Nueva cúpula militar: contra Timochenko y el Bloque sur

De las cuatro patas de la Mesa, una de cada lado es el factor militar. Aunque siempre circuló en voz baja, la insurgencia ya hizo público que «silenciará» pero no "entregará" las armas. Con esta anticipación al resultado de la agenda, al gesto duro de la reunión de los primeros comandantes de las farc y el eln, vino el de la otra parte: El Fiscal cumplió su declaración de diciembre 2012: Por delitos de lesa humanidad "[...] el próximo semestre se harán acusaciones a las farc". Hasta nueva orden, la intensidad del conflicto recae sobre las montañas del Centro Occidente y, en las fronteras con protagonismos de las bacrim.

 

Tras de las palabras del Fiscal, cárcel que cierra o inclusión y participación política que abre, es el nuevo portón de la paz, cuando todavía son bastantes los silencios y rechazos a una salida política y la inconformidad social muestra más aristas. Con sonrisas del ministro de defensa, suman cincuenta los mandos "medios" de segunda línea abatidos por las Fuerzas Armadas. Sus operativos élite ya no son sólo para batir dirigentes altos, sino a los más vulnerables: obligados al contacto más cercano con la población periferia de los frentes, hasta donde con los años, penetra la inteligencia contraria. En otro ángulo, durante el segundo ciclo de conversaciones, Democracia e Inclusión, con la moderna tecnología y forma de información escrita, radial, de televisión y cibernética, sin monopolio y desventaja; resultan tan o más difíciles que los puntos de avance sobre Tierra y reforma en la propiedad, que debieron dejar temas en el tintero. A su vez, gesto tras gesto de las partes y, sobre todo la coyuntura electoral, pone a la mesa en un embudo.

 

Relevo de mandos para el ajuste de la guerra de oriente a occidente sur

 

Por más de una década, tras la ruptura de conversaciones en el Caguán, el dispositivo conjunto con despliegue del 'plan Colombia', los mandos militares y policiales, la acción "encubierta" paramilitar con apoyo de entes estatales y de la Justicia, bajo la doctrina inmoral y mando de Álvaro Uribe y sus largos ocho años, tuvieron un blanco prioritario en las acciones de guerra, masacre y desplazamiento, con su transversalización por el territorio: Determinaron como blanco o eje operativo, y de las acciones de propaganda y sicología militar, atacar a fondo la mayor concentración guerrillera oriente-sur de las farc.

 

En tal empeño oficial y de la asesoría extranjera del Comando Sur (US) , estuvo sobre los mapas de los generales, enfrentar al Bloque Oriental con sus frentes localizados desde la frontera con Venezuela y Brasil hasta Cundinamarca y la ribera oriental del río Magdalena, en apuesta de avance a largo plazo sobre Bogotá, corazón del Estado. En su "misión", la acción paramilitar de las auc, operó contra el acumulado norte-interior del eln y la indicación de separar, cortar y quebrar en el área del Magdalena Medio, los corredores y el círculo que por el norte, cerraba sobre Bogotá el Bloque del Magdalena Medio de las farc, bajo la dirección de Timochenko. Así, desarticular el proyecto guerrillero parte del Plan Estratégico, de cerrar la capital por el occidente, con el Comando Conjunto Central, en tarea de constituir otro Bloque. Comando este en territorio del Tolima y el norte del Huila, bajo el mando operativo de Gerónimo y la dirección de Alfonso Cano, quien cumplía esta misma y doble función, sobre el Comando Conjunto Occidental, de prolongación al sur occidente de este flanco, bajo el mando directo de Pablo Catatumbo.

 

Hacia el otro eje. El objetivo de neutralizar la proyección del Bloque Oriental, con el paso de los días tuvo resultados. Para las Fuerzas Armadas, este blanco operacional quedó "concluido" con la baja del Mono Jojoy. A continuación, y con nuevos mapas en las salas de mando, por el flanco occidental de Bogotá, allende el río Magdalena hasta las orillas del Océano Pacífico, y en otra prioridad de tarea que está en ciernes, el general Leonardo Barrero –recién nombrado Comandante de las Fuerzas Militares–, asumió la persecución de la estructura del Comando Conjunto Central que sobre las cordilleras occidental y central conecta en directo con el Comando Conjunto Occidental y enlaza con el Bloque Sur. Al respecto, dan por sentado que la caída de Alfonso Cano conlleva su debilitamiento.

 

El ataque contra el Bloque Oriental con repercusión en una población y unos centros urbanos no mayores en densidad, como Florencia, Neiva y Villavicencio, no significó la derrota militar y social de las farc, una guerrilla con una reserva de impacto, en los frentes del Bloque Sur y del Comando Conjunto Occidental –diferente a los Llanos– con reflejo y noticia sobre Cali, Pasto, Popayán, Buenaventura, sus vías de comunicación y la dinámica de movimientos sociales y, podría rehacer influencia sobre Ibagué y el Viejo Caldas. Un supuesto operacional de la guerrilla que en otro tiempo, movió a los jefes guerrilleros Iván Marino Ospina, en el antecedente, y luego a Carlos Pizarro, Álvaro Fayad a proyectar en esa área el Batallón América del M-19 y sus vínculos con organizaciones guerrilleras de Ecuador, Perú, Chile, y núcleos de memoria guevarista: Alfaro Vive, ¡Carajo!, MRTA –con reductos del PRT argentino, el MIR chileno, entre otros.

 

Aunque tenga el fin de imponer ritmo y exigencia en la conversación de La Habana, en este nuevo "teatro de operaciones" vendrán y son diferentes las implicaciones políticas, sociales y de repercusión humanitaria. Debajo de la manga, la nueva cúpula y la inteligencia de la policía siguen el rastro de Timochenko, a cuya caída dan el valor, que no es novedoso, de "golpe definitivo" y determinante en la Mesa.

 

Santos apuesta a redondear una "derrota social" de la guerrilla; Uribe al "aniquilamiento"

 

Como consta en toda la investigación sin concluir con respecto a la parapolítica, tras los dos gobiernos de Uribe que anduvieron en línea con el partido republicano de los Estados Unidos, con los intereses militares del estado sionista, con el entorno mafioso anticubano y del 'exilio' venezolano; con su empuje agro narco para institucionalización, en llave con el hábitat financiero territorial de las auc –que deriva en bacrim y contactos clandestinos con oficiales del arma de inteligencia del ejército, la armada y la policía; sostiene un discurso y quehacer que descarta admitir las causas del conflicto. En fin, dos periodos en la Presidencia que desprestigió y debilitó el papel diplomático y económico de Colombia en el continente.

 

Un hecho que obligó ahora, como característica del actual gobierno Santos, a la búsqueda de un "reacomodo institucional" a efecto de una (re)legitimación de la élite oligárquica, con uso de las conversaciones con la insurgencia –que ésta admitió en una condición de repliegue forzado en un vasto territorio de municipios y una diferente correlación política y militar a la existente en 1999-2002.

 

La frágil ventana de paz que delibera en La Habana

 

En medio de los silencios del conjunto social, domina en la imagen de paz por alcanzar, el sentir de las grandes urbes y los cascos municipales determinados por la inercia de la "salida militar" que agita Uribe, y desconectó a extensos sectores de los ideales de organización y lucha. No existe aún en la nación, una deliberación ni un "actor nacional" 'desinteresado' por la paz.

