SpaceX y la privatización del espacio

Se acopló ayer a la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés) la cápsula tripulada estadunidense Crew Dragon, lanzada el sábado e impulsada por el cohete Falcon 9, ambos propiedad de la empresa SpaceX, del magnate de origen sudafricano Elon Musk.

Aunque tiene algunos aspectos tecnológicos innovadores con respecto de los vuelos espaciales tripulados que se realizan desde hace 60 años, la misión que llevó a dos astronautas de la gubernamental Administración Nacional de la Aeronáutica y el Espacio (NASA) a la ISS no es en sí misma una proeza técnica; su relevancia reside, en cambio, en que se trata del primer lanzamiento efectuado por estadunidenses y en territorio estadunidense desde 2011, año en que fue cancelado el programa de los transbordadores espaciales tras 135 misiones y dos accidentes fatales en los que murieron 14 astronautas.

Durante los siguientes nueve años, Rusia fue el único país capaz de llevar a seres humanos al espacio exterior, y sus vehículos Soyuz, el único medio tripulado para transportar pasajeros entre la ISS y la Tierra, lo que fue vivido por sectores políticos y empresariales de Estados Unidos como una prolongada humillación. El fin de los transbordadores no sólo fue causado por la pérdida de dos de sus naves de un total de cinco operativas, sino también por la desmesura de sus costos y lo improcedente de un aparato en el que se combinaban una cápsula espacial, un vector de carga orbital y un avión.

Por añadidura, las misiones terminaron siendo una tarea rutinaria y poco impresionante para la opinión pública; llegaron, así, las presiones para recortar los presupuestos para la NASA, hasta el punto de que esa dependencia, que con las misiones Apolo a la Luna había llegado a ser el máximo estandarte del orgullo estadunidense, perdió la capacidad de enviar personas al espacio.

A partir de 2014 se configuró un nuevo escenario, en el que la dependencia licitó sus instalaciones de lanzamiento entre distintas empresas privadas como Boeing, Blue Origin, Virgin y la propia SpaceX. Asimismo, ofreció contratos a las que fueran capaces de operar misiones tripuladas.

Aunque tanto en Estados Unidos como en Europa las compañías particulares han estado siempre presentes en la industria espacial, tal presencia se limitaba, hasta ahora, a la condición de proveedores de elementos y partes. Durante las etapas iniciales de la conquista del espacio, a lo largo de la competencia entre el Este y el Oeste, y en la posterior etapa de cooperación internacional que tuvo en la construcción de la ISS su logro culminante, se dio por hecho que la conducción y operación de las actividades espaciales correspondía a los gobiernos. Ello no sólo permitía centralizar y planificar el sector, sino que facilitaba los imprescindibles acuerdos normativos internacionales.

El vuelo de la Crew Dragon es la culminación de un proceso en el que Washington parece dejar atrás esa lógica para abrir la inquietante posibilidad de que el espacio exterior se convierta en un escenario no de la competencia entre países, sino entre empresas particulares, lo que podría traducirse, a su vez, en desregulación, rapiña e irracionalidad.

Es claro que el libre mercado no debe enseñorearse del espacio orbital ni de los cuerpos celestes próximos a nuestro planeta y que las autoridades nacionales pueden organizar como lo deseen sus actividades espaciales, pero que ante la comunidad internacional deben figurar como responsables únicas y plenas de lo que hagan más allá de nuestra atmósfera.

Abre Estados Unidos nueva era de viajes privados al espacio

Cabo Cañaveral, Florida., Una nave espacial construida por la compañía SpaceX, de Elon Musk, se alejó ayer de la Tierra con dos estadunidenses a bordo, marcando el inicio de una nueva era de los viajes espaciales comerciales y permitiendo a Estados Unidos enviar astronautas desde su territorio por primera vez en casi una década.

Doug Hurley y Bob Behnken, de la NASA, despegaron a las 3:22 de la tarde a bordo de una cápsula Dragon color blanco y negro con forma de bala, montada en un cohete Falcon 9, desde la misma base de lanzamiento utilizada para enviar a las tripulaciones de Apollo a la Luna hace medio siglo. Minutos después, ingresaron en órbita.

"Encendamos esta vela", dijo Hurley poco antes de la ignición, utilizando las palabras que pronunció Alan Shepard en el primer vuelo espacial estadunidense tripulado por humanos, en 1961.

Los dos astronautas llegarán hoy a la Estación Espacial Internacional, que se localiza a unos 435 kilómetros (250 millas) sobre la Tierra, para sumarse a tres miembros de la tripulación que ya se encuentran allá. Después de una estadía de hasta cuatro meses, regresarán a la Tierra en un amerizaje, algo que no ocurre desde la década de 1970.

"Quizás haya una oportunidad aquí para que Estados Unidos haga una pausa, mire hacia arriba y disfrute de un momento brillante y resplandeciente de esperanza sobre cómo se ve el futuro, de que el país puede hacer cosas extraordinarias incluso en momentos difíciles", dijo el administrador de la NASA, Jim Bridenstine, antes del lanzamiento.

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Sábado, 30 Mayo 2020 06:16

La des-sino-mundialización

La des-sino-mundialización

Como consecuencia de la política de reforma y apertura iniciada a partir de 1978 y, sobre todo, tras su ingreso en la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001, China se convirtió en la “fábrica del mundo”, pasando a desempeñar un papel clave en el impulso a la mundialización que siguió al final de la guerra fría. Esa etapa parece haber llegado a su fin. Y por dos razones principales. Primero, porque China ambiciona transformar su modelo de desarrollo para convertirse en la vanguardia tecnológica mundial, aspecto clave de su modernización y también de su afán de afirmación de soberanía; segundo, porque dicho objetivo rivaliza con los propósitos de las principales economías desarrolladas lideradas por EEUU.

Washington accedió a colocar a China en el centro de las cadenas mundiales de valor implementadas por sus propias multinacionales y por otras en el convencimiento de que facilitaría la convergencia de modelos y la plena integración en sus redes de dependencia, pero no ha sido así. Es más, se diría que el divorcio es un hecho, manifiesto tras el viraje estratégico hacia la confrontación operado por la Administración Trump. En 2019, China pasó de primero a tercer importador de EEUU. La inversión directa china bajó de 5.400 millones de dólares en 2018 a 5.000 millones en 2019. Este es el nivel más bajo en más de una década, subraya el informe publicado por el Comité Nacional de Relaciones entre EEUU y China y la consultora Rhodium Group. En contraste, la inversión estadounidense en el país asiático aumentó al pasar de 13.000 millones de dólares en 2018 a 14.000 millones en 2019. Ese incremento se produjo en gran medida debido a los proyectos que habían sido anunciados previamente, incluida la apertura de una fábrica de Tesla en Shanghái.

En la misma línea, para reducir la dependencia, EEUU presiona a sus propias empresas para que salgan cuanto antes de China. Y no solo a las propias. Es el caso, por ejemplo, de la taiwanesa TSMC, apremiada a construir nuevas fábricas en territorio estadounidense con el objetivo de garantizar su autosuficiencia en la producción de chips. O intenta estimular la industria asociada al procesamiento de tierras raras, de las que China tiene las mayores reservas mundiales. Pero no está claro que dichas decisiones, marcadas por la lógica política y estratégica, puedan implementarse adecuadamente. Una inversión de Foxconn en Wisconsin, anunciada a bombo y platillo en 2017, está prácticamente paralizada y, en general, la restauración de ciertas industrias no es posible a corto plazo ni rentable desde el punto de vista económico ni empresarial.

