Domingo, 26 Julio 2020 06:09

La trampa del capitalismo verde

La trampa del capitalismo verde

Los apologistas del sistema aseguran que el libre mercado puede solucionar todos los problemas, incluida la crisis ecológica. Pero conocían la magnitud de la tragedia y no hicieron nada. Desde Kyoto, en 1997, se han generado más del 50% de las emisiones

 

Marco Licinio Craso era el hombre más rico de la antigua Roma. Tal era su fortuna que, tras morir combatiendo en Asia Menor, entre los ciudadanos de la República se corrió el rumor de que sus enemigos lo habían matado haciéndole tragar oro fundido para saciar su sed de riqueza. En vida, Craso había utilizado su poder e influencia para acrecentar obscenamente su patrimonio. Una de las maneras fue crear el primer cuerpo de bomberos de la historia, aprovechando que los incendios eran frecuentes entre los edificios de la capital. Pero este cuerpo de bomberos distaba mucho del concepto que tenemos hoy. Cuando se declaraba un incendio, los efectivos se desplazaban al lugar del siniestro y exigían al propietario del inmueble que se lo vendiera a Craso por un precio ridículo si quería que apagaran las llamas. Cuanto más avanzaba el fuego, más bajaba el precio.

Han pasado más de 2.000 años y lo que está ardiendo esta vez es el planeta entero. Las primeras décadas del siglo XXI han sido testigos de la práctica desaparición del casquete polar Ártico y de cómo, año tras año, se baten todos los récords de temperaturas extremas. Como los bomberos de Craso, un grupo de compañías promete ahora arreglar el desastre, eso sí, previo pago. Pero a diferencia de los hombres de Craso, quienes ahora alargan la mano a cambio de apagar las llamas son los mismos que han provocado el incendio

Durante décadas, las grandes corporaciones energéticas negaron que el cambio climático antropogénico fuese una realidad. Para ello no dudaron en gastar miles de millones en sobornar, perdón, hacer lobbying, a políticos para impedir regulaciones medioambientales, sabotear cualquier avance que amenazara su hegemonía en el sector y utilizar los medios de comunicación de su propiedad para sembrar la duda y la desconfianza. Pero hoy, metidos hasta la barbilla en una crisis climática sin precedentes, la realidad del calentamiento global es innegable para todos salvo para los más fanáticos. Y con la opinión pública finalmente concienciada de la magnitud del problema, buena parte de esas mismas compañías que durante décadas lo negaron o minimizaron ahora se revisten de una pátina de ecologismo y adoptan el discurso de la “responsabilidad compartida”, en la que todos tenemos que aportar nuestro granito de arena. Y cuando dicen “todos” se refieren, claro, a los ciudadanos en forma de subvenciones públicas para que sus empresas rebajen los niveles de emisiones.

Hay un punto ya no cínico, sino plenamente obsceno en el discurso de la “responsabilidad compartida”. Nadie puede negar que nuestros hábitos de vida provocan emisiones de gases de efecto invernadero y que podemos y debemos hacer todo lo posible por nuestra parte para reducir nuestro impacto ecológico. Pero es igualmente innegable que las grandes corporaciones energéticas y los individuos más acaudalados han sido y son los principales culpables de la crisis. Sólo 100 compañías son responsables del 70% de las emisiones, y el 10% de los hogares con mayores ingresos generan varias veces más emisiones per cápita que el 50% de los hogares con menores ingresos. Pero el discurso ha empezado a calar entre la población, y vemos cómo, por ejemplo, los países europeos aumentan los impuestos a los conductores de vehículos diesel, al tiempo que subvencionan con miles de millones de euros de dinero público a las empresas que los fabrican. Vemos cómo, mientras que los hogares europeos son responsables del 25% de todas las emisiones (y aquí está incluída la energía que utilizan), pagan el 49% del total de impuestos medioambientales. Esto no es responsabilidad compartida, es entrar en un restaurante y que uno pida bogavante para comer y otro un café con leche y pretender que se pague la factura a medias. Una cosa es tomar conciencia y responsabilizarse del impacto que tienen nuestras acciones y nuestro estilo de vida sobre el ecosistema, y otra muy diferente pagar por los excesos de quien, pudiendo haber evitado el desastre, no quiso hacerlo.

Los apologistas del capitalismo, como zelotes fundamentalistas, aseguran que sólo el libre mercado puede dar solución a todos los problemas, incluido este. Pero lo cierto es que las corporaciones energéticas conocían la magnitud de la tragedia que se avecinaba desde los años 80, y no hicieron nada. Ninguna mano invisible bajó del cielo para hacer que las compañías empezaran a recortar sus emisiones y a realizar la transición hacia fuentes de energía renovables y no contaminantes. Muy al contrario, pisaron el pedal de la polución a fondo. Desde que se creó el Protocolo de Kyoto, allá por 1997, se han generado más del 50% de todas las emisiones antropogénicas de CO2 de la historia. Si en 1987 el 81% de toda la energía del mundo provenía de los combustibles fósiles, treinta años después ese porcentaje es… el 81%. En ese lapso de tiempo, las cuatro mayores compañías energéticas amasaron unos beneficios de más de 2 billones de dólares. Y ahora se aprestan a exigir subvenciones a cambio de transformar su modelo energético. No sólo eso, algunas presumen de ello mientras afean al ciudadano de a pie sus hábitos de consumo.

El coste que supondría acabar con la mayoría de emisiones de gases de efecto invernadero es alto. Se estima que pasar a un modelo energético en el que las energías renovables proveyeran el 80% de la energía costaría unos 15 billones de dólares. En total, la factura resultante de reducir las emisiones netas a cero podría ascender hasta los 50 billones de dólares, según un estudio de Morgan Stanley. Puede parecer una suma extraordinaria, pero palidece ante la cifra de lo que supondría no hacerlo. De acuerdo con un estudio publicado en la revista Nature, reducir las emisiones hasta alcanzar el objetivo de los Acuerdos de París de mantener la temperatura a 1,5-2º C por encima de niveles preindustriales tendría un coste económico de aquí hasta 2100 de más de 600 billones de dólares, pero no hacer nada (bussiness as usual) supondrá un montante que ascendería hasta los 2.197 billones. Para que se hagan una idea, el PIB mundial es de algo más de 87 billones.

La pregunta que toca hacerse ahora no es si hay que pagar esa cifra por arreglar el entuerto, sino quién debe hacerlo. Las grandes corporaciones no dudarán en usar su influencia para presentarse ante el mundo como la única tabla de salvación ante la catástrofe, hablándonos de cómo sólo el sector privado está capacitado para emprender la ardua tarea de la transición energética. Eso sí, utilizando el discurso de la “responsabilidad compartida” para que los estados les rieguen con dinero en forma de subvenciones públicas, y encima les tendremos que dar las gracias por salvar el planeta. Es insultante.

Quienes se hicieron de oro destruyendo el planeta son quienes deben pagar la factura por arreglar lo que todavía se pueda arreglar. Y sí, tienen el dinero para hacerlo. Según el informe de Riqueza Global de Credit Suisse, el 0,6% más rico del planeta acumula casi el 45% de toda la riqueza. Casi 160 billones de dólares. Más que de sobra para lograr los objetivos propuestos sin dejar de ser los más ricos. Y si no quieren quizá sea hora de que los estados tomen de una vez por todas las riendas y nacionalicen las empresas contaminantes, obliguen a quienes más tienen a pagar sus impuestos y creen una alternativa a ese capitalismo salvaje que amenaza ya no nuestro estilo de vida, sino nuestra mismísima existencia. Es cuestión de vida o muerte, literalmente.

Me gustaría ser optimista. Quiero creer que tal alternativa es posible. Pero mucho me temo que volveremos a caer en la enésima trampa de un capitalismo vestido de verde pero con el corazón negro como el carbón.

Por Ernesto H. Vidal 24/07/2020

Publicado enSociedad
Elon Musk afirma que los humanos "ya son en parte un 'cyborg'" y el lenguaje hablado podría pronto ser obsoleto

En cinco o diez años la humanidad podría quedarse muda si la tecnología continúa desarrollándose a su rápido ritmo actual, dijo el empresario.

