Viernes, 20 Enero 2012 17:10

99-1

Escrito por Álvaro Sanabria Duque
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99-1
La revista norteamericana Time elegía a los “manifestantes” como el personaje de 2011. Desde las revueltas árabes hasta los “ocupantes” de Wall Street, pasando por los “indignados” españoles y los estudiantes chilenos y colombianos, la toma de la calle fue, en el año recientemente finalizado, el instrumento de las gentes para expresar su malestar con el actual estado de cosas.

Si bien los contextos en cada caso son diferentes, no es menos cierto que existen puntos en común que se ha buscado minimizar, y que se expresan en el lema que los ocupantes de Wall Street convirtieron en la bandera que esgrimen: “Somos el 99 por ciento”. Con esto expresan, de un lado, que son la mayoría, y, del otro, que esa inmensa mayoría es marginal, en una situación que parece de locos, pues no existe la más mínima justificación “dados los niveles del producto real y potencial en el mundo” a que tantos tengan tan poco y tan pocos tengan tanto.

El lema es fundamental, pues muestra que esa parte del movimiento social ha tomado conciencia de que su situación resulta de la obscena concentración que el 1 por ciento de la cúpula hace de la riqueza mundial. Con esto comienzan a desbaratarse argumentos mistificadores como aquel de que el problema son los “bárbaros” religiosos, que pensadores como el recientemente fallecido Cristopher Hitchens o el biólogo británico Richard Dawkins han dejado deslizar, o la falta de más mercado preconizada por las entidades multilaterales y los tanques de pensamiento oficiosos (incluidas las universidades).

Concentrad, concentrad: ese es el ‘evangelio’


El desarrollo del capital se edificó sobre la base de una clara polarización de la sociedad, que en los países del centro fue atemperada en el período de “los 30 años gloriosos” (de 1945 a 1975), como efecto de las medidas tomadas durante el período inicial de la Guerra Fría y que dieron lugar al denominado Estado del Bienestar. Ese lapso de pacto social y de consumo cuasigeneralizado en Europa y Norteamérica “se debe recordar” fue impulsado como una medida preventiva contra la posibilidad de que los pueblos del mundo se decidieran por preferir regímenes socialistas. No se quería repetir la experiencia de la Guerra Civil Española, que había mostrado cómo muchos en su época, también en Occidente, consideraban al socialismo como una posibilidad alternativa.

Desde los años 80 del siglo XX se inició, en forma lenta pero segura, el desmonte de lo alcanzado en ese período de la historia, y hoy los países del centro también se ven compelidos a ingresar en el no muy agradable “club” de los Estados con población precaria. El período ultraliberal, que ya completa tres décadas, ha servido para remarcar la dualidad de las sociedades, con el agregado de que la punta de la pirámide se estrecha aún más, dando lugar a que –según el Instituto Mundial para la Investigación de Desarrollo Económico de la Universidad de las Naciones Unidas– el 1 por ciento de los adultos más ricos sea poseedor del 40 de los activos globales, mientras el 50 por ciento de los adultos más pobres apenas tiene el 1 por ciento de esa riqueza global. Si el análisis se hace con el 10 por ciento más rico de la población, encontramos que éste posee el 85 por ciento del total mundial de la riqueza (358 multimillonarios son en conjunto tan ricos como 2.500 millones de personas). Tampoco es despreciable que las 200 empresas transnacionales más grandes concentren el 40 por ciento del PIB mundial.

Si el problema se analiza desde la óptica de lo nacional, se puede observar que el llamado Grupo de los 20 concentra el 85 por ciento del PIB, dejándoles a los 173 países restantes tan solo el 15. Pero si al interior del grupo de países privilegiados se mira la distribución, cuatro países entre los más grandes –Estados Unidos, China, Japón y Alemania (es decir, el 1,5 por ciento del total), generan la mitad del PIB total, mostrándonos la altísima concentración de la producción en el mundo. De nuevo, esta vez espacialmente, se refleja el problema de la tendencia siempre creciente del sistema a centralizar y concentrar la propiedad.

