Viernes, 23 Junio 2017 17:20

“En Buenaventura despertamos”

Escrito por EQUIPO DESDE ABAJO
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“¡Cuando se juntan la seminola y el negro
el hombre blanco
el hombre blanco pierde el sueño!”

 

Changó el gran putas.
Manuel Zapata Olivella.

 

Temprano en la mañana del 6 de junio de 2017, los bonaverenses salieron a las calles de su ciudad a ‘recoger el mugre’, a limpiar los escombros y las cenizas que dejaron los enfrentamientos contra el ejército negro –o Esmad– durante los 22 días de resistencia y lucha, que antecedieron a la gran celebración de ese día: “Se suspende el paro de Buenaventura”.

 

 

“¡El pueblo no se rinde carajo!”, y no se rindió a pesar de la represión sádica a manos del escuadrón de la muerte, de la presión del Gobierno y de la flaqueza de muchos que perdían las esperanzas.

 

Una vez conocido el acuerdo para levantar el paro, la fiesta fue programada para las 3 de la tarde en la plaza central del puerto. De a pocos fueron llegando, unos en familias, otros con amigos o solos. Alegres comentaban la gran hazaña; una vez más David venció a Goliat: los 22 días de incertidumbre dieron fruto.

 

“Muy buenas tardes ¡Buenaventura! Quiero agradecer al señor arzobispo de Cali, quien durante los días del paro cívico nos dio una mano como garante y ayudó avanzar en las conversaciones, y hoy, en este día de fiesta, este día histórico, viene acompañarnos en esta ceremonia”, dijo monseñor Héctor Esparza Quintero entre los gritos y aplausos de todos los allí reunidos.

 

Buenaventura, tierra de marimbas y tambores; de vírgenes y santos, celebró los acuerdos logrados con una santa eucaristía. Música autóctona a cargo del grupo Buscajá puso a bailar a propios y extraños, pues la algarabía no era para menos, “¡El pueblo no se rinde carajo!”

 

Día D: 16 de mayo

 

“Buenaventura se respeta, o si no, la hacemos respetar, ¡carajo!”1. El Comité del Paro Cívico informó al país, que Buenaventura cesaba sus actividades, esta vez no era un simple llamado de atención al Gobierno, era un advertencia clara y directa a la élite política y económica de Colombia, de que un pueblo indignado emergía desde el olvido para reclamar lo que por derecho le corresponde.

 

“De muchas maneras le hemos dicho al gobierno central que nosotros hacemos parte de Colombia y no nos han escuchado. Por eso la comunidad de Buenaventura tomó la decisión de entrar en paro cívico indefinido. Buenaventura es el principal puerto marítimo de Colombia y les interesa sólo por las mercancías que por aquí entran al resto del país, no por las personas que habitamos la ciudad”, afirmó Miyela Riascos, lideresa social y representante de la ciudadanía en la mesa ejecutiva del paro.

 

En un principio la demanda de los impulsores del paro cívico fue la declaración de emergencia social, económica y ecológica para el municipio. Una multitud de voces –entre ellas las de 48 organizaciones sociales, políticas y gremiales–, reclamaron agua, educación, salud y mejores oportunidades laborales. Con manifestaciones culturales afrocolombianas, bailes, colores y toda la sabrosura del pueblo bonaverense, salieron desde entonces todos los días a las calles a exigir, de manera pacífica, sus derechos como pobladores del puerto más importante del país. Por su parte, la alcaldía de Buenaventura bajo el mandato de Jorge Eliecer Arboleda –quien se ha visto envuelto en escándalos de corrupción– en una entrevista radial aseguró “el paro de Buenaventura no durará más de 3 días”. Inconsciente del eco de sus palabras, ayudó a despertar a un gigante dormido, un pueblo ofendido que aguantaría hasta las últimas consecuencias.