 

Al hablar allí sobre el desarrollo de las redes neuronales y la inteligencia artificial, el fundador de Tesla y SpaceX sostuvo que una tecnología 'Neuralink' –un dispositivo que funciona con baterías y que se implanta directamente en el cráneo– podría lanzarse el próximo año, y potencialmente "arreglar casi todo lo que funciona mal en el cerebro". Además subrayó que, aparte de ayudar eso a curar trastornos como la epilepsia, el lenguaje humano podría quedar obsoleto gracias a esa nueva tecnología.

"Serías capaz de comunicarte muy rápidamente y con mucha más precisión. No estoy seguro de lo que le pasaría al lenguaje", dijo, explicando que los seres humanos "ya son en parte un 'cyborg', o un 'simbionte' de la inteligencia artificial", cuyo 'hardware' solo necesita una actualización.

Musk concluyó que, en el "mejor de los casos", en cinco o diez años la humanidad podría quedarse muda, si la tecnología continúa desarrollándose a su rápido ritmo actual. Sin embargo, destacó que algunos todavía podrán elegir expresarse oralmente por "razones sentimentales", aunque los "sonidos de la boca" no sean más que un vestigio del pasado.

Publicado: 8 may 2020

Educación(es), escuela(s) y pedagogía(s) en la cuarta revolución industrial desde Nuestra América  Tomo III

¿Es la Internet la gran dominación o la gran liberación? ¿Es la nueva utopía digital o el nuevo holocausto tecnológico? Y en esta dualidad, ¿qué papel juega la inteligencia artificial? Precisamente este es el asunto central de este nuevo libro, continuidad de las reflexiones retomadas o propuestas en los dos tomos que le anteceden: Educación(es) y globalización(es), entre el pensamiento único y la nueva crítica (I) y La(s) escuela(s) de las globalización(es), entre el uso técnico instrumental y las educomunicaciones (II).

En este nuevo viaje, el autor busca comprender desde su perspectiva las grandes transformaciones civilizatorias en marcha, las mismas que han reorganizado las estructuras de la sociedad y, desde luego, del proyecto de poder, obligado a reestructurarse toda vez que la ciencia está convertida en fuerza productiva y la tecnología, su medio de producción, generando unas nuevas lógicas de acumulación (la tecnología en los centros, y por desposesión en las periferias), diferentes a las dominantes durante las tres revoluciones industriales anteriores. Con la cuarta el capitalismo se torna cognitivo, convirtiendo la experiencia de vida de la gente con las máquinas en una nueva materia prima a partir de los datos que entregamos en su uso cotidiano, apropiado posteriormente en forma privada a partir de los algoritmos, incidiendo sobre el control del comportamiento, las emociones y muchos más aspectos de la vida.

En este contexto la educación, convertida por algunos sectores de la sociedad en una industria del conocimiento soportada en la titulometría y la bibliometría, adquiere un valor fundamental para el capital, como mecanismo de control organizado desde políticas multilaterales. Una educación dirigida por banqueros.

Es en este escenario global de cuarta revolución industrial que surge en Nuestra América una tensión por desarrollar una educación que no solo forme ciudadanías del mundo sino también hijos e hijas de la aldea, lo que demanda recoger los desarrollos históricos de las rebeldías críticas potenciadas en estas tierras (como el Buen Vivir, el Pensamiento Sur, y otras múltiples áreas del saber), a la par de valorar en su justo nivel las disciplinas clásicas occidentales y su mismo peso en el pensamiento ancestral, manifestado en campos diversos, como la Etnobotánica y la Teología de la Liberación.

Todo ese debate ha tocado la educación en curso en estos territorios, con infinidad de experiencias prácticas que muestran caminos propios de transformación de las educaciones, las escuelas y las pedagogías, las mismas que fundamentan y se presentan en este libro en un esfuerzo por construir otras educaciones, otras escuelas, otras pedagogías, en el camino por seguir labrando la transformación social que requieren y sueñan quienes desde siempre han sido negados.

 

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La política anticapitalista en la época del COVID-19

Cuando trato de interpretar, entender y analizar el flujo diario de las noticias, tiendo a ubicar lo que está sucediendo en el contexto de dos maneras un tanto distintas (y cruzados) que aspiran a explicar como funciona el capitalismo.

El primer nivel es un mapeo de las contradicciones internas de la circulación y acumulación del capital como flujos de valor monetario en busca de ganancias a través de los diferentes «momentos» (como los llama Marx) de producción, realización (consumo), distribución y reinversión. Este modelo de la economía capitalista como una espiral de expansión y crecimiento sin fin, se complica bastante a medida que se elabora a través de, por ejemplo, los lentes de las rivalidades geopolíticas, desarrollos geográficos desiguales, instituciones financieras, políticas estatales, reconfiguraciones tecnológicas y un red siempre cambiante de las divisiones del trabajo y de las relaciones sociales.

Sin embargo, también creo que este modelo debe inscribirse en un contexto más amplio de reproducción social (en los hogares y las comunidades), en una relación metabólica permanente y en constante evolución con la naturaleza (incluida la «segunda naturaleza» de la urbanización y el entorno construido) y todo tipo de formaciones culturales, científicas (basadas en el conocimiento), religiosas y sociales contingentes, que las poblaciones humanas suelen crear a través del espacio y el tiempo.

Estos últimos «momentos» incorporan la expresión activa de los deseos, necesidades y anhelos humanos, el ansia de conocimiento y significado y la búsqueda evolutiva de la satisfacción en un contexto de arreglos institucionales cambiantes, disputas políticas, enfrentamientos ideológicos, pérdidas, derrotas, frustraciones y alienaciones, todo ello en un mundo de marcada diversidad geográfica, cultural, social y política.

Este segunda manera constituye, por así decirlo, mi comprensión de trabajo del capitalismo global como una formación social distintiva, mientras que el primero trata de las contradicciones dentro del motor económico que impulsa esta formación social a lo largo de ciertos caminos de su evolución histórica y geográfica.

En espiral

Cuando el 26 de enero de 2020 leí por primera vez acerca de un coronavirus – que ganaba terreno en China– pensé inmediatamente en las repercusiones para la dinámica mundial de la acumulación de capital. Sabía por mis estudios del modelo económico que los bloqueos (encierros) y las interrupciones en la continuidad del flujo de capital provocarían devaluaciones y que si las devaluaciones se generalizaban y se hacían profundas, eso indicaría el inicio de una crisis.

También sabía muy bien que China es la segunda economía más grande del mundo y que fue la potencia que rescató al capitalismo mundial tras el período 2007-2008. Por tanto cualquier golpe a la economía de China estaba destinado a tener graves consecuencias para una economía global que, en cualquier caso, ya se encontraba en una situación lamentable.

El modo existente de acumulación de capital está en muchos problemas. Se estaban produciendo movimientos de protesta en casi todas partes (desde Santiago hasta Beirut), muchos de los cuales se centraban en que un modelo económico dominante que no funciona para la mayoría de la población.

Este modelo neoliberal se basa cada vez más en el capital ficticio y en una gran expansión de la oferta monetaria y en la creación masiva de deuda. Este modelo ya estaba enfrentando una insuficiente “demanda efectiva” para “realizar” los valores que el capital es capaz de producir.

Entonces, ¿cómo podría el sistema económico dominante, con su legitimidad decadente y su delicada salud, absorber y sobrevivir al inevitable impacto de una pandemia de la magnitud que enfrentamos ?

La respuesta depende en gran medida del tiempo que dure la perturbación, ya que, como señaló Marx, la devaluación no se produce porque los productos básicos no se puedan vender, sino porque no se pueden vender a tiempo.

Durante mucho tiempo había rechazado la idea de que la «naturaleza» estuviera fuera y separada de la cultura, la economía y la vida cotidiana. He adoptado un punto de vista más dialéctico de la relación metabólica con la naturaleza. El capital modifica las condiciones ambientales de su propia reproducción pero lo hace en un contexto de consecuencias no deseadas (como el cambio climático) y en el contexto de fuerzas evolutivas autónomas e independientes que están reconfigurando perpetuamente las condiciones ambientales.

