Miércoles, 13 Enero 2021 05:25

La segunda Guerra Fría está llegando

Fuentes: IPS [La nueva Ruta de la Seda y otros canales de expansión comercial y económica que tienen como epicentro a China. Imagen: iStock]

Mientras que el coronavirus ha concentrado, con toda razón, gran parte de nuestra atención, un reajuste geopolítico fundamental ha estado cobrando forma en el mundo y se hará más claro en este 2021. El reajuste es el comienzo de una segunda Guerra Fría, que esperamos no se convierta en una guerra «caliente».

La nueva Guerra Fría se producirá entre China y Occidente, pero debe ser muy diferente a la que tuvo lugar con la Unión Soviética. El mundo ha cambiado significativamente desde 1989, el año de la caída del Muro de Berlín.

La brecha entre los dos campos opuestos es ahora mucho más pequeña. La extinta Unión Soviética, un gigante militar con escaso desarrollo industrial, tenía la ventaja de presentarse a sí misma como la líder de una ideología internacional. De cierta manera, esta también era una bandera de Occidente, que convertía en su propia identidad el llamado a la libertad y la democracia.

En la actualidad, China no enarbola una verdadera bandera internacional y Occidente está asediado por contradicciones internas, desde la batalla de las democracias antiliberales, como la de Hungría bajo Viktor Orbán, hasta las olas nacionalistas, xenófobas y populistas que recorren todos los países y el dramático aumento de la desigualdad social y la degradación de los puestos de trabajo, la calidad de vida y las perspectivas sobre el futuro.

Todo esto hace que el estandarte occidental sea mucho menos fuerte que después de la Segunda Guerra Mundial. Hoy en día, por la actual fragmentación del mundo, sería probablemente imposible crear las Naciones Unidas o adoptar la Declaración de los Derechos Humanos.

Mientras tanto, China está experimentando un desarrollo industrial, científico y tecnológico que nunca estuvo al alcance de la Unión Soviética. Por último, añadamos el factor demográfico: China, con sus 1.4 mil millones de habitantes, tiene una fuerza muy diferente a los 291 millones con que contaba la URSS en 1989. Rusia se ha reducido ahora a 147 millones: mucho menos que los 208 millones de Nigeria, sin mencionar los 220 millones de Pakistán.

Esta nueva alianza occidental está teniendo lugar sin que muchos se den cuenta. La OTAN ya no se ocupa del Atlántico Norte, como se estableció en su constitución, y el poderío militar soviético ya no es tan significativo en la actual Federación Rusa.

En su poco sofisticado intento de hacer que Estados Unidos no dependa de ningún otro país, aunque sea un aliado histórico, el saliente presidente Donald Trump se distanció de la OTAN. El presidente francés Emmanuel Macron ha dicho que la OTAN está en «muerte cerebral». Y Europa ha descubierto que vivir bajo el escudo americano podría ser una percepción ilusoria.

Entonces, la actual Comisión Europea (el órgano ejecutivo de la Unión Europea) se ha embarcado en una fuerte política para hacer de Europa un actor internacional competitivo, dando prioridad en las inversiones a la tecnología verde, la inteligencia artificial, el desarrollo digital, el refuerzo de las patentes europeas, así como para frenar el poder desenfrenado de la gran tecnología americana.

Y ahora que Reino Unido ha abandonado la Unión Europea, han desaparecido de las fuentes de división de los 28 (ahora 27), como aquella de la defensa europea. Hay, incluso, una asignación de 8.000 millones de dólares para el embrión de un ejército europeo que, por supuesto, palidece en comparación con los 732.000 millones de Estados Unidos.

Sin embargo, pocos se dieron cuenta de que en noviembre el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, presidió un grupo de expertos que recomendó, sin oposición, que la primera tarea de la Alianza debería ser responder a la amenaza proveniente de los «rivales sistemáticos» de Rusia y China. Incluir a China en el centro de la agenda de la OTAN es un cambio tal que significa reinventar completamente la alianza transatlántica. Los viejos términos de la Guerra Fría están de regreso, como viejos barriles con un nuevo contenido.

El documento final llama a la «coexistencia», a la necesidad de mantener la superioridad militar y tecnológica, a establecer nuevos tratados de control de armamentos y a la no proliferación de las armas avanzadas. También subraya que hay campos de cooperación, desde el comercio hasta el control climático.

El período de Trump ha sido un bono inesperado para China. Barack Obama hizo grandes esfuerzos para crear un acuerdo comercial asiático —la Asociación Transpacífica (TPP)—, que excluiría a China e incluiría a Australia, Brunéi, Canadá, Chile, Estados Unidos, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur y Vietnam. Se firmó el 4 de febrero de 2016.

En enero de 2017, Trump asumió la presidencia y se retiró rápidamente del tratado. En parte esto tuvo que ver con su obsesión por deshacer cualquier cosa que Obama hubiera hecho, pero también fue debido a su fuerte creencia de que Washington no debería entrar en ningún tratado que pudiera condicionarlo y que se beneficiaría más de las relaciones bilaterales, en las que Estados Unidos siempre sería el chico grande de la sala. «América primero» significaba, de hecho, «América sola».

El resultado es que, durante cuatro años, China ha sido capaz de actuar como el campeón del multilateralismo y del control climático, mientras que para Estados Unidos era simplemente una cuestión de aranceles con su política centrada en las exportaciones chinas.

China ha sido capaz básicamente de esquivar este asunto y la balanza comercial entre Beijing y Washington está más desequilibrada a favor de China que nunca. Trump se involucró en una pelea contra la 5G y Huawei, pero no ocultó su admiración por los hombres fuertes, desde Kim Jong-un, hasta Vladimir Putin y Xi Jinping.

Y, durante esos cuatro años, China ha sido capaz de continuar su programa de expansión global. No solo con su famoso proyecto -la Ruta de la Seda- con conexiones abiertas para su comercio con el mundo, sino también con el establecimiento del mayor bloque comercial de la historia: la Asociación Económica Regional Integral (AER) que destruyó todo rastro del TPP, que había excluido a China.

La nueva Asociación Económica Integral Regional (RCEP en inglés) tiene su base en China y Estados Unidos está fuera. El tratado se firmó en noviembre de 2020 y Trump estaba tan obsesionado con su teoría sobre el fraude en las elecciones presidenciales en su país que ni siquiera le dedicó un comentario.

Pero la RCEP tiene 15 países miembros: Australia, Brunéi, Camboya, China, Indonesia, Japón, Laos, Malasia, Myanmar (Birmania), Nueva Zelanda, Filipinas, Singapur, Corea del Sur, Tailandia y Vietnam. El bloque tiene el 30 por ciento de la población mundial (2.200 millones), y 30 por ciento del PIB mundial (26,2 billones, millones de millones).

Solo la India, que está bajo el liderazgo autoritario y xenófobo de Narendra Modi, se mantuvo fuera, quejándose de que sería invadida por productos chinos baratos. Pero en realidad, la India se ve a sí misma como la alternativa regional a China, a pesar de estar muy atrasada en términos económicos y tecnológicos. Pero es un país joven, con 50 por ciento de su población menor de 25 años, mientras que en China es solo el 31 por ciento.

Los pronósticos indican que Asia se convertirá, con mucho, en la zona geopolítica y económica más importante del mundo. Según la empresa consultora McKinsey, en 2040 acumulará 50 % del comercio mundial y 40 % del consumo total de bienes y servicios.

Europa, y también Estados Unidos, están convencidos de que pueden competir con China y evitar que se convierta en una potencia mundial. Pero esto significa un reajuste total de las relaciones internacionales, en particular una nueva alianza entre Europa y Estados Unidos, y una política dirigida a formar un grupo de países que estén dispuestos a ponerse del lado de Occidente, como sucedió durante la Guerra Fría.

China llevará a cabo la misma política y, seguramente, veremos un nuevo grupo de países no alineados como reacción al conflicto. Por ejemplo, en este momento, un influyente grupo de académicos y diplomáticos está haciendo campaña en América Latina para que la región permanezca no alineada ante el próximo conflicto.

El número de diciembre de Foreign Affairs (Asuntos Exteriores), el espacio más influyente para el debate estadounidense sobre cuestiones internacionales, ha publicado un ensayo titulado «La competencia con China podría ser corta y aguda», que habla abiertamente de un posible conflicto armado en los próximos diez años.

Los autores visualizan una fuerte aceleración de la competencia en un futuro próximo y varias desventajas para China. La primera que va a aislar a China es la ausencia de democracia (en un momento en que resulta dudoso que Estados Unidos, con Trump como modelo y ejemplo, sean creíbles). Luego, más sustancialmente, es que la ventana de oportunidad de China se está cerrando rápidamente.

Desde 2007, la tasa de crecimiento económico anual de China se ha reducido en más de la mitad y la productividad ha disminuido en 10 %. Mientras tanto, la deuda se ha multiplicado por ocho y está en camino de alcanzar 335 % del PIB para fines de año. China tiene pocas esperanzas de revertir estas tendencias, porque perderá 200 millones de personas en edad laboral y ganará 300 millones de adultos mayores en 30 años. Asimismo, los sentimientos globales contra China se han disparado a niveles nunca vistos desde la masacre de la plaza de Tiananmen en 1989. Casi una docena de países han suspendido o cancelado su participación en el proyecto de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI, en inglés). Otros 16 países, incluidas ocho de las 10 economías más grandes del mundo, han prohibido o restringido severamente el uso de productos de Huawei en sus redes 5G. India se ha puesto dura contra China desde que, en junio, un enfrentamiento en la frontera común mató a 20 soldados. Japón ha incrementado el gasto militar, ha convertido buques anfibios en portaaviones y ha encadenado lanzamisiles a lo largo de las Islas Ryukyu, cerca de Taiwán. La Unión Europea ha calificado a China de «rival sistémico», y Reino Unido, Francia y Alemania están enviando patrullas navales para contrarrestar la expansión de Beijing en el mar de China Meridional y en el océano Índico. En múltiples frentes, China se enfrenta al retroceso creado por su propio comportamiento.

Es interesante ver cómo la inteligencia americana es prisionera de su sentido de superioridad. China, también gracias a Trump, ha sido capaz de adquirir, al menos, un punto de apoyo en todas partes. Por supuesto, no tienen las 1.176 bases militares que Washington posee alrededor de todo el mundo, pero están trabajando para lograrlo.

De todos modos, el ensayo de Foreign Affairs recomienda aumentar urgentemente las defensas de Taiwán que, después de Hong Kong, es la última pieza de China que no está controlada por Beijing. Y señalan que una guerra es muy posible en un corto plazo, posiblemente en diez años.

Sin embargo, con el tiempo, «la posibilidad de una guerra podría desvanecerse en la medida en que Estados Unidos demuestre que Beijing no puede revocar el orden existente por la fuerza, y en que Washington se vuelva poco a poco más confiado en su capacidad para superar a una China en desaceleración».

Es difícil seguir la convicción estadounidense de que el mundo es suyo y que la pax americana es inmutable. De hecho, cuando en el siglo XVI Estados Unidos aún no existía, China representaba el 50 por ciento del PIB mundial, según la mayoría de los economistas.

Ahora, el desarrollo tecnológico chino está a punto de superar al de los Estados Unidos. Según el Banco Mundial, en términos de poder adquisitivo, China superó a Estados Unidos el año pasado. La moneda china y las reservas de oro duplican las de la nación norteamericana.

Lo que sí es cierto es que dentro de 10 años tendremos un enorme desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA) y, por el momento, Estados Unidos parece tener la ventaja. Pero los últimos desarrollos en la IA apuntan a sistemas de autoaprendizaje. En ese sentido, la cantidad de datos marca la diferencia, y China tiene el doble de personas que Estados Unidos y Europa juntos.

Pero ¿por qué China estaría tentada a empezar una guerra contra Estados Unidos? Desestabilizaría un sistema basado en el comercio en el que China es de lejos el mayor ganador. Sería una guerra extremadamente difícil de ganar porque la escala de operaciones empequeñecería al ejército chino.

