'Jedi Blue': El acuerdo secreto que firmaron Google y Facebook

El pacto permitió a Google seguir dominando el mercado de publicidad en línea, a cambio de importantes ventajas competitivas para su potencial rival, según The New York Times.

Una reciente demanda antimonopolio presentada por fiscales de EE.UU. contra Google, revela que el gigante tecnológico y Facebook firmaron un acuerdo secreto denominado 'Jedi Blue' (Jedi Azul), en el marco de una alianza que les impide competir entre ellas, según detalla un informe publicado por The New York Times.

En 2017, la compañía de Mark Zuckerberg anunció que estaba probando una nueva forma de vender publicidad en línea poniendo en amenaza el dominio de Google sobre ese mercado. Sin embargo, menos de dos años después, Facebook cambió su postura y se unió a una alianza de empresas lideradas por Google, que desarrolló un método similar.

Aunque Facebook nunca explicó por qué dejó a un lado su proyecto, la evidencia presentada el mes pasado en una demanda antimonopolio hecha por 10 fiscales indica que Google había extendido a su potencial rival un trato para ser socio, a cambio de una serie de ventajas. Los detalles del acuerdo redactados en la demanda presentada en una corte de Texas fueron visibles en una versión preliminar revisada por el diario.

Los ejecutivos de seis de los más de 20 socios de la alianza dijeron a The New York Times que sus acuerdos con Google no incluían muchos de los términos favorables que recibió Facebook y que el gigante de las búsquedas le había dado a la red social una ventaja significativa sobre el resto.

Subastas de publicidad

'Jedi Blue' abarca a un segmento en crecimiento del mercado de la publicidad en línea llamado publicidad programática. Entre los milisegundos desde que un usuario hace clic para acceder a una página web y la carga de los anuncios, se produce una subasta para rellenar el espacio publicitario disponible. Google ha dominado ese sistema con sus herramientas y con el acuerdo consiguió evitar otros competidores, según el informe.

A pesar de que surgió un método alternativo para reducir la dependencia de las plataformas publicitarias de Google, la compañía de búsquedas desarrolló un sistema similar llamado Open Bidding, que permite el acceso de terceros. Sin embargo, Google cobra una tarifa por cada oferta ganadora y muchos no están satisfechos con la transparencia del servicio.

La divulgación del acuerdo secreto entre las dos multinacionales ha reavivado las preocupaciones sobre cómo las compañías de tecnología más poderosas pueden establecer alianzas para frenar a la competencia mediante acuerdos privados y cláusulas de confidencialidad.

Por su parte, Google y Facebook aseguraron que tales acuerdos eran comunes en la industria de la publicidad digital y negaron que 'Jedi Blue' tenga un carácter anticompetitivo. Un portavoz de Facebook afirmó que acuerdos como ese "ayudan a aumentar la competencia" en las ofertas de anuncios, y que los argumentos en contra son "infundados".

Publicado: 20 ene 2021 17:21 GMT

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Vasant Dhar, de la Universidad de NY, recomienda nacionalizar Facebook y Twitter como bienes comunes

La peor censura de la historia fue propinada el 6/1, mediante un golpe cibernético de los nuevos hijos de Torquemada, en imitación al 11/9 (https://bit.ly/3bJoeuP).

Provocó conmoción la censura selectivamente politizada por las redes sociales de la cibercracia (https://bit.ly/3sw8cud).

Desde su comodidad paradisiaca en la Polinesia francesa, Jack Dorsey (JD), vilipendiado mandamás de Twitter, después de haber censurado de por vida a un presidente todavía en funciones en EU, se percató del grave daño infligido al principal valor de la democracia libertaria que tendrá profundas consecuencias en el largo plazo sobre el Big Tech de Silicon Valley (https://bit.ly/3bYDnsD): el GAFAM (Google/Apple/Facebook/Amazon/Microsoft) y Twitter –Microsoft tiene su sede en Redmond (estado de Washington).

La censura de las redes sociales es mucho más grave que la tosca toma del Capitolio que, según el ex diplomático y asesor de los republicanos del Senado James Jatras representó el pretexto idóneo, debido al grave error de cálculo de Trump para aplicar el “equivalente funcional al Reichstag Fire (incendio del parlamento alemán) de 1933, usado por los nazis para establecer su ley de emergencia (https://bit.ly/3qy3lqV)”.

En el mismo EU la censura de la cibercracia ha causado estupor en los círculos académicos, como es el caso de Vasant Dhar (VD) –profesor del Centro de Data Science de la Universidad de Nueva York– quien recomienda nacionalizar Facebook y Twitter como bienes públicos.

A juicio de VD, es preocupante el poder que las plataformas de las redes sociales ejercen en la sociedad y en particular su impacto en el futuro del discurso público y la democracia, ya que, si pueden censurar a la persona más poderosa del planeta y ponerlo de rodillas sin previo aviso, lo pueden hacer con cualquiera en cualquier momento.

Lo interesante es que el portal The Hill, pro-Demócrata y anti-Trump, dé cabida a una opinión crítica del GAFAM/Twitter.

VD comenta que Mark Zuckerberg y JD le acaban de demostrar a los legisladores quiénes son los que ejercen el poder final. Hasta cierto punto, ya que, como excelente analista cibernético de las finanzas, VD debería saber que son los cuatro giga-bancos de EU –Vanguard, State Street, Fidelity y BlackRock; este último ostenta un manejo de capitales de 7.8 trillones (en anglosajón) de dólares estadunidenses, equivalente a 7.8 veces el PIB de México– quienes controlan al GAFAM/Twitter. A su vez, los giga-bancos y las redes sociales son controlados en última instancia por el Pentágono mediante el Consejo de Innovación de Defensa (https://bit.ly/3bG8Lfc).

Lo mÁs increíble radica en que las plataformas de las redes sociales carecen de guías regulatorias y son protegidas en forma anómala con patente de corso por la sección 230 y nunca han sido elegidas por la ciudadanía cuando se arrogan el derecho desde su ciber-plutocracia de imponer su discrecionalidad supra-constitucional a ciudadanos discriminados y hasta a un presidente todavía en funciones.

¿Cuál sería, entonces, el objetivo de celebrar elecciones cuyos resultados serían estériles ante la cibercracia y los hijos de Torquemada del siglo XXI?

VD recomienda nacionalizar las plataformas de las redes sociales como bienes públicos que proveen un “servicio público ( utility)” para la comunicación y el discurso público.Juzga que las plataformas de las redes sociales se quitaron los guantes, envueltos en terciopelo para los legisladores y específicamente la nueva administración de Biden.

Aduce que no existe alternativa, pues implica la aplicación de la Primera Enmienda a las plataformas que son efectivamente bienes públicos, por lo que el público debe decidir sobre las reglas del discurso, que solamente pueden ser a través del gobierno, ya que negar a alguien el acceso a tales plataformas en forma arbitraria sería similar a impedirles su acceso al transporte público y ésa no es una decisión que los ejecutivos de una empresa privada puedan hacer. ¡Nada menos que el mismo discurso que los mandatarios de Alemania y México!

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 Mensaje en que la red social Twitter notifica que la cuenta @realDonaldTrump, perteneciente al presidente estadunidense –que contaba con 88.7 millones de seguidores–, fue suspendida permanentemente debido "al riesgo de mayor incitación a la violencia".Foto Ap

Debido a la inquisitorial censura del GAFAM/Twitter, una plétora de libertarios optó por Signal, alentado por Elon Musk, y Telegram que rebasó ya 500 millones usuarios.

Así como Trump censuró a los chinos de Tik Tok y a Huawei, apuesto a que el equipo de Biden prohibirá Telegram en EU y en su periferia satelital, bajo el pretexto exorcista de ser ruso.

Biden y Trump son las dos caras de la misma moneda del cibertotalitarismo neoliberal (sic) cuando cunde la Guerra de la ciberseguridad (https://bit.ly/3boiuqhx) –planeada hace nueve años y ejecutada ahora como "nuevo 11/9 cibernético"– que ya pusieron en jaque las libertades básicas en EU y en los países donde opera el GAFAM/Twitter en forma supraconstitucional. Se decanta así un G-2: Biden contra Rusia y Trump contra China.

Es el Pentágono –y sus tentáculos del deep State (CIA, FBI, etcétera), al unísono de la bancocracia plutocrática– que controla a los gigantes tecnológicos de Silicon Valley, al GAFAM y al minúsculo Twitter (pero con enorme poder letal): mediante el oculto big brother orwelliano del Consejo de Innovación de Defensa.