Desde este punto de vista, no existe un verdadero desastre “natural”. Los virus mutan todo el tiempo para estar seguros. Pero las circunstancias en las que una mutación se convierte en una amenaza para la vida dependen de las acciones humanas.

Hay dos aspectos relevantes en esto. Primero, las condiciones ambientales favorables aumentan la probabilidad de mutaciones poderosas. Por ejemplo, es plausible esperar que el suministro de alimentos intensivos (o caprichosos) en los sub-trópicos húmedos puedan contribuir a ello. Tales sistemas existen en muchos lugares, incluyendo la China al sur del Yangtsé y todo el Sudeste Asiático.

En segundo lugar, las condiciones que favorecen la rápida transmisión varían considerablemente. Las poblaciones humanas de alta densidad parecen ser un blanco fácil para los huéspedes. Es bien sabido que las epidemias de sarampión, por ejemplo, sólo florecen en los grandes centros de población urbana pero mueren rápidamente en las regiones poco pobladas. La forma en que los seres humanos interactúan entre sí, se mueven, se disciplinan u olvidan lavarse las manos afecta a la forma en que se transmiten las enfermedades.

En los últimos tiempos el SRAS, la gripe aviar y la gripe porcina parecen haber salido del sudeste asiático. China también ha sufrido mucho con la peste porcina en el último año, obligando a una matanza masiva de cerdos y al consiguiente aumento de los precios de la carne de cerdo. No digo todo esto para acusar a China.

Hay muchos otros lugares donde los riesgos ambientales de mutación y difusión viral son altos. La Gripe Española de 1918 puede haber salido de Kansas. El VIH puede haber incubado en Africa, el Ébola se inició en el Nilo Occidental y el Dengue parece haber florecido en América Latina. Pero los impactos económicos y demográficos de la propagación de los virus dependen de las grietas y vulnerabilidades preexistentes en el sistema económico hegemónico.

No me sorprendió demasiado que COVID-19 se encontrara inicialmente en Wuhan (aunque todavía se desconoce si se originó allí). Claramente los efectos locales pueden llegar a ser importantes . Pero dado que este es un gran centro de producción, su impacto puede tener repercusiones económicas globales.

La gran pregunta es cómo ocurre el contagio y su difusión y cuánto tiempo durará (hasta que se pudiera encontrar una vacuna). La experiencia anterior ha demostrado que uno de los inconvenientes de la creciente globalización es lo imposible que es detener una rápida difusión internacional de nuevas enfermedades. Vivimos en un mundo altamente conectado donde casi todo el mundo viaja. Las redes humanas de difusión potencial son vastas y abiertas. El peligro (económico y demográfico) es que la interrupción dure un año o más.

Si bien hubo un descenso inmediato en los mercados de valores mundiales cuando se dio la noticia, fue sorprendentemente seguido por alza de los mercados. Las noticias parecían indicar que los negocios eran normales en todas partes, excepto en China.

La creencia parecía ser que íbamos a experimentar una repetición del SRAS, que fue rápidamente contenido y tuvo un bajo impacto mundial, a pesar de su alta tasa de mortalidad.

Después nos dimos cuenta que el SRAS creó un pánico innecesario en los mercados financieros. Entonces, cuando apareció COVID-19, la reacción fue presentarlo como una repetición del SRAS, y por lo tanto ahora la preocupación era injustificada.

El hecho de que la epidemia hiciera estragos en China, movió rápida y despiadadamente al resto del mundo a tratar erróneamente el problema como algo que ocurría «allá» y, por lo tanto, fuera de la vista y de la mente de nosotros los occidentales (acompañado de signos de xenofobia contra los chinos).

El virus que teóricamente habría detenido  del crecimiento histórico de China fue incluso recibido con alegría en ciertos círculos de la administración Trump.

Sin embargo, en pocos días, se produjo una interrupción de las cadenas de suministros mundiales , muchas de las cuales pasan por Wuhan. Estas noticias fueron ignoradas o tratadas como problemas para determinadas líneas de productos o de algunas corporaciones (como Apple). Las devaluaciones eran locales y particulares y no sistémicas.

También se minimizó, la caída de la demanda de los consumidores – aunque algunas corporaciones, como McDonald’s y Starbucks, que tenían operaciones dentro del mercado interno chino tuvieron que cerrar sus puertas -. La coincidencia del Año Nuevo Chino con el brote del virus enmascaró los impactos a lo largo de todo el mes de enero. Y la autocomplacencia de occidente se ha demostrado escandalosamente fuera de lugar.

Las primeras noticias de la propagación internacional del virus fueron ocasionales y episódicas, con un grave brote en Corea del Sur y en algunos otros puntos calientes como Irán. Fue el brote italiano el que provocó la primera reacción violenta. La caída del mercado de valores a mediados de febrero osciló un poco, pero a mediados de marzo había llevado a una devaluación neta de casi el 30% en los mercados de valores de todo el mundo.

La escalada exponencial de las infecciones provocó una serie de respuestas a menudo incoherentes y a veces de pánico. El Presidente Trump realizó una imitación del Rey Canuto frente a una potencial marea de enfermedades y muertes.

Algunas de las respuestas han sido extrañas. El hecho de que la Reserva Federal bajara los tipos de interés ante un virus parecía insólito, incluso cuando se reconocía que la medida tenía por objeto aliviar el impacto en los mercado en lugar de frenar el progreso del virus.

Las autoridades públicas y los sistemas de atención de la salud fueron sorprendidos en casi en todas partes por la escasez de mano de obra. Cuarenta años de neoliberalismo en toda América del Norte y del Sur y en Europa han dejado a la población totalmente expuesta y mal preparada para hacer frente a una crisis de salud pública de este tipo, esto a pesar que anteriores epidemias -provocadas por el SRAS y el Ébola – proporcionaron abundantes advertencias y lecciones sobre lo que se deberíamos hacer.

En muchas partes del mundo supuestamente «civilizado», los gobiernos locales y las autoridades estatales – que invariablemente constituyen la primera línea de defensa en las emergencias de salud pública-  se habían visto privados de fondos gracias a una política de austeridad destinada a financiar recortes de impuestos y subsidios a las empresas y a los ricos.

Las grandes farmacéuticas tiene poco o ningún interés en la investigación no remunerada de enfermedades infecciosas (como los coronavirus que se conocen desde los años 60). La “Gran Farma” rara vez invierte en prevención. Tiene poco interés en invertir ante una crisis de salud pública. Solo se dedica a diseñar curas. Cuanto más enfermos estamos, más ganan. La prevención no es una fuente de ingresos para sus accionistas.

El modelo de negocio aplicado a la salud pública eliminó la capacidad que se requeriría para enfrentar una emergencia. La prevención no era ni siquiera un campo de trabajo lo suficientemente atractivo como para justificar las asociaciones público-privadas.

El Presidente Trump había recortado el presupuesto del Centro de Control de Enfermedades y disuelto el grupo de trabajo sobre pandemia del Consejo de Seguridad Nacional, con el mismo espíritu con el que había recortado toda la financiación de la investigación, incluida la relativa al cambio climático.

Si quisiera ser antropomórfico y metafórico, concluiría que el COVID-19 es la venganza de la naturaleza por más de cuarenta años de maltrato burdo y abusivo del medio ambiente, a manos de un extractivismo neoliberal violento y no regulado.

Tal vez sea sintomático que los países menos neoliberales, China y Corea del Sur, Taiwán y Singapur, hayan superado hasta ahora la pandemia en mejor forma que Italia.

Hay  muchas pruebas de que China manejó inicialmente mal la pasada epidemia del SARS. Pero esta vez con el CONVI-19 el Presidente Xi se apresuró en ordenar total transparencia; tanto en la presentación de informes como en las pruebas.

Aun así, China perdió un tiempo valioso ( fueron sólo unos pocos días, pero importantes). Sin embargo , lo que ha sido notable en que China, logro  confinar la epidemia a la provincia de Hubei con Wuhan en su centro. La epidemia no se trasladó a Beijing ni al Oeste, ni más al Sur.

