Miércoles, 14 Agosto 2019 05:42

Capitalismo, agricultura y cambio climático

Capitalismo, agricultura y cambio climático

 

 

El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) filtró un adelanto de un estudio sobre la relación entre suelos, agricultura y cambio climático. Es un poderoso llamado de atención sobre las fuerzas que amenazan con desfigurar la biósfera y destruir la especie humana. El análisis hace hincapié en el uso de suelo, la producción de alimentos y las emisiones de gases de efecto invernadero.

La advertencia del IPCC señala que la agricultura, la ganadería y la silvicultura generan 23 por ciento del total de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) cada año. Por otra parte, el IPCC recuerda que los suelos del planeta son responsables de absorber alrededor de 30 por ciento del bióxido de carbono emitido cada año por la industria y el sector energético. En la medida en que los suelos se degradan, se reduce su capacidad de absorción del bióxido de carbono (CO2) y su capacidad productiva se ve limitada. Esto aumenta la concentración de GEI en la atmósfera y agrava el cambio climático, lo que genera nuevamente mayor degradación de suelos. El riesgo de desencadenar un ciclo acumulativo vicioso es hoy día muy alto.

El informe del IPCC es importante, pero, como siempre ocurre con estas evaluaciones sobre la destrucción ambiental en el mundo, adolece de una grave omisión: no contiene ninguna referencia sustantiva a las fuerzas económicas que están promoviendo esta degradación ambiental.

El IPCC indica que cerca de 30 por ciento de la producción mundial de alimentos se pierde o desperdicia. La reducción de estos desechos haría una contribución importante para restringir las emisiones de GEI. El IPCC también reconoce que es necesario combatir la desigualdad que impera en los paisajes rurales del mundo para frenar las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, los patrones de consumo y el tipo de dieta imperante afectan la cantidad de tierra y agua que se necesitan para la producción de alimentos. El consumo de carne es uno de los factores más negativos en la contribución del sector a las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, por cada kilogramo de proteína animal producida se necesitan 10 mil litros de agua, nueve kilogramoss de granos y el equivalente a 18 kilogramos de capa orgánica de tierra.

Es cierto que la agricultura mundial está hoy profundamente distorsionada y sumergida en un círculo vicioso, en el que la degradación de suelos está asociada a mayores emisiones de gases de efecto invernadero. Pero no será fácil implementar los cambios que se necesitan para reducir las emisiones de GEI del sector agrícola. Y es que, hoy, la agricultura mundial se comporta tal como el capitalismo siempre quiso que lo hiciera. El desperdicio y la desigualdad son dos signos distintivos de este fenómeno. La desigualdad es resultado de la lucha que el capital siempre ha mantenido por controlar el proceso de producción en el campo, buscando someter al campesinado y la población rural a la relación salarial. El acaparamiento de tierras es una faceta de este proceso. Por su parte, el desperdicio es un subproducto del control de la producción agrícola por el capital. No hay que olvidar que bajo el capitalismo, el objetivo de la producción mercantil agrícola no es generar alimentos para la población, sino producir ganancias para las corporaciones. En la producción capitalista el desperdicio es parte del valor agregado que se vende como mercancía.

Un rasgo esencial del capitalismo es la tendencia a la concentración del poder de mercado en pocas empresas. En la agricultura mundial esta consolidación corporativa se manifiesta no sólo en las grandes plantaciones y fábricas de carne, sino en todos los eslabones de la cadena de valor: comercialización, procesado y empaque, transporte y producción y venta de semillas e insumos agroquímicos (muchos profundamente tóxicos). Los abusos de la concentración de poder van desde la manipulación de precios hasta las violaciones de los derechos humanos de poblaciones campesinas.

El IPCC es incapaz de examinar el verdadero motor de la destrucción ambiental provocada por las grandes plantaciones de aceite de palma en el sudeste asiático, o por la ganadería y la soya transgénica en América Latina. Y es que el IPCC critica esas plantaciones, pero considera que están relacionadas con las necesidades de una población constantemente en aumento. No puede ver que esos proyectos tienen muy poco que ver con las necesidades de la gente y en cambio, sí, mucho con la transformación de la agricultura en una fuente de ganancias. Las emisiones de gases de efecto invernadero en la agricultura están vinculadas con la transformación de la producción de alimentos y del paisaje rural en general en un simple espacio de valorización para el capital.

Reducir las emisiones de gases de efecto invernadero únicamente es posible frenando los excesos del capitalismo. El mercado no podrá hacerlo. La autoridad pública (el Estado) es la única que puede orientarnos en esa dirección. Pero eso necesita un cambio de paisaje político, que hoy está lejos de presentarse.

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Martes, 06 Agosto 2019 07:09

No hay manual para los nuevos riesgos

No hay manual para los nuevos riesgos

La razón de ser de los bancos centrales es la estabilidad. Estabilidad del valor de la moneda frente a los bienes (estabilidad de precios), frente a las divisas (estabilidad cambiaria) y frente a los activos financieros (estabilidad financiera). Algunos bancos centrales incorporan en sus estatutos el objetivo del pleno empleo y el crecimiento. A nuestro entender, no se trata de un segundo objetivo, más altruista, sino de uno de los pilares que sostienen su objetivo principal, porque sólo con crecimiento y pleno empleo se logra una estabilidad sustentable.

En los países que democráticamente eligen tendencias políticas diferentes a las que prefieren los intereses hegemónicos, los bancos centrales enfrentan nuevos riesgos que dificultan esta tarea. Vale la pena analizarlos con detenimiento. Destacamos tres nuevas fuentes de grandes riesgos que son despreciados por las regulaciones internacionales bancarias (Basilea II) y las instituciones financieras internacionales: 1. Concentración financiera, 2. Integración financiera internacional y 3. Riesgos geopolíticos.

Concentración financiera internacional

Tres fondos de inversión privados que manejan fondos por más de 13 billones de dólares, son los principales accionistas del 90% de las 500 empresas más grandes de EE. UU. Los activos de los 500 fondos de inversión más grandes del planeta eran equivalentes al PIB global de 2017. Los fondos Blackrock y Vanguard administran activos superiores al PIB de China. Este nivel de concentración del sector financiero global está fuera de toda escala, no tiene parangón en la historia, es un fenómeno nuevo y los bancos centrales tienen que incorporarlo como una de las principales amenazas que enfrentan.

