Desterrados en París: un drama sin fin para los inmigrantes

El impacto económico de la pandemia obligará a más personas a desplazarse

 Desde que se reabrieron las fronteras hace algunas semanas, inmigrantes de Somalia. Afganistán, Libia, entre otros, llegaron a la capital francesa para terminar amontonados, en su mayoría, en un suburbio del que acaban de ser desalojados. 

 

Desde París

 La primera vez se asustó y se sintió agredido, la segunda salió corriendo, la tercera y cuarta trató de recuperar sus cosas y la quinta, es decir, ayer, dejó que todo ocurriera sin intervenir. Salió de la carpa, fue hasta el bus de la policía y miró desde allí “todo ese absurdo y esa injusticia que nos seguía cortando el camino”. Idil vivió este 29 de julio su quinta evacuación por la fuerza desde que llegó a Francia proveniente de Somalia. Junto a otros 2.000 inmigrantes oriundos de Sudán, Somalia, Tchad, Etiopía o Afganistán Idil se había instalado en uno de los campamentos improvisados que los inmigrantes van montando en la periferia Norte de París hasta que la policía los desaloja y trata de reubicarlos en hoteles y gimnasios de la zona. La víspera, el Prefecto de París, Didier Lallement, les había dado un plazo de “12 horas para abandonar el lugar”. La mayoría se quedaron y a la seis de la mañana el operativo comenzó a orillas del canal Saint-Denis, en la localidad de Aubervilliers

La situación era doblemente nociva: para los mismos inmigrantes expuestos ahora al calor y la insalubridad, y para las autoridades, interpeladas pos los vecinos debido a la suciedad y las peleas entre comunidades distintas. ”De todas formas, no sabemos ni siquiera a dónde vamos a ir a parar. Lo más esencial es que alguien nos ayude porque ya no podemos más”, cuenta Saidi, un afgano con unos cuántos meses de residencia en la calles, primero en París, luego en las afueras. La evacuación es tensa. Hay mucha gente, muchos niños en las carpas, muchos policías y militantes de las asociaciones de protección al migrante (France Terre d'Asile, Solidarité Migrants Wilson), muchos gritos y nervios y miedo e incomunicación. Un destierro sobre muchos otros destierros. Cada respiración es una bocanada de tragedia. De un lado están los buses para los hombres solos, del otro el reservado a las familias. Michel, una militante de la asociación Utopía 56 que asiste a la evacuación, anticipa la crueldad del futuro:” volverán aquí u a otro lugar. Ni ellos tienen donde ir, ni el Estado la responsabilidad y la voluntad de asumir la situación. La gran mayoría de la gente que está aquí regresará a la calle dentro de un tiempo. Es un ciclo infernal”. Michel y otros militantes de France Terre d’Asile y Solidarité Migrants Wilson se apresuran para recuperar los utensilios y las carpas. Hay más de seiscientas (representan unos 10.000 euros) y, en un par de meses cuando llegue el invierno, salvarán unas cuantas idas.

Los inmigrantes son personas muy pobres, perseguidas en sus países, torturadas también, que saltaron al Mediterráneo en un barco cualquiera desde las costas de Libia y se salvaron porque un navío humanitario las rescató. Otros, como en el caso de los afganos, emprendieron un terrorífico viaje a través de Irán, Turquía y Grecia hasta llegar a Francia. Las cosas son ahora peor que antes. La pandemia no arregló el mundo, al contrario. Robert (France Terre d’Asile), desliza una frase que hiere como un latigazo por su carga de lúcida veracidad: "esta gente está más allá de la posibilidad de que algo cambie para ella, incluso si en un mes el liberalismo o las bolsas se vienen abajo. No son ni pobres ni ricos, ni víctimas de la desigualdad de los sistemas. Son las voces del otro lado de la fractura provocada por la improvisación occidental. Siempre los dejarán solos”. Ningún barco humanitario opera ya a lo largo de las costas de Libia para socorrer a los migrantes. Los últimos dos, el Ocean-Viking y el Sea-Watch, fueron, una vez más, víctimas del ardor perverso de los guarda costas italianos. Desde que se reabrieron las fronteras hace algunas semanas, los inmigrantes, sin embargo, continúan llegando para terminar amontonados, en su mayoría, en este un suburbio del que acaban de ser desalojados. 

Las cifras son imparables: durante los dos meses del confinamiento, en las orillas del canal Saint-Denis había unas 200 personas, luego, dos meses después del fin del encierro, ya sumaban 2.300. Su viaje no empieza por mar sino por tierra, a menudo en la frontera entre Irán y Turquía o en la misma Grecia a través de la no menos terrorífica “ruta de los Balcanes” (Turquía, Grecia, Macedonia, Serbia, Croacia, Hungría). Desde allí zanjan todos los peligros que un ser humano pueda imaginar con tal de llegar a un país europeo seguro: los traficantes de personas, las autoridades turcas, las cárceles de Turquía, los robos, las violaciones, las agresiones, la corrupción de los policías de Albania, de Grecia, Croacia, Serbia o Hungría (les roban su dinero, sus pasaportes y sus teléfonos), las denuncias, los malos tratos o la persecución. 

Osmane, un somalí con más de cinco años de residencia en Francia, espera tranquilo sentado en el bus. Cuenta que “los nuevos, los que llegaron hace dos meses, me dan un poco de pena. ¡Han hecho tanto, sufrido tanto para llegar hasta aquí !. Y mirá, mirá lo que les espera”. Osmane es el tango del migrante, la historia que, sin,- que sea contada, se refleja en la absorbente soledad de las miradas: en su caso huyó de Somalia para escapar de las milicias chabab, llegó a Francia, obtuvo los papeles, trabaja, pero nadie le alquila una casa, sea porque no le alcanza “sea porque no entiendo”, dice señalando a un hombre joven, conocido por todos debido a la adversidad de su historia. Es Chenar Gull Nasairi, el afgano. Pasó tres años en Alemania hasta que le negaron el asilo político. Se desplazó a Francia donde, este año, también se le negó el asilo. Aunque Gull Nasairi asegura que en Afganistán los talibanes le pusieron precio a su vida, la Corte Nacional del derecho de asilo no cree ni en su historia, ni en que sea afgano. Ya va por su tercer intento de suicidio. Hay otros ejemplos como él: les rechazan el asilo en Gran Bretaña, en Austria, en Alemania, en Francia y van así, con el correr de los años, probando de un país a otro.

Luis Barda, miembro de Médicos del Mundo, advierte que los flujos serán más importantes porque quienes estaban bloqueados por la pandemia y el cierre de las fronteras “ahora vuelven a los caminos”. Ismail y Faycal son hijos de ese flujo. Estos dos afganos estuvieron bloqueados en Serbia un par de meses y llevan apenas tres semanas en Francia. Recién ahora empiezan a entender que lo peor está por venir. Faycal cuenta con cierta desesperanza: "obtener una cita con la OFII (Office français de l’immigration et de l’intégration) para presentar un pedido de asilo es imposible”. Y hasta que no lo obtenga tampoco tendrá un estatuto, o sea, ayuda mínima. Por eso terminó a orillas del canal Saint-Denis. ”Fue una sorpresa. Después de todo lo que viví y ahora esto, la calle, las carpas, la policía, los periodistas, no sé, no sé…”. 

El traqueteo y el ruido mundial que destapó la covid-19 silenció sus voces, pero su drama continúa siendo como un fino chorro de agua helada que cae sobre el rostro de mundo. Jagan Chapagain, Secretario general de la Federación Internacional de la Cruz Roja, anticipa que “el desastre económico de la pandemia y sus efectos devastadores obligarán a muchas personas a desplazarse más allá de sus fronteras. Muchos inmigrantes sentirán que, pese a los riesgos, atravesar el mar será más seguro que permanecer en sus países porque habrá, también, la posibilidad de una vacuna contra el virus”. El canal Saint-Denis recupera su fisionomía. Pero en este paseo al que vuelven los ciclistas ha quedado como un dolor cautivo, una tensión latente. Dentro de unos meses regresarán los inmigrantes, aquí o un poco más al Norte. Volverá la policía, las asociaciones, la palabra y la indiferencia. Ellos están en la frontera de todas las fronteras. Ese lugar donde se acepta la fatalidad sin hacer demasiado para detenerla.

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La Cepal aseguró que el coronavirus podría dejar a casi el 40 por ciento de Latinoamérica en la pobreza

El informe estima que el número de personas en esta situación se incrementará en 45,4 millones en 2020

 

El 37,3 por ciento de toda la población latinoamericana podría verse en situación de pobreza en 2020 debido al impacto de la pandemia del coronavirus, según un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) publicado este miércoles.

El informe, titulado ‘Enfrentar los efectos cada vez mayores del COVID-19 para una reactivación con igualdad: nuevas proyecciones’, estima que el número de personas en situación de pobreza se incrementará en 45,4 millones en 2020, por lo que el total de personas en esa condición pasaría de 185,5 millones en 2019 a 230,9 millones este año.

Dentro de este grupo, el número de personas en situación de pobreza extrema se incrementaría en 28,5 millones, pasando de 67,7 millones de personas en 2019 a 96,2 millones de personas en 2020, cifra que equivale al 15,5 por ciento del total de la población.

El documento, presentado por la secretaria ejecutiva del organismo de Naciones Unidas, Alicia Bárcena, plantea que la caída en la actividad económica es de tal magnitud que llevará a que, al cierre de 2020, el nivel del PIB per cápita de América Latina y el Caribe sea similar al observado en 2010. Esto significa que habrá un retroceso de diez años en los niveles de ingreso por habitante.

“Se prevé ahora un aumento también mayor del desempleo, que a su vez provocará un deterioro importante en los niveles de pobreza y desigualdad”, dijo Bárcena.

En concreto, se espera que la tasa de desempleo regional se ubique alrededor del 13,5 por ciento a final de 2020, lo que representa una revisión al alza de dos puntos porcentuales de la estimación presentada en abril y un incremento de 5,4 puntos porcentuales respecto del valor registrado en 2019, un 8,1 por ciento.

