Más allá de la cueva de los murciélagos: la no “guerra fría” entre Estados Unidos y China

Estados Unidos vuelve a tensar las relaciones con China. Biden inicia una gira en la que defenderá que el país dirigido por Xi Jinping es una “amenaza” para occidente. La UE congeló en mayo el Acuerdo Global de Inversiones con China.

 

Hubo un tiempo en el que si Henry Kissinger hablaba, el resto del mundo contenía la respiración. El exsecretario de Estado de Estados Unidos durante la administración de Richard Nixon, el presidente que dio un giro de relaciones con respecto a China —con la llamada diplomacia ping-pong— emitió a principios del mes pasado una serie de juicios sobre las relaciones con el país gobernado por Xi Jinping que han revitalizado la idea de la “guerra fría” en curso entre las dos grandes potencias mundiales. 

“La confrontación de Estados Unidos y China es el principal problema para Washington; es el principal problema del mundo”, explicó Kissinger, que no rehusó la fórmula de la “guerra fría” que tanto Pekín como el Pentágono quieren eludir, al menos de momento.

La respuesta a Kissinger, el responsable de episodios históricos como el Plan Cóndor en Latinoamérica, llegó nada menos que del actual secretario de Estado, Antony Blinken. Pero Blinken no fue expeditivo, simplemente expresó que no le gusta “poner etiquetas” a una relación compleja para posteriormente entonar algunos de los mensajes que aparecen como excusa perfecta y recurrente por parte de EE UU: las referentes a los derechos humanos de la etnia Uigur en Sinkiang y el papel de China en Hong Kong durante la escalada represiva de la pasada primavera. 

Es cierto que la preocupación por los derechos humanos aumenta respecto a la etapa de Trump, pero también se debe tener en cuenta que, como se señala desde Estados Unidos, Biden ha ignorado sistemáticamente la situación de Colombia y el tratamiento de los derechos humanos por parte del Gobierno de Iván Duque.

El hecho es que el comité de relaciones exteriores estadounidense aprobó en mayo una “Ley de Competencia Estratégica de 2021”, que ha sido conocida desde entonces como la “Ley anti China”, en la que establece que la “Nación del centro” es competidora de EE UU en materia económica, tecnológica y militar.

El efecto de la ley no solo atañe a las fronteras exteriores de Estados Unidos, la Union of Concerned Scientists alertaba de que, en primer lugar, de que ese proyecto de ley “probablemente resultaría en la discriminación racial y la persecución de los estadounidenses de origen chino, así como de otros estadounidenses con vínculos personales, comerciales o profesionales con China”. 

Ese mismo grupo alertaba de que las consideraciones sobre las cuestiones de derechos humanos en el marco de esa norma se emplea como “un arma para ganar una contienda económica y geopolítica y es poco probable que ayude a las víctimas de derechos humanos”.

Así, la gira que ha comenzado Biden comienza con críticas a la “autocracia” de China y tratará temas tan delicados como la cuestión nuclear. El libreto es antiguo: Estados Unidos desea desafiar a China en el terreno militar, algo a lo que no se presta el imperio asiático, consciente de que la pandemia ha servido para acelerar la primacía económica de su modelo.

Laboratorios y murciélagos

Un mes después de las declaraciones de Kissinger, se cumplen las pautas de una escalada de hostilidad entre los dos países. El pasado viernes, 4 de junio, Financial Times publicaba que el doctor Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergia y Enfermedades Infecciosas y cara visible de la lucha contra el covid-19 en Estados Unidos, requería información adicional a sus homólogos chinos.

Fauci ha pedido los registros acerca de nueve personas que podrían haber entrado en contacto con el virus —según la hipótesis de que seis integrantes de un grupo de mineros contrajo la enfermedad en una incursión en una cueva de murciélagos en 2012— y tres en noviembre de 2019, dando lugar a la “fuga de laboratorio” de la enfermedad en Wuhan.

Es un tema, el del “escape de laboratorio” con el que se especula desde el comienzo de la pandemia y que fue descartado por una publicación de The Lancet en febrero de 2020, que solo recientemente ha sido puesta en duda por parte de la comunidad científica estadounidense. Un artículo en el prestigioso Boletín de Científicos Atómicos ha añadido la suficiente dosis de duda sobre las conclusiones emitidas por The Lancet.

 “Me gustaría ver los registros médicos de las tres personas que, según se informa, enfermaron en 2019. ¿Realmente se enfermaron y, de ser así, de qué se enfermaron?”, ha preguntado Fauci, en un movimiento que se coordina con el anuncio por parte de Joseph Biden de que ha puesto un límite de 90 días a las agencias de Inteligencia estadounidenses para dictaminar cuál de las dos teorías sobre el surgimiento del virus es la correcta: si la aceptada por la mayor parte de la comunidad científica sobre el salto de especies o si se trata de un accidente en el laboratorio de nivel de bioseguridad P4 de Wuhan.

De este modo, Biden ha retomado una de las melodías preferidas de su antecesor, Donald Trump, y se ha apoyado en la solicitud por parte del secretario de Salud estadounidense, Xavier Becerra, en el contexto de la Organización Mundial de la Salud para que la OMS retome la investigación sobre el origen del virus, a pesar de que a principios de año la oficina declaró que era altamente improbable la hipótesis de que el virus haya salido de un laboratorio. Estados Unidos ha contado con el apoyo de Reino Unido, Australia y Japón en este movimiento.

La respuesta de China ha sido atizar el fuego sobre la teoría que sitúa el “nacimiento” del virus en el laboratorio militar de Fort Detrick, Maryland, y su expansión en los juegos militares internacionales de octubre de 2019. “Si ven la teoría de la 'fuga de laboratorio' como una de las direcciones de la investigación, el Instituto de Virología de Wuhan no debería ser el único incluido”, ha publicado como editorial el medio Global Times, un importante órgano de expresión de la República Popular China.

“Desde 2019, el laboratorio biológico de Fort Detrick ha emitido muchas señales dignas de atención y debe incluirse en el primer grupo de objetivos para la investigación. Además, EE UU también ha construido una asombrosa cantidad de biolabs en Asia, e investigarlos es un proyecto urgente que debe agregarse en el rastreo de orígenes de covid-19”, ha sido la respuesta china.

El mar de fondo

La relación ha sufrido, de este modo, una degradación visible en las últimas semanas. Si hace un año Fauci negaba la “teoría de la conspiración” del laboratorio, hoy la mirada es distinta. La disputa ha llegado a la prensa mainstream y desde ahí, a la sociedad. Como se ha encargado de recordar Andre Damon en World Socialist Web Site, el autor de la nota en The Washington Post que dio el pistoletazo de salida a la escalada de preocupación gubernamental sobre el origen del Sars-Cov2 escribió también que Iraq poseía armas de destrucción masiva en 2002.

No se trata de la única controversia en torno a la pandemia. La carrera por las vacunas está siendo otro de los frentes. La República Popular China ha provisto de vacunas a 12 países de Latinoamérica, ante la mirada impotente de Estados Unidos, recelosa del 'soft power' desplegado por el Gobierno chino, que ya ha conseguido efectos como el levantamiento del veto a las redes 5G de Huawei en Brasil y República Dominicana o la reconsideración por parte de Honduras y Paraguay de su reconocimiento de Taiwán, teledirigido desde Washington. 

Desde Estados Unidos se ha mostrado “preocupación” ante esas supuestas contraprestaciones pero no se ha podido evitar que China haya puesto encima de la mesa más de la mitad de las dosis de los 143 millones de vacunas distribuidos en los diez mayores países de la región latinoamericana.

La ventaja en la carrera de las vacunas de China, que recientemente ha visto aprobada por la OMS Sinovac, su segunda fórmula tras Sinopharm, aprobada en mayo, habría sido uno de los detonantes del cambio de posición de Biden sobre la liberación de patentes, después de que EE UU rechazase formar parte de Covax, la iniciativa de la OMS para que las vacunas no tarden en llegar a países como India y Sudáfrica.

Nuevas armas

El cambio de foco desde Oriente Medio hasta Asia y a la potencia imperial china no es una casualidad, sino una tendencia de época. En conversación telefónica con El Salto, Tica Font, investigadora del Centre Delàs d'Estudis per la Pau, destaca el desplazamiento de la acción militar y diplomática occidental, corroborado por el adelanto de la salida de las tropas estadounidenses —no así de los contratistas privados— de Afganistán, tras la guerra fallida lanzada hace dos décadas.


Hay enormes diferencias, no obstante. La actual disputa entre Estados Unidos y China se centra en cuál va a ser el polo de hegemonía mundial. Pese a que el país dirigido por XI Jinping ha adelantado posiciones más rápido aun de lo que se esperaba, convirtiéndose en un centro de altos rendimientos para el capital atlántico, “invirtiendo billones en activos denominados en dólares y asegurando la 'gran moderación' de los salarios y precios de Estados Unidos“, como escribía Nancy Fraser en New Left Review en 2019, la pugna tecnológica convierte a China en el gran competidor en la búsqueda de vías de recuperación económica de occidente.

China, que ha incrementado su conocimiento y capital en las tecnologías de alta sofisticación representa o es visto como una amenaza para Estados Unidos y sus aliados, que han incrementado su presencia en el océano Pacífico. En ese sentido, no ha pasado por alto el “colosal” presupuesto militar aprobado por el Gobierno de Biden, de más de 753.000 millones de dólares, justificado en la necesidad de acumular “armas de largo alcance de última generación que son más adecuadas para las operaciones en el Pacífico” dentro de una estrategia que aboga abiertamente por “contrarrestar la acumulación militar de China en Asia”.

