Jueves, 23 Abril 2020 10:11

Primero el Ser Humano

Primero el Ser Humano

El capitalismo es una relación social que descansa en la desigualdad de acceso al bienestar de grupos de personas. En él, la injusticia es sistémica y consiste en favorecer a quien ha logrado entrar en posesión de tierras, viviendas, medios de producción y medios de control social, y dotarle de prestigio y reconocimiento, mientras se controla el trabajo y las ganancias de quienes les producen su riqueza, haciendo que su trabajo sea descalificado.


Cuando se gesta una crisis del sistema capitalista, como la que la pandemia del Covid-19 ha evidenciado, con su cauda de disparidad en el acceso a la salud, al trabajo, a la alimentación y la educación, inmediatamente la injusticia de la relación social capitalista se incrementa. Dirigentes neoliberales se atreven a banalizar el número de muertos de los grupos humanos que se dedican a los trabajos indispensables (básicamente, trabajos “feminizados” a los que no se les reconoce éxito: labores de cuidado y de agricultura para la alimentación en pequeña escala), mientras dirigentes conservadores utilizan el miedo a la crisis para dar golpes de estado, como ha sucedido en Hungría, fortalecer posiciones nacionalistas, como en la India, o xenófobas y abiertamente antifeministas, como en diversos países, de Marruecos a Nicaragua.

 

En la mayoría de los países que enfrentaron la crisis sanitarias por el Covid-19 se ha manifestado también un enorme control, en ocasiones violento y autoritario, sobre la vida pública, privada e íntima de las personas: la prohibición de salir de las propias viviendas ha alcanzado a la mitad de la población mundial; de Asia a Europa y a América más de 3 millones y medio de mujeres y hombres, desde la infancia hasta la ancianidad, están confinades y sus derechos han sido limitados.


Cuando obligaciones y prohibiciones se dispensan sobre una población que solo nominalmente es igual, el control de los sectores populares, de los trabajadores y trabajadoras, particularmente les más empobrecides y sin posibilidad de ahorrar, adquiere visos de represión abierta, así como de discriminación de hecho en el acceso a la salud de las mayorías. Las mujeres que tradicionalmente han sufrido abusos al interior de las familias y las relaciones de pareja sufren el incremento de la violencia en su contra.


El miedo a la crisis económica, que se predice para que no deje de justificar medidas extremas mientras se encierran poblaciones enteras, además, actúa como un instrumento de exaltación del individualismo antisocial, al que se abona también a través del teletrabajo. El miedo a la crisis económica ofrece como única salida a la gente la vuelta a la “normalidad” ecocida anterior a la crisis y permite el reenvío de las demandas de mayor justicia y libertad para las mayorías.


En la actual crisis del sistema capitalista financiero y extractivista, que considera a los pueblos indígenas y a los sectores de mujeres y hombres que trabajan sin control de empresas y estados, como el campesinado, les artistas, les libres profesionistas, les vendedores informales, y otres, es necesario subrayar la urgencia de poner los seres humanos en su relación
con el ambiente y entre sí en el centro de las acciones de salud, educación y justicia. Esto implica no privilegiar el rescate económico de la relación social, sino la propia condición social del ser humano.


Hay que valorar y proteger a los sectores de la población que ofrecen y producen servicios al conjunto de la sociedad, desde el personal médico de un sistema hospitalario público y universal, al personal docente en todos los grados de la educación, a las personas que hacen posible la buena vida de la infancia, les ancianes y les enfermes y con discapacidades. Estas personas, por lo general, no son reconocidas como exitosas en el sistema capitalista financiero y son consideradas responsables de su propia indefensión económica y de derechos.


Hay que asumir como prioritaria la defensa de la vida planetaria, humana, vegetal, mineral y faunística. Los seres humanos no pueden seguir invadiendo y destruyendo ambientes naturales, de no desear que los riesgos para la salud de las mayorías se multipliquen. Hay que limitar los megaproyectos que solo benefician formas de producción industrializada y contaminante. Evitar la agricultura industrializada, en particular los monocultivos para piensos animales y biocombustibles, como la soya y la caña de azúcar. Paralelamente habrán de desmontarse las granjas animales, donde especies comestibles están hacinadas, sufren y desarrollan enfermedades que se combaten con antibióticos que han permitido el desarrollo de cepas bacterianas resistentes, con graves riesgos para la salud animal y humana. Una agricultura y una ganadería a dimensión de trabajo campesino no sólo multiplicarían los lugares de trabajo productivo, sino volverían más saludables la comida. Proteger las fuentes de agua incluye proteger los bosques naturales (no la siembra de árboles maderables) que las alimentan. La valoración social y económica de las tareas de protección silvestre garantizará lugares de trabajo y distribución de la riqueza.

Evitar los gases de efectos invernadero significa repensar las formas de producción-consumo del periodo posterior a la II Guerra Mundial y la obsolescencia programada de los productos para incentivar el comercio.Implica necesariamente la conversión de la producción de energía eléctrica a fuentes de bajo impacto ambiental. Esta conversión necesita de investigación e implementación, mediante mano de obra femenina y masculina con derechos y salarios dignos. Decrecer no es sinónimo de malvivir, se relaciona con la valoración de la vida toda.

En necesario distribuir sobre los diversos territorios escuelas y centros de estudio, así como los centros de salud y los hospitales, con materiales de igual calidad, e insistir en el trato igualitario y respetuoso entre todas las personas que participan de las relaciones de enseñanza-aprendizaje y de salud personal y comunitaria. Así como las escuelas han de responder a necesidades y proyectos educativos locales, los centros de salud y hospitales deberán respetar todas las formas de diagnóstico y cura de diferentes medicinas (alópata, herbolaria, homeópata, tradicional, biomagnética, bioenergética, etcétera).

 

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Primero el ser humano

Lanzada la campaña #PrimeroElSerHumano

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Jueves, 23 Abril 2020 06:35

Primero el Ser Humano

Primero el Ser Humano

En todos los países, sin excepción, en momentos de campaña electoral, los políticos dicen que su gran preocupación es la –calidad de– vida de su sociedad. Otra cosa dicen los indicadores arrojados por estudios de organismos multilaterales y por entes privados: 3.400 millones de empobrecidos en el mundo, 736 millones arrojados a la pobreza extrema. He ahí un desprecio por la vida que llega al extremo en países donde los viejos, como cero productivos, ahora son llamados al “sacrificio por la patria”, o simplemente no les ofrecen la asistencia médica que se requiere para su recuperación y supervivencia.


La realidad se confirma con crueldad al quedar el mundo encerrado como consecuencia de un virus que amenaza la vida de millones de personas: está arrasada la infraestructura para garantizar la eficiencia y la calidad en los servicios de salud, como derecho fundamental, pues los presupuestos para garantizar la contratación de personal en todas las áreas es insuficiente, así como es mínima la prevención de enfermedades fáciles de erradicar.


Al mismo tiempo, en un sinnúmero de países, la garantía de ingresos para que toda la gente acceda a lo elemental resalta por su ausencia, de manera que, al escribir esta columna, muy seguramente miles de miles anhelan un plato de comida, mientras las fuerzas armadas oficiales surcan sus barrios para que los ciudadanos no rompan los protocolos de aislamiento impuestos con miras a evitar la propagación del Covid-19.


En sintonía con lo anterior, es inexistente la posibilidad de educación pública y universal en todos los niveles, recreación asistida, acceso a internet, apoyo psicológico para sobrellevar la cada vez más acelerada vida urbana, acceso a vivienda adecuada, servicios públicos sin restricciones y otro cúmulo de garantías que en verdad permitan acceder a una vida en las condiciones ofrecidas por los políticos. En todos estos campos podemos constatar que, en el mundo actual como en el pasado, la vida humana, en dignidad, no ha figurado como prioridad de los gobernantes, que son el instrumento del poder o el poder mismo.


Y aquí cabe una pregunta necesaria: ¿Por qué seguir viviendo así, en estas condiciones, como si se tratara de un designio o la fatalidad en que creían los romanos, cuando la sociedad puede proveerse de los mecanismos de equilibrio para bien de todos? Para colmo de estos desajustes, el Covid-19 avanza por todo el mundo, dándole fuerza al acelerador de la recesión a la que se asoma la sociedad global, producto de la cual muchos más serán empobrecidos o más empobrecidos, o, por efecto de otros virus, más letal que el que nos ataca hoy como mundo, el virus de la segregación, la desigualdad, la injusticia, la negación de los derechos fundamentales de mujeres y hombres, realidad que ya claramente nos acecha.