Con la nueva estimación, el número de desempleados llegaría a 44,1 millones de personas, lo que representa un aumento cercano a 18 millones con respecto al nivel de 2019, cuando se situó en 26,1 millones de desempleados.

El trabajo destaca que estas cifras son "significativamente" mayores que las observadas durante la crisis financiera mundial, cuando la tasa de desempleo se incrementó del 6,7 por ciento en 2008 al 7,3 por ciento en 2009, es decir, 0,6 puntos.

MEDIDAS

El informe de CEPAL reconoce que los países de la región han anunciado grandes paquetes de medidas fiscales para hacer frente a la emergencia sanitaria y mitigar sus efectos sociales y económicos.

Así, las acciones de los bancos centrales de la región han estado encaminadas no solo a atenuar los efectos de la crisis y sentar las bases para una eventual reactivación, sino también a la preservación de la estabilidad macrofinanciera de las economías.

"Los países de la región han anunciado medidas muy importantes, en la medida que se extiende el confinamiento se requieren esfuerzos adicionales para satisfacer necesidades básicas y sostener el consumo de los hogares", ha señalado Bárcena.

No obstante, ha recordado que CEPAL ha propuesto la implementación de un ingreso básico de emergencia como instrumento de protección social y varias iniciativas de apoyo a empresas y trabajadores en riesgo, entre otras medidas.

"Para la implementación de cualquiera de estas líneas de acción es necesario fortalecer el rol de las instituciones financieras internacionales de forma que puedan apoyar mejor a los países", ha concluido Bárcena, que también ha aludido a la necesidad de la cooperación internacional en este sentido.

(Con información de Europa Press)

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El capitalismo acomoda sus peones ante la crisis sistémica y del trabajo

A pesar de las medidas extraordinarias adoptadas en todo el mundo, con frecuencia de una forma que no tiene precedentes, la crisis de la Covid-19 ha repercutido de forma muy adversa en los mercados laborales y obligará a los encargados de la formulación de políticas a afrontar retos políticos de gran alcance.

Un reciente Informe el Observatorio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sostiene que los resultados que se logren en el mercado laboral en el resto de 2020, y en años sucesivos, dependerán de las decisiones que adopten, así como de la evolución de la pandemia en el futuro, y podrían repercutir en el mundo del trabajo a largo plazo.

No todos los países deberán afrontar la misma situación. La gravedad de las dificultades que deban subsanar y los instrumentos y recursos que puedan utilizar al respecto variarán sustancialmente. No obstante, la mayoría de los países tendrán que hacer frente a una serie de dificultades fundamentales, como la armonización de las intervenciones políticas en los planos sanitario, económico y social, a fin de lograr resultados satisfactorios sostenibles para los mercados laborales.

Desde el comienzo de la pandemia ha sido necesario prioriza medidas de contención y erradicación de la propagación del virus y, pese a que ello ha redundado en costos económicos y sociales sustanciales, constituye una condición previa necesaria para impulsar una recuperación sostenible.

Por otro lado, se pide cada vez más a los encargados de la formulación de políticas que establezcan claramente un calendario para la reapertura de los lugares de trabajo y los protocolos sanitarios que deben observarse a tal efecto, y que determinen si se seguirá brindando apoyo a las empresas y a los trabajadores que no pueden retomar su actividad habitual.

La adopción de ese tipo de decisiones es compleja, habida cuenta de los costos que conllevan para los sectores público y privado la prolongación de las restricciones, la inquietud asociada a intervenciones prematuras susceptibles de propiciar una segunda fase de la pandemia y la presión cada vez mayor de la opinión pública.

Por otro lado, la aplicación y el mantenimiento de las intervenciones políticas a la escala necesaria, habida cuenta de que los recursos son cada vez más insuficientes.

El reconocimiento general de la obligación de adoptar «todas las medidas necesarias» para mantener la actividad económica, el empleo, la actividad empresarial y los ingresos a lo largo de la pandemia ha llevado a los gobiernos a fijar objetivos fiscales y monetarios de antemano.

Muchos países tendrán que afrontar un elevado nivel de deuda externa y aplicar medidas políticas monetarias muy restrictivas, aun si la pandemia remitiera en los próximos meses.

Pero los efectos adversos en los mercados de trabajo y la compleja coyuntura económica a escala mundial que se prevé a largo plazo subrayan la necesidad de seguir aplicando políticas que fomenten la recuperación, si bien ello tendrá lugar en condiciones fiscales y monetarias sin precedentes.

Una consolidación fiscal anticipada, como la que siguió a la crisis financiera de 2008-2009, podría conllevar el riesgo de desestabilización de los mercados laborales, ya menoscabados por la covid 19.

La pandemia ha puesto de manifiesto amplias deficiencias y desigualdades en el mundo del trabajo, y las ha acentuado. Las mujeres, los jóvenes y los trabajadores del sector informal, que se encontraban en una situación muy desfavorable antes de que comenzara la crisis, han padecido algunas de sus peores consecuencias.

Por otro lado, ha aumentado la concienciación pública sobre la labor, a menudo compleja e infravalorada, de determinados grupos, en particular los trabajadores de los sectores sanitario y de atención social y los servicios de limpieza, así como los trabajadores domésticos, cuya labor ha sido y sigue siendo primordial para superar la pandemia.

Obviamnte, si no se hace hincapié de forma explícita en la mejora de la situación de los grupos más desfavorecidos y vulnerables, los procesos de recuperación podrían agravar las actuales situaciones de injusticia.

Además, la OIT exhortó al mantenimiento de la solidaridad y del apoyo internacionales, en particular con respecto a los países emergentes y en desarrollo, ya que la respuesta general a la crisis mundial de la Covid-19 se ha caracterizado por una cooperación internacional deficiente: la gran cantidad de recursos utilizados por los países de ingresos elevados para hacer frente a la pandemia no ha estado al alcance de otros países.

Ello ha incidido ampliamente en la capacidad de los países en desarrollo y emergentes para proteger a sus ciudadanos y afrontar la pandemia, lo que a su vez condicionará la evolución de la situación en todos los países en el futuro.

La retórica sobre la necesidad de aplicar medidas de respuesta a escala mundial frente a la crisis de la Covid 19 debe sustituirse por acciones específicas que permitan brindar asistencia a los países que gocen de menor espacio fiscal, en particular mediante la adopción de medidas multilaterales encaminadas a facilitar la financiación y el pago de deuda.

Los debates estériles, una absurdidad dialéctica

Es obvio que la preocupación de la OIT, por advertir sobre las consecuencias nefastas de una determinada realidad no es nuevo. Pero son lo que son, recomendaciones. En realidad el debate se sitúa en otro escenario, entre los partidarios del capitalismo que atribuyen la crisis a la mala gestión de banqueros, gobiernos, empresas, o el Covid 19 el cual piensan superar, a cualquier costo y por el otro los opuestos al capitalismo, que vinculan la crisis a su existencia misma.

El sistema capitalista es caótico, y en su seno conlleva una crisis tras otra, que a su vez sólo aparece a los ojos comunes en el instante en que la gran burguesía empieza a hallar dificultades de rentabilidad y por consecuencia se ahonda la contracara natural de la inmensa riqueza que se genera en el sistema, que en el fondo no es otra que las hambrunas, miserias, precariedad y violencia desquiciante.

El mencionado funeral del capitalismo no puede ser otra cosa que el fin de una época, puesto que lo fracasado no es un orden de desarrollo económico o social sino el fin del desarrollo de un orden conocido. Por ello, toda respuesta o sugerencia a la situación por venir al interior del sistema adquiere caracteres absurdos. Encubrir la crisis, y hacerla ver como un episodio externo al sistema es un éxito de los economistas de la burguesía.

Entre sus defensores hay quienes piensan que es la última de las crisis cíclicas del moderno sistema de explotación, que acabará venciéndola y que incluso lo fortalecerá, no obstante, su extrema gravedad, como en 1929, con una refundación del capitalismo para salvarlo de su sepultura.

Otros sostienen que es la crisis integral y final de ese sistema y que el único modo de salir de ella es establecer el modo de producción, no capitalista de desarrollo. Una visión optimista de quienes piensan que este hundimiento del sistema , este fracaso sistémico, acabará con el capitalismo como por arte de magia: se haría pedazos no tanto por una presión subversiva o revolucionaria sino como resultado de la fractura de su propio organismo.

La crisis del capitalismo es integral por abarcar las crisis financiera, la real cíclica, la energética, la del sector alimentario, la ecológica, la de la agresiva política exterior imperialista, la ideológica, la moral, de gobernabilidad, la del consumismo desenfrenado, la de su conomía política, que mezcla neoliberalismo y recetas de Keynes, antes desechadas. Desde que estas crisis se hicieron una sola, querer examinarlas por separado es el más grave error.

El sistema está diseñado para la acumulación de capital, no para la satisfacción de las necesidades de quienes trabajan. La ganancia es el único motor de la actividad económica, por ello al burgués con virus o sin él, le es indiferente invertir en medicinas, drogas o tráfico de seres humanos; es un negocio como cualquier otro.

El proceso de competencia va ahogando a millones de empresas, concentrando y centralizando la producción para aprovechar economías a escala. Esa es la única forma de fructificar los recursos técnicos para aumentar los beneficios, abaratar los salarios e incrementar la tasa de ganancia.

La realidad nos muestra que a medida que se desarrolla el sistema, agudiza todas sus contradicciones y se muestra más reaccionario y salvaje.

El empleo, especie en vías de extinción en el mundo de las promesas

Antes de la pandemia, la comunidad internacional ya se había comprometido a realizar transformaciones de gran alcance en los procesos de desarrollo a escala mundial. Y también en el mundo del trabajo, a través de la adopción de la Agenda 2030 de Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible y la Declaración del Centenario de la OIT sobre el futuro del trabajo, respectivamente.

Mientras tanto, la realidad, nos enseña que los trabajadores son echados a la calle por millones, las empresas quiebran por miles, la inflación se dispara y hace imposible la subsistencia. La burguesía con sus órganos propagandísticos se dedica a explicitar subidas y bajadas de la bolsa de valores, lo que muestra la imbecilidad y mistificación ilimitada de ese «análisis».

