MÚSICA DESDE OTRAS COORDENADAS

Un vendedor ambulante de fruta, la semana pasada en Yakarta (Indonesia).BAY ISMOYO / AFP

El Banco Mundial avisa de la correlación entre economía sumergida, bajo desarrollo y niveles elevados de pobreza y de desigualdad

Que el manto de la informalidad sobre el mundo en desarrollo es enorme se sabe desde hace décadas, pero cuantificarlo es una tarea titánica que solo se aborda de cuando en cuando. El Banco Mundial lo ha hecho este martes en una extensísima investigación de más de 300 páginas que concluye que el sector informal supone cerca de la tercera parte del PIB y más del 70% del empleo total de los países emergentes y en desarrollo, un epígrafe bajo el que está incluida toda África y la mayor parte de Asia y América Latina, así como algunas naciones de Europa del Este.

En su primer monográfico sobre informalidad, el propio organismo con sede en Washington califica el dato de “sorprendente” por lo elevado que es. Y recuerda que el hecho de tener una fracción tan importante de la economía en zona de sombra, fuera del rango de acción de los propios Estados —que no pueden recaudar ni regular todo aquello que escapa de su control—, está altamente correlacionado con un desarrollo más bajo, así como con altos niveles de pobreza y de desigualdad y con una —lógica— peor gobernanza.

Freno para la recuperación poscovid

Con la economía aún sufriendo las penalidades de la pandemia, el Banco Mundial alerta de que la informalidad “probablemente frenará” la recuperación de los países que exhiben unas tasas mayores. El motivo: al tener una parte tan sustancial de la actividad fuera del campo visual de las autoridades, la capacidad de recaudación cae y, con ella, el margen de maniobra de los Estados para poner en marcha políticas contracíclicas. Según sus datos, en los países en desarrollo que tienen una tasa de informalidad mayor que la media del bloque los ingresos públicos rondaron el 20% del PIB. Esa cifra es entre cinco y 12 puntos inferior a la de sus pares, y está a años luz del alrededor del 50% de recaudación fiscal de los países más desarrollados del mundo, como los escandinavos.

Pero no solo la potencia de fuego de la política fiscal se ve mermada: los técnicos del ente también subrayan que la precariedad del sistema financiero, directamente aparejada a la informalidad, inhibe los esfuerzos de la política monetaria, el otro gran cortafuegos disponible contra el derrumbe de una economía cuando pintan bastos.

Rezago de los colectivos más afectados

“Los trabajadores informales son, sobre todo, mujeres y jóvenes poco calificados que en medio de una crisis como la de la covid-19 a menudo quedan rezagados y tienen un acceso limitado a las redes de seguridad social cuando pierden el empleo o sufren graves pérdidas de ingresos”, subraya Mari Pangestu, directora gerente de Políticas de Desarrollo y Alianzas del Banco Mundial.

Esa necesidad de ir al trabajo ha complicado aún más la lucha contra la pandemia, que ha contribuido a agravar en muchos países: ante la imposibilidad de desempeñarse desde casa, millones de empleados de diversos sectores (desde vendedores ambulantes hasta repartidores por cuenta propia o transportistas y conductores no registrados) se han visto abocados a seguir con su rutina ajenos a la pandemia para poder llevar algo de sustento a casa. Las rentas básicas temporales puestas en marcha por varios Gobiernos —muchos de ellos en América Latina— han ayudado a mitigar este problema, pero se han demostrado insuficientes en amplias capas de la población, que también son las que más han sufrido el azote del virus.

Mejora reciente, aunque demasiado lenta

El bloque emergente, que suma el 90% del empleo, está lejos de ser monolítico; más bien al contrario, es un abanico de realidades muy distintas entre sí. También en lo tocante a la informalidad. Los niveles más altos de economía en la sombra están en África subsahariana, con cerca del 36%, frente al 22% de Oriente Medio y el Norte de África, donde se contabilizan los niveles más bajos del bloque.

La informalidad no es un destino esculpido en piedra. Así lo demuestran las tres últimas décadas, en las que esta variable se redujo en cerca de siete puntos porcentuales en los países emergentes, hasta el actual 32% del PIB. Un descenso reseñable, aunque demasiado lento dados los todavía muy elevados niveles de economía sumergida, que los economistas del multilateral achacan “parcialmente” a las reformas aplicadas por los Gobiernos para aumentar el atractivo del sector formal a ojos de los trabajadores o para reducir el coste del tránsito de uno a otro. Aún queda un largo camino por recorrer.

Por Ignacio Fariza

Madrid - 11 may 2021 - 16:30 CEST

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La economía neoliberal, el polizón en nuestro cerebro

¿No es extraño? Los mismos que se ríen de los adivinos se toman en serio a los economistas.

Comenzaremos con el ingenioso inventor Buckminster Fuller para dar una imagen de lo que queremos explicar. Este investigador decía: “Nunca se cambian las cosas luchando contra la realidad existente. Si quieres cambiar algo, construye un modelo nuevo que vuelva obsoleto el modelo actual”. En base a esta frase, la idea es comenzar a desbaratar algunos de los preceptos sobre los que se fundamenta la economía actual. Queremos comenzar a discutir una nueva economía, una economía para el siglo XXI.

Nadie duda que el modelo actual es obsoleto, pero de ahí a aceptarlo hay un trecho. Olvidar lo que nos han susurrado durante años: leyes, principios, preceptos y máximas económicas, no es un tema menor. Es verdad que esas ideas nos han conducido a perseguir falsos objetivos. Las imágenes tan perfectamente depositadas en nuestro cerebro permanecen como tatuajes, son los polizones de nuestro equipaje intelectual y saldrán a la luz como reflejo ante cualquier debate. Recordemos, por ejemplo, la afirmación, repetida hasta el cansancio, que el déficit fiscal es nocivo para cualquier país. ¿Alguien lo duda? Si la respuesta es no, deberíamos desconfiar.

Para desarrollar las ideas tomaremos algunas ideas del libro “La economía dona” de Kate Raworth, economista que intenta exponer múltiples maneras de pensar la economía del siglo XXI,  olvidando las normas económicas preestablecidas y creando una mentalidad para esta centuria. No es posible pensar este siglo en términos económicos si los manuales de economía fueron escritos en 1950, con raíces teóricas que van a 1850, o más atrás.

Aunque no parezca, hay en el mundo una cantidad de universitarios y técnicos importantes que se reciben habiendo cursado o rendido economía. Y para su formación, ya sean chinos o chilenos, según detectó la autora mencionada, echan mano de los mismos manuales (en su versión original o traducidos) de Cambridge o Chicago, y con los mismos preceptos, aunque varíen los autores. Lo cierto es que, a lo largo del siglo XXI, políticos, empresarios, periodistas, líderes sociales van a repetir las mismas normas y leyes que en 1850, todas, por cierto, fracasadas.

Resultado más nocivo acompaña a los propios economistas. La economía constituye el lenguaje de las políticas públicas, de la austeridad, la desigualdad y la pobreza, y entre fines del siglo XX y principios del XXI ha sido la dueña de las disputas dominantes. Ya sea en consejos económicos de los países centrales o en la primera fila de los organismos internacionales, los economistas no son esquivos a asesorar al poder, ya sea para depositar sus ideas, o porque el establishment les paga para demostrar las bondades de la concentración del ingreso. Muchos hombres prácticos que se creen exentos de cualquier influencia económica, al decir de Keynes, “son generalmente esclavos de algún economista difunto”.

El primer problema al que nos enfrentamos es que ciertos elementos de la teoría económica ortodoxa han sido introducidos a lo largo de años de batalla cultural y han quedado tan arraigados en nuestra memoria que resulta muy laborioso modificarlos o sustituirlos. Quizás quien mejor lo expresó fue uno de los más brillantes y desconocidos economistas, Joseph Schumpeter, quien comprendió la dificultad de deshacerse de las ideas que se nos transmiten.

“En la práctica todos iniciamos nuestra propia investigación a partir del trabajo de nuestros predecesores, es decir, que casi nunca partimos de cero. Pero, supongamos que partiéramos de cero, ¿qué pasos tendríamos que dar? El trabajo analítico comienza con el material proporcionado por nuestra visión de las cosas, y dicha visión es ideológica casi por definición.”

