Juego de sombras: la alianza euroasiática está más cerca de lo que se cree

Detrás de la niebla de las informaciones se acerca un reordenamiento mundial con el continente euroasiático como protagonista.

Hemos visto cómo China está planeando meticulosamente todos sus decisivos movimientos geopolíticos y geoeconómicos hasta el 2030 y más allá.

Lo que están a punto de leer a continuación proviene de una serie de conversaciones con analistas de inteligencia, y puede ayudar a bosquejar los lindes del actual gran tablero de ajedrez de la política mundial

En China, está claro que el camino a seguir apunta a impulsar la demanda interna, y ha dirigir toda su política monetaria para consolidar la construcción de industrias nacionales de nivel mundial.

Paralelamente, en Moscú se discute: ¿Rusia debe seguir el mismo camino?

Según un analista de inteligencia ruso, «Rusia no debería importar nada, salvo las tecnologías que necesita hasta que pueda crearlas por sí misma y exportar sólo el petróleo y el gas que se requiere para pagar las importaciones. China necesita recursos naturales, lo que hace que Rusia y China sean aliados insuperables. Una nación debería ser tan autosuficiente cuanto le sea posible».

La estrategia del Partido Comunista de China (PCCH) fue delineada por el Presidente Xi en la reunión del Comité Central del 31 de julio… y fue en contra de un ala neoliberal el partido que han soñado con la conversión del partido en una organización socialdemócrata al estilo occidental y supeditada a los intereses del capital occidental – ¿colaboracionistas?

Comparar la velocidad del desarrollo económico de China con el de los Estados Unidos es como comparar un Maserati Gran Turismo (con un motor V8 ) con un Toyota Camry.

China, proporcionalmente, tiene una reserva de generaciones jóvenes muy bien educados; una migración rural-urbana acelerada; una rápida erradicación de la pobreza; gran capacidad de ahorro de su población; un sentido cultural de gratificación diferida; una sociedad -confucionista- con disciplina social y con una inteligencia racionalmente educada.

El proceso de que China comercie cada vez más consigo misma será más que suficiente para mantener el necesario impulso para un desarrollo sostenible.

El factor hipersónico

Mientras tanto, en el frente geopolítico, el consenso en Moscú (desde el Kremlin hasta el Ministerio de Relaciones Exteriores) es que la administración Trump no es «capaz de llegar a un acuerdo», un eufemismo diplomático que se refiere a un grupo de embusteros que tampoco es «capaz de actuar legalmente». Otro eufemismo que se aplica, por ejemplo, a la ruptura de los acuerdos por parte de Trump.

El Presidente Putin ha dicho en el pasado reciente que negociar con el Equipo Trump es como jugar al ajedrez con una paloma chiflada: un pájaro que camina por sobre el tablero de ajedrez, caga indiscriminadamente, derriba piezas, declara la victoria y luego huye.

En contraste, el gobierno ruso invierte su tiempo en construir una alianza euroasiática uniendo a Alemania, Rusia y China.

Este escenario se aplicará en Alemania después de Frau Merkel. Según un analista estadounidense, «lo único que frena a Alemania es que pueden perder sus exportaciones de coches a los Estados Unidos. Pero esto puede suceder de inmediato debido a la tasa de cambio dólar-euro, con el euro cada vez más fuerte».

En el frente nuclear, y yendo mucho más allá de la actual situación en Bielorrusia (ya que no habrá ningún Maidan en Minsk) Moscú ha dejado muy claro que cualquier ataque con misiles de la OTAN será interpretado como un ataque nuclear.

El sistema de misiles defensivos de Rusia -incluyendo los ya probados S-500, y los nuevos S-600- podrían ser un 99% efectivos. Esto significa que los rusos tendrían que absorber algún tipo de castigo. Por esta razón Rusia ha construido una extensa red de refugios antinucleares, en las grandes ciudades, para proteger al menos a 40 millones de personas.

Los analistas rusos explican que el enfoque defensivo de China está en la misma línea. Pekín estaría desarrollando –si no lo ha hecho ya– un escudo defensivo, con capacidad para contraatacar un ataque de misiles nucleares estadounidenses.

Los mejores analistas rusos, como Andrei Martyanov, saben que las tres principales armas de una posible próxima guerra serán; los misiles, los submarinos (ofensivos y defensivos) y las herramientas de guerra cibernética.

El arma clave hoy en día –y los chinos lo entienden notoriamente– son los submarinos nucleares. Los rusos han observado que China está construyendo una flota de submarinos –con misiles hipersónicos– mucho más rápido que los EEUU. Las flotas de superficie están obsoletas. Una miríada de submarinos chinos puede acabar fácilmente con una fuerza de ataque de un portaaviones. Las fuerzas de ataque de los portaaviones estadounidenses tienen muy poco valor en las actuales circunstancias.

Lo que estimula a China a obtener la mayor parte de sus recursos energéticos por tierra desde Rusia se explica por una estratégica: esta será la ruta segura en el caso que los mares queden bloqueados – al tráfico comercial– por una guerra entre Estados Unidos, por un lado y Rusia y China por el otro.

Incluso si los oleoductos son bombardeados, estos pueden ser reparados en muy poco tiempo. De ahí la importancia que tiene para China la serie de proyectos conjuntos con empresa Gazprom de Rusia.

El factor Ormuz

Un secreto muy bien guardado en Moscú es que justo después de las sanciones alemanas impuestas en relación con Ucrania, un importante operador mundial de energía se acercó a Rusia con una oferta para desviar a China no menos de 7 millones de barriles al día de petróleo más una inmensa cantidad de gas natural. Pase lo que pase, la propuesta sigue sobre la mesa de un asesor de petróleo y gas del Presidente Putin.

En el caso de que eso ocurriera, China se aseguraría de todos los recursos naturales que necesita. Bajo esta hipótesis, la lógica rusa sería evitar las sanciones alemanas cambiando sus exportaciones de petróleo a China, que desde el punto de vista ruso es más avanzada en tecnología de consumo que Alemania. Por supuesto este escenario no ha impedido la inminente conclusión de Nord Stream 2.

Los servicios de inteligencia le han dejado muy claro a los industriales alemanes que si Alemania perdiera su fuente rusa de petróleo y gas natural, y el Estrecho de Ormuz fuera bloqueado por Irán (en caso de un ataque americano) la economía alemana podría simplemente colapsar.

Ha habido serios debates entre los servicios de inteligencia sobre la posibilidad de que una “sorpresa de Octubre” patrocinada por EEUU, que actuando con una bandera falsa acuse a Irán del inicio de una guerra. La «máxima presión» del Equipo Trump sobre Irán no tiene absolutamente nada que ver con el Tratado de Control de Armas atómicas. Lo que importa es que, incluso indirectamente, la asociación estratégica entre Rusia y China ha dejado muy claro que Teherán será protegido como un activo estratégico – y como un nodo clave de la integración de Eurasia.

Los analistas de inteligencia centran su preocupación en un escenario -bastante improbable – de un colapso del gobierno de Teherán. Lo primero que Washington haría en este caso es tirar del interruptor del sistema de compensación SWIFT. El objetivo sería aplastar la economía rusa. Si este escenario llegara a ocurrir, China podría perder a sus dos aliados clave en un solo movimiento, y luego tener que enfrentarse a Washington solo, en una etapa que todavía no poder asegurarse todos los recursos naturales necesarios.

Esta situación sería una verdadera amenaza existencial. Esto explica la lógica detrás de la creciente interconexión de la asociación estratégica Rusia-China, la aceleración al máximo la fusión de los sistemas de pago Mir ruso y CHIPS chino, los más de 400.000 millones de dólares del acuerdo China-Irán de 25 años de duración y las medidas para eludir el dólar estadounidense en el comercio internacional.

