Lunes, 08 Abril 2019 06:38

Dinero y gobierno

Dinero y gobierno

Como suele ocurrir, las interpretaciones acerca de la evolución de la economía son contradictorias. Ahora se trata de la situación económica global.

Donald Trump apura al banco de la Reserva Federal a acabar con la restricción que representa el alto nivel actual de las tasas de interés, y demanda acrecentar la cantidad de dinero en la economía para sostener la expansión productiva y la creación de empleos. En el modo de expresarse que lo caracteriza, ha dicho: "Creo que deben bajar las tasas y deshacerse de la contracción cuantitativa. Veremos, entonces, un cohete espacial".

Al mismo tiempo, Christine Lagarde, directora ejecutiva del Fondo Monetario Internacional, advierte que la mayoría de los países no podrán contrarrestar la desaceleración económica, de la que ya hay indicios, con menores tasas de interés, y que, en cambio, deben usar de modo más inteligente las políticas fiscales.

El contexto de estas afirmaciones encontradas corresponde a lo que se observa en la política internacional. En Estados Unidos, el gobierno instrumenta medidas de tipo proteccionista en materia comercial y una política fiscal que contiene la rebaja de los impuestos y un mayor déficit para alentar la actividad económica.

En Europa, persiste la fragilidad financiera; Alemania ha dejado de crecer al ritmo acelerado que jalaba el producto de esa región; los gobiernos y movimientos de corte nacionalista adaptan sus posturas en materia fiscal; el Brexit amenaza con provocar choques económicos, que requerirían ajustes costosos, y además las condiciones sociales representan fuertes exigencias sobre los recursos públicos.

Robert Skidelsky, reconocido experto en la teoría keynesiana, ofrece una definición genérica de lo que es la macroeconomía, útil para poner en perspectiva los procesos económicos y políticos que están en curso.

Señala que de lo que trata es del dinero, el gobierno y las relaciones que se establecen entre ellos. Añade: "Las cuestiones no resueltas de las políticas macroeconómicas surgen de las disputas acerca de la parte que desempeña el dinero en la vida económica y la parte que el gobierno debería cumplir".

El asunto ocupa un lugar central del análisis económico. Así fue de modo ostensible en el periodo que siguió a la crisis de los años 1930 y después del final de la Segunda Guerra Mundial. Otro giro se dio con la elaboración de las teorías y la aplicación de las políticas públicas surgidas en la década de 1970 para enfrentar el fenómeno de la estanflación, referido a la confluencia de alta inflación y elevados niveles de desempleo. Recientemente se aprecia en el abierto cuestionamiento a la concepción de lo que se conoce como la gran moderación, periodo en el que prevaleció una baja inflación y la estabilización del ciclo económico y que acabó en la crisis financiera de 2008.

Los extremos del debate acerca del papel del dinero y del gobierno se expresan, pues, en las políticas monetaria y fiscal. La primera se le encarga a los bancos centrales que operan con un estatuto de independencia respecto del gobierno. La segunda la ejecuta directamente el gobierno mediante el presupuesto que establece las fuentes de los ingresos, la asignación de los gastos y la gestión de la deuda pública. Este arreglo institucional podría estarse erosionando.

En todo caso, de lo que se trata es de que la relación entre dinero y gobierno genere las condiciones para que crezca el gasto en inversión y consumo que hacen el sector privado y el público, que aumente el nivel de empleo y los ingresos derivados del trabajo, y que esto ocurra en un entorno de estabilidad de los precios.

Nada simple y tampoco algo que, cuando se consigue, dure por un tiempo previsible y mucho menos indefinido. La cuestión está bien documentada en la historia económica.

En México hay ahora un replanteamiento de la relación entre el dinero y el gobierno. Lo que se ha dicho es que se persistirá en la política de contención de precios y el mantenimiento del valor de la moneda, y esto en un entorno de gestión fiscal para contener, a su vez, el déficit y el endeudamiento público. Este es el mismo arreglo que existía antes.