La idea es que todo punto de vista nos da una interpretación del mundo o de nuestra realidad social, la que intentamos resolver. Para solucionarla, los científicos o estudiosos del tema elaboran ideas a partir de modelos adquiridos a través de la educación. Es decir, hay un análisis anterior que toma en cuenta un marco teórico establecido. No existe ninguna visión preanalítica correcta, ningún paradigma verdadero o marco perfecto con leyes para su aplicación, nacional o mundial. Repensar los preceptos económicos no nos va a permitir encontrar la economía correcta, sino una que sirva para el contexto que afrontamos y que sea adecuada a nuestros fines.

Esta idea está dirigida a anular y descreer de las leyes económicas existentes, pero quizás, en la misma medida, se encuentren las palabras. Pongamos un ejemplo: para los políticos una buena iniciativa sería un “alivio tributario”, una idea harto conocida para los conservadores americanos, adoptada por un sinnúmero de filibusteros del subdesarrollo.

Lo interesante resulta que la sociedad jamás se opone a un alivio de ese tipo. ¿Quién se enfrentaría a tan noble causa como un alivio tributario o a cualquier mitigación, desde la pobreza hasta enfermedad? Aunque la pregunta debería ser: este alivio tributario, ¿a quién consuela? Los impuestos, por lo general, son progresivos, se les cobran a los que más tienen, por lo que aliviaríamos a los ricos, aunque no sabemos de qué pesada carga podríamos paliar a tan nobles contribuyentes, porque en realidad nunca pagan.

Esta idea de anteponer el “alivio” al tributo la tendríamos que pensar ante la posibilidad fiscal de moda en los países centrales y organismos internacionales de grabar a la opulencia. La imposición tendría que ser tratada como una colaboración, una ayuda, una asistencia a los desbarrancados del mundo. O sea, habría que poner algo como “limosna tributario a la pobreza”, pero como limosna no encuadra en tributo, tendría que ser un “aporte” para dejar perfectamente clara la colaboración, la asistencia indulgente de los ricos a la pobreza. Hay que colaborar para combatir esta pobreza, esta desgracia caída del cielo, y siempre pedir disculpas, a tan noble colaboración, por única vez. Lo importante es que sea una aportación, colaboración, auxilio, cualquier palabra difícil de desterrar.   

¿Cómo llegamos a este mundo donde 1 % de la población acumula el 82 % de la riqueza global o alguien que para ingresar al listado de millonarios de la revista Forbes necesita tener como piso 1.000 millones de dólares? Quien tuviera esta cifra y gastara al mes 50 000 dólares, tardaría 1.667 años en agotar su fortuna. Llegamos a este estado de cosas por el simple triunfo del neoliberalismo y la aplicación de sus políticas. Y por si faltara algo, por creer en sus leyes económicas.

Una de las primeras cosas que reconocimos fue que el libre mercado tenía ventajas sobre los servicios públicos. Lo público pasó a ser un negocio privado, en las privatizaciones le regalamos clientes cautivos, sin regulación, al sector privado. Este es uno de los debates actuales en Argentina, por ejemplo, sobre quién paga los aumentos de la energía: el Estado (los contribuyentes) con subsidios aumentando el déficit público desbalanceando de esta manera la ecuación ingresos – gastos = pago intereses de deuda, o que lo paguen las usuarias + aporte a los intereses de deuda vía impuestos al consumo. En síntesis, de una forma u otra, siempre los pagan los usuarios. Aquí hay varios preceptos y leyes de la antigua economía que debemos respetar. Que los mercados son más eficientes que los privados, que las tarifas publican no son políticas, que los que no reciben luz se la pidan a Dios y que achicar el gasto es más eficiente que cobrar impuestos. El alivio tributario.    

La teoría consisten en no restringir las capacidades y las libertades empresariales de los individuos, en un marco de derechos fuertes a la propiedad privada, los mercados libres y las libertades de comercio”. Pero el neoliberalismo es más que eso, es también “una tradición intelectual, un programa político, y un movimiento cultural. Es, pues, una transformación en la manera de ver al mundo y en la manera de entender la naturaleza humana (Fernando Escalante, Historia mínima del neoliberalismo).

Ninguna de estas leyes diseminó las bondades de sus promesas; de hecho, los resultados están a la vista. A esta dosis de estupidez le agregamos que en la actualidad la desigualdad es un atributo para impulsar el espíritu emprendedor. La cúspide del 1% de los multimillonarios del mundo está abierta para todos. O sea, el trabajo duro (si se encuentra), la actitud y los méritos son los caminos para la movilidad de clase. Pero si esto fuera cierto, como dice George Monbiot, “si la riqueza fuera el resultado inevitable del trabajo duro y el emprendimiento, todas las mujeres en África y en Latinoamérica serían millonarias”.

Lo que nos lleva a repensar las leyes y las ideas. La austeridad no ha dado resultado desde su implementación, solo ha consolidado que los pobres sean más pobres y lo ricos más opulentos. El análisis de las proyecciones fiscales del FMI muestra que se esperan recortes presupuestarios en 154 países este año, y hasta en 159 países en 2022. Esto significa que 6.600 millones de personas, o el 85 % de la población mundial, vivirá en condiciones de austeridad el próximo año, tendencia que probablemente continuará hasta 2025.

Durante más de setenta años la economía ha tenido una especie de fijación por el PIB, o producción nacional, como su principal indicador de progreso. Esa fijación se ha utilizado para justificar desigualdades extremas de renta y riqueza, junto con una destrucción sin parangón del medio ambiente. Para el siglo XXI se necesita un objetivo mucho más ambicioso: crear economías —desde el nivel local hasta el global— que ayuden a llevar a toda la humanidad a un espacio seguro, más justo y sustentable. En lugar de perseguir un PIB que sólo aspire a cercer, como los neoclasico creen, sino cual es el modelo de desarrollo mas equitativo. Es hora de descubrir cómo prosperar de forma equilibrada y no va a ser siguiendo las leyes anteriores.

Por Alejandro Marcó del Pont | 10/05/2021

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Los bancos empiezan a retirar su apoyo financiero incondicional a las grandes petroleras

La pandemia está dejando otra lectura trasversal en los mercados: la banca ha reducido un 9% sus líneas financieras a las empresas petrolíferas desde el inicio de la Covid-19. Comienza a calar la advertencia de que las inversiones deben "dejar de asumir un clima relativamente estable" porque "estamos al borde de que los riesgos se conviertan en realidad".

  

El viraje de gobiernos, sociedades civiles y empresas hacia la sostenibilidad y el combate contra la catástrofe climática se emprendió antes de la crisis sanitaria del coronavirus. Pero parece que ha virado con mayor intensidad con las secuelas de la recesión global derivada de la covid-19, a juzgar por no pocos vestigios surgidos desde los mercados de capitales. Jennifer Laidlaw, analista de S&P Global Market Intelligence, ofrece uno de ellos. Los bancos han comenzado a retirar sus apoyos crediticios a las supermajors y otros grandes emporios petrolíferos. Hasta en un 9% a lo largo de 2020. Aunque matiza que este sónar, aun relevante, todavía está lejos de convertirse en una tendencia efectiva. Los 60 mayores bancos comerciales y de inversión del mundo otorgaron a la industria petrolífera 750.730 millones de dólares de financiación, por debajo de los 823.680 de 2019, pero por encima de los 709.230 de 2016; el primer ejercicio posterior a los Acuerdos de París.

Los datos parten de Bloomberg Finance, en colaboración con la consultora de investigación energética Rystad Energy y la ONG ecologista alemana Urgewald, cuyo estudio ha sido esponsorizado por una asociación de defensa medioambiental de la que forman parte entidades como Rainforest Action Network, BankTrack, The Indegenous Environmental o la Oil Change International, entre otras. En el estudio se constata que tanto inversores como instituciones reguladoras -como los bancos centrales- han elevado su preocupación por el cambio climático en sus evaluaciones de riesgos y se avanza que las empresas de combustibles fósiles empiezan a ser percibidas como obsoletas por el mercado y con unos activos encallados por parte de los bancos de inversión por sus escasas adecuaciones a las exigencias de reducción de CO2 y a sus cambios estratégicos corporativos hacia la sostenibilidad.

