Perdida en la depresión: cuerpo triste, sociedad hostil

“No lloro solo por llorar,

diera la vida entera por reír”

Niche, pero también

podría ser Nietzsche.

17 de enero de 2022

Si tan solo alguna de ustedes pudiera entrar en mi cuerpo y alojarse allí, al ladito de mi corazón, para escuchar, más cerquita, lo que significa estar deprimida.

Muy poco sabemos sobre la depresión, aunque muchos intenten definirla. Yo escribo estas letras, con la única seguridad de que me pertenecen a mí, que le ponen color a un universo emocional que es solamente mío, ese que habito; triste, cansada, hastiada. Feliz, esperanzada, solidaria. Quizá leyéndome lo puedan poner en conversación con el suyo, que es solo suyo también, y lo respeto.

Ninguna palabra o frase de este escrito responsabiliza o describe a nadie más que a mí, es como una lectura de tarot: personal, única; y me hago cargo de eso, amorosa y solidariamente con quien me lea.

He pensado mucho sobre cómo comenzar, si describiendo los sucesos que me llevaron a cargar con un alma deprimida en un cuerpo triste, lo cual significa volver a la marejada de hechos, una y otra vez, como solía hacerlo algunas veces al día, algunos, muchos días; o si más bien me conecto con los episodios a los que me ha llevado la depresión, en los cuales siento que estoy muriendo, y quiero morirme, mientras lucho por respirar conscientemente y evitar que la ansiedad me consuma, y se convierta en pánico, y entonces la vaina se ponga dolorosa en el cuerpo físico, porque me debato entre estar y no estar, entregarme a ello y quizá a la atención clínica o psiquiátrica, a la cual le tengo mucho, mucho miedo.

La depresión la siento como un peso constante, una sombra que me observa todo el tiempo, que me vigila. Cada momento, cada sonrisa, cada amanecer lo merodea fastidiosamente. No sé si todo lo que hago y todas las decisiones que tomo pasan por interactuar inconsciente y hasta espiritualmente con ella, pero se siente como un animal dormido que muerde cada vez que quiere. Un hueco profundo en el estómago que se revierte contra ti cuando quieres esconderte.

Todo ello comenzó unos meses después de la primera cuarentena, o sea por allá en el 2020, y se agudizó en un contexto de injusticia, inseguridad social y violencias en lo público y lo privado, que destruyeron la vida como la conocía: la de una casa linda, una relación de pareja, espacios políticos, relaciones con algunas amigas y el trabajo. El activismo y el trabajo mezclado con dichas amigas, con quienes ya no somos amigas, el trabajo como obligación y el peso de vivir.

Me asusta decirlo en voz alta y quizá por eso me atrevo a escribirlo: muchas veces he pensado en el suicidio, y cada vez que la idea me seduce la guardo en una cajita con llave para que nadie la vea, para que no se me juzgue, o para que no me avergüence, porque este mundo te da mil razones para matarte, pero si en realidad lo quieres hacer, o si lo haces, te condena al infierno.

Sí, me quiero morir, morirme con una dosis de muerte tan real que me borre de este lugar como si nunca hubiera existido. Me quiero morir, pero despertar mañana a leer los mensajes de mi mamá, ponerme la ropa que me hace y encontrarme con mis amigas, abrazar a mi hermano, coquetear con alguien, bailar y llevarle a mi cama. Me quiero morir alguna mañana y regresar en la noche a hacer todo esto que me gusta, esta experimentación de la libertad que me ha costado dibujar, trazo a trazo. Autonomía económica ganada con mi fuerza obrera, heredera únicamente de una potencia mental y física para vivir, gracias al trabajo asalariado de mis ancestrxs, y hoy, de mí misma.

No es fácil para una mujer, una mujer mestiza con la marca de la pobreza en el nacimiento, confeccionarse la libertad de ser, decir y hacer. No es fácil trabajar con la carga de hacerlo para sobrevivir, para que otros que dependen de tí, sobrevivan también. Para ganarle un poquito de ocio y descanso al sistema capitalista. Si no trabajo muero, y si trabajo, también, solo que más lento.

Esta vida que me pago, austera pero digna, en un mundo precarizado, me la posibilitó el trabajo precarizado de mi familia. Esta vida que me cuesta económica y emocionalmente, en todos los sentidos, está deprimida.

Descubrir la depresión en tu vida

Fue en una conversación con una “amiga” en la que me di cuenta de que sí, estoy deprimida. Ella ha recorrido esos caminos muchos años y sus palabras me ayudaron a significar lo que me estaba pasando en la post pandemia. Esa misma amiga, tan amable en algún momento, después fue feroz. Me iluminó con su brillo hippie de niña inflada por la riqueza de otros y arrogantemente pavoneó sus años de terapia en un chat. Felicitaciones.

