Diálogo post Brexit: Johnson descartó un acuerdo de libre comercio con la UE  

A tres días de la salida formal del Reino Unido de la Unión Europea , de los buenos deseos mutuos y las promesas de paz y cooperación, empezaron los ladridos. De cara a la negociación sobre el futuro de la relación bilateral, el primer ministro británico Boris Johnson fue enfático al decir que no habría alineamiento regulatorio con la Unión Europea cuando termine el actual período de transición el 31 de diciembre, ni libre acceso para la pesca europea en aguas británicas. 

"No hay ninguna necesidad para alcanzar un acuerdo de libre comercio que el Reino Unido acepte la política europea respecto a subsidios, competencia, la protección social o medioambiental. Tendremos nuestra propia regulación, igual o mejor que la europea", dijo Johnson.

Unos minutos antes, en una conferencia de prensa en Bruselas que terminó superpuesta con el comienzo del discurso de Johnson, el negociador europeo Michel Barnier reafirmó una posición diametralmente opuesta respecto a las reuniones que comenzarán el 3 de marzo. 

El jefe de negociadores europeos indicó que la igualdad de reglas para un futuro tratado de libre comercio estaba contemplada en la declaración política firmada por las dos partes, que esperaba que el Reino Unido respetara la tradicional pesca europea en aguas británicas y que el Peñón de Gibraltar, cuya devolución reclama España al Reino Unido, no formaría parte de las negociaciones.

La síntesis de ambas declaraciones es que el diálogo post-Brexit empezó a los gritos y con cara de perro. Suele suceder en la apertura de toda negociación comercial que las partes expresan su posición de máxima para que cualquier concesión sea valorada y debidamente reciprocada. En este caso el problema es que el principio nodal del diálogo es una dicotomía excluyente: alineamiento o divergencia regulatoria. 

La UE exige un alineamiento regulatorio dinámico que obligaría al Reino Unido a seguir el mismo esquema regulatorio a nivel laboral, social, medioambiental, de ayuda estatal y tributario, entre otros temas. La posición británica, delineada por Boris Johnson y anticipada el domingo por el canciller Dominique Raab, es que esto no va a suceder porque el Reino Unido quiere divergir de estas normas. Según el gobierno el Brexit – la separación de la UE - no tiene sentido si el Reino Unido no puede establecer sus propias reglas.

En juego están más de ocho mil productos de un intercambio que constituye la mitad del comercio británico global a nivel industrial y agrícola en una negociación que deberá también lidiar con la pesca y los servicios, en especial el sector financiero, tan central en la economía británica. Boris Johnson quiere un acuerdo que le dé pleno acceso al mercado europeo, pero que no le impida tener un marco regulatorio propio. 

La UE ha dejado en claro desde el referendo de 2016 que eso atentaría contra la unidad del mercado común europeo que se basa precisamente en que todos los miembros respetan las mismas reglas de juego: ¿qué precedente se daría si a un ex miembro se le permite exportar con los mismos derechos que a los miembros, pero con regulaciones más laxas?

Con estos puntos de partida, se dispara la posibilidad de un “hard Brexit”, es decir que el 31 de diciembre las dos partes lleguen a acuerdos sectoriales mínimos o directamente a ningún acuerdo y que los intercambios se rijan por las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Termómetro habitual, la libra esterlina reaccionó al mediodía con una caída de un punto ante las declaraciones de Johnson y Barnier. ¿Hay posibilidades de salir de este punto de partida aparentemente inconciliable?

Los especialistas consultados por Página12 coinciden en que, a menos que una de las dos partes dé marcha atrás (y ambas tienen fuertes razones para no moverse de lugar), el 31 de diciembre llegará con un acuerdo ínfimo o sin acuerdo. “Hay que recordar que los acuerdos de libre comercio toman normalmente mucho tiempo. Es cierto que acá hay un punto de partida teóricamente promisorio porque tras 47 años en que el Reino Unido formó parte de la UE hay por el momento un pleno alineamiento regulatorio. La pregunta es qué margen hay para apartarse de eso y tener un acceso similar a los mercados. Mi propia percepción es que habrá un acuerdo limitadísimo, pero que también es muy posible que haya ningún acuerdo”, indicó a este diario Richard Whitman, experto en temas europeos y comerciales de Chatham House, uno de los “think- Tanks” más antiguos del Reino Unido.

Otro experto, Thomas Sampson, de la London School of Economics, alerta sobre el impacto económico. “Un acuerdo muy elemental es possible porque hay sectores en los que la Unión Europea no tiene ni aranceles ni cuotas para la cantidad a importar, caso de los productos farmacéuticos y libros. En cambio hay sectores fuertemente regulados donde el impacto será muy fuerte como agricultura y finanzas. Y en caso de que no haya acuerdo, hay sectores como la industria automotriz que pasarían a regirse con las reglas de la OMC con aranceles de hasta el 10% mientras que con los productos agrícolas los aranceles podrían llegar a un 80%. Esto les quitaría competitividad a estos sectores y encarecería la producción interna ya que el Reino Unido importa gran parte de sus alimentos”, señaló a Página12.

Una síntesis de este dilema sería buscar una fórmula sector por sector que combine alineamiento regulatorio y divergencia. Mientras que la industria automotriz, la aeroespacial, la farmacéutica y la de productos químicos han manifestado su deseo de mantener el alineamiento regulatorio, desde el viernes surgieron voces tanto pro-europeas como pro-Brexit que reivindicaron áreas como Inteligencia Artificial o high tech en los que la divergencia regulatoria podría ser beneficiosa para el Reino Unido .

El semanario “The Economist”, el ex primer ministro laborista Tony Blair en el campo pro-europeo y Larry Elliot, un pro-brexit de centro izquierda, editor económico del pro-europeo matutino “The Guardian, están de acuerdo sobre ese punto a pesar de que parten de premisas ideológicas muy diferentes. “El Reino Unido es uno de los líderes mundiales en Inteligencia Artificial. El primer ministro sugirió que el gobierno puede usar su libertad regulatoria para dar más ayuda estatal a este sector, algo que no estaría permitido en la regulación europea que es muy estricta respecto a la asistencia estatal. De hecho este fue en los 70 uno de los argumentos más importantes de la izquierda laborista para oponerse al ingreso a la UE. Pero además la creación del mercado común europeo no llevó a un crecimiento económico sostenido porque está muy centrado en dos obsesiones germanas: el control de la inflación y el déficit fiscal”, escribió Ellliot en su columna en el "The Guardian".

En caso de "Hard Brexit" o de acuerdos muy elementales, el modelo económico-social británico, que reformateó el Thatcherismo en los 80, podría terminar con una variante más extrema que convertirá al Reino Unido en un gigantesco paraíso fiscal con el objetivo de competir con bajos costos frente a los productos de la UE. 

La City de Londres, con su red asociada de paraísos fiscales, ya es uno de los grandes responsables de la evasión fiscal y el lavado de dinero a nivel mundial, pero ahora Boris Johnson planea la creación de 10 "freeports" que estarán en términos tributarios fuera del Reino Unido y servirán como imán para la inversión extranjera y la nacional. “El proyecto de Johnson es lo que él ha llamado un Singapur en el Támesis. Lo que quiere decir con esta frase es un lugar donde haya bajos o nulos impuestos y una degradación de la regulación laboral, medioambiental y social existente, todo lo que impactará muy fuerte en el Estado de Bienestar Social británico. Los beneficiarios serán un núcleo oligárquico nacional y extranjero. Los grandes perjudicados el resto de la población y la posibilidad de supervivencia del Estado de Bienestar. La única posibilidad que tiene Europa de evitar el impacto de esta política es adoptar una posición dura respecto al alineamiento regulatorio”, dijo a este diario John Christensen director y fundador de la organización líder de la lucha contra los paraísos fiscales Tax Justice Network.

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Sábado, 01 Febrero 2020 06:13

La emergencia climática como negocio

La emergencia climática como negocio

Justo antes de que los super-ricos del planeta se reunieran en el Foro Económico Mundial en Davos el mes pasado, la trasnacional Microsoft anunció sus planes de volverse una empresa “negativa en emisiones de carbono” para 2030. Poco antes, BlackRock, la billonaria y mayor gestora de inversiones especulativas del globo, aseguró que cambiaría parte de sus inversiones para atender el cambio climático. La “emergencia climática” fue uno de los temas centrales en las sesiones del Foro de Davos este año. Otras grandes empresas, muchas culpables del caos climático, como las de agronegocios, energía, automotoras, plataformas digitales, han hecho recientemente declaraciones similares.

