Miércoles, 10 Julio 2019 06:40

Las contradicciones de Christine Lagarde

Las contradicciones de Christine Lagarde

El clima de la economía mundial es inquietante. Las tormentas siempre son precedidas por un periodo de calma y negros nubarrones se vislumbran en el horizonte. Lo más grave es que no se percibe un nuevo motor que permita reactivar la economía global. La guerra comercial es una realidad, la inversión en la economía real sigue aletargada y la amenaza de una nueva recesión sigue vigente.

 

En este contexto, ¿qué significa el paso de Christine Lagarde del Fondo Monetario Internacional (FMI) al Banco Central Europeo (BCE)? Para apreciar esta pregunta es importante observar las contradicciones de Lagarde frente a las políticas de austeridad que tanto promovió el FMI en el pasado.

 

Durante décadas el FMI aplicó una despiadada política de austeridad fiscal en los países subdesarrollados. El objetivo siempre fue generar un superávit primario en las finanzas públicas para asegurar el pago de la deuda externa, aunque eso significara condenar a economías enteras al estancamiento, el desempleo y la pobreza. En países como México el paliativo fueron los programas "focalizados" hacia la reducción de la pobreza, otra fórmula preferida del FMI. Los resultados están a la vista: desigualdad rampante y pobreza para 60 por ciento de la población.

 

La "ayuda" del FMI siempre tuvo el efecto de prolongar la agonía económica para asegurar la servidumbre financiera de países enteros. Pero en la crisis financiera de 2008 todo cambió. El FMI descubrió los beneficios de la política fiscal cuando se trata de rescatar a bancos y grandes corporaciones, y también acabó por aceptar que los bancos centrales inyectaran cantidades astronómicas de dinero de alto poder al sistema bancario y financiero.

 

La gestión de Christine Lagarde al frente del FMI estuvo marcada desde el comienzo por los efectos de esa crisis. Al principio, el FMI vio con beneplácito los paquetes fiscales de rescate y estímulo activados por Paulson (secretario del tesoro bajo George W. Bush) y Geithner (bajo Obama). Pero las voces en contra de ampliar el déficit fiscal frenaron esa política fiscal.

 

Después la Reserva Federal se dio cuenta que tenía que colmar el vacío dejado por el por el retiro de los apoyos fiscales. Y la Fed inauguró su política de flexibilidad cuantitativa, que acabó por inyectar más de 4 billones (castellanos) de dólares al sistema financiero estadunidense. Nuevamente el FMI aprobó este enfoque de política monetaria que iba en contra de los dogmas que el organismo había exaltado durante decenios.

 

Estos movimientos en la política macroeconómica tuvieron su réplica en Europa, con los rescates operados por varios países cuando el contagio llevó la crisis a la UE. Y cuando Mario Draghi anunció que el BCE "haría todo lo que fuera necesario" para mantener el valor y la integridad del euro, el FMI nuevamente estuvo de acuerdo.

 

A 10 años del desastre financiero, tanto la Fed como el BCE continúan atascados en esta postura de generosidad extrema con el mundo financiero y fría indiferencia con la economía real. Así, han anunciado el mantenimiento de tasas de interés bajas para el futuro previsible. Mientras tanto, la burbuja más espectacular de todos los tiempos sigue creciendo en la Bolsa de Valores de Nueva York.

 

El fondo de todo esto es que tanto los bancos centrales en países desarrollados y subdesarrollados por igual no tienen el control de la política monetaria. Que Lagarde o Draghi sean directores del BCE no cambia las cosas. Los bancos comerciales privados en Europa, al igual que en todo el mundo, son los que controlan la oferta monetaria. El papel del banco central es proporcionar la base monetaria acorde con el funcionamiento de los bancos comerciales privados. Si éstos se exceden en la creación de dinero (a través de sus operaciones de crédito), al banco central no le queda más remedio que acomodarse a la demanda de reservas proveniente de los bancos privados. El BCE sabe que cuando el sistema bancario necesita reservas, al banco central no le queda más remedio que prestárselas (fijando la tasa de interés de corto plazo sobre esas reservas). El mecanismo no es suficiente para mantener el control sobre la oferta monetaria. Y la crisis del euro es la mejor prueba.

 

La designación de Lagarde para dirigir el BCE coincide con la victoria electoral de Nueva Democracia en Grecia. Este partido representa los intereses de la oligarquía corrupta y rentista en ese país y este resultado electoral es la consecuencia directa de la política de austeridad impuesta por la troika a partir del estallido de la crisis. El FMI jugó un papel un poco menos terrible que la Comisión Europea en Bruselas y el BCE. Para la señora Lagarde era relativamente fácil aconsejar un poco más de mesura al tratar a la economía griega porque sabía que, a final de cuentas, Bruselas y Fráncfort tenían más peso en la decisión. Desde su nuevo puesto, a Christine Lagarde le será difícil aplicar una política monetaria menos hostil a los pueblos de la eurozona que todavía sufren los efectos de la crisis que estalló hace 10 años.

 

Twitter: @anadaloficial

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Lunes, 18 Febrero 2019 05:53

La segunda implosión de Centroamérica

La segunda implosión de Centroamérica

Décadas después de las guerras de revolución y contrainsurgencia en Centroamerica, la región otra vez está al borde de una implosión. El istmo ha estado sumido en una reanudación de las luchas de masas y la represión estatal, el desmoronamiento de los sistemas políticos, la corrupción, el narcotráfico y el despojo y migración forzada de millones de trabajadores. Detrás de esta segunda implosión –reflejo de la crisis galopante del capitalismo global– está el agotamiento del desarrollo capitalista tras las convulsiones de los años 80 al ritmo de la globalización.

Los movimientos revolucionarios de masas entre 1970 y 1980 lograron desalojar del poder a las dictaduras y abrir los sistemas políticos a la competencia electoral. Pero no alcanzaron la justicia social sustancial ni democratizar el orden socioeconómico. La globalización desplazó a millones, agravando pobreza, desigualdad y exclusión social, y dañó el ambiente, ocasionando una oleada de emigraciones y más movilizaciones de masas entre quienes se quedaron. Las raíces del conflicto regional han persistido: la concentración de la riqueza y del poder político en manos de élites al lado de la pauperización y la impotencia de una mayoría desposeída.


Con el golpe de Estado en Honduras (2009), la masacre de manifestantes en Nicaragua (2018) y el regreso de los escuadrones de la muerte en Guatemala la ilusión de paz y democracia, tan pregonada por la élite trasnacional, ha sido destrozada. Los regímenes centroamericanos ahora enfrentan crisis de legitimidad, estancamiento económico y colapso del tejido social.


El modelo de acumulación implementado hacia finales del siglo XX y en adelante abarcó la introducción de actividades que integraron la región a las cadenas trasnacionales de producción y servicios, parte de la globalización capitalista que ha involucrado una expansión de la minería, la agroindustria, el turismo, la extracción energética y los megaproyectos de infraestructura a lo largo de América Latina, alimentando una economía global voraz y desbordando las arcas de las trasnacionales.


La evolución de la economía política centroamericana refleja la de la economía global. La mundial pasó por un periodo de prosperidad entre los 50 y 60, seguido por crisis, el estancamiento y la transición en las décadas de 1970 y 1980, para luego pasar al auge de la globalización en los 1990 y principios del siglo XXI. El istmo experimentó una tasa de crecimiento anual promedio de 5.7 por ciento (1960-70), tasa que cayó a 3.9 entre 1970-80, y luego desplomó a apenas 0.8 en la década de 1980-1990. Pero luego, en sincronía con la economía global, el crecimiento se recuperó a un promedio anual de 4 porciento durante la globalización entre 1990-2008, según la Cepal. Tras la crisis de 2008, la tasa de crecimiento descendió a 3.7 en 2012, a 3.5 en 2017, y a un estimado 2.6 en 2018.


El orden social de la globalización sólo podía ser sostenido mientras expandía la economía y los despojados podían emigrar. La reanudación del crecimiento desde los 90 ha dependido de: fuerte incremento del flujo de la inversión corporativa trasnacional, aumento constante de la deuda externa y las remesas de los migrantes.


La inversión extranjera directa bajó a partir de 2016, mientras la deuda externa pasó de 33 mil millones de dólares en 2005 a 79 mil millones en 2018. Pero sobre todo los 20 mil millones que envían los migrantes se han convertido en un salvavidas para la economía regional, mientras la emigración contiene las explosiones políticas.


Las remesas aportan 18-19 por ciento del PIB en El Salvador y Honduras; es 10 por ciento para Guatemala y Nicaragua. Las remesas representaron la mitad del crecimiento del PIB en esos países en 2017. La economía regional colapsaría sin ese dinero.


La población centroamericana creció de 25 millones (1990) a 40 millones (2017), según la Cepal, pero el mercado laboral no absorbe a la mayoría de los entrantes, lo que explica el repunte de la emigración: casi se duplicó de 2000 a 2017: 4.3 millones.


El capitalismo global enfrenta una crisis estructural de la polarización social y la sobreacumulación. La continua expansión de la economía global en años recientes ha sido alimentada en el consumo basado en el endeudamiento, la especulación en el casino global que ha inflado una burbuja tras otra, y la militarización impulsada por los estados en tanto el mundo entra a una economía global de guerra. Hoy la economía global está al borde de otra recesión. El sistema enfrenta una crisis política de la hegemonía y una escalada de tensiones globales. Esta crisis subyace a la segunda implosión de Centroamérica.


Se desarrolla en el istmo otra ronda de protesta popular de masas; los regímenes locales pierden legitimidad, se vuelven más corruptos y amenazan la constitucionalidad, como ha sucedido en Honduras y Nicaragua y podría ocurrir en Guatemala.