El año 2021 es ya el 1984, de Orwell, y el Mundo feliz (¿con vacunas del GAVI (https://bit.ly/35C1DfV)?), de Huxley: premonitorias obras inglesas.

La canciller alemana, Angela Merkel, quien se caracterizó por su colisión con Trump, arremetió contra la censura del GAFAM/Twitter y comentó que la “libertad de opinión es un derecho fundamental ( Daily Mail, 11/1/21)”. Su preocupación radica en que tal censura es "problemática" porque otorga "demasiado poder a los jerarcas de las redes sociales": este "derecho fundamental puede ser interferido a través de las leyes y del marco definido por la legislatura y no de acuerdo con la decisión de la gestión de las plataformas de las redes sociales". ¿Golpe de Estado cibernético privado contra los estados?

Global Times, de China, anti-Trump, critica el "silenciamiento de Trump" que rompe el principio de la libertad de expresión y que juzga mucho más relevante que la “intrusión al Capitolio (https://bit.ly/2MY9iii)”. ¡Mega-uf!

En Rusia, donde se exiló Edward Snowden, feroz crítico de Mark Zuckerberg (https://bit.ly/39v1rAt), causó estupor el pisoteo politizado de la libertad de expresión.

En México, el presidente López Obrador alertó sobre el advenimiento de un "gobierno mundial (sic)" bajo la égida del GAFAM/Twitter (https://bit.ly/35z3zWE).

El israelí progresista Thierry Meyssan hace honor al apotegma laico y tolerante de Voltaire: "Desapruebo lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo" y expone en el portal francés Réseau Voltaire que “la arbitrariedad y la censura han regresado a Occidente (https://bit.ly/2LLiZQk)”. Advierte que se necesitarán siglos (sic) para "restablecer la libertad de expresión".

La tragedia novelesca de EU, que semeja más a las parodias de Netflix (controlado por Obama), pretende competir con las tragedias griegas cuando Ivanka vendió a su padre, bajo el "factor Jared Kushner", para asistir a la toma de posesión de Biden (https://bit.ly/3sdUNah), lo cual se veía venir cuando sus dos grandes aliados en el gabinete –el israelí-estadunidense Steve Mnuchin, secretario del Tesoro, y el "cristiano sionista" Mike Pompeo, ex director de la CIA y saliente secretario de Estado– traicionaron a Trump a quien deseaban aplicar la Enmienda 25 por disfuncionalidad mental.

No fue nada casual el encuentro antier a la vista pública de Pompeo con el director del Mossad en el Café Milano, según reporta la connotada periodista Meredith McGraw (https://bit.ly/38DagZK).

La cibercra-"CIA" aplica ya la ominosa "técnica Hasbara" del Mossad/Israel cuando en su Santa Inquisición afloran los mismos términos y la misma metodología (https://bit.ly/3qcUKcT).

La técnica Hasbara es el manual lingüístico desinformativo del sionismo cuando lo negro lo hacen blanco y viceversa: poderosa propaganda negra gracias a su control de los multimedia globales y ahora con su manejo liberticida de la cibercra-"CIA".

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El cinismo de Twitter y Facebook al bloquear las cuentas de Trump 

La elite tecnológica se arroga el debate público

La Unión Europea lleva bastante tiempo elaborando un marco legal para las cuestiones de la libertad digital. El principio es que aquello que es ilegal en el mundo físico también los es en la esfera virtual.

 

Las redes sociales como Twitter y Facebook lanzaron la gran limpieza de muchas de sus cuentas, empezando por la del mismo y actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, más otras 7.000 cuentas suplementarias afiliadas a la galaxia conspiracionista de extrema derecha pro Trump, entre ellas, la del grupo Qanon. Luego de haber abierto las puertas a lo más ruin y bajo de la política, las redes alegan ahora que se trata de impedir un nuevo episodio violento como el de la invasión del Capitolio alentada por Trump, y ello ante la fecha inminente de la investidura de Joe Biden. Según Twitter, existían planes para un nuevo ataque del Capitolio previsto para el próximo 17 de enero. Algunos aprobaron esta medida, otros, en cambio, la consideraron un acto de censura. En Europa, la canciller alemana Angela Merkel calificó de “problemática” esta decisión. En Francia, el ministro de Economía, Bruno Le Maire, puso en tela de juicio el hecho de que la base de la suspensión de las cuentas no sea un marco legal de regulación, sino que “lo impactante es que sea Twitter quien decidió cerrar”. En suma, que sea la elite tecnológica la que haga y deshaga a su antojo y cuando le conviene, fuera de toda referencia a una norma nacional o internacional elaborada por los Estados y sus representantes electos.

La práctica de “Yo el Supremo” por parte de las empresas globales de Estados Unidos ni es nueva ni cambiará con este atentado a la esencia democrática. Jean-Luc Mélenchon, líder de Francia Insumisa (izquierda), recordó que “el comportamiento de Trump no puede servir como pretexto para que los GAFA (Google, Apple, Facebook, Amazon) se arroguen el poder de controlar el debate público”. Es exactamente lo que ha ocurrido con el Pinocho-Presidente y Twitter. Por otra parte, Washington aplica desde hace mucho una suerte de extraterritorialidad. La ley estadounidense se utiliza por encima de la nacional, sea cual fuere el país donde se resida. Las condiciones de utilización de Google, Facebook Apple e, incluso, la de las franquicias de las empresas de Estados Unidos, remiten a la ley de la empresa o a la legislación de la sede central. A su vez, la industria digital se benefició, hasta ahora, con la inmunidad jurídica que le ofrecía el artículo 230 del Communications Decency Act. Por más que Trump sea un Pinocho siniestro y, gracias a su ejército digital, haya protagonizado el primer golpe de Estado de la era moderna en una democracia Occidental, hay algo de cínico en estas reacciones. Poco o nada dicen las regulaciones europeas cuando se trata de proteger a los usuarios de internet del espionaje masivo del que son objeto a cada milisegundo de sus vidas. La fortuna de esas empresas proviene, esencialmente, de la conversión de los datos robados en capital. No obstante, el debate tiene cabida, es una necesidad y plantea otros interrogantes: ¿por qué sería “problemático” el cierre de la cuenta de Twitter de un presidente que preparó en tres fases un golpe de Estado (denunciar el fraude antes de la elección, afirmar luego que le robaron la elección y, al final, aceitar una insurrección cívica) y no la de una cuenta islamista, de extrema derecha o de extrema izquierda ?. En Francia, las leyes dieron lugar a que personalidades de la extrema derecha como Hervé Ryssen o Alain Soral vieran sus cuentas de YouTube y Facebook suspendidas.

La Unión Europea defiende su metodología porque lleva bastante tiempo elaborando un marco legal para estas cuestiones de la libertad digital. Existe, de hecho, una legislación europea que está en curso de aprobación. Se trata del DSA, Digital Services Act, impulsada por Thierry Breton, el Comisario Europeo del Mercado Interno. El campo de aplicación del DSA atañe únicamente a los países de la Unión Europea. Por consiguiente, cuando Trump convocó a sus partidarios a invadir el Capitolio lo hizo dirigiéndose a su pueblo y no a Europa. En este caso, el DSA no habría servido para nada. Hubiese sido muy distinto cuando Trump invitó a los franceses a sublevarse contra su presidente. Thierry Breton ha sido el que mejor planteó la encrucijada. En un artículo publicado por el portal Politico, el Comisario europeo escribió que la toma del “Capitolio es el 11 de septiembre de las redes sociales”. Breton agrega la paradoja que late en toda esta situación porque, hasta ahora, las redes sociales miraban hacia otra parte, como si el Brexit, Trump y otras barbaries digitales no las concernieran. A este respeto, Breton anota que, al cerrar la cuenta de Trump: ”las plataformas admiten su responsabilidad. Ya no pueden seguir ocultando su responsabilidad ante la sociedad con el argumento según al cual sólo ofrecen un servicio de hosting”. El Digital Services Act europeo se basa en un principio y una serie de reglas: el principio es que aquello que es ilegal en el mundo físico también lo es en la esfera digital. Las reglas fijadas por los 27 países de la UE consisten en forzar a las plataformas a que apliquen las leyes nacionales, así como también las directivas europeas. Deberán, por consiguiente, retirar los contenidos terroristas, las incitaciones a la violencia y todo contenido ilegal (pedopornografia, armas, etc.).