El entorno macroeconómico que se ha definido y con el que se pretende elevar al doble la tasa promedio de crecimiento anual del producto depende en gran parte de los proyectos de inversión pública que se realicen, la eficacia en su gestión, las condiciones de su financiamiento, la capacidad efectiva de provocar un mayor nivel de actividad económica en un plazo extendido de tiempo, su efecto multiplicador en la inversión privada y en las condiciones sociales, es decir, en su rentabilidad.

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Tasas de interés, efecto riqueza y estancamiento

Desde hace más de tres décadas las tasas de interés reales en las economías desarrolladas han mantenido constante su tendencia a la baja. Eso no sólo refleja la política monetaria instrumentada por los bancos centrales de cara a la crisis financiera de 2008. Todo parece indicar que estamos frente a cambios impulsados por fuerzas de largo aliento.


Esta trayectoria declinante afecta casi todo el abanico de tasas de interés, comenzando con las de bonos soberanos a 10 años y pasando por las de corto plazo (que normalmente siempre son más bajas que las de largo plazo). Pero a pesar de que se mantienen estas tasas de interés reducidas, ni la inversión ni el crecimiento acaban de adoptar un ritmo de mayor dinamismo. Esto tiene desconcertados a los economista que abrazan la teoría ortodoxa. Hay dos grandes preguntas. Primero, ¿cuáles son las fuerzas que han provocado esa reducción en las tasas de interés? Segundo, ¿por qué no hay una mayor inversión (y crecimiento) como respuesta a esas bajas tasas de interés?


Las respuestas a estas preguntas no son fáciles si uno tiene una teoría equivocada sobre la determinación de la tasas de interés. Y la verdad es que la teoría neoclásica sobre esta variable adolece de serios problemas, porque su punto de partida es la idea de una tasa de interés natural que se permite equilibrar la oferta y demanda de capitales con una situación de pleno empleo. Esa teoría supone que cualquier economía capitalista tiende naturalmente a esa posición en el largo plazo. Según esa teoría, si la inversión es mayor que el ahorro la tasa natural crece hasta fomentar el ahorro y frenar la inversión, regresando a un equilibrio. Y cuando el ahorro es mayor que la inversión, la tasa de interés se reduciría y la inversión crecería, con lo cual se restablecería el equilibrio.


Lo que tiene hoy intrigados a los economistas de corte tradicional es que las tasas de largo plazo se conservan en niveles históricamente muy bajos y, sin embargo, la inversión se mantiene estancada. Para la teoría ortodoxa eso es un misterio y para aclararlo tiene que recurrir a las explicaciones externas a la economía. Por eso ha renacido la idea de que el flujo de innovaciones tecnológicas que abren nuevos espacios de rentabilidad se ha ido agotando. Esta idea tampoco encuentra apoyo en los datos sobre cambio técnico y tasas de innovación, pero permite conservar la idea de que la inversión depende de la tasa de interés. Y eso es lo que importa cuando uno es economista ortodoxo: proteger a toda costa el cinturón de falacias que integran el núcleo de la teoría neoclásica.


Por el otro lado, un estudio del Banco de Inglaterra (documento de trabajo 571 disponible en bankofengland.co.uk) concluye que el ahorro se ha incrementado a escala mundial debido a cambios en la estructura demográfica, la mayor desigualdad y a un exceso de ahorro por motivos de precaución en los llamados mercados emergentes. El factor más importante es la desigualdad, que se ha ido incrementando en décadas recientes porque en la medida en que aumenta la concentración del ingreso también crece el ahorro en las capas superiores. Todo esto ha contribuido, según el estudio citado, a reducir la tasa de interés. Esto recuerda las explicaciones esgrimidas por Bernanke para dar cuenta de los desequilibrios macroeconómicos internacionales.


Todo esto podría parecer una descripción interesante y creíble. Pero tiene varios problemas. El primero es que la tasa de interés no es el único y ni siquiera el principal determinante de la inversión, sobre todo en un contexto de incertidumbre. Además, a escala global la tasa de rendimiento para las inversiones productivas se encuentra en problemas y no hay manera de que las tasas de interés reducidas puedan contrarrestar el efecto de una rentabilidad a la baja.


