Los dos grandes pelean, el mundo se resfría

 EE UU y China desenfundan la divisa como arma en un conflicto que ya no es solo comercial y para el que no hay visos de acuerdo. Se agravan así los temores a un frenazo de la economía global

 

“¿Cómo negocias con mano dura con tu banquero?”, se preguntaba en 2009 la entonces secretaria de Estado de EE UU, Hillary Clinton. Esta frase, recogida en un cable revelado por Wikileaks, resumía la complicada relación de Washington con China, que controlaba deuda pública de la mayor potencia mundial por valor de un billón de dólares. Una década después, el país asiático ha aumentado ligeramente su cartera de bonos estadounidenses. Pero eso no ha impedido que el hoy presidente Donald Trump use todas las armas contra su gran competidor global, que además sigue siendo su mayor banquero.

En el conflicto, China ha echado mano esta semana de una nueva arma: el tipo de cambio. Tras el anuncio por parte de Trump de nuevos aranceles a partir de septiembre —una tasa del 10% para productos chinos por valor de 300.000 millones de dólares—, Pekín respondió poniendo fin a lo que hasta entonces parecía un tabú: su banco central dejó traspasar la barrera psicológica del cambio de siete yuanes por dólar.

Con esta (moderada) devaluación, China ha despertado el temor a que el choque comercial, que ya mutó en tecnológico, avance hacia una guerra de divisas. Los expertos consultados dudan que se haya llegado a este punto. China ha contenido hasta ahora la caída de su moneda, que habría sido mayor sin la intervención gubernamental. El dólar, por su parte, sí está sobrevalorado: entre el 6% y el 12%, según un informe del FMI de julio. El yuan puede ir perdiendo valor poco a poco, pero los analistas no esperan un brusco desplome, ya que, entre otros motivos, originaría una fuga de capitales que en Pekín nadie desea.

“No creo que estemos en una guerra de divisas, sino en una espiral de represalias. Al devaluar su moneda, China ha mostrado que si es preciso va a librar esta batalla con otras armas más allá de los aranceles”, responde el técnico comercial Enrique Feás. Su compañero del Real Instituto Elcano Miguel Otero coincide. “El movimiento de la divisa es un pequeño detalle en una gran partida. Lo que se juega aquí es la hegemonía geopolítica y tecnológica y la capacidad de las dos potencias de influir en todos los ámbitos. Esa es la gran partida”, añade. Como ejemplo, Otero ve más importante el que Huawei acabe de presentar su propio sistema operativo que la, por ahora, ligera oscilación del yuan.

Ya sea el inicio de una serie de devaluaciones competitivas o un mero ajuste, el movimiento del banco central chino desató una tormenta en los mercados. Al día siguiente, la Bolsa de Nueva York registró su mayor caída del año. Y la huida de los inversores a valores considerados seguros tumbó la rentabilidad de la deuda de EE UU y Alemania.

En el fondo, esta nueva disputa chino-americana —que fue acompañada de la denuncia de Washington a Pekín por manipular su divisa y del cese por parte de China de compras de productos agrícolas estadounidenses— muestra que el conflicto global está lejos de resolverse. Y que amenaza con contagiar a una economía global ya en desaceleración y sobrada de riesgos. En una encuesta publicada el viernes por Reuters, los economistas daban un 45% de probabilidades a que EE UU caiga en recesión en los dos próximos años, 10 puntos más que un mes atrás. China también encajará el golpe: Commerzbank acaba de rebajar su previsión de crecimiento para la segunda potencia mundial a causa de la batalla con la primera.

Raymond Torres, director de Coyuntura de Funcas, recuerda que tres de los cuatro motores del mundo —EE UU, China y Alemania— ya se acercaban al fin de ciclo alcista y que los últimos acontecimientos elevan la probabilidad de que este frenazo de las supereconomías sea más brusco que lo esperado. Las reverberaciones del terremoto se notarían en todo el mundo. En Europa, además, se suman los mayores riesgos por un Brexit fuera de control y la preocupante situación de Italia.

Con la tormenta asomando en el horizonte, crece la presión sobre los bancos centrales para que echen una mano en la tarea de esquivar la recesión. Estos días, países tan distantes como Nueva Zelanda, India, Tailandia o Filipinas han recortado sus tipos de interés. Todo apunta a que la Reserva Federal de EE UU —que acaba de bajar tipos por primera vez en 11 años— y el Banco Central Europeo (BCE) harán lo mismo a la vuelta del verano. “La calificación de China como manipulador de divisas es un serio aviso para la eurozona. Si el BCE aprueba en septiembre nuevos estímulos, EE UU podría incluirlo en la lista negra, aumentando la probabilidad de nuevos aranceles a los productos europeos”, recalca Carsten Brzeski, economista jefe de ING.

En el fondo, la divisa no es un elemento nuevo en un conflicto que se alarga desde 2018. Trump lleva tiempo insistiendo en lo que él considera prácticas desleales de otros países para hacer más competitivas sus exportaciones. Cuando el presidente del BCE, Mario Draghi, insinuó la aprobación de nuevas medidas de estímulo, el mandatario norteamericano le atacó por lo que consideraba una triquiñuela para devaluar el euro. Trump es el primer líder estadounidense en décadas que aboga abiertamente por un dólar débil.

A China, por su parte, no le interesan grandes fluctuaciones. El régimen comunista busca estabilidad por encima de todo. Y es consciente de que en una guerra de divisas todos saldrían perdiendo. Pero también tiene claro que si es golpeado, tendrá que responder. Cristina Varela, economista de BBVA Research, cree que por ahora China está sufriendo más los ataques que EE UU. Pero también recuerda que el gigante del este dispone de más margen para impulsar políticas que sostengan el crecimiento que su rival occidental. “Lo ocurrido esta semana sirve como recordatorio de que la guerra comercial evoluciona hacia una guerra económica hecha y derecha”, cierra Brzeski.

Madrid 11 AGO 2019 - 02:40 COT

Publicado enEconomía
En qué va la guerra comercial de Estados Unidos.

 

Las negociaciones comerciales entre Estados Unidos y China se reanudarán la primera semana de agosto en Shanghái. Hasta ahora, ninguno de los dos ha cedido a las condiciones del otro. Se recuerda que Estados Unidos busca reducir su déficit comercial, mejorar la productividad del aparato industrial interno, su competitividad en el mercado mundial y frenar el ascendente dominio comercial chino, mediante la ampliación de aranceles punitivos.

Recientemente, el mandatario estadounidense afirmó, vía Twitter, que “los aranceles (…) están teniendo un efecto importante”, pues “las empresas desean salir de China hacia países no arancelarios”, que se están “recibiendo miles de millones de dólares en aranceles de China” y que las “tarifas son pagadas por China devaluando y bombeando, ¡no por el contribuyente estadounidense!”. Dijo que China alcanzará, en el segundo trimestre, el nivel de crecimiento más bajo desde hace 27 años como resultado de su estrategia comercial internacional.