Las comunidades más vulnerables han sido identificadas como chivos expiatorios para la crisis, sobre todo los refugiados y los migrantes. Esto ayuda a entender la respuesta hasta fascista de Trump hacia los refugiados centroamericanos.


El futuro de Centroamérica dependerá de la capacidad de las fuerzas populares en Centro y Norteamérica de movilizarse para preservar el estado de derecho e impulsar la agenda de la justicia social que pudiera paliar la crisis. De lo contrario, una recesión económica podría tumbar el castillo centroamericano de naipes.

Por William I. Robinson, profesor de sociología, Universidad de California en Santa Bárbara

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Izquierdas y progresismos: la divergencia vista desde allá y desde aquí

Estos son tiempos de perplejidad para muchos. Pocos años atrás se festejaban los avances de gobiernos de una “nueva izquierda” en América Latina, pero ahora hay alarma ante sus derrumbes. En esa perplejidad están inmersos muchos analistas, académicos y militantes, tanto en nuestro continente como en el norte global, que en muchos casos resulta de lo que podrían describirse como miradas “externas” que no siempre logran entender las contradicciones y riesgos que existían “dentro” de nuestros países.

Es necesaria una pausa, retomar análisis que vayan más allá de la superficialidad, sean mas precisos en sus conceptos, entiendan y dialoguen con todo tipo de actores, asumiendo las tensiones, los avances y los retrocesos en los procesos políticos.


El reciente especial de Hemisferio Izquierdo sobre “Bienes Comunes” es una excusa apropiada para un aporte en ese sentido, y en especial la entrevista a Daniel Chávez (1). Este investigador, residente en Holanda y participante del Transnational Institute, reconoce su distancia con los que describe como “críticos al desarrollo” (entre los que incluye a Pablo Solón de Bolivia, Edgardo Lander de Venezuela, Arturo Escobar de EEUU / Colombia, Maristella Svampa de Argentina, y a mí mismo). El cuestionamiento de Chávez apunta a dos componentes de aquella corriente: “su crítica acérrima al rol de Estado y su incapacidad de formulación de propuestas alternativas o superadoras de lo que ellos criticaban”, aunque admite que con los años comprendió que no eran tan “ácidos” y que habían algunas “propuestas”.


Esa entrevista ejemplifica a la corriente de quienes fueron entusiastas defensores de los progresismos, se resistían a entender las contradicciones y en varios casos cuestionaban a quienes elevaban alertas. Ese tipo de posturas prevalecieron por años, y al menos desde mi experiencia, entiendo que en parte se originan desde esa postura de un “exterior” político casi siempre, epistemológico y afectivo muchas veces, y que no lograba reconocer las voces de alerta “internas”. De esa manera no se detectaron a tiempo los problemas, no se corrigieron muchas estrategias políticas, y lo que es peor, de alguna manera, no advirtieron que con eso germinó el regreso de un nuevo conservadurismo en algunos países. El énfasis en defender a toda costa a los progresismos, la disciplina partidaria o la adhesión política acrítica, y los problemas en dialogar con otros actores, seguramente jugó un papel importante en la actual debacle. Por esa razón, esta crisis política está inmersa en otra crisis más amplia, una de interpretación, y que no siempre es reconocida.
Advertencias tempranas


Sin duda los nuevos gobiernos que conquistaron el poder desde 1999, con Hugo Chávez en Venezuela, y que se difundieron en los siguientes años, como Evo Morales en Bolivia, Lula da Silva en Brasil, Rafael Correa en Ecuador o el Frente Amplio en Uruguay, implicaron una ruptura con el conservadurismo y las posturas neoliberales. Ese cambio recibió amplios respaldos tanto desde zonas rurales como ámbitos urbanos.


En una etapa inicial, y en especial desde mediados de los años 2000, buena parte de los analistas, militantes e intelectuales del amplio campo de la izquierda celebraron cambios como la reducción de la pobreza o una mayor participación estatal en las estrategias de desarrollo, especialmente vinculada a la administración de recursos mineros o petroleros. Esto es entendible. De todos modos, algunos daban unos pasos más, y sostenían que era próximo el derrumbe de los capitalismos (como se afirmaba al tiempo de la crisis financiera de 2007/8) o que no existía nada a la izquierda de esos gobiernos.


Pero poco a poco comenzaron a elevarse alertas, inicialmente desde algunas minorías y desde localidades rurales (que en varios países correspondían a comunidades campesinas o indígenas). Muchas de ellas expresaban reclamos ante los efectos negativos de ciertos tipos de estrategias, como la explotación minera, petrolero o agrícola. Recuerdo que en año 2007, en el norte de Ecuador, líderes indígenas amazónicos me decían que la contaminación que ellos sufrían era la misma, y nada cambiaba si operaba una empresa estatal o una corporación transnacional. Esos casos mostraban que el desarrollo se organizaba de diferente manera bajo esos gobiernos pero se repetían problemática como los impactos sociales, ambientales y económicos.


Este tipo de circunstancias también se registraba en Bolivia y Venezuela, mientras que en Argentina, Brasil o Uruguay, contradicciones análogas se vivían con la liberalización desenfrenada de transgénicos, la avalancha de agroquímicos, y la proliferación de los monocultivos de exportación.


Cuando se ubica esa problemática en un marco conceptual, se puede argumentar que enfrentamos distintas variedades de desarrollo. En unos casos se organiza de modo conservador, con fuerte participación empresarial y extranjera, tal como ocurría en Chile o Colombia. En otros casos, como Uruguay, Argentina, Brasil o Venezuela, el desarrollo se instrumentaliza en clave progresista, con mayor presencia estatal y un abanico de instrumentos de compensación, sobre todo económicos. Pero en todos los casos se compartían ideas básicas sobre el desarrollo como progreso, crecimiento económico y subordinación exportadora del país como proveedor de recursos naturales.


La obsesión con ciertos parámetros económicos, incluyendo unas ideas simplistas sobre que el mero crecimiento podía generar excedentes que permitirían reducir la pobreza, hacía que incluso aquellos nuevos gobiernos insistieran en profundizar la exportación de recursos naturales para incrementar sus ingresos.


Eran los tiempos de bonanza de los altos precios de las materias primas, como soja, minerales o petróleo, lo que alimentó una notable expansión económica. Bajo esas condiciones se generaban muchos excedentes, y algunos de ellos eran captados por los Estados para, en parte, compensar a grupos afectados. Por ejemplo, si bien el gobierno Lula priorizó el apoyo a la agropecuaria exportadora, especialmente sojera, esa bonanza le permitió proveer de asistencia a pequeños agricultores y movimientos sociales rurales. No resolvió sus problemas estructurales ni avanzó en una reforma agraria, pero apaciguó la protesta en el campo. Algo similar ocurrió en Uruguay. Esas compensaciones disimulaban desarreglos productivos sustantivos, el desplazamiento de prácticas tradicionales de agricultura familiar, y una creciente lista de impactos sociales y ambientales de la agroindustria. Cuando los precios internacionales cayeron, esa compensación económica se resquebrajó, regresaron los cuestionamientos y ya no pudieron disimularse los problemas que permanecían sin resolución.


Los intentos de seguir una senda distinta que podría llamarse un desarrollo de izquierda, que buscara desmontar la dependencia exportadora de materias primas, no fructificaron. Las necesidades de dinero y las tentaciones de aquellos altos precios, reforzó el perfil comercial primarizado en todos los países. La intención de aumentar la captura de excedentes, como ocurrió en la Argentina kirchnerista cuando se elevaron las retenciones a las exportaciones de granos, generó una ola de protestas sociales que forzó a un retroceso gubernamental.


Un caso todavía más extremo ocurrió en Perú, cuando asumió el gobierno Ollanta Humala en 2011 en asociación con varios partidos de izquierda. Su giro progresista chocó a los pocos meses con las exigencias de los sectores empresariales mineros y las necesidades de capital, y al no contar con capacidades para construir una alternativa, terminó recayendo en un extractivismo tan conservador, que se rompió su coalición.

Izquierda y progresismo: dos regímenes


Este breve repaso, sin duda incompleto y esquemático, tiene por finalidad mostrar que esos gobiernos expresaban distintos estilos que de todos modos correspondían a desarrollos capitalistas como proveedores de materias primas. Eso los alejaba de las intenciones defendidas por la izquierda que les dio origen. Las izquierdas latinoamericanas siempre cuestionaron el desarrollo basado en exportar materias primas, y lo concebían como un resabio colonial. El cambio propio de los progresismos es que pasaron a defender esa condición primero como un éxito, y luego como una necesidad. Allí nace en Uruguay, pongamos por caso, la apuesta sojera y luego la obsesión con buscar petróleo, el coqueteo con el fracking o el sueño megaminero del anterior gobierno.


Estas mismas condiciones se repiten en otros terrenos, y como consecuencia se vuelve necesario distinguir entre izquierdas y progresismos. Otra cuestión distinta es si una izquierda crítica del desarrollo hubiese podido ejercer una autonomía frente a ese tipo de desarrollo bajo las condiciones que padecía América Latina; sin duda esto es discutible. Pero mi punto es que esa aspiración dejó de estar en la agenda concreta y real de esos gobiernos, y por el contrario, organizaron justificaciones y explicaciones para seguir siendo proveedores de materias primas. Esa postura, abandonando ese horizonte de cambio, es uno de los elementos específicos del progresismo, y como se dijo arriba ocurre lo mismo en otras cuestiones. Todo ello expresa un regreso a la defensa del “progreso”, por momentos en visiones próximas a las de fines del siglo XIX y principios del siglo XX.


