América Latina y el mandato exportador

Economistas ortodoxos y neodesarrollistas tienen un punto de acuerdo: América Latina debe exportar. Pero el fetiche de las exportaciones como fuente de desarrollo se basa en la omisión de una serie de condiciones asociadas al pago de las deudas, a la explotación de la fuerza de trabajo y a conflictos sociales y ecológicos existentes en toda la región.  

 

El desarrollo de las fuerzas productivas orientadas por el impulso de la demanda externa forma parte de América Latina y el Caribe desde su integración a la economía mundial. En ese origen, las necesidades metropolitanas se imponían sobre las locales a la hora de ordenar qué se produce y cómo se lo hace, lo cual implicó una trayectoria de más de trescientos que fue definiendo qué negocios privilegiar y generó estructuras productivas, actores sociales e imaginarios, todos ellos factores que pesan a la hora de pensar alternativas de desarrollo.

La modalidad primario-exportadora fue la privilegiada a la hora de establecer la inserción de la región en el mundo decimonónico, bajo el peso privilegiado no solo de los mercados externos sino de los capitales extranjeros en las economías recientemente nacionales. Las incipientes burguesías locales crecieron asociadas a este impulso. No es de extrañar entonces que aparecieran tan mezcladas las ideas de independencia nacional y la sociedad con los capitales extranjeros.

Esta fusión fue puesta en duda en todo el continente en las vísperas de los centenarios de las revoluciones independentistas, y fermentó en un clima con rasgos antiimperialistas más o menos generalizados. Este ánimo fue usado, a su vez, por muchos gobiernos de la época para renovar sus esfuerzos de nacionalización de la cultura, persecución de extranjeros «indeseables» y represión de la protesta social. Este reverdecer nacionalista se combinó con el estallido de la Primera Guerra Mundial, que fue un primer traspié para el hasta entonces motor de la acumulación, que terminó de desbaratarse durante el interregno abierto entre la crisis de la década de 1930 y la finalización de la Segunda Guerra Mundial.

Ese período abrió la oportunidad al desarrollo de industrias locales ante la interrupción del abastecimiento externo. Con dudas y reticencias de las elites locales, fueron décadas en las que la acumulación debió reorientarse ante la destrucción masiva de las economías centrales europeas y su desplazamiento por Estados Unidos. Fueron los años de la llamada industrialización por sustitución de impoertaciones, apoyada en la amplia red de talleres desarrollada en las márgenes durante la etapa previa. Casi todas las economías de la región atravesaron cierto impulso industrializador en esas décadas.

Sin embargo, a partir del final de la guerra, con la presión por volver a los negocios «como siempre» de las multinacionales, la continuidad del proceso se restringió a las economías de mayor tamaño relativo, cuyos Estados tuvieron un rol protagónico. Muchos de los proyectos iniciados en esos años madurarían décadas más tarde, dando lugar a «anómalas» producciones de alto valor agregado o composición tecnológica. Durante estas décadas, los flujos de intercambio externo jugaron un rol menos significativo que en el pasado, sin por ello dejar de tener importancia.

La deuda como organizadora de la producción

Esa desconexión relativa empezó a quebrarse en la década de 1970. Operó entonces una reconfiguración de la acumulación a nivel mundial. El ascenso neoconservador en Estados Unidos y Gran Bretaña pondría fin no solo a los arreglos internos en torno a los Estados de Bienestar, sino a los acuerdos monetario-financieros de Bretton Woods, que moldearon los intercambios internacionales por tres décadas. El inicio de las reformas de apertura en China se conjugó en este escenario, para facilitar la incipiente reestructuración de la producción, en forma de cadenas globales de valor y el despliegue de un vigoroso proceso de financiarización. En este momento crítico de quiebre, se inició lo que luego se conocería como neoliberalismo.

Vale resaltar que en un gran número de países de la región —incluidas las poderosas economías argentina y brasileña— la adaptación a estos cambios se dio de la mano de sangrientas dictaduras. No sería preciso suponer que se contaba con un modelo claro de antemano. Por supuesto, existían grupos de presión en el campo de las ideas, donde la ortodoxia neoliberal había ganado presencia con think tanks, becas, publicaciones y cuadros técnicos, todo en estrecho vínculo con las empresas de mayor porte. Pero también existían al interior de estas mismas dictaduras quienes daban relevancia a la industria y a ciertos sectores estratégicos por un problema de soberanía militar. La confluencia se encontraba en la orientación represiva, excluyente y contraria a la organización de las mayorías sociales.

La llave del cambio vino por un canal financiero. La acumulación de dólares excedentes en los sistemas financieros de los países centrales fue reciclada en forma de préstamos casi compulsivos a los países latinoamericanos. Pautados a tasas bajas, pero variables, renegociados anualmente, sin destino específico, sirvieron para responder al impacto de la suba de precios del petróleo como para financiar el terrorismo de Estado. En muy pocos casos los préstamos se canalizaron a la inversión productiva. También fueron a empresas estatales que no precisaban de esos fondos, pero luego deberían pagarlos, lo que reducía su capacidad operativa. Esta abundancia de fondos se vio abruptamente interrumpida a inicios de los años 80, tras la suba de las tasas de referencia en Estados Unidos. Los fondos se retiraron de la región de manera súbita, dirigiéndose a los países centrales. Así, como castillo de naipes, casi todos los países de la región entraron en problemas de pagos. Tanto la entrada masiva de capitales como su salida en estampida fueron definidas por prioridades y arreglos en los países centrales. Pero la crisis recayó sobre la periferia.

¿Por qué es importante remarcar esto? Porque la gestión de la crisis de la deuda en la década de 1980 terminó de dar forma al giro en torno al desarrollo de la región. A pesar de los intentos de organizar clubes de deudores, la presión de los acreedores se impuso. Durante la llamada «década perdida» la región prácticamente no creció, lidió con severos problemas de inflación y una regresividad manifiesta, debió ajustar sus presupuestos, enfrentó términos de intercambio desfavorables, pero al mismo tiempo transfirió valor en forma de pagos. Aun así, su deuda creció. Poco importó el origen de dudosa legalidad y legitimidad, las violaciones de derechos humanos de los gobiernos que recibían los fondos ni la corresponsabilidad de los acreedores.

La cesación de pagos generalizada ponía en crisis los balances contables en las casas matrices, lo cual podía hacer tambalear las economías centrales. Por eso, los Estados intervinieron de manera oficial, negociando durante una década hasta dar forma, tras el hito del plan Baker, al plan Brady, que permitió a inicios de la década de 1990 canjear la deuda en mora por nueva deuda en regla, a cambio de la aplicación de una serie de «recomendaciones» que ya se conocían como Consenso de Washington. Si durante la década de 1980 maduraron proyectos puestos en marcha por el Estado en décadas previas, y se aceleró el proceso de reconversión productiva para obtener divisas, en la de 1990 esto se terminó de organizar con la quita de mecanismos de regulación estatal, privatizaciones, «desregulación» de una multiplicidad de mercados (incluido el laboral), firma de tratados de inversión y de libre comercio, y apertura comercial. La mayor parte de estos cambios se sostuvieron en la región hasta el presente.

¿Qué exportaciones?

La nueva orientación exportadora se forjó no para sostener los niveles internos de consumo ni el desmanejo fiscal, sino para pagar deuda. Con matices, la región se consolidó como exportadora de materias primas, sobre todo de productos agropecuarios, piscícolas, forestales, metalíferos y mineros así como su procesamiento básico. Para ello ha sido clave la falta de estándares ambientales. Algunos pocos países lo combinaron con la exportación de hidrocarburos, en ciertos casos, con muy bajo grado de procesamiento (por ejemplo, México exporta crudo para luego comprar gasolinas procesadas).

