Martes, 25 Julio 2017 17:29

Las jornadas de julio

Escrito por Héctor-León Moncayo S.
Valora este artículo
(0 votos)

Al promediar el año, la situación en Rusia era no sólo políticamente inestable sino socialmente calamitosa. Cuatro meses habían pasado desde el derrocamiento de los Romanov, pero de la revolución, pocos eran los frutos que se veían. ¿Es válido levantarse en contra de un gobierno surgido de una revolución? ¿De un gobierno social y democrático que dice representar los intereses del pueblo? ¿No es colocarse del lado de la contrarrevolución? Tales eran las preguntas que se hacían los revolucionarios de todas las tendencias políticas. Pero las masas de obreros y soldados de Petrogrado, la capital1, no se detenían ante semejantes reflexiones; querían respuestas inmediatas a sus exigencias; habían interiorizado la consigna “todo el poder a los soviets”. Los bolcheviques, estando de acuerdo con la consigna, agregaban, sin embargo, otra pregunta: ¿Es éste, el momento?

 

Crisis, hambre, decepción

 

Las colas para comprar el pan se multiplicaban y crecían interminablemente en las principales ciudades. También hacían falta carne, azúcar y otros productos de primera necesidad. El desabastecimiento era una realidad catastrófica. Los precios subían, al tiempo que la moneda se devaluaba vertiginosamente. Los aumentos de salarios rápidamente se revelaban inútiles. El paro forzoso se presentaba en uno y otro sector; el desempleo crecía, al tiempo que se cerraban las pequeñas y medianas empresas y millares de negocios. Varios factores incidían de manera inmediata. En el campo, la guerra había fracturado ciertamente la dinámica de la producción pero aunque se contara con reservas, por ejemplo de trigo, la inestabilidad de los precios, fijados además en moneda depreciada, no daba garantía alguna a los campesinos. Como si fuera poco, la desorganización y parálisis de la red de transporte impedían un flujo adecuado de productos. La población trabajadora, que apoyaba el nuevo rumbo que había tomado el país, resistía, aguantaba; pero, como todos sabemos, la paciencia tiene un límite.

 

El colapso económico no era un resultado de la revolución; había comenzado con la guerra, al igual que en todos los países involucrados. Sin embargo, en la mayoría de estos países, se había enfrentado –y paliados sus efectos– mediante una decidida intervención reguladora del Estado. Desde luego, con el apoyo de las clases dominantes. Esta intervención era justamente lo que el Gobierno era incapaz de hacer en Rusia, pese a que persistía en el esfuerzo bélico. Ni siquiera a partir de mayo cuando se incorporaron, para formar un gobierno de coalición, los socialistas conciliadores. Estos partidos, por cierto, dominaban también el Comité Ejecutivo de los Soviets en donde incluso se llegó a elaborar un programa de intervención económica el cual ni siquiera fue considerado en el Gobierno. Es claro que aquí las clases dominantes, particularmente la burguesía, no tenían interés en política económica alguna; por el contrario, aprovechaban la espantosa crisis económica para responsabilizar a todos los partidos socialistas (comenzando por sus “aliados”) de la falta de “orden”. Es más, se habían convertido en un factor determinante de la crisis: buena parte de la parálisis o cierre de empresas era decisión suya. Un descarado sabotaje. Según se conoció, hubo un momento, al principio, en que, en su organización gremial, ventilaron la posibilidad de un Lock-out (como en 1905) pero lo descartaron por sus implicaciones en relación con los compromisos internacionales de la guerra; acordaron entonces un “lock-out paulatino” que pareciera un resultado espontáneo de la crisis económica. Simultáneamente el sector financiero advierte sobre la inseguridad de las inversiones y el riesgo de la fuga de capitales; en la práctica un lock-out bancario. Téngase en cuenta, adicionalmente, el significativo peso de las empresas extranjeras, que equivalía a una permanente intervención foránea.

 

Los trabajadores poco a poco fueron entendiendo, especialmente por la inutilidad de las huelgas parciales y reivindicativas, que el problema residía en el Gobierno. Eran muchas las promesas que se habían incumplido. Lo mismo entendían los soldados aunque en este caso en relación con la guerra. Y, con otras características y ritmos, los campesinos que persistían en su exigencia de tierra. Ahora bien, así como éstos habían decidido tomarla directamente y repartirla, así mismo, entre los trabajadores comienza a despuntar la idea de hacerse a las fábricas para garantizar el control directo de la producción, única alternativa eficaz2. Esta rápida evolución ideológica y política conlleva un cambio paralelo en las simpatías y opciones partidistas: poco a poco pierden peso los social revolucionarios y los mencheviques y lo ganan las diversas tendencias anarquistas y los bolcheviques.

