El Gobierno húngaro ha potenciado el temor al contagio de una crisis a la griega en otros países europeos.

El portavoz del nuevo Gobierno húngaro, Péter Szíjjártó, ha admitido que la "economía (del país) está en una situación muy grave", incluso con altas posibilidades de llegar a la bancarrota, por lo que presentará en menos de 72 horas un plan para evitar "el camino de Grecia".

El Ejecutivo atribuye toda la responsabilidad al gobierno anterior, que "manipuló los datos [sobre la estado real de la economía del país], tal como lo había hecho Grecia", según las declaraciones recogidas por MTI.

Nada más realizar las declaraciones, el forinto (la moneda local, también conocida como florín húngaro) registró una caída frente al euro del 2%.

El nuevo Gobierno del conservador Viktor Orbán asumió la semana pasada el poder, tras unas elecciones en las que su partido, el Fidesz, obtuvo una amplia mayoría parlamentaria.
Detalles de las supuestas manipulaciones

El portavoz señaló que el comité que debe aclarar las supuestas manipulaciones efectuadas por el gabinete anterior publicará los detalles de los cálculos actuales en los próximos días.

Ya en octubre de 2008, poco después de desatarse la crisis financiera internacional, Hungría recibió un préstamo internacional de 20.000 millones de euros, proveniente del Fondo Monetario Internacional (FMI), la Unión Europea (UE) y el Banco Mundial (BM), para salvar al país de la bancarrota.

EFE Budapest 04/06/2010 16:13 Actualizado: 04/06/2010 18:45

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 Pese a la crisis en la zona euro, la economía mundial continúa recuperándose. Los indicadores recientes de EU y de algunos mercados emergentes (en particular en Asia) han sido fuertes, y The Economist Intelligence Unit no ve indicios claros de que la perturbación europea haya socavado este cuadro de mejoría. Creemos que el PIB mundial, en términos de paridad de poder de compra (PPC), crecerá 4.1% en 2010. También hemos revisado sustancialmente nuestras previsiones sobre divisas; ahora esperamos un euro mucho más débil.

Es imposible, sin embargo, pasar por alto la crisis fiscal en la eurozona. La situación conlleva riesgos importantes para la estabilidad financiera y aun para el futuro de la divisa única. Pero nuestras proyecciones indican todavía que la crisis tendrá poco más que un impacto neutral sobre el crecimiento del PIB. En esencia, si bien las medidas de austeridad en algunos países deprimirán la demanda doméstica, un euro más débil impulsará las exportaciones. Mientras los mercados emergentes aún avanzan con fuerza y la economía estadunidense se pone de pie, la recuperación en el resto del mundo no debe de verse afectada mayormente.

Sin embargo, persisten otros desafíos a la sustentabilidad de la recuperación global. Por un tiempo hemos sostenido la opinión de que factores temporales como el estímulo fiscal y los ajustes de inventarios han impulsado el crecimiento, y que la economía global es demasiado débil para expandirse a la misma velocidad una vez que estas fuerzas se disipen. Esta opinión se refleja en nuestro pronóstico para el año entrante, cuando creemos que el crecimiento del PIB global en términos de PPC se reducirá a 3.5%. Sin embargo, los riesgos al revés para el crecimiento global también se incrementan. Los balances del sector privado en varias economías grandes han mejorado, conforme las empresas vuelven a tener utilidades y los hogares reducen sus deudas. Esto permitirá que la demanda del sector privado genere cierto impulso autosustentable en los meses venideros, aunque seguimos escépticos de que eso baste para compensar la desaparición de los estímulos fiscales y los efectos de los inventarios.

Mundo desarrollado

Hemos elevado nuestro pronóstico de crecimiento para EU a 3.3% en 2010 y 1.8 el año próximo. Nuestra previsión para 2011 en particular es mucho más pesimista que el consenso, pues aún creemos que los fundamentos mantendrán rezagada a la economía una vez que los efectos a corto plazo desaparezcan. También hay un alto riesgo de que un dólar más fuerte a causa de los problemas de la zona euro socave las perspectivas de exportación.

La sustentabilidad de la recuperación de Japón sigue siendo incierta. Del lado positivo, el mejoramiento de la economía global, en particular el rápido crecimiento de China, elevará las exportaciones japonesas en 2010 pese a la fortaleza del yen. Pero el lado negativo, que incluye la lenta demanda doméstica, la deflación y la indecisión política, tendrá un gran peso. El PIB real crecerá apenas 1.7% este año.

En Europa, por contraste, la situación económica no ha carecido de drama, aunque por las razones indebidas. La zona euro está en la peor crisis desde su creación. La UE y el FMI han lanzado un masivo programa conjunto de estabilización, que ha reducido los costos del financiamiento, pero siguen sin resolverse las inquietudes subyacentes sobre la solvencia de los gobiernos. Nos parece que Grecia acabará restructurando su deuda, probablemente en 2012.

La necesidad de que otros países de la zona aceleren las reparaciones presupuestales como medida precautoria continuará minando la demanda. El único consuelo es que el debilitamiento del euro beneficiará a las economías exportadoras, como Alemania y Holanda, y ello amortiguará el impacto negativo del recorte fiscal en la zona en su conjunto. En consecuencia, nuestro pronóstico para el PIB del área tiene poco cambio, con un crecimiento proyectado de 0.7% este año y 0.8 en 2011.

Mercados emergentes

Con algunas excepciones, los mercados emergentes han sobrellevado mucho mejor que los países ricos la crisis financiera y económica de los dos años pasados. De hecho, las condiciones financieras son ahora demasiado expansivas en algunos países, y los trazadores de políticas dirigen su atención a contener presiones inflacionarias. Las políticas comienzan a endurecerse; prevemos alzas de tasas de interés y otras medidas restrictivas en muchos más países en el resto de 2010.

No es sorprendente que Asia esté a la vanguardia en el ascenso del mercado emergente. La economía de China, que tuvo un gran crecimiento de 11.9% en el primer trimestre de este año, acapara la atención, pero los indicadores de otros mercados, como Singapur, Taiwán y Sudcorea, también ha sido muy fuertes. Creemos que Asia y Australasia en su conjunto, excepto Japón, tendrán un crecimiento del PIB de 7.2% en 2010. Del lado negativo, aumentan inquietudes sobre burbujas de activos.

A Europa oriental no le ha ido tan bien, pues ha sido muy golpeada por la recesión global, pero el panorama mejora. Las exportaciones y la producción industrial se recuperan en la mayoría de países. Si embargo, la reciente volatilidad del mercado financiero subraya la amenaza de contagio de la crisis de la eurozona.

América Latina en general está cada vez en mejor forma. Las mejoras de políticas en años recientes han dado mayor resistencia a la región contra los sobresaltos económicos y financieros. La demanda china de productos ha sido benéfica. Hemos elevado nuestra previsión para Brasil, la economía más grande de la región, a un crecimiento del PIB real de 6.3% en 2010, lo cual impulsa el de toda la región, que crecerá a 4.2% este año.

El crecimiento en Medio Oriente y África también repuntará en 2010, gracias al alza en los precios del petróleo, a la recuperación global y, en muchos casos, a la poco estricta política doméstica. Sin embargo, dentro de esta zona el crecimiento de África del Norte será relativamente modesto por su dependencia de las exportaciones a la zona euro y de las remesas procedentes de ella. África subsahariana se beneficia de la demanda china de materias primas y tendrá un crecimiento del PIB de 4.5% en 2010.

Fuente: EIU
Traducción de texto: Jorge Anaya

 
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Estamos viendo estos días la gran presión que el establishment europeo –el Consejo Europeo, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo- y la gran mayoría de medios están ejerciendo sobre los países periféricos –Grecia, Portugal, España e Irlanda- para que impongan políticas de austeridad, reduciendo déficits y deuda pública, y bajando salarios, a fin de salir de la Gran Recesión que la eurozona está sufriendo. El gran error de esta estrategia de presión es que asume erróneamente que el problema en que se encuentra la Eurozona lo han creado estos países con sus despilfarros y su falta de disciplina fiscal, lo cual es fácil de mostrar que no es cierto. Ni existe un despilfarro de gasto público en aquellos países (todos ellos tienen los gastos y empleos públicos más bajos de la UE-15), ni sus salarios son exuberantes (están muy por debajo del promedio de la UE-15, independientemente del nivel de productividad que tengan).
 
El gran secreto, ocultado o ignorado por los grandes medios de información y persuasión, es que el problema de la eurozona no está en la periferia sino en el centro, es decir, en Alemania. La economía alemana ha estado en muy baja forma durante varios años. Sus salarios no han aumentado durante los últimos quince años, consecuencia de las medidas antisindicales de bajos salarios, tomadas por los gobiernos de Gerhard Schroeder –incluida la famosa reforma 2010- y de Angela Merkel, facilitadas también por la amplia disponibilidad de trabajadores procedentes de la antigua Alemania del Este y de inmigrantes procedentes del Este de Europa. Durante estos quince últimos años, sus inversiones han sido escasas (menores que en los países periféricos), su crecimiento económico muy lento (mucho más lento que los países periféricos) y su desempleo ha estado creciendo. En realidad, el crecimiento de su productividad ha sido menor que en la mayoría de los países periféricos, excepto España (ver mi artículo “El problema de la Eurozona no está en al periferia sino en el centro”, Sistema Digital, 27.05.10. También en mi blog www.vnavarro.org , sección Economía Política).
 
El descenso de las rentas del trabajo en Alemania ha creado un problema mayor de falta de demanda, consecuencia de la falta de crecimiento de la masa salarial (que ha disminuido como porcentaje de la renta nacional, consecuencia de que los salarios han crecido menos que la productividad). De ahí que el crecimiento económico alemán se ha basado, no en el aumento de la demanda doméstica sino en el crecimiento de las exportaciones, con la consecuente acumulación de euros (pues dos terceras partes de las exportaciones van a países de la eurozona, que pagan en euros) en la banca alemana. 
 
