carácter tecnocrático que tenía. Ahora bien, desgraciadamente muchos gobiernos siguen pensando que la prioridad es aumentar la producción con grandes plantaciones que producen para los mercados internacionales. Intento convencerles de que si reorientan la inversión hacia la agricultura familiar, los pequeños productores y los obreros agrícolas, esa inversión será más útil, porque generará otras economías de escala. Esa agricultura nunca será competitiva en los mercados internacionales, pero sí asegurará el derecho a la alimentación.

¿Hay avances?
Eso creo. Progresa la idea de que el hambre es un problema profundamente político. Es algo que estaba ausente del debate cuando la crisis alimentaria estalló hace dos años. Fue interpretada como un problema de oferta insuficiente respecto a la demanda creciente. Hoy se reconoce que, en la base de los más de 1.000 millones de personas hambrientas, hay un problema de justicia distributiva. Aun así, hay un escollo: no hemos salido de la esquizofrenia. Muchos gobiernos aceptan ese consenso como retórica. Pero cuando se trata de invertir, lo hacen en proyectos industriales y en mercados internacionales.

¿Tiene datos sobre la magnitud del fenómeno del acaparamiento de tierras cultivables?
Nadie lo ha cifrado con exactitud. Pero lo cierto es que las presiones comerciales sobre la tierra aumentan, y provocan una fuerte especulación territorial. Los medios han hablado mucho del desembarco de inversores públicos y fondos soberanos. Pero el fenómeno se debe sobre todo a fondos de inversión y empresas privadas, muchas de ellas con nexos con las élites locales. Las compras masivas crecen, porque la tierra cultivable está convirtiéndose en un bien escaso, y los inversores se interesan. Para producir agrocarburantes y beneficiarse de los créditos [para evitar] la emisión de CO2. Y para producir alimentos, esencialmente destinados a la reexportación. Sorprende la magnitud insensata del fenómeno.

¿Qué recomienda en su informe?
Una moratoria sobre las inversiones a gran escala en la producción agrícola, que se traducen en compra o arrendamiento de tierras en los países del Sur. Porque la transparencia no está asegurada y los derechos de las poblaciones locales no son respetados. Hay que invertir en la agricultura, sí, pero vía el desarrollo de los medios de transporte y de almacenamiento, en formación agrícola y en comunicación, para las cooperativas. No se luchará contra el hambre separando a los campesinos y ganaderos de las tierras que garantizan su sustento.

¿Qué países respaldan hoy el proyecto de aplicar el derecho a la alimentación?
Brasil es fundamental, y el país más puntero, aunque estamos en desacuerdo sobre la organización del comercio internacional. Mozambique, Bolivia, Guatemala o Nicaragua han comprendido el interés de basar la política de seguridad alimentaria en el derecho a la alimentación. España y Alemania también han integrado la perspectiva.
Usted defiende la soberanía alimentaria contra el dogma del mercado internacional.
La liberalización sería deseable si ayudara a los países menos avanzados y si beneficiara a los pequeños productores, que son la mayoría de quienes sufren hambre, y víctimas del dumping de la agricultura competitiva de los países ricos. Hay que devolverles la capacidad de reconstruir su sector agrícola y protegerse de la vulnerabilidad que genera el comercio internacional.

¿O sea que la fórmula de las cuatro últimas décadas superproducción, libre comercio y subvenciones a la exportación no funciona?
No, no funciona. Desde 1960, la producción agrícola crece más rápido que la población, y sin embargo el número de personas que sufren desnutrición no ha dejado de aumentar.

