Trump anunció la firma de un primer acuerdo con China. Principio del fin a la guerra comercial

El presidente de Estados Unidos comunicó que la rubrica de la "fase uno" del pacto con China será el 15 de enero en la Casa Blanca.

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, anunció la firma de un acuerdo comercial con China. La fase uno del pacto será rubricada el 15 de enero en la Casa Blanca, indicó el mandatario. Allí se abordan temas como la transferencia de tecnología, la propiedad intelectual, la expansión del comercio y el establecimiento de mecanismos para la resolución de disputas comerciales, entre otros. En 2019 la falta de acuerdo entre Estados Unidos y China fue uno de los elementos que generó volatilidad a nivel global. La firma del convenio terminaría formalmente con un año y medio de guerra comercial.

“Firmaré nuestro amplio y completo acuerdo comercial de fase uno con China el 15 de enero". Así lo adelantó el presidente norteamericano a través de su cuenta en Twitter. "La ceremonia tendrá lugar en la Casa Blanca. Representantes de alto nivel de China estarán presentes. En una fecha posterior, iré a Pekín, donde comenzarán las conversaciones sobre la Fase Dos", detalló Trump a través de la misma red social.

El presidente de Estados Unidos había asegurado hace una semana que estaba cerca de firmarse el acuerdo con su par chino, Xi Jinping, para poner fin a la guerra comercial entre ambas naciones. El mandatario chino señaló que el convenio bilateral se basa en el respeto mutuo y los principios de igualdad. Aseguró que uno de los principales objetivos del acuerdo es contribuir a la paz y a la prosperidad a nivel mundial.

El viceministro de Comercio chino, Wang Shouwen, confirmó que la primera fase del pacto entre ambas economías aborda temas sensibles como la transferencia de tecnología y la propiedad intelectual. La disputa por el desarrollo de las redes de transferencia de datos 5G es uno de los puntos que en los últimos meses generó mayores tensiones.

El acuerdo comercial tendrá entre sus prioridades ir retirando por etapas los aranceles de importación que en el último año y medio fueron aplicándose ambas economías para distintos productos estratégicos del comercio bilateral. El acuerdo implica, no obstante, que se mantienen aranceles estadounidenses del 25 por ciento a importaciones chinas valoradas en 250 mil millones de dólares. También se mantendrán los gravámenes del 7,5 por ciento para la importación de productos por un volumen de 120 mil millones.

En sus últimas previsiones macroeconómicas de octubre, el Fondo Monetario Interancional rebajó sus proyecciones de expansión del PIB global al 3 por ciento. Se trata de dos décimas menos que en julio y la explicación de la baja fue la disputa comercial entre China y Estados Unidos. Los activos financieros en 2019 experimentaron una fuerte volatilidad a nivel internacional ante los anuncios de aranceles a la importación y las noticias en las que se adelantaba la caída del acuerdo comercial. Estados Unidos y China representan a la primera y segunda economía del mundo. Lo que ocurre en sus relaciones bilaterales tiene un fuerte efecto para el resto de los países desarrollados y emergentes.

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Jueves, 26 Diciembre 2019 05:45

2020, lo que viene en la economía mundial

2020, lo que viene en la economía mundial

Octubre se despedía con el extendido pronóstico de que una nueva recesión de la economía mundial se acercaba con horizonte en 2020. Las oscilaciones bruscas en el mercado financiero, muy sensible a las noticias políticas.

Y también a los informes de la marcha de la economía real por parte de los gobiernos de las principales potencias,lo mismo que a la evolución de la guerra comercial entre Estados Unidos y China; el breixit frustrado todavía entonces, la desaceleración del comercio mundial y la crisis inminente o abierta en países emergentes importantes como Brasil, Turquía, Argentina, entre otros, alimentaban las opiniones de los especialistas y encendían las alarmas de las principales instituciones del capital financiero.

Para mediados de diciembre se alcanzó el primer acuerdo en la guerra comercial, luego de establecida una tregua a principiosde noviembre,en medio del creciente ruido de un nuevo posible crak. Quedaron suspendidos los aranceles de productos electrónicos y consumo masivo que deberían entrar en vigencia hacia finales de año.

