El estancamiento natural del capitalismo

Tras la Gran Depresión que siguió a la debacle bursátil de 1929, casi todos reconocieron que el capitalismo era inestable, poco fiable y propenso al estancamiento. Pero en las décadas posteriores, la imagen cambió. El renacimiento del capitalismo en la posguerra, y en particular el ímpetu hacia la globalización financierizada después de la Guerra Fría, resucitaron la fe en las capacidades autorreguladoras de los mercados.

Hoy, más de diez años después de la crisis financiera global de 2008, esta fe conmovedora está otra vez hecha añicos, ahora que vuelve a afirmarse la tendencia natural del capitalismo al estancamiento. El ascenso de la derecha racista, la fragmentación del centro político y el aumento de tensiones geopolíticas son meros síntomas de la descomposición del capitalismo.


El equilibrio de una economía capitalista depende de un número mágico, que se presenta en la forma del tipo de interés real (tras descontar la inflación) predominante. Es mágico porque tiene que matar de un solo tiro dos pájaros muy diferentes, que vuelan en dos cielos muy diferentes. En primer lugar, debe equilibrar la demanda de empleo asalariado de los empleadores con la oferta de mano de obra disponible. En segundo lugar, debe equiparar ahorros e inversión. Si el tipo de interés real predominante no equilibra el mercado laboral, el resultado es desempleo, precariedad, potencial humano desaprovechado y pobreza. Si no consigue llevar la inversión al nivel de los ahorros, se produce la deflación, y esto desincentiva todavía más la inversión.


Se necesita mucho coraje para dar por sentado que este número mágico existe o que, de existir, nuestras acciones colectivas darán lugar en la práctica a un tipo de interés real cercano a esa cifra. ¿Cómo pueden los libremercadistas estar tan seguros de que existe un único tipo de interés real (digamos, 2%) que inspirará a los inversores a canalizar todo el ahorro existente hacia inversiones productivas y alentará a los empleadores a contratar a todo aquel que quiera trabajar por el salario predominante?


La fe en la capacidad del capitalismo para generar este número mágico deriva de una perogrullada. Milton Friedman decía que si una mercancía no es escasa, entonces no tiene valor, y su precio ha de ser cero. De modo que si su precio es distinto de cero, tiene que ser escasa y, por tanto, debe haber un precio al cual no queden unidades de esa mercancía sin vender. Del mismo modo, si el salario predominante no es cero, entonces todos los que quieran trabajar por ese salario hallarán empleo.


Aplicando el mismo razonamiento a los ahorros, en la medida en que el dinero pueda financiar la producción de máquinas que produzcan artículos valiosos, tiene que haber un tipo de interés suficientemente bajo al cual alguien tomará prestado en forma rentable todo el ahorro disponible para construir esas máquinas. Por definición, concluía Friedman, el tipo de interés real convergerá en forma casi automática a ese nivel mágico que elimina a la vez el desempleo y el exceso de ahorro.


Si eso fuera cierto, el capitalismo nunca se estancaría, a menos que un gobierno entrometido o un sindicato egoísta dañen su fabulosa maquinaria. Pero por supuesto, no es cierto, por tres razones. En primer lugar, el número mágico no existe. En segundo lugar, incluso si existiera, no hay un mecanismo por el cual el tipo de interés real converja hacia esa cifra. Y en tercer lugar, el capitalismo tiene una tendencia natural a permitir el fortalecimiento de un sistema gerencial cuasicartelizado que suplanta a los mercados y al que John Kenneth Galbraith denomina“tecnoestructura”.


La situación actual de Europa da pruebas abundantes de la inexistencia de ese valor mágico del tipo de interés real. El sistema financiero de la Unión Europea tiene retenidos hasta tres billones de euros (3,4 billones de dólares) en ahorros que se niegan a ser invertidos productivamente, aun cuando el tipo de interés del Banco Central Europeo sobre los depósitos es –0,4%. En tanto, el superávit de cuenta corriente de la UE en 2018 llegó a la monstruosa cifra de 450 000 millones de dólares. Para que el tipo de cambio del euro se debilite lo suficiente como para eliminar el superávit de cuenta corriente y al mismo tiempo el excedente de ahorro, el tipo de interés del BCE debería caer al menos hasta –5%, un número que destruiría al instante los bancos y fondos de pensiones europeos.


Dejando a un lado la inexistencia del tipo de interés mágico, la tendencia natural del capitalismo al estancamiento también se debe a que no es verdad que los mercados de dinero tiendan al equilibrio. Los libremercadistas dan por sentado que todos los precios se ajustan mágicamente de modo de reflejar la escasez relativa de las mercancías. Pero en realidad no es así. En cuanto surgen noticias de que la Reserva Federal o el BCE están pensando cancelar una suba prevista de tasas, los inversores temen que la decisión obedezca a pronósticos pesimistas en relación con la demanda general; por consiguiente, no aumentan la inversión, sino que la reducen.


En vez de invertir, se lanzan a concretar más fusiones y adquisiciones, que fortalecen la capacidad de la tecnoestructura para fijar precios, bajar salarios y gastar dinero en la recompra de acciones propias para mejorar las bonificaciones de los ejecutivos. Eso lleva a que aumente todavía más el excedente de ahorro y a que los precios no reflejen la escasez relativa; o, para ser más precisos, la única escasez que los precios, salarios y tipos de interés terminan reflejando es la escasez de demanda agregada de bienes, mano de obra y ahorro.
Lo notable es la imperturbabilidad de los libremercadistas ante los hechos. En cuanto sus dogmas chocan con la realidad, se defienden con el epíteto “natural”. En los setenta predijeron que una vez controlada la inflación, el desempleo desaparecería. Pero en los ochenta el desempleo se mantuvo pertinazmente alto a pesar de la baja inflación, así que proclamaron que el nivel de desempleo que quedara había de ser “natural”.


Asimismo, los libremercadistas actuales atribuyen la falta de inflación (pese al crecimiento salarial y al bajo desempleo) a que hay una nueva normalidad, una nueva tasa de inflación “natural”. Con sus anteojeras panglossianas, dan por sentado que lo que sea que observen es el resultado más natural en el más natural de todos los sistemas económicos posibles.
Pero el capitalismo tiene una única tendencia natural: al estancamiento. Y como todas las tendencias, es posible superarla por medio de estímulos. Uno es la financierizaciónexuberante, que produce un enorme crecimiento a mediano plazo a costa de sufrimiento en el largo plazo. Otro es la inyección y administración de un tónico más sostenible por parte de un mecanismo político de reciclado de excedentes, como ocurrió con la economía de tiempos de la Segunda Guerra Mundial o su extensión de posguerra, el sistema de Bretton Woods. Pero ahora que la política está tan maltrecha como la financierización, el mundo necesita más que nunca una visión post capitalista. Tal vez la mayor contribución de la automatización que hoy se suma a la desgracia del estancamiento sea inspirar esa visión.

