Viernes, 18 Mayo 2012 18:13

Las Cumbres de la Tierra y el fracaso del “desarrollo sostenible”

Escrito por Jorge Sánchez
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Las Cumbres de la Tierra y el fracaso del “desarrollo sostenible”
Han transcurrido 20 años desde la primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo o “Cumbre de la Tierra” (Rio, 1992). La reunión buscaba acuerdos para edificar un mundo incluyente, con esperanzas para los pobres, en equilibrio con la naturaleza. Basados en un “desarrollo sostenible”, propuesto por el Informe Brundland1, definido como “desarrollo que satisface las necesidades presentes sin comprometer la capacidad de satisfacer las necesidades de las generaciones futuras”, los gobiernos se comprometían un plan denominado Agenda 21, para llevar a la humanidad por la ruta de la sustentabilidad. Así, al dogma del desarrollo se le adjetivaba “sostenible”, como criterio para que la economía de mercado identificara las variables que permitirían seguir creciendo sin preocuparse por los límites físicos (¡como si fuera posible!). En la trampa caerían muchos ideólogos de la izquierda y el ambientalismo.

Luego, en dos reuniones (Nueva York 1997; Johannesburgo 2002) se revisaron los acuerdos ambientales, concluyendo que los patrones de producción, consumo y acumulación no se habían modificado y que los problemas ambientales y sociales se habían agudizado. Asimismo, en la Cumbre del Milenio (Nueva York, 2000), se fijaron los Objetivos del Milenio para superar los desafíos de la humanidad: erradicar la pobreza, reducir la mortalidad infantil, controlar el sida, garantizar la primaria universal e igualdad de géneros. Además: promover el desarrollo sostenible.

Contrario a la retórica de políticos y teóricos del desarrollo sostenible, los resultados son desastrosos. En los 20 años se consolidó el neoliberalismo, que dogmáticamente institucionalizó la idea del crecimiento económico como indicador absoluto de progreso y única solución a los problemas de pobreza y desigualdad. Tal política significó la explotación crecientemente agresiva de los bienes naturales comunes (agua, aire, tierra, biodiversidad) y la expulsión de comunidades para implementar megaproyectos.

Son evidentes la crisis climática, empujada por el uso cada vez mayor de combustibles fósiles y la consecuente emisión de Gases Efecto Invernadero (GEI); la crisis energética, aupada por el uso de combustibles fósiles, hoy marcada por el declive de las reservas petrolíferas y el uso de tecnologías en crisis (energía nuclear); la crisis económica, que quebró varios bancos internacionales y mostró la lógica perversa de la especulación; crisis de gobernabilidad, guerras y conflictos en que el capitalismo apuesta por revitalizarse con la fabricación y la venta de armas, estimulando las “guerras de baja intensidad” para mantener el motor de la acumulación mediante la guerra y el despojo de territorios.

Así se llega a Río+20, nueva Cumbre de la Tierra, en una profundización del extractivismo: explotación de recursos fósiles, minerales, madera, biodiversidad, agua. La rapiña capitalista se centra en los países periféricos que exportan materia prima, sometidos a las condiciones de explotación histórica, en África, Asia y América Latina, con la “maldición de la riqueza”, ensañada con sus habitantes. Allí abundan minerales estratégicos, combustibles fósiles y biodiversidad. Estos 20 años no han llegar el “desarrollo sostenible” y ni remotamente los Objetivos del Milenio. En cambio, se incrementan las guerras a sus territorios, en disputa por los minerales y combustibles. El saqueo del Congo genera ya más de cinco millones de muertos, producto de la presión del capital que va por el coltán, esencial para la industria electrónica. La agresión sobre Centro y Suramérica, con guerras de baja intensidad significa expulsión y despojo de territorios estratégicos. La acumulación significa la adecuación política territorial para que el gran capital entre e implemente a su antojo los megaproyectos mineros, hidroeléctricos, agrocombustibles. Con el espectro privatizador, las guerras locales son el mecanismo de expulsión de las comunidades que se resisten. Para ello, el paramilitarismo es el lugar común en Guatemala, Colombia y Perú.

Crisis climática y falsas soluciones al problema del clima


Para entender las propuestas oficiales de Río+20 hay que analizar la discusión y la negociación para asumir la crisis climática, generada por el uso de combustibles fósiles, cuyo resultado es la acumulación de Gases Efecto Invernadero (GEI) en la atmósfera, desde comienzos de la revolución industrial, pero intensificados en el siglo XX con la industria del petróleo. Los grandes emisores de GEI son los países industrializados. La única opción sostenible es cambiar el modelo productivo-económico, buscando fuentes alternativas que no emitan GEI. Estados Unidos y otros países manifiestan que nada harán que signifique cambios en su estilo de vida, lo que significa la falta de disposición a buscar soluciones que toquen el fondo el problema: el derroche energético y material de la sociedad de consumo.

