Sábado, 12 Junio 2021 06:42

Israel y Palestina: el laberinto

Israel y Palestina: el laberinto

Fnalmente, Bibi (Benjamin Netanyahu) será depuesto. El próximo domingo el Knéset (el parlamento) votará su sustitución por Naftali Bennett, representante de una amplia –y hasta bizarra– coalición de partidos políticos de izquierda, centro y derecha, que incluye a las formaciones árabes. El resultado de las elecciones de marzo fue inobjetable al respecto: la mayoría de la población israelí quiere verlo fuera del gobierno y del poder. La celebración popular de su derrota alcanzó el paroxismo de un carnaval, pero Netanyahu es hábil hasta lo obsceno. Acusado de corrupción, tráfico de influencias, coerción a la prensa (y uno espera que pronto por crímenes de guerra) aún guarda sus últimos cartuchos para boicotear el mandato de las urnas. Hay algo que el político-policía no soporta: la lejanía del poder. El único error que cometió Fouché en su vida fue no saber cuándo retirarse. El mismo que acabó con Fernando Gutiérrez Barrios en México.

El dilema reside en la composición del Knéset, donde la aritmética de la votación no correspondió a la distribución de los curules. El bloque de derecha y ultraderecha que gobernó a Israel en el último cuarto de siglo quedó tan sólo a dos asientos de la mayoría. Una invitación a Bibi para maniobrar hasta el último momento. Habrá que aguardar hasta el domingo.

Algunos observadores sostienen que el último y artero ataque militar contra la población de Gaza perseguía el propósito de mantenerlo en el poder. No es improbable. En el gobierno, el primer ministro tiene poderes plenipotenciarios sobre el aparato tecnológicomilitar. Netanyahu es capaz de eso y mucho más.

El último intento serio de la política israelí por encontrar una solución pacífica al conflicto con los palestinos fue sepultado en 1995 con el asesinato de Isaac Rabin. Para percibir la dimensión del efecto de este magnicidio, piénsese tan sólo en que las estadísticas de homicidios en Israel son una de las más bajas en el mundo. Hay años que no suman más de 150 casos. Matar entre israelíes continúa siendo un acto en extremo sacrílego.

Ninguno de los gobiernos de Likud que siguió a los acuerdos de Camp David, no sólo no buscó una solución pacífica, sino que, más grave aún, nunca aceptó la opción de dos Estados. Antes lo ocultaban, hoy lo dicen abiertamente. ¿Cuál ha sido entonces el propósito de esta política extrema? Basta con examinar las estrategias que rigen a los ataques militares a Gaza para darse una idea. Están siempre dirigidos contra escuelas, hospitales, caminos, ductos, silos de armas (por supuesto) y nuevas construcciones oficiales. El objetivo es sofocar las posibilidades de la vida en Gaza, crear las obscenas condiciones que obliguen a sus habitantes a la diáspora. En resumen, una política de expulsión de la población. La sorpresa ha sido que los palestinos resisten (y resisten) frente a todas las inclemencias de este asedio.

Desde la percepción oficial israelí, la situación palestina se reduce, en esencia, a lo siguiente: una nación sin Estado. Fue Hanna Arendt la que llamó la atención por primera vez a la condición de los sin Estado como una de las claves para descifrar las transformaciones de la hegemonía y la dominación en la segunda mitad del siglo XX. Lo hizo de manera breve en un par de ensayos. La historiadora y socióloga Wendy García expandió recientemente, en su tesis de doctorado ( La nación y lo vivo), la comprensión de este concepto para descifrar los vericuetos del laberinto en el que hoy habitan, entre muchas otras, las vastas poblaciones de migrantes a los países industriales, el drama del Tibet, la dilemática situación de Cataluña, Escocia y Quebec y, por supuesto, la condición de los palestinos.

Por su parte, la representación política de quien hoy rige en Gaza no es precisamente un dechado de virtudes. Después de haber ganado las elecciones a Fatah –la antigua organización civil que inició la resistencia desde la década de los 60–, y perseguir y expulsar a todos sus miembros de Gaza, Hamás nunca ha convocado a elecciones. No existe la libertad de expresión y los partidos políticos no están permitidos. El poder se encuentra en manos exclusivas de esta organización religiosa cuya misión, según sus propios documentos, reside en la conformación de un Estado panislámico en Palestina. En otras palabras, una teocracia hecha a la medida de hoy. Por supuesto, no reconoce la existencia del Estado de Israel. La paradoja es que el gobierno israelí fue el que más apoyó su desarrollo, en parte, para debilitar la influencia de la Organización para la Liberación de Palestina, de Yasser Arafat. En política nunca se sabe dónde comienza el amigo y dónde el enemigo.

Se trata de un conflicto entre dos fuerzas que parecen darse la mano en aquello que precisamente las confronta. Una mano del todo asimétrica: de un lado, una de las maquinarias teconológico-militares más mortíferas y precisas; del otro, morteros manuales y recursos de combate precarios. La política israelí parece haber olvidado del todo que incluso la guerra tiene un método de la dignidad. El saldo de todo esto: el sufrimiento interminable de la población palestina en Gaza. Para doblegar a la derecha que gobierna en el Knéset, el movimiento palestino requeriría de un Gandhi o un Nelson Mandela, y no de un grupo de jeques e imanes que prometen salvación a cambio del martirio de una población entera.

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Biden quiere transformar el Quad en una miniOTAN para neutralizar a China

El presidente de EE UU, Joe Biden, está estos días de visita oficial en Europa. Uno de los propósitos de la visita es concertar con los aliados europeos una estrategia común para contrarrestar la creciente actividad militar de China en Asia y de Rusia en el este de Europa.

[El presidente de EE UU, Joe Biden, está estos días de visita oficial en Europa. Uno de los propósitos de la visita es concertar con los aliados europeos una estrategia común para contrarrestar la creciente actividad militar de China en Asia y de Rusia en el este de Europa. El siguiente artículo, publicado hace ya varios meses, explica cuáles son los planes de la nueva presidencia estadounidense en la región de Asia-Pacífico. Ndt.]

Con China como telón de fondo y su creciente potencial militar en el centro de sus preocupaciones, el presidente estadounidense Joe Biden y su gobierno organizan la respuesta entablando conversaciones en este sentido con las principales cabezas de la diplomacia europea. Están preparando asimismo una próxima cumbre del Quad, ese foro estratégico que reúne a EE UU, Japón, Australia e India y que Washington quisiera convertir en una nueva OTAN en Asia.