Esto es lo que se suele llamar «extractivismo», a saber la explotación a gran escala de recursos naturales o comunes, con alto grado de estandarización, intensivos en capital, para obtener productos de bajo valor agregado normalmente destinados a la exportación. O «neoextractivismo», cuando se combina con captura parcial de la renta asociada por parte del Estado, a través de impuestos o mediante su participación en la producción. Esto no quita que, en algunos casos, en estas producciones se paguen salarios relativamente altos. Pero se hace a costa de segmentar el mercado de trabajo, estableciendo una creciente heterogeneidad entre sectores económicos, que terminan por obstruir cualquier otra actividad productiva: ¿qué otras producciones son compatibles con esta especialización? A esto se suma además del grado de precarización y menor remuneración de las actividades conexas en la cadena de valor, mayormente subcontratadas en condiciones más pauperizadas. Los salarios de estos sectores son relativamente altos respecto de una media social precisamente desvalorizada para garantizar cierto nivel de competitividad externa.

Es habitual que las comunidades ubicadas en torno a los grandes proyectos no sean consultadas. Se trata de un derecho reconocido internacionalmente en el caso de comunidades originarias. Incluso cuando tentadas por posibles puestos de trabajo las comunidades saben que los empleos vienen de la mano de la destrucción de fuentes alternativas (¿cuántas granjas ha arruinado la explotación petrolera por fractura hidráulica, por ejemplo?) y la afectación directa de la salud de las poblaciones vecinas a los emprendimientos extractivos. Las economías regionales devastadas por el huracán neoliberal hoy son presentadas así como zonas de sacrificio.

Muchas de estas críticas son descartadas, consideradas fatuas no solo por partidarios de visiones ortodoxas de la economía, sino por quienes se consideran neodesarrollistas. No se ha reparado lo suficiente en esta llamativa coincidencia en la veneración a las ventajas comparativas —basadas en la dotación dada de factores o recursos con que cuentan las naciones, como «dones» naturales—. Lo que la ortodoxia abraza como mandato, el neodesarrollismo parece aceptarlo como resignación. Aunque siempre se afirma la necesidad de agregar valor y crear empleo sobre estas ventajas, no se cuestiona la preeminencia de esta fuente de acceso a divisas por la vía exportable.

En algunos países, la especialización primaria se combinó con la provisión de fuerza de trabajo barata, a través del emplazamiento de industrias bajo el modelo de maquilas. Se trata centralmente de la industria textil, la electrónica y la del transporte, orientadas a la exportación a Estados Unidos, como ocurre en Centroamérica y México. Este conjunto de economías se especializa en el uso de fuerza de trabajo mal remunerada para la especialización orientada a la exportación. A este fenómeno Ruy Mauro Marini lo llamó superexplotación de la fuerza de trabajo. Menos teorizado se lo puede entender como el caso de quienes tienen empleos que no les permiten salir de la pobreza. Debe añadirse que en este caso que la desigualdad de género es particularmente explotada como fuente de ganancias: mujeres peor pagas y con peores condiciones laborales como motor de desarrollo.

Finalmente, el turismo es el único servicio en que la región obtiene superávit en el comercio exterior. Esto habilita a múltiples proyectos de inversión que aprovechan la belleza paisajística y la fuerza de trabajo relativamente barata. Al igual que la maquila, se distinguen de la explotación de recursos por ser más demandantes de trabajo, predominantemente mujeres, y en muchos casos con niveles de calificación relativamente bajos. Debe anotarse que, en materia de especializaciones en la provisión de divisas, se pueden anotar dos variaciones más: el envío de remesas por parte de migrantes que debieron irse de su país de origen por falta de oportunidades, y remiten fondos a sus familiares, y las economías que funcionan como guaridas fiscales, lo que les provee cierto excedente de divisas. Aquí, claro, la ventaja está en la baja tributación y escaso control de las operaciones financieras. Ninguno de estos casos parece poder proponerse de forma explícita como proyecto de desarrollo, de modo que se evita resaltarlos en la agenda económica.

Ahora bien, las tres primeras especializaciones señaladas (extractivismo, maquila industrial y turismo internacional) estuvieron centradas en el desmantelamiento de las estructuras productivas internas. No respondieron a necesidades nacionales o a programas de desarrollo, sino a la crisis y la necesidad de obtener recursos externos y fiscales para pagar deuda. Es decir, no fueron puestas en marcha para sostener el consumo ni la inversión. En algunos casos, las exportaciones tienen baja demanda de fuerza de trabajo y en otras dependen de remunerar mal a la misma. No parecen ser promesas de desarrollo atractivas.

Un fetiche de exportación

Las especializaciones productivas de exportación en la región no se fundamentan en programas de desarrollo nacional, ni en el objetivo de superar las barreras impuestas por la escala de mercado, ni en prioridades internas de consumo o inversión, ni siquiera de recaudación. Tampoco se sostienen sobre mecanismos de integración de segmentos clave de las cadenas de valor, ni en la aplicación de conocimientos generados en la región. Se justifican en la urgencia de obtener divisas, como mandato ante la aparente escasez que limita el crecimiento. Sin embargo, la tracción importadora asociada al crecimiento está basada en la propia apertura temprana de las economías latinoamericanas, que desmanteló actividades que bien podrían realizarse localmente.

Más aún, la región no muestra una situación de déficit sistemático en su comercio exterior, ni tampoco los superavits y déficits están asociados a fases de crecimiento o crisis. Mientras que el saldo agregado tiene cierta variabilidad, la salida de divisas por el pago de intereses y de utilidades es sistemático. El saldo negativo de estas rentas se multiplicó por siete en las últimas cuatro décadas, permaneciendo en torno a 3% del PBI desde 1990. Esta brecha debe cubrirse de alguna manera, y es allí donde las exportaciones juegan el rol crucial, tanto para la ortodoxia como para parte de la heterodoxia, que no cuestionan la dinámica de la deuda o el rol del capital extranjero en general.

La inversión extranjera directa, muchas veces asociada a grandes proyectos de desarrollo, se muestra en las últimas décadas como una suerte de pinza, en la que cada vez se necesita más inversión para dejar un mismo aporte de divisas, descontando lo que se va en materia de utilidades remitidas al exterior. En la última década (2011-2020), esta inversión dejó un aporte neto de divisas similar a la fase 1994-2003, pero con un nivel de inversión dos veces y media mayor (lo que representa un menor aporte en el PBI total). Es decir, el esfuerzo para atraer inversiones es cada vez mayor. No en vano, la mayor parte de la región ha sostenido su adhesión a la institucionalidad de los tratados de inversión (con las excepciones de Brasil, Bolivia, Ecuador y Venezuela). América Latina y el Caribe es la región con más demandada por inversores ante tribunales internacionales y 70% de resoluciones fueron favorables a sus intereses. Acumula 21.807 millones de dólares en arreglos desfavorables, lo que es equivalente a toda la inversión extranjera neta de 2020.

El fetiche de las exportaciones como fuente de desarrollo se basa en la omisión de esta clase de consideraciones. Por supuesto, para la ortodoxia económica y los defensores de las grandes corporaciones, esto no constituye un problema. Para una gran parte de la heterodoxia, que no ignora el problema, se trata de un mandato de realpolitik. Incluso cuando no ocupan cargos de gobierno. Esto es extraño, porque al mismo tiempo que reconoce la necesidad de incrementar exportaciones para pagar estas salidas de divisas, elude cualquier consideración respecto de la capacidad de lobby y el peso estructural que adquieren los actores asociados. Su promoción no parece compatible con posteriores controles o regulaciones, a menos que se tenga una idea precaria de las dinámicas de poder o ilusiones respecto de la capacidad de los Estados (en especial, los subnacionales) de eludir la captura por parte de estos actores poderosos. ¿Por qué motivo los actores económicos especializados en actividades tal como existen hoy cederían recursos económicos y políticos para su propio debilitamiento?

