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"El poder mafioso puede atentar contra las negociaciones de paz", Ricardo Vargas

 "No entiendo por qué este foro no se llama "solución al problema de la economía subterránea para la guerra". Con esta frase empezó su intervención el investigador social director de Acción Andina – Colombia, Ricardo Vargas, en el foro que sobre la solución al problema de las drogas ilícitas se realizó en Bogotá durante los días 24 – 26 de septiembre, como uno de los temas de discusión acordados en La Habana entre el Gobierno y las Farc.

 

 

 

El nombre que lo hace posible: Recordando a Edward Said

Detened los relojes... desfilen los dolientes.

W. H. Auden

 

El leitmotiv común al escribir para un aniversario especial de la muerte de un amigo es un fuerte sentido de nostalgia -cuán maravillosas eran las cosas cuando él estaba vivo y cuán tristes son ahora que no está. Este sentido de nostalgia se hace aún más fuerte cuando el amigo fallecido es un intelectual sobresaliente, cuya voz y cuya visión fueron determinantes para una época, que ahora parece casi irreversiblemente cambiada. Cuando el sitio de tal cambio drástico es el hogar y el entorno de aquel colega, con Palestina como su epicentro y más allá, el mundo árabe y musulmán, ganando momentum alrededor de ella, el acto de remembranza se vuelve decididamente alegórico.

 

Este septiembre, conmemoramos el décimo aniversario de la muerte de Edward Said, en un periodo de agitación en el mundo árabe, en el que Palestina es saqueada cada vez más salvajemente con cada instante que pasa. Nosotros, como su comunidad de amigos, camaradas y colegas, activamente recordamos su voz, su visión y su inclaudicable determinación de liderar nuestras causas a través del mundo. Pero, ¿cómo es posible que él siga marcando el rumbo una década después de estar en silencio?

 

Es hecho es que, cuando hoy pienso en Edward Said y en el periodo de más de una década en el que tuve la fortuna de conocerlo como amigo y colega en Columbia, el sentimiento que predomina no es el de pérdida -sino una sensación de suspensión, de pausa. Algunas personas, me parece a mí, nunca mueren para aquellos cuya moral e imaginación política están enraizadas orgánicamente en su memoria. Para mí al menos, la estructura de nuestras ideas políticas se ha quedado intacta desde esa mañana del 24 de septiembre de 2003, cuando me llamó Joseph Massad para decirme que Edward había muerto. Poco antes, me había llegado la noticia del fallecimiento de mi hermano menor Aziz -entonces el sentido de pérdida de un hermano, de dos hermanos, del menor y del mayor, está detenido en el tiempo para mí, enmarcado como si fuera el centro que define el punto focal del lugar al que yo puedo llamar hogar.

 

He escrito en algunas oportunidades sobre mi reacción ante el fallecimiento de Edward Said, y después en mi diario de viaje a Palestina, donde recogí un puñado de polvo de un cementerio bendecido, del Cementerio del Profeta en Jerusalén, cerca del Domo de la Roca, para llevar a Brummana, Líbano, y colocarlo sobre la tumba de Edward; y luego escribí otra nota a pedido de Mariam Said (viuda de Edward) para un boletín que se publicó en homenaje a su memoria en Columbia, en marzo de 2004.

 

Pero en ninguno de esos escritos logré poner nada que se asemeje a un punto final a mis intercambios de índole moral, imaginativa, política o académica con Said. Se centran no tanto en lo que fue Edward Said sino en la influencia que Edward tuvo en lo que yo soy ahora. Al leer esos textos hoy los veo como signos de pregunta en mis continuas conversaciones con la entrañable memoria de Edward. Después de Phillip Rief y George Makdisi, dos de las destacadas figuras intelectuales cuya agraciada sombra se inclina sobre cada oración que escribo, Edward Said está sentado a mi lado, como siempre impecablemente vestido, inquisitivo, de buen humor y con mucha determinación, todo al mismo tiempo, preguntándose qué estoy haciendo.

 

Citando a Said

 

Mucho ha sucedido desde el fallecimiento de Said -y en demasiadas ocasiones hemos pensado qué habría dicho él si hubiera estado con nosotros- sobretodo cuando se iniciaron las revoluciones árabes. ¿Qué habría dicho de las matanzas en Siria, del golpe de estado en Egipto, de los bombardeos de la OTAN en Libia, de la revolución de Túnez , y sobretodo del saqueo continuo y descarado de Palestina?

 

A pesar de que ya no esté presente para compartir sus pensamientos, nos ha preparado para reflexionar junto a él. Ciertos intelectuales destacados son parte integral del alfabeto de nuestra imaginación moral y política. No es necesario que estén presentes físicamente para que sepamos lo que podrían haber pensado, dicho o escrito. Viven en aquellos que leen y piensan en sus ideas -y por lo tanto se vuelven el índice, un componente proverbial, de nuestro pensamiento.

 

Said vivió tan a pleno, a conciencia, con una visión crítica a lo largo y ancho de nuestra época, que es determinante para el pensamiento crítico, como Marx, Freud, Fanon o Dubois, o Malcom X. Ellos son el sonido de nuestro canto, la mirada con la que vemos, el aroma con el que percibimos, un factor determinante para la intuición de nuestra trascendencia.

 

En varias ocasiones, me encontré por casualidad con Said en el campus cuando justamente estaba pensando que conversaba con él, y continuando con esa conversación mental, le decía algo en voz alta -me parece que él hacía lo mismo puesto que de repente me decía algo, como si fuera la continuación de una conversación anterior. Ese sentido de conversación suspendida y retomada sigue vigente, quizás porque me hallo en un estado de negación, quizás por el hecho de que pensadores como Said son epistémicos para nuestro pensamiento, y se siguen brindado a lo largo del tiempo de manera dosificada.

 

Creo que nunca podré hacer el duelo por Edward Said, si entendemos por duelo al ritual de aceptación de una pérdida, porque creo que mi diálogo con él nunca terminará. Sigo viviendo en la misma cuadra donde él y su familia vivieron durantes décadas. Todavía veo por casualidad a su viuda Mariam de vez en cuando en los mismos sitios en que solía verlo a él.

 

Todavía leo sus libros y sus ensayos, escuchando su voz, y aún me conmueven las alegrías y las iras de sus principios en la médula de mis propias ideas políticas. He recorrido una larga distancia desde donde estaba ubicado Edward Said en relación a teorías literarias e históricas, porque además yo comencé desde puntos de partida diferentes a los suyos. Pero yo lo incorporo en mis propios pensamientos, lo siento en mis propios sentimientos, y soy su eco en mis propias ideas políticas. Me siento cómodo con él -como él se sentía cómodo en todas partes pero conciente de que siempre estaría un poco "fuera de lugar", y con el hecho de que he arribado a conclusiones similares (pero no idénticas) a las suyas, desde embarcaciones diferentes y mirando a las costas adyacentes. Fue un facilitador, no un gurú. No buscaba réplicas; sino que permitía que sus amigos acentuaran sus propias características.

 

Intelectuales sobresalientes, como Said o Fanon o Césaire hacen posible que los demás consolidemos nuestra propia voz, y se aseguran de que nunca repitamos lo que ellos dicen, sino que elaboremos para extender sus ideas, que extrapolemos la lógica que ellos plantean, que naveguemos territorios desconocidos con sus brújulas pero no con sus itinerarios. Para mí, es imposible ser un "saidiano" o un "fanoniano", porque ellos fueron tan únicos en su universalidad que no pueden sino estimular tus particularidades, mientras se va formando tu propia intuición de transcendencia.

 

Una nueva organicidad intelectual

 

Con la muerte de Edward Said, nosotros los intelectuales inmigrantes dejamos de ser inmigrantes y nos volvimos nativos de una nueva organicidad. Somos los logros de sus batallas. El teorizó sobre su condición de estar "fuera de lugar" de una manera tan puntillosa y precisa, que después de él, nosotros ya no podemos estar fuera de lugar, sino que estamos como en casa, en el sitio donde colgamos el sombrero y le decimos no al poder.

 

Después de Said se acabaron los intelectuales foráneos, no-nacionales, no-internacionales, del Primer, Segundo o Tercer Mundo. El campo de batalla de las ideas es específico y global al mismo tiempo. No puedes librar ninguna batalla a nivel local sin que quede registrada globalmente. Si no eres global, no eres local y si no eres local, no eres global.

 

Los intelectuales más aburridos e irrelevantes son aquellos que piensan que EE.UU., Irán, India o el Polo Norte son el centro del universo. El universo no tiene centro, ni periferia. Todos andamos flotando. Said era muy específico sobre Palestina -y por lo tanto hizo del predicamento palestino una alegoría metafísica, y la basó en la agonía física y el heroísmo de su pueblo.

 

Carece de sentido hablar de "intelectuales en exilio" después de Said, precisamente porque él teorizó exhaustivamente la categoría en su época. No hay una patria de la que se puede estar exiliado. El capital y el imperio que desea pero no logra el micro-control está en todas partes. No hay salida de ese mundo, y patria y exilio son ilusiones desmanteladas por el capital y la condición del imperio.

 

La nueva organicidad intelectual que Said hizo posible requiere que te arremangues las mangas de la camisa, que te ensucies, para que en medio del caos puedas buscar solaz, luz en la oscuridad, esperanza en la desesperación.

 

Extrañando a Said

 

Hay momentos en que ni siquiera lo extraño, pues de una manera entrañable, él nunca nos ha dejado. Piensas que va a sonar el teléfono y será él para conversar de una u otra cosa; o piensas que te cruzaras con él en el campus o que te enviará un mensaje por internet. No lo extraño porque pienso que nuestra conversación, argumentando ideas, poniéndonos de acuerdo o no, continúa. Siempre está presente -ahí en el medio de una niebla de felicidad y desesperación que agita y hace entrañables todos sus escritos.

 

Y luego, hay momentos, especialmente en el corazón de la madrugada, cuando habitualmente me levanto y comienzo a leer y escribir, a corta distancia de donde él vivía y seguía la misma rutina, que siento súbitamente el peso de su ausencia, la presencia vacía de su ausencia, el aura y el sonido de su voz, su mirada inquisitiva, su manera de hablarte directa y deliberadamente, de manera específica, pero con el aplomo tranquilo de las costas seguras que él ha divisado. Recuerdo el carácter casual de esos encuentros, lo vi justo cuando doblaba la esquina de la calle 116 y Broadway -"tú y tu post-modernidad", me dijo burlón, y cuando yo intenté protestar, agregó: "no te preocupes, yo inventé el término".

 

Le encantaba agregar un shadda totalmente superfluo en medio de mi apellido y lo pronunciaba no solo dos veces sino lo que parecían cinco o seis "ds" extras. "Y ni siquiera es un árabe", decía bromeando, cuando me elogiaba ante sus familiares y amigos. Incontables recuerdos, mensajes de voz y de texto, encuentros casuales, colaboraciones planificadas, eventos académicos conectan mi vida en Columbia University a Edward Said, y están vívidos en mi mente e interactúo con ellos en mi alma cada día de mi vida, y lo haré mientras viva, mientras sea capaz de pensar, recordar, volver a pensarlo a él en mis propios pensamientos.

 

Tengo un cuadro mental de Edward Said que se va desdibujando, y cuanto más se desdibuja, más intensamente lo recuerdo. Era el 28 de abril de 2003. Estábamos en Swarthmore College, Pennsylvania, para celebrar la poesía de Mahmoud Darwish, quien acababa de recibir el Premio Lannan a la Libertad Cultural. Al finalizar la ceremonia, Darwish, Said, Massad y yo fuimos a visitar a nuestra colega y amiga Magda al-Nowaihi, que agonizaba con el cáncer que acabaría con su vida. Magda estaba acostada, una sombra luminosa de lo que fue, pero su sonrisa paradisíaca todavía trazaba surcos en su hermoso rostro. No recuerdo ni una sola palabra dicha en ese momento, solo recuerdo el cuadro alrededor de esa cama, una imagen suspendida en el tiempo, un fresco tallado en el muro más recóndito de mi memoria, y sobre él tres rostros: de Magda, Edward y Mahmoud que ahora brillan con más intensidad.