El crecimiento de la economía de Estados Unidos en el segundo trimestre se desaceleró, mientras que China se mantiene estable en 6,2 por ciento, porque el arancel es un impuesto aplicado por el gobierno importador; es pagado por el importador y el consumidor final. La lógica es aumentar el precio de la mercancía importada para reducir su consumo y, de este modo, favorecer las mercancías locales. Salvo que los importadores sean empresas o consumidores chinos en Estados Unidos, no hay modo de que los aranceles sean transferidos a la economía china, a menos que China tenga un solo mercado, pero Estados Unidos es el mercado mayor de China (20 por ciento) cuyo comercio se reparte: 45 por ciento a países de Asia, 22 por ciento a países de la Unión Europea y 9 por ciento a América Latina y África.

De ahí que la respuesta a las medidas proteccionistas de un Estado con otro no puedan ser más que alzas arancelarias en sentido contrario, no hay otra. En esta ocasión, después de cinco rondas de subidas arancelarias, una breve tregua e incontables amenazas, la guerra no parece favorecer a nadie. Se estima que el total de las medidas impuestas ha alcanzado 250.000 millones de dólares a las importaciones chinas y 110.000 millones a las estadounidenses. De este modo, la cuestión estratégica sería cuantitativa en determinados bienes de consumo final y cualitativa para ciertas ramas industriales. El impacto, empero, está recayendo sobre el comercio internacional en su conjunto.

En un sentido limitado, es cierto que el déficit estadounidense con China ha disminuido, pero apenas a niveles previos al inicio de la guerra. El acumulado hasta mayo de 2019 disminuyó en 9,9 por ciento respecto a mayo de 2018, pero China aún corresponde al 38 por ciento del total del déficit comercial estadounidense. En cambio, el déficit total hasta mayo de 2019 alcanzó -359.579,8 millones de dólares, 25 por ciento mayor que el año anterior. Este incremento corresponde en buena parte al creciente déficit con México.

La reducción del déficit comercial con China ha sido producto de una contracción de sus importaciones. Esta situación, dadas las condiciones del aparato productivo de Estados Unidos, sólo complica aun más sus niveles de productividad y competencia internacional. La reducción de las importaciones refleja su nivel de consumo interno y la limitada capacidad de crecimiento de la economía. De ahí que también el Buró de Análisis Económico del Departamento de Comercio estadounidense anunciara que el crecimiento del Pbi cayó de 3,5 por ciento en el segundo trimestre de 2018 a 2,1 por ciento en el segundo trimestre de 2019, anticipando menos crecimiento para 2019 que para 2018.

Asimismo, una buena parte de las cadenas productivas americanas dependen de insumos chinos. En 2017, el 50 por ciento de sus compras estuvo compuesto de aparatos electrónicos, maquinaria de radiodifusión, cómputo, partes y piezas electrónicas y demás insumos industriales y de consumo final. El nivel técnico y de especialización que incorporan los productos chinos, apoyados en bajísimos costos de producción, ha desplazado a los productos estadounidenses. Esta condición del aparato productivo estadounidense no le permite sustituir las importaciones chinas sin encarecer los productos y generar inflación.

A la inversa, la matriz exportadora de Estados Unidos está compuesta, principalmente, por maquinaria (22 por ciento), equipo de transporte, mayormente automóviles (15 por ciento), productos químicos (14 por ciento) y derivados del petróleo (11 por ciento). Como lo ha mostrado la trama Huawei y la red 5G, la economía estadounidense ha perdido el liderazgo en las ramas tecnológico-industriales y no parece encontrar vías para recuperarlo. Lo que le ha quedado es asegurar su mercado interno (ampliado) vía el tratado México-Estados Unidos-Canadá (Tmec), ponerle aranceles punitivos a la Unión Europea (especialmente a Alemania) y esperar que su proteccionismo merme el crecimiento chino de 6,2 por ciento, sin afectar aun más su sufrido 2,1 por ciento.

Finalmente, si consideramos que hay una recesión autoinducida en México debido a los ajustes en el gasto fiscal, y es probable que la caída en la demanda en Estados Unidos continúe, el resultado final debería ser menos importaciones y un mayor déficit estadounidense con México para diciembre de 2019. Esto podría significar más aranceles para los bienes mexicanos, dada la peculiar visión que el equipo económico estadounidense tiene del mundo. La ley de aranceles Smoot-Hawley de 1930 debe tenerse en cuenta, así como la no ratificación del Pacto de la Sociedad de las Naciones, en 1920, fundada por el presidente Woodrow Wilson en 1919. La bancada republicana, liderada por Henry Cabot Lodge, argumentó entonces que “la Liga comprometería a Estados Unidos con una organización costosa que reduciría la capacidad de Estados Unidos para defender sus propios intereses”. Los gobiernos republicanos han sido conocidos por su aislacionismo y xenofobia en el pasado. Esto podría significar que nuevos males económicos en Estados Unidos podrían llevar a nuevas medidas aislacionistas con terribles impactos en la economía mundial, como en 1930.

Por  Por Óscar Ugartech, investigador titular del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam), Sistema Nacional de Investigadores-Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, y coordinador del Observatorio Económico Latinoamericano (obela). Economista, doctorando en estudios latinoamericanos de la Unam y miembro de obela

Publicado enEconomía
Primer británico Boris Johnson adopta política pro-China y en favor de la Ruta de la Seda

Los principales aliados de Estados Unidos (EU) se adelantan en sus relaciones con China: Gran Bretaña (GB), pese a su "relación especial", e Israel, mucho más en la etapa del talmúdico Jared Kushner, el primer israelí Netanyahu, el casinero Sheldon Adelson y Henry Kissinger, grandes socios de Trump.

 

Israel concedió dos de sus tres puertos a China para impulsar la Ruta de la Seda en el mar Mediterráneo (https://bit.ly/2RdRAUY), y ahora el "Trump británico" Boris Johnson en su entrevista a Phoenix TV, en Hong Kong, sentenció que estaba muy interesado en la Ruta de la Seda (BRI, por sus siglas en inglés).

 

Boris Johnson exhortó a los inversionistas chinos a continuar sus actividades en GB e invitó a que un mayor número de estudiantes chinos se inscriban en sus universidades: todo lo contrario que viene practicando Trump para sostener su "guerra comercial" contra Pekín que empieza a hacer agua (https://bit.ly/2YvY4l4).

 

Cual su estrambótico estilo, Boris Johnson afirmó que su gobierno mantendría una política "pro-China (¡mega-sic!)".

 

Pese a todas las reticencias de EU, desde Obama hasta Trump, GB fue el primer país de Europa occidental a unirse al banco AIIB (https://bit.ly/2KfWtfm).

 

La decisión unilateral de la "pérfida Albión" de participar en el AIIB exasperó a EU y perturbó a la Unión Europea (UE) a quien traicionó antes de que apareciera Boris Johnson en el radar.

