Lunes, 23 Octubre 2017 10:22

Los días perdidos

Escrito por Daniel Ángel
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Su madre Yolanda Mora era antropóloga y su padre Jaime Jaramillo Uribe historiador. Ambos profesores universitarios. Nació en Hamburgo en 1955. Creció en un ambiente académico, rodeado por el arte y los libros. Cuando su madre lo llevaba en el vientre pintó. Ella pintaba todos los días. Y él, por una marca indeleble del destino hizo lo mismo desde que abrió los ojos al mundo. A los quince años recibió clases de Roda. A los dieciocho ya estaba en la escuela de artes de la Universidad Nacional. Se retiró. A los veinte estaba en Londres, luego París. Se enamoró de París como Silva, pero no tuvo la oportunidad –como bien lo hizo el poeta–, de conocer a Mallarmé ni mucho menos a Moreau. También estaba enamorado de un hombre que lo decepcionó y del cine de Rosseti. Sobre todo le gustaba la película Alemania año 0. Era un gran dibujante. Eso lo dijo el otro pintor, Caballero, con quien compartió durante algunos años en París. Leía, leía mucho, sobre todo historia del arte y literatura, cada cosa en su lengua natural. No creo que tuviese muchos amigos, ¿cómo una persona con su genio puede tener muchos amigos?

Primero una exposición pública. Luego una privada. A mí me gustan los cuerpos desnudos de espaldas, son mujeres, los pliegues de los cuerpos tomando vida a través del sendero que marca el lápiz. Quizás son surcos que abre con la punta de su carboncillo inventando la belleza en aquel espacio del mundo donde sólo hay carne y el tiempo que discurre. También me gusta una exposición que se llama The Talking Heads de 1981, como la banda de rock and roll, aunque él afirmó que jamás había escuchado a dicha banda porque no le gustaba el rock, sólo la música clásica. Parece que estaba encantado con Mozart y Vivaldi. Aunque sus grabados en metal, llamadas Piezas en forma de pera los hace en homenaje a Erik Satie. También, tiene en común con la leyenda de Satie que se encierra en su estudio a componer sin piano tras la muerte de su esposa. Los dos sabían que todo se acaba, que todo perece. En 1979 inicia sus series de Caras y Figuras, estas últimas basadas en figuras precolombinas. En el 81, además de su serie Talking heads, inició la serie Oleos negros. En el 85 Suite de las muchachas extravagantes, me encantan las cinturas desnudas y rasgadas por los colores oscuros que utiliza. En el 74 Ángeles y en el 77 el Homenaje a Calder. Sí, un genio, se llamaba Lorenzo Jaramillo y pocos conocen su obra.

Imagino ahora a Lorenzo encerrado en su estudio atiborrado de pinturas y lienzos, adornado con tulipanes y rosas y margaritas, extasiado bajo las Gymnopedies de Satie, abstraído bajo la luz del otoño de París o del color ambarino del invierno de Bogotá, pintando los torsos desnudos de las mujeres, como Renoir diría un amigo, pero un poco más oscuro, más premonitorio, escrutando en cada tramo de piel el arribo de la muerte y el paso de los años. Lo imagino ahora mover su mano con la candencia de la hoja que cae del árbol, arrastrada por el vendaval, demarcando en su vuelo, el vuelo de un ave.
También lo imagino como el ave que se enceguece ante tanta luz y belleza. La reformulación del mito del niño que soñó con volar y lo consiguió, de Ícaro impetuoso, alado, joven, rebelde. Del niño que se abstrajo ante la magnanimidad del infinito y alzó vuelo más allá de donde le estaba permitido y luego de quedar ciego ante la luz del sol, de que sus alas se consumieran bajo el fulgor del fuego, el niño empezara a caer y a caer hasta el océano perpetuo que todo lo devora. Así mismo Lorenzo, arrojado sobre un camastro en una casa antigua de Bogotá, ciego, mascullando sus días que pasaban como la caída de Ícaro.

Y Sixto. Sixto recibió su nombre porque fue el sexto hijo de una familia de inmigrantes mexicanos que se radicaron en Detroit, Michigan, lugar donde nació en 1942, trece años antes que Lorenzo, aunque Sixto sigue vivo –Lorenzo también, pero en otro estado de la materia–. Cuando grabó su primer sencillo titulado I'll slip away en 1967, era un vago que durante el día recorría las calles de su ciudad sin otra cosa por hacer que sentarse en las banquetas de los parques a fumar cigarrillos que recolectaba del suelo, o en las banquetas que circundaban al río a ver pasar sus aguas como si fueran su propia vida. En las noches cantaba en los bares de mala muerte donde recaían todos los perdedores de Detroit que habitaban en las cercanías de los muelles del río, y que como él, tampoco esperaban mucho de sus días.

En 1970 grabó Cold fact y sólo veintisiete años después recogería los frutos de su trabajo. Por la época de los bares y el silencio y la pobreza fracasó como cantante y la discográfica que grabó sus dos álbumes cerró. Se dedicó entonces a la fontanería, a la albañilería, a la construcción y a la jardinería. Debía alimentar a su familia y las canciones que componía en sus noches, apenas si eran arrastradas por el río o simplemente eran devoradas por el viento que aceleraba su marcha en invierno. Trabajaba como un loco, diría su hija, quien lo había visto cargar a sus espaldas un refrigerador de varios kilos.

