Miércoles, 10 Julio 2019 06:40

Las contradicciones de Christine Lagarde

Las contradicciones de Christine Lagarde

El clima de la economía mundial es inquietante. Las tormentas siempre son precedidas por un periodo de calma y negros nubarrones se vislumbran en el horizonte. Lo más grave es que no se percibe un nuevo motor que permita reactivar la economía global. La guerra comercial es una realidad, la inversión en la economía real sigue aletargada y la amenaza de una nueva recesión sigue vigente.

 

En este contexto, ¿qué significa el paso de Christine Lagarde del Fondo Monetario Internacional (FMI) al Banco Central Europeo (BCE)? Para apreciar esta pregunta es importante observar las contradicciones de Lagarde frente a las políticas de austeridad que tanto promovió el FMI en el pasado.

 

Durante décadas el FMI aplicó una despiadada política de austeridad fiscal en los países subdesarrollados. El objetivo siempre fue generar un superávit primario en las finanzas públicas para asegurar el pago de la deuda externa, aunque eso significara condenar a economías enteras al estancamiento, el desempleo y la pobreza. En países como México el paliativo fueron los programas "focalizados" hacia la reducción de la pobreza, otra fórmula preferida del FMI. Los resultados están a la vista: desigualdad rampante y pobreza para 60 por ciento de la población.

 

La "ayuda" del FMI siempre tuvo el efecto de prolongar la agonía económica para asegurar la servidumbre financiera de países enteros. Pero en la crisis financiera de 2008 todo cambió. El FMI descubrió los beneficios de la política fiscal cuando se trata de rescatar a bancos y grandes corporaciones, y también acabó por aceptar que los bancos centrales inyectaran cantidades astronómicas de dinero de alto poder al sistema bancario y financiero.

 

La gestión de Christine Lagarde al frente del FMI estuvo marcada desde el comienzo por los efectos de esa crisis. Al principio, el FMI vio con beneplácito los paquetes fiscales de rescate y estímulo activados por Paulson (secretario del tesoro bajo George W. Bush) y Geithner (bajo Obama). Pero las voces en contra de ampliar el déficit fiscal frenaron esa política fiscal.

 

Después la Reserva Federal se dio cuenta que tenía que colmar el vacío dejado por el por el retiro de los apoyos fiscales. Y la Fed inauguró su política de flexibilidad cuantitativa, que acabó por inyectar más de 4 billones (castellanos) de dólares al sistema financiero estadunidense. Nuevamente el FMI aprobó este enfoque de política monetaria que iba en contra de los dogmas que el organismo había exaltado durante decenios.

 

Estos movimientos en la política macroeconómica tuvieron su réplica en Europa, con los rescates operados por varios países cuando el contagio llevó la crisis a la UE. Y cuando Mario Draghi anunció que el BCE "haría todo lo que fuera necesario" para mantener el valor y la integridad del euro, el FMI nuevamente estuvo de acuerdo.

 

A 10 años del desastre financiero, tanto la Fed como el BCE continúan atascados en esta postura de generosidad extrema con el mundo financiero y fría indiferencia con la economía real. Así, han anunciado el mantenimiento de tasas de interés bajas para el futuro previsible. Mientras tanto, la burbuja más espectacular de todos los tiempos sigue creciendo en la Bolsa de Valores de Nueva York.

 

El fondo de todo esto es que tanto los bancos centrales en países desarrollados y subdesarrollados por igual no tienen el control de la política monetaria. Que Lagarde o Draghi sean directores del BCE no cambia las cosas. Los bancos comerciales privados en Europa, al igual que en todo el mundo, son los que controlan la oferta monetaria. El papel del banco central es proporcionar la base monetaria acorde con el funcionamiento de los bancos comerciales privados. Si éstos se exceden en la creación de dinero (a través de sus operaciones de crédito), al banco central no le queda más remedio que acomodarse a la demanda de reservas proveniente de los bancos privados. El BCE sabe que cuando el sistema bancario necesita reservas, al banco central no le queda más remedio que prestárselas (fijando la tasa de interés de corto plazo sobre esas reservas). El mecanismo no es suficiente para mantener el control sobre la oferta monetaria. Y la crisis del euro es la mejor prueba.

 

La designación de Lagarde para dirigir el BCE coincide con la victoria electoral de Nueva Democracia en Grecia. Este partido representa los intereses de la oligarquía corrupta y rentista en ese país y este resultado electoral es la consecuencia directa de la política de austeridad impuesta por la troika a partir del estallido de la crisis. El FMI jugó un papel un poco menos terrible que la Comisión Europea en Bruselas y el BCE. Para la señora Lagarde era relativamente fácil aconsejar un poco más de mesura al tratar a la economía griega porque sabía que, a final de cuentas, Bruselas y Fráncfort tenían más peso en la decisión. Desde su nuevo puesto, a Christine Lagarde le será difícil aplicar una política monetaria menos hostil a los pueblos de la eurozona que todavía sufren los efectos de la crisis que estalló hace 10 años.

 

Twitter: @anadaloficial

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Miércoles, 26 Junio 2019 08:18

Facebook invade los circuitos monetarios

Facebook invade los circuitos monetarios

Facebook ha anunciado que lanzará su versión de moneda digital el próximo año. El sistema bancario internacional encuentra inquietantes los planes del gigante de las redes sociales. La irrupción de Facebook en el ecosistema financiero podría ser el anuncio de cambios importantes.

La idea de crear una moneda digital es algo natural para Facebook, empresa que hoy cuenta con más de 2.6 mil millones de usuarios. Se calcula que pronto la mitad de la población mundial podría tener una página en Facebook y con esa red de usuarios el proyecto de introducir una criptodivisa adquiere enorme importancia. Mark Zuckerberg, el mandamás de Facebook, ya tiene nombre para su divisa: Libra.

Zuckerberg describe la Libra como un simple medio de pago que beneficiaría a centenares de millones de personas que hoy no cuentan con servicios bancarios. Pero Facebook y Zuckerberg no tienen buena fama cuando se habla de ética. Facebook ya es propietaria de otras grandes plataformas digitales, como Whatsapp e Instagram, lo que no permite pronosticar nada bueno en materia de concentración y poder económico. Además, Facebook ha sido responsable de la venta no autorizada de datos privados de sus usuarios en el pasado. Hoy, la empresa está en espera de que se resuelva una demanda en su contra por la Comisión Federal de Comercio, que podría resultar en una multa de 5 mil millones de dólares (mmdd).

Nada de esto parece frenar las ambiciones de Zuckerberg. El proyecto de la Libra ha recibido el apoyo de una constelación de 28 empresas, que incluye a MasterCard, Visa, PayPal, Uber, Spotify, eBay y Vodafone. Esta asociación será el motor y verdadero regulador de la Libra, y cada uno de sus miembros será el centro de un nodo de la cadena de bloques (similar a la tecnología del Bitcoin). La descentralización del sistema es presentada como una ventaja, algo así como un valor democrático, pero en realidad sirve para evadir el escrutinio de la regulación bancaria. Con razón el Banco de Pagos Internacionales ha sonado la alarma y se manifiesta en contra de esta invasión del ecosistema bancario.

En economías subdesarrolladas, en las que la mayoría de la población no tiene acceso a servicios bancarios, los sistemas de pagos con medios digitales ofrecen un atractivo importante al facilitar todo tipo de transacciones. La publicidad señala que la Libra será una simple ficha digital que cualquier usuario podrá comprar (con sus dólares, euros, yenes o pesos) y utilizar en sus intercambios. Pero nunca menciona que el servicio no es gratuito. Las comisiones serán un monto despreciable de cada transacción (por ejemplo, fracciones de centavos), pero el volumen de operaciones es astronómico y la suma de ganancias será gigantesca.

La gran diferencia de Libra con criptodivisas como Bitcoin y Ethereum es que la aceptación será fácil de lograr, dada la base de usuarios que constituye el principal activo de Facebook. El monstruo de las redes sociales obtuvo el año pasado beneficios por más de 55.8 mmdd, la gran mayoría proveniente de ventas de publicidad. Pero la empresa ya opera un pequeño sistema de pagos que le proporciona ganancias modestas (2 por ciento del total de sus ganancias en 2018). Se calcula que si el sistema de la Libra se desarrolla como se ha planeado, los ingresos anuales de Facebook por comisiones muy bien podrían rebasar 20 mmdd.

El valor de la Libra estará vinculado con una canasta de monedas y será cercano a la paridad con el dólar o el euro. Pero lo que nunca se ha aclarado es el mecanismo que permitirá regular el valor de la Libra una vez que arranquen las operaciones. La cantidad de Libras en circulación será función de los saldos en las cuentas de los usuarios, lo que introduce un factor de incertidumbre procíclica en la regulación de la Libra. Al igual que los bancos centrales, Facebook verá que la creación de Libras será un fenómeno endógeno que no controla.

Uno de los grandes problemas de otras criptomonedas ha sido la volatilidad de su valor. Bitcoin fue inicialmente presentado como simple medio de pago, pero muy rápidamente se convirtió en vehículo para la especulación. Y esa mutación es normal: un objeto susceptible de cumplir la función monetaria de medio de pago debe tener un precio positivo (poder de compra). La expectativa de su aceptación generalizada le confiere la cualidad de ser reserva de valor y lo convierte en un activo. La Libra, como cualquier activo y al igual que el Bitcoin, será objeto de especulación en un espacio paralelo al mercado mundial de divisas.

El sistema bancario internacional mantiene prudente silencio frente al nacimiento de la Libra. Hoy, los bancos centrales no controlan la oferta monetaria y el nuevo instrumento de Facebook hace patente esta falta de autoridad. Los bancos comerciales privados resienten la presencia de este intruso, que sólo quiere un pedazo del pastel ligado al privilegio de la creación monetaria. No cabe duda, Facebook abrirá un nuevo capítulo en la historia del capital financiero.

Twitter: @anadaloficial

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Sanciones punitivas contra el pueblo de Venezuela

Los medios televisivos del mundo transmiten el mensaje de que el gobierno de Nicolás Maduro ha provocado una crisis humanitaria. La narrativa es que la mala gestión de la economía que acompaña cualquier proyecto socialista conduce al caos. En muy pocas ocasiones se habla de la historia del régimen que comenzó con Hugo Chávez y de la larga lista de intentos para sabotearlo y derribarlo, comenzando con el frustrado golpe militar de 2002, apoyado por el gobierno estadunidense, como revelan muchos estudios bien documentados.

Venezuela tiene hoy las reservas probadas de petróleo más importantes del planeta: más de 300 mil millones de barriles. Es un crudo pesado, caro de extraer y refinar, pero Estados Unidos no le quita la vista de encima a este recurso. Las exportaciones de crudo generan 98 por ciento de las divisas extranjeras utilizadas por esa economía.