Ante la insuficiencia de argumentos para responder estas dudas, no pocas veces hemos visto la reacción conservadora, incluso agresiva, por parte de ortodoxos y heterodoxos que demandan exportar más, ahora mismo, relegando la distribución del ingreso a un «futuro promisorio» si se logra primero consolidar un modelo de crecimiento traccionado por exportaciones. La urgencia se basa en la imposibilidad de cambiar las relaciones externas o discutir procesos de largo alcance. Y al hacerlo, suelen ridiculizar las objeciones de ambientalistas, comunidades locales o incluso sindicatos. Está claro, nadie a esta altura supone que una economía puede sobrevivir aislada del intercambio con el mundo. La propuesta no es aislacionismo y primitivismo, sino desarrollo basado en las necesidades locales, en garantizar niveles de vida decentes para toda la población. Y en esto, la orientación exportadora de las últimas décadas, bajo gobiernos de diferentes ideologías, tiene un número elevado de cuentas pendientes. 

 
Julio 2021

Publicado enEconomía
Todos los que han ido al espacio dicen que los ha cambiado, expresa Jeff Bezos

 

Con el empresario volaron su hermano, un adolescente y una pionera de la aviación, de 82 años // Estos dos, el más joven y la más grande en viajar al cosmos

 

Texas. Jeff Bezos, fundador de Amazon, voló ayer al espacio en el primer vuelo de su empresa de turismo espacial con pasajeros a bordo, con lo que se volvió en el segundo multimillonario en una semana que viaja a los confines de la atmósfera terrestre en su propio cohete.

"¡El mejor día de todos!", afirmó el estadunidense Bezos cuando la cápsula aterrizó en el desierto al finalizar el viaje de 10 minutos.

Voló acompañado por un grupo que incluyó a su hermano menor, Mark; el adolescente holandés Oliver Daemen, y Wally Funk, pionera de la aviación, de 82 años de edad, estas dos últimas personas son la más joven y la más vieja que viajan al espacio.

El cohete New Shepard, de Blue Origin, que lleva el nombre del primer astronauta estadunidense, voló con su grupo ecléctico de pasajeros en el 52 aniversario del alunizaje del Apolo 11. Bezos eligió la fecha por su importancia histórica y se aferró a su decisión a pesar de que con ello permitió que Richard Branson, de Virgin Galactic, lo venciera por nueve días en la carrera por los dólares de los turistas espaciales, con su propio vuelo desde Nuevo México.

A diferencia del avión cohete pilotado de Branson, la cápsula de Bezos estaba completamente automatizada y no requirió tripulantes a bordo para el viaje de ida y vuelta. Virgin Galactic requiere dos pilotos.

La nave de Blue Origin llegó a una altura de 106 kilómetros, unos 16 más que el vuelo de Richard Branson del 11 de julio. El cohete de 18 metros aceleró a Mach 3 –o tres veces la velocidad del sonido– para llevar la cápsula a la altura deseada, antes de separarse y descender en posición vertical.

Los pasajeros tuvieron varios minutos de ingravidez y un video mostró a los cuatro flotando dentro de la espaciosa cápsula blanca. Se les vio dando saltos mortales, lanzando caramelos y pelotas. Se les escuchó dando vítores, gritos y exclamando "guau".

La cápsula descendió con la ayuda de paracaídas, y los pasajeros experimentaron brevemente una fuerza de gravedad de seis veces la normal en la Tierra.

Encabezados por Bezos, salieron muy sonrientes de la cápsula. "Mis expectativas eran altas y se vieron superadas espectacularmente", expresó el multimillonario más tarde. Su vuelo duró 10 minutos y 10 segundos, cinco minutos menos que el vuelo de Alan Shepard en 1961. Las hijas de este último, Laura y Julie, fueron presentadas en una conferencia de prensa realizada unas horas más tarde.

Wally Funk fue una de 13 pilotos que se entrenaron a principios de la década de 1960 para el proyecto Mercury de la NASA, pero que al final no llegaron al espacio.

"Esperé mucho tiempo para conseguirlo", comentó Funk después del vuelo. "Quiero ir de nuevo, rápido", agregó.

Junto a ella estuvo el primer cliente de pago de la compañía, Daemen, estudiante universitario cuyo padre fue uno de los postores de una subasta millonaria. El joven fue un sustituto de última hora del misterioso ganador de la subasta, quien optó por tomar un vuelo posterior. El padre del adolescente participó en la subasta y acordó pagar un precio más bajo no revelado la semana pasada, cuando Blue Origin ofreció a su hijo el asiento vacante.

Prepara dos más

En conferencia de prensa, Bezos anunció: "Vamos a realizar misiones humanas dos veces más este año. Aún no estoy seguro de lo que haremos el siguiente".

El multimillonario destacó que se quedó "atónito", al ver la belleza de la Tierra.

"Todos los que han estado en el espacio han dicho que los cambió y que se quedaron asombrados por la belleza de la Tierra, pero también por su fragilidad, y yo no podría estar más de acuerdo", sostuvo.

Añadió que, si bien la atmósfera parecía ser "tan grande" desde la superficie, cuando te elevas “ves que en realidad es increíblemente delgada, es una cosa diminuta y frágil, y a medida que nos movemos por el planeta la dañamos.

"Una cosa es reconocer eso intelectualmente, y otra verlo con tus propios ojos", destacó.

La tripulación se llevó varios recuerdos para el viaje de 10 minutos, incluido un trozo de tela del primer avión de los hermanos Wright, un medallón de bronce hecho para el primer vuelo en globo aerostático en 1783 y un par de gafas que pertenecían a la histórica aviadora estadunidense Amelia Earhart.

Bezos elogió el trabajo de su equipo de ingenieros y señaló que la arquitectura de diseño de New Shepard eventualmente se usaría como la segunda etapa de la nave New Glenn, mucho más grande.

Cuando se le preguntó si volvería a ir, respondió: "Demonios, sí, ¿qué tan rápido podemos reabastecer esa cosa? ¡Vamos!"

Miércoles, 14 Julio 2021 05:37

Piratas pandémicos

Piratas pandémicos

Ganancias multimillonarias del sector farmacéutico mundial

La industria farmacéutica mundial es uno de los grandes ganadores de esta etapa marcada por la pandemia. Saca provechos multimillonarios por derecha e izquierda. Multiplica las ventas y se beneficia, al mismo tiempo, de suculentos fondos públicos destinados a la investigación.

La empresa Moderna anunció recientemente que las vacunas anti COVID 19 le significarán este año una facturación de 19.200 millones de dólares estadounidenses en tanto BioNTech proyecta 15.000 millones.  En mayo, Pfizer, hizo pública su proyección de 26.000 millones en ventas lo que representa casi el doble de los 15.000 millones que calculaba apenas hace algunos meses.

En el primer trimestre del 2021, Moderna contabilizó una ganancia de 1.200 millones de dólares a partir de la venta de sus vacunas, entre las más caras en el mercado internacional. En igual periodo, la Pfizer reconoció beneficios netos de 4.877 millones de dólares, un 45 % más que en el mismo momento del pasado año, gracias, en buena medida, a las ventas de su vacuna contra el COVID-19.

El periódico mexicano El Financiero anticipaba ya en mayo pasado que nueve empresas “farmacéuticas disfrutarán multimillonarias ganancias de hasta 190.000 millones de dólares”, si alcanzan las metas de producción previstas para 2021.

Cifras llamativas si se recuerda que, al inicio de la pandemia, algunas de esas firmas afirmaron no tener intención alguna de obtener ganancias con la producción de los medicamentos preventivos, tal como lo señala el analista suizo Dominik Gross en un reciente artículo publicado en le revista Global de Alianza Sur.

Sin embargo –acota el portavoz de la plataforma helvética que reúne a las más importantes ONG de cooperación al desarrollo del país–, estas cifras no son tan sorprendentes si se consideran los modelos y mecanismos de mercado empleados por los gigantes farmacéuticos.

La ONG Public Eye (mirada ciudadana) analizó recientemente estos modelos en su informe Big Pharma takes it all (Las grandes farmacéuticas se lo llevan todo) https://www.publiceye.ch/fileadmin/doc/Medikamente/2021_PublicEye_BigPharmaTakesItAll_Report.pdfY subraya, que uno de los principales instrumentos para maximizar los beneficios de la industria farmacéutica es la concesión de patentes sobre los principios activos de los medicamentos.