Las medidas tomadas para confinar el virus geográficamente fueron draconianas. Sería difícil replicarlas en otro lugar por razones políticas, económicas y culturales. China y Singapur desplegaron sus poderes de vigilancia personal. Al parecer han sido extremadamente eficaces, aunque si estas medidas se hubieran puesto en marcha sólo unos días antes, se podrían haber evitado muchas muertes.

Esta es una información importante: en cualquier proceso de crecimiento exponencial hay un punto de inflexión más allá del cual la masa ascendente se descontrola totalmente (obsérvese aquí, la importancia de la masa en relación con la tasa). El hecho de que Trump haya perdido el tiempo durante tantas semanas puede resultar costoso en muchas vidas humanas.

Los efectos económicos están ahora fuera de control sobre todo fuera de China. Las perturbaciones que se produjeron en las cadenas de valor de las empresas y en ciertos sectores resultaron más sistémicas y sustanciales de lo que se pensaba originalmente.

El efecto a largo plazo puede consistir en acortar o diversificar las cadenas de suministros y, al mismo tiempo, avanzar hacia formas de producción que requieran menos mano de obra (con enormes repercusiones en el empleo) y a una mayor dependencia de los sistemas de producción con inteligencia artificial.

La interrupción de las cadenas de producción conllevan el despido o la cesantía de muchos trabajadores, lo que disminuirá la demanda final, mientras que la demanda de materias primas está disminuyendo el consumo productivo. Estos impactos por el lado de la demanda producirán por sí mismos una recesión.

Pero la mayor vulnerabilidad del sistema esta enquistada en otro lugar. Los modos de consumismo que explotaron después de 2007-8 se han estrellado con consecuencias devastadoras. Estos modos se basaban en reducir el tiempo de rotación del consumo lo más cerca del cero.

La avalancha de inversiones en estas formas de consumismo tuvo todo que ver con la máxima absorción de volúmenes de capital mediante el aumento exponencial  de las  formas de consumismo, que tienen , a su vez , el menor tiempo de rotación posible.

En este sentido turismo internacional es emblemático. Las visitas internacionales aumentaron de 800 millones a 1.400 millones entre 2010 y 2018. Esta forma de consumismo instantáneo requería inversiones masivas de infraestructura en aeropuertos y aerolíneas, hoteles y restaurantes, parques temáticos y eventos culturales, etc.

Esta plaza de acumulación de capital ahora está muerto: las aerolíneas están cerca de la quiebra, los hoteles están vacíos y el desempleo masivo en las industrias de la hospitalidad es inminente. Comer fuera no es una buena idea. Los restaurantes y bares han sido cerrados en muchos lugares. Incluso la comida para llevar parece arriesgada.

El vasto ejército de trabajadores de la economía del trabajo autónomo y del trabajo precario está siendo destruido sin ningún medio visible de apoyo gubernamental. Eventos como festivales culturales, torneos de fútbol y baloncesto, conciertos, convenciones empresariales y profesionales, e incluso reuniones políticas y elecciones son canceladas. Estas formas de consumismo vivencial «basadas en eventos» están prácticamente suprimidas . Los ingresos de los gobiernos locales se han reducido. Las universidades y escuelas están cerrando.

Gran parte del modelo de vanguardia del consumismo capitalista contemporáneo es inoperante en las condiciones actuales. El impulso hacia lo que André Gorz describe como «consumismo compensatorio» ha sido aplastado. ( un recurso que suponía que los trabajadores alienados podrían recuperar su espíritu a través de un paquete de vacaciones en una playa tropical)

Pero las economías capitalistas contemporáneas están impulsadas en un 70 o incluso 80 por ciento por el consumismo. En los últimos cuarenta años, los sentidos básicos  del consumidor se han convertido en la clave para la movilización de la demanda efectiva y el capital se ha vuelto cada vez más dependiente de estas demandas, artificiales en muchos casos.

Esta fuente de energía económica no había estado sujeta a fluctuaciones repentinas – como la erupción volcánica de Islandia que bloqueó los vuelos transatlánticos durante un par de semanas. Pero el COVID-19 no es una fluctuación repentina. Es un shock verdaderamente poderoso en el corazón del consumismo que domina en los países más prósperos.

La forma en espiral de acumulación de capital sin fin se está colapsando hacia adentro desde una parte del mundo a la otra. Lo único que puede salvarla es un consumismo masivo financiado por el gobierno, conjurado de la nada. Esto requerirá socializar toda la economía de los Estados Unidos, por ejemplo, sin llamarlo socialismo por supuesto.

Las líneas del frente

Existe un conveniente mitología de que “las enfermedades infecciosas no reconocen barreras y límites de clase”. Como muchos de esos dichos, hay una cierta verdad en esto. En las epidemias de cólera del siglo XIX, la horizontalidad de la enfermedad entre clase sociales fue lo suficientemente dramática como para dar lugar al nacimiento de un movimiento por una sanidad pública (que más tarde se profesionalizó) y, que ha perdurado hasta hoy en día.

No ha quedado claro si este movimiento estuvo destinado a proteger a todos o sólo a las clases altas. Pero hoy las diferencias de clase y los efectos sociales son una historia muy diferente.

Ahora, el impacto económico y social se cuelan a través de las discriminaciones «consuetudinarias» , que están instaladas en todas partes. Para empezar, la fuerza de trabajo que trata a un creciente número de enfermos es típicamente sexista, y racializada en la mayor parte del mundo occidental .  Estos trabajadoras y trabajadores se aprecian fácilmente, por ejemplo, en los servicios más despreciados, en los aeropuertos y otros sectores logísticos.

Esta «nueva clase trabajadora» está en la vanguardia y soporta el peso de ser la fuerza de trabajo que más riesgo corre de contraer el virus por el carácter de sus empleos.  Si tienen la suerte de no contraer la enfermedad a probablemente serán despedidos más tarde debido a la crisis económica que traerá la pandemia.

Está, también, la cuestión de quién puede trabajar en casa y quién no. Esto agudiza la división social. No todos pueden permitirse el lujo de aislarse o ponerse en cuarentena (con o sin remuneración) en caso de contacto o infección.

En los terremotos de Nicaragua (1973) y México D.F. (1995), aprendí en terreno que los sismos fueron en realidad «un terremoto para los  trabajadores y los pobres” .

Por tanto, la pandemia del COVID-19 exhibe todas las características de una pandemia de clase, género y raza. Si bien los esfuerzos de mitigación están convenientemente encubiertos en la retórica de que «todos estamos juntos en esta guerra», las prácticas, en particular por parte de los gobiernos nacionales, sugieren motivaciones más aciagas.

La clase obrera contemporánea de los Estados Unidos (compuesta predominantemente por afroamericanos, latinos y mujeres asalariadas) se enfrenta a una horrible elección : la contaminación por el cuidado de los enfermos  y el mantenimiento de la subsistencia (repartidores de tiendas de comestibles, por ejemplo ) o el desempleo sin beneficios atención sanitaria adecuada.

El personal asalariado (como yo) trabaja desde su casa y cobra su salario como antes, mientras los directores generales se trasladan en jets privados y helicópteros.

Las fuerzas de trabajo en la mayor parte del mundo han sido socializadas durante mucho tiempo para comportarse como buenos sujetos neoliberales (lo que significa culparse a sí mismos o a Dios si algo sale mal pero nunca atreverse a sugerir que el capitalismo podría ser el problema).

Pero incluso los buenos sujetos neoliberales pueden apreciar hoy que hay algo muy malo en la forma en que se está respondiendo a la pandemia.

La gran pregunta es: ¿cuánto tiempo durará esto? Podría ser más de un año y cuanto más tiempo pase, más devaluación habrá , incluso para la fuerza de trabajo. Es casi seguro que los niveles de desempleo se elevarán a niveles comparables a los de la década de 1930, en ausencia de intervenciones estatales masivas que tendrían que ir en contra de la lógica neoliberal.