El desvanecimiento de aquel impulso inicial de izquierda ocurrió de distinto modo y a diferentes ritmos en cada país. Pero en todos ellos la adhesión al desarrollo convencional jugó un papel importante, ya que si, por ejemplo, se persiste en el papel de proveedor subordinado de materias primas, se deben por un lado proteger emprendimientos como minería o petróleo, incluso ante la protesta ciudadana, y por el otro lado, aceptar las reglas de la globalización, el flujo de capital y mercancías, y normas como las de la Organización Mundial de Comercio (2). La viabilidad de ese tipo de exportaciones requiere asumir casi todas las condiciones del capitalismo global.


Ese tipo de factores terminaron conformando lo que hoy conocemos como gobiernos “progresistas”. Por lo tanto, “izquierda” y “progresismo” son regímenes políticos diferentes. Sin duda que el progresismo no es una nueva derecha ni un neoliberalismo, por más que a veces así se lo acusa. Pero tampoco es la izquierda original propia de cada país y del continente. Es también exagerado afirmar que estamos ante un “final” del progresismo (en realidad eso responde casi siempre a una mirada autocentrada de analistas argentinos o brasileños sobre sus propios países, prestándole poca atención a lo que ocurre en Uruguay, Bolivia o Ecuador).


La incapacidad de reconocer a los progresismos como un régimen político distintivo y los análisis incompletos sobre la situación en cada país, debe estar jugando papeles importantes en la perplejidad de muchos analistas, tal como se indicaba al inicio de este artículo. En ellos opera una mirada “externa” que no supo entender los síntomas “internos” que vienen acumulándose desde hace años.
Ese tipo de miradas, sean del sur como del norte, no reconocieran esa divergencia, y siguen insistiendo en que gobiernos como los de Maduro en Venezuela y Ortega en Nicaragua, son la mejor y genuina expresión de una izquierda, y que además es latinoamericana y popular.


Afuera y adentro


La asimilación de los progresismos a una izquierda es esperable por quienes priorizan las adhesiones partidarias, están atemorizados por un retorno de la derecha o se aferran a un cargo en el Estado. Pero más allá de esos casos, se superponen otros análisis donde fallaron los vínculos y diálogos con las comunidades locales. Esto no quiere decir que exista mala intención, pero si es cierto que se desestiman las voces de alerta de ciertos actores.


Siguiendo recorridos como estos, se genera una narrativa sobre el devenir de la “nueva izquierda” latinoamericana que es sobre todo una construcción intelectual basada en artículos y libros, donde la conversación discurre entre las citas bibliográficas. Pero casi no se “escucha” o “entienden” las demandas que vienen desde la base ciudadana, especialmente los más desplazados en sitios marginales, como pequeños agricultores, trabajadores rurales, campesinos, indígenas, etc. (y a pesar que buena parte de ellos fueron clave en que esos partidos ganaran las elecciones).


Posiblemente los ejemplos más conocidos de ese tipo de posiciones sean los escritos periodísticos de Atilio Borón o Emir Sader. Lo mismo ocurre con varios análisis producidos desde el hemisferio norte sobre lo que sucede en América Latina. Al leer esa literatura, casi toda escrita en inglés, se tiene la impresión que en nuestros países se vivía algo así como un paraíso de la liberación nacional, y que cualquier crítica era mera expresión de conservadores agazapados que intentaban socavar un experimento popular.


Sea en el norte o en el sur, hay analistas que presentan por ejemplo a José “Pepe” Mujica como el apóstol del ambientalismo por su discurso en las Naciones Unidas, pero nunca entendieron, ni escucharon, pongamos por caso, a las mujeres de la zona Valentines que alertaban sobre los impactos de sus planes de megaminería de hierro. Lo mismo ocurre en los demás países (3).


También se decía que los “críticos del desarrollo” se contentaban con los cuestionamientos pero no ofrecían alternativas. Esa afirmación es otro ejemplo de la escucha incompleta, ya que las alternativas iban de la mano casi desde un inicio con los cuestionamientos a los extractivismos progresistas. Es más, ese esfuerzo, conocido como transiciones post-extractivistas, está en marcha desde hace diez años en los países andinos y ya avanzó hacia otras naciones (4). A diferencia de otras exploraciones, estas alternativas otorgaban especial atención a propuestas concretas, sean en políticas como en instrumentos, desde reformas tributarias a las zonificaciones territoriales. Pero además, esa insistencia en opciones de cambio concreto eran en parte esfuerzos para recuperar una izquierda comprometida con la justicia social y ambiental.


Renovación y raíces


Tanto dentro de nuestros países como a nivel global, hay cuestionamientos al capitalismo global, como los de David Harvey, y defensas de los progresismos criollos, como las de Atilio Borón. Todas ellas pueden tener elementos valiosos. Pero esas miradas a su vez confunden capitalismo con desarrollo, y progresismo con izquierda, y por ello tienen dificultades para entender la crisis actual y para proponer alternativas. Están muchas veces restringidas a los manuales y decálogos políticos europeos o norteamericanos, y no son interculturales.


Constituyen ejemplos de ese “afuera” donde no aparecen los matices o voces interiores, como las de indígenas o campesinos, las de los jornaleros informales en los campos de soja bolivianos, o las de las negras colombianas que resisten la minería de oro. De ese modo, esa “exterioridad” pierde lo específicamente latinoamericano que se esperaría en una crítica desde nuestro continente. Los análisis de coyuntura se han debilitado, y se escapan las particularidades nacionales y locales.


Así se termina confundiendo al progresismo con la izquierda. Del mismo modo, se esquiva el espinoso análisis de cuáles son las responsabilidades de esos progresismos en generar el nuevo conservadurismo que ahora se observa, por ejemplo, en Argentina o Brasil (5). Entonces, no puede sorprender la perplejidad ante la actual crisis.


Una postura muy distinta es la crítica que se hace desde el “adentro”, y que podría describirse como “enraizada”, para tomar una imagen del colombiano Orlando Fals Borda (6). En lugar de excluirlos, se busca un diálogo con las alertas, las visiones o los reclamos locales, especialmente con quienes son directamente afectados por el desarrollo o usualmente marginados cultural y políticamente. Es un “adentro” que acepta la interculturalidad, respetando otros tipos de saberes y otras sensibilidades ante el mundo social y natural. Sin duda habrá posiciones distintas, acalorados debates, y otro tipo de contradicciones, pero será una construcción más cercana a nuestras circunstancias. Por todo esto, una renovación de lo que sería unas “izquierdas” que estén ajustadas a América Latina y al siglo XXI, deben estar social y políticamente situadas, dialogar con todos los actores y sus saberes, y entender los contextos históricos y ecológicos.

Por Eduardo Gudynas*
Hemisferio Izquierdo
*investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES), en Montevideo.


Notas


1) "El Estado tiene un papel muy importante que asumir en América Latina, pero también ya es ahora de que la izquierda de la región abandone la añosa visión estado-céntrica y que se abra a perspectivas como las de los comunes". Entrevista a Daniel Chavez, Hemisferio Izquierdo, 26 Julio 2018, https://www.hemisferioizquierdo.uy/single-post/2018/07/26/El-Estado-tienen-un-papel-muy-importante-que-asumir-en-Am%C3%A9rica-Latina-pero-tambi%C3%A9n-ya-es-ahora-de-que-la-izquierda-de-la-regi%C3%B3n-abandone-la-a%C3%B1osa-visi%C3%B3n-estado-c%C3%A9ntrica-y-que-se-abra-a-perspectivas-como-las-de-los-comunes-entrevista-a-Daniel-Chavez
2) Tan solo a modo de ejemplo sobre los debates acerca de los progresismos, entre las primeras alertas se destaca: El sueño de Bolívar. El desafío de las izquierdas Sudamericanas, por M. Saint-Upéry, Paidós, Barcelona, 2008. Más recientemente, ver distintas opiniones en:
El correismo al desnudo, A. Acosta (ed), Montecristi Vive, Quito, 2013.
Mito y desarrollo en Bolivia: el giro colonial del gobierno del MAS, por Silvia Rivera Cusicanqui, Plural, La Paz, 2015.
Rescatar la esperanza. Más allá del neoliberalismo y el progresismo, por varios autores, Entre Pueblos, Barcelona, 2016.
As contradições do Lulismo. A que ponto chegamos?, por A. Singer e I. Loureiro (orgs), Boi Tempo, São Paulo, 2016.
3) En el caso de Uruguay se vaticinaba que la llegada del Frente Amplio lanzaría un nuevo “modelo de desarrollo”, y más allá de la ambigüedad sobre el significado del término “modelo”, es evidente que eso no ocurrió. Véase sobre esa predicción: Tercer Acto. La era progresista. Hacia un nuevo modelo de desarrollo, por A. Garcé y J. Yaffé, Fin de Siglo, Montevideo, 2055.
4) Distintos documentos sobre alternativas a los extractivismos y al desarrollo en el sitio www.transiciones.olrg
5) Una ilustración de esa problemática resulta de comparar dos libros del politólogo argentino José Natanson: en 2008 prevalecía un cierto triunfalismo con lo que denominó como “nueva izquierda”, y en 2018 se analizan algunas razones del colapso kirchnerista y el triunfo del macrismo.
La nueva izquierda. Triunfos y derrotas de los gobiernos de Argentina, Brasil, Boolivia, Venezuela, Chile, Uruguay y Ecuador, Debate, Buenos Aires, 2008; ¿Por qué? La rápida agonía de la Argentina kirchnerista y la brutal eficacia de una nueva derecha, Siglo XXI, Buenos Aires, 2018.
6) Hacia el socialismo raizal y otros escritos, por Orlando Falsa Borda, CEPA y Desde Abajo, Bogotá, 2007.