 

Un estallido social imparable

 

Toda la energía acumulada comienza a buscar una salida. Agotadas las luchas y expresiones individuales, se hace imperiosa una amplia acción colectiva. Ya en junio, durante el gran Congreso de los Soviets, los soldados y los obreros de Petrogrado habían intentado una movilización que después fue cancelada. El Comité ejecutivo de los Soviets, temiendo sus alcances, la había considerado inconveniente. Pero no fue su solicitud sino la decisión de los bolcheviques la que hizo efectiva la suspensión; días después, el 18 de junio, el propio Comité aceptó la propuesta y la manifestación se desarrolló pacíficamente. La verdad es que el movimiento social estaba en contra del gobierno pero, por supuesto, no en contra de los soviets. Todavía tenían que pasar algunos meses para que se entendiera el problema de la dirección conciliadora que aún tenían éstos. En todo caso, había quedado planteada, con toda nitidez, la contradicción política fundamental. Ante el innegable descontento, los partidos conciliadores no habían hallado alternativa distinta al viejo argumento de los “agitadores” que, infiltrados en las masas, “instigan al desorden”, en este caso los bolcheviques, o para utilizar la denominación que desde entonces se hizo popular, los “anarcobolcheviques”3. No obstante, independientemente de las decisiones de los Partidos, desde la base la presión continuaba.

 

Al llegar el mes de julio la situación se hizo insostenible. Los soldados y los marinos son los más activos. Se hablaba insistentemente de acciones que tendrían lugar de un momento a otro. El 2 de julio el regimiento de ametralladoras anuncia su disposición de lanzarse a la calle. Sin que nadie lo ordene empiezan a tejerse relaciones con los obreros de las fábricas. El 3 de julio, desde Viborg y Kronstadt, centenares de miles de obreros, soldados y marinos avanzan hacia Petrogrado y allí, entre todos, se toman la Avenida Nevski. La manifestación tiene como columna vertebral siete regimientos que marchan armados. El objetivo final es llegar frente al Palacio de Táurida lo cual consiguen en las horas de la noche. Allí, un grupo de delegados formula, ante el Comité Ejecutivo, sus principales exigencias: renuncia de los diez ministros burgueses; entrega del poder al Soviet; suspensión de la ofensiva militar; confiscación de las imprentas de los periódicos burgueses; nacionalización de la tierra; control obrero de la producción. Como se ve, el sentido de la acción es apenas presionar al Comité Ejecutivo. Pero es inútil, éste lo que hace es volver sobre el argumento de la existencia de un complot; acusa a la minoría bolchevique de impulsar acciones contrarrevolucionarias o cuando menos irresponsables. Pide un plazo para tomar las decisiones y entre tanto llama “tropas leales”.

 

No obstante, la posición de los bolcheviques era muy distinta de la que se le atribuía; estaban convencidos de que no era el momento adecuado. Lenin había escrito: “Nos hacemos cargo de la amargura, de la excitación de los obreros de Petrogrado. Pero les decimos: compañeros, en estos momentos la acción sería nociva.”4 Varias eran las razones. La primera tenía que ver con el retraso o la lentitud en el desarrollo del movimiento en otras ciudades y en la provincia rural. Era un factor de debilidad, pues una cosa es tomar el poder y otra sostenerlo. La segunda, con el hecho de que los partidos llamados conciliadores tenían la mayoría en la dirección de los Soviets. En la práctica, como se demostró, era imposible que asumieran el poder. Pero la movilización era un hecho, los propios activistas bolcheviques de base no podían menos que participar, y a esa altura la situación de la dirección del partido no era muy cómoda. De un llamado a contenerla, pasa, en la noche del 3 de julio, a ponerse al frente y así lo hizo, al día siguiente, en su momento culminante.

 

La multitud, que se ha engrosado aún más, se agita en las calles sin saber exactamente qué hacer. Todos están a la espera. Mientras tanto, los dirigentes del Comité Ejecutivo llaman una y otra vez al Frente de Guerra, en donde se encuentra Kerensky, a suplicar que les envíen tropas. La verdad es que cuentan con sólo unas pocas unidades militares. Es por ello que se registra una paradoja: quienes operan a través de pequeñas emboscadas y francotiradores son los grupos oficiales –acompañados de provocadores– pues el grueso de las fuerzas armadas se encuentra en el levantamiento. Se registran varios episodios sangrientos. Frente al Palacio de Táurida la incertidumbre se mantiene. Una anécdota, relatada en sus memorias por Miliukov, lo ilustra claramente: Ha salido al balcón el máximo dirigente de los socialistas revolucionarios, V. Tchernov, en su condición de Ministro; de pronto se destaca de la multitud un joven y corpulento obrero y lo increpa: “Toma el poder, hijo de perra...que te lo están ofreciendo.”5

 

La represión se apoya en la calumnia

 

Cuando las tropas, calificadas de leales a la revolución, llegan a Petrogrado ya el levantamiento se ha extinguido. Desde la madrugada del 5 de julio, los obreros han retornado a sus barriadas. Los soldados regresan poco a poco a sus guarniciones. En vista de la imposibilidad de alcanzar un objetivo que era ilusorio, comprenden la inutilidad de seguir adelante, incluso antes de percibir la magnitud catastrófica de lo que hubiera sido un choque sangriento. No obstante, la represión no se hizo esperar. Agentes secretos y de contraespionaje recorren la ciudad, deteniendo “sospechosos”. El blanco principal son los anarquistas y los bolcheviques cuyas sedes son atacadas y desalojadas. Las instalaciones del periódico Pravda son allanadas y confiscados sus bienes. El pretexto, obviamente, fue el argumento esgrimido desde el principio, del complot contrarrevolucionario. Pero un ingrediente nuevo vino en ayuda del gobierno y de la dirección del Comité Ejecutivo.