 

Levinas escribió: "Quizás los nombres de personas, que al ser dichos significan un rostro -nombres propios en el medio de todos esos nombres comunes y lugares comunes- pueden resistir la disolución de significado y permitirnos hablar". Es en ese sentido, que el nombre, la persona y la memoria que llamamos "Edward Said" es determinante para el sentido y el propósito del momento en que firmo mi nombre, al principio o al fin de este homenaje, y me llamo con un nombre propio.

 

Hamid Dabashi es el Hagop Kevorkian Profesor de Estudios Iraníes y Literatura Comparada en Columbia University. Es autor del libro Post-Orientalismo: Knowledge and Power in Time of Terror (2008).

Traducido para Rebelión por Silvia Arana

Fuente: http://www.aljazeera.com/indepth/opinion/2013/09/name-enables-remembering-edward-said-201392411645948919.html

Publicado enInternacional
Los paros agrarios y la lectura de su impacto político.

Colombia ha sido conmovida en los meses recientes por grandes movilizaciones campesinas y populares. Desde la huelga del Catatumbo hasta los paros agrarios en distintos lugares del territorio nacional, las masas han hecho una presencia multitudinaria en la esfera pública, saliendo de las profundidades y el subsuelo social. Para nadie es una duda que el telúrico paro agrario y popular que comenzó el 19 de agosto, es un punto de inflexión innegable en las luchas sociales colombianas que requiere repensar estrategias y muchas categorías por parte de la izquierda.

 

Un campo de conflicto se configuró y los sujetos que emergieron, desde la vida campesina, plantearon duros retos al sistema político nacional que controla la oligarquía. Los "no lugares" de la política, los no institucionales, los actores ubicados en los márgenes de la democracia liberal representativa (burguesa, oligárquica), ganaron preponderancia en el curso de la sociedad y marcan el desarrollo de la nación.

 

Un paradigma nuevo ante una bisagra histórica.

 

Amainada la furia con el repliegue natural de la movilización social, la que seguro regresará y muy pronto, han surgido los análisis e interpretaciones sobre lo sucedido y sus alcances. Muchas de las opiniones se inscriben en el marco de una epistemología atrapada por la rutina y los lugares comunes, incapaz de romper con los esquemas restrictivos del democratísimo demo-burgués. Repiten tesis de manual que les impide captar la esencia de lo ocurrido. Parecen vivir en un enclaustramiento perpetuo omitiendo que la crisis desafía al pensamiento convencional y sugiere otros paradigmas epistemológicos para ver lo que no es evidente, para captar lo emergente y para descubrir lo emancipatorio. No se percatan que probablemente las teorías que tenemos y los conceptos que utilizamos no son los más adecuados y eficaces para enfrentar los desafíos y para buscar soluciones hacia el futuro.

 

Necesitamos de un pensamiento alternativo para pensar alternativas, para poder captar toda la riqueza de las experiencias emancipatorias que ocurren en la actual coyuntura nacional. Un pensamiento que además pueda aprehender dialécticamente los vasos comunicantes entre los distintos procesos políticos que se están dando, en lugar de distinguir artificialmente, conflicto social por una lado, y conflicto armado por otro, proceso de paz en La Habana por un lado y movilización campesina y popular por otro.

 

Un análisis del actual proceso debe considerar el nuevo ciclo político colocado por la apertura de la Mesa de La Habana como un elemento central de la actual coyuntura que vive el país. Esto, de la mano de la espiral de movilizaciones sociales que el país viene viviendo claramente desde mediados del 2008, nos sitúa en una bisagra histórica. Vivimos una transición que no necesariamente parte de y hacia una revolución socioeconómica. Estamos delante de un potencial acto fundacional que es preciso delimitar. Un acto fundacional de la res-pública y de la democracia en términos que se plantean tanto en el debate de la Mesa de La Habana como en las movilizaciones por los campos y ciudades de Colombia. Las categorías político-ideológicas utilizadas por los diferentes sujetos en este proceso pueden servir para imponer camisas de fuerza artifíciales al proceso, o bien para explorar su potencial transformador y ayudar, consecuentemente, a su desarrollo.

 

Entre el universo de interpretaciones publicadas, creemos particularmente interesantes las del académico Medófilo Medina, reconocido profesor de historia de las universidades bogotanas, autor de varios textos sobre los partidos de izquierda y los movimientos sociales, quien ha ofrecido su visión de lo ocurrido en los últimos días en una entrevista para el portal La Silla Vacía (ver http://lasillavacia.com/historia/pensar-que-lo-que-ensayaron-los-campesinos-fue-una-revolucion-seria-muy-equivocado-medofilo ). Esta entrevista ha sido publicada con el provocador título de "Pensar que lo que ensayaron los campesinos fue una revolución sería muy equivocado". Medófilo Medina es uno de los pocos representantes honestos de una vertiente de pensamiento que podríamos llamar, en estricto rigor, socialdemócrata en Colombia. Hombre de larga trayectoria, conocedor como pocos de la realidad colombiana y de la trayectoria del conflicto, da en el clavo con su evaluación de la lectura que se hace del paro desde el establecimiento en términos represivos y contrainsurgentes. Su lectura del gabinete para la "paz" de Santos (que más bien parece un gabinete para prolongar la guerra), así como su indignación ante la perversa utilización, por parte del gobierno, de categorías inadecuadas como las de la infiltración también nos parecen aportes importantes al actual momento. Esto no significa, en absoluto, que tengamos que estar de acuerdo con él en todo, aún cuando sus opiniones siempre dan material para re-pensar los problemas de Colombia. Valgan estas notas como una contribución a debates necesarios, para los cuales no disponemos de respuestas mágicas ni certezas absolutas, sino apenas de algunas reflexiones que esperamos sean de utilidad.

 

Medina, revolución o no-revolución, esa es la cuestión

 

Medina compara la magnitud del actual Paro Agrario Nacional con el Paro Cívico de 1977, algo que muchos analistas han hecho, con respectivos matices por el carácter fundamentalmente agrario de las recientes protestas, aunque la movilización en ambos casos encontró ecos en amplios sectores sociales y se convirtió en una coyuntura que fuerza replanteamientos estratégicos y políticos al movimiento popular. El recurso heurístico utilizado, remite al de la analogía histórica para indicar que las lecturas que se hacen por parte de la izquierda y el pensamiento crítico podrían ser similares a las hechas a raíz del paro cívico de 1977, cuando según él se infirió la necesidad de la lucha armada como vía exclusiva para la conquista del poder y la realización de la revolución socialista. Aproximación débil que ignora el nuevo mundo de la movilización popular del siglo XXI en Colombia y el mundo, y la re-significación que se ha hecho de conceptos tan manoseados como revolución. Lo que nos enfrenta a problemas de paradigma. Según él:

 

"En la izquierda, en el movimiento guerrillero, el paro cívico se leyó en clave de insurrección (...) La izquierda no armada, vale aclarar, no toda, participó de alguna manera de este delirio insurreccional. (...) No creo que se hubiera producido en 1977 una situación revolucionaria. El Paro, (...) fue una respuesta contra unas políticas económicas y sociales (...) El paro fue una coincidencia de sectores socialmente abigarrados y políticamente diversos. Valorar eso como una revolución frustrada fue producto de una distorsión del juicio (...) El movimiento de los trabajadores rurales y también urbanos tiene exigencias de modernización de la vida política, de mayores condiciones de participación pero pensar que lo que se ensayó allí por parte de los campesinos fue una revolución sería muy equivocado (...) Porque las demandas tienen unos horizontes inmediatos, son muy concretas".

 

Más allá de si en 1977 el campo revolucionario elaboró conclusiones respecto de los acumulados políticos para plantear nuevos escenarios de lucha (cosa que, en principio, no nos parece una equivocación, hipótesis latente en la reflexión de Medina) de manera apresurada, nos parece temerario el salto a sugerir que, respecto de la actual ola de movimientos campesinos, no podemos avizorar posibilidades de cambios profundos, porque eso sería alimentar un delirio extremista en la izquierda. En nuestra opinión nadie tiene derecho a imponer riendas a la voluntad de un pueblo en movilización, a decirle "hasta aquí es aceptable". Tal cosa es seguir tratando al pueblo llano como rebaño y no como agente activo.

 

Preocupa el hecho de que en el manejo conceptual quienes apostamos por una transformación social profunda (y no nos cabe duda que, pese a ciertas diferencias, estamos en ese bando con el profesor Medina) nos vemos rezagados y a la defensiva, o manejamos los conceptos de manera poco dialéctica, rígida, de manera analítica. Tal cosa ocurre con el manejo, en nuestra opinión inadecuado, que el profesor Medina hace del concepto de "revolución". Las revoluciones rara vez son obra exclusiva del "partido único" y siempre presentan contradicciones importantes en el seno de las masas que las hacen. Ni siquiera la Revolución de Octubre, prototipo de la "revolución por excelencia" respondió a ese esquema, pese a su posterior mistificación. Medina dice, para demostrar que no existe potencial revolucionario en el presente, que José Antonio Ocampo critica a los TLCs pero que no propone una alternativa socialista. ¿Acaso las masas en San Petersburgo y Moscú en 1917 pedían socialismo? ¿Se deriva mecánicamente de la consigna "Pan, Tierra y Paz" el socialismo? Y esa consigna fue la que impulsó a la formación de la república soviética. No queremos decir con esto que la "amenaza comunista" esté a la vuelta de la esquina, como dirían los alucinados del uribismo.

 

Algo nuevo crece, sin embargo, en Colombia, algo que se ha escapado todos estos años a los sabihondos que desde la violentología o las teorías importadas sobre "construcción de paz" (empacadas en el mismo formato macdonalizado por las grandes instituciones de la "gobernanza" internacional, para consumo lo mismo en África o los Balcanes que en Colombia). Algo que se le ha escapado a la socialbacanería que defiende estridentemente las instituciones podridas y que no imagina otros modelos políticos que aquellos actualmente existentes. Entender la naturaleza de este nuevo fenómeno requiere una mirada fresca y sacudir presupuestos fáciles, nociones manoseadas y categorías de análisis anquilosadas.

 

Desafortunadamente, las categorías con que Medófilo Medina sigue mirando al mundo están ancladas ideológicamente en el dogmatismo y las mistificaciones de un cierto sector que aún no se desprende de una lectura mecanicista y eurocéntrica de las revoluciones. Y no se trata, con esta crítica, tampoco, de estirar el concepto hasta el punto de que pierda todo valor explicativo, sino de entender la naturaleza sui generis que tiene en cada momento histórico y en cada espacio concreto, la irrupción de las masas en la arena política.

 

Lo que es revolucionario en un contexto puede no serlo en otro. Lo fundamental en un proceso revolucionario es que las masas se convierten en el actor protagónico en la arena política. Cosa que Medina reconoce y en lo cual insiste cuando afirma que "el verdadero valor de lo que ha pasado es esa participación con decisión de los trabajadores de manera sostenida". Sin embargo, no valora este hecho en toda su dimensión y lo que significa, no en cualquier contexto universal, sino en las condiciones específicas de Colombia a inicios del siglo XXI. No ha sido una exageración, en nuestra opinión, hablar de la "revolución de las ruanas", aún cuando este proceso aún esté lejos de concretizar todo su potencial. Desde luego no estamos ante un proceso revolucionario abierto en Colombia en el sentido clásico (dogmático-eurocéntrico) de la palabra, pero sí estamos ante un período de transformaciones sociales profundas que tienen que darse –y que pueden darse- para superar la actual crisis de hegemonía que aqueja a la formación social colombiana, el cual, si es llevado a sus lógicas consecuencias, tiene alcances revolucionarios. ¿Podemos, acaso, entender "la modernización de la vida política del país" al margen de los equilibrios de poder entre las clases y fracciones de clases, así como de la constante lucha entre ellas? ¿Podemos seguir hablando de modernidad y progreso como categorías objetivas, positivas y sin contenido político, de clase, sin referencia incluso a cosmovisiones más profundas que nos sitúan en paradigmas diferentes al eurocentrismo? Si estas transformaciones reclamadas por las muchedumbres asumen o no un carácter revolucionario, dependerá de las apuestas que desde hoy haga el movimiento popular. Pero para Medina la revolución, como deja en claro más adelante en la entrevista, se reduce a una "aventura armada".

 

¿Aventureros o transformadores?

