La historia oculta de las clases sociales en Estados UnidosEntrevista a Nancy Isenberg

Nancy Isenberg, autora de White Trash, sostiene que en Estados Unidos «nadie quiere hablar de clases», que «las elites del sur han utilizado la estrategia de enfrentar a las clases pobres blancas con los afroamericanos» y analiza la histórica naturaleza clasista de la sociedad de un país que nunca fue realmente el de las oportunidades. Al mismo tiempo, hace una crítica de la representación que el ultramillonario Donald Trump pretende ejercer sobre la llamada «escoria blanca».

 

En su libro White Trash propone desmontar algunos de los mitos estadounidenses, empezando por el «sueño americano» de la «tierra de las oportunidades». ¿Cómo se forjó ese mito?

Parte del mito fue inventado en 1776; está conectado directamente con los orígenes del país. Estados Unidos rompió con Europa, que era vista como una tierra atrapada en el pasado: se la asociaba con la aristocracia y la monarquía. Se creó un sistema radicalmente nuevo que no reconocía el linaje de las élites. El problema es que Estados Unidos creó su propia aristocracia: en cierto sentido, nuestros presidentes se han convertido en una especie de figura real. Sobre todo ahora.

¿Cómo pudo mantenerse y tener tanto éxito este mito durante cuatro siglos?

Por un lado, los estadounidenses aman las nociones abstractas y, en ese sentido, este mito funciona perfectamente. Por otro, hay un gran desconocimiento de la historia: muchos estadounidenses conocen la historia popular que refuerza este mito. Lo que pasa es que el único momento en que tuvimos una clase media estable fue el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial: esto fue posible porque el gobierno intervino en la economía y fortaleció el Estado del bienestar. Hoy en día solo el 33% de los estadounidenses tiene un título universitario. ¿Cómo podemos decir que tenemos igualdad de oportunidades? ¿Cómo podemos sostener que existe la meritocracia? Está probado que la gente que va a las universidades, especialmente las de la Ivy League, proviene de familias ricas. Cuando dependes tanto de la riqueza de tu familia significa que estamos creando una nueva aristocracia. El mito de la igualdad de oportunidades no funciona para la gran mayoría de estadounidenses. Y este es un tema interesante porque el Partido Demócrata, que solía representar a los trabajadores, se ha convertido en el partido de las profesiones liberales. Trump se ha propuesto como el representante de una clase trabajadora inventada: en Estados Unidos, la clase trabajadora es en realidad mucho más diversa en términos raciales y de género. El mensaje de Trump está claramente dirigido a hombres blancos de clase media que tienen miedo a perder su estatus.

En su libro reivindica la urgencia de un análisis de clase en la historia de Estados Unidos.

Nadie aquí quiere hablar de clases sociales. El único momento en que se habló de clases fue durante la Gran Depresión en los años 30. Cuando tienes a un tercio de la población desempleada no puedes criticar a la gente por ser perezosa. El problema es que el mito de la «tierra de las oportunidades» se ha perpetuado, pero intento mostrar que la clase es una cuestión crucial en la historia de Estados Unidos.

¿Cómo es posible que se haya conseguido expulsar del relato nacional a los blancos pobres y negar la centralidad de la separación de clases durante cuatro siglos?

El mejor ejemplo es Thomas Jefferson. Prometió la conquista del oeste para que la gente pobre que vivía en la costa este pudiese empezar una nueva vida allí y tener su propia tierra. ¡Pero se trató sencillamente de movilidad física, no de movilidad social! De hecho, esas personas se mudaron hacia el oeste, pero a menudo no eran dueños de las tierras: en un segundo momento, venían los ricos especuladores y los echaban. Este es un retrato más preciso de cómo han funcionado las clases en la historia de Estados Unidos y no la imagen de que todos tienen sus oportunidades para conseguir el sueño americano. El otro gran problema se vincula con el sur del país, que siempre se ha basado en una economía agraria. Todos los estudios han puesto de relieve que las sociedades agrarias tienen mucha menos movilidad social que las sociedades comerciales. En 1776 había, de hecho, más movilidad social en Gran Bretaña que en Estados Unidos. Y, de hecho, el momento en que hubo más desigualdad fue durante la Confederación: querían crear una sociedad aún más elitista de la que ya existía en aquel entonces.

Leyendo su libro, uno se pregunta cómo es posible que esta «escoria blanca» no haya intentado organizarse para hacerse valer.

En algún momento lo ha intentado, como a finales del siglo XIX con el Partido del Pueblo, la primera versión del populismo o, sobre todo, en el ámbito de los sindicatos, aunque ahí también hubo siempre fracturas entre trabajadores cualificados y no cualificados. La cuestión es que, en general, las elites del sur de Estados Unidos han utilizado la estrategia de enfrentar a las clases pobres blancas con los afroamericanos. Han manipulado conscientemente los miedos de los blancos pobres. En el sur, además, se nota todavía la huella de la guerra civil. Muchos de los partidarios de Trump muestran una mentalidad típica del sur: no confían en el gobierno y no creen en la esfera pública. Es una consecuencia de ese «protégete a ti mismo pero no te preocupes de los demás», típico del sistema de las plantaciones. El trumpismo es ciertamente hijo del Tea Party, pero viene también de algo más profundo.

En el recorrido de los 400 años de historia estadounidense, pone de relieve la importancia de una serie de leitmotivs, como el que explicitó Thomas Jefferson cuando afirmó que «la naturaleza es la que asigna las clases» o los discursos eugenésicos de finales del siglo XIX. El fracaso social dependería pues de los defectos personales de los individuos. Da la impresión de que estos discursos existen todavía si tenemos en cuenta algunas declaraciones de los republicanos de los últimos años. ¿Entonces, nada ha cambiado?

Es bastante escalofriante, sí. Jefferson sostenía que la formación de una aristocracia natural –que debía sustituir a la aristocracia con linaje que venía de Europa– dependía de saber elegir a la mujer correcta. Sobre esto también se constituyó la eugenesia: nunca se admitirá, pero más que Alemania, los líderes mundiales en los estudios eugenésicos fueron Estados Unidos y Gran Bretaña. En el fondo, la idea de Jefferson y la eugenesia defienden lo mismo: eres lo que heredas. Piensa en el debate sobre si la homosexualidad se debe a cuestiones genéticas o culturales. O en la cuestión del aborto: ¡hay quien dice que tenemos el derecho de esterilizar a las mujeres pobres para que no pasen sus defectos a las futuras generaciones! La eugenesia sigue aún entre nosotros. Fíjate en los programas de citas online: cuando das tus informaciones a estas empresas les estás dando tu background social y educativo y te van emparejando según tu condición de clase. No es casualidad que la persona que creó en los aós 50 el primer programa de citas computerizado viniera de un sector que apoyaba la eugenesia. Lo que es irónico es que esto de la eugenesia se contrapone al otro gran mito estadounidense de que todos los individuos somos iguales.

Bill Clinton era un joven de familia pobre de Arkansas que, en 1992, se convirtió en presidente. Sarah Palin es una mujer de Alaska, perteneciente a la «escoria blanca», que fue nombrada candidata a la vicepresidencia en 2008. ¿Clinton y Palin representaron una revancha de la que define como «chatarra humana»?

El caso de Clinton es muy interesante: la gente se ha olvidado, pero los republicanos lo atacaron duramente llamándolo «escoria blanca», incluso con el escándalo de Monica Lewinsky. El padre de Clinton murió cuando era niño, su padre adoptivo era violento, pero él consiguió una beca y estudió en Yale: la suya fue una especie de historia de éxito para alguien que venía de una familia pobre. Cuando se presentó a las elecciones, lo que hizo fue conectar con la clase trabajadora blanca. Lo llamaban el «Elvis de Arkansas». De manera bastante consciente, Clinton cultivó esa imagen. El caso de Palin es muy diferente: no tiene ninguna historia de éxito a sus espaldas. Lo que pasó fue que los republicanos en ese momento pensaron que, como en un reality show, cualquiera podía ser un candidato a la presidencia. Y crearon a la candidata Palin. Fue una especie de Operación Triunfo. El objetivo era presentar a alguien que fuera más cercano a la gente.

En 2016 Trump, un ultramillonario representante del 1% más rico del país, habló a la «basura blanca», cabalgó su malestar y reivindicó su estilo de vida. ¿Esto marca un cambio respecto al pasado?

Esta es la ironía de Trump: no entiende nada de la gente trabajadora, nunca ha hablado con ellos, nunca hizo nada en la vida. Además, es un empresario fracasado y endeudado. La razón por la cual a una parte de la clase trabajadora blanca le gusta Trump es la manera en la que habla: como un estadounidense cansado de la política. Su grosería le hace auténtico. Y eso nos lleva a una reflexión: lo que se quiere en muchos casos de los políticos es que se parezcan a nosotros. Trump ha adoptado la política del sur, aunque es de Nueva York. Todo lo que pretende ser no lo es y creo que muchos de sus votantes saben que es un espectáculo, un fake, como en el wrestling (pressing catch). Sinceramente, no creo que la mayoría de la gente que acude a sus mítines ame a Trump, pero le gusta estar ahí. Es como ir a un partido de fútbol.

¿Qué influencia tuvieron toda una serie de programas de televisión de los últimos cuarenta años para modelar la imagen de la «escoria blanca»? ¿La victoria de Trump en 2016 es también una consecuencia del movimiento de orgullo identitario redneck de la década de 1990?

Esos programas crean estereotipos insultantes como en el reality Here Comes Honey Boo Boo [que muestra a la familia de una muchacha que participa en un concurso de belleza infantil] donde la madre de la familia encarna el tópico de la mujer blanca pobre: jamás se ha casado, tiene tres hijos de tres diferentes hombres, dos de los cuales son violentos, es gorda… ¿Cómo podemos sorprendemos de lo que pasa en política? Aquí se percibe una vez más la enorme influencia de los medios: la gente cree ver un verdadero candidato por ese falso sentimiento de intimidad que proporciona la televisión. No se fija en los contenidos, sino en cómo habla el candidato. Los políticos se limitan a recoger inputs de la cultura de masas. Los jefes de campaña son publicitarios: esto ya empezó con Eisenhower.

En la anterior campaña electoral, Hillary Clinton tachó de «deplorables» a los electores de Trump. ¿Joe Biden es el candidato correcto para hablar a ese sector de la sociedad estadounidense?

Hillary se equivocó y esa expresión se utilizó mucho contra ella, aunque no se refería a la gente pobre, sino a los supremacistas blancos. Dicho esto, Biden es diferente porque tiene un lenguaje mucho más dirigido a la clase trabajadora y puede convencer a los votantes de Pensilvania o Michigan que hace cuatro años votaron por Trump. O a las mujeres de los suburbios de Milwaukee, en Wisconsin, que apoyaron a Ted Cruz. Por eso, creo que los demócratas apostaron por Biden y no por Sanders.

Se habla mucho de las guerras culturales. La extrema derecha, claramente, las utiliza. ¿Es otra manera de ocultar las diferencias de clase, sustituirlas por temas identitarios?

Los republicanos saben que la única forma de que la clase trabajadora blanca siga votándoles es utilizar las políticas culturales e identitarias que distraen a la gente de las cuestiones materiales. Lo que Trump hace no es nuevo: Sarah Palin ya empezó hace una década. La gente debería votar a los políticos que pueden hacer mejoras concretas en sus condiciones de vida. Por ejemplo, ahora como nación deberíamos tener una respuesta nacional a la pandemia y no la tenemos. En cambio, mucha gente piensa que debe votar a quien más se le parece. Este es el problema.

Nancy Isenberg es profesora de historia en la Universidad Estatal de Luisiana. Ha escrito diversos libros sobre los «padres fundadores» de Estados Unidos. Es autora de White trash: los ignorados 400 años de historia de las clases sociales estadounidenses (Capitan Swing, 2020).

Este artículo es producto de la colaboración entre Nueva Sociedad y CTXT. Se puede leer la versión original acá.

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«Los problemas civilizatorios no anulan los rasgos de la visión materialista de la historia»

Entrevista a Francisco Erice sobre defensa de la razón (y III)

 

El profesor Francisco Erice es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Oviedo y miembro de la Sección de Historia de la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM).

En los últimos años, ha centrado sus investigaciones en los problemas de la memoria colectiva, la historia del comunismo y la historiografía. Fruto de ello son libros como Guerras de la memoria y fantasmas del pasado. Usos y abusos de la memoria colectiva (2009) y Militancia clandestina y represión. La dictadura franquista contra la subversión comunista, 1956-1963 (2017), así como numerosos artículos en revistas y capítulos en obras colectivas.

En Siglo XXI de España, Erice ha publicado E.P. Thompson. Marxismo e historia social (2016, junto a José Babiano y Julián Sanz, (eds.) y un capítulo en Historiografía, marxismo y compromiso político en España. Del franquismo a la actualidad (2018, José Gómez  Alén, ed.) y En defensa de la razón (2020). En este último libro centramos nuestra conversación.

Estábamos aquí. ¿Por qué es tan importante la categoría “totalidad histórica”? ¿No es, de hecho, un objetivo inalcanzable, un idea regulativa en todo caso?

La idea de totalidad, que yo diría que comparten prácticamente todos los historiadores marxistas y muchos que no lo son, es importante para entender la historia como un conjunto de elementos jerárquica y complejamente interrelacionados. Todo esto confronta de nuevo con el posmodernismo, que niega la existencia de una lógica unitaria en la realidad histórica-social, lo cual nos impide entender su funcionamiento y actuar sobre ella. Por eso los posmodernos ven la realidad como pura fragmentación, una sucesión de “diferencias irreductibles”, y niegan cualquier dialéctica integradora.

Dicho esto, la dialéctica totalizadora marxista no debe ser vista como anuladora de las heterogeneidades, ni entendida en una perspectiva teleológica. Historia total significa, por ejemplo, interrelación entre lo social, lo político y lo cultural (cosa, que, por cierto, los posmodernos vuelven a negar). Historia total “no es decirlo todo de todo” pero sí, como decía Lukács, tener en  cuenta que los acontecimientos o elementos históricos solo pueden entenderse en su profundidad dentro de la totalidad de la que forman parte. Si bien es cierto que, en términos prácticos, como señalaba Fontana, construir esquemas totalizadores que luego se apliquen al análisis de realidades concretas se ha hecho más complejo en nuevos tiempos, con la ampliación exponencial del campo temático de la Historia.

Citas en numerosas ocasiones dos grandes intelectuales marxistas: Thompson y Hobsbawm. ¿Son dos clásicos de la tradición que no debemos olvidar? ¿Podemos seguir aprendiendo de ellos?

Desde luego, son dos figuras cumbres, por otra parte bastante diferentes entre sí. Thompson nos ofrece un marxismo muy abierto, celosamente preocupado por el análisis empírico, el protagonismo humano y la dimensión cultural, sensible a las mejores influencias de la tradición empirista. Hobsbawm nos proporciona, a mi entender, una propuesta más equilibrada de análisis histórico (por ejemplo, entre lo estructural y la human agency), sin la brillantez y la capacidad de seducción de los trabajos de Thompson, pero seguramente desde posiciones marxistas algo más sólidas. Pero no se trata de elegir ni, por supuesto, de quedarnos reducidos a estos dos grandes historiadores que, por otra parte, no deben ser vistos -ni ellos ni cualquier otro-  como modelos a seguir. 

Lo mismo te pregunto sobre Gramsci y Benjamin que sin duda fueron dos grandes (o grandísimos) filósofos marxistas del siglo XXI. ¿Siguen teniendo mucho que enseñarnos?

Por supuesto que son dos referencias fundamentales. En todo caso, en lo que se refiere a la Historia, creo que su utilidad es diferente. Benjamin nos alerta lúcidamente sobre los riesgos de la idea de progreso, el tiempo “plano” de la manera positivista de hacer Historia, la importancia de algunos fenómenos culturales, etc. Sin embargo, el componente místico-religioso-utópico de sus tesis sobre la Historia y su idea de la ruptura y el salto histórico reducen, a mi entender, su utilidad para una reconstrucción del marxismo como sociología del pasado.

En cambio, la utilidad de Gramsci (por cierto abusivamente utilizado, incluso por los posmodernos) sigue siendo fundamental. Además de los campos en los que sus textos han incidido más (la política en sentido amplio, la cultura popular, los intelectuales…), leyendo a Gramsci uno tiene siempre la sensación de que, en la mayor parte de los dilemas sobre por dónde encaminar el análisis, casi siempre nos proporciona posiciones adecuadas y orientaciones valiosas. Por supuesto, tampoco hay que convertirlo en una especie de gurú, y menos en el emblema del marxismo crítico frente al dogmático, es decir, utilizar a Gramsci como ariete contra el marxismo, como hacen realmente Laclau o Mouffe o algunos exponentes de los Cultural Studies.      