 “China no participará en una carrera armamentística con Estados Unidos. El aumento del presupuesto de Defensa y la fuerza militar de China es el resultado natural del desarrollo económico y el progreso tecnológico. Todo sucedió de forma natural y China no necesita tomar decisiones difíciles. China no tiene la voluntad de desafiar a Estados Unidos en todo el mundo, pero no podemos permitir que Estados Unidos actúe arbitrariamente en el Pacífico Occidental, especialmente en las aguas costeras de China, para dañar los intereses de China. La determinación de China también es inquebrantable, y el desarrollo de China y el aumento del gasto militar serán suficientes para respaldar nuestra voluntad”, advertía Global Times.

Se ha acusado a Xu Qiliang, oficial militar de más alto rango en China, de rechazar hasta en tres ocasiones reunirse con el secretario de Defensa estadounidense, Lloyd Austin, pero el Gobierno chino se refuerza en la idea de que los contenidos de un encuentro de alto nivel deben abordar cuestiones no solo militares.

Relación tripolar

Cuestiones como la “tensión monetaria” son cruciales para entender la nueva fase en las relaciones sinoamericanas. China y Rusia, el inevitable tercer polo al que hay que remitirse para entender la actual “guerra fría”, han reforzado, especialmente desde 2014, las vías para una “desdolarización” de sus economías, algo que amenaza el punto central de la hegemonía de las finanzas estadounidenses.

Hasta ahora, los intentos de Estados Unidos de tejer una alianza con Rusia para controlar mejor a China se cuentan por fracasos. La “asociación estratégica” entre Xi Jinping y Vladimir Putin es un hecho y el pasado mes de marzo los responsables de Exteriores de ambos países coincidieron en pedir a Estados Unidos una reflexión “sobre el daño que ha hecho a la paz y el desarrollo mundiales en los últimos años, detener el acoso unilateral y dejar de entrometerse en los asuntos internos de otros países”. En la importante cita de marzo entre Sergei Lavrov y Wang Yi —titulares de Exteriores ruso y chino, respectivamente— se abordaron temas como las represalias contra Irán, la situación en Afganistán o el golpe de Myanmar.

Pekín quiere fomentar la expansión del yuan digital, en pruebas esta primavera en países de su entorno. Hong Kong, Tailandia o los Emiratos Árabes Unidos son opciones reales para esta moneda basada en la tecnología blockchain. Todo un desafío al dólar... y al bitcoin, que China no reconoce como moneda de intercambio.

Pero, tras las maniobras para eliminar progresivamente la dependencia del dólar como moneda de referencia internacional, se halla también el empeño por reducir la capacidad coercitiva que tiene Estados Unidos para imponer sanciones y medidas de bloqueo comercial.

El 7 de junio, Putin anunció un reforzamiento de las relaciones bilaterales con China que incrementará hasta 200 mil millones de dólares el volumen de comercio entre ambas potencias. El presidente de la Federación Rusa reseñó que cooperará con China para fabricación de aviones, investigación lunar, energía, protección ambiental e intercambio de población trabajadora. 

Otro de los aspectos que ha supuesto el acercamiento de Rusia hacia China es la iniciativa de la Franja y la Ruta, en un momento en el que los países de la Unión Europea han optado por su “enfriamiento”, tanto en el Parlamento Europeo como en los asuntos nacionales, en el caso de Italia, uno de los países que más avanzaron en un encuentro bilateral con el Gobierno de Xi Jinping.

Biden se reunirá con Putin el 16 de este mes en Ginebra, tras una gira que comenzó con la reunión del G7 y que se trata del primer acercamiento tras un comienzo de legislatura marcado por esa confrontación fría con China. 

Taiwán y alrededores

Las tensiones en torno a Taiwán, que alcanzaron un punto importante en 2020 con la simulación por parte de China de un ataque aéreo estadounidense, han continuado bajo la Administración Biden. En mayo, un destructor de misiles guiados de la marina estadounidense pasó por el Estrecho de Taiwán, que China reclama como propio y Estados Unidos quiere mantener como un paso internacional, es decir, bajo su influencia tácita.

Font sitúa en Taiwán uno de los focos del conflicto, si bien apunta también al paso del Ártico. En febrero, un carguero ruso atravesó la cuenca del Ártico con un cargamento de gas licuado. El efecto del calentamiento global ha convertido el punto más septentrional del planeta en un territorio en disputa. Rusia lo reclama y ha instalado nuevas bases científicas.

El paso puede dar un nuevo impulso a las relaciones entre Moscú y Pekín, que ve en las nuevas rutas una oportunidad para su economía de contenedores. También como un yacimiento de recursos naturales: petróleo y gas natural, principalmente.

La confrontación entre China y EE UU, para la investigadora del Centre Delàs, no será en ningún caso abierta: no tendrá lugar en la China continental ni en países centrales como China y Corea del Sur. En ese sentido, el Lloyd Austin, el secretario de Defensa de la Administración Biden ha anunciado que “la forma en que pelearemos en la próxima gran guerra será muy diferente a la forma en que peleamos las últimas”.

Más bien, valora Font, la chispa puede saltar en escenarios secundarios, “igual que Siria y Yemen han servido para el enfrentamiento entre Arabia Saudí e Irán”, compara Font, la conflagración puede darse en países débiles —como actualmente en Myanmar— que pueden desestabilizar el imperio de diversas formas, seguramente, la principal a través de los flujos migratorios que generan esas guerras. También si se tiene en cuenta que China cuenta con una serie de países que funcionan como sus “talleres”, en los que la población cobra salarios más bajos que en el centro de Asia. 

En el nivel armamentístico, las palabras de Lloyd Austin toman forma en la sustitución de las bombas de pequeño diámetro y los misiles Hellfire. Según el portal Military.com, el Pentágono ha destinado 161 millones de dólares a la adquisición de 12 armas de respuesta rápida lanzada desde el aire —arrw, que suena como flecha en inglés— entre otro armamento de nueva generación.

Señala Font que las principales naciones del mundo están desarrollando nuevos programas nucleares, ante la constatación de que las armas atómicas actuales carecen de capacidad disuasoria en cuanto se antoja improbable que sean usadas. Por tanto, se están fabricando armas más pequeñas, aprovechando los avances en inteligencia artificial, lo que está dando lugar a una nueva y preocupante fase en la fabricación de armamento nuclear, indica Font. 

El hecho de que en 2017 el premio Nobel de la Paz fuera para ICAN, la campaña para prohibir las armas nucleares a nivel internacional muestra que“ en el escenario político mundial hay miedo, se ve viable que alguien use la nuclear; no es una quimera de las organizaciones civiles, hay preocupación incluso en la ONU”, señala Font.

La preparación para operaciones en el Pacífico preocupa a parte de la sociedad civil estadounidense. 65 organizaciones no gubernamentales enviaron una carta en la que se expresan preocupados por la “cosmovisión peligrosamente miope que presenta a China como la amenaza existencial fundamental para la prosperidad y seguridad de Estados Unidos”

Preocupa el aumento de la carrera armamentística y su combinación con la crisis climática, un asunto trascendental según la agenda de Biden que quedaría en entredicho si se desarrolla la teoría de la contención con respecto a China. Así lo desarrollaba el profesor de estudios sobre paz y seguridad mundiales Michael T. Klare en un artículo para Counterpunch en el que recordaba que ambos países suman el 46% de las emisiones de efecto invernadero del planeta.

Para Klare, “realmente no debería haber lugar para el debate” cuando se trata de valorar “el impacto que una nueva guerra fría entre las dos grandes potencias del planeta tendría sobre las posibilidades de lograr una respuesta global con éxito ante un planeta que se calienta rápidamente”.

En el peor de los escenarios, indica este experto, “cualquier conflagración termonuclear a gran escala resultante probablemente causaría un invierno nuclear y la muerte de miles de millones de personas, haciendo que el peligro del cambio climático pasase a segundo plano. Pero incluso si no se emplean armas nucleares, una guerra entre las dos potencias podría resultar en una inmensa destrucción en el corazón industrial de China y de aliados clave de Estados Unidos como Japón y Corea del Sur. Los incendios provocados en el curso de la guerra, por supuesto, agregarían carbono adicional a la atmósfera, mientras que el posterior colapso de la actividad económica mundial pospondría por años cualquier transición hacia una economía verde”.

Para Klare, la cooperación en materia climática es imprescindible y disuasoria de la estrategia de guerra fría llevada a cabo en los primeros meses del mandato de Biden.

Lo que dice la UE

En la UE, hasta la fecha, se ha optado por lanzar mensajes en contra de un marco de confrontación aunque las relaciones han retrocedido desde la salida de Trump de la Casa Blanca. El Parlamento Europeo ha “congelado” un acuerdo comercial que a principios de año la presidenta de la Comisión, Ursula Von der Leyen, colocaba entre sus objetivos, y el nuevo primer ministro italiano, Mario Draghi, expresidente del Banco Central Europeo ha bloqueado los acuerdos de la “iniciativa de la ruta y la franja” firmados hace dos años.

No se estila considerar a China un “adversario”, si bien hasta la fecha Reino Unido y Francia han seguido la retórica sobre derechos humanos y respecto a las islas del Pacífico enarbolada desde Washington. “Las sanciones, las contra-sanciones y la situación internacional en general están llevando a un marco global que obliga a reflexionar sobre la relación con China y sobre cómo hacer evolucionar las cosas”, declaraba en mayo el director del think tank European Policy Centre, poniendo la letra a la música de la “congelación” del acuerdo comercial aprobada por el Parlamento Europeo con el pretexto de la preocupación por los derechos humanos.

La salida este año de la canciller Angela Merkel del poder en Alemania supone, asimismo, un posible cambio de las relaciones de la UE con China. Merkel ha defendido la menor dependencia de la UE y de su país hacia Estados Unidos, consciente de que la economía china es importante para la Unión: es el principal comprador de productos europeos y el segundo socio comercial. En 2019, Alemania exportó bienes, principalmente de la industria de la automoción por 94.000 millones a China.

