América Latina y el mandato exportador

Economistas ortodoxos y neodesarrollistas tienen un punto de acuerdo: América Latina debe exportar. Pero el fetiche de las exportaciones como fuente de desarrollo se basa en la omisión de una serie de condiciones asociadas al pago de las deudas, a la explotación de la fuerza de trabajo y a conflictos sociales y ecológicos existentes en toda la región.  

 

El desarrollo de las fuerzas productivas orientadas por el impulso de la demanda externa forma parte de América Latina y el Caribe desde su integración a la economía mundial. En ese origen, las necesidades metropolitanas se imponían sobre las locales a la hora de ordenar qué se produce y cómo se lo hace, lo cual implicó una trayectoria de más de trescientos que fue definiendo qué negocios privilegiar y generó estructuras productivas, actores sociales e imaginarios, todos ellos factores que pesan a la hora de pensar alternativas de desarrollo.

La modalidad primario-exportadora fue la privilegiada a la hora de establecer la inserción de la región en el mundo decimonónico, bajo el peso privilegiado no solo de los mercados externos sino de los capitales extranjeros en las economías recientemente nacionales. Las incipientes burguesías locales crecieron asociadas a este impulso. No es de extrañar entonces que aparecieran tan mezcladas las ideas de independencia nacional y la sociedad con los capitales extranjeros.

Esta fusión fue puesta en duda en todo el continente en las vísperas de los centenarios de las revoluciones independentistas, y fermentó en un clima con rasgos antiimperialistas más o menos generalizados. Este ánimo fue usado, a su vez, por muchos gobiernos de la época para renovar sus esfuerzos de nacionalización de la cultura, persecución de extranjeros «indeseables» y represión de la protesta social. Este reverdecer nacionalista se combinó con el estallido de la Primera Guerra Mundial, que fue un primer traspié para el hasta entonces motor de la acumulación, que terminó de desbaratarse durante el interregno abierto entre la crisis de la década de 1930 y la finalización de la Segunda Guerra Mundial.

Ese período abrió la oportunidad al desarrollo de industrias locales ante la interrupción del abastecimiento externo. Con dudas y reticencias de las elites locales, fueron décadas en las que la acumulación debió reorientarse ante la destrucción masiva de las economías centrales europeas y su desplazamiento por Estados Unidos. Fueron los años de la llamada industrialización por sustitución de impoertaciones, apoyada en la amplia red de talleres desarrollada en las márgenes durante la etapa previa. Casi todas las economías de la región atravesaron cierto impulso industrializador en esas décadas.

Sin embargo, a partir del final de la guerra, con la presión por volver a los negocios «como siempre» de las multinacionales, la continuidad del proceso se restringió a las economías de mayor tamaño relativo, cuyos Estados tuvieron un rol protagónico. Muchos de los proyectos iniciados en esos años madurarían décadas más tarde, dando lugar a «anómalas» producciones de alto valor agregado o composición tecnológica. Durante estas décadas, los flujos de intercambio externo jugaron un rol menos significativo que en el pasado, sin por ello dejar de tener importancia.

La deuda como organizadora de la producción

Esa desconexión relativa empezó a quebrarse en la década de 1970. Operó entonces una reconfiguración de la acumulación a nivel mundial. El ascenso neoconservador en Estados Unidos y Gran Bretaña pondría fin no solo a los arreglos internos en torno a los Estados de Bienestar, sino a los acuerdos monetario-financieros de Bretton Woods, que moldearon los intercambios internacionales por tres décadas. El inicio de las reformas de apertura en China se conjugó en este escenario, para facilitar la incipiente reestructuración de la producción, en forma de cadenas globales de valor y el despliegue de un vigoroso proceso de financiarización. En este momento crítico de quiebre, se inició lo que luego se conocería como neoliberalismo.

Vale resaltar que en un gran número de países de la región —incluidas las poderosas economías argentina y brasileña— la adaptación a estos cambios se dio de la mano de sangrientas dictaduras. No sería preciso suponer que se contaba con un modelo claro de antemano. Por supuesto, existían grupos de presión en el campo de las ideas, donde la ortodoxia neoliberal había ganado presencia con think tanks, becas, publicaciones y cuadros técnicos, todo en estrecho vínculo con las empresas de mayor porte. Pero también existían al interior de estas mismas dictaduras quienes daban relevancia a la industria y a ciertos sectores estratégicos por un problema de soberanía militar. La confluencia se encontraba en la orientación represiva, excluyente y contraria a la organización de las mayorías sociales.

La llave del cambio vino por un canal financiero. La acumulación de dólares excedentes en los sistemas financieros de los países centrales fue reciclada en forma de préstamos casi compulsivos a los países latinoamericanos. Pautados a tasas bajas, pero variables, renegociados anualmente, sin destino específico, sirvieron para responder al impacto de la suba de precios del petróleo como para financiar el terrorismo de Estado. En muy pocos casos los préstamos se canalizaron a la inversión productiva. También fueron a empresas estatales que no precisaban de esos fondos, pero luego deberían pagarlos, lo que reducía su capacidad operativa. Esta abundancia de fondos se vio abruptamente interrumpida a inicios de los años 80, tras la suba de las tasas de referencia en Estados Unidos. Los fondos se retiraron de la región de manera súbita, dirigiéndose a los países centrales. Así, como castillo de naipes, casi todos los países de la región entraron en problemas de pagos. Tanto la entrada masiva de capitales como su salida en estampida fueron definidas por prioridades y arreglos en los países centrales. Pero la crisis recayó sobre la periferia.

¿Por qué es importante remarcar esto? Porque la gestión de la crisis de la deuda en la década de 1980 terminó de dar forma al giro en torno al desarrollo de la región. A pesar de los intentos de organizar clubes de deudores, la presión de los acreedores se impuso. Durante la llamada «década perdida» la región prácticamente no creció, lidió con severos problemas de inflación y una regresividad manifiesta, debió ajustar sus presupuestos, enfrentó términos de intercambio desfavorables, pero al mismo tiempo transfirió valor en forma de pagos. Aun así, su deuda creció. Poco importó el origen de dudosa legalidad y legitimidad, las violaciones de derechos humanos de los gobiernos que recibían los fondos ni la corresponsabilidad de los acreedores.

La cesación de pagos generalizada ponía en crisis los balances contables en las casas matrices, lo cual podía hacer tambalear las economías centrales. Por eso, los Estados intervinieron de manera oficial, negociando durante una década hasta dar forma, tras el hito del plan Baker, al plan Brady, que permitió a inicios de la década de 1990 canjear la deuda en mora por nueva deuda en regla, a cambio de la aplicación de una serie de «recomendaciones» que ya se conocían como Consenso de Washington. Si durante la década de 1980 maduraron proyectos puestos en marcha por el Estado en décadas previas, y se aceleró el proceso de reconversión productiva para obtener divisas, en la de 1990 esto se terminó de organizar con la quita de mecanismos de regulación estatal, privatizaciones, «desregulación» de una multiplicidad de mercados (incluido el laboral), firma de tratados de inversión y de libre comercio, y apertura comercial. La mayor parte de estos cambios se sostuvieron en la región hasta el presente.

¿Qué exportaciones?

La nueva orientación exportadora se forjó no para sostener los niveles internos de consumo ni el desmanejo fiscal, sino para pagar deuda. Con matices, la región se consolidó como exportadora de materias primas, sobre todo de productos agropecuarios, piscícolas, forestales, metalíferos y mineros así como su procesamiento básico. Para ello ha sido clave la falta de estándares ambientales. Algunos pocos países lo combinaron con la exportación de hidrocarburos, en ciertos casos, con muy bajo grado de procesamiento (por ejemplo, México exporta crudo para luego comprar gasolinas procesadas).

Esto es lo que se suele llamar «extractivismo», a saber la explotación a gran escala de recursos naturales o comunes, con alto grado de estandarización, intensivos en capital, para obtener productos de bajo valor agregado normalmente destinados a la exportación. O «neoextractivismo», cuando se combina con captura parcial de la renta asociada por parte del Estado, a través de impuestos o mediante su participación en la producción. Esto no quita que, en algunos casos, en estas producciones se paguen salarios relativamente altos. Pero se hace a costa de segmentar el mercado de trabajo, estableciendo una creciente heterogeneidad entre sectores económicos, que terminan por obstruir cualquier otra actividad productiva: ¿qué otras producciones son compatibles con esta especialización? A esto se suma además del grado de precarización y menor remuneración de las actividades conexas en la cadena de valor, mayormente subcontratadas en condiciones más pauperizadas. Los salarios de estos sectores son relativamente altos respecto de una media social precisamente desvalorizada para garantizar cierto nivel de competitividad externa.

Es habitual que las comunidades ubicadas en torno a los grandes proyectos no sean consultadas. Se trata de un derecho reconocido internacionalmente en el caso de comunidades originarias. Incluso cuando tentadas por posibles puestos de trabajo las comunidades saben que los empleos vienen de la mano de la destrucción de fuentes alternativas (¿cuántas granjas ha arruinado la explotación petrolera por fractura hidráulica, por ejemplo?) y la afectación directa de la salud de las poblaciones vecinas a los emprendimientos extractivos. Las economías regionales devastadas por el huracán neoliberal hoy son presentadas así como zonas de sacrificio.

Muchas de estas críticas son descartadas, consideradas fatuas no solo por partidarios de visiones ortodoxas de la economía, sino por quienes se consideran neodesarrollistas. No se ha reparado lo suficiente en esta llamativa coincidencia en la veneración a las ventajas comparativas —basadas en la dotación dada de factores o recursos con que cuentan las naciones, como «dones» naturales—. Lo que la ortodoxia abraza como mandato, el neodesarrollismo parece aceptarlo como resignación. Aunque siempre se afirma la necesidad de agregar valor y crear empleo sobre estas ventajas, no se cuestiona la preeminencia de esta fuente de acceso a divisas por la vía exportable.

En algunos países, la especialización primaria se combinó con la provisión de fuerza de trabajo barata, a través del emplazamiento de industrias bajo el modelo de maquilas. Se trata centralmente de la industria textil, la electrónica y la del transporte, orientadas a la exportación a Estados Unidos, como ocurre en Centroamérica y México. Este conjunto de economías se especializa en el uso de fuerza de trabajo mal remunerada para la especialización orientada a la exportación. A este fenómeno Ruy Mauro Marini lo llamó superexplotación de la fuerza de trabajo. Menos teorizado se lo puede entender como el caso de quienes tienen empleos que no les permiten salir de la pobreza. Debe añadirse que en este caso que la desigualdad de género es particularmente explotada como fuente de ganancias: mujeres peor pagas y con peores condiciones laborales como motor de desarrollo.