¿Qué opinión te merece aquel lema (althusseriano), tan de moda hace unos años, de que “la historia es un proceso sin sujeto ni fines”? ¿No somos los seres humanos los protagonistas de la historia? Si  no lo fuéramos, ¿quiénes o qué entonces?

Como ya he señalado, el “antihumanismo” de Althusser (como, en otro sentido, el de Foucault) creo que conduce a callejones sin salida en el análisis histórico y tiene efectos políticos potencialmente demoledores. Marx decía que la historia la hacen los seres h

umanos, pero no a su libre albedrío, sino con las condiciones heredadas del pasado. Si para algo positivo han servido algunas de las nuevas corrientes historiográficas es para volver a plantear el papel de la acción humana (incluso los espacios y límites de la acción individual). Negar esta acción o el papel relativo y siempre condicionado de las acciones humanas nos conduce, se quiera o no, a una visión histórica mecánica y determinista; aunque subrayar esta acción en términos voluntaristas y negar los constreñimientos estructurales nos lleva también a lo que Marx llamaba “robinsonadas”, a la absurda idea posmoderna de la “pura contingencia” o al olvido de que el individuo no existe sino como producto y parte de la sociedad.  

¿Hay o no hay progreso histórico en tu opinión? ¿Seguimos avanzando aunque sea por el lado peor de la Historia?

Actualmente, hay una amplia coincidencia -y yo la comparto- en que las visiones de progreso de matriz ilustrada, base de las visiones de la historia avanzando casi linealmente hacia una futura meta emancipadora (política o socialmente) inexorable son indefendibles. Es verdad que muchas teorías históricas talladas en gran medida sobre esos supuestos (incluido el propio marxismo clásico) no eran tan planos o unilaterales como se nos hace ver. Pero, en todo caso, la idea fuerte de progreso ha caducado. Hoy casi nadie piensa que el socialismo o el “fin de la historia” de base liberal sean resultados inevitables.

Pero eso no significa que debamos entender la historia como un campo de infinitas y no condicionadas posibilidades; si todo fuera posible o si la acción de los individuos se moviera en la más absoluta de las contingencias, no necesitaríamos la explicación histórica, sino la mera constatación a posteriori de lo sucedido. Tampoco podemos aceptar una Historia sin rumbo ni lógicas y regularidades (no leyes estrictas) detectables, sino de márgenes de acción o libertad “condicionados”. Podemos también manejar concepciones limitadas o sectoriales del “progreso”… El tema es, sin duda, muy complejo. 

Cuarenta años después, ¿qué opinión te merece, a día de hoy, la obra de Gerald Cohen, La teoría de la historia en Marx. Una defensa?

El libro de Cohen me sigue pareciendo un verdadero monumento de erudición marxista y un impresionante y profundo esfuerzo clasificatorio y de organización de las ideas de Marx sobre la historia. Pero su interpretación “tecnológica” (primacía de las fuerzas de producción, etc.), más allá de su mayor o menor fidelidad filológica a los textos de Marx, me parece equivocada.

Más en general, ¿ha dejado huella en el ámbito de la historia lo que en su día se llamó marxismo analítico?

El llamado marxismo analítico creo que peca, en general, de demasiado academicista. Finalmente, su expulsión del hegelianismo y la dialéctica y el encaje de teorías económicas neoclásicas, microsociologías y teorías de la “elección racional”, probablemente “desmarxistiza” más al marxismo de lo que lo renueva y rejuvenece. Son interesantes las criticas que le hacía, en su momento Ellen M. Wood, que subrayaba la tendencia a converger de esta corriente (sobre todo la teoría de la “elección racional”) y otras teorías posmarxistas y posmodernas.

De todos modos, lo de “marxismo analítico” ha sido un rótulo bajo el cual se encuentran seguramente  realizaciones de muy distinto pelaje y valor. Dejando a un lado a Cohen, me parecen menos interesantes, por ejemplos, las cosas que conozco de Roemer (su peculiar “teoría de la explotación”) o Elster (por ejemplo, su uso de la “teoría de los juegos”) que los espléndidos trabajos antiguos y más recientes de Eric Olin Wright sobre las clases, o los brillantes textos históricos y económicos de Robert Brenner.

Cuando se habla de economicismo marxista o pseudomarxista, ¿de qué se está hablando exactamente? ¿Cuáles serían tus principales críticas?

Estaríamos hablando, en origen, de la reducción del materialismo histórico a una “concepción económica” de la historia, tal como lo planteara Engels, por mucho que luego el compañero de Marx intentara inútilmente diluir la idea de determinación económica con aquello de “determinación en última instancia”. O de las visiones convencionales de la relación base-superestructura, dualidad realmente desgastada y hoy inservible, que tanto crispaba ya al mismo Gramsci, cuando criticaba ácidamente a quienes hacían de la estructura económica una especie de “dios desconocido”. No es cierto que la “base económica” lo determine todo, porque además la economía está también impregnada de elementos culturales (ya decían los clásicos que es siempre Economía política y trasunto de las relaciones sociales).

No puede ignorarse el peso de la producción de la vida material y la distribución de los recursos en cualquier sistema social, incluso la necesidad o la posibilidad de utilizarlo como “punto de partida” para el análisis de la totalidad social, pero materialismo no es economicismo. Me parece que la tesis central del materialismo histórico se formula mejor, dentro de su vaguedad, como “determinación de la conciencia por el ser social”. 

El peligro de una guerra con armas nucleares, el cambio climático, ¿no lo cambia todo? ¿No debería cambiar también nuestra forma de hacer historia?

Cambia muchas perspectivas políticas, pero creo que no tanto la concepción de la historia en un sentido general. En primer lugar, las guerras y los problemas ecológicos nos muestran que la perspectiva de un futuro emancipado no responde a una “necesidad histórica”, sino que es una opción junto con otras mucho menos halagüeñas. Este ataque a nuestro viejo “optimismo histórico” es, sin duda, fundamental. Pero, en segundo lugar, ni uno ni otro problema están exentos de lógicas sociales. No debemos entender los factores ecológicos como puramente tecnológicos ni interpretarlos desde perspectivas místico-religiosas de rechazo de la acción humana sobre la “madre tierra”, sino como factores incardinados en procesos y sistemas sociales específicos. Del mismo modo que lógicas como la que supuestamente describía Thompson del “exterminismo” son también sociales.

La contemplación de estos grandes problemas civilizatorios debe enriquecer nuestra visión del pasado, pero creo que no anula los rasgos esenciales de la visión materialista de la historia.

El último capítulo del libro lleva por título: “La crítica de las armas: por una historia políticamente implantada”. ¿Qué características debería tener esa historia marxista que vindicas? ¿No es acaso un pelín inconsistente hablar de la historia como disciplina teórica y señalar luego que debe estar políticamente implantada? ¿No se introduce así la ideología en el seno de la práctica científica?

La “implantación política de la historia”, tal como se plantea en el libro, es una idea tomada casi metafóricamente -no sé si de manera afortunada- de tesis aplicadas a la Filosofía por Gustavo Bueno. Pretende señalar el anclaje objetivo de la disciplina en las relaciones políticas y sociales, su construcción crítica, pero a la vez su engarce en las contradicciones de la vida social. Engrana, como Bueno señalaba, con las tesis centrales del materialismo histórico. Se trata de rechazar la condición de la Historia como una disciplina suministradora de conocimiento “puro”.

En modo alguno pretende defender una Historia partidista, anclada en el activismo o instrumentalizadora. La visión gnóstica o supuestamente imparcial de la Historia tampoco obvia las condiciones de esa politización, aunque no se sea consciente de ella. Porque no es una cuestión básicamente subjetiva o un mero principio deontológico o ético. Aunque el tema es evidentemente muy complejo, no supone dejarse llevar por la ideología o defender el relativismo o la visión, a la manera zdanovista, de una “historia proletaria”. Supone, por el contrario, la idea de una solidaridad de fondo entre una Historia científicamente concebida, el desentrañamiento de las contradicciones sociales y la voluntad de coadyuvar a la intervención política sobre las mismas.  

¿Quieres añadir algo más?

Creo que el cuestionario es lo suficientemente exhaustivo como para tener poco que añadir, salvo que explicara más extensamente lo ya dicho. En todo caso, me gustaría resaltar, en primer lugar, que En defensa de la razón está construido básicamente sobre (y a veces en contra de) argumentos de otros autores, entendiendo que el debate sobre los temas que en él se plantean es un debate colectivo. Y en segundo lugar, que estos argumentos se despliegan de manera abierta y escasamente dogmatizada, con la contundencia que exige la pretensión polémica, pero sin albergar en ningún caso la petulancia de dar nada por cerrado o asentado.

Doy fe de ello como lector. Muchas gracias por tu tiempo… y por el libro, por tus libros.

Por Salvador López Arnal | 22/10/2020

Fuente: El Viejo Topo, septiembre de 2020

Primera parte de esta entrevista: Entrevista a Francisco Erice sobre En defensa de la razón (I), «Pensamientos y lenguaje no forman un mundo aparte, son ‘expresiones de la vida real’», https://rebelion.org/los-pensamientos-y-el-lenguaje-no-forman-un-mundo-aparte-sino-que-son-con-toda-su-complejidad-expresiones-de-la-vida-real/.

Publicado enCultura
Sábado, 26 Septiembre 2020 05:23

Walter Benjamin y el destino de una época

Walter Benjamin y el destino de una época

Hace 80 años, Walter Benjamin se suicidaba en la localidad de Portbou, en un viaje en el que buscaba escapar del nazismo y llegar a Estados Unidos. Hoy no es necesario «rescatar» al filósofo alemán, que es publicado y leído en diversas latitudes e idiomas. Su figura se ha vuelto un símbolo de época. Y fue esa misma época la que motivó en Benjamin una filosofía de la historia que puede leerse como un compendio filosófico del conjunto de su obra.

 

A menudo, los pensadores dejan en su obra una clave para ser leídos por los que vendrán. Es su cita con el futuro. El caso de Walter Benjamin lo confirma. En cierto modo, su teoría de la historia y su teoría del tiempo (que resultan inseparables) determinaron la forma en que hoy pensamos su figura: una imagen individual, tensa bajo una dialéctica, que engloba en su particularidad el secreto –trágico y general– de su época. No por nada, su muerte en Portbou terminó por formar, con los años, una brevísima alegoría del siglo xx. Su modo de entender pasado y presente es una cifra de nuestra propia urgencia.

Esta teoría de la historia y del tiempo, cuyo texto más famoso son las 18 tesis que Benjamin escribió en 1940, pocos meses antes de su muerte, comenzó a desarrollarse tempranamente1. Si bien se lo conoce en tanto crítico y teórico del arte –recordemos que sus tres primeros libros fueron dedicados a temas estéticos: el estudio sobre el Romanticismo alemán, el que dedicó a Goethe y el consagrado al arte teatral del Barroco–, algunos de sus primeros ensayos rondan lo que, más tarde, se entenderá como su filosofía de la historia. La «Metafísica de la juventud» (1914) incluye una larga reflexión sobre los modos del tiempo a la luz de la escritura de un diario, y la relación del yo con ese detenerse de la reflexión y con las «cosas» que el tiempo le trae, también en forma de futuro. Encontramos aquí subrayado el carácter prospectivo del presente. Sus escritos sobre el lenguaje, que abrevan tanto en las especulaciones de los inicios de la lingüística del siglo xviii alemán como en la teología, señalan ya una dimensión extrahumana del tiempo. Si es pensable un origen del lenguaje, la historia que lo narre ha de remontarse, como en las épocas anteriores al proceso de secularización, al relato bíblico de la creación, a la palabra divina y a la caída como comienzo del lenguaje humano. También «Carácter y destino», un texto de 1919, incluye una reflexión sobre el futuro –¿hasta qué punto es cierto que nuestro carácter determina nuestro destino?– en la forma de una multiplicación de los «tiempos» implicados en este mundo. El tiempo del destino, en el sentido de aquello ligado a la culpa, a la condena y al infortunio, es parasitario de otro de mayor orden. Por último, recordemos que el libro sobre Goethe cierra famosamente con la estrella de la esperanza sobre el cielo de los desafortunados, esperanza de lo que vendrá. Los ejemplos podrían multiplicarse. Intentaremos mostrar cómo estas temporalidades reaparecen en sus escritos y finalmente en la filosofía de la historia presentada en las tesis, que pueden leerse como un compendio de su obra. Pero antes, hacía falta que esa base «metafísica» y especulativa del joven Benjamin se combinara con otros dos componentes en esta alquimia de su pensamiento: el surrealismo y el marxismo.

Pensar un nuevo modo de pensar

Entre los críticos y estudiosos, se establece en general un corte en el pensamiento de Benjamin con una fecha precisa: 1924. Es el año en que termina su libro sobre el Barroco –que contiene en sí toda una filosofía de la historia como decadencia2–, en el que viaja a Italia junto con otros intelectuales alemanes (donde coincidirá con Theodor Adorno) y el año en que conoce a la dramaturga Asja Lācis, quien ha pasado a la historia como «introductora» de Benjamin al marxismo. Este corte no es tal, porque ninguna vida, ni tan siquiera la intelectual, es seccionable en partes distinguibles que se excluyan. Hay una durée del pensamiento, quiérase o no. Sin ella, en este caso, las tesis de 1940 resultarían incomprensibles.

Sin embargo, sabemos que entre 1924 y 1926 Benjamin entra en un doble contacto con materiales que le resultaban apenas conocidos –como el marxismo– y con otros que estaban surgiendo en ese entonces y de los que fue estrictamente contemporáneo –como el movimiento surrealista en Francia–. Una carta a Adorno es testimonio de la profunda impresión que le causó el libro de Louis Aragon El campesino de París, de 1926. Lo recuerda como aquel libro del que por las noches, echado en la cama, no podía leer más de dos o tres páginas, tal era el estado de entusiasmo, con el corazón latiendo fuerte, en que quedaba sumido. El primer resultado de ese contacto con el movimiento francés fue en Benjamin un curioso y bello libro de misceláneas, donde una práctica de escritura –el fragmento– encontró una primera expresión: Calle de dirección única. Ernst Bloch, quien lo reseñó en su momento, fue pionero en señalar su deuda con el surrealismo. La otra gran huella, casi contemporánea, es el proyecto del Libro de los pasajes, que tuvo una primera fase de composición entre 1927 y 1929. Benjamin se proponía, ante la desaparición de una forma arquitectónica de París –el pasaje–, una exploración sobre el pasado reciente, con las armas de la especulación y de la poesía. Pero necesitaba nuevas herramientas para hacerlo, y forjarlas era costoso. El problema residía en el estado de la razón.

Esa razón que la Ilustración había consagrado como heredera del antiguo Dios occidental, y que hizo posible la modernidad del siglo xix, entraba por entonces en periodo de prueba. Esto afectaba, como es evidente, a toda empresa filosófica, y especialmente a la que no se viera reconocida en el espejo de la ciencia. Mientras el positivismo transmutaba, digamos por generalizar, en el «empirismo lógico», donde la razón no ha perdido nada de su autoridad, una serie de hitos durante las dos primeras décadas del siglo xx nos recuerdan hasta qué punto esta transformación tocó el centro de muchas otras corrientes del pensamiento. Como muestra, basta detenerse en la transformación del lugar del sueño en la teoría del conocimiento, al menos el conocimiento del interior humano. El libro que Sigmund Freud le consagró coincidió con el primer año del siglo. Los surrealistas, lectores de La interpretación de los sueños, dedicaron a este conocimiento «otro» buena parte de su proyecto de escritura. Más tarde, los protocolos de experimentación con hachís, por ejemplo, sirvieron en el caso de Benjamin al mismo propósito. Qué significa pensar y cuáles son los medios del pensamiento, eso mismo –y no era poco– estaba en juego.