 

En este marco, la Mesa está virando de la Fase inicial de posicionamiento y «conveniencia común» de cada una de las partes, a la segunda de rechazos y presión, que el Presidente puede precipitar, definitivamente, al final de noviembre. O, tener una pausa: hasta el resultado de la elección para 2014-2018, con base en un nuevo mapa de las fuerzas políticas oficiales. Difícil en esta fecha, el logro de una variación e iniciativa por parte de los nervios sociales, alternativos, de izquierda, y de la correlación pública en alta voz, a favor de una Colombia sin privilegios ni causas del conflicto.

 

Está a la vista, una campaña electoral que puede venir con promesas y preparación de la opinión para ir a partir de mayo 2014, a la Fase tercera en la Mesa de estocada y lenguaje intransigente y exigente, con plazo para la "desmovilización" con desarme de las farc y de contera para el eln.

 

Ante la coyuntura electoral que ya domina en la cotidianidad informativa, la Mesa pasa por un cuello de botella, porque con excepción de la base del poder institucional, sus partidos oficiales y las ramificaciones de clientelismos, y de los diversos lenguajes y sesgos de las víctimas con dolor, el conjunto de la sociedad todavía no asume como manija de movilización: la paz.

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Egipto: repulsión, vergüenza, indignación

Repulsión, vergüenza, indignación. Todas estas palabras se aplican a la desgracia de Egipto en las seis semanas anteriores. Un golpe militar, millones de encolerizados simpatizantes del dictador electo democráticamente y después derrocado, versiones sobre mucho más de mil simpatizantes de la Hermandad Musulmana asesinados por la policía de seguridad ¿y qué nos dicen las autoridades este domingo? Que Egipto es víctima de una maligna conjura terrorista”.

 

El lenguaje habla por sí mismo. No una conjura “terrorista” cualquiera, sino una tan terrible que es “maligna”. Naturalmente, el gobierno adquirió este uso de la palabra “terrorista” de Bush y Blair, otra contribución occidental a la cultura árabe. Pero va más allá: nos informa que el país está a merced de “fuerzas extremistas que quieren crear guerra”. Uno pensaría al escuchar esto que la mayoría de los muertos en las seis semanas pasadas fueron soldados y policías, cuando en realidad fueron manifestantes inermes.

 

Y ¿quién tiene la culpa? Obama, desde luego, por “alentar el terrorismo” con sus plañideras quejas de la semana pasada… o eso dicen las autoridades egipcias. Y nuestros viejos amigos, los “medios extranjeros”. Son los canales infieles –incluida Al Jazeera– los que han alimentado el odio en la tierra de los faraones, según la prensa egipcia (que ahora es tan plañidera como Obama en su servilismo hacia los nuevos gobernantes).

 

Fuera de la mezquita de Fath, en El Cairo, el sábado pasado, partidarios de los militares maltrataron a reporteros y camarógrafos, entre ellos algunos alemanes e italianos, e incluso por un rato Al Jazeera se alejó de la escena. The Independent corrió sus riesgos, con Alastair Beach con la Hermandad, dentro de la mezquita sitiada.

 

Afuera de ella, yo andaba con un gastado sombrero de turista entre los esbirros de seguridad y los partidarios del ejército; un amigo egipcio me ayudó, explicando de modo no muy amable a los de las cachiporras que yo era un anciano turista inglés que había salido de su hotel para ver qué pasaba. Dejé en mi bolsillo mi libreta y mi teléfono móvil. “Bienvenido a El Cairo”, escuché varias veces mientras los soldados disparaban al aire.

 

Para ser justo, déjenme recontar un pequeño momento esperanzador entre el drama del sábado. Dos egipcios se me acercaron y dijeron, con mucha sencillez: “Es muy injusto tener a esa gente en la mezquita sin agua ni comida; son seres humanos como nosotros”. No eran partidarios de Mursi, pero no parecían simpatizar con la policía. Eran sólo egipcios buenos y decentes, humanos, como los que todos esperamos que formen la verdadera mayoría.

 

Esto me lleva a recordar una mentira al típico estilo de Obama, la semana pasada. Vino cuando el presidente de Estados Unidos decidió hacer una pausa en sus vacaciones de golf para comentar la violencia en Egipcio. Describió a los opositores a Mursi –ahora representados por un general, Abdel Fatah Sisi, también ministro de la defensa y viceprimer ministro– como “muchos egipcios, millones de egipcios, tal vez una mayoría de egipcios”. De este modo Obama acreditó al golpe un apoyo mayoritario. Cómo debió de haber complacido al general Sisi, quien habla un excelente inglés estadunidense, ese pequeño conjunto de palabras en clave.

 

Y resulta extraño que los periodistas supuestamente maliciosos hayan estado minimizando las acciones asesinas de las fuerzas de seguridad egipcias. En repetidas ocasiones Al Jazeera se ha referido a ellos como “hombres armados”, como si no estuvieran uniformados ni dispararan desde la azotea de un cuartel de policía. Los editoriales en Occidente han descrito las matanzas perpetradas por policías egipcios como “mano dura”, como si Lewis y Hathaway hubiesen aporreado en la cabeza a algunos chicos malos. Un amigo digno de confianza me dijo el otro día que nuestros líderes occidentales están tan hartos de los manifestantes que infestan las reuniones del G-8 –donde siempre se aplican las acostumbradas advertencias contra el “terror”–, que tienen simpatía innata por los policías y un odio implícito a todo aquel que protesta. ¿Cómo olvidar la simpatía de Blair hacia los brutales policías antimotines italianos, hace unos años?
Pero el ejército y la policía de Egipto pueden confiar en la ayuda de nuestros queridos amigos los sauditas. El propio rey Abdalá ha prometido miles de millones de dólares para el pobre Egipto ahora que la generosidad de Qatar se ha secado. Sin embargo, los egipcios harían bien en desconfiar de los obsequiosos sauditas: la casa de Saud no se interesa realmente en ayudar a ejércitos extranjeros –a menos que vayan a salvar a Arabia Saudita–, pero sí participa mucho en apoyar a los salafistas del partido Noor, los fundamentalistas que ganaron un extraordinario 24 por ciento en la pasada elección parlamentaria egipcia, y que sin miramientos decidieron aliarse con el general Sisi cuando Mursi fue derrocado. Los conservadores salafistas son mucho más del agrado de los sauditas que los miembros potencialmente liberales de la Hermandad. Es a ellos para quienes el rey abre su bolsillo. Y si por desventura pudiesen formar una mayoría con los miembros desencantados de la Hermandad en las próximas elecciones, el califato de Egipto estaría un paso más cerca.

 

Ahora, el otro lado de la historia. Es cierto que hombres armados han abierto fuego desde las filas de partidarios de la Hermandad. Un puñado cuando mucho, y eso no justifica que la prensa egipcia llame “terroristas” a decenas de miles de personas; pero tanto mi colega como yo los hemos visto. Los ataques a los templos son reales. Se han incendiado iglesias. Hogares cristianos han sido agredidos por vándalos; la víctima más reciente fue una niña de 10 años, Jessi Boulos, cuando regresaba de su clase de Biblia en un barrio pobre de El Cairo.

 

La furia anticristiana es ahora política e ideológica. Es una persecución. Tal vez el papa Tawadros lamente haberse tomado la foto con los partidarios del golpe. Pero el jeque de Azhar estaba en esa misma fotografía… al igual que los salafistas.

 

Oh, sí, y ahora el gobierno matraquea con la necesidad de “disolver” la Hermandad. Puesto que sus miembros ya son capturados por la policía, no estoy seguro de lo que se pretende lograr con esta “disolución”. ¿Acaso los británicos no declararon “ilegal” al Ejército Republicano Irlandés? ¿Lograron acabarlo con eso?