¿Qué ha hecho la banca alemana con tantos euros? Varias cosas. Una de ellas es prestarlos a los países mediterráneos. El flujo de liquidez (dinero de los bancos alemanes a los españoles, por ejemplo) ha sido enorme. Este flujo ayudó a la banca española a establecer el complejo bancario-inmobiliario-industria de la construcción, un complejo altamente especulativo que creó la burbuja inmobiliaria y que fue el motor de la economía española. Otra cosa que hizo la banca alemana fue comprar la deuda externa a intereses elevados en el caso de los países mediterráneos. La mayoría de la deuda de estos países es propiedad de la banca alemana (y francesa). Y, por si fuera poco, el capital alemán además de lo anterior invirtió directamente en actividades especulativas de tipo inmobiliario en los países periféricos. Parte del destrozo de las costas españolas fue financiado con capital alemán.
 
Pero todo esto terminó. El colapso de las burbujas inmobiliarias y la crisis de las bancas estadounidense y británica, claramente conectadas con la banca alemana, crearon un gravísimo problema para esta banca. Y ahí está el quid de la cuestión. La gran austeridad que el establishment europeo está pidiendo es para asegurarse que la banca (incluyendo la banca alemana) no pierda sus beneficios. Como bien dijo el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, la supuesta ayuda del Fondo Monetario Internacional y de la Unión Europea a los países periféricos es una ayuda a los bancos del centro (de Alemania y Francia). Se presta dinero a los estados periféricos para que puedan pagar a los bancos centrales. Éste es el gran secreto que los medios de persuasión también ocultan o ignoran. En realidad, todo podría haber ocurrido de una manera distinta si en el conflicto entre Gerhard Schroeder, Canciller de Alemania, y Oskar Lafontaine, Ministro de Economía y Finanzas, hubiera ganado Oskar Lafontaine. Lo que la izquierda –Lafontaine- quería era aumentar la demanda interna, mediante la subida de salarios y el aumento del gasto público. Fue Schroeder, próximo a la banca y al mundo de las exportaciones, quien ganó (causando la salida de Lafontaine del gobierno y del partido socialdemócrata). De haber ganado las izquierdas en Alemania, aquel país habría tenido un crecimiento económico basado en el crecimiento de la demanda interna, ayudando no sólo a las clases populares de Alemania, sino a toda la UE. Tal medida también habría corregido el excesivo saldo negativo de la balanza de pagos que tienen los países periféricos, origen, en parte, de sus problemas. Como bien dijo la Ministra de Economía del gobierno francés, la Sra. Christine Lagarde, “el problema actual es el estancamiento de la demanda en Alemania debido a que los salarios no han crecido. Es importante y urgente que crezcan”. No podía haberse dicho mejor.
 
La banca alemana, sin embargo, se opone rotundamente a que ello ocurra, no sólo en Alemania, sino a nivel de toda Europa. Y el BCE, el FMI y el Banco de España son los portavoces neoliberales más estridentes que se oponen a ello. Lo que desean es que la banca no quede afectada negativamente, pues ha conseguido enormes beneficios a base de crear grandes cantidades de deuda, tanto pública como privada, que ahora, sin embargo, se puede convertir en su gran vulnerabilidad. Nada menos que el secretario del tesoro del gobierno Obama, el Sr. Timothy Geithner, ha pedido que se someta a la banca europea (y muy en especial a la banca de los países del centro de la Eurozona) a una prueba de estrés como la que se realizó en EE.UU. De ahí que lo que los banqueros alemanes (y el BCE) quieren, por encima de todo, es que se les pague a costa de disminuir el gasto público y los salarios de los países, no sólo periféricos sino centrales, incluyéndose su propio país.
 
La solución alternativa es el aumento muy notable de la demanda (a base de aumentar la masa salarial y el gasto público), permitiendo una inflación moderada y que estimule el crecimiento económico con el cual pagar la deuda, con el establecimiento, además, de bancas públicas que garanticen el crédito. Y a esto la banca dice que ni pensarlo, y todos los grandes medios de persuasión, a pies juntillas, dicen AMÉN. Los cinco rotativos más importantes del país han escrito editoriales apoyando las propuestas del Fondo Monetario Internacional, el centro (junto con el BCE) de la ortodoxia neoliberal hoy en el mundo. Y así nos va.

Por Vicenç Navarro
El Plural
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Martes, 25 Mayo 2010 06:48

Europa: no hay marcha atrás

El plan de 950 mil mdd para defender la divisa única europea fue recibido con euforia, pero nació de la desesperación. Cuando los gobernantes de la zona euro se reunieron el 8 y 9 de mayo enfrentaron la abrumadora realidad de que el temor en los mercados de bonos gubernamentales en el sur de Europa se extendía al sistema bancario y comenzaba a infectar los mercados de crédito. Este plan no sólo se refería a prevenir que la crisis de deuda soberana de Grecia se extendiera a Portugal y España, sino también a arrancar un creciente pánico financiero que pudo haber empujado a la economía mundial de vuelta hacia el pantano del que en los dos años pasados ha luchado por escapar.

Los gobernantes tuvieron razón en actuar con audacia y rapidez. Han comprometido un monto asombroso de 60 mil millones de euros (mde, 78 mil mdd) en bonos respaldados por la UE, un fondo de 440 mde (572 mdd) garantizado por países de la zona euro, y potencialmente hasta 250 mil mde (317 mil mdd) del FMI. El Banco Central Europeo (BCE), pilar de la ortodoxia monetaria, se volvió apóstata y se puso a comprar bonos de gobierno con tal de reducir el costo del crédito para las economías más afligidas de la zona.

A corto plazo esta muestra masiva de potencia financiera ha funcionado. Los mercados de bonos se han calmado; las probabilidades de un alud de bancarrotas han disminuido. La tentación es cantar victoria y pasar a otra cosa. Sin embargo, la tarea no está ni a la mitad. Este plan lleva tiempo, pero no repara las fallas fiscales y estructurales que metieron a la zona en este embrollo. Además, conlleva riesgos que Europa necesita atender de inmediato.

El punto de arranque es reconocer que el plan carece de detalle. Nadie sabe con exactitud cómo funcionará la garantía de préstamos o cómo estará disponible el dinero del FMI. Eso importa porque el sustituto temporal hasta que esto se arregle es el BCE, que ha empezado a comprar bonos gubernamentales en el mercado abierto.

El BCE insiste en que las acciones son excepcionales, una respuesta de corto plazo a mercados disfuncionales, y que sigue siendo tan independiente como antes. Esa impresión, ya golpeada, será imposible de sostener si el BCE termina concediendo una línea de crédito a gobiernos derrochadores durante demasiado tiempo.

Una pregunta aún más grande se refiere al daño moral. No hay que ser un contribuyente alemán para sentir que el corolario de dar refugio a los gobiernos más débiles de la zona euro es aliviar la presión de recortar sus déficit. Los gobiernos de la zona euro saben ahora que, si las cosas se ponen peores, tienen hacia dónde correr. A corto plazo es una invitación a eludir las duras decisiones que les aguardan. A plazo más largo es una receta para el colapso de la eurozona. Habiendo optado por el seguro colectivo, la región necesita ahora desarrollar la disciplina colectiva para evitar que su fondo de reserva sea objeto de abusos.

Algunas salvaguardas aparecen en el propio plan. España y Portugal ya fueron persuadidos de anunciar medidas de austeridad fiscal. Cualquier país que tome prestado de los nuevos fondos de estabilización tendrá que acceder, como Grecia, a aplicar un programa de ajuste trazado por el FMI, organismo especialista en imponer disciplina.

Pero no bastará con eso. Los gobiernos de la eurozona deben encontrar formas de imponer buena conducta antes que el dispendio se vuelva agudo. Es la mayor tarea, entre otras cosas porque la historia del euro está repleta de intentos fallidos en ese aspecto. Los arquitectos de la divisa única pusieron su fe en la cláusula de no rescate, aunada al pacto de estabilidad y crecimiento. Las reglas fallaron. Las sanciones por mala conducta no era creíbles: amenazar a un país cargado de deudas con multas enormes es como castigar a un hombre que se aferra a un risco con los dedos para no caer. Y a demasiados países, incluidos los miembros mayores de la eurozona, se les permitió violar las reglas con impunidad. Peor aún, nadie creía en realidad en la cláusula de no rescate, razón por la cual los mercados financieros no lograron distinguir durante tanto tiempo entre gobiernos dispendiosos y prudentes.

¿Qué podría funcionar? La Comisión Europea ofreció algunas ideas esta semana, desde una supervisión colectiva más estrecha y temprana de los presupuestos nacionales hasta un sistema de incentivos en el que el dispendio se castigue reteniendo fondos de la unión. Es un buen principio, pero las normas tienen muchas de las fallas de las viejas. La zona euro también necesita pensar en instrumentos políticos: por ejemplo, negar a los países derrochadores el voto en cualquier decisión referente al euro. Y requiere mecanismos para hacer frente al incumplimiento de pagos, como un sistema ordenado para restructurar deuda soberana.

Esto va para largo

Lo más difícil será encontrar la voluntad política para contener el dispendio. Esta batalla se entrelazará con el conflicto que ahora tira del tejido político de Europa. Los electores alemanes acaban de mostrar que castigarán a los gobernantes que gasten su dinero en rescatar a extranjeros descuidados. De ahí la demanda alemana de que los países absorban salvajes recortes presupuestales antes de recibir cualquier dinero, demanda que, llevada a los extremos, podría condenar a Europa a la deflación y el estancamiento. Por otro lado, la violencia en Grecia es un recordatorio de que los gobiernos democráticos sólo pueden aplicar cierto nivel de dureza antes que el pueblo se rebele. Aun si se acepta que el déficit debe reducirse y las economías modernizarse, nadie puede estar del todo seguro de qué ocurrirá primero: el crecimiento económico o la rebelión social.