A la par, hemos dicho, Benjamin entró en contacto con el marxismo. El primer resultado de esta conjunción fue una serie de textos de corte programático y de carácter urgente, cuyo centro de interés fue la producción literaria y política rusa. La guerra civil que siguió a la Revolución había terminado hacía unos pocos años. La presencia y vitalidad del comunismo era cosa indiscutida; esto mismo se vio reflejado en las reseñas sobre autores y temas rusos que Benjamin comienza a escribir en 1926. El resultado más personal es su viaje a Moscú3. Tras esta primera fase rusa será decisivo el encuentro con Bertolt Brecht en 1929, propiciado por la misma Lācis, quien había sido asistente del dramaturgo. No en el surrealismo, sino en Brecht descubrió Benjamin el programa literario que respondía a su concepto de actualidad. Antes, a principios de los años 20, había ensayado un proyecto de revista del que se conservó un programa, donde se plantea el problema de la actualidad del presente. El mismo término volverá en los apuntes de filosofía de la historia al final de su vida. Para 1922, la actualidad estaba relacionada con la tarea de la crítica, y no solo en el sentido «simple» de la crítica literaria. Benjamin –y esto no es enfatizado nunca lo suficiente– es uno de los grandes herederos del primer Romanticismo alemán en el siglo. Martin Heidegger fue el otro, y es probable que de ahí y de otras lecturas en común surjan algunas de sus aparentes coincidencias. Esa revista, llamada Angelus Novus, se medía con la del proyecto romántico de los hermanos Schlegel, quienes en cierto modo fueron los «inventores» del concepto de «crítica» tal como se entendió luego en la teoría literaria. En esta relación con el presente se pretendía una universalidad dada no solo por la filosofía sino también por algún tipo de relación con la religión. Esto en 1922. En 1930, cuando ya había conocido a Brecht y lo había elegido como «su» autor, y se había embarcado en el ejercicio de la crítica en los medios, Benjamin se propone (en carta a Gershom Scholem) convertirse en el mayor crítico de la lengua alemana. Pero para entonces la universalidad buscada ha cambiado de signo y el eje está en la crisis de la sociedad. Así lo muestra el proyecto de revista que unirá a Benjamin con Brecht, que no se proponía ni pertenecer a un partido ni funcionar como órgano del proletariado. Su universalidad estaba en haber reconocido como base la lucha de clases, y todo signo de «otras racionalidades» –como la razón teológica, por ejemplo– ha sido borrado. Cuando Benjamin retome el proyecto del Libro de los pasajes, que había quedado interrumpido tras la fase primera de su concepción bajo el signo del surrealismo, el estudio de Marx se traducirá en una configuración materialista de la historia. Este pasaje al marxismo no se efectuó sobre el vacío; Benjamin traía en su haber no solo un pasado de traductor, de crítico y de filósofo metafísico, sino ciertas convicciones de tinte anarquista, y claramente antiburguesas, de su primera juventud.

Así, observado como en capas geológicas de pensamiento, es posible reconocer un proceso que, con superposiciones e irrupciones de lo antiguo en lo presente, dio forma en Benjamin a una teoría del pasado y del tiempo. La combinación de estos sedimentos tuvo como resultado una compleja geografía.

París y la consagración del capital

Una razón que no alcanza para la exposición y el análisis de la realidad humana, ¿en qué medida puede resultar suficiente? Tras el proceso triunfal de la Ilustración en el siglo xviii, la razón del conocimiento, de la acción moral y de la facultad estética terminó por quedar en tela de juicio en su poder recién estrenado. Friedrich Nietzsche fue uno de los primeros en señalarlo, aunque no el único. Sin embargo, hacer juicio a la razón no equivale –como enseñó luego Adorno– a pactar con el irracionalismo. Sobre ese límite se levanta la empresa del Libro de los pasajes, ese monumental proyecto inconcluso de Benjamin, que encarnó el ideal de una historia sin narración. Pero ¿no es esto un contrasentido? ¿Qué lógica podía tener la historia si no presentaba una narración explicativa y coherente? En este ideal se combinaban el cuestionamiento a la razón tradicional con la técnica de montaje aprendida en las fuentes del surrealismo y la tradición aforística alemana. Su forma era un libro hecho de puras citas, donde la combinatoria de textos reemplaza a la explicación.

Sin embargo, algo impedía el progreso de la obra. A mediados de los años 30, Benjamin retoma su proyecto sobre los pasajes parisinos, añadiendo las herramientas del materialismo. La dialéctica cultivada en esas páginas era anterior y también pertenecía a la herencia que había recibido del Romanticismo. En el plan original, la exploración del siglo xix no carecía de codeos con el orden poético, algo que Benjamin pretendía ahora minimizar. Ya en aquellos primeros borradores habían quedado asentados muchos de los «personajes-concepto» que más tarde se hicieron famosos. Varios provenían de las antiguas lecturas que Benjamin había hecho de Charles Baudelaire: el flâneur, la prostituta, el trapero, el jugador. A estos alimentos literarios se sumaba uno más, crucial para su teoría de la historia: la idea de que es el recuerdo propio, la experiencia personal, una de las llaves de la escritura historiográfica. Lo había aprendido leyendo a Marcel Proust. Estos elementos debían pasar ahora por el cedazo de la teoría del capital.

Una forma de la arquitectura –el pasaje de París que Aragon había descripto en aquel libro que había dejado a Benjamin sin aliento4– es la figura en que deberá encarnarse la historia social, literaria y, más tarde, económica del siglo xix. El pasaje en su configuración –un pasillo abierto entre los edificios–, con sus materiales –techo de hierro y cristales– y en las condiciones de circulación que impuso a sus usuarios, es una reliquia del capitalismo en auge que configuró, a su vez, la ciudad de París. Hasta entonces, Benjamin había dedicado otros textos a las ciudades y los objetos albergados por ellas. Ahora, hacia mediados de los años 30, esa operación se concentrará en una forma de objeto que parece haberse apropiado de todos los otros posibles: la mercancía. Un texto pedido por el Instituto de Investigación Social, en el que Max Horkheimer fungía como director y Adorno como encargado de redacción de la revista correspondiente, debía presentar el plan de trabajo en unas pocas páginas. Estamos en 1935; Benjamin hace al menos tres años circula por el exilio europeo tras la llegada de Adolf Hitler al poder; su situación es precaria y no hará más que agravarse en los años venideros. El resultado de ese pedido del Instituto es el hoy célebre exposé llamado «París, capital del siglo xix». La leve contradicción del título, donde una ciudad no es capital de un país sino de un siglo, no es azarosa. Habla de aquella dialéctica que Benjamin había aprendido en los textos de los románticos. La teoría del conocimiento implicada en este proyecto estaba ligada al libro sobre el Barroco, en el que Benjamin había esbozado una gnoseología alternativa. Allí, la verdad estaba íntimamente emparentada con el lenguaje y la unidad de los saberes posibles tomaba una forma clásica en la filosofía: la mónada.

Esto nos recuerda que, ya hacia 1924, Benjamin había establecido una suerte de unidad elemental del conocimiento, que más tarde reaparecerá bajo otro nombre en sus escritos. Esas mónadas eran unidades múltiples y capaces de contener en sí el todo de un mundo, eran discontinuas respecto de las otras y formaban un mosaico, como lo harán los fragmentos de citas en el manuscrito sobre los pasajes de París. El libro del Barroco también había señalado que el tiempo de las obras de arte no coincide con el de la continuidad. Años más tarde, estos elementos se combinarán en un concepto algo misterioso: el de imagen dialéctica. Esta será la unidad del saber de la historia. Sin embargo, debemos tener presente que lo que hacemos aquí es una reconstrucción. Los esfuerzos de Benjamin por disponer de un aparato conceptual estable no se vieron satisfechos, para pesar de Adorno, quien lo reclamó en repetidas ocasiones. En el renombrado exposé de 1935, Benjamin al menos ha conseguido deslindar problemas y quitarse el manto de sospecha de lirismo que cubría el primer proyecto de los pasajes. Ha encontrado el modo de vincular aquella figura arquitectónica dedicada a la venta de mercaderías (el origen del centro comercial de hoy) con diversas dimensiones, haciendo de esto un todo comprensible. Así, los pasajes de París quedarán ligados a las teorías de la sociedad futura por entonces en boga, a la renovación técnica de la imagen con el inicio de la fotografía, al tipo de circulación de la mercancía en el capitalismo, al mundo burgués en su configuración privada, a la poesía –de Baudelaire en su carácter de poeta moderno– y a la arquitectura urbana en su vínculo con lo político. Aquí están presentadas todas sus «cartas» para una nueva forma de la historia «cultural», aunque él mismo se hubiera resistido a tal denominación. Le siguieron otros ensayos de pensamiento marxista, el más famoso y más leído hasta hoy, su denuncia de la caída del aura en la obra de arte y, al mismo tiempo, su entronización del cine como salvación de la cultura de masas: el ensayo sobre la reproductibilidad, que terminó de redactarse en 19365.

A fines de esa década, poco antes de la puesta por escrito de las 18 tesis y ante la sospecha de que el monstruoso Libro de los pasajes, que seguía alimentándose de citas en la Biblioteca de París, jamás sería saciado, Benjamin intentó redactar el capítulo correspondiente al poeta Baudelaire. Una primera versión fue rechazada por el Instituto de Investigación Social que, en 1938, seguía apoyando a Benjamin materialmente en la distancia, desde eeuu. Como intento de ligar al poeta Baudelaire con la estructura social y política de su tiempo, Adorno juzgó la argumentación de este texto –en carta desde Nueva York– al menos como mecánica, si no ingenua. La revisión, de corte mucho más especulativo, fue recibida con honores por el Instituto. Se trata del célebre ensayo «Sobre algunos temas en Baudelaire». Benjamin se enteró del entusiasmo en la acogida del texto por carta, alojado en un campo de detención francés al que habían sido llevados los «alemanes de París» y alrededores una vez declarada la guerra, sin importar que fueran refugiados y perseguidos. Desde entonces, serán pocas las buenas noticias que las cartas habrían de anunciar. El presente estaba mostrando toda la fuerza negativa que había ido reuniendo en los últimos años. Y Benjamin, que había meditado tanto sobre el carácter de la contemporaneidad, habría de poner por escrito sus conclusiones en las tesis sobre la historia, que no vive sino gracias al presente.

Tiempo, historia, actualidad: las tesis

Hemos comenzado diciendo que en una filosofía de la historia hay siempre una filosofía del tiempo, y no solo del tiempo pasado. Ya desde un principio en sus escritos, Benjamin había esbozado la posibilidad de que hubiera diversas temporalidades, «órdenes», formas del transcurso y de la detención, donde a veces prevalece lo humano, a veces el mito, a veces lo divino. Un texto como el «Fragmento teológico-político», de 1921, que no ocupa más de una página, nos señala hasta qué punto ciertas líneas de las tesis de 1940 estaban ya prefiguradas hacía 20 años, y acaso antes. Se habla allí de un tiempo mesiánico que «redime» el tiempo de los sucesos históricos, pero solo en su fin; lo divino, la trascendencia, está «fuera del tiempo». Eso no lo hace necesariamente eterno ni verdaderamente capaz de introducirse en los asuntos humanos, pero existe algún cruce y algún contacto.

¿Qué son estos tiempos diversos, estas continuidades rotas, esas unidades dialécticas que contienen el presente y el pasado como en una mónada? Toda una geografía conceptual se extiende en esta serie de textos, que dará pie al compendio de las 18 tesis.

La primera –recordemos– abre con una imagen. La importancia de la imagen en Benjamin incluye también el lenguaje metafórico, el uso de símiles y pequeñas narraciones que dan a su pensamiento, junto con la construcción propia de su estilo, un aire «esotérico». Su amigo Scholem, quien se convertiría en el mayor experto en cábala del siglo xx, desde temprano lo definió de ese modo. Es cierto, Benjamin era amigo del secreto. De las imágenes que acuñó, la de la primera tesis es quizá la más célebre, junto con la del ángel del cuadro de Paul Klee, que se convertirá en la tesis 9 en el ángel de la historia.

En la primera tesis, Benjamin dice que en la partida que el materialismo histórico juega contra sus enemigos, existe un truco. Esto es comparable a lo que ocurría con un famoso autómata. Lo que parecía un muñeco inteligente que jugaba partidas de ajedrez contra cualquier contrincante era en verdad comandado por un enano invisible o, mejor dicho, que se volvía invisible por un truco. En la filosofía, el muñeco jugador de ajedrez es el materialismo histórico y el enano que lo comanda y que nadie debe ver es la teología. Este «regreso» de lo religioso o trascendental es un argumento inadmisible para la teoría y el ejercicio político del marxismo, y por eso esta tesis ha generado perplejidad en tantos de sus lectores. Sin embargo, hemos visto que esa convivencia entre el orden profano y un orden «otro», u otra forma del tiempo, estaba desde los comienzos en el pensamiento de Benjamin. Solo que en otras combinaciones, y con otros nombres.

En estas tesis de 1940, que Benjamin escribió sin intención de publicación, es posible reconocer al menos dos enemigos declarados, uno teórico y el otro político, aunque la distinción es vana y las propias tesis se encargan de ponerlo en evidencia. Puesto que se trata de una filosofía de la historia, es comprensible que lo primero sea identificar al contrincante dentro del propio campo. Benjamin ataca entonces al historicismo, que en parte puede identificarse con la escuela historiográfica alemana del siglo xix (Leopold von Ranke, Johann Droysen) y en parte con la concepción ilusoria de confianza en el hombre que ese siglo había cultivado, ya prefigurada en el concepto de progreso forjado por el siglo anterior y tan presente en Kant. Esta idea de progreso había sido claramente solventada luego por la filosofía de Hegel, rasgo que, en cierta medida, había pasado a Marx. Es decir, era clara marca de la pretensión de una historia universal, aquella que dotaba de sentido a la vida humana como conjunto. El historicismo también se identificaba con otra ilusión, la de contar las cosas «tal como fueron», limpias de toda perspectiva de enunciación.

Esta puesta en cuestión incluía no solo la historiografía, sino también los modos de la temporalidad. Si el paso del tiempo era lineal o no, si existían ciclos, si el devenir marcaba un camino de mejoras, o más bien un camino de decadencia, o algo tercero y abierto: estas nociones habían cambiado en la cultura durante siglos. Para Benjamin, una vez pasada por el cedazo del materialismo, la respuesta ya no podía ser puramente especulativa y debía asentarse en el propio presente. En ese sentido, era política y dependía de lo que entendemos por ser contemporáneos de nuestro tiempo. Cada generación, dice la tesis 12, ha sido esperada en este mundo. Cada generación tiene una débil «fuerza mesiánica» respecto del pasado, dice la tesis 2. En cierto modo, un presente «abre una ventana» hacia un pasado en particular, y esa oportunidad de conocimiento de lo acontecido se pierde una vez que la configuración del presente que la hace visible ha dejado de existir. Pero ¿cómo es posible que un conocimiento que pretende validez sea pensado como efímero? ¿Lo válido no es precisamente lo fijo y lo que permanece? La tesis 5 incluye una cita que Benjamin juzga como representante del siglo xix: «La verdad no se nos escapará». Esto hacía referencia a la confianza de ese siglo en la permanencia de lo que ha sido y de la historia que lo narra, aquella que se compone a fuerza de revisar los archivos y sus fuentes fijas. Pues no, dirá Benjamin al acudir al concepto de «ahora de cognoscibilidad», es decir, al carácter instantáneo de la oportunidad del conocimiento. El pasado es efímero, y si el historiador materialista, y con él toda su generación, no asume el trabajo de salvataje, entonces se perderá. Y con ese pasado, los destinos de los oprimidos y los de quienes, hasta ahora, no han tenido una historia. Esto implica una transposición que, en su sutileza, no siempre ha sido reconocida. El materialismo histórico, aquí, está para salvar el pasado. ¿Simplemente? ¿Es este salvataje lo único de revolucionario que puede ofrecer?

La respuesta es negativa, a juzgar por la importancia que adquiere el presente; que la historia se construya desde el hoy implica una política. Por eso, el otro contrincante de las tesis es lo que Benjamin identificaba como la «socialdemocracia», aquel movimiento que adecuó su concepto de presente a un concepto fallido de historia. Dice la tesis 8: no cabe la sorpresa ante la barbarie de este siglo xx, no cabe el escándalo al comprobar que esta barbarie (Hitler) sea posible a esta altura del devenir histórico. Ese concepto de historia falso –el del progreso– permitió las malas decisiones políticas de sus contemporáneos. La otra falsedad política de los enemigos del fascismo fue no haber reconocido el rol del proletariado, tal como lo había planteado Marx. En este sentido, Benjamin parece totalmente alineado a la convicción de que, sin el comunismo, sería imposible frenar a Hitler. La historia –aunque no toda la historiografía– le dio la razón.

Esta trama de oposiciones presentadas por las tesis está asociada, como hemos dicho en un principio, a una teoría del tiempo, teoría que nunca fue sistematizada y que tuvo diversas estaciones en el pensamiento de Benjamin. Ensayemos, para terminar, una descripción de sus contornos. Sin ella, el autómata de la primera tesis conservará su misterio.