Como todos sabemos, el ser humano se hizo tal en sociedad, en ella aparece y en ella se realiza. Obligarlo a romper esa condición, a encerrarse, es pretender que deje a un lado su condición fundamental, desfigurada por el capitalismo y con el estímulo desenfrenado del individualismo, contrariando la vía opuesta: la solidaridad, el colectivo, lo común, en un comportamiento que le permitió resistir y superar a las otras especies animales, más fieras que él, más fuertes que él, pero sin embargo sometidas por él.
Bien. Si es cierto aquello de que “el hombre está en la sociedad. Y sólo en ella aparece”, como lo reafirma la filósofa*, eso quiere decir que el camino para enfrentar el virus que nos agobia como sociedad global no es el elegido sino uno más sencillo: aislar al portador del virus, garantizando así una atención médica especializada al afectado, su recuperación, además de su alimentación y manutención, evitando así que se vea compelido a salir en procura de ingresos económicos para solventar su vida y la de su familia. Y para su tranquilidad, en caso de ser necesario, garantizar la estabilidad de su núcleo familiar, dotándolo de lo indispensable para sobrellevar las semanas de aislamiento que sean necesarias.


Y para llegar a esto, lo fundamental es contar con cuerpos médicos que presten salud preventiva en los barrios y conjuntos residenciales, así como en zonas rurales, un servicio público tal que permita promocionar vida sana, además de hacerle seguimiento al estado de salud de cada persona y cada núcleo familiar, con lo cual la organización de la vida diaria, en todos los aspectos, se torna remediable y llevadera. Entonces el hospital y el centro de salud se verán menos asediados, destinados a casos de urgencia o para tratamientos especiales, entre ellos las intervenciones quirúrgicas.


Claro. Para proceder de tal modo, la salud, como derecho de todo ser humano, debe estar organizada como servicio público, gratuito y universal, y esa no es preciamente la realidad entre nosotros. Así tendría que funcionar –con propósito común y bajo control y organización colectiva– todo lo que se diga público.


El objetivo sería, pues, poner de pie lo que ahora está de cabeza; que todo aquello que pretende el lucro particular y la ganancia no intervenga en los segmentos sociales que tienen que ver con la satisfacción de los derechos humanos. Mientras esto se torna realidad, el virus, este o cualquier otro, podrá hacer con las sociedades lo que quiera, propiciando por su conducto que los Estados desplieguen su autoritarismo y su poder militar para remediar algo que nada tiene que ver con la fuerza sino con usos y consumos así como con la prevención en salud, pero también con el tratamiento de alguna enfermedad, cuando esta toma cuerpo en pocas o en muchas personas.
El propósito de evitar que el Estado despliegue su real carácter transita entonces por recuperar lo público, poniéndolo en manos del conjunto social. De no ser así, el miedo volverá a ser potenciado frente a situaciones como la que hoy vivimos u otras similares, y el Estado aparecerá de nuevo como el salvador. Cuando es todo lo contrario.

* María Zambrano, Persona y democracia, Alianza editorial, 2019, España, p.134.

Pacientes de coronavirus en un hospital temporal convertido en un centro deportivo en Wuhan durante el mes febrero Xiao Yijiu/AP

Un grupo de vecinos críticos en la capital donde empezó a propagarse el coronavirus intentan organizarse para pedir respuestas. O al menos una disculpa

A principios de enero, Hu Aizhen, de 65 años, oyó hablar de un coronavirus nuevo que comenzaba a circular por la ciudad en la que vive, Wuhan. No se preocupó, las autoridades decían que no era contagioso. Siguió con su vida y organizó su celebración del Año Nuevo lunar a finales de mes.

Poco antes de que el gobierno decidiera confinar la ciudad, Hu desarrolló síntomas de neumonía. Tras días esperando y buscando un hospital, logró que le hicieran una prueba. Dio negativo pero se sabía que las pruebas no eran del todo precisas y sus síntomas eran evidentes. Dio igual. En seis hospitales diferentes se negaron a tratarla.

Hu, que siempre ha disfrutado de buena salud, se quedó durante 10 días en casa. No podía comer ni beber y su salud empeoraba. Cuando notó que cruzaba una línea roja, su hijo intentó llevarla a un hospital de otro distrito pero la policía se lo impidió. Siguiendo las normas del confinamiento, no podía salir de su zona. Su hijo, desesperado, gritó a los policías: "¿Acaso no sois personas?".

Cuando logró que la admitieran en un hospital, el 8 de febrero, a duras penas respiraba. Un médico ordenó que repitieran la prueba pero era demasiado tarde. Ya sólo recuperaría la consciencia durante un momento, pidiéndole agua a su hijo. Después, falleció.

Ahora, su hijo ha presentado una demanda contra el gobierno local de Wuhan, al que acusa de haber ocultado la gravedad del virus, entre otras cosas. The Guardian ha tenido acceso a la demanda, preparada por Funeng, una ONG con sede en la ciudad de Changsha, capital de Huan.

No está solo. Forma pare de un pequeño pero ya relevante grupo de ciudadanos que pide respuestas –al menos una disculpa- de las autoridades que tardaron en semanas en avisar a la población de la amenaza de un virus que se ha cobrado al menos 4.500 vidas en China, según el recuento oficial de su Gobierno.

Otras personas que han optado por la misma vía son, por ejemplo, un funcionario que demanda a la administración provincial de Hubei o una madre que pide castigar a varios funcionarios por limitarse a mirar mientras su hija de 24 años moría, víctima del virus. Un hijo que después de lograr que su madre, desvaneciéndose, llegara a un hospital en las afueras de Wuhan e ingresara en cuidados intensivos, fue a casa a recoger algo y no tuvo ni tiempo de regresar a llevárselo. Recibió una llamada del hospital que le anunciaba la muerte de su madre.

"Nada de esto habría sucedido si nos hubieran avisado. No tendría que haber muerto tanta gente", afirma uno de los parientes de personas fallecidas implicadas en la demanda. "Quiero una respuesta. Quiero que los responsables sean castigados de acuerdo con la ley", exige otro.

Un resentimiento eclipsado por la propaganda

A medida que la infección se expandía por China, cuando se llegó a un pico de transmisión con miles de casos confirmados cada día, el enfado entre la ciudadanía alcanzó niveles no vistos en décadas y plantearon una amenaza real al Gobierno del Partido Comunista. En febrero, cuando falleció el doctor Li Wenliang, que había filtrado las primeras noticias sobre el virus, los censores ya no eran capaces de frenar la marea de protestas que se extendía por la red. Fue un momento que algunos compararon con la muerte de Hu Yaobang, que precipitaría el derramamiento de sangre de 1989 tras las protestas de la Plaza de Tiananmen.

Poco más de dos meses después, ese resentimiento es mucho menos visible. Historias como la de Hu Aizhen han sido sustituidas por relatos positivos, los de un país unido para vencer al virus, que envía al resto del mundo los suministros que necesita y se enfrenta a los ataques malintencionados de Estados Unidos y otros países empeñados en culpar a Pekín por el estallido de la Covid-19.

Shi, activista en defensa de los derechos humanos que vive en la provincia de Hubei, de la que Wuhan es capital, dice que "la gente se deja llevar por la propaganda con facilidad. Una vez mejoró la situación provocada por la epidemia y la maquinaria propagandística echó a andar, han cambiado las tornas. Ahora la gente dice que el fuerte liderazgo mostrado por el partido es positivo".

Cuando la normalidad, aún con cierta lentitud, ya se instala de vuelta, las autoridades vigilan estrechamente a aquellos que puedan albergar resentimiento. Zhang Hai, de 50 años, que perdió a su padre por el virus en febrero, formaba parte de un grupo en WeChat en el que participan más de 100 personas que perdieron familiares por el virus.

A finales de marzo les dijeron que podrían recoger los restos de sus seres queridos de las funerarias. No podían juntarse más de cinco personas al mismo tiempo y tenían que ir acompañados por un representante del gobierno local. Zhang se negó a ir. Poco después, el administrador del grupo recibió un aviso de la policía y alguien borró el grupo. Zhang, que pide una disculpa del Gobierno, dice que  hay "muchas familias muy enfadas" y "ahora todo el mundo trata de ser muy cuidadoso".

Tan Jun, funcionario en Yichang, en la misma provincia de Hubei, presentó una demanda este mismo mes acusando al Gobierno regional de ocultar el brote del virus. La policía publicó una copia en línea. Tan confirmó la demanda pero prefirió no conceder una entrevista. Otros habitantes de Wuhan aseguraron a The Guardian  que la policía local los había intimidado y obligado a prometer que no hablarían.

En un artículo publicado en varias cuentas de WeChat, Tan dijo:"Hay que depurar responsabilidades. Como habitante de Hubei, creo que es necesario dar la cara y pedir al gobierno de Hubei que asuma su responsabilidad". El artículo fue borrado posteriormente.

El Gobierno central desvía la atención

El Gobierno central ha sustituido a algunos funcionarios locales. Quienes conocen el régimen saben que se trata de una vieja táctica para desviar las culpa del Gobierno central. Pero algunos ciudadanos creen que no es suficiente.

Wu, una mujer de 49 años que afirma haber contraído el virus en enero y no haber sido diagnosticada hasta marzo, dice que "eso no es asunción de responsabilidades sino un mero lavado de cara". En el hospital vio gente morir. incluso en la cama de al lado. Acaba de saber que una compañera de clase que se infectó al mismo tiempo que ella acaba de fallecer.