Las ramificaciones inmediatas para la economía así como para la vida social diaria son múltiples y complejas. Pero no todas son malas. El consumismo contemporáneo sin lugar a dudas es excesivo, Marx lo describió como » consumo excesivo e insano, monstruoso y bizarro”.

La imprudencia del consumo excesivo ha desempeñado un papel importante en la degradación del medio ambiente. La cancelación de los vuelos de las aerolíneas y la reducción radical del transporte – y del movimiento- han tenido consecuencias positivas con respecto a las emisiones de gases de efecto invernadero.

La calidad del aire en Wuhan ha mejorado mucho, al igual que en muchas ciudades de los Estados Unidos. Los sitios eco-turísticos tendrán un tiempo para recuperarse del pisoteo de los viajeros. Los cisnes han vuelto a los canales de Venecia. En la medida en que se frene el gusto por el sobreconsumo imprudente y sin sentido, podría haber algunos beneficios a largo plazo. (Menos muertes en el Monte Everest podría ser algo bueno).

Y aunque nadie lo dice en voz alta, el sesgo demográfico del virus podría terminar afectando las pirámides de edad con efectos a largo plazo para la Seguridad Social y para el futuro de la «industria del cuidado”.

La vida diaria se ralentizará y, para algunas personas, eso será una bendición. Las reglas sugeridas de distanciamiento social podrían, si la emergencia se prolonga lo suficiente, conducir a cambios culturales. La única forma de consumismo que casi con seguridad se beneficiará es lo que yo llamo la economía «Netflix», que atiende a los » consumidores compulsivos».

En el frente económico, las respuestas han estado condicionadas por la forma en que se ha producido la salida de la crisis de 2007-8. Esto ha supuesto una política monetaria ultra laxa , el rescate de los bancos y un aumento espectacular del consumo productivo mediante una expansión masiva de la inversión en infraestructuras ( incluso en China).

Esto no puede repetirse en la escala requerida. Los planes de rescate establecidos en 2008 se centraron en los bancos, pero también entrañaron la nacionalización de facto de General Motors. Tal vez sea significativo que, ante el descontento de los trabajadores y el colapso de la demanda, las tres grandes empresas automovilísticas de Detroit estén cerrando, al menos temporalmente.

Si China no puede repetir el papel que jugó en 2007-8, entonces la carga de la salida de la actual crisis económica se trasladará a los Estados Unidos y he aquí la gran ironía: las únicas políticas que funcionarán, tanto económica como políticamente, son mucho más socialistas que cualquier cosa que pueda propone Bernie Sanders. Los programas de rescate tendrán que iniciarse bajo la égida de Donald Trump, presumiblemente bajo la máscara de «Making América Great Again».

Todos los republicanos que se opusieron visceralmente al rescate de 2008 tendrán que comerse el cuervo o desafiar a Donald Trump. Este personaje podría llegar a cancelar las elecciones “por la emergencia” e imponer una presidencia autoritaria del Imperio para salvar al capital y al mundo de «los disturbios y de la revolución».

Fuente: https://observatoriocrisis.com/2020/03/22/la-politica-anticapitalista-en-la-epoca-del-covid-19/

Publicado enPolítica
Viernes, 17 Enero 2020 06:18

Las nuevas-viejas formas de dominación

ORDEN (Organización Democrática Nacionalista) fue creado en 1961 y fue desmantelado oficialmente en 1979; creada originalmente para vigilar a la población campesina; fue el instrumento del ejército salvadoreño para recoger información para los servicios de inteligencia, a la vez que actuaba como fuerza operativa para los trabajos sucios contra la insurgencia y como base social para el reclutamiento inmediato

Los escuadrones de la muerte creados por las oligarquías en la década de 1960, claves para contener las insurrecciones populares, tenían funciones y modos casi idénticos a los actuales grupos paramilitares, al llamado narcotráfico y, en no pocas ocasiones, al accionar de las fuerzas estatales de represión.

Echemos un vistazo al pasado inmediato, digamos los años 60 y 70, en un país azotado por los escuadrones y los paramilitares, como El Salvador, cuyo caso puede aplicarse a toda América Latina.

El primer grupo paramilitar formal se llamó Organización Democrática Nacionalista (Orden) y fue creado por el director de la Guardia Nacional en 1964, en completo secreto, en el contexto del Programa de Seguridad de Estados Unidos en El Salvador, que un año antes había iniciado el entrenamiento de integrantes del cuerpo policial.

El objetivo de Orden era el control del campesinado en las áreas rurales, ya que en esos años la principal riqueza del país era la producción de café, caña y algodón para la exportación. Entre sus objetivos figuraba adoctrinar al campesino en favor de “la democracia representativa y el mundo libre”, en un país gobernado por militares que habían masacrado a 30 mil trabajadores rurales e indígenas en la revuelta de 1932, en la que participó Farabundo Martí.1

Los integrantes de Orden recibían entrenamiento militar y permiso para portar armas; a cambio debían delatar a sus vecinos en pueblos y cantones. También se beneficiaban con recomendaciones para obtener trabajo, servicios de salud, educación para sus hijos, diversos insumos agrícolas y, si era necesario, la destrucción de expedientes judiciales comprometedores.

Como la estructura económica no estaba en condiciones de proporcionar servicios a los campesinos, que habían perdido sus tierras por el avance de la mecanización en la agricultura de exportación, Orden suplía ese vacío a través de la prebenda personal, que “simulaba constituir a los habitantes en ciudadanos”, según la acertada frase de la investigadora Sara Gordon.

Como puede observarse, una misma organización paramilitar cumplía la doble función de control policial y de servicio social, lo cual le otorgaba un poder extraordinario.

Orden fue responsable, entre muchos otros y siempre en coordinación con la Guardia Nacional y la Policía de Hacienda, del asesinato del padre Rutilio Grande, en 1977, como parte de la escalada represiva contra la Iglesia popular y las organizaciones campesinas y estudiantiles que desembocó, dos años más tarde, en el asesinato de monseñor Óscar Romero (por escuadrones mejor organizados y pertrechados) y el inicio de la guerra civil en la que murieron más de 70 mil personas.

Un integrante de Orden expresaba de este modo las “ventajas” que le daba pertenecer a la organización paramilitar: “podemos arrestar a cualquiera que queramos, cualquiera que ande por ahí metiendo ideas extrañas en la cabeza de la gente. Aquí en mi cantón, yo soy la ley”.

Vale reflexionar quiénes son, hoy en nuestra realidad cotidiana, los que tienen el poder suficiente para comportarse de ese modo. No hace falta indagar demasiado para concluir que se trata de esa peculiar amalgama entre aparatos represivos estatales, paramilitares y narcos. Ellos son la “ley”, los que tienen vía libre para detener, violar, desaparecer, torturar y asesinar a quienes quieran. Son los herederos de los escuadrones de la muerte.

Una “modernización” similar sucede con las formas clientelares que usaron las oligarquías para extender favores a sus incondicionales, para consolidar una base social que les permitiera seguir esquilmando a los campesinos. Esos modos, como la caridad de la Iglesia, fueron sistematizados por el Pentágono como “acción cívica”, aplicando en las guerras centroamericanas formas de contrainsurgencia aprendidas en Vietnam.

Modos que evolucionaron hasta lo que hoy denominamos políticas sociales, aplicadas tanto por gobiernos progresistas como conservadores, porque han mostrado cierta utilidad para contener la protesta y, sobre todo, para abrir fronteras a la acumulación capitalista.

Es cierto que han aparecido nuevas formas de control social a caballo de las nuevas tecnologías. Pero ellas no sustituyen el control parapolicial y paramilitar, sino que se superponen y complementan. Para la población que vive en la zona del no-ser, donde la vida no es respetada y la violencia es el modo de regular las relaciones sociales, las viejas formas de control contrainsurgente siguen vigentes.

Fernand Braudel, maestro del tiempo largo, nos enseñó a desconfiar de los cambios rápidos: “ni siquiera las revoluciones son rupturas totales”. La persistencia y la duración son más potentes que “los golpes de teatro”.

Por eso, no nos hagamos muchas ilusiones con los “cambios” desde arriba: la violencia, que fue la partera del capitalismo, lo seguirá sosteniendo hasta el final, pese a los discursos que maquillan la dominación.