Tras la superación de la pandemia, en el mundo habrá un mayor nivel de desempleo, desigualdad, pobreza, deuda y frustración política. Ante ello, no queda más que develar la gravedad de la crisis, porqué nos afecta profundamente, entender que no existen salidas capitalistas a la misma.

Y que tampoco hay retorno a la socialdemocracia populista, para salvar un sistema que hace aguas en las crisis ecológicas, energéticas, éticas, alimenticia, cultural, que juntas se arrullan en el cuadro sistémico de la crisis.

Pero por más que le pese a los organismos internacionales plenos de buenas intenciones, no es ni será la burguesía -clase social portadora de la acción de valorización del capital- la que, en su dinámica de acumulación y reproducción de riquezas, favorezca la apertura y creación de espacios.

Por el contrario, frente a las demandas de las clases más oprimidas siempre se ha respondido con violencia y represión. La paradoja es que sin horizonte revolucionario, ¿quien detiene la marcha del capitalismo?.

Por Eduardo Camín | 16/07/2020 |

Periodista uruguayo acreditado en ONU-Ginebra. Analista asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

Fuente: http://estrategia.la/2020/07/15/el-capitalismo-acomoda-sus-peones-ante-la-crisis-sistemica-y-del-trabajo/

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Olla popular en Perú.   ________________________________________ Imagen: EFE

"El virus, como el terrorismo, no respeta fronteras" afirma Antonio Guterres

Entre 83 millones y 132 millones de personas se agregarán en 2020 a las que ya sufrían el hambre: será consecuencia de la recesión económica provocada por la pandemia. 

 

Desde Roma. Naciones Unidas estima que a causa de la covid 19, el hambre aumentará de modo alarmante en el mundo, agregando un mínimo de 83 millones y un máximo de 132 millones, a los 690 millones de personas que ya padecían hambre en el mundo en 2019, según un informe difundido este lunes.

En el mundo se habla sobre todo de las consecuencias económicas del coronavirus, centrando las preocupaciones en el gran nivel de desocupación generado (la Organización Internacional del Trabajo calcula la pérdida de unos 195 millones de puestos de trabajo a tiempo completo), en la alarmante pobreza y el hambre. Pero el secretario de Naciones Unidas, Antonio Guterres, al inaugurar el 6 de julio en la ONU de Nueva York la Semana contra el Terrorismo, mencionó además la posibilidad de que las debilidades del sistema que han salido a relucir con la pandemia, puedan ser aprovechadas por “formas nuevas de terrorismo” como ataques cibernéticos, bioterrorismo y mal uso de las tecnologías. “Como el virus, el terrorismo no respeta fronteras”, dijo Guterres, señalado que “afecta a todas las naciones y sólo puede vencerse colectivamente”.

Según el Estado de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo, el estudio realizado por distintas instituciones de Naciones Unidas difundido este lunes, los 690 millones de hambrientos de 2019 significan un aumento de 10 millones respecto a 2018. El informe fue difundido pocos días después de que el secretario Guterres presentara el 9 de julio otro documento sobre el impacto del covid-19 en América Latina y el Caribe, aconsejando a los gobiernos a tomar ciertas medidas para la recuperación de la crisis, reduciendo la pobreza, la inseguridad alimentaria y la malnutrición.

Aunque la ONU reconoce que todavía es un poco temprano para establecer los efectos reales de las cuarentenas en los distintos países y de las otras medidas de contención aplicadas, estima sin embargo que los 83/132 millones que se agregarán en 2020 a los que ya sufrían el hambre, serán el efecto de la recesión económica provocada por el coronavirus. Estos datos hacen cada vez más difícil conseguir el objetivo de “Cero Hambre en 2030” que se había propuesto la ONU, dice el informe elaborado entre otros por la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el Programa Alimentario mundial (PAM) y el Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola (FIDA), las tres con sede en Roma, además de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).

Asia es el continente con más desnutridos (381 millones), seguido por África (250 millones) y América Latina y Caribe (48 millones), dijo el informe ONU. Es necesario aclarar que Asia es el continente con más población (más de 4.600 millones según estimaciones para el 2020), seguido por África (unos 1.300 millones). América Latina y Caribe en torno a los 650 millones de habitantes pero eso no la salva de la pobreza y el hambre. El mayor porcentaje de desnutridos en proporción a la población está en Africa (19,1%), seguido de Asia (8,3%) y América Latina (7,4%), precisó el informe ONU. Si se continúa con esta tendencia, en 2030, África será el lugar donde se encontrará más de la mitad de las personas que sufren hambre en el mundo, añadió.

“La pandemia intensificó la vulnerabilidad y las deficiencias del sistema alimentario mundial”, afectando las actividades productivas, la distribución y el consumo de alimentos. Por eso el estudio llamó a todos los gobiernos a incorporar el tema nutrición en sus políticas agrícolas, tratando de disminuir los costos de la producción, transporte y distribución y apoyando a los productores pequeños y locales para cultivar y vender más alimentos nutritivos, asegurando su acceso a los mercados. La idea es dar prioridad además a la nutrición de los niños, fomentando cambios en la educación y en los medios de comunicación, a fin de favorecerla, pero también facilitar el acceso a dietas saludables que podrán ser diferentes de un país a otro.

En cuanto a América Latina y el Caribe en particular, el documento difundido por la ONU el 9 de julio destacó que la región se ha transformado en un punto de acceso de la pandemia donde los más vulnerables sectores de la población son una vez más los más afectados y mencionando en este sentido a las mujeres, los ancianos, los indígenas, los africano-descendientes, los migrantes y refugiados, entre otros.

“Para Latinoamérica y el Caribe la comunidad internacional debe proveer liquidez (dinero efectivo), asistencia financiera y aliviar sus deudas”, subrayó Guterres al presentar el documento sobre Latinoamérica. “En una región donde las desigualdades se han hecho insostenibles, es necesario desarrollar un sistema de asistencia social accesible a todos”, creando además un sistemas de impuestos equitativo, promoviendo trabajos decentes y reforzando los mecanismos de protección social, fomentando, entre otras cosas, la participación masiva de las mujeres en la vida pública y económica. “Junto podemos superar esta crisis y construir una sociedad sostenible para todos”, concluyó el secretario general de Naciones Unidas.

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América Latina pierde el equivalente a 47 millones de empleos por el coronavirus

La OIT empeora en solo un mes las previsiones sobre el efecto de la pandemia en el mundo del trabajo

 

Los efectos de la pandemia sobre el mundo del trabajo son devastadores. La Organización Mundial del Trabajo (OIT), dependiente de la ONU, ha actualizado este martes a la baja sus previsiones más pesimistas. El coronavirus ha destruido durante el segundo trimestre del año el equivalente a 400 millones de puestos laborales en todo el mundo, 95 millones más que en la anterior estimación, publicada el 27 de mayo. América Latina ha sido la región más golpeada, con 47 millones de puestos de tiempo completo perdidos. “Las nuevas cifras reflejan el agravamiento de la situación en numerosas regiones durante las últimas semanas, sobre todo en las economías en desarrollo”, advierte la OIT.

El informe, titulado Observatorio de la OIT: COVID-19 y el mundo del trabajo, calcula los estragos de la pandemia en horas laborales perdidas: entre mayo y julio, disminuyeron 14% en todo el mundo. Para obtener el equivalente en puestos, la OIT divide el total de horas por las 48 horas de una jornada semanal estándar. América Latina perdió 20,5% de sus horas, seis puntos más que el promedio mundial. Si se suman Estados Unidos y Canadá, el porcentaje disminuye a 18,3%, pero aún así la bajada en América supera a la de Europa y Asia Central (13,9 por ciento, equivalentes a 45 millones de empleos), Asia y el Pacífico (13,5 por ciento), Estados Árabes (13,2 por ciento) y África (12,1 por ciento). “Se trata de la mayor pérdida de horas de trabajo en las principales regiones geográficas y de la mayor revisión al alza al respecto desde que se publicó la cuarta edición del Observatorio de la OIT”, dice el informe sobre el total americano.

La OIT advierte que el 93% de los trabajadores vive en países con restricciones a la actividad económica y laboral muy altos. Y dice que las medidas que se tomen para remediar el problema moldearán el futuro del mundo del trabajo “más allá de 2030”. “Si bien los países se encuentran en fases diversas de la pandemia y es mucho lo que se ha hecho, debemos redoblar nuestros esfuerzos si queremos salir de esta crisis mejor que cuando comenzó”, dijo Guy Ryder, director general de la OIT. El informe servirá de punto de partida para las discusiones que la OIT espera para la semana próxima, en su Cumbre Mundial. “Espero que los gobiernos, los trabajadores y los empleadores aprovechen esta oportunidad para presentar y escuchar ideas innovadoras”, dijo Ryder.

Escenarios para el segundo semestre

La OIT calcula tres escenarios posibles para lo que resta del año, según sus previsiones sean de base, pesimistas u optimistas. Todo dependerá del desarrollo de la pandemia y las decisiones de los gobiernos para enfrentarla.

En un escenario de base, donde se levanten las restricciones laborales y la actividad se recupere lentamente, las horas trabajadas caerán 4,9% con respecto al último trimestre de 2019, o el equivalente a 140 millones de empleos de tiempo completo.

El escenario pesimista supone una segunda ola de la pandemia y la vuelta de las restricciones. En ese caso, las horas perdidas supondrían el 11,9%, o 340 millones de empleos. La visión optimista prevé una rápida recuperación económica, con 1,2% menos de horas trabajadas (34 millones de empleos).

Golpe a las mujeres

El informe tiene un destacado sobre el mundo laboral de las mujeres, a las que considera más expuestas a los efectos negativos de la pandemia. Tanto, que la OIT teme que por efecto del coronavirus “algunos de los modestos progresos en materia de igualdad de género alcanzados en las últimas décadas se pierdan y que las desigualdades de género relacionadas con el trabajo se agudicen”.