 

Entender la naturaleza del conflicto armado que sacude a Colombia desde hace décadas en clave de "aventura armada" es un craso error del cual no pueden salir sino conclusiones erróneas. Aún cuando el conflicto armado tenga una dinámica particular, no puede aislarse ni divorciarse artificialmente del conflicto social, en el cual tiene sus raíces profundamente clavadas y desde el cual se nutre. Tampoco el conflicto social es indiferente a la dinámica política del conflicto armado. Tal cosa es evidente al hacer una rápida lectura a los temas claves del proceso de paz en La Habana y los reclamos de los millones de colombianos movilizados durante el paro agrario y popular. Desde luego que ninguno es reflejo mecánico del otro, pero las superposiciones entre ambas visiones de Colombia, son evidentes a cualquier lector desinteresado. Tanto como el abismo que ambas comparten con el proyecto de Colombia del bloque en el poder.

 

La visión de Medina de la revolución según esquemas preconcebidos o como una mera "aventura armada" llevan a que establezca distinciones artificiales que no aportan a una lectura más fina del actual momento político, como se desprende de una sorprendente afirmación que hace en la entrevista:

 

"Las farc tienen todo el derecho de sentirse fortalecidas pero en su propuesta de paz y no para creer que están allí perdiendo el tiempo porque el pueblo está protagonizando una revolución".

 

¿Acaso las farc-ep han hablado, alguna vez, de paz a secas? Cuando la insurgencia y muchísimos sectores del movimiento popular hablan de paz, se dice "paz con justicia social", eso Medina bien lo sabe. Como hemos explicado en ocasiones anteriores[1], tal cosa no es un capricho sino que obedece a la realidad de que la paz, sin tocar las estructuras sociales y económicas que alimentan el conflicto, no es sino una quimera. En ese sentido, la distinción que adivina Medina entre la "propuesta de paz", y la propuesta política, de cambio social, profundo, radical, nunca ha existido, ni en la insurgencia ni en las principales expresiones del movimiento popular. Cuando las farc-ep llegaron a La Habana lo hicieron para discutir una agenda de cambio político para el país, y eso es lo que se ha expuesto y demostrado en todos sus comunicados y propuestas. Esa distinción entre la propuesta de paz y la de cambio es totalmente artificial y solamente contribuye a la causa de quienes, a veces agazapados en la izquierda, buscan una desmovilización exprés y la mera conversión de las insurgencias en partidos dentro del actual sistema democrático-burgués de pelambre mafioso y paramilitarizado. Esto es exactamente lo que espera Santos de estas negociaciones, aunque de cuando en vez se deje llevar por arranques retóricos insustanciales que no merecen ser tomados muy en serio. A los pocos minutos una declaración del intocable ministro de defensa nos devuelve la sana dosis de realismo político que necesitamos para afrontar la actual coyuntura.

 

La irrupción del pueblo en el escenario político no puede leerse por parte de la insurgencia como si las negociaciones de paz fueran lo mismo que perder el tiempo porque precisamente ella ha sido enfática que la agenda de cambios que el país necesita debe ser amplia, construida desde la lucha, desde abajo, al calor de la movilización popular. Poner pueblo a las negociaciones, una frase que han repetido hasta el cansancio, significa algo más que mandar recomendaciones por foros o a través de internet. Significa que el pueblo, en todas sus expresiones necesariamente contradictorias, asuma el debate y se movilice para avanzar en el camino de los cambios que el país necesita. La unidad entonces se ve como un proceso dialéctico, contradictorio, fruto de la movilización concreta y no como la imposición de categorías homogeneas ni de verdades únicas. Lo cual implica superar visiones vanguardistas-iluministas que no se ajustan a la realidad nacional, por una parte, y buscar la confluencia amplia al interior de la izquierda en lucha y los sectores populares, por otro. El escenario al que más teme la oligarquía colombiana se está materializando, y es la confluencia entre las demandas del pueblo movilizado con la agenda política de La Habana, la cual no es diferente a la agenda de paz. Un escenario que nada tiene de oportunista sino que muestra los vasos comunicantes propios del bloque popular y la identidad de intereses objetivos a largo plazo. Si algo ha demostrado este paro, es que la agenda política de la insurgencia, con todos los peros que pueda haber, se ajusta muchísimo más a la realidad nacional y a las aspiraciones de las amplias masas, que la agenda impresentable del santismo. Eso es lo que más le duele a una oligarquía que parece haber perdido todo impulso histórico. Y eso también es a lo que se refiere el mismo Medina cuando dice (sin sacar las conclusiones necesarias de su reflexión) que "el ambiente general es de demanda de un reformismo social y de una modernización política de un país, es decir de una democratización efectiva. Y eso está también en el discurso de la farc".

 

¿Esa agenda de cambio político, de dimensiones revolucionarias, entonces, no es parte de la propuesta de paz? Son dos caras de la misma moneda, desde luego. La distinción artificial entre "paz" y "propuesta transformadora" en Medina, lo inhabilita para comprender la posibilidad de la emergencia de un poder genuinamente popular, del pueblo como un soberano en ciernes, que es lo que se está empezando a ensayar con instancias como la Cumbre Nacional Agraria, Campesina y Popular. Al margen del ejercicio del poder popular como una apuesta inmediata, que no se relega hasta la calendas, uno no puede sino limitarse a las propuestas de apertura política, coincidentes con las del santismo, a ver si en las próximas elecciones... ya conocemos ese cuento.

 

Pensar la novedad en lo político desde una matriz crítica y alternativa.

 

Desde nuestra mirada, las acciones sociales que están ocurriendo hoy aquí – que, pese a sus particularidades y originalidades, no están al margen de las rebeliones multicolores que han sacudido a todo el continente americano- son protagonizadas por grupos sociales (campesinos, indígenas, mujeres, afro descendientes, desempleados, estudiantes) cuya presencia en la historia no fue prevista por la teoría crítica eurocéntrica. Se organizan muchas veces según formas (movimientos sociales, autogobierno, organizaciones económicas populares) muy distintas de las privilegiadas por la teoría clásica: el partido y el sindicato. No habitan los centros urbanos industriales sino lugares apartados en las alturas de las cordilleras o en llanuras de la selva amazónica. Hablan desde la periferia urbana y rural. Expresan sus luchas a veces en sus lenguas y dialectos particulares y no en ninguna de las lenguas coloniales en que fue redactada la teoría crítica que sustenta el bagaje intelectual de Medina y nuestro. Y cuando sus demandas y aspiraciones son traducidas en las lenguas coloniales dominantes de las clases blancas o en las plataformas reivindicativas invariablemente centradas en los centros políticos, no emergen los términos conocidos de democracia o desarrollo, sino dignidad, respeto, territorio, autogobierno, autonomía, el buen vivir (sumak kawsay), la Madre Tierra. Aún cuando creamos que estamos todos hablando la misma lengua, incluso, hay diferencias lugares desde los cuales se habla que implican formas de entender el mundo y la realidad totalmente diferentes. Problema que no es único de la actual coyuntura colombiana sino que es propio de una modernidad lleva de quiebres y contradicciones internas. Mientras en la revolución haitiana (1791-1804) los líderes revolucionarios entendían la libertad (liberté) en los términos ilustrados planteados por la revolución francesa, para los bozales y esclavos sublevados, la libertad era indisociable de su conuco y su pedacito de tierra. Condiciones fundamentales para "ser" y no meramente "existir".

 

Los movimientos sociales recientes más allá de los contextos, construyen sus luchas sobre la base de conocimientos ancestrales, populares y espirituales que siempre fueron ajenos al cientificismo propio de teorías críticas eurocéntricas[2]. Por otro lado, sus concepciones ontológicas sobre el ser y la vida son muy distintas del inmediatismo y de los individualismos occidentales. Los seres son comunidades de seres antes que individuos, y en esas comunidades están presentes y vivos los antepasados así como los animales y la Madre Tierra. Estamos ante cosmovisiones no-occidentales que obligan a un trabajo de traducción intercultural para poder ser entendidas y valoradas. La movilización social que hemos visto no sólo recomienda tomar alguna distancia con relación a ciertas categorías del pensamiento; más que eso, exigen pensar lo impensado, o sea, asumir la sorpresa como acto constitutivo de la labor teórica.

 

Si algo caracteriza a estos nuevos movimientos sociales es su complejidad, su diversidad, su permeabilidad y su interés por implicarse en la acción, en la práctica, de un concepto re-significado de ciudadanía. Lo que les sitúa en una predisposición para buscar una múltiple articulación temática, sectorial, entre escalas y entre agencias. El conocido eslogan de "pensar globalmente y actuar localmente'' se ve complementado con el "pensar localmente y actuar globalmente'' -permitiendo el reconocimiento de las identidades particulares, de las diferentes subjetividades (diferencias étnicas, territoriales de género, orientación sexual, edad, etc.), identidades sectoriales (trabajo, medio ambiente, educación, sanidad, vivienda, etc.) y territoriales, conjugándose a la vez con la defensa y conquista de principios universalistas como los derechos humanos, o los mismos valores democráticos, que se re-significan incorporando otras voces y otras contribuciones aparte de aquellas que vienen desde los centros del desarrollo capitalista. De tal modo que el objetivo de estos nuevos movimientos sociales, articulado como una ciudadanía democrática e inclusiva, tiene un doble sentido: particularizar los valores universales y universalizar las identidades particulares. En definitiva, tienen el reto de articular las distintas posiciones subjetivas en un sujeto unitario y pluridiverso, en una nueva identidad de identidades que sea mucho más que la suma mecánica de sus partes.

 

Hubo "pitonisos" que anunciaron que con la globalización todo se iba a desterritorializar, que todo iba a ser global, predicciones empañadas por la repentina importancia que cobran el territorio y la tierra como aspectos centrales para la emergencia de una nueva protesta social, aspectos que muchos teóricos entendían como "residuales" o "atávicos". Demandas que adoptan diferentes formas, rurales pero también urbanas. Los bloqueos de todo orden son modos de apropiación de lo rural y lo urbano, son otras formas de territorialidad que no figuraban en los esquemas convencionales, que han cobrado una desmesurada importancia en las luchas en curso, que interrumpen la circulación "libre" del capital en el mundo globalizado.

 

Se requiere un trabajo teórico que acompañe la labor transformadora de los movimientos agrarios, cuestionándola, comparándola sincrónica y diacrónicamente, ampliando simbólicamente su dimensión mediante articulaciones, traducciones, alianzas con otros movimientos. Es más un trabajo de artesanía y menos un trabajo de arquitectura. Más un trabajo de "testigo implicado" y menos de liderazgo clarividente. Un trabajo que implica una autocrítica profunda no sólo a los métodos con los que hemos trabajado sino hasta el mismo prisma con el que hemos mirado al mundo, que implica una renovación no sólo de la sociedad como realidad externa, sino también de todo lo que de ella hemos internalizado.

 

30 de Septiembre, 2013.

 

[1] http://www.anarkismo.net/article/25891

[2] Nuestra crítica al eurocentrismo no significa rechazar el aporte específico realizado desde Europa y desde las luchas populares europeas a los movimientos emancipatorios, aportes valiosos y profundos. Tampoco nos interesa la exaltación postmoderna de un "pensamiento alternativo" que sigue definiéndose en función del pensamiento europeo, aún cuando sea por oposición. Tal aproximación pecaría de la misma falta de pensamiento crítico y dialéctico que hemos venido criticando. Significa sencillamente ser capaces de leer los movimientos sociales desde más allá de los conocimientos desarrollados en Europa, valorar sus aportes específicos y no tomar al conocimiento europeo como el único centro de gravedad del pensamiento.

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Huelga en la Drummond continúa, hoy completa 50 días

Como ilegal denunció Sintramienergética (sindicato mayoritario de la Drummond), la manera como se convocó y se dio la votación que en días pasados la empresa promovió entre su personal administrativo y los trabajadores afiliados a los dos sindicatos minoritarios, con el objetivo de levantar la huelga.

 

Por lo cual tal votación en la práctica no ha tenido ningún efecto y la huelga, que hoy cumple 50 día, sigue paralizando las actividades en el complejo carbonífero a cielo abierto de la Drummond en la Costa Caribe colombiana, que comprende las minas Pibbenow y El Descanso en el municipio El Paso (Cesar) y al puerto de embarque en Ciénaga (Magdalena).