¿Y cómo podría Estados Unidos iniciar una guerra contra China? Una vez que el bombardeo aéreo se ejecuta (a menos que sea atómico, que es la receta segura para la destrucción del planeta), hay que poner, como dice la jerga militar, botas en tierra. ¿Se puede pensar en una invasión a China?

Por lo tanto, sería importante desalentar cualquier escalada, y no solo durante los próximos 10 años. La guerra es siempre un peligro porque la estupidez humana, como dijo Einstein, es tan ilimitada como el universo. Los mismos autores del ensayo de Foreign Affairs recuerdan la Primera Guerra Mundial, como algo que nunca debió haber sucedido.

Pero las señales de una escalada continúan. A fines de diciembre, el ex secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, afirmó en una entrevista que la OTAN debe ganar la batalla tecnológica contra China.

Y el Consejero de Seguridad Nacional designado por la administración del presidente electo Joe Biden, Jake Sullivan, acaba de hacer un llamamiento a la Unión Europea, buscando la solidaridad con Estados Unidos a través de la no suscripción de un acuerdo comercial con China.

La segunda Guerra Fría está llegando….

Por Roberto Savio. Periodista italo-argentino, Roberto Savio fue cofundador y director general de Inter Press Service (IPS), de la que ahora es presidente emérito. En los últimos años también fundó Other News, un servicio que proporciona “información que los mercados eliminan”.

13/01/202

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Mohammed bin Salman, príncipe de Arabia Saudí, y Sheikh Tamim bin Hamad al-Thani, el emir de Qatar, reunidos durante la cumbre. — Reuters

Esta semana, después de tres años de bloqueo, Qatar y la coalición árabe rival han firmado la reconciliación en Arabia Saudí. Todavía es pronto para saber las consecuencias que tendrá esa escenificación, debido a sus intereses dispares. Frente a la moderación de Qatar, se encuentra el extremismo de la coalición árabe espoleada por Israel.

 

Es probablemente el efecto Joe Biden el que está detrás de la reciente normalización de relaciones entre los países del Golfo y Egipto, por un lado, y Qatar por el otro, después de más de tres años de bloqueo de este país, una normalización que ha llegado solo unos días antes de que el ganador de las elecciones americanas acceda a la Casa Blanca el próximo 20 de enero.

Está claro que la victoria de Biden no ha sentado nada bien a países como los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Bahrein o Egipto, pero al ver las orejas del lobo no les ha quedado más remedio que dar ese paso, y eso pese a haberse puesto al cobijo de Israel, otro país donde está costando asumir las inciertas consecuencias del recuento de votos en EEUU.

La ruptura de relaciones de los países mencionados con Qatar fue un disparate. La prueba es que los países moderados del Golfo, Kuwait y Omán, no la secundaron. Al final, las duras sanciones impuestas por la coalición no han conseguido los objetivos que se marcaron los príncipes Mohammad bin Zayed y Mohammad bin Salman.

La coalición exigía el fin de las emisiones del canal de televisión Al Jazeera que emite desde Doha, el desmantelamiento de la base militar que Turquía tiene en Qatar, la persecución de los Hermanos Musulmanes y el enfriamiento de relaciones entre Qatar e Irán. En resumen, el bloqueo ha sido un fracaso que al final emiratíes y saudíes han tenido que comerse con patatas.

Al Jazeera, especialmente en el canal árabe, es una emisora moderna y de una calidad excepcional que ocupa el primer lugar del podio en cuanto a difusión en Oriente Próximo. Cansados de emisoras anquilosadas y reaccionarias que se limitan a reproducir las ideas de los gobernantes, la población de la región concede más credibilidad a Al Jazeera que a todos los demás medios juntos.

Los regímenes de la zona hace años que quieren cerrarla, y este fue uno de los motivos centrales del boicot a Qatar. Sin embargo, en el acuerdo de normalización que se alcanzó esta semana en Arabia Saudí, cuyo texto no se ha hecho público pero puede deducirse de las declaraciones de los interesados, no se hace ninguna mención a Al Jazeera, por lo que es de desear y esperar que la cadena siga informando como hasta ahora.

En cuanto a la base militar turca, se debe señalar que Qatar también alberga la principal base americana en la región, y pese a ello mantiene unas excelentes relaciones con Teherán. Junto con Qatar, los turcos son los principales defensores del islam político, una ideología que ha sido proscrita en los Emiratos y Arabia Saudí como "terrorista".

Después del acuerdo de reconciliación, Qatar ha dicho que la vuelta a la normalidad con la coalición hasta ahora enemiga, no va a repercutir en sus relaciones con Turquía e Irán. La coalición ha tenido que tragarse este otro sapo y ahora espera con inquietud lo que decida la administración Biden respecto al programa nuclear iraní.

El acuerdo nuclear, que fue negociado arduamente por el presidente Barak Obama y firmado en 2015, fue cancelado por Donald Trump unos años después siguiendo instrucciones de Israel. La ruptura del acuerdo no ha logrado ninguno de los objetivos declarados, al contrario, ha llevado más tensión a Oriente Próximo, de manera que solo ha beneficiado a Israel y a sus recientes aliados árabes, cuya política de confrontación se ha puesto incondicionalmente al servicio de Israel.

Cabe preguntarse qué repercusiones tendrá la firma de la reconciliación. El tiempo dirá si cuaja o no, algo que todavía es pronto para ver. Una indicación de que podría ser una falsa reconciliación o una reconciliación puramente táctica puede verse en el hecho de que varios mandatarios árabes no acudieron a su firma en Arabia Saudí.

El caso más notorio es el del príncipe emiratí Mohammad bin Zayed, cuya ausencia no pasó desapercibida. Bin Zayed es el principal agente desestabilizador en la región, solo por detrás de Israel, y anda metido en prácticamente todos los saraos militares de la zona y del norte de África, bien directamente o bien por medio de intermediarios que no hacen asco a sus abundantes dólares.

Uno de los pecados originales de Qatar, que nunca se le perdonó, fue precisamente salirse de la coalición árabe que participó en la guerra de Yemen dirigida por el emiratí Bin Zayed y el saudí Bin Salman, un conflicto terrible que ha causado grandes calamidades y al que la nueva administración Biden debería poner punto y final cuanto antes.

Son muchas las cuestiones que quedan en suspenso para creer que el abrazo que esta semana se dieron los mandatarios de Arabia Saudí y Qatar sea realmente sincero y no falso, y que el bloqueo de tres años que ha sufrido Qatar a partir de 2017 vaya a terminar solo porque los aviones qataríes puedan sobrevolar el cielo de Arabia Saudí y los Emiratos.

En 2017 los cálculos de Riad y Abu Dabi eran que muy pronto Qatar se pondría de rodillas y volvería sumiso a la coalición, algo que nunca ocurrió. La economía qatarí sufrió, pero resistió con valor las presiones y el bloqueo, y esto ha sido una nueva lección para Riad y Abu Dabi en el sentido de que todo el dinero del mundo, las armas occidentales más sofisticadas y el amparo de Israel no siempre bastan para que se cumplan los planes de uno.

 10/01/2021 12:25 Actualizado: 10/01/2021 12:27

Por EUGENIO GARCÍA GASCÓN

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Alivio en Reino Unido por el acuerdo post-Brexit

Tras cuatro años de negociaciones con la Unión Eurpea

El gobierno de Boris Johnson le imprimió una retórica épica de “maravillosa noticia navideña”  mientras que la UE eligió un tono más sobrio. 

 

Alcanzado el 24 de diciembre en tiempo de descuento, el acuerdo post Brexit entre la Unión Europea (UE) y el Reino Unido trajo más alivio que euforia y produjo una reacción de hastío e indiferencia en una población preocupada por esta segunda y tercera ola del coronavirus que asola a Europa. El gobierno de Boris Johnson le imprimió una retórica épica para compensar con una “maravillosa noticia navideña” su desastrosa gestión de la pandemia mientras que la UE eligió un tono más sobrio resaltando que el acuerdo cierra más puertas de las que abre para la relación bilateral.

La letra del acuerdo

El acuerdo consta de 1246 páginas y pone fin a más de cuatro años de negociación luego del referendo británico a favor de abandonar la Unión Europea en 2016. Con más de 800 páginas de anexos y notas, requiere la aprobación del parlamento británico y de las 27 naciones europeas para entrar en vigencia el 1 de enero. A grandes rasgos este será el nuevo marco de la relación:

  • · El Reino Unido abandona el mercado común europeo y la unión aduanera
  • · No habrá barreras arancelarias ni cuotas para el comercio bilateral de bienes, pero habrá controles sanitarios, fitosanitarios y regulatorios que exigirán una montaña de papeleo y requisitos para la exportación e importación.
  • · El sector de servicios perderá el acceso directo, algo especialmente duro para el sector financiero británico.
  • · La pesca se regirá por un régimen especial.
  • · La única frontera terrestre entre ambas partes, la que une a la República de Irlanda (Unión Europea) con Irlanda del Norte (Reino Unido), tendrá también un régimen especial.

Con un tono eufórico, Boris Johnson celebró el acuerdo que, según dijo, le permitiría al Reino Unido recuperar la soberanía según lo votado en el referendo de 2016. “Es un momento de gran alegría porque tenemos un acuerdo que dará certeza a los empresarios y los inversores a partir del 1 de enero”, dijo Johnson.

La evaluación de la UE fue mucho más mesurada. La presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen exhortó a “dar una vuelta de página y mirar al futuro”. Pero en su documento “EU-UK Trade and Cooperation Agreeement: a new relationship with big changes”, la comisión resaltó los profundos cambios que experimentará la relación.

En una clara advertencia a cualquier otro miembro del bloque tentado de seguir la vía británica, el documento subraya el impacto que tendrá el fin del libre movimiento de bienes, personas y servicios entre el Reino Unido y la UE. Controles fronterizos, incremento de los costos operativos de las empresas y visas serán algunas de las consecuencias de la salida británica del bloque. El embotellamiento de camiones en el puerto de Dover será la nueva postal de una relación más azarosa e imprevisible. Curiosamente en la evaluación del mismo gobierno británico el PostBrexit, lejos de ser la tierra prometida, tendrá un impacto mayor en la economía y el empleo que el Covid. Según la gubernamental OBR (Office for Budget Responsability) el PBI tendrá una caída del cuatropor ciento a mediano plazo. Por lo pronto la industria pesquera británica puso el grito en el cielo por el impacto que tendrá en este sector que tuvo a la negociación en vilo. “El acuerdo no se acerca ni por asomo a lo que nos corresponde por el derecho internacional. De manera que hay mucha frustración y bronca en la industria”, declaró el CEO de la Federación Nacional de Pescadores, Barrie Deas. El acuerdo contempla mecanismos especiales para casos de incumplimiento de las partes si hay un intento de ganar ventajas competitivas rebajando los estándares laborales, medioambientales y de lucha contra el cambio climático. Esta parte del acuerdo era esencial para la UE que teme el proyecto que anunció el mismo Boris Johnson hace más de un año: la creación de un “Singapur on Thames” para competir con el bloque europeo bajando impuestos y regulaciones. En un intento de evitar esta "competencia desleal" se podrán suspender partes del acuerdo o reintroducir aranceles en un período de entre 20 y 30 días.

La presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen citó al poeta T.S. Elliot: “to make an end is to make a beginning”. La aprobación que deberán dar esta semana el parlamento británico y los gobiernos europeo debería ser el "end": el último acto catártico de ambas partes.

En el Reino Unido se esperan fuertes rebeliones para la votación el miércoles tanto entre los conservadores como entre los laboristas, pero con una cómoda mayoría parlamentaria de 80 diputados Boris Johnson no debería tener problemas para aprobarlo. Otra cosa es que el acuerdo termine con la conflictiva relación británica con el continente y la polarización que dividió al Reino Unido entre pro y antieuropeos

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Sábado, 03 Octubre 2020 05:33

La fractura tecnológica ya está aquí

La fractura tecnológica ya está aquí

El mundo no solo se está dividiendo por diferencias políticas, sino por un régimen de comercio internacional que no fue diseñado para un mundo de software, datos e inteligencia artificial. El conflicto entre Estados Unidos y China por la megaempresa Huawei lo confirma claramente.