Por Yanis Varoufakis
07/04/2019

 

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Lunes, 15 Abril 2019 06:33

Fósiles

Fósiles

El uso de la energía es esencial en el proceso de desarrollo económico. Entraña transformaciones relevantes en la actividad productiva, el empleo, los ingresos y la asignación de los recursos disponibles.

Hoy, el uso de los combustibles fósiles, como petróleo, carbón y gas natural, está en cuestionamiento, en medio de las alternativas tecnológicas que están surgiendo. A esto se suma el efecto negativo sobre el clima y el calentamiento global del planeta, así como las reacciones sociales que provoca.


Una reseña publicada por el New York Review of Books (Bill McKibben, A future without fossil fuels?, abril 4, 2019) aborda este asunto a partir de una pregunta: ¿En qué momento una nueva tecnología provoca que una industria empiece a perder valor significativamente?


Uno de los documentos reseñados apunta a la posibilidad de que la industria de combustibles fósiles se debilite mucho antes de lo que se ha pensado. El asunto es de importancia en general y amerita una atención especial hoy en México.


Las transiciones tecnológicas asociadas con el uso de la energía pueden apreciarse entre muchos otros casos en el paso del caballo al automóvil, del trabajo manual a la máquina de vapor, de la telefonía por líneas terrestres a la celular.


Un aspecto central de estos procesos es la rapidez con que ocurren los cambios. Algunos estudios apuntan a que la velocidad tiende a incrementarse no sólo por sus condiciones intrínsecas, sino incluso en virtud de que los inversionistas advierten cuando una tecnología da cuenta de un mayor ritmo de crecimiento en un determinado sector productivo y lo hace más atractivo.


Un ejemplo de esto es la rápida caída del precio de la energía solar y eólica, así como de la baterías de iones de litio y la consiguiente expansión de su uso, aunque todavía muy por debajo de los combustibles fósiles.


En el caso del sol y el aire sólo producen alrededor de 6 por ciento de la oferta total de electricidad en el mundo, pero representan 45 por ciento del crecimiento de esa oferta y su costo sigue bajando. Según sugiere el texto reseñado, puede alcanzarse el punto más alto del uso de combustibles fósiles no por su agotamiento, sino porque los recursos renovables se abaratan y se hacen más eficientes para los usuarios y atractivos por su rentabilidad.


Una afirmación provocativa del estudio es que en los primeros años de la próxima década la demanda de combustibles fósiles podría dejar de crecer. Y ese es un punto de inflexión que en esa transición es asimilada por los mercados financieros, cuando el valor de las empresas (tomado como el precio de sus acciones) tiende a caer.


El petróleo podría tener una ventaja competitiva sobre el gas natural, por ejemplo, debido al uso de los automóviles y los aviones. En 2017 se estimaba que 3 millones de un total de 800 millones de vehículos eran eléctricos, pero significaron 22 por ciento del crecimiento de las ventas; y se prevé que puedan dar cuenta de todo el crecimiento hacia la mitad de la década de 2020. Esto se mira en la pérdida de valor de compañías como GM y Ford, o bien en la debacle de General Electric, verdadero coloso industrial y financiero productor dominante de turbinas para plantas que funcionan con carbón y gas, y que aunque produce turbinas de viento no tiene en ese caso el mismo poder de mercado.


Las transiciones tecnológicas están en el centro de lo que se conoce como el proceso de destrucción creativa, propuesto por Schumpeter como eje del desarrollo económico. Se destruyen formas de producir para crear otras que generan más valor. Un caso muy sonado es el de la industria de las comunicaciones en las pasadas dos décadas, en las que el Internet se consolidó. Eso ha ocurrido con la prensa escrita, la televisión y el cine; Newsweek se vendió por un dólar, pero otras surgieron y han llegado a un enorme valor de mercado.
En 2015 el gobernador del banco de Inglaterra advirtió acerca de las condiciones del sector de los combustibles fósiles y la exposición de los riesgos que tiene para los bancos. Tanto el factor tecnológico, el de los precios y las exigencias medioambientales, dijo, pueden hacer que las inversiones en pozos petroleros, oleoductos, minas de carbón y otros sectores se desvaloricen notablemente. Urgió a los bancos a prepararse para un mundo con menor uso de esos combustibles; hay evidencia de que las empresas financieras reacomodan sus portafolios para acoplarse al nuevo escenario de riesgos en el sector energético.


La transición tecnológica y, en particular, la estrategia energética son elementos cruciales para elevar el nivel de crecimiento de un país y crear las condiciones para el incremento de la productividad, la generación de riqueza y mayor bienestar colectivo. Ese es un elemento necesario para establecer las políticas de promoción e inversión públicas.

 

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Miércoles, 13 Marzo 2019 06:21

El discurso del capital

El discurso del capital

Hace muchos años la economista Joan Robinson señaló que tan pronto alguien cuestiona la idea de equilibrio, los economistas acuden presurosos a defender el concepto, como enjambre de abejas dispuestas a reparar el daño sufrido por su panal. Ese comportamiento propio de un insecto social es algo extraño y abre la puerta a una pregunta importante.

¿Quién toma la palabra cuando habla la teoría económica? Es una pregunta que puede parecer algo extraña. Alguien podría apresurarse a responder en primera aproximación que son los economistas los que toman la palabra. Pero esa respuesta superficial no es a lo que se refiere la pregunta. La interrogante es más rica e implica que mediante este discurso, que ya tiene unos 250 años de edad, está hablando un sujeto histórico. ¿Quién podría ser ese sujeto?


La pregunta necesariamente conduce a una visión histórica. Ese discurso tan peculiar que es la teoría económica no siempre existió como rama independiente de las ahora llamadas ciencias sociales. Es a partir de cierto momento en la historia que nace esta visión del mundo en la que la esfera de lo económico se percibe como objeto de estudio autónomo. Eso significa que estas relaciones sociales económicas pueden ser analizadas independientemente de consideraciones sobre lo jurídico, la política y la ética.


Es aquí donde encontramos el primer gran rompimiento en la historia del pensamiento social. Resulta que la teoría económica es el primer gran cuerpo del pensamiento sobre la sociedad que se independiza de la ética y echa por la borda el tema de la justicia. Ni el discurso sobre la política, ni el jurídico, habían dado ese gran salto. De verdad que es extraño este discurso de la teoría económica.