Por otra parte, el informe recuerda que en 2020 se inyectaron 93.000 millones de euros –más de 100.000 millones de dólares– de fondos públicos para la investigación y el desarrollo mundial de estos principios activos, como parte de una intensa cooperación con las universidades. Sin embargo, los derechos de patente aseguran que solo las empresas (co)desarrolladoras de estos principios se beneficien de los ingresos por la venta de los medicamentos.

No se autoriza a terceros a fabricar o vender los ingredientes activos sin adquirir una licencia de los propietarios. Estas normas están vigentes desde hace 25 años en el marco del Acuerdo ADPIC que regula los diferentes aspectos de los derechos de la propiedad intelectual relacionados con el comercio, recuerda Dominik Gross.  (https://www.wto.org/spanish/tratop_s/trips_s/t_agm0_s.htm).

Este Acuerdo se firmó en 1995 como producto de la presión de los países del Norte. Desde hace meses, numerosas naciones, organizaciones ciudadanas y la misma OMS (Organización Mundial de la Salud) advirtieron que este Acuerdo agrava el riesgo sanitario planetario. Ya que la protección a las patentes crea una escasez artificial de vacunas, lo que produce el aumento de los precios y dificulta así la eficaz y equitativa distribución entre todas las naciones. Llamaron y siguen exigiendo que, ante la emergencia pandémica, se libere ese derecho de patente y se permita democratizar la producción de vacunas en forma descentralizada allí donde se puedan fabricar.

El enfoque de las grandes transnacionales farmacéuticas perjudica especialmente a los habitantes de los países del Sur con bajos ingresos que no pueden permitirse una atención sanitaria ni vacunas costosas. Según el blog Our World in Data, al que hace referencia la revista Global, mientras que en América del Norte y Europa ya se han administrado, respectivamente, 58 y 43 vacunas por cada 100 habitantes, en África sólo se contabilizan 2 vacunas cada 100. Asia y Sudamérica se sitúan en un punto intermedio, con 18 y 24 vacunas administradas.

En una perspectiva a mediano plazo, según las previsiones publicadas por The Guardian – y retomadas recientemente en el sitio francés Statista, se calcula que Moderna será la empresa con mayores ventas de su vacuna por más de 35.000 millones de euros entre 2021 y 2023 (unos 43.000 millones de dólares). Las ventas de Pfizer, en ese mismo periodo, se proyectan en casi 20.000 millones de euros.

La misma fuente asegura que el costo medio mundial, a valores de marzo 2021, de las dos dosis, es de 31 euros (casi 37 dólares) tanto para la Pfizer/BioNTech como para la Moderna; 23 euros cuestan la Sinovac; 17 euros la producida por Gamaleya y 6 la de AstraZeneca. Una dosis única de la Johnson-Johnson oscila en los 8 euros.

¡Al abordaje!

La pandemia causa un impacto devastador en todo el mundo, pero especialmente en los países en desarrollo y emergentes. Las naciones ricas han acaparado casi todas las vacunas, tratamientos y pruebas disponibles en el mundo.

La desigualdad en el acceso a estos dispositivos médicos esenciales se debe a una escasez artificial creada por el sistema de monopolio farmacéutico basado en patentes. En lugar de cuestionar este modelo de negocio perjudicial, los países ricos lo defienden con vehemencia, denuncia Public Eye.

Y pone de manifiesto la hipocresía de esas naciones, así como de la industria farmacéutica, cuyas grandes declaraciones de solidaridad nunca han estado tan alejadas de la realidad como durante esta crisis sanitaria mundial. “Los Estados tienen el deber de proteger el derecho humano a la salud: deben intervenir para garantizar un acceso equitativo a las tecnologías médicas para combatir el COVID-19. Las soluciones existen; es una cuestión de voluntad política”, subraya la ONG helvética.

El Big Pharma takes it all analiza las diez estrategias utilizadas por los gigantes farmacéuticos para maximizar sus beneficios y aprovechar la crisis sanitaria en su beneficio, en detrimento del interés público.

Un punto de arranque de esas estrategias es la definición de las prioridades de investigación y desarrollo en función de la ganancia que obtendrán. El control abusivo de las patentes constituye otro pilar del modelo transnacional que prioriza, fundamentalmente, las necesidades de los países ricos y no el bien común planetario.

Como lo señala el estudio, “los gigantes farmacéuticos y los países ricos también son cómplices durante una pandemia como la de COVID-19. Las naciones ricas como Suiza firman acuerdos exclusivos (ndr: con esos gigantes) a precios excesivos y hacen recaer la carga de estos contratos opacos en la salud pública”, que paga el contribuyente con sus impuestos.

Todo esto, sin ninguna transparencia y rechazando la obligación de rendir cuentas; socializando los riesgos, pero “privatizando los beneficios”; aprovechando al máximo de los fondos públicos; imponiendo precios injustificables e incontestables y priorizando la distribución de dividendos por sobre la inversión en nuevos medicamentos.

La estrategia multinacional farmacéutica integra también el trabajo a gran escala de cabildeo y presiones en las esferas de decisión. En Estados Unidos, señala Big Pharma takes it all, el mayor mercado del mundo, 39 de los 40 representantes legislativos que han recibido las mayores contribuciones de las empresas farmacéuticas forman parte de los comités que se ocupan de las cuestiones parlamentarias relacionadas con la salud. También en Suiza, “los grupos de presión de la industria farmacéutica son omnipresentes y no están regulados”, y cualquier intento de reducir el precio de los medicamentos –que es uno de los más caros del mundo–, se enfrenta a una intensa resistencia, subraya.

Resistencia ciudadana

Sin poner en duda la importancia decisiva de la vacunación para enfrentar la pandemia, cada vez son más los actores de la sociedad civil planetaria que critican con vehemencia esta nueva ofensiva de las multinacionales del sector.
Y se pronuncian, como los autores del Pharma takes it all , a favor de medidas posibles, que están a la mano de gobiernos y empresas, para abaratar costos, democratizar la producción de vacunas y generalizar el derecho de cada ser humano a estar protegido contra el COVID-19.

Entre ellas, el apoyo al fondo común de acceso a la tecnología COVID-19 (C-TAP), lanzado por la Organización Mundial de la Salud como solución global para el acceso equitativo a pruebas de diagnóstico, tratamientos y vacunas. Así como el sostén a la solicitud de una exención temporal de determinados aspectos del Acuerdo ADPIC para productos médicos necesarios en el control pandémico. Instan –sobre todo a los países ricos—a no almacenar vacunas y apoyar el mecanismo internacional COVAX para la equidad de la distribución de las vacunas.

Como ejercicio básico de transparencia, proponen que se publiquen los contratos firmados con los fabricantes de vacunas. Y se pronuncian a favor de fomentar las iniciativas de ciencia abierta para un acceso equitativo a la prevención, al diagnóstico y al tratamiento de enfermedades. Y la necesidad de aplicar la resolución de la OMS sobre la mejora de la transparencia de los precios de los medicamentos.  La inversión pública en investigación y desarrollo debe estar sujeta a condiciones claras y a una política razonable de precios.

En síntesis, estos actores sociales del mundo entero denuncian a los piratas modernos del sector farmacéutico. Les exigen que bajen de sus naves, que entreguen sus espadas y dejen de aprovecharse del COVID 19 para maximizar sus beneficios. Que no impongan cláusulas de confidencialidad a los gobiernos y acepten que los contratos salgan a la luz pública.

El debate de sociedad está abierto y toca a su misma médula: la vida de la humanidad y el tipo de sistema de salud para asegurarla. Anteponiendo a los piratas modernos de la industria farma ávidos del botín con el hombre de a pie que exige gratuidad y reivindica un servicio de salud pública de calidad al servicio de todas y todos.

14/07/2021

Por Sergio Ferrari, desde Berna, Suiza.

Publicado enEconomía
Escándalo por los ingresos en el PSG francés: ¿cuánto ganan Neymar y Mbappé?

Este jueves se conoció cuánto ganan los astros del fútbol en ese club. Se trata de montos estrafalarios que desnudan los enormes negocios que hay detrás de ese deporte.