 

El régimen de comercio internacional que tenemos, expresado en las reglas de la Organización Mundial del Comercio y otros acuerdos, no es de este mundo. Fue diseñado para un mundo de autos, acero y productos textiles y no para uno de datos, software e inteligencia artificial. Ya está sujeto a intensas presiones por el ascenso de China y el rechazo a la hiperglobalización, y es totalmente inadecuado para enfrentar los tres grandes desafíos que plantean las nuevas tecnologías.

El primero se vincula a la geopolítica y la seguridad nacional. Las tecnologías digitales permiten a potencias extranjeras infiltrarse en redes industriales, hacer ciberespionaje y manipular las redes sociales. Rusia está acusada de usar noticias falsas y manipulación de redes sociales para interferir en elecciones en Estados Unidos y otros países occidentales. En tanto, el gobierno de Estados Unidos ha impuesto restricciones a la megaempresa china Huawei, por temor a que sus vínculos con el gobierno chino conviertan sus equipos de telecomunicaciones en una amenaza para la seguridad.

El segundo desafío está vinculado con la privacidad. Las plataformas de Internet pueden reunir enormes cantidades de datos sobre lo que hace la gente dentro y fuera de la red, y el uso de esa información está sujeto a regulaciones más estrictas en algunos países que en otros. En la Unión Europea, por ejemplo, las empresas que no protejan los datos de residentes del bloque se exponen a multas.

El tercer desafío es económico. Las nuevas tecnologías dan una ventaja competitiva a grandes empresas, que pueden acumular un enorme poder mundial de mercado. Las economías de escala y de gama junto a los efectos de red pueden generar situaciones monopólicas; en tanto, políticas mercantilistas y otras prácticas gubernamentales pueden llevar a que algunas empresas obtengan ventajas aparentemente injustas. Por ejemplo, gracias a la vigilancia estatal, las empresas chinas han podido acumular cantidades ingentes de datos, lo que a su vez les permitió obtener una posición dominante en el mercado mundial de tecnologías de reconocimiento facial.

Una respuesta habitual a estos desafíos es pedir más coordinación internacional y normas globales. La cooperación transnacional en regulación y defensa de la competencia debería permitir la creación de nuevos estándares y mecanismos de fiscalización; y allí donde una respuesta realmente global no sea posible (lo que puede ocurrir, por ejemplo, por las profundas divergencias que hay entre países autoritarios y democráticos en materia de privacidad) aun así las democracias pueden cooperar entre ellas y elaborar normas conjuntas.

Los beneficios de una normativa común son claros, ya que en su ausencia, prácticas como la localización de datos, las normas sobre uso de nubes locales y la discriminación en favor de empresas nacionales líderes crean ineficiencias económicas, en la medida en que segmentan los mercados nacionales. Reducen los beneficios del comercio e impiden a las empresas cosechar los beneficios de las economías de escala. Y los gobiernos están en riesgo constante de que sus regulaciones no sean eficaces frente a empresas que operan desde jurisdicciones con reglas más laxas.

Pero en un mundo donde las preferencias de los países son diferentes, la aplicación de normas internacionales (incluso cuando es viable) resulta ineficiente en un sentido más amplio. Todo orden global debe hacer equilibrio entre los beneficios del comercio internacional (que son máximos cuando las regulaciones están armonizadas) y los beneficios de la diversidad regulatoria (que son máximos cuando cada gobierno nacional es totalmente libre de hacer lo que quiera). La fragilidad manifiesta de la hiperglobalización se debe en parte a que las autoridades priorizaron las ventajas del comercio sobre los beneficios de la diversidad regulatoria, un error que no hay que repetir con las nuevas tecnologías.

De hecho, los principios que deben guiarnos en relación con esas tecnologías son los mismos que se aplican a ámbitos tradicionales. Está bien que los países definan sus propios criterios regulatorios y requisitos de seguridad nacional; y pueden hacer lo que sea necesario para defender esos criterios y la seguridad nacional, incluso aplicar restricciones al comercio y la inversión. Pero ningún país tiene derecho a internacionalizar sus criterios e imponer regulaciones a otros países.

¿Cómo se aplicarían estos principios a Huawei? El gobierno de Estados Unidos le impidió comprar empresas estadounidenses, restringió sus operaciones en Estados Unidos, inició procedimientos legales contra la gerencia superior de la empresa, presionó a gobiernos extranjeros para que no trabajen con ella y, hace poco, prohibió a las empresas estadounidenses vender chips a la cadena de suministro de Huawei en todo el mundo.

No hay muchas pruebas de que Huawei haya espiado al servicio del gobierno chino, pero eso no quiere decir que no lo haga en el futuro. Expertos occidentales que examinaron el software de Huawei no han podido desestimar esa posibilidad. No es imposible que la opacidad de las prácticas corporativas en China invisibilice vínculos entre Huawei y el gobierno de su país.

En estas circunstancias, hay motivos de seguridad nacional razonables para que Estados Unidos (o cualquier otro país) restrinja las operaciones de Huawei dentro de su territorio; y otros países (incluida China) no tienen derecho a criticar esa decisión.

Pero la prohibición de exportar componentes estadounidenses no parece tan justificable por razones de seguridad nacional como prohibir operaciones de Huawei dentro de Estados Unidos. Si las operaciones de Huawei fuera de Estados Unidos suponen riesgos para la seguridad de otros países, nadie mejor que los respectivos gobiernos para evaluarlos y decidir si corresponde impedir esas actividades.

Además, la prohibición impuesta por Estados Unidos genera graves repercusiones económicas en otros países, que incluyen importantes efectos adversos para empresas nacionales de telecomunicaciones como BT, Deutsche Telekom, Swisscom y otras, en no menos de 170 países, que usan kits y hardware de Huawei. Tal vez las más afectadas sean las naciones africanas pobres que son muy dependientes de su oferta de equipos a precios competitivos.

En síntesis, Estados Unidos tiene todo el derecho a impedir a Huawei el acceso a su mercado, pero que intente internacionalizar sus prohibiciones internas carece de legitimidad.

El caso de Huawei es preanuncio de un mundo de interacciones complejas entre la seguridad nacional, la privacidad y la economía. La gobernanza global y el multilateralismo no siempre funcionarán, por una variedad de razones. A lo sumo, podemos aspirar a que surja un mosaico regulatorio basado en normas de procedimiento claras que permitan a los países proteger sus intereses nacionales principales sin exportar sus problemas a otros. Podemos diseñar activamente ese entramado o terminar, nos guste o no, con una versión caótica, menos eficiente y más peligrosa.

Fuente: Project Syndicate

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Las razones del acuerdo entre Emiratos Árabes e Israel

El triunfo del statu quo

 

Ambos países ya poseen importantes contactos de inteligencia y un considerable comercio de armamento. La verdadera explicación del acuerdo, que dejó de lado a los palestinos, hay que buscarla en la preocupación conjunta frente a los nuevos polos de poder regional: Irán y el eje Turquía-Qatar.

 

El lenguaje empleado en el comunicado del Likud –el partido gobernante israelí– para saludar el acuerdo entre Emiratos Árabes Unidos e Israel con el fin de establecer plenas relaciones diplomáticas lo decía todo: el arreglo es «paz por paz» y «el primer ministro Benjamin Netanyahu sigue comprometido con Eretz Israel». La noción «paz por paz» era un tiro por elevación contra las fórmulas de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y el campo de la paz israelí plasmadas en la resolución 242, la cual insta al estado hebreo a abandonar los territorios conquistados durante la guerra de los Seis Días de 1967 y, a cambio de dicha retirada, conseguir una paz duradera con sus vecinos. En cuanto a «Eretz Israel», el mismo es toda una declaración de principios territoriales del primer ministro israelí y su partido. Significa «Tierra de Israel» y se refiere a la actual extensión del Estado de Israel junto al territorio de Cisjordania (por lo menos).

La declaración del Likud –que ha dominado la escena política del estado por 32 de los últimos 43 años– no es nueva y replica su propia plataforma electoral de 1999 (vigente y nunca alterada): «El Gobierno de Israel rechaza rotundamente el establecimiento de un estado árabe palestino al oeste del río Jordán», «las comunidades judías de Judea, Samaria [el nombre bíblico con el que los judíos se refieren a Cisjordania] y Gaza son la realización de los valores sionistas» y «el asentamiento es una expresión clara del derecho inexpugnable del pueblo judío a la ‘Tierra de Israel’».

El jueves 13 de agosto Israel y Emiratos Árabes Unidos alcanzaron un arreglo negociado por Washington para normalizar las relaciones entre los dos países. No es un tratado de paz como los firmados por Israel con Egipto en 1979 y con Jordania en 1994 –dos países con los cuales los israelíes tuvieron importantes conflictos bélicos– ni tiene su pasada significancia. El acuerdo con Egipto puso fin a una disputa bélica con el ejército más poderoso y grande del mundo árabe y el firmado con Jordania terminó con la preocupación israelí sobre la defensa de su límite más extenso y poroso.

Lo que ahora consiguió realmente Israel con el «Acuerdo Abraham» es una hoja de ruta para normalizar lazos con un Estado del golfo con el que nunca vivió una conflagración y con el que ya posee importantes contactos de inteligencia además de un considerable comercio de armamento y productos de seguridad que asciende a los mil millones de dólares por año. En pocas palabras: ambos pusieron arriba de la mesa lo que ya venía sucediendo debajo de ella.

El argumento público esgrimido por los emiratíes para negociar con Israel es que el acuerdo logró comprometer a este último a suspender (no cancelar) los anunciados planes de anexión de parte de Cisjordania. Lo cierto es que la cuestión de la anexión (que nunca se materializó tanto por la ambivalencia estadunidense como por las propias dudas de Netanyahu) es la excusa perfecta para que Emiratos Árabes Unidos se atreva a tomar una decisión pendiente desde hace tiempo. Asimismo, Donald Trump se anota un importante triunfo diplomático –previo a las elecciones presidenciales de noviembre– como no tuvo otro en sus cuatro años de gestión. Y por último, pero no por eso menos importante, Netanyahu consigue, en un complicado contexto interno, lo que no logró ningún líder israelí antes que él: reconocimiento árabe sin que la cuestión palestina esté en el tablero de negociación (en el acuerdo con Egipto se contemplaba una «autonomía» palestina y el firmado con Jordania vinculaba diferentes artículos del tratado al proceso de paz israelí-palestino).

La verdadera explicación del por qué del acuerdo hay que buscarla en la preocupación conjunta de emiratíes e israelíes ante nuevos polos de poder regional: Irán y el eje Turquía-Qatar. Del Irán chiíta les preocupa su avance sobre Medio Oriente y de Turquía-Qatar la activa promoción del islamismo político junto a sus intervenciones en la región. Es pertinente recordar que luego de la Primavera Árabe de 2011 se articularon dos claros bandos como consecuencia de los levantamientos ciudadanos: Turquía y Qatar, que consideraron que se venía un cambio inexorable hacia el islamismo que era mejor tratar de conducir que repeler; y Emiratos Árabes y Arabia Saudita que vieron a ese movimiento como un hecho desestabilizador para la región y sus sistemas de gobierno. Estos últimos no solo creyeron que el mundo árabe no estaba preparado para una democracia que pavimentaría el acceso al poder de los islamistas, sino también reafirmaron su idea de que los dictadores locales (dispuestos a usar todo su poder represivo) eran la última línea de defensa para detener al islamismo y la inestabilidad en la zona.

El importante apoyo emiratí al golpe de estado en Egipto en 2013 contra el gobierno democrático de la Hermandad Musulmana fue la primera acción de una disputa que se extiende hasta hoy y que incluyó tanto la intervención en Yemen en 2015 como el bloqueo contra Qatar en 2017. Un claro ejemplo de esta disputa se pudo observar cuando el viernes pasado el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan anunció que estaba considerando retirar su embajador de Emiratos Árabes Unidos por el arreglo con Israel. Lo que pareció no recordar el mandamás de Turquía –a pesar de que los contactos con los israelíes vienen deteriorándose desde la guerra en Gaza de 2009 y el incidente naval con el Navi Narmara un año después– es que su país fue el primero de la región en reconocer al estado judío y que aún hoy conserva con él relaciones comerciales y diplomáticas.

