Trump inicia el proceso para sacar a EEUU de la OMS

 

El senador Robert Menéndez, el principal demócrata en el Comité de Asuntos Exteriores del Senado, tuiteó que la administración informó al Congreso de la retirada del país de la organización.

 

La Casa Blanca anunció este martes que inició el proceso para retirar a Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), un paso que se hará efectivo dentro de un año y que llega en plena pandemia por la covid-19.

"El aviso de la retirada de Estados Unidos, que se hará efectiva el 6 de julio de 2021, se ha enviado al secretario general de la ONU, que es el depositario de la OMS", dijo a Efe un funcionario de la Casa Blanca, que pidió el anonimato.

El portavoz del secretario general de la ONU, António Guterres, confirmó en un comunicado que recibió la notificación este lunes, y que ahora está "en el proceso de verificar con la OMS si se cumplen todas las condiciones para la retirada".

Cuando se sumó a la OMS en 1948, Estados Unidos impuso "ciertas condiciones para su posible retirada", que incluyen una notificación previa de un año y "el cumplimiento total con el pago de sus obligaciones financieras", explicó el portavoz de Guterres, Stéphane Dujarric.

La retirada de EEUU podría detenerse si Trump pierde las elecciones presidenciales de noviembre

El hecho de que la medida no se haga efectiva hasta dentro de un año significa, además, que la retirada de Estados Unidos podría detenerse si Trump pierde las elecciones presidenciales de noviembre y su sucesor así lo decide.

"Lo que se haga ahora puede cancelarse el año que viene, porque no será definitivo", aseguró este martes un diplomático de la ONU, que pidió el anonimato, a la cadena televisiva CNN.

El senador demócrata Robert Menéndez indicó en un tuit que el Congreso estadounidense también ha sido notificado de la decisión de Trump de "retirar oficialmente a EE.UU. de la OMS en medio de una pandemia".

En abril, Trump congeló temporalmente los fondos que EE.UU. aporta a la OMS, al acusar a esa institución de estar "sesgada" a favor de China y de haber gestionado mal la emergencia sanitaria de la covid-19. Hasta entonces, Estados Unidos era el mayor donante de la OMS y le aportaba entre 400 y 500 millones de dólares anuales, aproximadamente el 15 % del presupuesto total del organismo.

Meses de amenazas

La notificación formal de salida llega tras meses de amenazas de la administración Trump para sacar a los Estados Unidos de la OMS. El presidente Trump ha atacado repetidamente a la organización por su lenta respuesta al brote de coronavirus en Wuhan y acusándola de estar bajo el control de China.

Los expertos en salud pública y los demócratas han alertado que la decisión  podría socavar la respuesta global a la pandemia, que ha infectado a 11,6 millones de personas en todo el mundo.

Trump dio el pasado mes de mayo por "terminada" la relación de Washington con la Organización Mundial de la Salud (OMS), a la que ha acusado de estar bajo el "completo control" de China.

 

07/07/2020 20:54 Actualizado: 07/07/2020 21:51

efe | público

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El perverso mensaje de EEUU al apropiarse del remdesivir

Días atrás del gobierno de Donald Trump decidió comprar grandes cantidades del fármaco remdesivir, casi todo lo que el fabricante será capaz de ofrecer al mundo durante los próximos tres meses.

 

Se trata del primer medicamento aprobado contra el COVID-19, patentado por la empresa Gilead, lo que hace que ninguna otra empresa esté autorizada para producirlo. Según la información, se trata de 500.000 dosis compradas por EEUU, que equivale a toda la producción del mes de julio y el 90% de lo que se prevé para agosto y septiembre.

Es cierto que cada país tiene el deber de proteger la vida de sus ciudadanos. Sobre todo EEUU, donde la pandemia ha contagiado ya a casi tres millones de personas y se ha cobrado la vida de 130.000, con elevadas tasas de contagios en la actual oleada de rebrotes, que superan los 50.000 diarios.

Sin embargo, el mensaje que envía la Administración Trump al mundo es algo muy parecido a una declaración de guerra. La Unión Europea no ocultó su malestar que viene de mucho antes y se remonta a las "escaramuzas por las mascarillas y el supuesto intento estadounidense de hacerse con la empresa alemana CureVac, puntera en la investigación de una vacuna", destacaEl País.

En realidad, el remdesivir no es la solución a la pandemia de coronavirus, aunque "acorta las hospitalizaciones, pero no reduce la mortalidad ni disminuye los ingresos en la UCI", según el jefe de servicio de enfermedades infecciosas del hospital Ramón y Cajal en Madrid.

En suma, no cura pero resuelve el problema que desvela a los gobiernos: el colapso del sistema sanitario.

La cuestión es más grave aún, ya que el laboratorio estadounidense Gilead, que produce el fármaco, vende cada dosis a razón de casi 400 dólares, llevando el costo total del tratamiento a 2.200 dólares.

El periódico español desnuda el inmenso negocio que supone la compra masiva de la Casa Blanca. La ONG Salud por Derecho, defensora del acceso universal a los medicamentos sostiene: "Cálculos hechos por la Universidad de Liverpool estiman que el coste de producción más un beneficio razonable sería de un dólar [90 céntimos de euro] por dosis".

La industria farmacéutica occidental se beneficia de las gigantescas inversiones que realizan los Estados para el desarrollo de nuevos fármacos, que luego rinden beneficios millonarios a las empresas privadas.

La directora de Salud por Derecho concluye que "estos elevados precios y los acuerdos como el de Estados Unidos ponen en riesgo el acceso al fármaco de toda la población que lo necesite".

Las razones por las cuales la Casa Blanca decidió hacer una compra tan masiva pueden oscilar entre dar un mensaje de "preocupación" por la salud de la población en plena campaña electoral, hasta un probable recado dirigido a la Unión Europea, que estos días decidió abrir sus fronteras a pasajeros de 15 países extra comunitarios pero no a los provenientes e EEUU.

Lo grave del asunto es que muestra la existencia de una guerra no armada entre aliados tan cercanos como EEUU y la UE. En abril, Francia denunció intentos de Estados Unidos de llevarse sus pedidos de China, pagando precios superiores y en efectivo en la misma pista donde se embarcan las mascarillas.

Se dirá que no es nuevo y que ha sido la tónica durante la pandemia, incluyendo peleas entre países de la misma Unión Europea. A principios de marzo, "Francia se apropió 4 millones de mascarillas que iban rumbo a España e Italia", provenientes de China, aprovechando una escala en la ciudad de Lyon para requisarlas.

La situación es más grave de lo que se piensa, ya que no se trata de un simple intento de tomar la delantera frente a otros países.

En primer lugar, la política de América primero, con la cual EEUU busca reposicionarse en el mundo y revertir su decadencia industrial, no sólo está destinada a provocar enfrentamientos con quienes ha declarado como enemigos (China, Rusia, Irán y Venezuela), sino que provoca tensiones y enemistades incluso con sus propios aliados.