El desacoplamiento es una variable más del proceso de alejamiento y auge de la rivalidad sino-estadounidense, pero no el único. Washington, por ejemplo, amparándose en razones de seguridad nacional, sigue poniendo obstáculos a Huawei, presionando a gobiernos de todo el mundo o imponiendo un veto a los proveedores mundiales del fabricante chino porque va por delante de EEUU en el desarrollo del 5G, verdadera razón de la pugna. El objetivo último es quitarse a China de en medio, malogrando sus planes tecnológicos y reduciendo su influencia global ya que representa el principal peligro para preservar su hegemonía. Si para defenderla es necesario poner patas arriba las cadenas de suministro globales o liquidar de facto la antes glorificada OMC, se hace y punto. America First.

Las trabas dispuestas para que Beijing no pudiera desempeñar el papel que le corresponde en función del tamaño de su economía en el seno de instituciones lideradas por Occidente como el FMI o el Banco Mundial sirvieron de bien poco. Al final, derivaron en la fundación del BAII-Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (que EEUU boicoteó desde el primer momento) o el nuevo Banco de los BRICS, que darán sustento a su proyecto. China, el mayor socio comercial de más de una centena de economías de todo el mundo, ha dejado en claro que apuesta por una globalización de nuevo signo que además del comercio pueda incorporar otras variables, especialmente las infraestructuras o el medio ambiente, claves esenciales también en su “nueva normalidad” interna. La Franja y la Ruta, igualmente demonizada por EEUU, es el estandarte de su apuesta y refleja ese propósito histórico de nunca más cerrar su economía al resto del mundo.

La guerra comercial o el desacoplamiento, sin duda, crearán importantes dificultades a la economía de Beijing. Otra cosa es que logren erosionar significativamente el papel de China en la globalización corregida que nos espera. Y también habrá costes para la economía estadounidense. Se aventura un pulso relativamente largo y generoso en complejidades y peligros, retroalimentándose en diversas áreas, desde la economía a la defensa, de la ideología a la geopolítica. ¿Nueva guerra fría? Quizá le gustaría a EEUU, confiando en repetir victoria, pero la bipolaridad mira al pasado.

Por Xulio Ríos. director del Observatorio de la Política China

30/05/2020

Fuente: https://politica-china.org/areas/politica-exterior/la-des-sino-mundializacion

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Un pelícano vuela desde su percha cerca del cohete Falcon 9 que llevará a la Crew Dragon a la EEI, en el Centro Espacial Kennedy.Foto Afp

La Crew Dragon despegará mañana // Roscosmos asegura que no dejará privatizar la Luna

 

Washington y Moscú. Al principio, el escepticismo campeaba, pero SpaceX, de Elon Musk, desafió las expectativas y el miércoles espera hacer historia transportando a dos astronautas de la NASA al espacio, el primer vuelo tripulado desde suelo estadunidense en nueve años.

El presidente Donald Trump estará entre los espectadores en el Centro Espacial Kennedy, en el complejo de Cabo Cañaveral, en Florida, para presenciar el lanzamiento, que recibió luz verde a pesar de meses de aislamiento debido a la pandemia.

Al público en general, en un guiño a las restricciones impuestas, se le ha invitado a seguir la transmisión en vivo del lanzamiento de la Crew Dragon por un cohete Falcon 9 hacia la Estación Espacial Internacional (EEI).

El programa de tripulación comercial de la NASA, destinado a desarrollar naves privadas para transportar astronautas estadunidenses al espacio, comenzó en la administración de Barack Obama.

Sin embargo, su sucesor lo ve como un símbolo de su estrategia para reafirmar el dominio estadunidense del espacio, tanto militar, con su creación de la Fuerza Espacial, como civil.

Trump ordenó a la NASA que regrese a la Luna en 2024, lo que le ha dado impulso a la agencia.

En 22 años, desde que se lanzaron los primeros componentes de la EEI, sólo las naves desarrolladas por la NASA y la agencia rusa han llevado tripulaciones a esa central.

La agencia estadunidense utilizó el programa de transbordadores para llevar a decenas de astronautas al espacio durante tres décadas. Pero su costo –200 mil millones de dólares por 135 vuelos– y dos accidentes fatales le pusieron fin en 2011.

Después, los astronautas de la NASA aprendieron ruso y viajaron a la EEI en la Soyuz desde Kazajstán, en una asociación que sobrevivió a las tensiones políticas entre Washington y Moscú.

La cápsula estará tripulada por Robert Behnken, de 49 años, y Douglas Hurley, de 53, ambos con una larga trayectoria: Hurley pilotó el Atlantis en su último viaje. Unas 19 horas después arribarán a la EEI, donde los esperan dos rusos y un estadunidense.

El pronóstico del tiempo sigue siendo desfavorable, con una probabilidad de 60 por ciento de condiciones adversas. La próxima ventana de lanzamiento es el 30 de mayo.

La misión tripulada, llamada Demo-2, es de fundamental importancia para Washington por dos razones: la primera es romper la dependencia respecto de Rusia y la segunda catalizar un mercado privado de "órbita terrestre baja" abierto a turistas y empresas.

En Moscú, Dmitri Rogozin, director de Roscosmos, aseguró que Rusia no dejará a nadie privatizar la Luna, "sería contrario al derecho internacional".

A su juicio, Rusia no debería emular a Estados Unidos en programas de colonización lunar, incurriendo en el mismo error de la Unión Soviética en la década de 1980 ante la llamada Iniciativa de Defensa Estratégica del entonces presidente Ronald Reagan. "No deberíamos reaccionar con nerviosismo, que es lo que hizo la Unión Soviética frente a la Iniciativa de Defensa Estratégica, cuando se derrocharon recursos colosales en una ficción que jamás llegó a materializarse", opinó.

Dmitri Rogozin sugirió "actuar con mucho pragmatismo. No contamos con un presupuesto gigantesco como el de la NASA, que decuplica el nuestro, así que no podemos permitirnos antojos".

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Estantes con medicamentos en una farmacia. REUTERS

 

Casos de sobornos a médicos, acusaciones de lucrarse de la investigación ajena y de lanzar algunos medicamentos que apenas aportan nada, precios desorbitados… extienden una sombra de sospecha sobre el sector farmacéutico

07/05/2020 07:13

VICENTE CLAVERO

La victoria sobre el coronavirus, mediante un medicamento que cure la enfermedad o una vacuna que la evite, involucra a diversos colectivos, entre ellos los laboratorios farmacéuticos, cuyo papel en la producción y comercialización del remedio será sin duda determinante.

Hay mucho dinero en juego, dado el alcance mundial del problema, y todo invita a pensar que esta industria hará cuanto esté en su mano para ganarlo, como hace cada vez que se le ha presentado la oportunidad, no siempre con prácticas irreprochables.

Una de sus principales estrategias de venta es presionar sobre quienes deciden el consumo en una parte fundamental del mercado, el de prescripción (productos que sólo se expiden con receta), desplegando acciones que a veces pueden tener la apariencia de ayuda a la formación continua de los médicos (suministro insistente de información sobre nuevos fármacos, aportaciones para la organización o asistencia a congresos), pero otras son ajenas a la más mínima exigencia ética.

Entre esas acciones figuran los sobornos, que durante décadas fueron un secreto a voces, siempre negado por la industria, si bien algunos acontecimientos relativamente recientes han demostrado su existencia.

La multinacional Novartis tuvo que afrontar en 2015 una multa de 390 millones de dólares (357,8 millones de euros) por haber pagado viajes, banquetes y dinero a médicos estadounidenses para que recomendasen sus medicamentos. Ese mismo año, otro gigante farmacéutico, Pfizer, zanjó una denuncia por incumplimientos de su propio código ético con el despido de 30 de sus directivos en España.

Las compañías suelen rebajar estos casos a la condición de hechos aislados, aunque algunos estudios muestran que no lo son tanto. Uno de 2014, patrocinado por la Fundación de Bill y Melinda Gates, con el concurso del Departamento Británico para el Desarrollo Internacional y el Ministerio de Asuntos Exteriores holandés, sostiene que 18 de las 20 multinacionales farmacéuticas analizadas habían sido objeto de sanción en algún momento por motivos tan poco edificantes como el soborno o la violación de las leyes de la competencia.