Desde 1995 se han hecho 17 cumbres sobre cambio climático sin compromisos reales de los países industrializados. La Convención de Cambio Climático se ha dedicado a construir “mecanismos de flexibilidad” que les permitan a los países desarrollados “hacer esfuerzos” para conseguir niveles de reducción de GEI, sin tocar el dogma del desarrollo, la sociedad de consumo y las políticas de crecimiento económico, de modo que su estilo de vida no se afecte. Son soluciones gatopardistas que, sin soluciones de fondo. El mecanismo de flexibilidad típico fue propuesto por Estados Unidos: es el “Mecanismo de Desarrollo Limpio” (MDL). En él los países industrializados compensan sus propias emisiones, reduciendo GEI en proyectos de desarrollo en países no industrializados. Estas reducciones se convierten en Bonos de Carbono, comercializables en bolsas económicas, abriendo una estrategia de Mercados de Carbono. Doble felicidad para aquéllos: se evitan el compromiso de la reducción efectiva de GEI en sus territorios (manteniendo intacto su estilo de vida) y abren un nuevo mercado. No podría haber mejor solución neoliberal.

Otro ejemplo de falsa solución a la crisis climática es el impulso a los agrocombustibles. Ante la crisis energética y climática, se crea la ‘oportunidad’ de promover una nueva industria, supuestamente limpia, basada en cultivos de maíz, soya y caña de azúcar, para producir alcohol etílico que vaya sustituyendo la gasolina, o de palma aceitera para generar biodiesel, opción para cambiar el carburante de motores diesel. Tal tecnología, fuera de no reducir el CO2, mantiene intacta una causa del problema ambiental: la industria del automóvil. Por otra parte, pone en riesgo la alimentación de las comunidades más pobres por la competencia que tiene con la producción de alimentos, y el uso del agua y el suelo.

Mientras, los indicadores del problema climático son hoy más alarmantes: la concentración de CO2 en la atmósfera alcanza 392 ppm (comparando con 280 ppm antes de la revolución industrial); de los 20 últimos años, ocho alcanzan el récord máximo de temperatura medida en los últimos 200 años; la emisión de CO2 a la atmósfera duplica cada año el valor estimado por los científicos como límite que no produzca cambios (14, 7 Gton de CO2/año). Las consecuencias sobre el clima son ya noticia cotidiana.

Rio+20: del desarrollo sostenible a la “economía verde”


Se celebrará esta nueva Cumbre de la Tierra en una profunda crisis de civilización que reclama nuevas miradas, nuevos e incluyentes modelos, y que exige romper con toda clase de dogmas, sobre todo económicos. El documento “El futuro que queremos” (Documento Cero de la reunión) se enfoca en impulsar dos aspectos: una economía verde y la gobernanza ambiental. Se afianzan los principios neoliberales del crecimiento económico, el mercado como gestor de la sostenibilidad, y los criterios de acomodo de la estructura ambiental de los gobiernos. Desde el comienzo se entiende que no se trata de cuestionar el camino del desarrollo sostenible sino de ampliarlo y darle nuevas dimensiones. El término nada novedoso de economía verde proviene del texto escrito por Pearce y otros2, “Plan para una economía verde” (1989), sobre políticas necesarias para el desarrollo sostenible.

En 2009, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) publicó un informe, “Nuevo acuerdo verde global”, con base en la investigación de Edward Babier, “Global Green New Deal”3. Con esa base, el PNUMA presenta un extenso documento4 escrito de varios expertos del mundo, con la común idea de que la crisis socio-ambiental puede ser resuelta en el marco de la economía de mercado, siempre que ésta se transforme con el uso de nuevas tecnologías emergentes y en especial se nutra de las oportunidades que brinda la biomasa. La propuesta de economía verde no es sino la profundización y ampliación del modelo actual, para poner en el mercado los bienes naturales que por algún motivo no se han insertado completamente en las leyes de la oferta y la demanda.