Detrás de toda la movida en Emiratos Árabes Unidos está la mente del príncipe heredero de Abu Dhabi, Mohammed Bin Zayed, quien maneja todos los hilos en la actual confederación de los antiguos Estados Truciales. Los numerosos oficiales estadunidenses que han cultivado una importante relación de confianza con MBZ (como se lo conoce a Bin Zayed) lo consideran el verdadero estratega detrás del bloque de las monarquías árabes del Golfo que integra junto al príncipe heredero saudí, el mediático Mohammed Bin Salman.

MBZ es también el responsable de haber reformado de raíz las fuerzas armadas de Emiratos Árabes Unidos, que cuentan con una poderosísima fuerza aérea. Incluso MBZ se atrevió a dar una demostración de su audacia cuando rompió el embargo armamentístico de la ONU sobre Libia para empezar a armar militarmente al general Khalifa Haftar (un mini Gadafi en proceso) en su cruzada contra el gobierno islamista reconocido por la comunidad internacional. A la vez, también dio sobradas muestras de su independencia al desestimar todos los pedidos estadounidenses de poner fin a su conflicto con Qatar, territorio donde se encuentra la más importante base aérea de Estados Unidos en la zona.

Mientras «Bibi» Netanyahu consigue escapar de una anexión de la que nunca estuvo muy convencido –la cual podía perjudicar a Israel más que beneficiarlo– y Abu Dabi logra conformar un bloque de poder de cara a un posible cambio en la administración estadounidense, los que volvieron a ser olvidados son los palestinos. En ninguna parte del arreglo figura referencia alguna al establecimiento de un Estado palestino o a la no construcción de asentamientos en territorio palestino en el marco de una ocupación cuestionada por la amplia mayoría de la comunidad internacional.

Emiratos Árabes Unidos simplemente premió y normalizó el statu quo israelí. Precisamente, el statu quo siempre ha sido la opción preferida por las fuerzas políticas de Israel. Sus ventajas siempre han estado claras: no es necesario retirarse o anexar Cisjordania sino mantener la situación actual bajo la cual una población judía privilegiada vive entre una mayoría palestina sin derechos civiles.

En este marco, sostener el statu quo es probablemente la opción más racional para los israelíes: los que sufren como resultado de la ocupación son los palestinos (y hasta son ellos mismos los que realizan la mayor parte del trabajo policial en Cisjordania, al mismo tiempo que diversos países extranjeros asumen la carga económica de la ocupación). Asimismo, año a año, Israel mejora su posición en el mundo y la región sin necesidad de lograr una solución al conflicto territorial con los palestinos o realizar concesiones: en 2017, Trump premió a los israelíes con el establecimiento de la embajada estadounidense en la disputada Jerusalén y hoy un rico país del Golfo establece relaciones con ellos solo por abstenerse temporalmente de cometer otra violación al derecho internacional.

Mucho se ha escrito estos días argumentando que al «mundo árabe» ya no le importa el futuro de los palestinos, pero esta subestimación contiene un error de raíz: el «mundo árabe» no se compone solo de los dictadores que lo controlan a base de mano dura y represión. La única solución a largo plazo para que Israel reclame su lugar en un Medio Oriente siempre convulsionado –que seguro nos traerá más de una sorpresa en el futuro– es lograr la aceptación de las poblaciones locales. Un propósito imposible si los palestinos no consiguen su autodeterminación.

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La COVID-19 podría cambiar totalmente la geopolítica

O cambia todo (o no cambia nada)

No confío en Vd.

No se lo tome como algo personal. No me importa que sea amigo o extraño. No me importa su identidad o su ideología política, dónde trabaja ni si trabaja, si usa mascarilla o lleva pistola.

No confío en Vd. porque es, de momento, un posible portador de un virus mortal. ¿No tiene ningún síntoma? Quizás sea un superpropagador asintomático. Aunque me muestre los resultados negativos de su prueba, seguiré teniendo dudas. No tengo ni idea de lo que ha estado haciendo desde que le tomaron la muestra y recibió los resultados. Además, ¿podemos confiar de verdad en que la prueba es precisa?

Francamente, Vd. no debería confiar en mí por las mismas razones. Ni siquiera estoy seguro de poder confiar en mí mismo. ¿Acaso no me toqué la cara en el supermercado después de palpar los aguacates?

Estoy aprendiendo a vivir con esta desconfianza. Me mantengo alejado de otras personas. Estoy usando mascarilla. Me estoy lavando las manos. No estoy acudiendo a los bares.

Sin embargo, no estoy seguro de que la sociedad pueda vivir con este nivel de cosas. Afrontemos la realidad: la confianza hace girar el mundo. Las protestas estallan cuando se viola nuestra fe en las personas o en las instituciones: cuando no podemos confiar en la policía (#BlackLivesMatter), cuando no podemos confiar en los colegas varones (#MeToo), cuando no podemos confiar en que el sistema económico actúe con un mínimo de justicia (#OccupyWallStreet), o cuando no podemos confiar en que nuestro gobierno haga algo correctamente (#notmypresident).

Todo esto arroja ahora un asesino silencioso y oculto en esta mezcla combustible de desconfianza, ira y consternación. Es suficiente para desgarrar un país, para lanzar un vecino contra otro vecino y a un gobernador contra otro gobernador, para precipitar una guerra civil entre enmascarados y desenmascarados.

Esos problemas solo se multiplican a nivel global donde la desconfianza impregna ya el sistema: conflictos militares, guerras comerciales, luchas contra la migración y la corrupción. Por supuesto, también ha habido suficiente confianza para mantener en marcha la economía global, las negociaciones de los diplomáticos, el funcionamiento de las organizaciones internacionales, evitando así que el planeta se salga de control. Pero la pandemia puede sacar de su eje todo ese mundo conocido.

Soy muy consciente del debate en curso entre las facciones del “no mucho” y “todo”. Una vez que una vacuna lo elimine de nuestro sistema, el coronavirus podría no tener un efecto duradero en nuestro mundo. Incluso sin vacuna, las personas no pueden esperar para volver a la vida normal saltando a las piscinas, yendo al cine, asistiendo a fiestas, incluso en Estados Unidos, donde los casos continúan aumentando de forma espectacular. La epidemia de gripe de 1918-1919, que se cree mató al menos a 50 millones de personas, no cambió fundamentalmente la vida cotidiana, aparte de impulsar la medicina alternativa y socializada. Esa gripe salió de nuestra mente hacia la historia y, por supuesto, igual podría ocurrir con la COVID-19.

O bien, al igual que la peste negra en el siglo XIV separó el mundo medieval de todo lo que siguió, esta pandemia podría trazar un antes y un después en nuestra historia. Imaginemos que este nuevo virus sigue circulando y volviendo a circular, que nadie adquiere inmunidad permanente, que se convierte en una nueva y desagradable adición a la estación fría, excepto que solo mata a un par de personas de cada cien que lo contraen. Esta nueva normalidad sería ciertamente mejor que si el virus del Ébola, con una tasa de mortalidad del 50% si no se trata, se convirtiera en un riesgo perenne en todas partes. Pero incluso con una tasa de mortalidad de un dígito bajo, la COVID-19 lo cambiaría necesariamente todo.

Los medios de comunicación están llenos de especulaciones sobre cómo será el futuro con una pandemia periódica. El fin del teatro y de los deportes de espectadores. La institucionalización del aprendizaje a distancia. La muerte de oficinas y locales comerciales.

Pero echemos un vistazo un poco más allá, a un panorama más amplio. Consideremos por un momento el impacto de esta nueva potente desconfianza en las relaciones internacionales.

El futuro del Estado-nación

Digamos que vive en un país donde el gobierno respondió de manera rápida y competente ante la COVID-19. Supongamos que su gobierno estableció un sistema confiable de pruebas, rastreo de contactos y cuarentena. O que cerró la economía por un período doloroso pero corto, o que su sistema de pruebas fue tan bueno que ni siquiera necesitó cerrar del todo. En este momento, su vida estará volviendo a una apariencia de normalidad.

Es afortunado.

El resto de nosotros vivimos en Estados Unidos. O en Brasil. O en Rusia. O e la India. En estos países los gobiernos han demostrado ser incapaces de cumplir la función más importante del Estado: proteger la vida de sus ciudadanos. Si bien la mayor parte de Europa y gran parte de Asia oriental han suprimido la pandemia lo suficiente como para poder poner en marcha sus economías, la COVID-19 continúa fuera de control en aquellas partes del mundo que, miren qué coincidencia, también están dirigidas por electos autócratas de derechas.

En estos países dirigidos por incompetentes, los ciudadanos tienen muy buenas razones para desconfiar de sus gobiernos. En Estados Unidos, por ejemplo, la administración Trump hizo una chapuza en la cuestión de las pruebas, fracasó a la hora de coordinar los cerramientos, eliminó la supervisión de los rescates financieros y presionó para reabrir la economía a pesar de las objeciones de los expertos en salud pública. En la última señal de demencia precoz de la administración Trump, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Kayleigh McEnany, declaró este mes que “la ciencia no debería interponerse” en la reapertura de las escuelas en otoño.

Los votantes, por supuesto, podrían expulsar a Trump en noviembre y, suponiendo que realmente abandone la Casa Blanca, recuperar cierta cordura en los asuntos públicos. Pero la pandemia está contribuyendo a erosionar de forma abrumadora la confianza en las instituciones nacionales. Incluso antes de que el virus atacara, en su Barómetro de Confianza 2018, la firma de relaciones públicas Edelman registró una caída sin precedentes en la confianza pública relacionada con… ¿qué más?… la elección de Trump. “El colapso de la confianza en Estados Unidos se debe a una espectacular falta de fe en el gobierno, que cayó 14 puntos, al 33%, entre la población en general”, señaló el informe. «Las instituciones restantes de negocios, medios de comunicación y ONG también experimentaron caídas de 10 a 20 puntos”.

Y no le sorprenderá saber que la situación no había mostrado signos de mejora para 2020, con los ciudadanos estadounidenses desconfiando aún más en las instituciones de su país que sus homólogos en Brasil, Italia o la India.

Esa pérdida institucional de fe refleja una tendencia a más largo plazo. Según la última encuesta Gallup, solo el 11% de los estadounidenses confía ahora en el Congreso, el 23% en las grandes empresas y los periódicos, el 24% en el sistema de justicia penal, el 29% en el sistema de escuelas públicas, el 36% en el sistema médico y el 38% en la presidencia. La única institución en la que confía una mayoría significativa de los estadounidenses -consideren esto una ironía, dadas las interminables guerras de Estados Unidos en el siglo XXI- es en el ejército (73%). La parte verdaderamente aterradora es que esas cifras se han mantenido constantes, con pequeñas variaciones, con dos administraciones muy diferentes durante la última década.

¿Hasta dónde deba caer el índice de confianza de un país antes de que deje de ser un país? Los comentaristas ya se han pasado diez años discutiendo la polarización del electorado estadounidense. Se ha derramado mucha tinta sobre el impacto de las redes sociales en la creación de cámaras de resonancia política. Han pasado 25 años desde que el politólogo Robert Putnam observó que los estadounidenses estaban “jugando a los bolos en solitario” (es decir, ya no participaban en actividades grupales o asuntos comunitarios como lo hicieron las generaciones anteriores).

El coronavirus ha demostrado, por lo general, ser un importante multiplicador de la fuerza de esas tendencias al hacer que las reuniones espontáneas de personas de mentalidad diferente sean cada vez menos probables. Sospecho que soy alguien típico. Evito a los peatones, ciclistas y otros corredores cuando salgo a correr. No voy a las cafeterías. No me pongo a hablar con personas en la fila del supermercado. Claro, estoy mucho tiempo metido en Zoom, pero casi siempre es con personas que ya conozco y con las que estoy de acuerdo.