Durante años a nadie pareció preocuparle cuál era el destino de la renta petrolera en Venezuela. El monto del gasto social como proporción del PIB promedió 8 por ciento entre 1990-1998. Cuando accedió Chávez al poder, en 1998, el gasto social se incrementó hasta alcanzar 14.7 por ciento del PIB en 2005. Para entonces todas las alarmas en Washington se habían activado. Desde el principio Chávez fue visto como un enemigo peligroso, en especial porque tuvo apoyo popular masivo.

En 2017 el gobierno de Washington impuso una primera serie de sanciones económicas contra Venezuela. El componente más importante consistía en la prohibición de realizar operaciones financieras en el mercado estadunidense. Como resultado, Venezuela no podía emitir bonos en ese mercado y no podía restructurar su deuda externa. La deuda de la empresa estatal petrolera PDVSA estaba siendo renegociada, pero la restructuración se interrumpió. La empresa venezolana Citgo, con más de 5 mil gasolineras en Estados Unidos, fue impedida de remitir sus ganancias a Venezuela. Se cerraron cuentas de instituciones venezolanas en bancos y entidades financieras estadunidenses, y se terminaron las líneas de crédito. La falta de crédito frenó las operaciones de mantenimiento, compra de refacciones e inversiones que se necesitan para mantener la producción. Estas medidas y sus efectos pasaron casi desapercibidas por el gran público, lo que permite transmitir ahora la impresión de que fue la mala gestión económica del gobierno lo que provocó la crisis. En especial, la caída del flujo de divisas impactó la capacidad de comprar medicinas y alimentos, lo que trajo aparejado un fuerte aumento de la inflación.

El castigo más brutal vino en enero de 2019, cuando Washington cerró a Caracas su mercado más importante de petróleo. Estados Unidos compró un promedio de 586 mil barriles de crudo diariamente en 2018, pero para el 15 de marzo de este año esa cifra se redujo a cero. Y Washington presionó a otros países y empresas para que cancelaran sus operaciones con Venezuela o se hicieran acreedores a sanciones adicionales.

En Venezuela la producción de crudo se colapsó, porque no se puede comercializar el producto y porque ese país carece de instalaciones para almacenar este gigantesco inventario. Pero tanto CNN y MSNBC, como el New York Times y el Washington Post, insisten en que la caída de la producción de crudo revela la incompetencia de Maduro y su gobierno.

Debido a las sanciones de enero de 2019 los activos de PDVSA en Estados Unidos fueron incautados. Con el reconocimiento del señor Juan Guaidó como presidente interino, Washington intensificó la presión y tomó el control de los recursos de Citgo en Estados Unidos. Otras ramificaciones incluyen el embargo de recursos venezolanos por el gobierno de Reino Unido y la suspensión de la cuenta de derechos especiales de giro de Caracas por el Fondo Monetario Internacional.

La falta de divisas impide comprar medicinas y muchos artículos de primera necesidad. La Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi), administrada por tres universidades venezolanas, revela que entre 2017 y 2018 hubo un incremento de 31 por ciento en la tasas de mortalidad general. Este es el resultado directo de la guerra económica contra Venezuela.

Una pregunta clave: ¿son legales las sanciones impuestas por Estados Unidos contra el gobierno de Venezuela? La respuesta es negativa. La Carta de la Organización de Estados Americanos prohíbe en sus artículos 19 y 20 la interferencia en los asuntos internos de otro país y la imposición de medidas coercitivas. Las sanciones son también ilegales desde otro punto de vista: la Ley de Emergencias Nacionales de Estados Unidos establece que para imponer sanciones debe haber una emergencia nacional en ese país. Pero nada de lo que ha sucedido en Venezuela entraña una emergencia para Estados Unidos.

Toda guerra está basada en el engaño, dice Sun Tzu en su Arte de la guerra. El objetivo de las sanciones en contra del gobierno de Caracas no es iniciar una negociación. Lo que busca esta guerra es castigar a la población para doblegar al gobierno.

Twitter: @anadaloficial

 

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Ley de financiamiento: improvisación y leve progresividad

En el último momento (28 de diciembre) y a las carreras, el Congreso aprobó la ley de financiamiento (ley 1943 de 2018)**. Desde que el Ministro de Hacienda la llevó al Congreso se dijo que la norma únicamente buscaba solucionar los problemas financieros de corto plazo, y que no tocaría aspectos estructurales. Otra vez más, el país dejó pasar la oportunidad para llevar a cabo una reforma tributaria que permita organizar los numerosos problemas de fondo de las finanzas públicas.

 

Entre los asuntos que siguen sin resolverse vale la pena mencionar tres. 1) El bajo nivel de tributación que existe en Colombia. Los impuestos totales apenas representan el 15 por ciento del PIB. En América Latina el promedio es 23 por ciento, y en los países europeos la relación se acerca al 40 por ciento. 2) La falta de coordinación entre los impuestos locales y los nacionales. Sigue sin lograrse una reforma tributaria que los articule. El hogar le paga tributos al municipio (como el predial), al departamento (sobre licores, gasolina…) y a la Nación (renta, IVA…). Una reforma estructural debería examinar el impacto que tiene la suma de estos impuestos en la capacidad de compra de las familias, y a partir de allí hacer consideraciones sobre la forma como el sistema tributario, en su conjunto, podría favorecer la equidad. 3) La falta de un análisis global que permita conocer qué sucede con la familia cuando se hace el balance neto entre impuestos y subsidios. Los hogares tributan pero también reciben subsidios, como los de Familias en Acción. El resultado neto (impuestos menos subsidios) debe tenerse en cuenta, de tal forma que la política fiscal lleve a que los ricos paguen más impuestos y no reciban subsidios, y los pobres reciban más subsidios y no paguen impuestos.

 

Estos tres aspectos estructurales no se tuvieron en cuenta, y habrá que esperar a que un nuevo gobierno, por fin, asuma esta tarea que es fundamental. Tal y como quedó aprobada, la ley de financiamiento tiene dos características: es improvisada y, además, avanzó muy poco en progresividad.

 

Improvisación

 

Desde las primeras discusiones era evidente la improvisación del Gobierno. El primer asunto de la discusión fue el valor del déficit fiscal, ya que de allí se deriva el monto que se necesita recaudar. La administración Santos dejó un déficit fiscal de 25 billones de pesos. El gobierno Duque entendió que era imposible aprobar una ley de financiamiento para conseguir un volumen de recursos tan elevado. Y, entonces, redujo la cifra a 14 billones mediante operaciones de endeudamiento en el exterior, que permitieron mejorar el flujo para los años inmediatos, pero que no solucionan el problema, ya que el monto de la deuda pública se incrementó.

 

La primera versión de la ley de financiamiento buscaba conseguir estos 14 billones, y su la principal fuente era la extensión del IVA a todos los productos de la canasta familiar. De acuerdo con las estimaciones de Hacienda la ampliación del IVA permitiría obtener unos 6 billones de pesos. Esta alternativa golpeaba muy duro a las familias más pobres y, sin duda, era inequitativa. No esperaba el Gobierno que a la oposición ciudadana se le uniera el Centro Democrático. Hábilmente, Uribe le quitó esta bandera a la oposición, y en el Senado lideró la lucha contra la ampliación del IVA. El Gobierno entendió que debía retirar la propuesta.

 

Sin el IVA solamente se podrían recaudar unos 8 billones. Y empiezan las negociaciones en el Congreso para tratar de llegar a esta cifra. Pero el Gobierno se encontraba con tres grandes limitaciones. La primera tenía que ver con la promesa reiterada durante la campaña Duque de reducirle los impuestos a las empresas. La segunda, la presión de varios sectores por mayores exenciones. De un momento a otro, numerosas empresas terminaron afirmando que pertenecían a la llamada “economía naranja”, y que merecerían exenciones. Y la tercera, la presión de la sociedad civil y de algunos parlamentarios que insistían en que los ricos deben tributar más, dada la profunda desigualdad persistente en Colombia. Además, el propio Duque siempre ha dicho que busca la equidad, y así quedó consignado en las Bases del Plan de Desarrollo.

 

De la discusión sobre el IVA quedó como hecho destacable el aumento de la tarifa para las cervezas y las gaseosas, que permitiría obtener casi un billón de pesos.

 

Poca progresividad

 

En medio del desorden de los últimos días, en la ley quedó claro: reducción de la tarifa a las empresas, exenciones a numerosos sectores y un leve aumento de tarifas con cierto criterio de equidad.

 

La tarifa del impuesto sobre la renta de las empresas se redujo. En el 2019 será de 33 por ciento, en el 2020 del 32, en el 2021 del 31 y en 2022 del 30 por ciento. También se disminuyó la renta presuntiva. En el 2019 y 2020 será de 1,5 por ciento, y a partir del 2021 de 0 por ciento. Los empresarios quedaron contentos porque finalmente convencieron al Gobierno y a los congresistas que la tarifa del impuesto disminuía la competitividad. Aunque esta relación no es cierta, ni se ha demostrado, el discurso reiterado de los gremios caló, y desde la campaña Duque se comprometió con esa bandera.

 

Las empresas que hacen parte de la “economía naranja” gozan de incentivos tributarios. Es interesante observar la extensa lista de sectores que se incluyeron en la ley (art. 79): fabricación de joyas, edición de libros, edición de software, producción de películas (incluye videos, etc.), distribución de películas, exhibición de películas, grabación de sonido, televisión, desarrollo de sistemas informáticos, consultoría informática, actividades de arquitectura e ingeniera, investigación y desarrollo experimental, diseño, fotografía, literatura, música, teatro, audiovisuales, espectáculos en vivo, bibliotecas, museos, y turismo cultural. Detrás de algunas de estas actividades hay grandes empresas, con altísima rentabilidad. No hay ninguna razón para que se les otorguen exenciones. A pesar de que numerosos diagnósticos han develado los inconvenientes derivados del aumento de las exenciones, la ley de financiación es generosa.

 

Como los dos puntos anteriores reducen la tributación, el Gobierno tuvo que buscar recursos alternativos, y aquí sí hay visos de progresividad. i) A las entidades financieras les aumentó la tarifa del impuesto a la renta. En el 2019 en 4 puntos, y quedó en 37 por ciento, en el 2020 en 3 puntos y quedó en 35 por ciento, y en el 2021 en 3 puntos y quedó en 34 por ciento. ii) Subieron las tarifas de retención en la fuente para pagos en el exterior, que pasaron del 15 al 20 por ciento. iii) Se incrementó la tarifa a los dividendos recibidos por personas naturales, pasó de 10 a 15 por ciento y son contribuyentes quienes reciben más de 10 millones de pesos. iv) Se aumentó la tarifa del impuesto a la renta y se amplió la base. Deben pagar quienes ganen más de 3 millones de pesos mes. Para estas personas la tarifa es de 19 por ciento, y va aumentando de manera progresiva con el ingreso hasta llegar al 39 por ciento. v) Impuesto para los patrimonios altos del 1 por ciento.

 

El conjunto de lo aprobado favorece levemente la equidad, ya que en gran medida la progresividad del sistema está en los hombros de los grupos medios de la población. El impuesto a los dividendos y al patrimonio es muy bajo, y la tarifa del impuesto a la renta no crece de manera exponencial.