"Cuando estaba en cama pensando que podía morir pronto, me dije: ¿Cómo ha sucedido esto?", recuerda Wu, que demanda al hospital por no confirmar que era paciente de coronavirus cuando recibió el alta. "El común de los ciudadanos tiene un acceso limitado a información real. Confiamos en el Gobierno. Creemos en lo que dice".

La disidencia se expande por otros métodos. Docenas de tenderos en un centro comercial de Wuhan se manifestaron este mismo mes exigiendo rebajas en sus alquileres tras meses de cierre forzado. En Yingcheng, una ciudad al oeste de Wuhan, los habitantes en confinamiento protestaron contra los precios de la comida impuestos por el Gobierno. Uno de los manifestante ha sido, aparentemente, detenido.

Xie Yanyi, abogado defensor de los derechos humanos en Pekín, cree que "la gente ha despertado. No me cabe duda". Xie ha pedido información al Gobierno sobre el origen del virus y las razones de los retrasos a la hora de informar a la ciudadanía del brote. "Puede que no sean tantos, pero la Historia nos muestra que hay una minoría capaz de cambiarla".

La mayor parte de los habitantes de Wuhan están más tranquilos porque parece que lo peor de la epidemia ha pasado y ven que ahora son otros los países que luchan por contenerla. Los trabajadores esperan en fila en el exterior de algunos edificios para que les tomen muestras de tejido de la garganta y asegurar que no están infectados antes de regresar al trabajo.

En Hankou, un barrio frente al río, una pareja se besa ante el espectáculo que ofrecen los rascacielos y sus mensajes luminosos. Muchos de los habitantes de la ciudad dicen que están agradecidos por lo que el Gobierno ha hecho.

En opinión de Yan Zhanqing, cofundador de Funeng, las posibilidades de casos como el de Hu sean aceptados a trámite y lleguen a juicio son pocas. Es más probable que quienes han presentado las demandas reciban presiones y sufran intimidación. En algunos casos concretos podría reconocerse indemnizaciones económicas, una forma de disculpa.

"Los casos sirven para poner algo de presión sobre el Gobierno y que cada vez más gente sea consciente de que tiene derechos y el Gobierno tiene responsabilidades" explica Yan. "Es también un modo de documentar la historia, de que más gente conozca la verdad y no sólo la versión oficial de lo sucedido en Wuhan".

 Por Lily Kuo - Wuhan (China)

20/04/2020 - 21:56h

Traducido por Alberto Arce

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El espectáculo mediático macabro del coronavirus

Hasta diciembre de 2019 los pueblos del mundo estaban en el proceso de despertar y movilizarse por sus derechos y necesidades; el capitalismo se hundía en otra crisis estructural, ni la estrategia de la guerra 4Gni el chantaje nuclear daban los resultados esperados por el imperialismo Occidental;los capitalismos de Oriente y Occidente se enfrentaban por el dominio de los mercados, las materias primas y posiciones geoestratégicas; la farsa del cambio climático no funcionó, la movilización de la mercancía laboral se complicó –se ahogó en el Mediterraneo- con los neonacionalismos, (racismo y xenofobia) la ingeniería social no dio para atomizar y enfrentar a toda la humanidad, la máquina de imprimir dólares se desbocó tanto como la deuda, mientras la falacia criptomonedera se esconde detrás de la corrupción y los negocios offshore (paraísos fiscales), mientras las bolsas dejaban a los viejos sin futuro y la depresión gringa se mundializaba; hasta que apareció el genio de la lámpara capitalista con su varita biotecnológica cumpliendo el deseo de los amos del mundo: conminar al ganado humano en el panóptico global, en celdas individuales, para poder realizar los cambios que el sistema mundo capitalista necesita para continuar existiendo con otras máscaras.

En esta debacle, a la que nos lanza el capital biotecnológico financiero-farmacéutico dejará muchas bajas, unos muertos y otros deshabilitados, entre los primeros están los adultos mayores y los lesionados por otras pandemias y patologías, metidos en el mismo saco del covid19, los deshabilitados son los millones de pobres y miserables que quedarán en la calle desocupados, en los manicomios, en las cárceles, los quebrados(PIMES) o más endeudados, los que se rebuscan el día a día en las calles; en estos momentos los gobiernos prometen todo tipo de ayudas: reducción de impuestos, de tarifas, pagos de arriendo, mercados, cuando la mayoría de gobiernos han privatizado la salud, la educación, los servicios públicos básicos, las carreteras, hasta la cultura y la política, además de la deuda externa pública y privada, que en la mayoría de países supera su PIB(la deuda mundial supera más de tres veces el PIB mundial). Por otro lado, los Estados continúan rescatando al sector bancario-financiero y a las grandes empresas (quitándoles a los municipios y a las regiones sus presupuestos destinados a las problemáticas sociales como es el caso de Colombia).

Entre los economistas hay una disyuntiva: apoyan el patrón oro, o acaban con el dinero fiat, o sea, salvan la financiarización de la vida, o continúan con los genocidios y la eugenesia para pasar al capitalismo transhumanista, cosa fácil con la mundialización del miedo, que permita imponerla dictadura fascista local-global aceitada con la desinformación mediática-monotemática. Y lo lograron paralizando y callando al mundo; el Banco Mundial, el FMI, el BID, el BCE, las grandes corporaciones financieras, de un momento a otro aparecieron con billones de dólares para prestar a todos los países “enfermos” –excepto Venezuela-.Por arte de magia desaparecieron los conflictos, los terrorismos, los 30.000 niños muertos diariamente por hambres y enfermedades de fácil curación, los miles de muertes diarias por dengue, los cientos de miles de muertos anuales por enfermedades respiratorias diferentes al covid19;los conflictos en Yemen, Irán, Siria, Sudán, el Congo, Venezuela, las migraciones, la expropiación de los recursos naturales y energéticos a los pueblos del sur dejaron de existir.

El espectáculo mediático macabro del coronavirus les sirve a las élites para mostrarse, sea como “infectados” o como filántropos; por todos los medios aparecen estrellas de cine y del deporte, celebridades y directivos estatales y empresariales, felices ostentando su “fortaleza” física y mental para afrontar la “enfermedad”, dando consejos y opinando sobre las cantidades de muertos e infectados.La falsimedia difunde hasta la saturación desinformación y mensajes contradictorios, mientras la solidaridad internacional brilla por su ausencia en Occidente, a excepción de Cuba y Venezuela, que han mandado personal especializado, medicamentos y equipos, junto a Rusia y China, a las egoístas y colonialistas “potencias” europeas que aplican las sanciones comerciales ordenadas por Washington contra esos países que ejercen principios humanitarios.

¿Qué tal si los millones de zombies hambrientos y ciegos, hoy conminados y controlados desde la oscuridad de las cavernas (bunkers) de los financieristas, eugenésicos y colonialistas, nos quitamos las mascarillas de ovejas, nos organizamos, nos miramos a los ojos, nos abrazamos y salimos a destruir todas las fronteras, a detener a esos sicó-sociopatas  –gobernantes y plutócratas nacionales y transnacionales– tomándoles la fría temperatura de sus cerebros y corazones, encerrándolos –en anexos siquiátricos- por el resto de sus díaspara despojarlos de los virus de la avaricia, la atrocidad y la indiferencia, de su morbosa tranquilidad y ufanía?

¿Qué tal si recogiendo nuestra dignidad, les cobramos los miles de millones de niños y niñas abusados, bombardeados, asesinados con los virus del hambre y la pobreza, inutilizados por su sistema mediático-educativo, por no decir de los millones de trabajadores/as esclavizados, de la juventud rebelde torturada y asesinada por reclamar justicia y respeto?

¿Qué tal si les tapamos sus bocas que nos idiotizan y nos expresamos con nuestras propias voces?

¿Qué tal si de una vez les cobramos la gigantesca deuda por sus riquezas materiales y culturales, obtenidas fraudulenta y violentamente en más de 500 años, y distribuimos toda la riqueza del mundo equitativamente –incluyendo medios de producción, productos y los mal llamados servicios?

¿Y si de una, vuelve cada pueblo a producir sus propios alimentos sanos  –devolviéndoles sus tierras a los campesinos empobrecidos y desplazados– si desarrollamos nuestras medicinas y tecnologías, utilizando todo el acumulado científico-tecnológico expropiado a la mayoría de la humanidad?

¿Qué tal si nos autogobernamos a partir de hoy, partiendo del hogar la asamblea y la comunidad local, creando y administrando nuestras propias economías y justicia?

¿Qué tal si hombres y mujeres del pueblo nos confraternizamos y amamos en igualdad y solidaridad dirigiendo nuestras miradas y nuestros pasos hacia la destrucción de nuestros verdaderos y únicos enemigos: el miedo, la ignorancia, el conformismo y las pobrezas, que los sistemas de clases, castas, razas y patriarcales nos han impuesto, entre ellos el capitalismo?