 

Hoy GB es el principal recipiendario de las inversiones chinas en Europa y, al contrario de Obama y Trump, abrió a Pekín algunos de sus sectores estratégicos como la industria nuclear (https://bit.ly/2ODJ9pu).

 

Faltará por ver cuál será su postura frente a Huawei que opera en forma magnificente en España, donde Londres maneja muchas de sus operaciones trianguladas.

 

A juicio de OBOREurope, GB es "muy frágil", ya que, en caso de una salida brusca del Brexit, incrementaría su dependencia con EU que le pueda obligar a seguir su "política china" hostil a la Ruta de la Seda (https://bit.ly/2YCDxv7).

 

Desde hace mucho Londres, en competencia con Fráncfort, desea convertirse en la principal plaza financiera off shore para la internacionalización del yuan/renminbi (https://bit.ly/2OEicSn), mientras lanza su anzuelo financierista a India.

 

Le asiste la razón al portal OBOREurope de que China busca "crear proyectos multilaterales en el marco" de la Ruta de la Seda, por lo que no estaría interesada en "excluir al resto de los miembros de la UE" para únicamente conectarse con GB: arguye que la plaza financiera de Londres puede perder su influencia frente al centro financiero europeo de Luxemburgo –que recordamos, no se encuentra muy lejos de Waterloo.

 

SCMP, con sede en Hong Kong y propiedad de Alibaba, expone la aseveración de Boris Johnson y su apoyo al proyecto de infraestructura del mandarín Xi: "Estamos muy entusiastas (sic) sobre el BRI, estamos muy interesados en lo que el presidente Xi hace" (https://bit.ly/2Sz5Lpc).

 

El primer británico Boris Johnson enfatizó que GB ha recibido con brazos abiertos las inversiones chinas en su gran planta nuclear.

 

SCMP comenta que GB es miembro fundador del AIIB –"primer banco internacional asiático independiente del Banco Mundial y el FMI dominados por Occidente"– con una contribución inicial de 50 millones de dólares.

 

Por lo pronto, el gobierno británico ha pospuesto su decisión para "restringir o prohibir" a Huawei con base en preocupaciones sobre su seguridad nacional, cuando la postura de Trump al respecto sigue siendo "opaca", pese a toda su verborrea vertida en sus furibundos tuits.

 

Es curioso que una de las hijas de Boris Johnson y la nieta de ocho años de Trump, Arabella (hija de Jared Kushner e Ivanka), hayan aprendido mandarín.

 

Tiene mucho sentido la postura "pro-China" de Boris Johnson porque la esperada "salida dura" del Brexit no se puede quedar en el aire cuando su alternativa comercial sería doble: apostar a las dos superpotencias geoeconómicas EU y China, mientras se consagra a socavar y/o a balcanizar a la UE.

 

Por tercera vez en un poco más de un siglo, GB rompe abruptamente con Alemania, hoy líder geoeconómico de la UE. Las otras dos fueron la Primera y la Segunda Guerras Mundiales.

 

http://alfredojalife.com

 

Facebook: AlfredoJalife

 

Vk: alfredojalife

 

Publicado enInternacional
Seis de las 10 primeras empresas del Fortune 500 Global son petroleras: tres son estatales

Hace 12 años señalé la tendencia del eclipse de las principales petroleras anglosajonas por las "gigantes empresas estatales del petróleo" (https://bit.ly/2K30pQu).

 

Las otrora siete hermanas anglosajonas de hace 43 años, catalogadas por el investigador británico Anthony Sampson (https://amzn.to/2GA57mS), se habían (trans)mutado en unas "nuevas siete hermanas" estatales anti-anglosajonas.

 

Agregué que “la mayoría de las viejas siete hermanas anglosajonas se megafusionaron y, pese a haber obtenido los mayores ingresos de su historia, en esta nueva fase de la decadente globalización financiera han sido rebasadas por las "siete nuevas hermanas estatales" en la era geoenergética de la globalización petrolera y gasera que marca (…) la característica inocultable de la "desglobalización" que reposiciona a los estados-nación por encima de las trasnacionales, gracias a la geopolítica consecuente a la derrota militar anglosajona en Irak”.

 

Hace seis años apunté que "90 por ciento de las reservas de crudo" se encontraban "bajo control de las petroleras nacionales" (https://bit.ly/2KdZxY1), lo cual no pudo ocultar The Economist.

 

La tendencia se acentuó en forma dramática a escala global, pese al obsceno entreguismo del infatuado itamita antimexicano Luis Videgaray (titiritero del ex "presidente" Peña) quien organizó el desmantelamiento de Pemex para favorecer a las trasnacionales anglosajonas y a la banca Rothschild (https://bit.ly/2K3VI9g).

 

En 2018, las 500 principales empresas globales generaron 3.7 billones de dólares (trillones, en anglosajón) en ingresos y 2.15 billones de dólares de ganancias.

 

Se recuerda que el PIB nominal global asciende a 87.27 billones de dólares (https://bit.ly/2y7K6uq).

 

Las 500 empresas emplean a casi 70 millones en el mundo y representan 34 países de los 193 adscritos a la ONU (https://bit.ly/2M42WeB).

 

De las 10 primeras, seis son petroleras: dos estatales chinas –Grupo Sinopec (con ganancias de 414 mil 649.90 dólares) y China National Petroleum (con ganancias de 392 mil 976.60 dólares)–; otra estatal es la saudita Aramco (355 mil 905 dólares); y tres son anglosajonas, de la añeja lista de las siete hermanas (https://bit.ly/32YrHz1) que luego se megafusionaron en cuatro y de donde sólo queda una triada: Royal Dutch Shell (396 mil 556 dólares); la depredadora BP (303 mil 738 dólares)– que "México", con el entonces disfuncional y antimexicano “presidente fake” Calderón, prácticamente la congratuló por la devastación de Deep Horizon en el Golfo de México (https://bit.ly/2LNrPMa)– y la increíblemente huérfana estadunidense ExxonMobil (290 mil 212 dólares).

 

¿Donde quedó el "imperio privado (sic) de ExxonMobil y el poder (sic) de EU"? (https://amzn.to/2gqobZy).

 

La estatal china Sinopec, segundo lugar, desplazó a las otras cinco petroleras: Royal Dutsch Shell (tercero); China National Petroleum (cuarto), Saudi-Aramco (sexto); BP (séptimo) y ExxonMobil (octavo).

 

EU se ha quedado rezagado con sólo dos de las 10, pese a que ostenta el primer lugar con Wal-Mart (514 mil 405 dólares) y con un mediocre octavo lugar de ExxonMobil.

 

Entre los 10 primeros, viene en quinto lugar la empresa estatal china State Grid (387 mil 56 dólares) y en noveno lugar Volkswagen (278 mil 341.50 dólares), seguido por Toyota Motor de Japón (272 mil 612 dólares).