Sin embargo, estas consideraciones preliminares todavía no permiten contestar nuestra pregunta inicial. Para avanzar en la reflexión sobre esa interrogante hay que examinar la evolución de la teoría económica. Si nos remontamos a lo que se considera el texto fundador de este corpus analítico, el Ensayo sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, de Adam Smith (1776), encontramos dos vertientes distintas para el análisis económico. Por un lado, en los primeros capítulos de ese libro se nos ofrece una teoría de precios: es la teoría de la gravitación de los precios de mercado alrededor del eje de los precios naturales. Por otro, en su debate sobre sistemas económicos Smith nos presenta su metáfora de la mano invisible.


En Smith la teoría de la gravitación de los precios de mercado alrededor de los precios naturales es una teoría vinculada con la distribución del ingreso. Y en ese vínculo asoma su cabeza el espectro de la contraposición de intereses entre las distintas clases sociales. Smith reconoce de manera explícita esta oposición de intereses. En cambio, en su metáfora de la mano invisible nos describe un mundo de armonía social en el que los planes de los agentes egoístas son hechos compatibles al alcanzarse en el libre mercado un punto de equilibrio. Es esta segunda vertiente la que terminó por dominar la evolución de la teoría económica.


Desde 1830 el proyecto analítico de la teoría económica se enfocó en demostrar que el mercado era capaz de encontrar un punto de equilibrio si se le dejaba en libertad y se eliminaban los obstáculos a su desarrollo. Hacia 1870 el advenimiento de la teoría marginalista consolidaría ese proyecto con la ayuda de modelos matemáticos. La culminación se daría con la teoría de equilibrio general originalmente propuesta por Walras y continuada posteriormente por Hicks, Samuelson, Arrow y Debreu.


En lugar de preguntar ¿cómo funciona el mercado y qué consecuencias tiene?, la teoría económica se fue trazando la misión de demostrar que el mercado es socialmente benéfico. Para avanzar en este sesgo apologético del mercado buscó demostrar que las fuerzas del mercado son capaces de conducir a la sociedad a una asignación de equilibrio. Hoy sabemos que en esa tarea la teoría económica fracasó. Ese punto de vulnerabilidad es lo que provoca que, como bien observó Joan Robinson, los economistas acudan como enjambre de abejas a reparar el panal cada vez que el concepto de equilibrio es objeto de crítica.


Cabe señalar que existen varias corrientes que se consideran heterodoxas por no ajustarse a los cánones de la teoría dominante. La teoría poskeynesiana y el análisis de inspiración sraffiana son buenos ejemplos de lo anterior y no hacen la apología del capital. Al análisis de inspiración marxista la teoría dominante lo ha satanizado, porque es Marx el primero en haber hecho la crítica del capital y su discurso.


El sesgo apologético de la teoría económica respecto de la sociedad capitalista de mercado es lo que hoy permite contestar la pregunta inicial. Es el capital el que toma la palabra cuando habla la teoría económica. Marx es el primero en responder correctamente a la pregunta que planteamos al principio: la teoría económica es el discurso del capital.
Twitter: @anadaloficial

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Miércoles, 06 Marzo 2019 06:51

Se desinflan las empresas del fracking en EU

Se desinflan las empresas del fracking en EU

El canibalismo del fracking supone cinco graves problemas: 1. Derroche del agua escasa; 2. Obsceno financierismo (https://bit.ly/2SfXSDP); 3. Tóxica geopolítica; 4. Depredación ambiental; y 5. Daño a la salud –provocación de sismos y uso de secretas sustancias químicas letales, algunas de ellas cancerígenas (https://bit.ly/2SLAeig).

Wall Street Journal (WSJ) se atraganta cuatro de los cinco problemas y se concentra tangencialmente en el financierista, sin abordar su daño ambiental.

En sendos artículos de Bradley Olson y Rebecca Elliott, al que se agregó en el último Christopher Matthews, WSJ expone lo anticipado tanto por Bajo la Lupa (https://bit.ly/2QlHUdZ) como por la connotada investigadora de EU, Bethany McLean (https://bit.ly/2TA9zd2).

McLean expuso el “fracaso financiero de la Reserva Federal con el espejismo del fracking” (https://bit.ly/2XFFcB9), en referencia a la "burbuja financierista" que operó geopolíticamente detrás de la "fracturación hidráulica" para extraer gas/petróleo de esquisto/lutita y colocar a EU en forma artificial por delante de Rusia y Arabia Saudita como "principal productor de petróleo del mundo".

La advertencia de los tres reporteros del WSJ es relevante ya que el influyente rotativo forma parte del conglomerado de Fox News: uno de los pocos aliados que conserva el presidente Trump.

En un primer artículo, WSJ asevera que los “fracturadores (frackers) enfrentan una dura realidad conforme los inversionistas Wall Street se retiran” (https://on.wsj.com/2NsI7s1) después de que durante "casi una década pierde dinero la industria del gas/petróleo de esquisto/lutita".

Confiesa que las "infusiones frecuentes de capital de Wall Street han sostenido el auge (sic) del gas/petróleo de esquisto/lutita".

En realidad, se sabe que la Reserva Federal estimula(ba) a los bancos de inversiones a ser muy laxos en sus empréstitos a la industria naciente que benefició al eje Texas/Oklahoma.

Según Dealogic, tales empresas petroleras "colectaron en 2018 casi la tercera parte de 2012", mientras que WSJ admite que el impulso financiero "ayudó a convertir a EU en una superpotencia energética" y en el "mayor productor de petróleo del mundo antes que Rusia y Arabia Saudita con casi 12 millones de barriles al día", lo cual, además, confirió a EU una artificial "independencia energética", al disminuir en forma dramática sus importaciones del Medio Oriente (https://on.wsj.com/2Tprzqn).

Siete días más tarde, un segundo artículo del WSJ afirma que "más empresas de gas/petróleo de esquisto/lutita amenazan el futuro del auge (sic) del petróleo de EU" al "agregar un mayor número de pozos" (https://on.wsj.com/2TuoOUE).

Ahora le echan la culpa a que los "nuevos pozos perforados cerca de los antiguos, generalmente extraen menos petróleo y gas y pueden dañar la producción", lo que ha llevado a que los “fracturadores ( frackers) reduzcan el número de sitios planificados y recorten la previsión de producción total”. ¡Lo que hace la depredadora desesperación por obtener más petróleo!

WSJ concluye que la industria del gas/petróleo del esquisto/lutita "obliga a la industria en vías de maduración a repensar su futuro".

El problema no es el número de pozos, ni su contigüidad, sino su curva propia de maduración que es de corto plazo, en promedio de cinco años, en comparación con la curva del petróleo convencional que sería de 20 años en promedio.