“El grave impacto de la covid-19 sobre las mujeres está relacionado con su sobre representación en algunos de los sectores económicos más afectados por la crisis, tales como la hostelería, la restauración, el comercio y la industria manufacturera”, dice el informe. Según los cálculos de la OIT, 510 millones de mujeres empleadas en el mundo (el 40% del total) “trabajan en los cuatro sectores más afectados, frente al 36,6% de los hombres”.

Las mujeres predominan, además, en el frente de batalla contra la pandemia, porque son mayoría en los puestos de asistencia sanitaria y los servicios sociales. “Es allí donde corren mayores riesgos de perder su ingreso, de infección y de transmisión, y es menos probable que tengan protección social”, concluye el informe.

Por Federico Rivas Molina

Buenos Aires - 30 jun 2020 - 23:04 COT

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La economía post-covid puede tener más robots, menos puestos de trabajo y vigilancia intensificada

El emergente paradigma capitalista post-pandemia se basa en una digitalización y aplicación de las tecnologías de la llamada cuarta revolución industrial. El ascenso de la economía digital supone una fusión de Silicon Valley con el capital financiero transnacional y el complejo militar-industrial-securitario.

 

Estimulado por la pandemia de coronavirus, el capitalismo global está al borde de una nueva ronda de reestructuración a nivel mundial basándose en una digitalización mucho mayor de toda la economía y sociedad global. Esta reestructuración empezó tras la Gran Recesión de 2008 pero las condiciones sociales y económicas cambiantes propiciadas por la pandemia acelerarán enormemente el proceso. Probablemente aumentará la concentración del capital a nivel mundial y empeorará la desigualdad social. Habilitados por las aplicaciones digitales, los grupos dominantes ─a menos que sean obligados a cambiar de rumbo por la presión de masas desde abajo─ recurrirán al aumento del Estado policial global para contener los próximos levantamientos sociales.

El emergente paradigma capitalista post-pandemia se basa en una digitalización y aplicación de las tecnologías de la así llamada cuarta revolución industrial. Esta nueva ola de desarrollo tecnológico es posibilitada por una tecnología de la información más avanzada. Lideradas por la inteligencia artificial (IA) y la recogida, procesamiento y análisis de inmensas cantidades de datos (big data), las tecnologías emergentes incluyen el aprendizaje automático, la automatización y la robótica, la nano y biotecnología, el Internet de las Cosas (IdC), la computación cuántica y en la nube, la impresión 3D, nuevas formas de almacenamiento de energía y vehículos autónomos, entre otras.

La tecnología informática y de la información (CIT, por sus siglas en inglés), introducidas en primer lugar en los 80, proporcionaron la base original para la globalización. Permitió a la emergente clase capitalista transnacional, o TCC; coordinar y sincronizar la producción global y por lo tanto poner en práctica un sistema productivo y financiero globalmente integrado al que todos los países se han incorporado. Igual que la introducción original de la CIT e internet a finales del siglo XX transformaron profundamente el capitalismo mundial, esta segunda generación de tecnologías digitales está llevando ahora a una nueva ronda de reestructuración a nivel mundial que promete tener un nuevo impacto transformador en las estructuras de la economía, sociedad y política globales.

Si la primera generación de la globalización capitalista de los 80 supuso la creación de un sistema productivo y financiero integrado globalmente, la nueva ola de la digitalización y el ascenso de las plataformas han facilitado desde 2008 una transnacionalización muy rápida de los servicios digitales. Para 2017, los servicios suponían alrededor del 70% del producto bruto global e incluían comunicaciones, informática, tecnología digital y de plataforma, e-commerce, servicios financieros, trabajo profesional y técnico, y una serie de otros productos no tangibles como películas y música.

Es difícil subestimar lo rápida y extensa que es la reestructuración digital actual de la economía y sociedad globales. Según los datos de Naciones Unidas, la “economía del compartir” ─esto es, la actividad mediada por plataformas─ crecerá desde 14.000 millones de dólares en 2014 a 335.000 millones para 2025. Los envíos mundiales de impresoras 3D crecieron más del doble en 2016, hasta más de 450.000, y se esperaba que alcanzaran los 6,7 millones para finales de 2020. Se estima que el valor global del e-commerce alcanzó los 29 billones de dólares en 2017, lo que equivale al 36% del PIB global de ese año. Las exportaciones de servicios de entrega digital supusieron en 2018 2,9 billones, o el 50% de las exportaciones de servicios globales. Para 2019, el tráfico global en internet era 66 veces el volumen de todo el tráfico global en internet en 2005, mientras que el tráfico global de Protocolo de Internet (IP), un proxy para flujos de datos, creció de cerca de cien gigabytes (GB) al día en 1992 a más de 45.000 GB al segundo en 2017. Y sin embargo el mundo sólo está en los primeros días de la economía dirigida por los datos; para 2022, se estima que el tráfico global de IP alcance los 150.700 GB al segundo, alimentado por cada vez más gente que llegue a internet por primera vez y por la expansión del internet de las cosas.

La pandemia de coronavirus ha puesto de relieve lo central que se han vuelto los servicios digitales para la economía global. Pero más que destacar este detalle, se puede esperar que la pandemia y sus consecuencias, en la medida que aceleran la reestructuración digital, dé lugar a una enorme expansión de servicios digitales sin mano de obra o con ésta reducida, incluyendo todo tipo de nuevos acuerdos de teletrabajo, entrega con drones, comercio sin efectivo, finanzas digitalizadas (o fintech), seguimiento y otras formas de vigilancia, servicios médicos y legales automatizados, y enseñanza remota que incluya instrucción pregrabada. La pandemia ha aumentado los esfuerzos de las gigantescas empresas tecnológicas y sus agentes políticos para convertir cada vez más áreas de la economía hacia estos nuevos ámbitos digitales.

Las gigantescas empresas tecnológicas han florecido durante el contagio, volviéndose esenciales sus servicios digitales para la economía de la pandemia, a medida que cientos de millones de trabajadores a nivel mundial pasaban al trabajo a distancia desde casa o mediante plataformas potenciadas, o se vinculaban al trabajo de servicios gestionado digitalmente, y a medida que los servicios presenciales eran sustituidos por servicios digitales a distancia. La economía global post-pandemia supondrá una aplicación rápida y expansiva de la digitalización a cada aspecto de la sociedad global, incluidas la guerra y la represión.

 

Tecnología, finanzas y complejo industrial-militar

 

La digitalización ha sido impulsada por la crisis capitalista. El coronavirus no fue sino la chispa que encendió la combustión de una economía global que nunca se recuperó del colapso financiero de 2008 y ha estado tambaleándose al borde una nueva crisis desde entonces. Pero las causas estructurales subyacentes de la debacle de 2008, lejos de estar resueltas, se han gravado firmemente. La especulación financiera frenética, la deuda insostenible, el saqueo de las finanzas públicas, el stock tecnológico excesivo, y la acumulación militarizada organizada por el Estado han mantenido a la economía global balbuceando en años recientes frente al estancamiento crónico y ocultado su inestabilidad. (La acumulación militarizada se refiere a la acumulación de capital ─es decir, la obtención de beneficios, mediante sistemas de guerra cada vez más expansivos, el control social y la represión transnacional).

Hay tres tipos de crisis capitalistas. El primer tipo es cíclico, o el ciclo de negocios, que supone desaceleraciones o recesiones económicas aproximadamente una vez por década. Hubo recesiones a principios de los 80, a principios de los 90 y con el cambio de siglo. El segundo tipo es estructural y aparece una vez cada 40 o 50 años, y el tercero es sistémico, al que me referiré a modo de conclusión. Se llaman crisis estructurales o de reestructuración, porque su resolución supone la reestructuración del sistema capitalista. La crisis de reestructuración de la Gran Depresión de los años 30 se resolvió mediante el ascenso de un nuevo tipo de capitalismo basado en la redistribución y la intervención estatal para regular el mercado, y llevó a los sistemas de bienestar social del siglo XX. La siguiente crisis estructural golpeó en los 70 y llevó a la globalización y el ascenso de una TCC desde los 80 en adelante.

Una nueva crisis de reestructuración comenzó con el colapso financiero de 2008. Liderando el camino en esta reestructuración estaban las gigantescas empresas tecnológicas ─entre ellas Microsoft, Apple, Amazon, Tencent, Alibaba, Facebook y Google, y a las cuales ahora se añaden Zoom y otras empresas propulsadas por la pandemia─. Estas empresas han experimentado un crecimiento asombroso durante la última década. Apple y Microsoft registraron una increíble capitalización de mercado de 1,4 billones cada una en 2020, seguidas por Amazon con 1,04 billones, Alphabet (la empresa madre de Google) con 1,03 billones de dólares, Samsung con 983.000 millones de dólares, Facebook con 604 billones, y Alibaba y Tencent con alrededor de 600 y 500.000 millones, respectivamente. Para dar una idea de lo rápido que estos mastodontes han crecido, la capitalización bursátil de Google pasó de menos de 200.000 millones de dólares a finales de 2008 a más de un billón a principios de 2020, o un aumento del 500%. Mientras tanto, en sólo dos años, de 2015 a 2017, el valor combinado de todas las empresas de plataforma con una capitalización bursátil de más de cien millones saltó un 67%, hasta más de siete billones.

Un puñado de compañías tecnológicas con sede en EEUU que generan, extraen y procesan datos han absorbido enormes cantidades de efectivo de inversores transnacionales de todo el mundo que, desesperados por nuevas oportunidades de inversión, han vertido miles de millones de dólares en los gigantes tecnológicos y de plataforma como salida para su capital acumulado excedente. La inversión anual en TIC saltó de 17.000 millones de dólares en 1970, hasta 65.000 millones en 1980, después a 175.000 millones en 1990, 465.000 millones en 2000, y 654.000 millones en 2016, y después llegó a un máximo de 800.000 millones en 2019. A medida que los capitalistas invierten estos miles de millones, las casas bancarias y de inversión globales de todo el globo se entrelazan con el capital tecnológico, como hacen negocios de todo el mundo que se están moviendo hacia la computación en nube y la IA. Para la segunda década del siglo, la economía global pasó a estar caracterizada sobre todo por los procesos gemelos de digitalización y financiarización.

