Durante el regreso del rompehielos Polarstern, tras un año de exhaustiva investigación.Foto Afp

El planeta pudo haber superado ya un punto de inflexión con consecuencias desde Groenlandia hasta la Gran Barrera de Coral, destaca jefe de la mayor misión científica en el Polo Norte

 

Berlín. El planeta pudo haber superado ya un punto de inflexión hacia un calentamiento global irreversible, con consecuencias "en cascada" desde Groenlandia hasta la Gran Barrera de Coral, advirtió ayer el alemán Markus Rex, jefe de la mayor expedición científica jamás realizada en el Polo Norte.

"Únicamente el estudio de los años venideros permitirá saber si todavía podemos salvar la banquisa del Ártico, presente todo el año, gracias a una protección del clima, o si ya hemos traspasado ese punto de no retorno", alertó en Berlín, ocho meses después del retorno de la misión internacional que estuvo un año en esa zona del planeta.

Durante casi un año, equipos internacionales recogieron datos que deben proporcionar información valiosa sobre el cambio climático.

“La desaparición de la banquisa de verano en el Ártico es una de las primeras minas en este campo, uno de los primeros puntos de no retorno a los que se llega cuando vamos demasiado lejos en el calentamiento global, sostuvo el científico en una rueda de prensa con Anja Karliczek, ministra de Educación e Investigación.

De hecho "podemos preguntarnos si no hemos caminado ya sobre esta mina y activado el inicio de la explosión", estimó este climatólogo y físico, científico de referencia en materia de estudio del Ártico.

Si ese punto irreversible se hubiera traspasado podría tener consecuencias de "efecto dominó" para el planeta, advirtió el científico y "agravar el calentamiento con la desaparición del casquete polar de Groenlandia o el deshielo de zonas amplias del permafrost del Ártico".

Los antiguos glaciares también están amenazados. "Hoy tampoco sabemos si podemos salvar la Gran Barrera de Coral" en Australia, subrayó.

La desaparición, a una "velocidad dramática"

Al regreso del Polarstern, rompehielos del instituto alemán Alfred-Wegener a su puerto de origen de Bremerhaven, en el noroeste de Alemania, el 12 de octubre, el jefe de la misión Mosaic había ya alertado sobre la amenaza que planea sobre la banquisa, afirmando que desaparece a una "velocidad dramática".

El retroceso de la banquisa es considerado por los científicos como el "epicentro del calentamiento global", según Rex.

En ese momento, afirmó haber visto en verano "grandes zonas de agua líquida casi hasta en el polo, rodeadas de hielo lleno de agujeros debido a un deshielo masivo".

Ayer aseguró que la capa de hielo había retrocedido "más rápido en la primavera de 2020 que desde el comienzo de las mediciones" de la banquisa y que la extensión del hielo durante el verano era la mitad que la de décadas atrás.

Stefanie Arndt, especialista en hielo marino, señaló que "quizá seamos la última generación en ver el Ártico con hielo en verano".

Esta banquisa, subrayó, es "un espacio vital importante para los osos polares".

Los expertos recogieron más de 150 terabytes de datos y más de mil muestras de hielo.

Hasta 2023, los organizadores de la expedición cuentan con varios cientos de publicaciones científicas tras el análisis de los elementos recogidos en el Ártico "que deben permitir escribir un nuevo capítulo para la comprensión del cambio climático", según el sitio de Internet de la misión.

Durante sus 389 días, la misión de 170 millones de dólares, dirigida por 20 países en conjunto, estudió la atmósfera, el océano, la capa de hielo y el ecosistema para reunir datos que permitan evaluar el impacto del cambio climático en la región y en el mundo.

Varios centenares de expertos y científicos permanecieron en el Polarstern, que navegó 3 mil 400 kilómetros en zigzag.

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Miércoles, 19 Mayo 2021 05:35

Agrotóxicos: ¡El suelo dice basta!

Agrotóxicos: ¡El suelo dice basta!

Un estudio publicado en la revista científica Frontiers in Environmental Science demuestra de forma categórica el desastre ambiental que representan los agrotóxicos más utilizados en la agricultura para los organismos que son críticos para la salud del suelo, la biodiversidad y el secuestro de carbono de las superficies para combatir el cambio climático.

El estudio, realizado por investigadores del Centro para la Diversidad Biológica, Friends of the Earth US y la Universidad de Maryland, es la revisión más grande y completa de los impactos de los pesticidas agrícolas en los organismos del suelo jamás realizada.

Los investigadores recopilaron datos de casi 400 estudios, y encontraron que los pesticidas dañaron invertebrados beneficiosos que viven en el suelo, incluidas lombrices de tierra, hormigas, escarabajos y abejas que anidan en el suelo en el 71 por ciento de los casos revisados.

“Es extremadamente preocupante que el 71 por ciento de los casos muestran que los pesticidas dañan significativamente a los invertebrados del suelo”, dijo Tara Cornelisse, entomóloga del Centro y coautora del estudio.

“Nuestros resultados se suman a la evidencia de que los pesticidas están contribuyendo a la disminución generalizada de insectos, como los escarabajos depredadores beneficiosos y las abejas solitarias polinizadoras. Estos hallazgos preocupantes se suman a la urgencia de controlar el uso de pesticidas», dijo.

El estudio continúa diciendo que los pesticidas son uno de los principales impulsores de la disminución de insectos: “Nuestros hallazgos proporcionan más evidencia de que los pesticidas están contribuyendo a la disminución generalizada de insectos. Estas disminuciones amenazan en gran medida los ecosistemas que sustentan toda la vida en la Tierra, incluidos los sistemas agrícolas que alimentan a las personas. Los suelos se encuentran entre los ecosistemas más complejos y biodiversos del planeta, y contienen casi una cuarta parte de todas las especies. Un puñado de tierra contiene alrededor de 10 a 100 millones de organismos».

«Los invertebrados del suelo brindan beneficios esenciales para el ecosistema, como el ciclo de los nutrientes que las plantas necesitan para crecer, la descomposición de plantas y animales muertos para que puedan nutrir nueva vida y la regulación de plagas y enfermedades”, contó

Además, sostuvo que “la biodiversidad del suelo también reduce los impactos de sequías e inundaciones extremas, que se están volviendo más comunes a medida que cambia el clima. Los invertebrados como las lombrices de tierra y las hormigas son ingenieros de ecosistemas. Elaboran y mantienen la estructura de los suelos con sus túneles y madrigueras, lo que permite el flujo de nutrientes, aire y agua a través de los ecosistemas subterráneos. El suelo sano con buena estructura actúa como una esponja, absorbiendo fácilmente el agua durante las lluvias intensas y manteniéndola durante los tiempos secos, mejorando los resultados de los agricultores durante las condiciones climáticas extremas”.

Estos hallazgos se suman a otro estudio reciente publicado en la revista Science que muestra que la toxicidad de los plaguicidas se ha duplicado para muchos invertebrados desde 2005. A pesar de la reducción del uso general de insecticidas, las sustancias químicas más comúnmente utilizadas en la actualidad, incluidos los neonicotinoides, son cada vez más tóxicas para beneficiosas. insectos y otros invertebrados. Los pesticidas pueden permanecer en el suelo durante años o décadas después de su aplicación, y continúan dañando la salud del suelo.

A pesar de estos daños conocidos, la Agencia de Protección Ambiental no requiere que los organismos del suelo sean considerados en ningún análisis de riesgo de pesticidas. Además, la EPA subestima gravemente el riesgo de los pesticidas para la salud del suelo al utilizar una especie que pasa toda su vida en la superficie, la abeja europea, para estimar el daño a todos los invertebrados del suelo.

“Debajo de la superficie de los campos cubiertos con monocultivos de maíz y soja, los pesticidas están destruyendo los cimientos mismos de la red de la vida”, dijo Nathan Donley, otro coautor y científico del Centro.

“Estudio tras estudio indica que el uso incontrolado de pesticidas en cientos de millones de acres cada año está envenenando los organismos críticos para mantener suelos saludables. Pero nuestros reguladores han estado ignorando el daño a estos importantes ecosistemas durante décadas», argumentó.

«Las empresas de pesticidas están continuamente tratando de hacer un lavado verde de sus productos, argumentando a favor del uso de pesticidas en la agricultura ‘regenerativa’ o ‘climáticamente inteligente'», dijo Kendra Klein, coautora y científica senior de Friends of the Earth: «Esta investigación rompe esa noción y demuestra que la reducción de pesticidas debe ser una parte clave para combatir el cambio climático en la agricultura».

“Sabemos que las prácticas agrícolas como el cultivo de cobertura y el compostaje construyen ecosistemas de suelo saludables y reducen la necesidad de pesticidas en primer lugar”, dijo el coautor Aditi Dubey de la Universidad de Maryland. “Sin embargo, nuestras políticas agrícolas continúan apuntalando un sistema alimentario intensivo en pesticidas. Nuestros resultados destacan la necesidad de políticas que ayuden a los agricultores a adoptar métodos de agricultura ecológica que ayudan a que la biodiversidad florezca tanto en el suelo como en la superficie”.

El artículo de revisión analizó 394 artículos publicados sobre los efectos de los pesticidas en invertebrados no objetivo que tienen huevos, larvas o desarrollo inmaduro en el suelo. Esa revisión abarcó 275 especies o grupos únicos de organismos del suelo y 284 ingredientes activos de plaguicidas diferentes o mezclas únicas de plaguicidas.

Esto resultó en un análisis de más de 2.800 “casos” separados para su análisis, medidos como un cambio en un punto final específico después de la exposición de un organismo específico a un pesticida específico. Encontró que el 71 por ciento de los casos mostraron efectos negativos.

Los efectos negativos fueron evidentes tanto en los estudios de laboratorio como en los de campo, en todas las clases de pesticidas estudiadas y en una amplia variedad de organismos del suelo y criterios de valoración.

Los insecticidas organofosforados, neonicotinoides, piretroides y carbamatos, herbicidas amida/anilida y benzimidazol y fungicidas inorgánicos dañaron los organismos del suelo en más del 70 por ciento de los casos revisados. Los herbicidas y fungicidas fueron especialmente perjudiciales para las lombrices de tierra, los nematodos y los colémbolos.

Mientras que los insecticidas causan el mayor daño a los invertebrados no objetivo, con estudios que muestran alrededor del 80 por ciento de los puntos finales probados afectados negativamente en escarabajos terrestres, abejas solitarias que anidan en el suelo, avispas parásitas, milpiés, ciempiés, lombrices de tierra y colémbolos.

Por Graciela Vizcay Gomez | 19/05/2021

 

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Radiografía de un planeta (aún más) en crisis

El informe sobre el estado del clima en 2020 de la OMM insiste en que los indicadores empeoraron y los impactos del cambio climático se agravaron en un año al que se le suma la pandemia.

Fenómenos meteorológicos extremos, más calentamiento global y una pandemia. Resultado: millones de personas y ecosistemas afectados. Así resume 2020 la Organización Meteorológica Mundial (OMM) en su habitual informe sobre el estado del clima que elabora junto a agencias de todo el mundo. Y no, ni de lejos la desaceleración de la economía relacionada con la pandemia logró frenar los motores de la crisis climática ni la aceleración de sus impactos, tal y como recuerda el documento.

El 2020 fue uno de los tres años más calurosos de los que se tiene constancia, a pesar del fenómeno de enfriamiento de La Niña. La temperatura media global fue de aproximadamente 1,2 °C superior a los niveles preindustriales (1850‑1900). Y no, no es un hecho puntual: los seis años transcurridos desde 2015 son los más tórridos de los que se tienen datos. La década de 2011 a 2020 ha sido la más cálida jamás registrada.

En el informe, que lleva elaborándose casi tres décadas, se reflejan algunos indicadores del sistema climático, entre los que se incluyen las concentraciones de gases de efecto invernadero, el incremento de las temperaturas terrestres y oceánicas, el aumento del nivel del mar, el derretimiento del hielo, el retroceso de los glaciares y los fenómenos meteorológicos extremos. Asimismo, se ponen de relieve las repercusiones en el desarrollo socioeconómico, las migraciones y los desplazamientos, la seguridad alimentaria y los ecosistemas terrestres y marinos.

