La India es el peón 'nazi' en la escalada de EEUU contra China

El reciente enfrentamiento militar entre la India y China en la región fronteriza de Ladakh (Cachemira), en el que murieron 20 soldados indios, debe ser analizado desde un punto de vista estratégico más que militar.

 

Si el análisis se circunscribiera a este aspecto, el balance de fuerzas no deja lugar a dudas: China es capaz de derrotar a la India, como lo hizo en la breve guerra de 1962.

El principal foco del conflicto es la carretera china NH 219 que une Xinjiang y Tibet atravesando la región denominada Aksai Chin, un enclave estratégico entre China, India y Pakistán que reclama Nueva Delhi, pero forma parte de la Región Autónoma Uigur de Xinjiang para Pekín.

Una región desolada y despoblada de 37.000 kilómetros cuadrados de pedregales desiertos a una altitud mínima de 4.300 metros fue la causa de una guerra hace medio siglo y de las confrontaciones actuales, no por sus riquezas sino por su valor geopolítico.

Cachemira es el punto de fricción entre las dos naciones más pobladas del planeta y además con Pakistán, que mantiene un largo litigio con la India desde su separación en 1947. Entre los tres países reúnen el 40% de la población mundial en una región como Eurasia, en disputa estratégica entre Occidente (EEUU y sus aliados) y la alianza China-Rusia.

Cachemira es la única región de mayoría musulmana que no se integró a Pakistán cuando fue la partición, quedando en manos de la India. Es un punto tan conflictivo en las relaciones sino-hindúes, que mereció un duro editorial de Global Times el 21 junio. "India estará más humillada que después del conflicto fronterizo de 1962 con China".

No es, por cierto, el lenguaje habitual en los medios oficialistas chinos. Global Times llama al gobierno de Narendra Modi a "enfriar el nacionalismo" anti-chino que estos días barre la India y le recuerda que la brecha militar y económica entre ambas naciones es cinco veces mayor que en 1962.

"Intentar aventuras militares en esa área es pedir que se vuelvan a humillar en una escala cinco veces cinco veces mayor que en 1962", concluye el rotativo. Agrega que si hubiera una guerra, India sufrirá "un retroceso de décadas en su economía y su posición global".

Las relaciones se deterioraron abruptamente en agosto pasado, cuando India decidió acabar con la autonomía limitada de Jammu y Cachemira y redibujar el mapa de la región, una decisión duramente criticada por Pekín. De ese modo India creó una nueva región administrativa, Ladakh, que incluye Aksai Chin, el área que India reclama pero que controla China.

Un factor adicional de tensiones es la desconfianza de India ante la alianza de China y Pakistán, y la sospecha de Nueva Delhi de que Pekín ayudó a Islamabad a adquirir tecnología nuclear. China ha invertido alrededor de 60.000 millones de dólares en infraestructura en el corredor económico China-Pakistán, que parte de la Nueva Ruta de la Seda impulsada por el Dragón.

Para China el corredor es decisivo para la conexión con el puerto pakistaní de Gwadar, en la entrada al Mar Arábigo. Para India es un riesgo ya que la operativa china en ese puerto puede ser usada para apoyar las operaciones navales cerca de sus costas.

El ex diplomático indio M. K. Bhadrakumar sostiene que el conflicto sino-hindú comenzó con "la firma del tratado nuclear entre EEUU e India en 2008, cuando la relación entre Washington y Nueva Delhi experimentó una transformación histórica y la doctrina de la 'interoperabilida' con el ejército estadounidense comenzó a impregnar subrepticiamente el cálculo estratégico indio".

A partir de ese momento, escribe el diplomático, "la política exterior de la India quedó atada a la de EEUU". Entre las elites indias, arrasadas por un fervor nacionalista, existe la convicción de que el país puede derrotar a su adversario.

"Es una creencia delirante", sostiene Bhadrakumar, ya que China es una superpotencia que "ha modernizado fenomenalmente sus fuerzas armadas con tecnologías que tienen un efecto multiplicador de fuerza que está mucho más allá de la capacidad de la India".

En este clima, la abrogación del artículo 370 de la Constitución india para cambiar el estatuto de Jammu y Chachemira, fue una "línea roja" que Nueva Delhi se decidió a cruzar sin escuchar las quejas de Pekín. Autoridades indias declararon que "algún día" van a recuperar Aksai Chin, arrebatándole el control a China.

El análisis de Roy es más duro aún, al detenerse en la razones políticas y culturales de lo que denomina como "ascenso del nazismo hindú". Sostiene que el RSS (Rashtriya  SwayamsevakSangh), fundado en 1925, es "la nave nodriza del gobernante Partido Bharatiya Janata", influenciado "por el fascismo alemán e italiano".

Los miembros del RSS compararon a los 200 millones de musulmanes de la India "con los judíos de Alemania, y creyeron que los musulmanes no tienen lugar en la India hindú". Agrega que el RSS "tiene 57.000 shakhas (sucursales) en todo el país y una milicia armada y decidida de más de 600.000 voluntarios". Tiene además enorme influencia en las Fuerzas Armadas.

El primer ministro Modi fue miembro del RSS desde niño. En julio de 2013, un periodista de Reuters le preguntó si lamentaba el pogromo de 2002 en Gujarat, donde 2.500 personas, casi todas musulmanas, fueron asesinadas a plena luz del día y las mujeres violadas en grupo en las calles. "Respondió que lamentaría incluso la muerte de un perro si accidentalmente terminaba bajo las ruedas de su automóvil", escribe una indignada Roy.

Siete millones de personas habitan el valle de Cachemira, "un gran número de las cuales no desean ser ciudadanos de la India y han luchado durante décadas por su derecho a la autodeterminación, están encerradas bajo un asedio digital y la ocupación militar más densa en el mundo", denuncia Roy.

Con el régimen de Modi, "los musulmanes indios han sido privados de sus derechos y se están convirtiendo en las personas más vulnerables: una comunidad sin representación política, sin voz".

Tres consideraciones

  1. Los medios occidentales no se molestan en informar sobre la deriva ultraderechista de la India, aliada de los EEUU, mientras denuncian la persecución china de los musulmanes de Xinjiang.
  2. La ofensiva de la India en la frontera con China, sumada a la anexión de Cachemira y Jammu y la persecución de los musulmanes, dibuja un panorama irritante para Pekín, que observa cómo se cierra un cerco desde Japón, el mar del Sur de China y Taiwán, hasta el océano Índico y la India continental.
  3. El tono fuerte de los medios chinos y del Gobierno parecen más que justificados ante esta tremenda situación. El más reciente editorial de Global Times arremeta contra el nacionalismo hindú y advierte: "La mayoría de las armas avanzadas de China se fabrican en el país, pero todas las armas avanzadas de la India se importan".
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Pablo Bustinduy: “Vamos hacia un nuevo equilibrio entre EEUU y China, con más polarización y conflicto”

Pablo Bustinduy es profesor adjunto en el City College de Nueva York y profesor invitado en la Universidad de Columbia. Fue coordinador de la Secretaría Internacional de Podemos y candidato a las elecciones europeas hasta su dimisión, en marzo de 2019.

 

¿Estamos ante un nuevo orden mundial? ¿Corre riesgo la hegemonía americana frente al auge de China?

De momento estamos ante un momento de gran desorden mundial: una gran interrupción del sistema económico y una profunda crisis del orden multilateral. A la vez se anuncia una fase, quizá transitoria, de desglobalización. Trump había prefigurado ese movimiento rompiendo con los Acuerdos de París o Irán, replegándose en el “America First”, boicoteando el orden multilateral. La nueva derecha populista ya trabajaba con una idea de soberanía cerrada sobre sí misma. Pero deberíamos desconfiar del diagnóstico de una rápida transición hegemónica hacia China. Este país está en posición de fuerte dependencia respecto al orden económico de la globalización y el libre comercio. Una crisis de ese orden le afectaría. Y la primacía financiera, tecnológica y militar de los EEUU no está en cuestión, puede salir de esta crisis incluso reforzada. Así que no habrá una transición repentina. Sí, probablemente, un nuevo equilibrio entre las dos superpotencias, más polarización y conflicto, y una rearticulación de alianzas, coaliciones y esferas de influencia entre ellas.

