Fin del interregno: hacia la sociedad digital post-Covid19

Los capitalistas new age han aprovechado la crisis sanitaria más importante del último siglo para mercantilizar cada vez más áreas de la vida mediante sus adictivas tecnologías. Sólo una estrategia socialista que coloque las infraestructuras digitales en el centro de la batalla política podrá impedirlo.

Despertemos del shock de 2008, pues ni antes y mucho menos después las tasas de rentabilidad de la industria manufacturera han alcanzado los niveles de finales de los setenta. Objetivamente, desde finales de aquella década el sistema capitalista se encuentra inmerso en una “larga crisis” de productividad. Puede que el sector financiero primero y la industria de la alta tecnología después hayan sido vendidas como soluciones a los problemas de la economía global por los profetas neoliberales que inundan los foros de Davos, pero esta cicuta no ha hecho más que abrir las puertas de los parlamentos a las fuerzas neo-fascistas.

Aceleracionismo a la inversa

En este contexto de crisis financiera y económica (afecta a la producción y al consumo) debemos comprender la tercera pata, la crisis sanitaria más grave del último siglo, una epidemia llamada “SARS-CoV-2” que ha provocado una suerte de ‘aceleracionismo a la inversa’ hacia el futuro diseñado por la clase dominante. Si bien esta epidemia ha contagiado a un 0.016 por ciento de la población mundial, un tercio de toda ella se encuentra confinada. Ello no significa que la producción, aquello que según Marx ha regido la historia desde hace siglos, se haya detenido. Ni mucho menos que la clase no poseedora haya adquirido conciencia revolucionaria, activando el freno de emergencia del que hablaba Benjamin. Es sólo que una crisis como esta, relacionada con la biopolítica (con el propio estado de la salud, moribunda para más de 110.000 cuerpos en todo el mundo), ha provocado que la epistemología neoliberal se introduzca en lo más profundo de la psique humana mediante las plataformas digitales.

En una coyuntura como esta, cuando el estado de excepción amenaza con convertirse en regla, sólo existen dos salidas políticas posibles. De un lado, que nazca un futuro completamente nuevo. Esto es, que la pregunta a cómo instituir la distribución de los recursos -así como su producción y consumo- no la responda el sistema de precios, sino una organización del conocimiento donde no existe el mercado como elemento organizador y los avances de las tecnologías digitales son empleadas para crear infraestructuras que permitan la planificación socialista de la economía.

La otra posibilidad es que el neoliberalismo muera de éxito y se libere toda la violencia del capital, una fuerza que puede ser administrada por un estado autoritario à la Occidental. Evgeny Morozov indicaba: “A menos que encontremos una alternativa, nos veremos atrapados en un triste proyecto neofascista que combina el estado de vigilancia de la derecha con un sistema de salud privatizado y americanizado dirigido por Silicon Valley".

Desde instituciones que promueven el statu quo, como el Instituto Elcano, hasta intelectuales anticapitalistas de la talla de César Rendueles se ha alertado de una amenaza similar. “La resaca que dejará la ampliación del poder policial en nuestras instituciones combinada con la normalización del acoso social puede producir una tormenta perfecta de autoritarismo,” escribía este último. Si bien los estudios corroboran que en España la epidemia ha legitimado las posiciones autoritarias y la gobernanza tecnocrática, lo cierto es que esta afirmación tiene poco de intempestiva y su mero reconocimiento no contribuirá a mejorar la posición de la izquierda. Por ejemplo, hace pocos años las calles europeas se llenaron de metralletas, militarizando así las ciudades tras los atentados terroristas. Ello abrió las puertas a que la ultraderecha hiciera hegemónica su agenda anti-migratoria, como ocurrió en Holanda, uno de los países menos solidarios durante esta crisis.

Por eso, la cuestión a la que debe enfrentarse todo movimiento que tenga como objetivo último la solidaridad y alterar el rumbo del capitalismo no es tanto la manera en que los Estados recortan libertades civiles, estilo Viktor Orbán, sino cómo incrementan la vigilancia sobre los ciudadanos mediante tecnologías digitales para asegurar la supervivencia del sistema capitalista, a saber, cómo movilizan el soft-power de las firmas americanas (su rentabilidad marca los límites de dicho poder político, el cual ahora es privado) a fin de que, en palabras de Benjamin, los ciudadanos no expresen su derecho a alterar las relaciones de propiedad.

Para que la cancelación de la imaginación política (“solucionismo”, diría Morozov) se culmine con éxito se requieren varias condiciones objetivas: la primera, como la Escuela de Frankfurt defendería, debe mantenerse intacta la oferta de servicios de consumo digitales de la nueva industria cultural, a saber, la mafia Netflix-Disney; la segunda, que la fuerza de trabajo no entre en conflicto con el capital y, sobre todo, que la primera vea debilitada su posición en la lucha de clases. Grosso modo, cuando se tienen datos sobre el comportamiento de los trabajadores (cuánto ganan) y consumidores (cuánto gastan), los algoritmos de aprendizaje profundo que potencian las soluciones de inteligencia artificial pueden triangular datos, comercializarlos con todo tipo de empresas y encerrar a las personas dentro de las lógicas de la economía global. Endeudamiento, bienestar privatizado, salarios basura y pasividad social como secuela de la “vida administrada” de Adorno y Horkheimer.

Consumerismo digital como culminación de la modernidad

Hasta el momento, la mayoría de políticas establecidas por los países se han centrado en soluciones individuales, como lavarse las manos y recluirse en casa, reduciendo el concepto de comunidad a la mera ira de los balcones o a expresar solidaridad en las redes sociales. Este modelo de “panóptico carcelario”, el cual suspende las relaciones humanas para no perder el control en la actual transición sistémica, tiene lugar en una sociedad altamente conectada a internet que orienta a las personas hacia el consumo más bruto de servicios digitales. El ciudadano ilustrado no se emancipa a través de tecnologías libres, sino que se construye como consumidor mediante las plataformas de empresas privadas. De este modo, y el confinamiento marca un precedente, se normativiza la cruda existencia de los sujetos bajo el neoliberalismo, que es solitaria, egoísta y abocada a la resolución individual de sus problemas acudiendo al mercado.

Algunos datos resultan reveladores. Si la industria de la televisión experimentó un aumento del 20 por ciento en la primera semana de confinamiento en comparación con el mes anterior, el porcentaje de personas que disfrutaron de series en HBO lo hizo en un 65 por ciento. Mientras tanto, la visualización de películas se incrementó un 70 por ciento. La cifras, recogidas por la publicación The Verge, pueden variar entre Youtube, Amazon Prime o Disney (quien ha duplicado sus suscripciones desde febrero), pero la dinámica es la misma: la aerolíneas experimentan intensas bajadas en la bolsa, las plataformas en streaming cotizan al alza.

El caso más paradigmático para evidenciar la dependencia sobre estas infraestructuras es que Netflix, con un depurado algoritmo de recomendación que le granjea su ventaja competitiva, redujera significativamente su ancho de banda y la calidad del streaming en Europa (y en India) durante el mes de mayo para evitar que la infraestructura de Internet del continente falle. Facebook hizo lo mismo en América Latina.

La manera en que la ideología neoliberal contempla la modernidad entiende al ciudadano en tanto que consumidor; la acción colectiva y la vida pública, por ende, quedan restringida a hacer click en la recomendación de un algoritmo que conoce mejor que el usuario las preferencias de mercado. Como argumenta Andrea Fumagalli, la triple crisis desencadenada por la epidemia del coronavirus tiene consecuencias sociales y políticas: la “virtualización de la vida humana” y el control social. Si bien el poder coercitivo de la policía es necesario para cumplir con la “distancia social” o colocar a los cuerpos y mentes en alerta constante, el autoaislamiento sólo tiene éxito si las personas no pueden ver más allá del próximo capítulo o película. Y cuando su nivel de confianza epistémica en un mundo en crisis así como sus esperanzas y aspiraciones hacia algo mejor desaparecen, el capital puede continuar su camino hacia ninguna parte.

¡Ahora todos somos repartidores de Glovo!

Inevitablemente, una epidemia como esta ha revelado de manera aún más clara las contradicciones en la sociedad, y especialmente las de clase: mientras que los ejecutivos de Silicon Valley cancelaron sus viajes al Mobile World Congress por el peligro a ser contagiados (¡entonces, el Gobierno español negaba que fuera por cuestiones de salud!) y trabajan a remoto desde sus mansiones, los trabajadores de la mal llamada economía colaborativa recorren las calles de las ciudades satisfaciendo los caprichos de la clases medias, cada vez más empobrecidas, mientras se exponen al virus.

“Incluso de una manera superior a la habitual, los trabajadores están condenados tanto si trabajan como si no lo hacen”, sentenciaba Kim Moody refiriéndose al aumento de la pobreza. Entre las estimaciones mencionadas por el periodista destacaba que para julio se perderán 20 millones de empleos sólo en Estados Unidos. A principios de abril, 10 millones de trabajadores habían pedido el seguro de desempleo, siendo esta tasa del 13 por ciento, superior a la de la Gran Depresión de 1930. Claro que entonces no existían sistemas digitales tan avanzados como para llevar el método taylorista a su último estadio.

Aquellos que conserven su posición en el mercado laboral experimentarán la violencia que siempre ha tenido la tecnología en manos de los capitalistas. De un lado, la vigilancia y el control sobre la fuerza de trabajo se incrementará. De otro, los costes requeridos para la actividad productiva deberán reducirse para asegurar la rentabilidad de las firmas. La traducción será un fuerte aumento de la precarización, fundiéndose así el ejército industrial de reserva con el trabajador activo, el aumento en la rapidez de la automatización de los procesos industriales y la descualificación de la fuerza de trabajo. De nuevo: estas tendencias no son nuevas, pues Marx las describió en El Capital, sino que se acelerarán debido a la epidemia otorgando a los propietarios del valor agregado una excusa para legitimar dichas prácticas de apropiación y desposesión. Sin duda, este es un mal momento para defender las teorías aceleracionistas de autores como Paul Mason o Nick Srnicek.

En relación al control de la fuerza de trabajo podemos hablar a modo ilustrativo de Zoom, quien ha sido denunciada por ceder sus datos a Facebook a través de la aplicación de IOS. De modo similar a Dropbox, la compañía ha implementado una herramienta para trackear la atención de los usuarios y avisar a los jefes (quienes habitualmente hospedan las reuniones) cuando una persona se ausenta de la reunión más de treinta segundos. Retomando a Foucault, un artículo reciente acuñaba el ingenioso término “zoomismo” para definir el “modo de producción a través del autoencierro, el cual además incrementa la plusvalía porque se transfiere a los trabajadores los gastos de operación de las oficinas corporativas.”Más allá del ejemplo, no cabe duda de que la epidemia desbloqueara “la revolución en el puesto de trabajo”: la firmas modernas incrementarán la vigilancia y extracción de datos sobre el comportamiento de los empleados, convirtiéndose el teletrabajo en la versión clase media de los repartidores. Lo pregonaba Pilar López, presidenta de Microsoft España: “Estamos siendo testigos de cómo la flexibilidad, escalabilidad y seguridad de la nube está haciendo posible que millones de personas puedan trabajar desde sus casas de forma colaborativa…”

En otras palabras: asistimos a la monopolización acelerada del medio de producción. Así, una muestra de que las empresas necesitan a las compañías tecnológicas para gestionar el flujo de trabajo en las oficinas digitales es que la herramienta Teams (en propiedad de Microsoft) experimentó un aumento de uso del 775 por ciento en Italia cuando comenzó la epidemia. A finales de marzo la plataforma acogía casi 3.000 millones de conferencias diarias, habiéndose triplicado esta cifra en dos semanas. Junto con Amazon y Google, estas tres plataformas de computación en la nube, quienes nadan en efectivo (¡cada uno tiene más de 100.000 millones de dólares de liquidez!), consolidan su poder ofreciendo descuentos por el alquiler del software necesario para levantar la red de una empresa. Microsoft incluso ha adquirido la compañía de cloud computing Affirmed Networks para ampliar su oferta de 5G y hacer a “la industria inteligente” dependiente de sus servicios.