En estas circunstancias, ¿cómo superaremos las enormes brechas de percepción ahora evidentes en este país para lograr lo que constituyen los entendimientos básicos más profundos que requiere un Estado-nación? ¿Perderán los estadounidenses la fe por completo en las elecciones, los periódicos, los hospitales y el transporte público, dejando así totalmente de ser ciudadanos?

La confianza es el combustible que hace funcionar esas instituciones. Y parece que perdimos el pico de la confianza hace mucho tiempo y que podríamos estar en un trineo de la COVID-19 yendo cuesta abajo a toda velocidad.

La globalización se desmorona

La economía global también se basa en la confianza: en las transacciones financieras, en la seguridad de las condiciones del lugar de trabajo, en el transporte de mercancías a larga distancia y en las expectativas del consumidor de que el producto comprado cumpla lo que anuncia.

Para causar el colapso en la línea de ensamblaje global, la COVID-19 no tuvo que introducir dudas en cada paso de esta cadena de suministro (aunque, al final, eso fue lo que hizo). Solo tuvo que cortar un eslabón: el lugar de trabajo. Cuando el Gobierno chino cerró las fábricas a principios de 2020 para contener la pandemia, lo que provocó una disminución del 17% en las exportaciones en enero y febrero en comparación con el año anterior, las empresas de todo el mundo se enfrentaron repentinamente a una escasez crítica de recambios de cochecomponentes de teléfonos inteligentes y otros bienes clave.

El lugar de trabajo demostró ser un eslabón débil en la cadena de suministro global por otra razón: el coste. La mano de obra ha sido tradicionalmente el principal gasto en la manufactura, lo cual, desde la década de 1990, llevó a las corporaciones a externalizar el trabajo a lugares más baratos como México, China y Vietnam. Desde entonces, sin embargo, la línea de ensamblaje global ha cambiado y, como explica la consultora McKinsey, “actualmente, más del 80% del comercio mundial de bienes [ya no es] de un país de bajos salarios a un país de altos salarios”.

La centralidad de la mano de obra en la ubicación de la fabricación se había visto erosionada por el crecimiento de la automatización, que, según los economistas, tiende a aumentar durante las recesiones. De hecho, tanto la inteligencia artificial como la robotización iban ya en ascenso incluso antes del impacto de la pandemia. En 2030 hasta 20 millones de puestos de trabajo en todo el mundo serán ocupados por robots. El Banco Mundial estima que, con el tiempo, reemplazarán a un sorprendente 85% de los empleos en Etiopía, 77% en China y 72% en Tailandia.

Luego tenemos los costes ambientales de esa misma línea de ensamblaje global. El transporte de carga contribuye con el 7% al 8% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, siendo el transporte aéreo la vía contaminante más intensa de carbono. (Agreguen a eso, por supuesto, la huella que dejan de carbono las propias fábricas).

Si todo eso no consigue cambiar la opinión de los directores ejecutivos sobre los beneficios de la globalización, entonces quizá las consideraciones de seguridad nacional pudieran hacerlo. La pandemia expuso la vulnerabilidad de los países en términos de productos básicos. Debido a que China es responsable de producir más respiradores, máscaras quirúrgicas y prendas protectoras que el resto del mundo combinado, los países comenzaron a entrar en pánico cuando la COVID-19 golpeó por primera vez, porque ya no tenían suficiente capacidad nacional para producir las herramientas básicas para lidiar ellos mismos con la propagación pandemia. Lo mismo se aplica a las medicinas esenciales. Por ejemplo, Estados Unidos dejó de producir penicilina en 2004.

La amenaza de infección, la propagación de la automatización, el impacto ambiental, el riesgo de un control extranjero: la línea de ensamblaje global ya no parece tener mucho sentido. ¿Por qué no trasladar la fabricación de vuelta a casa, a una “fábrica oscura” que está totalmente automatizada, no necesite luces, calefacción o aire acondicionado y esté prácticamente a prueba de pandemias?

Desde luego que la actual pandemia no implicará el fin de la globalización. Las corporaciones, como señala el informe de McKinsey, seguirán encontrando razones convincentes para reubicar la fabricación y los servicios en el extranjero, incluido el “acceso a mano de obra cualificada o recursos naturales, la proximidad a los consumidores y la calidad de la infraestructura”. Los consumidores seguirán queriendo piñas en invierno y teléfonos inteligentes baratos. Pero los capitalistas que miran el resultado final, en combinación con los nacionalistas al estilo Trump que insisten en que el capital regrese a casa, desmontarán cada vez más lo que todos dábamos por sentado como globalización.

La economía mundial no va sencillamente a desaparecer. Después de todo, la agricultura ha persistido en la era moderna. Solo que emplea un segmento cada vez menor de la fuerza laboral. Es probable que ocurra lo mismo con el comercio mundial en una era de pandemia. En la primera parte del siglo pasado, la mano de obra excedente ya no era necesaria en las granjas y emigraba a las ciudades para trabajar en las fábricas. La pregunta ahora es: ¿qué pasará con todos esos trabajadores que ya no se necesitan en las líneas de ensamblaje global?

Ni la comunidad internacional ni el libre mercado tienen preparada una respuesta, pero los populistas autoritarios sí: impedir que todos esos trabajadores desplazados emigren.

Un mundo amurallado

Desde el momento en que descendió por la escalera mecánica de la Torre Trump hacia la carrera presidencial, el empeño de Donald Trump por precintar la frontera de Estados Unidos con México ha constituido su posición política característica. Ese “muro grande, gordo y hermoso” suyo puede ser simplista, antiinmigrante, xenófobo y desconfiado del mundo -y puede que nunca llegue a completarse-, pero, desafortunadamente, no ha estado solo en su obsesión por los muros.

Israel fue pionero en la construcción moderna de muros a mediados de la década de 1990 para aislar a los palestinos en la Franja de Gaza, que fue seguido por una barrera de 710 kilómetros de largo para aislar a Cisjordania. En 2005, respondiendo a una ola de migrantes que escapaban de las guerras y la pobreza en el norte de África y Oriente Medio, Hungría construyó nuevos baluartes a lo largo de sus fronteras del sur para mantener fuera a los desesperados. Bulgaria, Grecia, Eslovenia y Croacia han hecho lo mismo. India ha cercado la región de Cachemira desde Pakistán. Arabia Saudí ha construido una barrera de mil kilómetros a lo largo de su frontera con Iraq.

En 1989 había alrededor de una docena de muros importantes separando países, incluido el Muro de Berlín, que pronto caería. Hoy, ese número ha crecido hasta llegar a 70.

En este contexto, el nuevo coronavirus resultó ser un regalo caído del cielo para los nacionalistas de todo el mundo que creen que si las buenas cercas hacen buenos vecinos, lo mejor de todo es una gran muralla. Más de 135 países agregaron nuevas restricciones en sus fronteras después del brote. Europa restableció las fronteras internas del espacio Schengen por primera vez en 25 años y también cerró las externas. Algunos países, en particular Japón y Nueva Zelanda, prácticamente se amurallaron.

Aunque la pandemia está atenuándose en ciertas partes del mundo, muchas de esas nuevas restricciones fronterizas siguen vigentes. Si quiere viajar a Europa este verano, solo puede hacerlo si pertenece a uno de la docena de países que figuran en una lista aprobada por la Unión Europea (y eso no incluye a los estadounidenses). Nueva Zelanda ha tenido solo un puñado de casos en los últimos meses (con un máximo de cuatro casos nuevos el 27 de junio), pero sus fronteras permanecen cerradas prácticamente para todos. Incluso está fuera de cualquier posibilidad, por ahora, una “burbuja de viaje” con la cercana Australia. Japón ha prohibido la entrada a personas de 129 países, incluido Estados Unidos, pero existe una exención para los soldados estadounidenses que viajan a bases militares estadounidenses. Un reciente brote de coronavirus en tales guarniciones en la isla de Okinawa bien podría hacer que Tokio endureciera aún más sus ya estrictas reglas.

Y esas restricciones fronterizas son en potencia solo el comienzo. Hasta ahora, la pandemia ha desatado un espíritu de sálvese quien pueda: desde restricciones a la exportación de productos esenciales, hasta una competencia febril para desarrollar primero una vacuna. Las Naciones Unidas han hecho varios llamamientos para una mayor cooperación internacional, su secretario general incluso urgió un “alto el fuego global” entre las partes en conflicto. La Organización Mundial de la Salud (OMS) intentó organizar una respuesta global al virus en su reunión anual. Sin embargo, la administración Trump anunció de inmediato que se retiraría de la OMS, muy pocos combatientes observaron un alto el fuego COVID-19, y no hay una respuesta internacional coordinada a la pandemia fuera de la comunidad de científicos que comparten investigaciones.

Entonces, ¿será este el futuro: cada país transformado en una comunidad cerrada? ¿Cuánto tiempo puede sobrevivir el sentimiento de internacionalismo en un mundo amurallado?

Reconstruir la confianza

Los conservadores solían burlarse de la izquierda por su inclinación al relativismo, por argumentar que todo depende del contexto. “Si me preguntas cuál es el mayor problema en Estados Unidos, no voy a decirte que la deuda, el déficit, las estadísticas, la economía”, dijo el expresidente republicano de la Cámara de Representantes Paul Ryan en 2011, “te diré que es relativismo moral”. Érase una vez que la derecha arremetió contra los deconstruccionistas que hacían hincapié en la interpretación de los hechos.

¿Qué hacer, entonces, con el Partido Republicano hoy? Muchos de sus líderes, incluido el presidente, no creen en la ciencia, ya sea sobre el cambio climático o la COVID-19. Muchos de ellos abrazan las teorías de la conspiración más locas y algunos candidatos actuales al Congreso incluso creen, a través de la teoría de conspiración de extrema derecha QAnon, que una camarilla de abusadores de niños satánicos en Hollywood, el Partido Demócrata y varias organizaciones internacionales controlan el mundo. En julio, Donald Trump logró el dudoso hito de decir más de 20.000 mentiras durante su mandato como presidente. En otras palabras, hablando de relativismo, el Partido Republicano ha depositado su confianza en un hombre desconectado de la realidad.

Y luego apareció esa pandemia como un líquido inflamable sobre un incendio forestal. La conflagración resultante de la desconfianza amenaza con extenderse fuera de control hasta que no quede nada, ni el Estado-nación, ni la economía global, ni la comunidad internacional.

En esta era de pandemia, un incendio en algún lugar es un incendio en todas partes, ya que al virus no le importan las fronteras. Pero la clave para restaurar la confianza debe comenzar donde el déficit de confianza ha crecido más y ese lugar es sin duda Estados Unidos. No solo los estadounidenses han perdido la fe en sus propias instituciones, sino que, al parecer, también todos los demás. Desde 2016 ha habido una caída del 50% en la confianza del mundo en Estados Unidos, la mayor caída jamás registrada en la encuesta de los mejores países de US News and World Report.

Y la razón por la que Estados Unidos tiene el peor historial en la lucha con el coronavirus es bastante simple: Donald Trump. Es el líder de una proporción cada vez menor de público que sigue creyendo que el coronavirus es un engaño o que se niega a cumplir con las precauciones básicas para evitar su propagación. Un presidente malhechor que se niega a exigir el uso de mascarillas (incluso después de colocarse oficialmente una para su feed de Twitter) inspira a una minoría maleante que pone en riesgo a la mayoría.

Para restaurar la confianza en el sistema público de salud y la gobernanza de este país debe comenzarse con un sistema competente de pruebas, rastreo de contactos y cuarentena. Sin embargo, la administración Trump se niega aún a dar este paso necesario. Los republicanos del Senado han presionado para que se dediquen 25.000 millones a ayudar a establecer sistemas de pruebas y rastreo a nivel estatal, pero el presidente quiere ahora eliminar incluso esta modesta cantidad del presupuesto (junto con los fondos adicionales para las agencias gubernamentales encargadas de abordar la pandemia).