Fuente: https://www.hemisferioizquierdo.uy/

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Lunes, 16 Julio 2018 06:57

Las tres Europas

Las tres Europas

La final de Rusia 2018 escenificó de forma tal vez irrepetible la convergencia de las tres Europas: la Rusia vertical de Vladimir Putin, la poderosa y multirracial nación francesa, y Croacia, la nación surgida de la espantosa hecatombe que siguió al desmembramiento de la ex Yugoslavia a partir de 1991 donde el poder serbio intentó imponer su visión étnica sobre las Repúblicas que antes conformaban la espina dorsal del país. No fue la Serbia arrogante que, a fuerza de bombardeos y crímenes de lesa humanidad, borró del mapa a ciudades enteras de Croacia (Vukobar) o de Bosnia Herzegovina (Srebrenica, Sarajevo) sino la pequeña República croata quien llegó a izarse en la cima mundial con su fútbol de pelota y gambeta en contra del fútbol Big-Data ante el que finalmente perdió. 

Exactamente 20 años después del primer título mundial conseguido en París en 1998, Francia repite la experiencia con un equipo que personifica la composición de su identidad moderna: en el 98 se decía “black-blanc-beur” (negro-blanco-hijo de inmigrante). La Francia del 2018 cambió ese enunciado para decir: Liberté - Egalité - Mbappé (Libertad-Igualdad-Mbappé). La Francia que votó hace poco más de un año para elegir entre una versión recompuesta del fascismo (Marine Le Pen) o un candidato de centro liberal como Emmanuel Macron se reunificó ahora a través del fútbol. Los fanáticos que, en Francia y en el resto de Europa, diseminan la obsesión del “reemplazo” de la cultura francesa por las población de origen inmigrante, de África o del Magreb, se ven ahora ante el fenómeno contrario: ellos no los reemplazaron sino que vinieron a ofrecerles la victoria obtenida a partir de la mezcla.


El historiador Pap Ndiaye comentaba en el vespertino Le Monde que no había que “esperar que la victoria cambie la sociedad”. La euforia pasa, pero las rupturas sociales persisten. La reunificación de una sociedad depende sobre todo de la retórica y las políticas públicas del Estado ¿Qué narrativa propondrá ahora Emmanuel Macron? Una primera respuesta, a la vez geopolítica y social, está en las imágenes de la ceremonia final. Apenas empezó a caer la lluvia, un hombre con paraguas vino a cubrir al presidente ruso Vladimir Putin mientras Macron y la presidenta de Croacia, Kolinda Grabar-Kitaroviæ, tuvieron que esperar largos minutos a que alguien del protocolo viniera con un paraguas. Putin se vengó de las muchas humillaciones que le infringió Occidente. Macron y Kolinda Grabar-Kitaroviæ terminaron tan dignos como empapados. Pese a la lluvia que le corría por la cara y la ropa, Emmanuel Macron no le dio la mano a sus jugadores. Los abrazó y les besó la cabeza. Igualdad, Fraternidad.


Si bien el espejo del fútbol es frágil, tiene un meta relato devastador: todas las grandes naciones del fútbol azotadas por problemas políticos se quedaron afuera: la Italia gobernada por una alianza de fascistas y un movimiento populista post ideológico (5 estrellas) ni siquiera disputó la fase final: Inglaterra y Alemania, ambas sumidas en tormentosas crisis debido al tema migratorio, se fueron por la puerta chica. Argentina y Brasil, dos países desestabilizados por la corrupción, la instrumentalización de la justicia y la rendición ante los ladrones del liberalismo planetario hicieron un papelón descomunal. Lo de la Argentina fue un despropósito penoso agrandado por el canibalismo y el servilismo y una prensa deportiva al servicio de alcahuetes internos y traidores, de chusmas y cobardes.

En los años 70 y 80, los periodistas franceses del diario deportivo L’Equipe que hablaban español asediaban a los argentinos para conseguir un ejemplar del Gráfico: era su biblia de los maestros relatores. Los de hoy son una pacotilla a sueldo de las mafias del fútbol argentino. La Argentina ha sido tan absurda que terminó haciendo de su carta maestra, aquella que todo el planeta quisiera tener, el principal problema: Messi. La Argentina tardó en destruir su fútbol menos de lo que le hizo falta a Croacia para construir el suyo después de una guerra que dejó miles de muertos y un país aniquilado. En este mundial 2018 ganó Europa y perdió también la versión más arrogante, ineficaz y estúpida del jugador de fútbol como producto de un mercado-objeto mundial: el triste Neymar se fue a sus fiestas con su disfraz de jugador. Ahí están esos valientes, creativos y ordenados europeos, con su fútbol de pulmón y corazón. Llegaron al último peldaño subiendo por los escombros de una guerra (1991-1995). La final de Rusia la protagonizaron dos Europas muy distintas: la que se reconstruyó después de la caída del Muro de Berlín (1989) y el posterior ocaso del imperio soviético, y la nación que mejor simboliza la modernidad socio cultural del mundo que Donald Trump se empeña en negar: la globalización, las grandes migraciones, la inclusión. La identidad real contra las místicas de la pureza blanca: la reformulación post colonial contra la negación de la realidad. La victoria francesa y su equipo multiorigen es, en realidad, un espejo al revés. Es apenas una ilusión óptica que atraviesa la ventana del fútbol: la diversidad de la selección no es extensiva al resto de la sociedad donde los ciudadanos descendientes de la inmigración están subrepresentados en las esferas del poder, de los puestos de trabajo importantes, son a menudo “filtrados” cuando buscan trabajo o una vivienda digna.


Hay una Francia excluida y maltratada que hoy salió a la luz. La oportunidad de corregir los relatos y decir, desde la cabeza del Estado, esto somos y esto seremos, es única. La ocasión de promover un proceso de re identificación y de aceptación se presenta por segunda vez gracias a un fenómeno colectivo y una pelota. Durará lo que dure el espejismo de la Copa del Mundo y la embriagadora alegría que este domingo colmó Los Campos Elíseos. La selección francesa ha sido lo que fue su historia colonial y migratoria: jugadores con nombres polacos (Kopa), italianos (Platini), españoles (Amorós, Fernández) y, desde hace 25, 30 años, jugadores del proceso post colonial oriundos de África. Polacos, Italianos y Españoles fueron integrados. Los magrebíes (musulmanes) y los africanos sufren un contra proceso de desintegración. Alain Finkielkraut, uno de los intelectuales franceses que pasaron de la izquierda al fascismo xenófobo, dijo hace unos diez años que Europa se reía de la selección francesa “black-black-black”. La historia de las migraciones del Siglo XX y XXI han atravesado la composición de la selección francesa: la del 98 fue la victoria de las mezclas y de la fallida ilusión de que todo el mundo se identificaba con esa Francia. Error monumental: en las elecciones presidenciales de 2002, el líder y fundador de la ultraderecha francesa, Jean Marie Le Pen, disputó la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. En 2017, Emmanuel Macron derrotó a la hija de Le Pen, Marine, en la segunda vuelta. La misma Francia del 98 le puso en sus manos la copa del mundo. Tiene un horizonte para sembrar otra Francia así como los croatas fundaron un nuevo país y organizaron una selección ganadora.


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Redes solidarias en Grecia ante la xenofobia europea

En la isla de Quíos,1800 refugiados sobreviven gracias al trabajo voluntario mientras Europa construye nuevos centros de detención.

 Desde Isla de Quíos

En Grecia es la ciudadanía quien sigue buscando soluciones para una situación que la desborda y ante la cual las autoridades dan sistemáticamente la espalda. A solo 7 kilómetros de la costa turca, la isla de Quíos es un popular destino para turistas pero también para las precarias embarcaciones despachadas por las mafias con centenares de personas desesperadas por cruzar a Europa. En el verano de 2015, cuando la gran ola migratoria llegó a las costas del Mar Egeo, una media de 30 botes al día atracaban en Quíos. Luego la afluencia disminuyó con el acuerdo entre la Unión Europea (UE) y Turquía –en marzo del 2016– para la deportación a este país de quienes entraran de forma irregular a las islas griegas a cambio de 6.000 millones de euros para el gobierno de Recep Tayyip Erdogan. Pero, pese a que el “acuerdo de la vergüenza” redujo –según datos de la Agencia de fronteras de la UE (Frontex)– en un 80% la llegada de migrantes con respecto al 2017, cientos de personas siguen desembarcando en las islas del Egeo, donde más de 13 mil refugiados malviven atrapados en campos de “recepción” con capacidad para 6300.


Quíos es uno de los llamados “hotspots”, es decir que dispone de instalaciones oficiales para el alojamiento y registro de quienes llegan en busca de asilo. El campo de Vial, en el interior de la isla, acoge a 1850 personas- aunque está preparado para 900- y es ahora, junto con los pisos de Acnur que alojan a alrededor de 500 personas, el único espacio reservado para los refugiados luego del cierre de otro campo –Souda– que se ubicaba en las afueras de la ciudad de Quíos. Gestionado por el Ejército y el gobierno heleno, el centro de detención Vial es una inmensa superficie blindada por alambre de púa que esconde del mundo cientos de contenedores y miles de carpas superpobladas por gente sometida a la miseria y la desesperanza.