Finalmente, el turismo es el único servicio en que la región obtiene superávit en el comercio exterior. Esto habilita a múltiples proyectos de inversión que aprovechan la belleza paisajística y la fuerza de trabajo relativamente barata. Al igual que la maquila, se distinguen de la explotación de recursos por ser más demandantes de trabajo, predominantemente mujeres, y en muchos casos con niveles de calificación relativamente bajos. Debe anotarse que, en materia de especializaciones en la provisión de divisas, se pueden anotar dos variaciones más: el envío de remesas por parte de migrantes que debieron irse de su país de origen por falta de oportunidades, y remiten fondos a sus familiares, y las economías que funcionan como guaridas fiscales, lo que les provee cierto excedente de divisas. Aquí, claro, la ventaja está en la baja tributación y escaso control de las operaciones financieras. Ninguno de estos casos parece poder proponerse de forma explícita como proyecto de desarrollo, de modo que se evita resaltarlos en la agenda económica.

Ahora bien, las tres primeras especializaciones señaladas (extractivismo, maquila industrial y turismo internacional) estuvieron centradas en el desmantelamiento de las estructuras productivas internas. No respondieron a necesidades nacionales o a programas de desarrollo, sino a la crisis y la necesidad de obtener recursos externos y fiscales para pagar deuda. Es decir, no fueron puestas en marcha para sostener el consumo ni la inversión. En algunos casos, las exportaciones tienen baja demanda de fuerza de trabajo y en otras dependen de remunerar mal a la misma. No parecen ser promesas de desarrollo atractivas.

Un fetiche de exportación

Las especializaciones productivas de exportación en la región no se fundamentan en programas de desarrollo nacional, ni en el objetivo de superar las barreras impuestas por la escala de mercado, ni en prioridades internas de consumo o inversión, ni siquiera de recaudación. Tampoco se sostienen sobre mecanismos de integración de segmentos clave de las cadenas de valor, ni en la aplicación de conocimientos generados en la región. Se justifican en la urgencia de obtener divisas, como mandato ante la aparente escasez que limita el crecimiento. Sin embargo, la tracción importadora asociada al crecimiento está basada en la propia apertura temprana de las economías latinoamericanas, que desmanteló actividades que bien podrían realizarse localmente.

Más aún, la región no muestra una situación de déficit sistemático en su comercio exterior, ni tampoco los superavits y déficits están asociados a fases de crecimiento o crisis. Mientras que el saldo agregado tiene cierta variabilidad, la salida de divisas por el pago de intereses y de utilidades es sistemático. El saldo negativo de estas rentas se multiplicó por siete en las últimas cuatro décadas, permaneciendo en torno a 3% del PBI desde 1990. Esta brecha debe cubrirse de alguna manera, y es allí donde las exportaciones juegan el rol crucial, tanto para la ortodoxia como para parte de la heterodoxia, que no cuestionan la dinámica de la deuda o el rol del capital extranjero en general.

La inversión extranjera directa, muchas veces asociada a grandes proyectos de desarrollo, se muestra en las últimas décadas como una suerte de pinza, en la que cada vez se necesita más inversión para dejar un mismo aporte de divisas, descontando lo que se va en materia de utilidades remitidas al exterior. En la última década (2011-2020), esta inversión dejó un aporte neto de divisas similar a la fase 1994-2003, pero con un nivel de inversión dos veces y media mayor (lo que representa un menor aporte en el PBI total). Es decir, el esfuerzo para atraer inversiones es cada vez mayor. No en vano, la mayor parte de la región ha sostenido su adhesión a la institucionalidad de los tratados de inversión (con las excepciones de Brasil, Bolivia, Ecuador y Venezuela). América Latina y el Caribe es la región con más demandada por inversores ante tribunales internacionales y 70% de resoluciones fueron favorables a sus intereses. Acumula 21.807 millones de dólares en arreglos desfavorables, lo que es equivalente a toda la inversión extranjera neta de 2020.

El fetiche de las exportaciones como fuente de desarrollo se basa en la omisión de esta clase de consideraciones. Por supuesto, para la ortodoxia económica y los defensores de las grandes corporaciones, esto no constituye un problema. Para una gran parte de la heterodoxia, que no ignora el problema, se trata de un mandato de realpolitik. Incluso cuando no ocupan cargos de gobierno. Esto es extraño, porque al mismo tiempo que reconoce la necesidad de incrementar exportaciones para pagar estas salidas de divisas, elude cualquier consideración respecto de la capacidad de lobby y el peso estructural que adquieren los actores asociados. Su promoción no parece compatible con posteriores controles o regulaciones, a menos que se tenga una idea precaria de las dinámicas de poder o ilusiones respecto de la capacidad de los Estados (en especial, los subnacionales) de eludir la captura por parte de estos actores poderosos. ¿Por qué motivo los actores económicos especializados en actividades tal como existen hoy cederían recursos económicos y políticos para su propio debilitamiento?

Ante la insuficiencia de argumentos para responder estas dudas, no pocas veces hemos visto la reacción conservadora, incluso agresiva, por parte de ortodoxos y heterodoxos que demandan exportar más, ahora mismo, relegando la distribución del ingreso a un «futuro promisorio» si se logra primero consolidar un modelo de crecimiento traccionado por exportaciones. La urgencia se basa en la imposibilidad de cambiar las relaciones externas o discutir procesos de largo alcance. Y al hacerlo, suelen ridiculizar las objeciones de ambientalistas, comunidades locales o incluso sindicatos. Está claro, nadie a esta altura supone que una economía puede sobrevivir aislada del intercambio con el mundo. La propuesta no es aislacionismo y primitivismo, sino desarrollo basado en las necesidades locales, en garantizar niveles de vida decentes para toda la población. Y en esto, la orientación exportadora de las últimas décadas, bajo gobiernos de diferentes ideologías, tiene un número elevado de cuentas pendientes. 

 
Julio 2021

Publicado enEconomía
El ‘chipagedón’, apocalipsis en el mundo digital

No hay microchips suficientes para abastecer el mercado. La rotura de ‘stock’ es planetaria. Se ha parado la producción de nuevas videoconsolas, teléfonos móviles y coches eléctricos. E incluso afecta a la geopolítica mundial. Le explicamos por qué se habla ya del ‘armagedón de los chips’.

 

Si pretende usted comprar la última videoconsola, es probable que tenga que esperar uno o dos años. ¿El nuevo modelo de teléfono móvil que ha salido al mercado? Se agotaron las existencias nada más ponerse a la venta. ¿El flamante coche eléctrico del que todos hablan? No hay stock. Póngase a la cola…

¿La razón? No hay microchips suficientes, a pesar de que las fábricas trabajan 24 horas, siete días a la semana. Y sin chips en su interior no funciona ningún producto electrónico. Si los datos son el petróleo de la economía digital, los chips son el motor. El problema es que solo tres compañías abastecen al mercado mundial: TSMC (Taiwán), Samsung (Corea del Sur) e Intel (Estados Unidos). Y puede que pronto sean dos, dados los problemas del gigante americano, que se ha quedado descolgado en la frenética carrera hacia la miniaturización que se inició hace sesenta años. Porque la tecnología para construir los semiconductores, que son cada vez más potentes, más densos y sobre todo más pequeños, se ha vuelto tan complicada y tan cara que nadie sabe, puede o quiere hacerlos, excepto los tres mencionados. Algunos expertos hablan ya, en términos apocalípticos, del ‘armagedón de los chips’ e incluso se han inventado una palabra: ‘chipagedón’. ¿Exageran? ¿O estamos ante un contratiempo tan inoportuno que puede cortocircuitar la economía mundial en plena recuperación?

Los primeros que se dieron cuenta de que algo iba mal fueron los early adopters. Esos clientes madrugadores que son los primeros en lanzarse a por las novedades. El director financiero de Sony, Hiroki Totoki, tuvo que salir a la palestra en pleno lanzamiento de la PlayStation 5 y disculparse por no poder satisfacer la demanda. El problema también afecta a la Xbox Series de Microsoft. Pero el impacto se nota en otras industrias. Apple tuvo que escalonar el lanzamiento del iPhone 12. Y eso que tiró de billetera para acumular una reserva de chips, pero no ha podido evitar los retrasos. Y así con miles de productos, sobre todo de gama alta.

Pero es la industria del automóvil la que se está llevando la peor parte. La escasez de chips (utilizados en los dispositivos del salpicadero, control de emisiones, sistemas de seguridad…) ha obligado a recortar la producción a muchas marcas. El sector de la automoción funciona con poco margen, así que no acumula suministros. Y redujo los pedidos de chips debido a la caída de las ventas por la pandemia. Pero a finales de 2020 las ventas se recuperaron antes de lo previsto. Las compañías de automoción descolgaron el teléfono y llamaron a los fabricantes de chips, pero se encontraron con que estos habían cambiado sus líneas de producción y reasignado los envíos a otros sectores. Y se tarda varios meses en reorganizar la fabricación y normalizar el suministro. Y hasta cuatro años en abrir una fábrica nueva. IBM, Intel y otros pronostican que hasta 2022 o incluso 2023 no se aliviará la situación.

La tormenta perfecta

Empezó siendo un problema logístico, pero algunos analistas temen que se esté incubando algo mucho peor: la tormenta perfecta. Un desajuste insalvable entre demanda y oferta. La primera es enorme y crecerá exponencialmente porque los móviles llevan cada vez más cámaras y mejores; por la transición al 5G y la generalización de la inteligencia artificial, el Internet de las cosas, los satélites, el streaming… Hay que sumar la moda de las criptomonedas y los mercados en línea, que exigen una potencia brutal de procesamiento… Y la oferta ya no puede satisfacer esa demanda. Se trata de una industria rígida, con dificultades para adaptarse. ¿Por qué? El sector responde con un chiste: «Fabricar un chip no es ingeniería de cohetes espaciales, es mucho más difícil».

Silicon Valley toma su nombre del ingrediente principal de los chips: el silicio. Es el segundo componente más abundante de la corteza terrestre, tras el oxígeno. El silicio está en la arena. Pero hay que refinarlo hasta un 99,9999999 por ciento de pureza. Tiene una rara cualidad: es semiconductor. Dependiendo de la carga eléctrica, unas veces aísla y otras conduce. Por eso, los microprocesadores se fabrican con silicio, ya que la informática utiliza un lenguaje binario, de unos y ceros. Si deja pasar la electricidad es igual a 1; si no: 0. El primer gran cliente de las empresas de Silicon Valley fue la industria militar. Cuando los microchips se inventaron, en 1958, su primera aplicación fueron los misiles. Poco a poco, los transistores y circuitos integrados contribuyeron a reducir aquellas computadoras mastodónticas que ocupaban una habitación hasta llegar al ordenador personal y, más tarde, el teléfono inteligente, que cabe en el bolsillo… Hoy se fabrican un billón de chips al año, esto es, 130 por cada habitante del planeta.