Los estadounidenses desconfían cada vez más de sus instituciones porque un número creciente de nosotros creemos que cada vez obtenemos menos beneficios de ellos. Por lo general, la administración Trump ha hecho todo lo posible para empeorar las cosas de manera desastrosa; solo recientemente, en medio de la pandemia y con millones de desempleados, exigió que la Corte Suprema eliminara el seguro médico proporcionado por la Ley de Atención Médica Asequible de la administración Obama. La mayor parte de los fondos de estímulo aprobados por el Congreso se destinó a personas y corporaciones adineradas, y los hombres del presidente ni siquiera ejercieron la debida diligencia para evitar que casi 1.400 millones de dólares en cheques de estímulo se enviaran por correo a personas fallecidas.

La próxima administración (suponiendo que haya una) tendrá que hacer un trabajo de limpieza masiva que restaure una fe de cualquier tipo en un sistema tan desigual y roto. Después de abordar la crisis aguda de la pandemia, tendrá que demostrar que el Estado de derecho está nuevamente funcionando. La prueba más espectacular sería, por supuesto, empurar a Donald Trump y a sus facilitadores más cercanos. Han violado tantas leyes que la confianza en el sistema legal se debilitará aún más a menos que sean juzgados y castigados por sus delitos, incluida su disposición a sacrificar vidas estadounidenses en cantidades asombrosas en pos de la reelección del Donald.

En 1996 Bill Clinton habló de construir un puente hacia el siglo XXI. Dos décadas después de este siglo, Donald Trump ha derribado eficazmente ese puente y lo ha reemplazado con un muro (aún en gran parte sin construir) que recuerda las fortificaciones de la Edad Media. La COVID-19 solo ha reforzado la paranoia insular de este presidente y sus seguidores. El camino de vuelta a la confianza, tanto a nivel nacional como internacional, será difícil. Habrá monstruos que combatir en el camino. Pero al final, es posible que recuperemos este país, creemos una economía global justa y sostenible y reconstruyamos la comunidad internacional.

Vds. y yo podemos hacer esto. Juntos.

Créanme.

 

Por John Feffer* | 10/08/2020

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

*John Feffer, colaborador habitual de TomDispatch, es autor de la novela distópica Splinterlands (publicada por Dispatch Books) y director de Foreign Policy in Focus en el Institute for Policy Studies. Su última novela es Frostlands (Haymarket Books), segundo volumen de su serie Splinterlands.

Fuente:https://www.tomdispatch.com/post/176733/tomgram%3A_john_feffer%2C_the_no-trust_world/#more

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Economía de EU cae 32.9% en el segundo trimestre; hay recesión

Washington. La economía de Estados Unidos resintió en el segundo trimestre de este año la mayor contracción desde el término de la Segunda Guerra Mundial como consecuencia de los efectos devastadores de la paralización de las actividades para enfrentar la pandemia de Covid-19.

El producto interno bruto (PIB) estadunidense se contrajo entre abril y junio a una tasa trimestral anualizada de 32.9 por ciento, de acuerdo con la forma de medición oficial en ese país.

A tasa anual, segundo trimestre de 2020 respecto de igual periodo de 2019, la caída fue de 9.5 por ciento.

La metodología que se utiliza Estados Unidos consiste en medir el PIB respecto al trimestre inmediato anterior y después anualizar el dato multiplicándolo por cuatro.

En México, por ejemplo, el comportamiento económico del trimestre se compara con el mismo periodo del año anterior. Si en el país se aplicara el método estadunidense, la caída del segundo trimestre sería de 47 por ciento.

Covid-19, golpe sin precedente a la economía

El declive del segundo trimestre en el PIB –el valor monetario total de bienes y servicios– representa la peor caída registrada desde 1947. La más fuerte contracción trimestral previa, de 10 por ciento, ocurrió en 1958 durante el gobierno de Dwight D. Eisenhower.

La contracción en la primavera fue ocasionada por una marcada contención en el gasto del consumidor, el principal motor, que equivale a cerca de 70 por ciento de la actividad económica del país.

El desplome del PIB “pone en evidencia el golpe sin precedente a la economía asestado por la pandemia”, explicó Andrew Hunter, economista en jefe de la firma Capital Economics para Estados Unidos. “Creemos que tomará años recuperarnos por completo de ese daño”.

El desplome del segundo trimestre se registra luego de una caída de 5 por ciento en el periodo de enero a marzo, por el efecto de las primeras medidas de confinamiento impuestas a mediados de marzo. Con estas dos caídas consecutivas el país entró en recesión y puso fin a una expansión económica de 11 años, la más prolongada de que se tenga registro en Estados Unidos.

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Viernes, 17 Julio 2020 05:56

Los pergaminos del nuevo mundo

Los pergaminos del nuevo mundo

Los próximos meses y años forzarán cambios geopolíticos a escala nacional y global que reconfigurarán el actual orden mundial. Los desafíos deben ser afrontados con unidad, no con confrontación.

 

Aunque resulte muy difícil pronosticar cómo será el mundo post-covid-19, parece haber consenso entre los principales analistas en que se producirán profundos cambios en el orden vigente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, orden que incluye las importantes transformaciones geopolíticas –menos estables de lo que se suponía– que se dieron con la caída del «socialismo real» y la disolución de la Unión Soviética.

Uno de los cambios más predecibles, sobre el que no parece haber mucho desacuerdo (al margen de los juicios de valor al respecto), es que China ha superado a Estados Unidos como la mayor economía del planeta. Esta superación ya se ha producido en términos de poder adquisitivo, un criterio utilizado a menudo por las instituciones financieras internacionales, como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, para depurar las fluctuaciones cambiarias a la hora de medir el peso económico de cada país. En unos pocos años más, con toda probabilidad, la economía china superará a la estadounidense también en términos de PIB medido en precios de mercado.

Cabe señalar que el ascenso económico de China, como suele ocurrir, se refleja en el plano político y, en menor medida –pero de manera perceptible–, en el terreno militar-estratégico. Incluso los pensadores occidentales, en particular los estadounidenses, señalan el crecimiento del llamado «poder blando» (soft power) chino, en contraste con la pérdida de atractivo de Estados Unidos. Investigaciones recientes, realizadas durante la pandemia, han puesto de manifiesto esa pérdida de popularidad de la autodenominada «tierra de la libertad» en el imaginario de los países europeos, en especial en Alemania. En los últimos años se ha registrado un incremento del atractivo de China gracias a programas como la «Iniciativa de la Franja y la Ruta», también llamada «Nueva Ruta de la Seda», que han llevado al país asiático a líderes de varias naciones desarrolladas. El atractivo de China, a pesar de que se mantengan reticencias respecto a su régimen político, tenderá a acentuarse a corto y medio plazo por la percepción de que, mejor o peor, el país fue capaz de contener el virus, por su activismo diplomático en acciones de cooperación relacionadas con la pandemia, y por su mayor disponibilidad para realizar inversiones en otras regiones del mundo. Al mismo tiempo, la actitud de indiferencia o incluso de hostilidad de Donald Trump hacia otros países dará lugar, como señaló entre otros Joseph Nye (creador del concepto), a un declive aún más pronunciado del «poder blando» estadounidense.

Una de las grandes incógnitas, que se aclarará en los próximos meses, es precisamente hacia dónde se dirige la política exterior de Estados Unidos. Es obvio que los intereses estructurales estadounidenses seguirán siendo los mismos, empezando por el capital financiero, las grandes empresas de tecnología y las consideraciones estratégico-militares, aunque los intercambios internos derivados de la pandemia y la creciente agitación de la población afroestadounidense puedan modular sustancialmente la forma en que esos intereses se presenten y defiendan en todo el mundo. En esencia, se trata de saber, a la hora de elegir entre Joe Biden y Trump, si Washington mantendrá una actitud de defensa agresiva de sus intereses económicos y estratégicos, sin tener en cuenta otras posiciones o sensibilidades; o si, como ha ocurrido en gran medida desde la Segunda Guerra Mundial, tratará de modular su acción para evitar conflictos arriesgados y enfrentamientos innecesarios. Tendremos respuesta a esta pregunta en los primeros días de noviembre.

Este retroceso de Estados Unidos frente a China podría indicar que el mundo transitará del remedo de unipolaridad que sucedió a la Guerra Fría, que ya se había ido desvaneciendo en las dos últimas décadas, hacia una nueva bipolaridad (algunos analistas hablan de una «nueva Guerra Fría»). No hay que subestimar el potencial de conflicto y rivalidad entre las dos economías más grandes del mundo. Un respetado analista político que ha ocupado importantes cargos en el gobierno de Estados Unidos, Graham Allison, acuñó la expresión «trampa de Tucídides», relativa al riesgo (o la casi certeza) de confrontación o guerra cuando una potencia emergente supera o amenaza la supremacía de otra hasta entonces dominante. Esto fue lo que pasó entre Atenas y Esparta en la Guerra del Peloponeso, cinco siglos antes de nuestra era.

Pero esto no es necesariamente así. En primer lugar, desde un punto de vista estratégico-militar, no se puede descartar a Rusia, cuyo potencial de armamento moderno altamente destructivo ha sido continuamente actualizado y mejorado; desde cohetes hipersónicos hasta torpedos de gran alcance con capacidad nuclear. Además, Rusia posee un vastísimo territorio, que va desde el corazón de Europa hasta las lejanas tierras árticas del Extremo Oriente, rico en recursos naturales, empezando por petróleo y gas, cuyo papel en la economía mundial no necesita comentario alguno. Por no mencionar el hecho de que, tras el periodo de «resaca» yeltsiana, tras la disolución de la Unión Soviética, Moscú demostró de nuevo una gran firmeza en la escena internacional, ilustrada, entre otras cosas, por sus acciones en Crimea y Siria. Así, desde un punto de vista estratégico-militar, pero con evidente impacto político, sería quizás más correcto hablar, en lugar de bipolaridad, como mencioné antes, de un «trípode» en el que tres superpotencias buscarían equilibrios variables.

Hoy, este equilibrio tiende a manifestarse mediante una alianza «euroasiática» entre Moscú y Beijing, frente a un gobierno estadounidense deliberadamente agresivo y muy imprevisible, como quedó demostrado en los conflictos de Siria y Afganistán y, en cierta medida, en relación con Corea del Norte. Pero la estabilidad de esta alianza está lejos de ser algo permanente. Nada descarta la posibilidad de que, como en el pasado (¿quién no recuerda el conflicto chino-soviético de los años 60 y 70?), se produzcan choques de intereses entre las dos grandes potencias del continente euroasiático de los que, llegado el momento, pueda beneficiarse Washington. Una frontera común muy extensa puede dar lugar a importantes acciones de cooperación, pero a menudo también es una fuente de fricción. Este no es el escenario más probable por el momento, dada la gran dependencia de Rusia de la inversión y el apoyo económico chino, pero no hay que descartarlo en un escenario a largo plazo.

Este «trípode estratégico» no agota el cuadro de actores que conformarán el nuevo orden mundial posvirus, sin embargo. En un mundo reconstruido, la Unión Europea seguirá teniendo un peso relevante. Las decisiones recientes parecen indicar una voluntad renovada de sus integrantes más importantes, en particular la Alemania de Angela Merkel y la Francia de Emmanuel Macron, de fortalecer a la Unión, especialmente en lo que refiere a una nueva comprensión del papel de las instituciones europeas en la política fiscal. Además de los préstamos, los gobiernos europeos han acordado importantes incentivos directos, en forma de subvenciones en el rango del billón de euros, para impulsar la reconstrucción después de la pandemia. Obviamente, es necesario esperar para ver cómo estas buenas intenciones anunciadas por la Comisión Europea se traducen en proyectos concretos en beneficio de las economías más afectadas por la crisis. En un sistema multipolar, en el que será necesario contrarrestar el ejercicio bruto del poder con actitudes de auténtica cooperación, no debe subestimarse la capacidad de iniciativa y negociación de la Unión Europea. Paradójicamente, a mediano plazo, el Brexit, que siempre se señaló como un síntoma de debilidad, puede haber contribuido a reforzar el eje París-Berlín, con ramificaciones, sobre todo, en el sur de Europa. Por supuesto, la unidad europea seguirá enfrentando a grandes desafíos, entre ellos la tendencia autocrática de algunos países de la antigua órbita soviética, que amenaza con debilitar la imagen democrática que el Viejo Continente desea proyectar. En cualquier caso, en las principales negociaciones sobre cuestiones globales, como el clima, la inmigración, el comercio y los derechos humanos, Europa tenderá a actuar de manera coordinada. En un mundo de grandes bloques (Estados Unidos, China y Rusia son bloques en sí mismos), la Unión Europea hará sentir su influencia.