¿Cuál cree que serán los escenarios de los conflictos que se puedan ir en este caminar hacia un nuevo orden?

La hegemonía norteamericana de la globalización se apoyaba en tres pilares fundamentales: la apertura económica, concretada en la integración de las cadenas globales de producción y el libre comercio; una primacía militar y tecnológica incuestionada, y un orden de gobernanza multilateral con vocación de extenderse al planeta entero. El pilar económico afronta un futuro incierto en aspectos esenciales como la reordenación de las cadenas de valor, el modelo energético o el comercio. La reconstrucción también plantea una disputa por el control de zonas geopolíticas de influencia, algo que China lleva tiempo prefigurando con su presencia económica en África o América Latina, y a lo que Rusia ha jugado también en Siria o Ucrania.

Con la crisis del orden multilateral se pierde capacidad institucional para gestionar conflictos, y de hecho las exportaciones de armas se han multiplicado en la última década. De salir reelegido, Trump afrontará esta fase de reordenación confiando tan solo en su fuerza financiera y militar y con una sociedad rota. Pero los demás actores también sufrirán.

¿Qué papel espera a Europa en este “desorden”?

Dependerá de sí misma. Si el proyecto de integración europea aprovechara esta crisis para reconstruir su estructura económica y su contrato social, podría pesar decisivamente en ese tablero. Europa debería hacer el trayecto inverso al de la crisis del 73. Entonces se reformuló el proyecto de la posguerra en clave neoliberal. Esa lógica, que lleva a Maastricht, a Lisboa y al pacto fiscal de la austeridad, demostró en 2008 sus contradicciones, en 2012 nos llevó al borde de la implosión total, y hoy ya no es capaz de avanzar. No es ya cuestión de “solidaridad” entre norte y sur, sino de economía política.

Hay que rehacer la eurozona desde los cimientos, dotarla de coherencia política y legitimidad democrática, basarla en un modelo social de bienestar para el siglo XXI. Sin esa reconstrucción, el proceso de conflicto, bloqueo y desagregación que concretó el brexit se acelerará. Solo hay dos alternativas a esa larga decadencia del orden europeo: la deriva autoritaria de Visegrado, que encabeza Hungría con Viktor Orban, y la propuesta democrática del sur.

Los estados-nación han vuelto a cobrar protagonismo. ¿Están en crisis instituciones globales como la ONU?

Es una realidad que el sistema multilateral salido de la posguerra mundial cada vez menos capaz de solucionar conflictos, y que hay una crisis general de los proyectos de integración. Pero el proyecto darwinista que defienden Trump, Bolsonaro y Netanyahu es una amenaza existencial. Ante realidades como el cambio climático, la regulación de los paraísos fiscales o la gestión de las crisis y los conflictos, necesitamos defender los foros multilaterales y el derecho internacional. Quizá la gran reconstrucción, que es el momento en que cristalizan los nuevos órdenes políticos, sea también una oportunidad para imaginar su reforma.

Por Alejandro Torrús

23 junio 2020

 

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Un orden mundial golpeado por la crisis de covid-19

Tras varios meses desde el inicio de la pandemia por el virus SARS-CoV-2, todavía hoy existen muchas dudas sobre su comportamiento, su persistencia en el ambiente o si será o no estacional.

Otra pregunta es si se darán olas sucesivas de brotes epidemiológicos a lo largo de los próximos meses, como se están viendo aparecer en varios países como Singapur, Corea del Sur, Nueva Zelanda, Alemania o, en China, específicamente en la capital Beijing, que ya ha ordenado estrictas medidas de contención para evitar su propagación, después de que la vida hubiera vuelto prácticamente a la normalidad desde hacía varias semanas. Tampoco se conocen las secuelas a largo plazo que puede dejar en el organismo de las personas infectadas y si la inmunidad adquirida a través del contagio permanecerá en el tiempo. Es también una incógnita saber cuándo aparecerá en el mercado una vacuna lo suficientemente eficaz y de precio asequible que se pueda fabricar masivamente para inmunizar a la población de manera que desaparezca el miedo a nuevos rebrotes epidémicos. Lo que sí queda claro es que la pandemia de COVID-19, la enfermedad causada por el nuevo coronavirus, se ha extendido por el mundo entero y está generando no sólo una crisis sanitaria de gran envergadura, sino también una crisis económica sin precedentes y otra de tipo geopolítico de consecuencias geoestratégicas.

La caótica respuesta global a la pandemia de coronavirus y la vacilación de la cooperación mundial han puesto a prueba el orden internacional. La mayoría de las naciones se han replegado sobre sí mismas, han fallado en la colaboración con otros países y han marginado a la Organización Mundial de la Salud (OMS) y otras instituciones multilaterales. La existencia de estos organismos no ha impedido que la mayoría de los estados hayan adoptado un enfoque unilateral, optando por posturas nacionalistas y populistas que han debilitado el apoyo público al internacionalismo liberal. El resultado ha sido una falta casi total de coherencia política global. En un sistema internacional basado en normas, las instituciones multilaterales son fundamentales para su funcionamiento, aunque, en este caso, parecen haber fracasado. Sin embargo, las instituciones internacionales no actúan de manera autónoma, sino que deben ser articuladas e impulsadas por sus estados miembros, que siguen siendo los que verdaderamente las gobiernan. La débil cooperación internacional es una elección, no una inevitabilidad ya que las instituciones multilaterales son lo que los estados y sus líderes hacen de ellas.

Un orden mundial estable es algo excepcional. Como indica Richard Haass, cuando uno surge tiende a aparecer después de una gran convulsión que crea tanto las condiciones como el deseo de algo nuevo. Requiere de una distribución estable del poder y de una amplia aceptación de las normas que rigen las relaciones internacionales. También necesita de una política hábil, ya que un orden no nace, se hace. No importa cuán maduras sean las condiciones de partida o fuerte el deseo inicial, mantenerlo exige de una diplomacia creativa, instituciones que funcionen y acciones efectivas para ajustarlo cuando las circunstancias cambian y reforzarlo cuando surgen desafíos. Y todos tienen sus fases de crecimiento, culmen, declive y ruptura final. Lo que está desapareciendo en realidad no es un orden internacional en singular, sino dos sistemas que coexistieron durante la mayor parte de la Guerra Fría: el construido alrededor de la bipolaridad EEUU-URSS, basado en un equilibrio militar y en la disuasión nuclear y otro, denominado liberal, controlado por las principales democracias occidentales y que se fortaleció durante el momento unipolar de la hegemonía estadounidense. Hoy ambos sistemas están desmontándose y en este proceso influyen tanto el resurgimiento de China como el ascenso de algunas potencias medias y de actores no estatales, el incremento de gobiernos y movimientos iliberales que ven al orden liberal como una amenaza a su autonomía y supervivencia, el cambio del contexto político y tecnológico, la falta de liderazgo o el fracaso de las instituciones y el intervencionismo equivocado.