Gases de efecto invernadero

Las concentraciones de los principales gases de efecto invernadero responsables del calentamiento global de la atmósfera siguieron aumentando en 2019 y 2020. Los niveles de dióxido de carbono (CO2), principal GEI, ya han superado las 410 partes por millón (ppm), un 148% más que en niveles preindustriales. Lejos de frenarse, se espera que se alcance o supere las 414 ppm en 2021 si se mantiene la tendencia de los años anteriores. Ni siquiera la pandemia y todo lo que conllevó pudo reducir de manera tangible las concentraciones atmosféricas. Es más: el pasado 3 de abril se registraron 421,21 partes por millón (ppm), lo que supone un nuevo récord diario.

Océanos

Los océanos son claves para la mitigación del cambio climático. Actualmente, absorben hasta un 23 % de las emisiones anuales de CO2 de origen antropogénico. Sin embargo, el dióxido de carbono reacciona con el agua de mar y disminuye su pH, lo que da lugar a la acidificación de los océanos. Esto, a su vez, reduce la capacidad de los océanos para absorber CO2 de la atmósfera, produciéndose un ciclo de retroalimentación.

Los océanos son fundamentales porque absorben más del 90 % del exceso de calor generado por las actividades humanas. En 2019, los océanos alcanzaron los niveles de temperatura más altos jamás registrados, y es probable que esta tendencia se haya mantenido en 2020, acorde a la OMM. Es más: en más del 80 % del océano se produjo, al menos, una ola de calor marina en 2020. El porcentaje del océano en el que se registraron olas de calor marinas “fuertes” (45%) fue superior al correspondiente a las olas de calor marinas “moderadas” (28%).

El estudio también recuerda que el nivel del mar no ha dejado de subir a escala mundial desde 1993; este se ha visto incrementado recientemente debido, en parte, al mayor derretimiento de las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida.

Criosfera

Tampoco son buenas las señales que llegan desde el Ártico. Las temperaturas del aire en superficie se han elevado desde mediados de los ochenta, al menos, dos veces más rápido que la media global. Un problema que no solo afecta a los ecosistemas de este lugar, sino al clima de todo el planeta debido a diversos circuitos de retroalimentación como, por ejemplo, las emisiones de metano a la atmósfera causadas por el deshielo del permafrost. Lo que pasa en el Ártico no se queda en el Ártico.

En 2020, el Ártico alcanzó segunda extensión mínima de hielo marino, con 3,74 millones de kilómetros cuadrados el 15 de septiembre. Esta cifra solo es superada por la registrada en septiembre de 2012, cuando se bajó hasta los 3,41 millones de kilómetros cuadrados. 

Las temperaturas máximas récords que se registraron al norte del círculo polar ártico en Siberia, con hasta 38 ºC en la localidad de Verkhoyansk, provocaron una aceleración del derretimiento del hielo marino en el mar de Siberia oriental y el mar de Laptev, en los que se produjo una ola de calor marina prolongada. El retroceso del hielo marino durante el verano boreal de 2020 en el mar de Laptev fue el más temprano observado en la era satelital, según apuntan desde la OMM.

Tampoco se libra de los efectos del calentamiento global Groenlandia, que continúa perdiendo masa a un ritmo sin precedentes. Entre septiembre de 2019 y agosto de 2020, se perdieron aproximadamente 152 Gt de hielo de su capa.

Similar es la situación en la Antártida. Si bien la extensión de hielo marino se mantuvo cerca de la media a largo plazo, la fuerte pérdida de masa desde finales de los noventa es clara. Esta tendencia se ha visto acelerada desde 2005 y, en la actualidad, la Antártida pierde aproximadamente entre 175 Gt y 225 Gt de hielo por año debido a los crecientes caudales de los principales glaciares de la Antártida occidental y la península antártica. Una cifra preocupante si se tiene en cuenta que corresponde a alrededor del doble del caudal anual del río Rin en Europa.

Incendios y calor

A más calor, más incendios forestales. El cambio climático hace que sean cada vez más potentes y habituales, pues se dan las condiciones idóneas para ello. En 2020, Estados Unidos sufrió los incendios más grandes jamás registrados a finales del verano y en otoño. La sequía contribuyó a los incendios, a lo que se sumó que el período de julio a septiembre fue el más caluroso y seco observado en el suroeste. En el Valle de la Muerte, en California, se alcanzó los 54,4 °C el 16 de agosto, la temperatura más alta de la que se tiene conocimiento en el mundo en, al menos, los últimos 80 años.

Australia, Cuba, Puerto Rico, Japón… Han sido muchas las zonas y países que registraron en 2020 temperaturas inusuales. En el caso de Europa, durante el verano se vio afectada por una serie de sequías y olas de calor, aunque, en general, no fueron tan intensas como las de 2018 y 2019. Aun así, 2020 ha sido el año más tórrido en el continente desde que comenzaron los registros de satélites en 1983, según el informe sobre el Estado del Clima Europeo de 2020, del Servicio de Cambio Climático Copernicus (C3S).

Sequías y lluvias torrenciales

Dos conceptos que se contraponen pero que tienen un denominador común: el cambio climático. Ambos fenómenos son cada vez más intensos y prolongados en el tiempo por culpa del calentamiento global de la atmósfera.

El año pasado, se registraron lluvias intensas e importantes inundaciones en grandes zonas de África y Asia, recuerda el informe sobre el estado del clima. Las peores lluvias e inundaciones afectaron a la mayor parte del Sahel y del Gran Cuerno de África, y provocaron una invasión de langostas del desierto. En cuanto a las sequías, numerosos puntos de América del Sur se vieron afectadas, como es el caso del norte de Argentina, Paraguay y las zonas fronterizas occidentales de Brasil. Solo en éste último, se estima que las pérdidas agrícolas ascendieron a casi 3.000 millones de dólares.

Ciclones tropicales y COVID-19

Otro motivo más para definir 2020 como histórico es la temporada de huracanes del Atlántico Norte. En total, se produjeron 30 tormentas con nombre, la cifra más alta hasta la fecha. Solo en Estados Unidos se registró un récord de 12 llegadas a tierra. Por ejemplo, el huracán Laura, que alcanzó una intensidad de categoría 4; tocó tierra el 27 de agosto en el oeste de Luisiana y provocó importantes daños y pérdidas económicas por valor de 19.000 millones de dólares.

También provocó muchos daños el ciclón tropical Harold, una de las tormentas más fuertes jamás registradas en el Pacífico Sur, y que azotó Fiji, las Islas Salomón, Tonga y Vanuatu. Provocó cerca de 100.000 desplazamientos, gravemente condicionados por la pandemia. Las cuarentenas y los confinamientos obstaculizaron las operaciones de respuesta y recuperación, lo cual demoró el suministro de equipos y asistencia.

Tampoco hay que olvidar al ciclón Amphan, que tocó tierra el 20 de mayo cerca de la frontera entre India y Bangladesh. Este ciclón tropical ha sido el que más costes ocasionó en el océano Índico septentrional desde que se iniciaron los registros. En India, las pérdidas económicas se estimaron en aproximadamente 14.000 millones de dólares.

El ciclón tropical más intenso de la temporada fue el tifón Goni, que atravesó el norte de Filipinas el 1 de noviembre con una velocidad media del viento de al menos 220 km/h. Meses antes, el país sufrió ya el paso del ciclón tropical Vongfong (Ambo). Si bien se evacuó preventivamente a más de 180.000 personas, las medidas de distanciamiento social obligaron a transportar a los residentes en números reducidos y la capacidad de los centros de evacuación se redujo a la mitad.

En el norte de América Central, alrededor de 5,3 millones de personas necesitaron asistencia humanitaria, a lo que se suman 560.000 desplazamientos internos antes del comienzo de la pandemia. En este sentido, la respuesta a los huracanes Eta e Iota se llevaron a cabo en un contexto de complejas vulnerabilidades interrelacionadas, tal y como recuerda el informe.

Desplazamientos

Según el Observatorio de Desplazamiento Interno, se estima que durante el último decenio (2010‑2019) los fenómenos meteorológicos provocaron en torno a 23,1 millones de desplazamientos de personas por año, la mayoría de los cuales se produjeron dentro de las fronteras nacionales. Durante el primer semestre de 2020, se registraron alrededor de 9,8 millones de desplazamientos provocados principalmente por peligros y desastres hidrometeorológicos. La mayoría se concentraron en el sur y sureste de Asia y en el Cuerno de África.

Para la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y ACNUR, «numerosas situaciones de desplazamiento provocadas por fenómenos hidrometeorológicos han pasado a ser desplazamientos prolongados para algunas personas que no pueden volver a sus hogares o que no disponen de opciones para integrarse a escala local o asentarse en otros lugares. Estas personas también pueden verse afectadas por desplazamientos reiterados y frecuentes, que dejan poco tiempo para recuperarse entre una conmoción y la siguiente«, apunta el informe de la OMM.

Inseguridad alimentaria

El clima cambiante y los fenómenos meteorológicos extremos, juntos con los conflictos y la crisis económica, han hecho que la inseguridad alimentaria no deje de aumentar desde hace más de una década. En 2019, casi 690 millones de personas, es decir, el 9 % de la población mundial, estaban subalimentadas y unos 750 millones (casi el 10 %) sufrieron altos niveles de inseguridad alimentaria. Entre 2008 y 2018, las consecuencias de los desastres generaron un costo para los sectores agrícolas de los países en desarrollo superior a 108.000 millones de dólares en concepto de daños o pérdidas de la producción agropecuaria.

También ha jugado un factor importante en el último año, una vez más, la pandemia de la COVID‑19. En 2020, «afectó de forma directa a la oferta y la demanda de alimentos, lo que ocasionó perturbaciones en las cadenas de suministro locales, nacionales y mundiales, y puso en riesgo el acceso a los insumos, recursos y servicios agrícolas necesarios para respaldar la productividad agrícola y velar por la seguridad alimentaria», detalla la OMM.

¿Tres décadas perdidas?

Han pasado 28 años desde que se publicó el primer informe sobre el estado del clima. Tres décadas donde organismos internacionales de todo el mundo han recopilado las causas y consecuencias de un clima cada vez más cambiante fruto de las actividades humanas sin que se haya actuado decididamente. Y, a menos de que se cambie el rumbo, todo seguirá yendo a peor para los ecosistemas y los seres que lo habitan.

“La tendencia negativa en lo que respecta al clima continuará durante las próximas décadas, independientemente de los resultados favorables que obtengamos de las medidas de mitigación. Por lo tanto, es importante invertir en la adaptación», sostiene el profesor Petteri Taalas, secretario general de la OMM. En este sentido, apuesta por «invertir en los servicios de alerta temprana y las redes de observación meteorológica. Varios países menos desarrollados presentan grandes deficiencias en sus sistemas de observación y carecen de servicios meteorológicos, climáticos e hidrológicos modernos».

Por Eduardo Robaina | 27/04/2021

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El calentamiento global ha cambiado el eje de la Tierra, según un estudio

Desde la década de 1990, la pérdida de cientos de miles de millones de toneladas de hielo al año en los océanos ha provocado que los polos de nuestro planeta se muevan en nuevas direcciones.

 

El cambio climático es probablemente la causa de una alteración reciente en el eje de rotación de la Tierra, sugiere un nuevo estudio publicado en la revista Geophysical Research Letters.

El derretimiento de los glaciares en todo el mundo, como resultado del aumento de las temperaturas atmosféricas por la quema de combustibles fósiles, redistribuyó suficiente agua para hacer que la ubicación de los polos norte y sur se desplazara hacia el este desde mediados de la década de 1990.

Las posiciones de los polos no son fijas e invariables. La forma en la que el agua se mueve alrededor de la superficie del planeta es un factor que provoca que los dos polos se desvíen, según el estudio.

En el pasado, solo factores naturales como las corrientes oceánicas y la convección de rocas calientes en las profundidades de la Tierra contribuían a la posición de los polos. Sin embargo, la nueva investigación muestra que desde la década de 1990, la pérdida de cientos de miles de millones de toneladas de hielo al año en los océanos como resultado de la crisis climática ha provocado que los polos se muevan en nuevas direcciones.

"El derretimiento más rápido del hielo bajo el calentamiento global fue la causa más probable del cambio de dirección de la deriva polar en la década de 1990", afirmó el coautor del estudio, Shanshan Deng, del Instituto de Ciencias Geográficas e Investigación de Recursos Naturales de la Academia de Ciencias de China en un comunicado.