El segundo problema es que todo el razonamiento ortodoxo se lleva a cabo como si la tasa de interés fuera el precio del capital en el mítico mercado de fondos prestables. La realidad es que la tasa de interés la determinan las autoridades monetarias/económicas y no está determinada por las veleidades de la oferta y la demanda de capitales. Para apuntalar la demanda agregada que desfallecía por los salarios estancados, la política monetaria mantuvo reducidas las tasas de interés para fomentar el endeudamiento y el incremento en los precios de ciertos activos como los bienes raíces. Eso provocó un efecto riqueza en beneficio de algunos segmentos de la población y de esta manera artificial pudieron mantener su poder de compra. Después vendrían las crisis a poner las cosas en claro (el colapso de las empresas dot.com, la recesión de 2001 y la crisis financiera de 2008). Eso es lo que explica los altibajos de la tasa de crecimiento y las crisis en decenios recientes.


El misterio de la coexistencia de bajas tasas de interés con estancamiento se puede entender cuando se eliminan las distorsiones que introduce la teoría ortodoxa del neoliberalismo.
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Miércoles, 17 Octubre 2018 06:28

Crisis financiera: la medicina equivocada

Crisis financiera: la medicina equivocada

La teoría económica ortodoxa sobre el funcionamiento del sistema bancario nada tiene que ver con el mundo real de las finanzas. En el plano académico eso explica la ignorancia de los economistas neoclásicos sobre las causas de la crisis financiera de 2007. Pero lo realmente grave es que la mayor parte de las autoridades económicas en el mundo (bancos centrales y agencias reguladoras) sigue utilizando las herramientas de esa teoría ortodoxa, a pesar de ser lógicamente inconsistente y de haber sido desacreditada por los acontecimientos.

El pasado septiembre, Claudio Borio, economista en jefe del Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés), declaró que existe un alto riesgo de que la economía mundial sufra una recaída con consecuencias potencialmente más graves que las de la Gran Recesión. Las declaraciones vienen de uno de los funcionarios más lúcidos del BIS, alguien que acertadamente pudo leer las señales de los indicadores financieros más relevantes para predecir la crisis de 2007. Lo más alarmante del anuncio de Borio es su empleo de una metáfora médica: "Hoy ya no tenemos más medicinas para curar al paciente y asegurar su recuperación".

Para seguir con la alusión a la medicina, después del colapso de 2008, los bancos centrales del mundo desarrollado recetaron a sus maltrechas economías un remedio muy fuerte: para contrarrestar los efectos de la crisis aplicaron de manera persistente tasas de interés cercanas a cero (e incluso negativas en algunos casos) e inyectaron cantidades astronómicas de liquidez al sistema financiero. Pero esa medicina tenía contraindicaciones y efectos colaterales indeseables.

Uno de esos efectos es el intenso síndrome de abstinencia cuando la medicina es interrumpida. Los efectos sobre los mercados emergentes están a la vista, pues los préstamos desde Estados Unidos a empresas no bancarias en los mercados emergentes se han duplicado desde la crisis financiera y hoy rebasan 3.7 billones (castellanos) de dólares. Según Borio, las crisis de Argentina y de Turquía son consecuencia de lo anterior, debido al ajuste en la política de la Reserva Federal que ha prometido seguir con aumentos graduales en la tasa de interés y del anuncio del Banco Central Europeo sobre la terminación de su programa de estímulo (flexibilidad monetaria) a finales de año.

Pero el problema central de la política monetaria no convencional que aplicaron los países desarrollados para enfrentar el colapso de 2008 no es solamente el de los síntomas de retiro de la medicina al llegar el momento de la normalización. El principal inconveniente es que la medicina no estuvo dirigida a curar al paciente, sino a rescatar el statu quo que imperaba antes de la crisis.

El propio Borio señaló que uno de los efectos de la flexibilidad monetaria aplicada en Estados Unidos y por el Banco Central Europeo ha sido promover un frenesí de préstamos con estrategias que siguen de cerca los infames CDO o títulos de deuda respaldados por créditos, bonos o hipotecas como garantía. En los años que precedieron la crisis de 2008, estos títulos eran agregados como técnica para distribuir y disminuir riesgos, así como para bajar el costo del crédito y comisiones a los prestatarios. Esos paquetes después eran vendidos en los mercados financieros como "vehículos de inversión". Hoy esa práctica ha privilegiado a un tipo de CDO, los llamados CLO, que no son otra cosa que títulos respaldados por préstamos (típicamente deuda de empresas pequeñas y medianas). La práctica de rempaquetarlos y venderlos es similar a la de los títulos respaldados por hipotecas. Lo importante es que los CLO constituyen (al igual que sus hermanos gemelos, los CDO) un fuerte incentivo para el apalancamiento y para el abuso en la adopción de riesgo.