Bismarck ha regresado

Otro posible acuerdo secreto ya discutido en los más altos niveles de inteligencia es la posibilidad de un Tratado de Reaseguros (inspirado en el canciller Bismarck) a ser establecido entre Alemania y Rusia. La consecuencia inevitable sería una alianza de facto Berlín-Moscú-Pekín que abarcaría la Iniciativa del Cinturón y la Carretera (BRI), junto con la creación de un nueva moneda euroasiática (¿digital?) para la alianza euroasiática, que incluiría actores importantes pero periféricos como Francia e Italia.

Bueno, el eje Beijing-Moscú ya está en funcionamiento. Berlín-Pekín es un trabajo en progreso. El eslabón todavía desconocido es Berlín-Moscú.

Este cambio mundial representaría no sólo la última pesadilla para las elites angloamericanas – rebasados por Mackinder- sino también el paso de la antorcha geopolítica de los imperios marítimos al corazón de Eurasia.

Ya no es una ficción. Ahora está sobre la mesa.

Por un momento, hagamos un pequeño viaje en el tiempo y vayamos al año 1348. Los mongoles están en Crimea, sitiando la ciudad de Kaffa –un puerto comercial en el Mar Negro controlado por los genoveses. Repentinamente, el ejército mongol es reducido por la peste bubónica. Sus generales lanzan los cadáveres contaminados sobre las murallas de la ciudad de Crimea.

Qué pasa cuando los barcos comenzaron a navegar de nuevo de Kaffa a Génova. Transportaron la plaga a Italia. En 1360, la Peste Negra estaba literalmente por todas partes, desde Lisboa a Nóvgorod, desde Sicilia a Noruega. Se calcula que hasta el 60% de la población de Europa pudo haber muerto, más de 100 millones de personas.

Algunos historiadores argumentan que el Renacimiento se retrasó un siglo entero, debido a la plaga.

La Covid-19, por supuesto, está lejos de ser una plaga medieval. Pero sería adecuado preguntarse: ¿qué Renacimiento podría estar retrasando la actual pandemia ?

Bueno, podría estar adelantándose el Renacimiento de Eurasia. Esto ocurre justo cuando el antiguo hegemón está implosionando internamente, «distraído por la distracción», para citar a T.S. Eliot.

Detrás de la niebla, de los juegos de sombras, ya está en marcha los movimientos trascendentes que reorganizan la gran masa terrestre euroasiática.

Por Pepe Escobar | 04/09/2020

Fuente: https://observatoriocrisis.com/2020/08/29/juego-de-sombras-la-alianza-euroasiatica-esta-mas-cerca-de-lo-que-se-cree/

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 Autoridades de Salud de Rusia anunciaron el lanzamiento de la primera vacuna en el mundo contra el Covid-19.Foto Luis Castillo

Según la OMS, seis vacunas entraron a la final "fase 3" de pruebas clínicas (https://bit.ly/3iwhpNF), donde resaltan: tres de China –Sinovac, Sinopharm y Sinophar–; otra anglosueca, Oxford/AstraZeneca; otra estadunidense, Moderna/NIAID; y una híbrida: de dos chinas BioNTech/Fosun asociadas a la estadunidense Pfizer, integrante del “ Big Pharma” (https://bit.ly/3gEEcpJ).

La controvertida OMS omite, malignamente o por "comisión", el sonoro lanzamiento de la vacuna rusa que será la primera en el mundo contra el Covid-19 y que el centro nacional de investigación Gamaleya de Rusia “se prepara para registrarla (https://bit.ly/2XDZtZg)”, la cual es entronizada como el "momento Sputnik", en alusión al lanzamiento satelital en 1957 que colocó a la ex URSS en el primer sitial de la carrera en el espacio antes que EU.

Desde hace cuatro meses sigo la carrera por el primer sitial de las vacunas entre las empresas chinas y las anglosajonas cuando la rusa no aparecía en el radar.

De allí que sea asombroso el anuncio de Kirill Dmitriev, director del "Russia Direct Investment Fund" –un "fondo soberano de riqueza"– quien anunció el lanzamiento de la primera vacuna en el mundo para estos días (https://bit.ly/3fCWiay), quizá el 10 de agosto (https://bit.ly/2ETi3Gb).

Mijail Murashko, ministro de Salud de Rusia, aseveró que "la vacuna masiva (sic) está programada para octubre, y los primeros en recibir el fármaco serán los médicos y los profesores".

Los golpes bajos de los competidores no se han hecho esperar en EU, donde abultan su "preocupación" sobre la "seguridad" de la vacuna rusa (https://bit.ly/3gz4bPo).

Hace tres meses planteé el desencadenamiento de una "guerra nacionalista de vacunas entre Occidente y China" (https://bit.ly/3gEqTFX) ya que el primer país descubridor de la primera vacuna mundial obtendría una supremacía biotecnológica y un poder geopolítico sin igual.

The Wall Street Journal menciona el "nacionalismo de las vacunas" y su "nueva dinámica en la carrera para aplastar al coronavirus" que se (con)centra en el manejo nacional y sus alcances geopolíticos: la vacuna del coronavirus representaría un premio monumental para el país capaz de manufacturarla a gran escala, un triunfo civilizatorio (sic) comparable al alunizaje. Permitiría al vencedor revivir su economía muchos meses por delante de los demás y entonces seleccionar qué aliados obtendrían luego sus envíos” (https://on.wsj.com/3fFnlli).

En forma sorprendente, ninguna empresa rusa aparece en el top ten del Big Pharma, medido por sus ingresos, donde descuellan dos empresas chinas: China Resources (primer lugar del ranking) y Sinopharm (cuarto lugar), frente a tres de EU: Johnson&Johnson (segundo), Pfizer (quinto) y Merck (octavo).

Tampoco aparecían las dos empresas chinas cuando abordé hace 11 años el ranking del momento del Big Pharma que constituía un casi-monopolio anglosajón.

En 2009 aduje que "con o sin el brote súbito de infecciones inéditas, el siglo XXI estaba destinado a ser eminentemente biológico, donde la inmunidad, la genética, la bioquímica y la virología jugarán un rol determinante y cuando el armamentario farmacológico será de carácter estratégico, por lo que aquellos países que dispongan de la sapiencia nanobiotecnológica (un feudo de EU, guste o disguste) tendrán un gran avance y quizá dispongan hasta del control del género humano voluntaria o involuntariamente".

Y agregué tristemente en Bajo la Lupa: "Aquí resalta la inmensa vulnerabilidad del BRIC (Brasil, Rusia, India y China), ya no se diga de Latinoamérica y el mundo islámico, que han descuidado el rubro farmacológico tan relevante" (https://bit.ly/30DuLkN).

Hace dos meses alerté que "La guerra farmacológica y de vacunas entre el mundo anglosajón y China va viento en popa, pero ya van entrando otros actores poderosos como Rusia" (https://bit.ly/31tbMIV).

En 11 años cambió dramáticamente el panorama del Big Pharma: hoy con sus vacunas tanto Rusia y su "momento Sputnik" como la inventiva China están a punto de desbancar al casi-monopolio farmacológico anglosajón.

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Acuerdos de apoyo de Angela Merkel y Xi Jinping a la OMS, así como a la promoción de la cooperación internacional en la ONU, habrían irritado a Donald Trump. Foto Ap

El catalán y socialista Josep Borrell, a cargo de la política exterior de la Unión Europea (UE), definió su nueva política con China y EU como doctrina Sinatra, quien inmortalizó la canción My way, que no toma partido en la confrontación de Washington contra Pekín.

La autoría de la canción es del sirio-estadunidense Paul Anka y ya había sido enunciada dos semanas antes de la caída del muro de Berlín en 1989 por Guennadi Guerasimov (GG), portavoz de Gorbachov, ex mandamás soviético.

GG optó por la doctrina Sinatra –en contraste a la doctrina Brejnev, donde la URSS imponía su ley a los países satélites– que en forma cándida le otorgaba a Polonia y a Hungría, independientemente de la legitimidad de sus veleidades geopolíticas, la latitud de escoger una vía diferente, lo cual marcó el inicio de la balcanización de la URSS (https://bit.ly/3efv5dY).