Lo que no supo Sixto mientras cargaba refrigeradores, podaba jardines refulgentes y arreglaba cañerías, fue que en la Sudáfrica de los años setentas –en pleno auge del tratado del Apartheid–, su música era el ícono de una juventud hastiada del abuso del poder de su gobierno, ilegítimo, eso sí, como toda dictadura y que su álbum Cold Fact vendería entonces medio millón de discos, por lo que en cada fiesta y en cada casa se podía escuchar su música. ¿Cómo Sixto no vivió de su éxito en Sudáfrica? Porque un negro hijodeputa, a quien pagaban los derechos de su música en Estados Unidos, se robó el dinero, esta es la razón.

Este es el mito de Sixto Rodríguez en Sudáfrica. Para todos el gran cantante norteamericano, quien les había dado una voz de esperanza en medio de la catástrofe de la dictadura, ya había muerto. Eran varias las hipótesis. Se decía que se había suicidado, se decía que en medio de un concierto en Estados Unidos se había prendido fuego frente al público, se decía que lo habían asesinado, se decía que se había arrojado sobre el río Detroit para acabar con la pesadumbre. Pero fueron dos hombres quienes lo buscaron hasta encontrarlo y desmentir el mito, Stephen ‘Sugar’ Segerman y Craig Bartholomew-Strydom, historia que Malik Bendjellou llevó al cine documental y que tituló Searching for Sugar man, documental que ganó una veintena de premios y que no sirvieron de nada para que Malik no se quitara la vida el 13 de mayo de 2014.

Imagino ahora a Sixto en un rincón oscuro y macilento de una casa de Detroit sin cocina, avivando un fuego para soportar el frío del invierno, con las manos ateridas sobre los carbones encendidos para desentumecerlos y luego lo imagino tomando su guitarra, brillantes sus ojos por la explosión de una astilla que revolotea sobre su mirada como una mariposa extinguiéndose, luego imagino sus manos rasgar en las cuerdas el velo oscuro de la noche invernal y su tenue voz ondulándose y flirteando por el aire como los copos de nieve que caen y resbalan por su ventana, desde donde observa cómo se sigue destruyendo el mundo.

Y es en este lugar donde se unen las vidas de Sixto y Lorenzo. Los dos intentando recuperar los días que pasaron, cuando tenían fuerzas suficientes para seguir cantándole al mundo las desdichas, para seguir reinventando la realidad a través del color y la oscuridad. Los dos apartados de los grandes escenarios, ambos trastabillando por las aceras de sus ciudades esperando la llegada de la epifanía que por fin los hiciera emerger de aquel río oscuro y putrefacto en el que convirtieron a la industria cultural. Esos días que pasaron dejando una huella en el agua, una estela imperceptible en el viento, las voces de una temporada sin sosiego.

Son los días perdidos, aquellos que transcurren bajo la sombra del tiempo y jamás regresarán. Entonces, ¿qué queda? Quizás ninguno pensó en el éxito o la fama, quizás ninguno al sentarse en su estudio o en el rincón más apartado de sus casas para no despertar a sus familias de madrugada soñó con que su obra fuera valorada y estudiada o sus canciones escuchadas y procuraran esa vida que florece con el arte. Quizás sólo buscaban sacar de muy adentro toda su pesadumbre, todas sus amarguras, todos sus pensamientos y nada más. Tampoco importa, cada uno de ellos sigue existiendo en su forma más abstracta, diluyéndose entre la futilidad del mundo, arrojados a la esquina oscura, uno de un callejón de Detroit y otro en una casa antigua de Bogotá donde al fin pereció.

Y sin embargo, Sixto ni Lorenzo son conocidos o reconocidos aún. Pocas personas han escuchado la música de Sixto, y más pocas se han detenido a ver alguna pintura de Lorenzo. Quizás ninguno de los dos, cuando estaban componiendo sus piezas, pensó que debía emprender el vuelo hacia la posteridad, pero el arte hace parte de la comunicación humana y ésta sólo se completa cuando existe un receptor. He pensado que una canción de Sixto le salvó la vida a alguien, y en este caso fue a miles de personas, y he imaginado que una pintura de Lorenzo socavó el pecho de algún joven que deseaba empezar a pintar y como si fuera una bofetada lo arrastró hasta una buhardilla de la que no salido hasta que acabe su obra.

Ahora escucho Sugar man, quizás la canción más conocida de Sixto y el corazón me da un vuelto y llora. Quizás los días difíciles nunca se acaban, más bien se repiten o llegan en otras formas, con otras caras, con otro tipo de pobrezas. Sixto aún es jardinero en su ciudad y Lorenzo terminó ciego, comiendo pizza, escuchando el retozo de las hojas de los árboles de su jardín mientras echado en su cama, recordaba sus días felices.

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Información adicional

  • Autor: Daniel Ángel
  • Edición: Número 240
  • Fecha: 20 - Octubre - 2017 - 20 - Noviembre - 2017.
Visto 782 veces Modificado por última vez en Lunes, 30 Octubre 2017 14:29

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