Domingo, 06 Diciembre 2020 05:17

China coge el trono del comercio mundial

Contenedores apilados en el puerto de Qingdao, en la provincia china de Shandong.Zhang Jingang/VCG/ Getty Images

La recién estrenada alianza entre Asia y Pacífico confirma la pujanza de la región en la economía mundial y refuerza el papel de Pekín como adalid del multilateralismo

 

La carta de presentación es de por sí rotunda: 15 países del mundo, con China entre ellos y que en conjunto representan el 30% del PIB mundial, han firmado la mayor alianza comercial del planeta. Bautizada como Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por sus siglas en inglés), está formada por naciones de Asia y Oceanía y deja al margen a Estados Unidos, retirado de los grandes acuerdos de comercio desde la victoria electoral de Donald Trump en 2016. Con sus más y sus menos, pues los críticos advierten de las limitaciones y escasa ambición del pacto, la RCEP constata varias realidades: el auge de Asia en el panorama geopolítico y económico mundial y el creciente rol de China como autoproclamado adalid del multilateralismo en época de repliegue.

Han sido ocho años de negociaciones que han concluido en un momento clave. Su rúbrica coincide, o probablemente se hizo que coincidiera, con los estertores de la Administración Trump, el gran propulsor del “América primero” y el “desacople” económico, vistos como un intento de dar marcha atrás a décadas de globalización. Lanzado por la ASEAN (Asociación de Naciones del Sureste Asiático, conformada por Singapur, Malasia, Indonesia, Filipinas, Vietnam, Tailandia, Camboya, Laos, Myanmar y Brunéi) en 2011 y después impulsado por China como contrapeso al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) de marca estadounidense —hasta que Trump retiró del mismo a la primera economía mundial en 2017—, su firma es vista por muchos como un logro en sí misma. “Genera en Asia-Pacífico un sentimiento de que hay vida todavía, con o sin Estados Unidos”, resume Deborah Elms, del Centro de Comercio de Asia, en una nota.

Hay vida y también un camino de futuro cada vez más claro. La RCEP, formada por China, Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda y la ASEAN, después de que India se saliera de las negociaciones el pasado año, elimina aranceles sobre más del 90% de los bienes intercambiados entre los miembros. Aunque muchos de los países ya tienen acuerdos de libre comercio mutuos, y siete de sus miembros también forman parte del CPTPP (el nuevo TPP que se firmó sin Estados Unidos en 2018, formado por Australia, Brunéi, Canadá, Chile, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur y Vietnam), hay novedades significativas.

La RCEP sí supone el primer tratado de libre comercio entre China y Japón y entre Japón y Corea del Sur, economías claves de Asia. E incorpora un elemento técnico fundamental, destacado incluso por las voces más críticas: el acuerdo implica que todos los países que lo integran solo necesitan un certificado de origen para enviar productos entre los miembros, lo que reduce costes y facilita los intercambios.

En la práctica esto se puede traducir en más comercio “en Asia para Asia”, considera Johanna Chua, analista de Citi, en un comunicado, pudiendo revertir en el futuro la situación actual. Si bien gran parte de los países de la RCEP son fuerzas exportadoras, la mayoría de bienes se ha enviado tradicionalmente fuera de la región, a Estados Unidos y Europa en particular, mientras el comercio dentro de Asia ha sido más modesto. El acuerdo también incluye reuniones periódicas entre representantes de cada país, y se espera que se convierta en una plataforma para la discusión de asuntos económicos y comerciales, favoreciendo la integración regional. “En consecuencia, India y Estados Unidos son los principales perdedores, como ocurrió con el CPTPP, ya que se quedan al margen de la regla del certificado de origen único y de los procesos de toma de decisiones”, apunta Mike Bird, analista de Dow Jones.

Pero no todo son loas. El mismo Bird subraya las “debilidades” del pacto y la “falta de ambición” del proyecto. La reducción de aranceles es inferior a la del CPTPP, por ejemplo, y la RCEP no incluye reglas de protección laboral o medioambiental, mientras el primero sí lo hace. Sus secciones sobre la resolución de disputas comerciales o las inversiones son “relativamente débiles”, alerta por su parte el Centro para los Estudios Internacionales y Estratégicos (CSIS, por sus siglas en inglés). En este aspecto, sí se espera que la RCEP tenga planes de crear una secretaría que se encargue de dirimir las fricciones entre los países miembros. Otra de las críticas más frecuentes es que tampoco incluye convenios sobre comercio digital ni reglas acerca del flujo de información transfronterizo.

Para Bird, incluso el liderazgo de China queda en entredicho. “El acuerdo se presenta como una victoria para el Gobierno chino, pero sus debilidades hacen que Pekín esté lejos de tener una posición de liderazgo en comercio regional”, incide. Aunque en la práctica puede que así sea, pues una buena parte del contenido de los acuerdos y los reglamentos está elaborado por parte de otros miembros, muchos analistas coinciden en que la RCEP supone un tanto para China, al menos desde el punto de vista diplomático.

Espaldarazo

La RCEP, que adelanta a la Unión Europea como el mayor bloque de libre comercio global, incluyendo a casi un tercio de la población y la producción económica mundial, refuerza la narrativa de una China en auge y un Estados Unidos en declive, sobre todo tras el periodo aislacionista de la primera economía mundial durante el mandato de Trump. Para algunos la RCEP es, por lo tanto, la última muestra de la creciente influencia de China, primero en Asia y después en el mundo. Una visión que se puede quedar corta, pues más que reforzar únicamente a China da un espaldarazo general a las economías asiáticas que lo integran y que pueden a través de él mejorar su competitividad y hacer frente al peso manufacturero de la segunda economía mundial.

Su puesta en práctica, que podría demorarse un año hasta que al menos seis de los 10 países de la ASEAN y otros tres de los cinco miembros restantes lo ratifiquen, coincidirá en principio con una revitalización de las 15 economías en un escenario postcovid. Ambas circunstancias pueden allanar el camino para “años de un buen ritmo de crecimiento” en Asia, apunta Deborah Elms, directora del Centro Asiático de Comercio, lo que contribuiría a desplazar cada vez más el eje geopolítico y económico hacia este continente, que supondrá el 50% del PIB mundial y hasta un 40% del consumo global en 2040, según la consultora McKinsey.

 

Singapur - 05 Dec 2020 - 18:30 COT

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Viernes, 27 Noviembre 2020 06:14

¿Quién mató a Diego?

¿Quién mató a Diego?

Muchos lloran su muerte, pero la mayoría acabaron con su vida. Son cómplices necesarios. Periodistas deportivos, cronistas políticos, tertulianos, cómicos. Aquellos que pasan del amor al odio en cuestión de segundos, que disfrazan su mediocridad bajo la crítica fácil y la descalificación. Se han reído de sus enfermedades, de su adicción, la han instrumentalizado para subir audiencia. A esta lista, debemos agregar compañeros, quienes compartieron vestuario, los que callaron. Lo abandonaron. Los presidentes de clubes en los cuales se entregó en cada partido, lo ningunearon. Lo transformaron en un esclavo de sus intereses, fue moneda de cambio.

Diego jugó y jugaba con la pelota. Fuese de trapo, plástico, cuero, o papel en una media anudada. Pero le tocó vivir en un mundo en transición, el tiempo del neoliberalismo, donde el futbol mutaba en negocio especulativo. Incluso el balón tuvo nombre. Diego retrasó su advenimiento, pero lo situó en el centro del huracán. La televisión era el medio de comunicación por excelencia. Titulares, entrevistas, era noticia.

En 1990, cuando Maradona había dado todo al Nápoles, su afición lo criminalizó. No soportaron la eliminación de Italia en el Mundial de Futbol a manos de Argentina. Lo persiguió el poder y su equipo lo aisló. La FIFA lo inhabilitó por consumo de drogas. Hubo de abandonar Italia, con su mujer e hijas, una familia rota. Un viaje entre la desesperación y la depresión. Tenía 30 años. Su vida se desmoronaba. Unos pocos amigos dieron la cara, el resto se dedicó a maldecir. Surgió un Maradona al cual difamar. La prensa amarillista lo hundió un poco más. Periodistas sin escrúpulos. Ocupó las primeras planas de todos los periódicos del mundo por lo que hacía, dejaba de hacer, decía o dejaba de decir. Así fueron sus segundos 30 años. Idas y venidas. Recaídas y momentos de euforia. Jugaron con su persona, lo maltrataron, lo persiguieron, hasta hundirlo en una profunda depresión. Los que hasta hace 24 horas lo ridiculizaban, hoy le lloran. La hipocresía les acompaña. Nunca soportaron su compromiso político, del cual se enorgullecía y con razón. La revolución cubana, su apoyo a Venezuela, la petición de salida al mar para Bolivia o la defensa de Lula da Silva. Se solidarizó con Cuba y Fidel, se abrazó a Chávez y Maduro, apoyó a todos los líderes populares. Cuba le tendió la mano en medio del tormento. Un país nada futbolero, supo de su grandeza. Entendió su sufrimiento. Pero otra vez padeció la mofa de la prensa. Hiciese lo que hiciese, su vida se fue apagando, entre la desilusión y la incomprensión. En Internet, YouTube o Twitter fue objetivo fácil de aquellos que desde el anonimato lo trasformaron en un monstruo. Todos, unos y otros, no tuvieron la humanidad de la que ahora hacen gala. Lo maltrataron hasta quebrarlo.

Maradona cometía tantos pecados que hasta sus muchos pecadores que lo rodearon de tentaciones se animaron a juzgarlo y simulando ser inmaculados pusieron el grito en el cielo. Un personaje excesivamente famoso que las élites dominantes utilizaron para hacer fortuna, también excesivamente. En el Mundial del 86, en México, fue coronado como rey del futbol, después de gambetearle a todos los rivales ingleses que le aparecieron e hiciera el gol más bonito de la historia. Eso fue después que Dios le prestara la mano en ese mismo partido. Víctima del personaje que hubo de representar, Diego fue desapareciendo y Maradona tomó su lugar para protegerse. La batalla era desigual. Diego era un amigo entrañable, cariñoso y generoso. Diego era un chico de barrio. Había nacido en Buenos Aires, en una población de miseria. Se llamaba Villa Florito, condenado al hambre y la miseria. Su sueño ayudar a sus padres y hermanos. Comprar una vivienda para su familia y jugar al futbol en un equipo de primera división. Diego jugaba al futbol como dios, pero mejor. Con la pelota esquivaba el hambre y la tristeza. Repartía alegría, ilusiones, fantasías y belleza. Diego no abandonó nunca a la gente de su barrio, de su clase social. Y siempre alzó la voz. Denunció las injusticias, se encaró con los que mandan para defenderse y defenderlos. Por eso, Diego vivirá siempre en su pueblo y en el recuerdo de todo el mundo que supo apreciar, disfrutar de su arte y compartir su rebeldía. Lo mató Maradona. Y a Maradona lo mataron quienes lo explotaron hasta el último día. Quienes lo sabían y no hicieron nada, quienes no sabían y prefirieron no saber. Todos, salvo aquellos que no sabían y en todo caso no podían hacer otra cosa que amarlo.