El ascenso de la economía digital supone una fusión de Silicon Valley con el capital financiero transnacional y el complejo militar-industrial-securitario, dando auge a un nuevo bloque de capital que parece estar en el mismo centro del paradigma post-pandemia emergente. Este nuevo bloque se hará incluso más poderoso que lo que se estaba volviendo antes de la emergencia sanitaria, impulsando una nueva e inmensa centralización y concentración del capital a escala global. Al frente de este bloque, los mastodontes tecnológicos son entidades financieras mayores que la mayoría de los países del mundo y son capaces de ejercer una enorme influencia sobre los Estados capitalistas. El gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, exhibió esta emergente relación capital-Estado cuando, a principios de mayo, nombró a tres billonarios tecnológicos ─Eric Schmidt, de Google; el ex CEO de Microsoft, Bill Gates; y Michael Bloomberg─ para encabezar una comisión de análisis para presentar planes para externalizar escuelas públicas, hospitales, policía y otros servicios públicos a empresas tecnológicas privadas. Tales “asociaciones público-privadas” privatizan para el capital tradicionales funciones del Estado a la vez que convierten los fondos públicos en subsidios corporativos.

La tercera pata en este bloque triangular del capital es el complejo militar-industrial-securitario. Cuando la industria tecnológica emergía en los 90, fue unida al complejo militar-industrial-securitario y el Estado policial global. Durante los años, por ejemplo, Google ha suministrado tecnología de mapas utilizada por el Ejército de EE UU en Iraq, albergado datos para la CIA, indexado las inmensas bases de datos de inteligencia de la Agencia de Seguridad Nacional, construido robots militares, lanzado un satélite espía junto al Pentágono y alquilado su plataforma de computación en la nube para ayudar a los departamentos de policía a “predecir” el crimen. Amazon, Facebook, Microsoft y otros gigantes tecnológicos están entrelazados a fondo con el complejo militar-industrial y de seguridad. El ascenso de la economía digital desdibuja las fronteras entre sectores militares y civiles de la economía y une a las empresas financieras, militar-industriales y tecnológicas alrededor de un proceso combinado de especulación financiera y acumulación militarizada.

A nivel mundial, los gastos totales en defensa crecieron un 50% de 2006 a 2015, de 1,4 billones a 2,03 billones, aunque esta cifra no tiene en cuenta los presupuestos secretos, las operaciones de contingencia y el gasto en “seguridad nacional”. Para 2018, las empresas militares privadas empleaban alrededor de 15 millones de personas en todo el mundo, mientras que otros 20 millones de personas trabajaban en la seguridad privada. Los nuevos sistemas de guerra, control social y represión son conducidos por la tecnología digital. El mercado para nuevos sistemas de control social hechos posibles por la tecnología digital llega a los cientos de miles de millones. Se esperaba que el mercado global de biométrica, por ejemplo, saltara de su valor de 15.000 millones de dólares en 2015 a los 35.000 millones para 2020.

 

Producción sin mano de obra y humanidad excedente

 

Las crisis proporcionan al capital transnacional la oportunidad de restaurar los niveles de beneficios al forzar una mayor productividad con menos trabajadores. La primera ola de TIC en las últimas décadas del siglo XX desató el crecimiento explosivo en la productividad y las capacidades productivas, mientras que las nuevas tecnologías digitales prometen multiplicar por mucho tales capacidades. Específicamente, la digitalización aumenta enormemente lo que los economistas políticos radicales, siguiendo a Marx, identifican como la composición orgánica del capital, lo que significa que la porción del capital fijo en forma de maquinaria y tecnología tiende a incrementar el capital relativo al variable en forma de mano de obra.

En términos profanos, la digitalización acelera en gran medida el proceso en el que la maquinaria y la tecnología sustituyen a la mano de obra, expandiendo así las filas de aquellos a los que se convierte en excedentes y marginados. Un informe de la Oficina Nacional de Investigación Económica descubrió que cada robot introducido en un local da como resultado la pérdida de tres a 5,6 puestos de trabajo. En 1990, los tres mayores productores de coches en Detroit tenían una capitalización bursátil de 36.000 millones de dólares y 1,2 millones de empleados. En 2014, las tres mayores compañías de Silicon Valley, con una capitalización bursátil de más de un billón de dólares, tenían sólo 137.000 empleados. Este aumento en la composición orgánica del capital agrava la sobreacumulación y la polarización social, que ha alcanzado niveles sin precedentes a nivel mundial. Como ahora es bien conocido, sólo el 1% de la humanidad controla más de la mitad de la riqueza mundial y el 20% controla el 94,5% de esa riqueza, mientras que el restante 80% tiene que arreglárselas con sólo el 5,5%.


 Los defensores del capitalismo global afirman que la economía digital traerá puestos de trabajo de alta cualificación y remuneración y resolverá problemas de polarización social y estancamiento. Sin embargo, muchos de los así llamados trabajadores cognitivos y gig workers afrontan bajos salarios, tareas aburridas y repetitivas y precariedad. A medida que el “big data” captura datos sobre ocupaciones basadas en el conocimiento en los centros de trabajo y en el mercado y luego lo convierte en algoritmos, esta mano de obra podría ser sustituida por IA, vehículos autónomos y las demás tecnologías de la cuarta revolución industrial. La producción dirigida digitalmente busca conseguir en última instancia lo que Nike Corporation define como “extraer la mano de obra del producto”. La última fase de este proceso, aunque todavía lejana, es la producción sin mano de obra.

Un informe de Naciones Unidas de 2017 estimaba que decenas, si no cientos, de millones de puestos de trabajo desaparecerían en los años siguientes como resultado de la digitalización. Como ejemplo, el informe estimaba que más del 85% de los trabajadores del comercio en Indonesia y Filipinas estaban en riesgo. El informe también decía que la difusión de las plataformas de trabajo online acelerarían una “caída de las condiciones de trabajo con una precariedad en aumento”. Una serie de informes de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) documentaban estas condiciones. Un estudio de 1998 reveló que ya a finales del siglo XX alrededor de un tercio de la mano de obra global estaba subempleada o desempleada. La OIT informó más tarde, en 2011, de que 1.530 millones de trabajadores de todo el mundo estaban en acuerdos de empleo “vulnerables”, que representaban más del 50% de la mano de obra global. Siete años después, en 2019, concluyó que una mayoría de los 3.500 millones de trabajadores en el mundo “experimentaban una falta de bienestar material, seguridad económica, oportunidades de igualdad o posibilidades de desarrollo humano”.

Incluso antes de que golpeara la pandemia, la automatización se estaba extendiendo de la industria y las finanzas a todas las ramas de los servicios, incluso a la comida rápida y la agricultura. Se espera que eventualmente sustituya a buena parte del trabajo profesional tal como el de los abogados, analistas financieros, médicos, periodistas, contables, aseguradores y bibliotecarios. Las tecnologías impulsadas por la IA están en este momento siendo más ampliamente adoptadas a nivel mundial como resultado de las condiciones generadas por el contagio. La pandemia permite a la clase capitalista transnacional presionar masivamente a favor de la reestructuración capitalista que no podía conseguir previamente debido a la resistencia a la toma del poder digital.

Con la digitalización aumentada provocada por la pandemia, habrá decenas o incluso cientos de millones de personas que perdieron sus puestos de trabajo pero no serán reabsorbidas en la fuerza de trabajo ya que la tecnología toma el control de sus antiguas tareas. Un estudio de la Universidad de Chicago estimaba que el 42% de los despidos de la pandemia en Estados Unidos resultarían en permanentes pérdidas de empleo. Además, las grandes corporaciones controlarán millones de pequeños negocios obligados a entrar en bancarrota. Los capitalistas utilizarán este desempleo masivo como palanca para intensificar la explotación de aquellos con trabajo, para aumentar la disciplina sobre la clase trabajadora global y para empujar a la mano de obra excedente hacia una mayor marginalidad.

 

Los próximos levantamientos

 

Las cuarentenas de la pandemia sirvieron como ensayos para cómo la digitalización puede permitir a los grupos dominantes reestructurar el espacio y ejercitar un mayor control sobre el movimiento de la mano de obra. Los gobiernos del mundo decretaron estados de emergencia y reprimieron violentamente a aquellos que violaron las órdenes de quedarse en casa. Puede que las cuarentenas hayan sido necesarias desde la perspectiva de la emergencia sanitaria. Pero mostraron cómo la clase capitalista transnacional y los Estados capitalistas pueden controlar con más fuerza la distribución del poder del trabajo, especialmente del trabajo excedente, controlando el movimiento y encerrando el trabajo en el ciberespacio y por lo tanto haciéndolo desagregado y aislado. A medida que las nuevas tecnologías digitales expanden el proletariado cognitivo y las filas de trabajadores en la gig economy, también permiten una vigilancia y control estrictos de este proletariado mediante el ciberespacio.

Los Estados capitalistas se enfrentan a crecientes crisis de legitimación tras décadas de penuria y deterioro social forjadas por el neoliberalismo, agravadas ahora por la incapacidad de estos Estados para gestionar la emergencia sanitaria y el colapso económico. La pandemia dejará a su paso más desigualdad, conflicto, militarismo y autoritarismo a medida que el levantamiento social y la lucha civil aumentan. A medida que la pandemia agrava la crisis estructural, los grupos dominantes recurrirán a la expansión del Estado policial global para contener el descontento de masas desde abajo. Mucho antes del contagio, los agentes de este emergente Estado policial global habían estado desarrollando nuevas modalidades de trabajo policial y represión posibilitados por las aplicaciones de la digitalización y las tecnologías de la cuarta revolución industrial.

Desde 2008 ha habido una rápida polarización política en la sociedad global entre una extrema derecha insurgente y una izquierda insurgente. Esta crisis está animando a fuerzas de extrema derecha y neofascistas que han surgido en muchos países del mundo y buscarán ahora capitalizar políticamente la catástrofe sanitaria. Pero también está generando luchas populares desde abajo, como hemos visto en una ola de huelgas y protestas en todo el mundo. Las crisis capitalistas son momentos de intenso conflicto social y de clase. Dependiendo de cómo se desarrollen estas luchas, las crisis estructurales pueden expandirse hacia el tercer tipo de crisis, una sistémica, que significa que la crisis se debe resolver más allá del sistema socioeconómico –en este caso, el capitalismo.