Las regulaciones domésticas solían poner algunos límites a la concentración bancaria, como la ley Glass-Steagall en EE. UU. Esta ley diferenciaba entre bancos de inversión (dedicados a la especulación que captaban depósitos de grandes inversores y los apostaban en los mercados financieros), y la banca comercial (que captaba depósitos de inversores comunes, hacían préstamos al consumo, el comercio y la industria, y estaban sujetos a mayores regulaciones). También prohibía que las dos bancas estuviesen vinculadas para que los riesgos de la banca especulativa no afectasen a los ciudadanos comunes. Hasta que fue derogada en 1999, EE. UU limitaba la concentración bancaria dentro del país, pero no ponía límites a su expansión en el resto del mundo, especialmente en los países permeables a los intereses norteamericanos, como los latinoamericanos, donde la banca estadounidense tiene una alta presencia[1]. Es por esto que el sector financiero pasó a ser el principal lobista en EE. UU., al que aporta directamente unos 500 millones de dólares anuales para hacer prevalecer sus intereses.[2]

La derogación de la ley Glass-Steagall impulsó una mayor concentración en el mercado financiero de EE. UU. que, unida a la concentración global, generó la semilla de la gran crisis financiera de 2007/8. Creó lo que hoy se denomina “banca en las sombras” (Shadowbanking), que son los grandes fondos de inversión que captan depósitos de todo tipo de inversores y eluden las mayores regulaciones a las que está sujeta la banca comercial. La banca en las sombras tiene una ventaja competitiva desleal que favorece su expansión a costa de la banca comercial tradicional. A nivel del globo, no hay regulaciones que limiten las acciones de la banca transnacional y la situación está fuera de control. El FMI (Fondo Monetario Internacional) tiene una relación simbiótica con esta banca transnacional: como su capacidad de préstamo es limitada, recurre y promueve los préstamos de la banca privada, favoreciendo su expansión y concentración; a su vez, la banca se apoya en la capacidad del FMI para poner exigencias a los países receptores, una forma indirecta de asegurar el cobro de los préstamos y su expansión. Este nivel de concentración genera riesgos evidentes. El mercado financiero está desequilibrado a favor de esta banca gigante que empequeñece a los bancos centrales y disminuye sus herramientas de estabilización. Cualquiera de sus decisiones puede implicar movimientos internacionales desestabilizadores.

Integración financiera

La contrapartida de esta concentración es la integración financiera global. El excelente estudio titulado “La red del control corporativo global” de Vital, Glattfelder y Battiston (2011) analizó las estructuras de propiedad de las corporaciones del planeta sobre una base de datos de 13 millones de relaciones de propiedad, es decir, de tenencias accionarias que generan control societario, con las que detectaron 43 mil transnacionales. El estudio concluye que 737 accionistas pueden controlar el 80% de estas corporaciones. Hilando más fino, los autores identificaron unos 140 accionistas que controlan el 40% de las corporaciones transnacionales.

En los años previos a la crisis de 2007/8, era moneda corriente escuchar a los economistas del establishment decir que la mayor integración financiera global era un elemento positivo, porque el riesgo bancario se distribuía entre muchos agentes así que, en caso de quiebra, las pérdidas serían más fáciles de asumir porque se repartían entre muchos. La experiencia de la crisis, sin embargo, nos demostró lo contrario. Cuando los riesgos financieros se distribuyen de esta forma, como lo hicieron los bancos a través del negocio de titulizaciones de activos más la imbricada red de tenencias accionarias compartidas entre entidades, los bancos tienen un incentivo para tomar más riesgos y, más que distribuir el riesgo, desparraman basura. La alta interconectividad propietaria del sector financiero hizo que todo el sector sufriese el contagio y puso en grave riesgo el sistema financiero global.

Riesgos geopolíticos

La errática política exterior de EE. UU. en el plano comercial y financiero es una nueva fuente de inestabilidad global. Tras los atentados del 9/11 de 2001, EE. UU. cambió su política de sanciones. Antes de los atentados, cuando aplicaba sanciones a algún país, su efecto se limitaba a la relación directa que mantenía con el país sancionado, prohibiendo, por ejemplo, las exportaciones o sus préstamos hacia dicho país. Pero, con el declive de la hegemonía productiva de EE. UU., estas sanciones directas fueron perdiendo efectividad.

Sin embargo, tras los atentados a las Torres Gemelas, todo cambió. EE. UU. presionó a la banca privada para que le sirviera de brazo para aplicar sus sanciones, y todos aceptaron para evitar ser acusados de apoyar el terrorismo internacional, el tráfico de drogas o el lavado de activos. Como el 95% de las transferencias transfronterizas se liquida a través del sistema de compensación norteamericano (denominado CHIPS), y el 44% del comercio global se liquida en dólares, EE. UU. se aprovecha de esta hegemonía en el sector financiero para aplicar sanciones indiscriminadamente. Los bancos pasaron a ser responsables de autoreportar las transferencias sospechosas de corresponder a empresas, personas o países afectados por las sanciones, por lo que el Gobierno estadounidense ni siquiera tiene que supervisar directamente las operaciones y recuesta el trabajo y los costos en el sistema bancario.

Los bancos también temen la discrecionalidad que deriva de la ley de 2001 conocida como el Acta Patriota, que le da al secretario del Tesoro de EE. UU. la potestad de prohibir las corresponsalías bancarias en ese país lo que implica, para cualquier banco del planeta, quedarse fuera del negocio por una decisión que no está sujeta a ningún escrutinio público ni en EE. UU. ni de cualquier entidad supranacional. Como casi la totalidad de las transferencias bancarias transfronterizas requieren combinar el uso del sistema de liquidación de operaciones CHIPS -controlado directamente por EE. UU.-, y el sistema de mensajería bancaria SWIFT, cualquier país, persona o entidad afectada por las sanciones queda inmediatamente aislada del mercado financiero y comercial internacional, porque no puede recibir ni préstamos ni realizar ni recibir transferencias internacionales. Existe el consenso de que EE. UU. está usando indiscriminadamente esta herramienta de guerra financiera. Recientemente, el Financial Times afirmó que “es vital para Washington usar las sanciones con prudencia. De lo contrario, en lugar de reforzar su poder, sólo acelerará el declive del sistema político y de comercio liderado por EE. UU.”.