El gasto social de México, último en la lista de la OCDE

Dora Villanueva

México es el país con menor gasto social entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), incluso por debajo de otros países de América Latina como Chile, Colombia y Costa Rica, reportó el organismo.

El gasto público de México en pensiones, servicios de salud, sistemas de cuidado a infantes, desempleados y para educación, entre otros, alcanzó 7.5 por ciento del producto interno bruto (PIB), menos de la mitad del promedio de 20 por ciento en la OCDE.

En el extremo opuesto se encuentra Francia, donde el gasto público social es de 31 por ciento del PIB. También destacan Austria, Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Alemania, Italia, Noruega y Suecia que invierten más de una cuarta parte del PIB en servicios y transferencias para la población.

La OCDE expuso que pensiones y salud son los principales destinos del gasto público social en todos los países comparados. Las primeras absorben en promedio 7.8 por ciento del PIB y los servicios médicos 5.6 por ciento.

La composición del gasto público promedio de México entre 2017 y 2019 fue de 3.1 por ciento que se destinó a pensiones y, aunque ya están cerca del billón de pesos en el Presupuesto de Egresos de la Federación de 2021, es de los más bajos de la OCDE, sólo detrás de Chile y Corea, ambos con 2.8 por ciento. En contraste, Italia gasta 15.6 por ciento de su PIB en esta prestación.

En un documento, la OCDE explicó que el gasto en pensiones que hace el país es mucho más bajo que en Italia, porque tiene una población relativamente joven, pero también porque los jubilados italianos tienen muchas más probabilidades de recibir una pensión que en México, donde menos de la mitad de las personas mayores la reciben.

Por otro lado, mientras Francia destina hasta 8.5 por ciento de su PIB en gasto público a salud, México invierte 2.8 por ciento; es el segundo más bajo entre los países que conforman la OCDE, sólo detrás de Holanda, que en este rubro se recarga más en recursos privados.

El resto del gasto público mexicano es en servicios distintos a la salud y en transferencias directas a la población, detalló.

El organismo explicó que durante la última década el gasto público social entre los países de la OCDE disminuyó a 20 por ciento del PIB en 2019; viene de alcanzar su pico más reciente con la gran crisis financiera, cuando ascendió a 21 por ciento del PIB en 2009.

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Nick Buxton: “Hay una industria de la vigilancia que ve la pandemia como una oportunidad para vender y probar nuevas tecnologías”

El activista y experto en comunicación del Transnational Institute, Nick Buxton, dibuja una batalla abierta por esta nueva crisis donde se necesitan soluciones, respuestas y políticas que muestren que un mundo alternativo es posible.

 

Aprovechar las crisis para imponer nuevas políticas que antes despertarían recelo en la población. Impulsar medidas neoliberales como soluciones a los problemas que esas mismas políticas han creado. Fingir que cambian cosas para que nada cambie. La crisis del covid-19 es nueva, pero los movimientos geoplíticos y corporativos son muy parecidos a los de siempre. Así ve Nick Buxton gran parte de los acontecimientos políticos y económicos que rodean la pandemia, así como unas elecciones entre Trump y Biden en las que, según él, “las élites y los poderes militares estadounidenses están felices con cualquiera de los dos candidatos”.

Buxton es experto en comuncación y activista en temas de política fronteriza, cambio climático, militarismo y justicia económica. Es editor del informe anual Estado del poder publicado por el Transnational Institute (TNI) y ha participado recientemente en un informe en el que detallan diez propuestas para financiar la salida de la crisis. Aunque nació en el Reino Unido y vivido en Bolivia, Pakistan y la India, responde a El Salto desde su actual residencia en California.

Pasamos de un negacionista de la crisis climática como Trump a un perfil continuista del Partido Democrática como Joe Biden. ¿Qué futuro tiene la política medioambiental estadounidense? ¿Crees que veremos un cambio de rumbo?
En términos de debate político y de conciencia pública, ha habido un cambio profundo. En todos los debates presidenciales de 2016, solo cinco minutos y 27 segundos fueron empleados en hablar del cambio climático y los compromisos en la Plataforma Demócrata fueron difusos y limitados. En cambio, a pesar del negacionismo de Trump, el tema este año fue mucho más central en todos los debates presidenciales y el programa del Partido Demócrata es más detallado y ambicioso. Hay solamente una razón que ha promovido ese cambio, los esfuerzos de los activistas -los jóvenes, estudiantes, movimientos como el Sunrise movement- que han exigido acción concreta sobre la crisis climática y han avanzado la demanda por un Green New Deal. Muchos de los movimientos apoyaron la candidatura de Bernie Sanders en las primarias presidenciales y cuando perdió, empujo un proceso donde había comités formado por funcionarios de Biden y Sanders que forzaron a Biden a aceptar un plan mucho más ambicioso sobre el cambio climático.

Sin embargo, una cosa es la postura y las promesas y otra es la realidad y lo que podemos esperar en términos de legislación y decretos. El poder de la industria petrolera sigue siendo muy fuerte dentro del Partido Demócrata y será muy difícil de superar. Siguen donando a campañas de muchos congresistas y senadores demócratas, están siempre en los pasillos de poder haciendo lobby y gastando millones de dólares en campañas para lavar su imagen y atacar cualquier propuesta que realmente amenace su poder. Van a hacer todo lo posible para promover propuestas falsas y débiles en los próximos años. Durante la transición, ya se ven señales de que están imponiendo su poder. Esta semana pasada, por ejemplo, Biden nombró al congresista Cedric Richmond para ser el intermediario con empresas y activistas en referencia a la agenda de cambio climático. Richmond tiene una larga y pésima historia como oposición a varias iniciativas legislativas sobre el medio ambiente. De hecho, él mismo también ha recibido 341.000 dólares de donaciones en los últimos diez años de la industria petrolera.

La realidad es que la candidatura de Biden es un intento de volver a un mítico pasado neoliberal donde ambos partidos colaboraban, donde había más en común que separación y donde había un consenso a favor de los intereses de las corporaciones. La esperanza, en esta ocasión, es que los movimientos ambientalistas son mucho más fuertes y mucho más  determinados a poner justicia social y racial en el centro de sus demandas. Estos movimientos no van a aceptar medidas diluidas o neoliberales y van a empujar una agenda radical y ambiciosa.

La era Trump también ha constituido un repliegue de la globalización con algunas medidas proteccionistas que han favorecido a las grandes empresas estadounidenses y atacado directamente al país que compite por ser el poder hegemónico, China. ¿Crees que cambiará algo al respecto con este nuevo presidente?
La verdad es que no creo que mucho cambie con Biden en este sentido, salvo la retórica. Biden habla de cooperación y no va a empezar batallas en Twitter, pero seguirá con una política para avanzar en los intereses económicos y políticos de los Estados Unidos. En términos de comercio, Biden ya ha dicho que no quiere lanzar nuevos acuerdos de libre comercio en el futuro cercano y quiere priorizar la industria doméstica, una política muy próxima a la de Trump.

Y en referencia a China, Biden habla del país como un competidor estratégico y no un enemigo como lo pinta Trump, pero ambos están muy preocupados por su crecimiento, que es una preocupación del Pentágono desde hace unos años. Fue durante la presidencia de Obama, donde EE UU empezó 'el pivote hacia Asia', cuando las fuerzas armadas empezaron a desviar recursos y atención del Medio Oriente hacia Asia. Sabemos que, al final, las élites y los poderes militares estadounidenses están felices con cualquiera de los dos candidatos. Hay una cierta antipatía hacia Trump por su retórica belicosa y sus instintos unilaterales, pero al mismo tiempo están muy satisfechos porque detrás de su retórica, Trump subió los presupuestos militares a su más alto nivel y bajo los impuestos para las transnacionales al más bajo. Y con Biden, tienen un líder centrista que quiere volver a un orden neoliberal e imperialista detrás de una retórica más bella, por lo que no tienen nada que perder.

Medios de comunicación sacan noticias alarmistas sobre “inmigrantes con covid”... ¿Será la pandemia una nueva excusa para reforzar la militarización de las fronteras de los países del norte?
Por supuesto que sí. Los poderes militarizados siempre buscan amenazas y riesgos para generar el miedo y avanzar en los procesos de militarización. Ya hemos visto la clausura de fronteras por razones de la pandemia. Casi 40% de los países cerraron sus fronteras completamente por un periodo de tiempo. Aunque haya una razón de salud, el problema es que se normaliza y que algunos países están aprovechando para rechazar y repudiar refugiados que están buscando asilo. Italia, por ejemplo, aprovechó la pandemia para mantener en sus puertos varias embarcaciones de rescate humanitario para migrantes que cruzan el Mediterráneo. En los Estados Unidos, Trump aprovechó la pandemia para impedir la entrada y deportar a cualquier persona sin documentos que llegaban a las fronteras y han desplegado más fuerzas armadas en su frontera. En Malasia, el Gobierno realizó redadas en Kuala Lumpur para detener refugiados.

¿Qué papel juega el poder corporativo aquí?
Más allá de los impactos inmediatos, hay toda una industria de monitoreo y vigilancia que ve la pandemia como una oportunidad para vender y probar nuevas tecnologías que quieren desplegar en las fronteras. La Agencia de Aduana y Protección de las Fronteras de los Estados Unidos, por ejemplo, está aprovechando para impulsar sus sistemas biométricos y sus escáneres de caras con la excusa de que es más higiénico que los antiguos sistemas dactilares. La industria digital está desdibujando, cada vez más, las categorías de seguridad entre los usos militares y civiles, y entre los usos medicinales y de vigilancia policial. Es muy importante estar alerta y no permitir cambios temporales justificados por la salud que podrían volverse permanentes, con consecuencias graves para nuestros derechos humanos.