No descubrí mi depresión con palabras lindas de terapeutas neoliberales bien remunerados, a quienes no puedo pagarles, la descubrí en mis ganas de no hacer nada, en mi desconexión profunda del mundo social, amoroso y laboral.

Apalabrar que se está padeciendo depresión no es sencillo, cuesta demasiado esfuerzo emocional, mientras te escuchas en ese ritornelo de pensamientos intrusivos, en ese querer morirse todos los días.

¿Y después qué?

Devenir deprimida en un mundo hostil.

Abrazarte a tí misma, calentarte el corazón, darte el permiso de llorar mucho, de apagar las luces, de decirte cosas feas para después pedirte disculpas y así sucesivamente en capsulitas de tiempo que te van consumiendo la vida.

Para finales del 2021, con un tiroteo en Arauca que me dejó en shock y con varios detonantes en la vida social, mi cuerpo se fue poniendo triste, y para mí, la definición de tristeza corporal está relacionada con no querer y no poder hacer nada de lo que te gusta. No bañarse, no bailar, no moverse, no dormir bien, no respirar bien.

Defraudar personas, pelearse con muchas personas, defraudarse de las personas. Hoy, no juzgo a quien no rinde en su trabajo porque a mí la depresión me hizo incumplir con el mandato que me puso la vida: ser muy laboriosa, muy disciplinada y producir mucho para hacerme visible. ¡Pobre niña mía!, tan sobresaliente en un barrio gris y cansado, con la carga de salir de allí a ganar algo más que pan y leche, para ser brillante y reconocida.

Nací menesterosa pero inteligente. Con 14 años inicié una carrera en la universidad, con 17 me puse a hacer otra. Milité, luché, me involucré. Con 18 comencé a trabajar, con 23 compré una casa, con 25 tuve dos trabajos al tiempo, con 28 tuve un matrimonio, con 30 un carro, con 31 una separación y con 32 un cuerpo muerto, cansado, cansadísimo, apenas 32 y súper agotado.

Con 33 odio trabajar por un sueldo

Con depresión, procrastino. Quedé mal en un trabajo y renuncié a varios encargos.

Con depresión me siento culpable por ello, pero con depresión debo seguir trabajando.

Relacionarte – vincularte

Lloro sin ninguna razón, me cuesta levantarme de la cama y odio las responsabilidades. Me pierdo en mi mente y me siento infinitamente triste.

En los momentos de crisis todas las ideas sobre porqué este mundo es una mierda se mezclan: porqué tanta injusticia en la economía, en la política, en el amor. Porqué me rompieron el corazón, porqué me dejé romper el corazón. Porqué no veo las señales de los desastres que se avecinan, con parejas funestas, amigas patéticas, en este mundo injusto. ¿Por qué le sigo apostando a una transformación política?

En esa retahíla incansable, relacionarse con depresión es monumentalmente complejo. Se necesita mucho amor, amor del bueno. Mucha valoración de lo colectivo para que le gane al individualismo, para no olvidar que cada unx está en sus propias luchas y que es ínfima la cantidad de personas que la están pasando bien.

Todxs estamos rotxs, de una u otra manera, así que hagámonos pasito.

14 de septiembre de 2023

Salir del hueco.

No me quiero morir, en realidad nunca he querido. Apreciar la vida toda como es, con luces y sombras, te da una sensación indescriptible de bienestar. Como cuando una tiene gripa y se le quita. Ese momento maravilloso de alivio al dejar de sentirse enferma.

¿Cuánto tiempo ha pasado? Más de un año para llegar aquí. Pudo ser mucho más, pudo ser mucho menos, no tengo el registro, solo sé que necesité de mi red de afectos, de compañeras feministas sosteniéndome el corazón, de mi familia y de mí misma, la que soy, la que no se quebrantó porque nunca dejó de ser, solo que estaba amilanada y escondida.

Tuve que tratarme con mucho cariño y compasión, en niveles en los que nadie más puede hacerlo.

El mundo no ha cambiado, pero aún creo que puedo transformarlo y eso me permite estar viva.

15 de febrero de 2024

Reviso nuevamente este texto. Sigo viva. 

Suscríbase

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=susc

Información adicional

Mujeres perdidas
Autor/a: Érika Rodríguez Gómez
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo N°311, 18 de marzo - 18 de abril de 2024

Leave a Reply

Your email address will not be published.