 

El balance final del conjunto de medidas todavía no es claro, ni en términos del monto de recaudo, ni en la equidad. Según el Gobierno el recaudo podría aumentar en 7-8 billones de pesos. Es decir, un logro mediocre frente a las necesidades de financiamiento.

 

** República de Colombia., 2018. Ley 1943. Por la cual se Expiden Normas de Financiamiento para el Restablecimiento del Equilibrio del Presupuesto General y se Dictan otras Disposiciones, Gobierno Nacional, Bogotá.
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11 de enero de 2019

 

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Ley de financiamiento: improvisación y leve progresividad

En el último momento (28 de diciembre) y a las carreras, el Congreso aprobó la ley de financiamiento (ley 1943 de 2018)**. Desde que el Ministro de Hacienda la llevó al Congreso se dijo que la norma únicamente buscaba solucionar los problemas financieros de corto plazo, y que no tocaría aspectos estructurales. Otra vez más, el país dejó pasar la oportunidad para llevar a cabo una reforma tributaria que permita organizar los numerosos problemas de fondo de las finanzas públicas.

 

Entre los asuntos que siguen sin resolverse vale la pena mencionar tres. 1) El bajo nivel de tributación que existe en Colombia. Los impuestos totales apenas representan el 15 por ciento del PIB. En América Latina el promedio es 23 por ciento, y en los países europeos la relación se acerca al 40 por ciento. 2) La falta de coordinación entre los impuestos locales y los nacionales. Sigue sin lograrse una reforma tributaria que los articule. El hogar le paga tributos al municipio (como el predial), al departamento (sobre licores, gasolina…) y a la Nación (renta, IVA…). Una reforma estructural debería examinar el impacto que tiene la suma de estos impuestos en la capacidad de compra de las familias, y a partir de allí hacer consideraciones sobre la forma como el sistema tributario, en su conjunto, podría favorecer la equidad. 3) La falta de un análisis global que permita conocer qué sucede con la familia cuando se hace el balance neto entre impuestos y subsidios. Los hogares tributan pero también reciben subsidios, como los de Familias en Acción. El resultado neto (impuestos menos subsidios) debe tenerse en cuenta, de tal forma que la política fiscal lleve a que los ricos paguen más impuestos y no reciban subsidios, y los pobres reciban más subsidios y no paguen impuestos.

 

Estos tres aspectos estructurales no se tuvieron en cuenta, y habrá que esperar a que un nuevo gobierno, por fin, asuma esta tarea que es fundamental. Tal y como quedó aprobada, la ley de financiamiento tiene dos características: es improvisada y, además, avanzó muy poco en progresividad.

 

Improvisación

 

Desde las primeras discusiones era evidente la improvisación del Gobierno. El primer asunto de la discusión fue el valor del déficit fiscal, ya que de allí se deriva el monto que se necesita recaudar. La administración Santos dejó un déficit fiscal de 25 billones de pesos. El gobierno Duque entendió que era imposible aprobar una ley de financiamiento para conseguir un volumen de recursos tan elevado. Y, entonces, redujo la cifra a 14 billones mediante operaciones de endeudamiento en el exterior, que permitieron mejorar el flujo para los años inmediatos, pero que no solucionan el problema, ya que el monto de la deuda pública se incrementó.

 

La primera versión de la ley de financiamiento buscaba conseguir estos 14 billones, y su la principal fuente era la extensión del IVA a todos los productos de la canasta familiar. De acuerdo con las estimaciones de Hacienda la ampliación del IVA permitiría obtener unos 6 billones de pesos. Esta alternativa golpeaba muy duro a las familias más pobres y, sin duda, era inequitativa. No esperaba el Gobierno que a la oposición ciudadana se le uniera el Centro Democrático. Hábilmente, Uribe le quitó esta bandera a la oposición, y en el Senado lideró la lucha contra la ampliación del IVA. El Gobierno entendió que debía retirar la propuesta.

 

Sin el IVA solamente se podrían recaudar unos 8 billones. Y empiezan las negociaciones en el Congreso para tratar de llegar a esta cifra. Pero el Gobierno se encontraba con tres grandes limitaciones. La primera tenía que ver con la promesa reiterada durante la campaña Duque de reducirle los impuestos a las empresas. La segunda, la presión de varios sectores por mayores exenciones. De un momento a otro, numerosas empresas terminaron afirmando que pertenecían a la llamada “economía naranja”, y que merecerían exenciones. Y la tercera, la presión de la sociedad civil y de algunos parlamentarios que insistían en que los ricos deben tributar más, dada la profunda desigualdad persistente en Colombia. Además, el propio Duque siempre ha dicho que busca la equidad, y así quedó consignado en las Bases del Plan de Desarrollo.

 

De la discusión sobre el IVA quedó como hecho destacable el aumento de la tarifa para las cervezas y las gaseosas, que permitiría obtener casi un billón de pesos.

 

Poca progresividad

 

En medio del desorden de los últimos días, en la ley quedó claro: reducción de la tarifa a las empresas, exenciones a numerosos sectores y un leve aumento de tarifas con cierto criterio de equidad.

 

La tarifa del impuesto sobre la renta de las empresas se redujo. En el 2019 será de 33 por ciento, en el 2020 del 32, en el 2021 del 31 y en 2022 del 30 por ciento. También se disminuyó la renta presuntiva. En el 2019 y 2020 será de 1,5 por ciento, y a partir del 2021 de 0 por ciento. Los empresarios quedaron contentos porque finalmente convencieron al Gobierno y a los congresistas que la tarifa del impuesto disminuía la competitividad. Aunque esta relación no es cierta, ni se ha demostrado, el discurso reiterado de los gremios caló, y desde la campaña Duque se comprometió con esa bandera.

 

Las empresas que hacen parte de la “economía naranja” gozan de incentivos tributarios. Es interesante observar la extensa lista de sectores que se incluyeron en la ley (art. 79): fabricación de joyas, edición de libros, edición de software, producción de películas (incluye videos, etc.), distribución de películas, exhibición de películas, grabación de sonido, televisión, desarrollo de sistemas informáticos, consultoría informática, actividades de arquitectura e ingeniera, investigación y desarrollo experimental, diseño, fotografía, literatura, música, teatro, audiovisuales, espectáculos en vivo, bibliotecas, museos, y turismo cultural. Detrás de algunas de estas actividades hay grandes empresas, con altísima rentabilidad. No hay ninguna razón para que se les otorguen exenciones. A pesar de que numerosos diagnósticos han develado los inconvenientes derivados del aumento de las exenciones, la ley de financiación es generosa.

 

Como los dos puntos anteriores reducen la tributación, el Gobierno tuvo que buscar recursos alternativos, y aquí sí hay visos de progresividad. i) A las entidades financieras les aumentó la tarifa del impuesto a la renta. En el 2019 en 4 puntos, y quedó en 37 por ciento, en el 2020 en 3 puntos y quedó en 35 por ciento, y en el 2021 en 3 puntos y quedó en 34 por ciento. ii) Subieron las tarifas de retención en la fuente para pagos en el exterior, que pasaron del 15 al 20 por ciento. iii) Se incrementó la tarifa a los dividendos recibidos por personas naturales, pasó de 10 a 15 por ciento y son contribuyentes quienes reciben más de 10 millones de pesos. iv) Se aumentó la tarifa del impuesto a la renta y se amplió la base. Deben pagar quienes ganen más de 3 millones de pesos mes. Para estas personas la tarifa es de 19 por ciento, y va aumentando de manera progresiva con el ingreso hasta llegar al 39 por ciento. v) Impuesto para los patrimonios altos del 1 por ciento.

 

El conjunto de lo aprobado favorece levemente la equidad, ya que en gran medida la progresividad del sistema está en los hombros de los grupos medios de la población. El impuesto a los dividendos y al patrimonio es muy bajo, y la tarifa del impuesto a la renta no crece de manera exponencial.

 

El balance final del conjunto de medidas todavía no es claro, ni en términos del monto de recaudo, ni en la equidad. Según el Gobierno el recaudo podría aumentar en 7-8 billones de pesos. Es decir, un logro mediocre frente a las necesidades de financiamiento.

 

** República de Colombia., 2018. Ley 1943. Por la cual se Expiden Normas de Financiamiento para el Restablecimiento del Equilibrio del Presupuesto General y se Dictan otras Disposiciones, Gobierno Nacional, Bogotá.
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11 de enero de 2019

 

Publicado enEdición Nº253
Miércoles, 02 Enero 2019 08:06

Previsiones económicas para 2019

Previsiones económicas para 2019

Hace mucho tiempo que no comenzaba un año como este. El gobierno de Estados Unidos es un caos. El Presidente de los Estados Unidos comienza la segunda mitad de su mandato de cuatro años después de haber perdido su mayoría en la cámara baja del Congreso ante los demócratas, en una dura derrota electoral en noviembre pasado. Comienza, además, con un jefe de gabinete en funciones, un secretario de defensa en funciones, un fiscal general en funciones, un administrador de la EPA (Agencia de Medio Ambiente) en funciones, sin secretario del Interior y sin embajador en la ONU. Su antiguo jefe de campaña, el subdirector de la campaña, el asesor de seguridad nacional y su abogado personal se han declarado culpables de delitos. Y la investigación realizada por el fiscal especial Mueller sobre las conexiones entre la campaña presidencial de Trump y la inteligencia rusa cobra nuevo vigor. Mientras tanto, una cuarta parte de los departamentos gubernamentales están cerrados por la lucha sobre el presupuesto de Trump con el Congreso.

El entorno geopolítico ha convertido también en tóxico. La administración Trump ha comenzado un conflicto con China sobre el comercio y el know-how técnico que amenaza con intensificarse cuando la 'tregua' actual sobre los aranceles comerciales -“ojo por ojo”- termine en marzo.


El año pasado por estas fechas, Trump se jactaba de que la economía de Estados Unidos estaba en auge, con máximos históricos en el mercado de valores de Estados Unidos. Entonces dije que “Lo que parece haber sucedido es que ha habido una recuperación cíclica corta desde mediados de 2016, después de una recesión global, desde el final de 2014-mediados de 2016. Si el punto más bajo de este ciclo Kitchin fue a mediados de 2016, el pico debe ser en 2018, con una caída posterior”.



Y en abril de 2018, escribí que creía que el breve boom de 2017 tras la mini-recesión de 2015-16 había terminado y que el crecimiento mundial había alcanzado su punto máximo. Y así se ha demostrado. 2018 ha terminado con el crecimiento del PIB real reduciéndose en casi todas partes.


Y a finales de 2018, los mercados de valores sufrieron la caída más importante desde la crisis financiera global de 2008. El actual secretario del Tesoro de Estados Unidos, Mnuchin, entró en pánico y convocó una reunión de los seis principales bancos de Estados Unidos la víspera de Navidad para comprobar que todo iba bien: sólo empeoró las cosas.