Esa reducción del tamaño de los equipos va acompasada con la miniaturización de los microprocesadores. Y se basa en la ley de Moore, formulada por el ingeniero Gordon Moore -cofundador de Intel- en 1965. La ley sostiene que la cantidad de componentes que se pueden meter en un chip de silicio se duplica cada dos años. Esta jibarización parecía no tener fin… pero lo tiene. A finales del siglo pasado dejamos atrás el micrómetro (la milésima parte de un milímetro) y hoy medimos los chips en nanómetros (millonésima de milímetro; para que se hagan una idea, un cabello humano tiene 60.000 nanómetros). Pero Intel las pasó canutas con la generación de los 7 nanómetros, ya en la frontera de la electrónica cuántica. Samsung y TSMC consiguieron saltar a los 5. La compañía taiwanesa lidera el paso a la generación de 3. Y muchos piensan que más allá de 2 nanómetros es imposible avanzar porque te das de cabeza contra un muro inexpugnable: el de la física.

Una alarmante concentración

La ley de Moore es fruto del optimismo y la fe en el progreso tecnológico. Predica que menos es más. Cuanto más pequeño, mejor. Garantizaba que siempre habría una nueva hornada de productos para sustituir a los que se nos hicieron viejos… ¡hace dos años! Así crece la economía. ¿Estamos ante el fin de la era del silicio? ¿Hay que buscar alternativas para seguir reduciendo los componentes o se trata de un modelo agotado que, irónicamente, está basado en que los recursos del planeta son inagotables y, por tanto, lo que hay que cambiar es el modelo?

Los expertos no se ponen de acuerdo, pero sí en que se abre un proceso de incertidumbre y lucha geopolítica. Como en tiempos de la Guerra Fría, dos potencias se amenazan con la destrucción mutuamente asegurada. En este caso, económica.

China importa chips por valor de 300.000 millones de dólares al año porque no tiene capacidad de fabricación para satisfacer sus propias necesidades. Y sus importaciones eran principalmente de Estados Unidos, hasta que la Casa Blanca le impuso un embargo comercial acusando a sus empresas de espionaje. Ahora busca la autosuficiencia con un plan multimillonario para no depender del exterior en 2025.

Estados Unidos también se está quedando atrás en la fabricación por los problemas de Intel. Y Europa está atrapada en ese fuego cruzado. La UE reconoce que depende de Estados Unidos para el diseño de los microprocesadores y de Asia para la producción. Y las grandes compañías tecnológicas del mundo (que diseñan sus propios chips, pero no los fabrican) se han percatado de la dependencia casi absoluta que tienen de Taiwán y Corea del Sur, que ya acaparan el 80 por ciento de la producción. Se está propiciando, como en otras actividades económicas, desde el comercio a la agricultura, «una alarmante concentración», advierte The Economist. Cada generación de chips es técnicamente más difícil de fabricar que la anterior y, debido al creciente costo de construir factorías, el número de fabricantes ha caído de más de 25 en el año 2000 a solo 3. Hay un antecedente inquietante: en el siglo XX, el mayor punto de estrangulamiento económico del mundo estaba en el estrecho de Ormuz, por donde circula la mayoría del petróleo. Hoy, la economía digital depende de otro ‘avispero’. China reclama Taiwán y amenaza con invadirlo. Y los surcoreanos tienen otro vecino no menos incómodo: el régimen despótico de Kim Jong-un.

¿Por qué TSMC y Samsung han conseguido dominar el mercado hasta quedarse solos? Por unas inversiones gigantescas en I+D, que ninguno de sus competidores puede permitirse, y por las conexiones entre sus cúpulas directivas y sus gobiernos respectivos, que les aseguran que sus planes a largo plazo tendrán respaldo presupuestario. TSMC fue fundada en 1987 y empezó siendo la única que fabrica chips personalizados a gusto del cliente. En cuanto a Samsung, su principal cliente en sus comienzos era… la propia Samsung, un conglomerado de empresas electrónicas liderado por una de las diez familias que ayudó a reconstruir el país tras la guerra con el norte. Fue el polémico Lee Kunhee, su expresidente (fallecido el año pasado), el que tuvo la visión de que para garantizar que sus teléfonos y televisores funcionaran no podían depender de los chips de terceros países. Este duopolio entre Taiwán y Corea podría empezar a utilizar su poder en la fijación de precios. Y reavivar la inflación, que llevaba años adormecida. «Algunos televisores ya cuestan un 30 por ciento más. Y solo es la punta del iceberg», advierte Wired. Pero lo que se cuestiona, en el fondo, es la capacidad de la globalización para proveer de todo (al menos, a los países ricos) en tiempo récord. Ya pasó al principio de la pandemia con el material sanitario… y con el papel higiénico. Quizá la lección es que habrá que establecer prioridades. Para empezar, aprender a distinguir entre las cosas necesarias y las que no lo son tanto.


La fábrica más cara del mundo

Las fábricas en las que se elaboran los microchips son de una enorme complejidad. Requieren unas condiciones higiénicas tan rigurosas como las de un laboratorio científico y un consumo energético como el de una ciudad. De ahí que haya pocas. Estados Unidos siempre estuvo más interesado en diseñar microprocesadores que en fabricarlos. La empresa de semiconductores más grande del mundo es TSMC, Taiwan Semiconductor Manufacturing Company, y una de sus fábricas es la más cara del planeta. Se llama Fab 18 y está en el campus de Tainan, al sur de Taiwán. Ha costado 17.000 millones de dólares. Y su maquinaria y sus filtros de aire para mantener un ambiente estéril consumen tanta electricidad como una ciudad de 100.000 habitantes. TSMC está valorada en 228.000 millones de dólares y Apple, Visa, Disney o Alibaba no serían lo que son sin los procesadores que les suministra.

 Por Carlos Manuel Sánchez / Fotos: Getty Images y Cordon Press

Así explota el capitalismo chino Entrevista a ​Jenny Chan

En su libro Morir por un iPhone, Jenny Chan relata la vida y las condiciones laborales de los jóvenes que trabajan en Foxconn, una empresa con sede en Taipéi que fabrica productos para Apple. Allí demuestra que el rápido crecimiento económico chino se basa en un sistema fabril que depende de la superexplotación de cientos de millones de trabajadores y trabajadoras. Frente a la represión, estos han hallado formas creativas de resistencia pero a veces la única opción que encuentran es el suicidio.

El ascenso de China como potencia económica y política dominante es un hecho central de nuestra época. Ese ascenso se basa, en parte, en una implacable represión de los trabajadores. El desarrollo chino se produce en un periodo de globalización, cuyo modelo se plasma en la Organización Mundial del Comercio (OMC), que protege los derechos de propiedad, hace cumplir los contratos y asegura las inversiones, pero no dice nada sobre los derechos laborales.

Jenny Chan, profesora asistente de Sociología en la Universidad Politécnica de Hong Kong, realizó un trabajo pionero al explorar el surgimiento de una nueva clase trabajadora en China. Se trata de una clase trabajadora de jóvenes migrantes procedentes del campo, que trabajan muchas horas en empleos mal pagados y viven en condiciones atroces.

Junto a Mark Selden y Pun Ngai, Chan escribió Morir por un iPhone (Peña Lillo/Continente, 2014), recientemente traducido al inglés, en el que relata las condiciones de explotación laboral que viven las trabajadoras y los trabajadores de una empresa con base en Taipéi que fabrica productos para Apple. Sus investigaciones han avanzado desde entonces y ha logrado mostrar las condiciones de explotación laboral que dan cuenta del crecimiento económico chino.

A pesar de la represión, hay una larga historia de lucha de los trabajadores en China. ¿Podría comenzar con un breve resumen de las últimas décadas de intentos de los trabajadores por hacer que sus vidas sean más vivibles?

Durante un siglo, en la China moderna ha habido luchas por dirimir quién controla los frutos del trabajo industrial y agrícola. Primero fue una lucha contra el Estado; hoy es una lucha contra un régimen mixto o híbrido que incluye al Estado y al capital privado.

En muchos trabajadores y trabajadoras hay una gran frustración y resistencia. ¿Por qué? Porque trabajan 12 horas al día y las largas jornadas laborales no les proporcionan un salario digno. Esta nueva clase trabajadora es enorme: 300 millones de trabajadores migrantes han abandonado el campo, la mayoría son jóvenes con grandes esperanzas de tener una vida mejor en la ciudad. No quieren trabajar la tierra, como hicieron sus padres, sino disfrutar del consumo y la tecnología urbanos. Pero terminan viviendo en dormitorios de fábricas, o en otras residencias baratas donde les resulta difícil siquiera pensar en tener una familia o echar raíces en la ciudad. Las investigaciones hallan que la rotación de personal en las fábricas de productos electrónicos es alta y, sin embargo, los gerentes se preocupan principalmente por la productividad fabril y la calidad del producto. ¿Y el bienestar de los trabajadores?

¿Las luchas de los trabajadores se volvieron más frecuentes después de que China pasara a ser parte de la OMC en 2001?

Sí. A medida que China se integraba más en la producción transnacional y el comercio mundial, las provincias comenzaron a enviar aún más trabajadores rurales para satisfacer la demanda masiva de servicios, construcción y trabajo fabril en las ciudades. Durante las últimas dos décadas ha habido una alta movilidad tanto de capital como de mano de obra. La inversión directa asiática, estadounidense y europea dio una nueva forma al modelo de crecimiento de China y lo expandió, atrayendo a más trabajadores al mercado.

Hablemos de su libro, Morir por un iPhone, que me pareció un relato impactante de la vida y las condiciones laborales de los jóvenes que trabajan en Foxconn, una empresa que fabrica productos para Apple. En primer lugar, ¿qué la llevó a estudiar a los trabajadores de Foxconn?

Foxconn es el mayor fabricante de electrónica por contrato en el mundo. En un momento, Foxconn contaba con un total de 1,3 millones de trabajadores, la gran mayoría en las 40 fábricas que posee en China. Pero su sede central está en Taipéi. También tiene grandes fábricas en Vietnam, la India y República Checa. Foxconn afirmó que estaba planeando abrir una fábrica de LCD de grandes dimensiones en Wisconsin, aunque ahora no está muy claro si eso sucederá. China sigue siendo la principal fuente de rentabilidad de Foxconn. Durante los últimos diez años aproximadamente, Foxconn se ha estado trasladando hacia el centro y el suroeste de China, formando el principal centro industrial que conecta China con Oriente Medio y Europa como parte de la «Nueva Ruta de la Seda».

En Foxconn pueden verse todas las contradicciones de la economía global. Fabrica productos para Apple, la empresa icónica de nuestra época. En el contexto de un régimen comercial neoliberal, estructurado por los gobiernos de Estados Unidos y China, esta empresa ha desarrollado un sistema de producción brutalmente explotador. Mientras el mundo se maravilla con el último dispositivo de Apple, nosotros pensamos que valdría la pena centrar nuestra atención en los trabajadores que fabrican el producto. Y el hecho es que, cuando se suprimen derechos de los trabajadores en un gigante mundial como Foxconn, a los trabajadores de Estados Unidos, México, Brasil o Vietnam les resulta difícil mejorar sus salarios y condiciones laborales. Las luchas de los trabajadores en todo el mundo están más vinculadas de lo que a veces se cree.