Lo único que parece claro es que todo esto conducirá a una mayor interferencia en las políticas de los países. Pero, ¿de qué tipo exactamente? Los franceses han pugnado durante mucho tiempo por un gobierno económico común, con amplios poderes sobre política fiscal y monetaria, lo cual pondría en aprietos a muchos de sus socios. Los alemanes quieren una forma distinta de centralización, construida sobre reglas para castigar a los despilfarradores.

El escenario está puesto para una fea batalla política en torno a la forma de gobernar a Europa.

Fuente: EIU
Traducción de texto: Jorge Anaya 
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Santiago de Chile. La crisis europea afectará a América Latina a través del comercio, la inversión, el flujo de remesas y los equilibrios fiscales, sostuvo hoy Daniel Titelman, jefe de la Unidad de Estudios de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

En Argentina, Chile y Brasil un riesgo mayor es el comercial. En Bolivia, Ecuador y El Salvador la amenaza viene por la eventual caída de las remesas de los inmigrantes, que representan un 10 por ciento del producto interno bruto.

La fuerza del contagio dependerá empero de los desenlaces que adopte la coyuntura, matizó Daniel Titelman, jefe de la Unidad de Estudios de la Cepal.

"La crisis subprime fue el primer tiempo de este partido. La crisis del euro es apenas el inicio del segundo tiempo", ejemplificó el economista.

"Hoy somos menos competitivos por la depreciación del euro, enfrentamos una mayor volatilidad financiera y hemos gastado parte de los ahorros fiscales", resumió.

Por ello, insistió que la gran pregunta es cuán sostenible es económica y políticamente la solución europea, en vista de que la literatura económica recuerda que estabilizar estos desbarajustes financieros tarda de seis a siete años.

En esa perspectiva, señaló que hay una serie de demandas de políticas a los gobiernos para estos tiempos, tales como mejorar la cohesión social, elevar la productividad e impulsar mecanismos contracíclicos, como en el presupuesto chileno.

"América Latina crecerá fuerte este año y probablemente también lo haga en 2011, pero la duda es el futuro, que depende de los escenarios que surjan de la crisis europea", acotó Titelman.

Por ahora, el dinamismo chino ha compensado la caída proyectada en Europa, pero "¿qué pasará si China se estanca y Europa ahonda sus problemas?", se preguntó el economista.

América Latina seguirá creciendo, aunque con una incertidumbre fuerte sobre su futuro y el de Europa, que paradójicamente vive hoy una crisis similar a la que América Latina sufrió en 1982, cuando la pobreza creció como nunca en el subcontinente.
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La crisis mundial más grave en la historia del sistema capitalista ha sido provocada por el capital financiero internacional, con sus latrocinios, irresponsabilidades y especulaciones, y con sus políticas de despojo de los recursos naturales de todos los pueblos. Comenzó en Estados Unidos –el país más endeudado del planeta, con un creciente déficit público de 13 billones (millones de millones, 12 ceros seguidos) de dólares–, ahora se extendió a la Unión Europea (la principal potencia económica mundial) y afectará pronto al sudeste asiático que, como China o Japón, destinan a ambos la mayor parte de sus importaciones y son los principales sostenedores del dólar y compradores de los bonos públicos estadunidenses. (Dicho sea de paso, uno nunca dejará de asombrarse ante la ligereza y el impresionismo de algunos supuestos analistas económicos internacionales de México y de otros países, que ridículamente anunciaban la muerte del dólar y su remplazo por el euro –hoy por los suelos– o por otras divisas, sin ver que todos los bancos centrales juegan el mismo juego y están atados por la misma cuerda sucia).

Los respectivos Estados salvaron a los banqueros –a golpe de cientos de miles de millones de dólares de los contribuyentes– y les entregaron la conducción de la economía que previamente habían devastado. O sea, concedieron a los responsables de la crisis la responsabilidad de la superación de la misma, y a los mafiosos y delincuentes, la protección del orden financiero.

El resultado está a la vista: con fondos públicos concedidos al uno por ciento, los ladrones de guante blanco, recicladores además de los fondos de la droga (estimados en 300 mil millones de dólares anuales, o sea, tanto como la industria petrolera), de la venta de armas y de la prostitución, prestan ese dinero ajeno a países como Grecia, a tasas que llegan a ocho por ciento, y los endeudan aún más.

El capital financiero sigue dirigiendo, como si nada hubiera sucedido, el gran casino mundial y se juega en la ruleta el destino de países enteros y de miles de millones de personas. El comercio de divisas, altamente especulativo, mueve tres billones (en español, o sea, millones de millones) de dólares cada día, y el mercado de derivados (opciones y futuros) asciende a mil billones (equivalentes a 16 veces el producto interno bruto anual de todos los países, grandes y chicos, de este planeta). Ese es el tsunami que sumerge las economías nacionales.

Eso es posible porque ningún gobierno toca al capital financiero ni intenta ponerle cortapisas. Por el contrario, ante la crisis que éste provocó, los gobiernos prolongan la edad para jubilarse, reducen o congelan los salarios, aumentan el impuesto al valor agregado –que pesa sobre todo entre los pobres–, sin pensar siquiera en ponerles a los bancos impuestos a las ganancias o a las operaciones financieras. Si los centenares de miles de millones de dólares que arrojaron al pozo sin fondo de los bancos ladrones hubiesen servido para crear bancos públicos y para sostener la demanda de sus poblaciones, la crisis sería menos extensa y menos cruel. Porque las políticas deflacionarias, a costa de los salarios y los ingresos, reducen el poder adquisitivo de las mayorías y, por consiguiente, su nivel de consumo, y agravan tanto la desocupación como la desindustrialización relativa, ya que los capitales no van a los sectores productivos, sino que se orientan a los que otorgan alta ganancia inmediata, como los delincuenciales, entre los cuales destacan los centros del capital financiero.

Éste no sólo les mete la mano en el bolsillo a asalariados, pequeños comerciantes, artesanos, campesinos y jubilados, sino que también roba la soberanía de los pueblos junto con los recursos de todo tipo. La banca de negocios sucios Goldman Sachs, por ejemplo, indujo al gobierno conservador de Karamanlis, en Grecia, a endeudarse en condiciones leoninas. Inmediatamente el pueblo griego votó en forma aplastante en favor de los socialistas y contra las políticas de ajuste brutal que querían imponer los conservadores. Pero ese voto no valió nada, porque el FMI y los bancos decidieron por su parte e impusieron al gobierno de Atenas una política económica y una orientación fiscal opuestas a las exigencias de los electores, anulando así la soberanía de éstos e imponiendo a Grecia un gobierno financiero supranacional, con la complicidad del gobierno socialdemócrata, que prefirió suicidarse políticamente porque la alternativa era desconocer la deuda fraudulenta contraída por los conservadores a sugerencia de Goldman Sachs, hacer una auditoría de toda la deuda, meter presos a los responsables de ese atentado contra el pueblo y contra el país, hacer un plan de emergencia basado en aplicar impuestos a los beneficiarios de la crisis y a los que más tienen, para dar trabajo y promover la industralización local, y convocar a un referendo para decidir respecto del no pago de la deuda injusta y fraudulenta y de la política económica.

La prosperidad y las altas ganancias de los bancos contrastan en toda Europa con el aumento de la desocupación y la pobreza. La evasión fiscal, por otra parte, es normal en el caso de las grandes empresas y del capital financiero. Por ahí habría que comenzar el ajuste: expropiando los bancos, creando una banca nacional de desarrollo, haciendo pagar a los evasores.

Pero esto plantea urgentemente la cuestión de quién debe gobernar el país. Los capitalistas y sus servidores políticos han demostrado su corrupción, su ineptitud y su carácter antisocial y antinacional. No basta ya con protestar. Es hora de reclamar y de preparar una alternativa.

Por Guillermo Almyera
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Lunes, 17 Mayo 2010 08:51

¿Europa está en implosión?

Europa ha tenido sus opositores desde que comenzó su largo camino hacia la unificación. Hubo muchos que creyeron que era imposible. Hubo muchos otros que pensaron que no era algo deseable. Sin embargo, debe uno decir que, en el largo y sinuoso sendero que tomó desde 1945, el proyecto de la unificación europea lo ha hecho asombrosamente bien.

Después de todo Europa ha estado desgarrada por los conflictos nacionalistas por lo menos 500 años, conflictos que culminaron con la Segunda Guerra Mundial, que fue particularmente repugnante. Y la venganza parecía ser la emoción dominante. Para 2010, lo que hoy se conoce como Unión Europea (UE) aloja una divisa común, el euro, que se utiliza en 16 países. Cuenta con una zona de 25 miembros, llamada Schengen, la cual permite un cierto movimiento libre, sin visas. Mantiene una burocracia central, una corte de derechos humanos y va en la pista de tener un presidente y un ministro de relaciones exteriores.

Uno no debe exagerar la fuerza de todas estas estructuras, pero tampoco se puede subestimar el grado en que todo esto representa, para bien o para mal, remontar la resistencia nacionalista por toda Europa, especialmente en los estados más fuertes. Y no obstante, también es el caso de que ahora Europa parece hacer implosión, en algunas maneras importantes. Las palabras clave de esta implosión son “Grecia” y “Bélgica”.
Grecia, como todo el mundo sabe, atraviesa una severa crisis de deuda soberana. Moody’s ha declarado que los bonos estatales griegos son inservibles. El primer ministro George Papandreu ha dicho, muy renuente, que probablemente tendría que recurrir al Fondo Monetario Internacional (FMI) para conseguir un préstamo, un préstamo que implicaría las condiciones usuales del FMI, que requiere formas específicas de restructuración neoliberal. La idea es muy impopular en Grecia –un golpe a la soberanía griega, al orgullo griego, y en especial a los bolsillos griegos. También fue recibida con consternación en algunos cuantos estados europeos que sienten que la ayuda financiera a Grecia debería venir primero que nada de otros miembros de la UE.