El pasado 5 de febrero, los jefes de la diplomacia de Alemania, Francia, Reino Unido y EE UU declararon su intención de “relanzar” los vínculos transatlánticos con motivo de su primer encuentro telemático desde la toma de posesión de Biden en Washington el 20 de enero. “Los ministros de Asuntos Exteriores han convenido en que desean relanzar la asociación transatlántica tradicionalmente fuerte y afrontar conjuntamente los retos globales en el futuro”, afirmaron en un comunicado del gobierno estadounidense. “Este primer intercambio en profundidad entre los ministros de Asuntos Exteriores desde la investidura del presidente Biden se ha caracterizado por una atmósfera confiada y constructiva.”

Estas reuniones telemáticas han brindado la ocasión de abordar una serie de cuestiones, entre ellas la de Irán, la pandemia de coronavirus, así como las relaciones con China y Rusia, precisó la cancillería de Berlín. El secretario de Estado Antony Blinken “ha subrayado el compromiso estadounidense a favor de una acción coordinada para superar los retos mundiales”, declaró el portavoz de la diplomacia estadounidense, Ned Price. Propósitos que rompen con la política de lobo solitario y América primero del gobierno de Donald Trump. Blinken y sus homólogos “han afirmado el papel central de la relación transatlántica para afrontar las cuestiones de seguridad, climáticas, económicas, de salud y otros retos a que se enfrenta el mundo”, añadió Ned Price.

Asia-Pacífico abierta”

Por encima de todo, el entorno del presidente Joe Biden está preparando la celebración de una primera reunión telemática en la cumbre del Quad, el foro que reúne a Washington, Tokio, Canberra y Nueva Delhi, cree saber la agencia Kyodo. Sería su primera reunión en el más alto nivel desde que el gobierno de Trump transformó el Diálogo cuatrilateral sobre la seguridad en un mecanismo cuyo objetivo reconocido es el de contrarrestar la creciente influencia de China en la región Asia-Pacífico. Según la agencia japonesa, el temario de esta reunión incluye en particular discusiones sobre el respeto de una “Asia-Pacifico abierta”, así como sobre las inquietudes que suscitan las actividades de China en la región, concretamente la militarización emprendida en el mar del Sur de China, reivindicado por Pekín.

“Una cumbre del Quad no sería una sorpresa, ya que la alianza de seguridad frente a China en la región Asia-Pacífico es una estrategia constante de EE UU”, señala Shi Yinhong, un experto en relaciones internacionales de la Universidad Renmin en Pekín, citado por el South China Morning Post. Sin embargo, este especialista prevé una probable evolución del Quad hacia una miniOTAN de Asia-Pacífico, después de que el Reino Unido hubiera manifestado su deseo de formar parte de esta alianza. Este plan del gobierno estadounidense ya se ha aireado en repetidas ocasiones estos últimos meses. Sin confirmar explícitamente la próxima celebración de esta cumbre, el ministerio japonés de Asuntos Exteriores ha informado de que el primer ministro Yoshihide Suga y el presidente de EE UU han mantenido una conversación telefónica y se han puesto de acuerdo en el principio de un refuerzo del Quad. Este último mantuvo su primera reunión a nivel de ministros de Asuntos Exteriores en 2019 en Nueva York, y una segunda en octubre de 2020 en Tokio.

Llamada en espera a Xi Jinping

Mientras que Joe Biden ha telefoneado a casi todos sus principales interlocutores extranjeros, todavía no lo ha hecho al presidente Xi Jinping, tres semanas después de su investidura. En una entrevista en la cadena de televisión estadounidense CBS, difundida el domingo 7 de febrero, el presidente de EE UU ha explicado que no había motivo para que los dos presidentes no hablaran por teléfono. Pekín, ha dicho, “ha enviado señales” en este sentido. “No tenemos necesidad de un conflicto, pero habrá una competencia extrema”, ha prevenido Biden. “No seguiré el método Trump y vamos a ceñirnos a las reglas internacionales en la elección del camino a seguir.”

De todos modos, el sábado 6 de febrero ha tenido lugar un primer contacto oficial entre China y EE UU con motivo de una conversación telefónica entre el secretario de Estado Blinken y el responsable de política exterior del Partido Comunista Chino, Yang Jiechi. El sucesor de Mike Pompeo ha aprovechado esta entrevista para afirmar que EE UU seguirá defendiendo los derechos humanos y los valores democráticos en el mundo. “He dejado claro que EE UU defenderá nuestros intereses nacionales, luchará por nuestros valores democráticos y responsabilizará a Pekín de todo abuso contra el sistema internacional”, ha tuiteado el secretario de Estado al término de esta conversación telefónica. EE UU “seguirá defendiendo los derechos humanos y los valores democráticos, inclusive en Xinjiang, en Tíbet y en Hong Kong”, ha declarado Blinken según un comunicado del departamento de Estado.

Por su parte, Yang ha pedido a EE UU que no atente contra los “intereses fundamentales” de China y que “corrija sus políticas erróneas”. El responsable chino ha invitado a Washington a colaborar con Pekín con el objetivo de crear un entorno que evite la confrontación, según la agencia Nueva China (Xinhua).

Capacidad nuclear de Pekín

Mientras tanto, estos últimos días se han multiplicado las declaraciones a propósito de China por parte de la nueva administración estadounidense. Así, el nuevo secretario de Defensa, Lloyd Austin, ha calificado en una comparecencia ante el Senado al país asiático de “amenaza constante” para el Pentágono. Su adjunta, Kathleen Hicks, ha declarado a su vez que frente a la amenaza creciente de China contra Taiwán, el compromiso de EE UU con la isla rebelde debería ser “transparente como el cristal”. En cuanto al consejero de Seguridad Nacional de Biden, Jake Sullivan, ha dicho que China representa “una competidora estratégica fundamental”.

Por lo demás, según el Mando Estratégico Nuclear estadounidense, el almirante Charles Richard, EE UU debe prepararse “para una posibilidad muy real” de un ataque nuclear, ahora que tanto China como Rusia están reforzando rápidamente sus capacidades nucleares. China, ha escrito en un artículo publicado en el número de febrero de la revista Proceedings del Instituto de Fuerzas Navales, está convirtiéndose en una “competidora estratégica de EE UU en este terreno, mientras que su compromiso adquirido en la década de 1960 de no ser la primera en lanzar un ataque nuclear “podría cambiar en un abrir y cerrar de ojos”. Y ha añadido: “Pekín está estudiando capacidades y operaciones estratégicas que no son coherentes con una disuasión mínima, adquiriendo una panoplia completa de opciones, incluido un uso limitado y una capacidad de ataque preventivo.”