Desde los años 1980, la posición de los polos se ha movido unos cuatro metros de distancia. Los científicos encontraron que la dirección de la deriva polar cambió de sur a este en 1995 y que la velocidad promedio de la deriva de 1995 a 2020 fue 17 veces más rápida que la de 1981 a 1995. 

Los datos de gravedad del satélite Grace, lanzado en 2002, ya se habían utilizado para vincular el derretimiento de los glaciares con los movimientos del polo en 2005 y 2012, ambos tras el aumento de las pérdidas de hielo. No obstante, la nueva investigación demuestra que las actividades humanas han cambiado los polos desde la década de 1990.

El bombeo de agua subterránea

Mientras, el estudio mostró que las pérdidas de los glaciares representaron la mayor parte del cambio en el eje de rotación de la Tierra, es probable que el bombeo de agua subterránea también haya contribuido a los movimientos de los polos.

El agua subterránea se almacena debajo de la Tierra pero, una vez que se bombea para beber o para la agricultura, la mayoría finalmente fluye al mar, redistribuyendo su peso en todo el mundo. En los últimos 50 años, la humanidad ha extraído 18 billones de toneladas de agua de depósitos subterráneos profundos sin que haya sido reemplazada.

Publicado: 27 abr 2021 00:34 GMT

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Jueves, 22 Abril 2021 06:06

Ecología y socialismo

Ecología y socialismo

Entrevista a Wolfgang Harich

Publicamos una nueva traducción de un documento inédito de Wolfgang Harich de mano de Àngel Ferrero, en esta ocasión una entrevista del año 1976 en la que aborda la relación entre ecología y socialismo. A pesar de su brevedad encontramos materiales que pensamos pueden ser útiles hoy en día para pensar la crisis ecológica. Hay posicionamientos lúcidos contra el «optimismo científico-tecnológico» y contra el «pesimismo sin esperanza», el «otro extremo falso» de ese optimismo sin fundamento. Reflexiones tempranas sobre los Verdes alemanes (de los que pronto tendremos más que decir), la evolución del bloque socialista y su posible convergencia ideológica en ciertos aspectos con el bloque capitalista. La vigencia de una postura «comunista» en su día, que sigue siendo pertinente para el nuestro, y de qué raíces podría tomar sustento en la larga tradición del socialismo marxista. Hay, sin duda, algunas cosas que querríamos matizar, que querríamos debatir, como la insistencia en la superpoblación en tanto que problema fundamental a nivel político (del que ya hemos hablado en otros lugares). En cualquier caso, esperamos que este documento sirva para hacer más rico el repertorio de textos disponibles en español de un pensador del calibre de Harich, del que seguimos aprendiendo.

Entre los documentos legados por Harich se encuentra una versión mecanografiada de una entrevista con la revista Positionen. Theoretisches Magazin (POCH).[i] El texto, de siete páginas, contiene diversas correcciones de Harich, que se han incluido y editado. El manuscrito no está fechado, pero procede posiblemente de la segunda mitad del año 1976. En éste Harich desarrolla y profundiza, en contenido y en argumentación, las tesis expuestas en una entrevista anterior con el diario Frankfurter Rundschau. El título procede del editor. (Nota del editor de las Obras Completas de Wolfgang Harich, Andreas Heyer)

Pregunta: El resultado de los dos primeros estudios del Club de Roma, que son el punto de partida de sus propias reflexiones en el libro ¿Comunismo sin crecimiento?, sugieren que en lo tocante a la crisis ecológica nos encontramos a cinco minutos antes de la medianoche. ¿Sigue manteniendo esta apreciación? ¿Confirman los nuevos conocimientos científicos este posible Apocalipsis histórico?

Harich: Sí, cuando escribí mi libro, en 1974-1975, aún no conocía, por ejemplo, los estudios sobre las consecuencias del uso de espráis en la destrucción de la capa de ozono de la estratosfera. Pero no se trata solamente de los nuevos conocimientos científicos, sino más todavía de las catástrofes reales, que, entre tanto, me han reafirmado en mis posiciones: hablamos de Seveso[ii], de la explosión en Stavanger[iii], de una serie de espantosas averías en barcos petroleros, de los terremotos cada vez más frecuentes en los últimos años, etcétera. Después de todo esto estoy más convencido que nunca que de mantenerse las actuales tendencias del desarrollo global la humanidad pronto encontrará su propia destrucción, y ello sin una guerra nuclear, un riesgo que, pese a todo, se ha agravado e incluso a corto plazo podría incluso ser el más amenazador. En cuanto al Club de Roma, recientemente, en su reunión en Filadelfia de abril de 1976, ha dado un giro de 180 grados bajo la presión de poderosos intereses capitalistas y la advertencia directa de nadie menos que del vicepresidente de Estados Unidos, el multimillonario Nelson D. Rockefeller. Con la desaprobación del informe Meadows del MIT de 1972, incómodo para ellos, el Club quiere olvidar que entonces cuestionó el sentido del crecimiento económico. Razón de más para la izquierda para mantener viva la conciencia de la crisis ecológica, que los gobernantes, con las condiciones del último boom económico, aún creían poder tolerar y manipular, y que ahora, en tiempos de recesión y creciente desempleo, quieren volver a marginar y eutanasiar.

P.: Desde el shock de la crisis del petróleo de 1973-1974 se ha puesto en marcha una búsqueda a marchas forzadas de depósitos de materias primas por explorar, tecnologías de reciclaje y formas alternativas de energía. Por descontado, de este modo lo único que puede hacerse es posponer el agotamiento definitivo de las fuentes de energía fósiles. Tan sólo quedaría una volátil intensificación y expansión de la investigación científica. ¿O ve posible otra vía?

Harich: No hay autoengaño más estúpido que el optimismo científico-tecnológico, como el que se expresa en la siguiente conclusión: «Hasta ahora la ciencia siempre ha encontrado una solución, así que también lo hará en el futuro.» Por la misma lógica, alguien a quien hasta ahora los médicos han logrado comprender cómo curar sus enfermedades puede llegar a la conclusión de su propia inmortalidad. A eso mismo se lo denomina una extrapolación inválida. De manera grotesca, se decantan por ella como supuesto argumento quienes acusan a los Meadows de haber extrapolado incorrectamente. Naturalmente, no quiero disputar la necesidad de impulsar investigaciones en las direcciones que usted ha mencionado. Pero de ello no se deriva que debamos confiar, con una credibilidad cuasi religiosa, que este tipo de investigaciones logrará los resultados deseados en cualquiera de los casos. Deberíamos mantener una prudente distancia y una constante posición crítica con las alternativas que la ciencia tiene que ofrecernos. Las formas de energía alternativas a la fisión del átomo son, por ejemplo, inaceptables, porque los riesgos asociados a éstas superan con creces los correctivos que prometen: aumentan la confianza en la capacidad de los hombres para poner límites a su proliferación, reducir su consumo y renunciar, al menos, a la simplificación del trabajo. Todo ello tiene efectos aún más perjudiciales para la salud con un enorme incremento de la energía fósil.

P.: ¿Puede la toma de conciencia de los problemas ecológicos basarse en citas de Marx? Marx se encontraba en el siglo XIX en unas relaciones sociales y un contexto intelectual en el que la orientación al crecimiento era prácticamente equivalente al progreso humano. Desde entonces la situación se ha modificado radicalmente. ¿No deberíamos nosotros, los marxistas de hoy, destacar la condición del hombre de su dependencia de la naturaleza de manera mucho más marcada que Marx? ¿Ve usted la posibilidad de que el marxismo se apropie de manera crítica de otras tradiciones del pensamiento, también las no europeas, que han situado el elemento de la naturaleza en los hombres más bien en el centro de sus consideraciones?

Harich: Debido justamente a que en el siglo XIX la contaminación medioambiental y el agotamiento de las materias primas eran todavía problemas relativamente sin importancia y lejanos, que, en correspondencia, la ciencia podía descuidar con una cierta justificación, puede atribuirse a Marx aún más el mérito de que ya entonces no sólo no ignoró la base natural de la sociedad humana, sino que ocasionalmente reflexionó de manera netamente ecológica, antes de que existiese una disciplina científica con ese nombre. Los pasajes sobre esta cuestión en su obra y en la de Engels tienen hoy, teniendo en cuenta la crisis ecológica, incluso mayor valor que en la época en que se formularon. Por otra parte, por las mismas razones puede que hoy ya no baste recurrir solamente a ellos. Lo que se requiere es, más aún, que el marxismo actual adopte críticamente los resultados de la ecología en toda su amplitud y el estado del conocimiento más actualizado, y que, al mismo tiempo, se ocupe de manera especial de la elaboración de su propia economía del valor de uso en los estudios económicos marxistas sobre la actualidad de la transición al comunismo. Esto último sería una suerte de retorno al peldaño más elevado de Aristóteles, que respaldó una “economía” en un sentido auténtico, que distinguió con claridad de su odiada “crematística” como enseñanza de las relaciones de intercambio contrarias a la naturaleza, de la circulación de mercancías y de dinero [iv].

Más allá de eso, me parece que el análisis de las tradiciones filosóficas que usted ha mencionado, como lo que Lévy-Strauss ha llamado “pensamiento salvaje”, o con una religión de alcance mundial como es el budismo, son plenamente fructíferos. A este respecto, entre los comunistas de Laos está en marcha una evaluación sin prejuicios. Hablar de una “adopción crítica” es algo de lo que ciertamente dudo. Lo que yo, con modestia y precaución, inicialmente propondría, sería un diálogo entre marxistas y budistas. En el espacio lingüístico alemán posiblemente primero con Gottfried Gummerer, quien, como budista, es quien más se ha ocupado de las cuestiones de la futurología basadas en el ecologismo. En este diálogo habría que librar una lucha decidida contra el pesimismo sin esperanzas de Gummerer. Pues la gestión de la crisis ecológica sería una resignación pesimista que inevitablemente genera un sentimiento de “después de mí, el diluvio”, sin duda el extremo más perjudicial, al menos no menos perjudicial que el otro extremo falso opuesto, el optimismo tecnológico.

P.: En su introducción al libro que hemos mencionado usted se ocupa de los esfuerzos de los científicos de los países socialistas por abordar seriamente las cuestiones ecológicas. ¿Se ha ampliado desde entonces esta discusión y se ha ido más allá del estrecho círculo del debate científico? Más concretamente: entre el transporte individual, destructor del medio ambiente, y el transporte público, favorable al mismo, ¿se ha decantado la República Democrática Alemana (RDA) a favor de este último? ¿Hay en los Estados socialistas voces críticas a la construcción de centrales nucleares? Y de haberlas, ¿podría hablar abiertamente de ellas?

Harich: Por desgracia he de responder negativamente a todas las preguntas. En los países del socialismo realmente existente tiene lugar a este respecto el mismo desarrollo equivocado que en el resto del mundo. En la RDA he intentado luchar contra ello durante tres años a diferentes niveles con los modestos medios a mi alcance, en vano, excluido de la opinión pública, de acuerdo con las reglas del sistema político aquí establecido.

P.: ¿Qué conclusiones extrae de esta experiencia suya?

Harich: La solución a los problemas ecológicos globales la espero de un comunismo homeostático, sin crecimiento. No he cambiado en este punto. La cuestión de dónde se realizará por primera vez es algo que sin embargo he dejado abierta en mi libro (p. 134 y siguientes). Con todo, veo las condiciones estructurales más favorables en los países socialistas. Añado no obstante (ídem, p. 137) que esto puede que no sea decisivo. Factores como el grado de industrialización, de productividad laboral, los ingresos per cápita, el consumo per cápita de materias primas y energía, etcétera, pueden demostrarse bajo determinadas circunstancias como más importantes. Hoy estoy lejos de transformar la consideración hipotética de 1975-1975 en una afirmación apodíctica: la brecha en bienestar entre el Oeste y el Este, entre el Norte y el Sur, no deja ninguna otra esperanza que el comunismo sin crecimiento se abra paso en las metrópolis del capital, allí donde el despilfarro, el agotamiento de las materias primas y la destrucción medioambiental están más avanzados, donde la sociedad de consumo comienza a llevarse a sí misma ad absurdum y donde las crisis de crecimiento económico siguen agudizándose sin poder ser ya superadas.

P.: En consecuencia, parece que se equivocó de lugar en sus esfuerzos.