Sylvie Kauffmann (SK), editorialista del rotativo galo Le Monde, explaya la doctrina Sinatra e incurre en acrobacias lingüísticas, en medio de las tensiones noratlánticas en la fase de Trump, para diferenciar el no-alineamiento de la UE en la disputa de EU y China, lo cual no significa equidistancia cuando existe una franca asimetría, que se agudizó con la pandemia del Covid-19, que debe poner freno a las ambiciones de Pekín, sin caer en la trampa de una confrontación entre China y EU que se ha vuelto estructural (sic).

A inicios de junio, en una conversación telefónica, el mandarín Xi Jinping y la canciller alemana Angela Merkel (AM) –por tercera vez desde el brote del Covid-19– acordaron varios puntos, como el apoyo a la OMS, que es anatema para Trump, y la promoción de la cooperación internacional en la ONU y con el G20, además de acelerar los intercambios geoeconómicos (https://bit.ly/3eiLVbS).

Se espera la visita del mandarín Xi a Alemania para septiembre –sea en forma presencial o por una videocumbre– para dialogar con los 27 miembros de la UE.

El Covid-19 profundizó la relación franco-alemana, y la reciente visita de AM a su homólogo francés Emmanuel Macron expuso eldeseo mutuo de mantener relaciones estables y sanas con China, pese a las fuertes presiones de la dupla Trump/Mike Pompeo para adoptar una confrontación de corte sinofóbica (https://bit.ly/3hLZGCa).

Es probable que la resurrección europea con su doctrina Sinatra y el coqueteo de la canciller AM con el mandarín Xi hayan contribuido a la exasperación de Trump, quien acaba de ordenar el retiro de 9 mil 500 efectivos de Alemania para septiembre –de un total de 34 mil 500 y que en un momento dado de rotación pueden alcanzar 52 mil (https://on.wsj.com/3dlrqKe)–, debido al incumplimiento, según sus decires, de aumentar su gasto militar en el seno de la OTAN. Coincidentemente, cuando se gesta la cumbre entre el mandarín Xi y la UE-27 que presidirá Alemania, es cuando EU retira sus tropas, de las que se ignora cuál será su nuevo destino (https://bit.ly/3eiMKS0).

A Trump le ha irritado que Alemania no haya detenido el gasoducto NordStream2 proveniente de Rusia, y no faltan legisladores pugnaces del Partido Demócrata, como Bob Menendez y Eliot Engel, quienes disparatan de que el retiro de tropas estadunidenses beneficia al zar Vlady Putin (https://bit.ly/2YWzNXs).

En su más reciente artículo, SK comenta que la pandemia del Covid-19 hizo mover las líneas en Europa que podría salir transformada, mientras en el campo de la geopolítica mundial “la crisis exacerbó las grandes tendencias en curso sin cambiar fundamentalmente la sustancia (https://bit.ly/2YinsOe)”, por cierto, tesis de Bajo la Lupa.

SK confiesa que la UE estuvo a punto de desintegrarse, pero se recuperó y después del estadio de sideración (sic), eligió el camino inverso, el de una integración más profunda, para levantar sus economías y resistir mejor los futuros choques.

Falta mucho por avistar si las rediseñadas tendencias centrípetas superan a las fuerzas centrífugas, así como ver qué tanto funciona la doctrina Sinatra, que ya fracasó una vez y comporta el grave error de menospreciar a Rusia.

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Pugna global por la vacuna del coronavirus 

Compiten intereses de los Estados y los grupos farmacéuticos

Estados Unidos, China, la Unión Europea y la industria farmacéutica se lanzaron a la búsqueda improvisada del antídoto contra la covid-19. 

 

¿Quién se quedará con el tesoro de la patente de la vacuna contra la covid-19 ?. Una auténtica batalla científica, diplomática y financiera entre Estados y grupos farmacéuticos se está desplegando en el telón de la búsqueda de la vacuna que pondrá termino a la pandemia que infectó a millones de personas en el mundo y mato a otros miles y miles de seres humanos. Cuatro actores mundiales ocupan el primer plano: Estados Unidos y su estrategia ultranacionalista, China, para quien la vacuna sería una sólida victoria diplomática, la Unión Europea -- un jugador que ingresó con mucho atraso en esta batalla global-- y la industria farmacéutica. 

El presidente norteamericano, Donald Trump, eligió la famosa doctrina llamada “Frank Sinatra” que se refiere a la canción My Way interpretada por el cantante en los años 60 para marcar sin ambigüedad su conducta: la haremos en casa, rápido y nosotros solos. Trump se ha fijado un plazo que la comunidad científica mundial juzga imposible, es decir, noviembre de 2020, una fecha que coincide con las elecciones en los Estados Unidos. Cuando presentó el proyecto, Trump lo bautizó « Operation Warp Speed » en alusión directa a la serie Star Trek y la velocidad de las naves espaciales que vuelan más rápido que la velocidad de la luz.

Actualmente, hay 183 equipos internacionales trabajando en un proyecto de vacuna. Frente a ellos están los grupos farmacéuticos, casi todos captados y subsidiados por la administración norteamericana y Europa. Se destacan varios, entre ellos tres muy avanzados: GlaxoSmithKline (GSK), Merck & Co (MSD), Pfizer, Janssen-Johnson & Johnson, Sanofi Pasteur. También aparece la china CanSino que trabaja asociada con el Beijing Institute of Technology. Los más adelantados son: Moderna Therapeutics (Estados Unidos, 500 millones de euros en subsidios), AstraZenec (británico sueco, mil millones de euros de subsidios) y Sanofi (multinacional francesa que recibió 226 millones de euros de las cajas la Biomedical Advanced Research and Development Authority, Barda, la agencia federal de investigación médica de Estados Unidos). 

En mayo de este año, el presidente de Sanofi, Paul Hudson, le dijo a Bloomberg que Sanofi, en caso de que descubriera la vacuna, la distribuiría primero en los Estados Unidos porque Washington “comparte los riesgos” de la investigación. Frente a la polémica que suscitaron estas declaraciones, los portavoces del grupo salieron a calmar las inquietudes y prometieron “servir a los franceses”. El presidente francés, Emmanuel Macron, ya dijo en mayo que le vacuna debería ser “un bien público mundial”. En el mismo sentido se expresó el Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, para quien la vacuna “debe ser vista como un bien público mundial, como una vacuna de los pueblos”. La Unión Europea “anhela” un “acceso universal rápido y equitativo” mientras que el presidente chino, Xi Jinping, prometió que si sus investigadores tenían éxito Pekín pondría su descubrimiento en acceso libre. Los industriales llaman a todas las puertas para conseguir financiación. La de los Estados y la de los fondos como la Coalición Internacional CEPI (Coalition for Epidemic Preparedness Innovations), cuya sede está en Noruega y cuenta con un “colchón” de 680 millones de euros consagrados a la selección y financiación de proyectos.

Es casi un sueño pensar en una posibilidad gratuita cuando está en juego un mercado de 65 mil millones de euros. La noción de bien público mundial apareció en los años 90, sobre todo a partir de las teorías de Charles Kindleberger, quien definió al bien público mundial como “un conjunto de bienes accesibles a todos los Estados que carecen de un interés individual por la producción”. No parece ser el caso, tanto más cuanto que la noción de “bien público mundial” reposa sobre una estructura ya desaparecida: la cooperación entre los Estados. Trump se quiere salvar a si mismo, China su prestigio y Europa pedalea detrás de las dos potencias mundiales. Los Estados financian sus propios laboratorios y centros de investigaciones al mismo tiempo que se “garantizan” la disponibilidad de la vacuna ante los grupos farmacéuticos. 