Tradicionalmente, se han concebido dos formas del tiempo y su dirección. Según la primera, la historia humana es de decadencia. Lo más remoto se identifica con una época de oro, y el presente es de barro. Simplificando, podemos decir que la ideología del progreso abreva en la concepción contraria: el pasado lejano como lo primitivo y negativo, el futuro como lo desarrollado y pleno. Marx participó de esta ideología del progreso, heredada de Hegel. En Benjamin, es reconocible la primacía de la primera forma de entender la dirección del tiempo. ¿Cómo combinarlas? El libro del Barroco ya había investigado la concepción de un presente atado al régimen de la perdición. La tesis del ángel de la historia solo lo confirma: la historia es una acumulación de ruinas, y desde el paraíso (ahistórico) sopla la tormenta llamada progreso, que no deja que el ángel se detenga y cumpla con su trabajo, que debería ser redimir el pasado. Estas «figuras de la decadencia» son visibles en más de un concepto de la obra de Benjamin. Pensemos en la «pérdida del aura», propiciada, en el caso de las artes visuales, por la irrupción de la fotografía durante el siglo xix en un ámbito dominado, hasta entonces, por la pintura tradicional. Esa pérdida del aura echaba por tierra siglos de una forma algo sacral con la que se identificaba el arte. También el diagnóstico de una declinación en nuestra capacidad de narrar, tal como lo planteaba el texto «El narrador», de 1936, indica un proceso de decadencia. La melancolía traduce en el ánimo del ser humano, en términos de sentimiento, la misma constatación. Pero Benjamin no sería un pensador dialéctico si no encontrásemos también el movimiento de signo contrario. Ante la caída del aura en la obra de arte, el cine es elevado como esperanza para un arte revolucionario. El teatro de Brecht, con su moderna técnica, fue interpretado en términos similares. También lo «nuevo» del movimiento surrealista, aunque rara vez ponderado en el plano estético, significó para Benjamin la configuración de otro tipo de experiencia, que él había reclamado, joven, a Kant. Frente a todos estos ejemplos, debemos señalar la antigua idea de redención, que es la figura de la esperanza por excelencia. Pero ¿pertenece este futuro de la redención realmente al tiempo humano? Sí y no. Estamos en el campo minado de la dialéctica. La idea de «utopía» bajo ese mismo nombre –no-lugar– cae en la contradicción de quitarla de los lugares del mundo. La pregunta –antigua y acuciante– es la de entender qué espacio ocupa lo posible en nuestras vidas y hasta qué punto eso posible es factible y humano.

Esta dimensión cósmica, de los grandes órdenes y de los grandes tiempos, tiene su expresión también en lo particular. Así, la propia persona del «historiador materialista» se convierte en vehículo del pasado, tal como Benjamin había aprendido de Proust y el modelo cognitivo de En busca del tiempo perdido. Lo cósmico se une, así, a lo minúsculo. Y en esta dimensión también muestra la ineficacia de las viejas categorías de la historia. El tiempo pasado ya no puede concebirse formando cadenas vacías que han de ser llenadas por «hechos en sí», ligados por causas y consecuencias, como había imaginado el historicismo del siglo xix. Si somos capaces de recordar, es en lo colectivo por el calendario, y en lo personal por aquel proceso entre automático y temido que Proust graficó en la escena de la magdalena, en el primer tomo de su Recherche. La teoría de Benjamin es su contracara filosófica. «Yo habitaba en el siglo xix como lo hace un molusco en su caparazón, que ahora tengo ante mí como una caracola vacía. La sostengo contra mi oído. ¿Qué es lo que oigo?», se pregunta en Infancia en Berlín.

Todo ese largo siglo de consagración del capitalismo y del sistema del mundo tal como lo hemos conocido hasta hoy ha hablado al oído de Benjamin en diversos de sus escritos. En su pensamiento, el trabajo del concepto –para decirlo en palabras de Hegel– fue a la par del trabajo del arte y el trabajo del yo. Así se unen la dimensión cósmica, la política y la estética. Esas múltiples dimensiones lo ligaron diversamente al presente. Ahora vemos cómo su vida pudo convertirse, en su particularidad, en una imagen completa del destino de una época. Esa es la «imagen dialéctica» que reúne, como unidad fundamental de la historia, un núcleo particular y temporal, efímero si se quiere, con otro transcendental, que sobrepasa la circunstancia de su origen. Como el autómata. Esta imagen dialéctica se llama Walter Benjamin.

Y, sin embargo, Benjamin no necesita rescate; es un autor leído y comentado desde hace al menos 50 años. La tentación es encerrarlo en la cápsula del conocimiento. Esto, recordemos, es la garantía de su neutralización. Las denuncias de la primera mitad del siglo xx, que Benjamin hizo propias, fueron en parte resueltas por el éxito de la segunda mitad. El fascismo fue vencido. Pero otras regresan, o las mismas en nuevas formas. O en otros lugares, fuera de la Europa exitosa. ¿Qué hacer? Benjamin se preguntó hasta qué punto la política podía ofrecer a sus contemporáneos una «actualidad integral», esa que tenía todo el pasado dentro de sí, redimido. Aunque solo fuera como marco de acción. Para ordenarse según esta idea, hay que recordar, sin embargo, como seres particulares y como seres colectivos que somos, que la verdad mantiene su carácter efímero. Es decir: si no hacemos algo, se nos escapará. Y eso nos entrega aún más a la urgencia, y esta urgencia es acaso el único modo del presente que vale la pena reivindicar.

 

1. Benjamin: Tesis sobre la historia y otros fragmentos, trad. de Bolívar Echeverría, Itaca / UACM, Ciudad de México, 2008.

2. Benjamin: Origen del Trauerspiel alemán, trad. de Carola Pivetta, Gorla, Buenos Aires, 2012.

3. Benjamin: Diario de Moscú, trad. de Paula Kuffer, Ediciones Godot, Buenos Aires, 2019.

4. Aragon: El campesino de París, traducción de Noelle Boer y María Victoria Cirlot, Bruguera, Barcelona, 1979.

5. W. Benjamin: «La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica» en Estética de la imagen, La Marca, Buenos Aires, 2015

Publicado enCultura
Lunes, 21 Septiembre 2020 05:53

Historia desobediente

El presidente Donald Trump denunció la semana pasada que el gran historiador Howard Zinn –junto con otros progresistas– tiene la culpa de "desorientar y engañar a generaciones de estudiantes al adoctrinarlos con nociones izquierdistas y antipatrióticas" y llamó a "defender el legado de la fundación de Estados Unidos y enseñar a nuestros hijos la verdad sobre nuestro país".Foto del sitio de Internet https://www.howardzinn.org

El gran historiador Howard Zinn sigue siendo peligroso para las cúpulas a una década de su muerte, tan peligroso que el presidente acusó que él –junto con otros historiadores, periodistas y educadores progresistas– tiene la culpa de desorientar y engañar a generaciones de estudiantes al adoctrinarlos con nociones izquierdistas y "antipatrióticas" (el macartismo nunca está lejos).

En su discurso el jueves pasado dentro del Museo de los Archivos Nacionales –donde están exhibidos los documentos originales de la Declaración de Independencia y la Constitución– Trump atacó una serie especial del New York Times llamado Proyecto 1619 (por el año en que llegaron los primeros esclavos africanos a estas tierras), y las obras de Zinn.

“Nuestra misión es defender el legado de la fundación de Estados Unidos... tenemos que sacar la telaraña de mentiras en nuestras escuelas y aulas, y enseñarle a nuestros hijos la verdad magnífica sobre nuestro país… y que son los ciudadanos de la nación más excepcional en la historia del mundo”, declaró Trump.

Acusó que "turbas izquierdistas" que han tumbado estatuas de "nuestros fundadores" están buscando "bulear a estadunidenses para que abandonen sus valores, su herencia y su misma forma de vida". Afirmó que “la revolución cultural izquierdista está diseñada para derrocar a la revolución americana”.

Denunció que las protestas y expresiones de disidencia por la justicia racial en las calles hoy día “son un resultado directo de décadas de adoctrinamiento de izquierda en nuestras escuelas… Nuestros niños reciben instrucción de textos de propaganda, como aquellos de Howard Zinn, que buscan que los estudiantes se avergüencen de su propia historia”.

Por todo esto, Trump declaró que firmará una orden ejecutiva para restaurar la "educación patriótica en nuestras escuelas". O sea, cualquier crítica de la historia oficial –incluidos esclavitud, racismo, actos antimigrantes, sexismo y más– será considerada "antipatriótica" por Trump y sus aliados.

Claro, con esta óptica, no se menciona que gran número de los fundadores y héroes oficiales del país eran dueños de esclavos, ni tampoco que realizaron guerras y prácticas genocidas contra indígenas y posteriormente contra otros pueblos mas allá de las fronteras, ni su represión política y laboral, sus políticas antimigrantes hasta el presente.

Zinn –quien era colaborador de La Jornada– insistía en contar la historia de este país desde abajo (su gran obra, Peoples History of the United States, sigue siendo el texto de historia más vendido en este país), no sólo para criticar la versión oficial, sino también para revelar y destacar quiénes eran los héroes reales desde el inicio hasta hoy día, los cuales incluyen los rebeldes populares a lo largo de la historia de este país, una historia en gran medida invisible en las escuelas y hasta universidades estadunidenses (https://www.howardzinn.org).

“Tú dices que nuestro problema es la desobediencia civil, pero ese no es nuestro problema. Nuestro problema es la obediencia civil. Nuestro problema son el número de personas a través del mundo que han obedecido los dictados de los líderes de sus gobiernos y han ido a la guerra, y millones han muerto por esta obediencia... Nuestro problema es que la gente es obediente por todo el mundo frente a la pobreza y la hambruna y la estupidez y la guerra y la crueldad… Ese es nuestro problema”. Howard Zinn, mayo 1970.

Zinn es más peligroso que nunca ante un régimen que necesita borrar la historia real de su pueblo para imponer "la ley y el orden", sea, la obediencia civil, requisito para consolidar su proyecto de poder. La lucha por la conciencia histórica es parte esencial de la lucha por la democracia.

https://www.jornada.com.mx/ 2004/09/18/04091802.pdf

https://www.jornada.com.mx/ 2007/08/23/index.php?section=opinion&article=036a1mun

https://www.jornada.com.mx/ 2008/11/08/index.php?section=opinion&article=026a1mun

https://www.jornada.com.mx/ 2003/07/04/029a1mun.php?origen=index.html&fly=2

https://www.democracynow.org/shows/2006/ 2/20?autostart=true

Publicado enInternacional
Miércoles, 02 Septiembre 2020 05:32

Vietnam. A 75 años de la gran rebelión popular

Vietnam. A 75 años de la gran rebelión popular

El 2 de septiembre de 1945, el presidente Ho Chi Minh, frente a una multitud concentrada en la plaza Ba Dinh, de Ciudad Hanói, declaraba la Independencia de la República Democrática de Vietnam; apenas una semana después de culminada la Revolución de Agosto, en la que fueron derrotados los ejércitos de Japón y Francia. Una revuelta, que en términos políticos, abrió el camino del socialismo en Indochina.

La historia moderna de Vietnam se enlaza con los 100 años de colonización francesa y el proceso de resistencia que se dio sobre la base de algunos fenómenos muy puntuales que explican la lucha heroica de su pueblo: el ascenso como líder indiscutido de Ho Chi Minh; la creación del Partido Comunista de Indochina; la crisis al interior de Francia en el marco de la Segunda Guerra Mundial; la posterior ocupación nazi y la exitosa Revolución de Agosto de 1945. Un proceso devenido de la lucha contra un enemigo bicéfalo: el régimen colonial francés y el poderío militar japonés, coincidentes en el saqueo de los recursos naturales y la explotación de la clase trabajadora y campesina vietnamitas.

Bajo ese contexto, Ho Chi Minh dispuso que el Comité Central del Partido Comunista iniciara la insurrección armada; en un principio, dirigida contra Japón que ejercía el control absoluto del territorio de Vietnam. Al llamado de rebelión del Tío Ho acudieron miles de voluntarios; algunos, muy pocos, con experiencia en combate. Se diagramó una rutina de entrenamiento en las regiones montañosas y se estableció la base de comando en Bac Son, al norte del río Rojo.

El Viet Minh, surgido de la unión de las distintas fuerzas armadas revolucionarias, y liderado por el gran estratega Vo Nguyen Giap, constituyó, para 1944, una verdadera red de guerrilleros en las provincias del norte. Sin embargo, Ho Chi Minh ordenó aplazar la sublevación para intensificar primero las acciones de desgaste político, y luego sí lanzarse a la opción militar.

A comienzo de 1945, la derrota del eje Berlín-Roma-Tokio resultaba inevitable. En Francia, el gobierno de Vichy había caído y los japoneses eran derrotados tanto en China como en el Pacífico. Por entonces, Vietnam sufría la peor hambruna que su historia registre, fundamentalmente en las zonas de Tonkín y en las provincias septentrionales de Annam, donde en pocos meses murieron de hambre dos millones de personas.

En los grandes centros urbanos, en particular Hanói, Saigón y Hue, la agitación política no paraba de crecer. En la ciudad capital cada empresa tenía su sección obrera para la salvación nacional. Se constituyeron formaciones de choque y defensa entre los trabajadores y estudiantes. Se impulsaron huelgas y manifestaciones con presencia de armas entre los movilizados.

Para el verano de 1945, la efervescencia popular estaba en su punto más alto, y las acciones –tanto políticas como militares– se multiplicaron. El 13 de agosto, Japón capitulaba luego de perder Manchuria ante las fuerzas soviéticas y sufrir dos bombas atómicas en su territorio: Hiroshima y Nagasaki.

En todas partes, las organizaciones populares, unidades de guerrilla y de autodefensa se pusieron en acción. Fue una verdadera insurrección popular que se llevó a cabo desde el 14 al 25 de agosto. En cada comuna, en cada ciudad, la población se alzó en armas. Grandes masas de obreros, campesinos, estudiantes, comerciantes, artesanos tomaron sedes administrativas, fábricas, empresas y demás bastiones económicos y políticos del país.

El 23 de agosto de 1945, el rey Bao Dai abdicó. Dos días después, una delegación del gobierno popular, venida de Hanói y conducida por Tran Huy Lieu, recibió de manos de Bao Dai el sello y la espada dinástica, símbolos del poder real. La Revolución de Agosto triunfaba y ponía fin a 80 años de dominación colonial. Ho Chi Minh ante su pueblo victorioso declaraba la Independencia de Vietnam y convocaba a la unidad de su pueblo frente a la amenaza que volvió a emerger ni bien los franceses quisieron reconquistar sus antiguos dominios. 


A 75 años de la proclamación de Ho Chi Minh

El rol decisivo de las mujeres en la independencia y en la guerra de Vietnam

 

En el Sur lideraron la resistencia y libraron batallas políticas y militares; en el norte cuidaron heridos, enterraron muertos, movieron escombros y cosecharon arroz.

 

Por Paula Sabatés

 

Aún cuando no la narra Hollywood, a la historia de Vietnam siempre le falta una parte: la de que no hubieran sido posibles la independencia ni su victoria en la guerra sin la participación decisiva de las mujeres vietnamitas. A 75 años de aquel 2 de septiembre de 1945 en el que el presidente Ho Chi Minh proclamó la liberación del yugo colonialista francés, todavía es necesaria una reparación histórica que no sólo las reconozca como heroínas de las trincheras sino también como estrategas militares y guerreras entrenadas del propio campo de batalla.

Incluso mucho antes de la victoriosa Revolución de Agosto que dio vida a la entonces República Democrática de Vietnam, las mujeres vietnamitas habían jugado un papel crucial en la defensa de la nación tras la invasión china. A mediados del siglo I, las hermanas Trung Trac y Trung Nhi lideraron una rebelión contra el dominio de la dinastía Han. Doscientos años después, la “Juana de Arco vietnamita”, Trieu Thi Trinh, con sólo 23 años logró resistir con éxito durante un tiempo al estado chino de Wu. Más acá en el tiempo, en un arbitrario salto que deja atrás a otras tantas guerrilleras adiestradas en artes marciales y estrategia militar, la comandante general en jefe Bui Thi Xuan contribuyó a finales del siglo XVIII a la victoria contra cerca de 300 mil invasores chinos.

Con la creación del Partido Comunista de Vietnam, que desde 1930 lideró la batalla por la independencia de la Francia de las supuestas Libertad, Igualdad y Fraternidad, las mujeres volvieron a jugar un rol central. Protegieron las bases del Partido -que en uno de sus 10 puntos centrales postulaba la igualdad de géneros- pero además se organizaron en diversas agrupaciones propias, como la célebre Asociación de Mujeres Anticolonialistas que se dedicó al trabajo de propaganda y participó activamente de revueltas obreras. Hacia 1935, era tal el espíritu revolucionario entre las mujeres que una de ellas, Nguyen Thi Minh Khai, expresó ante delegados comunistas durante un Congreso de la Internacional en Moscú que “junto con los obreros y campesinos de nuestro país luchamos por obtener un salario igual al del hombre por un trabajo igual y contra los colonialistas que nos oprimen por la independencia total de nuestro país”.