Entre enero de 2017 y enero de 2021, el mandatario estadounidense se despachó con 23.234 tweets. La plataforma le permitió insultar, agredir, rebajar a sus adversarios, burlarse de otros presidentes, proferir insultos raciales, respaldar a las ultraderechas violentas que lo veneran, anticipar los comunicados oficiales, gobernar por Internet, difundir un montaje en el que Trump golpeaba a un periodista que llevaba una máscara de la cadena CNN y hasta llamar al levantamiento contra Emmanuel Macron. Salvo para los apóstoles digitales, no hacían faltas pruebas para demostrar que la libertad de expresión no la manipulan los “medios del sistema” o los otros sino las plataformas sociales. Allí sale y entra toda la porquería que el mercado admite. Las redes autorizaron a Trump a diseñar un golpe y, como fue muy lejos y corrió sangre en el Capitolio, se convirtieron repentinamente en guardianes de la galaxia. Las sociedades son vergonzosamente vulnerables ante las tentaciones y barbaries de los espacios digitales. Trump no ha sido la excepción presidencial sino la confirmación de las capacidades de ese monstruo con millones de cabezas que se expande sin que, hasta ahora, nadie haya sido capaz de encontrar un antídoto.

Resulta contradictorio, pero, así como nadie se ocupó del derecho a difundir o a evitar la propagación de basura tampoco se le garantizaron los derechos a Trump sobre su cuenta. Ellos son los amos del mundo, sin la más lejana sombra de una supervisión democrática. El botón de la libertad está en las sedes de Google, Facebook, Twitter, Instagram y otros imperios digitales, no en la calle o las Asambleas. El sábado pasado, Twitter suprimió un mensaje del guía supremo de Irán, Ali Khamenei, donde afirmaba que no era prudente tener confianza en las vacunas norteamericanas o británicas contra la covid-19. El disparatado y horroroso episodio de Trump nos demuestra que, ante lo peor, la libertad está en manos privadas. Depende de tres palabras y una sigla, que son las obligaciones a las que los tentáculos digitales someten a los usuarios: CGU,” Condiciones Generales de Utilización”.}

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Opnión

Ahora las plataformas digitales dictan justicia 

Por Osvaldo Nemirovsci

Hoy censuran a un líder violento y antidemocrático lo cual construye cierto aval social y una propensión a simpatizar con la medida. Pero mañana pueden hacerlo con líderes democráticos y pacíficos. La acción a medir es la de censurar.

La libertad de expresión es la posibilidad de decir, escribir, leer y publicar todo lo que quieras. Toda clase de ideas, opiniones y puntos de vista deben ser posibles de expresarse en público. La libertad de expresión es uno de los puntos básicos de los derechos humanos.

Se pueden tener las más calificadas aprensiones sobre Donald Trump. Y muy probablemente las peores consideraciones sobre su gobierno y su personalidad sean correctas. Es más, no estaría mal como enseñanza histórica para el futuro, que le inicien Juicio Político en virtud de la Enmienda 25 de su Constitución Nacional y lo remuevan del cargo. Algunos destacados miembros de la vida política, militar y social de Estados Unidos creen, aunque solo falten 11 días para que deje su cargo, que es muy peligroso que todavía posea el poder sobre el uso del arsenal nuclear estadounidense y que todavía pueda causar mucho daño a las instituciones formales del país.

Allá ellos, los dirigentes de ese país y su forma de resolver los conflictos derivados de la pugna política. En este caso fuertemente encuadrados en actitudes violentas, antidemocráticas, cuasi golpistas y mesiánicas de su propio presidente.

Todo esto lo colocamos en un lugar del análisis, pero en otro observamos con cierto escozor y consideramos también como peligroso que empresas privadas, como las grandes plataformas digitales Twitter y Facebook, se autoadjudiquen calidades judiciales y bloqueen las cuentas de Trump, impidiendo el acceso del presidente a sus redes, y por ende privando a millones de norteamericanos de conocer, mediante esos importantes y masivos instrumentos, lo que piensa su principal referente.

No es cierto, como algunos afirman, que a Trump lo dejaron sin voz. Esto aplica a las redes, pero Trump puede hablar, escribir y grabar audios para miles de periódicos, canales de TV, radios, revistas, blogs e incluso otros formatos audiovisuales (en caso que no lo censuren) como You Tube y Whatsapp. Pero lo cierto es que, en los espacios de distribución de información más importantes del mundo, y donde el mismo Trump construyó su vinculación directa con el electorado de su país, ha sido censurado.

Es lógico preguntarse ante esto si lo que están haciendo Face y Guasap los coloca ante su definitivo rol de medios de comunicación de nuevo tipo y los aleja del pretendido sentido neutro de meros intermediarios de contenidos. Acá, en este caso, parecen opinar sobre lo que postea Trump, es claro que se meten con los contenidos y es visible que eligen censurar. O sea que consideran a una opinión (tal vez crispante, bestial, violenta) pero opinión al fin, como un delito. Pero no son jueces para hacerlo y sientan un  precedente extraordinariamente amenazador  en el campo de las libertades públicas y los derechos humanos.

Si lo que Trump dice es opinión, es inviolable su derecho a expresarlo y si lo que dice es un delito, será la justicia, y no una empresa privada, la que debe decidir. Así de simple.

Se puede argumentar que la censura a Trump en las redes no viola la libertad de expresión sino que castiga el acto de impulsar acciones violentas o el aliento a generar violencia concreta y eso ya no está protegido por el derecho a la libertad de expresión. Agregamos esto como para entender otra mirada sobre el tema.

La Corte Suprema norteamericana hace una sutil pero necesaria distinción en lo que llama “fighting words” (palabras de pelea) y sostiene el criterio que la libertad de expresión puede limitarse ante la incitación al odio y no en la mera manifestación de ideas u opiniones odiosas.

Pero la mayoría de los especialistas acuerda que la libertad de expresión no tiene límites: “Toda persona tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión,” dice el artículo 19 de la Declaración universal de Derechos Humanos.

Existe cierta jurisprudencia constituciona en EE.UU., que es tomada por cortes europeas e incluso ha sido fijada por el Tribunal Europeo de DD.HH. que se dio en llamar “el libre mercado de las ideas” siendo este espacio la garantía "imprescindible” para que pueda haber un debate amplio y completo.

En un fallo del Tribunal europeo conocido como Sentencia 235/2007 “Caso Librería Europa” la corte falló que “nuestro ordenamiento constitucional no permite tipificar como delito la mera transmisión de ideas, ni siquiera en los casos en que se trate de ideas execrables por resultar contrarias a la dignidad humana”

Puede haber interpretaciones diversas sobre lo que significa la libertad de expresión, pero nadie pone en duda que es uno de los derechos humanos más preciados. Por eso es preocupante que tamaña dimensión legal sea manejada por empresas privadas ya que eso es riesgoso para los pactos democráticos de las sociedades. Más allá de Trump.

Osvaldo Nemirovsci es Diputado Nacional mc – Rio Negro. Presidente Comisión de Comunicaciones e Informática 2003/2007. Coordinador Gral. del Sistema Argentino de Televisión Digital 2009/2015

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Los contrastes económicos en las grandes urbes del mundo se intensifican con la actual crisis y pronostican que se mantendrán por varios años. En la imagen una panorámica de Santa Fe, en la Ciudad de México.Foto José Carlo González

La crisis causada por la pandemia se mantendrá hasta 2030: BM

 

Los hombres y mujeres más acaudalados del mundo aumentaron su riqueza 18 mil dólares durante el año pasado por cada "nuevo pobre" que, según estimados del Banco Mundial (BM), ha dejado la crisis por el Covid-19. El organismo financiero estima que 100 millones de personas se sumaron a la pobreza el año pasado. Es la primera vez que esta tendencia crece desde 1998 y, como secuela, la desigualdad aumentará en 78 de las 91 economías de las que se disponen datos.

"La búsqueda para acabar con la pobreza ha sufrido su peor revés" y “con toda seguridad, los efectos de la actual crisis se mantendrán en la mayoría de los países hasta 2030; (…) a largo plazo, es probable que la crisis aumente la desigualdad dentro de los países por primera vez en una generación”, proyecta el Banco Mundial.

Mientras la economía tuvo su mayor caída en 90 años y millones de personas perdieron sus empleos, las 500 personas más ricas del mundo –que equivalen a 0.001 por ciento de la población mundial– vieron el mayor crecimiento de sus fortunas en ocho años, muestra el Índice de Multimillonarios que realiza Bloomberg. Ganaron un billón 800 mil millones de dólares el año pasado, 31 por ciento más que al cierre de 2019.

Como resultado, cinco personas –cuatro de ellos estadunidenses y dueños de los principales negocios de tecnología cuya regulación tributaria sigue en vilo a nivel mundial– ahora poseen una riqueza que supera 100 mil millones de dólares. Son Elon R. Musk (Tesla), Jeff Bezos (Amazon), Bill Gates (Microsoft), Bernard Arnault (Louis Vuitton-Moët Hennessy) y Mark Zuckerberg (Facebook).