La Unión Europea reveló hace unos días que invertiría 4 mil millones de euros en las cajas de los grupos farmacéuticos. Sin adelantar el precio, Francia, Alemania, Italia y los Países Bajos consiguieron que el laboratorio AstraZeneca entregue 400 millones de dosis si descubre la vacuna, y ello sin sacar beneficio alguno. El mismo laboratorio se comprometió a distribuir dos mil millones de dosis en el mundo a un precio equivalente al costo de producción. La fundación internacional GAVI (fundada hace 20 años por Bill Gates) bloqueó anticipadamente 300 millones de dosis del laboratorio AstraZeneca para repartirlas en los países pobres. En cada caso, el poder lo tienen los grupos farmacéuticos y no los Estados o la investigación pública. El sector público no hace más que negociar y pagar a los laboratorios en las mejores condiciones posibles un descubrimiento en gestación, pero no real. Es una lotería hacia el futuro. Muchos anuncios y poca transparencia. La doctora Nathalie Ernoult, miembro de Médicos del Mundo y del Instituto de Relaciones Internacionales estratégicas, recuerda que “para asegurarse de que las promesas van a cumplirse, habría que conocer el contenido de los contratos, lo que no es el caso hoy”.

La búsqueda de la vacuna se parece en mucho a la forma en que la pandemia fue combatida: a tientas, improvisando, corriendo detrás de la propagación del virus, con potencias enfrentadas, científicos populistas o charlatanes que promocionan sus milagros en las redes sociales sin la más lejana certeza científica. 

Los Estados apuestan por los laboratorios más avanzados en las investigaciones, pero, de hecho, la vacuna aún no existe. Hay unos cien proyectos sobre la mesa, pero sólo diez están siendo probados en los seres humanos, de los cuales 5 en China. Se han invertido miles de millones de euros en la elaboración de una vacuna contra el SIDA y la Malaria y ambos tratamientos tampoco existen pese a que matan, respectivamente, 770 mil y un millón de personas cada ano. La covid-19 es objeto de una pugna global entre intereses políticos, públicos, financieros, diplomáticos y tecnológicos. La carrera hacia el descubrimiento de una vacuna es un espejo perfecto de lo que ocurrió y sigue ocurriendo con esta pandemia. Una improvisación globalizada.

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Trump propone un G11 para contrarrestar a China: ¿un G2 subrepticio de EU con Rusia?

Arden 40 ciudades en EU, que vive su segunda guerra civil multifactorial, a la que se agrega el homicidio de George Floyd, mientras el atribulado Trump, quien así –como puede perder puede ganar con dos escenarios: el Rinoceronte Gris y el “momento Nixon (https://bit.ly/3cBKu6J)”–, el presidente de EU no ceja su cerco contra China, cuya electorera inculpación pandémica considera le puede redituar dividendos de aquí al 3 de noviembre.

La cumbre del disfuncional G7, que le toca apadrinar este año a EU, ha sido aprovechada por Trump para avanzar su agenda ya nada subrepticia de coquetear con Rusia, para formar un G2 contra China, de acuerdo con el esquema geoestratégico de Henry Kissinger, de 97 años. Ahora Trump desea ir más allá del caduco G7 y propone invitar a Rusia –a la que nunca ha dejado de respetar como superpotencia–, además de sus dos aliados Australia y Sud­corea, y a una India perplejamente dubitativa, lo que en suma estaría creando un G11 contra China, como lo bautiza el portal chino SCMP, con sede en Hong Kong y propiedad de Alibaba (https://bit.ly/2Y6hoHn). El G7 fue una creación conceptual en 1975, en pleno auge de la alianza noratlántica, del entonces presidente galo Valéry Giscard d´Estaing, de 94 años, curiosamente nacido en Coblenza (Alemania).

Luego con sus consabidas mañas, Bill Clinton, después del colapso de la URSS, invitó en forma pérfida a su cándido homólogo Boris Yeltsin para que Rusia formase parte adicional como un G8, que, en realidad, era un G7.5, ya que Moscú nunca fue admitida en forma humillante en sus trascendentales cónclaves financieristas (https://bit.ly/2APHbvp). Ulteriormente, Obama –quien cometió uno de los peores errores estratégicos en la historia de EU al haber empujado a Rusia a los brazos de China– expulsó con la mano en la cintura en 2014 a Moscú del formato G8 debido a la anexión de Crimea.

Según The Economic Times de India, la temeraria propuesta de Trump exasperó a China. Pekín comentó que tal propuesta estaba condenada al fracaso, además de ser “impopular (https://bit.ly/3795ErR)”. El rotativo indio comenta que Trump también empuja para desacoplar a China de las cadenas de suministro globales que pudieran perjudicar a Pekín a largo plazo.

El portal oficioso chino Global Times recuerda en referencia a la estrategia Indo-Pacífico resultó un fracaso al no poder seducir a India (https://bit.ly/3dIzW7o). La aceptación de Australia y Sudcorea es más bien ritualista, mientras muy hábilmente la canciller alemana, Angela Merkel, informó que no asistiría a la cumbre debido a la pandemia –curiosamente Alemania ha sido uno de los principales países en haber lidiado exitosamente con ella, lo cual ha resucitado a su canciller de su inopia popular.

A juicio de Ni Feng, director del Instituto de Estudios Americanos en la Academia China de Ciencias Sociales, la intención es simple: aislar a China y agregó que es justo el inicio, ya que seguirán más medidas de contención. Wang Wen, decano del Instituto Chongyang en la Universidad Renmin, argumentó que sería imposible para EU formar una línea frontal de guerra fría global contra China cuando otros países no desean tomar partido entre China y EU: es una fantasía de Washington que pueda formar una alianza contra China. Wu Xinbo, de la Universidad Fudan, adujo que la idea de crear una cuña entre Rusia y China era un pensamiento ilusorio. Gran Bretaña y Canadá se oponen furibundamente al regreso de Rusia al G7, mientras Trump conversó por teléfono con el zar Vlady Putin para invitarlo a la cumbre. La presencia de Rusia es más trascendental, dicho sea con respeto, que el restante de los otros nueve países debido a su estatura geoestratégica de superpotencia militar, lo cual no significa que tenga que romper su asociación estratégica con China cuando el destino multidimensional de ambos se ha vuelto complementario.

Más vale que Trump no se haga ilusiones con el esquema kissingeriano de un G2 de EU y Rusia contra China.

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El nuevo orden mundial tras el coronavirus: el debate soterrado de la geopolítica ya ha empezado

Repasamos las voces de varios líderes y expertos sobre qué tipo de mundo nos quedará tras la crisis del coronavirus, y quién está en mejor posición para ejercer el poder

 Los líderes mundiales, sus diplomáticos y los analistas geopolíticos saben que vivimos una coyuntura de cambios de las que hacen época y, mientras tienen un ojo puesto en el día a día, el otro comienza a otear la crisis que nos dejará el coronavirus como legado. Ideologías enfrentadas, bloques, liderazgos y sistemas de cohesión social están siendo sometidos a prueba ante la opinión pública mundial.

A estas alturas, todos los habitantes de la aldea global comienzan a extraer sus propias conclusiones. "Muchas certezas y creencias desaparecerán. Muchas cosas que pensábamos imposibles están pasando", ha dicho Macron en Francia. "El día después de la victoria no habrá un regreso al día anterior, seremos moralmente más fuertes". Macron ha prometido comenzar su respuesta con una fuerte inversión en salud. Varios diputados macronistas ya han comenzado a elaborar una página web llamada Jour d'Après (el día de mañana).

En Alemania, el exministro de Asuntos Axteriores socialdemócrata Sigmar Gabriel ha lamentado que "hayamos minusvalorado el papel del Estado durante 30 años", y predice que la generación por venir será mucho menos ingenua respecto a la globalización. En Italia, el exprimer ministro Mateo Renzi ha convocado ya una comisión oficial sobre el futuro. En Hong Kong alguien ha pintado un grafiti en el que se lee: "No puede haber retorno a la normalidad porque la normalidad era el problema de origen". Henry Kissinger, que fue Secretario de Estado de la Administración Nixon, cree que los gobernantes deben comenzar a prepararse para la transición a un orden mundial nuevo tras el coronavirus. 

El Secretario General de Naciones Unidas, António Guterres, ha dicho: "La relación entre las principales potencias nunca ha sido tan disfuncional. La Covid-19 muestra dramáticamente, que, o nos unimos, o podemos ser derrotados".