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Los habitantes de los barrios humildes de São Paulo saben lo que es sufrir la presión de las constructoras en tiempos de boom inmobiliario. "El Gobierno municipal de São Paulo está llevando a cabo una política de higienización, de limpieza de los pobres", afirma con contundencia Helena Silvestre, coordinadora en la ciudad del Movimiento de los Trabajadores Sin Techo (MTST). Con frecuencia, los sin techo que duermen en las calles del centro son expulsados hacia la periferia; lo mismo les sucede a los vecinos de algunas favelas, especialmente las que lindan con el próspero barrio de Morumbi, al sur de la ciudad. Todo como resultado de proyectos de urbanización del Gobierno municipal para recuperar las zonas deprimidas de la ciudad. Recuperarlas para las clases con mayor poder adquisitivo, claro.

Silvestre lo ilustra con un dato: sólo en la región sur de esta vasta región metropolitana de 20 millones de habitantes, 13 favelas están viviendo actualmente un proceso de desalojo. Y sin ninguna perspectiva de futuro, porque "no reciben indemnización alguna, apenas una subvención para pagar el alquiler un año". Es decir, unos 5.000 reales (alrededor de 2.000 euros), cuando una casa en el mismo barrio cuesta entre 40.000 y 100.000 reales.

"Política fascista y racista"

Otras veces lo que obtienen es un pasaje para el noreste de Brasil, la región de donde proceden buena parte de las familias humildes de São Paulo, llegadas en los años sesenta y setenta, cuando el sureste precisaba de mano de obra barata para desarrollar su industria. "Es una política fascista y racista", sentencia Silvestre.

Despojadas de sus casas, la mayoría de estas familias termina viviendo con sus familiares o en chabolas, a veces en zonas de riesgo de inundaciones o deslizamientos de tierra. ¿Y volver al noreste? No parece la mejor opción: "Bien o mal, aquí pueden sobrevivir", resume la coordinadora del MTST.

El problema de fondo es el déficit de viviendas en un país donde ocho millones de familias necesitan una casa. De ahí la expansión incontenible de las favelas: sólo en Río de Janeiro existen unas 900, que albergan a un millón y medio de personas.

El presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, anunció a bombo y platillo el año pasado el ambicioso programa Minha casa, minha vida (Mi casa, mivida), que otorga subvenciones para la compra de una vivienda, pero esta iniciativa no resolverá la cuestión. Para empezar, porque apenas un 40% del millón de casas que se construirán a través de este programa se destinarán a las familias que realmente precisan de un techo, esto es, las que cobran entre cero y tres salarios mínimos (el salario mínimo en Brasil ronda los 550 reales, el equivalente a 200 euros).

Para Helena Silvestre, es evidente que este programa está concebido para "minimizar los efectos de la crisis económica, generar empleo y beneficiar a las empresas constructoras", y que "tampoco este Gobierno se ha preocupado por solucionar el problema de la vivienda". Tal vez porque "el poder del lobby de la construcción es enorme y controla buena parte del Congreso", apunta una militante del Partido de los Trabajadores de Lula. Tampoco parece casualidad que, según denuncia el MTST, el alcalde de São Paulo, Gilberto Kassab del Partido Conservador Demócrata (DEM), obtuviese de las empresas constructoras 12 de los 27 millones de reales que gastó en la campaña electoral de 2008, en la que, por cierto, Kassab cometió supuestas irregularidades por las que está siendo investigado.

Silvestre se refiere con desencanto a la clase política, pero sonríe con entusiasmo cuando habla de la lucha social. El MTST promueve la ocupación de terrenos vacíos en la periferia de São Paulo para levantar campamentos, en los que llegan a vivir miles de familias. En algunos de ellos, las protestas ante los ayuntamientos han dado sus frutos, en forma de soluciones de vivienda o subvenciones para cientos de familias. Y, sobre todo, comienza a surgir una conciencia de la necesidad de la conquista social de un derecho, el de la vivienda digna, que está contemplado en la Constitución.

El Mundial recrudece el problema

Luan, a sus 23 años, ya ha pasado por varios campamentos en la zona sur de São Paulo. Recuerda de aquella experiencia los constantes enfrentamientos con la policía a menudo acusada de brutalidad en los desalojos, pero también rememora con cariño el clima de convivencia y resistencia. "No queremos resignarnos más. Queremos conquistar nuestro derecho a tener un techo", subraya.