Como he afirmado antes, según Marx lo que impulsa los precios del mercado de valores es la diferencia entre las tasas de interés y la tasa general de ganancia. Lo que ha sostenido los precios del mercado de valores desde 2009 ha sido el muy bajo nivel de los tipos de interés a largo plazo, fijados deliberadamente por los bancos centrales, como la Reserva Federal, de todo el mundo, con tasas a corto plazo cercanas a cero y la flexibilización cuantitativa (compra de activos financieros con inyecciones de crédito). La diferencia entre los rendimientos de las inversiones en el mercado de valores y el coste de los préstamos para hacerlo ha sido grande.

Sin embargo, en 2018 los inversores de capital ficticio (acciones y bonos) percibieron que la situación está cambiando. Las tasas de interés están aumentando (impulsadas por la Reserva Federal de EE.UU.) y hay indicios de que la recuperación de la tasa de rendimiento del capital en las principales economías ha tocado techo y se está revirtiendo. El crecimiento de Estados Unidos alcanzó su punto máximo en el T2 con una tasa anual del 4% y se espera un crecimiento en el T4 más cerca del 2.5%. El más reciente indicador del crecimiento de Estados Unidos, el indicador de actividad comercial de Richmond, sugiere una fuerte caída en el crecimiento a principios de 2019 - tal vez incluso su estancamiento.



En Europa, la esperanza de una expansión sincronizada similar a la de los EE.UU. se han desvanecido, ya que las principales economías europeas, Francia y Alemania, han frenado su crecimiento, mientras que las más débiles, como Italia, han vuelto a caer en recesión. El crecimiento del PIB real del Reino Unido también está cayendo más rápido en la medida que las empresas aplican una huelga de inversión debido a la incertidumbre sobre el Brexit. La economía de la zona euro está creciendo a sólo un 1,6% en comparación con una tasa casi el doble hace un año.



Y no es sólo en las principales economías capitalistas avanzadas donde se han malinterpretado las previsiones del fin de la Larga Depresión desde 2008. También en Asia, se ha producido una desaceleración en la segunda mitad de 2018. El PIB real de Japón se ha congelado en el T3 de 2018.



La mayor economía manufacturera del mundo, China, también se ha ralentizado.



Corea también se está desacelerando.



Todas las previsiones oficiales de crecimiento (desde el FMI, la OCDE, el Banco Mundial, etc.) son de una tasa más baja en 2019 en comparación con 2018.

Una recesión se define técnicamente por la teoría económica dominante como dos contracciones trimestrales consecutivas del crecimiento del PIB real. El consenso mayoritario no espera que eso suceda en 2019. Pero, ¿se equivocan los principales expertos?; ¿sufrirán las principales economías una depresión este año que viene?


Muchos argumentan que los pronósticos, en especial las previsiones económicas, no valen ni el papel en el que se escriben. No estoy seguro de estar de acuerdo. Me gustaría hacer una distinción entre las predicciones con una base científica y las previsiones. Pero no voy a abordar ese tema ahora. En su lugar voy a hacer mi pronóstico para 2019.

¿Qué nos espera en 2019? Para empezar, ¿qué dije que eran los factores clave en 2018?. Escribí que “hay dos cosas que abren una interrogante para un crecimiento más rápido de la mayoría de las economías capitalistas en 2018 y aumentan la posibilidad de lo contrario. La primera es la rentabilidad y las ganancias” y la segundo “es la deuda ... la deuda global, la deuda del sector privado en particular (empresas y familias) que ha seguido aumentando a nuevos niveles”.

Sigue siendo cierto para 2019. La deuda global creció en 2018 y, lo más importante, el coste del servicio de la deuda también comenzó a aumentar, a medida que la Reserva Federal de Estados Unidos continuó aumentando su tasa política - con su última subida justo antes de final de año.



La tasa de la Fed establece el suelo para las tasas de interés en los EE.UU., y también es el punto de referencia para las tasas a nivel internacional, dado el papel dominante del dólar en las reservas internacionales y los flujos de capital. Y otros bancos centrales han puesto fin a sus inyecciones de dinero barato - la flexibilización cuantitativa - que ahora se ha convertido en un ajuste cuantitativo.



Por lo tanto, “las condiciones financieras” (el coste de la deuda, el estado de los mercados de valores y el valor del dólar frente a otras monedas) han comenzado a endurecerse.

Justo después de que Janet Yellen terminase su mandato como presidenta de la Reserva Federal (su mandato no fue renovado por Trump porque dijo que era “demasiado corta”), declaró que “no habría más crisis financieras en nuestra vida”, gracias a las nuevas medidas adoptadas para asegurar que los bancos no quebrarían de nuevo. Pero el mes pasado, corrigió su punto de vista. Al parecer, hay “agujeros gigantescos en el sistema financiero” que presidió y que ahora le preocupa que “pueda haber otra crisis financiera” después de todo. Esto se debe a que la regulación financiera está “sin terminar” y no está segura de que la Fed y el gobierno de EE.UU. estén haciendo algo al respecto “en la forma debida”.

En un artículo reciente, Carmen Reinhart, una historiadora ortodoxa de las crisis financieras, llamó la atención sobre el fuerte aumento de la deuda corporativa sin respaldo (no los llamados préstamos apalancados), cuya emisión ha alcanzado niveles récord en 2018. Reinhart llega a la conclusión de que “las redes de contagio financiero , de ponerse feas cosas, ya están ahí”.



El escenario, por tanto, está listo para una nueva contracción del crédito en 2019 si las ganancias dejan de crecer y el coste del servicio de la deuda corporativa acumulada sigue en aumento. Si la Reserva Federal continúa con sus alzas de la tasa política, al igual que en 1937, durante la Gran Depresión de la década de 1930, amenaza con provocar una fuerte caída, no sólo en el precio del capital ficticio, sino también en la llamada economía 'real'. Este temor hizo que Trump considerase cesar al presidente de la Fed, Jay Powell, para Año Nuevo.

El Banco de Pagos Internacionales (BPI), la agencia internacional de investigación de los bancos centrales, advirtió que lo que llama el 'ciclo económico' implica que se acerca una nueva contracción del crédito. “Los auges del ciclo financiero pueden terminar en crisis y, aunque no lo hagan, tienden a debilitar el crecimiento. Una vez que los ciclos financieros tocan techo, la economía real sufre normalmente. Esto es más evidente en las crisis financieras, que tienden a seguir a la exuberancia de crédito y al crecimiento de los precios de activos, es decir, es decir al auge del ciclo financiero. Las crisis, a su vez, tienden a marcar el comienzo de una profunda recesión, ya que los precios de los activos caen, se hacen insostenibles las altas cargas de deuda y la necesidad de equilibrar los balances arrastra negativamente el crecimiento”. Y lo más importante, ‘la ratio del servicio de la deuda es particularmente eficaz en este aspecto’.

Todos los indicadores de crédito para una recesión están ahora en color naranja, si no rojo. El más popular es la llamada curva de rendimiento invertida, es decir, cuando la tasa de interés de los bonos gubernamentales a largo plazo caen por debajo de la tasa política de la Reserva Federal. Cada vez que eso ocurre, casi siempre indica una recesión dentro de un año. ¿Por qué? Porque lo que la curva invertida nos dice es que los inversores creen que se aproxima una recesión, por lo que compran 'activos seguros' como los bonos del gobierno, mientras que la Fed cree que la economía va bien y está subiendo sus tasas - pero el mercado decidirá.

Como lo resume un analista: “Piense en una curva de rendimiento invertida como una fiebre. Cuando su cuerpo tiene fiebre, la fiebre no es la causa de la enfermedad. Sólo es la señal de que algo anda mal en su cuerpo. Usted tiene la gripe, una apendicitis, o alguna otra dolencia. La fiebre indica que está enfermo, pero no necesariamente de qué enfermedad se trata. Y por lo general, cuanto mayor es la fiebre, más grave es su situación. Lo mismo ocurre con la curva de rendimiento. Cuanto más invertida sea la curva de rendimiento y cuanto más tiempo se mantenga así, más seguros estamos de que algo va mal económicamente, que puede aparecer una recesión en algún momento en el futuro”. La curva de rendimiento de EE.UU. se ha aplanado, pero todavía no se ha invertido. Este fiable indicador todavía no se ha puesto en rojo.



Otro indicador importante de que se avecina una recesión se puede encontrar, no en los mercados de crédito, sino en la economía mundial. Es el precio del cobre y otros metales industriales. Los metales son componentes fundamentales en la producción industrial en todo el mundo y si sus precios caen, esto indica que las empresas están reduciendo la inversión en la producción y por lo tanto utilizan menos componentes metálicos.

En 2018, el precio del cobre cayó después de julio desde un máximo de 320 a 270. Pero desde entonces se ha estabilizado y se mantiene muy por encima de 200, que fue el nivel al que cayó en la mini-recesión de comienzos de 2016. Así que esto sugiere que, si bien la economía mundial alcanzó su punto máximo el verano pasado, la recesión aún no está cerca.



Otro indicador de que la economía mundial se está desacelerando desde su mini-auge en 2017 es la fuerte caída de los precios del petróleo. El precio se ha desplomado desde $ 75/b en octubre a $ 45/b en la actualidad. Lo que afectará a las ganancias de las empresas de energía y las balanzas comerciales de los países productores de petróleo.



El factor más importante para el análisis de la salud de la economía capitalista sigue siendo la rentabilidad del sector capitalista y el movimiento de las ganancias a nivel mundial. Es lo que determina si la inversión y la producción continuarán. He presentado pruebas abrumadoras de que los beneficios y las inversiones están altamente correlacionados y en ese orden - ver nuestro último libro, Un mundo en crisis.

El sector empresarial estadounidense terminó 2018 con niveles récord de beneficios/ingresos, aumentando un 20%, la tasa más alta desde 2010, cuando la economía de Estados Unidos se recuperó de la Gran Recesión. Pero este salto en las ganancias fue un hecho aislado. Ha sido impulsado por los enormes recortes y exenciones de impuestos a las empresas en la repatriación de las reservas de efectivo depositados en el extranjero por las principales compañías de Estados Unidos. Y los ingresos corporativos estadounidenses se han visto impulsados por una caída muy fuerte en los costes de inputs, en concreto, la caída del precio del petróleo en 2018.

A nivel mundial, las ganancias seguían creciendo a mediados de 2018. Pero el crecimiento de las ganancias se ha desacelerado en Alemania, China y Japón. Sólo en los EE.UU. han experimentado alguna aceleración. Y si el crecimiento de las ganancias de Estados Unidos es un hecho aislado, como he señalado anteriormente, el crecimiento de las ganancias globales es probable que caiga bruscamente en 2019.



La desaceleración del crecimiento de los beneficios y un aumento del coste de la deuda (corporativa), junto con todos los factores político-económica de una guerra comercial internacional entre China y los EE.UU., sugieren que la probabilidad de una recesión global en 2019 nunca ha sido mayor desde el final de la Gran Recesión en 2009.