 

La cosa iba en serio

 

Conforme pasaban los días, más fuerzas se unieron a la demanda de mejores condiciones de vida, sumando 147 organizaciones distribuidas en 40 puntos de concentración. Taxistas, ‘moto-ratones’, conductores de ‘carpatias’ (Jeep’s), comerciantes, trabajadores informales, pescadores industriales y artesanales, lancheros y coteros cesaron sus actividades, demostrándole a Colombia que, más allá de los ingresos económicos individuales está el bienestar colectivo, y que sin importar el valor económico que representa el puerto para el país, había una causa justa de un pueblo históricamente marginado.

 

Acción social multiplicada con el paso de los días, hasta reunir la fuerza necesaria para realizar lo único que haría flaquear al gobierno central: impedir el paso de los camiones y tractomulas hacia y desde el puerto. Para ello los pobladores ubicaron bloqueos estratégicos donde vigilaban día y noche los posibles movimientos de los transportadores de carga. Acción efectiva y de alto impacto. En tan sólo dos días los empresarios y el gobierno sintieron el duro golpe de la interrupción del flujo de mercancías. Con cada día de paro las pérdidas económicas aumentaban exponencialmente. Empezaba a flaquear la mano de la burguesía. Y de su vocero de turno. Al no poder romper la voluntad de los inconformes y víctima de su ineptitud, Santos no tardó en enviar al Esmad y al Ejército Nacional para impartir el caos y recuperar el control de la Vía Buenaventura. Negociar no estaba en sus planes.

 

¡A las malas no! ¡El pueblo se respeta carajo!

 

Más que un paro era un carnaval al mejor estilo afrocolombiano; un grito unificado e imponente aclamaba: ¡El pueblo no se rinde, carajo! Y las movilizaciones cada día convocaban a más personas a la fiesta. Y de repente...

 

“...por obra de magia apareció el Esmad,
policías disfrazados de Robocop,
escuadrón móvil para la opresión,
lanzando gases lacrimógenos
contra la población”2

 

Mientras los noticieros mostraban el paro como un acto de vandalismo que afectaba gravemente la canasta familiar y la economía del resto de los colombianos, en el puente del Piñal y en La Delfina las comunidades indígenas y afro se enfrentaban a los gases y granadas lanzados por el Esmad de manera indiscriminada. Niños y ancianos fueron atacados en sus viviendas y los jóvenes fueron asediados en las calles, mientras el Gobierno no presentaba propuestas concretas para darle salida a la problemática.

 

El 19 de mayo, a tres días de haber declarado la parálisis de su ciudad, las agresiones a la población por parte del Esmad aumentaban; para el Gobierno era más importante la entrada y salida de la mercancía represada que la calidad de vida de quienes habitan está parte del país. Mientras tanto, la comunidad y el Comité del Paro Cívico trabajaban en mesas temáticas discutiendo propuestas concretas para cada uno de los 9 puntos de su pliego de exigencias (Ver Recuadro 1), sin que el Gobierno reconociera la magnitud de la problemática ni cediera en su repetitivo “no hay recursos”. El 25 de mayo fue más allá, al rechazar en alocución pública la exigencia ciudadana de declaración de emergencia social, económica y ecológica para Buenaventura.

 

Según Javier Torres, representante de la Flota de Cabotaje del Pacífico, el argumento del Gobierno para rechazar la declaración de la emergencia era el temor a que la Corte Constitucional tumbara la iniciativa, ante lo cual propuso “otras alternativas distintas a la emergencia, pero resulta que ya perdió la confianza del pueblo, porque cuanto se ha acordado bajo comités y actas no nos ha funcionado, pero la emergencia sí nos garantiza la destinación de recursos para solucionar los problemas de Buenaventura. De lo contrario es muy difícil creer, especialmente porque no estamos negociando frente a cualquier gobierno”. La desconfianza en las palabras del gobierno fue un aspecto importante para su resistencia.

 

En paralelo, los enfrentamientos entre los pobladores y la mal llamada fuerza pública, aumentaban los reportes de violación a los derechos humanos en el marco del paro, de tal manera que Todd Howland, Alto comisionado de derechos humanos en Colombia, facilitó un espacio de conversación el 2 de junio en la sede de la Procuraduría en la capital del país, entre los delegados del Comité y el Gobierno, en la cual se abordó lo relacionado con la violación de derechos humanos en el marco del paro.