Por el momento, tendrán que seguir luchando contra una clase política que "no sólo no ataca el problema de la integración de la ciudad de raíz, sino que ni siquiera ofrece soluciones asistenciales paliativas", apunta Silvestre.

Según la activista, este proceso de "limpieza de la pobreza" existe desde hace años, pero se ha recrudecido últimamente, en parte debido a los efectos en el sector inmobiliario del Mundial de Fútbol de 2014.

En Río de Janeiro tienen además en el horizonte los Juegos Olímpicos de 2016; en algunas favelas ya temen que la presión para expulsarlos se vuelva más virulenta. Emblemático resulta el caso de la Vila Autódromo, que sufre desde hace dos décadas periódicos intentos de demolición. El último fue con motivo de los Juegos Panamericanos de 2007, cuando sólo la unidad de los vecinos en su enfrentamiento con la policía impidió el desalojo. Siguen dispuestos a resistir.

Por NAZARET CASTRO 01/05/2010 
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Es difícil exagerar el daño infligido por la banca internacional como detonante de la mayor crisis desde la Gran Depresión. Los Gobiernos de todo el mundo -pero básicamente los de Estados Unidos y la zona euro -han gastado 18 billones de dólares en sanear sus entidades financieras, ante la barra libre de excesos que derivó en el huracán que se desató hace poco más de dos años. Las autoridades económicas buscan ahora la forma de que el sector financiero asuma parte de los costes que genera cuando el riesgo se le va de las manos. El FMI anunció este viernes que tiene un mandato del G-20 para gravar las transacciones financieras especulativas, una suerte de tasa Tobin del siglo XXI. Una revolución en la forma de concebir las finanzas mundiales, si es que al final esa propuesta no corre la misma suerte que los límites a los bonus de la banca o la lucha contra los paraísos fiscales, que generaron mucho ruido y poco a poco han ido quedando en pocas nueces.

James Tobin, premio Nobel en 1981, planteó una tasa en los años setenta que gravara las transacciones especulativas, una medida "que echara arena en los engranajes demasiado bien engrasados de los mercados financieros", según sus propias palabras. Los dos objetivos de ese impuesto serían frenar la especulación y dedicar esos ingresos a los países pobres. No legó a ver la luz. Y el director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Kahn, dejó claro que tampoco esta vez lo hará: "No creo que una idea tan simplista funcione: por muchas razones, pero sobre todo por motivos técnicos, porque sería muy difícil de implementar".
Y sin embargo algo se mueve en los despachos del G-20 y del FMI. Alemania y Francia vienen proponiendo desde hace semanas algo parecido. La canciller Angela Merkel aseguró en Pittsburgh hace unos días que hay que buscar una fórmula "que deje claro quién paga los costes de una crisis financiera semejante". "Pedimos al FMI que nos haga una propuesta, y una posibilidad es un impuesto a las transacciones en los mercados", dijo pocos días de ganar las elecciones germanas por un amplio margen. El presidente francés, Nicolas Sarkozy, se mostró asimismo favorable "a una tasa sobre las actividades financieras más especulativas y que asuman mayores riesgos". En cambio, Estados Unidos y el Reino Unido -con la presión de los lobbys de Wall Street y la City- no están por la labor, pese a que en Londres el supervisor financiero británico ha abogado por algo parecido.
Al frente de ese trabajo en el FMI está ya el estadounidense John Lipsky, número dos del Fondo (y ex vicepresidente del banco norteamericano JP Morgan). Lipsky dio algunas pistas de por dónde irán -y por dónde no irán- los tiros: más que una tasa Tobin el Fondo se decanta por "algún tipo de seguro a través de un impuesto sobre el sistema bancario, inspirado en el seguro de garantía de depósitos, para mitigar los costes de los rescates sobre la banca". Según Intermón Oxfam, esa sería una versión parecida a la que están dispuestos a asumir los norteamericanos, para evitar que los contribuyentes tengan que hacerse cargo de los costes de salvamento de los bancos demasiado grandes -o demasiado interconectados- para caer. Varios países europeos plantean dar un paso más allá para reducir la especulación y destinar parte de los fondos al mundo en desarrollo.

