Viraje económico para la China post-Covid

s cada vez más evidente que el modelo de desarrollo que protagonizó el milagro económico chino está llegando a su fin. China no puede seguir dependiendo de un modelo productivo anclado en las exportaciones si quiere aspirar a convertirse en una economía desarrollada. El sistema está cayendo por su propio peso, y con la progresiva pero imparable tendencia al alza de los salarios, China es un destino cada vez menos atractivo para la producción de manufacturas de bajo valor añadido. Toca reinventarse o morir.

Con este fin, los altos cargos del partido llevan meses hablando de un nuevo modelo de desarrollo, el sistema de circulación dual. Su mecánica es simple: consiste en priorizar el mercado doméstico o la “circulación interna” para poder continuar la senda del crecimiento económico, sin depender excesivamente del comercio internacional o “circulación exterior”, como viene siendo el caso desde que China se integró en la economía mundial. En definitiva, busca construir una economía más autosuficiente y equilibrada que se sustente en un mercado doméstico potente y capaz de contrarrestar los devenires del exterior.Sin embargo, esto no significa una vuelta al aislamiento o el abandono de la circulación externa, sino que esta pasa ahora a un segundo plano como motor de crecimiento. Es más, fomentar el consumo interno pasa inevitablemente por abrir las puertas a la inversión foránea y mejorar el trato a las empresas extranjeras, como ha prometido Xi repetidas veces en los últimos meses. La introducción del modelo de circulación dual no es una mera cuestión semántica. Se espera que se convierta en uno de los temas centrales del XIV plan quinquenal que se está siendo discutido esta semana por el Comité Central del PCCh y que se convertirá en hoja de ruta para el periodo 2021 – 2025.

Que Beijing necesita recalibrar la economía china hacia un modelo más sostenible a largo plazo es un secreto a voces desde hace tiempo. La pasada década estuvo marcada por el foco en la oferta, con una fuerte inversión en ciencia e investigación, así como la famosa iniciativa Made in China 2025, encaminada a convertir al país en una potencia tecnológica. La diferencia que trae el sistema de circulación dual es la voluntad por parte del Buró Político de hacer del estímulo de la demanda interna el eje central de un nuevo modelo de desarrollo. Queda claro que el objetivo ahora es reducir la sobreexposición a un contexto global marcado por un incipiente viraje al proteccionismo y una suerte de nacionalismo económico.

Y es que a las cuestiones estructurales hay que sumarle un escenario geopolítico cada vez más hostil para el gigante asiático. Sin duda alguna, la mayor confrontación proviene de Estados Unidos: la guerra comercial, el veto a ciertas empresas tecnológicas como Huawei o ByteDance (Tik-Tok) o las restricciones a la exportación de chips y semiconductores -componentes imprescindibles de cualquier producto electrónico- en aras de la seguridad nacional o la protección de la propiedad intelectual, están poniendo en aprietos a Beijing. Pero hasta Bruselas se muestra ahora recelosa de las relaciones sino-europeas, llegando incluso a tachar a China de “rival sistémico”. Si añadimos a esto una creciente percepción desfavorable en países industrializados -como muestra una reciente encuesta de Pew Research Center– así como la incesante tensión en el mar del sur de China, el panorama para Xi no se muestra muy alentador. Aunque China no se habría desarrollado a tal velocidad de no haberse convertido en la fábrica del mundo, es ya más que evidente que esta dependencia del exterior se está tornando progresivamente en una amenaza para la supervivencia del régimen.

Un círculo vicioso difícil de escapar

La misión es clara: que sean los propios chinos los que absorban una producción nacional cada vez más sofisticada. Y aunque las oportunidades de crecimiento que presenta un mercado doméstico de más de mil millones de personas son incomparables, romper con este círculo vicioso no será tarea fácil para Xi.

Resulta paradójico que mientras las altas instancias del PCCh llevan meses enfatizando la importancia del mercado doméstico, China haya protagonizado un repunte espectacular gracias precisamente a los mastodónticos estímulos a la oferta. Estas inversiones no han hecho más que alimentar la máquina de las exportaciones, anclando la recuperación económica en este viejo modelo y engrosando unos niveles de deuda pública y privada cada vez más preocupantes.

De todas formas, la jugada le ha salido bien a Xi, convirtiendo a China en la envidia de unas economías occidentales que agonizan entre confinamientos y restricciones. Las exportaciones se han disparado durante los últimos meses, protagonizando un espectacular crecimiento del 4,9% interanual en el tercer trimestre. Los datos de septiembre corroboran la tendencia al alza de la producción industrial -con un incremento del 6,9% anual-, mientras que el consumo, estancado desde hace meses, arroja algo de esperanza por primera vez desde el inicio de la pandemia, gracias al aumento de ventas de productos de lujo. Ahora que las economías occidentales echan de nuevo el cierre en esta segunda ola, todos los ojos están pendientes de si la confianza del consumidor chino se mantendrá a flote lo suficiente para poder absorber la demanda externa perdida.

Es aquí donde yace el verdadero problema. En ausencia de políticas redistributivas destinadas a aumentar los ingresos de las clases medias -las cuales conforman el grueso del consumo en países desarrollados- será muy difícil potenciar la “circulación interna”. Las prestaciones al desempleo y demás beneficios sociales son insuficientes, y en muchos casos, ligadas a la posesión del permiso de residencia o hukou -al que no tienen acceso millones de trabajadores migrantes. Si le añadimos la tendencia natural de las sociedades confucionistas al ahorro, está cada vez más claro que el aumento de la demanda pasa necesariamente por poner dinero en los bolsillos de los consumidores, cueste lo que cueste.

Por Isabel Valverde | 29/10/2020

Isabel Valverde es Graduada en Negocios y Relaciones Internacionales por IE University y estudiante de máster en Política Pública Internacional en la Queen Mary University of London.

Fuente: https://politica-china.org/areas/sociedad/viraje-economico-para-la-china-post-covid

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México se coloca como el mayor socio comercial de EU

El valor total del comercio entre México y Estados Unidos ascendió a más de 290 mil millones de dólares entre enero y julio, con lo que México se situó como el primer socio comercial de dicho país, informó la subsecretaria de Comercio Exterior, Luz María de la Mora, en la red social Twitter.

De acuerdo con datos de la Oficina del Censo de Estados Unidos, en el periodo referido, el comercio entre México y Estados Unidos fue de 290 mil 600 millones de dólares, lo que representó 14 por ciento de las transacciones de comercio exterior de Estados Unidos.

Enseguida se colocó Canadá, cuyas operaciones comerciales con Estados Unidos fueron por 288 mil 500 millones de dólares, 13.9 por ciento del total.

En el tercer sitio se ubicó la relación comercial con China, la cual totalizó 280 mil 400 millones de dólares, equivalente a 13.5 por ciento.

Para el mes de julio, las exportaciones de México a Estados Unidos sumaron 29 mil 87 millones de dólares, mientras las importaciones fueron por 18 mil 448 millones de dólares, lo que significó un superávit histórico de 10 mil 639 millones de dólares.

Déficit de EU en su nivel más alto desde 2008

En tanto, el déficit comercial de Estados Unidos aumentó en julio a su nivel más alto desde 2008 ante un incremento récord en las importaciones, lo que sugiere que el comercio podría ser un lastre para el crecimiento económico en el tercer trimestre.

De acuerdo con el Departamento de Comercio, la brecha comercial se amplió 18.9 por ciento a 63 mil 600 millones. Economistas consultados por Reuters habían previsto un déficit de 58 mil millones de dólares.

Las exportaciones subieron 8.1 por ciento a 168 mil 100 millones y las importaciones aumentaron 10.9 por ciento a 231 mil 700 millones.

Pese a que el comercio ha retomado fuerza “sigue por debajo de los niveles de antes de la pandemia, lo que refleja el impacto continuo del Covid-19, en la medida que muchos negocios continúan operando de forma limitada o cerraron completamente y el movimiento de viajeros transfronterizos sigue restringido”, indicó el Departamento de Comercio.