Harich: Quizá fue un prejuicio moral que creyese tener que “limpiar la propia casa” primero. A pesar de todo, no quisiera perder las experiencias adquiridas: me han ayudado a sondear lo que es posible e imposible en una política motivada ecológicamente en el socialismo realmente existente de hoy.

P.: Nos preguntamos si no existe un riesgo en que el incremento del fetichismo del crecimiento, de hacer aumentar las cifras del Producto Interior Bruto de manera puramente cuantitativa, como también ocurre en los países socialistas con un elevado grado de industrialización, acabe derivando en una línea de convergencia con las ideologías de crecimiento del capital monopolista.

Harich: Afirmar que la política económica en el Este está orientada todavía a un incremento de la producción “puramente cuantitativo” es, creo yo, injusto. Piense solamente en el tiempo que ha transcurrido desde que se ha abandonado la llamada ideología de toneladas [v]. Sin embargo, el riesgo de una convergencia en la práctica existe de hecho. Por ejemplo, representantes de Yugoslavia, Polonia, Rumanía y Hungría, no solamente científicos sino también, en parte, miembros del gobierno, incorporaron en su trabajo los resultados del informe del Club de Roma exactamente en el momento en que el Club, como quedó dicho, en abril de 1976 en Filadelfia, comenzó a apartarse de su crítica al crecimiento original. Esta cooperación se plasmó incluso en una de las primeras publicaciones conjuntas entre Este y Oeste, Global Goals for Global Societies, de Ervin László, entre otros. No conozco aún este trabajo. Posiblemente su lectura me induzca a una polémica. En cualquier caso, considero la lucha contra las teorías de convergencia todavía de suma actualidad, y ello hoy incluso más que desde que se alinease con ella un político llamado Zbigniew Brzeziński.

P.: Las fuerzas antiimperialistas libran en todo el mundo una lucha por el desarme. En esta lucha el peso de la agitación se pone de manera casi exclusiva en la reducción cuantitativa del potencial militar, esto es, el número de tropas, sistemas de defensa, etcétera. ¿No podría este debate llevarse de una manera más decidida y activa políticamente si se llevase a un primer plano la dimensión ecológica de la cuestión armamentística?

Harich: Sobre esta cuestión existen ya iniciativas prometedoras. No se olvide de la propuesta que en septiembre de 1974 Gromyko remitió a la Asamblea General de la ONU y que se ha convertido en un correspondiente tratado internacional después, con las negociaciones de desarme en Ginebra. También la lucha actual contra la construcción de la bomba de neutrones tiene un componente claramente ecológico. Naturalmente todo ello es insuficiente, en esa misma dirección debe emprenderse mucho, mucho más. A lo que me sigo resistiendo es al extendido mal hábito de oponerse a una regulación de la población mundial, a una protección medioambiental drástica, al ahorro de materias primas y energía y a las reivindicaciones de desarme, como si no fuesen justificadas y urgentes. ¡Como si una cosa excluyese a la otra! ¡Como si no se tratase de luchas contra todos los riesgos al mismo tiempo!

P.: Desde su fundación, POCH se ha ocupado con frecuencia de cuestiones medioambientales. Al hacerlo nos encontramos ante el siguiente problema: ¿Cómo logramos que nuestras reivindicaciones no sirvan para hacer avanzar la agenda de recortes sociales impulsada por la burguesía? ¿En qué términos pueden unificarse la lucha ecologista y la lucha contra el desmantelamiento del Estado del bienestar?

Harich: Le planteo la pregunta opuesta: ¿Recortes sociales para qué y para quién? Cuando el presidente del USPD [vi], Arthur Crispien, en el II Congreso del Komintern, en verano de 1920 en Moscú, expresó que una revolución sólo podía llevarse a cabo si “no empeoraba demasiado las condiciones de vida del trabajador”, Lenin le respondió que este punto de vista era contrarrevolucionario por dos motivos: por una parte, la revolución exigía a los trabajadores sacrificios, y, por la otra, no había de olvidarse que la aristocracia obrera, como base social del oportunismo, se había llevado exactamente por ese motivo, para asegurarse mejores salarios, a apoyar a “su” burguesía en la conquista y explotación de todo el mundo.[vii] ¿Se prestaba con ello Lenin a un “recorte social” a favor de la burguesía? ¡Por descontado que no, todo lo contrario! Aplique esto análogamente a su problema y entonces se dará cuenta de que POCH hace bien, a la vista del síndrome político-ecológico, en convertirse en altavoz de la conciencia de la clase obrera suiza y aclarar en consecuencia: “Sí, estamos preparados, por la supervivencia de la humanidad, a cualquier sacrificio material necesario y a reclamárselo al trabajador, a condición que se haga con el principio de una estricta igualdad, esto es, que en primer lugar los ricos desaparezcan de la superficie terrestre.” De existir sobre esta cuestión desde un buen comienzo claridad, más adelante ocurrirá que POCH analizará el valor en el fondo cuestionable del actual bienestar de las masas y elevará su conciencia. El hecho de que la pauperización de las masas, considerada atentamente, no haya desaparecido, sino que meramente se hayan transformado sus manifestaciones, que las personas, a través de sus préstamos, de sus prisas y estrés en el trabajo, inseguridad existencial, enfermedades civilizatorias de todo tipo, paisaje arruinado, aire polucionado, accidentes de tráfico, creciente criminalidad, atrofia cultural, frustración sexual, etcétera, no en último lugar debido al permanente temor de una catástrofe nuclear civil o militar, que pende sobre ellos como una espada de Damocles, son más infelices que nunca. ¿Pues de qué sirve tener una casa propia en el campo cuando la naturaleza hasta entonces intacta se urbaniza? ¿De qué sirve reducir la jornada laboral, cuyas consecuencias perjudiciales y dolorosas para el corazón y la circulación sanguínea se curan en el hospital y han de compensarse después a través de un agotador entrenamiento de fitness? ¿De qué sirve elevar el nivel educativo si va de la mano de la anulación del espíritu mediante la televisión? Una pregunta tras otra. El material argumentativo que ofrece una agitación social y ecológica combinada es inconmesurablemente rico.

P.: ¿Cómo se posiciona respecto al movimiento de los ecologistas en Francia y de Los Verdes en la República Federal Alemana (RFA)?

Harich: Forma parte de uno de los acontecimientos más prometedores de nuestra época que la voluntad de luchar por la conservación de la vida en nuestro planeta y subordinar a esta tarea todo lo demás haya comenzado a formarse ahora también a nivel de partido político. Es a bien seguro obvio que también este movimiento, como los partidos tradicionales en sus comienzos, atraviese una fase de enfermedad infantil, que sobre todo ellos no consigan alcanzar una amplia y razonada posición común sobre todo el espectro de cuestiones políticas que hoy están pendientes de solución. Esto no va suceder tampoco en el estadio presente. La mera existencia de listas verdes, incluso partidos, es un logro que no se valorará nunca lo suficiente. Para poder expresarme con justicia sobre las diferencias que hay entre mí y Los Verdes primero debería conocerlos con exactitud y escrutado con detalle. Por ahora mis informaciones son demasiado escasas, aunque suficientes como para declararme en principio solidario con los iniciadores de este nuevo comienzo.

P.: ¿Puede seguir manteniendo con una posición así su afirmación de que es comunista?

Harich: El término “comunista” tiene diferentes significados. Yo defiendo el comunismo como un orden social que es más que sólo socialista, esto es, en el que no sólo los medios de producción son propiedad de todos, sino en el que también la distribución del consumo se rige por el principio de igualdad. En este sentido soy comunista. Ya no lo soy en el otro sentido, el de ser miembro de un partido surgido de la Tercera Internacional, la Internacional Comunista, el Komintern, por su acrónimo. Entre estos partidos existen, como es sabido, desde hace algún tiempo fuertes discrepancias de opinión, e incluso contradicciones, que pueden llegar a alcanzar la hostilidad. Pero, entre otras cosas, tienen en común que no consideran el comunismo algo para nada actual, que en el mejor de los casos han degradado el tema a un sermón dominical, no vinculante. Una posición “verde” realmente consecuente, por el contrario, incluye una concepción del comunismo como tarea presente, pues las limitaciones en la sociedad que demanda la ecología únicamente son realizables en la igualación de las condiciones materiales de todos, y aún más mediante una nivelación hacia abajo [viii].

Notas:

[i] POCH (Progressive Organisationen der Schweiz) fue un partido político suizo de orientación comunista nacido del movimiento estudiantil del 68. A partir de 1987 se distanció definitivamente del marxismo-leninismo y cambió su nombre a POCH-Grüne. En 1993 el partido fue disuelto, pasando la mayoría de sus militantes al Partido Verde de Suiza (GPS).

[ii] El 10 de julio de 1976 ocurrió una de las peores catástrofes medioambientales en Europa cuando se produjo una fuga de seis toneladas de productos químicos en una planta cerca de Seveso, al norte de Milán, exponiendo a sustancias tóxicas a la población de los municipios circundantes, a la fauna y a la flora. Un estudio médico realizado por Andrea Baccarelli, Sara M. Giacomini, Carlo Corbetta y otros en 2008 reveló el impacto de la contaminación al revelar que las alteraciones hormonales neonatales en un grupo de estudio compuesto por miles de afectados eran 6’6 veces superiores a los del grupo de control.

[iii] El 5 de junio de 1976 una parte de la plataforma petrolífera noruega Alexander L. Kielland, en el campo de Ekofisk, se desplomó debido a las condiciones climatológicas, acabando con la vida de 123 de los 212 trabajadores.

[iv] Aristóteles distinguió la economía, el arte de la gestión del hogar o el arte de la adquisición natural, de la crematística, el arte de la adquisición desviado de su origen, que sirve exclusivamente a la acumulación de capital y, de ese modo, fomenta la ilusión de una riqueza ilimitada e independiente del bien común. Harich trató esta cuestión con detalle en Kommunismus heute. Sobre este tema puede consultarse también la conferencia de Harich sobre filosofía clásica en el sexto volumen de las Obras Completas. (Nota de Andreas Heyer)

[v] “Ideología de toneladas” era uno de los términos utilizados para criticar a las economías planificadas de los Estados socialistas, particularmente durante el estalinismo, por primar la producción sin tener en cuenta la demanda, el uso o la calidad de lo producido.

[vi] El Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD) fue una escisión del SPD posterior a la Primera Guerra Mundial que agrupó a los socialdemócratas de diferentes tendencias políticas unidos por su oposición común al conflicto.

[vii] Entre corchetes Harich incluye la referencia: Lenin, Werke, vol. 31, p. 236 y siguientes. (Nota de Andreas Heyer)

[viii] Esta posición es una constante en la filosofía política de Harich, se la encuentra tanto en sus escritos de juventud como en el marco de su crítica al anarquismo. (Nota de Andreas Heyer)

 

Por Àngel Ferrero | 22/04/2021 

Publicado enMedio Ambiente
Jueves, 22 Abril 2021 05:58

Triunfo Saami

Triunfo Saami

Pese a las muchas restricciones por la pandemia, los pueblos Saami ganaron una batalla este mes de abril, contra el intento de realizar un experimento de geoingeniería en su territorio en Kiruna, Suecia. Es una lucha relevante no solo para estos pueblos indígenas que habitan el Norte de Suecia, sino para todas y todos, ya que la geoingeniería se propone manipular el clima a nivel mundial. El experimento planeado sería un paso para avanzar en un nocivo proyecto con repercusiones globales.

El territorio Saami se extiende por el norte de Suecia, Noruega, Finlandia y Rusia, donde una parte de sus poblaciones sigue con la crianza nómade de renos, además de mantener muchos otros aspectos de sus economías y culturas. Están organizados más allá de las fronteras nacionales -que no son las suyas ancestrales- y defienden sus derechos integrales como pueblo indígena. Varias organizaciones ambientalistas suecas y otras internacionales alertaron sobre este experimento de geoingeniería planeado en sus territorios desde diciembre 2020. Luego de discutir el tema, el Consejo Saami, que integra los pueblos de los cuatro países, envió en febrero una carta pública a varios actores gubernamentales y del proyecto, demandando su cancelación. Al mismo tiempo, muchas organizaciones y científicos suecos se manifestaron críticos del proyecto, lo cual en conjunto llevó a que la Corporación Sueca del Espacio, que era la contraparte técnica de Harvard en Suecia, anunciara la cancelación del vuelo planeado para junio 2021, entre otras razones, porque no eran conscientes de los muchos aspectos controvertidos de los proyectos de geoingeniería.