En Estados Unidos, paradigma del capitalismo, el ingreso promedio del 99 por ciento de la población es de 31.244 dólares, en contraste con el del 1 por ciento de los más ricos, que suma 27 millones de dólares (aproximadamente 864 veces mayor). Y si lo que se mira es el patrimonio, el 10 por ciento de los hogares con mayores ingresos controla un porcentaje del 73, y el 90 por ciento restante el 27. Sin embargo, lo que es peor, una mirada al interior de esa capa superior nos muestra que el 1 por ciento se apropia del 35 por ciento de la riqueza, dejándonos ver que una décima parte de los más ricos posee casi la mitad de lo que se apropia el grupo de privilegiados, en una prueba clara de que hay incluso una casta de privilegiados entre los privilegiados.

Los esfuerzos de justificación del estado de cosas


Llama la atención que sea en Estados Unidos donde los manifestantes muestran la mayor claridad en identificar el problema, al señalar la innegable asimetría social como causa del malestar. Eso y la extensión geográfica de la protesta están logrando desequilibrar el discurso oficial, el cual sostuvo siempre que las cosas “más allá de ciertas anomalías sociales” marchaban siempre adelante. La absolutización de la pobreza, y no su consideración en términos relativos, se constituye en el arma que esquiva el problema de la distribución de la riqueza y justifica desbalances tan abismales.

De ahí que trabajos como los de Steve Pinker, psicólogo evolucionista norteamericano, y Matt Ridley, zoólogo británico y quien fue colaborador de la revista británica The Economist, hayan sido destacados con letras de molde, pues ambos tratan de mostrar que nos encontramos en el mejor de los mundos posibles. Pinker, en su último libro, afirma que el siglo XX, pese a las dos guerras mundiales y la bomba atómica, ha sido el más seguro de la historia, en una afirmación en la que despacha por lo menos 1.400 siglos, con apenas cuestionamientos menores de quienes se apoyan en sus “pruebas”, para sostener que debemos defender el orden existente. Ridley, en el optimismo racional, destaca la inventiva de los “emprendedores”, y sostiene que el comercio, la confianza y la tecnología son las puertas de ingreso a la prosperidad.

¡Progreso! ¡Progreso! ¡Progreso! Es lo único que se ve por todas partes, gritan los reseñadores criollos de esos autores, en un intento por descalificar el descontento que recorre el mundo. Pero, aún si se aceptaran algunas de esas cifras, lo que se obvia es que si se sacan promedios en una sociedad tan asimétrica, más de lo que se revela se vela, haciendo honor al viejo gracejo de que, si un habitante consume ocho pollos en la semana y su vecino ninguno, los dos consumen cuatro en promedio. No hay que ser genio para entender que, cuando se habla de seguridad, no es lo mismo estar en Nueva Zelanda, Austria o Japón que en El Congo, Chad o Paquistán, a tiro de los drones norteamericanos. Con unos pocos datos, apenas justos para un artículo de periódico, todos de instituciones oficiales, es fácil mostrar que meter en el mismo saco a todo el mundo no es más que un gambito desorientador.

Según las Estadísticas Sanitarias Mundiales, de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la esperanza de vida al nacer en Afganistán, Chad, Lesotho y Zambia es de 48 años, mientras en Australia alcanza los 82. Si se es niño en Chad, se tiene el 21 por ciento de posibilidades de morir antes de los 5 años, pero si se nace en Suecia esa probabilidad se reduce a 3 y en Cuba a 6 (en Colombia es de 19 por ciento).

En la tabla que acompaña este artículo se puede ver cómo un ligero nivel de agregación empieza a oscurecer las cosas, pero, si no es muy elevado, aún da alguna luz sobre las grandes distancias entre los colectivos. Allí se puede observar que en la esperanza de vida hay una diferencia de 23 años entre el grupo de ingresos bajos y el de ingresos altos, y que el número de médicos por mil habitantes de los grupos altos supera en casi 26 al de los ingresos bajos.