El laberinto burocrático en el que entran los solicitantes de asilo al pisar suelo europeo los atrapa por tiempo indeterminado, con causas indeterminadas. Por eso el punto de información del campo colapsa cada mañana, con cientos de personas abalanzándose sobre sus ventanillas en busca de respuestas. “Why am I here?” es el grafiti más repetido en las paredes de Vial. “Para algunas nacionalidades, como la siria, el proceso es incluso más lento que para el resto: hasta 18 meses están tardando en dar la entrevista con la Oficina Europea de Asilo, lo cual es solo el primer paso”, alertan Zoe y Sonya, abogadas de la organización Choose Humanity que brinda asesoramiento jurídico gratuito para los refugiados en Quíos. “Después de la primera entrevista, a algunos los deportan a Turquía y a otros nos mandan a una segunda cita con el Servicio Griego de Asilo para empezar los trámites, que duran un promedio de dos años”, explica por su parte Ali, un joven de Irán que llegó a Quíos en 2016 después de pagar 6 mil euros a un traficante y ahora, tras su paso por los campos de Souda y de Vial –que describe como “el infierno”– viaja a Atenas con el ansiado papel azul que lo autoriza a salir de la isla.


Las personas en busca de asilo no solo siguen llegando –y lo seguirán haciendo mientras las guerras no se detengan– sino que, forzados en la mayoría de los casos, se quedan. Migrantes y locales coinciden en que la situación no solo no se alivió a lo largo de estos tres años –como insisten en afirmar desde la UE– sino que está visiblemente peor a causa del bloqueo en las islas provocado por el pacto con Turquía y la inacción gubernamental. “Yo entiendo que cuando esto empezó nadie estuviera preparado para afrontarlo correctamente pero ahora, tres años después,
¿cómo es posible que todavía tengamos gente durmiendo en carpas?”, se pregunta, indignada, Toula, fundadora de CERST, uno de los mayores grupos de ayuda de la isla.


“Todo esto cayó en medio de nuestra peor crisis económica, el gobierno griego no se pudo hacer cargo. No espero nada de ellos”, admite esta mujer de Quíos que decidió, ante la inacción de las instituciones, tomar las riendas del asunto. “No solo ellos no nos ayudan sino que somos nosotros quienes los ayudamos a ellos. La Administración no tiene nada y espera todo de los voluntarios”, explica. Chios Eastern Shore Response Team (Cerst) es el nombre que Toula y sus entonces pocos compañeros de misión eligieron para dar entidad formal a algo que, en su origen, no lo tenía en absoluto. Lo que ahora es una organización con tres espacios diferentes de trabajo y un promedio de veinte voluntarios por semana, al empezar era ayuda espontánea de isleños que, como dice Toula, actuaban “de corazón”. Esta mujer de 43 años dormía cuando escuchó gente gritando y niños llorando, salió a ver qué pasaba y se encontró con la nueva realidad de la isla. Abrió tres habitaciones del hotel que regenta en un pequeño pueblo del sur de Quíos y allí los alojó. “Les di lo que tenía, al igual que todos los locales, yo no hice nada extraordinario”, matiza Toula. Era octubre de 2015, tres meses más tarde de las primeras llegadas masivas de migrantes, cuando el frenesí de la temporada turística se calmaba y en Quíos la gente empezaba a entender que algo grave sucedía en la isla, en el mundo.


Facebook fue el gran empujón para los locales que corrían de punta a punta de la costa atendiendo con ropa, comida y agua a los tripulantes de los endebles botes. Gracias a la red social, los isleños pasaron de estar solos frente a la emergencia, a estar apoyados por cientos de personas de todo el mundo; y de la ayuda espontánea, pasaron a la organización. En enero de 2016 Toula finalmente fundó Cerst y otras ONG se instalaron en Quíos, creando una red de cooperación que a día de hoy persiste. El trabajo en ese momento consistía en la distribución de ropa y comida proveniente de donaciones, pero luego el equipo amplió su tarea a la enseñanza de lenguas, el cuidado de niños, la higiene y la asistencia en los desembarcos.


En el interior de la isla, a una media hora a pie del campo de Vial, una hermosa casona de piedra alberga el Centro de idiomas, donde un promedio de sesenta personas asiste cada día a clases de griego, francés, inglés y alemán. Los profesores son voluntarios que se comprometen a una estancia mínima de dos meses para garantizar el seguimiento de los alumnos y el espacio también cuenta con una cocina, una biblioteca con servicio de préstamo y una acogedora sala de lectura. Muy cerca de allí, rodeado de campos de papas y olivos, Cerst estableció Hope, un espacio para dotar a los habitantes del campo oficial de duchas, ropa limpia y peluquería, a la vez que un área de juegos y merienda para los chicos. El predio de Vial dispone de 25 duchas para las 1700 personas allí alojadas y 1,5 litro de agua para beber por día, a temperaturas que rozan los 35 grados. “Las condiciones en el campo son espantosas, la comida que nos dan nos cae mal, todo está lleno de basura y hace muchísimo calor”, denuncia Mohammed, mientras espera que su mujer y su hija acaben de arreglarse en Hope. “También es insuficiente la asistencia sanitaria, los médicos pagados por el Estado no dan abasto y a mí, por ejemplo, me hicieron esperar cuatro horas con una quemadura de primer grado en el brazo”, relata este hombre sirio que lleva seis meses en el campo de Quíos. Otra área fundamental en la labor de este equipo es la asistencia en los desembarcos que, cuando el viento es leve, pueden ser diarios. Cuando un bote llega a la costa, la policía le avisa a Salvamento Marítimo Humanitario –organización vasca que socorre voluntariamente desde 2015 en los rescates– y ellos a Cerst, que cuenta con una caseta en el puerto preparada para atender a las personas que llegan generalmente en medio de la noche, con hambre y frío. “Lo primero es que un traductor les explique lo que está pasando y quiénes somos nosotros. Luego les preparamos un pack de ropa, comida y agua a cada uno o los atendemos en caso de hipotermia”, explica Ruben, coordinador del equipo, durante el entrenamiento a los nuevos voluntarios.


Aunque mayoritariamente la población de Quíos respondió con solidaridad al desatarse la crisis humanitaria, hay grupos que también se muestran furiosos ante la llegada de inmigrantes, sobre todo a partir del acuerdo entre la UE y Turquía, que los bloquea en la isla por tiempo indeterminado. A pocos metros de la entrada del campo de Vial, un grupo de locales puso un puesto con las fotos de los grandes líderes europeos diciendo “no los queremos” y el objetivo de impedir al gobierno la entrada de nuevos containers para albergar a más refugiados. La idea es hacer turnos y cubrir las 24 horas, los siete días de la semana, amparándose en que no es legal la zona exterior del campo donde se encuentra la mayoría de las carpas y, por consiguiente, en que están en su pleno derecho. Pese a esto, existen todavía en Quíos mucha gente que no se doblega y, además del ejemplo de Toula otras personas persisten en su labor solidaria. Kostas es el dueño de un restaurante a primera línea de playa que también salió en su día al rescate de las barcas que llegaban de a cientos y que luego en febrero del 2016, cuando se conformó el campo de Souda en la capital de la isla, creó una cocina en la que preparaban 1500 raciones de sopa al día para repartir gratuitamente entre sus pobladores. En la actualidad, la comida en el campo oficial corre a cargo del Ejército pero Kostas sigue alimentando a los voluntarios de tres organizaciones humanitarias, un centro de menores no acompañados y a los locales sin recursos, “porque no nos olvidamos de toda la gente griega que también pasa graves necesidades”, apunta Kostas, remarcando la severa crisis económica que su país todavía padece.


“Si los voluntarios no hubieran venido a Quíos y Lesbos, las cosas serían ahora todavía mucho peores. Estoy muy contenta y orgullosa”, recalca la fundadora de Cerst. Jóvenes que en sus países de origen trabajan en ONG o participan desde hace tiempo en diferentes proyectos humanitarios, profesionales que abandonan temporalmente sus oficinas, estudiantes que- desde Singapur hasta Toronto- son conscientes del injusto trato que reciben en Europa las personas que huyen de la barbarie, jubilados que brindan su experiencia para detectar los fallos de la inexperiencia y buscar nuevas soluciones... Voluntarios de todas las edades y procedencias dan lo mejor de sí para intentar que la crueldad no sea tanta. “A mi padre le pasó lo mismo, él se tuvo que ir a Australia porque no tenía ni para comer. Se fue sin zapatos en barco. Por eso entiendo lo que está pasando, no es algo nuevo”, recuerda Toula. Lo que, en todo caso, no vivieron los millones de migrantes europeos en América u Oceanía es el cierre sistemático de fronteras y el desprecio que la Unión Europea muestra hacia quienes llegan de países devastados, ratificado esta semana en la cumbre de los 28 en Bruselas.

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Davos, el gobierno mundial de los negocios

“El mundo está harto de grandes soluciones.
Está cansado de gente que sabe exactamente
lo que hay que hacer. Está aburrido de
gente que anda con el portafolio lleno de soluciones
buscando problemas que encajen en esas soluciones”.


Manfred Max-Neef


Luego de 18 años de ausencia, un presidente norteamericano retornó al Foro Económico Mundial, fundado en 1971 por Klaus M. Schwab (profesor de negocios internacionales en Suiza). Entre otras actividades, el popularmente conocido “Foro de Davos” (por la ciudad que acoge al evento) reúne -en enero de cada año- a líderes empresariales, políticos, representantes máximos de organismos multilaterales, periodistas y a intelectuales seleccionados por sus organizadores, para analizar al mundo. Además de esa élite económico-política, al Foro llegan -cual mendigos- ministros de países proveedores de materias primas “suplicando” por inversiones o presidentes rastreros como el argentino (que, para sentirse más cercano a los capos del mundo, negó los orígenes indígenas y mestizos de su país). Y en este año se destacó un grupo de mujeres que en Davos “juegan al feminismo”, pero “que simbolizan -como anota Paula Ortega, en Diario El Salto- el poder y la 'emancipación' desde el individualismo y para sus carreras” en organismos multilaterales, como el FMI, u otros organizaciones políticas, económicas o sociales de poder mundial.
Con semejantes protagonistas, Davos -lugar donde Thomas Mann escenificó La montaña mágica- cada año atestigua charlas, talleres, discusiones y banquetes donde los poderosos del mundo -y sus súbditos- dizque buscan medidas a los problemas globales que ellos mismos crean… Problemas a los cuales aplican viejas recetas, imposibilitando cualquier auténtica solución. Y luego de una parafernalia inútil, prometen volver el próximo año a seguir pensando y discutiendo sobre esas grandes soluciones que ocultan sus reales intenciones.