El importe de los pagos directos o indirectos a los médicos es uno de los secretos mejor guardados de la industria, aunque en España el proyecto Medicamentalia, de la Fundación Ciudadana Civio, aportó en 2018 alguna luz sobre el asunto. Según este organismo independiente, que trabaja por la transparencia de las instituciones, dichos pagos habían ascendido el año anterior a 182,5 millones. Dieciocho médicos, adscritos a la sanidad pública y privada, fueron agraciados con más de 50.000 euros por cabeza.

Otra acusación frecuente a los laboratorios es que se lucran con medicamentos cuya investigación y ensayos clínicos son posibles gracias, en buena medida, a la inversión ajena. Un informe dado a conocer en 2018, dentro de la campaña No Es Sano, respaldada por instituciones como la Organización Médica Colegial de España, ponía ejemplos concretos al respecto. El producto estrella de Roche contra el cáncer de mama, el Trastuzumab, que para entonces le había proporcionado más de 60.000 millones de euros de ingresos en todo el mundo, se obtuvo con financiación procedente de universidades, centros de investigación y fundaciones sin ánimo de lucro.

Esa circunstancia no impide que los laboratorios fijen precios muy altos para sus productos, sobre todo en el ámbito de las nuevas inmunoterapias. Es el caso del Kymriah, de Novartis, indicado contra ciertos tipos de leucemia, y del Yescarta, de Gilea, que sirve para tratar algunos linfomas no Hodgkyn. Sus precios de salida en el mercado estadounidense fueron de nada menos que 475 .000 y 373.000 dólares (438.600 y 344.400 euros), respectivamente, pese a ser fruto de investigaciones sufragadas en gran parte con dinero público.

La respuesta de la industria a las afirmaciones del estudio de No Es Sano fue que su actividad entraña gran riesgo, ya que sólo una de cada 10.000 moléculas investigadas llega a convertirse finalmente en un medicamento, lo que requiere de fuertes inversiones, que las farmacéuticas pagan con sus propios recursos. De ahí que el precio de cada producto, según el sector, no deba reflejar sólo el coste de su investigación, sino de alguna manera también el de aquellas que han fracasado, porque en caso contrario el negocio sería inviable.

Otras voces recuerdan, sin embargo, que el gasto en I+D y en producción sólo supone el 13% del coste de un medicamento, mientras que el gasto asociado a la comercialización y promoción (estudios de mercado, análisis de la competencia, publicidad, deferencias con los médicos) oscila entre el 30% y el 35%. Con la particularidad, además, de que sólo uno de cada cuatro fármacos que salen al mercado son realmente innovadores o mejoran los resultados de otros ya existentes pero más baratos.

Como quiera que sea, el hecho cierto es que el precio de los medicamentos, en particular el de los más modernos, es una de las mayores amenazas que penden sobre los sistemas nacionales de salud, sobre todo aquellos que contemplan su financiación pública total o parcial, como ocurre en España.

Pese a la extensión de los genéricos (productos cuya patente ya ha expirado) y a los mecanismos de control introducidos en los últimos años, el gasto público en medicamentos supera en nuestro país los 16.000 millones de euros anuales, de los que dos tercios corresponden a recetas y el resto, a hospitales.

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China desafía al dólar con una moneda digital que utilizará en transacciones internacionales

China se encamina a cancelar el dólar estadounidense en las transacciones bursátiles y comerciar oficialmente con una nueva moneda digital estatal e-RMB, el nuevo yuan chino, en lugar de la moneda estadounidense.

La idea va más allá de sumarse a la tendencia mundial de la reducción del uso del efectivo -fenómeno que el coronavirus aceleró-, busca convertirse en una alternativa al dólar para el comercio internacional, aseguraron informes publicados en la prensa china.

Un comunciado publicado por China Daily la semana pasada señaló que el Banco Central advirtió que en esta primera etapa "no emitirá una gran cantidad" y negó que pueda generar inflación. En tanto que una columna de análisis en el mismo medio explicó que "Una moneda soberana digital provee una alternativa funcional al sistema de pagos del dólar y morigera cualquier amenaza de exclusión o sanción a nivel país o nivel empresa.

También puede facilitar la integración hacia mercados globales de divisas con bajo riesgo de ruptura por causas políticas. La estabilidad del yuan chino durante la crisis del Covid-19 mejoraron su atractivo para muchos inversores. Estos dos sistemas de pago -el del dólar estadounidense y la moneda digital china- pueden coexistir o si fuera necesario hacerlos sobre una base recíprocamente excluyente".

Para The Guardian “este es un paso audaz e importante en la historia económica de China”, pues significa que el dólar se volverá inexistente en el comercio chino. Se prevé que la moneda estadounidense caerá bruscamente frente al yuan chino y podría afectar los mercados mundiales, sorprendidos por la decisión.

China, se informó, comenzará a probar pagos en su nueva moneda digital en cuatro ciudades importantes a partir de la próxima semana, según los medios nacionales.

En los últimos meses, el banco central de China ha intensificado su desarrollo del e-RMB, que se convertirá en la primera moneda digital operada por una gran economía.

Hasta ahora en China eran frecuentes las billeteras electrónicas, pero no reemplazaban a la moneda. Esta iniciativa le permitiría al Banco Central tener seguimiento de las transacciones en tiempo real. De acuerdo al medio británico, el profesor Xu Yuan del instituto de investigación para el desarrollo nacional de la Universidad de Peking aseguró a la señal CCTV que: "Aunque el cambio es mínimo desde la perspectiva del usuario, desde la perspectiva de la supervisión del Banco Central, las futuras formas de finanzas, pagos, negocios y gobernanza social entre otras, este es el mayor cambio jamás".

“Una moneda digital soberana proporciona una alternativa funcional al sistema de liquidación en dólares y mitiga el impacto de cualquier sanción o amenaza de exclusión tanto a nivel de país como de empresa”, dijo el informe de China Daily de la semana pasada.

Por: Agencias / Aporrea | Martes, 05/05/2020 11:11 AM |

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Los futbolistas tendrán a su disposición exámenes médicos diarios, mientras el colectivo profesional más azotado por el coronavirus, el personal sanitario sigue a la espera en la mayoría de los casos de las pruebas diagnósticas. (EFE)

Nada simboliza con más fuerza la polémica sobre el acceso a las pruebas diagnósticas que las diferencias entre el personal sanitario y los futbolistas: mientras que los primeros aún esperan en muchos casos la realización del test, los segundos se incorporan a unos entrenamientos individualizados con todas las garantías, incluso con controles médicos diarios.

 

Ahora que el Gobierno ha trazado una hoja de ruta para salir del confinamiento, son muchas las personas, sobre todo las que vuelven a su lugar de trabajo, que demandan garantías, la certeza en definitiva, de saber si aquellos individuos con las que van a relacionarse o incluso ellas mismas tienen la covid-19. 

Hay un temor que comparten ciudadanos y autoridades en esta nueva fase de la desescalada: la posibilidad de que se produzca un rebrote. Ahí van a jugar un papel fundamental las pruebas diagnósticas, los PCR y los test serológicos. Pero la desescalada arranca sin test masivos: sólo una minoría sabrá a ciencia cierta si está contagiada o no por el coronavirus. Y además será una selecta minoría: futbolistas que vuelven estos días a los entrenamientos y todos aquellos que puedan pagarlo o cuya empresa quiera hacerlo. 