China nunca ha revelado la envergadura de su arsenal nuclear, aunque los expertos occidentales suelen cifrarlo en 200 a 300 cabezas nucleares, es decir, más o menos el equivalente al del Reino Unido o de Francia, muy alejado por tanto del arsenal de Rusia o de EE UU. El 25 de enero, la portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, había sido de lo más explícita: “Lo que hemos visto estos últimos años es una China cada vez más autoritaria en el interior y agresiva en el exterior. Pekín desafía ahora nuestra seguridad, nuestra prosperidad y nuestros valores de tal manera que nos exige adoptar un nuevo enfoque.”

 Pierre-Antoine Donnet

11 junio 2021

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Joe Biden y Boris Johnson celebran su alianza pese a las diferencias sobre Irlanda del Norte

Ambos líderes firmaron una nueva Carta del Atlántico adaptada al siglo XXI

"Nos comprometemos a trabajar de cerca con todos los socios que comparten nuestros valores democráticos", sostuvieron desde Downing Street. En su primer viaje internacional, el presidente estadounidense participará de la cumbre del G7

 

En su primer encuentro cara a cara, Joe Biden y Boris Johnson hicieron hincapié en la histórica alianza entre sus países, dejando de lado las tensiones que la aplicación del Brexit provoca en la región británica de Irlanda del Norte. El presidente de Estados Unidos y el primer ministro del Reino Unido firmaron una nueva "Carta del Atlántico", siguiendo el modelo de la acordada por sus predecesores Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill hace 80 años pero teniendo en cuenta nuevas amenazas como los ciberataques y la crisis climática. Biden inició su viaje reuniéndose con Johnson en Carbis Bay, ciudad costera del sudoeste de Inglaterra donde participará en la cumbre del G7 del viernes al domingo.

Covid-19 y cambio climático

El estímulo del programa de vacunación contra el coronavirus y el cambio climático ocupan un lugar destacado en la agenda de la cumbre, pero es probable que la disputa en curso entre Reino Unido y la Unión Europea sobre los controles reguladores de los bienes que ingresan a Irlanda del Norte desde Gran Bretaña también centre algunas discusiones. Este primer viaje internacional del mandatario estadounidense busca marcar el "regreso" de su país al multilateralismo tras el mandato de Donald Trump.

"Aunque el mundo ha cambiado desde 1941, los valores siguen siendo los mismos", afirmaron desde Downing Street. "Nos comprometemos a trabajar de cerca con todos los socios que comparten nuestros valores democráticos y para contrarrestar los esfuerzos de aquellos que buscan socavar nuestras alianzas e instituciones", agregaron luego de la reunión entre Biden y Johnson.

La versión original del Acuerdo del Atlántico fue firmada en 1941 por los presidentes Roosevelt y Churchill en medio de la Segunda Guerra Mundial y sirvió para marcar los objetivos de Estados Unidos y el Reino Unido después del conflicto. En el nuevo documento, ambos países se oponen "a interferencias a través de la desinformación y otras influencias maliciosas, incluyendo las que se producen en elecciones" y agregan un punto de especial interés para Estados Unidos sobre las "amenazas modernas" y más en concreto los ciberataques, remarcando que la OTAN seguirá siendo su "alianza nuclear". 

La última parte de la nueva carta habla del cambio climático y reitera el compromiso de ambos líderes con la creación de una economía global justa que no impacte en el clima, y se hace eco del "efecto catastrófico de las crisis sanitarias" remarcando la necesidad de fortalecer las "defensas colectivas".

El Brexit y las Irlandas

Las tensiones en torno a la aplicación del Brexit en Irlanda del Norte amenazaban con empañar el amistoso encuentro entre Biden y Johnson. Al presidente demócrata, muy orgulloso de su ascendencia irlandesa, le desagradan los intentos de Londres de incumplir los compromisos comerciales adquiridos con la Unión Europea en el denominado "protocolo norirlandés". 

Ese protocolo permite no tener que reimponer tras el Brexit una frontera terrestre entre Irlanda del Norte y la vecina República de Irlanda, país miembro de la Unión Europea, pero dificulta el envío de mercancías a esa región británica desde el resto del Reino Unido. El llamado "Acuerdo del Viernes Santo" de 1998, alcanzado con la participación del expresidente estadounidense Bill Clinton, puso fin a la violencia entre republicanos católicos y unionistas protestantes que dejó unos 3.500 muertos en 30 años de conflicto.

"Hay que proteger los progresos" registrados desde entonces, le dijo en privado Biden a Johnson según un alto responsable estadounidense. Pero "la idea no es entrar en confrontación ni aparecer como un adversario, no ha venido a dar lecciones", agregó esa misma fuente. 

Quitándole peso al asunto, Johnson dijo que existe "un terreno de entendimiento total" entre Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Europea. "Todos queremos preservar el Acuerdo del Viernes Santo y asegurarnos de que mantenemos el equilibrio del proceso de paz", afirmó el primer ministro y calificó como un "soplo de aire fresco" su conversación con Biden planteando que éste "no" le transmitió estar alarmado por la situación en Irlanda del Norte.

Esa situación no la tendría tan clara la Unión Europea, acusada por Londres de "purismo" jurídico y falta de pragmatismo. "El protocolo debe aplicarse en su totalidad", insistió desde Bruselas la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, asegurando que planteará la cuestión en el G7.

Más allá del desacuerdo, si el estilo populista de Johnson le ha valido comparaciones con Trump, ferviente partidario del Brexit, el conservador británico está más en sintonía con la administración Biden en los grandes temas internacionales, como la crisis climática o los desafíos que plantean China y Rusia.

En la cumbre de los países ricos, la primera que se celebra en persona en dos años y que estará dominada por los debates en torno a la pandemia, el presidente estadounidense, criticado por su lentitud a la hora de compartir vacunas con el resto del mundo, pondrá sobre la mesa la promesa de comprar 500 millones de dosis de la vacuna de Pfizer/BioNTech para donarlas a otros países, 200 millones de ellas este mismo año.

"Es nuestro deber humanitario salvar tantas vidas como sea posible", afirmó Biden tras el encuentro con Johnson, calificando de "paso histórico" esta ayuda a las naciones en desarrollo. La otra prioridad del G7 será la lucha contra el cambio climático, muy importante para el Reino Unido que en noviembre organiza la conferencia de la ONU sobre el clima COP26 en Glasgow.