También seis mexicanos se encuentran en el listado: Carlos Slim con una fortuna de 57 mil 600 millones de dólares, al sábado pasado; la familia Larrea, Sara Mota y Germán, con una riqueza conjunta de 26 mil 140 millones de dólares; Ricardo Salinas, con 13 mil 200 millones; Alberto Bailleres, con 10 mil 600 y Juan Beckmann, con 8 mil 470 millones de dólares.

Mientras los multimillonarios de la tecnología abultaron su riqueza en medio de la crisis, el Banco Mundial expuso que, aun sin la pandemia, reducir la pobreza extrema a menos de 3 por ciento para 2030 –que nadie sobreviva con menos 1.90 dólares al día (alrededor de 38 pesos)– ya daba visos de ser una meta irrealizable. Ahora, dada la crisis, es "más difícil de alcanzar que nunca", reconoció.

En el informe Un cambio de suerte, explicó que antes del Covid-19, millones de personas habían conseguido eludir la pobreza extrema por escaso margen, pero la recesión de 2020 se recargó en los más pobres y vulnerables; y abrió el perfil de la pobreza.

Además de los que el Banco Mundial llama "pobres crónicos" –población rural dedicada al agricultura y la ganadería–, la pandemia evidenció "nuevos pobres" en las ciudades, entre personas con mayores grados educativos, dedicada a los servicios, la construcción y la manufactura, y sobre todo entre la población más joven (hasta hace dos años la mitad de los pobres en el mundo eran niños menores de 15 años).

El Banco Mundial estima que con una contracción de hasta 8 por ciento en el producto interno bruto (PIB) per cápita el año pasado, la pobreza extrema habría aumentado hasta 1.5 puntos porcentuales en 2020 y 1.9 puntos porcentuales en 2021. Eso significa una tasa de pobreza extrema de 9.4 por ciento para ambos años, similar a los niveles que se tenían en 2017.

En adelante, aún con escenarios optimistas "los efectos empobrecedores de la pandemia serán colosales", advirtió. Para 2030, las proyecciones más positivas muestran que 6.7 por ciento de la población mundial vivirá con menos de 1.9 dólares al día, prácticamente el doble de la meta del organismo. Pero esta podría llegar hasta 8.6 por ciento si siguen avanzando los indicadores de desigualdad.

El Banco Mundial subrayó que la pandemia, los conflictos armados y el cambio climático son los tres factores cuya confluencia está impulsando la crisis actual y extenderá su impacto hacia el futuro. Así que "sin intervenciones enérgicas, la crisis puede desencadenar ciclos de mayor desigualdad de ingresos, menor movilidad social entre los grupos vulnerables y menor resiliencia frente a futuras conmociones", manifestó.

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Escena captada en Barcelona en febrero pasado en el contexto del Congreso Mundial de Móviles.Foto Ap

En mi reciente libro La invisible cárcel cibernética (https://bit.ly/3lZfUsO)” sobre el poderío desregulado e inescrutable de los gigantes de Silicon Valley, advertí sobre la tiranía suprametaconstitucional de las redes sociales que han dado lugar a una genuina cibercracia (https://bit.ly/2TdShk6).

Los legisladores de los partidos Demócrata y Republicano, así como la Federal Trade Commission y el Departamento de Justicia de EU ya habían amagado con iniciar el empequeñecimiento y/o la atomización de los gigantes de Silicon Valley que siguen teniendo ganancias exorbitantes, pese a la pandemia del Covid-19.

La cibercracia nunca fue imaginada ni por la secuencia cíclica del poder de Aristóteles en el siglo IV aC –monarquía/tiranía/aristocracia/oligarquía/orden social/democracia– ni por la anaciclosis del historiador Polibio en el siglo II aC: monarquía, tiranía, aristocracia, oligarquía, democracia, oclocracia.

En EU no existe una "democracia" como tal, donde opera una "plutocracia" que se subsume en la bancocracia de sus gigabancos que controlan Wall Street y la voluntad de los valetudinarios ciudadanos (https://bit.ly/31qyFxI). Debido a la revolución tecnológica, en EU se han acoplado cibercracia/plutocracia/bancocracia que tienen sometido a 99 por ciento de sus ciudadanos.

La tiranía de la cibercracia ha llegado a grados inconcebibles cuando la más diminuta de todas, Twitter, se ha arrogado el derecho de censurar la publicación del New York Post sobre los correos de Hunter Biden en sus tratativas mafiosas con Ucrania/China/Kazajistán, lo cual ha sido fustigado por los republicanos del Comité Judicial del Senado (https://bit.ly/37oW0n3).

El Wall Street Journal (WSJ) anunció el proceso del Departamento de Justicia en una Corte Federal en Washington contra Google mediante una “ley antimonopolio ( antitrust)” debido a su “conducta anticompetitiva para preservar monopolios para la búsqueda ( search) y la publicidad de la búsqueda que forman las piedras de toque de su amplio conglomerado (https://on.wsj.com/3dHm4uR)”.

Se trata del “desafío legal más agresivo en EU al dominio de una empresa en el sector tecnológico en más de dos décadas, y tiene el potencial de sacudir a Silicon Valley y más allá (https://on.wsj.com/2TfEDg0)”: ¡90 por ciento de las búsquedas en el mundo y 80 por ciento en EU son controladas por Google!

Google, que sufre un juicio similar al de Microsoft hace 20 años, desechó la demanda como "profundamente defectuosa", pues "la gente usa Google porque lo desea, no porque está obligada o porque no puede hallar alternativas".

Lo más perturbador es que las acciones de su matriz empresarial Alphabet subieron 1.52 por ciento, cuya capitalización de mercado ronda mil 62 millones de millones (trillones, en anglosajón).

Google, que controla YouTube –la mayor plataforma de videos del mundo–, alega que "sus servicios son ofrecidos a los usuarios a casi o a ningún costo", lo cual “socava el argumento tradicional antitrust” sobre los daños potenciales de precio.

El WSJ sopesa el desenlace del juicio contra Google, que podría tomar muchos años, en caso de una derrota o de un triunfo judicial.

En caso de derrota, "la corte ordenaría cambios a la operación de partes de sus negocios", lo cual "crearía potencialmente nuevas aperturas a las empresas rivales". En realidad, lo que está en tela de juicio es su "modelo de negocios".

En caso de un triunfo de Google, le asestaría "un fuerte golpe al escrutinio general de Washington a los gigantes tecnológicos", lo cual obligaría a una subsecuente acción legislativa del Congreso para domesticarla.

Google pertenece a la tétrada Gafa (Google/Apple/ Facebook/Amazon) de los gigantes de Silicon Valley que exhiben la mayor capitalización de mercado en la Bolsa neoyorquina y su índice tecnológico Nasdaq.

Otros agregan Microsoft para crear el acrónimo Gafam, o al minúsculo Twitter, para formar el Gafat.

¿La impugnación de la cibercracia, ahora con Twitter y Google, podrá restituir su libertad perdida a los ciudadanos avasallados por su tiranía?

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Como de costumbre, el Banco de Suecia recompensa a los guardianes académicos del sistema capitalista

 Premio Nobel de Economía 2020

 

El premio del Banco de Suecia en memoria de Alfred Nobel, llamado Premio Nobel de Economía, ha sido atribuido este año a Paul Milgrom y a Robert Wilson , ambos profesores de la Universidad de Stanford, California, especialistas en la venta en subasta.

Es decir que se han especializado en el estudio de los mecanismos por los que se llega a establecer el precio definitivo en el  que se realiza la transacción de un producto o servicio en el juego entre  uno o varios oferentes y potenciales adquirentes. Juego en que el o los oferentes tratan de obtener el precio  más elevado y los adquirentes el precio más bajo.

Un caso particular  sería el de las licitaciones públicas.

Esta  teoría  pretende  explicar –con modelos matemáticos, abscisas y ordenadas-  la manera en que se  llega al precio de mercado o precio de equilibrio de cualquier producto o servicio.

El “detalle”  consiste en  que dicha teoría es totalmente ajena a una explicación de cómo funciona la economía real. Es decir no aporta nada a la economía  política.

Es un residuo de las teorías marginalistas y subjetivistas que, en el mejor de los casos aportaron a la explicación de fenómenos económicos fragmentarios  sin llegar nunca a una comprensión global  y unitaria de la economía  y  a deducir las leyes generales de su funcionamiento.