Los Saami argumentaron en la carta, que no habían sido consultados antes de planear el experimento, lo cual es un punto con validez legal a nivel nacional e internacional. Pero además aclararon que su objetivo no era la consulta, sino la cancelación del proyecto, ya que no ven necesario hacer ningún experimento de una tecnología que no quieren ni en su territorio, ni en ninguna otra parte.

“La geoingeniería solar viola la cosmovisión del pueblo Saami y va en contra de la acción urgente que necesitamos para transformar el planeta en sociedades con cero emisiones de carbono que estén en armonía con la naturaleza. Damos la bienvenida a la decisión de la Corporación Sueca del Espacio de detener el vuelo en globo planeado sobre las tierras Saami en Kiruna, pero los riesgos existenciales de esta tecnología de geoingeniería la descalifican en su totalidad, no queremos que se se avance nunca, sea aquí o en cualquier otro lugar. El falso argumento de que esta traicionera tecnología podría ser un ‘Plan B’ para el cambio climático, es profundamente peligroso”, declaró Åsa Larsson-Blind, vicepresidenta en Suecia del Consejo Saami.

En efecto, los proponentes del experimento lo plantean apenas como investigación, intentando separarlo de la totalidad del proyecto de geoingeniería. Esta fragmentación no es un aspecto fundamentalmente técnico, sino que forma parte de la estrategia usada para avanzar con tecnologías altamente peligrosas, como las armas nucleares, y evitar la crítica y escrutinio público. El Consejo Saami y otras organizaciones suecas denunciaron por ello que no se puede considerar este proyecto aislado de sus metas finales de desplegar la geoingeniería.

El experimento es parte de SCoPEx, proyecto de geoingeniería solar, organizado por un programa de la Universidad de Harvard, financiado por Bill Gates y otros billonarios. Su idea es avanzar la técnica de inyectar aerosoles en la estratósfera (SAI por sus siglas en inglés), para tapar o reflejar parte de los rayos solares antes de que lleguen a la tierra, para intentar bajar la temperatura global.

Como todas las técnicas de geoingeniería, propone solamente manejar algunos de los síntomas del cambio climático, en este caso el aumento de temperatura, pero no hace nada con las raíces del problema. Las causas del calentamiento global y el caos climático son ampliamente conocidas, se trata del alto uso de combustibles fósiles (petróleo, gas, carbón), principalmente en las industrias de extracción y producción de energía, en el sistema alimentario agro-industrial, en la construcción y transportes.

Al plantear una tecnología que no cambia las causas, las grandes industrias, especialmente las de gas y petróleo, justifican seguir extrayendo y emitiendo gases de efecto invernadero (GEI), bajo el argumento de que las técnicas de geoingeniería solar y/o de remoción de carbono compensarán sus emisiones. Una manera de seguir friendo el planeta y hacer nuevos negocios cobrando el supuesto enfriamiento.

Si el tipo de tecnología que se quiere desarrollar con SCoPEx se realizara a gran escala, con algo similar a nubes volcánicas artificiales sobre el Ártico, los modelos científicos indican que podría bajar la temperatura en el hemisferio Norte, pero a costa de producir graves alteraciones en los patrones de lluvia y viento en los trópicos, con disrupción de los regímenes de monzones en Asia y grandes sequías en África.

Además, como las emisiones de GEI seguirán, una vez instalada esta tecnología, no se puede detener y habría que seguir inyectando aerosoles en nubes artificiales sobre el Ártico por mucho tiempo, incluso siglos. Si se interrumpe, estudios de científicos del clima muestran que habría un “shock de terminación”: al seguir acumulando gases GEI en la atmósfera, la temperatura subiría de golpe, y la adaptación de seres humanos, vegetación y fauna sería mucho más difícil que si se hubiera confrontado los efectos del cambio climático. En resumen: es peor el remedio que la enfermedad.

El experimento SCoPEx se trató de hacer antes en otros territorios indígenas en Arizona y Nuevo México, donde también fue resistido por organizaciones indígenas, como Tonatierra y la Red Ambiental Indígena (RAI) en Turtle Island (América del Norte). Tom Goltooth de la RAI, declaró: “Esta tecnología no es una solución para mitigar el cambio climático, es una forma de perpetuarlo. Tiene demasiados riesgos y es una violación de los derechos indígenas del pueblo Saami y del delicado equilibrio de las leyes naturales de la Madre Tierra y el Padre Cielo”.

La red Ambiental Indígena y Tonatierra, son parte de la campaña mundial “No manipulen la madre tierra”, cuyo Manifiesto contra la geoingeniería cuenta con cerca de 200 firmas de organizaciones nacionales e internacionales de 45 países. El manifiesto menciona que “la geoingeniería perpetúa la falsa creencia de que el actual modelo industrial de producción y consumo —social y ambientalmente injusto y devastador— no se puede cambiar y que la única salida son arreglos tecnológicos para atenuar sus efectos. Los cambios que debemos realizar para enfrentar la crisis climática son fundamentalmente de carácter económico, político, social y cultural”.

La colaboración entre los pueblos indígenas es esencial, así como la solidaridad internacional, ya que la amenaza ahora es que se intente volver con el proyecto a territorios de Estados Unidos.

21 abril 2021

Publicado enMedio Ambiente
Fuentes: The Raven [Imagen: Un globo amarrado inyecta aerosoles en la estratosfera, imitando el efecto de una erupción volcánica. Hughunt vía Creative Commons]

Gobernanza privada o responsabilidad democrática

Las primeras pruebas de tecnología de intervención climática (o geoingeniería) en la estratosfera, financiadas por Bill Gates, han tenido que ser suspendidas debido a la presión del pueblo indígena sobre cuyas cabezas habrían tenido lugar, los sami (o lapones) del norte de Escandinavia. Es posible que estos test regresen a Estados Unidos.

El Comité Asesor del proyecto ha recomendado la cancelación del calendario de pruebas que debería implementarse en junio. La decisión se hizo pública el 31 de marzo.

Cuando, en 2010, se dio a conocer que Bill Gates invertiría 4,5 millones de dólares en investigaciones relacionadas con la geoingeniería*, Ken Caldeira, uno de los científicos encargados del proyecto, declaró que ese dinero no sería destinado a experimentos de campo. Pero esa línea roja se atravesó cuando el proyecto creció y se trasladó a [la Universidad de] Harvard. El Experimento de Perturbación Estratosférica Controlada, o SCoPEx, tiene planeado liberar alrededor de un kilogramo de carbonato cálcico, básicamente polvo calizo, desde una plataforma góndola transportada en un globo a unos 20 kilómetros de altitud. Las partículas cubrirían el equivalente a 11 campos de fútbol y se experimentaría el potencial de este material para bloquear una parte de la radiación solar y contrarrestar el efecto invernadero de las emisiones de dióxido de carbono. La prueba que iba a realizarse en junio no liberaría ninguna partícula y serviría para probar las tecnologías de la góndola.

El pasado mes de diciembre, SCoPEx anunció que, a causa de la pandemia, iba a trasladar a Suecia las pruebas del globo-góndola previstas para realizarse en Arizona y Nuevo México. El nuevo escenario sería el centro de lanzamiento de la Corporación Espacial Sueca (SSC) situado en Kiruna, cerca del Círculo Polar Ártico, tierra del pueblo sami. El problema era que nadie había hablado con los samis, ni con prácticamente nadie en Suecia.

El Consejo Sami, que defiende los derechos de este pueblo desde Noruega hasta Rusia, envió una carta el 24 de febrero al Comité Asesor de SCoPEx en la que no solo se oponían al experimento, sino también a cualquier investigación de geoingeniería fuera del consenso internacional. También firmaban la carta los líderes de la Sociedad Sueca para la Conservación de la Naturaleza, Amigos de la Tierra-Suecia y Greenpeace-Suecia. Los grupos ecologistas ya habían criticado el proyecto con anterioridad.

Los samis tienen motivos para preocuparse por lo que vuela sobre sus cabezas. Los vientos procedentes del desastre nuclear de Chernóbil  llevaron la radiación hasta sus aldeas y los terrenos de pastoreo de los renos. Miles de animales tuvieron que ser sacrificados y, decenios después, la carne de reno debe seguir sometiéndose a pruebas de contaminación radioactiva. Los samis también han adoptado una clara postura en relación con el clima y han convencido al segundo mayor fondo de pensiones noruego para que retiren sus inversiones en combustibles fósiles. En 2017 acudieron a Standing Rock a apoyar a las tribus amerindias que luchaban contra el gasoducto Dakota que debía atravesar el río Misisipi.

Riesgo moral y de otros tipos

La carta de los samis y de sus aliados resume perfectamente la contradicción fundamental que encierra la investigación de la Universidad de Harvard y los experimentos de geoingeniería en general: instituciones privadas que asumen poderes y toman decisiones con unas consecuencias potenciales tan inmensas que se les debe exigir responsabilidad democrática.

La inyección de aerosoles en la estratosfera (SAI, por sus siglas en inglés), escriben los samis y los ecologistas, “conlleva riesgos de consecuencias catastróficas […] entre los que están su conclusión incontrolada […]” (si se interrumpiera, el efecto invernadero del dióxido de carbono se reanudaría y provocaría un súbito calentamiento, como un yonqui con síndrome de abstinencia“) “y efectos sociopolíticos irreversibles que podrían poner en peligro los esfuerzos globales necesarios para lograr sociedades de carbono cero”. Es decir, la geoingeniería proporcionaría una excusa para aquellos que se enriquecen con la quema de combustibles fósiles que incrementa el dióxido de carbono de la atmósfera. Al ofrecer protección contra los riesgos, se reduce el incentivo para eliminarlos. Es lo que se conoce como riesgo moral. “Por tanto no existen razones aceptables para permitir que el proyecto SCoPEx siga adelante en Suecia o en cualquier otro lugar”.

Alex Lenferma, un climatólogo sudafricano que escribe para el Carnegie Council, muestra el riesgo moral que entraña esta investigación: “David Keith (una de las cabezas del proyecto de Harvard a quien Gates llamó para que le ayudara a distribuir sus fondos de 2010) cuenta que la geoingeniería sería muy barata. Según él, costaría tan solo 10.000 millones de dólares (al año), el equivalente a una diezmilésima parte del PIB global, mientras que sus beneficios podrían superar el 1 por ciento del PIB global: un retorno mil veces superior a su coste. Aunque Keith advierte que esta tecnología no evita la necesidad de reducir emisiones, otros miembros de su equipo no parecen tan convencidos”.

“Su colega de Harvard Richard Zeckhauser declara que la `geoingeniería solar es la tecnología más prometedora que tenemos hoy día´. Es tan prometedora que según él sería positivo redirigir algunos de los esfuerzos para reducir la emisión de gases de efecto invernadero a la geoingeniería, una afirmación que casi equivale a promover el riesgo moral […]”.

La investigación ilustra sobre los peligros de continuar, con el espíritu del Lejano Oeste, las iniciativas independientes que tienen lugar fuera de una estructura de gobernanza global. La liberación en el hemisferio norte de partículas que protejen del sol podría incrementar las sequías en la India y en el Sahel africano, aun en el caso de que beneficiara al clima del norte. Jacob Pasztor, director ejecutivo de la Iniciativa para la Gobernanza de la Geoingeniería Climática Carnegie declaró a

Carbon Brief: “Si un país decidiera poner sus intereses en primer plano –es decir, si su presidente pensara que el país necesita bajar su temperatura y decidiera llevar a cabo ingeniería solar a escala regional–, las consecuencias podrían ser catastróficas en otras partes del mundo”.

Keith participó en 2020 en un estudio en el que se subestimaba el peligro. Estudios previos habían mostrado que los escudos solares empeoraban el impacto del clima en más de un 9 por ciento de la superficie de la Tierra. Pero si los escudos buscaban reducir solo la mitad del calentamiento “apenas aumentarían el clima en un 1,3 por ciento de la superficie terrestre”, según otro de los autores, Peter Irvine. “Nuestros resultados sugieren que cuando se utiliza la dosis correcta y a la vez se reducen las emisiones de gases efecto invernadero, la geoingeniería de aerosoles en la estratosfera podría ser útil para gestionar los impactos del cambio climático”.