En el estado actual del sistema mundial, nadie puede permitirse jugar solo y en contra de los demás. Esta política contrasta con la declarada por el gobierno de China, en el sentido de tejer alianzas de larga duración, como la Ruta de la Seda, que beneficien tanto al país que realiza inversiones como a los anfitriones.

En segundo lugar, esta puede ser apenas la primera escaramuza de una batalla mayor, cuando se consiga la primera vacuna contra el coronavirus. Como apuntó el investigador Andrew Hill, de la Universidad de Liverpool: "Imagina que esto fuera una vacuna. Eso sería una tormenta de fuego. Pero tal vez esto es una muestra de lo que vendrá".

Al parecer, tanto las escaramuzas por las mascarillas y los respiradores al comienzo de la pandemia, como la actual disputa por el remdesivir, es algo así como un "ensayo general" de un enfrentamiento en ciernes a gran escala. La guerra comercial contra China y las tasas a las importaciones de productos de sus aliados que viene promoviendo Trump, van en la misma dirección: América primero es una declaración del guerra al resto del mundo.

La tercera es el agudo contraste entre esta política y la de Pekín, que donó millones de mascarillas a los más diversos países del mundo en todos los continentes. Se dirá, con razón, que son donaciones interesadas para mejorar su posición comercial y diplomática, lo cual resulta evidente. Aún así, el contraste con la política de Washington no puede ser mayor.

Finalmente, la cuestión de fondo es que China ha contenido la pandemia, mientras EEUU lucha con un rebrote inesperado y letal que retrasa aún más la ansiada reapertura de la economía. La crisis global generada por la pandemia encuentra al Dragón en plena expansión, pese a los tropiezos inevitables, mientras el Águila sigue su lenta decadencia, alienándose cada vez más aliados que resultan imprescindibles en la batalla por la hegemonía global.

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Estados Unidos anunció sanciones a funcionarios de la Corte Penal Internacional

Golpe preventivo a La Haya por investigar la invasión de Afganistán

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump (foto), ordenó ayer sanciones contra cualquier funcionario de la Corte Penal Internacional (CPI) que procese a militares estadounidenses, en un momento en que el tribunal estudia presuntos crímenes de guerra cometidos por tropas en Afganistán.

En una orden ejecutiva, Trump anunció que Estados Unidos va a bloquear las propiedades o activos de cualquier funcionario del tribunal de La Haya que esté involucrado en la investigación. La Casa Blanca también autorizó que se emitan restricciones de visas para entrar a Estados Unidos, lo que también afectará al resto de la familia de los funcionaros sancionados.

"Las acciones de la Corte Penal Internacional son un ataque contra los derechos del pueblo estadounidense y amenazan con infringir nuestra soberanía nacional", dijo la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Kayleigh McEnany, en un comunicado. En ese texto, el gobierno de Estados Unidos recordó que su país no forma parte del Estatuto de Roma y ha rechazado reiteradamente las afirmaciones de que la CPI tiene jurisdicción sobre el personal de Estados Unidos.

El gobierno de Trump revocó el año pasado la visa de la fiscal de la Corte, Fatou Bensouda, buscando presionarla para que desistiera de investigar incidentes durante la larga guerra en Afganistán. En marzo el tribunal autorizó en una apelación la apertura de una investigación por presuntos crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad cometidos en Afganistán. Bensouda desea examinar no solo los supuestos crímenes cometidos desde 2003 por los soldados talibanes y afganos, sino también los que hubieran podido cometer las fuerzas internacionales, sobre todo las tropas estadounidenses. La fiscal también busca investigar acusaciones de tortura que pesan sobre la CIA.

El jefe de la diplomacia de Estados Unidos, Mike Pompeo, advirtió a los aliados de su país que la investigación también los concierne. "Es un mensaje para varios aliados cercanos en todo el mundo especialmente aquellos países de la OTAN que lucharon contra el terrorismo en Afganistán del lado de Estados Unidos", señaló.

El fiscal general de Estados Unidos, Bill Barr, a su vez acusó a Rusia de "manipular" la CPI. "Potencias extranjeras como Rusia también están manipulando la CPI para adelantar sus propios intereses", indicó Barr a los periodistas.

En cambio la ONG Human Rights Watch criticó la decisión del presidente estadounidense. "La orden de Trump demuestra un desprecio por el Estado de Derecho global. Este ataque contra la CPI es un esfuerzo para impedir que víctimas de crímenes muy graves, ya sea en Afganistán, Israel o Palestina busquen justicia", afirmó en un comunicado.

En La Haya, un portavoz del tribunal indicó que estaban al tanto del anuncio en Washington y que emitirán una reacción tras examinar su contenido. 

La corte con sede en La  Haya, fundada en 2002, basa su investigación en que sí tiene jurisdicción sobre el país.El tribunal internacional enfrenta una crisis profunda en un momento en que varios países de África cuestionan al organismo e ingnoraron un mandato de detención internacional contra el expresidente de Sudán Omar al Bashir.

Trump ha emprendido una campaña contra instituciones multilaterales que considera que van en contra de los intereses de su país y recientemente anunció el retiro de la Organización Mundial de la Salud (OMS), por sus críticas a la respuesta frente al coronavirus.

El rol de la Corte ya había sido criticado por anteriores administraciones como el gobierno del presidente republicano George W. Bush, que alentó a los países miembros a cerrarla. Su sucesor Barack Obama adoptó un tono menos belicoso, aunque sin adherir tampoco al Estatuto de Roma.

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“El imperio estadounidense está implosionando”

Entrevista al profesor y activista afroamericano Cornel West

 

Cornel West, filósofo y activista por los derechos humanos y miembro de Socialistas Democráticos de América, dice: «…me gustaría establecer la conexión entre lo local y lo global, porque cuando se siembran las semillas de la avaricia: en la arena doméstica, desigualdad y, en la arena internacional, los tentáculos imperiales, con 800 unidades militares en el exterior, la violencia y AFRICOM en África, cuando se apoyan diversos regímenes, algunos dictatoriales en Asia, y todo lo demás. Hay una relación entre las semillas de la violencia que siembras fuera y también dentro».

Mientras miles de personas, de costa a costa, se han lanzado a las calles estos últimos días para protestar por el asesinato, sancionado por el Estado, de personas negras, el país se enfrenta a la mayor crisis de salud pública en generaciones y la tasa de desempleo es la más alta desde la Gran Depresión, el profesor Cornel West califica a Estados Unidos de “civilización capitalista depredadora obsesionada con el dinero, el dinero, el dinero”. West también establece conexiones entre la violencia estadounidense en el extranjero y dentro del país: “Hay una conexión entre las semillas que siembras de violencia externa e internamente”. Cornel West (Tulsa, 1953) es filósofo y activista por los derechos humanos y miembro de Socialistas Democráticos de América. Ha enseñado en la Universidad de Harvard y de Princeton. Su obra se centra en el estudio del papel de la raza, género y clase en la sociedad estadounidense. 