La posición de España en este sentido es subsidiaria. Ni está ni se esperan pasos distintos a los que la diplomacia europea quieran avanzar en la pretensión de Biden de amarrar los apoyos de la UE en su pequeña escalada contra China. El 26 de mayo, Pedro Sánchez mantuvo una conversación con Xi Jinping de la que se reseñó que se busca “el clima de confianza necesario” para la ratificación del Acuerdo Global de Inversiones entre la UE y China.

Tras el huracán unilateral provocado por Trump, Biden se ha resuelto a invocar la multilateralidad para tratar de crear un frente común contra el que considera su adversario principal.

La llamada “Trampa de Tucídides”, por la que la tensión entre una potencia en declive y otra en ascenso puede conducirlas a una guerra hegemónica, es hoy en día una tentación para el imperio en declive, no así para China, que sigue insistiendo en que va a rehuir toda confrontación —aunque sigue reclamando sus derechos sobre el Tibet, Taiwán y las islas del pacífico sur—. Un aspecto como la crisis climática es lo suficientemente disuasorio para una solución a la vieja usanza, es decir, para la guerra. 


 El sueño de Tony Stark

Las nuevas armas y equipamientos militares ya están aquí. La inteligencia artificial y la robótica se han establecido como diferenciales en frentes de guerra como Nagorno Karabaj y Libia. La ONU publicó a finales de mayo un informe en el que se explicita que el Gobierno de Serraj Fayez Sarraj, que es apoyado por la UE y EE UU, empleó sistemas de armas autónomos letales (drones) en la guerra contra las tropas del autodenominado Ejército de Liberación Nacional que controla el este del país.

 

Por Pablo Elorduy

 @pelorduy

9 jun 2021 06:00

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Sábado, 05 Junio 2021 06:35

Pronto se sabrá

Pronto se sabrá

Prevista para el día 16 de este mes en Ginebra, la reunión de los presidentes Vladimir Putin, de Rusia, y Joe Biden, de Estados Unidos, dado el preocupante deterioro de la relación bilateral, por sí sola es ya un paso adelante para intentar remover los escombros (el canciller ruso, Serguei Lavrov, dixit), en que quedaron reducidos los pactos de desarme, convenios de cooperación en diversas áreas y canales de comunicación entre el Kremlin y la Casa Blanca.

Casi todo arruinado por la creciente confrontación, exhibición de poderío militar, aplicación de sanciones y contramedidas, desconfianza recíproca, gestos hostiles y hasta desafortunados insultos personales, no cabe esperar resultados espectaculares de la cumbre.

Pero toda vez que es imposible ganar una guerra nuclear, es de suponer que Putin y Biden estarán de acuerdo en comenzar la compleja negociación para tratar de mantener el equilibrio estratégico, sin que nadie pueda augurar una pronta solución de las controversias. Los presidentes podrían dar luz verde para reanudar el diálogo en materia de lucha contra el terrorismo, ecología, ciberespacio y solución de algunos conflictos regionales como Afganistán y, de hacer concesiones mutuas, no se debe excluir que opten por restablecer el nivel de las relaciones diplomáticas anteriores al retiro de embajadores, cierre de consulados y expulsión masiva de funcionarios.

A 11 días de la cita en Ginebra, todavía no es claro si los equipos de Putin y Biden podrán concordar una declaración conjunta. Moscú y Washington no coinciden en infinidad de asuntos y manejan agendas que contienen posiciones inadmisibles para el otro. No habrá ningún avance si Biden insiste en dar clases de moral o de derechos humanos a su interlocutor, ridícula pretensión proveniente de un inquilino de la Casa Blanca, como tampoco la habrá en caso de que Putin, con el solo argumento de su arsenal nuclear, reivindique la prerrogativa de hacer lo que le dé la gana en su zona de influencia.

De Putin y Biden depende que la cumbre termine como el enésimo intercambio de acusaciones o como una oportunidad aprovechada para, aun sin resolver sus discrepancias de fondo, lograr progresos en aquellos ámbitos que convienen a ambos países y, en términos de seguridad global, también al resto del mundo. Pronto se sabrá.

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El viceministro de Defensa ruso, el general coronel Alexánder FomínGrigori Sysoyev / Sputnik

El alto oficial considera que disminuye cada vez más "el papel de las organizaciones internacionales como herramientas" para adoptar decisiones en el ámbito de la seguridad.

 

Para el coronel general Alexánder Fomín, viceministro de Defensa ruso, hoy podemos "observar la formación de un nuevo orden mundial", según declaró en entrevista con RT.

"Vemos la tendencia de arrastrar a los países a una nueva guerra fría, dividir a los Estados en 'nosotros y los otros', mientras que esos otros se definen claramente en los documentos de doctrina como adversarios", afirmó, al ser preguntado sobre las principales amenazas a la seguridad regional.

Fomín destacó que actualmente "ocurre una destrucción sistemática del sistema establecido de relaciones internacionales, de la arquitectura de seguridad", mientras paralelamente disminuye "el papel de las organizaciones internacionales como herramientas para la adopción colectiva de decisiones en el ámbito de la seguridad".

El viceministro de Defensa destacó que "aparecen armas de un tipo fundamentalmente nuevo, que alteran radicalmente el equilibrio de poderes en el mundo moderno", con lo cual el enfrentamiento armado llega a nuevos ámbitos, como el espacio y ciberespacio, lo que cambia "los principios y métodos de guerra".

Las declaraciones de Fomín se producen en vísperas de la IX Conferencia sobre Seguridad Internacional, que se celebrará en Moscú entre el 22 y 24 de junio. El viceministro hizo hincapié en que el evento desempeña un papel de plataforma "para un diálogo franco, honesto y profesional", donde pueden intervenir también "países con los cuales la cooperación es mínima o igual a cero".

Altos mandos militares de 119 países fueron invitados a la conferencia, así como los jefes de la ONU, de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), de la Liga de los Estados Árabes y del Comité Internacional de la Cruz Roja, entre otros.

Publicado: 4 jun 2021 04:20 GMT

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Acuerdo estratégico de China e Irán por 25 (sic) años: Ruta de la Seda vs. el Gran Reset

La tercera semana de marzo se convulsionó la "estabilidad estratégica" de EU/Rusia/China (https://bit.ly/2NXhFLI), cuyas reverberaciones prosiguen con jugadas contraofensivas de los actores:

  1. Trascendental visita del canciller Lavrov a su homólogo chino Wang Yi en Beijing para profundizar la "asociación estratégica" de ambos países (https://bit.ly/3u6oqKR); 2. Entrevista virtual del presidente Biden, quien sufre los embates de una grave crisis migratoria en su transfrontera sureña (https://bit.ly/2PDPz8H), con el premier británico Boris Johnson con el fin de proyectar una alternativa a la creativa "Ruta de la Seda" de China (https://bit.ly/39CRX79), y 3. Notable acuerdo de Irán y China por 25 años, durante la gira del canciller chino Yi a seis países del Gran Medio Oriente: Turquía, Irán y varias petromonarquías árabes del Golfo Pérsico.

Hace ya casi nueve meses adelanté el "pacto secreto" de 25 años entre Irán y China contra EU con la bendición de Rusia (https://bit.ly/2Py9Ahd), que finalmente fue concretado durante la reciente visita de dos días del canciller chino Yi a Irán.

Después de haber visitado Turquía –de enorme influencia en las poblaciones centroasiáticas de origen mongol, en particular en la provincia autónoma de Xinjiang, en China, que ahora usan Biden y sus aliados para golpear a Beijing– el canciller chino Yi (https://bit.ly/31nTCsH) concretó el notable acuerdo de 25 años con Irán (https://bit.ly/3ruiTfk).

El presidente iraní Hasan Rohani, quien enfrenta relevantes elecciones, volvió a ofrecer la "Iniciativa de Paz de Ormuz" para mantener la paz en el candente golfo Pérsico (https://bit.ly/39ivE6w).

El pacto sino-persa valió la fijación de Reuters y del periódico israelí Haaretz, que "incluye inversiones chinas en los sectores de infraestructura y energía de Irán", pese a que ambos países padecen las sanciones de EU, igual con republicanos que con demócratas (https://bit.ly/2NXMT5p).

¿Cuántos países en el mundo sufren las sanciones de EU que han hecho de éstas una de sus principales armas disuasivas?

La importancia geoestratégica de Irán radica en que constituye un eslabón fundamental de una de las tres Rutas de la Seda (https://bit.ly/2PuFwCZ) que patrocina China, mientras Biden procura regresar al acuerdo del contencioso nuclear iraní del formato “5+1 (http://bit.ly/2NWJhj0

Detrás de la vibrante entrevista de Yi al rotativo saudita Al Arabya se insinúa la “cooperación con 19 (sic) países del Medio Oriente sobre la Ruta de la Seda (https://bit.ly/3cvmLsi)” cuando la muy pragmática diplomacia china opera creativamente con turcos, persas, árabes y hasta israelíes (https://bit.ly/2RdRAUY) con el fin de conectar los nodos de dos de las tres Rutas de la Seda (la continental y la marítima).

El muy influyente Consejo de Relaciones Exteriores (CFR, por sus siglas en inglés), con sede en Nueva York, ha entrado en pánico con las tres Rutas de la Seda chinas que busca descarrilar por todos los medios: desde Xinjiang, pasando por el Medio Oriente, hasta una de sus terminales en Alemania, en el mar Báltico (https://on.cfr.org/39lFgNC).