¿Qué ha descubierto en Foxconn?

Fue impactante. En 2010, 18 jóvenes trabajadores migrantes intentaron suicidarse, sucesivamente. Cuatro sobrevivieron con heridas incapacitantes. Uno de las sobrevivientes tenía 17 años y había trabajado para Foxconn durante aproximadamente un mes. Debido a algún error administrativo, no recibió su salario. No tenía a nadie allí que pudiera ayudarlo. Recordemos: se trata de jóvenes migrantes que están fuera de sus casas por primera vez. Estos trabajadores y trabajadoras, en la flor de la juventud, llegan a Foxconn muy esperanzados; están aterrizando en una empresa Fortune Global 500 y se han ilusionado con un ambiente de alta tecnología con aire acondicionado, pero la realidad es muy diferente. Arman iPhones en línea durante 12 horas por turno.

Los turnos, de día y de noche, son muy largos debido al alto volumen de producción y los cortos plazos de entrega de estos artículos. ¡Es inconcebible que un consumidor deba esperar un mes para tener un nuevo modelo de iPhone! En el taller, los ingenieros industriales miden la producción, igual que los gerentes «científicos» tayloristas. Los trabajadores, los seres humanos, tienen sus cuerpos y mentes subsumidos por la máquina capitalista. Se sienten terriblemente desesperados.

Los plazos de entrega son cada vez más cortos, porque el tiempo es dinero. Nuestros amados iPhones están diseñados para volverse obsoletos rápidamente. En las fábricas no hay grandes esperanzas de que los operarios de montaje hagan carrera y obtengan un ascenso. Y muchos de estos trabajadores de Foxconn son pasantes provenientes de escuelas de formación profesional donde también sufren una gran explotación.

¿Qué sucedió en respuesta a los suicidios? En el libro hay una imagen de redes colocadas fuera de los dormitorios para que atajaran a las personas que intentaban suicidarse. ¿Fue esa toda la respuesta de Apple y Foxconn?

Esas «redes antisuicidio» o «redes de seguridad» todavía están en funcionamiento en muchas fábricas de Foxconn. Eso nos dice que los problemas, la presión y la desesperación siguen ahí. Si ha habido algún cambio en los últimos diez años, ha sido mínimo. Por lo que sabemos, Apple ha intentado ajustar el sistema de auditoría para enviar más personas a las fábricas y dormitorios a realizar entrevistas a los trabajadores. Pero es simplemente una medida de autoprotección. Fundamentalmente, Apple y otras empresas de tecnología dependen en gran medida de Foxconn y sus proveedores intermedios, así como de otros fabricantes de la red de producción global. La subcontratación de mano de obra tiene como objetivo transferir los riesgos y maximizar las ganancias.

Si los trabajadores de Foxconn, incluidos los pasantes, pudieran organizar su voz colectiva dentro de un sindicato, creo que las cosas serían muy diferentes, porque tendrían el poder de exigir lo que es realmente importante para ellos.

Cuéntenos más sobre cómo Foxconn usa a los pasantes.

Primero, la escala es enorme. Estamos hablando de cientos de miles de estudiantes para quienes trabajar para Foxconn es parte de su educación secundaria. Los gobiernos locales imponen una cuota de estudiantes como respuesta directa a los planes de la empresa; las escuelas de formación profesional bajo su jurisdicción deben proporcionar el número de pasantes que Foxconn y otras empresas necesitan.

Estas pasantías son una enorme fuente de mano de obra para Foxconn. En el verano de 2010, Foxconn tenía 150.000 pasantes, con edades de 16, 17 o 18 años. A estos jóvenes se les paga menos que a otros trabajadores por hacer el mismo trabajo en la línea de montaje. La ley china los considera estudiantes; no se los reconoce como empleados. La distinción legal es muy importante. El objetivo de Foxconn es contar con mano de obra flexible a corto plazo de la que se pueda deshacer fácilmente. Debido a su condición de estudiantes, no son beneficiarios de ningún seguro social, ni atención médica ni pensiones. Si se lesionan, nadie es responsable por ellos.

Es importante señalar que el futuro de los que llamamos «estudiantes trabajadores» es muy incierto. Están en la senda profesional y, debido a la intensa competencia en el mercado educativo, no aspiran a ir a colegios universitarios o universidades de primera clase orientados a la investigación académica. Estos pasantes esperan obtener habilidades profesionales útiles y una ventaja competitiva en el mercado laboral. Pero todos terminan en líneas de montaje durante sus pasantías, que a menudo se amplían para satisfacer las necesidades de producción. Si no trabajan duro, no se graduarán a tiempo. En este sentido, el trabajo estudiantil es trabajo forzoso, una forma moderna de esclavitud.

¿Cuánto tiempo pueden soportar los trabajadores el ritmo, la intensidad y la presión en Foxconn?

Varía. Los trabajadores y pasantes son creativos. Se involucran en diferentes tácticas de resistencia. A veces, simplemente fingen estar enfermos y juegan videojuegos en el dormitorio. Pero, por supuesto, son descubiertos después de uno o dos días; luego son devueltos a la línea de montaje. En otras ocasiones, fabrican deliberadamente productos defectuosos, lo que ralentiza el ritmo de producción.

Apple intenta cultivar una imagen de empresa progresista. ¿Hasta qué punto es cómplice de la situación en China?

Lo más «progresista» de Apple es su trabajo de relaciones públicas. Es muy buena para crear una imagen que cubra la realidad de su cadena de suministro. En 2017, el CEO de Apple, Tim Cook, en su discurso para la ceremonia de graduación en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, dijo: «La misión de Apple es servir a la humanidad. Así de simple: servir a la humanidad». Y en el Informe de avances en la responsabilidad de los proveedores de Apple dice: «Hay una forma correcta de fabricar productos. Empieza por los derechos de las personas que los hacen». Nuestro libro es una exposición de varios cientos de páginas de lo mentirosa que es esa afirmación. La verdad es que Apple crea condiciones de trabajo horribles al enfrentar a los proveedores entre sí. Apple presiona a Foxconn, y Foxconn presiona a los trabajadores.

En 2010, en medio de la avalancha de suicidios de trabajadores, Foxconn fue el ensamblador final exclusivo del iPhone y un contratista importante para una amplia gama de productos electrónicos de Dell, HP y otras marcas globales. Nos enteramos de que alrededor de 60% del precio de mercado del iPhone 4 fue a parar a los bolsillos de Apple. Mientras tanto, los trabajadores de montaje chinos obtuvieron solo 1,8% de la ganancia bruta. Esto nos dice casi todo lo que necesitamos saber sobre la desigual división global del trabajo.

Ha mencionado que los trabajadores de Foxconn necesitan un sindicato. China tiene, en teoría, el sindicato más grande del mundo, la Federación Nacional de Sindicatos (FNS) de China. Pero no es un sindicato independiente; está controlado por el Estado y las empresas. ¿Qué opinión tienen los trabajadores de la FNS?

¡La presidenta del sindicato de Foxconn es la asistente especial del CEO, Terry Gou! ¿Cómo pueden los trabajadores confiar en el sindicato de la empresa? Los trabajadores quieren reclamar por sus derechos sindicales mediante elecciones abiertas y democráticas.

En el libro, usted escribe que la FNS en realidad impide el desarrollo de sindicatos independientes.

Correcto. La FNS es un aparato estatal. Sirve a los objetivos políticos y económicos del Estado. No rinde cuentas a sus miembros. En el mejor de los casos, los funcionarios sindicales locales median en los conflictos entre la gerencia y los trabajadores en tiempos de crisis para restaurar el orden y la estabilidad social, dejando intacta la estructura autoritaria de la administración.

¿Cómo protestan o expresan su descontento los trabajadores de Foxconn?

La mayoría de las veces, pasan por alto los sindicatos y se organizan de forma independiente. Cuando la fecha límite de producción se acerca, paralizan las líneas de montaje. Detienen el flujo de producción. Eso es crucial. Foxconn es el mayor fabricante de productos electrónicos del mundo. Tiene un sistema de producción estrechamente integrado, por lo que cuando una fábrica no está funcionando, los componentes claves no se suministrarán a otra parte de la línea de montaje.

Los trabajadores a veces obtienen algún apoyo de estudiantes universitarios o grupos de defensa de los derechos laborales a escala comunitaria. Pero estos grupos son muy vulnerables a la represión estatal. Hemos visto oleadas de represión gubernamental, desde la clausura de organizaciones de apoyo a los trabajadores hasta la detención de activistas obreros y el arresto de manifestantes.

El descontento laboral ha mostrado resultados ambivalentes. Por un lado, las autoridades han aumentado la vigilancia. Por otro lado, han incrementado los salarios y los beneficios para estimular el gasto doméstico.

Durante nuestro trabajo de campo, hablamos con los trabajadores no solo sobre la elaboración de estrategias para exigir salarios más altos o mejores beneficios –si bien eso es realmente importante– sino también sobre sus demandas políticas. Necesitan más apoyo externo para cambiar las regulaciones sociales, económicas y legales, no solo para empoderarse en término de derechos laborales, sino también para mejorar su educación, vivienda y atención médica, de modo que la vida pueda ser mejor en el largo plazo.

Dadas las recientes medidas enérgicas contra las alianzas entre estudiantes y trabajadores, ¿qué pueden hacer los activistas por los derechos laborales dentro y fuera de China?

Solo tenemos que ser más cautelosos. Tenemos que entender que los costos de organizar y hacer campañas a gran escala pueden ser muy altos. Los principales dirigentes fueron humillados y obligados a admitir que violaron la ley al causar disturbios al orden público y poner en peligro la seguridad nacional. El gobierno amenazó a sus parejas o hijos para silenciarlos. A pesar de eso, lo bueno de China es que los estudiantes universitarios de izquierda, los activistas laborales y las organizaciones comunitarias nunca han sido completamente aplastados. Los grupos de estudio online y offline continúan. También se están desarrollando investigaciones sociales sobre el impacto del covid-19 en los trabajadores fabriles y de servicios. Eso es inspirador.

Hay espacio para la organización de base y la solidaridad transfronteriza, y para la responsabilidad empresarial y las campañas de concientización de los consumidores a escala internacional. Las empresas multinacionales suelen ubicar sus centros de producción en países pobres o en «desarrollo». Sus trabajadores no ganan un salario digno y mueren o se lesionan innecesariamente, trabajan muchas horas y sacrifican la vida familiar, mientras que las ganancias fluyen hacia las empresas. Los activistas de todo el mundo deben insistir en reglas comerciales mundiales que protejan los derechos de los trabajadores, y los consumidores deben comprender que las empresas son responsables de las condiciones en que se fabrican sus productos.