Es bien sabido que las tímidas medidas regulatorias adoptadas en Estados Unidos (bajo la administración Obama) fueron muy débiles para corregir excesos. Además, después de la aprobación de la ley Dodd-Frank en 2010 las principales restricciones introducidas fueron debilitadas en los reglamentos que debían hacer aplicable la legislación principal. Por eso no sorprende el renacimiento de las prácticas crediticias tóxicas que tanto contribuyeron a detonar la crisis en 2008.

Los bancos en Estados Unidos desencadenaron una crisis que aniquiló la riqueza de millones de familias y destruyó 9 millones de empleos. Los bancos fueron rescatados sin un rasguño, mientras 10 millones de familias perdieron su casa. La política del banco central fue generosa con los bancos, inyectándoles liquidez con tasas de cero por ciento. Hoy, después de 10 años, el banco central habla de normalización, pero confirma la luz verde para que los bancos puedan seguir su peligroso juego depredador. Esta subordinación a las necesidades/necedades del sistema financiero anula por completo el mito de la autonomía del banco central y confirma la necesidad de un control responsable y democrático sobre sus actividades.

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Lunes, 08 Octubre 2018 06:29

Camisa de fuerza

Camisa de fuerza

El aire está enrarecido en la política monetaria. Hace 10 años, en plena crisis financiera, los bancos centrales usaron el instrumento clave del que disponían: la tasa de interés, para establecer las condiciones de la cantidad de dinero en la economía y el acceso a él de un restringido grupo de la sociedad.

De lo que se trata es, precisamente, del acceso a los recursos y, en especial, al dinero.

Por la magnitud de la crisis, la tasa de interés de referencia que fijó la Reserva Federal de Estados Unidos fue prácticamente de cero; ese nivel determinaba las demás tasas en el mercado.

El gobierno de ese país fabricó, en efecto, enormes cantidades de dinero, que sostuvieron la actividad de los bancos y otras instituciones financieras.

La quiebra del sistema financiero se evitó. Pero las distorsiones que provocó la asignación del dinero y el crédito son profundas. Los bancos comerciales se hicieron más grandes, incrementaron sus ganancias y su poder en un mercado oligopólico. Lo mismo sucedió con los fondos de coberturas que administran billones de dólares en inversiones.

Con tasas de interés muy bajas se alteraron los precios de otros activos, como los bienes raíces o las acciones de muchas empresas, que hasta hoy se venden muy por encima de los ingresos que generan: los actuales y los esperados; también, las obras de arte.

Esto es especulación, el juego privilegiado del capitalismo actual. Este rasgo del capital define el entorno productivo, es decir, qué, cómo, para quién y dónde se produce. Así define cuánto ingreso se genera y cómo se distribuye entre los grupos de la población. No es una casualidad, entonces, que el patrón de la desigualdad social se haya agravado desde la década pasada.

Las tasas de interés muy bajas no pueden sostenerse indefinidamente. Una de las razones tiene que ver con la propia política monetaria. Ésta es una forma crucial de intervención de los bancos centrales y los ministerios de Hacienda (cuando emiten deuda pública) en la gestión de la actividad económica. En particular tiene que ver con el proceso de formación de los precios de los productos y los servicios y, por tanto, en la inflación.

Los bancos centrales tienen como objetivo clave el control de la inflación. En el caso de la Reserva Federal, se incluye la promoción del crecimiento productivo. En el caso del Banco de México, por ejemplo, se restringe mantener el valor de la moneda.

El instrumento principal del que disponen es la tasa de interés de referencia en el mercado. Ésta no puede estar en un nivel cercano a cero de forma indefinida, pues pierde la efectividad para moverse según las presiones del mercado, incluyendo el tipo de cambio.