Davos -el Foro- no ha perdido relevancia como creen algunos analistas, ni curará los problemas del mundo, como sugieren “ingenuamente” otros. La presencia simultánea de gobernantes de las grandes potencias, así como de gerentes generales de muchísimas transnacionales e inclusive de los “emprendedores sociales” -acolitados siempre por la gran prensa mundial- ratifica la significación de este espacio en el que confluyen los poderosos del mundo. Allí estaba ampliamente representado aquel 1% -33 millones- de personas que en 2017 acapararon el 82% de la riqueza producida en dicho año, mientas la mitad de los habitantes del planeta -3.600 millones- no obtuvo beneficio alguno, según el reciente informe de Oxfam. Y aunque duele aceptarlo, Davos pesa más que muchas cumbres de Naciones Unidas, incluyendo sus asambleas anuales (fiel reflejo de que los intereses del capital mundial pesan más que los intereses de las naciones del mundo).


Para valorar mejor lo que representa este espacio de poderosos cabe escudriñar sus entrañas y conocer sus reales objetivos. Si el Estado es el garante de la propiedad privada y sus negocios en los diversos países, el Foro de Davos -parafraseando a Carlos Marx y Federico Engels- solo es la junta “mayor” en la que se cuidan los negocios comunes de la burguesía global y transnacional, mientras hablan hasta por los codos de un interés general de la humanidad. Interés general que simplemente no existe…


Respecto al Foro de este año, quizá Donald Trump fue quien se llevó todas las luces, interviniendo con la frescura y la solemnidad propias de un vendedor ambulante. En efecto, Trump -quien recién cumplió un año en funciones- presentó al mundo el mensaje de que “ahora es el mejor momento para llevar su dinero, sus empleos y sus negocios a Estados Unidos” y “hacer negocios” en un país que, según él, estaría en franca recuperación (¿o en franca especulación?).


De paso, Trump aclaró algunas de sus posiciones que generaban recelo e incertidumbre en el mundo de los negocios. Por ejemplo, para tranquilizar a la fanaticada globalizadora del capital, planteó que “primero Estados Unidos no significa solo Estados Unidos”, pues “cuando Estados Unidos crece, también lo hace el mundo”. Eso sí reclamó, en paralelo, una aplicación más estricta de las normas comerciales, acusando a países que no mencionó de prácticas “desleales”, incluido el robo de propiedad intelectual y de ofrecer ayuda estatal a sus industrias. “Solo insistiendo en un comercio justo y recíproco podemos crear un sistema que funcione no solo para los Estados Unidos, sino para todos los países”, dijo Trump. “No podemos tener un comercio libre y abierto si algunos países explotan el sistema a expensas de otros. Apoyamos el libre comercio pero debe ser justo y recíproco” concluyó, al tiempo que dejó entreabierta la puerta para posibles acuerdos comerciales multilaterales, que serían negociables si benefician a los Estados Unidos.


Es difícil anticipar el real alcance de estas declaraciones. Pero la experiencia histórica hace intuir que muchas veces estos discursos, en apariencia simplones, ocultan potenciales estrategias y acciones políticas de largo aliento. Un ejemplo “célebre” es el discurso del presidente Harry Truman el 20 de enero de 1949, cuando los Estados Unidos asumieron la tarea de superar el subdesarrollo en el mundo, lo que luego devino en una suerte de mandato global.


Además, semejante lírica trumpista omite el hecho de que nunca hay igualdad entre países y pueblos frente a los tratados comerciales internacionales. En una economía capitalista globalizada -como reconoció Trump- no cabe un comercio mundial libre y abierto. Si bien el comercio es uno de los motores de la civilización capitalista, como afirmó Rosa Luxemburg, éste nunca será justo ni recíproco mientras el capital se imponga en el mundo. No olvidemos que los países “desarrollados” como Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, Francia o China, aseguraron y aseguran su participación en el mercado mundial con múltiples y complejos mecanismos de protección. La historia demuestra hasta la saciedad -como en 1841 anticiparía con absoluta claridad el alemán Friedrich List- que la estrategia de “desarrollo” ha sido la de “patear la escalera” para impedir que los países capitalistas empobrecidos -hasta por el propio comercio mundial- alcancen el pedestal siguiendo la senda de los países capitalistas industrializados.


Lo que sí cabe reconocer es que Trump sabe de lo que habla al invitar a hacer negocios y a fomentarlos. Nadie duda que él sabe de negocios pues domina las técnicas para acumular sea al crear o fusionar empresas, al quebrar empresas o al recuperarlas, sea al no pagar tributos o al explotar a sus trabajadores, al aprovecharse de los apoyos estatales o al escabullirse por las hendijas que dejan las leyes… en fin, sabe de los negocios en el mundo capitalista. Una economía en la que, como escribió carlos Marx en el tercer tomo de El Capital, citando a un banquero: “todo lo que facilita el negocio, facilita la especulación, los dos en muchos casos están tan interrelacionados, que es difícil decir, dónde termina el negocio y empieza la especulación”.


Trump y los poderosos reunidos en Davos ven a la economía no como espacio para satisfacer las necesidades humanas (¿alguna vez lo fue?), aceptando los límites biofísicos de la Naturaleza, sino como un campo en donde los negocios mandan. Eso mismo explicaría también su “ingenua” posición negacionista sobre el cambio climático.


En síntesis, Davos es un espacio poco formalizado y nada democrático -no el único- donde los poderosos del globo controlan la economía y política mundiales, para proteger sus privilegios y asegurar la acumulación de sus capitales, buscando siempre nuevos espacios de enriquecimiento vía nuevas tecnologías, vía formas cada vez más sofisticadas para exprimir a los mercados, o inclusive -de forma perversa- vía la obtención de ganancias hasta en la mitigación, la adaptación o la remediación de los efectos del cambio climático provocado por ese mismo mundo de los negocios capitalistas.


Superar estas confabulaciones mundiales es urgente para las fuerzas populares del mundo. Penosamente esfuerzos como el Foro Social Mundial perdieron fuerza, pues ese Foro fue ocupado por grupos afines a gobiernos progresistas, algunos de cuyos cuyos gobernantes corrieron a Davos a la vez que impulsaban “revoluciones” para modernizar el capitalismo en sus países…


Con más capitalismo no superaremos la civilización de la desigualdad y la destrucción, menos aún desde la lógica estrecha de los negocios. Es hora de respuestas radicales que aniquilen a uno de los más grandes poderes creados por la humanidad y que augura su propia extinción: el capital.
El autor es economista ecuatoriano. Expresidente de la Asamblea Constituyente. Excandidato a la Presidencia de la República del Ecuador.

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Miércoles, 31 Enero 2018 06:31

Feudalismo bancario

Feudalismo bancario

 

Durante los siglos VIII y XV predominó en Europa un sistema político y económico que ha recibido el nombre de feudalismo. Era un sistema organizado alrededor de la propiedad de la tierra, a cambio de esquemas de vasallaje, protección, trabajo y distribución de la producción agrícola. En la clásica descripción de Marc Bloch, el esquema jerárquico giraba alrededor de los tres estamentos de la sociedad: nobleza, clero y productores del campo. Típicamente los señores feudales, firmemente aposentados en sus castillos, prestaban protección a los productores agrícolas a cambio de trabajo directo o de un tributo que era pagado en especie.

Entre los habitantes del campo y los poblados las relaciones económicas se llevaban a cabo por medio de mercados, ferias y otros esquemas para los intercambios. La moneda en circulación era emitida, a veces, por autoridades eclesiásticas y, en ocasiones, por reyes o los mismos señores feudales. El trueque sólo predominó cuando había derrumbes institucionales, como al colapsarse el imperio romano o cuando desapareció el imperio de Carlomagno.

En el feudalismo existía el crédito y algunas dinastías se encargaron de proporcionar préstamos a quienes los necesitaran. Pero esos empréstitos normalmente estuvieron reservados a los poderosos y no eran para el grueso de la población. Una buena parte de los créditos se destinaba a pagar mercenarios y financiar guerras. En esos casos los intereses eran altísimos y podían alcanzar 60 por ciento (como hoy en las tarjetas de crédito). También había préstamos para los grandes comerciantes, quienes ofrecían suficientes garantías. El resto de la población tenía que recurrir a los prestamistas locales para solventar sus necesidades en caso de enfermedad o de alguna otra emergencia.

Las grandes dinastías de prestamistas operaban con sus corresponsales en diferentes partes de Europa y del Mediterráneo. Así podían ofrecer un valioso servicio a los comerciantes a través del reconocimiento de letras de cambio y otros títulos. Esos grandes prestamistas operaban como banqueros, pero su principal actividad no dependía de la captación de ahorros. Los préstamos que ofrecían eran con recursos propios o que provenían de sus complejas operaciones contables. Eran, por así decirlo, banqueros sin bancos, en el sentido moderno de la palabra.