Y en cuanto al control de la población por parte de los gobiernos en los países del norte, ¿qué crees que puede cambiar con esta nueva crisis?
Esto dependerá mucho de nosotros. Tras el 11 de septiembre, el aumento de vigilancia, la militarización de la sociedad, la persecución y la limitación de la movilización de los movimientos sociales se volvieron permanente con consecuencias que sufrimos todavía hoy, que no hemos recuperado. Estamos en un mundo de securitización mucho más fuerte que antes del 11 de septiembre. La única victoria, tal vez, fue el movimiento contra la guerra, que por lo menos disminuyó e impidió más guerras lanzadas por los Estados Unidos, pero perdimos mucho espacio doméstico y permitimos un aumento de las restricciones y la persecución de minorías, como sufre la comunidad musulmana en muchos países. En el caso de la crisis económica de 2008, tardamos un poco en responder pero hubo fuertes reacciones y levantamientos populares, especialmente en España con los indignados, y por lo menos pudimos cambiar el debate para que esta vez no sea tan fácil para las elites volver a imponer una política de austeridad. Por lo que hay que aprender de estas experiencias, aprender de los errores y, en esta ocasión, aprovechar para que nuestras ideas, soluciones y propuestas avancen, además de no permitir que la crisis lleve a una normalización de las políticas de control. En vez de eso, debemos demandar una sociedad digna, justa, solidaria y en equilibrio con nuestros ecosistemas.

En la anterior crisis podíamos señalar a culpables, al sector financiero. En esta nueva crisis, parece que el virus está sirviendo de excusa para que no se señale a nadie como culpable. ¿Está fallando la izquierda a la hora de comunicar y señalar las causas de la crisis? ¿y la prensa?
Es cierto que las causas son más complejas, pero al mismo tiempo las soluciones son más obvias y no son soluciones militarizadas y neoliberales. Todo el presupuesto militar no sirve para nada contra un virus fatal que hasta hoy ha matado a 1.358.411 personas, mucho más que cualquier ataque terrorista en los que, para combatirlos, gastamos miles de millones de dólares. Y la política neoliberal y el libre mercado no sirve para abastecer las necesidades de salud, como los medicamentos, los hospitales, el equipamiento médico, el apoyo financiero en casos de desempleo, etc. Necesitan respuestas y políticas públicas y comunitarias, basadas en la idea de proteger a los más vulnerables. Y sabiendo que estamos frente a múltiples crisis, especialmente la crisis climática que nos plantea riesgos peores que la pandemia actual, tenemos que exigir lo mismo: respuestas públicas y solidarias. La autora Arundhati Roy ha hablado de la pandemia como un portal en cual podemos elegir cómo queremos cruzar: con nuestros prejuicios, odio, avaricia e ideas muertas o sin equipaje, ligeros, listos para imaginar otro mundo y luchar para alcanzarlo. Podemos también pensar en ello como un portal que no va a estar abierto por mucho tiempo. Tenemos que aprovechar la crisis para normalizar las políticas que salieron de la emergencia y que queremos mantener. También debemos aprovechar este periodo antes de que finalice la pandemia para movilizar y rechazar los intentos de volver a las antiguas políticas, exigiendo que queremos salir de esta crisis global con políticas diferentes, emancipatorias y justas.

En un mundo de evasión y libre movimiento de capitales, de paraísos fiscales y de una economía cada vez más financiarizada y menos real, ¿cómo podemos financiar la salida de esta nueva crisis?
Sabemos que hay dinero, solamente que está en las manos equivocadas. Hicimos una investigación recientemente en el Transnational Institute (TNI) que mostró que solamente diez propuestas podrían recaudar 9,4 billones de dólares al año en todo el mundo. Lo suficiente para pagar los costes de la pandemia, los Objetivos de Desarrollo Sostenible, una transición climática justa y reparaciones por la esclavitud a los países del Sur. Esto es en lo que la izquierda tiene que avanzar ahora mismo. Son las soluciones, las respuestas, las políticas que muestran que un mundo alternativo es posible y solamente necesitas voluntad política para implementarlo. Como ya ocurrió en otras ocasiones, este camino necesitará una nueva oleada de protestas callejeras para hacer presión política para que se conviertan en realidad.

Por Yago Álvarez Barba

@EconoCabreado

26 nov 2020 07:00

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Gran Bretaña permuta su post-Brexit por la geopolítica del Indo-Pacífico

Si nos basamos en el célebre "memorando Crowe" que enuncia Kissinger en su libro On China –que desembocó en las dos guerras mundiales que instigó Gran Bretaña (GB) contra Alemania–, su salida de la Unión Europea (UE) mediante el Brexit se debe en gran medida a su rezagado desempeño geoeconómico ante Alemania que la vuelve a superar en más de un siglo. A GB le fascina liderar por lo que ya no tiene más cabida en una UE controlada por Alemania y Francia, sus añejos adversarios.

Ante el doble estrepitoso fracaso tanto de la dupla Obama/Hillary –presuntos instrumentos británicos de la banca Rothschild y su peón Soros– como de Trump, para descarrilar a China y sabotear la asociación estratégica de Moscú con Pekín, GB opta por una nueva geopolítica: incorporarse al concepto geoestratégico "Indo-Pacífico".

Trump y Biden tienen el mismo objetivo hegemónico de EU, pero con diferentes métodos mercadotécnicos: dos caras de la misma moneda irrendentista de EU que elaboran los reportes del Pentágono que define a Rusia y China como “competidores (https://bit.ly/2UXS8Sx)”.

Ekaternina Blinova (EB), del influyente portal Sputnik, desmenuza la nueva geopolítica "post-Brexit" de GB en la región “Indo-Pacífico (https://bit.ly/2V03ANI)”, con base en un reporte del think tank británico conservador Policy Exchange (https://bit.ly/3fzC6aX).

El primer conservador británico, Boris Johnson, de los primeros en arrojar a Trump debajo del autobús, pretende regresar a GB como la reina imperial de los mares mediante una azorante inversión para los próximos 30 años de 32 mil millones de dólares con el fin de restaurar a la Royal Navy como la “más poderosa fuerza marítima de Europa (Telegraph, 18/11/20)”. Su centralidad radica en que GB debe tener "un mayor papel en la región Indo-Pacífico" y en la "necesidad de aliarse con EU para confrontar el ascenso de China". Su estrategia contempla la membresía de GB a los acuerdos de libre comercio en el Indo-Pacífico, específicamente a la agrupación TPP de la que se salió Trump (https://bit.ly/3pYhoX5), a la que quizá regrese Biden y vincularía a GB "a más de 13 por ciento del PIB global como el tercer bloque comercial más grande del planeta". GB explotaría su expertise financierista "volteando a ver de nuevo a Oriente y diversificando sus relaciones comerciales".

GB irrumpe sin ser un país de la región "Asia-Pacífico", como lo son las otras tres entidades anglosajonas de EU/Australia/Nueva Zelanda. No es gratuito que el reporte de Policy Exchange haya sido divulgado siete días después al impactante anuncio del 15-RCEP (https://bit.ly/3nQqQKg), cuya columna vertebral lo constituye la "trilateralidad" de tres potencias geoeconómicas del noreste asiático: China/Japón/Sudcorea (https://bit.ly/2UWS4Th). En el más depurado estilo de la piratería británica, el reporte no oculta que la "centralidad" de la nueva estrategia de GB contará con la cobertura nuclear para su comercio asiático –como vulgar calca de las dos guerras del opio que le propinó a Pekín (1839-42 y 1856-60)– cuando el año entrante zarpe en el Indo-Pacífico su nuevo portaaviones HMS Queen Elizabeth, que Johnson califica como "el más ambicioso despliegue militar de GB en dos décadas".

No hay comercio que valga sin blindaje nuclear. GB atraviesa de nuevo el Canal de Suez de donde se había retirado en 1968, cuando se consagró más a la financiarización de las plazas de Singapur y Hong Kong que le redituaban mucho más.

La dupla anglosajona de EU y GB suele operar como si no tuviera adversarios en frente y como si China y Rusia estuvieran mancos, pero tampoco comen lumbre a sabiendas de los revires o las represalias de Pekín con quien GB "tiene lazos financieros (sic) significativos", aunque no dependa tanto como Australia del mercado chino.

Ante ese factible escenario, GB sopesa qué tanto su "apoyo a la coalición anti-China" sea de carácter "simbólico (sic)" cuando su desenlace "dependerá primordialmente de las consideraciones geopolíticas cambiantes (sic)". ¡Así ha operado siempre la "pérfida Albión"!

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Jueves, 26 Noviembre 2020 05:50

Maradona, sin autoengañarnos

Maradona, sin autoengañarnos

 

Huérfanos de jugadores rebeldes como seguimos estando, quienes reconocemos en el fútbol una manifestación fundamental de la cultura popular sujeta a un contexto socioeconómico del que no escapa, acogimos a Maradona como si fuera un revolucionario.

 

Era El Diego, o d10s, con esa familiaridad con la que nos queremos acercar a las alturas emparentándonos de pega con ellas. También intuyo que un poco meme para bastantes personas jóvenes. Fácil con una cámara apuntándote siempre, teniendo que ser tantas cosas a la vez. Porque puede que la vida de Maradona —corta, intensa y con un final no menos abrupto por muchas veces que fuera anticipado en reuniones informales o redacciones— estuviera marcada precisamente por lo que se esperaba de él desde pronto y en diferentes momentos concretos.

Su trayectoria puede ser también vista como una especie de cartografía del último medio siglo que excede a la persona. Ese mapa le lleva primero de Villa Fiorito a los Cebollitas, el equipo de Argentinos Juniors con el que ganó uno de los Juegos Nacionales Evita. Ese último nombre, el del otro icono nacional, llevaba el hospital de Lanús donde había nacido. Es por esa época que deja un vídeo en el que asegura que tiene dos sueños que en realidad eran el mismo: jugar el Mundial y ganarlo.

Cuando debuta en Primera, el matrimonio Perón ya no vive y en su lugar manda en el país la dictadura más sangrienta de América Latina. La de los militares y Maradona es una historia entretejida a voluntad, sobre todo, de la primera de las partes. Menotti le deja fuera de la convocatoria de Argentina’78, la Copa del Mundo que Videla levanta a menos de un kilómetro del centro de torturas de la ESMA, y la pregunta que se hace Maradona es “¿cómo se lo digo a mi padre?”. A partir de ahí, se da cuenta de que la bronca, el cabreo, ser contrariado, la rabia, le da combustible. Ese es un hambre que seguramente no saciaría jamás.