 

La dupla anglosajona de EU/Gran Bretaña (que incluye su concubinato con la holandesa Royal Dutch Shell) fue desplazada por el ascenso fulgurante de tres empresas estatales de China (segundo, cuarto y quinto lugares).

 

Si se basa uno en las 10 primeras empresas globales se pudiera inferir que brilla intensamente el "capitalismo estatal con características chinas", sumado de la petrolera saudita estatal Aramco –sobre la que han puesto la mira el presidente Trump y su ambicioso yerno talmúdico Jared Kushner para apropiarse de sus activos privatizados que pueden llegar a cotizarse, dependiendo del Zeitgeist bursátil, entre 2 y 3 billones de dólares.

 

Asia Times comenta que “China eclipsa a EU en el ranking de Global Fortune 500” y expone que el número de empresas chinas alcanzó 129 superando por primera vez a EU que ostenta solamente 121 (https://bit.ly/2MqA2Wq).

 

¡Ni Trump puede detener a China! (https://bit.ly/2YvY4l4).

 

www.alfredojalife.com

 

Facebook: AlfredoJalife

 

Vk: AlfredoJalife

 

Publicado enEconomía
¿Quién va ganando la guerra comercial entre EU y China? // Boris Johnson coquetea con la Ruta de la Seda // Uno espera, el otro desespera

En México se suele estar abrumado por los multimedia de Estados Unidos/Gran Bretaña y sus sucursales locales, y no se toma en cuenta dialécticamente la antítesis de la contraparte afectada, como es el caso flagrante de China en la guerra comercial que inició Trump.

 

Si uno se basa en los tuits de Trump, pues prácticamente China estaría liquidada en forma absurda, lo cual atenta contra la realidad.

 

Trump es un excelente propagandista como se entrenó 13 años en su programa de reality show The Apprentice (https://imdb.to/2K3Pjtn), además de ser un consagrado blufista de póquer, lo aprendió en sus casinos o con su socio israelí Sheldon Adelson, mandamás de Las Vegas y Macao.

 

Sucede que hay categorías entre los 193 países de la ONU, cuando unos, como vulgares naciones bananeras sucumben al primer amago de amenazas de Trump, y otros, como las superpotencias, Rusia y China –incluso India– lo paran en seco.

 

En estos momentos Norcorea e Irán –y hasta la Unión Europea– han descubierto los alcances de los blufs de Trump, que pueden ser muy letales cuando los países afectados carecen de anticuerpos, ya no se diga de un sistema inmunológico ni de resiliencia ni carácter.

 

El punto de vista de China sobre la guerra comercial que libra EU es diametralmente opuesto a la propaganda electorera de Trump.

 

Yu Jincui, del Global Times, alega que “EU está más ansioso para un arreglo que China (https://bit.ly/2LFv5t2)”.

 

La guerra comercial de Trump, que ha durado un año, ha afectado a importantes segmentos de la economía de EU –aunque no la bolsa de Wall Street, donde la inminente disminución de las tasas de interés puede servir a Trump para su anhelada relección, entre otros factores–, como el área rural que ha periclitado, además del sector ya de por sí alicaído de la manufactura que se encuentra al borde de la recesión cuando la deuda de EU está a punto de alcanzar su récord.

 

En síntesis, a juicio de Yu, los consumidores, los granjeros y los manufactureros son todos víctimas, por lo que Trump confronta una presión creciente para finiquitar su guerra comercial contra China, en rechazo a la cual se han expresado públicamente sus Cámaras de Comercio.

 

Pese a que Trump se ha autoelogiado como el Rey de las Tarifas (en)marcadas con su frase indeleble las guerras comerciales son buenas(sic) y fáciles(sic) de ganar –relativizando el grado de codependencia del país afectado–, los tuits del presidente no han (con)movido a China, a pesar de que en la histórica cumbre del G-20 en Osaka, en la reunión bilateral al margen entre Trump y el mandarín Xi acordaron una tregua, donde el mandatario de EU ni siquiera pudo sacar la firma de Beijing para la necesitada compra de sus productos rurales, sino vagas promesas no-vinculantes, cuando China busca la exoneración de Huawei, una de sus joyas tecnológicas, y guarda en el bolsillo dos armas letales: la prohibición y/o el incremento de las tarifas a la exportación de sus “minerales de tierras raras (https://bit.ly/2EGM09J)”, y el dumping de sus cuantiosas reservas de Bonos del Tesoro de EU que pondrían a prueba el orden financiero global basado en la unipolaridad aberrante del dólar.

 

Yi juzga que China y EU desean concluir la guerra comercial, pero China está más tranquila que EU.

 

Hoy hasta Boris Johnson, el flamante premier británico y supremo aliado de Trump, coquetea con la Ruta de la Seda de China.

 

Es absurdo pretender que una de las dos superpotencias geoeconómicas va a ganar. Las dos pierden, máxime que tienen una gran complementariedad en sus cadenas de suministro, lo cual daña las economías del mundo entero, con mayor dolo en Latinoamérica.

 

Ni siquiera EU tiene fácil el panorama militar cuando China acaba de publicar su vigoroso Libro Blanco de “Defensa para una Nueva Era (https://bit.ly/2ZeHcAn)”.

 

El tiempo chino le gana a Trump: China lleva una ventaja institucional cuando puede esperar el desenlace de la elección presidencial de EU, mientras el mandarín Xi ha sido elegido de por vida por su Partido Comunista.

 

China espera y EU desespera.

 

www.alfredojalife.com

 

Facebook: AlfredoJalife

 

Vk: alfredojalife

Publicado enInternacional
El programa secreto de ayuda exterior de Trump

El plan del presidente ronda los 40.000 millones, la mayor donación a otras naciones desde el Plan Marshall

 

 

Donald Trump se queja a menudo de que los medios no reconocen el mérito de sus logros. Y puedo pensar en al menos un caso en el que eso es cierto. Que yo sepa, casi nadie está hablando de que bajo su mandato ha tenido lugar un gran —aunque oculto— aumento en la ayuda exterior, el dinero que EE UU da a los extranjeros. De hecho, el programa oculto de Trump, que actualmente ronda los 40.000 millones de dólares anuales, constituye probablemente la mayor donación a otras naciones desde el Plan Marshall. Por desgracia, la ayuda no va ni a países pobres ni a los aliados de Estados Unidos. En vez de eso, se dirige a ricos inversores extranjeros.

Pero antes de llegar a eso, hablemos un momento de una afirmación que Trump hace a menudo sobre un aspecto muy visible de su estrategia económica: los aranceles que ha impuesto a las importaciones de China y otros países. Trump insiste una y otra vez en que China paga estos aranceles y representan miles de millones en beneficios para EE UU. Sin embargo, esta afirmación es falsa. Normalmente, los aranceles los pagan los consumidores del país importador, no los exportadores. Y podemos confirmar que esto es lo que está ocurriendo con los aranceles de Trump: los precios de los productos sujetos a esos impuestos han aumentado drásticamente, más o menos en línea con los aumentos de los aranceles, mientras que los precios de los productos no sujetos a los nuevos impuestos no han subido. De modo que los aranceles de Trump no son un impuesto para los extranjeros, independientemente de lo que él piense. Por otro lado, sus otras políticas han dado a determinados extranjeros un gran respiro fiscal.