La CEOE, por ejemplo, ya ha pedido este lunes al Gobierno que autorice a las empresas a realizar test a sus trabajadores para poder detectar contagios, y que elabore un plan para las restricciones a la movilidad ante la probabilidad de un rebrote. La patronal propone llevar a cabo protocolos de vuelta que incluyan test serológicos con registro y seguimiento de estatus de infección, utilizar la geolocalización con datos anonimizados o poner puestos de control móviles en las ciudades para verificar contagios.

El Gobierno asegura que en España ya se ha practicado más de dos millones de pruebas diagnósticas. Esas pruebas, sin embargo, no llegarán a toda la población: el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, ya dijo la semana pasada que el Gobierno no era partidario de hacer test masivos. Para saber qué porcentaje de la población puede estar infectada el Ejecutivo anunció un estudio cualitativo a 36.000 familias del que poco más se ha sabido hasta ahora.

Las prioridades del Gobierno: la detección rápida

Los tests masivos no son necesarios, viene a decir el Gobierno, que prefiere poner el acento en la detección rápida de los casos sospechosos. Sanidad quiere reducir a un máximo de 48 horas el plazo para identificar un posible positivo de coronavirus, en lugar de los hasta 15 días que se tarda actualmente entre que una persona desarrolla síntomas y recibe el diagnóstico de la enfermedad.

El objetivo del Gobierno es que toda persona con síntomas de coronavirus pueda hacerse un test. Además, quiere priorizar la identificación de nuevos casos y el seguimiento de las personas con las que el enfermo ha estado en contacto. Para ello, Sanidad se está planteando utilizar una aplicación en teléfonos móviles para rastrear los contactos de los nuevos contagiados de covid-19, aunque Simón ha puntualizado que hay que valorar que no infringen la Ley de Protección de Datos y que tienen un "valor añadido" al sistema de rastreo de contactos ya establecido en el sistema sanitario.

Esta decisión de no hacer test masivos abre las puertas al mercado: ya hay laboratorios privados que ofrecen en sus páginas web la posibilidad de hacer varios tipos de pruebas para detectar el virus, a pesar de anteriores resoluciones del Ministerio de Sanidad en las que se indicaba que debían poner a disposición de las autoridades públicas su capacidad de análisis. De hecho, este pasado lunes en el centro de Barcelona se podían ver colas de personas que esperaban, en su mayoría, poder someterse a las pruebas de detección del coronavirus.

La inevitable comparación

No todo el mundo va a ser sometido a los test del coronavirus, es cierto, pero eso no es lo más relevante. El foco de la polémica está en otro punto: el personal sanitario. Y es que el colectivo profesional más azotado por el coronavirus, que lleva casi dos meses en primera línea intentando contener la pandemia, sigue a la espera, en la mayoría de los casos, de las pruebas. 

La situación de los sanitarios es una evidencia palpable de que la realidad nunca es del todo justa, que el mercado a veces tiene otros intereses, sobre todo si se compara con la situación de otro colectivo profesional que esta semana vuelve al trabajo después de casi dos meses de parón: los futbolistas.

Los expertos ya han advertido hace tiempo de que existe una relación entre el nivel de renta y la afectación del coronavirus. A mediados de abril Pablo Iglesias pronunció unas palabras que fueron muy criticadas por la derecha, pero que de hecho ahora vuelven a cobrar actualidad: "Todos sabemos que este virus no entiende de territorios pero sí entiende de clases sociales". Trasladado al acceso a las pruebas, las preguntas surgen solas: ¿Por qué los futbolistas, los políticos o más recientemente Pedro Almodóvar pueden hacerse las pruebas del coronavirus mientras miles de ciudadanos y en especial muchos sanitarios están a la espera de una? ¿Hay también diferencia de clases para acceder a un test?

Nada simboliza con más fuerza esa polémica que las diferencias entre el personal sanitario y los futbolistas: un pálido reflejo de la desigualdad que impera en la sociedad actual. Los primeros llevan tiempo escuchando las promesas del Gobierno sobre la realización de una pruebas que en muchos casos no terminan de llegar mientras trabajan en unas condiciones precarias –no hay país en el mundo con más sanitarios infectados que España, unos 36.000–; los segundos van a incorporarse a unos entrenamientos individualizados con todas las garantías y con una prueba que certifique su buen estado de salud por delante.

"Una temeridad"

Eso, sin embargo, no aplaca la preocupación entre los sanitarios, especialmente entre los profesionales de la atención primaria que serán los que en esta nueva fase van a tener que atender a buena parte de los enfermos y asumir las altas que se están produciendo en los hospitales. Necesitan protección. Las sociedades médicas de España ven "primordial" facilitar a los médicos de familia y atención hospitalaria el acceso "inmediato" a las pruebas diagnósticas y así promover la detección temprana de los casos posibles y proceder a su confinamiento y cuarentena. 

Las reclamaciones llegan desde todos los rincones de España: este mismo lunes el sindicato SATSE de Madrid ha exigido pruebas PCR  y test serológicos para todos los profesionales de atención primaria, al tiempo que ha recordado que en muy pocos centros de salud de la Comunidad de Madrid se están realizando. 

SATSE considera una "temeridad" que haya profesionales sanitarios que desconocen si son positivo o no y, "lo que es peor, sin saber sin son vectores de contagio", asegura su secretario de Acción Sindical, Jesús García . "No se puede permitir que profesionales que tienen que cuidar no sólo a pacientes con covid-19 sino también pacientes crónicos y vulnerables, desconozcan su propio estado de salud. Es una bomba de relojería que podría echar abajo la ingente labor realizada hasta ahora".

También en Galicia denuncian "la precariedad y la falta de medios"​ del Servicio Gallego de Salud (Sergas), aunque la Xunta ha prometido que se "van a hacer 50.000 test a profesionales".  Esa conjugación en futuro contrasta con la conjugación en pasado que hacen muchos equipos de fútbol, que ya han realizado las pruebas a sus jugadores.

En Castilla y León, sin embargo, conjugan en presente: allí acaban de empezar a realizar las pruebas a los sanitarios, según explica Cristina, enfermera del hospital Río Ortega en Valladolid: "Han empezado estos días a hacer las pruebas. A mí me han dicho que me la harán la semana que viene". 

Pero tampoco vale cualquier test. El secretario de Acción Sindical de SATSE Madrid, Jesús García, a través de un comunicado, afirma que los test rápidos tienen una sensibilidad o especificidad "controvertida".  "Hay que recordar que no son pruebas diagnósticas para saber si el profesional está infectado de covid-19 y su valor predictivo es escaso", advierte García, quien exige pruebas de serología mediante test Elisa e inmunoquimioluminiscencia "para todos los profesionales".

Mientras tanto, otros profesionales, los futbolistas, no tienen que preocuparse de nada. Tanto es así que el Consejo Superior de Deportes (CSD) recomienda incluso que los clubes hagan controles médicos diarios dentro de dos semanas solamente si algún deportista o miembro del cuerpo técnico o del equipo dan positivo.

madrid

04/05/2020 22:49 Actualizado: 05/05/2020 10:35

jorgeotero99

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Bomba de extrancción de crudo en un campo petrolífero en Texas (EEUU). REUTERS/Angus Mordant

Desde el comienzo de esta crisis económica, vinculada a la crisis sanitaria por covid19, hemos visto vertiginosas caídas de las bolsas, e incluso alguna suspensión de las cotizaciones en Wall Street; el derrumbe del valor de las compañías aéreas y del fabricante de aviones Boeing, y de otros sectores hasta ahora muy sólidos; planes de estímulo billonarios en dólares y en euros para rescatar la economía a ambos lados del Atlántico; decenas de millones de trabajadores que pierden su empleo y de autónomos que cierran su actividad; largas filas de personas hambrientas a la espera de su ración de comida diaria en ciudades tan emblemáticas como Nueva York. Nos cuesta imaginar que este es el tiempo en el que vivimos, este escenario de gran depresión.