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 Los presidentes y primeros ministros de los países reunidos este lunes en Bangkok. En vídeo, declaraciones de varios de los ministros. MANAN VATSYAYANA AFP | VÍDEO: REUTERS

La India ha optado por quedarse fuera, de momento, de la RCEP, una alianza abanderada por China y que excluye a EE UU

Quince países de Asia han concluido este lunes en Bangkok las negociaciones para constituir lo que promete ser la mayor zona de libre comercio del mundo y que se ratificará el año próximo. La RCEP, la Asociación Económica Integral Regional, es un proyecto promovido principalmente por Pekín, que se negociaba desde 2012 y que no incluye a Estados Unidos. En las negociaciones en la capital asiática, la India ha decidido no sumarse finalmente tampoco a la alianza por razones de “interés nacional”.

En el comunicado al término de la cumbre de países de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN) celebrada en Bangkok, los líderes de los 16 países negociadores indican que 15 de ellos “han concluido las negociaciones para los 20 capítulos y esencialmente todos los temas sobre acceso a los mercados”.

“No habrá ningún problema para que los 15 participantes en el tratado lo firmen el año próximo”, ha declarado el viceministro de Asuntos Extranjeros chinos, Le Yucheng. La India será “bienvenida” si en el futuro decide sumarse a esta asociación, formada por China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda, además de los diez países de la ASEAN (Indonesia, Tailandia, Singapur, Malasia, Filipinas, Vietnam, Myanmar, Camboya, Laos y Brunei).

Si todo sale como el viceministro chino promete y la India se suma al pacto, la futura RCEP abarcará el 47% de la población mundial, o 3.400 millones de personas, y el 32,2% del PIB mundial, 20,6 billones de euros. También acaparará el 32,5% de la inversión global y el 29% del comercio del planeta.

Para Pekín, el éxito de las negociaciones representa un espaldarazo económico y político. Como promotora de la iniciativa, consolida su influencia en Asia y el papel que busca de adalid global del multilateralismo. El acuerdo también servirá para apuntalar su economía en momentos en los que su crecimiento se hace más lento y se enfrenta con Estados Unidos en una guerra de trincheras comercial y tecnológica.

Las negociaciones para esta alianza habían alcanzado inicialmente escasos progresos desde que se lanzó la propuesta inicial en Camboya hace siete años. Pero recibieron un nuevo ímpetu después de que, inmediatamente después de llegar a la Casa Blanca, Donald Trump ordenara la salida de Estados Unidos del Acuerdo Transpacíficode Cooperación Económica (TPP), el ambicioso tratado de libre comercio para ambas orillas del Pacífico que la Administración de Barack Obama concebía como el pilar económico para apuntalar la influencia de Washington en la región. La retirada de EE UU supuso la cuasi-defunción, a efectos prácticos, de aquel proyecto, pese a que 11 de sus miembros lo han ratificado.

En cambio, la propuesta china recibió una inyección de vitalidad. “No cabe duda de que daremos un giro hacia la RCEP si el TPP no avanza”, dijo en su día el primer ministro japonés, Shinzo Abe, uno de los principales adalides del acuerdo transpacífico.

La desaceleración generalizada entre las economías asiáticas al hilo de la guerra comercial entre EE UU y China terminó de suministrar el incentivo necesario para que las negociaciones llegaran a buen puerto.

La RCEP y el TPP son muy diferentes. Donde el TPP se centraba en la reducción de barreras no arancelarias (protección del medioambiente, estándares para la inversión extranjera), la RCEP pone el énfasis principalmente en los aranceles, sin las protecciones a los derechos laborales que ofrece el tratado que originalmente lideró EE UU.

La alianza, que requerirá la ratificación de los respectivos parlamentos nacionales, eliminará aranceles sobre más del 90% de los bienes intercambiados entre los miembros. El acuerdo también incluye protecciones sobre la propiedad intelectual y capítulos sobre inversiones y comercio de bienes y servicios. También estipula mecanismos para la resolución de disputas entre los países.

Entre otros problemas, las negociaciones han afrontado las reticencias de la India, una economía con déficit en su balanza comercial, a diferencia de las del resto de los países miembros, todas con superávit. Nueva Delhi teme que una amplia zona de libre comercio inunde su mercado de productos chinos y su industria manufacturera se viera perjudicada. También ve con sospecha la posibilidad de que los bienes agrícolas de Australia o Nueva Zelanda pudieran dañar a este sector de su economía.

“Nuestra decisión ha venido guiada por el impacto que este acuerdo tendría sobre nuestros ciudadanos”, ha declarado Vijay Thakur Singh, del Ministerio indio de Asuntos Exteriores, en una rueda de prensa citada por AFP.

La resistencia de la India no es el único problema por resolver en este acuerdo gigantesco, que aúna a economías tan dispares como la avanzadísima japonesa, la “socialista con características chinas” de Pekín o la de sistema comunista de Laos, uno de los países más pobres del mundo. Está por ver si el deterioro actual en las relaciones entre Japón y Corea del Sur tendrá algún impacto en la puesta en marcha de esta amplia zona comercial. Y Australia y Nueva Zelanda han expresado también su interés en fortalecer los derechos laborales o las protecciones medioambientales, como hace el TPP.

Por Macarena Vidal Liy

Pekín 5 NOV 2019 - 03:59 COT

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Domingo, 07 Julio 2019 05:51

El gran naufragio

El gran naufragio

La economía brasileña en problemas: antecedentes, debilidades y fortalezas

 

Prever uno o más futuros posibles para Brasil es hoy particularmente difícil por dos razones: una de ellas se debe al contexto internacional, actualmente en desplazamiento; la otra se debe al choque político que el país atraviesa desde la elección de un presidente que desea romper con el pasado de una forma particularmente brutal y muchas veces incoherente.

El contexto internacional es cada vez más inestable, marcado por el ascenso de China y el declive relativo de Estados Unidos, los cambios brutales en las “reglas de juego” que hasta hace poco gobernaron la globalización del comercio, la desaceleración del crecimiento del comercio internacional y la adopción de medidas proteccionistas, la transformación de la tecnología y el surgimiento de la inteligencia artificial y de la automatización, y la probabilidad significativa de una crisis financiera internacional.

A medida que pasan los meses, la política económica propuesta por el nuevo gobierno se enfrenta a un rechazo cada vez mayor, ya sea de parte del Congreso o del propio pueblo brasileño. Por momentos, esta política económica se muestra incoherente debido a declaraciones intempestivas –tanto del núcleo cercano al presidente (familia, consejeros) como de ministros incompetentes– que contradicen lo dicho por el ministro de Economía o el vicepresidente. Así, sufre de un déficit de racionalidad, esto es, una incapacidad manifiesta para implementar un programa económico controvertido, liberal pero cojo. De hecho, las líneas generales hasta ahora conocidas muestran los gérmenes de múltiples dilemas entre soberanía, liberalismo e intervencionismo, capaces tanto de revivir oposiciones entre aquellos que apoyaron la llegada de Bolsonaro a la presidencia como de animar a los movimientos sociales.

UNA ECONOMÍA PREDOMINANTEMENTE RENTISTA.

Así anunciado, este subtítulo puede sorprender o incluso chocar. No hace mucho tiempo, en 2007, Brasil era presentado no sólo como una de las economías más poderosas del mundo, sino como una especie de El Dorado para los inversores extranjeros. Contrariamente a lo que se pueda haber escrito en el pasado, Brasil no es una economía emergente. A largo plazo, su Pbi per cápita no se está aproximando al de los países avanzados; creció ligeramente en el período entre 2004 y 2013 bajo las dos presidencias de Lula y la primera de Rousseff. El Pbi per cápita con relación al de Estados Unidos fue aproximadamente el mismo en 1960 y en 2016, mientras que el de Corea del Sur, que parte de un nivel inferior, supera al de Brasil en 1990 y alcanza el 50 por ciento del de Estados Unidos en 2016, de acuerdo al Banco Mundial.

Hay que destacar que en Brasil el comportamiento de los empresarios es fundamentalmente rentista, con algunas excepciones. Prefieren, en principio, consumir, invertir en productos financieros o incluso en la producción de materias primas, en lugar de hacerlo en la industria, en la innovación y en los llamados servicios dinámicos.