Los bancos centrales están regresando a la normalidad, o sea, usar la tasa de interés. La Reserva Federal ya la ha elevado y avisó que seguirá haciéndolo. Esa medida repercute en todos los mercados del mundo con distinta intensidad. En México ocurre de una manera bastante directa.

El gerente general del Banco de Pagos Internacionales, llamado el banco central de los bancos centrales, Agustín Carstens, quien fue gobernador del Banco de México hasta 2017, declaró hace días en una entrevista que se deben seguir subiendo las tasas de interés hasta los niveles anteriores a la crisis de 2008 para enfrentar así una posible recesión.

Este espacio de acción es lo que se concibe como normal. Lo curioso es que ahora hay que subirlas para poder bajarlas cuando sea necesario intervenir. Pero moverlas no es un proceso inocuo, pues el precio del crédito repercute en todos los demás precios en la economía.

Este es un pensamiento circular y muy indicativo del modo en que se definen y se ejecutan las políticas públicas. Pero, más aún, pone en evidencia la estrechez del pensamiento económico actual, literalmente amarrado en una camisa de fuerza. Así se ampara en buena medida el estatuto de independencia de los bancos centrales.

Sometida así, la política económica (monetaria y fiscal) se convierte en acicate de la especulación. Es cuestionable la resistencia que un banco central de un país sin una moneda hegemónica puede tener ante los embates de las tasas de interés en dólares. Menos todavía con los desplazamientos bruscos de las inversiones que se asocian con el estado de las expectativas, con algo tan volátil como la confianza en el dinero.

 

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Bienvenido al “club de las buenas prácticas”

El segundo gobierno de Santos llega a su final y una de sus obseciones, el ingreso de Colombia a la Ocde, parece que no será concretado. Después de largos trámites y exigencias cumplidas por el alto gobierno, aún falta más para que el país pueda “medirse con los mejores”, como dice Santos. Hasta ahora, el ingreso a esta institución no ha significado mejora alguna para las poblaciones de países como México –que ingresó en 1999– y Chile –2010–. ¿Por qué tanta obsesión con el tema? ¿Qué intereses ocultos hay tras bambalinas?


Fundada a inicios de los sesentas, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico –Ocde– recoge el espíritu del Plan Marshall que en su momento buscaba recuperar la economía de las naciones europeas tras la desgracia de la guerra. Como integrantes ahora cuenta con 35 Estados, y suma un presupuesto anual que supera los 370 millones de euros. La Ocde alberga países que comparten el crecimiento económico según los principios de las sociedades de mercado, es decir, neoliberales, defendiendo intereses de sus centros financieros y mercados. Responde como un blindaje en el orden del proceso de globalización económica imperante.

 

Según dicen sus impulsores, es un foro para el diálogo y trabajo cooperativo cuya finalidad explicita es “compartir experiencias y buscar soluciones a problemas comunes”. En esa medida es un espacio para el intercambio constante de información en pro de “armonizar” políticas económicas y sociales para su coordinación a nivel internacional. De manera permanente, a su vez, este organismo publica informes con pronósticos de tendencias económicas para cada uno de los países que la integran, los que clasifica en estándares internacionales, los mismos que inciden en la cooperación fiscal por medio de convenios entre las naciones, y que establecen un modelo para las negociaciones bilaterales donde le asignan “el derecho fundamental de impuesto al país que origina la inversión de capital, es decir del país de la residencia en lugar de aquel en el que realiza la inversión”. Es claro el sentido del enunciado: aplica la retención en los centros de producción del capital, de manera que en un país donde sólo exportamos hortalizas, flores y café, su beneficio será mínimo. Los negocios circulan globalmente sin mayor beneficio regional, lo que da más vida al mercado global corporativo.