Un estudio de Pen Research Center dio a conocer que el patrimonio neto de los hogares blancos en Norteamérica es de poco más de 113.000 dólares, mientras el de los hogares hispanos apenas sobrepasa los 6.300 y el de los afroamericanos los 5.600. En los efectos de la crisis reciente, también se puede ver que las diferencias étnicas marcan distancias en cuanto al tamaño del impacto, pues en el período que va de 2005 a 2009, el patrimonio neto de los hispanos, ajustado a la inflación, cayó 66 por ciento, el de los afroamericanos 53 y el de los blancos apenas un 16.

En Colombia, según el Informe de Desarrollo Humano de 2011, elaborado por Naciones Unidas, la población con Necesidades Básicas Insatisfechas y en la miseria es de 33 por ciento, mientras el hacinamiento crítico y la inasistencia escolar afecta al 31 por ciento de la población. Estos datos, entre otros, contribuyen a situar al país como el cuarto en desigualdad en el mundo, sin que ese vergonzoso lugar cause el más mínimo ruido. Pero se pudieran seguir enumerando de modo casi indefinido algunas otras cifras demostradoras de que el lema 99-1 es una afortunada descripción sintética de una realidad que, por fin, se hace visible para muchos de quienes la padecen, y que reforzarla en la conciencia es un paso necesario para la futura acción política.

Ahora, de lo que no se debe dudar es de que textos como los de Pinker y Ridley, en la línea de la sociobiología, seguirán siendo usados como prueba de que el consumo elevado de celulares y la compra de automóviles son prueba irrefutable de que estamos mejor que antes. Que en una nación campeona en desigualdad como Colombia haya comercio de autos Maserati y Lamborghini ha sido elevado a la calidad de prueba de que el país progresa, en intentos simplistas de desviar la atención de la asimetría abismal existente en la distribución del ingreso.

Queda, pues, el desafío de generalizar en el imaginario colectivo el indiscutible hecho de que, si la gente se harta del estado actual de cosas y se toma las calles, es porque está consciente de que el capital concentra la riqueza y socializa las consecuencias, pues no es gratuito el ruidoso fracaso de la cumbre del clima en Durban, donde prácticamente se decide dejar que el planeta termine literalmente asado por la emisión de gases de efecto invernadero, en un hecho que se debiera denunciar como crimen de lesa humanidad.

El sistema se desnuda y la gente empieza a concientizarse sobre el verdadero corazón del problema, mientras cierta “izquierda” se esfuerza en tratar de demostrar los “beneficios” del mercado y la imposibilidad de transformaciones radicales. Mirar hacia atrás con criterios desarrollistas para justificar el hoy, intentando hacer de las novedades tecnológicas “sobre todo en comunicaciones” la prueba de la obligación de defender los procesos “civilizatorios”, minimizando o ignorando las gigantescas brechas sociales (fácilmente demostrables), es el camino que desde ya se trazan quienes se niegan a ver que tales brechas son la raíz del problema. Mil millones de hambrientos en el mundo no es una cifra de juego que pueda ser opacada por las estadísticas sobre ventas de Lamborghinis y televisores de plasma.

Enfrentar con seriedad los argumentos “justificatorios” del statu quo es una tarea importante que debe reforzar el reconocimiento problemático de la existencia real de la perversa relación 99-1. Así como mirar que también en ella se refleja la solución, pues nos muestra que somos la absoluta mayoría, y que de la acción conjunta y coordinada se puede derivar un nuevo orden constituyente de un futuro más simétrico y amable. Las circunstancias juegan de nuestro lado siempre y cuando se actúe con total contundencia y sin vacilaciones.

Información adicional

  • Autor:Álvaro Sanabria Duque
  • Edición:176
  • Sección:Internacional
  • Fecha:Enero 20 - Febrero 2012
Visto 5610 vecesModificado por última vez en Sábado, 21 Enero 2012 11:41

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