Con la mayoría de edad, a Diego le llega el turno de la colimba, acrónimo de “correr, limpiar y barrer” y nombre popular de la mili argentina. La del nuevo ídolo vestido de milico era una imagen que la dictadura no podía dejar escapar, pero más importante era dejarle la libertad de que fuera a Japón a ganar el Mundial Juvenil. Aquellos días de septiembre del 79, la Organización de Estados Americanos estaba en Buenos Aires investigando las violaciones de Derechos Humanos denunciadas por colectivos como el de las Madres de Plaza de Mayo. El gobierno no dejó que Maradona y sus compañeros se asomasen al balcón de La Casa Rosada a celebrar nada. El fútbol, sin tampoco total culpabilidad, volvía a echar un capote a quienes arrojaban cuerpos vivos al Río de La Plata. De la estrella se esperaba que, como hasta entonces, no se saliera de la foto.

Pero nada, ni siquiera el torturador Suárez Mason, conocido como “el carnicero del Olimpo” y dirigente de Argentinos Juniors, fue capaz de detener la carrera de Diego hacia un grande, Boca, y poco después hacia, esta vez sí, el primer Mundial. España’82 —jugado en mitad del trauma colectivo por la derrota en Malvinas y el destrozo de una generación de soldados, los nacidos en 1962 y 1963, casi coetáneos al “diez”— lo pasó prácticamente tirado en el césped, cosido a patadas de los rivales. Iba a ser duro en Europa, pero ese verano Maradona llegó a Barcelona. Se esperaba de él que levantase la autoestima de un equipo en depresión. “No creía ser tan importante”, dijo al aterrizar en El Prat.

Si la vida deportiva de Maradona fuera una serie, su etapa en Barcelona sería un capítulo de transición donde van ganando peso un par de tramas hasta ahora subterráneas que después cobrarán mayor importancia. El Diego se convierte, cerca de su representante Jorge Cyterszpiler, en una marca. Anuncia Coca-Cola, McDonald’s. El entourage, cuando ni siquiera se llamaba así la pléyade de personas que pululan con afectos y legitimidades dispares en torno a una persona famosa, carismática y millonaria, aumenta. El “clan Maradona”, lo llamaron. Casi nunca estaba solo.

Los entrenamientos con Menotti eran por la tarde en lugar de por la mañana. Se abren de par en par las posibilidades que brindaba para un chico de 21 años una ciudad como la Barcelona ochentera de vivas Ramblas, Ocañas, Nazarios, y también la de los reservados y los chalets en Pedralbes. Hubo destellos, claro, regates de escándalo o calentamientos de otra época, pero también enfrentamientos con Núñez, un tobillo roto y una noche, tal y como siempre mantuvo él mismo, en que probó la cocaína. Una sanción de meses —con una directiva nada dispuesta a defenderle por los rumores de sus salidas— por una batalla campal tras la final de Copa entre el Barça y el Athletic en su último partido fue el detonante final de su firma con el Nápoles.

El ventajismo dice que la historia de amor entre Maradona y la ciudad del Vesubio estaba casi escrita. Ambas partes carismáticas, desprolijas, exageradas, viscerales. Mágicas. Ya solo la fecha del 5 de julio de 1984 queda en el recuerdo de la afición napolitana, correspondiendo a su presentación. Llegaba tras una grave lesión y a un club que jamás había ganado un scudetto, pero que tenía una fortaleza simbólica latente: este sí, mucho más que aquel Barcelona incluso, podía ser el ejército en pantalón corto, quizá la guerrilla más bien, de un territorio económicamente sometido al tirón capitalista de otras latitudes. El sur de Italia por fin tenía bandera.

Para muchas de las gradas escoradas a la derecha, y para parte del aparato mediático del país, Nápoles representaba un motivo de cruel escarnio. Fue precisamente una pancarta dándoles la “bienvenida” a Italia lo primero que vieron Maradona y sus compañeros al llegar al primer partido en el estadio del Verona. Se fueron sucediendo cánticos xenófobos por varios campos hasta que desde el norte, desde Milán y desde Turín, vieron que aquello iba en serio. Pero la culminación tuvo que esperar a que Diego fuese a México a conquistar el mundo, primero tirando de un equipo al que la propia prensa argentina vaticinaba, y casi deseaba, un descalabro. La bronca por demostrar que los medios estaban equivocados y que aquella albiceleste sin grandes nombres podía salir del Azteca como campeona fue la gasofa que por el camino dejó el gol con la mano y el del barrilete cósmico a los ingleses.

Volvió a Nápoles, donde siguen diciendo hoy día que quien ama no olvida, y le ganó dos ligas a Berlusconi. Una de ellas con polémica arbitral a favor, que así escuece más a los poderosos acostumbrados a hacer ley de su voluntad. Pero, precisamente, con el paso del tiempo, que incluye su paso por Sevilla, Newell’s y Boca de nuevo, las suspensiones por distintos positivos, los intentos de establecerse como entrenador o declaraciones políticas quizá con más alma de manifiesto personal que de contribución a una transformación colectiva real, Maradona fue dibujándose como un símbolo intocable para un montón de aficionados al fútbol. Intentamos congelar la imagen en una gambeta, una celebración, un puño apretado, hicimos lema aquello que supo definir el escritor Roberto Fontanarrosa: “Qué importa lo que Diego hizo con su vida, me importa lo que hizo con la mía”. Evocábamos un tiempo perdido, la nostalgia de cuando era posible competir no con publicidad de casas de apuestas en el pecho, sino con la de salsas Buitoni o chocolatinas Mars.

Huérfanos de jugadores rebeldes como seguimos estando, quienes reconocemos en el fútbol una manifestación fundamental de la cultura popular sujeta a un contexto socioeconómico del que no escapa, acogimos a Diego como si fuera un revolucionario. Alguien que, al menos, parecía libre. Pero ni lo era ni lo fue, ni tampoco dejó de estar la mayoría de su vida en una posición privilegiada, a pesar de esa retórica transgresora que por momentos parecía que iba a acabar, qué menos, con la formación del sindicato de futbolistas definitivo que le diese la vuelta a este maravilloso juego secuestrado por el marketing, la falsa neutralidad, por el capital. Lo que se dice no es nunca más importante que lo que se hace. Por eso, obviar que, con el fogonazo que en nuestras cabezas siguen encendiendo esos goles, camisetas y fotos, convive la desmesura y egolatría de quien pudo usar su poder para no tratar bien, para tratar mal, para maltratar —hay que escribirlo si recordamos a sus compañeras denunciantes—, sería injusto. Con ellas, sobre todo, con quien a su lado haya podido sentirse mal. Pero también con él, por reducirle de manera condescendiente a objeto de consumo adaptado a nuestra comodidad. E injusto hasta con nosotros mismos por autoengañarnos.

Por Ignacio Pato

26 nov 2020 09:15

Publicado enSociedad
Criptomonedas para «dummies» Preguntas y respuestas sobre Bitcoin

Las extensión de las criptomonedas, sobre todo de bitcoin, plantea diversos interrogantes. ¿Qué son exactamente? ¿Cómo funcionan? ¿Qué significa la jerga que está detrás? ¿Qué consecuencias tienen para los Estados, e incluso para la democracia?

 

Bitcoin nació en 2008, el mismo año que Lehman Brothers declaró su quiebra. El 31 de octubre de ese año, un usuario identificado como Satoshi Nakamoto publicó en la lista de correo «Cryptography» un mensaje que decía: «He estado trabajando en un nuevo sistema de dinero electrónico que es totalmente peer-to-peer, sin terceros de confianza». Además, contenía un enlace al documento alojado en el sitio bitcoin.org conocido como «white paper» donde se explicaba punto por punto el funcionamiento del sistema. En realidad, nadie conoce la verdadera identidad de Nakamoto.

Bitcoin fue la primera moneda digital que logró transferir valor entre usuarios sin necesidad de una autoridad central que verifique las transacciones. La idea, tan sencilla como suena, dio origen a una revolución monetaria sin precedentes. El 9 de enero de 2009, Nakamoto liberó la versión 0.1 del cliente de Bitcoin (hoy conocido como Bitcoin Core), un software de código abierto que conectaba varias computadoras entre sí, y esto dio origen a la red que soportaría la criptomoneda. Las tareas de la red eran, en apariencia, sencillas: permitir transacciones entre usuarios, hacer una lista de todas las transacciones, verificar que no se gaste dos veces la misma moneda y emitir nuevas unidades monetarias.

Ese mismo día, a las 00:54, se minó el primer bloque de bitcoin y con él se crearon las primeras unidades. Tres días más tarde, el 12 de enero de 2009, Hal Finney, uno de los miembros más destacados de la lista de correo «Cryptography», recibió la primera transacción de bitcoin de la historia. El 26 de abril de 2011, Nakamoto envió su último mensaje y desapareció de la vista del público. Tres años más tarde, el 28 de agosto de 2014, Finney murió producto de un cuadro avanzado de esclerosis lateral amiotrófica. Su cuerpo se preserva en estado de criogenia en los laboratorios de la Alcor Life Extension Foundation.

Junto a Nick Szabo, Finney es reconocido como uno de los pioneros de Bitcoin y uno de los principales sospechosos de ser Satoshi Nakamoto o, al menos, de haber tenido contacto estrecho con el personaje anónimo.

¿Qué es bitcoin?

Bitcoin, además de ser el nombre de la moneda, es la red que la soporta: una red entre pares (p2p), sin intermediarios, que permite mandar valor de una parte del planeta a otra sin pedir permiso a nadie, a un costo relativamente bajo, de forma semianónima, rápida y totalmente irreversible. Estas características le permiten a Bitcoin ser inmune a los intentos de censura de cualquier nación, empresa o autoridad.

Los usuarios pueden transferir bitcoins a través de la red para hacer casi cualquier cosa que se pueda hacer con las monedas convencionales, como comprar y vender bienes y servicios o enviar dinero a otra persona, e incluso algunas plataformas permiten recibir u otorgar crédito usando bitcoins. Los bitcoins se puede comprar, vender e intercambiar por otras monedas en casas de cambio especializadas. A diferencia de las monedas tradicionales, Bitcoin es totalmente virtual. No hay monedas físicas que lo representen.