Las consecuencias son:

  1. Una tasa de inversión muy baja.
  2. Un nivel de productividad del trabajo en la industria brasileña también bajo (véase tabla 1).
  3. Una tendencia al estancamiento económico del Pbi per cápita desde los años noventa.

 

Con un crecimiento tan bajo, la movilidad social se muestra reducida: la probabilidad de que el hijo de una persona pobre sea pobre cuando alcance la edad adulta es muy alta, a menos que una política voluntaria de redistribución de la renta sea puesta en práctica por el gobierno: aumento del salario mínimo mayor al crecimiento de la productividad del trabajo, políticas diversas de asistencia a los más pobres como Bolsa Familia, pago de pensiones indexadas a los campesinos pobres y a los discapacitados –incluso cuando no hayan contribuido.

En gran parte gracias a las políticas sociales, hasta 2014 ocurrió una ligera caída en las desigualdades a nivel de los ingresos de la fuerza de trabajo. Con la crisis económica y la política de austeridad decidida por el segundo gobierno de Rousseff, seguida por la de Temer a partir de 2016, esas desigualdades pasaron a subir nuevamente.

El declive de la desigualdad en la renta de trabajo durante las dos presidencias de Lula y la primera de Dilma fue acompañado por un aumento en la desigualdad de la renta personal, al contrario de lo que afirmaron los discursos oficiales. Esto fue demostrado por economistas que usaron no sólo los datos proporcionados por la Encuesta Nacional por Muestra de Hogares (Pnad por sus siglas en portugués), sino además las informaciones del impuesto a la renta de las personas (Irpf) para los deciles más ricos. Así, de acuerdo con los cálculos de Morgan,1 el coeficiente de Gini no sufrió la caída anunciada.

Por otro lado, la disminución de la pobreza entre 2002 y 2004 fue considerable. Entre 2002 y 2013, el número de hogares pobres disminuyó de forma pronunciada en relación con el total de hogares y el de hogares en la indigencia disminuyó del 10 al 5,3 por ciento. La metodología para medir la pobreza cambió en noviembre de 2015. De acuerdo a las estimaciones de la investigadora brasileña Sonia Rocha, la pobreza aumentó de 13,8 por ciento en 2014 a 16 por ciento en 2015 y la indigencia, de 3,4 a 4,2 por ciento. Ese aumento continuó en 2016 y en 2017 según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística.

DE LA DESINDUSTRIALIZACIÓN… 

La desindustrialización de Brasil es prematura. En América Latina, este fenómeno llegó mucho antes que en los países avanzados; de ahí el uso del adjetivo “precoz”, utilizado cuando el ingreso per cápita corresponde a la mitad del de los países avanzados al iniciarse el proceso de desindustrialización.

El Pbi real per cápita de la industria de Brasil no alcanzó el nivel de 1980, pero en Estados Unidos aumentó en más de un 60 por ciento en el mismo período. El peso relativo de la industria manufacturera en el Pbi pasó de 24 por ciento en 1980 a 13 por ciento en 2014 y 10 por ciento en 2017.2 La participación de la industria manufacturera brasileña en la industria manufacturera mundial (en términos de valor agregado) fue de 2,7 por ciento en 1980, de 3,1 por ciento en 2005 y de 1,8 por ciento en 2016, según el Instituto de Estudios para el Desarrollo Industrial brasileño.3 En China, esta proporción pasó de 11,7 por ciento en 2005 a 24,4 por ciento en 2016. Por lo tanto, mientras disminuye relativamente en Brasil, aumenta considerablemente en China.

Las exportaciones de manufacturas están en caída en términos relativos en Brasil, pasando de representar el 53 por ciento del valor de las exportaciones en 2005 al 35 por ciento en 2012, en favor de las exportaciones de materias primas agrícolas y mineras. Recién en febrero de 2016 pudieron crecer debido a una fuerte desvalorización del real en 2015 y a la baja en el precio de los productos. El peso de su valor en las exportaciones mundiales de productos industriales pasó de 0,8 por ciento a 0,61 entre 2005 y 2017.

… A LA CRISIS.

La desindustrialización precoz se debe a la falta de una política cambiaria destinada a contrarrestar la apreciación de la moneda y al aumento de los salarios por encima de la productividad del trabajo –que, de hecho, ha sido muy débil–, así como a la relativa ausencia de una política industrial que se oponga a ciertos efectos perniciosos sobre la competitividad.

El aumento de los precios de las commodities en los últimos años, la suba significativa del volumen de exportaciones y la entrada de capital extranjero en Brasil tuvieron como efecto la apreciación de la moneda brasileña en términos reales en comparación con el dólar (véase tabla 2). Esta apreciación fue más o menos combatida en la primera presidencia de Dilma. Además, ocurrió una depreciación acentuada en 2015. La valorización de la moneda nacional tiene efectos perversos, que los economistas generalmente denominan “enfermedad holandesa” o “dutch disease”. Las políticas de esterilización de liquidez causadas por este tipo de bonanza pueden combatirla, pero no fueron aplicadas sistemáticamente, excepto de forma irregular en la primera presidencia de Rousseff.

La valorización de la tasa de cambio a mediano plazo, intercalada con devaluaciones más o menos significativas, no fue compensada por esfuerzos en pos de aumentar la productividad laboral. No sólo el aumento de la productividad del trabajo en la industria manufacturera fue muy modesto (y desigual, dependiendo de los sectores, de la dimensión de las empresas y de su nacionalidad), sino que fue acompañado de fuertes aumentos salariales por lo menos en las escalas más bajas. A causa de la enorme desigualdad de renta, esos aumentos son justificados desde un punto de vista ético. Pero si no son acompañados por una política industrial destinada a aumentar la productividad y ocurren junto con una apreciación de la moneda nacional, sobreviene una caída de la competitividad del tejido industrial. La abundancia de divisas provenientes de la venta de materias primas permitió que parte de la demanda fuera satisfecha por el crecimiento de las importaciones.

La competitividad de la industria manufacturera, el sector más expuesto a la competencia internacional, se deterioró durante este período. A pesar del menor costo en moneda local de las importaciones de bienes de capital y de los productos intermedios, el aumento en el costo unitario del trabajo amputó la rentabilidad. El impacto total sobre los precios los hizo más rígidos, debido al aumento de la competencia internacional en los sectores expuestos. En consecuencia, el impacto en la rentabilidad de las empresas (véase tabla 3) anunció la crisis de 2014 y, especialmente, de 2015 y 2016.

En resumen, la apreciación de la moneda nacional debilitó el tejido industrial, redujo la rentabilidad de las empresas de la industria manufacturera y promovió la inversión en actividades rentistas, lo que explica así el bajo nivel de inversión en actividades productivas en el mediano plazo, especialmente si se lo compara con el de los países asiáticos. Esta fue la levadura de la crisis.

CRECIMIENTO SIN ALIENTO Y DÉFICIT DE RACIONALIDAD.

El nuevo presidente hereda una situación económica contradictoria: por un lado, buenos puntos de partida, pero, por otro, una situación social muy deteriorada, una inserción internacional problemática y cierta incapacidad de recuperación luego de la crisis de 2015-2016.

A fines de 2018 algunos puntos de partida parecían positivos, había un pequeño déficit en el saldo de cuenta corriente: –0,7 por ciento del Pbi; un saldo primario de presupuesto (o sea, sin contar los pagos por concepto de deuda pública) de –2,3 por ciento del Pbi. Aquí la crisis enmascara, sin embargo, un déficit nominal todavía muy elevado: –7,3 por ciento del Pbi debido al peso de los pagos de la deuda, una tasa moderada de inflación (3,75 por ciento al año para el Ipc); elevadas reservas internacionales (375.000 millones de dólares) formadas principalmente por los ingresos de capital, especialmente de la inversión extranjera directa (79.000 millones en 2018).