 

Mientras el ambiente ganaba, supuestamente en distención, horas antes de la cita en cuestión, clandestinos, bajo la oscuridad de la madrugada, el Esmad y el Ejército Nacional custodiaron una caravana de camiones que intentaban salir del puerto con mercancía. La ira de los porteños no se hizo esperar, dejando como resultado un camión incendiado y familias afectadas por los gases y balas de goma. Rendirse no hacía parte de la agenda de lucha puesta en marcha desde el 16 de mayo.

 

Paro cívico: día 17

 

Un viaje directo desde Bogotá u otra ciudad hasta Buenaventura era imposible, la única alternativa –corridos 17 días de paro– , era los transbordos: un primer recorrido hasta Cali, para abordar allí un microbús hasta Dagua (ninguna empresa de transporte en Cali se atrevía a entrar a Buenaventura), donde los ‘carpatia’ prestaban servicio hasta el corregimiento de Cisneros, donde el paro ya se sentía con fuerza, y de aquí hasta la entrada de Buenaventura en otro vehículo, el que solo partía cuando llenaba su cupo, lo cual no ocurría antes de dos horas.

 

Una vez en El Gallinero –entrada al municipio– la travesía debía continuar en moto. Todo el que pretendiera entrar a la ciudad debía confiar en la destreza de los ‘moto-ratones’. El precio a pagar concordaba con las elevadas sumas impuestas por los transportadores desde Dagua hasta el casco urbano del puerto. En promedio 8 mil pesos por pasajero, lo que incluía los diversos ‘peajes’ por sortear en los bloqueos instalados a lo largo de sus calles, así como el riesgo que afrontaba conductor y usuario al tratar de ingresar a la ciudad.

 

Buenaventura despertó: orígenes de un plan maestro

 

“[...] 400 millones de dólares vamos a invertir [...] vamos a construir una ciudad industrial, para que genere más empleo, más inversión, para que Buenaventura se convierta en ese eje de la Alianza del Pacífico. Para que Buenaventura que ha sido abandonada no por años, ni décadas sino por siglos; desde que la descubrieron hace 500 años, al terminar la guerra salga del abandono”3.

 

¿Dónde quedó la ciudadela industrial? ¿Dónde quedaron los miles de empleos nuevos? Como a niños inocentes, Santos convenció a miles de bonaverenses para así ganar las elecciones de 2014, esto con la promesa de la paz para el país y la inversión de 400 millones de dólares para construir una supuesta ciudadela industrial en el puerto, que generaría empleos estables. Santos se quedó en el Palacio de Nariño, la terminación del conflicto empezó a negociarse pero nada avizoraba –ni entonces ni ahora– el nuevo mega-proyecto que cambiaría la suerte de Buenaventura.

 

Por esta promesa, y por otras más sin cumplir, algunos líderes sociales iniciaron la que sería una agenda continua de reuniones clandestinas que, poco a poco, consolidaron un plan de acción que delimitaría el protocolo de lo que a futuro sería el paro del 16 de mayo. Desde las casas se conformó el Comité del Paro Cívico de Buenaventura, el mismo que se encargaría de proyectar el número de organizaciones vinculadas, de los tiempos y del presupuesto que la movilización demandaría.

 

La lucha era contra el tiempo, pues a medida que pasaba, los ánimos decaían y los esfuerzos parecían en vano. Tres años de discusiones, análisis y estudios de su capacidad de acción dieron paso a un monumental levantamiento colectivo de todos los sectores que integran el puerto.

 

Cara a cara con el Gobierno

 

Al final el Gobierno tuvo que ceder. Aquellos que ‘sólo iban aguantar 3 días’ hicieron sentar a tres ministerios (ambiente, educación e interior) en las mesas de trabajo propuestas por el Comité para negociar uno por uno los puntos de cada pliego. Como la declaración de la emergencia social, económica y ecológica del puerto fue rechazada por el Gobierno, surgió la propuesta de la creación de una Ley Fondo Autónomo Exclusivo para Buenaventura. (Ver Recuadro 3)

 

Este fue el eje principal de todas las mesas negociantes. Las organizaciones representantes optaron por el Fondo Autónomo porque consideraron que pueden hacer una veeduría efectiva del manejo de los recursos pactados. La elaboración de las mesas facilita la supervisión de la inversión de los dineros. Logrado esto, el Comité acordó la suspensión del paro por un mes; tiempo en el que el Gobierno tendrá que legislar vía Fast Track la implementación de lo acordado.