¿Significa esto que las trasnacionales, principales causantes del cambio climático, finalmente asumirán la gravedad de la situación y cambiarán sus causas? Claro que no. Lo que están haciendo es asentar una nueva ola de oportunidades de negocio. Por ejemplo, nuevas formas de apropiarse de la tierra y los ecosistemas –con graves impactos sobre las comunidades y el ambiente– y el desarrollo de tecnologías de geoingeniería.

Engloban estas propuestas con expresiones engañosas, como “soluciones basadas en la naturaleza”, “reducción neta de emisiones”, “carbono neutral”, “cero emisiones” netas o el aún más absurdo “emisiones negativas”. Absurdo porque no existe ningún gas que una vez emitido sea menos que cero. Todas son trampas de lenguaje, ya que no reducen las emisiones de gases de efecto invernadero, sino que alegan compensar esas emisiones para justificar el seguir contaminando. No son reducciones, sino malabarismos contables para que la suma termine en cero o incluso en “negativo”, caso en el cual la humanidad quedará debiéndoles el favor a las empresas que causaron el desastre.

Microsoft, justamente, afirma que para 2030 tendrá emisiones de carbono negativas y para 2050 habrá removido toda la huella histórica de carbono de la empresa, incluso la de los usuarios de sus productos. Para ello, por una parte, continuará con “compensaciones” de carbono (por ejemplo, invertir en monocultivos de árboles u otras actividades que compensen sus emisiones supuestamente absorbiendo carbono). Además, anunció nuevas acciones, como el cambio en sus instalaciones a transportes eléctricos o basados en agrocombustibles. Medidas similares anunciaron también Amazon, Apple y Alphabet (dueña de Google), ya que las plataformas digitales consumen una enorme cantidad de energía. Es poco conocido, pero todas están entre los principales consumidores de energía en Estados Unidos. Este cambio podría parecer positivo, pero debe ser analizado a la luz de a qué fuente de energía se refieren y cómo se obtiene. Por ejemplo, la bioenergía y los biocombustibles, si se analiza su ciclo de vida completo, usan más petróleo y emiten más gases de lo que dicen sustituir.

Microsoft explica que no sólo compensará emisiones, sino también removerá carbono de la atmósfera, usando una mezcla de “soluciones basadas en la naturaleza” y “soluciones” tecnológicas. Lo primero debe traducirse como la intención de apropiarse de territorios que considere fuentes significativas de absorción y retención de carbono, de bosques a humedales, turberas y mares. Además, promoción y cabildeo para que los suelos agrícolas sean aceptados como sumideros de carbono, algo que actualmente no sucede, porque la absorción en suelos no es permanente. No sólo Microsoft, sino todas las empresas que ahora hablan de “soluciones climáticas basadas en la naturaleza” se proponen abrir nuevos frentes de disputa por el control de campos agrícolas y territorios, que esperan les sirvan para obtener nuevos créditos comerciables en los mercados de carbono, pese a que está demostrado que esos mercados no han funcionado para combatir el cambio climático.

En cuanto a “soluciones” tecnológicas, Microsoft anunció el aumento exponencial de apoyo a tecnologías de geoingeniería. Bill Gates, fundador de esta empresa, es actualmente el principal financiador privado de investigación en estas tecnologías de manipulación del clima. Ahora Microsoft anunció la creación de un fondo por mil millones dólares para desarrollo de tecnologías de geoingeniería. Comenzarán con bioenergía, con captura y almacenamiento de carbono (Beccs, por sus siglas en inglés), y “captura directa de aire”, que son megainstalaciones que filtran aire y separan el dióxido de carbono con sustancias químicas. No está claro dónde lo almacenarían para que no retorne a la atmósfera. Como todas las tecnologías de geoingeniería, requieren grandes cantidades de energía, son de alto costo y no está técnica ni ambientalmente probado que puedan funcionar a la escala necesaria para afectar el cambio climático. El fondo estará abierto a financiar también otras técnicas de geoingeniería, incluso la modificación de radiación solar, con lo cual se convertirá en el mayor fondo de promoción de la geoingeniería hasta ahora.

Por sus altos riesgos e incertidumbres, el despliegue de geoingeniería está bajo moratoria en Naciones Unidas, algo que será necesario afirmar ante estos nuevos ataques corporativos (https://tinyurl.com/vztyloz).

Por  Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC

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Un simpatizante del Brexit cruza una calle en el centro de Londres.  Imagen: AFP

Un país atravesado por el deseo de aislarse y a la vez de pertenecer

A las 11, la proyección digital sobre la fachada de 10 Downing Street de un reloj llegó al momento culmine luego de un conteo descendiente coreado en la Plaza del Parlamento como si fuera la llegada de año nuevo

 

 Desde Londres.A las 11 de la noche, el Reino Unido dejó oficialmente de pertenecer a la Unión Europea (UE). Una hora antes, en un mensaje pre-grabado en su página de Facebook, Boris Johnson exaltó la salida del bloque europeo con un llamado a la unidad nacional y al “comienzo de una nueva era en la que el futuro de cada uno no dependa del azar del lugar de nacimiento”. A unos pasos de su residencia oficial, 10 Downing Street, el ala durísima del Brexit, las huestes de Nigel Farage, no querían saber nada con este mensaje conciliador: la fiesta que congregó a miles de personas en la Plaza del Parlamento era para celebrar la "liberación de las cadenas de la Unión Europea". Al borde del Támesis en Londres y en vigilias con velas encendidas en todo el país, los pro-europeos hicieron sus postreras manifestaciones ante lo inevitable. A las 11, la proyección digital sobre la fachada de 10 Downing Street de un reloj llegó al momento culmine luego de un conteo descendiente coreado en la Plaza del Parlamento como si fuera la llegada de año nuevo: el Reino Unido ya no pertenecía al bloque europeo.

La salida es a la vez formal – hay un período de transición hasta el 31 de diciembre – e irreversible: no existe la posibilidad de marcha atrás. Si este año el Reino Unido tuviera un masivo arrepentimiento, tendría que renegociar su entrada en la UE. En la Plaza del Parlamento, la mera posibilidad causaba risa. “Nos fuimos y no volveremos. Por fin se respetó el mandato democrático. Somos libres”, aseguró eufórica una jubilada vestida con los colores de la bandera del Reino Unido.

La celebración de los pro-Brexit fue entusiasta y colorida, pero limitada porque regía la prohibición municipal de fuegos artificiales, música con altoparlantes y alcohol, aunque difícilmente en el Reino Unido baste un edicto para evitar la presencia de este último ingrediente, sea de contrabando o por consumo en los atestados pubs de la zona. En todo caso la prohibición fue funcional al gobierno que buscó un festejo moderado que no exacerbe el rencor acumulado durante la larga saga del Brexit, tan larga que es difícil medirla en años, saber si comenzó con el referendo de junio de 2016, con la insidiosa ofensiva mediática de los 90, con Margaret Thatcher en los 80 o con algún atávico instinto insular.

En horas de la tarde el gobierno buscó reforzar su mensaje de una "nueva era" con una reunión de gabinete en el National Glass Centre, un museo y centro de arte de Sunderland, el norte del país. Las reuniones de gabinete siempre se hacen en 10 Downing Street. El honor en este día trascendental le correspondió a Sunderland porque es una localidad emblemática: fue la primera en anunciar la victoria del Brexit. Pero además representa a ese norte pobre e históricamente laborista que en diciembre votó a Johnson con tal de asegurarse la salida de la UE.

La visita tenía la espectacularidad que necesitaba este mensaje de nueva aurora de Johnson, pero no pudo ocultar las profundas divisiones de un país polarizado. Un grupo de estudiantes se manifestó con carteles de “Boris you are not welcome here” y “Tory cuts not welcome here”. Una pareja de pro-europeos, James y Janet Sheetin, de 58 años, se desviaron de su viaje desde otra ciudad del norte, Newcaste, para plantarse en las puertas del National Glass Center con la bandera europea al grito de “long live Europe”. Empleado de un supermercado, James Sheetin le dijo al periódico local “Sunderland Echo” que la visita de Johnson era un golpe de efecto barato. “Su partido no hizo nunca nada en su vida por el Noreste del país”, dijo Sheetin.

Esta mezcla de escepticismo y alegría, desazón, euforia e incertidumbre es una clara muestra que el Reino Unido está hoy peligrosamente desunido como demostraron anoche las voces que llegaban de las otras dos naciones y de la provincia que constituyen el Reino. En la frontera irlandesa, el punto más álgido de las negociaciones del Brexit porque une a la República de Irlanda, miembro de la UE y a Irlanda del Norte, cuarta pata del Reino Unido, militantes de las Comunidades Fronterizas contra el Brexit, revelaron en un acto un gigantesco cartel con la consigna “fight goes on” (la lucha continúa).