 

En efecto, si bien otra de las razones que tenían los bolcheviques para esperar era la confianza en que la inminente derrota en el frente de guerra desprestigiaría definitivamente al gobierno, las cosas sucedieron de otra manera: no sólo se responsabilizó del fracaso a los bolcheviques “derrotistas” sino que el 6 de julio, de manera conveniente, aparece, publicada en un periódico amarillista, la “prueba” de que Lenin era un agente pagado por el Estado Mayor alemán. Todos los periódicos la reprodujeron después. Es posible que ni siquiera los Kadetes se creyeran el infundio, pero como arma política era excelente. Por ello, las direcciones de los partidos socialista revolucionario y menchevique asumieron una posición ambigua. Entre los trabajadores, los soldados y más adelante los campesinos, cundió la desconfianza y hasta la rabia. La calumnia explicaba entonces los “verdaderos intereses” del complot. Se dictaron órdenes de arresto contra los dirigentes bolcheviques. Lenin y Zinóviev, con una visión pesimista de la situación, optaron por el camino del exilio; contaban con que iba a ser preciso que el partido pasase a la clandestinidad. Kámenev y Trotski decidieron permanecer. Los debates en el soviet y en diferentes asambleas mostraron la miseria política a la que habían llegado los antiguos camaradas, con escasas excepciones. En la noche del 23 de julio Trotski es detenido y puesto en prisión, igual que en 1905.

 

A diferencia de lo sucedido en junio, el resultado de la movilización fue ahora la apertura de un periodo de contrarrevolución. No obstante, dejaba importantes lecciones no sólo para los revolucionarios sino para las amplias masas de trabajadores y soldados. Lenin había advertido sobre la inconveniencia de emprender una acción sin tener la capacidad de llevarla hasta el final. En este caso, como lo señalaría después: “no ha sido una manifestación ordinaria, sino algo más importante que una manifestación, pero menos que una revolución”6. El problema era la equivocación en el objetivo. Como también lo comentaba Lenin, en el fondo, todos, incluido el partido bolchevique, “creíamos que eran aún posibles las transformaciones pacíficas, mediante la modificación de los Soviets”7. Esta era la principal lección: los conciliadores, ya sea en el Gobierno –desde entonces sin ministros liberales– ya sea en la dirección de los Soviets, preferían llamar en su auxilio las fuerzas militares para dirigirlas, en nombre de la revolución, en contra del pueblo, ese sí revolucionario.

 

1 Generalmente nos referimos a la capital, obviamente por su importancia económica, política y militar. Importancia que se refleja también en la dinámica de la revolución. En realidad sería más exacto referirnos, en el golfo de Finlandia, al triángulo conformado por Petrogrado, Viborg y Kronstadt.
2 Este tema del control de la producción encierra una de las más importantes discusiones programáticas de la revolución. Para los mencheviques, como se trataba de una revolución democrático-burguesa, los objetivos debían limitarse a los derechos laborales, a la jornada de ocho horas y a justos niveles salariales. Pero, en un plano anticapitalista, la contradicción más significativa se presentaba entre los anarquistas y los bolcheviques. Para los primeros, el control obrero se expresaría en una red de unidades productivas autogestionadas, mientras que, para los bolcheviques, significaba una propiedad estatal donde las decisiones dependerían de un organismo administrativo central de planificación.
3 La denominación, inventada por los conciliadores con propósitos peyorativos, no deja de ser significativa. En realidad, entre los trabajadores y soldados de base, particularmente en el triángulo mencionado, predominaban ya las ideas políticas anarquistas y bolcheviques. Entre los activistas de una y otra corriente había una fluida comunicación. No obstante –y esto es fundamental en el desarrollo del proceso revolucionario– a pesar de la notable contribución de los anarquistas, reconocida incluso por Trotsky, sólo los bolcheviques tienen una sólida estructura organizativa con pretensiones de dirección política. Muchos anarquistas, en el curso del proceso, terminaron afiliándose al partido. Ver A. Gorelik “El anarquismo en la revolución rusa” (1922) en la compilación de Mintz, Buenos Aires, 2007
4 Citado en: Trotski, L. “Historia de la revolución rusa”. Tomo II, p. 9. Ed. Sarpe, Madrid, 1985
5 Citado en: Trotski, L. Ibídem. p. 31
6 Citado en: Trotski, L. Ibídem. p. 48
7 Citado en: Trotski, L. Ibídem. p. 51

Información adicional

  • Autor: Héctor-León Moncayo S.
  • Edición: Nº237
  • Sección: A 100 años de la revolución de octubre
  • Fecha: Julio 20 - Agosto 20 de 2017
Visto 156 veces

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el Código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.