"Los flujos financieros hacia las firmas fósiles en los últimos cinco años han estado definitivamente enfocados en la dirección errónea, pero los bancos parecen haber reforzado su cambio de decisión en 2020, a la espera de que el actual ejercicio corrobore si vuelven al business as usual o se consolidan sus nuevas directrices, en las que priman los proyectos verdes", aclaran sus autores.

El reingreso de EEUU en los Acuerdos de París, los ambiciosos objetivos europeos para lograr las emisiones netas cero de CO2 a la atmósfera en 2050 -con la corregida meta intermedia de una reducción del 55% de los gases contaminantes en 2030- y la correlación de fuerzas anunciada en la misma dirección por países como China, Japón e, incluso, Rusia, añaden dosis de optimismo al desafío de recortar el periodo de transición entre las energías renovables y los combustibles fósiles. Una cohabitación que podría no ser tan pacífica como apuntaba el consenso del mercado antes de la Gran Pandemia.

Entre otras razones, porque la rápida caída de costes de las fuentes limpias, que inducen a aventurar un descenso de los precios y de los beneficios de las compañías de petróleo y gas a lo largo de esta década. Algunas de ellas, como BP, Total o Shell han revelado ya una transformación en sus líneas de negocios, en nombre de los fondos de pensiones o de las carteras de inversión que se rigen bajo criterios ESG -Environmental, Social y Governance- que sostienen sus activos bursátiles, modificando sus inversiones hacia tecnologías y proyectos con sello renovable.

Varios de los gigantes del sector -sobre todo, multinacionales europeas- se han comprometido con la era de recortes drásticos de emisiones. Incluso algunas de ellas, como la noruega Equinor, con sede en Stavanger, en los límites del Mar del Norte, se adelantó a sus rivales. Y ya a mediados de 2019, antes de la epidemia, su CEO, Eldar Saetre, lo sintetizó de esta forma tan elocuente: "La cuestión más importante para nosotros como compañía y como sector industrial, pero también para Noruega como nación es cómo mantenernos relevantes y al mismo tiempo competitivos", afirma antes de precisar: "No se trata de política, sino de negocios", y el nuevo rumbo de los mercados reclama energías conciliadoras con el medio ambiente. Equinor está convencida -enfatiza- de que la estrategia de bajas emisiones en la fase de producción es la que puede mantener a la compañía en las cotas de rivalidad y competitividad más elevadas. Tras lo cual, anunció que Equinor y sus asociadas se han propuesto invertir 5.700 millones de dólares para alcanzar el objetivo de reducir sus emisiones contaminantes en un 40% en 2030, el 70% en 2040 y el 100% en 2050. En líneas con la meta de la UE, aunque Noruega no forme parte del club comunitario.

Otro de los botones de muestra es Repsol, que recibió elogios del mercado cuando desveló, en diciembre de 2019, una táctica similar a la de Equinor, y suscitó una amplia difusión internacional con su mensaje de que focalizará su reto sobre el valor en vez de en el crecimiento productivo. La petrolera hispana también afirmó que revisaría su visión de futuro sobre la valoración de sus activos de crudo y gas en un mundo descarbonizado, lo que les supondrá un cargo en las cuentas de 4.800 millones de euros.

Los gastos, dicen en Repsol, serán redirigidos a la transición energética con inversiones en proyectos solares y eólicos que, de forma combinada, tendrán una capacidad de 1.600 mega watios, impulsando la cartera de renovables de la firma hasta el 40%. "Estamos convencidos de que debemos ser más ambiciosos en los objetivos de lucha contra el cambio climático" dijo Josu Jon Imaz, consejero delegado, porque "creemos que es ahora el momento de Repsol, en el que tenemos que demostrar toda nuestra confianza". La hoja de ruta de la cotizada hispana pasa por alcanzar una disminución de su producción contaminante del 10% en 2025 -a partir de un indicador de intensidad de carbono con base de emisiones en 2016- para alcanzar el 20% en 2030, el 40% en 2040 y emisiones netas cero en 2050. Y vinculará el 40% de las retribuciones variables de sus directivos a la consumación de los Objetivos de París.

Rémoras empresariales a las emisiones netas cero

Estas maniobras corporativas, sin embargo, no han calado en las petroleras estatales. Foreign Policy certificaba en un artículo de hace unas fechas que las National Oil Companies (NOC’s) no se han adentrado aún en las tácticas de reducción de sus exposiciones a sus negocios de petróleo y gas y de aumento de sus inversiones en tecnología para uso renovable. Y siguen contribuyendo en un 40% a los gastos de capital en combustibles fósiles. Alrededor de 1,9 billones de dólares. Pese a que una quinta parte de esta factura -más de 400.000 millones- se destinarán a proyectos de altos costes y alejados de los objetivos de París.

Pese a la depresión de la cotización del barril de crudo de 2019 y 2020 -pese a la recuperación por los recortes de la OPEP+ en la última mitad del pasado ejercicio- en un clima generalizado y arraigado de altas volatilidades a lo largo de la última década. O de que emporios como Exxon Mobil -estandarte del rechazo de la industria del petróleo estadounidense a la neutralidad energética- haya pasado de ser la compañía con mayor capitalización bursátil -en 2013- a instalarse en el furgón de cola del Dow Jones, con pérdidas milmillonarias -de más de 22.000 millones de dólares en 2019, año en el que, no obstante, valoró sus beneficios en 14.300 millones-, por el camino; en menos de un decenio. Durante la que, en gran parte, fue dirigida por Rex Tillerson, el primer secretario de Estado de Donald Trump y uno de los ejecutores de la salida de EEUU de los Acuerdos de París. Exxon, a juzgar por los análisis del mercado, "se ha adentrado en una dinámica de descensos irreversible", de drásticos ajustes en sus gastos de capital, mientras no transforme su postura en favor de los combustibles fósiles.

El resto de la industria petrolífera americana, en general, no adopta el giro que se atisba con el Green New Deal que ultima la Casa Blanca y cuyos objetivos parecen estar a la altura de las exigencias europeas. Porque en el informe de S&P Global Market Intelligence se revela el "escepticismo" por la predisposición financiera de la banca estadounidense hacia las empresas fósiles americanas, a las que bancos como JP Morgan Chase les ha provisto de los mayores fondos entre 2016 y 2020, pese a que sus líneas crediticias decrecieron un 20% en los dos últimos ejercicios.

Como JP Morgan, Citigroup, anunciaron su compromiso de sustentar sus préstamos a las metas del acuerdo parisino. Lo hizo un mes antes del triunfo electoral de Joe Biden, que anticipó en campaña su intención de unir el destino de EEUU a los objetivos de sostenibilidad. JP Morgan desembolsó 51.300 millones de dólares al sector petrolífero americano y Citigroup, segundo prestamista, otros 48.390 millones. Entre las entidades europeas con más concesiones financieras -si bien, menos condescendientes que sus rivales de EEUU y, sobre el papel, más exigentes con los avales financieros futuros a las petroleras- destacan Barclays y BNP Paribas. Ambas dentro del top-ten bancario del informe de Bloomberg Finance.

Esto en medio de un clima de suspensiones de pagos masivas de las empresas en todo el mundo, tal y como constata S&P en su último diagnóstico de 2021. Muy por encima de la del resto de áreas de actividad. El diagnóstico también augura mayores dificultades financieras -y necesidades prestamistas- de las empresas vinculadas al negocio del gas y del petróleo. Todo ello apunta a una predicción que se empieza a configurar en el ambiente inversor. Los mercados, explican en la consultora McKinsey, "deberían tomarse mucho más en serio el cambio climático" porque, aunque los inversores y los organismos reguladores permanezcan atentos y alertas sobre los daños del efecto invernadero, el aumento global de las temperaturas amenaza con crear estragos. "Asumen que el clima será relativamente estable", advierten sus expertos, "pero estamos al borde de que los riesgos se conviertan en realidad".