 

El viernes pasado, después del toque de queda, cruzaba yo el puente 6 de Octubre sobre el Nilo cuando vi más de 30 jóvenes con túnicas tipo galabia, sentados en el pavimento con las manos sobre la cabeza. Entre ellos caminaban a zancadas policías de uniforme negro, con escopetas, y bandas de beltagi –los muchachos rudos empleados por la seguridad del Estado (supongo que podríamos llamarlos “terroristas buenos”–, y de pronto supe lo que significa el “estado de emergencia”. Temor. Cero derechos. Cero órdenes de aprehensión. Cero ley.

 

Traducción: Jorge Anaya

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Sábado, 17 Agosto 2013 06:27

Egipto: una masacre al día

Egipto: una masacre al día

Fue una desgracia, un capítulo vergonzoso en la historia egipcia. Policías, algunos con capucha negra, abrieron fuego sobre las multitudes de simpatizantes de la Hermandad Musulmana desde la azotea del cuartel de policía de la calle Ramsés de El Cairo y calles aledañas. Incluso dispararon contra los vehículos en la carretera que va al aeropuerto. Y para presenciar su terrible tarea uno no tenía más que subir los escalones de mármol rosa de la mezquita de Al-Fath, pegajosos de sangre fresca la tarde de este viernes; contemplar los montones de heridos que yacían en tapetes y, en un remoto rincón, 25 cuerpos amortajados. El doctor Ibrahim Yamani levantó con delicadeza los vendajes de los cuerpos: tenían disparos en la cara, en la cabeza, en el pecho.

 

Así pues, ahora tenemos la masacre de la plaza Ramsés. Estos baños de sangre parecen venir por semana, si no por día, y esta noche, cuando salí de la mezquita mientras los musulmanes hacían oración de rodillas junto a los gimientes heridos, un equipo de paramédicos golpeaba el pecho de un joven que tenía heridas terribles. “Lo vamos a perder”, dijo uno. ¿Entonces eran ya 26 muertos? Los paramédicos hablaban de balas expansivas, y era indudable que media cabeza de un hombre había volado en pedazos. El rostro era irreconocible.

 

Las moscas se agolpaban; un hombre lloroso, arrodillado en el suelo, las espantó de un cadáver. Cuando podían, los médicos escribían con crayón los nombres de los difuntos sobre los cuerpos desnudos. “Zeid Bilal Mohamed”, garrapatearon sobre un pecho. Lo muertos aún merecían tener nombre. El último cadáver llevado a la mezquita fue el de Ahmed Abdul Aziz Hafez. No pude contar arriba de los primeros 50 heridos, pero los médicos insistían en que eran 250.

 

Lo extraordinario –tal vez no para las multitudes, porque se han acostumbrado a esta bestialidad– eran los rostros de algunos de los asesinos. Había un hombre de bigote y cabello corto en la azotea de la estación de policía, que agitaba una pistola en el aire y gritaba obscenidades a la gente en la avenida. A su izquierda, un policía de capucha negra, agazapado junto a la pared, apuntaba su rifle automático a los automóviles que pasaban. Una de sus balas pasó entre mi chofer y yo, silbando hacia la plaza.

 

Una hora antes estuve conversando con los policías de guardia en la incendiada mezquita Rabá de Ciudad Nasr, escenario de la matanza del miércoles, y uno de ellos, de uniforme negro, me dijo con alegría: “nosotros hacemos el trabajo y el ejército observa”. Esa fue una de las verdades más importantes que escuché este viernes, porque los soldados estaban a kilómetro y medio de la carnicería en la plaza Ramsés, sentados en sus vehículos blindados, relucientes de limpios. Ni rastro de sangre en sus impecables uniformes.

 

Durante dos horas el fuego de la policía barrió a las multitudes. Dos grandes vehículos blindados de la policía aparecieron varias veces en un paso a desnivel y desde delgadas torretas de acero adosadas en forma extraña en el toldo lanzaban disparos hacia la plaza. En cierto momento se pudo escuchar una ametralladora que disparaba a las 20 o 30 mil personas reunidas, que más tarde llegaron quizás a 40 mil, aunque no al millón que la Hermandad Musulmana mencionaría más tarde. La enorme masa de gente se retorcía y se movía como burbuja hacia la mezquita.

Mientras los policías pasaban por el desnivel, docenas de jóvenes atrapados por su avance comenzaron a deslizarse por un cable de luz, pero un muchacho saltó a la copa de un árbol, no logró sujetarse de las ramas altas y cayó unos nueve metros al suelo, de espaldas. Pánico, terror, furia. “¡Vean cómo nos matan!”, gritó hacia nosotros una mujer cubierta con velo, no sin razón, y supongo que una especie de valor se apoderó de la multitud. Sabían que esto iba a ocurrir. También la policía. El “gobierno” –supongo que merece las comillas– dijo 24 horas antes que todo ataque a edificios oficiales sería respondido con fuego. Los policías tenían la autorización necesaria. Y las

municiones.
Pero no nos pongamos románticos acerca de la Hermandad Musulmana. Mi colega Alastair Beach vio a un hombre en la multitud disparar un rifle a la policía. Y creo que algunos policías que vi en las azoteas tenían tanto miedo como la gente de abajo. Y –disculpen este rasgo de cinismo cruel– es probable que la Hermandad necesitara estos cadáveres en la mezquita. Un día sin martirio podría sugerir que está liquidada, que el fuego de la ideología ha sido sofocado, que el Partido Noor –los salafistas que con un cinismo igualmente colosal se unieron el mes pasado a los militares para aplastar la presidencia de Mohamed Mursi, respaldada por la Hermandad– pudiera tomar su lugar como el único verdadero brazo derecho islamita del Estado, claro que con la colaboración del ejército.

 

Pero no hay excusa para la policía. Su conducta, supongo, no fue indisciplinada. Tenía la orden de matar, y vaya que lo hizo: decenas de personas perecieron en enfrentamientos en otras partes de Egipto y ahora las fuerzas de “seguridad” también merecen, me temo, comillas en torno a su título.

 

La palabra vergüenza –aib, en árabe– viene a la mente al observar estas horribles escenas. En el centro de una de las grandes ciudades del mundo, conocida para millones, apenas a kilómetro y medio del Museo Egipcio y los tesoros de Tutankamón, a escasos 200 metros del palacio de justicia –si tal palabra podía musitarse en El Cairo en este día–, oficiales de policía cuyo deber es salvaguardar la vida de todos los egipcios abrieron fuego sobre miles de sus conciudadanos con el simple objetivo de matarlos. Y mientras lo hacían, los beltagi, también encapuchados, esos drogadictos y ex policías que ahora forman la guardia pretoriana de las fuerzas de “seguridad”, se presentaron con rifles al lado del cuartel de la policía.

 

Había periodistas a montones; claro que eso no importaba a la policía, porque helicópteros del ejército volaban sobre las multitudes con cámaras de video, cazando las muy importantes imágenes de hombres armados entre la gente, tal vez el hombre al que Alastair Beach vio, o los grupos de jóvenes barbudos que estaban en la sombra con sus teléfonos móviles chillando como grillos. No es que pudiéramos oírlos: el traqueteo de las ametralladoras ahogaba toda conversación, mientras nubes de gas lacrimógeno inundaban las calles, ensombreciendo hasta el alminar de la mezquita de Al-Fath.

 

Otro día de sangre, pues. Los funerales serán en las próximas 24 horas –si es que la única funeraria de El Cairo puede emitir suficientes avisos de inhumación–, y habrá más “mártires” para la causa.