Ahora que el fracking entró a su fase de franco declive, es probable que EU se concentre a explotar la parte "mexicana" de las pletóricas reservas de petróleo del Golfo de México –que en la Cámara de Representantes de Mississippi pretenden cambiar de nombre por el de "Golfo de EU" (https://bit.ly/2IQMi2f) –y en el Mar Caribe, en la región de Zulia/Lago Maracaibo donde Trump, con el fin de no ser defenestrado, entabló nuevas alianzas con los neoconservadores straussianos del dinástico nepotismo petrolero de los Bush: el israelí-estadunidense Elliott Abrams, John Bolton y el cubano-estadunidense Marco Rubio.

El desplome del fracking tendrá severas repercusiones geopolíticas.

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Viernes, 22 Febrero 2019 06:30

Trump y la guerra del petróleo

Trump y la guerra del petróleo

Donald Trump ha ordenado apremiar el plan imperial para desestabilizar Venezuela, promover una guerra civil que justifique su intervención militar y tomar el control de la mayor riqueza petrolera del planeta. Hoy da un paso más en su plan de guerra bajo la máscara de la mendaz "ayuda humanitaria" transportada en aviones militares estadunidenses para tratar de introducirla por la ciudad de Cúcuta, fronteriza con la nación bajo el régimen chavista.

La violencia del plan imperial de guerra contra Venezuela es directamente proporcional a la amenaza que enfrenta la nación del norte de que su auge petrolero esté llegando a su límite, con los precios actuales del crudo, y se reinicie la declinación de sus reservas de hidrocarburos y disminuya su producción interna.

Estados Unidos es el país de mayor consumo de combustibles fósiles del planeta. Su consumo de representa 20 por ciento del total mundial contra 11 por ciento de China, que con su excesivo consumo ocupa el segundo lugar.1 Precisamente, la declinación de sus reservas en los años sesenta del siglo XX y en su ritmo de producción de crudo a finales de 1970 y del gas a partir de 1973, impulsó a sus gobiernos a poner en práctica un conjunto de acciones que estremecieron el mercado mundial, destruyendo la economía y el tejido social de extensas regiones de Medio Oriente y África.

Frente al talón de Aquiles que era depender 80 por ciento de sus importaciones petroleras de la OPEP, establecieron una alianza con países como Irán, bajo el mandato del sah Reza Pahlevi, para un aumento de petroprecios que favoreciera la explotación de yacimientos en otras regiones, incluyendo su propio territorio.2

Estados Unidos logró optimizar el consumo del crudo en su mercado interno, en particular en la industria, y disminuir su dependencia de la OPEP, pero no logró frenar la declinación de sus reservas. La caída en la rentabilidad para explotar sus yacimientos fue consecuencia del prolongado desplome que atravesaron los precios reales del petróleo que los redujo 83 por ciento en 1998 respecto a 1980.3 Por lo tanto, sus reservas de crudo y gas continuaron declinando llegando, en el caso del gas, a su nivel mínimo en 1993 con 171 trillones de pies cúbicos y, en el caso del petróleo, en 2008, con 19 mil millones de barriles.

Frente a ese panorama de menor disponibilidad, Estados Unidos reaccionó como león herido. En su interior impulsó, aun por encima de su legislación vigente de protección ambiental, la técnica del fracking para recuperar los combustibles fósiles.4 Hacia el exterior fue el eje articulador de todos los eventos violentos y de guerra que se extendieron en regiones petroleras; siempre invocando como pretexto cínicas mentiras y personajes manipulados.

El fracking colocó a Estados Unidos frente a un auge en disponibilidad y producción de reservas de hidrocarburos sin precedente, logrando lo siguiente: a) aumentar las reservas en 2017 a 39 mil 157 millones de barriles y 464.3 trillones de pies cúbicos, respectivamente; b) incrementar la producción de petróleo a finales de 2018 a 11 millones 900 mil barriles por día; c) disminuir las importaciones netas de petróleo a finales de 2018 a un millón 589 mil barriles por día y a disponer, por segundo año consecutivo, de un excedente neto de gas natural para exportación.5

Hoy el interés imperial de adueñarse del control del hidrocarburo de Venezuela tiene entre otros, tres objetivos principales: 1) asegurar un abastecimiento adicional de crudo importado y estratégico como el que ya le suministra Canadá y cubrir desde el continente americano el total de sus requerimientos de importación; 2) provocar un desplome de petroprecios que arrastre a una mayor crisis a todos los países productores y exportadores del combustible, incluyendo a sus "aliados"; lo cual alcanzaría a Rusia; 3) colocar bajo el precio de esta mercancía, como sucedió en el cuarto ciclo en la historia del petróleo de 1932 a 1970 y salir de la larga depresión económica que atraviesa.

Por Francisco Colmenares, jubilado de Pemex, economista.

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1 Datos para 2017 del BP Statistical Review of World Energy, junio de 2018.

2 Estados Unidos a través del sah de Irán logró llevar a la OPEP a aprobar las mayores alzas en los precios del petróleo desde el siglo XIX. La revelación del tejido de esta estrategia fue realizada por Zaki Yamani en 2007, mencionando públicamente el nombre de su artífice: Henry Kissinger. Yamani, Zaki, Conferencia titulada "OPEP: pasado, presente y futuro", en Madrid el 21 de noviembre de 2007, dentro del ciclo de conferencias del Real Instituto Elcano.

3 Datos de la serie de precios históricos del petróleo a valor de 2017 publicados por British Petroleum.

4 Método de extracción que consiste básicamente en fracturar mediante agua a presión mezclada con arena y elementos químicos las zonas rocosas del subsuelo en las que están alojadas las reservas de hidrocarburos.

5 El atentado criminal y siniestro a las Torres Gemelas de Nueva York y las instalaciones del Pentágono, el 11 de septiembre de 2001, reconocido por Osama Bin Laden, reclutado por la CIA para operaciones en Afganistán, fue utilizado por el gobierno de George W. Busch para intensificar operaciones intervencionistas de Estados Unidos.

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Lunes, 04 Febrero 2019 06:38

Crear valor

Crear valor

Reducido a su esencia, el propósito de la actividad económica en una sociedad es producir bienes y servicios para ser consumidos ahora o en el futuro.


La diferencia temporal es del todo relevante: significa que parte de la disponibilidad de los recursos tiene que invertirse para que el proceso no sólo pueda continuar, sino lo haga de manera ampliada para satisfacer las crecientes y cambiantes necesidades de la población hoy y después.


Es necesario, entonces, el ahorro, que consiste en la diferencia entre el ingreso y el consumo, tanto privado como público. La capacidad de ahorro en una sociedad puede asociarse con el fenómeno de la desigualdad, aunque no necesariamente las cuentas al respecto son una operación aritmética simple.