En Escocia, la primer ministro Nicola Sturgeon, dijo que Escocia “es arrancada de la Unión Europea contra los deseos de la enorme mayoría” que votó en el referendo a favor de permanecer en el bloque. En Gales, que votó a favor de la salida, el primer ministro Marrk Drakeford dijo que seguirían formando parte de Europa. Un recorrido que hizo el matutino "The Guardian" por varias localidades pro-Brexit muestra la misma mezcolanza de emociones. En el norte del país, Birkenhead es uno de esos lugares que ha desafiado la comprensión de los analistas políticos: beneficiario neto de subsidios de la UE, votó a favor de la salida (lo mismo ocurrió en Gales). “Estoy aliviada. Ya estábamos hartos de tanta regulación que venía de gente que no conocíamos. El pueblo quería recobrar el control”, le señaló al matutino Hazel Harris de 78 años. En Barry Island, otra localidad pro-brexit, Emma Page, de 42 años, confesaba su incertidumbre y las divisiones familiares. “Soy la única que votó a favor de salir. Mi padre todavía me reprocha que es por gente como yo que está pasando lo que pasa. Espero haber tomado la decisión correcta y que se curen las heridas, pero va a tomar tiempo”, le dijo al diario The Guardian.

Según John Curtice, el especialista de sondeos de la BBC, que a diferencia de muchos de sus colegas alrededor del mundo viene acertando en sus predicciones, las encuestas muestran claramente que si la votación se celebrara hoy ganarían los que quieren seguir en la UE. "La última media docena de sondeos le dan a los pro-europeos un 53 por ciento y a los pro-Brexit un 47 por ciento. La mayoría de los que votaron en 2016 votarían de la misma manera. La diferencia radical es con los que no votaron. Entre este grupo los pro-europeos son el doble", señala Curtice. Entre ellos están los que no pudieron votar en 2016 por su edad: cuanto más joven, más decididamente pro-europeo el perfil del votante. La confusión en este grupo es inevitable. Un ferviente pro-europeo, Timothy Garton Ash, trataba de lidiar con el asunto exhortando ayer en una columna en el The Guardian “a desear que el Brexit sea exitoso y que la Unión Europea sea más exitosa aún”.

En medio de esta marea emocional de los tradicionalmente circunspectos británicos una cosa está clara. Sea por la historia, la geografía o la conveniencia, el Reino Unido no podrá librarse de su vecino. Hasta fin de año tendrá que negociar cómo será la relación al final de la transición. Y luego, de una manera u otra, pase lo que pase, tendrá que seguir el diálogo. El mismo Timothy Garton Ash citaba en The Guardian las palabras del historiador RW Seton-Watson en 1937 para caracterizar la ambivalente relación británica con el continente. “El deseo de aislamiento. Y la conciencia de que es imposible. La aguja del compás británico sigue oscilando entre estos dos polos” A más de 80 años nada ha cambiado ni nada cambiará.

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Reino Unido prepara acuerdo comercial con EU, a unas horas de dejar la Unión Europea

El bloque perderá un miembro por primera vez y ganará un competidor

 

Londres. El primer ministro británico, Boris Johnson, se reunió ayer en Londres con el secretario estadunidense de Estado, Mike Pompeo, para preparar el terreno de la negociación de un gran acuerdo comercial, a unas horas de la salida de Reino Unido de la Unión Europea (UE).

Pompeo subrayó los "enormes beneficios" para ambos países, ya que Reino Unido se encuentra a las puertas de un "cambio histórico".

Como miembro de la UE, hay cosas que Reino Unido "estaba obligado a hacer; ahora será diferente. Creo que es fantástico. Podremos reducir los costos de transacción y compartir de una manera que no podíamos", indicó Pompeo en un panel conjunto con su homólogo británico, Dominic Raab.

Después de que el Parlamento Europeo ratificó el acuerdo de divorcio en una sesión cargada de emoción el miércoles, Reino Unido saldrá oficialmente hoy a la medianoche del bloque europeo, aunque en la práctica casi nada cambie durante el periodo de transición, hasta finales de diciembre.

Londres pondrá fin a casi 47 años de complicada relación con la UE y ésta, por primera vez en su historia, perderá un miembro y ganará un poderoso competidor comercial y financiero.

Uno de los principales argumentos de los defensores del Brexit desde la campaña del referendo de 2016 en que se decidió la salida de la UE con 52 por ciento de votos, ha sido recuperar el control de su política comercial para negociar libremente acuerdos con otros países.

Japón podría ser el primero en firmar un tratado con Londres, durante la visita del emperador Naruhito en primavera a Reino Unido, pero el presidente estadunidense, Donald Trump, considera una "prioridad absoluta" alcanzar un ambicioso acuerdo de libre comercio con Reino Unido y el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, esperara concretarlo este año.

Aunque un acuerdo entre Washington y Londres tiene varios obstáculos en el camino, como la decisión británica de permitir al fabricante chino de telecomunicaciones Huawei participar, aunque sea de manera limitada, en su red 5G, y el proyecto de imponer un impuesto a los gigantes estadunidenses de Internet.

Eso, por un lado, y por el otro, cuestiones como la negativa estadunidense de extraditar a Anne Sacoolas, esposa de un diplomático implicada en un accidente de tráfico en Inglaterra que mató al adolescente Harry Dunn, o la denuncia de un fiscal neoyorquino de que el príncipe Andrés, hijo de la reina Isabel II, no coopera con una investigación de la Oficina Federal de Investigaciones sobre el pederasta Jeffrey Epstein, quien se suicidó en prisión.

"Tenemos muchos temas a discutir con Reino Unido en el momento en que entre en una nueva fase de soberanía", reconoció Pompeo en el avión que lo transportaba a Londres, incluidas "enormes cuestiones comerciales".

Además, en la negociación de un acuerdo con Estados Unidos, Reino Unido podría verse obligado a aceptar productos con normas alimentarias más laxas sobre la salud y el medioambiente que las actualmente impuestas por la UE.

En tanto, los países que conforman el bloque ratificaron por escrito el acuerdo del Brexit, lo que completa el procedimiento.

La comisaria europea de Competencia, la danesa Margrethe Vestager, aseguró que echará de menos el "sentido del humor" británico, así como su cultura.

Este viernes bajarán las banderas británicas de los edificios de la UE en Bruselas, mientras los defensores del Brexit las harán ondear en Londres para celebrar la salida.

Reino Unido se adhirió a la Comunidad Económica Europea el primero de enero de 1973 y después de firmar en 1992 el Tratado de Maastricht, se convirtió en miembro de la UE.

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“Macri y los dirigentes de la FIFA tienen la misma ideología”

Que hayan designado a Mauricio Macri como presidente ejecutivo de la Fundación FIFA es un cachetazo para el mundo deportivo y para la gente de Argentina; también representa una evidencia más de lo que significa el poder económico. Es lamentable, es una noticia que conmociona porque fue un personaje que arruinó un país entero, que condenó a tanta gente a la miseria, que empobreció a un porcentaje enorme de la población y que ahora resulta premiado al ser nombrado en este cargo. La FIFA es una de las organizaciones más poderosas del mundo y tiene comportamientos mafiosos: primero está el Fondo Monetario Internacional, luego el Banco Mundial, le sigue la Organización Mundial del Comercio y, finalmente, la FIFA.

Entonces, meter en ese mundillo a Macri es algo lógico porque la FIFA es como la cueva de Alí Babá, donde faltaba uno de los amigos para completar los 40 ladrones. Conociendo el historial que tiene Mauricio Macri de su presencia en el fútbol argentino, sobre todo como presidente de Boca, demuestra que él y los dirigentes de la FIFA comulgan la misma ideología. Además de ser un personaje de la oligarquía, es portador de una ignorancia sorprendente, tiene una incapacidad que asombra, estando más allá de lo que significa Macri como político nefasto. Creo que la posición que hoy ocupará le puede servir para lavar su imagen y no descarto que eso le sirva para armar algo políticamente otra vez. La oligarquía tiene una constancia tremenda para defender sus intereses económicos con uñas y con dientes: nunca se dan por vencidos.

El fútbol es para todos nosotros, para los que nacimos en un barrio y nos formamos con este deporte hermoso que tiene un significado muy distinto para el pueblo y para el negocio. Para nosotros es una manera de expresarnos, de crear, de ilusionarnos. Y para ellos es una nueva manera de hacer dinero. Esta gente nos roba el fútbol como también nos roba la sanidad pública, la educación pública, los servicios sociales y los derechos laborales. Merecemos verlo gratis.

Debemos luchar para devolverle los valores al fútbol porque nos permite ser, en el sentido más profundo. Todos los que nacimos en las villas estamos destinados a ser para los patrones. Y el fútbol nos da una posibilidad de crear una identidad propia, va más allá de cualquier resultado. En cambio, para los que negocian con esto, es una manera de explotar a los jugadores y a los hinchas.