 

Me impactó el rostro de un hombre de edad mediana a quien los paramédicos metieron por la puerta lateral de la mezquita. Del rostro y del torno le escurría la sangre hacia el suelo. Tenía los ojos abiertos y miraba a los médicos, cuyos rostros sin duda pasaban borrosos a su lado en el último trayecto de su vida. Algunas cámaras hicieron clic, un hombre dijo “Dios es grande” y el rostro del muerto viviente desapareció.

 

Esto es Egipto, dos años y medio después de la revolución que supuestamente iba a traer libertad, justicia y dignidad. Por supuesto, olvídense de la democracia por el momento.

 

Traducción: Jorge Anaya

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El desalojo de islamistas terminó en masacre

Al menos 278 personas murieron y 2001 resultaron heridas ayer en Egipto luego de que la policía desalojara dos campamentos en El Cairo, donde protestaban simpatizantes del depuesto mandatario Mohamed Mursi. El presidente de facto, Adli Mansur, decretó el estado de emergencia en todo el país por un mes. La medida, que se implementó durante la dictadura de Hosni Mubarak, permite que se realicen redadas y detenciones sin una orden judicial. Además, tras las violentas batallas callejeras desatadas entre islamistas y la policía, el gobierno estableció el toque de queda en 12 provincias. La acción generó una condena internacional unánime y la renuncia del vicepresidente Mohamed El Baradei.

 

El Ministerio de Salud egipcio confirmó que 278 personas murieron en todo el país, aunque aseguró que la mayoría de las víctimas no se registraron en el desalojo de los dos campamentos de El Cairo. Las autoridades hablaron de 36 muertos en Ciudad Naser y 12 en Giza. Además, al cierre de esta edición, trabajadores sanitarios y médicos de hospitales habían contado 2001 heridos, informaron medios estatales.

 

Testigos informaron que al principio la policía lanzó sólo gas lacrimógeno contra los manifestantes en los barrios de Ciudad Naser y Giza, que respondieron con piedras y botellas. Más tarde, las fuerzas de seguridad comenzaron a disparar, así como los acampantes. La violencia se extendió a otras partes del país, donde fuerzas islamistas llevaron a cabo ataques contra edificios estatales.

 

Con la ayuda de excavadoras y vehículos blindados, la policía irrumpió en la plaza de Rabea al Adauiya, donde destruyó las tiendas de campaña y el escenario montado allí, además de detener a manifestantes en la zona. Entre ellos se encontraban ocho dirigentes de los Hermanos Musulmanes, como el vicepresidente del Partido Libertad y Justicia, brazo político de la cofradía, Esam al Arian; el clérigo Safuat el Hegazy y el dirigente de la Hermandad Mohamed el Beltagui.

 

La represión del gobierno de facto tuvo sus primeras consecuencias políticas. El Baradei anunció su dimisión y aseguró no estar de acuerdo con el accionar de las fuerzas de seguridad. “He presentado mi dimisión porque no puedo asumir la responsabilidad de decisiones con las que no estoy de acuerdo”, sostuvo. El Premio Nobel de la Paz señaló que la policía no debería haber desalojado violentamente los campamentos de los seguidores de Mursi porque aún no se habían agotado todas la alternativas pacíficas. “Lamentablemente, de lo ocurrido hoy se beneficiarán aquellos que llaman a la violencia y el terror”, señaló El Baradei en su escrito de dimisión, entregado al presidente Mansur y publicado por el portal de noticias estatal Al Ahram.

 

Tras el inicio de la operación policial, los seguidores de los Hermanos Musulmanes se manifestaron en varias provincias. En la península del Sinaí, islamistas armados atacaron varios edificios públicos y en el Alto Egipto, en Minia y Sohag, hubo ataques contra al menos tres iglesias. Los Hermanos Musulmanes llamaron a los egipcios a manifestarse de forma masiva contra la acción ordenada por el gobierno de facto.

 

“Esto no es un intento de dispersar, sino de aplastar las voces de la oposición al golpe militar”, escribió en la red social Twitter el portavoz del grupo Gehad al Hadadd. “No doblegarán nuestra voluntad ni romperán nuestra resolución. Siempre estaremos de pie enfrentando todos los rostros de la tiranía”, aseguró. Por su parte, el partido Al Nur, el mayor de la corriente salafista egipcia, pidió a todas las fuerzas políticas que encuentren una solución pacífica a la crisis.

 

Ante este panorama, la presidencia, con el visto bueno del consejo de ministros, decretó el estado de emergencia durante un mes para preservar la seguridad y el orden en los territorios del país. El estado de emergencia estuvo en vigor en Egipto con la excusa de la lucha contra el terrorismo desde 1981 hasta mayo de 2012, cuando la junta militar que gobernó el país desde el derrocamiento de Hosni Mubarak (1981-2011) hasta el ascenso de Mursi al poder en junio del año pasado decidió no renovarlo.

 

Por la noche (hora local), después de los enfrentamientos, cientos de seguidores de Mursi abandonaron el campamento de protesta frente a la mezquita de Rabea al Adauija, en El Cairo. Funcionarios policiales indicaron que casi todos los participantes de la protesta, que hasta último momento habían resistido el desalojo de los campamentos, se retiraron del lugar. En tanto, un camarógrafo del canal de televisión Sky News murió al recibir un disparo en El Cairo, informó el medio. Mick Deane fue alcanzado cuando grababa los disturbios en la capital entre seguidores del depuesto presidente y la policía.

 

El ministro del Interior egipcio, Mohamed Ibrahim, aseguró que las autoridades no permitirán nuevas protestas contra el derrocamiento de Mursi y reveló que 43 policías murieron en los disturbios. “Hay una coordinación total con las fuerzas armas y no se permitirán más sentadas en ninguna plaza de Egipto”, dijo Ibrahim en una conferencia de prensa transmitida en vivo por la televisión estatal.

 

El gobierno de transición había dado la semana pasada luz verde a la policía para desmantelar los dos campamentos de protesta. El ejército derrocó a Mursi el 3 de julio en medio de una ola de protestas.

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La policía egipcia asalta los campamentos islamistas en El Cairo

Unos potentes altavoces han avisado a los acampados en la plaza de Al Nahda de que había llegado su última oportunidad de abandonar las protestas y, al contrario que otras veces, finalmente el Gobierno ha cumplido sus amenazas. Las fuerzas de seguridad egipcias han irrumpido esta madrugada en los campamentos que mantenían en El Cairo los partidarios del depuesto presidente, Mohamed Morsi, desde el golpe de Estado del pasado 3 de julio. La policía ha empleado gases lacrimógenos para dispersar a la multitud, encontrando mayores dificultades en la mezquita de Rabá Al Adauia donde los acampados se contaban por miles. La agencia AFP sostiene que los agentes han empleado también fuego real para dispersar a los manifestantes, aunque Interior lo ha desmentido.


 
El Ministerio de Sanidad ha confirmado, hasta el momento, nueve víctimas mortales, mientras que los Hermanos Musulmanes hablan de, al menos, 600 fallecidos. El Twitter del portavoz de los Hermanos Musulmanes, Gehad al Haddad, no deja de lanzar denuncias y en él puede leerse que "la policía ha incendiado una tienda de campaña sin ni siquiera preocuparse por ver si había gente dentro; había mujeres refugiadas en su interior". La Hermandad ha convocado a sus fieles a concentrarse en otro campamento, en la plaza Mustafá Mahmud, en Giza.