Su derivación de los métodos de la contabilidad nacional es cuestionable, a partir de la consolidación de ese concepto muy poco claro, lleno de concepciones técnicas, trucos e ideología que es el producto interno bruto, que se mide cada año y sobre el que se fija la política del gobierno desde el presupuesto.


Se trata, pues, de crear valor de modo constante. Esa es la fuente de la riqueza. Producir y distribuir los ingresos que se generan es factor clave de cualquier organización social. Cada modo de producción resuelve este problema de manera distinta. Cada uno entraña sus propios conflictos. No es un asunto meramente técnico y ocurre, por supuesto, dentro de un entramado políticamente determinado.


En principio la producción crea valor, pero es un proceso que tiene fugas. Esto quiere decir que al mismo tiempo ocurre también una extracción de valor que es apropiado por ciertos agentes económicos. Se trata, por ejemplo, de una diversidad de rentas que se derivan de posiciones de control, ya sea en la misma producción como ocurre con los monopolios o concesiones especiales para explotar algún recurso.


Otra forma de extracción son los impuestos. La justificación de los impuestos o tributos –los términos mismos son muy indicativos de lo que representan– es diversa y su uso por parte del Estado o el gobierno es controvertido.


Los impuestos son recursos que pueden ser usados para crear valor, siempre y cuando soporten la generación de riqueza. No es sencillo calificar el gasto del gobierno en cuanto a su capacidad de generar valor, no es clara la utilización eficiente de los recursos que concentra. También es justificable en principio su asignación con otros criterios.
En un sentido técnico eso tiene que ver, por ejemplo, con la manera en que se fijan los precios de los servicios públicos, cuestión que difiere del sector privado, donde una referencia son los precios en el mercado.


Los subsidios son de tipos muy variados y repercuten en la distribución del ingreso. Sería necesario cuantificar los efectos que tienen en la creación de valor y riqueza. La eficacia del uso de los recursos públicos es un asunto complejo, como puede advertirse.


En el caso de las actividades financieras la experiencia reciente de la crisis de 2008 ha puesto en evidencia que muchas de ellas no crean valor, sino lo extraen mediante la apropiación de rentas que distorsionan la actividad productiva y concentran la riqueza. Hay, sí, un uso productivo de las transacciones financieras.


La efectividad de la inversión privada se mide, finalmente, en las utilidades que genera luego del pago de los impuestos y en entornos distintos de competencia en el mercado. La efectividad del gobierno no se mide necesariamente por ese rasero. Lo nebuloso que en muchas ocasiones resulta la actividad productiva del gobierno y su capacidad de generar valor es hoy un asunto explícito en el país en torno a la grave crisis de Petróleos Mexicanos y no es el único caso.


Con respecto a lo esencial de la creación de valor por medio de la actividad productiva para consumir hoy y en el futuro, se aprecia que de modo recurrente tiende a producirse menos en lugar de alcanzar el potencial de utilización de los recursos materiales, financieros y especialmente la fuerza de trabajo.


Esta situación se justifica con argumentos tales como el riesgo de un alza en la inflación, los déficits en la balanza de pagos, los desequilibrios del presupuesto, el aumento de la deuda pública y privada o el colapso del peso. Todo esto se expresa finalmente en la distribución del ingreso y la riqueza.

 

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El manifiesto comunista, a 170 años de su publicación

Vigente y necesario, referente de una ideología que buscaba romper las cadenas que ataban a la clase trabajadora y la explotaban. El documento “de literatura política más influyente desde la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, en palabras del historiador británico Eric Hobsbawm.

“Un fantasma recorre Europa: es el fantasma del comunismo”

El texto, como se plantea en sus primeras frases, es un manifiesto para oponerse a la leyenda de ese fantasma, para reivindicar el papel del proletariado. Veintitrés páginas que fueron impresas, en febrero de 1848, en la sede de la Worker´s Educational Association (Kommunistischer Arbeiterbildungsverein) de la calle Liverpool en Londres. La Liga de los Comunistas (Bund der Kommunisten), sucesora de la Liga de los Justos (Bund der Gerechsten) y ésta de la Liga de los Proscritos (Bund der Geächteten), se ofreció a publicar un documento elaborado por los filósofos alemanes Karl Marx y Friedrich Engels y adoptarlo como su documento político.

“La historia de todas las sociedades existentes hasta el presente (la historia transmitida por escrito) es la historia de luchas de clases”

Inicialmente su influencia fue escasa, solamente impactó en la Alemania de la revolución de 1848 por medio del Neue Rheinische Zeitung, periódico de vida efímera editado por Marx. Entre 1848 y 1849 se reimprimió tres veces, se reescribió y corrigió en mayo de 1848 en treinta páginas y se publicó por entregas en el periódico inglés impreso en alemán Deutsche Londoner Zeitung (1845-1851). A pesar de ello, el fracaso de las revoluciones en Europa hizo que El Manifiesto no fuera muy tenido en cuenta.

En su exilio británico, Marx hizo reimprimir la sección III (Literatura socialista y comunista) en el último número, noviembre 1850, de la revista que editaba en Londres Neue Rheinische Zeitung, politisch-ökonomische revue. Pero no fue hasta su notoria labor en la llamada Primera Internacional (1864-1872), a su defensa de la Comuna de París de 1871 y al juicio por traición de tres líderes socialdemócratas alemanes en 1872, que él y El Manifiesto volvieron a tener la relevancia que merecían.
“La sociedad burguesa moderna surgida del ocaso de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase”

Engels y Marx escribieron un prefacio para esa edición de 1872 que se convirtió en la base de todas las ediciones publicadas desde entonces. A partir de ahí, y más tras la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, El Manifiesto fue traducido a más de treinta idiomas, incluidos el chino y el japonés, con numerosas ediciones en toda Europa y en Estados Unidos. En español apareció por primera vez en noviembre de 1872 en el semanario La Emancipación de Madrid, sin el pasaje sobre “El socialismo alemán o verdadero” al suponer su editor que era demasiado local. Diez años después se editó en El Obrero de Barcelona. En América Latina tuvo su primera edición en México en 1888 en El Socialista. Todos esos datos, bien detallados, los recoge Bert Andréas en su Le Manifeste Communiste de Marx et Engels. Histoire et bibliographie, 1848-1918.
“El obrero se convierte en indigente y la indigencia se desarrolla aún con mayor celeridad que la población y la riqueza”

En la segunda mitad del siglo XX, El Manifiesto no era solamente un texto marxista clásico, sino que alcanzó el estatus de texto político indispensable en los estudios de ciencias políticas y sociología. El propio Hobsbawm dice que “ya no fue publicado exclusivamente por comunistas u otros editores marxistas, sino en grandes ediciones de editoriales no políticas con introducciones de académicos destacados”.


