Un servicio público en peligro de extinción

La gratuidad de la información en Internet generó recortes en las redacciones, un empeoramiento de la calidad de la prensa y una concentración de los medios en manos de conglomerados. ¿Cómo han enfrentado esta tendencia la prensa y los estados en diferentes lugares del mundo?

 

No hay cómo negarlo: los medios de comunicación tradicionales en general están en crisis. Aquí y acullá, en países con poca o mucha tradición de lectura de periódicos, cierran diarios, revistas, semanarios todos los días. La cosa no es de ahora, precisamente, pero desde la aparición y sobre todo la consolidación de Internet y su galaxia se ha acentuado exponencialmente. Los medios audiovisuales, verdugos tradicionales de la prensa escrita, no salen tampoco indemnes y aparecen ellos también en el pelotón de víctimas del avance de ese monstruo cibernético imperial sobre el que se vuelcan todas las miradas acusadoras. Desde la crisis de 2008, es decir hace diez años, el ritmo de desaparición de publicaciones no paró de acelerarse. Un informe publicado por el periodista francoespañol Ignacio Ramonet (Le Monde Diplomatique, 4-X-09) da cuenta de que en menos de un año –entre 2008 y 2009– y sólo en Estados Unidos desaparecieron 120 medios, algunos de alcance nacional, y se perdieron 21 mil empleos en el sector. En Europa el terremoto fue similar: diarios tradicionales debieron o bien cerrar por completo, o pasar a editarse sólo en Internet, o restringir su oferta hasta el punto de perder parte de su identidad (el Washington Post dejando de editar su suplemento literario Bookworld, por ejemplo), además de destruir un tendal de puestos de trabajo. En España, de acuerdo a datos publicados a comienzos del año pasado por la Asociación de Editores de Diarios (Aede), entre 2008 y 2015 los cotidianos redujeron un 43 por ciento de sus plantillas (prnoticias.com, 3-I-17). En América Latina, la Federación Latinoamericana de Periodistas dio cuenta en 2016 de la pérdida de decenas de miles de puestos de trabajo en la región desde mediados de la década de los noventa. La sangría no ha cesado.


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La crisis de la prensa no es producto de una caída de su audiencia.


La penetración de los medios, por el contrario, se ha multiplicado. Sólo que los lectores están migrando desde las versiones impresas hacia las digitales. Al Guardian británico, por ejemplo, lo leen actualmente alrededor de 36 millones de personas por mes en todo el mundo a través de Internet, pero el venerable diario liberal vende menos de 300 mil copias por día; la versión digital del New York Times tiene 22 veces más lectores que la tradicional en papel; la del Times de Londres casi otro tanto; y algo similar sucede con el madrileño El País de Madrid, el francés Le Monde, el italiano La Repubblica. Sólo por hablar de los grandes medios “internacionales”. El fenómeno se repite, por supuesto, por estos lares: a menor difusión de las ediciones pagas, mucho más audiencia de las ediciones inmateriales.


Todos han ido apostando a “estar en Internet” para disminuir las pérdidas o simplemente no desaparecer. El País español, por ejemplo, cerró a fines del año pasado su imprenta en Madrid, pero destina fondos cada vez mayores a sus ediciones digitales, una de ellas para la América hispánica y otra en portugués, para el mercado brasileño. El Times o el Guardian británicos están realizando apuestas similares en el mundo anglófono. Entre abrir la canilla por completo y cerrarla a cal y canto, las fórmulas varían. A veces algunos medios prueban todas las opciones, a golpes de ensayo y error: van de ofrecer versiones digitales totalmente “abiertas”, idénticas o casi idénticas a las impresas, a partir de la premisa de que a mayor penetración y mayor audiencia mayor volumen de publicidad, hasta –una vez constatado el fracaso económico de esa variante– cobrar por todo lo que llega en unos y ceros. Otros –o los mismos– combinan, cobrando a partir de cierto número de artículos “bajados” y dejando “abiertos” otros. La preocupación principal de los medios impresos con versiones digitales es que éstas no terminen fagocitando a las primeras. Todavía no se ha encontrado la fórmula.