 

1 https://www.desdeabajo.info/colombia/31535-buenaventura-se-respeta-o-si-no-la-hacemos-respetar-carajo.html
2 Canción Fucking Esmad del artista local Junior Jein: https://www.youtube.com/watch?v=-PiSHiKxG88
3 Discurso de Juan Manuel Santos, campaña electoral 2014

 


 

Recuadro 1*

 

“No todos los puntos significan plata sinonormatividad y legislaciones”

 

Declaración de emergencia económica, social y ecológica de Buenaventura.
Por salud de calidad, con hospital de segundo y tercer nivel.
Por la educación pertinente y de calidad.
Por el agua y saneamiento básico.
Por nuestro territorio, porque esta tierra es nuestra.
Por el ambiente sano y la salvación de nuestras riquezas naturales.
Por empleo digno y vida decente de nuestros trabajadores
Por justicia y atención a las víctimas de la violencia
Por recreación y espacio para esparcimiento, deporte y cultura.

* https://www.desdeabajo.info/colombia/31593-aqui-no-se-rinde-nadie.html

 


 

Recuadro

 

Junio 3: Tocando puerto

 

Del calor de la ciudad se habla bastante, pocos pensarían que el de sus gentes es más envolvente. Dijeron caos, dijeron violencia; pero había fiesta y jolgorio. Comparsas, silbatos, trompetas y tambores de una comunidad celebrando la vida y la insurrección, justa y necesaria.

 

Transcurría un día normal de protesta encabezada por las lideresas vinculadas al Paro Cívico. Buenaventura abría sus puertas:

 

-Por donde se mire hay un poco de lo que cualquier economista llamaría subdesarrollo: calles resquebrajadas, casas improvisadas, a medio construir, drenajes sin canalizar y otras cosas más. Pero más que pobreza aquí se percibe voluntad y anhelo de cambio. Después de haber padecido décadas de exclusión e indiferencia oficial, Buenaventura dijo “no más” y apostó todo por la lucha honrada, por la protesta pacífica para exigir lo que por derecho la oligarquía colombiana le ha negado.

 

Décadas de exclusión que fueron suficientes para colmar la paciencia de la ciudadanía que ni siquiera goza, a plenitud, de los derechos básicos (energía eléctrica, acueducto, alcantarillado, gas domiciliario, salud, recreación, deporte, atención oportuna en un hospital de 3 y 4 nivel), y solo recibe promesas de que tendrán oportunidad de empleo, así como los soñados derechos hasta sólo conocidos en la parte financiera de la ciudad, así como en televisión.

 

Un mar de contrastes. Una tierra donde puede sentirse el calor sofocante y húmedo del trópico, la brisa tibia del Pacífico y la frescura de las cientos de fuentes hídricas que bañan al municipio, así es Buenaventura. Su gente sólo tiene acceso a su propia agua dos horas al día, mientras que en el puerto y en los establecimientos comerciales y financieros en el bulevar, el líquido fluye 24/7. En las casas, hay que recoger el agua y atesorarla, pues es bastante cara. En las principales ciudades del país, lo común es una ducha, en Buenaventura para bañarse es esencial la totuma. ¿Por qué? En San Cipriano, famoso sitio turístico, hay tres acueductos diferentes para cada grupo de usuarios: el que va a las comunas, el que surte al puerto y el que nutre al centro de la ciudad.