Quizás esta amenaza sea la que esté marcando el paso bursátil porque los fondos de inversión con criterios ESG han superado la rentabilidad del S&P 500 en el primer año de pandemia. Es decir, en los doce meses desde la proclamación oficial de la epidemia de la covid-19, Entre el 5 de marzo de 2020 y la misma fecha de 2021. También, según cálculos de S&P Global Market Intelligence, entre los 26 fondos de inversión que operan bajo parámetros ESG en este mercado, con más de 250 millones en activos, su rentabilidad osciló entre el 27,3% y el 55%, frente a la revalorización del 27,1% del índice S&P 500. Dato que corrobora que las carteras de capitales bajo estas estrategias, de marcado cariz medioambiental- lograron retornos premium de beneficios. Y que confirma la preferencia inversora por colocar sus activos en fondos ESG, que alcanzaron en EEUU, en 2020, los 51.500 millones de dólares, más del doble que en 2019 y casi diez veces más que en 2018, según Morningstar.

madrid

10/05/2021 07:08

Diego Herranz

Publicado enEconomía
El inesperado peligro que esconden las bebidas azucaradas

Todos sabemos que las bebidas que contienen grandes cantidades de azúcar son malas para la salud, pues pueden causar diabetes de tipo 2 y obesidad. Sin embargo, consumirlas con frecuencia también aumenta el riesgo de sufrir cáncer.

Un estudio, en el que se analizaron los datos de más de 95.000 enfermeras estadounidenses recolectados entre los años 1991 y 2015 como parte de un estudio de salud a gran escala, ha demostrado que existe un vínculo entre el cáncer colorrectal y el consumo de bebidas azucaradas.

Los investigadores afirman que las mujeres que consumen más de 500 mililitros de bebidas azucaradas al día corren el doble de riesgo de desarrollar cáncer de colon. También aumentó para las mujeres que tomaron cantidades excesivas de bebidas con azúcar durante la adolescencia.

"Nuestro hallazgo reafirma la importancia para la salud pública de limitar el consumo de bebidas endulzadas con azúcar", subrayan los autores del estudio.

Al mismo tiempo, algunos expertos afirman que todavía se necesitan más estudios para confirmar si realmente existe un vínculo entre las bebidas y el desarrollo de células cancerosas, pues tan solo 109 participantes desarrollaron cáncer de colon en ese período, mientras que solo 16 de ellas consumían más de 500 mililitros de bebidas azucaradas. Sin embargo, también existen otros factores de riesgo asociados con el cáncer colorrectal, entre ellos el sobrepeso o el consumo de tabaco, alcohol y carne roja.

"Simplemente no podemos estar seguros de que el vínculo observado entre las bebidas azucaradas y el cáncer de intestino sea el de causa y efecto", señala Kevin McConway, profesor emérito de estadística aplicada de la Universidad Abierta, en unas declaraciones a The Guardian.

Por su parte, la nutricionista Carmen Piernas, de la Universidad de Oxford, se muestra convencida de que el número de casos es demasiado pequeño como para "sacar conclusiones firmes". Y la dietista Duane Mellor, de la Universidad de Aston, admite que disminuir el consumo de bebidas azucaradas sí puede reducir el riesgo, pero es el estilo de vida y la dieta en general lo que realmente importa.

El riesgo de padecer cáncer colorrectal es de aproximadamente 1 en 23, o 4,3% para los hombres y de 1 en 25, o 4,0%, para las mujeres. Es la tercera causa de muerte por cáncer, tanto en hombres, como en mujeres.

7 mayo 2021

(Con información de Sputnik)

Publicado enSociedad
«El planeta se nos va y es necesario frenar de inmediato la locomotora del crecimiento»

Entrevista al profesor y activista Carlos Taibo

 

El profesor y activista publica Decrecimiento, un libro en el que resume su «propuesta razonada» para sortear el colapso ecológico y revertir los estragos del capitalismo.

Siempre ha habido personas en la historia que han sido rechazadas, vilipendiadas e incluso ejecutadas por revelar la verdad. El asunto es tanto más desagradable cuando chocan religión y ciencia. Giordano Bruno, Miguel Servet o Galileo Galilei son ejemplos de sobra conocidos.

En Occidente, en el siglo XXI, hay una nueva religión que, sin hogueras, está tan poco dispuesta a que se cuestionen sus dogmas como las antiguas iglesias cristianas. Se trata de la religión impuesta por la economía capitalista y los mercados. Millones de vidas humanas son sacrificadas cada año en el altar de los mercados. El objetivo, siempre, es crecer. Y no crecer, o no crecer lo suficiente, provoca un reguero de víctimas en todas las especies del planeta. Antes de dejar de crecer, el capitalismo parece dispuesto a extinguir la vida en la Tierra. El dios que se esconde detrás de esta locura, tan sádico e implacable como el del Antiguo Testamento, tiene un nombre: Producto Interior Bruto (PIB).

Carlos Taibo (Madrid, 1956), conforme a lo descrito anteriormente, es un hereje. Como activista y como profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid ha denunciado los excesos del sistema señalando lo que debería ser obvio para cualquier economista: de donde no hay no se puede sacar. «Si vivimos en un planeta con recursos limitados no parece que tenga mucho sentido que aspiremos a seguir creciendo ilimitadamente», afirma al inicio de su libro Decrecimiento (Alianza Editorial, 2021). Su «propuesta razonada» para hacer frente a la emergencia climática es un cambio radical de paradigma: hay que decrecer.

Para entender la perversión que se esconde tras este sistema económico es adecuado tener en cuenta que el PIB es «un índice que considera la contaminación como riqueza». Quemar combustibles fósiles incrementa el PIB. Talar un árbol incrementa el PIB. La obsolescencia programada que exige la explotación de más y más recursos naturales incrementa el PIB. Hay que parar esta rueda infernal y hay que hacerlo ya.

Para explicar esta premura, Taibo, que en libros y conferencias gusta de citar a sus maestros y colegas dentro del movimiento decrecentista (Serge Latouche, Nicholas Georgescu-Roegen, Ivan Illich, André Gorz…), suele recurrir a una enseñanza de Cornelius Castoriadis que podríamos llamar «la parábola del hijo enfermo». Dice así: «Si a un padre le comunican que es muy posible que su hijo tenga una gravísima enfermedad, la única reacción plausible del progenitor consistirá en colocar a su vástago en manos de los mejores médicos, para que determinen si el diagnóstico es certero o no. Lo que ese padre, o esa madre, en cambio, no podrá hacer será razonar diciendo: ‘Bien, si es posible que mi hijo tenga una gravísima enfermedad, también es posible que no la tenga, con lo cual parece justificado que me quede cruzado de brazos’. Ésta es, sin embargo, la actitud que la especie humana parece haber asumido en relación con la crisis ecológica».

¿No cree que el problema es precisamente ese, que no vemos el planeta como un hijo o alguien amado, como si estuviéramos por encima de él o fuera de él? Aun a riesgo de simplificar en exceso, ¿no es el «marco cultural» impuesto por el capitalismo el peor enemigo en esta crisis climática?

Así es. O, por decirlo de otra manera, el capitalismo ha conseguido colocar dentro de nuestra cabeza un puñado de ideas de las que es difícil, muy difícil, liberarse. Ideas que, claro, generan las conductas correspondientes en terrenos como los de la competitividad, la productividad, el consumo y el crecimiento económico. Los habitantes del Norte rico nos topamos con enormes problemas para salir de ese mundo. Las circunstancias son diferentes en muchas áreas de los países del Sur en las que perviven con fuerza culturas precapitalistas mucho más marcadas por la lógica del apoyo mutuo y mucho menos hechizadas por la identificación entre consumo y bienestar. Una identificación simplota donde las haya.

Nuestra relación con el planeta no se caracteriza precisamente por el amor y los cuidados. Lo demuestra la crisis climática y el agotamiento de las materias primas energéticas. Pero es que ese marco cultural nos dificulta también entender lo que significa la explotación cotidiana de miles de millones de seres humanos en un escenario lastrado por el trabajo asalariado, por la mercancía y, naturalmente, por la plusvalía.

¿Por qué el decrecimiento es la solución más lógica?