La última gran sorpresa la dio el 20 de abril el mercado internacional del petróleo. Por primera vez en la historia económica, el precio del petróleo se hundió a valor 0, y llegó a alcanzar un valor negativo de -37 dólares. Esto ocurrió nada menos que en Estados Unidos, el país que se convirtió en el primer productor mundial de petróleo gracias a la explotación de sus yacimientos de esquisto a través del fracking.

¿Por qué cae el precio del petróleo hasta una cantidad que aparentemente escapa a la lógica? ¿Por qué el tenedor de petróleo desearía pagar para que alguien se lo quede antes del vencimiento de su contrato de compra? Y sobre todo, ¿qué puede significar esto para el futuro del planeta, para el consumo de combustibles fósiles y su sustitución por energías renovables? ¿Cuáles son las dinámicas que se desencadenan, a favor y en contra, en una coyuntura como esta?

Estudiando el comportamiento de los principales actores del mercado del petróleo en esta situación extrema podemos buscar respuesta a estos interrogantes.

 

El precio del petróleo en caída libre

 

Desde meses atrás el mercado del petróleo mostraba signos de saturación. Antes de que se extendiera la pandemia fuera de China, dos de los tres mayores exportadores, Rusia y Arabia Saudí, se habían librado a una pugna de sobreproducción y rebajas, a fin de ampliar sus respectivas cuotas de mercado. Ante el repentino descenso de la demanda, Arabia Saudí, el mayor productor de la OPEP, pactó con Rusia una reducción de la producción impresionante a partir de mayo. El acuerdo entre Rusia y Arabia Saudí para recortar la producción en más de 10 millones de barriles diarios no sirvió para contener la caída. Fue una medida adoptada demasiado tarde, después de una intensa guerra comercial, y una medida oportunista, decidida cuando las ventas de petróleo saudí a Asia se contrajeron en una tercera parte, desde los 6 mbd previstos a 4 mbd. Mientras tanto un país como la India, importador neto, redujo en un 50 % su demanda actual de combustibles.

Desde mediados de marzo pasado, cuando la extensión de la pandemia llevó a confinar a la población de muchos países, el petróleo tipo Brent, principal referencia internacional, cotiza en torno a los 26 dólares por barril, y el West Texas por debajo de los 20 dólares. Dos días más tarde, el viernes 17 de abril, el precio del petróleo seguía cayendo a mínimos históricos en lo que va de siglo, con la cotización del West Texas a 15 dólares por barril. La situación del mercado era crítica por la caída de la demanda y los costes y dificultades de almacenamiento. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) mostró cierto nerviosismo al declarar, el 15 de abril, que pronto se alcanzaría el límite de la capacidad de almacenar petróleo: "Nunca antes la industria del petróleo ha estado tan cerca de poner a prueba tan al límite su capacidad de almacenamiento", señaló el organismo.

El principal depósito de petróleo en territorio estadounidense está en Cushing, una pequeña población de Oklahoma, al norte de Texas, que posee el mayor nudo de interconexión de oleoductos de Norteamérica. Su capacidad para almacenar crudo ya está ocupada en su mayor parte y no queda margen para el actual excedente de producción. Tampoco puede absorber una gran cantidad de crudo la reserva estratégica federal de Estados Unidos, la más grande del mundo, con una capacidad de almacenamiento de 713 milllones de barriles, pero que ya está ocupada al 89 %.

Por otra parte, el precio actual de petróleo se sitúa muy por debajo del costo de extracción con técnicas de fracking (fracturación hidráulica). Actualmente Estados Unidos produce mediante fracking entre 8 y 9 millones de barriles diarios, una cantidad equivalente a las exportaciones de Arabia Saudí. Los actuales precios no permiten mantener la producción sin sufrir cuantiosas pérdidas: en efecto, se considera que el umbral de rentabilidad solo se alcanza con un precio del barril superior a los 40 dólares. Sin tener en cuenta, por supuesto, los enormes daños medioambientales de la fracturación hidráulica, que consiste en extraer la materia orgánica de las rocas a través de procedimientos muy agresivos con la naturaleza. Estos costes medioambientales son imposibles de cuantificar porque en muchos casos son irreversibles.

El precio del petróleo en números rojos en Estados Unidos revela una situación extrema, pero la tendencia a la baja se extiende en estos días a todos los mercados internacionales. Es también muy marcada la caída del precio del barril de Brent, cotizado en Londres, que pierde un 70 % desde principios de año. Y si al comienzo del año 2020 el barril de petróleo OPEP se cotizaba por encima de los 65 dólares, el 17 de abril cotizaba a tan solo 18 dólares, una caída del 73 %. A fin de situar estos datos en un registro histórico se puede añadir que el petróleo OPEP, en lo que va de siglo, alcanzó su valor más bajo en abril de 2003 (25 dólares por barril) y el más alto, puramente especulativo, lo tuvo en 2008 (131 dólares), en plena resaca de la crisis financiera internacional.

A pesar de este curioso antecedente, el precio del petróleo suele caer sustancialmente cuando se producen fuertes recesiones de la economía mundial, con una acusada reducción de la demanda y tras las crisis financieras. Una estrategia recurrente de Estados Unidos y sus aliados para atenuar estas caídas y manipular el mercado es someter a boicot a determinados países productores para inhibir su capacidad exportadora de crudo. Esto se hizo con Iraq, antes de devastarlo en una guerra muy desigual, y después con Libia, y hoy se aplica la misma estrategia con Irán.(1) Aunque hay aquí un trasfondo ideológico y geopolítico, estas maniobras no solo benefician económicamente a Estados Unidos, sino también a terceros países aliados: cuando algunos de los mayores exportadores quedan fuera del mercado, como es el caso de Iraq o Irán, otros países no necesitan pactar recortes de producción para estabilizar los precios.

La situación actual es tan anómala que las consecuencias económicas pueden ser catastróficas para los países exportadores, como ya se observa en México. La agencia calificadora Moody's rebajó a nivel de bono basura la calificación de la deuda de la petrolera mexicana Pemex, la compañía petrolera más endeudada del mundo, con un pasivo superior a los 100.000 millones de dólares. Al perder el grado de inversión, muchos fondos saldrán del capital de la empresa y es previsible una caída estrepitosa de su valor. Y dada la centralidad de Pemex en la economía mexicana, tanto por la participación del sector público como por la importancia de las exportaciones de petróleo, el paso siguiente fue recortar la calificación de la deuda soberana de México.

 

Precios bajo cero, especulación y planes de rescate

 

La fecha del 20 de abril de 2020 se recordará en la historia económica. Ese día, el precio del petróleo se derrumbó por completo en Estados Unidos, alcanzando por primera vez un valor negativo. Al cierre de las cotizaciones, el West Texas para entrega inmediata se vendía a -37 dólares por barril, una cifra inimaginable. Esta caída vertiginosa del 300 % ofrece una imagen insólita y proyecta un escenario económico calamitoso. Se interpreta como síntoma de la parálisis de la economía mundial, ya que el petróleo se vincula a combustibles que ya nadie necesita, detenido el transporte y gran parte de la actividad económica.

La cotización del petróleo estadounidense en el mercado de futuros empezó a caer vertiginosamente durante la tarde, de 15 a 10 dólares, muy pronto a 5 y después a 0, hasta marcar valores negativos por primera vez en la historia, llegando incluso a un pico de -40 dólares por barril.

La especulación financiera en los mercados de futuros quedó así al desnudo: cuando vencían las opciones para entregas en mayo, el valor del petróleo ficticio, que se negocia a diario en los mercados de futuros, chocó con la fecha de entrega física del mismo, quedando de manifiesto la incapacidad del mercado de absorberlo. El valor ficticio se desmoronó rápidamente y los tenedores de barriles decidieron pagar para que alguien se llevase el excedente de producción que no podían colocar en el mercado. Este mecanismo tiene antecedentes en la industria del gas, controlada por las mismas compañías de hidrocarburos,  y se explica por la menor capacidad de la red de gasoductos para gestionar los excedentes de producción.