La caja de herramientas de la economía neoclásica no tiene ningún artefacto para enfrentar estos nuevos desafíos porque el realismo geopolítico no entra en sus consideraciones. Sin embargo, no tener en cuenta estos elementos es una imprudencia. No se requiere una teoría conspirativa para llegar al estado actual del sistema, porque la concentración e integración financieras son un resultado inevitable y espontáneo, consecuencia de la desregulación y la apertura financiera promovida por el Fondo. Pero cuando hemos llegado al punto en el cual la lista de personas que detenta semejante control del sistema financiero cabe en la lista de invitados a una boda de clase media y que, por lo tanto, les es fácil reunirse en un club como Bilderberg o Davos[3] para llegar a acuerdos que pueden ser contrarios a los intereses de un Estado, no tener en cuenta los riesgos que esto implica es un caso grave de falta de imaginación o irresponsabilidad. Cualquier administrador eficaz de la banca central tiene que usar una caja de herramientas analíticas diferente a la neoclásica. La teoría de los sistemas complejos es una buena candidata para analizar estos nuevos escenarios. Dice que una forma de evitar estos riesgos es crear cortafuegos similares a los usados para evitar los apagones masivos de los sistemas eléctricos interconectados. En otras palabras, nacionalizar y aislar el sistema financiero lo más posible. Al final, Donald Trump tiene razón, al menos en lo que respecta al sistema financiero, lo mejor es “Latinoamérica First”.

Por Guillermo Oglietti

Celag

 

Notas

[1] file:///D:/Users/OK/Downloads/wp1760.pdf. La posición de América Latina de acuerdo a la presencia de banca extranjera se ubica por detrás de los países europeos exintegrantes de la URSS y de África.

[2] El sector financiero ocupa el primer o el segundo puesto del ranking de gasto de lobby por sector, habitualmente compartiendo el podio con el sector de la salud privada. De todos modos, debido a que el sector financiero es propietario de una gran porción de las corporaciones que también son lobistas, este gasto y posición seguramente están subestimados. http://www.opensecrets.org/

[3] El libro “Relaciones Internacionales” de Marcelo Gullo es una muy buena guía para entender este y otros temas geopolíticos que enfrentan nuestros países.

Guillermo Oglietti es doctor en Economía Aplicada por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), postgraduado del Instituto Torcuato Di Tella de Buenos Aires y licenciado en Economía por la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC, Argentina). Dirigió el Centro Interdisciplinario de Estudios sobre Territorio, Economía y Sociedad de la Sede.

Fuente original: https://www.celag.org/no-hay-manual-para-los-nuevos-riesgos/

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Cuba impone un plan de control de precios en plena crisis

 

Cuba ha impuesto este martes un plan de control general de precios a todas las empresas estatales y privadas en medio de una crisis económica cada vez más profunda y del aumento de las sanciones de Estados Unidos. Las nuevas medidas prohíben la subida de precios en el comercio minorista y al por mayor, excepto para productos importados y distribuidos por el Estado, donde los márgenes de beneficio ya establecidos no se pueden aumentar.

“En efecto, han suspendido lo que quedaba de libre mercado”, aseguró un economista, que pidió no ser identificado debido a las restricciones para hablar con periodistas extranjeros. Aunque las empresas estatales dominan la economía, las reformas llevadas a cabo en los últimos años han propiciado un crecimiento del sector privado, principalmente, de cooperativas, agricultores, pequeñas empresas y trabajadores independientes como los taxistas.

El Ministerio de Finanzas y Precios cubano enumeró todos los actores del conocido como sector no estatal para decir que “no pueden aumentar precios y tarifas actuales de productos y servicios”. El presidente de la isla, Miguel Díaz-Canel, anunció a principios de mes una batería de medidas de emergencia para combatir el estancamiento de la economía y frenar la caída de ingresos en divisas iniciada en 2015, a medida que la crisis de Venezuela, su aliado más estrecho, empeoraba. La mala dinámica de la economía cubana se ha visto agravada por las sanciones estadounidenses.

Las medidas incluían un aumento de salarios y pensiones para más de dos millones de empleados estatales, lo que elevaba la factura anual a 8.000 millones de pesos cubanos (idéntica cantidad en dólares), casi el 13% del presupuesto de este año. Díaz-Canel afirmó que otras medidas, que están aún por anunciarse, incluyen controles de precios y políticas destinadas a estimular la producción local para cumplir con el aumento de la demanda de consumo sin provocar inflación. Como otros propietarios de pequeñas empresas, Manuel Rodríguez, dueño de una cafetería en La Habana, asegura que no tenía problemas con los controles si el Estado y la economía sumergida lo respetan, cosa que duda.

Andrew Zimbalist, economista especializado en Cuba del Smith College de Estados Unidos, ve este tipo de medidas "aceptables durante períodos cortos de tiempo". Pero si se vuelven permanentes, agrega, "comienzan a crear serias distorsiones en la economía". En opinión de Pavel Vidal, ex economista del Banco Central de Cuba, "cuanto más controlan los precios en los mercados formales, más inflación e inestabilidad habrá en los mercados informales".

Reuters

La Habana 30 JUL 2019 - 15:47 COT

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El FMI recorta drásticamente la previsión de crecimiento para América Latina en 2019

La economía de la región se expandirá un 0,6%, frente al 1,4% proyectado hasta ahora. Brasil, el mayor damnificado por esta revisión

 

 

La dinámica se ha convertido en casi un ritual: la economía latinoamericana empieza el año con previsiones de crecimiento más o menos robustas y, a medida que avanzan los meses, va perdiendo fuelle. El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha recortado este martes severamente su pronóstico de crecimiento para América Latina y el Caribe en plena desaceleración global: la región cerrará este año con un avance del 0,6%, muy lejos de lo que cabría esperar para un bloque emergente y de la proyección del propio fondo hace tres meses, cuando auguraba que la expansión rondaría el 1,4%. Una rebaja que el propio Fondo califica de “considerable” y que no ayudará a la consecución de otros objetivos como la reducción de la pobreza o la informalidad, ambos estrechamente dependientes de una evolución positiva de la economía. Para 2020 las noticias son algo mejores, aunque también peores de lo que se esperaba hasta ahora: de cumplirse la proyección, Latinoamérica crecerá un 2,3%, una décima menos de lo pronosticado en abril.

El FMI va más allá de los fríos números y constata con palabras contundentes la rebaja de su proyección para la región, el bloque donde más cae el crecimiento respecto a las proyecciones de primavera. “En América Latina la actividad se ralentizó notablemente al inicio del año en varias economías”, subrayan los técnicos de su institución al tiempo que hablan de cuestiones “idiosicráticas”. El 0,6% es una cifra débil incluso si se compara con los dos ejercicios anteriores, en los que la mayoría de organismos internacionales y casas de análisis coincidían en tildar de decepcionante: 1,2% y 1% en 2017 y 2018, respectivamente. Y se queda muy atrás respecto al resto de bloques en vías de desarrollo, que este año crecerán de media un 4,1% liderados, como viene siendo una constante, por Asia.