1 Sara Gordon, Crisis política y guerra en El Salvador , Siglo XXI, p. 142

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Los Estados y las empresas no pueden resolver el cambio climático

Es muy positivo que millones de jóvenes salgan a las calles contra el cambio climático, en todo el mundo. Para muchas es la primera experiencia de lucha y movilización, y es destacable que lo hagan sin que medien aparatos políticos que convoquen y/o manipulen. Este es el aspecto fundamental que debemos valorar, especialmente cuando la acción directa no abunda en ninguna parte del mundo.

No comparto las críticas de quienes reclaman mayor politización, achacan ingenuidad de las y los jóvenes que se manifiestan, o quienes los acusan de no ser declaradamente anticapitalistas y no ser hijos de la pobreza. A menudo son críticas hechas desde una generación, la mía, que sigue creyéndose en posesión de la verdad, pese a los evidentes fracasos que hemos cosechado en el último medio siglo.

Creo que estas grietas (y desencuentros profundos) entre dos períodos de las luchas sociales, merecen alguna explicación.

En primer lugar, es evidente que existe una brecha generacional que ha impedido transmitir saberes y valores entre generaciones. Brecha que incluye las culturas políticas y los modos de vida, y ha llevado a que existan pocas posibilidades de convivencia entre generaciones. No tengo duda que el sistema (capitalismo neoliberal) es en gran medida responsable.

Sin embargo, en los movimientos hay pocas chances de diálogo entre las diversas experiencias históricas, ni siquiera puntos físicos de encuentro y, por lo tanto, casi nula capacidad de trasmisión generacional y de aprendizaje de los errores cometidos. Mi generación, la de los años 1960-1970, es en gran medida la responsable, ya que es reacia a la autocrítica y mira por encima del hombro a las generaciones más jóvenes.

En segundo lugar, parece poco probable que las grandes movilizaciones consigan sensibilizar al 1%, para que tomen medidas que modifiquen las pautas civilizatorias, que son las responsables en última instancia del cambio climático. En este punto, los jóvenes no hacen más que poner en práctica la cultura política hegemónica, consistente en presionar para conseguir algo a cambio.

Alguien debe explicar, aunque resulte antipático, que no existe la menor posibilidad de reducir las causas del cambio climático si la humanidad no abandona la cultura del consumo, a la que se están sumando frenéticamente las nuevas clases medias y sectores populares de los dos países más poblados del mundo: India y China. En cierto sentido, todos somos responsables por el cambio climático, aunque en con niveles de responsabilidad diferentes.

En tercer lugar, alguien debería también explicar, en particular a las generaciones más jóvenes, que el caos climático al que estamos ingresando es una tendencia profunda provocada por el comportamiento de la humanidad, incluyendo a quienes nos manifestamos en contra del cambio climático. Los gobiernos no pueden ni quieren detenerlo y, en el mejor de los casos, se limitan a declaraciones cínicas y mentirosas.

Las clases dominantes de Occidente se están preparando hace mucho tiempo para enfrentar situaciones caóticas, en base a sus recursos materiales que, creen, les permitirán sobrevivir al “hundimiento del Titanic”. El problema es que los sectores populares y los movimientos anti-sistémicos estamos muy lejos de asumir que un colapso de la humanidad es inevitable.

Por lo tanto, decir que “nos queda poco tiempo” para detenerlo, desvía la atención de las tendencias que nos llevan a la catástrofe, creando ilusiones de que podemos detenerlas si presionamos suficientemente a los de arriba. Sólo derrotando al 1% tendremos alguna chance de detener la catástrofe, pero con eso tampoco alcanza aunque sería un paso importante.

Si asumiéramos esta realidad, estaríamos construyendo las arcas comunes capaces de afrontar las tormentas que se avecinan. Es a esta construcción a la que debemos dedicar los mayores esfuerzos, las energías colectivas vitales para afrontar el futuro.

Aquí aparece un cuarto y decisivo factor. Es posible que podamos tomar decisiones capaces de salvar a una parte de la humanidad. Pero es seguro que no lo conseguiremos si no nos comprometemos a fondo con la realidad que nos rodea, en base a dos herramientas que nunca debimos desaprender: la crítica y la autocrítica.

14 octubre 2019 

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Seis de las 10 primeras empresas del Fortune 500 Global son petroleras: tres son estatales

Hace 12 años señalé la tendencia del eclipse de las principales petroleras anglosajonas por las "gigantes empresas estatales del petróleo" (https://bit.ly/2K30pQu).

 

Las otrora siete hermanas anglosajonas de hace 43 años, catalogadas por el investigador británico Anthony Sampson (https://amzn.to/2GA57mS), se habían (trans)mutado en unas "nuevas siete hermanas" estatales anti-anglosajonas.

 

Agregué que “la mayoría de las viejas siete hermanas anglosajonas se megafusionaron y, pese a haber obtenido los mayores ingresos de su historia, en esta nueva fase de la decadente globalización financiera han sido rebasadas por las "siete nuevas hermanas estatales" en la era geoenergética de la globalización petrolera y gasera que marca (…) la característica inocultable de la "desglobalización" que reposiciona a los estados-nación por encima de las trasnacionales, gracias a la geopolítica consecuente a la derrota militar anglosajona en Irak”.

 

Hace seis años apunté que "90 por ciento de las reservas de crudo" se encontraban "bajo control de las petroleras nacionales" (https://bit.ly/2KdZxY1), lo cual no pudo ocultar The Economist.

 

La tendencia se acentuó en forma dramática a escala global, pese al obsceno entreguismo del infatuado itamita antimexicano Luis Videgaray (titiritero del ex "presidente" Peña) quien organizó el desmantelamiento de Pemex para favorecer a las trasnacionales anglosajonas y a la banca Rothschild (https://bit.ly/2K3VI9g).

 

En 2018, las 500 principales empresas globales generaron 3.7 billones de dólares (trillones, en anglosajón) en ingresos y 2.15 billones de dólares de ganancias.

 

Se recuerda que el PIB nominal global asciende a 87.27 billones de dólares (https://bit.ly/2y7K6uq).

 

Las 500 empresas emplean a casi 70 millones en el mundo y representan 34 países de los 193 adscritos a la ONU (https://bit.ly/2M42WeB).

 

De las 10 primeras, seis son petroleras: dos estatales chinas –Grupo Sinopec (con ganancias de 414 mil 649.90 dólares) y China National Petroleum (con ganancias de 392 mil 976.60 dólares)–; otra estatal es la saudita Aramco (355 mil 905 dólares); y tres son anglosajonas, de la añeja lista de las siete hermanas (https://bit.ly/32YrHz1) que luego se megafusionaron en cuatro y de donde sólo queda una triada: Royal Dutch Shell (396 mil 556 dólares); la depredadora BP (303 mil 738 dólares)– que "México", con el entonces disfuncional y antimexicano “presidente fake” Calderón, prácticamente la congratuló por la devastación de Deep Horizon en el Golfo de México (https://bit.ly/2LNrPMa)– y la increíblemente huérfana estadunidense ExxonMobil (290 mil 212 dólares).

 

¿Donde quedó el "imperio privado (sic) de ExxonMobil y el poder (sic) de EU"? (https://amzn.to/2gqobZy).

 

La estatal china Sinopec, segundo lugar, desplazó a las otras cinco petroleras: Royal Dutsch Shell (tercero); China National Petroleum (cuarto), Saudi-Aramco (sexto); BP (séptimo) y ExxonMobil (octavo).

 

EU se ha quedado rezagado con sólo dos de las 10, pese a que ostenta el primer lugar con Wal-Mart (514 mil 405 dólares) y con un mediocre octavo lugar de ExxonMobil.

 

Entre los 10 primeros, viene en quinto lugar la empresa estatal china State Grid (387 mil 56 dólares) y en noveno lugar Volkswagen (278 mil 341.50 dólares), seguido por Toyota Motor de Japón (272 mil 612 dólares).