 
No ha existido muro ni barricada capaz de detener la acción de los agentes. A esta hora, las tiendas instaladas en la plaza de Al Nahda están ardiendo y forman columnas de humo negro que señalan, en la distancia, el punto en el que se ha producido el desalojo. Poco a poco, todo se ha ido reduciendo a escombros y pronto no quedará nada. Las proporciones del campamento que los seguidores de Morsi levantaron junto a la mezquita de Rabá Al Adauia hacen más difícil su total desmantelamiento, aunque la policía ha ido tomando el control de la zona después de traspasar sus barreras de cemento.


 
Esta madrugada, el Ministerio del Interior renovaba su oferta de ofrecer una salida segura a los manifestantes, sabedor de que si nadie respondía a la invitación no era debido a las horas intempestivas del anuncio sino a la determinación de los seguidores de Mursi de no abandonar las calles. En su comunicado, el Ministerio añadía que su decisión de esperar ha estado motivada por su deseo de llegar a una solución pacífica a la crisis. Durante los últimos días, tanto el Gobierno interino como los Hermanos Musulmanes y sus simpatizantes no habían hecho más que declararse amigos de la paz y el diálogo pero, tal y como se esperaba, el fin de las sentadas no ha sido pacífico.


 
Todavía reina la confusión y, mientras se suceden los enfrentamientos entre los agentes y los seguidores del expresidente, las fuerzas de seguridad han cortado las calles aledañas a unas concentraciones que se han quedado sin manifestantes. Unos doscientas personas han sido detenidas y los servicios de tren que conectan la capital egipcia con el resto del país han sido suspendidos hasta nuevo aviso, ante el temor del Gobierno a que los islamistas reciban refuerzos. Según Al Jazeera, el Banco Central de Egipto ha ordenado el cierre de todos los bancos a mediodía (hora local, misma hora española). Según la agencia estatal Mena, en la localidad de Sahag, en el centro de Egipto, los manifestantes pro Morsi han quemado una iglesia. Otras protestas se están desarrollando en otras ciudades.

 


Rocío López El Cairo 14 AGO 2013 - 12:04 CET

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Martes, 06 Agosto 2013 06:47

Los fantásticos millones de egipcios

Los fantásticos millones de egipcios

¿Por qué la crisis egipcia parece tan simple a nuestros lideres políticos y sin embargo tan complicada cuando uno en verdad se aparece en El Cairo? Empecemos por la prensa egipcia. Florecientes después de la revolución de 2011, los medios egipcios cayeron en la uniformidad en el momento en que el general Abdel Fata al Sisi y sus muchachos sacaron del poder al presidente Mohamed Mursi, el 3 de julio. De hecho, después del golpe militar, todos los reporteros y presentadores de un popular grupo de televisión –por cuyas frecuencias hablé de cuando en cuando en la era posterior a Mubarak– aparecieron alabando al nuevo régimen. Y lo más curioso es que ¡todos portaban uniforme militar!

 

Desde luego, hubo que crear fantasías. La primera no fue la naturaleza pérfida, antidemocrática y terrorista de la Hermandad Musulmana: esa idea había sido promovida por lo menos desde una semana antes del golpe. No: fue el contador de manifestantes con que se alimentaron los sueños del mundo. Había “millones” en las calles exigiendo derrocar a Mursi. Esos millones eran esenciales para la fantasía suprema: que el general al Sisi sólo obedecía la voluntad del pueblo. Pero entonces Tony Blair –cuya precisión sobre las armas de destrucción masiva de los iraquíes es bien conocida– nos dijo que había ¡“17 millones de egipcios en las calles”! Eso sí que merecía signos de admiración.

 

Luego el Departamento de Estado nos informó que eran 22 millones en las calles de Egipto. Y apenas hace tres días, el índice democrático nos informó que 30 millones tomaron parte en las manifestaciones contra Mursi, contra sólo un millón de partidarios de Mursi en las calles.

 

Increíble en verdad. La población de Egipto es de unos 89 millones. Quitando a los bebés, niños y pensionados de edad avanzada, esto sugiere que más de la mitad de la población activa se manifestó contra Mursi. Sin embargo, a diferencia de 2011, el país seguía funcionando. Entonces. ¿quién, durante lo que la Unión de Escritores Egipcios llama ahora “la más grande manifestación política en la historia”, manejaba los trenes y autobuses, el metro de El Cairo, operaba los aeropuertos, formaba las filas de la policía y el ejército, hacía funcionar las fábricas, los hoteles y el canal de Suez?

 

Al Jazeera, gracias al cielo, trajo un experto estadunidense en multitudes para demostrar que esas cifras surgían de un mundo de ensueño al que ambos bandos estaban suscritos y que físicamente no podía existir. Alrededor de la plaza Tahrir era imposible reunir más de un millón y medio de personas. En Ciudad Naser –punto de reunión de manifestantes pro Mursi– cabían mucho menos. Pero los cimientos estaban echados.

 

Así pues, la semana pasada el secretario de Estado John Kerry fue capaz de decirnos que la intervención de los militares egipcios fue a petición de “millones y millones de personas, todas las cuales temían un descenso hacia el caos, hacia la violencia. Y los militares, a nuestro juicio, no tomaron el gobierno de su país en su poder. Existe un gobierno civil. Estaban, de hecho (sic), restaurando la democracia”.


Lo que Kerry no mencionó fue que el general Al Sisi escogió el gobierno “civil”, volvió a designarse ministro de defensa, luego se nombró viceprimer ministro del gobierno “civil”, y se mantuvo como comandante del ejército. Y que el general jamás fue electo al cargo. Pero no hay problema: fue ungido por esos “millones y millones” de personas.

 

¿Y qué fue lo que sí dijo el vocero militar cuando le preguntaron cómo reaccionaría el mundo al “uso excesivo de la fuerza” que produjo la muerte de 50 manifestantes de la Hermandad Musulmana el 8 de julio? Sin reservas, contestó: “¿Cuál fuerza excesiva? Excesivo hubiera sido que matáramos a 300”. Eso habla por sí mismo. Pero cuando se está entre 17 millones, 22 millones, 30 millones, “millones y millones”, ¿qué más da?

 

Ahora, el Departamento de Habla Franca. Déjenme citar al mejor comentarista sobre Medio Oriente, Alain Gresh, cuyo trabajo en Le Monde Diplomatique es –o debería ser– lectura esencial para todos los políticos, generales, oficiales de “inteligencia”, torturadores y todo árabe en la región. La Hermandad Musulmana, escribe este mes, demostró ser “fundamentalmente incapaz de adaptarse al acuerdo político pluralista, de salir de su cultura de clandestinidad, de transformarse en partido político, de hacer alianzas. Cierto, creó el Partido Libertad y Justicia (PLJ), pero éste estuvo por completo bajo control de la Hermandad”.

 

¿Y cuál fue el verdadero papel de al Sisi en todo esto? Nos dio una pista interesante en su tristemente llamado del 25 de julio a los egipcios a autorizar al ejército a “confrontar la violencia y el terrorismo”. Antes del derrocamiento dijo a dos dirigentes de la Hermandad que la situación era “peligrosa”, y que había que emprender de inmediato pláticas de reconciliación. Los dos líderes, dijo al Sisi, respondieron que “grupos armados” resolverían cualquier problema que se presentara.

 

El general se indignó. Dijo que dio a Mursi una semana, hasta el 30 de junio, para tratar de poner fin a la crisis. El 3 de julio envió al primer ministro de Mursi, Hisham Qandil, y a otros dos, “para convencer al ex presidente de convocar a un referendo sobre su permanencia en el poder. Su respuesta fue 'no'”. Al Sisi dijo a Mursi que “el orgullo político dicta que si el pueblo lo rechaza, uno debe dejar el poder o convocar a un referendo para restablecer la confianza. Algunas personas sólo quieren gobernar el país o destruirlo”.