Michael Roberts es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

 

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Sábado, 15 Diciembre 2018 06:33

La casa de papel en versión latinoamericana

La casa de papel en versión latinoamericana

En la pasada década, Estados Unidos, la Unión Europea, Inglaterra y Japón han impreso el equivalente a 10 billones de dólares. Sus respectivos bancos centrales pusieron la maquinita de imprimir billetes a toda velocidad. La Reserva Federal de Estados Unidos duplicó su balance entre 2008 y 2014 y luego siguió imprimiendo aunque a un ritmo algo inferior. El Banco Central Europeo duplicó el suyo entre 2015 y 2017. El Banco de Japón comenzó a incrementar el ritmo de impresión a partir de 2013 y al día de hoy su balance tiene casi el mismo tamaño que el de su economía. En el caso del Banco de Inglaterra, su balance se multiplicó por 15 en términos de producto interno bruto.

Y con tanto dinero por el mundo, con este exceso de liquidez global, cabe hacerse esta doble pregunta desde una perspectiva latinoamericana: 1) ¿ha servido esto para mejorar la economía? 2) ¿quiénes fueron los afortunados que se quedaron con buena parte de esa cantidad ingente de billetes impresos? En este caso, en la realidad, a diferencia de lo que ocurre en la famosa serie La casa de papel, los ganadores no son los ciudadanos de la calle. Tampoco hay tiros ni rehenes, pero sí hay otro método, no basado en un robo como tal, pero sí en una estafa milimétricamente planificada.

La secuencia es la siguiente. Primero, lo dicho: se imprimen billetes a raudales que, de inmediato, son prestados en su mayoría a la gran banca a una tasa de interés ridícula, en muchas ocasiones cercana al cero por ciento, o incluso con tasa de interés real negativa. La excusa fue que había que "salvar" a la banca, considerada "demasiada grande para caer". Así que se les regaló dinero. Literalmente a coste cero.

Segundo, la banca demasiado grande para caer, ya salvada, y con el fondo lleno, tenía el gran objetivo de prestar ese dinero sobrante a economías periféricas, como las latinoamericanas, deseosas de nutrirse de nuevo capital. Este préstamo en segunda instancia ya no sería a tasa cero o a un interés muy bajo, sino que se hacía a una tasa de interés más elevada, garantizándose así un negocio redondo.

Hay un tercer paso: identificar a dónde fue a parar este dinero que aterrizó recientemente en algunas economías latinoamericanas. Llegados a este punto, lo importante antes que nada es tener un dato claro: este "nuevo dinero" no se orientó a actividades económicas productivas ni a la economía real. De cada 10 dólares nuevos, nueve terminaron en actividades financieras, especulativas y ociosas. Entonces, ¿cuál fue el destino del dinero logrado mediante estos nuevos préstamos? En muchos países, como son los casos de Colombia y México, se empleó para pagar deudas anteriores. En Argentina la situación fue otra debido a que Macri recibió un país desendeudado. Así que los dólares nuevos se colocaron en modo de libre oferta a disposición de quienes pudieran comprarlos. Y así fue: los dólares acabaron en su gran mayoría en manos de unos pocos fondos de inversión y de la misma banca que había previamente prestado los dólares; también hubo dólares para bancos locales y para otros actores económicos de grandes ligas (especialmente, lo que en Argentina se llama el "campo"), y el resto, un porcentaje ridículo, para una mayoría que no tenía pesos suficientes para comprarlos al nuevo tipo de cambio tras las devaluaciones.

Así es como llegamos al cuarto capítulo de esta serie. Ahora es cuando el mundo financiero se frota las manos. ¿Por qué? Porque aún restan muchos más dólares que prestar. Diez billones de dólares son muchos dólares y no se gastaron todos en la primera fase. Con todo lo que queda por colocar, ahora es el turno del FMI, quien llega con los bolsillos llenos de dinero impreso por las maquinitas de sus bancos centrales con una única misión: prestar de nuevo para que el país cancele su deuda, es decir, devuelva lo que pidió anteriormente prestado. Y así la deuda externa se va constituyendo en deuda eterna.

Dado el dominio actual del capitalismo neoliberal, se impide que el dinero nuevo, el que se logra por préstamo, sea usado para la economía real. Esto provoca que las economías latinoamericanas, que se insertan en el mundo por los canales regulares, acaben sumamente endeudadas, con una economía real cada vez más raquítica e ineficiente. El gran boom global de impresión monetaria es un factor condicionante del creciente endeudamiento externo latinoamericano, que determina hacia delante un modelo de desarrollo dependiente, financiarizado e improductivo y, en consecuencia, con una demanda interna cada vez más débil.

La casa de papel en versión latinoamericana tiene un final diametralmente opuesto a lo que ocurre en la serie. En la ficción, el dinero se lo queda un grupo de gente anónima, pero en la realidad el botín impreso va a parar a la cuenta de resultados de unos cuantos bancos a costa de las economías de la región. Veremos qué pasa en la próxima temporada.

Por Alfredo Serrano Mancilla, doctor en economía y director del Celag

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El FMI advierte del freno de la economía mundial por la guerra comercial entre EEUU y China

Los problemas también se han traslado a los países emergentes, que hasta hace poco han mantenido el impulso de la economía global mientras los avanzados cicatrizaban sus heridas tras la profunda crisis de 2008.


La economía global crecerá menos de lo previsto, 3,7% en 2018 y 2019, ante la constatación de que la escalada de las tensiones comerciales desatada por el presidente estadounidense Donald Trump y respondida por China no tiene visos de detenerse, advirtió este martes el Fondo Monetario Internacional.


"La agenda comercial refleja cuestiones políticas, y la política permanece sin resolución en varios países, lo que aumenta los riesgos aún más", dijo Maurice Obstfeld, economista jefe del FMI, en rueda de prensa al presentar el informe "Perspectivas Económicas Globales" en Bali (Indonesia).


Obstfeld destacó que "el impacto de las políticas comerciales y la incertidumbre se están volviendo más evidentes a nivel macroeconómico".


"Dos grandes acuerdos comerciales regionales están en el aire. Tratado de Comercio de América del Norte (donde un nuevo acuerdo trilateral espera aprobación legislativa) y la Unión Europea (con esta última negociando los términos del Brexit). Los aranceles de EEUU a China pueden alterar las cadenas de suministro, especialmente si hay represalias", agregó.


Hasta la fecha, el Gobierno de Trump ha gravado importaciones chinas por valor de 250.000 millones de dólares, y ha advertido de su disposición a agregar aranceles a los 267.000 millones restantes de la balanza comercial con Pekín.
Estados Unidos, la primera economía global, crecerá en 2018 un 2,9%, en línea con lo esperado, pero en 2019 su expansión será del 2,5%, dos décimas menos de lo anticipado en julio. Para el gigante asiático, asimismo, el crecimiento de 2018 se mantendrá en el 6,6%, pero se desacelerará hasta el 6,2% en 2019, dos décimas menos que lo contemplado tres meses atrás.


Pero los problemas también se han traslado a los emergentes, que hasta hace poco han mantenido el impulso de la economía global mientras los avanzados cicatrizaban sus heridas tras la profunda crisis de 2008. "Las revisiones negativas para los mercados emergentes y en desarrollo son más severas (...) Vemos señales de menor inversión y manufactura, que se suma un más débil crecimiento en el comercio", subrayó Obstfeld.


En concreto, el economista jefe del Fondo citó los casos de Argentina, que encadenará dos años de recesión tras la abrupta depreciación del peso que llevó a Buenos Aires a solicitar un paquete de rescate al organismo internacional, o Turquía, cuyas previsiones han pasado de un 3,5% en 2017 a apenas un 0,4% este año.


El Fondo ha alertado, a su vez, de los riesgos del elevado endeudamiento -la deuda global se encuentra en los 182.000 billones de dólares, un 60% más que al comienzo de la crisis financiera de 2007-, que oscurece el horizonte en un momento de previsible encarecimiento de la financiación tras años de masivos estímulos monetarios.


La Reserva Federal ha elevado los tipos de interés en tres ocasiones en lo que va de año, hasta el rango actual de entre el 2% y 2,25%, unas cifras no vistas desde hace una década. Y se prevé que suba una vez más el precio del dinero en su reunión de final de año en diciembre, lo que añadirá presión sobre los países con elevados déficit y abultada deuda en dólares.


Obstfeld fue especialmente directo en este sentido: "Los gobiernos tienen menos munición fiscal y monetaria que la que tenían cuando la crisis financiera global estalló hace 10 años".


La reunión de Bali, que se prolongará hasta el 14 de octubre, se produce más de dos décadas después de la crisis financiera del sudeste asiático en el que se vivieron multimillonarias salidas de flujos de capital y varios países tuvieron que recurrir al apoyo del FMI.
El viernes está prevista la asistencia a la asamblea del presidente indonesio, Joko Widodo, en un momento especialmente difícil para el país tras el seísmo de magnitud 7,5 y el posterior tsunami que golpearon la isla de Célebes el 28 de septiembre causando casi de 2.000 muertos y 5.000 desaparecidos.

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Miércoles, 26 Septiembre 2018 09:31

La caída de Lehman Brothers y el pánico financiero

La caída de Lehman Brothers y el pánico financiero

El modelo capitalista sufre una crisis profunda desde el 2007-2008, cuando el pánico financiero se espació por todo el mundo. Una década después, el modelo no logra reponerse y al parecer se avecina una nueva crisis aún más profunda.



“En un sistema de producción en el cual todo el complejo edificio del proceso de reproducción social se basa en el crédito, si este se interrumpe de forma repentina y sólo tienen curso los pagos en efectivo, es evidente que debe producirse una crisis, una corrida en procura de medios pagos. En consecuencia, a primera vista, toda la crisis se presenta como una simple crisis de crédito y dinero”.
Carlos Marx.

 

La experiencia del pánico financiero es propia del capitalismo. En el siglo XIX se vivieron varias situaciones de ese tipo y Marx en el tercer tomo de El Capital se ocupó de dilucidar la lógica intrínseca de ese acontecimiento histórico que ninguna sociedad humana había vivido. Ese hecho es fundamental para captar la especificidad del modo de producción capitalista, y también para reconocer sus limitacionesm así como para poder pensar y obrar más allá de ese modo de producción.

 

Hoy existe un consenso entre los economistas sobre la pauta que caracteriza la crisis financiera: se detiene la economía porque ningún banco presta y el dinero se esfuma. Al así ocurrir se espera que el Estado salga a rescatar los bancos para poder garantizar de nuevo el funcionamiento del crédito y la inversión.

 

Ejemplo de una crisis financiera

 

La caída del banco Lehman Brothers, acaecida el 15 de septiembre de 2008, fue uno de los puntos culminantes de la crisis financiera que desencadenó el desinfle de la burbuja inmobiliaria en el año 2007. Richard Fuld, el presidente ejecutivo de ese banco, un año después de la desaparición súbita de esa institución centenaria, declaraba en una comparecencia en la Cámara de Representantes que no entendía porque las máximas autoridades de las finanzas norteamericanas (la Reserva Federal y el Departamento del Tesoro) no habían salvado el banco, y dijo que esa certeza íntima lo acompañaría: “[…] hasta el día en que me entierren”.