El 28 de noviembre los mercados de bonos y acciones de Wall Street alcanzaban un nuevo máximo histórico. Al tiempo se conocía que la FED, el banco central norteamericano, mantenía los tipos de interés sin provocar una nueva baja, sugiriendo que el pánico provocado en el banco central estadounidense por la perspectiva de recesión se atemperaba.

Mientras tanto el abultado triunfo electoral de Boris Johnson en el Reino Unido, llevó tranquilidad al centro financiero de Londres, el segundo más importantes del mundo, esta tranquilidad se expresó en la recuperación de la bolsa.

Pero a pesar de las aparienciasel sentimiento que domina a los mercados es la incertidumbre. Desde octubre también se está desarrollando a nivel global un ascenso de luchas populares, ciudadanas y obreras que se plantan frente a los ataques del capital contra el nivel de vida de los pueblos.

El despertar del pueblo chileno mostró al mundo el verdadero significado del “oasis” neoliberal, y la clase obrera francesa, en una huelga con pocos puntos de referencia en ese país, está hiriendo de muerte a la reforma de la previsión social. La incertidumbre que esto lleva a los mercados puede medirse también por el juicio político a Donald Trump aprobado recientemente en la Cámara de Representantes de Estados Unidos.

Por su parte se ha confirmado que la recesión en el terreno de la producción mercantil ya es global, que se mantiene el pobre crecimiento económico de las principales economías, que continúa la caída en la evolución del comercio mundial, y que crece el volumen de deuda corporativa y de los ciudadanos, al tiempo que se espera una reestructuración de la deuda soberana de Argentina que ha entrado, de hecho, en un nuevo default.

Más allá de las señales positivas que buscan y pretenden transmitir los operadores financieros, la perspectiva de que se aproxima una nueva crisis se mantiene y las razones hay que buscarlas en la profunda depresión del sistema capitalista que lleva ya más de una década.

Depresión económica y proteccionismo

Como señalábamos en agosto de 2918 [1] la actual guerra comercial entre Estados Unidos y China se explica por un proceso económico estructural que recorre a todo el sistema capitalista desde el último crack producido en 2008.En otras palabras no es la causa de la actual tendencia a la recesión sino la consecuencia de la crisis, por eso las treguas serán episódicas y los acuerdos que se alcancen no resolverán los problemas de fondo.

La actual depresión es, por su duración y magnitud la tercera de su tipo en el capitalismo moderno. La primera de ellas se manifiesta entre 1870 y 1890, y desemboca en la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa, y la segunda se produce a partir del colapso de 1929 y culminaría en la Segunda Guerra.

En los últimos diez años el crecimiento no ha recuperado el nivel previo a la crisis de 2008, la inversión productiva mantiene su curva descendente y la productividad del trabajo no ha crecido. Es decir que todos los principales indicadores para medir la salud del sistema están mostrando un deterioro constante. Es una característica de estos periodos depresivos el proteccionismo, con sus consecuentes disputas comerciales.

Decadencia imperialista y estancamiento económico

A pesar de los niveles que ha alcanzado la especulación del capital financiero la economía muestra claros síntomas de estancamiento prolongado: El crecimiento de Estados Unidos en el último trimestre, el periodo que va de julio a septiembre, muestra un crecimiento mediocre de 2,1%, menor que el del trimestre anterior pero superior a las del resto de las economías del G7.

Así por ejemplo Canadá ha crecido el 1,7, Japón el 1,5 la Unión Europea al 1,2 y el Reino Unido a 1%. Mientras tanto el FMI pronostica apenas un crecimiento de 2,5% de la economía mundial. Por otra parte China y la India tendrán su peor crecimiento en casi 30 años.

La decadencia imperialista se expresa además por otros dos factores centrales para medir la vitalidad del sistema: el crecimiento de la inversión productiva y el de la productividad del trabajo. Ninguno de ellos logra salir de los parámetros de estancamiento de la última década.