En los meses transcurridos desde la aparición de la COVID-19, los analistas han diferido sobre el tipo de mundo que la pandemia dejará a su paso. Muchos argumentan que el mundo en el que estamos entrando será diferente del que existía antes; otros predicen que la pandemia provocará un nuevo orden mundial liderado por China; otros, por el contrario, creen que provocará la desaparición del liderazgo de dicho país. Algunos dicen que terminará con la globalización; otros esperan que marque el comienzo de una nueva era de cooperación global. Otros consideran que, a pesar de los mejores esfuerzos de Beijing y Washington, lo más probable es que China y EEUU salgan de esta crisis significativamente disminuidos y no surgirá una nueva Pax Sinica ni una renovada Pax Americana, sino que ambos poderes se debilitarán, en una deriva lenta pero constante hacia la anarquía internacional. Piensan que, sin un liderazgo mundial claro, en lugar del orden y la cooperación está tomando forma un nacionalismo desenfrenado que socavará el libre comercio y que conducirá a un cambio de régimen en diversos países. También están los que piensan que el mundo tras la pandemia no será tan distinto al que teníamos, no modificará la dirección por la que caminaba la historia mundial, sino que, más bien, la acelerará. Otros, en una visión realista de las Relaciones Internacionales, consideran que están moviéndose hacia la siguiente era global, la de la competencia y enfrentamiento entre las grandes potencias. Washington se estaría preparando para una lucha prolongada por el dominio de China, Rusia y otras potencias rivales. Este mundo fracturado ofrecerá poco espacio para el multilateralismo y la cooperación y surgirán los problemas de la anarquía: luchas hegemónicas, transiciones de poder, competencia por la seguridad, esferas de influencia y nacionalismo reaccionario. Pero este futuro no es inevitable, y ciertamente no es deseable ya que, según G. John Ikenberry, destruiría lo que queda de las instituciones globales en las que los gobiernos confían para abordar problemas comunes. Las democracias liberales descenderían aún más a la desunión y, por lo tanto, perderían su capacidad de dar forma a las reglas y normas globales y el mundo que surgiría del otro lado sería menos amigable con los valores occidentales como la apertura, el estado de derecho, los derechos humanos y la democracia liberal.

El poder económico y militar de China ha crecido en las últimas dos décadas junto a un deseo incrementado de influir fuera de sus fronteras de acuerdo con su ascenso como potencia global. En una dinámica de poder de transición clásica, China busca un papel más importante en el mundo, mientras que Estados Unidos lo abandona voluntariamente o, involuntariamente. El poder militar y económico de EEUU, punto de apoyo geopolítico sobre el que descansaba el orden internacional liberal, estaba ya siendo desafiado por China antes de la pandemia, tanto a nivel regional como global. Pero también por la propia administración Trump que, según el manifiesto firmado por un amplio grupo de expertos en Relaciones Internacionales estadounidenses, afirman estar alarmados por esos ataques del presidente a las instituciones internacionales y consideran que el sistema debería reformarse, pero no destruirse. Piensan que el orden global ciertamente necesita grandes cambios pero que las instituciones son mucho más difíciles de construir que de destruir y casi nadie se beneficiaría de un descenso al caos de un mundo sin instituciones efectivas que fomenten y organicen la cooperación. Los EEUU han sido incapaces de asentar su legitimidad y credibilidad ética, sus adversarios de ayer han vuelto a ser sus adversarios hoy, y sus aliados de ayer están desconcertados y no se sienten ya realmente aliados suyos. El gobierno de Trump se sumó a los problemas del orden al debilitar la estructura de sus aliados y deslegitimar sistemáticamente las instituciones multilaterales, un fracaso patente que no parece fácil de remediar, creando un vacío político y diplomático que China puede llenar. Ciertamente, el resultado ha sido un mundo cada vez más disfuncional y caótico. Es probable que la crisis actual refuerce tales tendencias. La rivalidad estratégica ahora definirá todo el espectro de la relación entre Estados Unidos y China, tanto a nivel militar, como económico, financiero, tecnológico e ideológico y configurará cada vez más las relaciones de Pekín y Washington con terceros países.

La salud pública mundial, aislada durante mucho tiempo de la rivalidad geopolítica y la demagogia nacionalista, se ha convertido de repente en un terreno de combate político, paralizando la respuesta del mundo a la pandemia. Se está criticando con severidad a China por su tardía respuesta a la hora de avisar al resto del mundo de la existencia del nuevo coronavirus y, también, por falsear los datos de contagio y fallecimientos. Sin pretender añadir o quitar responsabilidades, que hay que dirimir, es necesario analizar también cuántos otros países, y en contra de la evidencia científica, han minusvalorado la capacidad de contagio del virus cuando ya existían pruebas más que suficientes de su elevada tasa de transmisión y letalidad; cuántos gobiernos no han tomado las medidas pertinentes en el momento adecuado y han declarado en los medios de comunicación que no iba a tener esos efectos tan perniciosos en sus respectivos países, como si existieran barreras a la expansión de un virus. No son todos los que no han actuado con responsabilidad y eficacia, pero sin ser demasiado exhaustivos repasando un caso tras otro, basta con observar nuestro propio país que, mediante grandes dosis de desinformación cuando ya habían casos de contagio, permitió eventos sociales de diferente tipo que implicaban la acumulación de muchedumbres en un momento en el que el virus ya se había extendido a otros países como Corea del Sur, Singapur o bien Italia, país vecino, donde estaba causando estragos y se conocían los datos alarmantes. China tuvo que enfrentarse a la aparición de un virus desconocido y establecer las pautas de contención y tratamiento, otros países, sin embargo, ya tuvieron la información por adelantado, pero no actuaron correctamente. Con 60 decesos por cada 100.000 habitantes, España se encuentra en el tercer puesto de los países con más muertos por coronavirus por número de habitantes y sólo después de que el Ministerio de Sanidad revisara la serie histórica y rebajara el número de fallecidos. Son sólo los contabilizados oficialmente, pero otros análisis, como los realizados por el Sistema de Monitorización de la Mortalidad (MoMo) del Instituto de Salud Carlos III, llegan a la conclusión de que existe un 42% más que no aparecen en las estadísticas. Es difícil elevar una crítica a otros países con estos elementos sobre la mesa sin entonar el mea culpa.

La incompetencia de la respuesta ante la pandemia dada por EEUU, país con el número de contagios y fallecidos más elevado del mundo hoy, ha dañado su reputación, su poder blando. China, por otro lado, brindó ayuda, e inició una vigorosa propaganda, la “diplomacia de mascarilla”, en un intento de convertir la narrativa de sus errores iniciales en una respuesta positiva a la pandemia. Sin embargo, gran parte del esfuerzo de Beijing para restaurar su soft-power ha sido tratado con escepticismo en Europa y en otros lugares. En palabras de Joseph S. Nye, esto se debe a que “el poder blando se basa en la atracción” y “la mejor propaganda no es propaganda”. La narrativa imperante se basa en las reticencias que causa el ascenso de China y la posibilidad de que pueda inclinar el equilibrio de poder mundial a su favor y la desconfianza que genera su sistema político y su asertividad.
La pandemia y la respuesta a la misma parecen estar revelando y reforzando las características fundamentales de la geopolítica actual y mostrando sus vulnerabilidades. Los efectos de la pandemia han empezado a hacer más visible ciertos agentes de cambio a nivel geopolítico, fundamentales e interconectados, que ya estaban presentes antes de la pandemia como la regionalización y relocalización, produciendo el regreso de empresas y medios de producción a los países de origen desde China y otros países asiáticos para asegurar la cercanía y acceso de los bienes considerados estratégicos, evitando una dependencia crítica de otros estados. También se está favoreciendo el desacoplamiento, con el fin de separar a China del acceso a la tecnología occidental y cambiar a su favor el flujo global de mercancías y financiación. Pero estos comportamientos están creando una fractura interna en el bloque occidental, debido a que no todos los países están de acuerdo en conceder la exclusiva a Washington ya que, a causa de su actual comportamiento aislacionista e impredecible, no aseguraría su compromiso de protección y, sin embargo, le proporcionaría una herramienta más de presión y control sobre sus aliados y socios. Hasta cierto punto, esto es el resultado de lo que Fareed Zakaria describió como “el ascenso del resto”, como consecuencia de una disminución en la ventaja relativa de los Estados Unidos a pesar de que su fuerza económica y militar absoluta hubiera continuado creciendo. Pero es también algo más, ya que es el resultado de la vacilación de la voluntad estadounidense en la estrategia de cooperación con otros países, y no una disminución de su verdadera capacidad.