La batalla por el liderazgo global

El debate en los think-tanks o institutos de análisis de todo el mundo no versa en este momento sobre la cooperación sino sobre quien se hará con el liderazgo del mundo posterior al virus, China o Estados Unidos.  

En Reino Unido, el debate permanece anclado en una cierta insularidad. La dirección laborista saliente buscó, desde un principio, reivindicar la necesaria, evidente, rehabilitación del Estado y los empleados públicos. La definición de servicio público se ha ampliado hasta incluir a los repartidores o a los tenderos más humildes. Es más, ser "una nación de tenderos", aquel insulto con el que Napoleón ultrajó una vez al país, ha dejado de considerarse algo peyorativo. 

Los paralelismos más obvios y utilizados han sido los relativos a la Segunda Guerra Mundial. En su libro In The Road to 1945, Paul Addison traza un recuento casi definitivo de cómo la Segunda Guerra Mundial contribuyó al giro a la izquierda del Reino Unido. Siguiendo la misma lógica, Boris Johnson se ha visto forzado a dejar al Estado actuar, aunque el impacto parece notarse más en la sociedad civil que en la política. La imagen huraña y distante de los británicos ya no encaja. La sensación de esfuerzo comunitario, los sanitarios voluntarios, ese aplaudir a las puertas de las casas tan poco británicos son gestos que elaboran una sensación: la de que el capital social perdido está, de algún modo, reapareciendo. No es que se hable demasiado de nueva política. Quizás el país, agotado por el Brexit, no puede lidiar en este momento con más agitación e introspección.

En Europa, Estados Unidos y Asia el debate se amplía. Puede que la vida pública esté en suspenso, pero el debate público se acelera. Todo es debatible: el punto de intersección entre una economía muy tocada y la salud pública, las virtudes relativas de sistemas de salud más o menos descentralizados, el modo en que se expone la fragilidad de un mundo globalizado, el futuro de la Unión Europea o las ventajas inherentes al autoritarismo.

Es como si la pandemia se hubiera convertido en una competición por el liderazgo global, en el que los países que capaces de responder a la crisis con mayor efectividad vayan a ser los que resulten beneficiados. Los diplomáticos, que siguen trabajando desde delegaciones vacías, se mantienen ocupados defendiendo la gestión de la crisis de sus propios gobiernos y suelen sentirse ofendidos por las críticas. Se juegan el orgullo patrio y la salud. Cada país mira hacia el vecino para ver en qué momento éste comienza a "aplanar su curva". 

El think-tank Crisis Group, al analizar el modo en que el virus va a cambiar permanentemente la política internacional, sugiere: "Por ahora podemos discernir dos narrativas encontradas que emergen sobre el resto; una en la que la lección dice que los países deberían cooperar para derrotar al Covid-19, y otra en la que los países deben mantenerse a distancia para protegerse del virus".

"La crisis representa un evaluación de las ideas encontradas que defienden los estados liberales y los iliberales a la hora de gestionar las tensiones sociales", continúa. "A medida que la pandemia avanza no sólo se ponen a prueba las capacidades operativas de organizaciones como la Organización Mundial de la Salud o las Naciones Unidas sino las creencias básicas sobre valores y negociación que las sustentan".

Ya son muchos los que defienden que Oriente ha ganado esta guerra de narrativas enfrentadas. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han escribió un ensayo en El País argumentando que han vencido los "estados asiáticos como Japón, Corea, China, Hong Kong, Taiwán o Singapur, de mentalidad autoritaria derivada de su tradición cultural basada en el confucianismo. Sus habitantes son menos dados a la rebelión y más obedientes que en Europa". Confían más en el Estado. La vida diaria está mucho más organizada. Sobre todo, para enfrentarse al virus, los asiáticos se han sometido a la vigilancia digital. La epidemia en Asia no solo la pelean virólogos y epidemiólogos, sino informáticos y especialistas en gestión masiva de datos". 

Predice que "China va a ser capaz de vender su estado policial digital como modelo de éxito frente a la pandemia. China mostrará la superioridad con más orgullo del ya habitual". Defiende que en occidente los votantes, atraídos por ideas relacionadas con la seguridad de sus comunidades, podrían estar dispuestos a sacrificar sus libertades. Hay poca libertad en la obligación de pasar la primavera confinado en tu propio piso.

Y sí. China ya gana de corrido. Cree que ha logrado reposicionarse de culpable a salvadora del mundo. Una nueva y más asertiva generación de jóvenes diplomáticos chinos se ha lanzado a las redes sociales para defender la superioridad de su país. Michel Duclos, exembajador de Francia, hoy en el Instituto Montaigne, ha acusado a China de "intentar, sin ninguna vergüenza, de capitalizar su 'victoria sobre el virus' para promover las bondades de sus sistema político. Se trata de una guerra fría no declarada que llevaba tiempo fermentando y muestra su faz verdadera a la dura luz del Covid-19". 

Stephen Walt, teórico de las relaciones internacionales de la Universidad de Harvard, cree que China podría tener éxito. En una primera opinión, publicada en Foreign Policy, sugiere que "el coronavirus va a acelerar un cambio de tendencia en el ejercicio de poder e influencia desde occidente a oriente. Corea del Sur y Singapur son los países que han mostrado la mejor respuesta y China ha gestionado bien la segunda etapa de la crisis tras sus errores iniciales. Las respuesta de los gobiernos de Europa y Estados Unidos ha sido muy escéptica y es probable que debilite el poder de occidente".

Muchos en la izquierda europea, entre ellos el filósofo esloveno Slavoj Žižek, temen también un contagio del autoritarismo y predicen que llegará a occidente "una nueva barbarie de cara humana -medidas despiadadas encaminadas a la supervivencia, aplicadas con una mezcla de arrepentimiento y simpatía pero legitimadas por las opiniones de los expertos".

Y desde otro punto de vista, Shivshankar Menon, profesor de la Universidad Ashoka en India, dice que "hasta ahora. la experiencia muestra que los autoritarios y populistas no gestionan mejor la pandemia. Al contrario, los países que respondieron antes y mejor a la pandemia fueron Corea y Taiwán, democracias, y no los gobernados por líderes populistas y autoritarios"

Francis Fukuyama está de acuerdo. "La línea de fractura más importante a la hora de ofrecer una respuesta efectiva a la crisis no va a ser la que separa autocracias de democracias. El determinante principal de esa gestión no será el tipo de régimen sino la capacidad del gobierno y, sobre todo, la confianza depositada en él", afirma, y defiende la respuesta de Corea del Sur y Alemania.  

Corea del Sur, de hecho, se vende como la potencia democrática que, en contraste con China, ha gestionado mejor la crisis. Su prensa está repleta de artículos sobre cómo Alemania sigue su modelo de pruebas masivas a la población. 

Pero Corea del Sur, una economía orientada a la exportación, también enfrenta dificultades a largo plazo si la pandemia fuerza a occidente, como predice el Nobel Joseph Stiglitz, a reevaluar en su conjunto la cadena logística global. Argumenta que la pandemia ha puesto de manifiesto los problemas de concentrar la producción de suministros médicos. El resultado es que las importaciones inmediatas, realizadas con poco margen de tiempo, disminuirán y aumentará la producción, más estructural, de bienes locales. Según esta versión, Corea del Sur estaría ganando elogios pero perdiendo mercados. 

La Unión Europea como perdedora

De momento, quien sale perdiendo, además de aquellos que, como Steve Bannon [el asesor principal de Trump en su victoria electoral], defendían "la deconstrucción del estado-administración" podrían ser los miembros de la Unión Europea. 

Algunos de los críticos más mordaces de la Unión han sido precisamente los europeístas. Nicole Gnesotto, vicepresidenta del Instituto Jacques Delors, dice que "la falta de preparación de la Unión Europea, su impotencia y su timidez son asombrosas. Por supuesto, la salud no es una de sus competencias, pero no es que no tenga medios o responsabilidad". El primer instinto fue cerrar fronteras, acumular material y organizar respuestas nacionales. En un momento de escasez, se vio que cada uno miraba por sí mismo e Italia se sintió abandonada.  