Milgrom y Wilson hablan del mercado  pero ignoran qué es realmente el mercado: el lugar donde se encuentran  productores y consumidores, donde los primeros “llevan” los productos  fabricados  para ser vendidos  y/o los servicios  creados para –pago mediante- ser utilizados.  Y aparentan ignorar que en el caso particular de las licitaciones públicas, donde  la corrupción -pasiva  de los funcionarios  y activa de las empresas  oferentes- es habitual y distorsiona  totalmente  el “precio de equilibrio”.

Ignoran también cómo es el proceso de fabricación de  los productos y de  los servicios  destinados al mercado, en el cual  participan por un lado  los dueños del capital, de los instrumentos  y  medios de producción y  por el otro los productores reales: los trabajadores manuales e intelectuales,  por el otro.   Proceso en el que tiene lugar la explotación capitalista, fuente del beneficio de los dueños del capital (plusvalía)  y genera  la contradicción principal del sistema: que entre la producción y el consumo se interpone la explotación del productor/consumidor  final.

Hablan del mercado como si en él existiera la competencia pura y perfecta, ignorando que el precio lo fijan los monopolios  y oligopolios y la enorme influencia   de los mecanismos  que incitan a la gente a consumir por encima  de sus necesidades básicas y de sus posibilidades económicas. Por ejemplo la compra incesante e innecesaria de nuevos modelos de teléfonos portátiles, de videojuegos, de zapatillas de marca o de automóviles, según sea el nivel socio-económico del eventual comprador.

Quizás no es casual que en la misma Universidad de Stanford donde son profesores los nobelizados de este año, funciona un Laboratorio de Tecnología Persuasiva que dirigido por el psicólogo  B. J Fogg, quien ha escrito un libro cuyo título lo dice todo: Tecnología Persuasiva: utilizar las computadoras para cambiar lo que pensamos y lo que hacemos (tecnologías interactivas [Persuasive Technology: Using Computers to Change What We Think and Do (Interactive Technologies)]. También se llama a esta disciplina captología.

En resumen: no hay tal “precio de equilibrio”  que se alcanzaría en un juego limpio entre productor  y consumidor actuando  libremente.

El productor capitalista necesita vender aunque el consumidor común no tenga la capacidad adquisitiva  necesaria de  la que, como productor, fue despojado  por el capitalista  durante el proceso de producción (plusvalía).

Y esto se manifiesta claramente en tiempos de crisis,  que cada vez son más recurrentes y prolongadas.

Por ello el sistema inventa mecanismos para robotizar  al común de la gente despojándolos de discernimiento y de lo que le queda de libre arbitrio, mediante la “tecnología persuasiva”.

Los economistas nobelizados ignoran o simulan ignorar  cómo funciona realmente el mercado contemporáneo, dominado por los grandes monopolios y oligopolios y que el poder económico está confiscando el poder de decisión en todos los órdenes (en cuanto a  qué se produce, qué se consume, cómo se trabaja [si se consigue trabajo], qué se lee, qué información se difunde  y cómo se presenta ésta, qué se piensa, cómo se ocupa el tiempo libre, etc.)

Y el Banco de Suecia se ocupa de  otorgarles  una aureola de prestigio a individuos que tratan  de esconder con  teorías que no tienen nada de  científicas    la realidad del sistema capitalista imperante.

El rasgo común de estos economistas “nobelizados” es que nunca aciertan en sus previsiones. Ni cuando pronostican el fin de las crisis (jamás aciertan a preverlas) ni cuando nos prometen “un mundo feliz” con el capitalismo mundializado.

Un caso ejemplar (pero no único) de los desaciertos de los economistas nobelizados es el de Robert Merton y Myron Scholes, que recibieron el premio Nobel de economía en 1997. Scholes fue el creador, junto con Black, de un método matemático “infalible” para prevenir los riesgos financieros. Merton y Scholes eran asesores de Long-Term Capital Management (LTCM) un gestor de hedge funds de primera línea. Pero el método Scholes-Black no impidió que LTMC quebrara en 1998 y fuera salvado en última instancia por un aporte de 3500 millones de dólares proveniente de 14 grandes bancos.

Otro ejemplo. Stiglitz, muy solicitado en tribunas académicas y políticas y celebrado por los “progresistas” de todo el mundo, recibió en 2001, junto con Akerlof y Spence, el Premio Nobel de Economía por su contribución a la teoría de la asimetría de la información, que sostiene que las fallas del mercado capitalista no se deben a la inexistencia de una competencia “pura y perfecta” (“la mano invisible del mercado”) sino que es el resultado de una información asimétrica e imperfecta que, dice, podría “tener profundos efectos en la forma en la que se comporta la economía”. Véase: http://www.project-syndicate.org/commentary/asymmetries-of-information-and-economic-policy/spanish.

Una prueba de la ineficacia de las teorías y de los métodos de Stiglitz para analizar la economía real es un informe que elaboró en 2002, encomendado por los grupos financieros Fannie Mae y Freddie Mac, donde afirmó que la actividad de dichos grupos, que garantizaban los préstamos hipotecarios concedidos por los Bancos a clientes poco solventes, no implicaban prácticamente ningún riesgo para el sistema bancario. Según Stiglitz el riesgo era del orden de entre uno sobre medio millón y uno sobre tres millones.Véase: Implications of the New Fannie Mae and Freddie Mac Risk-based Capital Standard. Joseph E. Stiglitz, Jonathan M. Orszag and Peter R. Orszag.

Contra las “previsiones” de Stiglitz, basadas en modelos matemáticos, las políticas de Fannie Mae y Freddie Mac contribuyeron en buena medida a desencadenar la crisis financiera que dura hasta hoy.

Otros nobelizados se han dedicado a estudiar por qué la gente compra una cosa y no otra,  la llamada “decisión en condiciones de incertidumbre o teoría de la elección”. O a  realizar estudios que se utilizan  en las operaciones de mercadotecnia para fomentar el consumismo. Son una actualización de las orientaciones subjetivistas en economía  con un agregado “neurobiológico” (neuroeconomía y neuromercadotecnia). Así es como en 2002 se le otorgó el Premio Nobel de Economía al psicólogo Daniel Kahneman por sus trabajos sobre la “teoría de las perspectivas”, base de la “finanza comportamental” y por sus trabajos sobre la “economía de la felicidad”.

Los personajes como Milgrom y Wilson, otros nobelizados en Economía y muchos otros profesores y académicos convenientemente mediatizados  ya fueron caracterizados por Marx, quien escribió en el Epílogo a la segunda edición alemana de El Capital (Londres 1873):

“La burguesía, en Francia e Inglaterra, había conquistado el poder político. Desde ese momento la lucha de clases, tanto en lo práctico como en lo teórico, revistió formas cada vez más acentuadas y amenazadoras. Las campanas tocaron a muerto por la economía burguesa científica. Ya no se trataba de si este o aquel teorema era verdadero, sino de si al capital le resultaba útil o perjudicial, cómodo o incómodo, de si contravenía o no las ordenanzas policiales. Los espadachines a sueldo sustituyeron a la investigación desinteresada, y la mala conciencia y las ruines intenciones de la apologética ocuparon el sitial de la investigación científica sin prejuicios”.

Por Alejandro Teitelbaum | 19/10/2020 | 

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Jueves, 24 Septiembre 2020 06:09

Los ricos cada vez más ricos

Los ricos cada vez más ricos

Millonarios estadounidenses ampliaron su fortuna un 29 por ciento

La fortuna personal de Jeff Bezos, que ya era el hombre más rico del mundo antes de la crisis del coronavirus, aumentó en 73.200 millones de dólares y alcanzó un punto máximo de 186.200 millones de dólares durante la pandemia

 

A más de seis meses del comienzos de la pandemia, sus efectos regresivos sobre la distribución de la riqueza ya no resultan novedosos, pero aparecen cifras que impactan. Las 643 personas más ricas de Estados Unidos incrementaron su fortuna un 29 por ciento durante la pandemia, al tiempo que más de 45 millones perdieron su empleo y 30 millones pasan hambre en ese país. Así lo indica el último informe "Billonaire Bonanza" sobre desigualdad de la riqueza, elaborado por el Institute for Policy Studies. 

Entre el 18 de marzo y el 15 de septiembre, los integrantes de la lista de multimillonarios encabezada por el cuarteto de Jeff Bezos, fundador y director ejecutivo de Amazon; Bill Gates, cofundador de Microsoft; Mark Zuckerberg, de Facebook y Elon Musk de Tesla, ganaron 845.121 millones de dólares. Para dimensionar el monto, en 6 meses, 643 personas obtuvieron más que el doble del Producto Bruto Interno generado por Argentina, que se ubicó en torno a los 314.800 millones de dólares durante el segundo trimestre de 2020. 