Como señala Michael Roberts en su artículo El mundo de fantasía continúa [2] : Según la Junta de la Conferencia de los EE. UU., a nivel mundial, el crecimiento de la producción por trabajador fue del 1.9 por ciento en 2018, en comparación con el 2 por ciento en 2017 y se prevé que regrese al crecimiento del 2 por ciento en 2019. Las últimas estimaciones extienden la tendencia a la baja en el crecimiento de la productividad laboral global de un tasa promedio anual de 2.9 por ciento entre 2000-2007 a 2.3 por ciento entre 2010-2017. Esto significa que el tan anunciado incremento de la productividad del trabajo con la utilización de las nuevas tecnologías no ha llegado aún.

Llegamos a la clave del estancamiento, la débil y decreciente inversión productiva. Según los datos obtenidos esta se encuentra alrededor de un 30% por debajo de los niveles que había alcanzado antes del crack de 2008. Esta debilidad en la inversión se debe fundamentalmentecomo, a que las ganancias en la economía productiva siguen cayendo, confirmando una vez más, por si hiciera falta, la ley de Marx a la caída de la tasa de rentabilidad.

La amenaza de la deuda corporativa y la sobreacumulación del capital ficticio

Otro de los índices que ha sobrepasado peligrosamente los niveles previos al estallido de 2008 es el que hace a las deudas corporativas. La deuda de las compañías es casi tres veces más de lo que era a fines de 2008, llegando en la actualidad a 8 billones de dólares, un 50% superior a inicio de la recuperación en 2011.

Mientras que la propia calificación de los créditos ha deteriorado su calidad, así esta deuda de baja calidad es hoy el doble de lo que representaba entonces. Esto sin tener en cuenta las llamadas empresas zombis, es decir empresas que no alcanzan a obtener ganancias suficientes como para pagar sus deudas y siguen funcionando gracias a seguir aumentando sus deudas. Según estimaciones de consultoras financieras hay en la OCDE 548 de estas compañías, un nivel apenas inferior que las que hubo en el momento más crítico de 2008.

La baja tasa de ganancia en los sectores productivos que señalábamos más arriba estimula la sobreacumulación de capital ficticio. El principal destino de la rentabilidad que obtienen y el efectivo que atesoran las empresas está destinado a la especulación financiera.

Las operaciones fundamentales a que se destina esta especulación son tanto en Estados Unidos como en Europa, la recompra de acciones de las propias compañías que se ha convertido en la categoría más grande de inversión en activos financieros, alcanzando la cifra de 1 billón de dólares.

El coctel de deuda y especulación financiera está provocando una sobreacumulación de capital ficticio que ya está en los niveles previos a la crisis de 2008.

Entonces, aunque no se ha producido aún la recesión que temían los operadores financieros desde octubre pasado y al mantenerse las ganancias obtenidas de la especulación, esperan en 2020 repetir la performance de 2019, un objetivo que por cierto significa apenas continuar con el estancamiento.

El hecho es que no esperan reiniciar un ciclo de crecimiento vigoroso del sistema, y que frente a esta esperanza pobremente optimista la alternativa sigue siendo que el sistema reproduzca la lógica de sus crisis repitiendo un nuevo crack de consecuencias imprevisibles.

El camino que deberemos recorrer en 2020 transita entre el proceso de rebeliones que continuarán conmoviendo al mundo y la perspectiva de una nueva crisis económica mundial.  

Por Carlos Carcione

Rebelión


Notas:

[1] Proteccionismo y crisis económica mundial: ¿Cuál es la lógica de la guerra comercial de Trump? http://lis-isl.org/2018/08/17/proteccionismo-y-crisis-economica-mundial-cual-es-la-logica-de-la-guerra-comercial-de-trump/

[2] https://thenextrecession.wordpress.com/2019/11/28/the-fantasy-world-continues/

Carlos Carcione. Coordinador del Equipo de Investigación de Marea Socialista. Colaborador del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, estrategia.la)

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Domingo, 18 Agosto 2019 05:58

China y EEUU, ¿rivales o enemigos?

China y EEUU, ¿rivales o enemigos?

Hace un mes, el general Mark A. Milley afirmó que China será el principal rival de Estados Unidos para ‎los próximos 50-100 años. Lo hizo ante el Comité de Servicios Armados del Senado por ser el candidato de Trump como ‎próximo jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, el oficial militar de mayor rango de las Fuerzas Armadas y principal asesor militar del Presidente. Milley fue cuidadoso en definir a China no como ‘enemigo’ sino como ‘competidor’, porque “el término ‘enemigo’ significa ‘estar en guerra’ y “queremos paz, no guerra, con China”. Concluyó afirmando que “algún historiador en 2119 va a mirar hacia atrás en este siglo y escribir un libro y el tema central de la historia será la relación entre Estados Unidos y China”.