Los usuarios de la red poseen una serie de claves (conocidas como claves privadas) que permiten demostrar la propiedad del bitcoin. Con estas claves se pueden realizar transacciones a otros usuarios de la red. Las claves se guardan en billeteras digitales, que pueden estar en una computadora personal, en el teléfono e incluso en un hardware específico diseñado con tal fin. Las claves privadas que permiten realizar transacciones son el único requisito previo para enviar bitcoins, dejando así el control total de sus fondos en manos de los usuarios.

¿Qué es la minería?

Cada unidad de Bitcoin se crea en un proceso llamado «minería». Determinados nodos de la red, llamados mineros, compiten para encontrar la solución a un problema matemático mientras se procesan las transacciones de bitcoins. Cualquier participante en la red Bitcoin puede convertirse en minero, en tanto que ponga a disposición el poder de procesamiento de su computadora para verificar y registrar transacciones.

Cada diez minutos, en promedio, un minero de Bitcoin compite por validar todas las transacciones de los últimos diez minutos y, si logra validarlas, obtiene una recompensa en forma de bitcoins. Esta función es conocida como «prueba de trabajo», o en inglés, proof of work.

En la actualidad, la recompensa consiste en 6,25 bitcoins por bloque minado, y cada 210.000 bloques, la recompensa se reduce a la mitad. De esta forma Bitcoin alcanzará un límite de unidades cercano a los 21 millones. Este límite se deduce de la propia velocidad de emisión de nuevas unidades de Bitcoin, que está establecida en el software de la red. Además, cada unidad de Bitcoin se puede dividir en 100 millones de partes, es decir que podemos fraccionar un bitcoin hasta obtener el 0,00000001 de cada unidad. Esa unidad mínima se llama satoshi.

El protocolo de bitcoin incluye algoritmos que regulan la función de minería en la red. La dificultad de resolución del problema matemático que permite minar un bloque se ajusta de forma automática para que el tiempo de validación entre un bloque y otro sea de diez minutos, sin importar la cantidad de mineros que estén compitiendo en ese momento. El número de bitcoins en circulación adquiere la forma de una curva predecible que se acerca a los 21 millones para el año 2140. Dado que la tasa de emisión es decreciente, a largo plazo, Bitcoin es deflacionario. No se puede inflar «imprimiendo» dinero nuevo más allá de la tasa de emisión esperada.

Pero que sea una moneda virtual no significa que no haya «materialidad» detrás. Minar bitcoins requiere del uso de energía eléctrica. Con las condiciones actuales donde la competencia es muy extendida, el minado de bitcoins se vuelve rentable en regiones que tengan alguna ventaja comparativa, como por ejemplo, energía eléctrica muy barata. A mayor potencia de computación hay mayores probabilidades de resolver un bloque y, por tanto, de obtener la recompensa. Por eso se crearon «pools de minería» para concentrar ese poder de fuego.

Esa es una de las razones por las cuales Paraguay, por ejemplo, se volvió uno de los lugares desde donde «minar bitcoins» resulta rentable. «En Paraguay sigue siendo rentable minar bitcoins debido a que tenemos el más bajo costo de energía eléctrica de la región», dice Luis Pomata, CEO y cofundador de Nano Mining Paraguay. «El costo normal es de 5 centavos de dólar el KW/h y puede llegar inclusive a los 3 centavos de dólar el KW/h. Es algo que solamente se ve en países asiáticos o en algunos lugares de Norteamérica». Y agrega que el país sudamericano tiene también «bajos costos de mano de obra técnica y por último se pueden comprar o alquilar depósitos/galpones para utilizarlos como centros de datos que cumplen con los requisitos necesarios para albergar las máquinas mineras a un precio muy accesible».

¿Cómo obtiene su valor?

Una de las preguntas más frecuentes acerca de Bitcoin es «cómo obtiene su valor» o «qué respaldo tiene». Para poder responder esto, debemos dar un pequeño rodeo histórico. Al final de la Segunda Guerra Mundial, se impuso la necesidad de crear un sistema de comercio internacional que evitara los desequilibrios que habían llevado a la Primera Guerra, al crack de los años 30, al auge del fascismo y, finalmente, otra vez al enfrentamiento bélico y el Holocausto.

Estados Unidos, con la doctrina del globalismo liberal a la cabeza, sostuvo la hipótesis de que un mundo abierto al comercio era un mundo de paz. Así, en las conferencias de Bretton Woods, el dólar estadounidense se convirtió en el garante del comercio internacional y, por lo tanto, de la paz. Hasta ese entonces el dólar contaba con una fracción de oro que garantizaba su «valor». Los dólares, en definitiva, eran convertibles a una porción de oro. Pero en 1971 Richard Nixon decretó la salida de Estados Unidos del patrón oro y entonces la moneda estadounidense dejó de ser convertible al metal precioso. Así, ya ninguna moneda global podía ser convertible, vía el dólar, al oro. Este tipo de dinero es conocido como dinero fiat o fiduciario.

El «respaldo» de nuestras monedas proviene de la capacidad de los Estados de forzar su uso y declarar ilegales el resto de las monedas. El cambio radical entre patrón oro y dinero fiduciario (que viene del latín fides, es decir, fe) es aún hoy en día, a casi medio siglos de distancia, un hecho desconocido para una gran porción del público. Nuestro dinero no tiene respaldo alguno más que la credibilidad en quién lo emite y el acuerdo entre las partes que lo usan. En definitiva, el valor del dinero es una relación social y de ahí, por lo tanto, su carácter ineludiblemente político.

El valor de Bitcoin, más allá de sus características particulares como la escasez, la seguridad, la resistencia a la censura, la inmutabilidad y la fiabilidad, depende del acuerdo de todos los usuarios. En ese sentido, Bitcoin también es, de alguna forma, una forma de fe. La única diferencia con el dinero que imprime el Estado o un banco (como puede ser el caso de Hong Kong) es que el valor no está asociado a la confianza en determinado gobierno, sino a la confianza puesta en un sistema de prueba criptográfica.

Esto implica la destrucción del monopolio del dinero por parte de bancos y Estados, y la demostración empírica de que un grupo de personas que no se conoce, que no tiene contacto entre sí y que ni siquiera tiene los mismos intereses ni ideología puede generar consenso a través de una tecnología lo suficientemente robusta y unos incentivos alineados de la forma correcta.

¿Puede surgir una «oligarquía» del bitcoin?

Si bien Bitcoin es una red descentralizada, el miedo a la centralización siempre existió y es un problema que tiene muchos matices. En principio, se podría sospechar que los desarrolladores que actualizan, escriben y mantienen el código de Bitcoin pueden tener un poder especial sobre el resto de la comunidad. Pero lo cierto es que cada cambio puede o no ser aceptado por esta, en tanto que para aplicarse es necesario que cada nodo actualice la versión completa del software Bitcoin Core. En ese sentido, un cambio que no cuente con el suficiente consenso de la red puede ser rechazado.

Por otro lado, el mayor riesgo de concentración se encuentra del lado de los mineros, dado que Bitcoin puede mantener su autonomía mientras todos los nodos mantengan la cooperación. Existe la posibilidad de que la red sufra un tipo de ataque conocido como «ataque del 51%» en el que alguien que logre concentrar la mitad más uno del hashpower de la red pueda reescribir la blockchain a su antojo. El riesgo de que un pool de minería logre alcanzar esa cantidad de poder de «hash» es real, aunque si así lo hiciera, estaría atacando, y por lo tanto destruyendo valor, de parte de la red en la que está invertido. Por lo tanto, sería una especie de autodestrucción.

Otros posibles candidatos para ser «oligarcas del bitcoin» son aquellos usuarios que minaron o compraron muchos bitcoins cuando no valían casi nada. Estos usuarios son conocidos en la jerga como whales (ballenas) y durante mucho tiempo, el movimiento de sus fondos provocaba grandes tensiones en el precio del bitcoin. A medida que la red crece en usuarios, el poder de las whales va disminuyendo, pero siguen siendo un factor que es preciso tener en cuenta. Pese a que existe la posibilidad de que una persona o un grupo de personas se «apoderen» de Bitcoin, es importante entender que el mayor activo de la red es el consenso, y cualquier cosa que atente contra el consenso de Bitcoin afectará su precio. Por lo tanto, todos los actores tienen un incentivo muy fuerte para no tomar medidas que puedan destruir la confianza de la red.

¿Qué lo diferencia de otras criptomonedas? ¿Hay una competencia entre ellas?

Al ser la primera criptomoneda, el bitcoin tiene una preponderancia singular. Es la que más tiempo lleva existiendo, la más conocida y la que más momentos complicados logró superar. Además, tiene varios elementos que alientan su crecimiento, entre ellos, el pico del precio en 20.000 dólares, que podría ser superado. Existen miles de nuevas criptomonedas, pero son pocas las que realmente aportan algo singular y significativo al espacio.

Ethereum, por ejemplo, es hoy por hoy la plataforma más elegida por desarrolladores interesados en blockchai, dado que no es solo una criptomoneda, sino que es una computadora descentralizada con la capacidad de ejecutar programas informáticos inmutables conocidos bajo el nombre de «contratos inteligentes». Más que competencia, la aparición de proyectos diferentes de bitcoin, con otros alcances y metas, fortalece el espacio, brinda alternativas y permite encontrar soluciones que quizá no puedan ejecutarse de forma tan sencilla en el software de Bitcoin.

¿Qué consecuencias puede tener para los Estados?

De mínima, los Estados van a tener que aprender a lidiar con estas tecnologías y entender que sus ciudadanos las van a empezar a usar en su vida cotidiana. De máxima, el Estado perdería el control de su sistema monetario. Esta perspectiva, animada por algunas utopías libertarias, es muy exagerada, porque demasiadas cosas deberían salir bien en el ecosistema de las criptomonedas (y los Estados no deberían hacer nada) para que esa situación se vuelva real.

Ya hoy las medidas que se exigen a las casas de cambio cripto (también conocidas como exchanges o brokers), como el KYC (know your customer, «conoce a tu cliente») y AML (anti money laudering, «anti lavado de dinero»), funcionan como una buena herramienta para regular el comercio entre dinero estatal y criptoactivos. El cambio de dinero fiat a cripto es el cuello de botella en el que el Estado puede intervenir y obtener algún tipo de beneficio. La prohibición, en cambio, empuja a los usuarios a manejarse por completo en el mercado negro y en dinero en efectivo. Con la aparición del renmi digital, también conocido como «cripto yuan», China se pone a la cabeza de los Estados que buscan crear su propia criptomoneda para competir, o amortiguar, el impacto de esta tecnología. Actualmente, 65% de la minería de bitcoin proviene de China.