Por Ángel Cappa, ex futbolista y director técnico argentino

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Boris Johnson tiene por delante mucho por negociar con la UE.   ________________________________________ Imagen: AFP

El Brexit se concreta este 31 de enero, pero el proceso llevará su tiempo y tendrá sus complejidades

El caballo de batalla de Boris Johnson es un modelo de bajos impuestos, escasa regulación laboral y enormes incentivos a la inversión extranjera. El problema es que choca con el modelo regulatorio europeo. 

 

A más de tres años del referendo, luego de dos elecciones generales, tres primer ministros y tres extensiones de los plazos de negociación, el Reino Unido saldrá de la Unión Europea este viernes 31 de enero a la medianoche hora del continente europeo, 11 británicas, que hasta en el reloj hay divergencias. Aún así la separación no sucederá de un saque. El viernes se consumará el divorcio de un matrimonio de 47 años, pero la pareja seguirá bajo el mismo techo. El Reino Unido continuará tanto en el mercado común europeo como en la unión aduanera y contribuirá al presupuesto del bloque hasta el 31 de diciembre mientras las dos partes intentan negociar un tratado de libre comercio post-Brexit.

El primer ministro Boris Johnson quiere un amplio tratado de libre comercio con el bloque europeo, pero al mismo tiempo, desea que el Reino Unido post-Brexit sea un “Singapur en el Támesis”, frase que no terminó de definir, aunque alude a un modelo de bajos impuestos, escasa regulación laboral y enormes incentivos a la inversión extranjera. La Unión Europea ha sido muy clara. Es imposible cerrar un “amplio tratado de libre comercio” en un año como desea Johnson y, además, el acuerdo se debe basar en el mantenimiento de las regulaciones y estándares europeos para la industria, el comercio, los servicios y las finanzas, algo que se da de cabeza con el “Singapur en el Támesis”.

Página12 dialogó con John Christensen, fundador y director de Tax Justice Network (TJN) la organización que el matutino británico The Guardian describe como “líder mundial de la lucha contra la evasión impositiva y las guaridas fiscales”

-- ¿Cómo definiría este concepto de Singapur en el Támesis?

– Es el caballo de batalla de Boris Johnson. La idea es un país ultra desregulado, con bajos impuestos, un paraíso fiscal en la puerta misma de la Unión Europa. Johnson quiere que el Reino Unido aproveche la ventaja comparativa que le da la geografía respecto a la UE de la misma manera que Singapur aprovecha su proximidad con las economías asiáticas, las más dinámicas del mundo. Con este modelo el Reino Unido, que ya tiene en la City de Londres a uno de los paraísos fiscales del mundo, se convertiría en un imán para oligarcas financieros, multinacionales y todas las formas posibles de lavado de dinero. El problema de este modelo es que para poder implantarlo necesita hacer a un lado toda la regulación europea en lo que concierne al intercambio automático de información, a los impuestos a multinacionales, a la publicación de información de compañías y a los fideicomisos, los Trusts, que son clave en el secreto financiero británico.

-- Como usted dice la City de Londres ya es uno de los grandes centros de secreto financiero y evasión global. ¿Qué impacto puede tener un modelo que va a extremar aún más estos rasgos en el Reino Unido, la Unión Europea y el mundo?

-- Creemos que eso es una amenaza no solo para la Unión Europea sino para el mundo, porque el objetivo es liderar una carrera a la baja en la política impositiva y en la regulación de servicios financieros. El peligro es que así se erosione la regulación en la Unión Europea, Estados Unidos y el resto del mundo precipitando una carrera des-reguladora total. Londres es el segundo centro de wealth managment (gestión patrimonial de grandes fortunas) después de Suiza. Creemos que muy pronto superará a Suiza. Estos centros de “wealth managment” sirven para que los ricos evadan dinero y también para atraer fondos del crimen organizado y la corrupción. Con un "Singapur en el Támesis" se convertirían en la principal fuente de riqueza a expensas del resto de la economía y la sociedad, en especial, del "Welfare State" (Estado de bienestar).

-- ¿Qué impacto específico tendrá sobre la Unión Europea?

-– La Unión Europea se viene moviendo hacia una armonización económica, con mayor regulación y transparencia. Lo que tendrá enfrente es un modelo que compite yendo en la dirección exactamente opuesta. Por eso pensamos que la Unión Europea tiene que adoptar una posición dura en la negociación que se hará después de este 31 de enero. Si el Reino Unido quiere tener acceso completo al mercado europeo financiero y productivo debe seguir el modelo regulatorio de la Unión Europea. Este alineamiento con las regulaciones europeas debe ser dinámico, es decir, que el Reino Unido no solo tiene que mantener el actual alineamiento con el marco regulatorio europeo, sino que tendrá que actualizarlo en caso de que el bloque apruebe nuevas normas como condición para tener pleno acceso al mercado europeo.

-– Hasta ahora Boris Johnson ha rechazado este tipo de alineamiento. ¿Le parece que el primer ministro es capaz de apostar a todo o nada con tal de cumplir este proyecto del Singapur en el Támesis? ¿O cree, por el contrario, que es una táctica para presionar a la Unión Europea?

-–A mi juicio es una postura negociadora dura inicial para obligar a la Unión Europea a flexibilizar su posición. Por su parte, la UE ha sido muy clara de que quieren un acuerdo rápido siempre que el Reino Unido acepte que tiene que estar alineado con la regulación europea para tener acceso a su mercado. Es decir, que haya reglas de juego equitativas (“level playing field”) para la competencia económica. No se ve cómo se pueden compatibilizar estas posiciones. Está claro que Johnson va a estar bajo una intensa presión de su propio partido para no mantener un alineamiento regulatorio con la Unión Europea, de manera que la negociación va a resultar muy complicada. Existe el peligro de que terminemos con un “Hard Brexit”. Al mismo tiempo Johnson sabe que esto va a ser tan perjudicial para el conjunto de la economía que no lo va a hacer. El acuerdo va a tomar mucho más que este año de negociación.

-– Pero Johnson ya aprovechó bien su mayoría absoluta en el parlamento para cambiar la ley. Y la cambió prohibiendo que haya una extensión del período de transición con la UE más allá del 31 de diciembre.

-– Las leyes las aprueba el parlamento. El parlamento puede cambiarlas. Está muy bien eso de ir a una negociación con las manos atadas, pero no creo que la UE le preste atención porque saben que a Johnson no le conviene salir de la Unión Europea sin un acuerdo. Saben también que Johnson quiere un acuerdo, pero en el que no tenga que alinearse con las regulaciones europeas. Por eso las negociaciones van a tomar mucho más tiempo. Cinco años. Quizás 10.

-– Imaginemos el escenario opuesto. Que el Reino Unido por propia voluntad de Johnson, por la presión de su propio partido o los accidentes de una negociación político-diplomático, termina saliendo de la UE sin acuerdo. ¿Qué impacto tendrá para el Reino Unido?

-– El impacto será muy fuerte en el sector industrial, el financiero, el de los servicios porque el Reino Unido no tendrá el mismo acceso al mercado europeo con el que tiene la mitad de sus intercambios comerciales. La UE es el mercado financiero más importante que tiene el Reino Unido. La industria automotriz estará terminada porque su producción está integrada a la europea y los aranceles que deberán pagar con un Hard Brexit harán que este sector sea muy poco competitivo. Las multinacionales japonesas del sector automotriz, por ejemplo, necesitan que el Reino Unido esté dentro de la UE, no afuera. Esa fue la premisa para elegir al Reino Unido como base de operaciones: su pleno acceso al mercado europeo. Es muy posible que sea también el fin del sector agrícola que se verá inundado por la producción mucho más barata de otros países, Estados Unidos por ejemplo.

-– A muchos extranjeros les asombra esta obsesión del Reino Unido con la Unión Europea que terminó en la salida del bloque. Ahora la propuesta de Johnson es la del “Singapur en el Támesis”. Pero esto también parece basarse en una idea distorsionada. En Singapur el 22 por ciento de la producción se debe a empresas estatales, más del doble del promedio internacional y mucho más todavía que lo que tiene el Reino Unido. Entre el 80 y el 85% de la vivienda es del estado. No creo que este sea el Singapur en el Támesis que están persiguiendo los conservadores.

-– Para nada. Singapur es un modelo social demócrata en lo que tiene que ver con la educación, con la vivienda, con la industria. Al mismo tiempo es un centro financiero de lavado de dinero igual que Londres. Esta es la parte que reivindica Johnson. Pero es curioso porque la primera vez que leí de este modelo del Singapur en el Támeses fue en Alemania después de una reunión entre la entonces primer ministra Theresa May y Angela Merkel. Menciono esto porque este modelo se ha discutido en Europa, pero no aquí en el Reino Unido. Los medios prácticamente no lo han cubierto. No he visto nada en la BBC. Algo en el  Financial Times. Pero el ciudadano de a pie no es lector del Financial Times. Estamos avanzando hacia un modelo que nadie conoce.