 

El París Saint-Germain (PSG) fue noticia en las últimas horas. No por lo logros deportivos sino por las cifras millonarias que perciben algunos de sus máximos astros. Kylian Mbappé o Neymar están entre ellos y reciben cifras que revelan el enorme negociado que se mueve al compás de la pelota.

Este jueves el sitio especializado Salary Sport publicó las cifras de toda la plantilla. Al hacerlo dejó al descubierto no solo los ingresos millonarios sino también la abismal diferencia que hay dentro del vestuario entre unos pocos futbolistas y el resto de los jugadores.

Neymar se lleva USD 61,5 millones anuales. Equivale a USD 168.628 por día o USD 7.026 por hora. Increíblemente, es más del doble de lo que recibe Mbappé, quien a pesar de estar segundo, cobra USD 28,8 millones.

La lista sigue con el argentino Ángel Di María, que se lleva USD 16,8 millones. Mauro Icardi, recibe USD 12 millones y Leandro Paredes, “solo” USD 10 millones. Cifras nada despreciables.

Las cifras, más allá de los destinatarios, ponen al desnudo los montos millonarios que se mueven de la mano del fútbol y sus grandes astros. Un gigantesco negocio que, muchas veces, poco y nada tiene que ver con la pasión que despierta ese hermoso deporte en multitudes.

Jueves 8 de julio | 19:58

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Serían bajo estado de emergencia los Juegos Olímpicos de Tokio

Tokio. El incremento de casos de Covid-19 en Tokio alcanzó su punto más alto en dos meses, lo cual casi garantiza que el gobierno de Japón declarará un nuevo estado de emergencia a partir de la próxima semana y que continuará durante los Juegos Olímpicos de Tokio, que darán inicio el 23 de julio.

La cita veraniega ha seguido adelante haciendo caso omiso de las recomendaciones de los expertos sanitarios. La insistencia obedece en buena medida a que el aplazamiento de las justas afectó los ingresos del Comité Olímpico Internacional (COI). Casi 75 por ciento de lo que factura entra por la ven-ta de los derechos audiovisuales y se calcula que perderían entre 3 mil y 4 mil millones de dólares con una cancelación.

Thomas Bach, presidente del COI, tiene previsto llegar a la ciudad de Tokio este jueves y cumplirá una cuarentena de tres días en un hotel cinco estrellas destinado a miembros del organismo.

Un nuevo estado de emergencia impediría que hasta los propios japoneses puedan acudir a las competencias. La decisión sobre si se permiten o no espectadores se tomaría el viernes, cuando los organizadores locales se reúnan con el organismo internacional y otras entidades.

El cuasi estado de emergencia que rige actualmente debe culminar el domingo.

Tokio reportó 920 nuevos casos ayer, en alza con respecto a los 714 del pasado miércoles. Se trata de la mayor cantidad desde los mil diez del 13 de mayo.

El primer ministro Yoshihide Suga se reunió con su gabinete para analizar las medidas contra el virus y, según versiones de prensa, contempla volver a imponer hoy un estado de emergencia en la capital, hasta el 22 de agosto. Los Juegos acaban el 8 de agosto.

Suga no confirmó las versiones, pero resaltó el repunte de casos en Tokio y prometió "hacer todo lo posible para prevenir la propagación de contagios".

Los espectadores extranjeros fueron vetados hace varios meses atrás, pero hace dos semanas se anunció que las sedes podrían tener una capacidad máxima de 50 por ciento, con un techo de 10 mil asistentes.

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La vigorosa demanda de chips proviene de sus asombrosas aplicaciones en inteligencia artificial, vehículos autónomos, computación, entre otros. En la imagen, línea de producción de General Motors en Coahuila. Foto José Carlo González

La guerra de los chips que inició Trump, y que ha proseguido Biden contra China, hasta ahora ha sido contrarrestada por Beijing mediante la deslocalización y sus empresas conjuntas en el sudeste asiático y en el circuito étnico chino (https://bit.ly/2SycMv4).

Según Che Pan (CP), de SCMP, con sede en Hong Kong, "las inversiones masivas en la manufactura de chips en Asia" se gesta "en medio de la carencia global de abasto debido a la creciente demanda de chips para empoderar los dispositivos 5G y los vehículos inteligentes" (https://bit.ly/3gUQzAK).

CP juzga que los gobiernos no se quedan atrás con el fin de “asegurar las cadenas de abasto de los chips en medio de la escalada ( sic) de la guerra tecnológica de Estados Unidos contra China”.

Las inversiones masivas provienen de Asia oriental, impulsadas por China y Taiwán, así como por "Japón y Singapur que buscan beneficiarse de la fuerte demanda de chips", mientras "Estados Unidos persiste en su manufactura de chips en suelo estadunidense".

GlobalFoundries –el cuarto fondo más grande del mundo, con sede en Estados Unidos– salió el año pasado de su planta en la ciudad china de Chengdu para instalarse en Singapur, que forma parte de lo que denominé hace mucho el circuito étnico chino: China, Taiwán, Hong Kong, Macao y Singapur–, donde invertirá 4 mil millones de dólares y cuenta con el respaldo de la agencia gubernamental Economic Development Board.

El mayor contratista manufacturero de chips del mundo, Taiwan Semiconductor Manufacturing Co (TSMC) –con planes para invertir 100 mil millones de dólares en los próximos tres años–, instalará su primera fábrica en Japón, donde el primer Yoshihide Suga ha colocado en lo más alto de su agenda el abasto de cadenas domésticas de chips.

Tanto China como Taiwán encabezan el liderazgo para instalar nuevas fábricas en el continente americano, Europa, Medio Oriente, Japón y Corea del Sur.

Amén de la ferocidad del rebrote de la pandemia del Covid-19, Taiwán padece una de las peores sequías en varias décadas, lo cual ha agudizado la carestía global de semiconductores.

SEMI –asociación que representa 2 mil 400 miembros de la industria de semiconductores– calcula el arranque de 19 fábricas de "alto volumen" de chips a finales de 2021 y de otras 10 en 2022: con China y Taiwán contando ocho fábricas cada una.

La vigorosa demanda de chips proviene de sus mirificas aplicaciones en inteligencia artificial, vehículos autónomos, computación de alta performatividad y de 5G hasta las comunicaciones 6G.

Según TrendForce, Taiwán ostenta 63 por ciento (¡mega- sic!) de la manufactura global de chips por "ingresos" en 2020 y se espera incremente a 65 por ciento en 2021 frente al estable 18 por ciento de Corea del Sur.

La escalada de la guerra tecnológica entre Estados Unidos y China impide que Beijing sea capaz de producir chips "avanzados" debido al bloqueo y las sanciones de Washington, por lo que la participación global de China en la manufactura de chips es probable que disminuya de 6 por ciento en 2020 a 5 por ciento en 2021.

Para paliar la guerra de semiconductores de Estados Unidos, el gobierno chino incentiva a grandes jugadores, como SMIC, a disminuir su dependencia en los chips importados.

SMIC construirá dos plantas en Beijing y Shenzhen con apoyo de las autoridades locales.

En Estados Unidos, el Senado aprobó la Enmienda de innovación y competencia para financiar con 52 mil millones de dólares –de un total de 250 mil millones para contrarrestar el descomunal avance tecnológico de China– la investigación, diseño y manufactura de chips (https://cnb.cx/2U6O05H).

Hasta ahora la Unión Europea se ha quedado lastimosamente confinada al “ outsou rcing (deslocalización o maquila)” de chips en la región asiática.

A propósito, el connotado investigador ruso Dmitry Orlov, experto en colapsología (https://bit.ly/3qucnpT), vaticina que la "crisis de los microchips disolverá el imperio estadunidense" ( https://bit.ly/2Tcqx2P ), mientras China nacionalizará las partes principales de su industria de semiconductores por ser "estratégicamente importante".

¿Llegará China a recuperar Taiwán con todo y sus microchips?

