Jueves, 21 Junio 2012 17:31

¿Hacia dónde va el movimiento indígena colombiano?

Escrito por Víctor Segura Lapouble
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¿Hacia dónde va el movimiento indígena colombiano?
En esta entrevista, el antropólogo Efraín Jaramillo Jaramillo da su opinión sobre las organizaciones de indígenas, diálogo a propósito de la presentación del libro Los indígenas colombianos y el Estado. Desafíos ideológicos y políticos de la multiculturalidad, del Grupo Internacional de Trabajo sobre Asuntos Indígenas (IWGIA) y el Colectivo de Trabajo Jenzera. Esta entrevista busca suscitar el debate sobre los conflictos que lesionan a estos pueblos tan significativos en la historia del país.


Víctor Segura Lapouble –V.S.L.–: Para empezar, hablemos un poco sobre la historia y la dinámica de las recientes luchas indígenas en Colombia. Cómo se iniciaron, qué las motivó, cuáles fueron sus objetivos, cómo se desarrollaron…

Efraín Jaramillo Jaramillo –E.J.J.–: Luchas indígenas se han librado siempre desde la época de la Conquista hasta el presente. La historia de Colombia está llena de episodios de esta naturaleza; la mayoría de estas contiendas las dieron los indígenas para detener la invasión de sus territorios y el saqueo de sus bienes y riquezas, y para evadir la esclavitud. Pero en esta última etapa de movilización indígena, las luchas se dieron por la tierra y empezaron principalmente en el departamento del Cauca, región caracterizada por enérgicas protestas y levantamientos de sus pobladores ancestrales contra los poderes que los han dominado; por alzamientos de naturaleza insurreccional en la medida en que estaban dirigidos contra gobiernos locales, que representaban los intereses de la Iglesia, los gamonales y los terratenientes. Un adecuado punto de partida para entender esta movilización indígena, iniciada a finales de los años 60, es que tuvo lugar en un contexto generalizado de lucha por la tierra en Colombia. Para el caso indígena, tuvo que ver con la recuperación de las tierras de sus resguardos, acosados por el hambre y la miseria.

V.S.L.: ¿Sigue siendo la lucha por la tierra el motor de sus movilizaciones?
E.J.J.: Todavía hay pueblos y muchas comunidades que no tienen asegurada la tierra. Pero aquellos pueblos que iniciaron las recuperaciones en los años 70 están mejor y gozan de bienestar económico y social. No obstante, en el Cauca han aflorado otros problemas y el eje de las movilizaciones se ha venido desplazando en estas últimas dos décadas hacia la búsqueda de espacios propios de representación política, hastiados de que los partidos políticos les condicionen o incluso definan sus agendas. Esto condujo a que los partidos les restaran su apoyo y hasta buscaran invisibilizarlos cuando entendieron que no podían cooptarlos; pero ha llevado también a que se arrimaran otros sectores sociales, que, como los negros y los campesinos, buscaban hacer tolda común con los indígenas, procurando subirse a un propicio escenario político-organizativo para luchar como movimiento social pluricultural contra ese entramado de exclusión social y política que los afectaba a todos por igual.

V.S.L.: ¿Qué ha cambiado en los movimientos sociales étnicos en Colombia y que está sucediendo actualmente?
E.J.J.: Han cambiado muchas cosas. Algunas organizaciones se han venido preparando para contender a sus adversarios, que también han cambiado, pues ya no se trata únicamente de terratenientes que corren las cercas y empujan a los indígenas selva adentro y monte arriba; ahora sus principales antagonistas son compañías extractoras de recursos y economías de plantación que esquilman sus territorios y sus bienes naturales. En este sentido, las principales organizaciones indígenas buscan amigos, solicitan apoyos, hacen alianzas para tener más posibilidades de éxito en sus movilizaciones. Otras han intentado mantenerse al margen, gestionando sus asuntos sin injerencia externa; por lo general se ahogan, pues estos principios llevados al extremo terminan encerrándolos en esencialismos, ya que ningún pueblo logra sobrevivir nutriéndose de su propia sustancia. Pero una buena parte de las organizaciones, por no decir la mayoría, han sido arrolladas por la violencia en sus territorios o cooptadas por el Estado.

Pero hay más cambios por tener en cuenta para entender el desarrollo actual de las organizaciones y la cuestión étnica. Uno importante es aquella idea de Estado unitario y Nación homogénea, que fuera el ideal de las élites en Colombia y que comenzó a resquebrajarse con la Constitución de 1991, y ya no va más. De repente se ampliaron las concepciones del mundo, tornando lo étnico en uno de los más importantes y complejos desafíos socio-políticos para el Estado y la Nación de Colombia. El otro cambio, esta vez no tan positivo, es el que se ha producido al interior de las organizaciones indígenas. Surge un arquetipo de dirigente indígena que representa a sus pueblos ante el Estado. Se trata de nuevos profesionales de la política que viajan mucho, se mueven con destreza en aeropuertos y hoteles, manejan tecnologías novedosas como computadoras, celulares y otras por el estilo, cruzan fronteras, ocupan cargos públicos tan importantes como la personería de Bogotá, o llegan al Senado de la República o la Cámara de Representantes, y hablan de tú a tú con gobiernos y agencias de desarrollo.