El organismo comandado por Christine Lagarde —que dejará Washington por Fráncfort, para ponerse al frente del Banco Central Europeo (BCE), a finales de octubre— se detiene sobre varios países de la región, pero solo hace análisis individuales de las dos mayores economías latinoamericanas: Brasil y México. En el primer caso, la proyección es un jarro de agua fría sobre los hombros de su presidente, Jair Bolsonaro, que se enfrenta con la primera revisión a la baja desde que está en el poder. La corrección no es menor: la economía brasileña, según los técnicos del Fondo, cerrará este año con un magro crecimiento del 0,8%, frente al 2,1% que pronosticaba en abril, la rebaja más severa de todos los países analizados. Solo el año que viene el gigante latinoamericano podrá presumir de una expansión económica por encima 2%: del 2,4%. El documento del FMI contiene extractos que dolerán, y mucho, en Brasilia: el prestamista de última instancia a escala global achaca la rebaja en sus previsiones a un sentimiento económico “considerablemente debilitado” como “reflejo de la incertidumbre persistente sobre la aprobación de la reforma de pensiones y de otros cambios estructurales”

 

Mal dato en México, a la espera del crecimiento hasta junio

Para México -que en poco más de una semana sabrá si entró en recesión en la primera mitad del año, tras cerrar en rojo el periodo entre enero y marzo- el diagnóstico es igualmente negativo, aunque el recorte en el crecimiento para el ejercicio en curso dista mucho del rejonazo brasileño. De acuerdo con las cifras del Fondo, la economía del país norteamericano crecerá este año un exiguo 0,9%, siete décimas menos de lo que la institución auguraba en primavera, y en 2020 lo hará un 1,9%. En ambos casos, la expansión se queda lejos del objetivo fijado por su presidente, Andrés Manuel López Obrador, que ha prometido por activa y por pasiva -tanto en campaña como después de tomar posesión- que la economía crecerá un 4% anual durante su sexenio.

La tercera economía de la región, Argentina -un país rescatado por el propio Fondo Monetario hace justo un año y donde la inflación permanece disparada-, se contrajo en el primer trimestre de 2019, aunque a una tasa menor que la registrada en el mismo periodo del año pasado, lo que lleva al FMI a revisar ligeramente a la baja para el resto del ejercicio aunque sin aportar datos en esta primera lectura. Para 2020, los economistas del Fondo pronostican que la economía argentina “se recuperará” -registrará tasas positivas-, si bien será de forma “modesta”. En Chile, aunque todavía con su economía -acaso la más sólida de América Latina- en tasas positivas, la revisión también es a la baja, en lo que constituye otro escollo para su presidente, Sebastián Piñera, que puso la revitalización económica como eje central de su campaña y que ha visto mermada su popularidad al no poder conseguir este objetivo en los primeros meses de su segundo mandato.

Sin embargo, la peor parte del pastel se la lleva, como siempre, Venezuela, una economía atenazada por un sistema de fijación de precios desnortado -la inflación sigue desbocada, en cifras inimaginables en cualquier otro país del mundo: 10.000.000% interanual- y a la que el propio Fondo Monetario señala siempre como el peor alumno de la clase global: el país sudamericano cerró 2018 con una caída del PIB del 25% y este año su economía sufrirá una dentellada del 35%. “La profunda crisis humanitaria y su implosión económica continúa teniendo un impacto devastador”, cierran los técnicos del FMI sobre un país, el presidido por Nicolás Maduro, que ya forma parte del triste club de los mayores descalabros de la historia económica global.

Por Ignacio Fariza

México 23 JUL 2019 - 13:38 COT

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El estancamiento natural del capitalismo

Tras la Gran Depresión que siguió a la debacle bursátil de 1929, casi todos reconocieron que el capitalismo era inestable, poco fiable y propenso al estancamiento. Pero en las décadas posteriores, la imagen cambió. El renacimiento del capitalismo en la posguerra, y en particular el ímpetu hacia la globalización financierizada después de la Guerra Fría, resucitaron la fe en las capacidades autorreguladoras de los mercados.

Hoy, más de diez años después de la crisis financiera global de 2008, esta fe conmovedora está otra vez hecha añicos, ahora que vuelve a afirmarse la tendencia natural del capitalismo al estancamiento. El ascenso de la derecha racista, la fragmentación del centro político y el aumento de tensiones geopolíticas son meros síntomas de la descomposición del capitalismo.


El equilibrio de una economía capitalista depende de un número mágico, que se presenta en la forma del tipo de interés real (tras descontar la inflación) predominante. Es mágico porque tiene que matar de un solo tiro dos pájaros muy diferentes, que vuelan en dos cielos muy diferentes. En primer lugar, debe equilibrar la demanda de empleo asalariado de los empleadores con la oferta de mano de obra disponible. En segundo lugar, debe equiparar ahorros e inversión. Si el tipo de interés real predominante no equilibra el mercado laboral, el resultado es desempleo, precariedad, potencial humano desaprovechado y pobreza. Si no consigue llevar la inversión al nivel de los ahorros, se produce la deflación, y esto desincentiva todavía más la inversión.


Se necesita mucho coraje para dar por sentado que este número mágico existe o que, de existir, nuestras acciones colectivas darán lugar en la práctica a un tipo de interés real cercano a esa cifra. ¿Cómo pueden los libremercadistas estar tan seguros de que existe un único tipo de interés real (digamos, 2%) que inspirará a los inversores a canalizar todo el ahorro existente hacia inversiones productivas y alentará a los empleadores a contratar a todo aquel que quiera trabajar por el salario predominante?


La fe en la capacidad del capitalismo para generar este número mágico deriva de una perogrullada. Milton Friedman decía que si una mercancía no es escasa, entonces no tiene valor, y su precio ha de ser cero. De modo que si su precio es distinto de cero, tiene que ser escasa y, por tanto, debe haber un precio al cual no queden unidades de esa mercancía sin vender. Del mismo modo, si el salario predominante no es cero, entonces todos los que quieran trabajar por ese salario hallarán empleo.


Aplicando el mismo razonamiento a los ahorros, en la medida en que el dinero pueda financiar la producción de máquinas que produzcan artículos valiosos, tiene que haber un tipo de interés suficientemente bajo al cual alguien tomará prestado en forma rentable todo el ahorro disponible para construir esas máquinas. Por definición, concluía Friedman, el tipo de interés real convergerá en forma casi automática a ese nivel mágico que elimina a la vez el desempleo y el exceso de ahorro.


Si eso fuera cierto, el capitalismo nunca se estancaría, a menos que un gobierno entrometido o un sindicato egoísta dañen su fabulosa maquinaria. Pero por supuesto, no es cierto, por tres razones. En primer lugar, el número mágico no existe. En segundo lugar, incluso si existiera, no hay un mecanismo por el cual el tipo de interés real converja hacia esa cifra. Y en tercer lugar, el capitalismo tiene una tendencia natural a permitir el fortalecimiento de un sistema gerencial cuasicartelizado que suplanta a los mercados y al que John Kenneth Galbraith denomina“tecnoestructura”.