No nos preguntemos qué estarán pensando y haciendo las élites capitalistas, globalizadoras, fascistas y nazis, solo miremos y sintamos en este encierro pánico-pandémico lo que somos y dónde estamos; qué nos falta, qué nos incomoda, qué no nos deja ser, qué debemos y podemos hacer por el presente y el futuro felíz de la humanidad, porque esta situación parece un ensayo más de manipulación que ejercen los poderosos sobre nuestras mentes y cuerpos. Muchos dicen que después de hoy el mundo será otro, lo que necesitamos definir es si será de todo/as y para todo/as con justicia y dignidad, empezando por nuestra propia casa y país.

Marzo 25 de 2020

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Martes, 07 Abril 2020 06:26

El último llamado de la naturaleza

El último llamado de la naturaleza

James Lovelock es el científico inglés quien junto con la bióloga Lynn Margulis, postularon y demostraron que el planeta Tierra es un organismo vivo, dotado de mecanismos de autocontrol que son tremendamente delicados y frágiles. A toda su demostración, que es científicamente impecable, se le llamó la teoría de Gaia, en honor a la diosa griega de la tierra. Hace 14 años Lovelock publicó La venganza de Gaia (Penguin Books, 2006) en el cual sintetizó las reacciones del ecosistema global ante los impactos de las actividades humanas. Desde cada una de las cosmovisiones de los 7 mil pueblos originarios o indígenas del mundo, existe una visión similar: el castigo de la madre tierra surge porque los humanos no han escuchado su voz y han rebasado los límites marcados por ella. Ya sea desde la ecología científica o desde la ecología sagrada, hoy existe un consenso cada vez más generalizado de que todo daño que se inflige a la naturaleza termina revirtiéndose y que la humanidad debe reconstituirse a partir de su reconciliación con el universo natural, es decir, con la vida misma.

La ecología política todavía va más allá. Postula que no es la especie humana la culpable de las “iras de la naturaleza”, sino un sistema social, una civilización, en la que una minoría de menos del 1% de la población explota por igual tanto el trabajo de la naturaleza como el trabajo de los seres humanos. Esa clase depredadora y parásita sólo será desterrada mediante un cambio civilizatorio radical. Una transformación que puede ser, que debería ser, gradual y pacífica no súbita y violenta. Hoy existe ya un conjunto de directrices que nos marcan los caminos de una profunda transformación civilizatoria (ver mi libro Los civilizionarios; y obras como las de Helena ­Norberg-Hodge, Local is Our Future, o de Edgardo Lander, Crisis civilizatoria).

Es en este contexto donde debe ubicarse la enorme crisis sanitaria provocada por el coronavirus. Las últimas pandemias han surgido en relación con los sistemas industriales de producción de carne (cerdo, pollo, huevos) como las gripes porcina y aviar, y a la destrucción de los hábitats de especies silvestres de animales portadores de virus y en íntima relación con un sistema alimentario que ofrece productos de baja calidad o perjudiciales por el uso masivo de agroquímicos. La expansión despiadada del coronavirus es el último llamado de la naturaleza. Antes ha habido otros más. En los últimos 25 años la madre naturaleza ha enviado numerosas señales. En 1997-98 los incendios forestales que arrasaron más de 9 millones de hectáreas de selvas y bosques de la Amazonia, Indonesia, Centroamérica, México y Canadá, resultado de uno de los climas más cálidos y secos. Luego en 2003 la canícula europea con temperaturas extremas en Francia, España, Portugal, Alemania, Inglaterra, etcétera, que dejó entre 20 mil y 30 mil muertes, un fenómeno que fue ocultado por los medios masivos de comunicación. Por esos mismos años una secuencia de poderosos huracanes, alcanzó su máximo con Katrina que en 2005 causó los mayores daños a las costas de Estados Unidos, calculados en 108 mil millones de dólares. En la década siguiente tuvo lugar la peor sequía registrada (2011-13) en la historia climática de Estados Unidos (15 estados) y el norte de México, que dejó millones de reses muertas y severos impactos sobre la agricultura. Finalmente, el año pasado de nuevo se concatenaron gigantescos incendios forestales en la Amazonia, Siberia, California y, especialmente, en Australia.

Los daños infligidos a los sistemas vivos, en todas sus escalas y dimensiones, son hoy la mayor amenaza a la especie humana, los cuales están íntimamente ligados a la desigualdad social y a la marginación. Según Oxfam, unos 70 millones de seres humanos poseen una riqueza superior a la de 7 mil millones. El punto clave es entonces cómo cambiar el actual estado de cosas. Algunas transformaciones obligadas son: el paso de una economía de mercado a una economía social y solidaria, de grandes empresas y corporaciones a empresas familiares y cooperativas (fin de los monopolios), de gigantescos bancos a cajas colectivas de ahorro, de energía fósil a energías renovables, de sistemas agroalimentarios industriales a sistemas agroecológicos, de organizaciones centralistas y verticales a organizaciones descentralizadas y horizontales (redes), de una democracia representativa a una democracia participativa. Pero sobre todo construir desde lo local (comunidades, municipios, microrregiones) un poder ciudadano o social capaz de enfrentar y controlar las acciones suicidas del Estado y del capital. En suma, una (eco)política desde, con y para la vida.

Por Víctor M. Toledo, secretario del Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat)

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Viernes, 03 Abril 2020 06:38

Los movimientos en la pandemia

Los movimientos en la pandemia

“Hay tiempos de luchar, hay tiempos de paz y de guerra, hay tiempos de epidemias”, explica Dilei en una comunicación por wasap. La militante del Movimiento Sin Tierra (MST) del estado de Paraíba, nordeste de Brasil, explica cómo están enfrentado la situación. En los campamentos y asentamientos decidieron que las personas no salgan ni entren, que no vayan a las ciudades y que se concentren en la salud y en la producción de alimentos.

“La población va a necesitar mucha comida en los próximos tiempos”, asegura Dilei, por lo que el MST propondrá a los gobiernos que compren parte de su producción para abastecer hospitales y otras urgencias. En Pernambuco y en Maranhão, el MST reparte alimentos a la población que vive en la calle y en varios estados ofrece sus espacios como hospitales de campaña.

Los movimientos de carácter rural, indígenas y campesinos, optaron por bloquear el ingreso de personas, ya que necesitan aislamiento para frenar los contagios.

Las organizaciones que forman parte de la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador) decidieron el cierre de las comunidades y la activación de las guardias indígenas, la suspensión de las ferias y la elaboración de protocolos para enfrentar la pandemia. El autoaislamiento es un derecho de las 14 nacionalidades y 18 pueblos indígenas del Ecuador, como se reconoce en la Constitución y como están haciendo las comunidades.

En el sur de Colombia, los cabildos que integran el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) tomaron medidas similares. El 27 de marzo del 2020, el cabildo indígena del pueblo Totoroez emitió una resolución por la que se restringe el paso a la población civil que venga de otros sectores, para “mantener la armonía física, mental y espiritual, previniendo la llegada y propagación de la pandemia covid -19”.

En general, los pueblos originarios no necesitan de la policía para mantener el orden, ya que cuentan con sus guardias comunitarias.

Se trata de un camino similar al que anunció el EZLN al cerrar los caracoles el 16 de marzo. En un comunicado que declara la “alerta roja”, llama a los cuidados sanitarios colectivos y pide “no perder el contacto humano” sino cambiar sus formas.

En la zonas rurales de nuestra América Latina, campesinos y pueblos originarios y negros que tienen control territorial, pueden tomar la opción de cerrar sus espacios, sabiendo que tienen las condiciones para vivir durante cierto tiempo de la producción propia de alimentos, en algunos casos orgánicos, como están haciendo los zapatistas.

El gran desafío para los movimientos, es la ciudad, donde se conjugan las diferencias de clase y el Estado está muy presente. No es lo mismo el encierro para las clases medias, en viviendas cómodas y acondicionadas para las cuatro estaciones, que en las casas precarias de los barrios populares, donde las familias viven hacinadas, con frío o calor extremos, sin saneamiento y con pocos alimentos. Las clases medias tienen un computador por persona; entre los más pobres, puede haber uno o ninguno.

En Montevideo se han formado decenas de ollas populares en los barrios, entre 70 y cien, con aportes de los sindicatos y los vecinos. Algunos sindicatos llevan bandejas con comida y bolsas a los barrios, mientras otros buscan la instalación de ollas autogestionadas, de las cuales existen un puñado.

Pablo Elizalde, del sindicato de judiciales, ensaya una reflexión lúcida, fruto de su vivencia estos días en los barrios más pobres: “Las políticas sociales provocaron la pérdida de los referentes barriales y ahora el único referente es la institución”. Pero la institución es fría, distante, sólo entiende de números, no es capaz de cuidar, no puede fraternizar.