V.S.L.: Pero eso es positivo. Apropiarse de tecnologías modernas, ocupar cargos públicos y poder hablar con gobiernos y líderes mundiales de igual a igual es uno de los logros más importantes de la irrupción de los movimientos indígenas en la vida pública del país. Ya los liderazgos no operan desde el anonimato. No veo por qué esto pueda ser negativo o perjudicial.
E.J.J.: En teoría, no tendría por qué serlo. Pero en la historia real, la modernidad capitalista les ha jugado una mala pasada a las organizaciones con esta nueva dirigencia, que al moverse en ambientes genéricos, lejos de sus pueblos, terminan borrando de sus mentes la dimensión real de sus comunidades y alejándose espiritualmente de ellas. Esto conduce a que entiendan cada vez menos los problemas de sus pueblos y descuiden sus apremios más inmediatos; pero también a que se les vuelvan intrascendentes las redes sociales comunitarias y banalicen las particularidades étnicas que son los fundamentos de la identidad. Utilizan los movimientos, alianzas y partidos políticos indígenas más como vehículos de promoción personal y menos como herramientas para forjar instituciones económicas y políticas dinámicas, que posibiliten el crecimiento económico y aumenten la capacidad para defender los bienes comunes de sus pueblos.

V.S.L.: Pero eso sucede en todos los escenarios de la representación política. Muchos alcaldes del país están siendo investigados por lucrarse de recursos públicos o platas que han gestionado para sus municipios.
E.J.J.: Mal de muchos… pero para el caso indígena las consecuencias pueden ser graves. Con organizaciones y comunidades débiles para ejercer controles sobre sus dirigencias, crece el oportunismo como forma de convivencia con la sociedad mayor y sus instituciones, y se va perdiendo la vergüenza, ante todo aquel altruismo característico de los líderes históricos que orientaron la lucha por la tierra, prestando un servicio a sus comunidades y renunciando de antemano a cualquier reconocimiento material, lo que nos enseña que el liderazgo no sólo es poder sino también, y ante todo, responsabilidad. Como algunos de estos líderes eran también guías espirituales de sus pueblos, se puede decir que lo que se presenta ahora es el triunfo del funcionario sobre el chamán.

V.S.L.: En los documentos, comunicados y denuncias de algunas organizaciones indígenas se capta un marcado acento ideológico ¿Se identifica hoy a los indígenas con la izquierda?
E.J.J.: Esa supuesta identificación de los indígenas con partidos de izquierda se debe a que los partidos de izquierda apadrinan las luchas indígenas, aunque sin asumir, en muchos casos sin entender, las implicaciones que tiene este apoyo para su propia práctica política. En realidad, son floreros en sus marchas y manifestaciones populares. Pero déjeme decirle algo: a pesar de las excepciones y las personas valiosas, las izquierdas de Colombia, a mi juicio, no tienen hoy mayor cosa que ofrecerles a los indígenas. Ni siquiera se manifiestan contra los atropellos de los grupos insurgentes a las comunidades. Son colosos con pies de barro que se desploman al tocar tierra indígena, pues, frente a la cuestión étnica, tienen demasiadas ideas filosóficas pero carecen de propuestas políticas que resulten prácticas para los pueblos indígenas y afrocolombianos.

V.S.L.: ¿A qué se debe esto?
E.J.J.: A que en los programas de los partidos y organizaciones de izquierda, los indígenas son asimilados a los campesinos, pues adolecen de una manifiesta discapacidad para entender las nuevas realidades de nuestro tiempo, en especial las que irrumpen en la escena política con movimientos sociales generados por demandas étnicas y de género; pero también porque son renuentes a aceptar que ha habido cambios en la sociedad, en la economía y en la política. Se trata de falencias y no de simples tensiones entre las formas de organización social y las luchas políticas, que rara vez convergen por la vía del dialogo y en igualdad de condiciones. Los indígenas, que son gente pragmática, no se movilizan fácilmente por ideas genéricas y pugnas ideológicas que han perdido sentido, llevando a una atomización de la izquierda. En síntesis, la izquierda colombiana y los indígenas han sido y siguen siendo dos mundos diferentes en permanente colisión.

V.S.L.: No has dicho cuál es tu opinión frente a las autonomías desde la base...
E.J.J.: He seguido con curiosidad y admiración la resistencia de los indígenas desde sus comunidades; desde la cotidianidad del trabajo en sus huertos para defender sus tierras, su comida, sus semillas, y los esfuerzos que hacen por sacar adelante sus proyectos de educación y salud; pero también la resistencia que ofrecen para no dejarse quitar sus logros políticos y económicos, que son muchos. Pero a quienes hemos sido partidarios de este enfoque autonomista nos desalienta la languidez de estos procesos, y ya son varios los amigos que hemos comenzado a dudar de que se pueda construir en el poco tiempo que les queda, y desde esos escenarios marginales desde donde operan estas organizaciones autónomas, un movimiento social interétnico y pluricultural que pueda concluir el proceso de descolonización.