La explicación de este escenario es bastante simple. Grecia tiene un gran déficit presupuestario. Dado que Grecia es parte de la zona del euro, no puede devaluar su divisa para aliviar el problema. Así que requiere asistencia financiera. Grecia pidió ayuda europea. El país más grande y rico de Europa, Alemania, ha estado muy renuente, por decir lo menos, a proporcionar tal ayuda. El pueblo alemán se opone con fuerza a ayudar a Grecia, y esto se debe básicamente a un reflejo proteccionista en un tiempo de estrés en Europa. Los alemanes temen también que Grecia sea la primera en una fila que incluye a otros países (Portugal, España, Irlanda, Italia) que harán demandas semejantes si Grecia obtiene dicha ayuda.

El público alemán parece desear que todo se desvanezca, o que por lo menos Grecia sea de algún modo expulsada de la zona del euro. Aparte del hecho de que esto es legalmente imposible, el país que más sufriría por el resultado, además de Grecia, seguramente sería Alemania, cuya salud económica se basa en gran medida en contar con un fuerte mercado de exportación dentro de la zona del euro. Así que, por el momento, parece que estamos ante un impasse. Y los buitres del mercado vuelan alrededor de los países de la zona del euro que tienen problemas de deuda soberana.

En medio de todo esto, la perenne crisis belga ha asomado la cabeza de modo particularmente agudo. Como país, Bélgica vino a existir como resultado de la política paneuropea. El colapso del imperio Habsburgo de Carlos V tuvo como efecto la partición de los llamados Países Bajos Borgoñones, hacia el norte en las Provincias Unidas y al sur en los Países Bajos Austriacos. Las Guerras Napoleónicas condujeron a las dos partes a juntarse en el restaurado Reino de los Países Bajos. Y los conflictos europeos de 1830 condujeron a ambas partes a separarse de nuevo, con la creación de Bélgica en más o menos lo que fueran los Países bajos Austriacos, con un rey importado de alguna otra parte.

Bélgica siempre fue un compuesto de “flamencos” hablantes del flemish, lengua que también hablan los holandeses, y de los “valones” hablantes de francés, localizados en gran medida pero de modo imperfecto en dos sectores geográficos diferentes (norte y sur de Bélgica). También hubo una zona pequeña hablante del alemán.

Hasta 1945, los valones fueron los más educados y más ricos, y controlaban las instituciones importantes del país. El nacionalismo flamenco nació como una voz de los descastados que luchaban por sus derechos políticos, económicos y lingüísticos.
Después de 1945, la economía belga sufrió un cambio estructural. Las áreas valonas perdieron fuerza y las áreas flamencas se hicieron más fuertes. En consecuencia, la política belga se tornó una lucha interminable de los flamencos por obtener más derechos políticos –devolución de poderes–, con el objetivo, para muchos, de disolver Bélgica en dos países.

Palmo a palmo, los flamencos obtuvieron más y más. Hoy, Bélgica como país tiene una monarquía común, un ministro de Relaciones Exteriores común, y casi nada más. El punto difícil en este arreglo es que Bélgica es ahora un Estado confederado con tres, no dos, regiones –Flandes, Valonia y Bruselas (la capital).

Bruselas no es sólo la capital de Bélgica. Es la capital de Europa, el locus de la Comisión Europea. Bruselas es también una ciudad muy bilingüe. Y los flamencos insisten en hacerla menos así. El problema es que, aun si hubiera un acuerdo para disolver Bélgica, no habría un modo fácil para arreglar el destino de Bruselas.

Las últimas negociaciones han sido tan dificultosas que Le Soir, el periódico principal en francés, proclamó: “Bélgica ha muerto el 22 de abril de 2010”. Su editorialista principal preguntó: “¿Este país tiene sentido todavía?” Al momento, el rey intenta, tal vez en vano, recrear el gobierno. Tal vez tenga que llamar a nuevas elecciones, sin mucha esperanza de que las elecciones produzcan un Parlamento realmente diferente. El primero de julio, Bélgica asume por seis meses la presidencia rotativa de la UE, y no hay certeza de que habrá un primer ministro belga para presidirla

El problema griego es el problema de la diseminación. ¿No se replicarán –no se están replicando ya– los problemas de Grecia en el resto de Europa? ¿Puede sobrevivir el euro? Sin embargo, el problema belga es incluso mayor. Si Bélgica se separa, y ambas partes son miembros de la UE, ¿no considerarán otros estados la separación? Hay después de todo movimientos secesionistas o cuasisecesionistas importantes en muchos países de la Unión Europea. La crisis de Bélgica podría bien ser la crisis de Europa.
De las dos implosiones que amenazan, la simbolizada por Grecia es más fácil de resolver. Básicamente requiere que Alemania se dé cuenta de que sus necesidades son cubiertas mejor con un proteccionismo europeo que por un proteccionismo alemán.

La crisis belga implica una cuestión mucho más fundamental. Si Europa estuviera preparada, ahora mismo, para moverse hacia un verdadero Estado federal, podría acomodar la ruptura de cualquiera de sus Estados. Pero hasta ahora no está lista aún. Y las dificultades económicas colectivas del mundo han fortalecido mucho los estrechos elementos nacionalistas en casi todos los países europeos, como lo muestran todas las recientes elecciones. Sin una fuerte federación europea, será extremadamente difícil para Europa sobrevivir al torrente de rupturas. En medio del desorden político, Europa puede irse por el caño.

Hay una cierta Schadenfreude [regocijarse en el infortunio de otros] entre los políticos estadunidenses en torno a las dificultades de Europa. Lo que quizá pueda salvar a Europa de cualquier implosión es precisamente la siempre creciente amenaza de la implosión de Estados Unidos. Europa y Estados Unidos están en un subibaja, cuando uno está arriba el otro está abajo. No queda claro cómo va a jugar esto en los próximos dos a cinco años.

Por Immanuel Wallerstein
Traducción: Ramón Vera Herrera
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Hace tres semanas, la Unión Europea decidió rescatar a Grecia, que estaba ahogándose en el mar de la deuda. Se autorizó un paquete por 110 mil millones de euros (80 de la UE y el resto del Fondo Monetario Internacional) para enfrentar los vencimientos más urgentes de su deuda soberana. El precio para el pueblo griego será una recesión profunda y larga por haber caído en la trampa de una prosperidad que nunca existió.

Con tanto jaleo, el barco de la Unión Europea se ladeó y comenzó a hacer agua. Los tripulantes vieron el peligro del efecto cascada que podría arrastrar a Portugal y España. Los arrecifes no estaban lejos: el desplome del euro se había convertido en una posibilidad real. Había que tomar medidas para evitar el hundimiento.

El 9 de mayo los dieciséis países de la eurozona se comprometieron a proteger al euro con un paquete de más de 500 mil millones de euros (mmde). Junto con otros 220 mmde provenientes del FMI, el blindaje alcanza la portentosa suma de 720 mmde. Por supuesto, esto significa que la condicionalidad de los paquetes del Fondo será el precio a pagar para los países rescatados.

Los medios bautizaron a la medida como un ejemplo del shock y espanto de la doctrina Powell al arrancar la triste guerra de Irak. La idea de esa doctrina era, recordarán los lectores, abrumar con un despliegue militar al enemigo para aniquilar rápidamente sus defensas y desmantelar sus centros de poder.

La metáfora es más que desafortunada. La guerra en Irak es un desastre, así que hay que preguntarse a quién está rescatando esta iniciativa. Para responder, hay que hacer un poco de historia.

El proyecto original de una Europa unida fue concebido como heredero del pacto social de la posguerra. Era el momento de la reconstrucción y la reconciliación, pero también el de la distribución mediante una política de ingresos que permitió una demanda agregada robusta. Ese era, a grandes trazos, el proyecto original de Jean Monnet para el Tratado de Roma de 1957.

Quince años más tarde, el derrumbe del sistema de Bretton Woods cambió las reglas de juego y al final, la Unión Europea alcanzó su plenitud en medio del frenesí neoliberal de los años noventa. Su creación más espectacular, la unión monetaria, nació al abrigo de la teología macroeconómica neoliberal cristalizada en el Tratado de Maastricht (1992): política monetaria obsesionada por la lucha contra la inflación, política fiscal comprometida con el dogma del presupuesto equilibrado y una política de contención salarial que llevaría a serios desequilibrios estructurales en toda Europa.

Aunque el esquema de Maastricht y del Pacto de estabilidad y crecimiento se descompuso antes de que estallara la crisis, los políticos y financieros jugaron a no darse cuenta. Y hoy que la crisis financiera y económica ha roto el paradigma de la economía neoliberal, los centros de poder político y financiero se resisten a abandonarlo.

Según Christine Lagarde, ministra de economía francesa, es sumamente útil tener al FMI participando en esta iniciativa de la UE debido a su experiencia en aplicar programas de estabilización y ajuste. Para Lagarde, el análisis del Fondo en los casos de Lituania, Hungría y Grecia fueron muy preciosos. Caray, qué bueno que a Sarkozy le da por reflexionar sobre las alternativas al capitalismo.

Al igual que la Reserva Federal, la Unión Europea sacó su maquinita de imprimir billetes. Ahora podrá comprar deuda soberana, pero la hipocresía del poder es ilimitada: esas operaciones sólo se llevarán a cabo en los mercados secundarios. Pero los países rescatados recibirán el trato que acostumbra otorgar el FMI. Ahora queda claro no sólo a quién van a rescatar, sino también a quién van a destruir: esta maquinaria quiere desmantelar los últimos vestigios del proyecto original de la Europa solidaria y próspera en el espíritu del Tratado de Roma.

A dos años de haber explotado la crisis neoliberal no se ha prohibido ni una de las transacciones financieras que sirven para especular, incrementar riesgos e intensificar la volatilidad. En cambio, se inicia la última ofensiva en la guerra para desmantelar lo que queda de una etapa en la vida del capitalismo en la que la solidaridad social y una norma salarial que permitía hacer frente a la deficiencia de demanda agregada importaban un poco. ¡Arriba la flexibilidad laboral!