NERMEEN SHAIKH: Dr. Cornel West, ¿podría responder a lo que ha dicho la profesora Yamahtta Taylor? Estará lógicamente de acuerdo en que el asesinato de George Floyd ha sido un linchamiento. Usted también ha expresado que este asesinato y las manifestaciones que se han producido después demuestran que EE.UU. es un experimento social fallido. ¿Podría responder a eso y también a la manera en que el Estado y las fuerzas policiales han respondido a las manifestaciones, tras el asesinato de George Floyd, que ha sido llamar a la Guardia Nacional en tantas ciudades y estados del país?

CORNEL WEST: No cabe ninguna duda de que esta es la hora de la verdad para Estados Unidos. Pero lo que me gustaría es establecer la conexión entre lo local y lo global, porque cuando se siembran las semillas de la avaricia: en la arena doméstica, desigualdad y, en la arena internacional, los tentáculos imperiales, con 800 unidades militares en el exterior, la violencia y AFRICOM en África, cuando se apoyan diversos regímenes, algunos dictatoriales en Asia, y todo lo demás. Hay una relación entre las semillas de la violencia que siembras fuera y también dentro. Lo mismo puede decirse de las semillas del odio, del supremacismo blanco que odia a las personas negras, del odio antinegros, que tiene su propia dinámica en el contexto de una civilización capitalista depredadora que está obsesionada con el dinero, dinero, dinero, la dominación de los trabajadores, la marginalización de los que no encajan (hermanos gais, hermanas lesbianas, transexuales y demás). Esa es precisamente la relación de la que habla mi querida hermana profesora Taylor, de cómo el imperio estadounidense está implosionando, de cómo se están tambaleando sus cimientos, a raíz de las sublevaciones desde abajo.

El catalizador ha sido, sin duda, el linchamiento público del hermano George Floyd, pero los fallos que tiene la economía capitalista depredadora para satisfacer las necesidades básicas de comida, asistencia sanitaria y educación de calidad, de trabajos con un salario digno y, por otra parte, la desintegración de la clase política, la desintegración de la clase profesional. Su legitimidad ha sido puesta en tela de juicio de forma radical desde una perspectiva multirracial. Pero esa es la dimensión neofascista de Trump; esa es la dimensión neoliberal de Biden, de Obama, de los Clinton y de todos los demás. Y eso también incluye a una gran parte de los medios de comunicación; incluye a muchos de los profesores de universidad. Los jóvenes están diciendo: “Sois todos unos hipócritas. No os preocupa nuestro sufrimiento, nuestra miseria. Y ya no creemos en vuestra legitimidad”. Y eso desemboca en una explosión violenta.

Y ya está aquí. No quiero extenderme, pero me refiero a que ya ha llegado, que en mi opinión Ella Baker y Fannie Lou Hamer y Rabbi Heschel y Edward Said, y sobre todo los hermanos Martin y Malcolm, sus legados, en mi opinión, se han vuelto fundamentales, porque proporcionan el tipo de testimonio de la verdad; porque aportan la relación entre justicia y compasión con su ejemplo, con la forma de organizarse. Y eso es lo que hace falta ahora mismo. Una rebelión no es para nada lo mismo que una revolución. Y lo que necesitamos es un proyecto revolucionario no violento a gran escala que promueva una democracia de compartir: el poder, la riqueza, los recursos, el respeto, la organización, y que promueva una transformación fundamental del imperio estadounidense.

AMY GOODMAN: ¿Y qué piensa, profesor West, del gobernador de Minnesota, que ha dicho que están investigando la relación de los supremacistas blancos con el saqueo y la quema de la ciudad, y luego del presidente Trump, que ha tuiteado que va a intentar incluir a Antifa, los activistas antifascistas, en la lista de terroristas (algo que no puede hacer) y William Barr [Fiscal general de EE.UU.] haciendo hincapié en lo mismo, que va a ir detrás de la extrema izquierda para investigarlos?

CORNEL WEST:  Eso es ridículo. Ya sabe, se acordará, hermana Amy (con todo mi amor y respeto), que Antifa me salvó la vida en Charlottesville. No cabe ninguna duda al respecto, que garantizaron la seguridad, ¿sabe? Así que la simple idea de que puedan ser candidatos para ser considerados una organización terrorista, mientras que la gente que estaba intentando acabar con nuestras vidas: los nazis, el Ku Klux Klan, que esos no sean candidatos para obtener el estatus de organización terrorista… pero eso es lo que va a pasar. Lo que va a pasar es que se va a producir una reacción neofascista dirigida por Trump y una restricción sobre lo que está pasando. Eso tiene que quedar muy claro. El neofascismo tiene esa clase de obsesión con la imposición militar para enfrentarse a cualquier tipo de desorden. Y por eso tenemos que fortalecernos frente a eso.

Pero hay algo más importante. Creo que tenemos que asegurarnos de que conservamos nuestro propio enfoque moral, espiritual, cualitativo, esencial, en cuanto a la verdad y la justicia, y no perder de vista ese saqueo legalizado que es la avaricia de Wall Street; los asesinatos legalizados de la policía; los asesinatos legalizados en el exterior: en Yemen, en Pakistán, en África con AFRICOM y así sucesivamente. Eso es en lo que tenemos que concentrarnos, porque toda esta energía de rebelión tiene que canalizarse a través de organizaciones que tengan sus raíces en la búsqueda de la verdad y la justicia.

Cornel West es profesor de Práctica de la Filosofía Pública en la Universidad Harvard.

Por Amy Goodman, Nermeen Shaikh | 12/06/2020

Esta conversación se difundió en Democracy Now en inglés.

Traducción de Álvaro San José para CTXT: https://ctxt.es/es/20200601/Politica/32455/cornel-roland-west-filosofo-democracy-now-USA-George-Floyd-racismo.htm

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Jueves, 21 Mayo 2020 06:30

Recuerdos del terrorismo yanqui

Recuerdos del terrorismo yanqui

La Seguridad del Estado de Cuba ha documentado 581 agresiones en 41 países contra representaciones de la isla en el exterior (http://www.cubadebate.cu/especiales/2020/05/17/hablamos-de-terrorismo-cuba-ha-sufrido-cientos-de-agresiones). Aquí hablo de dos que me tocaron cerca afectivamente. La bomba de alto poder que estalló en la embajada de Cuba en Lisboa cerca de las 5 de la tarde cuando estaban al entrar al lugar los pequeños hijos de los diplomáticos cubanos que regresaban de la escuela. Como un rayo, fulminó a Adriana Corcho Calleja y a Efrén Monteagudo Rodríguez, de 35 y 33 años, respectivamente, funcionarios de la sede diplomática. El dispositivo fue dejado junto a la puerta de uno de los departamentos que formaban parte de la representación cubana por un individuo que entró al vetusto edificio y se retiró de manera apresurada.