En esta delicada coyuntura de reajustes de EU/Rusia/China, impactó la salida simultánea a la superficie de tres (sic) submarinos nucleares rusos en el Ártico –una de las tres Rutas de la Seda: maniobra que fue catalogada por el Ministerio de Defensa ruso como la "primera" en la historia de los ejercicios navales (https://bit.ly/3fjYUNT), mientras el zar Vlady Putin se encuentra de "vacaciones (sic)" en la taiga acompañado de su ministro de Defensa, Sergey Shoygu (https://bit.ly/3dbMbKn).

Si por sus documentos (como el del CFR) y sus actos (como la entrevista entre Biden y el premier británico Boris Johnson) los juzgaréis, pues pareciera que las tres Rutas de la Seda –continental/marítima/Ártico– han puesto a la defensiva geopolítica a la dupla anglosajona de EU y Gran Bretaña, que ha optado como contraofensiva balcanizadora a su muy polémico "Gran Reset" globalista del Foro Económico Mundial de Davos del dúo Soros/Klaus Schwab (https://bit.ly/39n2YJr)”.

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El bitcóin podría ser declarado ilegal en Estados Unidos: ¿Está en peligro la moneda?

El inversor multimillonario Ray Dalio, conocido entusiasta de las criptomonedas, dijo que el bitcóin podría ser declarado ilegal en Estados Unidos, como sucedió con el oro en 1934. Sus dichos reactivaron el temor sobre la independencia y el futuro de estos activos.

En marzo el bitcóin se robó todas las miradas: la moneda virtual cotizó por encima de los 61.000 dólares y alcanzó un nuevo récord. El activo digital creado en 2009, se caracteriza por su descentralización total y su completa independencia de Estados, bancos centrales u organismos internacionales de cualquier naturaleza.

Consultado por Sputnik, el economista Juan Valerdi, experto en políticas contra el lavado de activos y colaborador de la TAX Justice Network (Red de Justicia Tributaria) apuntó que una limitación o regulación de estas monedas en el futuro "es casi una certeza" debido a que "la burbuja del bitcóin" está impulsada por la liquidez en Estados Unidos.

"El descontrol que hay de liquidez de dólares hace que muchas cosas se inflen, las acciones en particular. Y bitcóin está retroalimentado con esas acciones. El problema para EEUU es que desarmar esa burbuja (…) puede llevar a un derrumbe de las acciones de las empresas y al derrumbe generalizado de todas sus cotizaciones", indicó.

Sin embargo, el trader de criptoactivos Camilo Rodríguez, docente en CR Academia, un espacio de formación en blockchain y criptomonedas, opinó lo contrario. "Sería como intentar prohibir internet", apuntó.

Uno de los lemas más importantes de bitcóin es que se pueden realizar intercambios 'de par a par'. Esto puede ser de persona a persona, de máquina a persona, o de persona a máquina. No importa cómo sea la transacción, aquí no puede entrar nadie a intervenir en la comunicación. La única manera en que bitcóin podría desaparecer, es que alguien tenga más del 51% del poder de cómputo de toda la red", explicó.

28 marz

(Con información de Sputnik

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En marzo de 2020 la cotización del bitcoin era menor a los 5 mil dólares; ahora tocó un pico de 60 mil.

Extraordinaria burbuja especulativa en el mercado de las monedas digitales

El precio del bitcoin superó por primera vez los 60 mil dólares para luego bajar a 54 mil. La novedad en las últimas semanas fue el auge de nuevos mecanismos de inversión con las monedas digitales como los NFT.

La volatilidad de las criptomonedas continúa sorprendiendo en el mercado financiero. El precio del bitcoin superó por primera vez los 60 mil dólares para luego bajar a 54 mil. La novedad en las últimas semanas fue el auge de nuevos mecanismos de inversión con las monedas digitales como los NFT que tienen todas las condiciones de mercado de burbuja. Las críticas por el gasto excesivo de energía se siguen multiplicando.

La criptomoneda más conocida que es el bitcoin pasó de 56 a casi 62 mil dólares para luego bajar al rango de los 54 en los últimos siete días. Se trata de cambios de precio de más del 10 por ciento en pocas jornadas que son usuales al evaluar la volatilidad de este activo digital.

De todas maneras el bitcoin continúa en valores picos cuando se revisa la evolución del último año. En marzo de 2020 la cotización era menor a los 5 mil dólares. A partir de ese momento junto a los cambios que trajo la pandemia la cotización de esta moneda subió por diez.

Las criptomonedas que replican parte de la tecnología del bitcoin pero intentan sumar nuevas funcionalidades tuvieron una performance similar. Entre estas se destacó la moneda de ethereum que durante el último año pasó de menos de 200 dólares a más de 1800.

Con la tecnología de Ethereum empezaron a masificarse distintos negocios que cada vez más analistas consideran una burbuja. Principalmente en las últimas semanas empezó a ganar volumen el mercado de tokens no divisibles ni reproducibles (NFT).

Estos tokens son simplemente una forma de certificar que determinado bien o servicio (real o virtual) es original y puede subastarse en forma online. Por ejemplo los dueños de Twitter subastaron sus primeros mensajes en la plataforma a través de esta tecnología recaudando más de 2 millones de dólares.

La semana pasada se concretó también una subasta de una obra de arte por 69 millones de dólares y distintos medios como Wall Street Journal mostraron la noticia como una de los grandes cambios que vienen para el mundo de las inversiones.

Especialistas del mercado calcularon que las subastas con esta tecnología –que no requieren un intermediario- crecieron por ocho veces en febrero respecto de enero y que se movieron más de 200 millones de dólares.

Este aumento de 750 por ciento de los volúmenes operados en pocas semanas no fue el único impactante. Los usuarios que participan en este tipo de subastas subieron de 89 a 367 mil el mes pasado. Y comienzan a participar del mercado grandes marcas que van desde equipos de fútbol (que subastan videos con jugadas únicas) hasta equipos de la NBA.

Para muchos analistas este tipo de tecnología –si bien es potente porque reemplaza a los intermediarios- está generando una euforia irracional en los inversores. Multimillonarios como Elon Musk lanzaron subastas de productos absurdos y recibieron ofertas por más de 1 millón de dólares. En definitiva están las condiciones de mercado de burbuja.

Otra de las críticas que siguen apareciendo en el ecosistema de las criptomonedas se vincula con el gasto de energía que requiere la red de bitcoin.

Nuevos estudios identificaron que si continúa la tendencia de esta moneda digital el consumo de energía que necesita para funcionar equivaldría a lo mismo que gastan todos los centros de datos del mundo. O puesto en otra escala tendría la misma huella de carbono que Londres.

En la revista Nature Climate Change se estimó además que -si el uso previsto del bitcoin sigue el ritmo de adopción de otras tecnologías- podrían producirse emisiones de carbono C02 como para elevar el calentamiento por encima de los 2 grados en sólo 30 años.

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Estatua de Mao Zedong, en China. — REUTERS

El decimocuarto plan quinquenal chino (2021-25) no es una estrategia de desarrollo económico cualquiera. Encierra los instrumentos que Xi Jinping maneja para que el gigante asiático certifique el salto hacia el liderazgo global.

 

El recién estrenado plan quinquenal chino contempla objetivos ortodoxos dentro de la política económica que ha regido los destinos del gigante asiático de su historia reciente. Mantener unos indicadores de dinamismo "dentro de unos rangos adecuados"; gastos en I+D+I superiores al 7% de crecimiento anual; contener la tasa de desempleo urbano por debajo del 5,5%; incrementar el censo de residentes en grandes ciudades hasta alcanzar el 65% de la población, elevar la tasa de expectativa de vida en un año, promover el desarrollo sostenible, impulsar las inversiones y los negocios a través de la Nueva Ruta de la Seda que patrocina el Gobierno de Pekín y acomodar la Pax China dentro y fuera de sus fronteras. La estrategia económica para el lustro actual rompe con una tradición de décadas. Por primera vez, no establece una meta concreta de crecimiento del PIB. Sin duda, por las incertidumbres que reinan sobre el ciclo de negocios poscovid. Pero deja retazos de la ambición que el presidente chino, Xi Jinping, trata de inculcar en la segunda economía del planeta para alcanzar el cetro geopolítico y el liderazgo de la prosperidad mundial.

El jerarca china y del partido comunista impulsa un salto económico y tecnológico que refuerce el peso digital del país y que está enfocado a dos aspectos esenciales: a superar cualquier riesgo o amenaza sobre su seguridad nacional y a impulsar la demanda interna; es decir, a espolear el consumo privado y las inversiones empresariales. Dos líneas de actuación preferencial marcadas por Jinping, especialmente tras su renovación presidencial en la Asamblea Popular, que le otorgó el plácet para perpetuarse en la jefatura del Estado. Un escudo de defensa territorial y un clima socio-económico que adentre definitivamente al gigante asiático en la senda de las potencias de rentas altas, mercados que confían las bases de sus sistemas productivos en la capacidad de sus consumidores y el dinamismo empresarial. China busca reducir su dependencia exterior y acabar -o, al menos, recortar- con su ventaja competitiva a través de bajos salarios. No desea seguir con el cartel de la Gran Factoría mundial.

De ahí que el decimocuarto de sus planes quinquenales introduzca indicadores más ambiciosos de retroceso del desempleo o de emisiones de CO2 y de impulso de energías limpias que le haga avanzar hacia la neutralidad energética. A pesar de las dudas de que la reactivación económica global puedan poner en jaque el ritmo de consumo e inversiones, la capacidad de su industria energética por abordar el tránsito hacia las renovables o las reformas aperturistas en sectores considerados estratégicos, como varios segmentos tecnológicos, o el financiero, como advierten los analistas. Oceana Zhou, de Standard & Poor’s Global Intelligence, señala que el plan 2021-25 chino fija un rumbo para "espolear la economía doméstica" con las herramientas elegidas por la UE, "innovación tecnológica y sostenibilidad medioambiental", con objeto de reducir al máximo la dependencia de China de las materias primas en los próximos años.