Uno de los problemas es que los ingresos de las versiones digitales de los medios escritos no han crecido en la misma proporción que su “lectorado”: sus consumidores las ojean por lo general gratuitamente o a través de “agregadores” de contenidos como Google, o de proveedores de servicios, que se han convertido en los grandes captadores de la publicidad y son denunciados como vampiros cibernéticos o parásitos que lucran con la producción de terceros. Datos sobre el mercado publicitario elaborados por la empresa Price Waterhouse Coopers (Pwc) indican que en 2017 el 27 por ciento de lo invertido en publicidad en todo el planeta fue a Internet, el 24 por ciento a la televisión abierta y apenas el 10 por ciento a publicaciones en papel. En 2010, es decir, sólo siete años antes, la tajada mayor de la torta publicitaria (26 por ciento) se la llevaban los canales abiertos, el 19 por ciento los diarios y otras publicaciones y sólo el 16 por ciento la red de redes informática (revistawacho.com, “Todos contra Facebook”, 2-V-18). Lo peor para los medios que tienen versiones digitales es que las fabulosas masas de dinero que se vuelcan cada vez más en Internet no van a ellos sino a Google o Facebook. El año pasado, en Estados Unidos, el mayor mercado publicitario del planeta, el 73 por ciento de lo invertido en publicidad en Internet fue a parar a esos dos gigantes, señala el documento de Pwc. Peor, peor aún: los anunciantes pagan por publicitar en Internet mucho, pero mucho menos que lo que pagan en medios en papel.


Google y Facebook se han ido convirtiendo cada vez más en “decidores” en el mercado informativo. “Como los grandes derivadores de tráfico a los portales de los medios son Google y Facebook cada decisión que ellos toman nos termina afectando”, dice la nota de Wacho. Su autor, Tomas Vio, destaca las dificultades que tienen los medios para hacerse valer frente a estos “parásitos”. “En 2014 el gobierno español incorporó un artículo a la ley de propiedad intelectual que establecía que Google y el resto de los buscadores estaban obligados a pagarle un monto fijo a cada medio por cada link que apareciera en ellos. Esto, que se pensó como una solución a la falta de ingresos por publicidad que tenían los medios, terminó hundiéndolos todavía más. En respuesta Google eliminó en España Google News y sacó cualquier link de un medio español en sus búsquedas en otros países. Esto afectó a todos los medios españoles, principalmente a los más chicos que vieron como las visitas a sus sitios cayeron un 16 por ciento. En poco tiempo los mismos medios que habían presionado para que se modificara la ley, reclamaron para que el gobierno diera marcha atrás. Casos parecidos pasaron en otras partes de Europa y siempre tuvieron a Google como el ganador.”


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Es como el perro que se muerde la cola, sugiere Ignacio Ramonet. Desesperados por su desplome y por encontrar una vía de salida, los medios de prensa tradicionales, hijos de la era industrial y de un modelo de circulación de la información ya obsoleto, al tiempo que invierten más y más dinero en tecnología, estiran como chicle y precarizan a sus cada vez más escasos periodistas para que escriban, filmen, fotografíen y se repartan entre los distintos soportes, y rebajan contenidos para adaptarse a los nuevos modos de consumo. La calidad de la oferta está entre lo primero que decae. “Hoy la información tiene como objetivo mercantil llegar al más amplio número de personas. Se llega bajando el nivel y bajando el costo, es decir, regalando una información que puedan leer hasta aquellas personas que apenas saben deletrear. El comercio de la información no consiste en vender información a la gente; consiste en vender gente a los anunciantes”, apunta el periodista hispanofrancés.


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El diagnóstico de la Aede para España podría extenderse a cualquier otro país de cualquier continente: la acción conjugada de la reducción de la publicidad y de la difusión de ejemplares pagos y una fallida migración a Internet han llevado a la prensa escrita a un estado de cuestionamiento existencial del que aún no sale. Los vaticinios sobre “la muerte inminente de la prensa diaria” no son de ahora, pero es relativamente reciente que se hayan convertido en lugar común, en certeza incuestionable. Los han formulado analistas externos al sector o gente del riñón mismo de la prensa. Ramonet citó en su nota de 2009 a Michael Wolf, de la consultora especializada Newser, que previó en enero de aquel año en el Washington Post que en Estados Unidos sólo subsistirían a corto plazo 20 por ciento de las publicaciones en papel, y al magnate australiano británico Rupert Murdoch, mandamás del grupo multimedia News Corporation, para quien la década que está ahora acabando quedaría marcada también como la de la extinción de la prensa diaria.

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La creciente concentración es otro de los fenómenos mayores en el sector. En los años ochenta y noventa era sobre todo endógena: se manifestaba en la creación de grandes grupos multimedia, que abarcaban publicaciones de todo tipo y pelaje, radios, canales abiertos y de cable, medios digitales. Pero también estas grandes corporaciones (Hearst Corporation, News Corp y otras) zozobran: pierden dinero, recortan los medios de los que son propietarios a tijeretazos. Ahora es común que los periódicos formen parte de grandes corporaciones industriales que los usan como pañuelos desechables en estrategias globales de poder.