Previamente, la restricción externa fue levantada gracias a la bonanza proporcionada por la venta de materias primas y la entrada de inversión extranjera directa. El aumento del poder de compra fue satisfecho a través de las importaciones, en detrimento de la producción doméstica. Esta se mostró incapaz de superar las restricciones competitivas impuestas por la globalización comercial, además de estar sujeta al deterioro de sus costos unitarios de trabajo. La reprimarización de la economía con el ascenso de las actividades rentistas contuvo tres aspectos: uno positivo, ya que hizo posible un aumento en el poder de compra; otro negativo, porque rompió el tejido industrial en sus ramos más dinámicos y preparó así la crisis futura; finalmente, el tercer aspecto también fue negativo, porque la riqueza capitalista pasó a venir de la renta y no de la explotación de la fuerza de trabajo. La reprimarización, una ilusión de riqueza, crea un tipo de capitalismo cada vez más dependiente del precio de las materias primas, un capitalismo incapaz de revolucionar las prácticas de producción.

CONCLUSIÓN.

América Latina nunca conoció un milagro económico. La reprimarización de sus economías, así como su consecuente desindustrialización precoz, acarreó consigo más vulnerabilidad. La pobreza disminuyó, pero la renta relativa de los estratos medio-bajo y medio se redujo, lo que eventualmente generó frustración. Después de declinar en el sur y en el centro del país, con los dos primeros gobiernos de Lula y el primero de Dilma, la violencia volvió a aumentar significativamente. Los sectores más ricos se enriquecieron y, cuando vino la crisis, los partidos progresistas fueron fácilmente usados como chivo expiatorio. Se dijo entonces que eran ellos los responsables de impedir el enriquecimiento de los más ricos y de haber permitido el empobrecimiento relativo de una gran parte de las clases medias. Además, fueron acusados, tal como lo habían sido los otros partidos, de haber permitido y participado de la gangrena de la corrupción.

Es posible que las reformas planificadas no puedan ser implementadas y que los conflictos de intereses conduzcan a reformas profundamente edulcoradas. Los gritos de alarma ya pululan en las revistas financieras. El crecimiento sólo vendrá de esas reformas, dicen. Sin ellas, el país se va a hundir en la crisis. El problema es que muchas de esas reformas liberales ya fueron emprendidas, como la del mercado de trabajo. Y sin embargo, la tasa de crecimiento continúa muy baja y cada día que pasa se hace una previsión aun más baja del crecimiento futuro.

En realidad, Brasil paga un precio muy caro por los errores de la política económica de Lula y de Dilma Rousseff, por el liberalismo sin contenido social de Temer y ahora de Bolsonaro. El peso de este último, sin embargo, es de orden completamente diferente en relación con los errores anteriormente señalados. Brasil paga un precio alto debido a la manipulación de las instituciones, debilitadas por años de dictadura, por expulsar a Rousseff de la presidencia y por la imposición actual de una política más dura de liberalización económica. Subsiste la esperanza de evitar los efectos insalubres de los escándalos de corrupción, pero este punto está lejos de ser alcanzado.

El déficit de racionalidad aumenta. ¿Hasta dónde irá? ¿Qué vendrá después? ¿Un impeachment del vicepresidente apoyado por los militares? ¿La salida del presidente apoyado por las sectas religiosas? ¿El retorno de la izquierda?

 

1. Marc Morgan, 2018, “Falling inequality beneath extreme and persistent concentration: new evidence for Brazil combining national account, survey and fiscal data”, Wid, Working paper, número 12 , págs 1-78.

2. Instituto de Estudios para el Desarrollo Industrial, 2018, “Indústria e o Brasil no futuro”, pág 22.

3. Ídem, pág 25.

 

Por Pierre Salama. Economista, profesor emérito de la Universidad de París XIII e investigador de las economías latinoamericanas.

Artículo publicado originalmente en Outras Palavras, Brecha lo reproduce con autorización.

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Jueves, 04 Julio 2019 06:20

La Cuba de Trump

La Cuba de Trump

Si el proyecto de Obama en el país caribeño era terminar la Guerra Fría construyendo entendimientos, el de Trump es hacerlo aplastando al enemigo

 

 

Los habaneros acostumbran asomarse sin camisa o en corpiños por los balcones para tender la ropa húmeda, tomar el fresco, comentar con sus vecinos los detalles de las vidas privadas o distraerse mirando a los turistas que pasan y, por estos días, también para quejarse del calor insoportable. Son las arenas del Sahara, repiten, las que acentúan la sensación de calor, disminuyen la humedad y bajan las probabilidades de lluvia. Según el Granma “alrededor de 90 millones de toneladas de polvo provenientes del desierto del Sahara llegan cada año a la región del Caribe durante la primavera y el verano”.

Hacía poco más de un año que no visitaba La Habana, y lo que encontré fue una población abatida no solo por el calor. Toda la energía que se vivió desde que Barack Obama y Raúl Castro acordaran restablecer las relaciones diplomáticas entre Cuba y los EE.UU se ha transformado en decaimiento. La Embajada norteamericana que entonces fue reabierta, Trump se encargó de cerrarla; las restricciones que por ley impiden viajar a los estadounidenses como turistas y que Obama procuró relajar, él volvió a rigidizarlas; prohibió toda relación comercial con el conglomerado militar que controla el 60% de la economía isleña, bloqueando así los negocios que entre ambos países recién empezaban a germinar, y, de paso, frenó las inversiones provenientes del resto del mundo. La confianza que contagiaba ver a los EE UU interactuando en distintos planos con Cuba se convirtió una vez más en incertidumbre y sospechas.

“Desde que estamos en Cuba, hace más de 30 años”, me dijeron unos empresarios españoles, “nunca habíamos sentido con tanta fuerza el apriete de las medidas norteamericanas”. Me contaron, además, que la desconfianza instalada entre los empresarios extranjeros y las autoridades locales pasaba por un momento álgido, que cualquier palabra de más ponía en riesgo los pagos atrasados a veces en casi dos años y siempre en más de uno, lo que de suceder simplemente los arruinaba. Una vez a la semana se reunían entre ellos para desahogarse a puertas cerradas.

Obama dijo en su visita a La Habana el año 2016: "Vine aquí para dejar atrás los últimos vestigios de la Guerra Fría en las Américas". Su apuesta era que incorporando a Cuba al mundo y permitiéndole abrirse a los mercados internacionales, el solo intercambio cultural y de personas traerían el cambio político que décadas de hostilidad no habían conseguido. Por eso bogaba por el fin del embargo, que no consiguió por faltarle los votos necesarios en el Congreso, pero que era el obvio paso siguiente en este proceso que concluiría Hillary Clinton durante su mandato.

Pero ganó Trump y desmoronó todo este proyecto amistoso y democratizante. No solo mantuvo el bloqueo, sino que reactivó con más fuerza la ley Helmes Burton, de modo que los dueños de propiedades confiscadas por la Revolución pudieran reclamarlas nuevamente. “EE UU no permitirá las visitas a Cuba a través de embarcaciones de pasajeros y embarcaciones recreativas, incluidos cruceros y yates, así como aviones privados y corporativos”, señaló en un comunicado el Departamento de Estado de EE UU. Si hasta el año pasado se hablaba de la construcción de seis nuevos terminales para cruceros en La Habana, hoy estos balnearios flotantes que habían ayudado a dinamizar la vida económica de la ciudad con sus cerca de 4000 visitantes diarios desaparecieron. La Habana Vieja se ve mucho más vacía y los dueños de sus restaurantes y otros pequeños negocios no escatiman lamentos cuando se les pregunta por la fuga de estos barcos.

Si el proyecto de Obama era terminar la Guerra Fría construyendo entendimientos  —“debemos aprender el arte de convivir de forma civilizada, con nuestras diferencias”, propuso durante su estadía en la isla—, el de Trump es hacerlo aplastando al enemigo. Ha de saber que el aspaventoso lenguaje guerrero emociona más fácilmente a la población de su país cuando tiene por objetivo central su reelección presidencial. Y es cierto que su enemigo —el “socialismo” corrompido y decadente de Venezuela, Nicaragua y Cuba— está más frágil que nunca.