“Existe un potencial real, tal vez un potencial significativo, de reducir los riesgos del cambio climático este siglo… y mucho”, afirmó Keith.

Las investigaciones que muestran que la geoingeniería puede ser barata, reducir el daño climático y tener un impacto mínimo cuando se utiliza “en la dosis adecuada” parecen argumentar a su favor. Aunque los científicos reconocen tener dudas, esa investigación conlleva cuando menos riesgo moral. Y esto es así especialmente cuando no existe un marco de gobernanza global o de responsabilidad democrática.

Los samis desafían a la Universidad de Harvard

Los samis se dirigieron directamente al Comité Asesor nombrado por Harvard para plantear el tema de la responsabilidad. Vale la pena citarles literalmente: “Existen graves problemas en términos de gobernanza y toma de decisiones en relación con SCoPEx. Consideramos extraordinario que el proyecto haya ido tan lejos como para establecer un acuerdo con la Corporación Espacial Sueca (SSC) sobre las pruebas de vuelos sin haber solicitado permiso o entablado ningún diálogo con el gobierno sueco, sus autoridades, la comunidad investigadora sueca, la sociedad civil sueca o el pueblo sami, a pesar de la naturaleza controvertida de SCoPEx […]”

“Es digno de atención que la Universidad de Harvard considere razonable que el comité cuyo papel es decidir si este polémico proyecto debe seguir adelante no cuente con ninguna representación del país donde se pretende realizar, Suecia, pues está compuesto exclusivamente por ciudadanos o residentes en Estados Unidos. Observamos asimismo que el Comité Asesor ‘independiente´ parece ser extremadamente homogéneo, no es representativo y ha sido nombrado por la propia universidad, sin incluir en él a los grupos afectados ni a ninguna voz crítica y no estadounidense” (Esta es la lista de sus miembros).

“El comentario del proyecto SCoPEx sobre el borrador del `Proceso de Participación´ elaborado por su Comité Asesor  pone de manifiesto los aspectos esenciales y muestra su enfoque problemático respecto a la ética, la responsabilidad y la toma de decisiones. SCoPEx afirma que ningún proyecto de investigación debería tener que responder a preguntas como: “¿La investigación o el despliegue de geoingeniería solar supone un riesgo moral? ¿Es ético utilizar geoingeniería solar? ¿Quién debería decidir al respecto? ¿Puede gobernarse la geoingeniería solar y podemos confiar en esa gobernanza? ¿Es la investigación una pendiente resbaladiza hacia el despliegue de la tecnología?”. SCoPEx sostiene que si se aplicaran tales requerimientos la investigación tendría que detenerse y se lamenta de que no se haya actuado del mismo modo en otros campos de investigación, por lo que “no debería ser una carga para la investigación en geoingeniería solar”.

“Consideramos que, debido a los riesgos extraordinarios y específicos asociados a la inyección de aerosoles en la estratosfera, no puede tratarse a dicha tecnología y al proyecto SCoPEx como a cualquier otra investigación. Es preciso analizar en primer lugar las consideraciones descritas anteriormente en foros mucho más representativos e inclusivos que el Comité Asesor de SCoPEx. Por tanto, es preciso interrumpir la experimentación y el desarrollo de tecnología que llevan a cabo este tipo de proyectos”.

“Apelamos al Comité Asesor de SCoPEx y a la Corporación Espacial Sueca (SSC) para que reconozcan estos defectos y cancelen las pruebas de vuelo programadas en Kiruna. Los planes de SCoPEx para Kiruna suponen un auténtico riesgo moral […] La investigación y el desarrollo de tecnología relacionados con la inyección de aerosoles en la estratosfera tienen consecuencias en todo el planeta y no deben avanzar en ausencia de un consenso absoluto y global sobre su aceptación”.

Harvard se retira

La oposición indígena y ecologista ha hecho retroceder a la SSC y al Comité Asesor. El 31 de marzo, la revista MIT Technology publicó que la SSC se había retirado del proyecto y que el comité recomendaba “en una decisión inesperada” suspender las pruebas de junio. El grupo afirmó haber iniciado un proceso de participación pública con el fin de “ayudar al comité a comprender los puntos de vista de Suecia y de los indígenas y a realizar una recomendación receptiva y bien informada sobre las pruebas de vuelo del equipo en Suecia”.  El principal investigador del SCoPEx, Frank Keutsch, declaró que los vuelos quedan suspendidos hasta que el comité pueda hacer alguna recomendación “basada en una fuerte participación pública en Suecia que incluya ampliamente a las poblaciones indígenas […]”.

Parece probable que las pruebas no vayan a efectuarse antes de 2022 y que no se hagan en Suecia. Cuando la pandemia se calme, posiblemente se realicen en Estados Unidos.

Ha sido preciso que los samis y sus aliados ecologistas hicieran retroceder al proyecto de Harvard para que se inicie un proceso de consultas. El hecho de que esto haya ocurrido con posterioridad subraya el punto fundamental. En geoingeniería (como en tantos otros temas cruciales) las instituciones privadas y los individuos actúan como gobiernos de facto y toman decisiones que afectan potencialmente a miles de millones de personas sin asumir ninguna responsabilidad democrática. Harvard, la primera universidad de EE.UU. y del mundo, es un buen ejemplo de ello. A pesar de las campañas que promueven la desinversión en combustibles fósiles, la universidad está investigando tecnologías que podrían frenar el movimiento para acabar con la quema de esos combustibles. Todo un símbolo sobre el riesgo moral. Planear un experimento en la atmósfera para probar una tecnología muy polémica en un país extranjero sin pensar en consultar a la sociedad civil de dicho país, y mucho menos al pueblo indígena sobre cuyas tierras iba a realizarse el experimento, evidencia una arrogancia típica del “nosotros sabemos más que tú”. Esa es lo que caracteriza al gobierno privado que no precisa rendir cuentas a la ciudadanía.

¿Deberíamos dejarnos guiar por los científicos?

El anuncio de la suspensión del experimento llegó unos días después de la publicación de un informe de la Academia Nacional de Ciencias (NAS)[de EE.UU.] en el que demandaba la puesta en marcha de un programa de investigaciones sobre geoingeniería.

“Esta propuesta es peligrosa”, escribía Frank Bierrman, profesor de gobernanza global de la Universidad de Utrecht y fundador del Proyecto de Gobernanza del Sistema Terrestre. “Las tecnologías de geoingeniería siguen siendo especulativas y asumen un nivel de comprensión del sistema planetario que no existe. Numerosos estudios han puesto de manifiesto los riesgos, especialmente para los países en vías de desarrollo y las poblaciones vulnerables, de que algo salga mal  si se intenta “manipular” el clima. Y, lo que es más importante, la geoingeniería solar plantea unos desafíos a la gobernanza que son insuperables con el actual sistema político global”.

“Es evidente el punto de vista sobre gobernanza global que plantea la Academia de Ciencias en este informe: Estados Unidos es quien debería liderar las investigaciones, al menos por ahora. Otros países están invitados a unirse, pero nada indica que los autores de la academia conciban colocar a la geoingeniería  bajo control global con poder de veto para los países más vulnerables del Sur global […] En su lugar, el informe de la NAS sugiere que son los científicos quienes deberían llevar la delantera, especialmente los estadounidenses. A partir de ahí, una red global de expertos podría dirigir de forma autónoma las investigaciones. No obstante, es de sobras conocido –y el propio informe lo reconoce– que esta comunidad científica global está enormemente sesgada a favor de unos pocos países industrializados. La gobernanza global de los expertos es el gobierno del Norte global, con algunas “consultas” a colegas de otros países. Es, como argumenté anteriormente, la típica “solución del hombre rico”.

El climatólogo Michael Mann, miembro de la NAS, mostró sus propias dudas: “El mensaje que trasmite un informe como este es de una naturaleza tan política como científica, pues será inmediatamente utilizado por los defensores de dicha propuesta. Y yo me siento sinceramente preocupado por la carnaza que ofrece a quienes minimizan los riesgos […] El propio informe, en mi opinión, está claramente sesgado. Cae víctima del riesgo moral del que advertía en mi libro The New Climate War […]”.

Mann lo explica con una cita de su ampliamente aclamado nuevo libro: “Un problema fundamental de la geoingeniería es que presenta lo que se conoce como riesgo moral, a saber, una situación hipotética en la cual una de las partes (la industria de los combustibles fósiles) promueve acciones que conllevan riesgos para la otra parte (el resto de nosotros), pero que son aparentemente ventajosas para ella misma. La geoingeniería proporciona un apoyo potencial a quienes salen beneficiados de nuestra continua dependencia de los combustibles fósiles. ¿Por qué amenazar nuestra economía con regulaciones draconianas sobre al carbono cuando tenemos una alternativa barata? Los dos principales problemas de ese argumento son (1) que el cambio climático supone una amenaza mucho mayor para nuestra economía que la descarbonización y (2) que la geoingeniería no es tan barata, pues trae aparejada enormes daños potenciales”.

Gates: la ingeniería por encima de la política

Gates ha coqueteado con la geoingeniería en otros proyectos. Junto con el exdirector de tecnología de Microsoft, Nathan Myhrvold, y su compañía Intellectual Ventures (de la que Gates es inversor), registró en 2008 una patente para aplicar la geoingeniería empleando agua fría del mar para reducir la intensidad de los huracanes. En 2010  anunció una inversión en Sea Spray, una compañía que investiga una tecnología que pulverizaría agua marina en la atmósfera para desarrollar nubes blancas que reflejen la luz del sol. Gates también financió a David Keith en la creación de una compañía para capturar CO2 directamente de la atmósfera. Carbon Engineering ha construido una planta en Columbia Británica (Canadá) y planea otra en asociación con Occidental Petroleum en la cuenca pérmica de Texas, uno de los centros de fractura hidráulica del continente. El mercado de carbono existente pretende seguir explotando el petróleo bombeando el CO2 que emite al interior de pozos. Chevron y BHP son otras compañías petroleras que han invertido en Carbon Engineering, al igual que el financiero de las arenas bituminosas N. Murray Edwards.

Las críticas a las inversiones de Bill Gates van mucho más allá de sus experimentos con geoingeniería y llegan hasta la desproporcionada influencia que ejerce su fundación sobre la salud global y el desarrollo y sobre la política educativa. El apoyo que otorga su fundación al modelo de agricultura industrializada para África y el plan educativo orientado a los exámenes (teach to test) llamado “Common Core” en Estados Unidos han sido sometidos a escrutinio. Su libro más reciente, Cómo evitar un desastre climático, ha recibido fuertes críticas por centrarse en la tecnología en lugar de buscar soluciones políticas.

El activista del clima Bill McKibben ha escrito en una reseña del libro publicada en el New York Times: “… es en la política… donde Gates lleva realmente anteojeras. `Mi pensamiento es más el de un ingeniero que el de un politólogo´, ha dicho con orgullo –aunque eso signifique que puede escribir todo un libro sobre el `desastre climático´ sin analizar el papel que ha desempeñado, y continua desempeñando, la industria de los combustibles fósiles en prevenir las acciones para impedirlo […] Esa es la razón por la que hemos desperdiciado casi 30 años de advertencias de la ciencia. `Yo no tengo una solución para la política del cambio climático´, dice Gates en su libro, aunque en realidad sí la tiene: creó una compañía, de la que su fundación es accionista, que ha donado dinero precisamente a los políticos a sueldo de las grandes petroleras. Un análisis de Bloomberg del último otoño descubrió que Microsoft solo ha asignado un tercio de sus contribuciones económicas a políticos respetuosos con el clima”.

Nadie es tan inteligente por sí mismo

En el mundo actual, el dinero y el poder están superconcentrados, reunidos en las grandes corporaciones, los individuos más ricos como Gates y las instituciones influyentes como la Universidad de Harvard. Existe la tendencia, especialmente entre aquellos que tienen éxito, de creer que su éxito se traduce en una mejor perspectiva sobre el modo de gestionar el mundo. Contando con su dinero, sus recursos y su prestigio, su discurso suena más alto, sofocando a menudo las voces de otras personas.