La situación actual de Europa da pruebas abundantes de la inexistencia de ese valor mágico del tipo de interés real. El sistema financiero de la Unión Europea tiene retenidos hasta tres billones de euros (3,4 billones de dólares) en ahorros que se niegan a ser invertidos productivamente, aun cuando el tipo de interés del Banco Central Europeo sobre los depósitos es –0,4%. En tanto, el superávit de cuenta corriente de la UE en 2018 llegó a la monstruosa cifra de 450 000 millones de dólares. Para que el tipo de cambio del euro se debilite lo suficiente como para eliminar el superávit de cuenta corriente y al mismo tiempo el excedente de ahorro, el tipo de interés del BCE debería caer al menos hasta –5%, un número que destruiría al instante los bancos y fondos de pensiones europeos.


Dejando a un lado la inexistencia del tipo de interés mágico, la tendencia natural del capitalismo al estancamiento también se debe a que no es verdad que los mercados de dinero tiendan al equilibrio. Los libremercadistas dan por sentado que todos los precios se ajustan mágicamente de modo de reflejar la escasez relativa de las mercancías. Pero en realidad no es así. En cuanto surgen noticias de que la Reserva Federal o el BCE están pensando cancelar una suba prevista de tasas, los inversores temen que la decisión obedezca a pronósticos pesimistas en relación con la demanda general; por consiguiente, no aumentan la inversión, sino que la reducen.


En vez de invertir, se lanzan a concretar más fusiones y adquisiciones, que fortalecen la capacidad de la tecnoestructura para fijar precios, bajar salarios y gastar dinero en la recompra de acciones propias para mejorar las bonificaciones de los ejecutivos. Eso lleva a que aumente todavía más el excedente de ahorro y a que los precios no reflejen la escasez relativa; o, para ser más precisos, la única escasez que los precios, salarios y tipos de interés terminan reflejando es la escasez de demanda agregada de bienes, mano de obra y ahorro.
Lo notable es la imperturbabilidad de los libremercadistas ante los hechos. En cuanto sus dogmas chocan con la realidad, se defienden con el epíteto “natural”. En los setenta predijeron que una vez controlada la inflación, el desempleo desaparecería. Pero en los ochenta el desempleo se mantuvo pertinazmente alto a pesar de la baja inflación, así que proclamaron que el nivel de desempleo que quedara había de ser “natural”.


Asimismo, los libremercadistas actuales atribuyen la falta de inflación (pese al crecimiento salarial y al bajo desempleo) a que hay una nueva normalidad, una nueva tasa de inflación “natural”. Con sus anteojeras panglossianas, dan por sentado que lo que sea que observen es el resultado más natural en el más natural de todos los sistemas económicos posibles.
Pero el capitalismo tiene una única tendencia natural: al estancamiento. Y como todas las tendencias, es posible superarla por medio de estímulos. Uno es la financierizaciónexuberante, que produce un enorme crecimiento a mediano plazo a costa de sufrimiento en el largo plazo. Otro es la inyección y administración de un tónico más sostenible por parte de un mecanismo político de reciclado de excedentes, como ocurrió con la economía de tiempos de la Segunda Guerra Mundial o su extensión de posguerra, el sistema de Bretton Woods. Pero ahora que la política está tan maltrecha como la financierización, el mundo necesita más que nunca una visión post capitalista. Tal vez la mayor contribución de la automatización que hoy se suma a la desgracia del estancamiento sea inspirar esa visión.

Por Yanis Varoufakis
07/04/2019

 

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Lunes, 15 Abril 2019 06:33

Fósiles

Fósiles

El uso de la energía es esencial en el proceso de desarrollo económico. Entraña transformaciones relevantes en la actividad productiva, el empleo, los ingresos y la asignación de los recursos disponibles.

Hoy, el uso de los combustibles fósiles, como petróleo, carbón y gas natural, está en cuestionamiento, en medio de las alternativas tecnológicas que están surgiendo. A esto se suma el efecto negativo sobre el clima y el calentamiento global del planeta, así como las reacciones sociales que provoca.


Una reseña publicada por el New York Review of Books (Bill McKibben, A future without fossil fuels?, abril 4, 2019) aborda este asunto a partir de una pregunta: ¿En qué momento una nueva tecnología provoca que una industria empiece a perder valor significativamente?


Uno de los documentos reseñados apunta a la posibilidad de que la industria de combustibles fósiles se debilite mucho antes de lo que se ha pensado. El asunto es de importancia en general y amerita una atención especial hoy en México.


Las transiciones tecnológicas asociadas con el uso de la energía pueden apreciarse entre muchos otros casos en el paso del caballo al automóvil, del trabajo manual a la máquina de vapor, de la telefonía por líneas terrestres a la celular.


Un aspecto central de estos procesos es la rapidez con que ocurren los cambios. Algunos estudios apuntan a que la velocidad tiende a incrementarse no sólo por sus condiciones intrínsecas, sino incluso en virtud de que los inversionistas advierten cuando una tecnología da cuenta de un mayor ritmo de crecimiento en un determinado sector productivo y lo hace más atractivo.


Un ejemplo de esto es la rápida caída del precio de la energía solar y eólica, así como de la baterías de iones de litio y la consiguiente expansión de su uso, aunque todavía muy por debajo de los combustibles fósiles.


En el caso del sol y el aire sólo producen alrededor de 6 por ciento de la oferta total de electricidad en el mundo, pero representan 45 por ciento del crecimiento de esa oferta y su costo sigue bajando. Según sugiere el texto reseñado, puede alcanzarse el punto más alto del uso de combustibles fósiles no por su agotamiento, sino porque los recursos renovables se abaratan y se hacen más eficientes para los usuarios y atractivos por su rentabilidad.


Una afirmación provocativa del estudio es que en los primeros años de la próxima década la demanda de combustibles fósiles podría dejar de crecer. Y ese es un punto de inflexión que en esa transición es asimilada por los mercados financieros, cuando el valor de las empresas (tomado como el precio de sus acciones) tiende a caer.


El petróleo podría tener una ventaja competitiva sobre el gas natural, por ejemplo, debido al uso de los automóviles y los aviones. En 2017 se estimaba que 3 millones de un total de 800 millones de vehículos eran eléctricos, pero significaron 22 por ciento del crecimiento de las ventas; y se prevé que puedan dar cuenta de todo el crecimiento hacia la mitad de la década de 2020. Esto se mira en la pérdida de valor de compañías como GM y Ford, o bien en la debacle de General Electric, verdadero coloso industrial y financiero productor dominante de turbinas para plantas que funcionan con carbón y gas, y que aunque produce turbinas de viento no tiene en ese caso el mismo poder de mercado.