“El lugar de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y contradicciones de clases, será ocupado por una asociación en la cual el libre desarrollo de cada cual será la condición para el libre desarrollo de todos”


En la recta final de la segunda década del siglo XXI, El Manifiesto sigue siendo una obra de referencia para el pensamiento y la teoría política. Un panfleto, como lo nombra Hobsbawm, que engancha y arrastra por su “convicción apasionada, la brevedad sintética, la fuerza intelectual y estilística”. Un manual de lectura para la clase trabajadora de la que me considero parte (contra el clasismo que discrimina a esa clase trabajadora, tal como lo denuncia V. Navarro).


“Las ideas dominantes de una época siempre fueron sólo las ideas de la clase dominante”


En el mundo de hoy podemos reconocer mucho de aquél que Marx describiera en 1848 en unos “pasajes de elocuencia sombría y lacónica (…) en frases lapidarias que casi se transforman de forma natural en aforismos memorables que han llegado a ser conocidos mucho más allá del mundo del debate político” (Hobsbawm). No está de más hacer una relectura de El Manifiesto y tomar algunas notas para lo que queda del siglo XXI.


“Las clases dominantes pueden temblar ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen un mundo que ganar.”
“¡Proletarios de todos los países, uníos!”

 

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De la “guerra comercial” a la guerra económica global

Cuando hablamos de guerra económica, lo primero que se nos viene a la cabeza es una disputa entre bloques (EEUU, China y Unión Europea, principalmente), pero la verdadera guerra económica vigente es la que el capitalismo en su conjunto está librando contra la humanidad y el propio planeta.

El capitalismo nos conduce de manera acelerada al colapso ecológico y a un abismo de mayor violencia, autoritarismo y desigualdad. Para desmantelarlo, se hacen necesarios diagnósticos certeros sobre su dinámica interna (principales apuestas, límites, conflictos), que nos permitan poner palos en la rueda capitalista a la vez que impulsamos alternativas que pongan la vida, el trabajo y el bien común en el centro.


Pero no es un ejercicio sencillo. Vivimos en un sistema incierto y sobrecomplejizado, en el que la velocidad, la escala y la interdependencia en la que se desarrollan relatos, procesos y acciones dificultan la elaboración de radiografías atinadas de lo que nos ocurre.


En el ámbito económico, hasta el estallido financiero de 2008, imperaba un consenso multilateralista en la agenda hegemónica, que apostaba por acumular tratados comerciales, megaproyectos y organismos internacionales en favor del mercado global. Hoy, en cambio, son de actualidad conceptos como guerra comercial, proteccionismo, aranceles, complejo industrial-militar, disputa energética, cuarta revolución industrial (4RI), etc. Y estos definen la actual coyuntura, en el marco de una guerra económica a escala global.


¿Asistimos a un giro en la agenda hegemónica? ¿Han perdido los tratados su rol estratégico tras el congelamiento del TTIP y el avance de gobiernos como el de Trump? ¿Se consolida un escenario des-globalizador en el que prima el proteccionismo estatal? ¿Son los aranceles el centro de la disputa entre bloques corporativo-regionales?


Para responder a estos interrogantes parece necesario discernir lo relevante de lo mediático, complejizar el análisis de la realidad. Con ese ánimo abordamos el reto de definir guerra económica como un fenómeno innegable, pero que debemos situar dentro de las señas de identidad del capitalismo actual.


Cuando hablamos de guerra económica, lo primero que se nos viene a la cabeza es una disputa entre bloques (EEUU, China y Unión Europea, principalmente, de la mano de sus transnacionales), atravesada además por conflictos entre diferentes tipologías de capital (financiero, industrial-militar, digital, extractivo, etc.). Siendo esta la acepción comúnmente aceptada, es solamente una parte de algo más amplio: la verdadera guerra económica vigente es la que el capitalismo en su conjunto está librando contra la clase trabajadora, la humanidad y el propio planeta.


El capitalismo atraviesa un momento especialmente crítico, en el que a las escasas expectativas de reproducción de un enorme excedente financiero se le une la incuestionable merma de la base física en la que opera el sistema. Cómo sostener la acumulación de capital en un contexto de bajo crecimiento, cómo hacerlo con menos recursos materiales y energéticos, y además en un contexto de crisis climática, define su gran paradoja presente.


Para tratar de salir de esta, lanza una virulenta ofensiva en forma de capitalismo del siglo XXI. Su principal objetivo es derribar cualquier barrera (geográfica, política, sectorial) a la mercantilización capitalista a escala global. Todo, de este modo, debe convertirse en espacio de acumulación capitalista. Nada, en sentido contrario, puede impedir el flujo natural del comercio y la seguridad de las inversiones. Y como esta apuesta tiene un alcance limitado, se pretende iniciar una nueva onda económica expansiva de la mano de la 4RI (inteligencia artificial, robotización, automatización, etc.), que permita ampliar exponencialmente la productividad y los sectores de reproducción del capital de la mano de las megaempresas digitales.


Este y no otro es el principal exponente de la guerra económica en ciernes: el conflicto entre un capitalismo caníbal —que exacerba su matriz dictatorial, desigual e insostenible— y la propia vida.


No obstante, la actual coyuntura también exacerba los conflictos intracapitalistas. Quienes detentan el poder compiten por el menguante pastel del crecimiento económico. Se trata de conflictos que no ponen en cuestión la ofensiva capitalista —al menos por el momento, sin descartar hipotéticas escaladas bélicas—, delimitando su disputa dentro del marco de ciertos patrones estructurales vigentes. Destacamos tres, que definen el marco de lo posible para la guerra económica intracapitalista.


En primer lugar, las finanzas son el gran hegemón, imponiendo al sistema en su conjunto su naturaleza cortoplacista, inestable y auto-ultrarregulada en su favor a escala mundial. No hay agenda capitalista que no se adapte a este patrón, en mayor o menor medida.


En segundo término, las cadenas económicas se estructuran en lógicas globales, a partir del control que ejercen las empresas transnacionales. La interdependencia de agentes es muy significativa; toda medida en un territorio (aranceles, intereses, tipos de cambio, etc.) tiene una respuesta global y efectos secundarios cual boomerang, lo que dificulta una guerra abierta y total donde todas las partes tienen mucho que perder.


Y tercero: los capitales en su conjunto son conscientes de la crisis ecológica y de acumulación, por lo que la verdadera confrontación se centra en los materiales y fuentes de energía, por un lado, así como en tratar de tomar la delantera en sectores avanzados de la 4RI (datos, inteligencia artificial, comercio digital), por otro.
Por tanto, la guerra intracapitalista se inserta en los límites de una economía globalizada y financiarizada, que centra sus esfuerzos en superar la grave crisis de acumulación y el colapso ecológico, aunque ello conlleve una guerra abierta entre capital y vida.