La crisis parece haber destruido gran parte de lo que quedaba de la relación entre EEUU y China. En Washington, cualquier retorno a un mundo de “compromiso estratégico” anterior a 2017 con Beijing ya no es políticamente sostenible. Un segundo mandato de Trump significará un mayor desacoplamiento y posiblemente un intento de contención y, si ganara las elecciones el candidato demócrata Joe Biden, tampoco parece que existirán grandes modificaciones en la situación ya que los sentimientos anti-China están enraizados ya en ambos partidos. Estados Unidos parece surgir de este período como una organización política más dividida en lugar de una más unida, como normalmente sería el caso después de una crisis nacional de esta magnitud. Como indica el politólogo estadounidense Graham Allison, la mayor amenaza para la posición de Estados Unidos en el mundo se encuentra en los fracasos del propio sistema político estadounidense. “El desafío decisivo para los estadounidenses de hoy es nada menos que reconstruir una democracia que funcione dentro de sus fronteras”. Esta fractura continua del establecimiento político estadounidense agrega una restricción adicional al liderazgo global de los EEUU que facilitaría el ascenso a la posición de liderazgo de China, pudiéndose entrar en la trampa de Tucídides que provocaría que la relación entre ambos países se volviera aún más conflictiva.

Al igual que con otros puntos de inflexión históricos, tres factores darán forma al futuro del orden global: cambios en la fuerza militar y económica relativa de las grandes potencias, cómo se percibirán esos cambios en todo el mundo y qué estrategias desplegarán las grandes potencias. En base a los tres factores, China y Estados Unidos tienen motivos para preocuparse por su influencia global en el mundo post-pandemia. La caída en picado de los índices económicos mundiales durante el confinamiento ha convencido a Estados y organizaciones internacionales de que la crisis económica será difícil y posiblemente duradera. Se está recuperando la figura del Estado como actor económico incluso en los países más liberales que están interviniendo con importantes planes económicos imprescindibles para proporcionar el impulso inicial que permita reactivar las economías nacionales. La pandemia también ha hecho más visible el ascenso tecnológico de China, y tanto su soft-power como la geopolítica de la tecnología podrían reforzar la imagen internacional de China, e incluso impulsar el cambio en la estructura de poder global imperante.

Es demasiado pronto para predecir cuándo y cómo terminará la crisis, ya que dependerá del grado en que las personas sigan las pautas de distanciamiento social y la higiene recomendada, la frecuencia e intensidad de los rebrotes epidémicos, la disponibilidad de pruebas rápidas, precisas y asequibles, medicamentos antivirales y una vacuna eficaz y fácil de obtener, así como del alcance del alivio económico proporcionado a individuos y empresas. Pero otros factores también intervendrán, añadiendo complejidad al análisis. La recuperación económica jugará un importante papel en el reposicionamiento de cada una de las grandes potencias y en el desplazamiento de los equilibrios de poder geopolíticos. Aquellas potencias que salgan de la pandemia con graves problemas económicos verán reducidas de manera drástica sus opciones estratégicas. Así, China estaría, en principio, mejor situada que EEUU, ya que ha salido de la pandemia con antelación y relativamente intacta, pero la intensificación de la regionalización y la desvinculación de los mercados más importantes del mundo, Europa y EEUU, le afectarán negativamente. A Estados Unidos, por su parte, le falta el deseo y sigue insistiendo en su política de “América primero”, un Trumpismo que se entiende mejor como un movimiento en contra del orden establecido de alcance transnacional.

El orden mundial ha sido golpeado en sus cimientos y, si la crisis actual hace que se llegue a la conclusión de que el multilateralismo está condenado y los políticos se convencen de la necesidad de provocar su desaparición, se estará preparando a la humanidad para calamidades aún más costosas. Si la crisis, en cambio, sirve como llamada de atención, como estímulo para hacer reformas e invertir en un sistema multilateral más efectivo, el mundo estará mucho mejor preparado cuando llegue la próxima crisis mundial.

El mundo que surgirá de la crisis posiblemente será todavía reconocible. Una disminución del liderazgo estadounidense, la potenciación del liderazgo chino, una cooperación mundial vacilante y discordia entre las grandes potencias, el desacoplamiento estratégico, el nacionalismo, la fragmentación y el colapso del orden global. Todo esto caracterizaba ya el entorno internacional antes de la aparición de la COVID-19, pero la pandemia los ha exacerbado y se convertirán en características aún más destacadas del mundo que está por venir. Pero aportando una pizca de optimismo, la pandemia también ofrece la oportunidad de revertir este curso y optar por un camino diferente: un esfuerzo de última oportunidad de ajuste y reforma para reclamar un proyecto que reconstruya un orden abierto, inclusivo y multilateral.

Por Rosa María Rodrigo Calvo | 23/06/2020

Por Rosa María Rodrigo Calvo es Licenciada en Estudios de Asia oriental y Máster en China Contemporánea y Relaciones Internacionales.

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Acuerdos de apoyo de Angela Merkel y Xi Jinping a la OMS, así como a la promoción de la cooperación internacional en la ONU, habrían irritado a Donald Trump. Foto Ap

El catalán y socialista Josep Borrell, a cargo de la política exterior de la Unión Europea (UE), definió su nueva política con China y EU como doctrina Sinatra, quien inmortalizó la canción My way, que no toma partido en la confrontación de Washington contra Pekín.

La autoría de la canción es del sirio-estadunidense Paul Anka y ya había sido enunciada dos semanas antes de la caída del muro de Berlín en 1989 por Guennadi Guerasimov (GG), portavoz de Gorbachov, ex mandamás soviético.

GG optó por la doctrina Sinatra –en contraste a la doctrina Brejnev, donde la URSS imponía su ley a los países satélites– que en forma cándida le otorgaba a Polonia y a Hungría, independientemente de la legitimidad de sus veleidades geopolíticas, la latitud de escoger una vía diferente, lo cual marcó el inicio de la balcanización de la URSS (https://bit.ly/3efv5dY).

Sylvie Kauffmann (SK), editorialista del rotativo galo Le Monde, explaya la doctrina Sinatra e incurre en acrobacias lingüísticas, en medio de las tensiones noratlánticas en la fase de Trump, para diferenciar el no-alineamiento de la UE en la disputa de EU y China, lo cual no significa equidistancia cuando existe una franca asimetría, que se agudizó con la pandemia del Covid-19, que debe poner freno a las ambiciones de Pekín, sin caer en la trampa de una confrontación entre China y EU que se ha vuelto estructural (sic).

A inicios de junio, en una conversación telefónica, el mandarín Xi Jinping y la canciller alemana Angela Merkel (AM) –por tercera vez desde el brote del Covid-19– acordaron varios puntos, como el apoyo a la OMS, que es anatema para Trump, y la promoción de la cooperación internacional en la ONU y con el G20, además de acelerar los intercambios geoeconómicos (https://bit.ly/3eiLVbS).

Se espera la visita del mandarín Xi a Alemania para septiembre –sea en forma presencial o por una videocumbre– para dialogar con los 27 miembros de la UE.

El Covid-19 profundizó la relación franco-alemana, y la reciente visita de AM a su homólogo francés Emmanuel Macron expuso eldeseo mutuo de mantener relaciones estables y sanas con China, pese a las fuertes presiones de la dupla Trump/Mike Pompeo para adoptar una confrontación de corte sinofóbica (https://bit.ly/3hLZGCa).

Es probable que la resurrección europea con su doctrina Sinatra y el coqueteo de la canciller AM con el mandarín Xi hayan contribuido a la exasperación de Trump, quien acaba de ordenar el retiro de 9 mil 500 efectivos de Alemania para septiembre –de un total de 34 mil 500 y que en un momento dado de rotación pueden alcanzar 52 mil (https://on.wsj.com/3dlrqKe)–, debido al incumplimiento, según sus decires, de aumentar su gasto militar en el seno de la OTAN. Coincidentemente, cuando se gesta la cumbre entre el mandarín Xi y la UE-27 que presidirá Alemania, es cuando EU retira sus tropas, de las que se ignora cuál será su nuevo destino (https://bit.ly/3eiMKS0).

A Trump le ha irritado que Alemania no haya detenido el gasoducto NordStream2 proveniente de Rusia, y no faltan legisladores pugnaces del Partido Demócrata, como Bob Menendez y Eliot Engel, quienes disparatan de que el retiro de tropas estadunidenses beneficia al zar Vlady Putin (https://bit.ly/2YWzNXs).