Era el 22 de abril de 1976, cuatro meses después de que tropas cubanas derrotaron una importante agresión esmeradamente organizada por la CIA contra la naciente República Popular de Angola. Estados Unidos lanzó una potente columna del ejército racista sudafricano, numerosas fuerzas del vecino Zaire y experimentados mercenarios blancos contra el joven Estado. Al percatarse de lo que se avecinaba, el presidente angoleño Agustino Neto solicitó el apoyo de Cuba. Yo había conocido a Adriana durante una misión reporteril en la Lisboa de la revolución de los claveles y esto hizo que mi estremecimiento fuera mayor ante la noticia del atentado. Muy cerca de donde estalló la bomba conversamos en más de una ocasión y pude aquilatar su pensamiento revolucionario, competencia profesional y buen talante.

La primera derrota militar ante Cuba en Angola –todavía faltaba otra mucho más contundente en 1988– enfureció al gobierno del presidente Gerald Ford y en particular a la CIA. Justo seis meses después del crimen en Lisboa y en nuevas circunstancias luctuosas por el sabotaje contra un avión de Cubana en vuelo donde murieron sus 73 ocupantes, Fidel Castro expresó: "En los últimos meses el gobierno de Estados Unidos, resentido por la contribución de Cuba a la de­rrota sufrida por los imperialistas y los racistas en África, junto a brutales amenazas de agresión, desató una serie de actividades terroristas contra Cuba. Esa campaña se ha venido intensificando por días y se ha dirigido, fundamentalmente, contra nuestras sedes diplomáticas y nuestras líneas aéreas."

El 11 de septiembre de 1979, Félix García, mi amigo y diplomático de la misión de Cuba ante la sede de la Organización de Naciones Unidas en Nueva York, se dirigía a una cena en el barrio de Queens, después de haber acompañado a amigos chilenos a un acto para recordar al presidente Salvador Allende, asesinado exactamente seis años antes en un golpe de Estado orquestado por la CIA, pero no pudo llegar a su destino.

Al detenerse su auto en un semáforo, el terrorista Pedro Remón, entrenado en ese tipo de acciones por la central de inteligencia gringa, le descargó desde una motocicleta una ráfaga de tiros que puso fin a su vida. Ya nunca más Félix iluminaría mi oficina en la revista Bohemia con sus dicharachos criollos y simpatía personal.

Félix es el único caso de un diplomático acreditado ante Naciones Unidas que haya sido asesinado en Nueva York. Remón reivindicó el crimen en llamadas a los medios, pero no fue hasta avanzados los años 80 que resultó juzgado y condenado por un tribunal estadunidense, cuando sus sangrientas acciones terroristas habían comenzado a perjudicar intereses de Washington.

Por cierto, en cuanto cumplió su condena continuó con absoluta impunidad su actividad terrorista contra Cuba, dentro y fuera de Estados Unidos.

Los dos casos anteriores están entre los más notables atentados perpetrados contra sedes y funcionarios diplomáticos cubanos, pero también en muchos otros ha corrido sangre, no sólo cubana, sino de personas de otras nacionalidades. Aquí mismo en México el ya mencionado terrorista Pedro Remón tuvo una participación en un intento de secuestro, en 1976, de Daniel Ferrer Hernández, cónsul de Cuba en Mérida, en el que resultó asesinado el técnico de pesca cubano Artagnan Díaz Díaz.

La historia del terrorismo contra Cuba y, en particular, contra sus sedes diplomáticas, es larga. Pero hay razones para pensar que la mafia fascista de Miami y sus amigochos en el (des)gobierno de Donald Trump se proponen estimular la vuelta a esas prácticas.

Estados Unidos continúa su mutismo cómplice respecto del ametrallamiento de la embajada de Cuba en Washington, cometido el pasado 30 de abril. Ni una palabra sobre un hecho tan grave parece esconder algo inconfesable. Si este atentado no es investigado y esclarecido con apego a las leyes de Estados Unidos y a la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas sentará un nefasto precedente.

Twitter: @aguerraguerra

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Domingo, 03 Mayo 2020 06:10

Pandemias y guerras verdaderas

 En el contexto de las restricciones sanitarias por la pandemia de Covid-19 una pareja baila con familiares durante su ceremonia de compromiso en Qamishli, Siria.Foto Afp

Después de 40 años de ver la guerra "de verdad", desde luego tengo ideas muy establecidas sobre la lucha que dicen librar estadistas, políticos y mentirosos –los tres son, por supuesto, intercambiables–. Tanto la guerra "real" como la viral (del tipo Covid-19) provocan decesos y producen héroes; son una prueba para la resistencia humana, pero no deben ser comparadas.

Para empezar, muchos paralelos pueden ser vergonzosos. Cuando Matt Hancock en un principio comparó la lucha de Gran Bretaña contra el Covid-19 con los bombardeos aéreos alemanes sobre Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial (conocidos como Blitz), en realidad estaba equiparando un puñado de muertes de británicos con la masiva fuerza aérea alemana (Luftwaffe) que mató a unos 40 mil ciudadanos. Pero ahora que los muertos por el virus en Reino Unido ascienden –incluyendo a los no contabilizados, claro está– a más de 44 mil y quizás más, esas comparaciones con la Segunda Guerra Mundial son poco preocupantes.

¿Cuál es la próxima treta histórica que los defensores del Brexit nos jugarán? ¿Que los más de 66 mil británicos muertos en la Segunda Guerra Mundial demuestran la resistencia de nuestros abuelos?

Para entonces las muertes por Covid en nuestro país pueden haber sobrepasado ya esa macabra estadística.

Pero existe una diferencia mucho más importante entre las guerras "reales" y la guerra viral global. Las "reales" surgen de un conflicto de humanos contra humanos, y normalmente se ganan cuando la infraestructura de uno de los bandos –sus tierras, hogares, fábricas, vías ferroviarias, caminos, hospitales, sus museos y galerías, así como sus sistemas de suministro de agua y plantas de electricidad– se convierte en escombros. Los sobrevivientes emergen de estas guerras con sus países en ruina. No existe una "vuelta a la normalidad", porque lo normal ha sido físicamente destruido.

Nosotros los humanos no enfrentaremos la catástrofe cuando nuestra actual "batalla" haya terminado… si es que termina, pero de eso hablaremos más tarde. Cuando abramos nuestras puertas, las pérdidas humanas podrán ser muy grandes y nuestras pérdidas económicas parecerán insostenibles, pero nuestro mundo físico será, por mucho, el mismo. Nuestras grandes instituciones, nuestros parlamentos, universidades, hospitales y alcaldías, al igual que nuestras estaciones de trenes, aeropuertos, redes ferroviarias, sistemas de aguas y nuestros hogares estarán intactos. Todo esto se verá exactamente igual a como se veía hace unos meses. Estaremos a salvo del suicidio nacional que implica una guerra "de verdad".

Johnson y Cummings, así como sus compañeros de la escuela Brexit –junto con el horrendo equipo científico que los respalda (al menos hasta ahora)– pueden seguir jugando a la guerra, pero no deben enfatizar la diferencia entre esto y la verdadera guerra: es decir, en el hecho de que el mundo afuera de la puerta de sus casas será prácticamente el mismo que en febrero y marzo.