En Francia, “todos los grandes medios pertenecen a cuatro o cinco empresas que nada tienen que ver con la información; se dedican a la fabricación y venta de armas, a la telefonía o a negocios por Internet”, dijo Ramonet en una entrevista publicada en el dominical argentino Perfil hace siete años (11-IX-11) que nada ha perdido de actualidad. “Un grupo que vende armas posee la radio más importante y el periódico del fin de semana más importante (Le Journal du Dimanche), mientras un constructor de autopistas tiene el canal de televisión más importante con el informativo de mayor audiencia.”


Un estudio sobre “Pluralidad informativa y libertad de prensa” realizado por el European Centre for Press and Media Freedom y la Plataforma en Defensa de la Libertad de Información, difundido en enero pasado, consignó el fenomenal nivel de concentración en este sector en Europa: en 15 países de la región, cuatro grupos son propietarios del 80 por ciento de los medios (público.es, 29-I-18).


Para el “ecosistema informativo” de la región, se comentó en un seminario madrileño en que el informe fue presentado, “ello supone una gigantesca pérdida de diversidad, y para la democracia un peligro mayúsculo, al estar la información en manos de unos pocos actores privados en tiempos, además, en que, producto de su propia crisis, los medios están perdiendo calidad”.
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Profesor en la Escuela de Ciencias Sociales de Manchester, en Inglaterra, Peter Humphreys realizó unos años atrás una investigación comparada sobre las ayudas a la prensa en Europa.1 El trabajo, publicado en 2008, cuando la debacle no había llegado a las dimensiones actuales, demuestra cómo desde hace décadas la mayoría de los países del continente han desarrollado políticas “para promover la diversidad de la prensa, por lo general mediante normas contra la concentración de medios y/o mediante subvenciones”. En Estados Unidos, “la patria del liberalismo económico”, las ayudas a la prensa remontan a los inicios de la república y eran concebidas como “un subsidio público para la democracia”, señala Humphreys. Este “fundamento democrático sigue siendo el argumento más sólido para el apoyo económico público a los medios de comunicación de masas hasta la actualidad”.


Las subvenciones o las ayudas han variado según los tiempos y las orientaciones políticas. “Se ha facilitado ‘ayuda de emergencia’ temporal a publicaciones en dificultades financieras. Se han destinado subvenciones a periódicos ‘minoritarios’ (…). Se han concedido subvenciones para la modernización (introducción de nuevas tecnologías, recapacitación, etcétera) y en ciertos casos se han dirigido hacia funciones periodísticas concretas, como el periodismo de investigación”, escribe el investigador. Desde los primeros años de la década de 1970, cuando despuntó la crisis de la prensa escrita, no ha habido país de Europa occidental que no haya establecido alguna modalidad de asistencia al sector. Todos implementaron tipos de Iva preferentes, la mayoría adoptó tarifas postales, de comunicaciones y de transporte diferenciadas (en algunos casos incluso para los desplazamientos de los periodistas), y han sido habituales las desgravaciones fiscales por inversiones. En esa clase de ayudas indirectas los países han sido unánimes.

Los de tradición liberal como los anglosajones se quedaron en la facilitación de un “ambiente favorable para todos los medios”, para “no distorsionar el mercado” ni generar mecanismos de dependencia de los medios respecto a los gobiernos, según resumió en 1977 un informe de la británica Comisión McGregor, que excluyó cualquier tipo de subvención directa a los medios. Países de tradición estatista como Francia (“el primero en introducir un complejo sistema de subvenciones, directas e indirectas”) o de “corporativismo democrático” como los nórdicos establecieron en cambio ayudas “orientadas” de diverso calibre, y sistemas de regulaciones que incluían cierto nivel de discriminación “positiva”. El sistema francés se instauró poco después de la Segunda Guerra Mundial, “con el objetivo declarado de fomentar el pluralismo entre las cabeceras de periódicos y estimular el acceso de los lectores a diferentes fuentes de periódicos”, apunta Humphreys citando The Media in France, un estudio del profesor de ciencia política británico Raymond Kuhn publicado en 1995. Desde entonces se ha ido adaptando y, por momentos, amplificando. Hacia fines de 2014, escribió en diciembre de ese año en Le Monde Diplomatique el periodista Pierre Rimbert, los subsidios a la prensa representaban un 19 por ciento del volumen anual de negocios de los periódicos de información política y general de Francia. En promedio, el Estado francés destinaba entonces 1.600 millones de euros por año al conjunto del sector. “La persistencia de estas ayudas públicas masivas pero pasivas expresa el reconocimiento implícito de que (…) al igual que la educación o la salud, una información de calidad no podría florecer bajo las reglas de la oferta y la demanda”, apuntaba Rimbert. El periodista criticaba de todas maneras la forma en que esas ayudas eran implementadas. “Desviado del interés general hacia los conglomerados comerciales, el modelo” francés ha demostrado no sólo su ineficacia, al ser incapaz de resolver la crisis de los medios, sino también su injusticia, señalaba. Titulada “Proyecto para una prensa libre”, la nota de Rimbert proponía un modelo radicalmente diferente de financiación de la prensa destinado a “producir una información de calidad por fuera de la ley del mercado y de las presiones del poder político”.