Recuerden que el único gran logro legislativo de Trump hasta ahora es la Ley de Reducción de Impuestos y Empleo de 2017. El núcleo de ese proyecto de ley fue una brusca reducción de la tributación empresarial, hecho que llevó a una drástica caída de la recaudación fiscal, del orden de 140.000 millones de dólares el año pasado.

¿Quién sale ganando con este recorte impositivo? Los defensores del proyecto de ley afirmaron que los beneficios llegarían a los trabajadores en forma de salarios más altos e insistieron en la importancia de la avalancha de anuncios de incentivos para las empresas a principios de 2018. Pero aquellos incentivos no fueron en realidad muy grandes y no continuaron. De hecho, a estas alturas está claro que la oleada de incentivos, tal y como estaba planteada, trataba sobre todo de evadir impuestos: al adelantar los pagos que iban a hacer de todas formas, las empresas podían deducir el gasto con el antiguo tipo impositivo, más elevado. Ahora que esta opción ha expirado, los incentivos han vuelto a su nivel normal o incluso han descendido un poco.

¿Y qué decir del argumento según el cual los recortes fiscales propiciarían un aumento de la inversión empresarial que tirará de los salarios? Pues que tampoco está ocurriendo; en lo que respecta a la inversión empresarial, el recorte fiscal ha sido un gran fiasco. Entonces, ¿quién se está beneficiando de la rebaja de impuestos? Básicamente, los accionistas, que han recibido dividendos más altos y han visto grandes ganancias de capital ya que las empresas no utilizan este dinero caído del cielo para invertir, sino para recomprar sus propias acciones. Y una buena parte de estas ganancias de los accionistas ha ido a parar a extranjeros.

Al fin y al cabo, vivimos en una era de finanzas globalizadas, en la cual los inversores ricos poseen activos en muchos países. Los estadounidenses poseen billones en capital extranjero, tanto directamente en forma de acciones extranjeras como indirectamente en forma de acciones de empresas estadounidenses con filiales extranjeras. Los extranjeros, a su vez, tienen grandes intereses en EE UU, de nuevo tanto a través de la posesión directa de acciones como mediante la operación de sus filiales corporativas.

En conjunto, los extranjeros poseen el 35% del capital en empresas sujetas a la fiscalidad estadounidense. Y como consecuencia de ello, los inversores extranjeros han recibido el 35% de los beneficios de la rebaja fiscal. Como he dicho antes, eso es más de 40.000 millones anuales. Para poner esto en perspectiva, los aranceles que Trump ha impuesto a China han recaudado 20.000 millones hasta ahora. Aunque China pagase esos aranceles —cosa que no está haciendo— eso se quedaría muy corto con respecto al regalo que Trump ha hecho a los inversores extranjeros. Alternativamente, podemos comparar el obsequio de Trump a los inversores extranjeros con nuestro gasto real en ayuda exterior. En 2017, EE UU gastó 51.000 millones en “asuntos internacionales”, pero una buena parte de eso corresponde al coste de operar embajadas o a la ayuda militar. Las desgravaciones fiscales de Trump para los inversores extranjeros son considerablemente mayores que la cantidad total que gastamos en ayuda exterior propiamente dicha. Ahora bien, la economía estadounidense es casi inconcebiblemente enorme y produce más de 20 billones de dólares en productos y servicios anualmente. Además, EE UU es un país en el que los inversores confían a la hora de saldar deudas, así que la rebaja de impuestos, por irresponsable que sea, no está provocando ningún estrés fiscal inmediato.

De modo que el regalo de Trump a los inversores extranjeros no nos va a hacer ni bien ni mal, aunque probablemente sea suficiente para garantizar que la rebaja fiscal será, sobre todo, un claro lastre para el crecimiento económico: aunque la rebaja de impuestos tenga algún efecto positivo sobre los beneficios totales generados en EE UU (lo cual resulta dudoso), este se verá probablemente más que contrarrestado por el aumento del porcentaje de beneficios que perciben los extranjeros en vez de los ciudadanos estadounidenses. Así y todo, incluso en EE UU, 40.000 millones por aquí, 40.000 millones de dólares por allá, y al final estamos hablando de dinero de verdad. Es más, parece oportuno señalar que aunque Trump se jacte de quitar dinero a los extranjeros, sus políticas reales están haciendo exactamente lo contrario.

Por PAUL KRUGMAN

26 JUL 2019 - 11:35 COT

Paul Krugman es premio Nobel de Economía © The New York Times, 2019.

Traducción de News Clips.

Publicado enInternacional
Los próximos 10 años entre EU y China: ¿conflictos o G-2?

El histórico G-20 de Osaka –por sus cumbres al margen, más que por su ausencia de concreciones consensuadas– no fue un punto de inflexión, sino que acentuó la dinámica de las tendencias de la "arquitectura estratégica global" (https://bit.ly/2Y22epH) y/o de la "estabilidad estratégica" tripolar de EU/Rusia/China.

 

Dos días después de la cumbre del G-20 en Osaka, se celebró en Pekín el segundo "Diálogo Wanshou de Seguridad Global", donde concurrieron connotados académicos, cuyo tema nodal consistió en elucidar cómo serán definidas las relaciones de China y EU en los próximos 10 años: "por conflictos o por sus esfuerzos para superarlos" (https://bit.ly/30PL7UL).

 

Uno de los asistentes fue el británico Martin Jacques, becario senior de la Universidad de Cambridge y quien publicó hace 10 años el visionario libro Cuando China gobierne al mundo: el fin del mundo occidental y el nacimiento de un nuevo orden global (https://amzn.to/2YfzmWd), quien adujo que la relación de China y EU fue relativamente estable en los pasados 40 años, pero que ya concluyó debido a razones fundamentales.

 

Arguyó que sí habrán tensiones y conflictos, por lo menos en los próximos 10 años hasta que "EU acepte el hecho de que China se encuentra en una posición igual (sic)" y que ya "EU no es más el exclusivo primer país del mundo".

 

Sentenció que "el tiempo unipolar de EU acabó, y hoy nos encontramos ya en el tiempo bipolar (sic), pero tampoco debemos subestimar la dificultad que tendrá EU para cambiar (sic)" cuando encuentra dificultad para "reajustarse conforme va en declive".

 

Según Martin Jacques, EU creó y "está destruyendo" ahora el presente orden global que sustenta el multilateralismo y la globalización, por lo que el "nuevo orden no advendrá en el corto periodo de tiempo, por lo menos no en los próximos 20 años, aunque el viejo orden es débil y ya no es más sostenible".