Por esto es que muchas personas se han visto dispuestas a romper las reglas del arresto domiciliario que les impusieron. No es que todos sean suicidas, o egoístas o locos, sino que ven hacia el exterior y lo ven igual a como lo recuerdan. Poco a poco, se prepararon para arriesgarse y poner en peligro a otros porque pueden (esta expresión es muy deliberada) y lo aceptan.

Así que –y aquí dejaré de usar las comillas– debemos volver a las guerras de verdad. Uno de los más notables fenómenos en estos conflictos aterradores es que la vida ordinaria continúa en medio del baño de sangre y la aniquilación inminente.

Durante las batallas en Beirut y durante los momentos más temibles de la actual guerra en Siria he ido a bodas. Una pareja musulmana en Beirut y una pareja armenia en la norteña ciudad siria de Kimishle –donde el frente del Isis más cercano está apenas a 19 kilómetros de la puerta de la iglesia. Los novios decidieron casarse y los clérigos apropiados presidieron las ceremonias. Yo los miraba, como dicen, boquiabierto. Tengo amigos que han comprado y vendido hogares durante sus respectivas guerras. Sus vidas están en peligro, pero aún así necesitan certificados de propiedad, fondos bancarios y abogados. En medio de la anarquía, la burocracia formal y la ley toman su curso.

Todo esto –los matrimonios y las transferencias de propiedad– han continuado porque, como dice la más vieja de las frases hechas: la vida debe continuar. Lo mismo ocurre con la guerra global contra el virus. Nuestras bodas tienen menos invitados, las propiedades se compran y venden mediante archivos adjuntos en un correo electrónico y los funerales –una parte esencial de la "vida" normal, supongo– aún se realizan, pero sin que los allegados vean el cadáver o hagan guardia junto a su ataúd.

He notado algo más en las guerras verdaderas que cubro: que los civiles que sufren entre los combates tienen una extraordinaria habilidad de superar las pérdidas a su alrededor. Tiene algo que ver con la idea de sociedad: esa idea de que es posible, sin importar qué tan consternados estemos por circunstancias personales, entender el dolor y la muerte como cosas que se acercan a la normalidad. Las guerras verdaderas, como pueden ver, también se encaminan hacia algo que puede llamarse "nueva normalidad". Amigos y familiares mueren. No conozco a nadie en Líbano o Siria que no haya pasado por este sobresalto, pero el sobresalto también es relativo.

Durante el conflicto en Irlanda del Norte, el secretario del Interior británico, Reginald Maudling –el ahora olvidado predecesor de Priti Patel– se refirió en 1971 a lo que él llamó un "nivel aceptable" de violencia. La expresión fue condenada por aquellos que creen que cualquier violencia es inaceptable, pero sus palabras tenían sentido, si bien macabro. Esta fue una guerra que tuve el privilegio maldito de cubrir y recuerdo cómo los periodistas entendieron exactamente lo que quiso decir Maudling: que el saldo de muertos por bombardeos en seis condados podía alcanzar un punto que podía considerarse normal.

Esto ocurrió en Líbano. Durante los ceses del fuego e incluso las treguas, los habitantes de Beirut iban a la playa, a asolearse y nadar los fines de semana. Una tarde las armas de los cristianos falangistas abrieron fuego en el este de Beirut y su metralla cayó entre los bañistas en la playa del barrio Corniche, en el mar Mediterráneo. La carnicería fue aterradora. Las primeras planas de los diarios al día siguiente estaban llenas de fotografías que jamás se habrían publicado en Europa o Estados Unidos.

A la semana siguiente las playas estaban llenas de nuevo. Muchos libaneses consideraron que había un "nivel aceptable" de muerte. En cierto sentido esto es inspirador –los seres humanos se muestran inconquistables–, pero en otra interpretación, es algo profundamente deprimente. Si los civiles –o el público, para usar una expresión muy occidental– se acostumbran a la muerte, la guerra puede continuar indefinidamente. Y ésta, recuerden, fue una guerra causada por la misma especie humana que estaba muriendo en ella.

Aquí hay una idea inquietante. Todos sabemos que el masivo confinamiento en Europa no puede continuar para siempre. Suecia en realidad nunca se embarcó en ese toque de queda. Alemania, Italia y Holanda están saliendo de él lenta y cautelosamente. Incluso el coctel de bobos de Boris Johnson sabe que esto es cierto e incluso los británicos –con o sin los pequeños brexiters de Downing Street– ahora decidirán por sí mismos cuándo terminará el encierro. No van a esperar a que el Sargento Plod (plod: vocablo en inglés que significa "a paso lento" N. de la T.) les dé permiso.

Todos sabemos que el actual brote de Covid-19 no "termina" en el mismo sentido tradicional que una guerra concluye. No habrá un último muerto. Pero cuando disminuyan las cifras y no exista una segunda visita de esta cosa espantosa, Gran Bretaña habrá alcanzado, me temo, un "nivel aceptable" de muerte. Cuando la estadística diaria vaya de los cientos a las docenas y luego a las decenas diarias, ya no habrá más conferencias desde Downing Street, y disminuirán nuestros pensamientos para los expertos de la salud, no recordaremos el sacrificio de enfermeras y doctores. Incluso podremos hacer apuestas sobre cuándo los tories volverán a hacer recortes al sistema nacional de salud.

El tema es que todos –a excepción de hombres y mujeres que ahora están en duelo por sus seres queridos– tenemos la capacidad de absorber la muerte. Cuando el gobierno británico crea que ese momento de la presente crisis llegó, abrirán las puertas, los caminos y los restaurantes. La economía debe sobrevivir.

Johnson y sus acólitos proclamarán su victoria, pero esto será falso. Los británicos seguirán muriendo, pero sus muertes se habrán convertido en algo normal, igual a quienes mueren de cáncer, ataques cardiacos o son víctimas de accidentes de tránsito; como dice Johnson en su deplorable frase, "los que perdimos antes de tiempo".

De esta forma, los británicos no disfrutarán de una "inmunidad de rebaño". Con o sin protección para este virus o el que le siga; con o sin vacuna, se convertirán en "rebaño" en un sentido diferente. Se convertirán, tal y como lo desea el gobierno, en un rebaño inmune a la muerte de los otros; que habrá asumido un nivel aceptable de muerte entre sus compatriotas. Se habrán vuelto un poco más "endurecidos" –una buena palabra victoriana– a que se inflija tal sufrimiento, y dejarán de rezongar sobre lo ineficaz que fue el gobierno británico para evitar este atropello.

Y entonces –usemos ese repugnante mantra de todos los políticos– "seguiremos adelante". Tendrán que "asumir" al virus, como lo hizo el gobierno hace mucho y como seguirá haciéndolo.

Podemos olvidar cualquier planeación costosa para su siguiente visita, hasta que nos topemos con el Covid-20, o el Covid-22 o el Covid-30 o cualquier otro que se nos atraviese.