Tras la cumbre, Biden será recibido el domingo por la reina Isabel II en el castillo de Windsor y luego asistirá a la reunión de la OTAN en Bruselas antes de otra cumbre con la Unión Europea. Su largo viaje a Europa culminará el miércoles en Ginebra, donde se reunirá con el presidente ruso Vladimir Putin.

11 de junio de 2021

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En imagen del pasado 4 de junio, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, en el Centro de convenciones de Rehoboth Beach, Delaware. Foto Ap

El presidente Joe Biden tendrá tres cumbres cruciales del 11 al 16 de junio: 1) con el G-7 en Cornwall (Inglaterra); 2) con la OTAN en Bruselas, y 3) con el zar Vlady Putin en Ginebra. Biden intenta restaurar las alianzas transatlánticas que han sufrido un fuerte golpe a la confianza mutua debido al ciberespionaje de la Agencia de Seguridad Nacional a los mandatarios de Alemania y Francia con la complicidad de Dinamarca.

El G-7 intenta recuperar su relevancia financierista y acaba de realizar un acuerdo histórico para gravar las transacciones digitales en los paraísos fiscales del Big Tech de Silicon Valley (https://bit.ly/34Y75ZS).

Por salud mental dialéctica es importante conocer la antítesis que enuncia Yang Xiyu (YX), investigador del Instituto de Estudios Internacionales de China, en el rotativo oficioso Global Times: "Adiós a los días del G-7 en la etapa de la desamericanización" (https://bit.ly/3x8ttvK).

YX juzga que ni siquiera vale la pena ver la "influencia y poder" del G-7: "una criatura de la edad pasada", debido a que "el centro de gravedad político y económico del mundo ha girado al Este".

A juicio de YX, el ascenso de las economías asiáticas y mecanismos como el G-20 –producto de la grave crisis financierista de 2008– "han reducido la influencia del G-7", que antecedió a la crisis petrolera de 1973.

Si la misión del G-7 fue "fortalecer la gobernación financiera internacional, pues habrá sido un fracaso absoluto", ya que su peor error fue haber excluido a los "países en vías de desarrollo o a otras plataformas para la gobernación multilateral" cuando la “política global y las estructuras de seguridad (sic) y el orden financiero y económico internacional se han vuelto cada vez más insostenibles”, mientras "un nuevo orden mundial está lejos de ser configurado".

La participación nada desdeñable este año de India, Corea del Sur y Australia tiene como objetivo "incrementar el peso de Estados Unidos en las áreas financiera y económica del mundo" y “expandir los valores (sic) estadunidenses” para “conformar un bloque "democrático" global” (sic). El problema subyace en que "la influencia de Estados Unidos ha declinado en las áreas financiera y económica del mundo".

YX juzga que "EU y los países europeos tienen sustanciales diferentes puntos de vista hacia China" cuando “los europeos no apoyan convertir al G-7 en un bloque "democrático" contra China.

¿Contempla la dupla anglosajona de EU y Gran Bretaña expandir el G-7 a un G-10 con la incorporación de India, Corea del Sur y Australia, tres miembros del QUAD, el grupo cuatripartita que encabeza EU en la región Indo-Pacífico? El tal "bloque democrático global", que subsume el proyectado G-10, va dirigido contra China.

¿Dejó Biden a Rusia fuera para no entorpecer su próxima cumbre en búsqueda de un etéreo G-2 geoestratégico contra China?

Para YX, el G-20 –donde participan China y países en vías de desarrollo– "juega un papel más importante en la economía internacional". Al haber sido superado en el ámbito de la competitividad geoeconómica, EU ahora eleva su puja mediante sus cartas geopolíticas: "pasa de configuraciones de coalición a abiertas tácticas de supresión".

YX vaticina que se trata de una “viciosa (sic) competencia” cuando el "resultado final será una sistemática desamericanización en el mundo": en el largo plazo "no será China la que estará aislada en el mundo, sino que será EU el que se aislará del mundo". Concluye que "después de todo, EU es un país hegemónico que ha destruido el edificio del orden internacional".

¿Es el G-7, fundado hace 48 años, una reliquia del pasado, de lo que Biden no se da cuenta o simula no percatarse?

Yo matizaría: el G-7 ya no domina financiera ni políticamente al mundo, cuya paroxística influencia la alcanzó con la globalización financierista y el colapso de la ex-URSS cuando China todavía no aparecía en el radar. Pero, en caso de seguir todavía cohesionado, lo cual no está nada garantizado, el G-7 todavía representa más de 45 por ciento del PIB nominal global frente al 18 por ciento de China sola.

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Sábado, 05 Junio 2021 06:35

Pronto se sabrá

Pronto se sabrá

Prevista para el día 16 de este mes en Ginebra, la reunión de los presidentes Vladimir Putin, de Rusia, y Joe Biden, de Estados Unidos, dado el preocupante deterioro de la relación bilateral, por sí sola es ya un paso adelante para intentar remover los escombros (el canciller ruso, Serguei Lavrov, dixit), en que quedaron reducidos los pactos de desarme, convenios de cooperación en diversas áreas y canales de comunicación entre el Kremlin y la Casa Blanca.

Casi todo arruinado por la creciente confrontación, exhibición de poderío militar, aplicación de sanciones y contramedidas, desconfianza recíproca, gestos hostiles y hasta desafortunados insultos personales, no cabe esperar resultados espectaculares de la cumbre.

Pero toda vez que es imposible ganar una guerra nuclear, es de suponer que Putin y Biden estarán de acuerdo en comenzar la compleja negociación para tratar de mantener el equilibrio estratégico, sin que nadie pueda augurar una pronta solución de las controversias. Los presidentes podrían dar luz verde para reanudar el diálogo en materia de lucha contra el terrorismo, ecología, ciberespacio y solución de algunos conflictos regionales como Afganistán y, de hacer concesiones mutuas, no se debe excluir que opten por restablecer el nivel de las relaciones diplomáticas anteriores al retiro de embajadores, cierre de consulados y expulsión masiva de funcionarios.

A 11 días de la cita en Ginebra, todavía no es claro si los equipos de Putin y Biden podrán concordar una declaración conjunta. Moscú y Washington no coinciden en infinidad de asuntos y manejan agendas que contienen posiciones inadmisibles para el otro. No habrá ningún avance si Biden insiste en dar clases de moral o de derechos humanos a su interlocutor, ridícula pretensión proveniente de un inquilino de la Casa Blanca, como tampoco la habrá en caso de que Putin, con el solo argumento de su arsenal nuclear, reivindique la prerrogativa de hacer lo que le dé la gana en su zona de influencia.