 

Por supuesto, no podemos oír el punto de vista de Mursi. Ha sido silenciado en público.

 

Gracias a Dios por el ejército egipcio. Y por todos esos millones.

 

 The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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Sábado, 03 Agosto 2013 06:46

“No les queda otra que protestar”

 “No les queda otra que protestar”

La exhortación del gobierno egipcio a los seguidores del ex presidente islámico Mohamed Mursi para que desalojen las plazas de Raba el Adawiya y El Nahda ocupadas en la capital El Cairo no ha dado mucho resultado. Miles de personas siguen sumándose a las protestas convocadas para lograr la liberación del ex presidente Mursi, derrocado en un golpe de Estado el mes pasado. Para el gobierno civil que instaló el golpe militar, los islamistas nucleados en torno de la Hermandad Musulmana pueden integrarse al diálogo y la democracia de cara a unas elecciones que se prometieron primero para dentro de seis meses y luego para dentro de nueve meses. La masacre del fin de semana en que las fuerzas de seguridad mataron a 80 manifestantes no ha contribuido a acercar posiciones. El secretario general de la ONU Ban Ki-Moon pidió la liberación de Mursi, mientras que la titular de la política exterior de la Unión Europea, Catherine Ashton, se está perfilando como una posible mediadora luego de su encuentro el martes con el ex presidente. Página/12 dialogó con el autor de La desradicalización de los Jihadistas y académico de la Universidad de Exter, el egipcio Omar Ashour, sobre las perspectivas de una solución de la impasse.

 

–El gobierno ha exhortado a los manifestantes a que abandonen las plazas. ¿Hay alguna posibilidad de que lo hagan?

 

–No creo. No hay confianza mutua para una solución de este tipo. En la hermandad musulmana siempre se recuerda lo que pasó en los ’50 cuando se prometió a cambio de una desmovilización la convocatoria de elecciones y en vez de eso, se arrestó masivamente a dirigentes y militantes para descabezar el movimiento. A esta memoria histórica se añaden por supuesto las masacres de estos últimos días. De modo que para los manifestantes no queda otra cosa que seguir protestando.

 

–¿Es entonces inevitable una nueva masacre?

 

–Depende de un par de cosas. Primero, de la magnitud de la manifestación. Si se mantienen los números actuales es imposible, salvo que se cometa una masacre mucho mayor con el asesinato de cientos de personas. El segundo factor es la comunidad internacional. Si queda claro que no se va a tolerar otra masacre y que tendrá consecuencias muy serias, yo creo que esto puede evitar una nueva matanza porque los generales quieren seguir visitando Europa con sus familias.

 

–Por el momento, la reacción del mundo desarrollado ha sido ambigua y timorata si se compara con la reacción que hubo cuando se produjeron las manifestaciones en Turquía contra el gobierno de Recip Tayyip Erdogan. Estados Unidos se negó a calificarlo de golpe de Estado, el ex primer ministro británico Tony Blair prácticamente lo justificó por la incompetencia del gobierno islamista. ¿Hay alguna razón para pensar que hay una fuerte presión entre bambalinas?

 

–Creo que hay una fuerte presión no por amor a la democracia o la libertad, sino porque están preocupados de que haya un deterioro de la situación que termine provocando una serie de fenómenos que Occidente no quiere, como un masivo éxodo de refugiados o la radicalización de muchos sectores ante lo que es el mensaje básico de este golpe de Estado, es decir, que las elecciones no garantizan derechos. El mensaje hoy no sólo en Egipto sino en Tunisia o Siria que escuchan los jóvenes y adolescentes es que sólo las armas cuentan para tener el poder. Hay también por supuesto preocupación de cómo esto va a afectar las inversiones occidentales.

 

–El secretario de estado de Estados Unidos, John Kerry, ha pedido a las autoridades que eviten el abismo, y la titular de la política exterior europea, Catherine Ashton, ha exhortado a un diálogo. ¿Es posible este diálogo?

 

–La posibilidad existe, pero necesita mucha presión porque el ejército cree que puede superar esta situación con la mera fuerza de las armas. Sin la intervención de la comunidad internacional, sin los medios exponiendo lo que pasa, los militares no tendrían ningún miramiento para ejecutar todas las masacres necesarias para consolidarse en el poder. Tienen todo el poder de fuego necesario para hacerlo. El otro lado, el de los manifestantes, se siente victimizado. Ganaron las elecciones y un golpe de Estado aplastó sus esperanzas. Los manifestantes sienten que ahora están a merced de los generales y que lo único que les queda es resistir en las plazas.

 

–El panorama se complica un poco por el hecho de que los militares llegaron al poder con un fuerte apoyo civil que incluía a muchos grupos revolucionarios seculares que habían sido clave en la caída de Hosni Mubarak. ¿Quién apoya hoy al gobierno civil nombrado por los militares?

 

–Simplificando se puede decir que hay cuatro grandes actores en las fuerzas que provocaron la caída del gobierno de Mursi. Están el ejército, la policía, los llamados “felol”, remanentes del régimen de Mubarak, y las fuerzas revolucionarias no islamistas. Los dos primeros constituyen las armas. Los felol tienen mucho dinero, poder mediático y lazos con el Estado. Los revolucionarios tienen pocos recursos, pero un entusiasmo ilimitado. Yo estaba entre este grupo en septiembre de 2011 cuando la palabra prohibida era “gobierno militar”. Este grupo viró ahora a un apoyo a los militares por la incompetencia del gobierno de Mursi, por las expectativas defraudadas de un cambio en las fuerzas de seguridad o la Justicia que llevó a Mursi no sólo a no arrestar y demandar a los policías que torturaron y mataron a tantos manifestantes, sino a garantizar todo lo que el ejército pedía. Los felol y la policía estaban más que dispuestos a aprovechar este descontento de los sectores revolucionarios que terminó con la anulación de 14 rondas electorales, dos referendos y una Constitución. Los ganadores de todas estas elecciones están ahora en la cárcel.

 

–¿Es posible una guerra civil?

 

–Por el momento parece una posibilidad muy remota, porque para eso se necesita no sólo la polarización, sino que las Fuerzas Armadas estén divididas formando dos bandos con un cierto equilibrio en el poder de fuego. Eso no existe ahora. Una de las partes tiene todo el poder de fuego, la otra sólo tiene su poder de movilización.

 

–El actual gobierno tiene una hoja de ruta que incluye la realización de elecciones. ¿Ve alguna posibilidad de avanzar por este camino?

 

–No creo que suceda. Si se quiere la democracia no se hace un golpe de Estado, que es por definición un acto de violencia. El gobierno de Mursi era incompetente, pero se podía dejar que la misma dinámica democrática solucionara la situación, evitando este nivel de conflicto y derramamiento de sangre. El actual gobierno con civiles que tienen doctorados y PHD fue nombrado por los militares y sólo hará lo que les digan los militares. Y si llega a haber un enfrentamiento con ellos serán desplazados. En Argelia la represión y las muertes ocurrieron dos años después del golpe de Estado. En Egipto está pasando a los pocos días. Se habló de elecciones a los seis meses, ahora es a los nueve meses. En definitiva no importa. Las Fuerzas Armadas no están dispuestas a implementar la democracia.

 

–Son dos años de la Primavera Arabe. Hoy parece que el experimento se encuentra en su peor momento, no sólo en Egipto, sino en Tunisia y en un proceso diferente pero paralelo como el de Libia. ¿Qué pasó?