 

Este es un complejo minero que ocupa unos 10 mil trabajadores entre directos y tercerizados, y en situación normal produce 26 millones de toneladas año, equivalente al 29% de la producción nacional de carbón. Es el segundo productor después de El Cerrejón.

 

Precisamente Sintracarbón, sindicato de El Cerrejón, sumó su voz de apoyo a Sintramienergética, y en un comunicado expedido ayer alertó a los trabajadores del sector minero-energético y a la opinión pública por la “ilegal” manipulación que la multinacional estadounidense hace del conflicto. “Ahora, con la votación ilegal contra la huelga, Drummond vuelve a poner de presente que la cultura antisindical es norma empresarial. Esta decisión en vez de ablandar a los trabajadores los mueve a defender los principios sindicales y a hacer respetar sus condiciones laborales”, señala en su comunicado Sintracarbón.

 

Además hizo un llamado al Ministerio de Trabajo para que haga respetar el orden jurídico y demuestre que sí tiene la intención de hacer valer la libertad sindical, declarando la nulidad de la votación promovida por Drummond entre empleados no sindicalizados, muchos de ellos de confianza y manejo y por tanto impedidos para tomar parte en el conflicto.

 

Por su parte Éver Causado, vocero de Sintramienergética y miembro de la comisión negociadora, dijo que los trabajadores afiliados a este sindicato están en todo su derecho de continuar la huelga, amparados en el Decreto 2519 de 1993, que dice que la potestad para decretar la huelga, y también para levantarla y convocar a Tribunal de Arbitramento, la tiene el sindicato mayoritario de la empresa, titular del conflicto, en este caso Sintramienergética.

 

Éver Causado lamentó que la empresa no tenga una actitud propositiva frente a los trabajadores y mantenga su intransigente posición de no negociar con el sindicato los puntos que esté le planteó en el pliego de peticiones. Por el contrario, desde el principio del conflicto ha recurrido a distintos instrumentos para tratar de romper la huelga, como lo es la campaña de desinformación que ha desplegado en los medios de comunicación en la región del Cesar, y la fórmula de promover votaciones ilegales entre los trabajadores no afiliados al sindicato mayoritario.

 

Como se sabe, los días 3, 4 y 5 de septiembre los dos sindicatos minoritarios de la Drummond convocaron a los trabajadores para que votaran por el levantamiento de la huelga. Según datos de la empresa, aún no oficializados por el Ministerio de Trabajo, hubo 2.549 votos a favor de que ésta se levante y el conflicto se dirima en Tribunal de Arbitramento. En otra votación similar convocada a mediados de agosto, el número de votos por el levantamiento de la huelga había sido mucho menor, apenas sí superó los 2.000 votos.

 

Pero más allá del número de votos, el argumento principal de Sintramienergética para desconocer esas votaciones y continuar con la huelga, es que éstas no se ajustaron a los parámetros del Decreto 2519, y por tanto son ilegales.

 

Ver otras publicaciones de la Agencia de Información sobre el conflicto en la Drummond en los enlaces:


http://www.ens.org.co/index.shtml?apc=Na--;1;-;-;&x=20168029
http://www.ens.org.co/index.shtml?apc=Na--;2;-;-;&x=20167974

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Miércoles, 11 Septiembre 2013 05:51

El día en que todo cambió

El día en que todo cambió

Si estoy con vida, si cuarenta años más tarde puedo contar la historia del golpe del 11 de septiembre de 1973, es gracias a la ciega generosidad de mi amigo Claudio Jimeno.

 

Lo recuerdo ahora tal como lo vi entonces, cuando me despedí de él sin saber que se trataba de una despedida final, sin saber que en poco tiempo él estaría muerto y yo iba a sobrevivir, ninguno de los dos anticipando que los militares lo matarían a él en vez de ensañarse conmigo.

 

Nos conocimos en 1960, cuando los dos cursábamos el primer año de estudios en la Universidad de Chile. Incisivos sobresalientes y una mata de pelo negro erizado le habían merecido un apodo, Conejo, que luciría hasta el día de su muerte. Estaba de novio con Chabela Chadwick, una estudiante de química, y cuando yo comencé a salir con Angélica, mi futura mujer, los cuatro participábamos, junto a otros entusiastas condiscípulos, en un raudal de actividades: bailes y paseos a la playa y, sobre todo, sumándonos a manifestaciones de protesta. Porque lo que en última instancia más nos unía, más allá de compartir confidencias y esperanzas, era una feroz necesidad de batallar por la justicia social en un continente de extrema pobreza y desarrollo frustrado.

 

Como millones de otros chilenos, Claudio y yo éramos fervientes seguidores del socialista Salvador Allende, que proclamaba –en una época en que la guerrilla se alzaba con furia en toda América latina– que era posible una revolución en nuestro país sin recurrir a la violencia, que podíamos crear una sociedad más justa y soberana por medios democráticos y pacíficos. Nuestros sueños se hicieron realidad cuando, diez años más tarde, Allende ganó las elecciones presidenciales de 1970.

 

Los sueños y la realidad, sin embargo, no siempre van de la mano.

 

Ya a mediados de 1973, el gobierno de Allende estaba asediado por sus enemigos internos y externos y la creciente amenaza de un pronunciamiento militar. De manera que cuando Fernando Flores, el secretario general de Gobierno del Presidente, me pidió que sirviera como su asesor de prensa y cultura, no tuve la menor duda. Una de mis responsabilidades más urgentes era que debía hacer guardia una vez, cada cuatro noches, en La Moneda, para que pudiera comunicarme con Allende en caso de alguna emergencia. Las otras noches se rotaban entre tres otros asesores, uno de los cuales era Claudio Jimeno.

 

De manera que cuando me di cuenta de que me tocaba dormir en La Moneda la noche del lunes 10 de septiembre, nada más natural, entonces, que canjear ese turno con mi viejo amigo, pedirle si era posible hacerme cargo de su guardia del domingo 9 de septiembre. Me convenía ese domingo porque era la única ocasión que tenía para mostrarle a Rodrigo, mi hijo de seis años, la galería de retratos de los primeros mandatarios de Chile y para que experimentara, antes de que su madre viniera a buscarlo, ese momento mágico en que las luces del Palacio se prendían al crepúsculo.

 

Claudio asintió sin la menor vacilación. En esos tiempos azarosos, pasar aunque fuera una hora extra con el hijo al que no teníamos la certeza de ver al día siguiente constituía un regalo insuperable. De hecho, me agradeció el trueque, ya que le permitía gozar de un domingo tranquilo con Chabela y sus dos hijos.

 

Y entonces quiso la buena y la mala suerte que fuera Claudio Jimeno el que respondió el teléfono en la madrugada del 11 de septiembre de 1973, recibiendo la noticia de que el golpe, liderado por el general Augusto Pinochet, había comenzado. Y fue Claudio el que llamó a Allende y Claudio el que luchó a su lado en La Moneda y Claudio el que terminó siendo apresado y luego torturado y finalmente muerto, convirtiéndose en uno de los primeros chilenos desaparecidos. Mientras que yo desperté al lado del amor de mi vida, de Angélica, y traté de llegar a La Moneda y no pude lograrlo y heme aquí, cuarenta años más tarde, conmemorando a mi amigo y lo que se perdió y lo que se aprendió, y recordando, porque Claudio no lo puede hacer, cómo mantuvimos viva la esperanza en medio de la oscuridad. Heme aquí, todavía sin poder visitar la tumba de Claudio porque los militares que lo mataron todavía no revelan dónde echaron su cuerpo vejado.

 

El destino de Claudio prefiguró el de su país.

 

Nos aguardaban décadas de represión y pavor, de pesadumbre y combate. Aun cuando terminamos derrotando a la dictadura, nuestra democracia restaurada se vio severamente restringida. La siniestra Constitución de Pinochet, aprobada en un referéndum fraudulento en 1980, sigue siendo hasta el día de hoy la ley suprema de la república, obstaculizando tantas reformas imprescindibles que el país reclama.

 

Si bien aquel 11 de septiembre de 1973 fue trágico para tantos chilenos, también tuvo consecuencias más allá de nuestras orillas remotas. El naufragio de la revolución chilena repercutió en forma significativa en Europa, donde llevó a una fundamental reorientación de la izquierda en varios países (notablemente España, Francia e Italia), la certeza de que no bastaba con una mayoría electoral exigua para llevar a cabo transformaciones sustanciales en la sociedad, sino que se necesitaba un consenso amplio y profundo. En los Estados Unidos, la intervención de la CIA en la caída de Allende fue uno de varios factores que condujeron a investigaciones del Congreso, estableciendo leyes limitando las intromisiones del Poder Ejecutivo norteamericano en los asuntos internos de otras repúblicas, abriendo una discusión que es en este momento más perentoria que nunca, en vista de que los presidentes norteamericanos siguen adjudicándose el derecho a inmiscuirse ilegalmente en cualquier rincón de la Tierra donde sus intereses podrían peligrar, es decir, matar y espiar en todo el mundo.

 

El legado más crucial, sin embargo, del 11 de septiembre chileno fueron las estrategias económicas implementadas por Pinochet. Mi país se convirtió, en efecto, en un laboratorio para un salvaje experimento neoliberal, una tierra donde la avaricia desmedida, la extrema desnacionalización de los recursos públicos y la supresión de los derechos de los trabajadores fueron impuestas con virulencia a un pueblo desamparado. Muchas de estas políticas fueron adoptadas más tarde por Margaret Thatcher y Ronald Reagan (así como por líderes en el resto del globo), acarreando una disparidad escandalosa en la distribución del ingreso y la riqueza y, podría argüirse, creando condiciones para las últimas crisis financieras que han sacudido al planeta. Por cierto, este modelo chileno de un libre mercado exorbitante y sin frenos no ha perdido hoy su atractivo. La drástica y desastrosa privatización del sistema previsional sufrida en Chile es enaltecida por derechistas de todas las estampas como una “solución” al “problema” de las pensiones de los jubilados. Y recientemente, The Wall Street Journal, en un editorial, sugería que “ojalá los egipcios tuvieran la buena suerte de que sus nuevos generales reinantes resultaran ser como Augusto Pinochet de Chile”.

 

Afortunadamente, Chile no exportó únicamente las peores experiencias surgidas de la asonada militar. También ha servido como un modelo de cómo un pueblo desarmado puede, a través de la no violencia y una ardua campaña de desobediencia civil, conquistar el miedo y liquidar a una dictadura. Los alentadores movimientos de resistencia y en favor de la democracia que han brotado en todos los continentes durante estos últimos años prueban que el futuro no tiene que ser despiadado, que el 11 de septiembre chileno no marcó el final de la búsqueda de libertad y justicia social por la que murió Claudio Jimeno, que tal vez su sacrificio no fue enteramente en vano.

 

Y, sin embargo, no me puedo consolar. Cuarenta años más tarde todavía recuerdo su sonrisa de conejo cuando me dijo adiós en La Moneda aquella noche del 10 de septiembre de 1973.

 

Al día siguiente, ese martes desbordante de terror en Santiago, muchas cosas cambiaron para siempre, cambios políticos y económicos que alteraron a Chile y, se podría aventurar, también al mundo. Pero cuando contemplamos el pasado, lo que necesitamos recordar es que finalmente la historia la hacen y padecen seres humanos reales, hombres y mujeres que quedan penosamente afectados. La historia consiste de muchos Claudios y muchos Jimenos de nuestra especie, uno más uno más uno.

 

Esa es la historia irreparable, la que nos duele y conduele: no puede Claudio despertar, como lo hago yo cada mañana, al canto interminable de los pájaros.

 

Claudio Jimeno, el amigo que murió en mi lugar cuarenta años atrás, nunca ha de ver a sus nietos crecer, nunca podrá sonreírse cuando lo llamen Abuelo Conejo.

 

Por Ariel Dorfman, escritor chileno. Su último libro es Entre sueños y traidores: un striptease del exilio.