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El ‘chipagedón’, apocalipsis en el mundo digital

No hay microchips suficientes para abastecer el mercado. La rotura de ‘stock’ es planetaria. Se ha parado la producción de nuevas videoconsolas, teléfonos móviles y coches eléctricos. E incluso afecta a la geopolítica mundial. Le explicamos por qué se habla ya del ‘armagedón de los chips’.

 

Si pretende usted comprar la última videoconsola, es probable que tenga que esperar uno o dos años. ¿El nuevo modelo de teléfono móvil que ha salido al mercado? Se agotaron las existencias nada más ponerse a la venta. ¿El flamante coche eléctrico del que todos hablan? No hay stock. Póngase a la cola…

¿La razón? No hay microchips suficientes, a pesar de que las fábricas trabajan 24 horas, siete días a la semana. Y sin chips en su interior no funciona ningún producto electrónico. Si los datos son el petróleo de la economía digital, los chips son el motor. El problema es que solo tres compañías abastecen al mercado mundial: TSMC (Taiwán), Samsung (Corea del Sur) e Intel (Estados Unidos). Y puede que pronto sean dos, dados los problemas del gigante americano, que se ha quedado descolgado en la frenética carrera hacia la miniaturización que se inició hace sesenta años. Porque la tecnología para construir los semiconductores, que son cada vez más potentes, más densos y sobre todo más pequeños, se ha vuelto tan complicada y tan cara que nadie sabe, puede o quiere hacerlos, excepto los tres mencionados. Algunos expertos hablan ya, en términos apocalípticos, del ‘armagedón de los chips’ e incluso se han inventado una palabra: ‘chipagedón’. ¿Exageran? ¿O estamos ante un contratiempo tan inoportuno que puede cortocircuitar la economía mundial en plena recuperación?

Los primeros que se dieron cuenta de que algo iba mal fueron los early adopters. Esos clientes madrugadores que son los primeros en lanzarse a por las novedades. El director financiero de Sony, Hiroki Totoki, tuvo que salir a la palestra en pleno lanzamiento de la PlayStation 5 y disculparse por no poder satisfacer la demanda. El problema también afecta a la Xbox Series de Microsoft. Pero el impacto se nota en otras industrias. Apple tuvo que escalonar el lanzamiento del iPhone 12. Y eso que tiró de billetera para acumular una reserva de chips, pero no ha podido evitar los retrasos. Y así con miles de productos, sobre todo de gama alta.

Pero es la industria del automóvil la que se está llevando la peor parte. La escasez de chips (utilizados en los dispositivos del salpicadero, control de emisiones, sistemas de seguridad…) ha obligado a recortar la producción a muchas marcas. El sector de la automoción funciona con poco margen, así que no acumula suministros. Y redujo los pedidos de chips debido a la caída de las ventas por la pandemia. Pero a finales de 2020 las ventas se recuperaron antes de lo previsto. Las compañías de automoción descolgaron el teléfono y llamaron a los fabricantes de chips, pero se encontraron con que estos habían cambiado sus líneas de producción y reasignado los envíos a otros sectores. Y se tarda varios meses en reorganizar la fabricación y normalizar el suministro. Y hasta cuatro años en abrir una fábrica nueva. IBM, Intel y otros pronostican que hasta 2022 o incluso 2023 no se aliviará la situación.

La tormenta perfecta

Empezó siendo un problema logístico, pero algunos analistas temen que se esté incubando algo mucho peor: la tormenta perfecta. Un desajuste insalvable entre demanda y oferta. La primera es enorme y crecerá exponencialmente porque los móviles llevan cada vez más cámaras y mejores; por la transición al 5G y la generalización de la inteligencia artificial, el Internet de las cosas, los satélites, el streaming… Hay que sumar la moda de las criptomonedas y los mercados en línea, que exigen una potencia brutal de procesamiento… Y la oferta ya no puede satisfacer esa demanda. Se trata de una industria rígida, con dificultades para adaptarse. ¿Por qué? El sector responde con un chiste: «Fabricar un chip no es ingeniería de cohetes espaciales, es mucho más difícil».

Silicon Valley toma su nombre del ingrediente principal de los chips: el silicio. Es el segundo componente más abundante de la corteza terrestre, tras el oxígeno. El silicio está en la arena. Pero hay que refinarlo hasta un 99,9999999 por ciento de pureza. Tiene una rara cualidad: es semiconductor. Dependiendo de la carga eléctrica, unas veces aísla y otras conduce. Por eso, los microprocesadores se fabrican con silicio, ya que la informática utiliza un lenguaje binario, de unos y ceros. Si deja pasar la electricidad es igual a 1; si no: 0. El primer gran cliente de las empresas de Silicon Valley fue la industria militar. Cuando los microchips se inventaron, en 1958, su primera aplicación fueron los misiles. Poco a poco, los transistores y circuitos integrados contribuyeron a reducir aquellas computadoras mastodónticas que ocupaban una habitación hasta llegar al ordenador personal y, más tarde, el teléfono inteligente, que cabe en el bolsillo… Hoy se fabrican un billón de chips al año, esto es, 130 por cada habitante del planeta.

Esa reducción del tamaño de los equipos va acompasada con la miniaturización de los microprocesadores. Y se basa en la ley de Moore, formulada por el ingeniero Gordon Moore -cofundador de Intel- en 1965. La ley sostiene que la cantidad de componentes que se pueden meter en un chip de silicio se duplica cada dos años. Esta jibarización parecía no tener fin… pero lo tiene. A finales del siglo pasado dejamos atrás el micrómetro (la milésima parte de un milímetro) y hoy medimos los chips en nanómetros (millonésima de milímetro; para que se hagan una idea, un cabello humano tiene 60.000 nanómetros). Pero Intel las pasó canutas con la generación de los 7 nanómetros, ya en la frontera de la electrónica cuántica. Samsung y TSMC consiguieron saltar a los 5. La compañía taiwanesa lidera el paso a la generación de 3. Y muchos piensan que más allá de 2 nanómetros es imposible avanzar porque te das de cabeza contra un muro inexpugnable: el de la física.

Una alarmante concentración

La ley de Moore es fruto del optimismo y la fe en el progreso tecnológico. Predica que menos es más. Cuanto más pequeño, mejor. Garantizaba que siempre habría una nueva hornada de productos para sustituir a los que se nos hicieron viejos… ¡hace dos años! Así crece la economía. ¿Estamos ante el fin de la era del silicio? ¿Hay que buscar alternativas para seguir reduciendo los componentes o se trata de un modelo agotado que, irónicamente, está basado en que los recursos del planeta son inagotables y, por tanto, lo que hay que cambiar es el modelo?

Los expertos no se ponen de acuerdo, pero sí en que se abre un proceso de incertidumbre y lucha geopolítica. Como en tiempos de la Guerra Fría, dos potencias se amenazan con la destrucción mutuamente asegurada. En este caso, económica.

China importa chips por valor de 300.000 millones de dólares al año porque no tiene capacidad de fabricación para satisfacer sus propias necesidades. Y sus importaciones eran principalmente de Estados Unidos, hasta que la Casa Blanca le impuso un embargo comercial acusando a sus empresas de espionaje. Ahora busca la autosuficiencia con un plan multimillonario para no depender del exterior en 2025.

Estados Unidos también se está quedando atrás en la fabricación por los problemas de Intel. Y Europa está atrapada en ese fuego cruzado. La UE reconoce que depende de Estados Unidos para el diseño de los microprocesadores y de Asia para la producción. Y las grandes compañías tecnológicas del mundo (que diseñan sus propios chips, pero no los fabrican) se han percatado de la dependencia casi absoluta que tienen de Taiwán y Corea del Sur, que ya acaparan el 80 por ciento de la producción. Se está propiciando, como en otras actividades económicas, desde el comercio a la agricultura, «una alarmante concentración», advierte The Economist. Cada generación de chips es técnicamente más difícil de fabricar que la anterior y, debido al creciente costo de construir factorías, el número de fabricantes ha caído de más de 25 en el año 2000 a solo 3. Hay un antecedente inquietante: en el siglo XX, el mayor punto de estrangulamiento económico del mundo estaba en el estrecho de Ormuz, por donde circula la mayoría del petróleo. Hoy, la economía digital depende de otro ‘avispero’. China reclama Taiwán y amenaza con invadirlo. Y los surcoreanos tienen otro vecino no menos incómodo: el régimen despótico de Kim Jong-un.