Su libro incluye algunos poemas escritos por trabajadores que resultan realmente conmovedores.

Su arte es una forma de activismo cultural. Los trabajadores recurren a los espacios digitales para hacer circular su poesía, canciones y videos. Sus poemas son punzantes.

Hay varios poemas muy potentes de Xu Lizhi, de 24 años. Falló en múltiples intentos de encontrar otro trabajo que lo sacase de la línea de montaje en Foxconn.

Aquí está uno de sus poemas, «Un tornillo cayó al suelo»:

«Un tornillo cayó al suelo / en esta noche oscura de horas extras, / verticalmente, con un leve tintineo. / No atraerá la atención de nadie. / Igual que la última vez, en una noche como esta, / cuando alguien se arrojó al vacío».

Nueve meses después de escribir este poema, Xu Lizhi se suicidó.

La absoluta desesperación de muchos de los trabajadores que conocimos en Foxconn se expresa mejor en lo que publicó en un blog un trabajador anónimo: «Morir es la única forma de testificar que alguna vez vivimos. / Quizás para los empleados de Foxconn y empleados como nosotros, / el uso de la muerte sea para testificar que alguna vez estuvimos vivos, / y que, mientras vivíamos, solo tuvimos desesperación.

Después de eso, no estoy seguro de poder decir algo más. ¿Desea hacer una última reflexión?

Espero que la gente lea nuestro libro. No solo para entender a Apple y Foxconn, sino para operar un cambio en estas empresas, para solidarizarse con los trabajadores de China y todo el mundo.

Publicamos este artículo como parte de un esfuerzo común entre Nueva Sociedad y Dissent para difundir el pensamiento progresista en América. Puede leerse la versión original en inglés aquí. Traducción: Carlos Díaz Rocca

Publicado enEconomía
Colonial Pipeline: el ciberataque que puso en riesgo el abastecimiento de combustible en EE. UU.

Biden acusó a hackers rusos, pero no apuntó al gobierno de Putin 

La empresa debió pagar cinco millones de dólares para poder normalizar el servicio, que de a poco empieza a normalizarse. 

 

El operador del oleducto víctima de un ciberataque el fin de semana pasado en Estados Unidos retomó este jueves la entrega de combustible en la mayoría de sus terminales. Se trata de la empresa Colonial Pipeline. La situación en las estaciones de servicio mejora de manera lenta.

"Colonial Pipeline hizo progresos sustanciales en la vuelta a operaciones de la red de oleoductos y podemos decir que la entrega de productos comenzó en la mayoría de los mercados que atendemos", indicó la compañía en un comunicado, después del incidente del pasado fin de semana, que dejó a la red sin abastecer a las estaciones de servicio.

La red de oleoductos de Colonial Pipeline es la más grande de Estados Unidos, con 8800 kilómetros. Sirve a toda la costa este estadounidense a partir de refinerías instaladas en el Golfo de México y por tanto transporta el 45 por ciento del combustible que se consume en el este de Estados Unidos. El hackeo dificultó la provisión de combustible en las estaciones de servicio. La situación derivó en conductores que hicieron largas filas para cargar combustible y hubo casos de desabastecimiento. 

Colonial Pipeline debió pagar cinco millones de dólares para poder normalizar el servicio. Al parecer, el rescate se pagó en criptomonedas para evitar que se pueda seguir la ruta del dinero. El pago se hizo de inmediato, reveló la agencia Bloomberg, dada la presión de la compañía para evitar el colapso en la provisión de combustible.

De acuerdo a Patrick De Hann, analista del sitio GasBuddy, la provisión podría normalizarse recién dentro de "varias semanas". Mientras, el precio subió por encima de los 3 dólares por galón (3,8 litros", en su primer repunte desde 2014. 

Por su parte, el presidente Joe Biden apuntó a Rusia por el ciberataque, si bien desligó al gobierno de Vladimir Putin. El mandatario dijo que hay "fuertes razones" para pensar en Rusia como país donde se originó el hackeo, y que han habido "comunicaciones directas" con Moscú para que tome cartas en el asunto. 

Publicado enInternacional
La carrera de los billonarios por conquistar el espacio

Jeff Bezos y Elon Musk, dos de las tres personas más ricas del mundo, han puesto su ­fortuna al servicio de su proyecto de liderar el negocio del espacio

 

“Incluso la Vía Láctea parece demasiado pequeña para evitar que los egos de los billonarios colisionen”, señaló irónicamente esta semana una web científica estadounidense sobre el cruce de descalificaciones públicas en que se han enzarzado Elon Musk, el propietario de Space X y Tesla, y Blue Origin, la cabecera de las empresas espaciales de Jeff Bezos, el propietario de Amazon.

Bezos, considerado por la revista Forbes el hombre más rico del mundo, con una fortuna de 193.000 millones de dólares, y Musk, el tercero del ranking con 166.000 millones, libraron esta semana su enésima batalla pública a cuenta de uno de los varios proyectos espaciales en los que compiten: el lanzamiento de satélites en una órbita baja para ­crear una constelación que permita ofrecer internet por satélite en todo el mundo.

Starlink, el proyecto de Musk, plantea poner en órbita 12.000 nanosatélites, de los que ya ha lanzado 1.200, y ha pedido autorización al Gobierno americano para moverlos a órbitas más bajas para mejorar sus prestaciones. Una de las compañías que han pedido que no se autoricen estos cambios es Blue Origin, la empresa de Bezos, que tiene en marcha una inversión de 10.000 millones de dólares para desplegar el Sistema Kuiper: una red de 3.236 satélites que también dará conexión global a internet.

Musk contestó personalmente desde su cuenta de Twitter, en la que tiene 52 millones de seguidores, que “al público no le sirve paralizar Starlink hoy por un sistema satelital de Amazon que, en el mejor de los casos, está a varios años de funcionar”. A lo que la empresa de Bezos respondió en la CNBC que el cambio que pide Musk crea un riesgo de choque de satélites e interferencias de radio y “paralizaría la competencia entre los sistemas de satélites. Claramente, a SpaceX le interesa ahogar la competencia en la cuna si puede, pero ciertamente no es de interés público”.

“Esto es más que una simple batalla por el espacio”, reconoció Daniel Ives, analista de Wedbush Securities. “También hay egos en juego y se ha vuelto aún más personal”.

Bezos ha anunciado que dejará este año sus tareas ejecutivas en Amazon para dedicar más tiempo a otros proyectos, principalmente Blue Origin. Por el momento, sin embargo, Musk, que dirige personalmente Space X, va claramente por delante en la carrera espacial.

Su constelación de satélites, Starlink, está ya en fase de pruebas con clientes beta, a los que ofrece una conexión de 50 MB por segundo, aunque aún no las 24 horas, y prevé empezar el lanzamiento comercial antes de fin de año. Blue Origin, como recordaba irónicamente Musk, aún no tiene ninguno en órbita.

Pero donde más importante es la ventaja de Musk es en los viajes espaciales gracias a los contratos clave que le ha adjudicado la NASA.

El último hito de Musk con la agencia ha sido un contrato de 2.900 millones de dólares para desarrollar un módulo de aterrizaje para astronautas en la Luna, los primeros que pisarán el satélite desde las misiones Apollo, en 1972. Space X se ha impuesto a Blue Origin, pese a que esta había formado un equipo con Lockheed Martin, Northrop Grumman y Draper, especialistas en ingeniería y aviación y proveedores del ejército americano. La NASA ya utiliza los cohetes Falcon 9 y las cápsulas Dragon de la compañía de Musk para transportar astronautas a la Estación Espacial Internacional, y la firma ha realizado ya tres misiones tripuladas en menos de un año.

Blue Origin y Dynetics (otro perdedor, contratista habitual de Defensa) han presentado alegaciones ante la NASA contra la adjudicación del módulo de aterrizaje lunar a SpaceX. La compañía de Bezos calificó la adjudicación de “defectuosa” y aseguró que la NASA “ movió los postes de la portería en el último minuto”. La agencia, añadió, “elimina las oportunidades de competencia, reduce significativamente la base de suministro y no solo retrasa, sino que también pone en peligro el regreso de EE.UU. a la Luna”.

Musk respondió rápido y, también desde Twitter, hizo un juego de palabras con una imagen de Bezos presentando su prototipo de transporte lunar: “Can’t get it up (to orbit) lol.” Un comentario que podría leerse como que no se le levanta, o no puede ponerlo en órbita.

Pero Bezos tampoco ha eludido el conflicto y se ha burlado públicamente de la idea de Musk de colonizar Marte. “¿Quién quiere mudarse a Marte?”, preguntó al audi­torio en una conferencia en el 2019. “Hágame el favor de ir primero a vivir un año a la cima del Eve­rest y mire si le gusta, porque es un jardín paradisiaco comparado con Marte”.

La rivalidad entre los dos millonarios, sin embargo, tiene unos motivos muy terrenales. Según Wedbush Securities, “Bezos y Musk saben que el ganador de la batalla espacial será coronado en los próximos uno o dos años” y hay un negocio de miles de millones en juego.

Por Rosa Salvador

Barcelona

09/05/2021 08:57Actualizado a 09/05/2021 09:38

El presidente estadounidense Joe Biden. — Tom Brenner / Reuters

Estados Unidos organiza hoy y mañana una cita mundial climática en la que participarán 40 líderes mundiales, entre ellos, los presidentes ruso, Vladimir Putin, y chino Xi Jinping. La cumbre telemática comienza hoy, Día Mundial de la Tierra.

 

"Estados Unidos ha vuelto". Es la consigna que no ha dejado de repetir como un mantra el presidente Joe Biden desde que tomó posesión el pasado 20 de enero, el mismo día en que corrigió el rumbo marcado por Donald Trump y reincorporó al país al Acuerdo del Clima de París. Menos de cien días más tarde, Biden ha organizado una cumbre mundial del clima a la que asistirán 40 líderes mundiales con la que quiere situar a Estados Unidos en el liderazgo mundial contra el calentamiento global.

La administración Biden fue ayer muy cuidadosa en no filtrar qué objetivos climáticos defenderá en la cumbre aunque sí dejó claro que su pretensión era lograr un acuerdo en torno a un objetivo para 2030 ambicioso y factible y compartido por todos los países, si bien no sería vinculante. Con todo, la agencia AP informó de que la Casa Blanca estaría barajando proponer que para 2030 haya el 50% de las emisiones de 2005. Estados Unidos, con todo, está alineado con el objetivo del Acuerdo del Clima de París para limitar el aumento de la temperatura media global para final de siglo a 1,5 grados.

La cumbre, que empieza hoy —Día Mundial de la Tierra— y concluirá mañana viernes, será la primera gran cita global sobre el clima de esta década y en ella participarán todas las grandes potencias emisoras del planeta, desde China e India pasando por Rusia, la Unión Europea, Japón y Australia, además de potencias regionales como Turquía, Arabia Saudí y Sudáfrica.