© The Independent

Traducción: Gabriela Fonseca

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Un avión con equipamiento sanitario chino llega el 19 de abril al aeropuerto París-Vatry (Francia). Francois Nascimbeni/AFP/dpa / Europa Press

Merkel alienta a Pekín a ser transparente pero elude una actitud de confrontación

No solo Donald Trump señala a China en la crisis global por el coronavirus. Sin la estridencia ni las incoherencias del presidente de Estados Unidos, con un tono más cauto y diplomático, varios líderes europeos han cuestionado en los últimos días la versión china sobre el origen, la gestión y las cifras. Y han replicado a lo que consideran una ofensiva propagandística destinada a eludir responsabilidades. Los Gobiernos de Francia y el Reino Unido encabezan este giro en la actitud hacia la superpotencia asiática.

“Esperamos que China nos respete, como ella desea ser respetada”, declaró el lunes el ministro francés de Exteriores, Jean-Yves Le Drian. “Ya nada puede volver a ser como antes” mientras China no aclare de forma total todo lo relacionado con el virus, señaló la semana pasada su homólogo en Londres, Dominic Raab, al frente de Downing Street mientras Boris Johnson se recupera de la enfermedad.

La pandemia ha exacerbado las rivalidades geopolíticas. Y ha abierto una oportunidad para ampliar las áreas de influencia. Entre Estados Unidos y China, los europeos habían mantenido hasta hace poco un perfil discreto. Una excepción fue Josep Borrell, alto representante para la Política Exterior de la Unión Europea, quien el 24 de marzo alertó sobre lo que llamó “la política de la generosidad” como arma de influencia geopolítica en “la batalla global de los relatos”.

Las imágenes de aviones chinos transportando material médico a Europa mientras los socios de la UE cerraban las fronteras entre ellos marcaron las primeras semanas de la crisis. No importa que Europa hubiera ayudado a China en enero después de que el virus se detectase por primera vez en ese país. El relato de la pujante potencia autoritaria rescatando a las decadentes democracias era tentador, en un momento en el que algunos país

El tono ha cambiado. Los europeos no emplean la retórica de Trump, que habla del “virus chino” o da pábulo a las teorías sobre una posible fuga accidental del patógeno en un laboratorio y amenaza con consecuencias. Pero el fondo del mensaje no es tan distinto.

“La respuesta de Borrell sobre la batalla de los relatos ya era una respuesta bastante fuerte al esfuerzo diplomático chino por vender el modelo de China ante la crisis de la covid-19”, explica Mathieu Duchâtel, responsable de Asia en el laboratorio de ideas Institut Montaigne. “Ahora hay una cierta gradación. Se plantea la cuestión de la transparencia de la información de China, tanto respecto del origen del virus como respecto de la gestión de la crisis en diciembre y enero, y a la comunicación internacional sobre la gravedad de la situación en Wuhan y la provincia de Hubei”, añade Duchâtel.

La tensión, en el caso francés, llegó a su punto más fuerte el 14 de marzo, cuando Le Drian convocó en el Quai d’Orsay, sede del Ministerio de Exteriores, al embajador chino en París, Lu Shaye, después de que la web de la Embajada de China publicase varios artículos anónimos que acusaban de mala gestión a los Gobiernos occidentales y atacaban a sus medios de comunicación. Le Drian ha denunciado las “calumnias” de la embajada. Una de las acusaciones formuladas por los representantes del país asiático, después rectificada, decía que “el personal encargado de los cuidados en las Ehpads [siglas francesas de las residencias de ancianos] abandonó sus puestos de la noche a la mañana, desertó colectivamente, dejando morir a sus residentes de hambre y enfermedad”.

En China han muerto 4.632 personas por el coronavirus. En Francia, 20.265. En el Reino Unido, 16.509, según los últimos recuentos. El contraste en las cifras alimenta las dudas.

“Manifiestamente hay cosas que han ocurrido y que no conocemos”, dijo la semana pasada el presidente francés, Emmanuel Macron, al diario Financial Times. “Creo que es absolutamente necesario llevar a cabo una revisión en profundidad de todo lo ocurrido, incluido el origen del estallido de la pandemia”, concurrió Raab. “Deberemos plantear las preguntas más duras, sobre todo, las que se refieren a cómo surgió toda esta crisis y si no se podría haber frenado antes”, añadió.

Tanto Francia como el Reino Unido mantenían una posición cooperativa con China antes de la pandemia. Al llegar a Downing Street el pasado verano, Boris Johnson se enfrentó al dilema de proteger los intereses del Reino Unido ante el futuro incierto del Brexit o seguir la senda de conflicto con Pekín señalada por su socio y aliado, Trump. Quiso nadar y guardar la ropa, y siguió adelante con la decisión de permitir la participación de la firma china Huawei en el desarrollo nacional de las nuevas redes de comunicación 5G, a pesar de las advertencias de Washington y de muchos halcones del ala dura del Partido Conservador.

De momento, el Gobierno británico ha mantenido un tono diplomático y ha querido ensalzar la cooperación entre ambos países a la hora de intercambiar material sanitario o de organizar el regreso de los ciudadanos británicos que permanecían en China, pero se ha sumado a la larga lista de voces internacionales que anuncian la necesidad de replantear el papel de Pekín en el mundo. También París busca este equilibrio entre cooperación y competición —y entre Washington y Pekín—, pero la covid-19 inclina la balanza hacia la rivalidad.

“Pekín juega a la fragmentación de la UE”, ha dicho Le Drian en una entrevista en Le Monde. El jefe de la diplomacia francesa sostiene que “la pandemia es la continuación, por otros medios, de la lucha entre las potencias” y “también la sistematización de las relaciones de poder que se veían antes, con la exacerbación de la rivalidad chinoamericana. “China se siente en condiciones de decir un día ‘yo soy la potencia y el liderazgo”, constata. Y añade: “Nosotros deseamos que Estados Unidos cumpla con sus responsabilidades y mantenga una relación de confianza con sus aliados”.

En otras palabras: la equidistancia entre Washington y Pekín nunca ha existido, y ahora menos que nunca. “Hay una convergencia transatlántica bastante fuerte en la manera en cómo se percibe la China de Xi Jinping [el presidente chino]. Hay una convergencia de análisis”, resume Duchâtel. “Los tonos y las culturas políticas son diferentes, pero hay una base común y reacciones que a veces son similares”.

Alemania: Merkel pide transparencia

Berlín se mantiene de momento firme en su política de no confrontación con China, su gran socio comercial, en plena recesión y dependiente del material médico procedente de Asia, para luchar contra la pandemia. Aun así, la canciller alemana, Angela Merkel, poco dada a acusaciones públicas, deslizó el lunes una crítica velada a la gestión de Pekín. “Cuanto más transparente sea China en cuanto a la génesis del virus, mejor será para que el mundo entero aprenda de ello”, indicó en respuesta a una pregunta durante una conferencia de prensa sobre la covid-19.