Prefiero acogerme a la idea de que el decrecimiento, que es una propuesta de alcance limitado, constituye un agregado, un complemento. Pero este complemento es imprescindible para cualquier proyecto serio de contestación del capitalismo en el siglo XXI. He dicho muchas veces que ese proyecto tiene que ser por definición decrecentista, autogestionario, antipatriarcal e internacionalista. Yo no soy un decrecentista libertario. Soy un libertario decrecentista: el meollo de mis percepciones lo proporciona la apuesta por la autogestión, por la democracia directa y por el apoyo mutuo. Ese es un buen modelo, sobre todo ahora. En un planeta que visiblemente se nos va, es necesario poner freno de inmediato a la locomotora del crecimiento.

¿Y cómo se decrece?

En el Norte opulento tenemos que reducir los niveles de producción y de consumo, pero tenemos que asumir otras muchas iniciativas: recuperar la vida social que hemos ido dilapidando, apostar por formas de ocio creativo, repartir el trabajo, reducir las dimensiones de muchas de las infraestructuras que empleamos, estimular la vida local frente a la lógica desbocada de la globalización. En definitiva, apostar por la sobriedad y la sencillez voluntarias.

En su libro pone usted mucho énfasis en ese aspecto: tomar el camino del decrecimiento debe ser una decisión «colectiva y voluntaria». Pero para eso necesitamos décadas, generaciones de pedagogía. ¿Tenemos tiempo para eso?

Tal y como están las cosas, entiendo que la pregunta es legítima. No hay más que echar una ojeada a los programas, productivistas y desarrollistas, de la abrumadora mayoría de los partidos. O a lo que defiende el grueso de los medios de comunicación. Pero creo que hay dos dimensiones que no deben escapársenos. La primera ya la he señalado: la posibilidad de que muchas de las respuestas que aquí, en el Norte rico, nos faltan lleguen de habitantes de países del Sur con poblaciones mucho menos corroídas por la lógica mercantil del capitalismo. La segunda sugiere que la conciencia de la proximidad de un colapso general podría provocar, también en el Norte, cambios importantes y rápidos en la conducta de grandes grupos de población. Y ya hemos visto señales de esto. Creo que esos grupos de apoyo mutuo que proliferaron al inicio de los confinamientos, hace un año, significan que una parte de la gente común empieza a hacerse las preguntas pertinentes. Y remarco lo de «gente común». No hablo de activistas hiperconscientes de movimientos sociales críticos.

Su discurso suele incomodar a la izquierda y a la derecha. Que incomode a la derecha es lógico, ¿pero cómo quiere convencer a la izquierda de que abandone sus viejos postulados? Usted critica a los nostálgicos de la vieja normalidad, los que añoran la socialdemocracia de posguerra, la industrialización, los sindicatos, el Estado del Bienestar… Muchos de esos derechos se han perdido. ¿No merece la pena luchar por recuperarlos?

Esa es una lucha muy respetable, claro que sí, pero en el mejor de los casos, es pan para hoy y hambre para mañana. Creo que la figura del Estado del bienestar debe vincularse, y estrechamente, con un momento histórico que ha quedado atrás: la llamada era del petróleo barato.

Hay que renunciar al pasado entonces.

Es que no creo en ningún proyecto que no acarree, con claridad, la voluntad de dejar atrás el universo del capitalismo. Y eso me obliga a ser profundamente escéptico. Y hay razones históricas para serlo. Eso que llamamos Estado del Bienestar obedece a unas fórmulas de organización económica y social propias y exclusivas del capitalismo, lo que dificulta hasta extremos inimaginables la práctica de la autogestión desde abajo. No cuestionan el orden de la propiedad imperante. Beben de una filosofía mortecina, la socialdemocracia, y de un burocratizado sindicalismo de pacto. Ya hemos visto cómo esta socialdemocracia y este sindicalismo no han venido a liberar, como anunciaban, a tantas mujeres que son hoy víctimas de una doble o de una triple explotación. Y, además, no responden a ningún proyecto de solidaridad con los habitantes de los países del Sur y no exhiben ninguna condición ecológica solvente.

Globalización disparatada

Cuando Taibo subtitula su libro con la frase «una propuesta razonada» no lo hace a la ligera. En Decrecimiento hay hasta 26 páginas de citas y bibliografía. El despliegue de ejemplos, datos y fuentes es abrumador. Citemos sólo algunos.

Los detractores del decrecimiento piensan que éste nos llevará de vuelta a la Prehistoria. Está calculado y, por supuesto, no es verdad. Para salvar el planeta debemos reducir nuestra huella ecológica y situarla en niveles no tan lejanos: «La década de 1980 no es la Edad de Piedra».

Hablemos de turismo: «El número de turistas que salen de su país pasó de 25 millones en 1950 a 1.500 millones en 2019, con efectos desoladores. (…) En Goa, en la India, un hotel de cinco estrellas consume el agua equivalente al abastecimiento de cinco pueblos, mientras la tubería que lo sirve cruza numerosas localidades que carecen de agua corriente».

¿Y qué decir de la industria de la alimentación? «La lechuga que procede del valle de Salinas, en California, se desplaza por carretera 5.000 kilómetros para llegar a Washington, con lo cual consume 36 veces más energía –en forma de petróleo– que lo que contiene en calorías. Cuando la lechuga llega, en fin, a Londres, ha consumido 127 veces más energía que la que corresponde a las calorías que incorpora». Y ya ni hablamos del uso de fertilizantes tóxicos que se usan en su producción. La apuesta por los productos locales y de proximidad, por tanto, no es una extravagancia hippie. Es una necesidad y tampoco es que suponga un sufrimiento insoportable.

Bueno, pensemos que hemos dejado atrás el capitalismo. ¿Qué ocurre con el ocio? Usando un viejo sintagma de las luchas obreras, necesitamos «el pan y las rosas». Usted señala que «el pan», gracias a formas de producción más enfocadas en la economía local y de cercanía, no es un problema. ¿Pero qué ocurre con «las rosas»?

La perspectiva del decrecimiento defiende lo que se suele llamar «ocio creativo». es decir, un ocio desmercantilizado que escapa a la creación artificial de necesidades. Y con esto se consigue otra cosa: evitar la uniformización, que es un proceso habitual en el mundo del ocio. Y más allá de él, también en el de la cultura.

Entonces, ¿en un futuro decrecentista no habría espacio para Netflix, para el fútbol, para los grandes conciertos?

Parece inevitable que pierdan peso, claro. La descentralización de los procesos de creación debe permitir que rebroten las culturas autóctonas y los medios de comunicación alternativos frente al poder ejercido por los conglomerados transnacionales. En ese contexto, pierden importancia las grandes plataformas mediáticas y esas parafernalias que están tan obscenamente vinculadas con los intereses de las élites dirigentes y que, a fin de cuentas, reproducen la miseria dominante.

Usted usa en diferentes pasajes de su libro un término acuñado recientemente: «convivencialidad». Creo que es un término que está empezando a ganar adeptos en Francia. ¿Es una maniobra léxica para dejar atrás el término «comunismo», o incluso «comunismo libertario» , que está maldito en nuestro marco cultural, que parece históricamente tóxico?

El término convivencialidad fue difundido, hace ya tiempo, por Ivan Illich. En mi percepción conviene oponerlo a la mercantilización que marca el grueso de las reglas que se nos imponen. Y conviene vincularlo también con la lógica del apoyo mutuo y con la defensa de los bienes relacionales frente a los bienes materiales. No tengo nada en contra del comunismo, a pesar de la enorme perversión que ha marcado su sistema de «capitalismo burocrático de Estado». Y tampoco tengo nada contra el concepto de comunismo libertario, o contra el anarcocomunismo. Me molestan, eso sí, y mucho, las gentes que en el mundo anarquista piensan que el comunismo es, por definición, un proyecto intrínsecamente perverso. En cualquier caso, creo que es más importante lo que colocamos por detrás de estos conceptos que su formulación verbal.

Hablemos de las mujeres y de su importancia en el decrecimiento. Se ha hablado del antropoceno. Luego, para acotar más el concepto, se ha hablado de capitaloceno. Y usted afina aún más y habla de androceno. ¿Por qué?