De Putin y Biden depende que la cumbre termine como el enésimo intercambio de acusaciones o como una oportunidad aprovechada para, aun sin resolver sus discrepancias de fondo, lograr progresos en aquellos ámbitos que convienen a ambos países y, en términos de seguridad global, también al resto del mundo. Pronto se sabrá.

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Fuentes: Público [Foto: Reunión de los líderes del G7 en su anterior encuentro, todavía con Trump al frente de los Estados Unidos.- EFE]

Desde los años ochenta del siglo pasado, cuando comenzaron a liberalizarse los movimientos de capital y a crearse espacios prácticamente libres de impuestos, los paraísos fiscales que permiten eludirlos a las grandes empresas multinacionales, multitud de economistas críticos, activistas y organizaciones de todo tipo venimos pidiendo que se acabe con esa injusticia tan vergonzosa.

La respuesta de los economistas al servicio de las corporaciones, de los líderes políticos y los organismos internacionales era siempre la misma, a pesar de que la evidencia demostraba lo contrario: es técnicamente imposible evitar esa elusión fiscal y, además, no conviene hacerlo porque entonces se perjudicaría a la inversión y el empleo.

Mentían descaradamente y la prueba de llevábamos razón es que este fin de semana se reúne el G7, el grupo de los siete países más poderosos del planeta, para discutir una propuesta del presidente de Estados Unidos verdaderamente revolucionaria, al menos, en comparación con lo que hasta ahora viene ocurriendo: establecer un impuesto mínimo internacional sobre los beneficios de las empresas multinacionales.

La práctica habitual de estas grandes corporaciones consiste en manipular su contabilidad para ubicar los beneficios que obtienen en diferentes países en aquellos en donde los impuestos son mínimos o incluso inexistentes y eso es lo que trata de evitar la propuesta que Estados Unidos ha puesto sorprendentemente sobre la mesa.

En estos momentos no se sabe la fórmula exacta que finalmente adopte el G7 (incluso puede ser que ahora no apruebe nada y traslade la decisión a la reunión de julio del G20) pero es muy improbable que la medida tenga marcha atrás, así que podemos decir que, por fin, la suerte de los paraísos fiscales y de la elusión fiscal generalizadas comienza a estar echada.

El impuesto que se está proponiendo tendría dos pilares. Por un lado, todos los países dispondrían de una parte de las ganancias obtenidas por las empresas multinacionales en su territorio y, por otro, también podrían establecer una tasa mínima adicional sobre los beneficios obtenidos en el extranjero por las empresas que tengan sede en su jurisdicción.

A partir de ahí, sin embargo, pueden surgir diferentes alternativas que pueden hacer más o menos efectivo el impuesto, generar distintos volúmenes de ingresos fiscales y producir un reparto de la recaudación también más o menos desigual entre los países.

Estados Unidos, por ejemplo, ya ha bajado su propuesta inicial del 21% al 15%, propone que al aprobar este impuesto desaparezcan los que hasta ahora han venido estableciendo algunos países sobre empresas de servicios digitales y contempla umbrales de ingresos que haría más reducido el número de multinacionales afectadas. La OCDE, por su parte, está materializando la propuesta de Estados Unidos de forma que beneficie principalmente a los países más ricos (10% de la población mundial y 45% del PIB) porque contempla que la mayor parte del ingreso fiscal adicional (60% del total) vaya a los países en donde tienen su sede las grandes corporaciones, justamente los del G7 y algunos pocos más.

Desgraciadamente, el carácter nada democrático de estos encuentros de los países más poderosos impide que se discutan y aprueben otras propuestas más eficaces y equitativas.

Por ejemplo, la de la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Corporativa Internacional que propone que el tipo de un impuesto de esta naturaleza sea del 25%; u otra mucho más elemental y justa de Tax Justice Network: la distribución del ingreso adicional que se obtenga en función del lugar en dónde se lleve a cabo la actividad real (ventas y empleo) de las empresas multinacionales y no principalmente de su sede.

Las diferencias según se adopten unas soluciones u otras son considerables. Con esta última de Tax Justice Network no solo se conseguiría más equidad y no seguir perjudicando a los países más pobres sino recaudar más (460.000 millones de dólares anuales) que con la propuesta de la OCDE (275.000 millones) con la misma tasa del 15%, o 640.000 millones frente a 540.000 millones, con una del 21%.

En estos momentos es imposible saber cómo concluirá la cumbre y, mucho menos, la solución de imposición internacional que finalmente se adopte. Incluso cabe temer que la propuesta inicial de Estados Unidos siga avanzando a la baja, sobre todo, porque los líderes europeos no están siendo capaces de asumirla con decisión. Pero, sea cual sea el resultado, lo cierto es que se ha tenido que reconocer por fin que los privilegios concedidos a las grandes empresas son una vergüenza y que los argumentos ofrecidos durante todos estos años para mantenerlos son simples mentiras.

La propuesta que está en la agenda del G7 es inaudita e incluso revolucionaria, como he dicho, pero queda todavía mucho camino por delante. Con mayor o menor convicción, con ella se reconocen de facto dos principios fundamentales. Uno, que las empresas multinacionales maximizan sus beneficios a escala mundial y que, por tanto, deben estar sujetas a impuestos globales; y otro, que estos impuestos deben ser de mínimos en todos los países, para que no haya posibilidad de que trasladen sus beneficios de un lugar a otro. Quedan por reconocer de modo efectivo otros dos también fundamentales que plantea Tax Justice Network: obligar a que las empresas multinacionales proporcionen información transparente, actualizada y rigurosa sobre su actividad y beneficios en todos los países en donde llevan a cabo su actividad, y ubicar la toma de decisiones en organismos como Naciones Unidas y no G7, G20 o la OCDE, en donde puedan estar representados todos los países y no solo los más ricos y poderosos.

Si se ha conseguido lo más difícil, echar por tierra las mentiras neoliberales de los últimos decenios, no será imposible conseguir lo que queda por delante.

Por Juan Torres López | 05/06/2021

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Colombia es innegociable para el Comando Sur

Ni el Pentágono ni la oligarquía van a ceder ante la calle y la sociedad colombianas, porque temen perderlo todo si dan medio paso al costado. Están dispuestos a provocar un baño de sangre antes que ceder, incluso van a hacer lo imposible por evitar una derrota electoral en mayo de 2022.