De este modo, “a medida que el gran capital [tecnológico] reorganiza los procesos bajo su dominio,” las lógicas del trabajo de plataforma se expandirán hacia el resto de la sociedad. Hemos de entender que la marea de Expedientes de Regulación Temporal de Empleo, el aumento de la explotación bajo el subterfugio de la amenaza a ser despedido o el recorte de los salarios (la empresa Glovo ha reducido la tarifa base de sus riders a la mitad, de 2,5€ a 1,25€ la hora) sólo supone la punta del iceberg. Junto a la centralización del poder en las manos de las empresas tecnológicos, el abrupto funcionamiento de la economía global requiere reducir costes mediante la precarización aún mayor de la fuerza de trabajo. Ese es el paso previo a la automatización, la cual sólo es posible mediante las plataformas en la nube de las empresas tecnológicas.

En el afán por automatizar para hacer frente a la pandemia, The New York Times informaba de que la compañía AMP Robotic, cuyo CEO pregona que “las máquinas no contraen el virus,” ha experimentado un aumento en los pedidos de robots que emplean inteligencia artificial para reciclar materiales. Aunque nadie como Jeff Bezos para demostrar que las personas reducen los beneficios. La tendencia que se encontraba presente en las tiendas automatizadas y repletas de sensores de Amazon Go seguirá su curso a medida que desarrolle drones u otros vehículos autónomos aéreos, con los que también experimenta Uber. “Entonces, la amazonización del planeta estará completa,” podía leerse en un blog de Medimum.

De momento, aunque haya contratado a 100.000 trabajadores para hacer frente al enorme aumento de la demanda, Amazon ha cerrado su centro de llamadas en Filipinas y priorizado su servicio Connect, que emplea inteligencia artificial y el asistente digital Alexa. Recurrir a los chatbots es una práctica común en buena parte de empresas, especialmente en Facebook. Aunque incluso PayPal los ha usado para responder a la cifra récord del 65 por ciento de las consultas a clientes. Sarah T. Roberts expresaba el carácter premonitorio que tiene la desaparición de los empleos en la sombra de las redes sociales (principalmente, mujeres en el Sur Global): “en el caso de los moderadores humanos es probable que su ausencia les dé a muchos usuarios un vistazo, posiblemente por primera vez, de la humanidad digital que se dedica a la creación de un lugar en línea utilizable y relativamente hospitalario para ellos.”

En suma, después de esta pandemia se contratará a muchas menos personas de las que se han despedido; la precarización se grabará en el imaginario de toda la sociedad, no sólo en el de la generación estúpidamente llamada millennial, y buena parte de los trabajos humanos comenzarán a realizarse gracias a maquinaria avanzada. Este proceso será orquestado y por la vanguardia del conocimiento alojada en una pequeña isla californiana llamada Silicon Valley.

Silicon Valley, demasiado grande para caer

La crisis de 2008 colocó al sector tecnológico en el epicentro de una economía tan financiarizada como carente de legitimidad. Las empresas californianas de rostro amable -y aplicaciones adictivas- debían encargarse de limpiar la imagen de esos banqueros corruptos que habían jugado con los ahorros de los ciudadanos al tiempo que extendían la causa de sus males, los mercados, hacia cada más ámbitos de su vida. El coronavirus revela que el resultado de este doble movimiento ha sido espectacular: Apple y Goldman Sachs permitieron a los usuarios aplazar los pagos de abril sin generar intereses, naturalizando el endeudamiento (que no ingreso) de las familias; BlackRock y Microsoft han formado una asociación para que los inversores de medio mundo gestionen sus activos en la plataforma en la nube del segundo.

Pese a que las tecnológicas perdieran la friolera de 400.000 millones de capitalización bursátil en solo día del mes de mayo, la epidemia no ha hecho más que colocarlas en una posición similar a la que tenía algunas instituciones financieras antes del shock: son demasiados grandes para caer. No es sólo que las finanzas dependen de las aplicaciones de las empresas digitales, sino que los Estados deben confiar en sus predicciones futuras, monitorización en tiempo real de los infectados y soluciones sanitarias para hacer frente a la coyuntura.

Del Estado del bienestar al Estado de vigilancia sanitario

La expresión más clara de la culminación del proceso de privatización de la gestión sanitaria es que Apple y Google han adelantado a los Gobiernos anunciando un sistema conjunto para rastrear la propagación del coronavirus, el cual permite a los usuarios compartir datos a través de transmisiones Bluetooth Low Energy (BLE) y otras aplicaciones. A modo de nota: algunas estimaciones señalan que la atención médica está perfilando un mercado de registros electrónicos de salud que tendrá un valor de 38.000 millones en 2025.Como señalan varios investigadores del proyecto Platform Labor, “las plataformas están aprovechando esta crisis de salud pública para convertirse en una infraestructura… [en] utilidades digitales privatizadas que controlan y monetizan flujos de datos críticos.” Desde la logística hasta la supercomputación, las asociaciones público-privadas con las plataformas han comenzado con una fase de experimentación.

De un lado, Deliveroo, JustEat y Uber negocian con el Gobierno británico para la prestación de apoyo a las personas mayores y vulnerables. Por otro lado, según distintas informaciones, las agencias estatales de Estados Unidos han firmado acuerdos con Clearview A.I. y Palantir para usar el reconocimiento facial y la tecnología de minería de datos a fin de rastrear a pacientes infectados, mientras que el gobierno federal confía en el uso de datos geolocalizados proporcionados por Google y Facebook y otras compañías tecnológicas para controlar la propagación del virus. Esta no es una particularidad propia de Estados Unidos, sino de cualquier país que haya experimentado con las políticas neoliberales en las últimas décadas.

Por otro lado, Google, Palantir y Microsoft crearán un tablero COVID-19 para el sistema de salud del Reino Unido. De acuerdo a The Economist, las tres compañías ayudarán al servicio público a recopilar datos de muchas fuentes diferentes y, teóricamente, hacer que sea más fácil decidir dónde aumentar los recursos, determinar quién está en riesgo y dónde levantar las medidas de distanciamiento social. Al mismo tiempo, The Times ha informado de que el brazo tecnológico del servicio de salud brítánico (NHSX) ha trabajado con Google y Facebook para desarrollar una aplicación que permite informar al usuario cuando esté cerca de alguien que haya dado positivo.Podríamos invocar a Foucault para hablar de las técnicas de biopoder para el control de la población, pero no fue otro que Marx quien habló de la rentabilidad como el objetivo ulterior del sistema capitalista. ¿Cómo rige esta el poder de los Estados? La compañía de software de Peter Thiel, quien asesoró a Donald Trump hasta que conquistó la Casa Blanca, espera alcanzar mil millones de dólares en ingresos este año (lo que representaría un crecimiento del 35 por ciento respecto 2019) ofreciendo sus servicios a las autoridades de Francia, Alemania, Austria y Suiza para hacer más eficientes los sistemas de salud. Y, según fuentes gubernamentales consultadas por El País, también ha iniciado conversaciones con las autoridades españolas.

Parece evidente: la austeridad y el techo al gasto público han colocado a todos los gobiernos europeos, sea por ideología o por imposibilidad de cuadrar el balance, en las manos de los gigantes tecnológicos.Ahora contemplamos que la vigilancia no es impulsada por medios democráticos y llevada a cabo por organismos públicos responsables de movilizar e informar a la población, sino que son empresas privadas quienes toman los mandos. El resultado es una suerte de Estado neoliberal que suspende la democracia para entregar el papel de “vigilante nocturno” a empresas como Telefónica, la cual ofrece sus sus herramientas de big data y geolocalización para la lucha contra el Covid-19 en todos sus grandes mercados, desde España a Brasil, pasando por Alemania y Reino Unido.

Lo advirtió el sociólogo fránces Frédéric Lordon en un ensayo: “tan pronto como se cierra el paréntesis [del coronavirus], la destrucción gerencial continuará”. Esta crisis de salud ha legitimado las visiones tecnocráticas de una sociedad en la que los grupos ‘en riesgo’ son etiquetados electrónicamente para que sus movimientos sean trazables y mapeables en todo momento. Desde luego, las personas racializadas, sin hogar y otras poblaciones marginadas como los migrantes conocen la obligación de renunciar a la privacidad y entregar sus datos personal a cambio del acceso a los bienes y servicios básicos que necesitan para mantenerse con vida. A menos que emerja una respuesta socialista coherente y ambiciosa, las jerarquías sociales no sólo se harán más pronunciadas, sino que las tecnologías convertirán en invisibles las desigualdades existentes. ¡Como si nunca antes hubiera existido algo así como una lucha de clases!

Por Ekaitz Cancela

19 abr 2020 06:13

Publicado enSociedad
Viernes, 17 Abril 2020 06:45

La sumisión de las masas

Manifestación el 16 de junio de 2019 en Hong Kong / Foto: Afp, Héctor Retamal

Del auge global de las protestas al silencio de la cuarentena.

 La pandemia le hace sombra a la política, y en todo el mundo la gente se queda en casa. De las protestas masivas de los últimos dos años no queda ni el eco en las calles vacías, y en la reclusión doméstica se decidirá si a la salida nos espera el amansamiento mundial o un futuro diferente.

Hace casi un siglo un ensayista español inició, en el diario El Sol, la publicación de una serie de artículos que, compilada en un libro bajo el título de La rebelión de las masas,dio a José Ortega y Gasset fama perdurable. En la actualidad, la pandemia global de covid-19 ha mostrado, en un par de meses, con qué facilidad se puede confinar a las poblaciones de continentes enteros, bajo el equivalente del estado de sitio, las medidas de seguridad o el toque de queda, como prefiera usted llamarle a eso que le dicen cuarentena. Tras dos años de protestas –por las causas más variopintas– en todo el mundo, las metrópolis están calladas, las calles desiertas, las manifestaciones prohibidas, y miles de millones de humanos permanecen recluidos dócilmente en sus viviendas donde la televisión repite sin pausas las cifras tremendas y crecientes de la pandemia.

A la calle, que ya es hora.

De acuerdo con un informe del Centro para Estudios Estratégicos Internacionales de Washington (Csis, por sus siglas en inglés), “las protestas masivas globales alcanzaron un cenit histórico hacia fines de 2019, al concluir una década en que habían crecido a una tasa anual del 11,5 por ciento, con la mayor concentración de actividad en Oriente Medio y en el norte de África, y la tasa de incremento más rápida en África al sur del Sahara”. El año pasado hubo protestas en Hong Kong y Santiago de Chile, en Haití, Beirut y Barcelona, en Harare, India, Ecuador, Colombia, España, Sudán, Irán y Francia, con manifestaciones antigubernamentales en 114 países, 37 de ellos recorridos por las multitudes airadas en tan sólo los meses finales de 2019.

El Csis recordó que esas protestas –cuya frecuencia y magnitud eclipsaron períodos históricos recientes similares como el del fin de la década de 1960, y el comprendido entre mediados de la de 1990 y comienzos de la de 2000– llevaron a que los jefes de gobierno renunciaran, u ofrecieran hacerlo, en Líbano, Irak, Bolivia, Argelia, Sudán y Malta. Para aplacar el ímpetu y la movilidad de las multitudes, los gobiernos apagaron Internet en India, Pakistán, Siria y Turquía.