Hoy el pueblo griego se retuerce en un asador en el que los sueños de una generación morirán. Es la misma suerte de la generación que fue sacrificada en México desde 1982 para poder pagar una deuda interminable. Veinticinco años de no invertir en salud, educación, vivienda o medio ambiente. Tiene razón el pueblo griego en rebelarse.

No hay que ser ingenuos. La crisis no es una patología que esporádicamente afecta al capitalismo. En el capital, la crisis no es un episodio del que uno se recupera para regresar a la norma. La crisis es el estado normal del capitalismo. El capital disfruta, vive y se nutre en la crisis.

Por Alejandro Nadal
http://nadal.com.mx
Publicado enInternacional
 “Cuando un Estado se ve en la necesidad de declararse en quiebra, lo mismo que cuando un individuo se ve en tal necesidad, entonces una quiebra limpia, abierta y confesada es la medida que a la vez menos deshonra al deudor y menos perjudica al acreedor”.
 
Adam Smith, 1776
 
 
“Los incumplimientos por gobiernos extranjeros de su deuda externa son tan numerosos y ciertamente tan cercanos a ser universales que es fácil tratar sobre ellos nombrando a aquellos que no han incurrido en incumplimiento, que aquellos que lo han hecho”.
 
John Maynard Keynes,1924
 
 
A lo largo de la historia financiera internacional se puede observar que los países deudores repetidamente toman créditos, tienen un auge, declinan, cesan los pagos y la vida continúa. Los casos de las cesaciones de pagos más frecuentes son en aquellas etapas en las que la economía de los países líderes sufre una recesión. Así, por ejemplo, cuando la bolsa de Londres sufrió un desplome en octubre de 1825, se llevó consigo a los precios de las materias primas y acto seguido las nacientes repúblicas sudamericanas y México suspendieron pagos por un periodo de casi treinta años. Durante la década del 70 del siglo XIX igualmente un desplome de la bolsa de Londres llevó consigo los precios de las materias primas y los países cesaron pagos casi sin excepción por un periodo de casi treinta años igualmente. En el periodo de los años 30 del siglo XX se repitió la misma historia por la misma causa. Los impagos se resolvieron veinte años más tarde a fines de la década del 40 o en los años 50. Nuevamente el problema resurgió en 1982; esta vez no hubo desplome de bolsas pero sí del precio de las materias primas acompañado de un alza brusca de las tasas de interés.
 
Su explicación radica especialmente en la inestabilidad de la economía  internacional que es cíclica y que pasa por alzas y bajas; una situación inherente al capitalismo, por lo demás. En este contexto, los cambios tecnológicos casi siempre han acompañado las soluciones para la recuperación de la economía mundial, favoreciendo a los centros de poder en desmedro del mundo periférico. Y esa fragilidad de la situación internacional eleva el riesgo de crisis en las economías empobrecidas, que viven angustiadas por las presiones financieras.
 
Esta realidad, tan conocida en el mundo pobre altamente endeudado, golpea ahora las puertas de Europa. Grecia ha entrado en una profunda crisis. Y sus secuelas se expanden cual círculos concéntricos por España, Portugal, Irlanda, Italia… Lo preocupante es que una vez más la receta para enfrentar la crisis es similar a la aplicada en el mundo empobrecido por la lógica especulativa del mercado financiero internacional. La resolución planteada es bajar los salarios que como se ha visto en general pierden permanente su participación en el ingreso nacional a favor de las ganancias financieras.
 
La receta aplicada en Grecia demuestra que el dogma impulsado a partir del Consenso de Washington sigue vigente e impacta adversamente sobre la Europa comunitaria. El neoliberalismo anglosajón lejos de haber sido extirpado se fortalece bajo la batuta del reactivado FMI. Los grandes ganadores de estas decisiones son los operadores de hedge funds (fondos especulativos de alto riesgo), es decir los especuladores de siempre. Amparo Estrada, en su columna, “El negocio de hundir un país”, [3] relata con detalle una reunión en la firma Monnes, Crespi & Hardt de Nueva York, donde un grupo de banqueros de inversión especializados en hedgefunds decidieron atacar el euro mirando a Grecia. Esto incluye sin duda credit default swaps. Ella cita un texto del Wall Street Journal del 26 de febrero del 2010 como la fuente de dónde sale la información del ataque contra los papeles de deuda griega y de paso contra el euro. En la lista está el inefable Goldman Sachs y el fondo de Soros.[4]
 
El incentivo perverso que genera las decisiones tomadas para solucionar e problema en Grecia trasladando el problema a su pueblo bajándole los salarios y subiéndoles los impuestos, reduciendo las inversiones sociales, mientras se alimenta y se tolera la irracionalidad de las burbujas financieras. El FMI no dieron ninguna señal de problemas en Grecia cuando ya hace más de un año se sabe que los países ricos altamente endeudados están en problemas, y los agentes financieros se encargaron de inflar dichas burbujas, y ellos mismos asoman presurosos para salvar a quienes se beneficiaron de la época de auge. A la postre, una vez más, quienes pagan el costo de la codicia de los mercados financieros y del capital, son los trabajadores, los pensionistas, la población en su conjunto.
 
La tragedia griega, que tanto influyó desde la literatura en la historia
de la humanidad, hoy es una amenaza cierta para el mundo entero. Se apaga la esperanza de gran parte de la población mundial que creía que la grave crisis del capitalismo se podía resolver en poco tiempo. Hemos pasado por una crisis financiera, luego por un crédito crunch que frenó el comercio internacional, luego por una recesión derivada de lo anterior, y ahora por una crisis fiscal resultante de la recesión, abriéndose la puerta a una crisis bancaria de nuevo cuño, con fugas de depósitos en los bancos griegos entre otros, lo que regresará como una crisis financiera profundizada. Pero, si bien la crisis angustia, esta deberí a ser la oportunidad para regular la economí a mundial y al menos poner lí mites al capitalismo salvaje. ¡Ya es hora de sacar las lecciones de tanta tragedia!
 
No puede un grupo de inversionistas enfilar con los bonos de un país y contra un moneda de manera coludida ni menos puede llevarse a un país a la miseria para beneficio de unos cuantos financistas, utilizando las empresas calificadoras de riesgo como el instrumento. Las calificadoras de riesgo son las mismas que aprobaron las hipotecas basura y que luego aprobaron como AAA los bonos de la banca de inversión construidas con esas hipotecas. No es posible que sigan existiendo calificadoras que se deben a sus clientes financiero y no al interés nacional o global, en este caso.
 
¿Quiebran o no los países?
 
La gran discusión teórica desde hace más un siglo se erige en torno a la idea central de sí los países quiebran o no. Lo medular de un país que quiebra es que podría ser llevado a una corte de quiebras para ser intervenido por un síndico de quiebras, sus bienes liquidados por el síndico y los acreedores pagados por partes iguales.
 
Hasta 1933 el tema de quién hacía que las demandas del acreedor fuera cumplida recaía directamente sobre el propio acreedor quien incluso podía hacer uso de la fuerza militar y poner a sus síndicos de quiebras. Estos son los ejemplos de las operaciones bélicas de los acreedores en contra de los deudores por el Canal de Suez a fines del siglo XIX, de Nicaragua en 1909 y de Venezuela en 1902-1903.
 
En este contexto, las sucesivas moratorias han constituido una suerte de telón de fondo de las relaciones de casi todos los países empobrecidos con el mercado financiero internacional. Sin embargo, nótese que a la moratoria también han recurrido muchos países industrializados en algún momento de su historia. John Maynard Keynes lo recordaba ya en 1924:
 
“Los incumplimientos por gobiernos extranjeros de su deuda externa son tan numerosos y ciertamente tan cercanos a ser universales que es fácil tratar sobre ellos nombrando a aquellos que no han incurrido en incumplimiento, que aquellos que lo han hecho. Además de aquellos países que incurrieron técnicamente en incumplimiento, existen algunos otros que pidieron prestado en el exterior en su propia moneda y permitieron que esa moneda se depreciara hasta menos de la mitad de su valor nominal y en algunos casos a una fracción infinitesimal. Entre los países que actuaron así cabe citar a Bélgica, Francia, Italia y Alemania”. (1924)
 
Y en esta lista habría que incluir a varios estados de los propios EEUU[5], a más de Gran Bretaña.[6]
 
Por otro lado, a propósito del arreglo de la deuda externa alemana de 1953, con el que este país resolvió definitivamente su problema de deuda externa, queda constancia del trato diferenciado que han recibido algunos países por razones geopolíticas derivadas del enfrentamiento Este-Oeste.
 
Con el Acuerdo de Londres, suscrito el 27 de febrero de 1953, la República Federal de Alemania pudo resolver definitivamente su problema de deuda externa; es más, se le restituyó la viabilidad financiera y económica, base fundamental para lo que vulgarmente se conoce como “el milagro alemán”. Este país obtuvo un descuento de su deuda anterior -derivada directa o indirectamente de las dos guerras mundiales- de entre 50% hasta 75%, si se considera que se prohibió el anatocismo, o sea el cobro de intereses sobre intereses; una drástica reducción de las tasas de interés, que fueron establecidas entre 0 y 5%; amplios períodos de gracia para iniciar los pagos de intereses y capital de determinadas deudas; la ampliación de los plazos para los pagos previstos; la posibilidad de realizar pagos anticipados en función de su desenvolvimiento económico. La forma de calcular el servicio se estableció a partir de la capacidad de pago de la economía alemana, la cual se vinculó con el avance del proceso de reconstrucción de ese país. El encargado de definir la capacidad de pago de Alemania fue el banquero Hermann J. Abs, quien presidía la delegación alemana en las negociaciones londinenses. En dicho Acuerdo ya se consideró la posibilidad de un sistema de arbitraje, al que, por cierto, nunca fue necesario recurrir dadas las ventajosas condiciones otorgadas.
 