La debacle no afecta solo a Estados Unidos. El mismo fenómeno -aunque en menor escala- se replica en México, donde el valor del petróleo de Pemex cae también a un precio negativo de -2,37 dólares por barril. La demanda de petróleo mexicano se ha visto también muy mermada: las refinerías del país trabajan al 50 % de su capacidad, mientras que el 60 % del petróleo crudo que produce México tiene como destino la exportación, componente esencial de su comercio exterior.

El  problema de almacenamiento es mayor ahora en Estados Unidos, pero es muy probable su rápida generalización, y no se descarta que el petróleo Brent llegue también a cotizar en negativo. Es una situación inédita. Hoy deambulan por los mares del mundo decenas de superpetroleros abarrotados con más de 160 millones de barriles de crudo que no encuentran destino. Esta cantidad de petróleo "circulante" se duplicó en una semana. Los buques transportan su mercancía casi a la deriva, o permanecen amarrados en algún puerto, esperando que algún comprador se decida a recibirlo gratuitamente, incluso con los costes a cargo del proveedor. ¿Un mercado enloquecido?

No es para menos. La AIE prevé una reducción de la demanda mundial de 29 millones de barriles diarios durante el mes de abril, es decir, casi el 30 % del consumo habitual en todo el planeta, mientras las refinerías de medio mundo están paralizadas.

Es la primera vez que el precio del petróleo alcanza un valor negativo. También es la primera vez que se colma por completo la capacidad de almacenamiento de crudo en mar y tierra.

El precio del petróleo se establece en los mercados de futuros, que son por naturaleza especulativos. En general no hay un vínculo claro entre precio y demanda real de petróleo, este puede variar por incidencias geopolíticas, entre otros factores. La especulación consiste en la compraventa continua de millones de barriles diarios con el precio asignado para un determinado momento: mayo, junio, etc. Se especula con petróleo que mientras circula por los mares o incluso antes de ser extraído va cambiando permanentemente de valor. Ahora, con la interrupción real de la demanda, el mercado de futuros que emplea el petróleo como valor especulativo para ganar dinero a corto plazo se enfrenta, acaso por primera vez, a los límites físicos de la imposibilidad de atesorar este producto como mercancía a gran escala y su valor se derrumba.

La caída fulminante del precio del petróleo se vincula a una situación que, en la jerga de los analistas bursátiles, se denomina "contango", algo muy inusual, que ocurre cuando el precio de entrega inmediata de un bien es inferior al de negociación para su entrega futura. Este desfase promueve que quienes poseen opciones a corto plazo quieran pasarse inmediatamente a posiciones de más largo plazo, o bien busquen deshacerse cuanto antes de sus inversiones para evitar más pérdidas.

Es evidente que todo esto tendrá repercusiones negativas para la economía de los países petroleros y por supuesto de Estados Unidos. La situación de este país es paradójica, porque esto ocurre cuando empezaba a alardear de haber alcanzado el autoabastecimiento a través del fracking y de haberse convertido en el primer productor mundial. Pero en las últimas semanas algunas de las mayores multinacionales petroleras, como Exxon Mobil, recortaron sus presupuestos de exploración y producción para 2020 en cerca de una tercera parte, y muchas compañías de menor tamaño han cerrado la mayor parte de los pozos. La compañía Halliburton, contratista del Pentágono y la mayor empresa de servicios logísticos para multinacionales del petróleo, declaraba unas pérdidas durante el primer trimestre del año de 1.000 millones de dólares, frente a los beneficios de 152 millones durante el mismo período del año pasado.

Los recientes recortes de la producción en Canadá también afectan a compañías estadounidenses, como ConocoPhillips y otras. En los últimos días se cerraron varias instalaciones petrolíferas de arenas bituminosas, de las cuales se extrae el petróleo mediante sofisticados sistemas de presión a vapor, una maquinaria que a veces queda dañada de forma irreparable cuando deja de funcionar. El cierre empezó a materializarse cuando el precio del petróleo fue cayendo durante los últimos días, hasta llegar a 0 dólares por barril. Canadá ha dejado de extraer 300.000 bd de arenas bituminosas y podría dejar de producir hasta 1,5 mbd.

En este contexto, Donald Trump anuncia un plan de salvataje para la industria petrolera. Así lo expone en su cuenta de Twitter: "Nunca dejaremos caer a la gran industria del petróleo y gas de Estados Unidos. He dado instrucciones al  secretario de Energía y  al  secretario del Tesoro para que formulen un plan que ponga a disposición fondos para que estas empresas y empleos tan importantes estén asegurados en el futuro." En una medida sin precedentes, Trump ya había anunciado que el estado compraría 75 millones de barriles para almacenarlo en las reservas estratégicas: "será la primera vez en mucho tiempo que estarán llenas a rebozar", afirmó.

El presidente de Estados Unidos ya había anunciado que destinaría medio billón de dólares para el rescate de las compañías aéreas con dinero público, ¿por qué no iba a hacer algo parecido con las petroleras? Una inyección de dinero público les permitiría aligerar su abultada deuda, que por cierto es anterior a la crisis actual. Según datos publicados por nytimes.com (21/04/2020), la deuda de las compañías dedicadas a la producción de petróleo es de 86.000 millones de dólares, con vencimiento en los próximos cinco años, a la que se suma una deuda acumulada adicional de 123.000 millones de dólares de las compañías propietarias de oleoductos. Mientras tanto, como afirma el periódico neoyorquino, "los ejecutivos están trabajando desde casa, juntándose con sus colegas y equipos de dirección para decidir con qué rapidez van a detener la producción y despedir trabajadores".

Las compañías de menor tamaño están cerrando la mayor parte de los pozos, despidiendo a una parte de los empleados y aplicando recortes de sueldos entre el personal que sigue activo. Se estima que la industria del petróleo emplea directa o indirectamente a 10 millones de personas en Estados Unidos. No sólo es una actividad estratégica, su expansión de los últimos años la sitúa entre las más importantes del mercado laboral interno.

El lado más peligroso de esta situación es que despierta la tentación del presidente estadounidense de concretar su gran obsesión de atacar Irán antes del final de su mandato, una huida hacia adelante para ocultar su incapacidad de resolver la crisis sanitaria y la crisis económica. Bastó la amenaza de Trump de haber dado órdenes a la Marina de "derribar y destruir" las naves iraníes que puedan "hostigar" a la flota de guerra desplegada en el Golfo, para que el precio del petróleo remontase inmediatamente, en un mercado siempre reactivo a los tambores de guerra cuando estos suenan en esa región.

Desgraciadamente existe un vínculo macabro, histórico y reiterado en el tiempo, entre los intereses de las multinacionales petroleras y las expediciones militares de Estados Unidos en Oriente Medio. Este vínculo va más allá de la entrega de las reservas conquistadas a compañías del país ocupante, algo que no siempre es factible por la inestabilidad política. Cualquier amenaza de conflicto bélico en el Golfo Pérsico, región por la que transita gran parte del petróleo que se intercambia en el mundo, es motivo suficiente para provocar el alza del precio del petróleo cuando este cayó por los suelos. Aunque semanas atrás Trump parecía obsesionado con encontrar la manera de invadir Venezuela, ahora ha vuelto la mirada a Irán, no porque tenga más o menos petróleo que su enemigo sudamericano. La ubicación estratégica de Irán permitiría a Estados Unidos desplegar su flota para interrumpir por completo el paso de buques por el estrecho de Ormuz.