“También el tamaño de las protestas en 2019 fue notable”, añadió el informe. “El 16 de junio, casi 2 millones de ciudadanos de los 7,4 millones de Hong Kong marcharon por las calles, y en el clímax de las protestas en Santiago de Chile, el 25 de octubre marcharon 1,2 millones de personas, casi la cuarta parte de la población de la ciudad, de 5,1 millones”, apuntó el Csis.

La ira de las masas no se nutrió tan sólo de lo que, en términos muy laxos, podría llamarse “izquierda”: los populistas autoritarios que han medrado en Europa central y del sudoeste se las arreglaron para sobrevivir a protestas en República Checa, Montenegro, Serbia, Polonia y Hungría. Y tampoco se limitó a las quejas y repudios a los gobiernos: hay que recordar la variedad y extensión de las demostraciones relacionadas con el cambio climático y la protección ambiental. En la última semana de setiembre, más de 6 millones de personas por encima de husos horarios, culturas y generaciones salieron a las calles en todo el mundo exigiendo acciones concretas y rápidas para lidiar con una creciente catástrofe ambiental. Más de 1 millón de personas marcharon por las calles de Italia, con movilizaciones similares en Argentina, Colombia, Brasil, España y Holanda, y en Nueva Zelanda más del 3,5 por ciento de la población se unió a las marchas.

Y, de pronto, la pandemia

Un coronavirus que en tres meses ha infectado a más de 2 millones de personas, y ha causado la muerte de 134 mil –según las cifras oficiales, porque las reales pueden ser bastante más altas– extinguió las protestas callejeras. En un mundo donde el 57 por ciento de los 7.800 millones de humanos vive en ciudades pequeñas, medianas o grandes, cada apartamento, cada casa se ha convertido en una celda donde cada uno vive solo o convive con unos pocos familiares o amigos, encerrados por el temor de siquiera aproximarse a otras personas.

Y las ciudades se han silenciado, el aire se libró de la contaminación de los motores, y en muchas partes del mundo los animales silvestres, que se las han arreglado para sobrevivir, escondidos, en parques y bosques cercanos, se pasean ahora por las anchas avenidas donde los semáforos dan paso u ordenan alto para un tránsito que no existe.

El freno abrupto a la rebelión de las masas tiene un antecedente cercano. En la década de 1990, cuando arremetió impetuoso el cuento de los “tratados de comercio libre”, se inició un movimiento que intentaba frenar la globalización o, al menos, domesticarla. Al frente de las protestas estuvieron los sindicatos –sí, todavía existían los sindicatos– y los estudiantes, y también los empresarios y granjeros que supieron avizorar la destrucción que se aproximaba para las industrias, las agriculturas y las culturas locales. Fue una década de luchas populares contra la versión neoliberal de la Organización Mundial del Comercio, luchas que tuvieron su confrontación emblemática en la batalla de Seattle, en 1999.

Por varios años, el centro de Washington, la capital de Estados Unidos, fue el escenario de protestas en las que iban codo a codo los anarcos vestidos de negro y las religiosas católicas que ayudaban a inmigrantes, los veteranos de las protestas contra la guerra de Vietnam y jovencitas/os de género arcoíris, granjeros sureños blancos y militantes urbanos negros, cristianos, musulmanes, judíos, budistas, carapálidas de ojos azules de la más tradicional aristocracia protestante y morenitos aindiados centroamericanos. Las protestas continuaron y crecieron al iniciarse la nueva década, enriqueciéndose en el discurso que vinculó la globalización con la contaminación ambiental, el uso tóxico de combustibles fósiles y el cambio climático.

Y, de pronto, 11 de setiembre de 2001. Las movilizaciones mundiales contra la globalización se disolvieron en la propaganda gubernamental y en la obsesión social de la “guerra contra el terrorismo”. El enemigo entonces actuaba oculto, de manera solapada, podía estar en cualquier parte. Se aprobaron leyes y se adoptaron prácticas que violaron las normas de las sociedades democráticas. Se encarceló a inocentes, se torturó a sospechosos y se mató a cientos de miles de civiles. Y las masas no protestaron.

El enemigo ahora ataca solapado, puede estar en cada otro ser humano que se nos aproxime, en cualquier parte. Y nos hemos impuesto todos los cortes a nuestra libertad individual que los expertos en salud recomiendan, y los gobiernos aplican, y quedamos absortos, aburridos o espantados frente al televisor que nos repite, incesantemente, los horrores allá, afuera, y la plaga que les cae a quienes no se atienen a las órdenes.

La pausa.

El encierro planetario está teniendo consecuencias económicas, sociales y de salud tanto mental como física. Por ahora, todos estamos más preocupados por conseguir comida, proteger la salud y sobrevivir entre cuatro paredes que por la desmovilización masiva de las campañas políticas, las reivindicaciones laborales, las igualdades de géneros, la defensa de especies amenazadas o la limpieza de los mares.

Pero qué se cuece en las hornallas de hogares sobrehabitados depende tanto del tiempo que esto dure como de los ingredientes que se vayan acumulando. “El vuelco profundo que está operando en mí, y que puede estar operando en ti también, es que no veamos este como un tiempo de cuarentena, sino como el tiempo en la crisálida”, escribió en marzo el gurú motivacional Kirk Souder.

La pandemia de covid-19 ha validado varios de los argumentos con los que tres décadas atrás se levantaban las voces que advertían sobre la globalización. La urbanización acelerada, el incremento en números y distancias de los viajes de enormes cantidades de turistas, los desplazamientos de tropas a miles de quilómetros de su país de origen y los éxodos de refugiados y migrantes han facilitado la propagación rápida de nuevos virus, transmitidos desde los animales que criamos y explotamos en instalaciones industriales para el consumo o que destruimos casi hasta el borde de la extinción.

La interconexión de las industrias por sobre fronteras y continentes y la interdependencia de las redes de distribución de alimentos y otros productos han llevado a una estructura socioeconómica que, además de facilitar la transferencia de riqueza hacia los que ya la tienen, es frágil y vulnerable a fenómenos naturales o pestilencias. La pausa en la que estamos todos atrapados ahora es una bofetada esclarecedora para que consideremos cuánto de lo que consumimos es necesario y cuánto es puro entretenimiento, gasto innecesario, derroche y chiches electrónicos y digitales prescindibles.

La respuesta chambona de la mayoría de los gobiernos, sea cual sea su ideología, consolida la desconfianza hacia las instituciones y dirigentes políticos que dio energía a las protestas de 2019. En el caso particular de Estados Unidos, la respuesta desorganizada e insuficiente del gobierno –sazonada por la torpeza, ignorancia y desvaríos de un presidente que por semanas negó que hubiese un problema– ha clarificado el debate sobre la necesidad de un sistema nacional de salud pública, y la incapacidad de un sistema de salud controlado por empresas privadas. ¿Cómo es posible que en el país más rico del mundo ahora nos enteremos de que hay menos de 1 millón de camas de hospital disponibles para una población de más de 327 millones de personas? ¿Cómo es que en Estados Unidos nadie sabía cuál era el inventario de mascarillas o pulmotores disponibles para encarar una pandemia?

En una referencia a Taiwán, Nueva Zelanda y Alemania, la Cnn notó esta semana que los gobiernos que mejor han respondido a la pandemia están encabezados por mujeres, lo que enriquece la reflexión sobre las aptitudes y calificaciones de más de media humanidad para compartir las responsabilidades.

En un artículo para la revista Jacobin, de Nueva York, Meagan Day escribió que “en los países que están paralizados económicamente, estos tiempos de pandemia son un intervalo breve en una era de inquietud”. “Cuando esto pase, probablemente veremos protestas en una escala que jamás imaginamos”, añadió. “El desempleo en Estados Unidos posiblemente sobrepasará los niveles de la Gran Depresión, y seguramente le seguirá la inestabilidad política. Si la pandemia empieza a causar devastación mayor en África y América del Sur, donde las protestas ya se estaban intensificando a un ritmo jamás visto en la historia humana, esta pandemia actuará como un fósforo en un polvorín.”

Aunque puede esperarse, con cierto grado de certidumbre, que a la pandemia le seguirán tiempos agitados en todo el mundo –y más revueltos cuando llegue la segunda ola de coronavirus–, la incógnita es qué rumbo tomarán las masas. En el miedo medra el autoritarismo, pero en la crisálida también habita la esperanza.

17 abril, 2020

Publicado enInternacional
Revolución 5.0: Táctica y estrategia anarco-comunistas para tiempos de crisis

I.

Se ha escuchado recientemente la hipótesis de que el capitalismo mundial, con la pérdida progresiva de hegemonía estadounidense y el ascenso de China, estaría experimentando una suerte de desweberización en lo que respecta al régimen de producción de sujetos dominante. En otras palabras, nos encontraríamos presenciando la evanescencia del individualismo posesivo, en perpetua competencia y obliterante de su naturaleza eminentemente socio-histórica, para atender al relevo que inauguraría cierto capitalismo de Estado donde se privilegia “lo colectivo”, la población como factor determinante para la buena salud del Capital global. Esta hipótesis pasa por alto que 1) lo que Guattari denominaba “Capitalismo Mundial Integrado” siempre se ha servido tanto de Estados ultraproteccionistas como de Estados ultraliberales, pues la forma-Estado tiene como propósito, justamente, regular de diferentes modos los flujos esquizofrénicos característicos del Capital, y 2) las tecnologías gubernamentales posdisciplinarias no se contentan con producir y numerar individuos concretos en espacios cerrados, sino que regulan amplias masas poblacionales dividualmente, es decir, a través de gradientes, intensidades, etc., (de ahí que las cifras demográficas no sean colecciones de individuos sino “paquetes de información”: calor corporal, imágenes satelitales, niveles de concentración de muertos e infectados, etc.).

II.

No se trata, entonces, de un capitalismo desweberizado que habría descubierto “lo colectivo”, sino del empleo estratégico de tecnologías políticas que mantienen sanas y productivas a determinadas masas poblacionales para que el Capital, en su vorágine desquiciada que solo persigue la valorización ilimitada, no se autodestruya. El dilema, por ende, no es “el mercado o la vida”, ya que ni el mercado ni la vida se deben presuponer, tanto lo uno como lo otro son solo efectos de los modos a través de los cuales se produce y reproduce la existencia. La población (sana o enferma, circulante, concentrada o encerrada, etc.) es constituida en tanto tal por diversos ensamblajes históricos que es preciso entender. Marx afirmaba, por ejemplo, que los cambios poblacionales resultan indisociables del modo de producción y su respectivo uso de las fuerzas productivas. En el capitalismo (inglés, industrial específicamente) la disputa por el aumento del salario oel de la tasa de ganancia obliga a la existencia de un “ejército de reserva” (masa pauperizada, desempleada) que compita entre sí y que atice la competencia entre los mismos trabajadores que logran vender su fuerza de trabajo, lo cual, como plus, impide su organización colectiva en tanto clase explotada. Así, es posible constatar diferentes maneras de gestionar la fuerza de trabajo de acuerdo con la forma-salario y las eventuales crisis capitalistas.

III.