No lo hago sólo yo. Lo hace cada vez más gente. Parece evidente que muchas de las lógicas que vinculamos con los desastres producidos durante eso que se llama antropoceno o capitaloceno tienen una dimensión masculina y se vinculan estrechamente con la sociedad patriarcal y sus reglas. Estos conceptos, antropoceno y capitaloceno, arrastran cierta dimensión simplificadora, eso es obvio. Pero creo que, a la vez, subrayan de manera más fina en dónde tenemos que buscar responsabilidades. Salta a la vista que no todos los integrantes de la especie humana son responsables por igual del colapso que se avecina. La responsabilidad de hombres y mujeres no es la misma.

¿Usted cree, como Pablo Servigne, que el colapso es inevitable y que debemos centrarnos en cómo será la sociedad después de la catástrofe o cree que aún puede pararse el golpe?

Bueno, antes de responder a eso habría que preguntarse qué entendemos por colapso y qué diferencias tendrá geográficamente. Pero dejando estos matices al margen, creo que la postura de Servigne es defendible. Lo que suelo señalar es que, conforme a mi intuición, el colapso es inevitable. Así que lo único que podemos hacer al respecto es mitigar algunas de sus consecuencias más negativas y postergar un poco en el tiempo su manifestación. Y sí, creo que ahora una de las tareas más honrosas es anticipar los rasgos de la sociedad poscolapsista desde el horizonte del decrecimiento, la desurbanización, la destecnologización, la despatriarcalización, la descolonización y la descomplejización de nuestras mentes y de nuestras sociedades.

¿Cómo afronta usted las críticas de quienes intentan menospreciar su propuesta tachándola de primitivista, ludita y poco realista?

Prefiero que me atribuyan esos adjetivos antes que pasar por frívolo. La frivolidad es una condición que suele acompañar a esas críticas. Además, esas críticas, lo que hacen en el fondo es defender la miseria existente. En cualquier caso, habría que escarbar en el sentido preciso de esos adjetivos que usted invoca. Sospecho que me quedaría con muchos de los elementos de lo que se suele entender por primitivismo o por ludismo, que son, como poco, dos propuestas que merecen atención.

¿Y con lo de «poco realista»?

Eso también me lo quedo. Soy orgullosamente no realista en la medida en que hago mía la aserción de Bernanos: «El realismo es la buena conciencia de los hijos de puta». Éstos invocan la realidad como si viniese dada por la naturaleza y fuese, por tanto, inmodificable, cuando con toda evidencia esa realidad que invocan es el producto de la defensa obscena de los intereses más ruines y mezquinos.

Para terminar, denos alguna receta, alguna clave contra el ecofascismo. Díganos por qué es inmoral afrontar el reto climático como un problema demográfico.

Eso es fácil. Ya sabemos que el ecofascismo no es un proyecto negacionista ni del cambio climático ni del agotamiento de las materias primas energéticas. El ecofascismo parte de la certeza de que en el planeta sobra gente, de tal forma que, en la versión más suave, se trataría de marginar a quienes sobran. Y en la más dura postularía, literalmente, el exterminio. La música recuerda poderosamente a la que tocaron los jerarcas nazis. Otra cosa distinta es, claro, que, habida cuenta de los límites medioambientales y de recursos del planeta, asumamos un ejercicio voluntario de autocontención como el que postulan en el terreno demográfico la mayoría de las escuelas decrecentistas. Como antídotos contra el ecofascismo me remito a lo que ya dije antes: decrecimiento, desurbanización, despatriarcalización… Todo eso combinado con la defensa de sociedades asentadas en la autogestión, en la democracia directa y en el apoyo mutuo. Cien años después de la muerte de Kropotkin, la lectura de su libro me parece, por cierto, una recomendación muy sensata.

Por Manuel Ligero | 08/05/2021

Publicado enMedio Ambiente
Reunión de cancilleres del G-7 concluye en Londres con críticas a Rusia y China

Londres. El grupo de las siete principales economías mundiales G-7 concluyó ayer su primera reunión presencial en más de dos años con críticas a Rusia por su "actitud irresponsable" en Ucrania y llamados a China a "respetar los derechos humanos".

Además de China, Rusia e Irán, los cancilleres amenazaron a la junta golpista de Myanmar con nuevas sanciones y se comprometieron a apoyar económicamente el programa de reparto de vacunas Covax.

Sin embargo, los cancilleres de Reino Unido, Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia, Canadá y Japón no hicieron ningún anuncio inmediato sobre nuevos fondos para mejorar el acceso a las vacunas contra el Covid-19, pese a los reiterados llamados para que el G-7 haga más para ayudar a los países más pobres.

La reunión de esta semana marcó el tono de la cumbre de líderes de estas potencias que se llevará a cabo del 11 al 13 de junio y que supondrá el debut internacional del presidente estadunidense, Joe Biden.

"Reconocemos que nos reunimos en un contexto excepcional y de cambios rápidos", indicó el comunicado final, que apuesta por el sistema multilateral para dar forma a un futuro más limpio, más libre, más justo y más seguro para el planeta.

Los cancilleres del G-7 reservaron sus críticas más duras para China, a la cual llamaron a cumplir con sus obligaciones en virtud de la legislación nacional e internacional.

También externaron su preocupación por las violaciones de los derechos humanos y los abusos contra la minoría musulmana uigur en la provincia de Xinjiang y en el Tíbet, e instaron a poner fin a la represión de los manifestantes en Hong Kong.

Las siete potencias dejaron, no obstante, la puerta abierta a una futura cooperación con Pekín y subrayaron la necesidad de una postura común para enfrentar los retos globales, en contraste con el creciente unilateralismo de los últimos años durante el mandato de Donald Trump en Estados Unidos.

Los jefes de la diplomacia también acusaron a Rusia por su "actitud desestabilizadora" al desplegar tropas en la frontera con Ucrania, la "ciberactividad maliciosa", la desinformación y sus acciones de inteligencia.

"Seguiremos reforzando nuestras capacidades colectivas y las de nuestros socios para hacer frente y disuadir el comportamiento ruso que está amenazando el orden internacional basado en normas", advirtieron.

La reunión se realizó en un contexto de creciente presión para mostrar más solidaridad, máxime cuando a los países pobres les siguen faltando vacunas para luchar contra la pandemia y las campañas masivas de inmunización en los ricos permiten el desconfinamiento.

Más de mil 200 millones de dosis contra el Covid-19 se han administrado a nivel global, pero menos de uno por ciento ha sido en los países menos desarrollados. En su comunicado, el G-7 promete apoyar económicamente el programa Covax "para permitir un despliegue rápido y justo" de vacunas, aunque no anunciaron ayuda adicional.

Publicado enInternacional
Miércoles, 05 Mayo 2021 06:24

Fiebre especulativa con las criptomonedas

Hace un año el precio de ethereum era exactamente de 206 dólares. Esto equivale a una suba de 17 veces en 12 meses. Imagen: AFP

Ethereum operó por encima de los 3500 dólares

Pocos de los nuevos inversores se ponen a investigar qué es lo que compran y que propone el proyecto o la tecnología detrás de cada criptomoneda. Warren Buffett dice que son “un producto financiero inventado de la nada”.

 

La euforia por las criptomonedas sigue en aumento. Una de las principales monedas digitales del ecosistema alcanzó este martes un nuevo record de cotización. La moneda de ethereum se operó por encima de los 3500 dólares. Hace un año su precio era exactamente de 206 dólares. Esto equivale a una suba de 17 veces en 12 meses. En otras palabras: un inversor que apostó 10 mil dólares ahora podría rescatar 170.000 dólares. El monto no dista mucho del de una propiedad de dos o tres ambientes en un barrio demandado de la ciudad de Buenos Aires.

La suba sin freno de las monedas digitales sigue provocando una fuerte polémica en el mundo de las finanzas pero también entre los economistas. Algunos plantean que ethereum tiene el potencial para reemplazar al bitcoin como la principal criptomoneda del mercado. En uno de los últimos informes del JP Morgan se argumentó en esta dirección. Esto se debe a que ethereum tiene algunas características distintas a la del bitcoin como la posibilidad de programar sobre su red. También busca en el corto plazo cambiar su tecnología para gastar menos energía. 