Pone énfasis especial en el consumo y en el repunte de la demanda de productos con alto valor añadido -dice- lo que se traducirá en reconversiones en sectores estratégicos. Gigantes como Sinopec tendrán que dirigir sus flujos de capital a elimar la huella de carbono de sus refinerías y a reconducir los gastos del próximo lustro, monopolizados hacia el segmento petroquímico, altamente contaminante y a la actividad química. Una transición -explica la analista de S&P- en la que primará el negocio del gas licuado y el hidrógeno para abastecer la apuesta de Pekín por los vehículos limpios y rivalizar con los conglomerados eléctricos del país por este tipo de utilitarios. China sigue importando el 45% de su demanda petroquímica. Con esta variante política del plan, los cálculos de S&P avanza que el techo de consumo de carburantes fósiles se adelantará diez años, hasta 2030.

China ha ideado un plan quinquenal con el que pretende generar un clima socio-económico que adentre definitivamente al gigante asiático en la senda de las potencias de rentas altas, mercados que confían su properidad al consumo y a la inversión empresarial

China se adentra en la senda sostenible

La revisión estratégica del plan se ajusta al anuncio de Jinping, en conexión telemática durante la última reunión de la Asamblea General de la ONU, de certificar emisiones netas cero de CO2 en 2060. Una meta más acorde con la realidad industrial del gigante asiático. Pese a que llegaría a ella diez años después del objetivo temporal europeo. Pero su inclusión en la hoja de ruta del quinquenio actual exige "una estrategia más agresiva para promover las energías renovables en el transporte y la industria". Los mercados observarán con atención las maniobras del principal consumidor de petróleo y combustibles fósiles y las preferencias de su transición energética. En nuestra opinión, dice Jeff Moore, gestor para Asia de Platts Analytics, "la demanda de gas en la economía china crecerá un 41% en los próximos cinco años, con crecimientos constantes de la producción nacional, pero también de los flujos llegados a través de los gaseoductos con los que abastece desde el exterior las necesidades de su industria, que aumentarán en un 26% durante el periodo de vida del plan recién aprobado".

Moore anticipa que la Administración Nacional de la Energía del país ultima el road map de la transición, la configuración del mix energético para este lustro y los niveles de eficiencia que requerirá la adaptación a las metas del quinquenio. Y anticipa la liberalización del sector, por lo que las compañías, locales e internacionales, deberán replantearse sus planes de generación, desarrollo y distribución. Especialmente las gasísticas. También los emporios estatales del petróleo deben reconfigurar sus inversiones. PetroChina ya ha combinado en sus planes estratégicos fórmulas de integración de sus producciones fósiles y renovables, con un amplio abanico de opciones, desde el gas, la geotermia, la solar y la eólica, a través de proyectos piloto en lo que ha integrado en su cadena de valor, en 2020, el hidrógeno. CNOOC apostó en 2019 por la energía eólica y alguna de sus centrales, como la de la provincia de Jiangsu, ya produce la totalidad de su producción con esta fuente energética. Zhou aventura desregulaciones en el sector de la energía, sin que las autoridades, de momento, "levanten la banda de fluctuación de precios de los combustibles fósiles en el mercado doméstico".

Alicia García Herrero asegura en su análisis en Bruegel deja varias lecturas del plan quinquenal. La primera que, pese a la ausencia de un objetivo de crecimiento, el primer ministro, Li Keqiang, deslizó un repunte superior al 6% como meta para 2021 y crecimientos de entre el 7% y el 10% el resto de los ejercicios de la senda marcada por Pekín hasta 2025. Al igual que para la inflación y el déficit. El dinamismo que logre instaurar a su economía determinará el músculo de China en el ciclo de negocios poscovid para abordar el liderazgo global. Y Pekín -explica Herrero- ha sido cauto. Al menos, más que el FMI, que concede a China una previsión del 8,1% este ejercicio. Una maniobra que podría justificarse en unas expectativas de pérdida de ritmo en los próximos años. Porque para China, "la estabilidad es un elemento absolutamente clave" y cualquier señal de un deterioro de la coyuntura venidera -con la incertidumbre situada en 2022- rebajaría la guía con la que Pekín dirige las expectativas económicas del país. Li determina una ligera contracción del desequilibrio presupuestario hasta el 3,2% del PIB y augura un control de los precios, cuyo límite inflacionista es del 3%. Señal de que China anticipa una disminución de su programa de estímulo fiscal. La confluencia de esta triple previsión oficial -pese a la ausencia de objetivos específicos- sobre crecimiento, déficit e inflación desvela la prioridad que otorga Pekín en el próximo lustro a tres prioridades estructurales: el combate contra el rápido envejecimiento de su población, la corrección, de forma aún más acelerada que en las últimas décadas, de la cada vez menor brecha en innovación y la apertura de sus mercados.

Hu Zacai, subdirector de la Comisión Nacional de Reformas y Desarrollo (NDRC, según sus siglas en inglés), otra de las voces autorizadas que analizó el plan quinquenal tras su aprobación, pone más argumento sobre la mesa al trascendental impulso transformador del plan chino: "Busca un escenario de circulación dual, con impulso de políticas de autosuficiencia e independencia en el terreno tecnológico que explican el aumento de los gastos en I+D+i, y de impulso y protección de las inversiones en energías renovables que, a la vez, permita una coexistencia pacífica con el modelo actual, de manera transitoria, pero a corto plazo, con la intención de dejar el menor margen de maniobra posible a las incertidumbres". Porque -admitió Ning Jizhe, directivo de la NDRC, "la recuperación sostenida y estable se enfrenta a tantos riesgos como oportunidades en estos cinco años". Entre otros, citó la evolución de la covid-19, las todavía severas condiciones económicas mundiales, las tensiones geopolíticas crecientes y la incompleta recuperación tanto del consumo como de las inversiones en el mercado chino.

Herrero añade otros tres aspectos prioritarios de Pekín. La innovación, cuyos gastos en I+D+i superan el ritmo de crecimiento del PIB y en cuya política incluye subsidios adicionales a firmas que colaboren en la investigación y el desarrollo de la digitalización. Una proyección inversora y comercial más amplia e intensa que se aprecia con los recientes acuerdos con Europa y Asia o la aceleración de las negociaciones de libre comercio con Japón y con Corea del Sur, así como en el Tratado Trans-Pacífico y con la que pretende elevar el retorno de inversiones y beneficios del exterior y mejorar la posición de sus empresas en sectores bajo procesos de reestructuración y operaciones de fusión derivados de la Gran Pandemia. Estos dos derroteros, combinados, serían esenciales para incrementar la productividad y la competitividad china. Y, finalmente, acumular más capacidad productiva para abordar el cambio del modelo de crecimiento.

Los gastos en innovación, por encima del ritmo de crecimiento del PIB, buscan añadir mayor productividad y competitividad a las empresas chinas en un ciclo de negocios poscovid con "múltiples incertidumbres y riesgos"

Músculo para afrontar la Guerra Fría con EEUU

La tensión en el Mar de China, la reaparición del QUAD -Diálogo de Seguridad Cuadrilateral que integran EEUU, India, Japón y Australia- que ha parecido dormir el sueño de los justos durante 15 años, pero que acaba de reanudar sus sesiones ejecutivas y que, a los ojos de Pekín, es un claro intento de establecer una Alianza Atlántica en Asia, y la amenaza diplomática del secretario de Estado americano, Antony Blinken, para que el gigante asiático ponga fin a los abusos en el orden geoestratégico, económico y de derechos humanos en su país, bajo la amenaza de desatar una Guerra Fría, son varias de las razones que esconde el más misterioso aunque, a la vez, más exigente plan quinquenal chino. Blinken utilizó su cuenta oficial de twitter para dejar claro que EEUU, pese al fin de la Administración Trump, "defenderá sus intereses nacionales, promoverá los valores democráticos y vigilará a Pekín por sus abusos del sistema internacional". El cruce de acusaciones desde la victoria electoral de Joe Biden explicita un escenario diplomático de tensas relaciones. Con altibajos dialécticos modelados desde ambas superpotencias. Desde China, Yang Jiechi, miembro del Buró Político del Partido Comunista Chino (PCCh) y director de la oficina de la Comisión de Asuntos Exteriores de su Comité Central, respondió que su país "no busca ningún tipo de confrontación, sino respeto mutuo y cooperación win-win". Mientras Biden insisten en el discurso de que China es "nuestro más serio competidor y rival" y Jinping advierte sobre las consecuencias de una Guerra Fría entre ambas naciones. Blinken situó el conflicto en "la agresiva política de abusos económicos, sus acciones coercitivas en la escena internacional y sus ataques a los derechos humanos, la propiedad intelectual y la gobernanza global".

La segunda economía mundial ha partido con ventaja en la travesía de la Gran Pandemia. No solo por haber iniciado la recuperación en verano pasado, sino porque ha logrado sortear la recesión del PIB en 2020 y acumula superávits comerciales con prácticamente todas las naciones industrializadas y los principales mercados emergentes por su condición de suministrador de bienes y material médico para combatir la epidemia. También ha desplazado a EEUU como gran primer emisor de flujos de capital transfronterizos. Según datos de la UNCTAD, la agencia para el Comercio y el Desarrollo de Naciones Unidas, las inversiones extranjeras directas se redujeron en un 42%, hasta los 859.000 millones de dólares en 2020, más de un 30% por debajo del registro de 2019. Con China aumentando sus movimientos de capital al exterior en un 4%, hasta los 163.000 millones de dólares, frente a los 134.000 de EEUU, que experimentaron un colapso del 49% en términos interanuales.