 

A su juicio, "existe un nuevo orden incipiente dentro del concepto de la Ruta de la Seda" debido a su escala y por las ideas que representa, como el "ganar-ganar, cooperación y elevar los niveles de vida de los países pobres" (https://bit.ly/2OeGiD8).

 

Martin Jacques, pese a su pasado marxista (o quizá debido a ello) y a su amistad con uno de los máximos historiadores de Occidente, otro marxista singular Eric Hobsbawm, no toma en cuenta en su "nuevo orden global" a Rusia, a la que Trump maneja con sumo respeto, no se diga China.

 

El consultor especial del anterior presidente Reagan, Douglas Bandow, becario de CATO Institute – think tank de extrema derecha neoliberal, fundada por el polémico empresario Charles Koch: décimo primero en el ranking de Forbes con una fortuna de más de 50 mil millones de dólares (https://bit.ly/2GqSQkr)–, discrepa de la teoría de Martin Jacques debido a que existen todavía "muchas incertidumbres" cuando Pekín y Washington se han percatado del "peligro de los conflictos" y "desean trabajar seriamente para realizar compromisos (sic)".

 

Zhao Susheng, profesor de la Universidad de Denver, señaló que "aunque China y EU no nacieron para ser socios, tampoco nacieron para ser enemigos" y que será imposible (sic) de que ambos emprendan una guerra fría similar a la de EU y la URSS.

 

Global Times narra que para "algunos académicos, las dos superpotencias deben, y sobrevivirán este periodo de conflicto, ya que el precio de no hacerlo sería inaceptablemente elevado".

 

No faltarán quienes se rebelen de que no aparezcan la Unión Europea (UE) ni India.

 

Sucede que Europa desde la Segunda Guerra Mundial fue apéndice de EU y hoy empieza a liberarse de tal yugo geoestratégico al riesgo de ser balcanizada, mientras que India –quizá por la característica politeísta de la mayoría nacionalista/teológica hindú– busque una equidistancia acomodaticia entre la anglósfera, que la dominó, y el núcleo euroasiático del "triángulo RIC (Rusia/India/China)".

 

El gran defecto de un G-2 entre EU y China, que se ha alejado relativamente en las fechas recientes por la intensidad del "conflicto" tecnológico, es que no considera el otro pilar del verdadero orden tripolar: Rusia (https://bit.ly/2FNcqqT).

 

www.alfredojalife.com

 

Facebook: AlfredoJalife

 

Vk: AlfredoJalife

Publicado enInternacional
China y la guerra comercial: una perspectiva amplia

La guerra comercial que ha desatado Donald Trump en contra de China no es un episodio pasajero que terminará en breve para ser rápidamente olvidado.

 

Esta es la segunda vez en la historia que Estados Unidos utiliza su poderío económico para frenar el auge de una potencia rival en Asia. Desde la restauración Meiji, que puso fin al shogunato de los Tokugawa en 1868, Japón desarrolló una exitosa política económica y tecnológica dirigida a alcanzar un desarrollo industrial comparable al de Inglaterra o Alemania. En los años 1930 presionó a sus vecinos en Asia para construir la "Gran esfera de coprosperidad", que le permitiría garantizar mercados para sus exportaciones y una fuente estable de recursos naturales. Estados Unidos, Inglaterra y Francia no vieron con buenos ojos el surgimiento del nuevo rival asiático. Sus esfuerzos por bloquear el ascenso de la nueva potencia rival fueron un factor importante, aunque no el único, en el surgimiento del militarismo japonés. También sirvieron para detonar la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico.

 

Hoy todo ha cambiado, pero en Asia surgió un nuevo rival. China se convirtió en pocas décadas en una potencia que Estados Unidos considera ya una amenaza. Después de años de guerra y ocupaciones extranjeras, el triunfo del Partido Comunista chino, en 1949, condujo a la creación de la República Popular China. En 1978, Deng Xiaoping introdujo una primera serie de reformas en la conducción de la economía. Entre 1979 y 2013, la economía china mantuvo una tasa promedio de crecimiento anual cercana a 10 por ciento. Al mismo tiempo, Pekín mantuvo la conducción estatal de la estrategia económica y una política industrial y tecnológica que llevó a profundas transformaciones estructurales. China, hoy, aspira a que su moneda sea reconocida como medio de pago y reserva de valor a escala internacional. Su iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda es un proyecto de infraestructura y transporte que busca dar una proyección global al poderío económico chino.

 

Hoy, China se encuentra enfrascada en una guerra comercial con Estados Unidos. En el último año Washington y Pekín han impuesto aranceles hasta de 25 por ciento sobre flujos comerciales por más de 900 mil millones de dólares. Pero esta guerra comercial es, en realidad, otro teatro de batalla en una guerra de largo aliento.

 

La guerra la inició Washington, pero no busca corregir un simple problema de desequilibrio comercial en algunos productos, como la soya, el aluminio o el complejo automotriz. Ni siquiera se trata de una guerra sobre el saldo de la balanza comercial, como ha dicho Trump. Se trata de una guerra cuyo fin es forzar a China a adoptar una política distinta sobre controles de capital, política industrial y propiedad intelectual. En el G20, en junio pasado, Xi Jinping y Trump acordaron un armisticio para volver a comenzar negociaciones comerciales. Pero este proceso va a durar mucho tiempo, porque la confrontación es casi a nivel existencial.

 

La tasa de crecimiento del PIB para el segundo trimestre del año (6.2 por ciento) es la más débil desde que comenzó a medirse esta variable, en 1992. Según Trump, este resultado muestra que la guerra comercial está afectando más a la economía china. La realidad es que China viene experimentando menores tasas de expansión desde hace ya varios años. Para empezar, la economía china no salió sin heridas de la crisis global de 2008: la caída de la demanda internacional en sus principales mercados contribuyó a un descalabro muy importante (la tasa de crecimiento del PIB alcanzó 6.6 por ciento en 2009). La autoridades económicas en Pekín respondieron rápidamente con un estímulo fiscal y una política monetaria laxa, lo que condujo a una recuperación en 2010-2011, pero desde entonces se ha mantenido una clara tendencia a menores tasas de crecimiento.

 

No es evidente el sendero que seguirá la economía china en los meses que vienen. Algunos analistas consideran que lo peor ya pasó y que en mercados internos importantes, por ejemplo la venta de automóviles, los números muestran estabilidad. Sin embargo, la mayoría de los indicadores clave (ventas al menudeo, demanda de energía, industria de la construcción) muestran que la economía china seguirá manteniendo una trayectoria de menor expansión económica. Además, como resultado de su política monetaria, hoy la economía entera se encuentra todavía tratando de reducir los efectos del sobrendeudamiento y esa es, quizás, la causa más importante de la caída en el ritmo de crecimiento.

 

Regresamos al punto de partida. Estados Unidos puede hacer mucho daño a la economía china, pero sin una guerra militar no podrá impedir su ascensión. En su intento por frenar el nuevo poderío chino, Estados Unidos pagará un costo muy elevado al convertirse en una sociedad cada vez más represiva. Los reflejos imperiales de Washington afianzarán en lo interno las tendencias dictatoriales y conducirán a la desaparición de lo que queda de la república.