El tono general de Berlín ha sido hasta ahora sin embargo comedido. “De momento no hemos visto en Alemania la retórica dura de otras capitales europeas. Alemania tiene la relación económica más estrecha con el país asiático de toda Europa y en plena recesión va a ser muy reticente a la hora de ponerla en peligro”, recuerda Noah Barkin, investigador en el German Marshall Fund. La pujanza China, añade, resultó fundamental a la hora de mitigar los efectos de la crisis del euro y la economía asiática con su fuerte demanda, podría jugar ahora un papel similar.

Más allá de motivaciones económicas, la diplomacia alemana está marcada tradicionalmente por la búsqueda de entendimiento con China, un país que Merkel visita cada año. Hasta la irrupción del coronavirus, el plato fuerte de la presidencia alemana de la UE estaba previsto que fuera la cumbre con ese país en Leipzig. Esa sintonía diplomática ha dado sus frutos en esta crisis. A principios de mes, el Süddeutsche Zeitung informó de que Merkel había mantenido una conversación con el presidente Xi Jinping para allanar el camino para la adquisición de material sanitario a Alemania en un momento de competición global desaforada.

Al mismo tiempo, Alemania prepara medidas para evitar la adquisición de empresas alemanas desde el extranjero, advierte el especialista en China Thorsten Benner, director del Global Public Policy Institute de Berlín. Benner interpreta, que también en Alemania, más allá de las políticas oficiales, “hay un debate público, que ya fue notable con el 5G y que cuando pase la emergencia volverá a resurgir. Ahora la prioridad es reabrir la economía y se imponen las posiciones pragmáticas”. La covid-19, añade Benner, ha hecho que los políticos alemanes sean ahora muy conscientes de la necesidad de reducir la dependencia de los suministros médicos.

Prueba del debate del que habla Benner es la pelea pública que mantiene el sensacionalista Bild, el más leído de Alemania, con la Embajada china en Berlín. Su director, Julian Reichelt, le ha dirigido una carta a Xi Jinping, en la que le acusa de poner en peligro al mundo. “Usted cierra cada periódico y cada web que es crítica con su Gobierno, pero no cierra los puestos en los que venden sopa de murciélago”, dice Reichelt, en alusión a las teorías que asocian este plato con los orígenes del virus. Y sigue: “China se enriquece con las invenciones de otros […]. El mayor éxito exportador (el que nadie quiere tener, pero ha recorrido el mundo) es el coronavirus”.

París / Londres / Berlín - 20 abr 2020 - 17:30 COT

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Richard Haass, del Council on Foreign Relations: mundo post Covid-19 acentuará el desorden

El israelí-estadunidense Richard Haass –anterior funcionario del Pentágono, del Departamento de Estado, "asistente especial" de Daddy Bush, consultor de las dos guerras de EU contra Irak–, hoy preside el muy influyente thinktank CFR (https://www.cfr.org).

En su libro de hace tres años. Un mundo en desorden (https://amzn.to/2VmGzFH), adujo la ausencia de una superpotencia, antes del Covid-19, cuya pandemia no constituye ningún "punto de inflexión", sino que sólo profundiza y acelera las tendencias.

Richard Haass rememora las tendencias: un "paisaje global de una mayor rivalidad de las grandes potencias, proliferación nuclear, países débiles, flujos brotantes de refugiados, y creciente nacionalismo (sic), a la par del papel reducido (sic) de EU en el mundo": lo único que "cambiará con el resultado de la pandemia no es el desorden, sino su extensión".

En su artículo en Foreign Affairs (https://fam.ag/3bizBag), Haass aborda el "mundo post-EU": una de las "características de la presente crisis es la marcada ausencia del liderazgo de EU" cuya tendencia no es nueva, sino que "ha sido aparente (sic) por lo menos hace una década".

No lo dice, pero la unipolaridad fue sepultada por la grave crisis económica de 2008 fomentada por la orgía especulativa de Wall Street en la fase Obama. Fue cuando China cesó su"cooperación" masoquista con el sadismo financierista de EU que inició en 1971 con la dupla Nixon/Kissinger.

Rememora la "supervisión de la retirada de Afganistán y el Medio Oriente" en la fase Obama, y la utilización por Trump "mayormente del poder económico para confrontar a sus rivales".

Señala que, mucho antes de la pandemia, "se había gestado una declinación acelerada en el atractivo del modelo (sic) de EU" cuyo "prospecto" formó gran parte del atractivo de "Primero EU" de Trump. Haass juzga que "la pandemia reforzará esta perspectiva".

Diagnostica que la "persistente paralización política, la violencia de las armas, el mal manejo que llevó a la crisis financiera global de 2008 y la epidemia de los opiáceos", sumada de la "respuesta inefectiva a la pandemia", reforzará la opinión de que "EU perdió su rumbo".

Exagera su deprimente visión de una "sociedad anárquica", similar a su correligionario Robert Kaplan (https://amzn.to/3euSpox), como si el género humano no fuese capaz de crear civilizaciones más filantrópicas y menos nihilistas/misantrópicas del "orden" unipolar anticivilizatorio.

Arremete contra la Organización Mundial de la Salud (OMS) y abulta las "tendencias subyacentes" anteriores al Covid-19: "la emergencia de desafíos globales que ningún (sic) país, sin importar lo poderoso, pueda exitosamente contender por su cuenta el fracaso de las organizaciones globales para mantener estos desafíos".

Fustiga el uso de la inexistente "comunidad internacional", básicamente "aspiracional", y no tiene aplicación en la "geopolítica de hoy", lo cual "no cambiará pronto" cuando las "principales respuestas a la pandemia han sido nacionales o aún subnacionales y no internacionales", por lo que, en la fase post-Covid-19, "el énfasis cambiará a la recuperación nacional (sic)".

Parte de su "pesimismo" deriva de la falta de cooperación de EU y China cuya "fricción" fue exacerbada por la pandemia que "reforzará la recesión (sic) democrática evidente en los pasados 15 años".

Vislumbra potenciales temblores post-Covid 19 en India, Brasil, México (sic) y África, abulta "las amenazas" de Rusia, Norcorea e Irán, y entierra el “proyecto europeo que se desmantela a favor de la supervivencia nacional.

Un grave defecto de Richard Haass es su cosmogonía profundamente escatológica sin el liderazgo unipolar de EU.

Si EU erró su camino, no significa que no existan fractales (zonas de orden dentro del desorden) en el resto del mundo que sean susceptibles de rehacer y/o recomponer el nuevo orden del siglo XXI.

Richard Haass elude y no concede que la nueva batuta del reordenamiento está en manos ya de Rusia y China, a lo cual los estrategas realistas y lúcidos del "nuevo EU" post-Covid-19 deberían resignarse para luego reasignar su nuevo papel constructivo en el nuevo orden tripolar.

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Ordena Tesoro de EU despojo bancario contra Venezuela

"Grave delito del crimen trasnacional": BCV

Citibank transfirió recursos del país sudamericano a una cuenta de la Fed

 

Caracas. El Banco Central de Venezuela (BCV), máxima entidad financiera del país, denunció que el jueves el gobierno estadunidense ordenó a la institución Citibank, transferir recursos para apropiarse indebidamente de dinero del Estado venezolano.