 

La dupla anglosajona de EU/Gran Bretaña (que incluye su concubinato con la holandesa Royal Dutch Shell) fue desplazada por el ascenso fulgurante de tres empresas estatales de China (segundo, cuarto y quinto lugares).

 

Si se basa uno en las 10 primeras empresas globales se pudiera inferir que brilla intensamente el "capitalismo estatal con características chinas", sumado de la petrolera saudita estatal Aramco –sobre la que han puesto la mira el presidente Trump y su ambicioso yerno talmúdico Jared Kushner para apropiarse de sus activos privatizados que pueden llegar a cotizarse, dependiendo del Zeitgeist bursátil, entre 2 y 3 billones de dólares.

 

Asia Times comenta que “China eclipsa a EU en el ranking de Global Fortune 500” y expone que el número de empresas chinas alcanzó 129 superando por primera vez a EU que ostenta solamente 121 (https://bit.ly/2MqA2Wq).

 

¡Ni Trump puede detener a China! (https://bit.ly/2YvY4l4).

 

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Martes, 11 Junio 2019 06:31

Desmontar el mandato de masculinidad

Desmontar el mandato de masculinidad

 

Rita Segato relata que el concepto de mandato de masculinidad lo formuló en Buenaventura, puerto de la costa del Pacífico de Colombia, cuando mujeres negras le preguntaron cómo se hace para poner fin a la guerra y la violencia. “Desmontando el mandato de masculinidad”, fue su respuesta.

La última semana de mayo tuvimos la oportunidad de compartir y debatir en el marco del “Congreso Resiste” convocado por la Universidad Iberoamericana y la revista Concilium, en Ciudad de México, para luego hacerlo en el Cideci, en San Cristóbal de las Casas, y en los espacios La Reci y la librería La Cosecha de esa ciudad.

Los debates fueron intensos y convocaron cientos de personas, participaron ponentes de varios continentes, incluyendo miembros del Congreso Nacional Indígena y del Concejo Indígena de Gobierno. En uno de los debates, además de Rita y quien escribe, participó el madrileño Amador Fernández-Savater, quien afirmó que en la izquierda (se refería al español Podemos), se registra un “deseo monoteísta” que se concreta en los objetivos de capturar del poder y uniformizar los movimientos.

Aunque me resulta imposible sintetizar en un par de cuartillas la riqueza de los debates, quisiera recoger la importancia de la participación de las mujeres, que mostraron un profundo espíritu crítico y autocrítico, que incluye al propio movimiento feminista.

Así, Elsa y Rebeca de la Asamblea Nos Queremos Vivas Neza, del estado de México, explicaron cómo se vive en “una sociedad atravesada por la violencia”, en la que no se aplican las políticas públicas porque el Estado no funciona y es, apenas, “una estructura patriarcal”. Dibujando un puente con los pueblos originarios, explicaron que “no partimos de un feminismo ortodoxo que impone cosas, sino del autocuidado de las mujeres”.

María Macario del CIG enfatizó en la necesidad del trabajo conjunto de varones y mujeres en estrecho contacto con el medio natural, al punto que de destacar que “la tierra se siembra en nosotras”. Explicando sus sentimientos al comprobar los desastres que el capitalismo genera en la madre tierra, dijo: “Estoy dejando de ser mujer porque el arroyo se está acabando”.

Siobhan Guerrero, filósofa de la ciencia, licenciada en biología y activista trans en temas de género, analizó el papel de las iglesias evangélicas en América Latina y cómo la ideología de género de las nuevas derechas se inserta en un discurso de derechos humanos, lo que las potencia. Destacó la complementariedad varones-mujeres y llamó a desarrollar formas de conciencia no mediadas por el Estado. “Es un problema que el movimiento de mujeres se piense en términos de derechos liberales”, concluyó.

Los intercambios con Rita giraron en torno a su concepto mandato de masculinidad y mostró sintonía con los debates que propone el zapatismo al criticar una política centrada en el enemigo, a la que considera fascista, “porque en ese caso es el enemigo el que nos mancomuna”.

En los intercambios pudimos constatar varias confluencias. La primera fue que el mandato de masculinidad no se desmonta desde el Estado, con leyes y procesos institucionales, sino en el trabajo directo con las personas, varones y mujeres, que pasa por cambios personales y de personalidad, por el modo como se establecen los vínculos en los espacios de la vida cotidiana.

En este aspecto, adivino dos procesos simultáneos: la organización de las mujeres que potencie movimientos y acciones, y a cada una de ellas; y los necesarios cambios entre nosotros, los varones, que pasan por perder los privilegios que tenemos, algo que es imposible procesar sin atravesar una crisis profunda porque se trata de cambiar nuestro lugar en el mundo. En lo personal, puedo decir que no se trata de “una” crisis puntual y acotada en el tiempo, sino un proceso ininterrumpido y continuo, sin final o con final abierto, para ir asumiendo, en la mejor hipótesis, una configuración interna otra que permita relacionarnos desde un lugar de sencillez y humildad naturales.

La segunda es que el mandato de masculinidad se desmonta en plazos muy largos, lo que requiere pensar y actuar en términos de larga duración. La persistencia y la permanencia permiten no sólo cambios en las relaciones, sino comprender a las y los otros, sus dolores y frustraciones, esas rabias y heridas que el patriarcado y el machismo han cincelado en el alma y en el cuerpo de las mujeres, pero también de los varones.

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La desigualdad económica: ¿Qué hay de nuevo?

Los estadounidenses de entre 18 y 29 años con una opinión favorable del capitalismo han caído del 68% en 2010 al 45%

Soy capitalista y hasta yo pienso que el capitalismo está roto”, afirmó hace poco Ray Dalio, el fundador de Bridgewater, uno de los fondos privados de inversión más grandes del mundo. Según la revista Forbes, Dalio ocupa el puesto número 60 en la lista de las personas más ricas del planeta. “Si el capitalismo no evoluciona, va a desaparecer”, dijo.

Jamie Dimon es el jefe del gigantesco banco JPMorganChase y también anda preocupado por la salud del capitalismo. Dimon, cuyo sueldo el año pasado fue de 30 millones de dólares, afirma: “Gracias al capitalismo, millones de personas han sa

lido de la pobreza, pero esto no quiere decir que el capitalismo no tiene defectos, que no está dejando mucha gente atrás o que no debe ser mejorado”.
Esto es nuevo. Las denuncias contra el capitalismo y la desigualdad que este genera y perpetúa son tan viejas como Karl Marx. Lo nuevo es que los titanes de la industria, cuyos intereses están muy atados al capitalismo, lo están criticando tan ferozmente como los más agresivos militantes de la izquierda. Los empresarios lo quieren reparar, mientras que los críticos más radicales lo quieren reemplazar.


Los grandes empresarios no son los únicos que tienen críticas al capitalismo. Según la encuestadora Gallup, el porcentaje de los estadounidenses entre los 18 y los 29 años de edad que tienen una opinión favorable del capitalismo ha caído del 68% en 2010 al 45%. Hoy, el 51% de ellos tiene una opinión positiva del socialismo. Esto también es nuevo.
En el mundo académico hay las mismas preocupaciones. Paul Collier, por ejemplo, es un renombrado economista y profesor de la Universidad de Oxford quien el año pasado publicó El Futuro del Capitalismo. En este libro advierte que “el capitalismo moderno tiene el potencial de elevarnos a todos a un nivel de prosperidad sin precedentes, pero actualmente está en bancarrota moral y va encaminado hacia una tragedia”.


Las críticas al capitalismo son muchas y variadas y, la mayoría, muy antiguas. La más común es que el capitalismo condena a las grandes masas a la pobreza y concentra ingresos y riquezas en una pequeña élite. Esta crítica se había atenuado gracias al éxito que tuvieron países como China, India y otros en reducir la pobreza. Esto se debió, en gran medida, a la adopción de políticas de liberalización económica que estimularon el crecimiento, el empleo y aumentaron los ingresos. Así apareció la clase media más numerosa de la historia de la humanidad, otra novedad.