 

Twitter: @anadaloficial

 

Publicado enInternacional
Un regalito de China, más paciencia de EE.UU.

El presidente chino llegó a Osaka con la oferta de comprar “muchos” productos agropecuarios. Trump aceptó y la suba de tarifas se pospone.

 

 Los presidentes de China y Estados Unidos le bajaron un poco la temperatura al enfrentamiento comercial entre sus países. Xi Jinping trajo a la reunión del Grupo de los Veinte una prenda de paz que Donald Trump aceptó con entusiasmo, y ambos presidentes parecieron conformes con quedarse con el Plan B de la situación: las tarifas norteamericanas siguen en pie, pero no van a empeorar. En su despedida de Japón anoche y antes de salir para Seúl, Corea del Sur, Trump sorprendió avisando que va a visitar la zona desmilitarizada que separa a su aliado de Corea del Norte y que había invitado a Kim Jong Un a reunirse en la frontera.

En su encuentro en Osaka, chinos y norteamericanos se pusieron de acuerdo para volver a la mesa de negociaciones después de siete semanas, dando una señal de calma a mercados muy nerviosos. Xi y Trump pasaron cuatro horas hablando y la conclusiones de la muy larga discusión mostraron que no hubo un acuerdo de fondo, apenas una tregua. “La reunión fue muy, muy buena” dijo Trump con su habitual uso de doble adjetivos. “Diría que hasta mejor de lo que esperábamos”.

El lado americano aceptó postergar un aumento de las tarifas de importación, que subirían al 25 por ciento para un paquete de productos por 300.000 millones de dólares. También se aceptó darle un poco de aire a la empresa Huawei, la empresa de teléfonos celulares que está en el centro de una tormenta de acusaciones de robo de tecnología y espionaje.

A cambio, Trump aceptó un “tremendo” aumento en las exportaciones de alimentos norteamericanos a China. El norteamericano no reveló la cifra final que los chinos ofrecieron, pero dijo que le iba a pasar una lista de productos alimentarios y agropecuarios que él quería que compren.

Trump se hizo tiempo, entre tanto encuentro, para hacer un poco de diplomacia vía su canal favorito, Twitter. Así fue que se le ocurrió invitar al dictador norcoreano Kim Jong Un a un encuentro improvisado en la frontera entre las dos Coreas. Según el mismo Trump, la idea fue bien recibida por Kim y ambos países trabajaban contrarreloj para armar el encuentro. 

“Si ocurre, no va a ser una cumbre, va a ser un apretón de manos”, dijo Trump. Y cuando le preguntaron si cruzaría la frontera y entraría al norte para darle la mano a Kim, contestó que “seguro lo haría. Sin problema.” Si eso ocurre, Trump sería el primer presidente norteamericano en actividad en pisar suelo norcoreano.

Mientras se resolvía este encuentro, dramático como le gustan a Trump, el presidente le regaló un último problema a su anfitrión, el premier japonés Shinzo Abe. Lo hizo al decir en público que le había avisado que los tratados de defensa mutua entre ambos países eran “inaceptables” y que había que cambiarlos después de 68 años. Trump muchas veces criticó a Japón por negarse a mandar tropas al exterior, la última esta semana y ya en camino a Osaka, cuando twiteó que si los japoneses eran atacados “nosotros vamos a ir a ayudarlos, pero si nosotros somos atacados ellos no van a venir”.

El comentario demuestra una completa ignorancia del status que Estados Unidos le impuso a Japón después de derrotarlo en la segunda guerra mundial. Los norteamericanos ocuparon el archipiélago, dejaron al emperador Hirohito pero abolieron el imperio japonés, con lo que Japón no es ni reino ni república, apenas Japón a secas. También le impusieron una reforma legal y una constitución escrita en Washington, que entre otras cosas le prohibía terminantemente a las fuerzas armadas japonesas salir del país.

La prohibición es tan absoluta que hizo falta reformar la constitución para que Japón pudiera participar en operativos de la ONU, cosa que recién ocurrió en 1993. En el ejemplo de Trump, los japoneses no podrían auxiliar a los norteamericanos si son atacados porque los norteamericanos lo prohibieron absolutamente en la constitución y el tratado de 1951. En ese momento es que Japón se transformó en la gran base americana del Pacífico, central para la guerra fría con la URSS y las calientes con Corea y Vietnam.

Pero todos los tratados pueden cambiar y azuzar a los japoneses a armarse puede ser una manera de presionar a China. Una fuerte preocupación en Pekín es que al no resolverse el tema de las tarifas, las empresas que producen sus componentes o productos terminados en fábricas chinas comiencen a buscar otras bases industriales menos comprometidas políticamente. Si esto ocurre, sea porque Trump es reelecto o porque un futuro presidente demócrata elige sostener esta política, el resultado puede ser una “naturalización” de los costos más altos de producir en China y una fuga de inversiones a otros países más baratos.

Por eso no extraña que hasta un mandatario tan orgulloso como Xi se presente ante el norteamericano con un obsequio que sea apetecible, un pago por adelantado de futuros negocios. Para los chinos, la guerra comercial tiene implicancias a futuro que pueden ser históricas.


 

 Recuadro. 

 

Trump anuncia que restaurará las relaciones comerciales con Huawei

 Por, El diario.es

 

Estados Unidos permitirá a las empresas del país que vendan productos al fabricante chino Huawei, según ha anunciado este sábado el presidente estadounidense, Donald Trump.

Trump ha hecho el anuncio al referirse a lo convenido en la reunión que poco antes tuvo con el presidente chino, Xi Jinping, con el fin de avanzar para contener la guerra comercial que enfrenta a ambos países desde el año pasado.

"Hemos acordado que las empresas estadounidenses puedan vender productos a Huawei", ha agregado Trump, que se encuentra en la ciudad japonesa de Osaka para participar en la cumbre del G20 que comenzó este viernes y se cerró este sábado. "Vendemos a Huawei una tremenda cantidad de productos. He dicho que eso está bien. Es un tema complejo, por cierto".

Trump, sin embargo, no ha querido precisar si como parte de esa revisión en el caso del fabricante chino la compañía será sacada de lista del Tesoro de Estados Unidos donde están incluidas empresas vetadas de hacer negocios con firmas estadounidenses. "No hemos hablado de eso. Tenemos una reunión mañana o el martes", agregó Trump, y cuando se le volvió a insistir sobre si él creía que Huawei saldría de esa lista, recalcó que no quería hablar de ello.

Además, el presidente de EEUU ha confirmado que su Gobierno no impondrá nuevos aranceles a las importaciones desde China y ha señalado que seguirán las negociaciones entre Washington y Pekín para cerrar un acuerdo comercial.