Pero no importa los brillantes o incluso lo bien intencionados que seamos, cada uno de nosotros, seres humanos, estamos limitados por nuestro propio punto de vista. Todos tenemos puntos ciegos. Todos cometemos errores. Cuanto mayor sea nuestro alcance, más perjudicial es el impacto potencial. Esa es la perdición de las estructuras de gobierno privadas cada vez más poderosas en el mundo. Es preciso contar con un marco inclusivo de responsabilidad democrática para alcanzar el mayor rango de conocimiento y perspectiva, reflejar los intereses más generales y evitar los escollos.

Los samis, hablando con la creciente autoridad moral de los indígenas y apoyados por sus aliados ecologistas, han aportado una voz fundamental al debate sobre la geoingeniería. El hecho de que no fueran invitados a opinar, sino que tuvieran que alzar su voz, lo dice todo respecto a las erróneas presunciones del gobierno privado. Lo mismo puede aplicarse a toda una serie de desafíos a los que se enfrenta nuestro mundo. Y en ningún otro lugar es eso más cierto que en un terreno con impactos tan globales y potencialmente catastróficos como la geoingeniería.

*La geoingeniería, también conocida como ingeniería climática o intervención climática, es la modificación deliberada y a gran escala del clima terrestre para combatir el calentamiento global. No debe confundirse con la ingeniería geotécnica (N. del T.).

Patrick Mazza es un activista y periodista. Tiene un blog:theraven.substack.com

Por Patrick Mazza | 17/04/2021



Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Un gigante globo de helio se eleva desde la estación espacial Esrange cerca de Kiruna, Suecia, el 7 de julio de 2011.Swedish Space Corporation / AFP

La primera fase del experimento, dirigido por un equipo de científicos de la Universidad de Harvard, estaba prevista para el próximo mes de junio en el país escandinavo.

Las autoridades suecas han cancelado un controvertido experimento de geoingeniería solar para enfriar artificialmente el planeta financiado por el multimillonario y filántropo estadounidense Bill Gates.

En el marco del denominado Experimento de Perturbación Controlada Estratosférica o SCoPEx, un equipo de científicos de la Universidad de Harvard (Massachusetts, EE.UU.) iba a verter a la atmósfera toneladas de polvo de carbonato de calcio no tóxico con el objetivo de intentar atenuar la radiación solar y contrarrestar así los efectos del calentamiento global.

El polvo químico iba a ser llevado a una altura de 20 kilómetros por medio de un globo científico que los investigadores tenían previsto lanzar el próximo junio desde la estación espacial Esrange, ubicada en la ciudad de Kiruna, en el extremo norte de Suecia.

Sin embargo, el proyecto creó gran controversia y este miércoles la Corporación Espacial Sueca (SSC, por sus siglas en inglés), que opera la estación Esrange, comunicó que el vuelo de prueba no se llevaría a cabo. La agencia espacial explicó que "la comunidad científica está dividida con respecto a la geoingeniería" y que después de dialogar con expertos, las partes interesadas y la Universidad de Harvard, "la SSC decidió no realizar el vuelo de prueba técnico previsto para este verano".

Si bien el sitio web de SCoPEx asegura que el experimento "no representaría un peligro significativo para las personas o el medio ambiente" y liberaría solo una pequeña cantidad de partículas en el aire, activistas suecos se han opuesto abiertamente a la iniciativa advirtiendo que el proyecto de Harvard podría tener "consecuencias catastróficas".

El Consejo Saami, que aboga por los derechos del pueblo indígena lapón de Suecia, y tres grupos ambientalistas locales firmaron una carta conjunta en la que defienden que "la investigación y el desarrollo de la tecnología de la inyección de aerosoles estratosféricos tienen implicaciones para todo el mundo y no deben avanzarse sin un consenso global pleno sobre su aceptabilidad".

Mientras, David Keith, profesor de física aplicada en la Escuela de Ingeniería y Ciencias Aplicadas de Harvard que forma parte del proyecto cancelado, afirmó a Reuters que su equipo planea utilizar los próximos meses para tratar de convencer a las autoridades suecas de que les den luz verde para una prueba eventual, pero en caso de rechazo, el vuelo podría trasladarse a EE.UU. para el año que viene.

 

Publicado: 2 abr 2021 10:43 GMT

Crean el primer mapa de los animales que aún faltan por descubrir en la Tierra

Los científicos sugieren que apenas conocemos el 20 % del total de especies vivas en la Tierra. ¿Dónde se esconde el 80 % restante?

 

Hay científicos que aseguran que la sexta extinción masiva nos pisa los talones. Aunado a la emergencia climática decantada del cambio climático, la situación medioambiental del planeta alarma a biólogos, conservacionistas y a una amplia variedad de expertos en diferentes áreas. Por esta razón, se trazó por primera vez un mapa de animales que todavía no han sido descubiertos.

Un mapa con información por conocer

Las representaciones de la geografía y los espacios de la Tierra tienen la intención de trazar lo conocido. Por primera vez en la historia, sin embargo, un equipo de científicos se propuso lograr el objetivo contrario: diseñar un mapa que intente delinear los lugares en el planeta donde todavía hay especies por descubrir.

Este esfuerzo responde a la crisis de la biodiversidad mundial. Con creciente celeridad, la variedad de especies y ecosistemas se reduce, generado desequilibrios ecológicos significativos en diversas partes del mundo. El ánimo de conocer nuevas especies todavía no analizadas se despierta del interés de no perderlas.

Los autores del mapa sugieren cuatro países con el mayor potencial para encontrar nuevas especies: Brasil, Indonesia, Madagascar y Colombia.

Según los científicos de Yale a cargo de The Map of Life —como se llamó a este estudio— documentar, clasificar y salvar a estos animales será un tarea más sencilla con una representación gráfica de lugares por conocer:

“Las estimaciones conservadoras sugieren que en este momento solo se puede conocer entre el 13 y el 18 % de todas las especies vivas, aunque este número podría ser tan bajo como el 1.5 %, explicaron los investigadores en un comunicado.

Bajo este supuesto, todavía nos queda cerca del 80 % de especies por conocer en el planeta. Los esfuerzos de conservación y los compromisos internacionales, según los científicos, deberían estar dirigidos a no perder las especies de las que todavía no se tienen registro hasta el momento: “[…] estas especies [no descubiertas] y sus funciones pueden perderse para siempre en la ignorancia“.

¿Cómo abordar este ‘déficit de biodiversidad’?

El ‘déficit de biodiversidad‘ tiene ramificaciones problemáticas en diversos campos de estudio. La más preocupante de ellas, sin duda, es la creciente debacle ecológica que se avecina en un futuro no tan lejano.

Por esta razón, ecologistas de Yale diseñaron un modelo que señala dónde es probable que existan especies desconocidas de vertebrados terrestres hoy en día. Este algoritmo se basa en factores biológicos, ambientales y sociológicos, relativos a la actividad humana.

Las posibilidades de descubrir y describir las especies lo suficientemente rápido varían de animal en animal. Esto quiere decir que es poco probable que las especies más grandes tengan primos de los que todavía no se tenga conocimiento.

Aunque inicialmente el mapa de animales podrá ser impreciso, es probable que sea una herramienta útil para preservar a anfibios y reptiles que todavía no aparecen ante la mirada de la ciencia. “Después de siglos de esfuerzos por parte de exploradores de la biodiversidad y taxónomos, el catálogo de la vida todavía tiene demasiadas páginas en blanco“, escriben los autores.

29 marzo 2021

(Tomado de National Geographic)

Publicado enMedio Ambiente
Viernes, 19 Marzo 2021 06:18

Vietnam, la guerra continúa

Tran To Nga encabeza una movilización en París por reclamos sobre las terribles secuelas del agente naranja en la población vietnamita COLLECTIF VIETNAM-DIOXINE

UNA VIETNAMITA CONTRA LAS MAYORES FIRMAS AGROQUÍMICAS DEL PLANETA

 

Tran To Nga se ha atrevido a llevar a la Justicia a quienes produjeron el agente naranja con el que Washington devastó el sudeste asiático y que aún hoy provoca horrores sanitarios y desastres ambientales. Su victoria cambiaría el destino de muchos.

Una tarde de 1966, cuando tenía 24 años, Tran To Nga vio cómo un avión C-123 estadounidense, que sobrevolaba a baja altura la aldea de Vietnam del Sur en la que vivía, lanzaba una carga de lo que parecían ser unos herbicidas como tantos de esos que se rocían habitualmente sobre los campos agrícolas. «¿Qué podía representar la fumigación de un banal herbicida en medio del apocalipsis que rodeaba a nuestro querido Vietnam en llamas?», escribió en su autobiografía, Mi tierra envenenada, publicada en Francia en 2016. El avión dejó «una estela blanca en el cielo azul» y en el cuerpo de Nga una sustancia viscosa, pegajosa. Su madre le gritó que se sacara de inmediato la ropa. Ella obedeció, pero no le prestó demasiada atención a lo sucedido. «Con esa ducha tóxica, sin embargo, el mal comenzó a anidar en mi cuerpo», contó en el libro. Tiempo después sería nuevamente fumigada con esa misma sustancia, cuando cubría como periodista los combates en el delta del Mekong.

Lo que los C-123 habían lanzado era una poderosísima arma química. Se la conocería como agente naranja, por la franja de ese color que atravesaba los bidones en los que se la transportaba. Durante la guerra de Vietnam, el Departamento de Defensa había concebido una serie de armas químicas a partir de sustancias como esta, a las que llamó «herbicidas arcoíris». Además del agente naranja estaban el verde, el blanco, el rosa, el violeta.

El objetivo confeso del gobierno yanqui (de los gobiernos yanquis, desde el de John F. Kennedy hasta el de Richard Nixon, pasando por el de Lyndon Johnson) era defoliar las zonas boscosas y rurales en las que los combatientes del Vietcong podían refugiarse. También privar a los campesinos vietnamitas de sus medios de sustento. El agente naranja fue la más letal de las armas usadas para ese fin. Era mucho más que la mezcla de dos herbicidas hormonales reconocida por el Departamento de Defensa. A uno de los plaguicidas que intervenía en su fabricación, el 2, 4, 5-T, se le había agregado un compuesto de dioxina, el TCDD, que lo convertía en particularmente dañino. Cuando se conoció su composición, la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo catalogó entre los «peores venenos existentes» y lo calificó como «altamente cancerígeno en humanos», al igual que lo hizo el Departamento de Salud de los propios Estados Unidos. Como las dioxinas son mutagénicas, no sólo produce espantosas enfermedades en quien lo recibe en su cuerpo, sino también en su descendencia.

Entre 1962 y 1973, Estados Unidos derramó sobre Vietnam del Sur decenas de millones de litros de herbicidas y defoliantes. El agente naranja representó el grueso de las fumigaciones, alrededor del 62 por ciento. Según un informe oficial estadounidense de 2003, elaborado por la química Jeanne Stellman, el número de vietnamitas afectados directamente se situó entre 2,1 y 4,8 millones. Incalculables fueron los afectados indirectos (hijos, nietos de los fumigados). André Bouny, un francés que desde hace años investiga sobre el tema y que ha publicado libros extremadamente documentados, entre ellos, Apocalipsis Vietnam, dice que las cifras del Informe Stellman son un mínimo, que los afectados directos son «al menos» 5 millones y que Estados Unidos desparramó sobre el país asiático mucho más veneno que el que reconoce.

Vietnam estima en medio millón el número de niños nacidos con malformaciones como consecuencia del agente naranja. Hasta la tercera o cuarta generación de posguerra se hacen sentir los efectos de este veneno calificado en informes científicos de «insidioso, silencioso, invisible»: deformaciones, tumores, ausencia de algún miembro, insuficiencias cardíacas, problemas graves en la piel, ceguera, calcificaciones, abortos espontáneos son algunas de las linduras que provoca.

Bounypreside el Comité Internacional de Apoyo a las Víctimas Vietnamitas del Agente Naranja, una de las pocas organizaciones responsables de que algo de ayuda les llegue a las decenas y decenas de miles de personas que nacen aún hoy en Vietnam «con una apariencia que escapa a la morfología genérica de la especie humana» y que sobreviven aisladas, casi sin cuidados, porque «avergüenzan» incluso a sus familias, en su gran mayoría compuestas por campesinos pobres que han perdido todo y que dicen no querer, cuenta Bouny, perder también su «dignidad». «La culpabilidad personal es la clave de la existencia de estas personas», consigna un informe de fines de enero de la revista francesa Politis. «La revelación de su envenenamiento llegó demasiado tarde y algunos aún no están convencidos. Hay, todavía hoy, mucho desconocimiento y vergüenza con relación al agente naranja y sus efectos, ligados a las creencias populares: el nacimiento de un hijo deforme o enfermo sería un castigo enviado por los ancestros […]. Las parejas con uno o varios hijos malformados esperan con avidez el nacimiento de uno que no lo sea. Si no lo logran, la aldea podría excluirlos aún más de la vida social.»