 

Allende, el cambio y la codicia

 

Por Martín Granovsky

 


La reunión fue en Washington. Se realizó cuando el ataque de los Estados Unidos al gobierno de Salvador Allende estaba por conseguir el jaque mate. Por los Estados Unidos participaron siete funcionarios del Departamento de Estado, con su jefe William Rogers al frente. Por Chile otros siete. Encabezaba la delegación chilena el entonces embajador en Washington, el socialista Orlando Letelier, que terminaría como ministro de Defensa de Allende y en 1973 sufriría prisión y tortura antes de que una campaña internacional obtuviese su liberación y le permitiese viajar al exterior. También participó un joven diputado de la Unidad Popular, Luis Maira. El encuentro fue áspero y duro. Por si alguno tenía dudas, al final de dos días de discusiones bilaterales, Rogers y Kissinger mantuvieron una reunión a solas con Letelier. Como consejero de Seguridad Nacional, el cargo desde donde Washington articula la política exterior y la de inteligencia de la presidencia, Kissinger no tenía obligación funcional de encontrarse con los chilenos. Pero quiso hacerlo.

 

Rogers se quejó del trato de Allende a las empresas norteamericanas nacionalizadas. Y luego de Rogers, Kissinger habló sin vueltas: “América latina es una región de casi ninguna importancia... Chile no tiene ningún valor estratégico. Nosotros podemos recibir cobre de Perú, Zambia, Canadá. Ustedes no tienen nada que sea decisivo. Pero si hacen ese proyecto de camino al socialismo del que habla Allende, vamos a tener problemas serios en Francia e Italia, donde hay socialistas y comunistas divididos, que con este ejemplo podrían unirse. Y eso afecta sustancialmente el interés de Estados Unidos. No vamos a permitir que tengan éxito. Tengan eso en cuenta”.

 

Maira, que fue embajador del gobierno de la Concertación en la Argentina, suele contar el episodio para ilustrar hasta qué punto la situación chilena era clave para Washington en el tablero mundial de la Guerra Fría. Y también cuenta Maira que pocos meses después de esa reunión en Washington, él y otros sobrevivientes del golpe de Augusto Pinochet terminaron en el exilio. (Refugiado primero en Caracas y después en los Estados Unidos, Letelier fue asesinado por un comando pinochetista en Washington el 21 de septiembre de 1976.)

 

Un día, cenando en Buenos Aires con Ricardo Lagos y un grupo de argentinos, narró Maira: “Cuando llegamos a México nos dimos cuenta de que nos había derrocado una potencia a la que no conocíamos bien por dentro. En 1974 fundamos el Centro de Investigación y Docencia Económicas, el CIDE. Y nos pusimos a estudiar todo. Todo. Desde la Constitución de los Estados Unidos hasta su historia. Desde sus mecanismos de decisión hasta el papel del Congreso. No podíamos seguir ignorando en detalle una realidad tan decisiva”.

 

No solo los exiliados chilenos se hicieron cargo de analizar en profundidad qué había ocurrido en Chile y por qué. También la izquierda europea buscó entender el mensaje enviado por Washington sobre todo a Italia, donde el Partido Comunista había crecido hasta ser el más grande de Occidente y ya representaba a uno de cada tres votantes.

 

Enrico Berlinguer era el secretario general del PCI. En 1980, diez años después del triunfo de la Unidad Popular y siete años después del golpe, Berlinguer analizó el papel obligatoriamente bivalente de Allende. Primer papel: el Compañero Presidente debía ser “el supremo aval de la legalidad vigente”. Segundo papel: estaba obligado a convertirse en “el líder del movimiento popular para su profunda renovación”.

 

Según Berlinguer, esa contradicción que el propio Allende encarnaba en sí mismo “podía resolverse en la medida en que la Unidad Popular hubiese logrado mantener aislado al ‘enemigo principal’, por un lado, y por el otro fundir en la sociedad la alianza entre las masas inorgánicas, el proletariado y las capas medias, además de mantener en el Parlamento un entendimiento mínimo entre las fuerzas que habían elegido a Salvador Allende”. De ese modo, “la realización del programa habría dado origen al nacimiento de una mayoría social –antes que electoral–, o sea la formación de un bloque histórico que, en su proceso de desarrollo, fundaría la nueva legalidad, la nueva democracia chilena”.

 

Para Berlinguer, un gran mérito de Allende es que “murió ejerciendo su papel de magistrado supremo de una legalidad pisoteada por traidores, por fascistas”, y su ejemplo significó lo contrario de lo que el dirigente italiano llama “grandes cinismos”.

 

Y otra virtud del gobierno de la Unidad Popular que señalaba el secretario del PCI fue “haber abstraído por primera vez la noción de ‘justo provecho’ del contexto ético-religioso medieval, precapitalístico, en que nació, para instalarlo como principio jurídico internacional: con la ley de nacionalización del cobre chileno, que fija en el 12 por ciento anual los márgenes de provecho reconocido a las compañías que habían explotado las minas, sustrayendo de la indemnización debida a raíz de la nacionalización lo que ellas habían percibido más allá de ese plafond”. Leída desde hoy, parece una crítica a la agresión contra la humanidad por parte de un sistema financiero hipertrofiado.

 

El mundo es otro, pero dos desafíos parecen vigentes a cuarenta años del golpe en Chile y el suicidio de Allende, el 11 de septiembre de 1973: cómo lograr una gobernabilidad que permita cambiar las cosas y cómo colocar un límite a la codicia desenfrenada.

 

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El paro nacional del magisterio será en principio de tres días

Ante la “reiterada violación de los derechos de los maestros y la burla a los acuerdos firmados con el gobierno”, la Junta Nacional de la Federación Colombiana de Educadores, Fecode, convocó a un paro nacional que en principio será de tres días (de hoy martes hasta el jueves), y su levantamiento dependerá de los compromisos concretos y la voluntad política del gobierno para solucionar los problemas acuciantes del magisterio, en especial la mejora sustancial del deficiente servicio de salud y el pago de las multimillonarias deudas acumuladas.

 

Óver Dorado, segundo vicepresidente de Fecode, en diálogo con esta agencia señaló que en las conversaciones con el gobierno en los últimos días ha habido avances, pero no los suficientes como para desistir de la orden del paro. “Podemos llegar a un acuerdo si el gobierno se compromete a darle salida a los problemas con plazos y asignaciones presupuestales determinadas”, señaló.

 

La protesta la adelantan más de 300 mil docentes del sector público y afecta a unos 8 millones de niños y jóvenes, quienes no tendrán clases durante los tres días del paro, el cual incluye marchas y movilizaciones en las ciudades, tomas emblemáticas, entrega de pliegos de peticiones a alcaldes y gobernadores, y actividades políticas y culturales, acciones éstas en las que los maestros estarán acompañados por el movimiento estudiantil universitario aglutinado en la MANE.

 

Para el jueves se tiene prevista la que han llamado la “Toma de Bogotá”, que servirá para calibrar el estado del movimiento y la correlación de fuerza, y para que la Junta Nacional de Fecode evalúe las soluciones efectivas propuestas por el gobierno y determine si el paro continúa o se levanta.

 

Son varios y complejos los problemas que afronta el magisterio y que lo motiva al cese de actividades, unos sin solución desde hace años y otros como producto de incumplimientos de acuerdos suscritos con el gobierno en años recientes. El magisterio representado por Fecode ha venido insistiendo en su solución y le ha propuesto al Gobierno fórmulas de arreglo, pero hasta ahora lo que ha obtenido, según Óver Dorado, son maniobras dilatorias e incumplimientos.

 

Servicio de salud en crisis

 

Para Dorado lo que hoy está en juego es la dignificación de la profesión docente, y en tal sentido el tema de la prestación del servicio médico al educador y su grupo familiar es esencial. Es un servicio que para los maestros está establecido en un régimen especial, pero cuya calidad deja mucho que desear.

 

Fecode exige que los contratistas del servicio de salud amplíen sus plantas de médicos, especialistas, centros de atención y de urgencias, y que se rebajen las cotizaciones, que son de las más altas del sistema.



“Hay represamiento de cirugías, de citas con especialistas y de tratamientos de alto costo. La deuda con las entidades prestadoras ascienda a $160 mil millones y los contratistas no les están pagando a los proveedores, todo seguramente con la intención de desprestigiar el régimen especial de salud de los maestros y por esa vía llevarnos al régimen de Ley 100”, puntualizó el directivo de Fecode, quien puso como el ejemplo el caso de Antioquia, donde hay 23 hospitales cerrados por la crisis de la red pública hospitalaria, en municipios donde éstos hospitales son las únicas entidades que les prestan el servicio.

 

Otra preocupación de Fecode es que los dineros de la salud vayan a parar al pago de cesantías y jubilaciones, punto clave en la negociación porque la intención del gobierno, asegura, es quebrar el Fondo para entregarlo a los fondos privados.

 

Deudas multibillonarias

 

En el tema de las deudas que los sucesivos gobiernos han acumulado con el magisterio, la situación es abrumadora. La deuda con el Fondo de Prestaciones Sociales del Magisterio es exorbitante: ya asciende a $88 billones ($75 billones como deuda de la Nación y $13 billones de las entidades territoriales).


Y las deudas laborales acumuladas en los últimos diez a docentes y personal administrativo, por concepto de primas (extralegales, sitios de difícil acceso, homologación, entre otras) y otros rubros, asciende a $800 mil millones. Por lo pronto, el gobierno se comprometió a pagar $160 mil millones en este mes de septiembre.

 

Según Fecode, la Nación debe asumir el pago directo de la prima de servicios, sin demandas, haciendo el traslado presupuestal que se requiera, y reconociendo el retroactivo que bajo su responsabilidad dejó de pagar al magisterio.

 

Libertad sindical amenazada

 

También está el tema de la libertad sindical y el derecho de asociación, que Fecode ve amenazado porque el decreto 1278, que rige para los maestros contratados a partir del año 2002, desestimula la vinculación de los maestros nuevos a las actividades sindicales, toda vez que a éstos no se les puede hacer evaluación de desempeño durante el tiempo que estén en misión sindical, y así pierden la posibilidad de ascensos y reubicación salarial.

 

“Ese tema lo negociamos hace dos años, y lo volvimos a negociar este año, y en ninguna se ha cumplido”, aseguró Óver Dorado.

 

El Estatuto Único y otros reclamos

 

El lento trámite de la negociación del nuevo Estatuto Único, una vieja aspiración del movimiento sindical del magisterio, también está hoy en el ojo del huracán de la protesta de los docentes del sector público.

 

La negociación de este estatuto está en manos de una Comisión Tripartita, y uno de los acuerdos firmados este año entre el gobierno y Fecode establece que la comisión le ponga el “acelerador” a la negociación, pero en la práctica ésta no avanza.

 

La defensa de la educación pública como un derecho fundamental, ha sido también transversal en la agenda de lucha de los maestros colombianos en las últimas dos décadas, y en esa reivindicación coinciden con la Mesa Amplia Nacional Estudiantil, MANE. Fecode busca que se eliminen las concesiones, contrataciones y administraciones por medio de las cuales se entrega a particulares la educación pública estatal, convertida en simple “servicio educativo”.

 

Como también exige la modificación de los parámetros de relación estudiante-docente-aula; el respeto a la jornada laboral, la autonomía y la libertad de cátedra; y que se elimine el acoso laboral contra los docentes y otros trabajadores de la educación.

 

Y finalmente, Fecode exige que no haya retaliaciones contra quienes participen en el actual paro, el cual sólo puede levantarse con la firma de ese punto.

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Martes, 10 Septiembre 2013 06:14

Feminismo popular en debate

Feminismo popular en debate

ALAI AMLATINA, 09/09/2013.- Avances en la construcción del feminismo popular y un rechazo contundente a la mercantilización del cuerpo de las mujeres y a toda forma de violencia, constan entre los aspectos más destacados del 9º Encuentro Internacional de la Marcha Mundial de las Mujeres (MMM), movimiento que agrupa a organizaciones de base de los cinco continentes.


 
Más de 1600 mujeres de unos 50 países –incluyendo un fuerte contingente de mujeres jóvenes- reunidas en São Paulo, Brasil, del 25 al 31 de agosto, reafirmaron “la resistencia, el enfrentamiento y la construcción de alternativas al modelo patriarcal, capitalista, racista, lesbofóbico y colonial”, según recoge el documento final (http://alainet.org/active/67070) del evento.


 
La Marcha ha identificado entre sus prioridades para esta etapa de construcción del movimiento, la necesidad de profundizar la formación política, por lo que dedicó los dos primeros días del Encuentro a sesiones de formación política feminista.