Por parte de España, participarán en la cumbre Pedro Sánchez y la ministra de Defensa Margarita Robles. El presidente del gobierno lo hará en un panel el viernes por la mañana dedicado a las oportunidades económicas de la lucha contra el calentamiento global. Junto a Sánchez, estarán en dicho panel sus homólogos de Polonia, Nigeria y Vietnam y el secretario (equivalente a ministro) de Transportes de Estados Unidos, Pete Buttigieg. En cuanto a Margarita Robles, participará hoy en un debate sobre seguridad climática junto a sus homólogos de Reino Unido, Japón, Kenia, Irak y el secretario general de la OTAN.

Biden ha logrado implicar en la cumbre al presidente ruso, Vladimir Putin, y el chino, Xi Jinping, a pesar de las tensas relaciones que mantienen estos países con Estados Unidos. A mediados de marzo, Biden llegó a llamar a Putin "asesino" y con China Estados Unidos ha estado enzarzado en una encarnizada guerra comercial durante los últimos cuatro años con Donald Trump en la Casa Blanca.

Acuerdo de colaboración EEUU-China

A pesar de todo, el pasado sábado Estados Unidos y China, los dos primeros contaminadores mundiales, anunciaron en Shanghái que habían alcanzado un acuerdo climático entre ambos países. El documento fue anunciado por el enviado especial para el clima de Estados Unidos, John Kerry, y su contraparte en el gobierno chino, Xie Zhenhua.

El acuerdo es más de forma que de fondo pero supone un primer paso diplomático de cara a la cumbre que empieza hoy. Ambos países se comprometieron a "cooperar entre ellos y con otros para afrontar la crisis climática, que ha de ser encarada con seriedad y urgencia", según recogió el rotativo británico The Guardian. Un portavoz del ministerio de Exteriores chino, según informa Reuters, aseguró ayer que el presidente XI participará en la cumbre y ofrecerá un "importante" discurso.

"Confiamos en que haya acción en esta cumbre y que se produzcan anuncios que apunten hacia los próximos pasos a seguir para ayudar a trabajar colectivamente en la solución al problema climático", explicó ayer un portavoz de la administración Biden.

Desde luego, Estados Unidos ha puesto toda la carne en el asador. Además de los presidente y vicepresidenta, Joe Biden y Kamala Harris, y del enviado especial del presidente para el clima, John Kerry, participarán en esta cita climática mundial hasta ocho secretarios de Estado (ministros), entre ellos, la del Tesoro, Janet Yellen, que hace una semana lanzó la idea de fijar un impuesto de sociedades global, junto a sus homólogos de Exteriores, Transporte, Agricultura, Seguridad Nacional, Interior, Defensa, Energía y Comercio.

Para entrar en la cumbre con la vitola de líderes sobre la materia, los países de la UE alcanzaron ayer un acuerdo sobre el clima que establece ambiciosos objetivos. Los países europeos acordaron una Ley del Clima para blindar los objetivos en la lucha contra el calentamiento global. La norma establece que la UE alcanzará la neutralidad de emisiones en 2050 y se compromete a reducir un 55% las emisiones de CO2 para 2030 comparado con los niveles de 1990.

Carpetazo a la era Trump

La cumbre organizada por la administración Biden en sus primeros cien días de mandato busca dar un carpetazo definitivo a los cuatro años de Donald Trump en la Casa Blanca, en los que el magnate neoyorkino se mofó del calentamiento global, sacó a Estados Unidos del Acuerdo del Clima de París, desmontó multitud de medidas de protección climática aprobadas por Barack Obama y no dejó de vincular las políticas climáticas a acciones que destruyen la creación de empleo, una idea muy extendida entre los votantes republicanos estadounidenses.

Para combatir esta asociación de ideas, Biden ha apostado por prometer una acción de gobierno que lleve a una renovación de las infraestructuras para hacerlas más sostenibles y una reforma industrial para potenciar los sectores vinculados a las energías renovables. Biden prevé que se creen millones de empleos con ambas acciones, que el presidente quiere dotar con una inversión pública muy ambiciosa (la propuesta es que el plan de infraestructura esté dotado con 2,3 billones de dólares).

demócrata quiere vincular este período con aquellos planes de recuperación de Roosevelt (el New Deal de los años 30) y de Lyndon B. Johnson (la Gran Sociedad de los años 60), operaciones ambas orientadas a las clases medias y pobres y las minorías. Ambos planes llevaron a que estos sectores de la población americana, especialmente la población negra y la clase trabajadora de zonas industriales, orientara en gran medida su voto hacia el Partido Demócrata hasta el punto de que dicho partido tuvo la mayoría en la Cámara de los Representantes entre 1935 y 1949 (14 años) y entre 1957 y 1997 (40 años), el mayor período de control de una cámara en la historia de Estados Unidos.

El punto de partida mundial para cumplir objetivos ambiciosos en la lucha contra el calentamiento global no es en absoluto positivo. El pasado diciembre, el Programa de Medio Ambiente de Naciones Unidas (PNUMA) presentó su Informe Global de Emisiones 2020 y arrojó un dato desolador: a pesar de que en 2020, debido a la pandemia, las emisiones mundiales cayeron un 7%, si la humanidad, alertó el documento, seguía a ese ritmo el incremento de la temperatura media del planeta para finales del siglo será de tres grados, el doble que lo fijado en el Acuerdo del Clima de París.

Según dicho informe del PNUMA, si se recortaban las emisiones de CO2 mundiales hasta un 25% para 2030, el planeta tendría un 66% de opciones de poder estar por debajo de los dos grados de aumento a final de siglo.

WASHINGTON

22/04/2021 09:10 Actualizado: 22/04/2021 10:20

Manuel Ruiz Rico@ManuelRuizRico

Publicado enMedio Ambiente
El ganado pasta junto a una zona quemada por un incendio en la selva amazónica, en el estado de Pará, Brasil. — João Laet / AFP

Una investigación de la fundación Rainforest Norway detalla cómo la mayor parte del cuero para asientos y salpicaderos de coches proviene de la industria ganadera que se asienta sobre terrenos deforestados.

La deforestación de la Amazonía no cesa. Ni siquiera la pandemia logró frenar la explotación de los bosques, llegándose a alcanzar en 2020 la cifra de hectáreas pérdidas más alta de los últimos 12 años, según las autoridades brasileñas. Tras este ritmo de devastación hay diversas prácticas económicas que se reparten los recursos de este pulmón verde a su antojo. Entre ellas, la industria del automóvil y las grandes compañías de automoción europeas. Así lo apunta un informe de la Fundación Rainforest Norway en el que se establecen los vínculos entre las marcas de coches y la pérdida de biodiversidad amazónica de Brasil para la cría de ganado y fabricación de pieles.

Así, las cinco grandes compañías de automoción de Europa –Grupo Volkswagen, Grupo BMW,  Daimler (Mercedes Benz-Smart), Grupo PSA y Grupo Renault– compraron cuero para salpicaderos, asientos y otras partes de sus coches a proveedores que compran las pieles a empresas ganaderas que expanden la cría de vacuno sobre terrenos deforestados. Según los datos de la investigación, cerca del 80% del cuero de producido en Brasil se exporta, en su mayoría a China e Italia, que es donde se asientan las principales compañías de transformación de pieles. De ese porcentaje de pieles que el país latinoamericano envía al exterior, cerca de la mitad estarían destinadas a la fabricación de componentes estéticos para vehículos.

La publicación investiga diez curtidurías que exportan pieles a fabricantes de cuero para vehículos en Europa. De estas, al menos siete utilizaron en los últimos dos años pieles procedentes de bovinos criados en 3,05 millones de hectáreas arrasadas en la Amazonía.

En los dos últimos años, la cadena de valor de las grandes compañías ha sumado una importante cantidad de hectáreas deforestadas debido a la procedencia de los cueros utilizados en las fábricas europeas. En ese sentido, los cálculos de la investigación revelan que el Grupo Volkwagen y el Grupo BMW llevarían asociada a su producción la deforestación de 3,5 millones de hectáreas de Amazonía brasileña. Daimler, por su parte, 2,5 millones de hectáreas; Grupo PSA sumaría 2,1 millones de hectáreas; y Grupo Renault 1,7 millones de hectáreas.

Nuria Blázquez, responsable del área de Internacional de Ecologistas en Acción, denuncia que "la transparencia y la trazabilidad" en las cadenas de suministro de pieles "son inexistentes". "Es muy probable que las empresas que compran cuero a los principales proveedores brasileños compren cuero de vacas que han pastado en tierras deforestadas", agrega, para defender que "nadie puede demostrar que el cuero que compra no esté ligado a la deforestación".

Y es que, tal y como informa la investigación de Rainforest Norway, los códigos de importación de pieles se modifican cuando se refina en el primer país de destino. Esto quiere decir que la piel brasileña que se refina, por ejemplo, en Italia, puede ser exportada de nuevo como cuero italiano, difuminándose aún más la trazabilidad de los productos.

Por otro lado, ninguna de las cuatro principales empresas que se reparten el grueso del mercado internacional de asientos para coches –Adien, Lear, Faurecia y Toyota Boshoku– tienen políticas específicas para atajar el problema de la deforestación vinculada a al negocio del cuero.

Desde Rainforest Norway y Ecologistas en Acción, reclaman que las compañías de automoción adopten una política de responsabilidad en toda la cadena de suministro no más tarde de finales de 2021, con el fin de erradicar la deforestación que lleva asociada. "Las empresas deberían exigir que sus proveedores estén libres de deforestación en todas las operaciones", reza el informe. Asimismo, los autores de la investigación piden a los bancos que cesen de financiar a empresas de automoción o de la industria del cuero cuya cadena de producción esté manchada por la devastación de masas de bosque.

Para ello, exigen a la Unión Europea y a los gobiernos nacionales que apliquen leyes más estrictas que impidan que productos de este tipo entren en el mercado europeo con sanciones para las empresas que lo hagan

madrid

19/04/2021 09:59

Por Alejandro Tena@AlxTena

Publicado enMedio Ambiente
Nuevo récord de CO2 en la atmósfera: ya estamos a medio camino de duplicar los niveles preindustriales

El observatorio de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos en Mauna Loa registra 421,21 partes por millón de CO2 en la atmósfera, lo que supone traspasar por primera vez la barrera de las 420 ppm.

 

Cuando apenas quedan unas horas para que comience el debate sobre las enmiendas a la Ley de Cambio Climático en el Congreso, una noticia extremadamente importante para el futuro del planeta ha pasado prácticamente desapercibida en los mass media globales. La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera ha marcado un nuevo récord histórico: 421,21 partes por millón (ppm).

El dato, que fue captado el 3 de abril por el observatorio de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA) de Estados Unidos de Mauna Loa, en Hawai, supone traspasar una serie de barreras simbólicas.