Sin embargo, calificar de ‘rival’ puede no ser suficiente para evitar romper la paz si continúa agravándose la guerra comercial entre ambos. Si en lugar de avanzar 100 años a 2119 se retrocediera un siglo, las palabras vertidas por el entonces Presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson, el 5 de septiembre de 1919, al fin de la Primera Guerra Mundial, podrían servir de guía para las posibles consecuencias de una guerra comercial intensificada:

“Si cada nación va a ser nuestro rival (…) si decimos: ‘[E]stamos en este mundo para vivir solos y obtener lo que podamos de él a través de cualquier manera egoísta’ (…) ¿qué habremos obtenido? ¿Paz? Pero, mis conciudadanos, ¿hay algún hombre aquí o alguna mujer, déjenme decir hasta hay algún niño aquí, que no sabe que la semilla de la guerra en el mundo moderno es la rivalidad industrial y comercial?”

Wilson batallaba para que su país apoyara su proyecto de Liga de las Naciones que consideraba traería paz al mundo en base a su perspectiva liberal. No sería el caso; el Senado se lo negaría. No obstante, después de la segunda guerra mundial cobraría existencia como Naciones Unidas. Sería el inicio de lo que se entiende que fue la propuesta del Orden Liberal que EE.UU. ofrecería al mundo en contraposición al proyecto soviético. La caída de la URSS en 1991 marcaría el triunfo y la consagración del modelo liberal. Pero EE.UU. continuó procurando ‘rival-enemigo’: “la desaparición de la Unión Soviética dejó un gran agujero. La ‘guerra contra el terror’ fue un reemplazo inadecuado. Pero China cumple todos los requisitos” sostuvo, el 4 de junio pasado Martin Wolf, en su artículo “El inminente conflicto de 100 años entre Estados Unidos y China” en el Financial Times.

En estos momentos es su actual presidente Donald Trump el que es percibido como quien más está desmantelando ese orden liberal que hace tres décadas festejara su triunfo. Contra el alerta de Wilson, Trump procura reformar el mundo atropellando cualquier obstáculo a su egoísta cruzada cuyo único contenido es “América Primero”. Mientras la visibilidad mayor a la oposición a esta pretensión es el conflicto económico-comercial con China, el trasfondo geopolítico más profundo contiene también a Rusia como rival del país norteamericano.

Recientemente The Economist destacó que China y Rusia vienen profundizando lazos en su rivalidad en común contra EE.UU. El presente encuentro de estas dos naciones cuya rivalidad entre sí resultó clave para el fin de la Unión Soviética, luego de que Richard Nixon y Mao retomaron relaciones en 1971, es producto de lo que entiende Peter Conradi, entre varios autores, es el surgimiento de una nueva Guerra Fría. Por eso afirma: “Así como Estados Unidos se convulsionó con la pregunta de ‘¿Quién perdió a China?’ después de la victoria del presidente Mao sobre los nacionalistas en 1949, ahora debemos preguntarnos: ‘¿Quién perdió a Rusia?’”.

The Economist afirma que “hay diferencias cruciales entre el resentimiento de hoy y el combate mortal del pasado. Una es que la guerra fría fue una lucha sobre cuál modelo representaba el futuro para el mundo. La confrontación de hoy rechaza la idea de cualquier futuro singular. Rusia y China justifican su autoritarismo en base de la diferencia civilizatoria. No afirman que sus valores son universales; no aceptan los valores occidentales como tales”. Efectivamente, China y Rusia no sostienen que sus civilizaciones son portadoras de valores universales de la humanidad, sino solamente propios. Pero bajo esta postura, cuestionan que los valores de la civilización occidental lo sean. Así, en sus visiones, la calificación de The Economist de denominar sus sociedades de ‘autoritarias’ constituye un acto hipócrita occidental para imponerse sobre ellos. Por ejemplo, luego de la última matanza provocada por quien se identificó como parte de la supremacía blanca, China Radio International afirmó:

“Estados Unidos ha utilizado durante mucho tiempo los derechos humanos como un medio de presionar a otros países. Siempre que no esté satisfecho con algún país, publicará un informe de derechos humanos de ese país. Sin embargo, debe reflexionar sobre su propia situación de derechos humanos antes de criticar a otros países. Para muchos estadounidenses no blancos, el ‘sueño americano’ es en realidad una ‘pesadilla estadounidense’, ya que la supremacía blanca y la incitación al odio se han vuelto tan rampantes en el país”.