En 1941 Ho Chi Minh creó el Vietminh, esa amplia alianza nacionalista con la que buscó combatir la ahora ocupación japonesa, coletazo de los devenires de la Segunda Guerra Mundial. Entonces la fuerza femenina se convirtió al nombre de Asociación de Mujeres por la Liberación Nacional en un proceso que la llevó a madurar como organización militar. Miles fueron arrestadas, encarceladas y asesinadas por desafiar al enemigo. Su participación en el movimiento de insurrección general fue decisivo para lograr la victoria. Una decena de guerrilleras recibió el título de “Héroe”, entre ellas Ho Thi Bi, Nguyen Thi Chien, Mac Thi Buoi y Vo Thi Sau. Sus nombres hoy son emblema de la resistencia popular.

Pero la paz duró poco en la República Democrática de Vietnam, que pronto vio reimplantada la amenaza colonial. La agresión francesa volvía y se quedaría en el país indochino durante nueve años más. De nuevo las mujeres fueron una fuerza decisiva en la estrategia militar. Se creó la Unión de Mujeres Vietnamitas que volvió a movilizarlas al campo de batalla y también les dio un lugar central en tareas de producción y abastecimiento. Según documentos del Museo de las Mujeres de Vietnam, de 1950 a 1954, en las zonas parcialmente liberadas, las mujeres dedicaron un total de 9.578.000 días laborales al transporte de alimentos y armas, de los cuales 2.381.000 fueron solo para la batalla de Dien Bien Phu, cuya gran victoria puso fin a la ocupación.

Tras la firma de los Acuerdos de Ginebra de 1954, Vietnam se dividió en dos: el Norte entró en un período de transición hacia el socialismo mientras que en el Sur, sumido en una dictadura capitalista, diversas facciones continuaron resistiendo a las fuerzas estadounidenses y luchando por la reunificación nacional. Hasta que sucedió, el papel de las mujeres vietnamitas fue distinto en uno y otro lugar, pero crucial en ambos frentes. Si en el Sur lideraron la resistencia en zonas rurales y urbanas y libraron batallas políticas y militares, en el Norte tuvieron un rol no menos relevante: reconstruyeron los escombros, cuidaron a los heridos, enterraron a los muertos y fueron las responsables de la producción de arroz. El 70% de la producción de comida en el Norte estuvo a cargo de las mujeres.

Se destaca en esos años la fuerza armada de mujeres que peleó por la liberación de Vietnam del Sur. Conocido popularmente como “El ejército del pelo largo”, fue definido por el “Tío” Ho como un grupo de combatientes “lo suficientemente astutas y valientes como para aterrorizar al enemigo”. Su principal dirigente fue Madame Nguyen Thi Dinh, oficial de alto rango del Frente Nacional de Liberación de Vietnam (FNLV), o Vietcong. En el Sur las mujeres representaron el 40 por ciento de la guerrilla y las milicias. Hubo más de cincuenta escuadrones femeninos y muchos pelotones de guerrilleras y combatientes de artillería en regiones rurales o montañosas.

Si bien en el Norte fueron menos las que salieron directamente a pelear, las trabajadoras asumieron con convicción política la importancia de su mencionada contribución productiva. Muchas se unieron al movimiento “Tres Tomas de Responsabilidades”, creado por la Unión de Mujeres para convertir al Norte en una sólida base de apoyo al Sur. Como contó la periodista Ines Nunes en un artículo que escribió luego de visitar Vietnam, “uno de los eslóganes de la Unión de Mujeres fue ´Let the women of the North shed more sweat so their sisters in the South could shed less blood´, algo así como ´Que las mujeres del Norte derramen más sudor para que sus hermanas de Sur derramen menos sangre´”.

Hasta el final mismo de la guerra desempeñaron un papel activo las mujeres vietnamitas. Y lo siguieron haciendo después: su rol fue central en la recomposición social de un país en el que la mayoría de los líderes de familia había muerto o desaparecido, y lo sigue siendo ahora, con los desafíos que enfrenta el Vietnam de hoy. Sin su heroísmo y tenacidad sería imposible explicar la victoria de un pueblo que enfrentó cientos de revueltas por la independencia nacional. Su historia, hasta ahora poco contada, es sinónimo de revolución. 

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Viernes, 26 Junio 2020 06:14

El honor perdido del señor Kawaguchi

El honor perdido del señor Kawaguchi

Historia de un jardín secreto en Bogotá

 

En un viaje a la costa colombiana que hice con mi hija hace un par de años, teníamos siete horas muertas de espera en el aeropuerto de Bogotá hasta enganchar la conexión que nos llevaría a Cartagena. Llamé a un buen amigo que tengo allá, el extraordinario Dos Erres, y él dijo que nos pasaba a buscar encantado y nos llevaba a pasear un rato. Confieso que llamé sin muchas esperanzas a Dos Erres porque es esa clase de personas que puede no contestarte mails o wasaps durante meses y de pronto aparecer como si nada, con el cariño de siempre.

Así apareció Dos Erres con su auto por el aeropuerto, así nos sumergió en el quilombo de tránsito que es Bogotá a las doce del mediodía y diez minutos después nos hacía entrar en un increíble jardín, una isla de silencio y paz, rodeados de rocas y verde. En el fondo había un estanque y un invernadero de orquídeas enanas, las famosas orquídeas enanas de Bogotá. En ese invernadero, nos contó Dos Erres, habían encontrado hacía poco, durante una refacción, un cuaderno escondido, escrito en japonés, por el hombre que había creado ese jardín un siglo antes. La dueña de casa contactó a la Embajada de Japón, ambas partes se reunieron y decidieron que había que mandar a hacer un libro sobre ese jardín y ese cuaderno. Porque, según la leyenda, ese jardín era obra del famoso Jardinero Imperial que Antonio Izquierdo le había birlado al Emperador del Japón en el año 1908, el primer japonés que había pisado suelo colombiano.

La historia fue así: en 1903, cuando los colombianos perdieron el Istmo de Panamá, entendieron que debían poblar urgente su frontera oeste, si no querían seguir perdiendo tierra. El problema era que ningún colombiano quería ir a ese páramo, así que el gobierno envió a Antonio Izquierdo a Japón, con la misión de traer cien mil inmigrantes nipones para ocupar esas tierras. Mientras tanto, en Bogotá, la Academia de Medicina discutía el asunto y llegó al siguiente, insólito veredicto: “Una mestización de sangre japonesa con los diversos elementos étnicos de nuestro país no daría resultados ventajosos ni en el aspecto morfológico, ni en el aspecto funcional y tampoco en la resistencia a las diversas influencias morbosas de nuestra zona. No es aconsejable para Colombia”. Izquierdo se enteró por telégrafo en Japón que su misión era un fracaso y se llevó de vuelta a Bogotá un Jardinero Imperial, como gesto simbólico: “Al menos traje un inmigrante japonés”. El susodicho, llamado Tomohiro Kawaguchi, no era “El Jardinero Del Emperador” exactamente, pero había trabajado ocho años en los Jardines Imperiales y otros ocho en la residencia del Conde Okuma, quien se lo había cedido graciosamente a su honorable huésped colombiano, en pos del entendimiento entre naciones.

Más que un jardinero, Kawaguchiera un botanista y un paisajista, lo que en Japón se conoce como ueki-shi. Según los fríos datos históricos, Antonio Izquierdo lo puso a trabajar en “el embellecimiento del Bosque San Diego”, propiedad suya, por supuesto, pero cedida a la ciudad para la Exposición Industrial de 1910, bautizada como Parque de la Independencia. Después de eso se le empieza a perder el rastro a Kawaguchi. La leyenda dice que siguió padeciendo el frío bogotano los ocho años siguientes, haciendo ocho jardines al mismo tiempo, en distintas mansiones de la ciudad y alrededores: ocho jardines privados que él entendía como una obra colectiva, pero sus dueños no. Eran todos ricachones dispendiosos, pero se celaban tanto entre sí que no soltaban un billete, para no favorecer a los demás. Kawaguchi respondía por todos los gastos mientras seguía trabajando: los operarios, los viajes en busca de plantas, el traslado de rocas, las horas y horas de experimentos en el invernadero-taller. Cuando su hijo llegó de Japón a ayudarlo encontró al padre durmiendo en un catre en aquel galpón ahora vacío, salvo un rincón donde seguía criando sus orquídeas enanas y otro donde seguía tallando a mano las rocas que no tenían la textura que él pretendía. Los ocho jardines estaban inconclusos y Kawaguchi estaba en quiebra.

El hijo le dijo: “Vamos a trabajar y a pagar todo lo que debes”. Convirtió el taller en vivero y puso a la venta las mil maravillas que había engendrado Kawaguchi en aquel laboratorio. Le ahorró a su padre la humillación y se puso él al mostrador mientras dejaba a Kawaguchi trabajar en un cubículo, a salvo de miradas curiosas, concentrado en los arreglos florales que hacía a pedido. Les llevó siete años saldar las deudas; a continuación, el hijo se llevó al padre de vuelta a su país. Según la correspondencia de Izquierdo, Kawaguchi no hizo más jardines como ueki-shi a su retorno a Japón.

Eso era todo lo que se sabía hasta ese momento, y había alta expectativa por saber qué decía el cuaderno. Alta expectativa es un decir: para la dueña de casa, lo más importante del libro eran las fotos de su jardín; el asunto del cuaderno lo había dejado en manos de la Embajada de Japón. Y para la embajada se estaba convirtiendo en un problema: ya habían fracasado dos traductores en trasladar el texto al castellano. Pero mi amigo Dos Erres estaba eufórico esa tarde que nos llevó a conocer el jardín, porque había logrado por fin conectarse con la legendaria Inés Solórzano, una antropóloga colombiana que, luego de doctorarse en Inglaterra en estudios sobre Asia Oriental se fue a vivir a Japón, donde tuvo a su cargo durante treinta años la cátedra de Culturas Comparativas de la Universidad Teikyo, en Tokio, hasta que fue invitada a presidir la Escuela de Estudios Orientales de Cambridge. Inés Solórzano iba a saber explicarlo todo. El libro sería perfecto, ahora que contaban con ella.

Unahora después embarcamos con mi hija a Cartagena y desde entonces no supe nada más. Cada dos o tres meses le mandaba un mail o un wasap a Dos Erres pidiendo novedades, pero él estaba desaparecido en el éter, en su mejor estilo, hasta que esta insularización universal logró el milagro: Dos Erres me escribió la otra noche, desde su departamento en Bogotá. Cruzamos unos audios, breves. Estaba un poco borracho así que mucho no se le entendía. El libro no va a salir, al menos por ahora. A él le dieron el olivo. Inés Solórzano estuvo más de un año con el cuaderno y lo devolvió compungida: el idioma en que estaban escritas esas páginas, si es que era japonés, era indescifrable. Incluso intentaron con un criptógrafo japonés y con otro occidental; ninguno pudo descifrarlo. Nunca sabremos lo que escribió Kawaguchi en ese cuaderno, ni lo que pensó en esos años bogotanos. Nunca sabremos cómo iban a ser esos ocho jardines y nunca sabremos tampoco, dijo la voz gomosa de mi amigo Dos Erresen el último audio, cuáles eran los otros siete, porque seguro que los respectivos dueños temen que su jardín haya quedado más inconcluso que los demás y, por estúpido orgullo bogotano, prefieren negarle al mundo esa obra sin terminar del maravilloso y enigmático ueki-shi Tomohiro Kawaguchi.

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Estanislao Zuleta: rebeldía intelectual y democracia radical.

Aquel sábado 17 de febrero de 1990, solitario en su apartamento del barrio Meléndez de Cali, Estanislao Zuleta dejaría de entregarle al mundo sus últimas expresiones de rebeldía intelectual. A 30 años de su partida, su obra se convertiría en precursora y dejaría aportes sugerentes para lo que luego sucedería: décadas después los colombianos hemos sido testigos de la transición de la guerra a la paz, de la superación parcial de la confrontación armada y la adaptación colectiva gradual a una saludable disputa ideológica.

Vivimos actualmente en medio de un maremágnum social, producto de un acumulado de luchas históricas libradas por décadas, traducidas en el ascenso de las movilizaciones, los movimientos ciudadanos, y una multiplicidad de demandas populares que reclaman cimentarse y superar el descontento espontáneo.

Los aportes de Estanislao Zuleta en el campo educativo, literario, y su crítica feroz al "dogmatismo mecanicista", son un desagravio  teórico, que es digno de ser rescatado en este siglo XXI, dominado por la inmediatez, la levedad y el conocimiento compartimentado por profetas, salvadores, y advenedizos “expertos”.

La conexidad con que Zuleta supo articular tan variados tópicos ayuda en tiempo presente a dotar de contenido a un conglomerado de iniciativas subalternas que en el plano cultural, económico, social, y político, de la Colombia contemporánea, no logran definir una identidad única que antagonice con el sentido común  hegemónico de las élites criollas.

Zuleta despreció los credos, las verdades reveladas, las ideas vedadas, el aburguesamiento y la domesticación de su pensamiento. Por eso prefirió pensar por sí mismo a convertirse en un cómodo administrador de ideas ajenas. En vida prefirió cuestionar, provocar y disfrutar de su papel de piedra en el zapato de lo predestinado, de lo establecido.

Estanislao marcó un hito en las ciencias sociales latinoamericanas por haber sido el precursor del maridaje entre el psicoanálisis freudiano y el marxismo, herencia de su profunda pasión por la obra de Jean Paul Sartre, para quien la dicotomía entre palabra y acción fue siempre paradójica, problemática. Reinterpretar el marxismo sin nociones esquemáticas, y sin determinismo, le permitió entender a este pensador antioqueño la importancia de la singularidad de los dramas particulares, asfixiados por la reduccionista “lucha del proletariado y los desposeídos contra el capital”.

Zuleta se dio cuenta de la necesidad de defender una democracia radical, por parte de las izquierdas en la sociedad colombiana, al  final de los años ochenta, en tiempos marcados por la Perestroika y el Glasnot soviético,  respuestas tardías a las fallas del capitalismo de Estado en la moribunda “cortina de hierro”.

Mientras Zuleta defendía las noción de democratizar la democracia y darle cabida a los disensos en la Colombia política dominada por el tándem liberal-conservador, en otras latitudes sus tesis coincidían cronológicamente, probablemente sin haberlas leído nunca, con las de nuevos pensadores adscritos al denominado postmarxismo[2] (Zizek, Laclau) que entendieron la necesidad de reinventar la izquierda haciendo del afloramiento de múltiples disensos la forma de ampliar los linderos de la participación popular y de romper con el desprecio del comunismo por la democracia representativa.

Zuleta dedicó la última década de su vida, sus últimos esfuerzos, a una incansable tarea pedagógica en materia de paz y democracia como asesor cultural y de derechos humanos de los Gobiernos de Belisario Betancur y Virgilio Barco. Su forma de leer el futuro democrático de la convulsa Colombia de finales de los años ochenta coincidía con el pluralismo agonístico de Chantal Mouffe, que defiende el sentido de lo político como conflictividad continua y hace una clara diferenciación entre enemigo y oponente, frontera que separa  al antagonismo del agonismo[3].

Su Conferencia en Santo Domingo (Cauca) ejemplificó su profundo compromiso por ensanchar las fronteras de la política, y lo político, en la sociedad colombiana. Aquel 14 de mayo de 1989 Zuleta, ante un puñado de guerrilleros en proceso de reincorporación, señalaba "Una característica esencial de la mentalidad democrática, en un sentido moderno, es la aceptación del pluralismo por la sola razón de la imposibilidad de conseguir la unanimidad. Los hombres, los partidos, los grupos de intereses, piensan distinto; las gentes tienen diversas opiniones, creencias, religiones, gustos. Someternos a una sola idea o creencia produce terror absoluto, aunque por el terror es imposible someter al ser humano”[4].

 

Ese carácter indómito de la obra de Zuleta lo llevó no solo a enfilar baterías en sus escritos, intervenciones, y conferencias contra el establecimiento liberal-conservador, sino contra los aparatos burocráticos, los comités sindicales, y  todo lo que él categorizaba como los “especialistas en revolución", de raigambre estalinista en su mayoría[5]

Para Estanislao era inconcebible la coalescencia entre el igualitarismo abstracto del socialismo real, y la defensa férrea que la teoría de Marx hacía del individualismo radical, una interpretación que se acercaba de forma más concreta a los problemas reales del hombre.

Sus cuestionamientos principales a estas estructuras, a las cuales enfrentó

durante su paso por el Partido Comunista (PC) de Gilberto Vieira, se centraban en dos aspectos: 1) la idealización que realizaban de los desfavorecidos, a quienes consideraban, como bien lo señala Eduardo Gómez   “una especie de sector predestinado a realizar la revolución”[6]; 2) la supresión que éstas estructuras ejercían sobre cualquier resquicio de individualidad, y de diferenciación, entre los miembros que componían a tan homogéneas colectividades.