Incluso la riqueza dentro de los multimillonarios se encuentra cada vez más concentrada: mientras que en abril los 15 multimillonarios acumulaban el 28 por ciento de la riqueza del grupo de los 643, en septiembre ganaron cuatro puntos porcentuales y concentran el 32 por ciento de la riqueza de la elite estadounidense.  

En este sentido llama la atención el patrimonio de Elon Musk, que aumentó 273,8 por ciento, pasando de 24.600 millones de dólares en marzo a 91.966 millones de dólares en septiembre de este año. La fortuna personal de Jeff Bezos, que ya era el hombre más rico del mundo antes de la crisis del coronavirus, aumentó en 73.200 millones de dólares y alcanzó un punto máximo de 186.200 millones de dólares durante la pandemia. Esto se debe al aumento de la participación de Amazon en el contexto del incremento de las compras en línea y las entregas a domicilio. Zuckerberg se benefició en 84 por ciento. En tanto Bill Gates, que se comprometió a donar al menos la mitad de su fortuna a la lucha contra el coronavirus, registró un aumento de 19 por ciento, alcanzando los 116.000 millones. El estudio se basa en los datos de patrimonio neto de las personas rastreados por Forbes.

Al igual que en Argentina, en Estados Unidos también se está debatiendo un impuesto extraordinario a los más ricos: Bernie Sanders e Ilhan Omar, senadores del Partido Demócrata, presentaron un proyecto de ley para imponer un impuesto por única vez del 60 por ciento de las ganancias de los multimillonarios, para asistir a los trabajadores estadounidenses a cubrir la atención médica. De acuerdo al proyecto, Bezos pagaría un impuesto único de 43.947 millones de dólares, y Musk tendría que pagar 40.419 millones de dólares.


 CORONAVIRUS Y CRISIS

Los trabajadores del mundo perdieron 3,5 billones de dólares en salarios durante la pandemia

Según un informe de la ONU la masa total de salarios perdidos por los y las trabajadoras de todo el mundo equivale a 5,5 % del Producto Interno Bruto global. Los rescates multimillonarios de los Estados fueron a las grandes empresas, farmacéuticas, bancos y el sector financiero, mientras que los trabajadores se empobrecieron en todo el mundo.

La Izquierda Diario

@izquierdadiario

Miércoles 23 de septiembre | 11:43

La gestión de la pandemia de coronavirus por parte de los gobiernos del mundo se está cobrando un alto precio en los puestos de trabajo y salarios a nivel mundial. Según un informe de la ONU publicado este miércoles, se trata de cientos de millones de empleos perdidos y trabajadores sufriendo una caída "masiva" de ingresos.

El informe hace un cálculo sobre el total de horas de trabajo perdidas durante la pandemia y las presenta como cantidad de empleos y salarios perdidos por los trabajadores en ese período.

El nuevo estudio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) encontró que a mediados de año, las horas de trabajo globales habían disminuido en un 17.3 por ciento en comparación con diciembre pasado, lo que equivale a casi 500 millones de empleos a tiempo completo.

Eso es casi 100 millones más de equivalentes de empleo que el número pronosticado por la OIT en junio, cuando esperaba que el 14 por ciento de las horas de trabajo se perdiera al final del segundo período de tres meses del año.

"El impacto ha sido catastrófico", dijo a la prensa el director de la OIT, Guy Ryder, en una sesión informativa virtual, señalando que el ingreso laboral global se había reducido en un 10,7 por ciento durante los primeros nueve meses del año en comparación con el mismo período en 2019.

Eso equivale a una caída de unos 3,5 billones de dólares, o un 5,5 por ciento del producto interno bruto (PIB) global, dijo la OIT.

La OIT también advirtió que las perspectivas para los últimos tres meses de 2020 habían "empeorado significativamente" desde su último informe en junio.

La organización había pronosticado anteriormente que las horas de trabajo globales serían un 4,9 por ciento más bajas en el cuarto trimestre que el año anterior, pero dijo que ahora esperaba una caída del 8,6 por ciento, lo que corresponde a 245 millones de empleos de tiempo completo.

Desde que apareció en China a fines del año pasado, el nuevo coronavirus ha matado a casi un millón de personas en todo el mundo de los más de 31 millones infectados.

Además de los problemas de salud, la administración de la pandemia por parte de los gobiernos del mundo ha tenido un impacto devastador en los empleos y los ingresos de los trabajadores.

Durante meses la mayoría de los gobiernos ensayaron un discurso de elegir entre la salud o la economía, una falsa dicotomía que como quedó demostrado ni protegió la salud de los trabajadores esenciales, ni garantizó los empleos y salarios de los trabajadores.

Mientras que los sistemas de salud se vieron cada vez más saturados, tras años de políticas neoliberales que los desfinanciaron por completo, ahora el mundo entra en una segunda fase del virus con rebrotes en Europa sin que se haya hecho nada al respecto.

Los distintos estados votaron paquetes de rescates multimillonarios que se estiman en alrededor de 9,6 billones de dólares a nivel mundial. Sin embargo, la gran mayoría de esa suma fue destinada a financiar a las grandes empresas, a la industria farmacéutica privada, a los bancos y al sector financiero. Las "ayudas" para paliar la situación desesperante de quienes perdían su empleo, eran suspendidos o les rebajaban el salario, fueron minúsculas en relación al salvataje multimillonario para los empresarios. Por otra parte, a pesar del discurso generalizado de que la pandemia "afecta a todos por igual, y todos deben hacer un esfuerzo", tampoco fueron tocados los intereses del los más ricos en ninguna parte del mundo. Paradójicamente esos mismos ricos fueron los principales favorecidos por los planes de estímulo.

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Jueves, 10 Septiembre 2020 06:15

El reseteo del capitalismo tecnológico

El reseteo del capitalismo tecnológico

La tendencia a la monopolización es una de las claves del capitalismo tecnológico actual. Una perspectiva progresista debería reflexionar sobre la materia y romper los cercos que se imponen en este nuevo modelo.

 

El 13 de agosto, a las dos de la madrugada, el director ejecutivo de la empresa Epic Games, Tim Sweeney, mandó un correo a su tocayo y contraparte en Apple, Tim Cook. La misiva decía escuetamente que su compañía, fabricante del popular juego Fortnite, ya no iba a adherirse más a las restricciones de pago en la tienda virtual de Apple. «Tengo la firme creencia que la historia y la ley están de nuestra parte», sentenció.

El accionar del monopolio de Apple sobre el procesamiento de pagos de aplicaciones de terceros y las molestias que esto conlleva son bien conocidos. De hecho, aunque el abierto desafío de Epic Games a la compañía más valiosa del mundo es excepcional, tampoco está sola en su inconformidad con Apple. Pero hay algo que se conoce menos: la forma en que esta empresa y otras grandes compañías tecnológicas ocasionan un cortocircuito en la forma en que nuestras sociedades gestionan la relación entre el mercado, las nuevas tecnologías y las brechas sociales.

Nuestra actualidad puede ser definida como una nueva «edad dorada», cuyas maravillas tecnológicas polarizan al mundo económica y socialmente. Se trata de una «edad dorada» similar a aquella que caracterizó el periodo previo de las grandes guerras, en la que carteles y monopolios lo dominaban todo (desde la Standard Oil de John D. Rockefeller a los opacos acuerdos financieros coordinados por J.P. Morgan). A esta nueva época la definen, a diferencia de la del pasado, cercamientos tecnológicos que generan monopolios modernos, como la tienda de Apple que se impone entre clientes y desarrolladores.

La brecha social, política y existencial contemporánea es consecuencia y no causa de esta realidad. Las tecnologías modernas polarizan las interacciones y esquinan los mercados a su favor. Lo que se impone como reto es su democratización. En definitiva, la resistencia a un futuro cercado que tacharía los beneficios de una sociedad que aspiró a «custodiar a los custodios», lograr un bienestar de clase media y gozar de pluralismo democrático.

Los nuevos cercos tecnológicos

Existe una abundante bibliografía sobre los «cercamientos» nacidos en las décadas tardías del siglo XV y comienzos del XVI, cuando se inicia el quiebre de los vínculos feudales entre siervo y señor de la tierra, inicialmente en Inglaterra. Karl Marx, con su acostumbrada mordacidad, relata en El capital la usurpación de las tierras comunes (a las que los siervos tenían acceso para consumo familiar) a manos de una nueva generación de nobles en «insolente conflicto» con sus antecesores feudales. Con el lento desarrollo del capitalismo comercial, esta nueva generación alineó sus intereses con el Parlamento y aspiró a enriquecerse más allá de los usos y costumbres permitidos por la nobleza. Con la «sangrienta disciplina» que impuso esta acumulación primitiva, la abierta y cruda privatización de estos recursos lanzó a esa nueva clase de proletarios a las ciudades sin salvaguardas.