Esto nos lleva, finalmente, a la pregunta: ¿cuál es el lugar de América Latina y el Caribe y, en particular, de Brasil en la construcción del Nuevo Orden? Una opción para los países de la región sería actuar de forma aislada, tratando cada uno de ellos de sacar el máximo número de ventajas individuales de alianzas preferenciales con alguno de los principales polos estratégicos. Esta opción por la «subalternidad», que de hecho ha sido practicada ya por algunos gobiernos, nos dejará rehenes de los intereses de una de las grandes potencias responsables del equilibrio mundial. Siempre que el interés de un país o de la región choque con el poder hegemónico, el país o la región tendrán que ceder. En cuanto a los valores, se dejarán de lado ideas como la solidaridad, la cooperación y el diálogo pacífico en favor del «destino manifiesto» del país líder. Parecería más lógico, en una nueva «multipolaridad» (aunque con rasgos de bipolaridad) que se avecina, que las naciones de América Latina y el Caribe actúen lo más unidas que sea posible, ya que como países en desarrollo, deben seguir preparándose para los grandes retos económicos y tecnológicos del futuro.

Por supuesto, se hace hasta difícil imaginar hoy en día, con gobiernos tan dispares y con el mayor de los países de la región adoptando una política de sumisión explícita, que se pueda producir un escenario de mayor independencia. Pero es fundamental que mantengamos claridad al respecto, para poder implementar una verdadera política de integración y cooperación latinoamericana y caribeña (si es necesario, en nuestro caso, precedida de una mayor integración sudamericana), cuando las condiciones lo permitan.

Este sueño de una unidad sur/latinoamericana (y caribeña), para ser efectivo, no puede prescindir de asociaciones con otros grupos de países en desarrollo. A pesar de su diversidad de situaciones y de inclinaciones políticas, África ha sabido mantenerse unida en las principales cuestiones mundiales, desde el cambio climático hasta el acceso a las vacunas, desde la oposición a las sanciones económicas hasta la promoción del multilateralismo. La cooperación con África, en el caso de Brasil una obligación histórica y cultural, es esencial para satisfacer los intereses de las naciones en desarrollo, como se ha puesto de manifiesto en más de una ocasión en los debates sobre medio ambiente, comercio o salud mundial. Algo similar ocurrirá con los países en desarrollo de Asia (además de China, que, en sentido estricto, no puede considerarse «en desarrollo»), comenzando por la India, cuya economía, medida por el poder adquisitivo, está entre las cinco más grandes del mundo. Hasta qué punto estas naciones lograrán una posición independiente sin caer en la subordinación o, por el contrario, en la hostilidad hacia China, es algo que tendrá que ser observado y sobre lo que no nos es posible hacer predicciones claras.

Cabe hacer aquí un paréntesis para señalar que la visión estratégica que prevalece hoy en Washington ya está tratando de subvertir la eficacia de este «arreglo multipolar». En mitad de la pandemia y bajo el liderazgo del secretario de Estado estadounidense, titulares de la cartera de asuntos exteriores de siete países se reunieron por vía virtual. Además de Estados Unidos, según noticiarios indios, estuvieron presentes ministros y ministras de relaciones exteriores de Brasil, Israel, la India, Australia, Japón y Corea del Sur. Este grupo, aparentemente heterogéneo, tiene un rasgo común: ya sea por razones ideológicas o por intereses y rivalidades regionales, se los considera aliados potenciales en una hipotética política de confrontación con China. Curiosamente, entre ellos no encontramos ningún país de Europa, cuyos gobiernos se han venido mostrando bastante pragmáticos respecto a Beijing. Aunque sería prematuro valorar la estabilidad de esta configuración, sí pone de manifiesto cómo el actual gobierno estadounidense prevé un eventual régimen de corte antichino, uno, por cierto, totalmente contrario a nuestros intereses como país y como región. Grupos como los BRICS y el Foro IBSA (India, Brasil, Sudáfrica), de los que Brasil forma parte, pueden y deben actuar para diluir esta visión de confrontación.

Sería muy simplista no considerar, en previsión de lo que podría ser un nuevo orden mundial, los cambios que se producirán en los países o transversalmente dentro de ellos. Las impresionantes manifestaciones antirracistas que se han extendido desde Estados Unidos al mundo, con fuertes connotaciones de prácticas colonialistas aún presentes en las políticas migratorias de los países europeos, exigirán reformas de largo aliento, que se sumarán a otras ya exigidas por la pandemia, como mejores servicios de salud o la ampliación de la esfera pública en cuestiones sociales y culturales. Por otra parte, el cansancio en relación con el neoliberalismo, que ha provocado protestas masivas en países como Chile, Colombia y Ecuador, tenderá a extenderse por toda la región en la estela de la recesión y del desempleo, en la medida en que las políticas de austeridad miopes no den paso a la inversión pública y a una mayor participación directa del Estado. No puede descartarse que, en algunos países de instituciones frágiles o debilitadas, se produzcan grandes convulsiones sociales, que tanto podrían apuntar hacia una verdadera democratización de la sociedad, como –hay que reconocerlo– despertar anhelos de seguridad y orden con connotaciones fascistas, más allá de las tendencias ya presentes en países como Brasil y Bolivia. Tales transformaciones internas, cuya dirección dependerá, en parte, de la capacidad de articulación de las fuerzas progresistas, no pueden ser ignoradas en el diseño del futuro orden internacional.

En definitiva, en los meses y años venideros, los cambios internos y los del marco geopolítico mundial interactuarán para que un nuevo orden sustituya al actual. Esto debería tener lugar, en diversos grados, en instituciones oficiales, como la Organización de las Naciones Unidas, y en las informales, como las diversas «G», en las que se debaten cuestiones mundiales y se elaboran consensos que luego orientarán decisiones nacionales e internacionales. Cuestiones como el clima, la pandemia y el empleo estarán en el centro de estos debates. Que se produzcan desde una perspectiva de solidaridad y cooperación o de egoísmo y conflicto dependerá de las articulaciones que puedan hacer los Estados nacionales y los grupos transnacionales, incluida la sociedad civil. Como siempre, la historia solo plantea los problemas. Depende de los seres humanos, debidamente conectados, resolverlos.

Este artículo es producto de la alianza entre Nueva Sociedad y la Internacional Progresista. Lea el contenido original aquí

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Domingo, 28 Junio 2020 07:33

¿Un país, dos rumbos?

Mercado callejero en Wuhan, China / Foto: Afp, Str

Los mercados populares chinos y las desavenencias en el PCCH.

Los intentos de recuperación económica pospandemia prometen resaltar algunas discrepancias en la cúpula de la República Popular. Una diferencia de enfoque mayor entre el presidente y el primer ministro asoma tras la reciente polémica en torno a la venta callejera.

La estrategia de salida del complicado momento que vive China está en el origen de algunas discrepancias en el Partido Comunista de China (Pcch), discrepancias que recientemente han salido a la luz pública y que, más allá de su temática puntual, revelan un pulso de mayor alcance tras bambalinas. Que haya diferentes sensibilidades en un partido como el Pcch, con más de 90 millones de militantes, es lo natural. Lo realmente impropio es el monolitismo. Y, aunque es tradición no evocar públicamente las diferencias internas, el ninguneo hacia los discrepantes, en los últimos años, ha equiparado todo ejercicio de disenso con la abierta deslealtad.

XI vs LI. 

El segundo mandato del presidente Xi Jinping se ha complicado: las tensiones comerciales y tecnológicas con Estados Unidos, la crisis en Hong Kong y los problemas con Taiwán, y ahora la pandemia y sus graves consecuencias económicas y sociales dibujan un mapa pletórico de desafíos. El abandono progresivo de las enseñanzas del denguismo (por Deng Xiaoping, líder máximo entre 1978 y 1989) hace que algunos teman el resurgir actualizado de los tópicos del maoísmo que llevaron al país a un atolladero en los sesenta y los setenta. Lo cierto es que Xi, el artífice del “marxismo del siglo XXI”, en palabras del director de la Escuela Central del Partido, He Yiting, abandera hoy en China un giro nacionalista claramente alejado de cualquier coqueteo liberal.

Por su parte, el primer ministro Li Keqiang no ha renegado nunca de sus credenciales pragmáticas. Ya en la primavera de 2012 avaló el informe China 2030, elaborado por el Consejo de Estado en común acuerdo con el Banco Mundial, que apuntaba a una aceleración de la convergencia estructural con las economías occidentales, algo que aún no se ha producido. Probablemente a su pesar, en sus años de mandato la economía siguió claramente otro rumbo.

Las diferencias han emergido a propósito de algo que podríamos considerar de menor importancia: la venta ambulante. Temeroso del avance del desempleo, Li, en una reciente visita a la provincia de Shandong, dio alas a la recuperación flexible de los mercados populares. En los años noventa, durante la reestructuración económica impulsada por Zhu Rongji, los mercados populares sirvieron de amortiguadores de problemas sociales y actuaron como dinamizadores de la economía. Como alguien ha recordado estos días, Jack Ma, el fundador de Alibaba, dio allí sus primeros pasos.

Para Li, su recuperación devolvería cierta capacidad de iniciativa a la gente y aportaría un apoyo significativo a la labor que pudiera desarrollarse en los poderes públicos, siempre temerosos de la inestabilidad. Por tanto, las autoridades locales deberían facilitar el resurgir de estos mercados, que en los últimos años prácticamente han desaparecido, superados por el comercio online. Pero el entorno del presidente Xi ha reaccionado con críticas a este planteamiento de Li, quien se habría ido de lengua al reconocer en la clausura de las sesiones anuales del macroparlamento que unos 600 millones de chinos tenían una renta media de 1.000 yuanes mensuales (141 mil dólares), un dato que el Buró de Estadísticas matizó después señalando que en ese contingente se incluía a los jubilados.

Recientemente, el Beijing Daily condenó sin paliativos el resurgir de los mercadillos y desautorizó a viva voz al primer ministro, algo totalmente inusual. Otros medios, como la televisión central, se han hecho eco de estas críticas insinuando que se trata de un paso atrás. En los lugares donde se habían autorizado los mercados nocturnos, se echó de nuevo el cierre.

CON LA MIRA EN EL CONGRESO. 

Frente al reconocimiento de Li de lo precario de la situación y las dificultades para alcanzar los objetivos establecidos, el entorno de Xi cierra filas y destaca la capacidad para enfrentarlas apelando a las grandes virtudes del partido y el país. Se corre el riesgo de que, por necesidades políticas, se llegue a proclamar la consecución de la muy ansiada “sociedad modestamente acomodada” y de la erradicación de la pobreza, en un contexto frágil que restaría credibilidad al anuncio. El caso es que mientras que Li se antoja más cercano a las inquietudes de la población –como demostró cuando se personó en Wuhan al inicio de la crisis pandémica y dio su apoyo al personal sanitario mientras Xi permanecía bien seguro en la capital–, la retórica presidencial parece inclinarse más por responder en clave ideológica.