Mientras tanto, en La Habana escasea incluso el pollo y los huevos, dos elementos centrales de la dieta cubana, además del arroz. Ante la frontalidad bélica de Donald Trump, recuperaron el micrófono las voces más retrógradas del oficialismo y la “ética” de la resistencia encontró nuevamente un lugar allí donde comenzaba a pasar de moda el discurso antiimperialista. Las ansias de control se dejan sentir de maneras al mismo tiempo crueles y absurdas: una amiga que vivía cómodamente en Europa y que regresó hace dos años con su marido italiano para invertir en esta nueva etapa que debía comenzar en su país, me contó que tras la marcha LGTBI reprimida el 11 de mayo fueron a buscar a uno de los mozos de su restaurante simplemente por ser homosexual. Lo ofendieron gritándole burlas soeces, le preguntaban si era activo o pasivo, y luego recorrieron las casas de su barrio para informar a los vecinos aquello que todos sabían. Fueron varios los casos como el suyo en los días que siguieron a la marcha, y Mariela Castro, la hija de Raúl que por años representó la causa de la diversidad sexual, apoyó esa represión perdiendo de golpe todo el prestigio libertario ganado con anterioridad.

Una periodista joven me dijo —qué ganas de poner sus nombres, pero no se puede —: “todos los de mi edad nos queremos ir”. No hay proyecto a la vista, el sueño revolucionario terminó hace rato y quienes ostentan el poder parecen preocupados principalmente de una cosa, mantenerlo. No tengo ninguna información confiable que lo avale, porque en Cuba el periodismo no puede atravesar las puertas del Palacio de la Revolución, pero es de suponer que sin Fidel y con Raúl muy viejo, distintos grupos comiencen a disputarlo. El liderazgo de los Castro nunca tuvo contraparte, pero Díaz-Canel —“un hombre sin mucha gracia”, comentan— hay muchos. Y cuando la lucha por el poder se abre, cunde la suspicacia y aumentan las ansias de control.

Los cubanos han aprendido a vivir la desesperanza sin desesperación. Muchas veces en estas seis décadas han imaginado que la Historia los retomaría para llevarlos a algún sitio inexplorado y no seguir detenidos en la misma estación, pero una y otra vez volvieron a despertar  en el mismo sitio. Yo pude presenciar con cuánta dificultad, en esos tiempos de Obama, muchos volvían a creer en el cambio, cómo los hijos les discutían a sus padres que ahora sí, ante sus sonrisas incrédulas. Por eso es triste verlos hoy, una vez más, con esa mirada rendida que apenas llega al día siguiente, como si hubieran envejecido de golpe. “He llegado a esa edad en que la vida es una derrota aceptada”, decía Adriano en el libro de Margarite Yourcenar.

Y sin embargo, mientras cunde esta sensación sombría, los cubanos no alcanzan a percibir la profundidad de los cambios en curso. Meses atrás hubo un plebiscito para aprobar la nueva Constitución, y si bien se aprobó por una amplia mayoría, no fue por unanimidad, como hasta entonces se acostumbraba. Los votos en contra más los blancos y los nulos sumaron un 15%. Si bien a través de medios precarios y de modo furtivo, por primera vez hubo quienes se atrevieron a hacer campaña en contra de la postura oficial. Poco después tuvieron acceso a los datos móviles en sus teléfonos celulares, y si bien tenerlos resulta muy caro, son muchísimos los que se las han arreglado para contar con ellos. A través de WhatsApp se han organizado varias campañas ciudadanas al margen del poder político: para ayudar a las víctimas del ciclón que azotó sectores de La Habana en enero, para convocar a una marcha en contra del maltrato animal en abril, para comentar la represión a la marcha gay en mayo… Por otra parte, hay zonas de la isla donde han vuelto los apagones. Buena parte de la energía eléctrica es generada con petroleo venezolano, y así como van las cosas… La desaparición del pollo y los huevos avivó todavía más el recuerdo de los años 90, cuando tras el fin de la URSS no tenían qué comer. Raúl quiso tranquilizar a la población asegurando que no había peligro de un nuevo “periodo especial”, y todos entendieron que esa amenaza estaba ad portas. Sin un líder como Fidel, con el socialismo desprestigiado alrededor y las redes sociales en manos de la población, no será fácil mantener el statu quo si la crisis empeora.

En los muros húmedos y descuidados de los edificios continúan creciendo árboles y plantas que cuelgan como tumores, como brazos, como brotes selváticos en medio de una civilización dormida. Las mujeres todavía se llaman Dulce, Caridad, Paciencia, o como cualquier otra virtud cardinal, y por las calles aún pasan hombres cargando jaulas con pájaros o pedaleando en triciclos forrados en trenzas de ajos o tiras de cebollas. Quizás nos encontremos ante un caso de gatopardismo al revés: que parezca que nada cambie, para que nada siga igual.

Por Patricio Fernández

La Habana 3 JUL 2019 - 14:28 COT

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Un regalito de China, más paciencia de EE.UU.

El presidente chino llegó a Osaka con la oferta de comprar “muchos” productos agropecuarios. Trump aceptó y la suba de tarifas se pospone.

 

 Los presidentes de China y Estados Unidos le bajaron un poco la temperatura al enfrentamiento comercial entre sus países. Xi Jinping trajo a la reunión del Grupo de los Veinte una prenda de paz que Donald Trump aceptó con entusiasmo, y ambos presidentes parecieron conformes con quedarse con el Plan B de la situación: las tarifas norteamericanas siguen en pie, pero no van a empeorar. En su despedida de Japón anoche y antes de salir para Seúl, Corea del Sur, Trump sorprendió avisando que va a visitar la zona desmilitarizada que separa a su aliado de Corea del Norte y que había invitado a Kim Jong Un a reunirse en la frontera.

En su encuentro en Osaka, chinos y norteamericanos se pusieron de acuerdo para volver a la mesa de negociaciones después de siete semanas, dando una señal de calma a mercados muy nerviosos. Xi y Trump pasaron cuatro horas hablando y la conclusiones de la muy larga discusión mostraron que no hubo un acuerdo de fondo, apenas una tregua. “La reunión fue muy, muy buena” dijo Trump con su habitual uso de doble adjetivos. “Diría que hasta mejor de lo que esperábamos”.

El lado americano aceptó postergar un aumento de las tarifas de importación, que subirían al 25 por ciento para un paquete de productos por 300.000 millones de dólares. También se aceptó darle un poco de aire a la empresa Huawei, la empresa de teléfonos celulares que está en el centro de una tormenta de acusaciones de robo de tecnología y espionaje.

A cambio, Trump aceptó un “tremendo” aumento en las exportaciones de alimentos norteamericanos a China. El norteamericano no reveló la cifra final que los chinos ofrecieron, pero dijo que le iba a pasar una lista de productos alimentarios y agropecuarios que él quería que compren.

Trump se hizo tiempo, entre tanto encuentro, para hacer un poco de diplomacia vía su canal favorito, Twitter. Así fue que se le ocurrió invitar al dictador norcoreano Kim Jong Un a un encuentro improvisado en la frontera entre las dos Coreas. Según el mismo Trump, la idea fue bien recibida por Kim y ambos países trabajaban contrarreloj para armar el encuentro. 

“Si ocurre, no va a ser una cumbre, va a ser un apretón de manos”, dijo Trump. Y cuando le preguntaron si cruzaría la frontera y entraría al norte para darle la mano a Kim, contestó que “seguro lo haría. Sin problema.” Si eso ocurre, Trump sería el primer presidente norteamericano en actividad en pisar suelo norcoreano.

Mientras se resolvía este encuentro, dramático como le gustan a Trump, el presidente le regaló un último problema a su anfitrión, el premier japonés Shinzo Abe. Lo hizo al decir en público que le había avisado que los tratados de defensa mutua entre ambos países eran “inaceptables” y que había que cambiarlos después de 68 años. Trump muchas veces criticó a Japón por negarse a mandar tropas al exterior, la última esta semana y ya en camino a Osaka, cuando twiteó que si los japoneses eran atacados “nosotros vamos a ir a ayudarlos, pero si nosotros somos atacados ellos no van a venir”.

El comentario demuestra una completa ignorancia del status que Estados Unidos le impuso a Japón después de derrotarlo en la segunda guerra mundial. Los norteamericanos ocuparon el archipiélago, dejaron al emperador Hirohito pero abolieron el imperio japonés, con lo que Japón no es ni reino ni república, apenas Japón a secas. También le impusieron una reforma legal y una constitución escrita en Washington, que entre otras cosas le prohibía terminantemente a las fuerzas armadas japonesas salir del país.