El servicio de esta deuda, en concreto, estaba supeditado al excedente de exportaciones garantizado por los acreedores; así la relación servicio/exportaciones, que no debía superar el 5%, alcanzó su valor más alto en 1959 con un 4,2%, situación más que envidiable para los países latinoamericanos, que han destinado, por largos años, más del 30% de sus exportaciones al servicio de la deuda pública. Ecuador, para citar un caso puntual, sacrificó en el año 2000 un 42,7% de sus exportaciones por este motivo, mientras que para atender el servicio de la deuda externa total destino 100,9% de sus exportaciones...
 
Al igual que Alemania, en 1971, Indonesia, con la coordinación del mismo banquero alemán que dirigió las renegociaciones de la deuda alemana en 1953, se benefició de un acuerdo bastante similar. Pero es importante recordar que, entonces, no se quiso generalizar esta solución a la cual se le dio el carácter de única y que la alternativa brindada a ese país se explicaba por el deseo político de apoyar al gobierno que había “alejado la amenaza comunista”, asesinando a más de medio millón de personas... Tratamientos parecidos se repitieron años después con Polonia, para facilitar su recuperación económica luego de concluido el régimen comunista en los años 80; con Egipto, para asegurar su lealtad durante la gigantesca operación bélica de Washington y sus aliados en contra del Irak en 1991; y, con Pakistán, a fines del año 2001, en medio de la denominada “guerra contra el terrorismo”, cuando se necesitaba su apoyo para bombardear Afganistán...
 
En los casos mencionados llama la atención la acción de los acreedores, quienes fueron más eficientes en términos económicos y aún más humanos que el Banco Mundial, el FMI o el Club de París en la actualidad. Optaron por encontrar respuestas rápidas y profundas, sin preocuparse -por las presiones geopolíticas del momento- de asumir decisiones que bien pudieron haber servido de base para una nueva arquitectura financiera internacional.
 
Los alcances de una propuesta global
 
En este contexto, ante los sucesivos fracasos de los arreglos convencionales de la deuda, surgió hace ya una década en diversas partes del planeta la idea de un Tribunal Internacional de de Arbitraje de Deuda Soberana, para buscar una solución global y definitiva al problema recurrente del sobreendeudamiento externo y sus consecutivas crisis.
 
El punto medular de esta propuesta radica en diseñar y aplicar una solución que tenga en mente un enfoque global, no simplemente soluciones parche que en breve conducen a nuevas situaciones críticas. Para ello se debe incorporar a todas las categorías de deudores soberanos y de acreedores. Así, debe haber un tribunal dónde tanto los acreedores privados, como los tenedores de bonos, los gobiernos y los organismos multilaterales sean sujetos de un tratamiento homogéneo.
 
Con este fin debe existir una legislación internacional que no deje a ningún acreedor fuera de las negociaciones, es decir, que aquellos documentos que no se presenten a la fecha de las convocatorias de acreedores perderán vigencia y capacidad de cobranza. Eso debería de ser parte de una nueva jurisprudencia internacional para eliminar del todo a los free riders: especuladores que lucran de las crisis de deuda. Un requisito mínimo para comenzar el funcionamiento del Tribunal Internacional de Arbitraje Deuda Soberana es la inmediata disolución de todos aquellos grupos o instancias en donde los acreedores deciden unilateralmente la suerte de los deudores, como lo son el Club de París y del Club de Londres, en vista de su fracaso histórico para todas las partes. Ni resolvieron los problemas de pagos de los deudores, ni aseguraron a los acreedores la recuperación de su dinero.
 
En el campo cuantitativo tampoco habría grandes dificultades si al empezar se da paso a una masiva anulación de la deuda externa pública de los países con graves problemas de deuda. La salida pasa, entre otras cosas, por el establecimiento de un sistema sustentado en la legalidad y legitimidad, que conduzca a la aceptación de la corresponsabilidad por parte de los acreedores, y por la asunción de pérdidas por parte de éstos, que tampoco serán tan graves como para poner en riesgo el sistema económico mundial, pero que representarán acciones indispensables para poder enfrentar el acelerado proceso de empobrecimiento en el mundo.
 
Para conseguir estos beneficios ampliados, hay que seguir la recomendación del jurista italiano Sandro Schipani, quien sugiere instaurar
 
“principios de justicia por los cuales debemos ser gobernados, para buscar aquellos que eviten consecuencias que constituyan violaciones a los derechos humanos y de los pueblos, y afirmar nuevamente, con mayor certeza y estabilidad, tales reglas para la vida económica”. (2001)
 
Téngase presente que las inequidades en las relaciones entre acreedores y deudores han sido causantes de muchos de los problemas en los procesos de endeudamiento y de la propia incertidumbre financiera.
 
El complejo tema de la soberanía
 
El tema de la soberanía es un punto complejo. De hecho un país que se acoja a un tribunal de esta naturaleza estaría aparentemente aceptando su insolvencia, algo imposible porque los países no quiebran, como pretende el FMI.
 
El tema de la jurisdicción de los créditos merece ser incorporado en el análisis. Hoy rigen con frecuencia jurisdicciones extrañas a los países endeudados para normar sus endeudamientos externos; en el caso latinoamericano rige la jurisdicción de Nueva York o Londres, con el argumento de que se trata de contratos privados. Esta práctica produce, de facto, un recorte de la soberanía de los países endeudados. En suma, se aplican las leyes de los acreedores, dejando a los deudores expuestos a todo tipo de atropellos. Con el establecimiento de un Tribunal Internacional de Arbitraje de Deuda Soberana se eliminarían aquellas situaciones en las cuales los acreedores directa o indirectamente son “juez y parte”, como sucede con el FMI, el Banco Mundial y en especial con el Club de París.
 
En el marco del Estado de Derecho, en donde funcionan adecuadamente las correspondientes instancias jurídicas, es imposible que alguien sea juez, asesor, consultor y ejecutor a la vez; son inimaginables situaciones donde la falta de transparencia y democracia esté a la orden del día. Entre el derecho del acreedor a recibir los pagos y el derecho del deudor a no ser forzado a cumplir un contrato que le conduce a una situación inhumana
, en cualquier país con un mínimo Estado de Derecho existe el principio de la protección del deudor para impedir que el servicio de la deuda afecte su dignidad humana. Esta protección no asoma en el campo del endeudamiento externo.
 
Ante el fracaso de los mecanismos existentes para enfrentar el tema del sobreendeudamiento, algunos funcionarios del gobierno norteamericano y del propio FMI -a la cabeza Ann Krueger, subdirectora del Fondo- llegaron a plantear en el año 2001 (mucho después de que se propuso el mencionado Tribunal Internacional de Arbitraje) una salida ordenada del problema a partir de la racionalidad de los acreedores y teniendo al FMI como portal de un procedimiento para procesar la insolvencia de los países deudores. A pesar de que no prosperó la propuesta de Krueger, esta iniciativa del FMI constituye una demostración de que las cosas no funcionan como se las viene instrumentando.
 
Con esta propuesta por fin el FMI parecería que hacía suya aquella recomendación que hiciera Adam Smith en 1776, en su libro clásico, cuando dijo que
 
“cuando un Estado se ve en la necesidad de declararse en quiebra, lo mismo que cuando un individuo se ve en tal necesidad, entonces una quiebra limpia, abierta y confesada es la medida que a la vez menos deshonra al deudor y menos perjudica al acreedor”.(1992)
 
Como hemos registrado constantemente, en los países empobrecidos por la deuda, aún cuando oficial y jurídicamente no es posible una situación de insolvencia, en la práctica se deja en la insolvencia a sus habitantes, deteriorando sus estructuras sociales, debilitando las prácticas democráticas y destrozando la naturaleza para tratar de cumplir con las imposiciones de los acreedores, alentados por el FMI y el Banco Mundial. Esto se repite en Grecia.
 
Perversa realidad: el Estado no llega a la insolvencia oficial o formal, sus sociedades muchas veces sí. Sin embargo, al aceptar la no insolvencia sin la existencia de un tribunal como el planteado brevemente en estas líneas, los países asumen pasivamente los ajustes fondomonetaristas y bancomundialistas para garantizar el pago de la deuda: no habría más alternativa que cumplir con los acreedores.
 
De los límites del arbitraje a un Tribunal Internacional de Arbitraje de Deuda Soberana
 
La historia de los créditos muestra que siendo el crédito un contrato privado entre las partes, aunque estas sean públicas, el ámbito es privado. Es decir la jurisprudencia es privada y por esta razón los conflictos sobre impagos de bonos históricamente fueron tratados en el Tribunal Internacional de París.
 
Es decir, existen mecanismos que podrían ser mejorados y puestos al día o complementados. Si el tribunal de insolvencia planteado por el FMI es totalmente inaceptable, un Tribunal Internacional de Arbitraje de Deuda Soberana debería ser el resultado de un acuerdo internacional suscrito por la mayoría del mundo, en el marco de código financiero internacional a ser cristalizado lo antes posible.
 
Pero antes recordemos que la discusión sobre un tribunal arbitral no es nueva. Kunibert Raffer (1990) propuso que este tribunal esté en un Estado neutral que no sea acreedor. Mientras Barry Eichengreen (2000) descartó la idea porque desde su visión los tribunales deben operar como los tribunales de quiebras en espacios nacionales. Según él hay que aclarar la cuestión política de si los acreedores estarían dispuestos a poner en manos de un tribunal mundial facultades tan formidables.
 
Nosotros proponemos que la neutralidad no sea del territorio en referencia al acreedor, ni dónde se establece el tribunal, sino del código jurídico. Los códigos jurídicos existentes hasta la fecha corresponden a la territorialidad de los acreedores por el tema de la ejecución de garantías. La neutralidad del código debe asegurar la protección de los deudores, sean los acreedores públicos o privados.  Lo que se propone para evitar la figura de “tomar partido” es que la jurisprudencia del acreedor no sea la que se utilice sino una jurisprudencia internacional ampliamente aceptada.
 