El BCV relata en un comunicado que el Departamento del Tesoro estadunidense instruyó al banco Citibank "transferir recursos, de una cuenta cuyo titular es este instituto, a una cuenta de la Reserva Federal, consumando un vulgar despojo de recursos financieros pertenecientes al ente emisor venezolano".

La principal institución bancaria venezolana señaló que se trata de otra medida unilateral del gobierno de Estados Unidos contra Venezuela y destacó que esta acción se suma a una serie de ataques coordinados contra la nación sudamericana.

Durante años la Casa Blanca ha venido endureciendo una serie de sanciones coercitivas contra Venezuela que impiden su desenvolvimiento económico-financiero y que han implicado el despojo de cuantiosos recursos del Estado venezolano.

El BCV aseguró que "ejercerá todas las acciones a que hubiere lugar en el marco del derecho internacional y del ordenamiento jurídico nacional, para proteger los legítimos derechos e intereses del Estado venezolano".

El banco denunció que los despojos, que suponen "graves delitos de crimen transnacional organizado" han sido acometidos "directamente por el gobierno de Donald Trump, en colusión con diputados extremistas de la derecha venezolana".

La institución lamentó que el referido despojo incide en el desenvolvimiento normal de la economía venezolana, que ya estaba ampliamente afectada por las medidas previas de la Casa Blanca contra Venezuela, y que además se ve más complicada actualmente en vista de la situación generada por la pandemia de Covid-19.

Es un "vulgar despojo" del Departamento del Tesoro de Estados Unidos "en complicidad" con la Asamblea Nacional, que controla la oposición, denunció el canciller Jorge Arreaza en Twitter.

En otro orden, Brasil cerró ayer formalmente su misión exterior en Venezuela al repatriar a sus últimos diplomáticos y funcionarios de la embajada con sus familias, informaron las autoridades.

Según un comunicado conjunto entre la cancillería y el Ministerio de Defensa, un total de 38 personas, entre diplomáticos y funcionarios de la embajada y los consulados, agregados militares y familiares fueron repatriados en un vuelo de la Fuerza Aérea Brasileña que llegó a Brasilia.

En el operativo fueron repatriados, además, otros 12 ciudadanos brasileños. Los brasileños que vivan en Venezuela podrán comunicarse con la cancillería de su país mediante un número telefónico.

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Coronavirus en Estados Unidos: El miedo de Kissinger

El ocaso del Imperio americano

Hace muchos años que se pronostica el ocaso inevitable de la supremacía norteamericana. Pero ¿cómo probarlo? Muchos argumentos parecían nacidos más de una expresión de deseos que de una posibilidad real. Hoy, ya no hay dudas. Estrategas como Henry Kissinger, político clave en la construcción del imperio y experto como pocos en los laberintos del poder, reconocen el irremediable fin de la hegemonía estadounidense.

Las postales dramáticas que el Covid-19 está sembrando en distintas partes del territorio norteamericano confirman esa hipótesis. Y no por las altísimas cifras de muertos, ni por la imperdonable falta de insumos básicos en un país de semejante riqueza, ni por la deficiencia y crueldad de su sistema de salud pública. Estas no son más que consecuencias del capitalismo salvaje que tienen muy sin cuidado al establishment mundial, partidario, como se sabe, del darwinismo social y la sobrevivencia de los ricos.

En su último artículo “La pandemia del coronavirus va a alterar para siempre el orden mundial”, publicado el pasado 3 de abril en el diario The Wall Street Journal, Kissinger expresa abiertamente sus dos grandes temores. Después del Covid-19 ¿se podrán “salvaguardar los principios del orden mundial liberal”? “Un país dividido como Estados Unidos ¿será capaz de liderar la transición al orden posterior al coronavirus?”

No por casualidad, el texto comienza añorando aquel “lejano tiempo” del Plan Marshall y el Proyecto Manhattan los programas que, justamente, permitieron a EEUU catapultarse como potencia mundial en la segunda mitad del siglo XX. El primero de auxilio para el crecimiento de Europa Occidental y el segundo para el desarrollo de la bomba atómica.

El contraste con la actualidad se hace patente. A diferencia de entonces hoy EEUU no puede ofrecer, al resto del planeta, ningún ideal civilizatorio salvo la depredación financiera y medioambiental. En plena crisis de coronavirus, carece de líderes capaces de hacer buenos diagnósticos y, por lo tanto, de una voz autorizada que proponga una salida colectiva. Lo que percibe Kissinger es la pérdida, incluso, de esa fuerza simbólica, propia de los liderazgos, que durante décadas hizo creer al mundo que los norteamericanos eran los únicos capaces de resolver el caos.

Ahora, países demonizados (y rivales) como Rusia y China tiene que asistir a EEUU y ¡¡el presidente Donald Trump en persona –no por twitter- tuvo que salir a agradecerlo!!

Kissinger, cómplice de tantos genocidios, apunta al corazón del dilema. El imperio se edificó en “la creencia de que sus instituciones pueden prever calamidades, detener su impacto y restaurar la estabilidad. Cuando termine la pandemia de Covid-19, se percibirá que las instituciones de muchos países han fallado”, escribió. “La prueba final será si se mantiene la confianza pública en la capacidad de los estadounidenses para gobernarse a sí mismos.”

Sin ser explícito, el estratega de 96 años, admite el fin de la supremacía y baraja, como mal menor, un co-gobierno mundial donde EEUU mantenga alguna voz. La “agitación política y económica que ha desatado el virus podría durar generaciones y ni siquiera EEUU puede hacerlo solo. Debe combinarse una visión y un programa de colaboración global”, arriesga. Entretanto existe un enorme peligro.

El intento de ocultar el derrumbe imperial –como parece estar haciéndolo el presidente Donald Trump en estos días- puede adoptar formas criminales. En medio de una catástrofe pandémica sin precedentes, el Pentágono anunció el lanzamiento de una peligrosa operación militar contra Venezuela, que se suma al severo bloqueo que ya sufre ese país por parte de EEUU y sus aliados.

Si el invento de proclamar a Juan Guaidó como presidente trucho fue acompañado por 50 de los 200 países que hay en el mundo, esta aventura, según cifras de EEUU, cuenta con el aval de apenas 20 naciones. Un acto de bravuconería que no hace más que confirmar el ocaso del liderazgo norteamericano y que fue duramente criticada por Rusia el pasado 9 de abril. “Después de estudiar el contenido de la iniciativa de Washington –dice el comunicado de la cancillería rusa- creemos que no merece una respuesta seria”.

El texto de Kissinger es un llamado desesperado a los dueños del mundo por temor a que algo se vaya de las manos. Nos toca al resto, a los países poderosos y no tanto, ser campo de contención al pánico del establishment global. Es hora de defender, hasta las últimas consecuencias, los principios de paz, humanismo y no injerencia. Es la hora de la cordura.

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