-– El modelo choca con lo que quiere la Unión Europea. Pero parecería que tampoco las élites, a las que este gobierno representa, quieren pagar el precio de este modelo que muy probablemente sería un Hard Brexit.

 -– El Partido Conservador está repleto de lobistas de los sectores financieros y multinacionales. La retórica será populista de derecha, pero la realidad es otra. La retórica es que hay que ser competitivos. Esa es la palabra clave que usan. Yo hablé con ministros, incluido el de finanzas, Sajid Javid, que dicen que quieren bajar el impuesto corporativo a un 15 y hasta un 10 %. El impuesto corporativo no es solo importante por las multinacionales. La mayoría de los multimillonarios tienen sus activos invertidos en las corporaciones. El impuesto a los ingresos no significa nada para ellos: el corporativo sí. Esto es parte de la estrategia del Singapur en el Támesis. Es la idea de atraer a los multimillonarios y élites para que vengan a Londres a disfrutar una tasa corporativa que puede ser reducida al 15, al 10%, que hasta podría ser abolida en el curso de esta década. Pero el precio será muy alto para el sector financiero y el industrial.

-- ¿Cómo afectaría este “Singapur en el Támesis” al mundo en desarrollo?

-– Va a ser desastroso no solo porque son los más afectados por el lavado de dinero, la evasión y elusión impositivas, sino porque están más expuestos a esta dinámica de la carrera a la baja para reducir impuestos a las corporaciones y desregular el mercado laboral como incentivos para atraer inversiones. Si se reducen mucho los impuestos corporativos acá, si incluso se eliminan, como algunos en el gabinete lo han discutido conmigo, la presión será muy fuerte sobre otros países del mundo desarrollado, pero aún más del mundo en desarrollo. 

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Francia congelará la ‘tasa Google’ para evitar las sanciones de Trump

París se prepara para anunciar el miércoles en Davos que aplaza el pago del impuesto hasta diciembre si EE UU se compromete a no imponer nuevos aranceles

 

Nadie entierra aún el hacha de guerra, pero la idea es no agitarla demasiado y dejar así espacio para encontrar una solución en la larga batalla por la tasa Google que tiene de uñas a París y Washington. En un gesto conciliador, Francia ha ofrecido aplazar el cobro en 2020 del impuesto que aprobó el año pasado para las grandes compañías digitales extranjeras que operan en su territorio. A cambio, Estados Unidos estaría dispuesto a no imponer nuevos aranceles a productos franceses. La idea, que de aprobarse será anunciada el miércoles en el foro económico de Davos, es dar tiempo a que se logre pactar un impuesto internacional que debe proponer la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) este mismo año.

“Es una posibilidad sobre la mesa de negociaciones”, confirmó a EL PAÍS una fuente francesa próxima a las negociaciones. La idea, explicó, es “posponer” los pagos de la tasa —los cobros se realizan en abril y noviembre— hasta diciembre, “para permitir hallar un acuerdo en el marco de la OCDE”, que siempre ha sido el objetivo declarado de París. Los contactos en los últimos días han sido “muy regulares” entre los equipos negociadores de Washington y París, pero las conversaciones son “complejas”, admitió.

Francia aprobó en 2019 un gravamen de cerca del 3% del volumen de negocios de las compañías tecnológicas en el país que obtengan ingresos anuales de al menos 750 millones de euros (unos 830 millones de dólares) en sus actividades digitales mundiales. El primer cobro se realizó en noviembre, pero si se acepta la propuesta de París, podría también ser el último. Francia, que niega tajantemente la acusación de Washington de que se trata de un impuesto para sancionar a empresas norteamericanas, se ha manifestado desde el principio dispuesta a acabar con su tasa Google si se acuerda un tipo de pago de forma internacional, tarea que ha sido encargada a la OCDE. Francia está dispuesta, incluso, a reembolsar a las plataformas afectadas la diferencia entre la tasa cobrada y la que se llegue a fijar.

A cambio de la congelación de los cobros, Estados Unidos no hará realidad su amenaza de imponer un arancel de hasta el 100% a productos franceses importados, como el vino, por valor de 2.400 millones de dólares (unos 2.200 millones de euros).

Que había aires de acuerdo lo dejó caer ya el presidente francés, Emmanuel Macron, la noche del lunes, cuando anunció por Twitter que había mantenido el domingo una “excelente” conversación con el estadounidense Donald Trump sobre la tasa Google (que en Francia llaman GAFA, por las siglas de las principales plataformas digitales: Google, Amazon, Facebook y Apple). “Gran conversación con Donald Trump sobre la tasa digital. Trabajaremos juntos en un buen acuerdo para evitar la escalada de los aranceles”, escribió Macron. "¡Excelente!", respondió el presidente estadounidense.

Los principales negociadores del acuerdo, el ministro francés de Economía, Bruno Le Maire, el secretario norteamericano del Tesoro, Steven Mnuchin, y el secretario general de la OCDE, Ángel Gurría, se reunirán este miércoles en Davos.

En un evento como el Foro de Davos, dominado por las firmas estadounidenses y por el sector tecnológico, la tasa Google ocupa los primeros puestos de la agenda. La decisión de Francia de aplazar hasta diciembre su aplicación fue recibida con alivio, no solo por las empresas afectadas sino porque la decisión evita una nueva escalada comercial y un agravamiento de las tensiones entre EE UU y la Unión Europea.

Alivio en Davos

“Si es cierto que ocurre, es una buena noticia. La OCDE necesita más tiempo para articular una propuesta respecto a una tasa digital que sea aceptable para todos. Eso evitará que EE UU imponga sanciones por 2.400 millones de dólares a Francia y que eso desate una nueva escalada comercial”, sostiene Chad Brown, experto en comercio del Instituto Peterson en Washington. A su lado, el secretario general de la Organización Mundial del Comercio (OMC), Roberto Azevedo, advertía: “Esto no va a quedar aquí, a esta cuestión le queda mucho recorrido”.

Trump mantuvo ayer un encuentro con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, que expresó su deseo de trabajar con el presidente de EE UU. “Estoy convencida de que podemos comprometernos con una agenda positiva en el ámbito comercial, pero también en tecnología, energía y muchos otros ámbitos”, declaró en un comunicado tras el encuentro. "Llevamos trabajando un tiempo en ello y esperemos que podamos conseguir algo importante. Un acuerdo con Europa es algo que todos queremos conseguir", apuntaba el mandatario estadounidense. Poco después, Trump agradecía la decisión a su homólogo francés, Emmanuel Macron: “Estados Unidos está muy contento con el resultado y agradecemos mucho lo que ha hecho el presidente Macron”.

La encuesta de PwC a directivos publicada el lunes revela la elevada preocupación entre los ejecutivos ante el aparentemente inevitable fin del actual modelo de desarrollo tecnológico. La mayoría de directivos encuestados auguran que se empezarán a regular tanto el contenido como la estructura de la Red, la ruptura de las grandes compañías para reducir su poder y el establecimiento de algún tipo de compensación por el uso de los datos personales. “Si la economía global quiere poner en marcha las expectativas generadas por la cuarta revolución industrial, hará falta mayor coordinación en todos estos temas”, concluye el informe de la consultora.

París / Davos (Suiza) 21 ENE 2020 - 13:04 COT

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Sábado, 18 Enero 2020 06:41

Mucho ruido y pocas nueces

Mucho ruido y pocas nueces

El acuerdo comercial preliminar entre Estados Unidos y China.

 

El gobierno estadounidense firmó este miércoles con su par chino un documento de 86 páginas al que describe como crucial, importantísimo y de grandes consecuencias, y que ofrece una pausa en la disputa comercial entre las dos economías más grandes del mundo. Pero los insultos, las amenazas y las represalias trumpianas lograron pocas de sus metas.

 

Durante su campaña electoral de 2016 y en los primeros dos años de su presidencia, Donald Trump enardeció a sus seguidores proclamando que China robaba a Estados Unidos, y prometió a creyentes e indecisos que le asestaría a Pekín un marronazo comercial tal que los chinos vendrían gateando a firmar los términos de intercambio dictados por Washington.

Lo que por casi dos años Estados Unidos y China han intercambiado son amenazas, fanfarronerías y aranceles que han gravado el comercio por cientos de miles de millones de dólares de parte y parte.