El Tribunal no sería la primera instancia de negociación sino la última en un proceso de refinanciación de deudas. Una a la que se llega cuando las rigideces del sistema y de los instrumentos no permiten un reordenamiento de pagos y una revisión de la validez de los contratos, en un acuerdo amigable entre las partes. Por lo tanto, incluso se podría pensar en mecanismos de conciliación previos, cuya viabilidad podría asegurarse por la propia existencia (amenaza) del Tribunal en mención.
 
Una vez pactados los acuerdos de pagos, al mismo tiempo hay que pactar las condiciones de las mismas que tienen que estar vinculadas a los Derechos Dumanos y Derechos de la Naturaleza. El principio del nuevo acuerdo está basado en la justicia económica, por lo tanto, el concepto propuesto por Raffer (1997) lo mantenemos en que debe haber protecciones de los gastos sociales como hace el Capítulo 9 de la ley de quiebras municipales de los Estados Unidos.
 
j)El punto de partida de cualquier solución, que podría incluir la posibilidad de una conciliación, radica en la identificación de las deudas ilegales e ilegítimas. Es preciso separar las deudas adquiridas legalmente y que pueden ser pagadas, distinguiéndolas de aquellas deudas que pueden y deben ser impugnadas a partir de la doctrina de las deudas odiosas y corruptas, por ejemplo. Para ello nada mejor que una auditoria multicriterial, no sólo financiera, con amplia participación ciudadana, tal como se realizó en Ecuador en los años 2007 y 2008. El descubrimiento de aquellas deudas odiosas, o sea contratadas por gobiernos dictatoriales, no sólo que conduciría a la suspensión de su pago, sino que podría constituirse en una barrera para prevenir aventuras dictatoriales.
 
Proponemos el establecimiento de cláusulas de contingencia en los instrumentos rígidos de créditos, con dos componentes: una cláusula para permitir refinanciarlos, y otra para compartir costos con los acreedores. Si históricamente se sabe que las caídas en los precios de las materias primas, el alza en las tasa de interés y el cierre del flujo crediticio es lo que precipita una crisis de pagos, se entiende que las crisis de deuda son en realidad crisis de ingresos que se expresan en una incapacidad, por falta de ingresos, de pagar deudas externas.
 
Una cláusula que explicite que en caso que los ingresos por exportaciones tuvieran una contracción por efecto de un problema ajeno a la economía nacional del deudor, se podría suspender el cobro de las deudas quizás sería una forma de evitar  traumas críticos y al mismo tiempo abre la puerta la posibilidad de un retiro ordenado a tiempo. Evidentemente, si el gobierno deudor no quiere pactar la cláusula, no lo hará, es decir que siempre habrá grados de libertad para suspender los pagos o los cobros. Esta cláusula de contingencia posiblemente aumente el riesgo país y por tanto la prima de riesgo, con lo que será un incentivo para hacer un uso más restringido de los créditos externos y un aliciente para aplicar esquemas fiscales más equitativos.
 
Las causales de cesación de pagos deben quedar establecidas de forma que los casos de fuerza mayor sean tratados de un modo distinto que los casos de mala administración. En el comercio internacional existen cláusulas de salvaguardia en caso de incumplimiento que se ventilan en el Tribunal Internacional de Arbitraje por la Cámara Internacional de Comercio de París cuando se entra en disputa. Estas cláusulas  tienen un criterio de fuerza mayor para los incumplimientos de contratos de entrega de bienes.
 
Hay que establecer en el código nuevo una cláusula de fuerza mayor que proteja al deudor de alzas bruscas en las tasas de interés internacional, de caídas imprevistas en los precios de los productos que el país exporta, de aquellos casos en los cuales la moneda de un país es sujeto de un ataque especulativo.
 
El segundo componente es la  posibilidad de refinanciar la deuda haciendo uso de cláusulas de acción colectiva, que son aquellas por las que si una mayoría calificada de acreedores bonistas está dispuesta a sentarse a negociar  un acuerdo de refinanciación, entonces el íntegro de los bonistas estaría representado. Es decir, ningún acreedor podría no quedar representado para evitar acciones como los efectuados por los fondos buitres y los beneficiarios libres. Con esto desaparece la figura de los fondos “buitre” como fue el caso del Elliot Fund con el gobierno peruano. La suspensión de pagos incluiría la capacidad de congelar los procesos judiciales en contra del deudor iniciado por los acreedores en conjunto o por cada uno separado, de manera de poder llevar a buen término las negociaciones. Al suspenderse los juicios se reducen las presiones de los acreedores por embargar la mayor cantidad de activos posibles del Estado, cuentas de bancos en el exterior u otros activos, que podría dificultar la marcha de la economía nacional del Estado deudor e impedirle así su recuperación pronta.
                          
En suma, la condicionalidad utilizada en la resolución del problema debe girar en torno a la búsqueda de soluciones apegadas a la legalidad y legitimidad de las deudas; los derechos humanos y de la naturaleza; al superávit fiscal, sin afectar las inversiones sociales y la capacidad de recuperación del aparto productivo; al superávit comercial. En términos comerciales se espera que exista un superávit como condición mínima para servir la deuda. Como complemento se requiere de un esquema que estimule la compra de productos de los países endeudados por parte de los países acreedores.
 
Por otro lado, las rebajas en los saldos de la deuda deben ser directamente proporcionales a las restricciones comerciales de los acreedores. Es decir, a más barreras arancelarias en los países acreedores, más desendeudamiento de su parte.
 
Acogiéndose a estos principios, el Tribunal tendrá la misión de valorar las deudas y reconocer cuáles son legítimas y cuáles no, invalidando las que no lo son. El Tribunal tendrá la capacidad de suspender los cobros, la cesación de pagos o el standstill,  y proteger los activos y los gastos definidos en el nuevo código financiero internacional, así como los derechos de los acreedores. Entre los rasgos saltantes de esta propuesta se encuentran la protección del gasto social, el standstill automático apenas se solicita la insolvencia, y la aprobación de la comunidad para la reestructuración de la deuda (Raffer 1990). La definición de comunidad en un crédito soberano puede ser ampliada a las aprobaciones de los Congresos y de la sociedad civil, para mantener la aprobación requerida por los parlamentos para una operación de crédito y añadirle la supervisión de la sociedad civil.
 
Dentro de los instrumentos el esquema del tribunal de arbitraje podría incorporara, a modo de referencia para su definición, lo acordado en el Acuerdo de Londres de la deuda alemana del 27 de febrero 1953, que -si bien nunca operó- tuvo cinco miembros, dos nombrados por los acreedores, dos por los deudores y un quinto por los cuatro árbitros.
 
Pero que quede absolutamente claro no tiene futuro un tribunal de arbitraje atrapado por la racionalidad fondomonetarista. Esto es por el manejo del caso por caso y, sobre todo, por la lógica de repuestas netamente financieras que no abordan los temas de fondo, pues se mantiene, entre otros elementos cuestionables, el desbalance jurídico al ser el Fondo también un acreedor.
 
En la práctica, al acogerse un país al Tribunal Internacional de Deuda Soberana se estaría protegiendo para sobrevivir. Con lo que, en poco tiempo, el país con problemas podría volver al mercado financiero internacional, realmente a un nuevo mercado financiero menos especulativo y no tan inequitativo. Esto exige, entonces, reducir la debilidad contractual de los países empobrecidos, sobre todo en el caso del endeudamiento externo. Y por cierto, todo esto debe procesar en el marco de otra política económica inspirada en los Derechos Humanos y los Derechos de la Naturaleza en términos muy amplios.
 
Hacia la constitución de un código financiero internacional
 
En paralelo a estas demandas es necesario que se establezca un nuevo y mejor sistema monetario y financiero internacional, lo cual no se resuelve con una simple reforma interna de las instituciones como el FMI y el mismo Banco Mundial. Se precisa un sistema que ayude a regular y normalizar otro proceso de globalización sobre bases de solidaridad y sustentabilidad. Dicho en otras palabras, es necesario que estos organismos vuelvan a sus orígenes en tanto instituciones especializadas de Naciones Unidas, una organización que debería estar basada en la cooperación internacional.
 
Dicha transformación es algo urgente, pues el FMI y el Banco Mundial funcionan como simples instrumentos y mandatarios de las grandes potencias y del gran capital, o sea de los acreedores. Por lo tanto, esta iniciativa no puede de ninguna manera ser instrumentada en el marco de las actuales instituciones de Bretton Woods, que deberían ser totalmente repensadas desde afuera.
 
El FMI es hoy quien aprueba las proyecciones de pagos, las compara con las proyecciones de la economía nacional cuya deuda está siendo reestructurada, y prueba su consistencia y sustentabilidad. Esta aprobación tiene consecuencias internas para el país deudor y también para el acreedor, inclusive si están mal realizadas. Sus recomendaciones son más que una obligación jurídica, por el peso de su coacción política se ha transformado en los verdaderos planes de gobierno de los países que buscan renegociar sus deudas o conseguir nuevos créditos en el mercado internacional. Por lo tanto, debe de instalarse un mecanismo de sanciones a las proyecciones erradas que precipitan a estos países a cesaciones de pagos por consideraciones erradas aprobadas por el FMI u otros organismos multilaterales de crédito. Esto moderará la actitud irresponsable que actualmente tienen estas instituciones frente a los problemas de las economías con las que trabaja. El FMI tiene como mandato la estabilidad de la economía internacional, y en ello debe poner todo su empeño.
 