Foucault, como él mismo argumenta, no habría hecho otra cosa sino complementar y complejizar este panorama, inicialmente, a través del análisis de la forma-prisión como figura que posibilita comprender, a su vez, un conjunto de formas de poder que hacen productivos y ordenan/castigan/vigilan/excluyen a los cuerpos de distintos modos: penalización de la “vagancia”, producción del delincuente a través de diversos discursos con pretensiones de cientificidad, gestión de los “ilegalismos” que, en principio, retan al orden del Capital, persecución o aislamiento de enfermos y perversos, etc. Si en Foucault el delincuente es producido por la forma-prisión y luego fetichizado, proyectado como entidad dada que requiere de la prisión para ser corregido, en Marx la pobreza y la lucha por la vida (por el salario) son producidas por el capitalismo y luego fetichizadas como pobreza y lucha naturales o a superar por el propio capitalismo que las ha engendrado. Solo así es concebible que el pensamiento de uno de los grandes referentes de la moderna demografía, Malthus, sea “burgués”. Hoy parece pervivir, incluso a través de los defensores del dilema “el mercado o la vida”, la tesis malthusiana de acuerdo con la cual existe un espontáneo crecimiento (irresponsable, ignorante) de la población que conduce a la lucha por la existencia, pues los medios de subsistencia no se multiplican tan rápido como la misma población y, necesariamente, matemáticamente, dicha correlación conduce a la pobreza y la muerte.

IV.

Los dispositivos disciplinarios clásicos (escuelas, cuarteles, fábricas, hospitales, prisiones, etc.), en tanto espacios de encierro, vigilancia y control sobre el cuerpo, los pensamientos y las acciones, se pudieron constituir aplastando sistemáticamente diversos tipos de resistencias: formas tradicionales y femeninas de cuidado, curación y enseñanza, cacería de brujas, leyes contra la "vagancia", exclusión de la locura, asesinato de luditas, etc. Una vez formalizados los dispositivos se crearon nuevas resistencias que, a su vez, los remodelaron: organizaciones de pacientes, movimientos estudiantiles y de presos, sindicatos y partidos obreros, etc. Así, dichos dispositivos, junto con la burocracia estatal, lo sabemos bien, han sido fuertemente cuestionados por lo menos desde la década del 60 del siglo pasado, aunque en realidad se trata de una tendencia que se extiende al siglo XIX con la consecuente aparición de técnicas gubernamentales orientadas a la regulación de grandes masas poblacionales: entrada en escena de la estadística y la demografía, campañas de higiene, etc. Tales técnicas, que no son meramente disciplinarias, se despliegan sobre espacios abiertos y juegan hoy con cifras (gradientes), cámaras deslocalizadas, dispersión de angustias, chips y tarjetas, fronteras móviles, etc. Se trata de un tránsito de sociedades disciplinarias o de normalización hacia aquello que Deleuze llamó "sociedades de control": de la escuela a la educación virtual, de la fábrica a la empresa y el teletrabajo, de la prisión a los collares electrónicos, etc.

V.

Si la presente pandemia de Covid-19 nos enseña algo es que las técnicas de control, que pueden llegar a ser más invasivas que las disciplinarias, se están implantando aceleradamente bajo la excusa del cuidado del cuerpo político en su totalidad. Quien se oponga a las mismas (por ejemplo, al teletrabajo o a la educación virtual) parece estar oponiéndose a la especie entera, con lo cual la resistencia solo puede ser comprendida como irracional. Pues bien, los nuevos irracionales no queremos el encierro disciplinario, pero tampoco el control a distancia y sin fronteras claras, queremos desplegar relaciones de apoyo mutuo que eviten una vida en crisis permanente, a saber: fin de la hiperexplotación animal, fin del imperio del Capital (sobre la salud, el ambiente, el tiempo, etc.), fin de la exclusión/eliminación de prácticas y saberes comunitarios, fin de jerarquías rancias y autocomplacientes, etc. Esto es tomar realmente la situación actual como tema político y no como mero problema policial, administrativo o gerencial. ¿Acaso dejar las cuestiones relevantes en manos de los managers y generales de siempre ha traído algo bueno?, ¿qué pueden hacer ellos, hombres serios, si no es administrar la muerte y la podredumbre?, ¿cuándo nos daremos cuenta de que nos falta alejarnos de sus ceños fruncidos paternalistas y comportarnos como lúcidos niños que no necesitan padres sin imaginación, amor real ni vitalidad?, ¿cuándo podremos distinguir el amor o el cuidado de la posesión y el control sobre los/as demás y lo demás?

Corolario

La crisis actual nos permite apuntarle a ganar dos batallas tácticas: la conquista de la renta básica universal y la defensa irrestricta del disfrute y acceso gratuito a los bienes comunes (agua, aire, conocimiento, etc.). No obstante, dichas conquistas serán realmente alcanzadas en la medida que aparezcan como parte de una estrategia comunista capaz de interrogar, asimismo, las tecnologías políticas que producen cuerpos y poblaciones, a saber, una estrategia anarco-comunista atenta a la intensificación de las luchas y existencias minoritarias.

Bogotá D.C., abril 13 de 2020

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El espectáculo mediático macabro del coronavirus

Hasta diciembre de 2019 los pueblos del mundo estaban en el proceso de despertar y movilizarse por sus derechos y necesidades; el capitalismo se hundía en otra crisis estructural, ni la estrategia de la guerra 4Gni el chantaje nuclear daban los resultados esperados por el imperialismo Occidental;los capitalismos de Oriente y Occidente se enfrentaban por el dominio de los mercados, las materias primas y posiciones geoestratégicas; la farsa del cambio climático no funcionó, la movilización de la mercancía laboral se complicó –se ahogó en el Mediterraneo- con los neonacionalismos, (racismo y xenofobia) la ingeniería social no dio para atomizar y enfrentar a toda la humanidad, la máquina de imprimir dólares se desbocó tanto como la deuda, mientras la falacia criptomonedera se esconde detrás de la corrupción y los negocios offshore (paraísos fiscales), mientras las bolsas dejaban a los viejos sin futuro y la depresión gringa se mundializaba; hasta que apareció el genio de la lámpara capitalista con su varita biotecnológica cumpliendo el deseo de los amos del mundo: conminar al ganado humano en el panóptico global, en celdas individuales, para poder realizar los cambios que el sistema mundo capitalista necesita para continuar existiendo con otras máscaras.

En esta debacle, a la que nos lanza el capital biotecnológico financiero-farmacéutico dejará muchas bajas, unos muertos y otros deshabilitados, entre los primeros están los adultos mayores y los lesionados por otras pandemias y patologías, metidos en el mismo saco del covid19, los deshabilitados son los millones de pobres y miserables que quedarán en la calle desocupados, en los manicomios, en las cárceles, los quebrados(PIMES) o más endeudados, los que se rebuscan el día a día en las calles; en estos momentos los gobiernos prometen todo tipo de ayudas: reducción de impuestos, de tarifas, pagos de arriendo, mercados, cuando la mayoría de gobiernos han privatizado la salud, la educación, los servicios públicos básicos, las carreteras, hasta la cultura y la política, además de la deuda externa pública y privada, que en la mayoría de países supera su PIB(la deuda mundial supera más de tres veces el PIB mundial). Por otro lado, los Estados continúan rescatando al sector bancario-financiero y a las grandes empresas (quitándoles a los municipios y a las regiones sus presupuestos destinados a las problemáticas sociales como es el caso de Colombia).

Entre los economistas hay una disyuntiva: apoyan el patrón oro, o acaban con el dinero fiat, o sea, salvan la financiarización de la vida, o continúan con los genocidios y la eugenesia para pasar al capitalismo transhumanista, cosa fácil con la mundialización del miedo, que permita imponerla dictadura fascista local-global aceitada con la desinformación mediática-monotemática. Y lo lograron paralizando y callando al mundo; el Banco Mundial, el FMI, el BID, el BCE, las grandes corporaciones financieras, de un momento a otro aparecieron con billones de dólares para prestar a todos los países “enfermos” –excepto Venezuela-.Por arte de magia desaparecieron los conflictos, los terrorismos, los 30.000 niños muertos diariamente por hambres y enfermedades de fácil curación, los miles de muertes diarias por dengue, los cientos de miles de muertos anuales por enfermedades respiratorias diferentes al covid19;los conflictos en Yemen, Irán, Siria, Sudán, el Congo, Venezuela, las migraciones, la expropiación de los recursos naturales y energéticos a los pueblos del sur dejaron de existir.

El espectáculo mediático macabro del coronavirus les sirve a las élites para mostrarse, sea como “infectados” o como filántropos; por todos los medios aparecen estrellas de cine y del deporte, celebridades y directivos estatales y empresariales, felices ostentando su “fortaleza” física y mental para afrontar la “enfermedad”, dando consejos y opinando sobre las cantidades de muertos e infectados.La falsimedia difunde hasta la saturación desinformación y mensajes contradictorios, mientras la solidaridad internacional brilla por su ausencia en Occidente, a excepción de Cuba y Venezuela, que han mandado personal especializado, medicamentos y equipos, junto a Rusia y China, a las egoístas y colonialistas “potencias” europeas que aplican las sanciones comerciales ordenadas por Washington contra esos países que ejercen principios humanitarios.

¿Qué tal si los millones de zombies hambrientos y ciegos, hoy conminados y controlados desde la oscuridad de las cavernas (bunkers) de los financieristas, eugenésicos y colonialistas, nos quitamos las mascarillas de ovejas, nos organizamos, nos miramos a los ojos, nos abrazamos y salimos a destruir todas las fronteras, a detener a esos sicó-sociopatas  –gobernantes y plutócratas nacionales y transnacionales– tomándoles la fría temperatura de sus cerebros y corazones, encerrándolos –en anexos siquiátricos- por el resto de sus díaspara despojarlos de los virus de la avaricia, la atrocidad y la indiferencia, de su morbosa tranquilidad y ufanía?

¿Qué tal si recogiendo nuestra dignidad, les cobramos los miles de millones de niños y niñas abusados, bombardeados, asesinados con los virus del hambre y la pobreza, inutilizados por su sistema mediático-educativo, por no decir de los millones de trabajadores/as esclavizados, de la juventud rebelde torturada y asesinada por reclamar justicia y respeto?

¿Qué tal si les tapamos sus bocas que nos idiotizan y nos expresamos con nuestras propias voces?

¿Qué tal si de una vez les cobramos la gigantesca deuda por sus riquezas materiales y culturales, obtenidas fraudulenta y violentamente en más de 500 años, y distribuimos toda la riqueza del mundo equitativamente –incluyendo medios de producción, productos y los mal llamados servicios?

¿Y si de una, vuelve cada pueblo a producir sus propios alimentos sanos  –devolviéndoles sus tierras a los campesinos empobrecidos y desplazados– si desarrollamos nuestras medicinas y tecnologías, utilizando todo el acumulado científico-tecnológico expropiado a la mayoría de la humanidad?

¿Qué tal si nos autogobernamos a partir de hoy, partiendo del hogar la asamblea y la comunidad local, creando y administrando nuestras propias economías y justicia?

¿Qué tal si hombres y mujeres del pueblo nos confraternizamos y amamos en igualdad y solidaridad dirigiendo nuestras miradas y nuestros pasos hacia la destrucción de nuestros verdaderos y únicos enemigos: el miedo, la ignorancia, el conformismo y las pobrezas, que los sistemas de clases, castas, razas y patriarcales nos han impuesto, entre ellos el capitalismo?