Humphreys destaca por su lado las bondades de los mecanismos de ayuda a la prensa implementados en Noruega, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Austria, Holanda (véase recuadro). Se trata, precisamente, de los países que más subvenciones han destinado al sector, con el fin de “preservar un importante grado de pluralismo político frente a una creciente concentración de los medios de comunicación”. El británico cita un trabajo de los investigadores Daniel Hallin y Paolo Mancini (Comparing Media Systems: Three Models of Media and Politics) para la Universidad de Cambridge según el cual en los países nórdicos “los medios eran más respetuosos con las elites políticas antes de la aplicación de estos sistemas de subvenciones que después. (…) El aumento del profesionalismo crítico en el periodismo de la Europa septentrional se produjo en el período en que las subvenciones eran más elevadas”.


En Holanda y Bélgica se han instaurado mecanismos estatales de apoyo al periodismo de investigación. El caso del Fondo Pascal Decroos de la región flamenca belga, creado en 1998, es particularmente llamativo. Humphreys cita el texto, subido a su página web, con el que los promotores de esta iniciativa la fundamentaron: “los medios están bajo presión. La economía de mercado determina cada vez más qué se considera noticia y qué no. El resultado de esta tendencia es que apenas queda espacio para un periodismo en profundidad y con amplitud de miras. A pesar de disponer del talento periodístico y de existir un genuino interés público, el periodismo especializado y de investigación rara vez se practica en Flandes. El principal obstáculo parece ser siempre la financiación de tales proyectos”. El gobierno flamenco aporta dinero a este fondo, que cuenta con unos 250 miembros, en su mayor parte surgidos de los medios, y un Consejo Asesor de “notables”.


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“Aunque se han esgrimido diversos argumentos para cuestionar la eficacia o la conveniencia de las subvenciones a la prensa”, escribía Humphreys en los párrafos finales de su trabajo, “el hecho es que un importante número de países europeos occidentales parece estar comprometido con el mantenimiento de sus sistemas de apoyo y ha sido evidente un cierto grado de innovación en sus sistemas de subvenciones. A los fundamentos iniciales de carácter democrático pluralista y económico a favor de la intervención se ha añadido el fundamento de la racionalización industrial (…) y un fundamento de proyectos de investigación periodística. (…) La convergencia digital ha producido una apremiante necesidad de replanteamiento de las políticas intervencionistas de manera que en el futuro la financiación pública de la comunicación de ‘servicio público’ dependerá cada vez más de la función, en lugar de ser específica de una determinada tecnología. Para la prensa, ya sea impresa o digital, esto podría implicar un mayor apoyo –nunca menos– para funciones periodísticas concretas de ‘servicio público’ amenazadas por la creciente comercialización y competencia entre los distintos medios”.


1. “Subvenciones a la prensa en Europa. Una visión histórica”, Revista Telos, abril-junio de 2008.



Para asegurar una pluralidad


La opción de los pequeños países


Noruega, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Austria y Holanda tienen en común que son pequeños, tienen poco peso económico y diplomático a nivel internacional y, por lo tanto, sus mercados mediáticos son limitados al propio país. La prensa en estos países no puede pretender emular un modelo como los de The Guardian o El País que tienen un millonario lectorado en la web fuera de sus fronteras nacionales, que les permite vender grandes cantidades de avisos en Internet; para leer un diario holandés hay que saber hablar ese idioma, y la actualidad de un pequeño país como Dinamarca, sólo interesa a los propios daneses. La pluralidad de la prensa no se puede asegurar en mercados tan pequeños. Por eso, en Suecia, un país de sólo 9 millones de habitantes, es gracias a una subvención pública que circulan casi 100 revistas de corte cultural y político de las más variadas orientaciones ideológicas.


Florencia Rovira Torres

Publicado enCultura
Lunes, 05 Febrero 2018 06:18

Del crecimiento productivo

Del crecimiento productivo

Si ya se está materializando alguna forma de recuperación luego del estancamiento prácticamente generalizado de los países con las economías más avanzadas del mundo, su horizonte de inversión está aún fijado en el corto plazo.