 

–Existen varios problemas. Una es que los regímenes no aceptaron la derrota y procuraron estropear el pasaje a la democracia. El segundo es que los gobiernos surgidos de las elecciones fueron incompetentes, no pudieron evitar la polarización y su retórica no ayuda. En tercer lugar, las fuerzas armadas no aceptan el control democrático. Se habla mucho de la polarización entre fuerzas seculares y religiosas. Pero esto también ha sido exagerado por ambas partes que han usado estas divisiones ideológicas como consignas políticas para movilizar en vez de tener un diálogo genuino.

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¿Masacre o “transición” en Egipto?

¿Qué le ha ocurrido a Egipto? A los muertos les llaman terroristas”, el mismo vocablo que los israelíes aplican a sus enemigos. La misma palabra que usan los estadunidenses. La prensa egipcia habla de “enfrentamientos”, como si miembros armados de la Hermandad Musulmana hubieran combatido a la policía. La mañana de este lunes me encontré a un viejo amigo egipcio, quien me dijo que al mirar la bandera de su patria se echó a llorar.

 

Puedo entender por qué. ¿Por qué murieron tantos? ¿Quién los mató? Muchos egipcios, sin duda opositores a Morsi, me dijeron este lunes que no podían creer esto, que todos los miembros de la Hermandad estuvieran armados, como sin duda lo estaba uno que llevaba un Kalashnikov cerca del hospital –un hombre al que yo vi–, pero la verdad es que la policía disparó contra hombres inermes y ni un solo policía pereció. Fue una masacre. Fue asesinato en masa. No hay otro término para designarlo.

 

Y ya escuchamos las palabras de nuestros amados ministros. Por ejemplo William Hague, quien pidió a las autoridades egipcias abstenerse de violencia porque “es hora del diálogo, no de la confrontación”.

 

Oh, cielos. No son palabras que diría al gobierno sirio, desde luego. En realidad es demasiado cuando nuestros amigos egipcios usan tanto poder de fuego contra sus enemigos.

 

Si los esbirros de Bashar Assad hubieran causado ese mismo número de muertes de manifestantes en las calles de Damasco, en la ONU resonaría el eco de nuestro horror; nuestra furia y nuestra repulsión no conocerían fronteras. Pero, por supuesto, esto es El Cairo, no Damasco, y debemos usar palabras moderadas para hablar con nuestros amigos, no menos que con el general que impera en este país.

 

Y ¡cuidado! El ministro egipcio del Interior ha dicho a su pueblo que el plantón de la Hermandad en la mezquita de Rabaa, “Dios mediante, debe terminar. Esperamos que entren en razón y se unan al proceso político”. Pero ¿no es eso lo que hicieron cuando ganaron las elecciones? El general Mohamed Ibrahim, el ministro del Interior, dijo que sólo 21 miembros de la Hermandad perecieron. Entonces, ¿por qué conté 37 cadáveres en el piso del hospital la mañana del sábado?

 


Pero ¿cuál es el “proceso político” en Egipto? Si se puede tomar parte en una elección y ganarla, y luego ser depuesto por un general (un tipo llamado Abdel Faté Al Sissi), ¿qué futuro tiene la política en Egipto? Tal vez Occidente ame a Egipto, pero ahora es gobernado por un general muy rudo a quien parece importarle muy poco lo que pensemos. Se da cuenta de que las relaciones de Egipto con Israel son mucho más importantes que cualquier golpe de Estado, y de que la preservación del tratado de paz de Egipto con Israel vale mucho más que cualquier pretensión de democracia en El Cairo.

 

Y nosotros en Occidente nos vamos a acomodar a eso. Obama ha dicho a los egipcios que Estados Unidos “siempre será un socio fuerte del pueblo egipcio, que da forma a su camino hacia el futuro”. Y el pueblo egipcio –esperen a oír esto– ha recibido “una oportunidad de encarrilar de nuevo la transición post revolucionaria”. ¡Ahí lo tenemos! El golpe de Estado militar fue una “transición post revolucionaria”. Olvídense de los 37 muertos que vi en el hospital. Olvídense del discurso que Obama pronunció en el edificio de la Universidad de El Cairo hace cuatro años, ante otro plantón de la Hermandad Musulmana. Estamos en una transición post revolucionaria. Llamen a Lenin.

 

Traducción: Jorge Anaya

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Ejércitos, drogas y armas ilegales en la geopolítica mágica del Caribe

ALAI AMLATINA, 24/07/2013.- La región del Caribe, con una alta concentración de fuerzas militares, presenta varios acertijos, como la contradicción del contrabando de drogas y armas enriqueciendo el crimen en Estados Unidos mientras ese país tiene más de la mitad de sus tropas en la zona destacadas en Puerto Rico, en el perímetro de instalaciones estratégicas que no existen desde hace tiempo.


 
En la zona comprendida entre el Río San Juan, al sur de Colombia, y el Río Grande, al norte de México –que incluye todos los países del litoral caribeño- se concentra el 57 por ciento de los ejércitos de América Latina, lo que ya de por sí atestigua la importancia estratégica atribuida a la región.


 
En la otra cara de la moneda, EEUU, Inglaterra, Francia y Holanda patrullan el Caribe con una fuerza de menos de 40.000 soldados y marinos. Pero estas potencias cuentan con superioridad tecnológica, acuerdos con gobiernos tributarios y estamentos castrenses afines, además de bases y colonias que se supone protejan los pasos marítimos.


 
A veces parece un teatro de operaciones para practicar las enseñanzas de Tucídides en la Historia de la Guerra del Peloponeso, con la esperanza de que en esta ocasión mantenga su hegemonía la nueva Atenas democrática, representada por Washington, y no ponga fin a su imperio la Esparta latinoamericana.


 
Uno de los aspectos más llamativos es el de la fuerza irregular compuesta por los contrabandistas, que hasta ahora ha mostrado una capacidad impresionante de ajuste, recuperación y uso de los obstáculos militares para catapultar sus rutas de comercio ilícito.


 
Un estudio publicado en el 2009 consignaba una preocupante discrepancia entre las cifras de importación de armas informadas a las Naciones Unidas por los países latinoamericanos y las ofrecidas por los países que supuestamente las exportaron hacia América Latina. Tales desbalances pueden explicarse por el secreto militar o fallas de contabilidad, pero el análisis advierte que también podría estar la huella del contrabando.


 
En el caso de México, la zona de libre comercio transformó ese país en exportador importante de piezas de armas que son ensambladas en EEUU, que a su vez devuelve un contrabando intenso precisamente de armas. Dicho contrabando es un factor en la guerra entre pandillas por el control del mercado interno de la droga y su exportación a EEUU, país cuyos criminales se benefician de manera principal de ambas vertientes del comercio contrabandista.


 
El informe de 2013 de la Organización de Estados Americanos sobre el tráfico de drogas demuestra que la porción de los precios de la droga en las fases de cultivo, procesamiento y transporte hacia EEUU es menor en tanto el valor del producto se multiplica exponencialmente una vez llega a su destino y entra a las fases de preparación final, distribución y mercadeo.


 
Las ganancias de decenas de miles de millones de dólares del contrabando –sea de armas, drogas u otros- así como de las actividades criminales asociadas sirven de base material parta la delincuencia organizada. El Centro de Inteligencia sobre pandillas calcula que en EEUU hay 33.000 pandillas con 1,4 millones de miembros, lo que constituye un ejército casi de igual tamaño que las fuerzas armadas activas de ese país.