Las transiciones tecnológicas están en el centro de lo que se conoce como el proceso de destrucción creativa, propuesto por Schumpeter como eje del desarrollo económico. Se destruyen formas de producir para crear otras que generan más valor. Un caso muy sonado es el de la industria de las comunicaciones en las pasadas dos décadas, en las que el Internet se consolidó. Eso ha ocurrido con la prensa escrita, la televisión y el cine; Newsweek se vendió por un dólar, pero otras surgieron y han llegado a un enorme valor de mercado.
En 2015 el gobernador del banco de Inglaterra advirtió acerca de las condiciones del sector de los combustibles fósiles y la exposición de los riesgos que tiene para los bancos. Tanto el factor tecnológico, el de los precios y las exigencias medioambientales, dijo, pueden hacer que las inversiones en pozos petroleros, oleoductos, minas de carbón y otros sectores se desvaloricen notablemente. Urgió a los bancos a prepararse para un mundo con menor uso de esos combustibles; hay evidencia de que las empresas financieras reacomodan sus portafolios para acoplarse al nuevo escenario de riesgos en el sector energético.


La transición tecnológica y, en particular, la estrategia energética son elementos cruciales para elevar el nivel de crecimiento de un país y crear las condiciones para el incremento de la productividad, la generación de riqueza y mayor bienestar colectivo. Ese es un elemento necesario para establecer las políticas de promoción e inversión públicas.

 

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Miércoles, 13 Marzo 2019 06:21

El discurso del capital

El discurso del capital

Hace muchos años la economista Joan Robinson señaló que tan pronto alguien cuestiona la idea de equilibrio, los economistas acuden presurosos a defender el concepto, como enjambre de abejas dispuestas a reparar el daño sufrido por su panal. Ese comportamiento propio de un insecto social es algo extraño y abre la puerta a una pregunta importante.

¿Quién toma la palabra cuando habla la teoría económica? Es una pregunta que puede parecer algo extraña. Alguien podría apresurarse a responder en primera aproximación que son los economistas los que toman la palabra. Pero esa respuesta superficial no es a lo que se refiere la pregunta. La interrogante es más rica e implica que mediante este discurso, que ya tiene unos 250 años de edad, está hablando un sujeto histórico. ¿Quién podría ser ese sujeto?


La pregunta necesariamente conduce a una visión histórica. Ese discurso tan peculiar que es la teoría económica no siempre existió como rama independiente de las ahora llamadas ciencias sociales. Es a partir de cierto momento en la historia que nace esta visión del mundo en la que la esfera de lo económico se percibe como objeto de estudio autónomo. Eso significa que estas relaciones sociales económicas pueden ser analizadas independientemente de consideraciones sobre lo jurídico, la política y la ética.


Es aquí donde encontramos el primer gran rompimiento en la historia del pensamiento social. Resulta que la teoría económica es el primer gran cuerpo del pensamiento sobre la sociedad que se independiza de la ética y echa por la borda el tema de la justicia. Ni el discurso sobre la política, ni el jurídico, habían dado ese gran salto. De verdad que es extraño este discurso de la teoría económica.


Sin embargo, estas consideraciones preliminares todavía no permiten contestar nuestra pregunta inicial. Para avanzar en la reflexión sobre esa interrogante hay que examinar la evolución de la teoría económica. Si nos remontamos a lo que se considera el texto fundador de este corpus analítico, el Ensayo sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, de Adam Smith (1776), encontramos dos vertientes distintas para el análisis económico. Por un lado, en los primeros capítulos de ese libro se nos ofrece una teoría de precios: es la teoría de la gravitación de los precios de mercado alrededor del eje de los precios naturales. Por otro, en su debate sobre sistemas económicos Smith nos presenta su metáfora de la mano invisible.


En Smith la teoría de la gravitación de los precios de mercado alrededor de los precios naturales es una teoría vinculada con la distribución del ingreso. Y en ese vínculo asoma su cabeza el espectro de la contraposición de intereses entre las distintas clases sociales. Smith reconoce de manera explícita esta oposición de intereses. En cambio, en su metáfora de la mano invisible nos describe un mundo de armonía social en el que los planes de los agentes egoístas son hechos compatibles al alcanzarse en el libre mercado un punto de equilibrio. Es esta segunda vertiente la que terminó por dominar la evolución de la teoría económica.


Desde 1830 el proyecto analítico de la teoría económica se enfocó en demostrar que el mercado era capaz de encontrar un punto de equilibrio si se le dejaba en libertad y se eliminaban los obstáculos a su desarrollo. Hacia 1870 el advenimiento de la teoría marginalista consolidaría ese proyecto con la ayuda de modelos matemáticos. La culminación se daría con la teoría de equilibrio general originalmente propuesta por Walras y continuada posteriormente por Hicks, Samuelson, Arrow y Debreu.


En lugar de preguntar ¿cómo funciona el mercado y qué consecuencias tiene?, la teoría económica se fue trazando la misión de demostrar que el mercado es socialmente benéfico. Para avanzar en este sesgo apologético del mercado buscó demostrar que las fuerzas del mercado son capaces de conducir a la sociedad a una asignación de equilibrio. Hoy sabemos que en esa tarea la teoría económica fracasó. Ese punto de vulnerabilidad es lo que provoca que, como bien observó Joan Robinson, los economistas acudan como enjambre de abejas a reparar el panal cada vez que el concepto de equilibrio es objeto de crítica.


Cabe señalar que existen varias corrientes que se consideran heterodoxas por no ajustarse a los cánones de la teoría dominante. La teoría poskeynesiana y el análisis de inspiración sraffiana son buenos ejemplos de lo anterior y no hacen la apología del capital. Al análisis de inspiración marxista la teoría dominante lo ha satanizado, porque es Marx el primero en haber hecho la crítica del capital y su discurso.


El sesgo apologético de la teoría económica respecto de la sociedad capitalista de mercado es lo que hoy permite contestar la pregunta inicial. Es el capital el que toma la palabra cuando habla la teoría económica. Marx es el primero en responder correctamente a la pregunta que planteamos al principio: la teoría económica es el discurso del capital.
Twitter: @anadaloficial

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Miércoles, 06 Marzo 2019 06:51

Se desinflan las empresas del fracking en EU

Se desinflan las empresas del fracking en EU

El canibalismo del fracking supone cinco graves problemas: 1. Derroche del agua escasa; 2. Obsceno financierismo (https://bit.ly/2SfXSDP); 3. Tóxica geopolítica; 4. Depredación ambiental; y 5. Daño a la salud –provocación de sismos y uso de secretas sustancias químicas letales, algunas de ellas cancerígenas (https://bit.ly/2SLAeig).