Así hemos llegado a enero de 2020, cuando a Trump le apura la concreción de algunas de sus promesas más rimbombantes, si es que desea al menos que parezca que las cumple cuando faltan menos de trescientos días para las elecciones presidenciales. Otras promesas espectaculares han quedado por el camino, como la que alentó a los trumpistas a corear “Lock her up!”, clamando por el encarcelamiento de la candidata demócrata en 2016, Hillary Clinton. En realidad, quienes han ido ya a prisión o la tienen en su agenda anotada son varios colaboradores muy cercanos de Trump. O la promesa de construcción de una muralla que cerraría la frontera de 3.200 quilómetros con México gracias a un muro que sería impenetrable, alto, indestructible. Y por el que México pagaría. Ahora el presidente anda desviando fondos asignados por el Congreso para el Pentágono, y su gobierno ha construido apenas 150 quilómetros de muro, de los cuales 144 corresponden al reemplazo de estructuras más viejas. México, por supuesto, no ha pagado un centavo, y el gasto lo cubren los estadounidenses con sus impuestos.

Suerte parecida han tenido las promesas de reducir la deuda nacional y el déficit fiscal, situaciones que Trump en 2016 describía como catastróficas. La deuda nacional estaba en los 19 millones de millones de dólares en el último período fiscal bajo la presidencia de Barack Obama, y está ahora encima de los 22 millones de millones. El déficit del gobierno federal fue de 585.000 millones de dólares (equivalente al 3,1 por ciento del producto bruto interno) al cierre de la presidencia de Obama, y llegó a 1 millón de millones de dólares (5 por ciento del Pbi) en 2019.

Trump asimismo prometió que reduciría el déficit comercial de Estados Unidos con el mundo entero y, en particular, con China. En los primeros 11 meses del año pasado el déficit en el comercio de bienes y servicios fue de 562.965 millones de dólares, casi sin cambios comparado con los 566.872 millones de dólares en el período similar del año anterior. El déficit comercial con China fue, de enero a noviembre del año pasado, de 320.823 millones de dólares, y había sido de 379.697 millones de dólares.

De modo que mientras la segunda economía más grande del mundo y potencia global emergente, China, ha tomado todo el barullo comercial en el contexto de una estrategia que mira la historia –y calcula que, quizá, después de enero próximo Trump ya no esté en la Casa Blanca–, Estados Unidos llegó a este primer paso de un primer movimiento hacia un posible avance con gran alharaca.

LA TREGUA. 

La llamada “fase uno” de un acuerdo comercial más amplio que también sigue siendo una promesa compromete a China a comprar productos estadounidenses adicionales por unos 200.000 millones de dólares a lo largo de los próximos dos años. Esto incluye 77.700 millones de dólares en bienes manufacturados y 32.000 millones de dólares en productos agropecuarios.

Estados Unidos había buscado que China comprara productos agropecuarios por 40.000 a 50.000 millones de dólares. Hasta noviembre pasado, el Departamento de Agricultura había distribuido unos 6.700 millones de dólares entre los productores agrícolas y ganaderos estadounidenses afectados en 2019 por la caída de sus exportaciones a China como resultado de la querella comercial. Las áreas rurales y semirrurales de Estados Unidos son el territorio electoral más favorable a Trump. Por otra parte, su gobierno no divulgó todos los detalles sobre las futuras compras chinas de bienes agropecuarios, a fin de evitar aumentos abruptos de esas materias.

Muy al tono negociador del presidente, que desprecia los mecanismos multilaterales, como los utilizados por la Organización Mundial del Comercio (Omc), ambas partes se pusieron de acuerdo en que resolverán las disputas que surjan mediante un proceso de consultas directas sujeto a la amenaza de nuevos aranceles. Este mecanismo para vigilar el cumplimiento del acuerdo incluye un cronograma para el manejo de las quejas por parte de cualquiera de los gobiernos. Si los funcionarios de bajo nivel no logran resolver las disputas, estas pasan a funcionarios de más alto rango, hasta llegar al nivel del representante comercial de Estados Unidos y su contraparte en China. Si aun a este nivel la disputa no se resuelve, los presidentes de ambos países pueden tomar medidas que incluyen la imposición de tarifas o aranceles punitivos. Muy lejos han quedado los mecanismos que desde las conversaciones de la Ronda Uruguay en 1994 llevaron a la creación de la Omc, en la que Estados Unidos y más de un centenar de países habían repudiado este tipo de arreglos por la distorsión que causan en el comercio global.

El acuerdo baja al 7,5 por ciento los aranceles de 15 por ciento que habían sido impuestos sobre unos 120.000 millones de dólares en bienes, pero la mayor parte de los gravámenes más altos –que afectan otros 360.000 millones de bienes chinos y más de 100.000 millones de dólares en exportaciones estadounidenses– permanecen en pie.

Fuentes del gobierno de Trump señalaron que el acuerdo firmado este miércoles no especifica que Beijing esté comprometido a bajar los aranceles que impuso a las importaciones desde Estados Unidos, lo que deja abierta la puerta para que la disputa vuelva a calentarse en un futuro próximo. Pero China prometió que dará a las empresas estadounidenses mayor acceso en el sector de servicios financieros, que no devaluará su moneda para ayudar a los exportadores chinos y que ya no obligará a las firmas estadounidenses a que compartan su tecnología como condición para hacer negocios en el país asiático.

LA FACTURA. 

De este lado del océano Pacífico, quienes han pagado y pagan el plato son los consumidores. Varios economistas han calculado que el costo para ellos y las empresas ha sido de unos 40.000 millones de dólares tras 20 meses de disputa. La Oficina de Presupuesto del Congreso ha calculado que la incertidumbre relacionada con los aranceles ha cortado un 0,3 por ciento del crecimiento económico estimado para Estados Unidos, lo que redujo el ingreso promedio de los hogares en 580 dólares al año desde 2018.

El acuerdo ahora alcanzado, que no requiere la aprobación del Congreso, también dejó sin solución las preocupaciones de Estados Unidos acerca del impacto que tienen los subsidios industriales chinos sobre los mercados mundiales. Si bien el déficit comercial estadounidense con China disminuyó en los 12 meses transcurridos hasta noviembre pasado, el déficit estadounidense con el resto del mundo subió, lo que en la práctica borró casi el 90 por ciento de la disminución lograda en el déficit con China.

Más allá de los dos gigantes trenzados en esta disputa, se calcula que la “guerra comercial” recortará en más del 0,5 por ciento el crecimiento de la economía mundial. Sin embargo, algunos países han salido beneficiados al reencaminarse las corrientes comerciales estimadas en unos 165.000 millones de dólares. Por ejemplo, Vietnam, Taiwán y México han visto un incremento de las inversiones estadounidenses, que se han apartado de China, y la Reserva Federal calcula que el aumento de las importaciones estadounidenses desde México benefició en un 0,2 por ciento el crecimiento económico en el país vecino.

LA POSGUERRA. 

“El mayor impacto a corto plazo del acuerdo firmado esta semana es, simplemente, que quita del camino algo de la incertidumbre perniciosa creada por la disputa misma”, escribió el analista Nathaniel Taplin, en The Wall Street Journal. En tanto, “el impacto más duradero de esa disputa es un deterioro notable y rápido en las relaciones generales entre Estados Unidos y China”. Taplin señaló que “las hostilidades comerciales abiertas pueden permanecer contenidas por ahora al aproximarse la temporada electoral estadounidense, pero la competencia tecnológica, de seguridad e ideológica siempre subyacente en las relaciones chino-estadounidenses, se ha recargado con el conflicto”. “Los inversionistas seguirán lidiando con las consecuencias por muchos años”, añadió (The Wall Street Journal, 15-I-19).

Mientras tanto, el jefe de la minoría demócrata en el Senado, Charles Schumer, de Nueva York, comentó en conferencia de prensa que “el presidente se jacta de que este es ‘el acuerdo más grande de la historia’. Yo creo que la impresionante falta de reforma sustancial y de largo plazo lograda perjudicará a los trabajadores y a la industria de Estados Unidos”.

Lo cierto es que el miércoles, y en el tono de desprecio por la diplomacia que Trump ostenta como virtud, el presidente estadounidense describió como “pillaje” la política comercial de China mientras el vice primer ministro de China, Liu He, y otros funcionarios chinos de alta jerarquía aguantaban de pie la ceremonia de firma del acuerdo y la conferencia de prensa de 45 minutos. Cuando le llegó su turno, Liu leyó un mensaje del presidente Xi Jinping, quien escribió que el pacto “refleja el respeto mutuo” entre ambos países.

En la ocasión, en la Sala Este de la Casa Blanca, estuvieron miembros republicanos del Senado y de la Cámara de Representantes, junto con decenas de ejecutivos muy infatuados de grandes corporaciones como Boeing y Honeywell, y financieros de Citibank, J P Morgan y Citadel. No hubo, en cambio, representantes de los sindicatos, cuyos afiliados supuestamente se beneficiarán con este pacto.