"Si podemos llegar a un acuerdo será un evento histórico", ha afirmado Trump, que ha recordado también que Estados Unidos estaba analizando la posibilidad de imponer aranceles a importaciones chinas por valor de más de 300.000 millones de dólares. "Vamos a suspender esos aranceles y ellos van a comprar nuevos productos agrícolas", ha añadido en la rueda de prensa ofrecida poco después de que se cerrara la cumbre de dos días que celebró el G20 en Osaka.

Publicado enInternacional
La guerra comercial entre China y EE UU acapara el G20

Según el secretario del Tesoro de EE UU, Steven Mnuchin, "ya tenemos cerca del 90% del camino" hacia un acuerdo comercial entre las dos potencias

 

 

Las banderolas ya están colgadas en el aeropuerto de Osaka, en Japón. Las azafatas esperan, sonrientes. El aparato de seguridad ya está desplegado. El presidente francés, Emmanuel Macron, ha sido el primero en llegar. Todo está preparado para la 14 cumbre del G20, las economías que agrupan el 85% de la riqueza mundial. Un evento que, según el secretario del Tesoro de EE UU, Steven Mnuchin, será “muy importante”. Pero cuyo acto principal, en el que estarán puestas todas las miradas, será una reunión fuera de programa: la que celebren los presidentes de EE UU, Donald Trump, y de China, Xi Jinping, para tratar de solventar una guerra comercial y tecnológica mutua que amenaza con arrastrar a toda la economía global.

Según ha declarado Mnuchin en una entrevista con la cadena de televisión CNBC este miércoles, dos días antes del pistoletazo oficial para la cumbre, “ya tenemos cerca del 90% del camino” hacia un posible acuerdo entre Washington y Pekín “y creo que hay una vía para completarlo”. “El mensaje que queremos oír es que ellos quieren regresar a la mesa de negociaciones y seguir. Creo que se nos presenta un buen resultado para su economía y la nuestra para conseguir un comercio equilibrado y seguir desarrollando esta relación”, ha dicho Mnuchin.

Las palabras de Mnuchin —uno de los principales negociadores en las conversaciones que se quebraron en mayo pasado, cuando todo parecía apuntar a un acuerdo entre las dos potencias, por desacuerdos fundamentales entre las dos capitales— abren un nuevo optimismo sobre la posibilidad de que los dos presidentes puedan llegar a algún tipo de entente cordial en Osaka. Ambos tienen prevista una reunión, confirmada por ambos gobiernos y la primera en más de seis meses. Probablemente ocurra el sábado, una vez hayan concluido las reuniones multilaterales.

En los últimos días, y después de casi dos meses de deterioro continuo en la relación, han resurgido las señales para el optimismo. Habían pasado casi ocho semanas en que Washington acusaba a Pekín de haber renegado de compromisos ya acordados para reformar sus leyes y permitir la competencia en igualdad de condiciones en el mercado chino. El Gobierno de Xi Jinping, por su parte, acusaba a Washington de acoso y de exigir términos que ponían en riesgo su soberanía nacional.

Pero los dos presidentes conversaron por teléfono la semana pasada, en un indicio de que ninguno de los dos países quiere ver un deterioro mayor de las relaciones al que ya han sufrido. Los negociadores jefes de las dos capitales, el vice primer ministro chino Liu He, Mnuchin y el representante de comercio exterior de EE UU, Robert Lighthizer, han conversado por teléfono esta misma semana.

A Trump no le conviene mantener una pelea prolongada con Pekín, ahora que ha lanzado su campaña para la reelección en los comicios del año próximo. Después de que en mayo los dos países elevaran sus aranceles mutuos, por 200.000 millones de dólares en el caso de EE. UU. y por 60.000 en el de China, el sector agrícola y los Estados tradicionalmente votantes republicanos han comenzado a sentir los efectos. Las encuestas no van todo lo bien que el antiguo magnate de la construcción esperaba. Y se siente apremiado, especialmente con otros frentes no solo abiertos, como los de Siria o Corea del Norte, sino en carne viva, como el de Irán.

Xi, por su parte, tampoco, necesita ahora un enfrentamiento comercial o tecnológico que pueda afectar a la buena marcha de su economía o a la creación de empleo. Según indicó en la conversación con Trump la semana pasada, citada por la agencia oficial china Xinhua, “la cooperación es algo que interesa tanto a China como a EE UU, mientras que la confrontación nos perjudica a los dos”.

Ninguna de las partes quiere hacer gestos demasiado sustanciales. Ni Trump aparecer como blando hacia China ante su electorado, ni Xi perder la cara ante Washington tras haber caracterizado la ruptura de las conversaciones como un paso necesario para defender su soberanía.

China, por boca del viceministro de Comercio Wang Shouwen, expresó este lunes en una rueda de prensa en Pekín su intención de hacer concesiones —no ha especificado cuáles— siempre y cuando se vean correspondidas.

El influyente blog Notas de Taoran, del periódico China Economy Daily y disponible en la red social Weixin, insiste en que “algunas personas” en EE UU no entienden la determinación de China a mantener su posición. “Si la parte estadounidense no cambia su manera de pensar y sus métodos, entonces todo lo que ocurrirá en los asuntos comerciales entre EE UU y China será que continuará el intercambio de puntos de vista y el mantenimiento de las posiciones, y no se lograrán progresos”.

Pese al optimismo de Mnuchin, la mayoría de los analistas considera como resultado más probable que Xi y Trump no cierren un acuerdo y se limiten a pactar una mera tregua, similar a la adoptada en la cumbre anterior del G20 en Buenos Aires, cuando acordaron un plazo de tres meses para negociar antes de imponerse nuevos aranceles mutuamente.

Según el presidente del Consejo Empresarial China-EE UU, Craig Allen, “el problema es que no hay tiempo suficiente para tratar un acuerdo completo, más bien solo para tratar sobre los próximos pasos a dar sobre cómo, cuándo, dónde y por qué volver a la mesa de negociaciones”.

Sí es posible, quizá, que los dos líderes lleguen a algún acuerdo sobre Huawei, la joya de la corona tecnológica china y a la que Washington amenaza con embargar su tecnología a partir del 19 de agosto por razones de seguridad nacional.

Una repetición de Buenos Aires sería lo más probable, apunta Matthew Goodman, del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales (Csis, en sus siglas en inglés) en Washington. “Los dos líderes se reunieron, acordaron que tenían que retomar algún tipo de conversaciones comerciales y encargaron a sus ministros de Comercio que presentaran un acuerdo en un cierto plazo de tiempo”.

Acuerden lo que acuerden, “no resolverá los problemas inmediatos”, cree Goodman. Tampoco los de fondo. Son demasiado amplias las “profundas diferencias estructurales”. Aunque, si no cosas más tangibles, las dos partes sí ganarán algo que quieren: tiempo.

 

Por Macarena Vidal Liy

Osaka (Japón) 27 JUN 2019 - 03:59 COT

Publicado enInternacional
Página 1 de 7