Martes, 26 Septiembre 2017 15:52

Urge una opción para el cambio

Escrito por Equipo Desdeabajo
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Los reportes son contundentes: 550 mil personas se volcaron sobre la Avenida 26 en Bogotá para ver y saludar al Papa a su paso rumbo a la sede de la cancillería vaticana, ubicada en el barrio Teusaquillo; más de 20 mil jóvenes se inscribieron para escuchar sus palabras en la Plaza de Bolívar; un millón de mujeres y hombres, jóvenes, adultos y niños acudieron al parque Simón Bolívar de la capital colombiana y sus alrededores, para verlo y escuchar la celebración de la homilía por él presidida.

 

En Villavicencio, la concurrencia rompió todas las expectativas: 700 mil personas acudieron a un área abierta conocida como Catama para escuchar sus palabras y tratar de verlo.

 

La confluencia callejera en Medellín también fue masiva, tanto en su recorrido por la avenida La Playa hacia La Macarena, donde se reunió con más de 10 mil religiosos, como al final de la tarde, cuando cerca de un millón de personas se congregaron a su alrededor en el aeroparque Juan Pablo Segundo.

 

En Cartagena, última escala de los cinco días de su visita a Colombia, miles de miles también trataron de acercarse a él, así como de estar en los espacios donde hizo presencia para escuchar sus palabras.

 

En todos estos sitios y territorios, la semblanza de los rostros de la multitudinaria concurrencia transmitía alegría; adicionalmente, las respuestas de quienes eran entrevistados expresaban satisfacción por haberlo visto. No es dios o, como se decía, el enviado de Dios en la Tierra, pero la manera como esta enorme cantidad de personas lo ven, consideran y valoran ya raya con lo divino.

 

¿Sorprendente? No y sí. No, porque apenas es normal que así reaccione una sociedad que por siglos ha estado bajo los designios (y la imposición) del poder de una de las tres religiones más poderosas del mundo, cuyos dogmas, valores y simbolismos lo llenan todo: desde el primer hogar, pasando por la escuela hasta determinar usos y consumos, temores y referentes de vida, incluida la organización y la distribución espacial urbana, e incluso semirrural, donde resalta su arquitectura siempre presente e imponente. La historia de Colombia ha estado signada en buena parte por la presencia del catolicismo.

 

Pero sí sorprende porque, a pesar de su poder ejercido desde la conquista española, esa misma iglesia ahora no conserva el monopolio de almas antes ostentado, poder omnímodo que se ha perdido con la apertura de cultos ordenada por la Constitución de 1991, y por la separación Estado-Iglesia, también oficializada en igual texto, así como por la creciente laicización de la sociedad.

 

Y sorprende igualmente porque el afán ciudadano por acercarse al octogenario jerarca católico, y la conmoción que se registra, reflejan confianza y credibilidad desde todo punto de vista, algo inusual en nuestro país, marcado por desconfianzas y prevenciones de todo tipo, incluso frente a la jerarquía católica. Se trata de una confianza que, a decir verdad, raya con la ingenuidad y la espontaneidad.

 

Preguntada una mujer mayor por si había logrado su propósito de ver al Papa, la convicción y la confianza brillaba en sus ojos y en la satisfacción marcada en sus labios en el momento de confirmarlo. Otras, más jóvenes, respondían que hubieran deseado abrazarlo, tocarlo, ¿para comprobar si es humano, o no?

 

Respuestas, tanto las resumidas en la movilización de millones para verlo y escucharlo, como de no pocas personas por intentar acercársele y palparlo, que denotan, por un lado, la fuerza y la potencialidad que aún conserva la iglesia católica entre nosotros, y, por otro, el afán de creer en algo más allá de lo inmediato, que les otorgue sentido de ser a esos millones de seres humanos, muchos de quienes cada día se levantan con la simple misión de sobrevivir, en el rebusque del pan diario a que obliga la injusticia imperante en esta parte del subcontinente americano, prácticamente desde cuando se logró la primera independencia. Todo parece indicar que la sociedad colombiana, engañada por años, desconfiada como resultado obvio de tanta desigualdad, necesita creer en algo.

 

Liderazgo quebrado en todo el territorio nacional, donde ninguno de los colores y tendencias políticas logra concitar el fervor popular, perdido en la masividad con que se llenaron en este septiembre las calles de cuatro ciudades colombianas y los recintos escogidos para la celebración de las eucaristías, desde la época y los episodios que inmortalizaron a Jorge Eliécer Gaitán. En proporciones bastante menores, un fervor semejante sólo lo alcanzan algunos deportistas.

 

Desde entonces, tal vez por cortos intervalos de tiempo y en hechos muy concretos, millones han expresado una naciente esperanza política o una protesta aglutinadora. Ahora, cuando mucho, hay expectativas ante la posibilidad de que algo llegue, pero nada más. La sociedad colombiana fue literalmente atomizada.