 

Es “curioso” que el grueso de la población ocupada recurra a empleos informales en el comercio y en el transporte, y que la única opción de empleo considerable que ofrezcan los muelles sea para coteros tercerizados que no cuentan, muchas veces, con seguridad social alguna. Es “curioso” que el Dane insista en que la tasa de desempleo en Buenaventura asciende al 18 por ciento, cuando los mismos porteños saben que la desocupación alcanza, por lo menos, al 40 por ciento del total de personas prestas a trabajar.

 

Insólito, pero muy comentado por sus habitantes, es el hecho de que casi la totalidad de los locales comerciales del centro de la ciudad son de propietarios blancos-mestizos, locales que otrora pertenecieran a afrocolombianos. Asimismo, es frecuente escuchar que los cargos públicos rara vez son ocupados por personas afro y que, por lo general, los cargos administrativos en el sector privado son asignados a personas blancas-mestizas. Resulta difícil, entonces, no suponer un marcado racismo en las relaciones sociales cotidianas.

 

La falta de empleo explica, en gran medida, que el 64 por ciento de la población urbana viva en condiciones de pobreza, que el 91 por ciento de los habitantes rurales sean considerados pobres y que el 9 por ciento viva en la miseria. Pero esas cifras sólo resaltan las carencias, más no las ambiciones de estas personas acostumbradas a conseguir en el mar todo lo que necesitan. Bien reza el dicho “rico es aquel que menos necesita”; Buenaventura exige justicia, exige respeto. Necesita un trato al menos igual al brindado a los demás centros económicos del país, nada más.

 

Exigen una oportunidad para la vida. Así debe ser, también, para evitar que el precio del abandono lo sigan pagando los jóvenes, quienes al concluir su bachillerato encuentran pocas opciones de futuro: Estudiar en el Sena, enrolarse en el Ejército, ser un trabajador informal o formar parte de las bandas criminales y del narcotráfico. Quienes optan por una formación técnica y tecnológica encuentran con amargura que 20 de cada 100 jóvenes logran concluir sus estudios y conseguir un trabajo bien remunerado, de ellos, menos de la mitad acceden a carreras universitarias y obtienen un título profesional.

 

Buenaventura disimula bien las tensiones políticas, económicas y culturales que la inundan, producto de años de enfrentamientos entre la guerrilla, el Estado y el paramilitarismo, en abierta disputa por la posición geoestratégica que representa y la riqueza mineral que aguarda debajo de su tierra. Por eso, al recorrer las calles de esta tórrida ciudad, se encuentran infinidad de personas de múltiples orígenes del litoral pacífico que, huyendo de la violencia, llegaron al puerto buscando mejor fortuna. Aquí, cerca del 50 por ciento de los habitantes han sido víctimas del conflicto.

 


 

Recuadro 2

 

En Buenaventura habitan –según proyecciones del Dane– poco más de 407 mil habitantes, sin embargo, instituciones como el Sisbén aseguran que en la ciudad hay más de 500 mil. Así las cosas, al menos 230 mil personas están en capacidad de trabajar. De ellas, por lo menos 110 mil ejercen este derecho de manera informal y unas 80 mil trabajan como obreros o empleados particulares; unos 40 mil no cuentan con ningún tipo de trabajo.

 

De los cerca de 500 mil habitantes, el 88,5 por ciento es afrocolombiana, el 10 por ciento es blanca-mestiza y menos del 1 por ciento es indígena. El 94 por ciento de la población vive en la cabecera urbana, el resto en el área rural continental e insular. Aunque más del 90 por ciento de los habitantes cuentan con energía eléctrica, ningún hogar tiene acceso a gas natural, apenas el 60 por ciento de las viviendas tienen sistema de alcantarillado y tan solo el 85 por ciento cuentan con acueducto, eso sí en malas condiciones y apenas dos horas al día.

 

Sin embargo, lo último que quieren en Buenaventura es que el resto del país y del mundo los mire con compasión, pues no se sienten pobres, todo lo contrario, son conscientes de las capacidades de su gente.

Información adicional

  • Antetítulo: VEINTIDÓS DÍAS DE TESÓN Y SABROSURA
  • Autor: Equipo Desde abajo
  • Edición: 236
  • Sección: Resistencia
  • Fecha: Junio 20-Julio 20
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