El Ejército chino "debe estar preparado para responder al complejo escenario internacional y a las situaciones de alto riesgo a las que se enfrentará la seguridad nacional del país". Palabras de su comandante en jefe, el presidente Jinping, en la última cita de la Comisión Militar Central. Y el horizonte es "extremadamente inestable e incierto". El punto geopolítico más caliente entre ambas superpotencias se sitúa en el Mar de China, donde Pekín ha impuesto un férreo control sobre sus aguas internacionales ante la amenaza que les supone -admite- la defensa diplomática estadounidense de la isla de Taiwán. Pekín asegura que nunca ha intercedido en el comercio marítimo y niega tener la intención de imponer el tráfico de mercancías chinas. Sino que -afirma- sus acciones responden a tácticas de preservación de su soberanía nacional. Mientras en el orden económico, la Casa Blanca insiste en los escasos avances de China para alcanzar el estatus de economía de mercado, en acusar a Pekín de establecer métodos de espionaje empresarial, de no respetar la propiedad intelectual de las firmas extranjeras y de mantener una banda de fluctuación cambiaria, dominada desde su banco central, sobre su divisa que atenta contra la libertad de mercado.

La Administración Biden centra el conflicto con China en "la agresiva política de abusos económicos, sus acciones coercitivas en la escena internacional y sus ataques a los derechos humanos, la propiedad intelectual y la gobernanza global"

22/03/2021 07:57

Diego Herranz

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Sin Trump, Bolsonaro oscila entre EEUU y China

El diputado bolsonarista Daniel Silveira está preso por exaltar el Acta Institucional 5 de la dictadura militar (1964-1985) que anuló el poder de los jueces, además de amenazar en un vídeo al sistema judicial. En los hechos, se trata de un enfrentamiento de poderes entre el Ejecutivo y la máxima institución judicial, que muchos consideran un intento para "contener los ataques a la democracia" del actual Gobierno.

 

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, enfrenta el momento más grave de la pandemia, con unidades de tratamiento intensivo desbordadas y un crecimiento exponencial de contagios y muertes.

Brasil enfrenta una crisis en la estatal Petrobras, ya que nombró a un militar en la presidencia y las acciones cayeron de forma abrupta, y otra con la justicia por el encarcelamiento de un diputado amigo, acusado de amenazar a jueces del Tribunal Supremo Federal.

La crisis en Petrobras se debe a la incertidumbre con que el Gobierno maneja el futuro de la principal empresa del país, comandada ahora por el general Joaquim Silva e Luna, quien se desempeñó como ministro de Defensa durante el Gobierno de Michel Temer (2016-2018). En un año los precios de la gasolina aumentaron un 35% porque la dirección de la petrolera decidió atarlos a los precios internacionales del crudo, lo que implica un fuerte lastre para la economía y un creciente descontento de los camioneros que amenazan con paros.

La crisis entre poderes se viene agravando y todo indica que se va a profundizar. El último día de febrero el ministro Gilmar Mendes, del Supremo Tribunal Federal, realizó su ataque más duro contra la Operación Lava Jato (que llevó a la cárcel a Lula, a la cúpula del PT y de Odebrecht), al comparar sus métodos con el Primer Comando de la Capital, una de las mayores organizaciones criminales de Brasil dedicada al narcotráfico.

Sin embargo, el Club Militar se despachó con un comunicado de apoyo al diputado encarcelado. Tanto el presidente Bolsonaro como su vice, Hamilton Mourao, son miembros destacados del Club Militar, que acusa al Supremo de arbitrariedad y de ser un aliado de la izquierda. "¿Por qué los amparados por el Poder Judicial siguen siendo los criminales condenados?", dice la carta, en clara alusión a Lula y otros acusados por Lava Jato.

Pekín y Washington tironean a Bolsonaro

El principal problema de Bolsonaro se encuentra en el escenario internacional. La derrota de Donald Trump lo dejó en la orfandad, a la defensiva y sin saber cómo posicionarse, ya que sus críticas e ironías contra China se le vuelven en contra, incluyendo las que lanzó contra la vacuna Sinovac que se fabrica en Brasil y es la que está permitiendo la vacunación masiva.

La académica Karin Costa Vázquez, del Centro de Estudios BRICS de la Universidad de Fudan (Shanghái, China) y directora ejecutiva del Centro de Estudios Afro-Latinoamericanos y del Caribe en Jindal Global University (India), sostiene que a pesar de las coincidencias sobre China, el Gobierno de Biden sigue con "preocupación" el alineamiento de Brasilia con Trump.

Costa Vázquez analiza una carta del senador estadounidense Robert Menéndez a Bolsonaro, sobre las declaraciones del canciller Ernesto Araújo, que cuestionó la limpieza de las elecciones con idénticos argumentos a los de Trump. Menéndez preside el poderoso Comité de Relaciones Exteriores del Senado y pidió a Bolsonaro que se una a EEUU para "condenar la incitación a la violencia", en referencia al ataque del 6 de enero al Capitolio por partidarios de Trump.

Pese a todo, la carta mantiene un tono amistoso, ya que para la Casa Blanca cuenta con Brasil "para contener la creciente influencia tecnológica, económica y comercial de Pekín en Latinoamérica". En efecto, Brasilia y Washington coinciden en dejar fuera a China en el proceso de licitación de las redes 5G así como en la sospecha de que los préstamos para infraestructuras son un modo de China para posicionarse en los países de la región.

Sin embargo, la presión de la Casa Blanca "empuja aún más a Bolsonaro y Araújo contra la pared", estima Costa Vázquez en South China Morning Post. Un Gobierno frágil como el de Biden, acosado internamente por el trumpismo y más aislado en lo internacional que los anteriores Gobiernos demócratas, rechaza el apoyo de Bolsonaro a gobernantes de extrema derecha. A medida que los vientos soplan en otras direcciones, Brasil y Bolsonaro "se encuentran cada vez más aislados".

¿Se sumará Bolsonaro a la ofensiva de Biden?

Sin duda la Administración Biden está dispuesta a negociar con Bolsonaro su apoyo a la ofensiva antichina, pero puede exigirle algún gesto que lo desmarque de las huestes de Trump. La columnista de South China Morning Post estima que Bolsonaro se verá cada vez más presionado para reemplazar al canciller antiglobalista, Ernesto Araújo, por un diplomático más moderado, a expensas de su decisión de convertir el Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil, conocido como Itamaraty, en una plataforma para mantener movilizados a sus seguidores más radicales.

En efecto, el canciller parece un fusible adecuado. Se sitúa en el bando más ideologizado y radical del espectro de Bolsonaro, es enemigo de la globalización, de Rusia y de China, esgrimiendo un discurso de la guerra fría muy similar al de Trump.

Según la nota de South China Morning Post, se abren tres escenarios estratégicos ante el Gobierno de Brasil.

El primero consiste en continuar su alineamiento automático con EEUU en detrimento de China, aún suavizando la retórica contra la globalización. La desconfianza con China está instalada y no va a retroceder.

El segundo escenario sería que Brasil optara por una estrategia propia de expansión y diversificación en Asia, estrechando alianzas con la India pero sin alejarse de China. Como señala Costa Vázquez, el ministro de Economía, Paulo Guedes, apuntó en esa dirección para ampliar la presencia de Brasil en la agroindustria global. "Si podemos tener el mismo flujo comercial con la India que tenemos con China, Brasil alimentará a la mitad de la población del planeta".

Un tercer escenario en el que Brasil no aparezca alineado con ninguna de las dos potencias parece poco probable. China necesita a Brasil y Brasil necesita a China. Las relaciones con EEUU no van tanto por el lado económico, financiero y comercial, sino por los viejos lazos diplomáticos y, sobre todo, militares.

Sin embargo, a medida que el escenario global y regional va cambiando, el margen de maniobra de Bolsonaro parece estrecharse. Brasil ya no es la potencia regional capaz de liderar a los países suramericanos y las elecciones se acercan de forma peligrosa para el presidente: el próximo año puede ser el último de su Gobierno, si no consigue acotar las crisis antes mencionadas (internas e internacionales), que pueden ser tan depredadoras como está siendo la pandemia del COVID-19.

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Lunes, 15 Febrero 2021 05:22

La tercera vía de Joe Biden

La tercera vía de Joe Biden

¿Qué pasará con China?

 

¿Qué hará Joe Biden con China? Se diría que es la incógnita más inquietante en la política mundial. Está descartado que imite el modus operandi de Donald Trump. También el retorno a una especie de tercer mandato de la era Obama. Las indicaciones generales parecen claras: mantener el fondo y cambiar las formas, pero incluso admitiendo esto, el marco de elasticidad es tan grande que multiplica el valor de los matices.

¿Qué datos objetivos podemos destacar en estas semanas posteriores al 20 de enero? La OMS descartó el origen de la pandemia en un laboratorio de Wuhan. Se anuncia para marzo una reunión entre Anthony Fauci y Zhong Nanshan, principales epidemiólogos respectivos. La cooperación bilateral en la lucha contra la Covid-19 tiene visos de prosperar, dejando atrás la nefasta política de Trump en tal sentido, incluida la abrupta salida de la propia OMS. Esto puede orillar los despropósitos conspiracionistas aireados por M. Pompeo y que encontraban idéntico nivel de retruque en Beijing. Otro campo factible es la cooperación climática.

Por el contrario, en el sensible asunto de Taiwán, las espadas siguen en alto, con incursiones militares de unos y otros y avisos a navegantes en todas las direcciones. Hong Kong, Tibet o Xinjiang nublan los cielos a otra escala con una retórica altisonante que no hace concesiones. Las demostraciones de inflexibilidad alcanzan también al Mar de China meridional.