¿Por qué TSMC y Samsung han conseguido dominar el mercado hasta quedarse solos? Por unas inversiones gigantescas en I+D, que ninguno de sus competidores puede permitirse, y por las conexiones entre sus cúpulas directivas y sus gobiernos respectivos, que les aseguran que sus planes a largo plazo tendrán respaldo presupuestario. TSMC fue fundada en 1987 y empezó siendo la única que fabrica chips personalizados a gusto del cliente. En cuanto a Samsung, su principal cliente en sus comienzos era… la propia Samsung, un conglomerado de empresas electrónicas liderado por una de las diez familias que ayudó a reconstruir el país tras la guerra con el norte. Fue el polémico Lee Kunhee, su expresidente (fallecido el año pasado), el que tuvo la visión de que para garantizar que sus teléfonos y televisores funcionaran no podían depender de los chips de terceros países. Este duopolio entre Taiwán y Corea podría empezar a utilizar su poder en la fijación de precios. Y reavivar la inflación, que llevaba años adormecida. «Algunos televisores ya cuestan un 30 por ciento más. Y solo es la punta del iceberg», advierte Wired. Pero lo que se cuestiona, en el fondo, es la capacidad de la globalización para proveer de todo (al menos, a los países ricos) en tiempo récord. Ya pasó al principio de la pandemia con el material sanitario… y con el papel higiénico. Quizá la lección es que habrá que establecer prioridades. Para empezar, aprender a distinguir entre las cosas necesarias y las que no lo son tanto.


La fábrica más cara del mundo

Las fábricas en las que se elaboran los microchips son de una enorme complejidad. Requieren unas condiciones higiénicas tan rigurosas como las de un laboratorio científico y un consumo energético como el de una ciudad. De ahí que haya pocas. Estados Unidos siempre estuvo más interesado en diseñar microprocesadores que en fabricarlos. La empresa de semiconductores más grande del mundo es TSMC, Taiwan Semiconductor Manufacturing Company, y una de sus fábricas es la más cara del planeta. Se llama Fab 18 y está en el campus de Tainan, al sur de Taiwán. Ha costado 17.000 millones de dólares. Y su maquinaria y sus filtros de aire para mantener un ambiente estéril consumen tanta electricidad como una ciudad de 100.000 habitantes. TSMC está valorada en 228.000 millones de dólares y Apple, Visa, Disney o Alibaba no serían lo que son sin los procesadores que les suministra.

 Por Carlos Manuel Sánchez / Fotos: Getty Images y Cordon Press

El fundador de Tesla y SpaceX, Elon Musk, en una videoconferencia en el Mobile World Congress.NACHO DOCE / Reuters

El fundador de Tesla asegura que su nuevo proyecto de Internet por satélite, Starlink, tendrá 500.000 usuarios en un año

 

Con su palabra y su dedo pulgar escribiendo tuits es capaz de hacer subir y bajar el valor de las criptomonedas; es visto como un gurú y un visionario pese a sus bandazos en los negocios. En un Mobile World Congress con pocos asistentes y sin mucha emoción a causa de la pandemia, la conferencia, aunque fuese telemática, de Elon Musk, fundador de Tesla y de SpaceX, ha sido el gran atractivo. Musk ha hablado de su nueva obsesión: llenar el cielo de satélites con los que proveer de internet a todo el mundo, en especial a los 3.700 millones de personas que no tienen acceso a la Red. El magnate ha asegurado que su red de satélites, llamada Starlink, tendrá 500.000 usuarios en un año y que el mes que viene ya tendrá cobertura en todo el mundo excepto en los polos. “El objetivo es no quebrar”, ha dicho sobre el proyecto, admitiendo que los que lo han intentado antes no lo han conseguido.

El aura de mito que tiene Musk para el mundo tecnológico y digital se palpaba este martes en el Mobile World Congress. Pese a haber pocos asistentes y pese a ser una conferencia telemática desde su casa en California, la cita con Musk ha llenado la sala de conferencias, en la que ha habido colas para entrar. La entrevista con el editor de Mobile World Live, Justin Springham, ha durado media hora en la que, entre otras cosas, el gato de Musk ha pasado por delante de la pantalla. “Era la gran conferencia que estábamos esperando”, ha dicho el presentador. No en vano, Musk es el segundo hombre más rico del mundo según la revista Forbes.

El fundador de Tesla ha desgranado el proyecto de Starlink. El multimillonario lo ve como una oportunidad para llenar el hueco que hay entre la conexión 5G, que necesita mucha infraestructura y que se centrará en las ciudades, y la fibra óptica, cuyo despliegue terrestre no llega a todas partes. Starlink ya lleva internet mediante satélite a muchas partes del mundo, ya que la compañía ya ha lanzado 1.500 aparatos. Pero quiere llegar a los 40.000 satélites orbitando. Calcula que la inversión antes de tener un resultado de caja positivo será de entre 5.000 y 10.000 millones de dólares y que la inversión posterior tendrá que ser de entre 20.000 y 30.000 millones de dólares. El proyecto, además de caro, es polémico por la oposición de los astrónomos, que verán dificultada su labor de investigación.

El sistema de internet satelital implica una constelación de aparatos en el espacio, a menor distancia que los satélites habituales, que se conectan entre sí en muy poco tiempo. “La latencia está por debajo de los 20 milisegundos, similar a la de la fibra y el 5G”, ha dicho. El usuario tiene un receptor y una antena parabólica, y Musk espera que los precios pasen de los 500 dólares actuales por el kit, a unos 300 euros, más los 100 euros por la suscripción. Starlink ya tiene 69.000 usuarios y está activo en 12 países, y prevé llegar al medio millón de usuarios en un año. Musk ha explicado, sin dar nombres, que la compañía está en conversaciones con dos grandes operadores de telecomunicaciones para llevar internet a áreas remotas. En España, ha registrado ante la CNMC dos filiales para ofrecer conexión en las zonas rurales.

Preguntado por su motivación al emprender proyectos tan disruptivos, Musk ha explicado que SpaceX, su empresa de cohetes espaciales, nació en 2002 “con el objetivo de permitir los viajes interplanetarios”, mientras que Tesla, la empresa fabricante de coches eléctricos, se fundó para hacer más habitable la vida en la Tierra. En SpaceX ha reconocido que está aún lejos de conseguir su objetivo, ya que se necesitan cohetes que sean muy rápidamente reutilizables. En este sentido, ha defendido su proyecto Starship, la construcción de grandes naves espaciales con las que quiere erigir “una base en la Luna y una ciudad en Marte”. Musk ha definido su misión en una de las frases rocambolescas por las que se le considera un visionario: “Todo mi trabajo está basado en mi filosofía fundamental de que no conocemos las respuestas que hay o las preguntas que hay que formular, pero que si podemos expandir nuestra conciencia, sabremos mejor qué preguntas hacer para conocer el universo”.

por Josep Catà Figuls

Barcelona - 29 jun 2021 - 20:01 CEST

El neoliberalismo y el capitalismo han entrado en crisis… y también se reciclan

La crisis económica, social e institucional que estalló con la irrupción de la pandemia no es sólo el resultado del avance de la enfermedad, ni la inevitable consecuencia de las medidas de confinamiento adoptadas por los gobiernos. Por supuesto, estos factores han sido decisivos a la hora de explicar el desplome del Producto Interior Bruto (PIB), del consumo, de la inversión y de los flujos transfronterizos. Pero cualquier análisis se queda cojo si prescinde de la dimensión estructural de la crisis, que también ayuda a entender el verdadero alcance de la covid-19 y de otros virus globales.