¿Por qué no se puede usar para transacciones corrientes?

Esto depende mucho de la tecnología y del precio. Mientras que en sus inicios bitcoin se usó como medio de pago, había algunas cuestiones que lo hacían bastante incómodo. La cuestión es que solo se valida un bloque cada diez minutos, y que el límite en el tamaño del bloque permite solo tres transacciones por segundo, lo que limita la capacidad del sistema y lo hace ineficiente si pensamos en compras o ventas en locales como cafeterías, almacenes, verdulerías, etc. Nadie se va a quedar esperando ahí a que su transacción se valide. Además, se suma el problema de la comisión por transacción.

Si bien en una transacción de, por ejemplo, dos bitcoins el costo es ínfimo, para transacciones pequeñas (recordemos que un bitcoin se puede dividir en hasta 100 millones de unidades) la comisión podría superar el valor de la transacción. En ese sentido, existen varias propuestas para solucionar esto y convertir de nuevo el bitcoin en un medio de pago. La más interesante, que usa la misma blockchain de Bitcoin, se llama lightning network y es un protocolo que funciona en una segunda capa de la blockchain y permite la creación de canales de pago en los que se pueden hacer miles de pagos en segundos y sin costo. El único pago se haría cuando el canal se cierra y sería el equivalente a una comisión normal de la red.

¿Las criptomonedas son una especie de paraísos fiscales radicales?

Cuando pensamos en paraísos fiscales, nos remitimos a una ubicación geográfica con una estructura jurídico-administrativa que permite a empresas, familias, organizaciones o individuos mantener su capital fuera del alcance del gobierno del país en donde se generó ese dinero. Panamá, Malta, pequeñas islas, a veces paradisíacas, e incluso estados de Estados Unidos como Delaware o Nuevo México pueden caer en esta categoría. En realidad, la expresión en inglés es refugio o guarida fiscal (tax haven) y no paraíso (heaven).

En este sentido, las criptomonedas funcionan de forma similar. Uno puede guardar su poder adquisitivo fuera del control de los Estados, aunque esto tiene algunas implicancias un poco más fuertes. En primer lugar, el dinero que se guarda en un paraíso fiscal es dinero fiduciario; por otro lado, quienes acceden a este tipo de jurisdicciones cuentan con una estructura legal y económica de cierta envergadura para lograrlo. Si bien los Estados dicen estar en contra, los paraísos fiscales más grandes del planeta son jurisdicciones de la Unión Europea, Estados Unidos y Reino Unido. Lo cual no deja de llamar la atención. En el caso de las criptomonedas, estas están abiertos a cualquier ciudadano, cuente o no con una estructura jurídico legal, sea o no parte de los ricos que suelen fugar su dinero a los paraísos fiscales. Y por otro lado, el poder adquisitivo atesorado en criptomonedas no está en dinero impreso por el Estado y nunca lo estuvo. En ese sentido, es muy parecido a comprar oro: el oro es escaso, su cantidad no está controlada por el Estado, no se puede emitir a gusto y placer, resiste el paso del tiempo, etc.

Lo que permite Bitcoin, por poner un ejemplo, es obtener las mismas características de un resguardo de valor como el oro pero con algunas ventajas: es más fácil de transportar, no requiere interacción física con nadie y es resistente a cualquier tipo de «censura» estatal. En ese sentido, Bitcoin representa la posibilidad de salir por completo del esquema económico controlado por el Estado, la política y los bancos. Es un «afuera» total del sistema bancario y estatal. Y se puede acceder desde una computadora o celular que se guarda en el bolsillo.

En definitiva, es mucho más que un paraíso fiscal, porque incluso está por fuera de las relaciones de poder entre bancos y Estados. Es de alguna forma una democratización total de la banca, ya que se anula por completo la necesidad de un intermediario para transferir valor a cualquier parte del mundo. Se podría decir que es una forma radical de dinero controlado por sus usuarios.

¿Qué consecuencias podría tener para la democracia debido a la complejidad de su uso?

La principal afrenta que representa bitcoin y cualquier criptomoneda, como decíamos más arriba, es la amenaza al monopolio de la emisión de dinero que hoy tienen los Estados. Como quedó claro en la crisis de 2008 y ahora con la pandemia, Wall Street, los bancos y demás instituciones financieras son too big to fail [demasiado grandes para quebrar]. La caída del sistema bancario también sería la caída de los gobiernos de turno y un punto de inflexión para cualquier democracia.

Quienes vivimos la crisis de 2001 en Argentina lo pudimos ver. El sostén del sistema bancario actual implica aumentar la circulación de dinero, en forma de impresión, crédito, bonos, etc. La única manera que tienen las personas comunes de resguardarse contra esos aumentos de circulante es comprando oro, criptomonedas u otro tipo de objetos. En este sentido, por primera vez en años, las personas comunes tienen una herramienta para resguardarse de las malas desiciones de política económica por un lado, y de desafiar el statu quo financiero por otro. En el caso de economías fallidas como Venezuela, por ejemplo, el bitcoin funcionó casi como un oasis para quienes podían acceder a la criptomoneda mediante envíos del exterior.

En este sentido, Bitcoin podría considerarse como una versión radical del sistema de bancos centrales independientes, en línea con lo que planteaba Milton Friedman, donde la cantidad de dinero esté completamente escindida de las necesidades políticas. Habría que ver si un sistema de estas características permite crecer a las economías de los países periféricos. En principio, no habría nada estructural que impidiera que existan gobiernos democráticos sin un control total o parcial de su política monetaria.

Respecto al problema del uso, hoy Bitcoin se encuentra todavía en una etapa bastante temprana. Si pensamos la transición que sufrió internet de ser solo un sistema para programadores de universidades de Estados Unidos a ser la mayor plataforma de comunicación mundial en solo 40 años, podemos tomar dimensión del proceso que deben atravesar las criptomonedas. Hoy, cualquier niño o niña que no sabe leer toma un teléfono y puede abrir YouTube sin problema. Aunque los padres atribuyan esto a una inteligencia especial de sus hijas e hijos, en realidad quien logró eso es el diseñador de la interfaz. Con esto quiero decir que, a medida que una tecnología evoluciona, también lo hace su interfaz, que se vuelve cada vez más sencilla. No hace falta saber cómo funciona internet para usarla, o conocer la tasa de transferencia de bits para ver una película en Netflix, o conocer los pormenores del protocolo TCP/IP para enviar un correo electrónico. Esto es así, precisamente, por la evolución en lo que ahora se llama «interfaz de usuario» y «experiencia de usuario» (en inglés UX/UI).

Lo que realmente necesita Bitcoin para volverse aún más «democrático» es ir eliminando, dentro de lo posible, el nivel de conocimiento necesario para operar en la plataforma. Hoy por hoy, si bien existen billeteras de bitcoin muy sencillas para teléfonos inteligentes, el proceso de transformar bitcoins a monedas fiduciarias y viceversa sigue siendo bastante friccionado.

Pero este problema posiblemente se irá eliminando, y la importancia de las criptomonedas se destacará aún más cuando la mayoría del dinero del mundo se vuelva digital. Cuando casi toda la población reemplace el efectivo por dinero digital (fiduciario, estatal y centralizado), la adopción de bitcoins será mucho más sencilla y, además, muchos preferirán tener dinero digital anónimo.

Los hoy tan popularizados pagos con códigos QR, que requieren casi nula comprensión de cualquier usuario respecto de la tecnología que está detrás, nacieron con las billeteras de Bitcoin. Cualquiera puede enviar y recibir bitcoins desde cualquier teléfono mediante códigos QR. En ese sentido, lo que queda por pulir es la fricción para adquirir nuevas unidades. Algo que, de a poco, empieza a suceder a escala global. En octubre de 2020, la empresa de pagos digitales Paypal anunció que pronto integrará Bitcoin a su billetera. La aplicación Cash App (una especie de Mercado Pago estadounidense propiedad de Jack Dorsey, CEO de Twitter) desde finales de 2018 permite operar en bitcoins.

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Margaret MacMillan, historiadora (Emilia Gutiérrez)

La historiadora critica que la política exterior de Trump “ha sido tan incoherente y dependiente de sus caprichos que no ha contrarrestado los movimientos de potencias como China, Rusia o Turquía”

 

Catedrática de Historia de las Relaciones Internacionales en Oxford y Toronto y autora de obras que son best sellers siempre con el largo plazo por guía, Margaret MacMillan (Toronto, 1943), biznieta del premier británico que negoció el tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial, David Lloyd George; nieta de un médico que sirvió al virrey británico en la India, e hija de un padre que luchó en la Segunda Guerra Mundial en las filas canadienses, considera que pese a la victoria de Biden en las presidenciales y el adiós de Trump a la Casa Blanca EE.UU. evitará dar un vuelco total a su política exterior. Lo novedoso, resalta, es que el populismo parece batirse en retirada.

El resultado de las elecciones en EE.UU. ha sido muy ajustado: la victoria de Biden sólo se ha confirmado cuatro días después del voto, y llega de la mano de una evidente tensión social... ¿Afectará a su liderazgo y capacidad de influencia global?

Es muy pronto para decirlo. El hecho de que EE.UU. haya logrado celebrar las elecciones con éxito, sin evidencias de fraude y relativa poca tensión sugiere que los valores e instituciones democráticas están más fuertes de lo que muchos habíamos pensado. Es cierto que bajo Trump EE.UU. ha mermado bastante su soft power, pero éste puede ser restaurado. En política exterior Biden pondrá por delante los intereses de EE.UU. y, ciertamente, será menos internacionalista que muchos de sus predecesores, pero sí que entiende que EE.UU. necesita trabajar con otros y armar coaliciones.

¿Las diferencias entre Trump y Biden son menores de las que se les suponen?

La diferencia entre Biden y Trump no es pequeña. El primero es un centrista y moderado que quiere mantener a los norteamericanos unidos y respeta las instituciones; el segundo ha dañado la política e instituciones americanas y apela sólo a una parte del electorado.

Donald Trump durante un mítin este 2020. (Doug Mills / Bloomberg L.P. Limited Partnership)

¿El trumpismo sin Trump puede marcar las relaciones internacionales los próximos años? Porque no son pocos los que repiten que el populismo ha llegado para quedarse sea en América que en Europa.

Eso es mucho decir. ¿Y si el populismo está en declive? Puedes interpretar la derrota de Trump como tal. Cuando los populistas alcanzan el poder, no pueden llevar a cabo todas las promesas que hacen y el electorado se aleja de ellos. El resultado de los populistas en Italia y en algunos otros países europeos lo demuestra.