La prohibición es tan absoluta que hizo falta reformar la constitución para que Japón pudiera participar en operativos de la ONU, cosa que recién ocurrió en 1993. En el ejemplo de Trump, los japoneses no podrían auxiliar a los norteamericanos si son atacados porque los norteamericanos lo prohibieron absolutamente en la constitución y el tratado de 1951. En ese momento es que Japón se transformó en la gran base americana del Pacífico, central para la guerra fría con la URSS y las calientes con Corea y Vietnam.

Pero todos los tratados pueden cambiar y azuzar a los japoneses a armarse puede ser una manera de presionar a China. Una fuerte preocupación en Pekín es que al no resolverse el tema de las tarifas, las empresas que producen sus componentes o productos terminados en fábricas chinas comiencen a buscar otras bases industriales menos comprometidas políticamente. Si esto ocurre, sea porque Trump es reelecto o porque un futuro presidente demócrata elige sostener esta política, el resultado puede ser una “naturalización” de los costos más altos de producir en China y una fuga de inversiones a otros países más baratos.

Por eso no extraña que hasta un mandatario tan orgulloso como Xi se presente ante el norteamericano con un obsequio que sea apetecible, un pago por adelantado de futuros negocios. Para los chinos, la guerra comercial tiene implicancias a futuro que pueden ser históricas.


 

 Recuadro. 

 

Trump anuncia que restaurará las relaciones comerciales con Huawei

 Por, El diario.es

 

Estados Unidos permitirá a las empresas del país que vendan productos al fabricante chino Huawei, según ha anunciado este sábado el presidente estadounidense, Donald Trump.

Trump ha hecho el anuncio al referirse a lo convenido en la reunión que poco antes tuvo con el presidente chino, Xi Jinping, con el fin de avanzar para contener la guerra comercial que enfrenta a ambos países desde el año pasado.

"Hemos acordado que las empresas estadounidenses puedan vender productos a Huawei", ha agregado Trump, que se encuentra en la ciudad japonesa de Osaka para participar en la cumbre del G20 que comenzó este viernes y se cerró este sábado. "Vendemos a Huawei una tremenda cantidad de productos. He dicho que eso está bien. Es un tema complejo, por cierto".

Trump, sin embargo, no ha querido precisar si como parte de esa revisión en el caso del fabricante chino la compañía será sacada de lista del Tesoro de Estados Unidos donde están incluidas empresas vetadas de hacer negocios con firmas estadounidenses. "No hemos hablado de eso. Tenemos una reunión mañana o el martes", agregó Trump, y cuando se le volvió a insistir sobre si él creía que Huawei saldría de esa lista, recalcó que no quería hablar de ello.

Además, el presidente de EEUU ha confirmado que su Gobierno no impondrá nuevos aranceles a las importaciones desde China y ha señalado que seguirán las negociaciones entre Washington y Pekín para cerrar un acuerdo comercial.

"Si podemos llegar a un acuerdo será un evento histórico", ha afirmado Trump, que ha recordado también que Estados Unidos estaba analizando la posibilidad de imponer aranceles a importaciones chinas por valor de más de 300.000 millones de dólares. "Vamos a suspender esos aranceles y ellos van a comprar nuevos productos agrícolas", ha añadido en la rueda de prensa ofrecida poco después de que se cerrara la cumbre de dos días que celebró el G20 en Osaka.

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Domingo, 07 Abril 2019 05:51

Cambio y continuismo económico en Cuba

Cambio y continuismo económico en Cuba

Al cumplirse el 60 aniversario de la revolución cubana es oportuno examinar lo que ha cambiado y lo que permanece. La economía de mercado existente hasta 1958 fue transformada desde 1961 en un sistema de planificación centralizada, con enorme predominio de la empresa estatal y una agricultura colectivizada. El mercado quedó supeditado al plan. Este modelo ha fracasado en el mundo, pero su esencia continúa en Cuba resultando en una monumental ineficiencia económica que ha dañado el crecimiento.


La dependencia en la venta de azúcar—75% de la exportación total en 1958—se sustituyó por una dependencia del 80% en la venta de servicios profesionales y turismo. En 1958 Cuba no exportaba servicios profesionales y el número de turistas en 2018 se había multiplicado por 18 veces y por 53 veces el ingreso por esta actividad. La producción de petróleo ha crecido 79 veces y ahora Cuba produce gas natural. La dependencia en la importación energética se ha reducido desde el 99% al 50%. Los servicios sociales antes estabanprincipalmente limitados a las zonas urbanas y eran en parte privados, ahora son estatales y virtualmente universales y gratuitos. Por el contrario, la deuda externa de Cuba entre 1958 y 2017 saltó 190 veces, y ello después de lograr importantes condonaciones con acreedores del Club de París, Rusia y otros países. La tasa de crecimiento de la población en 1953 (último censo) era de 2,1% y se desplomó a -0,2% en 2017, debido al acelerado envejecimiento; la proporción de adultos mayores en la población subió del 9% al 20%. Cuba tiene la población más envejecida de la región lo que aumenta el coste de la salud y las pensiones.


Respecto a la continuidad, en los seis decenios transcurridos, la economía socialista cubana no ha conseguido eliminar o reducir la enorme concentración del comercio, inversión, ayuda y subsidios con otra nación. De la dependencia con los EE UU (un 52% de las exportaciones) se pasó a una con la URSS (72%) y desde comienzos del siglo XXI con Venezuela (44%). Entre 1960 y 1990, la URSS otorgó a Cuba 58.500 millones de euros y solo pagó 450 millones, el resto fueron subsidios de precios y ayuda no reembolsable. La desaparición del campo socialista en los años noventa provocó una gravísima crisis en Cuba. En su cima en 2012, la ayuda, subsidios e inversión venezolana equivalían a 11% de PIB cubano.


A pesar de esa ayuda substancial, debido a la ineficiencia del sistema, la economía se estancó a un promedio anual de 1,7% en 2014-2018 y la meta para 2019 es 1,5%, un cuarto del 6% oficialmente fijado para generar un crecimiento apropiado. En 2017, la mayoría de la producción manufacturera, minera (salvo petróleo), agropecuaria y pesquera estaba por debajo del nivel de 1989. Solo el turismo ha progresado de forma notable. El comercio externo ha sufrido déficit sistemático (6.760 millones en 2017) y el excedente que generaba la primera fuente de divisas, que son las exportaciones de servicios profesionales (médicos, enfermeras, etc.), menguó un 35% en 2012-2018, debido a la crisis económica de Venezuela que compraba el 75% de dichos servicios; además redujo su comercio del 44% al 17%, el suministro de petróleo a la mitad y paró la inversión.


Estos problemas forzaron un recorte de ocho puntos porcentuales en el gasto social en 2008-2017, con el consiguiente deterioro de los servicios de salud y educación; en 1989-2017, el valor de las pensiones cayó en 50%, la construcción de viviendas en un 80%, y el salario ajustado a la inflación en el 61%.


Se culpa al embargo estadounidense por estos problemas. Esto era cierto hace 25 años, pero Cuba tiene ahora comercio con al menos 80 países, incluyendo EE UU, así como inversiones de múltiples naciones. El embargo todavía causa daño, como las sanciones a los bancos internacionales que realizan transacciones con Cuba, pero la causa fundamental de los problemas ha sido la incapacidad para generar exportaciones que financien las importaciones esenciales; ambas han declinado en años recientes.


Entre 2007 y 2018, Raúl Castro intentó resolver los problemas explicados con reformas estructurales orientadas al mercado, pero estas no tuvieron efectos tangibles debido a su extrema lentitud, desincentivos, impuestos y una reversión desde 2017. Tanto el nuevo presidente Miguel Díaz-Canel como la Constitución que se refrendó el 24 de febrero no cambian la esencia del modelo y el primero ha ratificado el continuismo. Una actitud absurda frente al colapso de la economía venezolana y el tambaleo de su régimen por la rebelión interna y la presión internacional. Una caída de Maduro agravaría aún más la actual crisis en Cuba.