 

La confianza, el fervor, la disposición a pasar un día entero en espera de ver a alguien que le sintoniza con el poder divino y, por tanto –y no es una exageración–, llegado el caso (el extremo), a la disposición misma a brindar la vida para verla realizada con total satisfacción, eso no se veía en nuestro país, de manera masiva, desde hace décadas.

 

En la concurrencia de millones sobresale, sin duda alguna, late la ausencia de una opción política que brinde motivos de vida y lucha para el presente y el futuro, motivos para renunciar a rutinas y comodidades, para entregarse de cuerpo entero y con energía plena a una causa más allá de la razón de ser, y realizarse como individuo o como familia. Vale recordar que, desde la Antigüedad de los griegos, la política se ocupa(ba) de la vida de la polis.

 

Estas ausencias presentes en la sociedad colombiana de hoy reflejan, asimismo, la quiebra de valores y principios que en otros tiempos les brindaron referentes de largo plazo a segmentos importantes de nuestra sociedad, pero que ahora están perdidos, incluso en el seno de la Iglesia misma, enfrascada con muchos de sus integrantes en infinidad de causas poco místicas o dignas siquiera de relatar, causas que todos conocemos y que desdicen de una institución que debiera que ser totalmente proba. Pese a ello, quien la rige sí concita la confianza de un pueblo hambriento de referentes de vida, de opciones y motivos para alimentar el duro y penoso vivir diario de millones de connacionales, excluidos de los derechos básicos.

 

Digámoslo de manera expresa: Francisco logró catalizar la necesidad de fervor entre los colombianos. En ocasiones, también para eso sirve la religión.

 

De modo que el pueblo ha sido movilizado tras un referente, por parte de alguien que resume una esperanza. Es ésta una movilización digna de resaltar, pues la gente no iba detrás de algo material o inmediato, ni respondía al pago del voto que le cubren los politicastros de siempre, así como el ciudadano sencillo no cumple el mandato de la orden emanada desde un poder territorial amenazante. Nada de eso. Lo que vimos entre la primera y la segunda semana de septiembre es una movilización limpia y con trasfondo espiritual, como toda una búsqueda de sentido e identidad con alguien que resume ese mismo sentido: cómo ser ahora y cómo vincularnos con el más allá. Sí: etimológicamente, la religión consiste en eso: re-ligar, vincular a las personas. Y esa es, manifiestamente, una función política.

 

Ya de regreso el Papa al Vaticano, ¿podrá instrumentalizar tal síntesis el dominante poder político en Colombia? No creemos. La sintonía reseñada no es transferible, y lo que logrará el poder terrenal, aquí y ahora, si acaso, será ahondar pasividades por un tiempo dado, tan prolongado y profundo como el que se tomen las fuerzas alternativas en diseñar, implementar y concretar un proyecto de país y una acción cotidiana que consiga resumir los deseos y los sueños mayoritarios de ese pueblo ansioso de esperanza y referentes en los cuales confiar, para lo cual aquel poder desviado está obligado a pensar y proyectarse hacia el país, dejando de pensarse y proyectarse entre las mismas fuerzas en un eterno soliloquio. Ante sus ojos, la casta política tiene, una vez más, la lección que confirma el adagio: el pueblo es más sabio que sus dirigentes. No hay duda. Aprendiendo de ello, ¿se tendrán la capacidad y la humildad necesarias para concentrar todas las energías en lo que están demandando las mayorías sociales?

 

Se requiere disponer, tras estos propósitos, todo un despliegue político-cultural para la disputa de opinión pública y referentes de vida, que arranca por la propia disputa de lo que significa y es la democracia, la vida-en-común, la realmente existente y la por cimentar, sustentada en valores de vida y dignidad, según los cuales los dirigentes no se sirvan sino que sirvan, no suban sino que bajen, en un escenario en que el ‘yo’ le dé paso al ‘nosotros’, y cada minuto sea motivo y posibilidad para acompañar y brindar lecciones de deber ser.

 

Estamos ante un ejercicio político y cultural que debe darle la vuelta al tradicional sentido de la política como función de Estado y de gobierno, para concentrarse en la garantía de la vida misma, la inmediata y la futura, posibilitando que la acción política sea comprendida y asumida por quien quiera y en el momento que quiera, pues se trata de resolver el aquí y el ahora, pero también el mañana y el más allá, tanto de él como de los suyos, así como también de su comunidad inmediata e incluso del país, si así quiere asumirlo. Todo esto requiere comprensión pero también convicción, sobre todo ésta, que es la que aflora masivamente en los momentos más intensos de las revoluciones; convicción, en conexión con un referente de vida y de país sin el cual es imposible darle forma plenamente a un nuevo referente político y cultural con el cual y desde el cual enamorar a las mayorías. La energía que esto desate se encargará de lo demás.

Información adicional

  • Antetítulo: COLOMBIA
  • Autor: Equipo Desdeabajo
  • Edición: 239
  • Sección: Editorial
  • Fecha: Sept20-Oct20
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