Por su parte, en abril, Russia Today objetó a Time su nota “El otro complot de Rusia” afirmando que “aparentemente trata sobre la construcción que hace Rusia de un ‘imperio de estados amorales’ en todo el mundo, pero en verdad esta común diatriba es en realidad una propaganda audaz para la política exterior de Estados Unidos y sus guerras para cambiar regímenes”. Más recientemente, denunció a la prensa occidental por su xenofobia, mencionando un “artículo reciente del New York Times que afirmaba que la corrupción está en el ‘ADN’ ruso y que compartir ‘no es la forma rusa’. Antes de eso, estaba James Clapper, ex Director de Inteligencia Nacional de EE. UU., diciéndole a NBC que los rusos están ‘impulsados genéticamente’ para mentir y engañar”.

La cuestión de ‘haber perdido Rusia’ hace referencia a que, tras la URSS, Boris Yeltsin inició un enamoramiento con Occidente liderado por su Canciller Andrey Kozyrev. Rusia pasó a adoptar instituciones occidentales y recomendaciones del FMI y de EE.UU. para convertirse en una ‘economía de mercado’. Pero también pensaba que sería incluida en sus pactos internacionales, como OTAN y la Unión Europea. Habiendo experimentado sucesivos rechazos, el mismo Kozyrev anunciaría el fin de la luna-de-miel con occidente. Tras la crisis de 1998, su sucesor Andrei Primakov, retoma una visión geopolítica en la política externa y anuncia el interés de acercarse a China e India. Para ese año, en el que entra políticamente en escena Vladimir Putin, el PBI ruso se había reducido al 71% del de 1992. Su tasa de mortalidad se disparó y redujo su población en 6 millones de personas en 10 años, la mitad debajo de la línea de pobreza. Rusia pasó a considerar que, más allá de sus deseos, occidente no tenía interés en incorporarla, y asumió una postura anti-occidental. La expansión de la Unión Europea y de la OTAN, incorporando países que eran de la Unión Soviética mientras se la excluía, pasó a ser entendido como un plan occidental de asfixiarla.

Para The Economist, la fortaleza de la alianza sino-ruso es puesta en duda por causa de los históricos deseos rusos, iniciados por Pedro ‘El Grande’ en el siglo XVII, en pertenecer al mundo occidental, a diferencia de China. Queda, así, en observar el ímpetu de esta identificación no-occidental entre ambos. Principalmente porque, como la publicación destaca, existe una gran diferencia de poder económico en favor de China. Además, el proyecto chino de la ‘Nueva Ruta de la Seda’ extiende su zona de influencia sobre Asia central que The Economist denomina ‘tradicional patio trasero ruso’.

Por eso apuesta a que ese carácter subalterno, ‘socio junior’, tarde o temprano empujará otra vez a Rusia a mirar hacia el oeste. En ese momento afirma que quien sea presidente de Estados Unidos deberá emular lo que hizo Nixon en 1971, cuando retomó las relaciones con Mao, quebradas desde su Revolución Comunista en 1949, y viajó a Pekín, dando un golpe fundamental a la URSS. En este caso, dice The Economist, el presidente de EE.UU. debería viajar a Moscú...

Sería la repetición de una jugada geopolítica que fue triunfal pero que en nada estuvo relacionada con valores liberales civilizatorios. No obstante, sí sería un paso lógico de parte quien está viendo cada vez más, no como rival, sino como ‘enemigo’ a China dentro del comercio liberal en la opinión de Wolf. Por eso concluye: “La ideología de China no es una amenaza para la democracia liberal como lo fue la Unión Soviética. Los demagogos de derecha son mucho más peligrosos”.