Como era de esperarse dichos desencuentros dialécticos en el seno del PC, lo llevaría a abandonar sus filas en 1963 y a crear, junto a Mario Arrubla y Oscar Hernández, su propio partido: el Partido para la Revolución Socialista, disuelto en 1965 por las acaloradas discusiones internas, en las cuales un sector influenciado por el triunfo de la revolución cubana, el nacimiento de las Farc, y el auge de las guerrillas en Latinoamérica abogaba por la defensa de la lucha armada como única forma de alcanzar el poder, al fragor de los albores del Frente Nacional.  

El alzamiento armado unilateral de las guerrillas, realizado de manera inconsulta con el pueblo que decía defender, se hacía intolerable para un demócrata radical como Estanislao. Ya entrados los comienzos de los ochenta, en su célebre ensayo “Sobre la guerra, esa borrachera colectiva” Zuleta maduraría ese distanciamiento a todo intento armado por acallar al otro al afirmar "Es preciso, por el contrario, construir un espacio social y legal en el cual los conflictos puedan manifestarse y desarrollarse, sin que la oposición al otro conduzca a la supresión del otro, matándolo, reduciéndolo a la impotencia o silenciándolo”[7].

Zuleta abandonó este mundo hace 3 décadas, sin presenciar como se cayeron a pedazos los vaticinios del nuevo orden mundial: no hubo fin de las ideologías, ni un idílico mundo sin guerra fría, sin conflictos y sin contradicciones.

Si todavía siguiera vivo,  es aventurado asegurar el papel que jugaría Estanislao Zuleta en estos tiempos de posverdad, pospolítica, y neoliberalismo en proceso de reformulación[8]. Podríamos atrevernos a lanzar una arriesgada hipótesis: probablemente sería un agudo crítico y polemizador vetado por los Gobiernos de turno, un burgués en continua rebelión contra esta absurda realidad que vivimos, dedicado a decirle a las ovejas que desconfíen profundamente de todos los pastores que quieren cuidarlas.

Por: Felipe Pineda Ruiz[1]

 

[1] Publicista, investigador social, colaborador de la Fundación Democracia Hoy. Director del laboratorio de iniciativas sociales y políticas Somos Ciudadanos. Editor de www.democraciaenlared.com

[2] Corriente teórica que reformula las tesis del marxismo clásico, y el determinismo que éste atribuye a la clase obrera como bloque hegemónico del cambio. En su lugar el postmarxismo reivindica la lucha de la multiplicidad de resistencias e identidades colectivas por encima del homogéneo proletariado. El libro “hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia” (1985), de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe ahonda en las profundidades de este concepto.

[3] Mouffe, Chantal (1999), El retorno de lo Político. Paidós, Barcelona, 1999, ps. 207

[4] Conferencia dictada por Estanislao Zuleta el 14 de mayo de 1.989

 en Santo Domingo (cauca), en la denominada ciudadela de la paz, campamento del movimiento insurgente M-19, previo a la firma del armisticio entre el Gobierno Nacional y esta guerrilla.

[5] Zuleta, Estanislao (1985). Sobre la idealización en la vida personal y colectiva : y otros ensayos. Procultura S.A, Bogotá, Colombia, p.59.

[6] Gómez Eduardo (2011). Memorias críticas de un estudiante de humanidades en la Alemania Socialista & Zuleta: el amigo y el maestro. Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia, p. 59.

[7] Zuleta, Estanislao (1989). “La guerra, esa borrachera colectiva”, texto incluido en el libro Elogio de la Dificultad y Otros Ensayos de Hombre. Nuevo editores, Bogotá, Colombia.

[8] Como ha sucedido tantas veces, el gran capital mundial, y sus organismos multilaterales, han vuelto a hablar de capitalismo con “rostro humano”. Las recientes declaraciones de Kristalina Georgieva, presidenta del Fondo Monetario Internacional, de Christine Lagarde, nueva presidenta del Banco Central Europeo, y el Manifesto de la última reunion del Foro Económico Mundial, celebrado en Davos, dan cuenta de este nuevo salvavidas teórico al neoliberalismo global.

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"Ya no se trata de ganar elecciones, sino de construir una nueva historia desde abajo"

Es uno de los críticos más persistentes de los gobiernos de izquierda que gobernaron países latinoamericanos, especialmente por sus métodos de desarrollo económico. Explica, a la vez, dónde se ha producido la brecha para el retorno de la derecha. Fue uno de los principales constructores del movimiento Alianza País que elevó a Rafael Correa a la presidencia de Ecuador, y ejerció como presidente de la Asamblea Constituyente que otorgó a este país una nueva Constitución. Vivió, desde dentro, el proceso de burocratización y destitución de los movimientos sociales, promovido por las izquierdas hegemónicas del continente. Alberto Acosta está entusiasmado, pero no se engaña, por los recientes levantamientos populares, que en su opinión, refuerzan que toda una sociabilidad y un modelo económico se han agotado. Economista y autor de varios libros, advierte del espectro de la militarización en todo el continente y proporciona algunos elementos que considera fundamentales para construir un nuevo momento político positivo para las masas.


-Correio da Cidadania: El llamado fin del ciclo de gobiernos progresistas fue sucedido por el retorno de la derecha, en algunos casos, como en Brasil, el más reaccionario y virulento desde el fin de la dictadura militar. ¿Qué explica esta dinámica en su visión y qué podemos visualizar como expectativas generales para el 2020?
Alberto Acosta: Para entender lo que está sucediendo en este momento en América Latina, especialmente en los países donde la derecha ha reemplazado -en algunos casos increíblemente rápido- a los gobiernos progresistas, como en los casos de Brasil y Bolivia, hay preguntas complementarias: ¿Por qué se han derribado estos procesos tan rápidamente? ¿Cómo se explica el ascenso de una ultraderecha que ya ha dejado de ocultar o esconder sus propuestas autoritarias, conservadoras y también neoliberales con prédicas homofóbicas y racistas?


Más allá de las indiscutibles acciones desestabilizadoras del Imperio, que se suman a la influencia del "cristo-neofascista internacional", en palabras del teólogo español Juan José Tamayo, algo no funcionó en la América Latina progresista en los años anteriores. Se ha hablado mucho sobre la revolución y el socialismo, incluyendo la democracia. Sin pretender agotar el tema, es evidente que los gobiernos progresistas no han logrado democratizar sus sociedades, en algunos casos incluso han pulverizado la institucionalidad política a la que se proponían cambiar a través de procesos constituyentes, como en Venezuela y Ecuador.


La corrupción ha estado presente de manera escandalosa en toda la región, incluso en esos gobiernos. Y el deseo de mantenerse en el poder contribuyó a la configuración de regímenes caudillistas y autoritarios, que en algunos casos para mantenerse terminaron por coincidir con las fuerzas conservadoras y la derecha corrupta, como ocurrió en Brasil en las alianzas del PT con el PMDB.


Pero hay más en el fondo. Los gobiernos progresistas no intentaron superar las estructuras tradicionales de sus economías primarias exportadoras, al contrario, las profundizaron: el extractivismo fue la fuente de ingresos para sostener los esquemas neo-desarrollistas y expandir las políticas sociales, en un marco de creciente consumismo financiado, mientras duró el ciclo de altos precios de las materias primas.


En resumen, el financiamiento de estas economías descansaba cada vez más en las exportaciones de productos primarios y en la atracción de inversiones extranjeras, aceptando una inserción subordinada en el comercio mundial y, de paso y en la práctica, una acción limitada por parte del Estado; la expansión del extractivismo vino de la mano de claras tendencias desindustrializadoras y un aumento de la fragilidad financiera. Y como bien sabemos, han consolidado un Estado que no sólo es rentista, sino también prácticas empresariales rentistas, esquemas que van acompañados de relaciones sociales clientelares y gobiernos autoritarios. El resumen es: más extractivismo, menos democracia, independientemente de si son gobiernos neoliberales puros o progresistas.


Para completar este escenario, con los gobiernos progresistas la lógica de la acumulación de capital no se ha visto afectada: a pesar de haber reducido la pobreza mientras había recursos para sostener las políticas sociales, y el consumismo, la concentración de la riqueza ha alcanzado niveles crecientes (tendencias que también se han registrado en los países de los gobiernos neoliberales).


Como señalamos con Eduardo Gudynas -en la búsqueda de causas para entender la derrota del PT en Brasil y las secuelas del triunfo del Bolsonaro para la región- todo esto explica por qué el neo-desarrollo -mientras duró el largo ciclo de altos precios de las materias primas- fue apoyado tanto por los sectores populares como por la élite empresarial: Lula da Silva fue aplaudido, por diferentes razones, tanto en los barrios pobres como en el Foro Económico de Davos.


En la práctica, uno de los dispositivos que posee el capitalismo para construir hegemonía, es su capacidad -especialmente durante el pico del ciclo capitalista- de reducir la desigualdad entre los trabajadores sin tocar la desigualdad entre ellos y las clases dominantes; tal capacidad es reconocida como -en palabras del gran economista peruano Jürgen Schudt- la hipótesis del "hocico de lagarto": un hocico compuesto de una mandíbula superior que refleja la alta desigualdad de la riqueza, que es rígida (casi estructural) y sólo se mueve ante cambios igualmente estructurales en las relaciones de propiedad de esta riqueza; y una mandíbula inferior que recoge la cambiante desigualdad de ingresos, que disminuye gracias a la amplitud de las etapas de pico (el "lagarto capitalista" suelta su presa cuando tiene mucho que comer), y aumenta debido a la escasez en las etapas de crisis (el "lagarto" aprieta su presa); todo ello en medio de un ciclo capitalista que se vuelve más volátil e inestable en sociedades extractivistas como las latinoamericanas.


Al mismo tiempo, el desarrollismo progresista, establecido en profundas raíces coloniales y sobre bases extractivistas cada vez mayores, se sustentó en controles crecientes y severos sobre la movilización ciudadana, en la criminalización de quienes se oponían a la expansión del extractivismo, así como en la flexibilización de las normas ambientales y laborales para atraer la inversión. Esto debilitó la base de las fuerzas sociales con capacidad de transformación. Todo esto ha abierto el camino para el surgimiento de la actual restauración conservadora, que en realidad comenzó durante los propios gobiernos progresistas -basta recordar cómo el correaísmo se opuso a la introducción de la posibilidad legal del aborto por violación en el Ecuador.


Aceptemos, por lo tanto: los progresistas, que surgieron de matrices de izquierda, al final simplemente administraron gobiernos que en esencia buscaban modernizar el capitalismo.


-Correo de la Ciudadanía: Sin embargo, donde la derecha ha recuperado el poder central, las tensiones sociales y los levantamientos populares han aumentado. ¿Qué explica esta dinámica en su opinión y qué expectativas podemos tener para el 2020?
Alberto Acosta: Con la llegada de la crisis económica desatada por la caída de los precios de las materias primas en el mercado mundial, las condiciones sociales se deterioraron y con ello la estabilidad política: si bien el consumismo era bastante desbordante, dicha estabilidad parecía segura y el progreso estaba en buena salud. La estabilidad política se vio afectada por este cambio de ciclo económico.


Un caso digno de mención es el de Argentina: en este país se sustituyó un gobierno progresista por uno neoliberal, el de Macri, que al fracasar rotundamente permitió el retorno del progresismo, contradiciendo a quienes creían que la fase de tal espectro había terminado. Desde otra perspectiva, es interesante observar que en Ecuador, donde el cambio de gobierno tuvo lugar dentro del mismo partido progresista, al concluir una fase de autoritarismo exacerbado -al pasar del gobierno de Correa al de Lenin Moreno- muchas organizaciones sociales anteriormente reprimidas con dureza pudieron reconstruir sus fuerzas.


Y, ciertamente, una vez terminada la bonanza progresista, el neoliberalismo encontró el terreno propicio para su resurgimiento con creciente fuerza; aunque también hay que señalar que en ciertos casos, como en el mismo Ecuador, se dejó la puerta entreabierta para este retorno, en la medida que el correaísmo alentó las privatizaciones de los grandes puertos o la entrega de los campos petroleros a las empresas transnacionales, abrió de par en par la puerta a la megaminación, reintrodujo elementos de flexibilización laboral, firmó un TLC (Tratado de Libre Comercio) con la Unión Europea... Finalmente, el país experimentó una especie de "neoliberalismo transgénico": un Estado fuerte sirvió para introducir algunos de los objetivos neoliberales más esperados.


Es decir, con los progresistas no hubo paso a las transformaciones estructurales que permitieran -al menos para empezar- construir bases económicas, sociales y políticas más sólidas para superar la dependencia extractiva y sus secuelas. Tampoco se han visto afectadas las estructuras de acumulación de capital, exacerbadas por el extractivismo desvergonzado: la minería, el petróleo, la agroindustria... Además, el progresismo, con sus políticas de disciplina social y de criminalización de los defensores de la naturaleza, ha debilitado las bases de la organización social, afectando a aquellos grupos que alguna vez se enfrentaron al neoliberalismo.


En este escenario, aprovechando el debilitamiento del progresismo y ante el deterioro de las fuerzas sociales con capacidad transformadora, las derechas retoman directamente al poder y desde allí emprenden políticas económicas que en esencia buscan aumentar aún más las condiciones de acumulación de capital, transfiriendo el costo del ajuste a los sectores populares y a la naturaleza, como ocurre una y otra vez en nuestra historia. Es decir, el "hocico de lagarto" se cierra de nuevo.


En este punto surgen muchas de las recientes luchas populares, exacerbadas también por la inviable promesa de progreso y desarrollo propia de la Modernidad. Así, tales acciones, con múltiples expresiones simbólicas, con contenidos diversos y particulares en cada país, caracterizaron el turbulento año 2019 y marcarán el del 2020, en el que la represión en sus múltiples formas estará en manos de la derecha y la sorpresa -como veremos más adelante- a cargo de las masas.


Este será un año en el que, sobre todo, debemos tener la capacidad de diferenciar lo que el progresismo realmente propone de lo que presentan los izquierdistas. Para enfrentar al neoliberalismo y sobre todo a las fuerzas de la ultraderecha, se pueden construir amplias alianzas que, aun así, no deben confundir a la izquierda en la conquista de su objetivo postcapitalista.


-Correio de la Ciudadana: ¿Cómo vio los levantamientos masivos en Colombia, Ecuador y Chile y qué es lo que tienen de más profundo?
Alberto Acosta: Son procesos alentadores. Son definitivamente alentadoras. A pesar de ciertos rasgos comunes, son procesos únicos y en cierto modo irrepetibles. Tales levantamientos son demostraciones de la capacidad de las sociedades en movimiento, con potenciales enormes e incluso impredecibles. De hecho, estos levantamientos no surgen de planes preconcebidos, y menos aún están inspirados en la lógica repetitiva del funcionamiento de muchas organizaciones sociales y políticas tradicionales. Estos levantamientos sorprendentes e innovadores, muestran que se puede dar un nuevo impulso a muchas acciones de lucha que de tan agotadora repetición, han pasado del ámbito de la constancia a convertirse sólo en una somnolienta y hasta tediosa obstinación.


Una característica de estos levantamientos es la sorpresa, no tanto por el asombro que han causado, incluso para aquellos que buscan leer con atención la evolución política y social, sino porque han influido en varios gobiernos? Este es el mayor potencial: la sorpresa como herramienta indispensable para lograr el progreso, que perdurará mientras la sociedad en movimiento mantenga una alta creatividad y, ciertamente, que haya claridad en los objetivos estratégicos a alcanzar, lo cual, insistimos, no puede ser una simple reedición actualizada de viejas propuestas, y menos aún la repetición cansadora de las mismas tácticas.


En estos países, a los que podemos añadir a Haití, se han producido varias situaciones explosivas durante mucho tiempo, pero no parecían tan potentes como para que pudiéramos anticipar una explosión de la magnitud que hemos experimentado en los últimos tiempos. En cada caso hay varios detonantes, como la eliminación de los subsidios a los combustibles en Ecuador o el aumento del precio del metro en Santiago, que encendieron la chispa para descubrir realidades muy complejas. En el caso colombiano y chileno, la cultura de la protesta es la dura experiencia del neoliberalismo, sin duda. En otros casos, como el ecuatoriano, la receta no sólo se nutre de ingredientes neoliberales, sino de una perversa mezcla de neoliberalismo con elementos propios del progresismo, que en el caso boliviano construyó el escenario del golpe de Estado por la falta de respeto del gobierno de Evo Morales a sus propias construcciones institucionales.