 

Hacen fila y olvidan la soberanía

 

En mayo de 2013 fue aprobada la invitación de adhesión a nuestro país junto con Letonia, que en 2016 fue aceptada de manera plena. En los últimos años lograron ser incorporados como miembros Israel, Eslovenia y Estonia. En la misma carrera de alistamiento que Colombia están Costa Rica y Lituania. Sin embargo, países con gran envergadura económica como Rusia, tras la crisis de Crimea en 2014 y la disputa geopolítica que sobrelleva con Estados Unidos y sus aliados europeos, renunció a vincularse a este grupo, Potencias como China e India no han mostrado interés; Brasil, la potencia suramericana, así como Argentina, tampoco la integran, aunque en meses recientes los gauchos han mostrado interés por esta organización. Quizás ven la necesidad de fortalecer su economía nacional antes de estar atados a compromisos con países con mayor músculo económico e industrial.

 

Nuestro país

 

La Ocde afirma que Colombia posee una economía con solidez y con alguna resistencia a la caída de precios de las materias primas, o en lenguaje menos entramado que el capital internacional puede invertir acá con cierta garantía por la estabilidad del mercado. Advierten en la necesidad que tiene el país de ajustarse a la caída de los precios del petróleo que inciden en los montos del gasto público. Proponen aumentar el recaudo incluyendo nuevos productos gravados y más personas a tributar, e incluir productivamente con mayor intensidad la mano de obra femenina en todas las esferas. Pues si bien ya están vinculadas se requiere ampliar aún más su participación en el mundo laboral.

 

La representante de Colombia ante este organismo, Catalina Crane Arango, anunciaba con euforia a los medios de comunicación que las “recomendaciones” apuntaban a la gobernanza con transparencia, y mejorar educación, infraestructura, impuestos y desarrollo financiero. “Recomendaciones” todas ellas derivadas de 23 comités que propusieron más de doscientas reformas, ajustes, “modernizaciones” de instituciones, etcétera, las mismas que fueron atendidas rápidamente por el gobierno colombiano. Posteriormente, en reunión entre el presidente Santos y el secretario general de la Ocde Ángel Gurría, informaron que los últimos comités por aprobar en Colombia, son: empleo, comercio, trabajo y asuntos sociales. Dificultades que demuestran las inocultables carencias del Estado colombiano frente a la protección social; por ejemplo, fue evidente la mella producida por Human Right Watch que denunció la situación de los niños wayúu y también la presión de la CUT por el monto del salario mínimo, inferior al de otros seis países de nuestra región.

 

Las medidas ya tomadas, para lograr la admisión en la Ocde, implican una debilidad institucional, por ejemplo, al eliminar la presencia de los ministros en las consejos de empresas estatales, lo que reduce la autonomía real de las mismas y su potencialidad; asimismo demandan fortalecer la independencia de las superintendencias en la protección legal para la circulación de mercados y establecer un régimen de responsabilidad corporativa.

 

Además, la entrada del capital extranjero se opone a negocios de fuerte monopolio estatal como, por ejemplo, el alcohol, mercado que ahora debería abrirse. Si así sucede con un sector tan consolidado como éste, ¿qué será de los demás? También exigen modernizar la explotación extractivista con políticas nacionales para la gestión de productos químicos, promover las energías renovables, eficiencia energética y la gestión integral de residuos sólidos.

 

Pero como si todo lo cedido fuera poco, ahora nuevas objeciones aparecen para doblegar más al país ante el deseado y pretendido ingreso: grandes empresas manufactureras, farmacéuticas y el Consejo Empresarial Internacional de EE.UU insisten en que Colombia debe ajustar en otras tres áreas: ponerle fin, en el curso de dos meses, al programa de chatarrización de camiones –y no dos años como propone el gobierno Santos–; actualizar las leyes de autor y propiedad intelectual, y revisar puntos sobre la venta de medicamentos y derechos de patentes. Todo a favor de las farmacéuticas estadounidenses que señalan que “Las barreras comerciales restringen el acceso al mercado y son inconsistentes con los compromisos internacionales de Colombia y los principios básicos de la Ocde”. En síntesis, es una penitencia mayor la demandada por el capital global para el ingreso del país al club de los neoliberales plenos.

 

¿Cuál es el lugar de Colombia?

 

En el fondo este organismo entiende al país dentro del contexto latinoamericano, caracterizado por la baja productividad y abundante vulnerabilidad social, donde existe baja confianza en las instituciones. Temen que la nación colombiana esté quebrada e institucionalmente debilitada, propensa a desordenes populares.