Por Andrés Ferrari Haines, profesor de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, Brasil. @Argentreotros

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Alfredo Jalife-Rahme

Durante el Foro de la Nueva Economía, en Singapur –organizado por Bloomberg, vinculado a los intereses de Salomon Brothers/Citigroup y Merrill Lynch, cuyo controlador, el israelí-estadunidense Michael Rubens Bloomberg, es un vulgar saltimbanqui de la política: primero demócrata, luego alcalde por Nueva York como republicano, y hoy de nueva cuenta demócrata contra Trump y pro-Hillary–, el nonagenario Kissinger (95 años de edad), arquitecto del acercamiento de EU con China en 1971 (https://amzn.to/2OvSl9Y), comentó que se encontraba "bastante optimista" de que EU y China pudieran evitar un conflicto mayor que devastaría el presente "orden (sic) mundial": "si el orden (sic) mundial se define por un conflicto continuo entre EU y China, tarde o temprano corre el riesgo de salirse de control" (https://bloom.bg/2yWWhvt).

¿Dónde dejó Kissinger a Rusia?

Kissinger aduce que los negociadores comerciales de EU y China "deben evitar empantanarse en detalles y ante todo explicarse uno al otro qué objetivos buscan conseguir, y qué concesiones pueden y no pueden hacer".

El "consejo" de Kissinger es que los "estadunidenses necesitan aprender que no cada crisis es causada por mala voluntad, mientras China debe evolucionar más allá del modelo de ser la principal superpotencia en Asia".

Pareciera que el pérfido Kissinger desea cambiar en forma cándida la naturaleza humana.

El vicepresidente chino Wang Qishan, muy cercano al mandarín Xi Jinping y uno de los teóricos de la exitosa "economía socialista de mercado", comentó que Pekín estaba dispuesta a discutir una solución comercial con EU, pero advirtió que su país no aceptará de nuevo ser "intimidado y oprimido" por las potencias foráneas (http://bit.ly/2yX3VWA).

Qishan recordó que todavía el "comercio era el ancla y el propulsor de las relaciones de China y EU" y advirtió sobre los peligros del "unilateralismo" y "el populismo de derecha".Prometió que China permanecería "tranquila y sobria" y reafirmó su deseo de “trabajar para una solución comercial aceptable para ambas partes (https://bloom.bg/2yTByZs)”.

De su iniciativa –lo cual es muy significativo– Trump conversó con el mandarín Xi Jinping quien será su invitado a una cena, al margen de la Cumbre del G-20 en Buenos Aires.

El mandarín Xi fustigó la "ley de la selva" durante la apertura de la Exposición Internacional de Importación y Exportación en Shanghái, con la presencia de 172 países (https://wapo.st/2yVeDNj), mientras Trump ha llegado hasta a militarizar su disputa comercial con China alebrestando bélicamente a la isla renegada de Taiwán, lo cual representa una "línea roja" para Pekín.

No es fácil trasplantar las "cadenas de suministro" fuera de China, lo cual sería muy costoso y con mucha pérdida de tiempo, además de que no es sencillo encontrar proveedores sucedáneos.

En China no se hacen ilusiones y se preparan a una "nueva guerra fría" con Trump, independientemente del resultado de las elecciones intermedias de EU.

Hay tres placas tectónicas sacudidas: 1. Trump y su "nacionalismo económico", con fuertes reducciones tributarias a la plutocracia de Wall Street, sus "guerras comerciales" en varios frentes y amagos militaristas en la frontera con México e Irán; 2. El zar Vlady Putin con su nueva panoplia nuclear supersónica que le provee una ventaja militar global; y 3. El mandarín Xi con su "triple Ruta de la Seda continental/marítima/Ártico" y su despegue tecnológico con su "Made In China 2025".

El nonagenario henry Kissinger no se ha adaptado a la realidad del "desorden mundial" que expone Richard Haass (https://amzn.to/2yY91lo), mandamás del influyente Council on Foreign Relations, y que abordo en mi libro El Desorden Global en la Era Post-EU (http://bit.ly/2Owrtqx) que será presentado en la FIL de Guadalajara el 25 de noviembre.