Esta es la clave para caracterizar la actual guerra económica. Si analizamos la agenda de EEUU, principal percutor del estallido del consenso multilateralista, veremos cómo lo mediático no corresponde con lo estratégico. Así, frente a la supuesta primacía de la guerra arancelaria con China y la UE, y frente a la pretendida apuesta proteccionista sustentada en el America First y el congelamiento del TTIP, EEUU asume la guerra económica en su integridad. Pero siempre dentro de los tres patrones estructurales señalados, ofreciendo así una mirada diferente del concepto.


De esta manera, Wall Street es “quien manda aquí”, no la industria clásica y agroexportadora. La globalización se sigue imponiendo, por tanto, a la necesidad de protección. Las finanzas han conseguido hacer saltar por los aires todo intento de regulación financiera, rebajar los impuestos, elevar los tipos de interés y mantener un dólar fuerte, generar ofensivas contra monedas más débiles y sostener la firma de tratados comerciales como herramienta de blindaje corporativo (como evidencia la actualización del TLCAN), aunque aceptando la necesidad de negociar en mejores condiciones los acuerdos multilaterales como el TTIP.


Esta es la base de la agenda real, que se completa con la competencia salvaje con China por el control de los datos como materia prima —Europa se muestra bastante ausente en este sector—, así como por el desarrollo de nuevos servicios digitales como espacio de acumulación. Esta disputa, junto a la constatación del enorme superávit comercial chino y su control sobre la deuda pública estadounidense, convierten al gigante asiático y a su soberanía en el verdadero objetivo de la guerra intracapitalista, con Europa como convidado de piedra y escenario vulnerable por influenciar. El cuadro de la agenda mainstream concluye con el sostenimiento —también militar, si es necesario— del complejo extractivo de energía y materiales, ante el agotamiento global.


A partir de ahí se desarrollan otras medidas de rango menor, que tratan de contentar al resto de capitales: escaladas verbales belicistas (Rusia, Venezuela, acuerdo atómico, etc.) para favorecer al complejo industrial-militar e incremento limitado de aranceles para la industria doméstica y agroexportadora, que al menos compense el dólar fuerte y sostenga apoyos electorales. Pero todo ello sin la relevancia que le otorgan los medios, dada la interdependencia global que impide una guerra abierta.


En definitiva, EEUU como adalid de la guerra económica muestra que esta se libra fundamentalmente en el ámbito financiero, energético-material y en torno a la 4RI, cuestiones que no parecen estar en el foco mediático. Las finanzas son el eje sobre el que pivota el marco de lo posible, por lo que la apuesta globalizadora y en favor de los tratados se mantiene, con matices. Los aranceles y el proteccionismo estatal, en cambio, tienen un alcance limitado y con un fuerte componente retórico; solo hay verdaderas restricciones al flujo de personas, desde lógicas racistas. Mientras tanto, la guerra económica en sentido amplio se silencia, siendo la mayor amenaza.


En este contexto, ¿cómo enfrentar la guerra económica? En primer lugar, asumiendo la acepción amplia de confrontación con el capital. El cambio en la matriz económica desde claves ecológicas, feministas y de clase, la defensa de los bienes comunes y la disputa en torno a la 4RI —rompiendo el falso relato de la «economía colaborativa»— aparecen como prioridades estratégicas.


En segundo término, no teniendo que elegir entre un capitalismo u otro, uno multilateralista u otro más unilateralista. Ambos nos conducen al abismo social y al colapso ecológico. Por supuesto, se trata de frenar sin ambages el fascismo social y político, pero la alternativa nunca habrá de pasar por un universalismo abstracto y mercantilizado que también nos condena.


Romper esta dicotomía a la que nos empujan los mass media es un tercer eje prioritario, creando una agenda económica y comercial ajena por completo a los relatos y prácticas excluyentes y reaccionarias. Sin por ello denostar la disputa por las soberanías, no solo la estatal sino también la local, regional y global. Y la energética, alimentaria, feminista y popular, redefiniendo conceptos y perspectivas desde una mirada radical e inclusiva. Pese al ruido mediático, el antagonista es claro; el desafío es cómo hacerlo descarrilar.

 

Por Gonzalo Fernández
Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) - Paz con Dignidad

publicado
2018-11-23 11:15:00

 

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Los ingresos per cápita de América Latina llevan 60 años estancados

El Banco de Desarrollo CAF analiza en Bogotá las fórmulas para reducir la brecha con las economías avanzadas

América Latina necesita incrementar con urgencia sus índices de productividad. La brecha que la separa, en su conjunto, de las economías más avanzadas es aún profunda y la fotografía del pasado reciente demuestra que la situación, en lo sustancial, no ha mejorado en los últimos 60 años. Así lo indica CAF-Banco de Desarrollo de América Latina, que este jueves ha presentado en Bogotá un informe que arroja un diagnóstico sobre el panorama socioeconómico lleno de desafíos e insta a los Gobiernos de la región a poner en marcha una agenda de reformas estructurales.


"El habitante latinoamericano promedio tiene una cuarta parte del ingreso de un estadounidense típico. Incluso dentro del grupo de países más avanzados de la región, el nivel de ingreso per cápita actualmente fluctúa aproximadamente entre 20% y 40% del de Estados Unidos", señala el informe. "En el año 1960 el habitante latinoamericano promedio tenía un 20% del ingreso de un estadounidense típico. Hoy, la situación sigue siendo prácticamente la misma. Otros países, por el contrario, han mostrado importantes avances en el mismo periodo: Corea del Sur, por ejemplo, pasó de un ingreso per cápita del 7% del de Estados Unidos a uno del 67% en ese período".


A eso se añade que "la productividad laboral", según esta institución, "es de alrededor del 30% con relación a la de Estados Unidos, en contraste con la del Reino Unido, del 75%, Australia, del 82%, o Alemania, del 90%". Con estas premisas, explica a EL PAÍS Pablo Sanguinetti, vicepresidente de Conocimiento de CAF, América Latina afronta retos enormes relacionados con el crecimiento y la productividad de las economías, cuyas disfunciones están a la base de esta brecha. "La productividad es baja en todo, el problema es transversal, de la infraestructura al sector financiero, y hay que trabajar para mejorarla en cada sector", apunta. Al mismo tiempo, se debe hacer frente a la alta informalidad.