 

Dentro de los factores de desarrollo por los cuales consideran a nuestro país rezagado, está la educación, con un sistema sin innovación, pues, por ejemplo, el rendimiento está por debajo de la media aritmética de los países miembros. En este ítem demandan estimular la formación de estudiantes preparados para el mundo laboral. Exigencia no casual, ya que el 30 por ciento de las empresas nacionales identifican la mano de obra nacional como un obstáculo para el crecimiento productivo; al mismo tiempo, el 60 por ciento de estudiantes en la educación secundaria no cuenta con conocimientos y habilidades básicas para participar del mercado laboral formal. Los flojos esfuerzos de Colombia la más educada, de no vivirse un cambio sustancial en el presupuesto del ramo, continuarán arrojando resultados mediocres. Lejos está la inversión nacional de la aprobada por Chile, que alcanza al doble, y mucho más de la aporbada por Brasil que representa 30 veces más. Y a pesar de la propaganda sobre las obras de movilidad, para la Ocde nuestro país conserva una deficiencia en la infraestructura que implica incrementos en los costos de transporte de materia prima y mercancías, lo que perjudica al capital.

 

Pese a todo esto, el afán de quienes detentan el poder en nuestro país no ceja en proceder de acuerdo a lo exigido por este “club de buenas prácticas”, de lo cual da cuenta la reforma tributaria de 2016, con el supuesto propósito de reducir la desigualdad e incrementar la productividad –al reducir la carga impositiva sobre inversión y no prolongar el impuesto al patrimonio neto sobre las empresas.

 

El gobierno también acepta dejar de depender de ingresos petroleros, para lo cual proseguirá ampliando la base tributaria –incluyendo más personales naturales y jurídicas–; a su vez retoma el tema de la reforma pensional –para reducir parte de los privilegios de las mesadas más altas y permitir pensiones por debajo del salario mínimo legal. De igual manera, modificaría el promedio pensional, pasando de referenciar una media de diez años a una de quince, afectando negativamente el monto de la pensión. Sin mencionar el interés de igualar la edad de pensión entre mujeres y hombres. También valora la posibilidad de reformar de nuevo el tema del IVA, para la totalidad de productos al 18 por ciento, e incluir nuevas productos y mercancías.

 

Pero, ¿qué ganan quienes detentan el poder con todo esto? Tal vez es la excusa para “modernizar” su Estado, aplicando un conjunto de reformas como condición para “mejorar” la economía nacional y, con ella, el empleo y otros rubros; tal vez para motivar la inversión de nuevos capitales globales, llevando al país hacia nuevos campos del extractivismo; o, tal vez, el simple gusto de saltar a la burocracia mundial de parte de quien se abrogó el Premio Nobel. O todas juntas.

 

Cualquiera sea la razón, lo cierto es que con este conjunto de concesiones el capital internacional encuentra un Estado más dócil y manejable ante el conjunto de sus necesidades para continuar concentrándose.

Llegados a este punto, el papel que le queda al Estado colombiano será la de contener socialmente con programas de asistencialismo, para que la explotación sea más expedita y, claro, de ser necesario, contener por la fuerza.

Bienvenidos, pues –como tal vez escuchemos en los próximos meses– al “club de las buenas prácticas”, donde la risa será para el capital internacional y el llanto para las mayorías nacionales.

Publicado enEdición Nº244
Miércoles, 22 Noviembre 2017 06:59

Triunfo y crepúsculo del capitalismo

Triunfo y crepúsculo del capitalismo

Antes de la gran crisis financiera de 2007 era raro escuchar hablar de "capitalismo". El sistema social y económico existente en el mundo era considerado por la ideología dominante el resultado de un proceso natural. Si en alguna ocasión se hablaba de capitalismo era sólo para indicar que se trataba de un sistema ganador, un esquema de relaciones sociales que había triunfado sobre todos los demás (como lo demostraba el "colapso del comunismo en la Unión Soviética"). Hoy las cosas han cambiado.

A partir de la debacle de 2007 y del fracaso de la política macroeconómica para superar sus efectos negativos, hablar de capitalismo y de su evolución es algo común. Los reveses que sufre el capitalismo son múltiples y se necesita estar ciego para no percibirlos.