Que una crisis estructural se convierta en una sistémica depende de una serie de factores políticos y subjetivos que no se pueden predecir de antemano. Lo que está claro es que las luchas populares masivas contra las depredaciones del capitalismo global se unirán ahora a aquellas relacionadas con las repercusiones de la emergencia sanitaria. A medida que el mundo sale de la pandemia, será rehecho, para mejor o para peor. Está en marcha la batalla por el mundo post-pandemia.

Por William I. Robinson

Truthout

Traducido por Eduardo Pérez

30 jun 2020 09:02

Artículo original: Post-Covid economy may have more robots, fewer jobs and intensified surveillance. Traducido para El Salto por Eduardo Pérez. Copyright: Truthout, publicado con su permiso.

Publicado enEconomía
Foto: En Caracas, una mujer recoge una caja de alimentos básicos suministrada por el programa de ayuda alimentaria que ofrece el gobierno venezolano, el 30 de abril de 2020.(AP/Ariana Cubillos)

En circunstancias normales, Isaac Cubillan jamás se habría marchado de su país que, para él, lo tiene todo: playas, bellos paisajes, comida deliciosa… Lamentablemente, a pesar de ser uno de los países más idílicos de Sudamérica, Venezuela también es uno de los más volátiles, y con el coronavirus saltando sus fronteras, tiene que lidiar ahora con una crisis en tres frentes: la salud pública, el liderazgo político y una prolongada crisis económica.

El salario mínimo promedio en Venezuela, en mayo de 2020, asciende a 400.000 bolívares mensuales (unos 2,33 dólares USD; 2,12 euros, utilizando el tipo de cambio histórico), complementados con 400.000 bolívares en vales de alimentos. Incluso con dos trabajos y un título en ingeniería química, Cubillan se las veía y se las deseaba para ganarse la vida. Hoy, en cambio, recorre las calles de Buenos Aires como repartidor. Aunque lejos de su vida soñada, es más de lo que podría haber logrado en su país.

El dinero que gana en Argentina le llega para cubrir sus gastos básicos, de alquiler, comida, ahorros y una categoría común a la mayoría de los trabajadores migrantes: las remesas —el dinero que envían a sus familias para mantenerlas—. “Siempre procuro mandar a casa el doble o el triple del salario mínimo venezolano”, dice Cubillan. Aunque sus padres trabajan, sus remesas son críticas para la supervivencia familiar.

Venezuela, donde hace años rebosaba el dinero, gracias al boom del petróleo de los setenta, lleva años siendo de todo menos normal. Sin que haya mediado una guerra ni un desastre natural, la economía venezolana se contrajo casi un 63% entre 2014 y 2019 y arrodilló a la rica nación petrolera. El desplome de los precios del petróleo en 2014, unido a años de mala gestión económica, corrupción y a las severas sanciones impuestas por los Estados Unidos, han provocado una hiperinflación y una escasez crónica de productos de primera necesidad. Una penuria exacerbada por la crisis política que comenzó en 2019, cuando el líder de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, se declaró presidente interino del país, provocando protestas generalizadas y fracturando en dos bandos el apoyo internacional.

Hoy, casi el 90% de los venezolanos vive en la pobreza y su diezmado sistema sanitario deja al país especialmente vulnerable frente al coronavirus. Además, se estima que unos cinco millones de migrantes y solicitantes de asilo han salido de Venezuela desde 2015. Se trata del segundo mayor éxodo de la historia moderna, después de la crisis de los refugiados sirios. A medida que el país se va vaciando, quienes se quedan dependen cada vez más del apoyo económico que reciben de los familiares que viven y trabajan en el extranjero.

Sin embargo, esta fuente vital de ingresos también está sufriendo los embates de la pandemia. A diferencia de crisis anteriores, en las que las remesas aumentaron a pesar de las dificultades, esta vez se prevé que las remesas disminuirán un 20% —unos 110.000 millones de dólares, 99.900 millones de euros— según un informe del Banco Mundialpublicado en abril. Por muy necesarios que sean para proteger la salud pública el cierre de las fronteras y los confinamientos, sus consecuencias económicas están siendo catastróficas, en particular para los trabajadores migrantes, más vulnerables a perder su empleo y a que les reduzcan el salario durante una crisis económica.

“Por primera vez, esta crisis ha golpeado por ambos lados al mismo tiempo”, dice Pedro de Vasconcelos, refiriéndose a los obstáculos para enviar y recibir dinero. De Vasconcelos administra el Servicio de Financiación de Remesas, un proyecto en el que participan múltiples donantes —administrado por el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola, un organismo de las Naciones Unidas con sede en Roma— que busca maximizar las remesas para el desarrollo. “Estamos en un momento muy grave”, dice. Las remesas “son el salvavidas de millones de personas, que de una u otra manera dependen de los flujos que les envían sus seres queridos desde el extranjero”.

La importancia de las remesas

A diferencia de las cuantiosas sumas de dinero que llegan a los países en desarrollo a través de la ayuda oficial o de la inversión extranjera directa, las remesas pueden ser cantidades mínimas —de apenas unas decenas o unos pocos cientos de dólares— pero estas modestas transacciones, con frecuencia realizadas a título individual y a menudo a través de canales informales, agregadas, suman cantidades enormes, que llegan directamente a algunas de las familias más vulnerables del mundo en desarrollo.

Si lo sumamos todo, los migrantes enviaron el año pasado desde todos los confines de mundo, una cifra récord de 554.000 millones de dólares (502.900 millones de euros) a sus familias en los países en desarrollo, según el informe del Banco Mundial. Una cifra que eclipsa la inversión extranjera, a menudo considerada el principal indicador de la evolución de los flujos de recursos dirigidos a los países en desarrollo. Se estima que 800 millones de personas, es decir, una de cada nueve personas en todo el mundo, se benefician de las remesas cada año, según el FIDA.

Y quizás lo más importante, estas pequeñas cantidades de dinero suelen llegar como un reloj. Sean cuales sean las circunstancias, “ayudo a mi familia enviándoles dinero dos o tres veces al mes, para que puedan comprar los alimentos que necesitan para sobrevivir”, dice Cubillan.

Para hacernos una idea de la importancia de este flujo de dinero que recorre el mundo desde el trabajador migrante hasta su familiar, debemos pensar en qué se utiliza este dinero. Para Vasconcelos, las remesas pueden ser entendidas como la forma de ayuda al desarrollo más personal, porque se usan “para poner comida en la mesa, sacar a la gente de la pobreza, pagar facturas o comprar medicinas”.

Garantizar que las remesas puedan enviarse a la familia de manera fácil y barata es uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas y del Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular (también llamado Pacto Mundial para la Migración). Conocidos también como la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, los ODS son un ambicioso intento de salvar el planeta y proteger a sus habitantes más vulnerables a través de 17 objetivos y 169 metas mensurables.

El Objetivo 10 de los ODS, que pretende reducir las desigualdades, incluye la reducción a menos del 3% de las comisiones que se cobran por la transferencia de las remesas. El Pacto Mundial para la Migración no llega a establecer un objetivo específico, pero entre sus 23 objetivos pide explícitamente que se promueva “una transferencia más rápida, segura y barata de las remesas y que se fomente la inclusión financiera de los migrantes”.

Sin embargo, el costo del envío de remesas sigue siendo elevado, por razones que van desde la limitada competencia en el mercado hasta obstáculos regulatorios y falta de transparencia. Según el informe del Banco Mundial, el precio medio de enviar 200 dólares (182 euros) era del 6,8% del costo total en el primer trimestre de 2020, más del doble del objetivo del ODS.

Una crisis dentro de otra

El desplome de las remesas nos indica también lo devastadores pueden llegar a ser los daños provocados por el coronavirus. Durante una crisis, los migrantes suelen seguir enviando dinero a sus hogares. De hecho, son los momentos en los que “[la cantidad de remesas enviadas] básicamente sube. ¿Por qué? Porque las familias las están apoyando… La inversión más importante de los migrantes es la inversión en sus seres queridos”, dice De Vasconcelos.

Las remesas suelen ser resilientes, como pudimos observar durante las crisis financieras de 2008 y 2009, cuando las remesas mundiales dirigidas a los países en desarrollo sólo disminuyeron en torno al 6%, mientras que la inversión extranjera directa se redujo en un 40% y la deuda privada y los flujos de capital cayeron un 80%. Sin embargo, el Banco Mundial predice que en 2020 veremos la mayor disminución de remesas de la historia reciente, algo que repercutirá no sólo a los migrantes y sus familias.

Dado que América Latina es hoy el epicentro de la pandemia, el agotamiento de las remesas es uno de los factores que podrían contribuir a una contracción económica sin precedentes de la región del 5,3%.

Esta crisis conducirá a estas economías ya frágiles y con un enorme peso de la economía informal, a “la mayor contracción de la actividad económica en la historia de la región”, según una declaración de abril de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). “Para encontrar una contracción de magnitud comparable hace falta retroceder hasta la Gran Depresión de 1930 (-5%) o más aún hasta 1914 (-4,9%)”.

En paralelo a la disminución de la demanda de servicios turísticos y al desplome de los precios de las materias primas, la CEPAL cita la reducción de las remesas como uno de los cinco factores que contribuyen a dicha contracción regional sin precedentes. Podría seguirle un efecto de cascada, ya que la CEPAL prevé que habrá 29 millones más de personas en situación de pobreza, un aumento del desempleo desde el 8,1% en 2019 hasta el 11,5% y un efecto directo en la capacidad de los hogares para satisfacer sus necesidades básicas.