La producción de esos países creció en promedio anual y en términos reales (descontada la inflación) a una tasa de 2.2 por ciento entre 2002 y 2008, es decir hasta antes de la crisis de 2009, cuando el producto cayó 3.4 por ciento. Entre 2011 y 2017 ese promedio fue de 1.7 por ciento.

Ahora se anuncia una recuperación y, en el caso de Estados Unidos, un fuerte estímulo al gasto privado –inversión y consumo– apoyado en la rebaja de impuestos, especialmente a las corporaciones, derivada de la reforma fiscal recientemente implementada.

Hace un año, a mediados de febrero de 2017, el índice Dow Jones del mercado accionario en Nueva York (uno de los indicadores claves del desempeño de los títulos de inversión en ese país) tenía un valor de 15 mil 973 puntos. A fines de enero de este año ese valor fue de 26 mil 606; una elevación de 66 por ciento.

Esto indica el cambio en las tendencias del crecimiento y, también, en las expectativas que logró generar la elección de Donald Trump, además de que la nueva legislación impositiva beneficia significativamente a las empresas que pasaron de pagar una tasa 35 por ciento a una de 21.

Pero el entusiasmo inversor en la bolsa se frenó por las mismas consecuencias del cambio en la expectativas y la ley fiscal. En la medida en que crece la producción y se absorbe mayor cantidad de mano de obra, los salarios tienden a subir y con ello baja la perspectiva de ganancia.

De igual forma, una mayor demanda agregada empuja los precios hacia arriba, y la inflación refuerza la tendencia de la Reserva Federal a subir las tasas de interés, encareciendo el crédito.

El proceso empuja a un cambio en la asignación de los recursos destinados a la inversión y a la compra de acciones. El viernes pasado el mercado accionario tuvo su mayor caída desde el comienzo de la presidencia de Trump.

La idea que sustentó la reforma de los impuestos en ese país fue expresada de modo claro por Gary Cohn, ex banquero de Goldman Sachs y ahora director del Consejo Económico Nacional. Sostenía que: “Habrá una continuación del auge en el mercado de acciones basado en los indicadores fundamentales de la economía… así como en el mayor poder de los ingresos de las empresas por los impuestos más bajos”.

El mercado de valores no expresa un comportamiento racional de los inversionistas basados en un caudal suficiente de información y en un conocimiento cabal de cómo se forman los precios de las acciones de una empresa en particular y, menos aún, de cómo se comporta el conjunto de los mismos.

Al respecto cabría discutir de modo más amplio cómo funciona ese mercado y si es el mejor instrumento para asignar los recursos disponibles para la inversión productiva. En este sentido habría que tener, también, una mejor comprensión de la actividad de los especuladores en un periodo en particular y en el ciclo de los negocios.

Hay estudios relevantes de corte sicológico acerca de cómo toman las decisiones de inversión en el mercado de acciones los jefes de finanzas de las empresas o los ejecutivos de cuenta de los grandes bancos y las casas de bolsa.

Uno de ellos, por ejemplo, escrito por David Tuckett y titulado Ocupándose de los mercados, tiene el llamativo subtítulo de Una visión financiera emocional de la inestabilidad financiera. En los diversos casos que reseña no encuentra una manera de describir de manera racional las decisiones de inversión.

Kahneman es uno de los autores que se han ocupado del desarrollo de la economía del comportamiento, la que cuestiona severamente las hipótesis de racionalidad de los agentes que operan en el mercado. Lo mismo ocurre con los estudios de Richard Thaler o los de Robert Shiller.

El punto que quiero hacer es que sustentar una política de crecimiento económico en las condiciones en las que funcionan los mercados accionarios es ahora una base insuficiente para provocar un crecimiento sustentable en el largo plazo.

Hubo una época en que las familias colocaban su patrimonio en acciones de empresas como General Motors o General Electric y esperaban que se valorizara con el paso del tiempo. Hoy el tiempo se ha acortado, las expectativas de ganancias no se adecuan a las necesidades de inversión con maduraciones a plazos largos. Los fondos de inversión y los de coberturas (hedge funds) en particular tienen horizontes de corto plazo y son altamente especulativos.

No es posible así afianzar un crecimiento económico que distribuya los beneficios de forma suficiente entre la población. Las ganancias financieras están muy por encima de los ingresos salariales y de las condiciones de bienestar de la mayor parte de la población.

Hay fondos que retribuyen más de 15 por ciento anual a sus inversionistas. No hay manera en que los salarios puedan siquiera competir en una proporción que se considere socialmente adecuada. Los empleos no están bien remunerados y son cada vez más precarios.

 

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