Paradójicamente, la defensa de Li de los vendedores ambulantes les trae a algunos el recuerdo de los “hornos traseros” alentados por Mao durante el Gran Salto Adelante para acelerar la marcha de la economía. Aquello salió fatal.1 La situación ahora no es la de 1958, claro está. Y, dicen sus defensores, esta opción puede compensar la caída del Pbi (6,8 por ciento en el primer trimestre). Claro que no convertirá a China en la vanguardia tecnológica mundial, como desea, pero podría ayudarle a ganar tiempo. Para Xi, sin embargo, esto equivale a “perder la cara” con respecto a sus ambiciosos proyectos centrados en el desarrollo industrial, las grandes infraestructuras y el 5G. Va en dirección opuesta a su sueño. Es verdad que hoy Xi tiene en sus manos toda la fuerza del aparato del partido y del Estado y que controla incluso áreas que con anterioridad formaron parte del ámbito del primer ministro.

Las autoridades locales, más apegadas al terreno, se inclinan por el sí a los mercados; los jefes del partido, por el no. Y ello se produce a escasas semanas del cónclave de Beidaihe, en el que los máximos dirigentes se reunirán de modo informal para seguir midiendo los respectivos apoyos de cara al decisivo congreso que vivirá el partido en 2022.

  1.   En 1958 Mao animó a los campesinos a producir acero en pequeños hornos de fundición situados al fondo de las comunas agrarias. Dada la falta de conocimientos técnicos, la mayor parte de lo producido resultó completamente inútil y el gobierno debió discontinuar esa política (N del E).

Por Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China

26 junio, 2020

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Miércoles, 03 Junio 2020 06:20

¿Ha empezado el fin de la globalización?

¿Ha empezado el fin de la globalización?

Una de las expresiones de la crisis económica de 2020 es una cierta disfunción de los mercados globales. Sin embargo, todavía no se puede afirmar que estemos en un ciclo claro de desglobalización, aunque esto sucederá inevitablemente más pronto que tarde.

 

La globalización de la actividad económica no está pasando sus mejores momentos, pero no se puede afirmar que estemos en un escenario de desglobalizacion, al menos todavía. Esto no es solo consecuencia de la pandemia de covid-19, sino que en 2019 la economía y el comercio mundial ya se estaban desacelerando.

Veámoslo con tres indicadores. El Baltic Dry Index evalúa los fletes marítimos de carga a granel seca. Su disminución indica un descenso del trasiego internacional de mercancías. Se observa una caída muy importante del indicador desde principios de siglo, pero sus niveles se sitúan solo ligeramente por debajo de los existentes a finales de siglo XX.

El segundo indicador son las cadenas de valor globales. Una cadena de valor es el conjunto de actividades necesarias para la comercialización de un bien o servicio. Incluye la obtención de materias primas, su transformación en bienes, el diseño de ese proceso o la comercialización. Al hablar de global, la referencia se centra en aquellas transnacionalizadas. Entre las cadenas de valor globales se pueden distinguir varias tipologías, que son las que se muestran en la gráfica, pero que ahora no hace falta abordar. Se puede observar como el grueso de los intercambios comerciales son en el ámbito estatal. Las cadenas globales de valor han ido ganando terreno en las últimas décadas a las domésticas, aunque en los últimos años este proceso parece frenarse.

El último indicador es el volumen de exportaciones a nivel mundial respecto a la existente en 2000. En este caso, la evolución es todavía al alza, aunque los datos de 2020 mostrarán una bajada considerable. Durante el parón económico por la crisis de covid-19, el comercio global ha descendido un 3% y se proyecta una caída mayor en los próximos meses.

En la globalización capitalista hay tres nodos principales: China como gran exportador neto de bienes y de capital, EE UU como gran importador neto y la UE con una estructura más mixta. Cada nodo está siguiendo estrategias distintas.

EE UU parece ir abrazando políticas proteccionistas de mano de la administración Trump, donde la guerra comercial con China o la marcha atrás con la firma de distintos tratados de libre comercio —el primero, el TTIP con la UE— son un ejemplo paradigmático. Para entender este giro respecto a las administraciones precedentes es necesario contemplar tres factores.

El primero es que su objetivo central no es defender al proletariado industrial estadounidense que se ha visto golpeado por la globalización. El Gobierno de Trump responde a los intereses de una parte del capital estadounidense cuando ha puesto en marcha una serie de políticas proteccionistas. Ese capital, que antaño fue capaz de controlar las cadenas de valor global, ha ido perdiendo competitividad respecto, sobre todo, al capital chino. Así, entre las 500 mayores empresas del mundo ya hay casi tantas chinas como estadounidenses. De hecho, la crisis ha mostrado que China tiene un papel más relevante en la producción global, el comercio, el turismo y los mercados de materias primarios.

El segundo factor es que EE UU es el único bloque que se puede permitir avanzar en una cierta desconexión global, pues tiene una fuerte base de consumo interno, y una importante riqueza mineral y energética. Por ello, en esta estrategia la independencia energética desempeña un papel determinante y son notables sus desesperados intentos por reactivar la moribunda industria petrolera.

El último elemento que se debe considerar al analizar la política de EE UU es que, en realidad, también está intentando defender los intereses del capital estadounidense que es competitivo a nivel internacional.

De manera más profunda, el nivel de interconexión, de producción —y por lo tanto de necesidad de mercados donde venderla—, y de consumo material y energético para sostener esta producción es tal que ninguna potencia se puede permitir una desconexión de los mercados globales significativa sin comprometer la reproducción de su capital nacional.

Por ejemplo, la batalla comercial de EE UU subiendo los aranceles a la importación de acero y aluminio al final ha llevado a la firma de un acuerdo comercial en “fase 1” con China. En él, el gigante asiático se comprometió a aumentar sus importaciones de energía, bienes agrícolas, bienes manufacturados y servicios relacionados a la propiedad intelectual de EE UU por lo menos en 200 mil millones de dólares hasta 2022. Por su parte, EE UU eliminará barreras arancelarias a la importación de productos chinos. Otros dos ejemplos son que se han retomado las conversaciones entre EE UU y la UE para un tratado transatlático tras el fallido TTIP y que se van a iniciar conversaciones para un acuerdo comercial EE UU-Reino Unido.

El caso de la UE y de China es distinto. Para empezar, ambos tienen una dependencia muy fuerte de la importación de materia y energía para mantener su actividad económica, especialmente la UE. Esto les obliga a realizar una agresiva política de reforzamiento de las cadenas económicas globales. Además, en la medida que la economía china —y la europea en menor sentido— sigue articulándose a través de la exportación, también necesitan de esa globalización. Aunque China está formando una clase media consumista en los últimos lustros, sus niveles de demanda están lejos de poder sostener su ingente producción.

En este sentido, la Comisión Europea ha asegurado que la estrategia de ser “autosuficientes” es irreal por la alta dependencia de las cadenas globales de valor. En consonancia, la UE mantiene actualmente negociaciones comerciales y/o de inversiones con territorios como Nueva Zelanda, Australia, Chile, China, Mercosur, Reino Unido, EE UU, Japón, Indonesia, México, Marruecos y Vietnam. 

En lo que respecta a China, también tiene abiertas negociaciones para cerrar nuevos tratados de comercio y de inversiones, pero lo más relevante es la Nueva Iniciativa de la Ruta de la Seda. Se trata de un plan de expansión económica liderado por China y del cual ya son parte más de 136 países. Esta iniciativa consta de cinco programas: conectividad de infraestructuras, coordinación de políticas —para evitar barreras al comercio—, medidas para el aumento del flujo comercial y de inversiones, integración financiera —de la moneda china— y actividades culturales —para sostener un apoyo popular al proyecto—. Es como el Plan Marshall para globalizar el capital chino.

El balance de todo esto parece ser una fortaleza todavía notable de la globalización. Sin embargo, es muy relevante prestar atención a las señales desglobalizadoras.

Desglobalización

El actual sistema de producción y consumo globalizado está herido de muerte. Detrás hay varios factores. En primer lugar, estamos viviendo ya el pico del petróleo, ese momento histórico en el que el crudo disponible empieza a menguar. El mayor uso del petróleo es para el sector del transporte, donde es insustituible si se quiere mantener un trasiego de grandes volúmenes, a largas distancias, en tiempos cortos. Es importante subrayar que las renovables no pueden sostener la globalización. Dentro del sector del transporte, hay distintos combustibles que se usan. Destacan el diésel para el transporte de mercancías por carretera y el fueloil para barcos. Ambos parecen haber atravesado ya su cénit de disponibilidad. Esto, más pronto que tarde, terminará incidiendo sobre la viabilidad de sostener los actuales volúmenes de transporte global.

El comercio internacional también requiere de medios financieros. Se basa en la interconexión bancaria, que es la que respalda las operaciones. Por ejemplo, el 90% de los envíos internacionales se abonan con las letras de crédito. En 2008, después de la quiebra de Lehman Brothers y la contracción del crédito posterior, los bancos retiraron ese financiamiento, lo que fue determinante en la caída del 93% del Baltic Dry Index. En un escenario financiero como el actual, en el que la deuda crece más rápido que el PIB, y por lo tanto sus burbujas son cada vez mayores, las crisis financieras repetidas están servidas. La deuda mundial alcanzó el 322% del PIB global en 2019.

La alta interconexión de todo el sistema supone que no hace falta que caigan todos los nodos; con que lo hagan algunos estratégicos, el desabastecimiento se transmite al resto. El sector de la energía es un ejemplo ilustrativo. Actualmente, las empresas petroleras tienen graves problemas financieros, especialmente las especializadas en fractura hidráulica. Esto genera una menor capacidad extractiva, más allá de la que ya están marcando los límites de disponibilidad geológica. El círculo se cierra al saber que el PIB mundial tiene una correlación lineal con el consumo de energía y que este es fundamentalmente de hidrocarburos.

Para que funcione una economía globalizada no solo hace falta crédito y energía. También infraestructuras. Los costes de mantenimiento de estas —fibra óptica, gaseoductos, superpuertos, autopistas, refinerías, etc.— se irán haciendo cada vez mayores conforme se reduzca el flujo de energía, se dificulte el crédito, vaya disminuyendo el comercio mundial del que dependen para sus reparaciones y se pierda economía de escala. Su coste no es pequeño y puede rondar el 3% del PNB mundial.

En un escenario como el vigente, en el que la reproducción del capital se está viendo comprometida, la competencia se refuerza. El mundo empresarial, para aumentar su capacidad de sobrevivir, recurrirá todavía más al respaldo de los Estados en los que se sitúan sus casas matrices, lo que se traducirá inevitablemente en políticas proteccionistas.

Las guerras comerciales no tendrán solo un formato arancelario. De hecho, no lo tienen ya en la actualidad. Así, es probable que la emisión masiva de dinero no responda solo a dar liquidez a las empresas en apuros, sino a devaluar la divisa controlada por el banco central de turno y con ello abaratar las exportaciones. Además, esto permitiría rebajar la deuda soberana —aunque esta es una estrategia arriesgada para EE UU, porque resta atractivo a su moneda y puede limitar la entrada de capital extranjero—.

Pero, como dijimos, las economías de todos los bloques han tomado una dimensión tan grande que no pueden proveerse de la materias primas necesarias ni dar salida a su producción solo a nivel doméstico. Por ello, estas medidas proteccionistas requerirán de una apropiación de recursos globales, lo que las hará venir acompañadas de un nuevo imperialismo. En resumen, los Trump tienen futuro.

Sin embargo, esta opción, desde la mirada del capitalismo global, parece nefasta. Por ejemplo, minaría el poder de China y, con él, el de sostener el déficit de EE UU. Si este tipo de políticas fueron desastrosas para la economía en la Gran Depresión y empujaron hacia la II Guerra Mundial, no es de esperar que lo vayan a ser menos ahora en una economía que depende más de la interconexión.

De este modo, el proceso de desglobalización es más probable que sea por la fuerza —choque con los límites ambientales y, si se produjesen, fruto de fuertes luchas sociales— y no tanto bajo la dirección del capital nacional —sobre todo chino y europeo— y, mucho menos, el internacional. En 2020 estamos experimentando esta desglobalización fruto del choque con los límites ambientales: la pandemia de covid-19 que ha ralentizado el comercio mundial está relacionada con la destrucción ecosistémica.

 

Por,

Luis González Reyes 

@luisglezreyes

Lucía Bárcena

@Luciabarce

3 jun 2020 06:00

Publicado enEconomía
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