En su más reciente artículo, SK comenta que la pandemia del Covid-19 hizo mover las líneas en Europa que podría salir transformada, mientras en el campo de la geopolítica mundial “la crisis exacerbó las grandes tendencias en curso sin cambiar fundamentalmente la sustancia (https://bit.ly/2YinsOe)”, por cierto, tesis de Bajo la Lupa.

SK confiesa que la UE estuvo a punto de desintegrarse, pero se recuperó y después del estadio de sideración (sic), eligió el camino inverso, el de una integración más profunda, para levantar sus economías y resistir mejor los futuros choques.

Falta mucho por avistar si las rediseñadas tendencias centrípetas superan a las fuerzas centrífugas, así como ver qué tanto funciona la doctrina Sinatra, que ya fracasó una vez y comporta el grave error de menospreciar a Rusia.

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Jueves, 18 Junio 2020 05:51

Asia, un polvorín

Soldados del Ejército indio descansan junto a una batería de artillería las armas de artillería en un campamento cerca de Baltal, al sureste de Srinagar, en el valle de Cachemira. REUTERS/Stringer

Reavivamiento de las tensiones en la península coreana, escaramuzas en la frontera entre India y China con resultado de muertos entre los ejércitos de ambos países, aviones militares chinos y estadounidenses sobrevolando el espacio aéreo de Taiwán, tensiones entre China, Taiwán y Japón tras choques entre barcos pesqueros y destructores y decisiones de redenominación de las islas Diaoyu/Senkaku en Taiwán y Japón, peligrosas subidas de tono entre Taipéi y Beijing con crecientes interferencias atizadoras por parte de EEUU, interminables pugnas en el Mar de China meridional, inesperada renovación de la alianza militar de Filipinas con EEUU… Y el SIPRI alertando del incremento del poder nuclear en Asia, con varias potencias nucleares en liza (China, India, Pakistán y Corea del Norte)…

Todos estos trazos indican puntos calientes y factores de riesgo que advierten con toda claridad de que si bien el poder económico gira hacia Asia, su estabilidad en materia de seguridad presenta déficits graves. La eclosión de todas estas tensiones se produce en un contexto marcado por la voluntad china, referencial en la inmensa mayoría de todas estas crisis, de culminar este año las negociaciones para la Asociación Económica Integral Regional, conocida como RCEP por sus siglas en inglés, y también el acuerdo de libre comercio con Corea del Sur y Japón. De confirmarse ambas propuestas, serían un revulsivo con potencial suficiente para promover una nueva espiral de crecimiento económico en la región.

Aunque todos los diferendos citados se encuentran, por lo general, bajo control, a nadie escapa que los sobresaltos son posibles y que algunos podrían desbordarse especialmente en un momento como el actual, cuando la crisis económica y el riesgo de recesión, con sus devastadores efectos sociales, avanza por doquier a la par que la pandemia está lejos de ser vencida. Con las tendencias nacionalistas al alza en países importantes del área, la explicitación de desconfianzas reciprocas pese a los esfuerzos reiterados de diálogo, no acaba de mitigarse del todo.

En Asia, China tiene una especial responsabilidad en la habilitación de espacios institucionales para la gestión de estos contenciosos; no obstante,  no son pocos los países que recelan de su liderazgo. La práctica totalidad acepta su conveniencia económica y le considera un aliado comercial insoslayable, pero, en paralelo, en sus alianzas de seguridad confían más en EEUU como contrapeso indispensable para preservar sus intereses nacionales. El despertar del gigante lleva aparejada la demostración de una mayor ambición y la lentitud con que avanzan propuestas como la elaboración de un código de conducta para normalizar procedimientos en las disputas en el Mar de China meridional, por ejemplo, cuestiona su sinceridad. Mientras la política de hechos consumados tira beneficio de las maniobras de entretenimiento, la benevolencia de su liderazgo es objeto de controversia.

Algunas esperanzas se habían depositado en los últimos años en el papel de la CICA (Conferencia sobre Interacción y Medidas de Construcción de Confianza en Asia), que en 2017 cumplió su 25 aniversario. Emulando una especie de versión asiática de la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa), como plataforma intergubernamental de amplia representatividad y expresión de una nueva arquitectura de cooperación de seguridad regional podría amortiguar y encauzar las diferencias en torno a las áreas en disputa. Sin embargo, por el momento no ha sido así. Tampoco la Organización para la Cooperación de Shanghái ofrece mejores perspectivas.

Región prometedora y dinámica pero también muy vulnerable, urge que en Asia se dispongan alternativas institucionales creíbles para encauzar estos contenciosos y alejar la amenazante sombra del estallido de conflictos de gran envergadura. Potencial hay de sobra, con especial proyección en la península coreana o en el Estrecho de Taiwán. Lo ocurrido en la frontera cachemira advierte de la

Por Xulio Ríos

Director del Observatorio de la Política China

seriedad del peligro. Si bien este marco brinda oportunidades a poderes extrarregionales para mostrar su influencia en la región, las soluciones debieran venir de la propia Asia.

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Guerra Fría contra China: cerco militar, comercial y tecnológico

Con sospechosa simultaneidad, se han activado o reactivado los conflictos en el entorno de las fronteras entre China y varios de los más importantes países de la región.

 

El más reciente es el enfrentamiento entre India y China por la construcción por Nueva Delhi de una carretera en el valle del río Galwan, en Ladakh, en la disputada región de Cachemira.

Aunque se iniciaron negociaciones entre ambas naciones, India sigue enviando unidades militares hacia la frontera norte, incluidos los vehículos de combate T-90 y T-72 y un gran número de aviones de combate. China respondió con maniobras militares para "expresar su apoyo a Pakistán, ya que la actual amenaza de la India a Pakistán es cada vez más evidente", según el experto de la Universidad Popular de China, Zhou Rong.

En los mismos días, Estados Unidos envió nada menos que tres portaviones, el USS Theodore Roosevelt, el USS Nimitz y el USS Ronald Reagan, para patrullar las aguas del Indo-Pacífico, en un acto analizado como una "advertencia" a China y un mensaje a sus aliados. El despliegue incluye decenas de buques y submarinos que conforman los grupos de ataque que acompañan a los portaaviones.

Para el diario oficialista Global Times, el objetivo de esta presencia consiste en "mostrar a otros países que su capacidad de combate no se vio obstaculizada por la nueva pandemia de coronavirus". La crisis que sufrieron algunas unidades de portaaviones cuando las tripulaciones se infectaron de coronavirus, parece haber abierto dudas en la región sobre la capacidad de combate de su flota.

Al respecto, el diario recuerda que la pandemia de coronavirus en la Marina de EEUU estalló en el Theodore Roosevelt en marzo pasado y asegura que la actual movilización puede provocar una nueva oleada de infecciones entre los marineros. Por eso Global Times concluye que la fuerte presencia de la Navy en el Pacífico Occidental, "no es más que un ejercicio de flexión muscular destinado a crear tensiones".

También a principios de junio se agudizó el conflicto entre China y Australia. Para Beijing, Australia actúa de modo irracional, al punto que se ha convertido en peón de Estados Unidos. Global Timesasegura que Australia "carece de independencia y autonomía diplomática, está en gran medida manipulada por los Estados Unidos en asuntos exteriores y "ya se ha convertido en un estado vasallo".

Ante el conflicto, Beijing llamó a sus jóvenes a reflexionar sobre la conveniencia de estudiar en Australia, ya que algunos chinos habrían sufrido actos de racismo, mientras amenaza con dejar de comprar mineral de hierro y hacerlo en Brasil o África, como represalia ante la creciente tensión entre ambas naciones. De hecho, China es el principal cliente de Canberra, pero la amenaza no puede producir resultados positivos.