No solo es la primera vez en la historia que se sobrepasa el umbral de las 420 ppm, sino que supone —junto con niveles medios mensuales registrados tanto en febrero como en marzo superiores a los 417 ppm— asegurar que este año la concentración media anual llegará a las 416 ppm, o lo que es lo mismo, haber recorrido la mitad del camino para duplicar los niveles de CO2 anteriores a la era industrial, cuando eran de en torno a 278 ppm. Hasta finales del siglo XX, en los últimos 800.000 años nunca se habían sobrepasado las 300 ppm.

El observatorio hawaiano lleva monitorizando los niveles de este gas de efecto invernadero en la atmósfera desde 1958, cuando Charles David Keeling comenzó a registrarlos. En estos 63 años, la concentración de CO2 media anual ha pasado de 315 a 416 ppm.

El consenso científico, plasmado en un documento de 2007 del físico y climatólogo estadounidense James Edward Hansen, exdirector del Instituto Goddard para Estudios Espaciales de la NASA, señala que por encima de 350 ppm el planeta habría superado el “límite de seguridad” para que no tenga lugar un punto de inflexión, tal como se conoce en climatología al momento en el que se rompe la estabilidad y que daría como resultado un equilibrio climático diferente.

El aumento de la llamada Curva de Keeling, que registra las concentraciones del gas de efecto invernadero, se está acelerando. Como ya advirtieron tanto el NOAA como el Instituto Scripps de Oceanografía de la Universidad de California en mayo e 2019, la tasa de aumento de la concentración de CO2 en la atmósfera, un gas que necesita años para ser reabsorbido por la naturaleza, ha pasado de aumentos de 0,7 ppm anuales en los 60 a los 2,87 ppm de 2018. Como señala Pieter Tans, científico de la División de Monitoreo Global de la NOAA, “hay pruebas abundantes y concluyentes de que la aceleración es causada por el aumento de las emisiones”.

El nuevo récord ha implicado reacciones de la comunidad científica y del Movimiento por el Clima. Desde la Oficina Meteorológica del Reino Unido señalan que “aunque estar a mitad e camino para doblar la concentración de CO2 no tiene ningún significado físico, puede considerarse un hito que pone de relieve cuánto ya los humanos han alterado la composición de la atmósfera global y aumentado la cantidad de un gas que calienta el clima global”.

La joven activista sueca Greta Thunberg, pionera en las huelgas juveniles por el clima de los Fridays for Future, ha denunciado que el récord es algo “verdaderamente revolucionario, cuanto menos, y no lo sigo en el buen sentido”.

Por su parte, la científica climática de la NASA, Kate Marvel, señaló en el Washington Post tras hacerse público el nuevo récord que, “el mundo ya es más de 1,1ºC más caliente de lo que era antes de la revolución industrial”. De llegar a duplicar los niveles industriales, lo que al ritmo actual pasaría en torno al año 2060, el planeta podría sufrir un calentamiento de 4ºC, con nefastas e impredecibles consecuencias para la vida sobre el mismo.

Por Pablo Rivas

@PabloRCebo

7 abr 2021 16:46

Publicado enMedio Ambiente
Estatua de Mao Zedong, en China. — REUTERS

El decimocuarto plan quinquenal chino (2021-25) no es una estrategia de desarrollo económico cualquiera. Encierra los instrumentos que Xi Jinping maneja para que el gigante asiático certifique el salto hacia el liderazgo global.

 

El recién estrenado plan quinquenal chino contempla objetivos ortodoxos dentro de la política económica que ha regido los destinos del gigante asiático de su historia reciente. Mantener unos indicadores de dinamismo "dentro de unos rangos adecuados"; gastos en I+D+I superiores al 7% de crecimiento anual; contener la tasa de desempleo urbano por debajo del 5,5%; incrementar el censo de residentes en grandes ciudades hasta alcanzar el 65% de la población, elevar la tasa de expectativa de vida en un año, promover el desarrollo sostenible, impulsar las inversiones y los negocios a través de la Nueva Ruta de la Seda que patrocina el Gobierno de Pekín y acomodar la Pax China dentro y fuera de sus fronteras. La estrategia económica para el lustro actual rompe con una tradición de décadas. Por primera vez, no establece una meta concreta de crecimiento del PIB. Sin duda, por las incertidumbres que reinan sobre el ciclo de negocios poscovid. Pero deja retazos de la ambición que el presidente chino, Xi Jinping, trata de inculcar en la segunda economía del planeta para alcanzar el cetro geopolítico y el liderazgo de la prosperidad mundial.

El jerarca china y del partido comunista impulsa un salto económico y tecnológico que refuerce el peso digital del país y que está enfocado a dos aspectos esenciales: a superar cualquier riesgo o amenaza sobre su seguridad nacional y a impulsar la demanda interna; es decir, a espolear el consumo privado y las inversiones empresariales. Dos líneas de actuación preferencial marcadas por Jinping, especialmente tras su renovación presidencial en la Asamblea Popular, que le otorgó el plácet para perpetuarse en la jefatura del Estado. Un escudo de defensa territorial y un clima socio-económico que adentre definitivamente al gigante asiático en la senda de las potencias de rentas altas, mercados que confían las bases de sus sistemas productivos en la capacidad de sus consumidores y el dinamismo empresarial. China busca reducir su dependencia exterior y acabar -o, al menos, recortar- con su ventaja competitiva a través de bajos salarios. No desea seguir con el cartel de la Gran Factoría mundial.

De ahí que el decimocuarto de sus planes quinquenales introduzca indicadores más ambiciosos de retroceso del desempleo o de emisiones de CO2 y de impulso de energías limpias que le haga avanzar hacia la neutralidad energética. A pesar de las dudas de que la reactivación económica global puedan poner en jaque el ritmo de consumo e inversiones, la capacidad de su industria energética por abordar el tránsito hacia las renovables o las reformas aperturistas en sectores considerados estratégicos, como varios segmentos tecnológicos, o el financiero, como advierten los analistas. Oceana Zhou, de Standard & Poor’s Global Intelligence, señala que el plan 2021-25 chino fija un rumbo para "espolear la economía doméstica" con las herramientas elegidas por la UE, "innovación tecnológica y sostenibilidad medioambiental", con objeto de reducir al máximo la dependencia de China de las materias primas en los próximos años.

Pone énfasis especial en el consumo y en el repunte de la demanda de productos con alto valor añadido -dice- lo que se traducirá en reconversiones en sectores estratégicos. Gigantes como Sinopec tendrán que dirigir sus flujos de capital a elimar la huella de carbono de sus refinerías y a reconducir los gastos del próximo lustro, monopolizados hacia el segmento petroquímico, altamente contaminante y a la actividad química. Una transición -explica la analista de S&P- en la que primará el negocio del gas licuado y el hidrógeno para abastecer la apuesta de Pekín por los vehículos limpios y rivalizar con los conglomerados eléctricos del país por este tipo de utilitarios. China sigue importando el 45% de su demanda petroquímica. Con esta variante política del plan, los cálculos de S&P avanza que el techo de consumo de carburantes fósiles se adelantará diez años, hasta 2030.

China ha ideado un plan quinquenal con el que pretende generar un clima socio-económico que adentre definitivamente al gigante asiático en la senda de las potencias de rentas altas, mercados que confían su properidad al consumo y a la inversión empresarial

China se adentra en la senda sostenible

La revisión estratégica del plan se ajusta al anuncio de Jinping, en conexión telemática durante la última reunión de la Asamblea General de la ONU, de certificar emisiones netas cero de CO2 en 2060. Una meta más acorde con la realidad industrial del gigante asiático. Pese a que llegaría a ella diez años después del objetivo temporal europeo. Pero su inclusión en la hoja de ruta del quinquenio actual exige "una estrategia más agresiva para promover las energías renovables en el transporte y la industria". Los mercados observarán con atención las maniobras del principal consumidor de petróleo y combustibles fósiles y las preferencias de su transición energética. En nuestra opinión, dice Jeff Moore, gestor para Asia de Platts Analytics, "la demanda de gas en la economía china crecerá un 41% en los próximos cinco años, con crecimientos constantes de la producción nacional, pero también de los flujos llegados a través de los gaseoductos con los que abastece desde el exterior las necesidades de su industria, que aumentarán en un 26% durante el periodo de vida del plan recién aprobado".

Moore anticipa que la Administración Nacional de la Energía del país ultima el road map de la transición, la configuración del mix energético para este lustro y los niveles de eficiencia que requerirá la adaptación a las metas del quinquenio. Y anticipa la liberalización del sector, por lo que las compañías, locales e internacionales, deberán replantearse sus planes de generación, desarrollo y distribución. Especialmente las gasísticas. También los emporios estatales del petróleo deben reconfigurar sus inversiones. PetroChina ya ha combinado en sus planes estratégicos fórmulas de integración de sus producciones fósiles y renovables, con un amplio abanico de opciones, desde el gas, la geotermia, la solar y la eólica, a través de proyectos piloto en lo que ha integrado en su cadena de valor, en 2020, el hidrógeno. CNOOC apostó en 2019 por la energía eólica y alguna de sus centrales, como la de la provincia de Jiangsu, ya produce la totalidad de su producción con esta fuente energética. Zhou aventura desregulaciones en el sector de la energía, sin que las autoridades, de momento, "levanten la banda de fluctuación de precios de los combustibles fósiles en el mercado doméstico".

Alicia García Herrero asegura en su análisis en Bruegel deja varias lecturas del plan quinquenal. La primera que, pese a la ausencia de un objetivo de crecimiento, el primer ministro, Li Keqiang, deslizó un repunte superior al 6% como meta para 2021 y crecimientos de entre el 7% y el 10% el resto de los ejercicios de la senda marcada por Pekín hasta 2025. Al igual que para la inflación y el déficit. El dinamismo que logre instaurar a su economía determinará el músculo de China en el ciclo de negocios poscovid para abordar el liderazgo global. Y Pekín -explica Herrero- ha sido cauto. Al menos, más que el FMI, que concede a China una previsión del 8,1% este ejercicio. Una maniobra que podría justificarse en unas expectativas de pérdida de ritmo en los próximos años. Porque para China, "la estabilidad es un elemento absolutamente clave" y cualquier señal de un deterioro de la coyuntura venidera -con la incertidumbre situada en 2022- rebajaría la guía con la que Pekín dirige las expectativas económicas del país. Li determina una ligera contracción del desequilibrio presupuestario hasta el 3,2% del PIB y augura un control de los precios, cuyo límite inflacionista es del 3%. Señal de que China anticipa una disminución de su programa de estímulo fiscal. La confluencia de esta triple previsión oficial -pese a la ausencia de objetivos específicos- sobre crecimiento, déficit e inflación desvela la prioridad que otorga Pekín en el próximo lustro a tres prioridades estructurales: el combate contra el rápido envejecimiento de su población, la corrección, de forma aún más acelerada que en las últimas décadas, de la cada vez menor brecha en innovación y la apertura de sus mercados.