 

Las vicisitudes del proceso que culminó con la desaparición del banco se pueden seguir en el libro del secretario del Tesoro Henry M Paulson Jr. El título es un acierto: “On The Brink” (*). Efectivamente, la experiencia vivida por esos actores de la crisis fue la de estar frente el abismo. El libro escrito al modo de un diario, cuenta la angustia padecida ante la posibilidad de la desaparición de la red de instituciones financieras globales que mantienen el capitalismo en esta fase de su existencia. Y la caída de Lehman fue el detonante que los puso frente a esa posibilidad. Hoy, una década después, la élite dirigente del capitalismo global no ha podido superar los efectos de ese dramático acontecimiento y lo que se vislumbra en el horizonte inmediato es la posibilidad de otra crisis.

 

¿Se acerca una crisis de tipo política global?

 

Lo interesante del proceso en desarrollo es que el catalizador de esta nueva crisis es de tipo político. El presidente de los Estados Unidos para el periodo 2016-2020 Donald Trump, durante lo que lleva de su ejercicio ha quebrantado los consensos mínimos que las élites globales venían tratando de consolidar, después del pánico del 2007 y 2008. Este personaje logra la Presidencia de los Estados Unidos aprovechando el resentimiento y la impotencia de los norteamericanos afectados por esa crisis, pero también porque al final quienes se beneficiaron de los esfuerzos de la sociedad para superar la crisis fueron los mismos que la desencadenaron.

Trump centró su discurso de campaña en la crítica a Wall Street y a los políticos de Washington. Esa crítica fue perfectamente asimilada por la mayoría del electorado norteamericano. Lo que no se asimiló fue la autenticidad del personaje que levantaba la crítica. Ahora la sociedad norteamericana tiene al frente del Estado a alguien que recuerda a Luis Napoleón Bonaparte, el personaje que surgió de la crisis capitalista de 1848 y a Hitler, el personaje que surgió de la crisis de la década del 30 del siglo XX y que condujo a la humanidad a la carnicería de la Segunda Guerra Mundial.

 

Ahora (agosto de 2018), la élite norteamericana desesperada con el personaje trata de llevarlo a juicio. Ante esa posibilidad, Trump advirtió que su destitución podría ser el detonante de la nueva crisis. En una entrevista con Fox New dijo: “Si se me sometiera a un proceso de destitución, los mercados financieros se hundirían”.

 

Estamos, por tanto, frente a una coyuntura político-económica sin antecedentes en el capitalismo contemporáneo. La solución que se encuentre para salir de la crisis que se avecina podría ser el comienzo de la construcción de un modo de producción más allá del capitalismo o, de nuevo, una solución que prolongue el funcionamiento del agónico modo de producción capitalista.

 

* Paulsons H. On the Brink. Business Plus, NeW York, 2010.

 

Publicado enEdición Nº250
Un corredor de bolsa se sienta en el edificio de la Bolsa de Nueva York (NYSE, según sus siglas en inglés), el 15 de septiembre de 2008, el día de la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers. EFE/ Peter Foley

La "exuberancia irracional" del capitalismo no tiene límites. Diez años después del estallido de la crisis financiera, el peligro a una nueva réplica sigue latente. Con el agravante de que la brecha entre ricos y pobres se ha ensanchado hasta límites insostenibles y la clase media brilla, aún, por su ausencia.

 

La primera lectura que se puede extraer diez años después del 15-S de 2008 (cuando en EEUU, la mayor potencia capitalista, decidió nacionalizar el banco de inversión Lehman Brothers y, casi al unísono, las autoridades monetarias de Rusia, cuna y estandarte del comunismo, interrumpía las negociaciones de la Bolsa de Moscú ante la caída libre de los valores de sus cotizadas) es que la mayor convulsión que ha sacudido los mercados en la era moderna se podría volver a repetir. Es decir, que el armazón forjado para resguardarse de futuros tsunamis de extraordinaria magnitud como el de hace un decenio, presenta puntos débiles de calibre. Y no pocas contradicciones sin resolver. Como las proclamas que exigían una tregua al capitalismo, un paréntesis, para tratar de explicar por qué la Casa Blanca estatalizaba su banca y el Kremlin se apresuraba a salvar su mercado de capitales.

El nudo gordiano es que esta catarsis podría surgir de nuevo. Y de forma inminente. A juzgar por las voces inversoras que, desde Wall Street, vislumbran un clima bursátil que recuerda los meses que precedieron al estallido de la crisis. Con sobresaltos inversores por la excesiva volatilidad de los mercados globales. Entonces, el epicentro tuvo un foco indiscutible: los insostenibles avales de liquidez de Fannie Mae y Freddie Mac, las inmobiliarias de EEUU que se hundieron con sus tristemente famosas hipotecas subprime y se llevaron por delante a bancos de inversión como el mencionado Lehman Brothers o Bear Stearns, por su alta exposición crediticia en el mercado de la vivienda americano.

Las subprime se inyectaron a mansalva y endeudaron a familias (en especial, a las de escasos recursos), engatusadas por la permisividad prestamista de contratos que contenían cláusulas abusivas por doquier y que ejercieron su virulencia con el estallido de la turbulencia, cuando los empleos desaparecieron y la disponibilidad monetaria de los hogares se tornó en alarmantes números rojos.

La fulminante caída de Fannie Mae y Freddie Mac contagió, en semanas, a bancos de inversión como Lehman Brothers, icono de la opulencia artificial de los años de bonanza desenfrenada, y comerciales como el alemán Sachsen, o el Northern Rock británico. Y, sin razón de continuidad, desencadenaron, con una urgencia y una virulencia inusitadas, una oleada de rescates bancarios y programas de estímulo económico por todas las potencias industrializadas. No por casualidad, el tsunami había sumergido, por vez primera en su historia, al conjunto de las economías del G-7 en una profunda recesión.

 

 


La sede del banco Lehman Brothers, en Nueva York, en una imagen de junio de 2008.. EFE/ Justin Lane


Diez años después, la "exuberancia irracional" de los mercados (como diría el que fuera presidente de la Reserva Federal de EEUU, Alan Greenspan) no ha llegado a los históricos récords bursátiles de 2008. Ni mucho menos. Más bien al contrario, el ciclo de negocio surgido de la crisis ha dado muestra de fragilidad, pese al elevado dopaje proporcionado por las arcas públicas (sobre todo, las de las naciones de rentas altas, las más afectadas por este fenómeno) para costear las multibillonarias recapitalizaciones de las entidades financieras (en especial, las sistémicas, con dimensión global y, por tanto, con una capacidad de contagio sobre la totalidad de la arquitectura bursátil internacional) y afrontar la astronómica deuda absorbida desde el ámbito privado.

Pero el fanatismo inversor por adquirir pingües beneficios, lo que lleva implícito un factor de riesgo extraordinario, permanece igual de inalterable. A pesar de que la primera de las facturas que tuvieron que atender desde los Tesoros del primer mundo, la que se usó para sanear activos tóxicos disimulados en los libros contables de los bancos (productos de alto riesgo como swaps, derivados o estructurados) se valoró en un primer instante, desde el FMI, en más de 2,5 billones de dólares, equivalente al PIB británico, y años más tarde, en más del doble, como el tamaño de la economía japonesa. O de que todavía no se haya desinflado el montante total de la deuda global, que sigue en hinchando los globos en todas las latitudes del espectro industrializado.

Mientras, en el orden financiero, restablecido contrarreloj en medio de urgentes peticiones de tregua en el modus operandi del capitalismo, retorna a la laxitud. Regulatoria y supervisora. Para más inri, la Administración Trump empuja al mundo hacia otra dimensión, tan incierta en lo geopolítico como peligrosa en lo económico.

Vista del patio de negociación de la Bolsa de Nueva York, (NYSE, según sus siglas en inglés), en Wall Street, el 15 de septiembre de 2015, el día de la quibra de Lehman Brothers. AFP/Nicholas Roberts


¿Cómo se puede apreciar, entonces, esta huida hacia adelante? El propio análisis del mercado se afana en buscar las respuestas. Estas son cinco de las encrucijadas a las que se enfrentará el capitalismo en el futuro inmediato. Poco halagüeñas. En gran medida, por su resistencia al orden y a las transformaciones estructurales.

 

1.- Lecturas que siguen sin entenderse 10 años después


En realidad, la primera interpretación correcta es la vinculación de los ataques terroristas del 11-S, de 2001, y la quiebra de Lehman Brother’s, el 15-S de 2008.

El día en que, por primera vez en su historia, EEUU sufrió un ataque masivo en su territorio nacional, se acabó abruptamente la denominada siesta geo-estratégica. La Pax Global que se inició el 9 del 11 (de 1989) con la Caída del Muro de Berlín que puso colofón a la Guerra Fría y que concedió al mundo más de un decenio de entente cordiale. Si el 11-S convulsionó el planeta y dirigió a las potencias occidentales a guerras abiertas en Afganistán (con el plácet inmediato de la OTAN y sin cortapisas del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, o Irak, con falacias sobre la existencia de armas nucleares y demasiado fervor nacionalista e ínfulas de poder por parte del llamado Eje de las Azores), y al límite de un choque de civilizaciones, el estallido de la crisis corroboró la fragilidad del modelo capitalista en el que se asientan sus patrones de crecimiento y prosperidad. Dos hitos con un mismo daño colateral: una crisis de identidad en el primer mundo sin precedentes.

 

Humo y llamas en una de las Torres Gemelas de Nueva York, tras el ataque terrorista del 11-S de 2001. AFP/Henry Ray Abrams



El colapso de Lehman Brothers aireó una alarmante falta de liquidez. Activos tóxicos sin control se apropiaron de las carteras de inversión y de las finanzas de los bancos dejando sin ahorros ni patrimonios ni acceso a dinero efectivo a familias y empresas. Especialmente a los del primer mundo. La fiesta se acabó, tituló entonces la prestigiosa revista The Economist. Término que utilizó también al analizar el final del mal llamado milagro económico en latitudes como España. El caos fue total. Las acciones se desplomaron por todos los parqués, el mercado inmobiliario de EEUU se hundió, igual que la economía real, a la que dejaron de fluir, sólo en la primera potencia global, más de 2 billones de dólares por restricciones urgentes del crédito.

Los fenómenos se precipitaron. Austeridad económica, el mayor salto en la desigualdad entre ricos y pobres de la historia reciente, desaparición de gran parte de la clase media, inseguridad y precariedad laboral, quiebra de los sistemas financieros y asunción de unos niveles de deuda soberana sin parangón; debido, en una alta proporción, a la nacionalización de las elevadas tasas de endeudamiento privado, de hogares y empresas, a los Tesoros estatales, que asumieron así una losa adicional sobre sus cuentas públicas.

Y, algunos años más tarde, aunque la semilla se propagara entonces, la irrupción del nacional-populismo. Las naciones de rentas altas pueden dar fe de varios vestigios de estos movimientos ideológicos, xenófobos y excluyentes, que rayan (o se jactan, según sus variantes) el nazismo.