No nos preguntemos qué estarán pensando y haciendo las élites capitalistas, globalizadoras, fascistas y nazis, solo miremos y sintamos en este encierro pánico-pandémico lo que somos y dónde estamos; qué nos falta, qué nos incomoda, qué no nos deja ser, qué debemos y podemos hacer por el presente y el futuro felíz de la humanidad, porque esta situación parece un ensayo más de manipulación que ejercen los poderosos sobre nuestras mentes y cuerpos. Muchos dicen que después de hoy el mundo será otro, lo que necesitamos definir es si será de todo/as y para todo/as con justicia y dignidad, empezando por nuestra propia casa y país.

Marzo 25 de 2020

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Cadena de producción de guantes de vinilo desechables en una fábrica en China.WAN SC / Barcroft Media via Getty Images

La crisis por la Covid-19 augura nuevas reglas en las relaciones comerciales, los hábitos de consumo y en el peso del Estado frente al mercado

El ser humano y los pueblos están atravesados por cicatrices y memoria. Ambos construyen lo que serán y lo que fueron. La hiperinflación de la República de Weimar aún pesa en las políticas alemanas y su austeridad; la Gran Depresión dejó en los estadounidenses un sentido de “no malgastar” (waste not, want not); y la crisis de 2008 y su legado de precariedad e inequidad todavía empobrecen la vida de millones de personas en muchas democracias occidentales. Pero todo desastre es diferente. El crash de 1929 y la II Guerra Mundial definieron las bases del moderno Estado de bienestar, y la epidemia de gripe de 1918 ayudó a crear los sistemas nacionales de salud en muchos países europeos.

Por eso, cada shock económico deja una herencia de recuerdos y heridas. También de cambios. Resulta imposible pensar que esta inimaginable experiencia de mascarillas, distancia social, pérdidas humanas y cancelación de la vida no traerá consecuencias después de que termine la pandemia. Es pronto para saber exactamente cuáles. Cuanto más dure la crisis, mayor será el daño económico y social. Los analistas pueden tardar años e incluso décadas en explicar todas las implicaciones de lo que se vive estos días. Lo paradójico, o no, es que este virus explota las características de la vida que nosotros mismos nos hemos dado. Sobrepoblación, turismo masivo, urbes inmensas, viajes aéreos constantes, cadenas de suministros a miles de kilómetros y una extrema desigualdad en el reparto de la riqueza y en los sistemas de salud públicos.

Todo esto ha dejado expuesta la fragilidad del hombre. Esta ha sido la auténtica placa de Petri de la Covid-19. ¿Qué vendrá cuando pase? “La epidemia aporta una mentalidad de tiempos de guerra, pero una mentalidad que une a todo el planeta en el mismo lado. Los años de guerra son periodos de una gran cohesión interior de los países y de la preocupación por los otros”, reflexiona Robert J. Shiller, premio Nobel de Economía en 2013. Y añade. “Un efecto a largo plazo de esta experiencia podrían ser unas instituciones económicas y políticas más redistributivas: de los ricos hacia los pobres, y con mayor preocupación por los marginados sociales y los ancianos”.

Es una esperanza. Desde luego, la crisis actual no es tan catastrófica como una guerra mundial o la devastación que vivieron nuestros abuelos en la contienda civil, pero sus efectos económicos serán enormes. Carecen de precedentes en tiempos de paz. El suceso más parecido con el que podemos compararla, elcrash financiero de 2008, gestó un cambio intenso en la economía del planeta. Se pasó de un crecimiento relativamente alto y una moderada inflación a otro anémico y con deflación. Pero el mundo nunca más volvió a ser igual al que había sido antes de ese año. “El coronavirus va a provocar una recesión muy superior a la de 2008-2009, ya que la deuda actual de Grecia es del 175,2% de su PIB, y en niveles igual de altos, que rondan el 100% del PIB, andan Italia, Francia y España”, advierte el economista Guillermo de la Dehesa.

Plazos

Desde luego, generará dolor durante bastante tiempo. “Probablemente la mayoría de las economías tardarán entre dos y tres años en regresar a los niveles de producción que tenían antes de la epidemia”, apunta la consultora IHS Markit. Aunque hay otros números más trascendentes. El epidemiólogo de la Universidad de Harvard, Marc Lipsitch, contó en The Wall Street Journal que prevé el contagio de entre el 40% y el 70% de la población adulta en un año.

La verdad económica se rige bajo sus propias leyes de la atracción. Llegan cambios. Las grandes empresas tendrán que repensar dónde y cómo producen. Muchas moléculas se fabrican en China, se refinan en la India y, tras un largo viaje, terminan en las farmacias u hospitales europeos. “Una vez que pase la crisis se vivirá una reindustrialización de Europa y Estados Unidos, debido a los problemas en las cadenas de suministro que están sufriendo en estos momentos muchas compañías”, vaticina César Sánchez-Grande, director de análisis y estrategia de Ahorro Corporación Financiera.

Las empresas se han dado cuenta del peligro que tiene sumar dependencia y lejanía. Pero es cierto que las cadenas de producción nacionales también se paralizan en caso de una pandemia. Da igual. A través del planeta circula una corriente de desenganche. “Incluso antes de la crisis muchas multinacionales con sede en Estados Unidos ya estaban reconsiderando su dependencia de China. Primero por los costes, pero además por la guerra comercial y los aranceles”, relata Karen Harris, directora general de la consultora Bain & Company’s. No es que la globalización se revierta. “Es una realidad que no tiene marcha atrás”, asegura José María Carulla, director del servicio de estudios de la consultora de riesgos Marsh. Pero se fractura. ¿También el capitalismo? Porque su esencia es el movimiento constante de personas y mercancías. Las bases, por cierto, de toda pandemia. ¿Y cómo responderá una generación, sobre todo joven, cuya única vivencia del capitalismo es una crisis? ¿Saldrá a las calles?

Aún es pronto para saberlo. Sin embargo, los paralelos y los meridianos del mundo parece que formarán una trama más fina y menos resistente. La conjunción del Brexit, la epidemia y la guerra comercial entre China y Estados Unidos presagian años complicados para la aldea global. “El bienestar mundial será mucho mayor si los países optan por la cooperación, la ayuda y la solidaridad en momentos de crisis, y por compartir información y avances científicos en lugar de hacerlo por la autarquía o la confrontación”, observa Rafael Doménech, responsable de análisis económico de BBVA Research.

Elecciones en EE UU

Uno de los grandes cambios puede llegar en noviembre de la Casa Blanca. Las crisis no reeligen a los presidentes. Ford perdió contra Carter después de la crisis del petróleo de 1973, Carter perdió contra Reagan en la segunda crisis del crudo de 1979 y Bush perdió frente Clinton tras la invasión de Kuwait. Lo recordaba estos días el economista Nouriel Roubini —­quien predijo el crash de 2008— en la revista Der Spiegel. Estas cicatrices y esta memoria dejan la sensación de que Estados Unidos ya no será el líder del mundo. “Por primera vez en su historia, la primera potencia del planeta ha renunciado a encabezar la lucha sanitaria y económica mientras China responde con una campaña muy agresiva para mejorar su imagen pública”, comenta Federico Steinberg, analista principal del Real Instituto Elcano.

¿Dónde está la fortaleza de las barras y el brillo de las estrellas? “Washington ha fallado el test del liderazgo y el mundo está peor por ello”, se lamenta en Foreing Policy Kori Schake, directora de estudios de política exterior y defensa del American Enterprise Institute. Pero Europa tampoco resulta inmune a esa atracción del egoísmo. La Unión debe proteger a sus 500 millones de habitantes o muchos Gobiernos podrían exigir el retorno de ciertos poderes. Es imposible descartar, lo hemos visto, que los meses venideros traigan un masivo rechazo político. “Dependerá”, puntualiza Kathryn Judge, profesora en la Escuela de Leyes de la Universidad de Columbia, “de hasta qué punto el precio es alto en términos de sufrimiento humano, vidas perdidas y el inevitable destrozo económico [el centro de estudios Brookings Institution habla de un coste global de 2,3 billones de dólares] que llegará. Porque el auge del populismo que barrió el planeta después de 2008 revela de qué manera tan profunda la indignación pública puede cambiar el mundo”.

La historia advierte de que los desastres incendian la xenofobia y el racismo. Y cada vez resulta más común encontrar avisos de esa fractura. Incluso en el Viejo Continente ya prospera el relato del “norte industrioso” y el “sur vago”. Especialmente por la dificultad que muestra Europa para organizar una respuesta coordinada. “La pandemia está evidenciando, una vez más, la disfunción del euro, que coloca a los países miembros en una camisa de fuerza macroeconómica. A menos que la Unión Europea pueda reunir la voluntad de convertirse en una verdadera unión fiscal y política, la zona euro comenzará a separarse”, predice Paul Sheard, experto principal del Centro de Negocios y Gobierno Mossavar-Rahmani en la Escuela Kennedy de la Universidad de Harvard.

Sistemas de salud

Proliferan estas semanas infinidad de intérpretes de la tragedia, adivinadores del drama, quiromantes del descontento e incluso quien también, como el político demócrata estadounidense Bernie Sanders, es capaz de revelarlo todo en seis palabras. “Healthcare is a basic human right”. “El sistema de salud es un derecho fundamental del ser humano”. Este es un legado del virus. Existen muchos otros. Más trabajo desde casa, auge de los pagos electrónicos, mayores controles en las fronteras, seguros caros y complejos, educación y medicina a distancia, y menos viajes transoceánicos y convenciones. “Tenemos que pensar cómo hacemos más eficiente el sistema de salud, porque al hacerlo se vuelve más económico, viable y universal”, propone Carsten Menke, responsable de next generation research del banco privado Julius Baer. Su narrativa incluye telemedicina, monitorización del paciente en casa después de una cirugía o medicinas personalizadas que eviten el despilfarro de medicamentos.

Nada muy revolucionario, todo muy urgente. Porque la novedad es que la higiene crece como prioridad en las agendas de empresas y Gobiernos. Singapur ya está planeando unas normas de limpieza obligatorias. Reglas más estrictas pueden impulsar las compras online de una forma similar a como la epidemia del síndrome respiratorio agudo grave (SARS, por sus siglas en inglés) de 2003 provocó que la gente evitara los centros comerciales.

Los Gobiernos van a gastar más en cuidar la salud de sus ciudadanos y eludir los enormes costes de las pandemias. Solo el SARS restó —acorde con la Universidad Nacional de Australia— 40.000 millones de dólares de la economía del planeta. “Para mí es una llamada de atención, ya que la Covid-19 no es tan mortal como el ébola. Las Administraciones, al menos eso espero, se organizarán y estarán preparadas para el próximo”, estima Gael Combes, analista de la gestora Unigestion. Y avanza. “En un sentido más económico es poco probable que cambie nuestro deseo de consumir y viajar. Quizá los grandes cruceros no estén de moda por un tiempo, pero la gente no renunciará, si puede pagárselo, a un largo fin de semana en Barcelona”.

Esa misma fe en la recuperación del consumo es la que demuestra Daniel Galván, director de GBS Finance. “Repuntará con fuerza a medida que se normalice la situación”. Veremos. Porque el hombre utiliza la “costumbre” como un parapeto frente a la noche más oscura. El ser humano busca refugios en las tormentas. “Vamos a estar más pendientes de lo nuestro, de lo público y de lo que nos protege, y crecerá el porcentaje de ciudadanos partidarios de aumentar (aunque tengan que pagar más impuestos) el gasto público en sanidad”, estima Carlos Cruzado, presidente de Gestha, el sindicato de los técnicos de Hacienda.