Desde la favela Maré, en Rio de Janeiro, Timo explica las dificultades para lavarse las manos en zonas donde no hay agua; donde no hay costumbre de consumir productos agroecológicos, que su pequeño grupo (Roça, que procesa cerveza artesanal y entrega canasta de productos orgánicos) se empeña en repartir a unas cuantas familias.

“Las dinámicas de la favela para enfrentar una ocupación militar violenta o un virus, no son tan diferentes”, dice Timo del otro lado del teléfono. Ahora se suspendieron las ferias agroecológicas de los campesinos, con lo que todo se complica. Acordamos que una de las grandes dificultades son los varones, que se creen inmunes. Concluimos que cada varón es un pequeño Bolsonaro, autoritario, violento, que mira al resto desde arriba.

En la Paz, la casa de Mujeres de Creando, “Virgen de los Deseos”, decidió abrir su espacio para 12 mujeres, niños y niñas bolivianas varados en la frontera para que hagan su cuarentena, señala la carta de María Galindo.

En las ciudades argentinas los comedores (decenas de miles creados desde las parroquias hasta los movimientos populares) están desbordados. Uno siempre se fija en lo autónomo, que suele ser pequeño. En el barrio 12 de Julio, en la periferia de Córdoba, Yaya instaló un comedor “donde comen 33 niños con la colaboración del cura del barrio y los trasumantes (miembros del colectivo de educación popular Universidad Trashumante), para dar dos veces por semana unas 50 porciones”.

Se sumaron carreros, que recogen cartón con sus carros, además de los que sacan escombro para revender, y el inmenso mundo del “cirujeo” (hurgadores que viven de los desperdicios). ¿Quién puede decirles que se queden en sus casas ante la pandemia?

En las periferias urbanas de América Latina, la palabra “teletrabajo” no existe en su vocabulario. El Estado sólo contempla a los de abajo como un problema de orden público. La solidaridad entre los pobres es lo único. Por eso los “curas villeros” abrieron sus parroquias para convertirles en almacenes de alimentos y en comedores populares. El colectivo Pelota de Trapo, que vive con niños y niñas de la calle, entrega raciones para 200 chicos cada dos días, con recursos propios.

Termino esta brevísima recorrida con la Organización Popular Francisco Villa de la Izquierda Independiente, de la Ciudad de México. Son nueve barrios/asentamientos, el mayor en Iztapalapa, La Polvorilla o Comunidad Acapatzingo, con 600 familias, y ocho más en varios distritos de la ciudad, con no menos de 50 familias cada uno.

Cerraron los barrios, trabajan por comisiones y brigadas, elaboran cubre-bocas y desinfectantes, utilizan la radio y los periódicos para comunicarse y dar instrucciones sobre sanidad y autocuidados. Lo más importante, es que decidieron “seguir organizados”, sabiendo que sin organización los de abajo no somos nada.

Están haciendo acopio de medicamentos y alimentos, montaron comedores comunitarios y atienden sobre todo a las personas más vulnerables. Mantienen sus huertos de cultivos (en plena ciudad), crearon espacios de aislamiento, promocionan comisiones infantiles y se proponen “trabajar nuestras emociones”. Saben que el agua es un problema básico, aunque en Acapatzingo tienen pozo propio y recogen agua de lluvia.

Nada de esto lo leí en la web. Es fruto de intercambios y escuchas que seguirán en próximas entregas. Si tuviera que sintetizar, diría: las y los de abajo nos necesitamos para mantener nuestras comunidades en pie, que es el modo de sostener la vida. Comunidad y fraternidad son las caricias de los de abajos.

2 abril 2020

Publicado enSociedad
Martes, 31 Marzo 2020 06:53

Aniversario en medio de virus mortales

Aniversario en medio de virus mortales

El lunes 23 de marzo nuestra Comunidad de Paz de San José de Apartadó conmemoró los 23 años de proclamación pública de nuestro proceso. Nacimos en medio de un verdadero baño de sangre impulsado por el ejército nacional y su brazo paramilitar, no ciertamente con el deseo de luchar contra otros armados sino con el deseo de exterminar todo movimiento social que no se someta a sus políticas excluyentes. En nuestro caso, las armas oficiales se han propuesto eliminar a quien no quiera participar en un conflicto armado en el que, de acuerdo a la doctrina militar importada de grandes imperios, hay que involucrar a toda la población civil, activa o pasivamente. Hoy, 23 años después, existen testimonios de paramilitares arrepentidos que han declarado ante los tribunales que el Presidente Uribe Vélez los convenció de que nuestra Comunidad de Paz era un nido de guerrilleros y por eso ellos se comprometieron a asesinar al mayor número de integrantes de nuestro proceso, pero años después descubrieron que todo era falso y que los habían obligado a matar a gente inocente y a cometer crímenes horrendos que los mantienen sumidos en remordimientos.

Nuestra celebración de los 23 años, dada la cuarentena de aislamiento que Colombia y el mundo están viviendo, fue más que todo virtual. 22 comunidades y organizaciones hermanas de nuestra Comunidad de Paz se conectaron por internet desde muchos países y pronunciaron hermosos mensajes de solidaridad y hermandad, enalteciendo el camino de resistencia y dignidad que nuestra Comunidad ha recorrido y en el cual ellos nos han acompañado con su respaldo moral.

Como la agresión y el crimen de Estado no cesa ni da tregua, hoy queremos dejar constancia de situaciones y hechos que nos atormentan:

  • ·El Sábado 21 de marzo de 2020,fueron convocadas en el poblado de Nuevo Antioquia, en jurisdicción de Turbo haciendo frontera con San José de Apartadó, delegaciones de las juntas de Acción Comunal, para pronunciarse, con un Sí o un No, sobre la explotación de una gigantesca mina de carbón existente en la zona, asumida por una empresa transnacional oriental, al parecer Coreana. Nos viene a la memoria el viaje del Presidente Santos a Corea del Sur en el año 2013, momento en el cual los medios comentaron que había ido a formalizar licencias de explotación de recursos mineros, especialmente del carbón. Es muy extraño que en los registros oficiales de la Agencia Nacional de Minería sólo aparecen licencias en favor de las empresas nacionales Argos y Carbones del Golfo, pero los expertos en la materia hablan de una especie de terciarización empresarial, según la cual, las empresas nacionales ejercen una especie de “testaferrato” para encubrir a los capitales multinacionales. Inquieta profundamente el requerimiento de firmas de aprobación por parte de juntas comunales, en gran parte manipuladas por grupos paramilitares o por líderes clientelistas, pues todo muestra que no se está haciendo una CONSULTA POPULAR como la prevista en la Constitución y en las leyes, bajo control de la Registraduría, sino un remedo ilegal de consulta, controlado por intereses espurios e inconfesables, adicionado con ejercicios supremamente perversos de soborno, como ofrecerle a quienes voten por el “Sí”, camionetas, sueldos mensuales, viviendas en centros urbanos y otras prebendas e incluso la construcción de una represa en el Río Mulatos, que no servirá para solucionar los problemas de agua de las poblaciones locales sino para el desarrollo de la explotación carbonífera, altamente contaminante. Tal cúmulo de ilegalidades y perversiones sólo puede darse en un ámbito de control paramilitar y en un poblado de larguísima tradición paramilitar como es el poblado de Nuevo Antioquia.
  • ·El Sábado 14 de marzo de 2020un poblador de San José de Apartadó fue llamado por alias “Nicolás”, líder paramilitar del Clan del Golfo, quien se expresa a través del celular 312 4320960, exigiéndole contribuir con una vaca al financiamiento de las actividades paramilitares en la zona de San José. Como él se negó, le anunciaron que pronto vería sin vida junto a él a uno de sus familiares más cercanos.
  • ·El domingo 15 de marzo de 2020, nuestra Comunidad de Paz fue informada sobre amenazas que están siendo proferidas contra la familia de AMADO TORRES, asesinado en la vereda La Miranda el 29 de febrero de este año (2020). Luego de su muerte violenta, los organismos competentes del Estado se negaron a ir a levantar su cadáver y su familia tuvo que transportarlo hasta el punto conocido como Caracolí, de la vereda La Victoria. Se sabe que en el crimen participaron los paramilitares alias “Alfredo” y alias “René”, este último como mando regional. El control ejercido por la organización criminal sobre la finca de la víctima, obligó a su familia a desplazarse. Los rumores que llegaron luego al vecindario comenzaron a difundir la sentencia paramilitar de que “faltan otros dos miembros de la familia por morir”. Uno de los trabajadores de la víctima también ha estado en la mira de los criminales. A esto se suma la inactividad total de la Fiscalía en el esclarecimiento del crimen, y peor aún, la actitud del Fiscal del caso de quedarse con el teléfono celular de uno de los hijos de la víctima, lo que se acomoda a la perversa tradición del poder judicial de Urabá: de investigar a las víctimas y nunca a los victimarios. Nadie se explica por qué no ha decomisado los celulares de los integrantes del grupo paramilitar responsable del crimen, ya que se trata de un grupo ampliamente conocido en toda la región.
  • ·El domingo 22 de marzo de 2020,habiéndose iniciado ya en todo el país el aislamiento personal para evitar el contagio del “Covid-19”, los mandos paramilitares de San José de Apartadó protagonizaron una jornada de consumo de alcohol, de droga, de desorden y de violencia en el caserío de La Unión. Los mandos paramilitares WILMER DE JESÚS ÚSUGA, alias “Jesusito”, alias “Ramiro” y alias “Samuel”, todos ex integrantes delas FARC -EP, fueron protagonistas. Ya desde el caserío de San José WILMER o “Jesusito” había amenazado de muerte a WILFER HIGUITA, poblador de la vereda La Unión quien en enero de 2009 sirvió de intermediario al Coronel Germán Rojas Díaz para someter a chantaje a un miembro de nuestra Comunidad, conminándolo a ayudarle a destruir la comunidad de Paz si no quería ser judicializado con falsos testigos; cuando WILFER huyó hacia La Unión, “Jesusito” lo siguió hasta allí y amenazó también a otros pobladores del caserío, mientras los otros mandos paramilitares, alias “Samuel” y alias “Ramiro” –hermanos entre sí- consumían públicamente marihuana. Nuestra Comunidad de Paz lamenta profundamente la degradación en que ha caído el poblado de La Unión, en otro tiempo escenario de resistencia heroica y de martirio de reconocidos líderes de nuestra Comunidad y de esfuerzos ejemplares de solidaridad y construcción de comunidad de muchos integrantes que observaron sagradamente los principios que han regido nuestra Comunidad.
  • ·El lunes 23 de marzo de 2020, hacia las 21:00 horas, quienes vigilaban la entrada a la Bodega de la Comunidad de Paz vieron llegar a dos personajes extraños en moto; uno de ellos se bajó y se internó en el potrero de en frente como fingiendo hacer necesidades biológicas para luego devolverse hacia el casco urbano de San José. Para los vigilantes ellos traerían otras intenciones que se vieron frustradas por la presencia de vigilantes.