En medio de estos conflictos, India y Australia suscribieron el 4 de junio una "Asociación Estratégica Integral", una "Visión compartida para la cooperación marítima en el Indo-Pacífico" y un "Acuerdo de apoyo logístico mutuo" para aumentar su "interoperabilidad militar".

Según la declaración conjunta, ambos países defenderán sus intereses comunes en la región Indo-Pacífico para "mantener rutas marítimas abiertas, seguras y eficientes para el transporte y la comunicación".

Las malas noticias para China no paran ahí. El 8 de junio Vietnam firmó un Acuerdo de Libre Comercio con la Unión Europea y trabaja para dar un similar con el Reino Unido. En paralelo, Filipinas apoyó a Vietnam en sus entredichos con China sobre la soberanía en el Mar del Sur de China y "las compañías japonesas y coreanas han estado trabajando juntas para desarrollar soluciones 5G" capaces de competir con Huawei, segúnAsia Times.

La iniciativa anti china en la región Indo Pacífico corresponde en gran medida a la India, potenciada ahora por su alianza con Australia. Ambas tratan a China como rival estratégico, en idéntica postura que EEUU. India se ha visto "perturbada por la creciente presencia naval de China en el Océano Índico", lo que la ha llevado a cooperar ampliamente tanto con EEUU como con Japón, Australia, Vietnam, Indonesia y Filipinas, participando incluso en ejercicios navales en la región.

16:19 GMT 16.06.2020URL corto

Por Raúl Zibechi

La dirigencia china no se engaña respecto al futuro inmediato. Un editorial de Global Times se pregunta: "¿Puede Estados Unidos realmente dejar de ser el policía del mundo? No hay evidencia suficiente en la historia o en la actualidad para indicar que Estados Unidos podría dejar de vigilar al mundo".

En el análisis de la política imperialista de EEUU, el órgano del Partido Comunista sostiene que dicha actitud "está determinada por la naturaleza hegemónica del país. Para mantener su hegemonía, Estados Unidos debe expandir su influencia en el extranjero". Y concluye que "es poco probable que EEUU abandone el estatus de policía de su mundo".

Una prueba de esa actitud la brinda Steve Bannon, ex jefe de estrategia de Donald Trump, en una extensa entrevista con David Goldman, de Asia Times. "El gobierno de China es un grupo de mafiosos. Pienso que el Partido Comunista Chino es completamente ilegítimo. Pienso que son un grupo de gángsters. Creo que lo que le han hecho al pueblo chino es horrible".

Sin duda el lenguaje de Bannon es brutal, pero refleja lo que piensan los dirigentes de Washington, tanto republicanos como demócratas, que buscan destruir a China para impedir que con su ascenso profundice el deterioro de la hegemonía estadounidense. En su reflexión, los horrores que sufre el pueblo chino comenzaron en 1949 con el triunfo del Partido Comunista, desestimando un siglo de agresiones e invasiones de Occidente y Japón.

Cuando se le pregunta a Bannon qué debe hacer EEUU frente a China, la respuesta es exactamente la que estamos viendo en Asia: "Deben ser confrontados en todos los niveles por todos los gobiernos: de Taiwán, Japón, Corea del Sur, India y Singapur hasta Vietnam".

Bannon, como Trump y el deep State de EEUU, creen que China "es el trabajo inacabado del siglo XX", que "Trump es el único presidente en la historia de Estados Unidos que se ha enfrentado al Partido Comunista Chino” y que este es el momento para "subir un poco" ese enfrentamiento. Peor aún, considera que "Hong Kong es Austria en 1938", cuando la invasión nazi convenció a Occidente de frenar a Alemania a cualquier precio.

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El presidente ruso, Vladimir Putin, en videoconferencia en la residencia Novo-Ogaryovo.Foto Ap

En los centros estratégicos de Rusia no causaron sorpresa los disturbios en EU debido al homicidio de George Floyd.

En 2008, el decano diplomático ruso Igor Panarin había previsto la balcanización de EU en seis pedazos (https://on.wsj.com/3fzwYlR.)

Del lado estadunidense Joel Garreau planteó desde 1981 (sic) que "Estados Unidos puede ser subdividido en nueve naciones" que, curiosamente, engloba el norte de México (https://amzn.to/2AI4XtB).

Luego en 2011, Colin Woodard abordó la "historia de las 11 (sic) regiones culturales rivales de Estados Unidos" (https://amzn.to/2AxEzmr).

Los geoestrategas de Rusia, no se diga el zar Vlady Putin, están pendientes de las minucias de los disturbios en EU.

Putin salió de su silencio pandémico y diagnostica que los disturbios en EU exhiben "una profunda (sic) crisis interna" (https://bit.ly/2N4pew5).

A su juicio, la crisis viene de mucho atrás, desde que accedió Trump a la presidencia: "ganó, y su victoria era absolutamente evidente y democrática, pero el partido vencido inventó todo género de historias bidones (sic) para intentar poner en duda su legitimidad".

Putin advierte que no es su intención inmiscuirse en asuntos de países ajenos, por lo que su diagnóstico concisamente lacónico enmarca la gravedad de la situación.

Considera que el problema emana del sistema político estadunidense donde "los intereses de los partidos y de grupos son colocados encima de los intereses de la sociedad entera y de la gente".

Aduce que los disturbios sobre temas raciales en EU y en Europa constituyen un "fenómeno destructivo" que ponen en relieve la "fuerza de Rusia" como "Estado multiétnico" y "pueblo multinacional".

Hizo notar que las "campañas de derechos humanos que toman la forma de saqueo y violencia no aportan nada bueno" y recuerda que tanto la ex URSS como Rusia "han sido siempre empáticos sobre la lucha de los afroestadunidenses por sus derechos naturales(sic)".

Concluye que EU es un "muy poderoso poder democrático", lo cual le ayudará a sortear su crisis.

Se detecta que Putin no pierde de vista las próximas negociaciones nucleares del 22 de junio en Viena con EU para prorrogar el acuerdo START (Strategic Arms Reduction Treaty).

Tres días después al anuncio del fracaso de la prueba de un armamento hipersónico de la Fuerza Aérea de EU –que forma parte del programa HAWC (Hypersonic Air-breathing Weapon Concept), a cargo de Lockheed Martin y Raytheon (https://bit.ly/3e3bkGt)–, Putin alardeó los recientes progresos en el rubro de la "defensa anti-hipersónica" de Rusia, cuyas proezas "defensivas" militares son conocidas: "cuando otros países habrán elaborado su arma hipersónica, Rusia muy probablemente estará dotada de un medio para contrarrestarla".

Putin comentó que las grandes potencias militares, sin especificarlas, estarán dotadas de armas hipersónicas: dominio en el que Rusia lleva la ventaja desde 2018.

Putin comentó que hoy nadie puede interceptar un arma hipersónica: "se trata de una velocidad tal que no es posible interceptarla" y "por lo cual nuestra situación actual es única (sic)".

Las armas hipersónicas anunciadas el primero de marzo de 2018 levantaron muchas cejas en EU, tanto del lado de Hollywood como de sus comentaristas amateurs

que ni saben disparar pistolitas de agua, a diferencia del general Hyten, jefe del Comando Estratégico de EU, quien las tomó más que en serio: "debemos creer las declaraciones de Vladimir Putin" (https://bit.ly/2YGPrpV) y agregó que en EU estaban al tanto de las pruebas de misiles hipersónicos de Rusia y China.

Ya en 2018 Andrei Martyanov en su célebre libro La pérdida de la supremacía militar: La miopía de la planeación estratégica de EU (https://amzn.to/2vD6bk8), había demolido "El mito de la superioridad militar de EU" (https://bit.ly/3eaLqk7).

Cabe señalar que el "sistema hipersónico Avangard" (https://bit.ly/2Ce2J5O) viaja a una velocidad de 20 veces el sonido, Mach 20, y puede transportar armas convencionales o nucleares, lo cual ha convertido a Rusia hoy como el indiscutible "rey de los cielos" muy por delante de EU.