¿Qué pueden hacer las autoridades? En opinión de Sanguinetti, se trata de lograr "mayor competencia, mejor acceso a insumos, un mejoramiento de las relaciones laborales y finalmente el acceso a financiamiento". Eso no significa que hasta ahora los Gobiernos no hayan hecho esfuerzos. El Banco de Desarrollo reconoce "que muchos países de la región han llevado a cabo planes para impulsar la productividad". No obstante, en líneas generales el insuficiente ritmo de crecimiento tiene que ver con "bajos niveles de innovación, barreras a la financiación de empresas e individuos, brechas en la adopción de nuevas tecnologías, marcos regulatorios que no suelen propiciar la entrada y salida de empresas o los centros logísticos poco desarrollados para comercializar exitosamente productos y servicios".


El estudio de CAF apuesta por aplicar una agenda de reformas institucionales que se han abordado durante dos días en un encuentro de alrededor de 500 líderes latinoamericanos. Ayer recibieron la bienvenida del presidente de Colombia, Iván Duque, quien prometió acabar con la informalidad para que los ingresos medios superen los 20.000 dólares per cápita en tres décadas, y debatieron las fórmulas para superar los obstáculos de la productividad urbana y mejorar la calidad del empleo.


Esas reformas deben, según el Banco, no solo promover la competencia, sino "fomentar la cooperación entre empresas mediante el desarrollo de conglomerados productivos; impulsar ecosistemas innovadores y la adopción tecnológica; mejorar el acceso al financiamiento de empresas y reducir las barreras de oferta y demanda para el acceso a recursos financieros formales por parte de empresas e individuos; o limitar los marcos regulatorios y políticas hostiles que dificultan la entrada y salida de empresas y afectan la eficiencia en la asignación de recursos productivos".


Luis Carranza Ugarte, presidente ejecutivo de CAF, resumió esos desafíos con una pregunta y un toque de ironía: "¿Cuánto es dos más dos?". La respuesta no es tan obvia, en realidad, sobre todo en economía. "Normalmente, el economista se demora un tiempo y dice… ¿Cuánto quieres que sea? En economía dos más dos no siempre es cuatro. Dos más dos son ocho, esa es la historia de los países europeos. En Latinoamérica dos más dos en promedio han sido cuatro, y eso no es suficiente para llegar a la prosperidad", afirmó. La pelota está ahora en el tejado de los sectores productivos y de los Gobiernos de la región.

Por F. MANETTO
Bogotá 8 NOV 2018 - 19:46 COT

 

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Sábado, 27 Octubre 2018 05:31

La próxima crisis será más grave

La próxima crisis será más grave

En declaraciones recogidas por Nicolas Domenach, François Langlet, conocido periodista económico y divulgador francés, se expresa sobre las posibilidades de crisis, como parte de un amplio reportaje especial del mensual Le Nouveau Magazine Littéraire bajo el título “El capitalismo ya no responde”. 

¿La próxima crisis que parece dibujarse puede ser fatal?


La próxima crisis será verosímilmente más grave que la de 2008, porque en 2008 se trató un exceso de endeudamiento con un incremento del endeudamiento. Se trató el mal, por tanto, con mayor mal. Ahora bien, iguales causas producen iguales efectos. Lo que nos espera, aunque nadie pueda prever la fecha con certeza: depreciación del valor de las activos, acciones, inmobiliario, obligaciones, cuyo valor se ha hinchado por la creación de moneda por parte de los bancos centrales. Para evitar el hundimiento, hemos elevado una vez más la altura del edificio moviendo crédito generalizado y mundializado. Es probable que esto no dure.


¿Tienen los estados todavía los medios y la voluntad de regular un capitalismo financiero que ha enloquecido? ¿Y pueden controlar los GAFA [Google, Apple, Facebook y Amazon]?
Los estados disponen de todos los medios para regular el capitalismo. El problema es que los límites que ponen no hacen más que desplazar la locura especulativa. Si se regulan los bancos –algo que se hizo después de 2008- las finanzas se desplazan al shadow banking, el sistema financiero paralelo.


El determinante principal de la crisis financiera es la psicología de las multitudes, es decir, los comportamientos borreguiles de los inversores, que perduran igual que el deseo de enriquecerse, es decir, mucho tiempo.


Es inútil esperar un mundo sin crisis, es ilusorio pensar que el Estado y los poderes públicos son una solución a la crisis financiera. Hay que regular, desde luego, pero eso no supone una protección absoluta. La vigilancia ha de ser permanente.


La patronal y los políticos ¿son conscientes de las apuestas, o se contentan con hacer populismo patronal para unos y política para otros?


Los patronos de las empresas que cotizan en Bolsa se ven a menudo forzados a respetar las reglas de juego del sistema actual: el que ignorase deliberadamente a sus accionistas se condenaría, lo cual lleva a veces a la empresa a prácticas contestables, como la recompra de las propias acciones, privándola de medios para invertir. En cuanto a los dirigentes políticos, no tienen siempre un buen conocimiento de los mecanismos de las finanzas y de la Bolsa, a falta de haber trabajado en empresas, lo que les conduce a menudo a los “Basta con…”


Los populistas son los más inclinados a estos atajos, tanto más seductores por cuanto los partidos tradicionales, lo mismo los de izquierda que los de derecha, no vieron venir la última gran crisis.


¿Hay contradicción radical entre capitalismo y ecología o, a la inversa, puede el capitalismo salvar la Naturaleza después de haberla saqueado?
Por definición, el capitalismo es predador, utiliza los recursos naturales para aumentar la producción y la riqueza, la de los accionistas, los asalariados o los consumidores. Hay, por tanto, una contradicción fundamental entre crecimiento y ecología. Pero se puede superar de diversas maneras. En primer lugar, instaurando reglas que limite la utilización de recursos. Y siguiendo con un mecanismo que haga subir el precio de los bienes en función de su escasez. Los recursos escasos deben facturarse más caros para disuadir de su utilización. Y el aumento del precio, en una economía de mercado, desencadena la investigación de innovaciones para substituir el antiguo modo de producción por uno nuevo, más económico en recursos. Esta espiral virtuosa no puede desarrollarse más que gracias a la interacción entre la mano invisible, la del mercado, y la mano bien visible del regulador.

Por François Lenglet, periodista especializado en Economía, se ocupa de dicha sección en las emisoras francesas de radiotelevisión RTL y TF1. En los años 90 trabajó como jefe de redacción y director adjunto de la revista económica L´Expansion, así como en Enjeux-Les Échos, suplemento mensual del diario económico Les Échos, y La Tribune. Su último libro es Tordez le cou aux idées reçues. Fuente: Le Nouveau Magazine Littéraire, nº 10, octubre de 2018


Le Nouveau Magazine Littéraire, nº 10, octubre de 2018
Traducción: Lucas Antón

 

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