En el ajedrez geopolítico latinoamericano, el Caribe es el mare nostrum del imperio, allí donde no puede admitir ninguna oposición, ni naciones que salgan de su control. Ya se le escaparon dos, y no puede admitir una tercera, porque aceleraría su ya importante declive como superpotencia.

El más importante geoestratega estadunidense del siglo pasado, Nicholas Spykman, defendía una "América mediterránea" que incluye México, América Central y el Caribe, además de Colombia y Venezuela, que debe ser "una zona en que la supremacía de Estados Unidos no puede ser cuestionada", como señala en su obra America’s Strategy in Politics, citada por el brasileño José Luis Fiori (https://bit.ly/2Tvny5f).

Sin Colombia, la estrategia del Pentágono y del Comando Sur queda huérfana de puntos de apoyo, se desvanece. Colombia es el único país sudamericano que cuenta con salida al Pacífico y al Caribe, además de ser la bisagra para el control de las estratégicas regiones andina y amazónica.

La hipótesis con que debemos trabajar, es que Estados Unidos apoyará al gobierno de Iván Duque, más allá de alguna reprimenda menor por las ostensibles violaciones a los derechos humanos. Lo que está en juego es tan importante que se pueden pasar por alto los atropellos, del mismo modo que se hace la vista gorda ante la violencia israelí en la franja de Gaza o ante la brutalidad de la monarquía saudí en Yemen.

La oligarquía colombiana es la más rancia y vetusta del continente. Nació de la derrota del proyecto de Simón Bolívar en los albores de la nueva república, se afianzó a punta de bala y metralla, y tuvo dos momentos clave que explican su continuidad ante los avances populares.

El primero es el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, quien era el muy probable vencedor en las elecciones de 1950. Fue un líder popular que ganó prestigio a raíz de su intervención en el debate sobre la masacre de las bananeras en 1928 y fue asesinado por la oligarquía y la CIA, dando inicio a la guerra civil entre liberales y conservadores que causó más de 300 mil muertos.

Con Gaitán muere toda esperanza de reforma agraria y de cambios en el dominio de la oligarquía terrateniente, que en ese periodo estaba siendo desplazada en Argentina por la rebelión obrera del 17 de octubre de 1945 y los gobiernos de Perón, y en Brasil por la gestión de Getulio Vargas. En otros países, como México y Bolivia, los terratenientes fueron desplazados por sendas revoluciones, mientras en Perú y Ecuador las reformas fueron encaradas por las fuerzas armadas en la década de 1960.

El segundo es conocido como Pacto de Chicoral. Fue la respuesta de los hacendados a la burguesía reformista colombiana y al presidente Carlos Lleras Restrepo (1966-1970), que pretendía realizar una tibia reforma agraria inspirada en la Alianza para el Progreso, para modernizar el país y debilitar al movimiento obrero y campesino como parte del combate al comunismo.

El 9 de enero de 1972 políticos y empresarios firmaron el Pacto de Chicoral (por la población donde se realizó el encuentro), un gran acuerdo de las clases dominantes y el poder político para liquidar el reformismo agrario. De inmediato se produjo “la movilización de batallones del ejército, la militarización de regiones enteras, las detenciones masivas, las largas permanencias en la cárcel en medio de maltratos y la libertad de acción para las bandas de ‘pájaros’ de los terratenientes”*.

El uribismo es hijo de esta historia y aunque la DEA llegó a denunciar sus vínculos con el narcotráfico, el servicio que presta al imperio es infinitamente más valioso que los desvaríos de su principal aliado en Colombia. Los seguidores del ex presidente Álvaro Uribe (2002-2010) controlan las instituciones judiciales y electorales, policiales y militares, como para perpetuarse en el poder mediante masacres y fraudes electorales sin más que alguna vaga declaración de laderos como Luis Almagro.

Por tanto, no aparece en el horizonte la posibilidad de cambios a nivel del Estado, ni por la vía electoral ni por ninguna otra, habida cuenta de la cohesión adquirida por la clase dominante que se muestra dispuesta a todo, sin fisuras, para seguir aferrada al poder.

Corresponde a los miles de jóvenes movilizados, decidir el rumbo de un paro que ya supera el mes y al que no se le adivina final. La inspiración ya la tienen, luego de haber convivido con la Guardia Indígena a la que llamaron para aprender de su experiencia: autonomía y autogobierno para defender territorios y pueblos.

* León Zamosc, La cuestión agraria y el movimiento campesino en Colombia, Cinep, Bogotá, 1987, p. 177.

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El viceministro de Defensa ruso, el general coronel Alexánder FomínGrigori Sysoyev / Sputnik

El alto oficial considera que disminuye cada vez más "el papel de las organizaciones internacionales como herramientas" para adoptar decisiones en el ámbito de la seguridad.

 

Para el coronel general Alexánder Fomín, viceministro de Defensa ruso, hoy podemos "observar la formación de un nuevo orden mundial", según declaró en entrevista con RT.

"Vemos la tendencia de arrastrar a los países a una nueva guerra fría, dividir a los Estados en 'nosotros y los otros', mientras que esos otros se definen claramente en los documentos de doctrina como adversarios", afirmó, al ser preguntado sobre las principales amenazas a la seguridad regional.

Fomín destacó que actualmente "ocurre una destrucción sistemática del sistema establecido de relaciones internacionales, de la arquitectura de seguridad", mientras paralelamente disminuye "el papel de las organizaciones internacionales como herramientas para la adopción colectiva de decisiones en el ámbito de la seguridad".

El viceministro de Defensa destacó que "aparecen armas de un tipo fundamentalmente nuevo, que alteran radicalmente el equilibrio de poderes en el mundo moderno", con lo cual el enfrentamiento armado llega a nuevos ámbitos, como el espacio y ciberespacio, lo que cambia "los principios y métodos de guerra".

Las declaraciones de Fomín se producen en vísperas de la IX Conferencia sobre Seguridad Internacional, que se celebrará en Moscú entre el 22 y 24 de junio. El viceministro hizo hincapié en que el evento desempeña un papel de plataforma "para un diálogo franco, honesto y profesional", donde pueden intervenir también "países con los cuales la cooperación es mínima o igual a cero".

Altos mandos militares de 119 países fueron invitados a la conferencia, así como los jefes de la ONU, de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), de la Liga de los Estados Árabes y del Comité Internacional de la Cruz Roja, entre otros.