Enorme gasto público

Nadie quiere regresar a un nuevo periodo de austeridad como el que dejó la crisis de la deuda soberana de 2011. Pues la trama estos días resulta similar. Un enorme gasto público y la caída de los ingresos tributarios. “Si la crisis termina impactando de manera asimétrica en Europa, menos en el norte y más en el sur, porque los norteños han tenido más tiempo para prepararse y cortado la cadena internacional de suministros sanitarios dando prioridad a su autoabastecimiento, volverá a imponerse el calvinismo: ‘Los pecadores merecen pagar por sus pecados”, critica Carlos Martín, responsable del gabinete económico de CC OO. “Esta moral ya se impuso durante la anterior crisis: los sureños se lo han gastado en ‘mujeres y vino’ [como espetó en 2017 Jeroen Dijssel­bloem, entonces ministro de Finanzas holandés]. Y lo más chocante es que algunos Gobiernos del sur compraron esta reprobación: ‘Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”.

Ahora podrían razonar igual: los sureños nos quieren trasladar, nuevamente, el coste de su incapacidad y desorganización. Sin embargo, la economía tras el coronavirus trae, en principio, el requisito de la solidaridad. Resulta evidente que las medidas fiscales lanzadas por el Ejecutivo para frenar la pandemia dejarán un legado de mayor déficit y deuda pública. “Estos aumentos deben financiarse a muy largo plazo, incluso décadas. Con cualquiera de las soluciones por la que se termine optando (emisión de deuda pública nacional, coronabonos europeos u otras), el BCE tendrá un gran protagonismo en la financiación en los mercados secundarios de deuda”, cuenta Rafael Doménech.

De momento, la pandemia vive en el presente. Acertar con el futuro de la economía suena complejo. Porque nadie sabe cuál será su peaje humano ni económico final. Aunque siempre hay optimistas. “Creo que la mayoría de los negocios, y desde luego los gigantes estadounidenses y de otros países, no fracasarán en el regreso a su actividad empresarial [una vez pase la crisis]”, observa en la agencia Bloomberg Edmund Phelps, premio Nobel de Economía. Por esos mismos pasillos resuenan otros tonos. “Superaremos esto y estaremos mejor dentro de 24 meses”, calcula, en una nota, Rob Lovelace, vicepresidente de la gestora Capital Group. Pero dos años es una espera inimaginable en millones de hogares. Aunque entonces, quizá, algunas percepciones deberían haber cambiado para siempre. El precepto de “seguridad nacional” incluirá la redistribución de la riqueza, una fiscalidad más justa y reforzar el Estado de bienestar. También la sociedad deberá apreciar el valor de oficios hasta ahora orillados. Niñeras, asistentes sociales, limpiadores del hogar, cuidadores de ancianos. Algunas de las contribuciones más infravaloradas reclamarán una consideración muy distinta. Tal vez el nuevo tiempo proponga la enseñanza de que los profesores y las enfermeras son mucho más valiosos que los banqueros de inversión y los gestores de fondos especulativos.

Una de esas voces llenas de dinero es la de Larry Fink. La persona más poderosa de los mercados. Administra unos siete billones de dólares a través de BlackRock, la mayor gestora de fondos del planeta. Confinado en su casa, ha escrito una carta de 11 páginas a sus clientes, accionistas y trabajadores. Defiende —claro— el brillo del capital. “Existen enormes oportunidades en el mercado”, apunta. E imagina un futuro diferente. “Cuando salgamos de la crisis, el mundo será distinto. La psicología del inversor cambiará. Los negocios cambiarán. El consumo cambiará”. Quizá la gente evitará los lugares concurridos como conciertos y restaurantes. “Entonces, ¿solo sobrevivirán las grandes cadenas y los pedidos online?”, se cuestiona Giles Alston, experto de Oxford Analytica. Parece improbable. Pero las camisetas llevarán estampadas la palabra “resiliencia” y en sus etiquetas se debería leer fabricado en “decencia”, “generosidad”, “honestidad”, “belleza”, “coraje”.

Poco a poco, el futuro económico se filtra al igual que la luz a través de una grieta. “Las políticas monetarias perpetúan el tipo del dinero alrededor del cero porque la inflación ha dejado de ser un problema”, prevé Roberto Scholtes, director de estrategia de UBS. La economía tendrá que responder a nuevas exigencias sociales. Políticas fiscales más expansivas, mayor presión por redistribuir la riqueza y habrá que diseñar partidas de gastos extraordinarias frente a nuevas epidemias o la crisis climática.

“Las grandes crisis económicas de la historia desde la II Guerra Mundial han ocurrido con talento político cuestionable en las superpotencias”, recuerda Emilio Ontiveros, presidente de Analistas Financieros Internacionales (AFI). Y avanza. “Llega una cuarta fase de la globalización y necesitamos una mayor coordinación multilateral. El BID, la Reserva Federal, el G20 y el Eurogrupo tienen que actuar con mayor ambición. Porque, de lo contrario, nos cargaremos el ahorro de la gente, las pensiones, el bienestar. Y la sociedad y la economía saldrán más empobrecidas tras la crisis”. Urge una renta básica o cualquier sistema de distribución similar que dé protección a la gente en tiempos de emergencia y también de calma. Sobre todo después del inevitable aumento del paro que dejará el fin del enclaustramiento económico. UBS estima una destrucción (temporal) de dos millones de empleos en España, y Goldman Sachs cree que el PIB del mundo caerá un 1% este año.

En ese momento, la psicología del inversor, atrapada en la paradoja, será a la vez igual y distinta. “Como en otras situaciones que combinan incertidumbre y elevada volatilidad, existe un gran apetito por la liquidez y la posibilidad de que los ahorradores opten por depósitos frente a otras inversiones”, sostiene Francisco Uría, socio responsable del sector financiero de KPMG. Pero la nueva línea del horizonte la dibujarán los fondos cotizados (ETF) y la sostenibilidad en las carteras. ¿Y qué será del sector inmobiliario, que también ha creado burbujas, contradiciendo al poeta, nada ingrávidas ni sutiles? Mirará a la tecnología. Las inmobiliarias se volverán digitales. Hasta donde resulta posible. Nadie compra una casa sin verla físicamente. “Pero en el corto plazo, el impacto es duro. La gente debe solucionar primero otros problemas inmediatos, luego volverá a comprar viviendas”, vaticina Carlos Smerdou, consejero delegado de Foro Consultores Inmobiliarios.

Emergencia climática

Porque en este fundido a negro de la Tierra, solo la emergencia climática y la naturaleza parecen beneficiarse. El respiro que le hemos dado a la atmósfera es la única luz blanca que cae sobre una oscura pandemia. En China, donde la polución causa más de 1,6 millones de muertes prematuras, el confinamiento, acorde con el científico de la Universidad de Stanford Marshall Burke, ha salvado al menos la vida de 1.400 niños menores de 5 años y 51.700 adultos de más de 70 años.

Hemos cambiado nuestra existencia y nuestra forma de trabajar en un aliento. ¿No podemos en otro modificar la manera en la que habitamos el planeta? “Las elecciones que hagan hoy los bancos centrales, los Gobiernos y las instituciones financieras moldearán nuestras sociedades los años venideros. Es tiempo de movilizar recursos para poner la salud y el trabajo de las personas primero. Por eso, las Administraciones deben invertir en alejar nuestras economías de la dependencia de los combustibles fósiles y el crecimiento infinito que continúa alimentando el desastre”, reclama May Boeve, directora de la ONG 350.org.

“Vamos a una recesión no vista desde la Gran Depresión”

Kenneth Rogoff, economista y profesor en Harvard, cree que el vigor de la salida de la crisis depende de la respuesta sanitaria.

Rogoff, uno de los grandes economistas del siglo XXI, tiene el prestigio de no escribir renglones torcidos. En 2009 publicó, junto a su colega en el centro estadounidense Carmen Reinhart un libro cuyo título es una reimpresión de los días que transitamos. This is Different: Eight Centuries of Financial Folly (Esta vez es distinto: ocho siglos de necedad financiera). Hoy, mientras conversa con EL PAÍS a través de un cuestionario enviado por correo electrónico, esa frase pesa igual que un cielo de plomo. “El impacto potencial en la política económica resulta profundo. Pero puede ir en diferentes direcciones”, sostiene Rogoff. “¿Se verá el sistema autoritario de China como una solución a la crisis o la causa? ¿El inepto manejo de la pandemia por parte de Estados Unidos, tanto en sus primeras etapas (falta de pruebas) como en sus últimas (carencia de una política nacional unificada), señalará el comienzo del fin del dominio estadounidense o, en última instancia, mostrará la creatividad y la resiliencia del país y del dólar? Va a hacer falta mucha fortaleza.

Los meses acuden descontando un calendario de días desolados. “Parece que nos dirigimos a una profunda recesión global, con un calado no visto desde la Gran Depresión”, prevé el economista. “Esperemos que sea mucho más corta. Aunque la rapidez de la salida dependerá de cómo se desarrolle el virus y la respuesta del sistema sanitario. Pero, incluso en el mejor de los casos, la situación es terrible para los mercados emergentes. Antes de la crisis ya tenían una deuda externa altísima [entre hoy y el final del próximo año, los países en desarrollo deben afrontar, según la ONU, el repago de 2,7 billones de dólares en deuda] y un crecimiento a la baja. Esto provocará el colapso de muchas naciones. Carmen Reinhart y yo proponemos una moratoria del pago a los países más afectados”, argumenta Rogoff.

Por Miguel Ángel García Vega

Madrid - 12 abr 2020 - 06:00 COT

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Un hombre empuja un carrito frente a la Bolsa de Comercio de Nueva York.    ________________________________________ Imagen: AFP

16,6 millones de personas pidieron el subsidio por desempleo

Sólo durante la semana pasada 6,6 millones de personas solicitaron el subsidio. Estudios encargados por el Congreso estiman que el desempleo podría escalar al 12 por ciento y que la economía entrará en recesión. 

Unas 16,6 millones de personas perdieron su trabajo en Estados Unidos desde que el gobierno endureció las medidas para enfrentar el coronavirus. El dato surge de la cantidad de subsidios por desempleo solicitados al Estado en los últimos 21 días. Sólo durante la semana pasada 6,6 millones de personas solicitaron el subsidio. Estudios apartidarios encargados por el Congreso estiman que el desempleo podría escalar hasta el 12 por ciento al final del segundo trimestre del año, y que la economía entrará en recesión. En paralelo, el país alcanzó los 450,525 casos positivos de Covid-19, en tanto que el número de muertos escaló a 15.896. Nueva York, la ciudad más afectada , tuvo un nuevo récord de muertes. Sin embargo cayó el número de personas hospitalizadas.

Números impensados

La cifra semanal de peticiones del subsidio de desempleo fue levente menor que los 6,867 millones de la semana anterior, según anunció el Departamento de Trabajo. Este número sin precedentes en la historia de Estados Unidos superó las expectativas de los analistas, que habían calculado la pérdida de unos 5,5 millones de puestos de trabajo. El promedio de solicitudes tomando las últimas cuatro semanas, subió al nivel de 4,2 millones. En la semana que concluyó el 28 de marzo 7,4 millones de personas estaban recibiendo prestaciones por desempleo, cuando la anterior sólo 4,4 millones lo estaban cobraron.

Sin embargo, el dato sobre las solicitudes por desempleo no refleja toda la realidad del mercado laboral. Los trabajadores independientes e informales, que no pueden acceder a estos beneficios bajo las reglas vigentes, se queda por fuera de los registros oficiales. Con casi el 75 por ciento de la población estadounidense confinada en sus hogares, los analistas esperan que continúen aumentando las solicitudes. La perspectiva es que pasen meses antes de que se reanuden las actividades económicas normales. La semana pasada el Gobierno informó de un salto del índice de desempleo al 4,4 por ciento en marzo, respecto al 3,5 de febrero. Los datos son peores para los hispanos, con un índice de desempleo del 6 por ciento, en tanto que para los afroamericanos la cifra llega al 6,7 por ciento. Las filas de los desempleados parecen haber crecido más que el récord anterior de 15,3 millones de desocupados durante la recesión de 2007-2009.