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El yuan digital chino y el desconcierto de Estados Unidos

Disputa por el liderazgo mundial, destino del dólar y tensión con la elite financiera global

 

China es la economía más grande del mundo en paridad de poder de compra y la segunda en valor de mercado, pero sigue muy atrás de Estados Unidos en las finanzas globales. La moneda digital “podría cambiar para siempre la relación entre dinero, poder económico e influencia geopolítica”. Cuál es el desafío geopolítico de la critomoneda china. 

Por Andrés Ferrari Haines, André Moreira Cunha y Luiza Peruffo *

La moneda digital china tensionó más el conflicto con Estados Unidos. El impacto de un yuan totalmente etéreo avivó sensaciones que China se apresta a disputar el liderazgo mundial.

China, como otros países, anunció su moneda digital hace cinco años. En agosto 2019, Mark Carney del Banco de Inglaterra propuso que una moneda digital global sustituyera al dólar estadounidense como moneda mundial, almacenada por todos los países para protegerse de una recesión estadounidense, y así reducir su dominio global en los mercados de crédito y bienes. 

Facebook presentó su criptomoneda Libracomo moneda global prometiendo que no sufriría los vaivenes del bitcoin, alentando visiones que la inmaterialidad de la moneda sustituiría el monopolio estatal por ofertas privadas.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, atacó enfáticamente los "activos criptográficos no regulados" basados en "la nada". Afirmó que el dólar es la única moneda real, más fuerte y confiable que nunca, por ser "lejos, la moneda más dominante en cualquier parte del mundo, y siempre se mantendrá así". Elementos no faltan sobre el cual basar la supremacía global del dólar.

 

Hegemonía

 

China es la economía más grande del mundo en paridad de poder de compra y la segunda en valor de mercado, pero sigue muy atrás de Estados Unidos en las finanzas globales

Dos tercios de los activos de reserva de las bancas centrales del mundo están en dólar, que también domina los contratos privados y públicos. Según la plataforma SWIFT (Society for Worldwide Interbank Financial Telecommunication), en abril pasado 44 por ciento de las transacciones internacionales fueron en dólares, siendo el yuan chino quinto con menos de 2 por ciento. 

El Banco Internacional de Pagos de Basilea, en diciembre de 2019, informó que había 65,4 billones de dólares en crédito en el mundo, 20 por ciento fuera de Estados Unidos. La mitad de los 6 billones de dólares girados a diario en el mercado de divisas en el mundo son en dólar y su participación en el volumen negociado en contratos de swaps cambiarios es al menos 90 por ciento. 

En las últimas siete décadas, el dólar ha tenido una participación en la designación de préstamos bancarios y emisiones de deuda, en contratos de comercio internacional, como reserva de divisas de bancos centrales, entre 50 y 65 por ciento de los totales globales. Asimismo, Estados Unidos es más fuerte militar y diplomáticamente, y su modelo social es la base del soft-power mundial que contribuye a una inercia internacional en su favor. 

Cambiar la moneda implicaría un nuevo sistema institucional y cultural que está detrás de la economía mundial, y cuyos costos económicos la propia red desea evitar.

Frente a tamaña superioridad, el desafío geopolítico del yuan digital chino no se debe a cuestiones de poder estructural, como diría la académica Susan Strange, sino con la actual estrategia global de Estados Unidos. Como expresó Hu Xinjin en Global Times al responderle a Trump su acusación de que los chinos querían su derrota electoral: al contrario, sostuvo, desean su reelección porque hace un Estados Unidos odioso para el mundo y ayuda a unir a China.

 

Poder y dinero

 

Inquieto por el futuro global de Estados Unidos, en CNBC Frederick Kempe, presidente del influyente think tank Atlantic Council, ve el yuan digital como parte del intento de China de aprovechar el efecto de la Covid-19 para extender su peso global, junto a su nueva doctrina de seguridad para Hong Kong, sus 1,4 billones de dólares de inversiones tecnológicas, el 9 por ciento de aumento de su presupuesto de defensa y mayor presencia institucional global (ilustrada por el aporte de 2 mil millones de dólares a la OMS), piezas que “encajan perfectamente” en la estrategia de Xi de “fortalecer el dominio interno del partido, consolidar el poder regional de China y expandir su influencia internacional”, intensificando la competencia con Estados Unidos. 

Kempe concluye que las intenciones chinas no es el principal problema estadounidense, sino no tener una estrategia adecuada.

Una “estrategia adecuada” de Estados Unidos frente a China puede verse limitada por los mismos intereses internos que lo dejan líder en muertes por la Covid-19. 

Andy Mukherjee de Bloomerg afirma que la moneda digital “podría cambiar para siempre la relación entre dinero, poder económico e influencia geopolítica” porque eliminaría el anonimato posible con el efectivo -aumentando el control y el rastreo financiero- y viabilizaría a la banca central evitar intermediarios por completo, reduciendo fuertemente el poder social de la elite financiera

Así, calcula que China podría ahorrar las comisiones enormes que paga a bancos por traspasos internacionales entre empresas. China no ha manifestado que irá tan lejos; sus grandes instituciones distribuirán su moneda digital. Podría ampliar su espacio monetario externo, sobre todo enlazada a su red de inversiones de la Nueva Ruta de la Seda.

 

Finanzas digitales

 

Este desenlace sería irónico para la ideología financiera occidental dominante que arguye en favor de criptomonedas privadas para huir de ‘la opresión del poder estatal’: el yuan digital despedaza la mitología neoliberal individualista de un ‘mundo de monedas privadas’

La sociedad capitalista surgió de las entrañas del Estado-nación que viabilizó la dimensión de acumulación privada. Es evidente que el objeto que define esa acumulación no puede depender de uno de los que desea acumularlo. La lógica circular vacía de las criptomonedas queda manifiesta cuando Facebook promete, para candidatearla como moneda global, mantener el valor de su Libra frente a una cesta de monedas estatales.

En cambio, el dólar, como verdadera moneda global actual, sólo depende de su emisor, el Estado estadounidense, sobre todo desde 1971 cuando dejó toda pretensión de vínculo con el oro. Por este poder, creó y quebró sus propias reglas a conveniencia desde que dictó las normas del mundo capitalista en 1945. 

A partir de la presidencia de Ronald Reagan, esas normas benefician a su complejo militar y elite financiera, forjando los ultra-ricos. Desde la crisis de 2008, el FED (banca central estadounidense) aumentó sus activos de 1 a casi 7 billones de dólares para preservar activos e ingresos de rentistas. El resto de la sociedad quedó desamparada, incluso sin cobertura médica ante la Covid-19. La pandemia motivó un megasalvataje a grandes corporaciones y bancos y solo cobertura de una semana de gastos a la población, lo que incluso el economista de la Universidad de Chicago Luigi Zingales denuncia como “socialismo corporativista”.

El sistema monetario opera en base al dinero de cuenta, que exige un intermediario, y al de token (símbolo), que no lo precisa

Los bancos son parte del primero, que venía registrando las innovaciones digitales por empresas de tecnología financiera para competir con ellos. Las monedas estatales se basan en un token físico (billetes y monedas), pero China inaugura una sólo digital. Esto viabiliza transacciones directas entre agentes, incluso geográficamente distantes, no posibles antes. Vía los dispositivos que utiliza, esta relación directa de información y pagos reduce la relación bancaria convencional. 

Los tokens digitales privados, como todo dinero privado por definición, no poseen curso legal obligatorio. Por eso operan sujetos al menos a un Estado, lo que queda en evidencia al no poder pagar impuestos con su propio dinero. Así, tampoco pueden ser unidad de cuenta y, sólo especulativamente, reserva valor. Es decir, no pueden ser una moneda completa.

Si China con su moneda digital elimina intermediarios financieros y aumenta su poder, sobre todo con beneficios geopolíticos, otro Estados la seguirán. De hecho, ya lo hacen varios países. Fedcoin sería la propuesta de Estados Unidos, pero parece estar tan atrás, que en junio pasado Mark Zuckerberg, buscó apoyo en el Congreso a su Libra argumentando que si no “Beijing y sus empresas y filiales de propiedad estatal se harían cargo del futuro de las finanzas”.