Nuevamente nuestra Comunidad de Paz quiere expresar su gratitud a todas las personas y comunidades que nos han acompañado y fortalecido en nuestra resistencia y cuyos mensajes de estímulo fueron tan importantes para nosotros en aniversario 23° de nuestro proceso.

Comunidad de Paz de San José de Apartadó

Marzo 30 de 2020

Publicado enColombia
Sábado, 28 Marzo 2020 07:03

Contagiar otro mundo

Contagiar otro mundo

Frente a los decretos de excepción expedidos por diversos gobiernos, el “ shock sicótico-viral” extendido por los pueblos del mundo, y el peligro científicamente probado del coronavirus, movimientos sociales crean formas de extender la solidaridad. Primero, para atender a las personas mayores, el sector más vulnerable en la pandemia. Después, para enfrentar los costos sociales que ya se colocan sobre los hombros de los de abajo.

Italia es un buen ejemplo. De larga tradición partisana, anarquista y autonomista, la Italia social reinventa sus formas de ayuda mutua. Christian Peverieri, integrante del colectivo Centros Sociales del Noreste, herederos del movimiento autónomo de la década de los setenta, colabora con lugares ocupados y en la lucha por los derechos de vivienda, de los migrantes y trabajadores: "después del decreto que nos obligó a quedarnos en casa, hemos empezado a pensar que podríamos hacer para no desaparecer como movimiento".

Una de las iniciativas más fuertes en Italia es la asamblea nacional por el salario de cuarentena, en la que movimientos sociales convergen en una línea: "esta crisis no la pueden pagar los pueblos". Así, un fuerte movimiento laboral podría estar en puertas, algo que abarque diversos sectores, especialmente a quienes sus condiciones materiales no les permiten parar, y cuya vida está en riesgo ante el virus y las exigencias del mercado: cambios en la producción, obligación de sostener la vida de quienes están en casa, ocupar gasto social para rescatar corporaciones y flexibilización del trabajo.

Lucia Arese de Carovane Migranti agrega: "Los más golpeados son siempre los sectores más vulnerables, con menos privilegios, menos protegidos por el Estado, los que están al margen del sistema". A las personas que viven al día y sin parar, se suman otras poblaciones excedentes. Por ejemplo, los migrantes y refugiados de los campos de Lesbos, donde ya se confirmó el primer caso de coronavirus. Los obreros cuyas industrias no querían detenerse y se fueron a paro ellos mismos. Y los presos ahí y en Colombia, quienes se amotinaron por sus condiciones de hacinamiento y fueron masacrados.

En diversas localidades de España, Francia y Alemania las redes vecinales en Internet trabajan a tope. Además de apoyar a adultos mayores, ofrecen asesoramiento legal y laboral ante despidos injustificados y cuidado de niñas y niños. Radios comunitarias y viejos movimientos por el derecho al hogar digno hoy claves para informar.

En Irán, el país olvidado de la pandemia, donde el gobierno asesinó a centenas durante las protestas de 2019 y ahora miente sistemáticamente sobre el virus, la población no tiene más que organizarse. El poeta Mohsen Emadi cuenta: "tenemos una huelga no manifestada. Se trata de tomar el control de su vida, porque el régimen no la puede cuidar".

Así, las redes organizadas dan un vuelco a las medidas de excepción, los discursos de los medios, y hasta rebasan a los filósofos críticos europeos, ahora centrados en debates sobre el Estado, el control, el estancamiento, la producción, pero han ignorado a las formas-de-vida que a diario practican la insurrección por venir.

Aunque, es cierto, vivimos el perfeccionamiento digital y policial de un Estado de excepción perpetuo. O más, una sociedad de la excepción: mercados, crimen organizado, medios de comunicación, redes sociales, son su garante. Estos poderes declararon la guerra a los manifestantes de los movimientos plebeyos y populares de 2019, y arremeten ahora contra un "enemigo" invisible no humano-el virus. Colombia e Irán, Ecuador y Francia, Chile y España, las calles de los países que se levantaron contra el neoliberalismo hace pocos meses están bajo sitio. De manera simultánea, los gobiernos mandan al Ejército a ocupar ciudades y lanzan programas de rescate, para corporaciones.

También es cierto que los pueblos han hallado la forma de retomar estas luchas. Un potente cacerolazo resonó en ciudades como Bogotá, Río de Janeiro y Barcelona el 18 de marzo. En los países sudamericanos el enojo es contra la ineptitud de sus gobiernos. En España las cacerolas truenan contra el rey Juan Carlos I, a quien se exige que ponga a disposición de los afectados el dinero que supuestamente le donó el difunto rey saudí. Toman la calle, pero de una manera distinta: con sonidos. O, incluso, como la fronteriza ciudad de Mexicali, miles se ven forzados a salir a manifestar su repudio por la imposición de una cervecera en su territorio, la cual amenazara el acceso popular al agua. Así, nos dicen: "arriesgamos la vida en el presente por la vida del futuro."

Para cambiar los términos del Estado de excepción y cuidar la vida ante el virus, la poeta de la India, Nabiya Khan, escribe: "distancia física con solidaridad social". Y los zapatistas, al anunciar el cierre de sus caracoles autónomos, llamaron: "a no perder el contacto humano, sino cambiar temporalmente las formas para sabernos", una manera quizás, de seguir contagiándonos, en su raíz etimológica: seguir en contacto. Esto nos coloca ante lo que los personajes de Albert Camus dicen en la novela La Peste: "no he tenido nada que aprender con esta epidemia, si no es que tengo que combatirla al lado de usted".

Así que, paradójicamente, el coronavirus amplía la disputa por otro mundo y revela el antagonismo: ¿cantamos el himno nacional italiano o español desde el balcón, o la canción partisana antifascista Bella Ciao? O nos adaptamos al capitalismo, su actualizado control biopolítico, o nos situamos en un “ momentum de emancipación anárquica y recreación en común del mundo humano en su simbiosis con lo no humano”, como escribió recientemente el joven filósofo chileno Gonzálo Díaz Letelier.

Esto implica una triada: actividad desde abajo, paro organizado y reflexión crítica. Quizás, como planteó el EZLN en estos días: "La palabra y el oído, con el corazón, tienen muchos caminos, muchos modos, muchos calendarios y muchas geografías para encontrarse. Y esta lucha por la vida puede ser uno de ellos".

Al-Dabi Olvera, cronista

Publicado enSociedad
Periódico desdeabajo, 2014/03/17

Los tiempos cambian. Un virus ha colocado al mundo en un estado práctico de preguerra. Los distintos Estados y gobiernos aplican medidas de control y temor –en frontera con el terror/pánico y el total disciplinamiento– social que más parecen prueba contra alzamientos colectivos que para controlar un fenómeno de salud pública. En medio de ello, inyectan miles de millones para enfrentar la crisis de salud desatada y, a la par, la crisis económica, con signos de recesión que gana espacio.