Hu Zacai, subdirector de la Comisión Nacional de Reformas y Desarrollo (NDRC, según sus siglas en inglés), otra de las voces autorizadas que analizó el plan quinquenal tras su aprobación, pone más argumento sobre la mesa al trascendental impulso transformador del plan chino: "Busca un escenario de circulación dual, con impulso de políticas de autosuficiencia e independencia en el terreno tecnológico que explican el aumento de los gastos en I+D+i, y de impulso y protección de las inversiones en energías renovables que, a la vez, permita una coexistencia pacífica con el modelo actual, de manera transitoria, pero a corto plazo, con la intención de dejar el menor margen de maniobra posible a las incertidumbres". Porque -admitió Ning Jizhe, directivo de la NDRC, "la recuperación sostenida y estable se enfrenta a tantos riesgos como oportunidades en estos cinco años". Entre otros, citó la evolución de la covid-19, las todavía severas condiciones económicas mundiales, las tensiones geopolíticas crecientes y la incompleta recuperación tanto del consumo como de las inversiones en el mercado chino.

Herrero añade otros tres aspectos prioritarios de Pekín. La innovación, cuyos gastos en I+D+i superan el ritmo de crecimiento del PIB y en cuya política incluye subsidios adicionales a firmas que colaboren en la investigación y el desarrollo de la digitalización. Una proyección inversora y comercial más amplia e intensa que se aprecia con los recientes acuerdos con Europa y Asia o la aceleración de las negociaciones de libre comercio con Japón y con Corea del Sur, así como en el Tratado Trans-Pacífico y con la que pretende elevar el retorno de inversiones y beneficios del exterior y mejorar la posición de sus empresas en sectores bajo procesos de reestructuración y operaciones de fusión derivados de la Gran Pandemia. Estos dos derroteros, combinados, serían esenciales para incrementar la productividad y la competitividad china. Y, finalmente, acumular más capacidad productiva para abordar el cambio del modelo de crecimiento.

Los gastos en innovación, por encima del ritmo de crecimiento del PIB, buscan añadir mayor productividad y competitividad a las empresas chinas en un ciclo de negocios poscovid con "múltiples incertidumbres y riesgos"

Músculo para afrontar la Guerra Fría con EEUU

La tensión en el Mar de China, la reaparición del QUAD -Diálogo de Seguridad Cuadrilateral que integran EEUU, India, Japón y Australia- que ha parecido dormir el sueño de los justos durante 15 años, pero que acaba de reanudar sus sesiones ejecutivas y que, a los ojos de Pekín, es un claro intento de establecer una Alianza Atlántica en Asia, y la amenaza diplomática del secretario de Estado americano, Antony Blinken, para que el gigante asiático ponga fin a los abusos en el orden geoestratégico, económico y de derechos humanos en su país, bajo la amenaza de desatar una Guerra Fría, son varias de las razones que esconde el más misterioso aunque, a la vez, más exigente plan quinquenal chino. Blinken utilizó su cuenta oficial de twitter para dejar claro que EEUU, pese al fin de la Administración Trump, "defenderá sus intereses nacionales, promoverá los valores democráticos y vigilará a Pekín por sus abusos del sistema internacional". El cruce de acusaciones desde la victoria electoral de Joe Biden explicita un escenario diplomático de tensas relaciones. Con altibajos dialécticos modelados desde ambas superpotencias. Desde China, Yang Jiechi, miembro del Buró Político del Partido Comunista Chino (PCCh) y director de la oficina de la Comisión de Asuntos Exteriores de su Comité Central, respondió que su país "no busca ningún tipo de confrontación, sino respeto mutuo y cooperación win-win". Mientras Biden insisten en el discurso de que China es "nuestro más serio competidor y rival" y Jinping advierte sobre las consecuencias de una Guerra Fría entre ambas naciones. Blinken situó el conflicto en "la agresiva política de abusos económicos, sus acciones coercitivas en la escena internacional y sus ataques a los derechos humanos, la propiedad intelectual y la gobernanza global".

La segunda economía mundial ha partido con ventaja en la travesía de la Gran Pandemia. No solo por haber iniciado la recuperación en verano pasado, sino porque ha logrado sortear la recesión del PIB en 2020 y acumula superávits comerciales con prácticamente todas las naciones industrializadas y los principales mercados emergentes por su condición de suministrador de bienes y material médico para combatir la epidemia. También ha desplazado a EEUU como gran primer emisor de flujos de capital transfronterizos. Según datos de la UNCTAD, la agencia para el Comercio y el Desarrollo de Naciones Unidas, las inversiones extranjeras directas se redujeron en un 42%, hasta los 859.000 millones de dólares en 2020, más de un 30% por debajo del registro de 2019. Con China aumentando sus movimientos de capital al exterior en un 4%, hasta los 163.000 millones de dólares, frente a los 134.000 de EEUU, que experimentaron un colapso del 49% en términos interanuales.

El Ejército chino "debe estar preparado para responder al complejo escenario internacional y a las situaciones de alto riesgo a las que se enfrentará la seguridad nacional del país". Palabras de su comandante en jefe, el presidente Jinping, en la última cita de la Comisión Militar Central. Y el horizonte es "extremadamente inestable e incierto". El punto geopolítico más caliente entre ambas superpotencias se sitúa en el Mar de China, donde Pekín ha impuesto un férreo control sobre sus aguas internacionales ante la amenaza que les supone -admite- la defensa diplomática estadounidense de la isla de Taiwán. Pekín asegura que nunca ha intercedido en el comercio marítimo y niega tener la intención de imponer el tráfico de mercancías chinas. Sino que -afirma- sus acciones responden a tácticas de preservación de su soberanía nacional. Mientras en el orden económico, la Casa Blanca insiste en los escasos avances de China para alcanzar el estatus de economía de mercado, en acusar a Pekín de establecer métodos de espionaje empresarial, de no respetar la propiedad intelectual de las firmas extranjeras y de mantener una banda de fluctuación cambiaria, dominada desde su banco central, sobre su divisa que atenta contra la libertad de mercado.

La Administración Biden centra el conflicto con China en "la agresiva política de abusos económicos, sus acciones coercitivas en la escena internacional y sus ataques a los derechos humanos, la propiedad intelectual y la gobernanza global"

22/03/2021 07:57

Diego Herranz

Publicado enInternacional
Unos activistas prueban una especie de gran cauchera sujeta a un poste, ayer en Rangún

 

Incendiada una treintena de fábricas chinas en las últimas protestas en Rangún

 

Las calles de Hlaingthaya tienen fama de duras. Este municipio, en el extremo occidental de Rangún (la ciudad más grande de Birmania), es uno de los más poblados del país, donde gran parte de sus 700.000 habitantes trabaja en los cientos de factorías textiles del lugar. Muchos de ellos son emigrantes rurales, que al tratar de escapar de la pobreza se dieron de bruces con los peligros de la vida en los suburbios, incluidos los robos, la explotación laboral o los asesinatos.

Sin embargo, el problemático distrito nunca había sido testigo de una violencia como la vivida el pasado fin de semana. El domingo, al menos 22 manifestantes contra la asonada militar del pasado 1 de febrero murieron allí por disparos de las tropas gubernamentales. Otros seis cayeron en el suburbio industrial de Shwepyithar.

Ese mismo día, una treintena de fábricas regentadas por empresarios chinos en esas barriadas fueron atacadas con saña e incendiadas, con un saldo de al menos dos heridos y unos 30 millones de euros en pérdidas. Las factorías taiwanesas o surcoreanas no tardaron en ondear sus banderas bien a la vista para evitar agresiones similares, mientras que las autoridades golpistas impusieron la ley marcial en las zonas más castigadas.

Ese ataque contra sus intereses y el creciente sentimiento antichino entre una parte importante de la población empujaron rápidamente a Pekín a tomar cartas en el asunto: en los últimos días ha lanzado repetidos mensajes exigiendo a las autoridades birmanas que tomen medidas concretas “para garantizar la seguridad” de sus ciudadanos y “evitar que se repitan incidentes similares”, además del castigo para los culpables. Aunque se ha especulado con una posible evacuación del personal chino no imprescindible, el diario estatal Global Times negó ayer que eso sea cierto.

Desde que los generales apartaron del poder manu militari a Aung San Suu Kyi, la postura del gigante asiático, que cuenta con grandes intereses económicos en Birmania –oleoductos, presas, minerales o puertos, entre otros­­–, ha estado en el punto de mira. Ya desde el principio se especuló con que China apoyaba –o al menos conocía– los planes de los uniformados, aunque no existe prueba alguna sobre ello. De hecho, gran cantidad de expertos han señalado que Pekín mantuvo con el depuesto gobierno democrático de la Nobel de la Paz una relación mucho más fluida y franca que con la junta militar que gobernó Birmania durante el medio siglo previo, por lo que no tendría interés en ver a los militares de vuelta. Sin embargo, eso no ha evitado que desde un principio surgieran todo tipo de rumores que dejaban en mal lugar a China: desde que había enviado armas o militares para apoyar a las tropas birmanas a que sus ingenieros de telecomunicaciones estaban colaborando con los golpistas para ayudarles a controlar las redes del país. Un “sinsentido”, en palabras del embajador chino.

Pero que no haya pruebas fehacientes no ha evitado que la ola sinófoba haya adquirido dimensiones considerables. En las protestas diarias contra el golpe, no es extraño ver carteles con lemas como “Negocios chinos, ¡fuera!” o “Quemaremos el oleoducto chino”, un proyecto controvertido que en el pasado ya provocó protestas por sus costes medioambientales. También se han redoblado los llamamientos al boicot de sus productos, ya sean frutas, móviles o videojuegos.

Tampoco ayuda que China se mantenga firme en la aplicación de su principio de no injerencia en los asuntos internos de terceros países. Aunque sí ha apoyado en la ONU una “contundente condena a la violencia sobre los manifestantes pacíficos” o la puesta en libertad de Suu Kyi, muchos no le perdonan que no condene de forma taxativa el golpe, que en un inicio incluso fue calificado por los medios estatales como “una importante remodelación del gabinete”.

Los últimos acontecimientos han colocado a Pekín en una encrucijada de difícil salida. “Por una parte, necesita mantener buenas relaciones con los militares para contar con su apoyo en proyectos de infraestructura”, detalló el analista Pang Zhongying a France Press. “Por la otra, no quiere que se le vea interfiriendo en los asuntos internos del país o parecer demasiado cercana a las fuerzas armadas en medio de la condena internacional. Sus proyectos se enfrentan a grandes riesgos de seguridad, pero tiene las manos atadas”.

STRINGER / EFE

Ismael Arana

Hong Kong. Corresponsal

18/03/2021 01:08Actualizado a 18/03/2021 09:03

Publicado enInternacional
Página 1 de 24