 
Mafalda Galdames, coordinadora de la Marcha en Chile, nos contó que en estos dos días “se ha debatido de qué feminismo estamos hablando en el mundo actual y hemos visto, a través de las diferentes posiciones, que estamos construyendo un nuevo feminismo, de la diversidad, de la pluralidad, y un feminismo popular, que se abstrae de encasillamientos anteriores llamados “institucionales”, de la “autonomía” u otros nombres que se hayan puesto en el pasado”.


 
Para la guatemalteca Sandra Morán, la idea es “ir construyendo un feminismo popular que sea la expresión de las mujeres de distintas sectores populares, que están acogiendo al feminismo como una apuesta y una propuesta que les ayuda también a cambiar su vida, y a incidir incluso en los otros movimientos donde se mueven; porque muchas de las mujeres integrantes de la Marcha son mujeres que no necesariamente se mueven en el movimiento de mujeres y feminista, sino que se mueven en los otros sectores: sindical, campesino, indígenas, pobladores, que normalmente son sectores mixtos”. Así, el feminismo popular sería la síntesis o alianza de diversas corrientes feministas: feminismo de izquierda, lésbico, comunitario, campesino revolucionario, el de las mujeres indígenas…


 
Morán añade que “para las mujeres es necesario reafirmar de donde partimos para construir. La afirmación de ‘sin feminismo no hay socialismo’, tenemos que concretarla, tenemos que aportar a que las alternativas que se están construyendo, las llamemos socialismo, las llamemos buen vivir o Sumak Kawsay, o de otra forma, reconozcan y recuperen las propuestas feministas y reconozcan el aporte que las mujeres hemos dado a estas alternativas”.


 
Hacia la 4ta Acción Internacional


 
El 9º Encuentro fue también una oportunidad para relanzar la plataforma política de la MMM, inyectar nuevas energías y promover solidaridades, así como avanzar en la planificación de la 4ta Acción Internacional prevista para 2015. La chilena-quebequense Emilia Castro, --quien, junto con Sandra Morán, fue reelecta para representar a las Américas en el Consejo Internacional de la MMM--, considera que el Encuentro permitió afirmar de manera mucho más clara las orientaciones políticas y la necesidad de la formación política constante. Y acotó que “otro paso que se dio fue crear un espacio al interior del encuentro para tratar de comprender las discriminaciones que viven las mujeres lesbianas, para ser realmente solidarias, de una manera política. Fue un avance, el hecho de que ellas hubieran tomado la palabra, que nos hubieran compartido sus testimonios de lo que ellas viven en diferentes países”, comentó Castro.


 
El Encuentro acordó también el traspaso, en enero próximo, de la secretaría internacional de la Marcha de Brasil a Mozambique. Emilia Castro opina que ese país tiene una coordinación muy fuerte de mujeres, que le permitirá dar un nuevo aliento al movimiento.


 
La futura coordinadora mozambiqueña, Graça Samo, al hacer un balance del Encuentro, nos comentó que éste permitió a la MMM debatir sobre la necesidad de ser un movimiento que contribuya a construir solidaridad con las mujeres que no tienen la posibilidad de viajar a tales encuentros. “La MMM es la posibilidad para que las mujeres se junten y reflexionen sobre estos retos y construir alternativas y solidaridad.” Y que llegue a aquellas que no pueden asumir sus propias luchas, que viven en países bajo control militar “para darles la esperanza que es posible superar los retos si luchamos juntas”. En efecto, la solidaridad ha sido un factor central de la Marcha, cuya expresión, en esta oportunidad, se dirigió particularmente a los pueblos de Siria, de Palestina y del Congo.


 
Entre las acciones centrales que lleva adelante la Marcha en los cinco continentes, se incluye la lucha por la paz y contra el militarismo, contra la prostitución forzada, las violaciones y el tráfico de personas, que particularmente en Asia, pululan en torno a las cada vez más numerosas bases militares extranjeras. La Marcha lucha también contra todas las formas de violencia a las mujeres, la pobreza, la explotación laboral y las condiciones de precariedad e inseguridad en el trabajo. Justamente la Acción Internacional de 2015 de la MMM concentrará movilizaciones en torno al 24 de abril, fecha en la que, en este año, murieron más de 1000 trabajadoras y trabajadores cuando colapsó una fábrica en Bangladesh.


 
“Construir una economía feminista y solidaria significa alterar los patrones de (re) producción, distribución y consumo, además de reconocer y valorizar el trabajo doméstico y de cuidados como fundamental para la sustentabilidad de la vida humana. El Estado capitalista y patriarcal, organizado a partir de una lógica androcéntrica que refuerza la división sexual del trabajo y las formas de control sobre el cuerpo y la sexualidad de las mujeres. El modelo de desarrollo hegemónico funciona al servicio de las grandes empresas, expropiando los derechos de los trabajadores y las trabajadoras, violentando a las mujeres y teniendo en la militarización uno de sus pilares de sustentación”, reza el documento final del Encuentro.


 
Alianzas


 
Algo que ha caracterizado a la Marcha desde sus inicios son las alianzas con otros movimientos sociales, en torno a causas comunes. La Marcha se define como anticapitalista, anticolonialista, antipatriarcal y antiracista. Esta definición es la base de muchas de las acciones comunes con otros movimientos. Emilia Castro explicó que “queremos cambiar el mundo y sabemos que no lo podemos hacer solas”. Además –afirma- estas alianzas han permitido plantear una postura antipatriarcal en movimientos mixtos. “Se da una corriente muy interesante, porque nosotras, al interior de los movimientos sociales, llevamos nuestra postura feminista para también entrar a transformar la mentalidad de algunos compañeros, principalmente”, si bien “a veces algunos tienen más dificultad de analizar el sistema como patriarcal, pero en eso estamos trabajando y avanzando”. Castro destaca el ejemplo de la Vía Campesina, donde ahora hay una mujer como coordinadora general, y que las mujeres campesinas se están organizando con posiciones feministas. “Creo que aprendemos también los unos de los otros a nivel organizativo. Ahora estamos trabajando mucho respecto a la naturaleza”.


 
Mientras las delegadas internacionales debatían las orientaciones de la Marcha, en paralelo se llevó a cabo un gran encuentro, principalmente de mujeres brasileñas, con debates, actos culturales y una feria de economía feminista y solidaria; y el día 31, el Encuentro cerró con una marcha festiva por las calles de São Paulo.
 
Para las brasileñas, que denuncian el desplazamiento de la población pobre de las urbes con el pretexto de la próxima Copa Mundial y luego de los Juegos Olímpicos, un próximo reto será articular una campaña contra el turismo sexual y la mercantilización del cuerpo de las mujeres, con ocasión de estos megaeventos.


 
Por Sally Burch, periodista de ALAI.

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"Cuando Pinochet fue arrestado en Londres empezó la verdadera transición chilena"

"Salvador Allende marcó mi vida. No sería el que soy, si él no hubiera encarnado aquella utopía de un mundo más justo y más libre que recorría mi país en esos tiempos". Así comienza el documental Salvador Allende de Patricio Guzmán, expresando en primera persona lo que fue para él, como testigo ilusionado de la victoria y el inicio del gobierno de la Unidad Popular, la aparición de un presidente con un mensaje diferente, socialista, de igualdad y justicia social.

 

Una victoria conseguida pueblo a pueblo y persona a persona, como se observa en la película, que permitió a Salvador Allende conocer la realidad de su país y de los chilenos. Escuchar sus deseos y necesidades. Esa cercanía hizo confiar a muchos de ellos en un político que, por primera vez, les miraba a la cara.

 

Qué llevo a Allende a luchar por los ideales socialistas, que luego intentó convertir en su proyecto político como Presidente de Chile, es la cuestión que Guzmán intenta descifrar en este documental. Desde su infancia, con la influencia de su abuelo y el amor por su madre de leche, Mama Rosa, cuya hija Anita nos recuerda la niñez junto a Chicho (el apodo que le pusieron), hasta sus cuatro intentos para intentar llegar a la presidencia, que logró al fin en 1970.

 

Tras repasar los tres años de un gobierno sacudido por las huelgas organizadas por la patronal y las amenazas constantes de un golpe de Estado, la cinta muestra cómo se fraguó el fin de Salvador Allende. Queda perfectamente claro en la entrevista que realiza Guzmán al embajador estadounidense de aquella época. De igual manera, la forma en que Allende gestionó el bombardeo a La Moneda, con su trágico fin, da una muestra del concepto de responsabilidad política que tenía y que le hizo ganarse el favor de la mayoría de chilenos.

 


Patricio Guzmán fue uno de los que confió en él y ha dedicado gran parte de su obra como documentalista a recuperar la imagen y el mensaje de un presidente que marcó a una generación. También ha denunciando los crímenes cometidos por el régimen militar de Pinochet y la importancia de recordar lo que ocurrió desde el 11 de septiembre de 1973 en adelante.

 

Con Salvador Allende, Guzmán consiguió uno de sus mayores éxitos. El documental recorrió varios de los festivales más importantes del panorama cinematográfico, como Cannes (Sección Oficial Fuera de Competición) o San Sebastián (Perlas de otros festivales). También compitió en los Goya de 2005 como Mejor Documental.

 

¿Cómo cree que han ayudado sus obras en la recuperación y difusión de la imagen de Salvador Allende?

 

La película Salvador Allende tuvo 75.000 espectadores en las salas de Chile, lo que es una cifra muy alta. Para que te hagas una idea, las películas de Michael Moore han alcanzado 13.000 espectadores. Fue un estreno positivo. Se proyectó en 22 salas del país. Otro de mis documentales, La batalla de Chile, que igual que Salvador Allende nunca se ha pasado por televisión porque los canales son todavía muy conservadores y temen cualquier problema político, tuvo una buena repercusión. Aunque ningún distribuidor se atrevió a proyectarla, yo introduje copias en cintas Umatic (un soporte anterior al BetaCam) durante la dictadura. La gente reprodujo las copias en VHS por miles y jugó un papel importante de contra información sobre lo que había pasado en el gobierno de Allende y en el Golpe de Estado.

 

Hay que tener en cuenta que durante los 18 años del régimen de Pinochet, la época de la Unidad Popular fue borrada del mapa. Nadie publicó que había pasado día a día, y La Batalla de Chile muestra jornada tras jornada el último año de Allende. Este película contribuyó mucho a mantener la memoria reciente de lo que había sido su gobierno, el boicot de parte de la sociedad chilena (la burguesía y grandes fortunas) y el apoyo del gobierno de Nixon y Kissinger al golpe militar.

 

Usted expone el documental como una forma de descubrir quién era Salvador Allende e intenta responder a esa dicotomía que suponía su intención de ser "revolucionario y demócrata a la vez" ¿Cree que hoy en día es posible esa combinación, la revolución dentro del juego democrático?

 

Una de las cosas que sorprendían en Allende era su larga trayectoria como político, que obviamente siempre fue dentro de la ley. El era un reformador social dentro de la ley. Siempre me llamo la atención su independencia. A pesar de que dentro de su coalición estaba el Partido Comunista condenó las invasiones de la URSS a Hungría y Checoslovaquia. No le gustaba la idea del partido único, sino tener muchas voces. La dictadura del proletariado era un concepto que nunca apareció en el programa de su partido.

 

En la base ideológica de Lula, Kirchner, Chávez o Correa están las ideas de Allende. Frenar las injusticias, la pobreza y transformar el reparto de los bienes del país, pero siempre desde dentro del propio sistema democrático. El se adelantó a ellos, se adelantó en el tiempo. El pensamiento de Allende tiene un peso grande en ellos, pero no lo mencionan. Y no sólo en América Latina, sino en Europa también. La influencia de Allende fue muy grande y por eso la solidaridad que recibió de Europa fue enorme. Para que te hagas una idea, yo participo en unos 25 actos esta semana en Francia y en Alemania por la conmemoración de los 40 años del Golpe. Por eso creo que estamos bastante más cerca de esta utopía que hace 10 años.

 

Usted vivió en primera persona lo que en este documental define como "ese sueño despierto que vivimos con Allende", explíquenos ¿qué hacía de él y de su proyecto algo en lo que el pueblo confiaba?