-Correio de la Ciudadana: ¿Hay algún elemento que pueda explicar estos levantamientos en América Latina relacionados con otros procesos en el planeta?
Alberto Acosta: Ese es un punto clave. El mundo, y no sólo América Latina, se ve sacudido por levantamientos que van más allá de los escenarios predecibles y que no pueden ser leídos con las herramientas tradicionales.
Por lo tanto, es urgente abordar tal evolución sin caer en análisis simplistas o generalizaciones que borren las especificidades, ni esperar a tener todos los elementos que permitan comprender la plenitud de tales procesos. Es el momento de interpretar lo que sucede para sacar conclusiones y lecciones al mismo tiempo que nos permitan actuar frente a desafíos de gran complejidad.


Este enfoque debe hacerse desde una perspectiva latinoamericana, tratando de identificar los mínimos denominadores comunes de estos procesos. Esta es la tarea urgente para construir alternativas de izquierda y enfrentar a la derecha.
Existen múltiples focos de indignación y frustración en un mundo que está experimentando una crisis multifacética: ecológica, social, económica, política... Una crisis que supera en todos los aspectos las conocidas crisis cíclicas propias del capitalismo y prefigura los cambios civilizadores. Las causas pueden ser diversas en cada caso, pero algunas reacciones y muchas de las confrontaciones con el orden establecido muestran algunos rasgos similares.


La institucionalidad política está en crisis. La democracia, independientemente del número de elecciones que se celebren, parece estar en modo avión, es decir, desactivada en la práctica. Los partidos políticos se han atrincherado en la defensa de sus intereses, al igual que los grandes medios de comunicación, que se niegan a entender lo que significan las sociedades en movimiento y el origen profundo de los levantamientos en marcha. La corrupción corre libre.


Las promesas de bienestar de la modernidad se ahogan en una realidad cada vez más deshumanizada y destructiva. Las élites gobernantes - políticas y empresariales - responden con una violencia creciente y profundizan los conflictos con su vandalismo neoliberal. Y en este escenario la frustración, especialmente en la juventud, en sus múltiples facetas alimenta las acciones de resistencia y protesta.


-Correio da Cidadania: ¿Por qué estas revueltas son difusas e involucran a diversos sectores de la sociedad, relegando a un segundo plano a los partidos, sindicatos y movimientos sociales más hegemónicos?
Alberto Acosta: Estos nuevos procesos se están llevando a cabo en muchas partes de nuestra América. Definitivamente, la frustración popular creada y acumulada por la civilización de la desigualdad y el daño que está dejando en la periferia del mundo, han generado las condiciones para una explosión social que hace temblar la escena política. “Esta movilización popular -como escribí en un artículo para introducir la lectura de la realidad ecuatoriana, con John Cajas-Guijarro- equivale a un terremoto que mueve y cuestiona los fundamentos de nuestras sociedades injustas e inequitativas, e incluso cuestiona las viejas formas y conceptos utilizados para entender a los sectores populares y su sufrimiento”.


Aquí -como ya se ha señalado- el reduccionismo es inadmisible, ya que oscurece el panorama e impide la construcción de estrategias que potencien esta ola de luchas de resistencia y de re-existencia. La lista de problemas y frustraciones acumuladas es larga y no se reduce a una u otra medida económica o política en particular, que, como ya se ha mencionado, pueden ser los detonantes de una explosión social, no su última causa.


Por lo tanto, sin que ello signifique la única o mayor explicación, el deterioro económico está en la raíz de muchos de estos procesos. Al desempleo y la miseria que surgen de este empeoramiento se suman las políticas económicas que aumentan la explotación del trabajo y la naturaleza. Pero la raíz del problema tiene muchas más aristas. El peso de las estructuras clasistas, patriarcales, xenófobas, racistas, etc. persiste e incluso emerge con doble fuerza, en oposición a las múltiples protestas libertarias, ya sean feministas, indígenas, ecologistas, campesinas, laborales.


A su vez, la propia violencia extractiva es un proceso interminable de conquista y colonización, que explica tanto el autoritarismo -progresista o neoliberal- como la corrupción, y da paso a una creciente resistencia territorial. Luchas que también están empezando a inundar las zonas urbanas: la reciente revuelta en Mendoza, Argentina, contra las megaminas es uno de los ejemplos más recientes. Definitivamente, la pobreza, la desigualdad, la destrucción de las comunidades y la naturaleza van de la mano de las frustraciones de grandes grupos - especialmente los jóvenes - movilizados sin nada que perder, porque incluso el futuro les ha robado.


Entender tal complejidad no es fácil. Aunque acojo con satisfacción estos levantamientos, en ningún caso surgen mecánicamente de ellos claras salidas democráticas; por ejemplo, el controvertido proceso constituyente chileno sigue siendo una oportunidad llena de amenazas aunque esté controlado por las mismas élites gobernantes. Lo que es más evidente es que la violencia estatal está creciendo rápidamente y hasta las sombras de la militarización de la política se ciernen como una constante en varios rincones de Nuestra América, desde Brasil hasta Ecuador, desde Venezuela hasta Bolivia, desde Chile hasta Colombia.


Dentro de esta complejidad observamos el agotamiento de una modalidad de acumulación y sus sistemas políticos -progresivos o neoliberales- sustentados en profundas estructuras injustas y coloniales y forzados a niveles explosivos por las insaciables demandas del capitalismo global. Como bien observa Raúl Zibechi: "las revueltas de octubre en América Latina tienen causas comunes, pero se expresan de manera diferente.


Responden a los problemas sociales y económicos que generan el extractivismo o la acumulación por despojo, la suma de los monocultivos, la minería a cielo abierto, las megaciudades de infraestructura y la especulación inmobiliaria urbana”.


Son problemas que nacen de las contradicciones del capitalismo periférico, bajo el cual los países latinoamericanos se ven constantemente empujados a perpetuar su carácter de economías primarias de exportación, siempre vulnerables y dependientes, que tienen tanto el autoritarismo, como la violencia y la corrupción, como condiciones necesarias para su cristalización. Al mismo tiempo, persiste la lógica perversa de que se privatizan las ganancias y se socializan las pérdidas, siempre con la complicidad entre el Estado y los grandes grupos de poder económico y político. Mientras tanto, la posibilidad de cristalizar patrones consumistas propios de un "modo de vida imperial" se diluye en la imaginación de amplios segmentos de la población, lo que sólo puede lograrse mediante la sobreexplotación del trabajo y de la naturaleza, lo que de hecho es algo irrepetible en general.


Ante tal injusticia e indolencia de poder, cuando las estructuras políticas se han vuelto hambrientas de poder por el poder, ¿qué le queda al pueblo más allá de la resistencia y la protesta?


-Correo de la Ciudadanía: ¿Está usted de acuerdo con la idea de que América Latina pierda su papel global en la actual reorganización económica que está sufriendo el planeta? ¿A qué estamos relegados?
Alberto Acosta: Aceptémoslo: América Latina nunca ha tenido un verdadero liderazgo mundial en términos de una reorganización de la economía mundial. Esta región ha sido condenada desde las horas más remotas del capitalismo - hace más de 500 años - como un sumiso proveedor de materias primas. La realidad no ha cambiado en absoluto. Por el contrario, con los regímenes neoliberales y progresistas, como ya se ha mencionado, la lógica del extractivismo y el desarrollismo ha dominado el imaginario político de la región en las últimas décadas. Las conquistas y la colonización son constantes en Nuestra América.


En este punto es lamentable ver la incapacidad de los gobiernos progresistas para dar paso a una sólida evolución integracionista. Esto habría permitido que la región se posicionara como un bloque poderoso en el contexto mundial. Los discursos sonoros no superaron las acciones de sumisión neoliberal. La neoliberal IIRSA (Iniciativa para la Integración Regional Sudamericana) se convirtió en COSIPLAN (Consejo Sudamericano de Infraestructura y Planificación), en esencia también neoliberal al asegurar la vinculación de varios recursos de la región con las demandas del capital transnacional y los mercados metropolitanos.


Brasil, por ejemplo, durante el largo período de gobierno del PT, lejos de ser un motor de un proceso de integración regional, ha profundizado sus prácticas subimperialistas en el continente, mientras que en el interior ha expandido el extractivismo, generando un proceso de clara desindustrialización. Todo esto ha profundizado las condiciones tradicionales de dependencia del mercado mundial.


-Correio da Cidadania: ¿Cuáles serían las alternativas al marco político y económico imperante? ¿Qué ventanas parecen ofrecerse para la apertura de un nuevo período histórico que va en la dirección opuesta a las imposiciones de este modelo de capitalismo y por qué son necesarias?
Alberto Acosta: Mientras los diferentes grupos de poder, aparentemente, se preparan para imponer el capitalismo total a través de varias formas de autoritarismo, incluyendo la de corte fascista, las luchas populares necesitan organizarse y verse a sí mismas como luchas de múltiples dimensiones. Deben asumir simultáneamente una dimensión clasista y ambiental (trabajo y naturaleza contra el capital), una dimensión descolonial (como la histórica reivindicación indígena), una dimensión feminista y antipatriarcal, una dimensión opuesta a la xenofobia y al racismo... Definitivamente, una lucha múltiple que debe buscar un mañana más justo para todos y todas. Una lucha que, partiendo de la rebelión, es la semilla de un nuevo futuro.


Dentro de este nuevo futuro, un elemento clave es la urgente necesidad de construir y planificar una nueva economía, al servicio de la vida humana -individuos y comunidades- y siempre en estrecha armonía con la naturaleza: la justicia social debe ir siempre acompañada de la justicia ecológica, y viceversa. La construcción de esta nueva economía es crucial, ya que la economía dominante en la civilización actual ahoga el mundo humano y natural, mientras acumula capital y poder en beneficio de pequeños segmentos de la población. Y mientras tanto, los desposeídos del sistema no tienen otro remedio para evitar morir en el olvido que luchar por el colapso de una economía que, siempre, busca salir de su crisis sacrificando vidas -e incluso la naturaleza- para sostener el poder de unas pocas élites.


En definitiva, lo que está claro es que la premisa descolonizadora y despatriarcalizadora, elementos fundamentales para superar la explotación de los seres humanos y la naturaleza por el capital, exige la refundación de los Estados nacionales coloniales, oligárquicos y capitalistas para que estas transformaciones no queden simplemente en los discursos. No se trata simplemente de ganar elecciones para acceder al poder, sino de construir el poder desde abajo, desde la izquierda y siempre con la Pachamama (la madre tierra) para impulsar un proceso de radicalización permanente de la democracia.


Por consiguiente, es urgente construir una nueva historia en el camino, que necesita una nueva democracia, pensada y sentida a partir de los aportes culturales de las diferentes comunidades, en particular de los pueblos marginados, ya que ellos son los creadores; es decir, una democracia inclusiva, armoniosa y respetuosa de la diversidad.


Todo ello en el marco de propuestas de transformaciones profundas y civilizadoras, en las que se debe hacer hincapié en garantizar simultáneamente la pluralidad y la radicalidad. Una tarea que no será posible de la noche a la mañana, sino a través de sucesivas aproximaciones, que enfrenten a todas aquellas máquinas de muerte que amenazan la supervivencia humana y la vida en el planeta. Requerimos acciones que fusionen las luchas de resistencia con acciones de re-existencia a nivel local, nacional, regional e internacional... Para hacer frente a la "internacional de la muerte" necesitaremos una "internacional de la vida", de una vida digna para todos los seres humanos y no humanos. Este esfuerzo debería liberar a las fuerzas sociales que ahora están atrapadas en diversas instituciones del poder estatal, mejorando sus capacidades de autosuficiencia, autogestión y autogobierno. Todo esto exige no sólo inteligencia en la crítica, no sólo profundidad en las alternativas, sino sobre todo la acción creativa de las fuerzas políticas que hacen posible estos procesos emancipatorios.

 

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Sábado, 28 Diciembre 2019 07:43

Un presente con futuro si luchamos por él

Eduardo Esparza, de la serie “Desentierros” (Cortesía del autor)
 Publicamos una selección de los artículos más leídos durante el 2019. Fueron seleccionados de los periódicos desdeabajo ediciones 253-264 y Le Monde diplomatique, edición Colombia ediciones 185-196.

 

“Aquí viene el árbol, el árbol
de la tormenta, el árbol del pueblo.
De la tierra suben sus héroes
como las hojas por la savia,
y el viento estrella los follajes
de muchedumbre rumorosa,
hasta que cae la semilla
del pan otra vez a la tierra (1).



Hace ya dos siglos, en medio de condiciones adversas, algunos de quienes acometieron el reto de enfrentar al rey de España y sus designados en estas tierras, virreyes y otros burócratas, terratenientes rodeados de sus ejércitos opresores, usurpadores del trabajo de indígenas y otros pobres, así como de los miles de miles de esclavizados traídos en contra de su voluntad desde África, recorrieron este territorio, observaron, discutieron, estudiaron a los eruditos de su época como de otras, meditaron y se atrevieron.


No fue fácil. En medio de persecuciones, ataques de todo tipo (terroristas, dirían de ellos hoy), destierro, cárcel, lograron por un tiempo materializar sus sueños, no para ellos sino para el conjunto de quienes habitaban estos territorios, cuyas descendencias, indígenas, cholas, campesinas, mestizas, blancas, hombres y mujeres, aún hoy requieren la concreción plena de la utopía de un territorio integrado, forjado en justicia y garante de soberanía popular, una patria que haga posible el “Supremo sueño de Bolívar”, como diría Augusto César Sandino, general rebelde que proyectó una alianza de todos los Estados hispanoparlantes de la región para oponerse y superar la Doctrina Monroe, una alianza que pasados los años debería dar paso a una federación, sin perder de vista que el mundo sea nuestra patria (2).


En los escritos de Miranda, Nariño y Bolívar están plasmadas sus visiones con extensión en el tiempo. En sus acciones fundieron con marca indeleble el ejemplo de que la palabra con la acción impide que el polvo de la historia oculte la vitalidad de lo proyectado, entre ello, sueños de una región integrada, en libertad, en soberanía plena, con igualdad y bienestar para el conjunto humano que la habita.


Sueño de un país-región integrado de manera propositiva al mundo. País-región donde los Derechos Humanos, los de ayer (civiles y políticos), sean una realidad, pero también lo sean otros reconocidos décadas después, producto de las luchas de varias generaciones de trabajadores, de mujeres en pugna por la igualdad, de pueblos resueltos a defender su libertad, derechos conocidos como económicos y sociales. Suma de reconocimientos que también integran los derechos ambientales, culturales y otro conjunto de los que han quedado integrados en los convenios de la ONU y sus organismos adjuntos.


Así lo hicieron quienes movilizaron todas sus energías tras una América como patria común, regida con independencia y plena de libertad y justicia, proyectando como Patria Grande el territorio inmediato donde habitaron (Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, además de Panamá, república producto de las maniobras de los Estados Unidos por controlar y dominar nuestro destino). Al celebrar el Segundo Bicentenario de la Independencia (1819) y la aprobación dos años después, de la Primera República, es necesario, en perspectiva del país de hoy y del soñado para regir bajo una Segunda República, proyectar el país del futuro y con los pies bien asentados en la tierra pero sin amarrarlos con cadenas de realismo político.


Ha de ser este el proyecto de un país otro, para los tiempos que ya llegarán –que construiremos entre todos–, y que en un primer ejercicio parte del territorio que hoy integra Colombia y lo cubre. Pero que en un segundo ejercicio deberá repasar y resumir el territorio integrado como región, ojalá producto de la común deliberación de las organizaciones sociales y políticas que se sienten hijas y prolongación de un legado histórico que está por forjarse como cuerpo.


En perspectiva de la Segunda República, la necesaria de configurar si de verdad pretendemos garantizar en algún momento paz, justicia, libertad, soberanía popular, democracia –más allá de las formalidades que han terminado por hacer de la misma una palabra vacía–, redistribución de la riqueza en beneficio del conjunto social, así como garantía plena de la totalidad de Derechos Humanos, etcétera, que para el caso de nuestro país son retos y guías:



[…]
“Patria, naciste de los leñadores,
de hijos sin bautizar, de carpinteros,
de los que dieron como un ave extraña
una gota de sangre voladora,
y hoy nacerás de nuevo duramente
desde donde el traidor y el carcelero
te creen para siempre sumergida.

Hoy nacerás del pueblo como entonces.
[…]” (3).



Horizonte luminoso. Que en el 2060 Colombia sea el mejor vividero y el país más pacífico de la región.


Referente territorial. Hacer realidad el sueño de Francisco Miranda, Antonio Nariño y Simón Bolívar, y de nuestras montañas, valles, ríos, mares, desiertos, altillanuras, con su población toda, sin distingos de procedencia, raíces, memoria, cultura, poder económico, sabidurías, etcétera; un solo territorio integrado por su conciencia de tiempo, presente y futuro, para erigir en su interior un modelo social de bienestar y alegría, y, en su exterior, entrega permanente de solidaridad y amor genuino a la humanidad global, aportes que eviten que nuestra especie, más las otras con que compartimos el planeta, así como la naturaleza toda, prosigan por el rumbo que hoy padecen de explotación, opresiones, imposiciones, unilateralismo, desunión, injusticias, colapso ambiental.