Kissinger se equivoca. Ya no hay "orden" mundial, sino que los tres principales actores del planeta han expuesto sus cartas y ahora viene el momento del reajuste/requilibrio de sus "placas tectónicas" para negociar el nuevo orden tripolar del siglo XXI.

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Trump redobla la presión sobre China con nuevos aranceles sobre otros 200.000 millones

Washington publica una lista de más de 6.000 productos chinos sujetos a un gravamen del 10% a partir de septiembre


La batalla comercial entre Estados Unidos y Chin ha entrado ya en una zona de cifras gruesas, que van más allá de la gesticulación —de por sí peligrosa para la confianza inversora— y empiezan a apuntar a una guerra comercial a gran escala. Donald Trump ordenó este martes a la Oficina del Representante de Comercio Exterior que active el proceso para fijar nuevos aranceles del 10% sobre más de 6.000 productos chinos cuyo valor de exportación ronda los 200.000 millones de dólares (unos 170.000 millones de euros) al año. Es la respuesta a la represalia de Pekín el pasado viernes, que puso en marcha gravámenes a productos estadounidenses por 34.000 millones horas después de que Washington hubiera hecho lo propio.


La escalada arancelaria entre las dos mayores potencias económicas del mundo se ha producido en la misma secuencia de esta semana. La Administración de Trump amenaza con aranceles y el régimen chino hace lo mismo, con las idénticas tarifas y el mismo volumen económico afectado. Tras negociaciones infructuosas, EE UU activa los aranceles y amenaza con más si China responde. Y China responde, así que EE UU pone en marcha la nueva ronda de tarifas aduaneras. Así ad infinítum o, más bien, hasta superar los 500.000 millones de dólares, que es la cantidad total de exportaciones que se verán afectadas por las tasas si se cumpliesen todas las amenazas que ya hay sobre la mesa. La cifra resulta vertiginosa: el intercambio de productos entre ambos países rozó los 600.000 millones de dólares en 2016 (con 115.600 exportados hacia China y 347.000 hacia EE UU).


Pekín considera que esta nueva lista es "totalmente inaceptable" y ha asegurado que responderá "con las contramedidas necesarias" si finalmente estos aranceles entran en vigor. "Con esta actitud, Estados Unidos daña a China, al mundo y a sí mismo", afirmó el Ministerio de Comercio en un comunicado, informa Xavier Fontdeglòria. El país asiático lo tendrá imposible para devolver un golpe de la misma intensidad simplemente porque sus importaciones desde EE UU no alcanzan los 200.000 millones de dólares. Es probable, según los expertos, que Pekín abra la veda de las medidas no arancelarias: al tener un control considerable sobre la economía, las autoridades pueden fácilmente dificultar la actividad de las empresas estadounidenses en territorio chino o incluso impulsar un boicot encubierto al país, desde dejar de comprar sus productos hasta restringir el turismo chino a EE UU, entre otras medidas.


La lista adicional de bienes a los que la Oficina del Representante de Comercio Exterior propone aplicar el arancel, hecha pública durante la noche del martes, ocupa 205 páginas, e incluye una gran variedad de productos (del carbón al tabaco, pasando por productos químicos y neumáticos). El embajador Robert Lighthizer argumenta en un comunicado que la reacción de Pekín “no tiene base legal ni justificación” y que el arancel del 10% que plantea para los nuevos productos es una “respuesta apropiada” a unas políticas industriales por parte de China que son "dañinas”. Washington apunta esta vez a los productos identificados que se benefician de la nueva política industrial para 2025, el gran plan económico de China.


El listado se someterá a una fase de consultas entre los días 20 y 23 de agosto con el fin de tomar una decisión el día 25 del mismo mes. Con la última ronda de aranceles activas, la del pasado viernes, la fase de consultas redujo el impacto de 50.000 millones a 34.000, mientras que los 16.000 siguen en estudio. La aplicación de los aranceles anunciados el martes va para largo y, mientras tanto, la Administración de Trump y el régimen de Xi Jinping pueden tratar de acercar posturas. Hasta ahora, no lo han logrado: EE UU critican el enorme déficit comercial que registra respecto a China (de más cerca de 400.000 millones), acusa al régimen de competir de forma desleal y de crear un marco regulatorio de asociación con inversores locales que favorece el robo de propiedad intelectual a los inversores estadounidenses.