Previamente a la guerra de Iraq de 2003, el precio del petróleo también cayó a mínimos, debido a una mayor oferta y a la reducción mundial de la demanda a causa de sucesivas crisis financieras y bursátiles. Con la guerra de George W. Bush las petroleras obtuvieron enormes beneficios, se diría que la guerra se hizo a la medida de ellas, aunque nunca acabaron de controlar después la situación sobre el terreno. Ahora el precio del petróleo alcanzó un nivel más bajo del que tuvo peviamente a esa guerra. Una amenaza de guerra con Irán, de ser creíble, podría activar un mecanismo de ilusionismo financiero a través del cual la caída del consumo mundial se supondría compensada por la interrupción del suministro desde el Golfo Pérsico a los países consumidores.

 

Combustibles fósiles, crisis sanitaria y cambio de modelo energético

 

Del actual colapso del sistema productivo estadounidense en el sector de hidrocarburos podría emerger un nuevo modelo energético, más ecológico y consensuado en el plano internacional, que dispute la viabilidad económica y  ambiental a las energías fósiles. Este desafío es tan necesario como exigente, porque pone en cuestión uno de los principales pilares del sistema de poder de Estados Unidos en el mundo: su hegemonía energética a través del control mundial del mercado de hidrocarburos.

El cambio de paradigma que implicaría abandonar los combustibles fósiles puede provocar un fuerte seísmo social en los territorios donde esta actividad implica el uso intensivo de mano de obra, como ha ocurrido en todos los países que redujeron sustancialmente la producción de carbón. De este modo, la búsqueda de eficiencia energética mediante el uso de energías renovables, sustitutivas de combustibles fósiles como el petróleo y el carbón, choca a menudo con los intereses de los trabajadores del sector, que además, en el caso del petróleo, suelen tener altos salarios, inexistentes en otras actividades.

Aparte de la crisis climática, el consumo de combustibles fósiles también representa un problema sanitario muy grave. Miles de personas mueren cada año en las grandes ciudades de enfermedades respiratorias o cardiovasculares producidas o agravadas por la contaminación. Además, ahora surgen evidencias científicas de que la polución por dióxido de nitrógeno (NO2) causada por los motores diésel y la emisión de micropartículas (PM 2,5) se relaciona con una mayor letalidad en los enfermos de covid19. Se trata de dos estudios simultáneos, anticipados por eldiario.es, que se realizaron en la Comunidad de Madrid y en Lombardía, en áreas urbanas muy contaminadas. Los investigadores de la Universidad Martin Luther King (Alemania) concluyeron que la exposición a largo plazo al dióxido de nitrógeno "puede ser uno de los factores más importantes que contribuyan a la mortalidad" por coronavirus. El otro estudio, de la Escuela de Salud Pública de Harvard (Estados Unidos), revela que "un pequeño incremento en la exposición prolongada a las micropartículas PM 2,5 lleva a un gran aumento en la tasa de mortalidad por covid19 en el pais". Resumidamente, la contaminación actual en las grandes ciudades debilita al organismo para poder resistir ante una pandemia como la que ahora enfrentamos.

Como una posible salida de esta doble crisis de salud y ecológica, muchas ciudades ya se plantean profundas transformaciones del uso del espacio urbano y las formas de movilidad. Recuperar espacio para el tránsito de personas, en momentos de distanciamiento social "desescalado", así como potenciar el uso de bicicletas son las respuestas limpias a la crisis actual. Pero también podría darse una mayor incidencia del uso de automóviles particulares, como aconsejan autoridades españolas para evitar contagios en el trasporte público. Habrá que buscar un nuevo equilibrio entre las distintas formas de transporte, en el que siempre prime recuperar la calidad del aire que respiramos.

En pleno confinamiento la solución de este problema no requiere casi ningún esfuerzo. Las mediciones de NO2 realizadas por la Agencia Espacial Europea (AEE) entre mediados de marzo y mediados de abril muestran un descenso de la polución por dióxido de nitrógeno del 50 % respecto al mismo período del año anterior. Este registro equivale a la media de las principales capitales europeas.

Las ciudades tendrán un papel importante en el nuevo modelo de consumo y producción que se instale en un horizonte postpandemia o de convivencia prolongada con la enfermedad. Un primer ejemplo es Milán, que acaba de anunciar un plan para reducir el tráfico y abrir más de 35 kilómetros de calles para las bicicletas y  los peatones cuando acabe el confinamiento. Muchas otras ciudades van por la misma senda, repensando un nuevo modelo urbano que permita circular en tiempos de relativo aislamiento social.

Todo esto es una pésima noticia para la industria del petróleo y sus derivados, pero una excelente idea si queremos mejorar nuestra calidad de vida y salvar el planeta del calentamiento y la devastación medioambiental. Hay muchísimos intereses y resistencias del establishment energético que hoy controla el abastecimiento de combustibles, que defenderá con uñas y dientes su posición hegemónica en el sector y el modelo extractivo que está en la base de sus ganancias.

Las resistencias provendrán también de los países que han basado hasta ahora gran parte de su crecimiento en el extractivismo, bien sea de petróleo y gas, bien sea de minerales como el oro y el cobre, o incluso el litio. Muchos países del sur también deberán aprovechar esta impasse económica y social para repensar e impulsar sus capacidades de desarrollo endógeno y sostenible.

Las entidades agrupadas en Alianza por el Clima, que actúan coordinadamente con Fridays for Future, han convocado a una jornada de Acción Global por el Clima el 24 de abril, con motivo del día de la Tierra (22 de abril). En el manifiesto de la convocatoria sostienen que la detención del cambio climático requiere, entre otras medidas no menos importantes, acelerar "la transición energética desde los combustibles fósiles hacia un modelo 100 % renovable, sin emisiones contaminantes, justo y eficiente, apostando decididamente por el autoconsumo y la energía distribuida y pasando por sistemas tarifarios justos".

La emergencia climática que atraviesa la humanidad requiere un profundo cambio de mentalidad. Por supuesto de los ciudadanos, como consumidores de productos energéticos; pero más aún en la planificación política y en la asignación de recursos a las distintas fuentes de energía, y ello bajo una fuerte presión social. Solo así se podría alcanzar la "reducción drástica de las emisiones netas de gases de efecto invernadero" que exige la Alianza por el Clima como condición indispensable para la supervivencia de la vida humana en la Tierra.

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Colas para recibir comida en Santa Ana (California). (FOTO: EFE | VIDEO: REUTERS)

 La economía retrocede un 1,2% durante el primer trimestre, lastrada por los albores del coronavirus, tras más de una década de expansión

 

El periodo de crecimiento más largo de la historia estadounidense acaba de terminar oficialmente. La economía retrocedió un 1,2% durante el primer trimestre ―equivalente a una caída del 4,8% en tasa trimestral anualizada―, lastrada por los albores del coronavirus, según las cifras hechas públicas este miércoles por el Departamento de Comercio, y que marcan el punto de inflexión entre dos ciclos que parecen dos eras. A mediados de marzo, la NBA canceló su liga, los teatros de Broadway cerraron, las grandes factorías de Michigan se detuvieron. La primera potencia mundial inició un apagón autoimpuesto en medio mundo para frenar la escalada de contagios. El declive recién conocido es más profundo de lo que se preveía, pero se antoja anecdótico en comparación con lo que se espera de abril a junio, un trimestre que sí habrá registrado el impacto de tamaña hibernación: las tasas de derrumbe pronosticadas oscilan entre el 30%, el 40% y hasta el 60% en cifras anualizadas.

Estados Unidos no sufre una debacle semejante desde la Gran Depresión y el temor a una repetición de ese trauma económico no deja de ganar argumentos. Desde que estalló la crisis de la covid-19, más de 26 millones de estadounidenses han solicitado las ayudas por desempleo, un volumen que no se anotaba desde que empezaron los registros (en los años 40) y que equivale a uno de cada seis trabajadores por cuenta ajena. Este jueves, cuando se conozca el nuevo dato semanal, la ratio puede llegar a uno de cada cinco. Así, el país que en febrero vivía una situación de casi pleno empleo (3,5% de paro) puede darse de bruces con un 20%. En 1933, el peor punto de la depresión, llegó al 25%.