Intervención del Banco Central (Fed)

A poco de conocerse la actualización del número de desocupados, la Reserva Federal (Fed) anunció un nuevo programa de préstamos. El mismo contempla otorgar 2.300 millones de dólares para respaldar a las pequeñas y medianas empresas, y a los gobiernos estatales y locales. Los préstamos irán destinados a empresas con hasta 10.000 empleados y menos de 2.500 millones de ingresos en 2019. Además, permitirán el aplazamiento de los pagos de intereses y de capital por un año. Otros 500.000 millones de dólares se destinarán a respaldar las maltrechas finanzas de los gobierno locales y estatales.

En la primera semana de abril, las solicitudes del seguro de paro alcanzaron números sin precedentes en California, Georgia, Michigan y Nueva York. California, el mayor estado del país, recibió en las últimas tres semanas más de 2,5 millones de pedidos de ayudas por desempleo. Pero las cifras reales podrían ser aún más altas dado que varios estados tuvieron dificultades para procesar los trámites. También se habían rechazado temporalmente las solicitudes de trabajadores que no hubieran reunido los requisitos para recibir el subsidio bajo las reglas vigentes antes de la emergencia.

Para contrarrestar los efectos de esta pandemia, hace algunas semanas el Congreso aprobó, y el presidente Donald Trump promulgó, el mayor paquete de estímulo fiscal de la historia, por valor de más de dos billones de dólares. Esto incluyó la ampliación de la cobertura por desempleo que llegará por primera vez a varios sectores, entre ellos los conductores de vehículos para Uber y otras empresas similares. Asimismo, incluye la transferencia directa de efectivo a los hogares, así como fondos multimillonarios para subsidiar a las pequeñas y medianas empresas.

Nueva York sigue dando la pelea

La cifra de muertos por covid-19 continúa subiendo en el estado de Nueva York que en las últimas 24 horas alcanzó un nuevo récord de 799 muertos. Desde mediados de marzo un total de 7.067 personas perdieron la vida por el coronavirus y llegan a más de 160 mil los infectados en todo el Estado. El gobernador demócrata, Andrew Cuomo recordó que durante los atentados terroristas del 11 de septiembre murieron 2.753 neoyorquinos. Solo en la ciudad de Nueva York se registraron 4.571 muertes por el virus, según cifras de la Universidad Johns Hopkins. La mayoría de ellos son inmigrantes hispanos y personas negras, las más pobres y vulnerables, según las autoridades.

Pero hay también señales alentadoras. En el último día solo 200 nuevos pacientes con coronavirus fueron ingresados en hospitales, lo cual eleva el total de personas internadas a unas 18.000, informó el gobernador. "Este es el menor número que hemos tenido desde que empezó esta pesadilla", sostuvo Cuomo. La admisión en cuidados intensivos también está bajando, y en las últimas 24 horas 84 personas fueron ingresadas. "No podemos asumir que porque estamos viendo algunas señales positivas esto acabará pronto o que no habrán olas adicionales", alertó el gobernador demócrata. Estados Unidos es el país del mundo con más casos de coronavirus, superando a Italia y España juntos.

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Francia prevé una fuerte caída de la economía

Calculan que el PIB se contraiga el 6 por ciento a lo largo de 2020

La calamitosa cifra de muertos alcanza los 12.210, 424 en un día. La cuarentena no se terminará el 15 de abril como estaba previsto

 

Detrás de la puerta espera otra calamidad. La primera, la de la pandemia, sigue cada día con su metrónomo devorador de vidas humanas. 424 personas murieron en las últimas 24 horas en Francia para un total de 12.210 fallecidos. Con subas y bajas irregulares de los porcentajes de personas infectadas, el confinamiento decretado el pasado 17 de marzo por el gobierno del primer ministro Edouard Philippe y prolongado luego por dos semanas más no terminará el 15 de abril, sino que será prolongado. 

Recién el lunes próximo se conocerá la regulación de esta extensión. El presidente francés, Emmanuel Macron, se dirigirá por tercera vez a la nación para exponer las próximas medidas y, seguramente, ahondar más en la incierta perspectiva del futuro. Esa es la otra puerta. El gobierno francés prevé una caída del 6 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) a lo largo de 2020 y ya admitió que el país ingresó en la zona de recesión.    

El plan de urgencia inicialmente previsto para apaciguar la crisis se multiplicó ahora en más del doble: pasó de los 45 millones de euros iniciales a 100 mil millones de euros. El Banco de Francia calculó que por cada quincena de confinamiento se perdía un PIB equivalente al 1,5 por ciento. François Villeroy de Galhau, el gobernador del Banco de Francia, apuntó que este es el dato más nefasto que afecta al PIB desde la II Guerra Mundial. 

Desde hace ya un par de semanas, cada hogar puede constatar lo que significan esas cifras. A partir del 12 de marzo hasta ahora, 5,8 millones de personas se encuentran en desempleo parcial, lo que equivale a una de cuatro personas que trabajan en el sector privado. Por cada trimestre en esta situación, el Estado interviene con un costo de cerca de 20 mil millones de euros. Tampoco hay en el vecindario geográfico una locomotora a la cual engancharse, ni una Europa Unida. 

Alemania, la primera economía de la zona euro (Francia es la segunda) también va por el mismo camino con pronósticos que cifran en un 4,2 por ciento el descenso del PIB alemán. Sólo durante el segundo trimestre, el principal socio de Francia perderá 9,8 por ciento del PIB. No existe por el momento ninguna visibilidad. Como todos los países del mundo, los dirigentes franceses navegan en varias temporalidades distintas: la gestión sanitaria e inmediata de la pandemia, las medidas urgentes de cara a la crisis económica que ello acarrea y el trazado de alguna línea para el futuro. Como todo está supeditado a la contabilidad diaria de la pandemia, ver a largo plazo es una ficción. El ministro francés de Economía, Olivier Véran, anticipó incluso que aún no se ha llegado “a la cima de la pandemia”.

En términos tajantes, los ministerios concernidos por la crisis derivada del coronavirus estiman que la mitad de la economía está parada. El Instituto Nacional de estadísticas y estudios económicos (Insee) da pruebas de la misma perplejidad. La humanidad se confronta también a dos temporalidades: la diaria, con el aislamiento social, y el “qué vendrá después”. Hay una variable que complica las conjeturas sobre el hipotético fin de la crisis: ¿cómo reaccionarán los consumidores ?. ¿Se volcarán, al igual que antes de marzo 2020, al consumo masivo o el susto y la reflexión que hayan sacado de esta pandemia los incitarán a la prudencia ?. Julien Pouget, jefe del departamento coyuntura del Insee, prevé que “la recuperación de las costumbres de consumo no serán instantáneas”. Todos los sectores del consumo han sido castigados. El consumo alimentario, por ejemplo, pese a que antes del confinamiento hubo un alza importante cuando la gente invadió los supermercados, ahora ha perdido el 35 por ciento de su actividad. El transporte terrestre retrocedió en un 64% y el aéreo en un 94 por ciento. 

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Tres reflexiones que ha generado el Covid-19

En las últimas semanas hemos podido vivir en carne propia gran parte de los conceptos que trabajó el pensador francés Michel Foucault, el poder pastoral, el control social, la enfermedad, la vigilancia a ultranza, conceptos que se han materializado de forma tan rápida que no se ha tenido la posibilidad de reflexionar con respecto al origen y la necesidad de cambio en las estructuras de poder que genera la situación global de emergencia en la que estamos; es por ello que a continuación pretendo abordar tres puntos en los que propongo centremos la mirada de cara a un futuro incierto.

En primer lugar, se ha confirmado la finitud del planeta. Una mariposa ha aleteado en China y aquel movimiento ya impactó el globo en su totalidad, la integración, resultado de la globalización, demostró una de las muchas debilidades que tiene el sistema social y económico que domina el planeta, así, la probabilidad de expansión de una problemática local aumentó gracias a un modelo que busca hacer del mundo un lugar más pequeño. El azar determinó el comienzo de un virus, el cuál obligaba a detener rápidamente el libre movimiento de los individuos y las mercancías, sin embargo, en el actual sistema mundo la economía está sobre la vida, perspectiva que posibilitó la expansión del COVID-19 hasta el límite del control humano, las cifras de infectados y muertos comenzaron a aumentar de forma vertiginosa, primero en Wuhan, donde se comienzan a tomar decisiones el 1 de enero de 2020, posteriormente el 13 de enero reportan el primer caso en Tailandia, el 16 de enero llega a Japón, el 21 de enero llega a Estados Unidos y el 24 de enero se reportan los primeros casos en diversos países de Europa, en este punto el virus había superado el límite del control humano, impulsando al mismo tiempo la que podría ser la mayor recesión en la historia moderna, pues la única posibilidad de control se encuentra en paralizar el reino del libre mercado.

En tal sentido y tal como lo menciona David Harvey en su artículo “Política anticapitalista en tiempos de coronavirus”, el capitalismo sufre el mayor de los golpes, pues el control social se transforma en la detención del llamado desarrollo económico, poniendo a un lado aquella creencia absoluta en el avance económico como señal total de un cambio positivo de la sociedad, lo que se transforma en un mero sofisma que ha posibilitado la expansión de una problemática que pudo tener una solución local pero gracias a las dinámicas económicas globales se transformó rápidamente en una problemática mundial; el flujo de capital es fundamental para la estabilidad de cada uno de los Estados del planeta, la pausa total de dicha dinámica no sólo aflige al ciudadano de a pie que debe mantenerse en su casa, también preocupa profundamente al empresario que ha de ver como su capital acumulado se ve reducido lentamente en cuanto los costos son mayores a la venta de sus mercancías y los presidentes que ven como todo el sistema de salud debe ser estatalizado rápidamente; en definitiva, la relación entre las dinámicas sociales, políticas y económicas se entrecruzan a tal punto que posibilita la materialización de la teoría del caos.

En segundo lugar, se encuentra la sensación de soledad extrema que está generando el aislamiento social, un punto que no debe perderse en medio del sensacionalismo del momento. La sociedad contemporánea, gracias al desarrollo del capitalismo y el consumismo salvaje, se encontraba en un punto en el que se habían resignificado los espacios de socialización, al tiempo que el consumo y el universo virtual parecían haberse convertido en un relevante espacio para el desarrollo de las relaciones humanas, sin embargo en medio del actual confinamiento, aún cuando es posible consumir y acceder al universo virtual, el contacto social real comienza a ser mucho más valorado lográndose notar la importante necesidad que dichas relaciones humanas tiene para la estabilidad emocional del ser; así, en medio de dicha necesidad, se ha observado la posibilidad de realizar fiestas en los balcones, tal como lo han hecho en Italia y España, o compartir de manera real ciertos momentos en medio de la soledad sin importar que existan muros o calles que no permiten una relación cercana, siendo todo ello una señal de lo importante que es el contacto para los seres humanos, demostrando, adicionalmente, lo extraño que sería limitar nuestras relaciones humanas a la mera virtualidad, tal como se preveía podría ocurrir en medio de la pandemia.