Por Jorge A. Bañales

17 enero, 2020

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Las grandes tecnológicas nacieron entre las cenizas de la crisis financiera y ahora son otro incendio imparable

Facebook, YouTube, Uber o Airbnb nacieron hace una década, durante el colapso de la crisis financiera, y con la promesa feliz de un futuro digital

Diez años después, son grandes potencias que se comportan de una manera que recuerda a la burbuja previa a la crisis financiera

Con una estructura mínima y unos beneficios que crecen exponencialmente, la economía de escala de las grandes plataformas globales arrasa con toda competencia local

 

A finales de la primera década del siglo XX, las redes sociales estadounidenses MySpace y Facebook libraban una batalla por acaparar el mercado del resto del mundo con estrategias de expansión "radicalmente diferentes", como publicó entonces el portal TechCrunch. MySpace invertía tiempo y dinero en desarrollar una infraestructura local en cada nuevo mercado, con equipos sobre el terreno que traducían el portal a los diferentes idiomas y actividades de promoción para músicos y artistas locales; mientras, Facebook se limitaba a reclutar a un equipo de voluntarios que traduciría el portal al español, luego al alemán, al francés y a muchos más.

En 2010, MySpace comenzaba su larga decadencia y Facebook sumaba quinientos millones de usuarios en todo el mundo, con traducciones en más de 80 idiomas gracias a los voluntarios. Como dijo durante una entrevista en 2015 el exvicepresidente de marketing online de MySpace, Sean Percival, montar todas esas oficinas en el extranjero equivalió a "cientos de millones de dólares literalmente tirados a la basura". "La posición de Facebook, mientras tanto, era: 'No necesitamos abrir oficinas tan rápidamente, esto va a crecer por sí solo'".

Rendimientos crecientes a escala. Si hay un concepto que resume la última década de las empresas de internet es conseguir esos rendimientos. La escala es el santo grial de las startup tecnológicas con fondos de capital riesgo detrás, ese nivel en el que sus ingresos registran crecimientos exponenciales, mientras sus infraestructuras y costes se limitan a una progresión lineal. Facebook ha conseguido la escala para obtener esos rendimientos. Igual que Uber, Youtube, Airbnb y Amazon.

Conseguir rendimientos crecientes a escala ha permitido desarrollar negocios con una infraestructura física mínima (el caso de Facebook y de YouTube, entre otras compañías de software), o pasar a los contratistas el coste de la infraestructura y su mantenimiento (el caso de Uber y de Airbnb). Amazon logró desarrollar una economía de escala pese a necesitar una importante infraestructura física. WeWork no lo consiguió.

En la última década, ha habido una transición gigantesca de los negocios hacia las plataformas de internet, desde la industria publicitaria hasta los transportistas o las agencias de viaje. Las empresas locales han quebrado o se han adaptado, y en los dos casos, las plataformas de internet han salido ganando.

Los números que dan cuenta del tamaño de estas plataformas son difíciles de asimilar. En 2018, YouTube comunicó que sus usuarios subían 500 horas de vídeo por minuto, lo que equivale a 1.250 días de vídeo por hora, o más de 82 años de vídeo por día. Uber dice que, solo en EEUU, sus conductores hacen 45 viajes por segundo. Eso significa prácticamente 4 millones de viajes por día solo en EEUU.

Entre octubre de 2017 y octubre de 2018, Facebook eliminó 2.800 millones de cuentas falsas. Los 14 millones de usuarios de la red social con información personal hackeada (un número mayor al de los habitantes de Tokio) representaron menos del 1% de las personas con cuenta en Facebook. Airbnb dice tener alojamientos en más de 100.000 ciudades del mundo.

Es imposible que nadie esté al tanto de todo lo que pasa dentro de las plataformas y está claro que las empresas responsables de ellas ni siquiera se están molestando en intentarlo. Tal vez sea una de las ironías del siglo XXI: los cimientos de muchos de estos monstruos tecnológicos se fijaron sobre las cenizas de una economía mundial que lidiaba con el incendio de tener otra industria de escala monstruosa: la bancaria.

Un mes después de que Facebook comenzara su conquista del planeta con una inversión mínima y máxima velocidad, la Reserva Federal rescataba a Bear Stearns prestándole 25.000 millones de dólares. En el verano de ese año, se fundaba Airbnb, apenas unas semanas antes del estallido de Lehman Brothers; y en marzo de 2009, el Dow Jones tocaba un mínimo justo cuando se creaba Uber.

"Demasiado grande como para quebrar" se convirtió en la consigna de una era grotesca de la política en la que se rescataba a los bancos y se echaba de sus casas a los que no cumplían con la hipoteca. Una era de banqueros cobrando primas por desempeño y trabajadores pidiendo subsidios de desempleo. El sistema se tambaleaba, pero no se derrumbaba. Vista de cerca, la crisis provocó millones de pequeñas tragedias. Desde más arriba, todo estaba bien.

¿Es una coincidencia que los años de "demasiado grande como para quebrar" hayan sido el germen de empresas a las que en la década siguiente se les permitió crecer aún más y ser menos manejables? ¿O es que rescatar a los bancos sentó un mal precedente del que las tecnológicas podrían aprovecharse en el futuro? Los cómics de superhéroes dicen que a un gran poder siempre le acompaña una gran responsabilidad, pero eso no parece ser lo que están entendiendo las tecnológicas. Su postura es otra: con grandes escalas, viene la impunidad total.

Tomemos como ejemplo la implantación de Facebook en el mundo. Oficialmente, la red social ya está traducida en 111 idiomas, pero hasta abril de 2019 las reglas de publicación que vetan temas clave como los discursos del odio, las incitaciones a la violencia, la desinformación en asuntos de salud y las autolesiones, solo habían sido traducidas a 41 idiomas. Según la investigación de la agencia Reuters de esa fecha, los 15.000 moderadores de contenido de la empresa hablan con fluidez solo unos 50 idiomas y las tan promocionadas herramientas de moderación automática contra el contenido peligroso solo funcionan en unos 30. El periódico The Guardian consultó a Facebook si esas cifras habían mejorado desde abril, pero no obtuvo respuesta.

La jefa de políticas globales de la red social, Monika Bickert, había dicho antes a Reuters que traducir las reglas de contenido, un manual que contiene unas 9.400 palabras en inglés, había representado "un gran esfuerzo". No tener la página traducida en 2008, cuando Facebook aún era una startup que perdía dinero, puede haber sido una acertada decisión estratégica. Pero el beneficio neto de la empresa ha superado los 69.100 millones de dólares desde 2010. No tenerlo todo traducido hoy es sencillamente imperdonable.

Los discursos del odio y la propaganda descontralada pueden tener un efecto mortal. La incapacidad de Facebook de ponerle freno a los discursos del odio ha sido directamente relacionada con la campaña de limpieza étnica de Myanmar y con los disturbios anti-musulmanes de Sri Lanka. La barrera lingüística les impidió entender y reaccionar ante lo que estaba sucediendo en los dos países.

Es solo uno de los muchos ejemplos que demuestran la resistencia de Facebook y de otras grandes tecnológicas a asumir la responsabilidad de sus propias empresas, escudándose en el tamaño de la plataforma para escurrir el bulto.

En 2018, más de tres mil pasajeros denunciaron agresiones sexuales a bordo de un Uber en EEUU. Cuando la empresa publicó el informe argumentó que se debía a un problema general de la sociedad: "Solo en Estados Unidos hay más de 45 viajes de Uber por segundo", escribió en un blog el director jurídico, Tony West. "A esa escala, no somos inmunes a los más importantes retos de la sociedad en materia de seguridad, incluyendo las agresiones sexuales". La única diferencia es que la sociedad no se lleva una tajada de cada uno de esos viajes. Uber sí lo hace.

En el año 2015, YouTube lanzó una versión de su portal para niños. Han pasado cuatro años y un sinfín de escándalos, pero la empresa de vídeos online sigue sin incorporar un control de contenidos previo a la publicación para asegurarse de que, en efecto, sean aptos para niños.

Amazon se ha quedado con una posición dominante de mercado gracias a su decisión de permitir que terceros vendan en su plataforma. La medida ha sido muy rentable para Amazon pero, según una investigación de The Wall Street Journal, el portal ahora vende miles de artículos que no cumplen con los protocolos de seguridad, incluyendo productos para niños.

La lógica bajo la que parecen operar las compañías es esta: si das de comer a 10.000 niños y solo se intoxican 10, es un número perfectamente aceptable teniendo en cuenta la escala.

Ahora que nos acercamos al inicio de una nueva década, una de las pocas cosas que parecen claras es que seguiremos lidiando con las consecuencias de tener un puñado de tecnológicas de escala inmanejable. La magia de las plataformas de internet con economías de escala es que los beneficios son solo para ellas pero las consecuencias las pagamos todos.