¿La disputada elección presidencial, más allá de quién ha ganado, debilita la posición de EE.UU. respecto a por ejemplo China, el otro gran actor en la política y economía internacional? ¿Pekín, por ejemplo, podría considerar a EE.UU. menos fuerte de lo que fue en el pasado y dar pasos adelante en sus intereses globales?

Los chinos miran con gran interés lo que está pasando en EE.UU. ¿pero quieren enfrentarse con él? Yo creo que preferirían una relación razonable, aunque sea un rival más que un amigo. China, como otras potencias como por ejemplo Rusia o Turquía, ha tomado ventaja del paso atrás dado por EE.UU. en sus compromisos globales bajo la Administración Trump y ha extendido su influencia e intereses. La política exterior de Trump, a su vez, ha sido tan incoherente y dependiente de sus caprichos personales que no ha contrarrestado tales movimientos. Pero la Administración Biden trabajará con gobiernos afines para contener poderes como el de China.

El presidente de la República Popular china, Xi Jinping, en 2013 junto al entonces vicepresidente Joe Biden, hoy presidente electo. (POOL New / Reuters)

En otras ocasiones ha repetido que, normalmente, pequeños cambios, crisis o sucesos son claves al hacer estallar luego un conflicto más extenso. Dada la división entre demócratas y republicanos en EE.UU., que parece profunda, ¿qué consecuencias pueden esperarse? ¿Ello puede pasar en EE.UU.?

Imposible decirlo. Los accidentes son impredecibles, y cuando llega uno, el daño que causa depende de factores contingentes como el liderazgo, los tiempos o la acción de otros además de que no estoy muy segura sobre cómo de profunda es la división en EE.UU. Yo diría que la mayoría de norteamericanos son centristas y que las opiniones y políticas de los demócratas y republicanos se les superponen. En algunos estados los votantes escogen a un demócrata para presidente pero a representantes republicanos. Así que sí, hoy EE.UU. tiene problemas, pero las sociedades pueden atemperar estas tormentas si cuentan con instituciones políticas y sociales fuertes.

En sus obras ha repetido que hay personas con poder que hacen grandes cosas y son muy inteligentes, pero que después algo va mal y simplemente no saben parar. ¿De alguna forma es lo que le ha pasado a la política exterior de EE.UU.?

Si te refieres a que EE.UU. no conoce los límites a su poder, yo diría más bien lo contrario, ya que la principal razón por la que quiere retirarse de sus enredos internacionales es por todo lo que pasó en Afganistán e Irak.

Biden será menos internacionalista que muchos de sus predecesores

Las tensiones políticas dentro de EE.UU. se añaden a la emergencia del coronavirus y a la paralela crisis económica global. También a finales del siglo XIX se repitió un escenario parecido, con la figura polarizante del republicano Grover Cleveland, la pandemia de cólera, etcétera. ¿Si en el XIX marcó la ascensión de EE.UU. como superpotencia el XXI señala su decadencia?

En realidad EE.UU. no se tornó en una superpotencia a finales del siglo XIX sino que necesitó de dos guerras mundiales en el siglo XX para trasladar su potencia social y económica a la militar, y ésta todavía continúa siendo muy fuerte aunque comparada con el pasado no lo sea tanto como lo fue. Está de moda hablar de la decadencia y del declive de Roma, pero es muy pronto para ello.

Por Alexis Rodríguez-Rata

23/11/2020 06:00 | Actualizado a 23/11/2020 09:42

Publicado enPolítica
El presidente chino, Xi Jinping, durante la XV Cumbre de los Líderes del G20 por medio de un enlace de video, en Pekín.Foto Xinhua

En los expeditos abordajes reduccionistas se ha manejado el carácter "multilateral" del 15-RCEP –máximo bloque geoeconómico del planeta con casi la tercera parte del producto interno bruto (PIB) global de 26.2 millones de millones de dólares (trillones en anglosajón) y con 2 mil 200 millones de habitantes (https://bit.ly/35ROjEM).

Cuando se ahonda el análisis destaca que se trata de un tratado "trilateral", donde descuellan las tres superpotencias geoeconómicas del noreste asiático: China/Japón/Sudcorea, respectivamente segunda, tercera y décima potencias en el ranking del PIB global.

El "multilateral" 15-RCEP oculta su verdadera columna vertebral: un genuino tratado trilateral y/o bilateral con el restante de los 12 y/o 13 países que se ubican en niveles semiperiféricos y periféricos circundantes de su núcleo tripartita.

Vale la pena enfatizar el PIB, tanto trilateral como bilateral, de sus tres principales actores frente al restante del 10-ASEAN y los dos países anglosajones.

Es notable la "trilateralidad" del 15-RCEP con sus respectivos PIB "nominales" (datos del FMI): China, 14.86 millones de millones de dólares, segundo en el ranking global; Japón con 4.91 millones de millones, y Sudcorea con 1.59 millones de millones. Es decir, la "trilateralidad" arroja un total de 21.36 millones de millones de dólares.

Este dato es superlativo, ya que el PIB trilateral de China/Japón/Sudcorea constituye ¡81.53 por ciento del 15-RCEP! –sin contar que tal trilateralidad rebasa el PIB de EU, primero en el ranking global con 20.8 millones de millones de dólares.

Que conste que no contabilicé el total del "circuito étnico-chino" conformado por China/Hong Kong (341 mil 319 millones de dólares) /Macao (26 mil 348 millones) /Taiwán (635 mil 547 millones) /Singapur (337 mil 451 millones) que arrojara un PIB integral –¡Sin China! de 1.34 millones de millones y que con el PIB de China suman 16.2 millones de millones de dólares.

El concepto del "circuito étnico-chino" lo vengo manejando desde hace alrededor de dos décadas y hoy me percato del ímpetu que ha generado su sorprendente dinámica geoeconómica (https://bit.ly/3kU7emw).

Ahora va el también carácter "bilateral" del 15-RCEP con el PIB respectivo de China y Japón cuyas sumas arrojan 19.77 millones de millones de dólares que prácticamente empatan el PIB de EU y representan 75.5 por ciento del 15-RCEP.

¿No se habrá tratado más bien de un pacto "bilateral" de China y Japón que no se atreve a decir su nombre?

Frente a la descomunal complementariedad geoeconómica –sea bilateral, sea trilateral– el PIB de los 10-ASEAN representa aproximadamente 12.1 por ciento (3.17 millones de millones de dólares) del 15-RCEP, donde viene en su primer lugar interno Indonesia ( ranking 15) –que, por cierto, con su asombroso PIB de 1.14 millones de millones de dólares, ya superó a México ( ranking 16).

Los dos países anglosajones miembros –Australia (1.33 millones de millones de dólares; ranking 13) y Nueva Zelanda (193 mil 545 millones; ranking 50)– constituyen aproximadamente 5.8 por ciento del 15-RCEP.

El abordaje del PIB con visión geoeconómica coloca a cada quien en su justa dimensión.

En 100 por ciento aproximado, se decanta la realidad del 15-RCEP multilateral: sobresale la "trilateralidad" del noreste asiático de China/Japón/Sudcorea con 81.53 por ciento frente al 10-ASEAN con 12.1 y los dos países anglosajones con casi 6 por ciento.

Según Nikkei Asia, "Tokio descolgó un importante triunfo con Pekín y la participación de Seúl con el 15-RCEP que elimina 86 por ciento de tarifas a sus exportaciones a China" (https://s.nikkei.com/3lRL3io), lo que, de facto, epitomiza "el primer tratado de libre comercio de Japón tanto con China como con Sudcorea" por la puerta giratoria de atrás.

Lo más sorprendente es que todavía China, Japón y Sudcorea no concluyen sus negociaciones para un tratado trilateral propiamente dicho, pero que le dieron la vuelta al integrarse al "multilateral" 15-RCEP (https://bit.ly/395GvkY).

Por cierto, es la primera vez que China firma un tratado comercial regional "multilateral", cuando resalta que el 15-RCEP beneficia sobre todo la "trilateralidad" de China/Japón/Sudcorea (https://bbc.in/3pQk0X2).

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Videoconferencia para la firma del tratado de constitución de la RCEP, la mayor alianza de libre comercio del mundo. En vídeo, el viceministro chino de Comercio analiza el impacto del acuerdo firmado.VNA HANDOUT / EFE / VÍDEO: REUTERS-QUALITY

El RCEP, que abarcará el 30% del PIB y de la población mundial, representa un espaldarazo económico y político para Pekín, su principal promotor

 

Quince países de Asia y Oceanía han firmado este domingo el acuerdo para formar la mayor asociación comercial del mundo, en lo que representa una gran victoria para China, el principal promotor del proyecto desde que comenzó a negociarse en 2012. La Asociación Económica Integral Regional (RCEP, en sus siglas en inglés), excluye a Estados Unidos, pero abarcará a 2.100 millones de consumidores y el 30% del PIB mundial.

China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda suscribieron el pacto junto a los diez países miembros de la Asean (la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, integrada por Indonesia, Tailandia, Singapur, Malasia, Filipinas, Vietnam, Myanmar, Camboya, Laos y Brunei) al término de la cumbre de esa organización, celebrada este año por videoconferencia debido a la pandemia de coronavirus. La India, que había decidido retirarse el año pasado de las negociaciones debido a la preocupación de que bienes baratos chinos pudieran inundar su mercado, tendrá la posibilidad de incorporarse en el futuro si lo desea.

Que la reunión se celebrara por videoconferencia hizo que la firma del acuerdo tuviera su propio protocolo, adaptado a las circunstancias de la pandemia. Cada país celebró su propia ceremonia, en la que el ministro de Comercio respectivo firmaba el documento bajo la mirada de su jefe de Gobierno o de Estado.

“Estoy encantado de que después de ocho años de complejas negociaciones, finalmente demos hoy por terminadas de manera oficial las negociaciones del RCEP”, ha afirmado el primer ministro vietnamita, Nguyen Xuan Phuc, cuyo país es el presidente de turno de la Asean.

El éxito de las negociaciones, y la firma del acuerdo, representa un espaldarazo económico y político para Pekín. Como principal motor de esta iniciativa, consolida su influencia en Asia en detrimento de Estados Unidos. Envía el mensaje de que es Pekín, y no Washington, el Gobierno que está de verdad interesado en la región. Va a poder jugar un papel clave en el desarrollo de las reglas comerciales del continente. El pacto abre nuevos mercados a sus exportaciones en momentos de incertidumbre sobre la marcha de la economía global. Y pule las credenciales que busca como defensor global del multilateralismo, en medio de una tendencia a la desglobalización que la pandemia de covid ha acelerado.