El primer fracaso se sitúa en el plano del crecimiento. Los economistas del establishment piensan que a raíz de la crisis estamos frente a un proceso de lento crecimiento o "estancamiento secular". Pero lo cierto es que la tasa de expansión del capitalismo global ha venido disminuyendo desde hace más de 45 años. Entre 1972 y 2017 la tasa de crecimiento anual del PIB de los 20 países miembros de la OCDE disminuyó de 4.2 a 2.5 por ciento. Se trata de una tendencia de largo plazo y no de un problema coyuntural.

El segundo frente en el que fracasa el capitalismo se relaciona con la política económica. Es cierto que en las décadas de la posguerra la mezcla de política macroeconómica dio buenos resultados, pero hoy la política económica no es capaz de sacar a la economía mundial del entumecimiento. La política monetaria explora nuevos territorios mediante la inyección desorbitada de liquidez al sistema financiero, pero el efecto sobre la economía real ha sido muy débil o nulo (como en Japón durante los pasados dos decenios). Por su parte, la política fiscal no ha podido escapar del terrible dilema que le ha impuesto el sistema financiero global: si el Estado no disciplina sus finanzas, el mercado de capitales le castigará.

El tercer fracaso se relaciona con la única fuente de legitimidad social y política que tenía el capitalismo, a saber, su capacidad de mejorar el bienestar de las grandes masas de la población. Ese resultado no sólo depende de la acumulación continua de capital (hoy debilitada), sino de la redistribución de los logros económicos entre la población. Entre 1945 y 1975 el capitalismo desarrollado pudo elevar el nivel de vida promedio de la población. Sin embargo, desde 1973 el crecimiento de los salarios se estancó y el aspecto redistributivo del régimen de acumulación se transformó radicalmente. El ahorro neto privado comenzó a declinar, mientras aumentaba el flujo de crédito hacia el sector privado. Los análisis de Wynne Godley demuestran que el incremento en la demanda agregada alimentado por el crecimiento del endeudamiento fue el principal factor detrás del crecimiento económico en Estados Unidos. A su vez, ese crecimiento estuvo ligado al abultado déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos y al endeudamiento externo. Las siguientes décadas estuvieron marcadas por una desigualdad creciente y la transferencia de recursos desde las clases más bajas hasta los más privilegiados de la pirámide social.

El cuarto frente en el que el capitalismo ha fracasado es quizás el más importante. La red de instituciones que proporcionan estabilidad al capitalismo es compleja y desempeña muchas funciones. Pero quizás el apoyo decisivo lo recibe de la idea de que capitalismo, democracia y libertad son criaturas que nacieron en el mismo nido. La verdad es que en ocasiones el capitalismo no ha tenido más remedio que respetar el sistema democrático, pero cuando se ha sentido fuerte ha escogido el camino de la violencia y la represión. Ese fue el destino de Allende y de Mossadegh.

A veces al capital le ha resultado costoso agachar la cabeza y aceptar esquemas de redistribución y garantías de mayor seguridad social y libertad de asociación para la clase trabajadora. Por eso de la Gran Depresión emerge el estado de bienestar. No fue una concesión graciosa de la clase capitalista. Pero una vez que el capital recuperó sus fuerzas, la democracia pasó a segundo plano. Las decisiones políticas se toman ahora por las élites de las corporaciones, bancos y otros agentes de los mercados financieros. Hoy el crecimiento del sistema financiero y la globalización de mercados y cadenas de valor se encargan de disciplinar a los gobiernos. Por la vía electoral no se puede cambiar la desigualdad o alcanzar un nuevo estado de bienestar. Las elecciones son el camuflaje perfecto para disfrazar la explotación y degradar a los ciudadanos al nivel de simples consumidores (aunque cada vez con menor poder de compra).

El triunfo enfermo del capitalismo reside en haber eliminado a la oposición para mantener operando un sistema disfuncional y a todas luces injusto. Pero ese éxito marca al mismo tiempo el principio del crepúsculo. Si alguna vez lo fue, hoy el capitalismo ha dejado de ser el soporte de una sociedad democrática, justa y estable.

Twitter: @anadaloficial

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