"El FMI asume que es justo que la banca pague por limpiar el lío que ha creado. Una tasa de apenas el 0,005% en las transacciones fianncieras en las grandes economías reportaría al menos 30.000 millones de dólares al año. Es justo que una parte de ese dinero vaya al mundo en desarrollo, a las víctimas inocentes de la crisis", aseguró Max Lawson, de Intermón Oxfam.
La solución no será sencilla. Los críticos con ese tipo de gravamen argumentan que este es el peor momento para ponerlo en marcha, con la banca aún muy castigada por la crisis. Además, presenta serias dificultades técnicas, supondría un drenaje adicional de liquidez y sería inútil si la comunidad internacional no llega a un acuerdo general para su implementación. Sus defensores -con Attac a la cabeza- la defienden con más ahínco que nunca, tras los desmanes del capitalismo de casino de los últimos años. Tal vez nunca se haya abierto una ventana de oportunidad semejante. Keynes, el economista británico más citado en esta crisis, escribía en los años treinta que los casinos deberían ser de difícil acceso y terriblemente caros, "y a lo mejor eso mismo vale para los mercados de valores". El FMI, tan criticado hace muy poco por sus políticas macroeconómicas y financieras y tan reforzado en esta crisis por su liderazgo y sus respuestas llenas de sentido común, tiene la palabra.

Y de momento no está claro adónde va a disparar. "El continuo escepticismo público en torno a lo que se percibe como un rescate de las propias entidades responsables de la crisis podría erosionar el respaldo de la ciudadanía a favor de una reestructuración financiera, sentando las condiciones para un prolongado estancamiento", según el informe de previsiones de otoño. Traducción libre: 1-0 a favor de medidas como un gravamen contra la especulación, que mejoraría la percepción del público. Strauss-Kahn aseguró este viernes: "La tentación de concluir que el modelo financiero moderno encalló y debería ser detenido es una mala conclusión. Los bancos y los mercados financieros son esenciales para mejorar la eficiencia. El desarrollo financiero juega un papel vital en el crecimiento económico". Empate.

CLAUDI PÉREZ - Estambul - 02/10/2009
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Miércoles, 23 Septiembre 2009 06:33

Servidumbre financiera y bienestar social

La economía mundial está sometida al sector financiero. Una prueba: las transacciones diarias en los mercados de divisas son 110 veces superiores al valor de los bienes y servicios intercambiados en el comercio mundial. Es decir, los mercados de divisas responden a la especulación y no al comercio. Esto es un indicador de las masas de capital líquido que ahoga a la economía mundial.

Pero si la crisis global de 2008 marca la bancarrota de la globalización financiera, los gobiernos de los países ricos no parecen estar dispuestos a transformar la economía mundial en un espacio para el bienestar social. Mucha crisis y escándalo, pero el mundo sigue dominado por el sector financiero. En México, eso está claro con el paquete económico que el poder prepara contra el pueblo.

Hace poco, Noam Chomsky recogió un análisis de Barry Eichengreen (historiador del sistema monetario internacional) sobre las relaciones entre mundo financiero y democracia. Eichengreen sostiene que los controles de capital que acompañaron el sistema de Bretton Woods fueron el mecanismo empleado por los gobiernos para poder mantener el tipo de cambio y dotarse, al mismo tiempo, de suficiente margen de maniobra para aplicar políticas de bienestar social.