Por Julia Carrie Wong - Oakland (EEUU)

29/12/2019 - 20:40h

Traducido por Francisco de Zárate

Google nos vigila: el caso de los servicios médicos

Para nadie es un secreto que internet es una de las rutas de información más grandes en el marco del mundo globalizado. Se ha logrado conocer, por ejemplo, que Facebook vendió una serie de datos a una empresa británica –Cambridge Analitica- que finalmente influyó en las elecciones de algunos países en América Latina. La red es hoy por hoy uno de los medios de intercambio de información más importantes, pero al mismo tiempo más peligrosos. Lo anterior se sustenta en un reciente artículo de Wall Street Journal en el cual se sostiene que el gigante tecnológico Google, tiene acceso a la información médica de millones de pacientes en al menos 21 estados de Estados Unidos. En colaboración con Ascension, uno de los mayores sistemas de salud del país, la empresa de tecnología dispone de 2.600 instalaciones, entre hospitales y consultorios a lo largo y ancho del país. Aunque las dos empresas han salido al paso a decir que su actuación es absolutamente legal, algunas preguntas saltan a la vista, verbigracia, si su actuación está apegada a la ley y al profesionalismo, ¿por qué se buscó ocultar la información? Este y otros cuestionamientos serán el centro de la presente investigación.  

Antes de adentrarnos en los motivos reales de Google es fundamental conocer un poco más del proyecto. En este sentido, el objetivo del gigante tecnológico es desarrollar un programa de inteligencia artificial capaz de alojar millones de datos de diferentes pacientes en una misma interfaz. De acuerdo con Google y Ascension, el proyecto conocido como Nightingale cumple con las leyes federales en salud que permiten la transferencia de información de sus socios sin nececidad de consultarlos. Particularmente, se menciona el Health Insurance Portability and Accountability Act’  de 1996 que permite justamente conocer los datos de pacientes (sin necesidad de ser autorizados), siempre que el fin sean funciones médicas y que se disponga de un programa de protección de datos personales. Bajo este paraguas, las dos compañías han buscado evadir las responsabilidades y restar importancia a los riesgos que tendría el hecho de que sólo 150 personas, trabajadores de Google, tengan acceso al historial clínico de millones de personas en Estados Unidos. Algo que puede expandirse por el globo si los resultados son los esperados.

El proyecto Nightingale se presenta como un medio para gestionar soluciones en temas médicos que permitan mejorar la situación de millones y, al tiempo, optimizar los servicios prestados. En efecto, Google anunció en julio pasado que “las soluciones de inteligencia artificial y machine learning de Google Cloud están ayudando a organizaciones de atención médica como Ascension a mejorar sus servicios y resultados” .  De esta manera, el gigante informático es un intermediario en la gestión y protección de datos bajo estrictos estándares de privacidad y seguridad, o ese es el deber ser de la compañía. Sin embargo, no es del todo claro los protocolos de protección ni tampoco para qué se quiere almacenar esa información tan sensible.

Desde otra perspectiva, lo peligroso de este caso es que Google y en concreto el software que se encuentran desarrollando, podría determinar no sólo los procesos para “mejorar la atención médica”, sino que eventualmente también estaría en la capacidad de clasificar a los pacientes. Esto, dicho de otra manera, implicaría que los hospitales estarían en la discreción de no prestar un servicio de salud a determinados segmentos de la población al considerarlos costosos o innecesarios. La situación no es irreal toda vez que en los Estados Unidos se debate continuamente el acceso universal a la salud como un derecho fundamental que, los grupos conservadores amparados en las grandes empresas rechazan de inmediato, al considerarlos demasiado “costosos”. Si llevamos más allá el argumento, se podría afirmar que la concentración de datos en una compañía como Google implica un control sobre la vida de los ciudadanos y por qué no de las decisiones médicas que se tomen en adelante. Un software puede determinar, por ejemplo, que un tratamiento contra el cáncer es costoso en términos monetarios y de tiempo, por lo que en el futuro los hospitales y consultorios podrían dejar de prestar el servicio o cobrar en exceso la atención.

Lo anterior confirma una verdad de Perogrullo: Google no es una empresa altruista, es decir, que detrás de la recopilación de datos médicos hay una clara intención política y económica. En efecto, la empresa informática no realiza una actividad que no implique monetización, de ahí que todo el entramado de las historias médicas tenga un fin concreto. Como lo confirmó el abogado y miembro del comité nacional republicano, Harmeet Dhillon, la situación respecto a la alianza Google-Ascension es "francamente alarmante" y lanza una pregunta a la ciudadanía: “¿confía en Google con los resultados de sus análisis de sangre, diagnósticos e información confidencial de salud?”. Es claro que constituye un riesgo mayor otorgar información personal a un grupo que sólo le importa la recolección de datos, que desconoce el valor humano y que se interesa por obtener enormes ganancias. Por si esto fuera poco, las personas que hoy se encuentran en las bases de datos de estos dos consorcios, no tienen la menor idea, lo cual deja entrever la seriedad del asunto.

Al respecto es imperativo recordar el caso de Google Health 2008, una aplicación de la empresa que, a pesar de proyectarse como una alternativa para la gestión de temas de salud, cerró cuatro años más tarde, al no poder persuadir a suficientes usuarios para que subieran su historial médico. Los pacientes se sentían incómodos de que una emprresa de informática albergara datos tan sensibles. Existieron múltiples razones para el fracaso de este servicio que, en Estados Unidos mueve el 17% del PIB. Para algunos analistas la causa fue justamente el fallo en torno a confiar información como metas de salud, peso o colesterol. Muchas personas no estaban dispuestas a exponerse de una manera tan evidente. Por otra parte, el motivo pudo ser que el servicio no generó la suficiente “atracción” a los usuarios y a los médicos que en poco promovieron la aplicación.

No obstante, la principal razón del fracaso de Google Health fue la ausencia de monetización, es decir, que no pudo corresponderse con el modelo de salud estadounidense. Como es bien conocido en el ámbito global, la prestación del servicio en el país del norte se basa en la medicina privada, esto es, en privilegiar la realización del mayor número de intervenciones (muchas veces más de las necesarias), ya que las instituciones médicas sólo devengan en la medida en que se realicen mayores operaciones. Si ponemos todo lo anterior en plata blanca, diremos que buena parte de la medicina norteamericana se basa en la creación y cura de enfermedades en una suerte de círculo vicioso; si alguno de esos factores se altera, así lo hará la oferta y la demanda hecho que repercute directamente sobre la economía del país. Por ese motivo, no es tan fácil generar procesos de automatización y gestión en un Estado que necesita continuamente del ejercicio de la medicina como oportunidad de negocio.

La salud en Estados Unidos funciona, entonces, como cualquier rubro de la economía, es decir, basada en los principios de ganancia, olvidando que es un derecho fundamental. Con la eliminación del criterio de consentimiento individual de las operaciones con datos de atención médica, el gigante tecnológico se libra de cualquier responsabilidad penal y de paso asegura un campo lucrativo que se corresponde con la proyección de una empresa de sus dimensiones. Nunca debe perderse de vista que compañías como Google persiguen fines económicos y que el tema de la salud pública siempre será un espacio importante para las inversiones. Ahora bien, el hecho según el cual, una empresa que conoce sobre las preferencias y gustos de las personas, tenga acceso libre a datos tan sensibles puede generar un conflicto ético y de intereses, pues podríamos estar asistiendo a la reducción de la humanidad misma a un dato de computadora. Este acontecimiento debería estar alarmando a las sociedades tanto o más que el cambio climático.

También deben considerarse las inquietantes alianzas de Google pues además del gestor de salud Ascension, el gigante Google ha entablado nexos con la clínica Mayo en septiembre de 2019, acontecimiento que le permitiría el acceso al menos un millón de datos de pacientes. Y aunque el pacto ha sido visto desde la supuesta filantropía por parte de la compañía ofimática, la realidad es que hay fuertes motivos de fondo. Esto se comprueba con la adquisición de los dispositivos Fitbit, una aplicación relacionada con el seguimiento del estado físico. El dispositivo le permite acceder a información de poco más de 28 millones de personas; desde los pasos que dan hasta el ritmo cardiaco. En ese sentido, es evidente que el futuro de las compañías está dado en términos del acceso y gestión de datos. Google Health no fue un fracaso, tan sólo era un experimento de los hombres de negocios de Silincon Valley que estaban probando diversas alternativas para lograr juntar los datos de un número considerable de pacientes y de esa forma establecer un algoritmo capaz de automatizar el acceso a la salud.

Lo más grave de todo es que habrá un futuro cercano en el que el acceso a los tratamientos médicos hará parte de un reducido grupo de personas de acuerdo con la lógica de oferta y demanda, condenando a millones de personas a morir mientras esperan una atención que nunca llegará.

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