 

 Allende es la culminación de 100 años de trabajo social en Chile. Desde la fundación del Partido Comunista y el Partido Socialista en los años 20, hay un enorme trabajo de hormiga de estos dos partidos y de muchas organizaciones independientes que luchaban por un mejoramiento de la sociedad.  Entre esas fuerzas también estaba la Democracia Cristiana. Los hechos se precipitan cuando Eduardo Frei toma el gobierno en los 60 y hace una tímida reforma agraria y otras reformas sociales. El gobierno de Frei hace que la gente quiera ir más lejos, y en las siguientes elecciones Allende gana con un 36%, que es muy poco, tan sólo la mayoría relativa. Y la Democracia Cristiana, cuyo candidato llevaba un programa muy parecido al de Allende, le cede el voto en el Parlamento para evitar una guerra civil.


Tres años más tarde, en las elecciones municipales, Allende logra llegar al 44% de votos en unas circunstancias muy complicadas. No había casi víveres en las casas y la electricidad fallaba gracias a una campaña de desabastecimiento organizada por la derecha. A pesar de todas estas  dificultades Allende gana. Cuando ocurre esto la derecha decide dar el golpe de Estado porque ven que no pueden acabar con él mediante vías políticas. Entonces EEUU da el visto bueno al golpe y lanza huelgas en todas las industrias para crear el desorden social que era necesario para justificarlo.

 

"Los que tienen memoria, son capaces de vivir en el frágil tiempo presente. Los que no la tienen, no viven en ninguna parte". Es una frase de su documental Nostalgia de la luz. ¿Por qué cree que países que se dicen democráticos, como Chile o España, tienen tantos problemas a la hora de revisar y juzgar su pasado más reciente?

 

La memoria es un problema complicado. Es un proceso muy lento. Antes de ayer el Jefe de Estado alemán, Joachim Gauck, estuvo en un pequeño pueblo en Normandia por primera vez desde hace 70 años. Fueron a una iglesia donde las SS realizaron una matanza brutal y se abrazó con los familiares de las víctimas. Aunque pase mucho tiempo es necesario este tipo de gestos. Hay que reconocer la culpa. El presidente alemán dijo "la culpabilidad que tenemos nunca podrá ser borrada". En Chile no hay ningún militar que haya dicho algo ni remotamente parecido. Hay 3.200 personas ejecutadas y desaparecidas y no se sabe quiénes fueron los ejecutadores ni donde están los cuerpos.

 

Mi camarógrafo Jorge Muller, que era también mi íntimo amigo, desapareció en 1974 y todavía no sabemos dónde está. Hubo un reconocimiento por parte del presidente Lago sobre lo que paso, se han realizado dos comisiones para analizarlo y eso es positivo. Pero todavía el 60% de los casos de violaciones a los derecho humanos no han sido juzgados, y el otro 40% si, pero con pena muy leves. Falta ese 60%, y eso hace que  aunque Chile es un país económicamente interesante, con rascacielos y grandes ciudades, no juega ningún papel en el concierto de naciones porque no tiene un pasado limpio. La memoria no es un concepto universitario, abstracto o que esté sólo en los libros. La memoria transforma la dinámica de una sociedad. Cuando una sociedad tiene  una memoria fresca es capaz de crear más, de jugar un mejor papel en el concierto de las naciones. La memoria es algo tan dinámico como la sangre que recorre el cuerpo.

 


¿Cree que se puede avanzar como sociedad sin condenar cosas tan graves como las desapariciones, las torturas, los asesinatos políticos a manos del propio Estado?

 

Yo creo que igual que un ser humano que olvida lo que ha hecho sigue trabajando y avanzando, un país también. Pero mientra no se libere la memoria, las limitaciones de ese país quedarán patentes.

 

La desaparición de personas la inventó un colaborador directo de Hitler, el mariscal Keitel. Según decía él, desapareciendo a una persona, creas una ola de terror a su alrededor y  provocas la incertidumbre total que la misma desaparicion causa. Es un método de terror que pusieron en practica los nazis y que la CIA aplicó. Francia también los usó en la guerra de Argelia. A través de los militares que estudiaron en el Escuela de las Américas pasó a América Latina.

 

Yo creo que mientras no aparece el cuerpo de una persona, queda flotando en la sociedad un vacio que no se borra y que se va extendiendo. Siempre sale a la luz. ¿Cuánta gente del Ejercito está involucrada en los crímenes? Se dice que directamente están involucrados 500 ó 600 personas. Podrian ser juzgados si el Ejército nos diera la lista. Nos evitaríamos otros 100 años de dolor. No lo hacen porque hay un falso concepto de protección de grupo sobre un gravísimo error que cometieron compañeros suyos.

 

"La figura de la desaparición es una de las mayores torturas a las que uno puede someter a una persona". Esta afirmación la hace usted, que estuvo detenido en el Estadio Nacional tras el golpe de Estado y que perdió a compañeros que fueron asesinados o desaparecidos. ¿Una represión tan brutal y cruel puede superarse?

 

Yo creo que los únicos que tienen que dar el perdón son las víctimas directas. Los familiares de desaparecidos. Son los únicos que pueden decir si perdonan o no. No somos nosotros. Hay que respetar ese derecho. Es el principio para no deslizarse en reconciliacioens retoricas. Aquí se ha cometido un crimen de Estado que hay que castigar. Si no se hace, la sociedad entre en una autodestrucción moral. No se puede contemporizar.

 


Los militares golpistas pensaron que habían armas entre los seguidores de Allende y se requisó durante un mes y medio todas las fabricas de Santiago. No había nada, ni para reistir medio día. Sólo había en el sótano del Palacio del Gobierno y Allende no lo quiso utilizar. Su camino era distinto. "Nadie me va a apartar de la presidencia ni de mis ideas a pesar de los ataques que recibo. Hay que resolverlo con la política" dijo. La represión fue brutal. Un Ejército entero cayó sobre un población que sólo tenía libros, eran militantes pacíficos. Sólo el MIR quería iniciar la lucha armada, y fueron asesinados. Cuando una echa hacia atrás la máquina del tiempo, el crimen fue espantoso.

 

El movimiento estudiantil que actualmente sale a las calles a protestar es la primera vez que esta formado por gente sin miedo. En Chile durante 40 años ha existido miedo. Y no hay nada peor que el miedo para conformar un país aunque esté lleno de tarjetas de crédito.

 

¿Qué opinión le merece que los jueces chilenos hayan pedido perdón por sus omisiones y acciones, al no proteger los Derechos Humanos y a las personas, durante la dictadura de Pinochet?

 

Es enormemente positivo. Porque cuando uno analiza los Habeas Corpus o Recursos de Amparo que presentaron los abogados de la Vicaría de la Solidaridad (la oficina de la Iglesia chilena que repesentaba a los presos), estaban muy bien hechos. Con datos muy específicos. Los jueces no consideraron ninguno, hasta que Pinochet cayó preso en Londres ningún Habeas Coprus fue respondido y no atendieron a ninguna familia. El juez Garzón fue el primero que escucho a las madres de los desaparecido. Cuando Pinochet fue arrestado en Londres es cuando comenzó la verdadera transición chilena. Lo anterior era un acuerdo entre el Ejército de Pinochet y la clase política para guardar silencio.


Usted ha insistido en diferentes artículos y entrevistas en la necesidad de crear un partido que represente de verdad los intereses de los trabajadores, como lo hizo en su día Allende. ¿Es posible hoy en día recuperar un gobierno que representa esas ideas?

 

Sí, estoy convencido de que sí. No se puede construir futuro pensando sólo en el mercado. El momento en que la URSS cae y Cuba entra en una profunda crisis, el peor sector del capitalismo internacional toma el poder y nos precipita en un mundo que nadie cree. Mucha gente está de acuerdo en que no es posible una vida tan inhumana donde la cultura está en un espacio tan rezagado. No se discute, se acusa. El principio de la civilización se ha perdido. Si no se recupera vamos hacia un lugar de conflicto muy peligroso. Hay que dialogar. Hay que restablecerel diálogo, la confianza en nosotros mismos. Hay una capacidad de reacción en el ser humano y es posible recuperar la ilusión.

 


Aun habiendo similitudes económicas, sociales y políticas a las de la época previa a la victoria de Allende, da la sensación de que hoy en día sólo unos pocos luchan por mejorar las cosas. ¿Hay tanta diferencia entre esa generación que aupó a Allende a la presidencia y la actual?  

 

Falta que aparezca una proposición política de acuerdo a los tiempos de hoy. Agotado el leninismo, el socialismo real, el nacionalismo de las Revoluciones Árabes, el movimiento de Países No Alineados, falta un planteamiento ideológico que nos conduzca a un renacimiento político diferente. Creo que se está gestando, pero falta tiempo. La primavera árabe demuestra el enorme deseo colectivo de cambio, pero no hay un modelo que algutine las fuerzas desatadas.

 

Creo que la existencia de 5 ó 6 regímenes políticos que defienden las riquezas básicas y tratan de modernizar el Estado en América Latina no está mal. Es la primera vez que EEUU está preocupado por problemas internos, y América Latina tiene libertad de hacer cosas que no podía hacer antes porque EEUU se lo impedía. Hay mucho signos positivos, pero hay que organizarlos. En Chile hay un movimiento estudiantil potente, muy potente y ya se está habalando de organizar un partido. Eso se hará. Hay una nueva generación de historiadores que están en esta línea de renovar a la clase política, porque la actual es la que después del referéndum de Pinochet aceptaron esa ley del silencio.

 

La visualización del documental Salvador Allende está disponible en la plataforma online Filmin.

 

BLANCA CAMBRONERO Madrid09/09/2013 08:00

Publicado enInternacional
Lunes, 02 Septiembre 2013 06:40

Colombia paró

Colombia paró

Una especie de revolución de la ruana [poncho colombiano] cogió a Colombia en las últimas dos semanas y le mostró a un Gobierno que se decía compacto bajo la unidad nacional que estaba lleno de fracturas, de lenguajes por unificar, de protagonismos insaciables, de enemigos internos que incluso salían a los medios a criticar a su propio jefe, el presidente de la República, y de liderazgos regionales inexistentes o muy ocupados en sus propias agendas, pero sobre todo sumido en una crisis de institucionalidad que se ha profundizado mientras se busca la paz con la guerrilla de las FARC en La Habana para ponerle fin a décadas de conflicto.


 
Los campesinos colombianos protagonizaron un paro agrario bloqueando por dos semanas las principales vías del país, mientras los partidos políticos se ocupaban de sus discusiones burocráticas y de buscar fórmulas para conseguir los votos de un umbral que amenaza con dejarlos fuera del juego político. Los gremios resultaron desnudados en su nula representación de los sectores agrícolas afectados.

 


La protesta del campo en la informalidad y la indigencia, cuyos índices de pobreza (68%) contrastan con los de mejoría en las zonas urbanas, y que ha sido el escenario de la guerra, de la concentración de la riqueza y del desplazamiento, se pasó a las ciudades en donde un sinnúmero de organizaciones empezaron a unirse al paro que fue inicialmente desconocido por el Gobierno y recurrentemente estigmatizado por las infiltraciones de las que estas marchas son objeto de todos lados del espectro político en un año puramente electoral.


 
“Si estamos en paro somos delincuentes, en elecciones somos ciudadanos”. Así rezaba una pancarta en calles céntricas de la capital. Un reclamo justo porque diversas voces quisieron negar la protesta, que mostró un malestar que venía destapando su cara en las últimas protestas de estudiantes que obligaron a Santos a reversar la ley de la educación, la reciente de los indígenas en el Cauca o de la región del Catatumbo, y de las de los llamados indignados de todas partes…

 


Vándalos pagados, como los llamó el propio alcalde de Bogotá, Gustavo Petro. Según se investiga, pagados por bandas, pandillas del microtráfico que controlan las zonas marginales. Han provocado la militarización de Bogotá como quizá no se veía en Colombia desde los años 70.


 
Para otros, en el paro nacional lo que se comprobó es que las órdenes venían de La Habana, donde la guerrilla de las FARC y el Gobierno adelantan un proceso de paz. Instrucciones para debilitar al Gobierno que habrían sido atendidas por la Marcha Patriotica, organización que lidera la ex senadora Piedad Cordoba, para castigar el modelo económico del presidente Santos y forzar la pretendida y negada asamblea constituyente que pide la guerrilla como fórmula para refrendar los acuerdos a los lleguen, ojalá antes de fin año.