La controversia ha aumentado hasta convertirse en una batalla desagradable entre la Europa del Norte y la del Sur sobre la emisión de deuda común o las condiciones que podrían aprobarse para los créditos del fondo de rescate de la eurozona. Holandeses y alemanes sospechan que Italia se sirve de la crisis en Lombardía para reconfigurar el rechazo al concepto de eurobonos, esto es, que el norte financia la deuda de un sur irresponsable. El primer ministro italiano, Giuseppe Conte, lo lleva en su agenda y lanza una advertencia al resto de miembros de la Unión Europea: "Tienen una deuda con la historia". Si la Unión Europea fracasa, podría disolverse, advierte.

El Primer Ministro portugués, Antonio Costa, habló de "repugnancia" y "mezquindad" por parte del ministro holandés Wopke Hoekstra. La ministra española de Exteriores, Arancha González Laya, se preguntaba si los holandeses entendían que "un camarote de primera clase no les va a proteger si todo el barco se hunde". 

Enrico Letta, antiguo primer ministro italiano, se ha referido con mordacidad a la resistencia holandesa a ayudar a Italia, asegurando a la prensa holandesa que la visión italiana de Holanda ha resultado muy perjudicada. "No ayudó que un día después de que las autoridades aduaneras alemanas detuvieran un gran número de mascarillas en la frontera, circularan por las calles de Roma camiones rusos con ayuda y que China enviara millones de mascarillas. Matteo Salvini espera que sucedan cosas así para poder decir: '¿veis? La Unión Europea no sirve de nada". 

La posición de la Unión Europea aún puede cambiar.  La agenda anticomunitaria de Salvini aún no cuenta con tanto apoyo. Conte no es rival fáci, pues se ha convertido en el líder más popular de la historia reciente del país. Además, iniciativas de políticos alemanes como Marian Wendt han sido capaces de contrarrestar algo de daño organizando que un grupo de enfermos italianos pudiera viajar de Bérgamo a Colonia para ser tratados.

Pero, mientras el contador de muertos sigue aumentando en toda la Unión Europea y la crisis comienza a penetrar en África, el discurso de la Unión Europa sigue dominado por jerga técnica poco edificante sobre la financiación de los rescates. 

Europa encuentra consuelo cuando mira al otro lado del Atlántico y ve el caos de la rueda de prensa diaria de Donald Trump, una suerte de recuerdo de que las personas racionales pueden controlar todo, pero  poco pueden hacer en manos de un presidente irracional. Nathalie Tocci, asesora de Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea, se pregunta si, al igual que en 1956 la crisis de Suez marcó la decadencia del poder global del Reino Unido, el coronavirus podría jugar el papel en la influencia global de Estados Unidos.

El propio Borrell insiste en que la Unión Europea comienza a enderezar su rumbo tras un comienzo atribulado, y que el espíritu de cooperación comienza a abrirse paso. En un texto publicado en Project Syndicate, defiende que "tras una primera fase marcada por decisiones nacionales divergentes, estamos entrando en una fase de convergencia en la que la Unión asume un rol central. El mundo se encontró con la crisis de manera descoordinada, con demasiados países

13/04/2020 - 22:22h

Traducido por Alberto Arce

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 Submarino no identificado en Rusia, en imagen de archivo. Foto Afp

Washington. Estados Unidos anunció este martes el despliegue, por primera vez, de un arma nuclear de baja potencia a bordo de un submarino, con la intención de disuadir a Rusia de utilizar armas similares.

La Marina estadunidense desplegó "la ojiva nuclear W76-2 en un misil balístico lanzado desde un submarino", indicó un comunicado del número dos del Pentágono, John Rood.

"Adversarios potenciales como Rusia creen que el empleo de armas nucleares de baja potencia les dará una ventaja sobre Estados Unidos y sus aliados y socios", añadió Rood, confirmando así una información revelada por un grupo de expertos, la Federación de Científicos Estadounidenses (FAS, por sus siglas en inglés).

Durante la publicación de la nueva "postura nuclear" de Estados Unidos en febrero de 2018, el Pentágono anunció que iba a modificar unas 50 ojivas nucleares para reducir su potencia y embarcarlas a bordo de submarinos con el fin de reducir la amenaza de Rusia.

Según Washington, Moscú está modernizando un arsenal de 2 mil armas nucleares tácticas, lo cual amenaza a los países europeos limítrofes e incumple las obligaciones del tratado de desarme Nuevo START, firmado por Estados Unidos y Rusia en 2010.

Este último se aplicó a las armas estratégicas que hacen posible una estrategia de disuasión nuclear, basada en una "destrucción mutua asegurada".

Esas armas nucleares tácticas, de una potencia inferior a la bomba de Hiroshima, permitirían a Rusia aventajar a los occidentales en caso de conflicto, ya que Estados Unidos dudaría a la hora de replicar con un arma nuclear de gran potencia, mucho más devastadora.

Según Washington, Rusia teme ser dominada rápidamente en caso de conflicto con los occidentales, y por ello ha adoptado una doctrina de "escalada-desescalada" que consiste en lanzar antes que sus enemigos un arma nuclear de baja potencia, de efectos más limitados.

Las nuevas armas "fortalecen la disuasión" y le dan a Estados Unidos una capacidad de respuesta "rápida y menos mortífera", dijo Rood. "Demuestran a posibles adversarios que un uso limitado del arma nuclear no supone ninguna ventaja porque Estados Unidos puede responder de forma creíble y decisiva a cualquier amenaza", agregó.

"Un arma peligrosa" 

La ojiva W76-2, que tiene una potencia estimada en cinco kilotones, se desplegó a finales de 2019 a bordo del submarino USS Tennessee, que patrulla el Atlántico, afirmaron la semana pasada dos expertos de la FAS.

Su potencia es tres veces inferior a los 15 kilotones de la bomba de Hiroshima, y es muy baja en comparación con las demás armas nucleares embarcadas a bordo de los submarinos similares al USS Tennessee, que alcanzan 455 o 90 kilotones, precisaron las mismas fuentes.

Los críticos con esa medida temen que, después de décadas en las que el tamaño de las armas nucleares se consideraba como una disuasión para su uso, ahora la probabilidad de que se utilicen pueda aumentar.

Afp | martes, 04 feb 2020 16:50 

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Medio Oriente: guerras, tensiones y acuerdos

El concepto geográfico de Medio Oriente fue cambiando a la par del tiempo histórico. Podríamos decir que esta zona, que recibe su nombre luego de la caída del imperio Otomano, es el punto de encuentro de tres continentes: Europa, África y Asia. En ese espacio conviven cuatro civilizaciones que se transformaron en estados modernos: Turquía, Israel, Egipto e Irán (Persia). Además, es el lugar de origen de las tres religiones monoteísta: Judaísmo, Cristianismo e Islamismo. Su importancia gravitacional en términos geopolíticos se determina porque es una vía de comunicación del Mar Mediterráneo con el Mar Negro y el Mar Rojo, junto otras rutas marítimas y terrestres con Asia. Su importancia estratégica se debe a la cantidad de recursos energéticos que posee y las capacidades humanas que se manifiestan.

Casi todos los países comparten una religión madre, el islamismo en todas sus acepciones y uno solo el judaísmo con sus matices. El resto de las confesiones cohabitan en diferentes países en pliegues minoritarios.

Luego de la Segunda Guerra Mundial la región ordenó su mapa en distintos países, algunos con una impronta histórica, otros solo en experimentos cartográficos, donde el desafío fue construir una identidad de nación. Cuestión casi ausente en el mundo Árabe de la península Arábiga y en la medialuna fértil, donde hoy continúan conflictos de naturaleza étnica, religiosa, tribal y política. 

También perdura, en la región, otro conflicto invisibilizado que se prolonga en el tiempo: el Kurdistán como territorio y los kurdos como pueblo. El primero abarca una amplia faja de territorio con una población de 36 millones con cultura y lengua (kurdish) propia. Se expande a lo largo de la frontera de Turquía y Siria, atravesando el norte de Irak y llegando a la región caucásica del norte iraní. Estas cuestiones producen enfrentamientos dentro los países involucrados, pero es en Turquía donde la problemática tiene una dimensión mayor porque ahí vive el 45% de la población kurda. 