Para mitigar este impacto, el Banco Mundial y varios organismos de las Naciones Unidas lanzaron un llamado mundial a la acción para apoyar a los migrantes y el flujo de remesas. Entre las medidas propuestas figuran la declaración de los proveedores de servicios de remesas como un servicio esencial, la reducción de los costos de las transacciones y la aprobación de políticas de protección social que incluyan a los migrantes.

Maltrecha por las sanciones internacionales, la economía venezolana ya estaba derrumbándose. Se prevé que el PIB del país se reduzca un 10% adicional y que la tasa de inflación alcance el 500.000%, según las estimaciones del Fondo Monetario Internacional para 2019. El doble revés que supone la pandemia y el desplome de los precios del petróleo deja a sus ciudadanos más necesitados de las remesas que nunca.

Para los venezolanos que trabajan en el extranjero, como Cubillan, dejar de enviar dinero a casa no es una opción. “No puedo ni pensar en dejar de enviar dinero a mi familia, porque no me sentiría bien conmigo mismo y mucho menos en estos tiempos de incertidumbre”.

24 junio 2020

Este artículo ha sido traducido del inglés.

Publicado originalmente en Equal Times

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Coronavirus: psicoanálisis en el hospital, aún

La aventura subjetiva en contextos de pandemia

 

La pandemia llegó a nuestras vidas como una ola gigante que inundó todo sin aviso y sin preparación. Nuestros espacios íntimos y sociales comenzaron a sacudirse perdiendo su cotidianeidad. En medio de ese mar revuelto, mientras la cuarentena iba confinando a las personas al ámbito de sus casas, quienes formábamos parte del sistema de salud tuvimos que disponernos a salir como parte de la “tarea esencial” que se debía cumplir. Transitar las calles por esos días fue desconcertante, incierto y tensionante. Además de las veredas desiertas, impactaba particularmente la presencia, en las plazas vacías, de esa imagen congelada de los juegos a la espera de sus niños.

Dar los primeros pasos en el escenario inédito del hospital estuvo teñido, para muchas y muchos de nosotros, de un cierto reaprender a cubrir nuestros cuerpos con diversas superficies: camisolines, cofias, barbijos, máscaras plásticas, guantes, alcoholes y también repelentes. Envolturas que, en esos “actos de protección”, nos pusieron a distancia del cuerpo de los otros pero también, en algún sentido, del propio. Mientras los infectólogos advertían que aun así no había garantías absolutas que impidieran el contagio, los efectos de aquellos encuentros descarnados con ese real ya comenzaban a sentirse. Con todo ello, emprendimos una aventura que de inicio nos exigía actuar con bastante rapidez, debimos repensar el espacio de los consultorios de nuestro servicio de salud mental, su sala de espera, las consultas de urgencias, la atención de niños y niñas, la readecuación de la actividad docente y de investigación, además de la contención a colegas con situaciones de riesgo personal.

Ese distanciamiento entre los cuerpos, difícil, fallido y angustiante, nos impidió a varios, por un buen tiempo, tomar otras distancias necesarias para pensar y poner palabras a lo que vertiginosamente empezaba a acontecer. Difícil hacerlo, quizás, cuando el barco se encuentra en movimiento.

Recuerdo una de las primeras pacientes que llegaron al inicio de la cuarentena para pedir atención urgente, puesto que, al no tener adónde ir, debió confinarse con su expareja, quien ejercía violencia y le consumía la medicación psiquiátrica que ella retiraba de la farmacia del hospital. También el caso de una joven, externada un tiempo atrás de la sala de Psicopatología, que se presentaba llorando desconsoladamente con la noticia que impedía todo nuevo ingreso a la pensión, luego de haber logrado juntar el dinero para irse a vivir allí. Sin familia y sin red, estas situaciones descompensaban al extremo el delicado equilibrio emocional; alojar ese sufrimiento en tales contingencias no fue posible sin el lazo con otros colegas para pensar cada situación.

Así, detrás de los barbijos y con la voz trastocada por las máscaras plásticas, en esos encuentros de cuerpos afectados por el tormento del contagio, la vulnerabilidad y el aislamiento, fuimos ofertando una escucha y una presencia que intentó dar amparo a cada padecimiento en su máxima singularidad.
En este sentido, hoy más que nunca, la ética del psicoanálisis, por la cual muchos nos orientamos en el campo de la salud mental, cobra su principal fuerza vital. Las palabras de la analista argentina Adriana Rubistein vuelven a resonar con una tranquilizadora actualidad: “que un psicoanalista en la institución pueda abrir un espacio a la dimensión subjetiva, abolida por los permanentes intentos de objetivación, dando cabida a una demanda de saber y con ello al deseo, toma entonces todo su valor y legitima su presencia allí” (2004: 29).

Muchas de las intervenciones en las que nos fuimos encontrando durante estos días y a las que recurrimos dentro de los equipos multidisciplinarios podrían no considerarse específicamente analíticas, como orientar a los pacientes por teléfono, acercarles información, gestionar una receta u ofrecer una palabra teñida de sugestión, pero estas quizás han podido constituir el paso para que algo de ese acto analítico que sustenta nuestra ética pudiera acontecer. En definitiva, se trata de una apuesta que siempre es de orden subjetivo, una oferta que es lanzada sin saber si esas intervenciones podrán conducir en algún caso a un posterior tratamiento terapéutico que bordee lo propiamente traumático de esta situación. Tal vez sea solo la posibilidad de dar lugar al alivio, lo cual sería para este momento bastante augurador.

No renunciamos entonces a la aventura del lazo y a la transferencia terapéutica que por él puede instaurarse en nuestra posición como analistas. Modos posibles de transitar algunos de los puentes que se tejen y destejen en medio de esta pandemia. La práctica del psicoanálisis en el hospital, erigido hoy como un lugar resistido y temido en el que pareciera que habita el virus con su mayor crueldad, sigue constituyendo la oportunidad de recibir la demanda, de darle cabida e intentar crear un espacio para lo singular, eclipsado por la totalidad que este mal impone. Sabemos que esto dependerá de las coordenadas subjetivas de cada quien en esta coyuntura, pero también de la posición del oyente, como afirmaba Rubistein. Un oyente que esté disponible, en el parque del hospital, detrás de un teléfono, a través de una mampara plástica o en una guardia de febriles, atento a la oportunidad de escuchar en el enunciado la enunciación, de interrogar el deseo o de situar un impasse, lo cual será posible en tanto un analista ocupe en ese acto su lugar, entramado en un Servicio de Salud Mental dispuesto a alojar y por supuesto en un hospital que siga luchando por mejorar las condiciones de su tarea esencial.

A esta altura, quizás resurja la pregunta sobre qué es lo que sostiene el deseo de permanecer en estas instituciones y en estos contextos alentando para el psicoanálisis su porvenir. Las palabras de otra psicoanalista quizás lo puedan responder: “La función del deseo del analista es también introducir algo de lo vivo en un momento de máxima oscuridad” (Dassen, 2018). Freud lo señaló en una de sus Conferencias de 1932, al decir que se trata de un trabajo de cultura, recurriendo para ello a la particular analogía del desecamiento del Mar Zuiderzee. Desde estos lares del mapa rioplatense sería algo así como avanzar sobre el terreno que el agua dejó.

Esta es, en efecto, la apuesta que varios y varias sostenemos en muchos de los espacios en los que desempañamos nuestra labor analítica como agentes de salud, ojalá ella retorne en nuevas posibilidades y mejores condiciones para pacientes y profesionales a pesar del tiempo y el contexto que nos toca vivir.

Aún seguimos embarcados en esta aventura, solo el lazo podrá ganarle al río su tierra fértil.

Silvana Vilchez es psicóloga y psicoanalista. Integrante de un Servicio de Salud Mental. Docente de la Facultad de Psicología de la UBA e Investigadora UBACyT.

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Las mujeres pagan el precio más alto por el coronavirus

Aumentan el desempleo, las tareas no remuneradas y la violencia de género 

La desocupación femenina es alta en Italia. "La búsqueda de trabajo pasó a un segundo plano" señala la experta Iva Maggi, a la vez que analiza la violencia doméstica en tiempos de pandemia.

 

Las mujeres serán las que pagarán el precio más alto por la crisis económica y social desencadenada por el coronavirus, especialmente a nivel de desocupación pero también a nivel de la violencia doméstica que ha aumentado drásticamente. En esta situación particular, las mujeres son las “más vulnerables a nivel económico y social además de agravarse enormemente las desigualdades entre los sexos”, según un documento de la ONU difundido la semana pasada y comentado ampliamente por el secretario general de la ONU, el portugués Antonio Guterres. En Italia, la organización denominada “Estados Generales de las Mujeres” nacida en 2014 y que defiende los derechos femeninos, confirma estos peligros. Y para afrontarlos ha presentado una serie de propuestas al gobierno de Giuseppe Conte pidiendo que se elabore un plan específico para aumentar el empleo femenino y la protección de la mujer en general.

 “La pandemia de la covid-19 afectará a todo el mundo en todas partes. Pero los efectos serán diferentes según los diferentes grupos sociales y profundizará ampliamente las desigualdades ya existentes”, dijo Guterres. Según la ONU, el 60 por ciento de las mujeres de todo el mundo trabaja en la economía informal, ganando menos, ahorrando menos y con un gran riesgo de caer en la pobreza. El trabajo no pagado de las mujeres, por lo demás, ha aumentado exponencialmente durante la pandemia como resultado de las escuelas cerradas y el aumento de los cuidados necesarios para los ancianos de la familia. 

“Si se pierden los progresos conseguidos hasta ahora, se requerirán años para conseguirlos de nuevo”, subrayó. El documento bregó además porque el trabajo cotidiano en casa sea reconocido y evaluado como una contribución vital para la economía.

La pandemia también ha “horriblemente aumentado la violencia contra las mujeres”. La igualdad de género y los derechos de la mujer son esenciales para poder salir de la pandemia y construir un futuro mejor, subrayó el texto, que pidió además una equitativa representación femenina en todos los órganos que se encarguen de dar soluciones para el post covid -19.