Wall Street Journal (WSJ) se atraganta cuatro de los cinco problemas y se concentra tangencialmente en el financierista, sin abordar su daño ambiental.

En sendos artículos de Bradley Olson y Rebecca Elliott, al que se agregó en el último Christopher Matthews, WSJ expone lo anticipado tanto por Bajo la Lupa (https://bit.ly/2QlHUdZ) como por la connotada investigadora de EU, Bethany McLean (https://bit.ly/2TA9zd2).

McLean expuso el “fracaso financiero de la Reserva Federal con el espejismo del fracking” (https://bit.ly/2XFFcB9), en referencia a la "burbuja financierista" que operó geopolíticamente detrás de la "fracturación hidráulica" para extraer gas/petróleo de esquisto/lutita y colocar a EU en forma artificial por delante de Rusia y Arabia Saudita como "principal productor de petróleo del mundo".

La advertencia de los tres reporteros del WSJ es relevante ya que el influyente rotativo forma parte del conglomerado de Fox News: uno de los pocos aliados que conserva el presidente Trump.

En un primer artículo, WSJ asevera que los “fracturadores (frackers) enfrentan una dura realidad conforme los inversionistas Wall Street se retiran” (https://on.wsj.com/2NsI7s1) después de que durante "casi una década pierde dinero la industria del gas/petróleo de esquisto/lutita".

Confiesa que las "infusiones frecuentes de capital de Wall Street han sostenido el auge (sic) del gas/petróleo de esquisto/lutita".

En realidad, se sabe que la Reserva Federal estimula(ba) a los bancos de inversiones a ser muy laxos en sus empréstitos a la industria naciente que benefició al eje Texas/Oklahoma.

Según Dealogic, tales empresas petroleras "colectaron en 2018 casi la tercera parte de 2012", mientras que WSJ admite que el impulso financiero "ayudó a convertir a EU en una superpotencia energética" y en el "mayor productor de petróleo del mundo antes que Rusia y Arabia Saudita con casi 12 millones de barriles al día", lo cual, además, confirió a EU una artificial "independencia energética", al disminuir en forma dramática sus importaciones del Medio Oriente (https://on.wsj.com/2Tprzqn).

Siete días más tarde, un segundo artículo del WSJ afirma que "más empresas de gas/petróleo de esquisto/lutita amenazan el futuro del auge (sic) del petróleo de EU" al "agregar un mayor número de pozos" (https://on.wsj.com/2TuoOUE).

Ahora le echan la culpa a que los "nuevos pozos perforados cerca de los antiguos, generalmente extraen menos petróleo y gas y pueden dañar la producción", lo que ha llevado a que los “fracturadores ( frackers) reduzcan el número de sitios planificados y recorten la previsión de producción total”. ¡Lo que hace la depredadora desesperación por obtener más petróleo!

WSJ concluye que la industria del gas/petróleo del esquisto/lutita "obliga a la industria en vías de maduración a repensar su futuro".

El problema no es el número de pozos, ni su contigüidad, sino su curva propia de maduración que es de corto plazo, en promedio de cinco años, en comparación con la curva del petróleo convencional que sería de 20 años en promedio.

Ahora que el fracking entró a su fase de franco declive, es probable que EU se concentre a explotar la parte "mexicana" de las pletóricas reservas de petróleo del Golfo de México –que en la Cámara de Representantes de Mississippi pretenden cambiar de nombre por el de "Golfo de EU" (https://bit.ly/2IQMi2f) –y en el Mar Caribe, en la región de Zulia/Lago Maracaibo donde Trump, con el fin de no ser defenestrado, entabló nuevas alianzas con los neoconservadores straussianos del dinástico nepotismo petrolero de los Bush: el israelí-estadunidense Elliott Abrams, John Bolton y el cubano-estadunidense Marco Rubio.

El desplome del fracking tendrá severas repercusiones geopolíticas.

AlfredoJalife.com

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Viernes, 22 Febrero 2019 06:30

Trump y la guerra del petróleo

Trump y la guerra del petróleo

Donald Trump ha ordenado apremiar el plan imperial para desestabilizar Venezuela, promover una guerra civil que justifique su intervención militar y tomar el control de la mayor riqueza petrolera del planeta. Hoy da un paso más en su plan de guerra bajo la máscara de la mendaz "ayuda humanitaria" transportada en aviones militares estadunidenses para tratar de introducirla por la ciudad de Cúcuta, fronteriza con la nación bajo el régimen chavista.

La violencia del plan imperial de guerra contra Venezuela es directamente proporcional a la amenaza que enfrenta la nación del norte de que su auge petrolero esté llegando a su límite, con los precios actuales del crudo, y se reinicie la declinación de sus reservas de hidrocarburos y disminuya su producción interna.

Estados Unidos es el país de mayor consumo de combustibles fósiles del planeta. Su consumo de representa 20 por ciento del total mundial contra 11 por ciento de China, que con su excesivo consumo ocupa el segundo lugar.1 Precisamente, la declinación de sus reservas en los años sesenta del siglo XX y en su ritmo de producción de crudo a finales de 1970 y del gas a partir de 1973, impulsó a sus gobiernos a poner en práctica un conjunto de acciones que estremecieron el mercado mundial, destruyendo la economía y el tejido social de extensas regiones de Medio Oriente y África.

Frente al talón de Aquiles que era depender 80 por ciento de sus importaciones petroleras de la OPEP, establecieron una alianza con países como Irán, bajo el mandato del sah Reza Pahlevi, para un aumento de petroprecios que favoreciera la explotación de yacimientos en otras regiones, incluyendo su propio territorio.2

Estados Unidos logró optimizar el consumo del crudo en su mercado interno, en particular en la industria, y disminuir su dependencia de la OPEP, pero no logró frenar la declinación de sus reservas. La caída en la rentabilidad para explotar sus yacimientos fue consecuencia del prolongado desplome que atravesaron los precios reales del petróleo que los redujo 83 por ciento en 1998 respecto a 1980.3 Por lo tanto, sus reservas de crudo y gas continuaron declinando llegando, en el caso del gas, a su nivel mínimo en 1993 con 171 trillones de pies cúbicos y, en el caso del petróleo, en 2008, con 19 mil millones de barriles.

Frente a ese panorama de menor disponibilidad, Estados Unidos reaccionó como león herido. En su interior impulsó, aun por encima de su legislación vigente de protección ambiental, la técnica del fracking para recuperar los combustibles fósiles.4 Hacia el exterior fue el eje articulador de todos los eventos violentos y de guerra que se extendieron en regiones petroleras; siempre invocando como pretexto cínicas mentiras y personajes manipulados.