 

EE.UU.

 

La pandemia es propicia a la moneda digital al evitar el contagio vía billetes físicos. Exige alta aceptación social que Ahmed y Gupta, en "Modern Diplomacy", creen en China habrá porque ya usa mucho las aplicaciones exigidas y mejoraría recibir ayudas del gobierno ante la Covid-19. 

La trasferencia de fondos a la gente, dicen, expuso los problemas de infraestructura financiera estadounidense. La idea un "dólar digital" se postergó para 2021. El presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, afirmó que Estados Unidos no tiene la necesidad inmediata de algunos países en desarrollar la moneda digital, lo que para Nikhil Raghuveera en Atlantic Council tiene sentido por su sólido sistema de pagos.

Igualmente, cree que Estados Unidos no debe abandonar como viene haciendo el liderazgo global y el desarrollo de un conjunto común de valores para que otros países y el sector privado operen. Es decir, la actuación mundial de Trump puede acabar favoreciendo la internacionalización del yuan digital

En forma similar se manifestaron Aditi Kumar y Eric Rosenbach en Foreign Affairs, y Matthieu Favas en The Economist, quien cuestiona en especial el uso creciente del SWIFT de Estados Unidos para fines nacionales y geopolíticos, incluso con sus más cercanos aliados, llevando incluso a que en Europa surjan voces por otro sistema. Temen que muchos países y empresas emigren al circuito chino, en especial si genera también comercio e inversiones.

La candidata de Trump al comité de gobernadores de la Reserva Federal, Judy Shelton, en abril propuso, con tecnología de criptomonedas, retornar al patrón oro porque es “la disciplina monetaria por sí misma”, retirándole poder a la Reserva Federal. 

Esta propuesta que llama ‘volver al futuro’ es geopolíticamente insólita porque Estados Unidos estaría por decisión propia renunciando a un elemento esencial, y muy barato, de su poder mundial, lo que Francia en los '60 llamaba el ‘privilegio exorbitante’ de la maquinita de imprimir. 

La idea de debilitar al dólar como moneda mundial, obviamente, no cayó bien en el Senado que negó su designación, la quinta que Trump propuso.

Este confuso presente de Estados Unidos lleva a Kempe a concluir que, si bien aún con el yuan digital China es más débil, está ‘más determinada geopolíticamente’ que un Estados Unidos que sufre el Problema Pogo, un dibujo animado de la década de 1960 que repetía: "Nos hemos encontrado con el enemigo y él somos nosotros".

* FCE-UFRGS/Brasil

@argentreotros

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Detenido en Cabo Verde el empresario colombiano Álex Saab, considerado por EEUU como uno de los testaferros de Maduro

El detenido es un agente financiero colombiano al que Estados Unidos acusa de ser uno de los hombres más poderosos del líder venezolano.

 

El empresario colombiano Alex Nain Saab Moran, señalado por la justicia de Estados Unidos de ser uno de los testaferros del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, ha sido detenido en el archipiélago africano de Cabo Verde, según fuentes conocedoras de la operación al diario 'El Tiempo'.

La detención, cuya fecha exacta no se ha concretado, ocurrió después de que su avión, de carácter privado pero con identificación venezolana, fuera aprehendido nada más aterrizar para repostar combustible mientras cubría una ruta de Rusia a Irán, según la información que baraja El Tiempo, corroborada según el medio por el entorno del empresario.

El detenido es un agente financiero colombiano al que Estados Unidos acusa de ser uno de los hombres más poderosos de Maduro. El pasado mes de mayo se dio a conocer que Saab había sido designado por el presidente venezolano para impulsar un acuerdo de intercambio de oro por aditivos de combustible con Irán.

Saab ayudó a negociar el acuerdo de Irán con el ministro de Petróleo venezolano, Tareck El Aissami, según informaron en su momento a Bloomberg fuentes próximas a otros encargos previos del empresario, como el refuerzo de la relación de Venezuela con Turquía, a través del envío de 900 millones de dólares en oro en 2018.

En aquella época, las autoridades estadounidenses temieron que parte del oro acabara llegando a Irán, incumpliendo así el régimen de sanciones.

Hace apenas tres días la Fiscalía colombiana confiscó a Saab bienes por valor de 10 millones de dólares, tras acusarle de realizar exportaciones e importaciones ficticias a través de varias compañías, entre ellas la textilera Shatex, para lavar millones de dólares en activos.

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Estados Unidos anunció sanciones a funcionarios de la Corte Penal Internacional

Golpe preventivo a La Haya por investigar la invasión de Afganistán

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump (foto), ordenó ayer sanciones contra cualquier funcionario de la Corte Penal Internacional (CPI) que procese a militares estadounidenses, en un momento en que el tribunal estudia presuntos crímenes de guerra cometidos por tropas en Afganistán.

En una orden ejecutiva, Trump anunció que Estados Unidos va a bloquear las propiedades o activos de cualquier funcionario del tribunal de La Haya que esté involucrado en la investigación. La Casa Blanca también autorizó que se emitan restricciones de visas para entrar a Estados Unidos, lo que también afectará al resto de la familia de los funcionaros sancionados.

"Las acciones de la Corte Penal Internacional son un ataque contra los derechos del pueblo estadounidense y amenazan con infringir nuestra soberanía nacional", dijo la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Kayleigh McEnany, en un comunicado. En ese texto, el gobierno de Estados Unidos recordó que su país no forma parte del Estatuto de Roma y ha rechazado reiteradamente las afirmaciones de que la CPI tiene jurisdicción sobre el personal de Estados Unidos.

El gobierno de Trump revocó el año pasado la visa de la fiscal de la Corte, Fatou Bensouda, buscando presionarla para que desistiera de investigar incidentes durante la larga guerra en Afganistán. En marzo el tribunal autorizó en una apelación la apertura de una investigación por presuntos crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad cometidos en Afganistán. Bensouda desea examinar no solo los supuestos crímenes cometidos desde 2003 por los soldados talibanes y afganos, sino también los que hubieran podido cometer las fuerzas internacionales, sobre todo las tropas estadounidenses. La fiscal también busca investigar acusaciones de tortura que pesan sobre la CIA.

El jefe de la diplomacia de Estados Unidos, Mike Pompeo, advirtió a los aliados de su país que la investigación también los concierne. "Es un mensaje para varios aliados cercanos en todo el mundo especialmente aquellos países de la OTAN que lucharon contra el terrorismo en Afganistán del lado de Estados Unidos", señaló.

El fiscal general de Estados Unidos, Bill Barr, a su vez acusó a Rusia de "manipular" la CPI. "Potencias extranjeras como Rusia también están manipulando la CPI para adelantar sus propios intereses", indicó Barr a los periodistas.

En cambio la ONG Human Rights Watch criticó la decisión del presidente estadounidense. "La orden de Trump demuestra un desprecio por el Estado de Derecho global. Este ataque contra la CPI es un esfuerzo para impedir que víctimas de crímenes muy graves, ya sea en Afganistán, Israel o Palestina busquen justicia", afirmó en un comunicado.

En La Haya, un portavoz del tribunal indicó que estaban al tanto del anuncio en Washington y que emitirán una reacción tras examinar su contenido. 

La corte con sede en La  Haya, fundada en 2002, basa su investigación en que sí tiene jurisdicción sobre el país.El tribunal internacional enfrenta una crisis profunda en un momento en que varios países de África cuestionan al organismo e ingnoraron un mandato de detención internacional contra el expresidente de Sudán Omar al Bashir.

Trump ha emprendido una campaña contra instituciones multilaterales que considera que van en contra de los intereses de su país y recientemente anunció el retiro de la Organización Mundial de la Salud (OMS), por sus críticas a la respuesta frente al coronavirus.

El rol de la Corte ya había sido criticado por anteriores administraciones como el gobierno del presidente republicano George W. Bush, que alentó a los países miembros a cerrarla. Su sucesor Barack Obama adoptó un tono menos belicoso, aunque sin adherir tampoco al Estatuto de Roma.

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