“Durante muchos años, China recurrió a prácticas abusivas que van en detrimento de nuestra economía, nuestros trabajadores y nuestras empresas”, reitera Lighthizer en su comunicado, en el que califica la conducta china de “amenaza existencial”. “Durante más de un año hemos urgido pacientemente a China a que ponga fin a estas prácticas injustas, que abra sus mercados y que se comprometa con una competencia real”, señala. “Hemos sido muy claros respecto a los cambios que deberían tomar. Pero en lugar de resolver una preocupación legítima reprimieron nuestros productos”.

Washington 11 JUL 2018 - 05:29 COT

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Lunes, 09 Julio 2018 07:27

Proteccionismo

Proteccionismo

El presidente de EstadosUnidos, Donald Trump, dice que las guerras comerciales se ganan fácilmente. Para él se trata de reducir el gran déficit comercial que tiene su país respecto de China, y también en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Los flujos transfronterizos de mercancías son correlativos a las corrientes de inversión extranjera, sea ésta directa (en la producción) o financiera. El TLCAN, por ejemplo, es primordialmente un acuerdo para el flujo de inversiones de Estados Unidos a México y de ellas se desprende la corriente de mercancías que se exportan a aquel país.


El tratado acarreó inversiones de lugares como Europa y Japón para aprovechar las cláusulas previstas de exportación con menores aranceles. En el caso de China, el déficit comercial que incomoda a Trump se ha forjado largamente por las ventajas que representa para las empresas en materia de costos.


El déficit se compensa con las enormes corrientes de capital que se invierten en la deuda emitida por el gobierno estadunidense, financian la deuda pública y apoyan al valor de dólar. Este aspecto de las relaciones económicas internacionales no debe perderse de vista.


En términos contables las partidas cuadran entre la balanza comercial y la de capitales. Las cosas no son simples, por supuesto, pues las transacciones económicas entre las naciones involucran siempre muchos otros aspectos.
Abarcan el saqueo de minerales preciosos como ocurrió en las colonias americanas de Europa; la obstrucción de industrias nacionales para beneficiar a los productores de las metrópolis, como sucedió en la India, o bien, la implantación de mecanismos financieros que articulan los procesos de producción y distribución de la riqueza hasta alcanzar dimensiones globales.
Las guerras comerciales se describen usualmente como políticas para “empobrecer al vecino”, aumentado la demanda de la producción interna y reduciendo la dependencia de las importaciones.
Para eso se imponen tarifas (sobreprecios) o cuotas (límites cuantitativos). La protección se alcanza también manipulando el tipo de cambio, con devaluaciones competitivas para acrecentar el nivel de la actividad económica interna.
La protección que se impulsa hoy en Estados Unidos pretende recuperar los empleos que se han ido a otras partes, principalmente por ventajas salariales y también en materia de impuestos.
La situación actual es distinta a la promoción de la industria infante que utilizó Alemania en el siglo 19 para crear una industria propia y competitiva alcanzando los niveles requeridos de tamaño y economías de escala.
La defensa de los productores nacionales mediante la protección se aplicó también en América Latina con la sustitución de importaciones después de la Segunda Guerra Mundial. Luego, como se sabe, se pasó al extremo opuesto de la liberalización a ultranza.
En el capitalismo global las fronteras en materia económica se han ido borrando. De manera más general, la globalidad se ha establecido en los procesos de división del trabajo, salarios, abastecimiento, tecnología y cadenas de producción. La formación de los precios en muchas actividades económicas es de índole global.
Todo ello es consistente con las exigencias de la acumulación de los capitales. Los costos para las empresas estadunidenses se forman en ese terreno y de ello depende su competitividad, así como la pugna por la distribución del ingreso y la riqueza.
Con el nuevo proteccionismo, los consumidores de ese país tendrán que pagar precios más altos por los bienes importados y por los producidos internamente con insumos de fuera. No es claro cómo determinar las consecuencias últimas de la guerra abierta ya en materia de ciertos productos, o bien, a escala de un país determinado como China.
En México, el nuevo proteccionismo es un asunto político relevante. Para el nuevo gobierno es un elemento clave para definir la relación bilateral y, más crucial aún, es para plantear el programa económico interno.

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