V.S.L.: Admitiendo esa autocrítica que se hacen ustedes, ¿no sería entonces oportuno –para salir del atolladero en que se encuentran las organizaciones, y acelerar los procesos de recuperación y fortalecimiento cultural, político y económico– que los indígenas busquen apoyarse o hacer alianzas con partidos con los cuales tengan cierta afinidad política, como el Polo Democrático, el Partido Verde o Progresistas, el más reciente movimiento?
E.J.J.: Si las alianzas se llevan a cabo después de un proceso de debates y consultas con las organizaciones, vaya y venga. Pero generalmente estas alianzas las hacen las nuevas dirigencias y esto comporta riesgos; que yo recuerde, en todas las alianzas que han hecho con la izquierda colombiana o con los partidos progresistas, han salido mal librados los indígenas, lo que no significa que en todos los casos la responsabilidad haya sido exclusivamente de la izquierda. Estas alianzas han fracasado en algunos casos porque los partidos les han asignado a los indígenas roles que ellos ni siquiera habían imaginado; aquella idea, por ejemplo, de que los indígenas tienen la respuesta para enfrentar la crisis civilizatoria de los últimos tiempos o la clave para detener el cambio climático que amenaza con arrasar todas las formas de vida en el planeta, es barata y poco seria, pues no les resuelve nada, ni a ellos ni al país; sin embargo, muchos indígenas se han subido a ese escenario que capitaliza la crisis ambiental global.

V.S.L.:
Ante ese panorama indígena tan desolador que presentas, ¿se les ocurre algo que se pudiera hacer?
E.J.J.: Mucha gente tiene la opinión de que la ASI (Alianza Social Indígena), con todos los estrujones que se dan en su interior, sigue siendo un partido político necesario para acompañar las organizaciones y ayudarlas a salir del atolladero. Lo otro es obvio: las organizaciones deben decidir sus propias agendas, tener claridad hacia dónde quieren ir y actuar en consecuencia, pero ante todo deben tener la capacidad para separarse de liderazgos indigenistas y oportunistas que les hacen mucho daño.

V.S.L.: A propósito del auto 004 de 2009 de la Corte Constitucional, ¿cuál es el estado o situación actual de los planes de salvaguarda étnica?
E.J.J.: No quisiera entrar en detalles, pero me late que es otro fraude más que el Estado está tramando contra los pueblos indígenas. Sé que hay malestar en algunas zonas por la lentitud con que marchan. Aquí El presidente Santos hizo gala de sus dotes de tramoyista. Por un lado, se comprometió con la Corte Constitucional a cumplir con el auto, pero, por otro lado, empantanó el proceso al poner a los indígenas a elaborar propuestas estratégicas y lineamientos políticos para el Programa Nacional de Garantías de Derechos de los Pueblos Indígenas, para el Plan de Salvaguarda Étnica y el Proceso de Consulta Previa. Estas propuestas deben resultar, según la Corte Constitucional, de un proceso de concertación con las autoridades indígenas desde lo local, pasando por lo regional para llegar a lo nacional.

Si el proceso se dilata o los resultados no son satisfactorios, y el Estado los objeta en la Mesa de Concertación, los responsables serán los líderes y organizaciones indígenas que están al frente del proceso. En síntesis, el Gobierno acata la orden de la Corte Constitucional pero empantana el proceso, para dilatar su cumplimiento. Prefiere, porque es más barato para el Estado y más dispendioso para las organizaciones indígenas, continuar suministrando más y más recursos para que los líderes de las organizaciones y sus asesores continúen investigando y profundizando en los diagnósticos.

Mientras tanto, la situación en las regiones se agrava, como se deduce de algunas comunicaciones de las organizaciones que, como las de los cinco pueblos del resguardo Caño Mochuelo, en Casanare, manifiestan no entender cómo la Corte reconoce la vulnerabilidad de los indígenas de esta región, pero, después de tres años de la expedición del auto 004, las soluciones al problema territorial de fondo no llegan. Entre tanto, el Estado sigue promoviendo proyectos petroleros en sus territorios. Y tenemos también el caso del resguardo embera katío Quebrada Cañaveral en Córdoba, donde los indígenas no saben qué es lo que se adelanta para salvaguardar sus vidas, mientras siguen expulsados de su resguardo, donde se dan concesiones mineras y ellos mueren por minas antipersonales.

Información adicional

  • Autor:Víctor Segura Lapouble
  • Edición:181
  • Sección:Pueblos
  • Fecha:Junio 20 - julio 20 de 2012
Visto 12860 vecesModificado por última vez en Jueves, 21 Junio 2012 17:41

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