Yang Jiechi, miembro del Buró Político y director de Asuntos Exteriores en el Comité Central del PCCh, ha buscado vías para recuperar la normalidad en las relaciones bilaterales sobre la base de que “China debe ser vista como es”, huyendo de errores de juicio estratégicos pues China, dice, en modo alguno tiene la intención de desafiar o reemplazar la posición de EEUU en el mundo. Para Yang, la clave está en respetar los “intereses centrales” del otro que en el caso chino son, básicamente, la soberanía, la integridad territorial, el sistema político y, ahora, los intereses de desarrollo. Son “líneas rojas”, dijo. El asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, y Kurt Campbell, coordinador para la región del Indo-Pacífico, señalaban en Foreign Affairs en octubre del pasado año, que “el mundo debe vivir con China tal y como es” en un marco de coexistencia competitiva, alejándose del discurso de Pompeo en la Biblioteca Nixon en julio de 2020 cuando clamó por una lucha universal contra el PCCh.

Frente a la búsqueda de puntos de encuentro, la irrupción de documentos como el anónimo del Atlantic Council, abonado a la tesis de la resurrección de la guerra fría, ansía intervenir en el debate e inclinar la balanza. Otro ejemplo: bajo la dirección de Jared Cohen, ex asesor de Condoleezza Rice, y Eric Schmidt, ex director general de Google, un grupo independiente de 15 republicanos y demócratas, investigadores, empresarios, ingenieros y sinólogos, presentó recientemente un informe confidencial al gobierno de Estados Unidos en el que se aboga por una estrategia de mayor resistencia tecnológica a China. Otros firmantes del documento son Richard Fontaine, director general del “Center for a New American Security CNAS”, fundado con el citado Kurt Campbell o también Elizabeth Economy, sinóloga del Instituto Hoover de Stanford, Alexander Wang, formado en el MIT, o Marissa Giustina, ingeniera de Google. Si en el debate digital global siempre han predominado las voces que alertaban sobre los peligros de una ruptura del flujo de datos científicos abogando por compartir la investigación sin límites en consonancia con un espíritu de apertura que se resistía a los imperativos de otra naturaleza que no fuera la promoción del conocimiento, los autores sostienen que el dominio tecnológico, factor clave para la seguridad, la prosperidad y la garantía del modo de vida democrático, se ve ahora amenazado por la aparición de China como potencia que está a punto de superar a Estados Unidos en áreas sensibles. La idea principal del documento es que el “desacoplamiento”, del que muchos científicos recelaban, se ha convertido ahora en una “solución deseable”.

Biden, por otra parte, debe haber tomado buena nota de una realidad inapelable: la guerra comercial de Trump con China fue un fracaso en todos los sentidos. Ni alcanzó sus metas políticas (doblegar a China) ni frenó el déficit comercial ni alentó sus exportaciones. Veremos como ese diagnóstico repercute en los aranceles. En lo tecnológico, ha supuesto dificultades inapelables para empresas chinas pero también estadounidenses y está por ver quién puede invertir más en los próximos años en los sectores capitales, desde la inteligencia artificial a las biotecnologías o las energías verdes y otras altas tecnologías. No hay un claro ganador y si algo sorprende es el ritmo y la proyección de la innovación china.

Se dice que en EEUU hay un consenso bipartidista acerca de China, pero este podría quebrarse en la medida en que los demócratas se alejen de los postulados de Trump y sus acólitos. Y también que Biden lo tendrá más fácil que su antecesor para alargar la unidad de criterio con los países aliados, un vínculo que Trump debilitó. Pero tampoco esto debe darse por seguro si China con la UE, o Japón o Corea del Sur, etc., logra fraguar y/o desarrollar acuerdos comerciales potentes. Que la opción de seguridad para muchos de ellos es EEUU no ofrece dudas; más discutible es que fórmulas como el QUAD (EEUU, Japón, India y Australia) cuajen del todo ni tampoco que eso llegue a ser suficientemente disuasivo ante el fortísimo esfuerzo chino en defensa. En cualquier caso, no debe darse por seguro que todos seguirán a pies juntillas la política de EEUU, cualquiera que fuese, respecto a China.

El Financial Times recordaba días atrás como los flujos de inversión desmienten las tensiones geopolíticas entre ambos países. Muchas multinacionales estadounidenses recelan de los llamamientos al desacoplamiento aun reconociendo la existencia de diferentes enfoques en algunas cuestiones. Pero todas admiten haber ganado mucho dinero en China, un mercado que no es prescindible en un contexto de elevado entrelazamiento de todas las economías y con tantas incertidumbres en cuanto a la recuperación del crecimiento. Tampoco la UE, Japón o Corea del Sur pueden desprenderse de la atracción gravitatoria ejercida por China con un mero chasquido de dedos.

Estos cuatro años de presidencia Biden serán claves para concretar una posible alternativa en la relación con China, diferente a la firmeza hegemónica de Trump que ha conducido a un peligroso bloqueo de la situación. Ante la perspectiva de “cambios nunca vistos en un siglo”, no es descabellado imaginar que las tensiones estarán al orden del día, ya hablemos de la economía, el comercio, la tecnología, la diplomacia o la seguridad, campos en los que Beijing se juega el futuro de su proyecto. Beijing dice no tener prisa pero juega con algunas fechas marcadas (2027, 2035, 2049). Aun así, la ansiedad estratégica pesa más del lado estadounidense ante el temor de un irremediable declive, que tantos vaticinan (y otros relativizan). El contraste entre un país roto y otro aglutinado es reflejo también del contraste entre dos nacionalismos.

Lo que de ambas partes se exigiría es moderación en todos los sentidos, la recuperación del diálogo, la delimitación precisa de los campos en que es posible avanzar conjuntamente y su potenciación, al igual que el señalamiento de las áreas de discrepancia para ser encapsuladas y tratadas con profesionalidad. En suma, rebajar las tensiones, buscar la estabilidad y dejar que el tiempo haga su trabajo y ponga a cada cual en su lugar. La tercera debiera ser una vía en permanente construcción.

Por Xulio Ríos | 15/02/2021 

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Miércoles, 13 Enero 2021 05:25

La segunda Guerra Fría está llegando

Fuentes: IPS [La nueva Ruta de la Seda y otros canales de expansión comercial y económica que tienen como epicentro a China. Imagen: iStock]

Mientras que el coronavirus ha concentrado, con toda razón, gran parte de nuestra atención, un reajuste geopolítico fundamental ha estado cobrando forma en el mundo y se hará más claro en este 2021. El reajuste es el comienzo de una segunda Guerra Fría, que esperamos no se convierta en una guerra «caliente».

La nueva Guerra Fría se producirá entre China y Occidente, pero debe ser muy diferente a la que tuvo lugar con la Unión Soviética. El mundo ha cambiado significativamente desde 1989, el año de la caída del Muro de Berlín.

La brecha entre los dos campos opuestos es ahora mucho más pequeña. La extinta Unión Soviética, un gigante militar con escaso desarrollo industrial, tenía la ventaja de presentarse a sí misma como la líder de una ideología internacional. De cierta manera, esta también era una bandera de Occidente, que convertía en su propia identidad el llamado a la libertad y la democracia.

En la actualidad, China no enarbola una verdadera bandera internacional y Occidente está asediado por contradicciones internas, desde la batalla de las democracias antiliberales, como la de Hungría bajo Viktor Orbán, hasta las olas nacionalistas, xenófobas y populistas que recorren todos los países y el dramático aumento de la desigualdad social y la degradación de los puestos de trabajo, la calidad de vida y las perspectivas sobre el futuro.

Todo esto hace que el estandarte occidental sea mucho menos fuerte que después de la Segunda Guerra Mundial. Hoy en día, por la actual fragmentación del mundo, sería probablemente imposible crear las Naciones Unidas o adoptar la Declaración de los Derechos Humanos.

Mientras tanto, China está experimentando un desarrollo industrial, científico y tecnológico que nunca estuvo al alcance de la Unión Soviética. Por último, añadamos el factor demográfico: China, con sus 1.4 mil millones de habitantes, tiene una fuerza muy diferente a los 291 millones con que contaba la URSS en 1989. Rusia se ha reducido ahora a 147 millones: mucho menos que los 208 millones de Nigeria, sin mencionar los 220 millones de Pakistán.

Esta nueva alianza occidental está teniendo lugar sin que muchos se den cuenta. La OTAN ya no se ocupa del Atlántico Norte, como se estableció en su constitución, y el poderío militar soviético ya no es tan significativo en la actual Federación Rusa.

En su poco sofisticado intento de hacer que Estados Unidos no dependa de ningún otro país, aunque sea un aliado histórico, el saliente presidente Donald Trump se distanció de la OTAN. El presidente francés Emmanuel Macron ha dicho que la OTAN está en «muerte cerebral». Y Europa ha descubierto que vivir bajo el escudo americano podría ser una percepción ilusoria.

Entonces, la actual Comisión Europea (el órgano ejecutivo de la Unión Europea) se ha embarcado en una fuerte política para hacer de Europa un actor internacional competitivo, dando prioridad en las inversiones a la tecnología verde, la inteligencia artificial, el desarrollo digital, el refuerzo de las patentes europeas, así como para frenar el poder desenfrenado de la gran tecnología americana.

Y ahora que Reino Unido ha abandonado la Unión Europea, han desaparecido de las fuentes de división de los 28 (ahora 27), como aquella de la defensa europea. Hay, incluso, una asignación de 8.000 millones de dólares para el embrión de un ejército europeo que, por supuesto, palidece en comparación con los 732.000 millones de Estados Unidos.