Las repercusiones del tsunami financiero aún se aprecian en la actualidad. En EEUU, por ejemplo, una porción de la economía, valorada en 1,4 billones de dólares, el equivalente al PIB español, se ha perdido irremediablemente. Es decir, nunca volverá a formar parte del modelo productivo del país. Su desaparición ha supuesto, cómo no, un castigo a las clases más desfavorecidas.

 

Los operadores de la Bolsa de Chicago (Illinois, EEUU), el 15 de septiembre de 2008, el día de la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers. EFE/ Kamil Krzaczynski



En un momento en el que su presidente, surgido del populismo más exacerbado, maneja el poder con una diplomacia sin rumbo, a golpe de órdenes ejecutivas, desmantelando los progresos de la era Obama (MediCare o regulación bancaria) y poniendo en cuestión el compromiso de EEUU con el libre comercio y la estabilidad económica. Su doble rebaja tributaria, sobre las rentas y los beneficios empresariales, y su despilfarro presupuestario en el terreno militar tienen en vilo al resto del planeta, al establishment del país y a los mercados. Donald Trump representa, mejor que cualquier otro dirigente, la época triunfal de esta nacional-populismo.

 

2.- Qué ha cambiado (y qué no)


Susan Lund, de la consultora McKinsey, explora en cinco puntos determinantes dónde se ha avanzado y en qué se ha retrocedido:

a) La deuda sigue creciendo. A pesar de que los bancos centrales y las autoridades políticas y regulatorias tomaron medidas extraordinarias y fulminantes para devolver a la banca a sus actuales índices de capitalización, por encima de la cota que alcanzaron en meses previos al estallido de la crisis y de que, en conjunto, los virajes económicos, financieros y monetarios hayan dejado menos dinero en circulación en el sistema, los riesgos siguen en el desfiladero. La deuda global combinada de gobiernos, empresas, hogares y bancos ha crecido en más de 72 billones de dólares desde finales de 2007. Sin visos de que pare.

China acapara más de la tercera parte de este incremento. Ha multiplicado por más de cinco veces su deuda, hasta totalizar 29,6 billones a mediados de 2017. En relación a su PIB, ha pasado de significar el 145% al 256 en ese periodo. EEUU también ha catapultado su deuda más allá de la barrera del 100% de su PIB. En cotas desconocidas en tiempos de paz. Es decir, desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En general, los gobiernos superan los 60 billones de deuda desde 2008. Con Japón, Grecia, Italia, Portugal, Bélgica, Francia, España y Reino Unido por encima de ese umbral. En los mercados emergentes, la cota es más moderada. Del 46% del PIB, frente al 105% de las economías avanzadas. Pero la mayoría de sus compromisos están denominados en moneda extranjera, con coyunturas monetarias que debilitan sus divisas y ponen en riesgo casi insostenible sus calendarios de vencimientos.

Por si fuera poco, la deuda no financiera de las empresas se mantiene disparada. Se ha duplicado con creces en este decenio. Hasta 66 billones de dólares. Pese a los rescates bancarios y a los programas de estímulos a sectores. Sólo las firmas chinas han elevados sus ratios en 15 billones de dólares. Desarticular la bomba de la deuda es, pues, uno de los retos más acuciantes. De difícil solución.

 

Operadores del mercado de divisas, en Tokio. REUTERS/Kim Kyung-Hoon


b) Las familias, menos endeudadas, pero lejos de la calma financiera. La dura recesión, la pérdida de empleos y la contracción del crédito dejó a los hogares en situación precaria. Entre otras razones, porque en los años de bonanza, de 2000 a 2007, el alza de hipotecas fue más que notable. La deuda de las familias en EEUU aumentó por este concepto 28 puntos porcentuales. En Reino Unido, más del 30%, hasta significar el 93% del PIB. La deuda privada en España triplicaba holgadamente el tamaño de su economía. El impago de hipotecas llegó a rebasar el 11% del total de préstamos por vivienda en EEUU.

La buena noticia en este punto es que este decenio las fórmulas de refinanciación, la dación en pago, en según qué países, y la reestructuración de los bancos -rescatados o no- que incluye una valoración más precisa de los riesgos y una merma de las firmas de contratos hipotecarios, ha saneado las cuentas de las familias. En EEUU, el recorte de la deuda de los hogares ha sido del 19%, aunque también ha disminuido la porción de propietarios de inmuebles, muchos de los cuales han pasado a integrar el patrimonio de bancos o fondos buitres. En España, ha sido del 21% desde el máximo, en 2009. Pese a ello, una nueva burbuja se cierne sobre ciertas naciones. La deuda ha subido en Australia, Canadá, Suiza o Corea del Sur. Aunque también ha subido por otros motivos. En EEUU, la cobertura sanitaria se ha encarecido en 400 dólares de media para el 40% de los adultos y los préstamos estudiantiles llegan a los 1,4 billones de dólares, más que la deuda contraída con tarjetas de crédito.

c) Bancos más seguros, aunque menos rentables. El cambio regulatorio elevó la ratio de capital desde una cota algo inferior al 4% en los bancos europeos y estadounidenses en 2007 a más del 15% en 2017. En esencia, las nuevas normas exigían colchones holgados de capital y una cantidad mínima de activos líquidos. La presión regulatoria fue más dura en los primeros episodios de la crisis en EEUU; pero, con posterioridad, las exigencias se han tornado más rígidas entre los bancos europeos. De 2012 a 2017, la industria global declaró un alza de ingresos del 2,4%, frente a los repuntes del 12,3% de los meses antes de la quiebra de Lehman Brothers. La banca se queja de que su reducción de ingresos, tras años de reconversiones de plantillas y recortes de gastos, les está perjudicando su tránsito hacia la digitalización. En general, han reducido su negocio internacional.


Pero este clima regulatorio puede tocar a su fin. Trump quiere restablecer la doctrina neoliberal y prepara el derribo de la Ley Dodd-Frank, creada por Obama en 2010 con el fin de añadir supervisión y vigilancia al sistema bancario y mayor rigor normativo a una industria infectada de activos tóxicos. Las economías anglosajonas ya han mostrado su disposición a seguir la estela americana para no perder competitividad, arguyen.

d) La arquitectura financiera internacional se encuentra menos interconectada. Luego, resulta menos vulnerable al contagio. Globalmente, los bancos han vendido activos por un valor superior a los 2 billones de dólares desde 2008. Algo que deja una evidencia más que palpable: los flujos de capital transfronterizos se han reducido un 53% desde la crisis y los intercambios de inversión extranjera directa han pasado de los 3,2 billones de dólares de 2007 a los 1,6 billones de 2017.

Sin embargo, queda por saber cómo reaccionarán los bancos ante otro nuevo episodio de calado. Porque algo huele en el mercado a los meses previos a la crisis de 2008. La volatilidad reciente por el encarecimiento del crédito y del acceso a liquidez, debido al abandono de las políticas monetarias laxas en EEUU y Reino Unido, especialmente, son buenas muestras de ello.

e) Nuevos riesgos sistémicos. Los niveles de endeudamiento corporativo y la fragilidad de las divisas emergentes. El 40% de la deuda empresarial ajena a EEUU tiene nota BBB entre las principales agencias de rating, un escalón por encima del bono basura, en el que podrían caer cuatro de cada diez de ellas si la Reserva Federal sube dos puntos básicos más el precio del dinero. En total, las necesidades de refinanciación de deuda empresarial pasarán, en los próximos cinco años, de suponer 1,6 billones de dólares a 2,1 billones. Los riesgos inmobiliarios también aparecen en escena. Con mercados en ebullición en San Francisco, Shanghai o Sidney. Por si fuera poco, el aterrizaje, que aún puede calificarse de controlado y suave, del PIB chino suma tensiones. Al igual que una debacle de las criptomonedas. O tensiones geoestratégicas. El retorno al proteccionismo comercial. El incierto panorama de los movimientos nacionalistas. O la proliferación de los algoritmos, que ya han propiciado la pérdida de interés informativo por parte de los inversores sobre los valores a los que dirigir sus carteras de capital.

 

3.- La desigualdad social aumenta


El arsenal monetario de billones de dólares puesto en el mercado por los grandes bancos centrales para sostener el efecto dominó de quiebras de bancos evitó un credit-crunch mundial. A duras penas. Y con un elevado coste económico. Diez años después, la capacidad económica y el ritmo del comercio están todavía por debajo de sus registros de 2007.

Igual que el MSCI (antes denominado Morgan Stanley Capital Internacional) indicador que mide la evolución ponderada de los fondos de inversión por todo el mundo, permanece un 22% por debajo de su nivel de hace diez años. Aunque está marcando un ritmo alcista desconocido desde 2003. Alerta roja en los mercados. Porque el fantasma de una próxima crisis acecha ante la débil manifestación del ciclo de negocios.

La inflación brilla aún por su ausencia. Es decir, que las subidas de precios permanecen lejos de los límites que los bancos centrales emplean para encarecer los tipos de interés y que la Reserva Federal de EEUU, por ejemplo, se ha saltado a la torera al iniciar un rally alcista sin vestigios claros de presiones inflacionistas. En gran medida, la plana evolución de los precios se han debido al lento aumento de los salarios, la tecla que más y primero tocaron los responsables económicos, una vez más, para afrontar la emergencia global, y que sigue debilitando la demanda interna y retrasando las decisiones de compra de viviendas o adquisición de bienes duraderos.

La OCDE, el club de los ricos, admite que el 10% más pobre que habita en su órbita de influencia -las economías con mayores rentas per cápita y condición de economías de mercado- no serán capaces de recuperarse de la crisis ante la persistente caída de sus retribuciones. La brecha entre ciudadanos con alto poder adquisitivo y los que sobreviven bajo el umbral de la pobreza no sólo se ha ensanchado alarmantemente. Es, para la mayoría de economistas y académicos que han investigado los efectos colaterales de la crisis, la píldora más difícil de digerir para la sociedad global. Los datos son elocuentes. La ONG Oxfam afirma que el 82% de la riqueza que se generó en 2017 la atesoró el 1% de la población más pudiente. Mientras que la mitad demográfica con menores recursos vieron, un año más, reducida su fuente de ingresos. Oxfam enfatiza desde el inicio de la crisis y la instauración de la austeridad que el sistema de la economía global falla sistemáticamente. Tiene demasiadas fallas tectónicas. Entre otras, fugas impositivas, influencias insostenibles de las empresas en la toma de decisiones políticas (los lobbies del sector privado y la industria financiera, mencionan), erosión de los derechos de los trabajadores y recortes de gastos sociales masivos y generalizados. Todo ello está detrás de esta lacra universal.

Un 'sintecho' cena en un albergue en la ciudad francesa de Niza. REUTERS/Eric Gaillard



Oxfam también lo interpreta desde otro punto de vista. El patrimonio combinado de los 85 más ricos del mundo es similar al que disponen el 50% con menores recursos del planeta. Es decir, que las 85 personas con mayor riqueza manejan una cantidad semejante a la que poseen 3,5 millones de habitantes. Los menos favorecidos.