Los controles a los flujos de capital en la posguerra permitieron instrumentar políticas que, de otra forma, hubiera sido imposible poner en marcha. La política monetaria persiguió objetivos de crecimiento y pleno empleo, sin desestabilizar el tipo de cambio. En materia fiscal la inversión en bienestar social, con esquemas impositivos más progresivos, permitió reducir la desigualdad. Todo eso era posible porque los controles al capital le quitaban una restricción importante a la política macroeconómica.

En un rápido comentario, casi de paso, Chomsky señala que el corolario de este análisis es que la desaparición de los controles a la movilidad del capital debe entenderse como un ataque a la democracia. Su intuición es correcta. El vínculo entre los controles a la movilidad del capital, la democracia y el bienestar social sería directo. Las restricciones impuestas al capital financiero al finalizar la Segunda Guerra Mundial llevaban la cicatriz de la crisis de 1929 y la volatilidad de los años de entre guerras. Como lo explica Polanyi, de esa mezcla explosiva había surgido el fascismo. Los controles al capital reflejaron el ascenso del sindicalismo y de movimientos sociales de gran envergadura que hicieron posible los sistemas redistributivos de los años 1950-1970. Por cierto, Eichengreen (admirador de la globalización financiera) concluye que Polanyi nunca imaginó que “la fortaleza de los mercados” acabaría destruyendo los controles de capital.
Cuando se impuso la liberalización financiera, terminó cualquier semblanza de control democrático sobre la economía. Congresos y parlamentos se hicieron obsoletos. Los ministerios de hacienda y los bancos centrales se convierten en gigantescos establecimientos donde trabajan los empleados del capital financiero.

En un modelo de economía abierta la irrestricta movilidad del capital es un impedimento para la aplicación de políticas de bienestar social porque éstas son vistas como desestabilizadoras del tipo de cambio. Cualquier medida de política monetaria que reduzca las recompensas del capital financiero será castigada de inmediato. En ningún lado es más claro este dominio del capital sobre la política macroeconómica que en las finanzas públicas. En los países que abrazaron la globalización neoliberal, la política fiscal estuvo dominada por un objetivo básico: generar un superávit en el balance primario. Eso condujo durante décadas a una restricción criminal del gasto programable para desviar recursos hacia la esfera financiera.

Hace 2 mil años, Aristóteles describió un proceso de circulación monetaria que era la peor amenaza para el orden social. En la Política explicó que la moneda era un objeto ético-político. La medida de todas las cosas es la necesidad, pero no la necesidad de apropiarnos de ellas, sino la necesidad que tenemos los unos de los otros. Sin embargo, como esa medida no puede estar presente en las transacciones de todos los días, la moneda ofrece una medida operativa a los ciudadanos para realizar la justicia en las pruebas de la vida cotidiana. Pero Aristóteles advirtió que hay una forma de circulación monetaria que amenaza el orden social y terminaría por destruirlo. En esa circulación, el vínculo entre la moneda y la necesidad (como medida de todas las cosas) se rompe. Ese circuito monetario es el del préstamo con intereses. Aristóteles había lanzado la primera denuncia contra lo que sería el capital financiero. Debemos retomar su advertencia.

Un largo proceso histórico ha torcido las relaciones entre el espacio financiero y el de la democracia. Pero en la coyuntura actual estas dos dimensiones de la vida social vuelven a tocarse. Y deberíamos aprovechar el momento. No es fácil que el poder legislativo recupere el control que alguna vez tuvo sobre la oferta monetaria, las operaciones financieras y las finanzas públicas. Pero es urgente que lo haga, de lo contrario se viene una hecatombe que hará parecer a la crisis actual como un día de campo.