El pacto representa una alternativa al TPP, el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica. La Administración de Barack Obama concebía el ambicioso acuerdo entre ambas orillas del Pacífico, del que China estaba ausente, como el pilar económico para apuntalar la influencia de Estados Unidos en la región. A su llegada a la Casa Blanca, el presidente Donald Trump ordenó la retirada del pacto, que otros 11 países han ratificado.

La salida estadounidense asestó un golpe casi mortal al TPP y dio alas a los argumentos de quienes aseguraban que la primera potencia mundial no tiene interés en implicarse realmente en la región. La decisión de Trump reavivó las negociaciones sobre el RCEP, que habían languidecido durante años tras su lanzamiento en Camboya. El interés de los Gobiernos regionales por encontrar vías de estímulo a sus economías, perjudicadas primero por la guerra comercial y tecnológica entre Estados Unidos y China y por la pandemia después, terminó de hacer el resto.

Para el primer ministro chino, Li Keqiang, “en las circunstancias mundiales actuales, [el acuerdo] aporta un rayo de luz y de esperanza entre los nubarrones” dejados este año por la pandemia y las tendencias desglobalizadoras. La RCEP, ha agregado, “muestra claramente que el multilateralismo es la vía correcta y representa la dirección adecuada para la economía mundial y el progreso de la humanidad”.

“Creemos que la RCEP, como el mayor acuerdo de libre comercio del mundo, representa un importante paso adelante hacia un marco ideal de comercio global y reglas para la inversión”, han indicado en un comunicado los países firmantes del acuerdo. Un grupo muy diverso que incluye a algunas de las economías más avanzadas del mundo, como Japón; la “socialista con características chinas” en Pekín, y algunas de las más pobres del mundo, como Laos o Camboya.

La RCEP y el TPP son muy diferentes. Donde el TPP se centraba en la reducción de barreras no arancelarias (protección del medio ambiente, estándares para la inversión extranjera), la RCEP pone el énfasis principalmente en los aranceles, sin las protecciones a los derechos laborales que ofrece el tratado que originalmente lideró EE UU.

La alianza elimina aranceles sobre más del 90% de los bienes intercambiados entre los miembros. El acuerdo también incluye protecciones sobre la propiedad intelectual y capítulos sobre inversiones y comercio de bienes y servicios. Igualmente, estipula mecanismos para la resolución de disputas entre los países.

En total, la RCEP reduce aranceles y establece reglas en una veintena de áreas. Entre otros, elimina impuestos en un 61% de las importaciones de productos agrícolas y pesqueros de la Asean, Australia y Nueva Zelanda, junto a un 56% de China y un 49% de Corea del Sur.

Tras la firma del acuerdo, aumenta la presión sobre el presidente electo estadounidense, Joe Biden, para demostrar el compromiso de su futuro Gobierno con la región que acumula el mayor potencial de crecimiento en los próximos años. Biden aseguró el año pasado que tratará de renegociar el TPP para que Estados Unidos vuelva a sumarse, algo que no se presenta como una tarea fácil.

Ya las negociaciones iniciales para sacar adelante el pacto promovido por EE UU se demostraron muy espinosas, y es posible que economías como la japonesa demanden condiciones más estrictas. El próximo inquilino de la Casa Blanca tendrá que vérselas también con un Congreso en Washington mucho más reticente a grandes acuerdos comerciales. A medida que la campaña electoral fue avanzando, Biden se fue mostrando menos rotundo sobre sus aspiraciones a retomar el TPP, y ha declarado que prefiere centrarse primero en la recuperación económica y la lucha contra la pandemia.

Por Macarena Vidal Liy

Pekín - 15 nov 2020 - 7:03 COT

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El factor humano: la ventaja estratégica de China

El Partido Comunista de China (PCCh) diseñó su plan quinquenal, hasta 2025, además de difundir sus objetivos para los próximos 15 años.

 

En apretada síntesis, consisten en "reforzar las innovaciones, pasar del crecimiento cuantitativo al cualitativo, aumentar los ingresos de la población y descarbonizar la economía".

Como señala Global Times, el país asiático está promoviendo un viraje estratégico de largo aliento; en sus propias palabras "un cambio estructural fundamental en la economía", que consiste en "impulsar drásticamente el mercado de consumo interno para garantizar un crecimiento sostenible a largo plazo libre de riesgos externos", para superar el clima internacional adverso.

Se espera que China se convierta en la mayor economía de consumo del mundo, con una fuerte ampliación de sus clases medias que en este momento suman 400 millones de personas. El énfasis en el mercado interno, y ya no tanto en las exportaciones y en la inversión extranjera, no supone que se abandone el comercio internacional, que tan buenos resultados le ha dado en los últimos treinta años.

El PIB per cápita de China superó la marca de los 10.000 dólares en 2019, aún lejos de los países más desarrollados. Por ejemplo: EEUU alcanza 62.000 dólares y España 30.000, pero China tiene un PIB per cápita muy similar a los de México, Brasil y Argentina.

Para hacerse una idea de la potencia que tiene un crecimiento del mercado interno chino, vale comparar la cantidad de vehículos por habitante. En EEUU hay 965; México y Argentina se acercan a los 300, mientras la media europea oscila entre 600 y 700. China tiene apenas 160 coches por cada 1.000 habitantes y 70% de los hogares no tienen autos, un enorme margen para el crecimiento.

El mercado interno chino tiene una potencialidad única, capaz de permitirle al Dragón sortear los nubarrones que dominan el escenario global.

Por eso el editorial de Global Times que comenta las decisiones del PCCh, plantea que "la autosuficiencia económica y tecnológica es necesaria para que la segunda economía más grande del mundo pueda hacer frente a los desafíos sin precedentes planteados por la pandemia de COVID-19, así como a la desquiciada represión de Estados Unidos contra China en muchas áreas".

El presidente Xi Jinping escribió un artículo en la revista del PCCh, QiushiJournal, en el que sintetiza el viraje económico: "Para garantizar la seguridad industrial y la seguridad nacional de China, debemos construir una cadena industrial y de suministro autodesarrollada, controlable, segura y confiable. Debemos esforzarnos por tener al menos una fuente alternativa de productos importantes y canales de suministro para formar un sistema de respaldo industrial".

La autosuficiencia, bandera del gobierno chino, enfatiza en las "tecnologías centrales", aquellas vinculadas a la inteligencia artificial, para superar el "estrangulamiento extranjero sobre los sectores tecnológicos de China", según el propio Xi. El primer paso, decisivo y estratégico, consiste en conseguir la autosuficiencia en semiconductores, el aspecto más vulnerable del Dragón.

El columnista de Asia Times, David Goldman, uno de los más finos analistas de la región, estima que China está dando "un saldo cuántico", ya que las nuevas tecnologías que aplicará en rubros estratégicos, serán "impulsadas por una industria nacional de semiconductores que desafiará el dominio estadounidense en la industria".

Asegura que "China ya ha lanzado un conjunto de nuevas tecnologías que Occidente no ha comenzado a implementar". Entre ellas, la detección remota de los signos vitales que permite el control de epidemias, algoritmos de inteligencia artificial predictiva, los pagos digitales (incluida una moneda digital oficial) que reemplazarán a la banca convencional y los robots industriales de auto-programación que pueden diseñar sus propios procesos de producción.

Sin embargo, y este es el punto decisivo, destaca que "la ventaja de China sobre Occidente no proviene de una tecnología superior. El despegue económico de China se deriva de lo que el economista premio Nobel Edmund Phelps llama "florecimiento masivo": la voluntad de toda la población de abrazar la innovación".

En otras palabras, está hablando del "factor humano", el título de la novela de espionaje de Graham Greene situada en la Guerra Fría, en la que la actitud de las personas de carne y hueso es tan o más importante que las instituciones en las que se desempeñan.

El libro de Phelps Florecimiento Masivo, publicado en 2013, sostiene que la fuente del dinamismo y la innovación de Occidente "fueron los valores modernos, como el deseo de crear, explorar y enfrentar desafíos". La mayor parte de la innovación no fue impulsada por visionarios aislados como Henry Ford y Steve Jobs, sino "por millones de personas empoderadas" capaces de promover mejoras, como señala la reseña de la Universidad de Princeton.

Destaca que "la innovación y el florecimiento autóctonos se debilitaron hace décadas", tanto en EEUU como en Europa, en gran medida porque "la satisfacción laboral ha disminuido desde finales de la década de 1960".

Aunque Phelps, y Goldman, son defensores de las sociedades y las economías occidentales, no pierden de vista las causas profundas de su decadencia. China es una sociedad floreciente, en la que su población se ha visto beneficiada por un crecimiento que ha elevado considerablemente su nivel de vida. Los chinos se sienten orgullosos de lo que han logrado en las últimas décadas y, a pesar de que subsisten desconformidades, pueden mostrar al mundo su exitoso combate a la pandemia.

El optimismo de la población china viene avalado por hechos concretos. El Dragón ha establecido el sistema de seguridad social más grande del mundo. "El seguro médico básico cubre a más de 1.300 millones de personas y el seguro de pensiones básico cubre a casi 1.000 millones de personas", como señala el comunicado del PCCh de la quinta sesión plenaria del XIX Comité Central.

Cuando Huawei sacó a la venta su último teléfono, el Huawei Mate 40, la tienda virtual JD.com agotó sus existencias en apenas 11 segundos, a pesar de su elevado precio que en Europa ronda los 899 a 1.199 euros. La población china se vuelca con los productos nacionales en detrimento, por ejemplo, del iPhohe 12 de Apple.

Por el contrario, EEUU es una sociedad fracturada, cansada, en la que media población rechaza con odio y desprecio a la otra mitad. Las clases medias y populares se empobrecen, pierden calidad de empleo y acceso a servicios de salud en condiciones.

El "hambre" de los chinos por las nuevas tecnologías y la innovación es, con mucho, el recurso más importante del país en la guerra comercial y tecnológica desatada por la Casa Blanca y el Pentágono. Su propia población, es la retaguardia que le está permitiendo sortear las dificultades y seguir creciendo. No se distraen: saben que su futuro no depende de quien sea el próximo ocupante de la Casa Blanca.

16:59 GMT 02.11.2020URL corto

Por Raúl Zibechi

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