Esa es la realidad que nos acecha. Si los tiempos cambian, también debe hacerlo la política, sobre todo la que pretende la mayor participación posible del país nacional, la que aspira que la dirección de sus vidas esté en manos de la propia gente y no de quienes dicen ser sus representantes, para el caso colombiano la oligarquía que en ningún momento de la historia local ha estado preocupada por el bienestar de quienes habitan esta parte del mundo.

Es un cambio de tiempo y de la política que obliga a todas las organizaciones y procesos sociales ligadas con la dinámica de inconformidad y protesta social despuntada el 21N a repensar el qué y cómo hacer, en particular en lo concerniente con el pliego petitorio.

Como es de conocimiento público, la elaboración de tal pliego se constituyó en motivo de discordia al interior del Comité nacional del paro a tal punto que el mismo en vez de ser racional y concreto creció como espuma, hasta resumir más de cien reivindicaciones. Un pliego de difícil difusión y complicada defensa en una negociación abierta, cierta, algo a lo que no ha trascendido el Gobierno.

Son reivindicaciones todas ellas válidas y necesarias de concretar, pero el cambio de la realidad global y local coloca al activismo social y político ante nuevas circunstancias, unas en la que la fragilidad e improcedencia del actual sistema socio-económico ha quedado al desnudo, evidenciando ante los ojos de todos el desastre social procurado por 30 años de neoliberalismo abierto.

No hay duda de ello. Ahora que nos tienen bajo amenaza de encerrarnos, sin posibilidad de llevar a cabo las actividades rutinarias con las cuales logramos los pocos dineros que reunimos para poder sobrevivir, es más evidente o notorio el desempleo –y sus consecuencias– que afecta a millones en el país así como el subempleo, el rebusque por cuenta propia, la informalidad –y sus consecuencias, en uno y otro caso, de todo orden–. Como es conocido, mucha de la gente que sobrevive en tales circunstancias pasa la mayor cantidad de horas del día en la calle, a la intemperie o protegida por rústicas casetas, parasoles y similares. No cuentan con otra opción, tienen que gritar sus servicios, ofrecer sus cuerpos para cargar mercancías, tratar de vender baratijas de todo orden, etcétera.

¿Qué y cómo harán estos millones para lograr sus ingresos si de un momento a otro el gobierno nacional o los gobiernos locales expiden una norma por medio de la cual prohíben salir de la casa? ¿Cómo sobrevivirán si los expulsan de las calles, su lugar de rebusque?

¿De dónde procurarán los dineros necesarios tanto para el alimento, como para cancelar el arriendo, la cuota para abonar al apartamento hipotecado, para pagar los recibos de los servicios públicos, los que, como es conocido, cuando no son pagados a tiempo son cortados por las empresas propietarias de agua, luz, teléfono? A la par, ¿cómo harán los pequeños productores y comerciantes para aguantar este embate en el cual verán, asimismo, contraídas sus ventas e ingresos?

En otra arista de igual problemática, dicen los ‘sabios’ del gobierno que debemos lavarnos las manos cada 3 horas, ¿dónde se las lavan quienes se rebuscan en la calle si el “derecho” para ingresar a un baño está mediado por cancelar entre $ 600 y hasta 1.000 pesos?
Esto para no llegar al extremo de quienes están despojados de todo, durmiendo en un rincón cualquiera, ¿dónde se lavan? ¿Quién les presta el servicio? Y en caso de enfermedad, ¿quién está pendiente de los miles que ahora deambulan sin ruta alguna?

Las medidas recomendadas, no reparan en que este es un país fracturado, donde unos pocos concentran miles de millones y donde las mayorías no acumulan sino necesidades y sueños. El ‘consejo de los gobernantes’ que no acudir al trabajo y desempeñar las funciones desde la casa, teletrabajo. Claro, en muchos hogares hay computador, pero no en todos, y no todos pueden pagar la conexión Wi-fi. ¿Qué hacer ante una realidad tan testaruda?

También recomiendan entretenerse en la casa, ver televisión, olvidando que su servicio público fue desmantelado, de manera que ahora hasta la televisión, que corre sus ondas por el espectro público, está privatizada. No existe proyecto de país y, por tanto, no existe proyecto cultural y con él una oferta de televisión y radio, así como en todos los campos que abre la internet. Tampoco existe en los barrios la oferta cultural en teatro, baile y otros campos, como espacio para cohesionar y ahondar pertenencias.

Todo esto, y mucho más, es lo que hace indispensable que los sectores sociales alternativos levanten un pliego reivindicativo de urgencia, deponiendo el construido y entregado al Gobierno meses atrás. Pueden hacer parte del mismo:

1. Servicios públicos gratuitos, por lo menos a lo largo de los próximos 6 meses, y más si la coyuntura que vivimos se prolonga.
2. Congelamiento de las deudas por compra –hipoteca– de vivienda, por un periodo igual o más amplio que el anterior. Anulación de toda medida de desahucio.
3. Poner en marcha políticas de atención y prevención en salud pública con redes de médicos en casa.
4. Garantía de mercado mensual, a cargo del gobierno nacional, en complemento con los gobiernos municipales y distritales, con todo lo indispensable para una alimentación equilibrada, para todas las familias estrato 1, 2, 3.
5. Ampliación de la oferta de los comedores comunitarios, tanto en cantidad (ampliación de cupos) como en calidad de los servido.
6. Wi-fi público y gratuito en todas las ciudades
7. Abocar la reconstrucción de la televisión nacional y de un proyecto cultural con proyecto de país soberano.
8. Fortalecimiento y ahondamiento de un proyecto educativo nacional, incluida la educación superior y universitaria, garantizando red de internet para todos los colegios y liceos de primera y secundaria. Educación gratuita, incluida la educación superior y universitaria.
9. Congelación de las deudas contraídas con la banca por pequeños y medianos agricultores.
10. Disposición de una red nacional para el mercadeo de todo tipo de productos, previendo y antecediendo de esta manera el monopolio, acaparamiento y especulación con productos básicos de la canasta familiar.
11. Desplegar una línea de crédito con un año de gracia, y para el segundo con un 0,5 de interés mensual, para apalancar a pequeños empresarios y comerciantes

Otras muchas medidas pueden y deben ser implementadas desde ya y con ello recuperar el sentido de lo público, no como lo fue en alguna época –bajo el control del Estado clientelar– sino colocando en cada instancia a las comunidades como parte fundamental de los equipos humanos que diseñen, ejecuten y controlen todo tipo de oferta pública, empezando a recorrer un camino que nos permita construir un país de todos/as y para todos/as.

Parte de estas propuestas pueden ser implementadas de manera inicial e ilustrativa, por gobiernos locales como el de Bogotá, Medellín y Cali, las cuales cuentan con empresas públicas en varios campos, con recursos económicos que les permiten cierta autonomía, y con miles de personas formadas en los más variados campos del saber, las cuales pueden liderar el diseño, ejecución y seguimiento de las mismas, siempre convocando y constituyendo amplios equipos comunitarios.

Son propuestas para la acción, para conectar con el país nacional. Toda crisis trae una oportunidad, no dejemos pasar la que tenemos ante nuestros ojos.

 

 

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Publicado enEdición Nº266
Desobediencia, por tu culpa voy a sobrevivir

Tengo coronavirus, porque aunque parece ser que la enfermedad aún no ha entrado por mi cuerpo, gente amada la tiene; porque el coronavirus está atravesando ciudades por las que he pasado en las últimas semanas; porque el coronavirus ha cambiado con un trinar de dedos como si de un milagro, una catástrofe, una tragedia sin remedio se tratara, absolutamente todo. Donde pises está, donde llegas ha llegado antes y nada se puede hoy pensar, ni hacer, sin el coronavirus entre medio. Parece ser que no solo yo tengo coronavirus, sino que lo tenemos todas, todes, todos; todas las instituciones, todo los países, todos los barrios y todas las actividades.

Lo que está claro es que el coronavirus, más que una enfermedad, parece ser una forma de dictadura mundial multigubernamental policíaca y militar.

El coronavirus es un miedo al contagio.

El coronavirus es una orden de confinamiento, por muy absurda que esta sea.

El coronavirus es una orden de distancia, por muy imposible que esta sea.

El coronavirus es un permiso de supresión de todas las libertades que a título de protección se extiende sin derecho a replica, ni cuestionamiento.

El coronavirus es un código de calificación de las llamadas actividades imprescindibles, donde lo único que está permitido es que vayamos a trabajar o que trabajemos en teletrabajo como signo de que estamos [email protected]

El coronavirus es un instrumento que parece efectivo para borrar,minimizar, ocultar o poner entre paréntesis otros problemas sociales y políticos que veníamos conceptualizando. De pronto y por arte de magia desaparecen debajo la alfombra o detrás del gigante.

El coronavirus es la eliminación del espacio social más vital, más democrático y más importante de nuestras vidas como es la calle, ese afuera que virtualmente no debemos atravesar  y que en muchos casos era el único espacio que nos quedaba..

El coronavirus es el dominio de la vida virtual, tienes que estar pegada a una red para comunicarte y saberte en sociedad.

El coronavirus es la militarización de la vida social.