Con el advenimiento del capitalismo la actividad crediticia se hizo cada vez más importante y la revolución industrial aceleró el proceso por las escalas de producción. Los bancos se reorganizaron, comenzaron a desarrollar sus funciones de captación de ahorro y sus operaciones expandieron los confines de la acumulación capitalista financiando el consumo. Así, no sólo se expande el tamaño del mercado final para la producción capitalista de mercancías, sino se acortó el tiempo de recuperación del capital. El proceso culmina en el siglo XIX, cuando el grueso de la población pasa a ser considerada sujeto de crédito. La gente común y corriente pasa entonces a ser cliente de los bancos.

Hoy, el nivel de endeudamiento de la población depende de muchos factores, entre los que destaca el ingreso salarial. Bajo el neoliberalismo, el estancamiento de los salarios reales condujo a una extraordinaria expansión del crédito como apoyo para mantener niveles de vida. El resultado ha sido un creciente endeudamiento para la población en general mediante hipotecas y préstamos para adquirir bienes de consumo duradero y pagar servicios educativos o de salud. Los indicadores sobre endeudamiento de las familias en Estados Unidos como proporción del PIB muestran un vertiginoso crecimiento de 40 a 97.8 por ciento entre 1960 y 2014. El patrón se repite para muchos países europeos.

El resultado es que hoy una parte significativa de la población vive y trabaja para pagar intereses a los bancos, a tal grado que es posible pensar que vivimos en una especie de feudalismo bancario. En este sistema, los bancos son los señores del dinero que crean moneda de la nada y, al igual que en el feudalismo stricto sensu, su actividad tampoco depende de la captación de ahorro. El lugar de los nobles lo ocupan los gobiernos, que también son sujetos de crédito y deben obedecer los dictados de los mercados de capitales. Sus bancos centrales, con toda y su mítica independencia, deben proporcionar reservas a los señores del dinero cuando las circunstancias así lo exigen. Los campesinos somos todos los demás, que debemos recurrir al crédito de manera sistemática. En ciertos casos hasta fracciones del capital industrial ocupan una posición similar a la de los campesinos.

El nuevo feudalismo bancario permite que la gente se mueva de una parcela a otra, por ejemplo cuando busca un empleo. Pero esas personas siempre llevan a cuestas una carga propia de los vasallos: deben pagar el servicio de su deuda, ya sea por una hipoteca u otros préstamos. Quizás la diferencia más importante es que, en contraste con las obligaciones que tenían los señores feudales con sus súbditos, los bancos no ofrecen protección alguna frente a la violencia o los accidentes de la vida.

 

Twitter: @anadaloficial

 

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Miércoles, 31 Enero 2018 05:39

La agonía del periodismo

La agonía del periodismo

 

En Los archivos del Pentágono, la última película de Spielberg, hay una escena que me emocionó en lo más hondo y que para mí resume la esencia del periodismo tal y como se entendía el oficio hasta hace unas décadas. Cuando los redactores han terminado de escribir la noticia que va a abrir la portada de mañana, cuando los jefazos han discutido hasta la saciedad si se lanzan o no la piscina, cuando los abogados han rastreado de arriba abajo la letra pequeña de la orden judicial en busca de subterfugios, mientras el linotipista calienta los dedos y los operarios esperan que se enciendan las rotativas, de repente el folio mecanografiado llega hasta la mesa del corrector de estilo. Entonces, el tipo se sienta, se cala el sombrero, saca el lápiz, tacha la primera palabra, añade un matiz a la primera frase, un giro a la segunda y poco a poco –la calma en mitad de la tormenta– va añadiendo en los márgenes supresiones, mejoras, alternativas.

Es casi medianoche pero no importan el tiempo, la urgencia de la primicia, la firma del reportero estrella: es el momento de la literatura. Y la literatura dicta la última palabra, el modo en que el periódico aparecerá ante los lectores, revestido de tinta, titulares y fotografías, traído hasta los kioscos en camionetas, atado en paquetes, prensado y pensado hasta la última palabra. En aquel entonces un periódico era un milagro diario, un ejercicio de escritura colectiva, un instrumento que podía zarandear un gobierno y derribar a un presidente. Katharine Graham, la editora jefe de The Washington Post, cita a su marido Phil Graham: “Las noticias son el primer borrador de la Historia”. Siguiendo la estela de The New York Times, y con ella al frente, los reporteros de The Washington Post demostraron que, en lo que concernía a la guerra de Vietnam, cuatro presidentes (Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson) no habían hecho más que mentir al pueblo. Tras vencer en la primera gran batalla contra la libertad de prensa, no temieron escarbar hasta el fondo del escándalo Watergate hasta lograr la dimisión de Nixon.

Hoy ese heroísmo ya no existe y no existe por muchas razones. Hoy las noticias se leen casi en el mismo instante que se producen y todo lo que hemos ganado en rapidez lo hemos perdido en reflexión, en eficacia, en repercusión y en profundidad de análisis. La sintaxis es una facultad del alma, dijo Valéry. Por eso, la sintaxis apresurada y descuidada, las novedades que se suceden a velocidad de vértigo, los reporteros mal pagados, los becarios sin sueldo, la ausencia de ese hombrecillo con sombrero y aliento a tabaco salpimentando el texto de acentos y comas, reflejan un estado de ánimo, una rendición, una literatura pobre y escuálida donde cualquier cosa se disfraza de noticia y las verdaderas noticias pasan desapercibidas. Hoy hay periódicos como The Huffington Post, que ni siquiera pagan a sus colaboradores. El volcado en crudo de docenas de miles de páginas procedentes de WikiLeaks, sin la paciente labor de orden y filtrado previos, significa el final de una era. La compra de The Washington Post en 2013 por parte del millonario Jeff Bezos, el dueño de Amazon, marca el momento en que la prensa escrita deja de albergar anuncios para transformarse ella misma en anuncio, en marca, en tendencia, en moda.

Thomas Jefferson dijo que si le obligaban a elegir entre un Gobierno sin Prensa y una Prensa sin Gobierno, escogería la segunda opción, sin duda alguna. Hoy tenemos algo mucho peor, algo que el padre del liberalismo, Adam Smith, anunciara como la peor plaga que podía caerle encima a la Humanidad: un gobierno de tenderos. No hay mucho que un corrector de estilo pueda hacer ahí.

 

Fuente:http://blogs.publico.es/davidtorres/2018/01/29/la-agonia-del-periodismo-2/

 

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George Soros, empresario e inversor estadunidense, en imagen de abril pasado

 

La política exterior de Alemania se clarifica conforme se profundiza la rivalidad geoestratégica de Estados Unidos (EU) contra el binomio de Rusia y China, impugnados de competidores por la otrora unipolaridad decadente de EU, como manifestó el secretario del Pentágono, James Mad Dog Mattis (https://goo.gl/8zxvs7).

Hace un mes abordé que Alemania aceleraba su acercamiento con China y, quizá, en forma subrepticia con Rusia, con base en el trascendental discurso del ministro alemán de Relaciones Exteriores y vicecanciller, Sigmar Gabriel (SG), en el Foro de Política Exterior de la Fundación Körber, de Berlín, donde “exhortó alejarse de EU e iniciar una política de superpotencia para Alemania basada en sus intereses (https://goo.gl/7Lu6qE)”.

Europa ya sabe lo que le espera de parte de la anglósfera, especificamente de Gran Bretaña, que ha declarado la tercera guerra mundial a Alemania a lo largo de un poco más de un siglo, esta vez mediante su perfidia geoeconómica y de disrupción centrífuga: desde su Brexit (destinado a socavar las entrañas europeas) hasta la ominosa advertencia de balcanización que le procura el agente nortrasatlántico y megaespeculador israelí-húngaro-estadunidense George Soros (https://goo.gl/VpvScD).

En medio de las negociaciones para integrar un gobierno de coalición con mayor visión europea entre el partido de la Unión Democracia Cristiana de la canciller Angela Merkel y el Partido Socialdemócrata, en una entrevista con Der Spiegel, Sigmar Gabriel expuso que el vacío que deja EU en el mundo está siendo llenado por Rusia y China (https://goo.gl/xbCP5C).

Llama la atención la taxonomía tripolar del mundo entre EU/Rusia/China, por el encargado de la política exterior de Alemania, máxima potencia geoeconómica de Europa, prácticamente empatada con Rusia, pese a las asfixiantes sanciones de “Occidente ( whatever that means)”, según la medición del PIB por su poder adquisitivo, de la CIA.

Der Spiegel titula la entrevista con una pregunta alusiva: ¿Qué sucederá cuando EU se retire?

Se infiere que el retiro de EU se centra en Europa y en otros teatros de batalla, debido al mantra del nacionalismo supremacista económico de Trump: EU primero.

Como sinopsis de la entrevista, Der Spiegel subtitula que Sigmar Gabriel urge (sic) a Alemania mostrar mayor atención al futuro de la Unión Europea (UE): advierte que no existen vacíos en la política internacional y que cuando EU se retire, Rusia y China irrumpirán. Siempre emerge la medición tripolar geoestratégica de Gabriel.

De aquí a 10 años, a juicio de Sigmar Gabriel, la política alemana será parte de una política exterior europea, ya que aun un país poderoso como Alemania no tendrá una voz en el mundo si no es parte de una voz europea.

Mientras la saliente canciller Angela Merkel, acorralada por la extrema derecha en las recientes elecciones, se encontraba en cuarentena funcional, ha sido el presidente francés, Emmanuel Macron, a quien le correspondió llevar la voz europea desde Gran Bretaña hasta su asombroso periplo a China.

Para Sigmar Gabriel los temas nodales de la política exterior europea deben definir no sólo los valores, sino también los intereses en los que Europa ha sido débil.

