Martes, 25 Julio 2017 16:22

SERIE Crímenes sublimes. Capítulo 14

Escrito por ● Texto de Rafael Gutiérrez, ilustraciones de José Miguel
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Las gotas de lluvia golpean el parabrisas y se deslizan hacia abajo creando una constelación de pequeños círculos que descienden simétricamente y van a morir contra la parte delantera del auto. En las ventanas las gotas forman líneas paralelas de diversa extensión. De repente una gota se detiene en la mitad de la ventana, se demora algunos segundos suspendida contra el vidrio y luego se precipita como si hubiera decidido, por fin, dar el último gran salto de su vida. Adentro tan sólo se escucha el sonido de la lluvia y el ruido fugaz de los autos que pasan esporádicamente por la calle. Marlowe revisa los papeles de Zubiría, mientras observa el movimiento frente al restaurante Sibaris en la esquina de la calle 86 con carrera 11. De repente la lluvia se hace más intensa cubriendo totalmente el parabrisas del auto con una densa capa de agua que oculta a intervalos regulares la visión de los árboles del parque al frente que aparecen y desaparecen como fantasmas en medio a un paisaje borroso.

 

En la primera página del cuaderno de anotaciones de Zubiría, Marlowe encuentra la siguiente nota, escrita con una caligrafía irregular pero legible: “Dice Lactancio: ¿Qué es tan horrible, tan espantoso e indignante cuanto el asesinato de una criatura humana? Es por eso que nuestra vida está protegida por leyes rigurosísimas; es por eso que las guerras son execradas. Aún así, la tradición romana descubrió una manera de autorizar el homicidio sin guerra y a pesar de las leyes: y el deleite reivindica para sí lo que es crimen... Ahora, si tan solo presenciar un asesinato estampa en un hombre el carácter de cómplice; si ser apenas espectador nos hace participar de la culpa del que lo perpetra, se sigue, necesariamente, que, en los asesinatos en el anfiteatro, la mano que inflige el golpe fatal no se sumerge más profundamente en la sangre que la de aquel que se limita a asistir, pasivamente; ni puede estar limpio de sangre aquel que favoreció su derramamiento; ni puede ser otra cosa que un participante en el asesinato el hombre que aplaude al asesino y pide que sea premiado...”.

 

Marlowe termina de leer y levanta la mirada. La lluvia ha comenzado a disminuir mientras el flujo de autos aumenta frente a la entrada del restaurante. El hombre que custodia la puerta observa fijamente a Marlowe desde que se baja del auto y se acerca desde el otro lado de la calle. Marlowe percibe que dice algo por un pequeño micrófono sujeto al lado izquierdo de su boca. “Bienvenido” dice el hombre abriéndole la puerta directamente cuando Marlowe se aproxima.

 

El lugar no es tan grande como podría imaginarse desde afuera. Un salón que se asemeja a la sala de una casa iluminado por varias lámparas de cristal que cuelgan desde el techo sujetas por unas corrientes doradas. En uno de los costados de la sala una chimenea encendida le da al ambiente una sensación agradable y familiar. Al frente un inmenso estante de madera reúne diversos objetos antiguos: cámaras fotográficas, utensilios de cocina, pequeñas estatuas en cerámica oscura. De cada una de las mesas se levanta una sinfonía de voces que se despliega en el aire hasta chocarse con las voces que salen de alguna mesa vecina. En conjunto no es posible entender ninguna de las conversaciones aunque quien presta atención con cuidado puede identificar fragmentos de frases, palabras sueltas, algunos idiomas conocidos y otros extraños.

 

Una mujer joven, con un vestido negro ceñido al cuerpo y una pequeña placa dorada en el pecho se acerca a Marlowe. “Buenas noches señor. ¿Tiene reservación para esta noche?”. “No, en realidad no estoy aquí para cenar. Quisiera hablar con el encargado”, dice Marlowe mientras le muestra su placa. La mujer no parece sorprendida. “Me acompaña por aquí, por favor”, dice mientras le señala un corredor hacia la derecha que llega hasta una escalera de madera. La mujer sube delante de Marlowe moviendo rítmicamente las caderas al tiempo que los tacones hacen un ruido seco contra las tablas de madera que brillan como si acabaran de ser enceradas. Toca dos veces en el vidrio esmerilado que tiene la palabra Gerencia escrita con letras negras en relieve. “Siga”, dice una voz gruesa del otro lado. “El señor...”. “Marlowe”, dice Marlowe. “El señor Marlowe desea hablar con el encargado”. “Siga por favor, tome asiento” dice el hombre, y le señala una silla frente a su escritorio. “¿Un café, alguna bebida?”, dice la mujer. “No gracias, no bebo cuando estoy de servicio”. “Con permiso” dice la mujer saliendo de la sala.

 

“¿En qué puedo ayudarle señor Marlowe?”. El hombre atrás del escritorio debe tener la misma altura de Marlowe o inclusive ser un poco más alto. Tiene el pelo corto ensortijado y ojos negros. Es de complexión gruesa. Las manos peludas sobre el escritorio parecen las patas de algún animal peligroso. “Investigo la muerte del profesor Zubiría, imagino que debe estar enterado por las noticias”. “Si, es una pena lo que ha sucedido”. “¿Zubiría frecuentaba el restaurante?”. “Venía de vez en cuando con su esposa”, dice el hombre. “¿Solamente con su esposa?”. “Bueno, eso no lo sé, es posible que también viniera con otros amigos y colegas. No llevamos esa clase de registro, si usted me entiende”. “¿Notó algún comportamiento sospechoso durante esas visitas?”. El hombre mira a Marlowe un momento. Parece estudiarlo como si fuera un jugador de póker antes de hacer una apuesta arriesgada. “¿A qué se refiere con sospechoso?”. Marlowe sabe que el hombre nunca diría nada, es el típico espécimen de perro fiel a sus amos, agresivo y obediente. “Vayamos directo al asunto. El profesor se reunía aquí con un grupo de amigos, llamémoslo cofradía, sociedad, secta, como usted quiera. Necesito saber quienes eran los demás miembros de ese grupo”. El hombre mira a Marlowe y tan sólo esboza una sonrisa. “Puedo pedir una orden de registro y estoy seguro que no será nada agradable para su clientela”, dice Marlowe. “Es su trabajo detective, pero le sugeriría que no perdiera su tiempo”. En ese momento suena el teléfono sobre el escritorio del gerente. Este lo levanta y se lo pasa a Marlowe directamente. Marlowe toma el teléfono y sin saber lo que está pasando lo coloca junto a su oído. “¡Marlowe, qué diablos está haciendo ahí!”, es la voz del Capitán Ramírez. “Salga inmediatamente de ese lugar y se reporta a mi oficina mañana a primera hora”. Marlowe no dice nada. Escucha el golpe del teléfono al otro lado de la línea. “Bien”, dice Marlowe mientras le pasa el teléfono al gerente, “imagino que ha tenido que besar muchos culos para llegar donde está, ¿no es cierto?”. “No menos de los que usted debe haber besado para no llegar a ningún lado”. Los dos hombres se encaran por algunos segundos. “Nos veremos de nuevo”, dice Marlowe y se levanta de la silla. “Aquí estaré, detective”, dice el hombre sin moverse.

Información adicional

  • Autor: ● Texto de Rafael Gutiérrez, ilustraciones de José Miguel
  • Edición: 237
  • Fecha: Julio 20 - Agosto 20 de 2017
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