El fracking colocó a Estados Unidos frente a un auge en disponibilidad y producción de reservas de hidrocarburos sin precedente, logrando lo siguiente: a) aumentar las reservas en 2017 a 39 mil 157 millones de barriles y 464.3 trillones de pies cúbicos, respectivamente; b) incrementar la producción de petróleo a finales de 2018 a 11 millones 900 mil barriles por día; c) disminuir las importaciones netas de petróleo a finales de 2018 a un millón 589 mil barriles por día y a disponer, por segundo año consecutivo, de un excedente neto de gas natural para exportación.5

Hoy el interés imperial de adueñarse del control del hidrocarburo de Venezuela tiene entre otros, tres objetivos principales: 1) asegurar un abastecimiento adicional de crudo importado y estratégico como el que ya le suministra Canadá y cubrir desde el continente americano el total de sus requerimientos de importación; 2) provocar un desplome de petroprecios que arrastre a una mayor crisis a todos los países productores y exportadores del combustible, incluyendo a sus "aliados"; lo cual alcanzaría a Rusia; 3) colocar bajo el precio de esta mercancía, como sucedió en el cuarto ciclo en la historia del petróleo de 1932 a 1970 y salir de la larga depresión económica que atraviesa.

Por Francisco Colmenares, jubilado de Pemex, economista.

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1 Datos para 2017 del BP Statistical Review of World Energy, junio de 2018.

2 Estados Unidos a través del sah de Irán logró llevar a la OPEP a aprobar las mayores alzas en los precios del petróleo desde el siglo XIX. La revelación del tejido de esta estrategia fue realizada por Zaki Yamani en 2007, mencionando públicamente el nombre de su artífice: Henry Kissinger. Yamani, Zaki, Conferencia titulada "OPEP: pasado, presente y futuro", en Madrid el 21 de noviembre de 2007, dentro del ciclo de conferencias del Real Instituto Elcano.

3 Datos de la serie de precios históricos del petróleo a valor de 2017 publicados por British Petroleum.

4 Método de extracción que consiste básicamente en fracturar mediante agua a presión mezclada con arena y elementos químicos las zonas rocosas del subsuelo en las que están alojadas las reservas de hidrocarburos.

5 El atentado criminal y siniestro a las Torres Gemelas de Nueva York y las instalaciones del Pentágono, el 11 de septiembre de 2001, reconocido por Osama Bin Laden, reclutado por la CIA para operaciones en Afganistán, fue utilizado por el gobierno de George W. Busch para intensificar operaciones intervencionistas de Estados Unidos.

Publicado enCrisis Venezuela
Lunes, 04 Febrero 2019 06:38

Crear valor

Crear valor

Reducido a su esencia, el propósito de la actividad económica en una sociedad es producir bienes y servicios para ser consumidos ahora o en el futuro.


La diferencia temporal es del todo relevante: significa que parte de la disponibilidad de los recursos tiene que invertirse para que el proceso no sólo pueda continuar, sino lo haga de manera ampliada para satisfacer las crecientes y cambiantes necesidades de la población hoy y después.


Es necesario, entonces, el ahorro, que consiste en la diferencia entre el ingreso y el consumo, tanto privado como público. La capacidad de ahorro en una sociedad puede asociarse con el fenómeno de la desigualdad, aunque no necesariamente las cuentas al respecto son una operación aritmética simple.


Su derivación de los métodos de la contabilidad nacional es cuestionable, a partir de la consolidación de ese concepto muy poco claro, lleno de concepciones técnicas, trucos e ideología que es el producto interno bruto, que se mide cada año y sobre el que se fija la política del gobierno desde el presupuesto.


Se trata, pues, de crear valor de modo constante. Esa es la fuente de la riqueza. Producir y distribuir los ingresos que se generan es factor clave de cualquier organización social. Cada modo de producción resuelve este problema de manera distinta. Cada uno entraña sus propios conflictos. No es un asunto meramente técnico y ocurre, por supuesto, dentro de un entramado políticamente determinado.


En principio la producción crea valor, pero es un proceso que tiene fugas. Esto quiere decir que al mismo tiempo ocurre también una extracción de valor que es apropiado por ciertos agentes económicos. Se trata, por ejemplo, de una diversidad de rentas que se derivan de posiciones de control, ya sea en la misma producción como ocurre con los monopolios o concesiones especiales para explotar algún recurso.


Otra forma de extracción son los impuestos. La justificación de los impuestos o tributos –los términos mismos son muy indicativos de lo que representan– es diversa y su uso por parte del Estado o el gobierno es controvertido.


Los impuestos son recursos que pueden ser usados para crear valor, siempre y cuando soporten la generación de riqueza. No es sencillo calificar el gasto del gobierno en cuanto a su capacidad de generar valor, no es clara la utilización eficiente de los recursos que concentra. También es justificable en principio su asignación con otros criterios.
En un sentido técnico eso tiene que ver, por ejemplo, con la manera en que se fijan los precios de los servicios públicos, cuestión que difiere del sector privado, donde una referencia son los precios en el mercado.


Los subsidios son de tipos muy variados y repercuten en la distribución del ingreso. Sería necesario cuantificar los efectos que tienen en la creación de valor y riqueza. La eficacia del uso de los recursos públicos es un asunto complejo, como puede advertirse.


En el caso de las actividades financieras la experiencia reciente de la crisis de 2008 ha puesto en evidencia que muchas de ellas no crean valor, sino lo extraen mediante la apropiación de rentas que distorsionan la actividad productiva y concentran la riqueza. Hay, sí, un uso productivo de las transacciones financieras.


La efectividad de la inversión privada se mide, finalmente, en las utilidades que genera luego del pago de los impuestos y en entornos distintos de competencia en el mercado. La efectividad del gobierno no se mide necesariamente por ese rasero. Lo nebuloso que en muchas ocasiones resulta la actividad productiva del gobierno y su capacidad de generar valor es hoy un asunto explícito en el país en torno a la grave crisis de Petróleos Mexicanos y no es el único caso.


Con respecto a lo esencial de la creación de valor por medio de la actividad productiva para consumir hoy y en el futuro, se aprecia que de modo recurrente tiende a producirse menos en lugar de alcanzar el potencial de utilización de los recursos materiales, financieros y especialmente la fuerza de trabajo.


Esta situación se justifica con argumentos tales como el riesgo de un alza en la inflación, los déficits en la balanza de pagos, los desequilibrios del presupuesto, el aumento de la deuda pública y privada o el colapso del peso. Todo esto se expresa finalmente en la distribución del ingreso y la riqueza.

 

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