Sin embargo, pocos se dieron cuenta de que en noviembre el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, presidió un grupo de expertos que recomendó, sin oposición, que la primera tarea de la Alianza debería ser responder a la amenaza proveniente de los «rivales sistemáticos» de Rusia y China. Incluir a China en el centro de la agenda de la OTAN es un cambio tal que significa reinventar completamente la alianza transatlántica. Los viejos términos de la Guerra Fría están de regreso, como viejos barriles con un nuevo contenido.

El documento final llama a la «coexistencia», a la necesidad de mantener la superioridad militar y tecnológica, a establecer nuevos tratados de control de armamentos y a la no proliferación de las armas avanzadas. También subraya que hay campos de cooperación, desde el comercio hasta el control climático.

El período de Trump ha sido un bono inesperado para China. Barack Obama hizo grandes esfuerzos para crear un acuerdo comercial asiático —la Asociación Transpacífica (TPP)—, que excluiría a China e incluiría a Australia, Brunéi, Canadá, Chile, Estados Unidos, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur y Vietnam. Se firmó el 4 de febrero de 2016.

En enero de 2017, Trump asumió la presidencia y se retiró rápidamente del tratado. En parte esto tuvo que ver con su obsesión por deshacer cualquier cosa que Obama hubiera hecho, pero también fue debido a su fuerte creencia de que Washington no debería entrar en ningún tratado que pudiera condicionarlo y que se beneficiaría más de las relaciones bilaterales, en las que Estados Unidos siempre sería el chico grande de la sala. «América primero» significaba, de hecho, «América sola».

El resultado es que, durante cuatro años, China ha sido capaz de actuar como el campeón del multilateralismo y del control climático, mientras que para Estados Unidos era simplemente una cuestión de aranceles con su política centrada en las exportaciones chinas.

China ha sido capaz básicamente de esquivar este asunto y la balanza comercial entre Beijing y Washington está más desequilibrada a favor de China que nunca. Trump se involucró en una pelea contra la 5G y Huawei, pero no ocultó su admiración por los hombres fuertes, desde Kim Jong-un, hasta Vladimir Putin y Xi Jinping.

Y, durante esos cuatro años, China ha sido capaz de continuar su programa de expansión global. No solo con su famoso proyecto -la Ruta de la Seda- con conexiones abiertas para su comercio con el mundo, sino también con el establecimiento del mayor bloque comercial de la historia: la Asociación Económica Regional Integral (AER) que destruyó todo rastro del TPP, que había excluido a China.

La nueva Asociación Económica Integral Regional (RCEP en inglés) tiene su base en China y Estados Unidos está fuera. El tratado se firmó en noviembre de 2020 y Trump estaba tan obsesionado con su teoría sobre el fraude en las elecciones presidenciales en su país que ni siquiera le dedicó un comentario.

Pero la RCEP tiene 15 países miembros: Australia, Brunéi, Camboya, China, Indonesia, Japón, Laos, Malasia, Myanmar (Birmania), Nueva Zelanda, Filipinas, Singapur, Corea del Sur, Tailandia y Vietnam. El bloque tiene el 30 por ciento de la población mundial (2.200 millones), y 30 por ciento del PIB mundial (26,2 billones, millones de millones).

Solo la India, que está bajo el liderazgo autoritario y xenófobo de Narendra Modi, se mantuvo fuera, quejándose de que sería invadida por productos chinos baratos. Pero en realidad, la India se ve a sí misma como la alternativa regional a China, a pesar de estar muy atrasada en términos económicos y tecnológicos. Pero es un país joven, con 50 por ciento de su población menor de 25 años, mientras que en China es solo el 31 por ciento.

Los pronósticos indican que Asia se convertirá, con mucho, en la zona geopolítica y económica más importante del mundo. Según la empresa consultora McKinsey, en 2040 acumulará 50 % del comercio mundial y 40 % del consumo total de bienes y servicios.

Europa, y también Estados Unidos, están convencidos de que pueden competir con China y evitar que se convierta en una potencia mundial. Pero esto significa un reajuste total de las relaciones internacionales, en particular una nueva alianza entre Europa y Estados Unidos, y una política dirigida a formar un grupo de países que estén dispuestos a ponerse del lado de Occidente, como sucedió durante la Guerra Fría.

China llevará a cabo la misma política y, seguramente, veremos un nuevo grupo de países no alineados como reacción al conflicto. Por ejemplo, en este momento, un influyente grupo de académicos y diplomáticos está haciendo campaña en América Latina para que la región permanezca no alineada ante el próximo conflicto.

El número de diciembre de Foreign Affairs (Asuntos Exteriores), el espacio más influyente para el debate estadounidense sobre cuestiones internacionales, ha publicado un ensayo titulado «La competencia con China podría ser corta y aguda», que habla abiertamente de un posible conflicto armado en los próximos diez años.

Los autores visualizan una fuerte aceleración de la competencia en un futuro próximo y varias desventajas para China. La primera que va a aislar a China es la ausencia de democracia (en un momento en que resulta dudoso que Estados Unidos, con Trump como modelo y ejemplo, sean creíbles). Luego, más sustancialmente, es que la ventana de oportunidad de China se está cerrando rápidamente.

Desde 2007, la tasa de crecimiento económico anual de China se ha reducido en más de la mitad y la productividad ha disminuido en 10 %. Mientras tanto, la deuda se ha multiplicado por ocho y está en camino de alcanzar 335 % del PIB para fines de año. China tiene pocas esperanzas de revertir estas tendencias, porque perderá 200 millones de personas en edad laboral y ganará 300 millones de adultos mayores en 30 años. Asimismo, los sentimientos globales contra China se han disparado a niveles nunca vistos desde la masacre de la plaza de Tiananmen en 1989. Casi una docena de países han suspendido o cancelado su participación en el proyecto de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI, en inglés). Otros 16 países, incluidas ocho de las 10 economías más grandes del mundo, han prohibido o restringido severamente el uso de productos de Huawei en sus redes 5G. India se ha puesto dura contra China desde que, en junio, un enfrentamiento en la frontera común mató a 20 soldados. Japón ha incrementado el gasto militar, ha convertido buques anfibios en portaaviones y ha encadenado lanzamisiles a lo largo de las Islas Ryukyu, cerca de Taiwán. La Unión Europea ha calificado a China de «rival sistémico», y Reino Unido, Francia y Alemania están enviando patrullas navales para contrarrestar la expansión de Beijing en el mar de China Meridional y en el océano Índico. En múltiples frentes, China se enfrenta al retroceso creado por su propio comportamiento.

Es interesante ver cómo la inteligencia americana es prisionera de su sentido de superioridad. China, también gracias a Trump, ha sido capaz de adquirir, al menos, un punto de apoyo en todas partes. Por supuesto, no tienen las 1.176 bases militares que Washington posee alrededor de todo el mundo, pero están trabajando para lograrlo.

De todos modos, el ensayo de Foreign Affairs recomienda aumentar urgentemente las defensas de Taiwán que, después de Hong Kong, es la última pieza de China que no está controlada por Beijing. Y señalan que una guerra es muy posible en un corto plazo, posiblemente en diez años.

Sin embargo, con el tiempo, «la posibilidad de una guerra podría desvanecerse en la medida en que Estados Unidos demuestre que Beijing no puede revocar el orden existente por la fuerza, y en que Washington se vuelva poco a poco más confiado en su capacidad para superar a una China en desaceleración».

Es difícil seguir la convicción estadounidense de que el mundo es suyo y que la pax americana es inmutable. De hecho, cuando en el siglo XVI Estados Unidos aún no existía, China representaba el 50 por ciento del PIB mundial, según la mayoría de los economistas.

Ahora, el desarrollo tecnológico chino está a punto de superar al de los Estados Unidos. Según el Banco Mundial, en términos de poder adquisitivo, China superó a Estados Unidos el año pasado. La moneda china y las reservas de oro duplican las de la nación norteamericana.

Lo que sí es cierto es que dentro de 10 años tendremos un enorme desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA) y, por el momento, Estados Unidos parece tener la ventaja. Pero los últimos desarrollos en la IA apuntan a sistemas de autoaprendizaje. En ese sentido, la cantidad de datos marca la diferencia, y China tiene el doble de personas que Estados Unidos y Europa juntos.

Pero ¿por qué China estaría tentada a empezar una guerra contra Estados Unidos? Desestabilizaría un sistema basado en el comercio en el que China es de lejos el mayor ganador. Sería una guerra extremadamente difícil de ganar porque la escala de operaciones empequeñecería al ejército chino.

¿Y cómo podría Estados Unidos iniciar una guerra contra China? Una vez que el bombardeo aéreo se ejecuta (a menos que sea atómico, que es la receta segura para la destrucción del planeta), hay que poner, como dice la jerga militar, botas en tierra. ¿Se puede pensar en una invasión a China?

Por lo tanto, sería importante desalentar cualquier escalada, y no solo durante los próximos 10 años. La guerra es siempre un peligro porque la estupidez humana, como dijo Einstein, es tan ilimitada como el universo. Los mismos autores del ensayo de Foreign Affairs recuerdan la Primera Guerra Mundial, como algo que nunca debió haber sucedido.

Pero las señales de una escalada continúan. A fines de diciembre, el ex secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, afirmó en una entrevista que la OTAN debe ganar la batalla tecnológica contra China.

Y el Consejero de Seguridad Nacional designado por la administración del presidente electo Joe Biden, Jake Sullivan, acaba de hacer un llamamiento a la Unión Europea, buscando la solidaridad con Estados Unidos a través de la no suscripción de un acuerdo comercial con China.

La segunda Guerra Fría está llegando….

Por Roberto Savio. Periodista italo-argentino, Roberto Savio fue cofundador y director general de Inter Press Service (IPS), de la que ahora es presidente emérito. En los últimos años también fundó Other News, un servicio que proporciona “información que los mercados eliminan”.

13/01/202

Publicado enInternacional
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