No todos consideran que el futuro de las criptomonedas es ascendente. Primero porque en otras oportunidades como en 2017 tuvieron saltos de precio exponenciales que luego terminaron en fuertes correcciones de precios. Llegaron a perder al menos 80 por ciento de su valor en meses y se mantuvieron en esos niveles deprimidos por dos años y medio. Segundo porque el ingreso de cada vez más minoristas a este mercado recuerda a los típicos esquemas Ponzi.

Las conversaciones en los chats de inversiones de distintas redes sociales son para un manual de ciclos financieros. Amigos que se preguntan entre ellos como comprar en las principales exchange del mercado. Buscan adquirir alguna critomoneda por primera vez.

Una vez que prueban con montos chiquitos la forma en que se envía el dinero y se puede comprar alguna moneda digital se deciden a hacer una inversión algo más grande. Cuando alguien les pregunta por qué decidieron comprar cierta moneda y no otra la respuesta es siempre la misma: “le tengo fe”. Pocos de los nuevos inversores se ponen a investigar qué es lo que compran y que propone el proyecto o la tecnología detrás de esa criptomoneda.

Por este motivo algunas leyendas de Wall Street como Warren Buffett y su mano derecha Charlie Munger aseguran que las monedas digitales empezando por el bitcoin son una gran estafa. En el planteo ni siquiera pueden compararse con las puntocom.

En los 2000 hubo un derrumbe de las empresas tecnológicas. Sólo algunas empresas lograron sobrevivir y crecer en el tiempo para liderar diferentes segmentos de mercado. Para Buffet y su socio las monedas digitales no pueden compararse con esa burbuja. Mencionan que las criptomonedas son directamente “un producto financiero inventado de la nada”. El tiempo será el encargado de sentenciar quién tenía la razón.

05 de mayo de 2021

Publicado enEconomía
JPMorgan Chase ha marcado un gol en propia Superliga

Quizás JPMorgan Chase es demasiado rico y poderoso para preocuparse. Ciertamente fue tomado por sorpresa. Presumiblemente, los ejecutivos en Europa no advirtieron a los jefes en Nueva York que un plan multimillonario para cambiar la faz del fútbol europeo en beneficio de una docena de propietarios de clubes súper ricos corría el riesgo de desencadenar una tormenta política.

Como patrocinador financiero de la Superliga europea , el banco ahora podría sentirse reconfortado por el hecho de que la idea colapsó tan rápidamente bajo el peso de las protestas. No es frecuente que Boris Johnson, el primer ministro del Reino Unido, y Emmanuel Macron, el presidente francés, estén de acuerdo en algo, pero la vista desde Downing Street y el Elíseo era la misma .

Aquí había un grupo de globalistas de Wall Street que buscaban reorganizar el juego más popular de Europa sin la más mínima consideración por las opiniones o intereses de sus gerentes, jugadores y seguidores. Al menos JPMorgan Chase ahora puede limitar el daño a la reputación.

Pero hay que preguntarse qué estaba pensando el banco cuando acordó suscribir el nuevo concurso por una suma de 3.250 millones de euros, y cada uno de los miembros prometió un pago inicial de entre 200 y 300 millones de euros. Ya se habían inscrito doce clubes .

Nadie en JPMorgan Chase aparentemente había leído la carta a los accionistas escrita por su presidente y director ejecutivo Jamie Dimon en el último informe anual del banco. Publicada solo este mes, la carta mostró los esfuerzos bien publicitados de Dimon para posicionar al banco como un líder en el nuevo mundo feliz del capitalismo socialmente responsable y sostenible.

Hizo especial hincapié en la alineación de los valores del banco con los de las "comunidades" en las que opera en todo el mundo: "Como saben, durante mucho tiempo hemos defendido el papel esencial de la banca en una comunidad: su potencial para unir a las personas , para permitir que las empresas y las personas alcancen sus sueños ".

Dígaselo a los jugadores y seguidores de instituciones tan sagradas como el Manchester United y el Liverpool, y a las comunidades en las que crecieron estos grandes equipos. El plan para suplantar la actual Champions League con una competición “cerrada” entre los clubes más ricos de Europa prometía romper las tradiciones del juego, destruir su espíritu competitivo y burlarse de los pueblos y ciudades en los que están arraigados los equipos.

No importa las "comunidades". Aquí había un arreglo que ilustraba perfectamente todo lo que está mal con la globalización todo vale. La nueva liga fue diseñada con un solo propósito: extraer para los propietarios adinerados una parte aún mayor de los ingresos de los derechos de transmisión y garantizar que sus ganancias fueran estables eliminando el riesgo de que cualquier club se quede fuera de la competencia.

La otra cara era que habría extinguido el impulso competitivo del juego. Esto es lo que hace que el fútbol sea emocionante: torneos abiertos que recompensan el éxito en el campo con la oportunidad de llegar a la cima y, en el camino, derrotar a los poderosos cuando su rendimiento se desvanece. En el nuevo esquema de cosas, los fanáticos locales, nuevamente esas “comunidades”, quedarían relegados a un segundo lugar detrás de los lucrativos suscriptores digitales a miles de kilómetros de distancia. Los "dejados atrás" a los fanáticos podrían haber sido llamados.

La pandemia, que ha arruinado las finanzas de muchos deportes, jugó su papel. Y cuatro de los 12 clubes que se habían inscrito tienen propietarios estadounidenses. Quizás asumieron que un sistema cerrado que parece funcionar para el béisbol y el fútbol americano podría trasplantarse al otro lado del Atlántico. Pero ese es uno de los conceptos de la globalización. Debería poder vender lo mismo en todas partes.

Todavía escucho a personas que se declaran perplejas por el auge del populismo. Realmente no hay ningún misterio. Las insurrecciones contra las élites se han arraigado en una percepción, a menudo justa, de que el sistema estaba manipulado. Los ricos se embolsaron las ganancias de la globalización y del avance tecnológico, mientras que los que estaban más abajo en la escala se vieron obligados a asumir las inseguridades económicas. El capitalismo desenfrenado pisoteó la tradición y despreció los intereses de las comunidades locales.

Los propietarios de clubes de la Superliga propusieron aplicar esta fórmula al fútbol europeo. En la descripción de Aleksander Ceferin, el presidente del organismo rector del juego europeo, Uefa, el plan era crear “una tienda cerrada dirigida por unos pocos codiciosos y selectos”. Casi todos los que tenían un papel o un interés pasajero en lo que se llama el juego hermoso estuvieron de acuerdo con él. A Dimon ahora le gustaría preguntarse cómo JPMorgan Chase se encontró en el lado equivocado de este argumento.

25 abril 2021

(Tomado de Finacial Times / Traducción Cubadebate)

Publicado enSociedad
Sábado, 24 Abril 2021 06:38

Covax: la trampa

Covax: la trampa

Hay muchas paradojas en esta pandemia, la mayoría sobre cómo los más ricos y poderosos se benefician del desastre y lo empeoran. El mecanismo Covax es una de ellas. Se presenta como forma de acceso más equitativo a las vacunas para Covid-19, pero en realidad es una forma de facilitar los negocios de las grandes farmacéuticas y proteger sus patentes, lo cual impide que los países del sur global puedan disponer de suficientes vacunas. No es un efecto secundario o accidental: la escasez es un elemento importante para las empresas, ya que garantiza la demanda y aumenta los precios.

Un reciente reporte sobre Covax del experto Harris Gleckman –antes funcionario de la ONU– publicado por Amigos de la Tierra Internacional, analiza con rigurosidad el mecanismo, revelando una perversa iniciativa comercial contra la salud pública, diseñado y promovido por la Fundación Bill y Melinda Gates (https://tinyurl.com/2swf356f).

Covax funciona como un banco comercial para hacer compras conjuntas a gran escala a las trasnacionales, lo que a éstas les otorga aún mayor seguridad a sus inversiones aunque ya han recibido cuantiosa financiación pública para desarrollarlas (https://tinyurl.com/ykabcmw9). No cuestiona sus precios ni condiciones leoninas. Al contrario, facilita a las empresas la entrada a nuevos mercados en países pobres, sin costo ni riesgo para ellas. Las miserables entregas "gratuitas" que realiza a esos países ya han sido pagadas por otros o por instituciones públicas multilaterales. Al entrar con vacunas patentadas, favorece los mecanismos de mercado en la atención de salud pública.