La causa de fondo de esta crisis está en el modelo de economía hiper productivista y globalizado, que no conoce otra religión que el continuo aumento del PIB, al precio que sea, presionando a la baja los salarios y creando empleo de pésima calidad, colonizando el sector público para ponerlo al servicio de los capitales privados, dilapidando y destruyendo recursos naturales y ecosistemas necesarios para la vida, y provocando un formidable cambio climático.

Si realmente queremos que la crisis abra una ventana de oportunidad para abordar los problemas de fondo de la economía y la sociedad no debemos perder de vista este diagnóstico, del que hay que extraer las oportunas lecciones. Una de ellas, puede que la más importante, es el decisivo papel que ha pasado a ocupar el sector público, tanto para enfrentar la enfermedad y las consecuencias más devastadoras de la misma, como para intervenir en la economía para superar la crisis.

Pero no saquemos la conclusión equivocada de que los mercados y los actores que operan en ellos y que determinan su configuración reconocen la superioridad de lo público, y que de esta manera se ha abierto camino un nuevo consenso que arrincona el paradigma neoliberal. No confundamos los deseos con la realidad.

Por supuesto, la crisis que estamos padeciendo ([email protected] más que [email protected], los efectos del virus no son nada democráticos, y tampoco lo son las políticas aplicadas por gobiernos e instituciones) y que estamos muy lejos de haber superado ha puesto de manifiesto las debilidades y contradicciones derivadas del funcionamiento de las cadenas globales de creación de valor, la ausencia de instituciones con capacidad y voluntad de afrontar los grandes desafíos que por su naturaleza son globales, la intensificación de las desigualdades entre países, territorios y grupos sociales, y la inconsistencia del mito de la competencia y de la globalización como motores esenciales del engranaje económico.

Pero seamos prudentes. De todo ello no cabe deducir que estamos ante el ocaso del neoliberalismo y mucho menos que se ha abierto un escenario postcapitalista. Esta era precisamente la ventana de oportunidad a la que antes me refería, y que está siendo eso, una oportunidad que están aprovechando sobre todo las elites económicas y políticas.

Estamos asistiendo a una profunda reestructuración del capitalismo europeo y global. Reestructuración que, básicamente, se articula en torno a la disputa por la enorme cantidad de recursos movilizados por los gobiernos y las instituciones comunitarias, la apertura de nuevos espacios de negocio en torno a los ejes "verde y digital", verdaderos estandartes de los fondos de recuperación europeos, la pugna competitiva a escala global que tiene como principales actores a China y Estados Unidos, donde Europa, consciente de que es un actor menor, pretende hacerse con un espacio, y el acceso a unos recursos básicos (petróleo, minerales, materiales…), imprescindibles para la modernización de las economías, cada vez más escasos.

En este contexto, hay que tener en cuenta que los pilares básicos del capitalismo, que lo definen como sistema, no sólo lo que conocemos como neoliberalismo, se mantienen e incluso se refuerzan: el triángulo crecimiento/productividad/competitividad, el predominio de las lógicas extractivas, la competencia entre los trabajadores y la internacionalización de los procesos productivos, comerciales y financieros.

Y en el centro de todo está el poder corporativo. La concentración empresarial ha conocido una intensificación desde que irrumpió la pandemia y los intereses de los grandes grupos están en el centro del reparto de los recursos públicos. La crisis no ha debilitado su poder ni su influencia; diría que, al contrario, son más fuertes que nunca.

Los tímidos intentos de fiscalizar las operaciones de los grupos transnacionales no suponen una merma sustancial de su privilegiada posición. Sólo la introducción de una tributación fuertemente progresiva (línea roja que no se han atrevido a pasar ni las instituciones comunitarias ni los gobiernos), la fijación de un techo a las retribuciones de los ejecutivos y principales accionistas, la introducción, como contrapartida a la recepción de ayudas públicas, de una fuerte condicionalidad en materia salarial, social, ecológica y de género, y una decidida apuesta por la propiedad pública y comunitaria en el ámbito social y en sectores estratégicos de la economía (como la energía, la vivienda y las finanzas) cambiaría la relación de fuerzas en beneficio de las clases populares.

Pero nada de esto se encuentra en la agenda de gobiernos e instituciones.

Fernando Luengo Escalonilla
Economista
@Fluengoe
https://fernandoluengo.wordpress.com

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El Salvador regala bitcoines a los ciudadanos para impulsar su uso

El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, anunció que en apoyo de la nueva ley que convierte al bitcóin en moneda de curso legal, el Gobierno ofrecerá 30 dólares equivalentes en la criptomoneda a cualquier ciudadano que se inscriba en una cartera digital.

El Gobierno creará su propia billetera de bitcóin llamada Chivo, anunció Bukele durante un discurso. Los fondos se depositarán en la cuenta de cualquier ciudadano que la descargue y se registre como usuario con su número de teléfono y su número de identificación, especificó.

La wallet del Gobierno de El Salvador se llama Chivo. ???

Estos son los pasos que debes seguir una vez la hayas descargado:

✔️ Debes regístrate con tu número de teléfono y DUI
✔️ Tiene reconocimiento facial o una verificación por medio de call center para crear la cuenta pic.twitter.com/aDQhxBSB7e

— Casa Presidencial (@PresidenciaSV) June 25, 2021

El monedero Chivo podrá descargarse en septiembre y será compatible con otras billeteras de bitcóin, dijo Bukele.

Será dentro de la app Chivo donde te depositaremos los $30 equivalente en #Bitcoin para promover su uso en la economía y para que la gente tenga un incentivo para utilizar la aplicación. pic.twitter.com/bi3zr6I93p

— Casa Presidencial (@PresidenciaSV) June 25, 2021

Bukele reiteró sus argumentos de que el uso de la criptomoneda ayudará a atraer inversiones, impulsar el consumo y reducir el costo del envío de remesas para millones de salvadoreños que trabajan en el exterior.

"Todo esto hace muy beneficiosa a la wallet del Gobierno para todos los que reciben remesas. Millones de salvadoreños van a ser beneficiados con la Ley, por eso no entiendo cómo pueden atacar una ley que beneficiará a la gente que envía y recibe remesas”, Presidente @nayibbukele. pic.twitter.com/GuwTMgporD

— Casa Presidencial (@PresidenciaSV) June 25, 2021

Además subrayó que el uso del bitcóin será opcional. Los consumidores pueden pagar a los negocios con bitcoines desde sus carteras por artículos cotizados en dólares. Pero si los propietarios de los negocios quieren recibir el pago en dólares, pueden pulsar un botón en la aplicación Chivo para convertir los bitcoines inmediatamente en dólares, según Bukele. "Será totalmente opcional. El dólar seguirá siendo de curso legal", dijo.

El Presidente @nayibbukele explica, con un ejemplo, como un comercio y un consumidor pueden hacer uso de la wallet y recibir o pagar con dólares o bitcoin según sea su decisión. pic.twitter.com/7OtiQDAbFi

— Casa Presidencial (@PresidenciaSV) June 25, 2021

Las cuentas bancarias en dólares seguirán siendo en dólares, y los sueldos y pensiones se seguirán pagando en dólares, agregó.

Riesgo potencial

Sin embargo, no todos comparten el entusiasmo de Bukele por el plan bitcóin.

Fitch Ratings reveló en un informe que la legislación que establece el bitcóin como moneda de curso legal aumentaría los riesgos regulatorios para las instituciones financieras, incluyendo la posibilidad de violar las normas internacionales contra el lavado de dinero y la financiación del terrorismo.

"Una implementación apresurada de la nueva plataforma del sistema de pago alternativo afectará al marco de gestión de las instituciones financieras en cuanto a los riesgos operativos, cibernéticos, monetarios y de liquidez", escribieron los analistas de Fitch.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) también ha criticado la medida y señaló que se enfrentaba a "retos macroeconómicos, financieros y legales" con el paso de El Salvador al bitcóin. Por su parte, el Banco Mundial rechazó una solicitud del Gobierno para ayudar a la implementación de la criptodivisa.

El 26 de junio, un bitcóin perforó el piso de 30.500 dólares.

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