Parte del problema de los países subdesarrollados o empobrecidos -y ahora de Grecia y de sus vecinos en el Mediterráneo- es que los organismos financieros internacionales serían inimputables y están por encima de todas las leyes y todos los controles. Esto es inaceptable en un mundo más integrado donde se propone la democracia como el sistema de gobierno. Los organismos internacionales deben rendirle cuentas a alguna instancia, por ejemplo, la Asamblea General de las Naciones Unidas, que a su vez podría servir para canalizar las demandas nacionales sobre estos. Deben crearse mecanismos internacionales e instancias de sanción a los organismos internacionales y sus funcionarios.
 
Si un nuevo FMI asume la tarea de controlador, debe ser la “sociedad civil” nacional e internacional en cada caso la que tenga capacidad de monitoreo del controlador; adicionalmente, el FMI debe rendirle cuentas a la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre su marcha y sus avances con los países. Y por cierto ya es hora de diseñar y poner en marcha un Banco Central Mundial, para ordenar el caos financiero y monetario reinante, que constituye el caldo de cultivo para enormes ganancias especulativas y grandes sacrificios humanos.
 
En el marco de un código financiero internacional, hay que desarrollar diversos mecanismos de control de los flujos de capital a nivel internacional, como podrían ser la introducción del Impuesto Tobin y la desaparición de todos los paraísos fiscales.
 
En paralelo hay que fortalecer el reclamo de la deuda ecológica, en la cual los países subdesarrollados son los acreedores. Desde esta perspectiva y si se considera que la deuda externa financiera, en muchos casos, ya habría sido pagada, considerando además las deudas social, histórica y ecológica, la pregunta de fondo que surgiría es quién debe a quién.
 
La tarea, sin embargo,  no se circunscribe en el ámbito de los reclamos. Se precisa construir una situación global de derecho y no simplemente alimentar con nuevos argumentos planteamientos justos en una lucha que muchas veces no pasa del nivel del discurso y la movilización. Por eso también es importante reconocer que en el mundo hay una creciente conciencia de que es indispensable buscar y diseñar salidas concretas que, en base a la acción política, logren cristalizar las respuestas indispensables.
 
Desde esta perspectiva, es preciso resaltar el potencial político de la propuesta para establecer un Tribunal Internacional de Arbitraje de Deuda Soberana. La negativa a este justo reclamo ratifica el abuso que representa el manejo de la deuda por parte de los acreedores. La deuda debe dejar de ser un mecanismo de exacción de recursos desde los países pobres y de imposición de políticas desde los países ricos. La deuda ha sido y es, la historia y el presente lo demuestran hasta la saciedad, en términos de Karl von Clausewitz si hubiera abordado las finanzas y no la guerra, la continuación de la política con otros medios. Desde esta lógica la gestión de la deuda externa engarza con otro axioma del propio von Clausewitz, según el que la deuda es un acto de violencia cuyo objetivo es forzar al país deudor a hacer la voluntad de los acreedores a través de las renegociaciones y programas de ajuste estructural.
 
Vistas así las cosas, la deuda no sólo frena el desarrollo por su carga de obligaciones, sino que abre la puerta a las influencias y aún a la  directa intervención de poderes extranjeros en los asuntos de los países empobrecidos. Entonces, cabe replantear las alternativas -reconociendo el carácter global del reto de la deuda externa-, que no pueden quedarse en simples acciones discursivas y menos aún en parches aislados e incluso cómplices con el poder financiero.
 
Un corolario de esto es que el derecho penal internacional debe de incorporar cláusulas de penalización a la corrupción de carácter internacional con castigos severos para todas las partes involucradas.
 
El reto de la solución de los conflictos sobre deuda externa impagable exige un redoblado esfuerzo político a escala global, que sume fuerzas en el Sur y en el Norte, a partir del respeto de las especificidades de los países. La tragedia griega en el siglo XXI debe convertirse en una oportunidad para el mundo. ¡No la desperdiciemos!

Por Oscar Ugarteche[1], Alberto Acosta[2]
10 de mayo del 2010
 
Bibliografía consultada
 
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[1] Economista peruano. Investigador titular del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM de México. Asesor de la Comisión Investigadora sobre los delitos cometidos en el periodo 1990-2001 en el Congreso de la República del Perú. Dirección electrónica: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
[2] Economista ecuatoriano. Profesor e investigador de la FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales) - Ecuador. Consultor internacional. Ex-ministro de Energía y Minas. Ex-presidente de la Asamblea Constituyente del Ecuador y asambleísta, 2007/2008. Dirección electrónica: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
[3] Ver en blogs.publico.es/multiplicateporcero, sábado 8 de mayo, 2010.
[4] “Una mente privilegiada, el mayor especulador no encarcelado de todos los tiempos, procesado y nunca condenado por uso de información privilegiada, paladín de, por ejemplo, el ataque a la Société Générale francesa en 1988, el hundimiento planificado de la libra esterlina en 1992 (del que sacó limpios 1.000 millones de dólares) o, últimamente, la revalorización enorme del oro.” Ob. Cit.
[5] Pennsylvania, Michigan, Mississipi y Lousiana, en la segunda mitad del siglo XIX, repudiaron la deuda contratada con Gran Bretaña para realizar obras públicas, y se negaron a pagar principal e intereses.
[6] Este país repudió, al concluir la segunda guerra mundial, el pago de la deuda contraída con Argentina. Consiguiendo que este país sudamericano acepte posteriormente el pago en su propia moneda.
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Miércoles, 05 Mayo 2010 07:01

En el Mediterráneo están de malas

La incertidumbre no abandona las costas del mar Mediterráneo. Tras el anuncio de un megapréstamo a Grecia por 145 mil millones de dólares para el período 2010-2012, llegó el turno de España. El sector financiero del país ibérico tembló ante los “rumores” que señalaban el inminente anuncio de un plan de rescate para la economía española por más de 300 mil millones de dólares. El presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, calificó como una “absoluta locura” las versiones. Aunque el FMI, las agencias calificadoras de riesgo, la OCDE y las autoridades de la Unión Europea también se expresaron en esa sintonía, la noticia repercutió en la plaza bursátil de Madrid. Las acciones cayeron 5,4 por ciento y retrocedieron hasta su nivel más bajo desde julio del año pasado. Sin embargo, la profundidad de la crisis en España excede a la evolución del mercado financiero. Allí el desempleo ascendió hasta el 20,1 por ciento en el primer trimestre del año.

“Es intolerable y provoca daño a España. No hay ninguna verdad en esos rumores, son una absoluta locura. Toda especulación sobre la estabilidad de la Eurozona es infundada e irresponsable”, apuntó Rodríguez Zapatero al rechazar la posibilidad de que España se encuentre al borde de una situación de cesación de pagos y requiera de un multimillonario paquete de asistencia financiera del FMI. “No podemos estar continuamente pendientes de las especulaciones, hay que verificar datos objetivos”, subrayó el mandatario al destacar la solvencia y capacidad de recuperación de su economía, así como de la portuguesa.

“Si un rumor de esta naturaleza, que es un despropósito descomunal, provoca un efecto inmediato en nuestras Bolsas, estaríamos ante un hecho muy grave”, apuntó el presidente español. El “reclamo implícito” del mercado detrás de los rumores y ante la siempre latente crisis del sector financiero es la reducción de los demonizados niveles de déficit presupuestario y en cuenta corriente de países como España, Irlanda, Portugal y Grecia.

A pesar del intento de Rodríguez Zapatero para neutralizar el impacto de los rumores en la plaza financiera, el índice líder de la Bolsa de Madrid retrocedió 5,4 por ciento. Las mayores caídas estuvieron concentradas en el sector bancario y las empresas constructoras. En Atenas, a pesar de los anuncios de rescate del fin de semana, la caída de la Bolsa fue más profunda, 6,6 por ciento. El ruido también se sintió en Lisboa, donde las acciones cedieron 4,2 por ciento, mientras que en Milán el retroceso alcanzó el 4,7 por ciento. En tanto, la cotización del euro marcó un nuevo mínimo del año, al ubicarse en 1,30 dólar.

En ese escenario, la única alternativa tolerable para los inversores es el compromiso y cumplimiento de planes de ajuste, en países en donde el desempleo se encuentra en niveles históricamente elevados y la actividad económica recién empieza a mostrar señales de recuperación. A su vez, esos análisis parecen desconocer el impacto negativo que esa situación podría tener sobre el nivel de demanda agregada en el resto de la Unión Europea.

De todas formas, el gobierno español se comprometió recientemente a reducir el déficit público –para ubicarlo dentro del 3 por ciento tolerado por la UE en 2013– y avanzar en un conjunto de reformas laborales, similares a las emprendidas por el gobierno menemista en Argentina a mediados de los noventa. “Lo vamos a cumplir. No tenemos ninguna duda, ni ningún riesgo de que se produzca un efecto contagio”, apuntó la vicepresidenta primera del gobierno español, María Teresa Fernández de la Vega.

En tanto, en Grecia la reducción del déficit y el nivel de deuda pública a partir del recorte de salarios del sector público, supresión del aguinaldo y el incremento en la edad de jubilaciones son las condiciones para acceder al paquete de ayuda financiera que generan un amplio rechazo entre los trabajadores (ver página 24).

A pesar de la baja en la calificación de deuda soberana española realizada por Standard & Poor’s desde AAA –la más elevada– hasta AA, la semana pasada, las otras dos agencias calificadoras (Fitch y Moody’s) aseguraron que mantendrán la máxima nota crediticia. Al mismo tiempo, las autoridades francesas y alemanas están impulsando la creación de una agencia de calificación europea para dejar de depender de las recomendaciones de las consultoras estadounidenses.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) se sumó al conjunto de organismos que rechazaron los rumores al resaltar que la relación entre la deuda y el PIB es considerablemente menor que la griega. La deuda representa el 52 por ciento del producto, mientras que en la economía helénica la relación alcanza al 115 por ciento. A su vez, Rodríguez Zapatero resaltó que el desempleo en España, el más elevado entre los miembros de la Unión Europea, retrocedió sensiblemente por primera vez en ocho meses.
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