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Y hubo en Vietnam también un ecocidio, un concepto nacido, precisamente, a partir de la guerra química lanzada por Estados Unidos en el sudeste asiático para describir los atentados deliberados y a gran escala contra el medioambiente. Millones de hectáreas de tierras fértiles y de selva tropical vietnamitas resultaron arrasadas y envenenadas por los herbicidas arcoíris, una contaminación que se prolonga hasta ahora. Hechos similares, en la frontera entre el genocidio y el ecocidio, pasaron en la misma época en Laos y en Camboya (véase, por ejemplo, «Vivir las bombas», Brecha, 13-I-17) como consecuencia de las fumigaciones estadounidenses, pero son países tan pobres, apunta Bouny, que no han contado con medios para documentarlos.

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Por todos esos horrores, por los padecimientos propios –que transmitió a sus tres hijas y que pasaron a sus nietos– y de muchísimos otros, Tran To Nga inició en 2014 un juicio civil contra las empresas estadounidenses fabricantes del agente naranja. «Tengo muchas de las 16 enfermedades» que la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos reconoció en 1996 como ligadas a la exposición a esa sustancia, dijo a la prensa francesa. En 2011, análisis hechos en el laboratorio alemán Eurofins revelaron que Tran presentaba una alta tasa de dioxinas en sangre y que padecía de diabetes, de cloracné, de una enfermedad genética de la hemoglobina, de calcificaciones, de nódulos subcutáneos, de una malformación cardíaca transmisible, de problemas pulmonares. Patologías, todas ellas, incluidas en la lista de la academia estadounidense. Sus hijas también las tienen. O las tenían: la primera, nacida en 1967, murió a los 17 meses por una malformación cardíaca, que en aquel momento no se podía ni se sabía a qué atribuirla.

Tran hizo su demanda en Francia, país en el que vive desde 1992 y del que tiene la nacionalidad. El suyo es el primer juicio emprendido por un civil contra esas megacompañías, así como el primero que se hace en un país que no intervino en la guerra. Veteranos de guerra estadounidenses llevaron ante los tribunales de su propio país a algunas de esas transnacionales, logrando en 1984 que se los indemnizara con unos 180 millones de dólares, porque ellos también habían sido afectados por los agentes químicos que manipularon. Pero a los civiles vietnamitas reunidos en la Asociación Vietnamita de Víctimas del Agente Naranja (VAVA, por sus siglas en inglés) que intentaron seguir su camino invocando el Protocolo de Ginebra de 1925 contra el uso de armas químicas, la Justicia estadounidense los dejó en la antesala: un juez les dijo que un herbicida no era un arma de guerra ni un veneno, un tribunal de apelaciones lo confirmó y la Suprema Corte les cerró definitivamente el paso. También hubo procesos en Corea del Sur por iniciativa de 39 exsoldados coreanos que combatieron junto a los invasores de Vietnam. En 2013, las empresas demandadas resultaron condenadas, pero maniobras diplomáticas de «la embajada» en Seúl hicieron que hasta ahora esos veteranos no hayan cobrado un solo dólar, según indicó Politis.

A Tran To Nga las transnacionales le ofrecieron «arreglos» extrajudiciales para no llegar a los tribunales. Los rechazó. Con 78 años avanzados dice que está librando «la última gran batalla» de su vida, que la está llevando a cabo «en nombre de todas las víctimas del agente naranja» y que pretende sentar un precedente para que «quede bien claro que estas empresas son tan responsables como el Estado estadounidense» –contra el que no puede litigar en esta instancia– en los asesinatos y otras atrocidades que cometieron. Y busca abrir así una puerta para que otros sigan su camino. «No quiero que estas multinacionales escapen por la tangente, como demasiadas veces logran hacerlo. Ni ellas ni los gobiernos de Estados Unidos han reconocido lo que les hicieron a los vietnamitas», dijo a medios franceses a fines de enero, cuando se entró en la etapa decisiva del juicio. «El eventual éxito de Nga jamás se limitará a su propia reparación. Comprenderá el reconocimiento jurídico de la responsabilidad de las empresas, pero también una nueva jurisprudencia utilizable por todas las víctimas de armas químicas y pesticidas», afirmaron en una declaración publicada el 18 de enero en el diario Libération una docena de asociaciones y centrales sindicales que integran el Colectivo Vietnam Dioxina.

***

Seis años pasaron desde aquel 2014 en que Tran To Nga inició su demanda ante un tribunal de Evry, en la periferia de París. Trascurrieron entre las presentaciones de documentación de una parte y de la otra y entre chicanas múltiples de la pléyade de abogados contratados por las empresas, que intentaron cuestionar la competencia de un tribunal francés en el caso y acusar de difamación a la querellante. El 25 de enero, tras 19 aplazamientos (¡19!) tuvo lugar la audiencia de lectura de los alegatos y se entró en el fondo del asunto. De las 26 empresas acusadas inicialmente por madame Tran, como la llaman sus abogados, quedaron 14: las otras 12 o bien desaparecieron o bien lograron demostrar que no tenían relación con el agente naranja. Pero entre las que quedaron figuran algunas de las agroquímicas más poderosas del mundo, incluidas Dow Chemical y Monsanto, hoy propiedad de la alemana Bayer y famosa por haber fabricado otros venenos, como los pesticidas a base de glifosato catalogados como cancerígenos en humanos por la OMS, pero con los que se siguen fumigando las tierras agrícolas de buena parte del planeta, en especial en América Latina (véase «Monsanto, Bayer, el glifosato y el imperio de los sentidos», Brecha, 13-VII-18). Entre los 12 integrantes del Comité Vietnam Dioxina aparecen varias de las asociaciones que han denunciado en Francia las prácticas y los crímenes de Monsanto.

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Nacida en el sur de Vietnam en tiempos de la guerra de Indochina, en la que sus padres fueron parte de la resistencia al colonialismo francés, Tran pasó su adolescencia en un país que ya estaba partido en dos. Creció en el norte liberado, a donde su familia la mandó para protegerla, pero cuando era todavía muy joven volvió al sur para combatir contra el invasor estadounidense. Durante cuatro meses recorrió a pie los más de 1.000 quilómetros que separan el norte del sur, atravesando la hoy llamada pista Ho Chi Minh, por entonces pista Truong Son, a través de regiones selváticas y montañosas fumigadas y napalmeadas. Combatió primero con las armas y luego con la pluma, cuando la agencia de prensa para la que trabajaba la envió a seguir a los milicianos del Frente Nacional de Liberación. Además de fumigada, Tran fue detenida y torturada en una prisión estadounidense, donde en 1974 nació en cautiverio su tercera hija.

«Soy hija del Mekong, del colonialismo y de la guerra. Soy hija de una tierra mágica y envenenada», escribió en su autobiografía.

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Fue hacia mediados de la primera década de los dos mil que Tran se resolvió a «hacer algo» contra las empresas fabricantes del agente naranja. Debió convencerse primero de que las enfermedades que sufría estaban ligadas a él, vincularlas a las que sufrían sus hijas y nietos y tantísima otra gente. Consultó a especialistas, se informó. Y se convenció. Más aún luego de que visitó, en 2008, en Thai Binh, cerca de Hanoi, uno de los campamentos asistidos por la VAVA, donde tuvo frente a sí «a adolescentes sin manos ni piernas, bebés deformes, gente sin edad», relata Politis.

Decidirse a enfrentar a las megaempresas fue otro paso: demasiado poderosas y resueltas a hacer cualquier cosa. Dow Chemical y Monsanto-Bayer, las dos más ricas, tienen un volumen de negocios superior al PBI de Vietnam, y cualquiera de las 14 –especialmente Monsanto– tiene abundante capacidad de lobby y un cargado historial en materia de manipulaciones, campañas de difamación, acoso, ataques físicos a través de sicarios, etcétera, etcétera (véanse, por ejemplo, «Natural killer», «Ciencia para quién y para qué», «Periodismo transgénico», Brecha, 5-X-12, 16-V-14, 20-I-17).

En una conferencia llevada a cabo en París en 2009 sobre el agente naranja, Bouny logró que Tran aceptara demandar a las transnacionales. Pero habría otro obstáculo: el judicial. En 2010, bajo el gobierno de Nicolas Sarkozy, el Parlamento votó una ley que quitaba toda competencia a los jueces franceses en materia de derecho internacional. Tres años más tarde, esa competencia se restableció y, al siguiente, Tran presentó su demanda. Sus abogados descartaron la vía penal –más larga y engorrosa, según consideraron– y optaron por la civil.

***

Uno de los argumentos de las transnacionales que fabricaron los agentes arcoíris, en especial el naranja, es que «no sabían» sus efectos. Otro es que «no podían» negarse a participar en los «esfuerzos de guerra» de su país. Los dos son falsos. En el juicio, los tres abogados de Tran («somos como D’Artagnan y los tres mosqueteros, combatiendo unidos», dijo la vietnamita) probaron con documentos que, antes de fumigar en Vietnam, Monsanto tuvo que indemnizar a muchos de sus propios trabajadores que se habían contaminado manipulando esos productos. Fueron arreglos extrajudiciales, que no trascendieron y que «quedaron en los ámbitos de la industria» para no provocar un escándalo entre los consumidores estadounidenses, dijo otra abogada, Amélie Lefebvre. «No quiero vivir eso otra vez», llegó a decir por entonces en un mensaje interno un jerarca de la transnacional. Los abogados de Tran accedieron también a otra comunicación corporativa, esta vez de Dow Chemical, correspondiente a 1965 –año en que comenzaron las fumigaciones con el agente naranja–, en la que la empresa reconocía la «extraordinaria toxicidad» de ese producto y mencionaba algunas de las patologías que podía desencadenar.

En cuanto a que las empresas estaban «obligadas» a fabricar esos venenos, uno de los tres mosqueteros, William Bourdon, demostró que nadie les puso un revólver en la cabeza. El gobierno hizo un llamado para la fabricación de estos defoliantes «especiales» y todas ellas se presentaron como un solo hombre porque olían el jugosísimo negocio que tenían ante sus narices y la solvencia de su contratante: el Ejército de Estados Unidos. «No hubo requisición militar, sino una licitación, y ellas respondieron como una banda organizada», dijo Bourdon. «Fueron todos cómplices: el gobierno y las compañías», agregó.

Los abogados de las corporaciones alegaron también que Estados Unidos tenía «derecho a protegerse por todos los medios de los ataques del Vietcong», que nada probaba que las enfermedades de Tran hubieran sido causadas por el agente naranja, que ya habían pasado «demasiados años» de aquello como para ir a juicio… Lefebvre, Bourdon y su otro colega Bertrand Repolt respondieron evocando la imprescriptibilidad de los crímenes de lesa humanidad, apuntando que «nada justifica el recurso a armas químicas en ninguna guerra» y trayendo a colación documentación científica sobre los efectos del agente naranja. «Están acorraladas», afirmó Bourdon refiriéndose a las transnacionales. El 10 de mayo, cuando el tribunal de Evry comunique su fallo, se sabrá en la realidad real si eso es así.

***

«A mis casi 80 años estoy cansada, pero no tengo derecho a parar. Y soy la única persona que puede hacer esto. Si desaparezco, ya no quedará nadie», dijo a la prensa Tran To Nga a la salida de la audiencia de fines de enero. Bouny está de acuerdo. Y dice que ni siquiera el Estado vietnamita, demasiado ocupado en recomponer sus relaciones con Estados Unidos con el fin de «protegerse» de China, hará algo por las víctimas vietnamitas de la guerra química de los años sesenta y setenta, a pesar de que se siguen reproduciendo y de que las zonas devastadas por los agentes arcoíris tardarán muchos años más en regenerarse. Ese abandono: otro de los horrores de la (pos)guerra.


19 marzo, 2021

Publicado enInternacional
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