Con una crisis capitalista en cierne, es necesario diversificar la economía, introduciendo nuevas tecnologías (nanotecnología, biología sintética, geoingeniería) que hagan intensivo uso de la biomasa y ponerla en venta, como se hace con otros bienes naturales. También en la agricultura, la biotecnología impulsada por los Organismos Genéticamente Modificados (OGM) se mostrará como opción verde. No es la primera vez que se usa el adjetivo “verde”, evocador de la naturaleza, tratando de impulsar estrategias que luego muestran su verdadera intensión. En los años 60 se llamó “revolución verde” a la agricultura basada en agroquímicos (plaguicidas y fertilizantes químicos) que le causan daño al medio ambiente y la salud humana. El impulso a una química “verde” basada en la biomasa pudiera generar productos comercializables que sustituyan a los derivados del petróleo y que mantengan la dinámica productiva con base en nuevas mercancías. La biomasa así entendida es la naturaleza, la biodiversidad comercializada, hecha mercancía. Más, ¿dónde está la biomasa? Sobre todo en los países biodiversos, en sus bosques y selvas. Sin esta materia prima, el modelo no funciona. Por eso, se necesita urgentemente garantizar que las tierras (los territorios) estén libres de habitantes y comunidades que se opongan a los nuevos negocios. De allí la disputa por la tierra y la obsesión de países y empresas por acapararla.

El capitalismo se pinta de verde y construye una retórica, una semiótica comunicativa para insertarse radicalmente en su nueva etapa, lo que Escobar llama “forma posmoderna del capital ecológico”. Este ajuste verde nada tiene de benévolo; no es su intención moderar su agresión contra la naturaleza sino apropiarse de algo no tocado hasta hoy: la esencia de la vida. De allí la obsesión por darles precio a los bienes y funciones del ecosistema mediante el uso del mercado como el único medio posible para responder a la crisis ambiental que el mercado mismo ha creado. Por otra parte, es necesario abrir la discusión sobre el desarrollo económico como criterio de progreso. Este desarrollo no pretende resolver las necesidades humanas sino que se alimenta de nuevas necesidades, que crea todos los días. Por esto necesita cada vez más energía, materias primas y territorio para implementar sus megaproyectos. En ningún caso puede llegar a ser sostenible. Desarrollo y sustentabilidad son contradictorios; esta última sólo puede construirse con base en nuevas relaciones sociales que consideren los límites físicos de la vida y los derechos de la naturaleza.

Respuesta de los pueblos


Pero no todo es pesimismo. Como respuesta al nuevo embate capitalista contra territorios y habitantes, muchos organismos ambientalistas, sindicatos, indígenas, campesinos, ciudadanos comunes se organizan y se dan cita en Rio de Janeiro para participar en la Cumbre de los Pueblos por la Justicia Social y Ambiental, contra la Mercantilización de la Vida y la Naturaleza y en Defensa de los Bienes Comunes”. Esta Cumbre, en paralelo con la cumbre oficial, tiene como ejes orientadores: 1) causas estructurales de la actual crisis; 2) Soluciones reales y nuevos paradigmas de los pueblos, y 3) Agendas y movilizaciones que unifiquen el proceso de lucha anticapitalista después de Rio+20.

El choque de dos visiones del mundo está aquí: una, que cree que sólo el mercado soluciona los grandes desafíos humanos, y que lo impone con violencia y guerra; y otra, que construye día a día procesos sustentables; promueve opciones agrícolas que protegen suelo, semillas y biodiversidad; crea lazos de solidaridad y organización para defender sus territorios; asume el conocimiento como mecanismo de intercambio colectivo y solidario; protege la Madre Tierra porque entiende que sin ella es imposible la vida; organiza y se moviliza, incluyendo a los indignados del mundo; y promueve múltiples modelo de buen vivir porque asume que la diversidad y la complejidad son base de la sustentabilidad.
  1. Publicado como “Nuestro Futuro Común”, este informe, coordinado por Brundland en 1983, constituyó por algún tiempo la insignia del ambientalismo oficial, para la búsqueda de la construcción de un desarrollo que no destruyera nuestra base natural.
  2. Blueprint for a Green Economy; “Plan para una economía verde”, Pearce, D; Markandya, A.; Barbier, E.
  3. Barbier, E., A global green new deal. UNEP-DTIE, febrero de 2009.
  4. UNEP, 2011, Towards a Green Economy: Pathways to Sustainable Development and Poverty Eradication, www.unep.org/greeneconomy.

Información adicional

  • Antetítulo:Rio+20: entre la total mercantilización de la naturaleza y la resistencia de los pueblos
  • Autor:Jorge Sánchez
  • Edición:180
  • Sección:Medio ambiente
  • Fecha:Mayo 20 - junio 20 de junio
Visto 12740 vecesModificado por última vez en Viernes, 18 Mayo 2012 18:22

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