En este contexto está la presencia de Israel en la región con su tradición religiosa, cultural e institucional diferente si la comparamos con el mapa mayoritario de la zona. Con el paso del tiempo los israelíes mejoraron su posición regional a través de una estrategia que combinó su capacidad militar convencional, buena información para prevenir ataques contra su territorio más el arte diplomático de negociación bilateral con cada uno de los países árabes, comenzando por Egipto, continuando con Jordania y el Líbano. Mantiene una situación de guerra permanente con Siria, sobre todo después que Israel se apoderó, durante la guerra de los Seis Días, de las Alturas del Golán y del Mar de Galilea, reserva estratégica de agua dulce en un espacio desértico. Las virtudes señaladas hicieron del Estado de Israel, tras estar constantemente en el límite del abismo, no solo una potencia regional en todos los sentidos, sino que además hoy se plantea acciones diplomáticas en zonas ajenas a su pertenencia geográfica de modo de intensificar su presencia global. En ese marco regional se presenta como agente diferenciador en materia religiosa, política y económica. Sosteniendo no solo la defensa de los intereses de Occidente, sino también sus valores.

Una realidad objetiva determina que en el Medio Oriente se convive con guerras intra-árabes como las de Siria e intra-religiosas como las de Yemen contra Arabia Saudita, más los conflictos entre palestinos e israelíes en los territorios de Gaza y Cisjordania. La reconfiguración del nuevo escenario de Medio Oriente impone renovar categorías para definir a las naciones relevantes. La nueva geopolítica energética sobre combustibles fósiles define la presencia y retirada de países en la región. La capacidad adquirida sobre las tecnologías del shale oíl por parte de EE.UU, hace más relativa su presencia. Pero Medio Oriente contiene otros actores que influyen donde cada uno es parte del conflicto, pero también necesario para la solución. Las influencias de Arabia Saudita, Israel, Turquía, Irán y Egipto como participes territoriales; la constante resistencia de los pueblos sin estado como los kurdos y palestinos; la renovada presencia regional de Rusia protegiendo el régimen de Bashar al-Asad en Siria y consolidando un alianza con Turquía de enorme importancia geopolítica, hacen de la región el centro gravitatorio del balance mundial. Los intentos para probar una solución pacífica fueron explorados en un sinfín de oportunidades, con algunos buenos resultados temporarios.

En algún momento de su vida política, el ex primer ministro israelí Ben Gurión sostenía que el equilibrio en Medio Oriente se alcanzaría cuando las viejas civilizaciones constituidas en Estados modernos se pongan de acuerdo en una agenda común. En las capitales como Tel Aviv, Ankara, El Cairo, Riad y Teherán están las llaves de la paz. 

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 Foto ▲ "En términos de escala, no existe un país que pueda competir con China por ahora", señala un ejecutivo de Southeast Asia Blockchain Alliance.Foto Ap

La velocidad de las innovaciones tecnológicas es azorante. A finales de octubre, retumbaron dos noticias transcendentales tanto en EU –la computación cuántica– como en China –adopción del blockchain por el mandarín Xi– que trastocarán los órdenes como game changers.

Google realizó un cálculo en sólo 3 minutos y 20 segundos que la máxima supercomputadora completaría en 10 mil años (https://go.nature.com/2WHb73R), lo cual le brindaría la “supremacía cuántica” que tendría "implicaciones para la seguridad nacional (sic) y la criptografía" y "aún para abrir la vía para la creación de nuevos medicamentos" –que explica NYT (https://nyti.ms/2N6TXtc), lo cual amerita un artículo ex profeso.

La batalla tecnológica entre EU y China adquirió gigantescas dimensiones geopolíticas que no pueden ser analizadas con los modelos caducos de la vieja guerra fría y de la fallida unipolaridad de EU, cuando sus supuestos "aliados" como Gran Bretaña y Alemania se acoplan al 5G de Huawei, la trasnacional china exorcizada por la guerra comercial de Trump.

El mandarín Xi desde hace año y medio tenía muy clara la "nueva generación de la revolución industrial" que reconfigura la estructura económica global basada en la Inteligencia Artificial, el Internet de las Cosas y el blockchain (https://bit.ly/34sy9hM).

En una sesión de un Grupo de Estudio del Politburó del Comité Central del Partido Comunista Chino, el mandarín Xi instó a aplicar la tecnología blockchain (https://tmsnrt.rs/2WA1Uuh) a sectores que incluyen las finanzas digitales, el Internet de las Cosas, la manufactura inteligente, la transacción de activos digitales y el manejo de la cadena de abastecimiento (https://bit.ly/33ckLOn).

Xi enfatizó que la tecnología blockchain debe ser usada para “incrementar la conectividad entre las ciudades respecto de la información, capital, talento e investigación del crédito ( sic) a una mayor escala”, así como usar su "modelo de compartir datos" para el mantenimiento y utilización de servicios de datos gubernamentales a nivel transdepartamental y transregional.

China busca fortalecer mediante la tecnología blockchain su prevalencia en el ciberespacio, la economía digital y el avance del desarrollo socioeconómico.

El portal chino Global Times afirma que China se adelantó a EU en el nuevo frente de la carrera tecnológica con sus avances en el blockchain: “uno de los principales game changers que configurarán el futuro de la innovación y el crecimiento económico (https://bit.ly/2NxrL1P)”.

Global Times comenta la angustia, ante una audiencia en el Congreso de EU, de Mark Zuckerberg, debido al liderazgo chino en la tecnología blockchain, armazón del bitcoin cuando naufraga la Libra de Facebook (https://bit.ly/2WA8UHz).

Hace tres años, un documento seminal del Treceavo Plan Quinquenal de China listó al blockchain como un área importante a desarrollar en el “Internet Plus”, como parte de la anhelada autarquía proclamada en el concepto Hecho en China 2025 (https://bit.ly/2r7l1QF).

A juicio de Roger Wang, mandamás de Southeast Asia Blockchain Alliance, con sede en Indonesia, el masivo mercado consumista de China y el auge de los gigantes tecnológicos como Alibaba, Tencent y Baidu impulsaron la adopción de la tecnologia blockchain: "en términos de escala, no existe un país que pueda competir con China por ahora", pero admitió que EU sigue siendo el jugador dominante en I&D en tecnologías fundamentales que China empieza a empatar.

A principios de marzo, Josh Rogin del The Washington Post admitió la delantera de China frente a EU en el blockchain: “la gran competencia estratégica (sic) entre EU y China será ganada o perdida con base en quien controle las reglas (sic) y los sistemas (sic) que gobiernen el comercio, las comunicaciones y la seguridad del siglo XXI (https://wapo.st/2C6KR9z)”.

Josh Rogin confiesa que el gobierno de Trump optó por "un amplio plan para el desarrollo de la Inteligencia Artificial", pero "carece de una estrategia para el blockchain" frente al avance chino.

En medio de su guerra civil, ¿quo vadis EU?

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Domingo, 18 Agosto 2019 05:58

China y EEUU, ¿rivales o enemigos?

China y EEUU, ¿rivales o enemigos?

Hace un mes, el general Mark A. Milley afirmó que China será el principal rival de Estados Unidos para ‎los próximos 50-100 años. Lo hizo ante el Comité de Servicios Armados del Senado por ser el candidato de Trump como ‎próximo jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, el oficial militar de mayor rango de las Fuerzas Armadas y principal asesor militar del Presidente. Milley fue cuidadoso en definir a China no como ‘enemigo’ sino como ‘competidor’, porque “el término ‘enemigo’ significa ‘estar en guerra’ y “queremos paz, no guerra, con China”. Concluyó afirmando que “algún historiador en 2119 va a mirar hacia atrás en este siglo y escribir un libro y el tema central de la historia será la relación entre Estados Unidos y China”.