Por Carmelo Mesa-Lago, catedrático de Servicio Distinguido Emérito de Economía y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Pittsburgh

5 ABR 2019 - 12:52 COT

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Sábado, 16 Junio 2018 06:38

Se recalienta la guerra de los aranceles

Se recalienta la guerra de los aranceles

“Los acuerdos económicos y comerciales alcanzados anteriormente por las dos partes serán invalidados”, apuntó el Ministerio de Comercio chino tras el anuncio de Trump de aranceles a productos chinos por un valor de 50.000 millones de dólares.

 

Donald Trump da un paso más en su batalla comercial, esta vez contra China: el presidente estadounidense anunció ayer aranceles a productos chinos por un valor de 50.000 millones de dólares. China respondió al instante y anunció que introducirá “inmediatamente medidas arancelarias del mismo nivel y potencia” que las estadounidenses. “Al mismo tiempo, todos los acuerdos económicos y comerciales alcanzados anteriormente por las dos partes serán invalidados”, apuntó el Ministerio de Comercio chino.
Los nuevos aranceles de Trump serán del 25 por ciento y afectarán a productos que incluyen “tecnologías importantes para la industria”, según el comunicado de la Casa Blanca. El comercio entre Estados Unidos y China fue “muy injusto durante mucho tiempo” y la situación “ya no es sostenible”, señaló. Los impuestos entrarán en vigor el 6 de julio, informó la oficina del representante de Comercio de Trump, Robert Lighthizer.


“Lamentamos profundamente que Estados Unidos haya ignorado el consenso alcanzado y haya provocado una guerra comercial”, señaló el ministerio chino. “Este paso no solo daña los intereses bilaterales, también socava el orden comercial mundial”. El gobierno chino llamó además a todos los países a adoptar medidas conjuntas contra el “comportamiento desfasado y retrógrado” de Estados Unidos. Trump rechazó ayer, sin embargo, que haya una guerra comercial. “La guerra comercial la iniciaron ellos hace muchos años y Estados Unidos la perdió”, dijo en una entrevista con la cadena de televisión Fox. Según el presidente, los impuestos a China servirán para proteger los “secretos” de Estados Unidos, en referencia a la propiedad intelectual norteamericana. “Tenemos un gran potencial intelectual en Silicon Valley y China -y otros- roban esos secretos”, dijo. “Vamos a proteger esos secretos, son joyas de la corona para este país”.


Estos aranceles afectarán a 1.102 productos chinos, a los que se aplicará un arancel adicional del 25 por ciento, informó la oficina de Lighthizer. Se tratará sobre todo de productos de la iniciativa china “Made in China 2025” e incluirá la construcción de aviones, robots y maquinaria, automóviles y tecnología de la información y la comunicación. “La lista no incluye productos que compran los consumidores estadounidenses, como teléfonos celulares y aparatos de televisión”, señala el representante de Comercio.


China recordó ayer que “no está dispuesta a tener una guerra comercial”, pero el país “no tiene otra opción que oponerse firmemente a esto debido al comportamiento miope de Estados Unidos, que dañará a ambas partes”. Trump tomó la decisión en una reunión en la Casa Blanca con sus secretarios de Comercio, Wilbur Ross; del Tesoro, Steven Mnuchin, y de Comercio Exterior, Robert Lighthizer. Precisamente el pasado día 3, el secretario Ross visitó Beijing en la tercera fase de una ronda de negociaciones que las dos naciones estaban llevando a cabo para evitar el estallido definitivo de la crisis. En un encuentro previo en Estados Unidos a comienzos de mayo, los dos gobiernos acordaron poner “en suspenso” la guerra comercial después de que Estados Unidos suspendiera la posible imposición de aranceles por valor de 150.000 millones de dólares a cientos de productos chinos por temas de propiedad intelectual. Por su parte, China, que es el segundo socio comercial de Estados Unidos, se comprometió a aumentar “significativamente” sus compras de bienes y servicios de Estados Unidos para equilibrar la balanza comercial, una de las principales reclamaciones del gobierno norteamericano. Sin embargo, el presidente Trump aseguró entonces no estar satisfecho con el acuerdo alcanzado y ayer anunció nuevas medidas contra lo que considera robo de propiedad intelectual y tecnológica y otras prácticas comerciales injustas llevadas a cabo por China.


China no dio detalles sobre los productos estadounidenses a los que aplicará impuestos, pero ya había elaborado una lista con 106 posibles candidatos, entre ellos la soja y la carne de vacuno. De ser así, afectaría sobre todo a zonas agrícolas de Estados Unidos, con gran número de votantes de Trump. La soja es uno de los principales bienes que Estados Unidos exporta a China. Los aranceles a productos chinos se suman a los que ya impuso Trump al aluminio y acero de la Unión Europea, México y Canadá, que respondieron con medidas similares. Las diferencias sobre esta cuestión quedaron patentes en la última cumbre del G7: Trump retiró su apoyo al comunicado final tras las críticas al respecto del primer ministro canadiense, Justin Trudeau. El mandatario norteamericano reclama una reducción del déficit comercial de Estados Unidos con China. El año pasado, las exportaciones chinas a Estados Unidos superaron en 375.000 millones de dólares a las estadounidenses a China.


Los gobiernos de Estados Unidos y China habían mantenido conversaciones sobre comercio en las que se registraron ciertos avances. Pero a finales de mayo, la Casa Blanca anunció por sorpresa que el 15 de junio publicaría una lista con productos chinos a los que aplicaría tasas a la importación.

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EE UU y China se adentran en una guerra comercial a gran escala

Las dos mayores economías del mundo se retan con aranceles a productos por valor de 50.000 millones de dólares cada uno. Trump y Xi Jinping se han mostrado próximos en otros terrenos, pero la disputa económica transcurre por otro cauce.

 

Los bombardeos apenas han comenzado, pero la guerra ya ha sido declarada. Estados Unidos ha anunciado aranceles sobre la importación de 1.300 productos chinos por valor de 50.000 millones de dólares y China ha contratacado poniendo sobre la mesa su propia lista, por un montante similar. La Bolsa se resiente y las industrias afectadas en cada lado del Pacífico contienen el aliento, aunque las consecuencias del enfrentamiento de las dos mayores economías del mundo son globales. Dicen que en las peleas de elefantes, la que más sufre es la hierba que hay debajo.

La relación entre Washington y Pekín es compleja. Donald Trump siente debilidad por los líderes autoritarios y ha expresado sus simpatías por Xi Jinping, de quien elogió su decisión de perpetuarse en el poder mediante una reforma constitucional. Ambos líderes, además, han conseguido coordinarse en un conflicto tan envenenado como el norcoreano, aceptando China subir la presión sobre Pyongyang y dando lugar a una posible cumbre histórica entre el presidente estadounidense y Kim Jong-un para negociar la desnuclearización de su hermético país. Pero la promesa trumpista de reducir el déficit comercial discurre por otro cauce y el republicano no está dispuesto a ceder.


El Gobierno norteamericano detalló el martes la lista de 1.300 productos chinos sometidos a aranceles del 25% y que apunta a bienes de alto valor añadido, como los aparatos electrónicos, la maquinaria industrial o los productos químicos y farmacéuticos. A las pocas horas, el Gobierno chino respondió con una lista con el mismo gravamen para solo 106 productos estadounidenses pero del mismo montante económico, ya que suponen las joyas de la exportación: aviones, automóviles, productos químicos, soja. China no especificó cuándo entrarán en vigor sus tasas y las condicionó a los movimientos de Washington, que difícilmente cambiará de parecer.


EE UU es el segundo mayor exportador del mundo pero su déficit comercial (la diferencia entre lo que importa y vende al exterior) alcanzó los 556.000 millones de dólares (452.000 millones de euros) en 2017, el máximo desde 2008. China está detrás del grueso de este desfase, con 375.200 millones, y aprovecha unas reglas de juego que Washington no ve justas. Además de operar con unos estándares laborales y sociales lejanos a los de EE UU, Trump les acusa del robo sistemático de propiedad intelectual y de adueñarse de tecnología ajena.