Pero el crash financiero de 2008 trajo de regreso la preocupación por la desigualdad y reanimó las denuncias contra el capitalismo. Mientras que para países como Brasil o Sudáfrica, la desigualdad económica había sido la norma, para otros significaba el regreso de una dolorosa realidad que se creía superada. Varios países europeos y Estados Unidos se unieron al grupo de naciones que vieron aumentar la desigualdad entre sus habitantes.


Con las recientes erupciones de populismo e inestabilidad política se ha generalizado la idea de que es urgente reducir la desigualdad económica. Pero el acuerdo sobre la necesidad de intervenir no ha venido acompañado de un acuerdo sobre cómo hacerlo. La falta de consenso acerca de qué hacer tiene mucho que ver con diferencias de opinión sobre las causas de la desigualdad. Para Donald Trump no hay dudas: las importaciones de China y los inmigrantes ilegales son la explicación del sufrimiento económico de los estadounidenses que han dejado de beneficiarse del sueño americano. Esto no es cierto. Todos los estudios demuestran que las nuevas tecnologías que destruyen puestos de trabajo y mantienen bajos los salarios de las ocupaciones que menos formación requieren, son la más importante fuente de desigualdad. Una variante de esta teoría es que un creciente número de sectores están dominados por un pequeño número de empresas muy exitosas, y de gran tamaño, cuyas estrategias de negocios inhiben el aumento de los salarios, la inflación y el crecimiento económico. En Estados Unidos, con frecuencia se señala el desproporcionado peso económico, y la consecuente influencia política, que han adquirido el sector financiero y el de la salud. Para economistas como Thomas Piketty, Emmanuel Sáenz y otros, “la desigualdad económica es principalmente causada por la desigual propiedad del capital, tanto el privado como el público”.


Estas generalizaciones son engañosas. Las causas del aumento de la desigualdad en la India son diferentes a las de Estados Unidos y las de Rusia distintas a las de Chile o China. En algunos países, la causa más importante de la desigualdad es la corrupción, en otros no.


Es muy probable, además, que estemos pensando en batallas del siglo pasado y que los nuevos retos requerirán nuevas ideas. El impacto de la Inteligencia Artificial en la desigualdad es aún incierto, pero todo indica que será enorme. Y esta novedad puede hacer obsoletas todas nuestras ideas acerca de las causas de la desigualdad y sus consecuencias.


Será todo nuevo.

Por Moisés Naím
1 JUN 2019 - 17:00 COT

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Nancy Fraser: las mutaciones neoliberales

I. “Si miras todo su ‘cuerpo de obra’ –remarcaba una comentarista– puedes notar la expansión de la cuestión feminista en conexión con el capitalismo hacia todas otras esferas” (bit.ly/2UgT6L7). Nancy Fraser, una destacada filosofa y teórica estadunidense, es una de las principales impulsoras del feminismo anticapitalista. Trabajando desde la ‘teoría crítica’ frankfurtiana y el pos-estructuralismo, es mejor conocida por sus críticas de las políticas identitarias (dada su "complicidad" en el reavivamiento del fundamentalismo librecambista) y sus re-conceptualizaciones de la justicia ("post-Westfaliana y democrática"). En libros como Justice interruptus (1997) o Scales of justice (2009) trata de "salvarla" de diferentes reduccionismos y "ajustarla" a los tiempos pos-socialistas de la primacía del "reconocimiento" hegeliano –por sexo, género o raza (bit.ly/2Ul4pBL)–, censurando a la vez el mainstream feminista por abrazar "lo cultural" y desertar de la economía política y debates sobre redistribución (Redistribution or recognition, 2003).

II. Si bien –a ojos de Fraser– la segunda ola del feminismo (con su "politización de lo personal" y crítica estructural del androcentrismo capitalista) nació y creció junto con otros movimientos emancipatorios de la pos-guerra, pronto perdió su filo crítico (Fortunes of feminism. From state-managed capitalism to neoliberal crisis, 2013, p. 14-15). Al abrazar el identitarismo –y al pasar "de redistribución al reconocimiento"– abandonó la economía, para –solamente– transformar la cultura. Este "giro" que coincidió con el ocaso del viejo capitalismo estatal y el auge de su nueva –"desorganizada"/flexible/transnacional– modalidad, hizo que sus legítimas críticas al estatismo y paternalismo (salario familiar, estado-niñera, economicismo) en vez de rehacer al estado de bienestar, sirvieran para desmontarlo y devinieran pilares ideológicos del nuevo orden (p. 218-221).

III. Así en su famosa aseveración: “el feminismo se volvió ‘la sirvienta del capitalismo’” acabó fortaleciendo el individualismo consumista, su crítica del sexismo legitimó nuevas formas de desigualdad y explotación (bit.ly/2m23X77). Sin desearlo acabó nutriendo "el nuevo espíritu del capitalismo" (Boltanski/Chiapello) de la mutación neoliberal. La lucha por la igualdad en su seno fue sustituida por la "meritocracia" que apuntaba sólo a que las mujeres avanzaran en las jerarquías (corporaciones/gobiernos/ejércitos), mientras –para Fraser– "el feminismo siempre trataba de romperlas". Empoderamiento –en práctica– pasó a significar ganar el derecho a explotar a otras mujeres (trabajadoras domésticas-migrantes) para ir escalando. Subrayando que este dominante tipo del feminismo –liberal, corporativo, "de Davos" (Lagarde/Sandberg/Clinton), "colaboracionista del sistema opresor"– ha fallado a la mayoría (bit.ly/2usW6W4) Fraser llama a un "feminismo para el 99%" –“¡no queremos romper los ‘techos de cristal’ sólo para que las otras limpien los vidrios!”– libre de sus nexos con el neoliberalismo ( Feminism for the 99%: a manifesto, 2019).

IV. “Desde hace tiempo escribo acerca de [aquel] ‘desvío neoliberal’ de movimientos sociales [pero no alcanzaba a bautizar bien este proceso] –decía– y las pasadas elecciones en EU me ayudaron a verlo: ¡H. Clinton era su perfecta encarnación!” (bit.ly/2rgMuyA). ¿Su nombre? El "neoliberalismo progresista", un bloque dominante desde los noventa, coalición de sectores de negocios y algunos movimientos –“una impía alianza de emancipación y financiarización: ‘LGBTQ & Goldman-Sachs’”– armado por demócratas que combinaron su economía de derecha con políticas de reconocimiento (pero sólo a cambio del desmantelamiento de protección social y redes de redistribución). Su choque con el populismo reaccionario de Trump, elección entre multiculturalismo y etnonacionalismo, significaba sólo más de lo mismo: neoliberalismo y desindustrialización (bit.ly/2V4Rzoo). Así el auge del populismo, tanto de derecha como de izquierda –que Fraser ve como una "política de transición" y favorablemente a la Laclau (bit.ly/2uIGjCz)– fue "una revuelta de los atropellados por el neoliberalismo progresista" y "síntoma de la crisis de la forma específica del capitalismo de hoy" (bit.ly/2Q5Sd6K).

V. Dicha crisis –"cuya cara es Trump" (bit.ly/2FDzJm2)– es para ella la de lahegemonía. El neoliberalismo progresista que una vez creó un amplio consenso gramsciano y bloque hegemónico llega a su fin (bit.ly/2ive0Tj). No obstante, el trumpismo –frágil y caótico– no constituye un nuevo bloque. Vivimos en ruinas de lo viejo, en –otra vez Gramsci– un interregnum, dice Fraser (The old is dying and the new cannot be born, 2019), marcado a su vez por otra crisis, la de la reproducción social. "El capitalismo financiarizado sistemáticamente consume nuestras capacidades de sostener los lazos sociales comiéndose su propia cola" (bit.ly/2dog8sQ). Con austeridad y recortes externaliza los costos –también– en cuerpos de las mujeres "dependiendo del trabajo doméstico no remunerado más que cualquier otra forma del capitalismo" [!] (bit.ly/2QHVd9C): "pasamos por una nueva mutación de la sociedad capitalista que no obstante ofrece oportunidad de reinventar el modelo de familia y la división producción-reproducción" (bit.ly/2K20nuk).

Por Maciek Wisniewski, periodista polaco

Twitter: @MaciekWizz

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