Así pues, la soledad se convierte en el diario vivir en medio de la crisis sanitaria, la cercanía del peligro que existe en las calles y la imposibilidad de poder compartir con otros comienza a hacer mella en las personas y tal como lo menciona Fay Bound Alberti en su artículo “Autoaislamiento por coronavirus: cómo la soledad es en realidad un concepto sorprendentemente moderno”, esta sensación es nueva, pues la soledad se había convertido en un castigo y una manera de tener alejado al enfermo, al criminal y al loco, tal como también lo expresaría Michel Foucault en su obra “Vigilar y Castigar”, así pues, la necesidad de salir, de conversar con otros, de compartir la existencia de una manera mucho más cercana ha logrado demostrar el valor real de lo humano, resignificando aquello que representa la socialización y devaluando la artificialidad a la que se había confinado la sociedad durante tantos años de capitalismo salvaje, por ello, pensar en la configuración de una nueva sociedad, una realmente humana, que logre valorar lo que significa la palabra amistad, familia y pareja, dejando de lado la mercantilización virtual de una realidad no real en el mundo virtual. En definitiva, la soledad del aislamiento social ha logrado sacar a la luz las verdaderas necesidades humanas, la importancia que tiene el contacto y lo fundamental que es para los miembros de la sociedad el compartir con otros.

En tercer lugar, y para dar fin al presente texto, es realmente interesante observar la capacidad que ha tenido el Estado para controlar a su población, aún en medio de un contexto tan álgido como lo era el conformado por las diferentes protestas y revueltas sociales que se estaban presentando en todo el globo antes del comienzo de la crisis sanitaria, y con esto no pienso en teorías conspirativas, al contrario, se trata de comprender la gran complejidad que significaba controlar a una población en medio de una posible necesidad de revelarse abiertamente contra el sistema económico, político y social actual; allí podríamos pensar en lo realmente importante que es el discurso médico para la sociedad moderna, pues es en aquél constructo en donde se encuentra la argumentación que fractura de forma absoluta la protesta social en todo el planeta, inclusive en Chile, en donde parecían imparables tales procesos, todo llegó a su fin, el COVID-19 le ganó la batalla a la protesta y le dio la posibilidad al Estado para controlar y más aún, aislar a sus habitantes fracturando cualquier posibilidad de organización.

Si bien es importante comprender la realidad y las acciones que requiere una situación sanitaria como la que se vive actualmente, también otorga la posibilidad de analizar la realidad social y política que rodea el globo, dado que el control social emerge como posibilidad para enfrentar el virus, al tiempo que pausa cualquier tipo de posibilidad de un cambio en las estructuras del Estado, ya que un gran número de los gobernantes ha determinado establecer un “estado de excepción”, elemento legal a través del cual el gobierno puede tener el control absoluto tanto de la movilidad individual como de los medios de producción, cuestión que debería observarse como una afrenta hacia cualquier idea democrática se percibe como la solución a la problemática sanitaria, pero, ¿realmente será este el único camino para generar un control social?¿El Estado ha de convertirse en un ente omnipresente? O, por el contrario, ¿la sociedad será el actor encargado de mantener el autocontrol de la dinámica social sin la necesidad de determinar por “ley” dicho manejo?

En definitiva, estos son tres elementos que invito a reflexionar de cara a la situación que ha generado el COVID-19 en las diversas dinámicas sociales, en nuestro diario vivir, hecho que marcará la historia y que determinará de forma radical la forma en que la sociedad se ha de desarrollar en el futuro.

Por Juan Sebastian Sabogal Parra, docente de Ciencias Sociales y candidato a magister en Educación en la Universidad Externado de Colombia. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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Lunes, 06 Abril 2020 06:18

Pandemia neoliberal

Camiones de refrigeración que se utilizan como depósito temporal de cadáveres quedaron estacionados ayer afuera del hospital Bellevue, en Nueva York.Foto Afp

Ya sabemos que no tenía que ser así, que este desastre no tenía que tener estas dimensiones, que la ciudad de todos en el mundo, Nueva York, no tenía que estar sobre las rodillas gravemente herida, con lágrimas y llanto en sus más de 200 idiomas, que todo Estados Unidos no tenía que estar bajo sitio, con los más pobres y desprotegidos sufriendo las peores consecuencias, como siempre. No tenía que ser así.

Trump "tiene sangre en sus manos", concluyó el Boston Globe en su editorial la semana pasada, argumentando –al igual que un coro cada vez más amplio de expertos, investigadores, doctores y líderes sociales– que gran parte del impacto de la pandemia en este país "era prevenible" y que vale recordar que "el alcance del virus aquí no es atribuible a un acto de Dios o una invasión extranjera, sino un fracaso colosal de liderazgo". (https://www.bostonglobe.com/2020/ 03/30/opinion/president-unfit-pandemic/).

Pero la culpa no es sólo de Trump. Se sabía en lo más alto desde hace años que este y otros países estaban en riesgo de exactamente algo así (las agencias de salud pública desde la previa amenaza de un coronavirus en 2004, el Pentágono había pronosticado precisamente algo así desde 2017, entre otras) y no se hizo lo necesario. El fracaso es bipartidista; no son sólo los Reagan y los Bush, sino los Clinton y los Obama quienes prepararon el camino para llegar a esto hoy día.

Y aunque se contaba desde hace años con el conocimiento y los pronósticos científicos sobre lo que ahora está sucediendo, "la patología del orden socioeconómico contemporáneo" impidió que se hiciera algo, por la sencilla razón de que "no hay ganancias en prevenir una catástrofe en el futuro", comentó Noam Chomsky hace unos días. En entrevista con Truthout subrayó que para superar esta crisis primero se tiene que entender que "Trump llegó al poder en una sociedad enferma, afligida por 40 años de neoliberalismo", el cual incluye un sistema de salud privatizado.

Ahora todos estamos amenazados, con amigos y familiares enfermos o que han fallecido, con colegas en el sector de salud agotados y devastados por lo que están viviendo bajo condiciones injustificables en el país más rico del mundo, resultado del desmantelamiento del sistema de salud y su subordinación al libre mercado. Ni hablar de la clausura de la economía más grande del mundo con millones de desempleados y la anulación de la vida cotidiana, incluyendo escuelas y centros de trabajo, toda la cultura y el deporte. Y no tenía que ser así.

Con las consecuencias del Covid-19 queda claro que lo que existe no es sustentable, casi de la misma manera en que con el cambio climático. Guste o no, como resultado de esta pandemia empezó un cambio, tal vez estructural. Qué tipo de cambio será depende, como siempre, de una lucha entre los que desean "regresar" a otra versión de más de lo mismo y los que argumentan que ya no se debe restablecer lo que antes se definía como "normal", porque ese "normal" era justo el problema.

Es un virus, pero al mismo tiempo es una enfermedad que podría llamarse la pandemia neoliberal. Además de su feroz y temible expresión física de salud, tal vez esta crisis social, económica y política también está produciendo los anticuerpos requeridos para salvarnos de la infección neoliberal.

“Los habitantes, finalmente liberados, nunca olvidarán el periodo difícil que los hizo enfrentar lo absurdo de su existencia y la precariedad de la condición humana… Lo que es verdad de todos los males del mundo es también verdad de la peste. Ayuda a los hombres elevarse sobre sí mismos”, escribió Albert Camus. En su obra La peste, el protagonista, el Dr. Rieux, comenta que "podría parecer una idea ridícula, pero la única manera de luchar contra la peste es con la decencia".

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Netanyahu negó que sus advertencias sobre colapso en el sector salud busquen apanicar a la gente en Israel para retener su cartera de primer ministro.Foto Ap

En un abordaje multidimensional/plural/dialéctico, impactaron dos declaraciones incendiarias del primer ministro israelí Bibi Netanyahu –con cargos criminales a cuestas(https://bit.ly/34f9wpU)–, debido a sus estrechos lazos con el eje Trump/Kissinger/Jared Kushner, además de sorprendentes juegos de poder en Israel, que en su conjunto reflejan la dinámica de los "nuevos órdenes" locales/regionales/global.

Dejo para otra ocasión el artículo de Kissinger al WSJ –dislocado, a mi juicio– sobre el nuevo orden mundial post-Covid-19 (https://on.wsj.com/2wTuRZO).

Algo muy fuerte debió haber ocurrido tras bambalinas para que el general y ex jefe del Estado mayor, Benny Gantz (BG), seleccionado por el presidente Reuven Rivlin para formar el nuevo gabinete, haya preferido presidir el Congreso. Quienes conocemos el Medio-Oriente, a sus países y actores, entendemos que no es común que un general, de la talla de BG, haya sucumbido a muy fuertes presiones del eje Trump/Kissinger/Jared Kushner cuando Israel y su complejo militar industrial son tan dependientes de la ayuda de EU.

El mismo eje "nacionalista" Trump/Kissinger/Jared Kushner, en franca confrontación con los banqueros globalistas Rothschild y George Soros, fustigan a los respectivos “ Deep State” de EU e Israel.

El hijo de Trump ha comentado que “solamente un ‘loco (sic)’ niega al “ Deep State” (https://bit.ly/3aLjUb4)”.

Netanyahu –cuyo hijo expuso el control globalista de George Soros(https://bit.ly/39KdS9B)–, comentó a puerta cerrada que en Israel "no existe democracia" ya que está controlado por el “ DeepState”: un "gobierno de burócratas y juristas", según el rotativo opositor Haaretz, muy cercano a Soros, que se burla de sus “teorías conspirativas (https://bit.ly/39Cbemc)”.

Días antes de su espectacular arreglo con BG, Netanyahu lo instó a "salvar a Israel" conforme los "países se hunden como Titanics".

Esta declaración no es menor, debido a los lazos estrechos de Netanyahu con el eje Trump/Kissinger/Jared Kushner y, también, debido a la omnipresencia de sus servicios secretos en varias naciones de Latinoamérica y Europa, en estrecha alianza con su diáspora que lo mantiene muy bien informado.

Netanyahu advirtió que "los sistemas de salud de los países en el mundo (sic) enfrentan un inminente colapso (sic)" cuando planea la "mayor amenaza a la humanidad desde la Edad Media (sic)".

Su rival, líder de la oposición, BG del partido "Azul y Blanco" finalmente sí escuchó la imploración de Netanyahu para formar un "gobierno de unidad de emergencia".

En su entrevista al Canal 12, Netanyahu emitió "una serie de predicciones terribles sobre el posible (sic) impacto global del virus", cuya precisión no puede ser definitivamente determinada en esta fase, pero negó que estaba intentando apanicar al público israelí para retener su cartera de primer ministro, según The Times of Israel (https://bit.ly/34bcpYx).

A diferencia de los diletantes funcionarios de otros países que tardaron "en cerrar sus fronteras", Netanyahu considera que "Israel, que cerró sus fronteras, se encuentra en una mucho mejor situación".

Juzga que "nadie sabe" –y nadie es nadie– los alcances devastadores del virus y aceptó que "como van las cosas, estamos destruyendo la economía", por lo que su "objetivo es realizar el máximo número de pruebas, para establecer que las personas que desarrollen anticuerpos para resistir el virus sean liberadas del aislamiento".

Cuando fue cuestionado de exagerar el peligro para permanecer en el poder, Netanyahu adujo que estaba “navegando entre icebergs” y que “detrás de él, habían otros países hundiéndose como Titanics”. !Qué fuerte!

Llama profunda y perturbadoramente la atención que hable del hundimiento de muchos países como Titanics con sus alcances simbólicos y metafóricos, naciones indestructibles en el papel y que acabaron por desaparecer, lo cual converge con la afirmación del ideólogo ruso Alexander Dugin, muy cercano al zar Vlady Putin y a los militares, quien advirtió sobre la extinción de muchos países (https://bit.ly/39GcdSs). ¿Será?

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