“No estamos en una guerra comercial con China, esa guerra se perdió hace muchos años por las personas tontas o incompetentes que representaban a EE UU”, dijo Trump en Twitter. “Ahora tenemos un déficit comercial de 500.000 millones al año, con robo de propiedad intelectual de 300.000 millones. ¡No podemos permitir que continúe!”, agregó.El régimen chino limita estrictamente los sectores en los que los extranjeros pueden invertir en el país e impone la asociación con una empresa local en otros. EE UU asegura que las empresas estadounidenses son forzadas a entregar su tecnología a los rivales locales a cambio de tener acceso al potente mercado, algo que Pekín niega. Washington, la UE y Japón sumaron fuerzas contra China en la cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Buenos Aires el pasado diciembre.


Víctimas colaterales


Pero esta vez Trump actúa solo, activando una guerra comercial que en una economía globalizada deja víctimas colaterales más allá de las potencias implicadas. Hace unas semanas, en su giro proteccionista, llegó a anunciar aranceles al acero de socios como la Unión Europa, Canadá y México, aunque luego los eximió.Con la publicación de la lista, China ha querido dejar claro cuáles serán sus cartas si Trump opta por la vía dura. También espera que la nada arbitraria selección de productos obligue al presidente estadounidense a buscar una solución negociada: la mayoría de importaciones en la diana, especialmente la soja o los coches, se producen en Estados de mayoría republicana.


“Ningún intento de poner a China de rodillas a través de amenazas e intimidación ha tenido nunca éxito y tampoco lo tendrá en esta ocasión”, aseguró el portavoz del Ministerio de Exteriores, Geng Shuang, informó AFP. China, dijo, está dispuesta a dialogar en materia comercial, “pero la oportunidad de consultas y negociación ha sido omitida por EE UU una y otra vez”, en referencia a las varias solicitudes recientes que el país ha enviado a Washington a través de la OMC.


Wilbur Ross, secretario de Comercio de EE UU, quitó hierro a la escalada arancelaria y dijo el gravamen chino tendrá muy poco efecto, ya que solo representa el 0,3% del Producto Interior Bruto (PIB).


La ofensiva ya ha empezado. En los últimos días, China y EE UU ya han oficializado subidas de aranceles a mercancías por 6.000 millones de dólares (3.000 por cada banda) que incluyen los impuestos al acero y aluminio chinos de Washington, por un lado, y la carne de cerdo, ciertas frutas, vino y tubos de acero que impuso Pekín, por otro. Son cifras mínimas teniendo en cuenta que el comercio bilateral alcanzó el año pasado los 630.000 millones. Pero la entrada en vigor de esta segunda ronda de tarifas supondría agudizar el conflicto.

 

AMANDA MARS / XAVIER FONTDEGLÒRIA
Washington / Pekín 5 ABR 2018 - 01:43 COT

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El Fondo Monetario Internacional recorta ligeramente la proyección de crecimiento para América Latina, la región más vulnerable

La recuperación de la economía mundial avanza “a paso firme”, confirma el Fondo Monetario Internacional en la actualización de sus proyecciones. Los riesgos, según Maurice Obstfeld, están “más bien equilibrados”. Sin embargo se produjo un cambio en la distribución del crecimiento en solo tres meses. El crecimiento fue mejor de lo esperado en países como España, Brasil y México pero no colmó las expectativas en Estados Unidos, Reino Unido y el conjunto de América Latina.


El FMI mantiene una expansión global del 3,5% para este año, frente al 3,2% registrado en 2016. El crecimiento para las economías avanzadas pasará del 1,7% hace un año al 2%. Los riesgos relacionados con las elecciones, dice el equipo que dirige Obstfeld, “se atenuaron”. Pero señala que no solo se mantiene elevada la incertidumbre respecto a las políticas que se van a adoptar, sino que podría “agravarse”.


Es una referencia clara a la situación en Estados Unidos. La mayor potencia mundial crecerá un 2,1% en 2017 y 2018, lo que representa un salto de medio punto porcentual respecto a 2016. Es una estimación que está en línea con lo que proyecta la Reserva Federal y la Oficina Presupuestaria del Congreso. Sin embargo representa un recorte de dos décimas y de cuatro décimas respecto a lo avanzado en abril.


Y sobretodo se queda lejos del 3% que promete el presidente Donald Trump. El recorte, como indica Obstfeld, es “importante” para EE UU y se justifica, como ya avanzó en le informe del país a final de junio, porque no termina de concretarse el plan de estímulos del nuevo gobierno. “A corto plazo es menos probable que la política fiscal de EE UU sea expansionista”, indica el economista jefe del FMI.


Algo similar pasa con Reino Unido, al rebajar tres décimas su proyección para 2017, que ahora queda en el 1,7%. Obstfeld ofrece dos motivos. Primero, porque el rendimiento de la economía británica se mostró “tibio” en el primer semestre. Segundo, porque el impacto del abandono de la Unión Europea sigue incierto a la espera del resultado de la negociación. Se mantiene en el 1,5% para el próximo.


Zona euro y España


La percepción es distinta para la zona euro, con una expansión prevista en el 1,9% este año y del 1,7% el que viene. Obstfeld dice que es posible que sea “más robusto” gracias a que el empuje de la demanda interna es mayor del previsto. El crecimiento de España será el más sólido del grupo, con un 3,1% en 2017 frente al 1,8% de Alemania o del 1,5% de Francia. Es medio punto más alto al que se anticipó en abril. Se moderará al 2,4% en 2018, tres décimas mejor de lo que se anticipó.


Los países emergentes y en desarrollo son los que siguen tirando, con un crecimiento que se proyecta en el 4,6% para este año y del 4,8% el que viene. Rusia supera la recesión y a China le eleva el crecimiento al 6,7%. Aunque se moderará tres décimas en 2018, el retroceso será dos décimas menos de lo que se dijo en abril. Este ritmo tan robusto tiene un riesgo, porque alimenta la rápida expansión del crédito.


Aunque los técnicos del FMI son optimistas, lo que más les preocupa a corto plazo es que los bancos centrales de las economías avanzadas muestren un interés mayor por retirar los estímulos monetarios, como está haciendo la Reserva Federal. Eso afectaría a los países emergentes y en desarrollo que recibieron capital a tipos de interés muy bajos. Por eso, aprovechando que la inflación sigue baja, pide cautela.


Obstfeld vuelve a pedir que se aproveche que la economía gana virgo para adoptar reformas que permitan recuperar el potencial previo a la gran crisis. En este sentido, señala, que el bajo crecimiento no solo impide una mejora en la calidad de vida, “además acarrea el riesgo de exacerbar las tensiones sociales” y las políticas proteccionistas. Concluyó que la cooperación multilateral también es clave para garantizar la prosperidad y que se distribuya.


Lenta recuperación en Latinoamérica

S. P.


El Fondo Monetario Internacional certifica que América Latina supera la recesión. Proyecta un crecimiento del 1% este año, que doblará al 1,9% en 2018. La región, sin embargo, sigue siendo la más vulnerable. “Continúa arrastrando un crecimiento por debajo del potencial”, explica Maurice Obstfeld. La proyección para los próximos dos años se rebaja una décima respecto a la que se anticipó hace solo tres meses.


“La actividad económica irá recuperándose poco a poco a medida que países como Argentina y Brasil se recuperen de la recesión”, afirma el organismo en su actualización. En el caso de la economía brasileña, pasará de una contracción del 3,6% para estabilizarse y crecer un tímido 0,3%, antes de pasar a un 1,3%. Es una mejora de una décima para este año, explica, “gracias al vigor del primer trimestre”


Pero el crecimiento en 2018 será cuatro décimas más moderado de lo anticipado el que viene “por la persistente debilidad de la demanda interna y la agudización de la incertidumbre en torno a la situación política y a la política económica”. El FMI añade que las revisiones para el resto de la región son “principalmente a la baja” y señala “un nuevo deterioro de las condiciones económicas en Venezuela”.


México, sin embargo, ve mejorar su proyección dos décimas para este año, que se eleva ahora al 1,9%. Los técnicos del FMI reconocen que la economía rindió mejor de lo esperado en el primer semestre y eso permitirá que la moderación no sea tan brusca como se temía hace tres meses. La estimación se mantiene en el 2% para 2018 y estará tres décimas por debajo del crecimiento registrado en 2016.

 

Por Sandro Pozzi
Nueva York 23 JUL 2017 - 22:06 COT

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