 
El informe del centro dice que el fenómeno de las pandillas está creciendo en EEUU, pero contrasta con otro, difundido por el Centro de Estadísticas de Justicia, publicado en 1992 y que se refiere a la segunda mitad de los años setenta del siglo pasado. El estudio indica que en poco más de 2.000 ciudades de sobre 10.000 habitantes en EEUU había casi 180.000 pandillas, que tenían cerca de 1,5 millones de miembros activos.


 
Tales contradicciones en los informes y en los datos sobre el papel protagónico de la situación interna de los propios EEUU en lo tocante a los negocios de contrabando no son centrales en las preocupaciones que se expresan en el plan estratégico de la Casa Blanca sobre el crimen internacional. La mira del presidente Barack Obama enfoca más bien el problema de organizaciones de delincuentes comunes que puedan estar haciendo negocios con terroristas y gobiernos desafectos a Washington.


 
Otro caso llamativo es el de Puerto Rico, la pequeña nación isleña ubicada equidistante de Guantánamo y Caracas en el noreste del Caribe, colonia de EEUU desde 1898 y que, por su carácter de frontera artificial a 1.000 kilómetros de la costa real estadounidense más cercana, se ha convertido en un punto mayor para el trasbordo del contrabando en esa subregión.


 
En los decenios de crecimiento y apogeo del imperio estadounidense, Puerto Rico fue base que albergaba muchas operaciones militares de largo alcance, como lo fueron la Estación Naval de Roosevelt Roads y la Base Aérea Ramey Field, esta última parte del Comando Aéreo Estratégico con bombarderos B-52 para la guerra nuclear con la Unión Soviética. Llegó también a tener instalaciones de comunicaciones del mismo nivel como centro “mayor” de radioteletipo para las bases en el país, Guantánamo y Trinidad, así como el sistema de comunicaciones de Roosevelt Roads y Toa Baja, parte del programa “Echelon”.


 
Aunque todo aquello cerró hace años, todavía hay algunas instalaciones de relativa importancia, como el Radar Relocalizable Sobre el Horizonte que vigila Suramérica, de Venezuela hasta el norte de Bolivia, el otro sistema con centro en Aguada que forma parte, aunque menor, en las redes de radares de la flota y las pequeñas bases de mercenarios. Todavía también, la mayoría de los cables submarinos de telefonía y de internet que discurren de EEUU hacia América Latina forman un cono que se encuentra en la vecindad de Puerto Rico y vuelve a separarse para dirigirse a sus destinos.


 
Pero la diferencia tan marcada entre lo que hubo y lo que se conoce que queda, dejan como otro acertijo el número tan alto de tropas estacionadas en la isla y el hecho de que el costo de mantenerlas se haya más que triplicado en la última década.


 
Por Jesús Dávila, San Juan, Puerto Rico, (NCM).

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Sábado, 13 Julio 2013 06:29

Condena islamista al golpe en Egipto

Condena islamista al golpe en Egipto

Los islamistas egipcios volvieron ayer a manifestarse en El Cairo de forma masiva, empeñados en condenar el reciente golpe militar y lograr la restitución del depuesto presidente Mohamed Mursi. Los simpatizantes de Mursi continuaron protestando en la plaza Rabea al Adauiya, feudo islamista del este de la capital egipcia y escenario de una sentada constante en las últimas dos semanas. Lo que empezó como una forma popular de defender la legitimidad de Mursi, elegido en las urnas en junio de 2012, frente a las protestas que pedían su dimisión, se ha convertido en un intento, por ahora infructuoso, de que el islamista vuelva al poder.

 

Grandes pancartas contra el golpe de Estado del 3 de julio y fotografías del depuesto mandatario, retenido desde entonces en un lugar desconocido, inundaron la plaza y sus alrededores, adonde los asistentes llegaron procedentes de distintas zonas del país. Precisamente ayer, tanto Estados Unidos como Alemania pidieron la puesta en libertad desiursi. “No nos quedaremos tranquilos hasta llevar a hombros a Mursi al palacio presidencial”, aseguró la manifestante Nagla, cartógrafa de profesión y que acudió acompañada de su familia desde la provincia de Sharqiya, en el delta del río Nilo. Nagla afirmó que estaba decidida a permanecer “con mucha paciencia hasta el final” tras ocho días de acampada. “Somos gente pacífica y si no se nos tiene en cuenta habrá una escalada de las manifestaciones y tomaremos el control de todas las plazas de Egipto”, afirmó Nagla, quien reclamó un gobierno civil y no militar.

 

La mayoría de los asistentes se resguardó bajo la sombra de las tiendas de campaña mientras cumplía con el ayuno de Ramadán, mes en el que los musulmanes conmemoran las primeras revelaciones divinas del Corán que recibió el profeta Mahoma. Absteniéndose de tomar líquidos y otros alimentos desde la salida hasta la puesta del sol, los manifestantes recurrieron a echarse agua por encima o taparse la cabeza con gorras y paños húmedos. Otros prefirieron seguir los discursos políticos cerca del escenario principal, junto a la mezquita. En sus inmediaciones también se encontraban algunos dirigentes de los Hermanos Musulmanes, como el clérigo islamista Safwat Higazi, sobre quien pesa una orden de arresto de la Fiscalía por supuestamente haber incitado a la violencia que causó el lunes pasado 51 muertos frente a la sede de la Guardia Republicana.

 

“Todas esas acusaciones son falsas y carecen de pruebas”, aseguró Higazi, confiado en que las fuerzas del orden no irrumpirán en la plaza para detenerlo. La cofradía se resiste a reconocer a las nuevas autoridades y a dialogar con ellas, incluido el primer ministro, Hazem el Beblawi, que no ha descartado ofrecer a los islamistas algunas carteras.

 

El clérigo insistió en que cualquier diálogo pasa por el regreso al poder de Mursi, que en ese caso “podría celebrar elecciones anticipadas presidenciales si así quiere o convocar un referéndum para que el pueblo decida sobre ellas”.

 

El miembro de la ejecutiva del partido Libertad y Justicia, brazo político de los Hermanos, Mohamed el Beltagui, se mostró igualmente dispuesto a admitir un adelanto electoral “desde la legitimidad”. Y puso como condiciones “la vuelta del presidente elegido, de la Shura (Cámara alta del Parlamento) y de la Constitución”, actualmente suspendida. El responsable, también buscado por la Justicia, denunció que los islamistas están siendo objeto de detenciones, órdenes de arresto y asesinatos, en alusión a los confusos sucesos frente a la Guardia Republicana.

 

El Beltagui condenó los últimos ataques contra las fuerzas armadas en el Sinaí, como los que ayer causaron la muerte de un policía, al tiempo que los consideró una “consecuencia del golpe de Estado”. Por otro lado, una multitud se congregó en la céntrica plaza Tahrir para romper el ayuno con la comida del iftar, en un acto convocado por el movimiento Tamarrud (rebelión) y el Frente de Salvación Nacional, contrarios a Mursi.

 

Un golpe de Estado cívico-militar derrocó a Mursi el pasado 3 de julio luego de multitudinarias protestas que pedían su renuncia y la celebración de elecciones anticipadas. Las Fuerzas Armadas tomaron el poder y designaron al titular del Tribunal Constitucional, Adly Mansour, al frente del Ejecutivo y estipularon un calendario para reformar la Constitución y anticipar los comicios. El presidente de facto disolvió el Parlamento y nombró como primer ministro al economista liberal Hazem Beblawy.

 

El Beltagui negó que el primer ministro de facto se haya contactado con la organización para ofrecerles formar gobierno. “No entiendo cómo Beblawy llama a los Hermanos Musulmanes a que participen en el gobierno si su régimen nos acusa de ser asesinos”, agregó.

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