Publicado: 4 jun 2021 04:20 GMT

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La riesgosa apuesta de China por la diplomacia de las vacunas

América Latina está siendo la región que mayores daños sufre por la pandemia de coronavirus, en gran medida porque Brasil representa 'la tormenta perfecta', con altas tasas de contagios y escasos controles, según afirma el profesor Domingo Alves de la Universidad de Sao Paulo.

Una opinión confirmada estos días por la publicación académica British Medical Journal, en un artículo titulado COVID-19: ¿Cómo la variante brasileña se apoderó de Sudamérica?

Según el informe científico, Brasil "es responsable del colapso sanitario que sufre la región desde marzo del 2021", momento en que comenzó "una fuerte circulación comunitaria de la variante P1 (Manaos) que ocasionó que el país registrara más de 4.000 muertos en un día".

En efecto, a partir de marzo los contagios tuvieron un aumento exponencial en países limítrofes de Brasil como Paraguay y Uruguay, pero también crecieron verticalmente en Argentina, Chile, Colombia y Perú.

"El caso de Uruguay resulta el más paradigmático de esta situación ya que pasó de un vértice al otro, de la menor incidencia a la más alta del mundo", señala el informe.

Michael Touchton, del Observatorio para la Contención del COVID-19 de la Universidad de Miami en las Américas, agrega en una entrevista con el British Medical Journal que "la distribución de la vacuna no es lo suficientemente rápida para contrarrestar la variante más contagiosa y aparentemente más letal".

Por lo anterior, los países de la región se vieron impulsados hacia aquellos proveedores que les aseguraron la mayor cantidad de vacunas, siendo China el más destacado.

América latina "es el mayor receptor per cápita de vacunas chinas, que para muchos países son la única opción por ahora", de acuerdo con el diario de Hong Kong, South China Morning Post.

El mencionado informe científico destaca que "América Latina ha firmado acuerdos para 225 millones de dosis de vacunas chinas", lo que equivale a 36 dosis por cada 100 personas, por delante del sudeste asiático con 31 dosis por cada 100 personas y Oriente Medio con 35 dosis. Por su parte, Europa Central y Oriental van a la zaga con solo seis dosis por cada 100 personas, pero por delante de África con cuatro dosis.

En cuanto a los países, Chile compró 323 dosis por cada 100 personas, seguido de Brasil con 47 dosis. South China Morning Post asegura que "Pekín ha estado luchando por ganar influencia más allá de la esfera económica", lanzando ensayos clínicos en Brasil en julio de 2020 y en noviembre en Chile. "A principios de febrero de 2021, tanto Brasil como Chile fueron los primeros en administrar las vacunas Sinovac al público".

El puntillazo lo dio el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, quien a comienzos de mayo dijo en un acto junto al embajador de Pekín: "nunca olvidaremos la hermandad de los chinos durante los amargos y angustiosos meses de la pandemia", destacando la rapidez con la que llegó la ayuda.

Sin embargo, la ayuda de China no es gratuita ni desinteresada. El Dragón es el segundo socio comercial de América Latina y el primer destino para las exportaciones de Brasil, Chile y Perú, pero es también la segunda fuente de inversión directa para la región, sobre todo en el sector energético, con 60.000 millones de dólares en los últimos cinco años.

Uno de los objetivos estratégicos de China consiste en el despliegue en América Latina de las redes 5G. La empresa Huawei ya consiguió establecer centros de datos en la nube tanto en Brasil como en México, mientras en Chile lanzará un segundo centro de datos.

Huawei logró posicionarse en el top 3 en dispositivos móviles; partiendo de una posición marginal, está operando ahora en 20 países latinoamericanos.

"En 14 de estos países su presencia en el mercado supera los dos dígitos, mientras que en cuatro de ellos tiene una presencia por arriba del 20%", sostiene la página Latinoamerica Tech.

Pese a estos innegables avances, la vacuna china más difundida en la región está bajo escrutinio.

"Sinopharm tiene una tasa de eficacia del 78%, pero representa solo el 6% de los compromisos de vacunas de China en América Latina. CanSino, con un contrato por 100 millones de dosis a México, muestra una eficacia del 66%. Pero Sinovac, que representa el 90% de las compras chinas en América Latina, tiene una tasa de eficacia de solo el 50,4%, según los últimos ensayos clínicos en Brasil", señala el British Medical Journal.

Por su parte, Pfizer, Moderna y Sputnik V tienen tasas de eficacia en torno al 90-95%. Una de las grandes preocupaciones consiste en la propagación de nuevas cepas y la incierta respuesta de Sinovac ante ellas, en particular la variante P-1 con origen en Manaos, que es la principal responsable del actual incremento de los contagios.

La preocupación es razonable y no es menor, aunque detrás de ella, como telón de fondo, aparece la tremenda competencia geopolítica entre EEUU y China. Aunque Washington está ofreciendo muy pocas vacunas a una región que las necesita con urgencia, un paso en falso de China puede ser muy perjudicial para sus intereses.

Por eso el informe del medio científico concluye: "si los lanzamientos de vacunas en América Latina se quedan cortos y la inmunidad colectiva comienza estar cada vez más fuera de alcance, podría desencadenar una reacción popular y, en última instancia, poner en peligro los objetivos económicos de China en la región".

No debe olvidarse que el talón de Aquiles de las mercancías chinas es su calidad, por lo menos en la percepción del público. Los países latinoamericanos vienen exportando a China minerales, hidrocarburos y alimentos con bajo valor agregado, e importan productos industrializados livianos. En pocos años China pasó de vender a la región vestimenta y calzados a "exportar cada vez más productos electrónicos, maquinarias, instrumentos médicos, coches".

Sin embargo, el made in China no goza de prestigio, pese a los avances del Dragón en tecnologías de punta y al esfuerzo que viene realizando para mejorar su imagen. Cualquier tropiezo, por pequeño que sea, puede tener consecuencias desagradables para las aspiraciones chinas en América Latina.

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Martes, 01 Junio 2021 05:58

Colombia o la hipocresía europea

Funeral en el Cauca durante las movilizaciones contra el Gobierno de Iván Duque. Xavi Suler

Colombia sigue los pasos de Israel en su grado de impunidad y violación sistemática a los derechos humanos, con la única diferencia de que, si el segundo opera contra el ocupado pueblo palestino, Colombia lo hace contra su propia población.