Por Alejandro Nadal

http://nadal.com.mx
 

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Miércoles, 10 Junio 2009 08:46

El oro negro abusa del billete verde

En medio de interpretaciones cruzadas sobre sus verdaderas razones, el precio del petróleo en el mercado internacional trepó ayer hasta ubicarse en los 70 dólares por barril, un umbral que no alcanzaba desde noviembre del año pasado. La volatilidad del precio parece plegarse a los vaivenes de las principales monedas mundiales, en este caso el dólar, del cual el crudo estaría actuando como un espejo que invierte los términos: a mayor debilidad del billete verde, mayor alza del petróleo. Sin embargo, otros analistas interpretan la suba como un síntoma de la confianza en un pronto inicio de un ciclo de recuperación de la demanda.

En cinco semanas, el precio del barril pasó de 50 dólares a 70. La trepada, del 40 por ciento en ese corto lapso, superó las expectativas más optimistas de aquellos que tienen intereses en el sector. Ayer mismo, tras la apertura al alza del mercado, promediando la jornada se estimaba como “probable” que el precio del crudo alcanzara los 70 dólares “en los próximos días”. Pero esa perspectiva se anticipó y el barril de petróleo liviano (light sweet crude o West Texas Intermediate, WTI, como se lo identifica en New York) para entrega en julio tuvo un salto de 1,92 dólar y alcanzó a 70,01 dólares al cierre, su nivel más elevado desde el 4 de noviembre pasado. Sin llegar a ese valor simbólico, el petróleo tipo Brent del Mar del Norte para igual fecha ganó 1,74 dólar en el día y se ubicó en 69,62 el barril.

Las interpretaciones recorren dos vertientes. Los que consideran que el mercado se fue acomodando por un comportamiento racional de la oferta y la demanda creen que ahora es la mejora del clima económico y las expectativas de una pronta reanudación de los niveles de actividad normales lo que impulsa al alza. Bajo estas condiciones, el precio tendría una tendencia a la suba sostenida.

Con un enfoque diferente, otros adjudican a un comportamiento especulativo de corto plazo de los inversores las razones de la suba del petróleo. Desde este punto de vista, la reciente alza en el precio de este commodity se debe a la caída del dólar, “que anima a los inversores a comprar materias primas como alternativa de cobertura contra la inflación”. Es decir que, según este criterio, los factores financieros siguen siendo los predominantes en el mercado, y no las perspectivas de comportamiento del mercado real.

La Agencia de Información sobre la Energía (EIA) de Estados Unidos, dependiente del Departamento de Energía, también se sumó a quienes explican el alza del crudo en las últimas semanas “por expectativas de recuperación de la economía mundial y un futuro aumento del consumo de petróleo”. Sin embargo, incluyó por otro lado en su comentario que a este panorama “se agrega un dólar debilitado y una creciente actividad del mercado financiero, que impulsan al alza los precios de las materias primas, eclipsando los fundamentos negativos de oferta y demanda”.

Desde la perspectiva de la evolución de la economía mundial y cómo puede incidir sobre aquélla la suba del petróleo, también las interpretaciones son diversas. En menos de un año, el petróleo trepó a un precio máximo de 145 dólares el barril, en julio del año pasado, para caer luego a su nivel más deprimido de 34 dólares en febrero de este año. Ahora ya supera el doble de ese último valor. Semejante volatilidad rompe toda chance de hacer pronósticos verosímiles, pero como el comportamiento del precio del petróleo es inverso al del dólar –uno sube cuando el otro baja–, muchos analistas sostienen que estamos ante un círculo vicioso: si la suba del petróleo es una señal de una mejora en el clima económico, la caída del dólar significa que a Estados Unidos es al que le saldrá más cara la factura energética, con lo cual se detiene su posibilidad de despegue.

Por otra parte, si como sostienen otros, la actual suba del crudo no se fundamenta en mejoras reales, sino en movimientos especulativos, se estaría formando una suerte de burbuja que podría conformar el escenario más temido: suba de precios (inflación) sin recuperación del nivel de actividad (recesión). En definitiva, demasiadas variables que se entrecruzan, pero que además no afectan a todos por igual.

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