 


Y es necesario decir, que en ese mismo paro, también hubo quienes atendieron órdenes de la derecha, ahora llamada centro, y que encabeza en un nuevo partido el expresidente Álvaro Uribe. Sus asesores enviaban a los medios las imágenes de un país en llamas, para inducir la percepción de que el Gobierno de Santos había perdido el control de la situación e incendiar más la llamarada de la cual esperan recoger votos para las próximas elecciones legislativas en marzo de 2014.


 
Y entre unos y otros, el Polo Democrático, el partido de la oposición, que a pesar de estar dividido por sus propias debilidades internas y graves pecados de corrupción de otros de sus miembros que terminaron por robarse a una ciudad completa, ahora siembra y cosecha en esta crisis. Porque una cosa sí es cierta: advirtieron y advirtieron cuando este Gobierno y los dos anteriores, firmaban Tratados de Libre Comercio (seis vigentes y cuatro suscritos) sin garantizarle la competitividad a los sectores que se verían golpeados por la competencia extranjera.


 
Esta semana la rebelión en Colombia fue campesina, en justas reclamaciones por años de abandono imperdonable y más aún imperdonable para este Gobierno que se elevó en las banderas de la necesidad de una ley de víctimas y de tierras, y que heredó el escándalo que dejó otro ex ministro de Agricultura, pero ese del Gobierno de Álvaro Uribe, que hoy es juzgado por haber usado un programa de créditos conocido como Agro Ingreso Seguro para favorecer a los ricos y dejar a los pobres en igual condición de indefensión. De nuevo la política: los créditos para el campesino financiando campañas electorales. La única verdad es que no hay política agropecuaria, esa la hicieron los paramilitares a su acomodo y con sangre, pero ese tema es mejor dejarlo para más adelante.

 


Incomprensible porque un Gobierno que como el de Santos negocia en La Habana con una guerrilla y reconoce como primer punto de la agenda el tema agrario, debía haberse anticipado y debería hoy castigar la incompetencia. No se trata de llorar sobre la leche derramada (en este paro se botaron más de un 1.8 millones de litros diarios), pero sí de establecer responsabilidades.


 
Si algo quedó claro en este paro es que las crisis no atendidas se profundizan y pasan cuentas caras. Ahora ya no es una mesa en La Habana, son cinco mesas de negociación. Una con papicultores que reclaman reducción de costes de producción entre muchas otras cosas; otra, con mineros artesanales o informales, algunos al servicio de las bandas criminales para quienes el oro financia sus asesinatos y que reclaman la forma como se privilegia la explotación para las grandes multinacionales sobre sus verdaderas necesidades de formalización; otra con madres comunitarias; y otra con educadores y los jóvenes del movimiento estudiantil, que quieren ser la versión criolla de los indignados del mundo.
 


La de La Habana cumple ya un año, precisamente en momentos en que la Corte Constitucional declaró ajustada a la Carta Magna una ley conocida como el marco jurídico para la paz que crea un sistema de justicia transicional (criterio de selección para el enjuiciamiento y penas alternativas) muy criticado. En opinión de reconocidas voces incluso internacionales como las de Human Rights Watch y de otras tan fundamentalistas como el procurador general Alejandro Ordóñez, plantea el riesgo de impunidad y no reparación en la medida en que permitiría a guerrilleros que cometieron delitos de lesa humanidad participar en política.


 
Un estallido social, ese levantamiento campesino, debía haber concentrado la atención de todos. Pero no. Los representantes de los partidos tradicionales, como el conservador, ofrecieron en cambio el espectáculo de presionar al Gobierno con el que han estado tres años, porque la incompetencia de los dos últimos ministros de Agricultura (¿o son cuatro?), amenaza con quitarles la que aquí se llama la “mermelada” con la que se han chupado los dedos en los últimos Gobiernos.


 
Anunciaron esta semana una moción de censura a la canciller, María Angela Holguín, por la demora en asumir una posición frente a un fallo de La Haya, que le quita a Colombia 75.000 kilómetros cuadrados en el mar Caribe y se los da a Nicaragua en un litigio que ahora parece se expande a otras naciones como Costa Rica, Jamaica y Panamá. Moción que debería caerle no solo a ella sino a todos los anteriores cancilleres que llenaron los bolsillos de abogados que solo vieron el peligro después de la derrota.


 
El expresidente Andrés Pastrana se dedica por estos días a reencaucharse contra otro expresidente, Ernesto Samper, por las declaraciones dadas a la justicia por William Rodríguez, el heredero del cartel de Cali, que en buena hora le recuerda al país que hubo un tiempo en que quienes colocaron bombas y sumieron en el peor infierno a Colombia, llenaron las arcas de esa campaña presidencial cuyo jefe ahora se reencaucha a su vez en el santismo.


 
Mientras tanto, las redes se convierten en veedoras de nosotros los periodistas, en reproductores de los indignados y en castigadores de otra clase, la política, que anda perdida sin saber cómo enfrentar este giro en un país que caminaba bajo este Gobierno por la senda de la búsqueda de la paz, que le implicó a Santos su ruptura con su antiguo jefe, Álvaro Uribe, para quien este traidor merece un castigo.


 
Pero el castigo de la semana también fue para Uribe cuando otra Corte, la Suprema, que pareció salir por unos días de sus también mezquinas intimidades que le han impedido en año y medio llenar seis vacantes, dictó orden de captura contra un líder de Antioquia, Luis Alfredo Ramos, el único que decían podía competirle a un primo del presidente, que bajo las toldas del uribismo quiere sucederlo en el poder. Que semana tan buena para la memoria recordar que 60 congresistas han sido condenados por sus vínculos con los paramilitares.


 
En cada sector, unos sabios que asesoran siempre para sobar algunos egos y favorecen a sus recientes amigos o fregar a los nuevos enemigos, entretanto, barajan nombres para cambiar un Gabinete que parece agotarse cuando empieza el año electoral y hasta los embajadores más cómodos comienzan a regresar. Ojalá encuentren los nombres que ayuden a recuperar la ruta que esta semana se vio esquizofrénica o bipolar: el paro no existía a principios de semana, pero obligó la militarización de una ciudad de más de 6 millones de habitantes.


 
Y como la bipolaridad es eso precisamente, otros decidieron vivir esta semana como ciudadanos tomando un buen café colombiano en Juan Valdez y soñando con probar el nuevo de Starbucks que llega en 2014 a Colombia, inversiones con las que este país muestra un crecimiento económico sostenido del 4%.
 


Esto para decir que la crisis es institucional, y que desde La Habana pero también desde adentro muchos quieren minar la gobernabilidad. El problema no es de ellos, es del Gobierno si no saca el talante para recuperar la senda.

 

Por Diana Calderón 1 SEP 2013 - 23:15 CET
 
Diana Calderón es directora de Noticias y Hora 20 en Caracol Radio.

Publicado enColombia
Lunes, 02 Septiembre 2013 06:28

La protesta social como una fiesta

La protesta social como una fiesta

Las protestas sociales son ensayos para la gran fiesta. Incluso, eventualmente, aunque la gran fiesta se demore o nunca llegue. En la fiesta, por definición, importa el momento, y hay que aprovecharlo.

 

Los grandes medios presentan a la protesta social de manera amañada, ideológica. Y el lector medio se chupa acríticamente esa lectura. Pero una observación desprevenida, fenomenológica, arroja mejores luces sobre la protesta social; las protestas, en realidad.

 

Las marchas en las ciudades y pueblos, en las carreteras y en las plazas son verdaderas fiestas sociales. Gritos, música y cantos, arengas y carreras. Grupos de gente que se conocen por el trabajo o el estudio, del campo o de la ciudad, se mezclan y comparten —basta verlo— una misma alegría. Como una autentica orquesta improvisada. La improvisación, uno de los ápices del arte.

 

Ya lo decía, en otra época y en otro contexto Marx (El 18 Brumario y La lucha de clases en Francia): la revolución es la fiesta de los pobres, de los explotados.

 

Vemos una corriente de gente gritando y vociferando, arengando y cantando, tocando ritmos diferentes, y grupos de jóvenes tomados de las manos, cantando y corriendo como sólo los jóvenes felices lo saben hacer. Haciendo del tiempo el tiempo propio. Y mostrando que las calles les pertenecen. Hablando y gritando las esperanzas que tienen, los dolores que los aquejan. Denunciando los oprobios y anunciando en breves slogans —aforismos— los sueños que tienen. Todo al mismo tiempo. Como en una orquesta se combinan los vientos y las cuerdas, los metales y los tambores. Con bajo continuo incluido, con destrezas y direcciones del violín primero. Una coordinación adecuada de la batuta diligente del director de la orquesta. Para el deleite del público. Sólo que en las protestas sociales la orquesta es el público mismo.

 

La gente no viste vestidos elegantes, sino ropas cómodas, ligeras, zapatos cómodos y confortables. Como cuando se va a paseos de descanso. Justamente, como cuando se va a las fiestas casuales.

 

Cuenta la historia que cuando los revolucionarios de 1789 se dirigían a la Bastilla, ya en la toma definitiva de París, para liberar a los presos que allí se encontraban, comenzaron, espontáneamente, a disparar a los relojes de las torres de las iglesias. Para señalar que allí moría un tiempo, y otro tiempo nacía. (En la Bastilla había unos muy pocos prisioneros, uno de los cuales era el Marqués de Sade. Al cabo de un breve tiempo, la revolución volvería a encarcelar al Marqués, por anti-revolucionario).

 

La protesta social puede salirse de cauces, y se sale en ocasiones. Con o sin necesidad de filtraciones. Policíacas o guerrilleras. Como en las fiestas hay siempre alguien que en algún momento se sale de cauces, comienza con chistes de tono fuerte, o invitaciones salidas de tono. Conocidos, o ajenos.

 

Y sí, las protestas sociales son ensayos para la gran fiesta. Incluso, eventualmente, aunque la gran fiesta se demore o nunca llegue. En la fiesta, por definición, importa el momento, y hay que aprovecharlo. Cualquiera que sea el nombre de la fiesta, y la forma de la misma.

 

Fiesta contra el mundo laboral uniformemente siempre el mismo. Que esa es la primera forma de alienación contemporánea: no en el extrañamiento en el producto —¡también!—, cuanto en los tiempos anónimos del trabajo y la labor. Esa perversión que es vivir para trabajar. Fiesta contra los días anónimos y aburridos. Fiesta para sentir la vida misma.

 

Siempre hay en las fiestas quienes no saben manejar el licor y la algarabía y se desmiden. Asimismo la sociedad y el pueblo debe aprender a manejar la fiesta. Que es cosa que se olvida pronto, para organizar la siguiente. Porque toda buena fiesta siempre anuncia la siguiente.

 

¡Hay que ver los rostros de contento de quienes taponan las vías! Es una alegría, de veras. No lo hacen como trabajo y menos con angustia. Mientras cargan piedras grandes, o queman llantas, se ríen; hay alegría en los taponamientos. ¡Hay que ver los rostros de alegría de los jóvenes que se toman de la mano y de sorpresa se dirigen corriendo hacia la policía a quienes los abrazan! La policía no está preparada, no está hecha para las fiestas. Hay que enseñárselo y ganarlos así para las fiestas, para cuando llegue la verdadera primavera.

 

Como en las fiestas, hay también quienes confiesan sus dolores y desventuras en un momento dado. Y a nosotros, que a veces apenas sí los conocemos, nos confiesan sus cuitas. Esos son también los momentos de las protestas sociales. Actos humanos, ante todo, jalonados por historias de vida en tiempos y en contextos claros, marcados por turbulencias e inestabilidades. Son las protestas contra la ignominia.

 

Tomarse las calles y mostrar el caos que es el transporte público, y mostrar que las calles no son de esas máquinas que son los automóviles, sino de las gentes. El espacio público se convierte en espacio de encuentros casuales y organizados a la vez. Y la gente comparte sus historias, como se comparten momentos en las festividades.

 

Tomarse las calles y la plaza pública, tomarse las carreteras, las ciudades y los pueblos. Aunque sea un momento. Un largo momento que es el resultado de reuniones preparatorias para la fiesta, y que presagian reuniones posteriores que pueden organizar festividades nuevas.

 

El poder del Estado, el poder financiero y militar le teme a la alegría y a las fiestas populares. Porque en las fiestas populares, lo primero que salta a la vista —prima facie— no son las ideologías ni los poderes y las fuerzas, sino la alegría y las esperanzas, los horizontes y la fuerza misma de la vida.

 

La protesta social es una fiesta política.

 



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