 

Las mujeres italianas y el coronavirus

 

Con una larga trayectoria de sus madres y abuelas en los movimientos feministas de la década del 1970, las mujeres italianas de hoy, a través de los “Estados Generales de las Mujeres”, uno de los primeros laboratorios que expresan los pedidos femeninos nacido en 2014, han presentado al jefe del gobierno un detallado plan en favor de las mujeres, según la región de la que se trate, porque cada una tiene características diferentes, explicó a PáginaI12 la coordinadora nacional de esa organización, Iva Maggi. Entre sus propuestas, un plan para ayudar a las empresas femeninas, dándoles contribuciones importantes y sin pagar impuestos por un cierto tiempo. Pero también hay otra reivindicación que las integrantes del organismo consideran fundamental para la democracia: que en las elecciones exista la posibilidad de votar tanto un hombre como una mujer para un cierto cargo, cosa que no sucede en algunas regiones como la Apulia.

“Uno de los problemas que será grave luego de la pandemia es la ocupación - explicó Maggi -. Por eso pedimos al gobierno un plan específico para la ocupación femenina. La desocupación femenina es alta en Italia comparada con otros países de Europa, en torno al 42 por ciento. Y la pandemia ha agravado este problema porque las mujeres se han sentido desanimadas y ni siquiera buscan nuevos trabajos cuando en realidad se ha demostrado que son óptimas para trabajar en el turismo, la hostelería, la agricultura de proximidad, la manufactura. La búsqueda activa del trabajo ha pasado a segundo plano”. Y agregó: “Por otra parte, si estamos en casa trabajando en smart working (a distancia), lo debemos transformar en un nuevo recurso para nosotras. Es decir, debemos saber dividir el tiempo con nuestro compañero o marido y los hijos, compartiendo las reponsabilidades hogareñas. No tenemos que hacer todo siempre nosotras. Smart working es una ventaja, el futuro, pero tenemos que aprender a manejarlo para que no se transforme en una celda ni nos transforme en esclavas”.

En cuanto a la violencia de género que tanto ha aumentado en tiempos del coronavirus, Maggi precisó que no se puede hablar de zonas en particular porque “la violencia de género es un fenómeno que se produce en todos lados. Durante el coronavirus hemos visto casos en las ciudades y en los pueblos pequeños”. Lo que ha aumentado son las llamadas a los centros antiviolencia. En efecto, del 2 de marzo al 5 de abril, 2.867 mujeres mujeres han llamado a 111 centros antiviolencia distribuidos en todo el país, con un aumento del 74,5% respecto al último periodo registrado, que fue en 2018, según público el diario La Repubblica de Roma.

Maggi contó que “Los estados Generales de las mujeres” han abierto por eso una plataforma que se llama “Adopto una trabajadora.it” donde reciben on line respuestas a todo tipo de consultas a las que responden expertos, psicólogos, abogados. “Y lo hemos hecho porque el problema era que en las casas, si una era maltratada, no podía ponerse al teléfono porque el abusador estaba allí. Todo ha quedado muy escondido al trabajar todos en casa”, dijo.

A la ministra para la Igualdad de Oportunidades y la Familia, Elena Bonetti, con la que han tenido oportunidad de encontrarse, le han planteado la necesidad de “cambiar el paradigma”. “La violencia no tiene necesidad de planes extraordinarios para ser combatida. -explicó-. Es un problema estructural y como tal debe ser afrontado de modo definitivo. Las mujeres deben poder tener lugares donde puedan ser acogidas, puedan regenerarse, aprender un nuevo trabajo, incluso con sus hijos. La independencia económica es la clave. Si pudieran ganar su propio dinero sería más fácil para que ellas decidieran irse de la casa donde sufren violencias”.

Maggi indicó además como un ejemplo la decisión del Tribunal de Trento (norte de Italia) que por primera vez en el país, ha determinado que los hombres responsables de violencias son los que deben ser alejados de sus casas. “Hasta ahora, en general eran las mujeres las que eran alejadas y colocadas en las llamadas Casa Refugio. Pero si bien son necesarias en ciertos casos, los refugios pueden ser un problema, porque se tienen que llevar los hijos y a veces la escuela les queda lejos, etc. Por eso nosotras apoyamos la medida de que sean los hombres los alejados y enviados a centros especiales donde empiecen su conversión. Y que las mujeres se queden tranquilas en casa con el apoyo de asistentes sociales, psicólogos, etc”, añadió.

Las mujeres extranjeras residentes en Italia son otro problema. Pese a que muchas han logrado regularizar su situación, otras que trabajaban como empleadas domésticas o cuidadoras de ancianos en negro, durante la cuarentena han quedado en la calle. Es el caso de ecuatorianas y peruanas pero también de rumanas. Algunas organizaciones solidarias tratan de ayudarlas, como la latinoamericana “Uniendo Raíces”. Pero existen casos más tremendos, como el de las mujeres nigerianas explotadas como prostitutas. “El mercado de la trata siguió existiendo pese a la cuarentena” dijo Maggi, y concluyó: “Las mujeres inmigrantes no son tenidas en cuenta para nada ”. 

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La Post-pandemia y el capitalismo que viene

La versatilidad del capitalismo no tiene límite, salvo la extinción de la especie y el colapso del planeta. Pero mientras esto sucede, sus cambios se aceleran en busca de una mayor tasa de explotación e incremento de beneficios. Si la lucha por la apropiación del plusvalor es una de las características de la contradicción capital-trabajo, hoy nos enfrentamos a una reinvención de las formas de dominación, enajenación del excedente y construcción de hegemonía. El capitalismo digital se pone al día utilizando las nuevas tecnologías bajo la pandemia del Covid-19. Si hacemos historia, es un proceso similar al sufrido por el capitalismo histórico entre los siglos XVI y XVIII, donde la proto-industrialización y los descubrimientos científicos aceleraron el proceso de acumulación de capital y la revolución industrial. Sus fases van desde el capitalismo colonial, la esclavitud hasta el imperialismo y la consolidación de la dependencia industrial, tecnológica y financiera. Sin embargo, su evolución ha tenido reveses. Los proyectos emancipadores anticapitalistas han trastocado sus planes, aunque sea de forma momentánea. Las luchas de resistencia, los procesos revolucionarios y los movimientos populares han alterado su itinerario, obligándolo a retroceder. El siglo XX ha dejado una huella difícil de borrar en su desarrollo. Fueron dos guerras mundiales, seguido del holocausto nuclear no exento de conspiraciones, golpes de estado y procesos desestabilizadores cuyos efectos los reconocemos en un crecimiento exponencial de la desigualdad, el hambre, la miseria y la sobrexplotación de un tercio de la población mundial. En este recorrido, el fascismo, eje de la modernidad, se proyecta en el siglo XXI. El neoliberalismo asume sus principios y los gobernantes adoptan sus proclamas bajo un llamado a la xenofobia, el racismo y el discurso anticomunista. Como señaló George Mosse en su ensayo La nacionalización de las masas, Hitler y el nazismo se explican bajo un simbolismo, una liturgia y una estética que atrapó a la población bajo el culto al pueblo. "Una nueva política que atrajo no sólo a los nacionalsocialistas, también a miembros de otros movimientos que encontraban su estilo atractivo y útil para sus propios propósitos". Léase Trump, Bolsonaro, Piñera o Duque.

En pleno siglo XXI, asistimos a tiempos convulsos. El capitalismo busca su reacomodo. Hacer frente a los problemas de organización, costos de explotación y reajustar la función del gobierno en la gestión privada de lo público. Igualmente debe pensar en una nueva división internacional de los mercados, la producción y el consumo. La digitalización, el big-data, la robotización y las tecnociencias se subsumen para responder a las lógicas del capital. Asimismo, la dinámica de la complejidad aplicada al proceso productivo fija pautas en la especialización flexible, la deslocalización y el proceso de toma de decisiones. La realidad aumentada acelera la concentración de las decisiones y el acceso inmediato a los datos modifica las lógicas de un poder que se hace más arbitrario, violento y omnímodo. El traslado del mando real del proceso de decisiones a una zona gris, de difícil acceso, facilita eludir las responsabilidades políticas o bien las oculta bajo el manto de la post-verdad o las mentiras en red.

La transición del capitalismo analógico al digital es ya una realidad. Algunos ejemplos nos dan pistas. Basta ver el mensaje lanzado por Inditex en España. El dueño de Zara, benefactor de la sanidad pública, hará desaparecer más de mil 200 tiendas en todo el mundo, bajo la necesidad de estar en sincronía con las nuevas formas de compra-venta on line. Así, realizará una inversión de mil millones de euros en su reconversión digital en dos años (2020-2022), destinando mil 700 millones para trasformar sus locales al concepto de tienda integrada. Un servicio permanente al cliente allá donde se encuentre. En otras palabras, tendrá en su dispositivo portátil una aplicación de Zara. En esta versión digital del capitalismo, otro de los cambios que llega para quedarse es el "teletrabajo" o trabajo en casa. Una vuelta de tuerca a la sobrexplotación. Los horarios, la disciplina y el control lo ejerce el trabajador sobre sí, lo cual supone un elevado nivel de estrés y jornadas ilimitadas. En cuanto a la educación, sólo en las universidades se baraja la idea de articular clases en las aulas con lecciones virtuales. Las lecciones presenciales irán perdiendo peso, hasta desdibujar el sentido que las vio nacer, forjar ciudadanía y aprender el valor de la crítica colectiva. La universidad se reducirá a expedir títulos donde el aprendizaje muta en autodidactismo.

El capitalismo post-pandemia acelera el cambio del mundo cotidiano. Las firmas digitales, las videoconferencias, el control biométrico, los diagnósticos por ordenador, son algunos de los cambios que terminarán generando una modificación antropobiológica del ser humano. Y tal vez en este sentido, la lenta sustitución del dinero en efectivo, por el pago con tarjetas será fuente no sólo de mayor control social y poder de la banca, supondrá una mayor exclusión social. Quiénes tendrán y quiénes no tendrán tarjetas de crédito o débito. Suecia anuncia que el papel moneda se extinguirá dentro de la siguiente década. Más pobres, más esclavos de los bancos. Ese es el futuro incierto del capitalismo que viene tras la pandemia.

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