Sin abandonar los valores de “libertad, democracia y derechos humanos, Gabriel adopta la posición del politólogo Hertfried Münkler: si solamente se adoptan posturas normativas, y se enfoca únicamente en valores, no habrá éxito en un mundo donde los otros prosiguen implacablemente (sic) sus intereses. En mundo saturado de carnívoros, los vegetarianos sufren severos momentos.

A la crítica de Der Spiegel de que tal postura de dureza política no le ha servido de lección a Alemania, Gabriel comenta que en el pasado Alemania dependía de los franceses, los británicos (sic) y, en especial, de los estadunidenses para afirmar sus intereses en el mundo, pese a que Alemania siempre (sic) criticó a EU de ser el policía global, eso convenía a Berlín. No existe tal cosa que sea el vacío en política internacional y ahora que EU se retira, otras potencias inmediatamente marchan en su lugar.En Siria, son Rusia e Irán (¡supersic!). En política comercial es China, mientras Alemania no consigue nada, ni la diseminación de los valores europeos ni el avance de sus intereses.

Una notoria aclaración es que Europa no se puede defender sola (sic) sin EU, aun si las estructuras europeas fueran fortalecidas. ¡Pues vaya drama tan determinista!

Alemania, en particular, y Europa se hicieron umbilicalmente demasiado dependientes de EU que hoy, en la etapa de Trump, los amenaza con abandonar a la OTAN cuando todo el noratlantismo naufraga desde el Brexit hasta el trumpismo que irrumpieron en los dos países nucleares de la anglósfera.

Sigmar Gabriel invoca que no hay que subestimar que Alemania depende de su fortaleza económica, pero también es cierto que Moscú, Pekín y Washington (nótese la secuencia) tienen una cosa en común: no valoran para nada a la UE. La ignoran.

Der Spiegel replica que la visíón sobre la Alemania de Gabriel, con un pacifismo diferente a 70 años atrás, esmuy idílica, mientras Europa no parece muy robusta.

Gabriel admite que el estilo autoritario de la política ahora penetra en el mundo occidental, cuyo distintivo común es que coloca sus intereses nacionales por encima de la comunidad internacional. Pero, ¿cuándo no? ¿No ha sido siempre la cantaleta de EU, antes y con Trump, su interés nacional, de corte belicista?

Para Gabriel el mundo vive una era de competencia entre países democráticos y países autoritarios cuando estos últimos han empezado ya a ganar influencia en la UE y a dividirla. ¡Qué dicotomía más simplista!

Acepta que en Europa el desempleo juvenil es todavía muy elevado, sin haber resuelto el problema de las divisas cuando las condiciones de vida se apartan, por lo que los críticos fustigan que Europa se basa en un modelo anticuado.

Se pregunta la razón por la cual Europa no construye infraestructura en lugar de dejársela a los chinos y no haya tenido éxito en promover el desarrollo económico de los vecinos en los Balcanes, en lugar de ceder (sic) esos países a la creciente influencia rusa.

En el mundo inconfortable de hoy Europa no puede más sentarse atrás y esperar a EU”.

En forma implícita, Gabriel percibe la tripolaridad (China/Rusia/EU) del planeta, sin Europa, en su fase presente.

Confiesa que la verdad es que ha existido una Europa de varios carriles con diferentes objetivos, en especial, entre su parte occidental y oriental.

En la parte oriental europea, China gana en forma continua mayor influencia, debido a que es el único (sic) país del mundo que tiene una real estrategia geopolítica. Exagera porque también Rusia la tiene.

Gabriel admite que fue un error el centrismo economicista alemán –más bien ultrafinancierismo monetarista– del ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, que descarriló la visión europea.

La exitosa fórmula del bautizo europeo entre el general De Gaulle y el canciller Adenauer sirve de inspiración a la superviviente colaboración de Macron y Merkel bajo el espíritu unificador de Carlomagno de hace 14 siglos.

 

AlfredoJalife.com

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Publicado enPolítica
Viernes, 26 Enero 2018 06:25

¿Paz en Nuestra América?

Imagen de manifestación en contra de los asesinatos a líderes sociales en Bogotá (Colombia) durante el 2016.

 

Ha sido una decisión de los pueblos romper las estructuras de explotación y dominación capitalista e imperialista. Este objetivo histórico, de lograrse en Nuestra América, sería una victoria estratégica de los pueblos que resisten sin capitular. Cuba, contra viento y marea, y a pesar del bloqueo del gobierno estadunidense, hace 59 años emprendió ese camino de soberanía, socialismo y definitiva independencia.

Avanzar hacia este propósito es de enorme complejidad hoy en un continente vastamente recolonizado, que disputa –no sin dificultades– espacios crecientes con expresiones políticas flexibles que sean capaces de comprender –y utilizar en su favor– las contradicciones inter e intraimperiales, así como las internas en el campo de las clases dominantes; acumular fuerzas como pueblos, pero sin las herramientas del viejo Estado que aún sueña con el fin de las revoluciones, o con la obsolescencia de las tesis centrales del marxismo sustentadas hoy por organizaciones políticas de variada naturaleza que, en su diversidad, busca llevar a cabo transformaciones sociales que trasciendan el capitalismo. Estas expresiones políticas constituyen el polo equidistante de la izquierda institucional, que ha renunciado a la utopía revolucionaria y se ha vuelto funcional al sistema dominante.

Para los pueblos estas ideas no son vanas ilusiones, como tampoco son imaginarias las relaciones de explotación del trabajo vivo, ni la maquinaria de terrorismo global del imperialismo, y sus añejas relaciones de producción oligárquicas que implantan miseria extrema y guerras sociales a países como México, Honduras, Colombia, Brasil, Perú o Chile, entre otros, donde los modernos capataces de la mundialización capitalista militarizada y delincuencial buscan extirpar el contenido revolucionario de las resistencias populares, en las que sigue creciendo inevitablemente una conciencia crítica colectiva y clasista, que no enajena la interpretación histórica de nuestras realidades, y que, sin renunciar a la llamada solución política, no abdica al poder de los pueblos, ni se resigna a una paz para siempre que deje incólume la economía capitalista.

Esa paz del capital hoy, en países como Colombia, es el resultado de su ofensiva planetaria para imponer pacificaciones con condiciones mínimas para proseguir la lucha política en un clima de libertad y en el ámbito de la democracia tutelada por los poderes fácticos y el poder corporativo, mientras, paralelamente, se efectúan ejecuciones sumarias de dirigentes sociales, se fortalecen las estrategias contrainsurgentes de las fuerzas armadas y los agrupamientos paramilitares ocupan sistemáticamente –y gozando de impunidad– los territorios de la insurgencia desmovilizada. La pregunta clave de esta encrucijada es: ¿se podrá alcanzar la paz, entendida ésta como ausencia de violencia, si se conservan la economía y la política del capital que no son sino la encarnación de innumerables formas de violencia contra los seres humanos y la naturaleza?

En estas circunstancias y, por ejemplo, el Ejército de Liberación Nacional, ELN de Colombia, como organización ligada al pueblo desde hace varias décadas, ante la crisis de los diálogos con el gobierno de Juan Manuel Santos, parece estar preparada para confrontar y neutralizar la estrategia de aniquilamiento en el campo y las ciudades. Este movimiento insurgente se plantea recuperar áreas perdidas y pretende su propia recomposición, deslocalizando la confrontación, avanzando en objetivos estratégicos frente a la ofensiva del ejército oligárquico y sus narcoparamilitares, que es la más grande de los últimos tiempos y que intenta desarticular la unidad con el pueblo, y distorsionar los posicionamientos en favor de la paz que tienen clara la naturaleza política del conflicto y hacen efectivo el derecho inalienable a la rebelión.

Así, los esfuerzos de paz en Centro y Sudamérica continúan enfrentándose con la realidad sistémica de políticas abiertamente antipopulares y represivas. Estos proyectos no deberían terminar en una paz americana que hace abstracción de la economía política, de las clases en conflicto antagónico, que encubren la permanente injerencia estadunidense en la región, así como la respuesta de los pueblos que se niegan a cohabitar con las oligarquías, sus ejércitos genocidas y sus paramilitares. La lucha por la paz, la libertad y la soberanía tienen lugar en sociedades cuyas clases dominantes monopolizan la tierra, la propiedad de los medios de producción y, por ende, el poder económico y político, y, al mismo tiempo, se han convertido en la base articuladora local de la dominación imperial.

Así, hoy se pretende imponer la rendición incondicional de los pueblos que exigen y construyen la paz, que establecen democracias comunales con sus propios recursos y formas colectivistas de organización social, que incursionan en la construcción del poder comunal en la Venezuela chavista y bolivariana. En particular, para el sistema de dominación imperante, el sistema de representación indígena implica un cuestionamiento radical a las formas de mando y obediencia impuestas desde hace siglos. De ahí el sentido subversivo de estas democracias comunitarias que, además, se constituyen en núcleos de resistencia anticorporativa y reservorios de pensamiento crítico, como es el caso de la experiencia mexicana con el EZLN, el Congreso Nacional Indígena, y su propuesta de conformar un Concejo Indígena de Gobierno, en alianza con todos los explotados y oprimidos en el ámbito nacional.

Sin embargo, no hay que olvidar que la barbarie trasnacional destruye cotidianamente todas las expresiones de vida por la imposición de sus programas neoliberales, y mediante conflictos de intensidad diferenciada contra los seres humanos y la naturaleza, envileciendo de paso ciencia y tecnología.

La revolución de los pueblos es resistencia permanente contra el salvajismo del capital, y se constituye en el último e irrenunciable recurso; es la negación dialéctica del viejo sistema, NO la inserción en éste. De ahí, aquello de mis sueños no caben en sus urnas.

 

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