Sin embargo, calificar de ‘rival’ puede no ser suficiente para evitar romper la paz si continúa agravándose la guerra comercial entre ambos. Si en lugar de avanzar 100 años a 2119 se retrocediera un siglo, las palabras vertidas por el entonces Presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson, el 5 de septiembre de 1919, al fin de la Primera Guerra Mundial, podrían servir de guía para las posibles consecuencias de una guerra comercial intensificada:

“Si cada nación va a ser nuestro rival (…) si decimos: ‘[E]stamos en este mundo para vivir solos y obtener lo que podamos de él a través de cualquier manera egoísta’ (…) ¿qué habremos obtenido? ¿Paz? Pero, mis conciudadanos, ¿hay algún hombre aquí o alguna mujer, déjenme decir hasta hay algún niño aquí, que no sabe que la semilla de la guerra en el mundo moderno es la rivalidad industrial y comercial?”

Wilson batallaba para que su país apoyara su proyecto de Liga de las Naciones que consideraba traería paz al mundo en base a su perspectiva liberal. No sería el caso; el Senado se lo negaría. No obstante, después de la segunda guerra mundial cobraría existencia como Naciones Unidas. Sería el inicio de lo que se entiende que fue la propuesta del Orden Liberal que EE.UU. ofrecería al mundo en contraposición al proyecto soviético. La caída de la URSS en 1991 marcaría el triunfo y la consagración del modelo liberal. Pero EE.UU. continuó procurando ‘rival-enemigo’: “la desaparición de la Unión Soviética dejó un gran agujero. La ‘guerra contra el terror’ fue un reemplazo inadecuado. Pero China cumple todos los requisitos” sostuvo, el 4 de junio pasado Martin Wolf, en su artículo “El inminente conflicto de 100 años entre Estados Unidos y China” en el Financial Times.

En estos momentos es su actual presidente Donald Trump el que es percibido como quien más está desmantelando ese orden liberal que hace tres décadas festejara su triunfo. Contra el alerta de Wilson, Trump procura reformar el mundo atropellando cualquier obstáculo a su egoísta cruzada cuyo único contenido es “América Primero”. Mientras la visibilidad mayor a la oposición a esta pretensión es el conflicto económico-comercial con China, el trasfondo geopolítico más profundo contiene también a Rusia como rival del país norteamericano.

Recientemente The Economist destacó que China y Rusia vienen profundizando lazos en su rivalidad en común contra EE.UU. El presente encuentro de estas dos naciones cuya rivalidad entre sí resultó clave para el fin de la Unión Soviética, luego de que Richard Nixon y Mao retomaron relaciones en 1971, es producto de lo que entiende Peter Conradi, entre varios autores, es el surgimiento de una nueva Guerra Fría. Por eso afirma: “Así como Estados Unidos se convulsionó con la pregunta de ‘¿Quién perdió a China?’ después de la victoria del presidente Mao sobre los nacionalistas en 1949, ahora debemos preguntarnos: ‘¿Quién perdió a Rusia?’”.

The Economist afirma que “hay diferencias cruciales entre el resentimiento de hoy y el combate mortal del pasado. Una es que la guerra fría fue una lucha sobre cuál modelo representaba el futuro para el mundo. La confrontación de hoy rechaza la idea de cualquier futuro singular. Rusia y China justifican su autoritarismo en base de la diferencia civilizatoria. No afirman que sus valores son universales; no aceptan los valores occidentales como tales”. Efectivamente, China y Rusia no sostienen que sus civilizaciones son portadoras de valores universales de la humanidad, sino solamente propios. Pero bajo esta postura, cuestionan que los valores de la civilización occidental lo sean. Así, en sus visiones, la calificación de The Economist de denominar sus sociedades de ‘autoritarias’ constituye un acto hipócrita occidental para imponerse sobre ellos. Por ejemplo, luego de la última matanza provocada por quien se identificó como parte de la supremacía blanca, China Radio International afirmó:

“Estados Unidos ha utilizado durante mucho tiempo los derechos humanos como un medio de presionar a otros países. Siempre que no esté satisfecho con algún país, publicará un informe de derechos humanos de ese país. Sin embargo, debe reflexionar sobre su propia situación de derechos humanos antes de criticar a otros países. Para muchos estadounidenses no blancos, el ‘sueño americano’ es en realidad una ‘pesadilla estadounidense’, ya que la supremacía blanca y la incitación al odio se han vuelto tan rampantes en el país”.

Por su parte, en abril, Russia Today objetó a Time su nota “El otro complot de Rusia” afirmando que “aparentemente trata sobre la construcción que hace Rusia de un ‘imperio de estados amorales’ en todo el mundo, pero en verdad esta común diatriba es en realidad una propaganda audaz para la política exterior de Estados Unidos y sus guerras para cambiar regímenes”. Más recientemente, denunció a la prensa occidental por su xenofobia, mencionando un “artículo reciente del New York Times que afirmaba que la corrupción está en el ‘ADN’ ruso y que compartir ‘no es la forma rusa’. Antes de eso, estaba James Clapper, ex Director de Inteligencia Nacional de EE. UU., diciéndole a NBC que los rusos están ‘impulsados genéticamente’ para mentir y engañar”.

La cuestión de ‘haber perdido Rusia’ hace referencia a que, tras la URSS, Boris Yeltsin inició un enamoramiento con Occidente liderado por su Canciller Andrey Kozyrev. Rusia pasó a adoptar instituciones occidentales y recomendaciones del FMI y de EE.UU. para convertirse en una ‘economía de mercado’. Pero también pensaba que sería incluida en sus pactos internacionales, como OTAN y la Unión Europea. Habiendo experimentado sucesivos rechazos, el mismo Kozyrev anunciaría el fin de la luna-de-miel con occidente. Tras la crisis de 1998, su sucesor Andrei Primakov, retoma una visión geopolítica en la política externa y anuncia el interés de acercarse a China e India. Para ese año, en el que entra políticamente en escena Vladimir Putin, el PBI ruso se había reducido al 71% del de 1992. Su tasa de mortalidad se disparó y redujo su población en 6 millones de personas en 10 años, la mitad debajo de la línea de pobreza. Rusia pasó a considerar que, más allá de sus deseos, occidente no tenía interés en incorporarla, y asumió una postura anti-occidental. La expansión de la Unión Europea y de la OTAN, incorporando países que eran de la Unión Soviética mientras se la excluía, pasó a ser entendido como un plan occidental de asfixiarla.

Para The Economist, la fortaleza de la alianza sino-ruso es puesta en duda por causa de los históricos deseos rusos, iniciados por Pedro ‘El Grande’ en el siglo XVII, en pertenecer al mundo occidental, a diferencia de China. Queda, así, en observar el ímpetu de esta identificación no-occidental entre ambos. Principalmente porque, como la publicación destaca, existe una gran diferencia de poder económico en favor de China. Además, el proyecto chino de la ‘Nueva Ruta de la Seda’ extiende su zona de influencia sobre Asia central que The Economist denomina ‘tradicional patio trasero ruso’.

Por eso apuesta a que ese carácter subalterno, ‘socio junior’, tarde o temprano empujará otra vez a Rusia a mirar hacia el oeste. En ese momento afirma que quien sea presidente de Estados Unidos deberá emular lo que hizo Nixon en 1971, cuando retomó las relaciones con Mao, quebradas desde su Revolución Comunista en 1949, y viajó a Pekín, dando un golpe fundamental a la URSS. En este caso, dice The Economist, el presidente de EE.UU. debería viajar a Moscú...

Sería la repetición de una jugada geopolítica que fue triunfal pero que en nada estuvo relacionada con valores liberales civilizatorios. No obstante, sí sería un paso lógico de parte quien está viendo cada vez más, no como rival, sino como ‘enemigo’ a China dentro del comercio liberal en la opinión de Wolf. Por eso concluye: “La ideología de China no es una amenaza para la democracia liberal como lo fue la Unión Soviética. Los demagogos de derecha son mucho más peligrosos”.

Por Andrés Ferrari Haines, profesor de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, Brasil. @Argentreotros

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