En su clásico La gran transformación, Karl Polanyi aseguraba que estos encercamientos fueron el primer intento de desacoplar el entonces incipiente mercado de la institucionalidad social y productiva de ese entonces, donde existían deberes de cuidado, aunque mínimos. En un interesante veredicto histórico del liberalismo clásico, escribiría que «el laissez faire estuvo planificado, mientras que la planificación [social, la reacción a cargo de la Corona para mitigar los efectos negativos de los cercos] no lo estuvo». Las mismas palabras valen, siglos después, para el orden neoliberal.

La crisis del coronavirus exacerbó tendencias que hasta hace poco eran visibles, pero incipientes. Actualmente, el proceso es más sutil. No obstante, es posible constatar que existió planificación en esta solapada acumulación primitiva «versión 2.0». Las grandes compañías de tecnología devaluaron los protocolos abiertos de la internet que permitían una relativa porosidad en el trasiego de información. Crearon un mundo donde las plataformas y los agregadores cercaron grandes espacios para monetizar a un consumidor cautivo. La visión del científico de la computación y creador de la World Wide Web Tim Berners-Lee de impedir la exclusividad de estos protocolos y de evitar que una sola organización manejara internet seguiría siendo cierta. Pero ya no sería un espacio abierto.

El negocio de estos monopolios modernos es capturar externalidades, jerga microeconómica para describir el efecto incidental y, si es beneficioso, el valor indirecto que genera la relación de mercado a un tercero. Estas nuevas compañías generan más valor al tener más usuarios. Capturando al usuario, se esquina el mercado. Esto proporciona «fosos protectores» que dificultan las amenazas de competidores potenciales. Estos «fosos» no son inherentes a los monopolios modernos: las inversiones más rentables de Warren Buffett fueron en compañías con explícitos y profundos fosos protectores. Buffett, de hecho, repite con gusto que «la competencia es perjudicial para la riqueza». Visto así, las compañías de tecnología solo adoptaron el mantra de la no competencia que Buffett enseñó a lo largo de su carrera.

Por eso, más que ese reset que se ha previsto discutir en el cónclave de Davos en 2021, el mundo experimentó un cortocircuito entre la economía real y la utilidad neta de estas grandes compañías. Este cortocircuito es evidente en la desconexión entre las altas finanzas y la economía de los hogares estadounidenses. La valorización del Nasdaq, el índice que aglutina a las compañías de tecnología más importantes de ese país, tiene niveles récord de capitalización en plena pandemia y las cifras de desempleo triplican el promedio histórico.

Esta desconexión es propia de un mundo dominado por monopolios. En su libro The Myth of Capitalism [El mito del capitalismo], Jonathan Tepper subraya que los votantes hoy reconocen lo quebrado del sistema, pero asegura que «no es el bajo crecimiento económico lo que está incrementando la desigualdad, sino el aumento de la concentración de mercado y la muerte de la competencia». En la vieja «edad dorada», otros también lo entendieron. John Hobson, desde su visión liberal sobre el imperialismo, reconoció que fue la estructura monopólica del mundo decimonónico lo que empujó a sangre y fuego la apertura de nuevos mercados, contrario a la historia liberal whig que tanto sacó a Marx de sus casillas. Ni qué decir a Vladímir Lenin, quien también notó la creciente desigualdad en la acumulación y en el despliegue de capital anterior a la crisis de 1929.

El cortocircuito social y la «gran polarización»

Peter Termin, economista e historiador del MIT, escribió un libro audaz titulado The Vanishing Middle Class. Explicó el fenómeno de la desaparición de la clase media en Estados Unidos usando el modelo desarrollista que el Premio Nobel de Economía Arthur Lewis utilizó años atrás para explicar las economías duales en los «países en desarrollo». En efecto, la clase media desaparece porque no tiene cabida entre estos dos mundos, uno de subsistencia donde el valor marginal del trabajo es casi cero, y el otro caracterizado por una economía de enclave altamente tecnológica. Para mantener el ritmo de crecimiento, se requiere mantener la economía de subsistencia contra el piso. Mientras más bajo sea el salario, mayor valor creará el enclave moderno al usar a estos trabajadores en sus procesos.

Al automatizar los trabajos de la clase media, irónicamente los más fáciles de reemplazar, esta capa social perdió la capacidad de mediar entre las presiones de un mercado con ansias de desacoplarse de la sociedad y la institucionalidad pública del Estado de la posguerra. Este desacoplamiento sería facilitado por la «paradoja de Moravec», que indica que es relativamente fácil enseñarle a una computadora a jugar damas o ajedrez al más alto nivel (o tomar dictado, traducir una página o cuadrar la logística de un proceso o la contabilidad de una empresa), pero no es tan fácil enseñarle lo que un niño de preescolar sabe en materia de cognición o movimiento. Así, las oficinas corporativas de Amazon usan tecnología de punta para trazar la entrega de un paquete con precisión milimétrica, pero usan para embalarlos a miles de empaquetadores con salarios de subsistencia y sin protección sindical. Además de tecnologías sin costos marginales, el nivel de subsistencia de trabajo tecnológico por contrato y de poca seguridad tiene escasos beneficios adicionales de bienestar para gran parte de la población. Todo esto crea brechas sociales.

Democracia e instituciones para una polarización constructiva

Como diría Polanyi, el doble movimiento a favor del reacoplamiento social en esa primera época estuvo a cargo de poderes públicos desgastados que reaccionaron de forma instintiva. Tanto ayer como hoy, carecían del peso y la legitimidad para implementar robustos procesos y resguardos sociales. La burocracia europea, y en menor escala la estadounidense, como sus antecesores del ancien régime feudal, ofrecieron resistencia a estos monopolios modernos. Sin duda, el caso contra Microsoft en 2001 fue clave para repensar las estrategias de ligar servicios y aplicaciones. Desde 2010, la Comisión Europea acusó a Google de utilizar su poder de mercado en desmedro de sus competidores. Entretanto, Google y Microsoft tienen niveles de capitalización inéditos en medio de este nuevo «insolente conflicto» entre viejos y nuevos actores.

Existen trampas implícitas en una regulación especial para estas compañías. Después de todo, Google tiene, como agregador, una relación directa con sus consumidores. Existen comunidades de desarrolladores que le pagan a Google para tener la oportunidad de servirle mejor. Eso es voluntario. Si existe desventaja con otras aplicaciones, eso es un problema de la plataforma que administra Google (el Google Store) y merece un trato distinto y específico. En efecto, la pelea entre Epic Games y Apple se circunscribe a este último punto. Estas sutilezas son importantes y propician el debate sobre si en efecto estos monopolios modernos merecen ser considerados como utilidades públicas, visto el rol que desempeñan y el alcance de sus servicios.

En un reciente artículo publicado en Nueva Sociedad, Ricardo Dudda reconoció correctamente que «los países que están interviniendo más en la economía no son necesariamente los más progresistas, los países que menos están interviniendo en la economía no son necesariamente los más neoliberales». El problema es que estas inconsistencias tienen raíces materiales más allá del discurso ideológico. Estos monopolios diseñan la retórica misma sobre la cual hablamos del presente. Tal es su poder. No es coincidencia que hablemos de reiniciar la sociedad, como si fuera un celular que no responde. Más bien este reset es tratar de reiniciar el celular como respuesta a la queja de alguien en la línea. La ciudadanía elevó su voz, y ahora reiniciar al modelo de fábrica más sencillo se podría considerar como una falta de respeto.

Existe un aspecto aún más crítico de nuestra «gran polarización». Se trata de que la misma concepción del Estado está rota porque refleja esa misma mentalidad de monopolio. Gran parte del fracaso de la administración pública contemporánea fue regular lo que era innecesario, no innovar procesos y no planificar resguardos para situaciones previstas pero inmaduras. No sabemos cuándo nacerá el cisne negro, pero cuando crece resalta poco a poco en el estanque. No es invisible. Esta es la mejor metáfora para ver la falla del Estado en no entender que hay riesgos incalculables, pero igual de incalculable es la capacidad que tenemos como sociedades para hacer frente a estos retos. Por eso, el reto debe propiciar actuar con audacia, con atención a las sutilezas. Solo así el veredicto histórico, de resistir y cambiar el futuro que nos convidan, será favorable a nuestro progreso como sociedades.