El llamado coeficiente Gini es el método que determina el grado de desigualdad de rentas. Este indicador considera el nivel cero como el estado de equidad absoluta -el ideal de distribución de los recursos- mientras que el uno equivale a que una persona absorba toda la riqueza mundial. Con este barómetro, la OCDE elabora el top-ten de sus socios que más han deteriorado sus ratios de igualdad. Japón (0,336 de índice Gini) en 2018. País que se llama a sí mismo de la clase media ha visto como en el último decenio su emblemático estrato social ha reducido en dos veces su tasa de ingresos medios. Con 3,3 millones de japoneses buscando sólo empleos temporales. La tercera potencia mundial es la décima en desigualdad de la OCDE. Todavía los hay peores. Por orden decreciente, hasta el primero de esta lista negra, el que más ha empeorado su brecha, así queda el ranking.

Grecia (0,337): Su economía, sometida a evasiones tributarias a raudales y manejada con falsas estadísticas, protagonizó la mayor crisis de deuda en Europa. Necesitó varios rescates. Ahora es el país, sólo superado por México, cuya población trabaja menos números de horas al año.

España (0,338): También tuvo que acudir a un rescate -nunca reconocido por su Gobierno de la época- financiero para sanear su sistema bancario. Los salarios se congelaron e, incluso, bajaron todavía en 2014 mientras subían las tarifas eléctricas, de agua o de transporte, entre otras. Con la segunda tasa de desempleo más elevada de la UE, a pesar de la salida de casi dos millones de jóvenes con talento e inmigrantes, sus índices de precariedad laboral son alarmantes. Más del 90% de los nuevos contratos de trabajo siguen siendo eventuales.

Reino Unido (0,341): El coeficiente más alto de los últimos 30 años. Los británicos más ricos son los que controlan el 31% de la renta del país; el 10% más pobre apenas gestiona el 1% de esos ingresos.

Portugal (0,344): Pese a sus progresos. El país, también rescatado, ha recuperado los niveles de empleo y producción económica previos a la crisis. Saltándose la austeridad exigida en Bruselas, lo que le ha conducido, además, a casi igualar la renta per cápita de 2007. Su gran escollo es la pobreza estructural. Histórica y cíclica.

Los cinco con mayor desigualdad son Israel (0,376), con la mitad de las familias musulmanas en declaración de pobreza; EEUU (0,38), cuyo 1% más rico absorbió, entre 2009 y 2012, el 95% de las ganancias de la recuperación económica; Turquía (0,411), junto a Grecia, los países que más han abierto su brecha social, debido a un injusto código fiscal que sitúa la dos terceras partes de la presión impositiva sobre los impuestos indirectos, lo que pagan indistintamente, a gravamen similar, ricos y pobres. México (0,466), con la legislación laboral más dura para los trabajadores de todo el mundo, lo que se traduce en muchas horas de trabajo a cambio de salarios ridículos, y Chile (0,501), al que pasa factura el neoliberalismo de la era de Pinochet con grandes porciones de ingresos que sus ciudadanos deben destinar al pago de créditos estudiantiles o a sus fondos de pensiones privados.

Un caso clínico es el de EEUU. Más de la mitad de la clase media no está en disposición de asumir un gasto extraordinario leve, de 400 dólares al mes, sin acudir a solicitar un préstamos personal.

 

4.- La globalización, en riesgo de quiebra técnica


El FMI ha contabilizado 124 crisis bancarias de mayor o menor dimensión desde 1970 hasta 2007. Aunque cada vez, de mayor envergadura. En sintonía con los avances globalizadores de los mercados. Quizás uno de los mejores ensayos de esta doble quiebra, de los mercados y la globalización, que ha dado lugar a un nuevo orden geoestratégico y económico internacional, sea el de Ian Bremmer, politólogo estadounidense y experto en política exterior americana. Titulado Nosotros contra ellos (los políticos): El fallo de la globalización, no se cansa de pregonar que la errática diplomacia de la Administración Trump es una amenaza para el orden global, especialmente por los ataques a sus aliados tradicionales. Aunque, a renglón seguido, dice que la globalización, germen del populismo de derechas, es la responsable de la ruptura brusca de la aspiración clásica de las clases medias por desarrollar su trayectoria profesional e instalarse con esfuerzo y trabajo en la prosperidad. Esos estándares -resalta Bremmer- han saltado por los aires.

Por eso la derecha recalcitrante y retrógrada que posibilitó la victoria del Brexit en Reino Unido, el triunfo de Trump en EEUU o la oleada de nacional-socialismo por el Este y el Centro de Europa -también en Italia- está de enhorabuena. Porque han sabido trasladar a la opinión pública el descontento que han generado, básicamente, las elites políticas, económicas y empresariales. Al igual que líderes culturales y sociales. Incapaces de gobernar la globalización. De armar otro contrato social. Más bien al contrario, han generado el abono que han utilizado Steve Bannon y otros acólitos de las fake news.

La exaltación del patriotismo ha llegado a las tres grandes potencias. El America, first, la Madre Rusia o la Revolución Cultural del Gran Timonel chino del Siglo XXI. Son los detonantes del Nuevo Orden Global. Más gasto militar, con escalada atómica, y cambios económicos de calado con el beneplácito de sus sociedades civiles, dominadas por la censura o la post-verdad de las redes sociales y los medios de comunicación.

Bruce Kasman, economista jefe de JP Morgan, traslada este panorama al ámbito económico. La guerra comercial iniciada por este año Trump contra Europa, China y sus socios norteamericanos del Nafta y, más recientemente, a Turquía, a base de órdenes ejecutivas, “induce a preguntarse si no estamos ante el comienzo de la desglobalización”. Porque las subidas arancelarias que se están sucediendo -y que en el caso de la batalla abierta contra China ha traído consigo la idea de Trump de ampliar el encarecimiento de tarifas a bienes que importa del gigante asiático por un valor superior a los 200.000 millones de dólares, además de 360.000 millones adicionales si se contabiliza su intención de obstruir la adquisición de automóviles foráneos-, sus embestidas contra la OMC, a la que dice querer liquidar, y los intentos estadounidense, estos ya reales, de bloquear la renovación de nombramientos de los futuros jueces de la Corte de Apelaciones de esta institución, auguran, al menos, una globalización distinta. “Puede que sea prematuro hablar de una era de la des-globalización pero, desde luego, no resulta descabellado”, aclara Kasman. “La invocación de la Casa Blanca a la defensa de la seguridad nacional para justificar la subida de tarifas legitima espacios jurídicos para promover políticas proteccionistas con mayor barrera de aranceles”, asegura.

Bremmer, además, alerta contra otro fenómeno colateral, la robotización y, en general, la era de la digitalización. Esta llamada Cuarta Revolución Industrial pone patas arriba las relaciones laborales. A su juicio, y basándose en datos de la Unctad, la agencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo, esta transformación en las cadenas de valor de las empresas y en los ecosistemas de comercialización de bienes y servicios, pone en riesgo el 47% de los empleos en EEUU, el 65% de Nigeria, el 69% en India o el 77% en China. A lo que hay que unir los efectos, no cuantificados aún con rigor, del cambio climático, el riesgo de ataques terroristas o la presión demográfica. Para este politólogo, la amortiguación de estos cambios e, incluso, la oportunidad de negocios que pueden generar, pasa por políticas eficaces y activas en áreas como la mejora educativa, la formación profesional de los asalariados, la reestructuración de unos modelos de fiscalidad decimonónicos o el impulso de iniciativas público-privadas para la construcción y la gestión de infraestructuras o redes de abastecimiento y transporte. “Sólo así -advierte- se logra poner orden en el capitalismo, impulsar los mercados y gobernar la globalización”, frente a las falacias nacionalistas y el proteccionismo comercial de los neo-liberales recalcitrantes.

 

5.- ¿Está Europa preparada para otra crisis?


“Obviamente, debería estar alerta”, dice Lutz Jaede, socio de la consultora Oliver Wyman. Dos de cada tres empresarios la esperan en menos de tres años, según una encuesta entre directivos de grandes corporaciones. Europa es aún demasiado vulnerable. Por su sistema bancario, con riesgos latentes, inestabilidades políticas surgidas de los movimientos nacionalistas, un desapego a la digitalización, que no acaba de generar grandes multinacionales del sector, si se compara con las economías asiáticas o la estadounidense, y una reacción contraria a los proyectos de inversión a medio plazo por parte de las firmas privadas. A la espera de mejores coyunturas para los negocios.

Esas mismas voces de alarma la han emitido también expertos como el financiero George Soros. O Kenneth Rogoff, antiguo economista jefe del FMI y profesor en ejercicio de la Universidad de Harvard. Para Rogoff, “varios de los líderes europeos se niegan aún a reconocerlo, pero su status quo actual no resulta sostenible. O crean una mayor y más efectiva integración fiscal, financiera, presupuestaria y monetaria del euro o el proyecto europeo se resquebrajará”. Sin remedio. En su opinión, y a corto plazo, el escenario, incluso, invita al optimismo. Con el PIB creciendo, hasta finales de 2017, al mayor ritmo en doce años, en medio de un sólido despegue de la actividad, y el tándem Emmanuel Macron y Angela Merkel con mandatos despejados en sus respectivos países, engrasando de nuevo el eje franco-alemán y reanimando la fiabilidad del euro. Pero su suerte -explica Rogoff- está echada. Su misión es “cómo maniobrar para que el euro sobreviva y sea sostenible”. Con mayor integración o permitiendo que estalle por los aires de forma caótica. “Porque es del todo punto improbable que la divisa europea no se enfrente a un nuevo examen de resistencia en los próximos cinco o, a lo sumo, diez años; si no antes”.

De momento, impera el nein de Merkel a una agenda reformista (la de la Comisión Europea con el denominado informe Juncker), secundada por Macron, pero a la que se opone el bloque de contribuyentes netos, con los países nórdicos, Holanda y Austria a la cabeza. No desean ni oír hablar de presupuesto anticrisis, ni completan la unión bancaria con medidas de mutualización de riesgos, como los eurobonos. Ni siquiera de un ministro de Finanzas del euro o de convertir el mecanismo de rescate Mede en el Fondo Monetario Europeo. El empuje de la ultraderecha, cuyo último botón de muestra se produjo el pasado fin de semana en las elecciones suecas, en la que los Demócratas de Suecia, se convirtieron en la tercera fuerza del país, a escasos escaños de socialdemócratas y conservadores, se ha impuesto a los criterios que reclaman, con aplastante dosis de lógica, un paso decidido hacia la supranacionalidad de la UE. Más Europa, en definitiva, para abordar futuras crisis sistémicas. Económicas y políticas. La próxima -y posiblemente última oportunidad- será en la cumbre de jefes de Estado y Gobierno de diciembre. De momento, en junio, claudicó el plan Macron.

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