Atrás queda una década prodigiosa, algo más que eso. La expansión económica en EE UU batió el pasado mes de julio el anterior récord de 120 meses seguidos de crecimiento, que fue la bonanza previa a la crisis de las puntocom en 2001, durante la presidencia de Bill Clinton.

La recuperación tras la Gran Recesión fue lenta y desigual: a las familias les llevó casi 10 años recuperar su nivel de ingresos previos al crash. Ahora, en apenas seis semanas, se han perdido todos los empleos creados desde entonces y la mirada al futuro inmediato da vértigo. El precio del barril de petróleo West Texas, la referencia en el país, cayó de tal manera la semana pasada que el vendedor llegó a pagar por deshacerse de él.

Con la economía patas arriba, familias enteras sin trabajo y filas interminables de coches aguardando a recibir comida de la caridad, varios Estados, como Georgia, Texas o Carolina del Sur, han empezado ya a reactivar la vida pese a las llamadas a la prudencia de los expertos médicos. El conjunto del país acaba de superar el millón de contagiados, casi una tercera parte de todos los confirmados en el mundo, y más de 57.000 fallecidos (aunque con 330 millones de habitantes, la ratio de mortalidad por esta pandemia es muy inferior a la de países como España). Y, pese a que en territorios clave como Nueva York, epicentro del problema, el ritmo de hospitalizaciones ha bajado, el volumen de contagios está repuntando en zonas rurales.

El cálculo de cuánto conviene desescalar las restricciones, de cuánto más parón económico puede soportar el país resulta complicado en todas partes. Washington ha inyectado ya tres billones de dólares en ayudas y estímulos para salvar la economía, pero el confinamiento ha causado estragos.

A mediados de marzo, cuando empezó a derrumbarse todo, en la cadena pública PBS preguntaron a Kenneth Rogoff, execonomista jefe del FMI y profesor en Harvard, con qué se podía comparar lo que está ocurriendo, y consideró que lo más parecido era “una invasión alienígena”. “No se puede comparar ni siquiera con la gripe española de 1918, porque aquello fue después de la Primera Guerra Mundial y las cosas ya estaban mal. Aquí nos están invadiendo los aliens, nos dicen que nos metamos en casa y no salgamos, y en el corto plazo vamos a experimentar una recesión tan brusca como solo se ha visto en la Segunda Guerra Mundial”, dijo.

Por Amanda Mars

Washington - 29 abr 2020 - 08:14 COT

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Una calle peatonal de São Paulo, el pasado viernes.Fernando Bizerra Jr. / EFE

En el escenario más benigno la crisis sanitaria provocará un retroceso del PIB del 6,6% este año, mientras que en el más adverso el cataclismo rozaría el 12%. La caída será superior a la media mundial, según el Banco de España

 

Ser uno de los continentes menos afectados por el coronavirus en términos relativos no significa que el impacto de la crisis económica desatada por la pandemia no vaya a ser grueso, incluso más de lo que se preveía hasta ahora. América Latina, de Tijuana a Ushuaia, se expone a una caída de renta acumulada de entre el 11% (en un escenario “acotado”, con confinamientos de ocho semanas y recuperación más o menos rápida de la demanda interna) y el 22% (en uno de “confinamiento prolongado”, en el entorno de las 12 semanas, y mayor tensión de las condiciones financieras) entre este año y el próximo, según una simulación del Banco de España a partir de datos propios, el FMI, Consensus Forecasts y Thomson Reuters. Las cifras, no obstante, están notablemente por encima de lo proyectado hasta ahora por organismos como el propio Fondo Monetario o el Banco Mundial y tienen como punto de partida el crecimiento del PIB previsto para la región antes de que la pandemia redefiniese el concepto “normalidad”, tanto en lo humano como en lo económico.

El subcontinente cerrará 2020, que va camino de ser el peor año para la economía mundial en casi un siglo, con un retroceso del PIB de entre el 6,5% y el 11,5%, el mayor desde que hay registros y que hace palidecer el 5,2% que proyectaba el FMI hace solo dos semanas y el 4,6% del Banco Mundial. Esos números ya son papel mojado, con un retroceso mayor que el esperado para la economía mundial “en parte porque la proyección de crecimiento antes de la pandemia era inferior en las economías latinoamericanas y, en parte, porque el canal de la contracción de la demanda interna —el más significativo— es más pronunciado en estas economías, al estar más cerradas a los intercambios de bienes y servicios que la media mundial”. Lo que no cambia es la fecha orientativa en la que se empezará a ver la luz al final de un túnel que no estaba en ninguna hoja de ruta: en “ausencia de nuevos brotes de la epidemia más adelante", la economía global (y, con ella, la latinoamericana) empezarán a recuperarse a partir de la segunda mitad de este año.

Todavía en fase de contención sanitaria, con confinamientos más o menos estrictos pero activos en prácticamente todos los países de la región, “el alcance de la disrupción resulta todavía muy incierto”, apostillan los técnicos del Banco de España. Pero ya se empiezan a atisbar algunas trazas que acompañarán a América Latina (y al mundo) en los próximos meses: menor comercio internacional, con las materias primas, de las que tanto depende América del Sur, en el ojo del huracán; flujos turísticos claramente a la baja; tiranteces en unos mercados financieros sometidos a una presión inédita desde la Gran Recesión de una década atrás; contracción abrupta de la demanda interna, “que se está reflejando en un menor consumo de los hogares y en un retroceso de la inversión empresarial”; y efectos negativos sobre la oferta por la interrupción forzada de la producción en varios sectores. “Además, la incertidumbre sobre las perspectivas puede reducir el consumo y la inversión más allá del horizonte más inmediato, abocando a la destrucción de empresas y de puestos de trabajo, a un aumento de los impagos y al endurecimiento de las condiciones de financiación de algunos agentes, lo que puede retroalimentar un círculo vicioso y elevar la persistencia de la crisis”.

El coronavirus supone un choque múltiple para la región: todos los sectores se ven, en mayor o menor grado, afectados. Con un grado de apertura económica (exportaciones) menor que otras regiones, los países latinoamericanos están, por lo general, menos expuestos a las vicisitudes del exterior. Sin embargo, el grado de enganche de las economías que sí son muy dependientes de otros países (México de Estados Unidos; Chile, Perú y Brasil de China) es enorme, con encadenamientos productivos que se complican en tiempos como estos, en los que muchas cadenas de valor han saltado por los aires. A eso hay que sumar la evolución negativa de las materias primas —entre ellas el petróleo, sí, pero no solo—, de las que América Latina es exportador neto y cuyo precio ha caído drásticamente desde la irrupción de la pandemia partiendo de niveles ya de por sí menores a la media histórica, según los datos recopilados por el Banco de España. Y del turismo, un área de actividad sobre la que el coronavirus ha supuesto un misil sobre su línea de flotación y que tiene una importancia relativa sobre el PIB notablemente superior que en el resto de emergentes.

El punto de partida también pesa. “América Latina parte de una situación más delicada que el resto de las economías emergentes y avanzadas para enfrentarse a la pandemia”, subrayan los técnicos del Banco de España, que recuerdan que ya en la segunda mitad de 2019, en la que dos de las tres grandes potencias del área —México y Argentina— ya habían entrado en números rojos, “el crecimiento de la región continuó siendo muy débil como consecuencia del bajo dinamismo de la demanda interna”. Latinoamérica ya era, desde mucho antes de la crisis sanitaria, una isla de bajo crecimiento en un mar emergente que también empezaba a dar señales de agotamiento.

Por Ignacio Fariza

Madrid - 29 abr 2020 - 05:32 COT

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