Es lo más parecido a una dictadura donde no hay información, sino en porciones calculadas para producir miedo.

El coronavirus es un arma de destrucción y prohibición, aparentemente legítima, de la protesta social, donde nos dicen que lo más peligroso es juntarnos y reunirnos.

El coronavirus es la restitución del concepto de frontera a su forma más absurda; nos dicen que cerrar una frontera es una medida de seguridad, cuando el coronavirus está dentro y el tal cierre no impide la entrada de un virus microscópico e invisible, sino que impide y clasifica los cuerpos que podrán entrar o salir de las fronteras.

El espacio Schengen, que es desde donde se ha propagado el coronavirus a esta parte del mundo, donde habito, cierra su frontera a la circulación de cuerpos por fuera de ese espacio y cumple por fin el sueño fascista de que [email protected] otr@s son el peligro.

El coronavirus podría ser el holocausto del siglo XXI para generar un exterminio masivo de personas que morirán y están muriendo, porque sus cuerpos no resisten la enfermedad y los sistemas de salud las, les y los han clasificado bajo una lógica darwiniana como parte de quienes no tienen utilidad y por eso deben morir.

Aparecen los millones de euros de salvataje de sus economías coloniales para solventar alquileres, facturas de servicios, sueldos, cuando a toda esa masa proletarizada se le venía recortando el cielo, diciendo que no había de dónde pagar la deuda social. Ahora que les tienen muertos de miedo, obedientes y recluidos, les premian con el dulce consuelo de que solventarán sus cuentas, después de haber solventado las que importan, que son las de las corporaciones y los Estados.

“Socialistas” como los que gobiernan España, hablan de una guerra que vamos a vencer todos juntos. Les gusta la palabra, creen que sirve para hacer cuerpo y hacer de la enfermedad el supuesto enemigo ideal que nos una. Nada más fascista que declarar una guerra contra la sociedad y contra la democracia aprovechando el miedo a la enfermedad. Nada más fascista que hacer de las casas de la gente sus cárceles de encierro. Nada más neoliberal que proclamar el sálvese quien pueda como solución tutelada.

¿Y qué pasa cuando el coronavirus traspasa la frontera y llega a países como Bolivia?

Empecemos por decir que acá al coronavirus le esperaba ya en la puerta el dengue, que viene matando en el trópico –sin titulares en los periódicos– a las gentes malnutridas, a las wawas, a quienes viven en las zonas suburbanas insalubres. El dengue y el coronavirus se saludaron, a un costado estaba la tuberculosis y el cáncer que en esta parte del mundo son sentencias de muerte.

Los hospitales construidos la mayor parte a inicios el siglo XX con el auge del estaño y posteriormente modernizados, en los años setenta del siglo pasado, con el auge del desarrollismo, son mamotretos que colapsaron hace rato y donde la mala costumbre de curar a la gente siempre pasó por cuánto dinero tienes para pagar los medicamentos, todos importados e impagables.

Entra el coronavirus y llega en aviones, no de turistas, sino de nuestras exiliadas del neoliberalismo que han construido puentes de afecto que hace que vengan a visitar a extraños que llaman hijos, hermanos o padres.

Llegan con regalos y con cuerpos infectados, pero la enfermedad no solo llega en sus cuerpos llega en primera clase también, llega porque tiene que llegar, así de simple. Parece increíble que tengamos que apelar al sentido común y tengamos que decirles que las fronteras no se pueden cerrar, igualito que no se puede poner techo al sol, ni muro a las montañas, ni puertas a la selva.

Llegó por mil lugares, pero fue el cuerpo de una de nuestras exiliadas del neoliberalismo el estigmatizado y maltratado como “la portadora”, aunque ella y no otros hayan sido y sean quienes mantienen a este país. Los parientes de los enfermos se organizan para no dejar que se la hospitalice por el pánico, porque antes de que llegue el coronavirus en un cuerpo, había llegado en forma de miedo, de psicosis colectiva, de instructivo de clasificación, de instructivo de alejamiento.

El orden colonial del mundo nos ha convertido en idiotas que solo podemos repetir y copiar. Privadas y privados de pensar, en el caso boliviano la presidenta decide copiar pedazos del discurso y medidas del presidente de España y leyendo en telepronter lanza un paquete de medidas como si estuviera sentada en Madrid y no en La Paz. Habla de guerra que hay que ganar juntos y de los empresarios con los que concertará y lanza un toque de queda y prohibiciones en colecciones.

Lo único diferente en su discurso es el recurso de la cooperación internacional, la conocida mendicidad en la que nos revolcamos para que nos donen desde barbijos hasta ideas, una vez que les hayan sobrado.

Lo único diferente en su discurso es que acá no hay excedente, ni miles, menos millones de euros con que pagar ninguna cuenta. Acá la sentencia de muerte estaba escrita antes de que el coronavirus llegara en avión de turismo.

Mientras espero una epifanía que nos esclarezca lo que tenemos que hacer y que estoy segura entrara por el cuerpo débil y febril que nos la revelara, mientras me dedico con mis hermanas a desobedecer la prohibición de fabricar gel casero y lo hacemos para vender, porque también tenemos que sobrevivir; mientras rebusco mis libros de medicina ancestral para producir una fricción respiratoria antiviral, como las que hacíamos cuando Mujeres Creando era una farmacia popular en una zona periférica de la ciudad, pienso en el absurdo.

¿Ya que hay toque de queda, quedan [email protected] de subsistir [email protected] quienes viven de trabajar en la noche?

La sociedad boliviana es una sociedad proletarizada, sin salario, sin puestos de trabajo, sin industria, donde la gran masa sobrevive en la calle en un tejido social gigante y desobediente. Ni una sola de las medidas copiadas se ajusta a nuestras condiciones reales de vida, no solo por las deudas, sino por la vida misma. Todas y cada una de esas medidas copiadas de economías que nada tienen que ver con la nuestra, no nos protegen del contagio, sino que nos pretenden privar de formas de subsistencia que son la vida misma.

Nuestra única alternativa real es repensar el contagio.

Cultivar el contagio, exponernos al contagio y desobedecer para sobrevivir.

No se trata de un acto suicida, se trata de sentido común.

Pero quizás en ese sentido común esté todo el sentido más potente que podemos desarrollar.

¿Qué pasa si decidimos preparar nuestros cuerpos para el contagio?

¿Qué pasa si asumimos que nos contagiaremos ciertamente y vamos a partir de esa certidumbre procesando nuestros miedos?

¿qué pasa si ante la absurda, autoritaria e idiota respuesta estatal al coronavirus nos planteamos la autogestión social de la enfermedad, de la debilidad, del dolor, del pensamiento y de la esperanza?

¿Qué pasa si nos burlamos de los cierres de fronteras?

¿Qué pasa si nos organizamos socialmente?

¿Qué pasa si nos preparamos para besar a los muertos y para cuidar a las vivas y los vivos por fuera de prohibiciones, que lo único que están produciendo es el control de nuestro espacio y nuestras vidas?

¿Qué pasa si pasamos del abastecimiento individual a la olla común contagiosa y festiva como tantas veces lo hemos hecho?

Diran una vez mas que estoy loca, y que lo mejor es obedecer el aislamiento, la reclusión, el no contacto y la no contestación de las medidas cuando lo mas probable es que tu, tu amante, tu amiga, tu vecina, o tu madre se contagien.

Diran una vez mas que estoy loca cuando sabemos que en esta sociedad nunca hubo las camas de hospital que necesitamos y que si vamos a sus puertas ahí mismo moriremos rogando.

Sabemos que la gestión de la enfermedad será maormente domiciliaria, preparémonos socialmente para eso.

¿Qué pasa si decidimos desobedecer para sobrevivir?

Necesitamos alimentarnos para esperar la enfermedad y cambiar de dieta para resistir.

Necesitamos buscar a [email protected] kolliris y fabricar con ellas y ellos esos remedios no farmacéuticos, probar con nuestros cuerpos y explorar qué nos sienta mejor.

Necesitamos coquita para resistir el hambre y harinas de cañahua, de amaranto, sopa de quinua. Todo eso que nos han enseñado a despreciar.

Que la muerte no nos pesque acurrucadas de miedo obedeciendo órdenes idiotas, que nos pesque besándonos, que nos pesque haciendo el amor y no la guerra.

Que nos pesque cantando y abrazándonos, porque el contagio es inminente.

Porque el contagio es como respirar.

No poder respirar es a lo que nos condena el coronavirus, más que por la enfermedad por  la reclusión, la prohibición y la obediencia.

Me viene a la mente Nosferatu que en una inolvidable escena, cuando ya la muerte es inminente y la peste encarnada en ratas ha invadido todo el pueblo, se sientan [email protected] en una gran mesa en la plaza a compartir un banquete colectivo de resistencia. Así que nos encuentre el coronavirus, listas para el contagio

Por María Galindo

Integrante de Mujeres Creando

17 de Marzo – 2020

Publicado enSociedad