Que se produzcan y distribuyan equitativamente vacunas seguras en una pandemia global, es una responsabilidad de la OMS (Organización Mundial de la Salud de Naciones Unidas), no de una institución privada como Covax. Se ha apropiado de tal función para prevenir que se tomen medidas imprescindibles y necesarias, como la cancelación de patentes y el apoyo internacional al fortalecimiento de capacidades nacionales para prevenir próximas pandemias. Como asociación público-privada, Covax es una institución de "partes interesadas" ( stakeholders), sin transparencia ni rendición de cuentas, donde los grandes actores privados como la gran industria farmacéutica, que actúa por interés de lucro, decide tanto o más que gobiernos e instancias públicas de la comunidad internacional.

Fue fundada por la Alianza Mundial para las Vacunas e Inmunización y la Coalición para las Innovaciones en la Preparación para Epidemias (GAVI y CEPI, por sus siglas en inglés), esta última fundada en el Foro Económico Mundial de Davos, ambas diseñadas y financiadas por la Fundación Bill y Melinda Gates. Aunque la OMS figura también como fundador y participante, su papel es marginal y parece más bien una fachada. GAVI es la que administra el mecanismo y su máxima instancia de decisión está presidida por los presidentes de directorio de GAVI y CEPI. Se han enlistado en Covax 180 gobiernos, pero deciden poco o nada sobre sus formas de acción, contratos, etcétera.

Según la OMS, el porcentaje de vacunación para obtener inmunidad colectiva debería ser mayor a 60 por ciento en todos los países simultáneamente. Numerosos reportes de Naciones Unidas y prensa dan cuenta diariamente de cómo los países industrializados acaparan la mayoría de las vacunas, incluso algunos países como Canadá, más de tres veces las dosis necesarias para toda su población. Covax no ha hecho nada, salvo pedir amablemente a esos países que donen las vacunas que no van a usar (ya pagadas a las empresas, obviamente).

Para lograr ese nivel de vacunación global, la única vía sería que todos los países con capacidad de producir vacunas a nivel nacional lo hicieran y apoyaran directamente a los que no lo tienen. Un primer paso para ello es cancelar todas las patentes y otras restricciones de propiedad intelectual para acceso y transferencia de vacunas y tratamientos relacionados a Covid-19. Esto ya fue planteado por India y Sudáfrica, apoyado por más de 100 países, en la Organización Mundial de Comercio (OMC), pero Estados Unidos, Europa y otros países sede de trasnacionales farmacéuticas se han opuesto ferozmente (https://tinyurl.com/2mh79293).

Varios países del sur global, entre ellos India, Sudáfrica y Brasil tienen capacidad de producción y distribución de vacunas. En muchos más esa capacidad ha sido debilitada por las políticas neoliberales de las últimas décadas, pero podrían ser apoyados para reactivar la producción nacional. Esto es lo que Covax quiere impedir, siguiendo el modelo de acción que lleva también GAVI.

Covax funciona también como una forma de privilegiar las vacunas transgénicas, patentadas y altamente experimentales, llenas de incertidumbres y riesgos, como las basadas en ADN (entre ellas AstraZeneca, Johnson & Johnson) y las de ARN (como Pfizer y Moderna). El reporte de Gleckman señala que también ha funcionado para marginar las opciones más accesibles y públicas producidas en China y Rusia.

Lamentablemente, no sólo Covax, también la OMS y gobiernos promueven esas vacunas más caras y riesgosas, obviando que las empresas seguirán provocando escasez y que existen opciones con métodos convencionales probados, como virus atenuados, inactivados o de subunidades proteicas, que además son las que mejor se podrían producir a nivel nacional.

Por Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC

Sábado, 24 Abril 2021 05:35

El medio ambiente en la agenda de la OMC

La OMC busca incentivar las energías renovables.

Debate propuestas para que las políticas comerciales contemplen la cuestión

Analizan la liberalización del comercio en bienes y servicios vinculados al medio ambiente, como por ejemplo todo lo relacionado a energías renovables. 

En la Organización Mundial del Comercio (OMC) se debaten propuestas para que las políticas comerciales como aranceles, regulación sobre subsidios y áreas de libre comercio contemplen a la cuestión medioambiental. Hay varios canales de trabajo sobre este tema, dentro de los cuales se destaca el panel de Discusiones Estructuradas sobre Comercio, Medio Ambiente y Sustentabilidad (TESSD por sus siglas en inglés) integrado por 53 países y un “Club del Clima” liderado por Nueva Zelanda junto a Costa Rica, Fiji, Islandia Noruega y Suiza. La próxima cumbre de la OMC a fines de este año va a consolidar a estos grupos mientras se espera que el apoyo de la administración de Joe Biden termine de inclinar la balanza.

La cuestión medioambiental está encaminada a imprimir cambios en la institucionalidad global. El FMI viene haciendo hincapié en esta materia, con una serie cada vez más larga de documentos, declaraciones y promesas. Hasta ahora, lo más fuerte es la propuesta del Fondo junto al Banco Mundial para que las políticas de los países en la lucha contra el cambio climático tengan impacto positivo en el alivio de sus deudas externas. “Para los países que tienen poco espacio para emitir deuda, el financiamiento del crecimiento verde requiere garantías y préstamos que pueden ser incrementados gracias a alivios de deuda o reperfilamientos. Si estos temas no se toman en cuenta de forma conjunta, tanto la vulnerabilidad macroeconómica como el cambio climático representan riesgos sistémicos para la economía global", dice el documento conjunto que se va a presentar formalmente en la próxima cumbre climática de la ONU, en noviembre de este año.

Otra de las grandes instituciones globales es la OMC, en donde circulan iniciativas que vinculan el comercio con la cuestión medioambiental. Se destaca el panel de Discusiones Estructuradas sobre Comercio, Medio Ambiente y Sustentabilidad (TESSD por sus siglas en inglés), creado en noviembre pasado por 53 miembros de la OMC entre los cuales están la Unión Europea, Australia, Canadá, Chile, Costa Rica, Japón, Corea del Sur, México, Nueva Zelanda, Noruega, Suiza y el Reino Unido. El grupo se reunió el mes pasado y se puso como objetivo discutir en la cumbre de la OMC de este año la liberalización del comercio en bienes y servicios vinculados al medio ambiente, como por ejemplo todo lo relacionado a energías renovables. También está en carpeta la descarbonización de las cadenas de valor y la economía circular.

“Los países que asuman ese compromiso podrían facilitar entre sí el comercio de bienes reciclables y viceversa, castigar a los ni reciclables, así como también la suba de aranceles para los orígenes de mercaderías y servicios que no tengan compromisos de reducción de emisiones de carbono o liberalizar el comercio vinculado a tecnologías verdes”, explican desde la OMC.

En el organismo ven que a mediano plazo puede llegar a tener impacto la modalidad de los “Clubes del Clima”, que son países que acuerdan un paquete de normas para facilitar el comercio de bienes y servicios relacionados al medio ambiente. En esa línea se inscribe el Acuerdo sobre Cambio Climático, Comercio y Sustentabilidad (ACCTS por sus siglas en inglés), un “club” formado por Nueva Zelanda, Costa Rica, Fiji, Islandia, Noruega y Suiza.

Los países del ACCTS buscan avanzar para “remover los aranceles en bienes y servicios medioambientales, lo cual implica que serán más baratos en nuestros países, acelerando los procesos de incorporación a las economías”. En segundo lugar, quieren establecer disciplinas para eliminar los subsidios a los combustibles fósiles –como es el Plan Gas vigente en la Argentina hasta 2024--. “Se requiere en la OMC el uso de reglas de comercio sobre los subsidios a los combustibles fósiles, igual que como sucede en el caso de los subsidios a bienes industriales y en la agricultura”, indican. Por último, buscan promover la aplicación del etiquetado verde.

Por otro lado, hay una iniciativa en la OMC liderada por China para frenar el ingreso a ese país de residuos plásticos y electrónicos, lo cual viene trayendo problemas a otros destinos como Filipinas, Vietnam y Malasia. En el fondo, es una posición que choca con los Estados Unidos y Canadá, principales exportadores de esos residuos.

Por Javier Lewkowicz

24 de abril de 2021

Publicado enEconomía
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