Jueves, 03 Septiembre 2020 05:49

Competencia en el laboratorio

Competencia en el laboratorio

Entrevista a Johannes Varwick

 

¿Rusia, China o Estados Unidos? La búsqueda de una vacuna contra el covid-19 se está convirtiendo en un campo de batalla geoestratégico. Johannes Varwick, analista especializado, explica los riesgos y los efectos colaterales de esta competencia.

 

En la actualidad estamos viviendo una carrera global por producir una vacuna contra el coronavirus. Rusia es el primer país que ha aprobado una. Al mismo tiempo, se multiplican las advertencias sobre los efectos de esta competencia. ¿Qué rol cumple la preocupación por la propia reputación en las reacciones críticas a la vacuna de Rusia que se suscitaron en Estados Unidos y Europa?

Por supuesto que estamos ante una carrera por la vacuna y que es una cuestión de prestigio nacional, pero también están en juego intereses nacionales bien concretos. Por lo que sabemos, Rusia ha aprobado la vacuna sin haberse atenido a los estándares establecidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Usar la vacuna a gran escala sin esperar los resultados de los estudios clínicos suena a experimento con humanos. Solo puede permitírselo un sistema autoritario como el de Rusia, sería inconcebible en las democracias occidentales. Con estos antecedentes, no es posible predecir aún si la vacuna rusa –que los rusos probablemente llamarán «Sputnik V»– es efectiva o, por el contrario, dañina.

Queda por ver si el procedimiento nada convencional de los rusos tendrá éxito. Si Rusia se convierte en el primer país con una protección efectiva contra el covid-19 y la pone a disposición de su población, en realidad tendrá algo de «Sputnik», como en la década de 1950, cuando la Unión Soviética lanzó el primer satélite artificial terrestre. Rusia dispondría entonces de una ventaja en una carrera tecnológica que le aportaría prestigio y beneficios económicos. En el caso de no lograrlo, el daño sería igualmente grande. No puedo imaginarme a Rusia asumiendo tamaño riesgo a sabiendas y, en ese sentido, supongo que está convencida de que va por el camino correcto. Pero esta autopercepción podría ser engañosa.

¿Por qué la investigación de una vacuna contra el coronavirus se convirtió en el nuevo campo de batalla de la geopolítica?

El desarrollo de vacunas, una cuestión estratégica para superar esta crisis del siglo, es en verdad lo que llamábamos antes «bienes colectivos mundiales». O sea, la producción de bienes materiales o inmateriales que son fundamentales para gran parte del mundo, como la seguridad internacional, las rutas de libre comercio o un medio ambiente intacto. Aquellos que fueron líderes en la fabricación de estos productos tradicionalmente determinaron la política internacional también en otras áreas. Esas eran, en cierto modo, las herramientas de los países hegemónicos.

Si las vacunas son los nuevos bienes colectivos mundiales, no es de extrañar que haya comenzado una carrera por ellas. Sin embargo, hay dos argumentos que deben mantenerse separados. Algunos dicen que esta pandemia nos hace ver que necesariamente debemos pensar globalmente, que necesitamos, en cierto modo, una política estructural global sobre estas cuestiones de salud mundial. El contraargumento dice que ahora cada país se preocupa principalmente por sí mismo. No creo esté definido qué argumento triunfará. Pero si gana el segundo, entonces realmente tenemos una confrontación entre países, con todas las consecuencias resultantes. Es probable que esto no beneficie a nadie en el largo plazo.

Los grandes jugadores actualmente parecen ser Rusia, Estados Unidos y China. ¿Dónde se encuentra la Unión Europea en esta competencia?

Los más de 150 desarrollos prometedores para una vacuna que se enumeran en la OMS prueban que actualmente hay un esfuerzo enorme en diferentes niveles. De modo que, tarde o temprano, habrá una vacuna eficaz. Por cierto, en cualquier otro momento de la historia esto habría sido imposible. Pero la pregunta crucial es: ¿quién tendrá acceso a la vacuna y quién sacará provecho de ella? En estos últimos meses, todos los países grandes con capacidad económica se han asegurado los derechos de uso de vacunas o están promoviendo la investigación con empresas estatales o participaciones estatales. La entrada del Estado alemán en la empresa CureVac, con sede en Tubinga, no es, por cierto, una excepción. El hecho de que CureVac empiece ahora a cotizar en la Bolsa de Estados Unidos muestra también la interconexión transnacional en esta área.

Estados Unidos tiene, además, acuerdos con la empresa alemana BioNTech, pero también con Johnson & Johnson, Sanofi y varias otras. Australia, Canadá, Japón y muchos otros países han firmado contratos similares. También hay numerosos esfuerzos en este sentido: en Europa, por ejemplo, una alianza de Alemania, Francia, Italia y los Países Bajos ha acordado con el grupo británico AstraZeneca el suministro de 400 millones de dosis. La Unión Europea quiere participar en la iniciativa COVAX, creada por la OMS junto con la alianza mundial para vacunas GAVI, que tiene como objetivo hacer una compra colectiva de 2.000 millones de dosis para 2021 y distribuirlas de manera equitativa en todo el mundo.

¿Tiene sentido que los Estados europeos se pronuncien a favor de la disponibilidad universal de la vacuna? Al fin y al cabo, países como Alemania y Francia vacunarán primero a sus propios habitantes antes de que sean tenidos en cuenta los países del Sur global.

Si la filosofía básica de esta pandemia global es: «Nadie está a salvo mientras no todos estén a salvo», entonces es importante hacer popular esta idea al distribuir la vacuna. Por otro lado, es claro que la tarea de cada gobierno es cuidar en primer lugar a su propia gente. Resulta que en estos tiempos uno de los parámetros más importantes para medir el éxito o el fracaso de un gobierno es la cuestión de cómo se maneja el país durante la pandemia. Un liderazgo político inteligente no hace de esto una contradicción. Por tanto, necesitamos un equilibrio entre los intereses a corto plazo, puramente nacionales, y los intereses mundiales a mediano plazo, que, si se los observa correctamente, también son intereses nacionales.

¿La vacuna, como lubricante de alianzas globales, allanará el camino para un nuevo orden mundial? ¿Qué países es probable que se beneficien con esto?

Creo que eso es una exageración. Veo más bien el problema en el largo plazo, por el hecho de que en el futuro la solidaridad internacional les parecerá a muchos un bien suntuario. En los próximos años, los famosos «deberes más allá de las fronteras», las obligaciones más allá del propio país, se verán sometidos a una intensa presión. Es probable que cada país se ocupe lo mejor que pueda de sus propios problemas, y la idea de la solidaridad internacional se verá sometida a una intensa presión, por así decirlo. Es de suponer que esto se manifestará en disminución de los presupuestos de ayuda al desarrollo, reducción de los presupuestos para la estabilización internacional, retirada de las misiones internacionales para el mantenimiento de la paz y recortes en los presupuestos de defensa. El cosmopolitismo, la solidaridad internacional y la responsabilidad global amenazan con quedar rezagados, primero en el discurso, pero también en la acción.

¿Cómo puede garantizarse que organizaciones internacionales como la Organización de las Naciones Unidas (ONU) no terminen siendo víctimas de esta compulsa geopolítica?

Por desgracia, la ONU es irrelevante en este momento. Si bien el Consejo de Seguridad se reunió, está paralizado por los derechos de veto de China, Rusia y los Estados Unidos. Hay algunas agencias especializadas de la ONU, como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo o en el área de ayuda humanitaria, que son bastante efectivas. Esto también se aplica a la OMS, que continúa haciendo un buen trabajo, pero que simultáneamente es víctima de la política. Se ha llegado a un punto tal que Estados Unidos ha anunciado su salida de esa organización. La creciente pugna por el poder entre Estados Unidos y China también se refleja claramente en la OMS.

De modo que el sistema de la ONU no es completamente ineficaz, pero el multilateralismo tal como lo conocemos está verdaderamente bajo presión. El público no sabe en absoluto qué está sucediendo en los países en desarrollo porque aún no conocemos las cifras. Esto tiene que ver con el hecho de que allí se testea poco, pero sería un verdadero milagro que una buena parte de África o las regiones en conflicto, desde Siria hasta Libia o Afganistán, sobrelleven mejor esta pandemia. Los números también aumentarán allí, lo cual producirá inestabilidad. En tal sentido, los famosos agujeros negros en la política mundial probablemente aumentarán y esto puede ser para preocuparse.

Johannes Varwick es politólogo y catedrático de Relaciones Internacionales y Política Europea en la Universidad Martín Lutero de Halle-Wittenberg. Desde mayo de 2019 es presidente de la Sociedad de Políticas de Seguridad (GSP, por sus siglas en alemán).

Fuente: IPG

Traducción: Carlos Díaz Rocca

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