Debe ser un objetivo indeclinable poner en marcha una geopolítica plural de puertas abiertas con todos los países que aspiren y dispongan una relación entre iguales con Colombia.
“[…] pregunta Bolívar al caballero isleño: ¿Quiere saber usted cuál es nuestro destino […] los campos para cultivar el añil, la grana, el café, la caña, el cacao y el algodón, las llanuras solitarias para criar ganado, los desiertos para cazar las bestias feroces, las entrañas de la tierra para excavar el oro […] (4).

Colombia, reserva ambiental del mundo. La naturaleza que habitamos es nuestra principal ventaja comparativa frente a otros países, y nuestro principal potencial, protegerla en su equilibrio dinámico, es la garantía de futuro armónico y luminoso para las generaciones del presente y las venideras.


Con esa conciencia de nuestro ser natural e histórico, deberá emprenderse la recuperación de mares, ríos, lagos, humedales, manglares, corales, y todos los ecosistemas hídricos, cuencas y microcuencas, destruidos para ‘sembrar’ cemento, como parte de un prometido desarrollo cuyo resultado hasta hoy es contrario a lo ofertado. En fin, protección y recuperación –donde sea necesario– de bosques, selvas, así como de todos los parques nacionales hoy delimitados, más otros que pudieran serlo en el futuro.
Conseguir que nos reconozcamos en los páramos que encumbran nuestras cordilleras, y protegerlos como nuestras más importantes fuentes de agua y cuna de biodiversidad. Igualmente, denegar todo proyecto de minería industrial en su interior, así como de siembra o ganadería de carácter comercial.


Estructurar un plan especial en todas las áreas para proteger, recuperar, y potenciar la cuenca del Amazonas.


Renunciar al desastre que significaría construir el Canal Atrato-Truandó o Canal del Darién, optando por la recuperación y la protección de todo el territorio que integra esa parte del país, frontera con Panamá.


Revertir, asimismo, la deforestación como la siembra de selvas con monocultivos de palma o cualquier otro vegetal, elemento destructor del equilibro ambiental de esas tierras, cuyos impulsores –a sangre y fuego– implementan una política de persecución, exclusión, despojo y desintegración de quienes allí han habitado siempre o quienes llegaron a esos terruños en años o décadas recientes en procura de tierra para un mejor vivir.


Matriz energética. Explorar otras fuentes de energía, más allá del petróleo, con menor impacto sobre el conjunto de la naturaleza, así como sobre la economía de nuestra población, partiendo para ello de lo ya avanzado y encontrado por la humanidad, así como de la diversidad y la potencialidad de nuestro territorio, en sus desiertos, llanuras, páramos, protegiendo en todo momento su integridad.


Mar–Islas. Sembrar conciencia en el conjunto nacional de que, más allá de las ciudades y los campos, contamos con mares e islas, plenos de diversidad en la vida que contienen y en ellos se reproduce. Por tanto, tomar conciencia acerca de que los ríos llegan a los mares, llevando muerte o vida, según la noción que sobre nuestra huella ecológica tenga cada uno de nosotros, así como el conjunto que integramos, y el modelo económico imperante. Si respetamos esta parte de nuestro ser territorial, podremos desarrollar allí ciencia, así como industria de alimentos, y realizar otras iniciativas que favorezcan nuestro bienestar. También, implementar planes especiales para recuperar a San Andrés y sus alrededores del desastre a que los ha llevado la falta de una política económica y ambiental que responda de verdad a su fragilidad natural.


Reorganización-descentralización de los grandes núcleos urbanos con que cuenta el país. Para ganar eficiencia urbana y calidad de vida, es inaplazable encarar su imparable crecimiento. Promover la salida y el traslado de varios millones de los habitantes de Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla, Bucaramanga, para que se ubiquen en nuevos asentamientos, construidos o ampliados según el caso y con no más de un millón quinientos mil o dos millones de pobladores, centros donde se encare la realidad del equilibro ambiental, diseñando espacios totalmente integrados entre vivienda, estudio, trabajo, recreación, lo que reduzca a lo mínimo indispensable la utilización del transporte con base en gasolina, y estimule el traslado a pie o en bicicleta, así como en un eficiente transporte urbano, con tarifa mínima o gratuita, entendiendo que este es uno de los mecanismos más expeditos para garantizar igualdad y redistribuir la renta pública.


Para ampliar ciudades, se deben identificar aquellas que cuenten con, máximo 300 o 400 mil personas y que en su entorno reúnan ventajas comparativas, como ríos y terrenos para la siembra de alimentos. En tales espacios se construirán universidades y centros de investigación estatales, que funcionen con un potenciado criterio público, centrados en las bondades del territorio.


A su vez, para construir nuevos poblados, se debe plasmar una amplia variedad de estudios que destaquen las bondades de diversas zonas del país donde es posible encarar este propósito sin destruir su ecosistema. Trabajo seguro, estudio con financiación a cargo del Estado, construcción de potentes centros de investigación, grandes espacios para esparcimiento y recreación, serán cualidades y bondades de estos proyectos a partir de los cuales no haya que transarse en disputa con quienes deben habitarlos.
Potenciar la economía nacional a partir de retomar e integrar lo público con lo privado, y en esto lo solidario, cooperativo y colectivo como primera instancia. Proteger como bien colectivo todo aquello que tenga valor estratégico y de utilidad común.


Reforma agraria integral. La condición insoslayable para que Colombia llegue a ser una sociedad otra descansa en la implementación de una reforma agraria integral, baluarte para la paz efectiva como para un amplio e intenso proyecto que garantice soberanía alimentaria para los millones que somos y además produzca en segundo renglón para el mercado externo.


Proyectando un transporte eficiente en medianas y largas distancias, mecanismos para movilizar la producción del campo a la ciudad, así como entre estas, e incluso entre países, abordar como Estado la recuperación del transporte férreo y acuático –flota naviera–, tanto de buques como de cabotaje.


Trabajo para todos(as). Plan de choque para acometer diversidad de obras civiles, cuidado de bosques, construcción y mejoramiento de vías en todos los órdenes. Poner en marcha una política salarial, de planeación colectiva y de incentivos en todo nivel, de manera que el trabajo deje de ser una carga y se transforme en proyecto de vida de las mayorías.


Educación y salud, derechos universales y gratuitos.


Recuperación de bienes estratégicos de la nación: telefonía y comunicaciones, empresas que tengan que ver con la prestación de servicios públicos –hospitales, represas, acueducto, etcétera.


Reducir al mínimo posible la concentración de la riqueza y la desigualdad social.


Política tributaria: quien tiene más paga más.


Democracia plena, deliberativa, participativa, directa, refrendataria, política, económica, social, cultural, ambiental.


Sistema punitivo y cárcel. Asumir que la cárcel no corrige y, por el contrario, deforma a quien la padece. Dejarla como último recurso para tratar personas no adaptadas a las leyes discutidas y aprobadas en el conjunto social. A mayor justicia e igualdad, y mejor convivencia social, menor debe ser el número de las contravenciones.


Espacio aéreo. Aprovechar nuestra ubicación en la zona ecuatorial para la investigación y el aprovechamiento del espacio aéreo. Establecer alianzas con terceros países que nos ahorren en investigación y nos desatrasen en todo lo concerniente a soberanía informática y similares.


Ciencia. Investigación y desarrollo del conocimiento en procura de un mejor bienestar para los nuestros y para el resto de la humanidad. Es imperioso retomar el mejor conocimiento producido en otros países en todas las áreas, a fin de lograr una mejor vida para nuestra sociedad. Asimismo, reconocer nuestras tierras en procura de una botánica útil para potenciar una farmacéutica de preevención y cura de enfermedades. En el mismo orden de ideas, rescatar los saberes ancestrales –en plantas y energías– con el permiso de sus poseedores, para superar una industria que en este campo hoy no se preocupa por curar sino por especular con la salud y la vida de la humanidad.

[…] “Sobre esta claridad irá naciendo
la granja, la ciudad, la minería,
y sobre esta unidad como la tierra
firme y germinadora se ha dispuesto
la creadora permanencia, el germen
de la nueva ciudad para las vidas” […] (5).


1. Neruda, Pablo, “Los libertadores”, en Canto general, 1950.
2. Augusto César Sandino, “Plan de realización del supremo sueño de Bolívar” (1929), en Pensamiento bolivariano. Origen, desarrollo, vigencia. Ediciones Desde Abajo, 2005, Bogotá, pp. 101-120.
3. Neruda, Pablo, “América insurrecta”, op. cit.
4. Bolívar en: Gómez, García, Juan Guillermo, Hacia la independencia latinoamericana: de Bolívar a González Prada, Ediciones Desde Abajo, Bogotá, 2010, p. 51.
5. Neruda, Pablo, “Letra”, op. cit.

Publicado enColombia
Domingo, 15 Diciembre 2019 07:04

Los juegos de la desigualdad.

Los juegos de la desigualdad.

“El deporte no es mejor, ni peor que la sociedad. Es el espejo o reflejo de ella”, Willi Daume. Dirigente del deporte olímpico alemán. (Vargas, Carlos E. 2019)

 

Sin sorpresas, con una disputa que comprometió a los departamentos del Valle del Cauca, Antioquia y Bogotá D.C., así trascurrieron y finalizaron los llamados Juegos NacionalesDeportivos de Colombia-del Bicentenario, en esta ocasión-,realizados del 15 al 30 de noviembre de 2019 y que tuvieron como sede Cartagena, pero con subsedes en otros municipios del departamento de Bolívar, Bogotá, Cali y Nilo (Cundinamarca).

Esta justa deportiva es el máximo evento deportivo del país. Se caracteriza por el carácter multideportivo, practicados en categoría abierta, cada cuatro años desde 1928, como iniciación del ciclo selectivo y de preparación de los deportistas que representan al país en competiciones o eventos internacionales. Desde la edición de 1988, participa una representación deportiva de cada uno de los 32 departamentos, Bogotá D.C. y el representativo de las Fuerzas Militares de Colombia.

Las justas 2019 demandaron una inversión de $150.000 millones, de los cuales el gobierno nacional aportó $ 66.000 millones: $44.000 millones para infraestructura y $ 22.000 millones para logística e implementación.

Espejo de una realidad inocultable, lo deportivo, como lo económico y lo político, también está concentrado en Colombia. No podía ser de otra manera, en tanto los presupuestos con que cuentan los departamentos son desiguales, como las oportunidades deportivas y educativas a que puede acceder la juventud que los habita.

En esta ocasión, 6.617 deportistas (2.739 mujeres y 3.878 hombres), compitieron en 38 disciplinas y 48 modalidades deportivas. Y se distribuyeron 2001 medallas: 622 de oro, 621 de plata y 758 de bronce. El oro, el 67 por ciento quedó en manos de las tres entidades territoriales que siempre han ganado los juegos: Valle del Cauca (Campeón con 165), Antioquia (148) y Bogotá (105). Las 204 preseas de oro restantes se distribuyeron entre 19 departamentos. Con un gran lunar: una tercera parte de los 32 departamentos que componen el territorio nacional no alcanzaron medalla de oro alguna (11 departamentos: Sucre, San Andrés, Caquetá, Arauca, Chocó, Amazonas, Putumayo, Vichada, Vaupés y Guaviare). El departamento de Guainía no participó con deportista alguno. El 85 por ciento del total de la medallería (oro, plata, bronce), se distribuye entre los primeros 8 departamentos. Entre todos los participantes, 6 departamentos no lograron conseguir medalla alguna: Amazonas, Putumayo, Vichada, Vaupés, Guaviare y por supuesto, Guainía.

Desde 1928 hasta hoy

Hasta la fecha,y desde 1928, se han realizado 21 justas, de las cuales sólo 3 entidades territoriales han ganado todos los eventos: Valle del Cauca, con 8 triunfos (1941, 1950. 1954, 1960, 1970, 1974, 1996 y 2019), Antioquia, con 8 triunfos (1980, 1985, 1988, 1992, 2000, 2008, 2012 y 2015) y Bogotá, como Departamento de Cundinamarca, con 5 triunfos (1928, 1932, 1935, 1936 y 2004). La sede y subsedes de los Juegos Nacionales, siempre han sido departamentos de la región andina, del Caribe o del Pacífico; sólo en una ocasión en un departamento de los Llanos Orientales (Villavicencio, Meta, 1985), de los cuatro existentes (Vichada, Arauca, Casanare y Meta) y nunca se han realizado en uno de los 6 departamentos de la Amazonía (Amazonas, Guaviare, Guainía, Vaupés, Caquetá y Putumayo).

Es preciso resaltar que las ciudades sedes de los Juegos Nacionales se benefician de un desarrollo urbanístico importante en cuanto a obras de infraestructura deportiva y general, vías de comunicación, hotelería y turismo, comunicaciones y talento humano.

Lo hasta acá anotado deja en claro que nuestros Juegos Nacionales Deportivos, reflejan y acentúan la desigualdad y la exclusión. Continuar con el modelo de concentración de los resultados deportivos en sólo tres entidades territoriales, la realización de éstos en las mismas regiones geográficas, seguir excluyendo a la región de la Orinoquía o Llanos Orientales y fundamentalmente la Amazonia, es dejar en el ostracismo gran parte de la población y extensión territorial.

Concentración y desigualdad

Recordemos que Colombia es el país con mayor desigualdad de Suramérica y el cuarto país más desigual del mundo. La concentración de la riqueza y de los ingresos es expresamente reflejada en un índice de Gini de 53. El Dane (Departamento Administrativo Nacional de Estadística), asegura que “Colombia es cada vez más desigual”, “La situación de pobreza multidimensional entre los departamentos es muy elevada”. Según la entidad, “mientras en el 2018, en el total nacional, el porcentaje de personas en situación de pobreza multidimensional fue 19,6%, en los departamentos las diferencias son muy altas. Por ejemplo, Guainía tiene un indicador del 65%, seguida de La Guajira con 51,4%, Chocó con 45,1%, Norte de Santander con 31,5%, y Caquetá con 28,7%. En contraste, las zonas con menores niveles de incidencia de la pobreza multidimensional fueron: Bogotá (4,4%), San Andrés (8,9%), Cundinamarca (11,5%), y Risaralda (12,5%)” (Portafolio, julio 12 de 2019).

Un Ministerio de la continuidad

La política pública social en Educación Física, Deporte, Recreación y Actividad Física en Colombia, en armonía con el resto de políticas públicas, están orientadas a aumentar la brecha de la desigualdad, a intensificar la exclusión y marginamiento, tal como lo acaba de ratificar el presidente Duque y el Ministro, Ernesto Lucena Barrero, del recién creado Ministerio del Deporte:  ya aprobaron la realización de los XXII Juegos Deportivos Nacionales Y VI Paranacionales, en el Eje cafetero: Caldas, Quindío y Risaralda para el año 2023, por lo cual, los beneficios económicos, urbanísticos, logísticos y del sector del deporte continuarán su concentración en las regiones más prósperas (fundamentalmente la región Andina o zona central), abandonando la periferia y las regiones más pobres del país.

Tambiéncabe destacar, que se mantiene la exclusión en la educación; se aumenta cada día la deuda social con niños, niñas y adolescentes de los estratos 1, 2 y 3 que se encuentran en el sistema educativo oficial colombiano, al no disponer de un profesional de la Educación Física, Recreación y Deporte en la básica primaria oficial, privando a más de cuatro millones de niños, niñas y adolescentes, en las edades más sensibles del desarrollo (5 - 12 años aproximadamente), de las bondades y derechos de una formación integral, con profesionales idóneamente formados en este campo. (Arcopref. Declaración de Cali, 2018. Congreso Nacional de Educación Física) y que contempla la UNESCO, en la CARTA INTERNACIONAL DE LA EDUCACIÓN FÍSICA, LA ACTIVIDAD FÍSICA Y EL DEPORTE, en su artículo 7: “7.1 Todo el personal que asuma la responsabilidad profesional de la educación física, la actividad física y el deporte debe tener las cualificaciones, la formación y el perfeccionamiento profesional permanente apropiados”, firmada por Colombia en el año 2015.

Desde la Asociación Red Colombiana de Profesores de Educación Física, Recreación y Deporte, “Arcopref”, una organización con más de 5.000 profesores, entrenadores, estudiantes y profesionales afines, con presencia en los 32 departamentos del país, seguiremos tejiendo, investigando, formando, gestionando, organizando, luchando y avanzando cada día en la ruta de propiciar cambios sustanciales orientados a cerrar la brecha de la desigualdad, promover la inclusión social, la equidad y la paz, desde la Educación Física, Deporte, Recreación y Actividad Física.

Junta Directiva Nacional de ARCOPREF

Abelardo Sanclemente

Presidente nacional

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