 

Un régimen que criminaliza la protesta social y que en su respuesta a la misma suma un reguero continuo de violaciones sistemáticas a los derechos humanos. Un régimen que ha añadido a la represión policial, que causa ya decenas de muertes, cientos de asesinados y miles de detenciones, nuevas formas de terror contra la población. Se generalizan así las desapariciones de manifestantes jóvenes que, semanas después, van apareciendo con signos de torturas y baleados en campos y cunetas; se cuentan también por decenas las personas que reciben disparos en los ojos, quedando de esta brutal manera marcados para el resto de sus vidas. Pero este es un régimen que también hace uso de las violencias machistas como herramienta para la represión social y se cuentan ya por decenas las mujeres jóvenes que han sido secuestradas y violadas por elementos policiales, llevando a alguna de ellas al suicidio.

Leyendo el párrafo anterior es posible que algunos se hayan situado inmediatamente en Venezuela. Una más, habrán pensado, del bárbaro régimen bolivariano que lleva años reprimiendo a la democrática oposición y sosteniéndose en su tiránico poder (esperamos se entienda la ironía). Al fin y al cabo, esto es lo que llevan años contándonos, y por lo tanto moldeando así la opinión pública, desde las tribunas mediáticas que controlan las élites económicas y políticas de Europa y América. En ese continente Venezuela encarna el mal y tiene su antónimo en el país vecino: Colombia, quien es suma de los valores de la democracia y el respeto más escrupuloso a los derechos humanos. Donde no hay intereses oligárquicos ni mezquinos que, desde posiciones ultraderechistas, sigan pugnando por enterrar el fallido proceso de paz, por estigmatizar a la población indígena, afro y campesina desde evidentes posiciones clasistas y racistas, estén detrás de la muerte de cientos de liderazgos sociales o sean la razón, con sus políticas económicas, del continuo empobrecimiento de la mayoría de la población colombiana que se ve abocada a mal vivir en su propio país o emigrar en busca del inexistente paraíso donde, por lo menos, quizá le respeten la vida.

Pero, dejemos de lado el sarcasmo y la ironía. La situación en Colombia es escandalosamente grave y este país ya no se puede clasificar ni tan siquiera como democracia de baja intensidad. Sabemos que su gobierno, así lo ha sido durante décadas, está protegido por los intereses geoestratégicos norteamericanos y europeos, que le permiten desarrollar una política de tierra quemada contra su propia población. No pretendemos entrar en una reiterada revisión de las causas más visibles de la protesta social, aquellas que tienen que ver con un nuevo intento por hacer pagar más a quienes menos tienen, mientras los que más tienen siguen engordando unas cuentas de beneficios que les permiten pasear el país en helicóptero o hacer las compras en Miami. Tampoco revisaremos las causas menos visibles, aquellas que se refieren a un régimen oligárquico que durante décadas ha respondido a una concepción patrimonial del estado, que hoy combina con los dictados más ortodoxos del modelo neoliberal. Sobre todo ello se ha escrito ampliamente en estas semanas, y se seguirá escribiendo en las venideras.

Sin embargo, hacemos aquí un alegato contra la hipocresía europea, especialmente de su clase política. Una clase siempre dispuesta para la denuncia del gobierno de Venezuela, o para poner el grito en el cielo por las detenciones de golpistas en Bolivia y a hacer votos por el respeto escrupuloso a sus derechos bajo amenazas al gobierno soberano de este país de sanciones de todo tipo. Y, sin embargo, una clase política que mira sistemáticamente para otro lado mientras en Colombia la juventud sale a las calles para denunciar la falta absoluta de perspectivas, no de futuro, sino en este presente duro al que ha sido condenada sin juicio alguno. Una clase política que mira para otro lado mientras se superan los 1000 liderazgos sociales asesinados desde la firma de unos Acuerdos de Paz (2016) que el gobierno de Iván Duque incumple sistemáticamente. Clase política europea que, acompañada de la económica y mediática, mira para otro lado desde que el 28 de abril la sociedad colombiana decidió optar por la protesta sostenida y pacífica, que ha sido respondida por la represión más salvaje y la militarización del país en un no declarado estado de excepción que suspende libertades y derechos, mientras se protege desde esos cuerpos policiaco-militares a civiles armados que asesinan impunemente manifestantes en las calles.

Colombia es un país en el que, en situación de pandemia, con índices de contagios y muertes provocadas por el virus de los más altos de América Latina, la gente prefiere salir a la protesta y asumir el riesgo que ello conlleva. Como se decía en los primeros días, este es un país en el que la gente teme más las decisiones perversas del gobierno que los efectos mortales de un virus. Al fin y al cabo, Colombia es país especializado en vivir en medio de múltiples virus: el de la violencia, el de la pobreza, el de la injusticia social, el de la desigualdad, el del neoliberalismo…

Pero para Europa nada de esto es grave. No habrá grandes conciertos de música solidaria, no habrá medidas que presionen al gobierno para frenar la represión, no habrá misiones de verificación de la situación de los derechos humanos, no sea que hagan su trabajo y le digan a la vieja Europa que Colombia es uno de los países donde esos derechos son más sistemática y masivamente violados. Esto, igual no se podría seguir escondiendo, y complicaría la consideración de Colombia como un país aliado, democrático y, sobre todo, donde la internacionalización de nuestras empresas puede seguir adelante, aunque ello no deje ningún beneficio ni entienda los intereses y demandas de la población.

En este escenario, la tónica general de Europa, tantas veces escuchada y sufrida, suele ser del tipo: “expresamos nuestra preocupación por la situación”, “seguimos de cerca la evolución de los acontecimientos”, o “llamamos a un diálogo para construir consensos”. Todo, como si lo que se estuviera produciendo fuera una discusión un poco subida de tono entre vecinos. Todo, obviando que el actual gobierno colombiano está en manos de la extrema derecha que representa el uribismo, contrario a la paz y que aboga por seguir considerando Colombia como su finca particular en la que se imponen, bajo una máscara de aparente sistema democrático, medidas siempre en detrimento de la vida de las grandes mayorías del país y, cuando éstas, protestan, se las reprime a sangre y fuego. Por supuesto, el rasero que se aplica a Colombia con miles de muertos e índices de pobreza en continua progresión no tiene nada que ver con las presiones diplomáticas, sabotajes, bloqueos económicos, denuncias internacionales y toda la larga serie de acciones y medidas concretas contra, por ejemplo, el gobierno venezolano.

Colombia sigue los pasos de Israel en su grado de impunidad y violación sistemática a los derechos humanos, con la única diferencia de que, si el segundo opera contra el ocupado pueblo palestino, Colombia lo hace contra su propia población. Y Europa, esta vez sí, aplica el mismo rasero en uno y otro caso: mirar para otro lado y dejar hacer.

por Jesús González Pazos

31 may 2021 12:48

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